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μenuμα

Libretas

y dispositivos mayo 2008 -

octubre 2009

P. M. Z.


μenuμα Mexico City - London

Pamphlet Series [1]


Parnassos espurio Que la poesía será siempre inútil para la pluma casta de arrogancia y satisfecha de poder no encuentra en mis nudillos golpe ni en mi espada cisura o de mis colmillos herida álgida de reptil; que en ella busque salvarme de mí mismo, no puedo evitarlo – un lance sin reparo de mi ser a la intemperie. Pero ello no significa que la poesía sirva o en todo caso que exista utilidad alguna en salvarme de mí o de quien sea. En esta línea, tan delgada para la pupila dilatada o la caricia grosa, la poesía sintoniza con el suicidio falso, reiterativo, y el punto final (cuando lo hay) con la ruidosa reencarnación de la bestia. *

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Diagnóstico de un país incómodo “Mira formas concretas que buscan su vacío. Perros equivocados y manzanas mordidas. Mira el ansia, la angustia de un triste mundo fósil que no encuentra el acento de su primer sollozo”

Federico García Lorca, Nocturno del Hueco

La mente de quienes antaño fuéramos nombrados interlocutores calla, hoy, un maravilloso discurso: Al devenir del silencio en asfixia, de la aparición de una aureola tras la caída, quizá, al día, ha llegado el momento de archivar todo lo dicho o hecho de más. Lo restante. Cada una de nuestras cámaras, caprichos, secretos. Ha llegado la hora de sepultar la opinión, de enfundar lo ignorado, robado, cubierto con manta de ministerio; enterrar los residuos sin administración, los recursos sobrevaluados e incluso a nosotros mismos, los usuarios. Inventemos con detenimiento, ¿qué nos sobra? Imposible renombrar cada rostro – ¿conviene clavar otro rezo sobre la cabecera?

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Trajeron a expertos en Genealogía. Escudriñan entre cables y bulbos. Susurran rumores en torno a una falla discreta, errores irreparables en el sistema, tal como sucedió durante aquella gran guerra de nombre enterrado y número irracional. (Ardieron murallas, rascacielos cayeron en lo que muchos interpretamos como un juego mediático. Parques y cementerios, esfumados; escuelas exoneradas por soldados armados con luz. El grito de la cámara de televisión huía del derrumbe del templo. La llorona clamaba ahora desde espectaculares mientras un oficial disfrazaba a la chamaca y al chamuco de asombro y enfermeras curaban las lágrimas de los espectadores, quienes permanecíamos bien atentos. Los inversionistas se lanzaban por la ventana y los escombros de las columnas ya en pulmón, sobre el mapa de la ciudad; la marcha bien articulada pero sin rumbo fijo. ¿A qué lugar irá a sembrar este batallón su siguiente sombra?) El petróleo, reclamado como miembro del público en cada esquina, en cada estado, prefiere no tomar partido. Los museos son saqueados; sus inquilinas, violadas; ¿y qué decimos? Nada.

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Perdemos el apetito y dejamos de conversar con los colores. No escuchamos la pregunta, ni el aliento azotar la bandera. Me cuestiono qué opciones tendremos durante las próximas elecciones. Si llegaremos siquiera a una casilla o nuestra credencial de elector mantendrá su vigencia. Si la cifra reemplazará al plástico o si ya lo hizo desde hace años. Abro el cierre. Por confinar mi voto a la ignorancia, la mediocridad me recrimina. Por lo pronto, tomo el camino del exiliado por vientos, si bien vacíos de lexia, briosos sobre éste, su único cuerpo. *

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Vamos

A Joyce, sentado en Banhofstrasse

Una y otra vez caen sobre el cuerpo del dĂŠbil las aves de rapiĂąa, signos que devoran toda forma con un filoso retoque imperial. AhĂ­ van de nuevo, vienen y ensombrece entre hueso la carne y la eminencia tarde o temprano secreta un apestoso destino. *

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De turista en la tierra de Pessoa

Entre bronce tuyo y de Chiado, Fernando, persisto sobre nulidades y siento al borde del subterráneo cómo agitas el bicolor adornado de las aceras de la acorazada capital lusitana. Sigues soñando a tajo mosaico y humo de tabaco, enterrado ya pero no llevaste todos los sueños contigo. Escucha aquí dentro cargo varios y otros tantos los robó el ojo de quien cuida mi costado velando mi cal de lengua que desde el nacimiento me ha entumecido. *

