Page 1

Diario Ă­ntimo en BerlĂ­n Roberto Saban


Diario íntimo en Berlín Curaduría: María Eugenia Grau Investigación y textos: Dra. Karen Saban


Roberto Saban

Nació en Montevideo, Ciudad Vieja, en 1948. Emigró a Argentina en 1977. Inició sus estudios de grabado y pintura en Buenos Aires en La Fundación Esteban Lisa y en los talleres del Museo Nacional del Grabado. Se incorporó al Taller Espacio Camargo de Gabriela Aberastury y al Taller de Grabado de Alicia Díaz Rinaldi. Tuvo a Eduardo Mc Entyre como docente y asistió a seminarios de acuarela en el Taller Escuela Guillermo Roux. Ha realizado diseño para afiches, logos, así como ilustraciones: Hacedario o el quehacer de la poesía, del poeta Ismael Smith, El General, de Roberto Miguelez de Canadá (2020), Los Alumbrados, de Manuel Becerra Salazar de México, El viaje. Historias de amor y tupamaros, sobre cuentos de Jorge García Irrazabal, editado por el Museo de la Memoria de Montevideo. Ha realizado diversas muestras tanto en Montevideo como en distintos espacios departamentales: Muros, Bar El Hacha, Montevideo (2004), Tangueros montevideanos, Junta Departamental de Montevideo (2009) y Centro Cultural Carlos Martínez Moreno (2013). Sus obras de temática de tango y arrabal itineraron en varias ciudades de Uruguay: Las Piedras, La Paz, Maldonado, Minas, Durazno, Santa Lucía, Sauce, Paysandú, y en ocasión de la conmemoración de las Jornadas del Patrimonio 2020, en el Museo Solari de Fray Bentos. Es autor de la muestra permanente en el Museo y Espacio Cultural Julio Sosa de Las Piedras, con obras de temática tanguera en técnicas de collage y óleo, desde 2013. Su línea de trabajo plástico manifiesta un interés permanente sobre temáticas de memoria, deportación y holocausto. Ejemplo de ello es su propuesta expositiva Deportados (curaduría de María Eugenia Grau), inaugurada en el Museo de la Memoria de Montevideo en 2011. Fue exhibida en la Universidad Maimónides de Buenos Aires, Museo de la Memoria de Porto Alegre y en varias ciudades del Uruguay con la propuesta de talleres de sensibilización plástica a escolares y liceales. Entre sus exposiciones individuales se destacan: Embajada del Uruguay en Buenos Aires (2006), Museo Histórico Provincial de Rosario, Santa Fe (2007), retrospectiva en Ex Convento Domus Talenti, Roma, organizado por la Galería Ikon de Torino (2008), Condado de Devon, Inglaterra (2007), Galería Restobar Malevo, Londres (2010), Galerie Hôtel Gauthier, París (2010), Universidad de Kassel, Alemania (2016) y Arte Sumi-e en el Espacio Ono San en Buenos Aires. Participó en la muestra colectiva itinerante Tres visiones del tango oriental, junto a los fotógrafos uruguayos Daniel Machado y Pedro Lombardi, en el Centro Cultural Cervantes, Tokio (2011), Biblioteca de la Ciudad de Beijing (2013) y Centro de Exposiciones de Arte, Seúl (2014). Ejerce el periodismo cultural en redes y radio.


Diario íntimo en Berlín

La obra plástica de Roberto Saban investiga el tango rioplatense, los boliches y los piringundines, hasta los viejos jugadores de dominó de la calle Colón en el Montevideo de su infancia. Incursiona además en otros temas que cobran mayor relevancia en los últimos años, particularmente en la representación de procesos sociales cuyo dramatismo aún no cesa. Nos referimos a terrorismos de Estado, estallidos antisemitas, deportaciones, campos de exterminio, con un destaque sobre la desquiciante atmósfera del régimen nazi en la Alemania previa a la segunda guerra mundial. En sus obras, aquí y allá emergen referencias familiares como en su presente propuesta. Si bien Roberto Saban trabaja el óleo en composiciones de fuerte cromatismo, siempre se ha interesado –y conmovido– por el afichismo de memoria urbana. En especial, supo observar los trabajos gráficos sobre los muros de las ciudades que de manera alternada anuncian, denuncian, convocan y gritan urgencias en estratos temporales superpuestos. Dichos papeles pegados sufren el paso del tiempo o el antojo anónimo de arrancarlos a fragmentos, generando curiosos mensajes formales y textos entremezclados al azar. Saban entonces incorpora de manera re�lexiva el collage en sus relatos de memorias e historias colectivas. Como una forma de pensamiento trasladado a aspectos formales, de apariencia lúdica a través del recorte y pegue, el artista vuelve su mirada simultánea al mundo en crisis, teniendo a Alemania y nada menos que al Berlín de los años treinta como puntos nodales en los que su madre, Ellen Reininger, escribe su diario personal. En los collages se unen historias mínimas y mundiales en conmixtión, que el observador tiende a unir en ecos simultáneos.

