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ISBN: 978-84-96286-17-7

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Félix Cuadrado Lomas. Sin título (Tierras construidas), 1997. Detalle. Jorge Vidal. Sin título (Simios), 2000. Detalle. Domingo Criado. Reencuentro con el paisaje castellano, 1991. Detalle. Gabino Gaona. Sin título, década 1990. Detalle. Jacobo. Sin título, 1969. Detalle. Francisco Sabadell. Abstracto en azul, 1969. Detalle.


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Ayuntamiento de Valladolid


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FUNDACIÓN VILLALAR-CASTILLA Y LEÓN PRESIDENTE José Manuel Fernández Santiago Presidente de las Cortes de Castilla y León VICEPRESIDENTE PRIMERO Alfonso Fernández Mañueco, Consejero de Interior y Justicia en representación de la Junta de Castilla y León VICEPRESIDENTE SEGUNDO Pablo Villar Conde Alcalde del Ayuntamiento de Villalar de los Comuneros PATRONATO José Valín Alonso Representante del Partido Popular de Castilla y León Juan Antonio García Calvo Representante del Partido Socialista Obrero Español de Castilla y León Miguel Ángel García Nieto Presidente de la Federación Regional de Municipios y Provincias de Castilla y León Fernando Crespo Campo Vicepresidente de la Federación Regional de Municipios y Provincias de Castilla y León Salvador Sánchez-Terán Hernández Presidente del Consejo Social de la Universidad de Salamanca en representación de las Universidades de Castilla y León José Luis Díez Hoces Presidente del Consejo Económico y Social de Castilla y León Evaristo del Canto Presidente de la Federación de Cajas de Ahorro de Castilla y León Agustín Prieto González Secretario General de UGT – Castilla y León Ángel Hernández Lorenzo Secretario General de CC.OO. – Castilla y León DIRECTOR Javier Merlo Ridruejo SECRETARIO Miguel Ángel Tola Rúa


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FUNDACIÓN PATIO HERRERIANO DE ARTE CONTEMPORÁNEO ESPAÑOL DE VALLADOLID

COLECCIÓN ARTE CONTEMPORÁNEO

PATRONATO

PRESIDENTE

PRESIDENTE Francisco Javier León de la Riva Alcalde de Valladolid

José Lladó Fernández-Urrutia

VICEPRESIDENTA Mercedes Cantalapiedra Álvarez Concejala Delegada General del Área de Cultura, Comercio y Turismo del Ayuntamiento de Valladolid VOCALES Mª Ángeles Albert de León Directora General de Bellas Artes y Bienes Culturales Ministerio de Cultura Mª José Salgueiro Cortiñas Consejera de Cultura y Turismo Junta de Castilla y León Ramiro F. Ruiz Medrano Presidente de la Diputación de Valladolid Marcos Sacristán Represa Rector de la Universidad de Valladolid Ángeles Porres Ortún Grupo Popular del Ayuntamiento de Valladolid Óscar Puente Santiago Grupo Socialista del Ayuntamiento de Valladolid Alfonso D. Sánchez de Castro Grupo Izquierda Unida del Ayuntamiento de Valladolid Carlos Barón Thaidigsmann Corporación Europea de Mobiliario Urbano, S. A. (CEMUSA) SECRETARIO Rafael Salgado Gimeno Vicesecretario General del Ayuntamiento de Valladolid CONSEJO RECTOR PRESIDENTE Francisco Javier León de la Riva Alcalde de Valladolid VICEPRESIDENTE José Lladó Fernández-Urrutia Presidente de la Asociación Colección Arte Contemporáneo VOCALES David Álvarez Díez Salvador Gabarró Serra María de Corral López-Doriga Alonso Cervantes Rumí Mercedes Cantalapiedra Álvarez Ángeles Porres Ortún Antonio Samaniego Fernández Juan Manuel Guimeráns Rubio Mª Teresa Angulo Abajo DIRECTORA DEL MUSEO Cristina Fontaneda Berthet

VICEPRESIDENTE David Álvarez Díez VICEPRESIDENTE Salvador Gabarró Serra VICEPRESIDENTE Alfonso Porras del Corral COORDINADORA GENERAL María de Corral López-Doriga COMITÉ ASESOR DE LA COLECCIÓN Antonio Bonet Correa Eugenio Carmona Mato Simón Marchán Fiz SOCIOS Accenture, S.L. ACS, Actividades de Construcción y Servicios, S.A. Aon Gil y Carvajal, S.A. Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, S.A. Banco Pastor, S.A. Bodegas Vega Sicilia, S.A. Fernando de la Cámara García Cartera Industrial Rea, S.A. Colecciones de Arte, S.A. Ebro Foods, S. A. Electra del Jallas, S.A.-Gas Natural Fenosa Carlos Entrena Palomero Finisterre, S.A. Gas Natural Fenosa Hullas del Coto Cortés, S.A. Hullera Vasco Leonesa, S.A. Lignitos de Meirama, S.A.-Gas Natural Fenosa Navarro Generación, S.A. Pedro Navarro Martínez S.G.L. Carbón, S.A. Técnicas Reunidas S.A. Tilifor, S.L. Zara España, S.A.


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MUSEO PATIO HERRERIANO DE ARTE CONTEMPORÁNEO ESPAÑOL

DIRECTORA Cristina Fontaneda Berthet SECRETARIA DE DIRECCIÓN María Belén Maté Polo COORDINADORA DE COLECCIÓN Beatriz Pastrana Salinas COORDINADORA DE EXPOSICIONES Patricia Sánchez Cid RESTAURACIÓN Rita Regojo Velasco Cristina de Castro González Juan Antonio Sáez Dégano COORDINADOR DE EDUCACIÓN Pablo Coca Jiménez EDUCADORAS Eva Alcaide Suárez Irene Pérez Martín Teresa Saravia Valdivieso COORDINADORA CENTRO DE DOCUMENTACIÓN Y BIBLIOTECA María Martín Velázquez COORDINADORA DE COMUNICACIÓN Y DESARROLLO Susana Gil Trigueros ASISTENTE DE DISEÑO Y PÁGINA WEB Mª Ángeles Díez Mendoza ADMINISTRACIÓN Juan José Alonso Arconada COORDINADOR DE SERVICIOS GENERALES Juan Diego Gómez Ribón INFORMÁTICO Rafael Atienza Gamazo SECRETARIO DE ADMINISTRACIÓN Julio Sánchez Afonso

ENTIDAD COLABORADORA DEL PROGRAMA EDUCATIVO PARA LA COMUNIDAD ESCOLAR Obra Social de Caja España - Caja Duero PATROCINADOR TECNOLÓGICO DEL MUSEO LG Electronics ILUMINACIÓN DEL PATIO PRINCIPAL Indalux Electroindux ENTIDADES PATROCINADORAS DE COMUNICACIÓN Aquí en Valladolid Cadena Ser Canal 8 RTVCyL El Día de Valladolid El Norte de Castilla Ideass Comunicación y Diseño Ilusa Media MD MARKETING Punto Radio Revista GO Telecyl Trama Comunicación ENTIDADES BENEFACTORAS Michelin Sociedad Municipal de Suelo y Vivienda de Valladolid, S.L. CyL Económica ENTIDAD COLABORADORA Prosintel – Grupo Norte ENTIDADES AMIGAS Cadbury Colchonerías Miguel Colegio Oficial de Peritos e Ingenieros Técnicos de Valladolid CRDO Ribera del Duero Francisco Heras de la Calle GADIS GRACALSA, S.L. Grupo El Árbol IVECO Restaurante Patio TRYCSA VOLCONSA MIEMBROS DE HONOR José Luis Mosquera Pérez MIEMBROS BENEFACTORES Luis M. del Hoyo Calabaza


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lo largo de su trayectoria, tuve la oportunidad de conocer y apreciar la obra de muchos de los artistas integrantes del que más tarde sería conocido como «Grupo Simancas», y desde un primer momento llegué a la convicción de que, a pesar de su diversidad de estilos y tendencias, iban en su conjunto a representar un auténtico hito en el ámbito de la creación artística e intelectual de la segunda mitad del s. XX en Castilla y León. Reunidos en torno al foro de la Librería Relieve, en cuyo seno se consolidaron los vínculos de amistad que siempre fueron destacada seña de identidad del Grupo, sus componentes emprendieron recorridos creativos muy distintos, que a pesar de su frecuente influencia y mutua relación, cristalizaron en una producción artística caracterizada por la incesante búsqueda de un lenguaje propio y específico, dotado de una marcada personalidad. Por caminos muy diversos, la pintura del Grupo Simancas, realizó sin embargo un largo viaje compartido con importantes elementos en común. Desde la sensibilidad de Francisco Sabadell y Fernando Santiago a la refinada figuración de Cuadrado Lomas o Gabino Gaona, pasando por la intensidad pictórica de Domingo Criado o Jorge Vidal, los miembros del Grupo encontraron en muchos casos, la forma de rendir un sincero homenaje al paisaje y la identidad de Castilla, impregnados de sus amplios espacios, sobriedad y austeridad. La labor como galerista de Fernando Santiago, tanto en Simancas como en Valladolid, produjo un incesante conjunto de exposiciones, individuales y colectivas, que dio a conocer a los pintores del Grupo, y a muchos otros artistas y poetas, que comenzaban su andadura artística en Castilla y León. El contacto con otros países y culturas, y la constante relación con otros ámbitos y grupos creativos, dio como resultado una época en la que jugaron un relevante papel en la dinamización cultural de la ciudad e incluso de la región. Para la Fundación Villalar-Castilla y León, en su condición actual de administradora del legado de Jorge Vidal, es una satisfacción poder participar en la organización de una exposición colectiva del Grupo Simancas, comisariada por el profesor Fernando Gutiérrez Baños, e instalada en el magnífico marco del Museo Patio Herreriano de Valladolid. Una muestra cuyo catálogo constituye la presente publicación y que por primera vez desde el ámbito institucional, reúne algunos de sus mejores trabajos, junto con un amplio conjunto de antiguos folletos, noticias e imágenes, que permiten rememorar la trayectoria vital de unos artistas cuya obra supone una indiscutible aportación a la historia del arte contemporáneo en Castilla y León.

JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ SANTIAGO Presidente de las Cortes de Castilla y León y de la Fundación Villalar-Castilla y León

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l legado del Grupo Simancas constituye uno de los capítulos más elocuentes de la crónica artística contemporánea castellana. Su interés no admite duda y a sus integrantes debemos una notable reinterpretación de nuestro paisaje, en momentos tan poco esperanzados como los años de la última posguerra. Domingo Criado, Gabino Gaona, Francisco Sabadell, Jorge Vidal, Félix Cuadrado Lomas y Fernando Santiago, aquellos «náufragos colindantes» que sentenciara Justo Alejo, inscriben su nombre y sus trayectorias entre los grandes de los nuestros. En 2011 se cumplen, precisamente, sesenta años del nacimiento de la emblemática Librería Relieve, el santuario en el que se fraguaron los sueños y las pesadillas de los integrantes del Grupo Simancas. Allí eran recibidos por el poeta Blas Pajarero (Pablo Rodríguez) y sus hermanos Domingo y Pepe, frente a unos vinos y unas pastas, pasaban horas pintando con sus lamentos e inquietudes el aire enrarecido de la pequeña estancia…, para volver luego a su fortaleza doméstica, allá, en Simancas… Ahora, el Museo Patio Herreriano abre sus salas 6 y 7 para albergar una muestra temporal, comisariada por el profesor Fernando Gutiérrez Baños, de la Universidad de Valladolid, dedicada al Grupo Simancas. Esta exposición es un estricto recordatorio de trasuntos grabados muy hondo y muy profundo en el alma de quienes hemos nacido en esta tierra. Quizás no sea tan inteligible para las gentes del mar, o para las gentes de la montaña. O quizás sí, porque el arte no sabe de accidentes ni condicionantes geográficos. En el Grupo Simancas se integraron los mejores retratistas de Castilla de todos los tiempos y resulta muy pertinente y meritoria la iniciativa concebida y hecha realidad por el Museo Patio Herreriano y la Fundación Villalar-Castilla y León. Ambas entidades, haciendo converger sus sensibilidades e intuiciones, nos presentan hoy, reunida, una elocuente selección de obras de este carismático y legendario Grupo Simancas. Nadie debería perdérselo. La remoción de nuestra memoria artística y literaria, referida a uno de los momentos más intensos de nuestro pasado intelectual reciente, es una experiencia que pone a prueba la madurez colectiva que nos inviste. ¿Saldremos victoriosos? Ya se verá…

FRANCISCO JAVIER LEÓN DE LA RIVA Presidente de la Fundación Patio Herreriano Alcalde de Valladolid

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l Museo de Arte Contemporáneo Español Patio Herreriano tiene su asiento en parte de lo que fue el monasterio benedictino de San Benito el Real de Valladolid. La arqueología nos ha proporcionado innumerables datos de la vida pasada de este gran edificio y de su evolución en el tiempo. Ahora bien, si atendemos a su faceta de museo de arte contemporáneo es obligado preguntarse por el concreto sustrato arqueológico sobre el que éste se asienta en lo cultural, si queremos que su cimentación participe de la misma solidez. No pretendo con ello desplazar a la categoría de anticuariado el trabajo efectuado en la exposición que motiva la edición de este catálogo. Muy al contrario, lo que trato de poner de manifiesto es la presencia de un fértil solar muy receptivo al desarrollo de manifestaciones de cultura contemporánea en Valladolid. Todo ello gracias a la acción de personas concretas a las que esta obra contribuye a identificar mejor, partiendo lógicamente de trabajos precedentes, y todo ello en consonancia con nuestra vocación de museo de historia del arte contemporáneo. Me refiero a un grupo de artistas e intelectuales vinculados a Valladolid con inquietudes comunes que les llevaron a establecer conexiones más o menos estables entre ellos y que acabaron dando vida a lo que los espectadores de su obra en común conocemos como Grupo Simancas, denominación que aceptamos por convención y que me parece perfectamente válida para denominar uno de los estratos más recientes de la plástica contemporánea en nuestra ciudad, un nivel sobre el que parecía oportuno proponer una cata con cierta perspectiva histórica. De este modo se continúa con el trabajo llevado a cabo con la exposición «Angeles Santos, un mundo insólito en Valladolid» ocasión en la que se abordó el clima artístico del primer tercio de siglo XX en la ciudad. Esta línea de trabajo se basa en una secuencia de eficacia demostrada: investigación–exposición–catálogo–divulgación–educación–comunicación. Con todo ello el museo se comporta como centro de investigación activo alejándose del concepto de museo como contenedor de piezas de una colección más o menos estática, sin que por ello haya de comportarse como mero espacio de exhibición temporal. Un museo moderno tiene un papel difusor a partir de la reflexión. Para hacer efectiva esa función transmisora son necesarios trabajo y recursos. En esta ocasión, me enorgullece decir que hemos contado con una combinación suficiente y eficaz de ambos ingredientes. El hecho de que la Fundación Villalar-Castilla y León se haya convertido en depositaria del legado del artista Jorge Vidal, sumado a la política de fomento de la creación contemporánea en la Comunidad, que acertadamente despliega esta institución, nos hizo ver la idoneidad de trabajar conjuntamente en este proyecto. En cuanto al equipo de trabajo implicado en el desarrollo de esta empresa, decir que ha sido amplísimo. A los profesionales de ambas instituciones se han unido las aportaciones impagables de todos los testigos directos de aquellos días de arte y rebeldía. Coleccionistas, familiares, críticos, poetas y ensayistas, profesores universitarios, amigos, gestores, periodistas,… todos han respondido de manera entusiasta a la convocatoria realizada desde el museo abriendo generosamente para nosotros sus archivos físicos y sentimentales. Para sistematizar todo el material que se ponía a nuestra disposición, procesarlo de un modo científico y sintetizarlo en un discurso efectivo en lo pedagógico y atractivo en su presentación, hemos contado con el profesor de la Universidad de Valladolid, Fernando Gutiérrez Baños. Con la elección de un comisario joven, de marcado perfil académico, se cumple con la necesaria asepsia que reclama toda aproximación objetiva a un hecho cultural pasado

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por el tamiz del tiempo. A esta demanda, Gutiérrez Baños, ha respondido con una implicación y rigor sancionadores del acierto de su designación. Juntos hemos visitado talleres, hogares y archivos compartiendo enriquecedoras conversaciones con personas de innegable interés cultural y humano. Las opiniones y consejos de Mª Teresa Ortega Coca, Blanca García Vega, Concha Gay, María Calleja, Fernando Santiago y Samuel Santiago fueron básicas a la hora de orientar el trabajo y definir el núcleo «esencial» del Grupo Simancas: Jorge Vidal, Cuadrado Lomas, Gabino Gaona, Fernando Santiago «Jacobo », Domingo Criado y Francisco Sabadell. Entorno en el que cabría incluir a Jo Stempfel o a Carlos León. De la primera se consideró que su trayectoria se alejaba un poco de la del resto siendo su vinculación principal la derivada de su relación con Vidal. El segundo, pese a que llegó a tener casa en Simancas, pronto desarrolló una carrera internacional con periodos de residencia parisina y neoyorquina incluidos. Su obra está presente en la colección permanente del museo y su incorporación fue el germen de una exposición monográfica de su obra pictórica reciente en conexión con la primera. Personalmente, trabajar en esta exposición también me ha deparado alguna que otra sorpresa. Además de profundizar en la trayectoria de artistas sobradamente conocidos como Jorge Vidal, Cuadrado Lomás, Criado y Gaona, hemos tenido la sorpresa de descubrir a un Francisco Sabadell al que su pronta desaparición nos han impedido conocer más a fondo como artista y a un Jacobo (Fernando Santiago) que paralelamente a su labor de galerista iba realizando en la sombra su propia labor como pintor que ejercía cuando salía al campo con los demás o en el estudio de su casa. La muestra va a estar contextualizada por un importante conjunto documental que pone de relieve la relación establecida entre los pintores y escritores, mostrando también una interesante selección de carteles de la galería Jacobo realizados por los propios artistas y un documental realizado por Adán Santiago con entrevistas y con las atractivas tomas en Super 8 de su padre Fernando. De todo ello dará cuenta este catálogo que aspira a mantener y proyectar el espíritu de esta exposición más allá de su clausura en el tiempo. Los escritos del comisario, el panorama general en el Valladolid de la época trazado por Luis Miguel de Dios, el interesante artículo a modo de auto-entrevista de Mª Teresa Ortega Coca, el más intimista de María Calleja, el artículo sobre la figura del crítico Enrique Gavilán, realizado por su propio hijo, las entrevistas realizadas por Mª Aurora Viloria, los versos de Ramón Torío, se completan con un apéndice documental y la bibliografía esencial de cada uno de los artistas, así como con un corpus de críticas históricas que resultará interesante releer en busca de su vigencia. La exposición se acompañará también de varias mesas redondas con la colaboración de la Feria del Libro de Valladolid y El Norte de Castilla, diario a cuyas páginas se asomaron las obras de estos artistas y que hoy constituye la mejor expresión de la memoria colectiva del Valladolid moderno. Por todo esto, porque todo el proyecto ha involucrado a mucha, muchísima gente, me gustaría agradecer personalmente a cada persona su aportación, remitiéndome al amplio listado que aparece en otra sección de este libro. No obstante, no puedo dejar de expresar aquí mi gratitud a la Fundación Villalar-Castilla y León, en la persona de su Presidente José Manuel Fernández Santiago y de su director Javier Merlo, por cuidar de la obra de Jorge Vidal y contribuir a mantenerla viva contando para ello con este museo. Al comisario Fernando Gutiérrez Baños, por el impecable trabajo desarrollado y a todo el equipo del MPH por su profesionalidad y amor al arte. A todos ellos: GRACIAS.

CRISTINA FONTANEDA BERTHET Directora del Museo Patio Herreriano


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La Fundación Villalar-Castilla y León, el Museo Patio Herreriano y el comisario de la exposición quieren dejar constancia de su agradecimiento a todas aquellas instituciones y personas que con su ayuda han hecho posible la realización de este proyecto:

Archivo Municipal de Valladolid Cortes de Castilla y León Diputación de Valladolid El Norte de Castilla Feria del Libro de Valladolid Fundación Joaquín Díaz Junta de Castilla y León Museo de la Universidad de Valladolid (MUVa) Obra Social Caja España - Caja Duero Carlos F. Aganzo Paz Altés Julia Ara María Calleja Nacho Carretero Cecilia Carvajal Antonio Corbillón Crescencio Cuadrado Lomas Félix Cuadrado Lomas Joaquín Díaz Luis Miguel de Dios Patricia Fraile Prieto Blanca García Vega Enrique Gavilán Domínguez Concha Gay Benedicto de las Heras Carlos León Victoria Martín Niño

María Ángeles de Miguel María Monsalve Yago Muñoz Teresa Ortega Coca Pilar Paúl María José Pastor Ignacio Pérez Alonso María José Pérez Antonio Piedra José Rodríguez Pablo Rodríguez Hijos de Francisco Sabadell Guillermina Sabadell María Sánchez Carvajal Fernando Santiago Samuel Santiago Galo Senovilla Angélica Tanarro Emilio Tejeda Pablo Torío Ramón Torío Jesús Urrea María Aurora Viloria Antonio Zúñiga y familia Y a todas aquellas que han preferido permanecer en el anonimato.


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EXPOSICIÓN

CATÁLOGO

ORGANIZACIÓN Y PRODUCCIÓN Fundación Villalar-Castilla y León y Patio Herreriano, Museo de Arte Contemporáneo Español

EDITAN Fundación Villalar-Castilla y León y Patio Herreriano, Museo de Arte Contemporáneo Español

COMISARIO Fernando Gutiérrez Baños

COORDINACIÓN EDITORIAL Fernando Gutiérrez Baños Cristina Fontaneda Berthet Javier Merlo Ridruejo

COORDINACIÓN Patricia Sánchez Cid RESTAURACIÓN Rita Regojo Velasco Cristina de Castro González Juan Antonio Sáez Dégano TRANSPORTE Transporte Andrés Martín Rebollo SEGUROS Aon – Axa Art MONTAJE Red Producciones, S. L. ENMARCADO Galería de arte Samuel DOCUMENTAL GRUPO SIMANCAS Adán Santiago MESAS REDONDAS «De libros, versos y cuadros: la librería Relieve y el Grupo Simancas». Pabellón de Autores 44ª Feria del Libro de Valladolid, 30 de abril. Organiza: Fundación Villalar-Castilla y León, Museo Patio Herreriano y Feria del Libro de Valladolid. «Una mirada al arte del Valladolid de la 2ª mitad del siglo XX». Salón de Actos del Museo, 18 de mayo, Día Internacional de los Museos. Colabora: El Norte de Castilla.

DOCUMENTACIÓN José Ramón Alonso Santamaría Marta Morán Silva DISEÑO E IMPRESIÓN Gráficas Andrés Martín, S. L. DISEÑO DE CUBIERTA Mª Ángeles Díez Mendoza FOTOGRAFÍAS Textos: imágenes de Juan José Martín González (p. 21), Cacho (pp. 27, 37 y 48), Beltrán (pp. 31, 33, 47, 85 y 86), Luis Laforga (p. 53), Carvajal (p. 63), Miguel Ángel Santos (p. 97) y autores anónimos cedidas por Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid (p. 21), Jacobo (pp. 22, 23, 29, 31, 33, 35, 49, 50, 51, 63, 69, 77, 81, 83, 85, 86 y 87), Félix Cuadrado Lomas (pp. 25, 27, 28, 39, 53, 91, 93, 94, 95 y 96), María José Pérez (pp. 37, 47, 48 y 71), El Norte de Castilla (p. 45), María Calleja (pp. 56, 57 y 58), Enrique Gavilán Domínguez (pp. 60 y 61) y Diputación de Valladolid (p. 97). Catálogo de obra: imágenes de Germán Sinova, salvo pp. 114 y 117 (Junta de Castilla y León). Documentación: imágenes de Nacho Carretero (pp. 215, 221, 225, 229 y 233) y Beltrán (p. 235) cedidas, respectivamente, por el artista y por los hijos de Francisco Sabadell. © de la edición, Fundación Villalar-Castilla y León y Patio Herreriano, Museo de Arte Contemporáneo Español © de los textos, sus autores © de las imágenes, sus autores Todos los derechos reservados ISBN: 978-84-937120-9-9 y 978-84-96286-17-7 D. L.: VA. 157.–2011 Fundación Villalar-Castilla y León Plaza de las Cortes de Castilla y León, 1 47015 Valladolid Tel: 983 421 550 www.fundacionvillalar.es Museo Patio Herreriano C/ Jorge Guillén, 6 47003 Valladolid Tel.: 983 362 908 www.museopatioherreriano.org


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Índice

Grupo Simancas: seis pintores para una exposición FERNANDO GUTIERREZ BAÑOS

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Los veneros ocultos de Fastiginia LUIS MIGUEL DE DIOS

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Recuerdos de un tiempo que fue MARÍA C ALLEJA

55

Enrique Gavilán Estelat y los orígenes del Grupo Simancas ENRIQUE GAVILÁN DOMÍNGUEZ

59

Una entrevista que nunca sucedió: el Grupo Simancas en el Patio Herreriano TERESA ORTEGA COCA

67

Fernando Santiago, un galerista para años difíciles MARÍA AURORA VILORIA

79

Félix Cuadrado Lomas, un pintor en busca de lo esencial MARÍA AURORA VILORIA

89

Retrato de familia RAMÓN TORÍO

99

CATÁLOGO DE OBRA

103

ANTOLOGÍA DE TEXTOS CRÍTICOS

185

DOCUMENTACIÓN

213

Félix Cuadrado Lomas Jorge Vidal Domingo Criado Gabino Gaona Fernando Santiago «Jacobo» Francisco Sabadell

215 221 225 229 233 235

BIBLIOGRAFÍA

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Grupo Simancas: seis pintores para una exposición FERNANDO GUTIÉRREZ BAÑOS UNIVERSIDAD DE VALLADOLID COMISARIO DE LA EXPOSICIÓN

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rupo Simancas... Este es el nombre que la tradición crítica e historiográfica ha consagrado para el grupo de artistas e intelectuales que se afanaron en ampliar los horizontes de la cultura local en el Valladolid del desarrollismo y de la transición. El pueblo de Simancas, en realidad, no fue más que la estación última de un periplo que se inició muchos años antes en torno a la mítica librería Relieve, fundada en 1951 por los hermanos Rodríguez, que se encontraba, originalmente, en la C/ Cánovas del Castillo. La librería Relieve servía de punto de encuentro a cuantos en los años duros del franquismo representaban una intelectualidad alternativa, poetas como Justo Alejo o como Francisco Pino o críticos como Santiago Amón. Los artistas plásticos cobraron un especial protagonismo en los años sesenta, exhibiendo su obra, primeramente, en la Galería Castilla, fundada en 1962 por Eliseo Simón y, posteriormente, en la Sala Jacobo, creada en 1966 por Fernando Santiago como una extensión de su comercio de muebles y de decoración situado en la C/ Miguel Íscar. En este momento el grupo entró en ebullición, tomando, en cierta manera, si no en cuento a su estética particular, si, cuando menos, en cuanto a su afán de modernidad, el relevo del Grupo Pascual Letreros liderado por José Parrilla y por su mujer Alma Castillo (que contaba entre sus filas con, entre otros, el escultor Lorenzo Frechilla), que, en el Valladolid de 1948, apostó por una abstracción deudora de ciertos aspectos del constructivismo del uruguayo Joaquín Torres García. Simancas vino después. En el transcurso de los viajes por Europa a los que los miembros del grupo fueron tan aficionados, el conocimiento de experiencias como la de Saint-Paul de Vence, un pueblo en el que artistas y artesanos vivían, exponían y vendían su obra dinamizando el medio rural, suscitó la idea de hacer algo similar en Valladolid. Primeramente se intentó en Urueña. Allí se establecieron el pintor Gabino Gaona y el escultor y restaurador Pablo Prieto. Allí compró casa, asimismo, el pintor y galerista Fernando Santiago. Pero la experiencia no cuajó por el relativo aislamiento de la hoy bien promocionada Villa del Libro, de manera que se buscó un lugar más accesible, más cercano a Valladolid, surgiendo, así, como alternativa, Simancas, localidad a la que, a lo largo de los años setenta, se fueron trasladando la mayor parte de los miembros del grupo. Fernando Santiago abrió allí en 1972 la Galería Arcón A-7, que se inauguró con una exposición antológica del recientemente fallecido acuarelista y grabador Francisco Sabadell. Gabino Gaona, junto con María Calleja, abrió allí en 1979 La Casa Vieja, una tienda de cerámica y de artesanía en la que también se celebraban exposiciones y actos culturales. Con estas iniciativas, el afán de apertura a una cultura alternativa que había caracterizado la actividad del grupo a finales de los años sesenta se trasladó, asimismo, a Si-

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mancas y, en este contexto, surgió la etiqueta de «Grupo Simancas» al hilo de un reportaje que sobre el colectivo realizó en los años setenta la por entonces única Radio Televisión Española. Grupo Simancas, Grupo Jacobo, Grupo Relieve... quizás la segunda o la tercera expresión serían más justas, más cercanas a los orígenes y a la esencia del grupo, pero la primera ya se ha impuesto y solo nos cabe reflexionar sobre su alcance y sobre su significado. ¿Qué fue el Grupo Simancas? Ante todo un grupo de amigos. Domingo Criado lo expresaba muy bien en la entrevista que le hacía Mar Torres en El Mundo en 1992: «Era un grupo de amigos; unos pintábamos; otros, escribían; conectábamos y nos reuníamos en Simancas. Nos encantaba la pintura, charlábamos, pintábamos juntos, discutíamos... (...) La pintura es una cosa y la amistad otra. Somos pintores amigos». Nunca existió, pues, un planteamiento estético común. De hecho, como tendremos ocasión de comprobar al repasar la obra de los distintos artistas presentes en la exposición, su bagaje formativo, sus inquietudes e, incluso, su propia dedicación a la pintura eran muy diversos entre sí, dificultando el desarrollo de una poética acompasada. Los unía, en lo humano, la amistad (viajar juntos, pintar juntos, exponer juntos...) y, en lo plástico, una irreducible independencia con respecto al gusto establecido en la sociedad vallisoletana del momento, que los llevaba a explorar distintos lenguajes de la modernidad (en ocasiones, más contemporáneos, en ocasiones, pertenecientes a la más veneranda, aunque, por entonces, no del todo asimilada, tradición de las vanguardias históricas). Gabino Gaona lo expresaba así en 1988: «Al menos hay una actitud compartida hacia la plástica (...) compartida y renovadora». No existe, en consecuencia, un manifiesto o una declaración programática que recoja las inquietudes del grupo. Las convenciones literarias del género «Historia del Arte» no solo exigen para un movimiento o un grupo de artistas una etiqueta común que los identifique (que, en este caso, pese a las críticas que pueda hacérsele, es, incontestablemente, la de Grupo Simancas), sino también un acontecimiento nuclear, un punto de partida, casi siempre convencional, pero unánimemente reconocible, que marque su eclosión, como puedan serlo Les demoiselles d’Avignon de 1907 con respecto al cubismo o el manifiesto de 1924 con respecto al surrealismo. La empresa, en este caso, es mucho más difícil. La actividad artística individual de algunos de los artistas del grupo se inicia a finales de los años cincuenta (incluso antes, en el caso de Francisco Sabadell, pues aventajaba en edad al resto de artistas del grupo). Creo, sin embargo, que, como colectivo, no se puede hablar de Grupo Simancas antes de finales de los años sesenta. La apertura de la Sala Jacobo en 1966 (aunque la primera exposición fuera del pintor salmantino Antonio Marcos), la llegada de Jorge Vidal de Chile vía Alemania en 1967... ofrecen algunas referencias. Si cedemos la palabra a uno de los protagonistas del grupo (Gabino Gaona), este concede un especial valor a la exposición Ensayo colectivo pintura-poesía, celebrada en 1968 en la Sala Jacobo y llevada, de inmediato, a Salamanca: «Es entonces cuando el grupo cobra verdadera entidad, hasta ese momento había estado más disperso (...) Había bastante de provocación hacia la gente, ¿sabes?, queríamos concienciarla de que había que cambiar, que ya estábamos aburridos de hacer siempre lo mismo, que no nos pidiesen siempre las mismas cosas, que no nos limitasen, coño, que lo que nosotros queríamos hacer también era válido, que estábamos buscando caminos nuevos en la plástica y que tenían que fiarse de nosotros, apoyarnos incluso, que les estábamos dando lo mejor de nosotros mismos y no había derecho a que viviésemos tan miserablemente». Singular importancia tuvo, asimismo, la exposición 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga, celebrada en 1969 en la capital andaluza al hilo de un viaje colectivo, en el que participó, asimismo, el poeta Francisco Pino, para visitar a Jorge Guillén. Una y otra exposición ponen de manifiesto la importancia en los orígenes del grupo de la poesía y de los poetas, previamente aglutinados en torno a la librería Relieve. Estos alimentaron el afán experimental de los artistas plásticos del grupo y dieron soporte literario a algunas de sus inquietudes estéticas e ideológicas y, a la inversa, estos excitaron la búsqueda de una poesía pura-

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Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


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El pueblo de Simancas ca. 1970. Foto: Juan José Martín González (Archivo del Departamento de H.ª del Arte de la Universidad de Valladolid).

mente visual, que trascendía por completo lo verbal, que culminó en obras como Ventana oda (1976), de Francisco Pino, o Libro de horas y orificios (1978), de Justo Alejo. A partir de estos acontecimientos fundacionales, la vigencia del grupo se extenderá durante dos décadas, hasta finales de los años ochenta del siglo XX, aunque las trayectorias individuales de los distintos miembros del grupo, indisociablemente ligadas a lo vivido durante estos años, continuaran desarrollándose con posterioridad. En 1988 Gabino Gaona reconocía que el grupo ya no pervivía y en 1992 Domingo Criado se refería a él en pasado. En cierta manera, el cuadro Toreros antes del paseíllo de Félix Cuadrado Lomas que enseguida comentaré (retrato colectivo del grupo), pintado en 1987, no es sino un epílogo emocionado de lo que había sido el Grupo Simancas, un epílogo emocionado en el que duelen ya algunas ausencias. Un grupo basado en lo humano en la amistad y en lo plástico en una apuesta plural por la modernidad es, necesariamente, un grupo abierto, carente de pertenencias orgánicas susceptibles de ser asentadas en un libro-registro. La determinación de la nómina del Grupo Simancas es, en consecuencia, una cuestión compleja e, incluso, vidriosa. Félix Cuadrado Lomas lo hizo, a su manera, en Toreros antes del paseíllo y según cuenta Ramón Torío, biógrafo del grupo, algunos se ofendieron por no estar allí («Pero si no puedo, tendría que haber tenido un bastidor enorme para meteros a todos», fue la réplica del artista). Gabino Gaona lo intentó en la entrevista que le hizo Ramón García en 1988 apostillando, tras unos oportunos puntos suspensivos, «No sé si me dejo alguno, pero tampoco se trata de hacer un censo, ¿no?». En esta exposición se encuentran seis artistas. Veintiún años separan al más joven, Jorge Vidal, del más mayor, Francisco Sabadell, a quien una temprana muerte impidió, paradójicamente, disfrutar de las experiencias del grupo en Simancas. Equidistantes entre ambos extremos se sitúan Domingo Criado, Gabino Gaona, Fernando Santiago y

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La Librería Anticuaria Relieve, en C/ Cánovas del Castillo.

Félix Cuadrado Lomas. Conviene, cuando menos, citar, asimismo, a Pablo Prieto (Cigales, 1937), valioso escultor que orientó, finalmente, su actividad hacia el campo de la restauración, partícipe de todas las iniciativas de los años iniciales del grupo, y a Carlos León Escudero (Ceuta, 1948), que, si bien dio sus primeros pasos como pintor de la mano del grupo, se desvinculó, posteriormente, del mismo en aras de una trayectoria de mayor proyección nacional. De la misma manera que un grupo de estas características carece de pertenencias orgánicas, carece de jerarquías o de autoridades reconocidas. Ello no obsta para que, desde el exterior, advirtamos el especial protagonismo que, en determinados aspectos de la vida del grupo, jugaron algunos de sus miembros. Se puede decir que Félix Cuadrado Lomas desde el punto de vista plástico, Blas Pajarero desde el punto de vista ideológico y Fernando Santiago desde el punto de vista de gestión fueron los auténticos pilares del grupo. Félix Cuadrado Lomas desempeñó un papel fundamental como agente catalizador en los orígenes del grupo. De la mano de Félix se introdujo Gabino Gaona en los ambientes intelectuales y artísticos que cuajarían en la formación del grupo y preguntando por Félix y por Gabino, cuya referencia le habían dado en Hamburgo, se presentó un buen día Jorge Vidal en Valladolid. Su carisma y su profundo conocimiento de la tradición pictórica universal y local, unidos a sus convicciones estéticas, le granjearon el unánime reconocimiento como «maestro» del que, según cuenta Ramón Torío, a veces renegaba. Blas Pajarero, seudónimo de Pablo Rodríguez (Santander, 1926-Valladolid, 1991), era hermano de Domingo y de José, los fundadores de la librería Relieve. Se dedicaba profesionalmente al mundo de la publicidad, pero empeñaba, asimismo, sus fuerzas en organizar cuantos eventos relacionados con la poesía, con la música o con la pintura pudieran aportar algo alternativo a la vida de la ciudad. Tras la muerte de su hermano Domingo, colaboró con su hermano José, conocido como Pepe Relieve,

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La Sala de Arte «Jacobo», en C/ Miguel Íscar.

en las empresas editoriales de la librería Relieve, entre las que destacan, especialmente, los Pliegos de cordel valisoletanos que se venían publicando desde 1959, en los que, en formato de fácil circulación que a menudo incluía ilustraciones de los artistas del grupo, se daba a conocer obra poética experimental y/o comprometida (la serie la inauguró Justo Alejo). Blas Pajarero jugó un papel fundamental en la organización de los acontecimientos nucleares en la eclosión del grupo anteriormente comentados. Los Pliegos de cordel valisoletanos que sus amigos le dedicaron como homenaje póstumo en 1993 resumen su aportación de la siguiente manera: «Desde una semiclandestinidad consentida Pablo era el impulsor, el animador, el punto de referencia de la cultura vallisoletana «no oficial» (...) Las Bellas Artes, la Política, los Sindicatos, tienen una gran deuda con este aglutinador, mentor y orientador de ideas y personas». Fernando Santiago, conocido como Jacobo, «fue el alma del grupo», según tajante expresión de Gabino Gaona, o su «epicentro», según expresión de Ramón Torío. Él se convirtió en el galerista del grupo en las sucesivas salas que abrió en Valladolid y en Simancas, siendo, asimismo, el impulsor de los viajes colectivos que, a manera de gran familia, hacían los miembros del grupo, a veces, por las grandes capitales europeas, para conocer un arte y una vida metropolitana que distaban de lo que se podía conocer en aquellos años en Valladolid, a veces, sensu contrario, a Nazaré, en Portugal, a disfrutar de una vida genuina, aún no contaminada por el turismo y por el progreso. Jacobo, Blas Pajarero y Félix Cuadrado Lomas aparecen puntualmente representados en el cuadro Toreros antes del paseíllo que Félix pintara en 1987, que ha quedado para la posteridad como imagen icónica del Grupo Simancas. Con carácter más retrospectivo que prospectivo, el cuadro es, a escala local, el retrato no solo de un grupo de creadores, sino también de un periodo, como pueda serlo La tertulia del café de Pombo de Gutiérrez-Solana con respecto a los años

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Portada del catálogo de la exposición Ensayo colectivo pintura-poesía, celebrada en Jacobo en 1968.

Portada del catálogo de la exposición 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga, celebrada en Málaga en 1969.

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veinte o Grupo de personas en un atrio, o alegoría del arte y de la vida, o del presente y del futuro de Pérez Villalta con respecto a los años setenta, si bien, según comenta Ramón Torío, el referente inmediato fue un cuadro de similares características del zamorano Antonio Pedrero. El mundo de los toros gustaba mucho a los miembros del grupo y tanto Félix Cuadrado Lomas como Domingo Criado se ocupan de él en sus lienzos. La característica composición cortada de Félix Cuadrado Lomas, que apenas deja espacio libre, hace tanto más patente la ausencia, a pesar de que no exista hueco para ellos, de Francisco Sabadell, tempranamente fallecido en 1971, y de Justo Alejo, trágicamente desaparecido en 1979. Si estas ausencias son dramáticas, no menos dramática es la presencia del crítico Santiago Amón (a la derecha, junto a Blas Pajarero), que moriría en un accidente de helicóptero en 1988. El cuadro está lleno de guiños de complicidad. En el centro, vestidos de matadores, están los pintores Jorge Vidal, Gabino Gaona y Domingo Criado. Este, con el elegante porte que lo caracterizaba, muestra sobre su capote escuadras y cartabones que rememoran su paso por los talleres de Renfe. A su izquierda (derecha del espectador), Gabino Gaona exhibe los centenarios emblemas de la por entonces joven comunidad autónoma de Castilla y León, así como el contorno de una paleta en cuyo interior campea un bisonte altamirano, símbolo todo ello de un primigenio impulso pictórico que Gabino representaba muy bien. Más a la derecha, Jorge Vidal mira, simplemente. En los extremos del cuadro, como subalternos, están los hermanos Rodríguez: Pepe Relieve, a la izquierda, y Blas Pajarero, a la derecha (y, junto a él, según se ha indicado, Santiago Amón). Domingo, el tercero de los hermanos, había fallecido muchos años atrás. En el capote de José Rodríguez algunos han querido ver los lomos de los libros con los que trajinaba y, afortunadamente, aún trajina en la librería Relieve. Más explícita es la referencia del capote de Pablo Rodríguez a la bandera republicana, expresión de unos ideales de familia que le costaron años de cárcel a su padre, militar republicano, y a su hermano Domingo y que Pablo mantuvo durante toda su vida: los Pliegos de cordel valisoletanos que sus amigos le dedicaron en 1993 se fecharon el 14 de


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abril, «día en el que Pablo cada año estrenaba corazón alborozado». En segundo término, relegados a una posición secundaria por esas gafas que parecen incapacitarlos para la lidia están, de izquierda a derecha, el poeta y amigo de todos Ramón Torío, Fernando Santiago y Félix Cuadrado Lomas. Los guiños presentes en Toreros antes del paseíllo llaman nuestra atención sobre otra cuestión interesante en relación con el grupo: su orientación ideológica. Gabino Gaona decía en 1988: «no, no eran las ideas políticas las que predominaban en el grupo, ni mucho menos, se barajaban muchas ideas, sí, ¡bueno, a veces las reuniones eran una cosa de locos!, pero por encima de todo estaba la plástica, el arte». Sin embargo, Ramón Torío, preguntándose retóricamente si hubo una postura política en el grupo, ha dicho en 2010: «Sin duda. Era similar a la que animaba la «rebotica» de la Librería Relieve, por donde todos habían El poeta zamorano Justo Alejo. pasado y discutido en esa pequeña república de las ideas. Ese pensamiento era un totum revolutum en el que entonces consistía la oposición». Algunos de sus miembros, como Blas Pajarero, Félix Cuadrado Lomas o Domingo Criado se encontraban claramente posicionados y, en general, dominaba en ellos una orientación ideológica que hoy denominaríamos progresista. Cosa distinta es que dicha orientación ideológica tuviera una traducción explícita en su producción plástica más allá de la creación de un arte que se salía de lo puramente convencional. Francisco Sabadell dio su particular visión de los logros de los XXV años de paz en una serie de dibujos que no tuvieron difusión más allá del círculo de sus amistades (algunos de ellos se encuentran reproducidos en el catálogo de la exposición que se le dedicó en 1992), pero quizás el testimonio más elocuente de posicionamiento político dentro del grupo sea el libro Retazos de Torozos, con textos de Blas Pajarero e ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas, publicado en Valladolid en 1968, encabezado por su autor por un escalofriante «A los muertos en Torozos», tan ambiguo como explícito (Blas Pajarero, aunque nacido en Santander por circunstancias del destino de su padre, era oriundo de Castromonte). El libro, que era una recopilación de artículos publicados en Diario Regional entre 1965 y 1967, se abría con un prólogo del historiador y crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño, también republicano y represaliado, que fue suprimido por la censura, siendo sustituido por uno improvisado y aséptico. Por estos años, Domingo Criado empezaba a hacer una pintura que él mismo calificaba de «social», en la que destaca el grado de empatía para con sus modelos, y, algún tiempo después, Gabino Gaona, a pesar de sus propias declaraciones, trasladaba al lienzo el dolor y la frustración que le produjeron los fusilamientos de terroristas de finales del franquismo, que le llevaron a pintar figuras muertas en el paisaje en una serie para él muy dura de la que destruyó la mayor parte de las obras. ¿Tienen alguna significación política los guardias civiles que forman parte del repertorio iconográfico de Félix Cuadrado Lomas? Eso solo el propio artista podría aclararlo, pero sus gestos encorvados, sus capotes pesados y sus tricornios, representados incluso más acá del periodo de uso reglamentario de este tocado, nos hablan, más bien, de seres sufridos, anclados

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en un medio rural duro e inmóvil, casi a la manera de las mulas tan características del artista. En general, las visiones del campesinado de Félix Cuadrado Lomas presentan, por su estética y por su planteamiento, unas concomitancias con el movimiento Estampa Popular de los años cincuenta que merecerían ser indagadas. A pesar de su pluralidad ideológica, estética y personal y de que el grupo se basase, ante todo, en vínculos de amistad, existen ciertos motivos transversales presentes en (casi) todos ellos, que sirven para conferir cierta cohesión al grupo al tiempo que para mostrar la diversidad del planteamiento plástico de cada uno de sus integrantes. Estos motivos transversales son, por una parte, el paisaje castellano y, por otra parte, las barcas de Nazaré. Las segundas no están presentes en la obra de Francisco Sabadell, a quien las circunstancias personales impidieron participar en los ociosos viajes grupales a este pueblo portugués de pescadores. Ni estas ni el primero están presentes en la obra de Jorge Vidal, que, a pesar de haber vivido ambos y a pesar de ser un pintor figurativo (cuestión problemática sobre la que más adelante volveré), no era un pintor realista, aunque su obra, desde luego, acusa el impacto de Portugal. Barcas y paisaje reflejan distintos aspectos de la idiosincrasia del grupo. Las barcas reflejan la vivencia de amistad que era la esencia del grupo. En efecto, Nazaré se convirtió, desde finales de los años sesenta, en el lugar preferente de veraneo de sus integrantes. Era una localidad aún no explotada turísticamente en la que se podía disfrutar de la experiencia de lo auténtico. Gabino Gaona, con su habitual espontaneidad, lo recuerda de esta manera: «era para enamorarse, te lo aseguro, aquello era una maravilla de sitio, no ahora, que ya está invadido por el turismo, sino entonces. La gente hacía la vida prácticamente en la playa, y nosotros vivíamos con ellos, participábamos en las faenas, en meter y sacar las barcas del mar arrastradas por bueyes, en recoger las redes, en mil cosas.Y también en las fiestas, claro, menudos bailes se organizaban en la arena, aún me acuerdo que bailábamos con las mujeres de los pescadores, era gente muy hospitalaria aquella... Solíamos estar un mes o más y volvíamos prácticamente todos los años». Los pescadores del lugar utilizaban unas barcas muy características, de proa alta y pintadas de vivos colores, que se ofrecen, sin querer, como objeto de la creación plástica. Encontraremos, pues, barcas tratadas con rigor geométrico por Félix, con tensión expresiva por Gabino, con fuerza plástica por Domingo, con afán constructivo por Fernando. Siempre las mismas barcas. Siempre distintas. El paisaje refleja la identificación con la tierra y su compromiso con la misma. Muchos de los artistas habían nacido en Valladolid o vivían aquí desde su más tierna infancia, pero casi todos tenían vínculos familiares con Tierra de Campos o con los montes Torozos que les movieron a indagar en la realidad plástica de unas tierras que se pierden en horizontes infinitos, pero que presentan una pluralidad de matices geométricos, cromáticos y lumínicos mucho más rica de lo que un espectador poco avisado pudiera imaginar. Félix Cuadrado Lomas, nacido en Valladolid, viajaba con frecuencia al pueblo de su madre, Calzada de los Molinos (Palencia), y allí pasó todo un año de su juventud convaleciente de tuberculosis, en lo que fue una experiencia catártica y catalizadora frecuente en las biografías artísticas. Domingo Criado, nacido, circunstancialmente, en Tudela de Duero, tenía, asimismo, sus raíces familiares en Tierra de Campos. Gabino Gaona nació en Valoria la Buena y Fernando Santiago nació en Villafrechós. A menudo los artistas del grupo, tan proclives a las experiencias compartidas, salían juntos a pintar el paisaje del natural. Este género, que recorre a manera de espina dorsal la Historia del Arte Contemporáneo Español, ha servido, en ocasiones, para el escapismo complaciente y, en ocasiones, para el más firme de los compromisos. Los paisajes del Grupo Simancas se insertan en esta segunda tradición, que tiene sus más ilustres y cercanos precedentes en la pintura vinculada a la Generación del 98 en el tránsito al siglo XX y en la pintura vanguardista de las décadas de 1920 y de 1930 (la Escuela de

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Félix Cuadrado Lomas, Santiago Amón y Blas Pajarero. Foto: Cacho.

