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Nยบ 9 / Junio 2013

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Imagen de la portada tomada de la web: http://www.sxc.hu/

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Editorial ¡Bienvenidos a un nuevo número de Palabras! Como siempre es un placer darles la bienvenida a nuestras páginas, a los lectores y a los nuevos autores que se suman a la lista de colaboradores número tras número. Esta es una ocasión muy especial para nosotros, pues este mes de junio celebramos un año desde que salió Palabras por primera vez. Con muchas ganas, entusiasmo y esfuerzo, tres personas que entonces se conocían apenas decidieron unirse, pese a las grandes distancias físicas, para crear una revista pensada para el escritor novel, aquel que busca promover su obra e incrementar su currículum literario. Desde México, Rivela Guzmán dio nombre, alojamiento web y aspecto a Palabras, y, desde Uruguay, Patricia Olivera se preocupaba siempre por promover la revista y acercarla a lectores y escritores de todo el mundo, mientras que, quien les escribe, Eugenia Sánchez, también desde Uruguay, trabajaba mano a mano con los colaboradores para brindar al lector la mejor experiencia de lectura. Como dice el dicho, «mucha agua corrió bajo el puente» desde entonces, Palabras atravesó grandes cambios, incursionó en propuestas, formatos e incluso en el staff, pues desde no hace mucho la revista pasó a tener una única nacionalidad. Pero gracias al apoyo constante de los lectores y colaboradores, podemos enorgullecernos de saber que brindamos a quienes colaboran una buena plataforma de difusión de su obra, con importantes índices de lectura en todos los servidores y formatos en que se presenta al público, y donde el autor siempre es tratado con respeto hacia su persona y su obra, sin discriminar jamás por ningún motivo. Nueve números, decenas de colaboradores y cientos de lectores después Palabras agradece de todo corazón a aquellos que nos brindan su apoyo y sus letras para seguir creciendo y los invita a seguir acompañándonos en este camino literario que nos ha reunido pese a las distancias. ¡Feliz aniversario! Nos leemos en agosto.

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Índice Ser el otro, por Eva Medina………………………………………………………………………………. 05 La bibliotecaria, por Javier Úbeda Ibáñez…………………………………………………………..08 Hay algo en el aire, por Gabriel German…………………………………………………………….10 El silencio del fuego. Tramo X, por Graciela Marta Alfonso………………………………….12 Javert, por Marcelo López Díez…………………………………………………………………………14 Sigo enamorado de Manuela, por Luis Bracamontes…………………………………………..16 Los fragmentos del cuerpo ─ La búsqueda, por Matías Eckerdt…………………………..18 Cando chove, por Omar…………………………………………………………………………………….23 The Lady of Shalott, por Eva Medina…………………………………………………………………25 El silencio del fuego. Tramo XI, por Graciela Marta Alfonso…………………………….....28 Historias y leyendas, por Javier Úbeda Íbáñez……………………………………………………30 Melodía arrebatadora, por Patricia K. Olivera…………………………………………………...36 El informe Romerales, por Selin……………………………………………………………………….39 Cómplice, por Eugenia Sánchez Acosta……………………………………………………………..44 Luna llena, por Eugenia Sánchez Acosta…………………………………………………………….45

Nuestros Colaboradores

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Ser el otro, Por Eva Medina ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa? Clarice Lispector, La pasión según G.H.

Es una mujer corriente, pero hay algo en ella que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarla de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta negra oculta un cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo castaño, largo, separado por una línea central recta. Nariz aguileña, trozos de carne casi inexistentes moviendo su boca. ¿Es esto lo que busco? No, creo que no. Oigo el sonido del zoom acercándose a unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es su mirada! Que ha vuelto de un lugar árido, oscuro, frío, muy frío. Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose del resto de realidad cercana. Un, dos, tres. Ya está, ya es mía. La mujer de chaqueta negra y nariz aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy claro, casi blanco, me acechan preguntándome qué ha pasado. No contesto y salgo. Llego a otro andén. Ruido de raíles chirriantes. El tren estaciona. Se abren las puertas. El movimiento de la masa me introduce en el vagón. Cuando el espacio se desahoga, me fijo en un chico que está de pie, agarrado a la barra metálica. Me atrae, algo me atrae. Me sujeto a la misma barra y me oigo: moreno, nariz chata; no, no es eso. Los ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos. Entonces surgen las imágenes, tiesas, arrítmicas, de unos dedos enguantados negros sobre otros marrones. La misma atmósfera pesada. Siento que mis dedos se mueven, intentando rozar los del chico. No me lo puedo quitar de la cabeza. En la calle, lo veo hablando con un amigo. Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro con frecuencia el reloj y me apoyo en la pared. Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco. Tenso los dedos, los aprieto, los estiro. Su figura dentro de mi pupila; ocupándola, haciéndose más grande; negra, cada vez más negra. Un golpe seco. El chico yace en el suelo. Su amigo intenta reanimarlo. Gente alrededor. Corro, preguntándome qué le habré quitado. ¿Qué me atrajo de él? Subía las escaleras del metro deprisa, de dos en dos; esos dedos al agarrarse a la barra, los brazos, los músculos tensos… 5


Entro en un parque. Una niña salta, otros se columpian. Un niño, de unos cinco años, juega a la guerra con sus dedos. Lo observo. Se da cuenta y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y un lápiz que saco del bolsillo trasero del pantalón. Hago un dibujo. El niño se acerca y lo mira. Oigo: «columpios, mamá, yo, señor». Con los ojos humedecidos lo levanto, sentándolo en mis piernas. Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba abajo, arriba abajo. Viene una mujer que coge al pequeño, arropándolo en su pecho. «Degenerado. Aprovecharse así de un niño. Yo os encerraba a todos. Pervertido». No digo nada, solo bajo la cabeza. «Te lo tengo dicho, no te alejes ni juegues con extraños, menudo susto, y deja de berrear, me vas a dejar sorda». Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos adolescentes. Se besan, caminan, se vuelven a besar, y entran en una cafetería. Los sigo. Son como lapas, como no paren de besarse imposible averiguar lo que quiero. Me lo están poniendo difícil, ¡críos de mierda! Me acerco a ellos. −Perdonad que os moleste, ¿no tendréis un cigarro? −No –dice él. −No fumamos –dice ella. −Mejor, mejor… Vuelvo a la barra y los miro. La chica tiene algo, no es guapa pero tiene algo. Se me cae el café, que limpio con servilletas. Una voz me dice que son sus labios lo que deseo. Unos labios carnosos, grandes, con esa forma perfecta, como los pintó Rossetti. Capaces de las mayores desgracias. Te los voy a quitar princesa. Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son casi míos. Me pertenecen, ya son parte de mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran. El camarero la atiende. El chico, paralizado. Ella continúa gritando. Salgo del bar sintiendo que algo me falta. ¡El pelo del chico! Lo quiero, esa melena rubia va a ser mía, ¡mía! Cuando llego a casa me tumbo en el sofá. Me quedo dormido. Al despertar siento un ligero temblor, que desecho estirando brazos y piernas. Voy al baño. Me echo agua en la cara, bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo una peluca rubia, lentillas de un azul muy claro, mi boca, pintada de un rojo chillón corrido por los bordes, y unas hombreras debajo de la camiseta. La imagen me paraliza. Qué era aquello, ¿una broma? Mientras pienso qué hacer, me fijo en una luz roja, intermitente, que sale del dormitorio. Retiro la cortina, escondiéndome detrás, y veo una furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La policía? El chico podría haber muerto, la mujer quedarse ciega, el niño sin alegría, los adolescentes… Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me quito las lentillas. Me limpio la boca con la mano y tiro las hombreras. Las ideas se me amontonan; las deshecho.

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Llego a la puerta con los oídos latiendo. Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman por mi nombre. Dicen que abra. La policía, pienso. Corro. Me cogen antes de llegar a la escalera. «No he sido, yo no he sido», grito. Me dicen que ya lo saben. «Pórtate bien», oigo, «y no te pondremos la camisa». Uno de ellos se sienta a mi lado. Es un hombre corriente, pero hay algo en él que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarlo de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta y pantalones blancos...