Esta propuesta de diecisiete tablas de madera de pequeñas dimensiones, 18 por 39 centímetros, presenta e interpreta tiempos, países, una historia personal y colectiva. Lo hace a través de múltiples formas: periódicos, cartas, dibujos, fotografías, pasaportes provisionales o grafías olvidadas (como la caligrafía alemana Sütterlin, que, difundida en las escuelas y de carácter obligatorio, se canceló en los años cuarenta). En las tablitas, los fragmentos anuncian a través de la prensa escrita el estallido del nazismo, el antisemitismo, acaso las futuras listas de condenados a muerte. Al primer golpe de vista, cada una de las obras de pequeño formato da cuenta de acontecimientos transmitidos por la prensa alemana, así como también por la lejana mirada de noticias uruguayas sobre los mismos aconteceres. Por tanto, el artista apresa puntos de vista de circunstancias simultáneas con distancias espaciales, como quien ve de manera comparativa y desde una elaboración en el presente. Lo hace a través de una propuesta de fragmentos y una mirada en la que con�luye lo que ocurría allá y acá, en Europa y en América. Su ascendencia familiar forma parte del proceso: nieto de abuelos sobrevivientes y nieto también de abuelos que murieron en Auschwitz. El conjunto de la muestra de Saban contiene el diario personal de su madre Ellen, nacida en Berlín en 1920, quien comienza a escribirlo en 1935. La última entrada es de enero de 1940. En el diario, la autoría y quien narra se identifican configurando un relato del “yo”, destinado a la lectura de quien lo escribe. Estos diarios obedecen a la muy antigua y actual pulsión por contar, acaso un refugio, una forma de fijar la emoria de los días y sus re�lexiones. Ellen, por entonces una muchachita de Berlín, anota hechos cotidianos de connotación


intimista. Su atención se fijaba en los vínculos familiares, sus salidas con amigas y amigos, indumentaria de moda, noviecitos, paseos. Pocas veces surgen apreciaciones de la amenaza latente, como bien relata y analiza Karen Saban, su nieta. El visitante de la muestra que ve el diario, sin embargo, difícilmente pueda indagar en su contenido. Los diarios íntimos están envueltos de un halo de secretismo. Su único destinatario es en general el mismo autor. Por tanto, esa escritura del “yo” nos queda pudorosamente vedada y también fragmentada como el resto de la obra en collage. En suma, esta es la historia de un diario, de un registro de existencia y a la vez de una exposición realizada a tres voces: Ellen, Karen, su nieta, y Roberto Saban, quien le ha dado forma plástica. El artista, décadas después, sabiendo por supuesto más de los hechos que la autora del diario, es quien comenta, compara, elige documentos y fotos, insertando en la exposición un relato ampliado que nos habla del movimiento del tiempo. El tiempo pasado adolece siempre de estar recorrido por un velo de incertidumbre. Lo que queda es el producto de una erosión –al final creativa– provocada por el olvido. Coincidiendo con el antropólogo Marc Augé, “la memoria y el olvido son solidarios y necesarios”, a lo que agrega: “no se olviden de olvidar... olvidar… para estar presentes, para no morir, para actualizar el recuerdo a la luz de las sugerencias de la vida...”. Si los recuerdos son moldeados por el olvido, unos y otro tienen la potencia de actuar como fuerza viva de la memoria. La exposición pendula entre una historia particular inserta en una caída vertiginosa al nazismo, a su ferocidad antisemita, al exilio que finalmente posibilitó la continuación de una saga familiar. Ese tema de los vínculos entre el tiempo, el olvido y la memoria se entrelaza con todo su misterio en este relato visual. María Eugenia Grau Montevideo, octubre de 2020

TRIUNFA EL FASCISMO Recortes de periódicos alemanes, 1936-1937. Recorte de su diario, marzo 1937. Foto con sus hermanos Félix e Inés en una playa.


PAN Y TRABAJO Recorte del diario de Ellen Reininger, marzo 1937. Recortes de diversos periรณdicos provinciales alemanes, 1937.


ARRIBO A LA PAZ Recortes de diversos periรณdicos provinciales alemanes, 1936-1937. Foto del encuentro en La Paz, Bolivia, a la llegada de su novio Nissim, 1941.


El diario, el relato femenino y su vida de mano en mano

Mi abuela, que en su vida supo amar tanto, muere de un infarto al corazón cuando yo tengo 17 años, aproximadamente la edad de ella cuando escribe su diario. Es mi tía abuela, Inge Reininger (a quien llamábamos Inés), otra abuela para mí, quien encuentra ese pequeño cuaderno de tapas negras entre sus cosas y me lo entrega, junto con los collares que Ellen coleccionaba y con los que habíamos jugado juntas en mis visitas de niña a Uruguay. Inés supuso que yo iba a poder leerlo ya que por entonces había empezado a aprender el idioma, sin embargo, llevó todavía unos años hasta que mi dominio de la lengua extranjera fuera suficiente como para desenhebrar las cuentas de esa historia, y sería todavía muchos años más tarde, cuando ya estuviera instalada en Alemania, que la madre de una amiga, Elisabeth Pausch, traduciría para mí el resto, especialmente los pasajes en Sütterlin y en taquigrafía que habían quedado ilegibles. Es, pues, una línea femenina la que, como suele suceder, cuida la memoria familiar, la hace pasar de mano en mano, como las joyas que se heredan, la protege de la destrucción y le da sentido. Cuando a mi abuela Ellen la internan en agosto de 1993, yo misma escribo en el diario que llevaba en mi adolescencia acerca del terror que me produce su enfermedad y el dolor que me causaría su pérdida. En las múltiples entradas que dedico a su frágil salud en ese aciago mes en el que apenas suena el teléfono se me oprime la garganta, empiezo a hablarle a Dios directamente, le pido (le exijo) que la proteja, le explico que todavía tengo mucho por vivir con ella, que no puede quitárnosla porque ella todavía no es lo suficientemente vieja para morir, y sobre todo es “nuestra” y no “suya”. Tras su muerte, en

