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emergen sus poemas hijas drogas del drogo de quien viene, las migajas-hoguera de su pan galáctico, rayando, subrayando a la pantera que de un salto desciende de un camión antes de cruzar el aro de la noche striptisera. El ojo –y la lengua– atrapados en esa trampa urbana no pasan por el adn ceremonial de la poesía mexicana. Ergo: alguien, sobra y sombra, histrión de hueso sobre hueso, en la lerda Enciclopedia de la Amnesia no registrará jamás el ácido semen de su nombre. Un patrullero brama en la ciudad donde el haikú se graba en la enyesada pierna, menos que luciérnagas afuera brillan el vidrio y la navaja. ¿Tiene caso despachar del alma otro sentido? El amoroso desmadrado recuerda a la muchacha que fue rastreando desde el metro de París hasta un kibutz de Hebrón, pero antes, y en su nombre, bajo las exactas campanas de Viena, escribió prolijos expedientes para una potencia de la Guerra Fría. Ángeles de pulquería, las moscas de su sueño se duplican, estorba el signo en la clavícula pagana, otro hueso, otra espina renuevan su belleza en esa playa donde la espuma es la escritura inútil que se lame de la misma nostalgia: un beso eterno. Cómo interpretar una poética de rasurar tunales, qué engranaje del discurso muerde el corazón de Wirikuta: la gorda madona mercantil (&), la cifra (1) que refunde el sexo del artículo, el verbo tromba en las ovejas ramoneando su lanuda suerte en el último arroyo de Tlalpan.
ritmo | Imaginación y crítica