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Otro Tren

Sin darme cuenta el mundo cayó en el tren y más allá de las ventanas la realidad se olvidó de él. Las luces son ideas, los pueblos conflictos de identidad perturbando la tranquilidad de Dios. Nos quedan sino suposiciones en torno a las formas de vida posibles, sus costumbres, máscaras, sus temores. Conforme el tren precipita hacia la noche me pregunto si alguien más allá del cristal me mira pasar como idea, como fuego en potencia. *

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Londinium Hacer de la ciudad un océano; De las avenidas tormenta; De la máquina relámpagos; Ahí, una vez disuelto El concreto, salada la carne, Revolcados en anarquía Sin otro mapa que un cielo opaco, Ahí entonces ahogaremos a la deriva, sin puerto atrás. *

Strand Las ratas vuelan en busca de comida, Nosotros perseguimos las nociones de sus alas Sobre la banqueta de la avenida central. “¿Dónde quedaron las migajas?”, Se dicen entre ellas. No escuchamos, Seguimos tras ideas, con el estómago vacío. *

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En tren entre capitales “For us, Church favour would be an advantage, Blessing of Pope powerful protection In the fight for liberty. You, my Lord, In being with us, would fight a good stroke” T.S. Eliot, Murder in the Cathedral

Junto al riel las rocas han cristalizado. Archipiélagos de blanco. Sus arrecifes y coral interceden Lugar con los verdes terrones de Historia Y los huecos de la corona retacados con restos de ganado lunático. Al filo del último mes del año Cruzo el portal de la Catedral Con las mismas intenciones de aquel caballero, Bajo las órdenes del déspota innombrable Y el filo listo para acerar al Cardenal. *

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Main

Sobre el río hay una cruz de luz; su inclinación, como la de San Andrés. Del noroeste pega el Sol, cálido, leve, prácticamente tierno; del noreste su reflejo salta desde una torre de cristal, lo atraviesa, lo entinta con el pincel del artificio. Éste segundo más vibrante, con lustre de escaparate; por lo mismo espanta y la vista regresa sobre el original, donde encuentra consuelo y se avienta a nadar. *

Descenso

Sin tiempo para el lamento Las hojas descienden de un árbol ya desnudo Como ideas que permanecerán inocuas, siempre Y la lozanía del olmo durmiente que deja En la mente del nostálgico abstracciones  Como una red de minúsculos e irreparables agujeros *

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Granada

Soy una granada de fragmentación congelada milésimas de minuto justo después de la explosión; vivo entre el caparazón de acero y la carne del enemigo. *

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Estación La sombra teje el techo sobre el anden, los viajeros pasean sus sueños sobre el tejado. Miran al oeste, escuchan un motor. Confundidos, giran su vista al este. Nada, de nuevo. El motor sigue ahí tan incidioso como la lluvia. Con la aparición de una nube interfiere el ruido y borra las ilustraciones de la sombra. Todo regresa a la normalidad. Ya no hay viajeros, tejados sobre los cuales pasear. Pies minutos, manos horas, rostros cristal roto. El motor no musita más – grita. Ojo, aquí llega el tren. *

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Laguna

Sobre una laguna extienden mis ojos la esperanza. El fondo nadie lo conoce; han traído a expertos, máquinas sofisticadas, dinero de fundaciones alrededor del mundo. Tras implementar los mecanismos más avanzados una y otra vez, en batas longas y húmedas, los hombres de ciencia regresan a sus cubículos cargando toneladas de lecturas erróneas, datos inútiles e incontables cheques cobrados por la incertidumbre. Cuando me instalo a sus faldas, pretendo imaginarla como un agujero negro, y confesando mis más sinceros deseos, realmente espero no aparezca algún artefacto capaz de arrebatarme la ilusión. *

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St. Andrews A mi padre

El viento sigue el curso del vulgo. Nave sellada por la bóveda celeste. Majestuosas nervaduras pasean caprichosas por las arcadas, son nubes, son gaviotas. El corredor del este conectado con el cementerio por flores silvestres como todas las voces que algún día rogaran sus plegarias. El púlpito también un espacio vacío. Las rocas que el inquisidor tumbara el pueblo las recogería del sitio santo para después construir sus casas. La catedral comienza en estas ruinas, pero está esparcida a lo largo del poblado. La cristiandad, su fantasma, dispersa entre callejones y entradas de mar. *