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La bibliotecaria, Por Javier Úbeda Ibáñez María llevaba toda la vida trabajando en la biblioteca de su pueblo, y se puede decir que era una mujer feliz. Desde pequeña, la biblioteca había sido uno de sus espacios preferidos; un paraíso repleto de libros que contenían historias sorprendentes. A la salida del colegio, le pedía a su madre que la llevara un rato a la biblioteca. Se sentaba y abría las páginas de los libros con sigilo y entusiasmo. Al verla, daba la sensación de que estaba abriendo el más emocionante de los regalos. Para ella los libros eran una especie de magia para los sentidos, además de construir unos hermosos pasajes a otros mundos, a otras realidades. Esa querencia que sentía por la lectura, la heredó de sus padres, ambos ávidos lectores. Cada noche, tenía una cita, imprescindible, con el cuento que le contaba su padre o su madre. Le gustaba escuchar atentamente, mientras se imaginaba como protagonista de cada uno de ellos. A través de cada historia, notaba cómo se iban abriendo las puertas nuevas y relucientes de su creatividad y de su ingenio. Al principio, le gustaban las historias de princesas, países fantásticos, dragones y duendes; más tarde, se aficionó a las de piratas que vivían en islas perdidas; pero su curiosidad avanzaba a la par que crecía su afecto por sus amigos los libros. Gracias a ellos, María se convirtió en una niña muy inteligente. Desde allí, desde el asiento que ocupaba en la biblioteca, vivía aventuras increíbles; historias que disfrutaba, le emocionaban y sentía como suyas. También aprendía, se divertía y compartía con los demás lo que los libros le transmitían. Y de la silla de la biblioteca pasó a ocupar la silla de la bibliotecaria. Su primer día de trabajo colgó el siguiente letrero en la entrada de la biblioteca: «Bienvenido al hogar de los libros. Pasa, te están esperando». María se esforzó en convertir ese recibimiento en una realidad y darles a los libros un hogar en él se sintieran a gusto, en el que fueran cuidados y queridos por todos. Con el tiempo, hizo de la biblioteca todo un templo de amor a los libros: organizaba talleres y tertulias, daba charlas a los colegios, confeccionaba listas de los libros más leídos, editaba una revista trimestral, hacía un programa de radio semanal y tenía un blog. 8


Además conocía a la perfección todos los títulos que había en su biblioteca y había confeccionado una lista de ellos, no sólo por autores, estilos y géneros, sino que también la había hecho por libros para entretener, reflexionar, aprender, amar, reír, llorar y soñar. Pronto su biblioteca se hizo muy conocida, y desde cualquier parte del mundo llegaban personas para visitarla. Esta singular bibliotecaria amaba los libros, y mantenía con ellos una relación de cortejo constante y deseado por ambas partes. Ese cortejo, casi un sagrado ritual, comenzaba con la elección de los libros que iba a comprar, seguía con su entrada a la librería, donde se podía pasar horas ojeándolos mientras contemplaba sus portadas y leía sus contraportadas. Y, por fin, llegaba el punto más álgido de todo el ceremonial: leerlos, y una vez leídos, colocarlos en la estantería que a cada cual le correspondía, bien ordenados, relucientes, listos y totalmente preparados para ser disfrutados. Cito a continuación una de las frases que ella solía decir: «El hogar de los libros comienza en cada uno de nosotros». Porque cuando se abre un libro, éste ha encontrado su morada en la persona que lo está leyendo.

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Hay algo en el aire Por Gabriel German En las olas que rompen en la mar En el ruido molesto del transito En todas esas miradas perdidas En lo infinito... Hay algo...

Estuvo mucho antes que nosotros y seguirá estando, aún cuando ya no estemos más Está en los puentes invisibles que conectan todas las cosas Está en cada una de las adversidades de la vida Está en nuestros sueños y en nuestras pesadillas Está aquí ahora, aunque no lo veas, materializado en estas melancólicas palabras... Está a tu lado... Está conmigo... Es algo que jamás llegaremos a entender completamente pero que siempre estará ahí, firme, ante nuestra total indiferencia.

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Estará allí, viéndonos crear viéndonos destruir viéndonos caer viéndonos continuar En la injusticia en la disciplina en la guerra en horrores en ilusiones en armonía en el amor...

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El Silencio del Fuego Tramo X Por Graciela Marta Alfonso Arrojé las cruces desnudas, en tu lápida de ausencias. Penumbras azules, que escarbo en el rincón de los sueños. Bordeo la soledad, espectral y desnuda. Duermo en la escarcha dorada del árbol quemado; y renazco, en la boca inflamada del rocío, buscando las flores que amabas. Olvido muerto y distante, trepa por mis espacios y me ama en la noche. Tus brazos de cera, miden el tiempo inanimado del miedo; y ríen desmemoriados en mi recuerdo. Cuántos cementerios me esperan, 12


para enterrar el Ăşltimo vestigio de ternura, sin que la vida lo sepa, y sin que tĂş te enteres.

Nostalgia, por Graciela Marta Alfonso

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Javert Por Marcelo López Díez Las manos me sudan, siento los dedos como piezas molestas en el puzle de mi cuerpo desencajado. Y la tela de los ropajes que está pegada a mi piel, cubriendo mis poros, evitando que el suave aliento de la brisa limpie las escamas del tiempo. Por el cielo que cubre mi capacidad de asombro los zapatos son un talle más del que necesito y esta costumbre que he llevado a cabo durante tanto tiempo me produce una felicidad amorfa propia de los hombres sin pasado, se me escapa una y mil veces, el sonido de un mosquito rondando mis sienes me desquicia. Pienso en el día de mañana y el zumbido desaparece y desaparece con el color marrón de los sueños oxidados. Mi madre me cocina una tarta de vainillas en mis visiones, el aroma penetra por los agujeros de la nariz transformándose en un dulce gesto de una niñez diluida en la suavidad de una textura cálida, cada mordida me da la palabra impronunciable del adulterio mustiofelicidad, cierro y abro los puños y los dedos se me pegan en las palmas de cada mano. Abro y vuelvo a cerrar, el calor es gris como las paredes de este salón. He cuidado lugares tan dispares, noche tras noche mi trabajo así lo dispone, contando las estrellas pero siempre están las mismas , nunca falta ninguna, nadie se atrevería a robarse una estrella, muchos nos daríamos cuenta. La soledad me juega partidas de ajedrez que nunca ganaré, mañana será el día más amarillo. Me parece sentir el calor de la mañana cada vez más adentro de mis huesos, la ropa penetra mi cuerpo y el sudor es tan próximo que me hace sentir como un niño en pañales, libre de fluidos y sistemas matemáticos. Cuento los segundos y mis órganos se hinchan de calor me parece que soy una masa ígnea dentro de un volcán eructando con fuerza. No quiero abrir los ojos, digo que prefiero no abrir los ojos… Parte diario: Cuatro de agosto de 1832 El cuerpo de Francoise Javert fue incinerado por la noche de nuestro Señor. Quien escribe: Jean Ruppert juntó las cenizas y las arrojó tras la torre principal de la catedral.

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Es extraño pero siempre cuento las estrellas noche tras noche y me parece que falta una, he contado y contado. Pero esperaré a que salga el sol. Estoy más desanimado, a la noche contaré de nuevo. Los dedos me sudan tanto que se pegan a las palmas de las manos, el papel que creo escribir es un sueño o yo soy el sueño de un papel escrito por dios sabe que ángel o demonio.

Orange and Yellow, de Mark Rothko.

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Sigo enamorado de Manuela Por Luis Bracamontes Me he dado cuenta recientemente que, después de todos estos años de matrimonio, de quien realmente sigo enamorado es de mi mano izquierda. Ayer fui al supermercado; entre el pasillo del papel higiénico y los desodorantes y productos para el cabello estaba la sección de cremas para desconsideradas, mascarillas para frígidas y lociones para aquéllas que queman hasta la sopa; cuando de pronto, vi un humectante de manos en oferta: era una presentación muy coqueta, seductora, con un envase rojo pasión y las letras blancas con el nombre y especificaciones que no me importaban mucho. Era el obsequio perfecto para ella, mi mano, que de tanta fricción y cambio de temperaturas comenzaba a resecarse. La compré y creo que también compré algo para mi esposa...una crema para estrías o algo así que me había encargado. No pude esperar a llegar a casa, así que ya en el estacionamiento, y dentro de mi auto, abrí el humectante. Lo apliqué sobre ella, mi mano. Se sentía tan bien, era casi orgásm...celestial. Pero luego un vieneviene me interrumpió y me preguntó que si iba a salir o no. ¡¿Quién se cree?! Aunque, bueno, es su trabajo. En fin, llegué a mi casa. Todo como siempre. Ahí estaba mi mujer, con su pelo recogido y desaliñado, sus nefastos crocs y su sonrisa fingida. Pero es Manuela, mi mujer, y por eso la amo. Todo va bien en mi matrimonio. Mi mujer es un primor (a pesar de la gravedad y de los cambios hormonales), sólo que a veces le da por que coincidan sus dolores de cabeza con las fechas que teníamos acordadas para intimar. Aunque no la culpo. Yo soy Manuel, mi mujer es Manuela y a ella, mi querida, también le llamo Manuela. Siempre fiel y leal, constante y servicial. Algo dentro de mí me dice que no es sano humanizar a mi Manuela, pero ¡hey! tampoco lo era reificar o cosificar a la gente en las maquilas y fábricas o incluso aquí, como mi mujer hace con la señora de limpieza al creerla una máquina multiusos sin hambre ni cansancio. Aunque Manuela nunca se cansa antes que yo. El otro día nos peleamos mi mujer y yo; estábamos en la cocina. Fue sobre una insignificancia que ella vociferaba pero que yo ya estaba muy cansado o falto de interés como para intentar descifrar. Algo raro se revolvió en mí cuando sacó a colación a Manuela. Un fuego voraz y hostil se encendió en mí, no me pude contener y exploté. ¡Cómo se atreve a meterse con ella! Cuando ella sí estuvo ahí siempre a mi lado. Me quité el anillo, furibundo y lo arrojé por la ventana. 16


Lo que no noté fue que la ventana estaba cerrada y mi intento por lucir dramático se vio frustrado y resultó fútil y patético. El anillo se cayó en el lavabo, justo dentro de la tubería. Afortunadamente (o al menos eso decía Manuela, mi mujer), quedó atorado en una de las navajas del triturador de comida, otra de las excentricidades de Manuela, mi mujer, por ver sus novelas puertorriqueñas de Miami. Y sí, en efecto, pasó lo que muy dentro de mí esperaba cuando vi que tendría que meter mi mano, mi bella y delicada mano, ahí para salvar ese símbolo obsoleto que me ataba a mi bello matrimonio con Manuela, la de las jaquecas. Metí a Manuela en el lavabo, luego parte del brazo; todo el tiempo tuve la sensación de que iba a pasar, algo de mí decía que no lo hiciera, que lo dejara para después; pero la mirada neurótica de mi mujer me pudo más. Forcejeé un poco, sabía que no debía seguir, me estaba demorando demasiado. Mi mujer miró al reloj, me volteó a ver con una sonrisa burlona. Supe que iba a pasar y después de todo ese embrollo, pasó. Tonto yo. Así es...perdí mi cita de las 4:00pm con mi manicurista.

