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Hernández Jiménez, Octavio, 1944Los ídolos del hogar: El mito y la leyenda en Caldas / Octavio Hernández Jiménez; ilustraciones Alcides Arenas Vallejo. -- Edición Martha Lucía Salazar. -Manizales: Manigraf Grupo Editorial, 2016. 316 páginas: fotos; 21 cm. Incluye bibliografía. ISBN 978-958-48-0249-1 1. Mitología caldense (Colombia) 2. Mitología colombiana. 3. Leyendas colombianas 4. Literatura folclórica colombiana / I. Arenas Vallejo, Alcides, ilustrador II. Salazar, Martha Lucía, editora III. Tít. 398.20986135 cd 21 ed. A1557210 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Autor: Octavio Hernández Jiménez octaviohernandezj@hotmail.com www.espaciosvecinos.com ISBN: 978-958-48-0249-1 Primera Edición: Diciembre de 2016 Obra Gráfica: Alcides Arenas Vallejo Fotografías: Carlos Velásquez Sánchez Diseño portada: Juan Carlos Arango Santa Diagramación: Guillermo Panesso Bonilla Impresión y Terminado: Manigraf Grupo Editorial Carrera 19 No. 17-23 Tel. 884 5526 Manizales — Caldas — Colombia

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AGRADECIMIENTOS Gobernador (e) Ricardo Gómez Giraldo Secretario de Cultura Departamental Lindon Alberto Chavarriaga Montoya Jefe Unidad de Patrimonio Cultural Diego Mauricio Echeverri Chica Alcalde Municipio de San José Norbey de Jesús Ospina Castaño Ministra de Cultura Mariana Garcés Córdoba

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I ALEGORÍAS DEL PENSAMIENTO “Siempre cabe seguir desarrollando lo que no está agotado” Giorgio Agamben Los mitos son relatos cargados de imaginación que un pueblo elabora en su búsqueda de respuestas a las incógnitas que le plantea la naturaleza y la vida. Manifiestan los balbuceos del conocimiento, siempre tortuoso, que ha seguido cada parcela de la humanidad. Es curioso que distintos pueblos, muchos de ellos aislados unos de otros, coincidan en sus respuestas a los interrogantes básicos, vale decir, en sus mitos fundacionales. Admirable que viviendo sin comunicación comprobable, tribus de antes y de ahora armonicen en planteamientos y soluciones. “No existe fenómeno natural ni de la vida humana que no sea capaz de una interpretación mítica y que no reclame semejante interpretación. Los antropólogos y los etnólogos se han sorprendido muchas veces al encontrar los mismos pensamientos elementales repartidos por toda la superficie de la tierra y en las condiciones sociales y culturales más diversas” (Ernst Cassirer, 1971, p.114). Las grandes culturas se han caracterizado por la monumentalidad y solidez de su organización social, mitológica, religiosa, jurídica y artística. Son megalitos mentales que se transmiten con peculiaridades derivadas de su ubicación, en el tiempo y el espacio, entre pueblos que participan de similares recreaciones. En las grandes mitologías del mundo, aparecen formas maravillosas de explicar la creación del universo, del mundo, de su funcionamiento, en las que intervienen dioses y seres humanos; la existencia del

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bien y del mal, una extraña “caída del hombre”, un castigo divino, un diluvio o catástrofe de amplias proporciones, una forma de redención; los misterios del nacimiento y de la muerte, de la paternidad y la maternidad, de los odios familiares; el envejecimiento inatajable, el sueño de la eterna juventud; la normatividad de las formas de comportamiento, el poder de las instituciones, el origen del trabajo y del necesario descanso; del lenguaje; el premio, el castigo, el juicio definitivo y una anhelada inmortalidad. “Las historias de carácter mitológico son o parecen arbitrarias, sin significado; absurdas pero, a pesar de todo, diríase que reaparecen en todas partes. Una creación fantasiosa de la mente en un determinado lugar debería ser única –uno no esperaría encontrar la misma narración en un lugar completamente diferente” (Claude LèviStrauss, Mito y Significado, 1987, p.30). Cada grupo humano se ha enfrentado a idénticas inquietudes y ha buscado darles respuestas valiéndose de los recursos que le presentan la observación, el medio ambiente, su creatividad y su cultura. Esas preguntas y respuestas son vitalistas, más que puramente científicas. “Desafían nuestras categorías fundamentales de pensamiento”. Las dificultades se han manifestado al cuestionar las respuestas dadas en los mitos y al convertirse estos en objeto de burla y desprecio. Desde el siglo XVIII, el siglo de las luces, se puso de moda decir que solo la razón puede vencer la ignorancia, las supersticiones y la tiranía pues, por emocional, ilusorio y de formulación particular, según los racionalistas, al mito le resulta imposible dar respuestas universales y comparables sobre lo que se propone despejar. Cada cultura “puede entender el universo pero, como es evidente, se trata de una ilusión” (Ibid.,p.38).

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Los creadores de los mitos fundacionales de los pueblos no se propusieron engañar pues sólo engaña quien conoce la verdad y la esconde mientras que, cuando un pueblo forja un mito, da su versión del mundo desde su punto de vista y su tiempo. Aquí se da un paso hacia lo que Roland Barthes llamaba “niveles de descripción”; este filósofo y lingüista francés advertía que “ningún nivel puede, por sí solo, producir sentido”. El discurso mítico (mitema) solo tiene significación porque sus sentidos se combinan: el real o inmediato con el sicológico. El relato mítico es “una jerarquía de instancias”. No se cuenta solo una historia lineal sino que se pasa de un nivel a otro para tramar la red del relato. Barthes analiza La Carta Robada, de Edgar Allan Poe. En el relato, la policía no omite ningún lugar en la búsqueda de una carta; “se saturó el nivel de la pesquisa”; “el sentido no está al final del relato sino que lo atraviesa”; “para encontrar la carta había que pasar a otro nivel; sustituir la sicología del policía por la del encubridor” (Introducción al análisis estructural de los relatos”, 1976, p.13-15). Los mitos son relatos en los que, hasta el detalle más insignificante, tiene su función específica. “Todo tiene un sentido o nada lo tiene”. Como la ciencia, los mitos exigen explicaciones: La verdad. Sin embargo, uno de los mayores filósofos franceses nos recuerda que “conocemos la verdad no solamente por la razón, sino por el corazón; de esta última manera es como conocemos los últimos principios… Y sobre estos conocimientos del corazón y del instinto debe apoyarse la razón y fundar en ellos sus pensares” (Blas Pascal, 1964, p. 200). Los mitos son tanteos provocados por la actividad síquica, raíz también de nuestros sueños más bellos y descabellados, por lo que el psicoanalista Stephenson Bond advirtió: “No podemos vivir significativamente sin un contexto mítico”. Un contexto mítico que no es un conjunto de hechos de la realidad sino de la mente.

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Los mitos tienen mucho de asunto sicológico; para S. Freud son sueños. “Los mitos son sueños públicos; los sueños son mitos privados”. Este médico neurológico y uno de los mayores intelectuales de la época moderna (1856-1939), dedujo, desde su punto de vista, que los mitos deben refutarse y ser sustituidos por la ciencia. Sin embargo: a pesar de nacer en la mente y no en la realidad, los mitos no deben verse en forma negativa como los vio Freud. Para C. Jung, los mitos tienen su aspecto positivo. Enfrentan el misterio. Representan la sabiduría de la especie a través de la cual el ser humano ha sobrevivido a los embates de lo desconocido. Se hace necesario que el mundo exterior e interior, la ciencia y los mitos, como lo creía Jung, entren en diálogo y que cada uno no se convierta en “un inmovilismo en cada extremo; se requiere un diálogo a través de formas simbólicas que arranquen de la mente inconsciente y que sean reconocidas por el consciente, en continua interrelación” (Joseph Campbell, “Los mitos, su impacto en el mundo actual”, 2014, p.32). Campbell, estudioso de la obra de C. Jung, explicó que “la imaginería de la mitología y la religión sirven a finalidades vitales de manera positiva” (p.29) y añadió que el lenguaje de las imágenes ha demostrado, desde siempre, el poder del espíritu. Cuando se busca sustituir el mito por la ciencia para poder avanzar, cada vez que se intenta se dificulta por diversos motivos. Unos mitos se sustituyen por otros de acuerdo con el tiempo en que actúa una sociedad. La Historia se reescribe de acuerdo con el apogeo de recientes teorías y nuevas escuelas hasta hacer exclamar a los autores de los nuevos textos que lo dicho con anterioridad por otros no era más que un sartal de mitos. Se requiere un diálogo lúcido, no despreciativo, entre la teoría de la ciencia y la teoría del mito, para que las culturas no se retrasen y

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logren cumplir su ciclo completo que en mucho se parece al de los individuos. Las ciencias como los mitos son búsquedas impacientes por conocer ciertas parcelas de la verdad; ciertos horizontes que se dilatan y se contraen, con base en trabajos comunes e hipótesis sostenibles. No siempre, las ciencias tienen las respuestas adecuadas que, por milenios, el hombre ha intentado darse, a través de los mitos. Las ciencias no alcanzan a satisfacer la carga de inquietudes y sobresaltos que aquejan nuestra psique, como el sentimiento de culpa que, antes de que los sicólogos lo analizaran, fue elaborado, casi mil años antes de Cristo, en el mito de la pareja que perdió el Edén, esa parcela en donde había, “en el medio del jardín, el árbol de la vida y de la ciencia del bien y del mal”(Gen.2,9). ¿Quién no se ha sentido culpable de algo? Hay que descargarse de la culpa: “Y el hombre y la mujer se escondieron de Yavé, en medio de la arboleda del jardín” (Gen.3,7). Y luego, el texto bíblico nos presenta esa comedia de mutuas recriminaciones: “La mujer que me diste por compañera me dio de él y yo comí”. “La serpiente me engañó y yo comí” (Gen.3,1213). El mito de la culpa continuó su trayectoria por la larga historia de nuestra cultura y de la religión judeocristiana, la religión de la culpa redimida y redimible, pero no solo en sermones de iglesia sino en la rutina de personas no tan adictas a las clases de catecismo. En un artículo publicado en la prensa, una estrella de la televisión colombiana (MR de Fco.) concluía: “Formamos parte de una cadena interminable de culpables, inculpados, disculpados, exculpados y todas las formas más del juicio con el que medimos a nuestras víctimas y victimarios”. Y remataba su disertación con este sarcástico juicio: “Si algo bueno hacen los grandes pecadores es hacernos sentir a los demás mejores personas”. Un intelectual llamaba esa tendencia a enjuiciar todo lo que se atra-

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viese ante nuestros ojos como “el fascismo de los buenos que puede llegar a ser la inquisición en su peor especie; un sistema totalitario contra el que no se puede hacer nada; una tiranía perfecta donde los voceros arbitrarios de la tolerancia o el pluralismo o el respeto no son tolerantes, ni son pluralistas, ni respetan a nadie que no piense como ellos” (Juan Esteban Costaín, 12 de noviembre de 2015, p.17). Cada día, en toda página, la gente expresa de alguna forma, ese complejo de culpa que, para S. Freud, equivale a “la severidad del super-yo”; “el rigor de la conciencia”. Así como existen los mitos de la culpa, también existen los mitos de la compasión y la comprensión, de la idiotez y la sensatez, del dolor y la alegría, la belleza y la fealdad, la paz y la guerra, el futuro, la felicidad y la infelicidad. Todo fue mitificado en el ejercicio de ese pensamiento pre-lógico; hasta el Sarcasmo es un dios expulsado del Olimpo por burlarse de las obras de otros dioses. Los criterios de Jung y Campbell tienen un mayor desarrollo y son distintos a lo expresado por el novelista español Javier Cercas (autor de Los Soldados de Salamina), quien manifestó, con excesivo engreimiento, que “los mitos son mezcla de mentiras y verdades. Y la mezcla de mentira y verdad es una mentira”. Aunque en el mismo texto reconoció que “Esta mentira dice cosas muy profundas de la sociedad que la crea” (O.P.Ortiz, 8 de enero de 2013, p.18). *** La palabra mito proviene del griego mythos que significa fábula. Sin embargo, a través de los siglos y la evolución de las culturas, el mito ha llegado a diferenciarse de lo que en literatura se conoce como fábula y cuento. Las fábulas, los apólogos y los cuentos son productos literarios de individuos que ponen en juego su capacidad creadora, lo que se conoce como inspiración, mientras que el mito es un relato social, anónimo, simbólico, en el que lo divino se acerca a lo humano volviendo casi sobrenatural al hombre que toca o victimiza.

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Paul Tillich dijo: “El mito es una historia divina” y R.N. Bellah lo corroboró al advertir: “Cada comunidad se basa en el sentido de lo sagrado”. La estructura del mito se diferencia de la estructura del cuento o la fábula en que el mito constituye un discurso sagrado, un discurso de poder, poblado de alegorías, advertencias, admoniciones, premios y sanciones que persiguen el respeto para ese poder. Es básica la visión que tuvo Platón al discurrir sobre el mito del rey filósofo. Mircea Eliade, en Mito y Realidad, advierte que “Los mitos constituyen los paradigmas de todos los actos humanos significativos… Se vive el mito”. Mitos, leyendas y espantos son productos de las incomodidades, de las ansias humanas y del desarrollo explicativo de los seres humanos. Una mitología se puede tomar como un arsenal cargado de exemplos. Si no existieran los signos verbales y su expresión externa, las palabras en distintas relaciones, empezando por la evocación y la metáfora, no existirían los mitos, ni las leyendas, ni las demás formas de relato. De esta manera, “la mujer que engendra se torna figuración de la Madre Universal y es venerada como genitora y Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra, y posteriormente, Deméter; de igual forma, la función de padre será asumida por Ura, después por Cronos y finalmente por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres”. Atrapar el origen y la explicación de ciertos fenómenos es el sentido del mito y el objetivo que persiguen los mitólogos. El ser humano ha hecho parte de esa eternidad mítica en la que “hasta la propia muerte puede tener sentido”. Grandes mitos de la antigüedad y de la modernidad (Moisés, Prometeo, Drácula, El Hombre Lobo, Marilyn Monroe) cuentan con estructuras que se repiten: “El Credo cristiano contiene el perfecto manual

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de instrucciones del mito: se trata de alguien superior que nace en extrañas condiciones, desciende en un momento a los infiernos, se remonta luego a las alturas, muere ritualmente y resucita” (Daniel Samper P., 2012, p.18). Fuera de Prometeo Encadenado también existen fragmentos trágicos referentes a Prometeo Liberado y Prometeo portador del fuego, alegorías intemporales que, para estudiosos de la cultura helénica, coinciden con la imagen mesiánica del Cristo judío. Los mitos y las leyendas recalcan la dimensión social del verbo. “¿Por qué la mayoría de los actos de las sociedades primitivas son celebraciones colectivas y en público?”. ¿Cuál es el papel de la sociedad en el establecimiento de las reglas de la conducta moral?¿Por qué no solo la moral sino también el credo, la mitología y todas las tradiciones sacras son obligatorias para todos los miembros de una tribu primitiva?” (Bronislaw Malinowski, 1982, p.69). En el caso colombiano, ciertos pasajes adquieren la entonación prosopopéyica de los profetas como cuando Dios dice a La Llorona: “Hasta que no llores la última gota de tu sangre, no te devolveré a tu bebé”. La mamá de La Patasola sentencia en forma perentoria: “Así como estas coja, patasola te has de volver”. La Muelona le grita al hombre que huye: “Agradece a Cristo que cantó el Gallo de la Pasión o si no hubieras sido otra víctima para devorar”. En las leyendas se escucha al párroco de La Candelaria, en Riosucio, cuando advierte en tono perentorio: “Estas torres fueron testigo de mi infancia. Si soy inocente, ¡que se caigan!”. Las exclamaciones expresan la convicción del que habla; o, como expresó Roland Barthes, (2013), “el acuerdo con el mundo, pero no con el mundo tal como es sino tal como quiere hacerse”. Las palabras pronunciadas por el narrador en el relato mítico causan drásticos efectos. Son expresiones de una autoridad real o cómplice y su mundo. Palabra de profeta, aunque lo que sobrevenga sea algo absurdo, como cuando nos informamos del ritual que hay que poner

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en práctica para darse cuenta, en sueños, de lo que va a suceder: Se toma sangre cuajada de un asno y se mezcla con cebo de lobo, en partes iguales; se hacen bolitas con esta mezcla y luego de que se sequen se queman por la casa cuando se vaya a dormir; dormido se aparecerá un genio o una visión que dirá lo que acontecerá. Las admoniciones, normas o moralejas presentes en el mito son heredadas de la fase embrionaria de una religión. “Se trata de una ficción inconsciente. La mente primitiva no se daba cuenta del sentido de sus propias creaciones” (E. Cassirer, op.cit., p.116). Son anteriores a los dogmas y preceptos de una religión histórica determinada. A veces, en los mitemas, lo que alarma es la dosis de crueldad. Malinowski dijo que daba “miedo ver que el hombre salvaje no estaba más libre que el hombre civilizado”. En La Orestíada y en Los Siete Contra Tebas, textos primordiales en la historia del teatro y la mitología, Esquilo busca rescatar la sangre con sangre derramada. Luego, Sófocles rejuvenece la tragedia. El mito del dolor inocente. Hasta llegar a la mitología del occidente colombiano en la que la sangre forma arroyos. Entre infinidad de variables y en forma perentoria los mitos advierten sobre el respeto y consideración de los hijos con los padres, el amor de los padres a los hijos, la veneración a las personas mayores, la fidelidad al ser amado, la imposibilidad de evitar el dolor, “una agonía que solo se acaba cuando el Destino se cumple”, la compasión y colaboración entre los miembros de una comunidad, la justicia que se asemeja y se diferencia de la venganza, el juego, la belleza que atrae y puede engañar; el sentido, la ritualidad y emotividad de la muerte.

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CONSTRUCCIÓN COLECTIVA DE MITOS Es impropio hablar de un autor particular referente al mito. El autor es el pueblo, siempre lo ha sido, como es el caso de la Biblia judeocristiana y demás biblias, entre ellas las americanas que ostentan, aparentemente detenidas en un tiempo inmemorial, las mitologías que han servido de impulso a pueblos de culturas básicas. Con el correr de los días y de la transmisión oral, por medio de la observación y la sagacidad, los pueblos desgranan su historia que al rodar se convierte en leyendas; las leyendas se transforman en mitos y ambos son recubiertos, en la generalidad de los casos, con poesía lírica y dramática. El crítico F.C.Prescott descubrió que “la mente del poeta es esencialmente mitopopéyica”, (inclinada al mito). Los tiempos y los espacios cambian y, si eran trágicos pueden convertirse en dramáticos o al revés. En 1955, en la vereda de la Quiebra, a media noche llamaron a una partera conocida en el sector para que atendiera un caso de maternidad pero en el trayecto entre su casa y el sitio a donde se dirigía le dieron muerte. Con el paso del tiempo, el hecho se fue desdibujando. En la Gran Parada de las III Fiestas de Mitos y Leyendas, en San José, 55 años después, exhibieron una carreta repleta de fragmentos de maniquíes. Al preguntar de qué se trataba, respondieron que era “La Enfermera de La Quiebra que mataba a sus pacientes y los descuartizaba para ofrecerlos al Diablo”. La realidad había evolucionado a leyenda y esa leyenda se había trocado en mito. En el resultado final se pretendió “borrar los vestigios de la primera visión”. Por esto, la fisonomía de un mito no está en su epidermis narrativa; es posible que esté en el corazón de otros mitos. En los mitos que trascienden confluyen pensamiento e imaginación. La Colombia moderna, en cuanto a mitos, leyendas y espantos, se quedó en el recuerdo de una espléndida tradición oral a la cabeza de

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la cual fulgura la epopeya Yuruparí que significa “engendrado de la fruta”. Yuruparí es el mayor poema épico, de origen indígena, que tuvo como escenario el sur-oriente de Colombia. El conde italiano Ermanno Stradelli (1852-1926), a finales del siglo XIX, encontró, en tierras del Vaupés colombiano, el espléndido poema que narra el origen de la humanidad, concebido en lenguaje ñengatú (la fala boa o lengua franca del Amazonas) y lo tradujo al italiano, primero, de donde se hizo la versión al español. La inmesa mayoría de colombianos lo desconoce, injustamente, a pesar de que su trayectoria por la selva resultó casi tan espectacular como su descubrimiento. La vida del conde Stradelli, en la región del Vaupés, es idéntica a la de un personaje fantástico de Cien Años de Soledad como cuando ofrece comprar una guacamaya y la dueña no quiere venderla. Una amiga de la propietaria le dice: “¿Has visto cómo hace crecer los animales? Si quiere es capaz de hacerte crecer todos los piojos que tienes en los cabellos y hacer que ellos te coman (Stradelli, 1890). Sin saberlo, la amiga se refería a la lupa que el conde cargaba consigo. Comenta el etnólogo Roberto Pineda: “Con esto bastó para que la mujer le regalara la preciosa ave”. En los mitos se encuentran las intrigas y decisiones que se toman en las tribus con relación a los seres que hacen parte de ese entorno: “Entre los mitos cosmológicos, todos los animales de presa están asociados con ciertas constelaciones, tal como las definen los tukanos. Sin embargo, solo es libre la caza de una especie después de que su constelación haya aparecido en el horizonte y se dice que los animales gritan y lloran de miedo cuando se dan cuenta de que se acerca su época” (Gerardo Reichel-Dolfmatoff, “Cosmología como análisis ecológico: la perspectiva desde la selva pluvial, 1975). Como uno de los grandes viajeros del Vaupés y el Amazonas, Stradelli trató de meterse en la explotación del caucho, hizo apuntes sobre

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las costumbres y el lenguaje de los indígenas y tomó fotografías. Un día, el indígena Mandú le solicitó el poderoso veneno contra las hormigas. El conde no entendía y, extrañado, negó poseerlo. Guiado por Mandú, constató que las poderosas hormigas habían sido víctimas fatales del arsénico caído casualmente mientras preparaba las placas fotográficas. Lo que, en muchos casos, la gente llama magia es la ciencia del futuro que aún se desconoce. La sociedad que engendró esas tramas cargadas de simbolismos las engalanó con ropajes de una poética ajena a nuestra cultura, las transmitió y logró que varias de ellas quedaran consignadas, por ahí, en uno que otro cronicón o manual de ediciones limitadas y, ante la desidia de nuevos dirigentes, gran parte de lo relatado se ha hundido de acuerdo con el auge arrollador de los nuevos invasores. *** Y, si queremos bucear en los mitos, continuemos con nuestras sospechas. En la región del Gran Caldas, ya entrado el siglo XXI, aún se comenta que los primeros que se dan cuenta de la presencia de un espanto, de una persona que llega a deshacer los pasos o de algún ser incorpóreo son los animales que acompañan a las personas. El mito del Bracamonte es eso: un ser desconocido que hace bramar al ganado en los potreros y lo hace huir despavorido. Los perros, por su parte, tienen más olfato y visión ultra sensorial que los humanos y aúllan apesadumbrados o rabiosos aunque los humanos no siempre se den cuenta del motivo de esa reacción. A las 7 de la noche, del 9 de abril de 2015, cuando O. regresó de la clínica se sentó, con su señora, en el sofá, a conversar sobre la situación en que había dejado a su hermano enfermo. En cierto momento, el perro empezó a ladrar con la cabeza dirigida hacia una silla desocupada que había a un lado de ellos. La señora se extrañó y fastidiada porque el animal no dejaba hablar lo llevó para una alcoba. El perro

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se salió y regresó a seguir ladrando hacia la silla vacía. A los minutos, llamaron para comunicar que S. acababa de morir. ¿A quién ladraba el perro? Los allegados comentaban que, tal vez, percibía a alguien que los demás no veían. En las casas campesinas, a veces, escuchan el trote de los caballos por los potreros y sus relinchos; a la mañana siguiente esas bestias amanecen con trenzas formadas con la crin, por las brujas que tienen la tendencia a amar los animales más bellos de su contorno y que, en noches de luna, trepan desnudas a recorrer los potreros en la bestia de su predilección. Serían una alegoría criolla de Lady Godiva, leyenda inglesa del siglo XI. En muchas fincas del Bajo Occidente de Caldas se sobrecogen de miedo cuando, en las noches, escuchan a alguien cortando árboles. Es un espanto insoportable. En el departamento de Casanare, a los mismos golpes, en la noche, los han adornado con motivaciones, explicaciones, secuencia, atavíos, sonidos y otras circunstancias, de tal manera que lo que en Caldas es espanto, en los Llanos Orientales se convirtió en el Mito del Aserrador. En la cultura occidental y muchas precolombinas las brujas pueden acaparar elementos de las nociones anteriores: para algunos se trata de mitos menores; para otros hacen parte de relatos legendarios y para los demás son vulgares espantos nocturnos. Los espantos o asustos pueden presentarse, en forma embrionaria, como fabulaciones personales, en las que el espantado dialoga consigo mismo; en su forma social, quien espanta busca participar a la comunidad del potencial que tiene para infundir terror. Opera la ley de la sugestión individual que luego se puede convertir en contagio colectivo. Los mitos de ciertas culturas han generado epopeyas grandiosas. Ciertos aglomerados de leyendas han sido organizados como poe-

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mas épicos o cantares de gesta; los espantos, corriendo con buena suerte, han sido acuñados en cuentos, cuadros de costumbres o escenas decorativas de los grandes mitos. Son efectos de una prolongada cultura cuyas creencias no fueron aniquiladas, igual que sus nombres, ni la totalidad del lenguaje, ni la herencia de ese esfuerzo, ni sus capacidades ni el influjo de su espíritu. Esto hace que el pasado no se vea como tierra arrasada, territorio infértil, como opinó el intelectual keniano Ngudi Wa Thiong'o, en su obra Descolonización de la mente. *** Se han ido diversificando e innovando los paradigmas para el desarrollo de la investigación histórica. Cualquiera de ellos debe empezar con repasar los documentos con los que arranca, en este caso, la historicidad de nuestros mitos. Así, nos damos cuenta que, según Pedro Cieza de León, en la provincia de Anserma, a la llegada de los españoles, los indios “hablan con el Demonio. Llaman al diablo Xixarama. Son grandes hechiceros” (Caldas en las Crónicas de Indias, 2007, p.74). Esto significa que el Demonio no es un mito del Medioevo europeo; es anterior y universal. En pleno siglo XXI, se conservan relatos míticos, como éste que corresponde a los indígenas de Lomaprieta, en el Alto Occidente de Caldas: “Dios se lavó las manos y, al extenderlas para secarse comenzó a chorrear agua de ellas. Y de cada gota que caía al desprenderse de sus dedos mojados se formaba un ángel. Y fueron cayendo y cayendo y de las manos de Dios brotaban y brotaban ángeles que caían y caían sin cesar. Y, cuando Dios dijo: deténganse, los ángeles se quedaron detenidos en el punto en donde iban en ese instante preciso. Y quedaron en la naturaleza, constituyéndose en su esencia y en su defensa. Unos quedaron en la tierra: son los espíritus terrestres. Otros cayeron en el agua: son los espíritus aguales. Otros quedaron

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en el aire: son los espíritus airales. Otros quedaron en la montaña: son los espíritus selváticos” (Jorge Eliécer Zapata B., 2010, p.42). Cada mito, leyenda y espanto cuenta con la apariencia, el rostro, el alma, las funciones y el lenguaje pleno de la sociedad que lo ha parido. Grácil siguió siendo el vuelo de Cupido y las ninfas entre bosques primaverales, perpetuados en bronces y mármoles clásicos, como tremenda fue la potestad de los arcángeles hebreos, en torno al Tabernáculo, en Jerusalén. La Edad Media, injustamente despreciada en aspectos como la consolidación de las lenguas romances, la arquitectura gótica, la aparición de las nuevas villas y una burguesía industrial, Dante, Petrarca, el amor cortés, Leonor de Aquitania, también abortó brujas, gnomos, duendes, espantos, aquelarres de pesadilla y chamusquinas siniestras. Como secuela de ese espíritu dogmático e inquisitorial trasladado a América, los mitos, leyendas y espantos germinaron y han seguido caracterizándose por su tono admonitorio, las enfáticas maldiciones y los gestos de grave advertencia. Pudo haber sucedido que la mitología precolombina eliminada, por diversas causas, fuera más coherente y fantástica que la que se relató en tiempos de las colonizaciones antioqueña y caucana pero fue con seguridad tan aleccionadora como la que aglutinó nuestro prosaico Olimpo. Los mitos tienen identidad inconfundible. Aunque los siguientes nombres correspondan a seres propios de distintas regiones colombianas, tienen características y reconvenciones inconfundibles entre los caldenses: La 'Madre del Agua' es una mujer bella que enloquece de alegría a los niños hasta hacerlos ahogar en la quebrada, la laguna o la bañera. 'María La Larga' seduce a los mayores llevándolos hasta el cementerio en donde los desaparece.

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'La Niña de la Carta', vestida de primera comunión, va por la calle real, a media noche, con una carta en la mano y deja desmayado, al mostrar su grotesca calavera, a quien entrega la misiva. La Madremonte echa candela por los ojos que chorrean sangre y de sus orines brotan todas las enfermedades de la selva. La Patasola pide ayuda pero cuando acuden a socorrerla se convierte en fiera que devora a sus benefactores. La Llorona cubrió de tragedia las frías noches de los fatigados colonos. Las brujas paridas por la imaginación de los colombianos son, en sentido estricto, desgarbadas, toscas, chocantes, desaseadas, greñudas, con verrugas, narices protuberantes, voces chillonas, vellos hirsutos en los sobacos, harapientas y con hedores a diablo rodado. Pero la palabra bruja es genérica porque abarca otras actividades como las del yerbatero, el adivino, el jugador de cartas fuera de lo que concierne a los gitanos. Buscando nuevas franjas de espectadores, la industria cinematográfica de Hollywood ha inventado brujas bellas, jóvenes, de indiscutibles atractivos físicos, ojos rasgados y vampiresas en el amor; sin embargo, las dota de un no sé qué que causa prevención en los niños. Los repetidos mitos del folclor colombiano y muchas de sus leyendas son, en gran parte, la expresión popular de una trayectoria congestionada de debilidades, carencias, frustraciones, pesadillas y emociones conflictivas. Es buscar salida a una realidad compleja. Muchas leyendas nacen como relatos escuetos y curiosos que se van puliendo y enriqueciendo. “Los cuentos morales, las parábolas, las fábulas, que son la primera filosofía de los pueblos jóvenes, son también para los niños las formas necesarias para las primeras ideas éticas” (Jesualdo Sosa en Literatura Infantil). El mito nos ubica en “una eterna infancia”.

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En cuanto a nombres propios, los relatos míticos que escucharon nuestros padres se quedaron en el primer hervor. Los oyentes se olvidaron de preguntar y responder cómo se llamaban La Patasola, La Patetarro, La Llorona, La Madremonte, El Mohán, El Duende, El Hojarasquín del Monte, La Muelona, El Sombrerón, El Ánima Sola, El Cura sin cabeza, El Carón, El Soldado-Fantasma, La Niña de la Carta, Los Cuatro Hermanitos y muchos otros seres de la misma caterva. Se quedaron sin nombre propio y se dejaron en montonera anónima. Como en la Biblia, conforman una “legión”. Se les identifica con toscos aunque certeros epítetos o remoquetes. En el folclor actual del centro-occidental colombiano se carece de entes con nombres tan identificables, generalizados y sonoros como fueron, para Grecia y Roma, Júpiter, Venus, Apolo, Vulcano, Diana, Neptuno, Minerva, Ulises, Yocasta, Penélope, Rómulo o Dáimon, el espíritu no personificado que se responsabiliza de distribuir el Destino. Los muiscas, en la sabana de Bogotá, acertaron al bautizar su Olimpo con nombres reverentes al estilo Chiminigagua (dios creador), Bachué (progenitora de la humanidad), Bochica (organizador social), Chía (luna, esposa del sol), Xué (dios solar), Goranchacha (hijo del Sol), Fura y Tena (el Adán y la Eva de la mitología chibcha), o Zarbi, nuestro primer alquimista que, según cronistas españoles, tenía la misión de buscar la fuente de la eterna juventud. El Mohán es un término que, en lengua chibcha, significaba “El Iluminado”. En el territorio que se convirtió en el actual oriente de Caldas, en tiempos de la conquista española, “tenían mohanes que son personas diputadas y constituidas en dignidad religiosa para tratar con el demonio, los cuales también sirven de médicos” (Fray Pedro de Aguado, 2007, p.259). Luego, el Mohán se convirtió en una especie de dios Pan inofensivo que habitaba los bosques. La cultura vencedora convirtió al digno personaje en un sátiro vulgar y andrajo-

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so que habita en la cuenca del río Magdalena y causa terror por el secuestro de sus víctimas y sus impudicias. Contamos con mitos que exaltan lo que para nosotros son virtudes a la vez que delatan nuestras carencias y defectos. “Desgarrados entre el miedo y la piedad, el respeto y el horror, el amor y la repugnancia nos encontramos en un estado de ánimo que podría llevarnos a una desintegración mental” (B.Malinowski). Según los mitos definitorios de nuestra cultura somos pesimistas por ancestros e inclinados al mal. Carecemos de mitos en que se haga alarde de superhéroes como los que se encuentran en el Mahabharata, La Ilíada, La Odisea, en gestas y poemas épicos de la Edad Media, a la vez que perseguimos los mitos propios de una sociedad de masas, al estilo de Tarzán, Supermán, La Mujer Maravilla, Batman, El Hombre Araña y otros que persiguen en forma empecinada la victoria sobre los que ellos consideran como malos. La Extraordinaria Vida de Sebastián de las Gracias, la Mil y Una noches de los colombianos, es el relato más bien estructurado, imaginativo y fantasioso de la mitología propia de la región paisa; su aliento es épico; de autor desconocido o despreciado por etnólogos, antropólogos, filólogos, folcloristas y críticos literarios quienes, si mucho, ante sus gestas dibujan una leve sonrisa. Sebastián era un muchacho campesino, medio vago, al que no le gustó el trabajo material sino tocar tiple. Pidió la bendición a sus padres y se marchó de la casa. Anduvo por caminos apenas abiertos entre la selva, aguantando hambre, alimentándose de la caridad de los colonos que, si mucho, habían abierto un claro en el monte. En una de aquellas andanzas, encontró un castillo en el que moraban dos hermosas mujeres, Agraciada y Leonora que un genio maligno había raptado y encantado para que vivieran en su palacio. Sebastián se enamoró de Agraciada y, como regalo le daba hermosas sere-

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natas que ponían nerviosa a la joven pues el genio podía conducirla, como castigo, a la Gruta del Más Allá. Dicho y hecho: el genio del mal se dio cuenta y se llevó a las muchachas a habitar en dicho lugar. La Gruta del Más Allá quedaba bajo tierra, en una dirección ignorada. La boca de la gruta estaba cerrada con una roca de sesenta toneladas que estaba, a toda hora, vigilada por un jabalí. Sebastián no se amilanó. Se hizo amigo de los animales del monte después de una equitativa repartición que hizo entre ellos de la presa que habían atrapado pero que no llegaban a un acuerdo sobre la forma de dividirla sin que los demás quedaran agraviados. Al seguir el camino llegó a otro reino donde Su Sacra Majestá, viéndolo tan apuesto, tan avispado y tan buen trovero quiso darle como esposa a una de sus hijas. Sebastián prefirió la prisión a traicionar el amor de Agraciada. En la cárcel recibió la visita de una mirla a la que refirió su dolor. El ave quiso ayudarle pues el asunto era supremamente difícil. El rey exigía que le trajesen un guante de la mujer de la que estaba enamorado Sebastián pues era imposible que fuera más hermosa que su hija. La mirla, después de innumerables peripecias trajo el guante y el rey, desconsolado, dedujo que era una mujer hermosísima. Así y todo, el rey no se daba por vencido. Le puso otra prueba a Sebastián para liberarlo: que le presentase un retrato de Agraciada. En esta ocasión, las que vinieron en auxilio de Sebastián fueron las hormiguitas que penetraron por una rendija de la puerta, recorrieron el palacio, llegaron por fin al aposento de las jóvenes, hablaron con Agraciada y retornaron, entre descomunales esfuerzos debido al peso de la joya, con un relicario de oro en el que lucía el retrato de la princesa encantada…(Octavio Hernández J., “Nueve Noches en un amanecer”, 2001, pp. 71-73). Los cuenteros, que a la vez eran tiplistas y trovadores, alargaban o reducían el relato de Sebastián de las Gracias, desde una noche a varias noches o semanas, en una o varias casas de familia, con tiples, bandolas y guitarras, trovas, escenas teatrales, adivinanzas, cantos, uno que otro animal fuera de platillos de comidas típicas de acuerdo a las pretensiones de quienes los contrataban.

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El orgullo por los valores éticos, morales, étnicos, antropológicos, ecológicos, folclóricos, artísticos, legendarios, aglutina comunidades alrededor de los mitos y su estudio; estos las hacen vibrar por lo que representan; enriquecen su historia, las movilizan tras empresas de dimensiones titánicas e infunden aliento para continuar la marcha como pueblo. Los mitos buscan albergue en la memoria colectiva mientras son decantados por la sensibilidad y por las ansias de construir una identidad regional. Se reconoce el carácter aglutinante del mito. En los mitos se encuentran los gérmenes de nuestra vida social y cultural. En cierto momento, como una revelación al servicio de la pluma de grandes artistas, esos mitos aparecen en epopeyas, en cantares de gestas, como también en sinfonías o en soberbias figuras de arcilla, piedra, bronce, mármol que los pueblos, orgullosos, lucen en templos, museos, bibliotecas y plazas. No es pura ficción. En ciertas regiones de Colombia, sus habitantes comparten la vida con seres fabulosos mientras que algunos mitólogos que se acercan a ellos los describen y opinan con cierta entonación lastimera o sarcástica. Sundenheim, en Vocabulario costeño, (costa Caribe), publicado en 1922, le consagró una nota muy amplia a la palabra animes: “El anime entre nosotros es una especie de duende bienhechor que auxilia a sus protegidos en lances difíciles y apurados, y de ahí que cuando se afirme que alguien tiene animes, se dé a entender que cuenta con alguna persona o fuerza misteriosa que le ha prestado su concurso”. El Premio Nobel de Literatura 1982, publicó en el periódico El Espectador, la visión que, en tiempos de su infancia, en Aracataca, tenían de esos engendros populares: “Los animes de Aracataca eran unos seres minúsculos, de no más de una pulgada, que vivían en el fondo de las tinajas. A veces se les confundía con los gusarapos que algunos llamaban sarapicos y que eran en realidad las larvas de los mosqui-

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tos jugueteando en el fondo del agua de beber. Pero los buenos conocedores no los confundían: los animes tenían la facultad de escapar de su refugio natural, aun si la tinaja se tapaba con un buen seguro y se divertían haciendo toda clase de travesuras en la casa. No eran más que eso: espíritus traviesos pero benévolos que cortaban la leche, cambiaban el color de los ojos de los niños, oxidaban las cerraduras o causaban sueños enrevesados” (Gabriel García Márquez, 1983, p.2). Mitos menores parecidos a los animes de la costa atlántica colombiana son los ilusiones (masc.) y las ilusiones malignas (fem.). Los ilusiones (masc.) son especies de animes que enseñan a los oídos de los niños, cosas feas. Las ilusiones malignas (fem.) son figuras inmorales que los pequeños no ven pero los grandes sí. De los ejemplos anteriores, se puede deducir lo dicho por Héctor Arruabarrena, en el Prólogo a la obra “Mito y Significado” de Claude Levi-Strauss: “El Mito no posee autor. Pertenece al grupo social que lo relata. No se sujeta a ninguna transcripción y su esencia es la transformación. Un mitante, creyendo repetirlo, lo transforma”. PARADOJA DEL MITO Los mitos manifiestan la presencia peculiar de las comunidades que los forjan. “Los misterios de la tribu”. Compendian las inquietudes que han azuzado a diario la mente de esos pueblos, sus credos y ritos mágicos. El conjunto constituye un cuerpo singular de creencias religiosas en cierne, relatos, mandamientos, tabúes, tótems, apariciones y eventos sociales. Entre el acopio de mitos de cada cultura, hay unos más perdurables que otros. En la llamada mitología griega se conserva lo esencial y vital de varios pueblos del Mediterráneo que contribuyeron a una época dorada, desde los mil años antes de Cristo. Unos niegan la existencia de Troya y otros la defienden. Sea como sea, cada Troya de

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las supuestas y superpuestas excavaciones arqueológicas representa un mojón sepultado de esa magnífica civilización. La civilización griega, en sus distintas etapas, ha poblado con sus héroes y enseñanzas, en Occidente, los predios de la historia, la literatura, la filosofía, la religión, la sicología, la siquiatría y significativas áreas de la medicina, las matemáticas, la astronomía y otras ciencias que fueron apareciendo, con su carga de metáforas, simbolismos, nombres y normas para fenómenos intuidos o planteados en sus textos. Los griegos concibieron el Caos como espacio abierto que existía antes del resto de seres, en donde se originó todo. La Nada era impensable. “La tierra era informe y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo”, según la Biblia judeocristiana y la mitología griega. En las dos culturas, y quién sabe en cuántas más, nuestro planeta existía dentro del Caos y el Caos se convirtió en una crisis de donde brotó la solución. Mitología y ciencia parecerían contraponerse, como conceptos básicos pero, en ciertos pasajes de la historia del pensamiento humano, se sirven, se complementan; una da nombres y explicaciones fabulosas a la otra. Júpiter, Venus, Mercurio, Marte, Cíclopes, Saturno, Neptuno, Perseo, Pegaso, Plutón, Euménides, Helios, Tritón, Io, la Vía Láctea fueron nombres mitológicos en boca de griegos y romanos pero, a la vez, nombres de cuerpos celestes enfocados a través de telescopios inventados por renacentistas y modernos hombres de ciencia. El primer párrafo del Génesis concluye con la imagen poética de: “y el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas” (1,2). Ese tono poético preanuncia un inigualable relato en el que se manifiesta que, en el principio, existían el“Espíritu de Dios” y, a la vez, “las aguas”, sobre las que flotaba. Un poema que duró, en forma displicente, como

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mito inexplorado, hasta cuando apareció en la prensa mundial esta noticia: “Washington. Investigadores de la Universidad de Hawai, en Manoa (EE.UU) descubrieron que unas rocas de la isla de Baffin (Canadá) contienen pruebas de que el agua fue parte del planeta desde el principio; fueron recogidas en 1985, así que los científicos tuvieron un largo tiempo para analizarlas y concluir que contienen componentes de las profundidades del manto terrestre” (El Tiempo, “La Tierra tuvo agua desde su formación”, 13 de noviembre de 2015, p.11). Despegando el siglo XXI, la humanidad tenía un motivo menos para afirmar que lo que dice la Biblia es sólo poesía. Por sucesivos milenios, integrantes de distintas culturas han creído que habrá fin del mundo y que llegará en forma de lluvia de fuego. “Y descenderá fuego del cielo y los devorará” (Apocalipsis 20,9). La profecía que recalca el advenimiento del fuego arrasador tuvo que enseñarse como dogma de fe pues, aunque los antiguos estudiaron los astros como bolas de fuego en la Armonía del Universo, no se concebía que pudiese darse un fuego descontrolado que provocase nuestro fin. Los escépticos que nunca han faltado, señalados por los sacerdotes de esa fe como “descreídos”, y luego los científicos, se burlaban del dogma. No habrá fin del mundo fue la deducción sacada del axioma básico que pregona la eternidad de la materia. El fin del mundo se tornó en un mito para ellos. En el año 2010, el telescopio espacial Hubble descubrió un planeta, en nuestra galaxia, la Vía Láctea, que era devorado por su estrella gravitacional. El planeta agonizante fue bautizado como Wasp-12b, informó “Astrophysical Journal Letters” (El Tiempo, “La estrella que devora un planeta”, 25 de mayo de 2010, p.1-16). La fotografía que acompañaba el informe era dramática. Se veía el planeta pequeño que se precipitaba en esa masa gigantesca de fuego ardiendo. A ese planeta semejante a la Tierra le había llegado su Apocalipsis.

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Ese primer párrafo bíblico da para infinidad de análisis. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía y el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas” (Gn.1,1-2). Este texto, sin ser científico, podría sugerir la eternidad de la materia al decir que en el principio “el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas”. Para el autor sagrado, existían dos eternos: “El Espíritu de Dios” y la materia representada en “las aguas” sobre las que flotaba el Espíritu divino. Esas aguas podrían adecuarse con el Dáimon (espíritu o fuerza) propio de la mitología griega. “La vida y sus manifestaciones son obra de un dáimon que ellas guardan como elemento responsable de su manera de ser”. El Popol-Vuh, la biblia maya, arranca con algo parecido: “Antes de la Creación no había hombres, ni animales, pájaros, pescados, cangrejos, árboles, piedras, hoyos, barrancos, paja ni bejuco; el mar estaba quieto y en el cielo no había cosa que hiciera ruido; no había cosa en orden, cosa que tuviese ser si no es el mar y el agua que estaba en calma y así todo estaba en silencio y obscuridad como noche”. Y las biblias de todos los pueblos hicieron uso de entonaciones parecidas sin que los buscadores de la verdad comprobada se hayan dado por satisfechos. Max Müller habla de “la ciencia de la mitología” (Mitología comparada, 1988, p.159), que abre el camino a nuevos estudios de tradiciones populares. Desde hace años se sostenía que el mito pasaba a ser leyenda y la leyenda se convertía en cuento. ¿Hubo un momento en que la generalidad de los mitos americanos conformaban un todo así como debieron ser un todo los mitos europeos, (en las naciones célticas, teutónicas y eslavas), si retrocediéramos hasta las formas arias? De forma parecida, un cuento del folclor colombiano de mediados del siglo XIX y comienzos del XX, como es Sebastián de las Gracias,

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podría remontarse a un relato más antiguo procedente de las Mil y Una Noches, y ese relato a un mito primitivo de raigambre aria. “Aún en estos cuentos de pura imaginación cabe, sin duda, descubrir algunas analogías con cuentos más primitivos; es que fueron compuestos con arreglo a modelos originales y no eran, en muchas ocasiones, más que el tema antiguo desenvuelto y variado” (Ibid., p.160). Antes de viajar a América, en España habían confluido tradiciones africanas, celtas, indoeuropea, romana y la indoárabe. Para avanzar en este trabajo comparativo es conveniente buscar rasgos característicos en cuanto a dichos, refranes, adagios, costumbres, supersticiones y otras creencias del pueblo. La mitología griega, a la que se alude con insistencia por su contenido y su forma, pasó de su formación con base en contribuciones de varios pueblos orientales a la asimilación y recreaciones propias del pueblo helénico. Se ha llegado al abrevadero de los libros de los Vedas (oriental) para poner, allí, el origen de los mitos griegos. Otros emparentan la recopilación de los Edda (nórdicos), de plena Edad Media, con la mitología védica y griega, por distintos caminos. En las dos mitologías se dieron mitos tan agresivos como el de La Llorona colombiana e infinidad de asuntos que se volvieron cinematográficos hasta el que se supone muy novedoso tema de 'Avatar', que en sánscrito quiere decir 'encarnación', ya tratado en los libros del Ramayana y del Mahabarata. El 5 de julio de 2016, una sonda espacial, después de recorrer, durante 5 años desde la Tierra, 2.700 millones de kilómetros, a una velocidad de 320.000 kilómetros por hora, llegó a la órbita del planeta más grande del sistema solar. Iba a averiguar asuntos como cuánta agua tiene su atmósfera, si su centro es sólido o líquido y cómo se producen las auroras. Nombre de la sonda: Juno (diosa romana de la maternidad). Nombre del planeta: Júpiter (padre de los dioses y esposo de Juno). Titular de prensa: “Juno, a develar los misterios de Júpiter”.

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En cambio, en la épica oral precolombina, correspondiente a la cultura indígena, y luego en la europea que llegó en boca de los españoles y dio vueltas de sur a norte y del norte al Gran Caldas, en la africana que languidece en boca de los herederos de esas formas culturales, no se vislumbran avances significativos en cuanto a una recopilación vasta y profunda; no se analizan a la luz de novísimos pensamientos, teorías y métodos y, si se hace, se archivan; no se revitaliza el valioso contenido. En nuestros planes como nación, no es demasiado lo que se puede mencionar en cuanto a estudios y difusión de una cultura que fortalecería el pórtico de la colombianidad. Enrique Serrano López, autor de la obra “¿Por qué fracasa Colombia?”, fue interrogado sobre el fenómeno denominado la colombianidad. Respondió que se puede hablar de ella desde el proceso de urbanización a partir de los grandes desplazamientos de campesinos a las ciudades, a partir de finales del siglo XIX. O sea, desde cuando se llega a compartir con desplazados de otras regiones, mitos, fetiches, tabúes, saberes, tradiciones, creencias, temores y esperanzas. “Somos una nación adolescente, soñadora, que todavía no sabe qué va a hacer cuando grande. Igual que los adolescentes, está tratando de postergar esa toma plena de conciencia… Desde siempre hemos actuado provisionalmente. Eso hace que no haya grandes apuestas o construcciones; que no haya testimonios del pasado; que todo se haya caído o perdido; que todo se vaya renovando” (“Colombia es una nación de vocación mediocre”, 24 de abril de 2016, p.3). Vacilamos pesarosos sobre nuestras tradiciones. Somos unas naciones dispersas indecisas por apostar por lo suyo. LA VIDA DE LOS MITOS Al analizar los elementos del mito se extraen las motivaciones comunitarias, las conjeturas elevadas a nivel de explicación, la aceptación social, la credulidad y la tradición, para quedarnos, finalmente, con que el mito es una narración básica, un relato sobresaliente del que un pueblo hace profesión de fe en él como Ente Regulador (Daimon)

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y del que se enorgullece porque sacia sus tormentos vitales. Cada pueblo vive intensamente sus mitos. El relato mítico conserva unos contenidos motivacionales y argumentales que se someten a modificaciones según la región, cultura, visión religiosa, capacidad fabuladora, recursos expresivos, emociones estéticas, experiencias e intereses. Los dioses griegos que aparecen en las obras de Homero no son los mismos que forjaron otros aedos, en relatos primitivos, o aquellos que, 500 años después de la supuesta guerra, quedaron plasmados en las tragedias y en los mármoles del período clásico. Cuando la cultura helénica trasmigró al corazón del imperio romano, los relatos míticos sufrieron otras transformaciones y, en el Renacimiento y luego en el Neoclasicismo, los artistas renovaron formas, funciones, ambientación y otros motivos, no para creer en ellos, sino para ponerlos de moda. Entre el siglo XIX y XX, el poeta Constantino Cavafis (1863-1933) levantó el mausoleo de su poesía con el mármol, el ritmo y el espíritu que extrajo de la cantera de los clásicos: “Por más que los hayamos proscrito de sus templos/ y yazgan en el polvo sus cuerpos mutilados,/ viven siempre los dioses, oh tierra de Jonia,/ y es a ti a quien aman y añoran todavía”. “Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,/ pide que tu camino sea largo/ y rico en aventuras y experiencias./ Nunca a los lestrigones ni a los cíclopes,/ ni al fiero Poseidón encontrarás/ si no los llevas dentro de tu alma/ si no es tu alma la que ante ti los pone…”. Dos mil setecientos años después de la redacción de los poemas homéricos, Cavafis hizo de su obra la más exquisita elegía a la Grecia mítica. Durante el siglo XX llegaron otros poetas a beber su inspiración en esos mitos advertidos por Cavafis cuando escribió: “Que hayamos destrozado sus estatuas,/ que las hayamos arrojado de sus

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templos,/ no quiere decir que los dioses estén muertos// Oh tierra de Jonia, ellos todavía te aman,/ sus almas todavía guardan tu recuerdo…”. “La versión homérica del drama de Troya es la historia de un arrepentimiento, el más grande arrepentimiento que ha conocido hasta hoy nuestro planeta. Todas las guerras que en conjunto ha librado la raza humana no han dado lugar ni a la mitad de ese arrepentimiento” (Ismail Kadaré, La cólera de Aquiles, 2010). De un mismo mito se pueden conocer innumerables versiones, a pesar de las variaciones en ciertos elementos característicos del relato (función literaria) o en sus elementos mitológicos (función antropológica). Hay personas que se casan con una versión y rechazan las otras como diciendo a los demás: El auténtico mito es este. Sin embargo, no es correcto enseñar que los mitos colombianos, paisas, grancaldenses o de otros lugares, con exclusividad, son los de cierta versión o son los que aparecen en alguna obra escrita. Existe un fundamentalismo en el terreno del mito así como se da en el campo religioso o político. Juan Esteban Constain decía que fundamentalismo es creer que lo que uno piensa del mundo es la única visión que debe existir. “La única justa, verdadera, buena y bella”. Sin embargo, cada versión de un mito es tan respetable y válida como la versión que manejan mis vecinos. Sucede que las visiones ajenas del mundo hacen gala de tópicos particulares o puntos de vista que acomodan el mito a otras realidades, circunstancias y motivaciones. El retrato de determinado pueblo, basándose en la colección y estructura de sus mitos, siendo semejante la secuencia narrativa a la de otra comunidad, tiene sus variables significativas en las que se puede detallar parte de un sentido de identidad intransferible.

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A su vez, en los relatos de un pueblo hay impulsos, elementos vitales, circunstancias espaciales, temporales, protagonistas, personajes de reparto muy propios de ese pueblo pero que, luego de una lectura comparativa, nos llevan a aceptar que estamos ante el mismo mito que cultiva un pueblo cercano o lejano. “Los grupos sociales se distinguen unos de otros pero siguen siendo solidarios como partes del mismo todo” (Claude Lévi-Strauss, 1975, p.172). Es posible que una versión prevalezca sobre otras de acuerdo con el poder dominante de una región sobre el vecindario o el prestigio de una época sobre otra.

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II VARIABLES CALDENSES DE LOS MITOS TIERRA DE ENTIERROS En lo concerniente al Gran Caldas, vale la pena recordar que, desde la prehistoria, ha tenido fama de ser un territorio rico en oro. “Por ser la tierra tan rica en oro, los indios jamás salían a las guerras sin llevar de este metal en las cabezas en riquísimas coronas, brazaletes gruesos en las muñecas y en sus banderas que eran grandes, de delicadas telas de algodón. Llevaban tanta multitud de joyas que algunas de ellas valieron treinta mil y tantos pesos al español que las hubo. Presentáronle al Capitán cuando entró a su descubrimiento dos cargas de joyas de oro y un vaso que pesó casi trescientos pesos” (Fray Pedro Simón, p.91). “En Arma le salieron de paz un cacique viejo, barbudo, con unas ollas de presentes llenas de oro y otro indio principal, mozo, con una vara con muchos platillos colgados de ella del mismo metal” (Ibid, p.100). En otra parte de esa crónica, se relata que presentaron al mariscal Jorge Robledo el ataúd de un cacique cuya tapa era de oro macizo. Cuánto diera la Oficina del Tesoro de los Estados Unidos por acumular, en sus bóvedas subterráneas, ese oro en forma de lingotes o el Museo Metropolitano de Nueva York tener la oportunidad de exhibir esa tapa junto a los sarcófagos de arrogantes faraones. Esta fue tierra de fabulosos yacimientos y guacas para provecho de otros pueblos indígenas con los que los nativos sostuvieron activo comercio y guerras constantes; para utilidad de conquistadores españoles y, varios siglos después, para saciar la codicia de otros muchos extranjeros como los que explotan y cargan nuestro oro, desde la Independencia, para pagarse los préstamos hechos por ingleses y otros europeos y lo siguen haciendo a través de empresas de capital inglés, canadiense y norteamericano que, a punto de cumplir dos-

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cientos años, siguen explotando el oro de Marmato, del río Cauca y sus contornos. Cuando los antioqueños llegaron a saquear las tumbas indígenas encontraron tanto metal que esa avalancha de gente provocó que los guaqueros tomaran precauciones para no perder el tiempo viendo cómo se esfumaba el producto de sus desvelos. Sobre todo en la primera etapa de la colonización paisa, cuando se ponían en relación varias personas para cavar en donde tenían fundados indicios de que existía una guaca, el número de los exploradores debía ser impar: uno-tres-cinco-… Además, en la expedición no podían ir mujeres. Si iban mujeres o el número de guaqueros era par, no encontrarían el tesoro. Si entre los que integraban el grupo aparecían brotes de envidia o avaricia para adueñarse de lo encontrado, el oro de la guaca se convertía en ceniza. En la región del Gran Caldas, se reserva aún el nombre de guaca a un entierro indígena y el nombre de entierro a las monedas de oro y plata o joyas escondidas por una persona de tiempos más cercanos, ahorradora o avara. En varios caserones manizaleños de arquitectura del bahareque perteneciente a la temporada anterior al estilo republicano, como los que hubo en el sitio del actual centro comercial Parque Caldas y sus alrededores, los obreros que las echaron abajo encontraron entierros de rutilantes monedas de oro y plata. Al momento de enterrar su tesoro, el avaro repite como si se tratara de una oración: Aquí te meto, aquí te tapo;/ el diablo me lleve si yo te saco. *** Rescatamos primordiales facetas de los mitos de acuerdo con las formas como se relatan en Caldas.

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LA MUERTE Fenómeno biológico, antropológico, filosófico, religioso, folclórico y artístico. (También se ha convertido en una espléndida veta económica: la economía de la muerte). Es la experiencia suprema y más traumática de la vida para la que no hemos sido educados en la aceptación pasiva y plácida de esta situación insoslayable. Hemos sido entrenados para la vida pero no educados para la muerte. Hay mortales con más miedo a morir que a estar muertos. El paso del ser al no ser o de una vida a la otra se ha asumido, a través de las edades y las épocas, con estoicismo, fe, esperanza, resignación, apatía, gozo, alegría, tristeza, angustia, cinismo, temor o pánico. No existe La Muerte sino los muertos. La Muerte no es un personaje; es una idea abstracta que se individualiza; no es un estado perenne sino un parpadeo entre el Más Acá y el Más Allá. En nuestra cultura, morir se considera como un trance emotivo y solemne. Alrededor suyo se ha forjado uno de los capítulos más intrigantes de nuestra cosmovisión. Jorge Gaitán Durán (1924-1962), por excelencia el poeta colombiano del amor y de la muerte, habla de ella como “esta experiencia última y única que nos resarce de toda patria”. Sumergirse en pensamientos de La Muerte ha enloquecido a gente cuerda y ha dado tranquilidad a muchas mentes inquietas. Fuera de un diáfano ejercicio de pensamientos juiciosos o de encendidas fantasías, también ha provocado un catálogo de situaciones y personificaciones que tienen que ver con la idiosincrasia y el folclor de cada pueblo. Darle atributos humanos a La Muerte, más que una inocua figura literaria es convertirla en mito del fin irremediable e inaplazable. En los relatos de Las Mil y Una Noches, se refiere que un día un transeúnte, por la calle de una ciudad, se encontró con ella y La Muerte le

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dijo: Siquiera nos vemos pues le aviso que mañana, a esta misma hora, tenemos que viajar juntos por lo que deberá ir a prepararse. El individuo huyó a otra ciudad con tal de escapar de La Muerte. Cuando circulaba por una vía de esa ciudad, a la hora indicada el día anterior, se encontró sorpresivamente con La Muerte y esta le dijo: Yo había quedado de verme con usted a esta hora en la otra ciudad, sin embargo, tuve que venir a esta por lo que pensé que ya no íbamos a poder vernos. Siquiera me encuentro aquí con usted; entonces vámonos. Ese relato se acomodó a nuestro ingenio. En Neira (Caldas) cuentan que, un día, en una esquina, La Muerte le dijo a un transeúnte: Mañana nos vemos aquí mismo porque tenemos que viajar. Al día siguiente, el individuo se vistió con un traje estrafalario para que La Muerte no lo identificara y salió tranquilo. Seguro de sí, decidió dar una vuelta por la esquina para ver qué pasaba. Allí vio que La Muerte esperaba a alguien que no llegaba y se detuvo para ver en qué paraba el asunto. La Muerte miró el reloj, volteó la mirada y le dijo al tipo que estaba disfrazado a un lado de ella: – Quedé de verme con alguien, en este sitio, para viajar, a esta hora, pero como no vino, me voy con usted; y le echó mano. Tanto en el relato oriental como en la adaptación caldense, el ser humano no tiene escapatoria. En plena Edad Media, los goliardos inventaron “las Danzas de la Muerte”, cuando la Peste Negra arrasó con más de la mitad de la población de Europa occidental. Varias de sus exclamaciones poéticas quedaron plasmadas en Carmina Burana y en el Himno de las universidades de aquellos tiempos: Gaudeamus igitur/ iuvenes dum sumus/ Venit Mors velociter/ rapit nos atrociter/ nemini parceretur” (“Alegrémonos, entonces/ mientras seamos jóvenes/ Viene la Muerte velozmente/, nos arrastra atrozmente/ y a nadie perdona”. Los mexicanos veneran la Santa Muerte, bien representada en las caricaturas de Guadalupe Posada. Empiezan la leyenda con que su nombre es La Catrina, nacida en Aguascalientes; viste un traje ele-

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gante de dama de la Bella Época, en el día de su matrimonio; su rostro es una calavera que ríe a carcajadas y sobre su cabeza luce un sombrero de flores y plumas. El dos de noviembre es el Día de los Muertos, dedicado por la religión católica a orar por los que ya se trastearon para la otra orilla. Los mexicanos le dan el toque de una fiesta jubilosa en la que las familias se reúnen, con comidas típicas y conjuntos musicales, en torno a las tumbas de los que partieron pero cuyo espíritu retorna anualmente a la celebración. Los mexicanos, ese día, pueden repetir los versos del colombiano Jorge Gaitán Durán: “Bebamos vino rojo. Esta es la fiesta/ en que más recordamos a la Muerte”. Debido a la internacionalización de la cultura a través de los medios de comunicación y la internet, en las VI Fiestas de Mitos y Leyendas, en San José Caldas, en octubre de 2016, el grupo de bancarios escogió como tema, para lucir en la Gran Parada, el de Las Catrinas. Se trataba de una docena de mujeres y hombres que estudiaron las caricaturas de Posada para distribuirlas entre los integrantes de la comparsa según sus características morfológicas y luego solicitaron a la modista local Gloria Granada que les confeccionara los trajes. ¡Qué lujo de atuendos en los que predominaban los tules y sedas negras, las flores multicolores, los sombreros, los aderezos y un maquillaje que era otra obra de arte merecedora de todos los aplausos! La Muerte en el folclor literario del centro-occidente de Colombia quedó personificada en un cuento clásico, muy del gusto popular, luego adaptado al teatro: “Estaba un día Peralta solo en grima, haciendo los montoncitos de plata para repartir (entre los pobres) cuando, ¡tun!,¡tun!, en la puerta. Fue a abrir y, ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible! ¡Era la Muerte que venía por él! Traía la güesamenta muy lavada y, en la mano derecha, la desjarretadera encabada en un palo negro muy largo… La Muerte que es muy ágil, dio un brinco y se montó en la

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horqueta del aguacatillo, se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar…” (T. Carrasquilla, “En la Diestra de Dios Padre”, 2008, p.20-21). Los mortales, en Colombia, vemos la muerte como una visita irremediable e inoportuna. Nuestra representación carece de los arreos mexicanos de dama distinguida. En vez de una mujer atractiva, entre los colombianos La Muerte se asemeja a una beata con saya y mantilla negras y la hoz para descuajar vidas, en su mano huesuda. En la costa atlántica la representan como un esqueleto danzante con una guadaña. Su visita inminente es anunciada por medio de presagios siniestros como cuando el poeta Eduardo Carranza escribe en El Insomne: “Sonó un reloj en la desierta casa:/Alguien dijo mi nombre y apellido./ Nombrado me sentí por vez primera…”. O por presagios tan estúpidos como una mariposa negra de ojos grandes, una mosca negra y regordeta, un cucarrón que revolotea en forma desesperante, una flor pocas veces vista en los jardines domésticos, un sueño digno de ser descifrado. Cuando una persona dice que soñó con un matrimonio, alguien inquiere: ¿Quién irá a morir? Como dice Luz, “algo que no falla es soñar con la caída de los dientes”. Se supone que los muertos esperan a los que van detrás de ellos. Dicen los que quedan: Nos llevan un pasito. Quien escucha replica: Para morir no hay afán. Cuando los que duermen sueñan con seres queridos que habitan el más allá, se alegran pero, ojo, hay que comunicar a los allegados ese pasaje del sueño pues si no se cuenta, según las aves de mal agüero, otro miembro de la familia, pronto, va a engrosar el número de seres amados al otro lado del Estigia, el río mortal. Que Caronte vaya preparando su barca. No se nos olvide que no viene de lejos pues “cada hombre lleva dentro una muerte madura”. Creemos que emprendemos un viaje hacia Lo Desconocido cuando puede tratarse de un regreso. El Reencuen-

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tro. Canta Eduardo Cote Lamus (1928-1964): “El hallazgo no es más que devolverse a lo soñado”. Según muchos habitantes de la región paisa, es mejor no entrar en componendas con la “Señora Muerte que se va llevando/ todo lo bueno que en nosotros topa…”, como dijo León de Greiff. Da miedo que apresure su inoportuna visita y, como concluye el poeta “solos – en un rincón –, nos va dejando. “… En un rincón quedamos las tediosas/ gentes sin emoción, huecas y vanas”. La Muerte es el corte radical con el tiempo de los mortales. Porta la hoz que recoge la cosecha con el mismo envalentonamiento con el que el Diablo hunde su tridente en las carnes de los condenados. Nadie concibe La Muerte paseando a plena luz del día sino agazapada entre la neblina de la noche. Las noches se hicieron para nacer, para amar y para morir. La mitología caldense ve en los cementerios el domicilio habitual de la “Señora Muerte”. No caemos en la cuenta de que habita dentro de nuestro cuerpo hasta el punto de que La Intrusa conoce a la perfección nuestros hábitos, horarios y puntos flacos del cuerpo y la psique de cada uno. Nos ha estudiado antes de tomar decisiones. En ese momento se vuelve implacable y certera. No concede plazos. Nadie la engaña. Marco Londoño Pérez (“Marcorroto”) fue un personaje folclórico de San José Caldas que se burlaba de la inesperada Señora equiparándola con un vehículo de transporte intermunicipal y colectivo; con un bus escalera oflota de esas que cubren largas distancias por carreteras polvorientas. Cuando alguien moría, Marcorroto comentaba, con tono sarcástico: ¡Cogió la flota! Antes de que se pusieran de moda los hornos crematorios, la gente decía que alguien se fue a chupar gladiolo. Otros expresaban en forma sarcástica: ¡Paró los tarros!

