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La política en la historiografía puertorriqueña del siglo XIX

La política en la historiografíapuertorriqueña

del siglo XIX: entre integristas y separatistas: la biografía laudatoria y el fenómeno Alejandro Tapia y Rivera (Segunda parte) Por: Mario R. Cancel Sepúlveda

La lectura de la obra de fray Agustín Iñigo Abbad y Lasierra fue el laboratorio ideal para la invención de una tradición historiográfica puertorriqueña. El proceso que comenzó con la reimpresión de la obra por el secretario de la gobernación Pedro Tomás de Córdova en 1831, maduró con Alejandro Tapia y Rivera y José Julián Acosta y Calbo en 1854 y 1866 respectivamente. Esa fue la base intelectual de la reflexión sobre el pensamiento historiográfico y la modernidad según la conocemos. El hecho de que las formas de apropiarla y reinvertirla en la discursividad política fuese diversa acorde con la situación del siglo XIX en el cual se leía, ratifica su riqueza.

La conferencia “Una relación de la historia con la literatura” dictada por Manuel Elzaburu Vizcarrondo en el Ateneo en 1888 tenía; sin embargo, una tesitura particular. La primera se expresaba en el lenguaje teórico invertido. En alguna medida de 1788 a 1888 se transitó de una “historia regional” meditada desde la perspectiva española o peninsular al calor de racionalismo, a una “historia regional” pensada desde la perspectiva criolla o insular en el marco de un pos-

romanticismo maculado de nostalgias neoclásicas. El trasfondo filosófico de los extremos no representaba un problema insalvable: los dos traducían formas europeas de ver el mundo que subsumían el fenómeno puertorriqueño en la hispanidad y afirmaba la validez del integrismo. La imagen de que Puerto Rico era España y así debía seguir siendo estaba clara. La contradicción que en el siglo XIX y desde una perspectiva separatista esa afirmación implicaba, se atenuó en el siglo XX tras los eventos del 1898. La nueva situación abrió paso a otros entuertos análogos en el marco de la posible convivencia entre la puertorriqueñidad y la americanidad según la proyectaron los invasores desde entonces. De un modo u otro, la puertorriqueñidad siempre ha tenido que confrontarse con el “otro” al cual ansía equipararse sin poder conseguir esa meta.

La experiencia creativa de los historiógrafos puertorriqueños del siglo XIX insistía en la necesidad de sumisión a lo español. Todo indica que el acatamiento se apropiaba como algo natural o inevitable y, en consecuencia, válido en sí mismo. El concepto “criollo” encerraba una trampa semántica. Derivado del con-

cepto portugués crioulo que sugería la acción de criar, contenía una fuerte insinuación de respeto patriarcal que, desde mi punto de vista, desembocaba en una inconsistencia. La concepción del criollo como una criatura del español expresaba la “carencia de algo” y la ambición de poseerlo. Esa situación forzó al criollo a “respetar por la fuerza a aquel que lo rechaza y lo devalúa”. La ansiedad del criollo por ser “aceptado o asimilado por el otro” confirmaba esa fragilidad (Cancel, 2012). El integrismo franco que manifestaba aquella percepción era comprensible.

La otra característica tiene que ver con la cautela con la cual aquellos escritores se acercaban al escenario de la historiografía. Primero como coleccionistas cuidadosos de documentos en la forma de recopiladores o traductores. Segundo como comentaristas eruditos acuciosos y continuadores de la autoridad más respetada de su tiempo. En ambos casos ocupan la posición del intermediario que se insertaba con respeto en un proceso inacabado que otros habían ya comenzado. Paralelamente se expresaron como biógrafos morales a la búsqueda de las figuras emblemáticas de una civilidad en ciernes capaz de reproducir los valores de la hispanidad en la criollidad.

El “historiador moderno”, identificado con el “historiador nacional” según el lenguaje de Elzaburu Vizcarrondo en su presentación 1888; y el “relato lineal del Progreso” con el cual soñaba Tapia y Rivera en 1854, no pasaban de ser una aspiración quimérica en el marco de las condiciones en las cuáles se producía aquella reflexión. A veces daba la impresión de que temían que el “historiador moderno” fuese una imposibilidad. Después de todo, la “historia nacional” de Puerto Rico era la de la patria, España.

Más allá de la “historia regional”: la biografía laudatoria y la identidad

La experimentación con la biografía laudatoria no debe pasar inadvertida. El modelo es, otra vez, Tapia y Rivera con su “Vida del pintor puertorriqueño José Campeche”, obra redactada con una subvención de la Junta de Fomento de Puerto Rico en 1854; y “Noticia histórica de Ramón Power” escrita en 1873 el año de la abolición de la esclavitud negra (Tapia y Rivera, 1967). El Power y Giralt de la biografía laudatoria de Tapia y Rivera fue definitivo para la canonización de aquella personalidad apenas recordada hoy. Un militar blanco que siendo Alférez de fragata enfrentó a los franceses en Tolón en 1793 y luego, con rango de Capitán de fragata participó de la recuperación de Santo Domingo de manos de Francia entre 1808 y 1809, debía ser suficiente para llenar las aspiraciones nacionalistas de un intelectual criollo identificado con la hispanidad.

