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Dedicado a mi esposa e hijos, por la permanente motivaciĂłn que he recibido de parte de ellos al escribir sobre mi vida. Pero estas historias no forman parte de una autobiografĂ­a sino de las vivencias de Horacio mĂĄs una gran parte de la vida de Ignacio. Pedro del Real


“Entonces pensé que siempre hay algo dentro de uno que lo vuelve a lo que en realidad es. Como todos, tengo algo de egocéntrico y, por lo tanto, recordé Cachagua, mi infancia, luego la venida a Santiago. En fin, fueron años muy especiales. La verdad es que si eso fue lo que buscabas transmitir, en mi caso está logrado. Tengo muy clara la imagen que me forjé de ti durante los años '80 fundamentalmente. Siempre asocié a tu persona mucho de campo, harta broma y hueveo, aunque también harto de pije. Hay simplicidad en las palabras. Supongo que es una de las reglas propias de un cuento relatado por un niño. Veo la relación ciudad y campo muy presente, la fascinación propia de la niñez con ciertos personajes. ¿Quién no tuvo un matón en el curso, un capo goleador o exitoso con las minas? En ese sentido, yo no sé si eso es lo que debe producir o no un cuento, es decir, recordar vivencias propias y al mismo tiempo, representarse lo que el relato insinúa. Yo diría que eso fue lo que me produjo a mí”. Andrés Pulido


I.

VERANO EN EL CAMPO

Tap tap tap taptap Tap tap tap taptap Despierto con el clásico martillar del Maestro Mono haciendo cajas de manzanas. Cabezales, laterales, fondos y listones van dando forma a las cajas. De cinco golpes clava cada clavo; el primer golpe lo presenta, el segundo golpe es el más fuerte e introduce el clavo casi hasta el final, el tercero lo afirma y los dos últimos le dan el toque magistral, el final de cada historia. Cada clavo es una historia, no sabes si tendrá un final feliz y honroso o si el desdichado se doblará, con lo cual va un control de calidad que se auto impone el Maestro quien, después de dedicar un par de segundos de ira y descalificación al clavo malogrado, procede a sacarlo y reemplazarlo por otro clavo joven y erguido, regresando a su rutina de fabricar cajas. Todos los años, en tiempos de la cosecha de manzanas, el Maestro Mono tiene que fabricar a pulso más de 12.000 cajas. Comienza a lo menos 2 meses antes y continúa por todo el período que dura la cosecha, es decir, desde noviembre hasta fines de marzo. Mi abuelo tiene un campo en Talca que administra mi madre. Nosotros vivimos y estudiamos en Santiago, pero todos los fines de semana y vacaciones lo pasamos en el fundo. El Arroyo –que así se llama este campo– es mágico. Entre caballos y pichangas, nos sacamos los zapatos y recorremos los canales con ojotas, nos bañamos en el río, disfrutamos de la luz tibia del sol. Al final del día, ya en la noche, llegamos rendidos de cansancio. Mi mamá nos manda a lavarnos los pies y después


nos juntamos todos los hermanos, primos e invitados a cenar en el gran comedor, para luego jugar al cachifusteo. El cachifusteo es un juego de salón muy entretenido, consiste en que uno de los participantes debe adivinar un verbo preguntando al resto: “¿cómo, dónde y cuándo cachifustea?”. Para esto, el que adivina debe irse fuera del comedor mientras el resto se pone de acuerdo con la palabra. Después de la cena, la entretención favorita es mirar el cielo y reconocer las estrellas. Cada uno de nosotros es dueño de una y la competencia consiste en quién ubica su estrella más rápido. A lo lejos se observan los destellos de los volcanes Descabezados, siempre presentes y atemorizantes, iluminando el cielo con sus grandes relámpagos mientras el gran eucaliptus que está en la mitad del parque de las casas, símbolo del fundo con sus 40 metros de altura y un tronco de 10 metros de diámetro, sacude suavemente sus ramas con el viento de verano. Mis grandes amigos son los hijos de los inquilinos, con quienes comparto gran parte del día. Pero mi amigo preferido es el Maestro Mono, que en realidad se llama Luis Arancibia, pero nadie lo conoce por su nombre. Me imagino que ese sobrenombre se lo debe haber puesto uno de mis hermanos mayores y está claro el porqué. No sé bien de la historia del Maestro Mono, pero según mi mamá, llegó al fundo hace unos 15 años junto con otros muchos obreros del salitre, que se quedaron sin trabajo al cerrar las salitreras por los años 40 y por lo tanto debieron migrar al sur en busca de techo y comida. Mi madre, por instrucción de mi abuelo, acoge a todos los trabajadores que se pueda porque para la cosecha se requiere mucha mano de obra.


El Maestro Mono es un mecánico increíble, arregla tractores, motobombas, turbinas eléctricas, fabrica las herraduras para los caballos, ataúdes para los muertos, en fin… para mí es un genio y siento una gran admiración por él. Pero la magia del Maestro es cuando se encuentra en su taller dándole vuelta a la fragua o golpeando el yunque, entonces yo me acerco con un vaso de vino en la mano y se lo ofrezco al momento que le pido: ―¿Una mentirita, Maestro Mono? Entonces él toma el tinto, lo saborea y se inspira comenzando su mentirita: ―Me acuerdo una vez que estaba en África cazando leones cuando… – y así me cuenta la más fabulosa de las aventuras. En sus episodios siempre viaja por el mundo donde domestica elefantes, cruza los desiertos y océanos, pelea con caníbales que me impresionan mucho y un sinnúmero de aventuras más que inventa en el acto, pero fielmente siempre termina volviendo a El Arroyo, navegando en bote por el río Maule. Hoy me puse de acuerdo con Juan, el panadero, para acompañarlo a dejar las galletas de campo a los fundos vecinos. Juan viene desde Duao, un caserío a la orilla del Río Maule a cinco kilómetros de El Arroyo y recorre diariamente unos veinte entregando el pan. Es tradicional que cada fundo entregue el pan a sus inquilinos. Este pan es como una gran hallulla y debe pesar como un kilogramo aproximadamente. Su carretón es cómodo porque tiene resortes y neumáticos de goma. Va tirado por un buen caballo percherón y anda muy rápido. A veces me deja manejarlo pero sin galopar demasiado porque se puede dar vuelta.


―Hola, Nacho, ¿estamos listos? –me saluda Juan, el panadero. ―Listo nomás. Ya le avisé a mi mamá –le respondo mientras me subo al carro. ―Ya, entregamos el pedido y partimos –me responde a la vez que va contando las galletas para las familias de trabajadores del campo, galletas que va depositando en un gran canasto de mimbre. – Fírmeme aquí, don Belarmino –le indica Juan al administrador que recibe el pan –. Ahí está todo el pedido. Don Belarmino es otro personaje del campo, es un tipo muy grande, debe medir más de metro ochenta y pesar unos 120 kilos, anda siempre vestido de huaso y tiene olor a jamón ahumado. Tiene un caballo alazán corralero con una montura chilena de cuero de carpincho que es la envidia de todos. A veces vamos a los rodeos y una vez hicimos collera juntos. Me está enseñando a correr en vaca para que participemos en los rodeos locales. Estábamos por partir cuando el Maestro Mono, saliendo de su taller, nos detiene en seco y nos advierte: ―Escuché que se echaron un gallo frente al fundo Santa María y que el asesino anda por ahí, así que tengan cuidado. ―Vamos a ver al finado por el camino, entonces –me comenta Juan al momento que le da riendas al percherón y partimos veloces en el carretón del pan, mientras mi perro nos acompaña unos metros y se devuelve porque debe encontrar poco motivador el viaje. “El Muchacho” es un perro de raza Gran Danés de color negro azabache, muy grande, tanto que hasta no hace mucho yo andaba a caballo en él. Es muy fiel pero no sabe pelear, sólo se


impone por su tamaño. Cuando alguien lo molesta o cuando se siente en una situación de peligro, “El Muchacho” sólo se para, gruñe un poco y tanto perros como humanos lo respetan enseguida, pero nadie lo ha visto pelear realmente. Mi mamá dice que es igual a don Belarmino, se imponen por presencia. ―Oye ―me pregunta Juan en forma irónica ―. ¿Te salieron pendejos? ―Na’ que ver ―le respondo―. Anduve una semana echándome cremita y con todo irritado. Más lo que me dolía y picaba todo el día, si hasta lavarme me producía escozor. Encima tuve que botar los calzoncillos para que no me cacharan en la casa. ―¿Y cómo te fuiste a poner cebo de carreta alrededor del pico y en las bolas? ―sigue riéndose. ―Bueno, si todos ustedes me dijeron que para que salieran pendejos luego, había que ponerse cebo de carreta y yo les creí poh. ―¡Guen dar con el futre bien ahueonao! Bueno, eso pa’ que no creas todo lo que te dicen por ahí ―me aconseja en medio de una risotada. A lo lejos veo un grupo de huasos de pie conversando en torno a algo. ―Parece que allá está el muertito ―le indico a Juan. ―¿Y has visto muertos antes? ―me pregunta con curiosidad, ya que en el campo es frecuente ver cadáveres originados por riñas. Una vez incluso me tocó ver el momento en que un afuerino mataba con una piedra a otro por culpa de una galla. Obviamente aquella vez estaban todos borrachos. En general los afuerinos


curados son agresivos pero cuando tercean una mina la cosa se pone más seria. Nos acercamos mirando con detenimiento el cadáver. ―¿Y quién es este gallo? ―pregunta Juan. ―Parece que es el Ramón que trabaja en Santa María, en el potrero del alto ―le responde alguien por ahí. ―¿Y cuántas cuchilladas tiene? ―pregunto al momento que nos bajamos. ―A ver, contémoslas. Vamos viendo con detenimiento cada tajo en el pecho, cada tajo en la guata. Lo dan vuelta y contamos las puñaladas de la espalda cual médico de la morgue. ―Son 13 parece ―comenta uno. ―Miren. Acá hay otra en las bolas ―afirma otro. ―Chuchas, a este gallo se lo zurcieron por andarse con alguna mina por ahí ―acotan. ―¿Y quién se lo habrá echado? ―Quién sabe… pa’ mí que fue el Rifle. ―Pero el Rifle no acuchilla, sólo dispara a matar de un solo balazo. ―Pero con este quizás fue por otra razón. Habrá sido porque le estaba comiendo la color. ―¿Y quién va a ser tan gil de comerle la color al Rifle? ―Bueno, si fue el Rifle de seguro que anda por ahí y capaz que ahora mismo nos esté mirando. Me baja algo de escalofrío de tan solo pensar que el Rifle podría estar espiándonos en este mismo momento porque es el huaso más malo de la región, asalta de noche por los caminos, a veces entra a las casas patronales y roba lo que quiere, se aprovecha de las minas solteras, y dicen que tiene buena pinta y


enamora a las mujeres casadas y si el marido le viene con mucha lo mata sin piedad. Tiene un potro negro amansado por él mismo que es muy veloz y al que ningún otro animal lo puede alcanzar. Dicen que físicamente el Rifle es moreno, con grandes bigotes, alto, con nariz y ojos de águila. Nadie sabe qué edad tiene ni de donde salió. Su negocio es cuatrerear animales, dicen que los lleva a vender a Argentina, así que por lo general pasa más tiempo por la cordillera que por los fundos del valle. Fue en ese momento en que de repente escucho un ruido cercano, levanto la vista y detrás de unas zarzamoras descubro la figura diabólica, acechándonos. – El Rifle –pensé, pero en el instante en que iba a gritar su nombre, el bandido se lleva uno de sus dedos a la boca y me indica con su gesto que me mantenga en silencio para luego desaparecer sigilosamente. Asustado le digo al Juan: ―Vámonos al tiro. ―¿Qué? Pero si… ―Vámonos ―le insisto. Ya una vez en el carretón le comento. ―Lo vi. ―¿A quién viste? ―Al rifle. ―No es posible. Nadie lo ha visto –acota incrédulo. ―Sí, pero yo lo vi y me indicó que me quedara callado, por eso te pedí que nos fuéramos al tiro. ―Chuchas, ojalá que no te reconozca porque no le gusta que la gente lo vea. ―¡Pero no fue mi culpa! Además que no dije nada.


―Mejor sería no haberlo visto, pero a lo mejor no pasa nada – intenta tranquilizarme. Terminamos nuestra gira por todos los fundos, saludamos a todas las personas con las que nos topamos en el camino. En cada parada había comentarios sobre el muerto ya que era la mayor noticia local del día. Bromas y chistes de todos los calibres y tipos, recados de saludos y mensajes de un fundo a otro entre compadres y amigos, todo a través del carretón de Juan: “Juanito, dígale a mi compadre Lucho que lo voy a ir a ver el domingo, que mate unas gallinitas o un chanchito pa’ una cazuela con chuchoca...” Así suele ser la vida social de los campos. Del tema del Rifle no hablamos pero Juan va más serio que de costumbre. Cuando me pasa a dejar en El Arroyo me indica: –No creo que vaya a pasar nada pero cuídese, Nachito. No salga solo por ahí. Por si acaso. Aunque parezca raro, me olvido del tema y después del almuerzo me voy a bañar con mis amigos a un canal cercano. Practicamos nuestra entretención favorita que es columpiarnos en las ramas de sauce y tirarnos a la mitad del canal. Algunas niñas se asoman a vernos con envidia ya que ellas no pueden participar de estos juegos reservados sólo para varones. El Gualo me dice al oído que las niñas se asoman a verme a mí en traje de baño. Yo no entiendo el porqué pero igual me produce cierta satisfacción y vanidad. Siempre me causan curiosidad algunos niños que tienen la guata muy hinchada, como si hubieran comido algo que les hubiera caído mal. Según mi mamá esto se produce porque los niños de campo son desnutridos, yo no cacho.


―¿Vamos a jugar una pichanga contra el fundo del lado? – invita uno de los cabros. ―¡Listo nomás! –respondemos todos en coro. Nos vestimos y partimos felices en patota a una cancha de tierra con un par de arcos que hace las veces de cancha oficial de la comarca. En esta cancha se juegan los partidos oficiales de la Liga entre fundos, donde cada domingo se juntan todos los equipos con sus familias y barras correspondientes. En tales encuentros no faltan las guitarras y algunas cantoras que interpretan tonadas y cuecas. Tampoco el vendedor de helados que llega en su carro parecido al del pan, anunciado por una trompeta hecha de cacho de vaca. En pocos minutos suele agotar su cargamento de helados de vainilla, que son los más ricos que he tomado en toda mi vida. Se preparan también anticuchos y empanadas y al final de la jornada deportiva, una gran fiesta bien regada con chacolí y pipeño reúne a todo el vecindario. A veces se producen riñas originadas normalmente por algún picado que quedó con la bala en el ojo por un faul mal cobrado o porque perdió su equipo, pero es lo menos. Por lo general el ambiente es de alegría y sana convivencia. ―Ya, cabros, conseguí la pelota ―indica el Gualo Parraguez, capitán oficial del equipo del fundo. Y nos muestra una pelota que alguna vez fue oficial pero ahora está llena de cototos, con el blay parchado innumerables veces y el cuero muy gastado. Pero para nosotros, acostumbrados a las pelotas de trapo, esta otra es lo máximo. La pichanga estuvo buena, ganamos por 3 goles contra 2, quedamos transpirados y cochinos pero felices por haber salvado el honor de El Arroyo.


Cuando vuelvo a las casas me encuentro con el Maestro Mono que viene saliendo de su jornada. Pese a que ya han pasado algunas horas desde los acontecimientos de la mañana, sigo intranquilo con la aparición súbita del asesino, por lo que decido contarle. ―Maestro ―le digo―¿Sabe que el tipo que mató al Ramón fue el Rifle? ―¿Y cómo lo sabe, Nachito? ―pregunta. ―Es que lo vi. ―¿Vio al Rifle? ¿Cómo? Le relato la circunstancia y de cómo él me miró y me indicó que me quedara callado. ―Si le digo a mi mamá, ella va a llamar a los carabineros y lo van a salir a buscar y va ser para peor, creo –le comento temeroso de su reacción. ―Sí, puede ser, pero por otra parte si ella no sabe nada puede ser aún más malo ―me indica―. Ese gallo es un carajo, mejor le cuenta todo a su madre pa’ que así lo espanten y se vaya pa’ los cerros que es donde debe estar. Decido finalmente contarle a mi mamá y obviamente reacciona de acuerdo a lo esperado. Vamos en la camioneta esa misma noche al Retén de Carabineros de Duao, hablamos con el Sargento que mueve influencias y se organiza la más grande busca de una persona, a caballo y en camionetas, por toda la comarca. Me explican que El Rifle me puede hacer algo porque yo lo vi cerca del muerto y puedo atestiguar en su contra, así que debo quedarme en la casa custodiado por los cuidadores, el Administrador y mi perro, más el Maestro Mono que está en el taller trabajando en la fragua.


A la mañana siguiente continúan buscando por las casas y potreros. Las faenas del campo están medio paralizadas. Mi papá llegó en la noche y quiere llevarme devuelta a Santiago hasta que encuentren a este gallo. Después del desayuno parto al taller del Maestro a darle vuelta a la fragua para pasar el rato ya que comienzo a aburrirme de tanto estar encerrado en las casas. Mi perro me ve y parte detrás de mí. Don Belarmino está en la bodega de herramientas sacando unos rastrillos. Mis padres están dentro de la casa a la espera de noticias y preparando mi viaje de regreso. En el momento en que voy entrando al taller, veo una sombra que sigilosamente sale detrás de unos fardos y me empuja dentro del recinto. Caigo al suelo y veo a un tipo gigante, envuelto en un poncho negro, de botas y con sombrero de huaso. En su mano sostiene su famoso rifle con el que me apunta. ―Así que voh soy sapo y hocicón, cabrito. Te dije que no hablaras y ahora tengo a todos los pacos detrás mío –me enrostra. Yo no atino a decir nada, sólo lo miro aterrado desde el suelo. Ni siquiera puedo gritar. En eso aparece el Maestro Mono que estaba detrás del yunque. ―¿Qué te pasa, reconchas de tu madre que venís a amenazar al Nachito? ―lo increpa al Rifle al tiempo en que se abalanza contra él. Suena un balazo y veo al Maestro llevarse una mano al pecho. Mi perro, “El Muchacho”, ladra y da un salto enorme cayendo con todo su cuerpo encima del bandido, lo pilla de sorpresa, lo bota al suelo y no lo deja mover con el hocico encima de su cara.


El Maestro Mono, herido y sangrando, hace un tremendo esfuerzo para levantarse y con un último impulso, va a la fragua y toma dos fierros ardiendo al rojo. Luego se dirige donde el Rifle y se los clava en la cara. El bandido da un alarido de dolor, suelta su arma y se revuelca en el suelo con las dos manos en la cara. Don Berlarmino, que estaba asustado mirando desde afuera, una vez que percata que no corre peligro alguno, entra al lugar, recoge el rifle y reduce al bandido. Luego llegan corriendo mis padres, alarmados por el balazo. Yo me paro y corro donde está el Maestro Mono. Ya dejó de sangrar y tiene los ojos fijos. Le levanto la cabeza y me quedo junto a él. Se me humedecen los ojos y el corazón parece salirse de mi pecho. Han pasado varias semanas desde ese día. Dicen que El Rifle quedó ciego y ahora vaga por la cárcel como muerto en vida. Yo voy todos los días al taller a esperar que vuelva el Maestro Mono de una de sus aventuras por el mundo, regresando sonriente por el río Maule. Por si acaso siempre le tengo su copita de vino preparada.


