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XIMO TEJADO

CUENTOS DE UN NEFELIBATA


CUENTOS DE UN NEFELIBATA

JOSÉ JOAQUÍN TEJADO


Cuentos de un Nefelibata Autor: Ximo Tejado Diseño de cubierta: José Joaquín Tejado. Fotografía de cubierta: “La soledad” Jose Luis Fernández. Primera edición: Septiembre 2010. Editor: pasionporloslibros ISBN: 978–84–938190-9-5 Dep. Legal: V-


A Jose y Cris, por empujar el carro en el que yo iba subido


Desdichados aquellos que la vida maldijo, que no soñaron nunca ni supieron amar. Hay que sembrar un árbol, un ansia, un sueño, un hijo. Por que la vida es eso: sembrar, sembrar y sembrar. José Ángel Buesa.


ÍNDICE

Prólogo ................................................... 11 El amigo .................................................. 15 El manzano ............................................. 27 El marinero ............................................. 31 El pintor . ................................................ 37 El poeta ................................................... 55 La justicia ................................................ 65 Mi padre ................................................. 75 Les amants .............................................. 81


PRÓLOGO

Cuando me pidieron que escribiera el prólogo de este libro, rehusé hacerlo cortésmente. Y no por ningún tipo de animadversión hacia el libro, ni mucho menos hacia su autor. Era sólo que, llegado a ciertas edades, la cabeza me pide una merecida tranquilidad, mas mirar y observar y un poco menos leer y pensar. Sin embargo ante la insistencia del escritor, con continuas llamadas telefónicas a las que me negaba a contestar, dicho sea de paso, mandando infinidad de cartas, una tras otra, rogando, suplicando que accediera a verle, diría, que me vi obligado, por educación, a recibirle. Le recibí en mi retiro, o mas bien en la residencia de ancianos que cumple muy bien el papel de retiro. Era un joven inquieto, nervioso, distraído e incapaz de mirar a los ojos cuando te hablaba. Parecía como si estuviera mas pendiente de lo que le rodeaba, que de lo que yo tenía que decirle o de lo que tenía que decirme él. Aún así, sus palabras sonaban convincentes, gesticulaba en demasía pero con gran pasión y sobre todo, lo que me hizo cambiar de opinión, dado que iba a mandarlo de un puntapié a la puerta de entrada de la residencia, fue que, no me hablaba de ideas o de proyectos o simplemente no intentaba convencerme de escribir el prólogo, si no que hablaba de sueños, de sus propios sueños y lo hacia como mucha gente hoy día ya ha olvidado. Hablaba con el corazón. Después de todo lo corrido, lo vivido o lo leído, pocas cosas pueden sorprender a un anciano de mi edad. Y sin-


ceramente, este libro, aunque lleno de buenos relatos, no lo consiguió. Lo que si consiguió fue abrir una maleta, que estando como estoy, vivo, no tenía por que estar cerrada. Despertó en mi interior un volcán que llevaba dormido muchísimo tiempo. Y de ese volcán, ya en erupción, corrieron ríos de imágenes y recuerdos, recuerdos de mi infancia, imágenes de mi juventud, de mi madurez. Y de esa maleta, recuperó los rostros de amigos ya perdidos en el tiempo o en la eternidad y liberó deseos y sueños olvidados entre mudas y trapos viejos. Pero por encima de todo, logró, y eso fue como volver a jugar lejos de las sombras, remover, allá en las calderas del corazón, unas cenizas por las que vislumbré una diminuta brasa encendida de aquel amor de mi juventud, de aquella niña de piernas largas, de aquella mujer que iluminó vida. Estuvimos hablando durante horas, toda una tarde nos la pasamos divagando sobre esto o aquello. La vida dentro de una residencia no la marcan los diversos relojes que hay colgados por las paredes de las salas. La marca la rutina. Uno no se despierta a una hora o a otra, uno ya tiene los ojos acostumbrados a despertarse cuando toca, justo momentos antes de que vengan a despertarlo. Se desayuna, se pasea, se lee un ratito y la comida. Y aunque marches distraído en el paseo o estés inmerso en una lectura apasionante, uno intuye cuando va a sonar el timbre de la comida. El cuerpo lo sabe y lo pide. Y las tardes no difieren mucho de lo que son las mañanas. Salvo por el hecho de que, en vez de paseo haya siesta y en lugar de la comida se sirva la cena. Aquella tarde fue distinta, no paseé, no disfruté de siesta y mis piernas no se durmieron por estar inmóviles tanto tiempo. No leí, ni siquiera vi la televisión, ni mi cuerpo protestó cuando mis oídos hicieron caso omiso del timbre


para la cena. Fue una tarde distinta. Por que, cuando no eres mas que un viejo del que apenas queda rastro del que era, cuando ya no llegan las visitas, cuando eres el último pétalo que falta por marchitarse y tu única esperanza es que te sobrevenga a la cabeza algún recuerdo lejano que te ate un poquito, apenas nada, con este mundo. Cuando en definitiva sólo esperas a la muerte, amigo poeta, porque el amor ya pasó, agradeces infinitamente que un joven venga a perturbar tu retiro con los mismos sueños y metas que tú tuviste hace, aseguro, cientos de años. Por eso, no me queda mas que agradecer a estos relatos, que a continuación van a leer, el hecho de haberme devuelto ya no la vida, porque ésta a la altura que vuelo, anda ya algo fría, sino la suerte de saber que aunque muchas veces no lo recuerde, vivir, he vivido.

Bertrand Boufier 1920-2009


El amigo


–¡Hola familia, ya estamos aquí! –Hola hijo mío. ¿Como estáis? ¿Y mis nietos? Mi madre salió a recibirnos. Todas las navidades la sorprendíamos igual, retocando el árbol de navidad. No le gustaba que nadie lo tocara, pero mi padre, para hacerla rabiar, le cambiaba algunas figuritas de rama. Lo malo es que ella siempre le echaba las culpas a mi abuelo. –¿Y Papa? –¿Tu Padre?...Como siempre, en la cocina, peleando con el asado. Colgué mi abrigo en la percha del pasillo mientras mi mujer y mi madre les quitaban a mis hijos todas las capas de ropa que llevaban puestas. –¿Papa?– asomé la cabeza por la puerta de la cocina. –¡Hombre!, mi pinche, llegas tarde, ya tengo el pavo en horno. –Que pena –irónico– entonces, llego justo para la cerveza –le dí un abrazo. –Me alegro de verte hijo. –Yo también Papa. –¿Y el abuelo? –Creo que esta en su habitación, leyendo, pero pregúntale a tu madre. – 17 –


–¿Quieres una?– le pregunté mientras sacaba una cerveza de la nevera. –No, acabo de abrir una botella de vino blanco. ¿Por que no lo catas?, esta espléndido. –No, prefiero una cerveza. –Pues, si vas a ver a tu abuelo llévale un poco de vino. Ya sabes cuanto le gusta. –¿Te echo una mano aquí? –No hijo, tranquilo. Lo tengo todo bajo control. –¡¡Abuelo!! Mis hijos asomaron sus cabezas por la puerta y se abalanzaron sobre mi padre. –Tened cuidado, el abuelo ya no esta para muchos trotes. –¡Cómo que no estoy para muchos trotes! Aun puedo con estos renacuajos –y jugueteando, levantó a sus nietos, uno con cada brazo –Ten cuidado Papa. Voy a ver al abuelo. Y vosotros –me dirigí a mis hijos, aunque sabia que no me escuchaban– cuando dejéis machacadito al abuelo ir a darle un beso al bisa. La habitación de mi abuelo estaba apartada de todo el conglomerado de habitaciones. Hace años había sido un pequeño despacho que utilizaba mi padre, pero con la muerte de mi abuela, la habilitó para que fuera su dormitorio. Llamé suavemente a la puerta y la abrí despacio. –¿Abuelo? –¿Si? Pasa, pasa. ¡Vaya, que sorpresa, mi nieto preferido! – 18 –


–No te levantes abuelo. Estaba sentado en un sillón con sus viejas gafas redondas hundidas en la nariz y con un libro entre las manos. –¿Como estás abuelo? –a duras penas se había levantado y nos obsequiamos mutuamente con un abrazo. –Bien, bien, hijo mío. Cada vez veo menos y me cuesta mas leer. Aparte de eso, no estoy muy mal. –Abuelo, ¿no tienes frío en esta habitación? –A estas alturas mis huesos no notan tanto el frío. ¿Donde están tus hijos? ¿Los has traído, verdad? –Si, no te preocupes, ahora vendrán a saludarte. ¿Que estás leyendo? –siempre tenia un libro entre las manos. Debe ser el hombre que más a leído del mundo, o al menos uno de los que más. –De ratones y hombres, de John Steinbeck. ¿Lo has leído? –No abuelo, no lo he leído. –Deberías hacerlo. Un gran libro sobre la amistad y la soledad. Ya lo leí hace muchos años pero estas fechas son terribles para los recuerdos. Me han venido a la cabeza los rostros de mis amigos de la infancia, amigos que ya están muertos y he decidido releerlo. Este libro me lo regaló uno de ellos, hasta me escribió una dedicatoria. Mira. –No te levantes, ya lo cojo yo –estaba sentado frente a él y alargué mi brazo para coger el libro. Una lágrima en un río. Eso, eso amigo mío, Eso también es el vacío. Tu amigo. Khuakin Nubir. – 19 –


–Es una dedicatoria preciosa. Khuakin Nubir. ¿Quién es, abuelo? –Un gran amigo, mi hermano de sangre. –su voz se tornó débil y tenía la mirada pérdida, no en la habitación sino en el tiempo. –¿Murió? –Creo que si, hace tiempo que no tengo noticias de él. –¿Ocurrió algo entre vosotros? ¿Porqué os distanciasteis? –yo le hablaba sin mucho interés, sólo quería darle conversación. Pero el seguía perdido en el tiempo. –Khuakin fue un gran hombre. Le conocí cuando destinaron a mi padre al sur de Angola. Tendría yo siete u ocho años y él más o menos la misma. Enseguida de conocernos nos hicimos buenos amigos. Era un niño muy inteligente y despierto. Siempre estaba detrás de mi Padre acribillándole a preguntas –hizo una pausa y sonrió– quería ser medico como él. Un día, lo recuerdo como si fuera ayer, andábamos los dos jugando fuera de los límites del campamento militar. Jugábamos a escondernos. Yo, como casi siempre, era el que buscaba y él, el que se escondía. ¡Que marcado lo llevo en mi cabeza! Buscándolo entre matojos iba, cuando de repente, oí un grito. Me asusté y salí corriendo en dirección opuesta al grito. Sin duda era Khuakin el que gritaba. Tardé en reponerme, y una vez me serené, volví sobre mis pasos. Cuando lo encontré, estaba sentado en el suelo con el tobillo de su pierna izquierda agarrado fuertemente por sus manos. Me miró como si no pasara nada y de la manera más natural me dijo que una serpiente le había mordido. ¿Y piensas que estaba llorando? Que va, ni una lágrima derramó. ¡Que valiente era! Estaba chupando el veneno de la picadura, decía que se lo había oído decir a mi Padre. Cuando te muerda una serpiente tienes que absorber rápidamente el veneno y hacerte un torniquete. – 20 –


