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Francis Scott Fitzgerald 1896-1940


FRANCIS SCOTT FITZGERALD Convertiste tu vida en un derrumbe prematuro. Y son palabras tuyas estas que ahora cito: «está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco». Y un veintiuno de diciembre de 1940, caíste muerto en el living-room del apartamento de Sheila Graham, en Hollywood, el gran favor de aquel infarto que te sacaba de la vida porque ya no había vida en ti, mil pedazos, mil cristales dorados, brillando sobre el suelo. Dime, ¿la amaste?, dime ¿te amó ella? ¿Dónde está Sheilah ahora, y Zelda, dónde? Tú, que creaste a Jay Gatsby, la criatura más resplandeciente de la vida e hiciste —nunca te lo perdonaremos— que ese hombre enigmático se enamorara locamente de una mujer llamada Daisy, la mujer más egoísta de la Historia y la más bella y la más codiciosa del santo dinero, de la riqueza y de las fiestas y del champán y de los coches de lujo y de las mansiones y de los grandes viajes a la Riviera francesa, todos nuestros amigos esperándonos en la playa, con la copa en la mano, en veranos legendarios. Pero aquí estás ahora, de pie, frente a mí, como fantasma ilustre de la gran literatura y por tanto de nuestro escaso saber sobre la vida, con tus depresiones, con tu alcoholismo, con tu expiación, con tu mujer, con tu amante, con tu pobreza final, con tu hija Scottie, pagando facturas de universidades y de médicos, y con tu conquista laboriosa, al fin, de la nada y de la muerte.


Y en 1948, Zelda Fitzgerald ardió viva en el incendio de un Manicomio de Carolina del Norte, donde sobrevivía como un fantasma más entre los millones de fantasmas que pueblan este mundo del que tú ya habías, elocuentemente, desertado. Tu elegante y envidiable fracaso, tu ascensión a las nubes cristalinas del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido hacia la destrucción, pero no la destrucción común a muchos hombres, (porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos —tú lo sabías—se hunden igual). No la destrucción común –digo- a miles de hombres y miles de mujeres, sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe, su ceremonia inmemorial, la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente, mandorla calcinada del dolor insoportable. Duerme, duerme en paz, hijo del viento último de la tarde áspera, de los grandes veranos de Long Island y de sus crepúsculos agudos. Te beso. Bésalas tú a ellas tres a cambio de mi beso, a Sheila, a Zelda, a Scottie, a la oscuridad, a la enfermedad y a la inocencia.

Manuel Vilas


Toda vida es un proceso de demolición Los minutos se abren paso carne a través. Ya, no son, y en su no ser, duelen como si fueran.   El tránsito escuece... Yo, vine a existir con fallo de fábrica. Hace ya tiempo  que me recuerdo  en la cara de otra donde construir y destruir parecen la misma cosa.

Cristina Sánchez


Zelda en su celda

Veo un futuro en regresivo. En él, tú estás tan muerto como ahora (tu cuerpo es polvo y yace junto a mí, ya te dije que lo nuestro sería eterno) pero vives en la gente, y ellos no sólo te leen, te estudian y te adoran y se inventan mil historias sobre ti. Historias que se darán por buenas porque la realidad y la ficción serán la misma cosa. Te pasaste la vida intentando explicarte los porqués y resulta que se lo habrás explicado a los demás. Así eran, dirán, todos los que eran como tú. Ese lugar donde ya no estás es un mundo de locos. En él, el hombre vive al compás de las máquinas. No lo podrías creer, por eso ha sido mejor que hayas muerto joven. Ni un café podrás tomar sin la vigilancia de uno de esos seres que no existen. Olvídate de la escritura que conociste, es pasto del recuerdo. Y los aviones. Será la época de los aviones que incendian las torres de un progreso infame, será la época del gobierno del miedo, del desvío hacia ninguna parte, de la epidemia del absurdo, del fin de todo lo que entendimos por libertad. Lo veo y no lo puedo creer pero sé que es verdad, y por más que aviso nadie me presta atención. Esta realidad abstrusa me está matando pero me acerca a ti y lo celebro. Por eso ansío una pequeña catástrofe antes del infierno final, un incendio privado que le ponga fin a todo esto. Nuestra vida ha sido una verdad premonitoria.