Vallecas fue su manifestación más significativa), con las figuras de Benjamín Palencia y de Juan Manuel Díaz-Caneja como puentes hacia el periodo de la posguerra. No existen para con estos precedentes deudas formales (no encontraremos en los paisajes del Grupo Simancas los matices impresionistas y postimpresionistas de los primeros ni los acentos surrealistas de los segundos), pero sí conceptuales: la reivindicación identitaria y esencialista del paisaje unida al afán de plasmarlo desde los lenguajes de la modernidad. Por ello es por lo que los paisajes del Grupo Simancas quedan para la posteridad como una de las grandes aportaciones a este género dentro de la pintura española del siglo XX. La obra de los distintos artistas del grupo presenta matices diferenciales consecuencia de su formación, de su trayectoria y de sus intereses. Se puede decir, en cierta manera, que Félix Cuadrado Lomas y Jorge Vidal son los pilares pictóricos del grupo. El primero representa la tierra y la tradición. El segundo representa la aportación exterior. Sus pinturas resultan mutuamente impenetrables. En cambio, Gabino Gaona y Domingo Criado supieron integrar en su creación personal matices de la obra de estos dos referentes. La dedicación a la pintura de Fernando Santiago, volcado en sus negocios y en su actividad como galerista, fue menos intensa, pero participa de las inquietudes del grupo. Francisco Sabadell, finalmente, mayor en edad y en responsabilidades, cuenta con una trayectoria previa a la formación del grupo que, de alguna manera, allana sus realizaciones. La pintura del «maestro», de Félix Cuadrado Lomas, se distingue por una personalidad más recia, que cala profundamente en el espectador. Félix Cuadrado Lomas nació en Valladolid. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad y, tras iniciarse en el ejercicio de oficios diversos, decidió dedicarse, en exclusiva, a la práctica de la pintura. Su primera exposición se celebró en 1957. Desde entonces, su obra ha manifestado una extraordinaria coherencia, tanto a nivel formal, con un lenguaje de raíz cubista, como a nivel iconográfico, destacando, en este aspecto, el protagonismo, que no la exclusividad, del paisaje castellano. Coherencia, sin embargo, no implica

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inmovilismo. De la misma manera, su obra ha manifestado, siempre, una constante reelaboración, producto de una profunda reflexión ante la pintura y ante la realidad. Coherencia y constante reelaboración, señas distintivas del arte de Félix Cuadrado Lomas, están íntimamente relacionadas con otros dos rasgos privativos de su personalidad que le confieren una especial singularidad dentro del grupo: su proclividad a la verbalización de su reflexión teórica y su sensibilidad hacia la tradición, esto es, hacia la Historia de la Pintura (así, con mayúsculas). Los pintores, en general, son poco dados a manifestar en negro sobre blanco sus ideas sobre la pintura (cosa en absoluto reprochable, pues, al fin y al cabo, ellos se expresan con sus pinceles) y, cuando, excepcionalmente, se aniFélix Cuadrado Lomas y Jorge Vidal en Marruecos, man a ello, suelen hacerlo de manera desesperantemente críptica. Félix Cuadrado Lomas es la excepción que confirma esta regla. En más de una ocasión, Félix ha hablado y ha hablado con exquisita transparencia y honestidad. En el folleto que acompañó la exposición 30 pinturas 30 (óleo – temple – acuarela) tituladas posturas, gestos y ademanes de los toreros en la plaza, celebrada en Valladolid en 1987-88, en la que se presentó el cuadro Toreros antes del paseíllo que anteriormente comentábamos, Félix Cuadrado Lomas manifestaba en la primera página los valores plásticos que pare él encerraban los cuadros de esa exposición: «geometría, poesía, luz, figura, forma y colorido». Ciertamente, no se puede decir de manera más clara: no existe un solo cuadro del artista que no responda a la exploración de todos y de cada uno de estos valores. La reflexión teórica de Félix Cuadrado Lomas culminará con el manifiesto, retóricamente encabezado por esta forma verbal, que acompañará en 1999 la exposición itinerante Tierras construidas. En él expone su concepción madura del paisaje, que arranca, sin solución de continuidad, de una manera de hacer patente ya en algunas obras de finales de la década de 1950 que ha ido depurándose con el afán de «conseguir con los mínimos elementos la máxima expresividad a través de medios tan elementales como la línea, la forma y el color; tomándome la licencia de la libertad interpretativa por ser necesaria en toda creación, pero no casual o caprichosa, sino fundamentada en una realidad existente». Los paisajes de Cuadrado Lomas de estos años se acercarán a la abstracción (aunque, en realidad, en ningún caso puedan ser caracterizados como abstracción: es más, se trata, siempre, de paisajes concretos e identificables), pero no a una abstracción fría, puramente formalista, sino a una abstracción vitalista, identificada con la vida inmanente a la tierra («creación de la mano del hombre»), que, curiosamente, no deja de presentar algunas concomitancias con la abstracción organicista, aunque esta sí puramente formalista, explorada años antes por el Equipo 57. Un par de paisajes de 1997 da buena cuenta de este proceso de síntesis. Pero a este punto se llega tras cuatro décadas de intenso trabajo.Tras unos tanteos iniciales de raíz impresionista

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Félix Cuadrado Lomas, Gabino Gaona, Ramón Torío, Jorge Vidal y Jacobo en Nazaré, acompañados por una lugareña.

y postimpresionista, el artista encuentra enseguida en el cubismo un punto de partida válido para su aventura pictórica. El Retrato de mi madre (María Lomas), de 1959, nos pone ante un Félix Cuadrado Lomas que explora las posibilidades del cubismo sintético en una obra que hermana con otros retratos de tipos populares castellanos, casi siempre familiares del pintor, que, seguramente sin saberlo y sin quererlo, entroncan con las obras de similar temática que, a principios de la década de 1920, realizara Rafael Barradas, que tanta importancia tuvieron en la obra inicial de artistas de nuestra vanguardia como Alberto Sánchez o como Salvador Dalí. En estas pinturas tan importante como el tratamiento formal es la reivindicación de tipos populares, que tomará cuerpo, finalmente, trascendiendo lo individual, en el paisaje (en el fondo, unos y otro no son más que una sola y misma cosa). Otra obra inicial, Homenaje a Valdés Leal, de 1959, asimismo, nos pone ante la otra faceta del arte de Félix Cuadrado Lomas que anteriormente destacaba: su sensibilidad hacia la tradición (a veces de manera implícita y a veces, como en este caso, de manera explícita en el título y en el planteamiento de la obra). Una vanitas cubista rememora al maestro de la vanitas barroca. Sobre esta base, la obra de Félix Cuadrado Lomas fue definiendo su personalidad, transitando unos temas que, en ocasiones, reaparecen a lo largo de toda su trayectoria una y otra vez. Desde el punto de vista formal, distingue a su pintura una geometría cada vez más limpia, que invade toda la superficie del lienzo, o bien elevando el horizonte cuando se trata de paisajes, o bien forzando el encuadre cuando se trata de cuadros de composición. El color, por lo general, plano, pero de gran variedad e intensidad, se subordina a la geometría. En su repertorio temático, el paisaje, según se ha indicado, tiene un especial protagonismo. Su interpretación del paisaje responde a una visión esencialista. En la obra seleccionada se pueden ver desde paisajes de los años sesenta

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hasta paisajes de los años noventa. El tratamiento formal cambia, pero el paisaje, como tal, no cambia, aunque sepamos que, en realidad, esto no es así, aunque sepamos que el campo actual, poblado de urbanizaciones y de aerogeneradores, poco tiene que ver con el campo del periodo del éxodo rural. Y es que a Cuadrado Lomas le interesa lo que de permanente existe en nuestros campos, pero sin caer nunca en el estereotipo ni en la reiteración. En el fondo, cada paisaje es diferente porque responde a un lugar diferente, a una estación del año diferente y a una hora del día diferente (exploración de matices que culminaría en la exposición Las estaciones en el paisaje de por aquí, de 1989), pero, en esencia, cada paisaje es el paisaje que se identifica plenamente con sus habitantes-creadores. Por eso es por lo que Cuadrado Lomas, «cubista de Castilla», en palabras de Santiago Amón, puede ser reivindicado como uno de los grandes intérpretes del paisaje castellano del siglo XX. Íntimamente asociados al paisaje se encuentran temas como las mulas (con Mulas y tierras ganaría en 1966 el premio nacional de pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid) o como las parejas de la guardia civil. Inevitables son, asimismo, las barcas de Nazaré, de las que Cuadrado Lomas consigue una de las interpretaciones más afortunadas en la pintura de 1971 que aquí se exhibe. Cuadrado Lomas ha sido, asimismo, pintor de bodegones. De especial rigor constructivo el que aquí se exhibe, los que, como este, tienen como protagonistas reses despiezadas no dejan de evocar la inquietante angustia de los que pintara Goya. Otros temas frecuentados por el artista responden a intereses particulares de Cuadrado Lomas. Así los toreros, en los que es patente su interés por el rito, o los desnudos, celebración del arte y de la vida por su cúmulo de referencias a la tradición pictórica, hábilmente desentrañadas por Javier Hernando en el catálogo de la exposición antológica de 2003, y por su erotismo descarnado, auténtico tour de force con respecto a los paradigmas manieristas que a menudo le sirven de inspiración. La obra de Félix Cuadrado Lomas es, afortunadamente, una obra viva. Como testimonio de esta cualidad se muestran algunas obras recientes que tratan un tema especialmente frecuentado por el artista en sus últimos años: viñas que ponen un acento organicista en el rigor geométrico de sus paisajes inolvidables. La pintura de Jorge Vidal representa, en buena medida, el polo opuesto a la pintura de Félix Cuadrado Lomas. Su calidad y su novedad hicieron de su obra un referente obligado en la pintura vallisoletana de finales del siglo XX (en efecto, muchos artistas, entre ellos varios del grupo, se beneficiaron de su manera de sentir el color o la composición). Jorge Vidal nació en Valparaíso (Chile). Se formó en las disciplinas de pintura y de grabado en la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar. En 1966 se embarcó para Europa (nunca regresaría a su país natal). Su primer destino en Europa fue Alemania, donde el azar quiso que un conocido le hablase de Valladolid y de Félix Cuadrado Lomas. En nuestra ciudad, a la que llegó en 1967, encontró el calor humano del por entonces Grupo Jacobo, conociendo, además, el éxito artístico merced a los buenos resultados de las exposiciones que desde ese mismo año se celebraron en la Sala Jacobo. En consecuencia, Jorge Vidal se integró plenamente en la dinámica del grupo, compartiendo con sus miembros exposiciones, actividades y viajes. En el transcurso de uno de estos viajes (1969, Albufeira, en el Algarve portugués) conoció a la pintora suiza Jo Stempfel, que se convirtió, a partir de entonces, en su compañera. Con ella se quedó en Albufeira y con ella se trasladó en 1971 a Ginebra, donde amplió su formación en el Centre Genevois de Gravure Contemporaine. En estos años de alejamiento de Valladolid Jorge Vidal no perdió el contacto con el grupo. Jorge y Jo regresaron a Valladolid en 1976, instalándose, definitivamente, en nuestra ciudad. En torno a 1980, la exhibición de su obra en la Galería Kreisler Dos de Madrid y la obtención de importantes premios nacionales (entre ellos, el premio nacional de pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, que ganó en 1980) podrían haber propiciado el salto de Jorge Vidal a una trayectoria de mayor proyección nacional.

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Inauguración de la Galería Arcón A-7, en Simancas: Jacobo, Emilio Alarcos, Blas Pajarero, Carlos León Escudero, Domingo Criado, Pilar Benavente, Félix Cuadrado Lomas, Julián Martín de Vidales, Francisco Sabadell jr., Arturo Alonso y Henri Vallès. Foto: Beltrán.

Sin embargo, no fue así. Quizás Jorge Vidal prefirió la estabilidad de la amistad y de la tranquilidad que había encontrado en la ciudad del Pisuerga, en la que transcurrió su vida junto a Jo Stempfel (pintora íntimamente relacionada con el grupo que, sin embargo, prefirió mantener siempre su independencia y su identidad, que se concretó en comprometidas exploraciones de la feminidad, en ocasiones, a través de cuadros de temática floral, en ocasiones, a través de eróticos desnudos artificiosamente naïf). La obra de Jorge Vidal es amplia y compleja y se articula a través de series sucesivas genéricamente tituladas que, a veces, se encabalgan y, a veces, incluso, pese a su aparente contradicción, se desarrollan de manera simultánea. Más allá, sin embargo, de esta casi veintena de series, claramente identificables y delimitables, en la obra de Jorge Vidal resplandece una profunda unidad que está hecha de tensiones que se mantienen vivas a lo largo de toda su producción: tensión entre grabado y pintura, entre dibujo y color, entre gesto y materia, entre figuración y abstracción… En mi opinión, la obra de Jorge Vidal es siempre figurativa, aunque no apele a la realidad exterior de una manera descriptiva o naturalista (aproximación a la figuración que es única entre los miembros del grupo). Incluso aquellas obras o series que parecen estar más inmersas en la abstracción, si las contemplamos en secuencia, se las ve, simplemente, como formas que se han disuelto transitoriamente para volver a cobrar cuerpo algún tiempo después. Uno de los aspectos

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que más llamó la atención a la llegada de Jorge Vidal a Valladolid en 1967 fue el color explosivo y festivo de sus cuadros, que contrastaba vivamente con los ocres y con los grises derivados de las visiones del paisaje castellano, contribuyendo, junto con la inmediata experiencia de los viajes a Portugal, a la liberación cromática del grupo. Su pintura no habría sido la misma sin la aportación de este «color Valparaíso» del que hablara Justo Alejo. Como prueba de su maestría, sin embargo, Jorge Vidal también supo explorar las posibilidades del negro en las series Oriental y Volcanes que desarrolló simultáneamente entre 1989 y 1992. El propio artista se refería de la siguiente manera a la unidad de su obra en 1984 en la revista Papeles Plástica: «En mi pintura hay constantes que emergen continuamente: representaciones o alusiones a la naturaleza (flora y fauna) y elementos orientalizantes. Estos datos se unen a rasgos evocadores de otras realidades reconocibles y el resultado es una especie de juego que roza el surrealismo (sin llegar a serlo) y la figuración». En la interpretación de la obra de Jorge Vidal se han desarrollado dos tendencias contrapuestas, aunque, en buena medida, complementarias. Teresa Ortega Coca, por una parte, ha querido ver en su obra el vehículo por el que entran en la pintura vallisoletana las aportaciones desarrolladas por Der blaue Reiter a principios del siglo XX, especialmente, las aportaciones de Kandinsky o de Klee, cuya obra Vidal conocería bien por su experiencia centroeuropea (Alemania y Suiza), por su sentido cromático y compositivo. Javier Hernando, en cambio, en clave más estrictamente contemporánea, ha querido ver en su obra una interpretación personal de la nueva figuración que se desarrolló en los años sesenta y setenta, con contactos con la obra de artistas como Jorge Castillo, con el que coincidió en Ginebra. Según nos fijemos más en el aspecto cromático o figurativo de la obra de Jorge Vidal, una y otra interpretación son ciertas. Es importante destacar, en cualquier caso, que su obra, carente de lastres localistas, se inserta en una dinámica poética plenamente contemporánea. Las primeras obras de Jorge Vidal se agrupan en la denominada serie Valparaíso, vigente, a pesar de su denominación, hasta finales de los años sesenta, cuando el pintor se encuentra ya en España. Iniciada en el grabado, Jorge Vidal acabó trasladando al lienzo sus exploraciones sobre formas cuadrangulares que se acumulan caóticamente, que tienen una raíz figurativa en las casas y tendales de su ciudad natal. Con el traslado al lienzo apareció el color, que se intensificó, desdibujando sus límites, en la inmediata serie Algarve de ca. 1970, tanto en lienzos como los que aquí se muestran como en obras de pequeño formato realizadas sobre papel. Los años de Ginebra, que dan paso a la serie homónima, dan paso, asimismo, a una figuración inquietante, de rastros orgánicos en ambientes oníricos e, incluso, surrealistas, a la cual suceden, a partir de 1975, las series contemporáneas entre sí denominadas Metamorfosis y Pirámides, que el artista desarrolla ya en Valladolid. Si la serie Metamorfosis entronca con la anterior serie Ginebra por esas acongojantes presencias orgánicas que a menudo parecen responder a sucesivos estados de transformación, la serie Pirámides, cuyas pinturas aparecen dominadas por la mole monumental de este cuerpo geométrico, parece incluir un principio de racionalidad y de calma que mitiga el desasosiego producido por las otras pinturas. A principios de los años ochenta, en una serie de obras que carecen de denominación genérica, su pintura se hace más gestual, adquiriendo una libertad que enseguida aplicará a series como Interiores, agudamente caracterizada por Javier Hernando como «bodegones de arquitectura» (a veces también bodegones ortodoxos), pues reúne una serie de elementos constructivos como si de una naturaleza muerta se tratase en un espacio que no deja de ser ambiguo. En el tránsito a los años noventa Vidal desarrolla las series Oriental y Volcanes. La primera, cuajada de grafismos, evoca la fascinación por Oriente que es una constante en su obra. La segunda, ejecutada sobre papel, explora unas atmósferas de polución en la que los agentes causantes (estructuras de varillas, extraños conos, chimeneas…) no parecen, precisamente, naturales.

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Inauguración de la Galería Arcón A-7, en Simancas: de pie, Pepe Relieve, Félix Cuadrado Lomas, Emilio Alarcos, Jacobo, Emilio Salcedo, Gabino Gaona y Blas Pajarero; agachados, Domingo Criado, Arturo Alonso, Ubaldo Cuadrado Lomas, Carlos León Escudero y Julián Martín de Vidales. Foto: Beltrán.

El color reaparece en la serie Cartografías, de 1994-95, especie de ingenuos mapas de un mundo que a Jorge Vidal le gustaría recorrer, aunque, a la postre, él era poco aficionado a viajar («Con mi pintura viajo, me invento mis paisajes», había declarado en una ocasión). En esta serie se inicia una indagación de las posibilidades de la materia que cobrará protagonismo en el paso al siglo XXI en obras como las que exploran, magnificándolas, partes de animales o del cuerpo humano o en obras como las de la serie Matérica, en las que la forma se disuelve por completo dando paso a superficies monocromas en las que todo el protagonismo se confiere a los valores texturales. Llegamos así a la serie Jardín de invierno (2002-04), quizás la más sutil y conseguida de un Jorge Vidal en plena madurez que nos regala atmósferas brumosas en las que a veces se reconocen insectos o se insinúan plantas con un tratamiento matérico que huye de la masa y del emplasto. Esta serie le fue inspirada, según el propio artista, por la música del compositor japonés Toru Takemitsu, con lo que se aúnan en sus fuentes su fascinación por Oriente y su pasión por la música (pues, en efecto, a diferencia de otros miembros del grupo, Jorge Vidal fue más hombre de música y de teatro que de poesía). La obra de Jorge Vidal no se quiso detener en Jardín de invierno, pero la vida no le permitió ir más allá. Resulta emocionante poder ver en esta exposición alguna pintura de 2005 e, incluso, de 2006 en la que el artista, fiel a sí mismo, explora nuevas vías: de un fondo monocromático de matices un tanto eléctricos surgen, simétricamente, figuras animalescas con cierto aire de títere o de fábula. La nueva serie no llegó a cuajar.

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La plena dedicación a la pintura de Domingo Criado se inició relativamente tarde (solo a partir de 1967 expone con regularidad en la Sala Jacobo). Su despegue coincide, pues, con la eclosión del grupo, en cuya dinámica participa con entusiasmo, siendo apreciado, especialmente, por su aguda capacidad de penetración (en efecto, cuantos lo conocieron destacan su inteligencia, acerba y comprometida). Su vocación, sin embargo, no fue algo repentino. Fue, más bien, el resultado de una apuesta valiente y decidida por unas inquietudes patentes desde su juventud, disciplinadas por su aprendizaje profesional en los talleres de carpintería y de ebanistería de Renfe (que, cuando menos, le familiarizaron con los materiales y con los procesos, si bien en materia estrictamente artística se consideró siempre un autodidacta), por su actividad, desde 1959, como humorista gráfico en El Norte de Castilla y por su pasión por la poesía, que le había llevado a relacionarse desde hacía años con el grupo de intelectuales de la librería Relieve. Su periplo vital y profesional explica los matices del arte que desarrolló desde finales de la década de 1960, cuando decidió abandonar los talleres de Renfe para dedicarse, en exclusiva, a la comunicación y a la pintura. De esta se ha dicho que es, dentro del grupo, la que más se dejó influir por Jorge Vidal (sin menoscabo de su específica personalidad). Esto quizás sea cierto desde un punto de vista estrictamente formal. El problema es que la pintura de Domingo Criado no se puede abordar desde un punto de vista estrictamente formal. Criado procede, según se ha indicado, del mundo del periodismo (actividad que mantiene a la par que su trayectoria artística), entendiendo, en consecuencia, el arte como un acto de comunicación. Aunque su obra tenga, desde el principio, una fuerte tensión abstracta que finalmente se impone, no son los problemas de forma, de color, de textura... los que constituyen su principal objeto de interés. En la entrevista que le hacía Mar Torres en El Mundo en 1992, definía el arte con cristalina claridad como «un fenómeno anímico para comunicar». Señalaba, asimismo, en esa entrevista, que «El artista no puede inhibirse del exterior aunque lo que haga no tenga que ver con ello. El pintor lo transforma, se inspira en ello». Estas ideas se manifiestan de manera coherente en sus cuadros y, en general, en toda su obra, puesto que, al valorar, ante todo, en el arte, la comunicación y la emoción, el medio es secundario, lo que le ha llevado a explorar otros medios y otros formatos con más asiduidad que otros miembros del grupo. Criado ha realizado escultura (algo que, más allá de Pablo Prieto y de la frustrada vocación de Fernando Santiago, solo fue abordado por Gabino Gaona en una experiencia conjunta con Prieto que se dio a conocer en 1981), destacando, especialmente, en este campo, su monumento al fútbol (1982), ubicado junto al Nuevo Estadio José Zorrilla. Si bien, en principio, concibió un proyecto mucho más ambicioso, consistente en un amplio friso de hormigón que discurriría a lo largo de una de las tribunas del estadio, finalmente, realizó una estructura monumental junto al estadio, a manera de estela colosal, en la que es capaz de conferir dinamismo, plasticidad y textura a la masa de hormigón armado. Criado ha realizado, asimismo, murales (algo que fue practicado, asimismo, por Francisco Sabadell o, más excepcionalmente –en el colegio de La Cistérniga que lleva su nombre– por Félix Cuadrado Lomas). Especialmente frágiles, a pesar de su monumentalidad, por estar sujetos a las vicisitudes de uso de los edificios que los albergan, todavía se pueden contemplar en Valladolid algunos de ellos. Sirvan de ejemplo el de la joyería Zúñiga, pintado en 1971 (cuando el local era una autoescuela), a tono con su figuración inicial, o el de Usos Múltiples, ejecutado en un lenguaje abstracto en 1984, a medio camino entre la pintura y el relieve. Cuando se dieron a conocer sus primeras pinturas a finales de la década de 1960, los aspectos que más llamaron la atención de los críticos fueron su intenso cromatismo y su expresionismo. Enrique Gavilán calificó alguna de sus obras de «neofauve» y Antonio Corral Castanedo se refirió a su pintura como «la apoteosis de los colores». Sus cuadros de estos años se ocupan, preferentemente, de gentes y de paisajes de Castilla, hacia quienes siente una declarada complicidad, así como de las barcas de Nazaré características de la experiencia colectiva de los amigos del aún no bautizado

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Conociendo Europa: Jorge Vidal, Jacobo y Gabino Gaona paseando por las calles de Ámsterdam.

como grupo Simancas. El paisaje de 1969, con sus colores esmaltados, es un buen ejemplo del exceso cromático de estos años. Su colorido, así como su desarrollo figurativo, en que tejados y paredes se muestran hechos a jirones, a manera de centón, enlaza con una interpretación atemperada y figurativa y cromáticamente exaltada de los óleos de la serie Valparaíso de Jorge Vidal. Resultan, quizás, más significativos los cuadros en los que aparece la figura humana. Tratada con un fuerte énfasis plástico e, incluso, brutalista, que, consciente o inconscientemente, entronca con las formas de cierta escultura del entorno de los años sesenta (pienso, por ejemplo, en Pablo Serrano o en Josep Maria Subirachs) y quién sabe si con la experiencia industrial del propio artista, en ella se aprecia una fuerte carga humana, plena de empatía y de compromiso. A pesar de su carácter figurativo, había ya, en esta pintura inicial, una fuerte tendencia a la abstracción, declarada por el artista al hilo de su tercera exposición: «Mi pintura es aformal, procuro hacer lo que pienso y creo, no quiero meterme en «ismos». Hago la pintura a mi aire personal... es la abstracción dentro de una forma». Este impulso se impondrá, definitivamente, a lo largo de la década de 1980, originando una pintura, atenta, siempre, a la emoción, que ha sido encuadrada dentro del expresionismo abstracto (una pintura que, en efecto, cabe contextualizar, si no en esta tendencia históricamente considerada, al menos sí en el auge de las corrientes neoexpresionistas de estos años). El imperio de la abstracción no obsta para algún que otro paréntesis figurativo, como el que, en 1991, le lleva a pintar, de nuevo, paisajes castellanos, tratados, ahora, con el lenguaje expresionista propio de su plena madurez (Criado, poco dado a titular su obra, denomina, significativamente, uno de ellos Reencuentro con el paisaje castellano). La pintura de sus últimos años se interesa cada vez más por la materia y por la textura. Significativos, en este sentido, son sus collages de 1992, en los que integra gasa, con la sutileza propia de este material. Una obra de 2004, de fuerte efecto textural, entronca, como en un bucle, por su denso colorido rojo, con su obra inicial, resumiendo, de esta manera, la trayectoria creativa de Domingo Criado.

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Gabino Gaona fue, junto a Félix Cuadrado Lomas, uno de los pintores de primera hora del aún inexistente grupo, uno de los pintores que, con su vocación firme y decidida (a pesar de los contratiempos), sentó las bases de una actividad artística abierta a la modernidad que abonó el terreno para la llegada de Jorge Vidal, cuya influencia benéfica se acusará en algunos matices de su obra, y para la eclosión de Domingo Criado y, en definitiva, para el surgimiento del Grupo Simancas. De vocación infantil, la adolescencia y la juventud de Gabino Gaona discurrieron en medio de un combate agónico entre su inquietud por pintar, por una parte, y la necesidad de atender sus responsabilidades familiares, por otra parte. El azar cruzó en su camino al escultor Eduardo Capa, Catedrático de Bellas Artes en Madrid, que propició su ingreso en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de la capital de España y, si bien no completó sus estudios por diversas circunstancias, decidió, a partir de entonces, volcarse en su actividad como pintor. Desde finales de los años cincuenta expone en Valladolid. Inaugura, en 1962, la Galería Castilla y obtiene, en 1963, el premio nacional de pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, cimentando, de esta manera, una carrera artística prolífica y compleja, con sus idas y con sus venidas. Gabino Gaona no fue un artista cerebral. Gabino Gaona no fue uno de esos artistas que formula en su interior un ideal absoluto a ser perseguido en constante depuración a lo lago de una trayectoria lineal y continua. Gaona fue, por el contrario, vida y emoción en estado puro. No hemos de buscar, pues, sus ideas sobre arte en declaraciones programáticas, sino en su pintura o, como mucho, en la magnífica entrevista que le hizo Ramón García: «Mira, yo no he hecho nunca una pintura de evolución progresiva, ahora una etapa, luego otra derivada de la anterior... no, mi proceder ha sido siempre brusco, lleno de saltos, de regresiones incluso, a lo mejor la nueva etapa que emprendo no tiene nada que ver con la anterior y sin embargo enlaza con otra de atrás que parecía cerrada, ¿comprendes? Mi pintura de cada momento es el reflejo de mi estado vital, consciente o inconscientemente, de mi estado de ánimo quiero decir. En mi vida hay momentos muy tristes, de gran depresión, en que todo carece de sentido, en que todo es negativo y negro, ¿no?, pues la pintura se resiente de esa actitud. Y hay también momentos de euforia, de vitalidad plena, y la pintura surge entonces más desinhibida y exultante, así podría resumirse mi trayectoria, unas veces pinto desde la desolación y otras desde el entusiasmo». A pesar de ello, Teresa Ortega Coca se ha enfrentado a la titánica tarea se sistematizar su pintura, que ha ordenado en cinco etapas que, según ella misma declara, deben ser tomadas con laxitud en sus límites cronológicos y en sus matices estéticos. La obra seleccionada da buena cuenta de esta pluralidad de la pintura de Gabino Gaona, unificada, a modo de hilo conductor, por un profundo vitalismo. Su obra inicial, más allá de sus tanteos de aprendizaje, tiene un sustrato expresionista al que regresará una y otra vez. Entre los referentes declarados de su pintura se cuentan Rouault,Van Gogh o Goya, pero, con más frecuencia, la crítica ha hecho alusión al nórdico Munch, reinterpretado, eso sí, en clave de meseta castellana, pues el paisaje será un elemento constante en su obra. Los tonos terrosos y, en general, oscuros o los pinceles cargados de materia pictórica que, en su discurrir sobre la superficie del lienzo, siguen un trazado sinuoso vinculan su obra a la de ese expresionismo a caballo entre el postimpresionismo y las primeras vanguardias. El paisaje del museo de la Universidad de Valladolid (en cuyas salas el artista expuso en 1959, en 1960 y en 1961) es un buen ejemplo de este planteamiento inicial de su obra. A lo largo de la década de 1960 su arte tomará, sin embargo, un giro inesperado e, incluso, sorprendente, teniendo en cuenta su talante, así como el conjunto de su producción. Durante unos años la geometría impondrá su rigor al gesto, aun cuando, en un primer momento, sus cuadros mantengan un empastado denso. ¿Responde este giro a su estrecha amistad con Félix Cuadrado Lomas desde su asentamiento en Valladolid? No es fácil dar una respuesta. Teresa Ortega Coca atribuye este giro a la experiencia del artista en el Norte de África (hizo la mili en Melilla), pero yo no descartaría el ascendiente del

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Domingo Criado junto a Emilio Salcedo durante la presentación de la carpeta Aperos en La Casa Vieja, en Simancas. Foto: Cacho.

«maestro», aunque la geometría sea muy distinta en uno y en otro artista: constructiva en el caso de Félix, analítica en el caso de Gabino, más atento, siempre, a los matices del color y a los efectos atmosféricos. En cualquier caso, esta etapa, pese a su cierta excepcionalidad, supuso un momento clave en la consolidación de la carrera de Gabino Gaona (con una pintura correspondiente a un momento inicial de esta etapa ganó en 1963 el premio nacional de pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid). Ilustran este periodo sendos paisajes de 1965 y de 1968 (este compuesto por un atrevido juego de maclas de distintos tonos terrosos que se disuelven en el horizonte). La comparación con el Paisaje de Simancas de 1967 de Félix Cuadrado Lomas resulta ilustrativa de la diversidad y de las concomitancias de estos dos artistas. A finales de la década de 1960 se inicia una tercera etapa, breve, pero intensa, que marcará la trayectoria futura de Gabino Gaona. Coincide esta tercera etapa con la eclosión del Grupo Simancas, con la llegada de Jorge Vidal, con las exposiciones en Jacobo, con las estancias en Nazaré… El resultado de todas estas experiencias en la pintura de Gabino Gaona será, por una parte, la irrupción del color y, por otra parte, la liberación del gesto. Decía el pintor en 1988: «yo soy más pintor de gestos que de geometrías». Esta afirmación es válida para su pintura desde finales de la década de 1960, cuando el artista encuentra una manera propia, expresionista, pero en un sentido moderno, bien distinto del expresionismo historicista de sus primeros cuadros. Las inevitables Barcas de Nazaré de 1970 poseen aún, por su propia forma, un poso del geometrismo precedente, aunque su colorido nos habla ya de la nueva etapa, mientras que la vista de Simancas de 1971, muestra en todo su esplendor las posibilidades de su nuevo lenguaje pictórico, al tiempo que evoca, una vez más, el pueblo hacia el que basculará todo el grupo. En la década de 1970 su expresionismo se torna angustioso en una pintura que, sin dejar de lado el paisaje, se centra, a me-

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nudo, en cuadros de figura como los que aquí se muestran: tipos populares de expresión deformada y desgarrada en los que es patente la influencia asumida y declarada de Francis Bacon y, en general, una interpretación inquietante de la nueva figuración (un mundo que, con resultados bien distintos, también está presente por estos años en la obra de Jorge Vidal). Sin dejar de ser él mismo, Gabino Gaona se ha incorporado a las corrientes pictóricas internacionales. Ortega Coca ha señalado una última etapa en la trayectoria del artista entre 1983 y 2007, en la que, de acuerdo con lo apuntado en la etapa anterior, señala concomitancias con la transvanguardia italiana y, en general, con cultura de la posmodernidad. Quizás habría que analizar con más profundidad esta etapa, compuesta, en realidad, por muchas pequeñas etapas, distintas entre sí, a las cuales solo la constante experiencia del viaje confiere cierta coherencia. El viaje añade sensaciones nuevas a su vida y a su pintura: Hervás, Tenerife… pero también Marruecos, Túnez o, finalmente, Senegal. Los paisajes que pinta en Tenerife en 1984 muestran un énfasis renovado en el color, unido a cierta descomposición formal (son obras que no son ajenas cromática, compositiva e, incluso, iconográficamente, a ciertas obras pintadas por Jorge Vidal en estos años). Estos paisajes preludian obras que, en la década de 1990, se adentran, por completo, en el terreno de la abstracción, por más que él, como tantos otros abstractos, se resistiera al concepto en sus declaraciones de 1988. Su obra última, pintada en Senegal y expuesta en la Galería Samuel en 2006, muestra, en cambio, un retorno a la figuración, al costumbrismo… a la narración, incluso. Se podría interpretar como una involución. Quizás desde el punto de vista plástico lo sea, pero, desde el punto de vista vital (y Gabino, como hombre y como artista, fue, ante todo, vital), estos cuadros son la culminación del anhelo en la búsqueda de lo auténtico: «Allí hay vida. Te miran a la cara, se ríen, te sonríen, con un cacho de pan están felices. Esto nuestro es una mierda», registra Ramón Torío. En estas obras consiguió, por fin, lo que tanto le costaba en los años sesenta, setenta y ochenta: unir figuras y paisaje (temas que habitualmente trató por separado). Gesto y vida han sido las constantes de su obra. Fernando Santiago, bien conocido como agente catalizador del grupo, es menos conocido, en cambio, como pintor, a pesar de que tuvo esta inclinación que las circunstancias familiares y profesionales cohibieron. Expuso en 1965 en la Galería Castilla y, posteriormente, participó en las empresas conjuntas del grupo que a menudo él mismo impulsó. Sin embargo, no llegó a desarrollar una trayectoria continuada (por ello es por lo que de él se exponen, mayoritariamente, bocetos y apuntes). Quizás la tranquilidad del retiro le brinde ahora la oportunidad de afrontar su vocación creativa. Jacobo estudió modelado en la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid. Estudió, posteriormente, en la Escuela de Cerámica de Madrid, aprovechando sus estancias en la capital de España para asistir a las sesiones de dibujo del natural del Círculo de Bellas Artes. Su formación, netamente plástica, tiene que ver, por una parte, con su declarado interés por la escultura, pero también, por otra parte, con el primero de sus negocios, a saber, una fábrica de escayolas religiosas y decorativas que montó junto a sus hermanos, que frustró su juvenil deseo de ir a París a vivir y a conocer el arte contemporáneo. De familia de comerciantes, un negocio siguió a otro, orientando su actividad hacia el sector de los muebles, de la decoración y, finalmente, del mercado del arte (con las iniciativas que ya han sido comentadas), a través del cual pudo mantener vivo su interés por el arte contemporáneo que había seguido alimentando a través de viajes por toda Europa siempre que las circunstancias se lo permitían en experiencias que compartiría, posteriormente, con los miembros del grupo. ¿Cómo podría haber sido la trayectoria de un Jacobo dedicado exclusivamente a la pintura? No es fácil hacer pronósticos. Sorprende un cuadro suyo de 1957 en el que el artista se muestra inserto, plenamente, dentro de la poética del informalismo que por esos mismos años cuajaba como tendencia dominante del arte más avanzado que se hacía en España (con el Grupo El Paso como buque insignia), compartiendo, incluso, con esta tendencia, el gusto por los colores oscuros que se identificaba como genuinamente español. En la década de 1960 Ja-

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Ramón Torío, Blas Pajarero, Francisco Pino y Félix Cuadrado Lomas.

cobo salía a pintar al campo con Félix y con Gabino y se ejercitaba en los campos y en los pueblos de Castilla. Cuando se inicia la aventura de Nazaré, Jacobo interpreta, asimismo, las características barcas. En otras ocasiones mantiene vivas sus facultades ejercitándose en el desnudo, tema que dominaba por su formación. Producto de toda esta actividad son cientos y cientos de bocetos y de apuntes que pocas veces fueron llevados al lienzo. En parte, por su dedicación preferente a los negocios, pero, quizás en mayor medida, por su nivel de autoexigencia. Buen conocedor del arte contemporáneo, Jacobo comenta, entre bromas y veras, su admiración por la obra de Rothko, pero, artista por nacimiento, sabe que en el auténtico arte no hay atajos y que a un proceso de síntesis así solo se llega a través del trabajo, de la depuración y de la disciplina. De los años de efervescencia del grupo nos quedan unas originales visiones geometrizadas y coloristas de los campos y de los pueblos de Castilla y, sobre todo, una magnífica serie de barcas de Nazaré. En su obra más reciente tiene más interés sus variaciones sobre la temática del desnudo, con un fuerte componente plástico y expresivo que enlaza con aquellas versiones del expresionismo abstracto que no fueron ajenas del todo a la figuración. Francisco Sabadell, finalmente, cierra, con una mirada a los orígenes, este recorrido por el grupo de amigos artistas que dinamizaron con sus propuestas el Valladolid de los años del

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Tarjeta de la exposición Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías, celebrada en Orón en 2001.

desarrollismo y de la transición (proceso este que Sabadell, por desgracia, no llegó a conocer por su prematura muerte en 1971). Sabadell había nacido en Valladolid en 1922 en el seno de una familia de horticultores y de jardineros paisajistas de origen catalán (su padre había venido a Valladolid para hacerse cargo de los jardines municipales). Se formó en Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en las disciplinas de acuarela y de grabado, desarrollando, desde los años cuarenta, una actividad artística en estrecha relación con los poetas e intelectuales del momento que, según su hija Guillermina, compartían un mismo ideal: «el interés por la realidad del país y el convencimiento de que la cultura y el arte son las mejores armas del progreso». Hubo de compatibilizar, sin embargo, su actividad artística con su dedicación profesional al negocio de flores y al diseño de jardines. Sus primeras exposiciones se celebraron en las librerías Meseta y Lara, exhibiéndose, a continuación, su obra en la Galería Castilla y en la Sala Jacobo. Entró en contacto con el grupo de jóvenes artistas que acabarían integrando el Grupo Simancas, en cuyas primeras iniciativas participó con entusiasmo. Mayor por edad y por trayectoria, Sabadell fue querido y admirado por todos ellos, que mantendrían siempre vivo su recuerdo. Su tienda, su taller de grabado... servían de lugar de encuentro y de tertulia. El contacto con la tierra, que tan importante fue en la práctica artística del grupo, fue cultivado ya por Sabadell, quien salía a menudo al campo a tomar apuntes de paisajes o de castillos en experiencia compartida en ocasiones con los miembros del grupo. La obra de Sabadell, que se concretó en exquisitas acuarelas y grabados, evolucionó hacia un mayor grado de experimentalidad que la muerte truncó de manera brusca. Paisajes y naturalezas muertas fueron los temas que frecuentó con mayor asiduidad. De uno de sus viajes a Francia nos quedan varias vistas de París que nos recuerdan, por su temática y por su aproximación estética (no así por su técnica, pues la acuarela no se presta a ello), las vistas evocadoras de modernidad y de bohemia que pintaran los impresionistas a finales del siglo XIX. Sabadell evolucionó, a partir de entonces, a tentativas deudoras de los primeros lenguajes de la modernidad y, si Silla junto a la ventana nos recuerda otra famosa silla, Bodegón suscita asociaciones cézannianas. El viaje grupal a Málaga en 1969 para visitar a Jorge Guillén nos brinda al Sabadell más atrevido. Su vista

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de Benamejí le sirve para transmutar lo popular a través de un cubismo no exento de matices dinámicos en una visión que no deja de ser evocadora de las interpretaciones del Albaicín que pintara Manuel Ángeles Ortiz. Abstracto en azul le sirve para experimentar, abiertamente, con los matices del color, al margen de cualquier representación. Experimentación y liberación habrían de propiciar un lenguaje genuinamente personal que se atisba en el magnífico Paisaje castellano del fatídico año 1971. En esta obra, testimonio último de esos campos que tantas veces había salido a pintar, es extraordinario apreciar cómo Sabadell transmite, con una técnica como la acuarela, que se caracteriza por la levedad y por la luminosidad, la sensación de tierra, de materia... atreviéndose, incluso, a jugar con el negro para subrayar el carácter hosco y sombrío que a veces tiene el paisaje castellano. La obra no solo es un alarde en cuanto a posibilidades técnicas, sino también en cuanto a enfoque del tema, pues Sabadell huye del estatismo y de la quietud de los campos castellanos para evocarnos, con esos contornos reduplicados de los árboles o con esos grafismos sobre los surcos de los campos, una sensación de movimiento, de velocidad, como si el paisaje se contemplara desde un vehículo en marcha, lo cual sirve para introducir en la obra el mito moderno de la velocidad y de la máquina. En 2001 la Galería Orón, regentada por Samuel Santiago, volvió a reunir a los artistas del grupo en una exposición y en una edición de serigrafías que daban buena cuenta de su creatividad y de su diversidad. Habían pasado treinta años desde que Francisco Sabadell nos dejara, pero allí estaban el resto, acompañados, excepcionalmente, por la compañera y amiga que fue siempre la helvética Jo Stempfel. La exposición fue el acto epigonal de un grupo que enseguida sería diezmado de manera dramática. En 2006 falleció Jorge Vidal. En 2007 falleció Domingo Criado y, apenas unos días después, falleció Gabino Gaona. Nos queda, por fortuna, el testimonio vivo y el trabajo activo de Félix Cuadrado Lomas y de Fernando Santiago. Y siempre nos acompañarán la claridad de Paco, la vitalidad de Gabino, la empatía de Domingo y la poesía de Jorge.

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Los veneros ocultos de Fastiginia LUIS MIGUEL DE DIOS

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l inicio de la década de los 60, Valladolid parecía, vista con ojos oficiales, la reencarnación de aquella Fastiginia que, en los albores del siglo XVII, sorprendió e inspiró al caballero portugués Tomé Pinheiro da Veiga, testigo de los «fastos geniales» que vivió la ciudad con motivo del nacimiento, el 8 de abril de 1605, Viernes Santo, del futuro Felipe IV. En efecto, aquella capital provinciana que diez años antes no alcanzaba los 120.000 habitantes caminaba firmemente por los fastos geniales y diarios del desarrollo industrial y se erigía, orgullosa, en paradigma del éxito del franquismo. Crecía el número de empresas, surgían polígonos industriales, se construía por doquier, se abrían negocios, se levantaban barrios nuevos, llegaban oleadas de inmigrantes procedentes de un mundo rural agonizante que comenzaba a despoblarse... Incluso nació, en 1965, una Feria de Muestras como escaparate y plasmación del milagro. Su lema era toda una declaración de principios: «Donde la industria, la agricultura y el comercio se dan la mano». No faltaba nada de nada. Ni siquiera lo que sería durante años símbolo horroroso de la ciudad, el mastodóntico mamotreto del «Duque de Lerma», que iba a formar parte del complejo «Los vigías de Castilla», tres torres iguales para mostrar al mundo la fuerza y el esplendor de la ciudad. No importó mucho que, para dar un barniz de legalidad a las obras, se incluyera como terreno urbanizable parte del Pisuerga, aguas incluidas. Fastiginia necesitaba demostrarse a sí misma y demostrar a todos que estaba a la vanguardia de la modernidad y que podía hacer lo que hicieran otros, hasta enormes y desafiantes rascacielos.

En 1970, Valladolid era ya una urbe de 235.000 almas casi convencida de que su crecimiento y su pujanza no tenían límites, como corroboraría otro dato estadístico elocuente: en 1981, superaba los 320.000 habitantes. Fasa-Renault, Michelin, Sava-Enasa, Nicas, Endasa, Tafisa, Lingotes Especiales, Indal, Metales Extruidos, Beloit, Autógena Martínez, Motransa, Maggi, Wrangler, la papelera, las dos azucareras, los talleres de Renfe y un largo etcétera de empresas demandaban mano de obra, que necesitaba viviendas, colegios, comercios, bares, lo que alimentaba, a su vez, una construcción con tanta voracidad como escasos escrúpulos. La especulación, el ansia y la desidia, con la aquiescencia de quien pudo y no quiso parar el desastre, se cargaron palacios, casas nobiliarias, conventos, iglesias, plazas y calles. La declaración del casco antiguo como Conjunto Histórico-Artístico (1978) llegó tarde. Hubo una pregunta irónica: «Ah, ¿pero queda algo?». Sin embargo, aquellos derribos infames se veían como peccata minuta. La ciudad tenía que modernizarse, cruzar el Pisuerga, edificar bloques donde antes había monumentos, levantar barriadas aunque

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carecieran de servicios, crecer, crecer, crecer… Fastiginia volvía por sus fueros tras tres siglos y medio de paréntesis. Pero, ¿de qué Fastiginia estamos hablando?; ¿era Valladolid tan uniforme, tan triunfadora, tan ejemplar como la pintaban la propaganda oficial y las autoridades?; ¿aceptaba todo el mundo de buena gana aquella ciudad que comenzaba a no reconocerse a sí misma y que latía en círculos concéntricos sin apenas ósmosis entre los que estaban, los de «toda la vida», y los que llegaban de fuera, los «faseros» y demás?; ¿cuántos Valladolides había?; ¿cómo coexistían el Valladolid de camisa azul, dinero y urbanismo del todo vale con el Valladolid que, desde la Universidad y las fábricas, acabaría siendo una de las ciudades-ariete contra la dictadura?; ¿qué se estaba incubando en las entrañas de la Jauja mesetaria convertida ya en la mayor urbe del noroeste español?; ¿cómo empezaban a reaccionar los perdedores de la Guerra Civil, los hijos de represaliados y quienes se asfixiaban en un ambiente cerrado, gris y sin libertades?; ¿y la cultura?, por encima de juegos florales, retóricas patrioteras, soflamas y exaltación ripiosa de los valores tradicionales, ¿qué se dejaba para la cultura, qué papel jugaba?; ¿mera propaganda de la España que empezaba a amanecer y donde ya reinaba la primavera?, ¿era solo algo secundario, prescindible y hasta peligroso?, ¿otros la entendían como punta de lanza para alcanzar el tiempo nuevo con el que soñaban?, ¿cómo encajarla en una ciudad cambiante, dura, áspera, desbordada en sus costuras por las consecuencias del mismo efecto que producía su progreso económico? No, claro que no; la nueva Fastiginia ni era uniforme ni podía serlo. En el interior de su propio crecimiento llevaba el germen de la contradicción. El mismo ambiente triunfalista que presumía de avances y logros favorecía, involuntariamente, el brote de otra corriente, la formada por quienes rechazaban lo que veían y sufrían, y aspiraban a lograr una ciudad distinta dentro de un país muy distinto. El silencio, brutal, doloroso, de los 50 y primera parte de los 60 dio paso a la hiperactividad anti-régimen de los 70 con episodios que no se produjeron en ningún otro lugar de España, como el cierre de la Universidad y la intensidad de huelgas con implicación de un tanto por ciento muy elevado de los trabajadores vallisoletanos. En el medio queda un periodo (1960-65 aproximadamente) que no fue ni de silencio ni de eclosión; fue el de la gestación, inicio y aumento de un malestar que acabó por estallar conforme crecía la necesidad de democracia y libertades, disminuía el miedo y se auguraba la muerte de Franco. Un Tomé Pinheiro da Veiga moderno se habría dado cuenta de que había muchos veneros ocultos, casi subterráneos, bajo la Fastiginia optimista y deslumbrante, pero la oficialidad reinante apenas concedió importancia a ese desasosiego que acabó por conducir a la irritación, a las protestas y a las reivindicaciones de todo tipo. La oficialidad, y los vallisoletanos acogidos a ella, vivían en «su» Valladolid. El Valladolid real ya iba por otros derroteros. O mejor dicho: cada Valladolid iba por el suyo.

CABALLOS DE TROYA Las varias caras de Fastiginia no surgieron de repente, siempre estuvieron ahí. Los veneros escondidos tampoco tuvieron siempre la misma intensidad, pero nunca, ni aún en las peores circunstancias, dejaron de manar. Valladolid, el Valladolid real, no se entregó e intentó aprovechar cualquier hueco para mostrar aspiraciones y disgustos. Curiosamente, uno de los resquicios lo propició el propio franquismo al autorizar que Antolín de Santiago y Juárez creara, en 1956 y desde dentro, la Semana de Cine Religioso. Como había pocas películas «religiosas», se amplió más tarde al apartado «Valores Humanos», lo que permitió la proyección de filmes dirigidos por Fellini, Rosellini, Bergman, Buñuel, Wajda, es decir de realizadores prohibidos en España y cuyas obras nada tenían que ver con el costumbrismo al uso o con las glorificaciones patrioteras de «Raza», «La fiel infantería» y demás. La hoy SEMINCI creó entonces en muchísimos vallisoletanos

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El Norte de Castilla informa sobre la inauguración de la Feria de Muestras (1965). Hemeroteca de El Norte de Castilla.