Con esas palabras me lo dijo. Demonios, tengo tan vivo ese recuerdo en mi memoria. –¿Y que ocurrió? Me miró y volvió a sonreír. –Nada, la serpiente seguramente no era venenosa. Pero los dos siempre creímos que sus conocimientos le habían salvado la vida. –¿Al final consiguió ser médico? –sin levantarse, acercó su cuerpo hacia a mi, así que deduje que aquella conversación seria larga. –Lo consiguió, –susurró y volvió a su postura inicial –vaya si lo consiguió. Khuakin no tenía Padres, ni tenia casa, vivía errante por los alrededores del campamento y subsistía gracias a la caridad de los soldados. Mi Padre lo encontró un día detrás de unos barracones. Oía gritos de socorro, pero no sabia donde. El bueno de Khuakin, intentando beber agua, se había caído en el contenedor donde se guardaban las reservas de agua. Desde aquel día, vivió con nosotros. Los dos íbamos juntos al colegio, los dos comíamos juntos, ayudábamos a mi Padre juntos. Pasábamos prácticamente todo el día juntos, hasta dormíamos juntos. Éramos inseparables. Volvió su mirada hacia la ventana y se perdió. –Con ayuda de mi Padre y de algunos altos cargos del ejército –prosiguió con la historia como si yo no estuviera. No sé si me la contaba a mí o simplemente quería recordarla–. Le consiguieron una beca para estudiar en los Estados Unidos. Estudió medicina en la universidad de Harvard, nada menos. ¡Qué gran médico fue, si señor! –por un momento su mente volvió a la habitación– ¿Sabes? –me miró fijamente y bajo su voz– él fue quien descubrió la vacuna para esa enfermedad tan letal en África. – 21 –


–¿Qué enfermedad? ¿Para el VIH? ¿Te refieres al sida? –le contesté perplejo– Abuelo, nadie a descubierto la vacuna del sida. Hay muchos avances al respecto pero sigue siendo una enfermedad incurable. –¡Claro! –intentó gritar, como un pajarillo que quiere pero no puede–. Si no fuera por esos malditos burócratas del gobierno y las compañías farmacéuticas esa enfermedad ya estaría curada. Lo trataron de loco, echaron por tierra sus estudios, le desprestigiaron, incluso amenazaron con matarle. –bajó el tono de su voz– Pero Khuakin fue mas listo que ellos y les atacó con sus mismas armas. Volvió a África siendo ya un hombre respetado y admirado por todos. Con la ayuda de algunos magnates africanos, se presentó a las elecciones para la presidencia de su país y las ganó, ¡vaya si ganó! –dio un golpe de satisfacción en el reposabrazos. –Después forzó a las compañías extranjeras que extraían petróleo y diamantes de Angola a que presionasen a sus gobiernos. Si no había vacuna, no había diamantes, no había petróleo. Eso fue lo que les dijo. –¿Y que ocurrió Abuelo? –mis palabras tenían una entonación entusiasta pero escondían incredulidad. –¿Qué, qué ocurrió? Lo que ocurre siempre, muchacho, –intentaba que su voz sonara poderosa pero no lo conseguía– que los hombres buenos no tienen cabida en este mundo. Son repudiados como una enfermedad, olvidados como a un viejo. Hay más malos que buenos, hijo mío. La oposición, seguro, con ayuda de alguna nación poderosa, dio un golpe de estado y lo derrocaron. Le acusaron de asesino y de enriquecerse mientras estaba en el poder, de aceptar sobornos, y de cosas aún peores. Pero no pudieron probar nada. ¿Cómo lo iban a hacer!? Khuakin era inocente. Khuakin era una buena persona –bajo su voz y su mirada– no merecía lo que le ocurrió. No lo – 22 –


merecía. –sus ojos, que miraban sus desgastadas manos, se encharcaron. –¿De veras le ocurrió todo eso? –la verdad, quería mucho a mi abuelo, pero no me creía aquella historia. –Claro y mucho más. ¿Sabías que recibió un premio Nobel de la paz? –seguía cabizbajo. –No, no lo sabía. –Pues sí. –recompuso su rostro y continuó.– Después de su paso por Angola, consiguió que le nombraron presidente de las naciones unidas y logró lo que nadie había logrado en años, la paz. –¿La paz?– Le pregunté con las palabras y con los ojos, abriéndolos de incredulidad. Sin levantarse, se acercó nuevamente a mí y como si fuera a desvelarme un gran secreto, susurró. –La paz entre los hombres creyentes. La paz entre católicos y protestantes, entre judíos y musulmanes. –Pero...Abuelo, esos todavía siguen matándose entre ellos. –¡Claro! –Alzó su voz y se irguió– a los malditos gobiernos occidentales no les interesa la paz entre religiones. Da muchos más beneficios la guerra, la venta de armas, las enfermedades, el hambre, la miseria ¿Porqué iban a querer la paz? –se reclinó en el sillón, fatigado– A los que mueven los hilos del mundo no les interesa erradicar nada de eso. La armonía mundial no da dinero. Hubo un silencio. Giró su cara hacia la ventana y volvió a perderse en el tiempo. Yo le miraba, incrédulo, esa historia no podía ser cierta, pero la contaba con tal entusiasmo que una parte de mí quería creerle. – 23 –


Me levanté y lentamente me agaché frente a él, coloqué sus manos al cobijo de las mías. –¿Abuelo, te encuentras bien? Giró su rostro hacia mí, una lágrima surcaba el desierto que era su rostro. –Si, tranquilo –suspiró– estoy bien. –¿No tienes hambre? Iré a preguntar si esta preparada la comida –me levanté y le ofrecí mis manos– vamos, le echaremos una mano a Papa con la comida, sino, comeremos pavo quemado. –Ve tú hijo –sus tiernos ojos seguían encharcados– yo voy enseguida. –Como quieras, pero no tardes, aquí hace frío. Antes de salir de la habitación me giré para verle. Estaba sentado en su sillón mirando por la ventana, era un día gris y la poca luz que dejaba entrar el cristal alumbraba a mi abuelo de una manera especial. Tal y como debe alumbrarte la vida el último día que peleas con ella. Entré en la cocina, donde mi padre continuaba vigilando la temperatura del pavo. –¿Sigue sin ayudarte nadie? –Ya ves. Tus hijos han preguntado por sus regalos, yo quería esperar hasta después de comer, que estuviéramos todos, pero ya conoces a tu madre. No ha podido resistirse. –¿Papa? –Me había puesto una copa de vino y la estaba mirando. –¿Ocurre algo? – 24 –


–¿Crees que el abuelo es feliz?...Me refiero a...¿Crees que se siente solo? –me bebí entera la copa de vino y me eché otra. –Pues...No lo sé, hijo. La pregunta me coje un poco descolocado. ¿Te ha contado algo, te ha dicho que se siente solo?...Ya sé –miró al techo sonriendo– ¿te ha contado alguna historieta de las suyas? –¿Conoces a Khuakin Nubir? –¡Ja! ¿Te ha contado esa? –Ya se que no existe, no me la he creído. –No te equivoques –llenó su copa de vino y miro por vigésima vez la temperatura del horno. –¿No me digas que ese hombre existió? –Ese hombre existió, no sé que te habrá contado tu abuelo, pero Khuakin Nubir existió. Fue un niño que convivió con él cuando apenas tendría seis o siete años. Lo único que sé, es que murió cuando aún era un niño por la mordedura de una serpiente. Mi abuelo me contó que un día los dos estaban jugando por una zona donde había muchas serpientes. Tu abuelo se encontró con una y empezó a molestarla con un palo. Khaukin le advirtió que la dejara en paz, por lo visto era de las mas venenosas. Tu abuelo sin darse cuenta tropezó con una piedra y cayó al suelo. Se quedó paralizado mientras la serpiente se acercaba hacia él. Entonces, justo en el momento que se disponía a morderle, Khuakin, se abalanzó sobre ella, con tan mala suerte que le mordió en el cuello. Mi abuelo me contó que peleó durante toda la noche por su vida, pero no lo superó, la serpiente había descargado demasiado veneno en su cuerpo y no pudieron hacer nada. Mi Padre calló y en ese momento los dos vimos a través – 25 –


del cristal de la puerta de la cocina como mi abuelo arrastraba sus pies en dirección al comedor. –Entonces –hice una pausa– ¿le salvo la vida? Aunque ya había pasado, los dos continuábamos mirando el cristal. –Si esa historia es cierta...se puede decir que sí. Mi Padre, apuró su copa, cogió unos platos y mientras salía de la cocina, gritó: –¡Vamos familia, la comida esta lista! Aún seguía mirando a través del cristal por el que mi abuelo había arrastrado su vida. Deslicé por mi garganta el último sorbo de vino. Y por un momento, comprendí la tristeza y el sentimiento de culpa que durante tantos años había cargado su corazón, sentí como mi cuerpo, ajeno al espeso calor de la cocina, se erizaba al paso de un escalofrío. Sentí como mi alma, presa de la pena, se escurría hasta mis pies.

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El manzano


Me gustaba la soledad de los bosques, así que decidí coger su camino, en lugar del otro, que iría lleno de pastores y viajantes. La verdad es que, aunque lo prefiera, tampoco me gusta mucho el bosque. Sus imprevistos son más imprevistos y eso me asusta. Aquella tarde de mi viaje, el imprevisto fue una mujer, una anciana mujer. La mujer estaba de pie frente a un manzano, hablando con él. Pensé que podía necesitar ayuda así que me acerqué y le pregunté si necesitaba algo o si podía ayudarla. Ella me contestó que no, que sólo estaba hablando con su marido. Al no ver a nadie le pregunté si su marido estaba allí enterrado. A lo que la mujer, girándose hacia mí y algo molesta, me contesto que sí. Que el cuerpo de su marido estaba bajo la tierra pero que su alma se había reencarnado en ese precioso manzano. Todas las tardes le traía un ramillete de flores, hablaba con él y luego su marido dejaba caer unas cuantas manzanas para que se las llevara a sus nietos. Ella siguió hablando con el manzano, y yo, aunque me habría apetecido coger una manzana pensé que era mejor dejarlo y seguir con mi camino. Al cabo de un rato me encontré con un labriego, de esos que prefieren el camino del bosque para volver a casa. – 29 –


Cuando estuvo a mi altura, le saludé y le indiqué que más adelante se encontraría con una anciana hablando con un manzano. Que no se asustara, pues la mujer, supongo que por la edad, creía que su marido se había reencarnado en ese manzano y que no le cogiera ninguna manzana pues eran todas merienda para sus nietos. Así que te has topado con la vieja María, me dijo. ¿Sabes?, continuó, su marido se murió hace ya muchos años de un empacho de manzanas y como era hombre de campo, en el campo lo enterraron. Al tiempo de haberlo enterrado, de la tierra brotó un pequeño tallo que se convirtió en ese hermoso manzano que has visto. La abuela María siempre ha creído que el manzano era su marido. Yo, me dijo, voy al cementerio a visitar la tumba de mi mujer y sólo tengo una foto y una lápida fría con la que hablar. Ella puede abrazar el tronco, cuidar las ramas y comer el fruto que el manzano le da. Así que no seré yo quien le diga a la abuela María que su marido tan sólo es polvo, porque todos en el pueblo creemos que el antaño guardabosque Matías es ahora Don Matías el manzano. En ese momento se calló y como queriendo decir algo, miró al cielo, asintió con la cabeza y siguió su camino.