La retórica del historiador apostaba por la ratificación de Power y Giralt como un signo colectivo legítimo de lo criollo como reflejo de lo hispano. El asunto de la transformación de Power y Giralt en una figura monumental ya ha sido discutida por Fernando Picó en una conferencia dictada en

Aguadilla en 1996 (Cazurro García y Cancel Sepúlveda, 1997, p. 37ss.) El texto de Tapia y Rivera, apelaba a los recursos de la “biografía alejandrina” caracterizada por su énfasis en la vida pública y la apelación a lo anecdótico, y la “biografía peripatética” que enaltecía estéticamente al sujeto del relato con un lenguaje elegante con el fin de proyectarlo como un “ilustre” o un “ejemplo” a seguir (Cancel, 2012). El esfuerzo de Tapia y Rivera estaba dirigido a llamar la atención sobre los rasgos que hacían de aquel militar criollo un icono moderno, es decir, válido para el presente desde el cual lo evaluaba y vanguardia o paradigma de un futuro posible.

En la imagen: Alejandro Tapia y Rivera

Todo tiende a indicar que los días que sucedieron a la “Revolución Gloriosa” de 1868 llenaron de esperanzas al liberalismo reformista emergente en la colonia. El Power y Giralt de Tapia y Rivera había sido diseñado como una síntesis armoniosa de la hispanidad y la puertorriqueñidad. El militar era devoto de Fernando VII, un absolutista atrabiliario, pero también voz de los siempre fieles puertorriqueños que aspiraban a la libertad, afirmación que manifestaba una visible contradicción. La búsqueda del antecedente legítimo de la civilidad criolla sugería la ansiedad por la continuidad propia de pensadores fraguados al calor del progresismo filosófico de su tiempo y la concepción de que el presente era el producto neto del pasado.

La “Noticia histórica de Ramón Power” constituye el modelo más acabado de la biografía civil del siglo XIX puertorriqueño. En aquel texto, redactado durante el sexenio liberal entre los años 1868 y 1874, mirar hacia la figura del militar, diputado a cortes y constitucionalista de principios de siglo rezumaba nostalgia. Power y Giralt, en cierto modo, representaba la síntesis de las aspiraciones liberales de aquella época

convulsa en la cual la posibilidad del fin del imperio español en el Caribe, se materializó en dos insurrecciones: Yara y Lares. El culto al “doceañismo”, un signo de esperanza después de otra convulsión, se había fortalecido entre los liberales reformistas tras la “Revolución Gloriosa” de 1868.

Los liberales reformistas, como se verá en otro momento, no identificaron el septiembre puertorriqueño, manifiesto en la insurrección de Lares, como una expresión legítima. Un sector significativo de los activistas liberales había roto relaciones con los separatistas desde mayo de 1868 según se deriva de la correspondencia de Ramón E. Betances Alacán de aquellas fechas. Muchos de ellos tampoco se sentían identificados con la imagen ya mítica y enrarecida por la propaganda estatal del médico de Cabo Rojo. Power y Giralt, sin embargo, era una figura que podía llenar las aspiraciones de una doble temporalidad -1812 / 1868- sin apelar a un desdoblamiento ideológico o a una ruptura con la hispanidad. Tapia y Rivera acometió el

El homenaje de Brau Asencio se ejecutaba en el conritual

de la actualización del prócer liberal tal y como lo había hecho José Julián Acosta y Calbo con Abbad y Lasierra en su edición anotada de 1866.

Algo semejante puede afirmarse de Salvador Brau Asencio quien, como indiqué en otra parte de este ensayo, ingresó a la historiografía por la ruta de la biografía laudatoria. Sus apetitos icónicos difieren de los de Tapia y Rivera acorde con la situación desde la cual piensa y escribe. Su discurso necrológico “Rafael Cordero. Elogio póstumo” es un homenaje al maestro mulato difundido en la forma de una conferencia en el Ateneo de San Juan el 31 de octubre de 1891 e impreso ese mismo año (Brau Asencio, 1891). A su experiencia en el territorio del drama, la narrativa y la poesía, el escritor de Cabo Rojo añadía su penetración en los territorios del análisis sociológico emergente.

tonomistas como por los separatistas independentistas. De gesta a gesta, el doceañismo y el abolicionismo se constituyeron en claves de la conciencia criolla.

El punto al cual se asomaba Brau Asencio en su discurso resulta interesante. No mira hacia la abolición formal de 1873, sino hacia el reclamo de abolición inmediata con indemnización o sin ella firmado por Segundo Ruiz Belvis, Acosta y Calbo y Francisco Mariano Quiñones “en noviembre de 1866” (Brau Asencio, 1891, p. 3) ante la Junta Informativa de Reformas en Madrid. Aquel documento, hecho público en 1867, había sido para los separatistas la antesala de la insurrección de Lares, hecho que el autor evadió mencionar. Después de todo la gesta rebelde podía interpretarse, como se ha hecho, como motor de una diversidad de procesos que no siempre conducían a

La voluntad de establecer una continuidad que le diese sentido y homogeneidad al pensamiento criollo, patente en el Power y Giralt de Tapia y Rivera de 1873, se corrobora por el hecho de que la ponencia había sido dedicada a los protagonistas de la gesta abolicionista, meta conseguida en 1873 y reclamada por igual como un logro tanto por los liberales reformistas y au-

la misma meta por el mismo camino. Entre el reclamo de “reintegración de la raza negra en sus derechos humanos” y “las sublimes virtudes de un negro humanitario” (p. 3), el maestro Cordero, se establecía una continuidad y se reconocía una deuda.