«Ancha es Castilla», El Norte de Castilla denuncia la situación del mundo rural (1967). Hemeroteca de El Norte de Castilla.

la certeza de que había otras formas diferentes de ver e interpretar el mundo; y que, quizás, eran mejores que las que les tocaba vivir aquí. Al menos, quedaba la duda, aunque Buñuel fuera tachado de sacrílego y a los demás también se les considerara merecedores del fuego eterno. Bastante gente pensó que quizás valiera la pena arriesgarse a la excomunión por ver «La Vía Láctea» o «Las noches de Cabiria». Otra de las ventanas, tal vez una de las principales, la abría casi a diario El Norte de Castilla, especialmente desde que, en 1958, accedió Miguel Delibes a la dirección del rotativo. Premio Nadal en 1947, el autor de «La sombra del ciprés es alargada» ya era un novelista consagrado cuando se hizo cargo del diario. No parecía, por tanto, alguien al que se pudiera manejar ni atar corto con la soga de la censura imperante. Enseguida se vio que no iba a ser cómodo para el franquismo, sobre todo cuando optó por denunciar lo que le parecía denunciable, que era mucho, a través de dos secciones ya míticas: «El Caballo de Troya» y «Ancha es Castilla». La primera sirvió como oportunidad y trampolín para futuros autores tan relevantes como Jiménez Lozano, Manu Leguineche, Francisco Umbral y César Alonso de los Ríos, o sea jóvenes que veían Valladolid y España de otra manera y que, entre líneas, con sobreentendidos, con comparaciones, con referencias a naciones cercanas, reclamaban lo que aquí se les negaba. Fue un soplo fresco, una crítica medida (no era posible llegar más lejos) que agitaba periódicamente el estanque, en apariencia tranquilo e inmutable, en el que se miraba el Valladolid del Polo de Desarrollo. «Ancha es Castilla» se convirtió en un foco de denuncia de lo que estaba ocurriendo en el campo vallisoletano: abandono, marginación, agonía de la agricultura tradicional sin nada que la sustituyera, emigración a las regiones y ciudades donde hacía falta mano de obra barata, carencia

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de infraestructuras, desprecio de la cultura y los valores campesinos… No se necesitaban calificativos gruesos ni duros (tampoco se podían usar); bastaba con ir a los pueblos y dejar que hablaran sus habitantes; sin poner ni una coma, sin añadir nada. El simple reportaje periodístico era suficiente para mostrar a quien quisiera verlo que la perfección del Régimen tenía grietas y que muchas de ellas las sufría el mundo rural castellano. La experiencia duró hasta 1963, año en el que Delibes se vio obligado a dimitir tras varios y sonoros encontronazos con Fraga Iribarne. (Don Miguel optó por llevar su denuncia al ámbito de la novela; en el 62 publicó su magistral «Las ratas»; en el 64 la entrañable «Viejas historias de Castilla la Vieja» y en 66 la crucial «Cinco horas con Mario). La brecha estaba abierta y por ella seguiría El Norte de Castilla contando la realidad vallisoletana y publicando durante los difíciles 70 lo que muchos otros periódicos callaban. Para la historia quedan aquellas páginas de «Laboral» en las que, haciendo equilibrios con el lenguaje, se recogían informaciones de las numerosas y diarias huelgas y paros, o las secciones de Barrios y Universidad, convertidas también en cajas de resonancia de las peticiones de vecinos y estudiantes, muchas veces mezcladas o complementadas con reivindicaciones políticas. Había (o se buscaban) otras ventanas, pero estaban tapiadas. La Semana de Cine, pese a los anatemas y a más de una bronca, y El Norte de Castilla, a pesar de la censura y las amenazas, eran espacios públicos, instituciones; no tenían que esconderse. No sucedía lo mismo con otras ideas, personas y actividades, encauzadas y desarrolladas forzosamente en la clandestinidad o con tapaderas más o menos creíbles. Y aquí entra en juego la tertulia de la librería Relieve, situada en la calle Cánovas del Castillo y fundada en 1951 por los hermanos Domingo y Pepe Rodríguez. El lugar acabó por convertirse en centro de reunión de escritores, pintores, profesores, algún periodista y gentes interesadas en la cultura no oficial, en encontrar libros prohibidos por el franquismo y en poder publicar obras que ningún otro editor se hubiera atrevido a sacar a la luz. Así nacen los pliegos de cordel, así se imprimen las primeras y sugerentes obras del poeta zamorano Justo Alejo, así ilumina al grupo la hondura lírica y vital de Francisco Pino, así ejerce su magisterio Santiago Amón y así los pintores comienzan a ilustrar libros de los escritores. Paco Sabadell lo hace con «7 poetas vallisoletanos» y Cuadrado Lomas con «Mulas», de Justo Alejo, y con «Retazos de Torozos», de Blas Pajarero, pseudónimo de Pablo Rodríguez, hermano de Domingo y de Pepe. Domingo fallece en 1960, pero la librería y la tertulia continúan. Y se van incorporando otros inconformistas como el escritor y periodista Emilio Salcedo, llegado a Valladolid en 1967, el médico y poeta Ramón Torío y los pintores Gabino Gaona, Domingo Criado y Fernando Santiago, este más conocido por su faceta de galerista, especialmente desde que, en 1966, abrió «Jacobo», punto de referencia durante décadas de la pintura vallisoletana y escenario de numerosas exposiciones, entre ellas la primera que realizó en España un joven y desconocido chileno llamado Jorge Vidal. ¿Qué se hacía en las tertulias de Relieve? Medio en broma, medio en serio, alguien dijo que «hablar mucho y conspirar, pero poco». Lo de conspirar, se entiende: todos eran antifranquistas; lo de poco, depende de a quién se le pregunte. En realidad, y en eso suele haber coincidencia, se trataba de una república de las letras, de un espacio de libertad donde se charlaba, se discutía, se cultivaba la amistad entre temperamentos muy diferentes, se hacían planes y se buscaba la unión entre literatura y pintura como levadura de un todo cultural llamado a dinamizar y cambiar una sociedad con la que ninguno estaba de acuerdo. La rebotica de Relieve fue el primer nexo de unión entre los inconexos e independientes miembros del más tarde llamado Grupo Simancas. Tal vez el nombre Grupo Relieve se atenga más a la realidad y haga mayor justicia a lo acontecido. Y, de paso, la palabra «relieve» podría adquirir otro sentido, el de calificar la fuerza, valía e importancia de sus integrantes; juntos y por separado. ¿Cómo encajaba esta gente en aquel Valladolid del desarrollismo, los nuevos ricos, la pobreza cultural y la pérdida de autenticidad y patrimonio? Mal. Lo rechazaban. Claro que el rechazo

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Pilar Paúl, Jacobo, Félix Cuadrado Lomas, Arturo Alonso, Teresa Salvador, Teresa Aguado, Miguel Escalona, Blas Pajarero, Pilar Benavente, Julián Martín de Vidales, Jorge Vidal y Domingo Criado. Foto: Beltrán.

era mutuo. Tampoco la bien pensante sociedad vallisoletana entendía (casi ni lo intentaba) a aquellos tipos bohemios, a veces desastrados, noctámbulos, bebedores y propensos al escándalo que aspiraban a vivir de sus obras aunque escribieran poemas «retorcidos y raros», como el militar Justo Alejo, o pintaran abstracciones ininteligibles y vieran en el paisaje castellano mucho más que el azul del cielo y el amarillo de los rastrojos separados por una rayita. Sus lienzos también eran denuncia, crítica, ruptura. Y no digamos ya los chistes que comenzó a publicar Domingo Criado en El Norte de Castilla, aquellos campesinos descalzos, «tiorrillos», como él decía, que filosofaban, reflexionaban y mostraban su rabia, su dolor, su pesimismo, su impotencia ante lo que tenían enfrente y, sobre todo, encima. El conformismo, el acomodo y la resignación no iban con los tertulianos de Relieve, varios de ellos militantes o próximos al Partido Comunista de España (PCE). Sí, estuvieron más a gusto con lo que vino después.

A LA CALLE QUE YA ES HORA Todo lo que estuvo larvado y escondido en los 60 acabó estallando en la década siguiente. Primero, de forma lenta y esporádica; a partir del 74, y pese a la represión de todo tipo, con continuidad y sin vuelta atrás. Valladolid, aquel exponente ejemplar de la nueva España de Franco, pasó a ser uno de los centros de la lucha contra la dictadura. Y desde todos los ámbitos posibles: en las parroquias, especialmente en Las Delicias, La Pilarica y La Victoria; en las fábricas (la huelga, el cierre, los despidos y los juicios de Fasa como máximos exponentes); en los barrios, a través de las asociaciones familiares y de vecinos recién creadas; en la Universidad, con asambleas, comunicados, paros y protestas continuos; en la calle, con manifestaciones (los famosos «saltos») y actos de solidaridad con las víctimas de la represi��n en Ferrol, Granada, Barcelona, Madrid, País

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Vasco… Surgen, además, los primeros brotes ecologistas con AEORMA-Cuenca del Duero y renace el espíritu regionalista castellano-leonés que acabaría cristalizando, ya en 1976, en la primera convocatoria de Villalar, prohibida por Fraga. Tras gran parte de estos movimientos y actividades clandestinas estaba la mano del Par tido Comunista de España (PCE), el más sólido y luchador en aquellos años, y de Comisiones Obreras (CCOO), que había decidido participar en las elecciones sindicales para copar desde dentro un sindicalismo vertical ya caduco y desprestigiado. Un vallisoletano, Luis Fernández Costilla, fue juzgado en el histórico Proceso 1.001, junto a Marcelino Camacho y otros miembros de la mencionada central, lo que muestra la implantación en Valladolid del entonces sindicato comunista. Un simple repaso a las siglas puede dar idea de la efervescencia política y sindical Foto: Cacho. que se vivía en la clandestinidad vallisoletana de principios de los 70. Veamos: PSOE, PCE, PC (Internacional), PCE (marxista-leninista), Partido del Trabajo (PTE), Movimiento Comunista (MC), Liga Comunista (LC), Liga Comunista Revolucionaria (LCR), Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), Partido Carlista, CCOO, UGT, USO, Sindicato Unitario (SU), CSUT, CNT, Coordinadora Obrera Asamblearia (COA), Asociación Obrera Asamblearia (AOA), Lucha Obrera, Plataformas Anticapitalistas… y creo que se me olvida alguno más. Y eso sin contar las respectivas organizaciones juveniles, como Juventudes Comunistas, Joven Guardia Roja, etcétera. Claro, esto en lo que atañía al antifranquismo, a la izquierda, porque la derecha seguía sin apartarse de los cauces oficiales, aunque ya algunos, desde dentro y sin arriesgar, comenzaban a tomar posiciones ante la cada vez más cercana muerte de Franco. Pero aquí, por lo que significaba Valladolid en ciertos círculos, se vinieron José Antonio Girón de Velasco, Dionisio Martín Sanz y otros destacados camisas azules a reclamar la vuelta a la Falange pura y dura ante lo que consideraban revisionismo y ablandamiento del gobierno de Arias Navarro. Como se ve, teníamos de todo. Desde quienes organizaron rosarios y liturgias de desagravio por la proyección en la SEMINCI de la película «Jesucristo Superstar» y, más tarde, «La naranja mecánica», hasta quien predicaba la huelga general permanente en la Universidad y las fábricas para que la «unión de los intelectuales y de las fuerzas del trabajo conduzca a la revolución popular». Valladolid, como reflejo y resumen completo, de lo que ocurría en muchos lugares de España, aunque aquí con algún episodio muy significativo como cuando, en octubre del 74, las parroquias de La Victoria, Las Delicias y La Pilarica se negaron a decir misa en solidaridad con los trabajadores de Fasa. El argumento de los sacerdotes era que «si gran parte de la ciudadanía de Valladolid está padeciendo hambre y sufriendo persecución de la policía por defender unos derechos y está en huelga, nosotros, como curas, tenemos que estar en huelga y decimos: ¡no hay misa!» También indicaron a su jerarquía que «no podemos compartir el pan cuando la gente no lo tiene». Monseñor Larrea, obispo de León y por entonces administrador apostólico de la diócesis vallisoletana, decidió decir misa en La Pilarica tras una tensa discusión con el entonces Domingo Criado en la redacción de El Norte de Castilla.

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En Portugal: Félix Cuadrado Lomas, Jacobo, Jorge Vidal, Gabino Gaona y Ramón Torío.

jesuita Manolo González, futuro concejal de Urbanismo y teniente de alcalde socialista del Ayuntamiento de Valladolid. Pese al gran despliegue policial, la iglesia se llenó. La tensión iba en aumento hasta que, tras una breve homilía, el prelado Larrea accedió a dar la palabra a los asistentes. Ni el miedo a la presencia de miembros de la temida Brigada Político-Social frenó a varios de los presentes, que llegaron a lanzar arengas como «a las armas» y «a levantarse todos». Poco tiempo después, el dominico Carlos Fernández-Cid declararía en la revista Valladolid Semanal que, como sacerdote, «negaría la absolución a los responsables de estas injusticias, (se refería a los directivos de Fasa) si no repararan el daño causado». Estas cosas, impensables hoy, ocurrían, casi, casi con «normalidad», en aquel Valladolid tormentoso y esperanzado de principios y mediados de los 70. Volvamos a una de las preguntas anteriores: ¿cómo encajaban en este ambiente los miembros del Grupo Simancas? Sin duda, mucho mejor que en el anterior, el de los años de silencio y oscuridad, aunque no fueran de los que corrían delante de los grises. Pero sí arriesgaron en otros campos. Desde la firma de comunicados y entrega gratuita de obras para «la causa» hasta su apoyo y respaldo a actividades que marcaron un hito en aquel clima de tensión permanente como los recitales de Xabier Ribalta, Paco Ibáñez, Elisa Serna (abortado por la policía), Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune… Domingo Criado solía presumir, y con razón, de ser pionero en diseñar un cartel escrito en todas las lenguas de España. Fue la convocatoria del Primer Encuentro de la Canción Popular, con intérpretes vascos, catalanes, gallegos y castellanos.Tampoco llegó a completarse el programa previsto. La autoridad gubernativa lo cercenó. Los pintores y escritores del Grupo Simancas (la denominación, según Ramón Torío solo comienza a usarse en 1976) estaban plenamente identificados con las aspiraciones de libertad y democracia que reinaban en Valladolid, aunque la dictadura y sus mariachis se encargaran de re-

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En Portugal: Jacobo, Jorge Vidal y Gabino Gaona.

primirlas con episodios tan significativos como el cierre de la Universidad (8 de febrero de 1975) y los despidos de trabajadores de Fasa tras unos juicios, también en 1975, que acabaron por convertirse casi en un proceso al Régimen y en plataforma de lanzamiento del PSOE con la presencia, entre otros, de Felipe González, Gregorio Peces-Barba, Pablo Castellanos, Juan Colino y Antonio Pérez Solano, abogados defensores de algunos de los trabajadores. Antes de ese año (clave porque también moriría Franco y se producirían los cinco últimos fusilamientos del franquismo) ocurrieron otros dos sucesos que impactaron, de muy distinta forma, en el clima que se vivía en la ciudad y en España: el golpe de Estado de Pinochet (septiembre del 73) y la Revolución de los Claveles (abril del 74). El primero acabó a sangre y fuego con el socialismo de Allende y trajo un espeso manto de pesimismo y dolor. Los militares volvían a destrozar la libertad y la democracia. La comparación, seguida de miedo, fue inevitable. El segundo supuso todo lo contrario. Otro golpe de Estado, este incruento, llevó la democracia al vecino Portugal y terminó con décadas de dictadura. Esta vez la mirada fue de anhelo y esperanza. Los del Grupo Simancas participaron, claro está, de ambas sensaciones. Recuerdo su solidaridad con Jorge Vidal, muy afectado por las noticias que venían de su país. Y recuerdo también su renovada y desbordada admiración por los portugueses. Admiración que venía de muy atrás, de cuando encontraron en Nazaré la autenticidad y potencia vital, trasladadas enseguida a los cuadros, que buscaban, y no siempre hallaban, aquí. El «Grandola, vila morena» sonó más de una vez en aquellas sobremesas y noches casi eternas del restaurante «Los Curros», frente al Archivo, o después de las inauguraciones de exposiciones en Arcón A-7, la galería abierta en 1972 por Fernando Santiago, también en Simancas. El número 7 fue el homenaje que Jacobo quiso rendir a los siete pintores de Valladolid que colgaron su obra en Málaga en 1969, en un viaje que supuso, además, el reencuentro entre los dos grandes poetas vallisoletanos del siglo XX: Jorge Guillén y Francisco Pino.

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Félix Cuadrado Lomas pintando en el campo.

EL LATIR DE LA TIERRA EN EL PINCEL Paralelamente a la lucha por las libertades y la llegada de la democracia, fue creciendo un sentimiento regionalista, germen de la posterior autonomía de Castilla y León. Aquí sí cabe asegurar que los del Grupo Simancas estuvieron en la vanguardia. No tanto en las reuniones, manifiestos y creación del Instituto Regional de Castilla y León (lo formal no iba con ellos; fueron siempre francotiradores) como en la aportación personal de otra forma de ver Castilla y León y de un compromiso artístico y vital con su tierra. Félix, Gabino, Domingo, Justo Alejo fueron unos adelantados a lo que años más tarde constituiría el espíritu de Villalar.Y lo fueron porque para ellos su Castilla ni era parda ni monótona ni miserable ni adusta. Tenía visibles y escondidas tantas riquezas, matices, fuerzas, valores y autenticidades que su alma y sus paisajes les exigían a gritos lienzo y pinceles. Recuerdo perfectamente a Domingo Criado mandar parar el coche a Pati Cacho mientras viajábamos entre Wamba y Castrodeza una mañana de primavera. Bajó del vehículo gritando: «Ahí están mis cuadros; ahí está la Castilla de verdad». El ahí era una ladera en la que se mezclaban mil tonos del verde de los sembrados, el ocre agreste de un barbecho, el blanco moteado de un rebaño de ovejas, el rojo intenso de las amapolas, el amarillo brillante de las pamplinas, el añil vivaz de los azulejos, el morado silvestre de los matacandiles… Y sobre ellos, un cielo pintado a brochazos albos, azules, grises, con rayos de sol colándose entre las nubes y perfilando lindones, rebarcos, gavias, perdidos, arbustos…Ni uniformidad ni simples firmamento y llanura separados por una línea recta. Ahí estaba la Castilla en la que creían y la que supieron trasladar a sus obras. La Castilla y León que les tuvo esperanzados hasta que todo se burocratizó. De ahí que el propio Domingo Criado, trabajador entonces en la incipiente Junta, colocara un cartel con la frase «Castilla y León no es un empleo». Duraron poco, el cartel y él allí.

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Sin la lucha y los correspondientes pasos políticos, esa visión sentimental, íntima y utópica de esta tierra no hubiera sido suficiente para alcanzar la autonomía y contar con Cortes y Gobierno propio. Eso es incuestionable. Pero también es incuestionable que esa misma visión artística y anímica sirvió como levadura y detonante para que muchos castellano-leoneses vieran su tierra de otra manera, comenzaran a preocuparse por ella y valoraran cuanto de bueno y bello había en sus paisajes y en sus entrañas, historia, lenguaje y cultura incluidos. La incubación, renacimiento y desarrollo del regionalismo castellano-leonés tuvieron en Valladolid su epicentro. En otras provincias hermanas no se vivió con esa intensidad. En la mayoría, tampoco se dieron los pasos que acabaron cristalizando en las convocatorias de Villalar de los Comuneros, convertidas pronto en todo un símbolo. La primera concentración autorizada fue la de 1977, apenas unos días después de la legalización del PCE. El Día de Villalar ya no tendría marcha atrás. Y pese a prohibiciones, boicoteos, zancadillas, cargas policiales y mala prensa, ahí sigue, reuniendo a miles de personas año tras año. Por algo será.

UN MOTE MALDITO E INJUSTO Por entonces, abril del 77, víspera de las primeras elecciones democráticas, hacía año y medio que Franco había muerto y España caminaba por una transición calificada de modélica, pero dura y llena de dificultades. Valladolid continuaba siendo un fiel reflejo de lo que sucedía en el resto del país, aunque ya se vislumbraba alguna singularidad dañina, la que le reportaría, a principios de los 80, un mote injusto: Fachadolid. La primera vez que apareció escrito este sambenito fue en un reportaje de la revista Interviú sobre los atentados de la ultraderecha a finales de los 70 y, sobre todo, en 1980 y principios del 81. En realidad, fue una mera copia de otro muy anterior aparecido en la revista Valladolid Semanal, que publicó un estudio sobre la importancia de Fasa en la economía vallisoletana. Y lo tituló «Valladolid es Fasadolid». Cinco años después, Interviú cambio la «ese» por la «ch» y… El caso es que la actividad de grupúsculos fascistas, tolerados por una policía que seguía siendo la misma que con Franco, y el apodo dieron a Valladolid una mala fama que aún hoy perdura. ¿Fue para tanto? Quienes dicen que sí argumentan que, en menos de año y medio, hubo dos muertos por un incendio provocado en la sede del MC, en la calle Matías Sangrador; un herido de bala por disparos indiscriminados contra el bar «El largo adiós»; el secuestro de un profesor; atentados con bomba contra el Ayuntamiento, la librería Villalar, el cine Cervantes y las sedes de la CNT y del PSOE; la retención de miembros de UCD en su propia sede, la agresión a un crítico de cine durante la SEMINCI, los golpes y amenazas a barbudos, melenudos y sospechosos de «rojos» que anduvieran a deshoras por las inmediaciones de la sede de Fuerza Nueva, en la Plaza de España, o por los pubs de Paco Suárez. Quienes dicen que Valladolid no se merece tal mote sostienen que aquí hubo ayuntamiento de izquierdas hasta 1995; que el PSOE también gobernó la Diputación; que la extrema derecha nunca sacó en la ciudad ni un concejal y, en la provincia, ni un solo diputado, senador ni procurador, y que las sucesivas elecciones registraron siempre unos resultados que alejaban a Valladolid de la órbita ultraderechista. En resumen, que aquellas actividades violentas y criminales fueron protagonizadas por una minoría de jóvenes, alentada y protegida por ciertos núcleos y familias y consentida por una policía que seguía tomándose chatos y copas con ellos y que les garantizaba impunidad.Tras la bomba contra la sede socialista de la calle General Ruiz (enero del 81), todo cambió. La cúpula de la Brigada de Información fue destituida, llegaron agentes de Madrid y Valencia, ocuparon mayores responsabilidades otros de Valladolid, hasta entonces marginados, y en dos días fueron detenidos los supuestos autores de la mayoría de los atentados. Bastantes estaban en prisión el 23-F. No falta quien atribuye a este hecho la tranquilidad que hubo esa noche en la ciudad. Y dejémoslo ahí.

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En la iglesia de las Francesas con motivo de la exposición Nueve pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores (1988): Jo Stempfel, Domingo Criado, Gabino Gaona, Jorge Vidal, Félix Cuadrado Lomas, Manuel Sierra, Jesús Capa, Mery Maroto y Javier García Prieto. Foto: Luis Laforga.

El terrorismo de extrema derecha fue una de las peculiaridades de la Transición en Valladolid y, quizás, la que más haya quedado en el imaginario común ajeno. Injusto también, porque aquí se dio pleno respaldo al referéndum de la Reforma; aquí se vivieron con intensidad y normalidad los comicios de 1977 (tres diputados UCD y dos el PSOE) y de 1979 (idéntico resultado); aquí se respaldó la Constitución en 1978; aquí hubo un ayuntamiento con mayoría de izquierdas en 1979 y una Diputación con mayoría de UCD; aquí ganó el PSOE las primeras elecciones a Cortes en Castilla y León; aquí se estableció la capital de la región; aquí adquirieron especial virulencia las primeras movilizaciones de agricultores en 1977 y aquí la gente siguió peleando, como lo había hecho en los últimos años del franquismo, por sus reivindicaciones y por la mejora de sus condiciones de vida, con especial mención para el año 1976, en el que estuvieron en paro las principales empresas y sectores de la ciudad, y para el 1979, cuando, en la cercanía de las elecciones municipales, se registró la última gran huelga de Fasa Renault. Y aquí siguieron a lo suyo, inconformistas, rezungones, tiernos, creativos, los del Grupo Simancas. Supieron de desencantos, pero no tiraron la toalla ni cambiaron de chaqueta; prefirieron

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llevar sus cabreos al lienzo. Continuaron pegados a Valladolid y a Castilla y León, pese a que los reconocimientos institucionales hayan tardado una eternidad en llegar. Sufrieron olvidos y silencios, mas nunca renegaron de su tierra; a más golpes, más cariño, aunque fuera mezclado con una justificable dosis de mala leche. En esas estaban, con sus exposiciones, sus búsquedas de nuevas expresiones, sus inquietudes, cuando el Destino les pidió que caminaran por la senda que habían trazado años atrás Paco Sabadell, Justo Alejo, Blas Pajarero y Santiago Amón. Y, en menos de un año, Jorge, Domingo y Gabino se fueron a pintar otros horizontes, quizás más generosos con ellos, pero seguro que menos queridos. ¿Para cuándo una calle, un parque, un centro cívico, algo que lleve sus nombres o, al menos, se llame Grupo Simancas? Y que una leyenda diga simplemente que fueron parte del alma y del corazón de Valladolid. Así podríamos darles las gracias todos los días.

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ensando en aquellos años, tengo la sensación de que recuerdo tiempos muy remotos, pero no es así. Los años 80 están ahí mismo y, si «20 años no son nada» –como dice la canción–, 30 tampoco pueden ser mucho más. Lo que sí es cierto es que a toda esta familia, pandilla o grupo los conocí desde mi llegada a Valladolid –en los años 60– cuando, con cierta timidez, me acercaba a ver las exposiciones de la Sala Jacobo y me enfrentaba a sus miradas escrutadoras y a sus indiscretos comentarios. A mí me daba la impresión de que en aquella acogedora bodega se encontraban tan a gusto, tan a su aire, que un visitante se convertía con solo bajar la escalera, en un intruso. Sin embargo, con el tiempo se acostumbraron a verme por allí y para mi tranquilidad pasaba casi desapercibida. Más adelante, por mi trabajo de gestión cultural, tuve la oportunidad de conocer mejor la obra de cada uno y, más tarde, también sus vidas y peripecias. Traté a sus familias y a sus amigos, fui descubriendo la forma de relacionarse entre ellos y también con los demás, las aficiones de cada cual, los anhelos y aspiraciones, las preocupaciones personales y profesionales. Creo que se puede decir que me convertí en una amiga más, colaborando en algunos de sus proyectos individuales o colectivos y participando en sus reuniones, celebraciones y en algunos viajes, a los que tan aficionados eran. Lógicamente tenía más confianza con unos que con otros. Jorge Vidal siempre me intimidó un poco. Su carácter retraído y mi propia timidez no propiciaron largas conversaciones o confidencias, pero siempre admiré su talento, su maestría y la aparente facilidad para crear obras hermosas y misteriosas. Inigualables. Con Francisco Sabadell charlaba de lo divino y humano cuando después del trabajo pasaba con mis amigas por la Cafetería Moka, en cuya barra estaba acodado Paco tomándose un vino antes de la cena. Era un gran conversador, irónico, incisivo, inteligente y un pintor sabio, exquisito, consecuente. Domingo Criado –Dominguín para Gabino–, con él siempre había algo sobre lo que discutir y si no lo había él se lo inventaba enseguida. Era un polemista convencido y le gustaba provocarme hasta que me hacía contestar. Lo pasábamos muy bien haciéndonos los enfadados. Disponía de un sentido del humor cáustico y era un excelente pintor y dibujante, siempre debatiéndose entre la figuración y la abstracción.

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María Calleja en La Casa Vieja.

Con Gabino Gaona he compartido tantas cosas... Le he visto pintar totalmente abstraído, con seguridad total en el trazo, sin ninguna duda en la elección del color, ajeno a todo lo circundante. Era un pintor de gran delicadeza, intuitivo, gestual, magistral; La Casa Vieja, una aventura en la que me invitó a acompañarle y que tantas ocasiones nos dio de disfrutar, de inventar, de fabular, de encontrar, de aprender, de conocer, de reír, de compartir, de ofrecer, de soñar... lecturas, charlas interminables, pero siempre inacabadas, silencios de complicidad... ¿recuerdas Maisa? Creo sinceramente que Gabino ha sido unos de mis mejores y leales amigos.

Félix Cuadrado Lomas, siempre imponiendo respeto con su aspecto de patriarca, amigo entrañable y conversador nato, sentencioso: «estamos en agosto, dentro de nada las fiestas, un poco más y Navidad», «este chaval está en leche como los tapaculos». Buen pintor, conocedor de técnicas ya casi en desuso, entregado a su trabajo, ordenado y paciente, todo lo que se propone lo consigue y cuenta con la admiración de un amplio sector del público para el que Félix es «el pintor». Sus pinturas son limpias, rotundas, reconocibles como suyas al primer vistazo por sus trazos seguros, inconfundibles, ya se trate de paisajes, de retratos, de bodegones... Fernando Santiago siempre corriendo hacia alguna parte... Saludos apresurados y un proyecto detrás de otro: Jacobo, Arcón, Orón, muchos viajes, la promesa indeterminada de «voy a pintar más, en cuanto...» Nunca me confesó, y acabo de descubrir hace pocos días, que pintaba mucho y bien y que tiene una colección más que notable de obras suyas de todos los tiempos. Sin embargo, se sigue disculpando: «estaba en esto pero no terminé...», «por aquí iba a investigar pero lo dejé...» Creo que su rigor, su ambición de gran pintor, que lo es, le lleva a minusvalorar una obra atractiva, rigurosa, trabajada con constancia y acierto, que transmite una pulsión, una emoción singular. Por lo menos esa ha sido mi sensación cuando, como digo, hace poco tiempo me ha permitido conocerla. Estos son, en mi opinión, los componentes del Grupo Jacobo, Simancas o como se les quiera denominar y sobre el que existe la duda de si es grupo o no, o «grupo sí, pero de amigos» como le gusta decir a Félix. Alrededor de estos seis pintores excepcionales que pueden ser considerados como «fundadores», se acercaron otros creadores que participaron ocasionalmente en la actividad del grupo o con exposiciones en Jacobo, en Arcón o en La Casa Vieja. No puedo nombrar a todos, sin duda sus nombres aparecerán en los catálogos y documentos que se incluyen en la exposición, pero sí quiero hacer mención del papel primordial que desempeñó Pablo Rodríguez o «Blas Pajarero», esencialmente como amigo imprescindible y entrañable, pero también como consejero e intermediario en las distintas situaciones en las que podían encontrarse nuestros pintores, la mayoría de ellos con escasa predisposición para resolver asuntos administrativos o burocráticos. Pablo era el amigo que no defraudaba nunca y que resolvía todo.

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La Casa Vieja, en Simancas.

Al recordar a Pablo y a Tere, su mujer, vienen a mi mente otros nombres en tropel: Pablo Prieto, Pilar Pigazo, sus hijos Pablo-Luis, Diego y Mauro, habituales de La Casa Vieja cuando no estaban de viaje por Marruecos, por Brasil... y Jo Stempfel, amiga inolvidable y artista singular, y tantas gentes queridas: la familia de los «Curros», Ramón Torío y Asun, Arturo y Tere, Cayetano Martínez y Esther, Guillermo Díez, Julia, Emilio Salcedo, Narciso Carreras, Miguel Ángel Pastor, Santiago de los Mozos, Fernando Zamora, Antonio Corral Castanedo... imposible seguir... ellos están en mi memoria y en mi corazón. Sigo con mis pensamientos y recuerdo que aquellos fueron tiempos difíciles, pero hermosos, esperanzados. Yo trabajaba y aprendía cada día y eso era un privilegio, como lo fue también la relación cercana y amistosa con las personas que integraban el «grupo de amigos» y con sus allegados. Esta estrecha y afectuosa amistad tuvo mucho que ver, junto con mi curiosidad inagotable, en mi formación acelerada sobre la plástica y los plásticos, sobre la estética y también sobre la ética, sobre la poesía y los poetas. Ya en La Casa Vieja, punto de reunión de muchos de ellos, pintores y poetas, fueron numerosas tardes de invierno, junto a la chimenea, muchas también de verano, en el pequeño patio interior con parra, siempre presente el porrón de vino de Toro, el pan de Simancas y el queso de Valoria; innumerables charlas sobre grandes o pequeñas cosas, exposiciones variopintas en las paredes encaladas, presentaciones de libros, de carpetas de serigrafías, de grabados, lecturas de poemas... de los muy jóvenes con una obra incipiente, titubeante; a veces, de los no tan jóvenes con obras reconocidas y valoradas por crítica y público.

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Interior de La Casa Vieja (en las paredes, cuadros de Gabino Gaona).

Y mientras pasaban los días iba quedando el eco de tantas bellas palabras remansadas en aquel espacio acogedor y amigable. Quiero creer que por allí siguen conservados los recuerdos y las palabras como un arcano, como un sortilegio hasta que nuevas gentes lo descubran. Esta exposición tiene un enorme interés por la indudable calidad de la obra de todos y cada uno de los integrantes de este curioso grupo (o no-grupo); por la forma que cada cual tuvo de afrontar su vocación, su pasión; por la influencia en la vida cultural de la ciudad, entonces un tanto adormecida; por el poso que el trabajo conjunto de personalidades tan deslumbrantes, tan atrayentes, tan diversas y tan complejas, ha dejado en todos los que les conocimos y les conocemos, les quisimos y les queremos, les admiramos siempre y para siempre y también por la huella dejada en tantos pintores jóvenes de entonces. Por todo ello es precisa y muy oportuna la revisión que a través de la exposición pictórica y documental va a llevar a cabo el Museo Patio Herreriano de Valladolid, que permitirá conocer un poco más y mejor una época de nuestra ciudad y el resurgir de la pintura de la mano de un heterogéneo y fluctuante grupo cuyo núcleo esencial lo constituyen los pintores representados en la muestra. Valladolid, enero de 2011.

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Enrique Gavilán Estelat y los orígenes del Grupo Simancas ENRIQUE GAVILÁN DOMÍNGUEZ

«Creo sinceramente que la mejor crítica es la que es entretenida y poética; no la fría y algebraica que, bajo pretexto de explicar todo, carece de odio y de amor, y se despoja voluntariamente de todo carácter (…) Para ser justa, es decir, para tener razón de existir, la crítica debe ser parcial, apasionada, política, es decir, acostumbrada a un punto de vista exclusivo, pero el punto de vista que abre más horizontes». CHARLES BAUDELAIRE, Salon de 1846, Œuvres complètes, París, Gallimard, 2002, vol. II, pp. 418-419.

«Una obra de arte es un objeto, pero es también un encuentro con el tiempo». ANDRÉ MALRAUX, «L’œuvre d’art», Œuvres complètes, París, Gallimard, 2004, vol. IV, p. 1190.

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as dos citas, procedentes de los críticos a los que más admiro, pueden servir para resumir las claves de la relación de Enrique Gavilán Estelat con los pintores del Grupo Simancas. En Baudelaire se apuntan los rasgos de un crítico capaz de abrir horizontes en razón de su compromiso apasionado con el arte. La cita de Malraux quizás encierre el secreto de su fascinación por la pintura. En realidad, el francés se refería a una cuestión diferente: el malentendido que subyace a la conversión en arte de un objeto que en su origen había tenido otro propósito –doméstico, mágico o religioso–, tema mayor de Las voces del silencio. Algo similar, aunque de signo opuesto, ocurrió en el franquismo: a veces el arte se convirtió en refugio de la disidencia, una isla de verdad en medio de un océano de mentiras. A pesar de la importancia que tuvo la relación de Enrique Gavilán con los pintores que formarían el Grupo Simancas, los testimonios conservados resultan insuficientes para imaginarla cabalmente. Lo que revelan las hemerotecas cubre solo una parte, quizás menor de esa historia. La memoria de los que vivieron aquellos años se ha ido borrando con el paso del tiempo. Así que quisiera expresar mi agradecimiento a Cristina Fontaneda y a Fernando Gutiérrez Baños, que me han invitado a escribir este texto, por una doble razón: reconocer el papel de mi padre en aquella historia y encargarme a mí de contarla. De entrada, conviene recordar algunos datos esenciales de su biografía. Hijo de Enrique Gavilán Almuzara –figura destacada del Partido Liberal: alcalde, diputado y senador– y Carolina Estelat, nació en Valladolid a finales de 1919. Iba a ser el mayor de cinco hermanos. Se casó con Concepción Domínguez Moncada, con la que tuvo cuatro hijos.

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Par ticipó en la Guerra Civil como alférez provisional. Sufrió una herida gravísima en los últimos meses de la contienda, de la que tardaría largo tiempo en recuperarse. Sus secuelas aceleraron quizás su prematuro final. En la posguerra rompió su relación con el Régimen y adoptó posiciones liberales, aunque situadas en el limbo de un antifranquismo puramente platónico. Tras la muerte de su padre, se hizo cargo del bufete en 1944. Durante toda su vida escribió infatigablemente en los periódicos locales, sobre todo, El Norte de Castilla, pero también Libertad, Diario Regional y Hoja del Lunes, donde precisamente empezó su labor como crítico de exposiciones. A finales de los años cincuenta inició en El Norte una serie de artículos de Enrique Gavilán Estelat. viaje sobre los pueblos de la provincia, ilustrados con dibujos de Gabino Gaona, Félix Cuadrado Lomas y Santiago Estévez. Una parte se recopilaría póstumamente en el libro Valladolid, tierras de pan y vino (Madrid, Editora Nacional, 1971). Miguel Delibes, compañero de colegio y amigo de toda la vida, fue el encargado de seleccionar, corregir, ordenar y prologar los textos. Aunque la fascinación por la pintura le venía de muy atrás, solo empezó a escribir crítica regular a partir de 1964. Creó una sección en El Norte de Castilla titulada «El espectador de exposiciones», transparente alusión a uno de sus dos maestros en la crítica. El otro fue Eugenio d’Ors. En su mesilla de noche se levantaba una torre de libros. Los títulos iban cambiando (leía a una velocidad prodigiosa, facultad que se combinaba con una memoria no menos admirable), pero entre ellos había dos invariables: El Espectador, su biblia, reveladoramente desencuadernada, y algún volumen del Glosario d’orsiano. En el verano de 1962 un derrame cerebral le paralizó el lado izquierdo del cuerpo. A pesar de las limitaciones físicas, pudo continuar su labor de abogado y escritor. Sin embargo, debió renunciar a los artículos de viaje, una de las razones para volcarse en la crítica de arte. En septiembre de 1968 le fallaron de nuevo las arterias. Esta vez no consiguió recuperarse y quedó definitivamente atrapado por la enfermedad hasta su muerte en la noche de Navidad de 1969. Acababa de cumplir cincuenta años.

EL CICERONE La relación con el Grupo Simancas no es en su origen la que cabría imaginar –un crítico que ejerce una influencia más o menos carismática sobre un conjunto de pintores locales–. En el inicio –finales de los años cincuenta–, ni el grupo existe todavía, ni Enrique Gavilán es el crítico que llegaría a ser años después. Es tan solo un aficionado que, de forma ocasional, publica artículos sobre temas artísticos, del presente (el arte abstracto, Picasso, Miró, Rouault, Buffet, etc.) o del

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pasado (Goya, los imagineros castellanos, etc.), y en particular, sobre artistas vinculados de distintas formas a Valladolid (García Lesmes, Anselmo Miguel Nieto, Mucientes, Capitaine, Luis Sanz, Santiago Estévez, José Luis Medina, Meneses, García Benito, y desde luego, Gaona y Cuadrado Lomas), pero rara vez escribe comentarios sobre exposiciones. En todo caso, esos artículos le habían acreditado como comentarista de temas artísticos ya antes de convertirse en crítico regular. Por su parte, Gaona y Cuadrado, los dos artistas con quienes mantuvo una relación más cercana, estaban también lejos de la órbita de lo que acabaría denominándose Grupo Simancas. Enrique Gavilán en familia.

En esa etapa, se estrecha la amistad con los pintores a través de la labor en los escritos sobre los pueblos que iban apareciendo de forma periódica en El Norte de Castilla, siempre acompañados por dibujos de Gaona, Cuadrado o Estévez. Cada texto venía precedido del trabajo de campo correspondiente: la excursión, la búsqueda y elaboración de motivos –plásticos, históricos y literarios– y el final, la merienda que celebraba el éxito de la empresa. Cuando tenía la suerte de que mi padre me incluyese entre los expedicionarios, este capítulo era para mí el objetivo esencial, tanto por el privilegio de participar en simposios tan notables, como por la bondad del refrigerio. En junio de 2004 la Fundación Segundo y Santiago Montes le organizó un homenaje póstumo. En él participaron, entre otros, Gabino Gaona y Félix Cuadrado Lomas. Este último recordaba sobre todo los conocimientos de la geografía provincial de merenderos, fondas y tabernas que mi padre había acumulado a lo largo de sus años como abogado por los pueblos de Valladolid. Gabino, que en sus primeros tiempos seguía viviendo en Valoria, y ayudaba en el bar familiar, narraba las pantagruélicas meriendas que coronaron allí algunas excursiones. Pero además de iniciarles en los secretos de su personal Guía Michelin vallisoletana, en esa etapa mi padre desempeñó a su lado otros papeles más importantes. Por una parte, ayudó a darles a conocer en la ciudad, tanto a través de los dibujos que ilustraban las crónicas de El Norte, como de los artículos que glosaban su talento. Por otra, su respaldo contribuyó de manera decisiva a hacerles creer en su vocación, y quizás esta fuese su aportación esencial. También les orientaba, tanto en pintura, como en otros asuntos. Por entonces el paisaje castellano planteaba una cuestión esencial. Si en general el paisaje suele ser un elemento clave de cualquier identidad regional, en nuestro caso ha representado durante mucho tiempo su rasgo más característico. El descubrimiento –más bien, la reinvención– de Castilla por la Generación del 98 se asocia a la belleza singular de su paisaje. En él se expresaría el alma castellana –y por extensión, la esencia de lo español–, tal como

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tendería a presentarlas esa elegía contradictoria que es la literatura del 98, como lo manifiesta, por ejemplo, el título unamuniano, «Paisajes del alma». A comienzos de los años sesenta mi padre iniciaba en esos textos a los pintores con los que recorría la provincia. En aquella época el desarrollismo, la concentración parcelaria, la emigración, la mecanización de la agricultura, provocaban cambios irreversibles en el perfil de aquellas tierras. El cuadro de paisaje se convertía en una elegía a un mundo que desaparecía. En él cobraba todo su sentido la cita de Malraux que situaba al comienzo de este texto. A diferencia de otros géneros, como el retrato o la naturaleza muerta, en el término «paisaje» se manifiesta una singularidad, una polisemia de la que carecen «retrato» o «bodegón». Frente a un despliegue de frutas y canastas no se dice: «¡menudo bodegón!»; ni frente a un ser humano: «¡vaya retrato!». Tales expresiones solo adquirirían sentido empleadas de forma irónica. En ambos casos el cuadro es una cosa distinta del modelo, pero también la palabra que lo designa. Ahora bien, la representación pictórica de un paisaje es también un paisaje. La palabra designa a la vez el elemento real (una extensión que se despliega ante la vista) y su representación pictórica (el cuadro). Con el paisaje surge una ambigüedad constitutiva que sitúa la pintura entre lo real (lo que representa) y lo imaginario (lo que es como cuadro, también un paisaje). La idea de paisaje oscila así entre lo objetivo y lo subjetivo, la naturaleza y la cultura, lo inerte y lo expresivo, la inmovilidad y la historia, la realidad muda y su transfiguración plástica. El paisaje era por entonces el género más apreciado en el mercado artístico vallisoletano. Pero para desarrollar su propio estilo, los jóvenes debían desmarcarse del modelo acreditado, que en el plano local representaban Aurelio García Lesmes y Manuel Mucientes (con todas las diferencias de estilo o de mérito artístico que pudieran separarlos). Sin romper del todo con esa tradición, los nuevos pintores proponían formas diferentes, mucho más atrevidas. Contaban además con la ventaja de que en el género se iba a tolerar mejor el vanguardismo que en los cuadros donde dominaba la figura humana. Tengo la impresión de que para más de un coleccionista aquellos paisajes llegaron a servir incluso de puente hacia la pintura abstracta. El cambio de estilo no fue solo una empresa pictórica, sino también literaria, en la que Enrique Gavilán tuvo su papel, tanto a través de los artículos de viaje como de los comentarios sobre pintura. Recuerdo, por ejemplo, una glosa a Cuadrado Lomas donde señalaba que el pintor había conseguido matizar el celebrado aserto orteguiano –»en la geometría sentimental de Castilla la vertical es el chopo y la horizontal, el galgo»–. En las telas de Cuadrado la vertical seguía siendo el chopo pero la horizontal no era ya el galgo, sino la mula. Además, los paisajes de Gabino o Félix se enfrentaban a otro tipo de fórmula de gran éxito popular, correlato de los peores tópicos sobre lo castellano. No me resisto a citar una crítica en la que mi padre atacaba con sus propias armas a esa pintura para tresillo, en un tono que hace recordar las palabras de Baudelaire sobre el papel del crítico: «Hoy las carreteras se pueblan de cochecitos utilitarios cargados de pasajeros que salen de la ciudad a gozar unas horas de campo. La gran mayoría de esos expedicionarios que respiran los aires campestres en las horas libres buscan en los cuadros el recuerdo de esos momentos de expansión. Porque el pintor X… introduce en su obra todo aquello que el público apetece, se reparte profusamente por los cuartos de estar de infinidad de familias; preside los tresillos recién estrenados de las casas modernas en los modernos barrios...» A mi juicio, en la pasión de mi padre por el paisaje se unían la nostalgia que despertaba en él aquel mundo condenado a desaparecer, con una forma de resistencia frente a los tópicos oficiales. En los cuadros de sus amigos se expresaba la disidencia de un régimen que se rebozaba en

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Enrique Gavilán (a la izquierda, en segundo término, conversando con otro visitante) durante la inauguración de la exposición Dibujos del libro «Retazos de Torozos» en Jacobo. Foto: Carvajal.

lo español –identificado con Castilla, cuyo emblema inevitable era el tópico paisaje–. En la pintura que tanto admiraba afloraba otra verdad, una cierta crítica, la negación de esa imagen acartonada, impregnada del olor alcanforado del franquismo, cuando la esperanza real de su desaparición estaba demasiado lejana, y aquella resistencia mínima debía refugiarse en el mundo imaginario que el óleo creaba sobre la tela atrapada en el bastidor.

EL CRÍTICO En la segunda mitad de los años sesenta se produjeron algunos cambios que iban a marcar la historia del Grupo Simancas: la entrada en escena de dos figuras esenciales, Domingo Criado y Jorge Vidal, y la consolidación de Jacobo como punto de referencia del colectivo. Por su parte, la relación de Enrique Gavilán con la pintura y los pintores se hizo más rica y compleja. La amistad se mantuvo. Gaona se instaló en el inmueble de la calle Catedral donde vivíamos. Desde la galería a la que daba mi habitación podía ver cada día cómo pintaba Gabino, con su concentración característica. Poco antes, se había trasladado también allí la galería Castilla. Se constituía así una especie de trinidad artística cuasi platónica: el creador y sus mediadores, el artista, el crítico y el marchante, tres arquetipos habitando el mismo espacio físico, el viejo caserón sobre el que proyectaba su sombra la vieja catedral inacabada. Durante esos mismos años Enrique Gavilán pasa de diletante a profesional del arte, con todas las comillas que deban añadírsele al apelativo. En efecto, lo que hasta entonces había sido una serie imprevisible de artículos esporádicos sobre temas artísticos se iba a convertir en una

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sección fija de El Norte de Castilla: «El espectador de exposiciones». Por aquel entonces el diario agrupaba a una nómina de colaboradores deslumbrante. Repasando periódicos de esa época uno se queda boquiabierto, no solo por la calidad de los artículos, sino, sobre todo, por la vitalidad cultural que reflejan. Es asombroso descubrir la entidad de aquellas manifestaciones –teatro, literatura, artes plásticas, conferencias–, y la pasión con la que se vivían. No es fácil explicar cómo en plena dictadura pudo producirse un florecimiento de tal intensidad. Resulta extraño conjugar, por una parte, la atonía cultural del presente con sus condiciones de libertad política y, por otra, la vitalidad de los años sesenta con la miseria del franquismo. En pocos años, a través de su labor crítica, Enrique Gavilán consiguió una influencia notable sobre la vida artística de la ciudad, en cuyo centro se situaban los pintores que compondrían el Grupo Simancas. El estilo del espectador de exposiciones resulta inconfundible. Sus artículos podrían utilizarse como argumento para refutar el aserto de que la Crítica de Arte es una Historia del Arte amputada de la Historia. Como crítico, Enrique Gavilán me parece mucho más orteguiano que d’orsiano. Entre sus características estaba el afán por contextualizar los cuadros, de situarlos, tanto respecto a corrientes artísticas del pasado o del presente, como en relación a la propia trayectoria del pintor. Estaba así muy lejos del afán de don Eugenio de considerar un cuadro en relación, sobre todo, a los singulares arquetipos que dominan sus páginas. En las críticas periódicas sobre los pintores del Grupo Simancas hay siempre alguna consideración sobre la medida en que la exposición en cuestión suponía o no una evolución, y de qué tipo, si se advertían novedades estilísticas o, al contrario, se mantenían determinados rasgos propios del artista, o cómo se reelaboraban. Otra constante, esta general en sus artículos, es el afán por establecer lazos con las raíces locales o regionales del pintor, su vinculación emocional a determinado paisaje, los rasgos de estilo que lo emparentaban con elementos propios del arte español –como el expresionismo, por ejemplo–. Una y otra vez me ha sorprendido la expectación, casi siempre perceptible, con la que el pintor espera los comentarios a su obra. En ocasiones el interés por esa reacción es tan intenso que ni siquiera se atreve a preguntar por sus impresiones a quien contempla el cuadro. Pocos pintores consiguen disimular tal necesidad. En cierta medida, esa emoción invierte la relación que cabría esperar. Lo lógico sería que la curiosidad fuese muy superior en el coleccionista, el crítico o el simple espectador que en el artista. Sin embargo, tiende a ocurrir lo contrario. Hace tiempo creí que esa necesidad nacía de una sed enfermiza de elogios. Estaba equivocado. Contra lo que podría imaginar quien, como yo, haya detectado esa actitud, el pintor no está poseído por una vanidad superior a la de otros artistas (en este punto, creo que solo los actores son caso aparte, pero esa pasión nace de la misma naturaleza de su vocación). No, la necesidad de conocer las reacciones del otro tiene un origen diferente. Cierto amigo me dio hace tiempo la clave de ese comportamiento. En una ocasión le escuché: «Quiero que vosotros me digáis qué hago en mis cuadros, porque yo no lo sé.» Un cuadro no es una respuesta, un cuadro es una interrogación abierta. De ahí el vínculo tan estrecho que ha existido a lo largo de la historia entre pintura y literatura, mucho más hondo que el de cualquier otro arte con la crítica que quiere explicarlo. Quizás sea esta una de las razones de que se haya fustigado sistemáticamente el abuso retórico en pintura. Hay cierta perversión en la dureza con que los críticos desprecian en el cuadro los excesos literarios. En una carta a Émile Bernard, Paul Cézanne afirmaba, en oposición a toda la cháchara teórica sobre la autenticidad de lo pictórico, que en pintura la verdad se encuentra en el cuadro y

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que él –Cézanne– conseguía transmitirla con líneas y colores. Jacques Derrida eligió ese pasaje como punto de partida de un libro titulado precisamente La verdad en pintura. Mi padre no conoció un texto que se iba a publicar casi diez años después de su muerte. De haber podido leerlo habría encontrado allí, formulada de una forma tan oscura como luminosa, una concepción sobre el papel del crítico que venía a coincidir con lo que él mismo intuía, aunque de un modo mucho menos sistemático. Derrida cuestionaba la tesis de Cézanne y afirmaba, por el contrario, que la verdad en pintura no es algo estable que resida en el cuadro, sino que surge –y se desvanece– como un acontecimiento que resulta de la invención del otro, y que es así siempre posterior a la obra. Como crítico Enrique Gavilán desempeñó un papel clave en el descu«El espectador de exposiciones», sección de crítica de arte brimiento de la verdad que encerraban de Enrique Gavilán en El Norte de Castilla. los pintores del futuro Grupo Simancas, y de esta forma contribuyó a crear su identidad artística. En sus textos se combinaba una retórica poderosa, pero contenida, con una visión prodigiosa para la plástica. En este punto poseía una alucinante capacidad anticipatoria (que solo tenía paralelo en su intuición para el fútbol). No solo era capaz de apreciar la obra ya cuajada, sino que sabía adivinar las semillas del gran arte en obras todavía balbucientes. En el repaso a sus viejos artículos me ha impresionado, sobre todo, una crítica de su última temporada. En ella comentaba la primera exposición de Jorge Vidal. Lo reconocía ya como el gran pintor que iba a ser, pero aún más portentoso resulta descubrir los nombres de los tres artistas aún más jóvenes que anunciaba como las promesas de un futuro algo más lejano: Carlos León, Cristóbal Gabarrón y Manuel Sierra. La profecía está fechada en noviembre de 1967.