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El marinero


Y se vio salir del agua, acompañado de los primeros rayos de un sol que parecía primerizo. Se vio sentarse en un banco, aislado, al final del malecón. Aquel malecón que le vio partir tantas y tantas mañanas. Aquel banco que ocupaba, sacado de un mísero cuadro olvidado. Y él también vio partir los barcos, y hasta sus ojos recordaron el sentir de ver alejarse el suyo tantas y tantas madrugadas. Y evocó la visión de cómo, cada mañana, el viejo náufrago sentado en el banco, lo miraba, lo despedía, como una madre despide la vida de su hijo. Y se vio alzar el brazo por última vez, alejándose, presintiendo su muerte. Y recordó. Recordó la complicidad de la despedida con el anciano, recostado en el mismo banco que ahora soportaba su pena, su nostalgia, la pobre melancolía del náufrago que mira de reojo cansado de tanto recordar. Por recordar sus años mozos, en aquel mismo malecón, malecón que fue testigo de sus promesas de cuidarse, de abrigarse, de tener cabeza, de volver. Testigo de sus primeros pasos y a la postre últimos de su flirteo con el amor. De sus besos con Clara. De su ardiente sexo con clara. Clara, la dulce e inocente Clara. ¿Que habrá sido de ella?. Habrá seguido con su vida, por que la vida siguió. Tal vez se habría casado y tal vez tendría esos hijos que los dos soñaban con tener en aquellas lejanas tardes de verano, abrazados en el banco del malecón. – 33 –


¿Y quién sabe?, si cada tarde de cada cinco de julio volvería al mismo lugar, al mismo banco en el que tantos y tantos días se prometieron una eternidad que les era ajena, que no les pertenecía y arrojaría desde lo profundo de su corazón un pequeño ramo de flores. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe el destino de los hombres que dejan el suyo a merced de la mar? Las madres, tal vez la suya. La suya lo supo, sí. Vio como se alejaba y lo supo. En el inquieto mar de su alma supo que su hijo no volvería, que era hombre de mar y en la mar descansaría, como descansaba desde hace años su marido. Y también lo supo cada mañana que quedaba rezando en el altar de su habitación, con sus plegarias a vírgenes y santos. Plegarias baldías que tantos sacrificios costaron. ¡Madre que me viste de nacer, de que poco sirvió rezar, de que poquito! Pobre viejo, este náufrago que ve como la vida sigue, por que la vida siguió, como sigue la hormiga su camino aunque lo borres. Por que la vida es una ola ingrata y traicionera. Por que la vida no tiene memoria y nunca vuelve donde tú no has de volver. Y se vio aquella mañana, desde los confines de la muerte, se vio con Clara, con su madre, con su perro, más que amigo, más que perro. Y vio como los tres sabían que jamás había de volver. Porque no volvió. Es la condena que sufren marineros y barcos. Andar errantes por unos mares que a fuerza consideran patria. Patria de su cuerpo, pero no de su alma y tampoco de su corazón. Y rememorar una vida que les fue arrebatada por un amigo. Amigo hecho de brisas y oleajes, de tormentas y tormentos, de lluvia y de lágrimas. Amigo que ama tanto que mata. ¿Cuánto no querrá el mar a los marineros? – 34 –


Y así hoy, igual que ayer, rendido a los recuerdos, mi pobre náufrago vio las olas romper con el aviso de la tarde. Y como ilusiones que se nublan vio pañuelos en el aire. Y ya, sin más esperanzas en el pobre corazón se vio levantarse del banco y de pie, dejó jugar al viento con su alma. Sintió una piel que no sentía, erizarse. Y en la angustiosa tristeza del atardecer, volvió a la mar. Y en ese mar, secreter del mundo, se fue alejando de la vida que siguió, desapareciendo, como un pie tembloroso entre las sábanas, silencioso, como una melodía que termina, como un candil que se apaga. Acompañado por los últimos rayos de un sol. Sol mermado y viejo, sol por hoy ya derrotado.

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El pintor


–Recuerdo estas calles como si fuera ayer cuando las abandoné. Pasé en ellas mi adolescencia y no hay esquina o recoveco en la que no pasara una noche. –¿Tuvo que ser duro, verdad, Mimi? –Créeme, no guardo muy buenos recuerdos de estas calles. Tan sólo uno, uno que guardo muy dentro del corazón, donde anidan las raíces. –¿Y cuál es, Mimi? –Desisto de que me llames abuela, ¿verdad? –No, Abuela. Es sólo que me encanta tu nombre. Me gusta tu vida, todo lo que te rodea, todo lo que has sido es todo lo que yo quiero ser. Quiero viajar, experimentar, seducir a la vida tal y como tú lo has hecho. Quiero que mi camino sea un reflejo del tuyo. –¡Oh, mi dulce Apo! –acarició mi mejilla– Estoy segura de que conseguirás en esta vida todo lo que te propongas. Vamos, sigamos caminando, quiero enseñarte un sitio muy especial, aunque no sé si todavía existirá. Paseábamos por el viejo barrio parisino, recordando los amargos años de su juventud, cuando, como ella decía, –me ganaba la vida pidiendo o sirviendo en cualquier cafetería de mala muerte, aunque mas que ganarme la vida lo que hacia era jugármela–. –¿Porqué te paras, Mimi? – 39 –


–Sigue ahí, ha persistido en el tiempo, no como yo la recordaba, pero sigue ahí. Se quedó mirando la esquina más alejada a nosotras, donde una cafetería intentaba no sumergirse en el moderno mundo que la rodeaba. –Ven, sentémonos en esa cafetería. –Despertó de su recuerdo y me señaló la esquina. –Me encantan estas cafeterías, te transportan a otros tiempos. –¿Mejores o peores? –Distintos, Mimi, distintos. –¿No prefieres que nos sentemos fuera, querida? No hace mal día, además nos sentaremos en esta mesa del rincón. Me trae buenos recuerdos. La cafetería estaba dentro de un pequeño patio que se abría como una herida en mitad de la calle. El patio era pequeño, pero todo muy bien aprovechado. Había una frutería, que regaba de colores la mirada de los turistas, un portal de vecinos, con su portero, que discutía con el dueño de la zapatería, y en un rincón, haciendo juego con la melancolía, sin pedir pan, la pequeña cafetería. Con su puertecita de madera pintada en azul, a juego con las sillas y las mesas de la terraza. Unas cristaleras perfectas de tamaño que dejaban pasar la luz como las nubes dejan pasar los rayos del sol. Como bien decía, te transportaba a otro tiempo, un tiempo ni mejor ni peor, sólo un tiempo lejano, en el cual, allí sentadas en el mejor lugar de la escueta terraza, nos evocaba la tristeza, la nostalgia, los recuerdos. –Buenos días, señoras. ¿Díganme, que desean? –Buenos días. Yo tomaré un café con leche.

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–¿Y tu Mimi? ¡Mimi! –mi abuela había viajado a ese tiempo. –Perdona, hija. ¿Dime? –¿Quieres tomar algo? –Si, claro. Un café me ira bien. –Muy bien señoras. Enseguida. –¿Qué pensabas, Mimi? –En esta cafetería, en este rincón, en este lugar, en esta mesa, pero en otra época. –Si, esta cafetería cumple lo que promete, es el transporte perfecto a recuerdos olvidados. –Todo ha cambiado, salvo esto. Ahí –señaló con sus pobres y débiles dedos detrás de mí– en lugar de esa frutería, estaba la librería del señor Filibert. El fue quien despertó en mí la pasión por la palabra escrita. Yo trabajaba en un restaurante fregando platos y él venia cada día, se acercaba a la puerta trasera y cambio de prestarme un libro yo le daba las sobras de las cenas que habían servido esa noche. –Eran malos tiempos, ¿verdad Mimi? –Tenía sus frágiles manos encima de la mesa y se las calenté entre las mías. –Muy malos, Appoline, muy malos –suspiró– La zapatería, si, ella también a resistido el paso del tiempo. Aunque supongo, que la señora Duphre no. Ya era muy mayor por aquellos tiempos. –Dime, ¿por qué te trae tan buenos recuerdos este rincón? –Aquí, precisamente en el mismo lugar en el que yo estoy sentada, se sentaba un joven pintor. Un gran pintor amigo mío. Se llamaba René, René Nouvión...

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–¿Vamos a ver? –volvió el camarero que quedó pensativo, con los ojos ausentes pero la mirada clavada en Mimi –El café para ella y el otro para mí –le saqué de su duda. –Si…ya, perdone.– dejó frente a cada una, lo suyo –¿Ha dicho usted Rene Nouvión? –Si, eso he dicho. ¿Ha oído usted hablar de él? –¿Qué si he oído hablar de él? ¡Mon Dieu! ¡Llevo años oyendo hablar de él! ¿Le conoció usted? –Si, en efecto, le conocí. –¡Vaya suerte la mía! –se golpeó levemente la frente. Parecía entusiasmado con el hecho de que mi abuela conociera a ese pintor.– Tengo la cafetería repleta de cuadros suyos, apenas se ve la pared. Cuando se la compré al antiguo dueño... –¿Se refiere al viejo Le clerq? –preguntó Mimi. –En efecto, Cedric Le clerq. Está decorada tal y como la dejó él. Yo no conocí a ese pintor –su entusiasmo iba en aumento, tanto, que agarró una silla, la giró en el aire para volver a dejarla en el suelo y sentarse con el respaldo delante– pero, si le puedo decir que sus pinturas tienen un gran valor. Han venido de todas partes de Francia, incluso del extranjero para comprarme esos cuadros, pero jamás he vendido uno. –¿Y porqué? –me extrañé. –¡Ah! El amor, señoras, mi mujer, ya verán cuando se lo diga. No va a creerse que usted conoce a René Nouvión. Esta enamorada de todos y cada uno de sus cuadros. Pero, ¿dígame, cuénteme, cómo era, cómo le conoció? Mimi guardó una pausa para degustar su café. – 42 –


–¿Quieren algo más? Las invito yo. –No, no, querido. Se lo agradecemos mucho. –¿Y usted, señorita, acompaña el café con una delicioso trozo de pastel? –No, gracias. –Aquel hombre estaba espitoso, parecía un niño. –He de pedirles disculpas –se levantó y se llevó una mano al pecho– pero compréndanlo, aquí, en este patio, en este barrio, diría que en todo Paris, todo el mundo conoce los cuadros de René Nouvión, pero nadie sabe que ocurrió con él. Nadie sabe nada. Yo tengo mi pequeña cafetería y es un honor tener colgados sus cuadros, pero es frustrante cuando algún turista me pregunta algo sobre él y por no parecer ignorante, le miento. –¿Supongo que el señor Le clerq murió? –Si señora, al poco de comprarle la cafetería. Apenas me dijo nada sobre los cuadros aunque yo tampoco le pregunté. Por ignorancia, ¿sabe? No sabía que eran tan famosos. Yo era una simple admiradora en aquel, casi monólogo, pero estaba extrañada. Mi abuela escuchaba ausente todo aquello como si las palabras del camarero le recordaran otros tiempos. –¿Le importa, si antes de contarle nada, recreo mi vista con esos cuadros? Me hace mucha ilusión verlos. –Faltaría más, que torpeza la mía. Mi nombre es Pierre, Pierre Dubois. Apóyese en mí, le enseñaré con sumo gusto mi pequeño museo. Abrió la puerta y la sujetó para que mi abuela prestara – 43 –


atención al único escalón que daba entrada al interior de la cafetería. –¡Marie! ¡Marie! ¡sal, rápido! –la buscaba con la mirada mientras hacia una reverencia para presentar la cafetería a mi abuela.– Mi humilde casa, es su casa. Era un habitáculo no muy grande, cuadrado. La decoración, cargada de madera, era digna de la melancolía que evocaba su fachada. Con una pequeña barra al fondo y, a los lados, dejando un pequeño pasillo, unas cuantas mesas redondas de mármol que seguro servían de escritorio a poetas y pintores. Los cuadros colgaban apelotonados de las paredes, como si se disputaran una porción de pared para poder subsistir. –¿Marie, donde estas? –volvió a gritar. Mi abuela estaba justo en medio del pequeño recinto, contemplando, recreando su vista con alegres colores y bucólicos paisajes. Marie salió por una de las puertas que había a la izquierda de la barra. –¿Qué quieres con esos gritos? –¡Ven, corre! Voy a presentarte a estas señoras. Disculpen –dirigiéndose a nosotras, que nos estábamos sentando en una mesa al lado de la cristalera– pero no se sus nombres. –Yo me llamo Appoline Darién y ella es mi encantadora abuela Catherine Segnier. –Pero todos, desde que anduve por estas calles, me llaman Mimi –mi abuela seguía, desde su silla, admirando la belleza de los cuadros.