II. EL LÍDER ―Le pego. No le pego. No le pego. A éste le pego cuando quiero –me dice― y de un manotón me bota los libros al suelo, al momento que me pega un cachuchazo. El colorín Barraza se las da de matón y al igual que otros, recorre la fila del curso formado, burlándose de aquellos a quienes les pega y respetando a los que no. A mí claro que me pega, si es mucho más alto y mayor que yo. Apenas tengo 10 años y estoy en 1º de humanidades, dos años adelantado para mi edad y obviamente el más chico del curso. Mi colegio es de curas españoles donde la obligación es ser bueno para la pelota y para los combos si no estás sonado. Más encima los curas, que en realidad son hermanos y les decimos mochos, seguramente porque no alcanzaron a llegar a curas. A los curas les gusta esto de la competencia, si ellos mismos juegan al fútbol y se pican y casi se agarran a combo entre ellos. Pero claro, por la sotana no pueden. En todo caso les tienen más barra a los matones y a los futbolistas. Yo tengo que asumir nomás que soy chico y más encima medio gordo, y sólo puedo mirar de lejos cómo el resto del curso se divierte jugando a la pelota o al Caballito de Troya. Más encima tampoco soy un alumno especial ya que al ir adelantado en el colegio, la materia me cuesta bastante más. Por lo tanto, para los profesores y curas del colegio, no soy un alumno que merezca demasiado tiempo. Debo reconocerlo: soy el típico niño que pasa desapercibido, el típico niño que no molesta y no se destaca, ni por bueno ni por malo. Vivo mi vida escolar aislado. Lo único que quiero es ser más alto y pegarle al colorín que es el que más me molesta. O a otro. Me da lo mismo en realidad


pegarle a cualquiera y así poder decir que le pego al menos a uno. Hoy, como todos los recreos, salgo de clases, tomo mi colación y me siento en el borde de un banco a mirar cómo los demás juegan. De repente aparece el Mancilla, que también es mayor y más alto que yo y me dice: ―A voh te pego. Y el muy desgraciado me empuja y me bota del banco. Caigo al suelo encima de mi sándwich. Pero contrario a todo lo esperado y ante su sorpresa y la mía, me baja una indignación tan grande, que aburrido de todos los abusadores y sin importarme lo que él me pueda hacer, no aguanto más y me le tiro encima con la cara roja de desesperación. Llorando de rabia lo agarro de la cotona, lo boto al suelo y le pego combos y patadas por donde caigan. De inmediato pararon la pichanga y llegaron todos los cabros del curso a ver la pelea. ―¡Oigan, que están peleando el Herrera con el Mancilla! ―¡Pégale, Mancilla! – decía la mayoría, que lo aceptaban como parte del grupo. ―¡Dale, Mancilla, pégale un combo en la guata! Me doy cuenta de que pese a que tengo la barra en contra, tengo dominada la situación y en un descuido de él, le pongo un cornete en plena nariz, con lo cual le aparece sangre de las narices. Aparece el Inspector en el momento en que Mancilla sólo atina a protegerse la cara y llorar. El Inspector logra separarnos y lógicamente viene el castigo correspondiente y una anotación en la libreta donde se lee: “Castigado por pelear en recreo”, lo cual en realidad para mí es un trofeo de guerra.


Quedo feliz. Es la primera vez en mi vida que logro pegarle a alguien del curso y dejarlo llorando. Los cabros comentan sobre este cambio en mí, si hasta incluso unos pocos a los cuales Mancilla siempre les pega, me miran ahora con bastante más respeto. Pero todavía falta algo: los más grandes no se meten en peleas de cabros chicos y para ellos esto fue sólo algo sin importancia, no una verdadera pelea a combos. Lo más importante de la pelea con Mancilla es que se me quita el miedo a que me peguen y cacho que un par de combos te pueden dejar un ojo en tinta o un moretón pero nada más que eso. Además cacho que los cabros no son tan choros como aparentan y que cuando ven que el otro se la juega por la pelea, agarran miedo y no saben qué hacer. Pero falta algo realmente increíble para que me pueda integrar a los equipos o a los juegos. Se me ocurre que armando una mocha con alguien de peso pesado los demás me pueden llegar a aceptar y así dejar de molestarme. La oportunidad se me presenta con el Pelao Ramírez que es un tipo tranquilo, buena persona y lo respetan por ser muy bueno para los combos. Además es como el segundo después del Líder. Al salir de clases, en un momento en que todos vamos corriendo al patio, sin proponérselo, el Pelao me da un empujón y me tira sobre el escritorio de otro gallo. ―Ésta es mi oportunidad –determino, y en el acto lo encaro―. Ramírez, a la salida de clases vamos a la plaza. Esto significa que lo estoy retando a pelear a muerte pero de manera limpia, delante de todo el curso. ―Estai loco Herrera, te voy a sacar la cresta –me responde compasivamente.


Pero ya di el primer paso y no puedo echarme atrás porque todo el curso lo escuchó. ―¡Ya, cabros, se armó la pelea! El Ramírez va a matar al Herrera –gritan todos, saboreando con anticipación la sangre que van a ver. Estoy muerto de miedo pero decidido a que esta es mi oportunidad de ser más choro que el resto. En realidad Ramírez no me cae mal pero tengo que hacerlo. Paso el resto de la jornada tratando de armarme de valor y pensando en lo que voy a hacer. Llega el temido momento y a la salida de clases se juntan todos para ir a la plaza. Ramírez camina tranquilo, con una sonrisa confiada, rodeado de sus admiradores y siguiendo al líder, que es un tipo tranquilo, justo y, obviamente, el árbitro del encuentro. Yo voy al final, petrificado de miedo, caminando sin hablar, mirando el suelo como vacuno rumbo al matadero, viviendo mi propio vía crucis, sabiendo de antemano lo que se me viene encima pero obstinadamente decidido. El camino se me hace eterno desde el colegio hasta la plazuela de Maturana con Martínez de Roza, que es el centro de todas las peleas y de todos los cursos del colegio. Al llegar al medio de la plaza, el líder nos junta y cual réferi de cuadrilátero nos da las instrucciones: ―Sin patadas y el primero que quede llorando, pierde. ―De acuerdo –dice Ramírez, que ya tiene mucha experiencia en estas contiendas. ―Bueno –murmuro con un dejo de voz sólo audible por mí.


Me acuerdo de mi padre que alguna vez me dijo: “La única oportunidad en una pelea es pegar primero”, así que en cuanto el líder da la señal de inicio, me abalanzo sobre Ramírez casi con los ojos cerrados y, sin una técnica especial, lo pillo desprevenido propinándole un combo en el estómago. ―¡Cáchate el cabro, le pegó un combo al Ramírez! –escucho decir a algunos con admiración. ―¡Es valiente el Herrera, quién se lo iba a creer este pendejo chico! –dicen otros por ahí. Ramírez siente el golpe, se inclina un poco, me mira ya no como el amigo condescendiente y ahí me baja el pánico por lo que hice y lo que se me viene encima. Ramírez me pega dos puñetes en la cara que me tiran de espalda al suelo. De inmediato sale sangre de mis narices y cobra forma lo que obviamente es un ojo en tinta, pero yo no lloro; la pelea continúa. Me levanto como puedo, trato de lanzarme contra Ramírez pero éste me esquiva y me pega un combo en el estómago. Caigo doblado al suelo pero sigo sin llorar. ―Ya, hasta aquí llegamos –dice el líder –. Se da por ganador a Ramírez antes que mate al Herrera. ―Bueno, está bien –corea el resto un poco desilusionado ya que siempre están con ganas de ver más sangre, pero nunca con ganas de contradecir al líder. Ramírez, con un gesto de superioridad, me ayuda a ponerme de pie y me palmotea la espalda sin rencor. ―Buena, cabrito, estai aprendiendo. ―Bien, chico Herrera, buena pelea –me dicen otros.


“Chico Herrera”, ya soy conocido por un sobrenombre. Creo alcanzar el punto máximo de la felicidad pero aún falta algo más: El líder se me acerca y me dice: ―Buena, cabro. No eris llorón ni cobarde así que te nombro mi ayudante. Mañana tu llevai la pelota a la cancha. Escucho estas palabras maravillado, no puedo creer lo que me están diciendo. Por fin soy aceptado, reconocido, valorado, o sea que si alguien me molesta tendrá que vérselas con el líder pero por sobre todo,pienso que en una de ésas,también yo podría llegar a ser el mejor para la pelota y los combos.


III. PLAZA MANUEL RODRÍGUEZ

Estoy haciendo las tareas del colegio, mientras escucho el programa de Ricardo García en la radio Minería; tocan los discos que a mí me gustan y que están de moda: Elvis Presley, Franky Avalon, Cliff Richard, Paul Anka y otros. Deben ser como las 8 porque está oscuro y hace frío. Afuera está cubierto con la típica bruma de Santiago en invierno. Don be cruuuuuel to her that tru Don be cruuuuuel to her that tru I don wan no oder love, Baby it just yu I am sinking of. Canto en mi chapurreado inglés mientras trato de resolver una ecuación matemática. “Desde el estudio de Minería llega a su casa Discomanía”. “Tshishishi tshishishi tshishishi – tshishishi tshishishi”, escucho el chiflido típico de mi pandilla. Están llamando urgente a reunión. Tres silbidos cortos, un lapso de silencio y se repiten dos silbidos. Se escucha de varias partes. “Tshishishi tshishishi”, responden y yo ya distingo los chiflidos, de dónde provienen y quiénes los emiten. Dejo todo, me pongo un chaquetón y parto escalera abajo a ver qué pasa. Mi mamá me ataja. ―¿Dónde crees que vas? ¿Terminaste la tarea de matemática?


―Puchas, es que están llamando urgente, tengo que ir. ―Nada de puchas acá. Me terminas las tareas y las voy a revisar, así que las quiero bien hechas. Para colmo mi mamá es seca para las matemáticas y típico que va a salir con el Teorema de Pitágoras y todo eso, si le encanta… cada vez que puede sale con lo mismo. Que los catetos y la hipotenusa y la con… Vuelvo a mi pieza pero ya no logro estudiar nada, sólo estoy pendiente de lo que está ocurriendo en la calle Abdón Cifuentes y la Plaza Manuel Rodríguez, mi barrio. Mi pandilla la integramos como cuarenta cabros y chiquillas, desde los 12 años hasta los 18 más o menos, nos juntamos en todas las fiestas los sábados, vamos juntos al estadio a ver los clásicos y es súper choro pertenecer a una pandilla porque somos todos amigos y cuando otro cabro de otra pandilla te molesta, uno le avisa al jefe y todos te defienden al tiro. Mi pandilla se llama The Corner porque nos juntamos en la esquina de la Plaza. Yo tengo trece años recién cumplidos, así que ya no soy de los más chicos. ―Hola, hola –escucho la voz de mi salvación. Es mi papá que acaba de llegar. Ésta es la mía porque todas las noches mi papá llega como a esta hora y se pone a conversar con mamá y así, casi sin darse cuenta, se olvidan un poco de mí y de mi hermano. Bajo al living a saludar y ver cómo está la situación. ―Hola, papá. ¿Cómo le fue hoy? –lo saludo de la manera más angelical posible y regreso a mi pieza; ahora sólo me resta esperar que se siente con mi mamá en el sofá, se tomen una copa de vino y conversen sobre las actividades y novedades del día, un auténtico ritual, una rutina de todos los días.


Después de un rato bajo nuevamente, los diviso muy compenetrados en su conversación y salgo a la calle sin que me descubran, total igual me van a cachar a la vuelta y obvio que me van a retar, pero ahí me la saco. ―¡Menos mal que llegaste! –exclaman los de la pandilla. ―Es que no podía salir por las tareas –me defiendo. ―Ya, bueno. Con voh, Ignacio, somos 8 así que se inicia la reunión urgente ―indica Jaime, que tiene 17 años y es el líder. Con voz grave anuncia: ―Los cabros de la pandilla de Club Hípico atacaron al chico Juan y nos retaron a combate. ―¡Chuuu, los desgraciados! ―¿Y qué te hicieron, Juan? ―Yo iba caminando por la calle Club Hípico con Gorbea – comienza a relatar el Chico Juan–. Y de repente el Pelao, ese que tiene una cicatriz, junto con 5 gallos más, me atajaron y me dijeron que no podía pasar por ahí porque es terreno de ellos. Que de ahora en más, si queremos pasar por ahí vamos a tener que darle una parte de la Plaza, y que si no igual la van a tomar con guerra a plumillas. La indignación nos quema la cara. El chico Juan concluye su relato: ―Yo me di vuelta y me puse a caminar para acá y me llegaron como cinco plumillas súper puntudas, una tenía alfiler en la punta pero por suerte quedó enganchada en la chaqueta. ―Esos gallos son re malos, nos van a sacar la cresta ―dice uno de los cabritos recién entrado y con miedo manifiesto. ―Na’ que ver ―lo ataja Jaime―. Pueden ser más achorados, pero la pandilla nuestra es más grande, así que nada de acobardarse.


Entre los compañeros de la pandilla está el Cojo Manuel, lustrabotas del barrio y arquero de las pichangas ya que tiene permitido atajar con las muletas. El Cojo cuida los niños, las casas y autos del barrio. Es curado, putero y jugador y dicen por ahí que se ha echado a más de uno en juergas y peleas de barrios. Un día que me estaban robando el reloj entre dos tipos de otro barrio, el Cojo sacó un cuchillo de la muleta y de un salto se puso frente a ellos para defenderme. Los tipos arrancaron y nunca más volvieron. El Cojo es como el símbolo del barrio, es estratega de las peleas, conoce todas las pandillas y todos lo respetan. Es de vital importancia en una guerra como esta. ―Tenemos que hacer un plan de combate ―indica el cojo―. Que los agarremos por sorpresa. ―Eso. Y hay que hacer hartas plumillas ―dice otro. ―Ya, puh. Las cabras que nos ayuden. ―Tenemos que sacarle la cresta a estos desgraciados ―señala otro más envalentonado. ―¿Y saben cuándo va a ser el ataque? ―pregunto. ―No me dijeron, pero yo cacho que el viernes en la noche ―responde el chico Juan. ―Mmm… Puede ser –admite Jaime gravemente–. Tenemos que prepararnos desde ya, compañeros, porque no permitiremos que nos quiten la Plaza. ―Sí, tenemos que ganarles y pegarle duro para que no vuelvan por acá y nosotros podamos caminar por Club Hípico sin problemas. ―Compañeros, ésta es nuestra plaza y ésta es nuestra pandilla ―inicia su arenga el líder―. Somos más unidos y jamás vamos a entregar la oreja. Tenemos que estar unidos porque de


eso depende que les ganemos. Vamos a pelear en la plaza y de noche porque conocemos todos los árboles y rincones. Tenemos que preparar las cerbatanas con tubos de cañería de cobre que son más livianos y lisos. El que no tenga, le pide al Miguel que tiene una gasfitería y sabe cómo hacerlos. Todos tenemos que llevar una cerbatana de repuesto por si se cae o se la roban. A partir de hoy en la noche, tenemos que empezar a preparar las plumillas. Tienen que quedar bien puntudas y las puntas hay que pegarlas con cola fría o gomina. No le pongan alfileres porque si llegan los pacos nos pueden cagar. El Líder nos tenía maravillados con sus instrucciones. Dando por terminada su arenga exclamó: ―Nosotros, con la directiva y el Manuel, vamos a hacer una estrategia de defensa y mañana nos juntamos de nuevo para ver cómo vamos. Ah, y avisen al resto para que vengan mañana. Jaime es alto y atlético, practica gimnasia de Charles Atlas y además estudia en el Liceo Nacional, así que es más choro que el resto porque en el Nacional, para sobrevivir, hay que ser líder sino estai cagado. En ese lugar uno tiene que ser el mejor en los estudios, pa’ la pelota y pa’ los combos que sino todos te comen. A esta altura ya somos como veinte los que estamos reunidos, incluyendo unas cinco chiquillas. Todos dispuestos a defender la plaza hasta la muerte. Vuelvo a la casa cuando ya están sentados a la mesa para comer. ―¿Y Ud. dónde estaba? ―me recibe mamá con la pregunta lista y ensayada, sabiendo que yo me había arrancado―Ya, siéntese y terminando se va a estudiar hasta que termine todo y yo lo revise. Mi hermano chico me pega una patada por debajo de la mesa.


―La sacaste barata ―me dice―¿Qué pasó? ―Ya, no seai copuchento, después te cuento ―le respondo mientras recibo el plato con comida que me está pasando la negra Georginia, la empleada de servicios que, entre paréntesis, es súper chora y buena pal leseo. A la negra le encanta ponerme nervioso y siempre me pega un refregón disimuladamente. Es buenamoza y debe tener unos 28 años. La Negra anda con el Nene, que es el administrador del cine Manuel Rodríguez que está en la esquina de la calle Club Hípico y Grajales, o sea frente a la Plaza. Con eso tenemos entradas gratis al cine y así me aseguro de ver las películas cuantas veces quiero. Me acuerdo que “Abot y Costello contra la momia” la vi seis veces. Es mi récord. Obviamente, en dichas funciones, la Negra estaba sentada atrás con el administrador. ―Parece que van a devaluar la moneda ―comenta mi papá durante la comida. ―Sí, escuché que la van a dividir por mil, o sea que mil pesos va a equivaler a uno ―continúa mi mamá―. Ah, y la nueva moneda se va a llamar Escudo. ―Sí, y con esto la inflación va a ser tremenda. Durante la comida, mi papá pone los temas de conversación en la mesa, que generalmente son de actualidad, política e historia. Hay que estar atento porque de manera súbita te llega una pregunta y es mejor saber responder aunque uno diga que no sabe. En ese caso papá se inspira y viene una larga disertación. Ahora está hablando con mamá de Alessandri, el presidente al que le dicen “El Paleta”, y de los problemas de la devaluación de la moneda y que seguro se viene una crisis. Siempre se viene una crisis.


Mi papá se dedica a la comercialización de fruta: compra fruta por camionadas a los fundos de los alrededores y se la vende a los negocios. A veces yo lo acompaño a las parcelas cercanas a Santiago en los camiones y lo pasamos súper bien, con el chofer y los peonetas. Almorzamos en las picadas que conocen. Es de las pocas oportunidades que tenemos para conversar y tener mayor cercanía padre―hijo. Terminamos de comer y a acostarse. Mis padres se quedan leyendo un rato mientras yo tengo que terminar la tarea maldita. Todo esto mientras pienso en el viernes y en la emoción de la batalla. Yo nunca he estado directamente en el frente de combate, ésta será la primera vez. Creo que ese día voy a hacer la cimarra porque tengo que hacer las municiones; deben ser a lo menos unas cien plumillas y eso va a tomar un buen tiempo. ―A ver, déjeme ver cómo va – y le muestro la tarea a mi mamá. “Este está bueno, este está malo, revise la ecuación, mal el resultado de las raíces, no puede dar eso”, me va diciendo en orden. Eso es lo peor, si no hay nada más penca que tener una mamá que sepa matemáticas… le echa un vistazo a los resultados y cacha cual está malo, sin siquiera hacer el desarrollo. Sigo trabajando muerto de sueño. Sí, la verdad es que esto es un suplicio, el peor de los castigos. Dos horas más tarde logro terminar y aprobar los resultados. ― ¿No le gustó arrancarse cuando le dije que terminara primero? ―me reprocha mi mamá entre irónica y enojada―. Ya, ahora a acostarse, y buenas noches. Yo murmuro un buenas noches casi como un sonámbulo.


