El Elucubrador Mandatorio Quidec Pacheco México En el supermercado me escupen en la cara. La cajera de rostro con ámpulas infladas me lanza una frase mordaz, y no la desmiento. El hombre detrás de mí empuja su carrito para darme en los tobillos entaconados, pero lo esquivo. Miro su rostro: piel quemada y dientes apretados. Su muñeca comienza a humear y me doy prisa en salir. Hoy no me lastimaron, sólo el olor a carne chamuscada. Paso frente a un ventanal: veo mi piel tersa, los únicos rasguños son de los ataques. Sigo antes de que ese niño le pregunte a su mamá por qué no se me cae la carne caliente. Manejo y las calles están como es usual: desiertas. Me estaciono en la empresa, el vigilante no me saluda, sólo a mí. Pero sí me avienta una mirada codiciosa: su nariz se está desprendiendo entre vapores corporales. Piso trece. Pico, pico, pico, pero una chica detiene la puerta para entrar. Me mira. La miro. Conmigo ahí prefiere esperar otro ascensor, con sus cachetes hirviendo, con sus ampollas en los párpados. Al fin se cierra la puerta. Aprovecho para acomodarme la falda y cerrarme bien la blusa. Taparme la rajada de ayer, en el abdomen. Todavía me duele. Entro a la oficina y Roberto me recibe vaporoso en el lobby. Hace unos comentarios sobre los que no vinieron hoy. Dice que, precisamente, no venir es señal de que andan “calientes”, y se le escapa una humareda de la boca. Le contesto que no sabría decirle. Camino a mi escritorio; lo escucho hablando de mí a mis espaldas, huelo la carne quemada. En la oficina sólo Edgar tiene la piel tersa, limpia. Me habla de los pendientes para hoy y luego comenta la elucubración de la semana pasada. Juega con la pluma en su mano, quiere hacerme plática. Es bueno, pero le digo la respuesta para que se calle: no estoy de