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En el occidente colombiano era corriente ver en las paredes de las alcobas o en los corredores de las fincas, dos litografías complementarias que se llamaban La Muerte del Justo y La Muerte del Pecador. Muchos que no poseían las litografías, encargaban las dos obras, en pintura de aceite o en témpera, a Alcides Arenas, el pintor ingenuo de San José, en el Bajo Occidente de Caldas. Folclor gráfico de la cultura popular. En La Muerte del Justo, el moribundo era un señor de aspecto burgués, en una alcoba bien arreglado, con cortinajes rojos, una Santísima Trinidad al fondo, entre nubes, con un Dios-Padre que llamaba con la mano derecha al que se iba de este mundo; un ángel al pie del lecho señalándole su destino; un cura que entonaba las preces finales; una próxima viuda rodeada de su familia; el hijo mayor muy piadoso, y un ángel verraco con una espada dándole golpes al diablo de alas de murciélago que, como una rata perseguida a escobazos, se acurrucaba en un rincón. La lámina complementaria era la de La Muerte del Pecador. Se trataba de una aleccionadora pesadilla para las familias creyentes. Entre nubes, un ángel lloraba acongojado; no tenía qué hacer en ese sitio. En un lecho rebrujado, el moribundo despreciaba al confesor. Tres demonios rodeaban al que había entrado en el trance supremo: un diablillo estiraba la mano desde atrás de la cama haciendo monerías; otro arrebataba la sábana y, el tercero, con alas de murciélago y cola con una flecha en la punta, le mostraba el retrato de la querida con la que malgastó la herencia que debió haber dejado a la sufrida familia. Con razón, la que va a quedar viuda, con su inocente hijo, aparece de rodillas, emperrada llorando. En tiempos de la conocida como última violencia política aunque la generalidad de las violencias son políticas (décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX), a los cuadros de la Muerte del Justo y del Pecador, el pueblo del occidente colombiano les dio los nombres de La Muerte del Conservador y la Muerte del Liberal pues

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se suponía que los conservadores eran los buenos (iglesieros) y los liberales eran los malos (apáticos en asuntos religiosos). Por esa misma época, había otra concepción más realista de los seguidores de los dos partidos tradicionales. Se decía, con sarcasmo, que los conservadores se diferencian de los liberales en que los conservadores iban a misa de cinco de la mañana y los liberales a la de seis. Con resignación, la gente hablaba de una buena muerte. Para los antepasados, buena muerte era fallecer en paz con Dios y con el prójimo, bien confesados, después de recibir la extremaunción, sin mucho aspaviento; irse en forma discreta, en la cama de toda una vida tendida con sábanas blancas, sin alarmar a los presentes con gestos extravagantes ni ronquidos estentóreos; si mucho, despidiéndose con la mirada de los que se quedaban“en este valle de lágrimas”. Al día siguiente del entierro empieza el novenario del difunto que ha sido una forma ancestral de procesar la pena. Más calmada, la familia está dispuesta a recibir las manifestaciones de solidaridad. Mi tía y mi cuñada fueron a presentarle el saludo de pésame a la joven esposa de un amigo fallecido y, en medio de la conversación, le preguntaron: - Fulana: Y, ¿has llorado mucho? Ella, con el mayor desparpajo, les respondió: - Como yo no lloro por cualquier pendejada. Idalba J. R., fue a hacer una visita de pésame en la vereda Tamboral de San José y la viuda, en medio de una calma infinita, le comentó algo que equivale a una desmitificación irreverente de La Muerte: “Mi viejo tuvo una muerte muy linda. Se volteó para el rincón, se tiró un pedo, dijo: ¡Adios, mundo hj.! Y estiró la pata”. En la elaboración del duelo, algún miembro de la familia se pregunta: - Y, ¿a dónde habrá ido? Se creyó que había tres sitios como moradas eternas: El Cielo, el Infierno y el Limbo. La teología implantada por Juan Pablo II y Benedicto XVI desmontó varias creencias arraigadas como que el Cielo y el Infierno ya no son sitios sino estados del alma y

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el Limbo, argumentado por varios padres de la Iglesia como San Agustín y San Gregorio Nacianceno, quedó reducido a un mito literario. El padre Peláez G. tenía en la mesa de recibo de la casa cural en San José Caldas una versión lujosa de la Divina Comedia de Dante Alighieri (1265-1321) para que la gente que esperaba conversar con él se deleitara viendo las ilustraciones de Doré o leyendo algunos cantos traducidos en verso por Bartolomé Mitre. Virgilio, el poeta pagano, conduce a Dante por el primer círculo del Infierno y los dos escuchan: “Aquí volvió un grito lastimero,/ de suspiros sin fin, mas no de llanto,/ que en aire eterno tiembla plañidero.// Era rumor de pena sin quebranto,/ de hombres, niños, mujeres, numerosos,/ que en turba iban girando, sin espanto.// No pecaron, ni el cielo los maldijo; pero el bautismo nunca recibieron, puerta segura que tu fe predijo.// Antes del cristianismo ellos nacieron; no adoraron al Dios omnipotente, y uno soy yo de los que así murieron.// Por tal culpa aquí yacen solamente,/ y el castigo es desear, sin esperanza, piadosa remisión del inocente./ Un gran dolor al pecho se abalanza,/ al hallar en el limbo tanta gente,/ digna de la celeste bienandanza”.La Divina Comedia es una de las obras poéticas más excelsas de la literatura universal. Muchos valores y mitos forjados a la medida del pueblo colombiano, a través de los siglos, tuvieron en esta obra su fuente de inspiración. Quién sabe por cuánto tiempo más durará entre los usuarios de la lengua castellana el dicho Estar en el limbo para significar estar indeciso o estar perplejo. EL DIABLO Personaje sobresaliente del cristianismo y de otros sistemas religiosos por lo que, en el área de la Religión, cuenta con monumentales elucubraciones de teólogos, santos y artistas. El Demonio aparece, en la Biblia canónica, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Esos textos hacen parte de la doctrina más consolidada e inamovible de la Iglesia Católica. Los evangelistas, en el siglo I d.C., y luego, los padres, doctores de la Iglesia y pontífices del siglo XX y

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XXI, han inculcado con persistencia, en los fieles, la existencia real del Diablo. Se trata de la encarnación del Mal. Su existencia, de acuerdo con la Biblia, no está en discusión. En el contacto del dogma con distintas culturas, se ha ido configurando una galería espléndida de retratos imaginarios de esa figura religiosa. En la cultura occidental es común representarlo con forma humanoide o también en el cuerpo de algunos animales de nuestro zoológico fantástico. El pueblo ha ido adornando al diablo con una carga de elementos inexistentes hasta hacer de él, en ciertas circunstancias, todo un personaje mítico. No solo los textos canónicos presentan relatos sobre el Demonio. Textos apócrifos, o sea no aceptados por la doctrina oficial de la Iglesia, ofrecen una imagen dictada por las creencias populares que, en muchos años o siglos, ha germinado, se ha afianzado y, en forma oral, se transmite de una generación a otra. En el capítulo II del Evangelio Cátaro del Pseudo-Juan, aparece una versión que se puede tomar como complemento o distorsión del capítulo I del Génesis canónico. Según ese texto apócrifo, al Hombre no lo anima el soplo de Dios ni un alma humana sino que dentro de sí alberga un ángel caído. Eva no provenía explícitamente de una costilla de Adán; era hermana de él. Estos puntos de vista hicieron parte de una herejía condenada y castigada, en la Edad Media por la autoridad eclesiástica. En lo que se refiere al esquemático retrato de Satanás podemos ver que, allí, se vislumbra la figura a la que se ha apegado nuestro folclor: “Mi padre lo desfiguró a causa de su orgullo, y le arrebató su luz prístina, y su faz se tornó a modo de un hierro enrojecido al fuego, y fue semejante al hombre, y, con un solo latigazo de su cola, arrastró a la tercera parte de los ángeles de Dios, y fue lanzado lejos de la sede del Altísimo y de la estancia de los cielos… (Evangelios Apócrifos, 1988, p.343-344).

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La visión que el Evangelio Cátaro del Seudo-Juan nos ofrece del Demonio es tan descriptiva que parecería una obra escrita por un García Márquez del Más Allá: “Y, si un hombre de treinta años tomara una piedra y la tirase abajo, no llegaría al fondo en menos de tres años: tan enorme es la profundidad del lago de fuego en que habitan los pecadores. Y Satanás, aprisionado con su ejército, fue arrojado a ese lago de fuego” (Ibid., p.349). Razón tuvo Jorge Luis Borges (1899-1986), poeta, cuentista y ensayista argentino, para incluir los Evangelios Apócrifos entre las 100 obras que salvó de su biblioteca personal antes de donar el resto a la Biblioteca Nacional de Argentina. “Y el Hijo de Dios marchará con sus elegidos por encima del firmamento y sujetará al Diablo con fuertes cadenas que nunca podrán ser rotas”. El Diablo aparece en teologías de distintas religiones, tiempos y latitudes, entre ellas la de los indígenas que habitaron la Loma de Anserma, en donde están ubicados Anserma, Risaralda, San José y Belalcázar, del lado caldense. Según Fray Pedro Simón (1574- ca.1628), franciscano prolífico en crónicas, comenta sobre este tema que los indígenas tenían enormes casas rodeadas de cercas de guaduas y, en las puntas de estas, colocaban cabezas de indios que habían matado en la guerra y cuyos cuerpos se habían comido. “Era de ver las cabezas como unas figuras de los mismos demonios que representaban bien lo que padecían sus almas en los infiernos… y que aún vivos son un retrato del Demonio” (Ibid, p.80). Más adelante cuenta que “al Oriente, hay un valiente y encumbrado cerro en donde se suben los del pueblo de Umbra y se les aparece el Demonio, en los días de sus borracheras y aún hoy se les aparece en las mismas fiestas en figura de cabrón, al fin de las cuales le dejan dos hermosas doncellas del mejor parecer, para tener concúbito con ellas” (p.81). En sus Noticias Historiales, con su talante crítico, Fray Pedro Simón

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cuenta que “Junto al pueblo de Pirama, hay otro más encumbrado cerro, al que llaman Buenavista, donde también se les aparece el Demonio sólo a los jeques, por ser este su gran santuario, a donde solo ellos suben, por ser la subida escabrosísima y de peña tajada, por escaleras de guaduas, por donde gatos aún no pueden bajar, y debe de ser que el diablo tiene las escaleras y les da las manos para despeñar sus alma desde lo más alto en los infiernos, lo que también intenta cuando algunas veces, en tiempos de hambre, les arroja frisoles, yucas y otras raíces desde lo alto para que le estén sujetos y obedientes para infinitos males” (ibid.). La descripción que hace Fray Pedro Simón del cerro Buenavista podría corresponder al actual Cerro Batero. Este cronista franciscano, como muchos de los que dicen dedicarse a Dios, estaba obsesionado con el Diablo: “El año de mil seiscientos y tres, a legua y media de la ciudad (de Anserma), se le apareció el Demonio en figura humana a una india llamada Inés, mujer de Pedro Pachague, a quien le comunicó la aparición… El Demonio vino a pedirle a Diego Orobajo una hija que tenía de hasta quince o dieciséis años para que fuera su mujer y anduviera en su compañía como lo hizo y cohabitó con ella, trayendo la china a cuestas al Demonio más de tres meses de pueblo en pueblo. Comunicóse esto a otro cacique llamado don Pedro, a quien le decía el Demonio que era su bisabuelo. El Demonio les dio maíz para que sembraran y pepitas de auyama, para que vieran su gran poder. Las sembraron y al tercer día ellas estuvieron muy grandes y el maíz granado, con lo que se alegraron los indios, aunque les duró poco pues, al cuarto día, por la mañana, ya estaba el maíz seco y las auyamas podridas porque los milagros que parece que hace el Demonio son solo aparentes y no pueden permanecer” (Ibid. P.95-96). El mariscal Jorge Robledo hace alusión a lo que denominaríamos la teología indígena de esta región:“(Se entienden con) el Diablo, porque él habla muchas cosas con ellos; que su padre es el que cría todas las cosas, ansí las del cielo como las de la tierra, y ansí se les aparece

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muchas veces en los caminos e en sus casas; e ansí como lo ven, lo pintan; y estos ansí maures que traen con sus rabos, y estas pinturas que en sus caras e cuerpos se ponen, son insignias del Diablo que ellos ven” (J. Robledo, 2007: p.24). El cronista español Fray Pedro de Aguado (1503-1590), profundizó en las costumbres de los pueblos indígenas que poblaron el oriente del actual departamento de Caldas. En su obra refiere que “estos bárbaros” llamaban al demonio “chancan” y “chusman” (p.264 y 269). Este último término no tiene que ver con la palabra castellana “chusma” que procede del griego vulgar “cheleusma” (alboroto que hacían los esclavos cuando remaban, en las naves del Mediterráneo). El Diablo indígena y el Diablo católico son distintos por asunto de contexto y de la cosmovisión que ha conformado para sí cada pueblo. Como el de la caja de fósforos colombianos del mismo nombre, el Diablo, con rostro humano, chivera mefistofélica, cachos de becerro, cola de vaca terminada en flecha, alas de murciélago, tridente en las manos y pestilente olor a azufre, tiene su residencia, según el folclor nacional, en un espacio llamado Infierno, ubicado en el centro de la tierra, con un calor sofocante. Allí está sentado como un rey maldito pero sale de excursión o envía a sus lugartenientes, en busca de secuaces, por toda la superficie de este planeta. En las comunidades que habitaban en las cordilleras en cuyas crestas aparecían las fumarolas de los volcanes, se decía que la forma más espectacular para escapar del diabólico horno era cuando el volcán hacía erupción. La lava del volcán era un anticipo de lo que esperaba a los condenados en el Infierno llamado por los griegos Hades. DIABLO DE CARNAVAL En el folclor del Alto Occidente de Caldas, se ha consolidado una

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figura bonachona del Diablo y su corte, en la parafernalia que montan con motivo del Carnaval de Riosucio, una de las fiestas más renombradas del país, que data de 1847 y que se lleva a cabo, cada dos años, en memoria de la paz pactada por dos conglomerados rivales, Quiebralomo y La Montaña, que se unieron para formar a Riosucio. En 1915 se adoptó la figura luciferina como emblema oficial del Carnaval. Organizadores y asistentes sostienen que no se trata de un diablo anticristiano. El Diablo preside los carnavales. La gigantesca figura hace su entrada a la plaza de la Candelaria, en los primeros días de enero de cada dos años, sentado en su trono o de pies, con un manto rojo (parafernalia tomada de los egipcios), con cuernos de novillo (elemento tomado de los griegos), cola terminada en una flecha y tridente para enganchar almas (utilería romana), enormes alas de murciélago, desnudo o cubierto con una paruma (vestimenta de reminiscencia indígena), tocando flauta mientras una serpiente se enrolla en su cayado. La serpiente, desde el Génesis, representa al Demonio. A comienzos del siglo XXI, el autor de la figura del Diablo que presidía el carnaval riosuceño fue el artista Gonzalo Díaz. Una voz de ultratumba acondicionada al montaje remedaba al personaje luciferino, en la noche, ante la plaza atiborrada de público, mientras repetía: “¿Querían con emoción la llegada de su demonio? Los envolveré con mi cola y rastrillaré el tridente. Que salga la Patasola a tomar aquí aguardiente… Le doy la bienvenida a mi amado Carnaval” (Mónica Arango A., 5 de enero de 2013, p.20). La multitud llegada de los cuatro puntos cardinales, ataviada de ponchos, sombreros aguadeños, diademas, antifaces y con botellas de tapetusa en la bota de cuero, delira como si pretendiera ser poseída por Su Majestad el Diablo. Cuadrillas y matachines (del italiano mattaccino: payaso o bufón) entonan versos y canciones de crítica social redactados para cada ocasión, en “este carnaval de la palabra y el afecto, lleno de decretos y versos literarios”.

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*** El Diablo, de acuerdo con los cánones de la cultura occidental, ha tentado a las mujeres con figuras de hombres atractivos y a los hombres en las figuras de sensuales mujeres. Estas variantes tienen su origen en la Edad Media europea cuando se hablaba de los íncubos (demonios con apariencia de hombre) y los súcubos (demonios con apariencia de mujer). El pintor costumbrista Alcides Arenas (n.1949), habitante de la vereda Altomira en San José Cds., pintó un cuadro en el que un tipo, antes de emprender un viaje, le encarga su mujer al Diablo para que se la cuide. El Diablo acepta y para tener cerca a la esposa del tipo, la mete en un canasto enorme que se cuelga a la espalda. Por donde va el Diablo, va con ella. Sin embargo, la mujer se consigue un amante, lo sube al mismo canasto y va besándose con él, mientras el Diablo avanza inocente, por el camino, con semejante peso encima. Moraleja: A la mujer no la cuida ni el mismo Diablo. A veces, la gente desprevenida, a la orilla de los caminos ve al Diablo que pasa en la figura de un perro negro grande que echa candela por la trompa. Ni qué rottweiler, nombre del perro alemán que tiraba los carritos cargados de carne entre el matadero y la plaza de mercado. Por el camino que baja de la Quiebra de Santa Bárbara a la Hacienda La Esmeralda, por Ceilán y La Carmela, una mañana, A. Serna escuchó el alarmante comentario de los vecinos: - Ayer subió por aquí el Diablo en una mula y se demoró un rato en la fonda. Al preguntar él cómo sabían que era el Diablo respondieron que veían únicamente las patas de la mula y escuchaban el sonido que producían los cascos. No veían el cuerpo de la mula ni la figura del que iba encima. Era el Diantres. El Diablo del folclor caldense envolvía a los muchachos desobedientes en torbellinos furiosos. Era la “ola de viento” a la que temíamos

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en la infancia después de los comentarios según los cuales esa ola había levantado o tirado al suelo a varias personas que pasaron por ese lugar cuando actuaba como una licuadora. Añadían que los arrebataba y depositaba en un monte lejano en donde aparecían rasguñados en medio de una zarza y con la ropa vuelta trizas. Ese fenómeno ha sucedido, en San José, por más de medio siglo, en la esquina de la iglesia y ha sido causa de que se taponen las bajantes del techo del templo y se inunde, siempre, en el mismo sitio. En 2013, el cura decía: - Si mil veces se hace limpieza a esa canal, viene el huracán de viento y vuelve a taparlo. En su oficio de castigador, cuando los muchachos y muchachas desobedientes no se dejaban reprender y emprendían la huida al momento de castigarlos con un rejo, el Diablo con su poder maléfico ordenaba que se abriera la tierra y se los tragara hasta la cintura. Así permanecían por varios días y, hasta ese sitio, la familia tenía que llevarles comida. Les construían chozas con ramas para que no se insolaran mientras venía el cura a darles a los desobedientes la correspondiente muenda con una rama espinosa y a rociarles agua bendita, buscando liberarlos del diabólico encanto. En otras ocasiones, el Diablo se mimetizaba detrás de una 'Nube Negra', como esas cuando va a llover. Nadie podía exclamar: - “¡Qué nube tan negra!”, porque escuchaba una voz regañona que le respondía: - “¡Más negra estará tu alma en los infiernos!”, y, luego, una estruendosa carcajada. Si la persona se miraba de noche al espejo no debería musitar palabra pues: Al que habla solo, le contesta el diablo. En otras ocasiones, mujeres y hombres embriagados de vanidad que se miraban, de noche, ante un espejo, no contemplaban su propio rostro sino la mueca del Diablo o de una calavera “que se burlaba, que se burlaba”. En Marmato contaban que, antes de que hubiera cura en propiedad, llegaba un sacerdote de Supía a celebrar misa. En un alto, un sacer-

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dote de apellido Franco tuvo varios encuentros con el Diablo. Ese sitio se llamó el Alto del Perro dado que el Demonio hacía presencia en el cuerpo de un perro que echaba candela por la trompa. En Neira, en la casa de la familia B.S., Uriel se puso a renegar contra su familia, contra todos y contra Dios pues no tenía dinero para salir a gastar con los amigos. La mamá le dijo: - No digas eso porque te lleva el Diablo. Uriel le respondió: ¿El Diablo? ¿Cuál Diablo? ¡Puro cuento! En ese momento, un marrano salió del subterráneo echando candela por la trompa y subió la larga escala de madera que conducía al piso de arriba. Gritó. Se asomó la mamá pero el animal ya había salido por el portón que daba a la Calle de los Pantanos. Debido al Fenómeno climático del Niño, entre mediados de 2015 y mitad del 2016, en el Kilómetro 41, hizo tanto calor que varias veces vieron al Diablo cuando salía al caserío a comprar helados. El Diablo, por las montañas de San Félix y Marulanda, adquiere la figura de ovejo alebrestado, fiel a los ancestros de verlo como un macho cabrío; el diablo encabritado. Por este sector se habla más de ovejo que de carnero, palabra castiza para designar el macho de la oveja. Cordero es el hijo de ambos. Cuando alguien va solo, de noche, por un camino, llega el ovejo y, a patadas, lo encarama sobre el lomo y corcoveando lo lleva hasta la puerta de la casa en donde lo lanza con la mayor brusquedad. Debido a las magulladuras, la víctima tiene que guardar cama durante varios días. Lucifer, Satanás o Satán (del hebreo ha satán que significa el adversario), Demonio, Diablo, El Maligno son palabras mayores para designar lo que, en la jerga paisa, es el mismo Diantre, Putas, Mandingas o un pobre diablo.En la región del Gran Caldas, al diablo se le dice también El Patas sin embargo, en la mitología latina, como en la obra del poeta Virgilio, este personaje equivale al summum de los defectos o de las virtudes: “es más jodido que El Patas” o “es más inteligente que El Patas”. El “chucho” no aparece en el Diccionario de la Real

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Academia con el significado mitológico que se le ha dado, en el Gran Caldas. Un regionalismo que significa tanto el hipocorístico de Jesús como cuando se exclama: ¡Que Chuchito nos favorezca!, un fuete largo para espantar los perros o un diablillo que, en el occidente colombiano, por la mitad del siglo XX, se la pasaba jugando solo, en el cuarto del rebujo. El chucho era un duende doméstico que asustaba con su impávida presencia pero no hacía maldades. El Diablo ingresó a la jerga cotidiana del Gran Caldas. 'Llevado del Diablo', 'llevado del Diantre', 'llevado del Patas', 'llevado del Putas', equivale a decir que no podía estar en peores circunstancias; 'el Diablo haciendo hostias'se dice cuando una persona torcida ejecuta una acción buena; 'Así paga el diablo a quien bien le sirve', se comenta ante una ingratitud; 'la Pieza del Diablo' es el mismo cuarto de rebujo o cuarto de Sanalejo; ´'un diablo se parece a otro diablo' significa que una persona se parece a otra en determinadas circunstancias; 'que entre el diablo y escoja' es una expresión corriente en el lenguaje popular y 'se llevó el diablo al demonio' o sea, se acabó todo. Las Cusumbas, unas beatas empedernidas que abandonaron su finca y se mudaron al pueblo, tomaron esta determinación porque R., el propietario de la finca vecina, tenía el atrevimiento de mostrarles, a veces, 'la presa del Diablo'. LA LLORONA Una invención europea adaptada a las fantasías americanas a partir de la conquista española. Un cacique embera-chamí prohibió a las indias casarse o tener hijos con personas distintas a las de su tribu. Una hermosa indígena desobedeció y tuvo un bebé con un blanco y otros dicen que con un negro de las minas. Se reunió el cabildo y la expulsó de la comunidad. Ella, sin saber a dónde ir, fue al río y arrojó el niño a las aguas. La comunidad la condenó a destierro perpetuo. Le dicen La Llorona porque, en las noches, pasa tocando las puertas de las casas y preguntando si han visto a su bebé. Dios le dijo: - Hasta que no llores la última gota de tu sangre, no te devolveré a tu bebé.

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En Pácora comentaban que La Llorona era una mujer que tuvo un hijo no deseado. Lo picó con un machete y lo arrojó a la quebrada por lo que el Diablo, de noches, le daba una soberana paliza. Quiso arrepentirse pero Dios le puso como castigo, si quería entrar en el Reino de los Cielos, recuperar al niño. Por montes y quebradas busca el cuerpo de su bebé. La Llorona rapta los niños recién nacidos para alimentarlos con una teta que tiene en la espalda. En El Higuerón (Pensilvania) dicen que entre la neblina ven a 'La Señora del Guayabo”. Es una vieja que, en las noches frías, permanece sentada, inmóvil, al pie de un guayabo. Le hablan y no responde (J. P. Montes T.). En silencio, se la pasa llorando. En Marulanda cuentan que se trata de una mona vanidosa que, en medio de constantes parrandas, quedó embarazada. Como el bebé fruto de sus deslices le iba a estorbar, cuando nació lo descuartizó y lanzó al río. Después se arrepintió por lo que, en las noches, va a buscarlo llorando, quebrada arriba y quebrada abajo. En Manzanares una señora relataba que, a media noche sentían que tocaban en las puertas de las casas. La gente se asomaba y a nadie veía. Cierta noche escuchó a una mujer que sollozaba. Se asomó y por la luz de abajo del portón le vio los pies. En el mismo instante abrió el portón y no había nadie. Era La Llorona que pasaba lamentando sus penas. En Viterbo comentaban que, hace muchos años, una mujer tuvo un niño indeseado que le impedía salir a parrandear. Una tarde se fue de paseo y arrojó a su hijo, en un costal, al río Risaralda. Se sintió contenta pero, poco a poco, se fue llenando de remordimiento y decía: -Hijo, ¿dónde estás? Salía a buscarlo a la calle y pretendía llevarse a todo niño que veía porque suponía que era el suyo. Muchas madres han encontrado, en este mito, el pretexto ideal para que sus

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niños no salgan sin permiso a la calle pues, si salen, La Llorona los puede secuestrar. La Llorona llegó una noche al domicilio de la familia Arcila, en la vereda La Loma, de Anserma Cds. Imaginaron que venía a arrebatar a uno de los mellizos que habían nacido en esa casa. La madre alcanzó a esconderlos debajo de una cama y se puso a cuidarlos como cuida una gallina sus pollitos. La Llorona chillaba desesperada bajo los palos de café que bordeaban el patio. Iba de un extremo a otro decidida a entrarse. Los varones se propusieron desterrarla pero parecía imposible. Uno de los muchachos era polvorero y sacó tacos y voladores para espantarla pero se enfureció más. Sin saber qué hacer, la madre salió a la puerta y, haciéndose la fuerte, dijo: - Espere y verá le rociamos agua bendita. Curioso que hubiera dicho eso porque no lo tenía previsto pero apenas La Llorona escuchó la amenaza emprendió la fuga, cafetal abajo. Se oía que quebraba chamizas por donde pasaba. Al día siguiente fueron a ver los estragos y todos los sembrados estaban intactos. En Manizales tramaron el relato de una mujer que se mantenía llorando mientras acariciaba una muñeca. Cargaba esa muñeca porque, cuando dejó sola en la casa a la hijita, se la robaron. Es una mujer loca de amor materno y de arrepentimiento por su descuido. No se trata de inútiles repeticiones de un mismo relato. Cada versión tiene sus rasgos peculiares, sus intenciones explícitas o implícitas, aunque la moraleja aparente ser la misma: Hay que respetar la vida ajena y más si se trata de un hijo aunque no haya sido planeado. Cada mito ha seguido caminos insospechados. Siguiendo las rutas transitadas por los pueblos se vislumbra si cierto mito que tomamos como propio procede, en su penúltimo viaje, de territorio caucano, antioqueño o tolimense o si proviene, en forma más distante, del folclor europeo o asiático, indígena o negro.

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Otros mitos serían caldenses, sin antecedentes conocidos, como es el caso de la Niña de la Primera Comunión, de Neira, los soldados de la Casa del Degüello, en Salamina o el Duende Ecológico de San José Caldas. El espacio también evoluciona: de un paisaje agreste, primitivo o de cafetales en flor se pasa a un delito que se repite en ciudades colombianas del siglo XXI: el robo de niños por parte de mujeres traumatizadas en su soledad, mujeres que buscan sustituir a un hijo muerto o mujeres que pretenden engañar a su esposo con el fruto de una dificultosa o imposible maternidad. MADREMONTE Madre del monte. En Pensilvania resumen la esencia de este mito mayor del Gran Caldas diciendo que se trata de una mujer cubierta de musgo que hace el daño a los que penetran en los montes a destruir la vegetación o los animales. En Manizales pintaron una Madremonte parecida a esa: Era una mujer que vivía sola entregada a la protección de los animales silvestres. Unos cazadores le cortaron la pata a un animalito que llegó quejándose donde ella. La Madremonte se enfureció, fue y despedazó a los culpables que iban cargados con los animales que habían cazado. En la capital de Caldas, cargan al personaje con más arandelas: Una mujer muy bella atraía a los hombres con sus encantos. Vivía cerca de ríos y quebradas. Se mantenía peinando su largo cabello. Los hombres se embobaban mirándola. Ellos la invitaban y se la llevaban por un cañón muy profundo y sin salida. Cuando estaban solos, la mujer se desnudaba y quedaba convertida en un monstruo horrible. Sacaba fuerzas superiores a las de los varones y los despedazaba. Luego, regresaba a sonsacar a otros que pretendían seducirla. La característica anterior se repite, en el occidente de Caldas. En San

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José, el pintor ingenuo Alcides Arenas pintó La Madremonte como una Eva radiante, en medio de un paraíso y el venado llega donde ella a denunciar que los cazadores del bosque le cortaron una pata. En las anteriores versiones, La Madremonte ejerce sus funciones de protectora del medio ambiente. Los vecinos dicen que, por la profunda quebrada que divide el municipio de San José y Belalcázar, abajo de La Habana, al pie de El Bosque y Morroazul, La Madremonte asusta, de día, en un espeso guadual. Por el miedo o la incertidumbre que se siente, el vecindario no se atreve a ingresar en él. Ni siquiera los peones, a cortar guadua. Paradójicamente, por este miedo, el área se ha ido convirtiendo en un refugio de especies animales en vías de extinción. Por el norte caldense, en Castilla y San Bartolomé, la describen como una mujer horripilante. A la orilla de los ríos aparece una mujer vieja cubierta de pelo. Una noche fría salió a bañarse al río. Mientras estaba ahí se oía que los animales huían, se sacudían las ramas y soplaba un viento huracanado. Al día siguiente, los que fueron a bañarse en ese sitio salieron con escalofrío. Después notaron que en su piel, principalmente en la cara, les brotaban unas manchas aterradoras. La Madremonte no permite que penetren en sus reductos. En Villamaría, cuando los hombres estaban muy concentrados en el trabajo, quedaban deslumbrados al ver una mujer preciosa de cara y torso pero que aparecía con los pies hacia atrás. Un monstruo. Los varones caían en sus redes sin importarles la situación absurda de los miembros corporales. En esa ciudad, vecina a Manizales, cuentan que un día, unos hombres se fueron a cortar guaduas en compañía de un niño. El niño se quedó atrás y los hombres creían que venía cerca, pero no. Se devolvieron y encontraron al niño como un bobo. La Madremonte lo había drogado con la intención de raptarlo.

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En Manzanares cuentan una versión estrafalaria: Un tipo muy malo salió de noche a hacer fechorías pero La Madremonte le lanzó una piedra y lo dejó aturdido. Ella se acercó, agarró la piedra y se la colocó en la frente. La piedra era grande. Para poder quitarle la piedra de encima tuvieron que entonar el rezo del santo Rosario. Los móviles que impulsan la estructura de los mitos son diversos según la comunidad que los requiera y los fomente. La Madremonte no solo está puesta para salvar los animales de las maldades humanas sino a los humanos de las acciones violentas de su prójimo. En otras localidades la Madremonte se oculta tras su fealdad puesta para amedrentar la gente y también para atraer a los varones que hacen mal a la tierra y al prójimo, para luego despedazarlos. En Colombia, la tala ilegal de bosques va en aumento pues, en 2013, hubo 120.934 hectáreas deforestadas y, en el 2014, hubo 140.356 hectáreas. Los gobiernos ordenan a los policías rasos controlar el ilícito en algunos retenes improvisados pero, aunque guarden silencio o se laven las manos, tienen legalizados los permisos de tala de selvas y exportaciones gigantescas de madera al exterior. Lo talado, en 2014, equivale a 9 veces el parque Tayrona o 52 veces la isla de San Andrés. En vez de CAR, guardianes oficiales y policías, se requerirían muchas madremontes, en la misión idealista de salvaguardar la naturaleza. De no detener el ecocidio, el cambio climático nos cobrará, en forma extrarrápida, la degradación ambiental. LA MADREVIEJA Mientras en el Bajo Occidente de Caldas y otras regiones se habla de la Madremonte, en el Alto Occidente de Caldas, los mineros comentan que han visto la Madrevieja sobre todo en zonas de minería ilegal como el Bajo Cauca antioqueño, Chocó, Guainía, Vaupés y Casanare. La Madremonte protege la flora y la fauna y la Madrevieja cuida el oro de aluvión se ve centellear en las arenas de quebradas y ríos. En

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Caldas, sus sitios favoritos son el río Sucio y el río Supía, antes de tributar sus aguas al Cauca. La Madrevieja aparece cubierta de musgo y lama, encaramada en una piedra como una iguana o en una de esas empalizadas que arrastran las corrientes. La Madrevieja aconseja a los mineros que se abstengan de la codicia para lo que les enseña a bautizar el oro escupiendo 3 veces sobre él cuando lo han sacado. Si se desea para sí el oro que sacaron otros mineros, el oro que había sacado el envidioso se lo lleva el río y el dueño perderá lo trabajado en ese día (Julián Bueno R., 1988). LA PATASOLA En la región del Gran Caldas, se trata de una muchacha llevada de su parecer. Un día amaneció tentada de los demonios y no le hizo caso a la mamá. La hija, furiosa, le dio un garrotazo a la mujer que le dio la vida. En el altercado, la muchacha quedó coja por lo que, viéndola así, la mamá le echó esta maldición: ¡Así como estás coja, patasola de has de quedar! En Chinchiná comentan que La Patasola presenta algunas transformaciones: unas veces es una mujer bonita que hace el amor con los hombres y luego los mata clavándoles, en el estómago, el único pie que tiene y que termina en una pezuña como si tratara del diablo. Otras veces es como un eco que se oye por las montañas. Su voz es un lamento y a cualquiera le pone los pelos de punta. En Manizales narran que La Patasola era una mujer neurasténica; no le podían hablar porque explotaba de ira. Tuvo un hijo al que, en un acceso de rabia, lo picó pero, cuando estaba cometiendo este delito, ella misma se cortó un pie. Echó al río el cadáver de su hijo. Como castigo sube y baja por la ribera buscando al hijo que mató. Como si eso fuera poco, el cansancio por tener que brincar en un solo pie acentúa el mal genio.

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En Aguadas comentan que aparece en invierno, después de las borrascas del río. Se oye que una mujer sube, río arriba, llorando o gimiendo y se percibe un olor a azufre quemado. Al otro día, en la arena, ven las huellas de un pie derecho, muy pequeño. Se observa que pega saltos grandes, de una playa a la del frente. Han seguido su rastro hasta un charco pero allí desaparece. Habita debajo de las aguas. La Patasola se alimenta de caracoles. En el Parque Natural de Los Nevados (Ruiz-Santa Isabel) dicen que era una mujer de rostro hermoso pero con el defecto de haber nacido con una sola pierna. La Patasola decidió consultar sobre el complejo que la acompañaba pero nadie le dio una solución satisfactoria por lo que acudió a las brujas que sí le dieron una respuesta. Le aconsejaron que se fuera a vivir a una montaña en donde no había quien reparara en su defecto y, allá, las brujas le otorgarían el poder mágico de conseguir la felicidad que ella ansiaba especialmente en asuntos de amor. Dicho y hecho: la dotaron de un poder tan extraordinario que solo le bastaba lanzar un grito largo y cadencioso y ahí mismo aparecía el hombre que ella anhelaba. Cuando estaba sola salía a los caminos acompañada de una serpiente pero si en esa travesía aparecía un campesino, lanzaba otro grito y se escondía; en la atmósfera quedaba el insoportable olor a azufre. Devoraba a quienes negaban la existencia de ella, a no ser que empezara a recitar la oración para ahuyentarla o entonaba la canción de cuna que alguien que la conoció de niña compuso en honor suyo; ella escuchaba esa tonada e imaginaba que alguien la quería aún por lo que se transformaba, por un rato, en un ser tierno. En la meseta cundiboyacense se escucha de esta manera: “Les voy a contar la historia de la Patasola, y si ustedes no se comportan bien, ella viene y se los lleva… Ella era una muchacha que se convirtió en Patasola cuando le desobedeció a la mamá. Se fue a una fiesta a escondidas, y al regresar en la noche, se hizo una herida en la pierna –un tronco afilado, una guadua cortante, un alambre de púas oxida-

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do, no sabemos-. La cosa es que su pierna se infectó y fue necesario cortársela…, susurraba la tía Celmira, mirándonos fijamente. Después describía el horror de la amputación, cuando la mamá llamó a los vecinos y amarraron a la joven con un rejo de cuero de res, calentaron un hacha al rojo, cortaron la pierna muerta, le echaron sal y se la restregaron con tusas de mazorca. Ella enloqueció del dolor, se revolcó, reventó el rejo de enlazar novillos y huyó a brincos, gritando de dolor, convertida en Patasola. Fue cuando su pie quedó al revés, y ella huye por la selva, apareciéndose en los caminos a los niños desobedientes como ella, y de pronto, como ustedes” (Celso Román, 2012, p.26). Este mito pretende inculcar la obediencia en los niños por medio del miedo y la amenaza. La versión anterior tal vez ingresó a Caldas cuando los cundiboyacenses ocuparon los páramos de la cordillera central con el cultivo de la papa. LA MUELONA Dos hombres se fueron a caminar de noche por la finca, cuando vieron a una mujer muy linda pero que cojeaba un poco. A uno de los dos hombres le nacieron deseos de poseer a esa mujer por lo que la invitó a una casa abandonada. La pareja se acomodó en el segundo piso y el otro hombre se acostó en el primero. Al rato, el hombre de abajo sintió gruñidos y gritos, en la parte de arriba. De un momento a otro vio que, por la pared, chorreaba sangre. Subió asustado y encontró a su amigo muerto con mordiscos terribles en la nuca como producidos por una fiera. El hombre vio cuando la mujer salía cojeando, con la trompa ensangrentada y se perdía en la noche. Se trata de una mujer que trocó la belleza por una fealdad horrorosa. Un hombre casado invitó a un amigo a que juntos fueran a visitar a la mujer que tanto le desvelaba. Los tres entraron en una casa abandonada pero el compañero se quedó en la parte de abajo y se durmió. Al rato, éste sintió que algo le chorreaba; prendió la vela y comprobó que era sangre; se levantó a ver qué pasaba con el amigo y allí, en el camarote, vio a una mujer muy fea, cubierta de hojas secas que esta-

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ba sobre el amigo devorándolo a dentelladas como una bestia feroz. Salió corriendo y ella salió detrás de él pero como él llegó a un potrero donde había ganado, se salvó, porque La Muelona y Madreselva le tienen terror al ganado. La moraleja era elemental en aquellas calendas: La Muelona castigaba a los hombres que son infieles a sus esposas. BRUJAS: ¡Que las hay las hay! Las entelequias llamadas brujas se pueden considerar como mitos menores no solo en el Gran Caldas sino en otras partes del mundo. Hay brujas que son el resultado de una leyenda y no pasan de ser espantos. En Victoria (Caldas), trabajaba un grupo de obreros a cargo de un capataz, en una obra pública. Dormían repartidos en dos piezas de una casa techada con láminas de zinc. Una noche, escucharon los pasos de un animal que caminaba como un ave sobre el caballete. Uno de los obreros dijo: - Ya llegó la bruja a perturbarnos el sueño. El capataz dijo en voz alta: - ¡Que entre esa bruja que es a ella a la que necesito! No se sabe qué pasó pero al día siguiente el individuo estaba herido por todo el cuerpo por las garras de un animal desconocido. Los obreros tuvieron que llamar a Manizales al ingeniero contratista para que fuera a ver qué hacían con el capataz. El ingeniero con su esposa viajó al oriente de Caldas y al ver el mal estado en que estaba el capataz tuvieron que trasladarlo a una clínica en la capital del departamento. El ingeniero y su esposa contaron este relato. Hablando de brujas en Manizales, en pleno 2014, contaban que en unas escalas oscuras y escondidas, entre varios edificios de Villa Pilar, una señora que subía, en las primeras horas de la noche, se encontró con una vieja en cuya boca sobresalían dos colmillos. La vieja se rio con la señora y empezó a levitar. La señora apuró el paso y llegó a donde vivía. El portero del edificio y el portero del edificio contiguo afirman que vieron la bruja sobrevolando a la señora que

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entró apurada al edificio. El portero cerró el portón y la colmillona siguió chapaleando afuera antes de emprender vuelo desconocido. En Manzanares, en el oriente de Caldas, una mujer se volvió bruja después de hacer el curso completo en la Casa Encantada, en el paraje de Llanadas, con una mujer joven, desgreñada, uñas largas, que moraba en una casa destartalada. Otra bruja habitaba por los lados del cementerio. La alumna pretendía visitar, en la noche, al hombre al que amó mucho pero que, después de que él emigró a Bogotá, a buscar trabajo, no volvió a acordarse de la mujer que quedó en el pueblo suspirando por él. El amado solitario, en la capital, se acostaba cansado de trabajar, en el día, pero no podía dormir porque una bruja se le sentaba encima del pecho, impidiéndole respirar y entonar la invocación a la Virgen María. Un personaje mitológico con estas características se conocía como íncubo. Los íncubos buscan descansar sobre el pecho de la persona que persiguen. Si el perseguido lograba exclamar “¡Ave María Purísima!”, desaparecería el íncubo. Pero, en general, la víctima no podía pronunciar palabra. Al día siguiente, el manzanareño se daba cuenta que tenía morados en el pecho, en los brazos y en el cuello. Decir que esos efectos fisiológicos eran causados por una bruja o un íncubo podía ser algo mítico pues, lo más seguro era que el manzanareño sufría de dolencias cardíacas ya que, de noche, no podía respirar, ni pronunciar una sílaba, fuera de que amanecía con morados por los contornos del pecho. Por tratar de explicar esos efectos corporales, los vecinos graduaron a la mujer enamorada como bruja pues, para colmo de desdichas, ella comentó que había aprendido los secretos para ligar a una persona: - Tome un mechón de cabello de la persona que quiere ligar;

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queme ese cabello en carbones de madera de pino; unte un mueble o cama con miel de abeja y sople las cenizas del cabello sobre la miel; después de ejecutar esta operación, busque la ocasión de acariciar la persona sobre ese mueble. La joven mujer cargó, en adelante, con una persecución de la que ella pudo liberarse. Algunos paisanos sentenciaron: - A Dios gracias no estamos en tiempos de la Inquisición pues habría pagado, en la hoguera, por sus creencias, fruto de un enorme despecho. Comentan que, en Victoria Cds., las brujas roban niños cuando no han sido bautizados. En Doña Juana, las brujas sacan el bebé del rincón de la cama en la que duermen madre e hijo y, en muchas ocasiones, la mamá no se da cuenta. Una madre despertó ante los berridos del niño, se levantó, invocó con voz potente a Dios y en ese instante la bruja lanzó al niño al corredor de la casa. Por antonomasia, Marmato es tierra de brujas. Las razas negra, indígena y blanca han compartido una misma geografía y, de acuerdo a su procedencia, cada una aporta relatos de brujas que mezclan y dan origen a narrraciones que, en muchas ocasiones, no tienen que ver con los personajes tradicionales sino con otros con los que establecen ciertas confluencias. La porción de mitología, fantasía e imaginación es superior a la porción de razonamiento y realismo. El oro los hace soñar, imaginar, fantasear, sugestionar, delirar, conjeturar. Don G.D., compositor y cantante, cuando se acostó en su cuarto, vio, tirado en el suelo, a un joven de barba, vestido de blanco, que no se movía. Para no meterse en problemas con un muerto, se tapó con la cobija hasta la cabeza y se volteó para el rincón. Se dijo: - Mañana veré qué hago. Al día siguiente despertó y, en su cuarto, no había nada extraño, contaba una integrante de la asociación Huellas de Oro. El personaje tirado en el suelo sería una bruja disfrazada. Si quieren escuchar relatos de brujas, visiten la vereda Echandía. Aunque las marmateñas no sean brujas siguen muchas tradiciones

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ligadas a estas creencias. Cualquier mujer puede decir: - Las brujas no me dejaron dormir anoche o esta mañana. Las brujas hacen mucho escándalo en el techo de las casas a las cinco de la mañana, antes de encumbrarse hacia sus casas. Las brujas se han hecho inmunes a los trucos para perseguirlas y vencerlas. Se tejieron relaciones entre las brujas, los mineros y el territorio. Relaciones con los negros, los indígenas y sus cosmovisiones. Eso se ha heredado. Las brujas no son mitología; son realidades marmateñas. En la vereda La Loma de don Santos, de Santa Bárbara (Antioquia), de donde proceden muchos habitantes del occidente de Caldas, se rumoraba que las muchachas se enfermaban, unas veces, de desaliento y otras con ataques de histeria que les hacían torcer los ojos y revolcarse. Le echaron la culpa a la pobre Berenice M., mujer que vivía sola dedicada a elaborar artesanías. La culparon de hacer maleficios. Tres jovencitas del sector aseguraron que Berenice se aparecía en sus sueños. Un brujo consultado por los dirigentes de la comunidad dictaminó que Berenice era una bruja que había que quemar y así lo hicieron. “Le quitaron la ropa, le arrancaron el pelo y luego la quemaron. Tras el crimen, los asesinos cogieron el cabello, las fotos y prendas de la mujer, hicieron una hoguera en el patio de su vivienda y, delante de sus seis perros, la incineraron. Tras la noticia, el párroco de Santa Bárbara pidió a los pobladores no estigmatizar a las personas y concluyó: Las brujas no existen y las habladurías pueden terminar en crímenes como este” (Yeison Gualdrón, 4 de septiembre de 2012, p.4). En el caso anterior, ¿quién estaba poseído por el espíritu maligno? ¿La artesana silenciosa convertida en víctima de la irracionalidad ajena o aquellos que cargan desde entonces con el peso de un crimen sin justificación? EL DUENDE Duende es una contracción de la expresión 'dueño de casa': duen-de-

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casa. Según Joan Corominas, la palabra aparece, en el primitivo español, desde 1221. Se creía que, en las viviendas, habitaban ciertos espíritus. Del Duende existen miles de retratos y relatos, todos válidos e inválidos al mismo tiempo, pues corresponden a un ser imaginario. Coinciden en que se trata de un niño o un anciano, siempre travieso. Las características varían, según la localidad. En Chinchiná Cds., cuentan que Carlos era un campesino al que le gustaba salir de noche a caminar sin rumbo. Una noche cruzaba la talanquera de la finca cuando vio a un niño muriéndose de frío. Carlos lo cogió, lo envolvió en la ruana y se lo llevó a casa. Le dio de comer y, cuando lo acostaba, el niño le dijo: - Papi, yo tengo dientes. El niño le mostró unos dientes de oro y al momento empezó a echar llamas por la boca. Presa del pánico, Carlos agarró un santocristo. Cuando el duende vio esta imagen, salió despavorido gritando una oración incomprensible: - “¡Sal de día que la noche es mía!”. En Filadelfia Cds., el duende es un niño con gorrito rojo aunque en otros pueblos tenga una gorra verde. Embolata niños y cosas. Busca amistad con otros niños, pero como es muy travieso y no es capaz de controlarse siempre termina en peleas con los demás. De ahí su soledad y su despecho. En Viterbo, el duende de una época patriarcal, saltó al siglo XXI, con estas características y funciones:“Jairo cuenta que salió a pescar el viernes con dos de sus compañeros de andanzas. A las 3:00 de la tarde se separó de ellos y, aunque por mucho rato, a base de gritos, intentó que lo escucharan para que supieran de su ubicación, no lo oyeron. Él tampoco pudo oír el llamado de sus acompañantes que lo buscaban, quienes además decidieron pedir ayuda desde su celular, ante la llegada de la noche y la pérdida del rastro de su compañero de aventura. Agentes de policía, bomberos, amigos y familiares hicieron un barrido por el área. Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones estas no arrojaron resultados hasta las 11:00 de la noche del viernes, momento en el que decidieron parar para empezar de nuevo

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el sábado a las 5:00 de la mañana. Jairo indica que no entendía cómo en un sector tan conocido para él, tan relativamente pequeño y tan cerca de sus amigos, pudiera haberse perdido tan fácil. Comentaba: Ni mis compañeros me escuchaban, ni yo los escuchaba; cada que intentaba salir daba vueltas y siempre volvía al mismo sitio. Antes tenía mis reservas, pero hoy no me queda duda de que eso del duende no es cuento, puntualizó Jairo Sánchez Agudelo, con mucha seguridad” (La Patria, 21 de enero de 2013, p.10a). Los duendes, en Victoria Cds., son enamoradizos y celosos. Allá sostienen que existen el duende y la duenda. Evelio José Romero es el autor de una obra infantil con el título de La Duenda (2001). Cuando el duende está enamorado de una mujer impide que otra persona se le acerque y haga el amor con ella. Como si fuera una tabla, se mete entre los dos cuerpos e impide que se acaricien. Lo mismo si la duenda está enamorada de un hombre. Se sabe que está enamorado(a) de alguien porque la persona amanece con chupados en el cuello. Nace una curiosa divergencia. Para la gente de Pensilvania Cds., el duende no puede ser sino masculino. Lo que hace un duende aparece y no lo puede hacer una mujer. La mujer no puede ser sino bruja. Lo que hace la bruja no aparece, no deja rastros físicos en el contorno. Uno siente en la noche que hay alguien trabajando en una máquina de coser. Se levanta y no hay nadie: es una bruja. En Marquetalia Cds., los campesinos recitan una oración para desterrar los duendes: “Espíritus rebeldes y perturbadores, os conjuro. En nombre de Jesús, María y José y de todos los ángeles y santos os ordeno que salgáis de esta casa y es mi deseo que permanezcáis en un rincón del Infierno, por millares de años para que no regreséis a hacernos el mal. Amén”.

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EL MOHÁN Personaje mitológico de la vertiente del río Magdalena, el río de la Patria. Lo conocen también con el nombre de Poira. En Pensilvania Cds., 'El Mohán' no rapta lavanderas del río como en el Tolima, sino que desaparece con las mujeres embarazadas. Desde tiempos precolombinos los habitantes del territorio que en la actualidad ocupan Victoria, Marquetalia y Mariquita vivían obsesionados con el personaje del Mohán. Cada conglomerado de esa región tenía su propio Mohán. El significado evolucionó hasta convertirse en personaje mitológico. En este sentido, el Mohán habita en las riberas del río Guarinó, en la charca y en los afluentes de los ríos principales. Este ser fue rodeado de leyenda. Se trataría de una persona que se ahogó y su alma sigue penando en esos parajes. Alguien va a pescar, oye que tiran la atarraya, escucha el silbido por el aire, pero no ve a nadie. Quienes le llevan tabacos no tienen problemas. De no llevárselos, enreda la atarraya, voltea la canoa, mejor dicho, no deja pescar. Mucho menos a los intrusos. Fuera de llevarle tabacos, la contra es una plomada de cobre intercalada con una de plomo. Eso lo saben los fabricantes de atarrayas. Según Fabiola Jaramillo, en Victoria Cds., ella conoció un mohán y una mohana en persona. Eso fue un jueves santo en el que, a la casa, llegó visita de Bogotá. Para atenderlos, decidieron ir al río a bañarse. El mohán es una persona alejada de las manos de Dios que se ha ido recluyendo en los charcos de ríos y quebradas. El mohán parte la cabellera a la mitad, le cae al suelo y con ella cubre las piedras sobre las que se asolea. LA MOHANA La mohana habla poco con el mohán mientras le saca piojos de su abundante cabellera. Lo peina despacio y le acicala la barba y el vestido hecho de hojas. Se mueven lentamente. En cierto momento,

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Fabiola cayó en la cuenta de que en un día santo, como son los días de la semana mayor, no podía ir de paseo profano. También conoció la vivienda del matrimonio del mohán y la mohana. Queda en una finca llamada La Filigrana. Potreros extensos y una casona desocupada sobre una piedra. Hasta ese sitio le llevan tabacos, cigarrillos y fósforos. El mohán llega sigilosamente, recoge lo que le han llevado y desaparece. No le gusta encontrarse con la gente. Para don Eliseo Orjuela, el único caso conocido en que el Mohán aparece como protagonista de un suceso cruel fue cuando una señora llamada Aurora Galindo, en el río Gualí, bañaba su niña, rubia y bella. La mamá, de un momento a otro, sintió que, de un tirón, le arrebataron la hija y vio que algo se hundía en la charca con ella. La niña gritaba aterrorizada pero nada pudieron hacer para arrebatársela al Mohán. EL PATETARRO Desde finales del siglo XIX, en tiempos de las Guerras Civiles, se popularizó, por el oriente del Departamento, en tierras de Samaná, Pensilvania, Manzanares y Marquetalia, el mito de El Patetarro representado como un individuo alto que, en vez de pies, se movilizaba en unos tarros de lata. Se explicaba que, en una de las batallas de la Guerra de los Mil Días, había perdió los pies. Como venganza con la sociedad que incitaba a la guerra o suponía que no era de su responsabilidad, El Patetarro salía por los sembrados pisándolos y destruyéndolos para que los generales y sus ejércitos fueran atacados por el hambre cuando pasaran por esos predios cargando impunemente con las cosechas. (En 2012, un poco más de cien años después de que tuviera auge el mito del patetarro, se llegó a la horrorosa cifra de 10.001 personas, víctimas de las minas quiebrapatas sembradas en Colombia como arma sanguinaria que los grupos ilegales utilizaron contra las fuerzas del gobierno y la población civil. Fuera de 3.000 muertos que, en más

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de 20 años, se habían producido al pisarlas, había otras siete mil víctimas que deambulaban con muletas o en sillas de rueda; permanecían postrados en sus camas o trataban de encontrar trabajo o hacer deporte para sobreponerse al desafío del destino. Versiones modernas de los antiguos patetarros. Organizaciones humanitarias han venido sustituyendo los ruidosos tarros y las pesadas muletas por sofisticadas prótesis). En Neira rumoran que El Soldado-Fantasma cuida un tesoro por los lados de La Cristalina. Allá mismo cuentan que han visto a Los Cuatro Hermanitos que, a media noche, pasan llorando mientras cargan un ataúd por el camino. Comentan que en el ataúd va el cadáver de su padre, víctima de la violencia política de mediados del siglo XX. Otra protesta. Se dice que El Grito es un ser que lanza aullidos perceptibles entre Pueblo Rico (Neira) y la Cuchilla del Salado (Manizales). En el Alto Occidente de Caldas, una mujer vaga, con quemaduras en los pies, por haber utilizado como leña una cruz, un viernes santo sabiendo que no podía quebrantar la santidad de ese día. También, el llamado Arriero Masón murió de una patada que le lanzó una mula por arriar bestias los viernes santos. En la jerga de los montañeros paisas, masón no era el conocedor y seguidor de esta doctrina sino el descreído y apático con la fe de sus mayores. SASCUAS De 27 municipios de Caldas, en 17 se da la extracción minera. En las márgenes del río Chinchiná, arriba, por la zona de Tolda Fría y Gallinazo, entre Manizales y Villamaría, se le da el nombre de 'sascuas' a un minero acuerpado que murió, como muchos otros, atrapado por las rocas, los gases o el agua dentro de una mina de oro. En un solo accidente ocurrido en 2015, en un profundo socavón cavado en la margen del río Cauca, jurisdicción de Riosucio, fallecieron 15 mineros. En días de invierno, ven a Sascuas avanzar entre la neblina, con la pica sobre sus anchos hombros. Por extensión, entre mineros de

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Chinchiná, dan el nombre de sascuas a la persona que emerge en medio de una espesa neblina: ¡Parece un sascuas! Por tratarse de un hombre grandulón, el sascuas se asemeja a un mohán altivo pero sin picardía; un individuo apesadumbrado; un mohán, no de la orilla del Magdalena sino de los socavones. Tiene aspecto de víctima. Caifás era, en Chinchiná, ladrón y brujo, a la vez, y tenía el don de convertirse en un racimo de bananos cuando se sentía alcanzado por la policía. Si alguien se comía un banano de ese racimo, luego, cuando todos se habían ido y Caifás volvía a su forma humana, tenía tantos rotos en la ropa cuantos bananos le hubieran comido al racimo. El mito de Caifás adquirió, en el oriente de Caldas, como Pensilvania, la figura del Puto Erizo, un antisocial muy activo que, convertido en marrano callejero, protagonizó varias aventuras con Daniel María López, cura dotado del don de los milagros. En La Merced no hablan de Caifás o Puto Erizo sino de El Niño Malo. El Carón espanta a los habitantes de La Merced y Filadelfia Cds. Vivía en la vereda de El Tambor. Se trataba de un bandolero de la época de la Violencia política (décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo XX) que, a los ojos de la policía que lo perseguía, se mimetizaba en las formas de una escoba o de un zapato. Cuando viajaba por el camino, se juntaba con los que hacían la misma ruta y de un momento a otro desaparecía. Dejaba a los compañeros con las palabras en los labios. EL SOMBRERÓN Mito que su ubica por el norte y occidente de Caldas, ante todo en predios de Salamina, Pácora, La Merced y Viterbo. Se narran sus andanzas por las veredas La Chuspa, El Palo y El Yarumo. El Sombrerón es un tipo incansable para andar y que, en su atuendo, luce un sombrero de paja de caña y ala ancha, parecido a los que usan los trabajadores de los cañaduzales. Es una forma zonal del Judío Errante.

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Según dicen, en Viterbo Cds., en el Bajo Occidente, el Sombrerón es un personaje que mide más de cinco metros de altura y lo ven, andando despacio y mirando por las rendijas de las casas por las calles 8 y 9, entre carreras 8, 9 y 10. Es una advertencia para los que acostumbran trasnochar. Nadie quiere aventurarse sólo, en las noches, por ese sector. El mito del Sombrerón tiene variables, en Antioquia: “Una figura de hombre con ruana negra, un gran sombrero, jinete en una mula negra, llevaba a lado y lado, cogidos con gruesas cadenas, dos enormes perros negros y acompañado de un fuerte viento”. (Agustín Jaramillo L., 1986, p.225). EL HOJARASQUÍN DEL MONTE Lanza berridos, de noche, como si fuera una lechuza o un pájaro azaroso, por pueblos y montes del Alto Occidente de Caldas y Risaralda (Riosucio, Supía, Quinchía, Guática, Belén de Umbría, Apía). Son los gritos desesperados de un muchacho que se atrevió a patear a la mamá hasta matarla. Dios lo castigó ordenándole andar errabundo por los montes, con cara de hombre y cuerpo cubierto de musgo y melenas de árboles. Muchos sostienen que el Hojarasquín es el mismo Diablo en cuerpo ajeno. Según Antonio Molina, “guele a azufre y los berrios son los mesmos que l'hizo salir a su mamá con las espuelas”. EL DESCABEZADO DE VITERBO En Viterbo, contaba don Arturo Alzate que, en 1948, en la cantina La Pedrera, (calle 5 entre 9 y 10), dos individuos se volaron los sesos, con dinamita. En ese entonces, quitaban la luz a las 10 de la noche. A partir de ese acontecimiento trágico, quienes se asomaban a las ventanas veían, a la luz de la luna, un descabezado que subía o bajaba por esa calle. Una noche, Silvino Arboleda iba borracho para la

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casa. Al ver al descabezado que se acercaba, sacó el revólver y disparó al aire. El descabezado se detuvo y le imploró que no lo matara. Era un individuo que, al escondido, iba a ver a su amada y para que no lo identificaran se disfrazaba de descabezado. En el siglo XXI, el descabezado de Viterbo espanta a los trasnochados, por la estación de gasolina; la cabeza cuelga de su mano. ¡Atenete y no corrás! EL CURA SIN CABEZA Por el norte de Caldas, hablaban del 'Cura sin cabeza' que a media noche recorría, ensotanado, las calles de los pueblos. Así, a pocos se les ocurría irse a callejear pues, con temor de toparse con él, los habitantes corrían a resguardarse, desde tempranas horas, debajo de las cobijas de lana de Marulanda. En Palestina y Chinchiná también se refieren al 'Cura sin Cabeza' pero con otro modo de actuar. En cualquier vuelta de la carretera que comunica a ambas localidades, aparece sentado en un barranco y aunque el conductor imprima mayor velocidad a su vehículo, el espanto se sube atrás y desaparece antes de llegar a uno de los dos pueblos. En el oriente de Caldas se cree que un cura murió sin haber celebrado un número crecido de misas a las ánimas que le habían encargado los fieles. Dios lo castigó obligándolo a recorrer de noche los pueblos en donde recogió las limosnas con las que engrosó su ilícita fortuna. Queda por resolver la pregunta sobre la forma como el clérigo del relato perdió la cabeza. En otras regiones de Colombia, como en Antioquia, hablan del “fraile sin cabeza” y, como siempre, quien ve este espanto, “cae desmayado y algunos han quedado idiotizados de por vida”. 'María La Larga' es, según Héctor Fabio Pineda Cardona, en su monografía “Villamaría y su Historia”, una “deidad que se aparece en las

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horas de la madrugada con pies muy altos y brazos descomunales… Cuando la persiguen los hombres, María La Larga acelera el paso y, así, cuando el galán está listo a abrazarla, María se alarga y alarga hasta el infinito, infundiendo gran espanto…”. Este mito menor caldense versa sobre los anhelos insatisfechos. El Perro de Maibá: El puente de Maibá comunica la carretera troncal de occidente que va de Cali a Medellín, por el sector de La Felisa, con Filadelfia, arriba, en el norte de Caldas. Cuando algún conductor sube, de noche, solo o con un acompañante al lado, siente muy pesado el carro. Vuelve la mirada y ve un perro grande, negro que echa candela por la trompa, ahí, acezando, en el puesto trasero. El carro no sube ni con doble por lo que tiene que devolverse. Al regresar al Puente de Maibá, el espanto desaparece. EL ÁNIMA SOLA Es el alma de un rey que cometió las peores injusticias con su pueblo y fue castigado por el papa de Roma a caminar solitario y velar a todos los muertos que encontrara por su ruta. Al morir fue enviada al Purgatorio. Allí purgaría la pena impuesta por Dios pero esa ánima se escapó de ese recinto y flota por parajes conocidos, con un manto blanco sobre la cabeza y, en la mano, una lucecita azulada semejante a un cocuyo. Muchos creyentes rezan “por las ánimas benditas del purgatorio” para que “Dios las saque de penas y las lleve a descansar”, pero sostienen que es inútil orar por el ánima sola pues no tendrá salvación. Sin embargo, otros no se cansan de oran por ella. Hay personas que encomiendan al ánima sola, en las oraciones, para que Dios le rebaje la pena y, luego, ella ruegue por las necesidades de los que le ayudaron a ir al cielo. De acuerdo con nuestro folclor religioso, la pena que un alma paga en el Purgatorio, en las cuentas de Dios, puede durar millones de años pues para Dios, cualquier número de milenios es un simple parpadeo.

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Muchos emparentan al ánima sola con el Judío Errante. “- Pobre Ánima Sola –dijo el caratejo mientras se tomaba otro aguardiente. Ahí está pagando caro lo que le hizo a Nuestro Señor cuando dio de beber a Dimas y Gestas y le negó un sorbo de agua a Jesucristo” (A.Cardona Tobón, 5 de diciembre de 2010). El Ánima Sola aparece pintada en la popular litografía de la Virgen del Carmen, que la representa en la visita que hace los sábados al Purgatorio para sacar las almas que han cumplido la pena. Todas las almas tienen esperanzas de salir menos el Ánima Sola que, fuera del grupo de almas que aparecen en el cuadro, espera solitaria y encadenada que Dios se compadezca de ella. Irremediablemente permanecerá en el Purgatorio hasta el Juicio Final. La gente se encomienda a ella cuando ha perdido algún bien de importancia. En el folclor colombiano se supone que la oración del Ánima Sola viene desde la época de los Templarios (1118-1314) y empieza así: “Oh alma, la más sola y desamparada del Purgatorio. Yo os acompaño en vuestro dolor, compadeciéndome al verte gemir y padecer en el abandono de tan dura y estrecha cárcel de llamas. Yo deseo aliviar vuestra aflicción y desamparo ofreciendo por ti todas mis obras meritorias…”. El Ánima Sola bebe mucha agua pues la sed del Purgatorio parece que no se calma con nada y circula errante por pueblos y caminos. Hay hogares en el Gran Caldas en los que, antes de acostarse, las señoras dejan un vaso con agua fresca en el comedor para que la tome el Ánima Sola si llega a detenerse en ese sitio. En muchos velorios populares, la familia o los allegados al muerto colocan un vaso con agua debajo del ataúd para que el alma del difunto tenga la forma de calmar la sed de la otra vida. Antes de que hubiera modernas salas, a los muertos los velaban en las salas principales de las casas adornadas con un catafalco hecho de sábanas blancas, cuadros de imágenes sagradas, cuatro cirios y flores blancas del jardín familiar. El agua que ponen debajo del ataúd se va evaporando y los deudos suponen que la bebió el alma del difunto, pero no; el

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intenso calor de los congregados en esa sala evapora el agua. Hay campesinos que se alegran cuando llueve pues dicen que las ánimas del Purgatorio están de plácemes por calmar su sed con el agua de los charcos. En la Gran Parada de las IV Fiestas de Mitos y Leyendas, en San José, en octubre de 2012, salió el Ánima Sola representada en una mujer vestida de blanco, con una máscara de muerte, greñuda y una bacinilla en la mano. Título del disfraz: El Ánima Mea. Esta expresión es latina y significa Mi Alma pero si se dice en latín se presta a una confusión jocosa con la micción humana. Detrás iba una comparsa de mujeres de edad indefinible, con el cabello suelto, que parecían de primera comunión pues iban vestidas de blanco, con mantos largos de tul también blancos y coronitas de azahares sobre sus cabezas. Llevaban la cara untada de pintura de blanco de zinc que brillaba en la noche. Sonreían mientras lanzaban al aire las coplas de las ánimas: “¡Ánimas, que cante el gallo,/ Ánimas, que ya cantó,/ Ánimas, de que amanezca,/ Ánimas, que amaneció!”. En los pueblos colombianos, a las ocho de la noche, las campanas del templo sonaban a duelo pidiendo oraciones por las almas del Purgatorio, en especial por el Ánima Sola. - Requiem aeternam dona eis, Dómine. – Lux perpetua luceat eis. – Requiescat in pace. –Amen. En ciertos municipios caldenses, como Marquetalia, al finalizar el siglo XX, en las noches de noviembre, todavía salía el animero, un folclórico personaje envuelto en una capa negra haciendo sonar una campana mientras, con voz de ultratumba, pedía un padrenuestro por las benditas ánimas del Purgatorio. Otra oración del Ánima Sola que repiten en el Viejo Caldas es: “Ánima Sola, ánima de paz y no de guerra. Ánima de Dios, te pido y te suplico que te metas en el corazón de NN (aquí el nombre de la persona). No la dejes tener gusto ni placer ni para comer ni para dormir con ninguna otra persona hasta que no venga a mis pies así como vino

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Nuestro Señor Jesucristo a nuestra casa. Magia blanca y Magia negra, combínense con el ánima sola para que me la traigan pronto y si algún mal pensamiento tiene contra mí, bórrenselo y que venga siempre humilde a mi voluntad. Amén”. DULCE PARA LOS ESPANTOS El espanto parte de una cruel incertidumbre pues las personas que los perciben vacilan si lo que ven u oyen es un ser de este mundo o de ultratumba. Los espantos se asocian con noches de luna. Una mata blancuzca de salvia o una hoja de plátano que se mece hacen creer que se trata de un personaje venido del más allá que llama con desesperación al asustado; unos ruidos inconexos en la casa vecina hacen pensar que han entrado las ánimas a hacer de las suyas en esa vivienda. Los pasos de alguien que no tiene beque debajo de la cama y por eso se levanta al baño a hacer sus necesidades son motivo para que los demás se despierten y, al escuchar el crujir de las tablas del corredor supongan que alguien está deshaciendo los pasos. Esas confusiones han servido de materia prima a narraciones folclóricas que, en la zona paisa, han tenido como protagonistas a Cosiaca o Pedro Rimales. “Oscuro, ya de noche, resolvió Cosiaca saltarse una tapia y meterse a un solar a hacer una necesidá. Las viejitas que vivían en la casa oyeron como ruiditos y, pensando que era algún espanto, se asomaron juntas al solar, cada una con su velita en la mano. Apenas vieron un bulto allá, que se movía, una dijo con voz temblorosa: - De parte de Dios Todopoderoso… diga qué quiere. Y Cosiaca respondió: - ¡Una tusa para limpiarme el culo!(Agustín Jaramillo L., 1987, p.31). Un adagio regional dice que el espanto sabe a quién le sale, como si hubiera una predisposición mental, sicológica o de otra índole para

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que ciertas personas se conviertan en víctimas de una situación que les ocurre solo a ellas. No siempre ha sido cuestión de puro miedo. La carretera que comunica a San José con El Crucero es de leve inclinación y bien pavimentada. A las siete de la noche, unas mujeres que regresaban al pueblo miraron para atrás y vieron dos bultos que se acercaban. Luego vieron que cada uno pasó a lado y lado del grupo de mujeres pero el susto que se llevaron fue mayor al notar que esos bultos no tenían cabezas, ni manos ni pies. No se explicaban cómo caminaban o volaban. En ese instante, se desvanecieron. Soldados que habitan en el Batallón Ayacucho de Manizales han contado que cuando salen de campaña, a los que vigilan el campamento se les presentan asustos, casi siempre, en forma de bultos, entre la neblina de la noche. Soldados desde las carpas han visto a centinelas charlando con algún personaje de silueta indefinida; al otro día se dan cuenta que esa escena jamás se dio. El ebanista Carlos Ardila dio la fórmula para perder el miedo a los espantos. - Se bebe, en ayunas, un trago de aguardiente amarillo revuelto con pólvora. Esto se repite por nueve días y adiós miedo mientras dice en voz alta:¡Espanto, el asunto no es conmigo! Peones de una mina de oro, por los alrededores del Nevado del Ruiz comentaban que, cuando aparece un espanto, la víctima no debe detenerse a observarlo pues lo seguirá molestando y no lo abandonará. Al vislumbrar un asusto, la persona debe darle la espalda, hacer caso omiso de su presencia o enfrentarlo con la cara tapada con un trapo. La literatura latinoamericana está plagada de espantos. El apogeo llegó con las obras del realismo maravilloso de Alejo Carpentier, Juan Rulfo y García Márquez, autores incapaces de ocultar los presentimientos de las abuelas. “Ruidos callados” como dice Rulfo en Pedro Páramo. En la noche, cuando abrían la puerta de la casa que daba al

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patio de atrás, observaban almas desveladas por los remordimientos y las deudas sin cancelar; almas que se paraban por ahí, bajo un mamoncillo, a esperar que alguna persona de su antigua casa saliera y les ofreciera agua fresca para beber. Por lo general, en el Occidente de Caldas y Risaralda, donde los pueblos están llenos de ecos, como Comala, los espantos son sufridos y apacibles; no hacen daño. Podría tratarse de ánimas en penas que han logrados fugarse, en forma transitoria, del Purgatorio. Entran en la cocina y abren la llave del agua; otras veces ni siquiera eso; al día siguiente se encuentra un vaso sobre la mesa del comedor; o falta una fruta sin que se pueda achacar a un animal furtivo; o el jarrón ha sido movido a otra esquina del salón, como si alguien, en la noche, se hubiera interesado en organizar la sala en donde, en distintas ocasiones, velaron a los muertos de la familia. Ya lo había advertido el poeta Jaime Jaramillo Escobar (X-504), nacido en Pueblorrico (1932), en el suroeste antioqueño, área de donde procedieron muchos colonos que se desplazaron por el occidente de Caldas y del Risaralda. Con esa avalancha de colonos llegó buena parte de nuestros mitos más perdurables. “Los tiernos muertos vienen a beber en mi vaso,/ y silenciosamente rondan en mi aposento,/ alargando sus tímidas trompas hacia los panes, / que apenas si se atreven a rozar con los dedos.// Penetran por el hueco de la llave uno a uno,/ evitando en la sombra tropezar con las lámparas,/ y van mañosamente a ponerse en la mesa,/ donde les he dejado: leche, pan y una carta.// El pan se desharina en sus dedos temblones,/ y la flecuda lengua lame el fondo del vaso,/ con presurosa angustia disputando las sobras/ que el frío soplo del viento sobre el mantel esparce.// Entrada la mañana, al volver a la estancia,/ corriendo las cortinas para abrir las ventanas,/ cuando la sombra vuela hacia el día como un pájaro,/ sobre la mesa encuentro intocada la carta”.