Javier López Menacho


P. Strange

“Nobody has ever measured, not even poets, how much the heart can hold� Zelda Fitzgerald


El Gran Gatsby 5 de noviembre: tempus fugit irreparabile, muchacho. Amaranta Kรถnisberg


UN COMIENZO El teniente estaba de pie, nervioso, esperando que la arenosa sonoridad del Vitrola le apaciguase el espíritu, que la joven al fondo del salón había embravecido con su mera presencia. Estilosa, cándida en sus maneras y atrevida en su mirar: una debutante. Se trataba de la noche más especial en la vida de doce muchachas afortunadas. Pero lo que el teniente no sabía es que también lo sería para él. La fortuna tiene la cualidad de resultar, en ocasiones, un tanto infiel a sí misma, pensaría el teniente años más tarde al calor de un buen fuego, encendido en la punta de su último cigarrillo. Sin incidentes, sin escándalos de ningún tipo, la velada se dejó llevar con naturalidad hacia su final. Los padres deseaban buena suerte a sus hijas, temiendo que, ahora sí, volviesen a casa con planes de futuro de los que no formasen parte; las madres, renuentes a aceptar la nueva condición de las damitas, les exigían más prudencia que nunca. Las amigas y hermanas más jóvenes envidiaban su hermoso futuro; las mayores ocultaban, más por educación que por solidaridad, su maldita veteranía. El teniente supo que aquella era su última oportunidad si no quería que algún otro joven más rico y más rubio se le adelantase. Estaba confiado —seducido por su propio arrojo— porque la sonrisa de su debutante se había pasado la noche incitándole desde la pista de baile. El teniente y la debutante intercambiaron sus primeras palabras. Y allí, en una pista de baile, al final de la fiesta, tuvo lugar un comienzo. Álvaro Domínguez


EXTRAÑA ES LA NOCHE Edna Eyre, famosa it g irl, meneaba graciosamente su peinado a lo b o b al ritmo sincopado del jazz mientras Tom Finnegan trasegaba un bourbon tras otro sin apartar la mirada de ella. Menuda jaca, pensaba, aunque de forma más refinada, que para algo acababa de licenciarse en una prestigiosa universidad de la costa este. Se tomó otro bourbon para armarse de valor y se acercó a ella. —Hola, ¿nos conocemos? ¿Te gusta la Biblia? ¿Te gustaría que nos conociéramos bíblicamente? —Dios, qué patán. —Perdón, es tu belleza, que me sojuzga. Y el alcohol. —Ya, ya. Mira, bonito, me estás robando mi aire lleno de jazz. Aparta un poco, que tengo mucho que bailar. —Baila conmigo toda la vida. Bailemos hasta caer agotados y recuperemos fuerza luego yaciendo juntos. La vida será siempre dulce: tú serás bella, yo te escribiré versos. —¿Eres escritor? Eso me viene muy bien, que soy una flap p e r. —Bien, bien, aunque tengo que confesar que a mí me gustan más las fluffe rs . —Eso todavía no se ha inventado. —Ya. Qué época tan lamentable, no sé por qué lo llaman los alegres veinte. Gabriel Noguera


Francis Scott Key Fitzgerald

El alcohol, Zelda y la literatura, vanagloriarme de las conquistas del corazón, éramos tan felices a este lado

del

paraíso

como

fue

posible

mientras

aguantábamos en equilibrio sobre la locura, las fiestas y los billetes de banco, no supimos hacerlo mejor, Amory, Patch, Carraway, Gatsby, Diver y tantos otros, contemplad mi rostro, esa máscara que construí entre las páginas, el pasado nos arrastra a todos hacia su centro con la agonía de la muerte, hermosos y malditos personajes, suave es la noche —como bien supo Keats—, despertad del letargo, bebed esa última copa de licor por mí.