mi diario adviene un período de furia contra ese Dios que hizo oídos sordos a mis ruegos: “No hay perdón, me robaste a mi abuela, a mi Oma. Ella tenía todavía mucho para contarme y yo demasiado por aprender… Estoy segura de que ella tampoco llegó a conocerme… No voy a perdonarte, no pude disfrutarla lo suficiente…”. Pasará al menos un mes más hasta que llegue la reconciliación: “Sé que no puedo confiar más en vos… pero te suplico igual que crees un mundo más allá del universo sólo para ella, hermoso, perfecto, en paz, donde se reencuentre con todas sus almas queridas”. Releer estas palabras que escribí de joven, ahora que buscaba material para rearmar la historia en vistas de la exposición de mi padre, me revela el grado de identificación que yo tenía con mi abuela paterna, a quien siempre amé y miré fascinada, no sólo por su biografía entre dos mundos, por la trágica huida de Europa y lo novelesco de su historia de amor en el barco que la trajo a América del Sur, sino también por la coquetería y la alegría sempiternas que irradiaba. Yo quería ser su amiga, quería que ella me quisiera, quería pasar mucho tiempo con ella, como cuando intentaba enseñarme a tejer en el balcón de su casa o como aquella tarde en la playa cuando nos refugiamos en unos caños gigantes de la tormenta de


verano y quedamos solas frente a frente mirándonos y sonriéndonos con los pelos empapados pegados a la frente. Yo había empezado a aprender alemán esperando poder conversar con ella, compartir sus lecturas, entrar en su mundo. De modo tal que recibir el diario tras su fallecimiento significó para mí una suerte de compensación y un consuelo. El diario de mi abuela pertenecía al pasado, igual que ahora ella, pero ese cuadernito era también para mí el lugar de encuentro entre su voz adolescente y mi lectura juvenil, un puente tendido entre las dos a través del tiempo, un tiempo ya sin fin, en el que podríamos estar finalmente muy juntas y sin interrupciones, como si fuéramos íntimas amigas de verdad. ¿Qué secretos me revelaría? ¿Qué ejemplos podía yo tomar de su vida? ¿Qué intimidades y vergüenzas encontraría compartidas? Yo no me pude despedir de ella porque mi padre, en su profundo dolor, no quiso que mi hermano y yo viajáramos a Uruguay para el entierro, pero en la lectura de ese diario nos encontramos ella y yo desde entonces, siempre que queremos. Así como la escritura de ese diario la alivió a ella de muchas pesadumbres y le sirvió para rearmarse una y otra vez como un sujeto que abraza la vida, a mí su diario me acompañó para atravesar el dolor de su pérdida y proyectar en ese dolor muchos otros sinsabores del período, igual o mucho mejor que lo hubiera hecho cualquier amiga. La escritura de la Ellen de los años treinta y la lectura de la Karen de 1993 tienen algo más en común: son miradas adolescentes, autocentradas, espontáneas y vitales. Ahora que han pasado casi 30 años desde entonces, y la distancia permite re�lexionar sobre esa identificación en retrospectiva, me doy cuenta de algo que entonces no sabía, no podía saber. Creo ahora que el día que recibí ese diario, mi destino estaba decidido. Yo continuaría algún día la vida llena de color y brillo que ella tuvo que dejar inconclusa en la Berlín de los años treinta, yo sería quien saliera y enamorara a los hombres, quien bailara hasta que le dolieran los pies, quien viajara y no se hartara nunca de sorprenderse con las cosas hermosas de la vida, yo seguiría yendo al cine y al teatro por ella, yo terminaría

SE CREE QUE HA TRIUNFADO Ellen en Punta del Este, 1947. Titulares del diario El País (Uruguay), 1935. Recortes de su diario íntimo, 1935. Foto con amigos de Berlín. Recorte de su pasaporte y sellos nazis, 1939.


estudios que a ella jamás se le habrían permitido ni comenzar. Para ello volvería al lugar donde ella había sido más feliz, conseguiría la nacionalidad que los nazis le habían negado, me casaría algún día con ese prometido alemán que perdió en la confusión de la emigración y la guerra, tendría hijos que hablarían su lengua. Ella nunca me lo había pedido, ni yo se lo había tenido que prometer, pero en esa actividad de lectura intensa y comprometida de su diario había quedado sellado un pacto y la misión de mi vida: algún día yo continuaría la suya ahí donde había quedado trunca. Así, ya no cabe ninguna duda de por qué decidí hacer estudios en germanística, viajé con una beca en 2003 a Alemania y ya nunca más regresé. En estos quince años que llevo viviendo aquí, en el país que la expulsó, conocí Europa, me enamoré, aprendí a bailar, fui al cine y al teatro excesivamente. En 2011, después de un largo y difícil periplo lleno de frustraciones, conseguí finalmente la nacionalidad alemana que ella nunca tuvo y que, de haber podido, me hubiera gustado dedicarle. En 2013 me recibí de Doctora en Filología en la Universidad de Heidelberg. En 2014 me casé con un alemán bajo una jupá improvisada por mi padre y tuve una hija a quien, sin saberlo entonces, puse el nombre de una tía muy querida por mi abuela, asesinada en Auschwitz: la tía Mali (apodo de Amalie). Amalia, mi hija, tiene en su raíz la palabra “amar” y significa para mí todo lo que da calor a la vida. Vivo y trabajo en Alemania. Igual que mi Oma, amo los paseos en la naturaleza, la música, las exposiciones de arte y cultivo con entusiasmo mis amistades. Sin duda hubiéramos llegado a ser excelentes amigas.