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III MITOLOGÍA SANJOSEÑA En la última oleada de la colonización antioqueña, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, colonos llegados del suroeste antioqueño y de los actuales Alto Occidente y Norte de Caldas se aglutinaron en caseríos levantados por ellos en sitios equidistantes de acuerdo con las jornadas recorridas por viajeros y arrieros tomando como base el tiempo, las distancias (las leguas), las vías que confluían y otros recursos. La serranía ubicada entre el valle del Risaralda y el cañón del Cauca se conoció como Loma de Anserma, Cuchilla de Belalcázar, Camino de los Pueblos o Cuchilla de Todos los Santos porque sobre ella levantaron a San Clemente, Santa Ana de los Caballeros (Anserma), San Joaquín (Risaralda), otro paraje perdido en el camino de nombre Santa Ana en donde coloco la primera fundación de Santa Ana de los Caballeros, San José (Miravalle), San Gerardo (El Guamo), San Isidro (Charco Verde) y Belalcázar (La Soledad). Innumerables familias identificadas por una cultura básica llegaron desplazadas por fenómenos sociales, económicos, políticos, fuera de la ambición por encontrar el oro que desde la conquista española había despertado la codicia de otras naciones indígenas y europeas. Pedro Cieza de León, en el siglo XVI, refiriéndose a la provincia de Anserma, anotó: “Tiene este pueblo ricas minas de oro y muchos arroyos donde lo pueden sacar”. La adjudicación de tierras por parte del Gobierno Nacional en tiempos de Tomás Cipriano de Mosquera (1848) y la ordenanza del Estado del Cauca (1856) que repartió tierras baldías mitigaron, en parte, el problema de los colonos ubicados sobre los caminos principales. Otra ley del Gobierno Nacional, expedida en abril de 1912 buscó solucionar el problema con los colonos anclados sobre caminos

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secundarios. Se trataba de los llamados“colonos camineros” que pretendían convertirse en “colonos arraigados”. Como si se contemplara desde una atalaya, abajo se dilata esa franja de tierra que el hijo del poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González (GGG) describió, en 1921, como “el bellísimo y extenso valle plano del Risaralda, todo abierto hoy y cubierto de grandes dehesas de pastos artificiales. Este valle, bastante malsano, se llamaba al tiempo de la conquista Amiseca; los conquistadores lo llamaron de Santa María y, más tarde, desde la colonia, se le llamó de Rizaralda porque allí tuvo una hacienda el español Emilio de Rizaralde” (Rufino Gutiérrez, 2008, p.274). En la primera década del siglo XX, todavía tenían vigencia las leyendas de monstruos reales e imaginarios de los que estaba plagado el Valle del Risaralda. En 1907, José de los Santos Hernández adquirió “La Hermosa”, una finca cerca a Asia, en las vegas de ese valle. Contaba que, en esa época, se sobrevivía entre mitos, espantos y leyendas inquietantes como la de que, bajo la cama de madera que había hecho para sus hijos, cada noche, dormía una iguana de más de metro y medio de larga. Una negra que atendía a los trabajadores de la finca contaba a los hijos mayores de José de los Santos que, ella se acostaba con el hijo que amantaba y al mayorcito de dos años lo acostaba a los pies. En varias noches, el niño mayor le dio a entender a la mamá, entre patadas y llanto, que el bebé estaba tirado en la puerta del cambuche. Todo se debía a una boa enorme que sacaba al bebé del lado de la madre y, en el silencio, se ponía a mamarle a la negra. Para que el bebé no llorara, la boa le metía la punta de la cola en la boca. Cien años después, en el 2016, hay campesinos que, en San José, creen que el olor de la leche materna atrae a las serpientes. Desde la cuchilla de Todos los Santos se divisan, al oriente, el cañón del Cauca y el Parque Natural de los Nevados coronados por las nieves del Ruiz y Santa Isabel, en invierno, a la vez que se contemplan el valle del Risaralda y el Parque Natural de Tatamá, al occidente.

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Siguiendo el Camino Nacional que de Bogotá conducía al Chocó, sobre la cordillera occidental, se levanta el Cerro de Tatamá que en lenguaje chamí significa 'Abuela' El Tatamá es el telón de fondo sobre el que los rayos del sol al caer oblicuamente sobre las aguas del océano Pacífico pintan los atardeceres ante los que se extasían los moradores del Gran Caldas y el Valle del Cauca. Los habitantes del occidente de Caldas y Risaralda han considerado desde siempre al Tatamá como la tumba empinada de antiquísimos titanes. El Chocó hacía hervir la fantasía de gente ambiciosa pues ha sido tierra abundante en oro y plata como también, en este caso, de fascinante literatura; es el territorio de los alabaos y la mitología del agua en la que es protagónica la fauna del universo chocoano, como variadas aves y anfibios de todos los tamaños. Por el Chocó ingresó la fauna terrestre que de Norte y Centro América venía para Suramérica y lo sigue haciendo en un éxodo de menor tamaño debido a la tala de los montes, la urbanización de la región y la masacre de las especies realizada por el hombre moderno. Cuando estaba pequeño comentaban que, a media noche, por el Camino Real en cuyas márgenes levantaron a San José de Caldas, se veía avanzar el fantasmas del mariscal Jorge Robledo vestido como Amadís de Gaula, acompañado de las huestes con los pendones del emperador Carlos V, cuando iban de sur a norte a fundar a Anserma (1539) y Santa Fe de Antioquia o de regreso a fundar a San Jorge de Cartago (1540). Visiones de esta clase pudieron llevar a J. E. Constaín a hablar de “La Edad Media en el trópico”. Yo me levanté en muchas ocasiones a verlos pasar al pie de la ventana y jamás vi nada extraño. Conversando con los paisanos, un día, comenté que lo único que había visto entonces era una marrana flaca y trompona con unos marranitos detrás y me aclararon que no era una marrana sino que se trataba de una de esas tatabras que, siempre de noche, atravesaban el pueblo procedentes del Chocó. Era posible que vinieran de más lejos, de Centro América, con rumbo a los llanos orientales

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pues, otra noche, cuando viajaba a Manizales, tocó detenerme a observar una manada de saínos que cruzaba la carretera, por El Infierno, rumbo al río Cauca. Pasaban el día en los montes para continuar el camino, a la noche siguiente, por trochas en la cordillera central que los conducían a los llanos colombianos. El occidente de Caldas y Risaralda, en muchos aspectos, es la prolongación del hábitat chocoano. Caldenses y risaraldenses, más que los chocoanos, se han esforzado sin pausa por vencer, tecnificar y sacar provecho al campo agreste. Es para no olvidar el viento, los huracanes, los relámpagos y rayos, fuera de muchos animales como aves, reptiles y también grupos indígenas que regresan, procedente de esa selva, a la tierra que fue suya antes de la expulsión de los conquistadores y colonizadores. Para evocar este escenario, los culebreros de las plazas de mercado, matizaban sus peroratas con algunas coplas como: Culebra guardacamino,/ ¿por qué me querés picar,/ sabiendo que soy la contra/ de la culebra coral? En el carriel de los montañeros, de acuerdo con Euclides Jaramillo Arango, (p.203), fuera de infinidad de chécheres, no faltaba “la contra” de las culebras. En el Gran Caldas, durante las primeras décadas del siglo XX, hubo vendedores de perros comprados y capturados en los pueblos, con destino al Chocó, para cazar, acompañar y alertar a los trabajadores sobre los peligros inmediatos en la selva. Euclides Jaramillo rememora que “era simpático observar, por los caminos o atravesando pueblos, a dos o tres paisas con cincuenta, cien o más canes hambrientos atados con cabuyas, rumbo al mercado chocoano. Los pagaban, los ataban a la manada y… como perrito pal Chocó” (ibid). La expresión se conservó para significar que alguien se tiene que ir sin protestar, “como perrito pal Chocó”. San José germinó cuando Riosucio era la capital de la provincia de Marmato enclavada en el norte del Estado del Cauca cuya capital,

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Popayán, actuaba como última instancia en cuestiones civiles y eclesiásticas. Del llamado Alto Occidente de Caldas, con posterioridad a 1905, provino un número crecido de maestros, empleados y músicos formados en Riosucio. Muchos eran nativos de Marmato. Así llegó un personal dispuesto a difundir tonadas, relatos infantiles, cuentos de brujas y otras fabulaciones. San José quedó ubicado en el cruce de las vías que comunicaban el oriente con el occidente y el norte con el sur del país, por todo lo alto de la que, en tiempo de la conquista española, se llamó Loma de Anserma. No creció alrededor de una fonda, una casa grande o una plaza. Se fue desarrollando, como una serpiente, partiendo de la cola, al sur, hacia el norte. El villorrio fue asiento de un activo mercado que surtía de provisiones las fincas ubicadas en la franja entre el cañón del Cauca y el Valle del Risaralda y que tenía como epicentro a este pueblo anclado a orillas del Camino Real de Occidente. Y suba cafetal y baje cafetal. San José tenía activa comunicación con Anserma y Riosucio, además de Belalcázar y Apía; con Manizales y el Chocó por el Camino Nacional y con Pereira y el Quindío, el suroeste antioqueño, pueblos y ciudades del Valle del Cauca, por el Camino Real, fuera del intercambio con varios resguardos, parcialidades y asentamientos indígenas abrigados entre montes y torrentosas quebradas. Por la Calle Real de San José transitaron, una tras otra, las muladas que iban de Medellín y el suroeste antioqueño para Pereira y el Quindío o del Valle del Cauca y Popayán hacia el Alto Occidente de Caldas, el suroeste antioqueño y Medellín. La mulada de Bertulfo Agudelo era de 200 mulas para cargar, ante todo, café de Apía, pasando por San José, hacia Manizales en donde lo subían al cable aéreo con destino a Honda; de allí a Barranquilla, Estados Unidos y Europa. El desarrollo inicial, en los aspectos habitacional, económico, cultu-

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ral y religioso de San José Caldas, con los altibajos comunes a la región, se inició en la primera década (1901-1910) y se prolongó hasta la década de los cincuenta. Don Luis Eduardo Yepes, fundador de la cadena nacional de Almacenes LEY, antecesora de Almacenes Éxito, nació en Copacabana (Ant.) e instaló su primer almacén en San José Cds. Don David Grajales compraba oro a los indígenas en la hermosa casona que levantó en donde queda la Biblioteca, fundía el oro que almacenaba como tortas doradas y, entre sus propiedades, contaba con varias haciendas como Guananí, en el Cañón del Cauca y, en el Valle del Risaralda, La Cecilia y Rio de Janeiro, además de Galicia entre Pereira y Cerritos. Con el tiempo, el pueblo convirtió a David Grajales en protagonista de leyendas como que, los ladrones que robaron la imagen de La Inmaculada que lucía la portada de la hacienda Río de Janeiro encontraron que estaba repleta de monedas de oro. Por muchos años, la Virgen le guardó el entierro. Manuel Salvador Valencia, nombrado como primer alcalde de Viterbo (1952), fue un sanjoseño tenido como uno de los hombres más ricos e influyentes del occidente colombiano. En 1905, varios años después del asentamiento de los primeros colonos en donde se formaría San José, el presidente Rafael Reyes firmó la creación del departamento de Caldas. El conglomerado fue elevado a parroquia de la diócesis de Manizales en 1924 y pertenece a la diócesis de Pereira desde 1952; fue corregimiento de Risaralda desde 1916 hasta 1998. En 1955, fue aprobado como Corregimiento Especial y en 1998 fue elevado a la categoría de Municipio. La carretera proyectada para unir a Manizales con el océano Pacífico llegó a El Crucero, entró a San José y Belalcázar en 1952 pero, como sucedió con la mayoría de pueblos de Colombia, este avance trajo consecuencias positivas y nefastas. Entre las positivas, se facilitó el ingreso de personal, mercancías y maquinarias para la apertura de caminos veredales, además de los insumos para el beneficio y evacuación del café, base de la economía

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regional; sin embargo, la llegada de las carreteras a muchos pueblos del occidente coincidió con la etapa de la violencia política en la década de los cincuenta por lo que muchas familias aprovecharon las nuevas vías para huir, de la noche a la mañana, a las ciudades cercanas. Pueblos y más pueblos quedaron diezmados y varados como el arca del diluvio en lo alto de las montañas. Los moradores de los nacientes caserios del occidente colombiano, con prontitud, buscaron elevarlos al rango de parroquias pues la presencia del poder eclesiástico les daba aires de importancia, honorabilidad y honestidad. Los campesinos subían al pueblo para asistir a misa, bautizar sus hijos, mercar, negociar y comunicarse con los compadres. “Allí donde se ubicaron los párrocos, aparte de alfabetizar, bendecir y sacralizar un espacio determinado, detentaron enormes dosis de poder, reflejadas en control y orden social. En otras palabras: era al párroco al que le correspondía establecer en primera instancia qué formas de conducta eran aprobables o reprobables” (Álvaro Pablo Ortiz). Con el empuje cívico de un grupo de ciudadanos, San José progresó en forma extraordinaria en la década de 1910: poblamiento, relaciones interpersonales entre los recién llegados, normatividad para configurar el poblado, apertura de caminos, territorio sembrado de café, activo comercio, convites comunitarios para cargar piedra de profundas cañadas y empedrar calles y bocacalles; iniciación de labores escolares, inspección y luego corregiduría; construcción y dotación del templo. En la década de 1950, se abrió el colegio femenino, la carretera desde Manizales hasta San José, Asia y Belalcázar, la corregiduría especial, el puesto de salud, los servicios médicos y la energía eléctrica; se remodeló el templo, con su área en cemento y se construyó la plaza amurallada. Las relaciones con los centros de poder vincularon a San José con las capitales y, por motivos más cotidianos, con los municipios de Anserma, Belalcázar, Viterbo y Risaralda con los que se conformó un circui-

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to conocido como Bajo Occidente de Caldas. Después de la refundación paisa, en la década de 1880, Anserma se convirtió en centro administrativo y comercial del Bajo Occidente mientras que Apía se destacó como núcleo educativo y cultural del occidente durante 60 años. *** Mientras se configuraban los pueblos de esta región, era común el juego infantil de María La Gorda, de tradición caucana. Lo jugaban las barras de niñas y niños del Estado del Cauca, entre ellos los habitantes de los actuales departamentos de Risaralda y Quindío, además de todo el Occidente y Sur de Caldas como Villamaría, Chinchiná y Palestina. María La Gorda consistía en entrar con amiguitas y amiguitos de la misma edad en un cuarto oscuro; uno de los mayorcitos empezaba a relatar que María La Gorda era una mujer con barbas y el rostro cargado de verrugas que, en esos momentos, llegaba a ese sitio desde muy lejos. El que anunciaba cómo se iba acercando, acezaba y acezaba hasta que, con entonación macabra, en medio de la oscuridad absoluta, gritaba: ¡Te agarré! Decían que los niños gritaban, en ese preciso instante, porque veían una señora gorda que arrojaba sobre ellos candela por la boca. Conquistadores españoles y colonos paisas, caucanos y tolimenses trastearon en sus mentes las fundaciones colectivas de los pueblos. De acuerdo con las nuevas circunstancias a las que se enfrentaban y los principios de orden social que buscaban inculcar fueron acomodando y jerarquizando sus sueños, sus ambiciones, sus mitos y leyendas. Los colonos sembraban esos relatos trascendentales con sus variantes recientes en hijos, nietos y vecinos. ***

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Conviene detallar que, los mitos de temática terrorífica vigente entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, en el Bajo Occidente de Caldas, no correspondieron a las pesadillas provocadas por la violencia guerrillera que inundó de sangre el país, por más de 50 años, entre los 40 años finales del siglo XX y los 16 primeros años del XXI. En la generalidad de los mitos ya expuestos y en los que aparecen a continuación se observa que se fraguaron, difundieron y acuñaron teniendo como base situaciones de la violencia liberal-conservadora que se ensañó, en forma inmisericorde, en la mayoría de departamentos del centro, nororiente, occidente, noroccidente y suroccidente de Colombia, entre las décadas de los treinta y cincuenta del siglo XX. Los mitos requieren un tiempo de incubación en la vida de una región. Pero, ¿por qué en los 56 años de violencia guerrillera que siguió a la política no se fraguó una mitología equiparable a la que se fermentó, en esta franja de la patria, en la etapa anterior? La primera razón estuvo en que la violencia de grupos guerrilleros, en la segunda mitad del siglo XX, no se aclimató en el área del Bajo Occidente, como sí arraigó en el Alto Occidente y en el Oriente de Caldas, en el Valle del Cauca, en el Chocó y otras regiones. La lucha entre conservadores y liberales se trocó en el combate entre los poseedores y los desposeídos. Los grupos guerrilleros y paramilitares, más que en el minifundio, se asentaron en el latifundio y la selva. Los grupos ilegales no se establecieron en forma fija en el Bajo Occidente de Caldas; pasaban, incursionaban fugazmente y se replegaban a la clandestinidad. EL DIABLO Siempre se ha creído que el diablo es el que impide que el mundo no sea perfecto. Sin embargo, los habitantes de San José de Caldas le temen más a las personificaciones folclóricas de Satanás que al Sata-

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nás teológico que combate las cosas de Dios. El ser humano sigue experimentando temor al personaje pintoresco a pesar del mayor discernimiento y lucidez con respecto a quien se confronta con Dios en una guerra que durará hasta el fin de los tiempos. La lucha entre el Bien y el Mal, entre la luz y la oscuridad. Cuando, en San José de Caldas, asistían a las ceremonias fúnebres de cierto ciudadano, un perro negro, callejero, conocido por el vecindario, empezó a aullar, en forma lastimera, en el atrio del templo. Los asistentes al acto, consternados, transmitieron, en voz baja, la versión de que el perro estaba viendo al Diablo. ¿Por qué al Diablo? Ese perro negro conoció las andanzas sanctas y non sanctas del difunto cuando disfrutaba de cabal salud y tenía alientos para desatar sus pasiones por calles, bocacalles y mentideros del pueblo. Otros supusieron que, al conjuro de las oraciones sacerdotales, el agua bendita y el incienso, el Demonio salía expulsado del cuerpo en el que aún anidaba y el perro estaba presenciando el aquelarre del Maligno como si se tratara de gallinazos en desbandada. Asociar al Demonio con un perro negro hace parte del folclor de todo el occidente colombiano. Aún se escuchan estos versos: De repente un perro negro/ ha llegado por detrás/ y se ha elevado con ella/ y era el mismo Satanás. Después de más de cincuenta años, en la terraza junto al portón del viejo Colegio de las monjas, volví a verme con un compañero de escuela. Yo estaba con dos colegas a los que había invitado a San José de Caldas. Apenas intercambiamos saludos, mi ex compañero, dijo: ¿Te acordás cuando mataron a don L.A. Z? Me incomodó que, ante unos recién llegados, un paisano arrancara a conversar exponiendo un comentario tan desapacible. Dije para mis adentros: - Se tiró las fiestas, pero mi colega de banca de escuela continuó: - El Diablo acompañó hasta la tumba a don L.A. Los dos visitantes, intrigados, preguntaron: - ¿Por qué? Y volviéndose a mí como para reafirmar lo que iba a decir, completó: - Acuérdese que, cuando estábamos en el levantamiento del cadáver, una culebra negra se abrió paso entre los

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asistentes. Al otro día, cuando concluyó el funeral y salíamos hacia el cementerio, una vieja empezó a gritar porque detrás de una puerta del templo había una culebra que amenazaba con sus colmillos al que se le acercara y cuando llegamos al cementerio, la gente se alarmó porque, en el fondo del hueco en donde iban a depositar el ataúd, había otra culebra enroscada. Me tocó empezar a dorar la píldora sin contradecir a mi paisano pues no recordaba nada de eso. - Recuerden, dije, que la personificación del Demonio en una serpiente (“la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé”) ya aparece en las primeras páginas de la Biblia. En la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, Satanás se hace presente, en el Huerto de los Olivos, en la forma de una serpiente sigilosa. Menos mal que uno de los forasteros lanzó este comentario: - Si no fuera por estos cuentos, San José no tendrían motivos para celebrar las Fiestas de Mitos y Leyendas. JUDÍO ERRANTE Sucesivos pueblos indígenas trasegaron con sus mercancías por el llamado Camino del Indio, pasando por el territorio de los ansermas que abarcaba el Bajo y Alto Occidente de Caldas y parte del Risaralda (Quinchía, Riosucio, Guática, Belén, Mistrató, Apía, Santuario) pero, a partir de 1539, entre animales y cosas, llegó una remesa enorme de palabras, versos y mitos detrás de los heraldos del emperador Carlos V. Aún se escucha esta petición entre viejos campesinos: “De un San Agustín la pluma,/ De un Carlos Quinto el poder,/ De un rey David la fortuna,/ De un Salomón el saber”. Los mitos transmigraron a América, en los empaques de fábulas, cuentos, leyendas, romances, cantinelas que en sus hogares habían aprendido los españoles. Cayeron en terreno abonado pues los pueblos indígenas también vivían sumergidos en otros universos míticos. El Camino del Indio se convirtió en el Camino Real de Occidente por

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donde los viajeros y comerciantes intercambiaban el patrimonio artesanal fuera del verbal heredado de sus mayores. De sur a norte, los caucanos recorrieron esa vía relatando las habladurías de brujas y caballeros andantes seguidos por los antioqueños que trasegaron el llamado, con posterioridad, Camino de los Pueblos, a carcajadas, mientras narraban las prosaicas andanzas del Tío Conejo, Cosiaca y Pedro Rimales. *** Desde la Edad Media, en el mundo occidental, se ha transmitido, en forma oral, la descripción de un hombre que no quiso darle de beber agua, de su cantimplora, a Cristo que le suplicó que le remojara los labios, cuando iba por la Vía Dolorosa conducido a empellones hacia el Calvario. En Holanda lo conocen con el nombre de Ashaverus y, desde la Colonia, en Hispanoamérica, se dice que el nombre propio es Samuel de Beribet. (Beribet tiene que ver con empresas o personas dedicadas al comercio de ultramar; por lo visto, el apellido de ese Samuel concuerda con el oficio maldito del Judío Errante). Cuentan los Evangelios Apócrifos que Cristo lo maldijo ordenándole que anduviera errante, sin descanso, por toda la tierra y por todos los siglos. Ha sido objeto de canciones y poemas populares como este, catalogado por unos como anónimo pero que, por su temática, su tratamiento, estilo y coincidencias, puede ser del poeta colombiano Aurelio Martínez Mutis (1884-1954), autor de cantares con el título de epopeyas y romances con temática autóctona: “Samuel de Beribet, fornido atleta,/ soldado de Tiberio desde mozo,/ reía y blasfemaba del Profeta, al borde del brocal de un ancho pozo.// Hasta él llegó Jesús acongojado con acento suave y dolorido:/ apacigua mi sed que estoy herido,/ dadme apoyo, le dijo, estoy cansado.// Mas ante aquella celestial demanda/ se irguió el judío y

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con mirar sereno,/ anda, repuso entre blasfemias, anda/ que ya nada he de darte, Nazareno.// Y siguió con la cruz cuando al instante/ en el fondo de esa alma sin clemencia,/ siniestro se agitó el remordimiento/ y “anda”, gritó una voz en su conciencia.// Huyó desesperado y los torrentes/ “anda” gritaron con sus voces rudas,/ “anda” rugieron árboles y fuentes,/ “anda” exclamó desde el abismo Judas…”. Otros opinan que el Judío Errante es el mismo Caín que, al asesinar a su hermano Abel y después de responderle a Dios, en forma arrogante, cuando preguntó por su hermano, recibió el castigo de trasegar sin descanso por toda la tierra. Dijo Yavé: “La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra. Maldito serás… Cuando labres la tierra no dará sus frutos y andarás por ella fugitivo y errante” (Gén, 4, 11-12). Varias razones se dan para que este mito haya germinado en forma exuberante, en tierras caldenses. Javier Ocampo López, miembro de la Academia de la Lengua y de la Academia Colombiana de Historia, cita estas: el paisa es un andariego, un hombre de caminos; el paisa es un individuo de profunda religiosidad y muy supersticioso; el paisa ama la libertad y es de gran empuje (Javier Ocampo L. 1996, p.183184). Conocí al Judío Errante, en persona, una tarde sin nubes, de canícula ardiente, en que yo miraba reverberar el sol en el empedrado de la Calle Real, desde la ventana de la sala, en la casa de mis abuelos, ubicada en el marco de la plaza de mercado de San José de Caldas. Contaba con cinco años y, de pie, apenas podía asomar los ojos para ver lo que pasaba. De un momento a otro, vi que se acercaba por la calle empedrada, del lado de Belalcázar, un hombre flaco y andrajoso que, con un gesto suplicante, lleno de amargura e idéntico rostro al de la imagen de madera del Nazareno de este pueblo que sacan por las calles, en la Semana Santa, miró hacia arriba y, al ver que había alguien asomado, se detuvo para implorar: - “Por favor, deme

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agua que tengo sed”. Corrí a la cocina, al otro extremo de la casa, a decirle a la abuela María de los Ángeles que en la calle había un señor pidiendo agua. Cuando la abuela salió a entregarla, no había nadie en el portón ni en la esquina. Con tono de reproche, la abuela supuso que como yo no le respondí con palabras al viajero que sí le daba el agua, él había seguido el camino. Puso en mis manos dos naranjas para que corriera, lo alcanzara y se las entregara. Yo corrí hasta la curva de la Calle de la Estrella, en donde queda actualmente el Hospital, pero no había ni un alma viva, en ese trayecto. Según la leyenda, el Judío Errante no podía detenerse; era un hombre de paso seguido. Había continuado su marcha, de largo, por una vía en donde no hay ningún nacimiento de agua. Allá el agua no baja sino que sube. Es el camino de la sed y, para completar, un camino sin sombra vegetal alguna. En la Cuchilla de Todos los Santos, las aguas nacen más debajo de los pueblos. Por el Camino Real, en los días de sol implacable, los niños contemplábamos el desfile constante de personas agobiadas por la sed. Muchos de esos viandantes subían las escalas de la casa en donde la abuela los invitaba a que se sentaran en las gradas mientras les servía claro de maíz con trozos de panela o aguapanela con limón. No pocos llevaban al hombro un garrote espanta-perros y, en él, engarzado, un pequeño envoltorio, con una muda de ropa; era todo su equipaje. En el transcurso de mi existencia, he conservado, nítida, la imagen del viajero que he identificado como el Judío Errante que agonizaba de sed. A través de mi vida me ha mortificado el remordimiento por no haber apurado a socorrerlo. He sido, mentalmente, judío errante del Judío Errante. Trato de aplacar la tortura pensando que si le hubiera respondido que subiera al segundo piso de la casa, él no se hubiera percatado pues, desde la calle, no habría captado, en la ventana, la respuesta de un niño del que apenas se veía la frente y los ojos. ¿Por qué, al ver que yo había desaparecido de la ventana, no se detuvo, en el portón, suponiendo que había entrado a buscar cómo mitigar la sed que lo devoraba? Lo que no tenía nada de sobrenatural lo convertí, durante el transcurso de mi vida, en la dra-

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mática imagen del mito obsesivo, a la vez que de la culpa imperdonable (ver O. Hernández J., “Nueve Noches en un Amanecer”, 2001, p.15). *** En el libro “Nueve Noches en un Amanecer”, hay varios capítulos que tienen que ver con la mitología caldense. “Chucho continuó con la Madremonte que era una mujer dedicada a la protección de la naturaleza con sus animales. La Patasola de Apía, una muchacha que le pegó a la mamá y por eso fue castigada quedándose coja de por vida. El Pollo del Aire, manifestación de un alma en penas; el Pollo Maligno enloquece a los campesinos por no ubicar en donde pía; las ocurrencias del cruel Bermúdez con su manía de poner a sufrir los animales hiriéndolos y untándoles sal en las heridas por lo que padeció muerte atroz; la mula de tres patas; el gigante Sombrerón, de capa negra que pasaba sin hacer ruido por la Calle Real…” (ibid, p.78). En San José, la mitología más divulgada trata de dar explicaciones satisfactorias a fenómenos naturales como el viento huracanado en las noches, los ruidos que incomodan a los desvelados y, ante todo, la carencia dramática del agua para el consumo hogareño y la necesidad de conservar el líquido vital. Los relatos son los efectos narrativos de esos pavores. EL VENTARRÓN En la Cuchilla de Todos los Santos, el viento cobra fuerza inusitada, sobre todo, en el mes de agosto, en las horas de la tarde y parte de la noche. Otras veces, al amanecer. Por temporada veraniega, ese viento causa espanto en los habitantes de los conglomerados encaramados a horcajadas en el filo de esa cuchilla. Cuando ventea en forma arrolladora la gente supone que, en cualquier momento, la propia casa va a volar por los aires; cruje el maderamen como si los clavos

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lucharan por desclavarse; los embates del viento sacuden, a empellones, puertas, ventanas y aldabas; las personas no se atreven a ver lo que pasa y, menos, a salir a la calle. En San José de Caldas, muchos viejos personificaron el mito del Ventarrón como una culebra infinita que empezaba a deslizarse, a media noche, por la Calle Real, muy sigilosa; era tan larga que seguía pasando hasta que terminaba de soplar el viento que la impulsaba. Había temor de entreabrir los postigos por temor a encontrarse de frente con unos ojos que despedían fuego y un hocico y una lengua que movían tejas y latas y estrujaban ventanas y portones. Las casas de bahareque traqueaban como si fueran a caer cuando la enorme boa se recostaba en ellas. Se escuchaba acezar. Los de adentro, en medio del pánico, percibían el vaho y los silbidos de la sierpe, como han llamado, en el Chocó, a las culebras cuando las elevan a rango mitológico. Las latas de zinc se sacudían como si fueran aplastadas por un cuerpo pesado. Las mujeres tapaban las rendijas para que no se colara el viento helado. Mientras los incrédulos comentaban que cierto allegado había muerto de gripa o neumonía, las personas ingenuas aseguraban que había aspirado el resuello mortal de ese monstruo que tenía su guarida en las húmedas selvas del Chocó. Es significativo que el ventarrón que acosa al Occidente de Caldas y del Risaralda, como los que arremeten contra San José y Apía, sobre todo en las tardes y noches veraniegas, haya sido elevado, por los integrantes de los conglomerados, a la categoría de mito. Un mito menor. Por su procedencia y escenografía es un relato de origen chocoano. Los mitos no son simples asuntos del pasado. Los usuarios los actualizan a su manera. El viernes santo de 2015, asistíamos al vía crucis desde el sitio de Tulcán, en la carretera hacia Risaralda, cuando una amiga llegada de Medellín y con la que hacía el trayecto comentó en voz baja que los habitantes de la vereda Altomira no habían podido

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salir a la procesión de once por miedo a una culebra tan enorme como un poste de luz que echaba fuego por la trompa y que estaba saliendo con mucha frecuencia por un monte que empezaba a formarse en un predio anexo al Alto de la Cruz. EL SILBÓN En un mito confluyen los factores y circunstancias más intrigantes que rodean la vida cotidiana de un conglomerado. Para algunos es un mito autónomo y para otros es la variable del mito del Ventarrón. Hubo quienes opinaran que se trataba del silbido de un arriero muerto que deshacía los pasos por los retazos que quedaban del Camino Real. De día o de noche se escuchaba un silbido semejante al de un arriero que pasaba arreando mulas. Otros contaban que unos papás complacían en todos los caprichos a su hijo. Un día el hijo dijo al papá que quería comer vísceras de venado, animal que en el período de la colonización abundaba por los lados del río Risaralda y el río Cauca. El papá se fue de cacería pero, como no volvía rápido, el hijo se fue a ver qué pasaba. El viejo le comentó que no había podido cazar ningún venado pues ya empezaban a escasear; entonces el hijo, furioso, mató al padre, le arrancó las vísceras y se las llevó a la mamá para que las fritara. La mamá dudó que fueran de un venado; por las contradicciones, ella descubrió que el hijo había asesinado al padre. La madre lo maldijo, lo expulsó de la casa y el muchacho tuvo que fugarse velozmente pues los perros, aullando, no le daban respiro. Sigue silbando en los cerros y el eco avanza por las cañadas sin que se sepa de donde sale ese sonido. Es otro Judío Errante que expresa su delito y su condena, sudoroso, apurado y muerto de hambre y sed. Su silbido se confunde con la fuerza del viento, por los viejos tragadales del Bajo Occidente de Caldas. Don B. Galeano vive en la cuesta entre La Libertad y el alto de donde

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se divisa el Cauca, camino de la Quiebra de Santa Bárbara. Estando joven trabajó en la finca de don Luis R. Al amanecer, escuchaba sirenas histéricas en la Hacienda Ceilán. Al preguntarle al administrador qué sonido era ese, respondía que El Silbón. Cuando los perros ladraban sin que se viera a quién, era porque pasaba El Silbón. EL CABEZÓN En San José, si alguien se asoma a una ventana, en un segundo piso, a altas horas de la noche, puede toparse, de frente, con un hombre tan alto que sus ojos rojos quedan exactamente al frente de los de uno. Su mirada quema. No dice nada. Imperturbable. Imagínense cuando, de noche, por el viento, alguna ventana se desparrama de par en par. Mira uno para afuera y ahí está El Cabezón, impertérrito, con la cabeza de un macrocefálico y, sobre ella, un sombrero de paño redondeado como de sacerdote contemplando a los de adentro. LA MANO PELUDA Más que mito, se trata de una cadena de miedo doméstico. Más que falsas percepciones se trata de alteraciones incontroladas de los nervios cuando una mano de dedos encorvados, uñas largas, pelo hirsuto, sale, detrás de una puerta o cuando de noche la persona sube sola las escaleras que van del portón al segundo piso de la casa; en medio de la penumbra, se siente como si una mano le fuera a raptar o a arañarle las piernas o la ropa. Dominados por el terror, muchos suben de lado, pegados de la pared, con el corazón en la garganta mientras, con ojos desorbitados, esperan que aparezca la mano peluda. El miedo escala el nivel de la angustia y ésta se trueca en pánico. Puede perdurar por el resto de la infancia y aún por más tiempo afectando las relaciones familiares, la propia salud y el trabajo. Hay personas que, al acostarse, sienten que una mano azarosa se estira para arrebatarles las cobijas. Duermen con la luz encendida. Se trata de situaciones que revelan un posible trastorno mental. La realidad que se padecía no daba para más.

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Alrededor de 1955, cayó un avión cerca a La Margarita (Cambía) y el boticario Joseje llevó a San José la mano de una dama que metió en un porrón para exhibirla en su negocio. La mano peluda sería la evolución mítica de esa mano femenina con un anillo en el dedo y uñas pintadas. LA BARBACOA En muchas fincas, de noche, tenían que movilizar, a las volandas, un enfermo grave, una parturienta, o unos cuantos cuerpos de víctimas asesinadas durante la violencia política. No había ambulancias, ni hospitales, ni jeeps, ni carros. Para sacar un enfermo de una finca, acondicionaban una camilla de madera para secar café, del tamaño de un catre, a la que amarraban, con rejos de cuero, dos guaduas para cargarla en hombros de cuatro trabajadores. Encima, el paciente o la víctima. Muchas veces, a la barbacoa de un enfermo o de una parturienta, le acondicionaban dos o tres arcos de varillas de guadua y le tendían encima una sábana blanca para que, con relativa comodidad, pudiera respirar, airearse o evitar el sereno de la noche. Enfermos y heridos pasaban quejándose. Los peones iban rapidito pues el caso era de vida o muerte. Al escuchar que pasaban por la calle con una barbacoa, los curiosos se asomaban a las ventanas y se topaban, de frente, muchas veces, con la figura de un difunto, con la sangre reseca en su piel o sobre la camisa desabotonada. En otras ocasiones, el grupo avanzaba con el muerto cubierto con una sábana blanca. En la parafernalia del mito, quienes llevaban la barbacoa eran cuatro tipos con capuchas frailunas. La escena correspondía a los años comprendidos entre 1930 y 1962, tiempo en el que Colombia padeció la pesadilla de la Violencia política que empataría con otra igual o peor de agresiva que se extendió por todo el país. En 2015, en una jornada cultural de la institución educativa Santa

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Teresita, los alumnos de un grupo representaron la barbacoa en su versión local y el comentarista explicó que los cuatro tipos que cargaban la camilla eran contrabandistas de licor que iban de Anserma, en donde lo fabricaban, para distribuirlo en expendios de Belalcázar y otros pueblos. Evitaban que la policía de San José los requisara, pasando de largo con el contrabando guardado, como si se tratara de un enfermo o un difunto. En las VI Fiestas de Mitos y Leyendas, llevadas a cabo en San José, en octubre de 2016, la familia Gallego C. representó el mito de la Barbacoa o Guando, para la Gran Parada o desfile principal. Hacía dos meses había muerto Faín por lo que doña Fanny, en la representación, salió de riguroso luto, en homenaje al hijo fallecido. El resto de la familia interpretó a los demás actores del relato: cuatro cargueros con máscaras mortales, el tiempo con su guadaña buscando a quien arrastrar, las mujeres en oración, la niña con la corona de flores de veranera… Repartieron en el trayecto del desfile un texto explicativo en el que se leía: “Hace muchos años vivía un hombre muy avaro, terco y malgeniado que no le gustaba hacer obras de caridad. Por fin se murió el desalmado, solo y sin el consuelo de una oración. Los vecinos que eran de buen corazón construyeron la camilla y cuando lo fueron a levantar casi no pueden por el peso tan extremado. Al pasar el puente de madera, sobre el río, su peso aumentó, se les zafó y el golpe sobre la madera fue tan fuerte que partió el puente y el muerto cayó a las enfurecidas aguas que se lo tragaron en un instante. Lo que sí ha quedado es su aparición fantasmagórica que atormenta a los vivos, haciendo estremecer al más valiente con el ruido de los lazos sobre la madera en un continuo rechinar”. El relato evolucionó de un realista prosaico a un mito completo que contaba con otras variables en el Departamento de Caldas. En La Merced, entre las 2 y 3 de la mañana, se oyen perros arrastrando cadenas, entre Bomberos y la esquina del Barrio Viejo. Unos mercedeños opinan que esos perros ladran porque ven pasar la barbacoa y otros mercedeños explican, a su manera, que no se trata de la Barba-

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coa sino de Bermúdez que pasa trastabillando, por la fuerza descomunal de esos animales que lo arrastran, como castigo por sus desafueros. La zozobra ha elevado los rituales de la noche y muchos actos de la vida cotidiana a la categoría de espanto. La realidad espanta. LA MONJA SIN CABEZA En San José de Caldas, al mito generalizado del cura descabezado le resultó 'la Monja sin Cabeza'. Sin el más mínimo suceso de esta naturaleza que le sirviera de sustento histórico, echaron a rodar el cuento de una novicia que se suicidó, en el viejo colegio, fundado en 1953, en seguida del templo. Inventaron que se cortó el cuello con un cuchillo. Otros dieron forma al cuento diciendo que se trataba de una monja que por cumplir una orden perentoria del cura Peláez, se rodó por la escalera central y se desnucó. Hay quienes comentan que cayó un rayo en la torre del templo y, por el pánico, la monja se rodó por la escala del colegio y se descabezó. Gente alucinada dice que ve a la pobre monja subiendo y bajando por la escala que comunica el patio con el segundo piso, con una bandeja en la que lleva su propia cabeza. En 2012, en las IV Fiestas de Mitos y Leyendas desfilaron, en la Gran Parada, seis personajes que representaban monjas y curas sin cabeza fuera de otros muchos curas y monjas con la cabeza todavía en su sitio. Los descabezados en los ataques de los violentos han causado impacto en varios procesos de la cultura colombiana. EL ESPANTO DE LA MAESTRA En la llamada 'Carretera al Mar', entre la Quiebra de Santa Bárbara y El Crucero, por Cañada Honda o El Infierno, a media noche, es posible ver a una mujer que bordea el precipicio, a paso largo, llevando de la mano una hilera de niños de siete a nueve niños que lloran a

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moco tendido, por conducirlos de afán, sin dejarlos resollar. Se trata del 'Espanto de la Maestra'. Los vecinos tratan de explicar que, en la escuela próxima de Tamboral, trabajó una maestra que maltrataba los niños con castigos físicos tan terribles que, un día tuvieron que llevar al Centro de Salud en San José a uno de los alumnos como consecuencia de la paliza que ella le había infringido. Las esposas vieron en ese suceso la oportunidad de inventar un espanto buscando que sus maridos llegaran temprano del pueblo cuando salían los días de mercado y se demoraban más de lo necesario tomando licor o visitando la zona de tolerancia. BRUJAS Y BRUJOS En el Bajo Occidente de Caldas (Anserma, Risaralda, San José, Belalcázar y Viterbo), han tomado las brujas como asunto de mitología, de adivinadoras y coquetas dedicadas a los hechizos, bebedizos, sortilegios, a leer el humo, a cobrar odios y cuentas pendientes mientras que equiparan los brujos a los chamanes, nigromantes, mediquillos y culebreros. No se olviden “los brujos de Viterbo”, una familia a la que acudieron avalanchas de personas enfermas, en la década de los sesenta del siglo XX, con la ilusión de ser sanadas. En San José Cds., como en Marmato, en el Alto Occidente, y en la mayoría de pueblos del norte de Caldas estaban convencidos de que pululaban brujas y brujos. “Mi abuelo fue brujo y volaba de tejado en tejado. Mi familia tuvo que quemarle unos libros que consultaba, para que dejara de practicar. Casi se enloquece pues fue como quitarle a uno el cigarrillo”, comentaba J.J.Marín. Su abuelo vivió en la fonda de El Jordán, por el Camino Real, a un lado del Alto de la Cruz, en la ruta hacia Belalcázar. El viejo había llegado de Filadelfia. En esa casa, funcionó, antes, la primera escuela de San José para niñas y niños, pero luego de que construyeron la escuela masculina y la femenina, dentro del caserío, la casa del Jordán, que fue escuela, retornó a su destino de fonda equipada con atractivo y frecuentado

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personal femenino. “Mi abuelo era brujo por deporte. Un deporte nocturno. Cambiaba libros con los viajeros que entraban en la fonda. Los miembros de la familia observaban si lo que decían los nuevos libros funcionaba y siempre funcionó. Leer le daba autoridad sobre la clientela. La familia no volvió a mortificarlo”. Quizá la inquisición de la época lo graduó de brujo para poder quemarle los libros que divertían al viejo pero la persistencia del chamán en la lectura desanimó a sus perseguidores. El primer lector empedernido de San José de Caldas fue un brujo. Al pie de El Jordán, por la vereda Tamboral, vivía una vieja inválida. Decían que se había fracturado en un acto de brujería; como que le falló el motor a la escoba. Su nombre era T. En una ocasión se comprometió a aniquilar a un muchacho casado pues una mujer distinta a su esposa estaba enamorada de él, inútilmente. Le aconsejaron al joven que fuera a la casa de la bruja y le echara un puñado de sal en los pies; eso hizo y San se Acabó. La gente esperaba que volviera a sus andanzas pero la bruja se sintió derrotada. Cuando una persona de confianza planeaba un viaje a Marmato o sus alrededores había quienes le encargaban que de regreso les trajera botellitas de agua de la quebrada Cascabel para dar de beber de esa agua a las personas que querían que no les abandonaran. El agua de esa quebrada ataba junto a sí a la persona amada. Fabiola T. apareció con el cuento de un brujo que la estaba persiguiendo. Su papá se dio cuenta que podía ser cierto pues de noche escuchaba, en la casa de bahareque que habitaba la familia, ruidos extraños y sin explicación. El acontecimiento se divulgó entre la familia. Fabiola le contó lo que estaba sucediendo a Francisco Javier. A él se le ocurrió poner un santocristo por dentro de la puerta como en aquellos tiempos cuando, detrás de cada portón, colocaban una lámina de la Milagrosa o de San Ignacio, tratando de impedir las acechanzas del “enemigo malo”. Fabiola, con Francisco Javier y Luz Mery, entró a la alcoba de quien se sentía asediada por lo que ella

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identificaba como un brujo. Cuando llegó la media noche, los esposos se resguardaron buscando convencerse de lo que pudiera suceder. Fabiola empezó a decir: ya viene, ya viene, pues se percibía un viento que sacudía la puerta y se aceleraba a medida que se acercaba. Francisco Javier se le puchó a esa fuerza descomunal. Cuando reforzaba la tranca de la puerta, un envite violento desparramó la puerta y el santocristo y demás refuerzos quedaron esparcidos por la alcoba. A Francisco Javier se le ocurrió ubicar el santocristo, en la puerta, pero en esta ocasión, por fuera, para que quien llegara lo viera y se devolviera. Dicho y hecho: El brujo no volvió a molestar. El espanto sabe a quién le sale. La palabra compuesta 'santocristo' designa una imagen de Cristo, en una cruz, generalmente pequeña. La tradición recomienda que si la imagen de Cristo es metálica, la cruz debe ser de madera. Hacía parte del inventario de objetos religiosos de los hogares con raigambre paisa y se colocaba en los labios de los moribundos para que lo besaran, como uno de los últimos actos simbólicos de sus vidas. En mi familia hay un santocristo que data de tiempos de los bisabuelos, hace más de cien años. Al cogerlo, me pregunto: ¿cuántos de mis mayores estamparon su último beso en esta imagen, en el acto supremo de sus vidas? Y en casos como este, me pongo a recordar versos como los de E. Cote Lamus, en “Elegía a mi padre”: “Una vez tendido le dio por morirse como/ antes le había dado por vivir, / por talar los eucaliptos y hacer la casa/ y se echó a morir porque sabía/ que de esa no pasaba… La tierra vino a él, más no en su ayuda./ Y decía palabras, preguntaba/ por amigos que allí no se encontraban…”. Y una inquietante fuerza interior se apodera de mí. En el caso de Fabiola T., el santocristo también estaba en el inventario de formas para espantar brujas y brujos. Es de procedencia marmateña la creencia en que los escapularios de la Virgen del Carmen colgados al cuello de los creyentes alejan las brujas, al Hojarasquín del Monte que es un ánima agarrada por el Diablo, y otros peligros imaginarios y reales. Los conductores usan el escapulario, no en el

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cuello, sino atado a un tobillo para que la Virgen los favorezca de un accidentes de tránsito y les ayude a acertar en los cambios que le imprimen al vehículo cuando van manejando. ¡Eh Ave María Purísima! Una mujer se volvió bruja después de un curso intensivo para lograrlo. Le tocó practicar la lectura al revés; de atrás para adelante. Lo hacía al escondido, además de ejercitarse con escobas, con mucha paciencia, para no desnucarse. Elaboraba pócimas y otros menjurjes. Cuando estaba practicando envolató a un borracho en la plaza de mercado. El hombre dijo que mientras despabilaba se le acabó el camino. Era media noche. De un momento a otro, lo que ha sido un sector despejado se convirtió en un terreno cubierto de vegetación intrincada por la que el pobre tipo no pudo avanzar entre la maleza. De tanto luchar se echó a dormir. Hasta vio tigres en la pesadilla. ¡Cómo sería el guayabo! El MUELÓN Era un brujo de sombrero y ruana que, a cualquier hora de la noche, salía de su casa y se perdía por las calles. La pobre esposa no tenía idea de las actividades de su esposo a quien llamaban El Muelón, por el protuberante tamaño de su dentadura. El Muelón sabía trucos para hacer decir a una persona dormida los pensamientos ocultos. A eso salía de noche; iba contratado por ciertas esposas celosas a preguntarles a sus maridos dormidos por las andanzas de ellos con otras mujeres. El Muelón comentaba que para lograr que un dormido confesara la verdad se seguían estos pasos: “1° Se pone la mano sobre el corazón del interrogado; 2° Se utiliza el corazón y la pata derecha de un búho que se ponen sobre el corazón de la persona que duerme. 3° Se reducen a polvo el corazón de un palomo y la cabeza de una rana. 4º Ese polvo se riega sobre el pecho de la persona dormida. El corazón del sapo tiene los mismos resultados”.

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El Muelón ponía un salero sobre la mesa del comedor o el nochero visible a la bruja cuando entrara. Con seguridad, al otro día aparecía una mujer o un hombre pidiendo un poquito de sal. Ahí se daban cuenta de la identidad real de la bruja o brujo a quien, entonces, podían reclamarle o denunciarlo. DESHACER LOS PASOS Es una expresión con gran dosis de poesía a pesar de su carga aterradora de miedo. Los seres humanos, en el preámbulo al acto irremediable de la muerte, con la mente y en forma intensa, recorren parajes por donde transcurrieron sus vidas; tal vez en donde vivieron los momentos más emotivos. Antes de emprender el viaje hacia ese Allá sin retorno, como ríos que chocan contra las murallas, se devuelven para hacer un viaje fugaz por las rutas de un pasado perdido. Eduardo Carranza (1913-1985)), poeta colombiano de la escuela piedracelista, en el soneto El Insomne, reseña esta situación: “A alguien oí subir por la escalera./ Eran –altas- las tres de la mañana./ Callaban el rocío y la campana./ Sólo el tenue crujir de la madera.// No eran mis hijos. Mi hija no era./ Ni el son del tiempo en mi cabeza cana./ (Deliraba de estrellas la ventana)./ Tampoco el paso que mi sangre espera.// Sonó un reloj en la desierta casa:/ Alguien dijo mi nombre y apellido./ Nombrado me sentí por vez primera.// No es de ángel o amigo lo que pasa/ en esa voz de acento conocido…/ A alguien sentí subir por la escalera…”. Don Nacianceno (Don Ceno) Vásquez fue un arriero que, cuando no pudo seguir arriando mulas debido a la enfermedad de la gota que le hinchó en forma exagerada las piernas, se detuvo en San José, a medio camino entre Medellín y Cali, para pasar sus últimos años. Ya estaban ocupando el pueblo. Sobrellevó el resto de vida a un lado del Hospital, en una casona de bahareque que, como una alcazaba, domina la Calle Real. Muerto el viejo, ahí vive Chucho V., su sobrino. Chucho asegura que la familia ha escuchado, en la noche, los pasos

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de alguien que sube al segundo piso y el crujido de las tablas de la escalera de madera. Precisa lo que escuchan: Se oyen tres sonidos: dos correspondientes a las sandalias o cotizas que arrastraba don Ceno ya que no podía ponerse zapatos debido a la gota que le hinchó los pies y un sonido más correspondiente al bastón que utilizó en su vejez. Los más allegados al que va a morir escuchan pasos sigilosos, susurro o ruidos extraños. Hay personas que, en absoluta soledad y calma, perciben una voz solemne que les habla al oído o que “cuando caminan sienten que les van pisando los pasos” (Juan Rulfo). Don Jorge trabajaba en la finca El Delirio de mi hermano Tito Fabio. En temporadas de pocos trabajadores, habitaba en un cuarto también ocupado por otro compañero de labranza. Un fin de semana, el compañero salió para Arauca a donde viaja, cada fin de semana, parte de los que habitan esa zona. A media noche de ese sábado, don Jorge escuchó que había llegado el compañero. Apagó el televisor y se volteó para el rincón pretendiendo que el que llegaba, seguramente borracho, no lo importunara. El que llegó abrió la puerta, la atrancó, se organizó y se acostó en la cama vecina, como lo hacía en otras ocasiones. Al otro día, despertó don Jorge y la cama del lado estaba tendida. Nadie había entrado, la noche anterior. A las ocho de la mañana llegaron con la noticia de que al compañero lo habían matado en Arauca, a media noche. C. Ramírez vive en el piso de abajo y encima tuvo arrendado para un taller de bicicletas, en San José. A las ocho de la noche vio al propietario en el taller. Más o menos, a la una de la mañana, C. R. y su familia se despertaron al escuchar que arrastraban fierros y latas y vaciaban tornillos en el piso de madera. A la mañana siguiente se dieron cuenta de que al que vieron, a las ocho, lo sorprendió la muerte, minutos después, cuando bajaba para la vereda. ¿Quién hizo semejantes ruidos?

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CANDILEJAS A través del tiempo, el ser humano ha dotado a la luz de ciertas características vitalistas y espirituales. A la luz la hemos ubicado a medio camino entre los seres no-vivos y los seres vivos. Remito a la lectura de “La Llama de una Vela”, de Gastón Bachelard y a la última de mis “Cartas a Celina” (1995). En innumerables culturas, se le ha dado a la luz la categoría de intermediaria ante la divinidad. Una vela, una veladora, una lamparita, un cirio pascual. Los católicos, desde hace centurias, organizan los días de las velitas o “el alumbrado”, el 7 y 8 de diciembre, cuando engalanan las casas de pueblos y campos con velas y flores, como cuando en Éfeso iluminaron con hachones las murallas, en el año 431, al proclamar el dogma de María, Madre de Dios. El 2 de febrero es el día de las candelas o de la Virgen de la Candelaria. Muy de mañana, los feligreses aparecen en los templos con velas o cirios que los sacerdotes bendicen y, luego, en la intimidad del hogar, los fieles encienden cuando se presenta una calamidad doméstica o la agonía de uno de los integrantes de la familia. En la Cuchilla de Todos los Santos, hablan de una luz que recorre el camino cuan largo es y, al acercarse el viandante a ella, se parte en tres pedazos: dos más grandes y uno pequeño. Las grandes son las ánimas de dos compadres en penas que se mataron a machete, sin motivo suficiente, y la llamita es la del ahijado. El destino de estas luces es anunciar por los caminos que el mal ejemplo dado por los mayores merece ser denunciado por siempre. Cuentan que hubo una abuela perversa que se hizo cargo de la crianza de los nietos dejados por una hija. Los descendientes siguieron el ejemplo de sus mayores: se volvieron ladrones y asesinos y las nietas se dedicaron a la vida licenciosa. Los vecinos la apodaron la Abuela Alcahuete o Candilejas pues cuando murió, los vecinos la siguieron

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viendo pero ya metida en una paila, en un fogón con candela, y los nietos y nietas alrededor avivando el fuego, primero, como castigo por la desastrosa educación impartida a los nietos y después, por haber servido de instrumento de condenación. No es extraño que, en Marmato, debido a las minas, los minerales y gases que brotan por grietas y socavones, se hable de luces nocturnas que ven los habitantes de los contornos. Sin embargo, la gente le da una connotación mítica como a las llamadas “luces del Chamizo”. Se trata de tres luces amarillas que ven viajar por el sector de Jiménez Alto. Se ve que se chocan y se separan para continuar el viaje, una al lado de las otras dos. Comentan que esas luces representan a tres compadritos que, siendo muy amigos, se mataron entre sí, en una pelea. Fueron condenados a no separarse jamás por haber traicionado la amistad, en un mal día. Según los guaqueros, el color amarillo de las luces indica que allí hay oro; el rojo anticipa que para extraerlo habrá brotes de violencia y el azul que adentro no hay más que cobre. Don Bernardino G., en el sector de La Esmeralda (Rda.), subía a veces, a pie, cogido de la noche, hacia su casa. Iba sin linterna. De pronto miraba hacia atrás y veía que subía una luz. Se alegraba al pensar que había conseguido compañero para el resto de camino. Mermaba el ritmo de los pasos y la luz no avanzaba. De pronto, sin que alguien le hubiera sobrepasado, veía que la luz ya iba adelante. Luces que anuncian guacas dotadas de fabulosos destellos, asociadas con caciques indígenas que ocultaron sus tesoros ante la voracidad de los extranjeros o integrantes de otras tribus; luces que dan indicios del entierro acumulado por alguna mujer u hombre opulento angustiado por tener que dejar algo a sus herederos o a quienes codiciaban sus bienes escondidos. Los jueves y viernes santos, luego de las ceremonias religiosas de la

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noche, muchos emprenden excursiones fuera del perímetro urbano de San José para observar las luces que anuncian entierros, de acuerdo con la palabrería de los mayores. Los que dicen verlas comentan que las luces se encienden, cabecean, viajan por el aire y se entierran en donde está el tesoro. Los más ambiciosos graban en la memoria el lugar exacto o lo señalan, con disimulo, para regresar a excavar la tierra en donde se encontrarían las fabulosas riquezas. Los supuestos tesoros se esfuman o los que excavan encuentran, si mucho, un reguero de ceniza debido a la envidia que expresó alguno de los que divisaron las luces. “Y los sueños, sueños son”. Si no fuera por la fértil imaginación de los humanos, las luces, en las noches, no tendrían por qué inquietarnos. Por combustiones aleatorias de gases escapados de las entrañas de la tierra, esas luces pueden ser perceptibles, en las noches. La luz del sol impide que, de día, se vean las emanaciones. En otros casos son gases que expelen cuerpos animales o de sustancias vegetales en descomposición. Los gases dentro de las minas, también se encienden, al contacto con la atmósfera. Muchos mueren dentro de los socavones, víctimas de gases tóxicos. Volvamos a la casa que habitó don Ceno Vásquez en San José. Según Chucho, el sobrino, las R., que viven al frente, le han aconsejado que apague los bombillos que se le han quedado encendidos, varias veces, en el sector inconcluso de la casa. Le han advertido: ¿Usted por qué es tan olvidadizo? El no les ha confiado que ese sector de la casa carece de energía eléctrica. Ha buscado las morrocotas de oro de su tío y nada, ni en el zarzo, ni en el subterráneo. Le falta desbaratar las paredes para mirar si don Ceno dejó las rutilantes monedas apiladas en los cañutos de las guadua que sostienen la construcción.

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CASA CON ESPANTO PROPIO Hay casas que, después de una agonía sin solución, pareciera que recobraran vida y, a partir de entonces, se vuelven asiento de leyendas hasta ese entonces nunca oídas. En San José existe el caserón mandado a construir por el Padre Jesús María Peláez G., en 1956, en la esquina de la Calle Real, frente a la torre del templo, en donde arrancaba, hacia arriba, la Calle de la Estrella. Antes, existió, allí mismo, una casa de bahareque, de un piso, perteneciente a la familia Arcila Montes, cuyo personaje inolvidable fue una hermosa mujer que era muda pero muy conversadora y cuyo rostro se fue llenando de pelo. La casa mandada a levantar por el cura es de dos pisos y un subterráneo convertido en dos viviendas; está construida en bahareque forrado en cemento. Por la bocacalle, suben a la vivienda principal, por unas cuantas gradas. En esa vivienda tuvo hotel doña Etelvina Morales, con su esposo don Carlos Bedoya y sus hijas Yisel y Omaira que se fueron a vivir a Manizales. Luego, vivió doña Rosa Vasco, la telegrafista con su familia entre quienes se destacó su hija Amparo, entretenida con la música go-go, twist, hula-hula y demás embelecos de la adolescencia de los sesenta del siglo XX. Después, llegaron los profesores J. M. Bueno, su esposa doña M. y la familia. Nada raro había sucedido hasta cuando la habitó B.González., profesora oriunda de Riosucio, patria chica del Diablo y sus aquelarres. Ella se interesó en recopilar, con varios niños de la escuela, un conjunto de leyendas y mitos que editaron en un cuadernillo, en 2010. Al empezar el siglo XXI, se regó el cuento de que en esa casa asustaban. Dos familias que posteriormente ocuparon la vivienda la desocuparon porque no podían dormir debido a golpes de puertas que se abrían y cerraban, personas que se duchaban a media noche, radios que se prendían y gatos maltratados a garrotazos. Varias personas que pasaban por la calle, al mirar para las ventanas de esa vivienda, vieron rostros que observan para el exterior desde los postigos de vidrio, a pesar de que la casa estaba desocupada. En 2013, M. Martínez adquirió la casa y, al remodelarla, debajo del

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piso encontró un fangal debido a una vieja cañería rota. Lo que supuso que iba a ser un hueco se convirtió en una perforación como para una piscina. Del lodo extrajeron fotografías de gente del pueblo que nada tenían que estar haciendo en ese lugar, empezando por fotos de varios sacerdotes. Lo que pudo quedarse en una crónica pueblerina adquirió las características de una leyenda macabra. “LUNA DE MIEL EN SUSPENSO” En 2010, este fue el texto ganador del III Concurso de Crónica Local que patrociné entre los estudiantes de los planteles del municipio. Es interesante el final inesperado: “En 1970, cuando tenía 15 años, Leonor se casó con Conrado. Después del matrimonio se fueron a vivir a Tamboral, en una casa hermosa. Cuando llegaron a su nueva residencia, los saludó una mujer muy extraña que se preocupó por charlar más con Conrado que con Leonor. Mientras Leonor preparaba café, la mujer hablaba con Conrado y se veía muy entretenida. La primera noche, a Conrado y Leonor les sucedió algo extraño. Cuando estaban sentados en el corredor, de pronto, escucharon un zumbido como el de un volador en el aire pero no le pusieron mucha atención. Al día siguiente, la extraña mujer regresó. Ellos le comentaron sobre lo que les sucedió pero la mujer no les prestó la menor atención. Leonor hacía sus oficios mientras Conrado y la mujer hablaban. La mujer se fue, por la noche. A la tercera noche les sucedió algo más extraño. Se escuchó de nuevo el zumbido, esta vez alborotando las gallinas. A la mañana siguiente regresó la mujer; esta vez, Conrado le preguntó el nombre pero ella intentaba esquivar el tema. Conrado le insistió por lo que ella respondió que se llamaba Bárbara. Los tres hablaron hasta que llegó la noche y Bárbara se despidió. La cuarta noche, escucharon de nuevo el zumbido que pasó por el gallinero, tomó una gallina y bajó por el potrero. Conrado tomó una linterna y un machete y salió detrás del cacareo; llegó hasta un punto en donde la gallina se quedó en silencio. Conrado escuchó unas carcajadas horribles en la oscuridad, la

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linterna no le prendió y escuchó la carcajada al otro lado de la cerca. Conrado regresó a casa, se acostaron a dormir cuando escucharon nuevamente la carcajada en el techo. Conrado no se aguantó y dijo: Déjese coger que yo sé quién es usted. La bruja tomó vuelo entre carcajadas y se voló. Al otro día, Leonor contó las gallinas y estaban completas. Ese día, Bárbara no se hizo presente. A la semana siguiente, Conrado se fue a caminar por la vereda, se encontró con un amigo que vivía por ese lugar, le preguntó si sabía algo de Bárbara pero el amigo le dijo que no conocía a la tal Bárbara; dijo que cuando pequeño, en 1955, escuchó hablar de alguien así pero que había desaparecido sin saber cómo. Conrado quedó paralizado. Se despidió de su amigo, regresó a su casa y, una semana después, se pasaron a vivir a la vereda La Morelia. Si ellos no se van, más adelante ese matrimonio se hubiera dañado. Años después, en 1985, Conrado murió dejando a Leonor viuda con cinco hijos. Una de sus hijas tenía un niño de dos años; su madre se descuidó y el niño desapareció. Lo buscaron por todas partes hasta que vieron a un señor que venía con el niño; el señor se lo entregó a la madre y dijo que se lo encontró en un barranco con una flor en su manito pero, como se dio cuenta que era el nieto de doña Leonor, lo trajo. La desaparición del niño tuvo que ver con Bárbara pues ella tenía como objetivo dañarles el matrimonio a los abuelos de ese niño, según tengo entendido desde recién casados, cuando llegaron a vivir en esa hermosa pero misteriosa vereda. El niño creció, tiene quince años y está estudiando en el Colegio Santa Teresita de San José” (John Estiven Meneses Londoño, 9ª de bachillerato).

