Issuu on Google+

TrolebĂşs maravilla por

Ruy Guka


Índice

Rizófagos bajo la luna

3

Pato Cejón

4

Trolebús maravilla

16

Yodo quemado

29

Impresiones

34

El edificio

38

Arroz

42

Sin mermelada, no

46

Pepe El Toro

51

Leche con chocolate

59

Un estallido

64

Haga lo que haga...

72

Sonrisa inofensiva

75


Rizófagos bajo la luna

El parque, lleno de árboles, tenía una ligera neblina que flotaba a medio metro del piso. El viento no existía en ese momento y nadie lo recordaba. Alberto tampoco pensaba en él, sólo miraba la ausencia humana. Por un momento, se concentró en la textura de una planta con hoja oscura y húmeda. Se acercó a la hoja y escribió en su pizarrón de rocío: “¿Tequila con refresco?”. Sonrió nostálgico. En las jardineras del parque había lodo. Las plantas y árboles estiraron un poco las raíces. Sin querer, una de las plantas movió su raíz con mayor fuerza que las demás y pudo moverse un centímetro. El árbol de más años, en aquella jardinera, se llevó una rama al copete y luego la estiró señalando a la planta con ademanes de advertencia y regaño. La planta no le hizo caso y trató de avanzar un poco más. Lo intentó varias veces hasta que encontró la forma de mover las raíces para impulsarse. Alberto se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y miró el cielo que estaba completamente iluminado por la luz de la luna. Olía a tierra mojada, a madera mojada y a piedra mojada. Había edificios y casas alrededor del parque. No salía luz de ninguna ventana. No se escuchaba música. No pasaban autos. Le dio la espalda a la planta en la que escribió, y fue a sentarse a una banca. La planta liberada chocó emocionada con la planta escrita. Levantó una hoja y borró la pregunta que había escrito un hombre que le daba la espalda y que miraba hacia arriba. Él tenía una chaqueta café, manchada y roída por el tiempo. Sus pantalones le quedaban grandes y eran negros. Estaba encorvado,


era ancho de la cintura, con las piernas y los brazos flacos y largos. La planta escribió “Pero...” y se alejó un poco de la pizarra de hoja verde para ver qué haría aquel hombre. Alberto estiraba las piernas para luego cruzarlas o meterlas debajo de la banca. Se recargaba con sus manos poniéndolas hacia atrás, las regresaba hacia delante encorvándose más y se cruzaba de brazos. Tomó uno por uno sus dedos y se tronó los huesos. Se levantó y se acercó a la planta. Notó la presencia de otra que no estaba ahí antes y no le dio importancia. No se fijó en la hoja donde estaba borrada su frase y escrita otra cosa, y caminó un poco. Detuvo el paso frente a otra pizarra y escribió: “¿Tequila con refresco?”. Hizo una mueca de aburrimiento. La planta movió las raíces de inmediato cuando aquél siguió su camino. Dio unas vueltas en su propio eje estirando las hojas, feliz de poder moverse. La neblina hacía más densa su cortina blanca. Era tanta la emoción de la planta liberada que se tropezó con algo en el fondo de la tierra, supo qué era cuando vio salir a unas hormigas que seguramente habían construido un refugio impermeable de resina de árbol para estar ahí mientras se evaporara el agua, por un lado, y, por otro, la tierra la absorbiera, pero las raíces de la planta liberada removieron las paredes de resina y las hormigas se ahogarían y tuvieron que salir a la superficie. La planta juntó sus hojas en signo de preocupación cuando reconoció a las hormigas, que parecían furibundas, en posición de ataque, colocándose en fila, en dirección hacia ella. La planta trató de impulsarse, pero sintió de inmediato unas mordidas en sus raíces. Por experiencia sabía que podrían ser peligrosas, que acabarían con sus tétricas, delgadas y blancas piernas. Avanzó rápidamente. Llegó a la planta donde


había escrito su frase, de nueva cuenta, aquel extraño ser encorvado y lo borró para poner: “¡Ayúdame!”. Alberto pateó fuerte una piedra que salió disparada a ras del suelo hacia un arbusto y de donde escuchó salir un grito de dolor. Se asustó y miró fijamente el arbusto. No vio nada. Al lado de él, una planta movía sus hojas desesperadamente; seguía con la vista fija al arbusto, su cuerpo tieso, esperando una mentada de madre o alguna otra cosa. Palideció de pronto cuando escuchó un gemido. No pudo identificar si era de mujer o de niño o de hombre. En eso, notó un movimiento agitado a un costado suyo que le llamó la atención, viró la cabeza y se impresionó sobremanera con la planta que brincaba; de la tierra salían un poco sus piernas blancas, agitaba las hojas y señalaba la pizarra verde oscura, pero Alberto no entendió la señal de la planta. Inquieto por lo que le sucedía, atisbó, tanto el piso, alrededor de sus pies, como también todo el parque, hasta donde la neblina le permitía hacerlo, poco más de cinco metros. No vio ningún peligro aparente. Se calmó un poco y regresó a la planta liberada que seguía agitando sus hojas, como una señora que se le metió algún bicho en la espalda. Estaba nervioso, de repente se volvía hacia atrás o hacia los lados para sorprender algún peligro, pero nada, todo volvió a la tranquilidad, sin absolver a la planta histérica. Paseaba la cabeza lentamente, buscaba algo que le diera claves para entender lo que quería la planta liberada. Miró la pizarra y vio que desapareció lo que él había puesto y leyó lo que escribió la planta. “¡Ayúdame!”. Pues sí; pero, ¿cómo?, pensó. Aquel hombre de espalda encorvada tomó a la planta y la sacó de la tierra. La colocó junto a la pizarra, cargándola, y ella escribió: “Me persiguen”. ¿Quién?, preguntó el hombre. En la pizarra: “El piso”. La planta vio cómo él


examinó el piso y cómo se horrorizó enseguida por una fila de hormigas enormes y rojas de furia que iba justo hacia ellos. Escapó de ahí corriendo a toda velocidad con la planta en la mano, pero pasó por el arbusto, y éste, muy molesto por la pedrada, sacó una de sus ramas bajas, lo tomó de un pie e hizo que saliera volando unos metros para caer sobre unas piedras de río que decoraban el camino. A la planta se le rompió una de sus hojas. Es el fin, pensó ella. El hombre quedó inconsciente, con sangre en la cara y en el brazo. La planta tenía otras cuatro hojas aparte de la rota y le abanicó en la cara con una de ellas y con las otras lo acariciaba para despertarlo. Las hormigas corrían, pasaron por el arbusto y faltaba poco para que llegaran a ellos. La planta empezó a sudar y las raíces se le hacían chiquitas. Las hormigas llegaron a las piedras. El hombre comenzó a decir algo, pero todavía estaba inconsciente. La planta le daba cachetaditas. Sus párpados temblaron, se abrían lentamente. La primera fila de hormigas se metió por debajo de sus pantalones. Abrió los ojos por completo y pareció buscar algo. Vio a la planta que la seguía sosteniendo en la mano y dejó de buscar. Ella estaba nerviosa y agitada. Él le tomó la hoja rota, la columpió y la palpó de arriba a abajo. Se la arrancó, a ella le dolió mucho, pero enseguida dejó de sentir molestias. Alberto recordó a las hormigas cuando sintió sus mordidas en la pierna. Se precipitó a levantarse y sacudió la pierna. Se las quitó de encima y volvió a correr con toda el alma. Se detuvo, muy agitado, al otro lado del parque mientras se cercioraba de no haber rastro de las hormigas. La planta liberada fue colocada en la tierra por la mano del hombre y lo miró con todo el agradecimiento del mundo, recordó el gesto del árbol y se


sintió un poco avergonzada, aunque excitada por la aventura, mientras veía alejarse a aquel hombre de espalda encorvada. Alberto salió del parque para irse a su casa. Las ventanas de las casas, todas, a oscuras. Aceleró el paso. Frente a su puerta, metió la llave, abrió y fue a darse un regaderazo. -¿Qué te pasó? -le preguntó un colega en la oficina, al día siguiente. -Anoche me asaltaron en el parque.


Pato Cejón

“Se solicita una rebelión. Él o los interesados, favor de llamar a este tel.: 04455 24369192. Contratación exigente. Pago maravilloso.” El anuncio se leía en un periódico tirado en el piso que servía para secar un charco de orines. -Otra vez alguien orinó fuera del hoyo. ¡Carajo! –Dijo Patricio tras bajarse la bragueta y pararse frente a un rincón que emitía un hedor vaporoso de ácido úrico. Su mirada se concentró en el periódico viejo, cuyo contenido le asustó un bostezo saliente entre las barbas crecidas. -No puede ser. Ahí está el estúpido anuncio de la pendeja que nos contrató. ¡Mira! -Sí, Patricio, ya lo vi. Déjame tranquila. No quiero saber más sobre eso. -¿No quieres saber más? ¿Entre estas cuatro paredes? ¿Con la peste de nuestros orines? Esa pendeja… -Patricio le reclamó a su hermana por su falta de interés. No terminó la última frase. Evitó que los demás le escucharan una voz quebrada que hubiera seguido de un llanto silencioso provocado por la profunda frustración. Era común su desplante de llanto, no era por su situación excepcional, ya cargaba un tiempo con sus exhalaciones depresivas, como lo llamaba una prima suya que estudiaba psicología. Laura y su hermano llegaron a ese encierro bajo la ilusión de lograr una libertad política en el país. Él era un tipo con pretensiones inocultables. Su mirada brillaba por escuchar palabras como “libertad” o “justicia” que le acariciaban los oídos.


Laura estaba enamorada de él y lo seguía a donde fuera, incluso sin compartir sus ideas que le parecían ilusas. Veía a su hermano como un tipo errático, pero con sentimientos genuinos con los que se maravillaba. Él tenía el pensamiento fijo en cambiar las cosas. Ella, escéptica, pero fiel, siempre estaba a su lado. Cuando leyeron el anuncio, un mes antes, a Patricio pareció no importarle y Laura mencionó cualquier cosa mientras señalaba otro recuadro en la página siguiente, uno que pensó distraería a su hermano de cualquier brote de esperanza revolucionaria. Cuando le dieron la vuelta a la hoja, sin decir una palabra de la oferta misteriosa, ella suspiró de alivio. En la noche de aquel día, Laura estaba en la cocina, preparaba un emparedado y platicaba con Patricio, que estaba sentado en el retrete junto a la estufa de la cocina. Tenía que hablar en voz alta, tenían un extractor de olores colgado del techo justo arriba del inodoro, lo prendían cuando se sentaban y, como tenían con él varios años, el motor era escandaloso. Se callaron un momento. Ella volteó a verlo con cariño, Patricio miraba una fila de hormigas diminutas y exploradoras entre los azulejos de la pared. Siempre estaban ahí, a ellos no les molestaba su compañía; y a él pareció no darle importancia alguna al anuncio. En cambio, Laura no dejaba de pensar en ello y decidió hablar por teléfono para averiguar qué era. Quería darle una sorpresa a Patricio. Estaba próximo su cumpleaños y tuvo la gran idea de inscribirlo para la entrevista. Al día siguiente, marcó el número. -Buenos días, me gustaría inscribir a mi hermano para la entrevista. -Buenos días. ¿Señorita o señora? -Señorita.


-Bien señorita, él debe hacerlo personalmente. -Pero, va a ser su cumpleaños en una semana y me gustaría darle la sorpresa. Él es un amante de los ideales. Quiere cambiar las cosas. Quiere que todos podamos hablar libremente de política, de la gente que dirige el estado, criticar, hacer una nación educada y libre, hacer la democracia más inteligente del mundo. Creo que él es justo lo que necesitan. Convencería a cualquier persona de apoyarlo. Sabe de tácticas psicológicas usadas en la guerra. Sabe de la historia política de la humanidad. Es leal a sus ideales. -Señorita, espéreme, no siga. Voy a preguntarle a la jefa. Se escuchó un grito, ¡señora Lourdes! Aquí hay una persona en el teléfono que quiere… Sí, dile que sí. -Señorita, fíjese… -Sí, ya escuché. Excelente. No sabe lo feliz que vamos a hacerlo con esta sorpresa. Laura apuntó los datos de la dirección y la lista de papeles que debía llevar a la inscripción de Patricio. Miró su guía roji y vio cómo llegar. Era al otro lado de la ciudad, en Bosques. Al día siguiente, a pocas horas de haber salido el sol, salió con su bolsa de mercado que tenía bordada una guadalupana con lentejuelas de colores y fue directo a la dirección de esta gente. Hizo una hora en llegar, no hubo mucho tráfico. Ya adentro, las paredes de la oficina funcionaban a la vez como unas ventanas que le parecieron prominentes, cuya transparencia dejaba ver un jardín enorme, lleno de arbustos floreados, árboles chaparros que evocaban tranquilidad y pavoreales erguidos que paseaban por el pasto bien podado. En la sala de espera había muchísimos personajes. La gran mayoría eran


hombres, tanto jóvenes como viejos, y casi todos tenían boinas, periódicos en la mano, y alguno que otro, un libro; con pipas, lentes, barbas, otros de traje, e incluso entre uno y otro se les notaba el bulto de una pistola en la cintura. Las pocas mujeres que habían eran jóvenes, algunas eran guapas, con una mirada decidida, amable y con la retina desbordante de una húmeda justicia. Se sentó en una de las sillas acojinadas. El piso estaba alfombrado. Se quitó los zapatos y subió un pie a la rodilla para masajearlo. Tuvo que caminar un trecho largo, forrado con grava y enmarcado por maples jóvenes. Debió dejar el auto en la entrada de un terreno grande. Llevaba falda y al estar con el pie sobre la rodilla, se podía ver, desde el otro extremo de la sala, el contorno de sus muslos. Uno de los hombres, sentado enfrente, le miraba las piernas cada vez que bajaba su periódico que disimulaba leer. Había otro hombre, flaco y alto, vestido con ropas extrañas, acompañado de un gordito simpático que seguía una mosca mientras intentaba matarla con las palmas de sus manos, pero fallaba en cada intento. El flaco y alto, que mantenía un semblante serio y de importancia majestuosa, le dio un zape y el otro se tranquilizó. Laura no podía dejar de verlos mientras se masajeaba el pie. En eso notó al del periódico cómo seguía con su espionaje entre sus piernas. Vio levantarse de su asiento al personaje de figura delgada y acercársele al hombre del periódico para decirle algo al oído. El espía de piernas bajó el periódico, se ruborizó, luego empalideció y terminó por cambiarse de asiento muy lejos de ellos. El héroe le guiñó un ojo e inclinó con respeto su sombrero negro. Laura le sonrió en agradecimiento y siguió con el masaje en su pie.