Estanislao M. Orozco


Epifanía con James Gatz Salvador J. Tamayo

Para preparar un Gin Rickey necesitamos dos partes de ginebra, tres cuartas de zumo y una rodaja de lima, otras tres cuartas partes de almíbar y soda. Llenamos una coctelera tipo boston con hielo. Metemos la ginebra, el zumo de lima y el almíbar; la agitamos, colamos y lo vertemos todo en un vaso de tubo con hielo. Completamos el resto con agua de soda y decoramos con una rodaja del cítrico. Dicen que el equivalente es el Virgin San Francisco aunque queda descartado por razones obvias: Costa Oeste, no tiene alcohol y jamás probó el sexo. Hay que ser estúpido. Mi padre también me dijo que fuera prudente a la hora de hablar mal de un hombre ya que puede que no haya tenido las mismas ventajas que yo. Me lo dijo mi padre, y me lo repitió Fitzgerald hace algunos años, desde una edición con tapas rojas fechada en noviembre del ochenta y seis. Conocí a James Gatz antes de los Gin Rickeys en Long Island, de su cárcel de luz verde, de su paso por Oxford, de la medalla: «Orderi di Danilo» de Montenegro, y de sus disparos desde una ametralladora en la Gran Guerra, los mismos que se confundían con el jazz de la muerte tristemente disfrazado de honor. Conocí a James Gatz cuando aún era James Gatz. Todos los escritores deben seguir un código, incluso si es el propio; hay que seguir algunas normas, si no te gustan las que hay —y a ninguno de los dos nos gustaban—, se inventan las propias. Aunque vayas a matar a un hombre, no hay razón para no ser educado. Las familias españolas no tienen nada que ver con las de Long Island, seguramente porque ninguna ciudad española tiene nada que ver con Long Island. Todos pensaban que su historia trataba sobre el dinero, las fiestas y los entresijos propios de los de su clase, en la que además, hay una chica. Nada más lejos, su historia trata sobre una chica y además hay dinero, pura anécdota sin chiste. Cuando me la contó, eché de menos más violencia, aunque la manera en la que le encontraron no fuera la más dulce, si es que alguna muerte lo es. Se deslizaba en la piscina con cierta gracia, igual que lo hacían algunas hojas y algunos hongos. Si en lugar de en su mansión con playa y embarcadero privado, la historia hubiera ocurrido en el pueblo más tedioso del país, la tragedia habría sido la misma o incluso mayor, pero nos jodieron y nos jodió con el contexto. Para conocer a un país hay que conocer a sus mejores escritores. Lo mismo pasa con la historia y algunos lo llaman «compromiso», a veces hasta tiene apellidos: «compromiso con su tiempo».


