Se cuenta que el físico Leo Szilard le dijo a su amigo y colega Hans Bethe que iba a comenzar un diario: “No me propongo publicarlo –le precisó–. Me limitaré a registrar los hechos para que Dios se informe”. Bethe, un tanto confundido, le preguntó: “¿Tú crees que Dios no conoce los hechos”. “Sí –dijo Szilard–, pero no esta versión de los hechos”. Y es verdad: mirado de lejos resulta desconcertante que alguien tenga que relatarse a sí mismo –o a Dios– los acontecimientos del día a día. Y no es menos extraño que ese ejercicio de desdoblamiento se considere cosa común, una práctica para la que no se necesite padecer esquizofrenia. Porque lo importante –parecen decirnos la lectura de diarios auténticos como la de los siguientes diarios inventados– no son los sucesos, sino la versión personal de esos sucesos. Más de un siglo después de su publicación original uno se pregunta cuál es el secreto de Corazón, el libro de Edmondo de Amicis, que por décadas sigue cosechando lectores aun cuando pareciera que tiene todo en contra: cursilería, historias moralizantes, personajes sacrificados y la idea, un tanto refutada por la realidad, de que la educación puede crear hombres de bien. La crónica personal de Enrico, el chico de doce años que asiste a un colegio de Turín, puede parecernos un retrato absolutamente ajeno en una época, como la nuestra, en donde el bullying se ha vuelto el elemento necesario para que un libro sea calificado como “literatura escolar”. Es quizás esa estampa de otro tiempo lo que mejor le funciona a Corazón, con sus virtuosos hombres humildes o sus ricos desagradables, que nunca oculta sus intenciones pedagógicas, su contexto romántico de la Italia recién unificada y su conCORAZÓN Edmondo de Amicis AKAL
fianza en la bondad intrínseca de las personas. Por otro lado sus relatos mensuales no pierden un ápice de interés: “De los Apeninos a los Andes” o “El tambor sardo” siguen siendo esos ejemplos cívicos que tan bien recordábamos, pero no en menor medida extraordinarias lecciones de cómo contar una buena historia. “¿Por qué no habría de publicar mi diario? A menudo he visto memorias de personas de las que nunca había oído hablar, y no acierto a comprender por qué mi diario no habría de ser interesante?”, se pregunta Charles Pooter, un caballero que, acto seguido, empieza a relatarnos lo que ha acontecido en su mediocre existencia a lo largo de quince meses. Es precisamente esa vida anodina, escrutada como si se estuviese contando una epopeya, el mayor encanto de este Diario de un don nadie, que reúne –y extiende– los textos que George y Weedon Grossmith habían publicado en la legendaria revista Punch en 1888 y 1889. Charles y su esposa Carrie forman una pareja típica de la clase media –la auténtica protagonista de este libro– de fines del siglo XIX. Al comienzo de esta historia están estrenando una vivienda con seis habitaciones, un jardín y una puerta principal que se mantiene cerrada, a fin de que los visitantes entren por la puerta lateral y no distraigan las labores de la sirvienta. El detalle no es menor porque aprovecha, en esa y otras descripciones, uno de los rasgos esenciales del humor: marcar la insalvable distancia entre lo que se es y lo que se pretende ser. Los tenderos, el limpiabarros, las hortalizas, los vecinos de enfrente, su hijo y la novia de su hijo, y la necesidad de que la gente se ría de sus malos chistes son algunas de las preocupaciones principales de este divertidísimo aspirante a la aristocracia.
DIARIO DE UN DON NADIE George y Weedon Grossmith NÓRDICA
En una suerte de actualización cuarenta años después de lo que cuentan los hermanos Grossmith se encuentra El diario de una dama de provincias. En 1929, la revista feminista Time and Tide le propuso a E. M. Delafield escribir una columna. El resultado fue una serie de punzantes anotaciones sobre los problemas domésticos de la clase media británica. Amparadas en la forma del supuesto diario que lleva una joven cuyo marido trabaja de administrador, las observaciones que pueblan este libro son venenosos dardos que apuntan a varios frentes: el matrimonio, los compromisos sociales, la economía familiar o la educación de los hijos. Con un esposo cuya mayor virtud es quedarse dormido mientras lee el diario, la dama de provincias tiene que lidiar con ese y con problemas de la índole más variopinta: la doncella que decide marcharse un día, la cocinera que se indisciplina o el banco que no deja de mandar avisos sobre su cuenta corriente. Lo que este diario muestra son los entretelones de un grupo social sumamente despreocupado por su época. “¿No es acaso la persistencia indiscreta de los demás una causa frecuente de nuestro alejamiento moral de la verdad?”, dice en una de sus entradas y angustiosamente parece estar dibujando nuestro siglo. De un tiempo para esta fecha está de moda avergonzarse de Mario Benedetti, esconder sus libros y nunca confesar que nos sabíamos de memoria aquello de “Tengo miedo de verte / necesidad de verte / esperanza de verte / desazones de verte”. Las mentes más rudas de mi generación suelen huir de la poesía de Benedetti como si huyeran de una plaga bíblica, pero no de su narrativa, que ha mostrado una mejor salud ante los cambios de época y temperamento. La tregua, por ejemplo, a la distancia ya no parece el simple diario de una existencia burocrática en el Montevideo de los años cincuenta ni tampoco el detallado informe de las agridulces relaciones entre un viejo ridículo y una joven entusiasta. Es algo más: el luminoso recordatorio de que la cotidianidad es una cosa que de repente puede fracturarse. En La tregua, Martín Santomé, un viudo que con tres hijos problemáticos y cercano a su jubilación, describe el día a día de sus encuentros con Laura Avellaneda, la nueva empleada de su oficina, a quien dobla en edad. La novela registra la minuciosa transformación de un tipo solitario y un tanto misógino, como Santomé, en un hombre que ha recuperado la vitalidad sexual y afectiva. Que ha encontrado buenas razones para llamar “vida” a eso que andaba viviendo. Por supuesto, que esta relación tenga que ser clandestina dice tanto de los protagonistas como del momento en que les ha tocado vivir. + Por Eduardo Huchín Sosa
DIARIO DE UNA DAMA DE PROVINCIAS E. M. Delafield LIBROS DEL ASTEROIDE
LA TREGUA Mario Benedetti ALFAGUARA