Después de varias horas escuchó su nombre. Entregó todos los requerimientos que sacó de la bolsa del mercado. La sentaron en un escritorio frente a un hombre joven, vestido con un traje caro. Ella le sonrió, pero el otro se mantuvo serio, frío. Pasó por ahí la que había escuchado nombrar al otro lado del teléfono, la señora Lourdes y, por arte de magia, el hombre sonrió de buen humor. -Mire señora, aquí está la hermana que le quiere dar la sorpresa a su hermano. -Ah, sí, cómo no. Mucho gusto. Señorita, ¿verdad? -Sí, mucho gusto, señora. Me llamo Laura Jiménez. -Me puedes llamar Lurdes, sin la “ou”. Y, ¿cómo te han tratado mis muchachos, Laura? Sí puedo hablarte de tú, ¿no? -Sí, claro. Y bien, bueno, no he tenido mucho contacto con ellos, pero de lo poco, en general, amables. Oye, debo confesar que no creo en estas cosas que están tratando de hacer, pero, en el fondo, siento alegría de que alguien con tanto dinero esté preocupado por la situación en el país y convoque líderes para cambiar las cosas. -Ay, gracias, qué linda y amable. Eres muy agradable. Tienes una sonrisa segura y suave a la vez. Tu hermano ha de ser todo un hombre. Espero que no sea como esos copiones de los revolucionarios pasados de moda que están en la sala. -No, claro que no. Mi hermano podría ser actor de Hollywood. Tiene porte, ingenio, estilo propio y es todo un hombre de estrategia. Incluso ha hecho varios intentos para destituir al grupo de gente que está en el poder. Casi lo logró en el noventa y siete.


-¡Qué! No me digas que tu hermano es el gran Patricio Jiménez, alias el Pato cejón. -Ese mismo, Lurdes. -Laura, sería un honor comer con ustedes para platicar con nuestro próximo estandarte nacional. ¿Tú crees que él quiera encontrarse conmigo? -Pero, por supuesto que sí. Terminó con el trámite, se pusieron de acuerdo para la comida y Laura salió del lugar con la cabeza en alto, orgullosa de su hermano, contenta de que alguien como la señora Lurdes lo reconozca con tanto respeto. Le platicó todo a Pato. Cada detalle. Su hermano dudó un instante, le dijo que era extraño tanto lujo, los hombres trajeados... Pero le ganó la excitación por saberse nombrar como estandarte nacional. Aceptó. Comieron en el restaurante “El lago”, frente a un lago artificial rodeado de bosque, debajo de un castillo, habitado hace siglo y medio por el emperador Maximiliano y que ingresó a la triste y cómica historia de la nación. Laura vio cómo Lurdes notó la mirada reprobatoria de Pato por estar en ese lugar con tal representación histórica, y le dijo que era como una pantalla, para disimular. Jamás sospecharían de ellos al estar en ese restaurante. De pronto, vieron entrar al secretario de gobernación, y Laura, de inmediato, se fijó en los ojos enrojecidos, furibundos, de su hermano. Le puso una mano en la pierna para tranquilizarlo y, por fortuna, logró controlarse. -No puedo esperar al día de la insurgencia. -Calma, esto no es de un día para otro –Lurdes le dijo suavemente. Hablaron de muchas cosas personales, así como también se explicó el plan y se acordó la fecha y el lugar del cuartel general donde se reunirían todos


los integrantes del movimiento. Dejaron los platos vacíos a excepción de Pato que se veía concentrado en el futuro. Salieron del restaurante y caminaron por la orilla del lago para hacer digestión mientras se ocultaba el sol. Llegaron a la cita el día acordado a una casa abandonada a las afueras de la ciudad, cerca de Texcoco, Laura, Patricio y unas doce personas más. Todos acudieron justo a la hora indicada. Uno de los hombres llegó en mula y vestido con una armadura medieval, venía acompañado de un gordito que parecía campesino. Laura lo recordó, era el mismo que conoció en la oficina, casi se le sale una risita al verlo refugiado en el metal. Le pareció que lo conocía de hacía mucho, se le hizo extraño, no supo de dónde. Estaban reunidos en lo que alguna vez fue la sala de esa casa y vieron entrar a un hombre trajeado. Los hizo pasar al cuartel. Bajaron por unas escaleras profundas a lo que parecía el sótano. Llegaron a un cuarto con una mesa rodeada con quince sillas. Cada uno tomó asiento. El caballero de la figura delgada le dijo al gordito que no podía sentarse, que era una mesa para héroes valientes. Discutieron un momento y el héroe de armadura azotó su mano enguantada sobre la mesa. Al final, el gordito lo convenció y se sentó junto a él. El hombre trajeado salió del cuarto y los encerró. En eso se escuchó como si hubiera una fuga de gas. Uno de ellos se dio cuenta de lo que pasaba y se levantó a abrir la puerta. Estaba con llave. Trató de derribarla, al mismo tiempo que los demás intentaron ayudarle, pero el gas hacía su efecto y pronto quedaron dormidos.


Todos despertaron dentro de un evidente encarcelamiento. Era una celda con un hoyo en el rinc贸n. Pato maldijo al mundo, Laura lo abraz贸 y el caballero vociferaba sobre un encantamiento hecho por un mago 谩rabe.


Trolebús maravilla

-GabrielSubió la pierna al primer escalón del trolebús. Miró para atrás retorciéndose el cuello, quiso fijarse si no lo seguía alguien. Nadie. Terminó de subir los dos escalones restantes. Introdujo dos pesos en la rendija del tubo que está junto al chofer del camión eléctrico. Fue a uno de los asientos individuales. Notó a una persona sospechosa que no dudó en dar unos pasos hacia él. Gabriel se puso nervioso, lo trató de disimular, fingió bien. El sospechoso le preguntó la hora, bajó sus lentes oscuros dejando ver unos ojos de color verde fosforescente. -Por eso uso lentes –le dijo a Gabriel y sacó una risita extraña, entrecortada y tapaba su boca con dos dedos retorcidos. Aún así se veían los pocos dientes que le quedaban. Ocultó los ojos de nuevo tras las pantallas negras y alargadas. -Todavía es temprano –respondió Gabriel. -¿Qué? ¿Temprano? ¿Para qué? Sino te invité un trago. ¿Qué quieres decir con qué es tremprano? –el sospechoso agitaba la cabeza en cada pregunta y le caía un mechón de pelo al frente que se lo reacomodaba de inmediato. Gabriel no supo qué hacer. No le habían dicho nada acerca de tal circunstancia. En el manual tampoco venía ningún ejemplo para resolver esta situación. Por un momento pensó que lo estaban manipulando. Sintió que se ponía pálido. No podía verle los ojos al otro, no sabía cómo lo miraba, los lentes se lo impedían. Seguía sentado y el sospechoso parado, agarrado del tubo de arriba. Había una mujer guapa que los miraba. También tenía lentes,


aunque no eran tan oscuros. Alcanzaba a verle la mirada. Estaba seria, movía los labios, decía algo. Gabriel trató de descifrar el movimiento de los labios. El hombre parado junto a él miró a la mujer. Pensó que era una persona cualquiera del camión y que, en verdad, sólo necesitaba saber la hora. Las pantallas negras volvieron a colocarse frente a él. -Bueno, ¿y entonces? ¿Estás bien, muchacho? –dijo el sospechoso poniéndole una mano en el hombro. Gabriel le quitó la mano con un movimiento brusco. Casi lo tira. Qué débil, pensó. De un manotazo sencillo logré desestabilizarlo. No son como en las películas. La gente pareció detenerse en la escena. La mujer guapa y otras dos personas miraban lo que sucedía. Un hombre alto, salido de la nada, fue rápidamente a integrarse al cuadro. Gabriel lo vio aproximarse con esa velocidad y se levantó de su asiento. ¿Será éste el contacto? Por qué viene tan rápido. ¿De dónde salió? Está grande, se ve fuerte, ¿qué hago? Eso pensaba mientras el otro se le plantó cerca, a unos pocos centímetros de tocarse la nariz. Gabriel se hizo para atrás, asustado, y golpeó de nuevo, sin darse cuenta, al sospechoso de lentes oscuros que intentaba sentarse en el asiento liberado. Vio que al grandote le surgían unas venitas verdes alrededor de las cuencas de los ojos y que colocó su mano grande en el tubo, por arriba de Gabriel. -Quieres saber la hora, ¿verdad? –preguntó Gabriel atolondrado. -¿Qué? ¿La hora? ¿Por qué has estado molestando al señor? –dijo el hombre fuerte enojado y empuñando la mano. El camión se detuvo en una parada, Gabriel aprovechó para bajarse y, por otro descuido, golpeó nuevamente al sospechoso que cayó al suelo. Desde


la banqueta miró cómo el grandote y otras personas ayudaban al sospechoso a levantarse. La mujer guapa no le quitaba la vista de encima mientras seguía moviendo los labios. El camión continuó con su ruta y todavía alcanzó a ver el puño del señor fuerte que se agitaba en el aire amenazándolo. Qué gente, pensó Gabriel. Alzó la cabeza para ubicarse. Estaba bien, en la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas. En frente tenía un Liverpool. Pinche Liverpool, pensó Gabriel. Estaban colocando el esqueleto del árbol de navidad enorme que ponían cada año. Sonó su celular. -¿Sí? -¡Gabriel! ¿Por qué te bajaste del trolebús, carajo? ¡Puta madre! ¡Ven a la oficina inmediatamente! Colgaron. Se quedó inerte con el teléfono en la mano, parado a la mitad de la banqueta. La gente pasaba. Un hombre chocó con su mano y le tiró el teléfono. Gabriel lo levantó y, mientras se erguía, miró el escaparate de la tienda Milano, una zapatería. Le encantó un par que se exhibía sobre una plataforma giratoria. Unos tipo mocasines de piel y de color café. Entró a probárselos y se los compró. Tenía una mirada perdida, como si se hubiera drogado un poco, sin haberlo hecho nunca antes. Salía feliz de la tienda con su bolsa gruesa y blanca en la mano cuando se acordó que tenía poco tiempo. No, qué tonto, otra vez distrayéndote fácilmente, el jefe se va a enojar. Pensó. Corrió a la orilla de la banqueta y pidió un taxi. Fue difícil tomarlo, estaba el paradero de camiones, unos puestos de comida a lado, y muchos autos que querían doblar a la derecha, hacia Insurgentes. Pero lo paró y se metió al asiento trasero. -Buenas tardes. Aquí a la derecha.


-¿A dónde va? -¿Por qué? El taxista lo miró con desconfianza. -Yo te voy diciendo. Ahora lo miró con hartazgo. Gabriel le contestó la mirada agresivamente, juntó todas las experiencias malas que ha vivido con los taxistas de la ciudad y le salió furia de los ojos. Además, el taxi olía a coco artificial. Gabriel odiaba esos olorantes, le parecían asquerosos. El taxista cedió en la confrontación. -Sí, bueno, vaya diciéndome. -Voy a la Juárez –dijo Gabriel cediendo también. Todavía no habían doblado a la derecha. Estaban en alto. -No, pus, mejor nos vamos derecho y tomamos Patriotismo. -¿Qué? No, claro que no, nos vamos por Insurgentes, por donde yo diga –dijo Gabriel inquieto. -Sí, como no, señor. Lo que usted diga. -Muy bien. Se fueron por el camino más lento. Llegaron y Gabriel se bajó del taxi por el mercado de la colonia Juárez. Cerró la puerta. Caminó media cuadra a la puerta de las oficinas y se dio cuenta de que olvidó la bolsa de los zapatos. Hizo la cara para arriba lamentándose y azotó el pie en el piso. Todavía alcanzó a golpearse la cabeza con la palma de la mano. Salió un colega de la oficina y lo miró como si viera a un pobre loquito. Gabriel se tranquilizó y pasó por la puerta. No saludó a nadie. Sentía que todos le sonreían burlonamente. Tocó en la oficina del jefe. Abrió. Entró. Tomó asiento en un sillón blanco de piel. El jefe se levantó del escritorio y fue a servirse un trago de tequila sin


ofrecerle nada a Gabriel. Con el vaso en la mano se sentó en otro sillón y le dijo tranquilamente. -Gabriel, eres un pendejo. Arruinaste tu entrenamiento por tercera vez. Estás fuera del programa. Puedes ir a trabajar al mismo cuarto oscuro de donde te saqué o largarte para siempre de la corporación y nunca dejarte ver. -Pe pero… -Nada. Sal de aquí ahorita mismo y dile a la secretaria tu resolución. El jefe le dio un trago al tequila. Lo saboreó enormemente y Gabriel salió de la oficina cabizbajo y triste.


-MontseEntre la vida y la muerte tú no estás más cerca de ninguna y por lo mismo tienes una vida aburrida, llena de rencores y de miedos. Siempre haz tenido miedo de que te pase algo malo, con esa idea sales a la calle. Es increíble que hayas tenido amigos y amantes. Bueno, no eres fea, te cuidas bien, incluso, sí, tu belleza es lo único que tienes, todavía, porque ya en unos años ni eso. En unos años no tendrás nada por culpa del miedo a hacer las cosas, de profundizar en alguna relación, de empezar algo, aunque no está tan mal tu trabajo en la tienda departamental, por lo menos podrás jubilarte y tener una pensión que te ayudará en algo para sobrevivir. Pero, Montse, vas a estar sola y sin el suficiente dinero como para tener un auto con chofer que te lleve a donde lo necesites y cuide de ti. Tus ahorros no son suficientes para pagarle un sueldo al chofer. Podrías irte a provincia, disfrutar de la tranquilidad y las distancias cortas. Éste ha sido tu mejor paso. Quedarte de ver con un desconocido. Ojalá y tengas suerte. Y no suerte para atraerlo, que para eso no hay problema, suerte para retenerlo. A la semana de estarse viendo, los asustas con tu mirada de loca y con tus manías extrañas, eso con los hombres que te convienen. Porque a los hombres que no te convienen les vale que seas como seas, con tal de que los esperes desnuda en la cama y ya, o que les soportes sus groserías, sus malos tratos, sus indiferencias, o ya sus cosas enfermizas donde tú has salido perdiendo. A lo mejor no fue tu culpa tenerle miedo a todo. Tuviste un hermano cruel que se divertía contigo haciéndote bromas pesadas, por las que te hacía quedar en ridículo o incluso te lastimaba físicamente de manera sorpresiva.