Al día siguiente, en la tarde, mis padres salen y anuncian que van a llegar un poco más tarde, así que al primer chiflido de llamado me arranco a la Plaza. Al bajar la escalera, La Negra me pregunta: ―¿Y si llama la señora, qué le digo? ―Le dices que fui a la casa de Francisco a buscar una tarea y que vuelvo al tiro ―respondo. ―Seguro que le va a creer, el más pillo – dice y acto seguido me arrincona contra la pared con toda su opulencia. ―Ya, negra, si estoy apurado –le digo inhibido. ―Ya, ándate, cabro chico. Pero un día te voy a hacer rechupete. La reunión se hace en el medio de la plaza porque cabe más gente. Estamos casi todos. ―Ya tenemos todos los datos gracias a nuestro fiel compañero Manuel que se infiltró entre la pandilla enemiga con sus contactos ―dice nuestro Jaime. El Cojo comienza con su informe minucioso: ―El viernes como a las 8 se van a dejar caer. Son 25 cabros en total y van a venir todos porque están con sangre en el ojo con nosotros. Usan plumillas con alfileres pero sus cerbatanas son de fierro así que no disparan muy fuerte. Se van a juntar todos en Club Hípico con Blanco y de ahí se vienen en patota, así que los vamos a cachar al tiro. ―Okey ―interrumpe Jaime―. La estrategia es la siguiente: un grupo grande que vamos a determinar, los va a estar esperando en la Plaza pero escondidos detrás de los árboles, para que no nos cachen. Vamos a dejar que se metan y que crean que no hay nadie. Y aquí, Ignacio, tenemos que contar con la ayuda de tu empleada, porque otro grupo va a estar esperando dentro del


cine, así que tenemos que conseguirnos que los dejen entrar y se escondan adentro hasta que pasen estos gallos y ustedes, cuando vean que ya ingresaron en la plaza y escuchen mi grito, salen por detrás y los atacan. ―Ah, una emboscada –descubrió uno de los chicos adicto a las películas de indios. ―Exactamente, así a lo más. Unos pocos se podrán arrancar por Grajales pero al resto le vamos a dar con todo para que no vuelvan más. ―¿Y nosotras qué vamos a hacer? ―pregunta Pelusa, una de las chiquillas más comprometidas con la pandilla. ―Pelusa, junto con el resto de las chiquillas, estarán encargadas de la logística. ―¿La qué? ―La logística, esto es abastecer de plumillas y cerbatanas a los cabros que se les acaben las plumillas o se les pierda la cerbatana ―explicó Jaime con paciencia de monje zen―. Bueno, hoy es miércoles así que tenemos un par de días para prepararnos. Miguel: fabricar cerbatanas. Ignacio; conseguir el cine con la empleada. Y todos los demás: hacer plumillas en cantidad. ¿Alguna pregunta? Igual mañana nos juntamos acá para revisar detalles. Alcanzo a llegar a mi casa antes que mis padres, así que no hay rocha. ―Oye, si no me contai, te acuso a la mamá que te fuiste sin permiso a la calle –me extorsiona mi hermano menor. ―Ya te voy a contar –acepto aburrido–. A propósito, negrita, te tengo que pedir un favor re grande. ―Así que ahora andamos con favores… ya, ¿qué querís? – me responde Georginia haciéndose la interesante.


Le cuento la estrategia y toda la pelea que vamos a tener. ―¿Y tú crees que la señora te va a dar permiso para eso? ―¿Y tú crees que le voy a contar? –le pregunto a mi vez. ―Bueno, ya. Yo hablo con el Nene. ¿Y cuántos cabros quieren meter adentro del cine? ―Veinte –respondo. ―¿Estás loco? ¡Ni cagando! ¿Tú crees que el Nene se va a meter en problemas por ayudarlos a ustedes? ―Es que si no nos ayuda van a venir los tipos de la pandilla del Club Hípico, se van a tomar la Plaza y el barrio se va a poner súper penca –argumento yo–. Además que va a ser un rato corto y nadie va a cachar nada, en ese momento tenemos que estar súper callados para que no los cachen los de la otra pandilla. ―Bueno –accede finalmente Georginia–. Voy a hacer lo posible. ―Gracias, Negrita, te pasaste –la abrazo feliz. ―Ya, pero yo también quiero ir a la pelea –me dice mi hermano chico. ―¿Cómo se te ocurre? ¡No pueden haber menores de 12 años! ―Si no me llevas, yo te acuso. ―Pero si no se puede –me resisto sabiendo que va a ser un estorbo. ―Yo me quedo en el cine con el Nene y la Negra–insiste mi hermano. ―Oye, si la mamá se entera –exclama la Negra– te va a castigar a ti, a tu hermano y a mí me va a sacar la cresta. ―Pero si voy a mirar nomás –sigue mi hermano. ―Bueno, ya, pero de lejitos.


No sé cómo ni que cahuín habrá inventado la Negra, pero el caso es que al día siguiente logró que el Nene nos diera permiso para esconder a todo el grupo mientras pasaba el lote de la pandilla del Club Hípico. Hoy es jueves y el Cojo nos sigue llevando información sobre la pandilla contraria: de cómo están abastecidos de municiones y de cómo consiguieron alianza con otra pandilla de gallos más grandes, así que ahora no son 25 sino 40 y más armados. A su vez Jaime nos dice que ya somos más de 60 porque se nos unieron los cabros del Liceo de Aplicación que viven por el barrio. Hay tensión en la plaza. Feliz, le comunico al Líder que podemos contar con la sala del cine Manuel Rodríguez. ―Bien, Ignacio. Te ganaste un premio de la pandilla. Esta estrategia es muy importante –me indica con gran satisfacción. Me lo dice delante de todos así que yo quedo hinchado de orgullo aunque sé que la Negra algo me va a cobrar en algún momento, seguro que gratis no me va a salir. ―Ahora ―continúa Jaime―vamos a impartir las instrucciones. Esto es confidencial así que nadie puede saber lo que vamos a hablar. Así, juramentados de que nadie comentará la estrategia, imparte las instrucciones: un grupo detrás de los árboles del lado sur, otro del lado norte bloqueando el escape hacia Grajales, otro grupo fondeado en la pileta vacía y finalmente los que estaríamos en el cine esperando la señal de atacar por la retaguardia. Viernes por fin. Estamos ansiosos. Anoche me quedé hasta la una haciendo plumillas con el clásico “Ignacio, apaga la luz” de mamá


resonando en los oídos hasta que por fin se quedó dormida. Tengo más de cien plumillas así que espero que me alcancen, pero sé que las cabras tienen en total más de mil para “la logística”, como dice Jaime. Llego del colegio a la casa como a las 6 de la tarde y terrible problema, justo está mi tío Manuel, un gordo, ex milico, bueno pal cañón. Al parecer está con infarto al corazón. Mi mamá (su hermana), corre desesperada para todos lados, pide una ambulancia, me manda a llamar al doctor, que avise al hospital y que la acompañe. Miro a mi tío, que está resoplando y con los ojos muy abiertos, babeando un poco. Para mí que está curado, pero el caso es que no podría haberse enfermado en peor momento. ―Ya llegó la ambulancia –avisa mi hermano. ―Ignacio, vas conmigo, no quiero ir sola. ―Pero mamá, ¿qué voy a hacer en el Hospital? –me resisto como puedo. El paramédico de la ambulancia confirma el infarto y determina que deben llevarlo de urgencia. Es tal mi estado de terror que la Negra interviene de manera salvadora una vez más: ―Ignacito, llamó su compañero Carlos y dijo que viene a las 7 para estudiar la prueba de física del lunes, ¿qué le digo? Yo me desconcierto y no cacho nada. ―¿Tienes prueba de física el lunes y no me habías dicho nada? –pregunta mamá. ―Eeeeehhh… ―Ya, pues, señora que la estamos esperando –apura el paramédico.


―Bueno, quédate y dile a tu papá que vaya para el hospital – se despide nerviosa mamá. ―¡Negrita, te pasaste! –le digo a Georginia mientras la abrazo feliz–. ¿Cómo se te ocurrió esa chiva? ― Soy más ráìda que la luz, cabrito. Vamos a esperar a que llegue tu papá y después nos vamos todos al cine, así yo aprovecho de cuidar al pendejo y cacho como es la onda –dice la Negra haciendo gala de su lucidez. ―¡No soy ningún pendejo! ―reclama mi hermano chico―. Además, pa’ que sepis, igual voy a llevar una cerbatana con plumillas que me hice anoche. ―¡Ni cagando! –dice la Negra–. Tú vas conmigo y con el Nene. Vamos a ver la batalla de lejos y que ni se te ocurra abrir la boca –lo amenaza con algo de severidad pero también con cariño. ―Putas, Negrita, que soy chora –le reconozco con admiración. ―Ya, ahora, mientras tanto, a hacer tareas y esperemos a que tu papá llegue luego. A la media hora llegó papá encontrando todo en calma y tranquilidad. Nosotros haciendo las tareas, la Negra en la cocina. Papá preguntó todos los detalles ocurridos con mi tío y partió al hospital sin antes dejar de recomendar a Georginia: ―Por favor, cuide a los niños porque creo que vamos a llegar tarde. ―No se preocupe don Gustavo, va a venir un niño a estudiar con el Ignacito y yo les doy comida. Se va mi papá, son las 7.30 de la tarde y partimos los tres corriendo. En medio de la Plaza nos ataja Jaime. ―¡Qué bueno que llegaron! Nos estábamos preocupando. Y gracias, Georginia, te pasaste.


―Ya, vamos nomás que el Nene debe estar esperando en el cine. ―Okey. Allí en la esquina están todos los que deben entrar. Son 18 más Uds. Ah, y el cabro chico no puede participar. ―No, si se queda con la Negra y mira de lejos no más –le respondo. Alcanzo a divisar a casi todos los compañeros refugiados entre los árboles, escondidos entre las ramas y en la pileta. Sólo el Cojo Manuel y Jaime van a estar dando la cara para cuando lleguen los enemigos y darán la orden de fuego cuando lo estimen indicado. Ahí tenemos que salir nosotros del cine. Un poco más atrás y protegidas están la Pelusa y las chiquillas con sus plumillas y cerbatanas de repuesto. Mientras nos dirigimos a nuestro refugio, alcanzo a escuchar a Jaime que le dice al Cojo: ―Putas que es rica esa negra, si tiene un cuero espectacular. Obviamente la Negra se pone toda coqueta y a mí me da cierto sentimiento de celos. Aparte del Nene, que por interés se le acepta, el resto no tiene nada que andar mirando. Igual a mí me conviene que hablen así de la Negra porque tengo mi valor agregado; en cierto modo soy sujeto de envidia. Ya llegamos al cine y nos está esperando todo el grupo en la esquina de Club Hípico con Grajales. En cuanto pasa la Negra, todo el grupo la sigue. ―Con mucho cuidado para no meter bulla –nos indica el Nene en cuanto nos ve entrar–. Y tú, Geoginia, eres la responsable de que estén todos quietos y callados, sino me echan de la pega. ―Ya, tranquilo, mijito rico, que los niños se van a portar bien – lo tranquiliza.


Nos quedamos en silencio en un costado del lobby del cine esperando la voz de alerta. Poco rato después sentimos que vienen los pandilleros del Club Hípico. Nadie se asoma, sólo la Negra los mira pasar sin despertar sospechas. ―Son unos 30 – nos dice–. Pero feos los cabros y con cara de patos malos. ―Bueno, allá en la plaza hay como 40 de nosotros, más los que estamos acá –comento intranquilo y con miedo manifiesto. ―¿Qué está pasando? ¡Síguenos diciendo, puh, Negra! –le pedimos ansiosos desde adentro del cine. ―Están conversando el jefe de ellos, que tiene una cicatriz, con nuestro Jaime y el cojo. Ahora los patos malos se empiezan a meter en la plaza, ¡Ah, mierda comenzaron a disparar! ―¡Ya, The Corner! –se escucha el grito de Jaime– ¡Vamos a la guerra! ¡A darles con todo! Salimos todos con las cerbatanas cargadas gritando y buscando al enemigo. ―¡¡¡The Corner a defender la Plaza EEEEEEEEEEEEEEEHHHH!!! Los del Club Hípico se desorientan al sentirnos por detrás, a la vez que por el frente y el costado asoman otros grupos de entre los árboles y la pileta. ―¡Somos muchos más que ellos! Tratan de retroceder algunos, pero se encuentran con nosotros. Es literalmente una lluvia de plumillas. El tipo de la cicatriz grita: ―¡Ahora con alfileres! Todo pasa rápido. Nos llegan plumillas de todas partes, algunas con alfileres que se nos clavan en la ropa. Tienen mala puntería. Creo que nosotros somos mejores ya que varios de ellos


van con plumillazos en la cara. A diferencia de ellos, nosotros buscamos al enemigo y disparamos con precisión. La Negra no para de alentarnos: ―¡Niños, a defender la Plaza hasta morir! –grita con toda su humanidad, metida en el medio, disparando con la cerbatana de mi hermano que a esta altura del partido ya ni sé donde está. Las niñas, a su vez, ya salieron y se unieron a la primera fila sin miedo a ser reconocidas por sus familiares y gentes que se conglomeran para ver esta batalla tan particular. ―¡Vamos, The Corner! ¡Echemos a los pandilleros! –grita Jaime–. Démosle hasta que se vayan y no vuelvan nunca más. Arremetemos de todas partes disparando plumillas y recibiendo también, pero por suerte para nosotros, nadie se agarra a combos o saca cortapluma alguno, porque en ese último caso hasta ahí llegaríamos nosotros. Los pandilleros comienzan a retirarse. Claramente somos ganadores. Escucho un grito: ―¡Le robaron las muletas al cojo Manuel y lo dejaron botado! Miro y efectivamente, el Cojo está caído de costado tratando de incorporarse, con la cara roja de rabia e impotencia. ―¡A ese huevón lo mato! –grita desaforado. ―¡A defender al Cojo! ¡Vamos a recuperar las muletas! –grita alguien. ―Las huevas –dice uno de los pandilleros, corriendo con su trofeo de guerra–. Me las llevo pa’ mi barrio. De repente aparece la Negra que estaba por el lado sur de la plaza y le hace una zancadilla al ladrón. ―¿Dónde creis que vai, maraco desgraciado? –dice botándolo de hocico al suelo.


El malandra cae sin tener idea de lo que pasó y menos quién lo botó. La Negra lo mira displicente, recoge las muletas y se las lleva al cojo en el momento en que los malos empiezan a replegarse de manera evidente. Aparecen los pacos en la juanita. Sin dudas alguien les avisó. ―Ya, tranquilos cabros, juntémonos en el medio de la plaza – ordena Jaime, seguido por la Negra. El Cojo deja su lamentable posición y se levanta agradecido. Llega un teniente de carabineros escoltado por dos pacos raso. ―A ver, a ver ¿Qué está pasando acá? ¿Quién es el jefe de esta pandilla? ―Yo –dice Jaime, saliendo al frente. ―Y yo su asistente –señala la Negra. ―¿Qué? ¿Voh no soi la Georginia? –pregunta el teniente reconociéndola en el acto–. ¿Dónde te habías metido, Negrita? tanto tiempo que no se te veía. ―Pero si es mi teniente Valenzuela –exclama la Negra–. Si me dejaste plantada la última vez por tu pololita. ―Sí, negrita, qué le iba a hacer. ―¡Shiiihh! ¿Cómo qué le iba a hacer? ¡Estuve una hora en Arturo Pratt con la Alameda esperando al perla y después lo voy cachando con su novia! ―Negrita, no sea rencorosa. Ella es hija de un Coronel y no me quedaba otra. Pa’ mí siempre ha sido usted nomás. ―Sí, claro. Sóplame este ojo… ¿Se acuerda cómo le decíamos a los pacos de la Tercera Comisaría? ―¿Cómo le decían a los pacos de la tercera? –gritamos todos.


―Georginia, no sea falta de respeto –dice el teniente con algo de vergüenza. ―Bueno, teniente. Pero Ud. va a tener que ayudarnos a cuidar la Plaza pa’ que no vengan los pandilleros de otros barrios a meter camorra acá. ―Ya, Negrita. No se preocupe y nos vamos a encontrar lueguito, ¿sí? ―Ya, puh. Lo voy a estar esperando –responde la Negra muy coqueta, si se las sabe por libro. ―Y Uds. cabros se me portan bien, si no me voy a llevar un par a la comisaria, partiendo por el cojo que te conozco bien, Manuel. Así que con cuidadito. ―No, mi teniente. Si fueron los del Club Hípico que nos querían quitar la plaza. ―Bueno –lo interrumpe el paco―. ¿Y la defendieron bien? ―Sí, puh, mi teniente. Si ya se arrancaron. Además, con la Negra acá, nadie nos quita nada. ―Bien, bien. Ya, ahora a sus casas y tranquilos, que nadie del barrio alegue. Se retiran los pacos y la Negra, que siempre tiene que decir la última palabra, grita: ―¡Teniente Valenzuela, pacos de la Tercera: me echo el pico al hombro y las gueas a la cartera! ―Que no te pille Negra porque te voy a dar como caja – responde el teniente. ―Ya, puh. Aquí mismito te voy a estar esperando –le responde feliz. ―¡¡¡Viva la negra!!! –gritamos todos felices– ¡¡¡Nuestra heroína!!!


La levantamos en andas y la paseamos por la plaza, coronándola reina absoluta de la pandilla The Corner. Feliz, la Negra ya no cabe en sí misma, aclamada por todos los presentes. Arrobados de euforia, llegamos justo a tiempo a casa en el preciso momento en que papá y mamá llegan a casa.


