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Mi nombre es Stefan Borghardt, tengo 28 años y soy estudiante de fotoperiodismo y fotografía documental en la ciudad alemana de Hannover. En octubre del año pasado me vine a Argentina a llevar a cabo unos proyectos personales fotográficos. Entre otros eventos cubrí la final de la Copa Libertadores entre River y Boca que no se jugó y también la cumbre del G20 en Buenos Aires a fin de año. En diciembre viajé a Neuquén para trabajar en un proyecto documental de proyección largo plazo sobre el fracking, la extracción no convencional que se está realizando principalmente en las zonas de Vaca Muerta y el Alto Valle rionegrino. Había empezado a investigar sobre el tema desde Buenos Aires y cuando llegué a Neuquén me tomé un tiempo para aclimatarme, conocer las opiniones al respecto y vincularme con personas y instituciones que me parecían claves para profundizar en la temática y poder relatar de forma panorámica, enfocando en la gran variedad de aspectos que conlleva el tema. El día sábado, 5 de enero de 2019 viajé de Neuquén Capital a Añelo para empezar a documentar con la cámara, tanto la evidente transformación del pueblo, barrios enteros que se están levantando arriba en la meseta, y retratar los trabajadores que vienen hasta de otras provincias y países a buscar trabajo en el nuevo “El Dorado” hidrocarburífero argentino, como darles un rostro a los mismos lugares donde se extraen los recursos fósiles de la tierra. Así pasó que ayer, el día lunes, 7 de enero, por el mediodía decidí recorrer la zona, ya que hacía un día nublado y más agradable para recorrer buscando visualizar algo que pasaría debajo de la superficie. Primero caminé la ruta 7 en dirección oriental por unos cuatro kilómetros antes de entrar por una calle de tierra hacia un pozo funcionando. Saqué algunas fotos de la planta, me encontré con un supervisor que me explicaba de forma muy amable que ahí no podía estar sacando fotos pero que no había ningún problema si subía por ahí a la meseta, incluso me indicó el mejor camino para llegar. Desde la ruta 17 entre por un portón abierto hacia una alameda. Cerca de la entrada había una pileta de agua de riego para los árboles. Me acerqué a los tres trabajadores que estaban haciendo una pausa al lado de la pileta, los saludé y charlamos un rato. Les conté lo que estaba haciendo y que estaba buscando los basureros petroleros. Me confirmaron que si caminaba hasta el fondo de la alameda tendría una mejor vista para sacar fotos, así que seguí caminando. Poco después uno de ellos se acercó en una camioneta y me ofreció “hacerme el aguante” y llevarme hasta ahí para que no tuviera que caminar. Llegamos al fondo, me bajé, saqué fotos de lo que parecía ser un futuro piletón, me devolví por el mismo camino sacando más fotos, y más o menos a la mitad del mismo, había un portón cerrado por el que entré al lote. Caminé al costado de la obra donde no había nadie y cuando me encontré con la entrada al sitio donde indicaba que el acceso era prohibido, me devolví a la ruta 17 (aprox. a las 17:30h) Me dirigí otros 200m (aprox.) más en dirección oriental. Por otro portón cerrado entré al predio de la empresa Treater Neuquén SA, ubicado en el lote 56 del Parque Industrial de Añelo, guiándome a través de las fotos satélites del Google Maps. Creo que no había cartelería alguna que indicase que el acceso fuera prohibido. Caminé alrededor de 1500 metros sobre un suelo regado con alguna substancia pegajosa y de color marrón oscuro que a la tierra la había vuelto muy firme, parecía cemento. Me dirigía hacía el norte hasta que me encontré con algo que desde abajo parecía ser una loma de tierra. Vi que desde el borde de arriba se había derramado una buena cantidad de un liquido espeso y oscuro hasta