Pero hubieras superado tus traumas como te ha dicho tu amiga, la de pelo chino. Tienes suerte de que ella sea tu amiga: ha estado cerca de ti desde la secundaria. Su familia te ha recibido bien, te quisieron como una hija, luego tuvieron la intención de juntarte con el hermano que tú rechazaste de una manera algo rara. Aún así te siguen queriendo. Y luego tu padre, un hijo de la chingada que le gustaba entrar al baño para verte mientras te bañabas. Y al vestirte. De milagro nunca te tocó, pero sentías esa mirada a cada momento. Era insoportable. Tú mamá te decía que te imaginabas cosas, hasta que un día ella se dio cuenta de cómo te espiaba, y, cuando lo enfrentó, perdió dos dientes. En ese momento sentiste lo más amargo de la injusticia. Corriste a pedir ayuda, pero nadie quiso ayudarte y el que quiso, tu madre le pidió que se regresara a su casa, en realidad fue un accidente que perdiera los dientes y era un asunto privado que no tenía que ver con nadie, respondía tu madre. Ahí comenzaste a sentir rencor por el mundo, un mundo lleno de cosas no dichas, donde la justicia es muda y sorda. Pero, Montse, ahora debes concentrarte en parecer de lo más normal. El otro día viste un programa sobre las citas a ciegas. Sacaron una estadística no muy esperanzadora, pero también mostraron casos en los que han habido éxito. A lo mejor tú entras en esa estadística de éxito. Vas a ver que sí. Deja de pensar en la parte que dijeron sobre los sicópatas, que suelen usar este servicio porque todas las mujeres les rehuyen en el bar, en el trabajo, en la calle, las amigas de la hermana y están encerrados en sus casas masturbándose en el internet. ¡Por favor, relájate! Mira a ese anciano que está hablando con el joven trajeado. A lo mejor el del traje es el de la cita. El anciano está resimpático con los lentes oscuros


deportivos. ¡No! Espera. Quizá es el anciano. Se ve divertido, y la idea de citarse en el trolebús número 0452 a esta hora es divertida. No, pero sería el colmo, ni se te ocurra, un viejito, ni es rico, se nota, y aunque lo fuera, qué te pasa. No, no, no, sería ridículo, un viejito. Tendrían un juego de masturbaciones con utensilios sexuales de todo tipo para que calmen sus necesidades. Pudiera ser interesante, pero, mira, el joven trajeado te está viendo. Parece interesado en ti. Contrólate, deja de mover los labios. Vas bien, sí. Casi ni se nota. Por lo menos si alguien quisiera leerte los labios no podría hacerlo. No puede ser, el joven le dio un manotazo al anciano. Casi lo tira. Qué le pasa y nadie hace nada. Es increíble. Otra vez esta injusticia muda y sorda. No, tú quédate aquí sentadita, bastante tienes con tus problemas. No lo puedo creer, un hombre grande y fuerte fue a defender al trajeado. Parece que va a ver pelea. El otro se levantó del asiento, ay, y le pegó al viejito. No te rías, no es gracioso. Escapó el trajeado. Deja de verlo ahí parado en la banqueta. Se va el camión. Párate. La cita era pasando el Liverpool. Ahí estás bien. Qué bueno que no hay muchas personas. Parece que tu cita tuvo la sensatez de escoger una hora donde no se arremolina la gente. Cuidado. Se aproxima el grandote. Te mira. ¡No muevas los labios! Ni un poquito. Cálmate. No hagas movimientos bruscos. Sonríe normal. No, no sonrías, todavía no. A lo mejor no es. ¡Sí, sí es! Te sonríe. Está junto a ti mirándote a los ojos. No te quites los lentes. Deja que diga la clave. Sí, es él. La dijo, “en mayo el calor es romántico”. Quizá sea poeta o publicista. Ahora, sí, quítate los lentes. Dile que mayo es tu mes favorito. No dejes de sonreír. Sí, dile que sí, acompáñalo. Te está dejando pasar. Igual y en esta parada hay algo. Qué suerte tienes, se ve caballeroso, va bien el asunto. No tengas miedo, no, no empieces. Baja, baja,


él te está esperando en la banqueta, te da la mano. Baja y dale la mano. Ya te preguntó el chofer si vas a bajar o no. Baja. ¡Baja! Bien Montse. Eso es todo. Camina con él. Te está llevando al restaurante de la esquina. Pidió una mesa que había reservado. Parece que lo conocen, le sonrió el maestre. Seguro trae a todas aquí, pero cálmate, es normal, no lo tomes a mal. Además no sabes si sea así. Deja que te jale la silla para que te sientes. Primero quítate el saco. Deja que él te lo quite. Ahora sí. Siéntate. Deshaz la servilleta y ponla a un lado del plato. Fresca. No te pongas tan erguida, pareces una idiota que quiere mostrar que sabe comportarse en un restaurante. La servilleta a un lado, así, deshecha, así das la apariencia de que estás acostumbrada a hacerlo. Te está mirando. Haz lo mismo. ¡No muevas los labios! Bien. Sonríe. Pregúntale por su oficio, si es que lo tiene. No, no lo beses. ¡Qué haces! ¡No lo beses! Te estoy diciendo que no lo beses. Ah, ya no haces caso, te crees curada, ¿verdad? Oh, ya no mueves los labios. Te gustó cómo besa. Hace mucho que no sientes un beso como ese. Con razón no haces caso. Bueno Montse, buena suerte.


-El viejoSeñor, fíjese que qué maravilla estar por fin aquí. Pensé que nunca sucedería. Cómo se hace el tiempo lento y difícil. Cada día que pasaba se me hacía una eternidad. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí? Hubo un tiempo en el que sí transcurrían incluso demasiado rápido los segundos, pero finalmente me llegó la simpleza de que ya no quería estar ahí. Viví encerrado veinte años. No quería salir a la calle. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí? Antes era diferente: procuraba estar en todas partes. Con la familia, con mis amigos, con algunas personas con las que organizaba cosas en mi trabajo, con quienes ganaba buen dinero. Pero en esa época creía que yo era muy inteligente, pensaba que los demás me debían respeto y admiración. Fui un buen arquitecto. Trabajé en varios lugares hasta formar dos casas de arquitectos. Tenía la camioneta que todos querían, cada año la cambiaba. La que me gustó sobremanera fue una que sacó Mitsubishi, era estupenda, mejor que la BMW que le terminé regalando a un sobrino dejándosela en una suma ridícula. Las mujeres subían a mi camioneta con mucha facilidad nunca me había imaginado que fuera tan fácil. Digo, también las cautivaba con mis ojos de este verde brillante. De joven pensé que sólo le pasaría este tipo de cosas a Jorge Negrete. Era un pobre estúpido como podrá ver. Mi esposa me dejó, no me insultó en lo absoluto. Sólo me miró llorosa y se fue. Nos vimos alguna que otra vez, en la última me platicó sobre un tipo que conoció en un viaje en tren por España. Yo le pagué el viaje. Después ya no la volví a ver, se fue a ese país. Yo quise quedarme en el que nací. Mi México, ahí, donde uno tiene camioneta


y es dios. Perdón, no quise sobrepasarme. Pero es que así se maneja en donde nací. Cuando mi esposa se fue llorosa, yo la vi y pensé que era una mujer débil y me felicité por haber causado la separación. A la semana siguiente la extrañé mucho. Luego, pocos años antes de encerrarme en mi casa, uno de mis socios me hizo una jugada terrible, se quedó con la casa importante de arquitectos. Me fui a juicio, gasté mucho dinero y perdí el negocio. Tuve que vender el otro, que era pequeño, y decidí no salir… Disculpe Usted, ya no se me entiende ni cuando hablo, me deprimí. Vendí mi casa y compré un departamento que no estaba mal. Y ya no quería saber nada de nada. Me fui gastando el dinero. En mi encierro me dedicaba a ver la tele, mirar películas y hasta aprendí a cocinar. La preparación de la comida me ayudó a reflexionar. Entre la cocinada y alguna película me nació la curiosidad de mirar hacia los libros, que ya se me habían olvidado por completo, y cuando alguien me los recordaba, les decía que no servían para nada, mostrándoles mi hermosa camioneta, la que tuviera en ese momento. Leí mucho y de todo. Al principio compraba los libros, luego tuve que pedirlos prestados en un café que tenía una especie de libroclub o en la biblioteca del parque cerca de mi departamento. Leí libros de historia y filosofía. Estaba fascinado. Luego empecé a leer sobre biología, química, física y matemáticas. Quedé impresionado por todo lo que ignoraba. En la época de las camionetas todavía decía que las matemáticas eran para bobos, la física y la química para gorditos pelones con lentes. Por último descubrí la literatura y lloré. Me vi como una persona asquerosa y podrida.


Un día solté "Crimen y castigo" cuando sonó el teléfono. Me sentía hipnotizado por la lectura. Tardé en contestar. Era ella, mi esposa. Bueno, ex esposa. Estaba en la Ciudad de México. Me pidió que nos viéramos. Fue maravilloso, como si Usted me hubiera perdonado todo lo malo que había hecho en mi vida. Por supuesto, le dije que sí. Tenía setenta años y me sentía emocionadísimo. Nos quedamos de ver ese mismo día a las cinco de la tarde. No había tiempo qué perder. Tomé mis lentes oscuros deportivos, eran excelentes, me costaron mil pesos, me cubrían del sol sin molestarme la visión y además se sujetaban perfectamente en mi cabeza. Salí de mi casa, caminé algunas cuadras, tomé un camión que me dejara sobre la calle donde pasa un trolebús que me llevaría a Félix Cuevas, quedé en un café restaurante viejo y agradable. Justo ese día tenía que suceder lo que tanto esperaba y que en ese momento no lo quería para nada. Pero qué se le puede hacer, así es la vida, uno está inmerso en lo que le rodea. No puede evitarlo. Perdón, otra vez con mis cantinfleadas. En el trolebús había un hombre vestido con un traje barato que miraba su reloj sin parar. Quise ver la hora. Ver si iba bien de tiempo, pero no tenía mi reloj puesto en la muñeca, se me había olvidado. Comencé a preocuparme, me imaginé que estaría algo tarde, así que me acerqué al joven del traje a preguntarle por la hora. Había una mujer guapa, parecía una loca, no dejaba de mover los labios, miraba para donde yo estaba. Me recordó un poco a una mujer que conocí y que no aceptó subirse a mi camioneta. Me acerqué al joven de traje bajándome los lentes ligeramente para que viera mis ojos. Así nomás. Le dije que por eso usaba los lentes. Le pregunté la


hora, me respondió que era temprano. Me quedé callado. Qué tal que fuera uno de esos locos mataviejitos o algo por el estilo. Comenzó a ponerse nervioso y pálido. Le pregunté si estaba bien y le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo, pero él me atacó o se defendió, me quitó la mano de su hombro. Lo hizo con fuerza y perdí el equilibrio, sentí que caería al piso, pero por fortuna me agarré de uno de los tubos. Estuvo raro. Me asomé por la ventana para ver dónde iba. Faltaban pocas cuadras. Luego un hombre alto y fornido se acercó al de traje. Parecía que tenía intenciones de pegarle. Me defendió. El otro se asustó y se levantó del asiento, luego tropezó conmigo para bajar del camión. Me lastimó la rodilla. Escuché que algo se quebró dentro de mí. En la parada siguiente bajaron juntos el fortachón y la guapa. No me di cuenta cuándo se juntaron. Por fin llegué yo a mi parada. Bajé los primeros dos escalones y en el tercero mi rodilla terminó de torcerse y caí de cabeza a la banqueta. Mi sien fue a dar directo a uno de los tornillos que sujetaban un poste del alumbrado público. Me rompí la cabeza y aquí estoy, Señor.


Yodo quemado

El hechizo no funcionó. El deseo era verdadero, pero las montañas, blancas y rodeadas de nubes, no quisieron levantarse. Las palmeras, en las playas, no bailaron entre las olas. La lluvia caía del cielo. El despertador sonó a la misma hora. Y Manuel, cachetón, pero delgado, con la panza redonda y pronunciada, con la barba un poco crecida que le causaba salpullido en el cachete izquierdo, sólo ahí, con irritación y comezón, el pelo corto y de forma discreta; Jimena, con los incisivos separados y los labios gruesos, sus senos eran pequeños y casi siempre usaba el sostén especial que los agrandaba una talla, su pelo era largo, de forma dispareja, ladeado a la derecha; Manuel y Jimena hicieron el hechizo, pero no funcionó. -Todo sigue igual –les dije con una sonrisa socarrona cuando fui a despedirme. Sólo yo sabía lo que querían hacer. Confiaban en mí, Jimena era mi hermana y Manuel era un amigo de los dos. Cada uno vivía por su cuenta, pero por lo menos una vez a la semana nos juntábamos. Y últimamente, por lo del hechizo, era cosa de vernos varios días seguidos. Pablo era hermano de Jimena. Su corta edad lo hacía parecer fuera de lugar cuando se encontraba junto a ellos. Su pelo medio largo y disparejo, la ropa llamativa, pero en combinación discreta. Le gustaba llamar la atención con sutileza, por ejemplo: tenía un arete en el lóbulo de la oreja izquierda, tapado por su pelo, y sólo cuando alguien lo miraba detenidamente se podían notar esos detalles pequeños como el del arete. Era delgado y tenía las piernas largas.


-¡Cállate! –le contestó Jimena. Ellos, mi hermana y Manuel, se quejaban todo el tiempo de lo absurda que era la vida. Quizá no observaban con suficiente concentración, sin darse cuenta que su vida era la absurda. Pero a lo mejor sí tenían razón. Manuel citaba con frecuencia alguna línea de "El mito de sísifo" mientras que yo le mencionaba algo insignificante que vi en la tele o en la calle y me hacía una mueca. Jimena quiso que todo se llenara de amor. Manuel le dijo que también quería hacer eso, pero en realidad no quería discutir con ella, porque lo que él deseaba era que la humanidad no tuviera la idea de tener la razón de forma absoluta y necia. Las dos intenciones de hacer el hechizo eran la misma pero dichas de otra forma. ¿Por qué Pablo está en este cuento? Pablo. Pablito, como le decía su hermana, era el que les regaló la fórmula para hacer el hechizo. La sacó de su imaginación, pero les dijo que la había encontrado en una tienda escondida en el sótano de un edificio abandonado y que realmente funcionaba. Ellos le creyeron. -Me saca de quicio estar aquí –dijo Jimena-, el otro día iba en la micro y el chofer manejaba como idiota. Estaba sobre la línea que divide un carril de otro, ¡ocupaba dos carriles! Un señor que iba con otro más joven en un auto le gritó algo para que se colocara bien, pero el chofer les aventó la micro. Los güeyes del auto se adelantaron y le cerraron el camino para que se detuviera. Se bajaron del auto y le metieron una madriza al chofer, tan cabrona, que tuvieron que llamar a una ambulancia y nosotros subirnos a otra micro


-A mí me caga también estar vivo –dijo Manuel-, me caga que un grupo de gente diga esto y otro grupo esto otro y luego se tengan que matar entre ellos para que el que quede vivo tenga la razón -Yo tengo la solución de sus problemas –dijo pablo. -¿Cuál es, Pablito? -Ay, vas a salir con alguna mamada –le dijo Manuel mientras se rascaba el cachete bajo la barba. -Yo tengo una fórmula para hacer un hechizo que les podría funcionar. -Ajá, sí cómo no. No mames –se levantó Manuel de la mesa para ir a prepararse un té. -¿Y tú, qué dices? Y sin contestarle, Jimena alcanzó a Manuel en la cocina. Que estúpidos. Todavía les doy una solución tan increíble que ya quisieran muchos y me ignoran. La siguiente vez que se reunieron, Pablo llevó un libro. La portada era morada con brillantina plateada y sin título. Antes de que empezaran a quejarse lo puso sobre la mesa y le acarició el lomo. A ellos ya se les había olvidado lo que había dicho Pablo la última vez y Jimena quedó maravillada con la portada. Cuando Pablo abrió el libro al azar, a Jimena se le iluminaron los ojos y su rostro tomó un color ligeramente chapeado. Quedó absorta unos segundos, sus pestañas crecieron, adquirió una belleza deslumbrante. Manuel no lo podía creer, tenía la boca abierta, estuvo a punto de acariciarle suavemente la mejilla, pero se contuvo. Manuel tenía un librero en la sala al que le apareció una línea a sus costados que dibujaron sobre la madera barnizada flores multicolores. Había un espejo colgado en la pared, justo por encima de la cabeza de Manuel


y su cara apareció en el vidrio de mercurio haciendo el gesto más chistoso y simpático que nunca nadie ha visto, grabado de todas las veces que se había reflejado en él. Pablo rió por las payasadas que estaban ocultas en el abismo borgiano. Jimena se conmovió más que asustarse, no le conocía esos desplantes a su amigo. -Bueno, yo los dejo, incrédulos –dijo Pablo. Pablo cerró la puerta tras de sí mientras el departamento se invadía de un aroma a vainilla que entró por la ventana abierta. Jimena flotaba y sonreía. Manuel observó las flores del librero acariciándose la panza, miró el espejo, de donde apareció el rostro de Pablo guiñándole un ojo. Luego descubrieron que de unos recipientes de porcelana que tenía Manuel sobre la mesa salía un hilo de humo denso y de color púrpura, polvo de yodo quemado. Pusieron los platitos en el piso y bailaron entre los hilos de color púrupura. El ambiente se llenó de magia. Sonó el timbre del teléfono y contestó Manuel embobado por todo lo que pasaba en su departamento. -¿Bueno? -¿Qué pasó? ¿Ya revisaron el hechizo? ¡Háganlo! Manuel colgó y miró la mesa. Jimena había tomado el libro y lo revisaba detenidamente. Hicieron lo necesario y pidieron sus deseos. -Quiero que las montañas se eleven por los cielos… Emocionados, terminaron el listado de sus deseos y Manuel se sentó junto a Jimena. Ella lo miró con dulzura. Una línea de humo púrpura se le enredaba en el cuello y pasaba por entre su cabello largo como una seda con vida. Los pezones se le endurecieron como si le fueran a romper la blusa apretada. Ese


día no traía el sostén acolchonado. Eran dos chícharos que rompían su vaina para mirar el mundo. -¡Irresistible! –exclamó Manuel. Sonrieron al mismo tiempo. Manuel pasó los dedos alrededor de los pezones. Jimena le pasó los dedos alrededor de su boca. Mi hermana y Manuel siempre se habían atraído, pero tenían miedo. Miedo. Miedo. Miedo. Manuel y Jimena salieron a la calle al día siguiente, se dieron cuenta de que no pasó nada, caminaban abrazados por encima de un charco lodoso en la banqueta. Surgieron gotitas negras en sus pantalones a la altura de los tobillos. Regresaron al departamento a desayunar. No dejaban de mirarse. Pablo apagó el despertador, prendió la tele: las palmeras no bailaban entre las olas ni la lluvia era de abajo hacia arriba. La apagó. Sonrió. Sabía que su hermana y Manuel amanecieron contentos. Salió para ir al trabajo. Tuvo tiempo de pasar a un café. Se sentó junto a la ventana. -Buenos días. Un café con leche, porfas. Necesito ponerle azúcar a mi historia fingida de dos cuerpos disecados. -Una bolsita de canderel. Creo que me voy a ir a otro país. Pero antes debo despedirme de Manuel y de Jimena. -¿Cuánto es? Aquí tiene. Hasta luego.


