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Habitantes de Moria


Agosto 2010


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Editorial XI Queridos lectores: Desde este retorcido lugar en que nos encontramos, nos complace compartirles una nueva etapa de Habitantes de Moria. Durante el periodo de ocio habitual de las vacaciones, nos pusimos a pensar y repensar sobre lo que deseábamos que esto fuera. Era una realización obvia, que en el afán por compartirles, día con día, un poco de la locura que nos posee, habíamos sacrificado la calidad de nuestros textos. Por eso planteamos una nueva dinámica que nos permitiera dar más trabajo a las cosas que aquí se publican, someterlas a un (disque) más estricto proceso de cuidados intensivos. Por eso, cada quince días les traeremos un nuevo fragmento de la historia que se teje en nuestras manos, un pedazo de aquello que escondemos en el buró, eso inconfesable que sólo surge en la literatura. Para algunos (como para Miguel Agustín, una de las nuevas adquisiciones del blog y ensayista de closet), esta implícito y palpita en todas partes, aunque no lo notemos; para otros (como nuestra muy querida Ana Martínez), es algo que habita en ese lugar que no nos atrevemos a visitar, ese lugar repleto de deseos que reprimimos y que a veces, sólo a veces, entrevemos. Quizás alguien se atreva (como lo hace Diana Hernández, con cámara en mano) a decir que es una imagen, un instante que se congela en el tiempo o una imprudencia (que en las manos de Montserrat Ocampo se vuelve poema). Sin embargo nuestros viejos amigos: Yeni Rueda con una cocina desordenada, pero con su prosa retadora y llena de significado, y Jerónimo Gómez con una reflexión tan divertida que da hambre; nos recuerdan que sin importar lo que sea, eso que escondemos, eso que cargamos en nuestros cuadernos deshojados, vale la pena ser leído.

Los Habitantes de Moria


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Garnachismo mexicano Entendemos, por costumbre, que el término comida rápida se refiere a todo lo que podemos consumir en establecimientos como McDonald’s, Burger King, Kentucky Fried Chicken y sus derivados. Hace dos décadas el fast food llegó a nuestro país y hoy en día, para el mexicano promedio, almorzar rápidamente en cualquiera de estos establecimientos, es una práctica tan cotidiana como el taco con Coca-cola. Este tipo de alimentos llegaron a nuestro país para quedarse. El éxito de las cadenas multinacionales de comida es casi tan grande como el de la industria de refrescos. Comida rápida, sin embargo, no es (estrictamente) más que otra de esas torpes traducciones del inglés con las cuales nuestra habla está plagada. Aunque, efectivamente, el tiempo promedio de atención del McDonalds de Las Plazas, en el centro de Cuernavaca, es superior al de la fonda Punto y coma, que se encuentra a sólo tres cuadras de distancia, no podemos comparar la rapidez con la que se prepara una Big Mac doble con la de una orden de cinco tacos de pastor con piña, cebolla y cilantro, ni hablar de los precios. México posee su propia y muy auténtica comida rápida. La importancia del fenómeno del changarrismo mexicano es, por mucho, mayor que el éxito de las trasnacionales alimenticias norteamericanas. Este fenómeno posee una raíz cultural muy profunda y juega un papel básico en la supervivencia del mexicano moderno.

Cada región del país posee su muy auténtica forma de garnacha, sin embargo, es interesante observar cómo el fenómeno está fuertemente centralizado dentro del territorio nacional. Exceptuando la tradición gitana, algunos países asiáticos, ciertas formas judeo-arábigas de alimento y países tercermundistas con gran tradición de mercados y comederos, podemos decir que México es el principal consumidor degarnachas. Más allá de nuestras fronteras el fenómeno disminuye ampliamente: ni en Estados Unidos ni en Centroamérica encontraremos al garnachismo changarrero tan aferrado a la vida cotidiana de la población. Cada tipo de garnacha posee características muy propias, con grandes variaciones dependiendo de la región. Tardaría demasiado en enunciar las características de cada uno de los tipos y, mucho más, en numerar la gran cantidad de subtipos. Tomaría, quizás, una vida entera deleitarse con la inmensa cantidad de sabores que ofrece el garnachismo en nuestro país, mas no es el objetivo de este escrito ofrecer un panorama de éste, sino enfatizar su importancia en el estilo de vida del mexicano del siglo XXI.


La garnacha: alimento de pequeñas dimensiones que se obtiene en establecimientos callejeros conocidos popularmente como changarros; es fácil de manipular y se come con las manos; su precio suele ser accesible y su tiempo de elaboración es corto; contiene grandes cantidades de calorías y sabores intensos. -Vamos a comer una garnacha: “Vamos a comer algo rápido y barato.”

