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“El siglo xix podría decirse que se acabó en España con el entierro de D. José Echegaray. Y de igual modo que el siglo xix es el gran desconocido en España para una gran parte de la gente, tampoco nadie conoce apenas nada del nombre de Echegaray. Es como si una amnesia colectiva hubiera cubierto los recuerdos de una sociedad haciendo que toda una época entera hubiera sido casi borrada de la memoria de la historia. Qué ha hecho borrar el siglo xix de la memoria histórica de España? ¿Qué ha hecho que la figura de Echegaray haya desaparecido de todo recuerdo en una sociedad que, durante un tiempo, lo aclamó como su gran dramaturgo y como una de las mentes más importantes de todo el siglo xix?”. El miembro de la Real Academia de Ingeniería José Antonio Martín Pereda traza en esta obra una semblanza de José Echegaray y de su época, en la que muestra algunas de las múltiples facetas que cubrió la personalidad de este ingeniero, literato, matemático, político y economista madrileño, en la última mitad del siglo xix y en el principio del xx, y del escenario social e histórico en el que vivió. La faceta como divulgador de la Ciencia de Echegaray se complementa con la reproducción de algunos de los artículos de “Ciencia popular” que publicó regularmente en la prensa.

ISBN 978-84-95662545

1832 1916

ECHEGARAY SEMBLANZA DE UN INGENIERO Y SU ÉPOCA José A. Martín Pereda

REAL  ACADEMIA DE INGENIERÍA

REAL  ACADEMIA DE INGENIERÍA

José Antonio Martín Pereda, Ingeniero Superior de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid (1967), Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid (1967) y Doctor Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid (1971), amplió estudios en la Colorado State University (Estados Unidos) de 1967 a 1971. Catedrático de “Tecnología Electrónica” (1975) en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Fue Vicerrector de Investigación de la UPM (1980 -1985) y Director del Departamento de “Tecnología Fotónica” de la misma (1997 - 2002), del que fue su creador en 1980. Fue responsable de la Secretaría de Coordinación del Plan Nacional de I+D, del Ministerio de Educación y Ciencia (1985-1987), en la fase de preparación del Primer Plan Nacional, Director del Departamento de Tecnologías de la Producción y las Comunicaciones de la Secretaría General del Plan Nacional de I+D (1987-1990) y Director de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) de 1993 a 1994. Miembro del Consejo de Universidades, designado por el Senado, de 1995 a 2000. Miembro del Comité Técnico de la “European Conference on Optical Communications”) y de la “Optical Fiber Communication Conference” y “Integrated Optics and Optical Communications” en USA, Japón y Europa de 1984 a 1996. Ha publicado más de 200 artículos técnicos en revistas y congresos internacionales, así como un libro como autor y varios otros como coautor. Ha escrito otros tantos artículos de divulgación de los anteriores temas, así como de política científica, en revistas y diarios españoles. Fue columnista quincenal, en el “Suplemento de I+D” de un diario nacional, de 1990 a 1994. Ha recibido varios premios científicos por sus trabajos de investigación y es Doctor “Honoris Causa” por la Universidad Politécnica de Cataluña y por la Universidad Carlos III. Fue profesor invitado en el “Center for the History of Science, Tecnology and Medicine”, del Imperial College, en Londres, Gran Bretaña, durante el curso 2004-05. Es Académico Numerario Constituyente de la Real Academia de Ingeniería, de la que ha sido Secretario General de 2006 a 2010.


D. José Echegaray Macía, 1900.


ECHEGARAY Semblanza de un ingeniero y una época JOSÉ ANTONIO MARTÍN PEREDA

REAL ACADEMIA DE INGENIERÍA


Primera edición 2016 Segunda edición (corregida) 2017

Portada: “La mirada de Echegaray”, JAMP Editado por la Real Academia de Ingeniería

© 2016, de los textos, los autores © 2016, Real Academia de Ingeniería Maquetación y preimpresión: Grafilia, S.L. Impresión: Grafilia, S.L. ISBN: 978-84-95662-54-5 Depósito legal: M-41585-2016 Impreso en España La Real Academia de Ingeniería ha realizado todos los esfuerzos posibles por conocer a los propietarios de los derechos de todas las imágenes que aquí aparecen y por conocer los permisos de reproducción necesarios. Si se ha producido alguna omisión inadvertidamente, el propietario de los derechos o su representante puede dirigirse a la Real Academia de Ingeniería. Permiso de ABC de las imágenes. Hay fotografías pertenecientes a la hemeroteca de ABC y que se han obtenido mediante la adquisición de los correspondientes derechos de autor.


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E

n las magníficas primeras páginas de este libro, José Antonio Martín Pereda nos introduce a la extraordinaria figura de José Echegaray a través de sus solemnes honras fúnebres: un cortejo con la carroza de ocho caballos, tropas formadas y repetidas salvas de honor, con sus uniformes civiles o militares las principales autoridades del Estado y prohombres1 de tantas instituciones como Echegaray dejaba huérfanas, en el féretro el cuerpo del autor con el uniforme de ingeniero de caminos, galardones negros en muchos balcones, y curiosos agolpándose en las aceras para ver algo, durante las paradas que efectuaba la comitiva fúnebre en el Ateneo, en el teatro Español, desde donde actrices, intelectuales y artistas de otra índole, en este caso mujeres, arrojaron flores… Pocas imágenes pueden ilustrar mejor que estas la importancia de la figura de Echegaray, tan polifacética, y a la vez el primer Premio Nobel español, de literatura. Aunque a la vista del rechazo que había suscitado la concesión del premio más de diez años antes, con la protesta de “los modernos”, de los escritores e intelectuales de nueva generación que habían señalado que en nada les representaba Echegaray, que su cultura y su estética no les eran afines, también era el entierro solemne de una figura del siglo anterior, de una época. Echegaray fue plenamente un hombre del siglo xix aunque viviera de forma activa y productiva hasta 1916. Por eso me parece que acierta el autor de esta semblanza al iniciar su libro con ese “epílogo a modo de prólogo” de los funerales. Martín Pereda construye, a mi juicio, una seductora y excelente semblanza biográfica de José Echegaray, y de su época, la segunda mitad del siglo xix. Un entorno poblado, dada la enorme y plural actividad del autor, por multitud de políticos, profesionales, técnicos, intelectuales, artistas, por muchos que aspiraban nada menos, y así lo escribieron en múltiples ocasiones empezando por el propio Echegaray, que a “hermanar ciencia y administración”, como requisito para un buen gobierno; lo hicieron al menos durante el sexenio revolucionario en el que tanto participó el autor, y vieron sin embargo derrumbarse sus esperanzas en un país “infortunado”, como solían decir, venido cada vez más a menos.

Si se me permite una pequeña broma sobre una (también pequeña) polémica de la actualidad, solo podía tratarse de prohombres, a las mujeres todavía no se les reconocía “especial consideración o fama entre las de su clase”. 1


II  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época A mi juicio acierta José Antonio al centrarse en la trayectoria biográfica y no caer en la tentación de ir comentando correlativamente la labor científica, técnica y divulgadora de Echegaray. Pese a haberlo estudiado2, el autor y biógrafo ha preferido reunir en esta publicación por separado algunos de los textos de divulgación de un escritor tan polígrafo como era el premio Nobel. Ello permite una narración ágil y sin digresiones, de lectura particularmente grata. Es verdad que como cuenta el autor, Echegaray dejó muchos testimonios biográficos, aunque deslavazados. En este año del centenario de su muerte, somos muchos los que hemos quedado atrapados por ese relato tan sugerente que hace de la primera parte de su vida en los Recuerdos que se publicaron en tres tomos en 1917. Hay en ellos descompensación temporal, claro, por cuando están escritos o dictados y por la época que abarcan (hasta la llegada de Amadeo); también mucho sentido del humor, una cuidadosa distancia crítica sobre sí mismo para no tomarse demasiado en serio, ni siquiera como matemático (habría escrito, decía, “trataditos”3) y menos aún como político y como ministro4, y desde luego la actitud modesta de quien no habría buscado nunca las dignidades, cargos y honores que se le concedieron. Una modestia y una distancia crítica que por descontado no son incompatibles con la autoestima y el orgullo de lo llevado a cabo. Algún comentarista ha señalado la habilidad de Echegaray al contar su vida de forma que coinciden episodios propios con algún acontecimiento mayor de la historia decimonónica de España: la regencia de Espartero, el pronunciamiento de O’Donnell en la Vicalvarada, la revolución de septiembre, el asesinato de Prim, etc. Es verdad que la biografía tiene algo de los Episodios nacionales, en que los grandes periodos van quedando hilados por la vida de los protagonistas: Prim, la España sin rey, la España trágica, Amadeo 1a, la primera República… Quizá sea por ello por lo que los Recuerdos de Echegaray ejercen esa fascinación sobre el lector, además de por la pléyade de personajes que aparecen y de Martín Pereda, J. A.: “Echegaray, divulgador de la ciencia”, Revista de Obras Públicas, año 163, número 3.581, págs. 64-71. 3 Dice haber publicado un “tratadito de cálculo de variaciones”, otro de “problemas elementales de la geometría” (Recuerdos, II, 286-288). Eso sí más abajo, habla de la primera parte de un Tratado de termodinámica en la ROP, u otro de determinantes. 4 “Yo estaba aquel día de mal humor, como es natural en todo ministro cuando en el banco azul se halla”, Recuerdos, II, 269. Según Echegaray no hubiera aceptado la dirección general de obras públicas, que le ofreció Ruiz Zorrilla y que le condujo después a sustituirle al frente del Ministerio de Fomento, si no hubiera sido por el dinero (Recuerdos, II, 352). Es divertido cuántas veces vuelve en su relato sobre la desproporción entre su magro salario de profesor de la Escuela de Ingenieros de Caminos y las exigencias de gasto por ser de clase media y tener que aparentarlo. Dice que la “situación del burgués es desesperada”: “ha de gastar forzosamente cómo si fuera un aristócrata y gana como un menestral” (Recuerdos, II, 6). Martín Pereda llega a interpretar, y a documentar mediante la cronología, que Echegaray escribió profesionalmente porque necesitaba dinero. 2


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III

anécdotas que cuenta. Por cierto, un libro en el que las mujeres brillan por su ausencia: de su propia mujer no dice Echegaray otra cosa que se casó a los 25 años, y que ella le acompañaba en sus primeros viajes, incluso enferma en el primero de ellos, el del eclipse en el Desierto de Las Palmas, de Castellón. Parece como si las mujeres no hubieran cobrado interés en la vida de Echegaray salvo como actrices. El autor de esta biografía lo ha percibido muy bien. Pero también es evidente que Martín Pereda no se queda en los recuerdos biográficos de Echegaray. Se ha sumergido en la prensa de la época (arrastrándome a mí, por cierto): en todos los más importantes, El Debate, El Imparcial, La Época, El Liberal, pero también en algunos regionales e incluso el divertido satírico La Flaca. Todo ello con el trabajo escrupuloso de un historiador. Es notable también cómo ha huido de utilizar los escritos y las obras de Echegaray para meterse en falsas polémicas, como las que se han repetido con motivo del centenario sobre la ignorancia científica de aquellos que protestaron contra el Nobel, los que dijeron que sus ideales artísticos eran otros y sus admiraciones muy distintas. Es decir, Azorín, Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Antonio Machado y otros más bien conocidos. Tampoco ha regateado Pereda tiempo en la búsqueda de los lugares de Echegaray en Madrid, y en la identificación de la casa en que la Academia de Ingeniería va a poner la placa de homenaje. *  *  * Echegaray fue Ministro de Fomento en dos ocasiones, la primera (13 de julio 18694 de enero 1871) en el Gobierno Provisional presidido por el general Serrano y después de haber sido Director General de Obras Públicas (que incluía Agricultura, Industria y Comercio) con Manuel Ruiz Zorrilla de ministro; la segunda (13 de junio 1872-19 de diciembre 1872) con Amadeo I hasta que fue nombrado ministro de Hacienda, cargo en el que estuvo hasta un mes después de la dimisión del rey y la proclamación de la República. Su responsabilidad y su labor de gobierno en Fomento, incluso como director general, fue amplísima al menos en lo legislativo: en el gobierno provisional se puede decir que las leyes fueron realmente asumidas por el gobierno en su conjunto, mientras que en la época de Amadeo respondieron mucho más al talante de cada ministro5. Hago esta distinción porque el único proyecto de ley que Echegaray no logró que se aprobase fue el de Montes presentado en 1872, que además fue objeto de una considerable polémica, como cuento después. Me voy a permitir añadir aquí algunas cosas, sacadas de esa “literatura gris” que Sanz de Diego, Rafael María: “La legislación eclesiástica del Sexenio Revolucionario (1868-1874), Revista de Estudios Políticos, 1975. 5


IV  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época constituyen los numerosos preámbulos legales que el propio Echegaray redactó en sus responsabilidades de fomento porque desarrollan algunos aspectos biográficos que tan bien narra Martín Pereda6. No en vano, consciente de esa autoría, el Nobel dejó dicho: en los discursos pasa como en los dramas, hay que tener oportunidad. Tres órdenes de ideas fuertes en el pensamiento de Echegaray explican, a mi juicio, su labor política durante el sexenio, la que fue su etapa revolucionaria, como él mismo la calificó, aunque se apresuraba a decir que era un revolucionario “teórico y pacífico”. “Amaba la revolución porque amaba la democracia, en la región de las ideas, porque estaba profundamente convencido de que, en cuanto triunfase en España la democracia y la revolución, el país forzosamente había de transformarse o, por mejor decirlo, había de regenerarse” (Recuerdos, II, 324). Estos tres elementos son, en íntima relación, su liberalismo radical, su odio a la intransigencia y al fanatismo teocráticos, y su confianza en el progreso y en la ciencia. Cuenta Martín Pereda cómo se hizo liberal Echegaray, con quiénes lo devino y de qué forma radical lo fue. Un liberalismo que por otra parte adjudica a su propio siglo, y por eso lo considera un siglo prodigioso: la ruptura total de trabas, obstáculos y cadenas del Antiguo Régimen que harían al hombre totalmente libre hasta poder “llevar su actividad a donde quisiese, no esclavizado ni por la turba ni por el monarca” (Recuerdos III, 52). “En el terreno de las libertades económicas, yo era de los más exagerados”, admite el autor. Y así lo confirman tantas disposiciones de la Gaceta de Madrid, a la que, como él bien dice, no dejaron descansar ni Ruiz Zorrilla ni él mismo. “Las obras públicas no constituyen una excepción a las leyes económicas del trabajo humano, escribía a propósito de la Ley de Bases de las obras públicas del 14 de noviembre de 1868: progresan con la libertad, se paralizan con los sistemas restrictivos y en la industria privada y en la organización libre estriba su porvenir y su engrandecimiento”. Por lo tanto es la industria privada la que debe proyectar, construir y explotar, y que haya un Estado interfiriendo como constructor sería contrario a los principios económicos. El objetivo final es reducir cada vez más las funciones del Estado y ensanchar la iniciativa individual librándola de trabas y de obstáculos. Ahora bien, la acción del Estado se debe mantener durante una etapa de transición, para evitar los saltos bruscos, y siempre que haya necesidad pública imperiosa o que la acción privada no alcance o no acometa la empresa, es decir, en definitiva, de forma subsidiaria. Ese mismo principio de libertad económica absoluta, solo restringida, atemperada o pospuesta por incapacidad provisional de los particulares, o también por la conveniencia o el dominio públicos se encuentra en toda la vastísima legislación de Fomento del Gómez Mendoza, Josefina: “Echegaray, un liberal radical en Fomento”. Revista de Obras Públicas, año 163, nº 3.581, pp. 34-41. 6


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V

gobierno provisional: libertad de comercio , construcción de canales de riego y pantanos, minas, escuela de agricultura, ferrocarriles, enseñanza pública, etc. El articulado siempre es precedido de una (en general larga) exposición de motivos doctrinaria, muchas veces fogosa y excesiva (a la que se tildó en la época de gongorina) nunca repetida pero sí reiterativa, en la que casi siempre se acaba imponiendo el pragmatismo para justificar la continuidad de la acción del Estado. Es curioso cómo el propio Echegaray acabó convencido de que la administración general del estado era mejor de lo que él había creído. Y junto a la libertad de empresa, aparece el segundo principio indispensable, el de la descentralización, el que las Diputaciones y Ayuntamientos pudieran acometer las mismas labores que los privados. A eso fue destinada la ley municipal de 1869 del mismo gobierno provisional. Quizá lo que más pueda llamar la atención para un lector actual, es hasta qué punto el principio liberal se extiende a la libertad de enseñanza, a un futuro requerido por “el movimiento progresivo de la ciencia” en el que el Estado no deberá ejercer ya el monopolio de la instrucción, “porque sus errores son más trascendentes y funestos [que los de los particulares], se reputan dogmas”: “[A]utorizadas de este modo han dominado durante muchos siglos doctrinas incompletas o erróneas que, discutidas y juzgadas libremente, hubieran pasado sin dejar huellas ni recuerdos en la historia”. El párrafo pertenece a uno de los primeros decretos de la revolución, el del 21 de octubre de 1868, que extiende la libertad de enseñanza a todos los grados7; extiende también la iniciativa de la instrucción pública a las Diputaciones y a los Ayuntamientos, y llega a afirmar que “la supresión de la enseñanza pública es por consiguiente el ideal al que debemos aproximarnos, haciendo posible su realización en un porvenir no lejano” (Gaceta de Madrid, 22 octubre 1868, p. 15)8. Si no ha habido libertad en España es porque ha dominado durante mucho tiempo el fanatismo y la teocracia, contra las que Echegaray se muestra implacable y de las que la Inquisición habría sido la mayor representante. No desperdicia el autor ocasión para decirlo o escribirlo. Está su famoso discurso de “la trenza y el quemadero” que es contado en este libro con detalle. Pero ya antes con motivo de su ingreso en la Real Academia de Ciencias y de la elección de un discurso sobre la historia de la matemática en España (que precisamente conArtículo 5º: “La enseñanza es libre en todos sus grados y cualquiera que sea su clase”. Quizá en ello radique, por contraposición con Francia donde triunfó pronto la educación estatal laica, que en España la enseñanza “libre” (piénsese en la Institución Libre de Enseñanza) fuera la independiente y la liberal. En el momento del decreto citado la enseñanza pública no entraba entre las competencias de Echegaray que era director general de obras públicas, y por tanto no puedo asegurar que este preámbulo lo escribiera él, pero por el estilo y el contenido, casi me atrevo a afirmarlo. El Decreto aprovechaba para suprimir la Facultad de Teología “porque al Estado compete cumplir fines temporales de la vida y permanecer extraño a la enseñanza del dogma […] y así dejaría de responder [el Estado] de los errores de los catedráticos y [cerraría] la puerta a reclamaciones enojosas” (Gaceta de Madrid, suplemento, 22.11.1868; p. 17). 7 8


VI  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época sistía en mantener que no había habido matemáticos) el futuro Nobel había afirmado: “Mal puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia […] aquí no hubo más que látigo, sangre, hierro, braseros y humos”. También aprovecha, por ejemplo, con el mismo fin el decreto de supresión de la Escuela Central de Agricultura en la Flamenca (Aranjuez), a la que reprocha estar anclada en las viejas tradiciones y haber sido incapaz de hacer progresar la agricultura. “[Hubo esfuerzos para situar productos de inestimable valor en Europa] hasta que el despotismo y la intolerancia atajaron su marcha, comenzando su angustioso agonizar en aquel día funesto en que fueron arrojados de España los infelices moriscos, mientras proyectaban su rojo resplandor las hogueras inquisitoriales sobre los desiertos campos de Valencia, de Murcia y de Granada” (Gaceta, 5.11.1868, p. 2). Más tarde, cuando se consideró que ya estaba reformada la instrucción pública y que ya se le había dado el sentido práctico requerido, se creó la Escuela General de Agricultura de la Florida, en finca que fue del Patrimonio de la Corona. Se dice en la exposición de motivo que en una España que había visto nacer a un Columela, a Abu-Zacharia, y a los Herreras, Arias y Clementes, no se podía consentir más retraso, “cuando las ciencias naturales habían arrojado tanta luz sobre los procedimientos del cultivador” (Decreto 28.1.1869, Gaceta 30.1.1869). Aunque en su etapa de director general, la Instrucción Pública fuera casi la única competencia de Fomento que no recayera sobre él, no cabe duda de la coincidencia del ideario de Echegaray con las muchas medidas tomadas en este ramo y de su participación en la redacción de algunas: la libertad de enseñanza y por consiguiente la inamovilidad de los profesores públicos como garantía de esta, siempre que hubieran sido nombrados legalmente (Decreto 5.11.1868); la reorganización de las enseñanzas medias para evitar que se formen solo “latinos o retóricos inútiles” y se ilustre a los bachilleres con los principios y aplicaciones de la ciencia9 (Decreto 25.11.1868); la existencia de Escuelas Normales en cada provincia y de “otra de Maestras”; las universidades públicas y los programas de estudio de las Escuelas; y la libertad de creación de universidades libres (como las de Bélgica, con más renombre que las públicas, aduce), allí donde existan intereses locales en la ciencia, y un ventajosa posición geográfica por las comunicaciones y la fuerza de la vida local (Decreto 14.1.1869); la autorización a los claustros para conceder cátedras y autorizar lecciones a especialistas de la ciencia ajenos a la universidad. Siendo ya ministro y responsable de le enseñanza pública, Echegaray se ocupó de que en la instrucción primaria se enseñara la Constitución, como ocurría en las naciones

Al recordar aquellos meses agitadísimos que precedieron a la Constitución, y la labor que ejercieron Ruiz Zorrilla y él mismo, se pregunta Echegaray por el objetivo de la enseñanza, si habría que apostar más por la alta ciencia o por las ciencias de la aplicación, para concluir que en ningún caso se podía renunciar a la alta ciencia (Recuerdos, III. 123). 9


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VII

más adelantadas y aunque solo fuere porque en ella se consagraban por primera vez “en nuestra España, […] los imprescindibles derechos de la personalidad humana” (Decreto 22.2.1870). Igualmente decretó que todos los funcionarios de su ministerio, incluidos rectores, directores de la Biblioteca Nacional, Museo Arqueológico, directores de los institutos y de las Escuelas especiales, jurasen la Constitución, con el juramento convertido en habitual, “guardar y hacer guardar la Constitución democrática de la Monarquía española y haberse bien y fielmente en los deberes contraídos como funcionarios”. Cuando mucho años después escribe sus Recuerdos, Echegaray no olvida el elogio a la Constitución de 1869: “La constitución del sesenta y nueve, la de los derechos individuales, la de la libertad religiosa, la que duró poco más de tres años y la que, sin embargo, en la historia de España será inmortal” (Recuerdos, III, 188). Antes de terminar con este campo de la enseñanza pública y de la cultura, deben ser señaladas algunas otras preocupaciones del ministro. Primero, y sobre todo, el mandato heredado de Ruiz Zorrilla para atender al dictamen de una comisión nombrada para construir y dignificar las escuelas públicas. En este caso, la exposición de motivos del decreto inicial es un verdadero retrato propio del realismo de la época: “Apenas hay un pueblo en España que tenga un edificio propio para la Escuela. En algunas aldeas, los padres no se atreven a enviar a sus hijos a recibir la primera instrucción porque temen catástrofes como las de la Ruzafa y Albalate; en muchos puntos, el profesor da las lecciones casi a la intemperie, en patios y corrales, teniendo que suspenderlas en los días de lluvia […] la mayoría de las escuelas [apenas disponen de otros enseres] que unos cuantos cartones de silabarios, desvencijadas mesas, un estropeado Crucifijo, o [de] alguna imagen mal prendida de una pared sucia y ruinosa…” (Decreto 18.1.1869; Gaceta 23.1.1869, 2). Como una revolución hecha prioritariamente en nombre del progreso y de la ciencia no podía admitir este estado de cosas, se decretaba que se construyeran escuelas públicas, con cargo en parte al 10 % de la venta de los bienes de Propios y según proyectos de la Escuela de Arquitectura. Todavía fue Ruiz Zorrilla quien nombró la comisión para resolver el concurso para la construcción de escuelas de ambos sexos10. Pero fue ya el ministro Echegaray el encargado de aprobar este informe verdaderamente ejemplar cuyo fallo responde a unas bases previas que son un tributo al higienismo: número máximo de niños, superficie asignada a cada niño (de 0,75 cm2 a 1 m2), capacidad de la sala de la escuela (3 m3 por niño mínimos), altura del techo de la sala 3,10 m etc. Por cada 2.000 habitantes se fija la Verdaderamente una Comisión extraordinaria: Pascual Madoz, exministro de Hacienda, que la presidía; Fernando de Castro, rector de la Universidad Central; Manuel Fernández Durán y Pando, marqués de Perales; José Echegaray, director general; Lucio del Valle, director de la Escuela de Arquitectura; Francisco Ruiz Zorrilla, ingeniero militar y diputado a Cortes (probablemente hermano del ministro); Juan José Sánchez Pescador y Simeón Ávalos, arquitectos; Julián Vizcarrondo y Francisco Sarrasi, director de le Escuela Normal Superior. 10


VIII  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época necesidad de una escuela, y que por economía, siendo posible adquirir solares, se hagan escuelas de ambos sexos con el proyecto que la escuela de Arquitectura había establecido que tenía distribución acertada, construcción natural y elegante, y sencillo decorado (Decreto 29.1.1870; Gaceta de Madrid 15.1.1870, p. 1). Otro hecho llamativo del ministerio Echegaray en lo relativo a la Instrucción Pública es que se le acusó de haber querido prohibir que se impartiera la doctrina cristiana en las escuelas públicas, hecho al que dice haberse negado por inoportuno y provocador, pero que le valió que le llamaran descreído y hereje, que le hicieran cierto vacío en la visita a la Alhambra (lo cuenta en el libro José Antonio Martín Pereda) y que le planteara un voto de censura que de hecho ganó. En cambio, lo que sí impulsó es el decreto por el que se debía respetar la decisión de los padres de familia que se opusieran a que su hijo recibiera lecciones de catecismo. De entre las instituciones científicas que se encargó de reorganizar y potenciar el ministro de Fomento Echegaray, se mostraba particularmente orgulloso, al hacer balance de su labor, del Instituto Geográfico Nacional. El Preámbulo, mucho menos ampuloso que los anteriores es muy preciso en la descripción de las labores que se le encomienda: la alta geodesia para la medida de la tierra en colaboración con las demás naciones, los trabajos geodésicos a otras escalas necesarios para la formación del mapa de España, y los trabajos topográficos para hacer este. La empresa inicial no podría ser ignorada por la patria de Jorge Juan, afirma el autor del preámbulo; la segunda necesitaría de la formación de tres grandes redes que cubrirían todo el territorio; después vendría la red topográfica, y solo entonces podría empezar a tener verdadera exactitud el catastro de la riqueza territorial que, por otra parte, tendría que mantenerse al tiempo que hacerse, para evitar situaciones periclitadas. “He aquí [cómo] el ministro que suscribe pretende variar en todo la marcha seguida para la formación del catastro, estableciendo a este fin un plan único y general, anticipando cuánto sea dable la triangulación que le ha de servir de base y organizando la simultaneidad de estas operaciones con las de conservación aunque para ello deba marcharse lentamente [y suspender el de la provincia de Madrid que es la única en que el servicio ha tomado extensión] para proceder a la formación de una red topográfica que abarque toda la Península” (Decreto 12.9.1870. Gaceta 14.9.1870, pp.1-2). Todo ello llevó desde el punto de vista organizativo a añadir a la Junta general de Estadística, el Instituto Geográfico Nacional, y ambos quedaron adscritos a una dirección general del Ministerio de Fomento. El otro de sus grandes impulsos científicos fue la creación de la Comisión del Mapa Geológico Nacional con ingenieros del cuerpo de Minas. Se trataba de continuar los trabajos geológicos a pesar de las economías que imponía el mal estado del Tesoro. Los intereses del país lo reclamaban porque “el conocimiento de la naturaleza, estructura y posición de


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IX

los materiales que constituyen los terrenos de la patria” sirven para las aplicaciones a la agricultura, a la industria y a las construcciones. La Comisión existente con anterioridad para el estudio de las cuencas carboníferas de Oviedo, León y Palencia debía refundirse en la Comisión nacional (Decreto 28.4. 1870. Gaceta 29.4.1870). *  *  * Como Ministro de Fomento, Echegaray parece haber mostrado siempre más atención al consejo de los ingenieros de minas que al de los facultativos de montes. Estos se lo reprocharán cuando se publique el proyecto de Ley de Montes, de 5 de abril de 1872, que nunca llegó a ser aprobada: era la segunda etapa ministerial, las circunstancias eran distintas, el proyecto también. Pero por mucho que se quedara en proyecto, nuevamente la exposición de motivos, que en este caso es sin duda de su propia pluma, tiene un enorme interés para entender al político liberal que era también escritor, científico e ingeniero. Y que, sin duda, llevaba dentro a un desamortizador, como no podía ser de otra forma, dado el ideario del personaje, y la situación de la época, incluidas las urgencias de la hacienda pública. La Revista Forestal, Económica y Agrícola11 se ocupó largamente del proyecto: desde el principio lo consideró “funestísimo”, y publicó larguísimos artículos críticos de todas las procedencias pero en particular de las revistas más conocidas y de medios corporativos. Solo El Imparcial defendió el proyecto. Tuvo tanta trascendencia para la Revista Forestal que su director, uno de los ingenieros de montes que más se habían distinguido en la defensa del carácter excepcional de la propiedad de los montes, acabó dimitiendo y la publicación desapareciendo12. Y eso que la Revista había nacido precisamente al amparo de los nuevos tiempos para difundir el conocimiento forestal moderno, aunque fue también la primera en mostrar su desengaño con la extensión de la doctrina liberal y la esterilidad de los tiempos turbulentos de la revolución. Echegaray empieza por afirmar que la cuestión de los montes es sin duda una de las más difíciles que pueden someterse a la discusión política. Lo justifica con este párrafo: “En ninguna otra cuestión preséntase con caracteres más dudosos el trascendental problema de la acción individual en competencia con la acción del Estado; y el carácter de las masas montuosas, su influencia evidente, pero aún no bien deslindada sobre el clima; [su acción regu-

En realidad solo fue propiamente forestal. García Martino, F. “Los montes y el Cuerpo de Ingenieros en las Cortes Constituyentes”, Revista Forestal, III, 1870, pp. 163-182 y 224-239. Gómez Mendoza, J. : Ciencia y política de los monte españoles (1848-1936), Madrid, Icona Clásicos, véase pp. 13-14 y 29-30. 11 12


X  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época ladora de las corrientes y mil otros detalles] hacen del asunto en cuestión un problema de ciencia una y mil veces planteado, resuelto en parte, y en parte sometido aún a ardorosa discusión” (Proyecto ley de montes 8.11.1872, las cursivas son mías). Era, me parece, la afirmación que más podía doler a unos ingenieros de montes, que se habían constituido como técnicos para defender la propiedad forestal pública, establecer los criterios físicos que debían exceptuar a montes forestales de la venta a privados, su consiguiente catalogación como montes públicos, y justificar la necesaria gestión técnica por parte de un cuerpo facultativo. Para ellos la influencia de los bosques sobre el clima era una verdad establecida, para cuya demostración acudían siempre a la autoridad (no siempre bien explicitada) de “distinguidos físicos, naturalistas, e ingenieros” como Gay Lussac, Boussingault, Moreau de Jonnes, Becquerel, Saussure, Humboldt, Wilkkomm, siendo los dos últimos los más utilizados. El Debate se apresuró a recordarle al ministro científico que él mismo había declarado, al discutirse el presupuesto del ministerio de Fomento que en 1870 corría también a su cargo, que “aunque él no retrocedía nunca en la lógica de sus principios”, sí era la cuestión de los montes la más difícil “cuando estos principios descendían a la práctica, porque se tropezaba con dificultades históricas”. El periódico invocaba de nuevo la cuestión que daba por zanjada porque “la ciencia y la experiencia están de parte de los montes, y el señor Echegaray no puede tomar como argumentos de peso las declamaciones de algún exagerado utopista, porque harto sabe que autoridades tan competentes como Humboldt, Becquerel, Arago, Vezian, Cotta y otros muchos han resuelto con sus observaciones y estudios ese importante problema” (las cursivas son mías)13. Después el periódico se dedicaba a poner de relieve las contradicciones del propio ministro en relación a otras cuestiones como los ferrocarriles de los que en parte había aceptado hacerse cargo. El segundo argumento del proyecto de ley (y de su preámbulo) que conmovió a los contemporáneos fue la condena despiadada de los usos comunales en los montes: “En ninguna otra esfera del orden social tiene menos fuerza y menos victorias ha conseguido el espíritu individualista y democrático de nuestro siglo, ni en más alto grado impera cierto grado de socialismo práctico”. Se confunden los usos y aprovechamientos tradicionales de los pueblos con los derechos de la propiedad, por lo que “ese socialismo campesino que, no por ser manso y tranquilo […] es menos funesto al país […] y menos amenazador para el porvenir de la patria”, debe desaparecer. En esa animadversión a los usos comunales disentían menos los ingenieros de montes, aunque quizá sí de una formulación tan extrema. La tercera justificación del proyecto radicaba sin disimulo en la situación quebrantada del Tesoro, que ya había justificado las medidas desamortizadoras anteriores y que 13

El Debate, Nuevo proyecto de Ley de Montes, en Revista Forestal, VI, 1873, p. 23.


Prólogo... y algo más 

XI

aconsejaba ahora ampliar el principio enajenador, y añadir a los seis millones de hectáreas ya vendidas, otros tres millones más. Para ello la nueva ley proponía limitar a 8 Ha. por vecino el aprovechamiento común, ampliar el límite de monte exceptuable de 100 a 120 Ha, y suprimir el umbral de un kilómetro como distancia admisible para la consideración de continuidad de una única masa montuosa. Además de obligar a los nuevos compradores a roturar los montes comprados; y de pasar del Ministerio de Fomento al de Hacienda los nuevos montes enajenables así como a los ingenieros forestales encargados de cuidarlos hasta que se vendiesen. Al escándalo producido por el proyecto, considerado por La Iberia, “disolvente doctrina radical” y su preámbulo un “enmarañado conjunto de frases”, ante los que El Imparcial inicialmente calló, se sumaron casi todos los periódicos nacionales y muchos locales y regionales. En su momento El Imparcial, considerado por los otros órgano del partido radical, consideró que era la ley municipal la idea “generatriz” de todas las confusiones que se habían generado con este proyecto de montes; ello suscitó el sarcasmo de los demás, que consideraban esa ley como la plenamente revolucionaria y la apoyada en su día por el periódico. La Época arremetía en estos términos contra su colega y contra el ministro: “lo técnico, lo geométrico, la idea generatriz (sic) del proyecto, los anuncios sibilíticos de El Imparcial, todo está reducido a que el señor Echegaray , por medio de un proyecto de ley trata de poner término a la confusión producida por varias reales órdenes, de las que la última está firmada por el mismo señor Echegaray; y a que El Imparcial ataca por un flanco […] la legislación municipal revolucionaria [que fue él quien defendió]”14. La situación se complicó y se extremó por las ventas que se estaban llevando a cabo en el pinar y las matas de roble de Valsain, cuestión que preocupó enormemente a los forestales, a las poblaciones rurales y a los medios ilustrados. En 1873, en su sexto año de publicación, la Revista Forestal reconocía que “las revueltas políticas y los periodos de agitación social no son circunstancias favorables para la propagación de doctrinas técnicas esencialmente conservadoras, que requieren un estado de calma y de progreso que no pueden existir en pueblos tan hondamente perturbados como el nuestro”15. El ingeniero Fernando García Martino abandonaba y poco después la revista terminaba su publicación aquejada por la supresión de la compra de varias decenas de ejemplares que venía practicando la Dirección General de Industria y Comercio, a cuya cabeza estaba un ingeniero de caminos: no se privaban de decirlo. La Época, ibid, p. 141. Todo el debate está recogido con los amplísimos artículos de la prensa en el número mencionado de la Revista Forestal que tenía más de 250 páginas. Todos eran críticos menos el de El Imparcial que les reprochaba a los anteriores “ser apóstoles sedentarios [que] tienen su tesis estereotipada” (pág. 246) y, efectivamente, atribuía los problemas a la ley municipal. 15 Revista Forestal, Vi, 1873, Introducción, pp. 1-3. 14


XII  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Si he dedicado tanta atención a la cuestión de la frustrada ley de montes, ha sido alentada por el propio José Antonio Martín Pereda que quería que la figura de Echegaray quedara contrastada desde diferentes perspectivas. Se podría añadir a esta faceta desamortizadora cómo se aplicó el ministro en desarrollar la (insólita) desamortización decretada por Ruiz Zorrilla de los objetos de ciencia, arte y literatura que estuvieran a cargo de las instituciones religiosas, específicamente catedrales, cabildos, monasterios, u órdenes militares. Estas riquezas deberían ser consideradas nacionales y puestas al servicio público, una vez clasificadas, en bibliotecas, archivos y museos. La desamortización se extendería así de las riquezas inmobiliarias a “los objetos de arte que yacen hoy ocultas, cubiertas de polvo, envueltas por telarañas y comidas por el tiempo”. (Decreto 1.1.1869. Gaceta 26.1.1869, p. 1). Cuesta pensar cómo se podría ejecutar esta decisión, de qué medios dispondría el gobierno, pese a sus buenas intenciones. Valga todo ello como ejemplo de lo lejos que llegaron lo que fueron doctrinas liberales y de lo que se consideraron urgencias revolucionarias. En mi corta experiencia sobre la cuestión, el Sexenio nunca dejara de sorprenderme; y Echegaray, tampoco. Ciento cincuenta años después no es cuestión de escandalizarse de la obediencia teórica con que aplicó la versión radical del liberalismo, leída en los libros de Frédéric Bastiat : ya hemos visto, que en todas las ocasiones, la realidad de las cosas se imponía y los demócratas de la época, una vez en el poder, comprendían que necesitaban mantener un Estado más intervencionista del que predicaban16. Quizá lo que pueda producir más asombro es que un teórico como Bastiat con sus armonías universales, su animadversión contra el Estado (“El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza por vivir a expensas de todo el mundo”17) pueda tener predicamento hoy (además de un portal de adeptos: bastiat.org) en los círculos del liberalismo económico, particularmente entre los republicanos del tea party. *  *  * Si se me perdona este “algo más” que un prólogo, esta digresión que he escrito por iniciativa del autor de este libro, quiero volver a él. Debo repetir lo que se disfruta y se aprende leyendo esta biografía sobre un ingeniero de caminos que era mucho más, y sobre todo, era de su siglo y de su época, escrita por un ingeniero de Fotónica, que ha dedicado su vida a estudiar la luz. Hace unos años, José Antonio Martín Pereda nos deleitó en una lecHasta el punto de que los políticos incluidos en la Asociación libreacambista por antonomasia, la Asociación Española para las reformas de las Aduanas, entre los que se contaban Figuerola, Echegaray y Gabriel Rodríguez votaron divididos la reforma arancelaria en 1869. Véase, Serrano Sanz, José María: “Echegaray, economista”, ROP, año 163, nº 3581, pp. 72-77. 17 Bastiat, Claude Frédéric: L’Etat. 1848, http://bastiat.org/fr/l_etat.html 16


Prólogo... y algo más 

XIII

ción inaugural de la Academia relacionando los caminos de la Fotónica con las corrientes artísticas, cómo el cerebro interpreta algunas imágenes, en concreto las ilusiones visuales, y cómo la Fotónica puede ayudarnos a interpretarlas y a saber algo de cómo funciona nuestro sistema visual18. Para ello hizo una reconstrucción de las sucesivas metáforas que se han utilizado para interpretar la actividad cerebral y relacionarlas con las corrientes artísticas. A mí, y a todos, nos deslumbró ese camino de luz. Pero Martín Pereda se amparaba para emprenderlo en las frases que figuran en una de las estatuas de la fachada de los Archivos Nacionales de Washington, “Study the past”, “What is past, is prologue”. Eso hizo entonces, y eso ha hecho también magistralmente aquí, en los límites de lo que se trata, contar con el pasado para escribir el prólogo del libro del mañana. El libro de la ingeniería y de los grandes ingenieros del pasado, para empezar a escribir el de ingeniería del futuro. Gracias, José Antonio, por haberme pedido que escribiera este prólogo. Josefina Gómez Mendoza Real Academia de Ingeniería y Real Academia de la Historia

Martín Pereda, José Antonio: Fotones y neuronas. Otras fuentes de la percepción. Discurso leído el 28 de enero de 2014. Real Academia de Ingeniería. 18


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN......................................................................................................................

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EPÍLOGO A MODO DE PRÓLOGO................................................................................... 11 1832: SE ALZA EL TELÓN: MADRID Y MURCIA....................................................... 15 1846: VUELTA A MADRID: ESTUDIOS EN CAMINOS.............................................. 23 1853: INGENIERO EN ALMERÍA...................................................................................... 31 1854: YA DEFINITIVAMENTE EN MADRID. PROFESOR EN CAMINOS.......... 37 1860: PRIMER VIAJE AL EXTRANJERO, FRANCIA, INGLATERRA E ITALIA.. 47 1864: PRIMEROS LIBROS E INGRESO EN LA ACADEMIA DE CIENCIAS...... 55 LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE DE 1868.............................................................. 61 1868: GOBIERNO PROVISIONAL Y DIRECTOR GENERAL DE OBRAS PÚBLICAS................................................................................................. 67 LAS CONSTITUYENTES DE 1869...................................................................................... 73 1869: DISCURSO DE LA TRENZA DEL QUEMADERO........................................... 79 1869: ECHEGARAY VUELVE A FOMENTO................................................................... 85 Echegaray y la masonería.............................................................................................. 88 Echegaray, el Catecismo y Granada............................................................................ 90 A LA BÚSQUEDA DE UN REY............................................................................................. 95 1870: LLEGA EL NUEVO REY............................................................................................ 99 1871: REINADO DE AMADEO I. VUELTA A FOMENTO......................................... 109 1873: INSTAURACION DE LA REPÚBLICA Y EXILIO EN PARÍS......................... 119 CAE EL TELÓN.......................................................................................................................... 121 FIN DEL PRIMER ACTO........................................................................................................ 121 ENTREACTO: EXILIO EN PARÍS........................................................................................ 123


8  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época 1874: VUELTA A ESCENA. MINISTRO DE HACIENDA Y PRIMER ESTRENO TEATRAL............................................................................ 125 1875: DEDICACIÓN EXCLUSIVA AL TEATRO............................................................ 131 1894: INGRESO EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA........................................... 139 DIVULGACIÓN DE LA CIENCIA....................................................................................... Algunos ejemplos de sus artículos de divulgación................................................... Echegaray y la televisión............................................................................................... Echegaray y las comunicaciones ópticas....................................................................

147 152 152 154

1898: DISCURSO EN EL ATENEO..................................................................................... 157 1904: LLEGA EL NOBEL........................................................................................................ 163 1905: HUNDIMIENTO DEL TERCER DEPÓSITO DEL CANAL DE ISABEL II... 169 1905: NUEVO REENGANCHE, ÚLTIMA VUELTA AL MINISTERIO DE HACIENDA.............................................................................................................. 173 FINAL............................................................................................................................................. 177 TELÓN........................................................................................................................................... 179 COLOFÓN.................................................................................................................................... 181 AGRADECIMIENTOS.............................................................................................................. 183 CRONOLOGÍA DE ECHEGARAY Y SU ÉPOCA............................................................ 185 ÍNDICE ANALÍTICO................................................................................................................ 193 ARTICULOS DE DIVULGACIÓN DE JOSÉ ECHEGARAY........................................ Ilusiones y realidades...................................................................................................... El cuarto estado de la materia....................................................................................... La locomotora eléctrica.................................................................................................. Los juguetes de los sabios............................................................................................... La fotografía del sonido.................................................................................................. Los rayos catódicos.......................................................................................................... El experimento de Faraday............................................................................................ El hambre universal....................................................................................................... Los colores......................................................................................................................... Dos inventos novísimos................................................................................................. El ovillejo de Bramante y la locomotora................................................................... El espacio de muchas dimensiones.............................................................................

197 199 205 211 223 229 235 241 247 253 259 265 271


Introducción

E

l siglo xix fue pródigo en personajes que podían haber nacido en cualquier otro siglo anterior. Desde aventureros que intentaban recorrer los últimos rincones que quedaban sin descubrir hasta científicos que querían abarcar todo lo que la Ciencia podía dar. Desde imperialistas que ansiaban recuperar territorios que abarcasen a todo el Globo a industriales que soñaban llevar a la sociedad maquinarias que facilitasen la creación de bienestar. Echegaray fue uno de ellos. Cualquier intento que se haga por abarcar la vida de este ingeniero ilustre es tarea imposible. Cuando otros ingenieros como él se dedicaban únicamente a su profesión, una de las más reconocidas en su época, él sintió la necesidad de participar en todo lo que la vida social, política y artística de su momento le podía ofrecer. Muchas veces decía que a él a lo que le hubiera gustado dedicarse exclusivamente era a las Matemáticas y a leer. Seguro que si hubiera sido así se hubiera aburrido mucho. Necesitaba leer Matemáticas, pero como forma de rellenar el tiempo que le quedaba vacío entre dos actividades diferentes y distintas. Necesitaba conocer los últimos descubrimientos de la Ciencia, pero para poder luego escribir algún artículo o dar una charla sobre ellos. Es imposible imaginarlo concentrado en un único tema durante meses y años. Su verdadero interés se centraba en despertar las ideas o las inquietudes de los que tenía a su alrededor. Y estas ideas podían ser científicas, políticas, económicas o artísticas. También decía, a veces, que la concesión del Premio Nobel había sido un trastorno en su vida. No se consideraba dramaturgo, aunque por motivos económicos se hubiera dedicado a ello. Pero lo cierto es que su vida fue una pura representación teatral, con personajes diversos apareciendo en escena cada cierto tiempo. Y, aunque salvo en una mínima tentativa de infancia nunca había pisado la escena, todas sus intervenciones públicas llevaban consigo un sentido dramático equiparable al de cualquier tragedia romántica de final de siglo. Pretender escribir una biografía de este personaje es tarea que solo una serie como la dedicada a Aviraneta podría abarcar. Porque igual que la vida del aventurero vasco solo puede entenderse en el marco histórico que le tocó vivir, la de Echegaray también solo tiene sentido en el encuadre de la segunda mitad del siglo xix de España. Ambos son hijos


10  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época de su época y sólo en ella tienen sentido sus acciones. Éstas, llevadas a otro tiempo y a otra situación, son imposibles de entender. Pero como aquí no existe la posibilidad de escribir los veintidós tomos que Baroja dedicó a su héroe, habremos de conformarnos también con algo similar al pequeño relato que también escribió Baroja como resumen de los otros volúmenes1, y dar una breve semblanza de algunos momentos de su vida. Afortunadamente, Echegaray fue escribiendo a lo largo de sus últimos años una serie de artículos sobre su vida que fueron reunidos parcialmente en tres volúmenes tras su fallecimiento2. Aunque muy deslavazados en algunos casos, permiten seguir una línea clara de lo que fue su trayectoria vital. En ellos se ha basado el autor de estas páginas. En ocasiones se siguen casi como una novela y el personaje de Echegaray aparece mucho más verdadero que en sus otros escritos. Posteriormente a su fallecimiento, “Madrid científico”3 siguió publicando otros artículos de los “Recuerdos”, que ya no fueron publicados como los anteriores. También en vida se publicó una biografía suya, en gran parte en la forma de entrevista, que daba detalles de su vida diaria4 y que ha facilitado muchos datos sobre él. Finalmente, en otra revista, “La Revista de Obras Públicas”, se puede seguir paso a paso gran parte de lo que fue escribiendo. Con todo ello, y con la prensa de cada momento, se ha ido confeccionando la semblanza que irá a continuación. Las páginas que siguen se intentarán centrar más en el personaje “Echegaray” que en su obra. A su obra científica ya se han dedicado recientemente otras páginas5 así como a su obra literaria6. Igualmente, su obra como economista o como político está siendo tratada por otros autores y aparecerán en breve publicaciones dedicadas a ellas. Por ello estos aspectos no serán abordados con detalle. Igualmente, algunos momentos de su trayectoria se han tratado de forma muy somera y quizás hubiera sido conveniente extenderlos algo más.

Pio Baroja, “Aviraneta o la vida de un conspirador”. Madrid. Aguilar. 1958. José Echegaray, “Recuerdos”. Madrid. Ruiz Hermanos, Editores. Plaza de Santa Ana, 13. 1917. 3 “Madrid científico”. 1916. No. 904. Pg. 605. 4 Luís Antón del Olmet y Arturo García Carraffa, “Los grandes españoles. Echegaray”. Madrid. Imprenta de “Alrededor del Mundo”. Calle de los Caños, 4. 1912. 5 José Manuel Sánchez Ron, “José Echegaray. entre la ciencia, el teatro y la política”. ARBOR. CLXXIX, 601-688. Madrid. 2004. 6 Carmen Menéndez Onrubia y Julián Ávila Arellano, “El Neorromanticismo español y su época. Epistolario de José Echegaray a María Guerrero”. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid. 1987. 1  2


EPÍLOGO A MODO DE PRÓLOGO

D

esde el amanecer del día 14 de septiembre de 1916, una sección del 5º montado situada en los altos del Hipódromo, disparaba cada media hora una salva recordando que en Zurbano, 56, yacía el cadáver de José Echegaray. El rey había firmado un decreto en el que le otorgaban los honores de capitán general con mando en plaza y el presidente del Consejo, conde de Romanones, había telegrafiado al ministro de la Guerra anunciándole su desplazamiento desde San Sebastián para participar en el sepelio. Hacía tiempo se sabía que el estado de su salud era muy débil. Tras una infección intestinal la fiebre había subido significativamente y dado el estado achacoso con el que lo describían las crónicas, las mejorías anunciadas no eran fiables. Por eso, cuando la noticia del fallecimiento llegó a los periódicos, todos tenían ya preparadas las secciones que le iban a dedicar. La noticia circuló rápidamente por Madrid. Muy pronto, los alrededores del domicilio se llenaron de curiosos esperando ver a las personalidades que, con toda seguridad, pasarían por allí. El sepelio se retrasaría a la espera de la llegada del conde de Romanones. A las dos y cuarto llegó una carroza de ocho caballos a la puerta de la casa mortuoria. En ese mismo momento se oyó una salva de tres cañonazos desde el Hipódromo. Una tropa de Infantería y la guardia de Seguridad acordonaban la calle de Zurbano. En Recoletos aguardaban el 4.º de a caballo y los lanceros del Príncipe. El ceremonial, aprobado por el Rey, marcaba que todas las autoridades estuvieran presentes de uniforme, desde las civiles, con el presidente del Consejo representándole a la cabeza, el Congreso y el Senado, las Sociedades de Actores y Autores, las Academias, hasta las autoridades militares. Echegaray esperaba, en un féretro de caoba con herrajes de plata, con el uniforme del cuerpo de Caminos que sus compañeros le habían entregado con motivo de la concesión del Premio Nobel. Los periódicos destacaban que iba a dejar vacantes los siguientes puestos: presidencia del Consejo de Administración de la Compañía Arrendataria de Tabacos, consejero de Estado (por ex ministro de Fomento), senaduría vitalicia, presidencia de la Academia de Ciencias Exactas y académico de la Española, así como un Toisón de Oro, que la familia debería devolver. Las ventanas y balcones del trayecto se hallaban abarrotados de gente, igual que si se tratara de un festejo popular. Colgaduras negras habían sido desplegadas en los balcones de los teatros Español, Princesa, Comedia, Zarzuela y demás coliseos donde se habían


12  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época representado obras suyas, así como en la Sociedad de Autores, en la Academia Española, en la de Bellas Artes de San Fernando y en la de Ciencias Físicas y Naturales. Cientos de telegramas se seguían recibiendo desde primeras horas de la mañana. El más deseado había llegado desde Rosario de Santa Fe, en Argentina: “Lloramos sin consuelo al maestro protector, al padre, a quien todo lo debemos. Estamos destrozados. Fernando Mendoza”. Estas palabras apuntaban a que su autora era también María Guerrero. Junto a muchas otras, una corona había llegado del ilustre inventor Marconi. Minutos después de las tres el féretro, del que pendían catorce cintas, fue dispuesto sobre un armón de Artillería, iniciándose lentamente la comitiva tras las correspondientes salvas de ordenanza. Abriendo el cortejo iba la Guardia Civil montada y el regimiento de infantería del Rey. Tras ellos, varios coches repletos de coronas y la carroza estufa tirada por ocho caballos empenachados, también abarrotada de coronas. Seguía el clero, con mangas parroquiales y cruz alzada, y tras él, el armón con el cadáver de Echegaray.