Impresiones

Me colgué de una rugosidad blanda y no sabía dónde me encontraba. Logré subir un pequeño tramo cuando se movió la superficie. Comencé a preocuparme. La inclinación se enderezó lo suficiente como para ponerme de pie. Pude observar tres paredes con su techo, estaba dentro de un cuarto. Había una luz tenue de una lámpara con pantalla de pie sobre un buró que me dejaba ver con claridad. ¡Todo era enorme! No comprendía qué me había pasado. ¿Por qué de repente estaba colgado de un como pellejo? Espérense, después vi aparecer, desde la oscuridad de un rincón, una silueta. La silueta se dejó acariciar por la luz, era una mujer. ¿De dónde salió? Era como unas mil veces más grande que yo. Su rostro era bello y sus ojos irradiaban sensualidad. Pude ver sus ojos porque miró hacia mí. Ella se acercaba, ya sin ver hacia mí, más bien lo hacía muy por arriba de donde me encontraba, como si viera a otra persona. Estaba desnuda. Ese pellejo donde estaba creció y endureció. Supuse que estaba sobre una verga. Me volví de inmediato y qué sorpresa, enfrente tenía la maleza del pubis de un hombre. Di unos pasos con incertidumbre para atrás viendo el pubis, alcé la vista hasta la barbilla del hombre, sin estremecerme pensé en la facilidad de la que podría ser aplastado o caerme. Me volví de nuevo hacia la mujer, ella se aproximó a mí, al hombre, y sufrí un espasmo. Casi pegada a mí, a él, sentí más intenso que de costumbre el olor de la vagina, olía bien, pero fuerte, casi insoportable. La mujer se alejó de repente y se salió del cuadro de mis ojos. El hombre giró sobre sí mismo, para mí fue


como si girara en un juego mecánico de la feria, me arrodillé para no caerme, tuve que abrazarme a lo que pensé nunca haría. Del giro encontré a la mujer acostada en la cama. Se acercó, me acerqué a ella lentamente. Tuve una vista muy interesante. Sus piernas me parecieron larguísimas, además de que eran delgadas y bien formadas, su pubis peluqueado, pero no a rape, el monte de venus fino y prominente, sus vellos delgados, cortos y negros. Me acerqué, él se acercó, cada vez más. Ella abrió las piernas. Su labio interior emergió abriéndose y su sol saliente hizo que se me escurriera un hilo de baba por la boca mientras me acercaba por completo. Me di cuenta de la baba y me limpié con nerviosismo y miedo, pensé que me ahogaría cuando él introdujera su verga en la vagina. Por fortuna lo hacía con una lentitud desconocida para mí, yo me aventaría como de un clavado a la piscina con mi lengua de fuera, pero ellos no. Sentía la suavidad con la que se querían, así que pude pensar que, al contacto de los sexos, saltaría y me agarraría del primer vello de ella que pudiera. Gracias a Dios que ella tenía vellos alrededor y debajo de su labio superior, sin que le llegaran al culo, cosa que, si llegaran, no me incomodaría en lo más mínimo, estéticamente hablando. Me calmé el miedo y me dio otra cosa, me excité y asombré. Sí. Entró la puntita, la cabeza de la verga fue engullida por el agujero de la vida. Tuve tiempo de admirar la jugosidad de los labios. Se han acrecentado todavía más, el clítoris era hermoso. Salían gotas lubricantes en cantidad. Grandioso. Nunca lo había visto tan de cerca y de esa forma, cuando yo lo he hecho no lo he podido ver, y tampoco lo había visto en las películas porno y las fotos y videos de la internet, de donde me enorgullezco ser todo un lobo de mar. Era un gran


espectáculo. Era un espectador privilegiado. Lo hacían más como humanos, con amor, como diría alguien que no fuera yo. Me agarré del primer pelo. Resbalé un poco. Mis manos se sujetaron bien, hicieron un buen esfuerzo, al igual que mis piernas, con las que se coordinaron con destreza, como si fuera el deportista que no era. Logré escalar con éxito. ¡Todo desapareció!

# # #

Desperté agitado. ¡Qué sueño tan ridículamente extraño! Por fortuna el tamaño de mi cuarto tenía sus dimensiones normales. Algún día hablaré a mi programa favorito de radio, donde cualquiera podía llamar para contar sucesos increíbles, y decirle a todo el mundo mi sueño. Me destapé. Saqué mis piernas de la cama. Bostecé y me estiré. Intenté abrir la puerta, pero no pude, se trabó. Ha de ser alguna broma, me dije, pero ¿de quién? Vivía solo. Me asomé despreocupado por la ventana. Con asombro e intriga me di cuenta de que el cielo estaba rojo, alrededor de mí había edificios por completo rectangulares y sin ventanas, además de que eran morados. Si no hubiera estado tan impresionado, seguramente habría pensado en por qué yo sí tenía ventana. No había árboles, tampoco gente y el piso era un espejo que reflejaba el color rojo del cielo. Vi varias bolas o pelotas o seres de color azul rodar por el espejo de fuego.


Creí que estaba enfermo. Me alejé de la ventana, pude verme en el vidrio, tenía el pelo despeinado como si me hubiera revolcado por una colina bañada por un sol pesado de la tarde. Los cachetes estaban inflamados y salpicados de venitas rojas. ¡Esto no es real! Me dije desesperado. Me metí en la cama para no despertar otra vez. Desafortunadamente abrí los ojos de nuevo. Tenía miedo y sudaba. Me asomé por la ventana con precaución y el paisaje se normalizó. La puerta ya no estaba trabada. Fui rápido a remojarme la cara. El agua estaba fría. Dejé de sentir una presión amarga en mi estómago que me había invadido en lo que parecía mi segundo sueño. Levanté el torso y al quitarme las manos de la cara noté que el espejo de arriba del lavabo reflejaba todo el baño menos a mí.


El edificio

Yo podía asegurar que tú tenías la intención de tomar un regaderazo conmigo en la mañana. La vez que fuimos a la terraza de un café, en medio de la cual había una fuente. Sí, lo contaré con detalle. Algunos rayos de sol se abrían paso por entre las hojas de dos árboles grandes para llegar a tu piel tostada. La fuente tenía al centro una estatua de una mujer desnuda y toda ella era acariciada por el agua que salía de su pelo duro, largo y gris. A unas cuadras había un edificio alto, sólido y bien erguido. Te recuerdo con claridad, sentada frente a mí. Un rayo de luz caía justo en el delineado entre tus senos, permitido por tu escote abierto. Podría llenarte de besos alrededor de tu cara, cuello y hombros, te dije. Dejaste que viera tu sonrisa. Tus ojos brillaron. Acercaste tu mano a mi brazo. Lo acariciaste. Yo pasé mis dedos por el mismo lugar que el rayo de luz. Casi no hablamos, cosa que importaba poco. Tú bebiste un té de rosas. Era rojo. Tus ojos verdes. Tu pelo suave, largo y negro. Estábamos insoportablemente deseosos de tenernos el uno al otro. Fue la primera y única vez que nos vimos, y seguramente habría sido la mejor si hubiera seguido el asunto. El edificio, que se veía a unas cuadras, parecía palpitar, como un falo duro e impaciente por sumergirse en la humedad de una vagina. Salimos del café. Caminamos sin rumbo. Nuestras manos se rozaban, asimilaban el terreno, y se entendieron bien: la experiencia siempre es ventajosa. Llegamos a una esquina, frente al edificio, y estuvimos allí parados un momento. El sol estaba por ocultarse, que bueno, hacía calor. Pasaste tus brazos por mi cuello. Pegaste tu vientre al mío. Hubo un movimiento de tu


vientre con tal sutileza que gocé algo así como un hielo que me quemara por dentro. Me pareció que el edificio se hizo hacia la izquierda, o ¿habría sido mi pito? Quizá fue por el paso de las nubes que apenas podían verse de tan poca luz que había. El edificio era oscuro, con polvo incrustado en sus muros. Las ventanas verticales y angostas. Tus brazos me apretaron. Me acerqué a tu boca. Tú te quitaste. Qué tontería la tuya. ¡Qué feo se siente! Reconocí lo ridículo: ya había cerrado los ojos para después casi besar el aire. No quiero, dijiste mientras me acariciabas la boca y el pecho. Dejaste que pasara mis manos por tus senos redondos, tu cintura y espalda. Casi nos devorábamos, sin escrúpulos, que chingón, pero la puerta del edificio, que era enorme, se abrió con un rechinido que escuchamos aun al estar a una distancia alejada y nos separamos. Tú te sobresaltaste. Me dijiste que nos fuéramos. A mí me gustó la sensación de misterio y te retuve. Nadie salió de aquella puerta. Te tomé de la mano y te guié hacia ella. Estabas nerviosa. No era para tanto. Antes de pasar por la puerta te detuviste de repente e insististe que nos fuéramos a mi casa. Te hice caso. Al edificio no le importó nuestra decisión. No impidió la huida. No persistió en invitarnos a pasar, ni nos siguió con su sombra. Llegamos a mi casa. Te sentaste en el sillón, de espaldas a la ventana. No me había fijado antes de que se podía ver el edificio desde allí. ¿Se habría movido? A lo mejor deliraba, pero ¿por qué un edificio y no un pájaro o la luna? Por cierto, la luna estaba llena e iluminaba la ciudad. Tú abriste las piernas, me miraste de una forma tan dulce que cualquiera hubiera acariciado tu cuerpo como si se acercara a una flor para tocar los pétalos sin lastimarlos, pero yo no reaccioné. Sonreíste. Tus ojos recuperaron el brillo perdido frente al edificio y


que tenías en el café. Me incliné hacia ti, palpé con mi mano tus muslos calientes, luego acaricié la línea que se dejaba ver en tu entrepierna, la que se formaba con finura por el estrecho pantalón que tenías puesto. Alcé la vista y gozabas, pero al verme, tu mirada cambió a oscura, con miedo. Dijiste que en mis ojos se veía el edificio con la puerta que se abría y cerraba. ¿Tú también delirabas, o el edificio se metió groseramente como un pinche fantasma chingaquedito? Juntaste las piernas. Me empujaste lejos de ti. Intentaste pararte del sillón, pero lo impedí. Te tomé del brazo y te rasgué la blusa: ¡Qué lindo par de senos! Vi el edificio, me guiñó con sus ventanas. Inesperadamente pareció gustarte mi brusquedad y desabrochaste mi pantalón. Metiste la mano. Me invadió un escalofrío de placer. Desabroché tu pantalón. Te lo quité. Tu calzón era de algodón, ni chico, ni grande. Tu cuerpo era imponente. Te diste vuelta, pusiste tus manos en el respaldo del sillón para recargarte en él. Veía tu espalda, tus lindas nalgas, veía entre tus piernas tu vagina abultada, era un hueso de mamey oculto por el calzón que todavía no te había quitado, y además, veía tus rodillas apoyadas en el asiento del sillón. Vi el edificio de nuevo. Sus ventanas parecían sonreír. Te quité el calzón y en la misma postura que tenía tu cuerpo, te miré, era tan bello, acaricié tu vulva abriéndose y humedeciéndose, rodeada de unos vellos negros y cortos, que mostrabas con excitación y seguridad, sin pena. Me estremecí, tu sensualidad me acariciaba con delicia todo el cuerpo, como un soplo de aire. Terminamos sentados en el sillón. Cansados y agitados. El edificio también parecía agitado. Te levantaste, te vestiste, abriste la puerta de la entrada, saludaste y no me diste un beso de hasta pronto. ¿Se te hacía tarde para llegar a algún lugar? Ya casi era la medianoche. ¿Te transformarías en


cisne? Moví el sillón para poder mirar por la ventana. Estuve frente al edificio un rato. Nos hicimos amigos. Me dio a entender que estuvo magnífico. Yo le respondí que era un metiche. Bromeamos. Le pregunté al edificio: ¿por qué no se quedó a darse un regaderazo en la mañana? No me contestó, se durmió.