IV. 18 EN DUAO

―Ya, niñas. Váyanse subiendo al carretón pa’ que partamos a las ramadas, pues ―apura don Belarmino. ―Que se suban las cantoras primero pa’ que se acomoden bien. ―¿Y quién lleva la guitarra? –pregunta una de las huasitas. ―La Luisa y Doña Clota –responden por ahí. ―Bueno, entonces partamos con una tonadita para que nos vayamos animando y lleguemos bien entonadas a Duao. ―Sí, porque tenemos que ganarle a todos los fundos de por ahí. ―¿Ya están todas arriba? –pregunta Santiago, el carretonero. ―¡Vamos, nomás! –responden a coro. Y partimos con el carretón engalanado con toldos de ramas de sauce y guirnaldas de flores por los costados. Los caballos van más elegantes que la yegua del payaso, adornados con pompones multicolores en la cabeza, el cogote y la cola. Las cantoras se entonan con: Déjame que te llame la consentida Porque todo consigues mi vida, con tus porfías. Primero tu cariño, mi idolatría, Y después, mi pasión mi vida, de noche y día… Van sonando las guitarras acompañadas de panderetas y cajones cuequeros. Todas las niñas con coronas de flores en el pelo y vestidas de huasitas, acomodadas en el carretón mientras Santiago,


pulcramente vestido de huaso con su chupalla de paja, lleva las riendas de las dos parejas de percherones que van tirando el carruaje. Al entrar al camino, entre bromas y saludos, nos unimos a la comitiva “El Bolsico”, nombre del villorrio que incluye a los fundos Santa María, El Arroyo, Los Nogales y Mercedes, formando una gran caravana alegre y entonada. Yo me conseguí zapatos de huaso nuevoh, un poncho a rayas de colores que me compró mi papá y un sombrero de fieltro color plomo que es lo último en la moda de vestimenta de huasos más unas espuelas grandes que parece que cantan solas cuando camino. Así hacemos la entrada a Duao, uniéndonos a otros carros que provienen de otras comarcas tales como tres Esquinas, Chequenes y Palmira. Es 18 de septiembre y la tradición indica que en la mañana se inauguran las ramadas de Duao con un desfile de carros alegóricos a la usanza de la zona, con las chiquillas del campo cantando tonadas mientras los trabajadores y patrones van a caballo escoltando a las niñas, todos luciendo aperos de huaso. El Sargento del Retén iza la bandera mientras la orquesta de Pupo Vergara, el carnicero, interpreta la canción nacional. A continuación, se inicia el desfile frente a las autoridades del pueblo: el Cura, el Sargento, el Comandante de Bomberos, el director de la Escuela y algunos patrones de fundo. Las competencias en Duao incluyen domaduras, palo encebado, agarrar la chancha, carreras a la chilena, movimiento de riendas, topeaduras, sucesivas destrezas como recoger un sombrero en el suelo a todo galope, galopar parado en la


montura, bajarse del caballo y volverse a montar a todo chancho, etc. En el camino van quedando muchos machucados cuyas supuestas habilidades los traicionan y terminan en un tremendo costalazo, mientras las cantoras le dan duro a las cuecas y tonadas mezcladas con algunas guarachas, corridos y valsecitos peruanos que se bailan a saltitos. Mi hermano mayor ganó una competencia a caballo mientras que don Belarmino, en su alazán, se llevó los aplausos en movimiento de riendas. A mí, entre dos cabros que me andaban buscando desde hacía rato, me hicieron topeaduras pero salí bien parado ya que a uno casi lo boto del caballo y al otro lo arrinconé contra un portón. Es que con mis espuelas nuevas, al caballo lo hago brincar. ―Tómese un trago, patroncito –me dice un inquilino del fundo mientras conversa con un trabajador de otro fundo–. Si éste es el mejor patroncito nuevo que tenemos – le comenta a su amigo–. Es corajudo con el caballo y sencillo, así como lo ven nomás. Si ni parece patrón por lo rotoso que anda a veces pero ahora anda ajutrado –continúa mofándose. ―Ya, poh, que le hace – y acepto el pipeño que me ofrece–. Putas, la guea fuerte. ―Es que es pipeño del bueno, puh, patrón. Pura uva de curtiduría, nomá’. Se inicia el campeonato de cueca. Mi hermana sale a la cancha con el tractorista, mientras a mí, que hace tiempo que me anda gustando la Lucía, la hija del director de la escuela, aprovecho la instancia para sacarla a bailar. Ante mi sorpresa me acepta y comenzamos el paseo. Me toma del brazo coquetamente mientras yo, orgulloso, hecho pal lado mi manta tomándola de la punta con dos dedos mientras con la derecha sostengo mi


pañuelo. Doy mi primera vuelta con la mayor cara de lacho coqueto y hago sonar las espuelas como corresponde a un buen zapateo. No ganamos pero no anduvo mal. Algunos aplausos sacamos, además que por pinta no nos quedamos atrás. Pupo continúa amenizando el baile con su orquesta y una gran batería con la que anima todas las fiestas de Duao. Con el tambor y los platillos va marcando las vueltas de la cueca. La rosa, la rosa con el clavel Mi vida hicieron, hicieron un juramento Mi vida y pusie… y pusieron de testigo Mi vida al jazmín al jazmín y al pensamiento… Afuera siguen las competencias de rayuela con tejos de medio kilo, carreras de caballos y peleas de gallos, todas amenizadas con sendas apuestas. Siempre alguien se pica y, si la cosa se pone más fea, terminan agarrándose a combos o a cuchillo. Ahí intervienen los pacos que se mezclan sanamente con los trabajadores, los separan y a los muy borrachos o peleadores los encierran en la capacha hasta que se oreen. Las cantoras vuelven ahora con un amplio repertorio de corridos mexicanos. Con la Lucía seguimos bailando. Voy a cantarles un corrido muy mentadooo Lo que ha pasado allá en la hacienda de la flooooor La triste historia de un ranchero enamorado Que fue borracho parrandero y jugador


―Oiga, don Ignacio –me interrumpe tocándome el hombro don Rudecindo Matamala, papá de Lucía – ¿Le gusta mi hija? –me pregunta de sorpresa. ―Sí, la encuentro muy simpática y bonita –respondo aún extrañado por su pregunta. ―Entonces cásese con ella –me dice. ―¿Quéeee? – me desconcierta por completo– ¡Me está leseando si yo tengo sólo 14 años! ―Bueno, igual nomás. Me la deja comprometida cosa que cuando cumplan los 18 años se casan. Pero a la niña no me la va a andar manoseando así nomás delante de todos los huasos de por acá, no ve que si no, agarra mala fama y yo quiero que se me case con un patrón de fundo con buena posición, así que como usted dice que le gusta tiene que comprometerse con ella nomás y ahora. Lucía lo mira con cara de enojo pero no dice nada y se va con su madre. ―Pero eso tiene que hablarlo con mi papá porque yo soy menor de edad ―le recuerdo―. Además que yo no me voy a comprometer así nomás… ―¿Cómo que no? –me interrumpe airado–. Entonces vamos a tener que resolverlo de otra manera. ―¿Y cómo sería la otra manera? –pregunto asustado. ―A duelo. ―¿A duelo? –pregunto aún más extrañado y asustado que antes–. Pero si yo solamente bailé con Lucía, no hice nada de malo. ―Pero la manoseó. ―¿De dónde, señor? ¡Si bailamos cueca y un corrido apenas!


―Tengo que lavar el honor de Lucita y de la familia, así que mejor llévesela por la buena y se casan cuando corresponda. En eso llegan mis hermanos, primos y todos los trabajadores del fundo a ver qué está pasando Al enterarse de lo sucedido todos se ríen de las pretensiones del director. ―¡Está loco! ¿Cómo se le ocurre? –le dice un primo. ―Vámonos, Ignacio, deja a la niñita tranquila y que el director vaya a pasar la mona a otra parte ―indica mi hermano―. Y usted, señor, mejor se nos queda calladito y no siga diciendo huevadas porque como ve somos muchos. El director amenaza: ―Si algo me pasa, los mando a todos en la capacha, para eso el sargento es mi compadre. ―Sí, pero mi abuelo es el intendente –le responde mi hermano. Llega el sargento y trata de hacer entrar en razón a su compadre director, quien no quiere perder la oportunidad de arreglar a su hija pensando que mi familia posee dinero, cosa que en realidad es falso, pero en realidad lo más importante para él es entrar en la sociedad talquina y que los acepten como miembros de la familia. ―¿Bueno y le diste un beso por lo menos? –se ríen mis amigos. ―Puchas, patrón, aproveche que la niñita está de comérsela, total si lo van a casar lo menos que puede hacer es comerse esta frutita. ―No sigan, huasos brutos e irrespetuosos con las niñas – increpa furioso el director–. Son todos unos groseros con mi hija y mi familia, esto debemos resolverse con un duelo.


A indicación del Sargento, nos trasladamos todos al retén a seguir la discusión porque en medio de la ramada no se escucha nada y está todo el mundo con la oreja parada. ―Bueno… ¿cómo vamos a resolver esto? –insiste. ―Le propongo que hagamos una carrera a caballo y si yo gano seguimos igual de amigos y si pierdo me comprometo con ella delante de todos para casarme a los 25 años ―le respondo ya con más confianza. En realidad, en el fondo me siento muy atraído por Lucía pero no como para casarme con ella. A lo mejor más adelante pero obviamente ahora no. ―No –señala–. Tiene que ser algo más equitativo porque ustedes tienen mejores caballos y usted es mejor jinete que yo que tan solo soy un profesor. Además, el compromiso debe ser matrimonio a los 18 años. ―No puede ser porque igual sería menor de edad y tendría que autorizarlo mi papá. Si quiere vaya a hablar con él –lo picaneo sabiendo que mi papá lo va a mandar a la cresta. ―Oiga, don Ignacio –me dice el sargento–. Yo creo que algo va a tener que hacer porque, más que más, el hombre es el director de la escuela y no puede quedar esto así. ―Entonces, ¿cómo quiere que sea el duelo? –le pregunto al director. ―Algo más científico, donde se demuestre que intelectualmente nosotros somos superiores a ustedes, los patrones. Ecuaciones matemáticas, por ejemplo. ―No –dice mi primo que conoce las habilidades del profesor–. Las preguntas deben abarcar todos los temas culturales.


En realidad, a mí, que estoy medio con trago, no me gusta nada la idea. ―¿Quién hace las preguntas? ―pregunta mi hermano. ―Yo ―sale un cabro que está de vacaciones en un fundo de unos amigos. ―No, porque es parcial ya que todos ustedes se conocen y son amigos –reclama el director. ―¿Entonces quién? ―El Practicante. Pero El Practicante es igual al director y, como se sabe, en el fondo todos quieren escalar posición social y se comprenden entre ellos. Mi salvación viene por el cura, que también es parcial ya que vive a costilla de lo que le dan los dueños de los fundos, pero nadie se atreve a contradecirle. ―Yo voy a hacer las preguntas –indica el cura–. Diez a cada uno y si gana don Rudecindo, Ignacito se compromete como caballero con Lucita, delante de todos nosotros. Y si gana Ignacito, se levantan todos los cargos y queda libre. Claro que el curita es harto ignorante pero algo se le ocurrirá, pensamos. ―Vamos a hacer preguntas de matemáticas, castellano, historia, música y religión que es lo más importante porque Dios debe estar primero que todo en este mundo –continúa el cura. Así fuimos pasando entre la regla de tres, héroes de la independencia y sucesos históricos. En castellano no veo ni una así que ahí las pierdo todas. En música me defiendo y gano puntos. En religión también gano porque este gallo, como buen director de escuela, es masón. Más historia y más religión. Finalmente estamos empatados.


Preguntas finales: nombre del fundador de Talca. ―José Manzo de Velazco –respondo feliz y seguro. ―No, señor –salta el profe–. Fue Tomás Marin de Poveda quien fundó Talca, donde actualmente se encuentra la comuna de Maule. Manzo de Velazco la refundó después de su traslado al lugar donde actualmente se encuentra. Me cagó este huevón y no sé qué crestas hago ahora, pero si sé que me comprometí y debo apechugarla nomás. El Padre Benigno me indica que debo aceptar como prometida a Lucía, hija de don Rudecindo Matamala hasta que, cumplidos los 18 años, previo consentimiento de mi padre, deberé desposarla. ―Por ahora puede actuar como prometido de Lucía y visitarla con la venia de su familia una vez por semana –continúa. En realidad yo estaba tomando muy en serio este compromiso. Sin embargo mis hermanos y primos me indican en broma que debo comportarme “seriamente” por la “importancia de este acontecimiento”. Mi hermano pregunta a don Rudecindo si yo puedo tener familia con Lucía, a lo que este caballero y el cura casi le pegan. El sargento lo saca fuera del recinto ceremonial por grosero. ―¡Ahora, a celebrar! ¡Don Rudecindo invita! –indica un amigo de otro fundo. ―Bueno, pero una vuelta nomás –acepta el director. Obviamente fueron bastantes vueltas de diferentes tragos y don Rudecindo, que no escatimó en gastos, comentó feliz con todo el mundo su parentesco con mi familia. Como a las 10 de la noche regresamos a El Arroyo, todos bien caramboleados, dejándonos llevar por los caballos que conocen el camino de memoria y no necesitan que se los guíe.


Luego de desensillar las monturas y soltar las bestias en el potrero vamos donde mis padres a contarles los detalles de este acontecimiento, con lo cual de inmediato mis tíos agarran pal chuleteo a mi papá por el consuegro que va a tener y a mi mamá le informan que de ahora en más deberá invitar a la señora del director y a toda su familia a tomar once al campo, lo cual ya no le parece tan chistoso. ―¡Y tan siúticos que son! ¿Te los imaginas entrando al Club de Talca? ―Rotos metidos a gente –son todos los comentarios que escucho. Por mi parte respeto mi compromiso con honor: ―Estoy comprometido y tengo que respetar a Lucita. ―Ya, ándate a acostar que mañana tenemos el rodeo –me ordena papá. Hoy es 19 y se celebra con un rodeo en la medialuna oficial del fundo El Olivar, compiten todos los huasos de la zona así que todos vamos a participar. Antes de salir me llaman por teléfono, contesto y primero me saluda la telefonista de Duao y me felicita por mi compromiso. A continuación conecta con el teléfono de don Rudecindo. ―Don Ignacio –me saluda meloso –. Vamos al rodeo y espero poder hablar con sus padres allá. Llegamos a la medialuna, nosotros a caballo y los padres en auto con los tíos. Ya está todo preparado, los novillos en el corral, los huasos montados en sus mancos en la medialuna listos para el desfile y las cantoras métale cuecas y todo tipo de música chilena. Yo hago collera con don Belarmino que va montando su hermoso alazán “El Pablo” mientras yo monto a mi yegua “La Breva”.


Por ahí diviso a don Rudecindo que me saluda con una gran venia. Están todos pendientes de ver si se acerca a mis padres. A su lado diviso a Lucita que está, debo reconocerlo, para comérsela y me gusta aún más que antes; pienso que esto del compromiso en realidad me está gustando. Se inaugura el rodeo con varios pies de cuecas y ¡sorpresa!: el Juan Gallardo, hijo del administrador del Olivar y que estudia técnico agrícola, saca a bailar a Lucía y ella acepta contrariando a su padre y mirándome de reojo. Se bailan tres pies de cueca con harto coqueteo y guiños. Yo, como estoy arriba del caballo, no puedo hacer nada porque no puedo salir de la formación. Don Rudecindo y su esposa llaman a Lucía para que suba a las tribunas y deje de coquetear de una buena vez, pero ella, como si nada, sigue bailando nomás. Parten las corridas. Nos toca en sexto lugar. En la primera corrida sacamos dos puntos buenos porque yo hago una ataja en la paleta, don Belarmino hace otra en los ijares pero en la tercera vuelta se me hace una tijera y nos descuentan tres puntos. No está nada de mal. Miro a Lucía y la veo sentada junto a Juan. Mirando el piso, ella no levanta la vista. En la segunda corrida nos toca un novillo lento y en dos oportunidades se nos devuelve, así que sacamos tres puntos malos. Pero en la tercera corrida nos reponemos y sacamos seis puntos buenos con dos ataja en paleta y una de ijares con lo que en total tenemos un puntaje de cinco puntos buenos lo que nos da derecho a un premio de un par de riendas trenzadas. Terminado el rodeo. Me dirijo donde Lucía que aun continúa con Juan y le digo:


―Lucía, hasta aquí nomás llega nuestro compromiso –. Lo digo en voz alta para que todo el mundo escuche. ―Ignacio, estoy de acuerdo contigo porque yo en realidad estoy enamorada del Juan –me responde–. Mi padre me obligó a hacer todo este alboroto y yo no pude contrariarlo anoche pero ahora estoy junto a la persona que me gusta y no me importa que se enoje conmigo… ―Lucía, te vas de inmediato a la casa y te prohíbo que vuelvas a ver nuevamente a este piojoso –le grita su padre enardecido al ver que todo el plan que había urdido se desploma por el suelo. El compadre sargento se siente en ridículo y utilizado. Igualmente el cura quien le enrostra los pecados de codicia, envidias y varios más. Finalmente el director debe retirarse ante la mofa y pifias de todos los huasos de la medialuna y yo doy por terminado mi breve período de compromiso de matrimonio contraído a los 14 años. Acto seguido nos vamos a celebrar mi soltería a las fiestas del rodeo junto a todos los huasos y parientes hasta quedar muertos de curados, pero debo reconocer que en el fondo nunca le hice asco al compromiso y en mi oído sigue sonando Juan Charrasqueado y el recuerdo de la cintura de Lucía en mis brazos. ―Salud, Nachito. El próximo año ganamos el rodeo pero siga soltero nomás, puh, patrón, que así se pasa mejor. ―Al seco patroncito.


V. NAVIDAD EN DUAO ―Apúrense, que el padre Venancio lo más que me pidió fue que llegáramos temprano –indica mi mamá. ―¿Y por qué tan temprano? –pregunta mi hermano chico. ―Es que va a tener un pesebre en vivo. ―¡Pucha, qué lata! Si estamos jugando y no sé porque tuvimos que venir a pasar la pascua al campo. ―Ya les expliqué que su tata quería pasar las fiestas de Navidad y Año nuevo con nosotros y así como va creo que serán las últimas. ―Ya, vamos –apura mi papá subiéndose al auto. Llegamos a Duao y ya está todo el pueblo a la entrada de la iglesia y el curita con su sotana siempre manchada, esperando feliz en la entrada. Por fin le va a resultar hacer un pesebre en vivo, con Virgen, animales y el niño Jesús. Los niños cantando villancicos, dirigidos obviamente por el director de la escuela. En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna la Virgen y San José y el niño Dios en la cuna. Asisten las típicas autoridades del pueblo, amigos de fundos cercanos, hijos de inquilinos que estudian en la escuela más un montón de pelusas que vienen por si acaso les llega un regalito de pascua del curita o de las damas caritativas patronas de los fundos.


Mi mamá lleva una bolsa de regalos, todos antiguos juguetes nuestros o de primos, juguetes que ya se encuentran en desuso y que se salvaron de la destrucción típica de la edad. Así se va armando un gran cerro de juguetes apiñados a la espera de servir a otros niños que los esperan con ansias. El pesebre consiste en una ramada a la entrada de la iglesia provista de una cuna de paja cercada por algunas vaquitas y ovejas prestadas por algún fundo, debidamente marcadas para que nadie se confunda y se las lleve por “error”. ―Ya viene la Virgencita con San José –anuncian por ahí. ―¡Oigan, y miren quien viene de Virgencita! ―¡Pero si es la Chepa! Chis… la virgen que fueron a escoger, si es la más corrida del pueblo. Aparece la Chepa comiendo chicle y con una gran sonrisa de vedette de pueblo, saludando a todos y creyéndose una consumada artista en plena función, un poco tensa en su postura virginal. ―Hola, Chepa. ¿Cuándo nos vamos a ver por ahí? –le grita un admirador local. La Chepa, con su gran panza divina, levanta el brazo en señal de saludo y responde con una sensual sonrisa. A todo esto las vacas se están comiendo la paja del pesebre y el cura ordena sacarlas porque además tienen el santo pesebre convertido en un mierdal de plastas y orines. El padre Venancio, con gestos ampulosos, ordena a la Chepa más compostura. ―Oigan, cáchense, al burro se le paró la penca –indica un pelusa. Efectivamente, el burrito tan simpático que se veía con su virginal carga, al parecer se contagió con la Chepa y dando


muestras de su entusiasmo sacó a relucir su descomunal herramienta haciendo reír a todos los presentes. Esto, sumado a las tallas de los pelusas, hacen que el pobre padre desespere de nervios aunque trate de fingir serenidad para continuar con la venerable procesión: ―Recibamos con fervor a nuestra Virgen que viene de lejos a dar a luz al niño Jesús, cantando noche de paz. El burro se empaca y no quiere dar un solo paso más, sólo rebuzna mostrando su quinta pata para mayor chacota de los pelusas. Por más que el cura le implore al burrito o trate de moverlo por la fuerza, el animal permanece estático. La virgen debe bajarse y caminar los últimos metros sujetándose la falsa barriga a dos manos, mientras debajo de la blusa asoma una almohada, detalle que no pasa inadvertido para los pelusas. San José no conoce bien su rol de santo observador; no se conforma con ser un simple espectador y trata de aprovecharse de la Virgen, cosa a la que ésta no le hace asco. El cura–director de obra le muestra a la virgen dónde debe tenderse para parir al hermoso niño y, entre risas y quejidos, bajo la melodía de “Noche de paz, noche de amor”, nace el niño Jesús, reemplazando las almohadas por una guagüita de verdad, hijo de una joven vecina. La Chepa, con su ignorancia materna, no sabe como tomar al bebé pero finalmente lo pone en su cuna de paja. Lamentablemente comienza a soplar una brisa un tanto helada por lo que la madre biológica de la guagua presupone que su recién nacido podría resfriarse, de manera que alza a la guagua y se la lleva, dejando tras de sí a un frustrado Padre Venancio.