El changarro: local, puesto, kiosco, negocio en mercado o tianguis, carrito, etc. Sitio de ventas callejero que distribuye objetos de fácil transporte y de utilidad en la vida cotidiana, tales como: comida, ropa, herramientas, objetos de entretenimiento (en especial discos musicales y de video) y abarrotes varios. -Compraré algo en el changarro: “Compraré algo en la calle”.

El ritmo de vida que exige la modernidad es tal que parece habérsenos ido de las manos. Nadie sabe en qué momento vivir se volvió una eterna carrera contra el cronómetro. En un estilo de vida donde no hay espacio para el descanso, la alimentación toma un papel aparentemente secundario y se vuelve un estorbo que impide la plena realización de las actividades. Hay países para los que esto es un problema serio: los países primermundistas han tenido que regularizar estrictamente los horarios de trabajo, de forma que se respeten los tiempos de comida de los trabajadores. En muchos países del tercer mundo esto sigue siendo un derecho por conquistar. Pero en México las cosas funcionan de manera diferente: aquí, tenemos una muy extensa variedad de alimentos callejeros que no requieren de mucho tiempo de preparación, que son portátiles y baratos, y que funcionan como una bomba de energía esencial para las labores cotidianas. El taco, el sope, la quesadilla, la memela, el pambazo, el tamal, la guajolota, el tlacoyo, la gordita, el itacate, la tlayuda, la torta, el consomé, el pozole, la pancita y todas las variaciones de éstos, son sólo algunos ejemplos de todo lo que se puede comer en las calles de una ciudad mexicana. En las grandes metrópolis el fenómeno es todavía más intenso. El consumo de garnachas es vital para la supervivencia. Basta con observar la cantidad de changarros que se asientan afuera de las oficinas, a la salida de las estaciones del metro, fuera de los hospitales y prácticamente en todas las calles de las ciudades. Ahora la garnacha se consume por tiempos y según el momento preciso. Cada tipo de alimento sirve para una cosa diferente: la barbacoa para la cruda, el pastor para la cena, la quesadilla para el


desayuno, la pancita para el domingo familiar, el tamal para el madrugador, etc. Sin embargo, siempre cumple con su función primaria: alimentar rápida y sabrosamente, sin interrumpir nuestras actividades diarias y no dañar de más nuestro bolsillo. Si tu garnacha está acompañada de una sana y abundante cantidad de salsa picante (cuyas variedades son un tema en sí mismo) y de una Coca-cola de 350, 500 o 600 ml., estás preparado para pasar seis horas en la fila de espera para las citas del seguro, para gastar tu mañana sentado en el pupitre, deshacer tus ojos frente al monitor y para luchar contra el tráfico y las multitudes. El estilo de vida que he descrito ha creado variadas y delicadas situaciones. Habrá quien culpe a la garnacha del serio problema de obesidad que sufrimos. No faltará un ecologista vegetariano que se pronuncie por los derechos de los animales ni un espiritual new age que nos inste a una dieta macrobiótica e insípida. No cabe duda que el garnachismo es un tema delicado y que hiere la sensibilidad (y el estómago) de extranjeros, obsesivos e hipocondríacos. Sin embargo, es muy necesario entender el papel que la garnacha ha tomado en nuestra vida y no atacar al delicioso síntoma, sino a la cruel enfermedad. Habrá que probar en carne propia una orden de tacos de nana antes de juzgarlos por su apariencia o consistencia (yo mismo comprobé que la lengua de res es mucho más exquisita de lo que suena.) La gran dependencia a la garnacha se evidencía con la rotunda victoria que la comida de changarro tiene sobre el fast food gringo. Se necesitará de un gran esfuerzo imperialista y de mucha miopía cultural para deshacer una práctica tan ancestral como el consumo del maíz y del frijol. Hasta que eso no suceda, sírvame otros tres de pastor con todo, señor.

Jerónimo Gómez Cuadra

Poeta y ensayista. Desde muy chico descubrió su pasión por las palabras, pero el amor por la poesía es reciente y lo considera su más grande descubrimiento. Místico, guerrerito, vive y creció en Cuernavaca. Es uno de los editores de la revista La Piedra.