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IV DUENDE ECOLÓGICO, MITO FUNDACIONAL DE SAN JOSÉ CDS. Arriba de El Crucero existió un caserío llamado El Guamo, luego rebautizado como San Gerardo o Guamo Viejo. Tuvo vigencia desde antes que los colonos, uno detrás del otro, detuvieran sus pasos en el lugar en donde está ubicado San José de Caldas, al norte de El Guamo, sobre el Camino Real que comunicaba a Popayán, Cali, Quindío, con Anserma, Riosucio, suroeste antioqueño y Medellín, En fondas como las de El Guamo, los que detenían los pasos desahogaban sus pasiones en las trastiendas y en tertulias salpicadas de dichos, refranes, adagios y trovas. La vida de los arrieros/ es cargar y descargar/ y en llegando a la posada/ comer hasta reventar. Pero, no solo intercambiaban palabras sino brindis con tapetusa y juego de naipe y dados que los arrieros cargaban en los carrieles y, en muchos casos, por superstición, elaboraban con huesos de cementerio. Alguien advertía: No juegues con garitero ni bebas con cantinero. Ese paraje invitaba a descansar pero también a controvertir tanto a viajeros como a arrieros de origen antioqueño y caucano. Cuando los antioqueños divisaban a un caucano, decían en voz alta: Al caucano, ni la mano, a lo que los caucanos respondían con énfasis: Antioqueño, ni grande ni pequeño. No es exagerado deducir que en ese sitio se presentaban discusiones con aires racistas como cuando se decía: Indio, mula y mujer si no te la han hecho te la van a hacer. O, cuando alguien advertía: El negro no la hace limpia, El negro l'hace a la entrada o a la salida o No hay negro bueno ni negra mala. Menos mal que la situación ha evolucionado para bien. Era muy popular la copla: Si las mujeres tuvieran/ la libertad de los

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hombres,/ salieran por los caminos/ a robar corazones. A la copla anterior, algún viajero respondía: Mujer que a dos quiere bien, el Diablo se la lleve. Amén.Muchas de aquellas mujeres habían abandonado lejanos hogares para echar anclas en una de tantas fondas. Al amanecer, cuando el caporal impartía la orden de reanudar el camino, recordaba en voz alta que Mula parada no gana flete. En El Guamo, fue famosa la buena voluntad de las maritornes para satisfacer a los clientes camineros. “Había el arriero concertado con la Maritornes que aquella noche se refocilarían juntos y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase” (Don Quijote, I°, cap. XVI). Hablaban del avispamiento de las brujas. Tertulias, relatos, negocios, bebetas, bailoteo y trifulcas, al calor de una botella de tapetusa (aguardiente artesanal con un pedazo de tusa de mazorca como tapa). Ese comportamiento social sirvió de pretexto para que un misionero le cambiara el descriptivo nombre de El Guamo por el de San Gerardo, patrono celestial de las mujeres embarazadas y el de Charco Verde por San Isidro. El concejo municipal de Belalcázar encaró los desórdenes constantes que ocurrían en El Guamo, hasta cuando se extinguió por el deterioro de la naturaleza a que fue sometido ese sector, aunque hay quienes suponen que los aquelarres en las fondas llegaron a su fin como consecuencia de incontables maldiciones sacerdotales. Leña y carbón eran las únicas fuentes de combustión doméstica para cocinar alimentos. Al derribar el monte cercano extinguieron el nacimiento de agua. Sin agua, unas familias emigraron a Belalcázar (La Soledad) y a San Isidro (Charco Verde) mientras que otras se devolvieron hacia el norte, un poco más arriba, adelante de una laguna que quedaba en el flanco oriental de la cuchilla, en donde calmaban la sed las muladas que acezaban por el árido camino.

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Isaías Martínez, el patriarca mayor, a pesar de los avatares en el Camino Real, se quedó viviendo en El Rastrillo, arriba de La Laguna, junto al Alto de la Cruz, llamado así desde tiempos de la Colonia española pero que luego tomó el nombre de Alto de la Virgen. Un rayo volvió añicos la escultura de Nuestra Señora por lo que colocaron una cruz de cemento y el cerro, en 1957, retomó el nombre de Alto de la Cruz. Isaías Martínez se casó con Felipa Hernández y fueron padres de Emiliano, Marceliano, Crispiniano, Graciliano, María, Etelvina que se casó con Jesús María Ceballos; Isaías se casó con María Jesús López, Isaura con Jesús María Jiménez, Pedro con Ofelia Pineda y Angelina Martínez con Luciano Ríos. En el año de 1901, Juvenal Jiménez, acompañado de su esposa María Francisca Agudelo, fue el primer colono que se estableció en el paraje reconocido en el mundo de los arrieros de entonces como Miravalle. Motivo suficiente fue el de que, a un lado, quedaba un nacimiento de agua. La primera casa de familia en San José fue la de Juvenal Jiménez. Esta hace aún esquina frente a la actual Inspección de policía. El matrimonio tuvo como hijos a María, Manuel Antonio, Jesús María, Teófilo, Marcos, Rosalía y Julia Rosa. Aprovechando la madera de los bosques, Juvenal se dedicó a construir las casas, por encargo, a los que iban llegando. Eran de bahareque, de un piso, a la vera del camino, en el espacio comprendido entre la actual Inspección de policía y la Biblioteca. Se vivía la época de la arquitectura sin arquitecto. Los carpinteros no daban abasto. Las aves huían ante el estruendo de los martillos. Juvenal y los demás habitantes acolitaron a un misionero en la propuesta de cambiar el topónimo de Miravalle por el de San José, patrono de los carpinteros y de la buena muerte. De esta forma, en la cuchilla apareció otro punto para formar comunidad. Muchos habitantes de San Gerardo emigraron a San José y mandaron levantar viviendas de bahareque, unas pegadas a otras, de dos aguas, por delante de uno o dos pisos y por detrás de tres o

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cuatro. Juvenal Jiménez armó casas de un piso y, con el paso de los días, se le unió, en este empeño, Marcos Londoño acabado de llegar de Neira. José de los Santos Hernández y su esposa María de los Ángeles Londoño, arribaron de Neira, en 1902, a la orilla del Camino Real. Con premura levantaron una casa, en el lote que posteriormente ocupó el tanque del agua que aún sirve a San José. Luego de vivir varios años en ese sitio, contrataron en Neira a Cantalicio Bedoya para que les construyera la casona de dos pisos frente al lote que ocupa la plaza del pueblo. Viendo que había muchas personas con necesidad de que les construyeran sus casas, Cantalicio trajo de Neira a sus hermanos Doroteo y Julio Bedoya. El arquitecto Jorge Enrique Robledo, en su obra“La Arquitectura campesina del bahareque en Caldas”, hace la siguiente síntesis sobre la técnica del bahareque: “Todas las casas se construyeron con la cubierta en teja de barro; los muros en guadua, lata de guadua y tierra embutida o esterilla, empañetados con mezcla de tierra amarilla, arena y cagajón y pintadas con cal. Las vigas de techos y pisos, casi siempre, en madera rolliza y, rara vez, aserrada. En las casas de buena factura nunca se emplea la guadua como viga. En columnas, madera aserrada y, en menos veces, guadua. Cimientos puntuales en piedra y, de pronto, en ladrillo. Aleros, estructurados en guadua, recubierta con tabla y esterilla revocada” (2016, p. 32). Algunos de los recién instalados tenían experiencia en el manejo de negocios camineros. Los domingos que llegaba el cura de Belalcázar a celebrar misa de cuatro de la tarde, la mayoría de comerciantes sacaban sus mercancías, en toldos blancos, al espacio que ocupó la plaza principal. Bajo la dirección del padre Restrepo, Juvenal levantó la primera capilla, en madera de la región y la cubrió con hojas de palmicho. Quedó tan aceptable que, pocos años después (2011), fue contratado para construir la primera capilla de Viterbo.

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Isaías Martínez, patriarca mayor, Juvenal Jiménez, José de los Santos Hernández, Juan José Ocampo, Teodosio Alzate, Jesús Pérez, Félix Orozco, Rafael Marín, Federico Ospina, Benito Henao, Agapito Clavijo, Elías Rendón, Cantalicio y Doroteo Bedoya, Marco Londoño, Nacianceno Vásquez, con esposas y familias, se asentaron en la cuchilla y dieron vida a San José de Caldas, entre el atardecer del siglo XIX y la alborada del siglo XX. Gregorio Ocampo promovió la legalización y Fabriciano Rincón, juez poblador, distribuyó los lotes. En la distribución del trabajo en familia, los varones se dedicaron a tumbar monte y sembrar comida; luego, tabaco y café. Por los años 20 empezaron a escasear los cultivos de tabaco y aumentaron los de café. Las mujeres se dedicaban a los oficios domésticos y los muchachos cargaban el agua y rebuscaban la leña, hacían de gariteros para llevar el alimento a los jornaleros, en el corte, encerraban las reses, cebaban cerdos y gallinas y hacían mandados, en los ratos que les dejaba libre la escuela. Nadie se alarmaba porque las niñas ayudaran en oficios caseros como servir a la mesa, lavar la loza, tender las camas, barrer y, una vez por semana, encerar los pisos. En los ratos libres aprendían a bordar y tocar tiple o bandola. La economía de la Cuchilla de Belalcázar ha sido, ante todo, de subsistencia y, desde la parte media de la montaña hasta la cúspide, en su mayoría, de minifundios. La mayor parte de las actividades productivas no han sido muy industrializada. Las más de las veces, entre los moradores, no han abundado los excedentes económicos. El nacimiento de agua quedaba a cuatro cuadras del caserío, hacia el Valle del río Risaralda. A esa mana la bautizaron con el descriptivo nombre de Las Travesías. Para llegar a ella, desde la actual esquina de la Inspección de Policía, los vecinos bajaban siguiendo un camino descansado, en curva; de ahí el nombre. Pasados cien años (20112012), ante la apatía de un alcalde que salía y de otro que entraba,

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los ingenieros contratados destruyeron en forma impune la Calle de las Travesías, diseñada con toda amplitud por los primeros colonos y que constituía patrimonio vial de San José. Tan absurdo como construir una casa en el centro de un camino. En Las Travesías fluía el agua a borbotones. Con el paso de los días, más abajo, instalaron el matadero del pueblo en donde, en su apogeo, llegaron a sacrificar cuarenta animales, a la semana, entre novillos y cerdos. Pero, la destrucción del monte nativo para leña y madera, la ampliación de la frontera agrícola y la cacería indiscriminada y a destiempo, produjeron consecuencias funestas. El agua de Las Travesías se fue secando al quedar desnuda la montaña. Entre finales de la década de 1930 y comienzo de los años 40, la administración del corregimiento adquirió una máquina de bombeo que instalaron en Las Travesías, cuyo caudal empezaba a mermar. De ahí se impulsaba el agua, hasta un tanque de seis lados y dos metros de alto que construyeron en medio de lo que es hoy la plaza principal. A ese sitio llegaban al amanecer los varones a apañar el agua para el consumo más urgente, en cada hogar. Las letrinas no necesitaban agua pues se trataba de escusados o huecos profundos, en el patio o en el subterráneo y, asuntos como el baño corporal y el lavado de la ropa más grande y pesada se hacían, cada semana, en la quebrada de alguna finca cercana perteneciente a un pariente o amigo. Para eso existía, en el pueblo, el oficio y el personal de lavanderas. Un domingo, en la mañana, a comienzos de la década de los ochenta del siglo XX, tres ciudadanos visitamos el calabozo siguiente a la Pieza del Meme, en la inspección de Policía, de bahareque, para ver la chatarra que la administración del corregimiento había alistado la semana anterior para negociar con un chatarrero de Cali que estaba por llegar. Entre el arrume de metal inservible divisé el viejo ariete que sirvió para impulsar el agua a la plaza del pueblo. Los que entramos sacamos el ariete del montón y sugerimos a don S. Sepúlveda, corregidor en ese tiempo, que lo ubicara en un pedestal, en la Plaza

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de Bolívar de San José, con el texto escrito en piedra:“Teníamos sed y nos diste de beber”. Antes de que se agotara del todo el agua de Las Travesías, los dirigentes pusieron los ojos en otra fuente de aprovisionamiento, en el Monte de los Hernández, más al noroccidente, a mano izquierda, hacia el cementerio. La administración adquirió una motobomba más poderosa que lanzaba el agua hasta lo alto de la finca La Alhambra, al borde del camino a Risaralda, en donde se almacenaba, en un tanque del tamaño de una piscina mediana; cada mañana, el fontanero abría la llave para que el agua se distribuyera, en el pueblo, por gravedad, en menos de una hora. El tanque quedaba vacío en ese lapso. Arrasados los árboles de Las Travesías, los varones empezaron a derribar el monte que se encontraba en la ruta del nacimiento recién escogido. Bajaban del pueblo por el actual barrio San Jorge a lavar ropa, a bañarse y, de subida, echaban sobre los hombros un palo recién cortado. ¿Cómo se logró detener la destrucción? Daniel Hernández Londoño, después de que, en una noche de diciembre, le saquearon la mercancía de la tienda que tenía en el marco de la plaza, se dedicó a la finca La Alhambra. En muchas ocasiones, cuando se encontraba en el potrero o el cafetal, escuchaba que cortaban árboles y él gritaba: - ¡No tumben el monte que nos vamos a quedar sin agua! pero, como respuesta, recibía insultos y amenazas. En conversaciones con el párroco Jesús María Peláez que ejercía el cargo de Inspector Local de Educación, con el corregidor y con otras personas, Daniel opinó que, si las cosas seguían como iban, se repetiría lo que había sucedido con los nacimientos de agua en Las Travesías y San Gerardo. La desgracia que se cernía no era solo local. Las dos quebradas que

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nacen en la finca La Alhambra, se unen en la parte inferior de esa propiedad y, de ahí para abajo, surten de agua las veredas El Contento, Los Caimos y parte de Altomira, hasta Changuí, antes de desembocar en el río Risaralda. De secarse, el daño sería devastador. Daniel hizo ver que se trataba de un problema comunitario y no individual. Lanzó la voz de alerta sobre la destrucción de los recursos básicos y más cuando eran tan precarios. En cuanto a agua, la cuchilla de Belalcázar no ha gozado de excedentes. De ahí que los pueblos de San Clemente, Anserma, Risaralda, San José y Belalcázar, además de las veredas intermedias, se surten de agua con el Acueducto de Occidente, a partir de la segunda década del siglo XXI. No hay de qué extrañarse. A mitad del siglo XX, la teoría ecológica y la legislación colombiana sobre recursos naturales estaban en pañales. La ciudadanía se encontraba ante un cuerpo de deberes y derechos y unas relaciones sociales difíciles de sustentar, en esa época. Sin juzgado ni personería local por no ser municipio sino corregimiento, Daniel sugirió al cura y al inspector de San José que hicieran recapacitar a los leñateros aunque fuera con la leyenda de un duende que los podía embolatar. El Padre Jesús María Peláez y el corregidor de turno tantearon para ver si la treta del Duende daba resultados. El cura incluyó este asunto en los avisos parroquiales de los domingos. Elevó el problema casi que a nivel religioso. El lunes por la mañana, el cura con el Agente de Policía Escolar que se encargaba de tomar nota de los alumnos que no asistían a clase y luego averiguaba en sus casas por qué no habían ido a estudiar ese día, visitaron los salones de clase, en la Escuela de Niños Marco Fidel Suárez, para hacer ver a los muchachos que el duende los podía embolatar si seguían cortando leña en ese monte. Y, no se olvidaban de repetir: el perdido busca el monte. Cuando uno de los niños manifestó que en un bosque tan reducido era imposible que el Duende lo embolatara, el cura y el policía que lo acompañaba reforzaron la

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advertencia agregando que el Duende lo embolataba haciéndole dar vueltas alrededor de un mismo árbol hasta que el muchacho caía muerto de hambre y sed. Era entonces cuando tenían que gritar: ¡Ánimas benditas que yo aparezca! Como parte de la campaña para preservar el agua, Chepe Ramírez, maestro de obra del área en cemento del templo parroquial, cuyo rostro enjuto tenía algo de parecido al risueño diablo de la caja de fósforos, empezó a declamar, en voz alta, en lo alto de los andamios armados para la construcción del frontis, paredes laterales y pisos, entre los años de 1946 y 1954, un cuento costumbrista, versificado en parte, con el título de “El Duende” y que atribuía al riosuceño Carlos Martínez conocido como Tatínez: “Voy a contarles la historia/ lo que en Riosucio pasó/ que a un muchacho travieso/ el duende se lo llevó.// Esta historia que les cuento/ en San Antonio pasó/ o sea en una vereda/ que tiene la población.// Un viejito chiquitito/ por cierto muy sombrerón/ le mostraba al muchacho/ bolas, trompo y un balón,/ para llevarlo engañado/ por montes de esa región;/ y así lo fue envolatando/ al muchacho aquel bribón/ hasta llevarlo muy lejos/ donde nadie da razón.// Fueron muchas esas lágrimas/ que la madre derramó/ al saber que su muchacho/ el duende se lo llevó.// Había que coger al duende/ para que diera razón/ en dónde llevó al muchacho/ con engaño aquel bribón.// Consultada fue una bruja/ que vuela por la región/ para que ella nos dijera/ donde encontrar al sombrerón.// Luego, la bruja nos dijo/ con un colmillo pelado/ que a duendes los han cogido/ con un tiple destemplado;// Ese tiple que la bruja/ la bruja recomendó/ en un árbol de ese monte/ destemplado se colgó,/ para coger enredado/ de las cuerdas al bribón.// Cuando llegada la tarde/ de un día de esos ya pasados/ en las cuerdas de ese tiple/ estaba el duende enredado.// Al preguntársele al duende/ que en dónde tenía al muchacho/ nos contestó muy sonriente/ que allá arriba en el picacho.// Y cuando nos señaló/ la roca de aquel lugar/ se nos desapareció/ en medio de una humareda/ sin saber dónde fue a dar.// Cuando

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subimos la altura/ por el duende señalado/ dentro de una cueva oscura/ estaba el niño acostado.// Esto le puede pasar/ al hijo desobediente/ que sin permiso de los padres/ a los montes van sonrientes”. Chepe Ramírez contaba con credibilidad entre los pobladores de San José. Chepe enseñó a Iván Tamayo a tocar dulzaina; a Darío Dávila, a tocar guitarra; a Gildardo Pineda lo volvió experto en afinar tiples en su carpintería; a Félix Flórez, a fabricar versos. Las admoniciones del cura adobadas con los versos de Chepe provocaron el efecto esperado. Los mitos cambian de piel. Se adaptan a los móviles y al imaginario que la realidad acuciante ofrece a los miembros de una comunidad. El pueblo, ritualista por naturaleza, se inventa las formas y la parafernalia correspondiente haciendo evolucionar el relato impuesto con anterioridad. La confusión que se presentó en el poblado con la muerte de un hermano de F. P., popular arriero de ganado vacuno, ayudó a afianzar la versión del Mito del Duende Ecológico, entre la población sanjoseña. A mediados de la década de los cincuenta del siglo XX, apareció asesinado, con un hacha, después de que había penetrado por leña al Monte de los López, a mano derecha del camino que bajaba de San José a la Quiebra de Santa Bárbara. En el levantamiento, las autoridades encontraron, al lado del cadáver, el bulto de leña que llevaba al hombro en el momento del ataque aleve. El monte de donde se surtía de agua el pueblo de San José quedaba, por el camino a Risaralda, a mano izquierda, camino de por medio con el Monte de los López. El impacto social ante el crimen fue enorme. Los ingenuos imaginaron que había sido un acto del Duende del que se hablaba tanto por esos días pero, poco después, corrieron los rumores según los cuales el esposo de la amante del difunto había cometido el asesinato. A pesar de haberse despejado la sospecha en los estrados judiciales, la muerte de esa persona ayudó a afianzar el temor al

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Duende al que el pueblo había puesto a cuidar el nacimiento del agua. El mito local nada tuvo que ver con el desafortunado delito. Más de cincuenta años después, hay personas que miran al Monte de los López mientras musitan: - Al pie de aquel árbol apareció muerto un leñador… Pasadas las décadas, el efecto destructor causado por los leñateros, en el área de la Motobomba, todavía es visible. Quien eche un vistazo al monte, desde el mirador que queda en la parte trasera de la Alcaldía, se percatará que, por donde bajaba el camino del barrio San Jorge a “La Motobomba”, no hay monte primario. El monte nativo del lado izquierdo fue arrasado, entre mediados y finales de los años cincuenta del siglo XX. Se conserva el monte primario, al lado derecho, correspondiente a la finca ancestral de los Hernández. El recurso del mito para lograr un cambio en determinado comportamiento social también se utilizó, con posterioridad a San José, en La Felisa, paraje de La Merced, junto al río Cauca. “En la vereda La Felisa se ha contado de generación en generación, un mito que a veces toma la forma de tabú, prohibiendo la pesca en un lugar especial llamado La Playa. Siendo este un sitio ideal para este agradable deporte, las gentes han querido prohibir la actividad pesquera, allí, diciendo que solo se puede pescar de día pues si alguien se aventura a hacerlo en horas nocturnas, se encontrará con la desagradable sorpresa de ver la aparición de una luz misteriosa que se va acercando y luego desaparece dando lugar a una precipitación escabrosa de rocas y guijarros que caen sobre las partes íntimas del cuerpo del pescador intruso. Por esta razón, ninguna persona de la vereda se acerca allí de noche” (Ángel María Ocampo, 2002, p.210). La divulgación de un mito ya existente, pero con funciones distintas, trajo el resultado anhelado. En el caso de San José, al Duende Ecológico se le impusieron las características positivas de la Madremonte: guardiana de los montes; madre del Monte. El duende de San José es una versión a la distancia de los animes bienhechores de

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la costa atlántica. No tiene que ver con los animes de Aracataca de que hablara García Márquez. En buena parte, la mitología es fruto del medio ambiente en que nacen y crecen los individuos y a cuyo orden social están subordinados. Tantas madremontes, patasolas, muelonas, hojarasquines, patetarros corresponden a un género de vida primitivo; a un ordenamiento campesino que se ha ido desmontando ante el surgimiento de la sociedad de consumo. EL DUENDE ECOLÓGICO Cincuenta años después, el panorama del propio Duende se había afianzado entre la niñez de aquella población caldense. En 2008, la profesora de quinto, en la Escuela Urbana de San José, solicitó una redacción para la clase de lengua española que luego pasaría al concurso de fábulas infantiles. Una de las alumnas apareció con este relato: “Había una vez un bosque muy hermoso, lleno de frondosos árboles. La naturaleza cantaba de alegría, los manantiales eran cristalinos y los animales que habitaban el lugar caminaban en libertad. Una mañana aparecieron unos hombres con aspecto muy desagradable y machetes en las manos. Comenzaron a talar los árboles y desde ese momento todo cambió. El bosque que era tan hermoso pasó a ser un lugar triste y desolado. Cierto día en que los hombres se disponían a seguir dañando los árboles, apareció un hombre pequeño y los intrusos salieron corriendo por el susto. Desde ese momento, el pequeño siguió cuidando el bosque como si fuera suyo y, cada vez que se aparecía alguien a hacerle daño al lugar, el hombrecito aparecía y ese tal salía huyendo. Al poco tiempo el bosque empezó a ser como era antes y desde entonces al hombrecito se le puso el nombre de 'Duende del Bosque'. Se aparecía no solo en ese sitio sino en otras partes donde escuchaba que talaban los árboles. A veces bastaba con asustar a los que entraban con malas intenciones, ya fueran mujeres o

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niños. En varias ocasiones atacaba con piedras a los intrusos que llegaban al bosque a acabar con la naturaleza” (Daniela Álvarez R.). Más que como escenario de unos hechos, la niña describió el bosque como protagonista o motivo de las acciones humanas y del mito correspondiente. Al final dio muestras de ensamblar en el Duende del Bosque ciertas características que había escuchado del duende tradicional, el que hace maldades; como sus congéneres de otros lugares tira piedras para salvar la naturaleza. Además, Daniela en su relato universalizó el mito regional: “Se aparecía no solo en ese sitio sino en otras partes donde escuchaba que talaban los árboles”. Eso es lo que necesita un mito para alzar el vuelo: que lo universalicen. No sobra repetirlo: la principal característica del mítico Duende de San José no es hacer maldades como el resto de duendes. Se trata de un Duende benéfico. Un Duende Ecológico. Como no puede haber pueblo sin agua, si no hubiesen puesto a funcionar el mito del Duende cuando detectaron la amenaza, no se puede asegurar que San José existiese en la actualidad. Pudo haberse convertido en otro San Gerardo; en otro pueblo fantasma. *** Hay otras relaciones, otras interpretaciones y otras imágenes del universo que no es unívoco pues las visiones que de él se tienen son distintas de acuerdo con las sociedades y los sistemas imperantes; de acuerdo con la imaginación y sus productos: arsenales de ficciones. Los mitos son farsas de poder, “muy ingeniosas”, que “exigen un gran esfuerzo de inteligencia y colocan a los hombres en una situación bastante difícil”, como advierte Sócrates en la introducción del Fedro de Platón. En este caso, la versión sanjoseña del Mito del Duende viene aderezada con sanciones y alegorías admonitorias.

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En tiempos de Cambio Climático, con todos los efectos devastadores sobre la humanidad, mitos actualizados como el Duende Ecológico pueden hacer más bien que mal. Por lo menos, nos da indicios sobre los azarosos caminos por donde han transitado muchos pueblos, a través del espacio y las edades. Tenemos que cumplir el mandato del Oráculo de Delfos para quien, “si pretendemos saber lo que somos debemos conocer lo que hemos sido”. REPRESENTACIÓN Jorge Vélez Correa nació en Risaralda (Caldas), en 1960. Después de graduarse en Filosofía y Letras, en Manizales, se dedicó a las artes plásticas, sobre todo a la escultura. Viajó a Medellín en donde se volvió ducho en moldear estatuas, en el taller del Maestro Rodrigo Arenas Betancur, gran exponente de la escultura épica en la plástica colombiana. Las obras de Vélez engalanan muchos espacios públicos sobre todo antioqueños. En mayo de 1993, Jorge Vélez me invitó a una reunión en la oficina de la Contraloría Departamental de Caldas a cargo del abogado y escritor Antonio Mejía Gutiérrez. El escultor sorprendió a los asistentes con las fotografías de una obra suya en bronce, de un metro de alto, que evocaba la figura de un duendecillo juguetón. Estaban presentes los alcaldes de Belalcázar, Viterbo y Risaralda a quienes no les interesó la oferta del Duende por lo que se despidieron en forma cortés. En seguida relaté, al Contralor y al artista, la leyenda que circulaba en San José sobre el Duende ecológico y coincidimos los tres presentes en que el lugar más apropiado para ubicar esa escultura era San José de Caldas. El Contralor Departamental se comprometió a impulsar el proyecto en el Consejo Departamental de Gobierno, con el fin de que el Departamento de Caldas colaborara en la adquisición de esta obra para ubicarla en un lugar público de esta población del occidente caldense. Sugirió que enviásemos, al Consejo de Gobierno, una carta firmada por sanjoseños interesados en dicha gestión. La carta no se hizo esperar.

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San José Caldas, 29 de julio de 1993 Señora Gobernadora PILAR VILLEGAS DE HOYOS Y Miembros del Consejo de Gobierno Manizales. Asunto: Solicitud aporte departamental Con el fin de perpetuar y rescatar la leyenda y el patrimonio cultural venido a menos por la implantación de costumbres extranjeras en nuestro medio, nos hemos dado a la tarea de adoptar para San José el símbolo de un personaje que, como el Duende Ecológico, ha hecho parte del folclor de esta población y de la narrativa caldense. Para rendirle un homenaje a nuestros valores autóctonos, hemos acordado institucionalizar las Festividades del Duende, a finales de octubre, en reemplazo del importado “día de las brujas”. Queremos, además, perpetuar las festividades a través de una expresión material de este personaje, para lo cual esperamos su colaboración. Anexamos la inquietud e información. Del Honorable Consejo de Gobierno, con todo respeto, Octavio Hernández Jiménez (Docente Universidad de Caldas), Presbítero Hernán Quintero (Cura Párroco); Edgar Valencia Llanos (Corregidor), Fenelón Gallego (Tesorero) y Tito Fabio Hernández J., (miembro de la Junta de Desarrollo Urbano y Rural). ANEXO Informativo: La inquietud que les presentamos es la siguiente: Un aporte departamental a la cultura y rescate de valores autóctonos por $2.000.000-. Este aporte se destinará al pago de la escultura “El Duende”, para ser ubicada en el Corregimiento de San José Caldas. El escultor es Jorge Vélez Correa, hijo de la tierra y vinculado al taller del maestro Rodrigo Arenas Betancur. Especificaciones: Material: bronce. Altura: un metro. Fotografía de la escultura.

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El Consejo Departamental de Gobierno aprobó la adquisición. El escultor envió la obra en un guacal pero, por errores en la oficina de transporte, se envolató la escultura, en el viaje de Medellín a San José de Risaralda (Caldas), al confundir este destino con San José del Palmar (Chocó). El Duende embolató al Duende. Al fin, la obra apareció y se ubicó en el antejardín del Puesto de Salud de San José, actual hospital, lugar escogido por el artista ya que era visible tanto de quienes arribaban de Risaralda como de los que llegaban por la vía de Belalcázar y Viterbo. La tesorería del corregimiento, a cargo de Fenelón Gallego C., corrió con los gastos del transporte y la construcción del pedestal. En el primer “puente Emiliani”, en noviembre de 1993, cuando la festividad del primero de noviembre se trasladó al lunes siguiente, se llevaron a cabo las Fiestas del Duende aunque, para 1994, se institucionalizaron como Carnavales del Duende. Por el acierto en el motivo, o por lo original del pretexto, la celebración causó impacto en el país. Los canales de televisión Caracol y RCN enviaron, cada dos años, sus corresponsales y, ante la estatua, hicieron entrevistas y filmaron danzas y serenatas. Faltaba el paso malo. Como efecto de la feroz campaña desatada en búsqueda del poder municipal, quien resultó elegido alcalde de San José ordenó, a finales de 1998, arrancar y arrojar a un rincón de una oficina en la Alcaldía, la inofensiva escultura del Duende. Ahí lo dejaron estorbando, como en una picota, el tiempo que le quedaba a esa administración para dar paso a la siguiente. Rumoraron que iban a vender el Duende como chatarra. Se informó del caso en la Procuraduría Regional de Manizales para que detuviera el atentado contra el precario patrimonio cultural del nuevo municipio. J.A. Henao C., segundo alcalde por elección popular, varios meses después de su posesión, aceptó la sugerencia que le presenté de rescatar la escultura y ubicarla en el sitio adecuado. Invité a San José

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a Fernando Alvarado, maestro en escultura y profesor en la Licenciatura de Artes Plásticas, en la Universidad de Caldas, vinculado a San José desde cuando le encomendé las tallas en madera “Familia Colombiana” para la Alcaldía (1998), las 14 estaciones del Vía Crucis (2000) y el mural La Sagrada Familia que doné al templo, en el primer centenario de fundación del pueblo (2001). Como fruto del diálogo, entre el Alcalde y Fernando Alvarado, se escogió el nuevo emplazamiento en el extremo noroccidental del Parque, por el sendero por donde se baja a la Calle de la Ronda. Fernando diseñó la altura para que fuera visible desde la Calle Real y el material del pedestal, en ladrillo descubierto. Acto seguido, regaló los planos para la construcción de la Media Torta, a un costado de la Alcaldía. Desde el privilegiado emplazamiento que ocupa en la Plaza principal, el Duende sonríe y se ha convertido en telón de fondo para fotografías de visitantes, desde finales del año 2001, cuando concluyeron las festividades conmemorativas del I Centenario del Poblamiento de San José. En 2011, corrió el rumor de que, en la noche, los policías que por las calles del pueblo salían de ronda habían visto al duendecillo de bronce bailando contento sobre el pedestal. Travieso el muchacho. CLAMOR CIUDADANO En 2005, dos individuos relacionados con quienes derribaron el primer emplazamiento del monumento al Duende, después de azuzar al párroco de la temporada para que los apoyara, recogieron las firmas de sus amistades cercanas con el fin de sabotear el proyecto de las Fiestas del Duende que se habían realizado en cinco oportunidades, luego de una interrupción provocada entre 1998 y 2001. La mayoría de concejales, haciéndose vocera de un clamor ciudadano, había soñado con resucitarlas. En ese 2005, cuando nos empeñamos en el resurgimiento y legaliza-

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ción de las fiestas, quien esto escribe visitó cafeterías y bares para dialogar con aquellos propietarios que habían manifestado su incomodidad por el proyecto de oficializar como municipio las fiestas del Duende. Obvio que, en los días posteriores a la realización de las fiestas, las mismas personas que expresaban su descontento callaban como peces. No podía ser de otra manera: estaban dedicados a contar las ganancias producidas por sus negocios que, si no hubiera sido por las Fiestas del Duende, hubieran permanecido vacíos, por esa temporada. Entre la documentación allegada, esta fue la carta que envié al Concejo Municipal: Manizales, 30 de agosto de 2005 Honorable CONCEJO MUNICIPAL San José Caldas. (En el primer párrafo se hace un recuento de la tala de los bosques en San Gerardo, Las Travesías y la reinvención del mito con el propósito de salvar la fuente del agua en La Motobomba). Durante 25 años fui profesor titular de la materia Sociolingüística, en la Universidad de Caldas. Por cuestión de investigaciones antropológicas y lingüísticas, en ese tiempo, me desplacé por todos los municipios del Departamento y les cuento que, entre las versiones mitológicas de las distintas regiones, una de las más llamativas fue la del Duende Ecológico de San José. Se sabe que un mito es un relato inventado por un pueblo para explicar ciertos fenómenos naturales o sociales que ocurren en el contorno. A algunas personas, el mito del duende les parece no recomendable pero es porque desconocen la variable optimista y esperanzadora que tiene en San José.

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La Universidad de Caldas, para el material gráfico, en la carrera de Ecología utilizó la imagen del Duende de San José de Caldas, vaciada en bronce por Jorge Vélez Correa y adquirida, por el interés puesto en su variable ecológica por un grupo de ciudadanos del Corregimiento y la colaboración del Contralor Departamental de la época, Dr. Antonio Mejía Gutiérrez, ante el Consejo de Gobierno Departamental. Yo gestioné y coordiné las acciones. El corregimiento pagó el traslado de la escultura desde Medellín y la construcción del primer pedestal, en el antejardín del Hospital San José. Un grupo de 14 personas, comandado por el Párroco, envió una carta al Concejo Municipal solicitando negar el proyecto de legalización, ya como municipio, de las Fiestas del Duende que se celebraron con todo éxito, en la década de los noventa del siglo XX. Los adversarios del proyecto cívico esgrimen elementos seudo-religiosos que nada tienen que ver con estas Fiestas pues un duende no es asunto de Religión sino de Mitología, respetada área de la antropología que profundiza en el conocimiento de la mente, la sicología y el porqué de ciertos comportamientos fantasiosos de una comunidad. (Paradójicamente, la carta del 29 de julio de 1993, solicitando al Consejo Departamental de Gobierno la adquisición de la escultura del Duende para emplazarla en San José, iba firmada, entre otros ciudadanos, por el párroco de San José Caldas, Pbro. Hernán Quintero). Yo también estaría de acuerdo con la solicitud de suprimir las fiestas en honor de un duende que hiciera maldades a la gente. Pero no es a ese al que se festeja. Es al mito, es a la leyenda, que evitó la extinción de San José como conglomerado, en ciertos períodos de su devenir. Extraordinario que, a través de la fiesta que buscamos legalizar, se borre la imagen de un duende pendenciero para pasar a festejar la leyenda de un suceso que revitalizó a nuestro pueblo. PROPONGO, al Honorable Concejo Municipal de San José, muy comedidamente, que se institucionalice la FIESTA DE MITOS Y LEYENDAS y, a su vez, se institucionalice la condecoración Orden del Duende Eco-

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lógico, con la correspondiente normatividad que regule la forma, las personas o instituciones a las que se va a otorgar, en cada edición del festejo. Los municipios tienen sus condecoraciones para otorgarlas en casos especiales. Si queremos avanzar en el conocimiento de nuestra Identidad como pueblo, acrecentar nuestro Sentido de Pertenencia y el Patrimonio Cultural por medio del aprecio de nuestras realizaciones a través de la historia, si buscamos convertir a San José de Caldas, San José de Miravalle o San José de los Mitos en un polo turístico, debemos organizar eventos que, periódicamente, atraigan visitantes interesados en conocer la sociedad que habita en esta cuchilla, su modus vivendi, en especial sus aspectos culturales. Imaginemos, una Fiesta con un Desfile o Parada Central de Leyendas y Mitos precolombinos, otro año con mitos africanos, asiáticos o europeos. Sería un sitio que muchos quisieran visitar ante la imaginación, la novedad, la pedagogía y el buen gusto con que se agasaja a los que llegan de paso y a los que regresan. Ojalá el único motivo que anime a todos los que se han involucrado en este debate sea el del beneficio del pueblo. No vale la pena que, ante un proyecto benéfico para el futuro de San José, nos pongamos de acuerdo para enterrarnos juntos. Paisano y amigo, Octavio Hernández Jiménez Con cautela y sin aspavientos, los honorables concejales aprobaron la realización de las Fiestas de Mitos y Leyendas, cada dos años, por época de cosecha cafetera, en uno de los puentes de octubre o noviembre, como sustituto a la fiesta de los brujitos el 31 de octubre. Tres ciudadanos adversarios del proyecto asistieron a las sesiones pero, al ser aprobado, se retiraron, como Lucifer, con la cola entre las patas.

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Partidarios decididos de estas festividades, en las sesiones del Concejo, fueron el alcalde Silvio Ríos Y., el edil Fernando Grajales y el profesor del Colegio Santa Teresita, Juan Emilio Agudelo. Mutuamente nos animábamos para no decaer ante las arremetidas de los malquerientes. Las fiestas no se inventaron en 2005. Se institucionalizaron en lo que era necesario legislar por los contratiempos padecidos y la corta vida del nuevo municipio. La propuesta de cambiar la denominada Fiestas (o Carnavales) del Duende por Fiestas de Mitos y Leyendas buscaba aglutinar, en concierto y alegría, a defensores y opositores de esta festividad que venía desde 1993. Un implícito Pacto de Paz. El reducido número de oponentes expresó su beneplácito por haber cambiado el nombre de Fiestas del Duende por la denominación Fiestas de Mitos y Leyendas sin reparar que en la denominación Fiesta de Mitos y Leyendas se aglutinaba el mito y las leyendas del Duende Ecológico de San José, además de los innumerables mitos y leyendas que se esconden tras esa denominación genérica. A falta de una fiesta en honor de un mito único, aprobaron una fiesta en honor de todos los mitos y leyendas que en el mundo han sido. JUICIO FINAL Las personas y los conglomerados, históricamente, han sublimado la agresión, el remordimiento, la culpabilidad y el castigo. La doctrina sobre la necesidad de un Juicio Final ha sumergido a distintas culturas en una zozobra sin apaciguamiento. Los libros sagrados anuncian un ajuste de cuentas al final de los tiempos, aunque predicadores crédulos e ingenuos, con periodicidad, anuncian la inminencia de unos días de oscuridad pavorosa. En el Occidente del Gran Caldas, muchas familias se angustian por las 72 horas en que tendrán que encerrarse, en sus casas, pues no saldrá

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el sol, habrá huracanes, un hielo mortal se colará por debajo de las puertas y por las rendijas de las ventanas para llevarse a quienes por no estar preparados respiren el vaho de la muerte. Los que aceptan ese mensaje deben guardar provisiones como si se tratara de una guerra y deberán encomendarse a la Virgen de La Candelaria y al Arcángel San Miguel, a quien entonan esta oración mientras sostienen un crucifijo en lo alto: “Oh glorioso príncipe de las huestes celestiales, defiéndenos en la batalla y en el terrible combate que libramos contra los principados y potestades del aire, contra los dominadores de este mundo tenebroso, en contra de todos los espíritus del mal…”. El dos de febrero, día de La Candelaria, ya se ha dicho, los fieles acuden a los templos a que les bendigan los cirios que, con el agua bendita del sábado de Pascua, guardan en los hogares a la espera de un terremoto, una tempestad, la muerte de un ser querido o los tres días de oscuridad. En el mes de julio de 2015, bajo las puertas de las casas, en San José de Caldas, Belalcázar y Viterbo, aparecieron unas páginas mal fotocopiadas sobre los “tres secretos de Fátima”, entregados por la Virgen a tres pastorcitos, en 1917. Sacadas a mano, esas copias ya habían sido repartidas, en otras ocasiones, antes de que muriera Lucía, en 2005. El siguiente era el contenido: “La oscuridad caerá sobre nosotros, durante 72 horas (tres días). La tercera parte que sobreviva a estas 72 horas de oscuridad y sacrificio empezará a vivir en una nueva era. En una noche muy fría, 10 minutos antes de la media noche, un gran terremoto sacudirá la tierra durante 8 horas. Esta será la tercera señal de que Dios es el que gobierna la tierra… Para que ustedes se preparen y puedan permanecer con vida, como hijos míos que son, les daré las siguientes señales: La noche será muy fría; soplarán fuertes vientos; habrá angustia y en poco tiempo comenzará el terremoto. En casa, cierra puertas y ventanas y no hables con nadie que no esté en tu casa. No mires hacia afuera, no seas curioso pues esta es la ira del Señor. Enciende velas benditas ya que por tres días ninguna otra luz encenderá. El movi-

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miento de la tierra será tan violento que la moverá 23 grados y la regresará a su posición normal. Entonces vendrá una absoluta y total oscuridad que cubrirá la tierra entera. Entonces, aparecerá en el cielo una gran Cruz Mística para recordarnos el precio que el Hijo pagó por nuestra redención. El Señor protegerá la propiedad de los elegidos” (segunda página del anónimo). Las citas anteriores se pueden tomar como glosas populares que de trecho en trecho divulgan con relación a los textos bíblicos que hablan del fin del mundo: “Cuando venga el Hijo del Hombre, en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de Él y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos y pondrá las ovejas a un lado y los cabritos al otro…”(Mateo 25, 31-40). A un lado de este presentimiento aparece el del Juicio Final. Sospechas que pertenecen tanto a la cultura como a la religión. Nacen en elucubraciones de que el orden del mundo terminará. Visiones fantasmagóricas de la civilización, los patrones de conducta, la libertad, las pasiones encarnadas en textos misteriosos, personajes, diablos, monstruos y animales reales o míticos. El Apocalipsis, que en griego no significa destrucción sino revelación, ha inspirado representaciones plásticas de ese Juicio Final. Son ilustraciones emotivas de los Evangelios y el Apocalipsis que a través de los siglos han dado pábulo a la llegada de la Parusía o “el advenimiento glorioso de Jesús al final de los tiempos”. En las obras del Juicio Final el arte ha captado la desolación y el gozo que habrá cuando Dios convoque a la humanidad a rendir cuentas. Todos se apretujan para el examen definitivo ante un “Cristo sedente, juez de todas las criaturas”. Son célebres los juicios finales de la Alta Edad Media y el Renacimiento como los de Hieronymus Bosch (El Bosco), Lucas Cranach El Viejo,

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Brueghel El Viejo, El Greco y el más conocido, el Juicio Final de Miguel Ángel Buonarroti, en la Capilla Sixtina del Vaticano. En Colombia, desde la Colonia, se han pintado juicios finales. Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos es el autor de un Juicio Final que se conserva, desde finales del siglo XVII, en el templo de San Francisco de Bogotá, con tres zonas determinantes: la de los que se salvan, el purgatorio y el infierno. El crítico de arte Jaime Humberto Borja ha dicho de esta obra que “es digna de ser tenida en cuenta como una de las obras maestras del arte colombiano” (El Arte en Colombia, p.56). También es digno de mención el Juicio Final del artista y sacerdote jesuita Santiago Páramo, en el templo de San Ignacio, a un lado del Palacio Arzobispal de la capital del país. Al finalizar el siglo XX, (1998), final también del segundo milenio, se me ocurrió la idea de mandar pintar un juicio final que retratara la humanidad en esa coyuntura histórica poblada de esperanzas y pesimismo. Le presenté esta propuesta a Walter Castañeda teniendo en cuenta, en primera instancia, las conversaciones con el párroco de San José Caldas que dio el visto bueno y luego con el señor obispo de la diócesis de Pereira y el canciller, padre Carlos Arturo Isaza, que aprobaron el proyecto. Con los diseños, en cartulina, sobre el escritorio, ellos aportaron convenientes consideraciones doctrinales y otros detalles antes de pintarlo sobre madera. El artista pintó el cuadro en el taller que tenía en Villamaría (Caldas). Superadas esas etapas, ubicamos la obra de 4,50 metros de alto por 2,80 de largo, en el templo de Nuestra Señora del Carmen de San José Caldas. Hice entrega del mural más grande de arte religioso del Gran Caldas, como donación personal, al pueblo de San José, el 19 de marzo de 1998, día en que se inauguró este territorio del Bajo Occidente como municipio número 26 del departamento de Caldas. En el Te Deum, oficiado en el templo como acto central de dicha efemérides, a las 11

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de la mañana, en presencia de las autoridades eclesiásticas y civiles del departamento y la diócesis, ante numerosos invitados y la ciudadanía, se descubrió la obra de arte y los representantes del clero presentes en el acto la consagraron con agua bendita, incienso, coro de aleluyas y atronadores aplausos por parte de los asistentes. Fue ubicada en la nave derecha del templo, la que da a la calle real, en la pared de la escala que sube al coro, mirando al altar. Era un sitio discreto pues al entrar al templo y mirar hacia los altares del fondo, no se veía. De esta forma, quedó integrada al patrimonio de la comunidad sanjoseña, por su valor artístico, catequístico y por haberse convertido en referente cultural. Se trata de un conjunto alegórico, como todos los cuadros del juicio final que se han pintado en el mundo cristiano y que se conservan en catedrales, templos y prestigiosos museos. Es una obra pedagógica y de denuncia pública sobre los vicios más protuberantes cometidos por las gentes de finales del siglo XX: la envidia que corroe, la violencia atroz que asesinaba al pueblo colombiano, la soberbia y la vanidad excesivas, el lujo diamantino que humilla, la ambición que destruye a los más chicos, la gula ridícula, el sicariato mortal desde las motos ejecutado por hombres y mujeres, las supersticiones diabólicas, la indecisión desconcertante de una masa amorfa, y, en lo alto, “el Cristo sedente, juez de todas las criaturas”. Allí aparecen los Jinetes del Apocalipsis (Apocalipsis 6: 1,8), que representan la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte que han librado a diario batallas contra la humanidad, y también los ángeles: “Y vi a los ángeles que estaban en pie ante Dios y se les dieron las trompetas” (Apocalipsis 1,4). Tocan las trompetas como si fueran mariners de guerra de una potencia moderna. Ante la derrota por la aprobación de las Fiestas, en el Concejo Municipal, las mismas personas que habían azuzado, en balde, a los conocidos para impedir la aprobación de esas festividades, en 2006,se

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fueron lanza en ristre contra el cuadro Juicio Final del Siglo XX, obra digna de admiración del artista Walter Castañeda (seudónimo Eva Clarens), doctor en Estética, profesor titular del programa de Diseño Visual en la Universidad de Caldas y uno de los mejores pintores expresionistas con que cuenta Colombia. Después de siete años en que sanjoseños y visitantes pusieron sobre la obra sus miradas reflexivas y ávidas de explicaciones teológicas y artísticas, aparecieron cuatro adversarios, de conocimientos nulos sobre teoría del Arte y Crítica interpretativa, que se propusieron aunar sus impulsos primarios para expulsar el cuadro del templo. El párroco de esta otra etapa puso en marcha la máquina de guerra consistente en trocar las homilías dominicales por un arsenal de burlas, improperios, desprecios y sarcasmos, hasta ser llamado el cura, varias veces, por el nuevo obispo de la Diócesis de Pereira, Monseñor Tulio Duque Gutiérrez para que evitara avivar la llamarada de la discordia. Entre las entidades que difundieron comunicaciones de respaldo para que la obra de arte permaneciera en su lugar original estuvieron la Academia Caldense de Historia, la Secretaría de Cultura del Departamento, la Facultad de Diseño Visual de la Universidad de Caldas, el Centro de Escritores de Manizales, la colonia sanjoseña en la capital y una carta fechada el 26 de mayo de 2006, en San José, con 175 firmas de habitantes, encabezadas por 7 concejales del municipio, el Señor Alcalde, el personal de trabajadores del Hospital con los médicos a la cabeza, el cuerpo docente del área urbana y rural y 95 firmas de estudiantes del Colegio Santa Teresita (en 12 páginas) que defendieron la permanencia del Juicio Final del Siglo XX, en su lugar, como patrimonio cultural de San José Caldas. La respuesta del Obispo a las instituciones culturales renovó el criterio de su antecesor para que la obra continuara en el sitio ocupado, en el templo de San José Caldas, desde el día de su bendición solemne.

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Esta fue la comunicación del Señor Obispo: Pereira, agosto 17 de 2006 Señores ACADEMIA CALDENSE DE HISTORIA Manizales, Caldas. Apreciados Señores: Reciban mi cordial saludo. En atención a su comunicación sobre la situación frente al cuadro del Juicio Final, donado por el Señor Octavio Hernández y pintado por el artista Walter Castañeda (Eva Clarens), me permito remitir copia de las opiniones emitidas por la Comisión Diocesana de Arquitectura y Arte Sagrado. Espero con esto dar por terminado este capítulo y que el ambiente Parroquial vuelva a su normalidad. En Cristo Salvador, Tulio Duque Gutiérrez, SDS. (Firmado) Obispo de Pereira. Como Anexo de la anterior comunicación iba la carta remitida al Señor Obispo por la Comisión Diocesana de Arquitectura y Arte Sagrado, cuyo eje central fue el siguiente: Pereira, agosto 15 de 2006. Excelentísimo Monseñor Tulio Duque Gutiérrez, SDS Obispo de Pereira (…) Sabemos que el trabajo de un artista cristiano es un trabajo de activa transmisión de la fe mediante el lenguaje de las diversas formas de expresión que el arte tiene. Pensamos que el cuadro en cuestión es un trabajo profesional, que no tiene como principio desacatar la moral o tradiciones cristianas

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del pueblo. Sin lugar a dudas el autor no tiene otra pretensión que la de expresar a su manera la verdad incuestionable del Juicio Final, si bien con imágenes que pueden parecer grotescas al común de las gentes, pero que no buscan ofender la moral. El arte requiere de capacidad para mirarlo sin escandalizarse, para no quedarnos en las formas externas y saber valorar lo que el autor quiso expresar. El arte ha acompañado a la Iglesia a lo largo de toda su historia y ésta se ha servido de aquel como medio catequístico. Sugerimos que el cuadro esté acompañado de un escrito que explique su significado. (…) Por lo tanto, siendo un cuadro de temática religiosa, consideramos que puede seguir siendo exhibido en el Templo Parroquial, en el lugar discreto que actualmente ocupa. Pbro. Duván Ocampo (Firmado) – Pbro. Óscar Antonio Herrera B. (Firmado). De acuerdo con la sugerencia expresada en la carta, en dos láminas de acrílico rojo colocadas bajo el ventanal cercano que da a la Calle Real, se entró a explicar el simbolismo de la obra a los visitantes del templo. Se trata de una pieza de arte religioso que, como toda obra de arte, utiliza un lenguaje y unos símbolos mitológicos expresados con imágenes arquetípicas, en este caso, sobre el Justo Juez, similar al de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, los ángeles hebreos y jinetes del Apocalipsis cristiano; las representaciones clásicas de la Envidia, la Vanidad, el Lujo, la Ambición, la Gula, la Violencia, la Polución, el Tiempo, la Gloria, el Castigo y otras ideas que, a pesar de utilizar las formas de un expresionismo patético, hacen parte del inconsciente colectivo que es común a la generalidad de los pueblos. Los observadores ubicados ante el Juicio Final del Siglo XX, en San

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José Caldas, cuando la obra era accesible al público, entendieron las alegorías, las comprendieron en su contexto, dialogaron sobre ellas y muchos, como lo expresan las cartas de apoyo enviadas a la autoridad competente, se sintieron orgullosos de acrecentar, con una obra de esa envergadura, el sentido de pertenencia y el patrimonio cultural de un pueblo. La versión sanjoseña actualiza y enriquece la visión artística del tema universal. El Justo Juez corresponde al arquetipo del héroe victorioso que domina la escena del Tiempo. El arquetipo del payaso que pedalea en una bicicleta estática es alegoría del Tiempo universal y anuncia la Eternidad. Sorprende la creatividad del autor, a la vez que detenerse ante las representaciones de un mundo suprasensible ejerce un efecto didáctico y curativo en los observadores. Como dirían Martin Schuster y Horst Beisl (pp.75-76), en la Psicología del Arte: “El espectador reconoce su propio destino y las obligaciones que le impone su propio desarrollo en el transfondo arquetípico del trabajo artístico”. Cuatro años después de que el Obispo de la Diócesis de Pereira reiterara su beneplácito para que el cuadro permaneciera en el interior del templo, de acuerdo con el análisis de la respectiva Comisión de Arte Sagrado que visitó y dialogó con el cura y sus tres amigos, otro párroco, en 2010, apoyado por las firmas que requirió a diez (10) señoras de su entera confianza, enfiló baterías contra la determinación de su superior jerárquico. (Orquis, según la mitología griega, era hijo de un fauno y una ninfa). En esta historia, Orquis ordenó arrancar y esconder el Juicio Final del Siglo XX, en el coro del piso de arriba, sobre la puerta principal del templo. Antes de desprenderlo de su sitio, un inquisidor (¿¡!?), le asestó, con un mazo, reiterados golpes que abrieron cuatro enormes boquetes en la parte inferior de la obra. A la violencia de las palabras se añadió la violencia de hecho desatada en el interior del templo.

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Si Walter Castañeda superara el desengaño y decidiera restaurar su obra, tendría argumentos suficientes para pintar, en el infierno, el rostro de Orquis, así como Miguel Ángel, dice la leyenda, perpetuó, en el infierno de su Juicio Final, en la Capilla Sixtina, en donde eligen los papas, el retrato del cardenal que le insistía al Papa que mandara borrar de ese recinto, la obra genial. El papa y el artista se salieron con la suya para bien del arte universal aunque, en varias ocasiones, a través de los siglos, los vándalos la emprendieron contra el mural para deformarlo. Con el proceder del párroco aldeano, el aleccionador simbolismo sobre la violencia que aparece en el cuadro se trocó en escandalosa realidad. Una sobrecogedora saga violenta se incubó en el templo parroquial como alarde de los antivalores que dominan esta época. Al llegar la declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero hecha por la Unesco el 25 de junio de 2011 nos encontramos con que, en gran parte, el patrimonio cultural de los pueblos ha sido atropellado por la ignorancia y la insensibilidad de personas forasteras y la desidia y falta de identidad de los paisanos. SIGUE SU CAMINO Según algunos sanjoseños, el duende como personaje mítico universal no deja de hacer travesuras. Ezequiel Vallejo, el viejo que vendía sirope y colaciones, los domingos, en la plaza de mercado, pero que en semana iba de casa en casa, por las noches, contando la Extraordinaria Vida de Sebastián de las Gracias, era conspicuo 'teólogo' de distintos endriagos. Según él, los duendes pertenecieron a las legiones que, en la eternidad insondable, se rebelaron contra el Eterno Padre por lo que fueron expulsados de las esferas celestiales para venirse a transmigrar por estos abismos. En el Empíreo, como Ezequiel llamaba al Cielo, los duendes hicieron parte de los coros infantiles pero no de las orquestas pues, para poder tocar en esas agrupaciones, tenían que pertenecer a las legiones mayores de ángeles y

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arcángeles. El director musical era el mismo Lucifer cuya etimología significa “el que porta la luz”. Por no haber tenido un oficio definido, los duendes pasan la vida haciendo travesuras como cualquier culicagao de pueblo. Cuando a un duende le caen bien ciertos niños que transitan por un camino o por un monte, les consigue frutos para que no aguanten hambre y saca de una cueva sus juguetes de oro para entretenerse con ellos. Por eso, muchos niños se pierden por días enteros y después aparecen como si nada. Pocos se imaginan la pesadilla que representa un duende amañado en una casa. Ezequiel Vallejo contaba la fórmula para desterrarlo de ese lugar. Como ellos conocen de música desde cuando habitaron el Cielo, si un tiplero se pone a tocar ese instrumento, en los atardeceres, el duendecillo queda fascinado con el sonido dulce que le arranca. Se siente encantado cuando le ponen cuerdas nuevas al tiple. Si dejan el tiple, por ahí, como si lo hubieran abandonado, el duende trata de pulsar las cuerdas pero, como no tiene paciencia, se angustia, lanza el instrumento al suelo y lo vuelve añicos. Temeroso de que los dueños del tiple lo castiguen, huye y es posible que no vuelva a esa casa. Que al duende le guste la música de cuerdas es una característica que se extiende por dilatadas fronteras. Arnoldo Palacios (19242015), fue un escritor chocoano, autor de Leyendas chocoanas y El duende y la guitarra. Es posible que ese aspecto del personaje hubiese llegado a San José Caldas, por el camino que comunicaba a ese territorio selvático y cargado de metales preciosos, con la capital del país. Otra forma para atrapar a un duende es ir al monte en que habita. Allí, la persona agarra un bejuco largo y lo enrosca. El duende observa detrás de un árbol. La persona enrosca el bejuco y se mete en medio de la circunferencia a dar vueltas. Luego, se esconde hasta

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cuando llega el duende que, buscando repetir lo que ha visto, se mete dentro del bejuco enroscado. Apenas está ahí, el parroquiano jala una punta del bejuco y el duende cae amarrado de los pies. En ese instante, se coge una rama espinosa y se castiga. Santo remedio. Se va llorando. De igual forma esos viajeros, en noches pasadas en alguna de las fondas de San Gerardo o San José comentaron que, muñequitos de oro indígenas se transformaban en duendecillos que se pegaban de uno, lo orinaban, le halaban la ropa y lo ponían a llorar. Quien lograra atraparlos se volvía rico. Para atraparlos, se tiraba un sombrero o una toalla y ellos quedaban debajo hasta volver a convertirse en tunjos de oro que esa persona podía hacerlos suyos. Advertían que, de no atrapar todos los tunjos, aquellos que quedaran por fuera del sombrero o la toalla, podían matarlo a uno (Informaron Guillermo Bedoya y Eliseo Orjuela). En el preámbulo de una de las Fiestas del Duende subieron al pueblo varias personas que habitaban en la vereda El Contento a contar que por el camino habían visto pasar a un campesino con varias jaulas de pájaros. Los niños de la escuela salieron a admirar las especies de aves que había atrapado cuando vieron que, en una jaula dorada, llevaba un muchachito de reducidas proporciones, moreno, de orejas puntiagudas como las de un lobo, con un gorro rojo y que hacía monerías en los travesaños que le colocaron adentro. Alelados le preguntaron al pajarero que qué era eso y él les contestó tranquilo y risueño mientras volvía a cargar las jaulas sobre sus hombros: - A la orilla de la quebrada, atrapé este pichoncito de Duende. MITOLOGÍA DESECHABLE La evolución social y el progreso de las ciencias han logrado desestabilizar las viejas mitologías, los fetiches y antiquísimos tabúes. Esto ha provocado avances satisfactorios, en ciertas áreas de las sociedades y, en otros sectores, enorme desconcierto, desequilibrios men-

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tales, destrucción de los llamados valores y el enfrentamiento entre la educación y los maestros que no saben si ser leales a los mitos que han sostenido los sistemas tradicionales, a los nuevos o a los fenómenos analizados y explicados por las ciencias. Si no han desaparecido, los relatos tradicionales han ido cambiando por razones históricas, sociológicas, filosóficas, científicas y críticas o por motivos tan curiosos como la extinción de una escenografía o parafernalia indispensable para hacer verosímiles aquellos relatos. A veces, de un pueblo indígena, si mucho, queda uno que otro tiesto y unos topónimos desperdigados pues los integrantes de esa comunidad fueron aniquilados por pestes o por enemigos que los avasallaron. De la etapa de la colonización paisa, se extinguieron las mulas remolonas, los montes taciturnos al borde de los caminos plagados de sombras, aullidos y graznidos, las aves agoreras como el currucutao (o currucao) con supersticiosos anuncios, las fondas pobladas de relatos a la luz de una vela, los caminos de herradura con sus zanjones por donde retumbaban los cascos de las bestias, la música de cuerda, la apatía (o antipatía) fomentada por prédicas o crisis religiosas, seudorreligiosas o políticas, fuera de control, a cargo de envalentonados emisarios. El tiempo aniquila los seres tangibles y carcome los seres intangibles como el lenguaje de los mitos, los espantos y las leyendas. Ninguna imagen de estos es inmodificable. Entelequias que carecen de la perennidad predicada para los dogmas religiosos. Fluyen. El mito no se detiene en su constante evolución. No todos los individuos pertenecientes a una cultura coinciden en los detalles de determinado mito o leyenda. Si la mayoría de integrantes de una comunidad aceptan la existencia y las peculiaridades de los propios mitos estos adquieren validez y se convierten en parte destacada del patrimonio inmaterial de ese pueblo.

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Han ido apareciendo otras realidades que espantan a los espantos como la luz eléctrica, los apartamentos sin el abolengo que exigen ciertas imágenes rurales, sin zaguanes en penumbra, sin buhardillas cubiertas de telarañas o cuartos de sanalejo, sin sótanos macabros y patios de piedra, sin árboles añejos en donde ulula el viento, sin relinchos de caballos con las crines trenzadas, sin gatos en celo ni perros encadenados, sin zarzos de madera por donde caminan con pasos de gigantes tenebrosos las bestias de lejanas noches pueblerinas. En el cambio de una civilización marcadamente rural a una citadina se modifican no solo las relaciones con los seres físicos sino con seres mentales, imaginarios y verbales. Hay revoluciones en el conocimiento y su transmisión. No cesa el trasteo de mitos en la infinita saga familiar. Nuestro pasado primitivo, feudal y colonial parece tener poca vigencia, después del coroteo al capitalismo voraz y dependiente. La propaganda masiva anuncia que en el nuevo territorio venden, a menosprecio, mitos, leyendas y espantos. La abolición de las viejas mitologías demostraría un paso de avanzada en el esclarecimiento de la verdad pero, por desdicha, la mayoría de los mitos no se han aniquilado sino que se han sustituido. Los niños y adolescentes del siglo XXI desprecian al Mohán, la Patasola y la Madremonte pero se deslumbran con videos y películas que muestran las aventuras y los arreos de nuevos héroes y villanos. Desde la segunda mitad del siglo XX, y siempre en más y más número, las masas se ubican frente a las pantallas de los aparatos electrónicos. En parte, su imaginario se ha renovado con base en la teoría de la relatividad de Albert Einstein. En “El Planeta de los simios” (1968), el astronauta George Taylor vuelve a Tierra varios siglos después de su viaje, aunque apenas han transcurrido para él unos segundos, y encuentra que este planeta está dominado por una raza de esos animales. En el capítulo VI correspondiente a “La Casita del Horror”, Homero Simpson a través de un ropero, se mete en el espacio tridi-

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mensional y allí lo desestabiliza provocando una catástrofe en forma de un agujero negro. En “Los vengadores” (2012), un objeto extraterrestre abre un agujero en el espacio-tiempo por el que ingresa una invasión alienígena a Nueva York. En la película Star Wars: The Force Awakens (2015), los protagonistas hacen alarde de los sables de la luz con el simbolismo de sus colores; eran las armas por excelencia de la Orden Jedi así como de sus enemigos, los Sith; por el firmamento cruzaban el Halcón Milenario, la nave más rápida de la galaxia pues hizo la carrera Kessel en menos de 12 parsecs, como dijo Solo a Obi-Wan Kenobi, además del modelo T-65 con el que Luke Skywalker y el resto de la Alianza Rebelde destruyeron la Estrella de la Muerte. En plástico o fibra de vidrio, con un haz de plasma contenido dentro de un campo de fuerza, en juegos computarizados o cómics, la sociedad de masas a la que resultamos afiliados vende mitos consumistas como las estrellas del deporte, de la farándula, del cine y la televisión que exhiben lujuriosos cuerpos, en carteles virtuales y de vitrina o en “cristal Kyber”. Las ceremonias de los mitos e ídolos de mayor impacto no tienen lugar en templos ni catedrales, como ocurrió durante milenios, sino en estadios, plazas y centros comerciales, en la temporada acordada por las empresas patrocinadoras para exprimirles a los consumidores las ganancias presupuestadas por las empresas. Alguien podría suponer que, cuando un mito se expresa en la dimensión de la escritura queda petrificado y detiene su transformación. El mito no se detiene en su evolución constante; vive en la sociedad que se ocupa de él para alimentarlo, en forma consciente o inconsciente, mientras ella lo necesite para combatir los factores que le impidan continuar viviendo en la organización, que hasta ese momento, ha catalogado como estable.

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Ya aparecieron con el cuento, en San José de Caldas, según el cual un agente de policía que estaba de vigilancia nocturna, en la Inspección, cuando estaba al frente del Hospital Municipal, en el año de 2009, salió a la puerta a descansar de estar sentado y vio un niño que pasó de la Plaza central a la Bocacalle de las Hernández, como buscando algo en el suelo. Picado por la curiosidad, el agente bajó a la esquina del templo a cerciorarse de lo que había visto. El niño dio la vuelta por la calle de atrás, salió por el Banco Agrario y descendió nuevamente a la Plaza buscando, en las acequias del agua, piedrecitas titilantes que echaba en la boca. Cuando pasó al frente suyo, el policía se percató de que el niño que estaba viendo era el mismo Duende de la estatua. Si tomamos el conjunto de mitos evocados en las páginas anteriores como parte básica de la cultura popular en el Gran Caldas, por su simbolismo, ¿en qué estadio nos podemos ubicar: en el de la pre modernidad, modernidad o post modernidad? En el caso colombiano, es posible que participemos de los tres estadios a la vez. En eso consiste el subdesarrollo: Un tugurio recostado a un rascacielos. Brunner analizó cómo durante unos 150 años se han entretejido “las culturas autóctonas en medio de la modernización, el nacionalismo vs la penetración cultural, la dependencia y el imperialismo en su falsedad o autenticidad con la modernidad latinoamericana”. El mundo rural se ha ido diluyendo en la cultura urbana y hablar de mitos de la modernidad involucra compromisos académicos y metodológicos mayores a los que había cuando se hablaba con malicia de los mitos de la antigüedad o de tiempos precolombinos. “Acaso no sepamos definir con rigor filosófico, sociológico, etnológico, historiográfico, semiótico o psicoanalítico qué se entiende hoy por 'mito moderno' pero reconocemos de inmediato los mitos que caracterizan nuestra modernidad” (Juan Cueto, 1986, p.4). La mitología de la modernidad abarca relatos más insípidos o pican-

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tes. El tiempo no la ha probado. No es una prolongación ni una derivación de la que venía de antes. Como para Heidegger, Foucault y Giorgio Agamben, la historia del mito es discontinua. “La imagen de un tiempo continuo no se sabe dónde va a parar. La antigüedad vio el tiempo como un círculo. El cristianismo como una línea. A mí me gusta la interrupción”, enseñó Agamben. En mitología no hay una continuidad encadenada. La mitología de la modernidad está atada a conceptos, lenguajes, signos, mensajes, símbolos, ritos, manías, expresividades, gestos, turbaciones, zozobras, rupturas, costumbres, modas, supersticiones, tics, ángulos de visión y arrebatos que copan gran parte de la cotidianidad. El mito moderno abarca el aquí y el ahora, lo central y lo periférico, lo individual y lo colectivo, el héroe de las mil caras y siempre la transición de todas las cosas, el cambio de paradigmas, los nuevos fenómenos de la civilización y de la posmodernidad. La mitología moderna empezó por explicar y justificar el origen de la sociedad de consumo. “cómo se pobló el mundo despoblado, cómo se transformó el caos en cosmos, cómo los inmortales se hicieron mortales, cómo la unidad original de la humanidad se escindió en pluralidad de tribus y naciones, cómo seres andróginos se convirtieron en hombres y mujeres,…” (Turner). ¡Ah, y como se alcanzan la eterna juventud y el éxito! Las gentes han trocado en mitos a personajes de ética cuestionable, en proporción mayor a los mitos configurados con personajes de óptimas calificaciones. Secuestro, terrorismo, extorsión, drogas ilícitas, corrupción y acciones de antisociales de toda pelambre alzaron vuelo en Colombia y dieron origen a una mitología explorada y explotada por los medios de comunicación, el cine, la internet, los juegos electrónicos y las redes sociales.