texto de la ubicación de un retrato de Cordero elaborado por Francisco Oller [en la imagen de la página anterior] como parte del panteón de los héroes intelectuales de la modernidad en el Ateneo de la capital. La idea de que la abolición de la esclavitud había sido un acto que debía agradecerse al humanitarismo hispano estaba clara, como lo estuvo en el siglo XX en la retórica de los intelectuales vinculados al Partido Nacionalista entre 1930 y 1950. La intelectualidad y el activismo separatista independentista del siglo XIX contradecían la concepción de Brau Asencio en su siglo y la de los nacionalistas en el siglo por venir. Betances Alacán había insistido en notas a dos de sus más sinceros corresponsales, Sotero Figueroa y Lola Rodríguez de Tió, que la abolición había sido un resultado neto de la insurrección de Lares y que no debía agradecerse a Madrid sino a los rebeldes de Cuba y Puerto Rico del 1868 (Ojeda Reyes y Estrade, 2013, p. 271 y 275). Después de todo, uno de los firmantes del proyecto radical presentado en abril de 1867 había sido víctima de su pasión separatista revolucionaria en Chile: Ruiz Belvis. Tanto Betances Alacán como Eugenio María de Hostos Bonilla pusieron en duda la sinceridad de la abolición de 1873 por consideracio-

nes filosóficas, sociológicas y políticas comprensibles que son pasadas por alto cada vez que se conmemora el hecho. Ambos convergían en que la exclusión de Cuba del decreto abolicionista y la restricción de los derechos de los libertos tras el 22 de marzo de 1873 por cinco años eran problemáticos. La abolición, sugería Hostos Bonilla, se articulaba para atenuar la resistencia antiespañola en Puerto Rico y estimular la pacificación de los cubanos que, para aquella fecha, continuaban en una situación de sobre las armas que estaba drenando el tesoro español (López, 1995, pp. 89-103)

Detrás de todo esto se revela una lección teórica. La posesión del pasado con el fin de transformarlo en el cimiento de una identidad colectiva cónsona con la idea de la modernidad se estaba trasmutando en un campo de batalla. Las mismas diferencias que minaban la discursividad política socavaban la interpretación historiográfica. La “historia regional” o la reflexión historiográfica pensada desde la perspectiva del puertorriqueño estaba minada de complicaciones que deberían ser discutidas con más profundidad. La idea del “historiador moderno” como “historiador nacional” que anunciaba Elzaburu Vizcarrondo poseía diversos rostros cuya armonización no resultaba sencilla. Su naturaleza contradictoria no tenía que ver sólo con la posesión de gestas o la apropiación de una gloria colectiva. También se relacionaba con el esmero que requería el fino tejido de un imaginario procero que sirviera de modelo moral en los caminos hacia la modernidad dentro de la hispanidad o fuera de ella.

Segundo Ruiz Belvis

Los contextos, los temas, los momentos, las gestas, las glorias y las figuras que se apropiaban diferían acorde con la relación del historiador con la hispanidad y si se podían ubicar adentro o desde afuera de ella. Para el integrista y el separatista, la selección y el diseño de una identidad colectiva legítima implicaba un cuidadoso proceso de selección y discriminación que informaba sobre los materiales y el plano arquitectónico de la identidad que aspiraba construir. El imperativo político impuso a los emisores unos límites que, si bien moderaron el discurso de la identidad, reconocían la diversidad de la expresión de esta. La galería que Brau Asencio describe en su conferencia de 1891 sobre Cordero así lo confirmaba:

Este retrato figurará dignamente, desde hoy, en la galería que ilustran el Padre Rufo, Campeche, Tapia, Gautier Benítez, Corchado, Tavárez, y en la que en breve ocupará puesto de honor el venerable Acosta, el grave y experimentado maestro de cuya ausencia no nos hemos consolado todavía, y cuya voz, muda para siempre, ha de apreciarse como nota de deficiencia en este acto (p. 5-6).

En última instancia la galería estaba cerrada para cierto tipo de gente que no encajaba en el proyecto integrista de los liberales reformistas o autonomistas. Las posibilidades de un acuerdo con la lógica separatista eran muy pocas. El panteón identitario en el cual, sin duda, Brau Asencio esperaba ingresar en algún momento poseía sus reglas y sus exclusiones. Entre la genealogía que se elaboraba sobre el cadáver de Power y Giralt y la que se sostenía sobre el monumento de los abolicionistas según los celebra Brau Asencio, se encuentra el elemento común del integrismo. La gran excepción era la mención del abogado de Hormigueros Ruiz Belvis cuya vida pública, por aquel entonces, podía reducirse a una mera nota al calce en el discurso de la identidad e incluso en la retórica de los mismos separatistas.

La revisión más radical de aquella discursividad está fuera del alcance de esta reflexión como se verá de inmediato. Solo hago algunos apuntes que valdrá la pena profundizar en otro momento. Sorprende que el nacionalismo hispanófilo de las décadas del 1930 al 1950, por voz de la intelectualidad del Partido Nacionalista y del propio Pedro Albizu Campos, también dirigiera la mirada hacia las primeras décadas de siglo del siglo XIX y el nudo que representó en España la invasión napoleónica, su lucha por la independencia de los franceses y el fenómeno del “doceañismo” a la hora de elaborar una genealogía heroica. Lo que llamó la atención de los intelectuales nacionalistas fue, sin embargo, la experiencia bolivariana como acción fundacional de Hispanoamérica mediante la articulación de un proyecto separatista exitoso. La figura puertorriqueña que fundamentaba la lucha por la independencia era otro militar profesional blanco y de estirpe española: el General Antonio Valero de Bernabé.