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Los fragmentos del cuerpo La Búsqueda

Primera Entrega

Por Matías Eckerdt Íntimamente, mi cabeza rodó como hojarasca enmarañada hacia tierras lejanas. Sola cayó de su sostén, con su peso muerto haciendo palanca hacia lo más hondo del mar, y quedé sin visión, mudo y sin expresión más que la suavidad canicular de mi respiración. Esta fue la única señal vital que atiné a concretar, pues ya en el sueño corrí, con determinación, en busca de aquello que de mi cuerpo se desplomó, y locamente rodó y rodó y rodó y… Helas aquí: mis aventuras con Dios. Era un otoño húmedo. En las grandes tiendas los individuos se agolpaban en centenas para comprar cuanto podían; ¡y hasta más que lo realmente necesario! Entré en una boutique para observarme en su gran espejo1. Temí al no verme reflejado en él. ¡El mismo que me mostraba, una a una, las personas que había dentro del recinto comercial, abotonado con vendedores fenicios y mecheras! Todos los clientes apreciaban sus medidas en aquella transparencia reflectora, fueran esbeltas u obesas, maduras o inmaduras, todos se idolatraban a sí mismos… Salí de inmediato. Entre tanto vaho humano no pude más que atinar al palier de aquél centro comercial para respirar aire fresco. Desde luego que así actúa toda lógica humana cuando se siente ofuscada. Pasé con cierta frescura aromática la ochava del local, y aceleré mi paso con un único fin: ingerir un café tan dulce como la miel, y más negro que la hiel. Todos los asientos del bar estaban ocupados. No fue un impedimento, desde luego. Hice mi encargo y marché hacia la Plaza San Martín. Me aposté frente al monumento de Esteban Echeverría, con el vaso inmerso en una bolsa de papel madera, y tanta paz en mi interior… ¡que hasta la mismísima estatua sintió sosiego en su perplejidad! Antes de dar mi primer sorbo al café, me detuve en la frase que la grava monumental versaba: « ¡Miserables los que vacilan cuando la tiranía se ceba en las entrañas de la patria!». Allí me senté. Y de allí: ¡no me moví! Tomé mi infusión con parsimonia y goce, a la vez que observaba el ir y venir de las cirrus cerúleas y sentía la suave brisa estival, cálida y reconfortante, golpeando mi rostro; ávido de lluvias y soles; lunas y estrellas; paisajes y perspectivas; sociedades 18


secretas y curas impíos; fieles y pecadores; ancianos «con ciertos doctorados» que honran las fiestas del cuerpo —magnate del ismo económico— y niños que sueñan gozosos por las noches. El crujido que le impuso sonido a mi caminata fue gracias a un tierno y avejentado sauce, el cual dejó caer, una a una, las más bellas y groseras hojas que para los allí presentes tenía éste deparado; lo mismo con la frescura de las magnolias: me relajaron en tal manera que, taciturno y de cuando en cuando, abría los ojos para saber si ya había obscurecido. Pero aún era el atardecer, ¡uno magnífico! A algo ya vivido me recordó ese sueño otoñal con sabor veraniego. Respiré alegría, e imbuí vida por cuantos poros y fosas tenía mi dermis. Pero no fue ello lo que me propagó placer y suave estar allí. Lo que me imbuyó a ello fue el confort que sentí al estar con mi cuerpo totalmente horizontal en un banco de piedra cementada, sin respaldo más que una prenda que llevaba puesta —y me hube quitado minutos antes por el calor que abrigó mi cuerpo—, y sentir en tal reposo que lo único que puede ostentar el ser en su sí-mismo, tiempo y espacio inmediatos, que se comparten —necesariamente— como el paradigma-ciencia normal-comunidad científica, es la liviandad corporal acompañada del sonido de la naturaleza; ¡más viva que nunca! Aquellos instantes, que aún el ser más solitario goza perennemente rozando la paz absoluta, me infundieron un sosiego tal durante mi estadía en la plaza, que mi espíritu ya no estuvo en guerra… sino harmónicamente conectado. Supe perfectamente que todo ello pronto acabaría; pues nada es eterno: ¡siquiera la comodidad! Aún continué siendo «aquél que perdió la cabeza» en la plaza. «Y siempre el mismo tormento», pensé entre ráfagas aletargadas, y a punto de ser devorado por mis sueños más obscuros, dando así paso al titiritero demoníaco que dentro mío y durante el sueño aquél todo, absolutamente todo dominó. Mis expresiones fueron nulas. Estaba indefenso, y tiritando de desamor y abandono; culpa hacia lo que uno respeta y desacata, por rebeldía mal encausada; negaciones y excesos. Padecí la miseria humana consciente e inconscientemente, ¡y ello fue lo que me requemó aún más! Me sumí en la pobreza más calamitosa por no haber desistido al falso dios de la humanidad posmoderna cuando tuve que haberlo hecho para evitarme todo esto. Mi habla no era más que un grito: ¡enardecido!, y que llamaba desde lo profundo anhelando salir del cautiverio, aunque sin encontrar más salida que mis entrañas; y reprimiéndolo todo, en cambio, me cuestionaba si «es fuego para los amantes o es un dulce cantar para los pseudo trovadores. O no es más que una imperfección —ultimé—, que se nutre de seres imperfectos, intentando brindar alguna dirección a las pasiones más infructuosas; todas torpes sin la guía lógica, su aparato central. Imagino con un 19


riso a los muchachillos que acuden a los mítines de la succión capital con sus bombos y redoblantes: ¡se me asemejan éstos a un pato decapitado que camina sin saber hacia dónde lo están conduciendo, y chocando con cada objeto y vitoreando todo escupitajo que el pastor cojo arroja desde las tablas, para hundirlos en su propio infierno dándole utilidades a ellos! Sin embargo, no los creo tan mentecatos: ellos hacen su jugada también por medio de la palabra. » ¿Habrá algún destino? ¿O tan solo hay caminos que andamos; desvíos y varios atajos? ¿Habrá, quizá, pensamientos que caen de árboles inmaduros, como la juventud que adolece? Aunque también los hay de árboles maduros. ¡Y son los más sabrosos! »Arriba no está la respuesta; sí lo está aquí, en cambio. Pues allí no sabemos qué es lo que sucede, traman o se disputan los dioses. En cambio, ¡aquí sí sabemos qué tejen las arañas! ¡¡Podemos saberlo!! Hay desórdenes que claman por ser reordenados. Y seres que necesitan ser amparados; otros, de la sociedad amputados, pues nada aportan; y otros tantos, enderezados. »Cuando nos hablamos en silencio… ¿no es reconfortante acaso? No modulamos, y aun así nos escuchamos. Cuando parlamos con todo tipo de cuerdas y los oídos son sordos —algún ruido habrá escuchado Beethoven para desatar tamaña magnificencia sonora—, ¿no es gratificante también? ¡Y cuando aquél demagogo habla sin parar, y miles de manos se le unen en un ferviente aplauso de tropilla tosca y abrumada por aquella cuerda vocal edulcorada!: ¿no es ese zafio reincidente, acaso? ¿Y qué es el habla, entonces? No ha de ser perfecta, pues entorpece a algunos y calma a otros; ¡fervoriza a multitudes, e irrita a millones! Aun así… no mata a algunos: ¡sino a todos! ¡¡¡Pero recita tan bien!!! »Hay pues tantas maneras de hablar. En silencio o con instrumentos a cuerda. ¡Incluso vocales! Y todo concluye en un mismo fin: encomios a la alegría sin más metrónomo que nuestro ritmo cardíaco fanatizado, y latiendo horrorosamente junto con nuestras pasiones». Cuando desperté del banco en aquella plaza, una inmensa luna me iluminó de lleno el rostro. Dopado, y algo pasmado por la fiebre del sueño aquél fue que me levanté, muy despachadamente. ¡Hui tan rápido como pude! Pues no pude contener la contracción que en mi pecho enloqueció, a paso turbado. Y cómo no pensar así cuando recuerdo que este es el territorio donde desde niño pertenecí… Cogí un taxi que me llevó hasta mi finca; y ya en el hogar, todo fue tan distinto… Allí nada cambió durante mi ausencia. Todo estaba tal y como lo dejé. Es que así solían ser mis días más normales. Iba a paso relajado hacia el baño. Estaba algo acalorado, y quería por ello purificar mi cuerpo hasta entibiarlo. Me disponía a preparar la bañera, para lo cual echaba 20