Figura 1. Entierro de Echegaray (de ABC).

Todo el gobierno que estaba en Madrid seguía al féretro, con los familiares y otras autoridades. Y portando las cintas del féretro, un representante de cada uno de los organismos e instituciones a las que había pertenecido. Benavente, por los autores; Brockman, por


Epílogo a modo de prólogo 

13

los ingenieros de Caminos; Arrillaga por la Academia de Ciencias; Cotarelo, por la de la Lengua. Y así hasta completar las catorce disponibles. El cortejo dobló la calle de Zurbano y enfiló por el paseo de Martínez Campos hacia el de la Castellana, donde formaban los lanceros de la reina y dos baterías del 5º montado. Tras Recoletos, con el 4º de a caballo y los lanceros del Príncipe, remontó por la calle del Prado y consiguió llegar a las cuatro y media a las puertas del Ateneo. Blanca de los Ríos y Clara Campoamor arrojaron flores sobre el féretro. En la puerta del teatro Español, la banda municipal interpretó la marcha fúnebre de Los amantes de Teruel; igual que en el Ateneo, Rosario Pino, Carmen Cobeña y otras actrices que habían interpretado algunas de sus obras, arrojaron también flores. Por la Plaza del Ángel, llegaron a la de Santa Cruz donde se despediría el duelo. En ese momento, se desató un fuerte aguacero que dispersó a la mayor parte de los que allí se encontraban. El caballo de un soldado de Artillería se espantó incrementando el caos que se estaba formando. Únicamente quedó la familia y los que por su representación oficial no podían huir de la lluvia. Para complementar la escena, un grupo de gente prorrumpió en vivas a la neutralidad de España en el conflicto que se estaba desarrollando en Europa. Todos los periódicos se apresuraron a asegurar, en las ediciones del día siguiente, que los incidentes habían sido de carácter menor y las manifestaciones apenas habían sido percibidas. Tras desfilar ante el cadáver, las tropas marcharon a sus respectivos cuarteles. Solo quedó con él una pequeña escolta que le acompañó hasta la Sacramental de San Isidro donde, tras las descargas previstas por el reglamento, se dio tierra al féretro. El telón caía definitivamente. *  *  * El siglo xix podría decirse que se acabó en España con el entierro de D. José Echegaray. Y de igual modo que el siglo xix es el gran desconocido en España para una gran parte de la gente, nadie tampoco conoce apenas nada del nombre de Echegaray. Es como si una amnesia colectiva hubiera cubierto los recuerdos de una sociedad haciendo que toda una época entera hubiera sido casi borrada de la memoria de la historia. ¿Qué ha hecho borrar el siglo xix de la memoria histórica de España? ¿Qué ha hecho que la figura de Echegaray haya desaparecido de todo recuerdo en una sociedad que durante un tiempo lo aclamó como su gran dramaturgo y una de las mentes más importantes de todo el siglo xix? Las siguientes páginas solo tratarán de pasar revista a su vida y a través de ella, de lo que él mismo fue plasmando en sus “Recuerdos” y de lo que se puede recoger de la prensa, trazar una sencilla panorámica de unos años en los él fue testigo de muchos de sus más importantes acontecimientos.


1832: SE ALZA EL TELÓN: MADRID Y MURCIA

L

a casa donde nació en Madrid hace ya muchos años que fue derribada. En el centro de la calzada de la calle de Quevedo7, hoy peatonal, hay un letrero que dice: “En el solar que ocupa esta casa, estuvo el edificio donde vivieron Francisco de Quevedo, su propietario, desde 1620 hasta 1634, y Luis de Góngora desde 1619 hasta 1626, y donde nació en 1832 José de Echegaray, premio Nobel de Literatura en 1904”. Echegaray jamás menciona en sus recuerdos que hubiera nacido en la misma casa que habitaron Quevedo y Góngora. Quizás lo ignorara. O quizás no es verdad. La casa en la que han colocado una lápida a Quevedo no tiene entrada por la calle de Quevedo; solo la tiene por la de Lope de Vega. Posiblemente la casa de Quevedo y Góngora se derribaría mucho antes, se volvería a construir otra, en la que nacería Echegaray y que también después sería derribada. El letrero indica el solar de “esta casa”, pero “esta casa” está en medio de la calle. Lo único que sí es seguro es la parroquia donde fue bautizado. Los registros de las iglesias siempre han sido en España documentos mucho más fiables que los aportados por los ayuntamientos. En la iglesia de San Sebastián, en la calle de Atocha número 39, esquina a la calle del mismo nombre que la iglesia, hay una lápida en la que se recuerda que allí fueron bautizados un gran número de los más importantes literatos madrileños, tanto del siglo de oro como posteriores: Tirso de Molina, Ramón de la Cruz, Leandro Fernández de Moratín, Manuel Tamayo y Baus, Francisco Asenjo Barbieri, Jacinto Benavente y José Echegaray Eizaguirre. También figuran Luis Candelas y Rafael Gómez Ortega “El Gallo”, que completan el abanico de personajes populares. Según comenta Echegaray en sus “Recuerdos”, “¿Cuántos años tiene usted y cuándo nació? No podría contestar con certeza. Lo he aprendido una porción de veces y lo he olvidado otras tantas.” Gracias a la partida de bautismo ya podemos saberlo. En el libro 70 de bautismos de dicha iglesia, en el folio 160, se puede leer:

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Cuando nació Echegaray se denominaba calle del Niño.


16  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época “Con licencia del Sr. Cura de esta dicha iglesia bauticé solemnemente a José María Uvaldo, que nació el diecinueve de abril de mil ochocientos treinta y dos8, a las once y media de la mañana; hijo legítimo de José de Echegaray, natural de la ciudad de Zaragoza, y de doña Manuela Melitona de Eyzaguirre, su mujer, natural de Azcoitia, provincia de Guipúzcoa, Obispado de Pamplona; vive en la calle del Niño, de esta feligresía; son sus abuelos paternos D. Tomás de Echegaray, natural de la dicha Zaragoza, y doña Manuela de Lacosta, natural de Belchite, Arzobispado de Zaragoza; maternos, D. José Gabriel de Eyzaguirre, natural de Ezquioga, y doña María Javiera de Charlen, natural de San Sebastián de Guipúzcoa, de dicho Obispado de Pamplona; fue su madrina la Excma. Sra. Dª María de las Angustias Fernández de Córdoba, Marquesa de Cerralvo y Condesa de Alcudia, y en su nombre, Dª María Tadea de Eyzaguirre, y le advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones , y lo firmé”. Ahí queda todo el recuerdo real de sus primeros años en Madrid. Pero no todo. Cuando en diciembre de 1894 empezó a publicar por entregas su “Recuerdos”, a petición del Sr. Lázaro, propietario y director de “La España Moderna” que le urgía a que escribiese un “documento humano” con la vida íntima del teatro en los últimos años, Echegaray ofrece un recuerdo borroso de su primera niñez que puede ser cierto o puede ser pura fantasía para justificar su trayectoria posterior. Las memorias de los hombres notorios parece deben estar jalonadas por prematuras aficiones a lo que luego vaya a ser su carrera profesional. Echegaray no podía dejar pasar una oportunidad como ésta. En las páginas iniciales trata de mostrar su primer contacto con el teatro a través de una imagen borrosa en la que, desde los brazos de una mujer, veía una barandilla, un escenario y en su fondo, una actriz vestida de negro. Se desprendía de los brazos de la mujer y se acercaba a la barandilla, quizás de un palco, pugnando por llegar a escena. Su imaginación no le da para “recordar” el teatro en el que estuvo ni la obra que se representaba. Esa fue, afirma, la primera y única imagen que le quedaba de los tres años que permaneció en Madrid antes de ir a Murcia. Con ello quería mostrar claramente su vocación por el teatro desde los primeros años de su vida. En cualquier caso, sus recuerdos de Madrid de esa época tenían que ser muy escasos porque, a los tres años, la Sociedad Económica de Amigos del País creó una cátedra de Agricultura en el Instituto de Murcia y en junio de 1835 cambiaron su residencia a aquella ciudad. Los estudios de Agricultura no eran obligatorios en el plan de estudios vigente 8

Según indica en un momento de sus “Recuerdos”, parece que ese día era Jueves Santo.


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por lo que las clases no debía ser muy numerosas y poco después el padre se encargó también de otra cátedra de griego por la que no cobraba emolumentos adicionales. No debían pensar que el traslado iba a ser provisional porque allí se trasladó toda la familia alojándose en la calle Apóstoles9. Según consta en el censo de 1837, además del padre, que figura como cirujano, y la madre, que aparece como Doña Manuela Exaguirre, se encuentran también Don Waldo (nuestro protagonista), de cinco años, Don Adolfo, de un año, Doña Xaviera Chaler, de 75, viuda y madre de madre de Manuela, Doña Tadea Exaguirre, de 38, su hermana soltera y Josefa Zulaica, de 18, seguramente la sirvienta de la familia, a la que no se ha añadido el don o doña de los anteriores y que seguramente procedería del entorno familiar de la madre. Poco después, en 1841, se trasladaron a la calle del Correo donde en el nuevo censo de 1842 la familia se ha incrementado con dos nuevos hermanos, Don Eduardo de tres años y doña Pastora de uno. La hermana de doña Manuela, doña Tadea, aparece como viuda y la abuela ya no figura en el censo seguramente por fallecimiento. Josefa Zulaica consta ya como “doña” mientras que dos nuevos sirvientes, Ramón Oliver y Josefa Giménez, de 25 y 18 años respectivamente, constan sin ningún título delante. Este aumento del entorno familiar de Echegaray hace suponer que la situación económica había mejorado significativamente. *  *  * Poco dice Echegaray de sus años en Murcia10. En sus “Recuerdos”11, y seguramente por atender al menos inicialmente a los requerimientos del editor que se los estaba publicando, los únicos que menciona son los referentes a las veces que iba al teatro y las obras que le impresionaron. Dado que era el mayor de los hermanos, seguramente sus padres le llevarían con ellos todas aquellas veces que fueran a alguna representación. Alguna de ellas son descritas con bastante detalle y de otras recuerda los versos que le impresionaron y que, seguramente, fueron el modelo para su posterior producción. Así menciona, por ejemplo, que de “El paje” de García Gutiérrez aprendió un gran número de versos quizás en algunos casos más atraído por su irreverencia que por la belleza de los mismos. En 1894 todavía los recordaba, sin que jamás los hubiera vuelto a leer:

Antonio Crespo, “Murcia y Echegaray”. Discurso de ingreso en la Academia Alfonso X el Sabio. 30 de abril, 1991. 10 En cambio menciona a Murcia más adelante en muchos sitios, sin razones de peso para hacerlo. El recuerdo de Murcia no le abandona nunca. 11 “Recuerdos”, “La España Moderna”, 12, 1894. Pág. 103. 9


18  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época En aquel infausto día Yo te vi, yo, ¡desdichada!, De muy rica orfebrería, de mil perlas adornada; y solo a ti, sin cesar, solo a ti mi alma afanosa acertaba a contemplar, porque eras tu más hermosa que la Virgen y el altar Según comenta Echegaray, el último verso fue cambiado a Que la Virgen del altar

Figura 2. Retrato de Echegaray a los 12 años.

para aliviar en algo el sacrilegio que mostraba aunque, como él mismo dice, “cuando las cosas salen sacrílegas desde un principio, no hay manera de enderezarlas hacia la piedad”.


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Por aquellos años acababan de estrenar obras tan significativas para el teatro español como el “Don Álvaro o la Fuerza del Sino”, del Duque de Rivas, “El trovador” de García Gutiérrez, “Los amantes de Teruel” de Hartzenbusch o el “Don Juan Tenorio” de Zorrilla. De ninguna de ellas hace mención Echegaray en sus recuerdos. Quizás no llegasen a Murcia o quizás no le impresionaron tanto como aquellas que menciona: “Don Fernando el Emplazado” o “Carlos II el Hechizado”. Él mismo reconoce que se deleitaba cuando surgían escenas truculentas en las que los suspiros predominasen sobre las risas y el drama sobre la comedia. Y lo mismo le pasaba en la novela, de la que era ferviente lector; fueran buenas o malas, pesadas o ligeras, le daba igual. Lo importante era el argumento y no cómo se escribiesen. Le daba lo mismo el “Persiles y Segismunda” que la “Visiones del Castillo de los Pirineos” de Radcliffe12, el “Don Quijote de la Mancha” que el “Numa Pompilio” de Florián. De hecho esta última era una de las que menciona como su predilecta. Incluso llega a decir que leía todo lo que caía al alcance de su mano, “sin que el buen gusto me hiciera distinguir todavía las novelas desatinadas de las buenas novelas. Y, si he de decir la verdad, algo me aburrían estas y un mucho me entretenían aquellas”. Un aspecto característico que sí refleja su encuentro con la novela, de las que dice llegó a leer más de un millar, es que independientemente de sus características, la interpretación mental que hacía siempre de ellas era la posibilidad de convertirlas en dramas representables y de gran espectáculo. Y en esa línea narra algo lo que debieron ser sus juegos de niño, no muy diferentes a los de los niños de cualquier otra época o lugar. Murcia era, por esas fechas, una región en la que, como en muchas otras, había surgido la fiebre de las minas. En todas las casas se guardaban muestras y ejemplares de la riqueza minera de la zona y su posesión formaba parte de la decoración convencional de cualquier hogar. Las que se encontraban en casa de Echegaray formaban parte de la escenografía con la que adaptaba los argumentos de las novelas recientemente leídas. Y con ellas, como nos dice, convertía el “Numa Pompilio” en “el más interesante drama de cuantos he visto representar después”. La galena representaba a Rómulo, un mineral de cobre a Numa Pompilio; Hersilia estaba representada por un grupo de cristales de roca mientras que Leonte lo estaba por un enorme trozo de cinabrio. En el momento de entablar alguna La influencia de Ann Radcliffe, consciente o inconscientemente, le duró muchos años. En la crítica a una de sus primeras obras, “Como empieza y como acaba”, de 1876, en la crítica que le hacían en “La Ilustración Española y Americana”, el 22 de octubre de 1877, página 9, decían: “…; aquella figura de seductor a lo Ana Radcliffe, vagando como una sombra adusta por las habitaciones de su cómplice; …”. La influencia de Radcliffe debió ser muy fuerte en determinados entornos de España a mediados del siglo xix y sus personajes eran estereotipos de determinados comportamientos. Por ejemplo, en “El aprendiz de conspirador”, de Pio Baroja, de uno de los personajes que aparecen, se dice: “… no encajaba en el marco de los héroes de Arlincourt ni de Ana Radcliff (sic)” (P. Baroja, Obras completas, tomo III, página 36. 1947). 12


20  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época batalla, los ejércitos estaban constituidos por pajaritas de papel y los jefes por grandes trozos de mineral. Los disparos de flechas de caña que lanzaba desde un arco hecho con otra caña y tendido por un bramante, las armas del choque. Los cañaverales que rodeaban las acequias de la huerta suministraban los recursos materiales para el comienzo de la batalla, batalla que se iniciaba con las pajaritas abatidas por las flechas y acababa con el choque, ya manual, entre los pedruscos que representaban los jefes de los ejércitos. Hoy serían figuras de Lego, pero el argumento y la escenografía siguen siendo los mismos. Echegaray no era, de niño, muy diferente a cualquier otro niño. *  *  * Decía Max Aub que cada uno es de donde hace el bachillerato y, con toda seguridad, gran parte de lo que luego fue Echegaray se lo debería a su formación en Murcia. Si el poso teatral recibido se lo debió a las obras románticas que había visto en esos días, su vocación hacia las ciencias matemáticas y físicas también nació en aquella ciudad. Contrariamente a lo que podía haberse previsto por sus lecturas, en el instituto mostró más interés por las materias científicas que por las literarias. Uno de sus profesores, D. Francisco Alix, le infundió un verdadero amor hacia las matemáticas. Amor que llegó al clímax cuando comprendió por vez primera cómo y por qué se daba un común denominador a dos o más quebrados. Entre las explicaciones de su profesor y las aclaraciones de su padre llegó a comprender el mecanismo del proceso y, en un arranque de entusiasmo y ante el horror de su madre, llenó puertas y ventanas con ejemplos pintados con yeso de sumas y restas de quebrados. Las batallas de pajaritas de papel dejaban paso a las pintadas en las paredes. Pero el esquema del proceso era ya el mismo que el que seguiría luego en su obras: planteamiento del problema, elaboración del resultado y desenlace apoteósico final. Pero no solo eran las matemáticas el objeto de su atención. Otro tema que también recuerda de sus años en Murcia eran las clases de Filosofía y Ética y más en concreto las demostraciones de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma, de las que aprendió tres de cada una y gracias a las cuales obtuvo la nota de sobresaliente. Como más adelante decía, era una injusticia el que luego le acusaran de impío habiendo nacido en un Jueves Santo y habiendo recibido una nota de sobresaliente por sus demostraciones de la existencia de Dios y del alma. Seguro que muchos de los que le acusaban no habrían podido mostrar una sola justificación de ambos temas. Acabado el bachillerato se abría la puerta a cómo continuar sus estudios. Dada la facilidad que había mostrado con las matemáticas, y a pesar de sus aficiones a la literatura y a las buenas notas sacadas en filosofía, el objetivo debería ser alguna carrera de ciencias. Pero en aquel momento no existían aún las facultades de ciencias y las asignaturas cientí-


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ficas se daban en facultades de filosofía con las que luego la vida profesional era poco segura. Seguramente estas consideraciones harían que la atención hacia los futuros estudios de Echegaray se dirigiera hacia los de Ingeniería de Caminos, con los que podría conseguirse, nada más finalizados, una posición segura, dependiente del Estado, en la que no existieran los vaivenes típicos de la Administración en esos años. Eran estudios muy difíciles, pero los esfuerzos realizados durante la carrera se verían compensados posteriormente por la seguridad de una vida solo sometida a un escalafón muy predeterminado. Por otra parte, las carreras de ingeniería siempre se habían caracterizado por una formación muy fuerte en Matemáticas que constituía el eje central de los estudios. Todo pareció indicar que Caminos era la elección adecuada. En consecuencia, Echegaray, con catorce años, acompañado de su padre y en una vieja tartana tirada por un único macho, emprendió el viaje a Madrid para continuar allí sus estudios.


1846: VUELTA A MADRID: ESTUDIOS EN CAMINOS

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i el viaje de ida a Murcia, en una galera tirada por varias mulas y en la que se habían depositado los equipajes de toda la familia, había tardado quince días, el de vuelta ya solo tardó ocho. Los recuerdos del viaje le siguieron a lo largo de toda su vida. Iban, apretados en la tartana, las cinco personas que la habían alquilado a escote. Eran éstas la mujer del Ministro de Marina y su hijo, un ebanista muy charlatán y Echegaray con su padre. A mitad de la Mancha, en un día de agosto de 1848, de calor tórrido, la caballería se desplomó muriendo a los pocos momentos. “No hubo más remedio que ir andando hasta el pueblo más cercano, que de cercano tenía poco, sin privilegios de edad, sexo ni clase. La desdicha es niveladora. La imagen del macho, tumbado panza arriba, con una mueca espantosa, quedó en la lejanía mientras se alejaban”. Echegaray fue depositado por su padre en una casa de huéspedes de la calle de la Ballesta y éste volvió a Murcia. Quedaba dueño y señor de sus actos y con libertad absoluta para, además de realizar sus estudios de preparación para el ingreso en la Escuela, poder cumplir con sus aficiones dramáticas y asistir a tantas representaciones teatrales como le permitieran los fondos que le había entregado su padre. Ese primer año en Madrid, según recuerda innumerables veces, fue uno de los más felices de su vida. No tenía apenas amigos, por lo que su vida se reducía a ir a las clases particulares que le daban en la calle de las Urosas13, frente a un teatro que se llamaba del Instituto. El mismo profesor daba luego, por la noche de nueve a diez, clases de geometría descriptiva en una de las aulas del antiguo Ministerio de Fomento, a las que también iba. Tras la cena en su pensión, se llenaba los bolsillos de castañas y se acercaba a Fomento. A la vuelta a casa, devoraba las castañas que había guardado en el bolsillo. En diciembre de ese año ya pudo solicitar su ingreso en la escuela de Caminos para seguir los cursos preparatorios que impartían y que duraban dos años. La entrada en el caserón de la calle del Turco, donde se encontraba, fue como el ingreso en el templo del saber. Preguntó al portero, descubriéndose, dónde podía encontrar al profesor ayudante al que en-

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Situada entre las calles de Atocha y Magdalena. Hoy se llama de Vélez de Guevara.


24  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época tregarle su instancia. El portero le contesta que no se encontraba en la escuela y que en su lugar, se la recogería el número 1 de quinto año, que estaba supliéndole. Echegaray describe la emoción que sintió al tener ante sí a alguien que muy pronto sería ingeniero “envuelto en una capeta, con cara móvil y expresiva, ojos vivos, pelo graciosamente partido en el arranque en dos ondas, de las que la mayor le contorneaba con gallardía, inclinándose un tanto hacia atrás”. Lo recibe y le indica que entregará la solicitud de ingreso. Cuando a los pocos días vuelve a la escuela y pregunta al portero el nombre del que le recibió tan amablemente, éste le responde: Práxedes Mateo Sagasta.

Figura 3. Práxedes Mateo Sagasta, compañero de Echegaray en la Escuela de Caminos y activo político en la etapa ministerial de Echegaray. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).


1846: Vuelta a Madrid: Estudios en caminos 

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Su familia volvió al poco a Madrid, donde el padre había obtenido una plaza en la Escuela de Veterinaria, alojándose ya con toda su familia en la calle del Carbón14 número 7. *  *  * Los estudios en la Escuela de Caminos eran entonces, y lo han seguido siendo durante gran parte de su historia, realmente duros. No era solo la dificultad que pudiera haber en las materias que se impartían, sino también la disciplina, casi militar que se seguía. Se entraba exactamente a las nueve de la mañana y cada minuto de retraso se iba contabilizando hasta que llegasen a quince, en cuyo momento se consideraba falta. Cuando la suma alcanzaba un cierto límite podía ser causa para perder el curso. Las clases se impartían desde el primero de octubre hasta el 31 de agosto, sin que hubiera diferencia entre verano e invierno. El mes de septiembre se destinaba a exámenes. El único reposo eran los últimos ocho días de diciembre, Semana Santa, Carnaval, domingos y fiestas enteras. Las clases de cada día acababan a las cuatro de la tarde con un único descanso de media hora para el almuerzo. El estudio se realizaba en casa con lo que pocas veces serían menos de catorce horas las dedicadas a la preparación de los cursos. Abandonar la escuela sin permiso se consideraba gravísimo delito que se castigaba con trabajos de recargo o con horas de asistencia durante la noche. En un comentario muy del Echegaray de finales del siglo xix, éste añadía cuando describía dicho régimen de estudio: “riome yo de las ocho horas que piden los socialistas”. Esta rigidez y esta disciplina no concordaba mucho con la oratoria de algunos profesores. Si las materias eran impartidas con suma rigurosidad, no lo eran en igual manera las expresiones empleadas ni la construcción de las frases. De uno de ellos comenta que era proverbial su incapacidad para cerrar una sentencia y, caso de hacerlo, llegaba a dislates como en el caso de la reprimenda dada a un alumno por un tema menor, que al intentar disculparse éste, el profesor le reprendió muy airado: “Silencio, no se replica; aquí se manda despóticamente …” y no sabiendo como concluir, lo remató con “Sí, señor; se manda despóticamente y se obedece lo mismo”. Es de suponer que el alumno cumpliera con obediencia despótica. Esta disciplina justifica, por una parte, el espíritu que se infundía en los estudiantes de Caminos de aquellos años y que hacía que el colectivo tuviera un sentido de cuerpo como muy pocas veces han tenido otros colectivos similares. Por otra parte justifica también una de las grandes “aventuras” que Echegaray realizó durante sus años de carrera y que parece siguió dejando huella en él mucho tiempo después. 14

Esta calle que acababa en la de Desengaño, desapareció al construirse la Gran Vía.


26  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Como veremos a lo largo de estas páginas, no parece fuera Echegaray alguien que se lanzase hacia lo desconocido rompiendo con pautas establecidas, ni era el típico espíritu aventurero que se atreviese a quebrar usos y costumbres sin importarle lo que ocurriese. Era relativamente pequeño, de complexión débil y su timidez debía ser bastante fuerte por lo que necesitaba en ocasiones un fuerte respaldo para atreverse con los imprevistos. El mayor atrevimiento al que llegó en sus años de carrera tiene que ver con su afición al teatro. Quiere esto decir que, realmente, su vocación teatral tenía un nivel lo suficientemente fuerte como para exponerse a una reprimenda en su Escuela. Por todos los círculos teatrales de Madrid circuló la noticia de que se había presentado en Madrid un joven extremeño llamado Adelardo López de Ayala, que había entregado en el teatro del Príncipe, hoy Español, un drama en verso titulado “El Hombre de Estado”. Según se aseguraba, era lo mejor que se había escrito en España en los últimos años y que su autor era superior a García Gutiérrez y a Hartzenbusch. Esos comentarios llegaron a Caminos en donde ya se había formado un pequeño grupo de alumnos con aficiones al teatro. En ese grupo se encontraba Brockman, que luego llegó a tener una influencia significativa en la carrera dramática de Echegaray. Todos acordaron que sería una tragedia el no poder asistir al estreno pero el problema que se presentaba era el de conseguir entradas. Se despachaban por la mañana y a esas horas tenían prohibido ausentarse de la Escuela para ir a comprarlas. ¿Quién iba a ir, cómo se burlaba la seguridad de la puerta de entrada y quién cargaba con la responsabilidad de cometer tamaña transgresión y un acto tan reprobable de indisciplina? Parece que todos, por unanimidad estimaron que debía ser Echegaray el que lo hiciera. Era a quien menos vigilaban y del que menos desconfiaban todos los profesores. Nunca se había ausentado y, se daba por descontado, nunca lo llegaría a hacer. Dispuesto a todo, cogió su capa y su sombrero de copa y salió valerosamente a la calle del Turco, donde se encontraba la Escuela de Caminos, para llegar a la del Príncipe. Es preciso añadir aquí que, según nos cuenta, llevó sombrero de copa desde los quince años y nunca dejó de salir a la calle sin dicha prenda. Es de suponer cómo le latiría el corazón al emprender tan arriesgada aventura. Ya en la calle, sentía las miradas de todos los transeúntes reprochándole por su acción y notando en su cara su delito. Esperando en cualquier momento toparse con un profesor y que éste le preguntase con voz tonante “¿A dónde va usted, osado?”, llegó a la taquilla del teatro. Con voz temblorosa pidió todas las entradas que le habían encargado y, ante su sorpresa, se las entregaron sin ninguna pregunta adicional. Había logrado, por primera vez en su vida, desobedecer una orden dada por un superior. Había quebrado el principio de autoridad que siempre había seguido. Las pagó sin mediar una nueva palabra y salió corriendo hacia la calle del Turco, con la sensación de haber conseguido el mayor triunfo de su vida y realizado la hazaña más portentosa. Ya en la Escuela se sentó


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ante su tablero de dibujo y, en voz baja, comunicó a todos que el peligro había pasado, con un sentimiento de orgullo como nunca lo volvió a sentir en su vida. Fue su demostración de que también era capaz de hacer algo no permitido, aunque no lo volviese a repetir.

Figura 4. Adelardo López de Ayala, dramaturgo que fue la causa de que Echegaray rompiera la disciplina de la Escuela de Caminos para ver una obra suya.

Tras una hazaña como la realizada, la obra de López de Ayala parece no cumplió al final con las expectativas puestas en ella15. Los versos según detalla en sus “Recuerdos” eran hermosísimos, pero los actos eran largos, el interés del argumento muy pequeño y los actores poco acertados en sus matices. Para justificar la aventura realizada, el grupo de Caminos la defendió en público, aunque luego en privado reconocieran que no había merecido la expectación puesta en ella. Siguieron con sus tableros de dibujo y con la obediencia “despótica” requerida. *  *  *

Posteriormente coincidirían en uno de los gabinetes de la Regencia del General Serrano, entre el 22 de diciembre de 1870 y el 4 de enero de 1871, con López de Ayala en la cartera de Ultramar y Echegaray en la de Hacienda. 15


28  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Pero los espectáculos teatrales no eran los únicos a los que asistía Echegaray. La política, aunque en un momento de transición, presagiaba próximos movimientos y el Congreso, según se leía, era también otro espectáculo público. El gusanillo de la cosa pública, fomentado a base de la lecturas de los periódicos que se consideraban más opuestos al gobierno de turno, empezaba a hacer mella sobre sus aficiones. En el fondo, el espectáculo que podría ofrecer la cámara de diputados no debía diferenciarse mucho de lo que las representaciones que se hacían en escena sobre hechos históricos mostraban. Y en una de las veces que se atrevió a asistir a una sesión de la Cámara le ocurrió otro hecho que muestra, una vez más, el carácter respetuoso con las instituciones que poseía y al que jamás faltó. Habiéndose sentado en la primera fila de la tribuna, tras una larga carrera por las escaleras de subida, tuvo problemas de dónde depositar el sombrero de copa que había mantenido en su cabeza a lo largo de la lucha por ser el primero en llegar. Comprobó que la copa podía sobresalir entre dos barrotes y que el ala ya no podía pasar entre los mismos. Pero lo que no comprobó, y eso no se lo hubiera perdonado ningún profesor de su escuela de Caminos, era que el ala no era circular sino elíptica y él había comprobado el eje largo pero no el corto. El resultado fue que, muy al poco de ser colocado en el balconcillo, el sombrero giró y, sin que nada se lo impidiera, se fue volando hacia la parte baja. Si el corazón latía con fuerza cuando se escapó de la Escuela para sacar entradas para el teatro, ahora sintió cómo el pecho se le encogía y su imaginación iniciaba el vuelo, como su sombrero, hacía los pensamientos más dispares de cómo se castigaría a quién había osado mancillar el sagrado templo de la política con el vuelo de un sombrero. Miró al suelo en un intento de disimular el sacrilegio que acababa de originar, tratando que nadie se fijara en su presencia, e imaginando cómo negaría haber sido él el causante de todo aquello. Al poco, un ujier se presentó en la tribuna preguntando quién era el dueño de aquel sombrero. La primera sorpresa que se llevó Echegaray fue que no se presentase con ningún representante de la fuerza pública para proceder a su arresto. La segunda, el tono de indiferencia con que lo preguntó. Ante la nula respuesta volvió a preguntar. Uno de los compañeros de fila le señaló diciendo “Creo es de ese joven”. “Pues tome usted”, dijo el ujier alargándole el sombrero. Nunca más volvió a separarse de su sombrero de copa ni a dejarlo en sitios de los que pudiera salir volando. El sombrero de copa fue uno de los signos que lo caracterizarían a lo largo de su vida. *  *  *


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Tras los dos años de la escuela preparatoria, en la que en todas las asignaturas obtiene la calificación de Sobresaliente, salvo en las de dibujo, que obtiene “Bueno”, acaba con el número 1 de su grupo. Pasa así a los tres cursos siguientes, ya de la Escuela de Caminos, en los que vuelve a repetir la tónica de la preparatoria y vuelve a acabar con el número 1 y la calificación de Sobresaliente por unanimidad. Tiene veintiún años y pasa a incorporarse al Cuerpo de Caminos. En sus “Recuerdos” indica muy a menudo el orgullo que sentía de cómo había cursado la carrera, sin faltar jamás un solo día a pesar del régimen absurdo y antihigiénico que se mantenía en el centro y sin experimentar el más ligero padecimiento, ni un solo dolor de cabeza, ni un solo dolor de estómago, ni un solo catarro. Pero esto no parece del todo cierto. “Su aplicación a los estudios parece fue tan grande que su salud en un determinado momento se resintió de tal manera que por espacio de algunos meses hizo temer por su juicio. Toda la enfermedad de que se vio acometido consistía en no querer comer; y si a fuerza de ruegos por parte de su familia consentía en tomar algunos alimentos, había de ser de noche, por lo que sus padres se vieron algunas veces en la precisión de hacerle creer que había anochecido para que se alimentara algo. La enfermedad desapareció por completo cuando menos lo esperaban su familia y los facultativos que le asistían. Un plato de lentejas curó radicalmente la monomanía del enfermo: vio que lo comía uno de los criados de su casa y se le antojó; apresurose entonces su familia a satisfacer gusto tan sencillo y el monomaníaco quedó curado”16.

“José Echegaray Eizaguirre”. Término en el “Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano”. Montaner y Simón Editores. 1890 16


1853: INGENIERO EN ALMERÍA

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erminada la carrera con veintiún años, el 24 de septiembre de 1853 fue nombrado ingeniero segundo, con destino en el distrito de Granada. Aquello suponía el fin de su estancia en la Villa y Corte y, en consecuencia, el fin de su asistencia a teatros y el contacto con la vida madrileña. Durante tres meses intentó cambiar su destino, pero la decisión fue inflexible. Granada debería ser su nueva residencia. Sus ansias de acabar la carrera para ser libre, estar alejado de la férrea disciplina de la Escuela, ser independiente, no tener horas fijadas por el poder absoluto de los profesores y, sobre todo, no tener exámenes, chocó con la realidad que la vida le mostraba. Tras tres días y tres noches, en una destartalada berlina y por caminos llenos de barrizales y baches, sin pegar ojo en todo el tiempo y sin saber qué le esperaría, llegó a Granada. El llevar sobre su cabeza el gorro del uniforme y en los botones de su levita las armas del cuerpo no creía le compensaban por la tristeza de separarse de los suyos y dejar un Madrid en el que había pasado algunos de los mejores años de su vida. Llegar a la vega granadina le pareció alcanzar uno de los círculos del infierno del Dante, en el que el tormento era permanecer despierto hasta la eternidad sin poder reposar la cabeza sobre ningún sitio. El tormento concluyó con la llegada a Granada, aunque nada más llegar le dieron la noticia de que no tenía apenas tiempo de descansar porque el jefe de distrito había determinado que fuera de ingeniero a Almería. Y como a dicha ciudad no había carretera, tuvo que ir a caballo conducido por un peón caminero que iba a pie. Aunque tardó otros tres días en llegar a su destino, esta vez el viaje no fue tan dantesco como el anterior; pudo dormir a cubierto y el espléndido panorama de Sierra Nevada compensó la dificultad del camino. Y comprobó de forma directa lo mucho que necesitaba España en materia de carreteras, que parecía que aun no había superado de manera significativa lo que muchos siglos antes habían hecho los romanos. Cuando a veces se detenía a mitad de camino para contemplar una vista de los picachos con nieve o de los cortes del terreno, su guía le miraba extrañado por su admiración ante un paisaje que él veía todos los días y consideraba algo natural. El mundo artificial de la corte y el real que tenía ante sí, eran dos universos que nada tenían que ver uno con otro.


32  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Almería fue así el inicio de su vida como ingeniero. Allí el trabajo que se encontró fue escasísimo o casi nulo. Sin conocer a nadie y sin apenas actividades de ningún tipo equiparables a las que había frecuentado en Madrid, todo aquello le condujo a una vida triste y aburrida. Además su forma de ser, poco comunicativa, resultado como indica del “encogimiento que daba la vida de la escuela a todos nosotros para tratar gente”, no facilitó el superarlo. Su tarea principal era la conservación de las carreteras de la provincia, pero dado que no había ninguna carretera, su actividad concluía pronto. Había una carretera en proyecto y de la misma estaba encargado otro ingeniero. Solo había, con el nombre de carretera, una legua de camino entre Almería en dirección a Gádor que servía de paseo para la población. Todos los conocimientos que había adquirido en Madrid, todas las matemáticas que había estudiado, todo su conocimiento de las grandes obras de otros países, se debían aplicar a una única función: conservar una legua17 de carretera. Su sueldo era de unos nueve mil reales, no muy alto, pero tampoco lo era el trabajo. Para que todo no se quedase en la carretera, y para justificar el nombre de su profesión, también quedó encargado de las obras del puerto. Pero como no había ningún proyecto aprobado lo único que se hacía era arrojar escollera en una dirección que era en la que se suponía iría luego el proyecto cuando se aprobase. Se arrancaban bloques de escollera de una altura próxima, se llevaban sobre una plataforma y unos peones los aproximaban hasta lanzarlos sobre el espigón. Como comenta, “el método no hubiera avergonzado a los egipcios sino a los hombres prehistóricos”. Con tareas tan excitantes transcurrían los días, todos idénticos, todos rutinarios y todos igual de aburridos. Únicamente hablaba con un capataz al que, todos los días, preguntaba, por preguntar algo, por los nombres de los barcos de una vela, de dos velas o de vela inclinada, que inmediatamente olvidaba y volvía a repetir la pregunta al día siguiente con lo que así mantenía tema de conversación. Por las tardes en el casino, leía las noticias de la guerra de Crimea y alguna crítica teatral que prefería no ver a fondo para no recordar lo que había perdido. Los artículos de política tenían algo más de interés porque se estaba fraguando la sublevación de O’Donnell, que estallaría poco después en el Campo de Guardias, y la gran revolución del año 54. Nada le podía hacer suponer que, años más tarde, él llegaría a ser también protagonista de sucesos similares. Por la noche leía matemáticas, que había traído de Madrid, y

En la Real Orden de Carlos IV, de 26 de enero de 1801, se estableció: “Para que la legua corresponda próximamente a lo que en toda España se ha llamado y llama legua (que es el camino que regularmente se anda en una hora) será dicha legua de veinte mil pies, la que se usará en todos los casos que se trate de ella, sean caminos Reales, en los Tribunales y fuera de ellos”. Esto equivalía a aproximadamente 4,8 km. 17


1853: Ingeniero en Almería 

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novelas de Balzac, que eran las únicas que había encontrado en Almería. Se dormía finalmente con Homero, Dante y Goethe, autores que había llevado consigo para dar un barniz de ilustración a sus aficiones literarias. Ya que todo el mundo hablaba de ellos, algo deberían tener y la monotonía de su vida allí podía ser la única ocasión para enfrentarse a ellos. Según fueron pasando las semanas, su círculo de amistades se fue incrementando, principalmente en el entorno de ingenieros de otros cuerpos allí asentados y, finalmente, se aficionó a echarse al mar tomando el timón en alguna de las lanchas que se alquilaban en el puerto, con tres o cuatro buenos remeros. A pesar de todo ello, de vez en cuando pedía a Dios Todopoderoso que le llevase a Madrid o al cielo. *  *  * Y el remedio a todo aquello vino en la forma de unas fiebres tercianas venidas sin saber de dónde. Había sentido primero un fuerte dolor de cabeza que le intentaron curar con agua sedativa del Dr. Raspail18. Creyendo que habría sido por haber tomado demasiado el sol, otro ingeniero le indicó que el calor le habría congestionado la sangre en el cerebro, la habría espesado y los coágulos formados estaban actuando como tapones y daban lugar al dolor de cabeza. El agua de Raspail penetraría por el cutis, disolvería los tapones y en pocos minutos debería estar perfectamente. El modelo mecánico que le mostraron le convenció por su racionalidad. Apuró una botella y otra sobre su cabeza, pero las horas pasaban y el dolor no cesaba. La idea del tifus empezó a asomar. Al día siguiente había pasado la fiebre y pareció que el agua maravillosa había actuado al fin. Pero a los tres días volvió, con lo que ya no tuvo más remedio que llamar al médico y olvidarse de los consejos de su compañero del Cuerpo. Le aplicaron cantidades ingentes de quinina que, como tampoco surtían efecto, complementaron con purgas, emplastos y hasta unas píldoras hechas con telas de araña. Finalmente su padre, tras casi seis meses de fiebre, le envió una preparación de arsénico que le curó al fin. Y lo que era más importante, consiguió una orden por la que le trasladaban de Almería a Palencia. Ansioso por volver, en lugar de ir por tierra que hubiera sido mucho más largo y penoso, tomó un vapor hacia Cartagena de donde, en pocas horas, llegó a Murcia y, gracias a una diligencia, pudo llegar a Aranjuez en menos de veinticuatro horas. De Aranjuez a François-Vincent Raspail, era un fisiólogo, médico y político francés del xix, fundador de la citoquímica y de un cierto tipo de medicina popular que usaba un “agua sedativa” para curar múltiples enfermedades. 18


34  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Madrid, podría ir después en el ferrocarril que acababa de ser inaugurado, lo cual sería la manera más digna de acabar su destierro. Las fiebres continuaban, pero la esperanza de volver a Madrid con su familia despejaba todos sus males. *  *  * A la salida de Murcia llegaron a los viajeros rumores de que había habido una sublevación o una revolución o algo similar. Poco antes de llegar a Aranjuez les llegaron noticias más concretas de que lo que había ocurrido había sido un movimiento militar que al final se había convertido en revolución. El general Dulce se había sublevado contra el gobierno sacando al Campo de Guardias más de mil caballos, que eran todos los que tenía a su alcance. Enseguida se había unido a él el general O’Donnell, al que reconocieron como jefe supremo del movimiento otros generales y bastantes civiles importantes. El conde de San Luis, más conocido por su apellido Sartorius, que era Presidente del Consejo de Ministros desde el 19 de septiembre de 1853, mandó contra los insurrectos todas las fuerzas de las que disponía en Madrid y el día anterior, el 30 de junio de 1854, había habido un sangriento combate en los campos de Vicálvaro, de resultado incierto y que dio lugar a lo que posteriormente se conoció como la Vicalvarada. Las fuerzas del gobierno se habían replegado hacia la corte y O’Donnell, con 2.000 caballos, ocupaba Aranjuez. Echegaray se encontró así en el centro de un episodio que parecía salido de los libros de aventuras que le gustaba leer. Al llegar a Aranjuez encontraron la ciudad tomada y con una animación que era puramente militar. Grupos de soldados de caballería se encontraban a cada paso. Jefes y ordenanzas pasaban al trote largo. En cambio, muy poco paisanaje se veía por las calles. En el parador le dijeron que el ferrocarril estaba cortado y que ningún carruaje podía salir de Aranjuez sin un salvoconducto de los generales. El viaje parecía se había acabado. El dueño del parador les indicó que disponía de una especie de ómnibus que podía alquilárselo, aunque sin tiros de relevo en el camino, pero que hacía falta el permiso del jefe de las fuerzas militares. Todos los viajeros de la diligencia empezaron a indagar a ver si alguno de los sublevados estaba entre los conocidos a los que pudieran acceder. El único que tenía acceso a uno de los generales era Echegaray. Entre los que se había sumado a O’Donnell estaba el general Ros de Olano, antiguo amigo de su padre y gracias al cual había podido éste dejar su puesto en Murcia y trasladarse a Madrid a la cátedra de Veterinaria. Los hijos de Ros de Olano iban con frecuencia a jugar a su casa entre los años 48 y 53. Echegaray se sintió entonces protagonista de un acto que podía ser trascendental: ir a verlo y pedirle un salvoconducto. Su vanidad subió


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a niveles inabordables. Tan joven y ya amigo de un general que se había sublevado en nombre de la libertad. La entrevista con Ros de Olano fue totalmente cordial, como entre dos amigos que se conocían de mucho tiempo atrás. Le dio el salvoconducto y le animó a sumarse de alguna manera a los sublevados, rogándole fuera donde su familia para darles noticias tranquilizantes tanto de su salud como del éxito de la aventura emprendida. Media hora después, el ómnibus emprendía el camino hacia Madrid, a donde llegaron al amanecer del día siguiente.


1854: YA DEFINITIVAMENTE EN MADRID. PROFESOR EN CAMINOS

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adrid andaba revuelto. O’Donnell se había entrevistado con el general Serrano en Manzanares y de aquella reunión nació el Manifiesto de Manzanares, redactado por un muy joven Cánovas del Castillo, en el que se planteaba la «conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre» y se prometía la rebaja de los impuestos y el restablecimiento de la milicia nacional, dos viejas aspiraciones de progresistas y demócratas. De esta forma se pretendía agrupar a la oposición al Gobierno del conde de San Luis y conseguir más elementos de presión sobre la reina Isabel II. El Manifiesto se hizo público el 7 de julio y en él se prometía la “regeneración liberal” mediante la aprobación de nuevas leyes de imprenta y electoral, la convocatoria de Cortes, la descentralización administrativa y el restablecimiento de la Milicia Nacional, todas ellas propuestas clásicas del Partido Progresista. Poco después la revolución prendió en toda España con jornadas sangrientas y centenares de barricadas por todas las calles de la Villa y Corte. Echegaray seguía teniendo en mente el destino en Palencia pero, antes de ir, empezó a tratar de conseguir una plaza de profesor en la Escuela de Caminos. Las fiebres aún continuaban. Y aunque había cambiado de aires, remedio infalible según los médicos, y había pasado de los aires marítimos de Almería a los serranos del Guadarrama, e incluso había probado los aires liberales de Aranjuez, la enfermedad seguía su camino con las intermitencias propias de la misma. Sin otra cosa que hacer que readaptarse a los nuevos momentos que estaba viviendo, empezó a asistir a las sesiones públicas de algunos de los clubs revolucionarios que por aquel entonces se multiplicaban por Madrid. Y en uno de ellos, en el teatro del Instituto, próximo a la calle de las Urosas donde había tomado las clases de preparación para Caminos, oyó hablar por vez primera a un orador que más adelante marcaría parte de su carrera política: Cristino Martos. Mientras tanto, los movimientos que tanto él como su familia habían hecho para que se quedase en Madrid, dieron resultado. Muy pronto le ofrecieron una plaza en la Escuela de Caminos, a la que se incorporó en 1854. *  *  *


38  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Y se encontró en la Escuela de Caminos haciendo una vida muy similar a la que hacía cuando era estudiante. Allí estuvo entre el 54 y el 59, con nombramientos de profesor, Secretario y Ayudante. Si cuando estudiante tenía que llegar antes de las 9 para que no le pusieran falta, ahora tenía que llegar a la misma hora para poner las posibles faltas a los alumnos. Si no podía salir antes de las 4 como alumno, tampoco podía hacerlo como profesor. Pero si a las 12 comía con sus compañeros de clase el clásico panecillo con una tortilla de patatas sacada de una fiambrera, ahora seguía comiendo lo mismo pero solo y sin las risas y las bromas de sus amigos. Si antes tenía que estudiar las tres lecciones que le acababan de impartir, ahora tenía que estudiar las tres lecciones que tenía que impartir. De una forma u otra, llegó a dar clase de la mayoría de las materias que se enseñaban en la Escuela. Así impartió: “Geometría descriptiva”, “Aplicaciones de la Geometría descriptiva a las sombras y a la perspectiva”, “Estereotomía” que no era sino Corte de piedras, de maderas y de metales, “Calculo diferencial e integral”, “Mecánica racional”, “Mecánica aplicada a las construcciones”, “Hidráulica”, “Distribución de aguas” y “Construcción”. Y todo ello por nueve mil reales, como ingeniero segundo, tres mil reales como gratificación de la primera clase y, a veces, otros tres mil reales por la segunda. Una vez acabada la jornada en la Escuela, y dada su aversión inquebrantable a pasear, volvía a su casa por el camino más corto y leía hasta la hora de cenar. A veces iba después al teatro y las más de las veces se acercaba a un círculo que tenían los ingenieros en la redacción de “La Revista de Obras Públicas” y en la que, posteriormente, publicaría gran parte de sus obras. Allí conoció personalmente a Práxedes Mateo Sagasta, el alumno que le había recibido en la Escuela años atrás y que más adelante sería su correligionario en política, a Elduayen Gorriti y a otros ingenieros que empezaban a interesarse por los estudios económicos. De allí salió gran parte de la escuela economista que, capitaneada en su sector joven por Gabriel Rodríguez, había de reñir durante muchos años encarnizadas batallas en pro del libre cambio. Pero la mayor diferencia que encontró entre su vida de estudiante y la de profesor fue la de desde dónde podía ver el escenario cuando iba al teatro. Seguía con idénticas costumbres, y entre ellas estaba la de seguir viviendo en casa de sus padres. Pero sus ingresos ya no eran los mismos. Ahora ya podía dejar de asistir a los espectáculos desde las mayores alturas del paraíso y bajar a butaca, butaca cuyo abono en el Real le costaba unos dos mil reales por toda la temporada. Podía ser un capricho, pero que no desequilibraba en demasía su presupuesto. Era Director de la Escuela en ese momento D. Juan Subercase, la figura por entonces más respetable y más importante del Cuerpo de Caminos. Subercase había sido Director General de Obras Públicas y el responsable, conjuntamente con su hijo José y con Calixto


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Santacruz, del denominado “Informe Subercase”19 por el que en 1844 una comisión de ingenieros de Caminos de la Dirección General del ramo, había propuesto a la aprobación del Gobierno las condiciones generales bajo las cuales se habían de dar autorizaciones a las empresas de los ferrocarriles. Este hecho constituyó el inicio de la historia ferroviaria de España y el momento en el que se determinó el ancho de vía ibérico que se mantendría a lo largo del tiempo. En 1855 fue nombrado de nuevo Director de la Escuela de Caminos (ya lo había sido antes en 1837), con la idea de reforzar la disciplina, modificar el reglamento y renovar el profesorado. Era ya bastante mayor, pues tenía más de setenta y cinco años, pero su entusiasmo por la Escuela era el mismo que muchos años atrás. Él había sido el responsable de aquella disciplina casi militar que Echegaray había sentido en sus años de estudiante y que ahora debía mantener. Subercase asistía regularmente a las clases dadas por los distintos profesores y su programa era muy sencillo: “mucha ciencia, mucha disciplina y mucho entusiasmo por la Escuela”. Su gobierno, como lo describe Echegaray, era de un absolutismo paternal y más que Director de la Escuela, su comportamiento era a veces, también según Echegaray, de “amo y señor”. A pesar de ello, era profundamente respetado y apreciado por todos.

Figura 5. D. Juan Subercase, Director de la Escuela de Caminos en 1855. Encomendó a Echegaray la contratación de nuevos profesores para revitalizar la Escuela.

