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Juan Goytisolo: la reivindicación del mar

I “El arroyo de la sierra, me complace más que el mar.” José Martí Emilio Ichikawa para Daniela Flesler La noción de “elemento” es básica en la historia del pensamiento occidental. Fue usada por los físicos de Mileto, quienes postularon la existencia de un “principio sensible” que cumplía dos roles fundamentales: a-De él estaban formadas todas las cosas. b-Todo salía y volvía a su seno. Fue Tales, sigiendo a Hesíodo, quien se decidió a postular radicalmente que “el arjeé (principio) es el agua.” El agua es vida y muerte; y es salvación. A la filosofía moderna llega esta afirmación a través de varios autores; es importante destacar, por la influencia que tuvo en el pensamiento contemporáneo a través de la filosofía alemana del siglo XIX, que Feuerbach afirmó en su Esencia delcristianismo (1841) una función social-terapéutica (hidroterapia) para el agua afincada en la Grecia antigua, “alba destinal” de occidente. El agua es entonces, para los filósofos, un principio explicativo del cosmos; para los artistas, escritores incluídos, un símbolo para expresar y descifrar el microcosmos, los pequeños espacios donde si bien no se reproduce la vida del hombre universal (abstracción filosófica), al menos sí transcurre la de los individuos particulares. El hombre común de la literatura está preñado de humedad. En su libro El agua y los sueños (FCE, México, 1978) el pensador Gastón Bachelard (1884-1962) nos ha ofrecido una interpretación bella (1) y convincente de los alcances simbólicos del agua, llegando a descubrir en ella hasta una moral. (2) Ahora bien, que estemos ante el agua no significa aún que estemos ante el mar, que es el "continente” al que nos interesa llegar. El mar es el medio absoluto de una liberación y, precisamente por eso, se ha vuelto nuestra meta, el ansiado punto de llegada de este texto.


Para Bachelard el agua es desnudez primera, inocencia; también ensoñación, “dulzura”. Es por eso que cree que el agua dulce tiene supremacía. Ahora bien, ¿supremacía sobre qué? Pues sobre el agua salada, el agua de mar. Esta es nuestra suposición, que también termina por creer que el mar es fuerza, potencia de realización, salvación. El mar es el medio de lautopía hirsuta, que es la travesía del emigrante. A diferencia del lago, que es serenidad, el mar es cresta, violencia. Si al primero le corresponde como género de expresión literaria la canción o la leyenda, al mar le corresponde la historia. La historia del mundo es la historia de los mares. En un inicio fue el mar Muerto, luego el Mediterráneo, el Caribe; después el Atlántico y más recientemente el Pacífico, que son océanos; es decir, mares inmensos. Según Bachelard “El mar produce cuentos antes de producir sueños” (1978, 230-231) o, lo que es lo mismo, produce novelistas e historiadores antes que poetas. Solo la modernidad tardía, una etapa histórica que ha hecho del aire el elemento fundamental, ha conseguido, residualmente, una sublimación del mar. Es decir, una dulcificación de las mareas. Anota además el pensador francés en un estilo amonestador: “Existe un hecho que los mitólogos suelen olvidar, y es que el agua de mar es un agua inhumana, que falta al primer deber de todo elemento reverenciado, que es el de servir directamente a los hombres.” (ibid. 230) Se refería Bachelard al mar tradicional de los viajeros. En la antigüedad y el medievo el viaje dejaba un trazo singular; era un círculo que siempre preveía el camino de regreso. De ahí ese epifenómeno que son los libros de camino: el viaje implicaba también el recuerdo (la escritura) de una visita. El proyecto iluminista de la modernidad temprana también contenía elementos de esa circularidad del viaje tradicional. Claro, más vinculada a los objetivos concretos de lo que se dio en llamar “instrumentalidad capitalista”. Linneo, Cuvier, Humboltd, Darwin, incluso Marx, utilizaron el viaje como pretexto de una racionalidad ilustrada, a veces positivista.


En la modernidad tardía, en la “postmodernidad”, el viaje muta su simbolismo geométrico: ya no aspira al círculo sino a la recta o, ya que tiene partida y destino fijo, al segmento (recta trunca). La emigración como elemento utópico de la última modernidad dota al viaje, y con ello al mar, de aquel don o “deber” que precisamente Bachelard le había negado: “servir directamente a los hombres”. Con esto el mar adquiere fuerza utópica, se convierte en un dador de sentido y, metodológicamente, en una imagen que resuelve conflictos simbólicos y tramas literarias. Este es el “nuevo mar” que me interesa rescatar, también con todo el linaje descrito anteriormente, en la novela de Juan Goytisolo Reivindicación del Conde don Julián. Un mar que es a la vez imagen y realidad; elemento ontológico y pleno ardid literario.