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–Yo soy Marie, la esposa de Pierre. –Marie, esta señora conoció en persona al gran René Nouvión. –¡Oh, de veras! –hizo una leve reverencia– es un placer conocerlas. Miré a mi abuela pero seguía perdida en las pinturas. –¿Mimi, te encuentras bien? –Si querida, tranquila –volvió de su mundo y sacó de su bolso un pequeño pañuelo con el que se secó sus ojos.– Me tomaré otro café ahora, si no le importa. Los dueños de aquella cafetería–museo la admiraban como si reconocieran en ella a la gran actriz que fue en la época dorada del teatro francés. –¡No faltaría más –aplaudió Pierre– marchando un café! –Yo tomaré otro, con leche, por favor –me había levantado. Todos aquellos cuadros, me sonaban, ya los había visto. Son esos dibujos que vemos imitados en todas partes, por cualquier sitio, pero que nunca has sabido decir de quien eran. Realmente eran verdaderas obras de arte. Marie se había sentado enfrente de Mimi y cogía sus manos con cariño. –¿De verdad conoció usted a René Nouvión? –Si querida –una pequeña sonrisa se dibujo en su cara–pero no se haga muchas ilusiones, de eso hace muchísimos años.

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–Aquí esta su café y el de la señorita –los dejó encima de la mesa y se sentó al lado de su mujer, colocando la silla correctamente. Yo me senté algo apartada de la mesa pero enfrente de Mimi. –¿Dígame, cuénteme, cómo le conoció, era guapo? Estoy segura de que era guapísimo. –Hace tiempo, en lugar de esa frutería, estaba la librería del señor Filibert. Yo venía todas las mañanas a devolver los libros que él me prestaba. Y le veía, le contemplaba. Se sentaba siempre en la mesa del rincón, de cara al patio, y dibujaba, dibujaba sin parar. Siempre nos mirábamos fijamente el uno al otro, siempre. A veces me hacia ruborizar enseñándome algún retrato mío y cosas así. Yo sentía verdadera admiración por él y él, también la sentía por mí, de eso estoy segura. Le miraba con ojos de enamorada, era muy joven y él representaba todo lo que yo había leído sobre los hombres en las novelas.–realizó una pausa–Vivía mi amor en secreto y nunca me atreví a hablarle. Tan sólo una vez estuve a punto y, aunque fue él quien se dirigió a mí, ninguno de los dos utilizamos palabras y aún así nos lo dijimos todo. –¿Y qué se dijeron? –Todo y nada, querida. Tan sólo me regaló este retrato. Sacó de su bolso un libro y de entre sus hojas apareció un papel doblado y amarillento. –¡Vaya! –dijeron los Dubois, que parecían dos niños embobados, al unísono– ¿podemos verlo? –En seguida les dejaré verlo.

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–Es curioso, en todos estos cuadros no hay ningún retrato. Se ve que solo dibujo el suyo. Mimi alzó una mano y asintió con la cabeza. –No. Es cierto que no le gustaba pintar retratos, pero pintó muchos señor Dubois, cientos de ellos. De hecho el señor Le clerq le dejaba pasarse allí todo el día a cambio de las monedas que conseguía con los retratos que hacia de las turistas. –¿Qué extraño que el señor Le clerq no colgara ninguno? –No es extraño, es que ninguno se conservó, tan sólo este. Todas las turistas que posaban para él acababan enfurecidas y destrozaban los retratos. –¿Cómo puede ser, tan mal lo hacia? ¡Es imposible! –gritó Pierre, respondiendo a su propia pregunta. –Mi querido amigo, lo hacia maravillosamente bien, sólo que las turistas no lo miraban desde la perspectiva adecuada. Miren, siempre pintaba retratos parecidos a este –desdobló el papel y apareció el rostro de una señora mayor, aunque guapa, algo extravagante. –¿Pues no está nada mal? –preguntó Pierre a su mujer. –No, nada mal. Es sólo que esas estúpidas turistas no saben apreciar el arte. –le contestó su mujer. –¿Y quién es, Mimi? Desde luego tú no. –sentencié. –No te precipites. Déjenme que lo explique. El problema es que siempre dibujaba a esta mujer, independientemente de la cara de la turista, él siempre dibujaba este rostro. –Con razón no les gustaba, ¿a quién le gusta que le dibujen con cincuenta años de más? –empezaba a dudar – 47 –


de las cualidades de aquel pintor.– ¿Y quién era esa señora, Mimi? ¿Su madre, tal vez? –Siempre me imaginé que era yo, supongo que era su manera de decirme que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos, que de esa manera envejeceríamos –volvió a secarse sus ojos– disculpen, pero al recordarlo me entristezco. Era joven y estaba perdidamente enamorada de él. –No se preocupe, señora Mimi –Marie volvió a resguardar entre sus manos las de mi abuela. –Mira Marie, esta dedicado. –señaló Pierre.– pero esta muy deteriorado –lo levantó para que le traspasara la luz– casi no distingo las letras. ¿Qué pone, señora Mimi? Mi abuela giró su cara hacia mí: –Puso su nombre completo y arriba de él escribió –fijó sus ojos en los míos y continuó– Vivo en los sueños Y despertarme es morir Pues sueño contigo Y despierto sin ti. René Nouvión. –¡Qué bonito, Pierre! Que gran hombre debió de ser, ¿verdad señora Mimi? –Marie estaba emocionada. –Debió de serlo, Marie, debió de serlo –respondió Pierre, cabizbajo. –¿Qué le pasó, señora Mimi? No quiero escuchar una tragedia. Si fue una tragedia no quiero escucharla señora, – 48 –


¡no quiero! Prefiero vivir toda la vida en la fantasía de mi cabeza y no en la realidad de los hechos. –No lo sé Marie. No sé muy bien que fue de él. –Mimi la cogió de las manos y la tranquilizó.– El último día que lo vi, fue el mismo día que me dio este retrato. La fama de gran pintor de René, llegó a oídos del gobernador. Y la fama de bohemio atractivo y galán llegó a oídos de su hija. Ésta quería conocerlo a toda costa, así que una mañana, parecida a la de hoy, se presentaron en este patio montados cada uno en su magnífico carruaje acompañados de su guardia privada. El patio estaba lleno de curiosos que querían ver que ocurría en torno al joven pintor. El gobernador le ofreció el doble de lo que cobraba por un retrato, para que hiciera un magnífico dibujo del rostro de su hija, que, aunque no fea, si es verdad que no era muy agraciada la pobre chica. Yo había ido, como cada mañana, a la librería del señor Filibert y pude contemplar toda la escena desde su puerta. El señor Le clerq, que sabía como las gastaba René con los retratos, intentó disuadirle, que no hiciera el retrato, advirtiéndole de que reírse de las pobres turistas era una cosa y ofender a la hija del gobernador, otra muy distinta. Pero no hizo caso. Solamente miró hacia la puerta de la librería y esbozando una sonrisa se sentó en su silla comenzando a dibujar a la hija del gobernador. Ella se sentó justo enfrente de él y detrás de ella, cientos de personas admiraban curiosos como René dibujaba casi sin mirar a su modelo. Hizo una pausa y apuró su café, nosotros tres mirábamos embelesados sus movimientos. – 49 –


–Al cabo de una hora, René se levantó y sin decir una palabra, entregó el retrato y se volvió a sentar. La hija del gobernador, miró el dibujo con los ojos espantados y después de unos segundos se giró para derramar un chorro de lágrimas en el pecho de su padre. –Papa, Papa, se ha burlado de mí– gritaba, como una niña mimada. Los vecinos, que estaban acostumbrados a las bromas de René, comenzaron a reírse y a burlarse de la joven. El gobernador muy ofendido, recogió el dibujo y lo contempló. Esto no va quedar así –dijo con los mismos ojos espantosos de su hija, y lleno de furia, arrugó el papel y lo tiró al suelo. –Prendedlo– soltó al tiempo. Y acto seguido cuatro guardias que acompañaban al gobernador se abalanzaron sobre el bueno de René. Después de que le propinaran varios golpes, cayó al suelo, le colocaron unos grilletes en sus delicadas muñecas y arrastras lo llevaron hasta uno de los carruajes. –Mi abuela se emocionó– Pero justo antes de subirlo al carruaje, René se levantó y como un león herido apartó a empujones a los guardias que le rodeaban. Todos se quedaron mirándole, inmóviles. Entonces, muy despacio, recogió el retrato arrugado del suelo, se acercó a mi, me besó la mejilla y desde sus manos esposadas lo dejó caer en las mías. Yo estaba de pie, frente a él, inmóvil, paralizada, y no tuve el valor de decirle nada. Me dedicó una sonrisa y justo antes de recibir un golpe en su cabeza, retiró con sus dedos una furtiva lágrima que escapaba de mis ojos. Las últimas palabras de mi abuela durante un instante quedaron suspendidas en el aire hasta que su eco se apagó y el silencio se apoderó de todo. Pierre y Marie contemplaban el retrato, y yo, con la angustia en mi garganta miraba la dulce cara de mi abuela.

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–Querida –me dijo mientras se enjugaba sus ojos– creo que es hora de irnos, ¿no crees? Empezamos a movernos y a salir de nuestro letargo. Pierre se levantó y siguió con sus quehaceres, recogió los cafés y los llevó a la barra mientras su mujer continuaba mirando el retrato. –Si, Mimi. Creo que ya es hora. –¿No volvió a verle, verdad? –Marie levantó su mirada. –No, querida. No volví a verle. –se levantó de su silla, miró a su alrededor y con una de esas miradas que sin duda provienen del corazón se despidió de René–Señores Dubois, ha sido un verdadero placer haberles conocido y recuperar una parte de mi vida ya casi irreconocible. –El placer ha sido nuestro, señora Segnier. Verdaderamente el placer ha sido nuestro. Sería un honor para nosotros que aceptara como regalo uno de los cuadros que cuelgan de mis humildes paredes. El que más le guste, es suyo. –No, mi querido Pierre. Los cuadros deben estar aquí, este es su lugar. Incluso este retrato –Marie desclavó su mirada del papel– Se lo regalo Marie. –Gracias, señora Mimi. Muchas gracias. –cogió las manos a mi abuela y las besó– No la olvidaremos nunca. Vuelva cuando quiera, por favor, esta es su casa. Mimi les regaló una sonrisa y me ofreció su brazo para que la ayudara a subir el escalón que daba salida a la cafetería. Nos fuimos en silencio, sin decir nada. Sin duda nuestras cabezas estaban todavía pensando en la suerte que debió de correr el pobre René.