En Valero de Bernabé convergía la lucha por la independencia de España, de México, de Gran Colombia y de Perú, con el proyecto inacabado de la separación de

Salvador Brau Asencio

Puerto Rico (y Cuba) del imperio español con el fin de integrarlo al orbe Hispanoamericano como provincias de la Gran Colombia. Del mismo modo que para los integristas como Tapia y Rivera el capitán Power y Giralt significaba la síntesis más genuina entre hispanidad y la puertorriqueñidad y el motor o fundamento del liberalismo reformista; para Albizu Campos, acorde con una reseña de Juan Antonio Corretjer publicada en El Mundo el 2 de octubre de 1933, Valero de Bernabé encarnaba la síntesis más fidedigna entre la puertorriqueñidad y la hispanoamericanidad y la “concreción continental de nuestro espíritu” (Torres, 1975, p. 276).

Aquella fue una propuesta teórica persistente en la retórica nacionalista hasta el mismo momento de la insurrección de 1950. La imagen de Valero de Bernabé fue apelada por Albizu Campos el 26 de octubre durante la conmemoración de su natalicio en Fajardo, días antes de la insurrección que se cuajaba en la zona montañosa central (Feliciano Ramos, 1992, p. 171ss). Una nota biográfica suya encabezó el conjunto de figuras proceras del volumen de Ramón Medi-

Cruce de prácticas artísticas- 80

na Ramírez, Patriotas ilustres puertorriqueño (1962), registro en el cual curiosamente Baldorioty de Castro ocupa la segunda entrada (p. 35 ss). En su escrito, Medina Ramírez identificaba a Valero de Bernabé como “el primer puertorriqueño que pensó seriamente en la independencia patria” (p. entre 10-11). El forcejeo entre una discursividad y otra en torno a la figura fundacional de una identidad colectiva precaria y vacilante es indudable. Las ventajas de la versión liberal reformista y autonomista y su imposición como canon desde el Estado es un tema que habrá que discutir en otro momento.

Más allá de la biografía laudatoria: Tapia y Rivera y la historiografía en 1850

Tapia y Rivera [en la imagen] es considerado el “padre de la historia puertorriqueña”. La metáfora de la paternidad, incómoda por su propia naturaleza genética, sugiere la ascendencia hispana con diafanidad. El gestor de la “Sociedad Recolectora de Documentos Históricos de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico” (1851) sugiere también otras cosas. El que se le llame también “padre de la literatura puertorriqueña”, lo convierte en un icono inescapable de la identidad puertorriqueña. Hijo de un militar y de una criolla, representaba bien una clase media profesional ascendente que resentía la situación crítica que abatía sus bases sociales desde 1848. Tapia y Rivera es algo así como Museo redivivo en el trópico puertorriqueño. La identidad puertorriqueña ha sido apropiada como el resultado neto del trabajo intelectual de una elite respetable en torno a sus propios miembros. La politización de la identidad también.

Ningún intelectual, integrista o separatista, puso en duda su papel como forjador de algo valioso. En una carta a Rodríguez de Tió fechada en París el 14 de agosto de 1889, el separatista Betances Alacán tan presto para la ironía y el sarcasmo le decía a su amiga:

Vea usted a ese pobre Tapia, un corazón de oro como sus pestañas, una inteligencia elevada, una honradez sin mancha, una generosidad de ideas sin igual, una comprensión rápida, una imaginación ardiente -¿lo ha visto usted de Sataníaco vendiendo imágenes de la Virgen? En otro país, en otras circunstancias, ¡qué cosas bellas hubiera dado ese cerebro! (Ojeda Reyes y Estrade, 2013, p. 224)

La “Sociedad…” fue una organización estudiantil fundada en la Universidad Central de Madrid cuya historia íntima terminó por adquirir rasgos épicos. Si Tapia y Rivera es el “padre” de la reflexión historiográfica la experiencia alrededor de aquel grupo fue la incubadora de la conciencia de la historicidad en la medida en que sus participantes fueron capaces de reproducir y personalizar la praxis hispano-europea de pensar a su país en el tiempo y el espacio.

Afirmar, como hace Tapia y Rivera, que aquel activismo fue animado por Baldorioty de Castro no expresa toda la complejidad del asunto. Aquel era un intelectual mulato surgido del abajo social, un teórico preciso de las virtudes de la modernización material según deriva de una memoria de la “Exposición Universal” de París de 1867 publicada por la imprenta de Acosta en 1868. Baldorioty de Castro fue además un autonomista radical con una gran capacidad para la negociación según se deduce de sus acciones en el contexto de la asamblea de 1887 del partido Liberal Reformista, uno de los iconos celebrados por la intelectualidad nacionalista en el siglo XX y por todos los herederos del autonomismo moderado del siglo XIX. El hecho de que Tapia y Rivera, estudiante de química y física de tendencias liberales reformistas y una gran sensibilidad literaria organizara y convirtiera la “Sociedad…” en una realidad palpable, justifica una genealogía canónica que parte de la premisa de que la herencia legítima del liberalismo reformista del siglo XIX se encuentra en el autonomismo, dos tendencias integristas de distinto grado, y no en el separatismo como reclamaban ciertos elementos radicales del 1868.