II “Los vientos eran contrarios, la luna estaba crescida, los peces daban gemidos por el mal tiempo que hacía” Romance. Esta novela de Goytisolo es un reto y, más que eso, un desafío a la convencionalidad que inscribe definitivamente a su autor en el linaje de los escritores malditos; junto, por ejemplo, a sus admirados Américo Castro y Jean Genet. Según Gould Levine la obra desacraliza las visiones limitadas y cerradas en un triple frente: a-La sexualidad. b-La sociedad de consumo. c-El etnocentrismo occidental. (Gould Levine, 1995, 14) Agregaría además el cuestionamiento a una visión “limitada” y “cerrada” sobre el lenguaje; en particular de la lengua castellana que, admirada por el autor, se llega a presentar en la novela como destino, como “fatalidad”: “...feliz de olvidar por unos instantes el último lazo que, a tu pesar, te une irreductiblemente a la tribu: idioma mirífico del poeta, vehículo necesario de la traición, hermosa lengua tuya: instrumento indispensable del renegado y del apóstata...” (Goytisolo, 1995, 70)


En esta cita, al igual que en la consideración del héroe (que es también traidor) y del mar (utopía e infierno, salvación y condenación, vida y muerte), se percibe una ambivalencia axiológica que hará aún más compleja esta novela de Goytisolo. No basta entonces con detectar la tesis, es necesario también hacer valer la antítesis que le subyace o que, a veces, aparece explícitamente. La lengua es también mar: vida y muerte. La comprensión de esta obra exige considerar tres puntos que involucran también al autor: a-Lecturas del autor; universo literario referencial. b-Obsesiones personales que le asisten. Dimensión biográfica de la novela misma. c-Ambiente social, político e ideológico que rodean tanto a la obra como a su autor. Una de las “propuestas de tesis” más visibles de la novela es el esfuerzo por desmarcarse del moralismo redentor de la generación del ´98 y sus filias simbólicas, como puede ser aquella ensimismada melancolía por la tierra, a la que Goytisolo contrapone una centrífuga pasión por el mar, específicamente por el mar Mediterráneo. De aquellos escritores, narcisistas y meditabundos, los blancos favoritos de la crítica y de la ironía son Unamuno, Ganivet y finalmente Ortega.(3) No obstante, para contraponer a la peculiar exaltación del mar que aparece en Reivindicación del Conde don Julián hemos preferido citar este pasaje de otra figura, con una obra emblemática en la generación del ´98 española; se trata de un fragmento del ensayo “El mar” de la Castilla de Azorín: “No puede ver el mar la solitaria y melancólica Castilla. Está muy lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas; de estos terrazgos rojizos, en que los aluviones torrenciales han abierto hondas mellas...” (Azorín, 1973, 127).


III “Cuando la ola arremete furiosa sobre la roca, ¿la acaricia o la golpea?.” Dulce María Loynaz.

En contraposición con el anterior pasaje de Azorín puede comprenderse una de las dimensiones (quizás la más enérgica) en que nos ofrece Goytisolo el mar; el cual percibe de forma casi opuesta a la manera en que Azorín entiende la tierra castellana. Azorín habla, a partir del espectáculo de un enterramiento profundo, de soledad, de melancolía; adjetiva a la campiña con un tono bastante “árido”. Le dice llana, rasa, yerma, polvorienta; después, la percibe como mellada con hondura. Goytisolo hace una presentación del mar en las antípodas de la tierra azoriniana. Ve en esa agua un elemento emancipador y libertario, como consiguiendo en geografía y en meteorología lo que se le hacía casi imposible de lograr en política o historia: “... : tal vez el mar del Estrecho me libre de tus guardianes : de sus ojos que todo lo ven, de sus malsines que todo lo saben...” (Goytisolo, 1995, 88). Si para Azorín cuentan los “aluviones torrenciales” que “han abierto hondas grietas”, Goytisolo celebra la revuelta de lo existencial literario a partir del anticiclón de las Azores; un evento meteorológico que califica como “célebre” y al que recurre una y otra vez a lo largo del texto. Este anticiclón, según afirma el “narrador”, es el “menos activo”; pero igualmente es “... capaz de provocar una depresión en toda la zona, con posibles tormentas, eventuales chubascos y quien sabe si fortuitas, abundosas precipitaciones...” (ibid. 84) Es interesante aquí la incidencia de este anticiclón sobre el mar y, en consecuencia, del mar sobre las relaciones y destino de los hombres. El paisaje humano se inscribe así en el mismo paisaje geográfico, por lo que éste cumple, entre otras, una función literaria: “... te concedes, inmóvil, unos breves instantes de tregua: a veces, el frente frío del anticiclón de las Azores ocupa la cuenca mediterránea y se adensa como en un embudo entre las dos riberas hasta anular el paisaje: nueva Atlántida, tu patria se ha aniquilado al fin...” (ibid. 84).