Arroz

Rodrigo recordó que había una bolsa de arroz en la alacena. Frente a ella, con las puertas a un lado, encontró cinco pisos de tablas vacías. ¿Qué raro, y el arroz? Preguntó y nadie le contestó. Fue a la cocina y abrió unos estantes que estaban incrustados en la pared. En vano. El arroz no estaba. Metió las manos en los bolsillos del pantalón, miró por la ventana, hizo con la boca como si fuera a dar un beso y abrió mucho los párpados, intrigado por la aparente desaparición. Él tenía la seguridad de que debía estar en algún lado. Con las manos aún sumergidas en el pantalón caminó hacia la sala y se sentó en un sillón a pensar en todas las posibilidades a donde pudiera estar lo que buscaba. Su concentración lo distrajo de todo: le empezaron a doler las manos por la presión del corte en la tela de los bolsillos del pantalón. No las pudo sacar y sentía que les faltaba poco oxígeno, a punto de explotar como cuando se enreda una liga en el dedo. Se levantó desesperado del sillón. Las sacó y volvió a sentarse. Eran las tres de la mañana. Una mancha negra rodeaba cada uno de los ojos que contrastaba dramáticamente con la piel pálida de las mejillas. ¡Quiero arroz! Dijo. A tres cuadras de su casa había una tienda abierta las veinticuatro horas. No, tengo que encontrarlo. No quiero ir a la tienda. Siempre que salgo a estas horas algo me pasa. El otro día salí a comprar unos cigarros y una mujer acompañada de un grupo de gente dentro de un auto me gritó de cosas. Me dieron los cigarros y tuve que pasar cerca de ellos. La mujer abrió la portezuela, salió y fue hacia mí. Su cara estaba descompuesta por la trasnochada y el alcohol. Era evidente que había tomado mucho. Sus


movimientos eran vulgares. No recuerdo qué me dijo y llevó su mano a mi bragueta. Me sorprendí muchísimo. Me hacía gestos grotescos. Quedé inmóvil. Ella con la mano todavía ahí, miró al auto y se carcajeó. Enseguida los del auto también. Pude desafanarme de ella y seguí mi camino. Todavía alcanzó a gritarme dos o tres estupideces… ¡Así que no quiero ir ahorita! Rodrigo deambuló por el departamento tratando de recordar dónde habría puesto el arroz. Dos días antes lo dejó una mujer que vivía con él. Y no quedaron en buenos términos. Pero eso a Rodrigo no le preocupó para nada y tomó el teléfono. -¿Bueno? ¿Karla? Oye… -¡Qué quieres! ¡No mames! Estaba dormida, imbécil. ¡No me llames nunca! Colgó. No era para menos. ¡Pinche vieja loca! Dijo todavía en el auricular. Buscó detrás de la cama y debajo de ella. En el clóset y en el baño. No lo encontró por ningún lugar y exhausto se acostó en el piso de la sala. Descansó con los ojos cerrados. Cuando los abrió se dio cuenta de unos puntitos blancos suspendidos en el techo. No había un solo milímetro vacío. Quedó admirado por el paisaje tan extraño dentro de su casa. ¡Qué hermoso! Dijo. Las semillas estiradas hacia abajo crearon la impresión de que la sala se viera más amplia. También era reconfortante la imagen, acolchonada. Ya en pie fue por un bote y una silla que puso en medio de la estancia. Pasó la palma de la mano acariciando la superficie del techo y los granos caían en lluvia al bote que sostenía en la otra mano. Terminó un pedazo. Bajó de la


silla. La colocó un poco más para allá. Volvió a montarse en ella y terminó de bajar todo el arroz. Dejó la silla ahí y fue directamente a la cocina para prepararse un buen arroz al horno. Sacó algunas verduras del refrigerador y las cortó. Tomó un refractario y lo puso frente a él, sobre una repisa de cocina. Uf. El arroz desapareció del bote. ¡Qué chingados! Esto me pasa sólo a mí. Primero me deja mi mujer y ahora esto. Dijo. De nuevo en la sala con el bote subió a la silla, pero el arroz no estaba tampoco en el techo como antes. Arriba de la silla comenzó a marearse. Se llevó una mano a la cabeza. Se tranquilizó y fue al baño. Abrió la toma y en vez de salir agua, sí, un chorro de arroz. La mitad de lo que salió se fue por el desagüe. La otra mitad la salvó con su mano y lo puso en el bote que seguía en la sala. Regresó al baño y dejó caer el resto del arroz junto a los demás granos. En la cocina tenía todo listo, pero cuando vació el bote sobre el refractario no cayó nada de él. Rodrigo se enfureció y lo azotó. Caminó rápido al teléfono y marcó. -¡Todo esto es tu culpa! ¡Vieja loca! Y colgó. Quedó sentado con la cabeza metida entre sus piernas. Sonó el teléfono. Lo levantó. -¿Qué? Escuchó un ruido y sintió que se le llenaba el oído de algo. Separó el auricular de él y se dejaron venir cientos de arroces en cascada hacia el piso. Después del último grano, colgó. Lo sabía, vieja loca. Dijo. Recogió todo y lo llevó a la cocina. No le quitó el ojo de encima para prevenir otro vacío. Nervioso, le temblaba ligeramente la mano. Surgió una sonrisa cuando ya


estaba a unos centímetros del recipiente. Intentó echarlo todo en su transparente, vidrioso y cuadrado destino, pero, con unas gotas de sudor deslizándose por la frente, no pudo evitar un parpadeo y ni un solo grano cayó del bote. Consternado, con los ojos rojos y la boca abierta observó por la ventana cómo el cielo se clareaba en el horizonte. Fue al baño arrastrándose. Se desnudó y abrió la llave de la regadera. Terminó de bañarse. Se vistió, preparó café y salió a trabajar. Regresó en la tarde pensando únicamente en acostarse y dormir unas buenas horas, pero cuando abrió la puerta del departamento sonó el reloj de cocina. Se acercó medio dormido, olía a arroz con verduras. Bajó la tapa del horno y encontró dentro el refractario rebozando de una ligera capa blanca y vaporosa. Pu ta ma dre. Dijo con los ojos enjutos.


Sin mermelada, no

Uno de los primeros rayos del sol entró por la ventana entre las cortinas blancas que no se terminaron de cerrar la noche anterior y recayó justo en los párpados de Pilar, mi mamá. Éstos se calentaron y temblaron ligeramente hasta que surgieron unas aceitunas. Se tapaba con una sábana hasta la cintura, permitía que sus senos tomaran el fresco de la mañana. Giró levemente y apenas movió el brazo para tantear la espalda de su marido, que no es mi papá, al que despertó y notificó de la gran idea que acababa de tener. -¡Vámonos a la playa! Todos. Invitemos a Doris. Pilar se levantó y fue a la cuna de Olema, mi hermanita. Ya estaba despierta y jugaba con otro rayo de sol que caía en su pancita. Sonreía, como si supiera la idea de mamá, por mera telepatía, se sentía feliz por la atmósfera playera que ya flotaba en la habitación. Pilar la tomó y le dio la teta. A Olema, golosa, le caía una gota de leche por la mejilla, no dejaba de sonreír y no podía cerrar bien los labios. El marido observó desde la cama, con los ojos entrecerrados, cómo se divertían madre e hija, cómo nacía la complicidad de dos mujeres alegres. Pilar preparó el desayuno y le habló a Doris. Yo dije que no quería ir a la playa, que ya tenía planes con mis amigos de la secundaria, pero cuando me enteré de que iría la amiga de mi mamá, que me caía muy bien, aunque tuviera sesenta años, acepté ir a la playa. Todos estábamos a bordo del auto camino al colorido del caribe, que estaba a unas tres horas de Mérida. La carretera estrecha era recta e


interminable, bordeada por el monte, una selva baja y tupida. Al marido de Pilar le encantaba observar el paisaje, que no dejaba de ser el mismo todo el camino, pero él siempre decía que esas formas eran embriagadoras, que así iba más concentrado detrás del volante. Doris le hablaba a Pilar acerca de los cuidados de una bebita mientras Olema jugaba entre sus dedos con el pezón de mamá que lo mantenía de fuera al alcance de ella. Yo fingía mirar por la ventana sin perder de vista los gestos de mi mamá y su amiga. Doris me dirigía de soslayo, cuando Pilar se distraía con Olema, chispas por los ojos, y yo las recibía de primera mano con desprecio, pero en el fondo lo disfrutaba mucho; a ella le fascinaba mi incapacidad de expresión amistosa, erótica y sexual, o mi inocencia, como decía Doris; y sabía de alguna manera que ella comprendía mi incapacidad sensual y, además, me aliviaba los nervios saberlo. En cambio, a las chavas de mi escuela no les conmovía en lo más mínimo mi timidez, al contrario, se mofaban de mí. Llegamos a la playa y alquilamos una cabaña para todos en donde había dos camas matrimoniales y una hamaca. Dejamos las cosas y nos fuimos a comer a un bar botanero. No estaba tan bueno como en Mérida, pero había mucho ceviche y de varios. Regresamos a la playita de las cabañas. Pilar, su marido y Olema se refugiaron bajo la sombra de una palapa, a unos metros del mar, y reposaron el estómago. Yo fui a caminar por la playa, pisaba las olas que querían llegar lo más lejos posible, y Doris fue a reposar su culo guango en la hamaca de la cabaña.


En la noche fuimos a la cocina bar de las cabañas donde comimos cualquier cosa. Platicaron un rato y luego fuimos a dormir. Una cama la ocupamos Doris y yo, y en la otra, los demás. Cuando el sol se asomó en el horizonte, Pilar y su marido, con Olema, salieron a caminar. Cuando despertó Doris, se encontró sola conmigo. Ella me acarició el pelo y me sopló al oído. Rejuntamos nuestros cuerpos cubiertos por la sábana. Doris puso mi mano en su pecho.Yo no sabía qué hacer al principio, pero poco a poco fui tomando confianza y le acariciaba rápido todo el cuerpo. Metí mi pierna entre las de ella, sentí mucho calor al frotarla con las suyas. Doris entrecerraba los ojos. -Lo haces muy bien, Goro. ¡Qué rico! Eres un muchacho especial, ¿sabías? Ella me besó el pecho imberbe y, con la lengua, fue bajando. Me estremecí cuando sentí la lengua entre el ombligo y el pubis. Ella me empezó a chupar el pito y yo hundía las manos en el colchón, incliné la cabeza a la derecha y mordía la almohada. La tremenda Doris lamió mis huevos, mis nalgas, mi ano, mis muslos, mis pantorrillas y los dedos de mis pies. Seguía ocultándome en la almohada y mordiéndola. Doris terminó con su parte y tomó mi cabeza para dirigirla por su cuerpo: pasé con timidez la lengua por sus pezones, su estómago, su espalda, sus nalgas caídas y cuando llegué a su abertura vaginal me detuve, me alejé, hice una mueca de asco y me salí de la cama. Doris, abierta de piernas frente a mí y con una extrañeza cercana a la preocupación me dirigió una mirada interrogativa, pero como no obtuvo respuesta me dijo. -¿Qué pasa? ¿Qué haces, por qué te vistes? ¿A dónde vas?


-Tranquila. No te preocupes, ahorita vengo. Voy por una cosa y regreso. Quédate como estás, no tardo. Salí de la cabaña y me dirigí a la cocina bar. -Hola. Deme un frasco de mermelada -No vendemos frascos de mermelada, gaio. Pero te puedo dar pan con mermelada. -No. ¿Dónde hay una tiendita aquí cerca? -Mira, gaio, ta bueno, te voy a dar mi frasco, ahorita Lady va a ir al pueblo a por cosas para la cocina y puedo encargarle otro frasco. Son diez pesos -el tendero tomó el frasco, lo vio y sorprendiéndose dijo-. Wuay, sólo queda el xix. -Ta biem, gracias. Doris, mientras, se acariciaba el clítoris suavemente para no perder el jugo que no siempre le fluía como en ese momento. Llegué con la mermelada y se la puse alrededor de la vagina, en el clítoris y adentrito, entre los labios. La mermelada estaba fría y Doris no cabía de placer en la cama, se movía de un lado a otro haciendo gemidos chillones y cortos. Me incliné y empecé a lamer con ganas y rechupeteaba los labios tomándolos con la boca para soltarlos como si fuera un dulce de gomita enorme; le jugaba el clítoris con el dedo, guiado por su mano; además le jugaba el ano con otro dedo, que también me guiaba. Ya había perdido, increíblemente, toda noción de timidez mientras que Doris tenía los cachetes rojos, estaba excitadísima. Ella me tomó de la cabeza, me quitó de entre las piernas, me hizo hacia delante, tomó mi pito y lo introdujo en su vagina. Jamás imaginé que se sentiría tan delicioso.


Cuando regresaron Pilar, su marido y Olema, encontraron el frasco de mermelada en la cama, y claro, nosotros ya no estábamos ahí. Ella tomó el frasco y le llegó el dulce olor a fresa, metió el dedo, lo deslizó por el cristal y cuando lo tenía bien embarrado de la consistencia pegajosa se lo llevó a la boca y lo chupó con tanto erotismo que su marido la tomó por la cintura y le acarició las nalgas con el vientre y el pito erecto. Pilar y su marido salieron de la cabaña y nos encontraron en la playa rozagantes de felicidad, ella echada bajo la palapa sintiendo un placer exagerado sólo por la brisa que sentía en su cuerpo y a mí que nadaba, saltaba y me zambullía entre las olas con una energía inusitada. Ésta fue mi primera vez.


Pepe El Toro

Pasó que el vecino que se parecía a Pepe El Toro fue el más listo del edificio. Entrenó mucho para poder ganar. Se le veía caminar del departamento al auto o a la tienda con un libro en la mano, estudiando. Algunos vecinos ya sabían lo que hacía y le decían al pasar junto a él, eres el mejor, venga campeón, chido one carnalito, así, cualquier cosa para motivarlo. Él tenía otras cosas de qué preocuparse: la esposa, los hijos, el trabajo; quería mucho a sus hijos y procuraba estar con ellos el más tiempo posible. Faltaban cinco días para el gran momento y él notaba cómo su esposa lo observaba, absorbido entre los libros, estudiando, memorizando, recitando: se recargaba con las dos manos en la pared y, meneando la cabeza, la apoyaba en la pared y la desprendía, cada vez más fuerte, pero todavía sin lastimarse, mientras repetía cualquier palabra: exégesis, exégesis, exégesis, explicación, exégesis, es una explicación, exégesis, explicación. Una tarde, él sabía que su mujer quería recordarle que tenía que recoger a la hija. Pasaron las horas y como no veía a su marido irse a bañar y vestirse fue a cuarto. Ella estaba acostumbrada a que el marido hiciera muchas cosas de las que convencionalmente a ella le correspondían. La siguió y vio que tomó el teléfono. Habló con alguien, seguramente una amiga, a quien le dijo: Ay, no seas así, por primera vez está haciendo algo con pasión, echándole tantas ganas que no sería justo interrumpirlo. Debo ir por mi hija. Sí, nos vemos el fin de semana o cuando todo esto acabe. Ajá, sí, claro, bueno, adiós, chulis. Y colgaron. Se fue a la sala y en el camino por el pasillo se pegaba en la cabeza


con la palma de su mano mientras se repetía con los ojos cerrados, debo ganar, debo ganar. Se acercaba el día y algunos vecinos le daban una palmadita en la espalda. O alcanzaba a escuchar. ¿Es el señor que va a salir en la tele, papá? Le preguntó un niño a su abuelo cuando se lo encontraron en la banqueta a la entrada del edificio. Va a ser artista, le dijo una señora a su marido. Óbservó que su esposa estaba harta del cuidado de la casa y de los hijos. En un momento desgastante, en las prisas con la ropa, con el aseo, con la comida y con la oficina, su esposa le dijo, espero que todo esto valga la pena, ojalá y ganes. A veces la veía furibunda, a punto de maldecirlo. Él le hablaba a la imagen de su santo y le rogaba que intercediera con diosito para que le diera paciencia a su mujer, por lo menos hasta el día final del concurso. Y que ya si no ganara, él recibiría todo el castigo que le viniera por hacer enojar a su mujer y no atender a los hijos que tanto quería. Varias veces al día lo hacía. Le pareció que sí funcionaba porque su mujer lograba calmarse e incluso le preparaba comidas especiales, junto a las que le decía, es comida balanceada, amor, para que toda la energía se te vaya al cerebro. Además, en las noches lo esperaba con un masaje relajante. Algunas noches adelante, el masaje se convirtió en un encuentro sexual que pocas veces había sentido tan intenso y que a ella la dejara tan satisfecha. Cada noche era más intenso el encuentro y rejuveneció como diez años, aunque todavía era joven. Algunos otros vecinos que no se habían enterado de lo que sucedía, le pareció que sí se dieron cuenta de que algo pasaba, de que los veían más juntos, y que a ella se le veía contenta y radiante, no como antes