fresillas a flotar en el agua, encendía velas alrededor de la tina, y desde luego: también asía mi navaja afilada para reír y reír y reír de placer… «La muerte no es más que eso. Expiración. Transformación. Es simpática. ¡Una palabra aterradora! ¡¿Nada del otro mundo?! Un final que el hombre — ¡sabe!— llegará, pero por medio de la ciencia intenta evitar, sin saber que ésta la acelera aún más. Es algo inerte: no piensa, no se mueve, no ríe ni llora, no siente: NO ES», pensé mientras encendía una cera aromatizada. Qué ambigüedades tiene a veces la moral. ¿Y por qué me mofé de la inercia en aquellos instantes fatídicos míos? Prejuzgué que el sarcasmo era una virtud hacia la vida. Pero ese fue un leve pensamiento, como los que uno suele tener cuando está con el cuerpo enfermo y mucha fiebre y delirios. Tendemos a ser rutinarios en todo, y he ahí la complejidad del caso. No nos damos un respiro siquiera para saber quién somos. Sólo quería darme una ducha, afeitarme, e irme a dormir hasta el día siguiente. Terminé mi baño refrescante. A la par que cubría mis vergüenzas con una toga color ocre suavizada con lavanda, visioné una sombra, que tenue y escurridiza se paseó por las paredes del cuarto. Instintivamente caí, arrodillado y con la cabeza gacha. Tan pronto como pude la alcé y… ¡visioné a todas las deidades germanas, griegas y egipcias congregadas en mi baño! Pidiendo permiso unas, husmeando otras, e irrespetuosamente invadiendo unas cuantas fue que reclamaron mi escucha. ¡Querían que oyera sus plegarias en un sin fin de lenguas heréticas! Acudieron a mi morada en embarcaciones lujosas, así como también en barcas pobretonas. Las diferencias parecieron no importar en aquél lugar, pues hubo una pauta de pautas que las unía a todas. La habitación en que nos encontrábamos se dilató, se tornó infinita y del tamaño terrestre. Una compuerta colosal se vio a lo lejos, todos la registramos. Poco a poco fue acercándose a nuestra visión, agrandándose más y más y más… hasta que una figura gigantona —que apenas si pude verla en su totalidad— se interpuso frente a mí. Era mitad humano, mitad astro galáctico; tenía hoyos muy hundidos en su zona ocular, y unos labios muy, muy refinados. Tenía una mirada de ciegos anhelos, y anhelos de ciegos; era borrosa y algo reclamaba. Como quien ataca sin aviso previo, su voz esbozó algunas letras del diccionario. Le costó hacer una sintaxis perfecta, pero lo logró, y las tosió como si hubieran estado por largo tiempo olvidadas en algún rincón suyo, polvorientas y con deseos fugitivos ya satisfechos. Lo prejuzgué algo asustadizo, pero, a decir verdad, yo estaba demasiado tranquilo. Él me hizo sentir una incomodidad tal con sus temores, que le tomé una mano con fiereza, dimos tres pasos verticales en dirección hacia la salida del baño, y casi utópicamente le dije, con cierta puya y lejos de la divina turba chismosa: 21


«Usted está a salvo. ¡¡No debe temer!! Aquí hay vida —le enseñé lo deífico que se sentía el lugar con tanto calor humano y astros acalorados—. Y donde hay vida se vive, don: ¡NO SE TEME! —Le recriminé austeramente».

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Cando chove Por Omar Eu non gravito pola lei Estou grave do meu Grávido de morte, filla primoxénita da miña vida. . Non teño a vertixe da chuvia, gústame caer. Ela cae porque non ten alternativa, eu podo evitalo, aínda que non sei como. . Sobre a vertixe grave de existir, loito para chegar vivo ata a miña morte. Pero mátanme, como as secas á chuvia. Como o descampado ceo ás nubes ausentes. . Védeme, divagando a miña chuvia de amor, só por chover e mollar a túa pel. Védeme tamén, morrer a cada momento, vertixinoso, caendo, pola lei da vida. . Tómote do brazo, para dar os pasos inseguros de futuro, onde choven os afastados recordos que parcialmente te inclúen. E son os recordos novos que vou creando con só andar o meu destino. . Creríasme, se che confeso que é imposible amarte máis, cando chove?

#español#

Yo no gravito por la ley Estoy grave de mí Grávido de muerte, hija primogénita de mi vida. . No tengo el vértigo de la lluvia, me gusta caer. Ella cae porque no tiene alternativa, yo puedo evitarlo, aunque no sé cómo. 23


. Sobre el vértigo grave de existir, lucho para llegar vivo hasta mi muerte. Pero me matan, como las sequías a la lluvia. Como el descampado cielo a las nubes ausentes. . Vedme, divagando mi lluvia de amor, solo por llover y mojar tu piel. Vedme también, morir a cada momento, vertiginoso, cayendo, por la ley de la vida. . Te tomo del brazo, para dar los pasos inseguros de futuro, donde llueven los lejanos recuerdos que parcialmente te incluyen. Y son los recuerdos nuevos que voy creando con solo andar mi destino. . ¿Me creerías, si te confieso que es imposible amarte más, cuando llueve?

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The Lady of Shalott Por Eva Medina Sus ojos atraparon su pensamiento. Deseó huir con ella en ese barco y esperar a que se extinguiese la llama de la última vela que quedaba encendida. Sufrir tu dolor, pensó Elizabeth. Vivir con intensidad el momento que precede al olvido mismo; un instante de perpetuidad. Los ojos del cuadro no pedían nada, pero ella sentía, al observarlos, formar parte de la historia, aunque supiese que aquella mujer no la necesitaba, que realizaría sola su viaje. Se oyó decirle: «No sueltes la cadena, no lo hagas, por favor, no lo hagas». «Basado en el poema de Alfred Tennyson The Lady of Shalott», leía, «sobre la leyenda artúrica de Elaine of Astolat, que encerrada en una torre un hechizo la obliga a mirar el mundo a través de un espejo. Cuando Elaine ve a Lancelot se enamora, mira por la ventana y...» Tener el valor de mirar la vida de frente, sin reflejos falsos, mata, pensó Elizabeth. El paso de la inocencia a la madurez, mata. El paso del yo al tú, mata. Se acercó al cuadro; dos pájaros volaban cerca de la cadena que Elaine tenía agarrada. Juncos partidos, el rojo de la tela. En la proa, el crucifijo, tres velas y un candil casi apagado. Unos cuantos pasos más, más atrás. Elizabeth miró esos ojos marrones, caídos, bajos, y la expresión de esa boca; desaliento sereno, resignado. El barco, los árboles, el ruido del agua, los pájaros y, antes de llegar a Camelot, la muerte. Encontrar algo que le salve. Pero no se podía hacer nada, la vela que quedaba encendida se apagaría. La ventana, si no hubieras mirado… La luz en un cuadro, en la pared de enfrente, le hizo acercarse. La luminosidad en los colores, las plantas, el cielo, en el pelaje de las ovejas, que le parecía tocarlo, ¿cómo lo habría logrado? Minucioso en las ramas, en los nervios de las hojas, que de tan perfectas se hacían irreales; un aura onírica, un sueño en el que se adentraba como personaje de la obra. Olía el mar, las ovejas, sus balidos. Algunas de ellas la miraban directamente a los ojos, haciéndole participar en la escena. «El prerrafaelismo», leyó, «tiene un solo principio, el de absoluta y obstinada veracidad en todo lo que hace, alcanzada gracias a trabajarlo todo, hasta el más mínimo detalle, del natural y solo del natural. Cada fondo de paisaje prerrafaelita se pinta hasta la última pincelada al aire libre, a partir del propio motivo». Lo consiguen, se dijo, ¿y la sensación de ensueño? 25


Ophelia también tenía algo de irreal, una capa traslúcida filtrándose en cada detalle; en los juncos, las ramas, las hojas. Elizabeth se detuvo en la boca de Ophelia, entreabierta, y esas manos, en espera de algo que nunca llegó. Sus ojos, vacíos, no veían; eran muerte en sí mismos. Quería oír el rumor de la corriente del río, oler las flores, pero nada de eso ocurría. Ophelia la abandonaba. Pronto, le dijo, soñarás tu sueño. Pronto, muy pronto, te unirás a Lady Shalott y juntas remontaréis la corriente. Miró alrededor. Fragmentos de figuras y colores se mezclaban. Sintió que los brazos le pesaban mucho, como si fuesen péndulos que sujetaran unas manos engrandecidas. Pinchazos en los hombros, los músculos tirando. Continuar, debo continuar. The Death of Chatterton. La muerte persiguiéndola. Ahora, un poeta. La curva de su brazo señala hacia el frasco, ya vacío, de veneno. El rostro de cera, su cuerpo, el pelo rojo, el baúl, papeles rotos; la belleza de una muerte prematura. El punto de fuga, la ventana; esa ventana entreabierta que da a la ciudad. Elizabeth observó la cara de Chatterton; sosiego y algo de felicidad escapándose de los labios. La muerte como salvación. De ese ático oscuro pasó a una sala abigarrada. En el centro, una mujer; los ojos abiertos, muy abiertos, y la boca en actitud de acogida, de entrega. «La mujer se levanta del regazo de su amante cuando su conciencia despierta. Mira por la ventana y esa mirada al exterior la salva». Lo externo, se dijo Elizabeth, acoge o mata. Y mientras lo decía sintió una especie de trasformación. Como si el oculista le fuera cambiando de lentes; cada lente, un cuadro. El observarlos la enfrentaba a sí misma y aunque punzaba; seguir, avanzar. Al fijarse en la serie Past and Present Elizabeth advirtió que los cuadros oscurecían. En el primero, de colores algo más vivos, el marido recibe una carta; su mujer le ha sido infiel. Pasan cinco años. Los otros dos lienzos reflejan una noche, quince días después de la muerte del padre. En el uno, las hijas, en un dormitorio humilde, rezan por su madre; la mayor mira a la luna. En otro, la madre, con un niño en brazos, bajo un puente; los ojos sobre esa misma luna. La última frase dando vueltas. «El espectador es el que decide si debe o no debe sentir compasión por ella». Como una lavadora cuando centrifuga Elizabeth dijo: «se ríen de nosotras, siempre lo han hecho». Después de dos o tres cuadros, le atrajo uno color siena. Oyó música, en su interior, Beethoven, pero no se acordaba, hasta gritar: «Sonata para piano nº 14». El primer movimiento envolvía a La Pia de Tolomei. La música narrando. Una mujer rodeada de hiedra, mirada inerte, cabeza baja; un rostro que refleja desengaño. El 26