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Apenas llevábamos unos metros recorridos cuando mi abuela se giró. –¡Oh querida! Creo que he dejado olvidado mi pañuelo encima de la mesa. –Tranquila, Mimi. Iré a por él. Volví corriendo sobre nuestros pasos. Pierre aun continuaba en la puerta mirándonos, despidiéndose desde su mundo. –¿Ocurre algo señorita Appoline? –No, descuida Pierre. Mimi ha olvidado su pañuelo encima de la mesa. –Ah, ya lo recojo yo. Marie continuaba desgastando el retrato que mi abuela había donado a la cafetería–museo. Estaba frente a ella y veía como lo escudriñaba, lo palpaba, lo acariciaba, como si de un rostro real se tratara. De pronto todo se descubrió ante mis ojos, miré el dibujo. Lo miré fijamente. –¡Claro! –exclamé. –¿Que ocurre, señorita? –los dos me miraban extrañados. ¡Claro!, esta vez exclamé para mí. Mimi dijo que las turistas veían los retratos desde la perspectiva equivocada. Mientras Marie, de frente al dibujo, veía el rostro de una anciana, yo, mirando el dibujo al revés, desde otra perspectiva veía el rostro de una hermosa joven. Veía una joven de largos cabellos, de cara ingenua y dulce. Veía el rostro de Mimi, el rostro de mi abuela. –Señorita Appoline, ¿le ocurre algo? –repitió Pierre.

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–No, no ocurre nada. Todo esta bien. Cogí el pañuelo de las manos de Pierre y salí corriendo de la cafetería. –¡Mimi! –grité– ¡Mimi! –¿Qué ocurre, querida? –se volvió hacia mi asustada– ¿Por qué gritas? –El dibujo –no sabia como explicárselo– lo he descubierto. Abuela he descubierto el verdadero rostro que escondía el dibujo. Sólo hay que mirarlo... –Tranquila, pequeña. No te sofoques. Siempre supe que me dibujaba a mí –acarició mi rostro y dibujó en mi mejilla un beso– cuando dos personas se aman, el mundo que les rodea se vuelve invisible y la perspectiva con la que son observados es lo de menos. ¿Pero, no me negarás que tu abuela era guapísima de joven? –Guapísima, abuela, verdaderamente hermosa. –Ya lo creo, Apo, ya lo creo. –se giró al tiempo que perdía su mirada– Tu abuelo era un pintor excepcional. Sus últimas palabras llegaron a mi oído como el último aliento de un eco. –¿Mimi?– un hilo entrecortado y fino salió de mi boca. La volví a llamar suavemente pero ella ya se había encaminado en dirección al mundo. Me coloqué a su lado y cogí su mano, apretándola. Se llevó nuestras manos unidas junto a su pecho y sintiendo los latidos emocionados de su corazón, salimos de aquella época por el hermoso pórtico del tiempo que nos devolvió al desapacible y gris murmullo de la ciudad.

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El poeta


Volvía justo un año después al poblado de chabolas donde, sin pretenderlo, toda mi vida había cambiado. Todo seguía igual, las mismas caras, la misma hambre, la misma miseria. La joven Adela estaba barriendo la entrada de su chabola. Recuerdo el primer día que la vi, entró en mi pequeña librería como un murmullo leve y con un finísimo buenos días, me entregó una nota escrita a mano. Era un pequeño trozo de papel con evidentes faltas de ortografía. –Si estaba interesado en comprar libros viejos debía acudir a esa dirección y preguntar por la señora Dolores Sánchez.– Recuerdo también cuando le pregunté si había escrito ella misma la nota y sus mejillas se tornaron carmín con la respuesta –No señor, yo no se leer ni escribir–. No me hago a la idea de la vergüenza que pudo causarle al ver que todos los clientes de la librería la miraban al escuchar sus palabras. De aquellas salió corriendo. ¡Ay!, si todos aquellos pretenciosos hubieran sabido de quien era hermana esa asustada joven, estoy seguro de que su impulso de salir corriendo de la tienda, casi llorando, no hubiera existido. –Hola Adela. –Hola señor Balart –su voz y su cara hacían olvidarse a uno del lugar donde se encontraba. –Me alegro mucho de verle. ¿Cómo está usted? –Yo muy bien, Adela, ¿y tú, cómo te encuentras?

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–Igual, señor Balart, aquí siempre estamos igual. –Venía a ver a tu madre. Ya he vendido todos los libros de tu hermano y como prometí a tu madre, le traigo el cincuenta por ciento de las ganancias. –Me alegro –sus palabras no estaban muy acordes con su expresión.– ¿Es mucho? –Lo suficiente como para que podáis vivir un poco mejor, créeme. Pero... ¿No parece que te alegres, Adela? –¡Oh!, si... si que me alegro señor Balart. Es sólo que me acuerdo de mi hermano y de cuanto amaba sus libros. Casi hubiese preferido morirme de hambre que vender sus libros. Les tenía devoción y esa arpía de nuestra madre se gastará todo el dinero y ni siquiera será capaz de llevar una sola flor a su tumba. –Ojala tu hermano estuviera vivo, te aseguro que sería feliz. También quería hablarte sobre sus libros. Sabías que tu hermano escribía en ellos, utilizaba las hojas en blanco, las hojas medio escritas, los márgenes. Escribía poemas o pequeñas frases, pensamientos. Sé cuanto querías a tu hermano, así que decidí recopilarlos todos en un libro y publicarlo. El se fue, murió, pero al menos te queda lo que escribió, sus poemas, su sueño. –Saqué del bolsillo de mi chaqueta el pequeño libro de poemas de Pablo Sánchez– Me pareció apropiado el titulo. Poemas desde la miseria. Se quedó mirando el libro de su hermano, con la misma intensidad y tristeza con la que yo miro la foto de mi madre. Y un ángel lloró en entre tanta miseria. –¡Madre!, ¡Madre! –entró corriendo en la chabola– ¡Madre! ¡Mire, el libro de Pablo, el libro de Pablo! –¿Qué tripa se te ha roto ahora? No te he dicho que te

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quedaras fuera, no quiero que entres, me duele la cabeza y tu presencia me molesta. –Pero madre, es el libro de Pablo, mire, el señor Balart lo ha hecho, mire madre. –¡Tú también vas a empezar con los malditos libros! ¡¡¿No teníamos bastante con un zángano!!!? ¡Maldita la hora que os traje al mundo! ¡Trae acá! –cogio el libro de entre las manos de Adela y empezó a destriparlo. –¡No, madre! ¡No haga eso, por favor! Es lo único que nos queda de Pablo. –Intentó abalanzarse sobre ella, pero la madre, acostumbrada a pegarle, la derribó al suelo sin apenas dificultad y le propinó una patada en el estomago. –¡Pare señora Sánchez, pare o llamaré a la policía! –Intenté detener aquello. –Señor Balart, tranquilo. No se preocupe, ella está acostumbrada, verdad Adelita. Adela, desde el suelo, recogió los pedazos del libro y, como un animal herido, se acurrucó sollozando en un rincón de la estancia. El olor de la impotencia y la rabia se apoderó de mi cuerpo. –¡Si vuelve a tocarla, llamaré a la policía! –Dirigí mi mirada hacia Adela– No te preocupes Adela tengo mas libros, muchos mas. –Como si de un puzzle se tratara, intentaba en vano reconstruir el libro mientras sus lagrimas casi no la dejaban ver. –¿Ha traído mi dinero? –He traído su maldito dinero. –estaba irritado. Tan sólo necesité un segundo para decidir cambiar el curso de una vida. –Antes tenemos que hablar de un asunto. Estoy dispuesto a renunciar a mi parte del dinero pero a cambió de algo. – 59 –


–¿Cuánto dinero es mi parte? –Por la venta de los libros de su hijo he sacado cuatro mil euros, yo renunció a todo a cambió de que Adela se venga conmigo. –Adela levantó la vista hacia mi y tuve que contener mis lagrimas. –¿Renuncia a su parte por ese saco de huesos? ¡Señor Balart es usted un picarón! Pero si quiere pasar un rato agradable con ella tendrá que pagarme mucho más que su parte. –Es usted la persona mas despreciable y ruin que me echado a la cara. ¿Cómo puede pensar que yo...? –Vamos, señor Balart. No me venga con esas, yo se como funciona el mundo. Estoy segura de que usted tampoco es un santo. ¡Oh!, ¿no me diga que ese pobre animal ha despertado su conciencia? –Algo que usted no tiene. –Es usted muy osado, señor Balart. ¿Se cree con derecho de venir a mi casa con esos aires de prepotencia e insultarme? ¡No se atreva a juzgarme, señoritingo! ¡No lo consentiré! Sé como son ustedes, conozco muy bien su mundo. Señores Marqueses cargados con una conciencia nerviosa que tranquilizan echando unas moneditas a cualquier asqueroso sentado en la puerta de un supermercado. Y mientras, son incapaces de mirarnos a la cara. Se asustan si nos acercamos mucho. Nos repudian por no llevar ropa elegantes. ¡Me da asco la gente como usted! ¡Cínicos!. Si pudieran nos quemarían a todos nosotros sólo por el delito de haber nacido en un mundo más bajo que el suyo. Son ustedes tan despreciables como la inmundicia que me rodea. –se sentó abatida en una silla, agarró una botella de anís que había encima de la mesa y ofreciéndomela, continuo– Por usted, porque tranquilice su conciencia. – 60 –


–Se equivoca, no todas las personas son como usted cree. –Todas, sin excepción. –volvió a beber de la botella– ¡Mírela! –señaló a Adela, que ajena a todo, continuaba reconstruyendo el libro– ¡Pregúntele! ¡Anda Adelita cuéntale al señor Balart! ¿Se acuerda de cuando estuvo en su librería? Estuvo dos días llorando por culpa de esos miserables que se rieron de ella porque no sabía leer ni escribir. ¡Cuéntale, Adelita, cuéntale cómo llorabas! –hizo una pausa y echó otro trago– No querido, son todos iguales y usted no es muy diferente de mí. Pregúntese una cosa, pregúntese ¿Quién le hace mas daño? ¿Su mundo o el mío? Los moratones de esas patadas se le curaran mañana, las heridas del alma, no se curan jamás. –Aún así, quiero que venga conmigo. Siempre tendrá más oportunidades a mi lado que al suyo. Dio un pequeño golpe con la botella en la mesa y sonrío. –Jodido marquesito. Se cree que recogiendo un perrito de la calle obrará un milagro y evitará que muera atropellado por un coche. ¡Y qué no son todos iguales! –pausó sus palabras con otro trago– ¡Además de su parte déme dos mil euros más y si quiere puede casarse con ella! –De acuerdo. Pero jamás volverá a verla. –No caerá esa breva. –Aquí tiene el dinero de la venta de los libros. Para el dinero que falta le firmaré un cheque. –Nada de cheques, metálico. –¡No llevo más dinero encima! –Entonces tres mil, gastos de desplazamiento.

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–Es usted una vieja arpía –saqué la chequera y le firmé los tres mil euros, pero no me dolió. –Vamos Adela, recoge tus cosas, te vienes conmigo –Vamos Adelita, te vas con este señor tan amable, ja, ja, ja –su risa canto de cuervos. –Esto es todo lo que necesito –me señaló el libro despedazado de su hermano. –No Adela, te daré uno nuevo. Ese déjaselo a tu madre, será su penitencia. –No. Quiero este. Salimos de la chabola. Ni siquiera salió a echarle un último vistazo a su hija, tampoco Adela se convirtió en estatua de sal. –No te preocupes, te aseguro que tu vida cambiará. Jamás volverás a verla, jamás te volverán a pegar, jamás volverás aquí, a vivir en la miseria. –mi voz sonaba rabiosa. Se paró de golpe. –Señor Balart, yo sólo quiero aprender a leer para saber que escribió mi hermano –señalándome los trozos de libro. –Te prometo que aprenderás a leer. Ahora, vamos, salgamos de aquí para siempre. Le abrí la puerta del coche pero antes de entrar echó un último vistazo a la chabola de su madre. No pudimos verla pero los dos intuimos que nos miraba desde detrás de la cortina que hacia las veces de puerta. –Antes de nada quiero que firmes un papel. –Saqué del bolsillo interno de la chaqueta los derechos de la obra del poeta Pablo Sánchez.