La Chepa se aburre de su rol de virgen, se para y se va a pololear, dejando plantado a San José que ya se había hecho algunas ilusiones. Cada uno de los huasos dueños de los animales del pesebre se acerca a reconocer a los suyos sin antes discutir y verificar las marcas de propiedad estampadas a fuego en los cueros de los animales. Los pelusas se tiran encima del cerro de regalos tratando de llevarse los mejores y el máximo posible, armándose una descomunal gresca que debe ser intervenida por carabineros. Mientras, en el interior de la Iglesia, se escuchan las venerables palabras del cura Venancio: ―Queridos feligreses, oremos y demos gracias por nuestra querida y apacible comunidad.


VI. LA CALETA ―Ignacio, hola. Oye ven para mi casa y hacemos un malón – me invita la Pelusa–. Mis papás van a salir y quieren que nos juntemos acá como a las seis. Trae una bebida. ―¡Súper! ¿Y quiénes van? ―Los de siempre: The Corner, pero no todos obvio. Pasa a buscar a Carlos que no tengo su teléfono. Hoy es sábado así que típico que nos juntamos en alguna casa y hacemos un malón. Los papás de la Pelu nos tienen súper buena, incluso a veces su mamá nos invita a comer unos sándwiches con Coca Cola, con la condición que le virutillemos el piso. Todo bajo la recomendación de su mamá de portarnos bien y no hacer desorden. Carlos es mi amigo y compañero de curso. Él es hijo único así que tiene una media bici marca Legnano, una colección de revistas empastadas y le dan lo que quiera. Vive en un departamento de la calle Carrera con Sazie. Mis padres lo encuentran medio pesado porque tiene ese aire suficiente de los hijos únicos que se las saben todas, pero igual es buena persona y me presta todas las revistas, especialmente las de “Superman”. Por lo general con Carlos nos vamos y venimos juntos del colegio que está como a diez cuadras. Toco el timbre de su departamento y aparece su papá. ―Buenas tardes, don Carlos, ¿está su hijo Carlos? –le pregunto cachando al tiro que está curado. Su papá es bueno para el copete, trabaja en el Ministerio de Educación. Una vez lo acompañamos al Café Torres a comer un completo y mientras nosotros comíamos, el se mandó una botella de vino al seco.


―No, pero pasa un rato –me responde con la cara de bruto típica de los gallos en su estado. ―Se debe haber ido donde la Pelu, así que mejor me voy para allá –le respondo tratando de correrme luego. ―Pero tómate un traguito conmigo, si acá todos me dejan solo. ―Es que don Carlos, me están esperando y… ―Ya, cabro si voh soy choro. Na’ que ver con ese hijo mío que es un maricón apollerado. Voh soy bueno pa’ los combos y andai con los pandilleros, en cambio este otro anda con su pura mamá para todos lados y a mí no me da pelota. Aquí tienes un vaso de whisky, mándatelo nomás y te vas. Con tal de irme luego agarro el vaso y me lo tomo al seco. ―¡Puta la huevá mala, más encima está caliente! –admito con asco, pero sin dejar de beber–. Yo estoy acostumbrado a tomar vino, pero esto es mucho más fuerte y más malo. ―¡Bien, cabro, esa es de hombre! Vamos al otro, no me dejes solo. Alcanzo a escucharlo mientras bajo las escaleras corriendo. Camino las dos cuadras hasta la calle Toesca que es donde vive la Pelu y comienzo a sentirme medio mareado pero contento y a la vez con ganas de hacer cosas. Pienso en ella y me siento súper enamorado, siempre me ha gustado y creo que hoy le voy a pedir pololeo, hoy sí que me siento capaz y sin miedo. Llegando se lo voy pidiendo mentalmente. Ensayo: “Pelu tú me gustas y quiero pololear contigo”. Voy a tener que ingeniármelas para sacarla del medio del grupo y llevarla aparte. “Pelu, yo quiero polo… ¿qué tengo que decirle?” Llego, toco el timbre, me abren la puerta y subo al segundo piso. Paso directo donde la Pelu que me está esperando sonriente


junto con el resto. En realidad a todos los veo con rostros sonrientes y todos me miran. Tomo a la Pelu del brazo y casi la arrastro para un lado. ―Pelu, te quiero y quiero que ppooolololliemoooos. ―¿Qué te pasa? ¿Estás curado? – alcanzo a escuchar. ―No, no, no, na’ que ver. Yo quiero polllooooleaaar contigo. ―¿Qué tomaste? –me pregunta Carlos. ―Un wiskicito aaaasí no más, malo y caaaliente más encima. ―¿Pasaste por mi departamento? –insiste Carlos. ―Eeeh, sí ¿Pelu, me querí? ―Ya, córrete, cargante. Anda a pasar la mona, será lo mejor. ―¿Mi papá te dio el whisky? –pregunta Carlos angustiado. ―Sí…pe pe pero yo quiero a la Pelu. ―Fue el curado de mi padre que se pone a tomar de puro aburrido y calzó a Ignacio –señala Carlos avergonzado–. Por eso me vine antes. ―¿Y qué podemos hacer con Ignacio? –pregunta la Tere, una amiga que yo no había visto porque tengo ojos sólo para la Pelu. ―Que se acueste en la cama de mi mamá mientras tanto y después lo llevamos a su casa. Fue lo último que alcancé a escuchar a mi amada. Despierto con un tremendo dolor de cabeza y con ganas de vomitar. Está todo oscuro, hago arcadas, no distingo nada. No sé dónde pero vomito en alguna parte. Abro una puerta y se ve claridad en el pasillo. Salgo mareado y desciendo la escalera a trastabillones hasta el primer piso. Distingo voces pero sigo arrancando hacia la puerta. Salgo a la calle, es de noche y avanzo como muerto en vida, estoy entero mojado. Seguramente me vomité encima cuando estaba durmiendo.


¡Oh, pavor! Distingo a los padres de la Pelu que vienen caminando de regreso a su casa pero por suerte no me han visto. Me escondo en un sitio eriazo donde antes hubo un edificio viejo que demolieron. Siento mucho frío y me doy cuenta que con el apuro se me olvidó el chaquetón. Pienso con pánico en lo que irán a decir sus papás, si su pieza quedó entera güitreada. Yo ya no me puedo aparecer nunca más por esa casa… y yo que quería pololear con la Pelu. Capaz que hasta me echen de la pandilla. Analizo mi situación, así no puedo llegar a mi casa porque me van a cachar. Estoy cagado de frío, vomitado entero, me siento como las huevas, es lo peor que me pudo haber pasado. Una vez escuché que lo mejor para que se pase la mona es caminar harto y además sirve para soportar el frío, así que decido seguir caminando por la Avda. Carrera, oscura y adoquinada en su primera cuadra, por el costado de Los Padres Franceses hasta llegar a La Alameda con Brasil. Me encamino por el bandejón del medio, entre los árboles. Está bastante oscuro. Pasa un carro 207 República – Cementerio, el mismo que tomamos para ir al Cementerio Católico cuando vamos a ver a mi abuela. El carro mete un ruido infernal con sus ruedas de acero mal lubricadas. Son tan viejos esos carros que casi se desarman solos. Muchas veces he puesto monedas de a peso, de ésas de aluminio en el riel, cosa que cuando pase el carro aplaste las monedas y queden totalmente aplanadas, especiales para hacer run–run. Estoy tan absorto en mis desvaríos que no me doy cuenta de que se aproxima alguien y sólo reacciono cuando me ordenan: ―Pásame el reloj, cabrito. Y con mucho cuidadito que si no te cogoteo.


Todo esto mientras siento que me presionan con un cuchillo en el cuello. Comienzo a sacarme el reloj cuando veo a un muchacho de unos quince años, mal agestado y rotoso, acompañado de una cabra peor que él, más piojenta y cuma. ―Oye, chiss, putas. El cabro cochino, si está más hediondo que yo –exclama la cabra refiriéndose a mi estado. ―¿A dónde te metiste? ¡Si tay too güitreado, huevón! ¡Putas y el tufo, si la cagó este hueón! ―¿Tenís plata? – insiste la mujer con voz chillona y desagradable–. Si no te vamo’ a cogotear. Le paso el reloj al momento en que me botan al piso. Ahí ya me entra el pánico. ―No te vamos a matar pero te vamos a dejar en pelota, por güeón y por cochino –señala mi asaltante con gesto de desprecio. Yo permanezco callado, tendido, con la cuchilla en el cogote mientras la mina me saca los zapatos. ―¿A ver a quién te estai colgando? –escucho una voz de adulto cuma a mis espaldas. ―A un cabro curao que iba pasando –responde el muchacho cogotero. ―Dalo vuelta, muéstrale el caracho –ordena. Me dan vuelta. ―¡Ah, chucha! Si este cabro es el hijo de la señora Marta. Devuélvele lo que le chupaste y que se vista. ―¿Y por qué, pus, Samuel? Si yo lo caché y na’ que ver, pu’. El reloj es mío –reclama el muchacho frustrado. ―Porque este cabro es el hijo de la señora de la calle Abdón Cifuentes, la que nos da ropa y comida.


Ahí reconozco a Samuel, es jefe de la banda que atemoriza a los transeúntes de La Alameda. Vive en las peores condiciones junto con niñas y muchachos de 15 años promedio, en las cámaras de agua y electricidad del medio del parque de la avenida. Piden limosna, roban o asaltan según la hora. Yo debo pasar todos los días por ahí para ir al colegio, por lo que mi mamá (no sé cómo se las arregló) hizo un trato con él. Semanalmente les daría ropa y comida. A cambio ellos me protegerían cada vez que yo debiera cruzar por su territorio. ―Ah, puchas. Pero este gallo está re mal, cacha si está entero embarrado –dice Samuel mientras yo me siento y trato de ponerme los zapatos que ya me habían sacado. ―Mejor lo llevamos pa’ la caleta pa’ darle algo de ropa y que se cambie y pase la mona –añade la chiquilla a la que ahora, al parecer, ya le doy lástima. ―¿Cómo lo vai a llevar a la caleta si este cabro es jutre? – comenta mi cogotero original. ―Muy jutre será, pero está más piojoso que nosotros. ―Ya –interviene Samuel–. Llevémoslo. Será mejor. Mal no le va a hacer y además, si lo dejamos así quizás le pueden hacer daño otros gallos de más allá. Así, me toman del brazo y me arrastran al hoyo donde habitan. Me cuesta distinguir en la oscuridad pero un fuerte olor a encierro y alcantarilla me golpea en la cara. Comienzo a distinguir con la luz de una ampolleta conectada no sé dónde la ropa esparcida por el suelo, un par de colchones andrajosos, botellas de vino por todas partes…lo peor que se puede decir de una morada humana no alcanza para describir el lugar. Al fondo se divisa algo como dos monstruos: son los transformadores de electricidad con un cartel que indica alto voltaje. Algo distante, distingo a unos cabros


chicos con una bolsa de cuyo interior algo inhalan y los mantiene callados y estúpidos. Por último aparece una niñita de unos 14 años embarazada y que por las caricias parece ser la mina del Samuel. La Juana, que así se llama la chiquilla andrajosa que me guía, ya me tiene lástima y se dispone a ayudarme. ―Búscale algo por ahí pa’ cambiarlo y le lavamos la cara –le dice al Machuca, el amigo cogotero. ―¿Esto está bien? –pregunta el Machuca mostrando unos pantalones y un chaleco. ―No, puh, Machucao. ¿Cómo le vai a poner esa ropa si está tirillenta? ―Ya, esa de ahí está mejor. Lo vamos a llevar donde la señora Marta pa’ que vea que le cuidamos a su hijito –indica el Samuel previendo que le pueden pasar unos pesos. ―¿Qué? ¿Lo vai a llevar ahora donde la vieja culiá? –pregunta la Juana con todo respeto. ―Sí, pu, pa’ que nos den plata por cuidarlo, que mal no nos va a hacer. Si lo salvamos de unos cogoteros y lo vestimos pa’ que no ande como torrante curao. ―Buena, jefe –adula el Machuca–. Ahí sí que nos estamos entendiendo, si hasta tuve que devolverle el reloj. ―Bueno, veamos cuánto nos da la vieja porque es re tacaña – señala Samuel –Nunca nos ha dado plata, sólo comida, ropa y frutas que trae del campo, pero ahora yo cacho que unos 100 escudos deben estar bien. ―Le van a sacar la chucha a éste–afirma la Juana señalándome con la cabeza. ―¿Y quién lo manda a andar tomando por ahí, si es un pendejo? –señala el Machuca.


―Igual que voh nomás. ―Ya, pero yo soy choro de esquina –indica con manifiesto orgullo–. Conozco la calle, puh. En eso entra gritando otra pareja de malandras, aun más picantes, mostrando sus trofeos recientes. ―¡Loreen, cáchense lo que nos choreamos! Nos zurcimos un gil – indica la mina con la cara muy roja y llena de granos. ―La Sandía se le puso por delante –dice su yunta al cual le falta una oreja– Se le puso delante pa’ ofrecerle un mamón y el gil culeque cayó y yo le pegué una pifiá y soltó too, la guita, la ropa, el reló, la billetera y todo. ―Sí, cabros. El Taza se le encachó, le puso la quirusa y le mandó manso tajo en el paño y el güeón cayó con lo del mamón. Chi, si ya estaba con la penca afuera el gil culiao –seguía chillando la Sandía. ―¿A ver que traen los chiporros que abren tanto el tarro? – indica Samuel tomando posesión de los objetos. ―Chi, na’ que ver chiporros si ya estamos curtidos –reclaman el Taza y la Sandía–. Y no te quedís con todo porque es para compartir, así que devuelve nomás la guita y las cosas. ―Ya, tranquilo, putas, que hay plata ¡Conchesumadre, par de agilaos! –exclama Samuel alarmado–. ¿No cacharon a quién se cagaron? ―Chis, si le íbamos a preguntar el nombre seguramente – responde el Taza con sarcasmo. ―Hueón, si es uno de estos giles que son como autoridá, acá está el carné que dice diputado. ―Bueno y qué, puh, tanta alharaca por un diputado. ¿Oye y este flaite quién es? –pregunta la Sandía dirigiéndose a mí.


―Ah, este cabro es hijo de la señora que nos da comida en la calle Abdón Cifuentes y andaba como raja de curao así que lo vamos a llevar pa’ que nos den plata –responde Samuel. A estas alturas ya se me está pasando el efecto de la curadera y lo único que quiero es irme a mi casa antes que Samuel me lleve donde mis padres para pedirles plata. Estoy tratando de encontrar un plan de fuga cuando de repente me sobresalto con un gran estampido en la entrada de la caleta. ―¡Concha, son balazos! –exclama Samuel asustado–. Córranse pa’ las orillas y tírense al suelo que deben ser pacos. Acá no nos pueden disparar por los transformadores. ―¿Dónde están los cogoteros conchas de su madre, delincuentes de mierda? –gritan unos pacos mientras bajan a la caleta pegando palos en todas partes para asustarnos– ¡Los vamos a llevar a todos presos! ―Aquí estoy –les grita Samuel mientras saca su navaja – ¡Ven, puh, paco reculiao, que te voy a tajear entero, a ver si soy valiente hueón! La Juana y la Sandia también se les enfrentan. ―¿A mí me vai a llevar, reconchas de tu madre?–grita la Sandía mientras le pega un cacerolazo a otro paco en las bolas. ―¡Suéltame, hueón! –grita la Juana tratando de zafarse, a la vez que le tira un pollo. A Samuel lo pescan entre varios carabineros y lo tiran al suelo mientras lo agarran a patadas. Al resto nos sacan a todos a lumazo limpio. Recibo un montón de palos aunque yo les grito que na’ que ver, que no soy de la banda. Pero ni me escuchan, se ríen y nos siguen pegando. Así nos llevan hasta una cuca donde nos meten a todos y nos siguen dando lumazos por donde cayera.


Distingo a los cabros volados y a la mina de Samuel que están llorando en el suelo del furgón. Los demás están gritando garabatos y cuanto insulto se les pueda ocurrir. Yo permanezco callado, aterrado, sin saber qué va a pasar conmigo. Esto es una pesadilla, me consideran parte de la pandilla, no me puede estar pasando algo así. Uno a uno nos esposan y salvo Samuel todos estamos llorando. Así nos llevan a una comisaría que está en el centro de Santiago donde nos hacen bajar esposados. Nos esperan unos fotógrafos y más pacos. Los fotógrafos nos sacan fotos por todas partes, los cabros tratan de ocultarse, agachan la cabeza y yo soy el único hueas que miró a la cámara. Un viejo guatón con un parche en la cara y un paco que debe ser el jefe, se acercan. El viejo reconoce al Taza y a la Sandía ―Ellos son los que me asaltaron –indica con el dedo acusador. ―¡Viejo cochino! – grita la Sandía – ¿Querías que te chupara el pico? ¡Viejo culiao! Le llega otro palo por habladora. Chilla como barraco en matadero. ―Si este viejo es putero, lo tenemos cachado, anda puro levantando minas por ahí –continúa gritando la Sandía. El viejo se pone rojo de rabia, los reporteros anotan y sacan más fotos de la cabra y ahora del diputado. ―No le crean –chilla el diputado–. Está inventando. A estos hay que matarlos para que no crezcan, son una carga para la sociedad y después van a ser todos bandidos –sigue gritando el honorable. En un momento de confusión aprovecho para decirle al viejo que yo no soy de la banda. Me mira con curiosidad pero no dice


nada. No me cree. Estoy igual de mugriento y tirillento que ellos, quién me va a creer. Ya a estas alturas no se qué va a pasar conmigo, si me van a mandar a la cárcel o qué se yo; en realidad, ya ni me importa que me saquen la cresta en casa con tal de irme de acá. Esto se ha puesto feo de verdad. ―Cabo, sáqueles las esposas, los ficha y los deja encerrados en las celdas para llevarlos mañana al Centro de Detención de Menores de General Mackenna. ―Ya, que pase el más grande para ficharlo –grita el Cabo. ―Anda, tú –indica un carabinero a Samuel–. Pasa donde mi Cabo. Ustedes esperan acá y se están quietecitos, si no los agarro a palo –nos dice al resto que esperamos nuestro turno. Yo sólo espero que al ficharnos se den cuenta de que no tengo na’ que ver y me dejen en libertad. ―¡Nombre! –grita el Cabo. ―Samuel. ―¿Samuel qué? ¿O no tenís apellido? ―Samuel Morales Lleutén. ―¿Edad? ―17 años. ―¿Carnet? ―No tengo. ―Entonces voh soi mayor de edad y te vai a ir a la cárcel. Tenís 18 años, así que cagaste –decide el cabo–. Además, te tenemos fichado de antes por robo con intimidación y varios delitos de robo a chorro. Te arrancaste de Niño y Patria y de la Correccional, así que ahora te vai pa’ la Peni pa’ que te hagai hombre o mocito. A las mujeres de la pandilla las apartan para llevarlas al Hogar Femenino del Buen Pastor y a los niños volados al Hogar de


Menores para que inicien sus primeros pasos en el aprendizaje de maleantes, porque nadie se rehabilita ahí. Al Taza y al Machuca los trasladarán mañana a General Mackenna y recién el lunes los llevarán al Juzgado de Menores para mandarlos después a la Correccional. ―Pasá voh, que soi el último –me indica el Cabo– ¿Qué estás esperando? E inicia el interrogatorio. ―Nombre. ―Ignacio Herrera García –respondo apenas audible. ―¡Habla más fuerte, huevón! ¿Edad? ―14 años. ―¿Tú eres nuevo que no te conocía? –increpa mientras anota mi nombre y edad. ―Yo no estoy en la banda de estos gallos –le respondo tratando de hablar lo más diferente posible. ―¿Y qué estabas haciendo con ellos entonces? –me interroga extrañado. ―Lo que pasa es que yo iba pasando y me detuvieron. ―¿Te asaltaron? Ahí caí en la cuenta de que yo no podía decir que me asaltaron porque en realidad no fue así. ―No, señor, yo los conozco y me iban a ayudar –trato de explicar sin convencimiento. ―¿Ayudar en qué? Explícate mejor, si no te vas igual con ellos por maleante. ―Yo venía caminando por la Alameda cuando me pararon, pero me reconocieron y me dejaron tranquilo. ―¿Y por qué no te fuiste a tu casa? ―Es que andaba curado.


