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PENUMBRIA 41

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imaginaria, nos negamos a pesar de sus berrinches y pataletas. De sus destrozos, no tan imaginarios. Pareció olvidar el asunto, encerrada en su recámara. Cuando quisimos ver qué era lo que pasaba escuchamos un llanto muy bajito. “Mira, papá, ya eres abuelo”, me dijo. Marce había imaginado a su propio niño. Su cuarto se había llenado con un cunero enorme y un pequeño sofá donde nuestra hija arrullaba al niño. El cuarto entero olía a bebé. No se contentó con un solo hijo. Pronto tenía toda una guardería de niños imaginados, que destrozaban la paz de nuestra casa a cada hora. Por supuesto nos sobresaltamos. Marce estaba fuera de control. Tuvimos dificultades para recordar los rostros de los niños que corrían en los pasillos, era una locura el ver un cuarto lleno de bebés y al día siguiente encontrarte con el mismo número de niños corriendo en los pasillos y jugando en el jardín con mascotas que nunca tuvimos, en un jardín que antes de Marcela tampoco existía. La casa entera cambió, tenía más recámaras y estaba visiblemente más habitada. El caos reinaba en la nueva guarida de Marce. Un caos que no habríamos imaginado. Dejamos nuestros trabajos para convencer a Marcela de que se detuviera. Ahora su cuerpo era el de una mujer, sin embargo su mirada viajaba entre la niña que conocimos y ese ser que nos desconocía. Pasaba todo el día sentada en la sala, sin pestañear, creando bebés de su imaginación, bebés que crecían en esa casa de más y más pisos. Ofuscada, nos imaginó encerrados en un cuarto nuevo, sin puerta ni ventanas, donde escuchábamos a través de las paredes los pasos de los niños y las voces de los adultos, la gran familia de Marcela. Encerrados, con hambre y sed desgarrándonos, pensábamos si sería suficiente la falta de aire, la falta de paz para acabar con nosotros. Hicimos del miedo nuestra única esperanza. Sugerí el suicidio. En la desesperación no encontraba otra salida. Luego de varios intentos desistimos. Aguardamos aún más. “Tal vez ahora es ella quien nos imagina”, coincidimos al ver cómo nuestros párpados, labios y demás orificios se pegaban, arrinconándonos en la oscuridad silente de nuestros cuerpos. Afuera se imaginaban llantos de uno y mil bebés.


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