que se había abandonado a la cotidianeidad, al pasar del tiempo, aburrida. Recordó también que él se veía como un hombre cabizbajo, resignado a estar encerrado en su jaula hogareña con esa gente durante muchos años hasta que los hijos se fueran y luego el resto de su vida junto a la mujer. Y de la nada se veían iluminados, caminaban con mayor soltura, la mujer se arreglaba de nuevo, él sonreía o estaba concentrado en algo que le daba aires de una solemnidad profunda; uno de estos otros vecinos, el menos arrogante o tímido o discreto se le acercó y le preguntó del porqué tan abrupto bienestar en su ser, formas que hacía relucir en su lenguaje por ser pianista e intelectual; ¿no sabes? Mañana voy a salir en la tele en un concurso de destreza, le dijo entusiasmado, pensaba que se enorgullecería, sabía que le interesaban los libros. Ah, mira, qué bien, mucha suerte, vecino, le contestó sorprendido y con una sonrisa amable. La noche anterior al día en concreto, estaba sumamente nervioso, asustado. Comenzó a creer que no valdría la pena ir, que lo sacarían en el primer episodio. Ay, mi amor, llevas meses preparándote, no seas tonto. Todo el edificio ya sabe, te van a ver, le dijo su mujer. Le asustó la manera en que se lo dijo y lo que le dijo, tan segura y confiada en él. Se llevó las manos a la cabeza, se metió los dedos entre el cabello, empezó a sentir como si le tomaran los intestinos del cerebro y le dieran vueltas como al niño cuando le hacen el juego del avioncito. Se paró de la cama, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua, se atragantó, intentó con un vaso de leche, le dio asco, buscó algo verdaderamente tranquilizador, no había, no tenían alcohol en la casa. Se vistió rápido para salir y buscar algún bar. Conocía uno cerca de su casa al que nunca había entrado. Estaba semivacío. Se sentó en uno de los bancos frente


a la fila de botellas. Miró cada una de los relucientes líquidos de diversos colores sin saber cuál pedir. Se dirigió al hombre de la barra consultándole qué podría tomar. ¿Cuál es su problema, amigo? Mañana voy a concursar en el programa “Las mil y un palabras” y necesito relajarme, le dijo mientras jugaba nervioso con sus manos tronándose los dedos continuamente. No me diga. Claro que sí, dijo el cantinero, tomó una botella con un líquido negro y le sirvió. Mire amigo, ésta es de la casa. Es un Frenet. No pudo saborear el trago, se lo tomó rápido y pidió otro. El trago nuevo se lo bebió con calma. Se quedó ahí sentado un rato y trató de poner su mente en blanco. Empezaba a llegar gente, se tomó otro, platicó con algunas personas que se sentaron a lado suyo, les preguntaba de sus vidas mientras se le diluía en el vaso sus preocupaciones. Se sintió mejor. Regresó a su casa, se acostó y se durmió como una sábana tendida en la arena de la playa arrullada por la brisa bajo las estrellas. A la mañana siguiente la esposa lo dejó dormir. Él abrió los ojos tranquilo y descansado. Miró el techo y de repente se acordó, su reloj indicaba poco más del mediodía. Se apresuró a bañarse, se vistió, le gritó a su esposa que no le contestó. Empezó a inquietarse, miró el calendario y se aseguró que era el día, sí, estaba señalado con círculo rojo. No vio las llaves del coche, sus hijos tampoco estaban. Había un plato de frutas y café con leche sobre la mesa de la cocina. Tomó la taza. Debía salir ya en ese momento. Le marcó a su mujer. Lo mandó a buzón. No supo qué hacer, se quedó sentado en el sillón de su sala con la taza en la mano. Se dio cuenta de que había olvidado gran parte de lo que había estudiado. Se sentía destrozado.


Llegó la mujer sonriente y orgullosa con una bolsa de una tienda elegante y sacó de ella una camisa nueva que a él no le agradó. Póntela. Sí, ya sé, es tarde. Pus, apúrate, cámbiate. Le reclamó enojado por su descuido mientras se ponía la camisa nueva. Perdón, perdón, ya, es que hubo un choque aquí cerca y tuve que desviarme, pero todavía estamos a tiempo. Los niños estaban listos, esperaban en la puerta. Vieron cómo discutían sus padres y el mayor les gritó que ya se fueran. Se encaminaron al auto. ¡Duro, duro, sí se puede! Escuchó desde alguna ventana mientras se metían al auto. Pepe el toro sacó el puño por la ventanilla y lo agitaba. Ya en el panel del escenario televisivo, se le veía tranquilo, respondió bien a todas las preguntas y pasó a la siguiente etapa. Vio a su mujer feliz y a los niños orgullosísimos. Fue emocionante. La gente del público aplaudía y gritaba al final de cada buena respuesta porque no podían hacer ruido cuando los concursantes pensaban, sería trampa. Así pasaron como cinco etapas. Cada semana una. Se hacía más popular en el edificio, incluso trascendió sus paredes y otros vecinos a una cuadra de distancia lo felicitaban en la calle. Se acostumbró a ir al bar una noche antes del concurso. Conoció en el bar a una señora con la que quedó impresionado de las tantas arrugas que alguien pudiera tener en la cara, además de que a su edad estuviera sentada en la barra. Platicaba mucho con ella. Le hablaba de su trabajo, era lingüista y sabía mucho. Estaba jubilada, podía seguir investigando pero prefería no hacer nada, cuidar a sus gatos y vivir de los recuerdos. De vez en cuando ayudaba a algún joven prometedor en sus cavilaciones académicas. Era una guía. A él le gustaba escucharla porque le refrescaba la mente y le recordaba palabras, sucesos, países, eventos, etc.


Justo lo que necesitaba para su concurso. Pero lo más importante fue que esa misma noche se encontró a su rival principal, una mujer que lo hacía sudar, iban empatados. Respondía con mayor seguridad y rapidez que él. Era la favorita. Se distrajo de lo que le contaba la señora por ver a la otra. Era una mujer guapa. Vio que dominaba la plática en su mesa llena de gente. En su mayoría hombres. No te preocupes demasiado, parece una de esas perras que tanto me hicieron reír en la universidad. Está demasiado segura de sí misma. Se va a traicionar. Olvídala. Por pensar en ella te me vas a desconcentrar y no queremos eso, ¿no? Sí, asentía intimidado por aquella figura perfecta. Lo tenía todo para ganar. Mira, tú debes concentrarte en ti. No en lo que te rodea. Puedes aprender un poco de ella que sólo se ve a sí misma, aunque ya miró para acá dos veces. No tengas miedo. Escúchame, te voy a distraer de esa bruja con esta historia: sentada en el escritorio de mi cubículo, tenía que concentrarme en mi estudio sobre la exégesis –él sonrió al escuchar la palabra, recordó que se le dificultó memorizarla-, de lo que quiere alcanzar cada individuo, algún invento, sistema político o económico, algo, lo que sea, o sea de lo utópico… – justo se distrajo por idealizar a su contrincante y no escuchó lo que dijo la maestra- …era mi hermenéutica, mi propia interpretación de cómo funcionaba el avance colectivo, para que la humanidad alcanzar la perfección. Lo publiqué hace años. Me gustaría regalarte mi libro. Sí, por favor. Qué honor, le dijo Pepe el toro que conocía las palabras que manejaba la maestra. La contrincante ya se había ido. Se había levantado de la mesa donde estaba. Vio cómo caminó altiva, majestuosa, cómo dio algunos pasos en dirección a la salida y bajó la velocidad mirando de soslayo a


la barra dejando salir una sonrisa segura y que entrecerró los ojos confiadamente mientras miraba a Pepe, cuya reacción fue alzar la cabeza defendiéndose de la mirada tenaz y amenazadora. Se despidió de su amiga y fue directamente a estudiar un poco en las cosas que podrían frustrar su empresa. Llegó el día final del concurso. Un vecino le mandó un mensaje de texto: todo el edificio está viendo la tele, tí tranquilo, eh, vecinito, por favor. Su familia estaba entre el público. Su amiga del bar le dijo que estaría frente a la tele en su sitial enorme con sus gatos alrededor de ella mientras comía galletas con leche que siempre le compartía a sus gatos. Le parecía que estaban todos en la mira del histórico evento. Frente a Pepe el toro estaba la adversaria, con el semblante fuerte y dominante. Ya iban en las últimas preguntas y se notaba que crecía el favoritismo por Pepe. Todos lo miraban y él lo sabía, le sudaba la frente, hubo un momento en que alzó el brazo como reacción después de acertar en su respuesta dejando notar su axila empapada. En cambio, la rival seguía sin demostrar debilidad alguna, una torre bien cimentada que los vientos fuertes no le hacían temblar ni un milímetro, con esa mirada prolija que tanto le caía mal a la docente amiga de Pepe. Olía a locura en el podium, era la primera vez que el programa obtenía tanta recepción, era enorme el impacto, ver a estos dos personajes como rivales. Hubo frenesí cuando Pepe tenía la última palabra para ganar. Sólo le quedaba una respuesta para sentir el sabor de la gloria, la mirada derretida de su gente. ¿Cómo se le llama a un proyecto ideal vinculado con sistemas sociales casi perfectos o aparentemente inalcanzables? Pepe comenzó a palidecer, se


tomaba las manos con fuerza, estrujándose los dedos, miraba el techo, se mordía los labios, miraba a su contrincante y se esmeró en encontrar la palabra que ya la tenía en la punta de la lengua. Se dejaba escuchar en el edificio y del departamento de su amiga gritos diciendo con todas las fuerzas: ¡utopía! Caían gotas gruesas de sudor por la frente y mejillas de Pepe el toro. Vio la imagen de san José, parado junto a su mujer llorando y que le miraba con una sonrisa enorme y amorosa. A sus hijos felices. No escuchaba los gritos que hacían tronar toda la ciudad como cuando cae un gol. ¡Utopía! Sonó el timbre desagradable que indica el final del tiempo. Ganó.


Leche con chocolate

Rodrigo mojaba su cama con el sudor que le provocaba el calor del mediodía. Estaba concentrado en un tratado de ética aristotélica y ni el piar de los pájaros lo distraía, así que no se dio cuenta de la brusca forma en que se callaron: el cielo se nubló repentinamente y cuando todo se hubo ensombrecido se dejó escuchar un trueno que hizo a Rodrigo poner el libro en su vientre y mirar afuera. Se le vino a la mente la imagen de Adrián, su hermano, y se le contrajo el rostro por la náusea que le dio. Dejó su libro en el buró y bajó por una escalera de madera. En la parte de abajo había silencio, pensó que no había nadie y se acercó al cuarto de su madre, donde la encontró acostada en su cama con un libro abierto. -Hola Rodri. ¿Qué haces? -Estaba arriba, tiradote en mi cama como tú. ¿Y Adrián? -No sé. No lo he visto en todo el día. Ha de estar durmiendo. Anoche se quedó viendo la tele hasta muy tarde. No sé qué le pasa, me preocupa. Ya ves que se levanta al mediodía o en la tarde, viene a la cocina y luego se sienta a ver la tele, y no para hasta en la madrugada. Y así todos los días. -Sí, ya sé. ¡Me tiene hasta la madre! Tienes un hijo de porquería –dijo Rodrigo y agachó la cabeza inmediatamente ante la mirada reprobatoria de su madre. -Cálmate, es su vida –ambos se miraron un momento. Rodrigo recuperó la calma y ella le preguntó. -¿Rodri, tienes hambre? -No, todavía no. ¿Por qué, hiciste algo sabroso de comer?


-Pues, claro. Cuando te dé hambre, puedes tomar del refri los botes que están en la repisa de en medio. Es pollo en una salsa de mostaza maravillosa. -Sí. Vientos. -Mm, otra vez está lloviendo. ¿Ya viste? –dijo la madre señalando la ventana con un movimiento de la cabeza. -Sí. Y parece que estará fuerte. ¿Escuchaste el trueno de hace ratito? -Cómo no. ¡Hasta salté de la cama! Mientras, Adrián, en efecto, estaba en su cuarto, pero no dormía; nadie sabía que cuando se refugiaba tras la puerta, cerrada con seguro, se ponía a escribir. Y no estaba solo, lo acompañaba su perro, un rotweiler que resaltaba el semblante serio y de bravura, pero que dejaba salir, desde el fondo, ya en confianza, su carácter juguetón y amable. Era un perro guapo. En algún lugar del mundo estalló una lata de coca cola, Adrián había escrito en un muro a la vuelta de su casa. No se acostaba en su cama para escribir, lo hacía en cualquier parte; no era frecuente que tomara un libro; y ellos, de plano, pensaban que nunca lo había hecho. A su madre, complaciente y bondadosa, la tenía sin cuidado. En cambio a Rodrigo le provocaba una decepción profunda, no soportaba el aletargamiento que le veía a diario en su actitud. Siempre le reprochaba a su madre el que no le llamara la atención o que no lo indujera a no ver tanta tele y se pusiera a hacer cualquier otra cosa. Claro, principalmente le insistía que lo obligara a tomar algún libro, el que fuera. El corcho de la botella se rompió; sólo tenía un hueco con el borde destrozado y, como yo estaba chupando de ahí el vino, me veía caer dentro de la negrura cavernosa del hueco. Adrián escribía este tipo de cosas en su cuaderno. Él descuidaba mucho su persona, tanto que en su aislamiento el


perro hacía sus cagadas dentro del cuarto, incluso vómitos, y no lo limpiaba. Los excrementos eran olvidados durante días, sin que le importara el olor, ni que ya tuvieran moho, moscas y telarañas. Semanas antes, la madre había ido al cuarto de Adrián, encontró la puerta cerrada con seguro y tocó sin obtener respuesta. Preocupada, se escondió y esperó a que fuera por agua o lo que sea. Adrián salió sin notarla y ella aprovechó para entrar al cuarto. Sintió una atmósfera repugnante y observó los pequeños cerros pestilentes, forrados por una capa de pelitos blancos. Su rostro se entristeció y le salieron algunas lágrimas. El perro oscuro y musculoso le lamía la mano. En eso regresó Adrián y le reprochó que hubiera entrado sin su consentimiento. La madre se quedó callada y se retiró del cuarto apesadumbrada. Rodrigo fue a la cocina para servirse un vaso de agua. Entró su hermano con el pelo largo, revuelto y esponjado, con cara de dormido, los ojos en raya como los chinos y con una mano metida dentro del pantalón para poder acariciarse y rascarse las nalgas. Todo con movimientos perezosos. Abrió el refri y sacó la leche. Luego colocó la licuadora y el bote del chocolate en polvo sobre una mesilla. Rodrigo lo miraba recargado desde la pared opuesta cada vez con mayor repudio y apretando los dientes. Adrián, de soslayo, se dio cuenta del efecto que le causaba a su hermano y mostró una leve sonrisa maliciosa mientras servía el licuado, ya listo, en un bote. Tomó el vaso de la licuadora y lo puso en el lavabo sin echarle agua para que no se secara la leche con chocolate en el plástico. -¿No vas a remojarlo? –le inquirió Rodrigo.