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La cultura cambia de rumbo así como la educación y el trabajo. Se ha convertido en industria con un arsenal de mitos dominados por los medios masivos de comunicación, mito supremo ante los que “se representan las grandes ceremonias mitológicas de la modernidad”. Umberto Galimberti, profesor universitario con Giorgio Agamben, en Venecia, en su obra Los Mitos de Nuestro Tiempo, (2013), trabajó los siguientes temas: El mito del amor materno, de la identidad sexual, de la juventud, de la felicidad, de la inteligencia, de la moda, del poder, de la locura, de la técnica, de las nuevas tecnologías, del mercado, de la globalización, del terrorismo, de la guerra, de la seguridad. Los conceptos de mito moderno y de modernidad hacen parte de una mitología intrincada que se vanagloria de desmitificar todo lo que toca. El mito de la desmitificación. Se ha olvidado el clamor de uno de los filósofos que más he amado: “Qué será de ti, oh hombre, que buscas cuál es tu condición valiéndote de la razón natural. Conoce, hombre soberbio, qué paradoja eres para ti mismo. Humíllate razón impotente; calla naturaleza imbécil; aprende que la naturaleza humana sobrepasa infinitamente al hombre” (Blas Pascal, Ibid., cap.X, sec.1).

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LEYENDAS CALDENSES Octavio Hernández Jiménez * “La vida es como una leyenda: no importa que sea corta o larga sino que sea bien narrada” Lucio Anneo Séneca

La leyenda es poesía, no por el uso o abuso de los versos o de un lenguaje cargado de figuras literarias, sino en cuanto que, por un buen tiempo, la leyenda goza de las características propias de la épica oral: va de boca en boca con espontaneidad, fluidez, frescura, emotividad y creatividad. En los pilares de una leyenda hay una realidad prosaica que, por la imaginación y la conveniencia, se transforma en un todo significativo. Se vuelve relato con la estructura propia de un “antes” y un “después”, organizados en forma convincente (verosimilitud), en un contexto, con dimensiones desmesuradas, muchas veces fantásticas. Subespecies de relatos, como son los mitos, los cuentos o muchas piezas de teatro que cuentan con unidad narrativa, novedosa, producto de un rejuvenecido universo semántico. Se piensa que los autores anónimos de una leyenda pretenden transmitir, con aparente naturalidad, un relato basado en datos de la experiencia. Se supone que comunican vivencias pero, más bien, hacen uso de un modo narrativo verosímil pero engañoso. El juego del engaño. Ser vs parecer. La leyenda conserva el código y las características del mito-relato, con contexto, protagonistas, personajes secundarios, unidad básica, secuencialidad, organización temporal y espacial (planteamiento, desarrollo y conclusión). El lingüista A. J. Greimas habla de que “los

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actantes (personajes) pueden ser Sujetos-héroes u Objetos-valores, Fuentes o Destinatarios, Oponentes-traidores o Ayudantes-fuerzas benéficas”, todo dependiendo del rol que se pretende enfatizar. Cada leyenda cuenta con una atmósfera determinada; arandelas en las armazones, en la pintura de las pasiones o emociones propia de la condición humana. Al ingresar ciertas circunstancias en el relato se convierten en otros elementos constitutivos de esa forma narrativa en que prima la motivación. Son indispensables los espacios seleccionados pues ponen en contexto a los protagonistas y, por lo general, se trata de brochazos someros del medio en que viven los que narran determinada leyenda. Los espacios y tiempos hacen parte de la función descriptiva mientras que los personajes son los que impulsan las acciones. Los acontecimientos en los que se gesta una leyenda son inicialmente verificables. De un retazo de realidad puede nacer una leyenda y esa leyenda puede convertirse en mito. En el análisis de la leyenda, el cuento y la novela, se pueden escudriñar las relaciones psicológicas, sociales o pedagógicas, los planteamientos de ciertos conflictos, la zozobra descrita y el estudio de personalidades neuróticas y actos demenciales. La leyenda avanza sobre una cuchilla, entre la verosimilitud y la inverosimilitud. Mientras continúe en el filo de la navaja no hay problema. Pero si se devuelve a la realidad plena regresa al cauce de la crónica o la historia. Cuando acumula trucos que la deforman puede desbocarse hacia la poesía épica o lírica. A través de biografías inventadas se pretende, y a veces se logra con éxito, la trascendencia de ciertos seres humanos, en el mundo. Se dibujan otros, se trazan sus peculiaridades y se hacen nuestros por medio de cierta atemporalidad del lenguaje. El hechizo del lenguaje.

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El hechizo del tiempo. La vida se vuelve ficción gracias a la selección de ciertos trucos verbales. A la leyenda rosa se opone no la verdad objetiva sino la leyenda negra. La parla cotidiana de todo pueblo está dotada de intereses, inclinaciones, emociones que dan a lo narrado una dimensión sorprendente. Lo que, en los medios audiovisuales, llaman 'un documental falso'. Es admirable la evolución que, en la historia de la lengua española, ha tenido el verbo 'hablar'. Este verbo procede del verbo latino 'fabulare' (hacer fábulas) que, en la península ibérica, pasó por las s i g u i e n te s fo r m a s a t rav é s d e q u i n c e s i g l o s : fa b u l are=fablare=hablare=hablar. A través de la fonética y la etimología comprendemos, pues, que todo el que habla, fabula. Cuando cada uno habla emite su versión personal sobre determinados seres o acontecimientos. Con las palabras, a diario, estamos fabricando el mundo; nuestro mundo. La fábula personal. “Hay una realidad objetiva afuera pero la vemos a través de las gafas de nuestras creencias, actitudes y valores”(David G. Myers). Muchas veces, de una historia se conoce el final por lo que se hace indispensable reversar al principio. Los sacerdotes de la leyenda (los que leyendizan) se dan cuenta de esto y aprovechan para reinventar el comienzo. Pero, cambiado el comienzo, se plantea un nuevo contexto, quizás una descripción más vivaz, por lo que el desarrollo y el final se vuelven ineluctablemente distintos. Ha nacido un nuevo relato: una leyenda. En el fondo, un grupo busca resaltar tópicos como la identidad, impulsos y pasiones y los más idealistas los valores, el sentido de pertenencia, las tradiciones de un pueblo que van enseñoreando como patrimonio cultural. Los estudiosos pueden apreciar el rico tejido de una cultura al obser-

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var las puntas de los hilos de que están hechas las leyendas de esa comunidad. “La historia es la novela de los hechos; la novela es la historia de los sentimientos” (Claude Adrien Helvetius). En una temporada de auge de los medios de comunicación social, a la hora de los noticieros, posiblemente asistimos al nacimiento de alguna leyenda como cuando lo afirmado o explicado en uno de esos espacios difiere de los otros, a veces por un sencillo lapsus linguae o por inconfesables intereses. Luego, se puede comprobar la dimensión del error o la mentira pero, tal vez, si sobrevive a la premura del tiempo, se ha echado a andar una nueva leyenda. El cine, por antonomasia, angeliza o sataniza; estas son dos formas extremas de construir leyenda. Se angeliza a los protagonistas cuando se revisten con características sobrehumanas como, en lugar de decir que alguien era de estatura alta, se expresa la hipérbole de que era un gigante y así se queda. Se embellece por medio de la poesía; se persiguen fines escapistas o liberadores; se pretende homenajear a alguien o condenar a sus contendores. Para alcanzarlo, se manipula a espectadores o lectores. En muchos casos, políticos, artistas y directores de cine tratan de construir admiración alrededor de personajes deleznables y, en buen número de discursos, obras de arte y películas, se pretende exaltar o mitigar sentimientos buscando darle mejor estatus al personaje que ha provocado esas hipérboles. Hay artistas y directores de cine que trabajan sobre recuerdos inventados. Tratando de convertir ciertos personajes en émulos de un emperador, se contratan asesores de imagen y consejeros cuyo oficio es mitigar errores, maquillar defectos, aprovechar oportunidades y tergiversar la historia con circunloquios que exaltan sus vanidosos propósitos.

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Grandes leyendas y grandes mitos son productos sociales nacidos de hechos anónimos que, después de un tratamiento estético, se lanzan al aire buscando que resistan el paso de los siglos. A un solo individuo le resulta imposible crear una leyenda. Si se tratara de un acto de creación individual sería un cuento, una novela, un poema épico o, de pronto, como en los casos de Virgilio o Dante, una epopeya. Hay individuos escépticos o apáticos ante las calenturas de la maquinación. Con su ojo clínico vuelven añicos las leyendas, denuncian lo que captan como imposturas, elaborando, por desdicha, como resultado final, una anti-leyenda que es, ni más ni menos, una leyenda más. HILANDO LEYENDAS Desde el momento en que una persona empieza a organizar el conjunto de voces articuladas, se inicia una revolución con relación al motivo que aguijoneó esos juicios: se modifican causas y antecedentes; se cambia de sujeto principal o secundarios; se pluraliza o singulariza; se universaliza; en forma consciente o inconsciente se truecan acciones y los verbos que las conectan; se alteran espacio y tiempo; se acomodan situaciones; se adjetiva en forma inaudita; se modifican complementos, circunstancias y efectos de semejante aparato verbal. De los cambios en apariencia intrascendentes surge un montaje que, retomado por los receptores con sus peculiaridades de percepción, de “comprensión equivocada de lectura”, de situaciones más o menos pasajeras en cuanto a intereses, fijaciones en la mente, grado de fantasía, de memoria reforzada por sueños y olvidos, empieza a difundirse sin que el receptor establezca, de entrada, las diferencias entre lo real y lo fingido. Como si las palabras germinaran en un terreno poblado de delirios.

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¿Cuánto demora el acto de creación de una leyenda? Las epopeyas hindúes, la Ilíada, la Odisea, los Nibelungos y otros cantares de gesta fueron fruto de siglos de decantación. En esos montajes de la mente y la sensibilidad hubo una distancia más o menos lejana con relación a los personajes o modelos de carne y hueso. En muchos casos, llegaron a desaparecer los testimonios y los hechos quedaron en manos de poetas. En el caso de la Canción de Rolando, el tiempo disminuye a pocos siglos dentro de la misma Edad Media. Con el Poema de Mío Cid, el tiempo ficcional se acerca tanto a los elementos reales que toca los ribetes de la historia. En el poema español de Ruy Díaz de Vivar partes de esos cantares míticos se catalogan como documentos casi periodísticos. No solo en el lejano pasado se pensó que la leyenda pudiera ponerse a convivir con el padre del engendro. El presidente Belisario Betancur empezó su período aureolado por la popularidad de las masas. Desde su posesión cundieron las palabras que lo enaltecían y que, en apariencia, empezaban a conformar una saga con él como protagonista. El jueves santo de 1983, a las 8:20 a.m., un terremoto echó por tierra buena parte de los monumentos más representativos de Popayán, la ciudad blanca. 285 muertos. El Presidente Belisario, en un avión suicida, aterrizó en la pista del aeropuerto resquebrajada, en medio de toneladas de escombros. Recorrió las calles destruidas y lloró abrazado a la gente desamparada. Relatos sobre un político corriente fueron aderezados con la ubicuidad sorpresiva que lo acercaron a la categoría de leyenda viva. En junio de 1983, a media noche, apareció solitario en el Hospital de La Hortúa reclamando, en forma enérgica, atención para los casos de urgencia. Esto provocó el entusiasmo, en los noticieros de la mañana

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siguiente. Por esos días, en Aguadas, un viejo de carriel y sombrero de cinta negra, contó, en el parque, con voz en cuello, que había visto a Belisario saliendo de improviso por una carretera del municipio, en un carrito popular, desapercibido, para inspeccionar los problemas del transporte en esa zona. Otro caballero afirmó, por la radio, que había visto a Belisario, en Boyacá, ese mismo día, averiguando los precios de la leche para castigar a los especuladores. Eso fue un aquelarre de invenciones que nadie supo si se debían a tergiversaciones ingenuas o provocadas. Lo que endilgaban al Presidente posiblemente era cierto, cada parte por separado, en contextos y circunstancias temporales distintas. Estos relatos, construidos con fracciones de tiempo real, se convirtieron en un sartal de fábulas. El presidente iba en carro triunfal desde el principio de su mandato hasta cuando ocurrió la toma del Palacio de Justicia (6 de noviembre de1985) y, como si fuera poco, sobrevino, una semana después, la explosión del Volcán del Ruiz (13 de noviembre de 1985) que dejó, al lado del Tolima y de Caldas, 25.000 entre muertos y desaparecidos. Fue entonces cuando cayó el velo de los ojos de muchos de sus admiradores. No hay nada más deleznable que la leyenda. En 2015, en declaraciones para la periodista C. Palacio, el lúcido expresidente le comentó: “Llegó un día en que los colombianos estaban mamados de tanto belisarismo”. En los relatos se utiliza la interrelación como método para formar tejidos de leyendas coordinadas, sistemáticas y complejas; en ese entramado no solo se tejen factores conscientes sino inconscientes; perceptibles a simple vista y paradójicamente ocultos. La leyenda zurce las fibras de un brocado de imágenes que se persiguen, diría Homero, “como en sueños”. Pasado ese jueves santo de 1983, en toda Colombia, empezaron a tejer leyendas sobre el terremoto de Popayán. Relataban que, en la semana anterior a la tragedia, unos titiriteros, cubiertos de faldones

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negros, recorrieron las calles portando un cartel con este texto: “¿A quién vamos a enterrar? ¡A Popayán, patojos!”. El periódico El Espectador de Bogotá, días antes del jueves trágico, había publicado la fotografía del grupo vestido de negro exhibiendo ese cartel, por las calles de la ciudad blanca. Como si fuera poco comentaban que, minutos antes del terremoto, a las 8,12 a.m. de ese jueves santo, se escuchó un ruido atronador en el templo de San Francisco. La campana mayor, con baño de oro, que habían colocado, en lo alto de la torre, en tiempos coloniales y que hacían repicar, en ocasiones solemnes, se vino a tierra y quedó sepultada a tal profundidad que no la pudieron sacar. Y, aquí aparece la fortuita contribución de los individuos para avivar lo que se había echado a andar. Sin contribuciones anónimas no existe la leyenda. A quien refería el relato se le preguntó: - Y, ¿debido a qué causa cayó la campana antes del terremoto? Respondió inmutable: - Fue una campanada. No sería testigo de la ruina de la ciudad sagrada. Se trataba de una respuesta muy payanesa: enigmática, poética y profética. El pueblo pasaba sus días colocando decorados apropiados a un rosario de leyendas menores que podían servir de desenlace operático a “Gonzalo de Oyón”, inconcluso poema épico forjado por el payanés Julio Arboleda. El héroe indiscutible de las mayores leyendas, como de las epopeyas, es el pueblo. En el mito, el héroe convierte al pueblo en víctima, después de que ha sido el mismo pueblo, impulsado por el entusiasmo, quien ha dado existencia al héroe. Las leyendas tienen bases reales que una comunidad con propósitos determinados, sea orgullo, admiración, odio, gratitud, conveniencia, repudio, va limando hasta hacer del acontecimiento originario algo irreconocible pero veraz, como lo asevera el poeta John Donne (muerto en 1631), en su libro Biathanatos, sobre Homero, el ciego que cantó la Guerra de Troya: “Escribió mil cosas que no pudo enten-

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der otro alguno y de quien dicen que se ahorcó por no haber entendido la adivinanza de los pescadores”. Sin excepción, las grandes figuras de la historia terminan convertidas en personajes legendarios. Paradójicamente, quienes forjaron el perfil de un personaje terminan creyendo las elucubraciones con que esculpieron su figura. SAGAS REGIONALES En la historia de la literatura europea, las sagas son conjuntos de leyendas escandinavas, en el amplio período de la Edad Media. El primer manojo de sagas estudiado por la crítica literaria se ubica entre los siglos X y XI, antes de los cantares de gesta y los romances que se ubican entre los siglos XII y XV. Según Jorge Luis Borges, en su obra Literaturas Germánicas Medievales (1982), las sagas eran conjuntos de relatos épicos, en prosa, que rapsodas contaban en los banquetes. Y precisa: “El estilo es breve, claro, casi oral; abundan las peleas; el orden es estrictamente cronológico; sin análisis de los caracteres”. La gestación de los cantares y los romances se pierde en la tradición oral. Las sagas son escandinavas y los romances son de ancestro hispánico, con la carga de diferencias regionales. Ambos corresponden al género épico y, en su mayoría, con sencilla línea argumental, refieren confrontaciones entre pueblos y personas. Por escrutinio histórico, análisis del lenguaje, espontaneidad, disyuntivas convencionales y síntesis, las sagas fueron anteriores a los romances, en sentido literario. Los romances son estructuras versificadas que exigieron mayor elaboración. Cada romance pudo tener un autor individual y, debido a la aceptación de los pueblos, el texto se aprendió, difundió y alteró. Con el rodar de los siglos, el verso: “Mira Nero, de Tarpeya…” se convirtió en “Marinero de Tarpeya…”.

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Inicialmente se llamó romance, en sentido lingüístico, al habla popular de la gente; la llamada lengua romance en la cual “suele el pueblo fablar con sus vecinos”. Los romances constan de un número indeterminado de estrofas de ocho versos octosilábicos, con rima asonantada en los versos pares. El siguiente es el romance español de la Blanca Niña que relata la traición de una joven mientras el marido está ausente: “… Ellos en aquesto estando/ su marido que llegó:/ - Señor, peino mis cabellos,/ péinolos con gran dolor,/ que me dejáis a mí sola/ y a los montes os vais vos./ - Esa palabra, la niña,/ no eran sino traición:/ ¿cuyo es aquel caballo/ que allá bajo relinchó?/ - Señor, era de mi padre,/ y envióoslo para vos./ - ¿cuyas son aquellas armas/ que están en el corredor?/ - Señor, eran de mi hermano,/ y hoy os las envió./ - ¿cuya es aquella lanza,/ desde aquí la veo yo?/ - Tomadla, conde tomadla,/ matadme con ella vos,/ que aquesta muerte, buen conde,/ bien la merezco yo”. El fragmento anterior hace parte de un romance que circuló en boca del pueblo español, en el siglo XV; pasó a América cuando la Conquista y, después de trasegar en labios populares, un mexicano lo acomodó a la melodía ranchera “Quince años tenía Martina…”. Entre los romances anónimos que se han recogido en Colombia hay una serie de composiciones que tienen como protagonistas a don Gato, “en silla di'oro sentado/ calzando medias de seda/ y zapatico calado”, fuera de otros romances que, como el de Martina, demuestra que, desde hace infinidad de años, amar ha sido un delito. Así empieza el Romance de Delgadina, recogido en Antioquia y que, en el Gran Caldas, cuenta con algunos retoques: “Un rey tenía tres hijas/ más bonitas que la plata,/ la más linda de las tres/ Delgadina se llamaba./ Un día, estando comiendo,/ dijo al rey que la mirara./ - No me mires, padre mío,/ porque estoy enamorada./ - Pronto, pronto, ya mis criados,/ a Delgadina encerradla;/ si os pidiere de comer,/

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dadle la carne salada;/ si os pidiese de beber,/ del cogollo, la retama…”. Un conjunto de romances forma un romancero, un cancionero o repertorio de romances, una antología, flores, silva, floresta o florilegio. Si hablamos de unos relatos, en prosa, con entonación cotidiana, serían parte de una saga. Lo esencial, en el concepto de lo que es la saga, se presenta en una serie de relatos que tienen al Bajo Occidente de Caldas como escenario y como autores a las generaciones que han habitado ese globo de tierra que se va de bruces sobre el valle del río Risaralda. Anserma, el conglomerado central de esta región, fue fundado “el día de Nuestra Señora de Agosto de 1539”, por una avanzada de soldados españoles encabezada por el mariscal Jorge Robledo, acompañados de dóciles indígenas que se pusieron a su servicio mientras otros nativos, comandados por Tucarma, les ofrecieron resistencia. Un misionero agustino escribió en 1582 que Anserma “es y ha sido el más rico pueblo de toda la provincia de Popayán: los indios de él cuando entraron los españoles eran muchos y grandes señores, porque solo en esta provincia de Anserma tenían más de cuarenta mil indios pero hanse asolado por juicio secreto de Dios, de tal suerte que no hay ochocientos indios, y como la riqueza de las minas es grande, hanse metido grandes cuadrillas de negros y es de suerte que entre veinticuatro vecinos habrá más de mil esclavos en las minas que sacarán cada año sesenta mil pesos de oro… Es tierra de grandes tempestades e truenos; caen muchas veces rayos que matan hombres”(Jerónimo de Escobar, 2007, p.206). Terreno abonado para mitos y leyendas. En el dilatado territorio que perteneció a Anserma, se ha aglutinado una larga serie de relatos, en prosa, de los que el pueblo se ha enor-

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gullecido. Hacen parte del cuerpo vivo de nuestra narrativa y nuestra idiosincrasia. Hasta mediados del siglo XX, se acostumbraba narrar las sagas en reuniones de familias, de vecinos y de niños en edad escolar. Existía la profesión de cuentero, persona mayor contratada para escenificar tandas de relatos memorizados, para fomentar la comunicación entre vecinos y aliviar la melancolía. En San José de Caldas, las sesiones correspondientes a la saga de Sebastián de las Gracias podían durar varias semanas, después de las siete de la noche, cuando los asistentes, al concluir la jornada, ya se hubieran aseado y hubieran comido. El cuentero animaba las reuniones de un grupo de vecinos que lo habían contratado, con toda la parafernalia que pudiera utilizar, además de las dramatizaciones y las melodías que arrancaba a su tiple. Los dueños de casa repartían merienda entre los asistentes. Reiniciaban el siguiente capítulo de la saga, en otra casa, al día o la semana siguiente (ver Octavio Hernández J., Nueve Noches en un amanecer, 2001). El tiempo fluye sin pausa y las sagas caldenses siguen evolucionando. El vaivén de las costumbres, la manera de vivir, las modas, los vestuarios, la música, los sitios conducen a constantes reacomodos en los relatos, buscando que continúen como símbolo y patrimonio inmaterial. En las sagas caldenses hay rasgos de personas identificables que aparecen, a veces, con sus respectivas genealogías. Esos relatos están de acuerdo con las sagas escandinavas, en el orden cronológico, la entonación oral, clara y lacónica, sin desbordadas descripciones ni análisis profundo de caracteres pero con gran fidelidad a los valores apreciados por el conglomerado. Cuando yo era niño, entre los seis y ocho años, (de 1950-1952), escuché, en Anserma Cds., varias leyendas que arrancaban del tiempo de

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la Colonia española; contaban con una topografía familiar y recurrían al protagonismo de una serpiente diabólica; los adultos las contaban en forma escueta, sin comentarios innecesarios sobre acontecimientos bárbaros pero verosímiles aunque de trecho en trecho aparecieran aditamentos fantásticos o sobrenaturales como corresponde a la generalidad de las gestas. Unos diez años después, Cecilia Agudelo y su familia llegaron a Anserma, provenientes de Pensilvania, en el oriente de Caldas. Por esos años, ella escuchó la crónica de un monstruo negro, asqueroso, maloliente que salía a veces de la laguna ubicada una cuadra más arriba de la plaza Ospina convertida en una galería para el mercado. Un demonio-animal. Existe un proceso universal que también ha sucedido en ese conglomerado de ancestros comunes como es el correspondiente al del Bajo Occidente caldense, en donde emotivos relatos se siguen trabajando con la energía que brota de labios acuciosos, sobre todo, de mujeres mayores. En todas las culturas, las mujeres han constituido los eslabones indispensables que conservan los relatos, como en un vientre, antes de que llegue un rapsoda o mester de juglaría o clerecía encargado de darle la perennidad de la letra escrita. García Márquez fue el mester que dio desmesurada figuración al texto oral de la saga macondiana transmitida a él por la abuela, la madre y otras mujeres de la familia. Las mujeres en los hogares, más que los varones, utilizan esta clase de literatura fantástica, según Milá y Fontanals, “para entretener y adormecer a los niños, para divertir las largas horas destinadas a tareas domésticas y solitarias; para darse aire en las faenas más activas del campo” o para adoctrinar a quienes están prestos a reverenciar sus valores ancestrales. En muchos períodos de la historia se ha pretendido educar aterrorizando.

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Sin embargo, en general, cuando se habla de saga se está hablando de una prosa “amorosamente conservada y aún enriquecida por las clases populares, ingenuas y por lo común iletradas”. ANSERMA Y SU SAGA DE LEYENDAS El siglo XX se partía en dos. A mi hermano Tito Fabio y a mí nos llevaron del pueblo natal a vivir en la casa del tío, en Anserma (Caldas), con el propósito de que empezáramos a estudiar. A la edad de seis años ingresamos al kínder de las monjas Betlemitas y luego pasamos a la Escuela Antonio José de Sucre. En las dos instituciones escuchamos, de boca de la Hermana Bernarda, de Elvira y Melosa Manrique, la leyenda de una princesa indígena que, en la época de la Conquista española, quiso rivalizar, en belleza y majestad, con la Virgen María. En una semana santa, mientras, por la actual carrera Quinta, los cristianos acompañaban la imagen de la Virgen Dolorosa, los indígenas, por la carrera Cuarta, parodiando la liturgia católica, acompañaban a la princesa de la tribu, desnuda, sobre un anda para que el oprobio fuera mayor. La procesión indígena concluyó arriba, en una explanada ocupada, en el siglo XX, por el edificio de la Cruz Roja, luego por un bachillerato nocturno y, a comienzos del siglo XXI, por la Biblioteca Municipal. A la luz de la luna y al ritmo de los tambores, la tribu se puso a danzar mientras los cristianos acudían al llamado de las campanas fundidas con el oro arrebatado a los indios y que estos, aquella misma noche, lograron recuperar mientras los católicos daban la vuelta por la calle, compungidos detrás de la imagen dolorida. Como el Dios de los católicos era más fuerte que los dioses de los indios, Aquel envió un rayo seco que retumbó por el Valle de Apía (hoy Valle del Risaralda) y abrió la tierra que se tragó a la princesa sacrílega, a su séquito y las campanas de oro. Allí se formó una laguna turbia e inmóvil a la que iban a nadar los gansos y patos del vecindario. Luego, Clarisa y María Vélez contaban que, a partir de ese suceso, los jueves y viernes santo, a media noche, abajo, por esas curvas azarosas del río Risaralda que se divisan desde el atrio del templo de Santa Bárba-

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ra, en Anserma, se escuchaban los tañidos de las campanas de oro hundidas por el rayo vengador. Las anécdotas hubieran quedado sepultadas en el olvido, si no fuera porque, en 1993, cuarenta años después de que yo hubiera escuchado la leyenda de la princesa indígena, apareció Francisco Eduardo C. narrando esta leyenda que le había contado, hacía poco tiempo, Fanny O., en la misma Santa Ana de los Caballeros: Muchos años antes de llegar a la mitad del siglo XX, apareció en Anserma, que por ese entonces resurgía como un pueblo de bahareque con extraordinario comercio regional, una deslumbrante mujer proveniente de Cali. Se trataba de Anselma Bautista. Con sus argucias enamoró a cuatro hombres, entre los más adinerados de aquel entonces. Como manifestación de amor, uno de ellos le compró una casa enorme, cerca al Parque Arango Zea, en el sureste de Anserma. Una noche del novenario de Santa Bárbara, patrona de esa región minera (anser quiere decir sal), los cuatro varones acompañados de la tal Anselma se emborracharon y sacaron por las calles, en procesión, a la bella mujer como si se tratara de la santa patrona. Anselma se presentó semidesnuda, en el templo católico, cubierta con un velo transparente. El cura párroco la escupió, maldijo a los acompañantes y los expulsó a la calle. Anselma con sus amantes continuó la orgía en su casa. Se desató una tempestad con retahilas interminables de truenos y relámpagos como las que caen a menudo en la Loma de Anserma y que explican por qué los feligreses se pusieron bajo el amparo de Santa Bárbara, eficiente abogada celestial. No escampó en toda la noche. Al día siguiente, la gente quedó pasmada cuando vio que, donde quedaba la casa de Anselma Bautista, había una laguna cubierta de escombros y que tanto ella como sus cuatro amantes habían desaparecido en ese lodazal. Luego del terror que produjo lo ocurrido con Anselma y sus amantes, el sacerdote decidió marcharse del pueblo al intuir que lo acaecido representaba una amenaza de proporciones inauditas. Empacó lo que había de valor en la casa cural y en el templo, sin olvidar las campanas de oro.

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Mandó que subieran la carga en una turega de mulas. Como ha sucedido en muchos pueblos, los feligreses se dieron cuenta del saqueo que hizo “el ladrón honrado”, de que habla el vallenato la Custodia de Vadillo, y se quedaron callados por temor a las maldiciones y al escarnio a que podían ser sometidos desde el púlpito. Nadie intervino y el ladrón honrado se marchó con el tesoro a bordo. De acuerdo con el monógrafo Rufino Gutiérrez, “A este rancherío se trajo la custodia que regaló el Rey a Anserma y allí la robaron” (p.274). Ese robo u otro parecido dio pie a que la gente acuñara el refrán Alzarse con el santo y la limosna. La mente alucinada de la gente añadió otro capítulo a la saga: Tenía que pasar el puente de Umbría, en ese sitio que se divisa desde la esquina de la iglesia mayor de Anserma. De improviso, tembló la tierra. Fue tan violento el terremoto que las campanas de oro, con las mulas y el cura rodaron al río y jamás se volvió a saber de ellos. Año a año, en semana santa, se escucha el lejano repicar de esas campanas. Umbrío (a): donde da poco sol. El cañón por donde se abre paso el río Risaralda es uno de los más abruptos y resguardados, en la cordillera occidental. Precipicios que espantan a cualquiera; cielos y montañas enmarañadas de rastrojo; desfiladeros que dificultan las comunicaciones. Llueve a tarde y noche, a lado y lado de la cordillera occidental; puro Chocó. Esto ha complicado los cultivos técnicos; tierra apta para la minería; la luz, aún de día, es lúgubre; la humedad es copiosa y si se recorren esas carreteras estrechas, se mira el sol como desde el fondo de un pozo; la luz se cuela en la alta boca del aljibe. Esta atmósfera depresiva ha ayudado a conformar un clima cargado de melancolía en el que han ocurrido enfrentamientos, odios y crímenes como los narrados en las sagas. El lugar en donde se hundieron las campanas de oro recibió el nombre de Charco Negro. En ese charco, en forma imprevista, flota y se zambulle una serpiente negra por lo que nadie se atreve a bañarse en él. Dicen que se escucha un eco prolongado a modo de alarido que se pierde por los montes por donde, como una boa, trepa la

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neblina. Los borrachos que pasan por ese sector cuentan que han visto pasar, muy despacio, una mula cansada y sobre ella un Jinete sin cabeza. ¡Qué rasca! Las sagas del occidente caldense se asemejan a las sagas nórdicas en que sus protagonistas son individuos corrientes sin vanidad alguna por sus virtudes o maldades. “Los personajes de las sagas no son totalmente buenos o malos; no hay monstruos del bien o del mal. No prevalecen fatalmente los buenos ni son castigados los malos. Hay, como en la realidad, coincidencias, dibujos simétricos del azar. Si un personaje miente, el texto no nos dice que miente; después lo comprendemos” (J.L.Borges.). Entre el sartal de relatos, doña Fanny comentó a Francisco Eduardo que, estando pequeña, la mamá le había contado que, durante la temporada de Cuaresma, veían nadar a una pata con cuatro paticos, en la laguna que quedaba a una cuadra, más arriba de la plaza Ospina, lugar de mercado. Cuando los mayores veían patos nadando, en ese estanque de aguas turbias, decían que era Anselma Bautista con sus cuatro amantes castigados por la furia divina. Como frondoso árbol de ramas antiquísimas, en el transcurso del tiempo, la saga ansermeña alcanzó la categoría de un hipertexto en el que hace presencia una culebra enorme en una laguna turbia. A mediados del siglo XVI, el mariscal Jorge Robledo, en la “Descripción de los Pueblos de la Provincia de Anserma” (Colección de Juan Bautista Muñoz, tomo LXXXII), dice: “En esta provincia está una lagunilla de agua pequeña, cerca de la cibdad. Y viendo los indios que (los españoles) iban allí a dar agua a los caballos, me dijeron que no entrase en ella porque estaba allí una culebra muy grande que los mataría si entraban dentro; y haciéndoles preguntas desta culebra, me dijeron que salía del agua e les hallaba, e que tenía ojeras e ojos grandes e pies, e para que no estoviese enojada le echaban de comer y no se osaba ningund indio lavar en ella ni entrar dentro, e de ver

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como entrábamos nosotros e lavábamos los caballos, se admiraban mucho y se espantaban de cómo la culebra no salía e nos mataba”.(Caldas en las crónicas de Indias, p.30). No lo inventó Robledo. Advierte que los indios, en 1539, “me dijeron que no entrase en la laguna porque estaba allí una culebra muy grande que nos mataría si entrásemos dentro”. Como diría Raúl Morales, mi profesor de historia, en el bachillerato: Las serpientes de nuestras leyendas se pierden en la noche de los siglos. En la saga mitológica de San José de Caldas, en la misma cuchilla, también hay una culebra gigantesca que serpentea, en calma absoluta, por la Calle Real del pueblo, a altas horas, en noches de verano y había una laguna (a la salida hacia Belalcázar y que secaron los dueños del terreno, en la década de los setenta del siglo XX), en la que nadaban una pata con cuatro paticos de oro. La leyenda de la pata con los paticos antecede, en los relatos orales de los viejos, a la procedencia del Pollo Maligno. En el Bajo Occidente de Caldas escuchan a este animal mitológico piando, al atardecer. En Anserma, han fabulado su origen. Una señora echó una gallina a empollar con unos huevos buscando que salieran pollitos. Lo malo estuvo en que lo hizo un viernes santo, asunto que no podía hacer porque quebrantaba la celebración religiosa de un día en el que los feligreses no podían trabajar y ni siquiera podían hacer de comer para ellos mismos; absolutamente sagrado. Cuando llegó el día en que saldrían los pollitos, la señora se puso a ayudar a los animalitos para que salieran del cascarón. Al abrir una cáscara, encontró un tripitorio que terminaba en un pico que se puso a piar como si tuviera hambre. Del susto, la señora lo lanzó al guadual. En vez de morirse o callar, sigue piando en forma desesperada, cuando llega el atardecer. Origen del Pollo Maligno. PARALELISMO Los relatos anteriores podrían quedar a nivel de simple coincidencia

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si no fuera porque un evidente paralelismo se conserva, entre los textos que a mí me contaron y los que contaron a doña Cecilia A., doña Fanny O, y a don Francisco Eduardo. La estructura de las dos series permanece inalterable. Cambian elementos como los sujetos y ciertas circunstancias temporales, espaciales y de modo. La princesa es sustituida por una madame de la difunta zona de tolerancia. El caso de esta mujer no ocurrió en semana santa sino en las fiestas de Santa Bárbara, patrona de Anserma a quien los devotos se encomendaban para que los librara de rayos y centellas. La tribu indígena fue modificada en la novísima versión por las figuras de unos amantes lujuriosos. La primera versión se escenifica en una noche de luna, por las calles principales, en una explosión de encarnizada rivalidad. El escenario del dramático relato de Fanny O., es el mismo templo que se incendió en enero de 1983. La explanada de la Cruz Roja (Biblioteca Municipal) fue sustituida en la versión de Anselma Bautista por el Parque Arango Zea y la histórica laguna en donde está ubicada la Biblioteca fue remplazada, para el castigo de Anselma, por un lodazal aunque luego, esos paticos aparezcan nadando en la laguna de arriba. Ubicaron la casa de la caleña en el sector junto a la cárcel tal vez como una lección moralista pues por esos lados se encontraba, en una época ya ida, una mini-zona de tolerancia con sus concurridas cantinas y casas de cita. En la leyenda indígena un rayo hundió las campanas de oro con la tribu; fue la forma ficticia de explicar la desaparición de los pueblos indígenas que sobrevivieron a la conquista española, ante la arremetida sin pausa de colonos paisas y terratenientes, entre la segunda parte del siglo XIX y la primera del XX. La consigna ha sido exterminar lo que quede de los pueblos nativos. En la posterior elaboración de la leyenda, las campanas que el cura carga con su equipaje también quedaron sepultadas. Igual pasa con el episodio de los paticos que fue arrancado del tronco matriz y contado en forma aislada, sin una relación coherente con

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el relato inicial. A lo anterior se añadió la leyenda de la serpiente que, según el mariscal Jorge Robledo, vigila, en Charco Negro, las campanas de oro y al ladrón honrado. Nos encontramos ante la gestación de una saga de leyendas que completa varias centurias sin encontrar quien la eleve a obra de arte, en un estrado épico como no lo han tenido innumerables relatos en nuestra historia, con honrosas excepciones como la construcción monumental de don Juan de Castellanos, autor de Elegía de Varones Ilustres de Indias (1589) que, con sus 113.609 versos endecasílabos, se yergue como el poema más extenso de la lengua castellana, en el que se destacan fragmentos de incomparable aliento poético. CARRO FANTASMA En el occidente de Caldas, más que un puro mito o una leyenda, el carro fantasma fue una realidad descarnada, en tiempos de la Violencia política que aquejó a Colombia, a mediados del siglo XX. (Entre 1948 y 1962, los pájaros asesinaron a 165.000 colombianos y, entre 1985 y 2002, muchos sicarios asesinaron parte de las 350.000 víctimas, desde las motos fantasma). El carro fantasma se convirtió en mitificación de los vehículos utilizados por bandoleros, 'pájaros' o chusma, por lo general en las noches, para ingresar en pueblos vecinos pero de política contraria y dejar, a su paso, un reguero de muertos. Se trataba de un viejo Ford, negro, repleto de asesinos de ruanas y sombreros de paño negro y ala ancha para ocultar el rostro; sacaban las armas de fuego por las ventanillas del vehículo en marcha y a su paso disparaban contra las personas cuyos cadáveres quedaban, ahí, amontonados. Siendo niño de 7 años (1951), presencié la incursión del carro fantasma, al Parque Jorge Robledo, de Anserma (Caldas), un domingo, a eso de las ocho de la noche, durante la retreta que semanalmente

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ofrecía la banda de música del pueblo. Yo vivía con mi familia en la casa de bahareque diagonal al templo de Santa Bárbara pero esa noche me encontraba, al borde del andén por el lado de la araucaria del parque, con otros niños, descansando, con los triciclos a un lado. La banda municipal lanzaba pasillos, bambucos y valses al aire mientras las parejas daban vueltas por las callejuelas del parque. De un momento a otro, por la carrera cuarta que era de doble vía, en forma atropellada, bajó un Ford 46 negro, semejante al caparazón de un escarabajo. Varios individuos flacuchentos, de rostros imperturbables, con ruanas y sombreros negros sacaron los brazos y dispararon a los asistentes, por encima de nosotros. Quedaron 7 muertos tendidos en el parque y el carro fantasma, como una exhalación, continuó su frenético recorrido. Era el carro de la Muerte. Las incursiones del Carro Fantasma se relacionan con la temporada en que el Capitán Venganza estableció su feudo por campos de Quinchía, Anserma, Neira y Manizales, con eje en los alrededores de Irra y Bonafont. No se olvida el corte de franela que practicaron en sus andanzas macabras ni la espeluznante decapitación de los Dávila, en una vereda de Neira. La sevicia fue ley para más de mil campesinos armados y agrupados en cuadrillas que lograron configurar una especie de república independiente, hasta 1961, cuando soldados del Batallón Ayacucho dieron de baja al temido Capital Venganza. El pánico provocado por los carros fantasmas utilizados por grupos criminales para sembrar la muerte llevó a muchas personas a hablar de carros que subían o bajaban por carreteras con luces que se encendían y desaparecían, bocinas que ululaban como sirenas pero que, a la larga, no se trataba más que de delirios e ilusiones ópticas o auditivas. Los guapos perdían la fortaleza que les animaba en situaciones normales y, ante las súbitas apariciones del carro fantasma, en el trayecto entre Asia, a la entrada de Viterbo, y Tabla Roja, por el puente Lázaro, a unos 15 kilómetros de Anserma, los conductores de camiones,

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por las noches, avanzaban con el credo en la boca, el escapulario de la Virgen del Carmen enredado en el pie derecho y más de dos guarilaques entre pecho y espalda (ver Óscar Peláez R., 2013, pp.106111). El propósito que tuvieron los organizadores de las Fiestas del Regreso, en Anserma, en la década de los sesenta del siglo XX, fue convocar a los que salieron del pueblo en forma precipitada y, ya calmados los ánimos y superados los motivos, tratar de que se hicieran las pases entre los distintos bandos enfrentados en la temporada anterior. MÁS POR ANSERMA Las sagas, como la mayor parte de la épica europea de la Edad Media, cuentan con los pueblos como autores anónimos dado que los mismos tiempos en que surgieron no daban mucho margen para preservarlos, en forma escrita. Textos orales que una generación transmitía a otra. Las sagas como los mitos tienen al pueblo como autor. “La saga fue realista porque refería o pretendía referir, hechos reales; fue minuciosa porque la realidad también lo es; prescindió de análisis psicológicos porque el narrador no podía conocer los pensamientos de las personas sino sus actos y sus palabras. No se guarda nombres de los autores porque no lo hubo; en el comercio oral, las repeticiones fueron puliéndola, como ocurre con las anécdotas” (J.L.Borges, ibid.). Anécdotas realistas dieron origen a leyendas que tejidas unas con otras dieron origen a sagas indefinidas. Doña Fanny O., comentaba que, según le habían transmitido a su mamá, el mismo ladrón honrado que se apoderó de las campanas, intentó apoderarse de una antigua imagen, en tosca madera, de una Santa Bárbara sentada, con la palma del martirio en la mano, color verde y rojo en su vestuario, que veneraban en el templo. Al intentar

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bajarla del altar que ocupaba, para empacarla, se puso pesadísima. Ni siquiera con la ayuda de otros hombres pudieron moverla. El cura decidió partirla en dos pedazos pero se mellaban los serruchos sin lograr dividirla. Una fuerza sobrenatural impidió que el cura saliera del pueblo con lo que no le pertenecía. No le quedó otra alternativa al ladrón honrado que dejarla en su sitio. En uno de los relatos anteriores, ese personaje sería el que la serpiente cuida con las campanas que empacó y con las que se hundió, en Charco Verde. En este punto, la leyenda se vuelve a topar con la historia: cuentan en Anserma que, cuando el incendio del templo, en enero de 1983, la rescatada imagen de Santa Bárbara quedó en poder de una persona que la vendió, en Medellín, a un anticuario, por 500 mil pesos. El anticuario le puso el precio de 6 millones de pesos para ofrecerla a coleccionistas de arte colonial. El Pbro. H. Gómez, propietario de una magnífica colección de arte eclesiástico, en Manizales, de visita donde el anticuario, comprobó que se trataba de la imagen original, con gran valor religioso, cultural y sentimental para los ansermeños, por lo que se comunicó con el alcalde (en 1998) para que hiciera lo posible por recuperarla pero como el municipio no tenía presupuesto para eso, la dejaron perder. A veces tenemos el presentimiento de asistir al primer vagido de una leyenda como cuando relatan que don Arturo C., en noches oscuras, escuchaba en forma reiterada el galope de un caballo alrededor de la Plaza Cristo Rey; una vez, decidió asomarse a la ventana pues estaba inquieto por saber quién podría estar cabalgando a media noche pero el pavor se apoderó de don Arturo cuando alcanzó a ver que el jinete no tenía cabeza; no aguantó esa visión, cerró de golpe la ventana y corrió a meterse debajo de las cobijas. Estos detalles ilustran que “la saga es minuciosa porque la realidad también lo es” (ibid.) El mismo caballero refería que, a media noche, en algunas oportunidades, se podía observar, por las calles de Anserma, la figura de un hombre altísimo y elegante pero, nuevamente, sin cabeza. El espan-

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to caminaba entre Cristo Rey y la calle Quince o Pénjamo. Tiempo de la violencia política, a mediados del siglo XX, en el que quien saliera, más de noche que de día, podía considerarse hombre descabezado. Entre los vikingos, una de las mejores sagas fue la de Gunnlaug o Saga de Egil, un poeta de vida azarosa. La víspera de su ejecución escribió una alabanza de su enemigo. El texto se titula el Rescate de la Cabeza que pudo haber conocido en forma oral o escrita el autor de la Leyenda de los Siete Infantes de Lara, en el norte de la España medieval, que culmina con el corte de franela a los siete hijos del conde de Lara, don Gonzalo Gustios y Doña Sancha Velásquez, por venganza, en una disputa familiar. Los hechos pudieron haber sucedido en el año 1.000 d.C. y la primera copia del poema en castellano data de 1289. Casi 300 años de un relato oral en etapa de gestacón. El poema concluye cuando el asesino envía ocho cabezas al padre de los muchachos, en Córdoba. Al sacarlas de los costales y limpiarlas de polvo y sangre, exclama don Gonzalo: “Bien conozco estas cabezas, por mis pecados, señor,/ conozco las siete, de los míos hijos son,/ la otra es de Muño Salido, su amo que los crío”. ZONA DE TOLERANCIA Los guetos conocidos como zonas de tolerancia o 'barrios', en las localidades del occidente colombiano, han sido escenarios de cuanto exceso traman los clientes y habitantes con tal de darle rienda suelta a la satiriasis o sea el “estado de exaltación morbosa de las funciones genitales, propias del sexo masculino” (DRAE). Concupiscencia de todos los sentidos. Para referirse al personal femenino que atendía en esos sitios se hablaba de mujeres de la vida alegre que, viéndolo bien, es la menos alegre de las vidas. La zona de tolerancia, en Anserma, quedaba a tres cuadras del parque principal hacia el oriente, en la hondonada de La Variante. Cambió de nombres a través de los años: El Chocho, a comienzos del siglo

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XX; El Pedrero,por la cuarta y quinta década; Colegurre, a mediados de ese siglo y al final del mismo, El Barranco. Los propietarios abrían las cantinas los días de la semana pues embriagarse ha sido una costumbre consuetudinaria, observada desde la época de la fundación de Anserma y descrita por Jorge Robledo, con su puño y letra, en la relación que le hizo al emperador Carlos V: “La mayor felicidad de estos señores es el vicio de beber y en esto se ocupan casi siempre porque estas mujeres que consigo traen, todas vienen cargadas de vasijas de vino al cual llaman chicha” (p.23). Corría un dicho entre la gente: Más varado que puta en viernes santo. En donde existen las zonas de tolerancia, aún cierran las cantinas, ese día. Un viernes santo, el administrador no cerró el Bar Hawai. Por la noche, una damisela se encerró con un cliente y, a la mañana del sábado, las compañeras escucharon los alaridos de la mujer. Corrieron y la encontraron sola pues el individuo con el que había entrado había desaparecido; sintieron un fuerte olor a azufre en ese cuarto y, en la sábana blanca, trazada con ceniza, la efigie del demonio como lo imaginaba la gente, con cuernos, bigote, chivera, uñas largas y cola de marrano terminada en aguijón. Desde 1539, cuando fundaron a Anserma, hasta comienzos del siglo XXI, habían pasado unos 470 años y el relato del Mariscal Jorge Robledo seguía vigente en relación a lo acaecido “en los caminos y casas” de ese pueblo: “tienen entendido del diablo, porque habla muchas cosas con ellos, que su padre es el que cría las cosas, ansí las del cielo como las de la tierra, y ansí se les aparece muchas veces en los caminos y en sus casas; y ansí como lo ven, lo pintan, y estos ansí maures que traen con sus rabos, y estas pinturas que en las caras y cuerpos se ponen, es insignia del diablo quellos ven”. Al advertir Robledo, en 1539, que “el diablo habla muchas cosas con ellos…”; da a enteder que la relación de los habitantes de la provincia

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de Anserma con el diablo es atávica. Atavismo es la relación con los antepasados lejanos. Tal vez esto lleve a considerar que el origen de la fiesta del Diablo que se realiza en la vecina ciudad de Riosucio sea anterior a la fecha que le han asignado (1847); la geografía de los ansermas puede ser más amplia y sus implicaciones de mucho más calado que las que nos ofrecen los cronicones del afamado Carnaval. EL SASTRE LAVERDE Dos vecinos se fueron enredando en problemas por la incapacidad de dialogar con sus esposas y entre ellos mismos. La esposa de uno lavaba la ropa del hogar y la colgaba en el cerco de guadua que dividía los solares de las dos casas. La otra mujer le advirtió que no siguiera secándola, allí, pero como la vecina no hizo caso, un sábado, desde el segundo piso, le tiró agua revuelta con ceniza y la ropa limpia quedó inservible. Cuando el esposo de la ofendida llegó a almorzar y supo lo que la vecina había hecho, se fue a buscar al marido de ella en las cantinas de Colegurre en donde estaba el hombre tomando trago con unos amigos. Al ver que bajaba por la calle con un revólver en la mano, el que bebía trató de escabullirse por unas piezas detrás de la cantina; por allá encontró, en un cuartito, a una de las mujeres que trabajaban allí y que había dado a luz, en uno de los anteriores días, por lo que estaba acostada con el bebé. El perseguido se escondió debajo de la cama. El perseguidor lo encontró y lo asesinó sin reparar en la parturienta y el recién nacido. Al sastre Laverde lo condujeron a la cárcel, a un lado del Parque Zea. El domingo por la tarde, bajaron con el entierro del compadre y al preso compungido le tocó ver por una reja de hierro el paso del cortejo fúnebre. Más tarde, la esposa del detenido le envió a este el vestido de paño, la camisa de cuello blanco almidonado y la corbata para comparecer ante la autoridad, en la capital de Caldas. El lunes, a las siete de la mañana, los niños atravesamos el Parque Robledo, bajamos por la carrera cuarta en donde estaban ubicados los teatros Robledo

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y Granada y unos y otros se fueron quedando en las escuelas en donde trabajaban maestros como Belisario Herrera, Celmira Piedrahita, Sofía Atehortúa, Helena Calle, Gregorio Vallejo, Rosa Amelia Hincapié. Los que nos íbamos a entrar en la Escuela Sucre divisamos más gente que de costumbre, abajo, junto a la puerta gris de la cárcel. Corrimos a ver qué pasaba. Ese lunes, cuando los guardias abrieron la celda para que el detenido saliera a tomar el vehículo que lo transportaría a Manizales, encontraron que se había suicidado con la corbata atada a un barrote de una reja bajita. Tratando de colgar, quedó casi de rodillas. Le resultó supremamente incómodo vivir y, mucho más, dejar de vivir. CAÑÓN DEL CAUCA El mariscal Jorge Robledo, su secretario Sardela y los 84 conmilitones que los acompañaban se aventuraron a atravesar el río Cauca en el sector comprendido entre el actual municipio de La Virginia y el corregimiento de Arauca por el sitio que aún se conoce como el Salto de los Chapetones: “Nos arremetió el raudal y nos llevó de peña en peña, dando en ellas tan grandes golpes con las balsas que se deshacían y hacían pedazos … hacía aquí una estrechura el río grande, de dos sierras que se ajuntaban por una banda y por la otra, y de una sierra al pie de ella salía dentro del agua un peñasco grande y allí el agua hacía remolinos; y así como las barcas desembocaban por aquella estrechura, parecía que fueran a hacerse pedazos en aquella peña y como el remolino era tan grande no dejaba pasar las balsas adelante; todos desecharon muy gran trecho el río abajo y la gente que en ellas iba se escapó a Dios misericordia” (J.B. Sardela, 2007, p.126). Poco después, el cronista lo ratificó: “El capitán determinó volver sobre la mano izquierda y llegar al río Cauca que lo pasó con hartos trabajos y peligros de muerte pues pasaban en unas malas balsas de guadua amarradas con bejucos, con un nadador delante y otro detrás que los guiaba, donde no podían ir más que dos o tres, con que fue el pasaje tan prolijo que gastaron seis u ocho días” (Fray Pedro Simón, p.103).

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Por las distintas violencias que han ensangrentado a Colombia, el plácido río en la obra literaria de Jorge Isaacs se ha convertido en cloaca de muerte. Por el Valle silencioso y el crispado Cañón del Cauca han bajado miles de cadáveres desnudos, descuartizados y devorados por peces mientras encima picotean aves de rapiña. Por esos motivos, la mitología que se ha forjado en las márgenes de esta corriente alborotada se perfila como una pesadilla tenaz. “Campesinos que residen en las cercanías del río Cauca, en varias ocasiones, vieron salir del río a tres seres cuyos cuerpos tienen forma de animal y de ser humano, con orejas largas, que buscan alimentarse de vacunos y equinos, consumiendo de estos solamente las extremidades y la cabeza y luego regresan al río donde desaparecen entre el agua… De inmediato, las gentes se propusieron a darle cacería al depredador de sus animales o al supuesto monstruo, nombre que recibió desde el primer día que lo vieron. Una mañana, unos trabajadores divisaron, de lejos, que en la orilla del río, en el sector del Corregimiento de Irra, había un señor con dos niños. A medida que se acercaron, se dieron cuenta que eran aquellos seres extraños y deformes de que tanto se hablaba; en verdad, eran unos monstruos a los que corretearon pero ellos se refugiaron en el río; en el trayecto lograron atrapar al más pequeño. La noticia de la captura de un monstruo comenzó a regarse como pólvora en todo el sector y la supuesta fotografía inició su recorrido en la mayoría de pantallas de los teléfonos celulares en esa región. Dicen que por los lados de Quinchía, Opiramá, Irra, Riosucio, Filadelfia, Aranzazu, Salamina y Neira que también tienen límites con el río Cauca, han visto los monstruos salir del río y que ya han matado varios niños a quienes les cercenaron las manos, los pies y la cabeza. Dicen que el supuesto monstruo capturado es un extraterrestre que, debidamente congelado por autoridades de la policía, fue enviado a un organismo de seguridad de la capital de Caldas para remitirlo a Bogotá” (El Ansermeño, octubre de 2012, p.2). Los habitantes del cañón del Cauca, entre Risaralda y Caldas, han

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trocado la barbarie que presencian a diario en mudo silencio o la han expresado en una simbología igual de sangrienta. Lévi-Strauss, al comienzo de El Pensamiento Salvaje (p.11), muestra cómo un pueblo del noroeste de Norte América utiliza el lenguaje genérico para comunicar la imagen de una culpa concreta: “La proposición: 'un hombre malvado ha matado a un pobre niño', en Chinook se expresa así: la maldad del hombre ha matado a la pobreza del niño”. El monstruo del Cauca, con 'cuerpo con forma de animal y de ser humano; con orejas largas', se ha convertido en un discurso alegórico de lo que, en abstracto, se ha conocido como la pesadilla de la violencia. MADRE DEL AGUA En la cordillera central, por el flanco oriental, en predios de Marulanda, Manzanares, Marquetalia, Victoria, hablan de La Madre del Agua. Cuentan que se trata de una mujer dotada de tanta belleza que algunos la llaman la Diosa del Agua. Ella ascendió por el río Magdalena, en una pequeña embarcación dotada de provisiones y defensas; nunca aceptó compañía alguna, ni un romance, ya que su propósito era penetrar hasta el centro del país y dominar a los indios pijaos. Aseguran que buscaba al Cacique Calarcá pues estaba enamorada de él por su valentía pero, al avanzar por el río, se enteró de la muerte de este indígena. Algunos dicen que ella murió de amor, ahogándose en el río. La ven cuando sale a la orilla; desnuda, se arrodilla sobre una piedra a echarse agua con una totuma y a peinar sus rubios cabellos con un peine de oro. Como una nutria de movimientos ágiles, cuando ve que alguien se acerca, se sumerge en el agua. ALTO DEL PERRO Este es el nombre con el que, desde el Manizales patriarcal, se conoce un paraje por los lados de Milán, zona oriental de la ciudad, desde donde se divisa La Enea y, al fondo, el Parque de los Nevados.

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El nombre se originó, en tiempos de la colonización antioqueña, cuando un arriero que se sentó a descansar en un barranco dejó olvidado su carriel con documentos y una apreciable cantidad de dinero. Se levantó y se puso a arriar las mulas pero el perro no lo dejaba avanzar. Se atravesaba obstruyendo el camino; ladrándole. El pobre animal estaba desesperado. El arriero aburrido con el escándalo del animalito, desenfundó el arma y lo mató. Al poco caminar se dio cuenta que el perro le estaba avisando que había olvidado el carriel con los documentos y el dinero. Pero ya era tarde para devolver la vida a su examigo. El relato anterior es legendario pues, si nos atenemos a la “Historia de la ciudad de Manizales”, texto del padre Fabo de María (p.58), en él transcribe esta apreciación de Restrepo Maya: “(Los expedicionarios) llegaron a un alto que llamaron del Perro porque allí se les perdió uno de los que llevaban, probablemente extraviado en persecución de algún animal”. El incidente ocurrido a los colonizadores ha sido objeto de las más descabelladas explicaciones. Según unos manizaleños de finales del siglo XX, se llama el Alto del Perro porque por los años de la fundación de la ciudad, cuando los viajeros bajaban hacia La Enea o subían, en ese sitio se les aparecía un perro que echaba candela por la trompa. Luego, desde cuando hay automóviles y taxis, quienes viajan de noche a La Enea, solos en un vehículo, miran por el espejo retrovisor y ven un perro grande y negro, acezando, sentado en la silla de atrás. Voltea la mirada y no hay nada. INGENIERO DE LA CATEDRAL Los planos de la catedral de Manizales fueron realizados por el arquitecto francés Julien Auguste Polti (1928) y la construcción se encomendó a la firma de ingenieros y arquitectos Pío Angelo Papio y Gian Carlo Bonarda. Se inició en 1928, se interrumpió al año siguiente

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para reanudarse en 1935 y continuar hasta 1939 cuando concluyeron las torres laterales y la aguja central. Con posterioridad, la edificación se fue completando con las estatuas realizadas por el escultor italiano Tazzioli, con la colaboración de los artistas locales Gonzalo Quintero, Álvaro Carvajal y Guillermo Botero G. Después contrataron el baldaquino diseñado por la Casa Rambusch de Nueva York, trabajado en Italia y dorado en Manizales por Manuel Vargas. Como coronamiento de tal proeza, instalaron los vitrales que representan el tesoro más preciado de la catedral. Una mole de talla épica. La catedral fue un proyecto en cuya realización los habitantes del Gran Caldas empeñaron el alma y el bolsillo pues los pueblos del departamento creado en 1905 tenían como capital a Manizales en lo civil y religioso por lo que el obispo desde cuando se inició la construcción de la catedral de cemento, en 1928, impartió a los párrocos la orden de movilizarse en pro de semejante entelequia. Como aún no habían creado las diócesis de Pereira y Armenia (1952), año tras año, en las semanas de la catedral, los caldenses de entonces organizaban eventos como venta de comestibles, libro de oro para llenarlo de billetes, torneos galantes, serenatas, cabalgatas, insignias, todo para emular con las demás localidades en el monto de sus dádivas para impulsar la obra que sería su símbolo ante los forasteros y las generaciones venideras. Sería inaudito que semejante monumento careciera de una historia santiguada por la leyenda. Contaban los contemporáneos de esta construcción que, en ese vaivén de personas extranjeras que tuvieron que ver con la catedral de Manizales, hubo un ingeniero, dicen que inglés o belga, que llegó a trabajar en Marmato y terminó enrolado en el personal encargado de levantar este edificio religioso de igual manera que el ingeniero inglés William Martin desde que llegó a Marmato sacó tiempo para construir los templos de Supía, Aguadas, Pácora, Salamina y la catedral de Pereira.