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La bella y la bestia En mi mente lo amo. Yo sé que lo amo. Trato de decírselo, pero mis balbuceos incoherentes provocan que me sonría y me inyecte un calmante. Con mis dedos torcidos, trato de alcanzarlo para que se dé cuenta de que estoy encerrada en un cuerpo inútil, sin escapatoria. Pero él no entiende, sólo me ve como una internada más de las 500 pacientes del manicomio Lourdes… Pero eso cambiará. Sólo necesito la jeringa correcta. Ha llegado la hora. A las 7:00, los rayos de luna tropiezan con los barrotes de mi ventana, y la muerte vestida de blanco entra en la habitación. Coloca una mesa con ruedas frente a mi ser de mirada extraviada. Toma una cucharada de ese potaje asqueroso y lo acerca a mi cara, yo babeo en respuesta. Me habla con palabras dulces, yo la muerdo. Está enojada. Amenaza con entubarme, comienzo a temblar. Cree que es miedo, pero mis movimientos son cada vez más violentos e incontrolables. Llama a otras enfermeras, eso no lo esperaba. Me tiro de la silla en la que estaba sentada y, en mis toscos movimientos, logro hacer que caiga encima de mí. Sigo convulsionándome para que no se note la jeringa faltante en su pulcra batita de hospital. La tengo, no puedo creerlo. Mientras me inmoviliza, escondo la inyección en una de las mangas de mi camisón. Ya viene el sedante, ya llega la calma. Ya te veré, aguja, después de mi sueño narcotizado.

He despertado, no sé qué hora es, pero espero que no sea demasiado tarde. Tuve suerte de que no me pusieran la camisa de fuerza. Aturdida y adormilada, llevo mi muñeca temblorosa hasta donde está escondido ese tubo de plástico que contiene mi libertad. Lo retiro con cuidado, tardándome tanto que me pregunto si en realidad estoy moviendo la jeringa o no.

Por fin la saco, ahora tengo que tomarla firmemente y aplicarla. No sé cómo se debe inyectar ni dónde, así que imito los movimientos monótonos de las enfermeras y me pincho donde veo una vena grande y roja. ¿Olvidé sacarle el oxígeno? No, sí lo hice. No tarda en surtir efecto. Pronto, percibo la ligereza y la gracia que poseía en mis movimientos antes de la enfermedad. Mis dedos ya no están rugosos, sino que son delgados y largos. Un cosquilleo en las piernas me dice que he recuperado su uso y me levanto de esa prisión que es la silla de ruedas. ¡Estoy curada! Disfruto de mi agilidad y, sin querer contenerme, bailo de gozo alrededor de la habitación.


Me paro frente al espejo. No quiero verme. Siento una mezcla de terror y expectación que me impide mirar mi imagen. No importa, es por él. Levanto la mirada y me sorprendo al contemplar ese cuerpo después de tanto tiempo. Me palpo para confirmar que es real. Mi cara, mis pechos, mi cadera. Vuelvo a ser esbelta y casi perfecta. Veo el reloj: 10:15, pronto terminará su turno. En un frenesí loco, busco y rebusco mis pertenencias, que han permanecido inútiles por más de dos años. Encuentro el maquillaje olvidado de una de las enfermeras -es bastante reducido, pero me conformo-: un poco de rubor y unas sombras muy discretas. Hace mucho que no practico, así que me desmaquillo y vuelvo a empezar en varias ocasiones. Por fin queda perfecto. También me coloco rímel y labial. Ahora paso a mi cabello. Sólo quiero verme bonita. Lo lavo y desenredo, e incluso corto varias partes por los nudos que me escalpan la piel. Las enfermeras nunca se han ocupado de mi cabello, ni siquiera el día que me condenaron como enferma mental me lo cepillaron. Las odio. El trabajo paciente me recompensa con un cabello un poco más corto, pero lustroso. Huele duro, como a sal, y no hay perfume, pero me alegro de poder haberlo hecho más suave. Falta la ropa. Qué extraño. Reviso en todos los sitios posibles y no la encuentro. Echo una mirada al espejo y luego al reloj. La joven rubia y hermosa no necesita nada más. Con la inyección, incluso mi deformidad vertebral ha desaparecido. La bata no se me puede ver mejor. 11:50. El efecto no durará mucho tiempo más. Tengo que encontrarlo y decirle que lo amo, aunque después me convierta en la bestia que estoy condenada a ser. Fantaseo con la fugacidad de nuestro encuentro: al salir de mi cuarto, lo encontraré a solas en una habitación. Al principio no comprenderá lo que sucede pero, al reconocerme, le confesaré todo lo que siento y me besará… ¡ah, ése primer beso! Sintiendo sus labios húmedos y calientes arrancando trozos de mi boca. Después, jadeando, me dirá: “341, te amo”. Y me va a curar y seremos felices por siempre… Sé precavida, si alguien te ve… No, no pienses en eso. Entreabro la puerta y escucho a alguien en el pasillo. Ahí está su voz. -¿La paciente 341? ¡Está hablando de mí! Lo sabía, ¡él también me ama! -Sí, yo me encargo. ¡Incluso tenía planeado salvarme!