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Le ofrecí un Boli y me miró temerosa con ojos desconfiados. –Tranquila pequeña, firmando este papel serás la dueña y señora de todo el dinero que ha ganado tu hermano con la venta de su libro. Te he dicho que jamás volverás a esta vida y créeme, no volverás, firma esto y serás la destinataria de una gran suma de dinero. –Gracias señor Balart. –No Adela, Gracias a ti, tú me trajiste la nota. Y gracias a tu hermano. Él es el artífice de todo esto. –hice una pausa– Te llevaré a mi casa y podrás asearte y ponerte ropa limpia de mi hija. No me miraba, su mirada estaba perdida en la ventanilla, en el mundo que abandonaba, en la miseria que dejaba atrás. Una lágrima resbaló por su mejilla, tal vez por su hermano, tal vez por su suerte o quizás, tal vez por su madre. No lo sé. Aún, sin mirarme, susurro: –Podríamos pasar por el cementerio, me gustaría llevarle flores a mi hermano.

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La justicia


Cuando me enteré de que en el condado de Wothrington se estaba juzgando a un hombre por un delito del que todos podíamos ser juzgados, mi primer impulso, al leer aquella noticia, fue el de reírme, el segundo, el de preocuparme. La justicia no solo se dedicaba ya a juzgar nuestros actos al margen de la ley, sino que se aventuraba a juzgar nuestros instintos mas básicos como seres humanos, nuestra propia naturaleza. Y lo que era peor, que ocurriría si a ese hombre lo declaraban culpable. La mayoría de la humanidad estaría condenada. En aquel juicio, que apenas duró dos semanas, se dijeron muchas cosas. Algunas desgraciadamente con más sentido que otras. En la trascripción que a continuación les relato, he omitido casi al completo esas dos semanas y me he centrado en el último día del juicio, donde sin duda, el surrealismo y la incomprensión fueron la tónica predominante de aquel fantasioso juicio. *

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–El acusado tiene la palabra. –señaló el juez – Señorías, miembros del jurado, distinguido público. Hace apenas unos días mi alegato, con todo probabilidad hubiera sido distinto, pero a día de hoy, después de una profunda reflexión, he de confesarles que me declaro culpable. Culpable del más alto cargo por el que se pueda juzgar la conciencia de un hombre, el desperdicio de su vida con el consecuente malgasto de aire, privando a muchos de sus semejantes de su uso y disfrute. He de decir en mi defensa que dicho delito fue o ha sido consecuencia fatídica de la toma de dos decisiones erróneas. Y, aunque ambas se tomaron hace ya muchos años, siendo yo muy joven, no por ello tengo disculpa ni mi castigo ha de ser menor. La primera de dichas decisiones erróneas esta relacionada con la profesión. En un momento crucial de mi vida pude tomar la acertada decisión que tal vez no hubiera derivado en estar hoy aquí, delante de ustedes. A la temprana edad de diez años, en la balanza de mi vida se colocaron los dos caminos que podía seguir. El primero, el ya conocido y que después de ese malgasto de oxigeno termina en esta sala. El segundo, el camino que todo ser de tan corta edad desea tomar, pero no se atreve. Se colocó al alcance de mi mano ese destino que todo niño sueña, que todo padre anhela para su hijo, que toda vida pretende ser. Cierto es, que podría de manera muy resumida contarles cual era ese destino, pero señorías, sinceramente, les ahorraré esa perdida de tiempo ya que dicho destino no – 68 –


lo viví. Sólo diré a mi favor que la culpa de no tomar esa decisión en ese momento, fue ni más ni menos, que la falta de valor. Si señorías, la total y absoluta falta de valor.– Hizo una pausa y se acercó a su mesa vacía de papeles y de abogado y bebió agua.– Permítanme ahora que les explique la segunda, que mucho tiene que ver con la primera. La segunda decisión vital esta relacionada con una de las mayores lacras del ser humano, el amor. En efecto señorías, el amor. Sin duda alguna, el mayor lastre que pueda soportar cualquier ser humano y que evita su particular avance hacia una vida más simple y sencilla. Vaya de antemano, decirles, que esta decisión fue tomada algunos años después de la primera. Se presentó ante mí, y en forma de mujer, lo que todo hombre desea, sueña, anhela. Ante mis ojos se descubrió el ser más hermoso que jamás había visto, el alma gemela, que diría el poeta, la horma de cualquier zapato. A la justa edad en la que el rojo deja de ser color para tornarse pasión y el cielo deja de ser simplemente azul y volverse un mar infinitos sueños, conocí al amor de mi vida, a mi media naranja. –Quedó pensativo durante un instante y prosiguió– Pero por una falta de impulso y lo que es peor, de valor, dejé pasar la oportunidad de haber vivido una vida excitante y satisfactoria al lado de la persona perfecta para pulir a un hombre imperfecto y que hubiera derivado en otro final distinto a este. Querido Juez, señorías, miembros del jurado, estimado público. Como habrán podido observar las dos fatales decisiones que me han traído hoy hasta aquí, tienen algo en común, la ausencia total de valor.

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Creerán, por el simple hecho de asociarlo con la valentía o la cobardía, y si así fuera, seria un error, un craso error, que el valor se nos presupone innato a los seres humanos. Pues he de aclararles que no. El valor, nada, o acaso muy poco tiene que ver con ser valiente o cobarde. El valor es tan sólo un impulso domesticado que deriva en una acción preconcebida. Es saber en todo momento lo que se debe y se ha de hacer. Es ser amable y respetuoso, noble y agradecido con sus progenitores, con sus semejantes más débiles, con quien lo necesite o se crea que lo necesita, es ser agradecido cuando se debe serlo, caballeroso sin pretenderlo. Eso y mucho más señorías, es el valor. Y la cobardía o la valentía nada tienen que ver con todo esto. Tan sólo son dos sensaciones que únicamente resultan aparentes a ojos de los demás, por que en el fondo de nuestro ser, en ese rincón del que a nadie le hablamos, se oculta la verdadera razón, la verdadera situación. La valentía o la cobardía, señorías, son dos impulsos ajenos a nuestro propios sentimientos y sensaciones. Cualquiera de ellas es una decisión tomada de manera unilateral por nuestro cerebro y que, si en ocasiones fuera más lento, que duda cabe que no tomaríamos tales decisiones. Lo pensaríamos detenidamente y con mucha calma nos iríamos poco a poco replegando en nosotros mismos hasta que dejáramos de ser observados. Y que conste que la ausencia de una no conlleva la presencia de la otra. Estas dos cualidades se nos presentan en momentos puntuales y depende, como ya he dicho, de la decisión de nuestro cerebro el ser encumbrados al olimpo de los dioses o defenestrado en la más absoluta oscuridad de la humanidad... –Le ruego al acusado agilice su alegato –Apuntó el Juez a un pequeño golpe de su martillo. – 70 –


–Si señoría, concluyo. Dicho esto y sin ánimo de ser exculpado. He tomado la decisión, puesto que soy consciente del grave delito que he cometido, de aplicarme yo mismo la condena correspondiente. –¡Protesto!–Se escuchó desde la mesa del demandante. Una algarabía de susurros se propagó por toda la sala. –Silencio, por favor, guarden silencio –golpeaba el juez con su martillo. –Primero escucharé el castigo que se auto impone el acusado y después diré si ha lugar o no la protesta. –Gracias señoría. He decidido, dado que, durante aproximadamente la mitad de mi vida he estado malgastando un precioso oxigeno que podía haber sido aprovechado por alguien más necesitado, sugerir a sus señorías que mi castigo sea, dejar de respirar. –Pero...mucho me temo que si deja usted de respirar, morirá –aclaró el juez. –Señoría, no puedo devolver el oxigeno malgastado y tampoco sabemos si moriré o no. Que sepamos nadie muere por una falta de oxigeno, hasta el agua lo contiene, es la causa de la muerte la que provoca que dejemos de respirar. ¿No cree, señor? El juez quedó un instante pensativo. –De acuerdo entonces –asintió– y que propone. –Muy sencillo. Colocaré una silla en medio de la sala e intentaré aguantar la respiración tanto tiempo como la parte demandante o usted mismo decreten. –Señoría –alzó la voz el abogado demandante– la parte contraria esta de acuerdo. Y sugerimos un tiempo total, no inferior a hora y tres cuartos. – 71 –


–Estoy de acuerdo. –dijo el juez– Puesto que el jurado ya no es necesario, si lo desean pueden abandonar la sala. Puede proceder el acusado. Nadie, absolutamente nadie se movió de la sala. Puesto que se había declarado culpable, me referiré a él, como, el culpable. El culpable, cogió la silla que tenia al lado de su mesa y la colocó en medio de la sala, entre la parte contraria y el pupitre del juez. La colocó minuciosamente, guardando que estuviera centrada entre ambas partes. Se sentó como quien se sienta a comer, aflojó su corbata, desabrochó el último botón de la camisa y se descalzó. Hecho todo el ritual de condena, aspiró profundamente y contuvo la respiración. El análisis cuidadoso del forense aclaró, que la causa de la muerte tuvo lugar cinco minutos después de contener la respiración, por el estallido de la cabeza del culpable. Relataré ahora lo que ocurrió en la sala del juzgado después de aquel horripilante suceso. El juez, sin duda para certificar la muerte del culpable, solicitó la presencia en la sala del médico de guardia del juzgado, que efectivamente, declaró su defunción. La parte contraria, por su lado, también llamó a un científico para que declarara lo mismo, pero científicamente. Este, en su afán por el conocimiento y la investigación no paró ahí. Se propuso, ante la extraña mirada de los presentes, calcular el oxígeno malgastado por el culpable y el oxígeno liberado de la sangre del mismo. Sacó una pequeña libreta – 72 –


de su maletín y después de incontables operaciones matemáticas, dedujo: Que el oxígeno malgastado por el culpable, en aproximadamente la mitad de su vida, era casi, salvo por unas décimas, la misma cantidad de oxígeno que su sangre había liberado al estallar su cabeza. Ante semejante revelación, y dado el prestigio del distinguido científico. El Juez sentenció: –Puesto que el culpable, y remitiéndome a los resultados obtenidos por el eminente científico, que confirman que el acusado prácticamente ha saldado su deuda para con la humanidad, no me queda otra opción que declararle libre de los cargos que se le imputan. Se levanta la sesión.

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Mi padre


Es un domingo claro pero no despejado, con un sol tímido que juega al escondite con las nubes. Recuerdo la última vez que vine al cementerio, parece el mismo día, pero no lo es. Es curioso como al entrar en este santuario los sonidos estridentes se dispersan, desaparecen como un eco que se va alejando, dejando paso en mis oídos al murmullo suave de los pajarillos que silban al compás del oleaje sincrónico de los cipreses. Siguiendo la batuta del viento recitan sus cantos ante un público atento pero no entusiasta, sereno pero no por gusto. Tu lápida la recuerdo de un tono grisáceo, un poco más oscura que el día. Creo que era de mármol, imitando la piedra natural. Pero son todas iguales, o casi todas. Es difícil, después de tanto tiempo, saber donde estás, Papa. Es una ciudad. Estoy en medio de estas avenidas, perdido, con cientos de lápidas apostadas a los lados, aparcadas como coches en un parking. ¿Donde estás, Papa? Las fotografías van y vienen, chocan contra mí como transeúntes con prisa, caras que trabajaban, que jugaban, que soñaban. Bombardean mis ojos con nombres, con fechas, con recuerdos, con no te olvidaremos, con frases espirituales y místicas. Es una tormenta de estrellas fugaces que atraviesan mis pupilas y llegan a mi mente como sonidos que no podré olvidar, al menos hasta mañana. Cierro los ojos. ¿Cuál es la tuya, Papa? ¿Donde esta tu rostro?