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Una entrevista que nunca sucedió: el Grupo Simancas en el Patio Herreriano TERESA ORTEGA COCA*

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ristina Fontaneda, Directora del Museo Patio Herreriano, me convocó para asistir a una reunión. Se trataba de colaborar en los preparativos de una exposición en el museo y realizar un comentario sobre el conjunto de artistas vallisoletanos conocido como Grupo Simancas. Naturalmente he aceptado, porque viví de cerca los sucesos artísticos del tiempo en el que aparecía esta agrupación. Pero sobre todo porque, a mi modo de ver, pienso que es lógico y necesario que este museo de arte contemporáneo, muy educativo y valioso para la ciudad, en el que se muestra, en régimen de cesión de propiedad privada, un formidable fondo artístico del siglo XX, cuya adquisición fue realizada por auténticos profesionales, con carácter no especulativo, sino científico, también dé a conocer, aunque solo sea ocasional y temporalmente, obras de arte de importantes artistas contemporáneos de Valladolid. Colgué el teléfono. Me he sentado en mi terraza frente al río. Y mientras desayuno al sol, inicio una entrevista, que naturalmente solo tuvo lugar en la imaginación. Empiezo a preguntar y a contestarme, recordando cuestiones sobre precedentes y formación del Grupo Simancas. Ambiente artístico del que casi cincuenta años nos separan. –¿Qué piensas tú, en general, de los artistas de esta ciudad? –Pues que indudablemente Valladolid posee una gran cantidad de verdaderos artistas, sobre todo en proporción a su número de habitantes, y que se podría realizar una extraordinaria selección de ellos. En la primera mitad del siglo XX, Valladolid contó con varios nombres muy famosos. Como ejemplo, por citar alguno, recordaríamos principalmente a E. G. Benito, reconocido fuera de España internacionalmente, y también entre algún otro a los pintores Anselmo Miguel Nieto y Aurelio García Lesmes. Pero pasado el triste suceso de la guerra civil, en la segunda mitad del siglo y hasta hoy, también sería posible citar una excelente representación de más de medio centenar de artistas.

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Universidad de Valladolid; miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte; nombrada en Italia Académica «di Merito» de la Accademia Internazionale Trinacria de Letras, Artes y Ciencias (Mesina) en junio de 1999; Socia de Honor del Ateneo de Valladolid y Directora de la Sección de Arte del mismo.

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–¿En esa representación del arte de Valladolid en la segunda mitad del siglo XX, figuraría el llamado: Grupo Simancas? –Sin duda alguna: sí. Pero también seria necesario recordar a todas las individualidades que actuaron artísticamente: antes, a la vez o después de la formación de dicho grupo. Y todo ello está por escribir. Es materia interesante y abundante para algo más que una tesis doctoral. En cuanto al Grupo Simancas, recordaríamos que no solo interesó por el importante valor en sí de sus componentes, sino también porque como conjunto, aunque el mismo apareciera sin homogeneidad estilística, constituyó algo así como un núcleo compacto de interés hacia el arte que colaboró de manera muy decisiva y eficaz en el aspecto del desarrollo cultural de la ciudad. Hay que tener en cuenta que lo que aglutinaba al Grupo Simancas más que analogía en el orden estético era una aproximación en la cuestión amistosa, cultural, humanística, interdisciplinar y naturalmente ideológica. El nombre de la agrupación se debió al trasladado definitivo a la hermosa localidad de Simancas de los primeros componentes del grupo, como fueron: Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona, a los que se añadieron, casi en simultaneidad otros nombres como el de: Domingo Criado; Francisco Sabadell; Fernando Santiago, este más conocido por su seudónimo de Jacobo; y finalmente el formidable pintor chileno: Jorge Vidal. Quizás, podría incluirse algún otro artista. Si se tratara de que vivieran o expusieran en Simancas, habría que añadir un buen número. Pero no es eso. –Parece ser que el suceso artístico en Valladolid inició un gran ascenso a partir de 1962. ¿Es esto cierto? Sí, en efecto. Entre 1962 y 1965 se registró en Valladolid una cumbre en todo lo referente al arte, que pudo ser, en parte, debido a una consecuencia de tipo económico: la creación del Polo de Desarrollo vallisoletano (NICAS; ENDASA; FASA) que consolidó e incrementó al sector social de funcionarios e intelectuales que se convirtieron en compradores de las obras artísticas del momento. Otra cumbre se puede considerar que se originó en 1968. Pero el auge artístico, después de esa fecha, disminuyó su impulso ascensional. El 10 de mayo de 1962, con una excelente exposición de Gabino Gaona, se había inaugurado la Galería Castilla, que en principio estuvo situada en la calle de la Pasión, frente al museo del mismo nombre. Esta galería, en 1964, fue trasladada a la Plaza de Portugalete, casi frente a la catedral herreriana, y por último en su III época, el 1 de octubre de 1972 se ubicó en la Plaza de la Universidad. Galería Castilla en el año de su creación fue la primera sala comercial que apareció en Valladolid. Su decoración la realizaron con gran acierto Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona. Ambos artistas continuaron exponiendo en esta galería durante todos los años sesenta. En esa década, también expusieron en dicha sala otros dos componentes del Grupo Simancas: Francisco Sabadell y Fernando Santiago. Este último abandonó en gran parte su interesante actividad como artista, de un especial carácter expresionista, para hacerse cargo de su propio negocio comercial, en el que habilitó un espacio donde inauguró, el 19 de octubre de 1966, su propia galería, la Sala Jacobo, situada en el nº 2 de la céntrica calle de Miguel Íscar. A partir de esa fecha las exposiciones del grupo se celebraron casi en su totalidad en esta nueva galería y también allí tuvieron lugar multitud de interesantes tertulias. Por aquella fecha Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona habían conseguido ser ampliamente reconocidos por el éxito obtenido en sus anteriores exposiciones en Galería Castilla. –Decías que viviste de cerca los sucesos artísticos de los sesenta, cuando se formó el Grupo Simancas. ¿Quieres explicar algo más sobre ellos?

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Félix Cuadrado Lomas, Jacobo, Jorge Vidal y Gabino Gaona.

–Sí, claro, no hay inconveniente, aunque, rememorar, tantos sucesos, que se superponen unos a otros en la memoria, tiene bastante dificultad. Además todo esto me produce cierta melancolía, porque muchos de aquellos recuerdos formaron parte de mi propia vida. Sabes, que a mí siempre me interesó el arte y además me gustaba pintar. Había realizado, en 1963, una exposición individual en la Galería Castilla. Una veintena de dibujos.Todo resultó muy bien. Incluso fui presentada por el flamante Director del Museo Nacional de Escultura Federico Wattenberg, el que, prestigioso arqueólogo, también se interesaba mucho por todo lo contemporáneo. Resultó que vendí todos mis cuadros, incluso los que no pensaba vender. Esta cuestión, paradójicamente, por el matiz comercial en que se pudiera pensar, no me agradó. Así que después de realizar alguna exposición más, en octubre de 1965, me matriculé en el primer curso de Filosofía y Letras, carrera que finalicé en junio de 1970. Cuando cursaba segundo curso de carrera me contrató el director del periódico de Valladolid Diario Regional, para realizar la sección «Crítica de exposiciones» Comprobé entonces que escribir me resultaba más satisfactorio que pintar, así que dejé definitivamente la pintura. La nueva situación me facilitó observar de cerca lo relacionado con las cuestiones artísticas de la ciudad y naturalmente procuré sacar mis conclusiones sobre el Grupo Simancas, aunque sobre él sigo dudando cuándo exactamente empezó a denominarse así. Pero fuera cuando fuese siempre me pareció que esta agrupación de artistas merecía gran interés. Lo que te parecerá curioso, es que antes de mi definitiva espantada de la pintura participara en dos colectivas con algunos miembros del luego denominado Grupo Simancas.

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Sucedió que cuando la Galería Castilla se trasladó a la Plaza de Portugalete, para celebrar el inicio de su «II época», Eliseo Simón, director de la sala, como yo había expuesto anteriormente en Castilla, me invitó a exponer alguna obra mía en la «gran exposición colectiva», que se organizó del 11 al 19 de noviembre de 1964. En dicha exposición participé con Cuadrado Lomas, Gabino Gaona, Francisco Sabadell y otros muchos artistas muy conocidos de Valladolid. Entre ellos Eduardo García Benito, el que desde su regreso a Valladolid curiosamente, por una razón socio-política, recuperó en su firma su primer apellido de García. Internacionalmente su firma era reconocida por su apellido segundo y con mayúsculas BENITO. En esta colectiva recuerdo también a Santiago Montes; Elvira Medina; Cristina Montes; Castilviejo; Jesús Arnuncio; Onésimo Anciones... Sin olvidar a dos importantes y conocidos escultores: José Luis Medina y Lorenzo Frechilla. Y mira, lo que en 2010 abruma, es recordar a tantos y tantos de estos personajes que integrarán la historia del arte en España, que con sus creaciones elevaron acusadamente el nivel cultural de su entorno, que sustituyeron el tener por el ser, y que en gran proporción tempranamente desaparecieron para siempre del panorama artístico de Valladolid. Es además triste borrar de la agenda nombres que ya nunca te van a contestar. –¿Es que los artistas mueren siempre jóvenes? ¿o es que interpretamos el arte en equivalente de juventud eterna? –Bueno, puede que se esté más en lo cierto con lo segundo. ¿No te parece que eso está algo en relación con lo que se dice de un artista –que inmortalizó tal o cual motivo en su creación–? Lo que sí creo es que la juventud, sobre todo en los artistas, no está en relación con respecto a su fecha de nacimiento. –Parece ser que junto al Grupo Simancas es ineludible citar a varios personajes que tomaron también parte en el logro de la culturización artística de Valladolid. ¿Y quiénes eran estos? –Pues bien podría decir algunos nombres, casi todos de la cultura e intelectualidad vallisoletana: periodistas, profesores universitarios, escritores, críticos y poetas, pero lamentaría olvidar muchos otros. Según pensamiento en orden alfabético, varios de ellos, pudieran ser: Emilio Alarcos; Justo Alejo; Santiago Amón; Francisco Pino; José Rodríguez (conocido como Pepe Relieve); Pablo Rodríguez (siempre conocido como Blas Pajarero); Emilio Salcedo; y Ramón Torío, quien viajó frecuentemente con artistas del «Grupo» y que sobre el mismo acaba de escribir un libro, publicado por la Diputación y por Ediciones Fuente de la Fama. ¡Ah!, sin olvidar la intervención de M.ª Calleja, a la que su trabajo en Caja Provincial (luego Caja España) le había permitido colaborar en beneficio general del arte contemporáneo vallisoletano, en un tiempo, como aquel, paralizado en la acción. Ella, además, junto con el pintor Gabino Gaona, participó en el invento convertido en realidad: crítico, turístico, cultural, creativo, e indefinible, que se acordó en denominar la «Casa Vieja». La presencia activa de todos los personajes mencionados, fue muy positiva en la consolidación histórica del Grupo Simancas y esto se logró, a veces, por su intervención con los artistas del grupo, en experiencias comunes de creación, literatura, dibujo, crítica sociológica, política, pintura, poesía y que formaron parte del mismo contexto, ya en conversaciones, viajes o tertulias. Muchas de estas reuniones tuvieron lugar, en cuanto a Valladolid, sobre todo en la Librería Anticuaria Relieve, también en las propias salas de exposiciones: primero en Galería Castilla, donde varios de estos artistas cimentaron su fama. Aunque a partir de la creación de

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Domingo Criado, Fernando Santiago y Félix Cuadrado Lomas en Aviñón, visitando una exposición de Picasso.

Galería Jacobo fue esta la sede principal de las tertulias del grupo. Fuera de Valladolid, en Simancas, el centro de reunión fue: la galería Arcón A-7 (propiedad de Jacobo), pero donde se reunió con mucha mayor frecuencia el grupo fue sobre todo en la «Casa Vieja». Puede ya ser historia que mediados los sesenta todas las variedades de reunión empezaron a ser frecuentes y tanto más según avanzaba la década. Cualquier cruce de temas que se planteara, valía para poner en marcha el pensamiento sugerente simbólico, a veces con mezcla de surrealismo dadaísta y así con frecuencia se establecían relaciones del arte con la crítica política. A mi modo de ver, los años sesenta en España, en muchos aspectos, podrían ser considerados como un precedente de la postmodernidad en arte y sobre todo de la interactividad cibernética. Nadie se conformaba meramente con escuchar. Empezaban todos a poner en marcha su derecho a intervenir: en las conferencias los asistentes, los espectadores en el teatro, los alumnos en el aula interrumpiendo la explicación del profesor; los oyentes en la radio y hasta incluso los feligreses en su parroquia. Avanzada aquella alejada década, el mundo, en general, se animó mucho. –¿Qué ambiente artístico tenía Valladolid entonces y qué causas influyeron en el impulso de la actividad artística? –Bueno, diré que, casualmente, «La actividad artística en Valladolid de (1950 a 1980)» fue el título de mi primer trabajo para la Universidad. Una investigación que realicé con paciencia hojeando periódicos y periódicos, perfectamente recopilados en hemerotecas de la prensa diaria del Valladolid de aquellos años. Y si tienes capacidad para no aburrirte y en algún momento te interesa la documentación pura y dura, explicada en las 221 páginas de esa tesina, que me publicó la Diputación, puedes hojearla. Reconozco que este tipo de investigación erudita es mucho menos

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reconfortante que la de pensamiento, pero hay que hacerla y además con el máximo de objetividad y veracidad posible. Principalmente revisé los archivos de El Norte de Castilla, donde se habían publicado numerosas ilustraciones artísticas del Grupo Simancas: así Félix Cuadrado Lomas realizó una larga serie de dibujos que ilustraron multitud de trabajos literarios del conocido crítico Enrique Gavilán. Y también de Cuadrado Lomas es muy importante recordar otro numeroso conjunto de dibujos de fuerte expresionismo y formidable composición realizados para acompañar los correspondientes textos de Blas Pajarero que el periódico Diario Regional de Valladolid publicó dentro de sus «Páginas literarias», desde el 22 de noviembre de 1965, hasta el 30 de julio de 1967. Es importante recordar que todo este conjunto de dibujos de Cuadrado y textos de Blas Pajarero fue recopilado por Relieve en el famoso libro: «Retazos de Torozos», terminado de editar el 20 de enero de 1968, junto con el inteligente y sugestivo prólogo realizado para el libro por: Juan Antonio Gaya Nuño. Hace pocos días, con óptica tan diferente en el tiempo, he vuelto a leer este libro. Y le volví a encontrar tan valioso en lo literario y artístico y tan auténtico en su contenido de ruralidad vital del territorio geográfico que describe con divertida literatura cervantina y muy acertados paisajes y paisanajes, que sigo sin encontrar, para él, definición posible. Volviendo al interés de las hemerotecas de prensa, en este caso consideradas como fuentes históricas para rastrear cuestiones sobre el Grupo Simancas, hay que recordar los interesantes dibujos de Domingo Criado, que en El Norte de Castilla resumían gráficamente sucesos diarios sociopolíticos de aquel momento. Todos ellos, con ese estilo de trazado en líneas de fuerza con empastado en tinta de recorrido espeso que caracterizaba aquellas intervenciones del artista: con un contenido de comprometido humorismo expresionista muy ácido, pero desde luego en un sentido simbólico e irónico, muy inteligente. –Podrías resumir: ¿qué cuestiones en aquellos años influyeron para impulsar la actividad artística? –Pensé entonces y también hoy, que la primera fue: el ascenso del nivel demográfico. Valladolid, en veinte años, de 1950 a 1970, casi duplicó su población. Era absolutamente lógico que si aumentó tanto el número de habitantes, creciera también el número de artistas. Otra causa fue: un aumento en el poder adquisitivo que impulsó a su vez un ascenso en la promoción cultural y educativa y por tanto en paralelismo se produjo consecutivamente un elevado progreso en la cuestión artística. Ahora bien, observé entonces y sigo pensando, todavía hoy con más seguridad aún, que la causa del progreso artístico de Valladolid en aquel periodo se debió principalmente a la gran importancia que los medios de comunicación de aquellos años concedieron a lo artístico. –Repasé la cantidad abrumadora de citas que guardaste, con fechas de prensa de aquel tiempo, donde se comprueba que la participación periodística fue decisiva para todo lo referente al asunto artístico. ¿Se puede añadir algo sobre esto? –Sí se puede citar algo que fue muy importante: a partir de 1955 desde la radio y la prensa y especialmente desde El Norte de Castilla se organizó una continua campaña a favor de la creación en Valladolid de un «Museo de Arte Contemporáneo» y tomaron parte a favor del museo numerosos personajes del mundo de la cultura: artistas, escritores, importantes periodistas. Durante muchos años, se trató de explicar que dicho museo, entre otras cosas, se necesitaba para influir favorablemente en la cultura contemporánea de la ciudad y promocionar su elevado conjunto de artistas. A fines de 1979, el Presidente de la Diputación Federico Sáez de Vera prometió públicamente que el Museo de Arte Contemporáneo de Valladolid iba a ser, ya, una

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realidad. Pero cuando parecía estar todo al alcance de la mano, gracias, presuntamente, quizás al dedo de otra mano, el Museo de Arte Contemporáneo para Valladolid nunca llegó. Cosa semejante sucedió cuando mucho tiempo después tampoco se consiguió que se creara en Valladolid la Facultad de Bellas Artes, cuando era esta la ciudad donde, comparativamente con cualquier otro lugar de la comunidad, hubiese sido el lugar apropiado, por el número de habitantes, por el número de artistas, por el número de alumnos y por el excelente prestigio y buen funcionamiento a lo largo de la historia que había tenido, que tuvo desde principios del XX y que seguía teniendo, la entonces denominada Escuela de Artes y Oficios, donde, con su profesorado, hubiera sido fácil la transformación. –Sigamos con el Grupo Simancas. Entre sus precedentes: ¿habría que recordar la Sala Universitaria de «Santa Cruz»? ¿Expusieron allí varios de los que luego formaron parte del citado Grupo? –Sí, en efecto, la sala universitaria del Palacio de «Santa Cruz», fue un precedente de actuación muy favorable, no solo del Grupo Simancas, sino también del desarrollo del arte contemporáneo en Valladolid. Para exponer en aquella sala, muy acreditada, era necesario el patrocinio de la Universidad y el visto bueno de calidad, que se concedía desde el Rectorado. En ella expusieron: Paco Sabadell, Gabino Gaona y Félix Cuadrado Lomas.

Tarjeta de la exposición Monotipos y xilografías de Francisco Sabadell, celebrada en Meseta en 1950.

En el Palacio de Santa Cruz, Gabino Gaona, realizó tres exposiciones muy destacadas: la primera en junio de 1959, otra en mayo de 1960 y la tercera en abril de 1961. En cuanto a Félix Cuadrado Lomas también expuso en la misma sala tres veces. En 1960 realizó dos muestras. Una de óleos en junio y otra de dibujos y ceras en noviembre. Y al año siguiente, en 1961, también en noviembre, volvió por tercera vez a exponer. La ultima muestra celebrada en «Santa Cruz» fue una del pintor Luis Sanz, amigo de Cuadrado Lomas, realizada el 31 de octubre de 1964, con cuya exposición, aunque no fuera

Díptico de la exposición Acuarelas de Francisco Sabadell, celebrada en Castilla en 1962.

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Tríptico de la Exposición de acuarelas de Francisco Sabadell, celebrada en Jacobo en 1969.

Folleto de la exposición inaugural de la Galería Arcón A-7, en Simancas (1972).

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de manera oficial, se clausuró aquella inolvidable Sala Universitaria. Una sala, con un ambiente y un marco artístico como habrá habido muy pocas en España. Fue la primera sala cultural que apareció en Valladolid, expresamente, para celebrar exposiciones. Había sido creada por el Rector de la Universidad Cayetano de Mergelina, en el Palacio de Santa Cruz, a finales de los cuarenta. En esta sala, en 1948, realizó su primera exposición el llamado Grupo Abstracto «Pascual Letreros», del que formaban parte varios artistas vallisoletanos, entre ellos el conocido escultor Lorenzo Frechilla. Antes de esta sala, en Valladolid no existían todavía galerías de exposiciones. Se procuraba encontrar entonces, al igual que se puede seguir realizando actualmente, un lugar digno para mostrar las obras, tanto en la Diputación como en el Ayuntamiento, Ateneo o incluso en alguna librería. En la librería Meseta se celebraron numerosas exposiciones. Así a principios de mayo de 1950 mostró allí su obra: Francisco Sabadell, un artista que bastante tiempo después sería uno de los componentes del conocido Grupo Simancas. También en la librería Meseta (el 7 de mayo de 1950) expuso la primera vanguardia vallisoletana, el llamado Grupo Abstracto «Pascual Letreros». Dicho grupo, casi, constituye una excepción, ya que en Valladolid los artistas han sido muy poco aficionados a formar agrupaciones. Aquí han funcionado, casi siempre, uno a uno, individualmente y por libre, con lo que, a veces, ha sido hasta difícil conocer de su existencia. Únicamente observaríamos cierta tendencia hacia las agrupaciones, en general, mediados los sesenta. Y las consideraríamos finiquitadas, aproximadamente, al inicio de los ochenta. Que fue también lo sucedido con el Grupo Simancas, y cuando dio comienzo su dispersión, o mejor, el funcionamiento, ya, totalmente independiente de cada uno de sus componentes. –¿Cuándo, cómo y dónde fueron apareciendo las galerías culturales y comerciales de la ciudad? –Según datos, en Valladolid, a pesar de que no faltaron dificultades, se fue creando un ambiente de gran interés por el Arte Con-


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temporáneo. El asunto artístico continuó apoyado por la prensa. Todo esto, unido a otros múltiples factores, motivó la sucesiva aparición de un buen número de salas y galerías de arte. Primero surgieron las de carácter cultural, que tomaron el nombre de la institución creadora, y fueron seguidas por las comerciales de propiedad privada. La relación de las coetáneas con el Grupo Simancas, en las que, en algunas de ellas, sus ar tistas expusieron, es como sigue:

Tarjeta de la exposición de Gabino Gaona celebrada en La Casa Vieja, en Simancas, en 1984.

Salas culturales (carentes de interés lucrativo): – Sala del Palacio de «Santa Cruz» (inaugurada al final de los años cuarenta). – Caja de Ahorros de Salamanca (inaugurada el 24 de enero de 1959). – Caja de Ahorros Provincial, luego Caja España (21 de mayo de 1960). – Sala de la Casa Sindical, en cruce de C/ Dos de Mayo con Pza. Madrid (diciembre de 1962). – Sala de «Martí y Monsó» de la Escuela de Artes y Oficios (1 de diciembre de 1968). – Caja de Ahorros Popular, luego fusionada en Caja España (febrero de 1969). – Sala «Berruguete», obra social de la Caja de Ahorros Popular (3 de abril de 1978). – Sala del Banco de Bilbao, C/ Duque de la Victoria (22 de febrero de 1979). Galerías de arte comerciales (de interés lucrativo, sin perder valor cultural): – Galería de Arte «Castilla», en C/ Pasión (11 de mayo de 1962). – Sala «Iris», en Pza. Mayor, locales de «Óptica Iris» (19 de octubre de 1962). – Galería de Arte «Castilla», en Pza. Portugalete (10 de septiembre de 1964). – Galería de Arte «Jacobo», en C/ Miguel Íscar (9 de octubre de 1966). – Galería de Arte «Olenka», en C/ López Gómez (25 de enero de 1972). – Galería de Arte «El Caballo de Troya», en C/ Correo (26 de marzo de 1972). – Galería de Arte «Castilla», en Pza. Universidad (1 de octubre de 1972). – Galería de Arte «Studium», en C/ Miguel Íscar 13 (inaugurada en 1972). – Galería de Arte «José María Burgos», en C/ C. F. de la Torre (3 de enero de 1973). – Galería de Arte «Paradiso», en Pza. Universidad (inaugurada en abril de 1973). – Galería de Arte «Carmen Durango» en C/ Fray Luis de León (inaugurada en octubre de 1973). – Galería de Arte «Grisalla», en C/ Detrás de San Andrés (23 de diciembre de 1976). – Galería de Arte «Imán», en C/ Teresa Gil (inaugurada en diciembre de 1979-enero de 1980).

–Para terminar, ¿podrías explicar lo que fue la aportación de cada uno de los artistas componentes del famoso Grupo Simancas formado en el Valladolid de los sesenta? –Bueno, intentaré resumir algún aspecto de cada uno de ellos: Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona, a mi modo de ver, constituyeron el núcleo duro, considerado en un sentido no de voluntad de dominio, sino de punto de partida, formativo y esencial, del llamado Grupo Simancas.

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Ambos pintores exponían en el Valladolid de los sesenta, con intervalos de muy corto tiempo, paisajes visitados juntos. Esto hizo pensar erróneamente en el parecido entre sus obras. Pero sucedía que, a pesar de alguna coincidencia en formas, la intencionalidad artística que había originado dichas formas o, mejor, los condicionantes que determinaban el estilo propio entre Cuadrado y Gaona funcionaban, casi, en diametral oposición: Cuadrado es un artista con mentalidad de razón, de pensamiento, de concepto y en cambio Gaona lo fue prioritariamente de intuición, de sentimiento. Al recordar a Unamuno (en su piensa el sentimiento y siente el pensamiento) quizá pudiéramos sacar la conclusión de que por este motivo ambos fueron amigos, no parecidos, pero sí complementarios. Félix Cuadrado Lomas, pudiera haber sido un buen investigador científico exhaustivo. Su entorno le permitió conocer perfectamente la relación: tierra-animal-hombre. Es un personaje casi impermeable, al que es muy difícil influenciar. Tuvo siempre y sigue teniendo un estilo de índole más bien constructivista. Le interesa más la forma que el color y este suele ser casi plano. Es un artista de boceto previo, con pensamiento preconcebido, sígnico. Sus formas paisajísticas casi inmutables, casi geométricas, casi sin curvas. Lo que no impide una gran diversidad. Líneas rectas, trapecios, triángulos. Perímetros de la máxima economía, pero desde la vuelta del primer viaje a Portugal también algún círculo relleno de radiante colorido. En cuanto a la propia firma, que en el artista siempre interesa, él la resuelve en un vaivén de trayectorias quebradas. Dije hace mucho que parece una estilística predestinación la firma de algunos artistas. Si en el caso de Tàpies puede estar claro, en el caso de Cuadrado Lomas quizá mucho más. En cuanto a Gabino Gaona, en su teoría del paisaje, creía que para pintar la verdad de la tierra hay que sentirla muy cerca y por eso se fue a vivir junto a las murallas de Urueña y luego con su amigo Cuadrado Lomas se trasladó definitivamente a Simancas, localidades ambas cargadas de Arte, Belleza e Historia. Gaona pensaba que para interpretar el paisaje natural de Castilla era necesario recuperar la sensación de espacio y tiempo natural, perdidas por las formas de «hábitat» artificial, por las informaciones y distracciones programadas y por el aislamiento de lo natural. Consideraba que era necesario volver a sentir las variaciones cíclicas, noche-día, frío-calor, los procesos de la vegetación, el olor del heno de la tierra mojada y escuchar de noche los cencerros del ganado en libertad. En lo que, desde luego, coincidían los artistas del Grupo Simancas siempre pensé que podría ser en su amor a la tierra en la que les tocó vivir. Alguien se acordó de comparar al grupo vallisoletano con los de la llamada «Escuela de Vallecas» fundada, en 1927, por el famoso escultor Alberto junto con Benjamín Palencia y otro grupo de artistas.Y que, pasada la guerra civil, se volvió a refundar, pero ya en ausencia de Alberto, exiliado en Rusia. Pienso que los de Simancas no constituyeron nunca una escuela, y además que, posiblemente, en cuanto a Vallecas, entonces ni siquiera, estuvieran enterados de su existencia. En cambio sobre los del Grupo Simancas, cuando se trata de pensar en lo que pudieran coincidir, seguramente siempre podría ser también en su amor a la tierra en la que les tocó vivir. Así tanto Gabino Gaona como Félix Cuadrado Lomas y Domingo Criado hubieran podido estar de acuerdo con la manera poética de sentir del escultor Alberto Sánchez, cuando escribía: Me dicen: la ciudad. Y yo respondo…: el campo. Palabras que resumen el pensamiento del célebre escultor recogido en aquellos escritos que con el título «Palabras de un escultor» fueron publicados, por primera vez, en la revista Arte (junio de 1933).

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En Jacobo: de izquierda a derecha, entre otros, Francisco Sabadell, Gabino Gaona, Tico Medina, Blas Pajarero, Jacobo y Félix Cuadrado Lomas.

En cuanto a Domingo Criado, tuvo un formidable sentido del color. Pudo ser el artista que más se aproximó a influencias positivas de Jorge Vidal. Pero siempre sin perder ningún elemento de su propia y fuerte personalidad. El sentimiento ecológico de este importante componente del Grupo Simancas, estuvo siempre fuera de duda y, en este sentido, el texto escrito por Luis Miguel de Dios, leído en su despedida necrológica (5 de febrero de 2007) a mi modo de ver constituye un documento de crítica artística del más alto nivel. Demuestra un conocimiento perfecto tanto de este artista como de su pintura. Curiosamente, Domingo Criado en su obra practicó una cierta ambivalencia. En la parte correspondiente a sus dibujos o pinturas sobre crítica sociológica, lógicamente, se mostró figurativo. Y en cuanto al resto de su pintura se convirtió en un excelente expresionista abstracto, representante de esta tendencia en el Grupo Simancas. Miembro importante del grupo fue también: Francisco Sabadell, al que se le recuerda, principalmente, por sus formidables dibujos y acuarelas. Sería un valor firme de la pintura nacional, desde hace mucho tiempo, si en vida alguna vez lo hubiera intentado. Era extraordinaria su aportación al grabado. Su inteligente inspiración tenía raíces perfectamente clásicas, como buen conocedor del grabado renacentista. En cuanto a la técnica, admiró siempre al gran maestro contemporáneo que fue Esteve Botey. Ahora bien, Francisco Sabadell en su peculiar estilo, propio de los sesenta, logró lo mas difícil: (¡la imaginación al poder!) matrimoniar una corriente clásicamente ortodoxa y de extraordinario oficio con una componente de lo más sorpresiva, camuflada en el más perfecto revolucionario vanguardismo surrealista. Una vez le oí decir «que iba a coger la correa para sacar, a su centollo, a pasear por el parque».

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Pero al Grupo Simancas le faltaba un condimento, algo así como una «especia», todavía más fuerte que la proporcionada por Francisco Sabadell. Y esto fue cumplido en la aportación artística de otro indispensable componente: Fernando Santiago (Jacobo), del que para mejor definir la naturaleza de su aportación la pudiéramos denominar: de sentido dadaísta vanguardista conceptual en coincidencia con la sustitución del objeto por el concepto; quizá Jacobo pensara también: «Dejo de pintar y me paso a la vida». Fue así como, a partir de entonces, también Jacobo sustituyó el objeto artístico por la teoría de ese objeto en su relación con la vida. Abandonó su pintura de compromiso expresionista, pero fue para poder intervenir, como intervino, más decisivamente aún. Eso sí, conceptualmente desde entonces, como líder, con cierto matiz dadaísta, tanto en exposiciones como en tertulias del Grupo Simancas. El último artista incorporado al Grupo Simancas fue el formidable pintor chileno Jorge Vidal, que en 1967 visitó por primera vez Valladolid. Antes de establecerse definitivamente en esta ciudad, hay datos sobre cuatro exposiciones realizadas por este artista en la sala «Jacobo» de Miguel Íscar. Desde esas muestras va a ejercer una muy favorable influencia y no solo en los artistas del Grupo Simancas, que entonces se decía «Grupo Jacobo», sino también en otros muchos pintores vallisoletanos. En una de aquellas exposiciones, recuerdo la intervención pública de Miguel Delibes, quien con su gran capacidad de creación también interpretaba formidablemente la pintura y que salió a favor del comentario que, a pesar de ser entonces muy nueva en la crítica, me había atrevido a realizar sobre la influencia del chileno, no como cosa plagiada por los de Valladolid, sino, como diría un biólogo, asimilada en sustancia propia, y que podía ser observada en algunos de los cuadros de Domingo Criado, con gran belleza de colorido.Y es que, hasta la llegada del chileno, la pintura castellana, en general, había sido, predominantemente de tonalidad austera y tonos ocres, pero a partir de entonces la alegría del color se hizo manifiesta. Pensé y escribí que Jorge Vidal, inteligente y con gran formación artística, sirvió de transmisor para los que también fueran inteligentes y que tuvieran elevado sentido creativo, de las bien entendidas corrientes pictóricas europeas. En este caso las del famoso grupo expresionista: «Jinete azul» que al igual que las de Paul Klee habían sido perfectamente asimiladas, y ahora añadiría que incluso, a veces, mejoradas por el aún no, todavía, reconocido en su gran valor: Jorge Vidal.

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«He pintado continuamente, pero nunca me ha interesado exponer, poner títulos a las obras o hacer un catálogo» «Lo que se hizo en Jacobo resulta ahora increíble, porque cuando te prohibían proyectos conseguíamos sustituirlos por otros». «Cuando abrí Arcón vivíamos el final de una época, una etapa muy difícil y comprometida». «Siempre he pintado comienzos, primeras ideas para futuros trabajos que nunca he desarrollado».

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n 1965,Valladolid comenzaba lentamente a despertar de un largo sueño, empujada por nuevos vientos económicos y urbanísticos que abrieron paseos y calles, aunque también se llevaron por delante sin criterio ni necesidad muchos edificios que representaban la huella de un glorioso pasado histórico. Las cafeterías sustituyeron a los bares y tabernas de antaño, mientras que las «boîtes» era un buen lugar de reunión para unos jóvenes que seguían con pasión las películas de Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni que habían conocido en la Semana Internacional de Cine Religioso y Valores Humanos, la Cátedra de Cinematografía o los encuentros en colegios mayores, compraban libros en Francia y luchaban a su manera, aunque con evidentes dificultades, por ponerse a la altura de los compañeros de generación que vivían en otros países europeos. Entonces, cuando las chicas habían empezado a equilibrar la balanza en la Universidad, abrió Jacobo, una tienda diferente a cuanto había de muebles y objetos de decoración, situada a la entrada de la calle de Miguel Íscar por la Plaza de Zorrilla. El sótano era un lugar espacioso que su propietario, Fernando Santiago, convirtió al año siguiente en sala de exposiciones, coloquios y debates. Un centro cultural en el que, además de contemplar arte, escuchar música o aprender a manejar el tórculo con Francisco Sabadell, era posible intercambiar opiniones sobre los últimos movimientos sociales, los problemas generacionales, incluidos los «hippies»; los nuevos cantautores –además de Joan Baez o Bob Dylan– y el mayo revolucionario. Tertulias que finalizaban con un vino de la tierra y descubrían a los participantes que había un mundo más allá de las fronteras, aunque todavía tardaría una década en empezar a ser una realidad en casa, como se encargaba de recordar de vez en cuando la censura.

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«Quería tener una sala de exposiciones porque me gustaba el arte y yo mismo pintaba, pero pronto se convirtió en un lugar de debate que fue muy importante en aquel tiempo que tan poco tenía que ver con el actual», dice Fernando Santiago, apoyado por su mujer, Pilar Paúl, que participó desde la sombra en la aventura. «Puede parecer pretencioso –añade–, pero hacer lo que se hizo, con soltura, con libertad, resulta ahora increíble y, aunque te prohibían proyectos, siempre era posible sustituirlos por otros. Tenía entonces la tienda recién abierta, y el primer visitante fue Francisco Pino, con su mujer, María, quien me animó con entusiasmo y exclamaciones de ¡qué bien, qué bien!». –¿Fue difícil poner el proyecto en marcha? –No, porque enseguida conseguimos la colaboración de mucha gente, ya que me había relacionado antes sobre todo con pintores, pero también con escritores, y se fue descubriendo el local. Comencé con Antonio Marcos, porque ya le conocía y disponía de una obra preparada para colgar. Pero luego, como tenía mucho trabajo con la tienda y la fábrica, nunca me daba tiempo a programar, así que cuando se acercaba alguien que hacía algo con interés, le organizábamos la exposición. Poco más tarde me presentaron a Jorge Vidal, que venía con unos papeles y unos dibujos. Ya había estado con Eliseo Simón, al que le parecieron buenos, pero no le encajaban en Castilla. A mí me gustaron aquellas obras de Jorge, así que le compré algunas y le dije que preparara una exposición, que fue de las primeras que acogió la sala y además tuvo mucho éxito. Todo lo que pintaba era muy atractivo, pero resultaba increíble que en la ciudad pudiera atraer el expresionismo abstracto del artista chileno. En cualquier caso, el número de visitantes y las ventas animaron a otros, así que Gabino Gaona y Félix Cuadrado Lomas, a los que ya trataba antes, me hablaron de exponer ellos también. Por cierto, que nunca los tuve sujetos e incluso hubo un tiempo, ya en Orón, en que yo colgaba los cuadros sin cobrar nada y las ventas las hacían ellos. Lo cual, además, no me molestaba mucho, porque había una relación de amistad y con los clientes que sustituía a la normal de galerista con pintores. –Es decir, que fue usted un galerista y marchante un tanto particular. –Es que en aquel Valladolid al cliente le gustaba hablar con el pintor y tratar directamente con él, así que yo se los mandaba a casa. En vista de eso, un día les dije que me iba a fijar un sueldo para regular y formalizar un poco la situación, cosa que no hice. La verdad es que nunca he sido marchante ni he sentido la necesidad de serlo, pero he abierto una sala para dar a conocer cosas distintas y no he tenido tiempo para hacer todo ni para ir a ver pintura. He vendido mucho y he procurado ejercer mi labor social como comerciante y como galerista, aunque un año me invitaron a ir a Arco y, como no tenía más que a Jorge Vidal para llevar a la Feria de Arte Contemporáneo, porque los demás eran muy de casa, de paisaje de Castilla, no me decidí a participar. –¿Qué exposiciones recuerda de aquella época? –Entre ellas la de Julio Plaza, un constructivista argentino que sorprendió al público con unos relieves en madera pintados de blanco, de los que guardo alguno. Conocía todo lo que se hacía en España, incluso al Equipo Crónica, con los que me entrevisté en casa y les propuse hacer una exposición, pero me la prohibieron. Así que en vista de que no podía mostrar su obra, les compré algunas piezas, como «La familia de Carlos IV» y varias litografías. También, aparte de nuestro grupo, recuerdo a Miguel Escalona, que era el artista de Valladolid, y a Martín de Vidales, que trabajaba en cuero y papel y estuvo en la Bienal de Venecia y en São Paulo. Además, a Carlos León Escudero, que se fue enseguida a Madrid; Henri Vallès, un haitiano que estudiaba medicina, y a Lorenzo Colomo, Jesús Capa, el escultor Acisclo Manzano, Castilviejo, Mery Maroto y, un poco más tarde, a Manolo Sierra, incluso me acuerdo de una muestra de serigrafías de un grupo gallego.

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Jacobo (1992).

EL COMERCIANTE Además de galerista, Fernando Santiago era un comerciante que tenía su negocio en la planta de arriba de la galería. «La tienda la dominaba –afirma–, porque estudié cerámica en Madrid, aunque la escuela no funcionaba bien y lo dejé. Pero sabía valorarla, al igual que los muebles, de los que conocía la calidad. Además, teníamos un taller de madera, de talla de carpintería, y una fábrica de escayola junto con mi hermano, en la que llegaron a trabajar hasta ochenta obreros. Hacíamos relieves y figuras para toda España, incluso para Cataluña. En Barcelona existían tres o cuatro galerías de vanguardia, pero no había forma de hacer tratos con ellos ni de intercambiar artistas. En cambio, sí tenía contactos con los anticuarios y con los artesanos, como uno que hacía unas muñecas muy originales y el que confeccionaba unas camisetas con pinturas y letreros que no recuerdo lo que ponían, pero que se convirtieron en las primeras camisetas pintadas que se vendieron en Valladolid. Estaban todos encantados conmigo porque les compraba lo que hacían». –¿Y los cuadros, los conseguía vender? –Se vendía muy poco, al cabo del tiempo daba para comer, pero no conozco a nadie que se haya hecho rico con la pintura. Costaba mucho vender, a ellos en sus casas y a mí en la galería. Aunque ha habido épocas mejores y peores, hasta finales de los ochenta aquí no se ha empezado a comprar arte. Yo no perdía dinero porque soy comerciante y tenía una tienda.

LA CENSURA –Usted, como todo el grupo, tenía fama de ser de izquierdas, ¿cómo se las arreglaba para lograr salir adelante a pesar de la censura? –Yo tenía fama de comunista. En realidad me llamaban así, el comunista, pero ni yo ni los demás del grupo, incluso Blas Pajarero, que era el más político del todos, teníamos carné de ningún

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partido, aunque nuestras ideas fueran de izquierdas. Sin embargo, y pese a ello, yo vendía a todo el mundo. Creo que en parte se debía a que Antolín de Santiago y Juárez, que era el delegado de Información y Turismo y nunca hizo caso de semejantes rumores, venía por la tienda porque en ella encontraba lo que necesitaba. Así que los demás no sabían a qué atenerse y me consintieron lo que quizá de otro modo nunca hubiera podido hacer. Tarjeta de la exposición Dibujos y grabados, celebrada en Jacobo en 1967.

–¿Qué proceso seguían para prohibir o aprobar una exposición? –Antes de inaugurar una exposición o de organizar un acto tenías que comunicarlo por escrito al Gobierno Civil y explicar en qué iba a consistir, pero después venía el policía y me prohibía alguna de las pinturas. Una vez había un cuadro colgado de la Unesco y yo le veía dar dos pasos para adelante y uno para atrás, dudando. Hasta que dijo que, como no podía ni verlo ni leerlo, clausuraba la exposición, lo que da idea de lo arbitrarias y absurdas que eran algunas decisiones. Pero no clausuró la tienda, así que la sala siguió abierta y ahí estuvo, porque al final no volvieron. En Arcón, en Simancas, quise hacer una de John Heartfield, un fotógrafo antinazi, y porque había una imagen de Lenin me denegaron el permiso. No me parecía serio, recurrí a Antolín y la logré abrir. Si no hubiera sido por él, aquí ninguno hubiera podido hacer nada, ya que incluso me prohibieron presentaciones de libros, como uno sobre Picasso que hizo Santiago Amón. Pero seguíamos adelante a pesar de las dificultades, con el deseo de hacer lo mejor, porque tienes una inquietud que te obliga a superarte en la vida del arte. –¿Tenía tiempo de asistir a las reuniones de Relieve? –Yo iba poco a las tertulias de la librería, aunque tenía mucha amistad con Pepe Rodríguez y con todos ellos y les acompañaba en algunos viajes. –¿Entonces comenzaron a llamarse Grupo Jacobo? –Nunca nos llamamos así, fue algún crítico de arte quien empezó a nombrarnos de esa manera, y de ahí surgió lo de Grupo Simancas cuando nos trasladamos allí. Pero antes de Simancas estuvimos a punto de instalarnos en Urueña, porque Pablo Prieto, el escultor, su mujer, Pilar Pigazo, y Gabino Gaona, que eran con los que más me relacionaba, se fueron y yo compré una casa al lado de ellos. Habíamos estado en la localidad francesa de Saint-Paul de Vence y volvimos encantados. Era una villa de artesanos y artistas que tenían debajo de las viviendas la tienda o el taller y, cuando entraba un visitante, tocaba la campanilla si quería comprar algo y bajaban a cobrar. Así que decidimos decírselo a los demás e ir comprando casas baratas para hacer un pueblo igual, además de otra más grande destinada a acoger exposiciones y reuniones, que es la Casona donde está actualmente el Centro Etnográfico Joaquín Díaz. Costaba 300.000 pesetas que íbamos a pagar entre todos, pero mientras intentábamos reunir el dinero la adquirió la Diputación y nos desanimamos. Entonces decidimos buscar otro pueblo que estuviese cerca de Valladolid para que

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La Galería Arcón A-7, en Simancas.

los visitantes y posibles compradores pudieran ir, y surgió Simancas. Allí se fueron Pablo y Gabino, mientras que yo compré Arcón y decidí arreglarlo para convertirlo en una galería de arte. Luego llegó Ramón Torío, y más tarde Domingo Criado, que pasaba temporadas, y Jorge Vidal y Jo Stempfel antes de irse a Ginebra, además de Cuadrado Lomas, que se instaló en 1976 y es el único que permanece, junto con Manolo Sierra, que llegó mucho después. –¿Cuáles eran sus proyectos para Arcón? –Como me habían impedido organizar actos en Jacobo, que estaba cerrado temporalmente, pensé hacerlos allí, en un sitio mucho más amplio. Inauguré la sala en 1972 con una antológica de homenaje a Francisco Sabadell, que había muerto hacía poco y fue el alma del grupo, el que nos animaba a ir más allá. La inauguración tuvo un gran éxito y yo seguí haciendo exposiciones, como una de «Carnes y huesos», de Félix. Algunas fueron muy comprometidas, pero estábamos viviendo el fin de una época, una etapa muy difícil en la que todos, desde la Junta Democrática a los artistas, te pedían que las organizases, pero cuando llegaban los problemas, te dejaban solo. Así que me planteé volver a Valladolid y abrir Orón. Pero no fue ni por vender ni por cansancio, sino por problemas políticos, que yo me los tragaba todos, allí, con la casa abierta y la chimenea encendida, y no entraba nadie. –¿Nunca dudó antes de comprometerse tanto? –Muchas ideas me las sugería Blas Pajarero (Pablo Rodríguez), pero yo me atrevía con todo, me gustaba. Después de viajar por Europa y haber visto el arte nuevo, me daba cuenta de las carencias de esta ciudad, aunque nadie me obligó a hacer reuniones políticas, que recuerdo especialmente una charla de Dionisio Ridruejo, porque me encantaba como hablaba. Lo hacía

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porque quería y, aunque me limitaba a abrir y cerrar la puerta, estaba continuamente en el Gobierno Civil presentando papeles. Además, en el piso de arriba de la casa de la calle de Miguel Íscar tenía la sede el Partido del Trabajo, que, naturalmente, estaba en la clandestinidad. Fue una época muy dura y complicada, en la que continuamente me rompían los escaparates de Jacobo. –Varios años después, abrió Orón, en la acera contraria y en el otro extremo de la calle de Miguel Íscar. ¿Era una galería de arte sin otros objetivos porque la época del compromiso ya había pasado hacía tiempo? –Sí, fue en 1986 y los problemas habían desaparecido, así que Orón se abrió con la idea de ser únicamente una galería de arte, un lugar para vender pintura, grabados, dibujos y cualquier obra que tuviese la categoría de artística, además de para hacer exposiciones. Recuerdo especialmente una muestra de grabados antiguos de Valladolid que era muy interesante. Allí colgaron otros miembros del grupo, como Gaona, Cuadrado Lomas y Jorge Vidal, pero seguían siendo libres para ir además a las salas que quisieran.

FORMAS ESCULTÓRICAS Tiene Fernando Santiago, que nació en Villafrechós en 1932 y a los cinco años llegó con su familia a Valladolid, un gran estudio, con mucha luz, en la planta superior del chalé en que vive. Porque este galerista comprometido que ha tenido como uno de sus objetivos dar a conocer la obra de otros artistas, es un gran pintor que ha dedicado todo su escaso tiempo libre a llenar de trazos y colores cuanto papel o cartón, sus soportes favoritos, caía en sus manos. Así ha reunido una inabarcable colección de obras que guarda en cajones y carpetas. Son de todas las épocas, un resumen de más de cuarenta años, y entre ellas hay una personal versión de esas barcas de Nazaré que todos los miembros del grupo sintieron deseos de plasmar alguna vez. Solo que él, además, hacía fotografías, hasta el punto de que tomó más del 80% de las imágenes de los amigos, «aunque se han ido perdiendo, porque me las pedían para libros, como el que editó la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid de Gabino en 1988 o el catálogo de Jorge que hizo la Junta de Castilla y León», dice. Y viajaba por Portugal, Italia o Francia cargado con una Súper 8 de la que nunca se separaba para inmortalizar, sin muchos conocimientos técnicos, escenas que luego no podía contemplar porque nunca consideró necesario comprar un proyector. Entre las obras que guarda en su estudio hay figuras de 1970, acrílicos sobre papel con desnudos, uno de sus temas favoritos, formas que demuestran su primer destino como posible escultor. «Cuando asistí a un curso de modelado en el Círculo de Bellas Artes, por las tardes iba a aprender dibujo y pasaba el tiempo haciendo lo que mejor conocía, el cuerpo humano. También he salido al campo con Gabino para soltarme a fuerza de repetir y coger mano, pero como iba un domingo y luego pasaba veinte días sin hacer nada, tenía que volver a empezar», explica. –¿La labor como galerista y organizador de actividades culturales ha ocultado su obra como pintor? –He pintado siempre, desde que tenía 10 años y gané el primer premio de dibujo en el colegio de los Jesuitas. Un día que no se me olvida, porque subí al escenario a recogerlo como si fuera un artista famoso. Luego, cuando estaba en el Instituto, fui a la Escuela de Artes y Oficios a aprender a modelar, ya que al principio, como teníamos una fábrica de figuras en la que estaban mi padre y mis dos hermanos, yo era más escultor que pintor. Más tarde, las necesidades de espacio y de tiempo me llevaron nuevamente a la pintura, porque me resultaba mucho más cómodo hacerlo en papeles o cartones y casi en plan dominguero, porque no podía permitirme otra cosa.