marido la ha encerrado; después la envenenará. La mujer, pensó Elizabeth, con esa carga real, innata, de resignación. La música sigue sonando. Adagio sostenido. Se sentó. Le dolía la cabeza. Demasiada pintura, se dijo. De pronto, surgieron las caras, agolpándose. La de Medea, la de Isabella, la de Proserpina. Elizabeth sentía que la culpabilizaban. Luego, las risas. Las manos de Medea intentando agarrarla. Ella, se encogía. Los ojos de Proserpina sobre los suyos. Las palabras de Isabella, «lo mataron». Ella, se encogía. Se apretó las sienes hasta conseguir acallar las voces, alejar las imágenes. The Lady of Shalott, frente a ella. Lo miró. Sus ojos clavados en esa cara que le contaba, le contaba. Como una revelación, los rostros de los cuadros formaron una sola cara, la de Elaine. Todo imaginado, vivido en imágenes, en esa torre donde la realidad era sombra. Se escuchó como si esa voz no fuese suya, como si viniera de siglos atrás, «que el morir solo sea el final, no el principio». Miró a Lady Shalott y le dijo: «Yo también estoy harta de sombras».

The Lady of Shalott, de John William Waterhouse.

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El Silencio del Fuego Tramo XI Por Graciela Marta Alfonso

Voy cruzando los abismos, agazapada en penumbras destrozo la cris谩lida dormida, de mi muerte remota.

Voy girando descalza, en lentos abanicos de bruma, plet贸rica y oculta, llevo la niebla en el alma y la luz en la mirada.

Antorchas que enciendo en oto帽o, cuando tu nombre se desvanece en mi silencio ignoto, cuando tu sombra se deshace como bruma perdida, en una estaci贸n azul de mi alma. 28


Somos los desconocidos, los enigmas del tiempo; somos los locos oscuros, desenterrando los árboles desnudos y cubriéndonos el cuerpo, con las últimas hojas enfermizas del otoño.

Somos las efigies hechizadas en una tormenta de miedos, perdidos y desencontrados en la llama ocre del otoño, que vuelve a robarme el corazón y a descubrir tu alma impenetrable.

Romance, por Graciela Marta Alfonso.

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Historias y leyendas Javier Úbeda Ibáñez

En la Universidad se había organizado un gran revuelo: el reconocido profesor León Caballero, considerado toda una eminencia en mitologías y leyendas, iba a impartir una conferencia, a la que le seguiría una charla-coloquio. La Universidad había acondicionado para el evento el Aula Magna de Los Naranjos, conocida con ese nombre porque todas las paredes estaban recubiertas de dibujos que aludían al jardín sagrado de las Hespérides ─ninfas que cuidaban del jardín─, que en la mitología griega está representad o por naranjos en flor. El jardín de las Hespérides ─regalo de Gea, diosa de la tierra, a Zeus y a Hera por su matrimonio─, se encontraba en el monte Atlas, y las naranjas, conocidas también como manzanas de oro, eran muy apreciadas porque proporcionaban el don de la inmortalidad. Como Hera, diosa griega de los nacimientos y el matrimonio, hermana y esposa de Zeus, además de propietaria del jardín de las Hespérides, no acababa de fiarse de las ninfas: Egle, Eritia y Aretusa, hijas de Atlas porque se comían alguna que otra naranja, encargó a Ladón, un feroz dragón de cien cabezas que enroscaba su cola en el tronco y que nunca dormía, que vigilara atentamente el jardín. El mito de las Hespérides ─explicado con todo lujo de detalles en unas tablas colgadas en una pared que estaba justo en la entrada principal del Aula Magna de Los Naranjos─ narra cómo Atlas ayuda a Hércules ─también llamado Heracles─ a cumplir su undécimo trabajo (había recibido la misión de realizar doce trabajos en total considerados imposibles), el de robar las manzanas doradas del jardín de las Hespérides. Hércules mata al águila que estaba devorando a Prometeo. Éste, para agradecérselo, le dice que el gigante Atlas, condenado a tener que sostener el cielo sobre sus hombros, era el más apropiado para robar las manzanas, porque conocía al peligroso dragón que las custodiaba. Hércules busca y encuentra a Atlas, y le pide que vaya a robar las manzanas, mientras tanto él le sujetará el cielo. Atlas, cansado de vivir con el cielo a cuestas, acepta el encargo de Hércules. Pese a que su idea era fugarse con las manzanas, Hércules consigue volverlo a engañar ─una vez le ha traído las manzanas─ , y huye dejando a Atlas otra vez con su pesada carga. 30


Hércules le lleva las frutas mágicas a Euristeo ─ rey de la Argólida y el que le encargó los doce trabajos─, que consagró las manzanas doradas a Atenea ─diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa─, y ésta le pidió a Hércules que volviera a dejar las manzanas en el jardín de las Hespérides, pues era allí donde debían estar, porque el Destino así lo exigía. Las tres Hespérides: Egle, Aretusa y Eritia fueron convertidas en un olmo, un álamo y un sauce, respectivamente. En cuanto al dragón Ladón que mató Atlas, cuenta la leyenda que la sangre que manó de su cuerpo quedó plantada en el jardín de las Hespérides, y de cada gota nació un árbol llamado drago. Su savia, de color rojo (también conocida como sangre de drago) tiene importantes propiedades medicinales. Esta leyenda ─la del mito de las Hespérides─ la leían a diario centenares de personas y, después de leerla, casi se sentían arrastradas a reflexionar acerca del sentido de los mitos y de la vida. ¿Sería posible que el árbol conocido como drago tuviera algo que ver con el dragón Ladón? ¿Unas manzanas prohibidas que no se podían comer ni tocar? Las cuatro era la hora fijada para que diera comienzo la conferencia del doctor Caballero. En el Aula Magna no cabía ni un alfiler. El poder de convocatoria del catedrático era impresionante. Se había creado una merecida fama de erudito divertido, cauto, al que le gustaba interactuar con el público que asistía a sus conferencias, tolerante y amante de la libertad bien entendida. El silencio era total. Se apagaron las luces, y el primero en salir al escenario fue el decano de la facultad; traía un cometido importante: presentar al profesor y adelantar sobre qué iba a tratar la conferencia. Después de varios elogios y halagos acerca de la valiosa contribución del profesor Caballero al mundo de la cultura, el decano lo anunció a grito vivo. El público de la sala se levantó en pleno, y aplaudió entusiasmado nada más hizo su entrada el conferenciante. ─¡Gracias, Gracias! ¡Un millón de gracias por sus aplausos! ¡Por favor, tomen asiento! A pesar del ruego del profesor, el público continuó aplaudiendo unos minutos más. El profesor abrumado por tanta efusividad, hacía gestos con sus manos en señal de agradecimiento. 31


Cuando el profesor se hubo instalado detrás del atril que le habían colocado estratégicamente en el centro del escenario y se hubo colocado el micrófono, el auditorio dejó de aplaudir, y se quedaron expectantes y en silencio. León Caballero, de unos sesenta años, melena canosa, ojos azules y saltones, gafas de pasta negra, de mediana estatura (más bajo que alto) y de constitución más bien robusta, iba vestido con un impecable y holgado traje de chaqueta gris con amplios tirantes negros, camisa blanca reluciente y calzaba mocasines a juego con la camisa, enseguida tomó la palabra: ─Les agradezco mucho sus aplausos, por un momento me he sentido Plácido Domingo después de representar «Orestes» de la ópera Ifigenia en Táuride en el Teatro Real. Ahora, no me pidan que cante porque soy un auténtico desastre. Lo que sí haré será hablarles de… Antes de que acabara la frase entró en escena una canción. El público levantó la cabeza buscando la ubicación de aquella enigmática melodía. ─No la encontrarán, dejen de buscar. ─¿Saben de quién es esta canción y cuál es su título? Se trata de Lament for Atlantis, de Micke Olfield, me sirve para introducirles en el tema de hoy: la leyenda de la Atlántida, el continente perdido, la isla sumergida y jamás hallada. ¿Les suena, verdad? Pero, insisto, no la busquen porque no la van a encontrar. Ya lo intentaron muchos durante siglos y no lo consiguieron. Y otros tantos hablaron de ella como Julio Verne en el capítulo XI de Veinte mil leguas de viaje submarino cuando el Nautilus visita las ruinas de la Atlántida. Señores, han sido tantos los que la han buscado, visitado, investigado en sus libros que sería prácticamente imposible hacer un inventario; e incluso este tema ha llegado a la gran pantalla. Y es que la leyenda de la Atlántida lleva muchísimos años dando de sí y aún le queda cuerda para rato. »Se han preguntado por qué tanto afán por buscar una isla, una ciudad que, en principio, surge de Los diálogos del filósofo Platón (en ellos Platón dialoga con Timeo y Critias sobre la fabulosa isla de la Atlántida que desapareció en el mar, haciendo una descripción pormenorizada de ella. Aseguran que la historia la aprendieron del poeta y legislador ateniense Solón, y éste a su vez se la escuchó a los sacerdotes egipcios). »Platón, en sus escritos, afirma insistentemente que se trata de una historia real. »Dice Platón, allá por el año 340: Hace tiempo, más allá del estrecho que llaman las Columnas de Heracles (el estrecho de Gibraltar), se hallaba una isla más grande que Asia y Libia juntas, y desde ésta se podía acceder a otras islas y de aquellas a tierra firme que se 32


