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Edición 787

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Formación

San José de Cúcuta, febrero 12 de 2017

¿Qué significa cultivar la espiritualidad en nuestra vida cristiana? Por: P. Galo Sánchez PSS. Seminario Mayor San José de Cúcuta

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ilosóficamente hablando, en la conformación del ser humano, siempre se ha establecido la oposición entre materia y espíritu. La espiritualidad, entonces, se define como búsqueda del sentido de la vida que trascienda lo meramente material. En este contexto, cualquier objetivo inmaterial puede ser el centro de una espiritualidad, sin que haga falta la práctica de una religión, como, por ejemplo, la creencia en energías ocultas en la naturaleza. Sin embargo, el concepto de espiritualidad generalmente vincula al ser humano con una divinidad. Las diferentes religiones, entonces, son el nexo necesario para el desarrollo de esa relación. Así, podemos tener tantas espiritualidades, cuantas puedan ser las religiones. Nosotros, cristianos católicos, tenemos nuestra espiritualidad que se deriva del Evangelio que es Jesucristo, y es guiada por el Magisterio dentro de la Tradición de la Iglesia. “Muerte Ahora bien, la espiritualidad está a servicio de la vida (sentido de la vida). Para vivir necesitamos de alimento y cariño; y más de cariño que de alimento. Todos los seres creados buscamos amor, fuimos creados por amor.

sús? y ¿Qué tiene que ver Jesús con el amor? Para nosotros, Jesús es “El Camino, La Verdad y La Vida”, sólo Él nos conduce al Padre (Jn 14,6) que es amor (1Jn 4,10). Él es el autor, el modelo y el fin de nuestra espiritualidad. La imitación de Cristo es la finalidad de nuestra vida. En Jesús y por Él, el Padre nos «predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29). Jesús, por amor al Padre, le fue obediente hasta la muerte (Fil 2, 8). Jesús nunca se sintió solo, el Padre, decía, “está conmigo” (Jn 8, 29). La vida eterna que buscamos consiste en conocer a Jesucristo (Jn 17,3). A la Virgen María le pedimos: «Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre». El centro de nuestra espiritualidad es, como para Jesús, el cumplimiento de la voluntad del Padre, y se concretiza en amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí mismos (Mt 22, 38-39).

y resurrección de Jesús es lo que celebramos en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, fuente de nuestra espiritualidad”.

La pregunta fundamental, en la búsqueda de una espiritualidad católica, es ¿Quién es Je-

¿Qué es lo más importante en la vida de Jesús?

La respuesta es: El amor del Padre, manifestado en la vida y obra de Jesús que, por amor se entregó por nosotros. De modo que, la clave de todo el Evangelio está en «la doctrina de la cruz de Cristo» (1Cor 1, 18). La cruz es la suprema epifanía de Dios, que es amor. En esa muerte

terrible, los judíos incrédulos vieron la prueba de que Jesús no era el Hijo de Dios (Mt 27, 43). Nosotros, como el centurión, por esa cruz llegamos a la fe: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (Mc 15, 39). El Padre “nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima expiatoria de nuestros pecados» (1Jn 4, 10). Hemos de tomar la Cruz de nuestras obligaciones cada día si queremos ser discípulos de Cristo (Lc 14, 27). Santa Teresa de Calcuta decía: “hay que amar hasta que duela”. La muerte de Jesús no fue todo. «Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús» (Hch 4,33): Ésta fue la Buena Noticia fundamental de la predicación apostólica (2, 24. 32; 17,31s; 1Cor 15, 1-8). Por la resurrección, escándalo para los Judíos e increíble para los Griegos (Hch 17, 32), recibimos la certeza de la Buena Noticia: hay otra vida; los muertos resucitarán en el último día (Jn 6, 54). El Padre «nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1Pe 1, 3). Muerte y resurrección de Jesús es lo que celebramos en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, fuente de nuestra espiritualidad. Cristo, al morir, entregó al Padre su espíritu (Lc 23, 46; Jn 19, 30) y, cincuenta días después de su resurrección, aconteció Pentecostés, don del Espíritu Santo a toda la Iglesia (Jn 16, 7). El Credo es la síntesis de nuestra espiritualidad.

Resumiendo, toda espiritualidad cristiana-católica se entiende como intimidad con Jesucristo, con todo lo que eso implica: Conocimiento personal, mutuo amor, relación asidua, unión inseparable, voluntad de complacerse mutuamente; un verdadero enamoramiento. Esta amistad con Jesús nos hace hijos del Padre por la fuerza del Espíritu Santo. El Espíritu Santo en nosotros es el motor de nuestra espiritualidad que nos conduce a la participación en la vida trinitaria. De la riqueza del Espíritu se derivan diferentes modalidades de santidad y las múltiples espiritualidades. Dependiendo del estado de vida, nuestra espiritualidad es laica, sacerdotal, religiosa. Por la actividad que llevamos, somos contemplativos o activos misioneros. El poder santificador del Espíritu dio a la Iglesia personas privilegiadas que fundaron escuelas de espiritualidad, de ahí los Benedictinos, Franciscanos, Jesuitas, josefinos, Lauritas, Salesianos, etc. La riqueza de los dones del Espíritu es infinita. Cada cristiano busca imitar o reproducir algún particular de la vida de Jesús. Necesitamos concretar nuestra espiritualidad. A cada uno le corresponde preguntarse: ¿Cuál es mi espiritualidad? Todos tenemos derecho a “nuestra” espiritualidad y la descubrimos con humildad y verdad. Recibimos la ayuda de un director espiritual Santo y entendido en los caminos del Señor. Se trata de discernir la acción del Espíritu Santo en nosotros. Bendiciones en tu camino hacia el Padre.


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