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RUDA VOL.18

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La película por un lado, con sus formas narrativas y estéticas, aportan al relato. Y eso, aunque con momentos algo más débiles en ciertas escenas, hacen de “Una mujer fantástica” una obra y apuesta de carácter autoral (el punto de vista y mirada). Es desde allí, precisamente, donde emerge el otro lado de esta cinta, relacionado con el tema que trata y pone en pantalla como dispositivo de discusión social y familiar en un país particular o en Chile. Si acaso Sebastián Lelio (44) hubiese dirigido esta producción entre los años 60 y 70, alcanzando la proyección que ha tenido, lo más probable es que este título sirviera como fundante para explotar un tema: lo transgénero. Sin embargo, y ahí está el gran sino del cine de explotación (“exploitation movies”), la cantidad de títulos por venir alcanzarían una cuota considerable en diferentes grados y variaciones temáticas. En este tipo de producciones, las de explotación, es relevante el tema que expone en pantalla, como una oportunidad de negocios, sin relevar la prestancia estética o narrativa de la obra. El punto es sacarle máximo provecho al tema. El cine latinoamericano tiene dos grandes referentes en este tipo de vertientes. Aparece José Mojica Marins, combinando identidad brasileña con terror, maldad, violencia y sexo malsano, desde mediados de los año 60. El otro, dejemos claro que no es Lelio, es el argentino Armando Bó (1914-1981), quien entre fines de los 50, más en los 60 y explícitamente en los años 70, hizo del sexo, el erotismo y sus variantes un puntal para desarrollar una de las filmografías más particulares de nuestro continente.

EN UN TIEMPO PASADO… Corriendo los riesgos de una censura (poco vivaz), y la dictadura militar en su país, Bó tomó el sexo y lo puso en pantalla en un momento donde el cuerpo (también social) asumía una

“nueva” realidad. Allí lesbianismo, ninfomanía o prostitución, entre otros, eran una realidad incómoda, aunque antes vetada. O casi. En esta aventura, particular y colmada de planos y escenas memorables, el realizador se acompañó de Isabel Sarli, símbolo de lo que es este cine de explotación. Y claro, el histrionismo, a veces un poco ausente, fue reemplazado por la explícita voluptuosidad de esta mujer que captó la atención gracias a su exhuberante busto y jugada personalidad, de carácter activo, presta a dejarse seducir por las indicaciones de un director que muchos consideran el Russ Meyer latinoamericano. Y vaya que tuvo argumentos para ponerse a la altura del norteamericano, uno de los padres del cine de explotación, gracias a piezas como “Lorna” (1964), “Vixen” (1968), “Beyond de valley of the dolls” (1970) y “Up” (1976); todas claves de la testosterona desatada.


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RUDA VOL.18 by RUDA - Issuu