―Ah, por ahí comienza la cosa. Cuenta todo desde un principio, cabrito. Trato de explicar todos los acontecimientos de la mejor forma posible. ―Dime la dirección y teléfono de tu casa para comprobar domicilio y decirle a tus padres que te vengan a buscar. A estas alturas ya no hay mucho que hacer así que, aunque estoy cagado de susto por la reacción de mis padres, espero que al menos mi papá comprenda algo. ―Abdón Cifuentes 227, teléfono 93519. El paco marca el número de mi casa y alguien responde. ―Buenas noches. Mire, habla el cabo Meneses de la 3ª Comisaría de Santiago Centro. Acá está un muchacho que dice llamarse Ignacio Herrera García y está detenido junto con una banda de maleantes que opera en la Alameda. Sí, le estoy diciendo, es el mismo –responde luego de una larga pausa, ante alguna consulta de mi papá que seguramente no lo puede creer. ―Sí, usted debe venir a reconocerlo y… no, no le voy a dar más explicaciones, usted debe apersonarse en la comisaría para firmar el libro y responsabilizarse por él. Ah, y tráigale algo de ropa porque parece un vago. En eso llega el oficial a cargo quien me presiona. ―Oye, cabrito, estos gallos son re malos y tenemos que encerrarlos para que aprendan, especialmente el jefe. Observe al diputado cómo lo dejaron, así que dinos qué estabas haciendo con ellos, sino te vamos a encerrar por cómplice. ―Lo que le dije al señor de antes… Yo venía por la Alameda y estaba muy curado por un whisky que me dio el papá de un amigo, cuando me atajaron unos cabros, la Juana y el Machuca, y me iban a robar, pero el Samuel los atajó porque lo conozco ya


que él y los demás están siempre por donde yo cruzo para ir al colegio y mi mamá les da ropa y comida. ―Continúa. ¿Qué pasó después? ―Me pasaron ropa porque la mía estaba súper cochina y me iban a llevar para la casa cuando llegaron los pa… perdón los carabineros y… ―Ahora vas a tener que decir que estabas secuestrado en la caleta y que le iban a pedir plata a tu papá para dejarte ir, pero nosotros te rescatamos, ¿me entiendes? ―Es que no fue así –me resisto. ―Es que si no fue así, ¿cómo vas a explicar que estuvieras con ellos? Así que cuidadito, porque te vamos a dejar acá y te vamos a acusar por cómplice y vagancia si decís lo contrario. Elije, cabrito: te vas con tu papá ahora o si no, mañana te pasamos a la cárcel hasta el lunes, de ahí el juez te envía al hogar de menores o a la Correccional. ¿Tú sabes lo que les pasa a los cabros nuevos que llegan a la cárcel aunque sea por una noche? Te van a hacer rechupete. Me aterroriza pensar solamente en lo que podría ocurrirme, pero no puedo acusar al Samuel, aunque en realidad él quería que mi mamá le diera plata, pero de manera distinta. No es lo mismo pedir plata a voluntad que exigirla en el marco de un secuestro. ―No puedo decir eso porque yo no estaba secuestrado – insisto pese al miedo que me provoca la amenaza del paco. En eso llegan mis padres, los hacen pasar donde yo estoy. Mi mamá me mira y no sé si por rabia o desesperación, me pega dos cachetadas con todas sus ganas que me duelen más que los palos de los pacos.


“¡Shuuu!” se oye la exclamación tanto de los pacos como de los cabros de la banda que aún permanecen ahí. ―La mamita, putas que es querendona –dice alguien por ahí. ―¡Mira cómo estás, todo mugriento! ¡Y curado más encima! – grita mi madre con mucha rabia. ―Oficial, nos permite hablar un momento con… ―Mire, señor, su hijo está acusado por vagancia y ser cómplice de esta banda, por lo tanto no tiene derechos de nada, salvo que aclare los motivoh por los cuales estaba en la caleta. Él sabe lo que tiene que decir. Mi mamá está roja, no entiende nada, me agarra de un brazo y trata de llevarme a una sala continua. ―Señora, si no se comporta debidamente deberemos sacarla a la fuerza de la comisaría –la ataja duramente el oficial. ―Señor, nosotros necesitamos saber qué pasó y por qué nuestro hijo está acá –insiste mi papá. ―No, señor. Ahora nos vamos a reunir en la oficina de la guardia y vamos a conversar –responde el oficial. Pasamos a una oficina típica de una comisaría, un escritorio con dos sillas. Obviamente yo continúo de pie. Estoy muy cansado. ―Señor Herrera –comienza el oficial–. Su hijo estaba refugiado en la caleta de esta banda cuando fue interferida por carabineros, producto que dos maleantes asaltaron e hirieron al diputado Barrera cuando salía de una recepción en el Club Español. Los menores delincuentes se refugiaron en ese lugar el cual fue allanado por una patrulla, deteniendo a todos los que habitaban esa pocilga. Su hijo, señor Herrera, se encontraba en ese lugar sin una justificación aparente, salvo una declaración que no se entiende y obviamente es falsa.


―¿Y cuál es esa declaración? Quiero saberla de boca de mi hijo. ―No le está permitido conversar a solas con su hijo –indica el oficial con prepotencia. ―¡Exijo mi derecho de hablar con mi hijo porque soy su tutor y él es menor de edad! –se impone mi padre. ―Tiene cinco minutos para informar a su padre sobre su declaración – exclama el oficial mirándome fijo a los ojos. Tratando de ser lo más claro posible, relato todo lo que recuerdo sobre esa noche que ya es demasiado larga. Finalmente puedo contar a mis padres todo lo sucedido en el tiempo autorizado. ―Ese hombre nunca me ha gustado. Te prohíbo que te vuelvas juntar con el tal Carlos –es lo único que atina a decir mi madre al finalizar mi historia. ―¿Y por qué usted no le cree? –pregunta mi padre al oficial. ―Porque Samuel tenía secuestrado a su hijo y él le tiene miedo. ―Samuel no haría una cosa así –asegura mi madre–. Lo conozco desde hace tiempo y él siempre lo ha cuidado, a veces seguramente sin que sepamos. Samuel siempre me dice “No se preocupe, señora Marta, que su hijo está bien cuidado”. ―Miren señores, acá la situación está bien clara: o estaba secuestrado o es cómplice, por lo tanto ustedes deciden – amenaza el oficial con voz fuerte–. O se lo llevan ahora o se queda hasta el lunes y el juez decide. Veo la cara de horror de mis padres que tienen que decidir si me dejan una noche en la cárcel y a lo mejor derivado al Hogar de Menores (dependiendo del juez) o son testigos de cómo acusan injustificadamente a una persona inocente (Samuel) para que la


sometan a un juicio y la puedan dejar en la cárcel por un delito que no cometió, tan solo para buena publicidad de los pacos y del diputado. A estas alturas es tal mi estado de pánico que mis padres no pueden sino sentir compasión por mí. ―Se va para la casa, me importa un comino lo que pase con Samuel –parte mi mamá. ―No puede ser, vamos a mandar a una persona inocente a la cárcel y además está el hecho de que un día este tipo va a salir y quizás ¿qué podría pasarnos?, porque se puede tomar venganza –recapacita mi padre. ―¡Es que es una noche en la cárcel! ¡Tú sabes lo que le puede pasar! ¡Todos saben que la parte que tienen acondicionada para menores es igual o peor que la de los mayores! –continúa mi madre. Finalmente yo decido: ―No voy a mentir, así que hablemos con Samuel para pedirle que me ayude junto con su banda en la noche. ―Oficial, queremos hablar con Samuel –pide mi padre. ―No puede, porque está incomunicado –señala éste. ―Mire, señor –ya se enoja mi papá–. Usted está actuando de modo irracional, sólo pensando en su beneficio. Si usted ve mi apellido se dará cuenta de que soy primo del ministro de la Corte Suprema y lo voy a llamar de inmediato y le aseguro que usted va a tener problemas, así que o me deja hablar con ese muchacho o deberé hacer un reclamo en contra suya que le va salir caro. ―Tiene cinco minutos –accede el oficial furioso. A las 7 de la mañana, nos llevan a la cárcel de menores de General Mackenna en el carro celular de la comisaría, donde nos hacen una filiación de ingreso ahora con fotografía y todas las


huellas dactilares. Allí se establece que Samuel aún no cumple los 18. Nos pasan a una pieza donde hay por lo menos unos 30 muchachos y niños. Me doy cuenta que a Samuel, que es macizo y con cara de mapuche enojado, le tienen mucho respeto. ―Voh no te movís de mi lado, ni siquiera para ir a mear, ¿me entendís?–me indica perentoriamente. ―Y ustedes tampoco –le ordena al Taza y al Machuca –. Vamos a estar los cuatro juntos todo el tiempo. Miren que acá la cosa es difícil. Y voh, Ignacio, yo le prometí a tus padres que te iba a cuidar, ya que se portaron bien conmigo y yo cumplo mi palabra. Hoy es domingo y recién mañana a primera hora nos llevan al juzgado de menores donde una jueza me tiene que juzgar y verá si me suelta o me pasa al Hogar de Menores. Mis padres ya se contactaron con un abogado experto en menores y además llamaron al pariente ministro. Durante el día desfilan un montón de cabros, la mayoría ya han estado ahí más de una vez y se saludan y agrupan. Hay algunos más violentos que tratan de meter camorra, pero Samuel de inmediato se hace presente y evita cualquier confrontación. Hay niños, cabros mayores llenos de tajos y con caras de volados, niños maricones que sirven a los mayores. Es realmente una selva donde hay que sobrevivir. Me dicen que la Correccional es mucho peor y lo más probable es que a los tres los manden para allá, pero ellos son sobrevivientes. Llega la noche y nos tendemos en un rincón tapándonos con frazadas que nos trajeron mis padres. Por ahí se escucha una riña donde al parecer alguien sacó un punzón e hirió a otro.


―Hay que hacerse el dormido –indica Samuel–. Ni mires porque sino te involucran y los gendarmes te cagan. Además, de repente te llega un estoque y ni sabís el porqué, así que calladitos. La noche pasa lenta, con gritos, miedos y sombras escalofriantes; por ahí se escuchan sollozos ahogados. ―Ese es un capote a algún cabrito por ahí. Viste, si no fuera por mí, así estarías tú –me dice Samuel. ―Cierto, pero si no fuera por ti, yo no estaría acá. –le respondo. ―Cierto –reconoce él. A las 8 de la mañana nos trasladan esposados en camión celular al juzgado. Ahí están mis padres y el abogado. Hago mis declaraciones al actuario y la jueza dictamina que estoy libre de toda responsabilidad en el caso de la banda que asaltó al diputado, por lo que determina mi libertad inmediata. Mi padre agradece y despide al abogado. Yo me despido de los tres de la banda que aún están a la espera del dictamen de la jueza y que de seguro los va a mandar a la Correccional. Les dejo las frazadas y les prometo visitas y ayuda. Samuel me tiende la mano mientras me dice: ―No te preocupes, Ignacio. Ya hiciste suficiente salvándonos de las injusticias de ese paco reconchadesumadre que nos quería cagar. Ya nos encontraremos por ahí y si necesitas ayuda búscame en cualquier caleta y yo te encontraré. En la Correccional no vamos a estar más de 3 meses y nos arrancamos. Yo creo que debajo del Mapocho o por la Vega Chica, por ahí nos vamos a ubicar.


De regreso a casa no hablo nada. Mi madre camina en silencio tomada del brazo de mi padre y en algún momento de extrema ternura, me toma de la mano también. Llegando a la casa nos sale a recibir la negra Georginia, quien me tiene servido un suculento desayuno que devoro con ansias. A continuación, una ducha y a dormir. Despierto como a las 6 de la tarde, mis padres han salido un momento. Entra la Negra a mi pieza con el Mercurio del día, con el cuerpo Nacional, Crónicas Policiales. Allí leo: “Cayó Banda de delincuentes juveniles que asolaba el barrio Alameda con Brasil. La Banda asaltó e hirió antenoche al Diputado PR Belarmino Barrera, quien se retiraba de una cena en el Club Español para dirigirse a su domicilio. Gracias al acto heroico del Diputado y a la encomiable labor de Carabineros de Chile, los delincuentes fueron atrapados y enviados hoy a la Correccional de Menores”. El único que aparece en la fotografía, de cuerpo entero y sin ninguna sombra que oculte mi rostro soy yo, mirando a la cámara y con tremenda cara de bruto. ―Te felicito, Ignacio, ya eres famoso –me dice la Negra muerta de la risa –Tus papás están súper orgullosos de ti. Yo, un poco más relajado, termino riéndome. ―Ah… otra cosa –continúa la Negra –llamó la mamá de la Pelu y habló con la señora Marta. Le contó todo lo que pasó en su casa ¡Esa te la tenías de tapadita! –exclama. Hoy es sábado, ya todo volvió a la normalidad en la casa. Aparte de las tallas que me llegaron de todo el mundo por mi atinada foto, no pasó de más allá. En estos momentos me dirijo cagado de susto y vergüenza a la casa de la Pelu a virutillar el piso y limpiar la mansa cagada que me mandé justo hace una semana.


VII. MES DE MARÍA

Venid y vamos todos Con flores a Maríaaa Con flores a Maríaaa Que madre nuestra es. En sublime procesión, vamos saliendo de mi casa en calle Abdón Cifuentes de Santiago y nos dirigimos a la plaza Manuel Rodríguez, donde cada año el Padre Ferrari de la iglesia Gratitud Nacional celebra el mes de María a las 8 de la noche. La Virgen va rotando por las casas del barrio. Anoche durmió en la mía, por lo que se preparó un altar especialmente para ella adornado con claveles y clavelines, dejando de paso una intensa fragancia. A la salida de casa se forma la procesión encabezada por el Cura, acompañado por el acólito que generalmente es mi amigo Francisco, alumno del San Ignacio y que es un cura en potencia, si hasta hace misas en su casa acompañado de su familia, quienes rezan el rosario en conjunto y practican sus habilidades de sacristán. Acompañan los vecinos y la mayoría de los integrantes de The Corner, quienes nos sentimos dueños del acto porque se celebra en nuestra plaza. Lo cierra la Negra quien, con cara de absoluto recogimiento, va pensando en encontrarse con el Nene en la primera posibilidad que se le presente. ―¡Viva la Virgen María! –grita Francisco en un arranque incontenible de fervor.


―¡Viva! –respondemos todos exaltados, contagiados con este apasionamiento religioso. ―¡Muera el Diablo de mierda! –se escucha al Cojo Manuel, quien a esta hora ya se encuentra completamente curado y también quiere manifestar su emoción. “¡Roto, lárgate de aquí, piojento, cojo mala clase!” y un sinfín de epítetos más recibe el pobre cojo que solamente quería participar del sentir religioso de su barrio. ―Parece que la cagué –fue lo último que le escuchamos decir en profunda cavilación. Los portadores de la Virgen depositan su bella imagen de yeso en un impresionante altar, adornado con hermosas flores y guirnaldas, tal como indica la oración. Mientras el cura Ferrari toma posesión del micrófono. ―Mis queridos feligreseeees –inicia su discurso, que más parece un salmo del rey David –. Hoy, 8 de diciembre, se cierra este bello meees dedicado a la Virgen y con gran felicidaaad puedo dar fe que en este barrio se ha acrecentado el fervor por nuestra Madre. Dirijamos a Ella nuestra alegría rezando su hermosa oración… Oh María Durante el bello mes que os está consagrado, Todo resuena con vuestro nombre y alabanza. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo Y nuestras manos te han elevado un trono de gracia y de amor, Desde donde presides nuestras fiestas Y escucháis nuestras oraciones y votos.


En el intertanto diviso a mi nueva polola que está con sus amigas. Anoche me declaré y me aceptó después de pensarlo por diez minutos y consultarlo obviamente con todas sus amigas que me miraban burlonamente, mientras que yo, a mi vez, era objeto de bromas y risas de mis amigos. ¡Cómo odio esto de declararse! Me acerco sigilosamente y la tomo del brazo. ―Hola –la saludo mientras le doy un beso. ―Hola –me responde –. No te había visto –miente ella para hacerse la interesante. La celebración del Mes de María termina con una película dedicada a la vida de santos y para esto, se ha levantado un gran telón en el cual se espera proyectarla. Inmediatamente, detrás del telón, rodeado de árboles y bastante en penumbra, hay un escaño. Para allá me dirijo con mi flamante polola. Con más cánticos y vítores a la Virgen termina la ceremonia para dar paso a la película tan esperada por los más pequeños. Yo no sé mucho lo que pasa por la vida, ya que con Loreto, mi polola, nos estamos conociendo y calibrando en un prolongado beso lejos de todo y de todos. Nadie se explica cómo, por esos misterios de la óptica, transposición de imágenes o simplemente manos maquiavélicas, de repente en medio de San Francisco y sus gentiles animalitos proyectados en el telón, aparece la silueta de una pareja acoplada de tal manera que parece una sola masa que se mueve en forma armónica, sin distinguir a quiénes pertenecen brazos o piernas; sólo se puede apreciar dos cabezas claramente identificables que pertenecen a seres de distinto sexo y que se juntan y separan en espacios de tiempos.


Todos los vecinos del barrio al unísono elevan un “¡ooohhhhhh!” ―¡Apártate, Satanás! –grita mi amigo Francisco. ―¡Pero qué es esto, Dios mío! –exclama atónito el cura Ferrari. ―¡Cáchense los santitos que nos trajeron! –se ríen los pelusas del barrio. Las honorables señoras se persignan estupefactas. ―¡Corten! – cual Fellini ordena el cura. Se corta la proyección. La imagen permanece esta vez con el telón iluminado, pero sin la compañía del santo. El cura corre detrás del telón y nos sorprende en medio de nuestra involuntaria actuación. ―Con que ustedes son los demonios que sabotearon mi película –nos acusa con un dedo inquisidor. ―Sí, demonios, Lucifer –me señala Francisco–. Padre tiene que excomulgarlos, son…son… ¡pecadores! –exclama frenéticamente. Nosotros estamos desconcertados, no tenemos idea de lo que pasa pero claramente de algo nos acusan, pero pololear no es para tanto, todo el mundo lo hace. Están fuera de control, acusándonos e insultándonos más que al cojo Manuel. ―¡Loreto, te vas de inmediato para la casa! –le ordena su madre a la que rápidamente le fueron con el cuento de que su hija fue sorprendida en una película de santos, pero en una actuación poco conveniente. Se acabó el mes de María, el cura me prohibió entrar nunca más a su iglesia. Por instrucción de su madre, mi polola me pateó esa misma noche.