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El ingeniero que llegó a Manizales vivió en el Hotel Europa (Edificio Sanz) cuya primera parte se debe al arquitecto Colombo Ramelli y la segunda a Papio y Bonarda, adornado, en la esquina, con las esculturas de Mercurio (Comercio) y Ceres (Agricultura) y que, en el siglo XXI, ocupan Davivienda y las oficinas de la Dian. El ingeniero habitaba en una habitación del cuarto piso que da el frente a la catedral. Tenía un perro grande que lo acompañaba en sus paseos solitarios por una ciudad que estaba en obra negra, debido a la reconstrucción. Cuando iba a trabajar dejaba el perro encerrado en la habitación y la gente veía al animal asomado a la ventana, mirando a la catedral a la espera del amo. Cualquier día, el ingeniero decidió quitarse la vida. A falta de funerarias, lo velaron en el vestíbulo del hotel y, como homenaje de sus compañeros, la ceremonia fúnebre se realizó en medio del arrume de materiales de la catedral en construcción. Con el féretro, abandonaron ese espacio repleto de andamios, por donde quedó ubicada la puerta lateral que da a la calle 22, subieron hasta la Carrera de la Esponsión (la 23) pero, al pasar frente a la habitación del ingeniero, el perro, desesperado, se lanzó desde la ventana muriendo al estrellarse en las piedras de la calle. Es leyenda que la ceremonia tuviera lugar en la catedral pues in illo témpore no oficiaban funerales católicos en honor de los suicidas. La gente remata la leyenda con el adagio de la sabiduría popular que dice: Amor con amor se paga. BELISARIO RODRÍGUEZ De acuerdo con la definición que de él hizo Pedro Felipe Hoyos K., una tarde en que tertuliábamos en el Café Tazzioli, en la Torre del Reloj de la catedral, Belisario Rodríguez fue “artesano, artista y colombiano”. Se trata del artista que decoró la Gobernación de Caldas, la Casa de las Muñecas y muchas residencias del casco republicano como la casa de Francisco Jaramillo Ochoa y el Hotel Regina. Era cundinamarqués, viajó a Estados Unidos y, cuando el art déco se puso de moda en ese país, mermó su trabajo; escuchando la noticia de que la Casa Wottard y Papio y Bonarda avanzaban en la recons-

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trucción de Manizales, regresó a Colombia, se logró enganchar en esa etapa admirable hasta constituirse, tristemente, en el artista olvidado del arte republicano. En Manizales se enamoró perdidamente de Libia Londoño pero al no sentirse correspondido la mató. Comentaba Pedro Felipe: - Necesitamos algún escritor que explote el drama. El drama como telón de boca de esta ciudad.Continuando con lo que podría llamarse Una leyenda con el nombre de Belisario, se recuerda que soportó varios intentos de suicidio, en el salto de Tequendama. Tanto ese salto, en las afueras de Bogotá, como el puente de la quebrada Olivares, en la capital caldense, atraían en forma despiadada a los que estaban estragados con la vida. Época del esplín. “Reír llorando”, de Juan de Dios Peza (1852-1910), estaba de moda: “Viendo a Garrick/ actor de la Inglaterra/ el pueblo al aplaudirle le decía:/ eres el más gracioso de la tierra/ y el más feliz/ y el cómico reía.…”. Y concluía Pedro Felipe, como filmando dentro de su imaginación una película al estilo de la llamada “Manizales City” que, estirándola un poquito, también corresponde a la temporada del artista plástico y decorador: -Imaginemos a Belisario tallando las fauces de los animales mitológicos de la Gobernación mientras trama el asesinato y el suicidio. Hay que emocionar a los manizaleños. LUZ MARINA ZULUAGA: UNA LUZ QUE AÚN TITILA Aunque lo que se cuenta que hizo y dijo fuera verídico, desde su juventud fue elevada a un rango legendario en cuanto que la gente de su tiempo sublimó su vida, la exaltó a la categoría de ícono y la consideró con orgullo como digna representante de la mujer colombiana. Su encanto la convirtió en leyenda. Difuminó una atmósfera ideal en torno suyo. Luz Marina Zuluaga nació en 1938, fue elegida Señorita Caldas, virreina nacional de la Belleza, en Cartagena, en 1957, y Miss Univer-

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so, en 1958, siendo la primera colombiana y la única que ostentó ese título entre 1958 y 2014: 57 años ella escuchando: - ¡Ahí va Miss Universo! La elección como reina universal y la oleada de cariño que desató entre sus compatriotas dieron oportunidad para que los padres de niñas nacidas por esos días las bautizaran, en gran número, con el melodioso nombre de la reina, esperanzados en que el nombre propio podía ser un fetiche verbal o un amuleto contra la fealdad. En más de una ocasión, se comprobó que los intentos de embellecimiento resultaron fallidos. En el caso de Luz Marina pareció que las cosas se hubiesen organizado desde el día del nacimiento concediéndole la razón a Jorge Luis Borges cuando anunció en El Golem: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Los poetas de la época publicaron un opulento florilegio de sonetos galantes contribuyendo así a la mitificación de aquella figura en la que los coterráneos fijaron sus ojos complacidos. Los juglares recalcaron el simbolismo musical de su nombre: “Luz Marina Zuluaga: luz marina/ del puerto del amor estremecido./ Alero, sí, donde al formar su nido/ el alma es una inquieta golondrina.// Vencedora perfecta, del olvido./ Corola de azahar. Flor sin espina./ Mi corazón romántico adivina/ tu joven corazón reflorecido.// Luz de Caldas, corona tu dorado/ perfil de reina, el clásico Nevado/ que contra el cielo su esplendor retrata.// Toda la Patria entre tu nombre anida/ y tú estás de ese nombre suspendida/ como un precioso cámbulo de plata” En ese entonces, Fernando Soto Aparicio (19332016), escritor de novelas de corte socialista como La Rebelión de las ratas, dio pausa a su pluma que denunciaba injusticias para levantar el andamiaje del deslumbrante soneto. Rafael Lema Echeverri (1912-1966), con parquedad espléndida, en

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el retrato que hizo de ella destacó su “Voz de óleo azul. De primavera./ De canción inmortal. De suave olvido./ De trino. De cielo extrovertido./ De luna transitoria y ala y cera./ La manzana tenaz, más bella por fuera/ se vistiera tu piel de rosa y nido./ Mujer de raso y de panal ungido./ De inmolado temblor de sol y espera./ Manos de arpa núbil y de arrullo./ Boca de alondra muda y de murmullo/ de río elemental, de musgo y vuelo”. Y el salamineño Fernando Mejía (1929-1987), revestido con ornamentos propios del piedracelismo, en boga por esos años, echó a repicar por el aire estas palabras: “Yo te canto Luz Marina Zuluaga,/ porque tu nombre se anticipó a la luz;/…Manizales que irrumpe en el espacio/ con su poder de piedra y oración,/ está sobre tu lumbre, Luz Marina,/ palpitando en un solo corazón”. Pero no solo palabras con música sino también música con palabras. Apenas arribó con corona y cetro, en 1958, no faltó, en cuanta serenata le dieron en esas noches, Flor Manizaleña, un bambuco con letra de Alberto Gómez y musicalización de Noel Ramírez. Francisco Bedoya y Carlos Alberto Mejía compusieron el bambuco Luz Marina del Mundo, con la interpretación del dueto Espinosa y Bedoya, pieza que se convirtió en una rareza musical. De labia fácil y permanente sonrisa, se constituyó en la idealización de la belleza que no se marchita, la espontaneidad y la amabilidad, en Manizales, Caldas y Colombia. Al amanecer del 2 de diciembre de 2015, por los medios de comunicación informaron que había fallecido debido a un infarto fulminante e inmediatamente la gente conjeturó que la mató una pena. Cualquier persona añadía que, en esos días, había ido a visitarla y la encontró llorando. Chucho Z. me puso en el whatsapp, acompañado de una foto de la reina: “Que descanse en paz nuestra Luz Marina”. Ojo: no era ajena; era “nuestra”. Un conocido comentaba que, en casa, dijo con voz resignada: - Qué pesar de Luz Marina, pero la espo-

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sa le arrebató la palabra para aclarar: - No. Qué pesar de nosotros que nos quedamos sin ella. Alguien escuchó, en una buseta, cuando una dama comentó a otra: - Qué navidad tan triste sin Luz Marina. Y, una señora advirtió a su cuñado: - No se puede creer en los médicos. Hace poco, Luz Marina fue donde un doctor y este le dijo: - Tranquila que vamos a tener Miss Universo para largo rato. Y vea lo que sucedió. El cuchicheo es terreno abonado para que germine la leyenda. Por los días de su fallecimiento y sepultura, la conversación más baladí caía en el tema de Luz Marina a quien los contertulios catalogaban como una reliquia viviente. Suspiraban mientras decían que Luz Marina no pasó a la historia sino que se quedó en ella. A una amiga que entró a un almacén la vendedora le respondió el saludo con la pregunta: - ¿Tú eras amiga de Luz Marina? De la sala de velación en la funeraria condujeron su cadáver a la Asamblea Departamental y, luego, desfilaron por la Plaza de Bolívar, ante unas 4.000 personas, muchas de las cuales habían salido a aplaudirla en ocasiones menos dramáticas. Oficiaron las ceremonias fúnebres, en la catedral, con arzobispo y gobernador y delagaciones a bordo. En el año 2000, yo concluía la escritura de la obra “Del dicho al hecho: Sobre el habla popular en Caldas”, en el que hay un capítulo con el tema del piropo en esta región. Me encontré con Luz Marina en el hall central de la Universidad de Caldas, y le pregunté: - Luz Marina, ¿de tantos piropos que le echaron cuando fue Miss Universo, cuál es el que más recuerda? Después de buscar la respuesta, durante unos segundos, ella comentó: - Oiste, ole: Hace pocos días veníamos, en el carro, por la carrera 23 y, debido a que el tráfico por el centro es muy demorado, nos tocó parar junto al Café La Cigarra, frente al Palacio Nacional. Había dos señores conversando, parados a lado y lado de una de las puertas. Mientras esperábamos que la hilera de carros, por fin, se moviera, logré escuchar cuando uno de los señores le comentó al otro: - Oiste, hombre: Y, ¿es que esta vieja no va a dejar de ser bonita? Soltamos la carcajada. Si eso se lo hubieran dicho acabada de coronar como Virreina de Colombia, en 1957 o de Miss Univer-

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so, en 1958, no tendría nada de sorprendente; era una flor acabada de abrir. Pero se lo dijeron en el atardecer de la vida y no se lo dijeron, directamente, como todo piropo, sino que ella lo escuchó a la distancia. ENALTECER LO PROSAICO No solo las personas se pueden volver leyenda. También los lugares. La celebración del I Centenario de la Fundación de Viterbo (abril de 2011) atizó la floración de leyendas. Leímos que, por un costado del Parque principal de la exuberante localidad del Bajo Occidente de Caldas, se entra a “un edificio de tres pisos y una bodega. Hay que superar tres puertas, 30 escalones, un corredor y un baño. Este edificio fue de don Manuel Salvador Valencia, el máximo dirigente conservador de la región y que tenía injerencia en el Partido conservador a nivel nacional… El señor F.Z. abre la puerta y entra en un baño en desuso… Sorprendentemente se abre la pared, convertida en pequeña puerta forrada en baldosas. Al descubierto queda una caleta de unos dos metros y medio de ancho por dos y medio de largo, apenas para unas tres personas sentadas o en cuclillas. En el fondo se ve una rendija desde donde se puede observar una panorámica del Parque” (Óscar Veiman Mejía, 19 de abril de 2011, p.10a). El día central de la efeméride, pasaba frente a la casa citada, cuando una persona que hacía parte de la Junta Central del Centenario comentó: De esa casa parten dos túneles secretos, uno que va a salir en la cuadra siguiente, en la casa que fue de doña Débora, en la avenida que va al cementerio, y el otro atraviesa por debajo el Parque y va a concluir en donde funcionaba el Club, en la esquina norte de la cuadra en que queda la iglesia. Lo de los túneles eran deformaciones de la realidad que el periódico trataba de corroborar con una fotografía. En un piso alto, un espacio de dos metros y medio por dos metros y medio se convirtió en el comienzo de dos túneles “secretos”. La historia y la leyenda coinciden en que don Manuel Salvador Valencia mandó acondicionar ese espacio como refugio de persona-

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jes importantes del partido conservador, a mediados del siglo XX, durante esa pesadilla que fue la violencia partidista. Según la fuente consultada por el periodista, “allí don Manuel escondió varios días a Belisario Betancur, presidente de Colombia 1982-1986, a Rafael Azuero Manchola, designado presidencial en 1974 y a otros personajes. Ellos formaron un triunvirato perseguido por la dictadura de Rojas Pinilla”. CASA DEL DEGÜELLO, EN SALAMINA Los aleros de Salamina, en el norte de Caldas, han visto pasar a personas ilustres y gestas catalogadas como gloriosas. Espléndido escenario en el que la imaginación ha producido frutos emotivos como estos versos de Jorge Isaacs, el autor de “María”, a su paso por la bella ciudad norteña: “De Salamina/ cabe a la cuesta/ corre espumosa/ La Frisolera./ De las cabañas/ las humaredas/ lánguidas flotan/ sobre sus selvas.// Vi muchas tardes/ en su ribera,/ bajar por agua/ una morena/ de grandes ojos/ y largas trenzas,/ siempre llorosa/ ¡Pobre Gabriela!// ¡Ay!, tuvo un novio/ que en vano espera./ En sus sembrados/ crece hoy maleza,/ no adornan fucsias/ su cabellera,/ y vive triste:/ ¡Pobre Gabriela!// Ayer de tarde/ por La Frisolera/ pasó un recluta/ cantando vueltas/ -¿Pablo?, le dijo/ - ¡Murió en la guerra!/ ¡Pobre muchacho!/ ¡Pobre Gabriela!”. La guerra civil de 1877 se agudizó en el sur antioqueño: Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Neira y Manizales. Por cierto que en esta zona floreció una especie de romancero, o conjunto de composiciones, en verso, como el que quedó de las guerras de liberación de España contra los moros, en plena Edad Media, y de los mexicanos contra ellos mismos, en una fecha cercana a la guerra civil colombiana que se menciona. Un romance anónimo del sur de Antioquia empezaba así: “Un día martes por la tarde/ el 25 de enero/ se pronunciaron los godos/ ya pasado un aguacero./ Con entusiasmo lle-

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gaban/ a casa de Pablo González/ y allí formaron concilio/ de coger los liberales…”. En la llamada Revolución de 1879 ocurrió el trágico desenlace descrito minuciosamente por el general Valentín Deaza en el informe que rindió al Gobierno y que, Alfredo Cardona, historiador moderno, sintetiza en este párrafo: “El capitán Juan Nepomuceno Uribe, con el batallón Primero de Rifles, ataca las posiciones conservadoras y luchando manzana por manzana llega al sur de la plaza principal de Salamina. La Compañía Salamina, bajo las órdenes de Rafael Avendaño, hace frente a los revolucionarios que disparan desde las ventanas y balcones de las casas del lado oriental. A las once de la mañana del 22 de marzo de 1879, el teniente Eliseo Vargas y el subteniente Manuel Andrade, con 20 hombres del Batallón Zapadores, toman la manzana oriental de la plaza, tumban puertas y portones y perforando las paredes de las tapias interiores se acercan a la casa de José Ignacio Llano, reducto principal de los defensores. Los soldados del Batallón Zapadores (traídos de Cundinamarca y Boyacá) arman bayonetas y al paso de carga embisten la casa de Ignacio Llano, trabándose el combate cuerpo a cuerpo a golpe de bayoneta y machete, con una ferocidad tal que las habitaciones quedan sembradas de cadáveres y por las hendijas del piso de madera se filtra la sangre que empapa y corre hacia el patio central de la vivienda” (Alfredo Cardona T., 2006, p.218-219). Si la fundación de Salamina fue decretada por el gobierno central en 1825 y se realizó en 1827, escasos años después de la Independencia de los españoles, al naciente caserío no se puede ubicar, con propiedad, en la época colonial que concluyó oficialmente con la Batalla de Boyacá, en 1819. Salamina es postcolonial; republicana. El estilo arquitectónico de La Casa del Degüello, no es rigurosamente colonial aunque tampoco republicano. Cuenta con características de las construcciones hispánicas adaptadas al medio neogranadino que no se interrumpieron abruptamente debido a los acontecimientos

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políticos de la independencia. Si el sistema gubernamental había cambiado, no habían variado muchas formas culturales entre ellas las de construcción utilizadas por los maestros de obra que venían de antes. En Salamina, esta adusta casa de familia ocupa lugar intermedio entre las cuatro que, al lado oriental, dan su fachada al parque arbolado; cuenta con un largo balcón de chambranas de madera. Vista desde el centro del parque, la conocida Casa del Degüello se mimetiza entre los árboles que rodean la pila de bronce. Por más de cincuenta años, entre mediados y fines del siglo XX, perteneció a Monseñor Carlos Isaza Mejía que, con sus raíces salamineñas y sus títulos honoríficos, no tuvo inconvenientes para alcanzar la dignidad de mandacallar del pueblo; a su muerte, Mario Isaza Mejía, hermano suyo y también monseñor, se convirtió en el jefe de esta casa, aunque el boato eclesiástico y el de la clase alta de su pueblo habían entrado en decadencia. En más de cien años hay tiempo suficiente para que se vayan desdibujando las circunstancias reales que acompañaron los acontecimientos en la Casa del Degüello. Por ejemplo, no se menciona que se trataba de la casa de habitación de Ignacio Llano pues la circunstancia de atacar una casa de familia agravaría el juicio histórico sobre ese caso al ser catalogado de escandaloso, inhumano y aberrante. Se repite que aquella edificación era “cuartel de un batallón acantonado en Salamina” confusión que busca aminorar el horror y dar un cariz legal a la sanguinaria carnicería. El General Cosme Marulanda estuvo involucrado en los sucesos pero en las crónicas de sus paisanos no lo mencionan como derrotado. Valentín Deaza, jefe militar (liberal), escribe que “felizmente quedaron en mi poder el Jefe rebelde Cosme Marulanda con todos sus jefes, oficiales, soldados y elementos de guerra”.

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Para formarse una idea general de lo acontecido conviene transcribir los datos que Valentín Deaza envió al Prefecto del Departamento del Sur, en Manizales, y que, a su vez, Carlos Latorre, Ayudante de Campo y Secretario del Prefecto remitió al Secretario de Estado, en el Despacho de Gobierno y Guerra, en Medellín. En las fuerzas oficiales (“armas liberales”) las bajas fueron: Batallón Rifles: Muertos 0; 1° de Zapatoca: Muertos 6; Compañía de Salamina: Muertos 2 y Compañía de Pácora: Muertos 1. Los llamados por Valentín “retrógrados y fanáticos, enemigos jurados de toda medida de progreso recibieron castigo ejemplar al perder cincuenta y cinco hombres que fueron muertos”, en su mayoría, como se ha citado, en la casa de habitación de don Ignacio Llano. ABRUMADORA NOSTALGIA A las ocho de la noche del sábado 13 de septiembre de 2013, después de una intensa jornada académica e inéditas prácticas en la que se expusieron y elaboraron las contribuciones gastronómicas de las regiones presentes en el Congreso de Cocinas del Paisaje Cultural Cafetero, seis expositores tuvimos la oportunidad de visitar la Casa del Degüello ya que la mayoría no tenía conocimiento de lo que se catalogó como un vetusto baluarte. El cuidado de la céntrica casona estaba a cargo de J. Gustavo R., pues cada día iban quedando menos dueños históricos. Aquí, como en gran número de casas tradicionales de pueblos colombianos, una soledad aromada de nostalgia recorría las habitaciones. Los monseñores Rubén y Carlos Isaza Mejía, hijos de Luis Carlos y Ana María, pasaron a mejor vida como también su hermana Amparito que había sobrevivido a los dos. Esta dama dejó una hija llamada también Amparo que se radicó, con su esposo y dos hijos, en Armenia. De trecho en trecho visitaban la casa en Salamina. Casas como esta permanecen clausuradas con sus haberes, melancolía y miste-

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rios. Van quedando como lugares de reencuentros familiares para núcleos que se fueron de allí pero que, al marcharse, tomaron la decisión de permanecer vinculados a sus querencias. La Casa del Degüello, en el marco del parque principal de Salamina Caldas, es de dos plantas y tiene forma de U. La base de esa U, la más larga, da al parque y tiene 20 metros de largo. Cuenta con 10 alcobas. Tiene cinco ventanas que dan al parque principal y corresponden a la sala principal y tres habitaciones. En el primer piso, un portón alto y cinco puertas. Su fachada no es tan lujosa como las de otros caserones pero, tras el maderamen de color caoba, no oculta su discreta elegancia. Dos escalas: una para la gente principal y otra para la servidumbre. Subimos las escaleras de madera con barrotes metálicos; los pisos bien encerados como se acostumbra en las casas con piso de tabla de los pueblos caldenses. Dimos vuelta a la izquierda para empezar el recorrido por el comedor que ostenta una portada rococó, en madera taponada, salida de las manos del ebanista Eliseo Tangarife. El cuidandero, adelante, prendía luces para que observáramos el mobiliario de maderas finas, las molduras, los artesonados geométricos, las lámparas colgantes y de mesa, las vajillas en las vitrinas, los jarrones, las carpetas de crochet, las paredes forradas en vistosa tela de colgadura y los cortinajes que filtraban la luz de los faroles del parque y le daban a las estancias cierta atmósfera palaciega. En una vitrina sobre una pared exhiben unas veinte condecoraciones otorgadas por las más encumbradas oficinas públicas, instituciones culturales y gobiernos extranjeros, a los monseñores Isaza Mejía. Ante ellas, reflexioné sobre la fatuidad de los homenajes. Contemplar ese arrume de metales corroídos por el moho y esas cintas de seda manchadas por el orín del tiempo provoca el desencanto por aquello que el libro de los sabios llama “vanitas vanitatum et omnia vanitas” (vanidad de vanidades y todo vanidad”). ¿En dónde queda-

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ron las tarjetas en pergamino y letras góticas; los discursos tachonados de adjetivos e interjecciones; los banquetes con ingredientes de procedencia europea tan propios de las casas distinguidas de Salamina en su época dorada; los brindis con vinos del Mediterráneo, en cristales sonoros; las flores lánguidas; las mujeres embellecidas para las circunstancias con sombreros, terciopelos y visones; los estruendosos aplausos al final los homenajes; los lapidarios telegramas que produjeron esos trozos de lata y de seda que causaron admiración y ya no hay quién repare en ellos? Per transivit gloria mundi. Cuando pasábamos de un salón a otro, sentía el escozor producido por los cuerpos degollados que quedaron, unos sobre otros, en esos pisos cubiertos, ahora, con alfombras rojas. Al lado izquierdo, el caserón cambia la vanidosa presentación de la parte central pues se suceden tres alcobas pequeñas sin pretensión alguna. En la primera, nos comentaba con tono humilde don J. Gustavo, vivió y murió monseñor Mario Isaza. La cama es del tamaño de un catre metálico; un escaparate para la escasa ropa y varias litografías de santos en las blancas paredes de bahareque. Enseguida, una capillita en donde entraba a meditar el mencionado monseñor y, en el cuartico siguiente, desde hace años, vive el cuidandero conseguido por Amparito para que estuviera pendiente del hermano sacerdote desde cuando empezó el declive hacia la muerte. J. Gustavo comentaba que la familia Isaza Mejía tenía comportamientos particulares cuando llegaba el tránsito fatal. Monseñor se murió en las horas de la noche; el acompañante llamó a Amparito que dormía en un cuarto principesco, al lado del comedor y ella, haciendo gala de paz interior, cobijó el cadáver, le tendió una fina colcha blanca encima y dejó que se sumergiera, sin escándalo, en ese sueño del que no despertaría jamás. Llamó a los allegados que fueron llegando de otras ciudades, tocaban el portón e iban entrando en silencio. A las tres y media de la tarde subieron con el ataúd, lo pusieron en el suelo, metieron dentro el cuerpo rígido del difunto y

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salieron con él hacia el templo en donde esperaba la comunidad para asistir al sentido funeral. El vigilante comentaba que ese ritual se repitió cuando murió Amparito. Falleció en la tarde, la amortajaron y cubrieron con una colcha blanca, en el lecho que ocupó gran parte de sus noches. A las tres y media de la tarde entraron con el ataúd, acomodaron el cuerpo y salieron con él para la ceremonia final en el templo que hoy es basílica menor. Bajamos por la escalera secundaria que queda en el extremo derecho, luego del área húmeda, al primer piso y de ahí al subterráneo para darle un vistazo a la boca de lo que dicen que es un túnel de escape. En ese sector no había luz eléctrica por lo que nos guiaba la luz de la linterna que llevaba el vigilante. Nos mostró un agujero en la pared; alumbró para adentro pero no divisamos nada debido a la oscuridad. J. Gustavo comentó que ese túnel salía a la sacristía del templo. Según varias personas hay más túneles en distintas direcciones como testimonio de los tiempos del ruido; del ruido causado por las armas, en las guerras civiles. El que cuidaba la casa nos convidó a recorrer la huerta por donde, un día, según la leyenda, corrieron arroyos de sangre insurrecta. Noche arropada en oscuridad espesa. Siluetas de amenazantes árboles y penetrantes fragancias de flores y yerbas aromáticas que por toda su vida cultivó Amparito. A un lado, un cuarto desocupado, con una puerta metálica; el cuidandero comentó que fue la cárcel de la casa. Pero, ¿cárcel por qué, si no fue batallón, ni inspección, ni alcaldía? Tal vez se trataba de una de esas mentirillas con que suelen adornar las leyendas. En el patio central, separado de la huerta por una tapia como una muralla rematada en teja de barro, no vimos los fantasmas de los tres soldados que la imaginación exaltada de la gente observa, sen-

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tados, pensativos, en ese espacio tupido de jardín y surcado por caminos de piedra. Del patio regresamos al primer piso y, sería porque les habían echado agua a tantas matas puestas en tiestos y canastas o había llovido venteado y no habían secado, pero el brillo del agua sobre las rojas baldosas, trajo a la memoria la tarde en que esos mismos corredores se anegaron de sangre que chorreaba del segundo piso como remate a una confrontación por pasiones inútiles. SAGA DRAMÁTICA La leyenda sobre los crueles acontecimientos escenificados en la Casa del Degüello, en Salamina, durante la Guerra Civil de 1879, se ha ido ramificando con espantos y aparecidos. Precisan que, a las doce de la noche, ven tres soldados sin cabezas sentados en el patio principal de dicha casa. En medio del delirio desbocado que se presenta cuando se trata de una leyenda espeluznante, otros salamineños han visto a dos soldados recorriendo, con paso marcial, el largo balcón que da al parque, como si estuvieran de guardia. La leyenda se ha desviado hacia el mito. Sin fundamento histórico, cuentan que, en la célebre batalla, le cortaron la cabeza a un sacerdote. Después de la una de la mañana, un caballo da vueltas al parque y sobre ese caballo va el cura sin cabeza. Esto sin entrar a rebujar en los baúles brujeriles que revolcó Fernando Macías en un texto que concluye con este juicio: “De la larga saga de adivinos, pitonisas, yerbateros, nigromantes, tarotistas y estafadores que han vivido o hicieron tránsito por Salamina, Clementina es la más importante”. Cuando el señor Ramírez abrió el portón de la casa para que saliéramos miramos fijamente al parque pues la épica leyenda concluye con que, en la tarde del 22 de marzo de 1879, los triunfadores saca-

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ron cincuenta y cinco cuerpos degollados, en esa casa, para exhibirlos en la plaza de mercado de Salamina en donde colocaron las cabezas a un lado de los cuerpos o sea que, hasta el final, hubo sevicia con las víctimas. En el epílogo de la leyenda advierten que la sangre de esa matanza descendió en caudaloso arroyo hasta el actual Barrio Obrero. Sentados en una banca, en la parte de arriba del círculo en que se encuentra la fuente de bronce, contemplábamos la cerrada Casa del Degüello y recordábamos lo escrito por el general Valentín Deaza cuando informó a sus superiores sobre la Batalla de Salamina: “Varios de los soldados que defendían la casa se arrojaron en grupo por el balcón con el fin de escapar a una muerte segura que los aguardaba en el interior del edificio. Tomada que fue la casa entré personalmente a ella i me horrorizó la mortandad que allí hubo”. EL PAJARERO DE EL CARDAL En Neira, en la vereda El Cardal, vivió la familia Bedoya Serna en una casa grande que habitaban, fuera de don Gregorio y doña Clara, sus trece hijos y algunos jornaleros, en tiempos de cosecha cafetera. Un día llegó un moreno que se hizo a la confianza de los patronos por lo que permitieron que viviera bajo el mismo alero. Se identificaba como G. Fajardo. Pasaba la mayor parte de los días puliendo, con un cuchillo, palitos de guadua para armar jaulas en los cafetales y capturar pájaros que vendía, los días de mercado, en el pueblo. De noche, cuando doña Clara anunciaba que iba a rezar el rosario, Fajardo se escurría en medio de la oscuridad hacia la casa de la novia. Un día llegó acezando porque al pasar la cañada se le presentó un perro negro que echaba candela por la trompa. Un jueves santo, don Gregorio y doña Clara organizaron viaje a Neira para asistir a las ceremonias de semana santa. G. Fajardo dijo que se quedaría en la finca organizando los pájaros que había capturado. Doña Clara, al salir con la familia para el pueblo, le dijo en forma de reproche: - Ojalá no se le mueran.El viernes santo, el muchacho apareció en Neira muerto de

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miedo porque al levantarse ese día los pájaros estaban muertos dentro de sus jaulas. Pasado el tiempo, la familia Bedoya Serna fue a vivir a Neira. Con su espíritu religioso, la mamá los hacía madrugar a las cinco de la mañana para ir a misa. Salía rodeada de seis o siete muchachitos. Un día, U., el hijo más rebelde, le gritó que no quería ir a misa y doña Clara le dijo: - Ojalá no se te presente el Diablo. U. siguió durmiendo pero lo despertaron unos ruidos extraños. Se levantó a ver qué pasaba cuando vio un marrano grande y flaco que subía por la escalera de madera de la casa. Le pareció extraño pues en la casa tenían gallinas pero no marranos. U. se escondió detrás de la puerta de la alcoba y el marrano entró, se le arrimó, le lamió las piernas y volvió a salir. A partir de ese día U. era el primero que se levantaba para ir a misa. EL NIÑO MALO, EN BELALCÁZAR Dos ancianos conversaban, sentados en una banca, en el parque principal de Belalcázar (Caldas). Al preguntarles si habían oído hablar del Niño Malo, contestaron que sí y dieron rienda suelta a su propia versión. - Era un niño que se volvió deshonesto porque los padres no lo mandaron a la escuela. – No. Se volvió malo porque los padres no lo hicieron bautizar. Su maldad venía de antes. – Tenía de malo que se dedicó a desafiar a niños y viejos. – Y se burlaba de los ancianos. – No iba a la escuela ni a la iglesia. – - No trabajaba mientras los demás niños ayudaban a los padres en sus quehaceres. - Era un ratero. Cuando la mamá se quejaba porque no había de qué hacer el almuerzo, cogía una jíquera y se iba a robar yucas en las fincas que él ya tenía analizadas cuando pasaba por esos caminos. Para uno de los dos parroquiano se confundía con el duende y para el otro era distinto al duende pues el niño malo “sí existió”. El Niño Malo, en el suroeste antioqueño y el Gran Caldas, más que una invención particular, pertenece al folclor popular; es una sátira, al estilo del Lazarillo de Tormes, del siglo XVI. No fue personaje de grandes hazañas sino de gestos sencillos. Vivía con su familia por los

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lados del cementerio, en la salida para San José. Se decía que el Niño Malo aprendió de su padre las formas de actuar mientras que su madre tenía enredos amorosos con otros hombres. El papá abandonó a la madre y dos hijos cuando se fue a buscar aventuras por el Valle del Cauca. Poco después, el niño malo ya tenía padrastro. De trecho en trecho, como en el Lazarillo, una que otra “burla endiablada”. Era muy malicioso. Con su orgullo, tanteaba los aplausos fáciles. Más que un sartal de situaciones realistas, el niño malo se presenta como el bosquejo sicológico de otro Pedro Rimales (Urdimales), Cosiaca o Juan el Tonto, muy mencionados en la literatura popular latinoamericana. Como Lazarillo con el ciego, no se las ganó todas. En una ocasión, por los lados de Cristo Rey, unos muchachos que se escondieron detrás de un barranco, salieron de improviso y le pegaron una pedrada en el rostro; recorrió la calle real hasta su casa, en el otro extremo del pueblo, llorando y con la cara empapada en sangre. Desde entonces se le veía acobardado. Fue un antihéroe. En muchas leyendas y mitos antiguos y modernos aparecen niños o niñas como protagonistas, al estilo Mafalda y los hijos de la familia Simpson pero, en cada serie de esas, los niños no crecen ni cambian de mentalidad. Mafalda cumplió 50 años, con la misma apariencia física y espiritual de los primeros tiempos, polemizando con sus aventuras simpáticas y atrevidas del mismo corte de las que hacía, medio siglo atrás. Desde 1989, Homero y Marge, Bart y Lisa Simpson conservan sus identidades inalterables y opuestas. La fidelidad a unos modos de ser garantiza, sobre esos personajes, un inalterable pensamiento mitológico. Según uno de los contertulios, no se tiene noticias de que el Niño Malo se haya vuelto adulto y según su compañero, al volverse adulto, siguió siendo malo. Para el primero, el niño malo nació y vivió en Belalcázar pero el segundo comentaba que en otros lugares también se hablaba del Niño Malo. En La Merced, en el norte del Departamento, el Niño Malo se perso-

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nificaba en un individuo llamado Epifanio Salazar que, en otros casos la gente confundía con Caifás, un personaje folclórico de Chinchiná. Según don Carlos Alfonso Quintero, en La Merced, el Niño Malo era muy amigable con toda la gente. Enamorado. Jugador empedernido de dado y tomador de aguardiente. Sacaba huesos del cementerio para hacer dados y con ellos jamás perdía en el juego. La casa del Niño Malo quedaba en Arrayanal, en lo que hoy es Villa Giraldo. Peleador. Cuando la policía lo perseguía para encarcelarlo se convertía en un racimo de plátanos o en una gallina que desaparecía por el cafetal. El Niño Malo era el personaje de las contradicciones. Según otros, sí existió pero en Támesis o Jericó y al volverse adulto, se fue moderando en sus malas costumbres por lo que “Niño malo” pasó a ser un sobrenombre. Como ejemplo de la metamorfosis de ese personaje popular contaron la siguiente anécdota: - Mi abuelo no bebía licor. Un día estaba en la plaza del pueblo cuando llegó Niño malo a invitarlo a tomar aguardiente. Mi abuelo le contestó que no tomaba y Niño malo le dijo: - Pues, si no me acepta la invitación, tendrá que arreglárselas conmigo. El abuelo le preguntó: - ¿Cómo quiere que arreglemos? ¿Con revólver? – No, respondió Niño malo. – ¿Con cuchillo?, le dijo mi abuelo. – No, insistió Niño malo que empezó a caminar con mi abuelo hacia las afueras del pueblo. Se dirigieron a un potrero en donde realizaban los duelos cuando dos individuos querían terminar en un enfrentamiento mortal. La gente los siguió. Al llegar, escogieron los testigos entre la concurrencia. Niño malo pidió que los amarraran a los dos, espalda con espalda y las manos estiradas hacia abajo. No podían moverse. Nadie entendía lo que buscaba Niño malo. Mi abuelo torció la cabeza para que el otro que estaba atado a él le escuchara esta pregunta: - ¿Cómo vamos a pelear, entonces? Niño malo volteó la cabeza hacia mi abuelo para responderle: - ¿Pelear? Es que yo no me propongo pelear. Yo no he hablado de peleas sino de que este asunto tenemos que arreglarlo. Por lo visto, Niño Malo, desencantado de las quejas, las bromas, los

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disimulos, los lances, los rencores y engaños de toda una vida, comprendió que existen formas menos dramáticas para arreglar los problemas con los demás. Debido a que esta narración cuenta con moraleja, más que una leyenda, la versión del niño malo parece un apólogo. Una diferencia entre apólogo y fábula estriba en que, mientras en la fábula los personajes son en su mayoría animales, en el apólogo son seres humanos. EL CHUPASANGRE En la región del Bajo Occidente de Caldas, existía un pánico ancestral cuando se hablaba del Chupasangre. En el imaginario popular salía al camino que iba de un pueblo a otro; en la orilla de los montes se escondía, en vigilancia silenciosa, al acecho de una niña o niño que pasara solo por ahí; lo capturaba, lo metía al bosque y le chupaba la sangre después de morderlo con sus largos dientes. Más o menos en el año de 1952, en el camino de herradura entre San José y Risaralda, desaparecieron un niño y una niña que iban solos entre la propia casa y la casa de los abuelos. Cuentan que varios días después encontraron los cadáveres y que habían comprobado que el autor de esas muertes había sido el Chupasangre. Al principio se pensó que se trataba del hombre lobo que, desde la Edad Media, habitaba en los bosques de Galicia (España) y cuyo relato se había difundido por muchas latitudes de la tierra, hasta llegar a suponer que la antigüedad de este personaje era mayor. Desde hace varios siglos se ha conocido también como el Licántropo. Poco después del asesinato de los dos niños, la gente empezó a comentar que, en el caso colombiano, se trataba de varios individuos que perseguían sangre de niños sanos para practicar transfusiones a un hombre adinerado y combatirle de esa forma una extraña enfermedad. Este relato de origen caleño se había extendido más arriba del norte del Valle.

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Luis Ospina, director de cine, presentó, en 1982, la película “Pura Sangre” con la actuación de Carlos Mayolo, Florina Lemaitre, Humberto Arango y otros actores. El personaje central de la cinta representaba a uno de los mayores industriales del Valle al que tenían que aplicarle constantes transfusiones de sangre para que sobreviviera a una enfermedad fatal. Para conseguirla, un grupo de antisociales se dedicó a atrapar adolescentes en el área de Cali a los que drogaban y violaban antes de extraerles la sangre y abandonarlos sin vida en cualquier descampado. Lo que se pensó que era un mito se trocó en una leyenda macabra del occidente colombiano. MARTES DE BRUJAS EN SAN JOSÉ CDS. En la Cuchilla de Todos los Santos, entre la segunda parte del siglo XIX y principios del siglo XX, por los lados de El Crucero, en donde se encontraba el Camino Real de Occidente (norte-sur) con el Camino Nacional (oriente-occidente), existió un animado caserío. Ese conglomerado se llamaba El Guamo y, luego, fue bautizado como San Gerardo. Las fondas se ampliaron con pesebreras, tiendas, comederos, amanecederos habitados por personas de toda laya entre las que fueron muy apetecidas las mujeres que atendían los requerimientos de arrieros, viajeros y peones que subían a divertirse después de agotadoras jornadas. El Guamo se volvió “un patio onde bailaban las brujas toitos los sábados con el mesmo Patas”, como diría Antonio Molina U., en “¡A echar cuentos, pues!”, (p.107) pero, también, los martes, por la noche, acudían las brujas de varias localidades para armar aquelarres que se hicieron famosos más allá de las fronteras. En San José, los ancianos contaban que después de las seis y media de la tarde, desde los corredores, se divisaban bandadas de pájaros enormes que volaban hacia San Gerardo provenientes de Apía, Cartago y Anserma.

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Para la sugestión de la gente no se trataba de aves sino de brujas que se congregaban en El Guamo para ir a mercar en grupo y luego regresar para entregarse a sus orgías. De 7 a 8 de la noche, las brujas volaban entre El Guamo y San José y aterrizaban en la plaza mientras la gente se asomaba a las ventanas a fisgonear. Se trataba de mujeres de apariencia corriente, vestidas de negro que viajaban en palos de escobas. Se anticiparon en el uso de cómodos pantalones masculinos para no enredarse en las sayas cuando volaban. Entre ellas, hubo una bruja de unos sesenta años muy enérgica que vivía en Apía; cuando volaba no lo hacía en escoba sino en una muleta pues era coja. Aterrizaba y seguía apoyándose en el vehículo que la había transportado por el aire. Era una de las mandonas. Cuando llegaba, lo primero que hacía era ir a saludar al Ciego Simón que habitaba en la Calle de la Ronda. Simón tenía el privilegio de reconocerla cuando apenas se dirigía donde él y de identificar, sin verlas ni escucharlas, a las damiselas que la acompañaban. Les tocaba las cabezas, los rostros, los pechos y las manos y con ese contacto adivinaba los procesos y desenlaces de sus embrollos sentimentales. - Mijita, ¿a usted que le pasa? – Mi niña, ¿usted por qué está tan triste? Para muchos, Simón fue la misteriosa imagen de la inmortalidad. Cuando yo era un niño de unos cinco años, el viejo con sombrero de caña, enorme carriel, ropa de dril, a pie limpio y un zurriago como bastón para tantear las sombras, se paraba en la esquina de la Calle de la Ronda, diagonal al Colegio de las monjas, detrás de donde está ubicada la estatua del Duende. En una ocasión, cuatro niños pasamos corriendo y el Ciego Simón nos llamó. Paramos frente a él y nos dijo: - ¡Estiren las manos (las teníamos vacías); cierren los puños y los ojos; ábranlos! Cuando miramos, cada uno tenía en la palma de la mano un congolo que corrimos a calentar frotándolo con la ropa

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antes de quemar, con él, la piel de otros compañeros. Pasados los días, volvimos a encontrarlo en el mismo sitio. Detuvimos los pasos y le dijimos: - ¡Don Simón: denos congolos! El viejo se sonrió malicioso, nos hizo estirar las manos y cerrar los ojos. Cuando dio la orden, las abrimos y en las palmas no teníamos congolos sino unas piedras blancas, como cuarzo del camino que, frotando una con otra, producían chispas de luz. Quedó la duda por el resto de la vida de si El Ciego Simón era brujo, mago o ilusionista. Las brujas dialogaban con él antes de dirigirse a las tiendas. Si los negocios estaban cerrados iban hasta las casas de los tenderos para que les abrieran. Algunas traían productos para vender. A Néstor G. le vendían bolsadas de higuerilla para que él llevase ese producto a Manizales o Pereira a fábricas de aceite, y las brujas provenientes de Apía llevaban a vender en San José chontaduros originarios del Chocó. Con el aceite del chontaduro las mujeres elaboraban tratamientos de belleza. Luego, los muchachos mandaderos de San José, por un camino que no es largo ni pendiente, llevaban al hombro los bultos de mercado a San Gerardo a donde las brujas volvían por el aire a iniciar el aquelarre en el que bebían aguardiente como ganado asoleado para compartir y sofocar sus despechos. ¿Por qué se trataría de una leyenda? Es un relato con elementos reales y otros ficticios que confluyen para producir alguna impresión en los que gustaban de la literatura costumbrista, dadas las circunstancias sociales en que vivían. Los espacios nombrados (El Guamo-San José) existían desde la etapa final de la colonización paisa. Se contaba aún con las circunstancias descritas: caminos de herradura, fondas con los servicios básicos incluyendo el ajetreado descanso para los viajeros. Ante el declive de San Gerardo, San José surgía como alternativa. En esos años se presentaban constantes migraciones nocturnas de aves en búsque-

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da de alimento como los murciélagos que bajaban al valle del Risaralda en donde hubo lotes inmensos sembrados de mangos, fruta apetecida por ciertas especies de animales noctívagos. Por pura sugestión, la gente trocó los murciélagos por brujas. FIESTAS PATRONALES Las tradicionales fiestas de la Virgen del Carmen se celebran en San José de Caldas en forma solemne y sin interrupción desde 1927. La iniciativa la tuvo don Pablo Guevara quien, para el 16 de julio de 1927, mandó celebrar una misa y una salve en honor de aquella advocación, con el acompañamiento de muchos vecinos. Otras dos familias se le unieron para completar el triduo sacro. De esta forma un acto individual empezaba a convertirse en una integración social, en cuanto a temas y valores culturales: vida cotidiana, ideología, religión, mito, leyenda... Aquí empieza a jugar su papel una leyenda forjada en la mentalidad comunitaria de los sanjoseños. Don Pablo solicitó al cura la celebración del ritual mariano debido a un brote de viruela que recorría el país y que se buscaba que no llegara a San José, pueblo desprotegido más que otros en esa época en lo relacionado con los precarios servicios médicos. La población estaba en manos de farmaceutas de buena voluntad. La peste no llegó a este conglomerado que, desde 1912, bajo la tutela del cura párroco de Belalcázar y la asesoría del arquitecto Álvaro Carvajal había empezado la construcción de su templo de estilo gótico en madera y había sido elevado a la categoría de parroquia desde finales de 1924. Nadie murió de viruela, en San José, en esa ocasión. Como repiten, desde entonces, los gozos de la novena: “Vuestro Santo Escapulario/ nos libró de todo mal”. La comunidad vio en la liberación de la plaga un signo de estabilidad social y un milagro digno de gratitud. Al año siguiente, creció el número de personas generosas que mandaron celebrar el novenario de la Virgen, (entre el 7 y el 16 de julio). En contados años, los ritos del

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novenario no fueron mandados a celebrar por familias unidas sino por varias veredas comandadas por los alféreces. Este proceso incrementó la pompa de cada día: misas, salve, altar de la Virgen con adornos de flores y telas, pendones con alegorías marianas en el templo, procesiones por la calle real a medio día y tarde, banda de música, pólvora sonora, pabellones con cintas, arcos de flores o de papel, oradores sagrados importados de conventos del Valle del Cauca, gente cachaca, vestidos para las comisiones, obsequios para la dotación del templo y la casa cural de la naciente parroquia. Si el comienzo de las fiestas patronales se podía tomar como un gesto espontáneo, la incorporación de las veredas organizadas fue una innovación deliberada. Se asistía al surgimiento de una faceta cultural que fue aceptada y aprendida por las generaciones siguientes. Otra tradición cuenta que, un día de julio de 1927, a las seis y media de la tarde, el mismo Pablo Guevara abrió los dos brazos para cerrar las alas de la puerta de su tienda situada en la Calle Real cuando, desde el 'café de Los Patos', ubicado al frente, un parroquiano hizo un tiro de revólver que rebotó en el pecho del tendero. La fuerza de la detonación lo lanzó al suelo pero se salvó de morir porque en una libreta que guardaba en el bolsillo de la camisa, entre muchos papeles, llevaba una estampa de la Virgen del Carmen. Este desenlace también fue catalogado como milagroso. En las dos situaciones, quedaba faltando el detonante social que aglutinara a un pueblo en torno al acontecimiento. Por eso no se puede desestimar la tercera versión que corría, en forma oral, entre familiares y conocidos de quien esto escribe. Contaban las tías Clara Rosa y Ana Matilde que, a mediados de 1927, se presentó una peste que diezmó la población en suelo antioqueño. Montones de víctimas. En Támesis vivían don J. Jenaro, casado con una señora Emilia y padres de cuatro hijas pequeñas. Decidieron huir de la epidemia por lo que emprendieron el camino con rumbo a Armenia en donde vivía

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una hermana de la señora. Pasarían por Riosucio-AnsermaRisaralda-San José- Belalcázar – Marsella – Pereira- Filandia pero, cuando llegaron a San José, por el Camino Real, la niña menor ya venía enferma. María de los Ángeles Londoño, viuda de José de los Santos Hernández, les ofreció una pieza como albergue, en el primer piso de la vivienda, ubicada en la esquina de la plaza. En la casa todos coincidieron en que convenía aislar la niña del resto de la familia. Doña Emilia y las tres hijas mayorcitas subieron a hacer compañía a la abuela María de los Ángeles y su familia, mientras que, abajo, don J. Jenaro se encargó de velar de noche el precario estado de la niña menor. Esa noche, abrió la puerta para botar los orines de la niña, a la bocacalle, pero venteaba mucho por lo que, al lanzar el contenido de la bacinilla al aire este se devolvió y le mojó la cara. Al día siguiente ardía de fiebre en un colchón junto a su hija. Era probable que trajera el virus en gestación desde Antioquia y no que resultara impregnado de él por medio de la orina de la menor. En cuestión de contados días murió don J. Jenaro. Lo sepultaron en el cementerio del Alto de la Cruz y, poco después, doña Emilia con sus hijas continuó el camino rumbo al Quindío tratando de cumplir un destino trazado por ella y su difunto esposo. Impactados por el desafortunado suceso, los sanjoseños se unieron para celebrar el novenario en honor de la Virgen del Carmen por haber favorecido la población de una epidemia que cobró una víctima foránea en ese pueblo. Las tías comentaban que, sesenta años después, un grupo de señoras descendió de un carro elegante, en el parque de San José. Primero, ingresaron al templo como lo hacen muchos viajeros cuando van a otro pueblo; al salir contemplaron la casona de la esquina, saludaron a las que estaban en la ventana y estas, al saber de quiénes se trataba, las invitaron a ingresar a la casa. Habían recorrido una carretera nueva para ellas, desde Armenia al pueblo, por el camino, en donde, una vez, les dieron albergue y donde había quedado sepultado su papá. La niña enferma cuando pasó por San José se recuperó y, pasados los años, vivía confortablemente en Nueva York. De regreso

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donde sus hermanas, en el Quindío, había sido la que con más insistencia organizó el peregrinaje a los nebulosos parajes de la infancia. Si la primera causa inmediata de las fiestas patronales era cierta, histórica, la segunda y tercera serían leyendas o sea, deformaciones de la realidad. Si la segunda o tercera fue verídica, la primera sería una leyenda más. Los tres relatos confluyen en que un gesto de gratitud con los poderes sobrenaturales está en los cimientos de una festividad dotada de una trayectoria que la ha impulsado a seguir adelante por noventa años y de un simbolismo que ni siquiera en las peores crisis de las sucesivas violencias que ha padecido el país se ha dejado de luchar por él. Desde 1927, las fiestas patronales han contado con varios peligros como las mentalidades de uno que otro párroco que han chocado con la idiosincrasia del pueblo, la precariedad en los recursos, en unos casos y, en otros, el abuso de juegos artificiales en una sola fecha, la manipulación de la pólvora y la importación de espectáculos novedosos que han relegado, a veces, la cultura autóctona. A pesar de estos tropiezos pasajeros, San José se ha resistido al aniquilamiento de las fiestas patronales, situación lamentable que ya sucedió en la mayoría de conglomerados colombianos. El pueblo tomaría esta posibilidad como la amputación de un signo de su identidad. Entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, ninguna actitud despectiva provocada por algún extraño ha logrado imponerse sobre tantas páginas de idealismo, esfuerzo, fervor e historia. La ciudadanía se ha empeñado en la supervivencia, comprensión y difusión de ese patrimonio religioso y cultural. Y siempre ha salido adelante. AMOR SIN TESTIGOS En 1951, no había entrado la carretera a San José de Caldas; la energía eléctrica llegaba cada noche por tres horas; no habían importado el sistema de televisión al país ni circulaban en forma masiva las

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revistas de corazón pero eso no quiere decir que las personas que habitaban este pueblo no escenificaran en la vida real dramas dignos de aparecer en cualquiera radionovela. A la gente corriente también la acosaban las tentaciones de Cupido y Satanás. Los preparativos del matrimonio de A. Ríos y O. Sánchez llamaron la atención de los sanjoseños y de muchas personas de afuera. Pertenecían a una clase social adinerada y poseían fincas cercanas al pueblo con ganado vacuno y caballar. En esas familias cada persona contaba con su bestia y su silla para montar. La víspera de la ceremonia religiosa, por lo general, se llevaba a cabo la fiesta de matrimonio. Se empezaba temprano. Así se acostumbraba pues, casi siempre, después de la misa y el desayuno, los recién casados montaban en briosos corceles y se marchaban a la luna de miel. La familia acompañaba a la pareja en el primer trayecto, hasta Asia, Belalcázar o Risaralda. Allí los despedían ya fueran para Pereira, Cali, Manizales o Medellín. A la fiesta prematrimonial asistieron los más pudientes del pueblo que, antes de ir, acostumbraban enviar los regalos para los novios. En ese entonces ofrecían regalos adquiridos en Manizales o Anserma, en almacenes como el del papá de Augusto León Restrepo, un señor con tantas veleidades de poeta que redactó estos versos para su negocio: “En el Almacén de Agustín Restrepo C.,/ Anserma,/ Encontrará Usted:/ Cerda, algodón y satín,/ Paños, mantos y crespones,/ Encajes, cintas, letín,/ Bufandas y pañolones./ Para señoras, interiores,/ En fluxes muy elegantes;/ Cobijas y cobertores,/ Medias, zapatos y guantes./ Pañuelos, hilos, botones, / Pantuflas, cuellos, muleras/ Y sacos y pantalones/ Con muy buenas cargaderas./ Correas, driles, guarnieles,/ Colchas, géneros, liencillos,/ Boas, toallas y pieles/ Y buenos pantaloncillos./ Telitas de fantasía,/ Mantelitos para té,/ Billetes de lotería/ Y mucha más mercancía,/ En el Almacén de / AGUSTÍN RESTREPO C.”.

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Bailaron y degustaron las viandas hasta media noche pues, a las seis de la mañana, empezaría el ritual religioso por medio del cual los dos pretendientes, ante el cura párroco y la sociedad en pleno, se jurarían amor eterno. Antes de la seis de la mañana, el sacristán abrió las puertas de la iglesia iluminada con cirios y azucenas símbolos de pureza y castidad. De un momento a otro el templo se llenó con los padrinos que formaron dos hileras desde el altar hasta la puerta principal. Varones elegantemente vestidos a un lado y sus esposas o novias con las mejores galas, al otro. Los novios pasarían por el medio rumbo al altar mayor. Las ventanas de las casas se abrieron con anticipación de la hora habitual pues nadie quería perderse el acontecimiento. En los cafés y tiendas pasó igual pues los no invitados querían observar haciéndose los distraídos. A las seis no llegaron los novios ni sus familiares más allegados. El cura descendió del altar en donde los aguardaba y, despacio, mientras iba saludando a los padrinos y madrinas, se dirigió a la puerta. Los acólitos observaron que, en la casa de la novia, había movimientos inusitados pero nadie salía con destino al templo. En la casa del novio sucedía igual. A las seis y media el cura, nervioso, mandó la razón con los acólitos de que corrieran porque estaban atrasados y él saldría de viaje. Nadie apareció. Poco a poco cundió un sentimiento de vergüenza ajena entre los padrinos. A las siete de la mañana empezaron a abandonar el templo rumbo a sus casas. No podían soportar las directas e indirectas de quienes se burlaban de ellos desde las ventanas y en las puertas de los negocios. Poco a poco empezó a circular la versión según la cual la novia y el

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novio no habían amanecido en los respectivos hogares y nadie sabía para donde habían pegado. Absoluto misterio. Las ventanas de las dos casas se cerraron y a contadas personas de las que tocaban los portones les abrían. Varios de los padrinos, avergonzados, a medida que avanzaba el día, mandaron a la casa de la novia por los regalos que habían enviado en la fecha anterior. El escándalo es una manifestación de alguien que pretende que no pase desapercibido un suceso que de no presentarse el alboroto, nadie repararía en él. El escándalo siempre es superior a la importancia del acontecimiento que magnifica. Muchas anécdotas intrascendentes se elevan a la categoría de suceso por medio del escándalo provocado. A las dos de la tarde casi siempre se produce un sopor que adormece a los pobladores. Es la hora en la que las vacas no colean. De pronto, desde la Calle de la Ronda, se escuchó una mujer gritando. Salió a la calle despavorida, diciendo a todo volumen que, en una casucha que llevaba mucho tiempo desocupada, en el mismo sector, había visto, desde el lavadero de su casa, que se entreabría una puerta, se asomaba una cabeza y luego se entraba. Ella sabía de qué se trataba pero necesitaba hacer escándalo para pasar como heroína. Se dirigió a la policía y el cuento se regó en todo el pueblo. De la casa de los novios brotaron personas que, allá adentro, se habían dedicado a cavilar. Como si se tratara de una maratón, todos cayeron a la casucha. Adelante la policía y la mujer del escándalo. Abrieron la puerta con discreción y, ahí tenían, delante de sus ojos, lo que suponían todos: ahí estaban A. Ríos y O. Sánchez reposando muy incómodos. Habían pasado el amanecer y más de medio día dedicados a la gimnasia erótica anticipada.

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Adelante iban el muchacho y la muchacha acompañados por el padre de ella. Se dirigieron a la sacristía en donde, no se sabe por cuáles mensajes, el señor cura esperaba como si adivinara lo que estaba pasando. El sacerdote los casó a las volandas y, en medio de una confusión espantosa, salieron del templo. El padre de la novia les había encargado a varios muchachos que trajeran rápido del potrero el caballo de A. Ríos. Al salir al atrio ya estaba el animal a disposición de los acontecimientos. El padre de O. Sánchez, con el revólver en la mano, le dijo a su yerno: - Se sube ya a ese caballo y se larga de aquí. No permito volverlo a ver más por mi casa ni en este pueblo. El recién casado desapareció para siempre. A la semana siguiente, Roberto Londoño Villegas, más conocido por el seudónimo de Luis Donoso, en su columna de La Patria, de Manizales, publicó el texto: “Un mutis inesperado”, sin que se hubiera interesado por el desenlace del acontecimiento real. Este es el epígrafe explicativo: “En la población de San José se verificaba el matrimonio entre el señor A. Ríos y la señorita O. Sánchez. La víspera hubo baile. Al día siguiente en la iglesia, todos los padrinos esperaban la pareja. De un momento a otro llegó la noticia de que los novios se habían fugado”. “Antes de que se entraran al chiquero/ matrimonial, esa sin par Julieta/ y ese doncel de porte caminero,/ hubo en aquel pueblucho placentero/ un bailoteo al són de pandereta,/ de tamboril, de trago y de bolero. Y así, en medio de aquella catarata/ de buen trago, de música y jolgorio,/ con qué emoción indefinible y grata,/ con qué inmenso placer oscilatorio,/ en San José, Aristóbulo y su chata/ celebraban su próximo casorio. Y quien viera a Aristóbulo. ¡Qué mozo/ más aconductadito y cando-

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roso!/ Y quien mirara a Olguita. ¡Qué decencia/ de muchareja! ¡Qué expresión más pía!/ ¡Qué mirada más llena de inocencia! / ¡Qué discreto candor! Si parecía / que le estuviera haciendo competencia/ q la misma Santísima María. Pero, de esta historieta peregrina,/ aquí voy a sacar el embuchado:/ Cuando estaba el curita preparado / para impartir la fórmula divina / que pregonan la Iglesia y el Estado,/ aquel héroe rural y su heroína / se comieron –qué pillos- el guisado/ conyugal de manera clandestina. Sin escuchar la santa parábola / se entonaron por otro derrotero,/ mientras el Diablo les hacía gola…/ Y, ¿por qué? Porque en todo, de sopero / siempre se ha de meter el Patasola. Se fugaron, dejando para luego,/ la bendición del cura y de la suegra…/ Y eso traduce, aunque el amor es ciego,/ que esa fuga de giro nocherniego / es una operación de bolsa negra. Ese par de volátiles delfines, / sin la consagración del matrimonio, / resolvieron volar a otros confines…/ Y esa actitud es claro testimonio / de que en ese negocio, al fin de fines,/ el que salió ganando fue el Demonio…”. (Luis Donoso, “De Reojo”, 1952, p. 167) INCENDIO ANUNCIADO En la violencia liberal-conservadora (1930-1962), los pueblos con un partido mayoritario resultaron enemigos de los vecinos que contaban con mayorías del otro color. Los jefes políticos organizaban sus huestes para atacar. Anserma, de mayoría conservadora, desbarató las buenas relaciones que le unían con Quinchía, de mayoría liberal y viceversa. Cuando el carro fantasma incursionó en la antigua Santa Ana de los Caballeros, corrió el rumor de que los godos de ese pueblo

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no se lanzarían contra Quinchía que era un conglomerado con mesnadas prestas a avanzar en una expedición armada, sino sobre Arauca que era un corregimiento también liberal aunque de dimensiones reducidas. A la vez, corrió la voz de que si los de Arauca no podían avanzar sobre Anserma, lo harían sobre San José que era de mayoría conservadora y quedaba cerca. Bastaba seguir el camino ascendente ya que la carretera de Manizales a San José y Belalcázar apenas llegaba hasta La Margarita. Se dijo que los arauqueños quemarían el pueblo lo que resultaba posible ya que se trataba de un caserío con doscientas viviendas de bahareque, en ese entonces. Por aquella temporada se escuchaba en la radio un merengue en el que se repetía el estribillo: “Agua que se quemó Cuba” y que la gente, en el Bajo Occidente de Caldas cambió por “¡Agua que se quemó Arauca!”. Detalles como este tensionaron los ánimos de la gente en uno y otro bando político. Ante los pocos policías con que contaba San José, el grupo de notables conformó una policía cívica, compuesta por los varones mayores de edad que habitaban el pueblo para que lo vigilaran por turnos asignados por los dirigentes de ese cuerpo de vigilancia. Las rondas eran nocturnas pues, a la mañana siguiente, muchos hombres iban a trabajar al campo, por lo que se requirió a las mujeres que cada una, sin salir de sus casas, pusieran cuidado, desde las mañanas hasta el caer de las tardes, a los que transitaban por los caminos para evitar sorpresas irreparables. Eran pocas las ciudades que tenían energía eléctrica y muchos pueblos contaban con ese servicio apenas de seis a 9. Una noche de 1951, el grupo de guardias voluntarios divisó, desde el plan en donde construyeron el puesto de salud, varios años después, unas luces que subían por el camino de la Quiebra de Santa Bárbara. Corrió la voz: ¡Llegaron los de Arauca a quemar a San José!, y salieron despavoridos a tocar puertas para que los demás hombres que estuvieran dormidos se levantaran a defender el pueblo mientras que las mujeres, niños y ancianos huían al monte de Las Travesías, al lado suroccidental, por el tiempo que durara el ataque y el que los sanjoseños armados demoraran en repelerlo. Mi abuela

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paterna María de los Ángeles Londoño de H., tenía cataratas y dos de sus hijas la levantaron y así, ciega, la condujeron, a pie, a media noche, en búsqueda de refugio. A ciertos enfermos postrados o en estado terminal se los echaron al hombro y con ellos rapidito para el monte. Las casas quedaron vacías. El monte de Las Travesías hervía de gente. Prohibido hablar y llorar. Entre árboles y matorrales, nadie divisó, en ningún momento las llamaradas del incendio hasta que, de un momento a otro, escucharon una balacera terrible. Luego, varios hombres fueron hasta el monte y ordenaron el regreso de los que se habían refugiado en la maraña. ¿Qué había sucedido? A eso de las 11 de la noche, falleció de muerte natural una señora de la Quiebra de Santa Bárbara y los hombres de la familia decidieron coger el camino a San José a avisarles a los más allegados la triste noticia y adquirir el ataúd, el hábito de San Francisco con que vestían a los difuntos, los cirios, el crucifijo y los alimentos para las visitas que bajarían al velorio. Las luces que vieron arriba en San José pertenecían a las linternas que esos caballeros llevaban para alumbrar el camino. Cuando entraron al pueblo reinaba un silencio absoluto por lo que los vigilantes escuchaban el eco de los pasos sobre el empedrado lustroso de la calle. Por la Calle de la Estrella, en la salida a Risaralda, por donde estuvo situado el Grill Mi Viejo, 30 años después, antes de llegar al actual Hospital, los defensores del pueblo, armados, se habían escondido en los portones y zaguanes a la espera de que los atacantes avanzaran en la oscuridad absoluta para sorprenderlos en una encerrona. En cierto momento, los vigilantes brotaron de los portones dando bala y mataron a cuatro de los que llegaban de la Quiebra y que no tenían nada que ver con el supuesto ataque. Si eso hubiera ocurrido en diciembre se habría dicho que se trató de una cruel inocentada provocada por una crisis de nervios colectivos. PACTOS CON EL DIABLO Desde el Génesis, Satanás sale a proponer negocios sucios; Lucifer

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sonsacó una legión de ángeles con los que fraguó un golpe militar contra Dios pero, vencidos, fueron arrojados al Infierno. De ahí salió a tentar a la primera pareja. En el Nuevo Testamento, ni Cristo se salvó de que El Maligno le hiciera propuestas indecentes como las que aparecen en Mateo 4,3-10. En los Hechos de los Apóstoles, Simón compite en taumaturgia con San Pedro. Anuncio de Mefistófeles. Integrantes de otras culturas han establecido pactos con el Ángel Caído. En el Renacimiento, Mira de Amescua (1577-1636) se basó en la vida de San Cipriano de Antioquía, para su obra El Esclavo de su culpa y, luego, Calderón de la Barca (1600-1687) la retomó para El Mágico Prodigioso. En estas obras aparece el justo seducido por el demonio y a punto de perder el alma. Las componendas entre el ser humano y los espíritus del Mal pasan de Asia y África, a Europa. Merlín “tuvo por padre al diablo”. En el siglo XVII aparece una “Historia de Fausto” y en el siglo XVIII, la “Vida, hechos y bajada al infierno de Fausto”, obra de Klinger, amigo de juventud de Goethe. En la literatura clásica abundan las obras que reviven el tema, como en “Fausto”, de J.W. von Goethe (1749-1832), en la que el protagonista vende el alma al Diablo, por intermedio de Mefistófeles, pero al final se salva. De igual forma, en las obras “El Condenado por Desconfiado”, “El Burlador de Sevilla” y el “Convidado de Piedra”, de Tirso de Molina (1583-1648), se insiste en que no se puede jugar con cosas de ultratumba ni desconfiar de la misericordia divina. En estas obras se reúnen, en forma simbólica, lo real, lo posible, lo imposible, la fe, la verdad, la utopía, la magia y la ciencia. Se supondría que, en tiempos posteriores, pasaron de moda los pactos con el Diablo. Sin embargo, en el Bajo Occidente de Caldas, varias situaciones se hicieron objeto de leyenda, como el relato

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según el cual, en una curva del río Risaralda, visible desde Anserma, hay un charco a donde bajaban los que iban a negociar con el Maligno. Se lanzaban desde la carretera y en el aire decían: - Satanás, aquí estoy para hacer un pacto con usted.Al caer al agua, debajo de una piedra enorme que hay allí, se abría un salón amplio ocupado por doce legiones de demonios y, en un trono, el rey de los infiernos. El parroquiano le planteaba al Maligno la posibilidad de conseguir dinero, amores, placeres, vida prolongada u otros beneficios que él, por sus propios medios, no había logrado conseguir. El Diablo le advertía: - Todo lo que usted pretende se lo conseguiré a cambio de su alma. A partir de ese momento, cambiaba la suerte del individuo. Al morir, como lo habían convenido, se iba derechito al infierno. Contaban que, entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, un caballero (H.A.) hizo pacto con el Diablo, en San José de Caldas. Negoció el alma a cambio de que jamás perdiera en el juego de dado, en las peleas de gallos, fuera de que sus caballos ganaran las múltiples carreras que organizaban en el pueblo y en los contornos. Se tapó de plata. Comentaban que, pasado un largo tiempo, en una cabalgata en la que participaban sanjoseños y forasteros, el caballero divisó al Diablo. Cuando estuvieron el uno al lado del otro, el Diablo le advirtió: - Hoy, nos vamos juntos. Presa de terror, al pasar por la Calle de la Iglesia, en donde hubo una puerta llamada “Puerta del Perdón”, el caballero se lanzó de la bestia y cayó dentro del templo. El Diablo no logró echarle mano para arrastrarlo a la morada infernal. H., gritando, confesó al cura Peláez que fue párroco entre 1942 y 1962 que, en ese momento, presidía una ceremonia, lo que pasaba. El sacerdote le roció agua bendita pero H brincaba como una pelota en medio de alaridos y gritos de que se quemaba; le impartió el perdón al verlo arrepentido. Sin dar explicaciones, el párroco clausuró la Puerta del Perdón también conocida como Puerta Falsa. Como toda leyenda, este relato cuenta con una parte comprobable y otra deformada. Existió el sujeto mencionado. Tuvo mucho dinero y disfrutó de constantes placeres con amigos, caballos, gallos y sobre

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todo, tangos, mujeres y aguardiente. Cuando tomaba licor en algún café, cambiaba billetes por monedas para lanzarlas por montones a la calle con tal de que los muchachos lucharan entre ellos por hacerse a la plata. Nació la leyenda de que sus excesos eran fruto de un pacto con el Diablo. Fueron ciertas las cabalgatas, soberbios sus caballos y aún hay testigos de cuando, en una semana cívica, desde el puesto que ocupaba en el tablado de la improvisada plaza de toros, al ver que el torete no quería embestir al torero, se puso de pie, sacó el revólver y, desde su puesto, mató al animal de un tiro en la frente. En medio del estrépito, los músicos y asistentes a la corrida desalojaron la plaza. Pasado el tiempo, H. quedó en la inopia. La nueva temporada por la que empezó a trasegar este personaje coincidió con la clausura de la Puerta del Perdón. El exorcismo es un asunto que no ha sido bien visto por la sicología, la siquiatría y la parasicología y quien creyera, por una porción no despreciable de teólogos. Existen unos límites, entre sí, que no reconocen las ciencias. Asistí, por casualidad, a una ceremonia de exorcismo, en el templo parroquial de San José, cuando era párroco el Padre Pablo Grajales (2000-2005). Una tarde calurosa de entresemana, yo recorría el templo, con una cámara fotográfica colgada, como siempre, cuando ingresó una turba empujando una mujer que gritaba y se retorcía; subieron junto al altar mayor en donde el cura se empeñó en liberarla del demonio que desde hacía días había tomado posesión de ella. El sacerdote entonó un antiquísimo ritual, en latín, promulgado durante el pontificado del papa Pablo V y le ordenó a la agraciada muchacha, campesina, de unos 16 años, que orara con él en voz alta pero ella era incapaz de pronunciar, siquiera, una sílaba del Ave María; en cambio, con fuerza, sí lo escupió varias veces en la cara. El sacerdote se valía del libro de oraciones, el agua bendita y la cruz procesional mientras los acompañantes sudaban tratando de controlar a la energúmena posesa. Decidí aprovechar la ocasión para tomar unas fotos y ya llevaba varias cuando una señora que estaba al

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lado mío me dijo: - Oiga, que no tome fotos. Yo le pregunté que quién lo prohibía y ella me señaló que el cura. Cuando una vecina suya la contradijo, pues el cura estaba distante y dedicado a la liturgia de ocasión, la mujer justificó sus palabras diciendo que había escuchado una voz que le dijo al oído: - Dígale a ese tipo que no me tome fotos. La inventiva de la mujer me hizo sonreír. Cuando mandé revelar el rollo, en Manizales, pues en ese entonces eran desconocidas las cámaras digitales en la provincia colombiana, no salió ni una de las fotografías tomadas durante el exorcismo. Una casualidad que causó sospechas entre los que querían ver el exorcismo en fotos por no haber estado presentes en la ceremonia. Contaba doña Custodia Ortiz, en Marmato, que un conocido suyo tuvo un pacto con el diablo. Consiguió un marrano para engordar en casa pero vivía haciendo daños: se comía la ropa, destrozaba las vasijas, destapaba las ollas y se tragaba todo lo que hubiera en ellas sin regar una gota fuera. Se acostaba en las camas de las personas y se cobijaba con las cobijas de la gente. Viendo que el animal hacía tantas cosas indeseables, se dieron cuenta que estaba endemoniado y lo vendieron pero la carne de ese cerdo nadie la pudo consumir porque estaba podrida. El dueño del marrano, conocido de doña Custodia, murió en el Valle, y a los cinco años fueron a sacar los restos pero solo encontraron un monicongo; de los huesos no encontraron nada. ¿Se los había llevado el demonio? El monicongo es el símbolo del pacto con el diablo. El siguiente episodio no es mito ni es leyenda; es una historia cruel. Por seguir los dictados de la ignorancia, aún se presentan situaciones reprochables. A comienzos de 2010, en una vereda de San Antonio del Chamí (Mistrató) se presentó una pareja adultas acompañada de una niña de 12 años y un niño de 8 años, hijos de la mujer. Provenían de los Llanos Orientales y llegaron con el propósito de dedicarse a buscar oro, en ríos caudalosos, mientras los niños entretenían su tiempo jugando en la enramada. En el lapso de unos días, el individuo no encontró oro por lo que se le metió a la cabeza que los

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niños eran culpables. Le dio por suponer, sin fundamento, que él estaba perdiendo el tiempo porque ellos le estaban haciendo algún maleficio. Un día subió del río a la casucha, asesinó en forma despiadada a los dos niños y los lanzó al río pues como comentó en la cárcel a una reportera, “se le metió el Diablo al corazón para aconsejarle: ¡Mátalos, mátalos, mátalos!”, y él le obedeció. La justicia condenó al individuo y a la madre desalmada a 57 años de prisión cada uno. Como moraleja de esta desventura, el Director de la Policía concluyó: “Las alianzas con el Diablo nunca son buenas”. Hay gente que vive buscando al Diablo en todas partes; debe ser que lo tiene adentro. “ME ENTENDÉS” En 1953, el Padre Jesús María Peláez decidió tumbar el barranco que se alzaba en donde están ubicadas la Alcaldía de San José de Caldas, el Juzgado, la Registraduría, el teatro al aire libre, fuera de varias viviendas. No había buldóceres para hacer ese trabajo, por lo que encargó, para que lo tumbara, a Víctor Manuel Á. apodado “Me entendés”. Este era un individuo bajito, gordo, negro, con el pelo parado como un puerco espín, ojos brotados y argollas doradas en las dos manos, los pies y el cuello. El cura negoció las casas que estaban encaramadas en el barranco entre ellas las de las familias del Padre Bernardo Valencia, la de Carlos García, el corista del templo, y Carlos “Teja”. “Me entendés” se puso a tumbar el barranco, con pica, pala y carreta, por casi dos años, de lunes a sábado. Era la época en que, a falta de una autoridad civil competente pues los corregidores no eran más que paniaguados de los caciques políticos, el cura Peláez planeaba obras de progreso para el pueblo y las ponía a marchar con el respaldo de la ciudadanía. Llegó un corregidor nuevo y dijo que no pagaría más con dineros públicos la tumbada de ese barranco. Al cura no se le dio nada. Le