El anticiclón se convierte en fenómeno social al caer sobre el mar, al violentar la travesía de los navegantes, lícitos e ilícitos que surcan el estrecho: “... tu tierra al fin: contrastada, violenta, al alcance de la mano como quien dice: el anticiclón faltó a la cita, el cielo se extiende despejado sobre las aguas bravías del Estrecho...” (ibid. 88) A diferencia del principio poético general de Bachelard, Goytisolo otorga al mar la dimensión de dulzura; ante la tierra árida, el mar se torna piadoso, consolador, padre (Abba): “...: África y tu primera visita al mirador de la alcazaba, con el panorama sedante de la otra orilla y el mar equitativo entre los dos: verificación cotidiana, necesaria: última garantía de tu seguridad frente a la fiera, lejos de sus colmillos y zarpazos: los músculos bruñidos por el sol, las fauces inmóviles, agazapada siempre, al acecho de la embestida...” (ibid. 86) Pero igual que en la visión del héroe, que es también traidor; o de Tánger, que es a la vez plaza para la felicidad y la traición, la frase anterior se vuelve sobre ella misma. Y es que el mar no te aleja de la fiera, te acerca más porque te hace añorarla. El mar sublima sus colmillos y zarpazos. Y se convierte en una distancia engañosa, que te puede conducir a la absoluta equivocación. La fiera está en ti y el mar es tu memoria. Es preciso cruzar el mar, cruzarlo en todas direcciones; de sur a norte, de norte a sur. Navegarlo en pos de la fiera que espera a uno u otro lado: migración y antimigración. Migración irracional, en sentido inverso. La fiera es quien salva. Quien te hace ciudadano, quien te hace artista. La fiera te rescata de la civilización dominante; de una civilización o de otra cualquiera: “... como Mowglie, sí: lejos de la afeitada civilización hispana: en la vellosa, intrincada jungla poblada de fieras: fauna ágil y esbelta, cautelosa, flexible!: colmillos agudos, músculos lisos, zarpas suaves: prosa anárquica y bárbara, lejos de vuestro estilo peinado, de vuestra anémica, relamida escritura!.” (ibid. 222).


IV “Oh, nave, oh pobre nave: Pusiste al cielo el rumbo, engaño grave! ¡Y andando por mar seco Con estrépido horrendo, diste en hueco!”

José Martí. El mar ha sido un elemento constante en la literatura relacionada con los viajes, la emigración, el éxodo y el exilio. Es un valor geográfico, ligado a lo mitológico y lo sexológico. El mar es fecundidad, historia, mito; es también política, de ahí su carácter recurrente. Apela a él Américo Castro cuando se opone a la visión abstracta del Mediterráneo que da en Francia la escuela historiográfica de los Annales. Castro critica específicamente a Ferdinand Braudel, su líder, por no investigar las formas concretas de vida mediterránea, por hacer una biografía un tanto inerte de ese mar de fronteras que ha escoltado a Europa en su historia. Es esta crítica la que retoma Goytisolo, proyectándola además contra la exaltación de la meseta castellana por parte de la generación del ´98. La literatura española contemporánea ha recibido de alguna manera algunos de estos tópicos. En la emergente narrativa relacionada con el problema migratorio, se pueden detectar zonas afines a algunas de las aperturas presentadas por Goytisolo en Reivindicación del Conde don Julián. Expondré este nexo utilizando la obra de Torregosa y Gheryb Dormir al raso (Edic. Vosa, España, 1994), donde es también patente la presencia de una visión del mar. En Dormir al raso aparece, pues, el mar, mejor aún lo marinero, como una presencia fija. El texto comienza con una alarma sobre el mismo: “El mar se ha vuelto peligroso”; y enseguida agrega: “Está muy agitado. La barca se hunde y vuelve a emerger entre las olas como montañas. La gente se marea. Todos tienen la cara amarilla del miedo y el mareo.” (Torregosa, 1994, 19)