llegar al pie de la loma. Saqué algunas fotos del derrame con las dos cámaras profesionales que llevaba encima. Además saqué una foto con mi celular y se la mandé a una amiga, a mi novia, a mi madre, a Martín Álvarez del Observatorio Petrolero Sur y a Juan Carlos Ponce de la Asamblea Permanente del Comahue por el Agua Allen. Desde ahí me subí al borde de la loma y se me hizo evidente lo que me había imaginado que era: era un piletón grande lleno de liquido. Difícilmente podría constatar qué exactamente era. Enseguida saqué otras fotos más desde ahí arriba con las dos cámaras y también con el celular. Estas fotos no se las mandé a nadie en el mismo instante. Estimo haber estado ahí arriba unos dos minutos antes de que llegara una camioneta blanca con un supervisor que me dijo que no podía estar allí porque me ubicaba en un terreno de propiedad privada. Ofreció llevarme a la entrada del lote (lugar distinto a por donde yo había entrado ) y antes de subirme a la camioneta me pidió que tapara los lentes de las cámaras. Llegamos a la entrada donde un encargado de seguridad me pidió los datos. Yo le di mi carné de prensa y le dije que por cuestiones de seguridad no llevaba mi pasaporte encima, lo cual no era cierto. El señor que me había agarrado y llevado a la entrada, mientras tanto, estaba hablando por teléfono con un superior y me pidió que borrara las fotos que había sacado. Yo le contesté que había fotografiado en rollo, por lo cual no había forma de borrarlas. El superior entonces llamó a la policía que llegó después de unos cinco minutos en una camioneta con cuatro oficiales, tres hombres y una mujer. Ellos me interrogaron preguntando para quién trabajaba, cómo había sabido del sitio, desde cuánto hace que estaba en Argentina, cómo me había metido al lote, etcétera. Cuándo ya se perfilaba que me iban a llevar a la comisaría, les mostré un escaneo de mi pasaporte en el celular. La mujer policía anotó los datos y después se quedó con mi celular. Arriba de la camioneta, yo estaba sentado atrás, en el medio, con la mujer policía a mi costado derecho, ella tiene que haber notado que me llegaban reacciones a la foto que había enviado al celular, porque empezó a meterse en mi whatsapp. Reprodujo varios mensajes de voz y leyó mensajes enviados y recibidos en altavoz. A la pregunta mía si tenía derecho a meterse en mi celular, no hubo respuesta alguna. Es más, poco antes de llegar a la comisaría de Añelo, le pregunté tres o cuatro veces si le podía hacer una consulta, esperando que pueda recuperar mi teléfono, pero ella no mostró ninguna reacción. Durante el trayecto, los cuatro oficiales me bombardearon con preguntas que se mezclaban con los mensajes personales que se reproducían en mi celular, por lo que se me hace difícil recordar todas las preguntas que me han hecho. Llegamos al primer lugar donde me iban a hacer una supuesta revisión médica. Cuando negué dejar mi mochila en el vehículo y bajarme sin mis pertenencias, reaccionaron muy molestos y me pusieron las esposas, tirándome para afuera del carro. La revisión médica consistía en pedirme que sacara la lengua y anotar otra vez mi nombre completo. Nos volvimos a subir a la camioneta, yo aún con las esposas puestas. Cuando llegamos a la comisaría, entramos por la entrada trasera, me llevaron hasta la barra de atención y me quitaron las esposas. Me hicieron dejar todas mis pertenencias arriba de la barra y revisaron mis bolsillos y la mochila. Todavía ahí me negaron usar mi teléfono. Mientras la mujer policía labraba el acta de mis pertenencias, escrita a mano en un cuaderno, un oficial que parecía ser un superior me hacía más preguntas y me decía, haciendo gestos con un destornillador eléctrico en la mano, que ya se iban a enterar de la verdad. Después la misma mujer policía me ordenó que firmara el acta, pero por las preguntas que me habían hecho mientras tanto, no sabía si realmente estaba todo