-Diré que fue un ataque al corazón y luego llevaré el cuerpo a que lo incineren. ¿Qué? No… No puede ser, debe haberse equivocado. Es una confusión. -¡Yo también la quiero muerta! ¡Tranquilízate!... Hoy la rubia se va. No, él no… - Te veo después de mi turno, termino en cinco minutos. Adiós. ¡Viene para acá! En silencio corro a mi cama y me siento. Intento actuar como mi persona enferma pero no recuerdo muy bien cómo hacerlo. Me concentro y relajo mi cuerpo, desenfoco la mirada pero no logro dejar de ver hacia la puerta frenéticamente. Se abre. -Hola, bonita, ¿cómo estamos hoy? Trato de no verlo. Trato de no verlo. Intento babear. No recuerdo cómo parecer estúpida. -Pensé que estabas dormida. En fin, vine a darte tu medicina nocturna para que duermas tranquila… -¡Nooo! ¡No me toques! -¿Qué es esto? ¿Desde cuándo hablas? -¡No te me acerques! -Shhh. Camina hacia mí. Me alejo de él pero estoy débil, aletargada. Voy a empujarlo cuando mis brazos dejan de responder. No siento mis pies… ¡no puedo moverlos! No, no es posible, ¡los efectos de la droga se están acabando! Mis dedos se encorvan y se retuercen involuntariamente. Mi lengua se inflama. -N-n… N-ooo-eeah, da, da, d-d-d-a. -¿Qué dijiste? Lo siento, no te entiendo. -D-d-d-a. -Quédate muy quietecita… Oye, qué guapa eres, me pregunto si debería hacerte unas cuantas cositas antes de… -¡Dah! Estoy llorando. Mi cuerpo está anestesiado pero es inconfundible esa sensación pegajosa de desesperación. Me acaricia el cabello, lo huele.


-No te preocupes, siempre he tenido cierta afición por la necrofilia… esto no te va a doler. Me toma del brazo. Incluso se toma la molestia de aplicarme alcohol antes de inyectarme. -Vas a sentir un piquetito.

Al fin, la bestia ha devorado a la bella.

Ana Martínez Casas

Cuentista. Ha asistido a talleres de narrativa y creación literaria impartidos por Alma Karla Sandoval, Citlali Ferrer, Afhit Hernandez y al Curso de creación literaria para jóvenes 2010 organizado por la Universidad Veracruzana y la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha publicado en El puro cuento, 400 elefantes, La Piedra y Torre de Babel. "


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Utensilios Esta nota es para que la pegues en tu refrigerador con uno de los imanes más insulsos que puedas encontrar. En ella se enlistan diferentes utensilios que dormitan en mi cocina, viven y bailan en ella. Extrañan el aroma de tus manos preparando té de limón. Yo, extraño tus manos de limón desabrochando mi camisa.

La lista tiene un simple objetivo: invadirte de melancolía y obligarte a salir corriendo, a una tienda de segunda, y adquirir los gemelos de los utensilios de mi cocina. Una ventana roja para espiarte en noches de tormenta. Alcanzarte cuando tiemblas de miedo debajo de la mesa.


Ver tu cuerpo deslizándose por las baldosas de talavera. Un jarrón de imitación para vaciar en el mi sangre, combinarla con lágrimas de vigilia y un poco de alcohol.

Me colaré por la ventana y dejaré el jarrón en tu almohada vacía. El hilito carmesí correrá por las dunas heladas de tus sabanas, hasta llegar a la comisura de tus labios, en donde se alojará con alegría.

Una navaja oxidada para arrancarte el corazón y asarlo con aceite de cabra: los cortes serán delgados y los coágulos


le darán un triste sabor metálico al platillo.

¿Te gusta el término medio o completo?

Yo prefiero mi filete de corazón término medio, condimentado con orégano y saliva. Una jaula de oro corriente para encerrarte en ella, alimentarte con mis fluidos corporales y contaminarme con tu belleza.

Yeni Rueda López

Originaria de Emiliano Zapata y Cuernavaca. Cuentista sin disciplina ni formación académica, estudia Letras Hispánicas en la UAEM. El año pasado participó en las antologías “El placer de crear” y “Veinte cuentos para leer en…” Ha publicado en revistas impresas y virtuales.