James Gatz también me habló sobre Daisy, sobre Zelda y Carey Mulligan, Ginevra King y Mia Farrow y de cómo no era ninguna de ellas y todas a la vez. Habló de la luz verde que parpadeaba desde su ventana, del sonido de los disparos que se confundían con la noche y con la forma en la que Daisy, sólo Daisy pronunciaba su nombre. Quiso volver al pasado para recordarla y de esa forma reconocerse, tratar de jugar a qué será ser ella, para en realidad encontrarse años más joven, terriblemente fracasado pero aún siendo James Gatz: Su nombre, que era lo único que nadie podía quitarle nunca, hasta que él mismo lo alargó tratando de hacerlo más dulce, más confuso y terminar de construirse en un bisílabo patético que le daría la eternidad aún a costa de sí mismo. Gatsby. James Gatz se miraba en el espejo y sólo veía a James Gatz, por mucho que quisiera escupir contra el cristal y que su bronceada piel de campesino se tornase pálida, consiguiendo en su apellido el brillo del amo. Escapó de las llamas y terminó nadando en una piscina llena de ginebra, y almíbar, y zumo de lima, y soda, pensando en el judío que vestía gemelos hechos con molares, en la adúltera amoratada que yacía sobre el asfalto, en el parachoques de su cupé destrozado y el hijo de la gran puta olvidó que era mi cumpleaños y que por mucho que tratara de compensarlo con cachorros de diez dólares —u ocho euros al cambio de mil novecientos veinticinco— no tenía intención de perdonarle. Y Daisy que ríe y baila y juega tratando de ocultar ese acento suyo tan del sur. Vuelve al pasado para recordar, inquiere a la chica para recordarse. El hallazgo del objeto perdido en realidad es una suerte de reencuentro, Gatz se reencuentra con la riqueza que le sacó de su condición de campesino y que lo transmigra a un momento pasado dorado donde conoce a la verdadera Daisy, lejos de la mujer en la que trata de reconocerse para en realidad, conectar con su pasado buscando, no de forma casual su propia identidad en la que lo s ric o s c rían dine ro y lo s p o b re s c rían niño s y es Daisy la que lo recita, a veces divertida y otras muchas enfadada, con su voz subiendo un semitono. Gatz Gatsby Gatz corta limas, lleva puesta su camisa de cuatrocientos dólares con varios disparos de bala. Tiene el pelo y los pies secos. Las mangas de camisa al rozar con su cuerpo producen el mismo sonido que el de algunos grillos furibundos, el sonido recuerda a su nombre en voz de Daisy: Gatz, Gatsby, Gatz, subiendo y bajando un semitono, criando a su hija mientras ella a su vez criaba dinero y Gatz Gatsby Gatz corta limas y se gira para coger la ginebra americana —la inglesa es para groseros, le dijo un irlandés cuando mataba alemanes en Europa— y la coloca en la mesa. Prende un cigarrillo mientras agita todo con soda y almíbar, ríe descarado y brinda por los que, al contrario que él, decidieron vagar hacia el oeste.


Querido Scotty Ella le escribe cada día desde la celda de aislamiento. Todas las cartas comienzan con la misma frase : “Que-ri-do-S-co-tty”. A continuación dos puntos y el disloque. Querido Scotty: Estoy adentro de un lugar que paradójicamente lleva mi nombre. Esta coincidencia me incomoda. Sácame de aquí cuanto antes. Scotty abre cada martes la correspondencia. Tensa los bíceps con nerviosismo mientras lee. Aprieta el papel, se mancha las uñas. Se clava los dientes en el hombro izquierdo. Nunca responde. O en cualquier caso nunca le envía a ella sus respuestas. Pero sí se mira al espejo. Y se golpea en la cara con sus propios libros. Y se murmura a sí mismo o se grita esta frase : “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”.

Laura Franco Carrión


Suave es la noche

De Scott Fitzgerald Univ. Princeton, Baltimore (Maryland) Primavera de 1934 Pero, Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando. Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia, es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa. Se conocieron en un baile y como en esas historias de película, él dijo cásate conmigo, al final de la noche ella dijo no. Pero Nueva York era demasiado pequeña para evitar el encuentro. El caos llama al caos y produce un intenso éxtasis una risa profunda en los maravillosos años 20.


De Zelda Fitzgerald Clínica Prangins, Nyon (Suiza) Verano/otoño de 1930 Querido Scott: Acabo de escribir a Newman pidiéndole que venga. Me dices que has estado pensando en el pasado. También yo lo he hecho, durante las semanas que llevo sin dormir más que tres o cuatro horas, envuelta en vendas, enferma e incapaz de leer. […] Me recuerdan a nosotros. Las cartas de amor, los precipicios, la fuerza necesaria para saltar al vacío cuando llega la locura y te susurra que cualquier tiempo pasado fue mejor.