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http://www.grijalvo.com/Subercase/Informe_Subercase_modernizado.htm


40  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Como Subercase había pasado un tiempo fuera de la Escuela, no conocía a muchos de los ingenieros que se habían formado en los últimos años. Echegaray llevaba solo como profesor desde 1854 pero no había dejado de tener contacto con la Escuela desde sus tiempos de estudiante. Un día le llamó Subercase a su despacho y le comentó la renovación de personal que quería hacer; quería buscar los mejores ingenieros, los de más talento y los más pundonorosos. Él no los conocía por los años que había permanecido alejado, así es que le dijo que se sintiera director de la Escuela durante un día y escogiera los tres que creyese más idóneos para impartir las clases. Echegaray le dio tres nombres de sus compañeros de carrera, aconsejándole que se informase de los mismos. Subercase le dijo que no, porque él le había dado atribuciones como director de la Escuela por un día, como tal los había elegido y la decisión de un director, aunque fuera de un día, jamás se discute. Entre los nombres que Echegaray le había dado se encontraba Leopoldo Brockmann, su eterno compañero de veladas teatrales y gran aficionado como él a los dramas, a la novela y a la poesía. Echegaray comentó a Subercase que no sabía si querrían incorporarse a la Escuela. Éste, muy en su estilo le replicó: “¿Si no les conviene?¿Y qué importa que no les convenga? El interés de la Escuela está antes que el interés de estos jóvenes. Se les manda venir y vendrán. ¡Pues no faltaba más!”. Y vinieron. Este hecho tuvo unas consecuencias directas sobre la futura carrera literaria de Echegaray y parece que también sobre su boda y sobre sus trabajos como ingeniero. *  *  * La llegada de sus tres amigos cambió profundamente su situación en la Escuela. Ya no tenía que comer solo como hasta entonces y podía hablar de sus aficiones predilectas con ellos. Era como volver a sus tiempos de estudiante. Con Brockmann, que tenía unas aptitudes extraordinarias para casi cualquier actividad artística, iba casi todas las noches al teatro no perdiéndose ni un solo estreno. Brockmann versificaba con gran facilidad, infundiéndole a Echegaray unas incipientes aficiones hacia la composición literaria. Un día le dijo: “Oye, Pepe, ¿y si escribiésemos un drama entre los dos?”. Echegaray lo tomó a risa. Nunca había escrito un verso y creía era imposible que llegara a escribir ni siquiera una redondilla. Tenía la idea de que los dramas debían escribirse en verso y que lo que no se escribía en verso no era un drama. Todos los clásicos veía que así lo habían hecho y él, como respetuoso con las normas y lo establecido, era incapaz de pensar nada en contra. No sabiendo escribir en verso, no se podía escribir un drama. Brockmann no se arredró por la negativa de Echegaray y volvió a la carga: “Pues ya que no escribimos un drama, escribamos dos. Tu uno en prosa y yo otro en verso”. Y para contrarrestar las ideas que inundaban la mente de Echegaray le recordó que Hartzenbusch,


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Moratín y Shakespeare habían escrito dramas en prosa. Y que “La Celestina” estaba en prosa. Y dramas en prosa habían escrito Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Echegaray no había oído jamás un razonamiento similar y, abrumado, cedió a las palabras de su amigo. Y así acordaron: Brockmann escribiría un drama en verso, de argumento poético, y él otro en prosa, de argumento realista. Tenía veintitrés años y fue su primera incursión en el teatro. Para la segunda necesitaría que pasasen casi catorce años y en el intervalo jamás se le volvió a ocurrir volver a repetir la aventura. En un mes y medio concluyeron la redacción de ambas obras. Ya solo quedaba la lectura ante un público escogido. Un compañero de piso de Brockmann y un empleado de Telégrafos fueron los dos únicos que se ofrecieron voluntarios para la misma. Tras el almuerzo empezó la lectura y acabó a la hora de la cena. Todos los asistentes aplaudieron enfervorizados al acabar, estando de acuerdo en que el drama en verso era digno de Calderón y el en prosa, de Dumas. De hecho este último, el de Echegaray, se titulaba “La Cortesana” y era fiel reflejo de la línea iniciada por éste de redención de las cortesanas del Segundo Imperio. Faltaba ahora llevarla de verdad a escena. Pero ninguno de los autores conocía a nadie con amistades en el teatro. Trataron de encontrar amigos que conociesen, aunque solo por mínimos contactos, a alguno de los actores que en aquel momento triunfaban en Madrid y solo dieron con uno que tenía algún contacto esporádico con Joaquín Arjona, actor que había formado empresa con Julián Romea. Se ofreció a entregarle los originales y que diera su opinión. Como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, la obra de un autor novel siempre recibe el mismo trato. Se recibe, se dice que se leerá con sumo gusto, se deja pasar un tiempo suficientemente largo como para probar la tenacidad del autor, cuando ha insistido lo suficiente se le comenta que le ha parecido una espléndida obra pero en la que se notan algunos graves defectos de principiante. El autor presuroso indica que los corregirá con sumo gusto y al poco le vuelve a entregar la nueva obra con los retoques indicados. Vuelve a pasar un tiempo esperando la nueva respuesta y ésta llega en la forma de una nueva dilación en el tiempo, por haber ya contraído compromisos con otras obras recibidas anteriormente. Ahora ya no hay fecha marcada para esta segunda etapa. Brockmann deseaba que aquello continuase hasta un final feliz, pero Echegaray tomó su manuscrito y, al llegar a casa, lo rompió en mil pedazos acabando así su primera incursión dramática. Se declaró definitivamente fracasado y muerto como autor. *  *  * Habiendo llegado a la conclusión de que lo suyo no era la literatura dramática, retomó con más fuerza sus clases en la Escuela de Caminos y decidió dedicarse con más intensidad que antes al estudio de las Matemáticas que éstas, estaba seguro, nunca le darían la espalda.


42  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época A partir de ese momento inició la tarea de publicar libros de texto de carácter didáctico, en materias en las que no había ninguna obra de referencia en España. Todos ellos se basaban en sus clases para las que, a su vez, tomaba como referencia obras publicadas en Francia poco tiempo antes. Su primera publicación en 1858 fue “Cálculo de variaciones”, que aunque ya había sido introducido en España años antes, su trabajo tenía la virtud de ser muy didáctico y fácil de seguir. La publicación de obras científicas que pudiera vender a sus alumnos era una posible nueva vía de financiación, dado que sus gastos se habían incrementado. La razón de lo anterior es que un año antes se había casado, el 16 de noviembre de 1857, con la asturiana Ana Perfecta Estrada, señorita de una gran belleza al decir de muchos cronistas20, y que seguramente sería hija de alguna familia amiga. Los nuevos gastos que le imponía su nueva vida, fuera de la casa de sus padres, le obligaban a tratar de buscar nuevos ingresos y la publicación de textos con la materia de sus clases podía ser una nueva fuente. Su sueldo anual, como ya hemos visto, era de nueve mil reales como ingeniero segundo y seis mil como gratificación por impartir dos clases en Caminos. Esos quince mil reales, como dice y repite mil veces, que para un obrero es un sueldo con el que puede considerarse casi rico, para una familia de clase media son solo lo indispensable para los gastos más elementales; las exigencias sociales piden una serie de condicionantes que esos quince mil reales no pueden dar. Además, y como ejemplo, el conserje de su escuela, que podía complementar su sueldo con la reparación de instrumentos de topografía, alcanzaba un nivel de ingresos superior al suyo. Las soluciones que trató de implementar fueron varias y, como se verá, en ninguna de todas ellas logró el éxito que esperaba. *  *  * Tras la desilusión que había sufrido en su primer intento teatral, un nuevo hecho alteró también los hábitos que había mantenido hasta entonces. Su íntimo amigo Brockmann había sido nombrado director del Canal de Castilla, por lo que abandonó la Escuela. Un compañero de sus aficiones más personales se le había ido con lo que no tuvo más remedio que encerrarse más tiempo en la biblioteca y seguir leyendo novelas francesas. Y de hecho debía serlo, porque siempre, en todas la crónicas, se destacaba su belleza y no, como en las esposas de otros personajes del momento, su distinción o su elegancia. Como ejemplo puede citarse la crónica que, en 1870, se hacía a uno de sus discursos en el Congreso: “¿Oyeron Vds. el discurso del Sr. Echegaray el lunes? La primera parte fue de lo más infantil que se puede encontrar en un ministro que se propina una mujer tan hermosa como la del Sr. Echegaray.” Gil Blas. 27 de enero, 1870. Pág. 4. Esta misma opinión parece tenía también el rey Amadeo I de Saboya que afirmaba que “the surpassing beauties of Spain were the Cathedral of Burgos and the wife of Jose Echegaray”. Judy B. McInnis, “Nobel Prize Laureates in Literature, Part 1”. The Gale Group, Inc. 2007. 20


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Pero las nuevas horas que dedicó a la biblioteca tuvieron la compensación de trabar una mayor amistad con Gabriel Rodríguez, antiguo compañero de carrera, luego profesor suyo de Derecho Administrativo y finalmente compañero de nuevo en el profesorado de la Escuela. Gabriel Rodríguez comenzó a hablar a Echegaray del librecambio, de la Liga de Manchester y de la Economía Política. Eran temas a los que nunca había prestado atención y que le parecían tan aburridos como el Derecho Administrativo, materia a la que nunca profesó particular simpatía. Para complacer a su nuevo amigo, accedió a leer “Armonías económicas”, obra de Frédéric Bastiat que tenía en aquel momento un gran éxito. Esta obra le abrió nuevos horizontes y Rodríguez no tuvo que seguir hablándole de sus teoría económicas. Muy en su forma de trabajar, bebió en todas las fuentes inglesas y francesas que tuvo al alcance de su mano, llegando incluso a estudiar, siguiendo a Proudhon, las nuevas teorías socialistas y comunistas que estaban en ese momento en boga. Estas tareas se completaron con la fundación, entre ambos, de un nuevo periódico, “El Economista”, en el que Echegaray escribió muchos artículos comenzando así una nueva actividad periodística. Poco después, en unión de Moret y otros, fundaron una sociedad para la reforma de los aranceles de Aduanas que le sirvió para realizar sus primeros ensayos como orador en los mítines que se daban en la Bolsa sobre este tema. Echegaray tomó la bandera del librecambio y se convirtió en un ardiente propagandista de estas ideas. Con lo anterior, una nueva vida se abrió ante los ojos de Echegaray. Empezó a frecuentar círculos, ateneos y academias. Toda la actividad se centraba en torno al principal partido que existía en esos días que era el de la Unión Liberal, representada por O’Donnell. Era un partido intermedio entre el moderantismo histórico y los partidos avanzados y, durante cinco años, había gobernado con paz e intentado impulsar el desarrollo del país. Echegaray nunca perteneció a él sino que, por el contrario, lo había combatido con todo su grupo económico, aunque reconocía la obra que había realizado por España. El viejo Ateneo y, como se ha dicho antes, la Bolsa, eran las principales instituciones en las que tenía lugar la mayor parte de la vida política y social del país. En ambos entornos, viejos y jóvenes se enfrascaban en interminables discusiones sobre las nuevas ideas y las nuevas formas de hacer política. También, cualquier tema por dispar que fuera encontraba allí su auditorio. Al principio, como un mero espectador, contemplaba los debates con el mismo interés que asistía a los estrenos teatrales; comparaba las pasiones que veía despertarse en unos y otros alrededor de temas políticos, con las escritas por los dramaturgos y representadas en escena. Eran intervenciones apasionadas y vibrantes, llenas de la emoción del que cree está aportando algo nuevo y radical. De todos ellas la cumbre la representaban las intervenciones de Emilio Castelar y más en concreto sus lecciones sobre los cinco primeros siglos del Cristianismo. Echegaray comenta que, aunque queda su recuerdo escrito, jamás podrían compararse con las impartidas de pa-


44  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época labra. Su voz de tenor, de infinitas modulaciones, penetraba en todos; años después parece que su voz se tornó áspera y a veces gritona, pero en aquellos momentos se encontraba en la plenitud de su gloria. Todos le proclamaban el primer orador del mundo, por encima de los grandes oradores del parlamento inglés o los de la revolución francesa, por encima de Argüelles, Olózaga o Joaquín María López. Lo admirable del Ateneo era la admiración que se tenía por los grandes oradores, independientemente de sus ideas. Así Alcalá Galiano recibía incluso los aplausos de los más demócratas y Castelar los de los más reaccionarios. El talento y la oratoria imponían una especie de suspensión de hostilidades. Su nuevo amigo, Gabriel Rodríguez era el jefe del grupo librecambista; no era orador florido, no era un retórico colorista ni abusaba de las imágenes, pero era un polemista de primer orden, de palabra severa, vibrante y siempre correcta. Francisco Canalejas era el líder de los krausistas y uno de los discípulos predilectos de Sanz del Río. Ambos formaban parte del entorno en el que se introdujo Echegaray. Tras un periodo de simple observador, pronto se decidió a tomar la palabra en el Ateneo. En su primera conferencia optó por un tema técnico y eligió Astronomía. Disertó durante una hora y al final oyó algunos aplausos de cortesía. Llevaba ya varios años dando clase, pero enfrentarse al público del Ateneo era una cosa muy diferente. Por primera vez en su vida sintió miedo. Los amigos pensaron que su tono era derivado de alguna preocupación ajena a la conferencia. Pero no, era simplemente miedo escénico. Con el tiempo lo fue superando y desde entonces y ya durante casi toda su vida, el Ateneo fue el centro en el que pudo desarrollar su oratoria más variada, con una libertad en los temas que no tendría luego en el Congreso. *  *  * Pero el aspecto económico de su subsistencia seguía preocupándole. Y la solución que imaginó para resolverlo fue la de dedicarse a la enseñanza particular de Matemáticas para la preparación de los jóvenes que fueran a dedicarse a la carrera de ingeniería tanto militar como civil, que por aquel entonces eran centenares. Era lo mismo que hacían muchos otros profesores. No era dar clase a los alumnos de la Escuela, que eran los que él tenía que calificar, sino a los que fueran a prepararse para entrar en ella. Había adquirido ya por entonces la fama de ser un profesor muy didáctico, que impartía clases con una gran calidad y que podían ser seguidas por todos los que pusieran un poco de interés en ellas. Y con esa idea fundó una escuela en la que en el primer mes logró reunir a cerca de sesenta alumnos21. Según las cuentas que hacía, si llegaba a ciento cincuenta alumnos poSegún una información privada (FFL), las clases parece se impartían en el número 12 de la actual Plaza del Ángel. 21


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día suponerle una renta anual de veinte mil duros que con diez o quince años de trabajo, y con los intereses acumulados que iría obteniendo, podía llegar a un capital de ocho o diez millones de reales. Las cuentas, como vio enseguida, eran “las cuentas de la lechera”. No contaba con “la tiranía del Estado”. Siempre había existido una fuerte controversia sobre la compatibilidad de la enseñanza pública y privada. Los directores de las Escuelas especiales, los directores generales del ramo y los ministros eran hostiles a ese dualismo. Un profesor de una Escuela que se dedicase a las dos enseñanzas estaba mal mirado. Periódicamente aparecían órdenes que prohibían a rajatabla la posible enseñanza dual, pero la resistencia de muchos grupos las hacía imposible de cumplir a las pocas semanas. Echegaray siempre había sido, como lo fue siempre, muy respetuoso con las normas y con la disciplina social y administrativa. Incapaz de seguir manteniendo una opinión con la que se enfrentaba a gran parte de sus compañeros, decidió dejar el Cuerpo. Y para ello confiaba en la amistad que su padre mantenía con el Ministro de Fomento, el marqués de Corvera. Indicó que abandonaría toda posición oficial, dejaría de cobrar su sueldo de ingeniero segundo, dejaría que corrieran las escalas y, en resumen, saldría temporalmente del Cuerpo. Pero los deseos de Echegaray se enfrentaron con la realidad, personificada en el nuevo Director de la Escuela de Caminos, Calixto Santa Cruz y en el Director de Obras Públicas, Sr. Uría. Al entregar en mano la petición al Director de Caminos, éste, imperturbable, le indicó que estaba resuelto a informar en sentido desfavorable la misma y a impedir por todos sus medios que saliera de la Escuela; que era irremplazable en las dos cátedras que entonces desempeñaba, Cálculo y Mecánica. Le señaló que el interés de la Escuela de Caminos era superior a su interés particular. Yendo, a continuación, al Director de Obras Públicas, éste le indicó cortésmente que estaba de acuerdo con la opinión del Director del Centro, recalcándole de nuevo que era irremplazable y que sus características de buen profesor hacían imposible su sustitución. Su porvenir quedaba fijado por ser un buen profesor; si hubiera sido un profesor detestable, hubieran tendido un puente de plata para su abandono e incluso lo hubieran ayudado en su salida. En un último esfuerzo, su padre fue a hablar con su antiguo amigo el marqués de Corvera, pero el resultado fue el mismo. Como dice en sus “Recuerdos”: “Quedaba condenado a Escuela perpetua”. Podía haber renunciado a todo, incluyendo su posible vuelta al Cuerpo y la renuncia a los derechos pasivos, pero no tuvo la energía suficiente y siguió explicando “Cálculo diferencial e integral” y “Mecánica” hasta que, años después, la “otra” política le indultó de aquellos trabajos forzados. Reunió a sus alumnos de la enseñanza particular, les informó de lo ocurrido y les dijo adiós.


46  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Y quedó con su sueldo de doce mil reales al año, porque había ascendido en el escalafón, y otros seis mil reales por las clases. Algunas veces llegaba a dar alguna clase a algún alumno que no iba a ir a la Escuela de Caminos, pero de una forma muy ocasional. Las penurias no habían concluido. Solo hizo un pequeño intento hacia el año 60 para volver a salir de los cauces de la Escuela. Don José de Salamanca estaba construyendo una gran parte de los ferrocarriles italianos y había contratado a varios ingenieros españoles entre los que se encontraba su buen amigo Brockmann. Éste habló a Salamanca de él y un día se presentó el marqués de Salamanca en su despacho y le preguntó si quería ir a Italia. Aceptó sin pensarlo dos veces. Pero su capacidad de diálogo con sus superiores para conseguir que le dieran la oportuna licencia fue tan nula como la vez anterior. Le volvieron a repetir la necesidad de sus enseñanzas en la Escuela y le volvieron a denegar el permiso. Los doce mil duros que ofrecían a los ingenieros que iban a Italia quedaron de nuevo en un sueño. Su vida debería ceñirse a sus clases en Caminos, a su asistencia esporádica a los estrenos teatrales y a las discusiones en la Bolsa y en el Ateneo.


1860: PRIMER VIAJE AL EXTRANJERO, FRANCIA, INGLATERRA E ITALIA

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uizás por las negativas que le habían dado, el director de la Escuela decidió que había que compensarle de alguna manera. La compensación se concretó en un viaje al Desierto de las Palmas, cerca de Castellón, para contemplar un eclipse de Sol22 y, a continuación, un viaje a Italia para estudiar la perforación del túnel a través de los Alpes que se estaba llevando a cabo y, sobre todo, las máquinas perforadoras que se empleaban. Eran una novedad y se mantenían en el más absoluto secreto. Iría con algunos alumnos de la Escuela y él podría llevarse consigo a su mujer, con la que acaba de contraer matrimonio. Era una compensación científica y artística, pero no económica, que era la que le habría gustado. El viaje, de hecho, le costó una parte de sus ahorros. La descripción que hace en sus “Recuerdos” del eclipse es puramente la descripción que puede hacer alguien que está más interesado en la belleza del fenómeno que en sus características físicas. Inicia comentando la indiferencia que podían sentir el Sol, situado fuera de nuestro alcance, ante un fenómeno que es una pura anécdota en la evolución de los astros, y la Luna, que simplemente sigue su camino sin preocuparse de la sombra que va a causar sobre la superficie de la Tierra. En un momento, de pronto se detiene en su razonamiento sobre la intrascendencia del hecho y recuerda que es científico. Y divaga brevemente sobre cómo las vibraciones derivadas de las diferentes ideas y sentimientos que pueden tener los que contemplan el fenómeno puede repercutir, desde un punto de vista material y mecánico, sobre el sistema solar23. Un poco después, le sobreviene el afán de tragedia que luego llevaría a sus obras y se imagina lo que podría pasar

La noticia de este eclipse llenó muchas páginas de los periódicos durante varios días y fue la noticia que, a su vez, eclipsó otras que ocurrían en el exterior. La mayor parte de las crónicas adoptaron un aire científico, con decenas de datos sobre medidas atmosféricas y alabando, al final, la exactitud con la que se había producido el fenómeno (véase, por ejemplo: “El pensamiento español”, “La España”, “La Iberia” y “El mundo pintoresco” de los días 20, 21 y 22 de julio de 1860). Otras, más en un nivel de crónica mundana, describían las comidas que tomaban las distintas delegaciones de los diferentes países que habían venido a contemplar el fenómeno. 23 Es casi una especie de avance de lo que más de un siglo después se reflejaría en la paradoja del efecto mariposa de la teoría del caos. 22


48  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época si entre los dos cuerpos que se van a alinear estallara un explosivo que los separara e hiciera, aunque su centro de gravedad no se inmutara, que cada uno de ellos cambiase su trayectoria y chocasen con otro cuerpo que se estaba moviendo ajeno a lo que allí había ocurrido. Remata su razonamiento diciendo que quizás el lector no entienda lo que acababa de decir pero que si tratara de explicarle lo que estaba escribiendo dejaría de ser un artículo y se convertiría en otra cosa. De hecho esas tragedias y esas catástrofes que se imagina son el reflejo de sus pensamientos sobre su mujer y el inicio de la epidemia de cólera que había empezado en Valencia y que temía les pudiera afectar. Y vuelve en sus líneas al Desierto de las Palmas. Allí se encontraban multitud de astrónomos preparando sus instrumentos con los que apenas intercambió palabra. Cuando el eclipse empezaba a formarse llegó de pronto a caballo un señor alto, corpulento, de aspecto aristocrático y con unos enormes gemelos sobre su pecho. Los acordes de la Marcha Real, resonando por los montes, habían anunciado momentos antes la llegada del personaje24. Le indicaron que era el Duque de Montpensier. Echegaray, muy en su línea, recuerda que éste poco antes habría observado también otro eclipse en París, el de la Monarquía, con el destronamiento de su padre Luis Felipe, rey de los franceses. Saludó a todos desde la altura de su caballo y se fue con los astrónomos.

Figura 6. Duque de Montpensier. Coincidió con Echegaray en la observación del eclipse de 1860 en el Desierto de las Palmas (Castellón). 24

“El Pensamiento español”. 21 de julio, 1860. Pág. 4.


1860: Primer viaje al extranjero, Francia, Inglaterra e Italia 

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Este mínimo contacto con Montpensier fue aprovechado bastantes años después, cuando España buscaba un rey para su trono. Tras lo anterior, vuelve al objeto de su viaje, al eclipse de Sol. Continúa con la mínima importancia de lo que iba a ocurrir con respecto a la Naturaleza. Ningún astro se iba a asombrar por lo que iba a pasar. Solo repercutiría en las aves, que se iban a encontrar en la oscuridad de pronto, fuera de sus nidos; la naturaleza adoptaba apariencias de solemnidad pero era solo ficción. Ningún astro se asombraría por el eclipse y ninguno de los millones y millones de partículas de nuestro planeta iban a cambiar su leyes de movimiento. Pero de pronto, al producirse, nota que todo cambia y le vuelven sus aficiones dramáticas. El disco del Sol se ha hecho negro y alrededor tiene una aureola inmensa de rayos de luz, como las aureolas de los santos en los altares. Todo queda en silencio. Nadie se atreve a musitar ni una palabra. Todo se había convertido en piedra, inmóvil, sin vida. Era como un drama en el que de pronto la vida se escapa. Al final vuelve la luz y el interés desaparece. Si aquello hubiera sido una obra de teatro, los espectadores hubieran silbado porque el desenlace no estaba a la altura del desarrollo. La intensidad en el teatro hay que llevarla hasta el último segundo. Dejarla apagar lentamente es tener la seguridad del fracaso en los espectadores y en la crítica. Pero la naturaleza tiene sus leyes y no las altera por lo que diga la crítica. El espectáculo había terminado y había que volver. Sin despedirse de los astrónomos, sin que la curiosidad le hiciese mirar a donde estaba el duque de Montpensier, inició la vuelta. Años después, también sin de nuevo cruzar palabra, a través de terceras personas, contactaron ambos para temas políticos de carácter transcendental para él y para España. Pero nunca llegaron a conocerse. Poco después, su mujer y él tomaron la diligencia con destino a Valencia donde se reunieron con los tres alumnos de Caminos y unas pocas horas después tomaron el vapor de las “Mensajerías Imperiales”25. Italia les esperaba. *  *  * El primer viaje fuera del país de origen siempre constituye un hito que nunca se olvida. Éste lo recordó Echegaray a lo largo de su vida porque no era solo a Italia a donde La compañía “Olano, Larrinaga y Cía”, de propietarios vascos establecidos en Liverpool, al abrirse el canal de Suez en 1869, decidió fletar barcos de vapor que hiciesen el recorrido hasta los puertos del Extremo Oriente, y ya a partir de 1873 llevaban y traían el correo, además de carga y pasaje. Realizaban el recorrido desde Liverpool haciendo escala en varios puertos: Cádiz, Barcelona, Marsella, etc. y después de atravesar Suez, en otros puertos hasta el de Manila. Entonces llevaban el nombre de “Mensajerías Imperiales”. 25


50  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época se dirigían. También tenía la intención de llegar a París y a Londres y conocer los países donde se generaba la ciencia que intentaba enseñar en España. Su crónica del viaje muestra su estado anímico. Según se iban alejando de la costa, los mareos empezaban a multiplicarse entre el pasaje. Él se paseaba impávido por la cubierta como diciéndoles: “Ustedes se marean, es natural; ustedes son seres vulgares; yo soy profesor de la Escuela, el ser superior”. No se mareaba y tenía la seguridad de no hacerlo a lo largo de toda la travesía. Pasó la primera noche y al día siguiente comprobó que casi todos sus alumnos se habían mareado y se encontraban en un estado lamentable. Él se seguía sintiendo superior. Era lo natural: por algo existen las clases y las categorías. Natural es que un alumno se maree, y que no se maree el profesor. Lo contrario sería alterar todas las reglas de la sociedad. Así pensaba y así siguió pensando a lo largo de toda la mañana. Pero todas las torres caen y el golfo de Lyon castiga a los orgullosos. Al día siguiente, al levantarse o “al cambiar la línea horizontal por la vertical, lo cual significa girar noventa grados”, como dice para no cometer la imprecisión de decir “levantarse de la cama y pisar el suelo” ya que había dormido en una litera y no era suelo sino piso flotante, se sintió otro, otro que había empeorado considerablemente, otro que había girado no noventa grados sino ciento ochenta y tenía la cabeza por los suelos. En lugar de deleitarse con la travesía, dejó de pertenecer al mundo de los seres conscientes. Su orgullo de profesor de la Escuela de Caminos, caía por los suelos. Intentó disimular, decir que no estaba mareado, pero el estómago y lo que generaba impedían que nadie lo creyera. Y lo que más le pesaba era que “el mareo no tiene la seriedad del peligro, ni la grandeza de la muerte; es una enfermedad humillante y que demuestra la pequeñez y ruindad del género humano”. Todas las matemáticas que sabía no valían de nada. El resto de la travesía fue una sombra del infierno dantesco, peregrinando como un sonámbulo sin poder recordar, para el futuro, ni siquiera cómo era el vapor. Solo podía recordar su yo perdido. Y trata de describirlo con la imagen de cada órgano del cuerpo intentando constituirse en estado federal. Al llegar a tierra, todo cambió. Y determina que el placer se mide por una derivada analítica, esto es el límite de la diferencia entre dos sensaciones dividida por la diferencial del tiempo. Dicho de otra manera: el placer depende del contraste. Y al cesar el mareo en un par de minutos, se descubre que la felicidad existe y es estar en tierra. Todo era agradable a partir de ese momento. Echegaray y su mujer habían desembarcado en Marsella. De sus alumnos, uno mantuvo el mareo durante un par de días y otro, ante la humillación de su profesor, no había llegado apenas a marearse. *  *  *


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Al cabo de los años solo dos cosas recuerda de Marsella: la Cannevière26 y la estatua de Napoleón III. Y aprovecha ésta para mostrar su opinión sobre las estatuas de grandes hombres, cuyo destino parece ligado a su elevación y a su derribo, según la veleidades de la historia. La suya, la que le podían haber levantado, no corrió ninguno de esos peligros porque, a pesar de que se votó su elevación, nunca llegó a ser erigida y así, nunca pudo derribarse. Y como no recordaba nada de Marsella, aprovechó en sus Recuerdos la oportunidad para mostrar todo su amor por Francia y enumerar las lecturas en francés que había tenido desde niño, desde los grande autores de folletines a los clásicos de su siglo de oro, desde los grandes autores en matemáticas a las revistas que seguía para estar al corriente de lo que ocurría, desde los libros de Economía política a los ortodoxos. Pocas palabras de crítica hacia alguien pueden encontrarse en sus páginas. Admira a sabios, artistas, literatos, oradores, inventores, a muchos políticos y, en general, a todo el mundo a poco que lo merezca. No es un crítico, es alguien que sabe apreciar el trabajo de todo aquel en el que se pueda encontrar algo bueno. Solo estaba en contra de los intolerantes y de aquellos que, por mostrar su predilección hacia alguien o algo, denigran a su opuesto. Por admirar a Francia, como luego admiraría a Inglaterra, Alemania, Italia o Estados Unidos, no por ello renegaría de España, propugnando por un cosmopolitismo humanitario y científico. Finalmente sus palabras exaltan el signo de admiración como el único signo ortográfico para el que no se tienen vacilaciones. Aunque ya tiene, cuando comienza sus recuerdos, setenta y dos años camino de los setenta y tres, recuerda escenas y recuerda voces que forman un mosaico abigarrado sin apenas conexión entre sus partes. Brotan aleatoriamente, sin un camino trazado de antemano. En sus celdillas cerebrales lleva “como documentación de sus recuerdos una serie riquísima, aunque insustancial por tratarse de nimiedades, de planchas fotográficas y de cilindros de algún misterioso fonógrafo”, “clichés de recuerdos de la niñez, desde los tres años cuando iba de Madrid a Murcia”. Pero muy pocas imágenes de Marsella. Y a los tres días salió en tren hacia París con su mujer y los alumnos de la Escuela. *  *  * El trayecto se llenó de proyectos para la vuelta: escribiría otro drama y éste, ya sí, sería una obra maestra; escribiría una Memoria de Matemáticas sobre un tema que le parecía relativamente novedoso; iniciaría una Economía Política en forma matemática que Avenida del centro de Marsella que medía más de un kilómetro y en la que se encontraban sus edificios más significativos. Durante la Revolución era el lugar en el que se situó la guillotina. 26


52  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época sería la obra fundamental del área. Nada de todo ello se cumplió. Ni la Memoria de Matemáticas era algo nuevo, ni siquiera llegó a iniciar la obra de economía. Y para el drama, pasarían muchos años antes de que llegara a escribir algo. *  *  * París solo supuso la confirmación de lo que había conocido de él a través de las novelas. Se limitó a ir confirmando sus recuerdos de lo leído con lo que tenía ante sí. Era como haberse estudiado antes la lección y comprobar que se la sabía. Solo mostró admiración por los bulevares construidos por Napoleón III y más por sus dimensiones que por el mérito artístico de sus edificios. Eso fue todo. Pero tenía que cumplir una misión: tratar de encontrar información sobre el gran túnel con el que se estaban perforando los Alpes. De España habían llegado sin ninguna idea de nada: ni a quién podían ver, ni en qué oficinas podrían preguntar, ni de quién dependían las obras. Habían llegado a “la gracia de Dios” y debía componérselas como pudieran. Su timidez no ayudaba, además, a remediar la escasez de información. Sin atreverse a dirigirse a nadie y sin saber a dónde encaminarse, finalmente se acercó a la embajada española en la que, aunque no encontró al embajador ni a ningún alto cargo, uno de los funcionarios que allí había le indicó que el gobierno italiano se había hecho cargo de todo y que en París no había ningún tipo de información. Que debería viajar hasta Turín y allí obtener algún permiso del gobierno piamontés para visitar las obras. El dato más importante que obtuvo fue el nombre de los tres ingenieros que estaban a cargo del proyecto: Grandí, Gratoni y Somellier. Solo eso era ya mucho más que lo que había traído de España. El viaje a París había sido totalmente inútil. Teniendo ya en mente dirigirse a Italia, y dada la proximidad que se encontraba con Inglaterra, irreflexivamente decidió acercarse con su mujer a Londres y contemplar el Palacio de Cristal, la obra maestra de la nueva arquitectura y en el que había tenido lugar la Gran Exposición de 1851. No formaba parte de su misión, pero como no sabía si alguna vez le volverían a dar otra similar, debería aprovecharla lo más que pudiera, aunque fuera de su propio bolsillo. Atravesaron el Canal por la parte más ancha, que era la más económica, y tras un nuevo mareo, corregido y aumentado con respecto al de llegada a Marsella, llegaron a Londres. Allí, por recomendación de una familia americana que hablaba español y que conocieron en la travesía, se hospedaron en una casa en la que la dueña hablaba también español. De la casa, aunque perfecta en todo lo demás, recuerda que la comida era infame y apenas la probó en el tiempo que estuvieron. Esta motivación de recuerdos gastronómicos sería frecuente a partir de entonces en todo viaje que realizase.


1860: Primer viaje al extranjero, Francia, Inglaterra e Italia 

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Las lecturas previas sobre Londres volvieron a influir en su visión de la ciudad. Estaba satisfecho porque en los días que permanecieron en ella el clima fue infame. Una niebla espesa envolvía la ciudad y las calles estaban completamente enlodazadas. Sin ver el sol en todo el tiempo, se vio personaje de cualquiera de las novelas que había leído. Londres no le había defraudado. Por eso conserva un mejor recuerdo de ella que de París. Sus calles inmensas, con casas protegidas por un pequeño foso delantero y una barandilla de hierro, las innumerables chimeneas protegidas con caperuzas de arcilla roja, los innumerables pordioseros con andrajosos trajes de caballeros que caminaban delante de los peatones en los pasos de las calles haciendo que barrían el suelo para que no se mancharan los zapatos. Todo eso lo recuerda mucho mejor que una de las cosas que tenía más interés de ver cuando llegó allí: la tumba de Newton con su binomio grabado en ella. Al cabo de los años no la recuerda. Duda incluso si llegó a verla. Y el Palacio de Cristal, objeto preferente de su visita, apenas le llegó a impresionar. Le pareció muy bello, pero mucho menos grandioso de lo que se había imaginado. Volvieron a Francia y, tras pasar por Estrasburgo y Basilea, llegaron a Turín. *  *  * Las circunstancias en Turín fueron ligeramente más satisfactorias que lo habían sido en París. En esta ocasión, a través de sus vínculos en España, traía consigo una carta del Duque de Frías introduciéndole al general Luigi Federico Menabrea, miembro del parlamento piamontés y relacionado con el Ministerio de Asuntos Exteriores. Menabrea era también matemático y había escrito un libro en el que describía la máquina de calcular de Babagge y las notas que había añadido Ada Lovelace. Lo recibió y, tras comentar las aficiones comunes hacia dicho entorno, le dio una carta, que era casi una orden, para los tres ingenieros a cargo del proyecto. Con ella se dirigieron al túnel de Mont-Cenis, cuyas bocas se encontraban en Modana y Bardoneche. La boca italiana, la de Bardoneche, era la más adelantada en la perforación y en ella se estaban montando las perforadoras. De los tres ingenieros, solo uno, sin poder determinar cuál, se encontraba en la obra. Si esperaban llegar, ver y vencer, solo llegaron y vieron. Leyó la carta y, muy amablemente, les ofreció toda la ayuda que pudiera dar. Parecía que los pronósticos que le habían dado en otros sitios iban a ser erróneos. Al día siguiente se ofreció mostrarles todas las obras, porque no “había ningún secreto en ellas”. Pero al día siguiente no se presentó y solo lo hizo uno de sus ayudantes diciendo que su jefe había tenido una reunión urgente y había tenido que salir precipitadamente. Ante la imposibilidad de decir que no a la carta del general Menabrea, había optado por la fuga.


54  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Fueron a la boca del túnel y, tras penetrar un buen trecho, vieron que la perforación de ese tramo había sido hecha por métodos convencionales. Le dijo que lo que le interesaba era ver las perforadoras. El guía mostró su indecisión y, muy a regañadientes, se ofreció a llevarles a un local en el que estaban, sin haber sido empleados aun, los misteriosos mecanismos que iban a ser utilizados. Tras un largo camino, que sin mucho sentido de la orientación, cualquiera hubiera podido descubrir que daba vueltas alrededor de un mismo sitio, llegaron al cocherón donde estaban. No las podría ver trabajar, pero pensó que podría tomar detalles de su estructura. Solo una estaba montada y el resto se encontraban aún en piezas. Sacó un papel y se dispuso a tomar notas de las partes de que constaba. Su guía le cortó en seco: estaba prohibido tomar dibujos de ningún mecanismo. Echegaray le pidió que consultara a sus superiores porque a él le habían dicho lo contrario. Se fue a pedir instrucciones no sin antes dejar de guardia a tres empleados del túnel para evitar que tomara notas. Al cabo de media hora volvió y se ratificó en su negativa. Pero en esa media hora Echegaray había guardado imagen mental de los mecanismos de que constaba. “Una rueda, un resorte, otra rueda, un escape, y así sucesivamente. Se volvía a otro lado y repetía la letanía mecánica. Miraba de nuevo el aparato y comprobaba la serie; y así varias veces hasta estar seguro en la lista lineal de las piezas de la perforadora”. Le dio las gracias y en el viaje de vuelta apuntó ya en un papel el rosario de piezas de la máquina y su disposición. Al llegar al hotel, tenía ya reconstruida con bastante aproximación la perforadora. Le habían prohibido sacar dibujos, y no los había sacado. No le habían prohibido mirar, y había mirado. No le habían prohibido pensar en cómo funcionaba, y había pensado en cómo funcionaba. Ya podía presentar, al llegar a Madrid, una memoria detallada de la perforadora y aquello no constituía piratería industrial, porque era una visita docente para los alumnos de la Escuela. Había cumplido su misión.


1864: PRIMEROS LIBROS E INGRESO EN LA ACADEMIA DE CIENCIAS

Y

volvió a imaginar una nueva posibilidad de incrementar sus ingresos. Esta vez venía ligada a su afición al teatro y que había creído muerta con su anterior intento dramático. Fue necesario esperar a 1864 y la chispa para hacerlo vino de su hermano pequeño, Miguel, al que llevaba dieciséis años y que había nacido, ocasionalmente, en Quintanar de la Orden cuando sus padres viajaban de Murcia a Madrid. Su hermano, con quince años, le comunicó que iba a estrenar una pequeña pieza de un acto, que se titulaba “Cara o Cruz”, en el teatro Circo, en una función a beneficio del actor Juan Catalina. No sabía nada de las aficiones de su hermano ni qué gestiones había hecho para lograr que le estrenaran su obra. Pero allí estaba su hermano esperando el veredicto de su obra mientras que él no había llegado a conseguir, con sus estudios brillantes en Caminos y su plaza de Ingeniero, que le dieran ni siquiera una opción para estrenar la suya. El estreno de la obra fue más angustioso para él que para su hermano. Éste, más joven y sin la experiencia de fracasos anteriores, esperaba el resultado seguro de que todo saldría bien. Él, hundido en su butaca, imaginaba alguno de los pateos que recordaba de asistencias previas. Por el contrario, la gente rió los chistes y las alusiones a situaciones de la actualidad que había intercalado. Al final, su hermano salió a recibir los aplausos más de seis veces y la alegría resultante compensó a las angustias sufridas. Al día siguiente, la prensa confirmó el éxito. Y José decidió que debería repetir su intento y escribir una nueva obra. Si un casi niño había triunfado, él debería también intentarlo. Y decidió que esta vez se atrevería con el verso. Un día de San José, en honor a su nombre, se encerró en el despacho de su padre, en la calle de Tres Cruces y, en media hora, urdió la trama. Ya no estaban tan de moda como hacía uno años los temas de cortesanas y, dado que había leído algo a Shakespeare mientras aprendía inglés, tomó de modelo al “Hamlet” con algo de “Macbeth”. Diseñó un prólogo y tres actos y empezó a desarrollar su idea. Pero la versificación resultó su gran problema. Nunca había escrito versos. Intentó primero con la forma más fácil que creyó le facilitaría la escritura: romance agudo en “ó”. Escribió, tachó, reescribió… Pron-


56  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época to había finalizado la primera escena. Cambió luego a las redondillas y a las quintillas con las que pasó grandes apuros; todas las encontraba detestables. Al final, en una masa de cuatro mil versos, un par de docenas le sonaban bien, alrededor de un centenar le parecían tolerables y los restantes ni tenían la entonación ni la armonía que deseaba. Cuando al cabo de unos años volvió leer lo escrito, le pareció todavía peor que cuando la escribió y la arrojó al fondo de un cajón donde quedó y finalmente se perdió. Ni siquiera llegó a ponerla título. Consideró, una vez más, que su carrera en el teatro había concluido y continuó con la redacción de más libros de Matemáticas con los que, estaba seguro, no tendría problemas en su resultado final. Así escribió unos “Problemas de Geometría Plana” y otros “Problemas de Geometría Analítica” que, aunque no obtuvo unas ganancias importantes con ellos, al menos no tuvieron críticas en contra. Un año después, en 1865, sin saber muy bien porqué y sin saber quién le había propuesto ni en función de qué méritos, fue elegido miembro de la Real Academia de Ciencias. En el colectivo que allí se encontraba en ese momento no había ningún nombre que permanezca hoy en la memoria y que merezca ser recordado por algún hecho significativo. En su mayoría eran o ingenieros o militares y ninguno de los miembros se dedicaba especialmente a las matemáticas. Únicamente había sido miembro hasta 1862, sin haber siquiera tomado posesión de su plaza, un catedrático de Complementos de Álgebra y Geometría Analítica de la Universidad Central, D. Juan Cortázar, ingeniero civil por la Escuela Central de Artes y Manufacturas de París, que había tenido que acabar allí su carrera por haberse cerrado por cólera la Escuela de Madrid. Seguramente, la ausencia de algún matemático de prestigio en la corporación impulsó a sus miembros a elegir a Echegaray para ocupar una plaza en la sección de Matemáticas. Recalca en sus Recuerdos que no había hecho nada por ser nombrado académico. Conociendo su timidez, que se ha visto reflejada en varias anécdotas anteriores, puede afirmarse sin ninguna duda que es seguro que sería cierto. Su discurso de ingreso constituyó una de las primeras controversias en las que se vio involucrado a lo largo de su vida. El tema que eligió fue “Historia de las Matemáticas con aplicación a España”, aunque el título con el que luego apareció fue el de “Historia de las Matemáticas puras en España”. Su solo recuerdo parece le despertaba innumerables opiniones encontradas. No queda constancia de por qué eligió este tema para su discurso de ingreso. Podría haber tomado cualquier otro, más técnico, derivado de sus clases y de sus constantes lecturas de la literatura matemática francesa de ese momento. Podría haber mantenido una posición puramente científica sobre cualquier aspecto de las Matemáticas que él conocía bien. En cambio, se metió en un terreno en el que no era especialista y en el que la opinión


1864: Primeros libros e ingreso en la Academia de Ciencias 

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del país en ese momento estaba muy sensibilizada: la aportación de España a las matemáticas a lo largo de la historia. Quizás la razón de tomar ese camino se debió a sus recientes viajes a Londres y a París. En sus “Recuerdos” muestra su añoranza de que quizás, en otro momento, hubiera podido ver pasear por las calles a personajes como Cauchy o Newton, que están siempre presentes en la mente de cualquiera que tenga una mínima cultura. Y quizás se plantease una situación equivalente con respecto a España y a las matemáticas. ¿Qué figura de las matemáticas desarrolladas en España puede ser conocida por un inglés o un francés que venga a España? La contestación más directa es que no existía ninguna equivalente. Quizás hubiera habido algunos nombres en siglos pasados, pero en la actualidad no aparecía ninguno. Y es posible que con esa idea en mente iniciara la redacción de su discurso de ingreso. El Echegaray polemista, tímido en la relaciones directas con las personas, siempre cumplidor de las normas dictadas para establecer comportamientos sociales, tenía a veces arranques de romper con lo establecido y hacer que una audiencia se rompiera en partidarios de una opinión y de la contraria. Y así redactó su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias, que leyó en 1866 y que, como él mismo reconoce, “fue la primera batalla que reñí”. Las anteriores que había librado, a favor del librecambio, eran batallas colectivas donde iba como soldado en el ejército librecambista, y la lucha era ejército contra ejército, de escuela contra escuela, de doctrina contra doctrina. Pero en este caso, en esta lucha, estaba solo él. Sus palabras no pasaron al olvido de forma inmediata, como suele pasar en gran parte de las veces en ocasiones similares. La controversia que levantaron duró bastantes años y personajes de todo tipo tuvieron ocasión de ponerse a favor y en contra, durante mucho tiempo. Eso era lo que quizás Echegaray esperaba conseguir. Es cierto que su conocimiento de la historia de las matemáticas en España era bastante rudimentario. Conocía los nombres más significativos, ninguno de los cuales podía alcanzar un nivel equivalente al de los matemáticos de otros países europeos. Señalaba que así como puede darse una larga lista de protagonistas de otras ramas del conocimiento, de pintores, literatos, militares, músicos, navegantes y conquistadores, la relación de matemáticos es casi nula. Los nombres que apunta son escasos y su peso en el desarrollo de la matemática europea casi nulo. Con gran admiración menciona al geómetra de Sanlúcar, Hugo Omerique, que publicó en 1689 la primera parte de una obra de análisis geométrico que mereció las alabanzas de Newton, pero cuyo nombre desaparece muy pronto “cosa natural en aquellos calamitosos tiempos de Carlos II”. Recuerda después los nombres de Antonio de Ulloa y de Jorge Juan, aunque destacando que su aportación fue en las ciencias aplicadas. Y mientras hacía estas breves menciones a lo acaecido en España, siglo tras siglo va enumerando la larga lista de nombres con que Francia, Italia, Inglaterra, Holanda, Bélgica,


58  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Suiza, Dinamarca… habían contribuido a la creación matemática. Nombres que aparecen a pesar de que en sus respectivos países “…entre guerras y sangre … conservan entera y vigorosa su razón, y de entre el caos y las ruinas se alzan genios potentes, nobles inteligencias, profundos filósofos y grandes geómetras …”. “ Con Italia desgarrada por españoles, franceses y alemanes; Francia dividida y ensangrentada por su guerras civiles y religiosas; Alemania entregada a todos los horrores del encarnizamiento socialista y religioso y el azote de las guerras nacionales; Holanda, la Bélgica, Flandes y los Países Bajos gimiendo bajo el peso de nuestra feroz dominación; Inglaterra, que ve subir a su rey a un cadalso, y sufre, como el resto de Europa, las convulsiones de las grandes luchas religiosas”. En todos ellos se desarrolla la ciencia con nombres que son la luz de la nueva Europa y aunque algunos de ellos, como los Bernouilli, hubieran tenido que refugiarse en Suiza huyendo de las persecuciones del Duque de Alba y en donde “… buscaron la paz e independencia… en los países libres; y es triste ver como con nuestro despotismo político y con nuestra intolerancia religiosa, no contentos con ahogar el genio en nuestra patria, íbamos por Europa aventándolo ante nuestros sangrientos pendones”. Estos párrafos se van desgranando lentamente, casi desprendiéndose en párrafos aislados y en ellos quiere mostrar las razones para que hubiese ocurrido lo que estaba narrando. Son párrafos que en la palabra de un discurso casi pasan desapercibidos y se entremezclan con el resto. Reunidos, adquieren el significado de lo que tenían en mente. Al repasar la gloria de la historia medieval en la península, comenta: “Pero aquellas nuestras glorias son glorias de los árabes españoles; y si del pueblo enemigo renegamos, reducimos a ceniza en el fuego de nuestro odio tradicional el recuerdo de tanto y tanto geómetra árabe; si, como arrojamos de nuestro suelo, que era también el suyo, a sus infelices descendientes, arrojamos de nuestra historia aquellas sus pasadas glorias, ninguna, que solo a nosotros pertenezca, nos queda”. Más adelante, tras detallar la historia de las matemáticas en Europa, remata con “… ésta no puede ser la historia de la ciencia en España, porque mal puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia… Aquí no hubo mas que látigo, hierro, sangre, rezos, braseros y humo”. En otro momento, al tratar de la importancia de los geómetras en la construcción del siglo xviii, vuelve a su razonar: “… ni un solo geómetra español aparece, no ya en primera línea, que fuera mucho pedir para tan gran postración, pero ni aun en segunda siquiera; como si viciada esta raza durante siglos enteros, necesitáramos siglos también para arrojar el virus que en nuestra sangre inoculara una generación ciega y fanática”. Y un poco más adelante recalca: “… la moderna ciencia matemática nada nos debe: no es nuestra; no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo”. En sus “Recuerdos”, escritos treinta y seis años después, recordando estos momentos, indica que no quiere volver a leer sus palabras. Que se editaron y no sabe si quedará alguna copia. Y en ese momento lo que hace es intentar resumir en unas breves líneas lo


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que tenía en mente en aquel momento. Tratando de encontrar las razones de un nivel tan bajo en nuestro país, señala que la ausencia de un espíritu matemático y, en general científico, en España se debe “al fanatismo religioso, a la Inquisición y sus hogueras, que habían ahogado los instintos científicos de los españoles ahumando sus cerebros con los gases desprendidos de los braseros inquisitoriales en los autos de fe”. Seguramente, si las palabras de Echegaray hubieran sido pronunciadas algunos años después, cuando el espíritu del 98 había provocado ya una profunda crisis en los ideales de España y el afán revisionista estuviera ya en muchas de las mentes pensantes de entonces, se habrían tomado de otra forma. Pero el momento en el que se pronunciaron no era el más idóneo. El espíritu patrio no permitía que se desarrollase ninguna duda sobre el papel de España en el mundo y la mayor parte de los pensadores de entonces trataban de reforzar dicho papel. Así, Menéndez Pelayo publicaría diez años después, en 1876, su monumental obra “La Ciencia Española”, en la que reivindicaba la existencia de una tradición científica española y en la que mostraba una pléyade de nombres a lo largo de los siglos que probaban, según él, que siempre había habido ciencia en España. Unamuno, años después, comentaría que cuando era necesaria una obra de la envergadura de la obra de D. Marcelino, para demostrar que existía una ciencia española, esa era la prueba de que jamás había existido dicha ciencia. El objetivo que quizás pretendía Echegaray, de agitar el dormido panorama de las matemáticas en España se había así conseguido, aunque la mayor parte de las opiniones recibidas fueran en contra de su trabajo. El discurso produjo las “felicitaciones de ordenanza y elogios a la forma, pero la impresión fue penosa: ni los individuos ni las colectividades se conforman con que se les declare impotentes”. Todo lo que fuera rebajar a la patria, empañar sus glorias y escarnecer a sus grandes hombres era algo que no podía tolerarse. Una reacción tan furibunda declara que jamás la hubiera pensado. Todos los periódicos combatieron su discurso: los reaccionarios por sus tendencias liberales y los liberales por lo mal que trataba a la ciencia española, aunque solo tratara a las matemáticas puras. Poco caso les dedicó Echegaray, aunque a algunos de ellos llegó a contestarles. Se limita a señalar, cuando lo recuerda, que los más competentes de sus críticos era dudoso que supiesen resolver una ecuación de segundo grado, por lo que qué sabían ellos de los grandes problemas matemáticos. Mantiene la opinión de entonces aunque reconoce que quizás el discurso fue inoportuno e indiscreto. La polémica duró algunos meses, pero los nuevos acontecimientos políticos distrajeron la atención del público y alejaron a la Prensa de este tipo de torneos científicos e históricos. Muchos de los periódicos en los que desarrolló la polémica incluso desaparecieron con la nueva situación política.


LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE DE 1868

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os acontecimientos políticos se fueron precipitando a lo largo de los dos años siguientes. Y llegó el año 1868. Según avanzaban los meses, la posibilidad de una revolución se iba haciendo cada vez más cierta. Todo el mundo hablaba de ella como de algo inevitable. Unos la deseaban con esperanza y otros con angustia; todos con la resignación de lo inevitable; la apelación con la que se la designaba era “la gorda”, porque estaban seguros de que algo gordo iba a pasar. En las clases en Caminos del único tema del que se hablaba era de la fecha en la que se produciría. La mayor parte de las opiniones la situaban en julio o agosto, ya que el calor parece es siempre un estimulante de esta clase de actos. Los rumores, como siempre ocurre, eran dispares y cada uno tenía el suyo como el más cierto. Prim había desaparecido y nadie sabía dónde se encontraba, los espías del gobierno de González Brabo lo habían perdido la pista y muchos decían que había pasado la frontera disfrazado; los generales desterrados en Canarias estaban a punto de volver a la península. En cualquier caso, la mayoría de las opiniones eran que la próxima revolución traería un programa democrático, con la implantación efectiva de los derechos individuales, una democracia más pura, un porvenir más brillante y, finalmente, la regeneración de la patria y su engrandecimiento glorioso. Pero pasaban los meses y no pasaba nada. El gobierno se hacía más fuerte cada día y todos los partidos liberales rugían: el viejo partido progresista, con sus tradiciones y sus grandes masas de seguidores, esperaba; el partido democrático, con sus grandes figuras Castelar, Martos, Figueras y Pi, acentuaba la nota republicana; la Unión Liberal, con sus generales en el destierro, mostraba su impaciencia por que pasase algo. Y todos los prohombres de la democracia, en el exilio: Olózaga, Ruiz Zorrilla, Sagasta, Castelar, Martos. La gente de la calle, expectante igual que cuando esperan en el teatro el desenlace de un drama sin poder hacer nada para acelerarlo; simplemente meros espectadores de una acción en la que los actores son otros. En la primavera de 1868, el director de la Escuela de Caminos, quizás para compensar en parte su oposición en las distintas ocasiones que Echegaray había tenido intención de dejar la Escuela para realizar otra actividad más lucrativa, decidió enviarlo a París para estudiar las infraestructuras de la ciudad. Era el tercer viaje que hacía a dicha ciudad.


62  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Cuando lo recuerda, vuelve a mencionar los millones de reales que había perdido por no haber renunciado a su cargo en la escuela y, en ocho o diez años de clases particulares, hubiera reunido un capital suficiente que le hubiera permitido retirarse al poco de cumplir los cuarenta años. Este viaje a París fue mucho menos grato que los anteriores. Su padre había enfermado de bastante consideración y nadie sabía cómo atajar la enfermedad. Sus visitas en París se redujeron a un paseo en barco por las alcantarillas de la ciudad, del que milagrosamente salieron tan limpios como cuando habían entrado, y otro a las catacumbas que hundieron su espíritu a los niveles inferiores donde se encontraban las mismas. Las largas galerías de huesos, colocados en perfectas estructuras según su tamaño y forma, los fémures haciendo galerías, los muros construidos a base de cráneos, no eran la visita más adecuada para alguien cuyo espíritu no se encontraba en su mejor momento. En cuanto pudo, salió de París y con su mujer decidieron pasar unos días en San Juan de Luz, próximos a España, para volver a Madrid en cuanto tuvieran noticias de algo grave. Allí las informaciones ya eran más concretas. Parece que Prim se había escapado de Bruselas, aunque nadie supiera dónde estaba. San Juan de Luz estaba lleno de españoles de todas las tendencias, desde los ultrarrevolucionarios hasta los ultraconservadores, partidarios del gobierno de González Brabo. Echegaray, aunque revolucionario en sus ideas era, como en matemáticas, puro teórico que jamás había tomado parte en ninguna conspiración ni en ningún alboroto. Amaba la revolución porque amaba la democracia y estaba seguro de que cuando viniese ésta, el país forzosamente había de transformarse y, posiblemente, regenerarse. Su único miedo era que al ocurrir la revolución, cerrasen la escuela de Caminos y con ello se viera privado de los únicos emolumentos que, de forma segura, percibía. Además si cerraban la escuela, también desaparecería la enseñanza privada al no existir un centro al que los alumnos pudieran acceder. Y sin enseñanza, sus posibilidades de trabajo eran escasas dado que lo único que sabía hacer era impartir clases de Matemáticas. Quería así la revolución, pero le daba un miedo inmenso. Para remate, sus únicos ahorros los tenía en una Caja de Depósitos creada por la Unión Liberal de Salaverría, que estaba en quiebra completa. De los dos mil millones de reales que parece tenía la Caja, no había ni un céntimo. Y pronto llegó la certeza de que Prim había salido de Bruselas, de que los generales habían desembarcado en Cádiz y que el general Izquierdo, con toda la guarnición, había iniciado el movimiento de tropas. Prim iba a recorrer la costa y a propagar en todas las ciudades por las que pasase la agitación revolucionaria. Todos los esfuerzos de la revolución estaban depositados en Prim y sus movimientos eran los que daban información de cómo evolucionaban éstos.


La revolución de septiembre de 1868 

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Figura 7. General D. Juan Prim, artífice de la Revolución de 1968. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).

De primera mano cuenta Echegaray en sus “Recuerdos” qué había pasado en los meses en los que las informaciones sobre Prim eran contradictorias y no se sabía nada de él. Se lo contó el mismo Prim en una conversación privada años después.


64  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Parece que mientras estaba en Bruselas, todos los movimientos que pensaba hacer eran conocidos a los pocos días en Madrid. Tras analizar los posibles espías que podía tener en su entorno más próximo, llegó a la conclusión de que debería ser un joven extranjero, francés o belga, que conocía desde hacía muchos años y que frecuentaba habitualmente su casa. Alardeaba de liberal y decía era partidario de la revolución. Pero jamás hablaba con él de temas relacionados con España. Tras muchas vueltas determinó la forma por la que podía acceder a sus intenciones. Todos los comunicados que redactaba Prim a los suyos, primero los escribía en borrador y luego él mismo los pasaba a limpio para ser enviados. Los borradores iban a la papelera de su despacho. De allí era de dónde debía obtenerlos. En una escena propia de uno de sus futuros dramas describe Echegaray la forma en que Prim le obliga a confesar su traición: le lleva a su despacho, hace que escribe un comunicado, lo copia en limpio y arroja a la papelera el borrador; sale a enviar el definitivo y a la vuelta ve que no está el borrador. Arrincona en una esquina de su despacho al espía y le hace confesar. A continuación le conmina a que, si quiere que no divulgue su traición, siga mandando borradores falsos a Madrid. El traidor accede para mantener su buen nombre. Y así pudo Prim ejecutar sus planes sin que el Gobierno de Madrid los conociera. Y como se comentaría en la crítica de un periódico cualquiera al día siguiente de un estreno: baja el telón y grandes aplausos por lo acertado de la situación final. La colonia de españoles en San Juan de Luz se dispersó al conocer que Prim se había reunido con los generales desterrados en Canarias. Echegaray tomó contacto con la Escuela de Caminos esperando, con sus colegas, la evolución de la intentona. Ninguno de sus actos presagiaba que en unos pocos días él sería protagonista secundario de la Revolución de Septiembre. Tampoco tenía idea de cuáles serían sus siguientes pasos. *  *  * La revolución triunfó sin casi una batalla digna de tal nombre. Desembarcados los generales de Canarias, se sublevó Sevilla. El general Serrano, al frente de los generales de la Unión Liberal, avanzó hacia Madrid. En Alcolea, Serrano venció a la resistencia que ofreció el general Pavía y ya todo fue un avance triunfal. A Prim, que ni siquiera se había aproximado a Alcolea porque estaba por la costa difundiendo la revolución, se le adjudicó la victoria y la musa popular cantaba “En el puente de Alcolea La batalla ganó Prim”


La revolución de septiembre de 1868 

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Echegaray vivió todos esos acontecimientos como puro espectador, sin contacto con los revolucionarios ni con los palaciegos. Su información era la misma que tenía cualquiera de la calle, ya que no pertenecía a ningún partido ni tenía contacto con ningún miembro de los mismos. El gobierno de González Brabo se hundió estrepitosamente, la reina Isabel II abandonó España refugiándose en Francia y Serrano entró en Madrid. La capital, cubierta de barricadas que no llegaron a utilizarse, se desbordó en oleadas de vivas y mueras mientras que los generales pronunciaban arengas desde los balcones. Escalante dio las armas del Parque al pueblo y algunos quisieron asaltar el Palacio Real, pero la aparición de Nicolás María Rivero en lo alto de la escalera de entrada contuvo el torrente de gente que pretendía entrar. Los rumores de posibles ministros empezaron a circular mucho antes de que se constituyese un gobierno provisional o una Junta Revolucionaria. Finalmente llegó el general Prim a Madrid desencadenándose un entusiasmo general entre todas las clases sociales. Las masas le saludaban como vencedor de Alcolea y el centro de la capital se convirtió en un hervidero de gente por el que era imposible moverse. Echegaray solo recuerda de ese día que buscaba desesperadamente un médico, para atender a un sobrino suyo que acababa de tener un accidente en su casa, y no pudo encontrarlo a tiempo por la imposibilidad de desplazarse por Madrid.


1868: GOBIERNO PROVISIONAL Y DIRECTOR GENERAL DE OBRAS PÚBLICAS

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e configuró el nuevo Gobierno que era el que las cábalas de la calle habían estado difundiendo desde hacía tiempo: Serrano, presidente del Gobierno; Prim, ministro de la Guerra; Topete, ministro de Marina; y Sagasta, ministro de Gobernación. El resto no tenían importancia: con los anteriores, la revolución estaba asegurada. A Fomento iría Ruiz Zorrilla, progresista de prestigio pero poco conocido hasta entonces. El único nombre que faltaba, y al que los progresistas echaban de menos, era el del general Espartero, el verdadero ídolo del pueblo. Pero como el grupo progresista era muy reducido, las quejas menguaron pronto. Echegaray, mero espectador de todo aquello, asistía impasible a las idas y venidas de unos y otros. Pero pronto la escena lo reclamaría para un papel principal. Un día, al llegar a su casa, le entregaron una carta urgente. Era de Laureano Figuerola a quien hacía mucho tiempo no veía. La carta le decía lo siguiente: “Ha llegado el momento de que fundemos algo práctico, de que llevemos nuestras teorías a la realidad, de que hagamos algo por la patria, que el periodo de propaganda ha concluido. Zorrilla me pide un director de Obras Públicas, y yo le he hablado de usted, asegurándole que le obligaría a aceptar. Vaya usted a verle mañana mismo; yo me llevo a Hacienda a Rodríguez; con que buen ánimo y adelante.”

Y concluía con unas frases de entusiasmo. Echegaray quedó viendo visiones. El nombramiento de Director de Obras Públicas llevaba consigo, además de las obras públicas, Agricultura, Industria y Comercio. La única actividad que no tenía era la de Instrucción Pública. Prácticamente, esa dirección general era lo que luego sería el ministerio de Fomento entero. Según confiesa en sus “Recuerdos”, el primer factor que consideró para aceptar el cargo es que pasaría de ganar veintiocho o treinta mil reales al año a cincuenta o sesenta mil reales, con sus correspondientes derechos pasivos. Los motivos económicos


68  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época no se apartaban de su cabeza. A continuación hizo un símil que repetiría algunas veces después. “Si el ministro de Fomento era como Alá en persona, el Director de Obras Públicas era Mahoma, su profeta. No tuvo ninguna duda para convertirse en el profeta de Alá”. El tema económico ocultaba cualquier duda. La entrevista con Ruiz Zorrilla fue rápida. Éste le dijo que le habían hablado de él como de buena cepa, muy liberal y muy avanzado y que no le permitiría que dijese que no al cargo. Sorprendentemente Echegaray aceptó poniéndole de inmediato unas condiciones que luego reconoce no supo cómo llegó a formularlas: que todos los cargos que estuviesen por debajo de él, los nombrase él sin ningún tipo de intromisión por parte del ministro. Los razonamientos que dio a Ruiz Zorrilla parece le convencieron: necesitaba contar a ciegas con los que dependiesen de él y no podía depender de que otros pudieran tener opiniones diferentes a las suyas. Sorprendido el ministro, se lo aceptó y le pidió que, al día siguiente, le trajese la lista. En la lista que le entregó, el ministro no conocía a nadie; pero fiándose de la palabra de Echegaray se los aceptó indicándole que si él los nombraba, él respondía de ellos. Echegaray le garantizó que todos ellos eran muy liberales, muy demócratas y en la corriente de las nuevas ideas, además de honrados e inteligentes. Para compensar su imposición, accedió a que el resto de todos los puestos que podían nombrarse en su Dirección General, aunque dependieran de él, los nombraría directamente el ministro sin contar con su opinión. El número de puestos era muy elevado y los liberales, que llevaban más de doce años sin entrar al gobierno, tenían verdaderas avalanchas de solicitudes de puestos de trabajo. Todo ello hizo que la primera etapa de su trabajo como director general se redujese a la firma continua de credenciales con ceses y nombramientos. Tantas firmas echó que, a partir de ese momento, su firma se alteró y ya no pudo nunca recuperar la antigua. *  *  * Del tiempo en la Dirección de Obras Públicas, gran parte de sus recuerdos son de los problemas derivados del trato con unos y con otros. Amargamente se queja de cómo los empleados estaban pendientes de la decisión personal de algún alto cargo para su cese o su nombramiento. El primer proyecto que le encargaron fue uno de los que más dificultades tenían. Eran dificultades sobre todo externas y de opinión y que, por otra parte, no era fundamental para el futuro de la revolución. Era la reforma administrativa de las escuelas especiales de ingenieros civiles, empezando por la Escuela de Caminos. Muchas de las ideas que circulaban en torno a tal reforma se centraban esencialmente en su supresión. No se tenía en cuenta que a las escuelas, civiles y militares, se les debía gran parte de los avances en


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los estudios matemáticos y de las ciencias físicas y químicas que había habido en el país. Muchos no querían simplemente su reforma sino, directamente, su supresión. Echegaray expuso al ministro su opinión de que él propondría las reformas que estimase justas y las que creyese eran dudosas las plantearía como ensayo; pero que jamás propondría su supresión. Que si eso era lo que se pretendía, presentaría inmediatamente su dimisión. El ministro le indicó que él jamás había pensado en tal cosa. Que iniciase la tarea. El problema del cuerpo de Caminos había sido planteado en muchas ocasiones en el grupo de economistas y las ideas de Gabriel Rodríguez eran las que se imponían al resto. Según lo que habían discutido, las obras públicas, como todas las industrias, debían hacerse por iniciativa individual, grande o pequeña; a pesar de ello, el Estado no podía dejar de hacerse cargo del tema de manera que permitiese las máximas garantías posibles para un servicio adecuado en todo el país. Era claro que la Escuela de Caminos no daba títulos que proporcionasen beneficios, ni privilegios, ni monopolios, sino solo ingenieros para el servicio del Estado. Éste era el punto fundamental de todo razonamiento que se hiciera y que justificaba, por sí solo, la no supresión de las escuelas. Con ese punto de partida, y de acuerdo con los principios que habían discutido, lo único que habría que hacer era ir limitando la acción del Estado e ir ensanchando la actividad individual. Para llegar a este punto, y como solución transitoria, se deberían ir disminuyendo el número de clases y de años en la Escuela, dando a la enseñanza privada algunas asignaturas que por entonces se impartían de forma oficial en la Escuela. De igual forma que existía la preparación libre para las matemáticas elementales, otras asignaturas, como aritmética, álgebra, geometría, las dos trigonometrías, las dos analíticas, el dibujo y el francés, podían entregarse también a la enseñanza privada. Así se ensancharía y favorecería a ésta que era el ideal último del grupo librecambista. En siguientes etapas se podría ir cediendo también el cálculo diferencial e integral, la geometría descriptiva, la mecánica y alguna otra. Solo las puramente técnicas quedarían encomendadas a la Escuela. Redactó el decreto de acuerdo con estas líneas y, con la aprobación del Ministro, fue remitido a la Gaceta. Las críticas en contra fueron totales el mismo día de su publicación. La mayor parte estimaban que aquello no era una reforma sino un simple movimiento de asignaturas para dejarlo todo igual. Que revelaba el miedo del Ministerio para hacer un verdadero cambio. Todas las críticas se dirigieron hacia el Director General que lo había redactado, porque se estaba seguro de que el Ministro simplemente le habría dejado hacer. Ninguna de las críticas, como suele ser en casos análogos, se basaba en razones muy meditadas sino que estaban plagadas de frases hechas. Echegaray, visto el resultado, subió al despacho del Ministro Ruiz Zorrilla dispuesto a presentarle su dimisión. No solo no se la admitió, sino que determinó que se empezara a poner en práctica inmediatamente el


70  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época decreto sin la más mínima alteración. Y para demostrarle su total confianza le indicó que ya podía ponerse en marcha para redactar otro decreto de bases para las obras públicas. El proyecto de bases para Obras Públicas debía constituir el verdadero proyecto en el que se jugase tanto su reputación y su futuro político como el del propio Ministerio. La única instrucción que recibió de D. Manuel Ruiz Zorrilla era que debería ser de medidas muy liberales y de mucha descentralización, de manera que no se atase de pies y manos a los pueblos sujetándolos al poder central. Para su redacción consultó con Gabriel Rodríguez y sobre todo con Pedro Pérez de la Sala en quien tenía plena confianza. La fórmula que aplicaron fue la de aprovechar al máximo los organismos existentes y preparar para el futuro soluciones radicales en el sentido de fomentar el individualismo; no anular el estado tradicional pero sí preparar el camino para futuros cambios de dirección.

Figura 8. D. Manuel Ruiz Zorrilla, Ministro de Fomento en el Gobierno Provisional de 1868, que nombró a Echegaray Director General de Obras Públicas. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).


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En el documento que redactó concedía a la función del estado las atribuciones que debía tener, pero se alentaba a la iniciativa individual porque se estimaba que por ese camino debería discurrir el futuro. Se afirmaba el principio de descentralización en materia de obras públicas para ayuntamientos, diputaciones, provincias y regiones y se disminuían y simplificaban todos los trámites posibles. El proyecto fue aprobado en toda su integridad por las Constituyentes y convertido en ley. El preámbulo fue escrito en su totalidad por Echegaray y en él se resumía todo el espíritu de la reforma. Contrariamente a lo que había pasado con el anterior decreto, el éxito ahora fue total. Los elogios de todos los sectores fueron absolutos y no solo entre los revolucionarios sino en muchos otros que se tachaban de imparciales. Con él, el Ministerio de Fomento se afirmó en su tendencia reformista, Ruiz Zorrilla alcanzó un prestigio que nunca antes había tenido y el nombre de Echegaray empezó a sonar entre los posibles futuros ministrables. Algunos años más tarde, con otro gobierno, la ley fue anulada. Y un nuevo decreto volvía a aparecer en la mesa de Echegaray: el relacionado con el problema de la minería. En este entorno, si mucho era lo que había que hacer en las obras públicas, aquí estaba todo por hacer. Era una industria atada de pies y manos, en la que las denuncias estaban a la orden del día, toda empresa estaba amenazada de ruina y todo esfuerzo que se hiciera amenazado de parálisis. En su opinión, jamás los frutos del intervencionismo contra el que luchaban habían dado frutos más nefastos. Para su redacción, en este caso tuvo como apoyo la opinión de un experto en este tema, D. Nicolás María Rivero, así como de otros ingenieros de Minas entre los que destacaba José Monasterio, defensor a ultranza de los obreros y con gran conocimiento del entorno. Cuando éste posteriormente fue enviado a las minas de Almadén, en una situación conflictiva, los mineros se amotinaron y arrojaron su cadáver por un balcón a pesar de su intento de diálogo con ellos. El resultado de su trabajo fue un conjunto de bases redactadas para romper trabas, simplificar expedientes, dar seguridad al minero y, en el fondo, una libertad al sector que antes no tenía. El decreto fue recibido con aprobación general y su duración fue muy superior a cualquier otra ley anterior. El Ministerio de Fomento, con los anteriores decretos y muchos otros que generaron en los meses siguientes y en la etapa previa a la reunión de las Cortes Constituyentes, se constituyó así como el gran ministerio reformista por excelencia, dando a sus miembros una popularidad que antes no tenían. Quizás, por su importancia, merece también unas líneas en este momento la reforma de la Instrucción Pública que encabezó Ruiz Zorrilla y en la que puso todas sus energías. Aunque en ella Echegaray apenas intervino, si aportó sus ideas que corrían en


72  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época la misma línea que sus otras acciones. Las opciones que se planteaban era si dejarla totalmente en manos del Estado o entregarla a la iniciativa individual. La idea de Ruiz Zorrilla, y de todo su grupo con él, era mantener la enseñanza oficial, porque suprimirla les parecía una locura, pero al mismo tiempo deseaban alentar la enseñanza individual para que, con el tiempo, progresara lo más posible. Pero, ¿debía ser la enseñanza en todos sus grados, desde la primaria a las facultades generales o las escuelas especiales, un organismo dependiente del Estado al cual el Gobierno diera dirección y norma, fijando programas, métodos de enseñanza y considerando a los profesores como empleados públicos?, o ¿debería ser un organismo independiente y autónomo dentro del Estado sin recibir de éste mas que medios materiales para su existencia? O decir, “yo, como Estado pago y por ello el profesor no enseñará mas ciencia que la yo crea buena, o considerar esa solución como tiránica e incompatible con la libertad moderna de pensamiento”. El problema tenía bastante más calado que el que podía debatirse en ese momento. Por ello se trató de avanzar paso a paso y seguir modificando el tema según fueran cambiando las circunstancias. Con esas ideas se crearon las bibliotecas populares, se engendraron las ideas iniciales de la Institución Libre de Enseñanza y se avanzó por un camino en que la enseñanza oficial y la libre marcharan paralelamente durante un tiempo. Mientras tanto, se aproximaba la elección de unas nuevas Cortes y con ello la de la redacción de una nueva Constitución.


LAS CONSTITUYENTES DE 1869

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l momento central de la revolución de septiembre era, sin duda, la elección de unas Cortes Constituyentes en las que se decidiera la nueva constitución que había de darse al país. Unas Cortes en las que estarían Prim, el duque de la Torre, Topete, Olózaga, Sagasta, Zorrilla, Ríos Rosas, Manuel Silvela, Rivero, Martos, Moret, Becerra, Romero Girón, y enfrente Castelar, Pi, Figueras, Cánovas, Montero Ríos, …las figuras soberanas de la política de la segunda mitad del siglo xix. Echegaray, fiel a su forma de actuar, no movió un dedo para llegar a ser diputado. Dejó que otros lo hicieran por él. Ni puso un duro en la campaña ni, aunque lo hubiera tenido, lo habría empleado en ello. Y, gracias a sus amigos, se encontró con la posibilidad de ser diputado por Murcia o por Asturias. Con ambas representaciones fue a las Constituyentes optando al final por la de Asturias. Echegaray pertenecía al grupo de la democracia, uno de los más reducidos pero también uno de los más activos y batalladores. Dentro de la democracia estaba en el grupo de los economistas y ya, dentro de estos, en el de individualismo más puro y más exagerado. El partido demócrata27 era el partido que poseía más ideas; traían sus miembros el programa de la Revolución de Septiembre y ya venía con las líneas generales de lo que debería ser la Constitución del 69; la mayor parte de los gérmenes de libertad que se desarrollaron luego estaban escritas en el programa de los demócratas. Eran los más sospechosos, por lo avanzado de sus ideas y por lo revolucionario de sus creencias, hasta para muchos progresistas. Entre sus miembros figuraban Rivero, Martos, el economista Gabriel Rodríguez, Moret, Romero Girón, Manuel Becerra, Sanromá y algunos krausistas. Eran un verdadero Estado Mayor, el grupo de las ideas, pero al que le faltaba ejército. El ejército lo proporcionaron más adelante los progresistas, con los que se unieron después para formar el Partido Radical.

Resulta curioso que el partido con este nombre se formara en España en 1849, unos veinte años después de que lo hiciera el con el mismo nombre en Estados Unidos. Tan solo duró unos veinte años, incorporándose entonces sus miembros en otros de análoga ideología. 27


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Figura 9. Echegaray, miembro de las Cortes Constituyentes de 1869. De la Biblioteca Nacional

El partido progresista había arrancado de las Cortes de Cádiz y había llegado al 68 tras una dificultosa trayectoria. En más de dos tercios de siglo solo había ocupado el poder en contados momentos, pero siempre había sido el partido predilecto de las clases populares. En muchas ocasiones se le designaba como esparterista, porque Baldomero Es-


Las Constituyentes de 1869 

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partero era por esos años de la primera mitad del siglo xix, el símbolo de la libertad. No era un partido de base científica ni filosófica sino que era un partido de sentimientos. Amaba la libertad, por la que se habían sacrificado muchos de sus miembros, pero sin definir claramente en qué debía consistir la libertad. Tenían unos cuantos principios pero con bastantes limitaciones. Estaban por la libertad de imprenta, pero sin exageraciones; defendían las asociaciones, pero bajo la vigilancia de la autoridad; estaban en contra de las persecuciones religiosas, pero hasta muy avanzado el siglo xix apenas pasaban de la tolerancia religiosa. Estimaban que la libertad de conciencia, la libertad de cultos y la separación de la Iglesia y el Estado eran soluciones muy peligrosas. Eran católicos pero profundamente anticlericales. En el orden económico, querían la supresión de la contribución de consumos y abogaban por la descentralización administrativa. En época de Mendizábal fueron decisivos en dos momentos: como arma poderosa contra los carlistas y como impulsores del movimiento de capitales facilitando la desamortización civil y eclesiástica. Eran antidinásticos, porque la camarilla de Palacio los rechazaba, y tenían tendencia a recortar las facultades de la monarquía aproximándose al parlamentarismo inglés. Su grito era “Cúmplase la voluntad nacional” que había sido la fórmula de Espartero, aunque no quedase claro cómo determinaban cuál era la voluntad de la nación. Su programa era un programa práctico que se había ido formando al contacto con las circunstancias y según su evolución. Muy a menudo presentaba señaladas contradicciones que resolvía siempre con su espíritu liberal. Así algunos, como Figuerola, eran librecambistas, pero en cambio otros, como Pascual Madoz, eran proteccionistas rabiosos. En resumen, tenía unas pocas fórmulas muy generales, no demasiado concretas, pero que eran muy sugestivas para una parte de la población. Gracias a ello contaban con las masas populares, que venían de las clases más bajas y de la clase media y sobre todo, tenían un jefe militar y un gran hombre de estado como Juan Prim. El otro gran partido, la Unión Liberal, partido de una gran fuerza no por sus ideas científicas, sino por haber llevado la rebelión al ejército, y con él al duque de la Torre y a otros muchos generales de gran valía, y a una gran parte de la administración formada en amplios periodos de aprendizaje. Igualmente llevaba consigo un gran número de intelectuales entre los que se distinguían los poetas Ayala y Núñez de Arce y el periodista Lorenzana. Muchas de las fuerzas conservadoras del país también se sintieron atraídas por la Unión Liberal, dándole así el aire de mantenimiento del orden que a muchos les tranquilizaba. En la oposición se encontraban los republicanos que, por haber vivido muchos de sus dirigentes en el exilio de Suiza durante bastante tiempo, eran partidarios de la república federal. En él había nombres tan conocidos e ilustres como Castelar, Pi y Figueras. Se llevaron parte de las masas populares, sin que estas supieran a ciencia cierta qué era


76  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época eso del federalismo. Echegaray, gran detractor del federalismo, relata escenas seguramente inventadas, en las que ante preguntas de respuesta evidente, los políticos que dirigían el mitin llevaban el agua a su molino: “—¿Qué preferís, comer patatas o comer perdices? —Perdices. —Pues esa es la República Federal. —¿Qué preferís, vivir en una miserable casucha o en un palacio? —En un palacio. —Pues esa es la República Federal. —¿Qué preferís, que se queden vuestros hijos con vosotros o que se vayan a servir al rey? —Que se queden. —Pues esa es la República Federal”. Con un parlamento así, el gobierno lo configuraban los unionistas, los progresistas y, los demócratas. De alguna manera podía decirse que estaban representados el pasado con los primeros, el presente con los segundos y el futuro con los terceros. Pero solo el hecho revolucionario los unía. Con el tiempo empezaron a surgir disensiones y roces obligando a la formación de nuevos partidos que ya llegaron hasta el final del siglo xix. *  *  * La apertura de las Cortes constituyó un momento al que todas las fuerzas políticas y en general, la población, llegaron con la mayor emoción. Todo era un hervidero en el que las discusiones de todo tipo, los acuerdos y las disensiones llenaban pasillos y salones. Por primera vez el trono estaba vacante y las Cortes eran el único poder legítimo con capacidad para crear el derecho futuro y sin cortapisas externas que limitaran su acción. Los tres problemas fundamentales que centraban las discusiones y los debates eran, por una parte, la forma de gobierno, si monarquía o república. El segundo, los derechos individuales de los ciudadanos y el tercero, el que más interesaba a todos tuvieran las ideas que tuvieran, la cuestión religiosa. Con respecto al primero, el partido federal aspiraba a establecer, como era lógico, una república federal; algunos, muy pocos, eran partidarios de la república unitaria pero su opinión apenas contaba. Por el contrario, la mayoría, configurada por tres partidos, era monárquica por tradición, aunque en muchos casos lo era por oportunismo. Los más monárquicos eran los de la Unión Liberal, cuyo candidato al trono era duque de Montpensier.


Las Constituyentes de 1869 

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El partido progresista, también monárquico, quería encontrar otro rey en Europa que tuviese el visto bueno de otros estados europeos. Finalmente el grupo democrático era también monárquico aunque sin mucho entusiasmo ni mucha fe en la monarquía. De hecho había gestado una frase, “la forma de gobierno es accidental”, que estaba subliminalmente por debajo de todas sus opiniones. El segundo problema era, realmente, un problema más difícil de resolver. Era el determinar hasta qué punto es libre el ser humano, bien cómo individuo o bien como formando parte de una colectividad. Y, al mismo tiempo, hasta dónde llegan sus derechos. Se pedían soluciones concretas, pero esas soluciones eran muy difíciles de encontrar. El programa de los demócratas era el de los derechos individuales y, aunque en parte sostenido también por otros partidos, sólo por ellos fueron defendidos en toda su pureza. A los prohombres de la Unión Liberal no les encantaba ni mucho menos lo aceptaban. El grupo progresista ocupaba una posición intermedia entre demócratas y unionistas; simpatizaban con el dogma democrático pero temían su exageración. En resumen, los tres grupos podían tener planteamientos equivalentes, pero se aproximaban a ellos a distintas velocidades. Como dice en sus “Recuerdos”, los demócratas querían a todo trance llegar a la estación final, los unionistas no querían pasar de la estación anterior y los progresistas se hubieran quedado entre dos estaciones sin retroceder ni avanzar. Al final, los demócratas casi ganaron e impusieron su programa en el título de los derechos individuales de la Constitución. Y ello a pesar de que entre los miembros del Gobierno no figurara aún ningún demócrata. Pero el problema fundamental era el de la cuestión religiosa, derivado en cierta medida del punto anterior en cuanto que la libertad religiosa era considerada como el más profundo de los derechos individuales. La batalla planteada fue realmente la más encarnizada en toda la redacción del texto constitucional. Y en esta batalla Echegaray tuvo su primera intervención pública y la que tuvo más resonancia de todas las que pudo tener a lo largo de su historia. De hecho, algunos han considerado al discurso que pronunció en el Congreso como el primero de sus dramas.


1869: DISCURSO DE LA TRENZA DEL QUEMADERO

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chegaray siempre había rehuido de hablar en público, salvo cuando lo hacía en el Ateneo o en la Escuela de Caminos. No creía que un simple Director General tuviera categoría suficiente para una intervención en el Congreso y mucho menos sobre una cuestión religiosa. Pero Ruiz Zorrilla, quizás conociéndolo mejor que él mismo y con la misma técnica que había empleado para convencerle de que aceptara el cargo un tiempo atrás, se empeñó en que interviniese. Y así, el 5 de mayo de 1869, Echegaray pronunció su primer discurso en el “Debate del dictamen de la comisión sobre el proyecto de Constitución: La cuestión religiosa”. El tema había sido ya debatido en anteriores sesiones y la mayor parte de los oradores de la cámara habían ya intervenido. Las tres posturas básicas que se habían enfrentado eran: separación de la Iglesia y el Estado, libertad absoluta de cultos subvencionados por el Estado y tolerancia religiosa. De todas la intervenciones, la más efectista y que más repercusión tuvo fue la que pronunció Castelar, tras las palabras del canónigo Manterola, en las que éste planteaba los servicios prestados por la Iglesia al mundo y las excelencias del catolicismo, y todo ello para demostrar lo inconveniente de no respetar la unidad religiosa. Castelar remontó el vuelo, narró los horrores de la intolerancia y acabó sus palabras con unas frases que han quedado como unas de las más elocuentes dadas nunca en el Congreso y que lo pusieron a la cabeza de los oradores españoles: “Grande es Dios en el Sinaí, el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el Majestuoso Dios del Sinaí, sino el Humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo: ¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen! Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso, y yo en nombre de esta religión, yo en nombre del evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis al frente de vuestro código fundamental la libertad religiosa; es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres”.


80  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época El discurso de Echegaray debería constituir casi el epílogo de las controversias suscitadas y, en cierta manera, la forma de traer de nuevo a la luz los principios del grupo democrático en el tema religioso, esto es la libertad y los derechos individuales como contrapuestos a los del Estado. Por ello indicó en su discurso, desde el principio, que prescindiría de la cuestión filosófica, de la cuestión metafísica y de la cuestión crítica; de que no heriría ningún sentimiento religioso, porque todo sentimiento religioso es digno de respeto y solo afecta a lo más íntimo y más subjetivo que hay en el ser humano. Por ello se centraría, únicamente, en la cuestión política sin atacar a ninguna religión Sus palabras serían, en consecuencia, las que se podían derivar de la Revolución de Septiembre. Según fue avanzando en su discurso, fue tratando de situarse cada vez más en un nivel general, como mirando desde lo alto diferenciando los grandes movimientos de los planetas en el universo de los pequeños movimientos que pueden surgir a nivel de suelo. Separando los planteamientos de la ciencia de los planteamientos religiosos pero recalcando la armonía que debe existir entre ambos. Pero cuando se encontraba en esas alturas, de pronto, el espíritu dramático lo llevó a tierra. Y llevó su discurso al nivel más terrenal posible. “Prescindamos de la palabra Iglesia; sustituyámosla por otra palabra. ¿Puede sostener S.S. que el poder teocrático no ha perseguido nunca a las personas? Pues si sostiene que el poder teocrático no ha perseguido nunca a las personas, marche por la calle Ancha de San Bernardo, salga al campo, tome a la derecha, y allí, cerca de la estatua de Daoiz y Velarde, verá el Quemadero de la Cruz. ¿Sabéis lo que es el Quemadero de la Cruz? Yo os lo explicaré; yo deseo que vayáis allí a verlo; yo quisiera que estas discusiones tuvieran lugar sobre aquel horrible monumento, a ver si había quien se atreviese a defender la unidad religiosa. El Quemadero de la Cruz es un gran corte del terreno; es, pudiera decirse, un corte geológico. ¿Sabéis lo que es un corte geológico? La naturaleza abre su gran libro, extiende sus grandes páginas, es decir, da un tajo al terreno, y allí se ven, en ordenadas capas, arcillas, pizarras, areniscas y pedernales: son las líneas el gran libro en que el geólogo va a estudiar cómo se ha formado este planeta en el cual vivimos. Pues bien: el Quemadero de la Cruz es también un gran libro, es también una gran página, una sombría página que encierra provechosa aunque triste enseñanza: con sus capas alternantes, es el Quemadero de la Cruz un corte, que yo no me atrevería a llamar geológico, pero que pudiera llamar, con verdad, teológico. En esos bancos alternantes del Quemadero de la Cruz veréis capas de carbón impregnado en grasa humana, y después restos de huesos calcinados, y después una capa de arena que se echaba para cubrir todo aquello; y luego otra capa de


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carbón, y luego otra de huesos y otra de arena, y así continúa la horrible masa. No ha muchos días, y yo respondo del hecho, revolviendo unos chicos con un bastón sacaron de esas capas de cenizas tres objetos que tienen grande elocuencias, que son tres grandes discursos en defensa de la libertad religiosa. Sacaron un pedazo de hierro oxidado, una costilla humana calcinada casi toda ella, y una trenza de pelo quemada por una de sus extremidades. Estos tres argumentos son muy elocuentes. Yo desearía que los señores que defienden la unidad religiosa los sometieran a severo interrogatorio; yo desearía que preguntasen a aquella trenza cual fue el frio sudor que empapó su raíz al brotar la llama de la hoguera y cómo se erizó sobre la cabeza de la víctima. Yo desearía que preguntasen a la pobre costilla cómo palpitaba contra ella el corazón del infeliz judío. Yo desearía que preguntasen a aquel pedazo de hierro, que fue quizás una mordaza, cuantos ayes dolorosos, cuantos gritos de angustia ahogó, y cómo se fue oxidando al recibir, el ensangrentado aliento de la víctima, con la cual el duro hierro tuvo más entrañas, más compasión, fue más humano, se ablandó más que los infames verdugos de aquella infame teocracia. La unidad religiosa, señores, es un mal, es un inmenso mal, no bajo el aspecto religioso, no bajo el aspecto de ese gran sentimiento hacia lo supra-sensible. ¿Qué es la perfección suprema sino que todas las inteligencias y todos los corazones se fundan en la verdad divina, en la verdad única? Yo no arrojo una mancha sobre ninguna religión revelada: en el fondo de todas ellas hay una aspiración noble, levantada; pero lo que yo no quiero es que el poder teocrático convierta la unidad religiosa en arma de partido… .. Por eso yo no ataco ninguna religión en sí misma, en su dogma, en su doctrina; pero si la ataco cuando se convierte en teocracia, cuando se convierte en un poder social que trata de imponer la verdad religiosa a la inteligencia humana y al corazón humano”. El resto del discurso ya solo fue como una recapitulación de ideas dejando a los oyentes solo con el recuerdo del fuego de artificio que acaba de oír. El Diario de sesiones registra al terminar: “Grandes y ruidosos aplausos. Diputados de todos los lados de la Cámara acuden a felicitar al orador”. ¿Cuál fue la génesis de sus palabras y cuáles las ideas que le habían movido a plantear aquella escena digna de alguno de sus dramas posteriores. El autor lo recuerda varias veces en sus escritos y, en algunas de las entrevistas que le hacen, siempre repite la misma historia: que cuando redactó la base de su discurso no tenía en mente más que la parte expositiva y conceptual que aparece en la primera parte del mismo. La segunda, la del golpe


82  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época de efecto, tiene un origen mucho más ligado a la casualidad que a una idea preconcebida. Su genio teatral no podía desaprovechar una circunstancia que podía dar el clima que le faltaba a sus palabras. La noche anterior a su estreno en las Cortes, acudió como siempre a la tertulia en el Café Suizo, donde se reunía con sus colegas ingenieros y economistas. Allí estaban Rodríguez, Figuerola, Bona, San Romá y otros. En esta ocasión, como era lógico, todas los comentarios se dirigieron a él con preguntas sobre cuál era su estado de ánimo y si el discurso iba a ser muy largo. El previo de Castelar había despertado todos los ánimos y nadie esperaba que ningún otro le pudiera hacer sombra. A mitad de la charla apareció por allí otro colega, José Morer, antiguo profesor de Echegaray y que de ideas liberales nunca había tomado parte en ningún tipo de política. En aquellos días se encontraba dirigiendo las obras que Juan Bravo Murillo había iniciado para traer a Madrid las aguas del Lozoya. Al oír que estaban tratando la cuestión religiosa, sacó sobre la mesa el tema en el se encontraba en ese momento: “—Sí, parece providencial; para las obras del alcantarillado, o de la distribución de aguas, o para las fundaciones del depósito (Echegaray no está seguro de qué obras citó), estamos haciendo unas excavaciones en el sitio que, según dicen todos, fue el Quemadero de la Cruz, y hemos encontrado, entre otras cosas, dos restos de aquel fanatismo o de aquella barbarie… . Hemos encontrado una trenza de mujer, indudablemente, quemada en gran parte, y unos hierros oxidados, que no sé si serían grillos o mordazas, o qué instrumento brutal y maldito. Y además…” Echegaray no necesitó oír más. Con aquello tendría bastante para dar el golpe de efecto que estaba tratando de encontrar desde que empezó a redactar sus palabras. Creyó sin dudarlo lo que decía Morer, porque era hombre serio incapaz de inventar una farsa y decía había visto los objetos. ¿Sería el sitio de la excavación realmente el del anterior quemadero? ¿Sería la trenza de verdad de alguna de las ajusticiadas en las llamas? ¿Eran los hierros restos de cadenas o de grilletes? No importaba. Aunque aquel sitio no hubiera sido exactamente el lugar del quemadero, ¿no habría múltiples lugares en otros sitios que sí hubieran sido quemaderos? El crimen, el recuerdo del pasado, era una realidad sin importar el sitio en el que hubiera ocurrido. “Preguntad a los judíos, a los moriscos y a tantas infelices víctimas de un fanatismo brutal, con el que, según parece, es moda tener hoy todo linaje de hipócritas y dulzarronas benevolencias. … Cadenas hubo por toda España para amarrar cuerpos, y mordazas para ahogar gritos, en las cien hogueras de la Inquisición.”


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Cuarenta años después, Echegaray se seguía sintiendo orgulloso de sus palabras en las Constituyentes28. El discurso fue un verdadero éxito y, sin eclipsar al de Castelar de Dios en el Sinaí, fue comentado con admiración por toda la prensa de días posteriores. Había logrado sintonizar, igual que en una obra de teatro, a autor, actores, público y crítica. Cuando uno de esas partes falla, el drama no resulta. Cuando todos se encuentran con un mismo sentimiento, el éxito está asegurado. Había despertado un sentimiento que dominaba en la Cámara y al aplaudirle, en el fondo, todos se estaban aplaudiendo a sí mismos. Había respondido a un estado general de todos. Había tenido la oportunidad de encontrar un estado de ánimo común y lo había aprovechado. Poco después, ante los acontecimientos que se iban sucediendo, el fondo del discurso se fue olvidando pero “la trenza del Quemadero” siguió sirviendo durante muchos años como arma de crítica para sus enemigos políticos.

Los dos parlamentos de Castelar y Echegaray son, de esa etapa de la historia de España, a los que más atención dedicó Pérez Galdós en sus “Episodios Nacionales” (“España sin rey”. pp. 282 y 298. Obras Completas. Aguilar, 1971). De Echegaray, al que describe como “un hombre de algo más de treinta años, flaco, espiritual, barbudo y con anteojos, de dicción fácil y razonar persuasivo”, dice al final, por boca de uno de sus personajes: “Muy bien, muy bien, Echegaray. Lástima que no sea usted dramaturgo”. Cuando lo escribió, en 1907, Echegaray ya había llegado a la cumbre de su carrera como dramaturgo. 28


1869: ECHEGARAY VUELVE A FOMENTO

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na vez concluida la Constitución era preciso pasar a organizar los poderes públicos. Solo faltaba encontrar un rey y hasta entonces, el duque de la Torre actuaría como Regente y el general Prim presidiría el Consejo de Ministros, encargándose también del Ministerio de la Guerra. Pero la tarea de encontrar un rey se descubrió mucho más difícil de lo que parecía, a pesar de que en los primeros momentos casi todos los grupos estaban de acuerdo en una solución que había propuesto Olózaga y que apoyaban todos los progresistas y los demócratas sin que los unionistas se opusieran muy activamente. Era la candidatura de don Fernando de Portugal. La presencia de un rey portugués en el trono de España podía acelerar el tema ibérico, mantendría un fuerte lazo con Portugal y estimularía las ilusiones de la gran Unión Ibérica, anhelo que Prim siempre tenía en mente y para el que contaba con el apoyo de Ruiz Zorrilla. Los partidarios de Montpensier no eran capaces de enfrentarse a una figura como la de don Fernando y los republicanos, ante el problema supremo de la unión de los pueblos ibéricos, no eran capaces de plantear una causa más elevada. Todos los grupos aceptaron la propuesta, salvo algunas propuestas vestigiales que querían solicitar a Baldomero Espartero que accediera a ser nombrado soberano. Cuando los rumores de lo que se iba a proponer oficialmente llegaron a Portugal, se replicaron con otros rumores sobre la negativa de don Fernando a aceptar el trono. La candidatura fracasó y con ella la única posibilidad de mantener a todos los partidos unidos alrededor de una misma figura. La candidatura de Montpensier empezó de nuevo a tomar fuerza con apoyos que provenían tanto de los unionistas, como de algunos progresistas e incluso se decía de algunos demócratas. Las distancias entre los tres grupos que configuraban la mayoría gobernante se iban haciendo cada vez mayores y estas diferencias llegaron también al Gabinete. Por razones nunca aclaradas, una gran mayoría del partido demócrata se enfrentó al ministro de Gracia y Justicia, don Martín Herrera, ministro procedente de la Unión Liberal. Casi todos los ministros se pusieron al lado de Herrera, pero los demócratas pusieron el peso de toda su participación en las etapas de redacción de la Constitución y no estaban dispuestos a no tener ningún representante


86  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época en el banco azul. A pesar de los esfuerzos del Gobierno por alcanzar una fórmula de compromiso sin llegar a una crisis ministerial, fue preciso llegar a una votación en la que se decidiera la continuidad o no de Martín Herrera. Y los demócratas pidieron una votación nominal. Echegaray se encontró en el centro de un conflicto en el que no había participado y ni siquiera sabía qué partido tomar. Él no era amigo de votar en contra de nadie, simplemente porque como decía: “¿Qué necesidad hay de dar disgustos a personas buenas y simpáticas, manifestando ante el país que encuentra uno mal lo que hacen, cuando la ley matemática de probabilidades demuestra que casi todos los demás ciudadanos lo harían mucho peor?”. Se encontraba ante un dilema que no sabía cómo resolver. Por una lado estaba seguro de que Ruiz Zorrilla votaría a favor de Martín Herrera por solidaridad de Gabinete. Y a Ruiz Zorrilla le debía su cargo además de profesarse entre ambos una muy cordial amistad. Por otro, todo su grupo demócrata votaría en contra, porque habían sido ellos los que habían iniciado la batalla contra Herrera. Sin saber qué decisión tomar, fue a hablar primero con sus correligionarios. Las opiniones de Martos y de Gabriel Rodríguez fueron que debía dejarse de sentimentalismos y votar en contra; ninguno de los progresistas iba a derramar ni una lágrima por la caída de un ministro de la Unión Liberal. A continuación pasó a hablar con Zorrilla y le planteó sus dudas, así como su dimisión del cargo de Director General dada su postura en este tema. La respuesta de Zorrilla fue mucho más drástica que la de los otros. “Ya hablaremos. De la dimisión no hablaremos nunca, porque a saber cómo concluirá todo esto. Con que usted vote lo que quiera”. Con todo lo anterior, llegó la votación, votó con los demócratas, estalló la crisis y cesó Martín Herrera. Y el que resultó beneficiado por todo aquello, sin apenas ninguna participación por su parte, como en anteriores ocasiones, fue don José Echegaray. *  *  * Ruiz Zorrilla volvió a llamarle y le planteó la situación: “—Yo paso a Gracia y Justicia: queda vacante el Ministerio de Fomento y en el Ministerio de Fomento entra Echegaray Me presentó usted la otra tarde su dimisión de director, y yo, enojadísimo de su conducta de usted, se la acepto; pero en cambio, me voy de Fomento y entra usted en mi lugar”.


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Figura 10. Echegaray, Ministro de Fomento.

La propuesta, que debía ser aceptada y agradecida por todo lo que significaba, volvió a ponerle de nuevo en otro difícil dilema. Si aceptaba la propuesta, entraría al Gabinete como ministro progresista con lo que los demócratas volverían a quedar nominalmente fuera de él. El grupo demócrata rechazó en pleno la propuesta, al mismo tiempo que él declinaba la oferta. Finalmente la crisis se resolvió entrando los demócratas en el gabinete con dos carteras: Manuel Becerra en Ultramar y Echegaray en Fomento. A partir de entonces, el camino desde la calle del Barquillo, donde vivía, al Ministerio, podría hacerlo ya en un coche ministerial tirado por “dos desgarbados jamelgos y sin ningún atisbo de elegancia, y por el que desde luego no merecía la pena ser ministro”. En seis meses había pasado de profesor de la Escuela a ministro del ramo. Mientras tanto, por decisión de Prim, Ruiz Zorrilla había pasado a la Presidencia de la Cámara y Sagasta se encargaría de la cartera de Estado, que era la que en aquel momento tenía mayor importancia porque habría de encargarse de la búsqueda de una nueva dinastía en el trono. Esta nueva etapa de ministro le proporcionó una visión del país que desde fuera de su cargo hubiera sido muy difícil que la hubiera adquirido. De ella merece la pena detenerse en dos momentos que muestran algunos aspectos de su forma de actuar: sus entrevistas recibiendo peticiones de plazas y el episodio del Catecismo y su secuela en Granada.