Adrián lo miró con desdén y todavía con mayor lentitud de la acostumbrada abrió la llave del agua. Rodrigo se acercó a él para mirar lo que hacía por encima de su hombro. -Que desagradable eres, pinche pendejo –le dijo Adrián, calmado aún. La ventana de la cocina daba al jardín y se podían escuchar nítidamente las gotas que caían con furia en las hojas de los árboles. Las paredes del hueco se comprimían hacia mí, decía otra línea del cuaderno de Adrián. Rodrigo alargó el brazo como si fuera a tomar algo del escurridor, pero en realidad quería provocar a Adrián y le rozó la espalda. Él sintió claramente la agresión, y lo apartó firme y lentamente con el codo. Rodrigo no dudó ni un instante para reaccionar con mayor hostilidad. Ambos se empujaron, se miraron con odio, y comenzó el forcejeo. En ese instante, entró la madre. Ella los veía, su rostro cambió de color y les gritó que no empezaran de nuevo. El viento agitó las ramas de los árboles. Adrián se calmó, pero Rodrigo parecía un toro en la arena. Me zambullí en el vino que se encontraba en el fondo del pozo. Adrián se alejó de su hermano, fue al lavabo y terminó de lavar los trastes que había ensuciado. Rodrigo seguía con la mirada cada uno de sus movimientos. El viento dejó de agitar las ramas. -Eres un inútil que no sabe hacer nada y das pena. Adrián no le hizo caso. Ante la indiferencia de su hermano, Rodrigo tomó el bote de leche con chocolate y lo derramó en la cabeza de Adrián. Él se dejó hacer. El líquido le escurría por el pelo y luego por la cara. Entrecerró los párpados para que no le


entrara en los ojos. Parecía una excelente parodia del gordo y el flaco, pero sin humor. La madre contemplaba la escena llena de vergüenza y desilusión, agobiada por la actitud de ambos, pero sobretodo se decepcionó de sí misma por su incapacidad maternal, por no enseñarles nada sobre el respeto. Adrián abrió finalmente los ojos. Se veía tranquilo, incluso parecía disfrutar la suave caricia de la leche café en su piel y sentía cómo caían las gotas en su playera empapada. Surgió de las nubes un rayo estruendoso. La madre vio sobresaltada por la ventana cómo se quebraba el cielo. Los hermanos ni lo notaron. -¡Pinche pendejo! –gritó Rodrigo. Adrián se sacó de quicio y lo empujó con tanta fuerza que Rodrigo se estrelló contra la pared. Él reaccionó con un puñetazo y ya se iban a enganchar cuando la madre se interpuso entre los dos, pero Rodrigo siguió dando golpes con los puños y las piernas hasta que la madre le asestó una fuerte cachetada. Rodrigo se la regresó por reflejo y los tres quedaron paralizados un instante. -¡Chingada madre, eres un verdadero pendejo! –dijo Adrián exaltado. Rodrigo, atónito por lo que hizo, palideció y luego tembló al querer dar un paso e irse. Para colmo, sin razón alguna, azotó la puerta de la cocina y subió a su cuarto. Lloró de furia. Adrián y su madre se quedaron uno frente al otro sin moverse. Se recuperaron de la impresión y sin decirse nada, la madre se fue a la sala a mirar por la ventana y Adrián se preparó otro licuado de leche con chocolate. Los pájaros comenzaron a piar. La lata de coca cola dejaba escurrir el líquido negro con espuma amarilla sobre el asfalto.


Un estallido

Hubo un estallido, de un disparo o cuete, en un fraccionamiento lejos de la ciudad y cerca de un pueblo donde vivía un cuidador con su esposa Concha y dos hijos. Salvador, además de vigilante, hacía encargos y pagaba los recibos de luz y agua de los dueños de las casas. Un sábado, horas antes del estallido, llegó la familia Tello. Bajaron todos del auto cargando algunas cosas que necesitaban para pasar el fin de semana. Mariana, la hija mayor de la familia, sacó una hamaca y la puso en el pórtico de la casa. El día estaba soleado y se disfrutaba de un aire tibio y acariciador. A la una de la tarde llegó la vecina de la casa Tello. Ésta cargaba con unos sesenta y cinco años. La acompañaba una amiga mayor que ella; no gozaba de otra compañía que la de su amiga; y el chofer. No se había casado. Pudo donar un hijo al mundo que gustaba de ser guey y no se agradaban mutuamente: la señora quería un nieto, pero su hijo no podía ni abrazar amistosamente a una mujer. Isabel, la madre de Mariana, fue a visitar a su vecina con una charola de toronjas frescas y unas cucharitas. Su hijo menor jugaba con un conejo alrededor de las señoras que platicaban en el jardín delantero de la vecina sin nietos. -Señora Isabel, le presento a mi amiguita de años, que esta vez me ha podido acompañar –dijo la vecina. -Mucho gusto –contestó Isabel con un ademán de cortesía. La señora sin nietos le había pedido al chofer, antes de que llegara Isabel con las toronjas, que fuera por los recibos con el cuidador. El chofer se


dirigió a la casa de Salvador, el que discutía con Concha dentro de su carcacha. Cada quien con la puerta abierta, hacía calor. El chofer, llegado frente a Salvador, le pidió los recibos. El otro entró a su casa por ellos, salió, se los entregó y se volvió a meter al coche para seguir con la discusión. Mariana gozaba tranquila sumergida en la hamaca: sentía en su cuerpo las oleadas de aire. Su papá regaba el jardín; había llevado unos cactus para plantarlos entre sus otras plantas. Mariana se disponía a leer a Katherine Mansfield, pero en ese momento ocurrió el estallido; ella pensó que había sido algún festejo en la iglesia del pueblo. El papá observó el cielo en espera de alguna muestra de lluvia mientras el chorro de agua formaba un hueco en la tierra, pero nada, así que siguió en su tarea. El chofer, que llegaba a la esquina para doblar a casa de su patrona, paró un momento y miró hacia atrás, de donde vino el estallido: observó cómo aparecía Salvador que jalaba a Concha hacia la banqueta. El chofer, negligente, siguió su camino, pensando en que no debía meterse en lo que no le importaba. Isabel le preguntó al chofer que si pasó algo. El chofer no contestó. Manifestó una mirada desconcertada, como la de un niño que no sabe explicar algo que no entiende, pero que tiene la sensación de que es algo malo. Con el presentimiento de madre, Isabel salió del patio de la vecina y caminó de prisa hacia la esquina para ver si había pasado algo. Las dos amigas entradas en años siguieron a Isabel, la vecina iba como si hiciera caminata con muchísima energía y la otra, de plano, arrastraba los pies por el esfuerzo. El hermano de Mariana corrió detrás del pantalón corto de su madre mientras dejaban atrás al conejo que comía nervioso el pasto.


Desde la esquina, Isabel trató de mirar con claridad a lo lejos, entrecerró los párpados y agudizó el enfoque de sus pupilas para alcanzar la figura borrosa de Salvador hincado a lado de una Concha borrosa, un cuerpo enorme y ovalado. Movió con agilidad y rapidez sus piernas firmes y gruesas hacia ellos. Las ancianas jadeaban. A todos les caían gotas de sudor por la frente y se les mojó la espalda. Mariana escuchó que su padre salió precipitadamente al lugar de encuentro. Un quejido largo y doloroso llegó a los oídos de Mariana. Se salió de la hamaca y caminó por la calle hacia la esquina, donde vio a su padre correr de regreso y le preguntó que qué pasó. -Concha está herida, voy a llamar por teléfono a una ambulancia –le contestó de prisa. El teléfono se había descompuesto días antes y no llevaban sus celulares. Iba a ver si servía el teléfono en otro fraccionamiento cerca del de ellos. El dueño de la casa, a lado de Salvador, salió a inspeccionar. Se había dado cuenta de lo que sucedía desde el principio, pero no se atrevió a salir sino hasta que la confianza, por haber visto a Isabel, las señoras y al niño, le permitió dar los pasos hacia fuera de su casa. Isabel, mientras tenía frente a sus ojos a Salvador hincado con lágrimas en su rostro, a Concha acostada en el piso, una mujer voluminosa, le preguntó a Salvador que cómo sucedió esto. -Se me fue un disparo -Salvador dejó pasar un momento antes de contestar. -¡Cómo que se te fue un disparo!


Salvador no respondió. No podía actuar. Él ya veía a su esposa muerta y por su estúpida culpa, incluso se había olvidado por completo de sus hijos. Recordó el olor a sangre cuando se mata a una vaca en su pueblo. Al vecino de Salvador se le ocurrió utilizar su celular, pero no sabía el número de emergencia, le temblaban las manos y sus piernas no le obedecían. Tampoco sabía que el papá de Mariana había ido a hablar por teléfono al otro fraccionamiento. El tiempo pasaba confuso. La ruca le chilló a su chofer, que estaba recargado en un muro plácidamente, para que fuera al pueblo por ayuda, que hiciera algo, que trajera una ambulancia. El chofer fue de inmediato por el coche y manejó hacia el pueblo. Todos observaban temerosos o nerviosos a la distancia, menos Isabel que estaba junto a Concha. Salvador, al darse cuenta de que iban por una ambulancia, reaccionó de su letargo con estrépito y le dijo a Isabel que por favor escondiera la pistola que se veía junto a la carcacha. Isabel, sin pensar, tomó la pistola y la tiró debajo del asiento delantero. Por un instante, Concha pudo ver con lucidez a Isabel y le suplicó jadeante y con dificultad que se encargara de sus hijos. Ellos seguían en la casa sin salir. Salvador le pidió al vecino que le pusiera llave al cerrojo de la puerta de su casa. Los niños se mantenían serios frente al televisor sin parpadear y cuando escucharon el pasador de la puerta se levantaron para saber por qué los encerraban. Se asomaron por la ventana. Sus rostros impávidos miraron la escena. Mariana se acercó a su mamá y le sugirió que sería bueno meter a Concha en un coche e ir con algún médico del pueblo, pero el vecino de


Salvador, anticipándose a la madre, le dijo alterado que no, que porque si se moría en el camino tendrían serias dificultades con la ley. El vecino de Salvador observaba a las mujeres que temblaban sin saber qué hacer. Veía que Concha se moría encima de un charco de sangre con un intenso color rojo, iluminado por el sol que se encontraba encima de todos ellos. Decidió tomar su camioneta e ir a buscar ayuda también. Isabel le había dicho a Mariana que fuera por una cobija para lo que se necesitara. Mariana le respondió que sería inútil, pero la mamá le gritó histéricamente y ella se dio media vuelta en dirección a la casa por la cobija y en el camino se encontró con su padre que regresaba de llamarle a la ambulancia. Mariana regresó con la cobija. Minutos después, el chofer llegó seguido por una camioneta de policía. En la defensa trasera estaban parados dos policías, en la cabina dos y en la parte trasera que estaba techada, uno más. Detrás de la camioneta venía el vecino de Salvador. El chofer se estacionó distante del lugar para dejar pasar a la policía, que venía a setenta kilómetros por hora y esquivó al hermanito de Mariana a mitad de la calle. Frenó quebrándose, logró derraparse, había mucha grava y polvo en la calle, construían una casa frente a la de Salvador, y levantó una nube de polvo densa que cubrió el lugar. Mariana, que estaba con la cobija en las manos, a lado de Concha y Salvador, cerró los ojos para evitar la tierra levantada. Los policías, tras su espectacular entrada, se bajaron con metralletas y apuntaron a todos. -¿Qué pasó aquí? –gritó uno.


El vecino de Salvador, que corrió, después de haber estacionado su auto, hacia el punto de reunión para no perderse ni un detalle, se dirigió al uniformado que había hablado, tragándose su cobardía disfrazada de prudencia racional: -¿Dónde está la ambulancia? -Hagan algo más útil. ¡Se les está muriendo una persona! –les gritó Isabel a los recién llegados, influida por el heroísmo del vecino. El policía más agradable, el que conducía, se subió a la camioneta y se fue en busca de una ambulancia. En su salida repitió la derrapada que hizo al llegar. Mariana le dio la cobija a su madre y ésta le gritó que para qué chingados la quería. Uno de los polis se acercó a la desconcertada Mariana. -A leguas se ve que fue una disputa por dinero y engaño sexual -Mariana lo miró de soslayo y no le hizo caso, mientras que aquél la revisó con la mirada de arriba abajo: Uy, cómo no, dijo entredientes. El señor Tello se fue a la esquina para indicarle a la ambulancia, a la que él le había llamado, que era por ahí, si es que llegaría. La anciana, con su amiguita tomada del brazo, le dijo a Mariana que fuera por alcohol a su casa para que no se durmiera Concha, la que no paraba de gemir y rogarle a Isabel que cuidara a sus hijos. La pareja de señoras, a los veinte minutos de haber estado ahí paradas, tuvieron un tenue destello luminoso en sus cerebros. -Discúlpeme mucho, soy muy cobarde para estas cosas, pero mi amiguita estudió enfermería –le dijo apenada, con esa vergüenza en su mirada esquiva por darse cuenta que debió participar antes.


La amiguita, que desde hacía años no practicaba enfermería y que cuando la llevó a cabo fue tan sólo por algún tiempo, se acercó con lentitud a Concha, al mismo tiempo que Mariana con el alcohol. La amiguita se colocó a duras penas de cuclillas y, con la vista débil, tomó la mano de Salvador, quien sin saber claramente lo que hacía esa señora, se dejó hacer. Isabel, que había logrado calmarse, observó sin decir nada, pensó en que, pus, ni modo. -Tiene la presión un poco alta, pero se encuentra bien –dijo la casi centenaria enfermera mientras se levantaba vanagloriada por sí misma con la ayuda de la otra anciana que la tomó del brazo. Las dos mostraron una mirada orgullosa que les permitió obtener una vitalidad en el semblante, perdida mucho tiempo atrás, estimuladora. Se veía venir la camioneta de policía. Se estacionó con decencia a un lado de la calle para dejar pasar una ambulancia destartalada en la que se dejaba leer, AMBULANSIA. Dentro de ésta estaba el conductor y un solo paramédico. Sacaron una camilla y colocaron a Concha en ella. Apenas y pudieron cargarla, se les notaba cómo se les saltaba el músculo de los bíceps por el peso. Luego intentaron meterla en la ambulancia, pero la calle estaba inclinada y se les salía la camilla sin que pudieran cerrar la portezuela antes de que asomaran los pies de Concha. Todos tenían la misma idea quisquillosa e incómoda recorriendo los puntos nerviosos de sus cuerpos: Concha no se salvaría ni de milagro. Mariana no pudo ocultar una sonrisa. Llegó la ambulancia que había contactado el papá. La institución de esa ambulancia se encontraba a varios kilómetros de ahí. El chofer frenó de golpe. No se dejaba escuchar la torreta, en vez de eso era una cumbia a todo volumen. Subieron en la otra ambulancia a una Concha desmayada que perdió


el color y peso. Salvador quería acompañar a su mujer, pero los policías lo sujetaron del brazo. Desde la ventana de la casa de Salvador, entre las cortinas corridas y el marco, se asomaban dos cabezas cabizbajas con los ojos tristes. El hermanito de Mariana, sentado en la banqueta con la cabeza metida entre sus rodillas, lloraba por haber encontrado a su conejo atropellado. Los uniformados encontraron la pistola, la guardaron como evidencia, y se llevaron a Salvador. El vecino de Salvador osciló en sus pasos antes de meterse a su casa. La familia Tello, las señoras, el chofer y los niños de Concha caminaron lentamente y callados hacia sus casas. La ambulancia se detuvo en la esquina y apagó la música. Uno de los paramédicos se acercó a Isabel y le dijo que la señora había perdido demasiada sangre, que lo sentía mucho, que no se podía hacer nada. Salvador adivinó, desde la parte de atrás de la patrulla, lo que sucedía y se soltó a lágrima suelta. Dejó de llorar un instante y le pidió al policía que lo dejaran bajar para darle un beso en la frente a su mujer. Lo dejaron salir y éste aprovechó para sacarle la pistola al uniformado que lo sujetaba, quiso darse un tiro, pero sólo sonó un clic. El arma tenía seguro. Lo metieron a la patrulla de nuevo y se lo llevaron.