De Zelda Fitzgerald Clínica Phipps, Baltimore (Maryland) Febrero de 1932 Queridísimo: Me dio muchísima pena verte marchar solo con tus zapatos nuevos. Las pequeñas vanidades humanas son en realidad lo más conmovedor de las personas que amamos. Las luchas y las emociones profundas, cuando te identificas directamente con ellas, pueden asumir un carácter épico inconsciente pero los pequeños detalles personales son siempre muy conmovedores. Ella dijo de él que era hermoso como un poema de Byron. Se amaron tanto que incluso llegaron a ser felices estando sobrios. Es quizá el amor la guerra más difícil de la Generación Perdida porque París es una fiesta pero siempre hay alguien que llora a este lado del paraíso.


De Zelda Fitzgerald Hospital Sheppard-Enoch, Pratt Towson (Maryland) Otoño de 1934 Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor.Ven a verme, por favor. Se perdieron como se pierden las cosas importantes en silencio, sin apenas darse cuenta. Dicen que pese a todo fue "Zelda" la última palabra de Scott durante su segundo ataque al corazón. Quién quiere la vista a ras del suelo cuando se ha estado en lo alto de la noria. Me pregunto qué fue lo último que pensó ella cuando ocho años más tarde nadie supo salvarla de su particular inferno.


De Zelda Fitzgerald Hospital Sheppard-Enoch Pratt, Towson (Maryland) Junio de 1935 Queridísimo y siempre queridísimo Scott: […] Te quiero de todos modos, aun cuando no exista ningún yo ni ningún amor siquiera vida alguna. Te quiero.

Marina Alcolea López


LOS OJOS DE UNA LOCA por Víctor Manuel Ruiz Novel

Zelda Sayre sobresalía entre aquella informe masa de damas sureñas como una brillante y delicada excepción. Frente a aquellos abotargados rostros abanicados y opulentos, la hija de los Sayre presumía de una grácil figura que desafiaba aquel sistema de matrimonios enlazados y familias de apellidos centenarios. Con su vuelo de bailarina mariposeaba entre grupos, otorgando con su presencia un hálito de cosmopolitismo aún no muy desarrollado en aquellos lares. Y para vestir esa ansia trotamundos, entre sus dedos siempre se balanceaba una copa de alcohol bien cargada. Un licor que, en su fisicidad oscura y deslizante, la separaba de aquellas mojigatas arrinconadas que sólo bebían inocentes limonadas. Aquellas reuniones se desarrollaban siempre bajo un prefijado guión y con un único objetivo: Continuar la eterna competición social de las mujeres hasta conseguir el matrimonio. Solo mudaban las estaciones y los vestidos, el resto seguía invariable. Una interminable hilera de ritos de apareamiento que finalizaba felizmente con un cambio de apellido y una manutención que se trasladaba de dueño. Aquella tarde, justo enfrente de aquella exposición de trofeos núbiles se disponían los incautos pretendientes. En este caso, los prebostes del pueblo habían invitado a los jóvenes soldados del campamento militar de Sheridan para que no se dijera que aquella sociedad endogámica no bendecía la guerra de los Estados Unidos de América. Y con los ojos atravesados de ese presagio bélico, aquellos muchachos se regocijaban al poder ver mujeres de nuevo y brindaban amistosos ante la atenta mirada del Teniente Scott Fitzgerald. Una mirada que se clavaba insistentemente en sus cogotes. Pero aquellos chicos no debían temer nada, pues aquella mirada melancólica e impía del teniente no iba dirigida a controlarles a ellos. No era aquella curiosidad pueblerina por las mujeres ricas lo que obsesionaba al teniente. Era aquella menuda y lánguida gacela de Alabama la que se había metido entre ceja y ceja y no tenía intención alguna de salir. Amor al primer cimbreo del jazz. Al primer toque del saxofón. Zelda, que se había dado cuenta perfectamente de la obsesión de aquel descarado, miraba coqueta a aquel letraherido, acercando sumisa su nariz al canto del vaso para, acto seguido, erguirse orgullosa. Scott Fitzgerald sentía temblar sus hechuras de hombre en cada caída de pestañas, y ansioso por llegar, inventaba conversaciones para acercarse a su presa.