CAMPO DE CONCENTRACIÓN Relato de Ellen de la “huida a París”. Periódico uruguayo en idish, 1938. Mujeres y niños en el campo de exterminio de Auschwitz.


PASAPORTE ALEMÁN PARA EXTRANJEROS Ellen, 18 años. Sellos de la comisaría donde era obligada a reportarse periódicamente por su condición de judía. Recorte de su diario donde menciona a su tía Mali (Amalie).


DIARIO ISRAELITA DE LA MAÑANA UNZER FRAINT: “Diario israelita de la mañana” (Uruguay), 1936. Recorte del mapa por donde la familia huyó a París. Recorte de su diario en taquigrafía, 1936.


Una voz adolescente en la preguerra y la escritura del yo como resiliencia

Ellen Reiniger comienza su diario el 5 de enero de 1935 en Berlín y lo termina el 7 de agosto de 1940 en La Paz. Tiene entre 14 y 19 años. Salvo por las últimas tres entradas, en las que narra con detalle la huida de Alemania y la adaptación al nuevo hogar en América del Sur, el mundo que renace ante los ojos del lector es el de la vida cotidiana de una adolescente judeo-alemana de clase media acomodada en la segunda mitad de los años treinta. En este cuaderno, Ellen confiesa sus vivencias en entradas breves y con gran poder de síntesis; en especial, aquellas que le interesan o le duelen y por diferentes motivos le parecen dignas de recordar, pero también las que reconoce como banales y la aburren, como un paseo sin acontecimiento alguno o tardes sin sentido. Allí desfilan sobre todo los primeros amoríos, las amistades y el colegio, las peleas en la familia, los hermanos, la moda, el cine, el primer trabajo, las vacaciones… Se trata de un típico ejemplar de la prosa juvenil de diario íntimo, en la cual la escritora habla de sí misma y de su pequeño mundo en primera

persona, usando la escritura como apoyo para ir conformando su propia subjetividad. Fiel a la matriz romántica de este tipo de textos, en casi un 80 % el diario íntimo consiste en el relato de sus primeras citas amorosas con chicos a los que a menudo se refiere en forma anónima como “boy”, probablemente un anglicismo de moda en el lenguaje juvenil de la época. En este caso se trata de pasajes “secretos”, escritos en taquigrafía, que dificultan o hacen imposible la lectura. Los romances son breves, de días o semanas. La joven Ellen coquetea un tiempo y luego pierde el interés. Alguna vez sale incluso con dos muchachos a la vez, otras la dejan plantada, pero zanja rápidamente el asunto: “ya no me importa en absoluto”. Y, en efecto, siempre hay un nuevo chico digno de su renovada atención. Ellen sabe conquistar y los hombres le declaran su amor. En julio de 1936 recibe de parte de un compañero de la escuela de peluquería una solicitud de matrimonio que se repite incluso tres veces. Ella, sin embargo, lo rechaza porque no le gusta ni piensa todavía en casarse; “¡qué tonta sería!”, escribe. Lo que ella quiere es divertirse, jugar el juego de la seducción. Recién a fines de 1936 el universo amoroso se vuelve más serio y estable cuando conoce a Herbert Fuchs, su futuro prometido, de quien hay una foto carnet recortada dentro del diario. La alegría y la vitalidad de Ellen también se muestran en la fruición con la que consume productos de la industria cultural del momento. A menudo acompaña a su madre al teatro o al cine y gusta de escribir una sinopsis, hace listas de los actores y actrices del momento y evalúa su desempeño. Con su padre visita exposiciones, entre ellas la de los juegos olímpicos que se


festejarían en 1936 en Alemania. Junto con el círculo de amistades, sale a patinar sobre hielo, al jardín botánico, a pasear por el célebre bulevar Kurfürstendamm o va de compras al KaDeWe, los "Grandes Almacenes del Oeste”, un famoso centro comercial que existe en Berlín desde principios del siglo XX. En verano, durante las vacaciones de colegio, va casi todos los días al Wannsee con sus amigos, llevan un gramófono y bailan. A partir de 1938, la entrada a la playa del lago así como también la visita a cines y teatros serían prohibidas para judíos, pero todavía en 1936 Ellen participa activamente del mundo del esparcimiento. Siempre coqueta, acude a cada fiesta a la que la invitan y dedica descripciones a los regalos que le hacen: un nuevo abrigo azul, zapatos, cartera y gorra que hacen juego, el vestido negro que la mamá reforma para ella el día que termina la escuela. En la última página, el diario adquiere un carácter visual con unos bosquejos hechos a mano de los modelos que piensa comprarse y de los precios. Pero no todo es entretenimiento. Ellen es una buena alumna, a la que le gusta estudiar y trae buenas notas a casa. Además de ir a la escuela, toma clases de piano y aprende a escribir a máquina. Cuando termina el ciclo de educación formal y vienen las largas vacaciones, se siente perdida con tanto tiempo vacío; pronto tiene que empezar a ayudar en la peluquería de la familia repartiendo y cobrando el agua para la permanente que producen: “Ahora que terminó el colegio y estoy en casa, tengo que ayudar todo el tiempo a entregar las botellas… Veremos qué será de mí… Un poquito me da lástima que el colegio haya terminado…”, escribe con tono melancólico. En otro tiempo y lugar tal vez esta joven tan activa y curiosa podría haber visitado la universidad y haberse convertido en una talentosa profesional. Sin embargo, en octubre de 1935 entra en una escuela terciaria de peluquería y cosmética, aprende inglés y empieza como aprendiz y ayudante en el negocio familiar. Sus hermanos, relataría su hermana Inge 70 años más tarde, no podrán siquiera terminar la escuela, cuando los niños judíos reciban a partir de 1938 una prohibición de escolaridad.