Ramón E. Betances Alacán

Lo cierto es que la experiencia de la “Sociedad…” desbordó los márgenes del liberalismo reformista de inmediato. La organización involucró una diversidad de figuras algunos de los cuáles eran declarados separatistas desde antes de 1851. Ese es el caso del joven Ruiz Belvis y de Betances Alacán que, por aquel entonces, se movía en el entorno de París. En el registro de colaboradores también se encontraba el enigmático liberal, considerado como uno de los “traidores” del proyecto insurreccional de 1868, Calixto Romero Togores. En aquel medio también se movió el ya citado Quiñones, historiador y novelista de San Germán, siempre temeroso de que se le vinculara con los elementos separatistas, militante autonomista moderado en el siglo XIX y estadoísta republicano a principios del siglo XX.

Aquel conjunto de estudiantes investigadores anticipaba la diversidad ideológica que generó la penetración de la interpretación liberal moderna durante la segunda parte del siglo XIX puertorriqueño. La diversidad ideológica que sorprende tanto al investigador que enfrenta el problema desde el presente, no debió representar un obstáculo para la ejecución del objetivo

Román Baldorioty de Castro

que se había impuesto aquel colectivo: diseñar un bosquejo aceptable para la historia de su país que sirviera de plataforma para el cambio y la animación del progreso. Visto desde otra perspectiva más pragmática, la disciplina y el trabajo de la “Sociedad…” debió servir para vincular a una la “diáspora” puertorriqueña que se movía entre Madrid, París, Londres y Berlín.

La trasformación de la obra de la “Sociedad…” en un libro, la Biblioteca Histórica de Puerto Rico (1854), consagró aquel esfuerzo. El “libro” llenaba una de las mayores ansiedades intelectuales de los modernizadores del siglo XIX, mucho más en el marco de una colonia donde la experiencia bibliográfica era escasa y problemática. El valor que poseía y posee la Biblioteca… era que daba las herramientas para la configuración futura de un imaginario histórico coherente desde una la perspectiva de la “historia regional”, criolla o puertorriqueña. Después de todo, aquel era un texto que se ubicaba “más allá” de la obra de Abbad y Lasierra, historia que como se indicó en otra parte de esta reflexión, todavía se ignoraba. El hecho de que la Biblioteca… no poseyese la estructura de una narración-exposición como la Historia… del monje es-

pañol podía interpretarse como una virtud a la luz de la aspiración de una imagen “verdadera” del pasado.

La relación entre la Historia …de Abad y Lasierra y la Biblioteca…es más profunda. El hecho de que un miembro de la “Sociedad…”, Acosta y Calbo, se ocupara en 1866 de producir unas “Notas” a la obra del monje benedictino lo ratifica. Aquellas “Notas”, como se sabe, fueron las que transformaron la obra del monje en una pieza clave de la genealogía de la historiografía puertorriqueña sugiriendo una continuidad y llamando la atención sobre la necesidad de un cambio dentro del marco de la relación con España.

La versión de Acosta y Calbo superó el trabajo de Pedro Tomás de Córdova, el modelo de Historiador Oficial, quien había reproducido la Historia… en el tomo I de sus Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto Rico editadas en la Imprenta del Gobierno entre 1831. La obra está dedicada a su jefe político, el gobernador Miguel de la Torre, uno de los iconos del Puerto Rico español y progresista y del orden fernandino de las primeras décadas del siglo XIX. Así lo apunta Córdova en su preámbulo: el ofrecimiento era un acto de “gratitud” porque en la historia de las últimas dos décadas, De la Torre “hace (…) el papel mas interesante” y “Puerto Rico jamás podrá olvidar su benéfico gobierno” (Córdova, 1968, [p. LII]). Córdova de preciaba de que su obra era poco ampulosa y dedicada por entero a la búsqueda de “la verdad sencilla” ([p. LIII]).

El Secretario del Gobernador era un tipo de historiógrafo distinto de Tapia y Rivera, y de Acosta y Calbo. La diferencia no se circunscribe a su condición de peninsular insertado en los circuitos del poder en la colonia. También difería por la metodología y la forma en que se acercaba al problema del pasado y la historia. A Córdova le preocupaba en particular la historia contemporánea, aquella que podía testimoniar y evidenciar por medio de documentos concretos y de la que había sido testigo directo. Su experiencia acompañando a los gobernadores Salvador Meléndez Bruna en 1818, a Gonzalo de Aróstegui en 1821 y Miguel de la Torre desde 1824 hasta 1830 durante sus visitas a todos los territorios de la colonia en calidad de Secretario, fueron reclamados por el autor como un indicador de autoridad y confiablidad ([p. LVI-LVII]). En ese sentido su condición de historiador está más cerca de Abbad y Lasierra que de los historiadores criollos.