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Amo lo implicito

Deambulando en platonismos transparentes, me someto a la inconsistente lejanía. Hacer indefinibles las obturaciones de sus párpados, es la forma más lógica de seguir navegando sin tormentas. Con las mañas instauramos los castillos que pretendemos nos defiendan de lo externo, con las mañas enmudecemos las intensidades y los agobios sinceros de la vulnerabilidad. Nos acicalamos porque buscamos volvernos inmunes a la obviedad de lo abstracto, a lo engañoso mismo del lenguaje. Amo lo implícito, amo el glamour de sus pasarelas, de sus correcciones inmediatas y sus obviedades necesarias. Amo lo implícito porque no bastan las deducciones simples ni los eufemismos malinterpretados, amo lo implícito porque significa que sabes todo sin decirte nada. Si tu discernimiento evita responder a mi deseo, será más fácil para mi escapar de tu lindura consistente. Me haces emprender anacronismos que aún no sé en que época se ubican, tal vez sea la futilidad de mis envidias la que me obliga a desertar en mis abismos. Sin embargo aún creo que existen espacios libres de culpa, atestados de amabilidad y de hermosura. Amo lo implícito por las comisuras inestables de su temporalidad, esas donde se gradúan las fortificaciones caminantes y las variadas cromáticas de tu silueta. Amo la inutilidad de las palabras cuando se someten al escrutinio azucarado de tus mejillas. La retórica es la moralidad implícita, la negativa canalizada en bordes de cuna y el festejo que disimula: es la dominación que repara los daños de lo salvaje. Donde caminas, camina el sentido figurativo que me hago de tu moñito, el inmaculado anagrama donde invierto una plegaria arquetípica, donde derramo tinta y discursos falaces, donde me doy cuenta, por primera vez, que en realidad estoy sumergido en un engaño de intelectuales. Soy frágil y necesito de ti para acuñar los vacíos que hacen de mis uñas monedas de cambio. Soy lúcido sólo cuando me recuesto pensando en lo que te hará descifrar los resabios más truculentos de mis palabras. Amo lo implícito y espero el atardecer perfecto para empalarte sobre esa palabra, para descarapelar tu rostro intacto y hallar en el polen imperfecto de tus poros, el aguijón roto que me hará saber, por fin, cual es la manera más explícita de amar

Miguel Agustín

Vórtice de huesos que deambula en el filo de dos mundos, que sin no quererlo están más unidos de lo que cree. Feto de politólogo y estudiante de la UNAM. Apasionado de escribir aunque neófito de forma y conocimiento literario; curioso por resolver las enigmáticas del poder.


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Imprudencia

Los actos de tu carne no son justos; por decir más: me haces daño.

Tu rostro, tus ojos, tu color... me haces daño.

Y el perdón, no sale de tu lengua.

Mexicana, oriunda de Cuernavaca, Morelos. Egresada de la Facultad de Artes (UAEM) ; por lo

Montserrat Ocampo

tanto escritora sin escuela. Novelista, poeta y guionista. Creyente de la revolución. Lectora ávida, cinéfila. Cuenta con dos poemarios publicados: Vida, regálame un verso (edición independiente, 2008) y Áureo (Editorial Esperpento, 2010). Becaria del programa de Estímulo a la creación y desarrollo artístico de Morelos en su emisión 2009.


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es una revista literaria online, nacida en el estado de Morelos (México), y cuyo método de publicación es mensual. Nuestro propósito es crear un espacio, tanto virtual como físico, de calidad, para la difusión de la literatura. En esta casa, dos clases de entes moran: los habitantes de Moria, que son un grupo de individuos para los que la escritura es un farol con el que alumbran las tinieblas de la realidad y que, encadenados a la cuevas de Moria, se ven obligados a publicar mes con mes, y tú, el que estás leyendo esto y que, por alguna razón que no logramos comprender, no has enviado tu colaboración. Para lograr que los textos de cualquier interesado lleguen a nuestras garras manos, abrimos convocatorias que se pueden consultar en línea o descargar.

La revista se publica, actualmente, de dos maneras principales: 1. La página www.habitantesdemoria.com (casa oficial) 2. y un PDF que es enviado al correo de nuestros suscriptores.

Hasta ahora hemos publicado textos de escritores mexicanos y chilenos. Y, a pesar de que nuestro compromiso primordial es con la literatura, es para nosotros fundamental que, dentro de nuestro proyecto, exista un lugar para las propuestas artísticas visuales. Para lograr esto, hemos creado una convocatoria multidisciplinaria, que se publica con el afán de que tanto artistas visuales, como amantes de lo multi y transdisciplinario, tengan un espacio donde dar a conocer sus creaciones.


Alguna queja, sugerencia, corrección, opinión, declaración de amor…

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ᴥ Comité Editorial Yeni Rueda López

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Sergio D. Lara

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Habitantes de Moria #1