HERMANN SOLDADO Hermann, su padre, soldado en 1914, y Sophie, su madre. Recortes de periódicos uruguayos y alemanes, 1936. Recortes del diario de Ellen, 1935. Ellen a los 18 años frente a la cachila de su padre en Berlín.


Ellen es la mayor de cuatro hermanos: Félix, Inge y Frida, quien no ha cumplido aún el primer año de vida cuando Ellen comienza el diario. De todos los hermanos, es de la bebita de quien más habla. Le dedica entradas enteras a sus primeros dientitos, a sus pasos tambaleantes, a las monadas que hace (si gatea por toda la casa, si da besos, si recita un versito, si baila, si se duerme abrazada a la punta de la almohada). Todo le genera una ternura infinita y pasa largas tardes con su “muñequita”, como la llama. La tía Mali y la prima Betty están también muy presentes y son parte importante de la familia. La pequeña Frida pasa una temporada en casa de ellas cuando la madre está enferma, juntas van de vacaciones a Petershagen. Betty, además de ser una prima de su edad, es para ella una gran amiga. Con gran pena Ellen relata el duro parto de la tía Mali y de la muerte del “precioso varón que murió enseguida después de dar a luz, sin que ella lo haya podido ver”. La sombra de la muerte acompañaría a esta familia. Mali, su marido Karl y tres de sus otros hijos, incluidas Betty y su hermana menor de tres años, Gitta, serían asesinados en 1942 en Auschwitz. Los padres de Ellen (Hermann y Sophie) son –como una familia prusiana cualquiera de la época– muy estrictos, y la relación que mantiene con ellos a menudo es tensa. Varias veces es amonestada, le prohíben hablar o salir con chicos y, si aún lo hace, sufre ofensas e incluso palizas. En especial la violencia paterna resulta un documento sobre los vínculos entre jóvenes y adultos en tiempos de la Alemania nazi. “Todas mis amigas tienen los mismos problemas con los adultos”, se consuela. El 15 de marzo de 1937 Ellen escribe una entrada mucho más larga que las de costumbre, en la que relata la tremenda golpiza de la que fue víctima por haberse retrasado apenas 10 minutos de la hora pautada para su regreso. Con vergüenza y odio a la vez cuenta del cuerpo maltrecho y dolorido por días enteros y de la humillación de que “le peguen de forma tan brutal a una chica de casi 17 años”. Pero la opresión no es sólo física sino también psicológica. En varias oportunidades cuenta los insultos del padre cuando, por ejemplo, le dice que es

LOS NIÑOS DE BERLÍN Ellen se integra a la WIZO filial Montevideo. Recorte del diario El País, 1939. Recorte de su pasaporte, 1939. Foto de su familia. Ellen, con 12 años, primera a la izquierda con otros niños en su barrio de Berlín.


muy tonta, no sirve para peluquera y que a lo sumo tendría que buscar trabajo cuidando chicos. Sin embargo, esta jovencita sortea la violencia de género, sociopolítica y familiar a la que está expuesta, protege la integridad de su existencia, se reafirma con fuerza increíble en su subjetividad y utiliza la escritura como desahogo, para alejar de sí lo que podría haber dañado su más íntimo yo. En efecto, tampoco el nazismo que avanza a diario parece repercutir en su interior. Al contrario, el mundo hostil del exterior casi no la penetra, a lo sumo se leen ecos atenuados que rebotan contra los cristales de su despreocupada vida de adolescente. Las referencias a la realidad política, por ejemplo, son mínimas o hay que completarlas con crónicas históricas de la época. El 1° de marzo de 1935 se alegra por un asueto escolar, pero la razón del festejo es la devolución al Tercer Reich del territorio de la cuenca del Sarre (en la frontera con Francia), administrado desde fines de la Primera Guerra por la Sociedad de Naciones del Tratado de Versalles. El 10 de abril de 1935 Hermann Göring, ministro del Tercer Reich y fundador de la Gestapo, se casa con la actriz Emmy Sonnemann. Ellen escribe entusiasmada: “¡será una gran fiesta!”. El 1° de mayo de 1935, bajo una gran tormenta de nieve, sale con una amiga a ver el desfile en festejo por el día del trabajador en el Tempelhofer Feld, donde alrededor de 1,7 millones de personas se reúnen ante la cúpula del partido nazi. Ella se siente emocionada: “Hubo gritos de júbilo, fue gigantesco”. Tampoco la discriminación, antesala del antisemitismo, se nombra. En todo caso, queda apenas aludida. En la entrada del 13 de febrero de 1935 cuenta de un hombre que atacó al padre en su propia casa, se le prendió del cuello, y ante los gritos de auxilio todos acudieron en su ayuda. “La cosa va ahora a un abogado”, concluye sin más comentarios. El 5 de marzo de 1935 escribe apesadumbrada por la pelea con su amiga Gisela, quien le niega su amistad para no tener que invitarla a su confirmación, y llora porque unas chicas en la escuela se confabulan y hablan mal de ella

HENRIETTE Recortes del diario y prensa alemana, 1936. Archivo de la deportación de Henriette Falikmann, abuela de Ellen, en octubre de 1943 al Campo de Concentración de Theresienstadt, trasladada a Auschwitz, asesinada a los 67 años.