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Imagen del interior de la Galería Arcón A-7. Foto: Beltrán.

A los 20 años, cuando terminé la mili, fui a París, y luego, durante el curso estaba en la empresa familiar, que siempre fue muy bien, y en vacaciones recorría Europa. En aquel tiempo no salía nadie con esa edad al extranjero y en España había dos o tres artistas reconocidos.Visitaba todo, los museos, las galerías, las ferias, y empecé a conocer lo que se hacía fuera, a envidiar el ambiente de las ciudades y a admirar a los creadores de vanguardia. Recuerdo que vi obras de Rothko en Zúrich, en 1971, cuando fui a visitar a Jorge Vidal, que estaba en Ginebra, y pensé, ¿después de llegar hasta aquí, qué se puede pintar?, porque me pareció extraordinario. –¿Actualmente, sigue pintando? –Llevo casi un año sin hacer nada importante, y todo lo que he pintado han sido comienzos, primeras ideas para futuros trabajos que nunca he desarrollado. Y claro, sobre todo al principio, no pretendía epatar a los demás haciendo cosas que me gustaban, que había visto en otros países y con las que me pudiera lucir ante los que no las conocían. Además, siempre he estado a falta de lienzos grandes y de un desarrollo con constancia de lo que había iniciado. –¿Cómo fueron sus primeros pasos? –Empecé con obras muy abstractas y luego, a partir de 1957, a hacer figuras, desnudos, siempre con una intención más o menos escultórica, y hasta a pintar escenas mitológicas muy figurativas. Más tarde, llegó la relación con Gabino y con Félix y comencé a salir con ellos al campo. El

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Imagen del interior de la Galería Arcón A-7. Foto: Beltrán.

paisaje no me interesaba, pero sí me gustaban las estructuras geométricas de campos y de pueblos e intentaba compararlas, imitarlas e insistir sobre ello, porque era lo que tenía cerca y siempre he querido conservarlo, detenerlo en el dibujo o la pintura, ya que pensaba que más pronto o más tarde todo aquello se iba a destruir, como así ha sido. –¿Cuál fue su siguiente etapa? –Después empecé a tomar apuntes, a simplificar, a extraer lo que consideraba esencial. Y alguna cosa he conseguido sacar, pero no la he desarrollado a mi gusto por falta de tiempo, que ha sido lo que no he tenido nunca, porque siempre he estado muy ocupado con mil actividades a la vez. –¿Recuerda lo último que hizo? –Sí, fue hace seis meses, cuatro cosas. Continuamente he dejado espacios sin hacer nada, y casi siempre, cuando he vuelto a coger el pincel o el lápiz, he seguido por el expresionismo, más o menos figurativo o incluso abstracto. Pero luego, cuando después de abandonarlo otra vez, creía que iba a seguir por ahí, comenzaba en otra línea. Y así siempre, como en un círculo del que nunca he conseguido salir. –Usted, que tantas facilidades tenía para mostrar su obra en las salas propias, ¿por qué no ha hecho exposiciones? –Nunca he expuesto en mis salas, aunque alguna vez he participado en colectivas con otros miembros del grupo, como aquella vez que fuimos a Málaga a visitar a Jorge Guillén, o una

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Jacobo (1975).

que hicimos todos en Orón, cuando la dirigía mi hijo Samuel, como recuerdo de tiempos pasados. Pero nunca me ha gustado eso de tener un currículo, ni la obligación de poner títulos a los cuadros y, mucho menos, hacer un catálogo. –Es decir, ¿cree que la pintura se defiende por sí misma sin necesidad de añadirla nada, ni siquiera un nombre? –Es que no me interesa la pintura que pretende ser literatura, a no ser que tenga cierta gracia. Poco antes de inaugurar Jacobo, en 1965, sí que hice una exposición en la galería Castilla, que estaba en la Plaza de la Universidad, frente a la Catedral. Fue la única vez y porque Eliseo Simón se empeñó en ello y eligió unas cuantas cosas entre lo que tenía. Yo puse un librito en la sala, ya que creía que era muy interesante que los visitantes escribieran lo que les parecía aquello que veían, algo que también hice después en Jacobo con las exposiciones de otros. Y la verdad es que tuvo éxito. Eran cabezas, entre la abstracción y lo figurativo, que sirvieron para que el galerista conociera el gusto del público, que era lo que pretendía. Yo me movía entonces en la abstracción, pero como dibujaba bien y las obras estaban correctamente resueltas, las colgué para que vieran que sabía hacerlo. Antes, a finales de los cincuenta, ya había hecho autorretratos, y después ya únicamente participé en colectivas. De aquella época me queda el recuerdo, además de las muestras de ánimo que me dio mucha gente, de lo que escribió Federico Wattenberg, que era el director del Museo de Escultura, sobre los jóvenes que empezaban. Hizo una crítica tan bien hecha como no la he vuelto a leer nunca. Sin embargo, después no he tenido tiempo para trabajar ni para continuar lo que iniciaba, así que he estado siempre cambiando. La única vez en mi vida que he pasado

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quince días solamente pintando, sin agobios ni problemas, fue cuando estuve con Gabino en Finestrat, un pueblo muy agradable de Alicante. Porque, aunque hemos sido muy amigos todos los del grupo, yo siempre me he relacionado especialmente con Gaona, Pablo Prieto, Jorge Vidal y, por supuesto, Sabadell.

MUSEO REGIONAL Dice Fernando Santiago que siempre ha pensado artísticamente en Castilla, que es muy cambiante, y que le hubiese gustado hacer más exposiciones de pintores y escultores de la región, acompañadas de charlas y coloquios. «Incluso, cuando compré la casa grande en la calle Arcón de Simancas, que tengo todavía, lo hice con la idea de adquirir también la de al lado para instalar un museo regional, no provincial. Ahora pienso que quizá hubiese ido bien y tenido éxito, porque en todas las ciudades había grandes creadores, como Luis Sáez en Burgos, que me gustaba mucho su obra tan inquietante y con tanto color». En lugar de abrir un museo, colaboró con el gobierno regional que presidía Demetrio Madrid: «amueblé y decoré la oficina y el despacho, en el que colgué un cuadro de Félix», explica, mientras revuelve entre las obras que amontona en su estudio, algunas separadas por más de cuarenta años, que son la prueba de su permanente viaje de la figuración a la abstracción. Entre ellas hay unos dibujos de 1957 que dialogan con unos paisajes que pintó durante una estancia en Venecia, escenas de danza que transmiten una sensación de movimiento, desnudos y apuntes de tierras de Castilla o geométricas casas de pueblo, porque siempre le interesó la arquitectura popular. A veces, como en algunas de 1968, dominan los colores azules y rojos, mientras que en otras ocasiones hace juegos con manchas que al final forman un todo. Son el resultado de lo que sugiere una necesidad de probar aquello que se le ocurre, aunque es evidente que su personal camino le iba llevando hacia la simplificación. También ha estado recorriendo continuamente un trecho de ida y vuelta, probando técnicas que tuvo la intención de continuar, aunque nunca lo hizo, y regresando al expresionismo después de pasar por el cubismo y hasta el impresionismo. Bocetos, dibujos, figuras, lugares. Obras sentidas, vividas o inventadas. Óleos, acuarelas, esbozos directos o recordados. Toda una vida artística encerrada en un espacio de trabajo, sin que su autor parezca haber tenido nunca la necesidad de mostrarla.

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Félix Cuadrado Lomas, un pintor en busca de lo esencial MARÍA AURORA VILORIA

«He aportado a la historia del arte una nueva versión del paisaje castellano» «Éramos un grupo de amigos que salíamos a pintar y exponíamos juntos, pero creo que además representamos un momento cultural e intentamos cambiar la sociedad» «Elaboré «Los toreros antes del paseíllo» como si fuera un problema matemático, con un detallado estudio de la línea de fuga y el equilibrio»

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élix Cuadrado Lomas tiene en el estudio de su casa de Simancas una fila de marcos de formato mediano envueltos de uno en uno en papel comercial aunque unidos entre sí por una cuerda. Están en el suelo, apoyados en un mueble, y son la prueba del actual proyecto del artista vallisoletano, que quiere pintar viñas para poder hacer una exposición monográfica de las cepas, podadas y perfectamente alineadas sobre los campos, que se han convertido desde hace unos años en su tema favorito. Porque, aunque también hace algún paisaje, dedica casi todo su tiempo a esas uves o aspas con brazos levantados al cielo que tantas veces vio en La Seca, Serrada, Cigales o Toro y que él ha transformado en protagonistas de unas composiciones expresionistas en las que alternan los colores cálidos y fríos. Un perfecto equilibrio roto alguna vez por la oscuridad del campo abandonado tras el incendio. Sin embargo, se queja de que los 80 años cumplidos –nació el 4 de diciembre de 1930 en la calle de Panaderos, junto al Caño Argales, del barrio de San Andrés– y sus achaques –que tiene perfectamente controlados– le quitan las ganas de ponerse a clavar, tensar y preparar telas, de iniciar todas las operaciones necesarias antes de empezar a pintar y que, por supuesto y como siempre, debe hacer él. Pero, sobre todo, lo que más le molesta, aunque reconoce que es un absurdo contrasentido, son las continuas visitas de compradores que se llevan cuanto hace y le han dejado la sala vacía. Y así es imposible reunir los suficientes cuadros para organizar una muestra y darlos a conocer al público, aunque en el 2009 ya incluyó una corta serie con esta temática en la colectiva que organizó la Galería Rafael. Pese a ello, quizá, lo que tiene es simplemente añoranza de otros tiempos, mucho más difíciles y complicados, pero en los que la vida estaba todavía por delante y no alrededor. Una etapa que ahora, a través de los recuerdos

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–avivados últimamente por la publicación de «Retrato de familia (Autobiografía del Grupo Simancas)», de Ramón Torío– regresa a esta enorme habitación, atestada de libros, papeles, catálogos, carteles y algún lienzo que no está ni estará nunca a la venta, en la que durante décadas ha ido haciendo su obra. Así, con sus palabras, va surgiendo una ciudad más pequeña y provinciana, en la que los gustos culturales estaban anclados en las tendencias de épocas anteriores y donde no existían apenas lugares para colgar los óleos ni marchantes que activaran el mercado. «Fuimos unos precursores –dice–, Gabino Gaona, que vivía en Valoria, y yo. También Francisco Sabadell, aunque era sobre todo un buen acuarelista y grabador, de los pocos que había, porque como él no creo que hubiera muchos en España. Hemos salido a veces al campo a pintar juntos los tres, en la Lambretta». –¿Ese fue uno de los orígenes de un grupo que crecería en los años siguientes? –El grupo lo formó Sabadell, que, aunque había dejado de trabajar, era muy conocido, junto con nosotros dos en la librería Meseta, que entonces estaba en Duque de la Victoria y en la que había mucho interés por la pintura y se organizaban exposiciones y concursos.También estaba Luis Sanz, que hacía los carteles de cine de las películas que se estrenaban en Valladolid, pero pronto se marchó a París y no volvió. Nos habíamos conocido en la sala del Palacio de Santa Cruz, donde todos los años exponía Mucientes y también nosotros empezamos a mostrar lo que hacíamos, y nos relacionábamos además con José Luis Vivero y José Luis Capitaine, con los que nos reuníamos en el bar Postal de la familia Valverde que regentaba Paulita, la hermana de Lorenzo, que era una excelente cantante de zarzuela. En el local, que estaba cerca de la Fuente Dorada, hacíamos la tertulia, porque allí se encontraba todo el mundo del arte. –¿Cómo era la vida artística de la ciudad? –No existía. Recuerdo una exposición en las Galerías Aspa, el comercio de muebles, de retratos de toreros de Vázquez Díaz, como Bienvenida, Manolete, Domingo Ortega; otra de copias del Greco en el Ayuntamiento, y la de Gregorio Prieto en la Caja de Ahorros de Salamanca, sala en la que expusimos cuando se inauguró Capitaine, Vivero y yo, a los que, cuando nos juntábamos con Gaona y Sanz, nos llamaban la Escuela de Zaratán porque íbamos a pintar allí. En aquel tiempo el expresionismo abstracto era completamente desconocido en Valladolid y se estaba empezando a descubrir el impresionismo. El arte interesaba tan poco, que te podías pasar dos horas y media en una sala sin que entrara nadie a ver lo que había colgado. El 95% de los ciudadanos no había oído hablar de Alonso Berruguete ni visitado el Museo de Escultura. –Con Luis Sanz colgó en 1957 su primera exposición de óleos en la Casa de Galicia. –Sí, y más tarde mostré en el Ayuntamiento una colección de cuadros de Valladolid de influencia impresionista, entre ellos había uno de barcas en el Pisuerga que compró Castro Cires. En aquella época, principios de los sesenta, ya había hecho ocho o nueve exposiciones, en el Palacio de Santa Cruz, dos veces, y en la Galería Castilla, que entonces tenía Eliseo Simón frente a la Catedral, además de en León y Palencia. Sin embargo, éramos unos hijos pródigos de la ciudad, considerados como vagos y maleantes, bichos raros para la gente normal, aunque no me quejo, porque nos hemos ido defendiendo y viviendo de ello. La crítica de arte la escribía en El Norte de Castilla Enrique Gavilán y con él recorrí la provincia entre 1959 y 1961 para hacer «Tierras de pan y vino», unos artículos ilustrados con dibujos que publicó el periódico y diez años más tarde fueron reunidos en un libro que prologó Miguel Delibes.También conocimos a Domingo Criado, que hacía los chistes en El Norte y asistió a la tertulia que teníamos en la Librería de Pepe Relieve (José Rodríguez). Luego, Fernando Santiago abrió la Sala Jacobo, en Miguel Íscar, y todos nos fuimos con él.

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Félix Cuadrado Lomas.

–¿Fue entonces cuando los amigos tomaron el nombre que les ha unido? –No, eso no pasó hasta unos años más tarde, cuando fuimos a Málaga en febrero de 1969 a hacer una exposición de «Siete pintores residentes en Valladolid» (Sabadell, Vidal, Gaona, Criado, Jesús Mier y Fernando Santiago además de Cuadrado Lomas) y a visitar a Jorge Guillén. La organizó Pablo Rodríguez (Blas Pajarero) y también fue Francisco Pino. A la vuelta los periodistas empezaron a llamarnos Grupo Jacobo, y más tarde, cuando muchos se vinieron a vivir aquí, Grupo Simancas. AIRES NUEVOS –¿Recuerda la llegada del chileno Jorge Vidal? –Cuando vino, dos años antes de lo de Málaga, se lo presenté a Eliseo Simón y luego a Fernando Santiago, porque hemos sido los marchantes de los galeristas. Jorge era un artista válido, agradecido y muy serio. Aquí aprendió a pintar al óleo y a hacer ceras, porque venía con grabados. –Había estado en Francia y Alemania y traía unos aires nuevos, ¿influyó en el grupo? –En algunos influyó, sobre todo en Gabino, a la hora de hacer expresionismo abstracto, pero no en mí ni en Domingo. Tenía 24 años y había nacido en Valparaíso, así que Justo Alejo empezó a llamar con el nombre de la ciudad chilena el azul que utilizaba, porque hacía una pintura muy colorista. Creo que su mayor influencia en los demás, especialmente en ideas, la tuvo más tarde, cuando en 1976 se estableció definitivamente en Valladolid con Jo Stempfel, después de

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pasar por Portugal y Ginebra. Sus padres vivían en Chile y por ellos conocía directamente el asesinato de Salvador Allende y la dictadura de Pinochet, además de viajar por Europa, y enseguida entendió la situación que teníamos aquí, así que fue admitido en el grupo como uno más. Era una gran persona y, como pintor, hizo una obra muy interesante, con personalidad. –¿Porque las ideas también eran un importante lazo de unión de todos ustedes? –Éramos un grupo de amigos que salíamos a pintar juntos y exponíamos en Jacobo. Además, viajábamos, a Santander, Málaga, Madrid, Vigo, Ávila, Toledo, Zamora, y organizábamos muestras colectivas. Recuerdo que en 1960 yo pintaba en Urueña y a mi lado estaba Gabino haciendo lo mismo. El paisaje era idéntico y, sin embargo, los cuadros se diferenciaban, porque él era más expresionista y más escolástico y yo, en cambio, más autodidacta y con menos escuela. Por eso, al final, lo que hacíamos era diferente. Gabino también tenía una gran capacidad de asombro y todo lo probaba, aunque más tarde lo dejaba. Sin embargo, es verdad que además nos unían las ideas, porque todos, en cierta forma, estábamos en la clandestinidad y en contra del sistema. No teníamos carné de ningún partido, pero asistíamos a reuniones no autorizadas y apoyábamos todas las causas, perdidas o no, tanto a Marcelino Camacho como a la posterior fundación del Instituto Castellano Leonés, y nos metíamos en cualquier lío. Luchamos por la democracia a nuestra manera y nos considerábamos republicanos de izquierdas porque entonces aquí identificábamos libertad con república. –¿La Librería Relieve fue el punto de reunión de los artistas con los poetas del grupo? –Sí, la relación con los poetas nació en las tertulias de Relieve, porque por allí iban Santiago Amón, Francisco Pino, Justo Alejo, Pablo Rodríguez e, incluso, de vez en cuando, Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña y Francisco Javier Martín Abril, que eran los oficiales, porque su obra era la que gustaba en Valladolid. Pero además la librería era un centro cultural en el que se editaba poesía, los Pliegos de cordel valisoletanos (la última palabra la empezaron a escribir con una sola ele para latinizarla), con textos, grabados y viñetas, y Papeles anónimos. También fue el lugar en el que nació un movimiento para conocer la obra de autores perseguidos o difíciles de encontrar, como Miguel Hernández, y organizar conciertos de cantautores comprometidos, como Xavier Ribalta, Paco Ibáñez o Atahaulpa Yupanqui. –¿Eran además los representantes de una vida bohemia que tenía como escenario los bares, las cafeterías o la fonda de la Estación? –Sí, eran importantes esos encuentros en los bares para hablar de todo y solucionar el mundo, antes de que abrieran las cafeterías, porque las hemos visto nacer.Y el vino de la tierra era fundamental, que aunque entonces era de garrafa, nos parecía bueno. CARPETAS CON FORMA DE LIBRO De la perfecta unión entre poetas y pintores dan prueba los libros de grabados que hizo Cuadrado Lomas. El primero, acompañado con poemas de Justo Alejo, salió en 1963 y estaba dedicado a esas mulas que han sido una constante en su obra y ha pintado de todas las formas y tamaños, en los mercados, preparadas para la venta, y en los paisajes geométricos, agrupadas, por parejas o en solitario. Más tarde, en 1979, pintor inició una trilogía que veinte años después reeditó la Diputación de Valladolid y comenzaba por «Flores», con prólogo de Blas Pajarero y texto de Santiago Amón además de poemas de Pino, Alejo y Guillén. El segundo –todos ellos incluyen ocho estampas–, «Palomares», estaba escrito por Emilio Alarcos, Amón, Pajarero y Torío, mientras que en el tercero, «Desnudos», Emilio Salcedo y Fernando Zamora acompañaban a Pino. El artista

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Félix Cuadrado Lomas en Simancas.

reanudó la colección en 1986 con «Tierras», al que pusieron texto Santiago de los Mozos, Marcelino García Velasco, Claudio Rodríguez,Torío, Miguel Casado y César Alonso de los Ríos. Dos años antes había hecho una carpeta diferente a todo lo anterior que presentó en la Galería Castilla. Son los «Linderones», una sintetización del paisaje en trazos negros sobre colores planos. –¿Qué suponen los grabados en el conjunto de su obra? –El primero era grabado xilográfico estampado a mano y aprendí mucho mientras lo hacía. mientras que los demás eran sobre plancha de linóleo o cartón. Todo el proceso, desde que empezaba a cortar el papel y a preparar las planchas hasta que finalmente los llevaba a la imprenta duraba entre uno y dos meses y me permitía descansar de la pintura. Pero ya con los «Linderones» sufrí mucho y creí que no podría terminarlos. Los problemas se repitieron con los últimos, así que no he vuelto a intentarlo. La verdad es que siempre he trabajado en malas condiciones físicas, ahogado, porque continuamente he tenido bronquitis, y con varices y dolores en las piernas. Pero he seguido pintando hasta en el descansillo de la escalera de mi casa cuando empecé. En mi primer estudio, en una buhardilla de la calle de las Angustias, al lado del Teatro Calderón, tenía allí los cuadros, a la puerta, y los compradores iban a verlos. Pero enseguida se quedó pequeño. Por eso me vine a Simancas en 1976, para tener mucho sitio. –En 1968 salió de la imprenta la primera edición de «Retazos de Torozos», un libro de dibujos con textos de Blas Pajarero que antes se había publicado por capítulos semanales en Diario Regional y tuvo problemas con la censura. ¿Es cierto que tras su aparente descripción paisajística ocultaba un homenaje a los muertos en la Guerra Civil? –Los «Retazos» se hicieron precisamente para recordar a los fusilados en los Torozos, pero el prólogo lo escribió Gaya Nuño y en él hablaba muy claro de los falangistas de aquella

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época, así que la censura de la Delegación de Información y Turismo lo prohibió o hizo tantas tachaduras que lo dejó inservible. Por eso hubo que preparar otro más convencional. Pero cuando el libro se volvió a editar mucho después se incluyó el texto original. –Entre los viajes que hizo el grupo parece que tuvo una importancia especial Nazaré, porque casi todos pintaron versiones diferentes de las barcas y los pescadores, ¿qué significó la localidad portuguesa? –A Nazaré fuimos todos en grupo y lo descubrimos al mismo tiempo, porque era un lugar prácticamente desconocido para los vallisoletanos e incluso para los españoles. Pero luego empezamos a ir y venir y algunos volvimos muchas veces en diferentes épocas y pasamos varios días pintando, por eso hay distintas versiones de las barcas. Yo tengo una carpeta llena de de dibujos y pinturas sin acabar. Félix Cuadrado Lomas en Simancas, en su estudio.

–Luego, usted recorrió Las Hurdes con Ramón Torío, viajó en solitario a La Cabrera y más tarde a París y México, sin embargo llegó un momento en que decidió que no iba a hacer más exposiciones fuera de Valladolid que las que organizaran otros. –Lo que no estaba dispuesto es a andar de acá para allá montando y desmontando exposiciones. No sirvo para ello y cuando me he movido ha sido porque otros se han ocupado de hacerlo, ya que te resta mucho tiempo. La pintura es algo constante, en lo que estás pensando siempre, en resolver problemas, en crear cosas nuevas. Es algo que te absorbe.

PAISAJE CASTELLANO –Ustedes representan el arte y la poesía de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX y su obra se ha reconocido individualmente, pero ¿cree que han sido suficientemente valorados como grupo? –Creo que representamos un momento cultural y que intentamos cada uno a su manera ayudar a Valladolid a cambiar y evolucionar, pero también creo que pasamos desapercibidos cuando no menospreciados. Puede que al final haya habido un reconocimiento, pero cuando era demasiado tarde y casi todos los que participaron en él habían muerto. Sin embargo, sin necesidad de subvenciones, yo he hecho mi obra y he aportado a la historia del arte una nueva versión del paisaje castellano, le he recuperado para enlazar con García Lesmes o Mucientes, con la pintura española de tierras y de pardos, para dar otra versión de la esencia de un pueblo. Como consecuencia de todo eso, ni me sobrevaloro ni me infravaloro, porque no he trabajado mucho y he vivido de la pintura y sacado adelante a mi familia. Incluso en las épocas en que no se vendía nada,

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Ramón Torío y Félix Cuadrado Lomas en México.

cuando algunos galeristas, como Antonio Machón, intentaron hacer lo que pudieron para sacar a la ciudad de su aislamiento y, agotados, acabaron por marcharse a Madrid. –¿Cree que es el paisaje el que de alguna forma representa a todos? –Quizá al principio y sobre todo por Gabino, Criado y yo, pero después algunos se fueron separando para seguir otros derroteros artísticos, aunque el paisaje también puede estar al fondo de pinturas abstractas. Además, el paisaje ha estado muy denostado en las últimas décadas porque se consideraba algo del pasado, aunque ahora vuelve a ser nuevamente valorado. –Cuando en 1999 presentó la exposición «Tierras construidas» acompañó el catálogo de un texto que es una declaración de principios en la que afirma que su intención ha sido conseguir, con los mínimos elementos, línea, forma y color, la máxima expresividad. Sin embargo, no imagina, sino que parte de la realidad que conoce perfectamente. –Porque, aunque la libertad para interpretar es imprescindible en toda creación artística, no puede ser casual, sino fundamentada en una realidad. Yo parto de ella, de los paisajes que veo, pero luego extraigo su esencia, por eso digo que no hago abstracciones, sino extracciones. –¿Los jóvenes, en el caso de que les interesara, están ahora preparados para dar su propia versión de las tierras o viven completamente alejados de ellas? –Cada cosa a su tiempo. Ahora no se puede pintar como antes, pero es que además sacas a los jóvenes a un paisaje castellano y no saben por dónde empezar. Ven el color, pero no ven los matices. No se dan cuenta de la cantidad de tonalidades que hay en los rojos, los violetas, los mo-

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rados o los amarillos, tantas, que no existen en ningún otro lado. Y ven la llanura, pero no las formas y las líneas. Sin embargo, verlo todo, sentirlo, eso es pintura.

Félix Cuadrado Lomas en Marruecos.

–¿Y cómo se transforma lo visto y sentido en arte? –La pintura es un arte muy difícil de entender y que te crea muchos problemas. Yo siempre he pintado para resolverlos, desde la materia a la composición, aunque sea abstracta, porque la abstracción verdadera sería no pintar. En el momento en que pintas, estás convirtiendo en realidad el cuadro. Esa es la cuestión. Además, no hay nada nuevo. Siempre se hace lo mismo, aunque de otra manera, por distintas personas y en diferente momento y, sin embargo, nada es repetible. Esa es la paradoja.

RETRATO DE LOS TOREROS En 1987, Cuadrado Lomas eternizó al grupo en un óleo sobre lienzo de 110 por 160 centímetros titulado «Los toreros antes del paseíllo». En el cuadro, que ahora forma parte de los fondos de la Diputación de Valladolid, vestidos con el traje de luces, están, de izquierda a derecha, José Rodríguez (Pepe Relieve), Ramón Torío, Domingo Criado, Gabino Gaona, Fernando Santiago (Jacobo), Jorge Vidal, el autor de la pintura, Santiago Amón y Pablo Rodríguez (Blas Pajarero). –¿El cuadro, aunque no estén todos, es el auténtico retrato de familia del grupo? –El cuadro, como a todo, lo han convertido en un símbolo, pero es simplemente el retrato de un grupo de amigos y no están todos por la sencilla razón de que no caben, ya que si no hubiera sido «El entierro del conde de Orgaz». Aún así, hay nueve personas y, como no es muy grande, se me ocurrió una composición geométrica y vestirlos de toreros por el color. Empecé por el lado de Blas Pajarero –aunque luego lo han interpretado desde la izquierda– y acabé por Pepe saliendo de lo que sugiere la quilla de un barco. Surgió así a la hora de realizarlo, porque primero hice un dibujo y luego elaboré la pintura como si fuera un problema matemático, con un detallado planteamiento de la línea de fuga y el equilibrio. Está muy estudiado. –El cuadro es además el símbolo de la exposición que inauguró en noviembre de 1987 en la Iglesia de las Francesas, titulada como un cartel taurino, «30 pinturas 30. Posturas, gestos y ademanes de los toreros en la plaza». El mundo de los toros es uno de los temas que han identificado su obra; sin embargo, hay en sus cuadros banderilleros, peones, un picador esperando turno, diestros en el callejón, el burladero y de espaldas o figuras que salen a saludar después de la faena, pero nunca escenas de la lidia. –Conozco el mundo de los toros desde que era niño y he ido muchas veces a la plaza, pero me gusta el barroquismo de la fiesta, el decorado, la puesta en escena, lo que tiene de luz,

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Félix Cuadrado Lomas en la lectura del Quijote de 2005. Foto: Miguel Ángel Santos.

geometría, formas y colores más que el hecho de la lidia en sí mismo. Además, a veces, como en «Homenaje a los manieristas», he convertido los capotes en superficies simbólicas en las que pinté obras de artistas de esa escuela, como el Bronzino o el Parmigianino. –Además de las figuras de la fiesta y sus relaciones entre ellas, ha pintado muchos toros, aunque nunca han llegado a enfrentarse con los toreros en la plaza. –Porque me gustan los toros libres, en el campo, entre los árboles, y si alguno está en la plaza, es antes de que empiece la faena. –¿Cómo retrataría artísticamente a alguno de esos pintores que están en el cuadro? –Gabino Gaona hacía un expresionismo muy personal y muy bien pintado, aunque le gustaba mucho el acrílico, que no posee la calidad del óleo, pero es muy cómodo a la hora de limpiar pinceles, mientras que Jorge Vidal tenía su particular equilibrio, una gran riqueza de color y gran afición por las escurriduras. Y Domingo Criado era la perfección.

TRABAJAR CON LA MATERIA –Usted también ha hecho retratos, bodegones, composiciones, desnudos, palomares y hasta una serie de «Carnes y huesos» que expuso en Arcón, la galería que Fernando Santiago abrió en Simancas.

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–Muchas de las obras las he hecho para divertirme yo y, por supuesto, superarme. Aunque ahora estoy convencido de que nunca se logra convertir en una completa realidad la idea que tienes en la cabeza. Trabajar con la materia no es igual que con la palabra, porque se subleva, te condiciona, te lleva y no se deja dominar fácilmente. En cuanto a los retratos, he hecho pocos y solo de amigos o familiares, porque necesito tener una libertad absoluta. Las composiciones me gustaban para distraerme del paisaje o cuando no podía salir al campo, ya que las hacía en el estudio.Y, sí, he pintado muchos paisajes y creo que he evolucionado e incluso los he revolucionado, pero, sin embargo, me parece que aún me falta conocerlos bien. –Ha pintado óleos –sobre lienzo, tabla, cartulina o, incluso, papel de estraza– acuarelas, mixtas, y dibujado y grabado. ¿De qué depende la elección de la técnica? –Creo que el fundamento del arte es el dibujo y que la elección de la técnica, que tienes que dominar, depende del estado de ánimo en cada momento, aunque lo importante es el resultado, no el camino que sigas para llegar a él. –¿Todavía sale al campo? –Sí, y hago dibujos al natural para luego convertirlos en una nueva realidad en el estudio. Pero lo que ya no hago es salir al campo a pintar, porque es muy difícil sujetar un cuadro de metro y pico que con el viento se te viene encima o estar expuesto a la lluvia, al frío y las tormentas. –¿Qué está pintando ahora? –Quiero pintar doce cuadros del mismo tamaño con viñas, porque me gustaría hacer una exposición monográfica, pero todavía no he empezado a clavar y preparar las telas. Además, he vendido todo lo que tenía en el estudio, así que me resulta muy difícil reunir obra suficiente. Sin embargo, es verdad que si he conseguido vivir de la pintura –que todavía estoy asombrado y me parece un milagro, ya que lo he hecho sin ayuda de nadie–, ha sido gracias a la gente que ha comprado mi obra. Y, por supuesto, no me tengo por un genio, sino por alguien que ha ejercido un oficio, el de pintor, con el objetivo de ir siempre superando metas y de vencer nuevas dificultades cada día. Un pintor de Valladolid que por edad se ha convertido en el decano de Castilla y León. –¿Cuál es su periodo favorito de la historia del arte? –El Renacimiento, claro, que es asombroso, y no solo por la pintura, la escultura o la arquitectura, que estaban acompañadas de grandes ceramistas o broncistas, sino por los navegantes, los descubrimientos o el impulso extraordinario que se dio a la cultura. Sin embargo, fue una consecuencia de la etapa anterior, lo mismo que detrás de nosotros vendrán otros artistas, porque todo en definitiva está siempre relacionado. Pero también me gustan, lógicamente, Velázquez y Goya; El Bosco, el mayor surrealista de la historia; Rembrandt, Zurbarán o Caravaggio; y, por supuesto, la escultura barroca que forma parte de la estética vallisoletana, y muy especialmente, Berruguete. –¿Qué necesita un pintor para formar parte de ella? –Vencer la criba del tiempo.

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Retratos de familia RAMÓN TORÍO

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cuando sale a la plaza se define la mesura de Baños, todo el barroco de Palencia

zul es el color que siente adentro matador no puedo esconder mi temor» Sade Adu del disco PROMISE

Todos expuestos a Noviembre con el gesto cansino de haber pasado tantas ferias, tanto saldo… aquí frente a los ojos y las balas, ante lo que conocen las bestias y los ángeles, fugaces y sombras Tierra de nadie, nadie pasa, nadie mira este cuadro, algo no existe espejos del espejo náufragos colindantes y es la soledad, donde precisa, el más altivo rasgo del torero. (dedicatoria): para nosotros al fin y al cabo hijos de los dioses en esta tierra fronteriza, juntos aquí en este cuadro hondo

a Santiago Naufragios por el apocalipsis del Cerrato, Santiago, ojos como la Tempestad de Turner

No tiene deudas de vivir, va a la intemperie, hermano de la Mari Gaila. (y en la faena gótica una larga cambiada firmada por Bergson) Hoy otra vez plaza de pueblo y como en misa hay silencio en las gentes. Vallejo cabalga en tu palabra. Toñín escucha la arquitectura del poema a Pablo Apacientas historias y retazos; despiertas en otra noche, oyes las banderas del mundo avanzar con la tierra y tiemblas con cada mayo. (Pablo de pájaros comulga hoy su copita de ojén. Tan de mañana que el viento despeina a Gondomar. Se desayuna con la vida pequeña del café. Y en la ciudad un día más la feria de la vida) Pablo de piedra, mira los cardos, su verdad inútil.

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Recordarás que un día paseando en Torozos vimos en los escombros de una casa, unos zapatos de salón, y su color llenó la tarde de esperanza. Hoy hace viento, los botijos no apagan la sed de los capotes. La plaza se agiganta.

a Domingo ¿De dónde este torero de Campos? Cuántas capeas, carros, sustos en su delgada zapatilla? Cuánto calor atrás y cuanta bronca en esa estampa bien plantada. Caballero de Malta ya arruinado en batallas luchadas contra el viento, porque si abres los puños salen amapolas y cuervos de la historia. De azul y altivo, amenazado en el color te salva el barro, las palomas, los campos, la espadaña…

Hay dos vidales en el centro del cuadro y de la estampa. Uno mira hacia ayer, los templos derruidos; otro es el hereje de Ginebra caminando a la hoguera. Que venza Debussy. a Fernando y tú, Fernando-Boticcelli tienes un almacén entero de recuerdos que te ríe en las manos encinas, tapias, tardes… Hoy senador romano levantas el pulgar para que salga luz y no la sangre en los toros de Mayo Brama con su lujuria el mar, el toro, la noche sin descanso, la doncella, el río… allá en Alcántara campos cuatralbos En su tierra el toro es otro lugar, otro sexo, otro tiempo, otro misterio. Noche de luna llena

a Gabino Brujas de Macbeth te dibujan la vida, terremotos, memorias…

Eres tu propia saga, no conoces morada y tu posada es lo alto del día y su ventura.

a Jorge Trazas una raya de minio sobre la espalda del río o de la tarde y sobre ella caminas, vives… Pero el destierro pone ventanas a la memoria añil-valparaíso De verde y oro luces los hilos de seda de la vida. Dante de ayer cuántos infiernos has viajado.

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Huyes contigo mismo y en la mañana entran vestales en tu templo por celebrar el día. Oficias tu comida y pican tres alcotanes en tu plato: sargas, sirgas, sergas (cariátides de ayer posan en tu fotografía) Es el campo tu plaza y la plaza tu sitio de destierro.


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(se oye en la talla de palo la carcoma del vértigo, es, como un pequeño mar en una caracola)

a Félix Y qué decir que no digan tus ojos de noche con tormenta y cascabeles? Halconero mayor de un conde tuero del que queda memoria en los sepulcros de las catedrales góticas Las sombras cubren la arena al quinto toro. El gato espera a la luna cuando venga la noche, en la plaza. Este óleo hoy brasa de otro tiempo, es un mano a mano a la vida.

a Pepe En la memoria de los libro late el pulso pequeño de los muertos (por la ciudad tramoyas, cientos, trenes… Pepe alza su vida en la costumbre y contra ella, por eso le persiguen los conejos Septiembre pone luz de vendimia por Relieve y dora fotografías y recuerdos. Nota: al pintor se le olvidó poner en su mano la barba roja de Van Gogh que llevaba hasta ayer).

a Ramón desleido en las tardes y definido por tres timbales de silencio dice haber sido testigo del milagro de las torres de lluvia de Santiago en las nubes del Duero. (por otra parte gusta mucho de recibir postales de países lejanos) has descubierto con asombro que las ruinas de piedra avanzan en Noviembre más despacio que el tiempo y en ese espacio te refugias

Nota final Aquí faltan, maestro, otras gentes, misterios, más memorias. Aunque tal vez están entre las sombras. Porque la vida tiene largos paseos de tilos y azabaches: allí va Sabadell en su uniforme de húsares, Jenaro recitando su verso o River con sus dedos de Mayo jugando con la muerte, en el café Domingo, muy de mañana, ya mirando, por el puente Mayor, Marqués, con sus dedos amarillos como el color de la tarde en el río, pidiendo una mañana más para vivir. A tardes, Justo, podía oscurecer el mundo en un instante de belleza (ha treinta y dos noches que pregunta su madre) Todo lo alumbra un campo de centeno, donde acampa la tribu, en sus jaimas de invierno. y vienen otros trenes otras farándulas en este carnaval Valladolid, noviembre 1987

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Félix Cuadrado Lomas Retrato de mi madre (María Lomas), 1959 Óleo sobre tela, 100 x 75 cm. Colección particular

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Félix Cuadrado Lomas Homenaje a Valdés Leal, 1959 Óleo sobre tela, 55 x 46 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Paisaje de Simancas, 1967 Óleo sobre tela, 73 x 92 cm. Colección Jacobo

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Félix Cuadrado Lomas Barcas de Nazaré, 1971 Óleo sobre tela, 75,5 x 100 cm. Colección Emilio Tejada

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Félix Cuadrado Lomas Cabeza y costillar, 1974 Óleo sobre tela, 65 x 80 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Desnudo con abanico, 1981 Óleo sobre tela, 80 x 100 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Desnudo con fondo verde, 1982 Óleo sobre tela, 90 x 105 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Toreros antes del paseíllo, 1987 Óleo sobre tela, 110 x 160 cm. Fondos Artísticos Diputación de Valladolid

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Félix Cuadrado Lomas Paisaje con cerros, 1982 Óleo sobre tela, 110 x 160 cm. Colección Cortes de Castilla y León

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Félix Cuadrado Lomas Tierras y cerros, 1985 Óleo sobre tela, 110 x 160 cm. Colección de Arte Contemporáneo de Castilla y León. Junta de Castilla y León

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Félix Cuadrado Lomas Sin título (Tierras construidas), 1997 Óleo sobre tela, 120 x 105 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Sin título (Tierras construidas), 1997 Óleo sobre tela, 120 x 105 cm. Cortesía del artista

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Félix Cuadrado Lomas Viñas podadas, 2001 Óleo sobre tela, 65 x 70 cm. Colección de Arte Contemporáneo de Castilla y León. Junta de Castilla y León

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Félix Cuadrado Lomas Viña (cepas rojas en tierras negras), 2010 Óleo sobre tela, 65 x 80 cm. Cortesía del artista

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Jorge Vidal Sin título (Valparaíso), 1969 Óleo sobre tela, 74 x 100 cm. Colección Jacobo

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Jorge Vidal Sin título (Algarve), 1970 Óleo sobre tela, 100 x 94 cm. Colección Jacobo

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Jorge Vidal Sin título (Algarve), 1970-71 Óleo sobre tela, 150 x 130 cm. Colección Jacobo

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Jorge Vidal Sin título (Pirámides), 1977 Técnica mixta sobre tela, 152 x 141 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Metamorfosis), 1978 Técnica mixta sobre tela, 116 x 89,5 cm. Galería de Arte Samuel

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Jorge Vidal Sin título, principios de la década de 1980 Acrílico sobre tela, 146 x 114 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Interiores), 1985 Técnica mixta sobre tela, 114 x 146 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Interiores), 1985 Técnica mixta sobre tela, 146 x 166 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Oriental), 1991 Técnica mixta sobre tela, 114 x 146 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Volcanes), 1989 Técnica mixta sobre papel, 112 x 76 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Volcanes), 1990 Técnica mixta sobre papel, 106 x 79 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Volcanes), 1992 Técnica mixta sobre papel, 106 x 79 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

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Jorge Vidal Sin título (Cartografías), 1995 Técnica mixta sobre tela, 65 x 92 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

Catálogo de obra

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Jorge Vidal Sin título (Cartografías), 1995 Técnica mixta sobre tela, 65 x 92 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

132 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 133

Jorge Vidal Sin título (Cartografías), 1995 Técnica mixta sobre tela, 65 x 92 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 134

Jorge Vidal Sin título (Simios), 2000 Técnica mixta sobre tela , 114 x 146 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

134 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 135

Jorge Vidal Sin título (Matérica), 2001 Técnica mixta sobre tela, 114 x 146 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 136

Jorge Vidal Sin título (Jardín de invierno), principios de la década de 2000 Técnica mixta sobre tela, 114 x 146 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

136 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 137

Jorge Vidal Sin título, 2005 Técnica mixta sobre tela, 97 x 130 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 138

Jorge Vidal Sin título, 2006 Técnica mixta sobre tela, 97 x 130 cm. Depósito: Fundación Villalar-Castilla y León

138 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 139

Domingo Criado Sin título, 1969 Óleo sobre tela, 60 x 80 cm. Colección Jacobo

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 140

Domingo Criado Sin título, 1972 Óleo sobre tabla, 57 x 75 cm. Colección Jacobo

140 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 141

Domingo Criado Sin título, ca. 1980 Acrílico sobre tabla, 40 x 50 cm. Colección particular

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 142

Domingo Criado Sin título, 1981 Óleo sobre tela, 130 x 162 cm. Fondos Artísticos Diputación de Valladolid

142 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:22 Página 143

Domingo Criado Diálogo, 1990 Técnica mixta (acrílico y óleo) sobre tela, 162 x 130 cm. Colección particular

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 144

Domingo Criado Reencuentro con el paisaje castellano, 1991 Acrílico sobre tabla, 60 x 60 cm. Fondos Artísticos Diputación de Valladolid

144 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 145

Domingo Criado Sin título, 1991 Acrílico sobre tabla, 60 x 60 cm. Colección particular

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 146

Domingo Criado Sin título, 1991 Óleo sobre tela, 130 x 195 cm. Colección particular

146 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 147

Domingo Criado Sin título, 1992 Técnica mixta (collage y acrílico) sobre tabla , 60 x 60 cm. Colección particular

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 148

Domingo Criado Sin título, 1992 Técnica mixta (collage y acrílico) sobre tabla, 60 x 60 cm. Colección M. J. Pastor

148 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 149

Domingo Criado Sin título, 2004 Técnica mixta (óleo y polvo de mármol) sobre tela, 80 x 89,5 cm. Colección particular

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 150

Gabino Gaona Paisaje, ca. 1960 Óleo sobre tela, 74 x 99 cm. Museo de la Universidad de Valladolid (MUVa)

150 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Pรกgina 151

Gabino Gaona Paisaje, 1965 ร“leo sobre tela, 65 x 80 cm. Colecciรณn Jacobo

Catรกlogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 152

Gabino Gaona Paisaje, 1968 Óleo sobre tela, 75 x 100 cm. Colección Jacobo

152 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 153

Gabino Gaona Barcas de Nazaré, 1970 Óleo sobre tela, 65 x 80 cm. Colección Jacobo

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:23 Página 154

Gabino Gaona Simancas, 1971 Óleo sobre tela, 80 x 100 cm. Colección Jacobo

154 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 155

Gabino Gaona Tres figuras, 1973 Acrílico sobre tabla, 55 x 70 cm. Colección Jacobo

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 156

Gabino Gaona Tres figuras, década de 1970 Acrílico sobre tabla, 50 x 65 cm. Obra Social Caja España-Caja Duero

156 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Pรกgina 157

Gabino Gaona Paisaje, 1977 ร“leo sobre tela, 110 x 165 cm. Familia de J. Luis Parra Bustos

Catรกlogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 158

Gabino Gaona Tenerife, 1984 Acrílico sobre tela, 60 x 73 cm. Galería de Arte Samuel

158 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 159

Gabino Gaona Tenerife, 1984 Acrílico sobre tela, 60 x 73 cm. Galería de Arte Samuel

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 160

Gabino Gaona Sin título, década de 1990 Acrílico sobre tela, 100 x 120 cm. Colección Jacobo

160 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 161

Gabino Gaona Sin título, década de 1990 Acrílico sobre tela, 130 x 150 cm. Familia de J. Luis Parra Bustos

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 162

Gabino Gaona Senegal, 2006 Acrílico sobre tabla, 70 x 85 cm. Galería de Arte Samuel

162 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 163

Jacobo Sin título, 1957 Técnica mixta sobre tabla, 66,5 x 74 cm. Cortesía del artista

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:24 Página 164

Jacobo Sin título, 1969 Óleo sobre cartón, 33 x 45 cm. Cortesía del artista

Jacobo Sin título, 1969 Óleo sobre cartón, 33 x 45 cm. Cortesía del artista

164 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:25 Página 165

Jacobo Sin título, 1969 Óleo sobre cartón, 34,5 x 46 cm. Cortesía del artista

Jacobo Sin título, 1969 Óleo sobre cartón, 34,5 x 46 cm. Cortesía del artista

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:25 Página 166

Jacobo Sin título, 1968 Óleo sobre cartón, 33,5 x 45,5 cm. Cortesía del artista

Jacobo Sin título, 1972 Óleo sobre cartón, 33 x 40 cm. Cortesía del artista

166 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:25 Página 167

Jacobo Sin título, 1985 Acrílico sobre cartón, 33 x 44 cm. Cortesía del artista

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 168

Jacobo Sin título, 2002 Acrílico sobre papel, 28,8 x 20,6 c. u. (grandes); 29,5 x 17 cm. c. u. (pequeños) Cortesía del artista

168 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 169

Jacobo Sin título, 2009 Técnica mixta sobre tabla, 39 x 50 cm. Cortesía del artista

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 170

Francisco Sabadell Rue Chevalier – Montmartre – París, 1954 Acuarela sobre papel, 39 x 48,5 cm. Hijos de Francisco Sabadell

170 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 171

Francisco Sabadell Silla junto a la ventana, ¿1961? Acuarela sobre papel, 25,5 x 26 cm. Hijos de Francisco Sabadell

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 172

Francisco Sabadell Bodegón, 1969 Acuarela sobre papel, 41 x 32 cm. Hijos de Francisco Sabadell

172 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 173

Francisco Sabadell Abstracto – Benamejí, 1969 Acuarela sobre papel, 31,5 x 38,5 cm. Hijos de Francisco Sabadell

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 174

Francisco Sabadell Abstracto en azul, 1969 Acuarela sobre papel, 31,5 x 38,5 cm. Hijos de Francisco Sabadell

174 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Pรกgina 175

Francisco Sabadell Paisaje castellano, 1971 Acuarela sobre papel, 49,5 x 58 cm. Colecciรณn Jacobo

Catรกlogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:27 Página 176

Félix Cuadrado Lomas Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 50 x 71 cm. Galería de Arte Samuel

Gabino Gaona Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 50 x 71 cm. Galería de Arte Samuel

176 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:28 Página 177

Domingo Criado Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 50 x 71 cm. Galería de Arte Samuel

Jorge Vidal Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 71 x 50 cm. Galería de Arte Samuel

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:28 Página 178

Jacobo Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 50 x 71 cm. Galería de Arte Samuel

Jo Stempfel Sin título (6 serigrafías), 2001 Serigrafía, 71 x 50 cm. Galería de Arte Samuel

178 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:29 Página 179

Cartel de la exposición de Jorge Vidal en Jacobo, por Domingo Criado, 1967

Diseño de cartel de una exposición de Domingo Criado en Jacobo, por Jacobo, ca. 1970

55 x 41,5 cm.

58,5 x 41 cm.

Colección Jacobo

Colección Jacobo

Diseño de cartel de una exposición de Francisco Sabadell en Jacobo, por Francisco Sabadell, ca. 1970

Diseño de cartel de la exposición de Félix Cuadrado Lomas en Jacobo, por Jorge Vidal, 1971

58,5 x 41 cm.

58,5 x 41 cm.

Colección Jacobo

Colección Jacobo

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:29 Página 180

Diseño de cartel de la exposición de Gabino Gaona en Jacobo, por Jacobo, 1972

Diseño de cartel de una exposición colectiva, por Francisco Sabadell, ca. 1970

58,5 x 41 cm.

58,5 x 41 cm.

Colección Jacobo

Colección Jacobo

Diseño de cartel de una exposición colectiva, por Jacobo, ca. 1970

Diseño de cartel de una exposición colectiva, por Carlos León Escudero, ca. 1970

58,5 x 41 cm.

58,5 x 41 cm.

Colección Jacobo

Colección Jacobo

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:30 Página 181

Cartel de la exposición de Félix Cuadrado Lomas en Arcón, 1975

Cartel de la exposición de Francisco Sabadell en Arcón, 1972 57 x 42 cm.

70 x 50 cm.