encontraba enfrente. Esta isla llamada Atlántida desapareció en las profundidades marinas en el tiempo de un día y una noche. »¿Y de dónde habría salido esta isla? Según Platón, se trata de un trozo de tierra que nació de las profundidades del mar. Cuando los dioses se repartieron el mundo, ese pedazo de tierra le tocó a Poseidón, dios del mar, según la mitología griega. Descrito como un paraíso ideal, una isla perfecta donde se vivía en armonía y paz. Donde todos se ayudaban y respetaban, hasta que se convirtió en una sociedad arrogante. Los dioses castigaron a los atlantes por su soberbia, y después de ser derrotados por los atenienses (Platón era griego, recalcó el profesor), la Atlántida se perdió en el mar. »Existen dos corrientes de pensamiento respecto a esta leyenda: están los que han interpretado y estudiado los textos que Platón escribió acerca de la Atlántida y han encontrado múltiples anacronismos y apuntes inverosímiles, que pueden llevar hasta la conclusión de la inviabilidad de la isla perdida, pudiendo afirmar que dicha isla sólo existió en Los diálogos del insigne filósofo griego. Y la otra corriente es la que ha creído firmemente en la existencia de la Atlántida, y han dedicado muchos años y esfuerzos en buscar el lugar donde pudo haber estado la isla. Corrientes, las dos, que existen hoy en día. »Muchos mitos y leyendas se han creado a partir de la ¿invención? ─el profesor León Caballero arqueó sus cejas y elevó el tono de su voz a modo de sugerente interrogación─ de Platón: libros, teorías, investigaciones, películas, relatos, cuadros... ¿Todo ello nacido de algo que realmente no existió? ¿Qué opinan? »Como saben, el hombre ha recurrido a las leyendas, a los mitos y a las tradiciones para intentar darle respuesta a las grandes incógnitas de la humanidad; lo que quiero que tengan claro es que las historias que nos cuentan en la mitología, en las leyendas, pueden o no ser reales, pero nos han servido, mediante la utilización de ejemplos, durante siglos para desvelarnos verdades esenciales de la condición humana. »Seguro que piensan que muchas de las leyendas pueden parecer surrealistas, pero bien analizadas todas tienen su razón de ser. »¿Ustedes creen en la leyenda de la Atlántida? ¿Realidad o ficción? ¿Han pensado alguna vez con qué intención la escribió Platón? Pero… antes díganme: ¿cuántos de ustedes creen que existió la Atlántida? El auditorio entero se puso a contestar a la vez, escuchándose con más claridad el «no» que el «sí». ─Que levanten la mano, por favor, los que sí crean en la leyenda de la Atlántida. Silencio sepulcral en el aula, mientras el profesor cuenta en voz alta las manos alzadas. 33


─Diez personas, de… ¿cuántas somos aquí? ─el profesor se gira hacia la silla donde está sentado el decano y lo interroga con la mirada─ , ¿trescientos, quizá? Señor decano, haga el favor de darnos una aproximación de las personas que se puedan encontrar en esta sala. El decano de la facultad se acercó con sigilo el micro, se apretó la corbata, se colocó las gafas y con un hilo de voz calmosa dijo: ─El aforo está completo, y en esta Aula Magna caben setecientas cincuenta personas. ─Gracias, decano. Me gustaría preguntarle a alguno de los que han levantado la mano por qué cree que existió la Atlántida. Usted, por ejemplo, el caballero que está sentado en la segunda fila, el que lleva un jersey de rombos. ─¿A mí, se refiere a mí, profesor? ─Sí, a usted que ha levantado la mano. ¿Cómo se llama? ─Javier Ruiz. ─Dígame, ¿por qué cree usted que existió la Atlántida? ─Básicamente porque no creo que personas sabias y avezadas con unas mentes tan privilegiadas ─desde la Antigüedad hasta nuestros días─ hayan dedicado tantos años a la investigación de algo que no existió. Estoy convencido de que todos esos intelectuales creyeron firmemente en la existencia de la Atlántida, y lo intentaron corroborar y demostrar mediante sus estudios. ─Su respuesta tiene su lógica. ─Ahora, necesito que algunos de los que no creen en la existencia de la Atlántida me den su versión. ─A ver, la señorita que está sentada en la última fila, que lleva gafas, es rubia con el pelo largo, y lleva una chaqueta fucsia que hace rato que me está deslumbrando. Risas en el auditorio. Y de repente, una luz a modo de foco alumbra las dos últimas filas, para acabar centrándose en la persona que acaba de describir el profesor Caballero. ─No sea tímida, mujer. Díganos cómo se llama y por qué usted no cree en la existencia de la Atlántida. ─Me llamo Carmen Martínez, y no creo que existiera la Atlántida, aunque respeto la opinión de Javier. »Creo que la Atlántida es el gran mito, el mito de los mitos, un lugar paradisíaco e idílico que le sirvió a Platón para explicar los efectos nefastos de la soberbia en el ser 34


humano. Platón nos presentó un lugar perfecto, que lo tenía todo, pero al que la vanidad lo echó a perder. Como castigo, los dioses hicieron que desapareciera. Sin duda, una excelente alegoría. ─Gracias, Carmen, por compartir su opinión con todos nosotros. Y ahora, quiero que cierren los ojos y se imaginen un lugar ideal y perfecto: ¿Lo llamarían ustedes Atlántida? ¿Dónde lo ubicarían? ¿Y si quisieran mandar un mensaje utilizando ese paraíso, qué contarían? Mantengan los ojos cerrados durante diez minutos, cuando los abran, hablaremos de sus «Atlántidas personales». Y, de fondo, vuelve a sonar Lament for Atlantis, de Micke Olfield.

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Melodía arrebatadora Por Patricia K. Olivera Le gustaba pasar, cada vez que podía, por el bar que pertenecía a sus padres. No siempre fue así; por el contrario, hubo una época en la que odió que ese sitio perteneciera a la familia. Sin embargo, desde que el violinista llegó a amenizar las tardes-noches del lugar, algo comenzó a cambiar en Cintia; una mujer en la flor de su vida, tenía treinta y dos años, daba clases de inglés en un colegio privado y aun permanecía soltera. Había tenido un par de relaciones que duraron lo suyo, pero nunca se llegó a concretar nada. Ella quería casarse, formar una familia, tener sus propios hijos; pero nada de eso se hizo realidad. Una tarde, en que se sentía sola, decidió acercarse para ver si sus padres necesitaban ayuda en la barra. Hacía tanto que no pasaba por allí, que se quedó sorprendida de todos los cambios que habían hecho en el local. El lugar lucía más luminoso y las nuevas cortinas en color crudo le daban un aspecto distinguido; habían colocado varias mesas y tenían diferentes menús para ofrecer. Lo que más llamó su atención fue la melodía que inundaba el lugar y que venía de un rincón del salón donde un hombre, de aproximadamente su misma edad, tocaba el violín con los ojos cerrados y una expresión de paz en el rostro. Quedó ensimismada escuchándolo y viéndolo. Su aspecto era pulcro, su vestimenta distaba mucho de ser formal pero lucía bien con su pantalón de jean gastados y una chaqueta negra de pana, bajo la cual llevaba una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Estaba sentado en un banco alto, con las piernas algo flexionadas y movía su brazo con una delicadeza y una precisión asombrosas. Por lo que podía ver, parecía alto y delgado; tenía la piel blanca y su cabello era castaño claro. Sus labios eran finos y los mantenía cerrados en una imperceptible sonrisa de placer. Todo en él era atractivo, y la melodía que hacía brotar de las cuerdas de su violín era perturbadora e hipnótica. Sus ojos se concentraron en sus manos, de dedos largos y delgados, que presionaban las cuerdas y movía el arco con una delicadeza tal, como si estuviera acariciando el cuerpo de una mujer. Se ruborizó al pensar eso, lo notó en el calor que le subió a la cara y la recorrió de los pies a la cabeza; miró a su alrededor, temió que alguien de los allí presentes hubiera adivinado sus pensamientos. Se removió en su sitió, tratando de no llamar la atención, de hacerse invisible para poder disfrutar de esa presencia que era todo un misterio para ella. Mientras lo contemplaba, una historia de fantasía se tejió ante su vista; y así, lo imaginó acercándose con los ojos entornados y con una sonrisa muy sensual. Si, en su 36