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En mi propia oscuridad pienso mejor, recuerdo mejor. Ha cesado el tráfico de almas, de tumbas. Apretando mis parpados me defiendo de una batalla que de ante mano tengo ganada y te busco. Ahí está, entre miles de puntos blancos aparece nítidamente tu tumba, viene hacia mí, abriéndose paso entre tantas luces, entre tanta gente. En este universo oscuro de lamentos y lloros un hijo reconoce la voz firme de su Padre. Ahora te veo, vivo y claro. Ojala pudiera calentar con este beso tu rostro dulce y sonriente. ¿Te acuerdas de esta foto? Sé que te acuerdas, siempre te gusto esa fotografía. Ya supiste, nada mas verla, que se la regalarías a la muerte. Te mueres de frío, Papa. Estás helado. Es tu lápida la prolongación de tu cuerpo. Fría como se torna la mañana. Fría como el hielo. Tan fría, tan fría, que me quema. Tan sólo permanece cálido mi corazón, que intenta desesperadamente luchar contra un escalofrío que poco a poco le va comiendo terreno. Las flores, son para ti. Gratos recuerdos estos aromas. Son del patio trasero de nuestra casa. Pero eso ya lo sabes. Aromas donde tú naciste, rosales donde yo me críe. Que extraño, ¿verdad? En vida jamás te regalé flores, pero, ¿qué hijo regala flores a su Padre? Supongo que ninguno. ¿Qué hijo le dice a su Padre, te quiero? Son palabras, que aunque no se digan, se dan por sabidas. ¿No? ¿O sólo yo las di por supuestas? Ojala te hubiese dicho que te quería. En fin, Papa. Tus nietos están bien, te echan de menos, a ti y a los días de pesca. Y tu nuera, aunque te cueste creerlo, también. – 78 –


Me dieron un regalo para ti. El pequeño me hizo prometer que te lo traería. Que curiosa la mente humana. Con tres años apenas recuerda algunas palabras nuevas que le enseño. Lo que me sorprende, es que tiene grabado a fuego en su memoria la vez que le enseñaste a jugar al dominó. Es muy bueno. El mayor no puede con él y a mi me cuesta bastante ganarle una partida. Hiciste un buen trabajo, Papa. Bueno, aquí te dejo tu regalo. Es una ficha del dominó. El punto doble. Dice que sois tú y él sentados a la mesa, el día que le enseñaste a jugar. Tu foto sigue igual de fría o es que mis besos ya no calientan. Adiós papa. Te quiero y siempre te quise, aunque no lo dijera.

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Les amants


Sujeta a unos hilos cada vez más invisibles. De pie, subida en el abismo del puente que separa dos mundos, que une la senda de dos almas ajusticiadas por un destino cruel. Sin que el viento invernal pudiera sofocar esa llama, cada vez más viva, que ardía en su interior, Sophie permanecía inmóvil recitando poemas amor. Poemas que durante gran parte de su vida habían sido su único aliento para seguir respirando, el único motivo para arrastrase por una vida que carecía de sentido. Los sabía de memoria. Como un rezo de salvación los recitaba cada día, cada noche, hasta que el inmenso dolor de su soledad la consumió por completo. Con el rostro bañado por sus lágrimas, seguía rezando, no sentía frío, ni miedo, no sentía nada. Arrancó de su cuerpo el camisón, única piel que la unía al mundo que despreciaba. Y sin apenas un impulso, ayudada por el viento que mecía su amante desde el más allá, voló. Por un instante voló y pudo ver su vida, pudo contemplar el mundo desde el infinito de un amor inerte. Pudo verse de niña, de joven, pudo ver a sus padres, a sus hermanos y finalmente, sumida ya en las frías aguas del río pudo ver los brazos de su amado, de Bertrand. Por primera vez sus manos pudieron tocarse, en el umbral que separa la vida de la muerte sus cuerpos se abrazaron. Y todo empezó a cobrar sentido. La vida, al final fue vida y desde las profundidades de la muerte, desde las profundidades del río en el que Bertrand llevaba esperando una eternidad, su amor al fin, se consumó. *

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Entramos en la cabaña extasiados de caminar. Afortunadamente la señora Martier ya tenía nuestra cena encima de la mesa y no tendríamos que esperar. –¡Ah! ya están aquí, llegan en el momento justo, incluso deberán esperar un poco si no quieren abrasarse con la comida –Nos advirtió. –Estamos reventados –le contesté mientras me desplomaba en una silla. –Vamos cariño, tampoco hemos caminado tanto –Mi marido siempre le quitaba peso a todo lo que a mi verdaderamente me pesaba. –¿Han disfrutado del paseo? –La señora Martier se apresuró a cortar la respuesta que tantas ganas tenia de lanzar a mi marido. –Me ha encantado –me relajé en mi silla– Viven ustedes en un verdadero paraíso... –Tienen ustedes una cabaña preciosa –para variar mi marido no se había dado cuenta de que estaba hablando yo– Supongo que la tendrán hace muchos años, comprar una casa en un paraje como este, hoy en día, sólo esta al alcance de unos pocos. –Mi marido lleva viviendo aquí desde que era un crío. Su madre y él la heredaron de un tío suyo que se suicido. Una historia terrible. –Vaya, lo siento. Le esta bien empleado, por hablar. Retomé la frase que mi marido había cortado. –Hemos cruzado un río por un puente de piedra que debe de tener cientos de años. –Si señora, precioso puente, ¿verdad? Es el puente De – 84 –


los Amantes. Creo que es de la época de los romanos. Es la joya de nuestro pequeño paraíso. Todas las tardes de verano, mi marido y yo nos sentamos en el banco de piedra que hay en mitad del puente y observamos como el sol se oculta tras las montañas. –¿Por qué se llama el puente de los amantes? –pregunté La señora Martier me miró y con sus ojos señaló hacia el sillón que tan maleducadamente nos daba la espalda. En el cual, al abrigo del calor que desprendía la chimenea, descansaba su marido. –Algún nombre había que ponerle –la voz suave y firme provenía del respaldo del sillón. –¡No seas arisco, Armand! –protestó su mujer– La señorita tiene curiosidad por el nombre –con una mirada cómplice me guiño un ojo. Un amarillento silencio recorrió todo la estancia. Era una posada pequeña y humilde, como había comentado con mi marido, me recordaba a esas estampas primaverales que ves en los dibujos de los calendarios, que sueñas introducirte y vivir el resto de tu vida. El salón principal era rectangular, del tamaño justo y todo muy bien distribuido, acogedor y apacible, albergaba lo mejor de esas cabañas, recargadas de estanterías y cachivaches inservibles, pero que en aquel salón se hacia indispensable su presencia, de otra manera quedaría desnudo. Las puertas de las habitaciones a un lado y en el extremo contrario, sin duda lo mas evocador, una chimenea que embriagaba de color naranja soñoliento todo aquel gran comedor. La mesa en medio, para no estorbar y una pequeña cocina en un rincón. –Se habrá quedado dormido –mientras nos servía el segundo plato, esa mujer, sin duda para sacar del letargo a su – 85 –


marido, alzaba la voz. –No hace otro cosa más que sentarse en esa butaca y pasar las horas leyendo y durmiendo. –¡Ya vale Marie! –replicó el sillón– No estoy dormido. –aclaró su voz– No estoy durmiendo, es sólo que no quería molestar. –No seas maleducado y cuéntale a la señorita por que el puente tiene ese nombre. –A pesar de la reprimenda su voz era dulce. Volvió a guiñarme un ojo. Mi marido, sentado a mi lado en la mesa, rehusó el segundo plato y se dispuso a encender su pipa. Todos esperábamos una respuesta de Armand. –¿Han oído hablar de Sophie Canonne? –apenas podía verle el rostro, hablaba como si estuviera solo. –Creo que sí –respondió mi marido centrado en su pipa– si no recuerdo mal, fue una actriz de cine mudo, allá por los años veinte. –Fue una gran mujer y una gran actriz –Armand hablaba ajeno a las palabras de mi marido. –Creo que murió en un accidente de coche o de avión, pero no estoy muy seguro. Era el dialogo entre dos seres ausentes, mi marido centrado en mantener vivo el fuego de su pipa y Armand absorto en sus pensamientos. –Llegó aquí hace muchísimo tiempo, yo apenas tendría diez u once años aunque tengo los recuerdos tan vivos y presentes que creo, sinceramente, que tuviera mas edad. No era una mujer muy alta pero por su figura esbelta y fina, lo parecía. De larga melena castaña, ojos verdes y un rostro tierno y angelical. Una mujer sumamente hermosa.

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Era tal su belleza, que mi madre, la primera vez que la vio, dijo que sin duda Dios la engendró como ejemplo de la suprema perfección. Vino sola, con una maleta y la intención de quedarse una temporada y alejarse del ajetreo de su trabajo y de todo lo que estuviera relacionado con su mundo. Mi madre la instaló en esa misma habitación –señaló, sin girarse, la puerta cerrada que todos teníamos detrás–. Todas las mañanas salía a pasear por la vera del río o por la falda de la montaña. Otros días bajaba al pueblo y subía cargada de regalos para mi madre y alguna que otra golosina para mí. Las dos se hicieron muy buenas amigas. ¡Qué gran mujer era! Yo le tenía mucho aprecio, ¿saben? No por la cantidad de regalos que nos hacia sino también por la bondad y dulzura con la que nos trataba. Sin duda ha sido el huésped más especial que hemos tenido. Había terminado de comer. Casi sin mover mi silla, me levanté de la mesa, me acerqué al sillón que estaba justo a su lado y me acurruque en él, al amparo de su historia y del calor que desprendía el hogar. –Un día, nos sentamos a comer en esa misma mesa en la que ustedes han cenado. El otoño había dejado su sitio al invierno y mi madre había preparado un suculento estofado. Ella no salió, como todos los días, a dar su paseo matutino, estuvo toda la mañana encerrada en su cuarto. A la hora de la comida se sentó a la mesa, callada, en silencio y con un libro entre las manos. Dejó el libro en la mesa ante los ojos asombrados de mi madre. En toda la comida ninguno de los tres pronunció palabra alguna. Una vez terminado y sin previo aviso, pues jamás lo hacia en aquella hora, mi madre me mando a estudiar a mi cuarto. Yo estaba muy intrigado pues pensaba que algo entre ellas había ocurrido y tenía el temor de que Sophie se marchara. Abrí un poco la puerta de mi cuarto e intenté escuchar la – 87 –


