Esquina cultural
El primer hacker de la historia
| REVISTA DEL CONSUMIDOR | AGOSTO 2015
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e los imagino tumbados al sol, flanqueados por cocos con ginebra y cacahuates japoneses. El calor es intenso pero aguantable gracias a la brisa marina de una playa que puede ser el de Cancún o Los Cabos (para presupuestos holgados), Ixtapa o Huatulco (bolsa media) o Tecolutla, Veracruz (para los que de plano no quisieron quedarse en su casa). Los niños andan en el chapoteadero cansándose a más no poder y su suegra se está haciendo trencitas a dos palapas de distancia (para la siguiente temporada vacacional propondré al editor de nuestra revista que se aviente un comparativo para trencitas playeras y tatuajes temporales). Dan un sorbo a su coco, respiran profundamente la brisa que, aunque tiene un dejo de los camarones a la diabla de las palapas de al lado, resulta refrescante de los olores a los que nos vemos expuestos en nuestra vida diaria, y abren su ejemplar de verano de la Revista del Consumidor. Como estamos de vacaciones, tienen pocas ganas de pensar así que la hojean descuidadamente buscando algo que los entretenga un rato sin ocupar demasiada memoria RAM del sistema operativo de su cerebro. Así es como llegan a esta columna y en donde les tengo preparada una bonita anécdota cultural/vacacional para que la cuenten al rato a su esposa e hijos, cuando estén alrededor de unas mojarras fritas. La historia del que considero el primer hacker. Corría la década de los 1630 cuando un compositor italiano de nombre Gregorio Allegri compuso una pieza para dos coros de cuatro y cinco voces respectivamente a la que llamó “Miserere mei Deus”. Pero bueno, así como nosotros creemos que la canción de “Camelia la texana” se llama así cuando en realidad se llama “Contrabando y traición”, así “Miserere, mei Deus” llegó a nuestros días con el simple nombre de “Miserere”.
Miserere era una pieza muy especial, no sólo por el momento en el año en el que podía ser interpretada (el Miércoles y Viernes Santos, únicamente), sino también por el lugar (la Capilla Sixtina en el Vaticano). Para mantener esa exclusividad, el Papa Urbano VIII prohibió, bajo pena de excomunión, que se hicieran copias de la partitura o que se tocara en cualquier otro lado que no fuera en esos dos días de la Semana Santa en Roma. Pasó más de un siglo en que la exclusividad del “Miserere” de Allegri se mantuvo sin problemas, hasta que llegó el Miércoles Santo de 1770. A la interpretación de aquella ocasión llegó un muchacho que a pesar de tener 14 años era un curtido músico y compositor. A los 8 había compuesto su primera sinfonía, una de las más de 600 piezas de música que haría a lo largo de su corta pero fructífera vida. ¿Su nombre? Wolfgang Amadeus Mozart. En cuanto sale de aquella interpretación, Mozart corre a transcribir de memoria lo que acaba de escuchar. Y nomás por no dejar cabos sueltos, regresa el viernes para hacerle algunos retoques a la transcripción; un año después, la partitura de Miserere es publicada en Inglaterra. Mozart había hackeado la prohibición papal. La historia tiene un final feliz: el papa Clemente XIV manda traer al joven genio al Vaticano pero no para excomulgarlo sino para rendirle homenaje a su capacidad otorgándole la Orden de la Espuela de Oro. Ahora sí, para cerrar con broche de oro esta anécdota, tomen su teléfono y busquen en YouTube (o Spotify) el Miserere y refrésquense no sólo con la brisa del mar sino con el genio de Allegri y del prometeo Mozart. ¡Ah!, por cierto, esta anécdota también sirve para las vacaciones de Semana Santa, así que les recomiendo que la recorten y nos leamos el próximo año desde estas mismas playas.
Salvador Leal es un economista que no puede dejar de escuchar el “Miserere” de Allegri.