fantasía él era un poco más alto que ella; lo notó cuando la tomó por la cintura y la miró a los ojos desde su altura, antes de buscar sus labios y dejar que esa lengua juguetona se abriera paso hasta su boca. Cuando imaginó esto volvió a sofocarse, abrió los ojos como platos para cerciorarse una vez más de que no era observada y certificar que él aun siguiera allí. Volvió a mirar sus manos, que continuaban acariciando el instrumento, y retornó a su fantasía. Allí, esas manos ya le recorrían la espalda por sobre la ropa y le provocaban un hormigueo insistente que endurecía al instante sus pezones y daba paso a un fuego abrasador entre sus piernas. Luego, el cálido aliento en su cuello anunciaba un recorrido que terminaría en la abertura de su blusa entreabierta; para entonces, ya la tenía arrinconada contra la esquina más oscura del bar, alejándola de los ojos curiosos de la gente. Cintia podía sentir cada músculo de su cuerpo contra ella, jadeó al notar la evidente excitación apretarse contra su vientre; gimió, con los labios entreabiertos, húmedos, ansiosos de que continuara con esa antesala que anunciaba un encuentro cuerpo a cuerpo en extremo abrasador. Sus manos se enroscaron en la cintura del hombre y ella las dejó ir, metiéndolas bajo la chaqueta, para deslizarlas por esa ancha espalda. Sus dedos se volvieron atrevidos, y recorrieron con ardor el camino por sobre su camisa hasta llegar al pecho masculino donde se enredaron en el vello rubio; y luego, bajaron con lentitud hasta posarse en la entrepierna, lo que le provocó un nuevo estremecimiento; un jadeo salió de sus labios al sentir contra sus manos la impetuosidad de ése miembro que ya ansiaba tener dentro de ella. A estas alturas, emitió un suspiro y se mordió el labio inferior; su cuerpo era una antorcha que escurría mieles por cada poro de su piel, por cada hendidura de su cuerpo. Entrecerró los ojos e intentó respirar con normalidad. Sus pensamientos eran un torbellino de emociones y sensaciones que la asaltaron sin previo aviso, trastocando su rutina diaria. Su pecho subía y bajaba, y sus mejillas estaban arreboladas cuando abrió los ojos y vio al violinista allí, junto a ella, sonriendo igual que en su fantasía, y mirándola de ésa manera que se había atrevido a imaginar. ―Eres la prueba viviente de lo que busco provocar en los demás cuando ejecuto mis melodías―le susurró, mirándola a los o jos con intensidad. El violín descansaba, guardado en su estuche, sobre el mostrador donde él apoyaba los antebrazos ahora. ―Gastón Ruíz―se presentó, estirando su mano para estrecharla. Sonreía divertido ante su expresión de arrobamiento. ―Cintia Espíndola ―respondió ella, tratando de controlar su nerviosismo. Un estremecimiento le erizó la piel cuando la fuerte y suave mano presionó la suya―. Disculpe, no entiendo lo que pretender decirme ―dijo, retirando su mano como si la quemara. 37


―Vaya, ¿eres hija de Raúl?―preguntó sorprendido. Ella hizo un movimiento de cabeza afirmativo ―. Desordenar sentidos, arrebatar sentimientos ―soltó él, con ardor en los ojos. ―¿Perdón?―se disculpó Cintia, pero sabía perfectamente a qué se refería. ―Lo mismo que experimentaste hace unos instantes; porque…lo sentiste, ¿no?―susurró con una sonrisa cómplice. Sus ojos brillaron y ella se quedó sin palabras, con la mirada posada en esa boca seductora; en tanto, sus propios labios permanecían entreabiertos como esperando un beso. Afuera, la noche terminaba de poner su manto de estrellas y sombras sobre la ciudad. Algunos transeúntes caminaban despacio, como demorando el momento de llegar a destino; el tránsito iba amainando y el silencio llegaba lentamente a las calles húmedas de rocío. En el interior del bar, el ambiente era cada vez más acogedor y la gente seguía en lo suyo; pero a ellos parecía no importarles. Continuaron charlando, mirándose a los ojos; con la excitación a flor de piel en las sonrisas y en los deseos no expresados. Promesas, a punto de hacerse realidad, flotaban entre ambos.

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El informe Romerales Por Selin —¿No pretenderás que publiquemos este informe? Gustavo Hinojosa, Director del Instituto de Geología, devolvió el pliego de hojas a su visitante, Isidro Romerales, uno de los investigadores a su cargo y también amigo desde la infancia. —Verás, Gustavo, yo contaba con que... —El Instituto no puede patrocinar tus elucubraciones ni tus fantasías, Isidro. Vale que le has dedicado mucho tiempo, pero no tienes ninguna prueba definitiva sobre la validez de tus afirmaciones. —Te aseguro que son ciertas. Solo es cuestión de poner una serie de sistemas de detección en los lugares que se consideren adecuados y esperar. —¿Esperar a qué? ¿A que haya un terremoto para demostrarlas? —elevó el tono de voz mostrando su impaciencia—¿Y dónde los colocamos? ¿Los plantamos por toda España? La verdad, me pensaba que te darías cuenta de que no es el momento más adecuado para un gasto que difícilmente se podría justificar así por las buenas. Sin contar con los comentarios de los graciosos de turno, que se nos echarían encima como tiburones. —Pero es que hay vidas humanas en juego... además de la destrucción de muchas edificaciones y estructuras. —No sigas por ahí, Isidro, no intentes que me sienta culpable. No lo vamos a publicar y punto. —¿Entonces...? —Ahora tengo trabajo, si no te importa ya nos veremos otro día. Isidro aceptó cabizbajo la despedida, se levantó de la silla y salió del despacho. La secretaria, Mika Gutiérrez, le observó cuando pasó por su lado. —Gracias por haberme conseguido la cita, Mika. No ha podido ser, casi no me ha escuchado. —Lo siento, señor Romerales, hace días que está nervioso. Ya sabrá usted que han recortado el presupuesto y que será difícil cuadrar las cuentas. 39


—Lo sé, Mika, gracias igualmente. —Llegó hasta la puerta de salida y se giró un momento—. Bueno, hasta la próxima y a ver si hay más suerte. Adiós. —Adiós, señor Romerales, buenos días. Una vez llegó a la calle, Isidro pensó en cómo podría demostrar sus teorías. Sabía que sería muy difícil, pues dependía totalmente del azar. Necesitaba un lugar adecuado y aunque numerosos, el problema principal sería convencer a alguien que permitiese colocar en su jardín una serie de instrumentos y cables, que dejarían esa zona impracticable para otros usos. No sólo por que se quedaría un tiempo sin poder utilizar una zona amplia, sino por qué tampoco podría ofrecerle más que buenas palabras, ya que sus recursos económicos eran demasiado escasos como para poder pagarle. Después de darle bastantes vueltas al asunto, comprendió que no le quedaba más alternativa que recurrir a quien seguro que no se negaría. ***** Isidro pulsó el timbre que había junto a la cancela que daba acceso a un pequeño jardín, más allá del cual estaba una vivienda sencilla de una planta. Se abrió la puerta de la vivienda y apareció una mujer menuda, vestida de negro y con el pelo cano recogido, que se apoyaba en un bastón para caminar. —¡Hola, tía Úrsula! —Isidro levantó un poco la voz para que pudiese oírle desde la entrada de la vivienda. —¿Eres tú, Isidro? ¡Qué alegría que me das! Espera que voy a abrirte. La anciana se acercó hasta la cancela con un paso dificultoso —Hace tiempo que tenías que haber venido a verme, mal sobrino, que ya sabes que estoy muy sola y cualquier día... —no perdía su tono cariñoso, aunque le recriminase la falta de visitas. —No se enfade, tía, ya sabe lo que pasa..., el trabajo... —¡Bah, excusas! Lo que tienes que hacer es venir más a menudo. Ven, pasa y cuéntame que te trae por aquí. Isidro entró, esperó a que su tía cerrase de nuevo la cancela y le ofreció el brazo para que se apoyase mientras andaban hasta la casa. 40


—Espérame en el salón, Isidro, que enseguida estoy contigo ���le dijo mientras se dirigía hacia la cocina para preparar un café para su sobrino—. Unos minutos después volvió con una bandeja donde llevaba el café, una infusión de hierbas para ella y unas pastas. Puso la bandeja en una mesita entre el sofá que ocupaba Isidro y su butacón, sirvió el tentempié y le miró. —Bien, dime lo que te pasa, no haces demasiado buena cara. —Verás, tía, necesitaría poner algunas cosas en tu jardín. Es para un experimento. Unas picas metálicas clavadas en el suelo y unos cables. —Ya, vamos que lo vas a ocupar con tus trastos. —Todo no, tía, solo un trozo. —Bueno, al menos podré pasar para ir a la calle, ¿no? —Sí, claro, tía, eso seguro. No se me ocurriría… —No. No quiero imaginarme lo que se te ocurriría, que aún me acuerdo de alguna trastada tuya. —Los recuerdos le hacían sonreír, su único sobrino había sido travieso de verdad. —¿Entonces…? —Pues claro, Isidro, ¿qué te pensabas? —Pues… —Después, ahora tómate el café y prueba estas pastas, que las tenía para ti, que sé que siempre te han gustado. ***** (Dos meses después) El teléfono sonó en la mesa del despacho, sacando a Hinojosa de sus pensamientos. Pulsó el botón de aceptación de la llamada del teléfono manos libres y se inclinó hacia el aparato. —¡Dígame, señorita Gutiérrez! —¡Señor Hinojosa! Tiene una llamada del señor Romerales. —Dígale que no estoy. 41