Córdova era un historiador de lo contemporáneo al servicio del poder. Sus actividades historiográficas encajaban mejor en la tradición preclásica de los logógrafos, los “escritores del pensamiento” en la antigua tradición griega, que en la de los historiadores posteriores a Heródoto. Los logógrafos tenían “la finalidad de (…) fijar por escrito los acontecimientos que afectaban los procesos de poder” y “los eventos importantes de la civitas en una recopilación acrítica” (Cancel, 2009). El carácter acrítico tenía que ver con el hecho de que su discursividad, por lo regular, desembocaba en la celebración de los actos del poder.

Para Córdova [en la imagen], “refundir la historia del P. Iñigo…” cumplía una función dentro de aquel comentario sobre un presente que se celebraba. Aquella era la “única” historia existente y “muy apreciable en su parte descriptiva” y los ejemplares de la misma escaseaban ([p. LVII]). El resto de los tomos de la colección de Córdova era su manera peculiar de continuarla. La frase que usa para indicar ese propósito es por demás interesante: “me pareció preciso emprender la (historia) moderna bajo el plan que me había ya propuesto” ([p. LVII]). No se trata de que Córdova se identifique como el “historiador moderno” sobre la cual en 1888 teorizaría Elzaburu Vizcarrondo en el Ateneo. Córdova parecía utilizar el concepto “moderno” en su sentido más convencional, es decir, “presente” o “actual” que era lo que sugería en el latín del siglo V. Su punto de inicio es el lugar en donde Abbad y Lasierra dejó la suya: la gobernación de Juan Andrés Dabán y Busterino que terminó en 1789. La típica nota de la “falsa modestia” cierra un prólogo escueto pero aclarador:

…en este trabajo me he afanado en conseguir el objeto que me propuse, y si en él no hallan el gusto, la elegancia y saber de tantas plumas de que abunda España, encontrarán en esta mal limada producción la consagración de mis mejores años a una empresa, que puede ser útil, y abre el camino á otras que deben emprenderse en favor de la Isla ([p. LVIII])

El hecho es por demás sugestivo. Para los integristas de tendencias conservadoras en lo político y para los integristas de tendencias liberales reformistas y autonomistas, Abbad y Lasierra poseía un valor fundacional análogo. Para ambos era un camino abierto que había que continuar o un eslabón con el cual había que conectarse para conseguir legitimidad. Su lectura podía invertirse lo mismo para reafirmar el orden en nombre de la tradición y el continuismo, que para cuestionarla en nombre del progreso y el cambio. Para estos pensadores la teoría del progreso y el integrismo no eran excluyentes como, con posterio-

ridad, sugirieron con insistencia los separatistas.

Por otro lado, el hecho de que otro miembro de la “Sociedad…”, Ruiz Belvis, produjera con Acosta y Calbo y Quiñones el Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, habla del impacto que la experiencia en el seno de aquella asociación de jóvenes curiosos tuvo en las ideas de las elites educadas durante aquel periodo. La obra de los recolectores de 1851 es uno de los momentos decisivos para la conciencia liberal reformista en su fase asimilista y autonomista, y para la conciencia separatista tanto en su fase independentista como anexionista.

Un prólogo de Tapia y Rivera (1854): una poética de la historia

Las palabras iniciales de la Biblioteca… presentan unos rasgos únicos. El Tapia y Rivera que se pronuncia en primera instancia es un naturalista: describe y celebra el paisaje por medio de un acercamiento acelerado que ubica el territorio en el contexto de las Antillas. La celebración naturalista del paisaje le sirve de apoyo para llamar la atención en torno a la contradictoria situación del país. Puerto Rico es un territorio que amerita “una página en la cartera del viajero y un recuerdo en el corazón del poeta” (Tapia y Rivera, 1970, p. 1), pero que ha pasado inadvertido para ambos. La invitación a la lectura está servida.

Entonces se pronuncia el historiador con vocación de archivista. La pobreza de las fuentes coloniales sobre el territorio le obsede: “Los conquistadores de Puerto Rico, más dados a las armas que a las letras, han dejado en la oscuridad los antecedentes del país” (p. 2). Tapia y Rivera parte de una premisa superada que se apoya en el principio de que la fuente primaria es la base de un relato verdadero y que el historiador es un mero traductor o médium de lo que aquella ofrece. En ese momento del texto lo que lamenta es el enrareci-

miento del pasado de los naturales: “nos quedan escasos rasgos de la vida púbica y doméstica de la raza de Agueybana” (p. 2). Al reconocer la escasez de fuentes primarias respecto a Puerto Rico y contrastarla con la situación del resto de Hispanoamérica, Tapia y Rivera se extraña y se cuestiona porqué “los españoles del siglo XVI”, en especial su clero, dominados por “el amor a la investigación” y “dotados de (una) imaginación fogosa” (p. 2), no fueron capaces de “ver” a Borinquen y registrar sus peculiaridades con más minuciosidad. Para el autor la insuficiencia de fuentes documentales explica la invisibilidad. La publicación de la colección demuestra que la ausencia de conocimiento positivo, si bien limita los alcances del saber histórico, no lo cancelaba.