Pero Zelda era una animal que se sentía muy encerrado y solo aceptaría al pretendiente que quisiera manumitirla de su destino. Él, por supuesto, no tardó en prometerlo. Pero, en aquel mismo acto de rendición, le pidió algo de tiempo. Ella era impaciente y desabrida, y hubiera deseado que aquel tenientucho con ínfulas literarias la sacara en ese mismo instante de aquel mundo de muñecas rubias y melaza para prometerle una vida en el trapecio del arte. ¡Cómo deseaba que ambos, insatisfechos y profundamente borrachos, hubieran destrozado aquella reunión con un escandaloso fuego que rasgara aquel patético y estático lienzo! Con mucho bourbon y mucho charlestón que amenizara el espectáculo. neblina e historia. Aquella destrucción etílica común se produciría, si bien lo haría años después y bajo el oropel y la reputación de ser la más famosa pareja de diletantes de toda Nueva York. Pero siempre hay un origen para el bien y para el mal. Nunca hubiera existido la capital del mundo moderno para ellos, sin aquella insoportable tarde de calor en Alabama. Y entre sorbo y sorbo de whisky, aquella misma tarde se prometieron amor eterno. De la manera en la que una loca y un borracho, ambos sobrados de talento, podían otorgarse aquel sentimiento. Pero Zelda estaba acostumbrada a un nivel de vida muy alto, y ninguna emoción mundana le haría traicionar aquellas ínfulas. De modo que siguió manteniendo a aquel pretendiente en la distancia, a base de cartas apasionadas y exigentes hasta que tuvo la certeza de que él podría mantenerla y por tanto, sacarla de aquel florido agujero en el que vivía. En aquellos acuerdos prematrimoniales, había una condición innegociable. Zelda debía iniciar su carrera de bailarina, de «flapper» en aquella ciudad luminosa y prometedora. Para ello, mientras Scott quemaba sus cejas entre borradores e intentando darle un porvenir a su gusto, ella ensayaba pasos de baile en la soledad de su habitación, soñando con futuras atenciones superficiales y excesivas. Aquel denodado esfuerzo de Francis Scott Fitzgerald tuvo pronto recompensa. Tras unos intentos fallidos, su novela sería publicada. Fitzgerald corrió como un poseso hasta la oficina de correos en cuanto tuvo el primer «sí» de su editor. Aquella carta era la ilusión más profunda que había tenido en su vida. Finalmente, se había convertido en escritor. Y todo gracias a Zelda y su ultimátum para convertirlo en su esposo, haciendo que venciera su natural pereza. Aquel infierno de búsquedas parecía llegar a su fin. Lograr presentarse como una promesa literaria al lado de su turbulenta y talentosa mujer en aquellos exigentes círculos de sesudos críticos parecía, más que nunca, posible. Aquella entrada por la puerta grande literaria, como todo el mundo sabe, no tardaría en ocurrir. A partir de ese instante, ambos comenzaron una durísima competición para no pasar desapercibidos entre la maleza de champán, jazz y contrabando de los años 20... con una repercusión notable. A este lado del paraíso, se llamaría aquella primera novela. Y tres días antes de su publicación Francis pudo al fin casarse, definitivamente, con Zelda. Luego vendría el éxito, el fracaso, la pobreza y la locura. Pero aquel día de la boda, tres días antes de la publicación de aquel primer libro, ambos se cogerían la mano, como el último anticiclón antes de mil tormentas... El resto es neblina e historia.


ÂŤHablo con la autoridad que me otorga el fracasoÂť. Francis Scott Fitzgerald


Obituario #9  

Obituario - N.9 - Francis Scott Fitzgerald

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