conversación que había entre ellas. Mi madre, por como hablaba de él, sin duda conocía aquel libro. Sophie le contó una historia muy extraña que le sucedió algunos años atrás, cuando vivía en Francia. Al término de una de sus funciones en el teatro, su representante entró en su camerino con un pequeño paquete en las manos. Un desconocido le había rogado, casi suplicado que por favor hiciera llegar ese paquete hasta las manos de Sophie Canonne. Era aquel mismo libro, el que ahora estaba encima de aquella mesa en la que yo acababa de comer. Era pequeño, casi de bolsillo y con el titulo bordado en su tapa, Les amants. Eso y una pequeña dedicatoria que rezaba en la primera página era lo único que Sophie entendía del libro, pues todo lo demás estaba escrito en español y ella sólo hablaba y entendía el francés. Jamás vio al propietario del libro y puesto que apenas entendía una palabra de lo que decía, el libro quedó olvidado en una estantería de su casa. No fue sino, mucho tiempo después cuando en una gira por Sudamérica que aprendió nuestro idioma, rescató el libro de la estantería y lo leyó. Quedó tan sorprendida y asombrada por la historia que relataba aquel libro, que jamás se separó de él, convirtiéndose en su particular Biblia. Mi madre estaba sentada enfrente de Sophie y escuchaba lo que ella decía como si ya supiera la historia, como si la hubiese escuchado más de diez veces. Después no entendí mucho de lo que hablaban. Tampoco se decirle si discutían o no, y si lo hacían, el porqué. Lo único que sé es que a partir de ese día todo cambió. Sophie empezó a distanciarse de la vida rutinaria de la cabaña, de mi madre y de mí. Al principio dejó de dar sus paseos por el campo, apenas comía y si lo hacia era encerrada en su habitación. Ya no salía. Su rostro estaba cada vez más delgado y pálido. Sufríamos por su estado de salud. Recuerdo que a – 88 –


veces, cuando la echaba de menos, me escabullía, sin que mi madre me viera, por detrás de la cabaña, me asomaba a su ventana y la observaba. En la habitación apenas se veía rastro del orden que establecía mi madre. Era como si un fuerte huracán hubiera penetrado en la habitación y antes de desaparecer lo hubiera sembrado todo de hojas muertas. Ella casi siempre estaba tirada en la cama, leyendo, rodeada de papeles, como un notario al que se le acumula el trabajo. Me resultaba extraño el hecho de ver tantos papeles y libros por el suelo, pues ella sólo había traído una maleta y no parecía tan grande como para que cupiera todo aquello, además estaba su ropa. –¿Ya estaban aquí, verdad? Me refiero a los libros, ¿ya estaban aquí, no? –estaba tan metida en la historia que el ansia me traicionaba. Armand me miró y sin decir nada, asintió con la cabeza. –Se los había dado mi madre. Todo aquello pertenecía a Bertrand Murriel, mi tío. No llegué a conocerlo pero según mi madre fue un gran escritor y poeta. Yo solo conocí su obra, su legado, y creo, sinceramente, que fue mucho más que eso. No era un escritor muy reconocido entre las masas pero si muy apreciado y respetado en el pequeño circulo de escritores de aquella época. Nunca le gusto vivir en la ciudad y fue él, quien, con sus propias manos construyó este pequeño paraíso. Vivió apartado de su familia, de sus amigos, del ruido, del ajetreo, del mundo. Y así fue su vida hasta que decidió –hizo una pausa– marcharse. En su testamento nos legó a mi madre y a mí esta cabaña junto con una pequeña casa en el pueblo. –¿Fue él quién entregó el libro a Sophie, verdad?. –Ya no me importaba cortar la historia, estaba deseosa de llegar al final. – 89 –


–Siempre me pregunté el por qué del comportamiento de Sophie y su distanciamiento. Incluso puedo decirle que a veces me echaba yo la culpa de todo, aunque en mi interior sabía que no era así. Mucho tiempo pasó hasta que pude encajar todas las piezas, conocer la historia, e intentar comprender todo lo que ocurrió antes y después de la visita de Sophie a esta casa. Fue a la muerte de mi madre. Pocas veces había entrado en su habitación, pero aquella vez tuve que hacerlo. Encontré entre la inmensidad de papeles que guardaba en su armario unas cartas escritas por mi tío y dirigidas a ella. Lo explicaban todo o casi. Le contaba, de un viaje a Francia, cuando uno de sus amigos le invitó a pasar unos días en su casa de Paris y disfrutar de la vida parisina. Fue en una salida al teatro, cuando la vio por primera vez. Encima del escenario vio al ser más hermoso que jamás había visto, y esto son palabras suyas, era una mujer tan delicadamente hermosa, que su belleza se clavada de tal manera en sus ojos que mirarla le mataba y no hacerlo, también. Mientras estuvo en Paris fue a verla todos los días, a todas las sesiones. Se sentaba en las ultimas butacas y desde allí contemplaba su historia, pero en otro escenario. Imaginaba toda su vida junto a ella. Unía sus vidas en su cabeza y daba forma a un amor que sólo había nacido en él. Recuerdo leer que una noche al término de la última función rescató de su interior algunas dosis de valor e intentó presentarse en su camerino, pero esas dosis de valor fueron insuficientes y no consiguió mas que llamar a la puerta y escabullirse lleno de pavor antes de que la abrieran. Cada viernes y sábado después de la función, todos los artistas se reunían en grandes mansiones y organizaban fiestas hasta altas horas de la madrugada. Uno de eso días, – 90 –


Bertrand, consiguió que lo invitaran a una de las fiestas y pudo conocer de primera mano como es la vida debajo de la fantasía del escenario. Bertrand era un hombre distinto de los demás, su timidez en muchos casos le impedía relacionarse con cualquier persona que le rodeara. Jamás, aunque la tuvo cerca, fue capaz de decirle una sola palabra. Cuando un hombre sueña y fantasea con su propio destino cualquier contacto con la realidad de ese destino le destroza interiormente, le arrebata su única forma de vida y se hunde en la cruel y oscura verdad de que jamás podrá volar. Eso, únicamente eso es lo que pasó con Bertrand. Conoció la realidad del mundo de Sophie, su vida fuera del escenario. Sophie era una mujer extraordinariamente bella y era de esperar que los hombres volarían a su alrededor como abejas a la miel, lo que nunca pensó Bertrand es que estuviera casada con uno de los hombres mas ricos y poderosos de Francia. El abatimiento se apoderó de él, comprendió que pertenecían a mundos diferentes, ella era poco menos que una diosa y él, apenas un simple mortal. Su historia de amor solo existía en su cabeza y de ahí, jamás saldría. Volvió a Madrid y por un tiempo recuperó su vida, pero ya no era el mismo, todo en él había cambiado. Cada vez le costaba mas respirar y tenía que olvidarla a toda costa. Fue entonces cuando decidió hacerse a un lado del mundo y escondido bajo estas montañas, deshojarla de su cabeza. Mi madre por aquella época vivía en Argentina y no mantenían mucho contacto, aunque dudo mucho que mantuviera contacto que alguien. Tan sólo abandonó este retiro para verla por última vez. Volvió a Paris, al mismo teatro, pero ella ya no estaba allí. Tuvo que viajar a Londres donde representaba una obra de gran éxito. Y la observó como siempre lo había hecho, desde la última fila, desde – 91 –


el escenario de su corazón en la obra que siempre había representado en su cabeza. Armand tenía los ojos cerrados y por un instante permaneció en silencio. –¿Y como terminó? –Mi marido, en algún instante de aquella historia decidió que merecía la pena prestar atención Yo le miraba, miraba el rostro iluminado de Armand e intentaba adivinar donde y cuando estaba su mente. Los dos oímos la pregunta de mi marido, pero ninguno respondió. –Terminó como estaba escrito que terminaría –una voz salió de entre las sombras como un fantasma que observa, ajeno al paso de la vida. Armand continuo, su mujer emergió de esas sombras y mi marido acercó una silla y se sentó a mi lado. –Fui yo quien se levantó aquella mañana, aquel día en el que Sophie comenzó a vivir. Hacia frío y el sonido seco del golpeo de una puerta contra el marco me despertó. Era la puerta de la habitación de Sophie. Golpeaba como si intentara despertarnos, como un perro que ladra la presencia de un extraño. Desde que ella habitaba con nosotros jamás había entrado en esa habitación. La ventana estaba abierta de par en par, la luz penetraba con la dulzura clara de una mañana perfecta. Las cortinas volaban por la habitación guiadas por una brisa silenciosa intentando huir o perseguir a alguien, tal vez a la misma persona que había dejado la habitación en las mismas condiciones que la había encontrado, con la cama hecha y todo colocado de

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tal manera, que daba la impresión de que jamás la había habitado nadie. Todo parecía nuevo, sin estrenar, sin restos de lo que había sido, sin señales ni huellas. La puerta de la cabaña también estaba abierta. Había nevado durante toda la noche y algo de nieve había entrado en el comedor, sin duda la puerta llevaba horas abierta. Salí de la cabaña aún con el pijama puesto y observé como un manto de nieve cubría todo lo que mis ojos podían alcanzar. Todo estaba en silencio, en paz, si no fuera por unas huellas que, como una piedra que perturba la tranquilidad de una charca se abrían paso entre la nieve. Seguí las huellas colocando mis pies sobre ellas, recorriendo una suerte ya vencida. No sentía frío, ni miedo, no sentía nada, tan sólo pensaba en Sophie. Presentía, sus huellas me aclaraban su destino, caminaba sobre aguas cristalinas y podía contemplar su pasado y su futuro. Esas huellas se detenían en mitad del puente, en mitad de un camino, en mitad de una vida que prefirió no seguir, que optó por no vivir. Tan sólo este libro descansaba en el banco de piedra, testigo de un final o tal vez de un principio, ¿quién sabe?. Abierto de par en par como las ventanas que renuevan de aire fresco las vidas apolilladas, como se abre un corazón, como se abre el alma sin que nadie te lo pida. ¿Usted cree que es posible enamorarse de alguien que esta muerto?. Yo si lo creo. Sophie se enamoró de Bertrand como un pajarillo que se enamora del aire, como un ciego que no ve la luz pero la siente. Le entregó su corazón, su alma, su vida....y la muerte les regaló la eternidad. Silenciosas lágrimas se apoderaron de su rostro y del comedor. Mi marido me tenía abrazada y sin darme cuenta sentí como también esas lágrimas se apoderaban de mí. Sólo el – 93 –


sonido de la madera que se expande intentando escapar del fuego era consciente de si mismo. Todo el comedor languidecía tristemente entorno a nosotros, se sumía en el baile de dos fantasmas, dos almas que sin conocerse llegaron a amarse de tal manera que vivir el uno sin el otro se convirtió en una condena, en un suplicio. La vida no, pero el amor si es eterno. Sophie en la enfermiza desolación de su amor por Bertrand decidió unir sus destinos al margen de la vida y eternizar ese amor en las profundidades de la muerte, en el fondo de un río. Alargué mi mano y suavemente recogí el libro que como un pajarillo muerto descansaba en las manos abiertas de Armand. Lo apreté fuerte entre las palmas de mis manos y casi pude sentir los latidos de un corazón. Lo abrí por la cinta, por el hilo de sangre que marcaba la última página: –Sujeta a unos hilos cada vez más invisibles....

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La vida no es una transición contemplativa, es el lugar donde todo empieza y todo termina. El propósito de este libro es rasgar ese lugar del alma donde nacen las preguntas existenciales. El verdadero fin, esencial, de la vida, es la búsqueda de un destino común y los sueños, el amor, la tristeza, la amistad o la nostalgia son esas piedras o baches que sin darnos cuenta, alimentan el arduo camino que lleva hasta ese destino. Solo has de ser consciente de que estar vivo es algo más que respirar. Tienes una vida, un trayecto que recorrer, si existe algo después, que importa, lo verdaderamente importante es lo que haces o dejas de hacer en el maravilloso viaje que te espera. Aquí, mas allá de las palabras encontrarás las preguntas, pero tú, solo tú, tienes las respuestas.

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