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dijo a “Me entendés” que siguiera trabajando, que le pagaría con dineros de las limosnas que recogía en el templo, los domingos, aunque el terreno intervenido no fuera de la parroquia si no del pueblo. La consigna que repicaba en el púlpito era: - ¡El progreso no se puede detener! y, para que nadie se desanimara, repetía: - ¡Tanto el terreno como las limosnas son de ustedes! Tratando de solucionar la situación, el cura solicitó a Chepe Ramírez que trabajaba en el templo y en el Colegio en construcción, el favor de darle posada a “Me entendés”, en su casa. Una tarde, llegó Chepe Ramírez y encontró a “Me entendés” sentado, llorando. Le contó a Chepe que M., el corregidor lo encuelló y con las peores palabras le ordenó que no siguiera tumbando el barranco. Y “Me entendés” concluyó diciendo: - ¡Juro por Satanás que M., se muere! Por la noche, en el patio de la casa de Chepe, agarró un sapo, le cosió la trompa y los ojos y lo enterró tapándolo con piedras mientras entonaba fragmentos de los “Secretos del Rey Salomón”. Víctor Manuel Á. era de Bolívar (Antioquia), tierra de brujería. Chepe lo interrogó sobre lo que había hecho y “Me entendés” le advirtió: - Espere y verá lo que va a pasar. A los quince días, el corregidor M. y la policía conducían un preso a Manizales. Por “Malpaso”, más arriba de La Cabaña, se rodó el carro y M., se mató. “Me entendés” tuvo que salir de la casa de Chepe porque a este le dio miedo que su familia y él durmieran bajo el mismo techo que acogía a ese individuo. El Padre Peláez no tuvo más camino que darle albergue en una pieza desocupada de la casa cural. Una mañana, las hermanas del cura párroco le contaron que, en la pieza de “Me entendés” sucedían cosas raras por la noche pues se oían palabras horribles, discusiones en que cambiaban las voces delgadas por gruesas, gruñidos como de cerdo y golpes. Esa noche, el cura fue a percatarse de lo que le confiaron sus hermanas; escuchó

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una voz que intercalaba sílabas con gruñidos, se caían tablas de la cama y maldecía al cura y sus hermanas. Peláez fue por un Breviario y se puso a orar. Al otro día, cuando “Me entendés” se levantó estaba lleno de contusiones y arañazos por lo que el cura lo despidió con calculada cortesía. ¡A la mano de Dios y a la pata del diablo! NARCISO VERA En la primera parte del siglo XX existió un pueblo llamado La Libertad, en un lugar colindante entre los actuales municipios de Risaralda y San José. Ocupaba un valle encantador, con agua la que se quiera, calles empedradas, escuelas, negocios, cementerio y un templo levantado en madera de dimensiones parecidas a las del templo de San José. Cuando la familia R., de Manizales, puso los ojos en esas tierras empezaron a comprar propiedades y sumarlas para ampliar la hacienda soñada. De un momento a otro, un incendio arrasó con lo que aún estaba en pie porque sus dueños no quisieron vender. ¿Qué produjo la conflagración? Jamás se ha descartado cualquier suposición. Con las víctimas del incendio que abandonaron el pueblo en cenizas, tomó auge San José. Mientras tanto se rumoraba que el terrateniente era de mal genio, que ni siquiera permitió a los sobrevivientes clavar una cruz en un montículo pero ellos levantaron el símbolo religioso contra la voluntad del propietario del terreno y, en la noche, un violento huracán tumbó la cruz que cayó sobre unos toros reproductores traídos de Suiza y, como si se tratara de un castigo, los mató. De La Libertad, como un significante sin significado, quedó el templo en medio de los potreros centrales que antes fueron calles y construcciones de bahareque. Empezó el deterioro acelerado del lugar sagrado. Lo conocí sin puertas, con ganado adentro, maleza y murciélagos revolando cuando percibían la algarabía de la gente que entraba al recinto abandonado. En la década de 1970 mandaron tumbar lo que aún estaba en pie. Solo un bus escalera que a diario entra y sale de Manizales hacia la actual vereda anuncia que hubo un pueblo llamado La Libertad por donde cavarán el Túnel de La Tesalia que atravesará las entrañas de la cuchilla de Todos los San-

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tos y saldrá al valle del Risaralda. En 2013, el párroco de San José a donde pertenece la mitad de esta vereda, se llevó para la casa cural la imagen de un Crucifijo, de tamaño normal, muy deteriorado, que perteneció al altar central del templo de La Libertad y que el cura encontró en el colegio de la vereda. Dijo que lo llevaría a Pereira a ver cómo lo podían restaurar y no volvió. La Libertad perdió uno de los escasos símbolos de sus pasadas glorias. La saga de este lugar se fue fraguando desde la época en que Narciso Vera desempeñó el oficio de vigilante La Libertad, ya como una de las haciendas cafeteras más importantes del departamento de Caldas con vigencia entre 1930 y 1980. Los que pasaban por los caminos aledaños a la casa de la hacienda veían a Narciso vigilando desde un corredor pero, cuando subían a lo alto de la montaña, lo veían oteando los alrededores desde la cima de otro cerro. Al concluir el período como trabajador de la hacienda, este personaje adquirió una finca por los lados de La Proveedora, mirando la idílica vega por donde corre la quebrada de la Libertad, entre La Margarita y la Quiebra de Santa Bárbara. A simple vista era dueño de una tienda, en el primer piso de la casa de amplio corredor enchambranado pero, con el paso de los días, se hizo a la imagen de una persona adinerada. Como leyenda, la de Narciso Vera se fue llenando de invenciones populares. Se rumoró, por ejemplo, que tuvo un pacto con el Diablo por medio del cual el Espíritu Maligno lo apoyaba, en asuntos económicos, a cambio de su alma. El Diablo asumía un cuerpo exacto al de Narciso para dejarse ver de los intrusos cuidando la señorial hacienda. Mientras el Diablo vigilaba, Narciso Vera tenía tiempo de atender la clientela en el negocio de su propiedad (1956). Como este señor

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vestía con humildad, no era paseador, ni enamoradizo, ni tomatrago, la gente inventó que tenía enterradas las morrocotas de oro y plata entre un guadual que había en lo alto. El dinero adquirido aureola de prestigio a quien lo posee. Ahí, en el guadual, lo veían a diario los que pasaban por el camino que, de la carretera que va hacia el Chocó, sube a la Hacienda Ceilán. Lo veían dando vueltas pero cuando bajaban a la fonda, Narciso estaba ocupadísimo atendiendo la clientela. Por el pacto con el Diablo, poseía el don de la ubicuidad o sea el privilegio de estar en distintos sitios, en el mismo momento. De esta forma, se fue convirtiendo en un personaje que inquietaba a los vecinos. Se dijo que a un pariente pudo haberle tocado el entierro que, al fin de cuentas, no lo tenía en el guadual sino enterrado debajo del piso, en la propia casa. El guadual era un despiste. Lo que hacía iba siendo deformado por la imaginación desbordada de la gente. La leyenda se fue ramificando hasta convertirse en saga. Poco después de la muerte de Narciso Vera, corrió el rumor de que el viejo amaestró al pariente para que no se dejara arrebatar el entierro de monedas de oro y plata. Fue difícil. Al empezar a cavar, el muchacho se encontró con una culebra que cuidaba el tesoro. Este animal era otra forma asumida por el Diablo para vigilar el tesoro de Narciso Vera, de acuerdo con el pacto sellado entre los dos. Según unos vecinos, después de muchas tentativas y esfuerzos, el muchacho dominó la boa que dormía enrollada sobre el tesoro; para eso se valió de un escapulario de la Virgen del Carmen y se quedó con el entierro. La gente comentó que el pariente sintió terror y, buscando la tranquilidad, abandonó ese lugar, sin el entierro. Fue la ocasión en que muchas personas llegaron desesperadas a buscar el tesoro de Narci-

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so Vera y socavaron los cimientos de la casa. El tiempo ha transcurrido y aun, cuando pasa en carro por esa carretera, en una recta, la gente exclama: - ¡Ahí quedaba la casa de Narciso Vera! A la saga le siguieron saliendo ramas. El 20 de julio de 2007, viajaba de San José a la capital caldense cuando, en donde parte la carretera empinada que va de La Proveedora a la Hacienda Ceilán, apareció un caballero poniendo la mano al paso de la camioneta para que lo lleváramos al hospital de Arauca porque se sentía enfermo. En el trayecto comentó que trabajaba la hacienda en donde corría el rumor, entre los peones, de que el administrador del latifundio tenía un pacto con el Diablo por medio del cual el Maligno lo enriquecería con más dinero del que poseía el dueño de la hacienda, a cambio de su alma. El administrador había asignado al Diablo un lote con todo el producido y cada cosecha mandaba al mejor jornalero que hubiera llegado a la hacienda para que trabajara en ese terreno. Lo extraño era que el trabajador asignado desaparecía y nadie volvía a saber de él. El enfermo que llevábamos en la camioneta confesó que era devoto de la Virgen del Carmen, portaba su escapulario, rezaba en las noches las oraciones y lo acompañaba su imagen. Según él, por llevar el escapulario colgado al cuello, el Diablo no lo pudo raptar cuando el administrador lo puso a coger el café en el lote asignado pero, en la tarde, cuando llegó al campamento de los trabajadores, se sintió indispuesto por lo que se acostó. El administrador de la hacienda fue al cuartel de los jornaleros y al ver la imagen de la Virgen del Carmen sobre el lecho del jornalero, la estrelló contra el piso. Este trabajador no comprendió por qué el administrador se puso tan ofuscado. A partir de su forma de actuar, dedujo que podía ser cierto lo del pacto con el Diablo.

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Esa noche se le agudizaron los dolores, la diarrea y el vómito. Al otro día salió a buscar recursos médicos. Fue la mañana en la que lo dejamos en la recepción del hospital de Arauca. En esa misma temporada, el 12 de septiembre de 2007, recogí a una señora que, con su hijo de unos 8 años, esperaba un vehículo que la transportara desde La Margarita hasta la entrada de la carretera de la Hacienda Ceilán, en donde trabajaba haciendo de comer. En el trayecto comentó que había bajado a Arauca donde el cura párroco buscando que exorcizara o librara a su hijo de extraños comportamientos y muchos peligros que lo acosaban en esa hacienda. Allá sucedían cosas curiosas como que, desde el caer de la tarde hasta el amanecer del otro día, los caballos se resistían a descansar o pasar por el área en donde hay un guadual. Los que montaban caballos los azuzaban con las espuelas y los insultaban para que continuaran por el camino pero los animales se frenaban y se devolvían espantados. ¿Qué veían los animales que no vieran los humanos? ¿Qué aspecto tendría para causar tanto terror en las bestias? ¿Por qué los seres humanos no pueden ver lo que causa tanto espanto a ciertos animales? El bracamonte es un ser que no perciben los humanos pero que, según la mitología regional, espanta a los animales. La señora comentó que el niño que iba con ella también veía a un tipo flaco, de bigote, bien peinado, de vestido blanco, que lo llamaba con la mano desde el guadual pero que ni el papá del niño ni ella veían al individuo en el instante en el que su hijo les decía: - Sí; véanlo allá. El cura de Arauca le dijo que se trataba de uno de esos asustos que se paran por ahí para infundir terror en las personas. Hay espantos que no vemos ni oímos pero pueblan nuestros espacios cotidianos esperando espantar a otros. En enero de 2011, hablando con B. Galeano, vecino de esa hacienda,

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comentó que a él no le constaba que el administrador tuviese pactos con el Diablo pero lo que sí recordaba, porque trabajó allá, en una temporada lejana, era que a veces despertaba envuelto en la cobija como si fuera un tabaco, tirado debajo de la cama. Cuando, extrañado, en ese entonces, le comentaba al administrador lo que le sucedía, el hombre soltaba una estruendosa carcajada. Y añadió: - Por tener piezas de oro en la caja de dientes lo conocían como Cajadeoro. LA LAGUNA SE SECÓ Don Isaías Martínez fue el patriarca mayor, en el Camino Real de Occidente, a mitad de camino entre Belalcázar (La Soledad) y Risaralda (San Joaquín), cuando fenecía el siglo XIX y apuntaba el XX. Llegó con su familia a vivir en el plan de El Rastrillo, a unas cuadras del sitio en donde empezó a formarse el caserío San José. Al sur del Alto de la Cruz. Entre la casa de Isaías y La Cruz quedaba El Jordán, una casa en donde funcionó la primera escuela de niños y niñas, a cargo de la poetisa doña Luisa Santa de Grajales y que, al trasladar la escuela para San José, convirtieron lo que fue escuela en una fonda. La finca de Isaías se extendía desde el Camino Real hasta la quebrada La Habana, a los pies de la actual vereda Tamboral. Tenía trapiche de caña y una laguna a la que los arrieros conducían las muladas provenientes del norte y del sur para que bebieran agua. Cuando llegó la carretera, en 1952, pasó por la parte de encima de ese estanque natural. Al acabarse el transporte de mulas la laguna de don Isaías se convirtió en el sitio privilegiado para las caminatas locales. En semana llevaban a los niños de la escuela en son de paseo y las monjas sacaban a las internas a dar una vuelta por La Laguna, los domingos por la tarde. En algunos hogares se ven fotografías tomadas, entre 1950 y 1960 que conservan las figuras de mujeres jóvenes y bellas retozando en los potreros que rodeaban La Laguna.

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Desde ese idílico sitio se iniciaban las procesiones de entrada de las veredas de ese sector, los días que les correspondían, a medio día, en las fiestas de la patrona de la parroquia. Allí esperaban los vecinos de Tamboral, Guaimaral, San Gerardo, El Bosque, Morroazul, Altomira, El Vaticano a que llegara el cura con su séquito y la imagen de la Virgen, cargada por las veredas que entregaban, para iniciar la procesión de ingreso también conocida como “el tope”. Al padre Jesús María Peláez lo sucedió un sacerdote que permaneció en San José entre 1962 y 1967. Al llegar el jueves de Corpues Christi, decidió con los organizadores avanzar con la procesión solemne hasta la laguna, en la que se destacaba la custodia dorada, bajo el palio de filigrana, flanqueado por niños y niñas de primera comunión que regaban pétalos de flores en ese trayecto. Los parroquianos que vivían de la plaza principal hacia la salida a Belalcázar se ingeniaron el altar correspondiente al pie de la imagen de la Virgen del Carmen, en La Laguna, y los asistentes se ubicaron alrededor de ese espejo quieto de agua turbia. El altar construido, en el año de 1964, tuvo una sorpresa. Como la laguna era circular y levantaron el altar al pie al pie de la Virgen del Carmen, los encargados del montaje elaboraron una barca de madera en una de las carpinterías del pueblo, la forraron en papel dorado y, cuando el cura se arrodilló junto a la orilla, en el reclinatorio previsto, partió la barca dorada desde el altar, al pie de la Virgen, movida por largas manilas desde la orilla del frente. La barca vino hasta el lado donde estaba el cura. Este colocó la custodia de las fiestas como la llamaban en un pedestal ubicado en mitad de la barca y la nave, halada por la manila, regresó al lado opuesto donde habían organizado el altar. Deus ex machina. Los feligreses se admiraron y aplaudieron. Al final, resonaron los coros celestiales con el canto del Panis Angélicus. Regresó la nave, el cura echó mano a la custodia con el velo umeral y la multitud deslumbrada retornó al pueblo entre niñas y niños vestidos de ángeles y cansados con sus alas de cartón.

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Pasaron los años. La finca de La Laguna estuvo sometida a cambalaches en los que los nuevos propietarios optaron por desocupar de agua el estanque natural para ampliar el potrero. Un crimen ecológico que nadie denunció. Pasados los años se escuchó la versión según la cual un grupo de personas ambiciosas había desocupado la laguna persiguiendo una custodia de oro macizo y piedras preciosas que, un Jueves de Corpus Christi, zozobró y quedó sepultada en el lodo. La gente se puso a atar cabos. El ecocidio dio verosimilitud a la leyenda. En 1968, las monjas de la comunidad de Teresitas Contemplativas se retiraron de San José de Caldas. Al párroco de la época le entregaron el inventario completo de los bienes materiales con que contaba la institución que regentaron, entre los que estaba la famosa 'custodia de las monjas', una joya que, después de servir para ocasiones especiales en la parroquia, desapareció, para siempre, de la vista de los feligreses. Algunos interesados pudieron fraguar la leyenda de que esa custodia había naufragado en La Laguna, cuando lo había sido dentro de una maleta. Para decorar la leyenda comentan que, las noches de jueves santo escuchaban campanas con su repiquetear solemne y que, mientras la laguna tuvo agua, vieron una pata con paticos de oro navegando en ese estanque natural. El empeño por desecar el terreno continuó hasta lograrlo pero no encontraron la joya sagrada, aunque, según otra versión, se volvió cenizas debido a la ambición que moraba en el interior de cada uno de los buscadores de ese tesoro. MARTÍN PESCADOR El protagonista de esta leyenda, muy difundida por el Valle del Risaralda con epicentro en Viterbo Cds., no es el pajarito tan conocido junto a las corrientes de agua que se clava para pescar con su largo pico, sino un caballero llamado Martín que, curiosamente, tenía el

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apellido Pescador y acostumbraba ir a pescar al río. La gente le preguntaba cuándo iría a pescar para acompañarlo pues, cuando iban acompañados de Martín, abundaba la pesca y todos se beneficiaban pero, cuando iban sin su compañía, nada sacaban. Martín Pescador iba al Risaralda o a sus afluentes, los viernes y sábados; eso explicaba que, los domingos, hubiera suficiente pescado, en los mercados de Viterbo y La Virginia. En el resto de la semana, los peces se escondían de tal forma que, un día, un pescador en vez de sacar peces atrapó una garza que, en el preciso momento de lanzar la atarraya, se sumergió a capturar un pez. Desde finales del siglo XX, la pesca en el Risaralda se ha vuelto una ilusión debido a que el cauce, antaño rumoroso y cristalino, se convirtió en el vertedero de los alcantarillados de varios pueblos y condominios vecinos, de los químicos venenosos de cultivos intensivos y sobre todo porque los ríos y sus afluentes se han secado, porque han tumbado los montes y el sombrío de los cafetales fuera de que los montajes en grandes extensiones de tierra requieren el agua del río para los cultivos de caña, cítricos y aguacates, fuera de mantener llenos de agua oxigenada los enormes estanques de peces para la exportación. *** Para los habitantes del valle del Risaralda y sus contornos, Martín Pescador es un personaje más complejo de lo que cuenta la leyenda. Se asemeja a un chamán o sea “una persona reconocida socialmente como poseedora de especiales poderes sobrenaturales que son usados en beneficio de los clientes humanos para diversas actividades” (Serena Nanda, 1982, p.288). El chamán tiene un poder aglutinador para las comunidades y en las llamadas sociedades salvajes los chamanes han pretendido mandar sobre el clima. “Hacedores de lluvias”. El asunto se interna por los amplios terrenos de la Antropología. El mariscal Jorge Robledo escribió, en el siglo XVI que, cuando los indios quimbayas tienen “necesi-

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dad de agua para los maíces, invocan el sol y la luna que los tienen por hijos suyos, para que se la dé” (p. 24). En la segunda parte del siglo XX, en intensos veranos, aún se veía que en las veredas de San José Caldas, muchos campesinos salían al patio de sus casas y en el suelo hacían una cruz con ceniza del fogón de leña para que el cielo derramara el agua sobre los campos. Si se pedía que alumbrara el sol ya que el invierno estaba muy prolongado, los campesinos hacían en el patio cruces con cal. Esto fue herencia de la época mítica o legendaria en que los rituales estaban a cargo de los “magos de la lluvia”. Con el instrumento de su observación repetitiva los campesinos han deducido que Arreboles al atardecer, agua al amanecer y que Año veranoso, año abundoso. Sin embargo, a veces, lo que pudo ser una cosecha 'abundosa' se convirtió en calamidad. Los sacerdotes católicos remplazan a los chamanes cuando encabezan, en los meses de angustiosos veranos, procesiones por las calles de sus parroquias, al atardecer, cantando y orando, acompañados de la imagen de San Isidro Labrador o del patrono del pueblo, mientras imploran: “San Isidro Labrador/ pon el agua y quita el sol”. Cuando el invierno azota los campos y los labriegos están a punto de perder las cosechas, cambian la plegaria por la de: “San Isidro Labrador/ quita el agua y pon el sol”. En lenguaje religioso, este rito comunal recibe el nombre de rogativas y, en lenguaje antropológico, se identifica como un rito de intensificación, encaminado al bienestar de la comunidad. Se trata de un ritual unificador porque en él confluyen: la petición, el ceremonial, el director espiritual y la gente del común que asume momentáneamente un rol sagrado. Los campesinos sostienen que, cualquier noche durante las rogativas, se desata la lluvia. CEIBA DE GUAMAL Guamal es, en el municipio de Supía, una comunidad negra que conserva en forma admirable el patrimonio cultural de sus ancestros.

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Data de comienzos del siglo XVIII. El templo fue levantado en 1828 pero ya, en 1820 habían llegado de Popayán a donde pertenecía ese territorio, las esculturas del crucifijo, Santa Ana y la Niña María. Los negros de Guamal sembraron en el año de 1851 una ceiba como símbolo de Libertad que se sostuvo en pie hasta 1986 cuando se secó. Sus ramas cubrían la plaza. En 1987, los vecinos la sustituyeron por otra. La primera proclama de liberación de los esclavos la pronunció Simón Bolívar, en 1816. El Congreso de Cúcuta, en 1821, aprobó la Libertad de partos y las Leyes de Manumisión. Con esos datos y el deseo de agigantar la efigie de un Bolívar preocupado por la libertad de los esclavos para consolidar la Independencia, floreció la leyenda. Por lo anterior, entre muchos vecinos de Guamal se ha transmitido el relato según el cual Simón Bolívar estuvo allí leyendo de viva voz la Proclama de la Libertad de los Esclavos. La lectura del documento se hizo al pie de la ceiba y, para festejar el acontecimiento, ordenó (cosa que no extraña), matar una marrana que se atravesó por la plaza y distribuir su carne entre los asistentes. El dueño de la marrana demandó a Bolívar por no haberla pagado. Y rematan la leyenda diciendo que, en los archivos de Supía todavía se conserva la demanda, por la módica suma de “cuarenta pesos” (¡!). Bolívar no pudo haber leído el Acta de la Libertad de los esclavos en Colombia pues murió en 1830 y la Abolición definitiva de la Esclavitud data del 21 de mayo de 1851, bajo la presidencia de José Hilario López, veinte años después que José Félix Restrepo presentara el proyecto, en el Congreso de Cúcuta. La Ley empieza con este veredicto: “Desde el 1° de enero de 1852 serán libres todos los esclavos que existan en el territorio de la República…”. En ese caserío han tratado de arreglar la leyenda aclarando que Bolívar no robó animal alguno sino que una señora aprovechó la presen-

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cia del Libertador para poner la denuncia por el robo que le hicieron, a ella, de una marrana. Bolívar, como nuevo Salomón, dio este veredicto: - El animal se divide en dos partes; una para la dueña y otra para el que se lo llevó pues no sabía quién era el propietario para devolverlo. Si algún escéptico inquiere por el documento que confirme el extraño juicio, los voceadores de la leyenda responden con desparpajo que, en el archivo municipal, reposa el libro correspondiente aunque se robaron la página “con una cuchilla de afeitar”. ESPANTO DE HOJASANCHAS Hojas Anchas es una vereda de tierra fría perteneciente al municipio caldense de Supía, por la carretera vieja que comunica con Caramanta, en los límites entre Caldas y Antioquia, en lo alto de la cordillera occidental. Doña Leticia Obando, mujer nonagenaria, a finales del siglo XX, contaba que en una época en que aún no había carretera, cuatro individuos acostumbraban pasar de un departamento a otro cargados de mercancías ilícitas como aguardiente y tabaco, en una barbacoa, aprovechando las horas de la noche para no ser vistos por los guardias. Una barbacoa era una camilla de madera como las utilizadas en las viejas fincas para secar café y a la que añadían dos guaduas para poder cargarla por trechos largos. La barbacoa era una especie de ambulancia al hombro para transportar, de las fincas al pueblo, enfermos, parturientas y muertos. Para Conrado Ossa, con la mitad de la edad de doña Leticia, los hombres que llevaban al hombro la barbacoa la cubrían con sábanas blancas; ellos llevaban capuchas y se hacían acompañar del aullido rabioso de los perros. Los guardias de rentas, presas de pánico, se encerraban en la inspección hasta cuando, por la lejanía de los aullidos, supo-

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nían que ya había pasado la terrorífica visión. Para la gente ingenua se trataba de un espanto. Según don Fabián Pulgarín, más joven que don Conrado, el Espanto de Hojas Anchas era un ataúd cargado por unos individuos vestidos de negro que, a las doce de la noche, pasaban acompañados de perros que arrastraban cadenas por el camino y desaparecían en la cañada de Lembo. Lo que podía tomarse como un escueto caso de policía se fue trocando en un auténtico espanto. Para unos habitantes de Hojas Anchas, el espanto no era más que Tanita Becerra a quien, en ciertas circunstancias, se le brotaban los ojos, echaba candela por la boca y salía, a media noche, a asustar a los vecinos. En el sitio Arquía hubo un retén para decomisar contrabando entre los departamentos de Antioquia y el Viejo Caldas. Si los guardias se escondían cuando escuchaban el paso de la barbacoa o el ataúd era porque tenían organizada la treta con los contrabandistas para que pasaran con tranquilidad, como Pedro por su casa. ¡ADELANTE QUE VA BERMÚDEZ! La geografía de esta leyenda (o mito menor) abarca la mayor parte del departamento de Caldas. De Bermúdez se desconoce el nombre; ni porque fuera soldado. Para muchos tiene apariencia humana y para otros se trata de una mítica explicación de fenómenos físicos o morales. En el norte de Caldas lo escuchan silbar en la noche del Jueves Santo, arriba, en las montañas. Silba para que lo escuchen sus hijas. Una vez en La Merced, fue tanto el susto de unas pobres mujeres al escuchar el silbido de Bermúdez que dejaron quemar unas tórtolas que estaban asando.

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En el norte de Caldas escuchan que de noche alguien pasa por el camino porque los perros se desesperan como si estuvieran viendo frente a sí al mismo Diablo, pero nada. En La Merced comentaban que Bermúdez era un eco maligno que se manifestaba en los meses de julio y agosto, temporada de verano. En Filadelfia contaban que cuando pasaba Bermúdez se oía a sus perros arrastrando cadenas. En el centro del departamento, aún refieren que Bermúdez era un arriero que por su avaricia fue castigado a recorrer de noche el camino de Popayán a Medellín, en una hora, cuando los demás arrieros con las muladas en el viaje redondo Medellín-Popayán demoraban treinta días. Corría desesperado para ganar más que los otros arrieros. Silbaba pero nadie lo veía pasar. En territorio de Marulanda (Cds.) hay un abrigo rocoso conocido como la Cueva de Bermúdez. FAMILIA DE SÁDICOS La leyenda o mito menor de “Bermúdez” pasó el Cañón del río Cauca, de oriente a occidente, en donde adquirió otras peculiaridades. Julián Bueno Rodríguez, en su obra Creencias del Occidente Caldense (1988), trae un relato prolijo de este personaje que empezó trasladando, con “Velásquez”, en una canoa, a los viajeros de uno al otro lado del río Cauca, cerca al Paso de Bufú, muy mencionado en los textos de historia. En recuerdo del compañero de Bermúdez, dice la gente, a ese sitio se siguió llamando Paso de Velásquez. Con el correr de los días se volvieron malvados. Cuando iban en la mitad del Cauca robaban las pertenencias a los pasajeros. En cierta ocasión robaron unas campanas de oro que de un pueblo del Occidente habían mandado fundir en Europa. Se volvieron ricos. Con parte de ese dinero, Bermúdez adquirió unas tierras en el Alto de las Brujas. Tuvo varias hijas caracterizadas por su sadismo. Tal vez los detalles más espeluznantes sobre Bermúdez los contaron a Mariela Gallego, en Chinchiná: Era un hombre que viajaba a caballo y acompañaba a los viajeros por largo rato. Con los robos que hacía,

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los atracos y otras maldades se volvió rico. Daba a sus hijas el gusto que quisieran. Si una hija le proponía que pelara viva una vaca, la pelaba; que desplumara viva una gallina, que le cortara la trompa a una res, que le mochara una pata a un ternero, que castrara un caballo y le echara sal a la herida, ahí mismito lo hacía. Como castigo le toca andar errabundo por el mundo arrastrando cadenas y cargando al hombro a una de sus hijas mordida por una víbora. A diez minutos de Bonafont, hay una roca con el nombre de Piedra del Condenado. Los personajes del relato, Bermúdez y sus hijas, sin nombres definidos, son prototipos de personas infames con los animales domésticos. Bermúdez murió y sigue asustando en los caminos. Lo curioso del relato está en que antes de morir mandaron labrar unos ataúdes de piedra y allí están sepultados en la mitad de esa cueva, rodeados de bandadas de murciélagos. APROXIMACIÓN El relato de Bermúdez puede tomarse como mito menor en el que se inculca a los padres no satisfacer todos los caprichos de sus hijos dadas las consecuencias, además de las enseñanzas éticas que imparte como es el respeto a los animales y el castigo que cae sobre los que pisotean a los que sufren. Pero también puede tratarse de una leyenda basada en uno de tantos personajes que abundan en nuestro medio y que se hacen populares por sus fechorías como lo corrobora Bueno Rodríguez en su texto. Por su simbología es mucho más que un espanto. No todas las leyendas son espantos ni todos los espantos son leyendas. De igual forma no toda leyenda o espanto es mito pues en el mito se recurre a una explicación sobrenatural mientras que en el espanto se enfatiza en el espectro deformado o imaginario de lo real. El mito es de mayor trascendencia vital que la leyenda y la leyenda ennoblece más en sus pretensiones que el vulgar y tosco espanto.

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Pueden existir fenómenos físicos, geográficos o de otra índole natural que los nativos entran a explicar añadiéndoles circunstancias ajenas al ser real pero que se esparcen como verídicas. Esos añadidos serían la porción legendaria de los fenómenos reales. Decir que Bermúdez silba en los profundos abismos del río Cauca, en los meses de julio y agosto, podría ser la explicación legendaria de los ventarrones corrientes en las temporadas de verano. Las mismas temporadas de las cometas infantiles. MARÍA LA PARDA Es una leyenda que se cuenta a lado y lado de la cordillera central, en Marulanda, San Félix, Salamina, Aranzazu, Neira, Manzanares y Marquetalia. María La Parda era una mujer ambiciosa que no tuvo empacho de robar los ahorros a la propia madre y esconderlos en una gruta, en Peñas Blancas, entre Marulanda y San Félix. Allí siguen guardados, en ese paraje, rodeados de impenetrable maleza. El Diablo vigila el tesoro de María La Parda pues esa mujer hizo pacto con él para que se lo cuidara. En Marquetalia dicen que lo cuida un nido de serpientes. En Marulanda comentan que se cuida sólo porque el que se atreve a entrar en ese laberinto no vuelve a salir. Por lo escuchado, esta mujer hacía parte de una sociedad, como la nuestra, en que prima la desigualdad social y económica. Era miembro de una sociedad estratificada. Solo así se explica ese afán por aumentar en forma desmesurada unos recursos inactivos. Los bienes materiales acumulados dan poder y prestigio ante la comunidad. Por perseguir el poder y el prestigio que siguen a la riqueza se explicaría que hubiese robado hasta la propia madre y hubiese hecho un pacto con el diablo. En el desarrollo de la leyenda, faltó mostrar que María La Parda se propuso alcanzar el poder, no lo alcanzó o sí y, en este caso, se aclararía de que ejerció una autoridad

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legítima o ilegítima; cómo ejerció ese mando; si sirvió a los demás o les chupó la sangre; si estuvo rodeada de individuos que colaboraron en sus pretensiones; si fuera del robo puso en práctica otros medios de producción y acumulación de riquezas. Por lo general, recapacita Serena Nanda, el prestigio de quien acumula riquezas en forma ilegal es inferior al prestigio de quien las adquiere en forma legal. Esta fue, seguramente, la forma como las acumuló María La Parda, pues por algo, el relato popular advierte que su tesoro está al cuidado de un nido de serpientes, en una cueva sin salida. EL PUTAS DE AGUADAS En la jerga de la región paisa, “el putas” no es solo el diablo sino una persona que hace alarde de una capacidad inusitada de fuerza física y también de recursos para salir adelante en un desafío. El putas es un putas. En la edición del DRAE correspondiente a 2001, aparecen 17 palabras relacionadas con “puta” y sus distintas acepciones pero ninguna se relaciona con algo distinto a la prostitución. En Colombia, un putas es una persona que causa admiración; un verraco. “¡Qué putería!”, lo recuerda Argos, en Refranes y dichos, expresa un “superlativo bueno o malo” (p.200). Afirmaron que el Putas de Aguadas transportó una piedra de 800 toneladas para construir el Puente de Piedra. Pero, más que un personaje de carne y hueso, se fraguó como la encarnación de las virtudes cívicas de los aguadeños. Ese caballero dejó la lección de que todo conglomerado forja las oportunidades para echarse a marchar, como fue el caso de Aguadas. Debido al esfuerzo ciudadano, ese pueblo apareció con una compañía de operetas y zarzuelas, en la mitad del siglo XX; con un inusitado interés por la música partieron de Aguadas los Hermanos Hernández, con sus tiples y guitarras a triunfar en escenarios de Estados Unidos, México y el sur del continente. De la Ciudad de las Brumas es la Banda de Músicos, fundada en 1883 que ha cosechado, en innumerables festivales, los máximos trofeos. Aguadas cuenta con el Museo Nacional del Sombrero y, últi-

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mamente, los aguadeños se propusieron organizar con el mayor esplendor el Festival del Pasillo. Aníbal Valencia, director de la Casa de la Cultura se jactaba de que, “los aguadeños somos echados pa'lante; mucho esfuerzo pues todo lo queremos perfecto, bello y único, aunque nos resulte costoso”. Metelones como El Putas de Aguadas. Aníbal Valencia Ospina dejó una historia novelada del personaje simbólico en la que trata sobre el escenario en que vivió, su infancia, su época como monaguillo, estudiante, El Putas arriero, El Putas en la guerra y El Putas seductor. Juan Ramón Grisales publicó un texto de carácter costumbrista sobre el personaje de marras y Javier Sánchez, miembro de la Academia Caldense de Historia, en la Revista Impronta, de la misma institución, publicó la nueva versión que sobre el Putas de Aguadas escuchó en esa localidad catalogada, con Salamina, como uno de los veinte pueblos más bellos de Colombia. EL VERRACO DE GUACAS En el Diccionario de Americanismos (2010) aparece Verraco con B y con V y las dos formas con el significado de “persona valiente y audaz”, “persona bravucona y pendenciera”. El putas de Aguadas (Caldas) tiene como equivalente al Verraco de Guacas, en Antioquia. Dicen que a Heliconia la llamaban Guacas, localidad que sobresalía por los yacimientos de sal y los huecos que quedaban de esas perforaciones. Verraco deriva del latín verres y, desde el siglo XIV, en España y luego en América, designa a un cerdo padrón. Verraquear es gruñir o dar señales de enojo. En Heliconia, un parroquiano tuvo un marrano enorme que saltaba cercos y recorría huertas y chiqueros buscando marranas que dejaba preñadas. Era un verraco en el doble sentido de la palabra: un cerdo potente y poderoso que no se le quitaba a nada. En Colombia, sin que muchos sepan en dónde queda o quedaba Guacas, se usa esa expresión para hablar de alguien que, como el marrano de Heliconia, no hay situación por difícil que parezca que no logre solucionar.

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MIRÚS A mediados de los 50, del siglo XX, en los poblados caldenses del norte y occidente, por tiempos de la violencia, decían que Jesús María López, alias Mirús, nacido en Aguadas, primero fue policía y luego se metió a asaltar caminos e hizo pactos con el diablo. Se enroló de bandolero o 'pájaro' muy temido. Capturado, infundió temor entre sus compañeros de prisión y de los guardianes. Estando preso, mandó a pedir un dinero a su papá, don Pedrito Pelleja pero, como el padre no se lo envió, lo amenazó por medio del siguiente telegrama: “Con usted ajusto 40”. Se fugó de la cárcel de Tunja por la alcantarilla. En Supía lo recapturaron y por las rejas agarró a un curioso y lo ahorcó. En Manizales, Santuario y Apía decían que, cuando la policía iba a capturarlo, se convertía en racimo de plátanos no apetecidos por raquíticos y biches. Sólo en el camino de La Libertad, en San José de Caldas, un arriero apodado 'Macuenco' tuvo el arrojo de enfrentársele y hacerlo retroceder. Mirús, “para justificar su derrota, se convirtió en gallinazo y voló a la cordillera” (Libardo Flórez M., 2003, p.2225). LA DOLOROSA DE AGUADAS Refieren que, en 1881, el Señor Faustino Estrada, como pago de una manda al recuperarse de una penosa enfermedad, mandó traer de París La Dolorosa que sale en las procesiones de semana santa. Se trata de una Piedad, de madera y de vestir, de tamaño natural, rostro de porcelana y facciones acongojadas. En barco atravesaron, con ella, enguacalada, el Océano Atlántico y ascendieron el Magdalena hasta Honda; luego, los arrieros la llevaron por valles del Tolima hasta trepar por Cerro Bravo a Marulanda y Salamina y, de allí, hasta Aguadas. Esa travesía no la hacía sino el Putas de Aguadas. Claro que la leyenda tiene muchos recovecos que aquí se dejan sin resolver como las preguntas sobre la procedencia

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de esta obra pues, ni por los rasgos de la escultura ni por el estilo de trabajo y armada, diría uno que es de origen parisino. Parece de origen sonsoneño. Algo parecido se escucha de la Dolorosa de Belalcázar, en donde suponen que procede del mismo París; los más modestos dicen que es sevillana. Lo de París tuvo que ser dictado por una piadosa vanidad o por un típico desfogue de ese genio característico de los paisanos de El Putas de Aguadas que olvidaron que en París no hacen procesiones de semana santa con santos de vestir. Para más son los habitantes de Pensilvania, en el oriente de Caldas que, con su orgullo no inferior al de los aguadeños, se precian de contar con abundante imaginería paisa. El ingenio aguadeño ha logrado estructurar otro relato alrededor de la imagen del Señor Caído, patrimonio artístico del templo matriz y, según los contertulios, declarada “eximia” por Monseñor Juan Manuel González Arbeláez, obispo de la diócesis de Manizales, entre 1933 y 1934. Cuentan que, en medio de una tempestad, varios caballeros se guarecieron al pie de un árbol. Cayó un rayo que mató a los compañeros de un tal señor Medina quien, en gratitud, mandó esculpir la figura del Señor Caído, con una pose idéntica a la que tenía Medina cuando lo encontraron inconsciente. Los aguadeños confiesan que esta escultura fue realizada en Sonsón por el maestro Simón Caballero. LA MALDICIÓN Según don Aníbal Valencia, un cura de nombre Juan Pablo Mejía Vélez, por allá en la década de los treinta del siglo XX, le echó una maldición a la Ciudad de las Brumas.

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De acuerdo con el relato, un miércoles santo, por la noche, el cura se encerró con unos trabajadores en el Templo de la Inmaculada de Aguadas y con hachas destruyeron el altar central que era de ricas maderas talladas y doradas por Simón Caballero. Quienes predican el respeto a los bienes culturales de los que nadie unilateralmente puede disponer si no es por voluntad del pueblo que es su auténtico propietario, juzgarían a ese grupo comandado por Mejía como iconoclasta. Entre los forasteros que llegan a administrar las parroquias aparecen muchos que venden o desaparecen las mejores piezas del patrimonio cultural como si tratara de bienes de su propiedad; ha habido unos que envalentonados actúan guiados por su libre arbitrio y no aceptan que quienes han conseguido esos objetos a veces con enorme esfuerzo y han vivido en ese pueblo antes que ellos, los contradigan. Al día siguiente, jueves santo, en la mañana, no quedaban rastros del altar mayor. Aguadas no le perdonó la destrucción de lo que ha considerado pieza sobresaliente de su patrimonio artístico. Quiso compensar su error mandando construir el cimborrio actual, pero de nada le valió. La confrontación fue implacable. Refería el exdirector de la Casa de la Cultura que los últimos días de Juan Pablo Mejía, en Aguadas, fueron un infierno. En las mañanas aparecían, en la puerta de la casa cural, un morral de cuero, unas alpargatas y un bastón. Mejor dicho: ¡Lárguese! No tuvo más remedio que marcharse. Salió furtivamente, de noche y a caballo. Como despedida dizque maldijo a Aguadas. Lo peor del cuento está en que no dijo cómo caería la maldición sobre los aguadeños. Y esa incertidumbre mata más que si hubiera señalado en forma directa la forma de sufrir el castigo clerical. PADRE BARRENECHE En Samaná, en el oriente de Caldas, no han podido olvidar la maldición que echó “el Padre Barreneche”, sobre ese pueblo.

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Los feligreses lo acusaron ante el obispo por un lío de faldas y fue removido de la parroquia. Cuentan que al salir del pueblo, se quitó los zapatos y dijo que no quería llevar enredado ni un gramo de polvo de ese pueblo que sería arrasado por un incendio y sufriría una inundación. El incendio del 18 de julio de 1946 dejó una persona muerta y 163 casas destruidas además del templo, la casa cural, los negocios de la calle real y cuatro de las principales manzanas del pueblo. Pasado el estupor, los samaneños siguen dándole vueltas a la tuerca de la imaginación para ver cómo un caserío, ubicado en lo alto de la cordillera central y que es llamado La Tribuna del Oriente de Caldas, puede sufrir una inundación. Entre los años finales del siglo XX y principios del XXI, pusieron en marcha dos proyectos hidroeléctricos, Miel I y Miel II, que anegaron enormes extensiones del territorio de este municipio convirtiendo a Samaná en un eje de la energía hidráulica en Colombia. Se comenta, en forma acomodaticia, que la inundación anunciada por el cura Barreneche, en medio de su berrinche, se cumplió, no en forma de maldición, sino de bendición económica para el desarrollo regional. Otra circunstancia llama la atención en esta leyenda y es cuando el cura se quita los zapatos para sacudirlos antes de partir. Pudo ser cierta y lo relatado sería una crónica. Si eso no ocurrió sería un elemento legendario inspirado, tal vez, en el Evangelio de San Lucas (9,5-6): “En cuanto a los que no quieran recibiros, saliendo de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos”. Por las mismas calendas en que Barreneche era cura de Samaná, se difundieron en la prensa varios relatos sobre la despedida que hizo del país el poeta Porfirio Barba Jacob (1883-1942), el de la “Canción de la Vida Profunda”. Estando encaramado en la embarcación que lo conduciría de Barranquilla a varios países del Caribe, se quitó los zapatos y los sacudió contra las latas del barco.

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PADRE GÓMEZ Pocos pueblos del Gran Caldas carecen de leyendas en las que actúen párrocos como protagonistas y desplieguen, ante una feligresía silenciosa, sus atronadoras maldiciones. El padre S. Gómez fue párroco, en Pácora, en la década de los cuarenta del siglo XX. Participó en contiendas políticas pero viendo que la mitad de los ciudadanos no acataba sus órdenes, maldijo a Pácora diciendo que los dos cerros que la rodean habrán de juntarse un día y el pueblo quedará triturado, en ese choque, “como una guanábana madura”. El temor a que la maldición se cumpla llevó a los pacoreños, guiados por otro sacerdote, a levantar una estatua de Jesucristo, de 14 metros de altura, con los brazos abiertos implorando a Dios que aplaque su ira e impida que los dos cerros se estrellen. Los pesimistas murmuran que eso ocurrirá, Con el tiempo y un palito. Está marcado. LEYENDA RIOSUCEÑA Ante la inquietud: ¿Por qué el Templo de la Candelaria no tiene torres? respondió María Libia Iglesias O.: - Contaba mi mamá que, entre los años de 1930 y 1940, era párroco el padre Alfonso de los Ríos. Se trataba de un sacerdote de vida impecable pero muy estricto en cuanto al vestuario de las mujeres que entraban al templo y otros asuntos delicados, por lo que se hizo a la enemistad de tres personas: Purificación C., su esposo Pompilio V., y el Señor V. Palomino quienes urdieron una treta para desprestigiar al cura y expulsarlo de Riosucio. Doña Pura cosió un traje con la apariencia de los ornamentos sagrados; don Pompilio elaboró una máscara, como las de carnaval, lo más parecida al rostro del párroco y Palomino se aprendió los textos correspondientes a la celebración de una misa en latín. En una noche de fin de semana, en la zona de tolerancia, apareció

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Palomino disfrazado de cura, bebió licor, bailó y, a media noche, celebró una misa negra en el mostrador de la cantina. El escándalo no se hizo esperar. Acusaron ante el obispo de Manizales al Padre De Los Ríos por lo que fue expulsado de la parroquia de la Candelaria, en la Ciudad del Ingrumá. Salió con su equipaje por la carretera que va hacia Anserma y, desde el alto de donde se divisa por última vez a Riosucio, miró hacia atrás, se detuvo a contemplar su parroquia y dijo: - “Estas torres del templo fueron testigo de mi infancia. ¡Si soy inocente que se caigan!”. Más se demoró en terminar esta sentencia cuando se desplomaron las torres y cayeron en el atrio del templo. De esta forma, los feligreses comprendieron que el sacerdote era inocente. El pueblo fabula. Los culpables de la calumnia recibieron su castigo. Doña Purificación quedó coja; don Pompilio se engordó de tal forma que no podía salir de su casa porque no cabía por la puerta y Palomino se fue encorvando hasta tocar el suelo con su frente. De esta forma pagaron la calumnia y el sacrilegio de escoger la zona de tolerancia como altar de consagración. APROXIMACIÓN Al observar viejas fotografías del templo de la Candelaria, en Riosucio, se percata uno que sobre el frontis, tuvo dos airosas torres laterales que no aparecen en las fotos recientes. También es verídico que Alfonso De Los Ríos, nativo de Riosucio, fue párroco, cuando el templo ostentaba esas torres. El cura entregó la parroquia y, tiempo después, en el terremoto del 30 de julio de 1962, se desplomaron las torres. Purita C. fue profesora graduada en Bogotá y, por su formación en el Colegio Pestalozziano, centro de la revolución pedagógica nacional,

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no tragaba entero. Escribió una monografía de Riosucio, pueblo en el que nació, vivió la mayor parte de su vida y murió. Por cualquier circunstancia, pudo tener alguna garrotera de paisanos, de esas que se presentan hoy y mañana se olvidan, con el párroco de la Candelaria. Purita C., en su monografía, publicada después de su muerte, se refiere en forma elogiosa a Monseñor Alfonso De Los Ríos Cock: “Después de ordenado, el R. Padre De Los Ríos fue nombrado Vicario Cooperador en la Parroquia de Riosucio, donde no solo trabajó incansablemente por la salvación de las almas, ganando grandes méritos delante de Dios, sino también poniendo en juego las luces de su inteligencia, su envidiable actividad y sus fuerzas materiales en pro de los trabajos del hermoso templo de la Candelaria. Después fue nombrado cura de la importante ciudad de Aguadas, Vicario General de la Diócesis de Manizales y Prelado Doméstico de Su Santidad”. Esta cita demostraría que, tanto el cura De los Ríos Cock como la profesora que redactó palabras tan elogiosas sobre él, pudieron ser objeto de una turbia calumnia que es algo distinto a una leyenda. PADRE DANIEL MARÍA LÓPEZ El Padre Daniel María López nació en La Ceja (Antioquia), en 1865. En 1885, luchó en las guerras civiles, en el ejército de Núñez, e ingresó al seminario a los 23 años. Fue capellán de las tropas de Pompilio Gutiérrez. Como cura de Pensilvania fundó asociaciones católicas y participó en política, como la mayor parte de curas de la época. Promovió el cultivo del café en ese municipio. Sentó las bases del municipio de Marquetalia. Fundó caseríos como San Diego y Norcasia y revivió a Samaná que había perdido la categoría de municipio. Citaba a los vecinos de San Diego con el toque de corneta para el convite con el fin de abrir el camino que unió a San Diego, Florencia y Pensilvania con Manzanares. Murió el 31 de julio de 1951, en San Diego (Alfredo Cardona T., 16 de octubre de 2005, p.7). Y, aquí empieza el capítulo legendario de este sacerdote. Cuando

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trabajaba en Pensilvania fue a confesar a un moribundo a una finca. En el camino se encontró tres bandoleros que le dijeron que iban a matarlo. Él les respondió: - Espérenme, aquí, que ya vengo. Siguió a la finca, confesó al enfermo y regresó al pueblo. Algunos campesinos fueron a la casa cural a preguntarle lo que pensaba hacer con esos tipos que llevaban tres días clavados a la tierra, por allá, en un camino, y que no se podían mover de ese sitio. El curita recordó, entonces, que esos individuos eran los que lo iban a matar y estaban, allí, castigados, al sol y al agua. Él decidió, por pura caridad, que podían seguir el camino. Los tres individuos fueron donde él a pedirle perdón. Cuentan que salió de Pensilvania porque lo acusaron ante el obispo de que, con él, se iba a descapitalizar la iglesia, pues, según los mismos parroquianos, todos los sacramentos los administraba gratis. Ya en Samaná, llegaron de una vereda lejana, a las diez de la noche, para que fuera a imponerle la unción de los enfermos a un moribundo. El cura le dijo al que trajo el recado que marchara adelante porque él iría inmediatamente le trajeran del potrero de la parroquia el caballo para viajar. Cuando el campesino llegó a la casa de la vereda con la noticia de que el Padre López vendría después, pues apenas iba a mandar a traer la bestia, los de la casa le respondieron que el curita ya había venido, atendido espiritualmente al enfermo, había regresado y el paciente había mejorado. Murió en San Diego, está sepultado en el templo y allá tienen un museo con sus pertenencias, muy escasas por cierto ya que, al fin y al cabo, el dueño profesaba una pobreza franciscana. En Samaná, hay un centro docente con su nombre. El himno que repiten los alumnos tiene el corte de unas coplas que, a pesar de lo rudimentarias, demuestran el fervor popular que en el oriente de Caldas sigue irradiando este legendario sacerdote:

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“El Padre Daniel María/ Venimos hoy a cantar;/ El día de su cumpleaños/ Queremos ya festejar.// Era un hombre muy sencillo/ Que buen ejemplo nos dio/ Soportando la pobreza/ Que con orgullo llevó.// Dicen que hacía milagros/ Por doquiera que pasaba/ Se esfumaba en un momento/ Y después se presentaba”. Los mitos y las leyendas, como todos los productos verbales, se adaptan a la evolución de los pueblos que los cultivan. La leyenda del Padre Daniel María no quedó anclada en la época de la arriería paisa. El oriente de Caldas se había convertido, en las décadas finales del siglo XX, en territorio de confrontación bélica entre el Ejército Nacional y la Policía con el Frente 47 de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), una de las facciones más activas de la guerrilla; como si fuera poco, cualquier día, alguno de los anteriores grupos guerreaba con las AUC (Autodefensas de Colombia) o paramilitares y siempre era desastroso el saldo de víctimas. En el año 2002, sucedían la destrucción de pueblos y caseríos, los asesinatos y masacres, los cultivo ilícitos; 8 alcaldes estaban amenazados, 5 alcaldes renunciaron (Samaná, Pensilvania, Supía, Marmato y Riosucio), 24 concejales también renunciaron; dos alcaldes despachaban desde Manizales (Pensilvania y Victoria); más de dos mil desplazados vivían en condiciones infrahumanas en los municipios aledaños o en las calles de las ciudades. Y, en este escenario social desbaratado, el mito y la leyenda brotaron y provocaron el delirio popular. “Cuentan algunos habitantes de Pensilvania (Caldas) que el Padre Daniel María López quien fue pastor católico del municipio a principios del siglo pasado, ha impedido que las Farc se tomen el pueblo. Una vez, dicen, lo escondió de la vista de los guerrilleros cuando estos lo tenían en la mira. En otra ocasión, el Padre Daniel María se les apareció encabezando una larga romería de feligreses, habló con ellos y los hizo regresar a sus campamentos, con diarrea (El Tiempo, 14 de julio de 2002, p.1-15).

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Estas imaginaciones sobre un personaje real pero ya ido, que hace las veces de protector social, han sido dictadas por los sentimientos extremos de terror, impotencia y piedad. La leyenda del Padre Daniel María López y la del Puto Erizo de Arboleda van de la mano. PUTO ERIZO DE ARBOLEDA Según el DRAE, puto es un adjetivo denigratorio como cuando se escucha decir: me quedé en la puta calle o qué puta suerte la mía. De este erizo se habla en el oriente de Caldas, sobre todo en Pensilvania. Arboleda es un corregimiento de este municipio. Se trata de un individuo astuto, ladrón y jugador para lo que utilizaba dados hechos por él con huesos del cementerio. Cualquier día, le decía a uno de sus compinches: - Mirá, hombre; como necesitamos dinero, yo me convierto en marrano y vos me vendés. Así ocurrió varias veces. Alguien pasaba por ahí, compraba el marrano, lo llevaba para la casa, lo metía en el chiquero pero, al otro día, no había marrano por parte alguna. El sujeto había vuelto a ser un hombre pero con plata. Las anécdotas de este individuo llenaron de pánico y prevención el oriente de Caldas por lo que, el Padre Daniel María López lo exorcizó cuando era párroco de Pensilvania y lo expulsó del contorno, prohibiéndole pasar de ciertas fronteras. Como si se tratara de una física alambrada, el Puto Erizo se arrimaba al límite señalado por el sacerdote y no podía pasar. Murió lejos de ese pueblo. A esta información, dada por Bernardo Elías Alarcón C., otras personas, con vehemencia, le añadían más ramificaciones de corte fantástico, en cada pueblo del oriente caldense, con la advertencia, por parte de los narradores, de que se trata de purita realidad. De esta forma, logra perpetuarse una leyenda.

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LEGIÓN DE ESPANTOS Palmira es una finca de tierra fría, en Pensilvania. Ha sido de muchos dueños porque nadie ha podido soportar los ruidos, no solo de noche sino de día. A las doce de la noche escuchan que llega un jinete, se apea, quita la silla a la bestia, sube la escala, da la vuelta por el corredor de arriba, abre la puerta de un cuarto y entra como si hubiera llegado a su propiedad. Un dueño tumbó la casa pensando que allí había un entierro, pero no halló nada de valor. En el Club Social Piamonte de Pensilvania C., cuando está vacío, sienten caer bolas de billar. No es un duende porque no caen de verdad; no es una bruja sino un espanto. El espanto del Club Piamonte se relaciona con 16 deportistas que, en 1968, murieron en un accidente de tránsito cuando regresaban victoriosos de un encuentro de fútbol en El Fresno. Algunos eran socios o hijos de socios del Club. LA MAGIA DE LA NATURALEZA Un tótem es un concepto antropológico aplicable a un accidente geográfico como una montaña, un pico, un nevado, un valle, una cascada, un lago, una laguna, un río, una piedra, un árbol o un animal que conmueve o perturba la sensibilidad de un pueblo dadas sus características y las relaciones con ese conglomerado. Los antropólogos estudian la relación íntima entre la naturaleza y el ser humano, fenómeno que se ha dado desde la prehistoria cuando los primitivos adoraban el sol y la luna, a otros animales, o, como lo recuerda James George Frazer, (p. 30), desposaban a hombres con plantas y mujeres con árboles. Para los pueblos primitivos, los bosques y las lagunas fueron los templos más antiguos en donde moraban los dioses. Templos y catedrales posteriores, con sus altas columnas y arcos góticos o románicos son las alegorías de aquellos tiempos totémicos. Hay conglomerados que tienen un tótem particular, como el cerro de San Cancio para Manizales, el embalse Cameguadua para Chinchiná,

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el cerro de Monserrate o del cacique Pipintá en Aguadas, el Alto de la Cruz para San José, el Alto Palatino para Viterbo, el Cerro de Siracusa para Anserma y el Alto del Oso o de Cristo Rey en Belalcázar. Sin embargo, hay unos lugares o seres de la naturaleza que son tótems compartidos no porque hagan parte de la jurisdicción de un municipio sino porque son varios los conglomerados que se sugestionan, se sienten influenciados, orgullosos y han tejido otras consideraciones con relación a ese accidente geográfico o ese ser natural. Marmato vive sobre el tótem del oro herencia del tótem de antiguas tribus que lo tenían en las piedras preciosas. Para los quindianos, la palma de cera, fuera de ser el árbol nacional de Colombia, es el tótem que hace sentirlos ufanos; el nevado del Ruiz es tótem para Manizales y Villamaría, por el lado caldense, ya que también es tótem para otros municipios del Tolima como Herveo, Santa Isabel, Villahermosa, Fresno y el corregimiento de Padua; el Cerro del Ingrumá para Riosucio; El Cerro Batero para Quinchía; el samán de la plaza de Guamal; las aguas termales y las araucarias, para Santa Rosa; el río Cauca para La Virginia, Arauca e Irra; los mangos de la Plaza de Bolívar y el río Otún son los tótems más próximos con que cuentan los pereiranos; el río Magdalena, en Caldas, para La Dorada ya que, a nivel nacional, ha sido llamado el Río de la Patria; la Laguna de San Diego para Samaná y el Parque Nacional Selva de Florencia para Samaná y Pensilvania; el poco conocido bosque de palmas de cera y las ovejas para Marulanda; el túnel de los samanes para Viterbo y el Valle del Risaralda para Viterbo y las poblaciones de la Cuchilla de Todos los Santos que lo contemplan desde ese balcón natural en que habitan y que no deja de ser espectacular. El Cerro de Tatamá, (que en lenguaje embera-chamí significa Abuela), sobre la cordillera occidental, fuera de ser Parque Natural Nacional es el tótem máximo para varias poblaciones del occidente de Risaralda y Caldas: Apía, Santuario, Pueblo Rico, Belalcázar y San José en donde, en el día escudriñan sus peñascos, La Ventana, el Alto del Buey y la Teta de la India y en la tarde se aprestan, sentados en los

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corredores de las fincas, a contemplarlo rodeado de sangrientos arreboles. A tanto llega el orgullo y el totemismo que Apía profesa por la montaña tutelar que adoptó como himno del municipio “Brisas del Tatamá” de Carlos Echeverri García (Todos de pies). Cuando estaba niño, en San José Caldas, mi tía María de Los Ángeles H. L. avanzaba por las alcobas de la casa, a las seis de la mañana, mientras comentaba en voz alta que iba a abrir la ventana de la sala “para ver cómo amaneció el Tatamá”; como si se tratara de un miembro de la familia que se hubiera quedado afuera. No era de nuestra familia pero sí era nuestro tótem. Cueva de Pipintá: Por los lados de San Bartolomé, corregimiento de Pácora, sector habitado en tiempos de la conquista por los indios paucuras, se escucha la leyenda del tesoro de Jorge Robledo, militar español y fundador de pueblos en el occidente colombiano. El conquistador partió de Santa Ana de los Caballeros (Anserma), (1539), descendió al vallejuelo de los irras y cruzó el borrascoso río Cauca por el sector del Kilómetro 41. Robledo ascendió por trochas que comunican los territorios de Filadelfia y La Merced. Relatan los campesinos que Robledo llevaba 27 mulas cargadas de oro y que, cuando supo que las huestes del conquistador Sebastián de Belalcázar le pisaban los talones, escondió el tesoro, en las afueras de San Bartolomé, en el Alto del Pozo, en la Cueva de Pipintá. En ese sitio, en 1546, Jorge Robledo fue muerto a garrotazos y luego decapitado por orden de Sebastián de Belalcázar. Como en otros sitios del norte de Caldas, refieren que esa tierra está surcada de túneles utilizados por indígenas y por españoles, para huir, como uno que empieza en las peñas en donde está oculto el tesoro de Robledo y va a salir en la cancha de fútbol de Santiago de Arma, localidad fundada por la orden que Sebastián de Belalcázar impartió, en 1542, al capitán Miguel López Muñoz. Cerro Cuatro Esquinas: Comentaban Luis Ángel Loaiza y Luz Mery de L. que, a un hermano de un funcionario del Banco Cafetero, cuando

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vivían en una finca ubicada entre Pensilvania y Samaná, en las estribaciones del cerro citado, se le perdió una marrana. El hermano y el papá salieron a buscarla. Se dispersaron. El muchacho vio bajar de ese cerro a un caballero vestido a la usanza medieval, como esos conquistadores españoles que anduvieron para arriba y para abajo, por esos precipicios. Montaba una bestia enjaezada. El caballero ostentaba armadura, yelmo y joyas de oro. El joven le preguntó si había visto una marrana grande. El caballero se ofreció a ayudar a buscarla por lo que le dijo al joven que se montara, al anca, en la misma cabalgadura. Se devolvieron hacia la cumbre del cerro solitario y al llegar arriba, en una roca, el caballero hizo un gesto con la mano en alto y se abrió la montaña dejando ver paredes de mármoles de colores y un interior tachonado de piedras preciosas. Hasta los árboles tenían frutas de oro. El muchacho vio adentro la marrana pero también era de oro. Quiso arriarla para salir pero en ese instante desapareció la visión. Despertó estaba acostado en la casa y, al preguntarle al papá qué había pasado, el viejo le contó que, después de 15 días de estar buscándolo, lo encontraron tirado arriba, en el cerro de Cuatro Esquinas, al pie de una roca inaccesible. Túnel de los Guácharos: En Norcasia Cds. Es una formación natural de unos 70 metros de largo, en la quebrada Santa María. Es alucinante observar las vetas de mármoles rosados, verdes y blancos. Allí habitan estas aves bulliciosas. El Tambor: En esta vereda de La Merced Cds., escuchan ruidos extraños. Comentan que en ese sector han descubierto cementerios indígenas, tal vez de los indios pozos y de españoles que deliraban por el oro. De noche ven pasar una marrana de oro seguida de un número apreciable de cochinillos del mismo metal. El Cerro Morrón (ó Morón), por Pensilvania Cds., también ha sido objeto de leyendas. Los animales que ingresen en una cueva de ese lugar no vuelven a salir. Adentro hay un laberinto. La leyenda escenifica en esa cumbre el suicidio masivo de los indios samanáes, a la

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llegada de los españoles. Desde fuera, se escuchan campanas que doblan a duelo. Laguna de San Diego: Ubicada en el corregimiento de San Diego, Samaná. Explican que ocupa el cráter inactivo de un volcán y hay quienes se atreven a comentar que esa laguna no es natural. Afirman que fue excavada por los indios para ocultar un tesoro que ahora yace en el fondo. ¿Excavar un cráter de 3 kilómetros de circunferencia, con una extensión de 130 hectáreas, más agregarle otro volcán al lado que se llama El Escondido? Para completar la geografía imaginaria de Samaná hablan del Charco de la Concha y el Charco del Diablo. Una grieta reducida, en un patio de Bonafont (Riosucio) es objeto de fábulas. Se dice que es la entrada a la Cueva de Bermúdez, el sádico que maltrataba los animales para complacer a sus hijas y que, en la mitad de un amplio salón, se encuentra el sarcófago de piedra de Bermúdez y sus caprichosas hijas. Monte de las Ánimas: Samaria es corregimiento de Filadelfia, antigua Morrón debido a que fue levantada en el morro más alto entre tres con que se toparon los colonizadores paisas. Detrás del templo, hay un monte primario de varias hectáreas, que los samarios llaman Monte de las Ánimas o también Monte de los Ahorcados ya que, en varias ocasiones, han encontrado a algún paisano que había desaparecido del pueblo, colgado de algún añoso árbol, según parece, por voluntad propia. Las Cavernas de Caño Seco quedaron en medio de un predio con licencia del gobierno nacional para explotarlo industrialmente bajo la razón social de “Mármoles de Victoria”. Un rico pasado, un patrimonio cultural, un fastuoso escenario turístico sometido al trueque por un plato de lentejas. Un paisaje exuberante reducido a un lodazal. Los vigías del patrimonio no se inmutan. En una cueva debajo del agua, en Charco Negro, río Risaralda, según una leyenda, están escondidas las joyas de Ocuzca, el cacique a la

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llegada de los españoles y, según otra leyenda, en sus profundidades se hallan las campanas de oro del templo de Santa Bárbara. Hoy está en el olvido. No se puede afirmar que todo tótem representa lo más exclusivo y único con que cuente una región. Casi siempre se reconoce como tal algún accidente geográfico que sea significativo en alguna parte pero en cuanto a plantas y animales no siempre equivalen a lo que menos o que más se da en un territorio. No es tanto cuestión de matemáticas como de sicología social, etnología y antropología. Tampoco se puede confundir un tótem con una planta o un animal simbólico o emblemático. Pueden coincidir. El café es lo que más se da en el territorio del Gran Caldas y, por ser importado no hace más de dos centurias, no representa una planta totémica como sí se considera la palma de cera (Quindío), la guadua (Caldas) y la Cattleya Trianae (Colombia). La palma de cera del Quindío también crece en Caldas y Risaralda y al otro lado de La Línea, en el Tolima, en forma exuberante, sin que sea en estos departamentos planta totémica. La Cattleya Trianae, seleccionada por la Academia Colombiana de Historia como flor nacional, en 1936, se encuentra en nuestro país y en territorio ecuatoriano, así como la guadua, planta emblemática de Caldas, “siempre recta y hacia arriba”, fue escogida por la Asamblea del departamental (1983) como símbolo aunque se alza también en otras regiones y el barranquero, ave insignia en Manizales, vuela por distintos municipios caldenses y en otros bosques de las cordilleras colombianas. ENCANTAMIENTOS EN VICTORIA La primera fundación de Victoria, en el oriente de Caldas, corresponde, como las de Anserma, Supía, San Juan de Marmato, Santiago de Arma, San Jorge de Cartago (antiguo Pereira), a la llegada de los españoles, en el siglo XVI. Se podría hablar de una dinastía legendaria de