en la clase. El 22 de marzo de 1935 la madre tiene que echar al contador de la familia, el Sr. Ho�fmann, debido a su insolencia. A pesar de estas débiles huellas del con�licto latente, que podrían haber hecho la pertenencia al judaísmo aún más presente, la religión no parece ser un pilar fundamental de cohesión familiar. De hecho, la vida judía prácticamente no se menciona, salvo en tres breves ocasiones. La primera es el Bar Mitzváh del hermano Félix, “que recitó todo a la perfección” (22 de agosto de 1936). La segunda son los festejos de Sabbat que quedan sólo sugeridos cuando escribe que una vez un chico la pasó a buscar por el templo. Años más tarde, en el año 1938, la pertenencia religiosa aparece por última vez explícitamente cuando escribe que pasará la primera noche de Pesaj en casa de su prometido Herbert y la otra con él en su propia casa. Como sucedía a menudo en las familias judías alemanas de la época, la religión era sólo un aspecto entre otros, pero no estaba en primer plano, al menos no para las generaciones más jóvenes. En este sentido, el diario es también un registro de la consabida integración de las familias judías dentro de la comunidad alemana en los años treinta. Por lo tanto, la documentación de esta voz adolescente no sólo es un objeto valioso para el encuentro intergeneracional en la familia, sino también una pieza más en el mosaico de la cultura material y la historia de la cultura. Tal vez sea esta falta de conciencia de pertenecer a una minoría en la Alemania de la preguerra la que explica por qué en el diario no hay gran espacio para hablar del miedo. Ni siquiera cuando a partir de 1938 las SS patrullan en camiones y se llevan arrestados a los hombres para trabajos forzados. En el diario no hay una palabra de las vigilias cuando con la madre se quedan tejiendo junto al teléfono, mientras su padre y su hermano se esconden de noche en los cementerios, anécdota que sí relataría en cambio su hermana Inge de anciana. Sin embargo, el padre registra el peligro inminente y peregrina por los consulados en busca de visados para la familia y de esos planes de emigración hablará Ellen en su diario, incluso en las entradas del primer año. El 26 de diciembre de 1935:

AMALIE LANG Recortes de su diario y de su pasaporte. Portada del Diario ilustrado de Berlín, 1939. Archivo de la deportación de Mali (Amalie), tía de Ellen, junto con su esposo y tres hijos a Auschwitz, 1942. Asesinada con 47 años. Una hija sobrevivió.


nos va pésimo. Nada funciona. Mamá se ve mal y papá está agotado. El agua no sirve para nada. Konitz ya no trabaja para nosotros y los clientes compran el agua en otro sitio. Ya todo está decidido”. Hacia fines de ese mismo año (el 8 de diciembre de 1935) escribe: “mis padres hablan cada vez más de emigrar al extranjero”. En abril de 1936 recibe una citación, tanto ella como su madre se ponen muy nerviosas. Al día siguiente comparece ante la policía y se da cuenta de que sólo se trata de la prolongación de su pasaporte. Tanto Ellen como su familia tienen documentos de extranjeros, porque si bien nacieron en Alemania provienen originalmente de la Bucovina. En enero de 1937 unas primas de su madre, la familia Rotleder, emigran a América del Sur (Brasil) y la despedida la entristece. Ese mismo año reciben el rechazo a un primer pedido de visas para ir a Australia. Se habla de la posibilidad de un viaje a la Argentina, pero sólo para ella y su padre. El padre prefiere mantener a la familia junta. Finalmente, tras la larga espera, en abril de 1938 saben ya que también para ellos el destino será América del Sur (Bolivia). La familia toda empieza a tomar clases de español. Ellen se compromete con Herbert, quien en principio iba a acompañarlos y “a último momento no pudo venir”. Es que el viaje, si bien planeado, se decide abruptamente. En la entrada más larga del diario, escrita en marzo de 1939, es decir, dos meses después de la huida a La Paz, relata con detalle la odisea. La familia toma el tren desde Berlín a Saarbrücken, donde hacen aduana y son sometidos a diferentes humillaciones. Los oficiales nazis abren y revuelven las maletas, cortan el betún para zapatos o los chocolates que llevan en busca de joyas escondidas. Partidas las tabletas, obligan a los niños a comerlas del suelo. Siguen a París el 1° de enero de 1939 y se quedan ocho días para organizar los papeles. De ahí viajan a Marsella, donde se embarcan por cuatro semanas en el buque Colombo con destino al nuevo continente: “Viajamos en tercera clase. Yo dormí con otras 50 mujeres en un salón. Papá incluso con 150 hombres”. Ella y su padre trabajan como peluqueros en la segunda y la primera clase del buque, y pueden

APÁTRIDA Recortes de su pasaporte de “extranjera” y apátrida nacida en Berlín. Sello del Consulado de Francia y salida de Marsella, enero 1939. Llegada a Chile, febrero 1939. Fragmento de su diario íntimo, 1938. Aviso publicitario de zapatos: su pasión.