Mi ex amigo Francisco y toda su familia, cuando me ven se persignan e incluso cruzan a la vereda de enfrente. Todo esto por un sano pololeo en una plaza. Para variar, la Negra, que es la única que me entiende tiene toda la razón al decirme: ―Pendejo, ¿cómo chuchas te metís en cada forro?


VIII. EL TÚNEL

―Matemáticas 4,2; Castellano 4,6; Ciencias Sociales 5,4. Increíble, ningún rojo, vamos mejorando –comenta mi papá. Mientras lo veo firmar la libreta de notas, pienso: “Menos mal que no me puse mejores notas sino habría descubierto que algo no calza. Además creo que tendré que agregar alguna observación o comunicación para que sea más natural”. A la mañana siguiente parto rumbo al colegio, pero a medio camino me desvío hacia Matucana. – Hoy voy a la estación Central, ayer fui al Zoológico. Mañana voy al Parque O´Higgins o a lo mejor me junto con los cabros del Parque Almagro que siempre están haciendo la cimarra y pataneando en los pules, ahí hay un clandestino que tiene una mesa, nos dejan entrar de uniforme y venden cigarros Liberty sueltos. Por un momento me preocupo. ¿Qué va a pasar cuando mi viejo descubra que me echaron del colegio? Tengo que inventar algo sino me van a pillar y va a ser peor. Por ahora me voy a la Estación Central. ―Buenos días, don Ruperto –saludo al Maquinista encargado del movimiento de carros de la Estación. ―Buenos días, joven ¿En que anda tan temprano por acá? ¿O va a viajar a alguna parte? ―No, don Ruperto, sólo tenía ganas de andar un rato en la máquina, si usted me deja. ―¿Y no tiene clases joven? – pregunta extrañado por la hora.


―Es que ya estoy por salir de vacaciones y estoy eximido en casi todos los ramos –miento descaradamente –. Así que tengo tiempo ahora y usted sabe que a mí me gustan los trenes. ―Ah, bueno, si es así –dice él con orgullo de maquinista –. Ya, pues. Vamos que tengo justo que ir a dejar unos carros a la estación Mapocho, así que estás de suerte porque pasamos por el Túnel de Matucana. ―¡Chuuta, qué bueno, don Ruperto! ¡Eso es lo máximo! – exclamo muy entusiasmado porque es el viaje más entretenido de todos. ―Sígame que nos vamos en la E–24, de ahí pasamos a buscar una carga que vamos a dejar en la estación Yungay, seguimos a la estación Mapocho y nos traemos unos vagones vacíos que siguen para el sur, pero nos va a tomar al menos unas cuatro horas, ¿no le importa? ―No, don Ruperto –respondo feliz de pasar el día entretenido en algo. Abordamos la E–24, una locomotora antigua dispuesta especialmente para el movimiento entre las estaciones. Nos saluda un técnico especialista en motores eléctricos que viaja con nosotros. ―Buenos días, señor –saludo cortésmente. ―Ah –dice don Ruperto –. Él es Anselmo, nuestro técnico. ―Mucho gusto, joven –responde ceremoniosamente. Ambos, tanto don Ruperto como Anselmo, son igualitos pero con 20 años de diferencia, fornidos, morenos, con grandes mostachos, curtidos de tanto trabajar al viento, orgullosos de su trabajo, se conocen todas las estaciones, el historial y características de la locomotoras, de los vagones y carros.


―Esta es la E–24 –comienza don Ruperto –. Construida el año 1943 por la firma General Electric. Son buenas máquinas, no como las españolas que no duran nada. Son puro acero, con motor eléctrico para poder pasar por el túnel, porque no contamina. Pesan 40 toneladas y tienen una velocidad de 80 km/hrs. Le hemos puesto hasta 20 vagones de 10 toneladas cada uno y ni se aflige. Las locomotoras E–24 –continúa–llegaron en el 49 junto a las E–29, a reemplazar las viejas locomotoras de carbón que fueron retiradas de Santiago y enviadas a los ramales del sur. A su llegada venían pintadas verdes con franjas amarillas, por lo que se les bautizó como "Lagartijas". Dicen que las tenían para el movimiento de soldados en la época de la guerra y por eso no las mandaron cuando correspondía. Actualmente continúan en servicio las locomotoras 2402 y 2404 y las usamos para el movimiento interno. ―¿Y cómo funciona el motor eléctrico? –pregunto más que todo para parecer interesado. ―Anselmo es el técnico y sabe todo eso –me indica traspasando la pregunta a su ayudante. ―Un motor eléctrico –indica Anselmo con mucho conocimiento en su área –es una máquina que transforma energía eléctrica en energía mecánica por medio de interacciones electromagnéticas. Algunos de los motores eléctricos son reversibles, pueden transformar energía mecánica en energía eléctrica funcionando como generadores. Seguramente usted conoce los generadores que con un motor petrolero o por caída de agua, pueden producir electricidad. Bueno, acá es al revés, el motor toma corriente del tendido eléctrico y lo convierte en energía mecánica. Son capaces de generar 300 Kw o una potencia de 400 caballos.


Yo me declaro tremendamente impresionado, asegurando que voy a estudiar Ingeniería Mecánica y trabajar en FFCC. ―Estos son los jóvenes que valen –manifiesta convencido don Ruperto―. No como esos otros que pierden el tiempo fumando y haciendo la cimarra por ahí. Medio como que me da un poco de vergüenza escuchar eso, pero me supero. Llegamos a la entrada del túnel que nace en la estación Central. Es oscuro como boca de lobo, sin ninguna lamparita que lo ilumine, sólo iluminado por el potente foco de la locomotora. Es impresionante, solitario, tenebroso. Yo lo he pasado anteriormente como pasajero, pero nunca en la máquina mirando lo que ilumina el foco solamente. ―Es impresionante, ¿verdad? –afirma don Ruperto. ―Sí, mucho –respondo con ansiedad. ―Mire como se ve ahora. Apaga el foco y seguimos la marcha en la más absoluta oscuridad, apenas viendo un pequeño punto de luz en el fondo. Reconozco que sentí miedo, porque se pierde toda sensación de ubicación. Uno cree que se va a una velocidad mucho mayor, totalmente desorientado y a esto se le suma el ruido de la máquina y de los vagones. Da pánico pero a la vez una sensación increíble de viaje sin espacio ni dirección. ―Afírmese bien, no le vaya a dar con tirarse a la línea, miren que dicen que esta sensación es única y produce vértigo. Más susto me dio al decirme eso, así que me agarro con toda mi fuerza a una barra de seguridad. Por fin enciende el foco de la máquina y vuelve a estar todo iluminado. No sé cuánto anduvimos pero se me hizo eterno el trayecto. ―¿Es muy largo el túnel? –pregunto con curiosidad.


―Tiene una longitud de 4 km –me responde el conocedor del tema―. Posee dos tramos, parte desde la Estación Central, cruza la alameda pasando debajo de la Universidad Técnica, después se abre un tramo a tajo abierto que se llama trinchera hasta la Avda. Portales, luego se mete nuevamente en la quinta normal, pasa debajo del Internado Barros Arana, cruza San Pablo y termina en Avenida Matucana, esquina Mapocho, en el patio de máquinas de la Estación Yungay. Ahí la vía se divide en dos: una lleva en dirección al Puerto y la otra hacia la Estación Mapocho. Cada 30 metros más o menos –continúa inspirado– se dejaron unos hoyos en los muros llamados "salvavidas", los cuales miden aproximadamente 2 metros de alto por 1 metro y medio de ancho. Estos se construyeron de refugio para la gente que se metía al túnel, se encontraban con el tren y no podían arrancar. Así se mataron un montón de cabros del INBA que se arrancaban del Internado para volver a sus casas en provincias. También tipos curados o vagos que llegaban a protegerse de la lluvia. También suelen aparecen suicidas que se acuestan en la línea, o tipos cogoteados que los tiran o los amarran. Casi todos los días tenemos finados por acá. Nos encontramos con ellos y no se puede parar, así que le echamos para adelante nomás. Al principio, los conductores más jóvenes se choquean un poco, pero después uno se acostumbra. Ahora tenemos instrucciones de seguir la marcha y dar cuenta en la Estación, si no nos hacen perder mucho tiempo con la venida del juez para levantar el cadáver. Después tiene que llegar el carro de la Morgue; en total se pierde como medio día, así que ahora, después que pase el último tren, se avisa para que levanten los cadáveres y hagan todas las diligencias, total los pasajeros no se dan ni cuenta porque está todo oscuro.


―¿Y cuándo fue construido? –continúo preguntando, ya realmente interesado por este túnel misterioso. ―El túnel fue inaugurado en el año 1943 y ha estado en uso todo el tiempo salvo una época en tiempo del Caballo Ibañez, pero bueno, ese es cuento para la vuelta porque estamos por llegar. Dejamos los carros tolva con trigo del sur, en tránsito para un molino de Valparaíso, y continuamos a buscar unos vagones a la Estación Mapocho con destino final Loncoche. Después de unas horas volvemos nuevamente al túnel. ―Ya, don Ruperto. Sígame contando lo que pasó en la época de Ibañez. ―Bueno, usted debe haber estado muy niño, el 2 de abril de 1957. ―Sí, pero estaba en el colegio. Fue hace cuatro años, nomás –respondí–. Ah, sí recuerdo. Eso fue una huelga súper grande y estuvimos sin clases como un mes. ―Así nomás fue, la economía del país estaba muy re mala y los precios de todos los productos subían todos los días, por lo que la CUT llamó a paro general. ―Claro, me acuerdo de que unos estudiantes le sacaban los suspensores a los troles y bloqueaban las calles. ―Bueno, en Ferrocarriles –continúa don Ruperto– teníamos una célula muy grande de la CUT… bueno, todavía existe pero está más débil ahora, pero en esa época era la más grande del país, además la mayoría éramos comunistas, disciplinados y luchadores, así que cuando don Clotario Blest, presidente de la CUT llamó a paro, todos nos cuadramos y paralizamos el país de punta a punta, no se movió ni un pasajero ni carga en ninguna estación. Salimos a la alameda y marchamos hasta la moneda


con don Clotario a la cabeza, seguido de los parlamentarios comunistas y radicales y todos los sindicatos y gremios, más los estudiantes que se cuadraron con el paro. ―¿Y cuál fue el motivo del paro? –pregunto. ―Lo que pasa es que la economía se les escapó y no podían parar la inflación y para eso trajeron unos gringos para arreglarlo. Ellos subieron todos los precios al doble y los sueldos se mantenían igual nomás, con eso paraban el poder adquisitivo pero la gente se moría de hambre. Fue entonces cuando el gobierno, apoyado por la derecha, decretó estado de sitio con facultades de dictador para Ibáñez, y lo primero que hizo fue entregarle el mando de las tropas al general Horacio Gamboa, famoso nazi anticomunista, que ya había fondeado a trabajadores, gitanos y homosexuales. El mandó a las tropas a perseguirnos hasta encontrarnos y fusilarnos donde nos pillaran. ―¿Y cómo se salvaron? ―No nos salvamos, nos arrinconaron y tomaron preso a unos 500 compañeros, la mayoría ferroviarios. Luego nos trasladaron en camiones hasta la estación y nos metieron a este túnel, nos hicieron correr y los milicos con ametralladora nos disparaban. Iban cayendo los compañeros muertos o heridos a mi lado, yo veía como pasaban y zumbaban las balas. Al final, recogieron los cadáveres, los metieron a un vagón y los fueron a dejar a Valparaíso, donde finalmente los tiraron al mar. De los 500, asesinaron a 150 en el lugar, el resto de los heridos los abandonaron a su suerte en cualquier parte, sólo unos pocos lograron arrancarse y resultaron ilesos. ―¿Y qué pasó con Ud.? – pregunto impresionado. ―Bueno, yo me quedé con este recuerdito –me dice al momento que se levanta la camisa y me muestra tres


perforaciones de balas en el estómago–. Me escapé por milagro, no sé cómo caí a un costado, en uno de los hoyos salvavidas y los milicos no me vieron cuando pasaron recogiendo los cadáveres y heridos. Más tarde, unos compañeros me llevaron a su casa y me tuvieron fondeado como 3 meses hasta que pude levantarme y volver a mi casa. ―¿Y qué pasó con la CUT y el gobierno? –sigo interrogando a mi personaje. ―El Túnel lo cerraron por dos meses y quedó interrumpido el tráfico entre las dos estaciones. Se mantuvo el estado de sitio durante un año prácticamente hasta que el dictador Ibáñez terminó su período, mantuvo al General asesino Gamboa a cargo de las fuerzas y, con una represión terrible, siguió fondeando y deportando trabajadores y recién cuando salió Alessandri, don Clotario logró negociar una ley de protección a la CUT y a los trabadores, con lo que pudimos reintegrarnos a FFCC. El relato de don Ruperto me deja impresionado. Siento gran admiración y respeto hacia él, una persona recta que conoce la lucha y la muerte por sus ideales, ferroviario y comunista, clásico trabajador con principios y valores que se la juega por su clase, la clase obrera. Se hace tarde y vuelvo a mi casa, con el convencimiento de que tengo que enfrentar a mi padre.


IX. VERANO DEL 61

―Papá, quiero entrar a la Escuela de Aviación –le comento a mi padre una vez que nos quedamos solos después de comer. ―¿Pero cómo? Si recién te quedaste repitiendo 4º de humanidades y tenemos que buscar colegio. ―Es que ahora se puede entrar directamente a 4º y sólo hay que dar los exámenes. ―¿Y desde cuándo te bajaron esas ganas de ser militar? –me pregunta extrañado. ―Papá, no es ser militar, es ser aviador. ―Bueno, pero igual es con uniforme. En mi familia nunca ha habido un uniformado –me dice con manifiesto orgullo de radical. ―¿Cómo? ¿Y el tío Manuel? –pregunto conociendo la respuesta de antemano. ―Bueno, pero él es hermano de tu madre y para él está bien, pero me refiero a nosotros, los Herrera. ―A ver, ¿qué pasa con el tío Manuel y los Herrera? –aparece mi madre que de seguro se va a meter con sus comentarios y no nos va a dejar conversar. ―Es que tu hijo quiere entrar a la escuela de aviación –acusa mi papá. ―Por ningún motivo –indica ella tajante. ―¿Por qué? –pregunto molesto. ―Porque te vas a matar. ―¿Y por qué me voy a matar? ¿Cuántos aviones se caen? ―Igual no vas a entrar. Mi padre ya se pica por la decisión tan drástica de mi madre. Sin esperarlo logro un enfrentamiento entre ellos.


―Pero tú no puedes decidir según tu criterio lo que puede o lo que no puede hacer nuestro hijo –le contradice. ―Sí, puedo decidir porque es mi hijo y se va a matar. Además yo quiero que sea ingeniero. ―A ver… ¿Lo que tú quieres? ¿Y mi opinión no cuenta? ―Va a ser ingeniero, va a estudiar en la Universidad Santa María y va a trabajar en Huachipato, en los altos hornos de la fundición. ―Él va a ser lo que quiera –exclama mi padre, ya totalmente a mi favor o en contra de mi madre mejor dicho. ―No, porque se va a matar. ―Ya, dale con la cuestión. Va a ser lo que quiera en su vida. ―Puedo ser ingeniero de la Fuerza Aérea –menciono casi en un susurro y ¡oh, sorpresa! ambos se me quedan mirando. ―Pero si es la solución, claro, eso sí puedes. Bravo. Todo es felicidad, ya puedo entrar pero con la condición de que sea Ingeniero Aeronáutico. Enero me la paso estudiando, dando exámenes de todo tipo: matemáticas, ciencias, deportes y en esto último me va mal. Aunque no soy gordo, no soy para nada deportista, así que en la primera carrera casi quedo vomitando, con puntadas al costado. Mis padres ya hablaron con el hermano de una amiga de una tía que es el director de la escuela, como empeño o cuña, que así le dicen a los pitutos. Ojalá me ayude a entrar porque me imagino que hay gente más preparada que yo y las vacantes son pocas. Mientras tanto el resto de tiempo me lo paso juntándome con los amigos del Córner que no salieron de vacaciones, andando en bicicleta o en patines por nuestra calle, yendo a la piscina del Club Hípico que queda cerca, aunque para entrar, como no tengo carnet de socio, me cuelo junto con otros amigos: el administrador


me conoce y a veces se hace el desentendido pero otras veces tengo que pagar y para eso tengo que robarle plata a mis viejos. Una vez me pillaron y me sacaron la cresta a correazos. Otra vez le robé plata a mi abuela y mi hermano me acusó. Más correazos. En otras oportunidades nos colamos a los cines del barrio, tales como el Manuel Rodríguez, el República, el Carrera y a veces bajamos al Alameda dependiendo de las películas y de los amigos que estén de turno. La mayor parte del tiempo lo pasamos en la sombra fresca de los grandes árboles de la Plaza. ―Cabros, tengo una idea –se le ocurre al chico Juan―. Hagamos las Olimpíadas de verano con 3 pruebas: 1. Escribir el nombre completo meando y caminando. 2. Pronunciar la frase más larga con un flato. 3. Tirar el pollo más lejos y dar en un blanco. Se acepta de inmediato la propuesta y se abren las inscripciones. La competencia es ardua, muy reñida y no exenta de discusiones. Campeón olímpico es el gordo Zamora, quien logra escribir su nombre completo, “Ricardo Zamora” meando y de paso cantando “Ay, agüita de mi tierra” con un solo flato. Increíble, una verdadera hazaña. Yo le gano en el pollo al blanco: le acierto a una paloma a tres metros y medio de distancia. En otra oportunidad llega el pajero Jara con un Pingüino, dispuesto a compartir la autocomplacencia sexual con sus amigos. Después de disfrutar y entusiasmarnos con las minas apenas cubiertas con calzones y sostenes transparentes, nos reta: ―A ver quién llega más lejos de una paja.


Obviamente nos gana por su larga experiencia, por algo le decimos El Pajero. Todo esto ocurre en las calurosas noches de verano cuando las niñas ya deben retirarse a sus casas. Al finalizar los exámenes sólo me queda esperar una semana para conocer los resultados. Mi padre me ofrece: ―¿Por qué no vas a ver a tu primo Gabriel a Limache? Hoy es viernes, te vas mañana y vuelves el jueves ya que el viernes tenemos que ir a ver los resultados de los exámenes. Es una buena idea, hace tiempo que no voy para allá. Gabriel me cae bien pero aunque es un poco mayor que yo, lo encuentro medio pajarón, pero por último, para salir unos días de Santiago, está bien. Tomo una micro y parto para Limache. Me recibe mi tío Wenceslao, hermano de mi padre, con un disimulado cariño. Algo me dice que en realidad no están muy contentos con mi visita. Como yo soy el de las ideas geniales, el domingo le propongo a mi primo ir a escalar el cerro La Campana ―Vamos temprano. Llevamos bebida y unos sándwiches –lo motivo. A mi primo, bastante más ágil y macizo que yo, pero muy pollerudo, le cuesta decidirse. Finalmente lo convenzo y partimos a la mañana siguiente. Llevamos un rifle a postones que hay en su casa y que pertenece no sé a quién, para disparar a los pájaros. Partimos temprano haciendo dedo a un camión que nos lleva hasta Olmué y de ahí seguimos caminando un buen rato hasta llegar a los faldeos del cerro. Subimos por un sector que se llama Granizo y por el cual se puede llegar hasta la cima. ―¿Cuánto tiempo, más o menos, se demora hasta arriba? – pregunto por curiosidad.