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pueblos con rasgos comunes. Tierra fértil para los cultivos, cría de ganado, extracción de metales preciosos y la floración de leyendas en las que la avaricia hace delirar a los protagonistas de los relatos. Juan Rodríguez Freyle (1566-1639), fue un cronista nacido en Santafé de Bogotá que, al cumplir los 70 años, se puso a escribir El Carnero sobre la vida cotidiana, en la capital del Virreinato. Cuenta que el capitán Asensio Salinas se fue a vivir en Victoria, en el año de 1558. Esta era una ciudad “rica en minerales de oro. Tenía su asiento entre dos quebradas que parecía que vertían oro. Cerca de esta ciudad están los Palenques con sus ricas minas. Fue fama que tuvo esta ciudad nueve mil indios, los cuales se mataron todos por no trabajar, ahorcándose y tomando yerbas ponzoñosas con lo cual se vino a despoblar esta ciudad” (J. R. Freile, Caldas en las crónicas de Indias, p.286). El cronista santafereño cuenta una leyenda que tuvo como protagonista a un tal Bustamante, “vecino y criollo de esta ciudad de Victoria, hombre muy rico” que se casó en Santafé con doña Beatriz, hija del fiscal de la Real Audiencia, don Alonso de la Torre. “Pues sucedió que un día esta mujer con otras se salieron a holgar hacia el monte que está a la espalda de la villa y el Bustamante se fue con ellas. Pues acabada la huelga trataron de volver al lugar. Vínose el Bustamante adelante. Las mujeres se entretuvieron en una de aquellas huertas, y al cabo de grande espacio de tiempo, fue el Bustamante a casa de la mujer y no la halló. Preguntó por ella, dijéronle que no había venido, con lo cual, con un criado suyo, volvió a la parte donde había dejado las mujeres y vióla que estaba a la ceja de la montaña, la cual le dio la mano para que fuese allá. El Bustamante mandó a su criado que le esperase allí y se fue donde le llamaban. Metiéronse por el monte, de manera que el criado no los veía. Cerró la noche y, el criado, entendiendo que por otra senda se habrían ido o vuelto al lugar, fue a su casa a buscar a su señor y, como no lo halló, fue a casa de la mujer la cual le preguntó por su amo. El mozo le respondió que desde que ella lo llamó no lo había visto más. Preguntóle la mujer que de dónde ella

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lo había llamado. Díjole que desde la ceja del monte y que los había visto entrarse por él y que no los había visto salir, y que así lo andaba buscando. Alborotóse la mujer con esto e hizo diligencias pero no apareció. Al día siguiente, dijo lo que pasaba y con lo que el criado dijo se echó la gente a la montaña a buscarlo y nunca más apareció de donde se entendió que el demonio, tomando la figura de mujer, hizo lance en él” (p.286-287). Rodríguez Freyle extiende la geografía de sus relatos fantásticos a la vecina tierra de Mariquita. “Quiero decir una cosa que pasó este año de 1638 como prueba de lo que arriba dije. Don Gaspar de Mena Loyola casó una hija con el gobernador de Santa Marta y dióle en dote doce cargas de a diez arrobas de plata. Este caballero es vecino de la ciudad de Mariquita y allí cerca sacó toda esta plata; y dicen tiene otras doce cargas para casar otra hija con otro gobernador; y sin esto, lo que le queda en casa que no ha medido ni pesado. Aquella dote fue sin otros seis mil pesos y matalotajes que envió al yerno para que viniese por la mujer; y no se cuenta el ajuar y joyas que llevó la desposada que dicen fue grandioso” (p.287). Pasados los siglos, en Victoria siguen hablando de encantos y encantamientos. Los jueves y viernes santo, como en Anserma, escuchan, atrás de la montaña de Bellavista, lugar de la tercera fundación de Victoria, campanas de oro que convocan a la población cristiana. Hay quienes siguen el sonido, por caminos y veredas por donde se pierden, como Bustamante o, a la postre, quedan encantados. Después de varios días buscándolas encuentran a esas personas en estado demencial. TEMPLO DE VICTORIA CDS. En los pueblos del oriente de Caldas, como Samaná, Norcasia, Pensilvania y Manzanares también es un escándalo que la gente vaya al cementerio a robar huesos. Se toma como una profanación. Hay personas que sacan huesos para hacer amuletos, dados o cosas por

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el estilo. El sepulturero de Pensilvania contó, por allá, en 1993, que un día destapó una bóveda bajita y, en los días siguientes, mientras llegaban los deudos, desaparecieron los restos. Al llegar la familia ya no quedaba nada para llevar. En ese mismo año, el señor cura de Victoria Cds., mandó pintar la iglesia principal, fuera de colocar matas de grandes hojas verdes, al lado de cada columna. Era un templo con jardín interior. Un día, el señor cura sintió un fétido olor en las materas colocadas junto a las columnas y, al rebujar en la tierra, encontró huesos humanos posiblemente sacados del cementerio. Fueron apareciendo más y más hasta que la gente sospechó que se trataba de una campaña orquestada no se sabía por quién, con tal de que el cura desocupara el pueblo. La campaña emprendida contra el sacerdote no concluyó ahí pues, un día y otro día, observó que en el fondo del cáliz con que celebraba la misa, al beber el vino de consagrar, en el fondo del cáliz quedaba un ripio extraño. Un cuncho. Lo recogió y envió a un laboratorio de la capital del país en donde confirmaron las sospechas. Parecía que alguien, valiéndose del personal de la casa cural o la sacristía, porfiaba por expulsar, por medio de la nigromancia, al cura del pueblo. PANCHO VILLA, COLOMBIANO Se sabe que el personaje mexicano se llamaba Doroteo Arango, que nació en 1878 y murió en 1923. Que apoyó la revolución de Madero. Que luego siguió a Carranza para rebelarse después contra él. Que murió asesinado cerca de Hidalgo del Parral (México). Sin embargo, a los datos anteriores, que para los mexicanos son incuestionables, les apareció la leyenda de que Pancho Villa era colombiano. Para más señas: dizque se trata de un prófugo de la

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justicia y como que parte de su vida transcurrió en el departamento de Caldas. Según don Gildardo Ángel Isaza, en Palestina, comentaban que la cuna de Doroteo Octaviano Arango Uribe, había que ubicarla en Envigado (Antioquia), más o menos en 1853. De joven emigró a la Hacienda El Paraíso, entre la actual Palestina y Chinchiná (Caldas). En San Francisco (hoy Chinchiná) tuvo fama de tomatrago, mujeriego y jugador de dado, como cualquier personaje de ranchera. Se enamoró de Rosa Varela, natural de Zarzal (Valle). Tuvieron una hija a la que hicieron bautizar con el nombre de Lucrecia. Un día en que regresaba del pueblo, el hermano salió a comentarle a Doroteo que había visto a Rosa charlando muy contenta con el ordeñador del ganado. Enceguecido por los celos, Doroteo Arango llegó a la finca, asesinó a Rosa y al trabajador. Huyó a Venezuela y de allí saltó a otros países hasta repuntar en México, con el seudónimo de Pancho Villa, como el guerrillero que ha consagrado la historia de ese país. Hay varias incongruencias entre el personaje mexicano y el colombiano. Según un número viejo de la Revista VEA, el año del nacimiento debió ser 1853, pero, en México, sostienen que era treinta años más joven. Sería extraño que una familia desarraigada de Envigado llegase a tener, en tan corto tiempo, la prosperidad que la leyenda atribuye a los Arango Uribe, por los lados de Palestina, como también sería increíble el poder de adaptación de un extraño, en México, para moverse con toda la propiedad de un manito que lidera su cuadrilla. Se sostiene que Doroteo salía a Palestina a participar en juergas y amoríos siendo que Palestina fue fundada, según Rafael Arango Villegas, por allá en 1876, o sea que se dirigía a un pueblo que todavía no habían fundado. Según don Gildardo Ángel, director del Centro de Historia de Palestina, ese pueblo fue fundado en 1855, apenas

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dos añitos después del nacimiento del futuro guerrillero. Los datos sobre el mexicano como abigeo, salteador de caminos, ladrón y matón, no concuerdan con los del hombre disipado pero no antisocial que fue durante la mayor parte de su vida, el Doroteo Arango colombiano. Incontables leyendas se forjan con elementos sobrenaturales o fantásticos. Los autores de leyendas no logran controlar, en su construcción ficticia, la fiebre que les arrebata. Por eso, la leyenda de Pancho Villa, aquí en Colombia, trata de tomar impulso para rematar diciendo que, a Lucrecia, después de que su padre desapareció del panorama regional, “fueron numerosas las noches en que debieron recogerla del suelo, siendo ya una señora casada y con hijos, luego de haber perdido el conocimiento por visiones que tenía de su padre, quien en todas ellas la incitaba a que se fuese donde él estaba”. Eso comentaba don Víctor Hugo Vallejo. La confusión debió nacer en la coincidencia de nombres y apellidos (homonimia) y a la fisonomía de los dos individuos. Contaban que un hijo de Lucrecia Arango tenía enorme parecido con el Pancho Villa mexicano. ¿Asunto de sombrero y bigotes? CARLOS GARDEL, EN CALDAS Charles Romuald Gardes nació en la ciudad de Toulouse (Francia), el 11 de diciembre de 1890, y a los dos años de edad, doña Berta, la madre, lo llevó a Buenos Aires huyendo de la miseria en que vivían. En la capital argentina españolizaron su nombre al imponerle el de Carlos Gardel. Los datos sobre su origen y demás acontecimientos de la vida del Morocho del Abasto, también conocido como el Zorzal Criollo, el Francesito o La Voz del tango hecha canción, se precipitaron en una incontenible cascada de leyendas. Gardel fue el héroe de un sartal de ficciones que se prolongaron más allá de su muerte ocurrida en el

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aeropuerto La Playa (Olaya Herrera), de Medellín, el 24 de junio de 1935. La generación que habitaba el occidente de Caldas, a mediados del siglo XX, narraba el traslado de los restos de Carlos Gardel, entre Medellín y Buenaventura, en una forma tan emotiva que los que escuchábamos el relato recibíamos, de los que hilvanaban la historia del viaje fúnebre, una lección de geografía regional aplicada a un suceso fuera de serie. Las versiones no coincidían. Había detalles equivocados o inventados que no cuadraban con los que ciertos caballeros narraban en los cafés y los que los maestros contaban en las escuelas. Uno se sorprendía por la disparidad de los relatos pero no preguntaba en voz alta pues se intuía que, para que fluyera la leyenda, nadie debía corregir al que la relataba. Nunca nos comentaron, por ejemplo, que Gardel no había ido a Medellín a cantar. Siempre lo imaginamos, con su sombrero y su reluciente dentadura, entonando melodías, sin parar, en los teatros de la capital paisa o cerca de donde luego ubicaron su estatua. Nadie como Gardel para dos cosas: para cantar tangos y para ponerse el sombrero ladeado. A veces nos dijeron que el avión en que viajaba Gardel se estrelló en el momento en que emprendía vuelo a Manizales a cantar en el Teatro Olimpia. Hasta precisaban que el avión se llamaba Manizales. No nos hablaron ni preguntamos si hubo velorio, funeral y sepultura del cadáver. Como faltaron estos acontecimientos en la narración de lo acaecido en Medellín, los caldenses los ubicamos en el camino. Suponíamos que le habían hecho inmediato traslado al puerto colombiano sobre el Pacífico para emprender viaje hacia el sur y luego, por el Atlántico, hacia Buenos Aires.

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En la escuela, los maestros contaban que las mulas salieron de Medellín en solemne desfile, guiadas por los compungidos arrieros hacia La Pintada. Luego, nos imaginamos que subían a los pueblos del suroeste antioqueño de donde provenía la mayor parte de colonizadores, como Andes, Támesis, Jericó, Caramanta, Jardín, Supía, Riosucio, y Anserma. Después se desviaron hacia Risaralda, San José, Belalcázar, La Virginia y, ahí, tomaron el barco hasta la cercanía de Buga donde subieron el cadáver al tren que los condujo hasta Buenaventura en donde sus acongojados seguidores le dijeron Adios. Era el tiempo en que, en el libro de Gramática castellana, de Bruño, en que estudiábamos, salía un dibujo de Juana La Loca presidiendo el cortejo fúnebre de su amado esposo, Felipe el Hermoso, por los dilatados campos de Castilla. Caballeros y damas de la corte avanzaban, a la luz de unas teas encendidas, detrás de la carroza fúnebre, por los eriales vacíos de ese reino. Cambiamos las figuras de la realeza española por los empedernidos seguidores del tango detrás de las mulas que cargaban al muerto. En todas las versiones de la leyenda, comentaban que a Gardel lo velaron en cada pueblo a donde arribaban, cuando empezaba a caer la tarde. La gente sabía, por mensajes transmitidos por telégrafo, el horario de llegada. Describieron, con lujo de detalles, la llegada a Anserma en donde, según las versiones más detalladas, hubo misa de cuerpo presente, en el templo de Santa Bárbara que se incendió, años después, en 1983. La gente amaneció haciendo silenciosa compañía, en el primer piso de una casa de tribunas con chambranas, al lado occidental del Parque Robledo. En ningún relato, hubo música, tangos ni trago. Según unos narradores, solo asistieron los varones pues ellos habían tomado mucho aguardiente con la música del difunto y no asistieron mujeres porque el tango no era de su agrado, antes por lo contrario, debido al tango, se privaron muchos fines de semana de tener a sus esposos en casa.

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Jaime Rico Salazar, ansermeño y autor de más de diez volúmenes sobre música popular, sostiene que, en Anserma, descansó la caravana con el cuerpo de Gardel. Y por sostener esto, algunos foráneos lo han despreciado. Pero esa caravana, como la leyenda, no se detuvo. Un maestro, en la escuela primaria, llegó a comentar que a Gardel lo habían velado, a su paso por San José, en el viejo teatro de don Jesús Gil, en la Calle de la Estrella, frente al que fue café de don Abigail Valencia y luego Grill Mi Viejo, de los Hernández. El fabulador escolar agregó que pocos caballeros se dieron cuenta y comunicaron, de noche, a sus amigos que en San José, como en las anteriores localidades se habían detenido con los restos del cantor imitado por Gerardo Jiménez, en días de semana, cuando se ponía a cantar tangos, en la mitad de la calle y la gente se asomaba para aplaudirlo desde las ventanas de las casas. Como la noche era fría, solo algunos salieron a engrosar el velorio. Con el paso del tiempo, no se han alejado de la gente ni la realidad ni la fábula. La leyenda de Gardel continúa hasta el punto de afirmar que cada día canta mejor. La invención que ha tramado el pueblo se ha ido aclarando aunque para muchos, a pesar, de la razón, prima el producto de la invención. En 1929, Gardel ya era famoso en Francia. En 1934, el cantante se encontraba en Estados Unidos en donde firmó contratos para protagonizar las películas Cuesta Abajo, El Tango de Broadway y El día que me quieras. Como lo recuerda el investigador José Dionel Benítez, en su texto “Gardel, el viaje final” (2015), el cantante vio la película El día que me quieras, en premier, en Bogotá, a donde había aterrizado el 14 de junio de 1935. En la capital del país, El Zorzal Criollo se presentó en los teatros Olimpia, El Real y el Nariño que quedaba en el barrio Las Cruces. La última

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presentación fue en la Plaza de Toros de Santamaría, ante 15.000 personas. Se despidió en un concierto, a través de la emisora HJN, de cubrimiento nacional, y que transmitieron por parlantes a la multitud reunida en la Plaza de Bolívar. Muchas mujeres, cuando escucharon la melodía Insomnio, padecieron una crisis nerviosa. La apoteosis llegó cuando interpretó el bambuco colombiano Las Aguas del Magdalena. Bogotá tendría más motivos que cualquier otra ciudad para darle pábulo a la leyenda sobre este artista pero el obstáculo ha sido siempre su proverbial apatía. Aunque, de Barranquilla a Bogotá había volado en la aerolínea Scadta, en Bogotá se cambió a Saco para viajar a Cali, el 24 de junio pero, como precisa el historiador José Dionel Benítez, “este recorrido no había cómo realizarlo directamente desde Bogotá, pues en aquel entonces ningún avión poseía la capacidad ni la fuerza para trasmontar La Línea, así que, para evitarlo, debían volar primero hasta Medellín y de allí a Cali… En Medellín, tomaron refrigerio en el restaurante del terminal aéreo, mientras Gardel atendía a la multitud que lo aclamaba. Al final, luego de una larga espera, los artistas pudieron abordar el F-31 que los llevaría a Cali, dirigido por el piloto Ernesto Samper”. Se inició el carreteo del avión de Saco pero el motor derecho del F-31 falló y lo desvió hacia el avión Manizales que esperaba para volar hacia Bogotá y estaba quieto en la cabecera de la pista. La explosión mató a todos los del avión Manizales pero se salvaron 5 personas del avión que iba para Cali. El cuerpo casi irreconocible del también llamado Turpial Tanguero fue velado en la casa cural de la iglesia de La Candelaria, en Medellín. La misa de entierro se ofició en La Candelaria junto con diez ataúdes de otras víctimas. Gardel fue enterrado en el cementerio San Pedro. “A finales de agosto de ese mismo año, por orden de Armando Delfino, albacea de Gardel, del cementerio de San Pedro exhumaron el

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cadáver, para trasladarlo a lomo de mula desde Medellín hasta el puerto de Buenaventura, a donde arribó el 29 de diciembre de 1935” (José Dionel Benítez, 2015). Iba en “un féretro de zinc con remaches en las esquinas fundidos en plomo”. Al finalizar 1934, la carretera salía de Cali, recorría el Valle del Cauca, entraba a Pereira, atravesaba a todo lo largo el Valle del Risaralda, pasaba por Anserma y culminaba en Riosucio. Era tan fluido el tráfico que el diario La Patria, de Manizales, inició la distribución de ese periódico con estos horarios: Salida de Manizales, a las 3 y media de la mañana; llegada a Pereira a las 5 y media; seguía a Cartago a donde arribaba a las 6 y media; a Riosucio llegaba a las diez de la mañana. Salía de Riosucio a las 11 de la mañana, con destino a Pereira a donde llegaba a las 3 de la tarde y seguía a Manizales en la misma tarde. Esto puede servir de argumento para desbaratar la leyenda en cuanto al velorio del cuerpo de Gardel en Anserma, Risaralda, San José, Belalcázar y Pereira. La carretera que conducía hacia Buenaventura no tocaba en las localidades que quedaron encaramadas en la Cuchilla de Todos los Santos. Embarcaron el cuerpo de Gardel en Buenaventura con escala en Panamá y destino a Los Ángeles. De Estados Unidos lo trasladaron a Buenos Aires en donde fue sepultado, en el cementerio de La Chacarita, en 1936. El periodista Álvaro Gartner, como buen riosuceño, a capa y espada, defendió el velorio de Carlos Gardel, en Riosucio. El 10 de julio de 2015, en la columna A propósito de historias (La Patria, p.21), comenta que “en 1935, Riosucio tenía más desarrollo que Anserma y Supía, en razón de su vieja condición de capital provincial (Provincia de Marmato). Riosucio tenía hoteles que no tenían otros pueblos comarcanos. Y estaba la sucursal de Expreso Ribón, la empresa contratada para llevar los restos de Gardel. Con este panorama, es difícil pensar que el velorio de Gardel hubiese tenido lugar en otro pueblo distinto a Riosucio”.

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Faltan documentos tangibles. En tan corto tiempo, todo se convirtió en un correo de conjeturas orales. Pero, ¿fue que sí hubo velorio de Gardel? El cuerpo había quedado reducido a una encomienda física para entregar en un puerto. Lo demás han sido arandelas producidas por la emoción popular, la pasión y la imaginación del pueblo caldense. LA MONJA FANTASMA En 1994, por tercera ocasión, Colombia asistió al Campeonato Mundial de Fútbol que tuvo como sede a Estados Unidos. El evento deportivo despertó ilusiones desmesuradas hasta el punto de que el presidente de la república, de la época, en forma temeraria, se atrevió a condecorar a la Selección Colombia con la Gran Cruz de Boyacá, no a su regreso triunfante (que no lo hubo), sino en la ceremonia de despedida, antes de viajar a la sede del Campeonato. Nuestros jugadores no tuvieron que sudar la camiseta para lucir sobre sus pechos la máxima condecoración que otorga la patria a sus héroes. En Colombia, es corriente ensillar sin traer las bestias. Al término del Campeonato, ganado por Brasil, el presidente de ese país esperó al equipo tetracampeón, en el Palacio de la Alborada, para distinguirlo con la máxima condecoración. Obró con la discreción del caso. Los medios de comunicación fomentaron un triunfalismo irreflexivo y el pueblo colombiano se atosigó con él. El equipo colombiano fue el primer eliminado. Como no hay situación por mala que sea que no sea susceptible de empeorar, al regresar el equipo, asesinaron, en Medellín, a Andrés Escobar, uno de los jugadores más decentes de aquella Selección Colombia pero que cometió 'el error' de haber hecho un autogol. Imaginan que apostadores de inmensas fortunas le cobraron el haberse equivocado pues, con ese autogol, los ganadores de las apuestas se trocaron en perdedores. El mundo miró, a este país, horrorizado.

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Antes de partir a los Estados Unidos circuló el rumor de que cuando el país se preparaba para despedir a la Selección Colombia en un partido en el Estadio de Pereira, contra un equipo brasileño, un taxista recogió a una monja que le pidió al conductor que la llevara al Estadio. En ese sitio, sin bajarse, le advirtió al chofer: - Un avión caerá sobre este estadio el próximo domingo. Luego, le dijo al taxista que la llevara al convento. Allí dijo que no tenía con qué pagar por lo que se bajó y entró para salir con el dinero correspondiente al valor de la carrera. Como demoraba en salir, el dueño del carro tocó en el portón y pidió a otra monjita que llamara a la monja-pasajera. La portera le dijo que no interrumpiera porque todas las religiosas se encontraban en el velorio de una compañera. El taxista ingresó a la capilla, recorrió los rostros de las asistentes y no encontró a la deudora pero quedó consternado cuando se arrimó al ataúd y constató que la monja difunta era la misma que había recogido, no hacía mucho rato, la había llevado hasta el Estadio y había anunciado un desastre. Muchas personas no quisieron asistir al encuentro futbolero, pues algo malo podía pasar. A la semana siguiente, cuando el representativo de Colombia se hallaba en Los Ángeles, hablando y posando para los medios de comunicación y los turistas en los centros comerciales pues engreídos periodistas señalaban a nuestro equipo como el indiscutible ganador del título mundialista, apareció en televisión un informe desde Tuluá en el que otros periodistas insistían en el cuento de la monja, con una que otra variación pues ya no era en Pereira sino en la ciudad valluna; el velorio no era en el convento sino en una funeraria de esa ciudad y ponía a la monja a anunciar que el equipo de Colombia haría el mayor ridículo del mundo. Embriagados por unos éxitos imaginarios, muchos colombianos se burlaron de la monja pero, al final de cuentas, resultó acertado el vaticinio. El 31 de julio de 1994 se inauguró el Estadio Palogrande, construido con un costo de ocho millones de dólares aportados por la Nación, el Departamento de Caldas y el Municipio de Manizales. La construc-

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ción demoró dieciséis meses, tiempo record para cualquier obra oficial. Trabajaron a diario alrededor de 800 obreros por lo que no hubo manizaleño ni caldense que no se inflara de orgullo ante la monumental y confortable obra. Como no hay dicha completa, unos quince días antes de la inauguración empezó a circular el rumor sobre una monja que solicitó a un taxista que la llevara al estadio de Manizales, en donde anunció: Muy hermoso; lástima que se vaya a caer durante la ceremonia inaugural. La ciudadanía y distintas emisoras difundieron sin rubor el cuento de la monja. Muchos aplazaron el día de ir a conocer el Palogrande pues, como dijo otro taxista, - Prefiero que ese día entren los curiosos y asuman las consecuencias. Luego voy yo, si es que queda piedra sobre piedra. El 25 de enero de 1999, a la 1,19 de la tarde, un terremoto volvió añicos parte de Armenia, de pueblos del Quindío, una amplia zona de Pereira y de varios municipios del Valle del Cauca, Risaralda y Tolima. Mil ciento setenta muertos. Transcurridos quince días empezó a correr el rumor de una nueva catástrofe. Había nacido un niño en la Clínica de los Seguros Sociales, en Manizales. El recién nacido era tremendamente feo. Una de las enfermeras que atendió el parto salió a mostrar el bebé a otras enfermeras y a burlarse de la fealdad de esa criatura. El bebé habló para pronosticar: - Más feo quedará Manizales, el próximo 25 de febrero. Cundió el pánico. La radio y la televisión se hicieron eco y muchas personas huyeron de la ciudad antes de ese 25 de febrero, así como lo habían hecho, un mes antes de la explosión del volcán del Ruiz. No había pasado un mes del terremoto de Armenia. Mientras llegaba el día fatal, el pueblo empezó a personificar al popular bebé: que era negrito, que al abrir la boca el niño exhibió unos colmillos enormes; que la enfermera, por el susto, soltó el niño que murió en el acto; que la enfermera estaba loca en el manicomio de Manizales; que el niño alcanzó a anunciar que Manizales se hundiría y que sus gentes caerían en una laguna

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recién abierta; que la hora fatal sería a la 1,19 de la tarde, como en el Quindío, un mes antes. Nada pasó. Se trataba de emociones inculcadas por extraños emisarios como enfermeras y monjas que, en nuestra organización social, evocan a las pitonisas, vestales y sibilas de la antigüedad clásica. No son nuevos estos personajes en las incertidumbres populares. Se sospecha que si en el vehículo en que viajamos va una monja puede rodarse o chocarse aunque la experiencia demuestra que es una conjetura infundada. Ya casi no hay ni monjas y sin embargo pululan los accidentes con víctimas fatales. Paradójicamente, cuando una leyenda logra la perdurabilidad del texto escrito, esa aparente vida equivale a otra muerte: lucirá para los menguados y dispersos lectores como una mariposa lujosa que se exhibe en una vitrina. Hay leyendas temporales que lucen como huéspedes pasajeros de la lengua.

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EPÍLOGO Antes de que los estudiosos se fijen en los mitos y leyendas para estructurarlos y hacerlos legibles, no como una lista de piezas sueltas o piezas de museo, los discursos serán un tanto anárquicos. Luego, como varios arroyos que se unen en una corriente en que confluyen las identidades, las versiones germinales se diluyen y conforman un caudal literario y sicosocial de enorme magnitud. Básicamente, los mitos, espantos y leyendas se han servido de la palabra viva, en boca de los mayores, para difundirse entre varias generaciones. El ejercicio de la memoria es el procedimiento ancestral. Una memoria individual que multiplicada se vuelve colectiva. Entre varias generaciones hay cupo disponible tanto para el recuerdo como para el olvido. Ese olvido da paso a una nueva creación y una nueva memoria. Memoria que se dispone a otro ejercicio de transmisión oral o que ensaya otros sistemas como el de la escritura. Los mitos y las leyendas se diferencian del simple relato en que constituyen discursos sociales, sugestionables, de poder, poblados de sanciones y alegorías admonitorias. Una vez más, es impropio hablar de un autor particular referente al mito y la leyenda. El autor es el pueblo, siempre lo ha sido como es el caso de la Biblia judeocristiana y todas las demás biblias, entre ellas las americanas que ostentan, aparentemente detenidas en un tiempo inmemorial, las mitologías que han impulsado a pueblos y culturas fundamentales. No hay autores particulares de mitos y leyendas pero sí hay informantes. Con una situación lamentable: Sobre la época comprendida entre finales del siglo XIX y primera mitad del XXI, han ido desapareciendo los informantes pero han quedado los símbolos. La palabra pronunciada por la autoridad respectiva en el relato míti-

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co causa efectos descomunales. Palabra de profeta, aunque lo que sobrevenga sea absurdo. Esto es tenido en cuenta por los autores del realismo maravilloso latinoamericano. Es curioso que personas del pueblo raso, sin teorías sobre el discurso mítico o legendario, acierten en la utilización de estos recursos literarios cuando empiezan a elaborar sus propias versiones. Claro que, en la labor conjunta, alguien inyecta estos recursos en la parte más efectiva del relato. Como diría Michel Foucault en Un diálogo sobre el Poder, quienes desencadenan verbalmente los relatos míticos conocen “el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero”. Quien lee adquiere una visión insospechada de lo leído y puede que caiga en la trampa de constituirse en el último eslabón de una cadena milenaria. Así se perpetuará la labor de resocialización del mito y la leyenda que no es solo lección alegórica, sentenciosa o premonitoria que reprime sino que, como dice Foucault, en el texto mencionado, “cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber… es una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social”. Los mitos y las leyendas son las mayores farsas de los pueblos.

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GENEALOGÍA DE LOS FANTASMAS Octavio Hernández Jiménez 1. Los fantasmas están hechos de la misma carnadura de quienes los provocan. Dime qué te desvela y describiré la forma de tus fantasmas. El hombre, casi siempre, imagina los fantasmas con características antropomorfas aunque no se trate de seres humanos. Anaximandro advirtió que “Si los caballos pudiesen imaginarse a Dios lo imaginarían de cuatro patas”. De acuerdo con Bertrand Russell, “esta clase de argumentación se llama 'reducción al absurdo' en la que partiendo de determinado supuesto se deduce algo evidentemente erróneo”. Según el filósofo griego, jamás podremos abandonar el punto de vista humano. Estamos hechos para humanizar lo que entra y sale de nuestros cerebros. Los fantasmas tienen hambre de ser. Pertenecen al mundo sicológico y sensible aunque no sean humanos. La mayoría de la gente los imagina como seres vaporiformes, con otras características dignas de ser mencionadas. Los fantasmas visuales casi siempre son lánguidos, transparentes y espigados como jugadores de básquet. Los fantasmas táctiles son escurridizos como peces de río. De pron-

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to, alguien cree que lo rozó un tul o una gasa desvanecida pero se trataba de un fantasma en búsqueda de compañía o de calor. La Fantasmalogía está muy atrasada pues, por ejemplo, no ha estudiado las características de los fantasmas olfativos y gustativos aunque ya se han dado los primeros pasos en estas elucubraciones propias de artistas y poetas. Cuando García Márquez evocaba “el olor de la guayaba” insinuaba la presencia de un fantasma olfativo más que gustativo, endémico en la zona tropical. El Premio Nobel colombiano (1982) configuró el olor de la guayaba como un fantasma olfativo que no lo dejaba tener vida brincando en las ventanas de la nariz cuando amanecía aquejado por la gripa de la nostalgia. Para concebir un olor o un sabor como fantasma se requiere tener la sensibilidad de Proust, Rilke, Suskind,… y, la pesquisa tendría que concluir con la formulación de principios como este: Ciertos sabores, sobre todo dulces, evocan, en la edad adulta, fantasmas de la niñez. Una persona corriente cuenta con fantasmitas que le ayudan a entretener o sobrellevar la vida. Los visionarios, como la palabra lo anuncia, perciben fantasmas visuales y, si mucho, auditivos. ¿Por qué crujió esa puerta cerrada si nadie la ha abierto? ¿Quién espiró junto a mi oído? (Parecería que la vocal 'o' fuera letra fantasma por encerrar un vacío y, sobre todo, por el sonido onomatopéyico que provoca). Que se sepa, a pocos se les ocurre hacer de un fantasmita su mascota preferida, como a pocos terrícolas sensibles se les ha ocurrido soñar con el fantasma de una flor. Dirán con tono displicente: cosas de poetas.

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Un artista carga con fantasmas ajenos que convierte en sus propios fantasmas. La obra es el producto de esa interiorización; de esa recreación. Una experiencia fantástica. Rafael Pombo murió debido a complicaciones pulmonares que le trajeron las fragancias de tantos ramos de flores con que inundaron la casa quienes lo admiraban, el día de su coronación como poeta, en el vecino Teatro Colón. En su trasegar por el mundo se había ido tornando alérgico al olor de las flores. Rainer María Rilke, el poeta-fantasma de las rosas, fue asesinado por una de ellas al clavársele la espina de un rosal en el dedo. Descansa bajo este epitafio redactado por él para su tumba: “Rosa, oh pura contradicción. Voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tanto párpados”. El inglés Lewis Carroll dejó flotando el fantasma de una sonrisa y esta milagrosa visión poética que Cabrera Infante escogió como epígrafe para una novela: “Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada”. El fantasma de una llama. ¿Qué mortal ha imaginado el fantasma de Dios? Para hacerlo hay que despojarnos de las connotaciones despectivas para los conceptos de fantasmas y de Dios, quedándonos con la noble alcurnia etimológica: del griego phantazo: yo me aparezco. Despojémonos de la imagen tétrica que suscita en muchos la mención de la palabra fantasma. Ella simplemente evoca una aparición. De esta forma, con todo respeto, cuando el Padre piensa en sí aparece el Hijo. Cristo equivaldría al fantasma del Padre. No es tan descabellado este supuesto si recordamos que, varias veces, los discípulos pensaron que Cristo era un fantasma: “En la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar. Al verle

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andar sobre el mar, se turbaron y decían: Es un fantasma y de miedo empezaron a gritar” (Mt.14, 25-27). Igual sucedió después de la resurrección: “Aterrados y llenos de miedo creían ver un fantasma” (Lc.24,37). Estaban obsedidos de Dios. Los fantasmas podrían ser ángeles o demonios irresolutos: no se quedaron con Dios ni con Lucifer. Ambos les cerraron las puertas en sus reinos por lo que los caídos en desgracia tuvieron que resignarse a mendigar el ser en la tierra cuando se sintieron hastiados del Limbo, no tanto por la atmósfera caliginosa en la que nada sucede sino por el llanto eterno de millones de infantes que murieron sin la sal ni el agua del bautismo. El Limbo es una sala cuna con el personal administrativo en paro indefinido o, como se dice hoy, en asamblea permanente. Los fantasmas más solícitos ascendieron a la categoría de ángeles de la guarda los cuales, después de un prolongado exilio, han revivido, no en boca de profetas, sino de mediocres autoras de libros con ventas millonarias. Desacralizados por la superficialidad reinante, los ángeles de la guarda dieron origen a Gasparín, fantasma supremamente tierno que gusta de cuidar niños. Al contrario de lo que piensa la gente, los fantasmas son absolutamente inofensivos. Recordemos los fantasmas literarios de Juan Rulfo y García Márquez. Cuando Úrsula salió a tomar agua y vio el fantasma de Prudencio Aguilar, “lívido, con una expresión muy triste, no le produjo miedo sino lástima”. Desolados en su propia muerte. La totalidad de la obra pictórica del Greco constituye la galería más

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preciosa de fantasmas: esos rostros, esas manos, esos trajes flotantes son lenguas que agonizan. A Felipe II no le gustaron los grecos para decorar El Escorial porque estaba sumido en una lucha a muerte con otros fantasmas más prosaicos, más espantosos y espantables. Los fantasmas, en su mayoría, recelan del hombre. Se atreven a salir de los escondites cerebrales cuando creen que como todos duermen nadie los va a percibir. Si alguien los ve y se espanta es cuestión del desvelado. Son ociosos y por eso se mantienen, por ahí, aburridos, limpiándose las uñas, esperando ver sin ser vistos, como si estuvieran desnudos, apenas cubiertos con el vapor tibio que emana de ellos mismos. Las amas de casa deberían hacerse amigas de los fantasmas que habitan en armarios y rincones para que les colaboren en las arduas labores domésticas. Son muy económicos. Hasta el momento, no se ha oído decir que cobren sueldo y prestaciones sociales. Se contentan con que les den una noche en la semana para salir a deambular por calles y parques mal iluminados. Conseguir un robot hogareño resulta más costoso y menos romántico que asesorarse de un fantasma. Es extraño que el capitalismo no se haya convencido de la existencia de los fantasmas para ingeniarse la manera de explotarlos. Sobre ellos, si mucho, han filmado películas que utilizan crónicas y trucos excesivamente ingenuos. Los ingleses han realizado leves intentos al explotar, para turistas noctámbulos, los fantasmas de sus castillos de piedra negra, en

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noches heladas, pero se debe incrementar y democratizar esa fuente de divisas. En la Edad Media, se creía que por los mares circulaban barcos fantasmas que se acercaban a los puertos para aterrar a sus habitantes con aquelarres silenciosamente delirantes. En marzo de 2011, un tsunami se precipitó sobre el Japón y dejó miles de muertos, ruina y desolación. Al año siguiente, sin nadie esperarlo ni avistarlo, desde el mar o desde el aire, en un puerto canadiense, atracó un barco arrastrado por el mar, desde las costas del Japón, un año antes. Llegó desocupado. Carcomido por la sal e, inclinado como un borracho, bailaba al compás de las olas. Esta imagen causó estupor en los televidentes que clavaron los ojos en la chatarra marina como si hubiera llegado de otro planeta. Los televidentes supusieron que al estrellarse en la playa habían huido los fantasmas que lo atestaban. En enero de 2014, un periódico ofreció una extensa crónica sobre un barco varado y desocupado que otro barco arrastraba desde Canadá hacia República Dominicana. En el trayecto por el océano Atlántico, se soltaron las amarras y la tripulación del barco delantero no pudo recuperar la embarcación remolcada. Barco a la deriva. Se perdió en el amplio océano hasta que, desde varios buques, observaron el barco fantasma cerca de la ruta que seguían. Por medio de instrumentos los pasajeros que, después de cien años siguen la incómoda trayectoria del Titanic, pudieron ver la situación de pesadilla que ocurría en el barco fantasma: Iba repleto de ratas que luchaban a dentelladas buscando alimentarse unas de otras y en la pelea por la supervivencia caían destrozadas al agua. Los que vieron semejante pesadilla dieron la voz de alarma pues, por la dirección de la corriente en que navegaba, el barco fantasma podía concluir su viaje en cualquier playa o peñasco de Escocia o

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Inglaterra. Fantasmal alegoría de la Armada Invencible, en su versión siglo XXI. El gobierno inglés temeroso del desembarco de esa cantidad de alimañas portadoras de epidemias y otros males, envió aviones y helicópteros con la intención de hundir el barco con su carga feroz, pero en varias incursiones no lo pudieron avistar. Al fin, barco fantasma. La realidad ofrece situaciones más terroríficas que las gestadas en la imaginación humana. Y, así como por los mares cruzan los buques fantasmas, también existen los pueblos fantasmas y, peor, en Colombia, en 2012, se puso de moda el tema de los estudiantes fantasmas. Un pueblo fantasma es un conjunto de casas abandonadas por sus habitantes que en otra época configuraron una comunidad vital. Las ciudades han visto cómo muchos caseríos de la región se han convertido en pueblos fantasmas debido a la violencia, el desempleo, la insolidaridad, el desprecio, el olvido y la tristeza. Como si fuera poco, el Gobierno colombiano se dio cuenta de que muchos establecimientos oficiales de primaria y secundaria pasaban cuenta de cobro al Ministerio de Educación, por educar estudiantes que existían solo en los listados que enviaban. Recibían más dinero pero, de resto, nada; salones vacíos. Los listados eran los fantasmas de estudiantes que no existían. Realidad escueta adobada con ilegalidad y picardía. 2. Los fantasmas son de gustos decadentes: no se han podido acostumbrar a los edificios ultramodernos en los que otean cámaras de vigilancia por todos los vericuetos; les aterra el bullicio; tienen fobia a la luz eléctrica encendida; no son aficionados a ver televisión, a meter-

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se en internet o a usar redes sociales. Jamás asisten a partidos de fútbol o a la playa en horas de sol. Nadie ha visto un fantasma dominguero entrando con la familia a una misa mayor o retozando en los prados de un centro vacacional en compañía de ardorosas adolescentes. Espera que el público se marche, para salir a mendigar una mirada compasiva a la última persona que salga o para atravesar como una gallina la carretera frente a conductores distraídos o borrachos. El fantasma del Cabo de la Vela esperó que fueran las doce de la noche para avanzar desde el mar abierto, frente a mí que estaba sentado en la playa, descender de una canoa, pasar erguido, a mi lado, vestido de blanco, en medio de ese huracán que aullaba entre los socavones de unas casas viejas, atravesar la calle que queda atrás, internarse en el cementerio, regresar y subir a la canoa que lo esperaba y en la que se alejó, en silencio. Al otro día corrió el rumor de que pudo tratarse del fantasma de uno de los soldados holandeses abatidos, por los alemanes, el 17 de junio de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial y que pudo ser sepultado en el camposanto del lugar. Casi siempre aparece a mitad de año. “Dos submarinos alemanes habían atacado, por babor y estribor, a doce millas de la costa guajira, al vapor de bandera holandesa Flora que navegaba con sus luces apagadas. La gente de Riohacha escuchó más de 60 cañonazos antes de que volviera el silencio… Una primera misión de salvamento pudo rescatar parte de los náufragos del vapor Flora, la embarcación holandesa hundida por los submarinos nazis… El 3 de junio, a las 9:30 a.m., la goleta colombiana Resolute, junto a la isla de Providencia, se encontró a boca de jarro con un submarino alemán. El capitán McLean ordenó izar la bandera colombiana que los alemanes saludaron con una rociada de metralla contra la tripulación y los pasajeros quienes, desprevenidos, no esperaban un ataque” (Enrique Santos M., 27 de julio de 2012, p.18).

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Claro: La mayoría de fantasmas tiene la costumbre de andar como fantasmas: solitarios. Se bastan a sí mismos. No han aprendido a trabajar en grupo como lo hacen los empresarios. No son egoístas ni perezosos pero sí egocéntricos. Algunas veces aparecen en manada. Cuando salimos Luz y yo de visitar, en Leipzig (Alemania), el templo en donde reposan los restos de Juan Sebastián Bach, entramos a un bar vecino, en una casona vieja que sobrevivió al bombardeo padecido por la ciudad, en la II Guerra Mundial. Para utilizar los baños, avanzamos por un zaguán, bajamos una escalera amplia de madera, abrimos una puerta, ella entró al baño de damas, yo continué por el pasillo, abrí otra puerta de alas batientes y me encontré ante un salón amplio y vacío, alumbrado por un bombillo antiguo; al fondo, había un orinal. Cuando lo utilizaba sentí un peso en la nuca, como si me miraran y, al voltear el rostro, me encontré con miles de ojos que flotaban en el aire con gesto de espanto. Al salir despavorido, supusimos que, en ese salón subterráneo, pudieron refugiarse muchos habitantes de ese sector durante los bombardeos de los aliados o que, allí, hubiese ocurrido alguna masacre, en la misma guerra. La energía negativa seguía flotando. Sesenta años después, los dramáticos fantasmas de lo que hubiera acontecido no se habían desvanecido. El semiólogo Umberto Eco (1932-2016) no pudo apartar de su mente el recuerdo de su infancia: “La mía es la de aquellas noches en los refugios antibombardeos, en un sótano muy oscuro y húmedo mientras que, afuera, se escuchaban las bombas”. Muchos comparten los mismos fantasmas. No confundir fantasmas y duendes. De acuerdo con La Poética de Aristóteles, se podría decir que el fantasma es actor de tragedia y el duende es miembro del “coro fálico cuyas mojigangas duran todavía”. Los fantasmas, por sus gustos de aristócratas fracasados, habitan

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castillos o caserones en uso de buen retiro. Los duendes, como lo anuncian por prensa y radio, se contentan con asustar parroquianos en la carretera de La Enea o del Alto del Guamo. Sufren de diabetes aguda o hidrofobia crónica. Quienes los han visto dicen que aparecen por los lados de los estanques. Como si ansiaran el agua pero no la pudieran beber. Tienen las gargantas taponadas con algodones o estranguladas con cadenas. No hablan, ni comen, ni beben, ni frecuentan los sanitarios. Al sentarse en la taza de algún sanitario, los fantasmas se dedican a la lectura de periódicos viejos. Les encantan. Los duendes, analfabetas por supuesto, se entretienen revolcando papeles sucios o escondiendo el rollo de papel cuando más se necesita. Son insoportables. Riegan el sancocho, arañan los niños, juegan con la cola de los gatos y hacen trenzas a la crin de las bestias. Deambulando por la vida, dos fantasmas se encuentran, se lanzan una mirada y le dan vida al amor. ¿Amores felices? En muchas historias de amor, los fantasmas mueren de anemia o tuberculosis al estilo Margarita Gautier. La confianza es una cadena; la costumbre y el compromiso son sarcófagos de los fantasmas enamorados. Hay fantasmas amorosos que optan por un anémico suicidio. La naturaleza genética de los fantasmas les ha condicionado a evitar la luz. No a odiarla porque los fantasmas no odian. Los humanos, en su mayoría, han sido engendrados, en la noche, pues la oscuridad se hizo, como se ha dicho, para amar, para nacer y para morir. Por la ley de la compensación, quienes gustan de trasnochar y dor-

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mir hasta tarde es porque fueron engendrados de día, tal vez en el transcurso de una siesta. Los seres humanos engendran sus fantasmas, por lo general, durante el día, de acuerdo con sus problemas, malestares, neurosis y sicosis. A estos les toca convertirse en seres noctámbulos. La noche es el día de los fantasmas. Los animales domésticos juegan con los fantasmas como si fueran bolas de lana. No se tienen miedo por no tener conciencia ni remordimientos y hasta se sirven de lazarillos para no tropezar. De día, los fantasmas son torpes debido a una miopía aguda. Tienen el sistema visual de los búhos debido a su relación fisiológica con la luz. Los ruidos diurnos que incitan a los curiosos a pegar los oídos de las casas vecinas, como si lo que ocurre allí fuera de su incumbencia, no son producto del bochinche armado exclusivamente por ratones y gatos. 3. Los espantos son equivocaciones en la percepción. Los fantasmas son sublimaciones corporiformes. En sentido estricto, espectros son los esqueletos de los fantasmas. Tienen contornos difuminados pero carecen de sangre en las venas y la ajena no les atrae. Drácula no es fantasma, ni espanto, ni espectro; apenas, es un personaje ficticio brotado de la imaginación calenturienta de Bram Stoker. Frankestein es un monstruo literario forjado por Mary Wollstone-

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craft Shelley. Por asunto de historia y de lógica, ambos son ingleses de inclinaciones morbosas. A las 11,40 p.m. del sábado 14 de abril de 1912, chocó el buque Titanic contra un iceberg que lo lanzó al fondo del mar, convirtiendo a 1.500 personas en fantasmas que, por larga temporada, desde esa noche, flotaron como repollos entre la neblina de un océano quieto y helado. El Titanic es el buque fantasma que más impacto ha causado en la historia moderna. Uno de los mayores espectros que intrigan a la gente por haberse convertido en símbolo de un desafío inútil. Un mito moderno del que la humanidad no ha podido deshacerse. Desde la adolescencia, el Titanic se convirtió en el aquelarre de fantasma que me ha acompañado, en el transcurso de mis muchos días. Desde niño, en mi casa, prohibieron a los que necesitaran levantarse de noche, prender luces, con tal de no despertar a los que disfrutaban de un sueño reparador. Desde entonces, cuando me levanto, después de medianoche, recorro la alcoba, la sala, el vestíbulo, el corredor, el baño y la cocina, sin arrastraderas y en plena oscuridad, como otro fantasma. Mientras avanzo, la arquitectura doméstica que se insinúa en la penumbra resaltada por una luz que se filtra por las claraboyas, me hace pensar que estoy recorriendo los compartimentos del Titanic y que el éter o atmósfera recreada por la imaginación es el agua azulosa o turbia que inundó a ese monstruo marino cuando se acomodó en los cimientos del mar. Las siluetas de muebles, lámparas y demás objetos, se tornan en siluetas de las cosas que permanecen, a pesar de los sucesivos saqueos cometidos, desde 1985, en el abismo oceánico, a 3.810 metros de profundidad. No me daría nada encontrarme con una pareja de fantasmas dan-

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zando en el vestíbulo como si fuera la sala de baile del barco hundido. Los fantasmas no asustan; asustan los espantos. Los fantasmas no son depredadores al estilo de vulgares vampiros. Son parásitos del alma humana. El hombre los concibe y luego, cuando los pobres buscan acongojados al autor de sus noches (que no de sus días), este los desconoce, se asusta con su propio invento y los rechaza. A pesar de su mal de garganta, los fantasmas intentan beber, como suspiros, el vaho de sus progenitores. Cuando alguien ronca, sobre su rostro como serpenteante Aladino se ubica su fantasma más allegado a nutrirse de su fétido aliento. Son tímidos. Se les debe tratar con gentileza; así, ellos entrarán en confianza; se sentarán en la misma cama del autor de sus noches hasta que, con la tibieza de las cobijas, pueda compensar el frío del alma. Nada tiene de raro una comunión perfecta, de tal manera que sujeto y fantasma lleguen a compartir la misma almohada. Sería la fórmula para que el hombre adormeciera la zozobra que no le deja, desde hace tiempo, conciliar el sueño. Claro que, en una época en que se ha puesto de moda pagar el apartamento, los muebles, los electrodomésticos y el carro, con préstamos bancarios que se incrementan de manera alarmante, nada de raro tiene que empiecen a florecer fantasmas, con inusitada frecuencia, en noches de desvelos económicos y financieros. En cuanto a fantasmas motorizados, Gabriel García Márquez, tan propenso a saudades, terreno abonado para cultivar fantasmas, en una columna dominical de El Espectador, en 1983, recogió las crónicas de extraños acompañantes de automovilistas solitarios por autopistas modernas.

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El miedo, la soledad, la inseguridad son caldo de cultivo para que germinen los parásitos livianos que, sin pretenderlo, espantan en el invernadero portátil en que, con el uso, se convierte un auto. A veces, de día o de noche, se sientan al lado del conductor nervioso o se ubican atrás. Un fantasma sentado atrás no aparenta ser demasiado tímido sino vanidoso pues creerán las personas que ven pasar el auto que el dueño real se convierte, a los ojos de los espectadores, en conductor asalariado del gerente o burgués que va sentado en el asiento posterior. Y son tan corteses que saludan con la mano sin conocer a nadie. 4. Según la Fantasmología, hasta en el reino de los fantasmas se dan las clases sociales. Los fantasmas que atormentaron hasta el delirio a Alejandro, Platón, Tamerlán, Dante, Colón, Miguel Ángel, Shakespeare, Beethoven, Napoleón, Bolívar, no pueden ser de la misma calaña del fantasmita tuyo y mío. Los fantasmas de esos personajes han resistido el paso del tiempo con el esplendor de los días en los que los concibieron. Son capaces de recorrer los interminables pasillos de la Historia portando las túnicas o las pesadas armaduras de su tiempo terrenal. Se augura que, en el próximo futuro, haya espectros más livianos y despampanantes que los que disfrutaron los varones del medio siglo pasado como Marilyn Monroe, Jacqueline Kennedy, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Twiggy, Audrey Hepburn. Los fantasmas que copan las páginas de la llamada historia universal tienen, como hábitat, yertos castillos ingleses, húmedos palacios rusos, jardines versallescos, bibliotecas vaticanas, carnavales venecianos, bancos neoyorkinos, tétricas mazmorras e implacables guillotinas.

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En cambio, el fantasma que concebimos mentalmente tú o yo, quién sabe si tenga los voltios necesarios para sobrevivir con decoro a sus progenitores. Son tan lánguidos, desde la cuna, que cuando se atreven a moverse en el closet, después de medianoche, suponemos que se trata del viento, las cucarachas o el comején. Los pobres y los ricos del mundo tienen necesidad de exorcizar sus fantasmas interiores para no perecer de infarto o desesperación. El cerebro puede ser nido de cualquier imagen pero después de haber empollado un fantasma es necesario echarlo a volar así como hacen las aves con las crías que luego de la temporada en el nido las expulsan a picotazo limpio. Por no lanzarlas al exterior corremos el peligro de que las obsesiones lleguen a sacarnos los ojos. O que la temporada en el hospital siquiátrico resulte larga y costosa. O que el infarto convierta a una persona en fantasma de los demás. La ecología interior predica que hay que reciclar las pesadillas que nos mantienen al borde del colapso fatal. La generalidad de las mujeres ostenta una salud mental más descongestionada que la de los varones porque no recalientan nada en sus cerebros sino que lo distribuyen magnánimamente entre sus amistades, aún sin digerirlo. Por lo general, sus mentes son diáfanas y abiertas como una cordial hospedería. Además cuentan con el recurso eficaz de las lágrimas. Las lágrimas femeninas son fantasmas diluidos. Los varones somos, más dubitativo, desconfiados, (Jung), herméticos, parcos o qué se yo. Esto nos lleva a darle mil vueltas en la cabeza a una inquietud sin considerarla digna de ser proclamada o compartida.

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Los hostigamientos mentales giran como vertiginosas ruedas hasta producir derrames, infartos o, en el más altruista de los casos, se reciclan en actos equiparables a la maternidad femenina. Según las estadísticas a través de las culturas y las épocas, hay seres que no se limitan a desembarazarse de sus fantasmas poniéndolos a penar, por ahí, en un rincón. Dotados de un aquilatado raciocinio, una extraordinaria capacidad de análisis, deducción, inducción, método y estilo apropiados, fuera de una depurada sensibilidad, propician que sus fantasmas tomen cuerpo dedicándoles el tiempo y recursos indispensables; los alimentan por medio de una educación depurada, los pulen, los destruyen y vuelven a recrearlos, los critican, los subliman y, en un rapto de locura divina, gritan: “¡Hágase la luz!” o “¡Habla!” y sus fantasmas, en forma de obra de arte o de teoría pre-científica, brotan para embellecer el mundo. El arte, en su génesis solitaria y atormentada, es un cúmulo de fantasmas significativos y sublimados. Edipo, Electra, Ifigenia, Penélope, Beatriz y el Infierno, Ofelia, Hamlet, Otelo, Macbeth, Don Quijote y Sancho, Raskolnikov, Dimitri, Iván y Aliocha, Samsa, José K., son fantasmas que hacen honor a sus progenitores. Madame Bovary era, sin cuestionamientos, el fantasma de Flaubert. Él lo proclamó en sonado juicio: “Madame Bovary soy yo”. Esos fantasmas desbordaron la sensibilidad insomne de sus autores para enquistarse en el cerebro de nuestra cultura; actúan en las bibliotecas que los contienen y en las mentes de los lectores que persiguen un trance con ellos. La lectura deleitosa es la varita mágica con la que despertamos los fantasmas de genios en uso de buen retiro.

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Una biblioteca es la selección estructurada y organizada de un conjunto de fantasmas. Los fantasmas de una biblioteca no siempre han habitado en las páginas de papel de nuestros libros o en pergaminos del Asia Menor o en papiros de los egipcios o en tabletas de barro de los persas. Según M. Ilin, el patricio romano Itelio poseía una biblioteca vida. Itelio hizo que cada esclavo se aprendiera de memoria una de las grandes obras de su tiempo y citaba a cada uno de acuerdo con la obra que se hubiera aprendido. A veces, invitaba a sus amigos a una comida y, en determinado momento, ordenaba en voz alta: “¡Silencio, ha llegado el momento de leer!”. Pedía, por ejemplo, la Odisea o la Eneida y entonces aparecía un esclavo y empezaba a recitar en forma admirable la obra requerida. Libros vivos; con alma. Fantasmas tibios en la voz de la memoria. Jorge Luis Borges recordaba que los fantasmas de los libros surgen cuando los llamamos. Mientras un libro está cerrado, es como si no existiera ese fantasma; más aún: un libro cerrado es un objeto; una cosa; un enigma. Fantasmas de grandes seres humanos avanzan en el tiempo. A veces les usurpan hasta el cuerpo. El común de los mortales puede que no recuerde los rostros de Cervantes o Shakespeare pero a diario están señalando con el dedo: - ¡Ahí va Don Quijote!, o, - ¡Miren a Romeo y Julieta! Pocos conocen algo del autor de Edipo pero muchos sí lo ven pasar a diario tanteando las tinieblas de su destino. El ceño insoportable de Beethoven se explica por ese escuadrón de fantasmas armónicos que martillaban en su cabeza leonina. Los fantasmas de Bach, en cambio, eran ángeles que bajaban a dibujar sonrisas o a jugar con su peluca. Vivaldi aceptó que sus fantasmas danzaran sobre las cuerdas de su violín.

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Con el “Cuarteto para el fin de los Tiempos”, de Olivier Messiaen, se despiertan, escuálidos, seis millones de fantasmas judíos a contemplar horrorizados la crueldad de un mundo, a través de las alambradas, en los campos de concentración. No ha pisado la tierra un ser humano más poblado de fantasmas que Miguel Ángel Buonarrotti. Fantasmas insufribles, abortados del infierno interior que ardía dentro de ese genio. Fantasmas que desbordan la materia y el límite de sus siluetas. Fantasmas que no caben en la carne del mármol y se asfixian dentro de las hornacinas. Si de algún sitio huiría despavorido sería de una noche solitaria en la Capilla Sixtina. El escorzo de las sibilas, la mirada fulgurante de Dios en la creación del Sol y de la Luna, San Bartolomé desollado, con su propio pellejo entre las manos, en quien Miguel Ángel se retrató a sí mismo, la barca de Caronte y su destino siniestro. Si después de una guerra con armas biológicas, visitaran la Tierra habitantes de otros mundos y se toparan, en su deambular por este rojo desierto, con las obras de Miguel Ángel concluirían que este planeta estuvo poblado de fantasmas monstruosos pero sublimes. Palpad, con los ojos, fantasmas sensitivos. Se dan fantasmas en arquitectura que fueron agigantándose en la cabeza de sus señores hasta concluir plantados en el espacio escogido. ¿Qué sentimientos experimentarían el día de la inauguración los sucesivos arquitectos de las pirámides, del Partenón, del Coliseo, de las catedrales góticas; los arquitectos aztecas, mayas, los constructores de Machu Picchu; del Taj Mahal, la Catedral de Sal, de los rascacielos de vidrio y acero bajo el cielo plomizo de Nueva York o ante la selva que acosa a Brasilia? Cada civilización cultiva distintos fantasmas de acuerdo con ideales y problemas, recursos, posibilidades, necesidades y realizaciones. No puede ser simple alegría, orgullo o satisfacción lo que brote de los

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diseñadores de esas ojivas que parten para el espacio en medio de llamaradas de hidrógeno accionado por propulsores nucleares. El arte universal en todas sus formas es la suma de fantasmas que la humanidad ha raptado a sus autores para su satisfacción y orgullo, su deleite, salud y tormento. La abstracción expresa un cúmulo de fantasmas que no habían inquietado a los autores precedentes como el fantasma de la ingravidez, el fantasma de la mínima materia, el fantasma del ritmo puro, el fantasma del equilibrio más frágil, el fantasma del vacío limitado o ilimitado, el fantasma del absurdo, el fantasma de la escultura imposible. El arte como pedagogía y como catarsis: fantasmas para aplacar otros fantasmas. 5. Los espectros hacen parte de ecosistemas abiertos al flujo de energía, ya sea terrestre o acuático, con tal que en ellos se encarame el hombre con su fardo de angustias. Los fantasmas, como los seres humanos que los generan, necesitan de un lugar físico (hábitat) y se presentan envueltos en relaciones de seres que interactúan entre sí produciendo una convivencia (simbiosis) benéfica al hombre y a su imagen proyectada (nicho). La noción ecológica del clímax parece socorrer la manida creencia en casas fantasmas. Si clímax es el máximo desarrollo de un ecosistema en condiciones naturales, por ejemplo, el bosque tropical es el clímax de nuestras especies nativas, diríamos que hay recintos desocupados que sirven como clímax florecientes de inesperados fantasmas.

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Hay fantasmas flotando dentro de muchas cápsulas espaciales que no pudieron regresar y desaparecieron sin haber cumplido la misión encomendada. Si algún día otra nave se acoplara a la cápsula fugitiva, al lado de los astronautas difuntos navegarán, por el efecto invernadero, los fantasmas que sobrevivieron al colapso fatal. Fantasmas de científicos y técnicos manipularán laboratorios que viajarán fuera del sistema solar. Basta que antes del despegue en las plataformas terrestres ingresen personas de altísimo voltaje mental, dejen flotando sus fantasmas y salgan. Pesarán menos, durarán millones de años luz más y no habrá que embarcarles medicinas y mercado. Científicos han encontrado desagües al invernadero espacial. Se trata de los agujeros negros por donde se escapa la energía o sea, los fantasmas del Universo. Esa energía, según la hipótesis de los astrónomos, podría concentrarse con una dinámica tal que explotaría formando nuevas galaxias y sistemas planetarios nuevos. En un día de los próximos millones de años, el fantasma que contribuimos a formar con el despilfarro energético se crecerá como el genio de terrible mirada, en Aladino y la Lámpara Maravillosa, pero no estará al servicio de la presente humanidad sino que provocará su destrucción. Enormes manadas de antílopes cruzan como una exhalación las áridas planicies del Kalahari africano, arrasándolo todo, hasta llegar, para morir ahogados, en las aguas profundas del océano. La ciencia no ha logrado comprender aún el comportamiento de estos seres vivos aparentemente aquejados por insoportables fantasmas animales ni ha encontrado suficientes explicaciones sobre el comportamiento de los fantasmas humanos prestos a escabullirse de quienes se fijan en ellos. Pero hay que intentarlo, aunque para ello tengamos

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que recurrir, desconfiados, a la imaginación y la fantasía, genitores de los fenómenos mencionados. En los fantasmas se opera la ley de la energía: su cantidad total permanece constante. Si el fantasma es vigoroso, formado con demasiados voltios de energía interior, es visible para cualquier mortal que se aventure en sus dominios. Si el fantasma es producto de una débil onda electromagnética será perceptible únicamente para su progenitor y este, ante los demás, pasará como un desquiciado mental o un solemne embustero. Cuando alguna persona quiera informarse si sus fantasmas son fornidos o enclenques debe dirigirse a un laboratorio de física para que, por medio del espectro de la luz, midan las distintas longitudes de onda. Equivalemos al sol de nuestros fantasmas. Si se acepta que los fantasmas son producto de emanaciones energéticas se pone a tambalear otro error social: pensar que son tan helados como los difuntos. Esta apreciación equivocada nace, posiblemente, de contemplarlos, casi siempre, aislados, de vestimenta blanca y en noches de luna llena. La física demuestra que “en cada transformación o cada traspaso de energía algo de ella se transforma en calor”. La energía que un ser humano transforma en fantasma no es helada: “algo de ella se transforma en calor”. Con la Ley de la Entropía se demuestra que no es incómodo darles la mano a los fantasmas o darles posada en la misma cama. Pueden calentarnos. ¿Qué sucede cuando se generaliza el rumor de una casa de fantas-

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mas en donde todo el que llega recibe la alborozada bienvenida de estos insólitos inquilinos? La ecología insinúa la respuesta aplicando el Efecto Invernadero: los caserones desuetos y más si están aislados, son auténticos invernaderos de fantasmas. Así como hay construcciones para rosas, claveles, pompones y agapantos, también hay galpones de fantasmas. Y operan de idéntica manera. A través de los vidrios del techo inclinado penetran los rayos solares que calientan el piso. El calor que actúa sobre la tierra y las plantas regresa a la atmósfera del invernadero pero, como no puede salir debido al techo, regresa al suelo, en una especie de ciclo envolvente. Cuando una persona, en una casa, irradia energía mental es posible que esta siga flotando bajo techo, tal vez rebotando como ondas solares sin que logre abandonar el hábitat provocado. Las ondas luminiscentes podrían sobrevivir al generador y estaríamos en presencia de fantasmas de personas que, desde hace tiempo, se escaparon a otra vida. La única manera de exterminar esos seres ondulantes y huérfanos es arrasando con el albergue, sin considerar para nada su valor histórico o arquitectónico por muy estimable que sea. Arquitectos modernos y constructores de jugosas chequeras siguen al pie de la letra el dictamen de tumbar sin miramiento. Entre más motivos haya para preservar una construcción antigua, siempre habrá arquitectos que pongan el ojo en ella para demolerla. El Efecto Invernadero puede explicar, de igual forma, la ausencia de fantasmas en apartamentos y automóviles último modelo. No han tenido el tiempo suficiente para que sus respectivos moradores proyecten fuera de sí la carga de energía que empezará a flotar con

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angustiantes ondulaciones perceptibles por residentes, vecinos y visitantes. Alguien pensaría que la ciencia es un cúmulo de fantasmas esquematizados en fórmulas. Fantasmas deshidratados. No hay tal. La ciencia es universal; mientras que los fantasmas son singulares y reflejos de individualidades. El etimológico “Yo aparezco”, desaparece con la ciencia. Ningún descubrimiento o invención humana aparece por generación espontánea, parto indoloro o por puro azar. Aquellas explicaciones que daban en la escuela sobre las casualidades por las que se descubrieron la ley de la gravedad, el continente americano o el pararrayos, no pasan de ser burlescas leyendas. Colón trajinó de corte en corte con documentos bajo el brazo. ¿América como fruto del acaso? ¿Qué por ir a Katay fue a Guanahaní? “Martes 25 de septiembre. Iba hablando el Almirante con Martín Alonso Pinzón, capitán de la otra carabela Pinta, sobre una carta que le había enviado tres días hacía a la carabela, donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas por aquella mar y decía Martín Alonso que estaban en aquella comarca y decía el Almirante que así le parecía a él” (Los Cuatro Viajes del Almirante y su Testamento”, 1982, p.23). Va otra cita: “Miércoles, 10 de octubre: el Almirante los esforzó lo mejor que pudo y añadía que él había venido a las Indias y que así lo habría de proseguir hasta hallarlas” (Ibid., p.28). Cristóbal Colón ya había estado aquí y no quería decirlo en sus visitas a las cortes para no provocar hilaridad o envidia. Solo la gallina de la fábula topa al acaso una perla, y la desprecia. La técnica está situada a medio camino entre la ciencia y el arte; no es de extrañar que esté invadida de fantasmas. El automóvil es la prolongación fantasmal de los pies; el teléfono es la prolongación

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fantasmal del oído; los lentes en general son la prolongación fantasmal de los ojos; la fotografía es la captura fantasmal y fantástica de la memoria visual; el helicóptero es el fantasma que espanta a las libélulas; el submarino es el fantasma torpe de los peces; el avión, el fantasma artrítico de los pájaros; el libro es el fantasma amoroso de la memoria cultural; el computador es el fantasma del cerebro. En sus preámbulos, cada ciencia parte de tercos fantasmas personales y mitos sociales; se propone desvanecerlos y en parte lo ha conseguido. Eso es lo que creemos hoy. El progreso nos ubica ante mitos del futuro. La mitología venidera deriva de viejas ficciones que terminarán en una renovada concepción del mundo y del Universo. ***

El vapor es el fantasma ondulante de lo sólido; La Luna es el fantasma encadenado de la Tierra; La Tierra es el fantasma azulado del Sol y Toda piedra es la tumba hermética de un fantasma enrollado. La mujer es el fantasma sensitivo del hombre; El hijo es el fantasma real o imaginario de la madre; La flor es el fantasma risueño del agua; El pan es el fantasma esquivo del hambre y La indiferencia es el fantasma triste del amor. La risa es el fantasma que exorciza el dogma; La solución es el fantasma escondido del problema; La palabra, el sonoro fantasma de la idea y La conciencia es el universo fantasmal del YO. El futuro, más que el pasado, es el fantasma del presente;

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El alumno despierto es el fantasma que irrita al profesor vacilante; El premio o el castigo es el fantasma de los actores; Y, por qué no, la justicia es el fantasma aplastante del tirano. Un día, Dios, asqueado de su soledad absoluta, atravesó trastabillando la columnata del cielo; Llegó a la tribuna desde donde se divisaba la Nada; No se aguantó más; Se agarró con sus fuerzas de la balaustrada Y trasbocó en el abismo. Del detritus divino apareció la materia. Mucho más que Lucifer, el Universo es el fantasma de Dios.

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(Ficha técnica) Formato: Caja gráfica: Tipo de letra: Tamaño de la letra: Interlineado: Páginas: Papel:

Encuadernación:

14 x 21.5 cm. 10.5 x 18 cm. Calibri 11 puntos 13 puntos 316 Pág: Propalibro beige de 70 grs. Carátula: Propalcote de 250 grs. plastificada brillante Rústica

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La presente obra se terminĂł de imprimir en el mes de diciembre de 2016 en los Talleres LitogrĂĄficos de Impresos del CafĂŠ Manizales - Colombia

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Los ídolos del hogar  

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