documentado de forma correcta. Insistí en leerlo con calma antes de firmar. Me apresuró la policía diciéndome a mí que me apurara y que firmara ya, y al jefe (él se presentó como jefe de la comisaría) que yo no quería firmar. Yo le contesté que sí iba a firmar, pero que me tenía que dejarlo leer antes. De repente el jefe me empujó para atrás y ordenó a los demás oficiales que trajeran un testigo que firme el acta. La oficial me agarró de la manó y me puso el brazo en la espalda, empujándome e insultándome. Me llevó al pasillo de calabozos. Al testigo que firmó el acta no lo alcancé a ver. En el pasillo estaba parado otro oficial que me pateó al pasar. Llegamos al calabozo y yo me encontré rodeado por unos cinco a siete oficiales, no me acuerdo bien, fue todo muy turbio y atemorizante para mí. Varios (al menos tres) me pegaron, me patearon y me insultaron. Un policía que me maltrataba con una escoba desde lejos, me dijo que él odiaba a los alemanes, a todos los alemanes. Yo durante todo ese proceso tenía las manos levantadas y pedía que no me lastimaran. Me dijeron que si me decían que firmara, tenía que firmar, y que no funcionaban las cosas como yo me las imaginaba. Después tuve que quitarme los cordones de los zapatos y un policía me dijo que me apurara porque sino me ayudaba él, y sacó una navaja del bolsillo. A continuación, me llevaron a otro calabozo al final del pasillo (según yo registré, todas las demás celdas estaban vacías). Me empujaron al rincón del baño y cerraron la puerta tras mío. Durante las dos horas aproximadas que permanecí en el calabozo a cada rato me venía a visitar un policía para hacerme más preguntas y contarme de lo grave que era lo que yo había hecho. En algún momento pedí agua, pero nunca me lo dieron. Poco antes de salir un oficial me preguntó por el valor de las cámaras. Durante todo ese tiempo aparentemente había habido un cambio de turno y los oficiales del turno nocturno, entre todo, me trataron de forma respetuosa. Me sacaron del calabozo por las 22:20 horas (aprox.) y me llevaron de nuevo a la barra de atención, donde firmé lo que creo que era la denuncia contra mi persona, la declaración de la hora de mi detención y la de la liberación y además el acta, confirmando que me habían devuelto todas mis pertenencias. Me informaron que habían secuestrado todo mi equipo fotográfico, pero yo firmé igual. A mi consulta cómo podía recuperar los equipos me respondieron que tenía que demostrar la documentación de las cámaras. No pedí que me entregaran una confirmación del secuestro ni leí ninguno de los documentos. Firmé para salir del lugar al instante y para no meterme en más problemas. Ya había aprendido la lección de que no era el ambiente para reclamar mis derechos. Además pensaba que si me hacían firmar documentos bajo semejantes circunstancias, igual no iban a tener ningún peso legal, según mi concepto. No sufrí lesiones físicas graves, pero sí andaba bastante confuso y asustado por lo que había pasado. Ustedes son las primeras personas a las que me dirijo con este testimonio formal para evitar que se difundan rumores o informaciones incorrectas al respecto. Teniendo en cuenta el importante trabajo de mis compañerxs, me parece que estas injusticias no deberían de ocurrir sin que se entere nadie. Espero poder recuperar los equipos que son mis herramientas de trabajo como periodista. Estoy muy agradecido por cualquier forma de apoyo que me puedan brindar para hacer esto público. Muchas gracias! Stefan Borghardt


Los equipos secuestrados son: - Cámara analógica Nikon F3 - Cámara digital Fujifilm X-T2 - Lente Fujinon 23mm 1.4 - Lente Nikon Nikkor 28mm 2.8 - Lente Nikon Nikkor 50mm 1.8 - Lente Nikon Nikkor 135mm 2.8 - Adaptador K&F Concept Nikon G – FX - 4 baterías Fujifilm NP-W126S - 4 rollos fotográficos 35mm Kodak Portra 400 - memoria Lexar Professional 128GB UHS-II - memoria Lexar Professional 32GB UHS-II

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El testimonio de Stefan Borghardt  

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