Colección Jacobo

Colección Jacobo

Cartel de la exposición de Jorge Vidal en Arcón, 1975 70 x 50,5 cm. Colección Jacobo

Catálogo de obra

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GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:30 Página 182

182 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión


GS CATALOGO OBRA EXPUESTA 08/03/11 12:31 Página 183

Ilustraciones del libro de Antonio Piedra Calindario profano (Diputación Provincial de Granada, Granada, 1990), por Domingo Criado, 1991 Cortesía del autor

Catálogo de obra

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Antología de textos críticos


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ENRIQUE GAVILÁN ESTELAT «El espectador de exposiciones: Félix Cuadrado Lomas» El Norte de Castilla, 29 de octubre de 1967

Con la atmósfera de expectación propia de los acontecimientos importantes, se inauguró en la galería «Castilla» la anunciada exposición de Cuadrado Lomas. Críticos, pintores –Gaona, Carrera, Raimundo de Blas, Ramón Rodríguez, Jorge Vidal…–, los curiosos que nunca faltan y la corte de admiradores y amigos del expositor estaban presentes en la galería y su antesala el pasado día 26. Constantes elogios esmaltaban las conversaciones de los incesantes asistentes a la exposición. Las continuas alabanzas ruborizaban al pintor insobornable que, tras incontables sacrificios, ha impuesto su pintura no sólo a las minorías –que éstas siempre le siguieron con asiduidad–, sino entre la mayoría, antes reacia y hoy rendida ante el arte de Cuadrado Lomas. Estamos ante un pintor absolutamente maduro, completamente logrado. Los cuadros de este artista tienen esas propiedades que cualquier elemental tratado de estética exige a toda obra de arte para que merezca el nombre de tal: individualidad, personalidad, novedad, originalidad, gracia, armonía… Este artista ha llegado a un momento en que resulta difícil discernir lo que gana en calidad, novedad y técnica de una muestra a otra, porque es –ya se ha dicho– un artista cuajado y completo. En esta ocasión más que divagar sobre el arte de Félix Cuadrado, puede ser más elocuente señalar aquellas obras de la exposición en las cuales vibra con más brío y fogosidad el vigoroso estilo del pintor. Tres cuadros de inmensa importancia ocupan uno de los testeros de la sala: una pareja –uncida– de bueyes tras los que asoma el sol fulgurante; un poderoso par de caballos percherones –uno de ellos de un rojo de fuego–, flanquean a otro lienzo que representa la figura taciturna de un campesino sentado a la vera de una mesa tabernaria. El campesino –parda la tez, pardo el vestido– deja parsimonioso que se le consuma entre los dedos de madera tallada un cigarrillo, sin que el hombre pierda de vista la botella de vino frontera. En el otro testero gana la atención el cuadro de una mujer de vida airada que se derrumba en un acceso de llanto, escoltada por discos musicales esparcidos en derredor. Citaríamos también el bodegón del besugo –que recuerda lejanamente a los tristes pescados de Bernard Buffet, si bien sea superior el cuadro referido a los del francés de temática similar–, y el de la hogaza, y los jarros de cerámica popular. Y los paisajes de la provincia –Urueña, Peñafiel…–. Y ese cuadro excepcional de la quijada de buey y las flores rojas, en cuyo cuadro el pintor ha esquivado el tratamiento surrealista sugerido, ahogándole con una interpretación recia y realista. Y… ¡tantos más! Otra lección ha deparado este festival de arte y ha sido la de que el público entiende más –mucho más– de pintura de lo que suele suponerse. Prueba de ellos es que, al poco de inaugurarse la exposición, fueron adquiridos, casi con frenesí de admiración, una buena parte de los cuadros. ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Cuadrado Lomas, gran pintor de Castilla» El Norte de Castilla, 27 de febrero de 1970

Félix Cuadrado Lomas vuelve a exponer un año más su visión de Castilla, su interpretación de Castilla. Cuadrado ha ido afilando su sensibilidad. Ha conseguido mantener sus pinceles alejados de tópicos y de prejuicios. Y ha profundizado en el paisaje de Castilla, logrando aprehender, consiguiendo desenterrar, su más escueta verdad, su más exacta geometría. Y he aquí, que éstos sus paisajes con colores inventados, sobre un dibujo trazado a cartabón, son más reales que la realidad. ¿A dónde han volado las palomas de estos palomares vacíos? ¿Contra qué amenaza se yerguen, ante qué fatalidad se conforman esos palomares que intentan ser árboles con sombra y que no son sino fracasados silos sin trigo, pobres y elementales torres sin cigüeñas? ¿Quién es el coleccionista maniático que ha dejado a estos campos sin roderas y sin caminos? Se estremece uno ante estas tierras rotas. Tierras que dijéranse parcheadas y recosidas con jirones de sayas viejas, con recortes de un mantón o de un refajo recién extraídos de un área y que aún conservaran el dorado aroma de los membrillos allí encerrados en un otoño incierto. Hay algo desolador

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en esas parcelas, en esos pagos bien deslindados y concretos, para evitar, quizás, pleitos o resentimientos. Trozos de tierra que huyen, alborotados por el silencio, hacia un horizonte del que es imposible huir. Y esos pueblos abandonados –con sus casas manteniendo a duras penas el equilibrio de sus adobes, el equilibrio de sus doblones de tierra– ¿están vivos o acaso les acaba de herir de muerte un ballestero «al que de Dios mal galardón»? Quienes hemos seguido de cerca la trayectoria de Cuadrado Lomas –quienes nos hemos acercado año tras año hasta sus obras, cada vez con más exigencias y sin sentirnos nunca defraudador– podemos dar fe de lo que este artista ha llegado a alcanzar. De lo que actualmente representa. De lo que actualmente es: el gran pintor de Castilla. Con él y con Gaona –el otro gran pintor– habrá que contar siempre, cuando se trate de seleccionar a los mejores intérpretes de estos llanos y de estos pueblos, acobardados bajo el sol. ¿Qué puede ser lo más destacable en los lienzos que, en la sala «Jacobo», presenta Cuadrado Lomas? ¿La valiente simplicidad de sus formas y de sus líneas? ¿La armonía original y atrevida de sus colores? ¿Esa luminosidad que rezuma de sus ocres, de sus verdes o que se remansa y se hace serenidad en sus grises o en sus sombríos bermellones? En Cuadrado hay que valorar su sentido de la composición, su atinada distribución de las masas y de las formas, sus aciertos cuando se sitúa ante el paisaje. Cuadrado encuentra siempre el enfoque más idóneo para desarrollar aquél en toda su sencillez, sin despreciar su grandeza. Pero, por otra parte, Cuadrado es un artífice en el manejo del óleo, en la distribución y ponderación de las pastas. Sus raspados, sus transparencias, sus veladuras, se apoyan siempre en la textura del lienzo, para buscar una mayor calidad. Y ello le sir ve para alcanzar en una parcela de color, en apariencia monótona y simple, toda una escala de entonaciones, de reflejos, de profundidades y de bellas sorpresas. La técnica de Cuadrado es arte puro en sí mismo, prescindiendo de todo lo demás. ¿Ante cuál de sus cuadros se detendría uno ya para siempre? Yo llamo la atención sobre el patetismo de su urraca muerta; tendida con las patas rígidas, pero corno si pretendiera, a pesar de todo, continuar el vuelo. Yo llamo la atención sobre esta bella muerte inútil de un pájaro bello y cruel, que se destaca sobre un fondo malva. Fondo que viene a ser como un trozo de cielo que alguien hubiera abatido también. Yo quiero fijarme en esas mulas que perfilan la horizontal de sus siluetas sobre el rojizo resplandor reconcentrado de infinitos atardeceres. Son unas mulas quietas junto a un pilón en el que intentan calmar su sed o al que pretenden confesar toda la seriedad de sus penas. Ortega y Gasset, en su «Geometría de la meseta», aseguraba que la vertical era el chopo y la horizontal el galgo. Cuadrado Lomas –lo he escrito ya alguna vez– ha venido a demostrarnos que la verdadera horizontal del paisaje no es el galgo, sino la mula. Para marcar contrastes, en una nueva aventura, Cuadrado se ha venido de un viaje a Portugal con un nutrido cargamento de barcas. Hay una poética dulzura en estas barquichuelas endebles, enfermizas, disfrazadas de colores vivos, como arlequines sin rostro y sin muecas. Son como viejos quinqués sin luz y sin aceite, extrañas palomas decapitadas, albarcas nostálgicas de lluvia, a la que Cuadrado ha abandonado sobre unas playas también nostálgicas, con entonación de trigal castellano. Yo vuelvo a llamar seriamente la atención sobre sus campos con palomares y sobre sus palomares sin palomas. Y, muy en especial, sobre ese paisaje lleno de emoción de Valdenebro de los Valles, en donde la geometría de las rectas hace una concesión imprevista a las ondulaciones y a las curvas. Quizás para que en sus regazos pueda refugiarse la luz que se desborda. Porque en Castilla –también pese a Ortega– hay en ocasiones suavidad y hay curvas. Aun cuando profundizando en ellas se llegue a descubrir –como ocurre en este lienzo de Valdenebro de los Valles– que más que curvas son en realidad rectas reconcentradas que sufren o que piensan. MARÍA TERESA ORTEGA COCA «Crítica de exposiciones: Cuadrado Lomas en “Jacobo”» Diario Regional, 10 de marzo de 1971

Otra vez se exponen, en «Jacobo» las mulas, los bueyes y los campos de mieses del tan conocido artista Cuadrado Lomas.

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Ahora, como un motivo más, Cuadrado Lomas pinta temas marineros. Pienso que la pintura de este artista no tiene nada de literaria, pero que indudablemente puede atribuírsela un contenido intencional. Cuadrado Lomas pinta sobre todo, el esfuerzo, el trabajo del hombre donde se encuentre, en un pueblo castellano o a la orilla del mar. Y este esfuerzo está representado a través de símbolos en este caso los bueyes, las mulas, o una barca. En esta obra se representa la fuerza porque las figuras tienen grandeza mural. El marco les viene siempre estrecho. Son figuras con angustia de espacio, característica ésta desde siempre muy hispánica y muy castellana. Cuadrado Lomas muestra las cosas de forma que se explique lo fundamental de su carácter. En ese cuadro de varias cabras, que casi parece un tapiz, se ve claro la principal fundón de una cabra, pero a la vez sentimos la obra en puro valor plástico, y entonces nos agrada, por la repetición rítmica y graciosa de la curva negra de los cuernos. Magnífico el cuadro de los bueyes vistos por detrás. De esta forma adquirimos plena conciencia, de lo poderoso y lo macizo de este animal. Por si acaso, y por si una vez no basta, Cuadrado Lomas, nos repite el bicho dos veces, por duplicado. Y hace igual con las mulas y también con los pescadores, que como dos hermanos gemelos descansan trabajando junto al mar. Una duplicidad de la imagen que asegura, que remacha el contenido. A la vez que encontramos en esto un valor rítmico, de repetición, como de estribillo de canción popular. Una cuestión también interesante en la obra de este artista es la forma de estructuras. En este mismo cuadro de los bueyes, vemos cómo sin transición aparente, pasamos de la sensación de volumen, al espacio plástico de sólo dos dimensiones. Es entonces cuando advertimos esa bola, o circunferencia grande y abstracta, que el artista puso junto a la cabeza de sus bueyes, y que sirve para crear una situación de intriga, porque al no comprender qué oficio tiene, nos perturba. Pero resulta que esta circunferencia, viene bien y completa en este cuadro su armonía. Si desapareciera, tanto por su forma redonda, como por su color, los elementos restantes de la obra, principalmente las verticales de los bueyes y las líneas oblicuas del yugo que hay encima, dejarían de estar en relación, y la composición se dislocaría. Cuadrado Lomas, al que no le gusta lo abstracto, la habrá puesto por instinto, pero resulta que su cuadro lo exigía por necesidad. En estas intuiciones, que en todas las épocas históricas pueden ser advertidas, ha radicado siempre la enorme diferencia que hay entre un imitador y un artista. LUIS CALABIA «Arte y artistas: Cuadrado Lomas, expresivista rebelde» Libertad, 13 de marzo de 1973

En la sala de Jacobo acaba de inaugurar Cuadrado Lomas una exposición original del paisaje castellano –sin castillos–, de núcleos rurales, tierras y ganados. Es decir, un pintor nuestro que retrata parte de lo nuestro, que también es suyo, quiere decir que es artista de la familia, decidido a conquistarla para «in eternam». ¿Nos hemos incensado bastante lo foráneo? Quememos ahora incienso en honor de lo de casa, sencillamente porque lo merece Cuadrado Lomas, realista en el arte actual, imprimiendo a la realidad –a su realidad– el aire de lo expositivo, condiciona al paisaje a lo que le conviene. Por ejemplo, en todas las telas se observa que no hay sombras y que las telas viven honorablemente sin tales sombras, de manera que el autor quiere que sus «plenairismos», que lo son todos en el presente caso, gocen de buena salud, sin acompañamiento de oscuridades. Tal condición entiende una expresividad rebelde, impuesta al paisaje por el pintor hasta el punto de significar abstracción, meter se en mundos sin sombras, sin molestias para nadie, ni siquiera para ojos escrutadores. A cambio de la imposición, Cuadrado Lomas, acaso sin pretenderlo, se ve obligado a matizar sobriamente las zonas importantes de la obra. La reiteración del pequeño problema intuido en los pueblos, aunque sean tan limpios como quiere representados el artista vallisoletano, triunfa en la idea general del buen gusto expresivo de lo

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que quisiera ser, no es y se comprueba con la realidad. No hay protesta en la obra de Cuadrado Lomas, sino intento de cantar lo rural, el cielo y el suelo, con diversidad de facetas, destacando lo pecuario, en cuya representación dominan las series de parejas de bueyes, inoculando al lienzo noticias de profundidad, estatismo y aplomo. Este aire, que recuerda de los elefantes, contrasta con la viveza que en algunas ocasiones ofrecen caballos y asnos, de patas gordas hechas de «algodón negro». El «zoo» campesino del agro castellano está en la exposición con acento honradísimo, sobre todo cuando se separa de lo que es y dice lo que siente, como en el caso de parejas de mulas metidas en faena del suelo. Digamos, para terminar, que el expresivismo de este artista lo determina el propio realismo, sí, pero también el exceso de carga de tal realidad, esta vez magnífica. SANTIAGO AMÓN «Cubista de Castilla» Cuadrado-Lomas pintor, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, Valladolid, 1983

Comentando la no lejana exposición antológica que Cuadrado Lomas colgó en su Valladolid natal, se me ocurrió llamarle «cubista de Castilla». Sucedió ello en el transcurso de una larga conferencia por mí pronunciada en torno a su obra y delante de ella o su holgado conjunto. Y quizá en mala hora. Troyanos y Tirios a relucir sacaron su proverbial discordia sin que por ello llegara la sangre al río. ¿Cubista de Castilla? Unos dijeron que mi propuesta suponía, por su propia reducción, algo así como confinar a meros límites geográficos lo que fue y sigue siendo universal directriz, mejor que escuela. Otros, por el contrario, dieron por bueno, y con error, el carácter escolar de lo que a principios de siglo indagaran Picasso y sus huestes, no faltando quienes acertaron a comprender lo que en la charla venía yo a sugerirles. En modo alguno pretendía definir a Félix (quede esto bien claro) como un castellano que practica el cubismo. Mi palabra y su fórmula atendían a otros derroteros que aquí y ahora trataré de explicar con mayor agudeza (…) ¿Es Cuadrado un pintor cubista? Si por tal entendemos su inclusión ortodoxa o meramente discipular en la nómina de la «escuela», la respuesta se hace tajantemente negativa. No creo que haya algo más contradictorio que la sola mención de «ortodoxia» en el pensar y el hacer de un «libertario a su aire», y sólo de la experiencia (madre, otra vez, de la ciencia) puede declararse discípulo quien se nutrió en sus ubres (…) ¿En qué sentido, pues, o con qué alcance es Cuadrado Lomas un pintor cubista? ¿Cuál parece, en segundo lugar, la particular referencia de este hipotético cubismo suyo a la ancha Castilla? Por lo que hace a la primera pregunta, bastante hay, me creo, con repetir algo de lo ya predicado. El cubismo en sentido general (no en cuanto que específica y maleada academia) afectó desde su origen y sigue afectando a la mirada del hombre contemporáneo y a lo que él (sépalo o no, quiéralo o no) contempla a su paso por la calle. Todo lo que al ojo le viene en derechura impregnado está de cubismo (al margen, repito, de la voluntad o la reflexión del transeúnte). Félix Cuadrado Lomas, hombre de su tiempo y en su tiempo, agudizó el sentido, no más, ante esa mirada universal (mirada de nuestro siglo) que el maestro Picasso (y vuelva el lector a repasar la definición de maestro) describiera a la redonda. A partir de ahí no intentó Cuadrado Lomas imitar (no hay sino verlas) las criaturas picassianas, sino dar él mismo a la luz otras y otras en que resplandeciera, como de hecho resplandece, el tacto de su experiencia personal. La segunda pregunta (¿un cubista de Castilla?) vuelve a tomar seguro pie de la intransferible experiencia de nuestro buen maestro. Ido al monte, ascendido a la palma del cerro testigo, «salido de sí», voluntariamente «ex-sistente», hizo Félix que la anchura castellana se convirtiera en pared de total frontalidad. Ese fue su primer y mejor logro: echarse a los ojos el campo, campo, campo, como muro, muro, muro.Y allí en la cumbre del cerro esperó a que Castilla (ella misma, sin el concurso de academia o doctrina) se fuera haciendo cubista. Ocurre, en efecto, que a ciertas horas de patente plenitud el color de Castilla (mirada frente a frente y de arriba a bajo) se parcela, cuartea, trocea, divídese y se subdivide en tantos planos cromático-geométricos como facetas tiene el suelo y destellos la luz.

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Ese es el gran descubrimiento de Félix Cuadrado Lomas; tal y no otra su concepción geometrizante de la tierra castellana. Diría yo, por mejor explicar el milagro, que el maestro espera estratégicamente el feliz advenimiento de aquella hora en que Castilla se hace rotundamente cubista… y entonces, sólo entonces, toma en sus manos el pincel y se entrega a pintarla de forma no propiamente «realista» (que no deja de ser otro «ismo»), sino absolutamente «real». El ocre que se cuartea en la llanura y marca su específica diferencia con el otro que le es adyacente o lejano… es el mismo que en sus lienzos se traduce cuarteado, recortado y palpitante en el rigor geométrico de la forma.Y el verde que se parcela en la faz del campo, convertido en muro, no es otros que el igualmente parcelado en el cuadro del maestro a la par que distinguido del amarillo que lo clarea y el rojo que lo enciende y el gris que lo apacigua y el blanco que doblemente tal se torna en las trazas de la pared doméstica y en la cal entreverada del palomar.Todo ello, al instante, ese instante asombrosamente fugaz en que Castilla se revela (o al ojo de Félix le revela) el efímero esplendor de su propio cubismo más y más definido por la línea. Para Félix, la línea es, no haya duda, la extremada reducción a esqueleto, a estructura, de la ancha Castilla elevada a cubismo ambiental por un golpe de gracia que de ella misma viene y a los ojos va de su asiduo espectador. «Línea-fuerza» la llamé anteriormente y veré ahora de probar su significado más conveniente y propio. El lenguaje plástico ha de ser distenso y sucesivo, lineal en el tiempo y en el espacio, sin que incurra, que grave sería, en la sola complacencia del adorno o en la superfluidez de su propio discurrir. Si el artista, Cuadrado Lomas, se detuviera en esa complacencia que digo del dibujo, pararía en consumado calígrafo o en eso que llaman «virtuoso». Lejos de ello, el maestro imprime redoblado vigor al rasgo hasta convertirlo, como vengo anunciando, en «línea-fuerza». La línea de Cuadrado Lomas (repare el lector en sus pinturas y sobre todo en sus dibujos y grabados) es fuerza geometrizante, centelleante como el zig-zag del relámpago; fuerza que ata y vigoriza la estructura de su visión. De la primera frase que él dejó sembrada en el blanco del papel o en la faz tableteante del lienzo sólo quedará a la postre un lejano y súbito eco en el proceso de la línea, y en ella misma han de permanecer huellas recientes del combate entablado entre la voluntad de expresión libre y el módulo de contención, entre libertad y medida: la rebelión cósmica –he dicho alguna que otra vez– en que toman carne y pasión el mito de Prometeo y las eternas obediencias que la naturaleza impone con forzosidad. Castilla se llama a oídos de Cuadrado Lomas la naturaleza, y si sus eternas obediencias adquieren la forma de ese cubismo que la «línea-fuerza» traduce, es porque ellas mismas son cubistas por principio o como tales al menso se revelan en un momento de esplendor. FRANCISCO JAVIER DE LA PLAZA SANTIAGO Catálogo de la exposición Las estaciones en el paisaje de por aquí celebrada en la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, 1989

Félix Cuadrado Lomas se parece cada día más en su fisonomía y en su atuendo a aquellos «maîtres d’autrefois» de la Francia del fin de siglo: al Pissarro de Eragny, al Monet de Giverny, al Renoir de Cagnes, a aquéllos que estuvieron antes de casi todo lo que vino después. Félix Cuadrado ha llegado a alcanzar esa dorada plenitud vital y artística en la que confluyen armoniosamente una técnica dominada, exactamente ajustada a las demandas de la voluntad, y una idea exacta de lo que se quiere comunicar, de lo que se desea construir. Félix es dueño de un paisaje que él nos ha enseñado a ver y valorar, lo que comporta una grandeza y quizá también una servidumbre. Ha pintado desnudos rotundos de mujer, retratos, toreros, barcazas portuguesas, sólidos y monumentales bueyes de tiro, terribles cabezas desolladas, ábsides cerrados de templos viejos, puentes y castillos, pueblos maclados de prismas, rugosos campesinos, ascéticos bodegones y muchas otras cosas, pero nuestra pereza mental tiende a asociar por encima de todo su pintura con los palomares rotos, las mulas pensativas, los arbolillos solitarios, las viñas tras la poda, todos aquellos signos de un mundo rural semiperdido que se vuelve sin embargo permanente cuando se borra la anécdota y la tierra se nos aparece en su dura geometría de colcha de retazos, de parcelas cortadas por linderones irregulares, por la caída de un ribazo, por el tajo en zig-zag de un camino vacío, de un arroyo sin agua. Se puede echar mano de la conocida referencia al Goethe maduro que, en un

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momento de exaltación vital, siente el gozo de su cumplimiento y pide al tiempo que se detenga, como un nuevo Josué. No sé si nuestro pintor lo ha querido conscientemente, pero en estos ciclos de las estaciones que ahora nos presenta, parece haberlo conseguido. En estas «series», el ciclo del tiempo se muerde la cola, como el ouroboros mítico y el flujo implacable del tiempo lineal, ese «río que nos lleva», gira sobre sí mismo y mima, de la forma menos mala posible, la inmovilidad, como en un pacto de Parménides con Heráclito, como en el vuelo de aquella flecha que disparó Zenón desde Elea y fue a herir a Valéry en Sète, al otro lado del mismo mar, veinticinco siglos después. En estas pinturas el rotar cósmico se hace íntimo como el de un caleidoscopio en cuyo fondo aparecen y desaparecen estructuras de línea y de color siempre nuevas; pero, a diferencia de lo que ocurre con el juguete, nada aquí es fruto de la casualidad, sino de una reflexión amorosa y profunda sobre estas tierras castigadas por una sabiduría que esencializa, que sintetiza, que alquitara, que despoja de lo inútil y también que impone una disciplina métrica rigurosa a la forma y una armonía unitaria al color. Son como bloques de cuatro sonetos de distintas rimas, como conciertos de cámara en cuatro tiempos de distinta tonalidad o distinta orquestación, cuya clave se encuentra en la estrecha banda de cielo que gravita sobre el quebrado horizonte. La visión noventayochista de nuestro paisaje fue fijada magistralmente por Ortega en su citadísima «geometría de la meseta», que hoy empieza a sonarnos un poco «art-déco», chopos y galgos son las verticales y horizontales de ese entramado plástico. Félix Cuadrado Lomas, que no quiso, tal vez por no ceder a esa obvia referencia literaria, incluir estos motivos en su mundo, admite ahora en estas obras últimas la presencia solemne y poderosa de los árboles. Coherente y cerrado, pero no inmóvil, él pinta, cada vez más dueño de su obra, cada vez más suyo y cada vez más nuestro, cada vez más escueto y más tierno, está otra vez ante nuestra mirada. Por muchos años. ENRIQUE GAVILÁN ESTELAT «El espectador de exposiciones: El chileno Jorge Vidal El Norte de Castilla, 4 de noviembre de 1967

Jorge Vidal, un mozo de abundante pelo endrino, vino de Chile para pintar en España. Dominaba Jorge, cuando llegó, el arte del dibujo y el grabado. Aquí, en Valladolid, comenzó a admirar a Félix Cuadrado Lomas a quien aceptó como maestro para constituirse en la sombra persistente del pintor vallisoletano. Bajo los auspicios de Cuadrado Lomas, Jorge Vidal, sin abandonar el dibujo y el grabado, comenzó a ensayar sus posibilidades en el ámbito del color. Jorge Vidal, aunque nacido en Chile, es, pues, otro pintor de Valladolid; uno de los más jóvenes. Puede encabezar esa promoción a la que pertenecen Cristóbal Gabarrón, José Carlos León y –como más joven de todos ellos– la simpática revelación del último concurso de arte convocado por la Caja de Ahorros Provincial: el adolescente Manuel Sierra, pintor y escultor. La sala «Jacobo» –no en balde está dirigida por un artista consumado– ha tenido el acierto de presentar a Jorge Vidal como pintor de óleos. Y Jorge Vidal espera el veredicto –hasta mañana día 13– de aficionados, técnicos y críticos, bajo el amparo literario de Eugenio Domingo, quien escribe unas líneas líricas en el texto del programa brindado por «Jacobo» para esta ocasión. Los cuadros expuestos por Jorge Vidal denotan la magnífica base que a la pintura del artista chileno-vallisoletano presta el armazón de dibujo que se acerca mucho a la perfección. Y gracias a ello, el pintor camina por el mundo del óleo con inusitada soltura. Buena, excelente presentación esta de Jorge Vidal, quien maneja el color con tino y gallardía sorprendentes y comunica a su obra el mayor interés. Habida cuenta el tono alto de calidad de la exposición, merecen ser destacadas como piezas culminantes las tres, de parecida entonación azul, que ocupan, dispuestas en hilera, el fondo de la sala; un cuadro de caliente rojo vivo, colgado de un lateral… También es valioso el bodegoncito de botellas de diversos colores, delicadamente compuesto y pintado sobre tabla.

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Insisto en que el público –cada vez más interesado por la buena pintura– sabe lo que hace y lo acredita cumplidamente. Al poco de inaugurase la exposición del joven Vidal, la etiqueta de «adquirido» aparecía adosada a más de la mitad de los cuadros. MARÍA TERESA ORTEGA COCA «Jorge Vidal» Concursos nacionales de pintura y escultura de Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, Valladolid, 1981

(...) hasta en las formas mas simplificadas de este artista siempre se puede observar una interesante composición de elementos formales, colores y ritmos. Y son sobre todo estos últimos los que traducen en poesía los colores. El ritmo, como repetitivo de un intervalo espacial en pintura, temporal en poesía y música, actúa como elemento analogizador, y gracias a la línea o al color, o al vacío que se repite, que tintinea espacialmente puede oírse musicalmente la pintura del chileno Jorge Vidal. Por su belleza natural su pintura abstracta no se hace hermética, y siempre hay un puente interpretativo hacia el espectador. Este artista chileno no ha perdido el contacto con la naturaleza, de donde parten sus abstracciones. En ocasiones sus obras tienen rastros de objetos, sombras de la presencia de una planta en crecimiento o de la metamorfosis de una mariposa tropical. Como a Paul Klee, también a Jorge Vidal le interesan más que las cosas en sí las fuerzas que hacen que las cosas sean. Le interesa descubrir el porqué del brote de una planta, y en general la plasmación pictórica de las leyes por las que se rigen las fuerzas naturales. Y esta tendencia le lleva a Jorge Vidal a extremos opuestos, unas veces a interpretar la materia y a ensimismarse con ella, en esos afelpados, acariciantes ya las formas apretadas y superpuestas que distribuye como quien siembra, hasta el máximo de imaginación, en los pequeños formatos, o en recuadros que dividen escenas en los grandes. Y a la inversa, en otras ocasiones no es la materia que ocupa un espacio lo que le interesa, sino la energía que se desplaza, la acción, el vértigo, el gusto que desborda incontenible el espacio de sus límites. Pienso que es este el momento con el que se relaciona su manera actual de hacer, y lo que hace que Jorge Vidal compare, en un mismo nivel de preferencias, las improvisaciones de principios de siglo de Kandinsky, con las pinturas actuales del español Gordillo, quien, a mi manera de ver, hace presentir en imágenes pictóricas, la velocidad eléctrica de la próxima era cibernética. Sin que con esto se entienda que Jorge Vidal sea seguidor de Gordillo, sino que en alguna ocasión participa de una análoga mentalidad interpretativa con respecto a este artista. Pasado el momento de dispendio energético de los grandes formatos es fácil pensar que Jorge Vidal vuelva de nuevo a la ocupación apretada del espacio, al interiorismo, inescrutable, tropical, lento, americano, tribal, mágico, al indio artista que como tras un reposo de hibernación ordenara sus colores con la frescura del que los acabara de inventar. JUAN MANUEL ALMARZA «Desde los tendederos de Valparaíso a los silentes interiores» Papeles Plástica, núm. 62-P, Avilés, 1984

«Valparaíso es una ciudad muy extraña. Está construida sobre muchas colinas y cerros; hay muchas casas colgadas y las ropas se tienden en las paredes de las casas dando el efecto de un manto multicolor que envuelve la ciudad». La pintura de Jorge (Valparaíso, 1943) es la magia del color. Los críticos y periodistas le hacen siempre la misma pregunta, «¿Qué quiere expresar tu pintura?». Tras una larga pausa, el periodista, el crítico, el amigo, con el embarazo del silencio, le cuenta sus sugerencias y Jorge responde levemente, diletante: «Puede ser; creo que sí; tal vez... pero es inconsciente». Entonces se agarran, como a algo sólido, objetivo, a la anécdota de los tendederos de ropa de Valparaíso, anécdota que una vez contó a Justo Alejo y Santiago Amón y ha corrido por ahí de crítica en crítica y de programa en programa. Fue el tema de su primera exposición. Lo demás es color con motivos que apenas tienen importancia, puro soporte para hacer volar la imaginación. «El color es mi manera de expresarme, sencillamente. No

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puedo crear cuadros monocromos no lo he logrado nunca. Necesito un amarillo cadmio que brille aliado de un azul ultramar. El contraste es una improvisación. Antes de empezar a pintar preparo muchísimos colores me lleva mucho más tiempo que pintar pero luego uso, a lo mejor, la mitad y van surgiendo otros colores porque me lo va pidiendo el cuadro». Por fin uno tiene que confesarse impotente, dejar caer las teorías, las explicaciones, y simplemente deleitarse, abandonarse al color para disfrutar. «Es lo que me pasa a mí con la música de Gabrielli y Frescobaldi. De la música veneciana no me interesan sus esquemas racionales, que existen; me gusta simplemente su música como divertimento cálido. Gabrielli lo encuentro sublime, me emociona. Con él disfrutas de la vida. Deseo que con mi pintura ocurra igual. Mi lenguaje es el pincel. Espero que el espectador sea receptivo, se deje poseer, abandone sus juicios previos. El gran problema de la pintura es que nunca puedes pensar de antemano lo que vas a ver. Ver un cuadro, una exposición, es una aventura, es dejarse sorprender». En un primer momento la obra de Jorge Vidal es esencialmente pictórica, luego, gráfica, para volver después a la pintura. Después de dos años sin pintar, mientras trabajaba en el Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra, vuelve al óleo y evoluciona espoleado por las técnicas del grabado que se plasman en su pintura. Con el óleo trata de conseguir las texturas del grabado mediante veladuras casi monocromas, en tonos marrones y con efectos oníricos. Es su «época tenebrista». Pero enseguida resucitará el color puro, los tonos fuertes como el rojo, los cadmios y el azul ultramar, sin utilizar el blanco. «La premisa de mi maestro alemán, Hans Soyka, era que el blanco es un mal necesario». El tema son interiores psicodélicos, difuminados y deformados como la visión de un fumador de opio. En Berlín es poderosamente atraído por la obra de Jorge Castillo y trabajan a la par en la «Nueva Figuración», corriente que busca como medios de expresión nuevos materiales, distintos del óleo. Dibuja a carboncillo y pinta con los colores planos del acrílico. El tema son paisajes surrealistas entrecortados, abstractos. Poco a poco deja el carbón para trabajar únicamente con acrílicos a base de transparencias, logrando con ellas los contornos del dibujo. Le preocupa hacer degradaciones de un mismo color. Con su instalación en Valladolid, su obra se va dulcificando, haciéndose más abstracta y simplificada, más cálida. Usa muchos rojos. Es la «época de fuego», de salud y vigor. En este proceso de abstracción el tema dilecto será la pirámide como posibilidad estética, simplificando al máximo la forma en búsqueda de la composición y el color. En este momento alcanza el reconocimiento en España con el Primer Premio de la Bienal de Barcelona. El hasta ahora viajero incansable se enclaustra en Valladolid. Se apodera de él la vida sedentaria, el trabajo, los amigos, la tertulia del bar. Atado por su propio mundo necesita salir, inventarse viajes, crear una naturaleza fantástica, exótica, fiel reflejo de sus deterioros y resurrecciones espirituales: viaje al mundo de los insectos y de las larvas, el viaje al mundo fantástico de lo cotidiano y el viaje a los países del sur. Contempla los programas de televisión pictóricamente, sólo las formas, sin sonido. En ellos descubre el mundo fascinante de las formas larvarias, prenatales, las metamorfosis y la increíble belleza plástica de los insectos y su entorno, su color sorprendente. Hace tintas y algunos acrílicos, a veces compartimentados, con las diferentes fases de una metamorfosis en una eclosión de color y tonos muy puros y contrastados. El color es puro atrevimiento y el blanco es un toque de luminosidad que cautiva la vista (…) Después del viaje entomológico se traslada en viaje fantástico al mundo cotidiano de los interiores, de la mesa, del jarrón de flores..., dejando ya el acrílico y volviendo al óleo y las veladuras. Le impresionan las películas de Ozu y Mizoguchi, quienes captan los interiores colocando las cámaras a ras de suelo. Ese plano proporciona una visión completamente diferente de todo y Jorge lo incorpora a su pintura.Todo adquiere un carácter sorprendente. Una simple mesa recibe la grandiosidad y el misterio de una catedral. Ese modo de ver, en su obra posterior, se convierte en inconsciente, comienza los cuadros por arriba, donde las formas están más apretadas, y, a medida que descienden, van adquiriendo un espacio mucho más amplio, produciéndose un efecto de monumentalidad y de interior, incluso en los paisajes. En estos momentos recibe el primer premio de la Bienal de Valladolid. Nadie duda que sea un reconocimiento a toda su obra. Luego, contrariamente a lo que esperaban sus amigos y críticos, su pintura se hace mucho más lírica, sensual, exótica. El blanco dulcifica los colores puros y los tonos pastel hacen las telas más cálidas y acogedoras. Inventa paisajes, palmeras, el mar... ¿Ha vuelto a sus raíces americanas? Tal vez. «Llevamos cinco años sin salir de Valladolid. Con mi pintura viajo, me invento mis paisajes... y me encanta viajar hacia la luz y el color más que hacia el frío. Me imagino el norte de África y Brasil, Bahía, Pernambuco...

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y los pinto sin haber estado nunca allí» (…) «Tal vez intente reconstruir la propia infancia; quizá sea la esperanza, lo que deseo... No lo sé... es inconsciente». SANTIAGO AMÓN «De la imagen precisa y ambigua de Jorge Vidal» Papeles Plástica, núm. 62-P, Avilés, 1984

En torno a la pintura de Jorge Vidal recuerdo haber tenido una muy peregrina discusión con Justo Alejo. Hace de ello cinco o seis años, cuando el pintor Vidal alumbraba sus lienzos en un ponderado contrapunto de planos rojizos sobre fondos azules, sin otra mediación que la inserción medular del blanco..., y cuando el poeta Alejo (el inolvidable Alejo) no había aún decidido despedirse para siempre de todos nosotros. La disputa no admitía conciliación, dada la disparidad o distancia, como verá el lector, de los extremos a que se ajustaban planteamiento y desarrollo. De la imagen precisa y ambigua (formalmente precisa, y ambigua en lo tocante a significados), una y mil veces propuesta por Jorge Vidal, venía Alejo a desprender la sugerencia de un inmenso patio de vecindad engalanado con la gloriosa flotación de la ropa tendida. Con él coincidía yo en lo de la flotación, aunque me resultara muy dispar la referencia: la de los barcos, concretamente, en trance de zarpar del astillero. Las franjas rojizas sobre el fondo azulado se me antojaban chapas y más chapas horadadas y teñidas de minio, a punto, a su vez, de teñirse en los mares. El recuerdo de una frase de Rimbaud puso fin al debate. Cuando Rimbaud dio por concluida su célebre «Temporada en el infierno», fue preguntado por su madre acerca de cómo entender semejante título. El genial poeta francés se limitó a aconsejar: «Literalmente y en todos sus sentidos». A tenor de ello, Alejo y yo llegamos a la conclusión de que Vidal nos ofrecía una imagen abierta a su lectura literal (ignorada por nosotros en pro de nuestros puntos de vista) y el sinfín de sus otros mil significados (el patio vecinal, el astillero… y el mismísimo lucero del alba). De aquel tiempo a esta parte, Jorge Vidal ha abierto y andado, fiel al dictado de su experiencia, nuevos y nuevos caminos, resplandeciendo en todos ellos algo muy característico de su quehacer, no menos que de la creación en general y en su más estricto alcance: la propuesta de una imagen esencialmente intersubjetiva que no admite remisión alguna al suelo de la naturaleza como código común al artista y al contemplador. Lo mejor de su empeño (y el más granado de sus logros) radica en proponer dicha imagen en su estado puro y unívoco de imagen en cuanto que tal. Si en la obra de Jorge Vidal cree usted sorprender concretas referencias a la apariencia exterior, no las acepte como signos de ese código afincado en suelo natural y supuestamente común al artista y al contemplador. La relación a fijar entre ambos, si se la quiere válida, ha de nacer de la imagen en cuanto qué imagen, en términos literales de intersubjetividad y con omisión de cualquier significado presuntamente objetivo. El artista quiere comunicarle a usted una experiencia por la única senda que la hace realmente comunicable: La imagen intersubjetiva. La imagen puede entrañar mil significados o ninguno (según de sus delicadas sea cierta o no la experiencia originaria), con el requisito de su acepción literal, que se abrirá o no en el abanico de otras y otras sin cuento (significará lo que significa y diez que usted quiera que signifique). A ojos de usted ha amanecido, de la experiencia de Jorge Vidal, un radiante jardín universal, sin otras lindes que las de su propia efusión intersubjetiva. El pintor lo ha puesto a su alcance en la creencia de que el arte es una experiencia límite de lucidez, para iluminar la imagen del mundo. MARIBEL RODICIO «Jorge Vidal: El color como obsesión estética de una continua búsqueda» El Norte de Castilla, 18 de diciembre de 1988

Cuando se abre la puerta de la casa-estudio que Jorge Vidal «El chileno», comparte con la también pintora Jo Stempfel, «La helvética», el saludo es de música clásica y penumbras, de estancias

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decoradas en colores oscuros y luces indirectas, mientras «Lulú», la gata siamesa, se despereza en su lugar de privilegio junto al radiador y dirige una mirada curiosa al visitante. Jorge trabaja siempre con música, mientras consume, impenitente, cigarrillos sin filtro, negro o rubio, no importa. Cuencos con pintura se esparcen por el suelo, multiplicando en mezclas los colores de un ambicioso arco iris. Más que la forma o el dibujo, el color es el factor dominante en la obra de este pintor nacido en Chile, trotamundos durante una corta época y asentado a la vera del Pisuerga. FRANCISCO JAVIER DE LA PLAZA SANTIAGO Catálogo de la exposición celebrada en la Sala de las Francesas en 1994-95

Nada haría adivinar, en la temprana biografía del Jorge Vidal, llena de experiencias y aprendizajes internacionales –Chile, Alemania, Italia, Portugal, Suiza– que este excelente pintor acabaría adaptando la ciudadanía vallisoletana para fortuna de todos cuantos le admiramos y de la comunidad artística que se ha visto enriquecida con su presencia. Le imaginamos fácilmente instalado en el Soho de Nueva York, paseando con un número de «Interview» bajo el brazo, o perdido por París, por Ginebra o por Lisboa. Si, uno no temiera a los malentendidos, le soltaría de pronto un ¿qué hace un pintor como tú en una ciudad como esta? Fue su elección y es nuestra suerte. Jorge Vidal tiene en su estudio, junto a las reproducciones de unos preciosos dibujos de Egon Schiele, una fotografía de Fernando Pessoa acodado en la barra de un café de Lisboa. No es fácil saber si, cuando sonó el clic de esa instantánea, Pessoa era Pessoa, Bernardo Soares, Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Alvero de Campos. Probablemente eran todos y ninguno pero me inclino a creer que el que prefiere Jorge Vidal es el lúcido, pesimista y desasosegado Bernardo Soares que nos dejó sus inquietantes fragmentos aforismos o esbozos en un texto que emite fosforescencias y chispazos cuando se lee desordenadamente, abierto por cualquier página, al azar. Jorge Vidal nos ofrece ahora tres bloques de pintura sensiblemente diferenciados. El primero está constituido por obras que tienen como punto de partida una referencia o histórica conectada con el más recio y potente legado pictórico de nuestra región, la miniatura mozárabe de los Beatos. Concretamente han fascinado a Jorge Vidal sus cartografías, esas ingenuas visiones del mundo en las que los mares y continentes, cercados por un océano circular, se ordenan en torno de Jerusalén, ónfalos místicos de esta maravillosa geografía arbitraría. La libertad, la intensidad cromática de estas tipologías ha ejercido una poderosa seducción sobre Jorge Vidal, que parte de ellas como de estímulos poéticos para constituir vibrantes configuraciones encuadradas por una orla decorativa que tiene el vigor de la más castiza cerámica popular. El segundo grupo lo forman pinturas cuya alusión figurativa se limita a la imagen de una montaña cónica, tal vez un volcán aislado, solitario, en uno de los extremos de la composición, que podrían hacernos pensar en un homenaje a ciertos pintores y grabadores orientales, para quienes el Fuji-Yama o las siluetas recortadas de las montañas de Lushan, sobre mares de niebla, tienen un valor simbólico conectado con su sensibilidad panteísta La soledad de la cumbre, en un atmósfera de helada pureza, ha sido muchas veces metáfora de la soledad del artista en el momento de la creación. El último conjunto está integrado por pinturas en que las conexiones con cualquier elemento representativo prácticamente han sido borradas, para dejar un dominio completo al impulso intuitivo, a la gestualidad espontánea, al elemento aleatorio, al azar controlado, al juego contenido por un implícito reglamento de armonía y complejidad. Parece que filósofos y teólogos no han llegado a ponerse de acuerdo sobre si Dios juega o no a los dados. Borges no creía en el azar. Pensaba que manejamos ese concepto para defendernos de la incapacidad de comprensión que nos atenaza ante sistemas demasiado complicados de casualidad. Sea o no así, eso que llamamos lo aleatorio o lo azaroso y, curiosamente, las dos palabras, proceden, a través del latín y del árabe del léxico del juego de los dados forman parte de nuestra cotidianeidad. De mejor o peor grado, lo aceptamos y el artista puede, con todo derecho dejar que hasta cierto punto este azar intervenga en el proceso de producción de la obra. Así, Jorge Vidal integra, cuando trabaja sobre el suelo, con la tela extendida libremente, aún no tensada en el bastidor, que sus pliegues

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retengan o rechacen las manchas de color iniciales, cuando no hay aún en el futuro cuadro ni norte ni sur. Luego, en una etapa posterior de reflexión y contemplación, el pintor introduce su orden, que se enriquece con la integración de lo casual, de lo que escapa al control racional, de lo que con otra palabra podría llamarse misterio. A pesar de la diversidad que puede sugerir cualquier intento de categorización, todas estas pinturas están unificadas por la poderosa personalidad de su autor. Su exquisita gama cromática sus elaboradas y jugosas texturas, su nerviosa e inconfundible caligrafía, imponen a cada uno de ellas la huella individual de Jorge Vidal. Por encima de todo, son una indiscutible lección de buena pintura. JULIO VALDEÓN BLANCO Catálogo de la exposición Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías celebrada en la Galería de Arte «Orón» en 2001

Jorge Vidal tiene estampa de pintor moderno, la melena quemada y blanca, la boca recta, los ojos inteligentes y vivaces. Así como Cuadrado Lomas, en lo físico, es un Zeus colérico, Gaona un campesino ilustrado, en plan Miguel Hernández, Criado un hombre noventayochista y Jacobo un galán del neorrealismo, Jorge es como el amigo que ha llegado de Nueva York, muy puesto en las últimas corrientes y los grandes rascacielos, con un rumor de taxis amarillos y ríos de acero asomándole al rostro. Luego, en su estudio, sin duda esta apariencia no se queda en la cáscara, y le va saliendo una pintura audaz, cada día más joven. Cuando llegó a la ciudad ya sorprendió por su uso de los colores, vivísimos, y el resto de su biografía no ha sido sino un perpetuo ahondar en esos veneros frescos y manantiales, hasta alcanzar una ligereza hermosa que lo salva y nos salva. JAVIER HERNANDO «La imaginación nómada» Catálogo de la exposición itinerante Jorge Vidal. Obra 1964-2002 celebrada en 2005-06

No es Jorge Vidal un artista sumido de manera permanente en un modelo formal, ni siquiera en un argumento, por el contrario su palpable vocación experimentadora le conduce una y otra vez a reformular sus planteamientos. De ahí que transite con naturalidad entre abstracción y figuración, que otorgue el protagonismo compositivo al dibujo o al color; que puedan establecerse parentescos de su obra con la mayor parte de las tendencias dorsales de la segunda mitad del siglo XX, desde la ya citada Nueva figuración hasta la pintura del Color Field, pasando por el Informalismo. No obstante ese implícito eclecticismo está suturado de manera permanente por dos elementos: la iconografía y el color: Este último es siempre elemento central de su obra, aún cuando el dibujo imponga la estructura del todo y las partes, es el que le otorga identidad. Y en relación al primero es asimismo permanente la recurrencia iconos de diferente signo. Reitero a este respecto la presencia de un elevado número de objetos en las estancias de la serie Metamorfosis junto a las cabezas o las larvas, las, sábanas en sus, obras iniciales, etcétera. También en la serie que en cierto modo puede considerarse el gozne entre el periodo neofigurativo de los setenta y el abstracto de los ochenta, un elemento icónico se alza como protagonista: la pirámide. La serie del mismo título, realizada a lo largo de 1977, supone la apertura a un cromatismo más alegre que caracterizará su obra de la década siguiente. Desde el punto de vista compositivo el cuerpo geométrico constituye el fondo de un bloque compacto formado por la agrupación de formas a medio camino entre lo geológico y Io arquitectónico. Así, se vislumbran arcos pero también masas rocosas que el artista parece haber agrupado para permitir su entrada completa en el encuadre. Detrás asoma el remate de la pirámide. Culminando el conjunto; contraponiendo la pulcritud geométrica de su trazado, recortado sobre un fondo uniforme, al agolpamiento de las estructuras que le anteceden. La pirámide ofrece un tratamiento arquitectónico en ésta serie, ya que al sobresalir por encima del obstáculo visual que se halla en primer plano, nos transporta automáticamente al ámbito más prototípico de los edificios-pirámides: Egipto o México. Pensamos entonces en los ejemplos de Gizeh o de Teotihuacan.

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Penetramos así en otra de las referencias icónicas presentes en la pintura de Jorge Vidal: la arquitectura. Ya en algunas de las obras de la serie Metamorfosis; la descripción de recintos interiores le había facilitado la representación de elementos arquitectónicos. Como la columna. Después vendría la citada serie Pirámides y unos años más tarde, en 1985, en la titulada Interiores construye lo que me atrevería a calificar como «bodegones de arquitecturas», pues vienen a ser un repertorio de elementos constitutivos de dicha disciplina: columnas, puertas, vanos, muros, la propia pirámide… reunidos, como los alimentos sobre un tablero en las naturalezas muertas también realiza simultáneamente algún bodegón «ortodoxo», al sustituir aquellos elementos por libros, frutas y copas en un espacio que aun siendo interior; como señala su título, está siempre en relación con el exterior; a través de diferentes huecos o de la presencia de la naturaleza; sobre todo de plantas. De ese modo el artista hace elocuente su interés por la arquitectura y sobre todo por la geometría de sus formas, además de transmitirnos una concepción dúctil del espacio arquitectónico. ENRIQUE GAVILÁN ESTELAT «El espectador de exposiciones: Domingo Criado» El Norte de Castilla, 21 de enero de 1968

La temporada actual, después de soportar una sobrecarga de exposiciones durante el primer tramo, parecía que iba a entrar en un bache prolongado. Menos mal que el temido atasco se ha salvado merced a la muestra que, en «Jacobo», presenta Domingo Criado, uno de los actuales pintores castellanos más importante. El pasado año ya nos asombró este artista por lo que prometía. Éste se redobla el interés por la obra, por lo que ha conseguido. Domingo Criado es un pintor de la tierra. No sólo por nacimiento –vino al mundo en Valladolid y es hijo de villalonés y riosecana–, sino, con más intensidad, por temperamento. Es –naturalmente– un intérprete de nuestro paisaje. Y a fe que traslada a lo plástico lo que, en lo literario, expresó don José Ortega y Gasset con una prosa impar. Decía Ortega de Castilla: «La tierra de planta, pura gleba y desnudo terruño, que subrayan, de cuando en cuando, las hileras de altos chopos… La atmósfera es completamente diáfana, y, en ella, como en vacío sin obstáculos, la luz entra a torrentes. Merced a ello cada color es llevado a la última potencia de sí mismo». He aquí, sin duda, una pauta admirable para la pintura castellana. Acaso la que ha podido tener en cuenta el joven, recio y bravo Domingo Criado. Porque en sus cuadros vibra el contenido de esas frases bellas y acertadas, aunque la pintura que se comenta –por fortuna– no contenga, como tal pintura, ningún ingrediente literario, pues en ella nada se relata y no se ensaya retórica alguna. El arte de Criado comporta esa levadura expresionista que viene a ser algo inseparable en el arte español desde los lejanos tiempos que aún no se había acuñado el término expresionismo. Es harto difícil que cualquier manifestación artística española –hasta en los más avanzados artistas abstractos–, no tenga acento expresionista. Y por eso al hablar de expresionismo se dice bien poco. Pero algo se dice y puede que no sea del todo insuficiente. La obra de Criado ya hemos dicho que de raíz expresionista es –no haría falta añadir esto–, figurativa. Figurativa sí; pero, de ninguna manera, rigurosamente imitativa. Los cuadros de este pintor responden estéticamente a las claras ideas, nada literarias, de Hegel, quien nos alecciona así: «Si el arte emplea en sus composiciones las formas de la naturaleza y las estudia, su fin no es copiarlas y reproducirlas. La misión del arte es más alta, su procedimiento más libre. Rival de la naturaleza, como ella y todavía mejor que ella, representa ideas, se sirve de sus formas como de símbolos para expresarlas. Y las conforma, las rehace sobre un tipo más perfecto y más puro». Yo quisiera –y me sentiría bien pagado si se obedeciese este consejo leal– que los contempladores de esta exposición, de esta excelente muestra de Domingo Criado, repasaran, al par que contemplan los cuadros, esos párrafos literarios excelsos de Ortega, esas frases de Hegel. Esta nueva exposición de Criado está mucho mejor presentada que la ofrecida el año anterior, por otra parte, da noticia de una obra casi cuajada.