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Echegaray y la masonería Igual que había inaugurado su etapa como director general de Obras Públicas, nombrando a aquellos que iban a ser sus más directos colaboradores y dejando al ministro el que dispusiera de todo el resto de las plazas a su voluntad, como ministro tuvo que atender de continuo multitud de visitas solicitándole empleo para algún conocido o familiar o, incluso, pidiéndoselo para si mismo. Era la eterna historia de los ceses y las vacantes, tras cada cambio ministerial, que paralizaba al país durante largos intervalos de tiempo. En los “Recuerdos” detalla muchas de estas visitas, cada una con sus características y sus notas personales o sociales. De todas ellas, hay una que ofrece unos datos sobre su persona y su forma de pensar que no aparecen en otros sitios. Narra su entrevista con un antiguo compañero, de cuando estudiaba matemáticas antes de entrar en Caminos y que no había vuelto a ver desde entonces. Le da un nombre imaginario seguramente para que quedase oculto por su posición posterior. Describe a este compañero como un buen chico, con una cierta inteligencia pero muy tímido. Todos sus logros los había conseguido a base de cortesía y siempre tenía el convencimiento de que los otros opositores a alguna plaza a la que intentara acceder eran mejores y con más méritos que él. “…quiso seguir la carrera de Caminos, que entonces pasaba por ser la más difícil; mas su timidez se interpuso, y se convenció a sí mismo de que no tenía talento para seguirla… ..vaciló, perdió algunos años en estas vacilaciones, y al fin se hizo ingeniero industrial, que era en aquellos tiempos carrera mucho más rápida, aunque al terminarla y al obtener el título era de porvenir incierto. Esto, como muchas otras cosas, ha cambiado, por fortuna, en España. La Industria, en general, la Química, la Mecánica y la Electricidad han abierto brillantes horizontes a la juventud”29. Este antiguo compañero, durante un tiempo, fue a visitarlo con frecuencia sin decirle nunca en concreto cuál era el objeto de sus visitas. Al cabo de muchos meses parece se decidió al fin y le dio cuenta de su penosa situación. Como ya llevaba Echegaray más de año y medio en el cargo, la mayor parte de los posibles destinos estaban ya ocupados y fue imposible ofrecerle nada. A pesar de la negativa, siguió visitándole casi a diario y un día de pronto le preguntó: “—Oye, Pepe; te voy a hacer una pregunta. —Pregunta lo que quieras. —Dime la verdad: ¿eres masón? Esta opinión de Echegaray se ver reforzada en los múltiples artículos que sobre estos temas escribió en años posteriores y que le muestran como alguien que ve que el porvenir se encuentra en ellos. 29


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—Hombre, no; ni he sido masón, ni lo soy, ni espero serlo, ni se me ha ocurrido jamás esa idea. —Háblame con franqueza, porque conmigo ya sabes que puedes tenerla. Y además —agregó— te diré en confianza que yo soy masón; de modo que hablarías desde luego con un amigo y, además, con un hermano.” Echegaray se echó a reír porque se podía imaginar todo de su amigo menos que perteneciera a la francmasonería. “—Pero ¿es verdad? Pero ¿tú eres masón? Entonces eres un ser formidable. —No te rías, que esto de ser masón tiene muchas ventajas. —No lo dudo; pero como no estoy en interioridades, no las conozco. —Pues las tiene, y haces mal en desdeñarlas… Mira, muchos de los hombres políticos con quien tratas, los que más valen, los de más importancia, los que más influencia tienen en la política, a la francmasonería pertenecen y en ella tienen altos cargos. —Supongo que tendrán esa elevada posición dentro de la sociedad masónica por la importancia política que tienen fuera, y que no habrán adquirido esa importancia por el grado que tengan dentro. Lo que tú consideras, causa, yo lo considero efecto. —Pues estás en un error; hoy el masonismo, o la masonería, o la francmasonería, como quieras llamar a nuestra asociación, tiene extraordinaria influencia en toda clase de asuntos, y sobre todo en los asuntos públicos, o sea en la vida política. Y para la vida individual, no se diga: el ser masón es encontrar apoyo en todas partes porque en todas partes y en todas las esferas contamos con hermanos de gran poder… ¿Por qué no te haces masón? Yo les hablaría y te recibirían con los brazos abiertos, porque saben que eres un espíritu avanzado… Te aseguro que en pocos años llegas a venerable. —Yo te agradezco la buena intención; pero te repito lo que te dije antes. Ni soy masón ni lo seré. Respeto a todo el mundo y a toda clase de agrupaciones humanas que, por medios lícitos, procuren fines provechosos; pero no son para mí las sociedades secretas; mis actos han de ser públicos: el misterio y la sombra me son repulsivos por naturaleza… En la vida democrática moderna, todo se hace a la luz del día. Esta es mi opinión, respetando la tuya. No soy joven, pero no soy viejo, y han de pasar muchos años para que yo me crea digno de ser venerable, dado que sea venerable alguna vez. La conversación continuó durante un largo rato y, al final, Echegaray le espetó:


90  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época “—El ser masón no sirve para nada… Te lo demuestro con tu ejemplo y, además, matemáticamente. Tú deseas un destino. Entre unas cosas y otras, ha pasado más de un año sin que haya podido dártelo, bien contra mi voluntad; pero, en fin, continúas sin colocación. Si eres masón y con cierta antigüedad, debes tener muchos amigos poderosos en todas las esferas. Los masones os debéis amparo y protección. ¿Cómo tus amigos, tus hermanos, no te han proporcionado ya ese destino que deseas?… Nadie me ha hablado en tu favor, y si al cabo consigues un puesto, será por mí, que no soy masón.” Tras un silencio por parte de su amigo, y ante el razonamiento del ministro, asintió con algo que éste jamás esperaría: “—Ser masón no me sirve para nada. Solo me sirve para que mi madre, que se ha enterado, se tome grandes pesadumbres y me dé grandes disgustos, porque dice que soy un hereje, que estoy excomulgado, y que de seguro me voy a condenar si continúo con los de la secta nefanda, como ella nos llama… Adiós, voy a dar un gran alegrón a mi madre: voy a decirle que ya no soy masón”. ¿No era masón realmente Echegaray? En un gran número de publicaciones que tratan el tema de la masonería en el siglo xix en España, aparece como tal. Aquí lo niega categóricamente. Quedémonos con su palabra.

Echegaray, el Catecismo y Granada Como ya se ha indicado el Gabinete que se encontraba en el gobierno, durante el tiempo en el que se discutía la nueva constitución y en los meses siguientes hasta encontrar rey, únicamente tenía dos ministros demócratas. Una gran parte de la Cámara, principalmente los elementos menos avanzados, como los de la Unión Liberal, una parte de los progresistas y un pequeño grupo que solo aceptaba la revolución como un hecho, pero no como el ejercicio de un derecho democrático, tenían los ojos puestos en ellos con la esperanza de encontrar alguna ocasión para derribarlos. Habían conseguido ya la salida de Manuel Becerra y el siguiente era Echegaray. La cuestión religiosa, y más en concreto en su aspecto de la enseñanza, les proporcionó la ocasión que estaban buscando. Un día se presentaron en su despacho algunos demócratas de segunda fila presentados por su director de Instrucción Pública, don Manuel Melero, y le entregaron el borrador de un proyecto de decreto pidiéndole que lo pusiese en marcha. El Proyecto era muy breve y, casi literalmente decía: “Para que la libertad religiosa establecida por la Constitución del Estado tenga su aplicación práctica a la enseñanza pública, se prohíbe en todas las escuelas del Reino que del Estado dependan, la enseñanza del Catecismo”.


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Figura 11. Discusiones en el Gabinete sobre la cuestión religiosa. Echegaray aparece en el centro, de pié (“La Flaca” 11 de septiembre, 1869).

Ni lo habían consultado con Nicolás María Rivero ni con Cristino Martos, jefes del grupo democrático. Ni mucho menos con algún otro político de los otros dos grupos del Gobierno de conciliación. Echegaray les mostró su desacuerdo con lo propuesto, que podía contener algo de las ideas de su grupo, pero que sería como una provocación para una gran parte del país y, sobre todo, para los carlistas como un grito de guerra. Y éstos estaban ya bastante revueltos como para encima darles más motivos. Cogió los papeles que le habían entregado y, tras romperlos, los echó a la papelera. Pero al cabo de unos días, sin que se lo hubiera dicho ni comentado a nadie, una pregunta en el Congreso sacó el tema a la luz: “—La opinión pública está alarmadísima; la conciencia católica, alarmadísima y escandalizada, porque ha corrido la noticia, que se da por segura, de que el señor ministro de Fomento va a publicar en breve un decreto prohibiendo la enseñanza del Catecismo en las escuela públicas, y yo pregunto: ¿es esto cierto? Deseo una contestación categórica del ministro”. La contestación fue tajante: “La noticia no es cierta; en Fomento no existe el decreto a que se refiere el señor Bugallal”.


92  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Y la respuesta era cierta porque Echegaray lo había hecho pedazos. Insistieron en la pregunta y Echegaray en la respuesta. Tras varias intentonas de hacerle caer en alguna contradicción, finalmente optaron por entrar en el terreno de su falta de experiencia previa en cargos ministeriales y cómo había llegado al que ahora ocupaba a través de una improvisación de otros ministros. Y concluyeron con un “escarceo filosófico sobre las religiones positivas, el espiritualismo, el ateísmo y otras menudencias”. El fruto parecía que estaba ya maduro y, a pesar de un fuerte aplauso de apoyo de demócratas y republicanos, la interpelación se convirtió en un voto de censura. Echegaray se levantó de su banco azul, marchándose del Congreso mientras comenzaba la votación nominal. Al llegar a casa le comunicaron el resultado: la censura había sido rechazada por una gran mayoría. A pesar de ello, fue a ver a Prim para comunicarle su dimisión. Prim se negó a aceptarla a pesar de los razonamientos de Echegaray, que la justificaba por el hecho de que la mayor parte de los votos habían venido de la minoría republicana y que un gran número de progresistas y algunos demócratas no habían participado en la sesión. Rivero y Moret dijeron que si Echegaray dimitía, ellos también. Esta situación podía dar al traste con todo el gobierno y con la empresa que estaba en marcha de buscar un rey para España. En un intento de resolver el problema planteado, Echegaray propuso que Prim llamase uno a uno a los diputados que habían estado ausentes y les obligase a que, al día siguiente, “al leer el acta de la sesión anterior, uno a uno pidan la palabra para que conste que unen su voto al de la mayoría en la votación de censura”. Si se conseguía eso, en el número de votos favorables ya habría una mayoría correspondiente a los grupos que apoyaban al gobierno. Echegaray se resignaría a no presentar su dimisión y en La Gaceta figuraría la no admisión de la misma. Así se hizo y la votación de progresistas y demócratas dió un “si” muy por encima de lo que habían votado los partidarios de la dimisión. A partir de ese momento, los dardos en el Congreso dejaron de centrarse en Echegaray y tomaron otros derroteros. Aunque una gran parte de la población, conducida por unas determinadas publicaciones, siguieron creyéndolo hasta que publicó, poco después, un decreto con el que estaban de acuerdo todos sus compañeros del Gabinete, que aplaudieron demócratas y republicanos y que una gran parte de la prensa conservadora reconocía que era una solución equilibrada que respetaba el precepto constitucional. En ella decía que “cuando los padres, lo tutores, la familia de un niño, no quisieran que se le enseñase el Catecismo, o porque se reservaban esta facultad, o por otro motivo cualquiera, su voluntad fuese respetada, y la enseñanza del Catecismo no fuera obligatoria para el niño”.


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A pesar de todo lo anterior, el eco de lo ocurrido no se borró en un cierto tiempo. La prueba más palpable la tuvo poco después. Poco antes de la sesión parlamentaria anterior, como ministro de Fomento, había concedido un crédito de bastante importancia para obras de reparación en la Alhambra, que llevaba muchos años sometida a un abandono casi absoluto. Como él mismo dice: “La gloriosa y desdichada Alhambra siempre se está cayendo y siempre se está reparando, y aquella fue una de tantas ocasiones de ruina y reparación del admirable monumento”. Los diputados de Granada habían conseguido que fuera a inaugurar las obras, pero tras la sesión de censura, mostraron su duda de la conveniencia de la visita. Sus comentarios fueron: “—Granada es una ciudad muy levítica; los retrógrados, en general, y los carlistas, en particular, tienen mucha fuerza. La sesión en que quisieron darle a usted un voto de censura, las acusaciones de antirreligioso que se le dirigieron, el propósito que se le ha atribuido de suprimir la enseñanza del catecismo, todas estas cosas han tenido gran resonancia en Granada, han excitado a mucha gente contra usted, y como todos estos hechos están muy recientes, si usted se presentase ahora en Granada, serían de temer manifestaciones y aun escándalos que usted no debe provocar. Creemos, pues, como amigos que somos de usted, que debe renunciar al viaje proyectado y empezar modestamente las obras de reparación de la Alhambra sin la solemnidad que habíamos pensado”. La contestación de Echegaray fue rotunda: “—He prometido ir a Granada y estoy resuelto a ir”. Y allí se fue. Su llegada no fue brillante: las autoridades y los que por obligación tenían que recibirle. Nadie más. Una recepción silenciosa, triste y algo siniestra. Solo una comisión de republicanos federales se acercó por la noche a la fonda donde debía pasar esos días en Granada. Echegaray rechazaba la federación ya que la consideraba “un atentado a la unidad y una regresión en el orden histórico, además de una negación brutal del verdadero progreso que es ir cada vez a unidades más altas y más comprensivas, concediendo dentro de esa unidad cada vez más sumas de libertades y más perfectas al individuo, lo cual trae consigo la máxima asociación, pero asociación libre, no forzada por unidades orgánicas interiores, amenazadoras para la unidad”. A pesar de ello, los republicanos le mostraron su simpatía y su adhesión. Todos eran gente enérgica, de aspecto batallador y cada uno con su respectivo revolver. Le advirtieron de que posiblemente vendrían por la noche los carlistas a darle


94  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época una cencerrada pero que ellos estarían alrededor de la fonda para proteger su seguridad. Visto que aquello podría acabar a tiros, les agradeció sus buenos propósitos y les rogó que se retiraran para evitar enfrentamientos. No hubo enfrentamientos esa noche ni la siguiente y, poco a poco, se fue derritiendo el hielo. Como la llegada de Echegaray tuvo lugar en Semana Santa, el fondista le preguntó si quería comida especial de carne, porque la habitual en esos días era de vigilia. Si la quería se la podrían preparar. Intuyendo que aquello podía ser una prueba para comprobar su grado de radicalidad, se negó y obligó a todos los que habían ido con él a que hicieran lo mismo. Su elección se comentó en los días siguientes y la provocación planteada, tampoco tuvo efecto. Como tampoco lo tuvo el que, por delante de la fonda en que se alojaba, pasase la procesión de la Virgen de las Angustias y parase frente a su balcón para los ceremoniales habituales. Una gran multitud se agolpó gritando durante largo tiempo: “¡Viva la Virgen de las Angustias!” sin que Echegaray mostrase ninguna reacción en contra ni hubiera ningún incidente desagradable. Tras el paso de la procesión, Echegaray y el Capitán General, bajaron a la explanada y pasearon entre la muchedumbre. El domingo se inauguraron las obras y pronunció uno de sus habituales discursos, muy florido y muy poético, en el que se declaró “entusiasta de los árabes, de los moros y de todos sus afines. Esto no hubiera estado bien en una Catedral; pero en el palacio de la Alhambra era pie forzado”. La visita concluyó con visitas a la Universidad y al Sacro Monte, borrando así la mala impresión que habían tratado de forzar su adversarios. Sin ofender a nadie había ganado amigos y había disipado, al menos en Granada, el sentimiento que había contra él.


A LA BÚSQUEDA DE UN REY

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ras la candidatura de D. Fernando de Portugal, el siguiente candidato que circuló fue el duque de Génova que, para conseguir que la propuesta fuera aceptada por el mayor número posible de diputados, se combinó con una maniobra que podría haber sido efectiva a principios de la Edad Moderna, pero que ya avanzado el siglo xix tenía consigo todas las probabilidades de que fracasase, como así fue. La propuesta consistía en casar al duque de Génova con la hija del duque de Montpensier, con lo que éste se convertiría en padre de reina, sus partidarios se sentirían satisfechos de ver a su candidato próximo al trono y unos y otros podrían decir que habían conseguido un triunfo. Esta propuesta debería guardarse con el mayor secreto posible, hasta que todas las partes estuvieran de acuerdo. Y en ese momento Echegaray volvió a tomar un papel significativo a pesar de que en modo alguno había participado en la idea. Echegaray se había encontrado a algunos metros de distancia de Montpensier cuando tuvo lugar el eclipse de sol hacía algunos años. Había pasado por su lado a caballo y había tenido ocasión de verlo aunque no de tener el más mínimo contacto con él. A pesar de ello, esa era la conexión más directa que tenía nadie del gobierno con el pretendiente al trono. Por otra parte, había sido profesor en Caminos de Bruno Moreno, alumno muy distinguido y algo poeta que, al concluir la carrera, había entrado en la casa de Montpensier como profesor del hijo mayor y, al morir éste, el duque le nombró su secretario personal convirtiéndose en propagandista en algunos entornos de su candidatura. Tras el discurso de Echegaray de la Trenza del Quemadero, se acercó a él para felicitarle recordándole su antigua relación profesor-alumno. Esas eran las únicas relaciones que tenía Echegaray con el duque de Montpensier, pero eran muy superiores a las de cualquier otro miembro del Gabinete. Por ello, Zorrilla y Prim se dirigieron a él para que propusiera a Moreno, en el mayor de los secretos, la idea que habían gestado sobre el duque de Génova y su matrimonio con la hija del duque. Debería comentarla de forma reservada para que se la transmitiera a Montpensier y, a su vez, recibiera de él la respuesta deseada. Era una misión bastante alejada de lo que había supuesto al hacerse cargo del Ministerio de Fomento. Bruno Moreno oyó con el ceño fruncido la propuesta que le transmitía Echegaray y, de inmediato, le aseguró que sería rechazada. Él estaba seguro de que la candidatura de


96  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Montpensier tenía cada vez más adeptos y, con el tiempo, sería la ganadora. A pesar de ello, aceptó el encargo. Se reunieron una segunda vez en un encuentro aparentemente fortuito en el paseo de la Castellana y Moreno le transmitió la contestación del duque, contestación cortés y afectuosa, pero rotundamente negativa. Se limitó a decir que, por grandes que fuesen las ventajas políticas, jamás forzaría la voluntad de su hija. No dio ninguna otra razón y ésa fue la que transmitió a Prim. Bruno Moreno le recalcó que no podía imaginarse cómo se les podía haber ocurrido una idea tal en pleno siglo xix. Unos días después, tras la negativa, Zorrilla le volvió a decir que preparase el equipaje porque irían en breve a Italia para hablar personalmente con el duque de Génova. Las negociaciones no fueron de la manera esperada, el viaje se suspendió y con él la nueva candidatura que habían ideado. *  *  * Finalmente, con el fondo de un Parlamente plagado de disensiones, se llegó a las dos últimas candidaturas. Y en esta ocasión fue Prim el que se encargó directamente de ellas, sin que jamás llegara al Consejo de Ministros la más mínima insinuación de cuál era la situación en cada momento. Su respuesta, siempre que le preguntaban cómo iba el tema, era la misma: “…el día menos pensado les doy a ustedes la gran sorpresa.” El único que sabía algo era Sagasta por su posición de ministro de Estado.

Figura 12. Subasta de la Corona de España. Aparecen Prim, Serrano y Topete (“La Flaca”, 1 de enero, 1969).


A la búsqueda de un Rey 

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La primera candidatura era la del príncipe de Hohenzollern, candidatura que había gestionado Prim directamente con el rey de Prusia y con Bismarck. Prusia había sido una de las primeras naciones en sancionar la revolución de septiembre, era la más poderosa de toda Alemania y ya comenzaba a plantarle cara a la Francia del emperador Napoleón III. Su alianza con ella podía ser una buena baza de cara al futuro. Pero para ello sería preciso contar con el beneplácito de Napoleón III que se vería, si el planteamiento era positivo, entre dos naciones potencialmente aliadas. Por ello, el secreto era imprescindible hasta que se llegara a algún acuerdo. Pero cuando la ausencia de información era más absoluta, esto es, cuando el secreto daba pruebas de que había sido mantenido, estalló de forma brusca. En un solo día la noticia circuló por todos los recovecos de la política y fue conocida por todos. El cómo se llegó a ello es algo que quedó, a su vez, en el más absoluto secreto. Las interpretaciones fueron múltiples pero la verdad no se conoció. Tanto los monárquicos a ultranza como los progresistas o los demócratas saludaron la noticia con entusiasmo. Aliarse con una monarquía como la prusiana otorgaba a la revolución de septiembre un marchamo que ya no podría ser criticado por nadie. Además daba al traste por completo a la candidatura de Montpensier. Frente a estas alegrías, cuando Echegaray fue a ver a Prim, se encontró a éste con el ceño apesadumbrado y más predispuesto a recibir un pésame que una felicitación. Su razonamiento es que esperaba para hacer pública la noticia a haber contactado antes con Napoleón y haber obtenido de él algún tipo de beneplácito. Ahora, por el contrario, se estaría enterando casi por la prensa y sus reacciones podían ser imprevisibles. Si se esperase ahora a recibir la aceptación de Napoleón sería como poner la soberanía española en manos de una potencia extranjera, lo cual era humillante para España. En consecuencia, la maniobra se había abortado antes de ser puesta en movimiento. Prim pensaba acercarse, con la excusa de sus males de hígado, al balneario de Vichy en verano y allí, sin ningún aviso, se encontraría con Napoleón, con quien le unía una buena amistad desde la aventura de Méjico. Allí hablarían como amigos y verían la forma de enfrentarse al problema. Ahora ya todo eso era imposible. A pesar de ello, y como la noticia ya había llegado a todos, no quedaba más remedio que hacer la propuesta oficial a las diferentes instituciones del Estado para tener su aceptación, caso de que se llevara a cabo. Prim convocó Consejo de Ministros en La Granja y, ante el Regente, comunicó solemnemente la propuesta, que fue aceptada por todos sin ninguna vacilación30. Ninguno podía imaginar que, indirectamente, aquello iba a conducir a la guerra entre Francia y Fue durante mucho tiempo muy comentada la anécdota de que Echegaray, en el camino a La Granja, en lugar de meditar sobre lo que se iba a proponer, iba leyendo un libro de Matemáticas. 30


98  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Prusia, daría lugar al derrumbamiento del imperio francés y, a continuación, al nacimiento del imperio alemán. Lógicamente, no fue solo la propuesta de un rey prusiano para España la que desencadenó la guerra; la situación entre ambos países era ya bastante tensa desde hacía algún tiempo y solo aguardaba alguna excusa para que estallara. Mientras tanto, el pueblo español, siguiendo la tradición, ya había designado al candidato alemán con el nombre del rey “Hole–Hole sin narices”, igual que años antes había dado a José Bonaparte el de “Pepe Botella”. Poca vida tuvo en este caso el bautizo, porque el rey de Prusia pronto retiró la candidatura de su príncipe y España volvió a quedar de nuevo sin rey.


1870: LLEGA EL NUEVO REY

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inalmente se llegó a la candidatura de Amadeo de Saboya. Como en anteriores ocasiones también fue Prim el que se ocupó de ella aunque ya sin el secretismo tan absoluto que había mantenido con el príncipe alemán. Debía estar ya muy consensuada, porque muy pronto se llegó a un acuerdo. La propuesta del príncipe italiano, aunque protestada por sectores muy dispares de los bancos de la Cámara, pudo llegar a su aprobación en un tiempo muy breve. Los republicanos intentaron poner todos los obstáculos que pudieron, pero al final la propuesta fue aprobada por las Constituyentes de 1869 y se formó una comisión para ir a Italia y acompañar al futuro rey hasta su nuevo país. Desde el primer momento, las circunstancias que fueron surgiendo daban la impresión que aquello no iba a ir por buen camino. Al pasar la comisión por Cartagena para embarcarse hacia Italia, se encontraron que el Ayuntamiento se negó a recibirla, negándole respetos, honores e, incluso, la más mínima cortesía. El Ayuntamiento era federal y el movimiento cantonal empezaba ya a tomar fuerza. El Gobierno le suspendió de sus funciones y las consecuencias se vieron luego cuando el nuevo rey desembarco allí. El siguiente revés ocurrió en el barco que llevaba a la Comisión. En un brindis, Ruiz Zorrilla, como presidente del Congreso y de la comisión que iba a ofrecer a Amadeo el trono habló de ciertos “puntos negros” que rodeaban a Prim. No se aclaró nunca quiénes eran esos puntos negros, pero el brindis ya quedó con ese nombre, el de los puntos negros, en la prensa de la capital dando lugar a infinitas cábalas tratando de descubrir quiénes eran. Pero el más significativo le correspondió al propio Echegaray, ya como Ministro de Fomento y de quien dependía la Instrucción Pública. La Universidad, movida por los republicanos, se sumió en una profunda agitación de protesta contra el nuevo rey. Las clases no podían desarrollarse de una manera sosegada porque los gritos de los estudiantes, en el interior de las aulas, impedían seguirlas. Una vez acabadas, seguían a los profesores por la calle hasta sus casas. La situación se hizo tan insostenible que la mayor parte del claustro y parte del gobierno, y más en concreto el director de Instrucción Pública, estaban de


100  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época acuerdo en que la única solución de aquello era cerrar la universidad por un tiempo. La opinión era unánime. Casi el único que no estaba de acuerdo era Echegaray. Entendía que sería una humillación de la Universidad y que daba a la protesta un cariz político. Era ir en contra de la opinión de las Cortes, que habían aprobado la aceptación del rey. Además, la situación habría llegado a Italia y habría puesto a la comisión que se encontraba allí en una posición difícil. Se pensaría que la opinión general estaba en contra y que, por ello, el Gobierno no había tenido más remedio que cerrar la Universidad. “La Universidad no se cierra”, se dijo a sí mismo y, a continuación, a todo el mundo. Y no se cerró. Cambió al Rector, nombró a uno nuevo que tenía sus mismas ideas, y al cabo de algunos días las aguas volvieron a su cauce y las clases continuaron como antes de las revueltas. Poco después, en la propias Cortes, tuvo lugar un nuevo hecho que impregnó al ambiente, si era posible aun más, de una sensación de que las cosas marchaban por mal camino. Los ataques de la prensa a Prim cada día eran más violentos. Los insultos ya no solo se dirigían a él sino que también alcanzaban a su familia. En una de las sesiones del Congreso, uno de los diputados republicanos lanzó un discurso furibundo lleno de calumnias contra él. “Comparó al general con una de esas desdichadas mujeres que desde jóvenes pierden todo pudor, y que ya no hay, en el resto de su existencia, ni valla ni límite para sus deshonestidades, de las cuales ni se dan cuenta”. La contestación de Prim fue pausada y breve: “… quizás tenga la obligación sagrada de oír todo eso, y lo he oído con calma, y no contesto, y es el mayor sacrificio que puedo hacer a mi partido, a la libertad parlamentaria y a mi deber”. Había en la atmósfera algo triste, como presagio de algo, secundada por un tiempo frío, con viento, nieve y cielo gris. El desenlace de la tragedia se estaba acercando. Eran los últimos días de diciembre de 1870. *  *  * Los preparativos para recibir a Amadeo en Cartagena ya estaban listos. Iría encabezando la comisión el general Prim y lo acompañarían varios ministros de su gabinete para mostrar el apoyo del Gobierno al rey. No se esperaba ningún tipo de problema en el momento del desembarco en Cartagena, a pesar de lo ocurrido días antes, y se iniciaba la organización de algunos actos populares por las ciudades y pueblos por las que pasara la comitiva real. En el Congreso, el 27 de diciembre, se aprobaban las últimas propuestas relacionadas con la Casa Real, su estructura y su funcionamiento. Durante la sesión, en un momento que en el banco azul comentaba Prim con Echegaray algún aspecto de lo que se estaba tratando, se acercó por detrás Manuel Merelo y, tras algunas vacilaciones, le comunicó a Prim que se rumoreaba que habían llegado noticias de un atentado contra él. El general no se alteró, diciendo que llevaba viviendo con rumores equivalentes desde hacía mucho tiempo y que


1870: Llega el nuevo Rey 

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casi todos los días le llegaba algún anónimo con ese tema. Merelo insistió en que, al menos, cambiara cada día el trayecto que seguía para ir desde las Cortes a su residencia en el Ministerio de la Guerra y que era siempre el mismo: del Congreso a la calle del Turco31, y de allí al Ministerio por la de Alcalá. Prim se volvió a negar: implicaría que tardaría diez minutos más. Y agradeciéndole su interés por él, continuó la conversación con Echegaray.

Figura 13. Atentado de Prim, en la calle del Turco (“La Ilustracion Española y Americana”. 5 de enero, 1871.

Acabada la sesión, Echegaray tomó su coche y siguió prácticamente el mismo camino que seguiría poco después Prim, ya que vivía en la calle del Barquillo: calle del Turco, calle de Alcalá y calle del Barquillo. Llegó a su casa, y antes de que empezase a cenar con su familia, alguien llegó a ella diciendo que “fuera urgentemente al Ministerio de la Guerra, que se reúnen los ministros porque han querido matar al general Prim y que está malamente herido”. Cuando llegó, ya estaban allí algunos militares, unos pocos ministros porque él era el que más cerca vivía y algunos miembros de la familia. En la alcoba estaban la esposa, los médicos, el duque de la Torre y Topete. Echegaray no entró. Había llegado con vida y nadie sabía cuál era la naturaleza de las heridas. El optimismo era nulo entre todos. 31

Hoy es la calle de Marqués de Cubas.


102  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Allí mismo los rumores de los causantes del atentado se empezaron a disparar. Todos adjudicaban la razón del hecho a los redactores de “El Combate”, publicación hostil con él, aunque todos estaban seguros de que a los verdaderos criminales habría que buscarlos más arriba. A ciencia cierta, nunca se llegaron a conocer. Se reunió allí mismo una especie de consejo de ministros en el que se decidió inmediatamente que la recepción a Amadeo de Saboya no había que cancelarla. Topete, aunque partidario de Montpensier, se ofreció a encabezar la comisión. De todos los ministros solo irían dos: el general Baránger, Ministro de Marina, y Echegaray, como Ministro de Fomento. El resto quedaría en Madrid esperando los acontecimientos que con toda seguridad surgirían si moría Prim. *  *  * Las llanuras de la Mancha estaban cubiertas de nieve. El tren con la comitiva de recepción se detuvo en algunas estaciones, donde los miembros del partido radical, convenientemente advertidos, esperaban la llegada de éste dando vivas al general Prim y a la libertad. El general Topete se encerró en el más absoluto mutismo y se negó a hacer ningún acto de partido, ya que no era del partido radical. Eso les correspondería a Beránger y a Echegaray, que sí lo eran. Beránger, que no era orador, descargó toda la responsabilidad de los posibles discursos en Echegaray. Y así se encontró éste como única figura visible de la Comisión, teniendo que pronunciar las mismas palabras una y otra vez. En sus propias palabras: “Fue una serie no interrumpida de discursos, naturalmente muy breves, de unos cuantos minutos, todos cortados por el mismo patrón, y que, a medida que íbamos pasando estaciones, se iban perfeccionando, si me permite la palabra. Los temas de los discursos eran siempre los mismos: .. Que las heridas del general Prim no tenían importancia; que en breve estaría repuesto el heroico campeón de la libertad, el valeroso soldado de Castillejos. Que íbamos a recibir a Cartagena al rey demócrata, al que habían elegido las Cortes Constituyentes; al hijo de Víctor Manuel, el rey caballero. Que yo les invitaba a que salieran a recibir, a nuestro regreso, al nuevo rey de España, al que representaba el triunfo de la Revolución y el triunfo de la libertad. Y así sucesivamente. Y al llegar a otra estación, si ésta era de más importancia, eran más los minutos de parada, estos mismos temas se amplificaban, y, aunque con palabras distintas, siempre venían a decir lo mismo… . Y Topete, silencioso, en un rincón del coche.


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Y Baránger, silencioso, diciendo: - A mí no me corresponde la oratoria. Y los generales que nos acompañaban, silenciosos también, pensando sin duda: Cuantas palabras, y cuantos discursos, y en cuantas estaciones nos detenemos, entorpeciendo el viaje.”. Y así llegaron a Cartagena, donde no había ni aliento popular, ni organización, ni fuerza política que apoyase. Allí solo se respiraba un espíritu cantonal y no había ni siquiera miembros de un ayuntamiento debido a su disolución días antes. Nadie salió a recibirlos salvo las autoridades militares y algún empleado administrativo. Igual que en las llanuras de La Mancha, todo era un ambiente helado y fúnebre que parecía anunciar los peores presagios. Allí ya Echegaray no tuvo que pronunciar ningún discurso, porque no había nadie a quien darlo. Únicamente quedó encargado de, como único ministro civil, organizar algún tipo de acto cuando llegase el futuro rey. De forma precipitada elaboró una lista, con los nombres que pudo recabar, de algunas de las personas más significativas que pudiera haber en Cartagena y, con ellas intentar constituir un Ayuntamiento. Su esfuerzo fue inútil. Ante posibles represalias posteriores, nadie quiso involucrarse. A lo más que llegó fue a convencer a algunos para que se constituyese un grupo que Echegaray, pomposamente, llamó “Junta de notables” y cuya única misión sería, al llegar don Amadeo, situarse como fondo de los ministros que habían venido de Madrid. No era fácil que éste diferenciase lo que hubiera sido un verdadero Ayuntamiento de lo que ahora sería un grupo de ciudadanos observando un acto: ni sabía español, ni tenía aún conocimiento de cuál era la situación real de España y, mucho menos, de Cartagena. A media noche llegó un telegrama de Madrid: “El general Prim ha muerto”. Solo eso. Poco después llegaba otro con un texto incluso más intranquilizador: “Se sabe, por referencias dignas de crédito, que Antoñete Gálvez, con unos cuantos tiradores de la federación de Murcia, llegarán o habrán llegado, a Cartagena; se supone y se teme que preparen algún atentado contra el rey; tomen ustedes toda clase de precauciones”. La situación tenía ya todos los alicientes para que todos pasasen la noche en blanco. Y así se dispusieron a esperar al nuevo rey. *  *  * Llegó la fragata al puerto y la comisión subió a bordo, donde dieron noticia a don Amadeo del fallecimiento del Prim. Bajaron al Arenal y pasó revista a las tropas. Tras ello, el monarca expresó su deseo de hacer una visita a la población. Nadie se atrevió a decirle que la ciudad era totalmente hostil a él, que había riesgo de atentado y que no había nada previsto. En un miniconsejo de Ministros se discutió qué hacer. El general de la Concha era partidario de realizar una breve visita a algún sitio seguro y a esta opinión se sumaron


104  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Baránger y Echegaray, con las protestas razonadas de Topete. Se decidió que fuera al Hospital de la Caridad, no muy lejos de allí y en una zona no muy conflictiva. Se lo dijeron al rey y éste, sin pensárselo dos veces, se puso en marcha, solo, una vez le indicaron el camino.

Figura 14. Amadeo I, Rey de España. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).


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La escena era digna de un sainete de los que se representaban en Madrid esos días. Unos pocos agentes del orden público se adelantaron y el rey los siguió sin ir acompañado de nadie ni hacer caso a nadie. Tampoco los hubiera entendido. A unos pasos de él le siguieron de la Concha, Baránger y Echegaray. Un poco más alejado, Topete, que seguía protestando por la locura que aquello significaba. Un criado se acercó a Echegaray y le entregó el bastón de estoque que algunas veces llevaba consigo, por si acaso. Bastante más atrás siguieron algunos otros del grupo que constituía la comisión. Las calles desiertas vieron pasar a la extraña comitiva, sin nadie en los balcones ni asomándose por los portales. Según avanzaban, Topete se fue tranquilizando. Seguramente, el haber recurrido a la más absoluta improvisación, había sido la mejor garantía de que nada pasase, porque nadie sabía nada de por dónde iba a ir el rey. En el camino, Topete fue dando instrucciones para que, a la vuelta, ya formasen las tropas a lo largo de las calles. Una vieja salió de pronto tras una esquina. Al ver a un joven de uniforme, seguido por un abigarrado grupo de personas bien trajeadas, debió intuir quien era y gritó con voz temblona. “¡Viva el rey!”. Otro hombre que también salió a su lado, envuelto en una manta murciana, bajó el embozo y secundó el “Viva” de la vieja. Con ello, las crónicas posteriores podrían decir sin mentir que se habían dado vivas al rey a su llegada a Cartagena. Visitaron el Hospital y regresaron a la fragata con toda solemnidad, porque ya las tropas habían tenido tiempo de guardar la carrera en doble fila, y en los balcones ya se habían empezado a asomar algunas cabezas. Aquella noche el rey durmió en la fragata y, al día siguiente, todos emprendieron el camino hacia Madrid. Echegaray, por las mismas razones que a la ida, siguió soltando discursos en los pueblos en los que paraba el convoy que, conceptualmente, eran similares a los de la ida: “… de Madrid a Cartagena había ido pronunciando discursos ante los comités radicales y el público, que, en sustancia, venían a decir: —“Vamos a buscar al rey demócrata, al que han votado las Cortes Constituyentes. Al hijo de Víctor Manuel. Volved a recibirle” Y a la vuelta, la serie de discursos de regreso se condensaban de este modo: —“Aquí os traemos al rey don Amadeo, al que han votado las Cortes Constituyentes, al rey demócrata, al hijo de Víctor Manuel: aclamadle en prueba de simpatía”. La situación más extraña ocurrió al pasar por Albacete. Tras acercarse al Ayuntamiento la comitiva, se encontró allí a una muchedumbre inmensa y vítores continuos al rey, a Prim, a Topete, a la libertad y a la democracia. Todas las voces pedían ver al rey y, una vez que hubo salido, uno gritó: “¡Que hable!” y la plaza, como un todo, repitió: “¡Que


106  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época hable, que hable!”. Lo cual era imposible porque no hablaba español. Todas las miradas se dirigieron hacia Echegaray para que saludara, en nombre del Rey, a Albacete y explicara, como pudiera su silencio. Una vez más, volvió a tomar la palabra y, como pudo, intentó hacerse oír ante aquel gentío. Y tras las palabras habituales, agregó: “No, el Rey no puede hablar, no puede dirigiros la palabra, porque desde que ha sabido la muerte trágica del general Prim, un profundo dolor pesa sobre su ánimo y embarga todas sus facultades. No puede hablaros, y el silencio es la manifestación de su gran pena por tan irreparable desgracia”. Los aplausos acogieron sus palabras, pero una nueva voz se oyó: “Pues que hable Topete!”. Y la plaza, de nuevo, otra vez al unísono, gritó: “¡Que hable Topete! ¡Que hable Topete!”. Topete se negó en rotundo. Ni era orador y ni siquiera había votado a don Amadeo. De nuevo, las miradas se centraron en Echegaray. D. Juan Valera, que estaba próximo, le susurró: “Vamos a ver qué se le ocurre para justificar el silencio de Topete”. Arrastrado de nuevo al balcón, Echegaray volvió a gritar: “No, D. Juan Topete no puede dirigiros la palabra porque desde que tuvo entre sus brazos el ensangrentado cuerpo de Prim, sólo el silencio puede dar medida de su valor. Si quisiera hablaros, la lágrimas ahogarían su voz al recordar a su compañero de la fragata Zaragoza” —Y aquí di unos cuantos toques de clarín, en honor y gloria de la Revolución de Septiembre, que fueron acogidos con aplausos formidables”. En la última frase, y tras el esfuerzo hecho, le salió un profundo, agudo y prolongado gallo que no llegó a la plaza por los aplausos. D. Amadeo, que estaba próximo le dijo: “Garganta mala”, observación que Valera celebró. Aquel gallo fue, en cierto modo, su canto del cisne de los discursos del viaje. Ya entre Albacete y Aranjuez, lo único que hizo fue, con Juan Valera, escribir el discurso que habría de pronunciar D. Amadeo en el acto de la jura, discurso que no se llegó a pronunciar. El 2 de enero de 1871 terminó el viaje. Amadeo fue a orar ante el féretro de Prim y, al mismo tiempo, concluyeron los deberes ministeriales de Echegaray porque todos los ministros presentaron su dimisión al llegar a Madrid. Se debería formar un nuevo Gabinete, que se denominaría de Conciliación en el que entrarían los personajes más significativos de la política.


1870: Llega el nuevo Rey 

Figura 15. Amadeo de Saboya ante el féretro del General Prim. Copia del cuadro de Gisbert. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).

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1871: REINADO DE AMADEO I. VUELTA A FOMENTO

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os tres tomos de “Recuerdos” publicados en 1917 concluyen con la llegada de Amadeo de Saboya a Cartagena. Pero Echegaray no dejó de escribirlos en ese momento. En las páginas de “Madrid Científico” se continúan con todo el reinado del rey Amadeo y concluyen en el momento en que éste presenta su renuncia al trono. Fueron publicados en 1917, el mismo año en que apareció la edición de los tres tomos. No hay detalles de por qué surgen en esa fecha: si habían sido publicado antes en otra revista o si eran escritos que llegaron al editor en ese momento. El hecho real es que tienen un carácter muy diferente de los anteriores. Si hasta el momento de la llegada de Amadeo podía desprenderse de ellos una ilusión por lo que se estaba construyendo, como una fe en que España podría cambiar con la Revolución de septiembre, con el relato de los años de la dinastía de Saboya se apodera del escritor una pérdida de esperanza de que se fuera a conseguir algo. Echegaray ya no ocupa en ese momento ningún cargo ministerial y, como dice, ve los toros desde la barrera, igual que un matador retirado. El gobierno de conciliación, un gobierno de notables en el que estaban representados los viejos unionistas, y por tanto, el elemento militar del duque de la Torre, una gran parte de los antiguos progresistas, representados con Sagasta y los progresistas, con Zorrilla, que pronto habrían de fundirse con los anteriores para formar el partido radical, iniciaban disensiones que pronto acabarían con el enfrentamiento entre todos ellos. Gracias a sus visitas frecuentes a la casa de Cristino Martos, sigue día a día los acontecimientos que se van produciendo. El gobierno de conciliación determina hacer elecciones y eso, como suele ser habitual en todo gobierno de unión de varios partidos, da lugar a que las luchas internas lo resquebrajen. Martos le fuerza a que se presente candidato por Murcia y por Asturias a las nuevas Cortes que se han convocado. No hace el menor esfuerzo por sacar ninguna de ellas y, lógicamente, no obtiene escaño. En Asturias había contra él una corriente desfavorable porque se recordó la pasada historia del Catecismo y mucha gente iba a votar con el Catecismo en la mano para mostrar su protesta por la presencia de Echegaray en las listas. En Murcia su partido ya no tenía la fuerza que había tenido antes y tampoco fue elegido. Ante el resul-


110  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época tado obtenido, Martos le dice que él había sacado dos actas de diputado, una por Madrid y otra por Quintanar de la Orden, y le ofrece la de Quintanar. Como ya se indicó antes, su hermano Miguel, el dramaturgo, había nacido allí con ocasión de un viaje de sus padres de Murcia a Madrid, y no era una región desconocida para él. La acepta, presentándose a diputado por Quintanar, en el momento en que Martos renuncie a su acta. Y así vuelve por segunda vez al Congreso, sentándose en el grupo de los címbrios32, grupo recientemente formado a partir del Partido Demócrata. Y en lugar de encontrar allí calma y conciliación, encontró lucha sorda y odios profundos entre los miembros de un mismo partido. Ya no se discutían temas de una cierta altura, como en el caso de las constituyentes. Todo era intentar hundir al contrario y, también si es posible, hundir al correligionario que pueda sobresalir por encima de uno. La figura de Prim, que antes obligaba a conseguir acuerdos, ya no estaba y nadie reunía la fuerza moral y de convicción que tenía aquel. Echegaray empieza a ver que aquello es una representación peor que la de cualquier drama que se pudiera interpretar en un teatro. Ni hay coherencia en los razonamientos, ni hay principios básicos que acepten todos. Se siente casi comparsa en una ceremonia que empieza a no entender demasiado y en la que no interviene. El gobierno, teóricamente de conciliación, se rompe en dos bloques que luchan uno contra otro: el de los demócratas y el de los conservadores. El de los demócratas, que pronto se configuran en el partido zorrillista, y el de los conservadores, seguidores del Duque de la Torre y de Sagasta. Para los segundos, todo demócrata era una especie de bandido sin fe ni conciencia y un demoledor de todo orden y toda sociedad. Para los demócratas, los conservadores, los antiguos unionistas y algunos progresistas, eran unos reaccionarios y unos traidores a la revolución de septiembre, que solo querían monopolizar al Rey para que les diese todo el poder y, con él, el botín. Y por encima de ellos, el Rey, un rey muy joven que se encontraba en un país desconocido, que no hablaba castellano y que, al principio, apenas lo comprendía; con una aristocracia hostil que, por tradición, era ya alfonsina. La monarquía de la casa de Saboya, que había sido obra de los dos grupos y que hubieran debido apoyarla, quedó sin nadie a su favor. Mientras tanto, los federales seguían propugnando la República y los carlistas renegando de aquel trono. Era imposible que aquello se mantuviese. Como dice Echegaray: “Los hombres políticos tenían que estrenar un drama que no habían ensayado. / No sabían su papel; tenían que entregarse a la inspiración, y la inspiración del alma española será sublime a veces, pero es desordenada y caprichosa. … En España nadie puede sufrir a nadie, y mucho menos los partidos políticos unos a otros”. Grupo que surgió a finales de 1868 cuando el Partido Demócrata se transformó en el Partido Republicano Democrático Federal. Durante el reinado de Amadeo I los címbrios se acabaron integrando en el Partido Radical de Manuel Ruiz Zorrilla. 32


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Tras múltiples escaramuzas en las que, como otras veces, algunos ponían como objetivo lograr la dimisión de un determinado ministro para a continuación derribar al gobierno, avanzó el curso político. Las luchas más enconadas eran ahora dentro de los propios miembros del grupo que apoyaba el Gabinete y que, para según qué temas, buscaban apoyo en otros grupos ajenos al gobierno de conciliación. En una de estas batallas, el gobierno tuvo que presentar su dimisión y Amadeo I encargó a Ruiz Zorrilla la formación de Gabinete y con ello, por primera vez en la historia, accedía al poder un gobierno avanzado, llámese progresista o liberal. Los conservadores aceptaban de momento, y parecía que de buen grado, aquel cambio. Los meses del verano de 1870, transcurrieron con tranquilidad y, lo que era más importante, nadie se preocupaba de la política que, al decir de Echegaray “es lo mejor que con la política puede suceder”. Pero al abrir las cortes, Silvela anunció que estaba dispuesto a dar la batalla al gobierno de Zorrilla. Había que designar presidente de la Cámara y los zorrillistas propusieron a Nicolás María Rivero, nombre que parecía de consenso entre progresistas y demócratas. Pero parte de los progresistas se opuso a ello aproximándose a los unionistas que, hasta ese momento, habían permanecido como meros observadores. Su candidato fue Sagasta. En consecuencia, la división no era entre demócratas y progresistas, sino entre dos grupos de progresistas, entre zorrillistas y sagastinos. Sin posibilidad de conciliación, la unión de unionistas y progresistas disidentes venció a la de demócratas y el resto de los progresistas. El conjunto de estos últimos comenzó a llamarse partido radical o zorrillista. Para dar solemnidad a esta unión, un día entraron al salón de sesiones, en columna cerrada como un coro de ópera, todos los miembros del nuevo grupo, con Zorrilla delante, seguido por Rivero y Martos y a continuación una mezcla de demócratas y progresistas. En este grupo se encontraba Echegaray que, seguramente, se sintió mera comparsa en la escena teatral que se estaba representando. El Gobierno de Zorrilla dimitió y el rey pasó a encargar de la formación de uno nuevo al general Malcampo, que se apoyó únicamente en unionistas y sagastinos. La crisis del equilibrio creado tras “la Gloriosa” había empezado. Echegaray cada vez se sentía más ajeno a aquel espectáculo en el que ningún sentido racional prevalecía. La sucesión de acontecimientos que tuvieron lugar en el intervalo del reinado de Amadeo I no dejaba tiempo para tomar conciencia de lo que pasaba fuera del Congreso. Y para los que estaban dentro la única actividad que los mantenía en movimiento eran las maniobras para destruir al grupo contrario. El pretexto para derribar al gobierno de Malcampo se presentó con una nueva ley de Asociaciones y Congregaciones Religiosas, tema en el que podrían votar juntos demócratas, progresistas, republicanos, carlistas, neos y reaccionarios de todas clases, contra otros progresistas y los miembros de antigua aliada Unión Liberal. La libertad que, aparentemente,


112  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época defendían unos se contrapesaba con los obstáculos presentados por los otros. De acuerdo con los votos de que disponía cada parte, era seguro que la votación resultaría en contra del gobierno. Éste debería dimitir y Amadeo debería volver a llamar a los liberales. Pero si esas eran las maniobras en el Congreso, fuera de él también se realizaban otras en Palacio. Y las maniobras de Palacio tuvieron más efecto que las del congreso. Aunque la votación resultó en contra del Gobierno, el Rey no determinó su cambio sino que, por el contrario, lo que decretó fue la disolución de las Cortes. Y todos se encontraron de nuevo ante unas nuevas elecciones en las que los grupos en liza se agruparon en dos grandes bloques: un partido conservador, que agrupaba a unionistas y parte de los progresistas, y otro zorrillista, o liberal, en realidad sin un nombre concreto, en el que se mezclaban todas las corrientes que estaban en contra del anterior, desde carlistas hasta republicanos federalistas, pasando por los demócratas y el resto de los progresistas, una mezcla sin ningún sentido y que Echegaray no entendía. Quedó un gobierno presidido por el duque de la Torre, que puso en marcha la maquinaria electoral para dar al traste con la maniobra del grupo opositor. Echegaray se volvió a presentar por Quintanar de la Orden y, esta vez sí, recorrió su distrito electoral tratando de recabar todos los apoyos posibles, tomando conciencia de lo que era la verdadera lucha electoral. Se encontró que, en muchos pueblos, a pesar de que la mayoría simpatizaban con sus ideas, le indicaban que votarían a los contrarios, porque el gobierno les había concedido cosas que habían pedido desde hacía muchos años, como el permiso de tala o la construcción de una fuente, que les eran necesarias para subsistir. Tras unas cuantas visitas, convencido de que su elección no iba a ser posible, se retiró a una fonda a Aranjuez y dejó pasar allí los últimos días de la campaña, tratando de no enterarse de nada, y leyendo un libro de matemáticas y dos novelas que no había tocado desde hacía un tiempo. No quería seguir sintiéndose como un pordiosero mendigando el voto: “—Deme usted su voto; un voto por amor de Dios; mire usted que estoy muy necesitado; yo soy muy liberal (si es liberal el elector); o yo soy muy reaccionario (si de electores reaccionarios se trata); yo seré un buen representante del distrito; seré su agente de negocios; votaré fielmente con el Ministerio (si el candidato es ministerial); o no dejaré hueso sano a los Ministros (si es de oposición); con que vóteme usted, que lo pido con mucha necesidad”. Tras ocho días de sosiego, con las dos novelas concluidas y llegado a la mitad del libro de matemáticas, llegó el resultado de su derrota, que recibió sin alterarse y comenzando a pensar en qué ocuparía ahora su tiempo. Pero la rapidez con la que se había preparado la campaña había hecho que los métodos seguidos no hubieran sido lo ortodoxos que hubiera sido de desear. El partido del Gobierno


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había dedicado a ella dos millones de reales, obtenidos de los fondos reservados. La oposición vio en ello motivo suficiente para iniciar un nuevo ataque, nada más inauguradas las sesiones. El gobierno intentó justificar aquellos gastos a base de informes de la policía que, según él, tenía que vigilar a los muchos conspiradores que por entonces se multiplicaban por el país y que se distribuían entre federales, carlistas y partidarios de Dª Isabel y su hijo. Montones de papeles se remitieron al Congreso y sirvieron de base para innumerables cuentos, chismes y patrañas, todos ellos propios de una ópera bufa. Algunos de ellos estaban relacionados con personajes del propio Congreso y sirvieron para destrozar reputaciones. Se habían investigado las vidas privadas de muchos y, en la mayor parte de los casos, el resultado era que no eran conspiradores sino que sus idas y venidas tenían como objeto visitar a “segundas familias”. La guerra con Estados Unidos se avecinaba, y para sostenerla hacían falta unos recursos que Hacienda no tenía; pero apenas se discutía de ello. El único tema era la lucha entre grupos. En un intento de forzar la máquina, la oposición convocó un mitin casi revolucionario en el teatro del Príncipe Alfonso, al que acudieron todos los zorrillistas y una amplia representación de republicanos federales. Y en él, Echegaray volvió de nuevo a lanzar uno de los discursos que en el pasado le dieron fama de orador incisivo y que aquí volvió a repetir. El encontrarse en un teatro daba fuerza a sus palabras y parecía indicar que ese era su verdadero elemento. Como comenta en sus Recuerdos: “Di gusto a los presentes, o si se quiere, a los ciudadanos, diciendo horrores del Gobierno; de todo lo malo que sucedía en España y sus alrededores, o si se quiere, en sus colonias, el Gobierno tenía la culpa. De la insurrección cubana, el Gobierno era el responsable. Del fusilamiento de aquellos infelices estudiantes en el cementerio de la Habana, también; y por cierto, que estos párrafos de mi discurso, que fueron estrepitosamente aplaudidos, me costaron, algunos meses después, un conato de desafío. Del decreto de suspensión de sesiones, y del decreto de disolución, y del falseamiento de todo régimen constitucional, es claro que al Gobierno le echaba yo la culpa, porque ambos decretos tenían la firma del ministro responsable; pero esto me llevaba como por la mano a hablar de las influencias palaciegas y de camarillas, a usanza de tiempos pasados. Y aquí lancé al auditorio un párrafo de los más virulentos de mi discurso. “Se conoce —dije yo— que los vientos tempestuosos de la revolución de Septiembre, no han oreado bastante el palacio de Oriente”. Aquel fue el momento álgido del mitin. Tuve el triste honor de dar la nota más alta.