así comprar fruta para la familia en los puertos. Las noches de luna llena y música en la cubierta de la tercera clase contrastan con algo de encanto la penuria de la travesía, sobre todo cuando conoce a Nissim Saban, un judío sefardí que escapa de la guerra civil en España, quien junto con su hermano le hará compañía en las últimas dos semanas. Él se baja en Panamá, donde lo espera una hermana, y promete escribirle. Ellen no lo cree porque “a fin de cuentas era un ꞌespañol'”, pero se sorprende cuando en marzo de 1939 ya ha recibido la quinta carta. Esas cartas, que Nissim dictaba y un amigo escribía para él en alemán, terminarán por conquistarla. Fuera del marco temporal del diario queda el final de esa historia de amor. Nissim llega en busca de Ellen a La Paz unos meses después y llevan un largo noviazgo. Él ahorrará todo su dinero para conseguir salvar a sus padres, que han quedado varados en Europa, y esa es aparentemente la razón por la cual el matrimonio se atrasa tanto. Presionados por los padres de Ellen, Nissim y Ellen se casarán finalmente en La Paz, Bolivia, en noviembre de 1943. Los padres de Nissim serían deportados el 20 de mayo de 1944 donde morirán asesinados en Auschwitz. Una vez en el puerto de Antofagasta, y tras una pausa de cuatro días, toman el tren a Bolivia. “Creo que nunca olvidaré esas 36 horas de viaje, fueron espantosas”, recuerda. Se trata de un ferrocarril a vapor que recorre 1152 kilómetros a través del desierto de Atacama y sube casi 4000 metros hasta llegar a La Paz. Ellen relata que todos terminaron descompuestos menos ella y su padre. La organización de ayuda israelita los acoge, las primeras noches duermen en colchones sobre el piso de paja y tierra. “Mientras los otros estaban enfermos en cama, con papá

salimos a buscar un lugar donde vivir”, cuenta. Al poco tiempo alquilan una casita y el 15 de abril inauguran incluso un negocio en el Paseo del Prado, en el centro de La Paz. Emprendedora como su padre, ya a los dos meses escribe: “nos estamos adaptando, aunque 100 % satisfechos vamos a estar recién cuando vengan también nuestros seres queridos”. En Alemania quedan los abuelos, los tíos y los primos que sucumbirán al terror nazi. Su amado Herbert, para quien –dice–: “estoy ahorrando todo lo que gano porque quiero ayudarlo cuando llegue” sobrevivirá con su familia en EE.UU, pero jamás volverán a verse. La última entrada del diario es de agosto de 1940, un año y medio después de la llegada de la familia a Bolivia. Allí cuenta que ella tiene mucho éxito en el negocio familiar que reabrieron en La Paz y que los clientes incluso la prefieren a ella antes que al padre. También dice que Inge y Frida, las hermanas menores, “están tan grandes y hermosas, aprendieron muy rápido el español y lo hablan a la perfección, mucho mejor que yo, por supuesto”. Los apuntes son positivos. Ni una palabra del contraste cultural entre la Berlín de los años de oro de su adolescencia y los usos y costumbres en el nuevo hogar; ni una queja de la vida dura de trabajo para sacar adelante a la familia, ni un comentario triste acerca de las dificultades que genera la enfermedad del corazón de la madre o del dolor de haber perdido la comunicación con los familiares que quedaron en Alemania. La última línea con la que se cierra el diario habla de la enorme fortaleza, de la capacidad de adaptación y de la resiliencia que la caracterizaron siempre: “Y así fue como finalmente nos arraigamos”.


BETTY Recortes de su diario y pasaporte. Portada del Diario ilustrado de BerlĂ­n, 1939. Archivo de la deportaciĂłn de Betty, prima y mejor amiga de Ellen, a Auschwitz, 1942, asesinada a los 23 aĂąos junto a sus padres y hermanos.


FINALMENTE PASAPORTE URUGUAYO Al fondo enciclopedia en idish quemada. Titulares de octubre 1939 del diario El País (Uruguay). Ellen y Nissim en un bar de La Paz. Permisos consulares. Pasaporte uruguayo: en 1947 es reconocida como ciudadana y deja de ser apátrida.


La casa, la llave, la alfombra

Esta anécdota no está en el diario de Ellen sino en el relato escrito que Inge, su hermana, hace de sus propios recuerdos infantiles y que también es un documento que heredé tras recibir el diario. El departamento en el que vivía la familia Reininger junto a la peluquería que regenteaban (Bülowstrasse 38) era grande y estaba muy bien puesto. Como los abuelos maternos tenían un negocio de remates y compraban antigüedades, la casa de los Reininger tenía todo tipo de objetos valiosos como porcelanas y alfombras persas. Cuando se decide el viaje a América del Sur, el padre apenas había conseguido vender algunos muebles para comprar vestimentas para el viaje. Además les estaba prohibido a los judíos sacar dinero del país superior a una mísera cuota por persona. Por esta razón, las familias vecinas no judías se enteran de la partida y llegan con canastos y cajas para llevarse las cosas más finas. La partida abrupta hizo que los Reininger cerraran la casa y tiraran la llave en la alcantarilla. En los años sesenta, cuando Ellen recibe el dinero de indemnización que el Estado alemán pagó a los sobrevivientes del nazismo, y viaja con su familia a Berlín, se aloja en un hotel en el centro de la ciudad. Una noche, a la vuelta de la ópera, adonde también la invitaron como reparación, Nissim la encuentra llorando arrodillada sobre una alfombra de la habitación. Al darla vuelta encuentran el monograma de la familia Reininger. Era una de las alfombras que tenían en la casa de la Bülowstrasse que desarmaron y abandonaron antes de la huida, una huella apenas de la vida disuelta en Berlín que llega al presente como un objeto perdido.