—Pero, señor Hinojosa, me dice que es muy importante, que tiene pruebas de sus teorías. —Es igual lo que quiera decirme, dígale que me envíe un mail para comentarme el asunto de que se trate. —Conforme, señor Hinojosa, ahora se lo digo. Hinojosa se recostó en el sillón y resopló enojado. Aquella amistad le estaba creando problemas con los altos cargos del ministerio, que no veían con buenos ojos sus salidas de tono. Pero también se sentía culpable por no apoyarle, ya que eso le pondría en una situación comprometida. —Señor Romerales, lo siento —Mika recuperó la llamada—, el señor Hinojosa no está en este momento, pero puede comentarle por mail... —Por favor, Mika, es muy importante que hable con él. —Ya le he dicho, señor Romerales, que no está. No puedo hacer más, lo siento, de verdad. —Lo sé, no se preocupe, ya escribiré, tengo unos preparativos urgentes. ***** De: iromerales@ig.es Para: ghinojosa@ig.es Asunto: Terremoto inminente Hola Gustavo, He hecho lo que he podido para contactar contigo. Tampoco sé si leerás este mail antes de que pase nada. Yo me quedaré revisando los instrumentos hasta..., yo que sé... Es igual, ya no podrás hacer nada. No te preocupes de tu madre, está con mi tía Úrsula, las he enviado en el taxi del Antonio a la feria del pueblo, que hace tiempo que no iban y sé que allí estarán entretenidas… y a salvo. Lástima, me hubiese gustado contarte el terremoto en directo, pero no ha habido forma de que te pusieses al teléfono. Adiós, amigo, hasta siempre. 42


***** Isidro salió de nuevo al patio y se acercó a la estructura de cables y electrodos. La lectura de datos se había incrementado mientras escribía el mensaje, el terremoto ocurriría en unos minutos. Hizo un repaso mental: la tía Úrsula y la madre de Gustavo iban camino de la feria y no les pasaría nada, había soltado los pájaros de su tía: dos canarios que se habían alejado enseguida hacia las montañas. El perro de la madre de Gustavo estaba suelto, pero sólo gañía en un rincón, demasiado asustado para irse a ningún sitio. También había llamado a la radio local, pero se le habían reído, los del periódico no le habían hecho ni caso y el alcalde estaba «muy» reunido. Contempló el cielo azul, hacía rato que no se veían pájaros. Sí que se oían muchos perros, aullando en anuncio de muerte, la suya propia también. No se podían alejar, pues estaban encerrados en los jardines o en las casas. Isidro observó por última vez el medidor, había superado con creces lo que era de esperar, pero ya se había parado. Se acercaba el momento, en unos instantes el terremoto sacudiría la población y el cercano mar la arrasaría. Salió de la casa, no le preocupó dejar todo abierto, no valía la pena. Subió hacia la pequeña colina que había por detrás, pues desde allí había una vista despejada y se alcanzaba a ver el horizonte. Se sentó en lo alto. Poco tuvo que esperar, el temblor se inició con fuerza y se mantuvo un buen rato, parecía interminable hasta que llegó la falsa calma. Al frente, en el mar, se notó un movimiento, que en unos segundos se convirtió en un muro de agua que se abalanzaba sobre las casas a gran velocidad. Isidro sonrió tristemente por última vez, sus teorías se habían convertido en una gigantesca realidad que le arrastraría al abismo.

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Cómplice Por Eugenia Sánchez Acosta

Una sombra se deslizó, presurosa, por la ventana. La noche enmudeció, el aire se mantuvo quieto, los árboles contuvieron sus estremecimientos. Una sombra se deslizó por el jardín. Corría sobre las baldosas cubiertas por las hojas secas del otoño sin hacer ruido. Exhalaba un aliento que no se evaporaba nunca. Llevaba las manos cubiertas de sangre…

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Luna llena Por Eugenia Sánchez Acosta Susanita en cuatro patas y de espaldas tiene la forma de un corazón. Arrastra la maleta de debajo de la cama sin importarle las telas de araña y el polvo acumulado. Se para ─un mechón de pelo cae entre sus labios─ y luego de mirar en torno se pone en marcha. Sus pies descalzos no hacen ruido sobre el parquet. Baja las escaleras corriendo, los senos bailando bajo la camiseta. Sale y cierra la puerta sin mirar atrás. En los labios resecos le escuecen los besos que no dio a los niños que duermen, y entre las piernas aun siente la fuerza del sexo de su marido y su semen. Camina custodiada por la luna con las llaves en la mano. En la cocina el gas sisea desde las cuatro hornallas.

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Nuestros colaboradores *Eva María Medina Moreno

nació y vive en

España. Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de E. G. B. Investigadora de la Literatura Inglesa del Siglo XX y Contemporánea. Sus relatos, premiados en diversos concursos, han sido publicados en libros y en revistas literarias. Actualmente escribe su primera novela http://evammedina.blogspot.com.es/

*Javier Úbeda Ibáñez, escritor y miembro de REMES (Red mundial de escritores en español). Nació en Jatiel (Teruel, España), en 1952. Reside actualmente en Zaragoza (España). Es autor del libro de relatos breves y poemas Senderos de palabras y de los cuentos Daniel no quiere hacerse mayor y La Elegida. Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como en prensa escrita. También ha escrito numerosas reseñas literarias, y relatos cortos y poemas, que han ido viendo la luz en revistas de la talla de Almiar, AriadnaRC, Fábula (Universidad de La Rioja, España), Gaceta Virtual (Argentina), Horizonte de letras, La ira de Morfeo (Chile y Argentina), La Sombra (de lo que fuimos), Letralia (Venezuela), Letras en el andén (Argentina), LetrasTRL, Letras Uruguay (Uruguay), Literarte (Argentina), Literaturas.com, Luke, Magazine Siglo XXI, Narrador, Palabras Diversas, Pluma y Tintero o Poeta (Argentina), entre otras muchas. Correo electrónico: j_ubedai@hotmail.com

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Nuestros Colaboradores *Gabriel German, tengo 27 años y soy de Montevideo. Escribo mayormente ciencia ficción desde los 11 años de edad. En el 2011 registré por primera vez mi libro de poesías en la Bibloteca Nacional, titulado El viaje eterno.

*Graciela Marta Alfonso (Buenos Aires, Argentina). Profesora y Licenciada en Artes Visuales. Tesis: Poéticas del Libro de Artista y Libro Objeto. Obras Publicadas: El Silencio del Fuego y Antologías Literarias: Una Mirada al Sur y Pasión de Escritores. Blog: http://hilodeariadnagrace.blogspot.com

*Marcelo Oscar López Diez (1976, Montevideo, Uruguay), asume la trágica adicción a los libros y lamentablemente las palabras crecen en su cabeza como preludios de forzadas manchas sobre papeles en blanco, corrompe la pureza del silencio.

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Nuestros Colaboradores

*Luis Bracamontes, Escritor y dramaturgo de clóset. Estudiante de Ciencias de la Comunicación. Originario del DF, pero moreliano por costumbre y de corazón. Actor en la compañía independiente Catexia Teatro y Sueños Líquidos.

*Matías Leandro Eckerdt, 25 años. Nacido en Buenos Aires, Argentina. Artista y librepensador, apasionado por la escritura de José Ingenieros, Sarmiento y Scalabrini Ortíz, entre otros tantos que han abultado de saberes un rincón de la Patria Grande. Entre sus obras se encuentra «Los fragmentos del cuerpo», su primer logro literario, culminado en el 2013. Fue ideado y editado por él mismo. Aún no está publicado bajo sello editorial alguno, pero el autor lo difunde en su blog y página de Facebook.com. Está actualmente trabajando en un libro de poesías y prosas poéticas, y muy pronto a culminarlo. Asimismo, tiene elaborado un ensayo, el cual está sujeto a revisión en éstos momentos. También cuenta con obras hechas en pastel al óleo y pintura al óleo, como dibujos en lápiz. Página en Facebook.com: http://www.facebook.com/espacios.abstractos.7 Blog: http://picaronesnewwave.blogspot.com.ar 48


Nuestros Colaboradores *Patricia K. Olivera o Patricia O. (Patokata).

Vive en Montevideo-

Uruguay. Actualmente está cursando la Tecnicatura en Corrección de Estilo a nivel universitario. Escribe textos de su autoría en los blogs que administra y en aquellos donde participa. Es colaboradora frecuente de las Revistas Literarias miNatura de la Breve y lo Fantástico, Pseudònims, La Fanzine, El Descensor y Palabras. Recientemente, una de sus colaboraciones ha salido publicado en el último número de La Nueva Literatura Fantástica Hispanoamericana. Ha resultado finalista en el V Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2013. Integra varias antologías de relatos románticos, de género fantástico o paranormal, y eróticos; y dos Antologías de poesía. Administra: http://mismusascuenteras.blogspot.com, http://mismusaslocas.blogspot.com Participa: http://eros-textual.blogspot.com/

*Selin: Aficionado a la literatura, distribuye su tiempo entre las reseñas de los libros que le ofrecen y la escritura de relatos, mayoritariamente cortos, dentro de diversos géneros: negro, erótico, fantasía, terror o ciencia ficción. Algunas de esas historias han sido galardonadas o seleccionadas para antologías y otras las ofrece directamente en su blog Susurros. Blog: http://selin-xxi.blogspot.com.es 49


Nuestros colaboradores *Eugenia Sánchez Acosta: También conocida en la red como Maga DeLin, es una escritora novel uruguaya de 28 años. Ha colaborado con diversas revistas digitales e integrado varias antologías en distintos formatos como Pasión de Navidad (de la web El club de Las escritoras), El escritor (certamen Mil Palabras) y Porciones literarias (de la web Diversidad Literaria), entre otros. Administra dos blogs literarios: Una vida de novela (http://vidanovelada.blogspot.com) y Escribiendo la noche (http://describientem.blogspot.com). Además participa del blog Eros Textual (http://eros-textual.blogspot.com ).

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Junio 2013, NĂşmero 9.

http://palabrasrevistaliteraria.blogspot.com/

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Palabras nº 9