114  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Y en verdad que este recuerdo me entristece porque aunque yo, en todo mi discurso quise respetar a D. Amadeo, el público interpretó mis frases en el sentido más revolucionario”. Poco después, el jefe de los zorrillistas, D. Manuel Ruiz Zorrilla, comunicó que renunciaba a la política y que se retiraba a su casa en Tablada. Intuía que aquel camino llevaba a una nueva revolución y no quería formar parte de ella. Cuando se alejaba el tren que le separaba de Madrid, muchos creyeron también ver que no iba solo, que pronto D. Amadeo también le seguiría. Al irse, su grupo inició la disolución. Unos aceleraron la creación de un nuevo partido. Otros, se unieron a los republicanos unitarios, no a los federalistas. Y mientras tanto, los conservadores estaban, como dice Echegaray “bañándose en aguas de rosas”. Para decidir el camino a tomar, los progresistas y los demócratas convocaron una Asamblea a la que deberían asistir todos los que, de una forma u otra, podían representar al partido.

Figura 16. Echegaray, Ministro de Fomento.


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Pero antes de que se llevara a cabo, el Rey llamó a Cristino Martos y le comunicó que había retirado su confianza al Gobierno y que había llamado a Zorrilla para que formase uno nuevo. No quedaron claras las razones para aquello. Es posible que se viera que el resultado de la Asamblea fuera que una gran parte de los liberales se pasasen a los republicanos y con ello se pudiera iniciar una nueva revolución. No había muchas más maniobras posibles si se deseaba mantener una cierta tranquilidad en el país. El resultado fue que Ruiz Zorrilla volvió a formar gobierno y, esta vez, pidió a Echegaray que se hiciera cargo de nuevo de la cartera de Fomento, que ahora comprendía Obras Públicas, Agricultura, Industria y Comercio. Como en anteriores ocasiones, la cartera le llegó sin haber hecho ningún movimiento para conseguirla y así se encontró formando parte del último gobierno de D. Amadeo de Saboya. Como el propio Echegaray dice, la primera vez llegó a ministro gracias al discurso del Quemadero y ahora llegaba por el del oreo de Palacio. Poco después pasaría a Hacienda, desde donde llevaría a su culminación una de las medidas que estaban previstas desde el inicio del Gabinete: una ley del Banco Hipotecario y otra para conseguir un arreglo prudente con los tenedores de la Deuda Pública. Y el Gobierno que tenía que enfrentarse a una situación realmente compleja: sublevación separatista en Ultramar, guerra carlista en la península, los cantonales a las puertas de la capital y el partido conservador profundamente herido con gran parte de los suyos evolucionando hacia D. Alfonso. Para completar la escena, los que tenían el poder, no tenían grandes entusiasmos por el Rey. A pesar de ello, y del poco tiempo que se mantuvo activo, el Gobierno consiguió sacar adelante la ley que abolía la esclavitud y que se había tratado de hacer avanzar en los últimos años. Solo con ello, su obra no debería echarse en el olvido. Los medios conservadores se emplearon a fondo para atacar al gobierno, recurriendo muy a menudo a la calumnia y al insulto. Decían que los demócratas estaban vendidos a Inglaterra y que la abolición de la esclavitud arruinaría a la isla de Cuba. Los demócratas tampoco se quedaban mudos y atacaban con todas sus armas, incluyendo escritos anónimos en los que se atacaba con saña a la Unión Liberal adjudicándole la culpa de la muerte de Prim y señalando a Espartero como negrero. *  *  * En verano del 72 tuvo lugar un intento de atentado, en la calle Arenal, contra el Rey y la Reina. El general Topete tuvo conocimiento de que se iba a producir y, a pesar de que no era partidario del actual gobierno, informó de ello. Se comunicó con el Rey para que suprimiera su habitual paseo, pero éste se negó. Emboscaron a un gran número de


116  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época fuerzas de seguridad por el camino y, como Topete había indicado, se produjo el atentado que no tuvo más efectos que la muerte de uno de los conjurados. El incidente desacreditó al Gobierno, que no había tenido ni el más mínimo indicio de que fuera a ocurrir, y perdió terreno en su influencia en la Corte. La anterior acción se complementó con otra de carácter mucho más cortesano, porque estuvo ligada al alumbramiento de un hijo o una hija de la reina doña Victoria. “Aun cuando Don Amadeo había impuesto, antes de aceptar la Corona, la condición de no observar la enojosa y ridícula etiqueta española, el gobierno Ruiz Zorrilla entendió dar al trono mayor esplendor, decretando se observase, cuando el parto de la reina, el antiguo ceremonial, por cuya virtud, a la cámara regia comparecen los altos dignatarios del Estado, para ser testigos del alumbramiento de la reina; a cuyo efecto, sobre repartirse por las habitaciones contiguas a la regia alcoba, esperaban en fila a que el rey les presente sobre una bandeja al recién nacido33. Ni Don Amadeo ni Doña Victoria aceptaron lo decretado con lo que, cuando fueron espontáneamente llegando los invitados, sin haber recibido invitación, se encontraron con que la reina ya había dado a luz y el rey se limitó a darles la noticia sin presentarles al nuevo vástago. “Aquello, además de una decepción, fue un verdadero chasco para todos los prohombres radicales, quienes después de vestir su lujoso uniforme y de presentarse aceleradamente en Palacio, ni aun pudieron disfrutar de la suculenta mesa de Estado, de costumbre en tales casos”. Los conservadores sintieron que aquella no era su monarquía y el rey quedó dolido con el gobierno por haber tratado de imponerle algo de carácter personal que ni él ni su esposa deseaban. Tras un consejo de ministros, el rey llamó a solas a Ruiz Zorrilla y, sin preámbulos, le manifestó su resolución de abdicar de la Corona. Zorrilla le pidió que reflexionase 24 horas, pero tras ellas vio que la resolución real era definitiva y se dieron dos días para acordar lo más conveniente. Zorrilla se lo comunicó a sus ministros, pero sin pedirles guardar secreto, y el resultado fue que, a las pocas horas, uno de los periódicos menos leídos publicó la noticia. Cuando la noticia llegó a Castelar, éste con otros republicanos fueron a ver a las dos de la madrugada a Rivero, presidente del Congreso, y al poco fueron al hemiciclo mucho antes de que empezara la sesión. Todos estaban ofendidos con Zorrilla por no haberles comunicado nada y fueron transmitiendo este sentimiento al resto de los diputados según llegaban. Mientras tanto, éste discutía con sus ministros, tratando de encajar lo sucedido con lo establecido en la Constitución, que no decía nada de la abdicación de un rey. 33

M. Morayta, “Historia de España”. Tomo octavo. Pgs. 1165-6. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894.


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Iniciada la sesión, y tras unos breves cruces de palabra entre Rivero y Ruiz Zorrilla, tomó la palabra Castelar que, con su torrente de palabras, criticó con duras palabras el acto de D. Amadeo que “arroja sobre el pavimento la corona de España”. Recordó a los conservadores el ejemplo de una nación vecina; a los radicales les pidió que, tras todo lo que habían hecho, no podían ponerse de rodillas para mantener en el trono a quien no lo quiere. Y finalmente señaló a todos que “el poder reside y todos los poderes reunidos residen esencialmente en la nación soberana”. Tras aquello todos llegaron a la conclusión de que la abdicación equivalía a la proclamación de la República. Solo Ruiz Zorrilla se mantenía inflexible en contra del paso que se pretendía dar. A pesar suyo, el Congreso se constituyó, sin siquiera votarlo, en sesión permanente, ondeando sobre el edificio la señal que así era. Rivero designó cincuenta diputados para constituir una comisión permanente, entre los que se encontraba Echegaray, y se suspendió la sesión. El 11 de febrero se reunieron el Congreso y el Senado y en ambos se leyó el documento de abdicación de D. Amadeo. Tras ello el presidente del Congreso propuso que ambos cuerpos colegisladores, representando la soberanía nacional, acordasen lo conveniente. Poco después se reunieron en una única Asamblea en el edificio del Congreso y remitieron al Rey su aceptación proponiéndole “la dignidad de ciudadano en el seno de un pueblo independiente y libre”. Poco después en votación nominal se determinó que la forma de gobierno sería la República. 258 votaron a favor, entre ellos D. José Echegaray, y 32 en contra. En sesiones posteriores se unieron a la votación algunos que no habían participado en la anterior, quedando el resultado final de 319 fotos a favor. Para no dejar al Estado sin gobierno, a las nueve de la noche, y también por votación, se determinaron los miembros del nuevo gabinete que quedó conformado con cuatro republicanos, cinco radicales y otros cuatro ministros de D. Amadeo. Echegaray, con 242 votos, quedó encargado de la cartera de Hacienda y como presidente fue designado D. Estanislao Figueras. Con ello, Echegaray se había levantado por la mañana como ministro de la Corona y por la noche se acostaba como ministro de la República. Al dar cuenta de su aceptación, D. José dijo: “Bien sé, señores, que nuestra conducta podrá interpretarse de cierto modo: resuenan en mi oído con anticipación voces que nos acusan; veo ante mi frente sombras que nos acusan también, y entonces contracción nerviosa de dolor arquea nuestros labios; pero volviendo la vista dentro de nosotros mismos, mirando nuestras conciencias y viéndolas limpias, vuelvo la vista alrededor y sonrisa de desdén se dibuja en mis labios.


118  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Aceptamos, pues, en este instante, mientras el peligro dure, el mandato que las Cortes de la nación española nos ha impuesto: cumpliremos nuestra obligación por la libertad y la patria y después que nos juzgue Dios, único que puede juzgar actos de esta naturaleza”. En ningún momento pronunció la palabra República, por lo que fue criticado. Su respuesta fue: “Si soy ministro de la nación española, ¿qué he de decir cuando la nación española está constituida en República? ”.

Figura 17. Echegaray, Ministro de Hacienda de la República.

A las dos y media de la madrugada se suspendió la sesión. A las seis de la mañana del 12 de febrero, los ya ex reyes abandonaban el palacio de la plaza de Oriente y se dirigían a la estación del Norte, para pasar de allí a la del Mediodía donde solo fueron despedidos por un muy reducido grupo. Nadie de sus ministros ni de los que les debían grados, empleos y títulos estaban allí. Solo ocho guardias de orden público, metidos en un coche, servían de escolta. Si la llegada a Cartagena había sido fría, la vuelta fue aún más gélida. Su candidatura había nacido ya muerta por lo que no extrañó a nadie su fin.


1873: INSTAURACION DE LA REPÚBLICA Y EXILIO EN PARÍS

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ronto se inició la batalla entre los miembros del partido zorrillista, que habían ocupado el poder en los últimos días de D. Amadeo, y los republicanos. Los primeros pretendían mantener la situación tal y como habían acordado al abdicar el rey, mientras que los segundos no tenían más objetivo que disolver la Asamblea que se acababa de constituir y tomar sólo ellos el poder. La Comisión que se había configurado, y de la que formaba parte Echegaray, no consiguió realizar ningún objetivo concreto. El horizonte político no dejaba ver ninguna solución inmediata; la Comisión se reunió y creyó conveniente reunirse en el Congreso para acordar la continuación de las Cortes. Pero la reunión no pudo llevarse a cabo porque los miembros de la minoría republicana no se presentaron y, con ello, no se pudo tomar acuerdo alguno. A las tres de la mañana, la milicia republicana forzó las puertas del Congreso y disolvió la reunión. La mayor parte de los miembros de la Comisión huyeron y solo quedaron allí Echegaray, Beránger y Sardual, que se retiraron a un salón y, en un diván, esperaron que terminara el tumulto. Porque no solo había entrado la milicia republicana, sino que también lo habían hecho gentes de todas las clases sociales, muchos de ellos con trabucos naranjeros. La situación se fue poniendo cada vez más tensa hasta que, en un momento, llegó Castelar que, habiéndose enterado, venía con el ánimo de ponerlos a salvo. Beránger y Echegaray lo acompañaron y trataron de salir por la puerta del Congreso que da a la calle del Florín34, única calle que no estaba ocupada por la milicia, pero en la que sí se agolpaba un nutrido grupo en actitud tumultuosa. Beránger se escabulló como pudo y Echegaray salió del brazo de Castelar. Al verlos, alguien gritó: “—¡Que se escapa uno de la Comisión!” La mayor parte del grupo inició un avance hacia Echegaray, pero Castelar se puso delante y, con su voz potente, que enseguida fue reconocida por algunos, consiguió seguir

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Hoy calle de Fernanflor.


120  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época avanzando por la calle hasta llegar a la Carrera de San Jerónimo para encaminarse a la Puerta del Sol. Una gran parte del grupo les siguió y, varias veces, intentaron acercarse a Echegaray. De nuevo Castelar volvió a gritar: “—Yo soy Emilio Castelar, el republicano de siempre, y este señor que me acompaña es un buen amigo y un buen liberal” A lo que la muchedumbre contestaba: —¡Pero es de la comisión permanente”.

Figura 18. Castelar defendiendo a los miembros de la Comisión, entre los que se encontraba Echegaray, para evitar ser atacados. (“La Ilustración Española y Americana” 17 (17): 275. 1 mayo 1873).

Consiguieron llegar a la puerta del Casino de Madrid, en la Carrera de San Jerónimo, y Castelar aconsejó a Echegaray que penetrara en el edificio y buscase la huida por donde pudiera. Mientras tanto, él trataría de que no entrasen en el edificio. Algunos porteros que se encontraban en el interior, trataron de cortarle el paso aduciendo que no era socio. En una escalera vio un cartel que decía “Se admiten viajeros para dormir”. Llamó y le abrió una señora a la que indicó sus deseos de pasar. Sin pensárselo dos veces, y oyendo el tumulto que había fuera, no tuvo dudas en imaginar lo que pasaba y le contestó: “—Váyase enseguida y no venga a comprometer mi casa. ¡Fulano! (llamando al marido) Aquí hay un hombre que viene a comprometernos”.


1873: Instauración de la República y exilio en París 

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Volvió a bajar las escaleras y se detuvo a la entrada del Casino. Ya se estaba imaginando que su persona iba a ser objeto de un linchamiento por parte del populacho. De pronto, salieron algunos socios del casino y se ofrecieron a facilitarle la huida. Con una capa que le habían prestado y un sombrero hongo, muy diferente de su habitual sombrero de copa, y acompañado de uno de ellos, salieron por una puerta pequeña que daba al callejón del Perro. Pero allí también había grupos que habían dado la vuelta y estaban esperando que alguien saliera por allí. Afortunadamente, su acompañante conocía a una familia que vivía en aquella calle y consiguió que sus dueños lo alojaran esa noche. A la mañana siguiente, se afeitó la larga barba que por entonces tenía y el bigote y se volvió a atrever a salir a la calle. La situación ya se había calmado y, a buen paso, se dirigió hacia su casa en la calle del Barquillo. Tras unos días en los que no salió de su domicilio, le llegaron las noticias de que iban a procesar a todos los que habían formado parte de la Comisión. No había más remedio que emigrar. Y así Echegaray y su mujer tomaron el camino de París, en donde estarían exiliados hasta que la situación volviera a la normalidad. Normalidad que no le trajo la vuelta de la densa barba que había tenido hasta entonces, sino que ya desde ese momento la cambió por la perilla y el bigote con que aparece en las fotos y retratos posteriores.

CAE EL TELÓN FIN DEL PRIMER ACTO


ENTREACTO: EXILIO EN PARÍS

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as noticias que llegaban de Madrid eran cada vez más confusas. El camino de la República, que se había iniciado de una manera casi rutinaria como continuación obligada y lógica de una etapa previa, presentaba unos síntomas preocupantes. El Congreso se encontraba profundamente dividido entre los partidarios de una república federal y los que pedían una república unitaria sin divisiones entre las regiones. El avance era difícil y las idas y venidas de unos y otros impedían avanzar de una manera clara. Por otra parte, había una serie de problemas que se habían heredado del anterior régimen, como la guerra carlista, la rebelión cantonal ahora en su máximo apogeo y la insurrección de los territorios de ultramar que eran como una música de fondo sin control. A pesar de ello, con un ritmo irregular, se trataba de avanzar en temas que venían de antes y entre los que se encontraba la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, la ampliación de derechos y libertades que se habían iniciado con la constitución del 69 y el impulso a la enseñanza obligatoria y gratuita. El impulso común que había imperado en los momentos de la “Gloriosa” ahora había desaparecido.

Figura 19. Pugna entre Unionistas y Federales, en la Primera República (“La Flaca”, 3 de marzo, 1873, Pág. 4).


124  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Echegaray, mientras iba teniendo noticia de lo que pasaba en España, volvía a uno de los temas que más le habían preocupado siempre: su situación económica. La vuelta a las clases en Caminos, después del tiempo transcurrido desde su abandono de la Escuela, eran algo casi impensable. La edición de libros de carácter científico, vistos los precedentes, era también un camino que no le podría dar ninguna holgura económica. Volver a la política en algún momento, cuando las cosas volvieran a la tranquilidad, estaba fuera de sus objetivos. El recuerdo de los momentos en que había estado a punto de ser linchado a la salida del Congreso era más fuerte que cualquier tentación que pudiera tener para su vuelta a la política. Y volvió a la idea, abandonada varias veces, de escribir para el teatro. Las anteriores tentativas habían sido unos fracasos rotundos, pero tampoco las circunstancias en las que había intentado hacerlo habían sido las más favorables. Su paso por la política le había abierto las puertas de muchos entornos que hasta entonces no había conocido y, sobre todo, su conocimiento de personajes importantes de ese mundo ya no era tan nulo como anteriormente. Podría intentarlo de nuevo. París ya no era para él la ciudad desconocida y con inmensos atractivos para pasear por sus calles como había sido en su primer viaje. Ir como visitante temporal no era, además, lo mismo que tener que estar allí obligado por su huida de España. Su poca afición, por otra parte, para caminar lo recluía casi permanentemente en su alojamiento. Y así emprendió la tarea de elaborar una nueva obra dramática a la que dedicó gran parte de su tiempo en Francia. Mientras versificaba con la dificultad que lo había caracterizado siempre, leía la evolución de los acontecimientos en Madrid y en España. Suponía que podría terminarla con tranquilidad y luego gestionar su puesta en escena desde París. Lo primero sí lo consiguió, pero para lo segundo no fue necesario hacerlo desde París, porque a los seis meses, visto que la situación no era ya la del inicio de la república, pudo volver a Madrid.


1874: VUELTA A ESCENA. MINISTRO DE HACIENDA Y PRIMER ESTRENO TEATRAL

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l 2 de enero de 1874 las cosas se precipitaron. El gobierno de Castelar había intentado acercar a los constitucionales del general Serrano y a los radicales de Cristino Martos pero se encontró enfrente a Nicolás Salmerón, que dudaba, con los suyos, de lo acertado de poner en puestos de responsabilidad a republicanos no auténticos. Retiró el apoyo que le estaba prestando y, en una cuestión de confianza, Castelar fue derrotado, lo que le obligó a presentar su dimisión. Este resultado hizo que el capitán general de Madrid, general Pavía, diera la orden de salir hacia el Congreso a algunos de los regimientos que dependían de él. Cuando iba a procederse a la votación del sustituto de Castelar, la madrugada del 3 de enero, Pavía mandó una nota a Salmerón diciéndole “Desaloje el local”. Se suspendió la votación y al poco entró la Guardia Civil y el Ejército en el Congreso, disparando algunos tiros al aire. Los diputados abandonaron rápidamente el edificio. Poco después, tras algunas tentativas de que Castelar continuara en el gobierno y ante su negativa de hacerlo por métodos no democráticos, el general Serrano fue designado nuevo jefe de Gobierno. La república se mantendría, pero sería una república conservadora de la que quedaron excluidos los federales de Salmerón y Pi y Margall y los intransigentes. En realidad, era una dictadura del general Serrano, dulcificada, con un frontispicio de República. En abril se formó un nuevo gobierno de concentración, con constitucionales, radicales y republicanos unitarios, y del que se excluyó a los republicanos federales. Echegaray volvió a ser reclamado como ministro de Hacienda. La vuelta a la política, a la que jamás pensaba volver, era de nuevo un hecho. Si antes, en un día había pasado de ministro de la monarquía a ministro de la república, ahora pasaba a ministro del gobierno del duque de la Torre y debería enfrentarse a problemas que seguían sin resolver desde su anterior paso por el ministerio, entre ellos la grave situación económica. *  *  *


126  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Pero entre el tiempo que había pasado desde su vuelta a Madrid y el momento en que había vuelto a ser nombrado ministro, no había permanecido quieto. Al poco de llegar, y una vez que hubo terminado su obra, se puso en contacto con Matilde Diez35 que seguía siendo una de las figuras más respetadas de la escena. Le presentó la obra que había finalizado pero, muy en su forma de actuar, indicó que no era suya, que era de un joven que había conocido en París, hijo de una familia española que le había ayudado mucho durante el tiempo que estuvo allí. Que si podía la leyera y, con toda franqueza, le indicase si merecía o no ser representada. Él se lo transmitiría al interesado. Le dijo que su nombre era “Jorge Hayaseca” y el título de la obra “El libro talonario”. Lo que no dijo era que reordenando adecuadamente las letras de nombre y apellido se podría leer “José Echegaray”. Era una obra de un solo acto y con solo cuatro personajes, lo que hacía que fuera fácil su puesta en escena. Pasaron algunas semanas y dejó aparte el tema a la vista de los acontecimientos que tenían lugar en el Congreso y de los que, a pesar de su intención de abandonar la política, seguía interesándose y comentándolos con sus antiguos compañeros de bancada. Un día, ya ministro, fue a visitarle Mariano Carreras y González, antiguo conocido suyo del Ateneo y de la Sociedad para la Reforma Arancelaria, muy introducido también en los ambientes teatrales y que había traducido a Víctor Hugo y a Dumas. Le informó que había estado en el teatro Apolo y Matilde Díaz le comentó que había leído una obra recomendada por Echegaray y que la iba a representar en breve. Sin decirle nada de quién era el autor, Echegaray le agradeció la noticia y le pidió que siguiera los ensayos cuando empezaran, porque él no tenía tiempo. Que él se lo comunicaría a Jorge Hayaseca. Es seguro que, aunque tuviera en mente qué podría pasar con su obra, no dedicaría mucho tiempo a intentar seguir los ensayos por algún otro camino. Las noticias que de él aparecen en los periódicos de esos días se centran en otros temas muy diferentes, como por ejemplo que el pago de los cupones vencidos de deuda exterior podía considerarse asegurado y que se satisfarían todos los cupones vencidos hasta el 31 de diciembre último36. O, muy en su línea de años atrás, que “parecía resuelto a acudir a todos los medios imaginables para allegar grandes recursos, y que al efecto … trataría de proponer al gobierno la venta de todos los montes y líneas que formaban el real patrimonio y ampliar la desamortización forestal hasta el último límite. De lo que trata el ministro de Hacienda …, Estaba casada con Julián Romea con el que formó compañía constituyendo una de las parejas escénicas con más éxito en los teatros Español y del Príncipe durante muchos años. 36 “La Correspondencia de España”, 18 feb, 1874. Pg. 3 35


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continuaban las crónicas, es de activar la desamortización de todos los bienes declarados vendibles, tanto de corporaciones civiles y eclesiásticas, como de las procedentes del patrimonio que fue de la corona, sin ampliar … la desamortización forestal”37. Noticia que se complementaba con otra breve en la que se indicaba que “A personas competentes hemos oído asegurar que los proyectos financieros del Sr. Echegaray, de llevarlos a efecto, han de proporcionar inmediatos y cuantiosos recursos al Tesoro”. A la vista de otras noticias que se pueden leer de esos días, parece evidente que la necesidad de fondos para mantener los distintos frentes a los que tenía que enfrentarse el gobierno era grande. De La Habana llegaban comunicados según los cuales “pronto acabaría la guerra con los filibusteros, que habían recibido un golpe duro”. Que la partida del cura Flix había pasado a la derecha del Ebro para eludir la persecución de la columna del Priorato. Que el gobierno por fin había podido comprar los cañones que los carlistas habían encargado en Londres. Que el temporal del Cantábrico había roto las comunicaciones telegráficas y por carretera entre Santander y Somorrostro. La situación económica era tan caótica que el Estado apenas podía cumplir con las necesidades más apremiantes del país. Ante una potencial bancarrota volvió a sentirse la necesidad de crear un establecimiento vigoroso de crédito que tuviera carácter nacional. Para ello se creyó que la forma más adecuada sería la de fusionar todos los bancos emisores de deuda locales en un banco nacional que sería el Banco de España. Se les privaba de la facultad de emitir billetes, cuyo monopolio en todo el territorio de la nación, correspondería, en adelante, al Banco de España. A dicha posibilidad sólo se acogieron los Bancos de Barcelona, Bilbao, Reus, Santander y Tarragona, aunque posteriormente se fueron integrando el resto. Echegaray fue el artífice de esta maniobra y consecuentemente el creador del Banco de España, como le fue reconocido desde entonces. Años después, en 1971, su efigie se incorporó a los bolsillos de los españoles en un billete de mil pesetas, aunque previamente, en 1905, habían también aparecido otros billetes con su retrato, por importe de 50 pesetas. En la misma página de la noticia anterior del 17 de febrero, en un rincón al final, aparece una breve noticia de los espectáculos previstos para el día siguiente, 18 de febrero de 1874. Puede leerse que se representarán en el teatro Apolo, a las 8 y media de la tarde: 37

“La Correspondencia de España”, 17 de febrero, 1874. pág. 3.


128  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época “Bruno el Tejedor”38, “El libro talonario” y “El mudo por compromiso”39. No figuran autores ni actores. *  *  * El secreto de Echegaray pronto iba a estar en boca de todos. Dos noches antes del estreno, asistió a uno de los ensayos Ramón de Campoamor, amigo suyo y que le conocía bien. Tras oír algunas frases de la obra dijo sin ninguna duda: “Yo creo que esta obra es de Echegaray”. Matilde Díez le aseguro que no, que era de un amigo suyo. Esto reafirmó la opinión de Campoamor: “Pues entonces es suya, porque yo le conozco muy bien”. El método de Echegaray de permanecer en un segundo plano parece era bien conocido por muchos. Los actores mostraron también su extrañeza de que el autor jamás hubiera aparecido por los ensayos: eso era algo que nunca había sucedido con otras obras. Y la noticia empezó a circular por algunos entornos: “El ministro de Hacienda estrena una obra de teatro”. Cristino Martos, ministro de Gracia y Justicia, llamó inmediatamente a Echegaray: —“Fíjese si serán malintencionados que han echado a volar la especie absurda de que va a estrenar una piececita de un acto en el Apolo. ¡Como si no tuviera usted bastante con los graves asuntos que tiene entre manos!”. La respuesta de Echegaray dejó mudo a Martos: —“No es una calumnia. La noticia es cierta”. Martos se llevó las manos a la cabeza. —“Pero hombre de Dios!. ¿Qué ha hecho usted? Dedicarse a estrenar una obra. Nuestros enemigos harán arma política de ese estreno”. —“Pues que hagan lo que quieran, y se hunda la política y que se hunda todo. Pero yo estreno. Se la presenté a Matilde cuando no era ministro y no le di mi nombre”40. La obra se estrenó con el nombre del autor que había dado Echegaray y este presenció el estreno desde un palco en el que intentó pasar desapercibido. Seguramente llegaría,

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Comedia en dos actos de Ventura de la Vega, estrenada el 30 de junio de 1849. Comedia en un acto de Florentín Hernández., estrenada en 1850. Antón del Olmet y García Carraffa, “Echegaray”. Madrid, 1912. pág. 167.


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como profundamente friolero que era, embutido en su amplio gabán, y cubierto por su habitual sombrero de copa subiría a su localidad tratando de no cruzarse con nadie. El local no estaba a rebosar, había una “regular y distinguida concurrencia”41, como decían las crónicas. Esto parecía implicar que los rumores del nombre verdadero del autor aun no habían circulado por todos los círculos teatrales. También decían, como era habitual en todo estreno, que había sido un gran acontecimiento artístico y literario, aunque la mayor parte de los elogios de la crónica estaban dirigidos hacia Matilde Díaz y el resto de los actores. Se insinuaba que el autor podía ser un “distinguido escritor y hombre público de gran valía en la actual situación”. Nada más. Al acabar, el público reclamó al autor. Matilde Díez y el Sr. Vico indicaron que se hallaba en París y no había podido desplazarse a Madrid. A los pocos días todo Madrid ya sí sabía que el drama era del ministro de Hacienda. Las crónicas de los periódicos lo decían sin juegos de palabras y quizás por ello ponían un cierto control en sus juicios sobre la obra. En la mayor parte de los casos la mayor parte de la crítica se dirigía a relatar el argumento de la misma. Así en la crítica de “La Discusión”42 puede leerse: “El libro talonario, que no es mas que una colección de cartas de un marido infiel, llegadas a manos de la esposa honrada y de la madre tierna, a consecuencia de la ciega pasión de un amigo del marido hacia la mujer buena; libro talonario que se forma copiando la esposa en las hojas blancas las cartas del marido figurando dirigirlas al amigo enamorado, es el asunto que se desarrolla magistralmente en los estrechos límites de un acto, y que da lugar a escenas altamente dramáticas, en las que el traidor esposo cree culpable a su mujer y llega hasta el punto de arrojarla de su casa, conociendo por último que el verdadero culpable es él y que se ha hecho acreedor al castigo que él mismo había impuesto a su esposa. La obra termina con la reconciliación del matrimonio, reconciliación que conmueve y arranca lágrimas, como muchos otros pasajes de la obra, de los espectadores.” Todos los elementos favoritos de Echegaray, que luego llevaría a límites mucho más complejos, estaban ya presentes en esta obra: marido infiel, esposa buena y abnegada, amigo traidor, celos, engaños. Todos los elementos que eran del agrado de la sociedad del inicio del fin del siglo xix estaban aquí concentrados en un único acto. *  *  * 41 42

“La Discusión”, 19 de febrero, 1874, pág. 3. “La Discusión”, 20 de febrero, 1874, págs. 3.


130  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Pero si la obra se estrenó el 18 de febrero, las tareas de Echegaray como ministro no se detenían. El 21 llevó al Consejo de Ministros un proyecto de decreto anulando el artículo de la ley de presupuestos que privaba a los ministros de la cesantía, dando fuerza retroactiva a la resolución. Por ese decreto que había presentado el Sr Echegaray, “se dejaba en pie la abolición de las cesantías, pero solo para los que la obtuvieron desde la fecha de promulgación de la ley, devolviéndose el derecho a percibir a los que la disfrutaron con anterioridad. Todos los ministros aprobaron el proyecto, considerando sin duda que 24,000 reales no es una gran recompensa para el que logra subir al primer puesto del gobierno y recordando que hombres como Garelly han sido enterrados de limosna; y otros como Ríos Rosas, Salaverría, Caballero, etcétera, han vivido o viven exclusivamente atenidos a esa cesantía. Pero el Sr. Topete se opuso al decreto, hasta el punto nada menos de hacerle cuestión de Gabinete. Con este motivo, se provocó un debate bastante vivo entre el ilustre marino y el duque de la Torre, quien llegó a decir, con razón, que en el seno del ministerio no había mas que tres individuos que no podían oponerse a devolver las cesantías a los ministros que las disfrutaron, y estos son, el mismo duque de la Torre, Topete y Zavala, los cuales, al dejar de ser ministros, cobran por sus empleos militares un haber pasivo superior al de los ex-ministros. A pesar de esto, el decreto ha quedado en suspenso”43. Echegaray, siempre pendiente de su economía como ya se ha indicado, debía tener en mente la posibilidad de pasar a cesante en breve plazo tras su estreno en el Apolo. Y efectivamente, el 13 de mayo cambió el gobierno y Echegaray quedó fuera ya de cualquier combinación ministerial. Había estado de ministro poco más de cuatro meses. Quizás para reponerse o quizás para tomar una decisión sobre su futuro, se fue al balneario de Alhama de Aragón durante unas semanas. Allí terminó el primer acto de una nueva obra que concluyó al volver a Madrid. La compañía de Matilde Díaz pasó en otoño al Teatro Español y Echegaray le entregó un nuevo drama, “La esposa del vengador”, en el que ya apareció con su nombre. Tenía cuarenta y dos años, edad muy avanzada, para lo que era usual en otros dramaturgos, para empezar su carrera en el teatro. El 14 de noviembre de ese mismo año, 1874, fue estrenada en el Español.

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“La Época”, 23 de febrero, 1874, pág. 2.


1875: DEDICACIÓN EXCLUSIVA AL TEATRO

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bandonada potencialmente la política44, sin clases en Caminos y sin ninguna otra tarea a la que dedicarse, toda la energía que antes se había dispersado por diferentes entornos se centró a partir de este momento en el teatro. Era como si toda la fuerza que se había ido acumulando durante los muchos años en los que su vocación teatral había permanecido reprimida, de pronto se desbordara y tuviera que escribir de inmediato todas las obras que podía haber generado en el pasado. Su paso por la vida pública abrió unas posibilidades que antes no había tenido. Su nombre era conocido y estrenar una obra suya daba garantías de que el público asistiría, al menos en unos primeros momentos. Unos irían por ser compañeros de partido y otros irían para encontrar razones para criticarlo. Con que la obra tuviera una cierta calidad, y la primera aparentemente la tenía, se podría mantener un tiempo en la cartelera. A finales de 1874 estrenó con Rafael Calvo y Matilde Díaz, como se ha indicado antes, “La esposa del vengador”, en el Teatro Español; Calvo dio a los versos de la obra la fuerza que estaba acostumbrado a dar a los del teatro clásico del Siglo de Oro español y consiguió así un ruidoso triunfo. El camino dramático se había abierto para Echegaray y, con ello, toda obra que a partir de ese momento escribió, pasó inmediatamente a escena. Las obras estrenadas se fueron multiplicando. Con una media de casi dos dramas al año, y en algunas ocasiones de tres, la escena madrileña se encontró a partir de entonces siempre con alguna de sus obras en cartel. En la mayoría de los casos, los éxitos estaban asegurados. Había encontrado “la fórmula” que gustaba al público y que aplaudía fervorosamente tanto al final como cada vez que caía el telón o había una pausa. Los dramas eran cada vez más truculentos y las situaciones inverosímiles se multiplicaban en cada obra. Los principales teatros de Madrid, el Español, el Apolo, el Novedades, se disputaban sus escritos. Y las principales compañías sabían que una obra suya era un triunfo seguro. Su mente científica había dado con la manera de satisfacer a los tres elementos que dan el éxito a una obra: el público, los actores y la crítica. Había que aportar elementos que puCristino Martos, su compañero de partido, también se había retirado de la política ese año, disolviendo el partido demócrata. 44


132  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época sieran al espectador en tensión con lo que se desarrollaba en la escena, textos con los que se lucieran los actores y que confeccionaba expresamente para ellos y, finalmente, material sobre el que los críticos pudieran opinar unas veces a favor y otras en contra. Años más tarde, esa “fórmula” la plasmó en un soneto ampliamente reproducido en muchas publicaciones:

Figura 20. “El gran Galeoto” (“La Ilustración española y Americana”, 30 de marzo, 1881. Pág. 9).

“Escojo una pasión, tomo una idea, un problema, un carácter... y lo infundo, cual densa dinamita, en lo profundo de un personaje que mi mente crea. La trama, al personaje le rodea de unos cuantos muñecos que en el mundo o se revuelcan en el cieno inmundo o se calientan a la luz febea. La mecha enciendo. El fuego se prepara, el cartucho revienta sin remedio, y el astro principal es quien lo paga. Aunque a veces también en este asedio que al arte pongo y que al instinto halaga, ¡me coge la explosión de medio a medio!”


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No es éste el momento ni el lugar de proceder a una revisión crítica de sus obras. Solo cabe plantear algunos momentos de su trayectoria dramática que puedan dar una mejor idea de lo que era Echegaray. Quizás, uno de los aspectos menos apreciados de él es el que se refiere a su peculiar sentido del humor. Quizás la complejidad de las tramas que presentaba y la en ocasiones truculencia de algunas escenas, hacía olvidar este aspecto que está latente en la mayoría de las escenas. Un ejemplo muy característico se encuentra en el inicio del acto único de “La cantante callejera”, estrenado en marzo de 1896: “CUADRO ÚNICO La escena representa una plaza o una calle. Puede haber árboles o no haberlos. Puede haber bancos o no haber bancos. Habrá o no habrá faroles escondidos. Podrán verse o no verse algunas tiendas abiertas y con luces. Lo único que conviene que haya, es la fachada de una casa casi de frente, o con poca inclinación, y muy próximo al primer término, para que contra esta fachada se coloquen los pobres y la cantante.” Resulta bastante increíble que un ingeniero describiera una escena con tanta ambigüedad como lo hace aquí Echegaray. Cualquier autor del futuro teatro del absurdo del siglo xx podría haber firmado el anterior párrafo y sentirse orgulloso de él. Es cierto que sus argumentos eran a veces increíbles por la acumulación de situaciones complejas que muy difícilmente podrían darse en la realidad: hijos ilegítimos, adulterios, mentiras, asesinatos, duelos, estafas, traiciones, … cada uno de estos hechos sería algo normal en una obra convencional. Sería algo normal de uno en uno, o de dos en dos. Pero lo que no es no es normal es que todos ellos tengan lugar en una misma familia o en un único grupo de personajes. Podemos imaginarnos al autor pensando para sus adentros: “A ver cómo retuerzo aún más la trama”, y seguramente mirando con una mirada irónica la cuartilla que tenía ante él. Pero también tenía argumentos que ofrecían una visión muy particular de la sociedad y que, en cierta manera, se adelantaron también a algunas obras del siglo xx. Uno de los casos más concretos se encuentra en la obra escrita ex profeso para María Guerrero y que fue ampliamente contestada por gran parte de la crítica cuando se estrenó. Se trata de “Sic vos non vobis45”. Su argumento es sencillo: un cincuentón se enamora de una joven de dieciocho años. Además de la edad existe también otra barrera “Así vosotros, no para vosotros”. Frase que dio Virgilio a Batilo para que, con ella, hiciera una composición de cuatro hexámetros sobre el pie forzado “sic vos non vobis” y demostrara así que había sido el autor de otros versos. 45


134  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época

Figura 21. María Guerrero, principal intérprete de las últimas obras de Echegaray.

entre ambos: él, educado en Estados Unidos, es inmensamente rico; ella se ha criado en un medio rústico, es pobre y apenas tiene educación. Para recalcar las características de la joven, el nombre que la da Echegaray es el de “Pacorra”. Quiere casarse con ella y para que no desentone en su futuro medio social decide darle la educación adecuada, a cargo de tres


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profesores y una institutriz, mientras él va a Estados Unidos a redondear unos negocios (había sido negrero). Al cabo de un tiempo, los profesores han hecho lo que han podido con Pacorra y ésta ha conseguido una educación aceptable; comienzan a llamarla Paquita. La acción parece muy lineal, pero era necesario complicarla: en los momentos de descanso, Pacorra sigue relacionándose con un zagal de su edad que conocía de antes y salen juntos al campo. Se aprecian como hermanos y él también trata de mejorar su cultura. Trabaja en la herrería del señor pero no se considera esclavo del amo. Vuelve el cincuentón de América y ella le dice que sigue manteniendo el compromiso que había hecho de casarse con él y que le sigue queriendo como un padre por todo lo que ha hecho por ella. Para demostrarle lo que había aprendido le cuenta la historia de Virgilio y la frase de “Sic vos, non vobis”. El señor se da cuenta de que estaba tratando de separarla del medio en el que era feliz y, tras muchas dudas y muchas idas y venidas, deja que se case con su amigo tras asegurar su situación económica. Como puede apreciarse, el argumento es muy semejante al de la obra teatral de Bernard Shaw, “Pygmalion” (no al de la película “My fair lady”) de 1913. La obra de Echegaray es de 1892, veinte años antes. Aparte de su argumento, esta obra presenta algunas otras características que la hacen singular. Como se ha dicho antes, fue escrita expresamente para María Guerrero y en esos años Echegaray le escribía cartas que empezaban de una manera muy característica: “Queridísima Mariita mía” y que seguían con frases como “¿Cuántos días hace que no me ha escrito usted?” “¿Qué hace la cabecita morena?” “Ya no escribo hasta que usted me diga “aquí estoy y estoy buena”. No puedo escribir, ni siquiera esta carta”46. Echegaray tenía en ese momento sesenta años y María Guerrero veinticinco. El paralelismo con la obra anterior es manifiesto. Cuatro años después se casaría con el actor Fernando Díaz de Mendoza y formarían compañía juntos. Al poco irían a vivir a un chalet (“hotel” en la terminología del momento”) al final de la calle Zurbano de Madrid y recomendaron a Echegaray que comprara un solar que había próximo, en la misma calle. Allí construyó su casa y allí fue donde murió años después. Durante un tiempo se rumoreó que el solar se lo había regalado María Guerrero, pero Echegaray lo negó repetidamente. Próximo a estos chalets se encontraba la casa de Sorolla, que hoy se mantiene como museo del pintor. C. Menéndez Onrubia y J. Ávila Arellano, “El Neorromanticismo español y su época. Epistolario de José Echegaray a María Guerrero”. Anejos de la Revista “Segismundo”. 12. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid. 1987. 46


136  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época La correspondencia con María Guerrero se mantendría durante muchos años y a través de ella pueden verse no solo aspectos relacionados con la vida teatral del momento, sino también los avatares que iban teniendo las vidas de ambos. Y también, gracias a ella, se descubren aspectos personales que en otros lugares no aparecían. Como por ejemplo, la afición de Echegaray por la bicicleta. En uno de sus artículos de divulgación, que luego se comentarán, “La bicicleta y su teoría”, Echegaray se muestra ferviente partidario de su uso. De hecho, en 1894 fue nombrado presidente de la “Asociación de Velocipedistas Madrileños”. El artículo comienza con un rotundo “Sí; soy partidario resuelto y entusiasta de esta máquina, que hoy rueda triunfante por todo el mundo civilizado. / No lo digo en tono de humorismo, sino con profundo convencimiento y con toda la seriedad de que soy capaz. / Y soy partidario de la bicicleta, porque lo soy de toda invención en que el ingenio humano triunfa de los obstáculos naturales, abriendo nuevos horizontes al progreso.” Afirma que será una especie de liberación de la clase obrera que ya no necesitará vivir en cuchitriles antihigiénicos en el casco de la población, sino que podrá hacerlo a una o dos leguas del centro, distancia que recorrería en un tiempo de unos veinte minutos, teniendo una vida más sana e higiénica. Describe cómo funciona y cuál es la base de su movimiento y finalmente, muy en la línea de humor que se ha apuntado antes, remata con: “Para satisfacer la inteligencia, la teoría; para aprender a marchar en bicicleta, mucha práctica y unos cuantos porrazos a modo de provechoso estimulante. Y es probado”. Y evidentemente, él lo probó. En una carta dirigida a María Guerrero comenta con fecha 21 de mayo de 1895: “Sigo con la bicicleta. Sé que es una locura. Ya voy solo. Mientras hemos tenido buen tiempo he ido todas las noches desde la puerta de Atocha a un cuartel que hay más arriba. Una lección de 4 a 6 kilómetros. Voy adelantando. / Ahora ríñame V. en castigo de la otra riña. La otra noche ¡qué bien iba!, ¡qué velocidad!, ¡quince kilómetros por hora!, el espolique47 no podía seguirme. Yo iba seguro y tran“Mozo que camina junto a la caballería en que va su amo”. DRAE. Es de suponer que, en este caso, iría también bicicleta. 47


1875: Dedicación exclusiva al teatro 

quilo. De pronto, sin preparación, no sé si por una piedra o por qué (estaba oscuro y no veía), ¡allá voy!, me lanzó el sillín por encima de la bicicleta como una bala y caí de costado, pegando con la cabeza al fin; es decir, después de haber pegado con el cuerpo. / Pues nada, no me hice nada, ni cardenales, ni dolor, solo una pequeña rozadura en la sien izquierda que nadie ha notado. Volví a montar y volví a dar mi paseo de costumbre. / Ya no iré tan aprisa, sobre todo de noche.” Tenía en aquel momento, 63 años.

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1894: INGRESO EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

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n 1882 había sido elegido Académico de la Real Academia Española, pero hasta el 20 de marzo del 94 no leyó su discurso de ingreso. Había sido encargado de dar el de contestación D. Emilio Castelar. Encargado éste durante las Cortes de la Restauración de defender las aspiraciones de los republicanos “posibilistas”, esto es, de los que aspiraban a cambiar el régimen desde dentro, no parece que hubiera tenido tiempo de redactar su discurso. Sí en cambio lo había tenido de redactar los ocho volúmenes de su “Galería histórica de mujeres célebres” y sus “Retratos históricos”, publicados entre el 86 y el 89 los primeros y en el 84 el segundo. En el 93 se retiró de la política y ya no tuvo más remedio que dedicarse a escribir su discurso. Ni Echegaray ni él estaban ya en sus mejores momentos. El primero veía ya lejanos sus grandes éxitos en el teatro y empezaban a aparecer críticas a su obra desde muy diferentes entornos. El segundo tenía a sus grandes éxitos parlamentarios muy atrás y el eco de sus escasas intervenciones apenas aparecía en la prensa. Dos grandes figuras del pasado iban a tomar de nuevo un cierto relieve con esta sesión de la Academia. Las crónicas del día siguiente detallaban la brillantez del acontecimiento, prodigando elogios a las dos figuras que iban a pronunciar sus discursos. En una de ellas se podía leer: “Lleno el salón de señoras elegantes y algunas muy guapas, y en el espacio que ellas dejaban libre, lo más granado del mundo literario y científico; en la mesa presidencial el conde de Cheste y en estrado todos los académicos útiles para el servicio, he aquí el cuadro que se ofreció a nuestra vista”48.

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“El Correo militar”. Lunes 21 de mayo de 1894. Pág. 3.


140  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época

Figura 22. Emilio Castelar, que tras muchos años de espera, contestó al fin al discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua de Echegaray. (“Historia de España”. M. Morayta, Tomo octavo. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894).

Ninguno de los dos, ni Echegaray ni Castelar, defraudaron a su incondicionales. El sillón al que accedía era el que había pertenecido previamente a Ramón de Mesonero Romanos y a él dedicó sus primeras palabras Echegaray. Lo había leído en sus años en Murcia y algo de esas lecturas le debieron quedar con el tiempo, porque las páginas de sus “Recuerdos”, que aun no había empezado a redactar, recuerdan en ocasiones a las “Memorias de un setentón” que redactara El Curioso Parlante en sus últimos años.