EL REENCUENTRO Al fondo hojas en letra gรณtica. Escritor nazi. Postal a su enamorado y detalle de su pasaporte alemรกn, 1939. Foto de Rafael, Ellen, Nissim y un amigo en la estaciรณn, La Paz. Fragmentos de su diario, 1938.


La escritura Sütterlin

Esta caligrafía lleva el nombre de su creador, el diseñador gráfico y profesor berlinés, Ludwig Sütterlin (1865-1917), a quien el gobierno prusiano pidió en 1911 que desarrollara un tipo de letra manuscrita que fuera fácil de aprender para los niños en la escuela primaria. Por entonces los instrumentos de escritura habían cambiado y para los nóveles estudiantes era una faena engorrosa realizar con pluma estilográfica los sombreados del trazo o los distintos grosores de la letra Kurrent (basada en la escritura cursiva medieval). Sütterlin ideó entonces una caligrafía que �luyera simple, moderna y sobre todo simétrica. El nuevo tipo de escritura empezó a enseñarse en las escuelas prusianas en 1915, pero sólo a partir de 1935 (es decir, 18 años después de la muerte del señor Sütterlin) se adaptó oficialmente en los planes de estudio. Con la llegada de los nazis al poder, la letra Sütterlin se transformó en “la letra alemana” por antonomasia. Tendría, sin embargo, corta vida. En enero de 1941 los nazis la suprimieron y en su lugar introdujeron la letra latina para los manuscritos y la Antiqua para la letra de imprenta, que se impuso ante la Fraktur (un subgrupo de los tipos de letra gótica con el que se editaban los libros hasta el siglo XIX). Poco tiempo después, Martin Bormann, anteriormente secretario personal de Hitler y luego jefe de la cancillería del NSDAP, aseguró que las caligrafías Sütterlin y Fraktur provenían de los judíos del siglo XV. Hoy en día los historiadores se han puesto de acuerdo en que la verdadera razón para la prohibición de ambas letras tenía razones meramente pragmáticas: los pobladores en las zonas

ocupadas por el Reich debían poder leer las instrucciones de los nacionalsocialistas, lo cual era imposible en aquellas caligrafías propiamente alemanas. Tanto la letra Antiqua como la latina, en cambio, estaban más difundidas en Europa y por ello se impusieron. La ironía es que después de terminada la guerra no se discutió el hecho de que la letra Sütterlin cayera en el olvido (salvo por una breve reaparición en 1954), aunque originalmente no tenía nada que ver con un vestigio de la dominación nazi. Hoy día ya casi no queda nadie vivo que puede leerla. El diario de Ellen Reininger está escrito en Sütterlin, aunque también hay muchas entradas en escritura latina y otras más breves en taquigrafía (probablemente aquellas que la joven quería guardar en secreto). La alternancia entre los dos primeros tipos de caligrafía podría deberse al hecho de que en algunas escuelas de Prusia los niños aprendían también la letra latina a partir de cuarto grado de escuela paralelamente a la escritura Sütterlin, que se introducía en primer grado. Sin embargo, al parecer esto tampoco estaba tan difundido porque los mismos maestros no solían dominar la escritura latina. También sería posible especular que como Ellen aprendía inglés, estuviera familiarizada con la letra latina. Los pasajes escritos en Sütterlin son más comunes en las entradas anteriores a 1936. A veces se puede observar que la letra pierde las redondeces que tenía originalmente y se alarga oblicuamente según la moda tras la toma del poder por los nazis. Pero lo que prima en el diario es una letra latina en la que se ven muchas in�luencias de la caligrafía Sütterlin, lo cual dificulta por momentos su lectura. En la medida en que se trataba de una letra casi exclusivamente manuscrita, la caligrafía Sütterlin rara


vez podía ser realizada con absoluta precisión, de modo que tampoco la comparación con tablas de conversión de letras fue siempre de ayuda. Para poder leer cabalmente el diario fue necesario consultar a la madre de una amiga (Elisabeth Pausch) que por cortesía transcribió las primeras partes del diario al alemán actual. Al momento de crear su obra, Roberto Saban apenas si había podido leer con su alemán básico algunas de las entradas del diario escritas en letra latina; para el resto operó como un adivino. En lugar de ilustrar el texto y reduplicar así la información, transforma en imagen lo que el texto ya no dice al lector moderno, como si el dibujo hiciera visible en el presente lo que

antes era voz y hoy es sordo a los oídos de las nuevas generaciones. De este modo hay una transformación en dos sentidos. En primer lugar, varía el soporte, el canal de comunicación y significación: va de la letra escrita al arte plástico. En segundo lugar, la transfiguración es retórica: los recursos de la intervención y el collage son metáfora de un nuevo tipo de caligrafía porque, superpuestos a las páginas del diario íntimo, por un lado, y a los recortes de diarios de época con titulares en Sütterlin y Fraktur, por otro, parecen volver a sacar sonidos a la oralidad allí encerrada. Así, la obra de Saban hace homenaje a su madre mientras le da al documento cotidiano y privado el valor de memoria colectiva.


ELLEN, 1921 Al fondo enciclopedia en idish quemada. Foto de Ellen en brazos de sus padres Hermann y Sophie.


ELLEN, 1933 Al fondo texto en idish. Foto de Ellen y compañeras de liceo meses antes de ser expulsada por ser judía según disposiciones nazis, cuarta desde la derecha.


Esta exposición cuenta con un video en sala al que se puede acceder en YouTube: "Diario Intimo en Berlín" Roberto Saban.



Millions discover their favorite reads on issuu every month.

Give your content the digital home it deserves. Get it to any device in seconds.