El que se expresaba en aquel momento era el novelista indianista que acababa de publicar La palma del cacique (1852), obra que Betances Alacán le celebró como inspiradora de una suya, Los dos indios (1855) en una nota personal cursada el 13 de junio de 1859 a Tapia y Rivera en La Habana (Ojeda Reyes y Estrade 2008, p.87-88). La argumentación permitirá a lector comprender la imagen de Puerto Rico que se mueve en el pensamiento de Tapia y Rivera y de Betances Alacán: la nación de los orígenes se consolida en la metáfora de la “raza de Agueynaba” (sic). El indianismo fue uno de los rasgos característicos de parte de aquella generación que se había formado en el nicho de Romanticismo y caminaba hacia el Positivismo. Debo reconocer que el indio al cual se aludía era uno huérfano de arqueología, reducido a los textos producidos por el “otro” que lo imaginó primero como “buen salvaje” sumiso para luego reinventarlo como “bárbaro cruel” rebelde. El indio es un artefacto identitario vacío de materialidad por lo que puede sugerir, sin problema alguno, la nitidez de unos orígenes sin antecedente.

Tapia y Rivera, este es un aspecto muy original de su planteamiento, lamenta la ausencia de una “versión de los vencidos” capaz de darle voz al conquistado y concluye que, “careciendo del conocimiento de la escritura, no pudieron aquellos legarnos la menor reseña de su primitiva historia” (Tapia y Rivera, 1970, p. 3). La afirmación de que “sus recuerdos murieron con su lengua” (p. 3) es lapidaria. La idea clásica que vinculaba la historia a la escritura merodea por todas partes. Lo cierto es que, para aquellos observadores, sin es-

critura, sin “monumentos”, sin “artes” y sin “arqueología”, la “raza de Agueynaba” (sic) no pasaba de ser una frágil ficción romántica. Resulta curioso, y esto habrá que indagarlo en otro momento, que en su carta de 1859 Betances Alacán le confiesa que, en efecto, su intención con Los dos indios había sido inventar esa historia alterna desde la perspectiva del indio. La metáfora que usa tiene que ver con la arquitectura de Loarina: “mi idea -alega- fue hacer a mi indio (Otuke) bastante interesante para que una española muriese por él” (Ojeda Reyes y Estrade, 2008, p.87-88).

El otro elemento valioso de este breve texto prologal es el boceto que hace de una crítica a la interpretación dominante de las fuentes que forman parte de la colección. Tapia y Rivera las caracterizaba como escritos cargados de una “pueril candidez” y una “credulidad rústica”, y como discursos en los que la “pasión individual” excedía el “sentimiento de justicia…innato en cada hombre” (Tapia y Rivera, 1970, p.2). Las observaciones son las de un racionalista, un iusnaturalista y un pensador ilustrado maduro que devalúa el candor de las fuentes coloniales clásicas. En el contexto de

aquellas reflexiones elabora unas observaciones de método en las cuales el poeta y el clasicista se imponen.

Para Tapia y Rivera la indagación historiográfica es un “laberinto” cuyas iluminaciones o hallazgos ocurren de manera azarosa. La metáfora de la historiografía como una búsqueda en el interior de un recinto se impone. El “laberinto de los documentos de oficio y en la correspondencia particular de la época” se materializa en el Archivo Histórico, un espacio en el cual los tropiezos del investigador le dejan con un producto irregular: un “hilo cortado a trechos” (p. 3). El sueño del historiador moderno, el relato continuo y limpio del pasado, no aparece por ninguna parte. Todo se reduce a pistas y posibilidades, como el papel que cumplió el hilo en el mito de Ariadna, Teseo y el Minotauro. No se trata de la celebración de la incertidumbre en el marco de la aceptación del relato del pasado como un relato abierto, sino de la queja del modernizador por las limitaciones que le imponen las condiciones de investigación para elaborar el relato del pasado lineal, limpio y definitivo al cual aspira.

La justificación de una publicación como la Biblioteca… permite conocer la conciencia que poseía Tapia y Rivera de su condición de intelectual ciudadano. Reconoce su esfuerzo como continuación de la de sus antecesores, pero toma una proverbial distancia de aquellos. Resalta el papel de Gonzalo Fernández de Oviedo y de Iñigo Abad (de la Mota) -probablemente Abbad y Lasierra-, pero asegura que el trabajo de aquellos, aunque “no exento de errores”, poseía el valor de que habían vivido “próximo a la época en que pasaron los sucesos” (p.4). Detrás del intelectual ciudadano estaba, además de la responsabilidad con el pasado, una responsabilidad con el presente. La apropiación del pasado era un deber moral por cumplir en el marco de lo tiempos nuevos.

Por eso Tapia y Rivera llama la atención sobre el hecho de que algunas de las obras consultadas son “costosas”, y que buena parte de estas se hallaban “inéditas hasta el día” y “diseminados aquí y allá” o mal clasificados en los fondos documentales “con asignaturas muy ajenas a Puerto Rico” (p. 4). La configuración de una identidad colectiva válida y la conciencia ciudadana lo forzaban a mirar hacia un lugar social. El

pasado convertido en historia debía ser una posesión de todos. Por eso, el destinatario de su esfuerzo de “carácter preparatorio” era “la juventud estudiosa de la nación y la provincia”, es decir, de España y Puerto Rico, en ese orden. La invención de la historiografía liberal puertorriqueña como una “historia regional” neta estaba completa. La Historia… de Abbad y Lasierra, la “Sociedad…” y la Biblioteca … de Tapia y Rivera eran sus tres pilares principales. El hispano su forjador y el indio su mito más poderoso y elusivo. Pero las fisuras del aquel discurso en apariencia homogéneo eran notable, como se deduce del intercambio entre Betances Alacán y Tapia y Rivera a tenor del asunto del indianismo.