―Unas 8 horas descansando un rato –me responde mi primo con aire de superioridad―. Yo ya hice la cima el año pasado así que conozco la ruta. Yo fui el de la idea genial de subir el cerro así que asumo callado lo que se me viene. En realidad es súper entretenido como aventura ya que recorremos varios senderos donde vamos descubriendo árboles gigantes, quebradas llenas de vegetación, saltos de agua cristalina, arañas pollito, culebras y montones de pájaros de todo tipo y hasta un par de zorros; de repente, una que otra persona que anda de excursión igual que nosotros. Llegamos a la cima ya en la tarde. Desde lo alto se ve una panorámica asombrosa, hacia el Este se divisa la cordillera de Los Andes y, claramente identificado a lo lejos, el monte Aconcagua, Til Til y Palmas de Ocoa en la cercanía. Por el Oeste se ve el océano Pacífico en vista panorámica, con la mayoría de las ciudades; Quillota, Villa Alemana , Olmué, Limache. Hasta Con Con se divisa a lo lejos con la desembocadura del río Aconcagua. Al regreso volvemos por el sendero que lleva supuestamente a la mina de oro de Marga Marga, cuyos túneles son del año 1534 aunque dicen que la mina ya era explotada por los indios antes de que llegaran los españoles, por eso en lengua mapudungun significa “Mucho Oro”. Se cuenta que Valdivia, dueño de estas tierras, regaló la mina a Gonzalo de los Ríos, padre de La Quintrala, producto de las batallas que libró en contra de los indios en estos cerros. De estas quebradas se va formando el estero de Marga Marga y va arrastrando oro por el camino y más abajo se forman los famosos lavaderos.


―Buenas tardes, jóvenes –nos saluda un viejo vagabundo con cara medio de loco y barba de ermitaño, que deambula con un par de perros que se ven iguales a su amo. Al principio nos da un poco de susto por su facha, pero nos damos cuenta que es un buen viejo que quiere conversar un poco. ―Buenas tardes, señor, ¿en qué anda por estos lados? –le respondo afablemente. ―¿Cómo en qué ando? Yo vivo y trabajo aquí desde hace cientos de años –me responde un poco molesto. ―Está bien, señor. Si yo no quise ofenderlo. ―Mire, joven. Para que usted sepa, yo soy el dueño de la mina y del mismo cerro, completito. ―¿Usted es el caballero de las minas? –le pregunta mi primo. ―El viejo de las minas me dicen por ahí, pero no me importa porque igual yo sigo acá sacando oro y cuidando del cerro y de los animalitos, limpio los papeles que botan los excursionistas, apago incendios de puchos encendidos que dejan los mocosos por ahí. En fin, si no fuera por mí, este cerro se habría quemado no sé cuantas veces. ―¡Qué bueno que esté usted por acá, entonces! –trato de halagarlo un poco. ―Dicen que usted es el único que conoce la veta de oro y que nadie más sabe de dónde sacarlo –lo torea mi primo. ―Yo les voy a mostrar la verdadera mina ―nos ofrece. ―Pero si ya estamos en la entrada –le indica Gabriel. ―No, mijo. La entrada secreta es por otra parte, esta entrada no conduce a ninguna parte, la hicieron los indios para que los españoles no se metieran en la verdadera mina. En realidad es una falsa puerta de ingreso. La entrada está cien metros más allá


–nos señala―. Esta es la verdadera mina que descubrió el gran cacique Michimalongo y por la cual dio la batalla contra Pedro de Valdivia. Detrás de un bosque en medio de matorrales y por un sendero absolutamente impenetrable, se encuentra la entrada a la mina de Marga Marga. En realidad es imposible poder descubrir lo que hay ahí, a simple vista aparece como una gran y profunda quebrada, sin embargo al acercarnos la pendiente se hace más suave. Igualmente hay que tener bastante cuidado para no resbalarnos y rodar varios metros. Además, en forma simulada, el Viejo tiene instalado un montón de huachis con alambre muy fino y puntas de acero que se enganchan en la ropa, desgarran la piel y producen heridas cortantes. Entramos a la boca de la mina y nos reciben un montón de calaveras y huesos humanos. ―Todos estos son indios, cazadores que se perdieron, otros que se desbarrancaron e incluso algunos ladrones que quisieron entrar a la mina pero la mina los mató por indeseables –nos indica el viejo―. Nadie puede entrar a la mina sin su permiso porque está custodiada por los guerreros de Michimalongo. Con un frío que nos cala los huesos avanzamos por una cueva oscura, alumbrada apenas por un chonchón, rodeados de calaveras y huesos que tiñen la atmósfera de misterio y nos hacen transportar a un mundo siniestro y de terror. El viejo, ante nuestra vista, ha adquirido una fisonomía de indio chamán, diferente al que vimos en la superficie, más ágil y con más fuerza. Agarra un bastón y lo levanta. Por un momento pensamos que nos golpeará con él.


―¿Apu Katikil, Wirakocha, Mamka Quilla, son éstos huaynas los escogidos? –pregunta al interior de la caverna dirigiéndose hacia un rincón de la mina alumbrada por un chonchón de aceite. En ese momento se apaga la lumbre y vemos ante nuestros ojos miles de pequeñas luces que brillan en la oscuridad. ―¡Es oro! –afirmo atónito. ―¿Son ellos los escogidos? –insiste el viejo en su pregunta. En un segundo se prende nuevamente la luz de la antorcha y el brillo de las piedras se desvanece. El viejo se dirige a nosotros con frustración. ―No son ustedes los escogidos, deberé seguir buscando –nos comenta resignado. ―¿Buscando qué? –pregunto con susto e intrigado. ―Hace años que estoy buscando a un muchacho especial para que cuide los tesoros que nuestros antepasados incas y picunches nos dejaron en herencia y debemos proteger. Yo ya estoy viejo –continúa– y debo dejar un escogido para que siga con la misión. ―¿Y acaso usted pensaba que podíamos ser nosotros? ―Usted, joven, no sabe y nunca va saber la condición especial que posee y por qué pudo ser el escogido. Usted tendrá otras misiones en su vida pero no ésta –sentencia el viejo con voz y actitud de chamán―. Ahora deben irse porque a la mina no le gusta que los extraños se queden dentro, así que tomen de regalo unas pepitas para que las guarden, ellas los van a proteger y guiar en sus vidas. Tomamos unas bolsitas de cuero crudo que contienen cinco pepitas cada una y salimos a exterior. Es muy curioso porque al instante de salir se nos borra el lugar de la entrada, como si nunca hubiese existido el camino hacia la mina.


Al descender en silencio un ruido de matorrales secos nos llama la atención. ―Oye, cáchate el pavo que anda suelto ahí –me indica mi primo con el dedo. De entre los matorrales aparece un enorme pavo medio con las plumas a medio engrifar por lo asustado que anda. Nos mira con terror y trata de arrancar. ―Chuu, debe andar perdido, peguémosle un postonazo. ―¿Y si es de alguien y nos pillan?―exclama mi primo. ―Ya, pásame el rifle nomás –le indico al momento que le arrebato el arma. En cuestión de segundos le hago puntería y le pego medio a medio en la nuca un postonazo. Queda medio aturdido pero no cae, le mando un segundo misil y con el tercero ya cae definitivamente. ―Tráelo y lo llevamos en la mochila –le ordeno a mi primo. ―Nos van a cachar y nos van a meter preso –me reclama más asustado que el pavo. Lo convenzo, metemos el animal en la mochila y emprendemos el regreso a casa. Como a las 5 de la tarde entramos a Limache, felices, cansados y con nuestros trofeos: las pepitas de oro y el pavo. Todo va muy bien hasta que un paco nos detiene. ―A ver. ¿Qué andan haciendo con ese rifle? – nos interroga. Ahí mismo nos cagamos de susto, mi primo está pálido. ―Venimos llegando del cerro, mi cabo –le respondo con seguridad. ―¿Y para qué andan con ese rifle? –continúa preguntando. ―Es de postones y lo llevamos para matar pajaritos.


En ese preciso instante, el pavo, que al parecer no estaba bien muerto, comienza a agitarse dentro de la mochila. ―Parece que el pajarito es bien grande ―nos indica el paco–. A ver qué tienen ahí. ―Na’ mi cabo –trato de responder algo al momento en que el carabinero me arrebata la mochila y la abre. ―Así que pajaritos… en la comisaría van a cantar como pajaritos. Ya, vamos, andando detenidos y nos cuentan en qué andaban y de quién es este pavo. Ya en la comisaría nos recibe un sargento bonachón que por suerte conoce a mi tío. ―¿Tú eres el hijo de don Wenceslao? –le pregunta a mi primo. ―Sí, yo soy, pero por favor no le diga nada porque me va a castigar. Usted lo conoce. ―Tengo que decirle para que los saque, sino tienen que quedarse acá detenidos y los pueden mandar a la cárcel de Valparaíso por robarse un pavo. Como a la media hora aparece mi tío muy enojado, habla con el sargento y nos retira de la comisaría. Iba a preguntarle qué pasó con el pavo pero opté por quedarme callado. Me imaginé a todos los pacos comiéndose un buen pedazo de ave y cagados de la risa. ―¡Un pavo! ¿Cómo se les ocurre robarse un pavo? ¡Y tú, Gabriel, no haces estas cosas! –lo increpa en una clara alusión de que yo soy la mala influencia. En ese instante, Gabriel, que estaba casi llorando le cuenta al tío lo de las pepitas de oro y lo del Viejo de la mina. Obviamente el tío no le cree y lo reta más aún, por lo que Gabriel, para congratularse, le hace entrega de la bolsa.


El tío revisa el oro y determina que solamente es pirita, es decir, no tiene ningún valor, pero igual se queda con la bolsa. Yo me hago el huevón y no digo nada por miedo a que también me quite mi bolsa. En todo caso, creo que debió ser de verdad porque solamente nos dijo. ―Muy mal hecho, no se vuelvan a meter en líos. El lunes pasa sin pena ni gloria con los escasos panoramas que uno puede tener en Limache en verano, pero el martes se me ocurre: ―¿Oye Gabriel, vamos a la playa por el día? ―Ni cagando. Mi papá no nos va a dar permiso y olvídate de irnos así nomás porque ahí sí que me sacan la cresta y no tenemos más oro para darle, salvo que le des el tuyo. Sin embargo partimos a la playa igual, le avisamos a una de las primas que volvemos en la tarde. Gabriel va tenso pero con ganas de hacer algo distinto, así que finalmente se embarca en todas las aventuras que le propongo. De pasada nos llevamos una radio a pilas que estaba por ahí y partimos a hacer dedo. Nos para un camión que va a Ventanas, así que optamos por Quinteros. ―Tengo un amigo que está en una residencial en Loncura – me dice Gabriel. ―¿Y dónde queda Loncura? ―Entre Quinteros y Ventanas. ―Ya, puh. Vamos para allá –decido entusiasmado. Loncura es la playa más picante que existe, llena de carpas pero de toldos, unos pegados a otros. Todo el mundo parece pasarlo muy bien, por todas partes se escucha música a todo chancho de todo tipo, es un griterío continuo de mujeres llamando a sus críos, guatones echados en la arena o tirados en una


reposera tomando cerveza, abrazados a sus gordas. Hijos guatones comiendo sandía a mordiscos y tomando Coca Cola. Por otra parte se preparan los mejores asados de la zona y se abren las más deliciosas almejas. Encontramos al Rolo, el amigo de Gabriel. Me da mucha envidia porque aparte de ser muy negro, está súper quemado; yo nunca he podido quemarme así, a esa altura ya estaría entero despellejado. ―Ya, cabros, pónganse los trajes de baño y nos vamos a la playa de Quintero –nos apura. Nos cambiamos, dejamos la ropa en su pieza y partimos a la playa. Vamos felices sólo con el traje de baños y una polera y por supuesto la radio a pilas. Nos bañamos, jugamos paleta, tomamos sol, comemos un pedazo de pan que conseguimos por ahí y una bebida que logramos comprar entre todos. ―¡Qué se van a ir! ¡Quédense hasta mañana y vamos a la Kelly a la noche –nos tienta el Rolo. ―¿Y qué es la Kelly? –pregunto con curiosidad. ―La discoteca más famosa de Quintero. ―Ni cagando –dice Gabriel nuevamente –. No tenemos cómo avisar para la casa y ya deben estar enojados. ―¡Putas que les tenís miedo! –le recrimina el Rolo. Como es de esperar, nos vestimos y partimos a la Kelly. Es un galpón blanco, arreglado con algunas luces, música tipo cumbias y merengues mezclados con algo de rock and roll, muy fuerte y con mucha gente tratando de entrar. Logramos entrar, pagar una bebida para los tres y bailar con unas negritas de Loncura, amigas del Rolo.


Finalmente volvemos a la residencial, la clásica residencial de playa: cuatro camas en una pieza con colchones azumagados, duros como palo, un baño fétido obviamente sin agua ya que sólo la dan dos horas al día. ―No hagan ruido pa’ que no nos cachen y puedan meterse sin pagar –nos indica nuestro amigo. ―¡Chuu, como tenís la espalda, si estai súper quemado! –me dice Gabriel al sacarme la polera. Recién me doy cuenta de lo que me duele la espalda y todo el cuerpo. Claro, expuesto al sol todo el día y sin crema de protección, obviamente que me debo haber quemado mucho. Además es mi primera quemada de la temporada, que es la que más duele. Paso una noche horrible, me duele todo, trato de dormir de espaldas pero la cama es espantosa, llena de pelotones de lana apelmazada y además la comparto con Gabriel, así que ni siquiera puedo moverme mucho. Volvemos a Limache temiendo lo peor. Ahora nos damos cuenta de que no avisamos, que no tienen idea de dónde estamos y considerando el carácter de mi tío, es obvio que nada bueno nos espera. Pero fuimos a la playa y eso es algo, aunque yo aun estoy medio insolado. En la puerta de la casa está mi tío con mi tía y primas. Nadie se quiere perder el espectáculo. El saludo fue una gran cachetada a Gabriel y… ―Se va de inmediato a la pieza y de ahí no se mueve. Y usted, joven, agarre sus cosas y se vuelve de inmediato a Santiago. Yo avisaré a su padre que va en camino –me indica con el convencimiento de que yo soy una pésima influencia para su hijo.


No alcanzo a argumentar nada y ante las miradas de desaprobación de mis tíos y el reclamo de las primas por su radio a pilas, parto devuelta a mi casa. ―¿Qué te pasó otra vez, pendejo? –me recibe cariñosa la Negra –. Me tenías preocupada. Tu tío Wenceslao llamó a tu papá. ―¿Y dónde están mi papás? –pregunto esperanzado. Se fueron a Las Cruces donde tu tío no sé cuánto y vuelven mañana. ―Menos mal, yo me vine todo el camino pensando en la cagada que iba a quedar – digo mientras respiro más tranquilo. Le cuento a la Negra todo lo que pasó y lo emputecido que quedaron allá. ―Ya, pero ahora viene la parte mejor: un milico en auto te trajo una carta, así que anda a abrirla. ―¿Y cómo se adelantaron, si se supone que los resultados llegarían el viernes? Nervioso tomo la carta y la leo: “Estimado señor Ignacio Herrera García, tenemos el agrado de comunicar a Ud. que ha sido aceptado para incorporarse a las filas de la Escuela de Aviación Capitán Avalos y para lo cual debe presentarse el 20 de febrero próximo….” ―¡¡¡El lunes!!! –grita la Negra. ―¡Chuuuchas! El lunes ingreso a la Aviación. ―¡Vai a ser milico, mijito rico con uniforme! ―No, Negra, entiende que aviador. Na’ que ver con los milicos. De repente la Negra me da un abrazo de puro contenta. ―Cuidado, Negra, que tengo la espalda pa’ la corneta. ―A ver qué tenís…


Me saco la polera con mucho esfuerzo. ―Concha, pero pendejo ¿cómo te fuiste a quemar tanto? Yo te voy a echar crema, ven pa´cá. ―Despacito porque me duele mucho, ¡putas la wea fría! –grito al untarme la crema. ―Ya, tranquilo. Oye, hay echado cuerpo con todas las pruebas y adelgazaste, estai bueno cabrito. Te cuento Ignacio, yo también me voy el lunes –me confidencia. ―Puchas, Negra ¿cómo te vas a ir? –le reclamo. ―Sí, ya es tiempo. No me gusta estar demasiado tiempo en una casa. Además el Nene quiere que nos vayamos juntos. ―¡No digai! ¿Y para dónde se van a ir? – le pregunto. ―No sé. Yo creo que en una pieza que tiene por la calle Conferencia, pero sabís Ignacio, te voy a dejar un recuerdo pa’ toda la vida. Espérame acá hasta que yo te llame. A los diez minutos me llama la Negra desde su dormitorio, entro a su pieza y la encuentro tendida sobre la cama, absolutamente desnuda. Es la primera vez en mi vida que veo una mujer desnuda, quedo atónito, la observo casi más con curiosidad que excitación, me llama la atención la cantidad de pelos que tiene, especialmente en las axilas, y yo que casi no tengo pelos ni pendejos. Las axilas deberían ser consideradas como parte de la sexualidad de las mujeres, especialmente aquellas con pelos, tanto como las tetas o el poto y ahora descubro que también la chucha está en medio de una mata de pelos, si no se ve nada. Entre el pelo de su cabellera negra que cae entre hombros y tetas, descubro la cara de la Negra que me mira sonriente con sus blancos dientes. Creo que tampoco me había fijado demasiado en


su cara, es hermosa, me gusta, me da confianza, de repente me siento muy atraído hacia ella, su pelo y sus axilas. ―Ven Ignacio, este será mi regalo de despedida, yo sé que nunca has estado con una mujer y quiero ser la primera – me ofrece–. Así, cuando estés de milico y te lo pases un mes encerrado, te pajees pensando en mí. Obedezco todas sus instrucciones mansamente. Es una profesora increíble, me enseña cómo ponerme, qué hacer y qué sentir. Me hace olvidarme de la espalda y del mundo, sólo nos levantamos a comer y continuamos durmiendo juntos. Pienso que anoche dormí en la misma cama con el Gabriel y hoy con la Negra. Me río por la enorme diferencia y en especial porque me siento grande. De repente se me ocurre que la Negra es lo máximo que me ha pasado en la vida, así que no vacilo, voy por mi mochila y vuelvo. ―Negrita –la despierto. ―¿Qué pasa, mijito, quiere otra? ―Sí, pero primero te voy a dar mi regalo. Toma, esto es para ti –le digo mientras le paso la bolsa de cuero con las pepas de oro. ―¿Y esto? –me pregunta asombrada mientras toma la bolsa y revisa su contenido―. ¿Son de verdad? ―Son las que me dio el viejo, son de verdad y es lo mejor que tengo para que no me olvides. ―Ignacio, lo mejor de ti ya me lo diste –me dice mientras me abraza nuevamente y sonríe con ganas.


ÍNDICE

I.

En el campo

II.

El líder

III. Plaza Manuel Rodríguez IV. 18 en Duao V.

Navidad en Duao

VI. La caleta VII. Mes de María VIII. El túnel IX. Verano del 61


La negra, el rifle y otros personajes pedro del real[1]