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En los «gouaches» reside la más afinada maestría del artista, aunque el «gouache» es siempre obra menor. De estos «gouaches» cumple destacar los de tierras bermejas, uno de barbechos y rastrojos, flanqueado por uno entonado en grises –día de niebla en el campo de Castilla– y otro rabiosamente pardo. En cuanto a los óleos, presididos por uno de gran formato –que ocupa el testero de la sala– y que representa la escena popular de la erección del mayo de los quintos en un pueblo, preferimos el alarido «neofauve» que es la iglesia parroquial de San Martín de Valvení, una escena de vendimia, admirablemente tratada en cuanto a un color tan ingrato pictóricamente como es el verde. Y también una interpretación de los porches de Mansilla de las Mulas. EMILIO SALCEDO «Crítica de exposiciones: Domingo Criado, pintor de la esperanza» El Norte de Castilla, 12 de diciembre de 1969

Era el mismo día de apertura. Un maestro de hoy y otro de mañana. No puede haber posiblemente pinturas más dispares en la técnica, y en la intención. Sólo la casualidad ha venido en enfrentar –entendiendo el enfrenamiento como confrontación y contraste– a estos dos pintores vallisoletanos. Si uno es ya historia, éste, más joven, es también un poco historia y parte de mi propia biografía. Horas de convivencia, de charla, de ensueños que no siempre se cumplen y hasta aventuras estéticas conjuntas de esas que no se notan, pero dejan huella. Los caminantes nos reconocemos en la senda, y Domingo Criado, con su dolorida juventud, con su feroz y seguro autodidactismo, tiene el paso firme y sabe por donde se anda. He conocido, en un par de años, el pensamiento de Domingo Criado; le he visto destilar día a día un humor feroz de ternura con un trazo intencionadamente tosco –este es el secreto de la auténtica ternura–. Me he preguntado a veces cómo sería capaz Domingo Criado de llevar este mundo al color.Y me lo preguntaba porque él ha sido celoso de mostrar su obra. Ha tenido siempre la timidez que le ha salvado del narcisismo exhibicionista. ¡Cómo me hubiese gustado ver alguno de los cuadros que ha vuelto a pintar o ha destruido este rapaz que sólo vive y piensa en pintor! La exposición de la Sala Jacobo es sorprendente. ¿Se puede destruir un paisaje para crear una obra pictórica en la que el color, la cuidada y paciente tarea del pincel lo son todo y luego casi no se nota? Esto hace Domingo Criado. Cuando la figura humana entra en el lienzo, Criado, que podría ser uno de los mejores ilustradores de España –de hecho lo es–, vive en desiderátum del pintor-dibujante. El es, fundamentalmente, un pintor que además dibuja.Ya lo he dicho. Lo que en sus dibujos, necesidad de la tinta china, del trazo urgente, es negro y dramático, se anima en sus cuadros con una gama caliente que es una puerta abier ta a la esperanza. La gente dolorida, los hombres en fila (alineados o alienados), nos indican que en un momento uno cualquiera, el propio Domingo, se va a salir de la fila y va a decir: ¡No! Destruye el paisaje para crear pintura; rompe el dolor para dar su testimonio; pero para abrir la puerta a la esperanza. Puede pensarse que Domingo Criado es un dibujante de este periódico. Es cierto. Pero también que lo es, precisamente, porque es Domingo Criado y ante su obra hay que advertir: «Caminante, ya está abierta la senda, el camino que hace un buen pintor y gran maestro del futuro». ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Domingo Criado en “Jacobo”» El Norte de Castilla, 9 de diciembre de 1970

He aquí la apoteosis de los colores. He aquí su soneto impecable. El fondo rojo es el verdadero protagonista, el tema fundamental, de ese cuadro en el que un hombre deshumanizado pena o espera, junto a la luna caída sobre un velador de mármol. Los verdes amarillentos o maravillados; la melancolía

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de los azules; la expresión verdecida de ese hombre cansado, están ahí para fortalecer el rojo. Para obligar a cantar al rojo. Para levantarle en hombros. Para estrellarle contra nuestra mirada. Para amortajar y envolver nuestra sensibilidad con una bandera heroica. Uno piensa ante ese cuadro –ante el esqueleto de ese hombre por cuya anatomía en ruinas trepa el tedió como una yedra vieja– en los rojos que –a lo largo de muchos años y de muchas contemplaciones– más le impresionaron. Y uno evoca a Freundlich y a La Fresnaye y a Benner y a Villon, a Delaunay, a Nolde y a Bisolli. Uno piensa en las anémonas de Redón y en el jersey que Kisling inventara, para su «Kiki de Montparnasse». Y todos estos rojos no son capaces de disminuir o de borrar la fuerte belleza macerada de ese rojo ante el cual, Criado, ha dejado solos al esqueleto vivo y a la vida muerta de un hombre, para que nos reciten en silencio su monólogo. De las barcas portuguesas, Criado ha captado y seleccionado los más rotundos perfiles, los más delicados escorzos, en un caos ordenado de quillas y varengas, de proas escoradas y de popas tatuadas por el viento. Son estas barcas –en donde las tablas parecen calafateadas con sus propios reflejos– como una pesca milagrosa de colores, que coletean y se desbordan de una red invisible. Son tonos que se agitan, que se muerden unos a otros, rasgándose las carnes. Para que, a través de esas heridas, broten las ocultas irisaciones que llevan dentro. Rojos llagados de azul. Grises con sangre verde. Azules martirizados por otros azules más crueles, que quieren resurgir desde las profundidades del lienzo.Y, de improviso, una huella de un amarillo violento, una huella naranja o violada que lo domina todo.Y que deja urna calma, como de gaviotas, en el mar aborrascado por el que naufragan las geometrías bien talladas de las luces y de las formas. Sus paisajes italianos arden y llamean. Las cúpulas incandescentes se retuercen torturadas o deslumbradas por el fuego, cobijándose, de pronto, bajo un sol verde. Un sol que gira o se desenrosca, contribuyendo a la vitalidad y al movimiento de los volúmenes y de las manchas. Otras veces, los paisajes se han suicidado en un lago azul bajo la indiferencia de una luna inmensa, que es como una plaza mayor de pueblo vacía y abandonada. Domingo Criado posee una paleta muy personal y violenta, bellamente feroz, de la que sabe extraer, también, unas temblorosas gamas llenas de silencios entristecidos Se pierde uno, feliz por las superficies de sus lienzos, saboreando sus coloraciones entreabiertas. Por entre las cuales brotan imprevistos contrastes. Sus tonos gradúan el ímpetu, pasando de la intranquilidad al reposo. Es un atrayente divagar el de sus empastes. Son, unas veces, ásperos y agrietados. Otras veces, pulidos y casi de esmalte, con frescura de arcilla húmeda trabajada por un alfarero ensimismado. Sobre las montañas que fingen las barcas encalladas, bajo unos cielos con gris de mar lejano, al frente de unos blancos –espumas de olas que huyeron– hay tres mujeres que esperan o que no esperan nada. Tienen rostros de palidez verdosa. Rostros de ahogados. Y son, con sus siluetas rítmicas y fuertes, como los mascarones de proa de un gran barco para siempre sumergido. Mascarones que, sin embargo, conservan el empuje de los vientos con los que se enfrentaron. Se entrevé la calavera en los rostros sofocados de los pescadores que se esfuerzan junto al mar. Y, también, en la expresión de esa mujer entre azules, con un niño vivo –pero que nos habla de muerte– entre los brazos. Dijérase que Juan de Mairena –el profesor apócrifo de las sentencias y de los donaires– hubiera contemplado o presentido la exposición que Domingo Criado ha colgado en la Sala Jacobo. Quizás pensara en él o le profetizara cuando nos habla de «un pintor tan impresionante que ve lo vivo muerto y lo muerto vivo». Porque Domingo Criado –y utilicemos palabras de Mairena– es un pintor que ha visto la vida donde nosotros no la vemos y que ha reparado, mejor que nosotros, en la muer te, que llevamos encima. ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Criado y su incendiada humanidad doliente» El Norte de Castilla, 19 de abril de 1972

Son máscaras entre irónicas y desconsoladas que buscan hombres a los que poder ocultar, estos seres de Domingo Criado. Hombres que se han desprovisto por unos momentos de sus convencionalismos y de sus máscaras bien labradas; de sus asépticas y quizás bellas fisonomías o expresiones de

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cera. Seres que no sabemos bien si están amortajados, si están dormidos, si sufren o si, en unas horas de optimismo o de burla, pretenden asustarnos o desconcertarnos inventando un extraño carnaval. Para amurallarnos y para cercarnos, cerrándonos cualquier escapada, cualquier salida, se agrupan estos seres con sus rostros aceitunados. Son existencias desarrapadas que pretenden arroparse; que atraen lo que les rodea hacia su cuerpo, con sus desarrolladas manos de verdugo o de labriego sin cosecha, para embriagarse, para olvidar cuanto les aprisiona y les persigue; para olvidarse de sí mismos, una forma intelectual del suicidio. Se arrebujan en unas pócimas rojas, fabricadas en la retorta de algún nigromante. Beben unos azules brebajes, producto de destilar el azul intranquilo y nocturno de innumerables miradas tristes; el verde bien macerado de venas o de ríos angustiosos; ocres que coletean como lagartijas de luz a las que alguien hubiera partido en dos al filo de una madrugada tachonada de amarguras desgarradas; llantos manchados de algún deliquio ásperamente poético a punto de resignarse, al borde del definitivo sosiego. Son seres desahuciados estas figuras y estos sus paisajes, cuyos sentimientos, cuya deformidad o cuyos muñones, intentan transformarse en rama dispuestas a florecer.Y que se acurrucan o se entrelazan para darse calor, para contagiarse su estoica frialdad, en medio de unas auras por las que vuelan aromas y violentas coloraciones en rebeldía. Manifestación de gritos, de silencios, de protestas y de tormentos que hacen ondear –sin perder del todo la fe, sin quebrar del todo la esperanza– los jirones verdes, azules y descaradamente rojos de su bandera, al mismo tiempo heroica y fracasada. Plasma Domingo Criado –desarticulando las formas, invadiéndolas de unas atmósferas exasperadas que, como en una preparación microscópica y para destacar aún más sus hirientes bellezas, sus bellas y hasta líricas fealdades, las tiñen y las agobian– una realidad muy interior, a la que se refiere con acierto Francisco Pino en la presentación del catálogo. Porque son seres o ensayos de seres –todos somos ni más ni menos que un torpe ensayo– sumergidos o cobijados en lo más íntimo de su angustia y de nuestra angustia; de su pensar y de nuestros pensamientos. Son, más que fetos a punto de nacer, seres replegados que contemplan sin saña y con serenidad el mundo luminoso y cruel, feliz y traidoramente maltratado, del que alguien les desalojó. La paleta de Domingo Criado se nutre de jugos y tonalidades vivas. Yo diría que fabricadas o compuestas con pigmentos extraídos del sufrir y del morir, del renacer y del soñar de la naturaleza. Rojos de fuego, de dolor y de sangre traidora; cobarde sangre doliente y valerosa, sangre idealista y aparentemente inútil.Verdes de cuerpos, ideales o sentimientos en descomposición, tras haber sido ajusticiados. Verdes de bosques castrados o talados. Amarillo s de luz condenada a iluminar la miseria y el desencanto. Amarillos de monedas falsas, utilizadas para la compraventa de honores, traiciones y falsedades. Se puede pintar lo que vemos. También lo que sentimos. Yo pienso que Domingo Criado –en estos sus lienzos hechos de violentos mutismos incendiados, de silenciosos o roncos griteríos de protesta, de conmiseraciones en ebullición, de idealismos acorralados que no se dejan arrebatar, sin embargo, sus desconcertantes aunque heridas primaveras– pinta lo que sufre. Y lo que sufrimos; las incomprensiones que comprende, las condenaciones que perdona. La pintura de Domingo Criado tiene –tras de sus figuraciones camino de la abstracción, tras de sus gamas candentes y angustiadas, tras la deformación de sus formas modeladas por el color, más que por las líneas y por el dibujo– algo que suele faltar en muchas exposiciones que contemplamos: una carga humana. Una carga de preocupación que, entre sus pinceles, se despoja de cualquier debilidad literaria o de panfleto, para transformarse en una explosión puramente plástica que todo lo sugiere y lo desgarra; fortalecida por esos sus transfondos muy vinculados a la realidad cotidiana, enraizados en lo humano. Y así, estos sus cuadros que nos deslumbran y que nos intranquilizan, estos lienzos que nos atraen, que nos intrigan y nos duelen, estos sufrimientos en los que la figuración se disuelve, desarmada o desarticulada, a través de unos cortes o de unos planos que yo diría de un precubismo expresionista, son –pese a su bella falsedad cromática, pese a su inexacta ordenación de volúmenes y de perspectivas– un bosque vivo. Un bosque por el que la tragedia de lo humano nos enreda y nos atenaza con sus ramas y sus raíces casi pacientes, casi desesperadas. Domingo Criado expone en Jacobo. Grita en Jacobo. Ha colgado en Jacobo con la rabia de sus pinceles, cada vez más violentos, más sensibles, más serenos, esta su visión de la comedia humana. Comedia cada día más desconcertantemente interpretada; invadida de soledades, de mutis, y de largos y acongojados monólogos.

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MARÍA TERESA ORTEGA COCA «Crítica de exposiciones: Composición, línea y color en la pintura de Criado» Diario Regional, 22 de abril de 1972

Nos ha sorprendido la exposición de Criado en la Sala Jacobo. No es que esperásemos nada mejor ni peor, sino distinto. Domingo Criado presenta una exposición muy interesante, como corresponde a su gran capacidad artística, pero algo hay en ella que intriga, ¿por qué realizó vacaciones en el color, en la composición y en las líneas? Antes, los colores del ar tista eran vivos y jugosos, ahora son más secos y desvaídos, perdieron dinamismo al hacerse más pesados y les falta, de aquella, vibración que tenían al ser ahora más opacos. Nos parecen excelentes todas las simplificaciones siempre que sean el poso de mucho saber pero no el resultado del diluir. Quizá hubiéramos preferido que Criado pasara del rojo al pálido, pero no añadiendo lastre blanco. En vez de enjalbegar los colores, que los hubiera aclarado gracias a un contraste, o con veladuras o con restregados. Así hubieran conservado estos azules y rojos parte de aquella mágica calidad que ahora creemos que falta. Criado ha variado también en la forma de componer. Antes todo se concentraba dentro del marco. La acción realizaba un recorrido, como si dijéramos, de fuerza adentro, de forma muy coherente. E1 centro tenía casi un imán. Ahora las cosas tienden a escapar por los bordes y se prolongan seguramente por las paredes, fuera del cuadro. Acentúa esta dispersión el que ahora las líneas son más continuas y a veces parten del centro y se escapan en curvas (hacia las afueras como las carreteras radiales de un centro urbano. Criado trazaba antes líneas que parecían plomos de vidriera románica, y ahora son como zanjas y parecen lindes de un término rural. Pero estas líneas y estos colores no han perdido sugerencia, gesto, tienen, eso sí, otra expresión. Dicen cosas distintas pero siguen diciendo, igual que antes, que son ante todo pintura, buena e interesante pintura. Decíamos otras veces que las circunferencias para Criado representaban una tensión, casi, casi un gesto humano con desenlace. Ahora nos parece que la fuerza encerrada en algunas de estas circunferencias, círculos o esferas, según se mire, está iniciando su desgaste. Hay una que explotó detrás de unos tejados y su líquido rojo comenzó a arder en la noche. Hay otras que parecer desplegarse en muelle, en espiral, hacia el espectador como el tifón en una tormenta. Pero en general estas formas redondas nos parecen que son como globos sin cuerda, que ascienden algo rápido gracias al impulso con que se desinflan. Por eso vemos luego sus restos ovalados, abiertos, repartiéndose con indiferencia el cuadro y hasta casi casi con cansancio y desgana. Cuando se pinta por necesidad interior, como siempre hemos visto que lo hace Criado, el grafismo constituye de hecho una proyección mental. Ahora ese grafismo de Criado registra en ocasiones cansancio y se refugia en la evasión. Quizá, quizá, la superación máxima la logre en esos cuadros en las que las formas vuelan, indiferentes a todo lo que no sea exclusivamente pintura. Hay en estas obras una cierta aproximación a las formas, al vértigo de Chagal una coincidencia poética. En algunos cuadros de Criado las figuras nadan por al aire. Quizá desde mucho antes ya presentía el artista esta danza aérea y por eso, para mantener a flote a sus formas, las dio aspecto fantasmal, pies de ventosa y casi casi colas de pez. ANTONIO PIEDRA «Ay, esperanza» El Norte de Castilla, 3 de abril de 1995

La exposición de Domingo Criado en homenaje al poeta Justo Alejo, en la galería Leyenda de Valladolid, me ha llevado dolorosamente al recordatorio de estas desoladas palabras [de Leopardi: Hoy ya no envidio ni a los tontos ni a los sabios, ni a los grandes ni a los pequeños, ni a los débiles ni a los

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podrosos. Envidio a los muertos, y solamente por ellos me cambiaría] y también a la realidad de un sufriente y de un idealista como fue el zamorano y sayagués Justo Alejo, muerto en 1979 en acto de servicio poético. Justo, que era de los que tampoco se mordía la lengua, no sé qué diría al ver el resultado final de la lucha democrática por la que vivió y murió tan injustamente (...) Lo interesante sigue estando en este Domingo Criado, que con esta brevísima exposición –doce cuadros en total– sitúa maravillosamente el sueño de Justo Alejo, a la vez que hace de su recuerdo y de su realidad poética una elegía de la tierra y una palpitación limpísima. Impresionan verdaderamente esos collages realizados con gasas de curar heridas. Parece como si estuvieran cauterizando, como si el color y un paisaje se resistieran a desaparecer víctimas –lo decía el mismo Justo– de la repetida luz bancaria de la luna como un anuncio de la tierra en venta. ENRIQUE GAVILÁN ESTELAT «El espectador de exposiciones: El pintor de Valoria la Buena» El Norte de Castilla, 7 de noviembre de 1967

Gabino Gaona nació –como se sabe– en Valoria la Buena. Allí, en pleno campo de aquella recia tierra de mieses y viñas, de cardos, carrascas y tobas, comenzó Gaona su ilusionado aprendizaje pictórico. Y hoy, cuando Gaona es un pintor cuajado e indiscutible, vuelve los ojos, en su obra, a los motivos del pueblo natal como temática frecuente. Gabino Gaona, cada vez más mesurado, más matizado, menos bronco, ha conseguido alcanzar la depuración de su primitivo y asombroso alarido «fauve» para ofrecer una pintura más contenida, a las veces, que conserva, empero, el atractivo avasallador de antaño. Eso que, en suma, ahora se ha dado en denominar «garra» y empieza a llamarse «garfio» acaso por variar. En el aspecto fundamental de la temática de Gaona –el paisaje castellano–, los cuadros expuestos por el pintor en la galería «Castilla» son un ejemplo o una lección de cómo debe tratarse este paisaje sobre cuya superior belleza tanto insistiera don Francisco Giner de los Ríos. Gabino Gaona presenta en sus exposiciones –que, invariablemente tienen el escenario de «Castilla» cuando se celebran en Valladolid– este triple tema: figura, paisaje y bodegón. En esta muestra que se comenta no hay cuadros de figura si se exceptúa uno que lo es hasta cierto punto: ese paisaje con figuras que representan unas tremendas casas de barro y un primer plano de tostados campesinos. Respecto a la anterior exposición de Gaona –celebrada hace un año justo–, ésta que todavía permanecerá abierta hasta el día 15, viene a ser una continuación de aquélla; pero no una simple continuación –que comportaría una persistencia en lo mejor y en lo menos bueno–, sino un claro afianzamiento, una evidente consolidación de la brava pintura de este artista sobremanera personal. A los temas castellanos habituales, primordiales en la obra del pintor, suma un nuevo repertorio de asuntos: el paisaje costero de Portugal. En tierra portuguesa –en playas lusitanas– ha pasado el verano Gabino Gaona y allí ha tenido ocasión de captar motivos de un pueblo marino llamado Nazaré. Entre los cuadros inspirados en Nazaré es de preponderante importancia el que ocupa el centro de uno de los testeros de la sala, cuadro entonado en admirables grises. También son notables un par de ellos de barcas y, aunque quizás contenga una tenue concesión al gran público, el de la pareja cansina de bueyes, preciosa nota de encanto singular. Con todo, y aparte de algún cuadro tan vigoroso como el paisaje de Urueña –las murallas derruidas y el antiguo monasterio románico pirenaico con cerco dorado de mieses maduras– y el constante culto del artista al campo familiar –cifrado en un arador recortándose sobre el horizonte incandescente–, quien esto escribe prefiere el paisaje gris de ese trozo lunar que se advierte en Peñaflor de la Hornija –cuadro soberano– y, entre los bodegones, el tema repetido de la manta. Dos cuadros tienen como elemento esencial una manta –esa manta castellana que se coloca en el lomo de las mulas o en la cual se envuelven y embozan los campesinos– que preside en el más grande de los dos óleos, una composición de jarro de cerámica y manzanas, y, en el más quintaesenciado, la manta respalda a una tartera de barro, unos ajos y un mortero de madera. He aquí dos obras que encajarían de modo perfecto en la más exigente antología del bodegón.

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En definitiva, Gaona –fiel a su concepto estético– ha logrado un triunfo más entre los muchos a que está acostumbrado el gran pintor. FRANCISCO PABLOS «Los siete pintores de Valladolid: Vidal, Gaona y Cuadrado Lomas» El Faro de Vigo, 5 de noviembre de 1970

Gabino Gaona es un epígono del más escueto cubismo, pero del cubismo nada barroco –el cubismo, esencialmente, lo es–. En otras palabras, hay en sus cuadros un esquematismo constructivista. Los paisajes han sido elementalizados hasta el límite posible. Domina en ellos una absoluta desnudez. Las líneas son rígidas, las superficies coloreadas están como compartimentadas y las tangencias entre las diferentes tonalidades son precisas. Este presupuesto muy intelectual, entraña un considerable riesgo, el de la frialdad del resultado.Y para que no exista, pues el paisaje castellano hay que mirarlo con los ojos del alma, como ya se ha dicho acertadamente, Gaona lo carga de una emoción estética implícita en sus esquemáticas formas, en su cromatismo uniformizado en el que hay amarillos, ocres, grises en zonas recortadas donde nunca es brillante el tono, pero que pese a todo el cuadro es claro, luminoso. Es una especie de presentimiento del paisaje, donde el hombre está ausente, donde todo es insinuación de unas formas muy depuradas por el pintor. También aquí la materia está mimada, sugiriendo calidades casi táctiles de aspereza. Un pintor de indudable hondura poética que gustará más cuanto más lenta sea la contemplación de su obra. ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Gabino Gaona en la Sala Castilla» El Norte de Castilla, 15 de noviembre de 1970

Hace unos meses, comentando una exposición de apuntes y de bocetos que colgó Gaona, me refería a la encrucijada en la que este pintor –al que yo he admirado desde sus comienzos– se encontraba. Las pinturas que estos días presenta en la Sala Castilla, nos indican muy claramente que ha elegido el mejor de los caminos. Pero a través de él sus pinceles, siempre seguros e intranquilos, seguirán buscando nuevos y sorprendentes derroteros. Porque ése es el secreto de los buenos pintores: el de ser en todo momento ellos mismos, pero siempre distintos, siempre nuevos. Gabino Gaona es un gran pintor. Un indiscutible pintor. Lo mismo cuando se mueve entre los ocres y los oros de sus paisajes, como cuando se arriesga –a través de una evolución muy pausada y madura– en éstas sus obras de ahora, en las cuales el expresionismo más ardoroso y valiente se modera y se centra dentro de un cubismo, o mejor de un geometrismo de las formas. Gaona cada día nos va ofreciendo más con menos. Su pintura ha ido renunciando a todo lo superfluo, preocupada por conquistar la más escueta y directa plasticidad. Su obra va ganando en personalidad, en ímpetu y en belleza. Su pintura es cada vez más pensada, más sentida, más profunda. Maneja los volúmenes y los colores con la soltura y la gracia de un buen equilibrista. Por otra parte, no se olvida de la técnica. Y así, yo observo en esta última exposición un mayor cuidado –y como consecuencia unas más altas calidades– tanto en sus transparencias o en sus veladuras, como en el tratamiento y distribución de las pastas. Son casas sin ventanas y sin balcones las de estos pueblos sorprendidos y desentrañados por Gaona. Pueblos reconcentrados y casi desvalidos, a cuestas con su ingenuidad y su pureza. Sobre los tejados o sobre las fachadas, sobre las tapias o sobre los muros se quejan los verdes o los grises, los naranjas y los malvas, los azules o los resecos y casi amojamados bermellones. Y vienen a ser como pañuelos, ya sin ilusión, que un prestidigitador se hubiera dejado olvidados, después de extraerles de su sombrero de copa. Tienen algo de barbecho reseco, algo de carne, algo de madera recién taladas, esas casas reunidas y que desarrollan ante nuestros ojos una atrayente y perfecta teoría de esquinas y de chaflanes. Dijérase un trozo de arcilla cortado con precisión por una navaja cabritera. En los huecos de sus

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espadañas o de sus torres –únicas ventanas supervivientes– resuena una ausencia de campanas y todo un estremecimiento de distancias y de lejanías. Son pueblos desnudos. Entre el laberinto de sus formas apiñadas, por entre su elemental y escueta arquitectura reposa la vida que de ellos se ha alejado, merodea la muer te que hasta ellos no se acerca. Son pueblos en esqueleto. La alegría de unos rincones vacíos. Vivos y reales, sin embargo. Pueblos que –ante la huida o la ausencia de los hombres– no han tenido más remedio que humanizar sus tejas y sus adobes, sus bardas y sus aleros, para seguir eternamente viviendo. Hay algo de claustro en ruinas en medio de los reflejos y los grises –entre el puente y el agua– de su visión de Tordesillas. Bajo el puente derruido, que fingen las torres y los campanarios en lo alto, huyen los reflejos del cielo, como un Duero resucitado. En su paisaje de Urueña (cuadro número 8), las tierras se están evaporando. Ha desaparecido la luz, y las parcelas trenzan sus suavidades bajo el crepúsculo, ya casi inmersas en la noche. Son tonos reflejándose en un cristal o en un río empañado. En alguno de sus paisajes vuelven a surgir unas tonalidades muy leves. Lienzos por los que discurre toda la sutileza de unos terrenos rosados o manchados de cielo. Pero, por lo general, en sus paisajes luchan las rectas y las curvas. Huyen las tierras hechas jirones, como arroyos asustados. O se retuercen, como caminos con el rumbo perdido. Cuñas rojizas incrustadas casi a golpe de martillo entre los ocres y los grises. Divagaciones malvas. Rojos ensombrecidos. Lomas de un verde intranquilo. Verdes ilusionados y nerviosos. Y de pronto, tintineando sobre un cielo morado, un sol redondo y amarillo como una parva. Y una concentración de ocres. Y unos árboles desconcertados con sus siluetas entre tinieblas, agujereadas o picoteadas por las covas o por los grajos. La geometría de las paralelas o de las rectas se apodera de los primeros términos, Pero en los horizontes, en las lejanías del cuadro, se truecan en curvas y en redondeces. Y así, las lomas o los cerros se cimbrean, en ocasiones, con energía de ballesta y disparan contra nosotros innumerables rectas afiladas. Sus pescadores portugueses –casi muertos, casi pensativos sobre la arena–, parecen llorar o meditar ante la pesca milagrosa de las quillas o de las proas de sus barcos. Barquichuelos que coletean y se revuelven y van hacia la abstracción. Pero, de pronto, regresan de ella como arrepentidos, llevando a cuestas sus manchas entre tristes y luminosas. No podrán salir ya más al mar estos resignados pescadores con esa flotilla de barcos descuartizados, de los que Gaona nos muestra todo el cromatismo de sus cuitas y de sus entrañas. Triunfan en su cuadro número 21, por encima de todo, los rostros de carne abrasada de esas mujeres, castigadas contra un paredón, en donde el tedio ha cegado la única salida. Es de una acertada composición este cuadro, que está tratado al mismo tiempo con ingenuidad y con desgarro. Y lo mismo ocurre en esa original interpretación de un campamento de gitanos o de titiriteros. En ella se aúnan la realidad y la fantasía. Se mueve una mujer con un niño a cuestas y que tiene aire de aparición. Es de un azul inventado el carromato inmóvil. Y, sobre unas superficies que intentan redondearse para simular la pista de un circo, ensayan su número los ocres y los malvas. Hay un repicar de tamboril y una llamada afilada de corneta en el colorido, entre poético y cruel, del lienzo. Y pastan en él un caballo rojo y un caballo naranja, que recuerdan algo a los de Marc. Pero los de Gaona son más meditabundos. ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Gabino Gaona» El Norte de Castilla, 17 de diciembre de 1971

Gabino Gaona –probablemente el más maduro, el de mayor carga estética, entre nuestros pintores– expone estos días en Jacobo. Y ello constituye siempre una fiesta. Atraviesa Gaona, desde hace algún tiempo, por una dolorosa y fértil etapa de incertidumbres y desasosiegos. Una problemática nueva se enmaraña, intentando definirse, al borde de sus pinceles. Su imaginación bulle. Se le rebelan o rebela los colores y las masas, buscando posturas intranquilas. Persigue

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ademanes en acecho, capaces de sorprender y capturar el feísmo temblorosamente delicado que se agazapa en lo bello; la belleza recién nacida que balbucea espontáneas frases sin contaminar más allá de lo estéril, de lo feo o de lo monstruoso. Ensaya Gaona originales formas, desplantes todavía no creados, para sumergir nos en el aturdimiento de sus cuitas y de sus planteamientos inquietos. Trepan y se multiplican en su paleta –junto a sosegadas visiones de Castilla– todo un torrente de rebeldes y desesperanzadas contemplaciones. Necesita liberarse de sus ideas y de sus preocupaciones del momento. Porque un cúmulo de interpretaciones y de ideas esperan a que las dé cobijo, para sentirse liberadas después. Pinta con ímpetu, volcando sobre las telas un griterío casi ensordecedor o ensordecido de luchas y de fatigas. Descarga, sobre sus cuadros, grises fluctuantes entre el cansancio y la ceniza; amarillos de azufre; verdes desorientados, procedentes, quizás, de una primavera lejana y vieja. Utiliza unos óleos diluidos, para que los pinceles puedan desahogarse con prisa y con libertad. Se independizan sus manchas unas de otras, defendiéndose con unos contor nos palpitantes y –en ocasiones– carcomidos. Las pinceladas garabatean, se persiguen, se atropellan, Hasta que –de pronto, derrotadas o consumidas–, se apaciguan para ocultarse o para reposar. Le preocupan a Gaona los contrastes hirientes, las disonancias que lanzan su canto, las luchas cuerpo a cuerpo de las tonalidades, el duermevela de sus geometrías o de sus arquitecturas en derribo. Geometrías que, de improviso, se solidifican o se licuan; se reconcentran o se desvanecen. Plasma Gaona una realidad distorsionada, florecida dé quiebros y deformaciones. Y, así en algunos de sus paisajes, sentimos ese clima entre cínico y cruel, infrahumano o de tranquila y resignada denuncia, que preside las creaciones del inglés Bacon. Porque muchos de sus paisajes se nos aparecen como extraños cuerpos descoyuntados; como líricos monstruos con ansias de volar, a los que alguien les hubiera quemado las alas. Los pueblos que continúan en pie, en medio del cataclismo silencioso de sus paisajes, se consumen en el abandono. Son pueblos mermados. Pueblos vencidos que llagan con la polvareda derruida de sus adobes y de sus lares, la arqueología de unos trigos fosilizados, de unos barbechos en ruinas. Sus figuras –en mi opinión lo más interesante de la exposición– toman el sol o la muer te, asustándonos y enterneciéndonos con su vitalidad derrengada. Son cuerpos por los que crecen absortos paisajes iluminados. Rostros enardecidos por un atardecer o una pena roja. Cuerpos invadidos por unos campos –que alguien ha arrebatado a las cuatro estaciones y cuyos linderos se confunden– separados por una tierra de nadie. Rostros sin expresión que nos contagian su violenta expresividad. Cuer pos que, en algún instante, se visten con un aire despiadadamente barjoliano. A veces, la serenidad de las coloraciones –bien recortadas, agria y delicadamente ensambladas– inventan sorprendentes llanuras cadenciosas y fieras, para recubrir el esqueleto de un cuerpo. Tal ocurre en el viejo que reposa socarrón y poético, bajo el peso de una gorra azulada, en el cuadro número 18. Obra ésta que es como una antología de cuantos aciertos y calidades –una vez eliminados los errores– nos intrigan en su nueva manera de concebir y de hacer. La mano de este viejo, perfilada por unos trazos azulencos, es como una colina refugiándose en el cielo. Se encuentra Gaona en un momento de incertidumbre, estado que dice mucho en favor de un pintor. Despliega por las obras colgadas en Jacobo un torrente de ideas y de invenciones. Yo espero con interés y curiosidad el instante en que estas alucinaciones, estas improvisaciones sinceras, estos bocetos en agitación, tomen cuerpo definitivo; se afiancen, sin renunciar a su fresca impetuosidad, al acompasar se en unas texturas más meditadas, en unos empastes más sugerentes. Texturas y empastes, en los que Gaona es maestro, y que han de equilibrar, sin duda, la agitación de estos sus desplantes de ahora –ligeramente desconcertados y enfebrecidos– que sufren, que huyen y que tiemblan. Creo sinceramente que sus actuales creaciones no superan a las de sus anteriores etapas. Considero honradamente más per sonales y logradas muchas obras de anteriores épocas. Pero pienso que, al final de estas desarticulaciones, al final de estas búsquedas presurosas y atrevidas, el gran artista que es Gaona –probablemente uno de nuestros pintores más interesantes y completos en la actualidad– ha de alcanzar lienzos definitivos, apoyando su inspiración en los conocimientos que posee.

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ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Gaona y su desnudo. Costumbrismo en abstracción» El Norte de Castilla, diciembre de 1972

Murmuran o callan sin afán de dialogar –se agrupan impasibles ante un accidente que no vemos, curiosean, quizás, la tramoya de una construcción o de un derribo, permanecen viendo pasar con parsimonia la parsimonia del tiempo– estas figuraciones de Gabino Gaona. Figuraciones que ha colgado o reunido en corro dentro de la Sala Jacobo, para que nos cerquen, para que nos agobien cerrándonos cualquier salida. Gona ha dejado atrás esa su personal y sincera interpretación del paisaje castellano, en donde fue analizando o descubriendo amarillos y ocres inolvidables. Paisajes que, partiendo de un realismo bien podado, se fueron diluyendo a poco –desintegrando, perdiendo consistencia– hasta alcanzar una levedad áspera y sin delimitar de volúmenes y de espacios. Gaona ha dejado en el camino esos sus pueblos tajados, casi de alfarero, en donde ordenaba los tonos apoyándose en el entramado cubicado de las formas. Ha olvidado, en parte, la expresividad de esos otros paisajes, por donde las gamas gemían en amplios planos contrastados y encendidos, y, también, sus tipos castellanos, en cuyos rostros iba depositando las reminiscencias de muchos paisajes...Y hele aquí –tras la caótica rebelión de formas, tras la explosión y el desorden colorista de sus últimas exposiciones– adentrándose en unas figuraciones de raíz expresionista, por las que un cubismo sosegado ha dejado las últimas huellas de sus geometrías. Son figuraciones en las cuales los colores –conservando su viveza, yo diría que su ideología– empiezan a reposar. Los volúmenes, sin deshojarse de sus intranquilidades, se concentran, empiezan a reconstruir se. Las masas cromáticas se deforman, se contorsionan, gesticulan; pero, sin desbordar la contención de unos límites, más o menos escuetos, que las definen y las perfilan. Estos hombres y estas mujeres –sorprendidos o inventados en sus momentos de vulgaridad, en sus instantes de dejadez, en sus pobres horas soñadoras o ladinas– tienen borrosos los rostros. Y es que Gaona fundamenta toda la expresión de estas figuras en la gesticulación de sus coloridos fluctuantes y en agitación, en el corroído de las manchas, en la deformación de sus anatomías, bellamente apolilladas. Cada espacio de color lucha por infiltrar se en el espacio vecino. Y, a veces, lo consigue soterradamente. Sus pinceladas desflecadas, a medio recortar, se dilatan, tiemblan, no permanecen inmóviles. Y así –entre todas estas fuerzas, entre todas estas tensiones– sus figuras siguen tiritando, y asustándose. Cambian de postura, de pensamientos y de ademanes. Continúan, en definitiva, viviendo y desviviendo. Las formas dejan entre ellas –en algunas tablas, en algunos lienzos–, unos desnudos terrenos de nadie. Quizás para que los cuerpos y los gestos puedan seguir evolucionando. Y he aquí que los espacios de color –esos fondos quebrados, esos paisajes descompuestos, sobre los que se perfilan sus figuraciones– luchan por adquirir características, contornos y rictus, desoladamente humanos. Gaona –con sus colores, a veces intensos, siempre despiertos y alejados del tópico; con las simplificaciones de sus volúmenes; con sus ensamblajes intencionadamente carcomidos y desajustados– se acerca, pasando por el universo de Karl Schmidt. Rottluff, a la ordenación compositiva de Nicolás Stael. Las calidades, los conocimientos pictóricos, el sentido estético de Gaona, salen siempre a relucir cualquiera que sea el camino seguido: en cualquier búsqueda por él emprendido. En esta exposición veo con agrado que empieza a definir lo que en exposiciones anteriores fueron tan sólo tanteos, dudas experimentaciones. Hay una carga emocional, que intenta ser tratada con frialdad, pero que nos envuelve con todo su transfondo ardoroso, en estos últimos lienzos. Figuraciones desfigurándose, que arrojan fuera su mundo interior, o que atraen –hacia una figuración purificada– todo ese mundo interior, todos sus sentimientos desparramados o desorientados por la tela. Pero en el tratamiento de las superficies –intencionadamente precipitado, barrido, pelado, empobrecido–, echo de menos las calidades, las medidas asperezas, las delicias texturales, más que de su primera época, de su época intermedia. Creo que, con ese apoyo, con ese aliciente válido y puramente plástico, nada perderían la plasticidad, el desgarro, la carga de incertidumbre, el costumbrismo desnudo y en abstracción que triunfan con carácter definitivo en estas sus interesantes obras de ahora.

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MARÍA AURORA VILORIA «La esperanza del mar» El Norte de Castilla, 24 de noviembre de 2006

En muchos de los últimos cuadros de Gabino Gaona aparece el mar, como telón de fondo o compañero habitual, incluso de juegos, de las gentes que viven y se afanan junto a él. Y el espectador, a través de las pinceladas del artista, intuye que esa masa de agua significa mucho más que la imagen del lugar en el que se ha nacido o la vía de comunicación por la que llegan gestes y objetos, ideas o progreso. Y es que también simboliza una esperanza, la posibilidad de salir y de buscar otros mundos. El pintor vallisoletano ha titulado su exposición en la galería Samuel «Una mirada a Senegal», y eso es lo que ha hecho, ver, contemplar, dialogar, vivir con quienes habitan un trozo de tierra limitado por el mar. Ha cambiado así el artista unos paisajes por otros muy diferentes y unas gentes, las que conoce bien, por las de un país alejado en el espacio pero que él convierte en cercano y entrañable. Hace ya tiempo que Gaona viaja en busca de otros lugares en los que vive unos meses recopilando recuerdos que luego, ya en casa, convierte en pintura que expone cuando el invierno está a punto de llegar. Esta vez el lugar elegido ha sido Senegal y la experiencia –además del indiscutible resultado plástico que ha tenido– debe haber sido extraordinaria, a juzgar por la expresión del artista en la imagen que ilustra la tarjeta de presentación de la muestra. Además, el pintor, que hace una obra muy personal y perfectamente reconocible, atraviesa sin embargo distintas etapas que le van llevando de la figuración a la abstracción. Esta vez ha vuelto a ese expresionismo tan especial de largas pinceladas y acertadas composiciones que le permite trazar escenas con la sabia combinación de los colores. Esta vez lo que plasma es la vida cotidiana de un grupo de gentes que llegan con nitidez al espectador a pesar de carecer de rostros, sustituidos por trazos. Así, por estas 22 pinturas aparecen figuras que repiten gestos que hacen todos los días, como los chicos que juegan, corren o se pelean en una playa y entre los que destacan los que van subidos a una bicicleta, un objeto que parece ayudar a la hora de entablar conversación. Hay también mujeres que se ocupan de los niños, realizan los trabajos diarios o se reúnen con sus vecinas, mientras que otras llevan en la cabeza los cestos que les permiten trasladar con facilidad sus pertenencias de un lado al otro. La playa tiene un especial protagonismo como lugar de juegos o en el que descansan las familias, aunque otras veces es el escenario de gentes que van y vienen (…) Y aparecen también barcas de distintos tamaños y animales en estos cuadros de formatos medianos o grandes, hechos con mezclas de morados, naranjas, rosas, verdes y azules. FERNANDO ALTÉS BUSTELO «Vallisoletanos a contraluz: Fernando Santiago Santiago (pintor)» El Norte de Castilla, 20 de abril de 1969

Desde luego, uno mismo puede certificar que hace una docena de años el ambiente artístico de Valladolid andaba por caminos bastante dificultosos. Uno mismo recuerda que eran muy pocas al año las exposiciones de pintura y, cuando se abría una de ellas en el Palacio de Santa Cruz, la visita revestía caracteres de fausto acontecimiento para el espíritu sensible y ávido de arte, por decirlo así. Ahora, afortunadamente, uno apenas encuentra tiempo para visitar las exposiciones pero sobre todo, quienes disponen de él en abundancia, siempre tienen dónde elegir. Algo, mucho se ha ganado. No hace falta acudir a la estadística para darse cuenta. Claro que esto ha traído como consecuencia la diversificación, la inquietud y la competencia. Benditas sean. El día en que cada hombre pueda disponer de tres días enteros a la semana para dedicarlos a practicar un arte, o para meditarlo, el hombre no será quizá más feliz que ahora, pero habrá dado un buen paso en la superación de sí mismo. Hasta qué punto el hombre ese día habrá conseguido trabajar en lo que le gusta y abandonar la enajenación, o por el contrario se habrá recogido más y más en la parcela de su intimidad para entregarse a la vocación como pasatiempo, es algo que no podemos saber y que depende de la decisión que tome la actual juventud.

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En cualquier caso, nunca se valorará bastante el sacrificio, no tan obligado como voluntario, aunque ambas cosas en parte, de quienes han sabido tomar gallardamente la decisión de renunciar a su posible obra ambicionada en beneficio de los demás, de la aventura y del problemático futuro. Viene a cuento esto por la confesada postura de este pintor y escultor, Fernando Santiago, vallisoletano de Villafrechós, respecto a su arte y a su predominante afán por la vida y por las personas. FRANCISCO PABLOS «Los siete pintores de Valladolid: Fernando Santiago y León Escudero» El Faro de Vigo, 7 de noviembre de 1970

Fernando Santiago ofrece obra de carácter bastante uniforme y de dimensiones relativamente reducidas. Paisajes todos sus cuadros, un sentido muy rítmico de la composición los preside. Son formas idealizadas, muy esquematizadas, pero sin líneas rígidas, con una vibración en el trazo y un claro sentido del cromatismo, dentro de la sobriedad con que se produce el pintor, que dan intimidad y hasta ternura a esas aldeas elementales y solitarias, a esas sugerencias de construcciones, calientes a veces y las más ocres, tierras, grises. Con óleo sobre papel, la materia es rica y trabajada, añadiendo a un fondo neutro una nueva capa de color contrastante que permite texturas muy sugerentes. La capacidad de idealización, de transformación del paisaje llega a virtuosismos exquisitos en su insinuación en gama caliente, armonizando dos tonos con un color intermedio que es como una línea caprichosamente quebrada que incita los volúmenes sin concretarlos. FEDERICO WATTENBERG Catálogo de la exposición Acuarelas, celebrada en la Galería de Arte «Castilla» en 1962

Francisco Sabadell, acuarelista vallisoletano, se presenta, tras largo tiempo de maduración, en la Sala de Exposición Castilla. En la lírica pictórica del paisaje castellano se hace definidor de sus ambientes esenciales. Su visión personal del paisaje está matizada de calidades y sugerencias nuevas. En lo táctil nos lleva a la transmisión de la terrosidad del campo, con un sentimiento veraz y escueta limpieza. Sus mejores composiciones están trazadas con el dominio de una técnica abundosa de aguada, con resolución, con sinceridad, con sabio estudio de valores y una sobriedad jugosa. Un matiz personal de su pintura, que se aprecia en el conjunto de su obra, es la captación de una atmósfera pura en la que la incitación primordial está en su espacialidad, en el aire. Por eso en sus cuadros se respira un suave efecto de claridades salpicadas de pequeños contrastes que la técnica de la acuarela permite acentuar. A través de esa fácil comunicación de transparencias, en un lenguaje nítido, nos abre el sentido solitario del paisaje, que solamente en su propia madurez de expresión, ha logrado descubrir. Hay siempre en Sabadell un fondo de afectividad espontánea y natural hermanada a la técnica pictórica que emplea. En los fondos, aparentemente monótonos, produce a veces disonancias estéticas que valoran la riqueza expresiva de la aguada. Planos inmensos, difusión de tonos, sombras veladas en matices pródigos de sabor y variaciones definen las esencias castellanas. Una sensibilidad que nos lleva a la intimidad de lo natural. Este fondo doliente y afectuoso al mismo tiempo del paisaje está mantenido con una sencillez de expresión y con un equilibrio formal que hace que estimemos a Francisco Sabadell como el pintor que ha captado de modo más profundo las calidades del paisaje de Castilla. MARÍA TERESA ORTEGA COCA «Crítica de exposiciones: Sabadell en “Jacobo”» Diario Regional, 31 de marzo de 1971

Sabadell ha expuesto en «Jacobo» una serie de acuarelas. Sabadell es un excelente grabador, lo que quiere decir que es un excelente dibujante. Esto último se ve en estas acuarelas. En ellas lo primero que se observa es la gracia de la línea. Perseguir a la línea es algo que seduce, porque la línea dice de las ideas más que de las cosas.

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Sabadell une el trazo negro y enérgico del dibujo, de la línea, con el trazo blando y suave del pincel que aplaca el color en superficie. La línea en estas acuarelas subraya la arquitectura de sus formas y constituye también la gracia, la chispa cerebral que atrapa para que no se escapen las gasas transparentes de estas veladuras. Por eso estas acuarelas tienen fuerza, y son simples, fundamentales, nada blandengues, nada retóricas. En esta obra, el motivo es sencillo y reducido, los contrafuertes de una iglesia, unas tierras o unas fachadas de pueblo. Pero esto le basta a Sabadell para demostrar que el valor artístico es independiente del tema, de la anécdota y de las modalidades técnicas. –Pero ¿cómo diferenciar dónde hay arte y dónde no? –Personalmente creo que entre el arte y el no arte, la diferencia principal es de ritmo. El ritmo es lo que diferencia la marcha normal del baile. El ritmo diferencia la guapa, de la fea. El ritmo distingue un dibujo bueno, de un garabato o de un borrón. Para crear ritmos, ar tísticos hay que tener voluntad de crearlos, pero también aptitudes con las que al parecer se nace. Me han gustado las líneas en estas acuarelas de Sabadell. Algunas más que otras, por eso que dije del ritmo. En estas acuarelas predomina la recta, que es la, línea de la razón por excelencia, y que cuando además es vertical se dice que es la línea del escepticismo.Y hay verticales, en estos campos, las aristas de las fachadas y hasta en la firma del artista. La línea recta es la línea de la polémica porque no retrocede, siempre tiene razón, la curva en cambio vuelve al punto de partida, «da su brazo a torcer». Pero Sabadell también traza líneas que vuelven, y que se contorsionan con gracia sobre un tejado, atrapando un rayo de luz. La luz en los cuadros de Sabadell, vale para señalar un volumen, el escorzo de un contrafuerte, de una chimenea o el saliente de un escalón. Es esta una luz cerebral que estructura. Pero también la luz de estas obras puede sugerir una sensación y de misterio, como la de esas chimeneas de casas con tejado agudo como nórdicas a las que bordea un halo de sombra. Estos halos de sombra, que Sabadell distribuye con acierto, unido al gris de la tonalidad dominante y a veces a la quiebra convulsiva de las líneas verticales de la arquitectura, como sucede en un cuadro que representa el exterior de una iglesia, produce una sensación inquietante, similar en cierta forma a un cuento de miedo, a una narración de terror en una noche de insomnio. ANTONIO CORRAL CASTANEDO «Cuadros de una exposición: Sabadell, en el “Arcón” de Simancas» El Norte de Castilla, 25 de mayo de 1972

Sí, ya sé que Paco Sabadell se fue. Ya sé que hace tan sólo unos meses grabó para todos con vitalidad su muerte; o se la grabó el tiempo mordiéndose en sus escepticismos –en sus ironías, en su extraña ternura desgarrada–, con desesperación y saña de aguafuerte. Pero la otra tarde –en la que mayeaban las distancias, entre unas claridades por las que evolucionaban los azules y los rosas de Picasso; en medio de una serenidad aturdida por el graznido de las tierras y en la que algunos vencejos se perfilaban como veletas forjadas, veletas enloquecidas por un viento inexistente, por un aura tristeando en la solanera–, me esperaba Francisco Sabadell en una callecita de Simancas. En ese pueblo en donde el castillo renuncia a su furor guerrero, con aire confiado. Para adoptar un ademán de viejo trovador, al sentirse bien protegido por el foso con ansias comuneras del Pisuerga, velado por unos horizontes en donde los chopos caminan en formación para hacer el relevo de la guardia. Y en «Arcón» –el viejo caserón resucitado, reconquistado para las aventuras del Arte por Fernando Santiago a golpe de sensibilidad o de ballesta– reencontré a Paco Sabadell: más vivo que nunca, más terriblemente muerto que nunca. Acompañado por la presencia y por la soledad de la ausencia –dialogando con él, escuchándonos nuestros mutuos silencios, siguiendo la trayectoria de su quehacer y de sus pisadas– he recorrido el interior de esta casona. En las estancias resonaban sus creaciones, golpeando y acariciando los muros con sus ecos. Un eco que –pese al desprecio que, al parecer, sentía Sabadell por la posteridad– seguirá resonando y multiplicándose de forma inexorable.