Las redes de lectura que se articularon sobre la base de la obra de Abbad y Lasierra desde Córdova hasta Brau Asencio fueron intensas a pesar de que el ambiente colonial censuraba no solo los saberes históricos sino cualquier tipo de saber. Un punto que llama la atención de cualquier investigador es el hecho de que Abbad y Lasierra no aparece como un referente concreto de los historiógrafos vinculados al separatismo que discutiré en otro momento lo cual contrasta con el culto que le levantaron los liberales reformistas y autonomistas a lo largo de todo el siglo.

La censura, que poseía ribetes políticos ligados a la seguridad nacional y a la defensa de la integridad del imperio español, está documentada en las quejas cargadas de ironía que suscribe de Tapia y Rivera en el capítulo XXXII de Mis memorias cuya redacción culmina en 1882 con la muerte súbita del escritor (Tapia y Rivera, 1966). En aquellas páginas el autor se quejaba de que en 1853 el censor había “tachado de inconveniente la Elegía de Ponce de León, de Juan de Castellanos” y le propuso que suprimiera la Octava 17 del “Canto II” del cronista poeta cuando la publicara en la Biblioteca... (p. 95). Algo había en la estrofa que atentaba contra la imagen de la hispanidad. En la misma el cacique rebelde arengaba a sus huestes a combatir a los españoles con el argumento de que, si habían enfrentado a “los caribes con sus ferocidades”, no había que temer a “…doscientos / cojos, tullidos, mancos y hambrientos” (p. 95). Tapia y Rivera argumentó como historiador y editor para que no se suprimiese la estrofa pero “nada valió” (p. 96). La Elegía… fue suprimida finalmente del libro por orden del gobernador

interino Enrique España.

El hecho no era aislado: en agosto de 1854, un joven de 23 años, Daniel de Rivera, y Felipe Conde editor del semanario El ponceño, fueron condenados por una situación análoga con un poema titulado “Agüeybana el bravo” (Delgado Pasapera, 1984, p. 43). En este caso las acusaciones de crueldad que hacía un personaje ficticio a un conquistador ficticio y el llamado a tomar las armas que hacía Agüeybana a su pueblo en un texto creativo, resultaban subversivas para un orden colonial que temía por su seguridad (p. 44). El asunto, que pudo haberse reducido a una discusión entre los involucrados y el censor Pedro de Oña, acabó otra vez en manos del gobernados Fernando de Norzagaray quien castigó al editor y al poeta y al censor y remitió el caso a la Audiencia Territorial (p. 45). Las motivaciones políticas del poeta Rivera, si alguna, nunca se aclararon del todo a pesar de que Delgado Pasapera se sentía tentado a atraerlo hacia la causa separatista independentista. Tal parece que el frágil indianismo sin indios que afloraba en la década de 1850 era visto como un acto peligroso que había que silenciar. Los defensores de la hispanidad eran sensitivos e impresionables en exceso ante cualquier argumento que sugiriera la crítica o la resistencia.

La reflexión de Tapia y Rivera sobre la historiografía como saber no se limitó a lo ya citado. Leyendo la primera conferencia del maestro sobre estética y literatura en el Ateneo en 1881 me encuentro con su inteligente exclusión de la historia tanto de la literatura “puramente didáctica” como de la “puramente estética” (Tapia y Rivera, 1968, p. 25). La historia como la oratoria, “dos materias o ramos literarios”, poseían una “naturaleza híbrida” (p. 26). No la destierra de la didáctica ni de la estética, pero evita reducirla a una de las partes del dueto reconociendo la complejidad de la disciplina y evitando cualquier apreciación maniquea. Su argumento es refinado en extremo: la historia participa de los caracteres de ambas y “lejos de estar reñida con lo bello, puede decirse que ha menester de su atractivo” (p. 26). Para Tapia y Rivera la historia, al exponer la verdad racional, describir caracteres y narrar acciones humanas, ha “menester del lenguaje figurado y de las imágenes” (p. 26). Dado que su objeto era “impresionar el ánimo para ilustrar la mente (...) nada como las formas de la belleza artística para pres-

tarse a estos fines, aunque subordinada al fondo que es la verdad severamente razonada” (p. 26). El escritor estaba muy consciente de que pensar la naturaleza (y historia) era inevitablemente idealizarla (convertirla en idea) y que pensar es idealizar (p.27)

La preocupación por la arquitectura del lenguaje, un poco más densa en Tapia y Rivera por la tesitura alemana de su reflexión (p. 35), era la misma que había expresado Córdova en su introducción a la obra de Abbad y Lasierra. La historia ponía un pie “en el

“La batalla de Yahueca”

terreno del arte o de la literatura estética” y el otro “en el de la verdad racional” (p. 26). En ese sentido, aceptaba que la intuición estética era capaz de producir conocimiento confiable en paridad de condiciones que la racionalidad filosófica o científica y que, en cierto modo, la una y las otras debían convivir en beneficio de una verdad probable: el cerebro, el corazón y la voluntad ejecutiva se necesitaban unos a otros (p. 35). La conciencia del historiador como un artista estaba clara en aquella compleja generación de historiógrafos. La “historia regional”, la historiografía puertorriqueña y la identidad colectiva bruñida al calor de la reflexión de las elites había encontrado su norte.

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