El mareo puede interpretarse como la pérdida de control sobre el ser verdadero; está ligado al flotar, al vuelo, a la anestesia cultural. La emigración es también un remedio de este tipo desde el punto de vista de los forceps del nacionalismo que vota por el entierro civil, cuando no militar. Es algo también relacionado con el punto del negocio del mareo, es decir, con el comercio o contrabando de yerbas y sustancias prohibidas. El mundo de Dormir al raso está muy ligado al vocabulario marinero; se habla de desembarco, playa, barca, navegación, pesca de bajura, ahogados, marea, costa. Pero el mar es también un elemento que va más allá de él mismo, se descubre mucho mar (mareo) en la misma tierra (raro puente entre Castilla y el Mediterráneo), cantera de otro tipo de naufragios: “El grupo en que iba Yussef se llevó su primera gran sorpresa cuando vió aquel mar de plásticos lleno en su interior de toda clase de hortalizas.” (ibid. 21) Un mar curioso y radical que se instala hoy (El Ejido) donde antes había un desierto. El mar en su dominancia puede ser tierra, pero también es río; agua dulce asumida con todas sus funciones simbólicas: “Allí tienes el paraíso -comenta El Arbi- solo hay que atravesar ese gran río.” (ibid. 23). El mar, que es el medio salvador, es también vía de perdición, como en Reivindicación del Conde don Julián: “La gente es transportada apretujada, dobladas las rodillas, y atados con cuerdas unos a otros por la cintura, para que no caigan al mar.” (ibid. 23) El mar salva o hunde. Todo depende de las corrientes, de las mareas. Como revela Gilles Deleuze en su libro The fold. Leibniz and the Baroque (Univ. of Minnesota, 1992), el mar es barroco y tiene pliegues, niveles. Una fachada donde se vive o se muere, un sótano donde sucede todo lo contrario. Un contrario que es, en fín de cuentas, lo mismo. El mar está plizado y la suerte en él es incierta. Siempre habrá que retornar al mar, a Praia, Valparaíso, Baracoa, Ponce o Byscaine; asumir que hay una escalera de mareas, y tratar de moverse en ella con la mayor suerte posible. (4) Notas 1-Como se sabe, la categoría estética de “belleza”, así como la de “genio artístico” ha entrado desde hace tiempo en desuso en la crítica de arte contemporánea. Son útiles, sin embargo, para la comunicación con los creadores, así como la comprensión preliminar de eventos artísticos insólitos. Una exposición óptima de las mismas se puede encontrar en la obra de Schiller Cartas sobre la educación estética del hombre. MEC Edic. Ministerio de Educación y Cultura, España, 1990. 2-Ver: Bachelard, G. Op cit. 203-228. 3-En su novela Tiempo de silencio Luis Martín Santos también se mofa de Ortega en el conocido pasaje de la conferencia donde, usando una manzana, le hace decir con pose de sabio las cosas más obvias. La burla sobre Ortega fue en la España de los ´60s todo un síntoma de renovación. Un elemento liberador que anunciaba los tiempos de irreverencia de la “movida” y, en general, de la instauración de la democracia posfranquista (sobre todo en las zonas urbanas).


4-Para este tipo de enfoque del Barroco como estratificación son útiles, del libro de Giles Deleuze The fold. Leibniz and the Baroque (University of Minnesota, 1992), los siguientes apartados: 1-The Pleats of Matter. 2-The Folds in the Soul. 3-What is the Baroque? Bibliografía Azorín. Castilla. Editorial Labor, Barcelona, 1973. Bachelard, G. El agua y los sueños. Fondo de Cultura Económica, México, 1978. Boone, Joseph A. “Vacation Cruises; or, the Homoerotics of Orientalism.” En: Postcolonialism. Critical Concepts III. Ed. By Diana Brydon, Routledge, 2002. (961-987). Castro, A. Epistolario (Cartas de Américo Castro a Juan Goytisolo). Edit. Pretextos, Valencia, 1997. Deleuze, G. The fold. Leibniz and the Baroque. University of Minnesota, 1993. Flesler, D. “De la inmigración marroquí a la invasión mora: discursos pasados y presentes del (des)encuentro entre España y Marruecos.” Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies. Volume 5, 2001. (73-88) Gould Levine, Linda. “Introducción” a Reivindicación del Conde don Julián. Edic. Cátedra, España, 1995. Goytisolo, J. Reivindicación del Conde don Julián. Edic. Cátedra, España, 1995. Martí, J. Poesía. Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes. San José, Costa Rica. 1976. Torregosa, P. Moreno. Dormir al raso. Ediciones Vosa, España, 1994. Gheryb, M El.

Juan Goytisolo: la reivindicación del mar  

Emilio Ichikawa escribe un ensayo acerca de la obra del escritor Juan Goytisolo y el mar.