labos o estrofas que se apartan del modelo dominante, de tres versos, y del mayoritario metro alejandrino, Rosenmann-Taub encadena una plegaria inversa, que reclama la nulidad existencial, el éxtasis del no ser: una «oscura ciénaga» constituye la metáfora axial del poema, que participa de la metáfora universal de las aguas estancadas, según Gaston Bachelard, como representación de la muerte. El deseo de ser esa «oscura ciénaga» da cobertura, o sentido, a una sucesión de deseos regresivos, aniquiladores. Con anáfora que es, a la vez, ominosa y exultante, porque expresa un ansia, aunque sea un ansia siniestra, el poeta encadena diferentes manifestaciones de ese nihilismo radical: «Cómo me gustaría ser esa oscura ciénaga (…). // Cómo me gustaría jamás haber nacido (…). // Cómo me gustaría morirme ahora (…). // Cómo me gustaría rodar por el vacío (…). // Cómo me gustaría ser el cero del polvo». Sucesivas epíforas, constituidas por esos mismos sintagmas negativos, remachan la anáfora «cómo me gustaría»: «oscura ciénaga», «jamás haber nacido», «lograr morirme ahora», «rodar por el vacío», «ser el cero del polvo», y esas insistencias constantes, esos ritornellos, consiguen introducir un nuevo elemento de juego, casi infantil, en una composición luctuosa: el poema suena a cantinela, y su música desactiva el horror semántico. Dios aparece, en este poema, como reverso de la vida o sustancia de la nada: «Cavílame en tu nada», implora el poeta; y añade, para acabar el poema: «¡no me hagas volver nunca!». Toda la composición es el negativo de una alabanza o de una acción de gracias: una impresión con las manchas de luz y de oscuridad cambiadas, lo contrario de lo que vemos, y de lo que se verá. Pero, aunque subvertidas, luz y oscuridad, vida y 153
muerte, siguen intensamente trabadas. La estrofa séptima constituye un juego barroco sobre la fusión o permutabilidad de ambas: «Dicen que fue la muerte la causa de la vida, / y la vida –¿la vida?– la causa de la muerte. / Pero, ahora, mi muerte la causa de mi vida». En la estrofa siguiente, esta imbricación se corporeíza, y el neologismo «deshijo» se convierte en el antagonista de ambos hechos, vida y muerte: «Yo qué: furgón deshijo –destello– de la muerte /. ¿Me repudias, ovario, por ímprobo deshijo? / Me has arrastrado al éxodo tan candorosamente…». En La noche antes, la cercanía física de la muerte se hace muy presente en los poemas, que carecen, no obstante, de todo sentido trágico: parecen más bien expresión de ese «dolor alegre» que reclama uno de los poemas de El zócalo. La poesía de Rosenmann-Taub, barroca y vanguardista, lúdica y lúcida, ejemplo de paradoja y conciliación, conserva siempre un aire travieso, un gesto sonriente y bienhumorado, del que no escapa nadie. En el último poema de El duelo de la luz, que es también uno de los poemas finales de la tetralogía, el yo lírico se prepara para abandonar la casa y subir al «carruaje ligero de la noche». Las calles, la realidad perceptible, es un conjunto tumefacto y cartilaginoso: su blandura sugiere la inconsistencia del mundo. Así, las aceras ondean «en abusiva gelatina»; la niebla «unta los umbrales»; y «las calles agasajan / garapiñosas víboras». Tampoco es seguro que las casas sean casas: «¿Moradas // o desperdicios?», se pregunta RosenmannTaub. El poema se compone de ocho estrofas: las cuatro últimas son repetición de las cuatro primeras, aunque sus versos se dispongan de forma diferente. Los motivos son sencillos esta vez: el carruaje, la noche, las calles, los caballos, los astros. Todo CUADERNOS HISPANOAMERICANOS