1894: Ingreso en la Real Academia Española 

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Pero sus palabras iniciales se centraron en la crítica literaria y a ella dedicó el arranque de su discurso. El título del mismo era “De la legalidad común en materias literarias”, título que justifica desde el inicio. “Así como importa mucho para la marcha ordenada de la política, sobre todo en épocas de transición, que exista una legalidad común, no menos importa en el campo artístico y literario otra especie de legalidad común, dentro de la cual vivan y se desarrollen pacíficamente todas las escuelas y todas las energías, sin anatemas ni excomuniones desde arriba, sin odios ni enemigos desde abajo”49. Detrás de estas palabras se encontraba el espíritu profundamente analítico y estructurado del ingeniero de Caminos y el matemático. Si en la ciencia existen unas leyes que son inexorables, si los razonamientos ordenados y lógicos llevan siempre a un resultado concreto, ¿por qué no puede haber algo equivalente en otros campos? Las críticas que ya empezaba a sentir sobre su obra, que si antes lo elogiaban sin ningún límite, ahora ya ponían en duda lo correcto de sus escritos, también debían estar presentes en su pensamiento al escribir el discurso. Este sentir sobre los críticos se muestra a los pocos párrafos: “No es crítico el que solo lo es por no poder ser otra cosa, ni el que incitado por enojos de su impotencia, busca en los defectos ajenos tristes alivios a la propia ruindad de su ingenio, ni el que haciendo del noble sacerdocio ruin oficio de moderno condotiero, solo guarda alabanzas para el amigo útil y envenenadas saetas para el enemigo propio o para el que su patrono le da por enemigo mientras dura la paga de la mesnada”. Remata sus palabras un poco más adelante cuando dice a la crítica que “es lástima que no se escriba en sanscrito, porque entonces, sin ser mucho menos clara ni menos útil, sería mucho más inofensiva”. Sigue a continuación con un método que ya empleó en su Discurso de Ingreso en la Academia de Ciencias: va pasando una breve revisión histórica a la labor de los críticos con las grandes obras de la antigüedad, desde las del implacable Zoilo con la Ilíada y la Odisea y que, según parece, “costole nada menos que la vida, costumbre que, sin duda por lo apacible de los tiempos que atravesamos, se ha perdido del todo”, a las de Scudery contra Corneille o Subligny contra Racine. “Discursos leídos ante la Real Academia Española en la sesión pública del Excmo. Sr. D. José Echegaray”. Madrid. Imprenta de los hijos de J.A. García. Calle Campomanes, núm. 6. 1894. 49


142  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Y entra ya en el fondo de su discurso, que reconoce puede haber perdido interés por el tiempo transcurrido entre el momento en que lo escribió y el actual. Pide para el mismo respeto porque “es venerable por lo avanzado de su edad”. Rechaza desde el primer momento todo exclusivismo de escuela o de doctrina parcial. Defiende el mundo clásico contra el moderno y a éste contra aquel; al idealismo contra el realismo y a la escuela realista contra la soberbia de los inmaculados; al arte contra el positivismo utilitario; afirma la belleza por la belleza y da por buenos los derechos del escritor que busca contenidos para su obra en los grandes problemas de la vida. En resumen: cualquier camino le parece correcto, muy de acuerdo con sus principios liberales. Y al defender una libertad tan absoluta de temas y de formas, aspira también a que la crítica tenga una libertad equivalente y no juzgue solo una obra en función de unos únicos postulados o unas determinadas ideas. Para que su opinión no quede sin una base sólida, trata de encontrar en la obra literaria un substrato en el que pueda moverse con seguridad, de análoga manera a como una obra científica puede hacerlo gracias a unas leyes o a unos axiomas aceptados por todos. Contrapone el idealismo al naturalismo y en ambos encuentra razones para que sean aceptados. Entre esas razones se encuentra aquello a lo que deben aspirar en las regiones artísticas: la belleza o la sublimidad, o sus diversas variedades y, en suma a todo aquello que produce en el hombre placer estético aunque este placer pueda ser también de dolor, tanto la risa como el llanto, la admiración como el asombro, o la simpatía como el horror. Así, la misión del arte es producir emociones estéticas. Y entra en un terreno en el que trata de ver si solo en la verdad se encuentra la belleza o también se puede encontrar en lo falso. En un momento plantea un ejemplo extremo: un cadáver putrefacto no es en sí mismo un objeto bello, pero si se imita en piedra o en pintura puede ser un objeto de gran valor estético50. Tras lo anterior avanza hacia un intento de determinar cuál es el objeto del arte y si, como dicen algunos, igual que la religión y la metafísica, también éste ha muerto. Pero como los fenómenos de la naturaleza no han muerto, siempre que haya sentidos que puedan percibirlos y la capacidad de interpretarlos esté viva, podrá seguir existiendo el arte. De nuevo, en su estilo de seguir su rastro a lo largo de los siglos, pasa revisión a las distintas formas de cómo se ha ido expresando el arte, desde Esquilo hasta Moratín, pasando por Cervantes y Shakespeare. La conclusión es sencilla: “el arte es eterno; sus grandes y varias tendencias son siempre las mismas; constantes son sus leyes; sus moldes cambian poco, cuando más toman algún ensanche; pero la materia que en esos moldes se vacía, .., esa sí que varía de uno a otro siglo, sobre todo en lo que al fondo social se refiere; porque varían las creencias, las costumbres, Esta idea la habría compartido en nuestro días Damien Hirts y la habría llevado a un extremo mucho más descarnado. 50


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el espíritu que anima a cada raza, los problemas que las agitan; y hasta las mismas pasiones, si en el fondo son idénticas a las que fueron, en sus manifestaciones son diversas, pues la carne humana, estremeciéndose siempre con los mismos nervios y contrayéndose con los mismos músculos, toma distintas apariencias en el desnudo clásico bajo la túnica griega, que en los caprichos de la moda parisiense y en sus velados y picantes encantos”. Finalmente llega a la última parte de sus palabras analizando cuál es la misión del verso. Señala que algunos dicen que el ritmo es afectación irresistible, otros que la rima es un artificio molesto y que la estrofa un molde que ahoga al pensamiento. Para mostrar su idea sobre el verso, entra en el terreno que más le puede ser propicio: el de la ciencia. Con toda seguridad tenía en su interior las múltiples críticas que le habían dirigido sobre su capacidad de versificar y a la que él había dedicado tan largo tiempo hasta que, con un método puramente de ingeniero pragmático, había conseguido dominar. Pone el ejemplo de la luz polarizada y cómo todos los puntos de un rayo de luz son capaces de vibrar siempre en una misma dirección, en contra de lo que la luz natural es. El rayo de luz polarizada es como la línea del verso que sigue una ciertas leyes y las vibraciones de la radiación óptica, las rimas asonantes o consonantes de un verso. Durante las últimas páginas de su discurso elabora esta similitud y concluye con un rotundo: “Por eso digo que sueñan o deliran los que sostienen que ha llegado para la versificación el momento de su muerte; porque no puede morir lo que se funda en leyes eternas del mundo exterior y en principios inalterables de la esencia del ser humano”. Concluye sus palabras: “Y como creo en el bien, para que no deje de creer en él ni un solo instante, en acto para mi tan solemne, ¡ah, señores! … no me tratéis mal”. Tras los aplausos, Castelar tomó la palabra. Y trató de justificar la presencia de Echegaray en la Academia en el estilo que todos los presentes conocían desde mucho atrás. Exalta los múltiples entornos en los que se ha movido y en los que en todos es maestro. Llevado por su verbo incontenible, a veces sube a terrenos que nada tienen que ver con el nuevo académico y en ocasiones desciende hasta profundidades que alejan sus palabras del común entender de un discurso público. Páginas y páginas sin un punto y aparte y decenas y decenas de renglones sin un punto y seguido. Sus razones para que Echegaray se convirtiera en académico de la Lengua, estaban tan profundamente asentadas que nadie podría poner la más mínima objeción. Como dijeron al día siguiente las crónicas de los periódicos, “muchos de los párrafos y el final de sus discursos de los señores Echegaray y Castelar fueron recibidos con entusiastas aplausos”. Casi todos, como “La Época”, “La Iberia”, “El día”, “El álbum Iberoamericano”


144  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época o “El Liberal” llenaron extensas columnas con los textos íntegros de los discursos. Otros, como “El Imparcial” o “La Época, se limitaron a dar unas extensas crónicas. Algunos, como “El siglo futuro”51, diario católico según el encabezamiento, no muy partidarios de ambos académicos, publicaban breves crónicas jocosas del acontecimiento: “¡Chin, chin, chin!/¡Boom, boom, boom!/¡Los dos genios!/¡Los dos monstruos!/¡El asombro de Madrid!/¡La recepción de Echegaray, genio verdadero y la contestación de Castelar, verdadero genio, en la Academia Española!/Todos los periódicos cuentan hoy el suceso, a son de bombo y platillos, en largos artículos con monos./ O séase, con ilustraciones./O digamos con retratos y otros excesos plásticos./… ../No hemos encontrado aún la trenza incombustible que encontró Echegaray en el famoso quemadero./Pero ya aparecerá./Lo que no aparece es la analogía, la sintaxis la prosodia ni la ortografía./Según demostraremos, cuando tengamos humor y tiempo, citando los párrafos más divertidos de ambos discursos, dignos, a más no poder, de la actual Academia de la Lengua”. La trenza del Quemadero aún seguía viva en el recuerdo de muchos. Otros, como “El Liberal”, a la publicación de los discursos íntegros de ambos académicos, agregaban reseñas que algunas trataban de adaptarse al estilo de Echegaray: “Se cubre el horizonte. La cerrazón invade todo el firmamento; relámpagos que van y vienen en agitado crescendo anuncian el estallido de la tormenta; empieza a zumbar el trueno lejano; gruesas gotas preludian el terrible aguacero; las gentes medrosas, recogidas en sus hogares, cierran cuidadosamente puertas, balcones y ventanas, y a la vez que encienden aquí abajo el tradicional cirio bendito en honor de Santa Bárbara, desgarránse las nubes allá arriba. … Un efecto así me produce la entrada de Echegaray en la Academia. / ¡Qué espanto en el tranquilo hogar académico …”. Las Notas de Sociedad del día 22 daban cumplida cuenta de un baile celebrado en los salones del grandioso hotel de los señores de Cánovas del Castillo, en el que la gente joven “se puso a bailar el pas á quatre, quadrilles y walses, continuando hasta después de la una de la madrugada” y al que “entre la concurrencia figuraba el ilustre Echegaray que recibía calurosas felicitaciones por su discurso de entrada en la Academia de la Lengua. Muchas damas quisieron ser, y fueron, presentadas al autor de “Mariana”, y este tuvo para cada una de ellas una frase ingeniosa”52. 51 52

“El siglo futuro”. 21 de mayo del 1984. Pág. 2. “El Día”. 22 de mayo de 1894. Pág. 2.


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“Una de aquellas, tan aficionada a los toros como a los bailes, decía al nuevo inmortal: —Usted y Castelar fueron ayer el Guerrita y el Lagartijo de las letras. ¡Qué largas a la belleza y qué pase a la crítica!. Parecía aquello una corrida … digo, una recepción, de Beneficencia. Y el dueño de la casa, al ver aquel corro, protestó donosamente, en nombre de la libertad, de que el ilustre autor de “El gran Galeoto”, estancara en torno suyo a tantas bellezas”53. Entre los asistentes al baile se encontraba la Sra. de Pardo Bazán, lo que aprovecha el cronista para demandar su entrada en la Academia. La petición no fue respondida nunca. Echegaray, amigo del jefe de los conservadores, entregó a la Sra. de Cánovas “un valioso presente: las cuartillas originales de su discurso de entrada en la Academia, documento de verdad digno de guardarse, como lo será, seguramente, en una vitrina”. Según sus criterios de economía doméstica, no parece que Echegaray tuviera un gasto excesivo con sus regalos. Los ecos de la entrada se fueron apagando y, a los pocos días, ningún diario volvió a hacerse eco del ingreso de Echegaray en la Academia. Los ardores de otros tiempos se habían amortiguado y sus palabras ya no despertaban el torrente de comentarios que despertaron las de años atrás.

53

“La Época”. 22 de mayo de 1894. Pág. 1.


DIVULGACIÓN DE LA CIENCIA

A

l iniciarse la década de los noventa, la actividad dramática de Echegaray inició un cambio en la trayectoria seguida hasta entonces. Cambió en gran medida la orientación de sus obras, que de tener una visión esencialmente romántica en sus argumentos pasaron, a servir de reflejo de la realidad social de ese momento. El teatro le ocupaba muchas horas lo que no le permitía enfrentarse a obras científicas de gran envergadura. Pero su tendencia a seguir enfrentándose a ellas no había disminuido. Una de las válvulas de escape que encontró fue la de escribir artículos de divulgación al estilo de los que publicaban por esos días muchos de los grandes científicos británicos y franceses. De hecho, parte de lo que había escrito hasta entonces de carácter científico, tenía un enfoque similar, aunque de mayor tamaño que lo que podría ser un simple artículo de prensa. Y así comenzó una larga trayectoria de relación constante con algunas de las revistas y diarios que se ocupaban, aunque parcialmente, de temas científicos. Las principales publicaciones del país empezaron a ver en sus páginas artículos con la firma de J. Echegaray en los que se trataban temas de muy diversas ramas de la ciencia y la tecnología. Para su redacción necesitaba seguir día a día lo que se estaba produciendo fuera de nuestras fronteras, lo que le obligaba a introducir una nueva actividad en sus horas del día y de la noche que difícilmente pueden explicarse en una productividad normal. Parece que nunca se preocupó de guardar una copia de los mismos. Según decía en algunas entrevistas, debieron ser varios cientos, quizás miles, los artículos que escribió. Muchos de ellos se encuentran con mayor o menor facilidad en diarios como “El Imparcial” o “El Liberal”. Algunos de estos fueron publicados en un volumen, en 1905, como homenaje de sus compañeros de Caminos por la concesión del Premio Nobel. Fue una edición muy precipitada, hecha expresamente para ese acto, en la que no pudieron ponerse el origen ni la fecha en la que fueron publicados. Quizás se esperaba a una segunda edición que nunca vio la luz. Pero hay otros que, en este momento, es dificultosa su recuperación. El ejemplo más concreto se encuentra en los que publicó en “El Diario de la Marina” de la Habana, para el que escribió dos artículos todos los meses durante muchos años. En 1912 calculaba que habría publicado allí más de 800 artículos. Este diario se ha digitalizado hace poco tiempo pero no dispone de un buscador adecuado. Quizás pronto pueda recuperarse lo que escribió en él.


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Figura 23. Portada del libro “Ciencia Popular”, editado por sus compañeros de Caminos, como homenaje al Premio Nobel.

Estos artículos no eran artículos de investigación, ni siquiera de desarrollo de otros trabajos propios o ajenos. Eran, simplemente, artículos cuyo fin era dar a los lectores habituales de revistas y periódicos generalistas un conocimiento científico o técnico de muchas de las cosas que tenían alrededor, de lo que podrían encontrarse y usar dentro de unos años en su vida diaria o de temas más especializados de la física, las matemáticas o la ingeniería y que empezaban a circular por algunos entornos. La pretensión era solo poner al nivel de un lector medio los temas candentes de la ciencia y la ingeniería y que éste pudiera seguirlos sin dificultad. La herramienta que usaba era la de un lenguaje al que estaba acostumbrado por relatos de otros escritores. Este lenguaje era el mismo que podía verse en cualquier escrito de otro tipo, como el relato de un viaje o una crónica de


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un estreno teatral. Era poner la ciencia y la técnica al nivel de una conversación entre amigos o de una tertulia en un café. Hoy nos resultan demasiado floridos para lo que estamos acostumbrados. Hasta, en ocasiones, un tanto sensibleros. Pero era lo que el final del siglo xix demandaba. Su faceta como divulgador de la ciencia fue reconocida durante gran parte de su vida. El ejemplo más significativo nos lo dan las palabras que Ramón y Cajal pronunció con motivo del homenaje que se le dio en el Ateneo y que se comentaría más adelante. Aparecen reproducidas en “Madrid Científico”, una de las revistas que esos años mostraba un especial interés por la obra de Echegaray. Cajal señala, desde el principio, que no se cree con credenciales suficientes para juzgar sus méritos como matemático, como orador o como dramaturgo y que a lo único que puede atreverse es a enfocar al pedagogo, al periodista científico divulgador de las conquistas de la moderna civilización. Y tras ello, como para convencer a quien no lo estuviera de antemano, pasa a indicar las características básicas de la divulgación científica: “No es floja tarea vocear elocuentemente en el libre ambiente de la calle las verdades fecundas arrancadas a la Naturaleza en el laboratorio del físico. Difundir la ciencia abstrusa diluyéndola, clarificándola y sazonándola con el condimento del arte para que sea saboreada por el vulgo y atraiga corazones e ilumine inteligencias, empresa es que reclama aptitudes especialísimas, dotes de literato y de maestro nada vulgares. El propagandista científico ha de ser un sabio forrado de poeta; por igual debe conocer la psicología enrevesada del investigador y la ingenua y sencilla del ignorante”. Y recalcando cómo lo ha llevado a cabo Echegaray remata con “Yo de mí sé decir que gracias a la singular virtualidad de Echegaray… resultáronme llanos y fáciles conceptos científicos que diputé al principio bien obscuros y casi inabordables”. Y pone a Tyndall como ejemplo a comparar con Echegaray: “En este simpático apostolado de la ciencia, Echegaray empareja únicamente con Tyndall, el célebre físico y conferenciante inglés54. A semejanza de éste, posee maravillosa adaptabilidad del ambiente moral, además del inestimable privilegio de descubrir luminosas armonías y exquisitas flores de arte en los más vulgares prosaicos fenómenos. Pero

John Tyndall era realmente irlandés. En la actualidad, uno de los principales centros de investigación en Microelectrónica y Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones de Irlanda se denomina Tyndall National Institute. 54


150  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época nuestro Tyndall es todavía más poeta y orador que el maestro anglosajón, a quien aventaja en gracia y soltura de dicción, potencia sintética y creadora, y gusto acendrado de la forma”55. Estas opiniones sobre el Echegaray divulgador ya eran muy comunes desde mucho tiempo atrás. Así, por ejemplo, en un número de la revista “La Electricidad”, de abril de 1888, y de la que el propio Echegaray fue promotor y director durante un tiempo, aparece un artículo del ingeniero D. Francisco de Paula Rojas en el que se juzga esa actividad de Echegaray. El artículo se concluye con un párrafo que merece ser reproducido y que guarda un gran parecido con el de Cajal de algunos años después: “De los Estados Unidos invitaron a Tyndall56, gran físico y gran maestro en el arte de exponer la ciencia, para que explicase seis lecciones de física en aquella República: una en New York, otra en Boston, otra en Filadelfia, otra en Nueva Orleans, otra en Chicago, otra en Washington. Le costearon espléndidamente el viaje poniendo un buque de vapor a sus órdenes, y le remuneraron su complacencia con cincuenta mil duros. Ni en ciencia, ni menos en exponerla con maravilloso arte, es inferior nuestro Echegaray a Tyndall. ¿Con cuánto o con qué le hemos recompensado? De los 18 millones de españoles ¿cuántos conocían a Echegaray antes de que se entretuviera en hacer sus dramas, como se entretenía Rubens en hacer de embajador? 57 ”. Para concluir sus líneas, el autor no se retrae en poner por encima de cualquier otro mérito el de científico/divulgador: “Si Echegaray viniese al mundo en el siglo próximo, es posible que ni él hubiera caído en la cuenta de que era un gran poeta lírico, ni la nación o el país le hubiera dejado tiempo para pensarlo. / Creemos seguro que en el porvenir, cuando se presente un Echegaray, un hombre verdaderamente excepcional, nacido para impulsar el progreso científico, el Estado hará de modo que se consagre a la ciencia, y si no lo hace el Estado lo hará la iniciativa particular”.

Madrid Científico. pp 127-128. 1905. Es muy conocido hoy el caso de Tyndall, que mostraba en pueblos y pequeñas ciudades de Inglaterra sus experimentos con la luz y entre ellos cómo una radiación luminosa podía ser guiada a través del chorro de agua que salía de un recipiente. Esta experiencia, una de las primeras sobre guiado de luz en un medio confinado, aparece hoy en gran parte de los textos de Comunicaciones Ópticas como ejemplo más significativo de los antecedentes de las fibras ópticas. 57 Mundo Científico. pp. 426-427. 1903. 55 56


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¿Qué temas trató Echegaray en sus artículos? Ya se ha dicho antes que cualquier novedad de la que hubiera tenido noticia, en Ciencia y en Tecnología, no era ajena a su pluma. Curiosamente, uno de los que trató de manera más recurrente es el que se relaciona con las nuevas tecnologías de las comunicaciones. Su vida se desarrolló, de hecho, casi a la par que la del avance que tuvieron las comunicaciones a partir de la invención de la telegrafía eléctrica. De hecho, el año de nacimiento de Echegaray coincide con el año en el que Morse patentó su sistema y, muy poco después, en 1837, Cooke y Wheatstone patentan su primer sistema con cinco agujas. La transmisión inmediata de noticias fue algo que siempre tuvo presente a lo largo de su vida y, como indica en varios sitios en sus “Recuerdos”, muchos de los acontecimientos de los que fue testigo fueron transmitidos gracias al telégrafo. No es de extrañar por ello que los nuevos desarrollos que se empezaron a multiplicar, a raíz de las experiencias de Hertz en 1887, y que podían llevar la información a través del aire sin un soporte físico como hasta entonces, despertaran su admiración, tratase de seguirlos y, a continuación, se convirtieran en tema para sus artículos. En un muy breve listado de algunos de sus artículos encontramos: “Un punto que conviene aclarar (Telegrafía sin hilos)”, “Transmisiones telegráficas”, “Transmisión eléctrica de imágenes”, “Nueva telegrafía óptica”, “Transporte eléctrico de las fotografías”, “Telegrafía sin hilos”, “Imágenes eléctricas”, “Fotografía del sonido”, “Fotografías de colores”, “Kinetoscopio”, “Dos nuevas invenciones” (Teléfono y fonógrafo),” En todos ellos muestra que la mayor parte de lo que se estaba desarrollando en esos años de final del siglo xix y principios de xx no le era indiferente. Conoce los desarrollos de Hertz y plantea el funcionamiento del cohesor de Branly. De las innovaciones que surgían de la mano de Marconi era un ferviente admirador y en varios de sus artículos hace unas breves descripciones de ellas. De hecho, debió llegar a tener una cierta amistad con él, ya que fue él el que lo presentó en el Ateneo cuando éste vino a España en 1912, dando en su conferencia, en la que estaba presente el Rey Alfonso XIII, un breve resumen de la trayectoria del italiano y de cómo se había llegado al descubrimiento de la radio58. Esta amistad se debió continuar en el tiempo porque, de hecho, una de las coronas que se recibieron en el domicilio de Echegaray cuando éste falleció era de Marconi.

58

“Marconi – Echegaray”. Madrid Científico, Año xix. Núm. 740. Págs. 289-293. 1912.


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Algunos ejemplos de sus artículos de divulgación59: Echegaray y la televisión De los artículos que se han mencionado hay uno que merece una especial atención. Es el titulado “Transmisión eléctrica de imágenes” y que ha sido objeto de varias reimpresiones, la primera en “Electrón”60, en 1898. En él plantea las bases para lo que podría ser un sistema de televisión y que, según dice, está desarrollando un “pobre maestro de Viena”, aunque la Sociedad que lo explotaría guarda una total reserva; a pesar de ello, intenta explicar cómo puede llegar a conseguirse. En su obra anterior “Teorías modernas de la Física” ya dio cuenta de algunas otras experiencias notables y de algunas ideas que en aquel momento eran nuevas. La que ahora trata se basa en el uso del selenio que, entre sus múltiples propiedades, tiene una que en este caso resultaría fundamental: su conductibilidad eléctrica, esto es, la de que su capacidad de transmitir electricidad depende de la cantidad de luz que recibe. Cuando recibe luz es un buen conductor, pero cuando se encuentra en la oscuridad ofrece una gran resistencia al paso de la corriente. La descripción que, a partir de este momento, hace del posible sistema de transmisión de imágenes es muy similar a la de muchas de las matrices receptores de imágenes que se han multiplicado en las últimas décadas61. “Constrúyase una especie de tablero de damas con trozos cúbicos de selenio, perfectamente aislados unos de otros: algo así como un mosaico. / Establézcase gran número de conductores eléctricos, haciendo que cada uno de ellos pase por una casilla del tablero. / Hágase pasar, asimismo, por cada conductor una corriente eléctrica. / Y sólo con esto tendremos ya preparada la plancha receptora o el tablero receptor de la imagen. / Porque, en efecto, si un espejo recoge y proyecta sobre el tablero cualquier imagen, la cabeza de una mujer, por ejemplo, las pequeñas piezas de selenio del encasillado general recibirán distinta cantidad de luz, / En plena luz estarán unas; en plena sombra estarán otras. Muchas solo recibirán una media tinta. Y estas sombras y estas luces formarán, como en la fotografía, por su variedad e intensidad: donde la resistencia es grande, la corriente será pequeña; donde la resistencia sea pequeña, alcanzará la corriente mayor fuerza. / Y de este modo, y de este manojo de conducOtros ejemplos aparecen, conjuntamente con algunas consideraciones sobre la estructura de sus artículos de divulgación y su similitud con la de sus dramas, en: José A. Martín Pereda: “Echegaray, divulgador de la Ciencia”. Revista de Obras Públicas. 3581. 64 – 71 (2016). 60 Revista general de Electricidad, publicada por el Cuerpo de Telégrafos. 61 Esta estructura es equivalente a las de muchos de los SLM (Moduladores Espaciales de Luz) que se han desarrollado a partir de la década de los ochenta del siglo xx, para el procesado de imágenes. 59


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tores, la imagen primitiva se habrá convertido en una especie de imagen eléctrica, en que sombras y luces, con todas sus gradaciones, estarán representadas por corrientes eléctricas de intensidad distinta. / Será verdaderamente una imagen eléctrica, que va caminando por unos alambres. Por unos irá el cabello con sus ondulaciones, sus sombras y sus luces. Por otros irán los ojos con sus puntos brillantes y sus pupilas azules o negras. Por otros, los labios sonrosados o las suaves mejillas. /Una imagen dividida en pequeños pedazos, tantos como pedazos de selenio comprende el cuadro general.” A partir de aquí inicia una fase de planteamiento de problemas. Señala que, según la información, los inventores no sólo transmiten blancos y negros sino también colores. Señala su incapacidad para saber cómo lo hacen. Resulta curioso que no planteara una posible solución a base de filtros o de prismas, porque en su “Teorías modernas de la luz”62 muestra que los conoce perfectamente. Quizás la longitud que debía dar al artículo le impedía meterse en mayores profundidades. El otro problema que señala es el de la necesidad de reducir el número de hilos por el que se transmitirían las señales, porque admite que no es nada práctico mandar seis mil señales eléctricas a través de otros tantos hilos conductores por la complejidad que llevaría consigo su realización. Y aquí, para resolver el problema, introduce un concepto que es, en esencia, una multiplexación típica de los sistemas de comunicación actuales. Con una pieza mecánica giratoria “dotada de movimiento rapidísimo, uno de esos movimientos vertiginosos a que ha conseguido llegar la industria moderna” pondría en comunicación “a los centenares de hilos del cuadro de selenio con unos cuantos conductores generales en número reducido. De suerte que las corrientes no marchan todas a la par, sino por turno; pero un turno tan breve como el que exige la persistencia de la sensación en la retina. Una cosa así sucede en el cinematógrafo en cuanto a la persistencia de la sensación.” Finalmente, al enfrentarse con el receptor, sus dudas también son grandes. Apunta la posibilidad de otra matriz equivalente a la inicial, pero con pequeñas lámparas que den más o menos intensidad de luz, según la intensidad de la corriente eléctrica que le llegue, y que luego un cristal deslustrado fundiría unas con otras. No aclara la función real del cristal. Pero, finalmente, da un mínimo detalle de lo que parece es el invento austriaco: “Emplea prismas de cristal, que descomponen la luz, como es sabido, en los siete colores del iris. Estos prismas giran más o menos, según la intensidad de la corriente, y proyectan unos u otros colores a las casillas de un cuadro general. … por esto,… no sólo transporta la imagen con sus sombras y sus luces, sino también con sus colores propios”. “Sobre las Teorías modernas de la luz”. Revista de Obras Públicas. 1867, 15, tomo I (11): 127-133, (12): 143-146, (13): 149-153. 62


154  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época El artículo lo remata con un “Aunque la noticia es muy vaga, no cabe duda que aquí hay una idea. Y ¡quién sabe si el maestro de Viena habrá realizado un prodigioso descubrimiento! Descubrimiento tal, que pondría término glorioso en el terreno de la ciencia y de la invención al siglo de la máquina de vapor y del dinamo”. La realidad necesitaría algunos años más para llegar a una realización práctica de lo anterior, pero el embrión de muchas de las ideas con las que se ha ido desarrollando la Fotónica en las últimas décadas del siglo xx estaban ya presentes aquí.

Figura 24. Ilustraciones de Echegaray del”Madrid Cómico”, de 1888, 1898 y 1900.

Echegaray y las comunicaciones ópticas Para completar este apartado, vamos a introducirnos ahora en otro de los artículos que escribió basados en posibles nuevos sistemas de comunicaciones. Es el que titula “Nueva telegrafía óptica”. La telegrafía óptica fue el primer sistema de comunicaciones que se desarrolló en Europa, durante los años de la Revolución Francesa y fue la protagonista absoluta de las líneas que ponían en contacto ciudades tan lejanas como París, Ámsterdam, Venecia, Lon-


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dres o Madrid63. Cada país puso en funcionamiento un sistema diferente, pero todos ellos se basaban en la transmisión, mediante señales semafóricas, de un determinado código que unas veces eran las letras del alfabeto, como en el caso del sistema inglés de Murray, del sueco de Edelcrantz o del español de Betancourt, o palabras o frases como en el caso del francés de Chappe o del español de Mathé. En todos los casos, en una torre o en una posición muy prominente, un sistema de brazos articulados adoptaba una posición determinada que era el símbolo que se deseaba transmitir. Otra torre, situada a distancia asequible a la vista mediante un simple catalejo, observaba el símbolo transmitido y lo reproducía para que llegase a la siguiente torre. Este sistema estuvo en funcionamiento en Europa, en la costa este de Estados Unidos y en otros países de su influencia, desde finales del siglo xviii hasta mediados del siglo xix, cuando la aparición del telégrafo eléctrico de Morse implicó un avance mucho más fiable y seguro para la transmisión de información. La comunicación óptica de este tipo quedó reducida a un sistema de comunicaciones, esencialmente militares, en la forma de heliógrafos que mediante espejos y obturadores transmitían señales luminosas, la mayor parte de las veces del sol, a distancias medias. Su inconveniente, igual que en los previos sistemas semafóricos, era la posibilidad de, en el camino, poder tomar las señales y si se disponía del código de transmisión, capturarlas. El artículo de Echegaray trata de este tema, de cómo solventarlo e, indirectamente, plantea una solución que está en funcionamiento en algunos de los sistemas de comunicaciones ópticas a través de fibra óptica que se utilizan en nuestros días. Inicia sus reflexiones, como otras veces, haciendo unas disquisiciones intrascendentes sobre la introducción de nuevas tecnologías, cómo las nuevas no eliminan por completo a las antiguas sino que, poco a poco, las van desplazando (sería hoy el comentario a las curvas en “S”) y cómo, en algunos casos, las antiguas pueden seguir siendo usadas a la espera de un desarrollo que las vuelva de nuevo a su esplendor. Y ya entra en la telegrafía óptica basada en el envío de rayos luminosos que son simplemente recibidos por un anteojo. Destaca su sencillez pero, a continuación, plantea el problema de que son realmente una “telegrafía pública”, porque todo el que sea capaz de captarla será capaz de descifrarla. Como matemático, señala que toda señal secreta (lo que hoy designaríamos como encriptada) es posible descubrirla a base de las adecuadas reglas matemáticas. En este caso, como dice, “la telegrafía óptica es un sistema público al alcance del que tenga vista y paciencia”. Y ya entra en el motivo central del artículo. En el sistema que pasa a describir, “del punto de partida sale un rayo de luz constante, continuo, al parecer siempre el mismo para todos los observadores, menos para el que recibe el rayo J.A. Martin Pereda, “The Dawn of Optical Communications: From the French Revolution to the Empire”. Óptica Pura y Aplicada, pp. 39 (2) 135-138 (2006) 63


156  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época de luz”. Ya está planteado el argumento, ahora hace falta aclarar cómo se hace. Y para ello pasa a describir dos tipos de luz, en principio idénticos para un observador convencional: la luz común o natural y la luz totalmente polarizada. La luz natural, para una mejor comprensión del lector, la compara con “un cepillo prolongado a lo largo de 20 o 30 kilómetros, de esos cepillos que sirven para limpiar por dentro los tubos de los quinqués, e imagine que todas las partículas de éter64 colocadas en el eje de este estrambótico cepillo vibran a lo largo de las múltiples cerdas transversales que lo erizan todo alrededor”… “Este rayo de luz será todo él el mismo alrededor de su eje y podrá girar alrededor de este eje, sin que el que lo reciba note diferencia entre unas y otras posiciones. / Pues así es la luz común o la luz natural”. Y pasa a describir la luz polarizada. En ella “todas la líneas de vibración de las moléculas del éter han venido a colocarse en un mismo plano. El cepillo cilíndrico se ha convertido en un peine plano de unos cuantos kilómetros de longitud.” Un observador ajeno, sin medios apropiados, no distinguiría esta luz de la anterior. Sí, en cambio, podría hacerse con un analizador de luz polarizada que, para dar una imagen sencilla, compara con un aparato con una hendidura en una determinada dirección: la de la luz polarizada. Una vez presentada la protagonista, no queda ya más que ponerla en movimiento llevándola a una acción concreta. La descripción es ahora más rápida: cada letra se puede hacer corresponder a un ángulo determinado65 y solo el que conozca el convenio podrá recibir el mensaje. La luz será vista por todos, pero no podrá ser interpretada por nadie salvo por los iniciados. Este aprovechamiento de la polarización de la luz para introducir información en ella ha sido llevado a cabo en muchos de los actuales sistemas de comunicaciones ópticas así como en un amplio conjunto de dispositivos cuyo objetivo final es encaminar la radiación óptica por caminos determinados66. No ha sido en heliógrafos de campaña pero si en complejos sistemas que enlazan grandes urbes en pleno siglo xxi.

Hasta 1887, con el experimento de Michelson y Morley, la teoría del éter no se desechó por completo. A pesar de ello, durante algunos años siguió siendo tomada por muchos por la posibilidad que daba de presentar modelos más sencillos. 65 Este código sería equivalente al del telégrafo óptico de Betancourt. 66 J.A Martín Pereda, “Sistemas y Redes de Comunicaciones Ópticas”. Pearson/Prentice Hall. 2004. 580 pags. 64


1898: DISCURSO EN EL ATENEO

E

l 10 de noviembre de 1898 tuvo lugar la apertura de las cátedras del Ateneo de Madrid y en ella Echegaray pronunció el Discurso de Apertura. Faltaba exactamente un mes para que se firmaran los acuerdos de París con Estados Unidos, con los que se daba por concluida la presencia española en ultramar. Había concluido la guerra hispano-estadounidense en Cuba, España entregaba Puerto Rico, Filipinas y Guam a Estados Unidos y, como compensación, recibía veinte millones de dólares del gobierno americano. Un mes antes, el propio Echegaray había escrito un artículo en “El Liberal” en el que a petición del editor del mismo, y aunque ya llevaba un tiempo apartado de la política, mostraba sus opiniones sobre la situación en que se encontraba España. Éstas, como antaño, no seguían estando en el cauce de lo que en la mayoría de la prensa se podía leer. Y tampoco lo estaban con los comentarios que expresaban gran parte de los miembros de lo que luego se denominó “generación del 98”. “Yo no creo, yo no puedo creer, que la guerra con los Estados Unidos haya sido popular. ¡Popular estando todo el mundo convencido de la derrota! ¡Popular, no sintiendo de cerca la planta, la presencia del enemigo! … La quiso una escasa minoría, que teniendo demasiado presente la historia de lo que fuimos, se hacía ilusiones sobre lo que realmente éramos”.

Pasa, a continuación, a compararla con la guerra de la Independencia, que sí afirma que fue una lucha a muerte porque era preciso arrojar al invasor, que estaba encima y se le ve y se le conoce; no era un ente abstracto, era el que estaba al alcance de la furia de las mujeres; el agravio se había sensibilizado y el hierro estaba presto para hacer justicia. Pero Echegaray no podía mantenerse en esta línea. Parece que necesitaba algo más, algo como “la trenza del Quemadero”. Y añade:


158  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época

Figura 25. Echegaray hacia 1900.

“Y aun así, recuérdese que el acto de Daoiz y Velarde, sublime arranque de heroísmo, no fue secundado por la guarnición de Madrid, y se consideró entonces como un hecho de insubordinación, de indisciplina, y a los pocos días, no había quizás transcurrido una semana, varios jefes de cuerpo y altos funcionarios iban a felicitar al general francés Murat, por haber dominado un motín. Y el motín se llama en la historia el glorioso 2 de Mayo”.


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Concluye el artículo con una profunda fe en el futuro de España indicando que lo importante es trabajar y no caer en la depresión, que hay que soplar las cenizas de la derrota y de ellas sacar el calor de la regeneración. Y remata con “las dictaduras suelen perpetuar la minoría de edad de los pueblos, acostumbrándoles a no pensar ni obrar por sí. España aun está en situación de oír y obedecer el Levántate y anda”. Quizás le habrían llegado rumores de alguna tentativa de imponer una nueva dictadura. Con esas ideas en mente, y con una situación del país que no era la más propicia a oír conceptos floridos o disquisiciones vacías, tomó como tema para su discurso en el Ateneo el de “¿Qué es lo que constituye la fuerza de las naciones?”, y aclara que lo pone en forma de interrogación porque todo lo que rodea a España en ese momento es una formidable interrogación, que son momentos de vértigo y que solo cuando la sangre se calme se verá donde está el país y se podrá ir en alguna dirección que, ojalá, no vuelva a llevar al abismo. Las preguntas básicas que plantea son: ¿Qué es lo que hace que una nación sea grande, sea fuerte, sea respetada?¿Qué hay que hacer para que una nación sea poderosa, para que si se cayó se levante, para que si quedó en pie marche? No es tener un ejército disciplinado y aguerrido, continúa, o una potente armada con corazas de hierro y cañones de tiro rápido. La memoria de la flota americana en la guerra hispano-norteamericana estaba presente tras esta imagen y, con toda seguridad, también en el eco de muchas voces que urgían la renovación total de nuestra armada. Pero aclara, “tampoco es fuerte un hombre con solo robustos músculos y mucha sangre roja. Lo perfecto en el organismo humano no es la fuerza aparatosa, no es la hinchazón de los músculos a costa de la sangre. ¿A qué sacarla del cerebro, donde debiera caldear el pensamiento, para venir a cuajarla en un bíceps?”. La fuerza verdadera, aclara, viene del equilibrio armónico entre todas las partes del organismo humano o del organismo social. Así, la fuerza de las naciones reside en ellas mismas y en todos sus organismos y en sus ciudadanos. Aunque señala que una nación honrada no se configurará con ciudadanos perversos; la suma de muchos ceros, no es sino otro cero final. La regeneración habrá de venir de cada individuo. El individualismo de Echegaray sale a la luz. Individuos que podrán ser sabios, artistas, industriales, inventores o humildes trabajadores, pero entre los que no debe haber envidias malsanas ni odios repugnantes y en los que todos tengan conciencia de sus derechos que es la única igualdad que puede haber. Un poco más adelante aparece el Echegaray ingeniero y economista: “Una nación que cultive la ciencia, y al cultivarla la posea desde sus más elevadas regiones hasta sus regiones más modestas, desde la ciencia pura hasta las aplicaciones industriales, desde el ideal abstracto hasta la práctica positiva; una nación que trabaje y que acumule trabajo, y que se enriquezca y que acumule riquezas en forma de capital, que es la más poderosa palanca de la civilización, será una nación fuerte y poderosa y duradera en la Historia si además posee otra tercera cualidad, de que os hablaré luego”.


160  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época ¿Qué cualidad será esa? Como en otras ocasiones introduce la intriga en el espectador y le deja expectante. Continúa. “Una nación ignorante y una nación perezosa lleva sobre si su sentencia de muerte. Por más que varíe de organización, o que las agote todas, ni encenderá la idea en los cerebros, ni dará vigor a los músculos. Cambiará de postura en el lecho, pero será lecho de muerte”. Y entra a analizar, de una manera colateral, las causas de la derrota en la pasada guerra. “Quien nos ha vencido… ha sido la Ciencia y la riqueza. Máquinas de guerra perfectas y poderosas; caparazones de hierro que no podíamos romper; grandes maquinistas y grandes ingenieros; una experiencia en el tiro que es, en cierto modo, ciencia y trabajo acumulados, y —si me permitís la palabra— capital balístico; y por otra parte, artillería de tierra como no teníamos nosotros, y en el sitio de combate, triple o cuádruple masa de enemigos” … “Los hechos son como son: son tristes, son brutales, pero son indiscutibles: la ciencia, una ciencia superior a la nuestra —no hay que negarlo—; la industria, ramificación de la Ciencia pura, una de las primeras industrias del mundo; la riqueza, una riqueza abrumadora, un capital inmenso: tales son los elementos contra los cuales hemos luchado y por los cuales hemos sido vencidos.” Llega casi al desenlace de sus palabras: “Una nación será grande cuando posea la más alta ciencia; cuando sea activa y trabajadora; cuando acumule grandes riquezas, y cuando alumbre a su ciencia toda la idea del deber y la idea del deber encauce todas sus energías”. … “La naciones no se regeneran a la voz de mando, ni se transforma un pueblo como se transforman las decoraciones en el teatro. … La evolución de un pueblo no se realiza en la Gazeta… Las montañas fingidas, de cartón o de corcho, se construyen en unas cuantas horas; las montañas verdaderas exigen centenares de siglos.” “Yo, el individualista incorregible, acuso a todos mis conciudadanos pasados y presentes … de una incurable indisciplina social, de un individualismo exa-


1898: Discurso en el Ateneo 

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gerado que esteriliza los más nobles esfuerzos y las más altas facultades. … Somos moralmente, sustancialmente, indisciplinados, y cada individuo lo es dentro de sí mismo. Tendemos fatalmente a la división, a la subdivisión, a la dispersión total. En todas las esferas de la vida, allí donde muchos hombres de nuestra raza se reúnen para cualquier fin social, científico, artístico, industrial, económico o político, al punto surgen diferencias de opinión, tantas por lo menos, como son los individuos;…” No queda nadie fuera de los reproches que lanza. Mas hay que dar una nueva vuelta al razonamiento. “ … y esto no es un mal: la homogeneidad es la muerte. Cuando todos los puntos del espacio tengan la misma temperatura, dice la Ciencia que el mundo entero será un cadáver. La unidad es más rica cuanta más variedad contiene. La luz es blanca porque tiene siete colores. Nuestro globo es hermoso porque tiene valles y montañas. La diversidad de opiniones, de sentimientos, de puntos de vista y de ideas en cualquier agrupación humana ni me desagrada, ni me asusta; antes me complace porque es señal de vida, porque es prueba patente de que cada individuo es libre y de que usa libremente la espontaneidad. Es un individuo fecundo, no destructor. Pero es preciso que todas las fuerzas determinen una resultante, cediendo cada una lo que sea preciso para coordinarse con las demás fuerzas.” Y concluye: “Yo armonizo estos tres principios: la libertad individualista, la organización libre y el sacrificio espontáneo de su propio derecho en aras del deber. Sacrificio que es la prueba más alta de la libertad individual.” En una aproximación a lo que los miembros de la generación del 98 ponían en movimiento por esas fechas, se acerca para rematar sus palabras al Quijote reclamando en todos “el cumplimiento del deber”. Esto último es casi lo único que destacaba al día siguiente “Madrid Científico”67 de su discurso. Le reprocha que su diagnóstico de la enfermedad nacional no haya sido lo acertado que podía esperarse de él. Debía esperar medidas concretas e inmediatas, lo 67

“Madrid Científico”. nº 214. Pág. 10.


162  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época que parece quería decir que no había llegado al fondo del mismo. Los periódicos más importantes, “La Época”, “La Correspondencia”, “El País”, “El Liberal”, “El Globo”, reproducían casi íntegro el discurso, pero sin entrar en su análisis. El diario católico, “El Siglo Futuro” lo ataca directamente y vuelve a sacar la trenza del Quemadero mientras que agrega “Siempre resultará que antaño, es decir, cuando en nuestra patria no existía el liberalismo, España vencía a sus enemigos. En eso consistía entonces que éramos los más sabios y los más ricos. El liberalismo, además de dejarnos sin dinero, lejos de fomentar la ciencia, ha fomentado la ignorancia, hasta el punto de que nos aventaja en la primera un pueblo que nació ayer.” Pocos comentarios más aparecieron en la prensa. Otros acontecimientos cubrieron las palabras de Echegaray y su eco fue mínimo.


1904: LLEGA EL NOBEL

E

l 18 de Marzo de 1905 se reunieron en el Senado todas las instituciones literarias, científicas y artísticas del país, con la presidencia del rey D. Alfonso XIII, para hacer entrega a Echegaray de las insignias del Premio Nobel. Él no había podido ir a Estocolmo. La tarde en que había llegado a su casa la carta en la que le comunicaban la concesión, era una tarde invernal, infernal, con lluvia incesante y un frío espantoso68. Decidió contestar inmediatamente y, sin decírselo a nadie, quiso ir a Correos a echar la carta. Al no encontrar coche que lo acercase a la calle de Carretas69, donde estaba la oficina, tuvo que llegar andando como pudo, azotado por fuertes ráfagas de viento y lluvia. Llegó calado y, ya en la oficina de Correos, tuvo que esperar más de media hora, ante la ventanilla de certificados, en un zaguán húmedo por el que se colaba el viento por todas partes. El resultado fue que cuando volvió a su casa tuvo que meterse a la cama tiritando de frío y, seguramente, con algunas frases recriminatorias de su familia por lo que había hecho. El catarro que había cogido le impidió ir, algunos días después, a Estocolmo. Los actos que se prepararon en marzo compensaron la frustración de no haber podido ir a Suecia. El 18 la lluvia y el viento habían desaparecido y era un día radiante. El edificio del Senado se encontraba engalanado con colgaduras rojas de terciopelo y en la marquesina, por la que había de entrar el rey, hacían guardia los alabarderos de Palacio. En el interior, personajes de todas las tendencias, con sobrios trajes de etiqueta, se alternaban con señoras vestidas con sus mejores y coloridas galas. El gobierno en pleno esperaba el comienzo del acto70. Hablaron Francisco Silvela, el embajador de Suecia y el Sr Villaverde, presidente del Consejo de ministros. Echegaray, tras recibir las insignias del Premio, pronunció unas palabras de agradecimiento. L. A. del Olmet y A. G. Carraffa. “Los grandes españoles. ECHEGARAY”. Madrid. Imprenta de “Alrededores del Mundo”. Calle de los Caños, 4. 1912. Pág. 190 69 Aun no debía haberse trasladado a su chalet en la calle de Zurbano donde falleció en 1916. Seguramente su casa seguiría estando en la calle de Barquillo, por lo que el trayecto hasta la calle de Carretas, aunque no era próxima, no era lo lejana que hubiera sido si viviese ya en Zurbano. 70 “El Imparcial”, “El Globo” y “El Liberal”, de los días 19 y 20 de marzo, 1905 68


164  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época

Figura 26. Homenaje a Echegaray en el Senado.

Al día siguiente, festividad de San José, el acto se convirtió ya en un homenaje popular. La manifestación partió de la Plaza de Oriente, siendo presenciado su inicio desde la terraza de la Plaza de la Armería por la Familia Real. Recorrió la calle Mayor, la Puerta del Sol y la calle de Alcalá, hasta alcanzar el Paseo de Recoletos. En la escalinata de la Biblioteca Nacional se encontraba Echegaray con su familia. Cerca de ellos, el general Cerero y el Rector de la Universidad. Las distintas Comisiones fueron subiendo a saludar al homenajeado. Los estandartes que portaban se iban colocando en la parte superior de la escalinata. Todo el Paseo de Recoletos era un mar humano que avanzaba hacia la Biblioteca y en el que se entremezclaban miembros de todas las instituciones y de todas las clases sociales. El acto fue recogido en una breve película. Era como si todo Madrid se encontrase allí reunido con el ánimo de olvidar las malas noticias en que se había sumido España desde el 98. La pequeña figura de Echegaray, embutido en un amplio gabán, se inclinaba repetidamente ante los vítores que le dirigían. Algunos grupos de estudiantes empezaron a gritar: “¡Que se cubra D. José!”. Su alto sombrero de copa era uno de los símbolos que más le distinguían y del que, según indica en sus “Recuerdos”, jamás se había desprendido y había ido con él a todas partes a lo largo de su vida. Echegaray se negó a hacerlo como señal de respeto hacia todos los que se encontraban frente a él.


1904: Llega el Nobel 

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Figura 27. Echegaray recibiendo el homenaje en la puerta de la Biblioteca Nacional.

Por la noche, en el Ateneo, la jornada continuó con una solemne sesión académica en la que también estuvieron presentes, con todas las instituciones académicas del país, el Rey y todo el Gobierno. Hablaron todos aquellos que representaban a lo más selecto del país: Ramón y Cajal, Galdós, Álvarez Quintero, Juan Valera (representado por su hijo); se leyó una carta de Menéndez Pelayo… Y Echegaray agradeció a todos el homenaje que había recibido. Por la noche, en el Teatro Real, María Guerrero, Borrás, Thuillier y Mendoza, las grandes figuras de la escena española del momento, representaron “El gran galeoto” como colofón final al homenaje. *  *  * Pero la historia de todo lo anterior había comenzado algún tiempo atrás y en ese tiempo no todo habían sido enhorabuenas y parabienes. Por un lado se pensaba en llevar a cabo un acto en honor de Echegaray y, por otro, un grupo de jóvenes habían publicado una carta de protesta contra la concesión del premio. La primera idea de realizar un homenaje a Echegaray fue la de una sesión en el teatro Español en la que se sucederían una serie de actuaciones de diferente tipo al final de las


166  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época cuales se le entregaría el diploma del premio. Cuando el programa se hizo público, el clamor contra él fue unánime. El titular de la reseña en “El País”, de 16 de febrero, era simplemente: “Homenaje ridículo”. El programa, como dice, parecía obra de los mayores enemigos de Echegaray y podría decirse que lo habrían fraguado los intelectuales de la protesta. Estaba compuesto por un conjunto de canciones españolas, de diferentes autores, y la lectura de poesías; María Guerrero y otros actores del Español interpretarían el primer acto de “El gran Galeoto” y, posteriormente, actores de otros teatros ofrecerían al Sr. Echegaray laureles con los títulos de sus obras. Como colofón, tras un desfile de comisiones de distintos centros científicos, literarios y artísticos, se le entregaría el diploma del Nobel. Lo más sorprendente era que uno de los momentos del acto sería la interpretación del himno “Gloria al poeta”, escrito por el maestro Bretón, que había sido escrito para el homenaje a Campoamor, recientemente fallecido, pero que la viuda se negó a que se efectuase. Solo faltaba, como indica “El País”, “unas sevillanas, bailadas por distinguidas señoritas de la localidad y unos sorprendentes juegos de prestidigitación por “El Brujo de los salones””. Las críticas parece fueron tan fuertes que pronto se pasó al que finalmente se llevó a cabo y que se ha relatado anteriormente. Por lo que respecta a la protesta contra la concesión del Nobel, todo se inició con la publicación en un artículo de Azorín de una “protesta de los intelectuales” que decía, simplemente: “Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a D. José Echegaray, y se abroga la representación de toda la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a ser incluidos en ella —sin discutir ahora la personalidad literaria de D. José Echegaray—, hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros y nuestras admiraciones muy distintas”. Esta declaración la firmaban, entre otros menos conocidos: Unamuno, Rubén Darío, Maeztu, los hermanos Machado, Villaespesa, Camba, Salaverría, Azorín, Valle Inclán y Baroja. De todos ellos, el que fue el más activo al principio era Azorín, que publicó un artículo en el diario maurista “España”, el 17 de febrero de 1905, en el que arremetía duramente contra todo lo que representaba Echegaray y que continuó luego con otros en la misma línea. Sus ataques no se centraron exclusivamente en los aspectos literarios. Si la carta de protesta firmada por muchos había sido tan solo una proclamación elegante de no participar en el homenaje, las palabras posteriores de Azorín ya fueron un ataque frontal y con un carácter más político o sociológico que literario. Azorín puso sobre el tapete aspectos como la disputa de los viejos y los jóvenes, la regeneración española, la psicología del desastre colonial en relación con la dramaturgia de Echegaray e, incluso, el discurso que éste pronunció en el Senado defendiendo al Banco de España. Planteaba la obligación de los viejos de retirarse, de que ya


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había recibido agasajos por sus obras en el pasado, de que los argumentos de sus obras habían llevado unos ideales que habían conducido al desastre en las colonias y que, para mayor inri, a raíz de dicho desastre había pronunciado un discurso a favor del Banco de España, lo que le incapacitaba para recibir ningún homenaje. Finalmente, todo ello le sirve de excusa para defender que este homenaje sea el punto de partida para la formación de un núcleo de fuerzas vivas que sirva de cimiento para un nuevo partido71. Como remate, adjudica la concesión del Nobel a una de las obras más celebradas del poeta italiano Carducci, el “Himno a Satán”. Según Azorín, el candidato al Nobel había sido ese año Carducci, conjuntamente con Mistral; pero el himno que había compuesto al demonio hizo que el jurado se negara a dárselo y, buscando algún otro posible candidato, encontraron a Echegaray. Azorín parece que había olvidado el célebre discurso de la trenza de Quemadero. La vehemencia de las palabras de Azorín hicieron que enseguida otros de los firmantes publicaran artículos alejándose de lo que Martinez Ruiz había planteado. Así lo hicieron Unamuno y Manuel Bueno, entre otros. Baroja, en sus “Memorias. Desde la última vuelta del camino”, llega incluso a decir que “no había intervenido para nada en la campaña antiechegarayesca, principalmente porque no conocía sus obras”72. Poco después, ataques mucho más virulentos vinieron por parte de Valle-Inclán, que llegó a tener a Echegaray como objeto preferencial de sus dardos. Es conocida la anécdota de que, al poner a Echegaray una calle en Madrid, las cartas que Valle remitía a la misma tenían la dirección “Calle del viejo imbécil” y, según parece, llegaban a su destino. También la leyenda urbana decía que, con ocasión de una intervención quirúrgica que se hizo a Valle Inclán, Echegaray se ofreció a donarle sangre, sangre que aquel rechazó diciendo: “Doctor, ni se le ocurra. No quiero la sangre de ése. La tiene llena de gerundios”. El hecho real es que era bastante posible que ninguno de los firmantes de la carta contra el homenaje a Echegaray tuvieran noticia del resto de su obra y, mucho menos, de su obra científica. Así, Ricardo Baroja escribía: “Noté en el Café de Madrid que el tema favorito de las conversaciones era literario. Alguna vez se habló de pintura y de escultura, jamás de música ni de nada científico. Me extrañó que no todos, pero sí la mayoría de los principiantes literarios, fueran incapaces de multiplicar un número de dos cifras por otro de dos”73. Los temas científicos o tecnológicos no parece que fueran temas de atención preferente para esa generación. Quizás, únicamente los Baroja tenían una cierta sensibilidad hacia esos temas. E. Gómez de Baquero, “Crónica literaria (el Homenaje a Echegaray)”, La España Moderna. Marzo, 1905. Págs. 162-172. Juan Pérez, “Carta abierta”, El Correo español. 20 de febrero, 1905. Pág. 1. “La protesta”, El País. 19 de febrero, 1905. Pág. 1. 72 Pío Baroja. “Obras completas”. Tomo VII. Pág. 670. Biblioteca Nueva. Madrid. 1949. 73 Ricardo Baroja. “Gente del 98”. Editorial Juventud. Barcelona. 1952. 71


1905: HUNDIMIENTO DEL TERCER DEPÓSITO DEL CANAL DE ISABEL II

E

l 8 de abril de 1905, casi un mes después del homenaje a Echegaray, ocurrió en Madrid un suceso trágico que conmovió a todo el mundo. Para la ampliación del Canal de Isabel II, que abastecía de agua a Madrid, se estaban realizando una serie de obras de las que la más significativa era la realización de un tercer depósito con capacidad suficiente para paliar la escasez de agua que en determinadas ocasiones sufría la población. Era una obra necesaria que los periódicos llevaban reclamando desde hacía mucho tiempo. Pero también, desde hacía mucho tiempo, los mismos periódicos, una vez empezada la misma, no cesaban de indicar aspectos que hacían dudar de las garantías tenidas en su ejecución. Uno de los más críticos con la obra fue “La Correspondencia de España” que, desde mayo de 1901, no cesaba de indicar aspectos que podrían poner en peligro la obra. Éstos iban desde la poca idoneidad del lugar donde se construía el depósito hasta otros de la obra civil que se estaba edificando. En concreto, en uno de los primeros artículos dedicados a este tema se decía: “Con pruebas y datos irrecusables que expondremos en artículos sucesivos, podemos afirmar rotundamente que el tercer depósito del canal de Isabel II, será por completo inservible, si es que llega a terminarse, y que si por el espíritu de cuerpo mal entendido o por propósito de ocultar lo que sucede y evitar el escándalo público, se terminaran aparentemente las obras, el peligro que esto representaría para el vecindario de Madrid sería enorme. Asusta pensar sobre las consecuencias que pudieran sobrevenir de precipitarse los 138 millones de litros de agua que caben en el depósito, por las innumerables bóvedas y galerías que surcan el subsuelo, y que son imposibles de cegar ni destruir, por servir de paso a corrientes de agua, que se supone verosímilmente sean de los llamados “antiguos viajes” 74”.