Haga lo que haga…

Ara tenía la sensación de no estar donde estaba. Le parecía que nadie le hacía caso. Colocó su fólder sobre el escritorio y ni así llamó la atención de la mujer que se encontraba sentada al otro lado. Ara veía cómo la secretaria acomodaba lo que parecían archivos y papeles. Incluso, con disgusto, aporreó su pie en el piso mientras la mujer del escritorio atendió a un señor guapo y trajeado que ni siquiera había hecho algún ademán para ser atendido. Trató de tranquilizarse, no sabía qué hacer, y se alejó para sentarse en una de las sillas al otro extremo de la habitación. Por si fuera poco, no había revistas para leer. Abrió su fólder y descubrió que estaba vacío. No había tomado su currículum. Quiso levantarse, pero su cuerpo no la obedeció y las pupilas se le fueron para arriba. -Dígame señorita. ¿En qué le puedo ayudar? -No… En nada… Bueno, es que… -no dijo más y salió corriendo. Antes de salir por la puerta, empujó al señor trajeado de antes. Parada en la banqueta, fuera del edificio al que había entrado, se llevó las manos a las rodillas y respiró agitada. Dejó caer el fólder. Recuperó la postura. Miró desesperada alrededor suyo. Desde un puesto de flores, la miraba un señor que sostenía un ramo de astromedias. Ella corrió hacia él, casi la atropelló un auto, y le gritó: “¡papá, papá!” El señor de las flores no pudo reaccionar rápidamente, la recibió en los brazos. Ella dejó caer su cabeza en su hombro y lloró. Lloró, dijo algo inentendible. “Es que… buu… me… y… buu… luglo me… porque… felon groteros… buu…” Dejó de lloriquear repentinamente y comenzó a acariciar la espalda del señor.


Sintió cómo se erizó la piel de su nuca y cómo contrajo algunos músculos del omóplato. Se separó lentamente de él, lo tomó de los hombros y miró la barba crecida del hombre. La nariz con pelos crecidos en los orificios. Los ojos cafés y cansados rodeados de marcas incrustadas por los años en las esquinas de los párpados. Mirándolo a los ojos le dijo: “Te quiero mucho, papá. No lo olvides, haga lo que haga...” -Pero… -quiso decir el señor de las flores. -Nada, no me digas nada. Ahora no. Deja que termine de pegar el papel tapiz rojo. Quedará muy bien. Con la luz que entra desde la ventana en las tardes. Podremos sentir cómo la sala se transforma en una puesta de sol en el horizonte. No lo olvides, haga lo que haga... Se separó del señor de las flores, alzó la mano, dobló la muñeca ligeramente, como una flor lastimada por el viento, para despedirse y se alejó de ahí. Todavía alcanzó a mirar el fólder tirado en la banqueta de enfrente. Ya no le preocupó el edificio del que había salido. Caminó dos cuadras. Miraba las casas. Era una mañana tranquila. Desde una ventana se sacudía un edredón . Desde otra se permitía ver una planta ornamental sobre el marco y una cortina de encaje blanco que llegaba hasta la mitad de la ventana. Ara sonrió amargamente. Se sentó en la orilla de la banqueta. Miró sus zapatos sucios, de un amarillo chillón. Veía el tapiz rojo que volaba por el cielo para colocarse mágicamente en las paredes. Escuchaba una música tranquila y melodiosa de una radio. Su mamá le acarició el pelo que ella se peinaba. Miraba las alhajas de su mamá, un collar de granate que, una vez dijo, se lo había regalado un


caballero de Bohemia. Su mamá hablaba muy bonito. Comenzó a sonar la alarma del microondas de la cocina. Un viento fuerte azotó una ventana y el florero que tenía astromedias, valioso adorno de cerámica, dejado en recuerdo por su padre que no conoció, se cayó de la mesita y, al romperse, el agua de adentro se derramó sobre un tapete que tenían en el pasillo de la casa. El florero se rompió. La mamá sonrió despreocupadamente. La alarma seguía sonando. El golpe del florero fue atronador. La mamá salió a meter la ropa que estaba tendida en el jardín delantero de la casa. Ara se levantó de la silla donde se peinaba. Estaba descalza. Se cortó con un pedazo filoso del florero roto. Caminó a la puerta, miraba a su madre. La ventana volvió a azotarse. El viento que pudo entrar por la ventana derribó un portarretratos que contenía una foto de ella y su madre en la cima del Nevado de Toluca. Hacía frío, tenían chamarras rojas y gruesas. Ella abrazaba a su mamá. Le dolía la planta del pie. Salía mucha sangre. Las nubes se movían con furia y el cielo destellaba como los flashes que le gustaba recibir cuando su mamá le prestaba su ropa y que ella le modelaba. Cayó un rayo justo en la cabeza de su mamá mientras bajaba la ropa tendida y la calcinó. Se levantó de la orilla de la banqueta. Dio unos pasos cabizbaja y, de la nada, jugó a dar saltitos. Pasó un muchacho malhumorado en dirección contraria. Ara lo miró, él se mordía los labios. Ara se quitó los zapatos amarillos, lo llamó, él se detuvo y ella le dijo con la cara más linda que pudo darle. -¿Me cargas los zapatos? ¡Como si estuviéramos a la orilla del mar! ¿Mmm? -¡Qué! –Rió burlonamente-. Claro que no. ¡Vieja gorda y fea!


Sonrisa inofensiva

Lo corrieron del trabajo, más bien le dijeron: Miguel, necesito que dejes la chamba, no te corro, es sólo que… Y él, amable como era, lo interrumpió para decirle que no se molestara en explicaciones, que lo entendía. Todavía le dió la mano y sonrió. Miguel encontró un trabajo nuevo semanas adelante. Había trabajado en fábricas, almacenes y como repartidor de comida rápida con el mismo final, el jefe apenado lo corría. En su último trabajo, del que lo acababan de despedir, en una fábrica, tenía que ponerle un tapón a una serie de artefactos movidos por una rampa elástica, y sintió que la banda negra de hule lo envolvió hasta asfixiarlo, se mareó, dio unos pasos para atrás y se sentó a descansar. Otro empleado le gritó que se levantara, de esa forma grosera, aprovechada pocas veces cuando los empleados tienen la oportunidad de sentirse jefes; Miguel se sabía observado y siguió ahí sentado, se sentía un animalito indefenso que se dió cuenta de haber perdido al grupo y que morirá por no saber qué hacer. La rampa se detuvo con estruendo y el supervisor del área, rojo de cólera –era el tercer altercado que le tenía que resolver-, se dirigió a Miguel. Bueno. ¡Y ahora qué chingados le pasa! Y en respuesta recibió una sonrisa dulce. Miguel vió que un trabajador le hacía un movimiento con los hombros al jefe que se entendía como un: pus, no sé. El otro respondió con la mano en señal de que este tipo estaba mal. Esa era la tercera llamada y le dijeron que se fuera a un psiquiátrico. La nueva chamba que consiguió era servir en la barra de un bar y como mesero. Tenía una compañera joven y bonita que le dijo una vez: oye, Miguel. ¿Por qué eres así? Ya se te rompieron dos vasos, dejaste abierta una llave de


cerveza vaciando casi todo el barril; se te ha ido medio sueldo en idioteces. Miguel la miró con una incertidumbre infantil, confundido y con miedo, se tranquilizó de inmediato cuando ella ablandó los músculos de la cara y se disculpó por insultarlo. Debes poner más atención. La vida no le deja a uno hacer tantos errores, entre más haga uno, más tendrá que pagar y se retrasará en su camino a tener una vida mejor, ella le dijo. Miguel no respondió, sólo la miraba con sus ojos desquiciantes. ¡Responde, di algo! Te quedas callado con una cara de idiota que desesperaría hasta a tu propia madre. Después de escucharla decir exaltada madre, se estremeció y sus ojos enrojecieron de furia. Ella se asustó y se alejó, la tuvo que tomar del brazo, la apretó con fuerza y la sacudió. ¡Yo a mi madre la quiero mucho¡ Ella fue la única que me ha querido y cuidado. ¡Jamás la desesperaría! La joven miró alrededor suyo y paseaba los ojos desorbitados por todo el bar que estaba lleno, pero en la barra no había nadie. Los clientes no se habían fijado del conflicto, seguían en la charla y las risas, incluso uno de ellos le alzó el vaso a Miguel y él le regresó el saludo con la cabeza un poco inclinada y con los ojos melosos. En eso sintió que ella aprovechó para zafarse del apretón, pero la tenía sujetada como un perro con una quijada de cuatrocientos kilogramos de fuerza. Sus ojos los tenía cerca de los suyos y pudo ver con dificultad en el reflejo de sus pupilas que temblaba, sudaba y se le saltaban las venas de la frente. Ella intentó gritar, pero la detuvo cortándole la respiración con la mano en el cuello. La apretó fuerte y se desmayó. Se tranquilizó, dejó de apretarla y la colocó en una silla junto a la pared. Un cliente se aproximó a la barra y recibió de Miguel su acostumbrada sonrisa inofensiva, aquel reaccionó con desconfianza y se acercó a la chica. Le


tomó el pulso en el cuello y notó que estaba lastimada. Miró de soslayo a Miguel que limpiaba despreocupado unos vasos, pero sin dejar de vigilarlos. Oiga. ¿Podría tomar una revista o algo para abanicarle a su compañera? ¿Qué le pasó? ¿No sabe? Miguel respondió con una mirada sin expresar emoción alguna y le sonrió con dulzura. ¿La podemos llevar a algún lugar que no esté lleno de humo y ruido? Sí, contestó Miguel, y la tomó de un brazo pasándoselo por los hombros. Los dos cargaban a la chica, le dieron la vuelta a la barra y tenían que pasar por todo el bar donde ya había gente parada e indiferente por la travesía que intentaban hacer los dos hombres que se abrían paso sin alarmarse. En lo que llegaban a la parte trasera del local, Miguel le contó una historia como si llevaran un tronco por el bosque, cansados de tanto caminar. Varias veces cargué a mi madre así, pero sin ayuda de nadie y sin tanta gente. No se morirá. Cuando me sentaba a la mesa para comer, mi madre tomó la cuchara sopera y me sirvió sólo la mitad del plato de lo que siempre me servía. Sostuve el plato sin colocarlo en mi lugar, pero mi madre no me volvió a servir. Me comí la sopa sin decir nada. Esa vez mi madre no platicó como acostumbraba, me pareció raro, pero lo olvidé en seguida cuando noté que el lugar donde se sentaba mi hermana estaba vacío y ni siquiera tenía los cubiertos puestos. Después de volver la cabeza hacia donde estaba mi madre, vi que le salían lágrimas de los ojos. Me vio con miedo y le sonreí. Al día siguiente estaban vacíos el lugar de mi hermana y el de mi madre y no había comida en la mesa, me pareció raro. Caminé por toda la casa. Encontré un pedazo de pan que dejé atrás de un sofá que tengo en mi cuarto y me lo comí mirando por la ventana. El cielo era hermoso, no había ni una nube. La calle estaba callada. Hacía calor y dos pájaros se posaron en la rama del árbol que


está justo frente a mi ventana. Los pájaros cantaron y me sentí más feliz y tranquilo que en toda mi vida. Les grité a mi madre y a mi hermana que vinieran a ver y a escuchar, pero ninguna de las dos respondió. Era tan lindo. Ahí me quedé hasta el día siguiente. En la mañana fui a trabajar. Regresé en la tarde sin que me abriera la puerta mi madre como todas las tardes lo hacía para abrazarme y llenarme de besos la cara, yo le decía que no lo hiciera, imagínese la pena de que me vieran los vecinos, yo tan grandote y mi mamá dándome de besos. Entré pensativo. Se me olvidó que mi madre no me abrió la puerta y fui a la ventana a ver si no cantaban los pajaritos. No los vi. Le grité a mi madre si ya estaba la comida, pero no me respondió. Busqué por debajo del sillón sino había otro pedazo de pan. Como no encontré ninguno fui a la cocina aunque violara la regla de mi madre de no entrar a la cocina y peor aún la de abrir el refri. Me tomé un litro de leche y unas rebanadas de jamón con pan. De repente me acordé de mi madre y mi hermana. Las busqué por todas partes hasta que finalmente las encontré, estaban jugando a las escondidillas metidas dentro de la alacena frente a la cocina. Las tomé a las dos y las cargué como cargamos ahorita a esta señorita. Las puse cada una en su silla a la mesa. Me fui a dormir. Al día siguiente que me iba a trabajar seguían en la mesa, me pareció muy raro, pero pensé que a lo mejor estaban concentradas pensando en cualquier cosa. Cuando regresé seguían ahí. Les pregunté si les pasaba algo, pero no, no me respondieron. Al día siguiente cuando regresé del trabajo, la casa olía mal, me acerqué a ellas, las olí y apestaban. En seguida las regañé y les dije que se metieran a bañar, que eran unas cochinas, ji ji. No me hicieron caso. Del trabajo me corrieron, trabajaba en una fábrica. Tenía que ponerle un tapón a unas cosas.


Ya habían llegado a la parte trasera del local. La chica abría los ojos lentamente y movía la cabeza. El cliente le sostenía un trapo húmedo en la frente que trajo el gerente del bar cuando los vio salir por la puerta trasera y que alcanzó a escuchar el final de la historia. Se veían consternados, incrédulos. La joven estaba sentada en una silla. Cuando terminó de abrir los ojos, no enfocaba bien y miraba nerviosa cada cara que tenía en frente, reconoció al gerente, se detuvo en el cliente y, en eso, Miguel se entremetió entre ellos para sonreírle pegado a ella, cuyo semblante enverdeció, hizo un movimiento brusco hacia atrás y lo señaló mientras decía que era un maldito lunático. El cliente le dijo que era médico y logró calmarla. Le contó al gerente lo que supuso debió haber pasado y le mostró las marcas de las manos de Miguel en el cuello de la joven. ¿Usted sabe dónde vive el mesero? Le preguntó el médico al gerente. No, respondió éste. Miguel, ¿dónde vives con tu madre y tu hermana? Miguel le dijo una dirección incoherente. ¿En qué fábrica trabajabas? Lo dijo. ¿Está cerca de tu casa? Sí, respondió. El gerente intercambió unas palabras con el médico en secreto. Luego volvió hacia donde estaba Miguel, que jugaba con una zanahoria de la basura sobre el marco de una ventana que daba a la cocina sin dejar de verlos, y lo corrió a patadas del lugar. Miguel caminó la distancia de dos edificios y se volvió hacia el bar donde los demás lo seguían con la mirada, les hizo adiós con una mano y con la otra les arrojó una piedrita que encontró en una bolsita de su chaqueta, así como de juego o reconciliación, con una sonrisa desalineada.


Trolebús maravilla