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Acuarelas en las que un pesimismo gris se remansa en sutilezas, aprisionando entre sus gamas –ya cansadas y de vuelta de todo– el presentimiento de tantos aguaceros como tendrían que caer sobre su ciudad, ya sin él; sobre su cuerpo, ya sin la ciudad asomándose a sus ojos. Acuarelas de un París comprendido y paladeado, en donde las grisuras se adelgazan entre un optimismo de proyectos y de iluminaciones... Y ese su descubrir y dignificar la vulgaridad, enmohecida v trascendente, de unos bodegones de taberna. Peces rojos o verde-azulados, una frasca de vino peleón, una hogaza que tienen, en sus frescos cromatismos, las melancólicas formas de unas manchas de humedad –bella humedad– intentándose a sí mismas contra unos muros sórdidos. Interiores pobres y sorprendidos en su intimidad; insinuados con fuerza y conmiseración, utilizando unas tintas sombrías.Y en donde los objetos adquieren una dignidad fatalista que les redime y les salva del naufragio: una mesa lavada de cocina, una palanganera, unas paredes desconchadas, el embrujo venido a menos de una escoba. Sátiras ingenuamente grotescas en las que –pese al tratamiento o el enfoque de su temática, discutible y dudosa– se descubre con claridad al buen dibujante, al irónico y descarnado inventor de colores y de formas, o caricaturas de formas, que Sabadell fue. Sátiras esperpénticas y quevedescas de las que Sabadell –desde unos retratos en los que Beltrán extrae de él todos sus contrasentidos, sus amarguras y sus sentimientos dedicados y ariscos– parece reírse sorprendido y desconcer tado. Y, junto a ellos, sus aguafuer tes, sus grabados –Sabadell fue sin duda, por encima de todo, un excelente grabador–. De ello son una muestra los castillos o esas escenas de entierros, en las que desmenuza seriamente el carnaval y la teatralidad de la muer te. En uno de los grabados –trazado con primor de buen facedor de oficio de artesano entusiasmado con su arte– reproduce Sabadell estas frases: «No es el espacio lo que importa, sino la proporción y la armonía de las formas. Un pequeño jardín bien distribuido nos puede decir mucho más que uno grande, trazado sin sentimiento». Y, así veo yo la obra de Paco Sabadell: como pequeños jardines en los que el sentimiento trepa y se enrosca, a la manera de una yedra exacta. Vibran sus sentimientos entre estas estancias de «Arcón» y se escapan, por las rejas de una ventana, por la atalaya curiosa de un ventanuco, coloreando el retrepar de las calles, la soledad silenciosa y expectante de Simancas. Sus sentimientos contagian al pueblo y contagian a la tarde.Y por ello, mientras me alejaba de Simancas, el castillo iba matizando sus perfiles y sus trazos, sus siluetas y sus volúmenes.Y me pareció ver, al pie de la fortaleza, la firma de Francisco Sabadell –terriblemente vivo, terriblemente muerto– aleteando como un bando de vencejos emocionados. MARÍA AURORA VILORIA «La Diputación dedica una exposición antológica al pintor Francisco Sabadell» El Norte de Castilla, 7 de octubre de 1992

Con una exposición antológica y la edición de un libro que lleva textos de Justo Alejo, recopilados por Blas Pajarero, la Diputación Provincial rinde homenaje al pintor vallisoletano Francisco Sabadell, fallecido en 1971. A comienzos de la década de los setenta, tras la muerte de Francisco Sabadell, el grupo de gentes que se movía alrededor de la librería Relieve, con Justo Alejo como principal impulsor, se propuso hacer unos «Pliegos de cordel» en recuerdo del pintor. La idea no cuajó, y tampoco el proyecto de varios pintores de hacer una carpeta homenaje al artista fallecido. Fue en el verano de 1991 cuando Pablo Rodríguez (Blas Pajarero), a los doce años de la muerte de Justo y a los veinte de la de Sabadell se propuso hacer vivir de nuevo los «Pliegos», desempolvó los escritos de Alejo y decidió acompañar los con reproducciones de la obra del artista. Su muerte le ha impedido ver el proyecto realizado, que ha completado Ramón Torío, por lo que el libro homenaje sirve también de recuerdo al autor de los textos y al recopilador, del que incluye algunos dibujos. El libro incluye un reciente poema de Francisco Pino, titulado «Paco Sabadell sin nómina», escrito como homenaje al pintor. El libro, editado por la Diputación Provincial, fue presentado ayer en el acto inaugural de la exposición antológica «Francisco Sabadell 1922-1971» abierta en el Palacio Pimentel.

Antología de textos críticos

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La exposición, coordinada por Guillermina Sabadell, reúne obras de la colección particular de la familia del pintor, fechadas entre 1948 y 1971. Acuarelas, aguatintas, dibujos, xilografías y aguafuertes para la carpeta de castillos de Castilla. Paisajes, rincones urbanos, desnudos, bodegones, con los que se ha pretendido reflejar «el espíritu del artista». El catálogo de la exposición está prologado por el académico de la Lengua Emilio Alarcos Llorach, gran amigo de Sabadell, quien no pudo estar ayer en Valladolid para hacer la presentación. Lo hizo Antonio Piedra –que fue quien ofreció a la Diputación la maqueta del libro que había ultimado Pablo Rodríguez–, en un acto al que asistieron muchos de los pintores que, como Félix Cuadrado Lomas o Fernando de Santiago, fueron amigos de Paco Sabadell; el escritor Miguel Delibes y una amplia representación de la vida cultural de la ciudad. Piedra recordó los comentarios que Vicente Aleixandre y Jorge Guillén dedicaron a la obra del pintor, en la que afirmó «prevalece la vida y el hombre en su vitalidad». En la exposición, inaugurada por Luis Alonso Laguna, diputado del área de Cultura, es posible captar esa sencillez, «en mágica serenidad silenciosa» que encuentra Emilio Alarcos en los bodegones de Sabadell. Su maestría para enfrentarse al paisaje, su lirismo y el humor, «como trasunto de su actitud crítica ante la vida», rasgos de su personalidad que el pintor aplicó a temas objetivos diferentes. ANTONIO PIEDRA «Paco Sabadell en nómina» El Norte de Castilla, 9 de octubre de 1992

Del 6 al 30 de octubre la obra pictórica de Francisco Sabadell tendrá, por primera vez, audiencia en la sala de exposiciones que la Diputación Provincial de Valladolid tiene en el Palacio Pimentel. Muerto el pintor vallisoletano a principios de noviembre de 1971, esta exposición antológica confirma aquello que decía Heráclito: que «el tiempo es un niño». Y tanto porque, después de veinte años, Paco Sabadell aparece como un pintor de absoluta novedad que se desmarca de todo ese conjunto de apariencias en donde se ha instalado una parte notabilísima del arte de nuestros días: éxito, dinero, producción indiscriminada, efemeridad envolvente y espiritualidad nula. El tiempo y la pintura de Sabadell, incorruptibles, desdicen esa fórmula tan fácil para apuntar en una dirección única y en un personalísimo sentido en el que, sin andamiajes sublimes, recae el quid del arte: en eso que desmaterializa el tiempo y convierte al artista en un amasijo de fuerzas excluyentes y en una originalidad triunfante. Quien durante estos días del mes de octubre tenga el gusto de acercar se al Palacio Pimentel podrá comprobar, con una facilidad pasmosa y por sí mismo –y no con el rollo literario que asola esta zarandaja–, que todo cuanto digo es demostrable. Es más, evidenciará que cuanto pueda decir de aquí en adelante carece de valor referencial –es una banalidad, quiero decir– porque en cada uno de esos cuadros hay un hervidero de vida tan sistemático que lo mejor que puede hacer uno es callarse y ver qué pasa con esas flores o esos castillos anclados en un foso de permanente energía. Quizá tenga razón Ramón Torío en la breve introducción que hace al libro homenaje y que acompaña a la exposición antológica, cuando añade un cierto valor determinante a este tipo de manifestaciones artísticas cuando se realizan dentro del marco de una institución pública. Yo no lo sé porque estoy dentro del ajo. En cualquier caso, la Diputación está caracterizándose por un exquisito equilibrio en el que Concha Gay, como artista que es, sólo atiende a dos limitaciones: a la que marca la ambición y voluntad de los interesados, y a esa otra ramplona que limitan los exiguos dineros con los que cuenta. En el caso concreto de Paco Sabadell, la Diputación ha hecho exactamente lo que tenía que hacer: contribuir al conocimiento del legado de un artista desconocido que, como dice Paco Pino en un tremendo poema, no está en nómina, pero que encarnó una visión específica y generacional en el mundo de la pintura y del grabado en Valladolid.

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FÉLIX CUADRADO LOMAS VALLADOLID, 4 DE DICIEMBRE DE 1930


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EXPOSICIONES INDIVIDUALES 1957 Valladolid, Casa de Galicia. 1957 Valladolid, Ayuntamiento. 1957 23 óleos. Retrato, bodegón, paisaje, composición. Palencia, Oficina de Información y Turismo. 1959 Cuadrado Lomas. Óleos y dibujos. Valladolid, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. 1960 Valladolid, Colegio de Santa Cruz 1960 Dibujos y ceras. Valladolid, Colegio de Santa Cruz. 1961 Valladolid, Colegio de Santa Cruz. 1962 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1962-1963 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1964 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1965 (junio) Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1965 (noviembre) Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1966 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1967 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1968 (febrero) Dibujos del libro «Retazos de Torozos». Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 (marzo) Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1969 Dibujos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1970 Palomares y barcas. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1971 (marzo) Exposición de pinturas. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1971 (noviembre) Exposición de grabados. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1973 24 óleos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1973 Dibujos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1975 Carnes, huesos y despojos. Simancas, Galería Arcón A-7. 1977 Temas populares. Acuarelas. Valladolid, Galería Carmen Durango. 1977 Óleos. Valladolid, Galería Carmen Durango 1982 Exposición antológica 1956-1981. Valladolid, Museo de la Pasión. 1983 Tierras, mulas, palomares y desnudos. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1984 Pinturas y grabados. Zamora, Caja de Ahorros Provincial de Zamora. 1985 Pinturas. Palencia, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Palencia. 1987-1988 30 pinturas 30 (óleo–temple–acuarela). Posturas, gestos y ademanes de los toreros en la plaza. Valladolid, Sala de las Francesas.

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1989 Las estaciones en el paisaje de por aquí. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1990 Paisajes y toreros. Palencia, Caja España. 1992 Miscelánea. Valladolid, Sala Alonso Berruguete. 1993 Pinturas. Itinerante (Caja de Salamanca y Soria): Valladolid, Palencia, Medina del Campo y Zamora. 1993 Exposición de pinturas caprichosas. Valladolid, Sala Alonso Berruguete. 1994 Tudela de Duero, Ermita del Humilladero. 1994 La Cistérniga, Ayuntamiento. 1996 Zamora, Galería «Martín Brezmes». 1999 Tierras construidas. Itinerante (Caja España): Palencia, Valladolid, Zamora y León. 2000 Pinturas: mulas, toros y toreros. Valladolid, Galería «Rafael». 2003 Valladolid, Monasterio de Ntra. Sra. de Prado. 2003 Itinerante (promovida por la Junta de Castilla y León): Palencia, Burgos, Peñaranda de Duero, Zamora, Soria y Segovia. 2003-2004 Valladolid, Galería «Rafael». 2003-2004 Del papel al lienzo. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2005 Carpeta de grabados 2005. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2006 Retrospectiva 1956-2001. Virtual, http://www.valladolidwebmusical.net

2009 Valladolid, Galería «Rafael». 2010 Exposición-homenaje a Félix Cuadrado Lomas. La Cistérniga, Casa de Cultura. 2010 Cuadrado Lomas. Un recorrido por su pintura. Valladolid, Colegio Ntra. Sra. de Lourdes. EXPOSICIONES COLECTIVAS 1960 Exposición Cuadrado Lomas-Gaona. León, Diputación. 1960 Exposición de pintura. Antiguos y actuales alumnos. Valladolid, Colegio San José. 1963 Cubillas de Santa Marta. 1964 Pintores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1967 Dibujos y grabados. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo».


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1968 Salamanca, Ateneo. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera. 1969 Exposición pre-conmemorativa. Año Internacional de la Educación. UNESCO. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos. 1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 Retablo 1971. Medina de Rioseco. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1973 1 escultor y 6 pintores de Valladolid vuelven a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1978 Homenaje a César Vallejo. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1979 8 Pintores vallisoletanos. Inauguración de la Sala de Cultura de la Casa de Valladolid. Madrid, Casa de Valladolid. 1981 Exposición de vallisoletanos. Homenaje a Picasso. Valladolid, Ayuntamiento. 1982 III Bienal Iberoamericana de Arte. México D. F. 1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. 1982 Homenaje de pintores de Valladolid a Jorge Guillén. Valladolid, Museo de la Pasión. 1982-1983 I Exposición Regional de Artistas Plásticos. Itinerante: Burgos, Palencia, Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia y Soria. 1983 Pintura de hoy. Siete pintores figurativos vallisoletanos. Itinerante (Caja de Ahorros Provincial de Valladolid): Valladolid, Peñafiel, Pedrajas de San Esteban, Portillo, Matapozuelos, Medina del Campo, Nava del Rey, Villalón de Campos, Medina de Rioseco, Tiedra, Cigales, Valoria la Buena, Laguna de Duero, Tudela de Duero. 1986 Homenaje a Castilla. Madrid, Sala de Exposiciones del BBV. 1988 Nueve pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores. Valladolid, Sala de las Francesas.

1989 Pintores castellanos del siglo XX. Valladolid, Colegio Ntra. Sra. de Lourdes. 1989 Óleos y dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1989 À la decouverte de Valladolid. Lille (Francia), Salle du Conclave du Palais Rihour. 1989 XXV Aniversario de la Galería Castilla. Pintores y escultores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1990 Primavera 90. Arte Contemporáneo. Palencia. Claustro de la Catedral. 1990 Pintores frente al toro. Valladolid, Casino de Castilla y León. 1990 Obra del siglo XX. De los fondos pictóricos de la Diputación Provincial. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. 1991 Pintores de Castilla y León frente a un tema común: el toro. Itinerante: León, Sala Pallarés, y Toulouse (Francia), Beaux-Arts. 1992 Paisaje castellano. Valladolid, Colegio Ntra. Sra. de Lourdes. 1992 Pintores y escultores contemporáneos de Castilla y León. Sevilla, Salas del Arenal. Exposición Universal. 1993-1994 Las Edades del Hombre: el contrapunto y su morada. Salamanca, Catedral 1994 El Duero que nos une: Arte Contemporáneo Portugués y Castellano-Leonés. Oporto (Portugal). 1995 Exposición de artistas vallisoletanos: Centenario de la Estación de Valladolid. Valladolid, Estación Campo Grande. 1995 I Muestra de galerías de arte. Palencia, Fundación Díaz-Caneja. 1996 Artecampos: proyecto europeo. Medina de Rioseco (Valladolid), Iglesia de Santiago. 1996 Fondos artísticos de la Diputación de Valladolid. Siglos XIX-XX. Madrid, Círculo de Bellas Artes. 1996-1997 II Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1996. Valladolid, Estación Campo Grande. 1997-1998 III Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1997. Valladolid, Estación Campo Grande. 1998 El vino: pintura y escultura. Valladolid, Estación Campo Grande. 1998-1999 1998 Navidad 1999. Valladolid, Estación Campo Grande. 1999-2000 1999 Navidad 2000. Valladolid, Estación Campo Grande. 2001 Homenaje a Eliseo Simón. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel.

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2001 Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2001-2002 Gráfica 2001 en Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2002 Tradición y futuro. La Universidad de Valladolid a través de nueve siglos. Valladolid, Sala de las Francesas. 2002 Paisajes intergeneracionales. Roma (Italia), Academia de España. 2003 8 Artistas en Valladolid y Oporto. Itinerante: Valladolid, Galería de Arte «Samuel», y Oporto (Portugal), EXPONOR. 2003 «ARTESANTANDER», XII Feria Internacional de Arte Contemporáneo (Galería de Arte «Samuel»). Santander. 2004 «ARCALE», VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Salamanca, Palacio de Congresos y Exposiciones. 2004 Panorama pictórico siglos XX-XXI, ayer, hoy y mañana. Arévalo, Iglesia de San Miguel. 2004-2005 Obra pictórica. Pequeño formato. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2004-2005 Dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2005 Maestros del dibujo. Valladolid, Galería «Rafael». 2005 Homenaje al pintor Ángel Cuesta. Palencia, Centro Cultural Provincial. 2005 De 1985 a 2005. Valladolid, Galería «Rafael». 2005-2006. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 25 estampas. Itinerante: Colonia, Universidad, Hannover, Consulado de España y Frankfurt, Consulado General de la República de Venezuela. 2006 «ARCALE», IX Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras. 2007 «ARCALE», X Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras. 2007 Paisaje y color en la pintura. Valladolid, Colegio Ntra. Sra. de Lourdes. PREMIOS 1965 Primer Premio en el Concurso Nacional de Pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.

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2002 Premio «Piñón de Oro» de la Casa de Valladolid en Madrid. 2003 Premio «Racimo» de Pintura del Ayuntamiento de Serrada. 2004 Premio «Espárrago» del Ayuntamiento de Tudela de Duero. 2008 Premio «Provincia de Valladolid» a la Trayectoria Artística de la Diputación Provincial de Valladolid. EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1963 Mulas, libro con ocho xilografías originales de Félix Cuadrado Lomas con textos de Justo Alejo, prólogo de José María Páez y colofón de Blas Pajarero [reproducido en CUADRADO LOMAS, Félix: Mulas–Flores–Palomares–Desnudos– ierras, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2003]. 1978 Homenaje a César Vallejo, serie de doce serigrafías originales de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. 1979 Flores, libro con ocho grabados sobre plancha de linóleo originales de Félix Cuadrado Lomas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Jorge Guillén y Francisco Pino, prólogo de Blas Pajarero y colofón de Félix Cuadrado Lomas [reproducido en CUADRADO LOMAS, Félix: Mulas–Flores–Palomares–Desnudos – Tierras, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2003]. 1980 Palomares, libro con ocho grabados sobre plancha de linóleo originales de Félix Cuadrado Lomas con textos de Santiago Amón y Blas Pajarero, prólogo de Emilio Alarcos, epílogo de Ramón Torío y colofón de Félix Cuadrado Lomas [reproducido en CUADRADO LOMAS, Félix: Mulas–Flores–Palomares–Desnudos–Tierras, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2003]. 1981 Desnudos, libro con ocho grabados sobre plancha de linóleo originales de Félix Cuadrado Lomas con textos de Francisco Pino, prólogo de Emilio Salcedo, epílogo de Fernando Zamora y colofón de Félix Cuadrado Lomas [reproducido en CUADRADO LOMAS, Félix:


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Mulas–Flores–Palomares–Desnudos– Tierras, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2003]. Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora. Linderones, serie de ocho grabados sobre plancha de cartón originales de Félix Cuadrado Lomas con entradilla de Ramón Torío. Tierras, libro con ocho grabados sobre plancha de linóleo originales de Félix Cuadrado Lomas con textos de Claudio Rodríguez, Marcelino García Velasco, Miguel Casado y Ramón Torío, prólogo de Santiago de los Mozos, epílogo de César Alonso de los Ríos y colofón de Félix Cuadrado Lomas [reproducido en CUADRADO LOMAS, Félix: Mulas–Flores–Palomares–Desnudos– Tierras, Diputación Provincial de Valladolid, Valladolid, 2003]. Ocho pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores, serie de ocho serigrafías originales de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. 6 serigrafías, serie de seis serigrafías originales de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, libro editado por la Diputación Provincial de Valladolid con aguafuerte original de Félix Cuadrado Lomas y con grabados en distintas técnicas de otros artistas sobre la novela de Miguel de Cervantes.

ILUSTRACIONES VV.AA.: Arenales (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1960; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. REGIDOR, Máximo: El pan muerto, Editorial Biz, Madrid, 1962; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. ZAMORA, Fernando y ALEJO, Justo: Allá mundial poema, s. e., Valladolid, 1963; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas.

ARES TORRES, Pablo: Brasas y cenizas, Imprenta Americana, Valladolid, 1964; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. BARRIGÓN VÁZQUEZ, Enrique: Desde el ayer a ti, ed. del autor, Valladolid, 1967; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. HIKMET, Nazim: Pliegos de cordel valisoletanos, Pablo Rodríguez Martín, Valladolid, 1967; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. REGIDOR, Máximo: No tenemos sitio para caminar, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid y Editorial Gerper, Valladolid y Madrid, 1967; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. PAJARERO, Blas: Retazos de Torozos, ed. del autor, Valladolid, 1968; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. REGIDOR, Máximo: No dejarse morir, s. e., Valladolid, 1968; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. ARES TORRES, Pablo: Raíces que vuelan, Imprenta Americana, Valladolid, 1969; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. MONTENEGRO, Pablo: Cancionero de «mi» calle, ed. del autor, Valladolid, 1969; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. GAVILÁN, Enrique: Valladolid, tierras de pan y vino, Editora Nacional, Madrid, 1971; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. ALONSO VALDEOLMILLOS, Alejandro: Pliegos de cordel valisoletanos, ed. del autor, Valladolid, 1973; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. ALEJO, Justo: Separata de lo mismo, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. LAZAREVICH, Laza K.: Por la patria (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1974; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. ALEJO, Justo: Poesías (Pliegos de cordel sayagueses), Aceña Cultural, Valladolid, 1979; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. PEÑALOSA, Alfonso de: Poesías (Pliegos de cordel zamoranos), Aceña Cultural, Zamora, 1979; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas.

Documentación

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SARDÁ MARTÍN, Ignacio: Poesías (Pliegos de cordel alistanos), Aceña Cultural, Zamora, 1979; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. ALEJO, Justo: El aroma del viento, Editorial Ayuso, Madrid, 1980; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. CONDE CHINÉ, Abelardo: Sonata milenaria, ed. del autor, Zaragoza, 1980; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. GALLEGO, José Luis: Poesías (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1980; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. CONDE CHINÉ, Abelardo: Aire de anochecer, ed. del autor, Valladolid, 1981; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. VV.AA.: Algunos versos a Pablo Ruiz Picasso (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve y Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. VV.AA.: Antología sin título (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1983; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés

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Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel simanquinos a Rosalía de Castro, Asociación Cultural Sietemancas, Valladolid, 1985; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. The Radio: álbum de kromos, KOKA (Colectivo de Comunicación Alternativa), Valladolid, 1986; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. Fragmentos de la contemplación, Valladolid, 1988; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas con textos de Rosa Chacel. MORENO DEL TORO, José Luis: Del agua y los signos, Taller Experimental de Gráfica de La Habana, La Habana, 1991; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. ARES TORRES, Pablo: El cierzo brama en los páramos, s. e., Valladolid, 1992; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas. VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura, Valladolid, 1993; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas y otros artistas. ZORRILLA, Miguel Ángel: De tierras y de campos, Eguzki Argitaldaria, Bilbao, 2006; ilustraciones de Félix Cuadrado Lomas.


Fotografía: Nacho Carretero

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JORGE VIDAL VALPARAÍSO, 7 DE ABRIL DE 1943 VALLADOLID, 11 DE FEBRERO DE 2006


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EXPOSICIONES INDIVIDUALES

EXPOSICIONES COLECTIVAS

1967 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1969 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1970 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1970 Albufeira (Portugal), Galería «Escadá». 1971 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1975 Simancas, Galería Arcón A-7. 1976 León, Sala Provincial. 1977 Valladolid, Galería Carmen Durango. 1977 Zaragoza, Galería «Atenas». 1979 Madrid, Galería Kreisler Dos. 1979 (febrero) Valladolid, Galería Carmen Durango. 1979 (noviembre) Valladolid, Galería Carmen Durango. 1981 Madrid, Galería Kreisler Dos. 1981 Valladolid, Galería Carmen Durango. 1983 Zamora, Casa de Cultura. 1983 Valladolid, Novostil. 1983 Valladolid, Galería «Grisalla». 1984 Avilés, Casa Municipal de Cultura. 1985 Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1986 Simancas, La Casa Vieja. 1986 Salamanca, Galería «Varrón» 1987 Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1988 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1989 Valladolid, Galería de Arte «Orón». 1990-1991 Valladolid, Galería Ana Blanco. 1994-1995 Valladolid, Sala de las Francesas. 1996 Valladolid, J&C Art Gallery. 1999 Valladolid, Galería de Arte «Orón». 1999 Valladolid, Café Minotauro. 2001 Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2004 Jardín de invierno. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. 2005 Valladolid, Monasterio de Ntra. Sra. de Prado. 2006 Itinerante (promovida por la Junta de Castilla y León): León, Delegación Territorial de la Junta de Castilla y León, Salamanca, Casa de las Conchas, Ávila, Monasterio de Sta. Ana, Soria, Palacio de la Audiencia; Burgos, Museo de Burgos, El Burgo de Osma, Centro Cultural San Agustín, Segovia, Iglesia de San Juan de los Caballeros, y Palencia, Museo de Palencia.

1965 Valparaíso (Chile), Salón de Otoño. 1966 Valparaíso (Chile), Alliance Française. 1967 Dibujos y grabados. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Salamanca, Ateneo. 1968 I Bienal de Pintura. Bilbao. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera. 1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos. 1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 V Premio de Pintura «Círculo 2». Madrid. 1972 Dijon (Francia), Groupe AERA (Musée de Dijon). 1972 Lyon (Francia), Groupe CEREC. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1973 Cuatro jóvenes pintores. Ginebra (Suiza), Galerie Cour Saint-Pierre. 1973 1 escultor y 6 pintores de Valladolid vuelven a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1974 Ginebra (Suiza), Centre Genevois de Gravure Contemporaine. 1976 I Bienal Nacional de Arte «Ciudad de Oviedo». Oviedo, Palacio de Velarde. 1977 El grabado. Valladolid, Galería Carmen Durango. 1978 Doce desde la abstracción. Valladolid, Galería Carmen Durango. 1978 II Bienal de Pintura Contemporánea de Barcelona. Barcelona, Palacio de la Virreina. 1979 Madrid, Galería Kreisler Dos. 1980 Premio Valladolid de Pintura. Valladolid, Sala de las Francesas. 1981 Superficie, forma y color. Itinerante: Madrid, Galería Kreisler Dos, y Valladolid, Galería Carmen Durango. 1981 VI Bienal de Pintura «Ciudad de Zamora». Zamora.

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1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. 1982 Pintura, escultura y fotografía: arte y deporte. Valladolid, Fundación Municipal de Deportes. 1982-1983 I Exposición Regional de Artistas Plásticos. Itinerante: Burgos, Palencia, Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia y Soria. 1983 Pintura de hoy. Siete pintores figurativos vallisoletanos. Itinerante (Caja de Ahorros Provincial de Valladolid): Valladolid, Peñafiel, Pedrajas de San Esteban, Portillo, Matapozuelos, Medina del Campo, Nava del Rey, Villalón de Campos, Medina de Rioseco, Tiedra, Cigales, Valoria la Buena, Laguna de Duero, Tudela de Duero. 1983 Artistas solidarios. Valladolid, Galería Lorenzo Colomo. 1984 Pintura de hoy. Ocho pintores, diversas tendencias. Avilés, Sala La Felguera. 1984 V Concurso Nacional de Pintura y I Concurso Nacional de Grabado «Ciudad de Burgos». Burgos. 1985 Cinc Bienals. Barcelona, Caixa de Barcelona. 1986 Madrid, Galería Kreisler Dos. 1988 IX Bienal de Pintura «Ciudad de Zamora». Zamora. 1988 Nueve pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores. Valladolid, Sala de las Francesas. 1989 IV Bienal Nacional de Arte «Ciudad de Oviedo». Oviedo, Museo de Bellas Artes. 1989 Pintores castellanos del siglo XX. Valladolid, Colegio Ntra. Sra. de Lourdes. 1989 À la decouverte de Valladolid. Lille (Francia), Salle du Conclave du Palais Rihour. 1989 XXV Aniversario de la Galería Castilla. Pintores y escultores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1990 Pintores frente al toro. Valladolid, Casino de Castilla y León. 1991 Homenaje a Cuba. Valladolid, Casa Revilla 1991 Derechos humanos ya (Amnistía Internacional). Valladolid, Sala de las Francesas. 1991 Pintores de Castilla y León frente a un tema común: el toro. Itinerante: León, Sala Pallarés, y Toulouse (Francia), Beaux-Arts. 1994 El Duero que nos une: Arte Contemporáneo Portugués y Castellano-Leonés. Oporto (Portugal).

1996 Fondos artísticos de la Diputación de Valladolid. Siglos XIX-XX. Madrid, Círculo de Bellas Artes. 1996-1997 II Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1996. Valladolid, Estación Campo Grande. 1997-1998 Distinto y junto. Periplos de Arte Contemporáneo de Valladolid. Itinerante: Santillana del Mar, Murcia, Palma, Pamplona y Cádiz. 1997-1998 III Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1997. Valladolid, Estación Campo Grande. 1998 1898-Castilla y León-1998. Valladolid, Monasterio de Ntra. Sra. de Prado. 1998-1999 1998 Navidad 1999. Valladolid, Estación Campo Grande. 2000 Pintura en Valladolid 2000. Itinerante (Caja Duero): Valladolid y Palencia. 2001 Homenaje a Eliseo Simón. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. 2001 Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2001-2002 Gráfica 2001 en Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2002 Tradición y futuro. La Universidad de Valladolid a través de nueve siglos. Valladolid, Sala de las Francesas. 2003 8 Artistas en Valladolid y Oporto. Itinerante: Valladolid, Galería de Arte «Samuel», y Oporto (Portugal), EXPONOR. 2004 «ARCALE», VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Salamanca, Palacio de Congresos y Exposiciones. 2004 Transiciones. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2004-2005 Obra pictórica. Pequeño formato. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2004-2005 Dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2005-2006 El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 25 estampas. Itinerante: Colonia, Universidad, Hannover, Consulado de España y Frankfurt, Consulado General de la República de Venezuela. 2006 «ARCALE», IX Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras.

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PREMIOS

ILUSTRACIONES

1978 Primer Premio en la II Bienal de Pintura Contemporánea de Barcelona. 1980 Primer Premio en el Concurso Nacional de Pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1981 Primer Premio en la VI Bienal de Pintura «Ciudad de Zamora». 1989 Segundo Premio Horacio Butler en el Concurso de Pintura de la Fundación Konex y del Fondo Nacional de las Artes.

VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas. CONDE CHINÉ, Abelardo: Aire de anochecer, ed. del autor, Valladolid, 1981; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas. El Norte de Castilla, 6 de septiembre de 1986 (suplemento sobre Miguel Delibes). The Radio: álbum de kromos, KOKA (Colectivo de Comunicación Alternativa), Valladolid, 1986; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas. Fragmentos de la contemplación, Valladolid, 1988; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas con textos de Rosa Chacel. Gran Reserva. Revista del Buen Vivir, Madrid, noviembre de 1990. VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura, Valladolid, 1993; ilustraciones de Jorge Vidal y otros artistas. Noire et blanche, núm. 8, Charleroi, diciembre de 1996.

EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1977 Adivinatorio, serie de cinco aguafuertes originales. 1984 Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de Jorge Vidal y otros artistas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora. 1988 Ocho pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores, serie de ocho serigrafías originales de Jorge Vidal y otros artistas. 2001 6 serigrafías, serie de seis serigrafías originales de Jorge Vidal y otros artistas. 2005 El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, libro editado por la Diputación Provincial de Valladolid con aguafuerte original de Jorge Vidal y con grabados en distintas técnicas de otros artistas sobre la novela de Miguel de Cervantes.

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Fotografía: Nacho Carretero

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DOMINGO CRIADO TUDELA DE DUERO, 15 DE NOVIEMBRE DE 1935 VALLADOLID, 3 DE FEBRERO DE 2007

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Grupo Simancas: paisaje – color – expresión

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EXPOSICIONES INDIVIDUALES 1967 1968 1969 1970 1972 1973 1976 1977 1979 1980 1983 1984 1985 1986 1992 1992 1993 1993 1995 1996 1996 1996 1997 1997 1999 2000 2002 2004

Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Óleos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Dibujos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. Valladolid, Novostil. Paisajes. Valladolid, Banco de Bilbao. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. Barcas. Valladolid, Galería «Grisalla». Desnudos. Valladolid, Galería «Grisalla». Itinerante: Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, y Castilla y León. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. Collages. Madrid, Hotel Mayte Commodore Valladolid, Caja España. Domingo Criado. Diez años de su obra. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. Tipografías del Camino a su paso por Castilla y León. Valladolid, Galería de Arte «Orón». Collages (poesía: Justo Alejo). Valladolid, Galería «Leyenda». Premio «Racimo de Oro». Serrada. Leganés, Sala Municipal de Exposiciones. Getafe, Universidad Carlos III de Madrid. Collages. Valladolid, Galería Lorenzo Colomo. Valladolid, Teatro Calderón. Carpeta de dibujos Camino de Santiago. Valladolid, Sala Expresión Galería. Exposición de Toros. Valladolid, Galería «Rafael». Valladolid, Caja España. Espiritualidad terrena. Valladolid, Galería de Arte «Samuel».

EXPOSICIONES COLECTIVAS 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Salamanca, Ateneo. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera.

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1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos. 1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 Retablo 1971. Medina de Rioseco. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1973 1 escultor y 6 pintores de Valladolid vuelven a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1973 Concurso de pintura y escultura. Premios de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1978 Domingo Criado y Gabino Gaona. Aranda de Duero, Caja de Ahorros Municipal de Burgos. 1979 8 Pintores vallisoletanos. Inauguración de la Sala de Cultura de la Casa de Valladolid. Madrid, Casa de Valladolid. 1980 Madrid. 1981 Itinerante: Castila y León. 1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. 1982 Homenaje de pintores de Valladolid a Jorge Guillén. Valladolid, Museo de la Pasión. 1982-1983 I Exposición Regional de Artistas Plásticos. Itinerante: Burgos, Palencia, Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia y Soria. 1983 Pintura de hoy. Siete pintores figurativos vallisoletanos. Itinerante (Caja de Ahorros Provincial de Valladolid): Valladolid, Peñafiel, Pedrajas de San Esteban, Portillo, Matapozuelos, Medina del Campo, Nava del Rey, Villalón de Campos, Medina de Rioseco, Tiedra, Cigales, Valoria la Buena, Laguna de Duero, Tudela de Duero. 1988 Nueve pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores. Valladolid, Sala de las Francesas. 1989 À la decouverte de Valladolid. Lille (Francia), Salle du Conclave du Palais Rihour. 1989 XXV Aniversario de la Galería Castilla. Pintores y escultores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1990 Benavente. 1990 Pintores frente al toro. Valladolid, Casino de Castilla y León.


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1991 Valladolid, Sala de las Francesas. 1992 Pintores y escultores contemporáneos de Castilla y León. Sevilla, Salas del Arenal. Exposición Universal. 1996 Artecampos: proyecto europeo. Medina de Rioseco (Valladolid), Iglesia de Santiago. 1996 Fondos artísticos de la Diputación de Valladolid. Siglos XIX-XX. Madrid, Círculo de Bellas Artes. 1996-1997 II Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1996. Valladolid, Estación Campo Grande. 1997-1998 III Exposición Colectiva de Artistas Vallisoletanos. Navidad 1997. Valladolid, Estación Campo Grande. 1998-1999 1998 Navidad 1999. Valladolid, Estación Campo Grande. 1999-2000 1999 Navidad 2000. Valladolid, Estación Campo Grande. 2000 Pintura en Valladolid 2000. Itinerante (Caja Duero): Valladolid y Palencia. 2001 Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2004 «ARCALE», VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Salamanca, Palacio de Congresos y Exposiciones. 2004-2005 Obra pictórica. Pequeño formato. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2004-2005 Dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2005-2006 El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 25 estampas. Itinerante: Colonia, Universidad, Hannover, Consulado de España y Frankfurt, Consulado General de la República de Venezuela. 2006 «ARCALE», IX Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras. 2007 «ARCALE», X Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras. PREMIOS 1996 Premio «Racimo de Oro» de Serrada. EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1979 Aperos, serie de reproducciones de plumillas originales de Domingo Criado.

1984 Doce muestras de arquitectura popular, serie de reproducciones de plumillas originales de Domingo Criado. 1984 Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de Domingo Criado y otros artistas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora. 1988 Ocho pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores, serie de ocho serigrafías originales de Domingo Criado y otros artistas. 1993 Tipografías del Camino a su paso por Castilla y León, serie de diecisiete tipografías sobre originales de Domingo Criado con textos de Antonio Piedra. 1999 Litografías del Camino a su paso por Castilla y León, serie de litografías sobre originales de Domingo Criado. 2001 6 serigrafías, serie de seis serigrafías originales de Domingo Criado y otros artistas. 2005 El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, libro editado por la Diputación Provincial de Valladolid con grabado sobre plancha de linóleo original de Domingo Criado y con grabados en distintas técnicas de otros artistas sobre la novela de Miguel de Cervantes. ILUSTRACIONES Colaborador habitual de El Norte de Castilla, Diario Regional, El Mundo, Crónica 7 y Palenque. VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas. ALEJO, Justo: El aroma del viento, Editorial Ayuso, Madrid, 1980; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas. CONDE CHINÉ, Abelardo: Aire de anochecer, ed. del autor, Valladolid, 1981; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas.

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The Radio: álbum de kromos, KOKA (Colectivo de Comunicación Alternativa), Valladolid, 1986; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas. GARABITO GREGORIO, Godofredo: El ferrocarril de Valladolid a Medina de Rioseco «tren burra», Cámara Oficial de Comercio e Industria, Valladolid, 1988; portada de Domingo Criado. PIEDRA, Antonio: Calindario profano, Diputación Provincial de Granada, Granada, 1990;

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ilustraciones originales de Domingo Criado sobre un único ejemplar (1991). VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura, Valladolid, 1993; ilustraciones de Domingo Criado y otros artistas. VAL, José Delfín: Lanzas, espadas y lances, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1996; portada de Domingo Criado.


Fotografía: Nacho Carretero

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GABINO GAONA VALORIA LA BUENA, 19 DE DICIEMBRE DE 1933 VALLADOLID, 21 DE FEBRERO DE 2007


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EXPOSICIONES INDIVIDUALES 1955 Valladolid, Librería Meseta. 1958 Valladolid, Ayuntamiento. 1959 Valladolid, Colegio de Santa Cruz. 1960 Valladolid, Colegio de Santa Cruz. 1961 Valladolid, Colegio de Santa Cruz. 1962 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1963 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1964 Madrid, Galería «Abril». 1965 (mayo) Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1965 (noviembre) Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1966 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1967 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1968 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Urueña. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1969 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1970 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1970 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1971 Palencia. 1971 Óleos en cartulina. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1971 Óleos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1972 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1973 Acrílicos. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1975 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1977 Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1979 Simancas, La Casa Vieja. 1981 Pequeña muestra de diferentes épocas. Simancas, La Casa Vieja. 1982 Valoria la Buena, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1983 Acrílicos. Simancas, La Casa Vieja. 1983 Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1984 Simancas, La Casa Vieja. 1984 Obra última. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1985 Pedrajas de San Esteban. 1985 Medina del Campo. 1985-1986 Exposición antológica. Valladolid, Museo de la Pasión y Casa Revilla. 1989 Pintura (1985-1988). Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1991 Valladolid, Caja España. 1992 Itinerante (Caja España): León, Valladolid y Medina del Campo. 1996 Sobre los vegetales, bodegones, paisajes y algunas figuras. Valladolid, Sala Cultural Ruiz Hernández (Caja España).

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1997 Itinerante (Caja España): Ponferrada, Bembibre, La Bañeza, Veguellina de Órbigo y León. 2000 Figuras y paisajes urbanos. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2002 Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2003 Simancas, Ayuntamiento. 2004 Figuras 2004. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2005 Valladolid, Caja España. 2006 Una mirada a Senegal (Kafountine). Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2008 La pintura de Gabino Gaona. Valladolid, Caja España. EXPOSICIONES COLECTIVAS 1960 Exposición Cuadrado Lomas-Gaona. León, Diputación. 1964 Pintores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1965 Salamanca, Caja de Ahorros de Salamanca. 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Salamanca, Ateneo. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera. 1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos. 1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 Retablo 1971. Medina de Rioseco. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1973 1 escultor y 6 pintores de Valladolid vuelven a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1978 Domingo Criado y Gabino Gaona. Aranda de Duero, Caja de Ahorros Municipal de Burgos. 1979 8 Pintores vallisoletanos. Inauguración de la Sala de Cultura de la Casa de Valladolid. Madrid, Casa de Valladolid.


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1981 Trabajo en equipo, madera y óleo. Pablo Prieto-Gabino Gaona. Valladolid, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. 1982 Homenaje de pintores de Valladolid a Jorge Guillén. Valladolid, Museo de la Pasión. 1982-1983 I Exposición Regional de Artistas Plásticos. Itinerante: Burgos, Palencia, Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia y Soria. 1983 Pintura de hoy. Siete pintores figurativos vallisoletanos. Itinerante (Caja de Ahorros Provincial de Valladolid): Valladolid, Peñafiel, Pedrajas de San Esteban, Portillo, Matapozuelos, Medina del Campo, Nava del Rey, Villalón de Campos, Medina de Rioseco, Tiedra, Cigales, Valoria la Buena, Laguna de Duero, Tudela de Duero. 1985 Salamanca, Casa Lis. 1986 Homenaje a Castilla. Madrid, Sala de Exposiciones del BBV. 1988 Nueve pintores en el Centenario de la Unión General de Trabajadores. Valladolid, Sala de las Francesas. 1989 XXV Aniversario de la Galería Castilla. Pintores y escultores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1996 Fondos artísticos de la Diputación de Valladolid. Siglos XIX-XX. Madrid, Círculo de Bellas Artes. 2001 Homenaje a Eliseo Simón. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. 2001 Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2002 Tradición y futuro. La Universidad de Valladolid a través de nueve siglos. Valladolid, Sala de las Francesas. 2003 8 Artistas en Valladolid y Oporto. Itinerante: Valladolid, Galería de Arte «Samuel», y Oporto (Portugal), EXPONOR. 2004 «ARCALE», VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Salamanca, Palacio de Congresos y Exposiciones. 2004-2005 Obra pictórica. Pequeño formato. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2004-2005 Dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». 2006 «ARCALE», IX Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Valladolid, Feria de Muestras.

2007 «ARCALE», X Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»).Valladolid, Feria de Muestras. PREMIOS 1963 Primer Premio en el Concurso Nacional de Pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Valladolid. 1963 Primer Premio en el Concurso Nacional de Pintura de Alicante. EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1984 Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de Gabino Gaona y otros artistas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora. 2001 6 serigrafías, serie de seis serigrafías originales de Gabino Gaona y otros artistas. ILUSTRACIONES LOPE, Manuel de: Un zorro tiene hambre, Caja de Ahorros Provincial de Valladolid, Valladolid, 1970; ilustraciones de Gabino Gaona. VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas. CONDE CHINÉ, Abelardo: Aire de anochecer, ed. del autor, Valladolid, 1981; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas. The Radio: álbum de kromos, KOKA (Colectivo de Comunicación Alternativa), Valladolid, 1986; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas. Fragmentos de la contemplación, Valladolid, 1988; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas con textos de Rosa Chacel. VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura,Valladolid, 1993; ilustraciones de Gabino Gaona y otros artistas.

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Fotografía: Nacho Carretero

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FERNANDO SANTIAGO «JACOBO» VILLAFRECHÓS, 30 DE MAYO DE 1932


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EXPOSICIONES INDIVIDUALES 1965 Valladolid, Galería de Arte «Castilla». EXPOSICIONES COLECTIVAS 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Salamanca, Ateneo. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera. 1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos. 1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 Retablo 1971. Medina de Rioseco. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón.) 1973 1 escultor y 6 pintores de Valladolid vuelven a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. 2001 Pinturas y una carpeta de 6 serigrafías. Valladolid, Galería de Arte «Orón». 2001-2002 Gráfica 2001 en Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Orón».

234 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión

2004 «ARCALE», VIII Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Galería de Arte «Samuel»). Salamanca, Palacio de Congresos y Exposiciones. 2004-2005 Dibujos. Valladolid, Galería de Arte «Samuel». EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1984 Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de Jacobo y otros artistas con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora. 2001 6 serigrafías, serie de seis serigrafías originales de Jacobo y otros artistas. ILUSTRACIONES VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Jacobo y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Jacobo y otros artistas. The Radio: álbum de kromos, KOKA (Colectivo de Comunicación Alternativa), Valladolid, 1986; ilustraciones de Jacobo y otros artistas. VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura, Valladolid, 1993; ilustraciones de Jacobo y otros artistas.


Fotografía: Beltrán

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FRANCISCO SABADELL VALLADOLID, 15 DE JULIO DE 1922 VALLADOLID, 9 DE NOVIEMBRE DE 1971


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EXPOSICIONES INDIVIDUALES 1950 11 monotipos y 8 xilografías. Valladolid, Librería Meseta. 1951 (febrero) Valladolid, Librería Meseta. 1951 (noviembre) Valladolid. 1954 Valladolid, Librería Lara. 1955 24 acuarelas. León, Diputación. 1962 (octubre) 28 acuarelas. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1962 (diciembre) Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1967 47 desnudos y 13 bodegones. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1969 Exposición de acuarelas. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1971 Exposición de acuarelas. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1972 Exposición conmemorativa. Simancas, Galería Arcón A-7. 1992 Francisco Sabadell 1922-1971. Valladolid, Sala de Exposiciones del Palacio de Pimentel. 1993-1994 Francisco Sabadell 1922-1971. Itinerante (promovida por la Diputación de Valladolid): Palencia, Centro Cultural Provincial, León, Salón de las Artes, Burgos, Consulado del Mar, y Salamanca, Sala «La Salina».

1970 7 pintores de Valladolid traen pintura a Vigo. Vigo, Caja de Ahorros Municipal de Vigo. 1971 7 pintores vallisoletanos exponen óleos. Santander, Galería de Arte «Mouro». 1971 Retablo 1971. Medina de Rioseco. 1973 Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1982 III Aniversario de La Casa Vieja. Simancas, La Casa Vieja. EDICIONES DE OBRA GRÁFICA 1960 Castillos de Castilla, serie de doce aguafuertes originales. 1961 Flores, libro de estampas con siete xilografías originales en colores con un poema inédito de Jorge Guillén. 1961 Desnudos, libro de estampas con siete xilografías originales en colores con un poema inédito de Vicente Aleixandre. 1962 Ex-libris, serie de aguafuertes originales para familia y amigos. 1963 7 poetas vallisoletanos, serie de aguafuertes originales con textos de Francisco Pino, Justo Alejo, Genaro Vicario, B. Silva, Félix Antonio, Ramón Torío y Fernando Zamora. ILUSTRACIONES

EXPOSICIONES COLECTIVAS 1961 XI Salón del Grabado. Madrid, Dirección General de Bellas Artes. 1964 Pintores de Valladolid. Valladolid, Galería de Arte «Castilla». 1967 Dibujos y grabados. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Ensayo colectivo pintura-poesía. Valladolid, Sala de Arte «Jacobo». 1968 Salamanca, Ateneo. 1969 Exposición colectiva de pintura. Valladolid, Club San Pío X (Barrio de Girón). 1969 7 pintores de Valladolid traen pintura a Málaga. Málaga, Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera. 1970 Colectiva 7 amigos. Palencia. 1970 Abstracción. Valladolid, I.N.E.A. 1970 Exposición colectiva de pintores vallisoletanos. Itinerante: Tordesillas, Peñafiel, Olmedo y Villalón de Campos.

236 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión

ALONSO VALDEOLMILLOS, Alejandro: Pliegos de cordel valisoletanos, ed. del autor, Valladolid, 1973; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. LAZAREVICH, Laza K.: Por la patria (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1974; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. VICARIO YBÁN, Jenaro: Los caminos de la vida, ed. del autor, Valladolid, 1974; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. ALEJO, Justo: Poesías (Pliegos de cordel sayagueses), Aceña Cultural, Valladolid, 1979; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. PEÑALOSA, Alfonso de: Poesías (Pliegos de cordel zamoranos), Aceña Cultural, Zamora, 1979; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas.


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SARDÁ MARTÍN, Ignacio: Poesías (Pliegos de cordel alistanos), Aceña Cultural, Zamora, 1979; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. ALEJO, Justo: El aroma del viento, Editorial Ayuso, Madrid, 1980; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. GALLEGO, José Luis: Poesías (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve, Valladolid, 1980; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. VV.AA.: Algunos versos a Pablo Ruiz Picasso (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve y Ayuntamiento de Valladolid, Valladolid, 1981; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. VV.AA.: Antología sin título (Pliegos de cordel valisoletanos), Librería Anticuaria Relieve,

Valladolid, 1983; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. VV.AA.: Pliegos de cordel valisoletanos a Félix Cuadrado Lomas, pintor, Gráficas Andrés Martín, Valladolid, 1983; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas. Homenaje a Librería Relieve, serie de siete serigrafías originales de varios artistas e ilustraciones de Francisco Sabadell con textos de Justo Alejo, Santiago Amón, Santiago de los Mozos, Francisco Pino, Emilio Salcedo, Ramón Torío y Fernando Zamora, Valladolid, 1984. VVAA: Pliegos de cordel valisoletanos a Pablo Rodríguez Martín «Blas Pajarero», Fundación Municipal de Cultura, Valladolid, 1993; ilustraciones de Francisco Sabadell y otros artistas.

Documentación

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Bibliografía


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242 ) Grupo Simancas: paisaje – color – expresión

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ISBN: 978-84-96286-17-7

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