74

“La Correspondencia de España”. 22 de mayo de 1901. Pág. 1.


170  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Los artículos se sucedieron durante el tiempo de la construcción, poniendo primero en duda la calidad del terreno para una obra de esta envergadura y, a continuación, los fallos de los propios materiales empleados en la construcción, que señalan como poco impermeables. Aunque no aparecía el nombre del autor, en ocasiones se mencionaba a un tal Juan de Aragón, que podría ser un seudónimo tras el que se encontraría seguramente un ingeniero de Caminos que no deseaba dar su nombre. Las características técnicas que se dan en los artículos son lo suficientemente detalladas como para justificarlo. La catástrofe anunciada se produjo, como se ha indicado antes, el 8 de abril de 1905. A primeras horas de la mañana comenzó a circular la noticia de que el tercer depósito del Canal de Isabel II se había hundido sepultando a centenares de obreros y que el número de muertos podía aproximarse a los 200. Todas las calles que conducían a Cuatro Caminos se vieron inundadas de una gran muchedumbre que quería acercarse al lugar del suceso para preguntar por sus familiares. Los mercados de Madrid se vieron afectados inmediatamente porque una gran parte de las verduleras tenían a sus maridos e hijos trabajando en las obras. Se decía que “todas las bóvedas del depósito se habían hundido y que por debajo de ellas trabajaban más de 250 obreros. Las obras, en una extensión de 28.000 metros (cuadrados), se habían terminado hacía muy pocos días y se había comenzado a hacer las pruebas de resistencia; para ello se habían cargado las bóvedas con grandes cantidades de arena, continuando por bajo de aquellas los trabajos de la obra”75. Como un castillo de naipes se había derribado todo. Poco después empezó un clamor general contra los directores de las obras, haciendo responsables a ingenieros, arquitectos y sobrestantes de todas las desgracias ocurridas. Se llegaba a pedir un “linchamiento y matar a los que por negligencia o descuido habían dado lugar al horroroso hundimiento”. Declaraciones de involucrados en la obra afirmaban que la catástrofe “no se debió a las malas condiciones de la solera sino a la mala calidad de los materiales y a la proporción de la arena y cemento: por cada metro cúbico del primer material dos sacos de cemento, siendo así que debían ponerse cuatro sacos”76. Rumores de todo tipo se fueron propagando de inmediato con lo que la indignación popular crecía, exigiéndose el castigo ejemplar de los responsables. Todos los trabajos que se estaban haciendo basados en el uso del hormigón armado quedaron suspendidos iniciándose una catarata de dudas sobre su uso; muchas de estas dudas estaban fomentadas no por motivos puramente técnicos, sino también por intereses económicos. Gran parte de las obras basadas en esta técnica, que se estaban desarrollando en Madrid, quedaron suspendidas. 75 76

“La Correspondencia de España”. 8 de abril de 1905. Pág. 2. “La Vanguardia”, 14 de abril de 1905. Pág. 5.


1905: Hundimiento del tercer depósito del Canal de Isabel II 

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Tras el sumario incoado y en el que figuraban los delitos de homicidio y lesiones graves, el auto de terminación dictado determinó que los únicos responsables eran el ingeniero José Eugenio Ribera, profesor de “Puentes de fábrica y hormigón armado” en la Escuela de Caminos de Madrid, y el ingeniero del Canal señor Santamaría. El abogado Melquiades Álvarez se hizo cargo de la defensa del primero y quiso que actuara como perito de la defensa una de las personas con más crédito en la profesión: D. José Echegaray. Volvía así a estar Echegaray en el centro de la polémica. El tema se había politizado y todas las publicaciones del momento estaban polarizadas en un sentido o en otro. Echegaray tenía ya en aquel momento setenta y tres años y muchas de las técnicas que se empleaban eran casi absolutamente nuevas para él. Su estado físico no era bueno, en la prensa del momento se le definía como “achacoso” y su vista era precaria. A pesar de ello accedió a ejercer de perito de la defensa. Y para ello tuvo que asimilar las nuevas teorías que se habían desarrollado en los últimos años y llegó a visitar los restos de la construcción que se había derrumbado. El resultado de su dictamen fue demoledor para los que habían adjudicado el hundimiento a razones más o menos honestas: la responsable fue una ola de calor que había surgido el 8 de abril y que había provocado el hundimiento. Las palabras que pronunció en el juicio, esencialmente basadas en aspectos técnicos, desmontaron los argumentos presentados por el fiscal y la acción popular. El Sr. Ribera fue declarado inocente y salvado su honor profesional. Al mismo tiempo, el uso del hormigón armado pudo volver, al poco tiempo, a su situación previa77, 78. A pesar de todas las razones técnicas que aportó, no todos quedaron satisfechos con ellas. Durante bastante tiempo se consideró que había habido un fuerte espíritu de cuerpo y que solo debido a él, el ingeniero Sr. Ribera había quedado exonerado de toda culpa. De hecho, años después, en 1916, cuando falleció Echegaray y el Ayuntamiento de Madrid inició el proceso para levantarle una estatua en la capital, el grupo socialista votó en contra del mismo. El grupo liberal y la minoría reformista votaron a favor, pero el señor Anguiano, en nombre de los socialistas, “dijo que no podían adherirse a la propuesta porque entendían que el Sr Echegaray había puesto la Ciencia a contribución de la Política, sobre todo en el asunto del hundimiento del tercer depósito”79. Después de muerto seguía levantando controversias.

J. Eugenio Ribera, “El corazón de Echegaray”. Revista de Obras Públicas. 1 de mayo de 1932. Año LXXX. Núm. 2. Pág. 206. 78 “El jurado absuelve”. Madrid Científico. Núm 555. 79 “La Vanguardia”, 16 de septiembre de 1916. Pág. 7. 77


1905: NUEVO REENGANCHE, ÚLTIMA VUELTA AL MINISTERIO DE HACIENDA

E

n julio de 1905 dimitía como ministro de Hacienda Ángel Urzaiz. Había sido nombrado para el Ministerio a finales de junio de ese año, pero al no estar de acuerdo con unos créditos que el gobierno de Montero Ríos quería conceder para paliar la crisis económica en la que estaba sumida Andalucía, dimitió de forma súbita. Al mismo tiempo que esto tenía lugar, las críticas contra la política económica del gobierno habían arreciado a raíz de la carta-manifiesto que había sido difundida con ocasión del Nobel concedido a Echegaray y con la que, en algunos puntos, empezaba a coincidir Urzaiz80. Montero Ríos quiso demostrar que las quejas de los azorinianos no tenían influencia sobre él y la mejor manera que tuvo para demostrarlo fue acercándose a la casa de Echegaray y proponerle que volviera a incorporarse al Ministerio de Hacienda. A pesar de que ya llevaba muchos años alejado de la política sabía que la lealtad que siempre había mostrado hacía sus antiguos compañeros de bancada y de partido se volvería a poner de manifiesto. Con él en el gobierno, que había sido el principal objeto de las iras del grupo, demostraba que las quejas recibidas no le afectaban. El homenaje que se le había dado unos meses antes reforzaba además su figura. Y Echegaray volvió a aceptar ser Ministro de Hacienda. Pero muy en su estilo de siempre, una vez conocida la noticia, no dejó de proporcionar alimentos para futuras nuevas críticas. En la prensa del día 17 de septiembre se podía leer: “Apenas entró en dicha Cámara el electo ministro de Hacienda, se vio rodeado por muchos senadores y diputados, entre ellos el Sr. Moret, que acudieron a darle la enhorabuena. Decía el Sr. Echegaray: —Es muy lisonjero para mí el buen efecto que veo ha producido en todas partes mi nombramiento; pero confieso a ustedes que ya estoy aturdido. He acepta-

80

“Madrid Científico”, Año XII. Num. 493. Pág. 306.


174  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época do el puesto como el que andando por la calle, le cae encima el alero de un tejado. No tiene más remedio que resignarse con la desgracia. En estos momentos soy un muerto que viene a acompañar a otro81. Mañana iré con el Sr. Montero Ríos a San Sebastián, si antes no caemos enfermos; y luego que jure el cargo de ministro, que Dios me ampare.82” Basándose en estas palabras, en otro diario se podía leer: “No comprendemos bien las palabras del Sr. Echegaray. Si estima como una desgracia el ser ministro de Hacienda, ¿por qué ha aceptado?¿No serían compromisos de partido los que le obligaran á ello”.

Figura 28. Echegaray saliendo de Palacio, como Ministro de Hacienda, tras ser recibido por el Rey Alfonso XIII.

81 82

Se refiere a Raimundo Fernández Villaverde que acababa de morir. “El Día”. 17 de julio, 1905. Pág. 1.


1905: Nuevo reenganche, última vuelta al Ministerio de Hacienda 

175

Las críticas, en general, le llegaron de todas partes. En la mayor parte de ellas no se entendía su vuelta a la política tras tantos años alejado de ella y, además, sin ningún tipo de conexión con lo que habían sido las evoluciones de la economía en los últimos años. Debería volver a ponerse al día y, en una persona de su edad, no parecía lo más idóneo. De hecho se recordaba que “Montero Ríos y Echegaray suman entre los dos cerca de siglo y medio: representan el cerebro y el estómago de nuestro superior centro directivo: esos dos viejos que, entre toses y recuerdos, van metidos en el tren a jurar a San Sebastián, son un símbolo de España. Que no contagien con su espíritu senil a plantas más jóvenes, de más vigorosa vida83”. En otros se leía “La resurrección de Echegaray”, pero siempre con un matiz negativo. Echegaray, a su vez, seguía dando alimento a las críticas. Preguntándole sobre cuáles serían las primeras acciones que iba a tomar, lo primero que dice es que se iría a la casa que tenía en Marín, a pasar el verano: “El corresponsal de A B C en San Sebastián, señor Castell, atribuye al ministro de Hacienda, señor Echegaray, las siguientes manifestaciones: La Hacienda y la Nación se regeneran fácilmente sobre la mesa del comedor. En el Ateneo hemos regenerado a España una porción de veces, cuatro amigos, en una hora, y la dejábamos como nueva: enteramente europeizada. Ahora las cosas varían para mí. No sé lo que voy á hacer. Hace años que no tomaba en serio estas cosas. Así que Urzáiz me imponga de la marcha de los asuntos, cogeré los papeles y me iré á Marín. Así que Montero Ríos pase en San Sebastián el santo de la Reina, se irá también á Lourizán; allí nos veremos todos los días, hablaremos con calma, y pondré mano á la obra de los Presupuestos. Pensamientos sobre ellos todavía no tengo ninguno; lo que si tengo resuelto es presentar como primer proyecto de ley, el del catastro de la riqueza. Es cuestión de gran importancia, porque sobre catastro no existe nada hecho en España. El proyecto es de tiempo del Gobierno Maura. El Senado me eligió presidente de la Comisión, y la Comisión, ponente. He hecho el dictamen, del cual estoy complacido. El Gobierno Azcárraga no llegó á ponerlo a discusión; el Gobierno Villaverde no pudo. Yo conseguiré que este Gobierno lo haga suyo, y que las Cortes lo discutan pronto.84” La labor de gobierno se vio difícil desde el principio. Ni tan siquiera el propio gabinete tenía estabilidad, con cambios continuos entre ministros y ministerios. A finales de 83 84

“Revista de Aragón”. 16 de julio, 1905. Pág. 328. “La Época”. 19 de julio, 1905. Pág. 3.


176  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época noviembre se presentó ante Echegaray una representación del Sindicato Nacional de Alcoholes para recordarle sus promesas sobre la presentación del proyecto de reforma de la ley. Echegaray les manifestó que las circunstancias políticas no le habían permitido dedicar toda su atención a este asunto, añadiendo que le faltaban solo dos puntos por resolver: uno el relativo a las devoluciones, y otro el referente a las reclamaciones de los licoristas. Agregó que se ofrecía a estudiar las propuestas y presentar cuanto antes una solución a las Cortes. Pero agregó que si las circunstancias políticas no le consintieran presentar el proyecto desde el banco azul, se ofrecía a defenderlo desde los escaños, como senador. Estas palabras desataron un torrente de interpretaciones pues parecían indicar que la situación política no era clara. Y efectivamente no lo era. El día 1 de diciembre, Montero Ríos, tras despachar con el rey, decía a la prensa que había presentado a S. M. la dimisión, que se encontraba enfermo y cansado y que cualquier otro gobierno lo haría mejor que el suyo85. Entre los rumores que comenzaron a circular se encontraba el de que Montero había recomendado al rey la formación de un gabinete presidido por el Sr. Echegaray, y que fuera de concentración de todos los matices de la mayoría. Ni Moret ni Canalejas aceptaron la propuesta. Y con ello, Echegaray dejó de ser ministro de Hacienda y ya, definitivamente, concluyó su trayectoria política. En esta ocasión parece que no había sabido decir que no en el momento oportuno y haberse retirado a tiempo.

85

“La Época”. 2 de diciembre, 1905. Pág. 2.


FINAL

L

a actividad de Echegaray no decayó con los años. Había sido nombrado en 1908 Director de la Compañía Arrendataria de Tabacos y allí iba todas las mañanas a su despacho, en donde permanecía hasta las doce. En los días de frío, cambiaba el horario e iba por la tarde. En cualquier caso, siempre comía a la una y dedicaba todo el tiempo que tenía libre a la única actividad que mantuvo a lo largo de toda su vida: leer. En los últimos años, su vista empezó a tener problemas de cataratas, lo que le impidió casi totalmente escribir. Un escribiente iba a su casa y a él le dictaba los artículos que seguía escribiendo para “El Diario de la Marina”, de la Habana, y otros periódicos nacionales. Siguió con la Presidencia de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que ostentaba desde 1901; recientemente se habían conmemorado sus cincuenta años como Académico. Y continuaba como Senador vitalicio, cargo para el que había sido designado en 1900.

Figura 29. Echegaray con su mujer y familia, en su domicilio de la calle Zurbano.


178  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Desde principios de 1905 había dejado de escribir para el teatro con la intensidad anterior; en ese año estrenó “A fuerza de arrastrarse” y las críticas no habían sido todo lo favorables que hubiera deseado. La escena española ya no lo reclamaba. María Guerrero le estrenó una nueva obra en 1908, “El preferido y los cenicientos. Drama vulgar o escenas de familia”, con un prólogo y dos actos, pero ya fue su canto del cisne86. Benavente empezó a sustituirle en la predilección del público y María Guerrero pasó a alternar a éste con otros como Marquina, Martínez Sierra, Linares Rivas y los Quintero. No volvió a estrenar ninguna obra más. Seguía con su antigua idea de escribir una gran enciclopedia que compendiase la física matemática que impartía en la Universidad Central desde que en 1905 fuera nombrado catedrático de dicha especialidad. Cada año impartía, además de un resumen de lo dado en los anteriores cursos, un tema nuevo que iba añadiendo a lo ya expuesto y publicado. Durante diez años intentó configurar un entramado en el que se fueran engarzando todas las diferentes ramas de la Física. En una entrevista indicaba que no podía morirse porque aún le quedaban muchos tomos por escribir. El último curso que dio fue el de 1914 – 1915 y con él detuvo la magna obra que esperaba concluir algún día. Es ciertamente impresionante el trabajo que dedicó al curso, teniendo en cuenta que ya había superado los ochenta años y que, según lo que decían los periódicos sobre él, “su estado ya era un poco achacoso”. Hasta sus últimos momentos, siguió estando profundamente agradecido con todo aquel que le ofreciera una buena comida. Su paladar, seguramente formado desde pequeño con los platos que su madre, como guipuzcoana que era, le proporcionaba, no toleraba extrañas comidas. Seguía prefiriendo cualquier plato vulgar y modesto de la cocina española que el más sublime refinamiento de la cocina extranjera. En sus “Recuerdos” éste es un tema recurrente al que hace alusión como complemento de cualquier suceso al que hubiera asistido y que, de manera habitual, ligaba con el de la comida que había tomado. Recordaba con delectación unos callos con jamón de la Alpujarra y un jamón de Extremadura. En cambio recordaba con terror las comidas que le dieron en sus viajes a Londres. Y también hasta sus últimos momentos siguió pasando frío en casi cualquier situación. Jamás se desprendía de unos amplios gabanes de piel que cubrían todo su cuerpo y de los que solo sobresalían unas manos largas y huesudas, muy pálidas. Su casa, casi al final de la calle Zurbano, denunciaba al entrar que allí vivía una de las personas más frioleras de Madrid87. En ella vivía con su mujer y su hijo Manuel, que permaneció soltero, y a la que también iban los hijos de su hija Ana, que había fallecido prematuramente88.

Fue estrenada en Méjico como obra del argentino Librado Ezguieura. Parece quería cerrar el círculo, estrenando con seudónimo su última obra, igual que lo había hecho con la primera. 87 “Una visita a Echegaray”. Madrid Científico. 1916. Nº. 881. Pág. 3. 88 Judy B. McInnis, “Nobel Prize Laureates in Literature, Part 1”. The Gale Group, Inc. 2007. 86


Final 

179

Seguía admirándose por dos descubrimientos del final del siglo xix: el radio y las ondas hercianas. Con ellos decía que la humanidad estaba llegando al pináculo de su gloria. Pero también añadía: “Pero la guerra —dice con desconsuelo— ha venido á interrumpir esa marcha gloriosa. Yo tengo la obsesión de la guerra. Quiero dictar —escribir ya no escribo, porque veo mal— mis artículos semanales para el Diario de la Marina, y aunque deseo hablar de ciencias, acabo siempre en trincheras, explosivos y morteros. Es una locura que ha invadido á Europa. Las Revistas científicas extranjeras, que antes coincidían en lo que era verdad, ahora solo intentan establecer diferencias nacionales, y nada de lo ajeno es atendible ni bueno”. Poco a poco se fue apagando. A finales de agosto, algunos periódicos empezaron a dar noticias sobre una ligera enfermedad que le aquejaba. En septiembre las noticias ya eran más directas. “El ilustre dramaturgo don José Echegaray está enfermo. Desde hace algunos días, una infección intestinal, acompañada de alta fiebre, tiene postrado en el lecho a don José, y aunque en un principio, por la avanzada edad del enfermo, se llegó a temer seriamente por su salud y a pensar en la necesidad de celebrar una consulta médica, la naturaleza vigorosa del señor Echegaray va sobreponiéndose a la enfermedad, y, según nos dicen de casa de don José, hoy se encuentra éste algo mejorado. No necesitamos decir cuánto nos alegramos de esta mejoría y que hacemos votos sinceros porque el restablecimiento del señor Echegaray sea total y rápido”89. Según “El Imparcial”, sus últimas palabras fueron dirigidas a su médico, el Dr. Abreu, al que dijo: “Doctor, usted quiere levantar un corazón que se hunde”. Y, tras hundirse, el 14 de septiembre de 1916, bajó definitivamente el

TELÓN 89

“La Acción”. 13 de septiembre, 1916. Pág. 5.


COLOFÓN

P

ero en esta ocasión, la bajada del telón solo supuso “aplausos” momentáneos y breves elogios de la crítica amiga durante un breve intervalo de tiempo. Los periódicos publicaron durante algunos días crónicas elogiosas con lo que había sido su figura en diversos campos del teatro y la ciencia, pero que se fueron apagando de forma lenta. Los escenarios lo fueron olvidando. Los periódicos, de forma paulatina, fueron publicando los últimos artículos de él que quedaban sin publicar o reproducían algunos que contenían ciertos temas que consideraban de interés. La política englobó su figura con la de otros muchos políticos del siglo anterior, vestigios de una etapa que consideraban había felizmente concluido. Y los entornos científicos borraron poco a poco su recuerdo. En el momento del centenario de su nacimiento se organizaron algunos homenajes en su recuerdo y su revista amiga, la “Revista de Obras Públicas”, publicó un número extraordinario con numerosos artículos glosando su figura y su obra. Poco después, ya no quedó nada. España se enfrentaba a una situación nueva que no tenía a Echegaray como símbolo de ninguna de las ideas que florecían. Además, los ecos de la oposición de los miembros de la generación del 98 seguían teniendo tantos eco o más del que habían tenido en los días de 1905. Muchas de las opiniones que en aquel momento habían lanzado contra él, ahora ellos mismos se encontraban casi defendiéndolas o se habían retractado abiertamente de lo que habían firmado. Pero ni unos ni otros tuvieron una palabra amable que defendiera algo de lo que había hecho. Como en vida, seguía abiertamente fuera de cualquier idea que constituyera una corriente mayoritaria. Había sido radical en un momento en que la sociedad fluctuaba entre un conservadurismo a ultranza y un cambio paulatino. Pero su radicalismo liberal ya era totalmente opuesto al radicalismo socialista revolucionario que a principios del siglo xx empezaba a propagarse. Era antisocialista, con lo que las izquierdas ya no le consideraron uno de los suyos. Había sido anticlerical, con lo que las derechas lo siguieron rechazando. Había considerado siempre a la ciencia y a la tecnología como único motor para el desarrollo de un país, pero esos temas no eran temas de moda. La Institución Libre de Enseñanza, de la que había sido uno de sus apoyos iniciales, estaba


182  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época siendo cuestionada. Se seguía sacando a Cajal como emblema de la ciencia española, pero no se hacía nada para que otras figuras siguieran su huella. Echegaray quedó en un nicho en el que compartía espacio con políticos como Castelar, Segismundo Moret, Serrano, Martos, Ruiz Zorrilla, Salmerón, Figueras, etc. etc. Todos revueltos y, por eso mismo, todos en apariencia semejantes. Y también con escritores como López de Ayala, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Linares Rivas, Álvarez Quintero, Bretón, Martínez de la Rosa, Duque de Rivas, Tamayo, Zorrila, etc. etc. Todos mezclados y todos iguales, aunque no lo fueran.


AGRADECIMIENTOS

Q

uiero, en primer lugar, mostrar mi agradecimiento a Ignacio González Tascón (q.e.p.d.): entre los libros de su interminable biblioteca encontré un ejemplar de “Ciencia popular”, de Echegaray, que fue el detonante para todo lo que ha venido después. Sin su lectura no me habría lanzado a adentrarme en la vida de D. José. A continuación, agradezco a todos con los que he compartido durante bastantes meses los descubrimientos de facetas y comportamientos de Echegaray que iba haciendo: a mis hijas Jimena y Amaya, a Bea y a mis amigos, Jose María, Elías, Pedro y Luis. Y también que me prestaran parte de su tiempo para ojear estas páginas antes de salir a la luz pública. Finalmente, a todos mis compañeros de la Real Academia de Ingeniería que han confiado en mí para escribir este pequeño homenaje a Echegaray, y en particular a Josefina Gómez Mendoza, que ha sido mi copartícipe en su descubrimiento y autora parcial de la Cronología. Muchas gracias a todos.


“Del movimiento continuo”

Muere Fernando VII y Sube al trono Isabel II

1832-39 I Guerra carlista

Hechos históricos y sociales

1856

1854

1853

1848

1846

1845

1844

Concluye la carrera. Empieza a dar clases en Caminos

1854-1856 Bienio progresista

1849 Creación Partido Demócrata desde UL

Constitución Moderada

Constitución Progresista

Obra literaria

1837

Termina el Bachillerato en Murcia y va a Madrid a estudiar Caminos

Obra cientifica

Desamortización de Mendizabal

Su padre es destinado en Murcia

Nace en Madrid

Hecho personal

1836

1835

1833

1832 (19/4)

Fecha

CRONOLOGÍA DE ECHEGARAY Y SU ÉPOCA

García Gutierrez: “Simon Bocanegra”

Dumas (hijo): “La dama de las camelias”

Zorrilla: “Don Juan Tenorio”

Hartzenbusch: “Los amantes de Teruel”

García Gutiérrez: “El trovador”

Duque de Rivas: “Don Alvaro o la fuerza del sino”

Hugo: “El rey se divierte”

Obras teatrales ajenas

Primeros tranvías en París

Primer telegrama de Morse

Cooke y Wheatstone: telégrafo de agujas

Morse: idea del telégrafo

Hechos científicos y tecnológicos relacionados con sus artículos

Cronología de Echegaray y su época 

185


Propuesta del Marqués de Salamanca para un ferrocarril en Italia

Comisión en Londres para conocer la Exposición Universal

Elegido miembro de la Academia de Ciencias

Discurso de Ingreso en la Academia de Ciencias

1861

1862

1865

1866

1867

Viaje a París, Londres e Italia.

Se casa (16/11). Funda “El Economista”

1860

1859

1858

1857

“Teoría Modernas de la Física. Unidad de las fuerzas naturales”. “Introducción a la Geometría Superior”. “Sobre las teorías modernas de la luz”. “Electricidad y magnetismo. Resultados experimentales y teorias diversas”

“Historia de las Matemáticas puras en España” (Discurso en la RAC)

“Problemas de Geometría Plana”. “Problemas de Geometría Analítica”

“Cálculo de variaciones”

“La hija natural” (no estrenada)

Expulsion Krausistas y republicanos Universidad. Quiebra financiera

Guerra de África

1858-1863 Gobierno largo O'Donnell

Victor Balaguer: “Don Juan de Serrallonga”. Tamayo y Baus: “Un drama nuevo”

Ventura de la Vega: “La muerte de César”

López de Ayala: “El tanto por ciento”

Bretón de los Herreros: “Entre dos amigos”

Maxwell: teoría electromagnética de la luz.

Darwin: Origen Esp

186  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época


Diputado por Oviedo y Murcia. Ministro de Fomento. Va Granada a la Alhambra

Ministro de Fomento. Comisión para recibir a Amadeo de Saboya en Cartagena.

Dimite como ministro de Fomento

Vuelve como Ministro de Fomento. Es nombrado Ministro de Hacienda

Ministro de Hacienda en el Gobierno de Concentración. Crea el Banco de España. Va como refugiado a París

Vuelve de París al caer la República y es nombrado ministro de Hacienda

1869

1870

1871

1872

1873

1874

1875

Deja clases en Caminos. Director General de Obras Públicas"

1868

“Planímetro de Mr. Marcel Duprez”

“Memoria sobre la Teoría de los Determinantes” “Tratado elemental de Termodinámica”

“La última noche". “En el puño de la espada”

“El libro talonario”. “La esposa del vengador”

Restauración monarquía borbonica Alfonso XII Gobierno Cánovas

Entra Pavia en el Congreso (3/1). Restauración borbónica: rey Alfonso XII (28/12)

Abdicacion de Amadeo de Saboya (11/2). Primera República. Gobierno de Concentración.

1872-1875 III Guerra Carlista

Proclamación de Amadeo I

Constitución de 1869. “Continuación del Asesinato del General debate del dictamen Prim. de la comision sobre el proyecto de Constitución. La cuestión religiosa” (Ante las Cortes Constituyentes)

Revolución democrática, “La Gloriosa” y destronamiento de Isabel II. 1868-1874 Sexenio revolucionario

Ibsen: “Emperador y Galileo”

Primeros tranvías en España

Teoría de conjuntos de Cantor.

Cronología de Echegaray y su época 

187


Deja la política

1883

“Piensa mal ¿y acertarás?”. “Un milagro en Egipto”

“Conflicto entre dos deberes”

Es elegido miembro de la Real Academia de la Lengua

1882

1884

“El gran galeoto”. “Los dos curiosos impertinentes”. “Haroldo el normando”

“La muerte en los labios”

1880

1881

“Morir por no despertar”. Fundación PSOE Pablo “En el seno de la muerte”. Iglesias “Bodas trágicas”. “Mar sin orillas”

1879

Con Martos, Salmerón y otros funda el Partido Republicano Progresista

“En el pilar y en la cruz”. “Correr en pos de un ideal”. “Algunas veces aquí”

1878

Comisión Reforma SS

Sagasta presidente, “turno de partidos”. 1881-1890 década liberal

Fin guerra de Cuba

“Iris de paz”. “Para tal culpa, tal pena”. “Lo que no puede decirse”

1877

Ley de Bases Administración Local. Creación Institución Libre de Enseñanza. Constitución de Cánovas.

“O locura o santidad”

1876

Ibsen: “Un enemigo del pueblo”

Ibsen: “Espectros”

Ibsen: “Casa de muñecas”

Ibsen: “Peer Gynt”

Experimento de Michelson

Edison: lámpara incandescente

Edison: fonógrafo

Bell: teléfono

188  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época


“Examen de varios submarinos comparados con ‘el Peral’”

Shaw: “La profesión de la señora Warren”. Benavente: “El nido ajeno”

“La rencorosa”

1894

Wilde: “Salomé”

“El poder de la impotencia”. “A la orilla del mar”

1893

Maeterlinck: “Peleas y Melisenda”

“Sic vos non vobis”. “El hijo de Don Juan”

Regeneracionismo Mallada Los males de

Ibsen: “Hedda Gabler”

1892

“Legalidad común en materias literarias” (Discurso en la RAE)

“Comedia sin desenlace”. “Mariana”

1891

Presidente de la Academia de Ciencias (hasta 1898). Discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española. Presidente de la Asociación Velocipedista madrleña.

“Siempre en ridículo”. “El Arancel proteccionista prólogo de un drama”

1890 Encíclica Rerum novarum Unió Catalanista

“Manantial que no se agota”. “Los rígidos”

1889

Lodge: cohesor

Torres Quevedo: máquina de calcular

Branly: radioconductor

Hilbert: “Fundamentos de la Geometría”

Teoría de grupos de Lie. Dunlop: neumatico de bicicleta. Tesla: motor de corriente alterna

Strindberg: “La señorita Julia”

Benz: primer automóvil de gasolina

Experiencias de Hertz. Código Civil, Disolución Federación Trabajadores FTRE anarquista

Abolición esclavitud

Muere Alfonso XII: regencia de Mª Cristina. 1885-1890 Parlamento largo. Liberales en el poder

1888

Presidente del Ateneo

Encargado de una comisión especial para realizar estudios técnicos sobre aplicaciones de la electricidad como fuerza motriz y para alimentar a los faros

1887

1886

1885

Cronología de Echegaray y su época 

189


1902

1901

1899 1900

1898

Presidente de la Academia de Ciencias (hasta 1916)

Senador vitalicio

“Navegación Aérea. Noticia acerca de la memoria del Sr. D. Leonardo Torres sobre la estabilidad de los globos” (a la RACEFyN)

“Continuación del debate sobre el proyecto de circulación fiduciaria” (Intervención en el Senado)

“El loco de Dios”

“El hombre negro”. “Silencio de muerte”

Lligar regionalista de Catalunya Prat de la Riba Asume el trono Alfonso XIII

Silvela Presidente

Guerra con Estados Unidos. Tratado de París: Esapaña abandona Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

D'Annunzio: “Francesca da Rimini”

Rostand: “Cyrano de Begerac”. Galdós: “Misericordia”

“La calumnia por testigo”

1897

“Resolución de ecuaciones y Teoría de Galois. Lecciones explicadas en el Ateneo de Madrid”. “La Escuela Especial de Ingeniros de Caminos, Canales y Puerts, y las Ciencias matemáticas”. “Algunas ideas sobre Mecánica-Química” “Discurso leído en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, con motivo de la apertura de sus cátedras” “Industria Agrícola”

Chéjov: “La gaviota”

“Amor salvaje”

1896

Partido Nacionalista Vasco, Sabino Arana Guerra de Cuba

“Mancha que limpia”. “El estigma”

1895

Plank: teoria de los cuantos. Zeppelin: primer dirigible de armadura rígida. Primera transmisión trasatlantica de Marconi. Torres Quevedo: dirigible

Röntgen: rayos X. Hermanos Lumiere: patente del cinematógrafo. Poincaré: Topología Algrebraica. Becquerel: radioactividad. Primera transmisión de Marconi. Braun: tubo de rayos catódicos. Thomson: descubre el electrón.

190  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época


1916 (14/9)

1914

1911

1910

1909

Fallece en Madrid

Primer Presidente de la Sociedad matemática Española.

“La evolución actual de las Ciencias” (Discurso inaugural del Congreso de Valencia)

Reimpresiones parciales de sus “Recuerdos”

“El preferido y los cenicientos”

Bloque de las Izquierdas

Creación JAEIC

Canalejas Presidente y nuevo liberalismo. Ley del Cándado órdenes religiosas

Torres Quevedo: Spanish Aerocar

Premio Nobel a Marconi y Braun

Ford: automóvil modelo T

Presidente de Tabacalera.

1908

Einstein: relatividad.

Minkowski: espacio de 4 dimensiones

“A fuerza de arrastrarse”. “Recuerdos”

Recibe la Primera Medalla Echegaray de la Academia de Ciencias (a propuesta de Cajal).

“La Ciencia y la Crítica” (Discurso pronunciado en la Universidad Central.) Recopilación de parte de sus artículos de Divulgación: “Ciencia Popular”

1907

Ministro de Hacienda. Catedrático de Física Matemática en la Unversidad Central. Homenaje popular. Juicio por accidente del depósito del Canal de Isabel II.

1905

Chéjov: “El jardín de los cerezos”

Torres Quevedo: Telekino

Lee de Forest: audion

Premio Nobel

1904

Maura Presidente

1906

Presidente de la Sociedad Española de Física y Química

1903

Cronología de Echegaray y su época 

191


índice analítico

Academia de Ciencias 12, 13, 55, 141, 177, 186 Alcolea 65 Alhambra 93, 94 Alix, Francisco 20 Almería 31, 37 Amadeo I 42, 99, 104, 106, 109, 111, 119, 187 Antoñete Galvez 103 Ateneo 7, 13, 43, 44, 79, 126, 149, 151, 157, 165, 175 Aviraneta 9 Azorín 166,167 Ballesta, calle 23 Banco de España 127,166,167 Baroja 10, 19, 166,167 Baroja, Ricardo 167 Barquillo, calle 87, 101, 121, 163 Becerra, Manuel 73, 87, 90 Beránger, general 102, 119 Betancourt, Agustín de 155, 156 Biblioteca nacional 74, 164 Bicicleta 136, 137 Bismarck 97 Brockmann, Leopoldo 40, 41, 42, 46 Calvo, Rafael 131 Cánovas del Castillo 37, 73, 144, 145 Carbón, calle 23 Carretas, calle 163

Cartagena 33, 99, 100, 102, 105, 109, 118 Casino de Madrid 120 Castelar, Emilio 43, 44, 61, 73, 75, 79, 82, 116, 119, 120, 125, 139, 143, 182 Catecismo 87, 90, 91, 92, 109 Chappe, Claude 155 Címbrios 110 Compañía Arendataria de Tabacos 11, 177 Comunicaciones Ópticas 150, 154, 155, 156 Cuba 157 de la Concha, General 103 de la Torre, Duque 73, 75, 85, 101, 109, 110, 112, 125, 130, 182 Desierto de las Palmas 47 Díaz de Mendoza, Fernando 12, 135 Diez, Matilde 126, 128 Echegaray, Miguel 55, 110 Eclipse de Sol 47, 49, 95 El Diario de la Marina 147, 177, 179 El gran Galeoto 132, 145, 165 El Imparcial 9, 15, 144, 147, 179, 197 El Liberal 9, 144, 147, 157, 162, 197 El libro talonario 126, 128, 129 Escuela de Caminos 23, 25, 28, 37, 39, 45, 50, 61, 68, 79, 171 Espartero, General 67, 75, 85, 115 Estados Unidos, Guerra con 113, 157 Estrada, Ana Perfecta 42


194  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época Figueras, Estanislao 61, 73, 75, 182, 117 Figuerola, Laureano 67, 75, 82 Florian, Jeam-Pierre 19 Florín, calle 119 Francia 42, 47, 53, 57, 97 García Gutiérrez, Antonio 17, 19, 26, 182 Génova, Dueque de 95 González Brabo, Luís 61, 65 Granada 31, 87, 90, 93 Hayaseca, Jorge 126 Hertz, Heinrich 151 Historia de las Matemáticas 56, 58 Hohenzollern, principe de 97 Inglaterra 47, 52, 58 Institución Libre de Enseñanza 72, 181 Isabel II 37, 65 Italia 46, 47, 50, 57, 96, 99, 100 La Electricidad 150 La Gloriosa 111 Lentejas 29 Librecambio 43, 57 Londres 50, 52, 57, 127, 178 López de Ayala, Adelardo 26, 27, 182 Madrid Científico 10, 109, 149, 161 Manterola, Canónigo 79 Marconi, Guillermo 12, 151, 198 María Guerrero 12, 133, 135, 165, 178 Marsella 50, 51 Martos, Cristino 37, 61, 73, 109, 111, 125, 128, 182 Masonería 88 Mateo Sagasta, Práxedes 24, 38 Mathé, Brigadier 155 Menéndez Pelayo, Marcelino 59, 165 Ministerio de Fomento 23, 67, 71, 86, 95 Ministerio de Hacienda 67, 113, 115, 118, 125, 128

Mont-Cenis, túnel de 53 Montero Rios, Eugenio 173, 175 Montpensier, Dueque de 48, 76, 85, 95, 97, 102, Moreno, Bruno 95 Moret, Segismundo 43, 73, 92, 173, 176 Morse, Samuel 151 Murcia 15, 23, 34, 51, 55, 73, 103, 109 Napoleón III 51, 97 Niño, Calle del 15 Numa Pompilio 19 O’Donnell, Leopoldo 32, 34, 37, 43 Omerique, Hugo 57 Palacio de Cristal 52 París 48, 50, 61, 62, 119, 123, 126, 157 Partido Demócrata 73, 85, 110, 131 Partido progresista 37, 61, 74, 77 Pavía, General 64, 125 Pérez Galdós, Benito 83 Premio Nobel 9, 11, 15, 197 Prim, General 61, 62, 63, 67, 73, 85, 87, 92, 95, 99, 100, 101, 103, 107, 150 Pygmalion 135 Quemadero de la Cruz 80, 82 Radcliffe, Ann 19 Ramón y Cajal, Santiago 149, 165 Raspail, agua del Dr. 73 Real Academia Española, Ingreso en 139 Recuerdos 10, 13 República Federeal 75, 123 Revista de Obras Públicas 38, 152, 181 Ribera, José Eugenio 171 Rivero, Nicolás María 65, 71, 73, 91, 92, 111, 117 Rodriguez, Gabriel 38, 43, 44, 67, 69, 70, 73, 82, 86 Ros de Olano, General 34


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Ruiz Zorrilla, Manuel 61, 67, 69, 70, 79, 85, 87, 99, 119, 114 sagastinos 111 Salamanca, Marqués de 46, 48 Santa Cruz, Calisto 45 Senado 11, 117, 163, 166, 173, 175, 177 Serrano, General Ver Duque de la Torre Shaw, Bernard 135 Sic vos non vobis 133, 135 Subercase, Juan 38, 39, 40 televisión 152 Tercer Depósito del Canal 169 Topete, Almirante 67, 73, 96, 101, 104, 106, 115, 116, 130

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Trenza del Quemadero 79 Túnel de los Alpes 47, 52, 54 Turco, calle 23, 26, 101 Turín 52 Tyndall, John 149, 150 Unamuno, Miguel de 59, 166 Unión Liberal 43, 61, 64, 75, 77, 85, 86, 90, 111, 115 Urosa, calle de las 23 Valle-Inclán, Ramón del 166, 167 Velocipedistas madrileños 136 Vicalvarada 34 zorrillistas 111, 113, 114, Zurbano, calle 11, 13, 135, 163, 177, 178


LOS ARTÍCULOS DE DIVULGACIÓN DE ECHEGARAY

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os artículos de Divulgación que Echegaray fue publicando a lo largo de su vida, solo fueron recogidos, como se ha comentado en las páginas anteriores, en un par de ocasiones. La primera fue con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura, en 1904; sus compañeros del Cuerpo de Ingenieros de Caminos recopilaron, como forma de sumarse al homenaje público que se le iba a dar en marzo del año siguiente, un conjunto de 87 artículos que habían aparecido previamente en “El Imparcial” y “El Liberal”. La edición fue muy precipitada y como consecuencia de ello, no figura en ninguno de los artículos recogidos dónde fueron publicado ni la fecha de aparición. Posteriormente a su muerte, en 1928, volvió a hacerse otra edición con algunos de los artículos del volumen anterior, en total 43 de ellos, a los se añadieron 5 más. Igual que en el caso previo, seguía sin aparecer fecha o lugar de publicación. Esta última edición es la que ha servido de base para la reproducción de los artículos que se ofrecen aquí. Los artículos que se presentan han sido seleccionados sin ninguna idea previa. Únicamente lo han sido intentando dar una muestra de la variedad de temas a los que se enfrentaba Echegaray y las diferentes formas con las que les presentaba. En todos ellos se pone de manifiesto que el interés del autor era dar una visión general de dichos temas, intentando que estuviera al alcance de cualquier lector. Los aspectos puramente técnicos son muy escasos y cuando son necesarios, busca alguna imagen muy conocida para hacerlo. En cualquier caso, la panorámica de temas es sorprendente por su variedad; tanto aparecen artículos centrados en los últimos descubrimientos de la Física como en los más recientes equipos industriales o de desplazamiento. A todos ellos se enfrenta con análogo interés y a todos presenta con equivalente sencillez. Según declaró en una entrevista, no guardó ninguna copia de ellos. De hecho, una gran parte de los que escribió durante una etapa, aparecieron en “La Revista de la Marina”, de La Habana, y su rastro es muy difícil de seguir1. De los que vieron la luz en España ha-

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Esta revista ha sido recientemente digitalizada pero de una forma bastante rudimentaria.


198  Echegaray, semblanza de un ingeniero y una época ría falta una tarea de búsqueda minuciosa y paciente para localizarles, y sobre todo, para poder determinar la fecha en la que fueron escritos. Es seguro que no sería tarea excesivamente difícil. Este aspecto es fundamental para poder ponerlos en el contexto adecuado. Sin esa fecha es imposible determinar si Echegaray los publicó al poco tiempo de que el hecho que trata hubiera tenido lugar o si había sido en un tiempo muy anterior. En aquellos artículos que tienen una temática más o menos conexa, si se puede ver más o menos el orden de publicación. Ocurre, por ejemplo, en los que se refieren a temas relacionados con el descubrimiento del electrón o de la radioactividad o a las experiencias que sobre la radio estaba llevando a cabo Marconi. Pero en otros es imposible. Quizás, pasado un siglo de su fallecimiento podría emprenderse esta tarea de clarificación. Los que aquí se presentan son un pequeño homenaje a una parte de la obra de Echegaray que, habiendo sido muy reconocida en sus días, ahora permanece casi olvidada. Su interés por difundir la Ciencia y la Tecnología entre los lectores habituales de periódicos y revistas no tuvo continuidad en gran parte del siglo xx en España. En aquel momento, la fama de su nombre en otros campos debía atraer a una gran variedad de lectores de todo tipo y esto podía servir de apoyo para asentar una cultura científica y tecnológica en un país que no ha tenido nunca una especial atracción hacia ella. Es de señalar que a finales del siglo xix y principios del xx muchos de los diarios y la revistas que se publicaban, siempre dedicaban alguna columna a explicar los nuevos descubrimientos o inventos que la Ciencia y la Tecnología iban produciendo. Esta tendencia fue muy escasa a partir del segundo tercio del pasado siglo. El Echegaray dramaturgo, político, matemático, economista y orador quedaría incompleto sin esta faceta de divulgador de la Ciencia y la Tecnología.


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Publicaciones recientes de la Real Academia de Ingeniería: VV. AA. Las empresas de alto crecimiento no surgen por azar. Recomendaciones para actuar en su ecosistema Javier Aracil Ingeniería: la forja del mundo artificial VV. AA. El almacenamiento de energía en la distribución eléctrica del futuro Manuel Silva Colección “Técnica e Ingeniería en España” VV. AA. La sede de la Real Academia de Ingeniería. Historia del palacio de los marqueses de Villafranca

“El siglo xix podría decirse que se acabó en España con el entierro de D. José Echegaray. Y de igual modo que el siglo xix es el gran desconocido en España para una gran parte de la gente, tampoco nadie conoce apenas nada del nombre de Echegaray. Es como si una amnesia colectiva hubiera cubierto los recuerdos de una sociedad haciendo que toda una época entera hubiera sido casi borrada de la memoria de la historia. Qué ha hecho borrar el siglo xix de la memoria histórica de España? ¿Qué ha hecho que la figura de Echegaray haya desaparecido de todo recuerdo en una sociedad que, durante un tiempo, lo aclamó como su gran dramaturgo y como una de las mentes más importantes de todo el siglo xix?”. El miembro de la Real Academia de Ingeniería José Antonio Martín Pereda traza en esta obra una semblanza de José Echegaray y de su época, en la que muestra algunas de las múltiples facetas que cubrió la personalidad de este ingeniero, literato, matemático, político y economista madrileño, en la última mitad del siglo xix y en el principio del xx, y del escenario social e histórico en el que vivió. La faceta como divulgador de la Ciencia de Echegaray se complementa con la reproducción de algunos de los artículos de “Ciencia popular” que publicó regularmente en la prensa.

ISBN 978-84-95662545

1832 1916

ECHEGARAY SEMBLANZA DE UN INGENIERO Y SU ÉPOCA José A. Martín Pereda

REAL  ACADEMIA DE INGENIERÍA

REAL  ACADEMIA DE INGENIERÍA

José Antonio Martín Pereda, Ingeniero Superior de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid (1967), Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid (1967) y Doctor Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid (1971), amplió estudios en la Colorado State University (Estados Unidos) de 1967 a 1971. Catedrático de “Tecnología Electrónica” (1975) en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Fue Vicerrector de Investigación de la UPM (1980 -1985) y Director del Departamento de “Tecnología Fotónica” de la misma (1997 - 2002), del que fue su creador en 1980. Fue responsable de la Secretaría de Coordinación del Plan Nacional de I+D, del Ministerio de Educación y Ciencia (1985-1987), en la fase de preparación del Primer Plan Nacional, Director del Departamento de Tecnologías de la Producción y las Comunicaciones de la Secretaría General del Plan Nacional de I+D (1987-1990) y Director de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) de 1993 a 1994. Miembro del Consejo de Universidades, designado por el Senado, de 1995 a 2000. Miembro del Comité Técnico de la “European Conference on Optical Communications”) y de la “Optical Fiber Communication Conference” y “Integrated Optics and Optical Communications” en USA, Japón y Europa de 1984 a 1996. Ha publicado más de 200 artículos técnicos en revistas y congresos internacionales, así como un libro como autor y varios otros como coautor. Ha escrito otros tantos artículos de divulgación de los anteriores temas, así como de política científica, en revistas y diarios españoles. Fue columnista quincenal, en el “Suplemento de I+D” de un diario nacional, de 1990 a 1994. Ha recibido varios premios científicos por sus trabajos de investigación y es Doctor “Honoris Causa” por la Universidad Politécnica de Cataluña y por la Universidad Carlos III. Fue profesor invitado en el “Center for the History of Science, Tecnology and Medicine”, del Imperial College, en Londres, Gran Bretaña, durante el curso 2004-05. Es Académico Numerario Constituyente de la Real Academia de Ingeniería, de la que ha sido Secretario General de 2006 a 2010.

Echegaray. Semblanza de un ingeniero y su época  

El académico de la Real Academia de Ingeniería José Antonio Martín Pereda traza en esta obra una semblanza de José Echegaray y de su época,...

Echegaray. Semblanza de un ingeniero y su época  

El académico de la Real Academia de Ingeniería José Antonio Martín Pereda traza en esta obra una semblanza de José Echegaray y de su época,...