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Mozart Ü. A Thomas Bernhard

De entre los Alpes desciende la sangre azul turquesa, Que en el valle desmorona a la ciudad Ahogando a sus habitantes. Por callejones andan, patalean pesadez, Sonríen con la gracia de un fósil; Camuflaje de lenguado sobre arenas de normalidad; Tímpanos encerados incluso ante la escasez de sirenas. Míralos allá sonreír al espectro del rey. Escúchalos sumergidos, intentando escupirle al vasallo. Como si fuesen flores, siéntelos Deleitarse con el aroma de embutido y mierda de caballo. Pero hay unos cuantos privilegiados Navegando sobre su absurdo a quienes ellos Miran como una mancha Amorfa, aparentemente inofensiva, muda, Que pasa sobre su cabeza hasta perderse en el horizonte. Tenías razón, hay condiciones, padecimientos, letales Para los cuales no existe diagnóstico impreso Y el único médico es uno mismo. * 15


El Sueño del Ermitaño “Una noche como ésta, cuando también estaba solo, soñé convertirme en cadáver arrojado en un bosque. Era yo un cadáver que nadie levantaría hasta absorberse para, en hiedra, horadar mi resurrección. Una noche como ésta fui trepadora y adorné las paredes de una ermita abandonada. Una noche como ésta pasó todo aquello, mientras dormía con los ojos abiertos. A la mañana siguiente desperté de mi insomnio en medio del bosque, empapado, siendo el mismo ermitaño y no la madreselva imaginada sobre las paredes de mi casa. Una noche como ésta fui alguien más, y estaba solo. Hoy no puedo salir de mí.” * 16


¡Hah! “Su conciencia, semejante a la de Macbeth, está devastada; también él ha destruido el sueño en el que descansaban las certidumbres. Éstas despiertan y vienen a asiduarlo y trastornarlo y, en efecto, lo trastornan, pero, como no se rebaja hasta el remordimiento, contempla el desfile de sus víctimas con un malestar aliviado por la ironía” Emile Cioran

“¡Hah!” - y azota la mano sobre la mesa de madera que, como la furia impulsando su arrebato y terquedad de viejo, cruje. Ambos, el mueble y el hombre, se encuentran hinchados de pasado. El hombre ha espantado a su hija tras golpear la superficie del otro, el mueble. Al verla temblar, encoge los hombros y reniega ante su ira. Sustituye su enojo y la presencia de aquellos a quienes afectó -la hija y el mueble-, con un vago sabor semejante a la bilis negra de los ingleses. Sube a su cuarto y cierra con llave. ¡Pero vaya si ha comido! Dormirá toda la tarde. Esperemos encuentre algo de paz entre escorpiones. *

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Suites de Bach en St. Giles Cinco años sin que el mercurio alcanzara tales niveles. Los rayos, quebrados por los vitrales de St. Giles, robaban sus colores en venganza, regándolos entre los confines de la catedral de granito. La seguí por el corredor a lo largo de la nave con el objetivo de sentarme a su lado. Al cabo de unos minutos la concertista abrió sus piernas, concediendo la entrada del violonchelo. Durante las dos suites de Bach doblamos el solo de la violonchelista con miradas intermitentes, escurridas entre falsos acomodos. Cambios por ambos en cruce de piernas, estelas de deseo ecos de cada movimiento. Mi espalda baja bañada en nervios, mi corazón acelerado. Al terminar el concierto salí ralenti. Olí su sombra un par de cuadras hasta escupir un saludo. Atravesamos la ciudad de norte a sur, de subida. Caminaba medio paso en retraso. Al recoger su cabello el brillo de su piel casi cantaba, casi sirena; veía cómo desde su cuello bajaban las gotas de sudor; imaginaba su descenso hasta unirse con aquellas brotando en su espalda, en su cadera, en sus piernas. Lo que no quedaba preso en la seda de su blusa, en el algodón de su ropa interior, en el lino de su falda, caía entre sus pasos sobre la acera. Pensé en nadarla, comenzar por la banqueta y recorrerla a contracorriente, cuerpo arriba. Su nombre, Helena; la guerra, inevitable. Sólo tuvimos dos noches. Prometimos escribirnos, frecuentarnos 18


aunque fuera en sueños. Los espejos bífidos de esmeralda punzante y ámbar abrasador que son sus ojos siguen barrenando mis entrañas. Brillaron sobre su sonrisa un segundo antes del eufemismo concluyente –“hasta pronto”–, el cual bañó de melancolía su mirada; un estanque en el cual se ahogaron, plácidas, mis ilusiones de amor eterno. *

Otro regreso a casa Lívida luz azota mi cuerpo sobre el concreto Como si el cielo tuviera miedo de mi huida, O como si ella dejara seducirse por el tiempo Pisando mi sombra al despellejo. Nada de camaleones, hacia ninguna cama para mis leones Ni acero de héroes cortando sus cabezas; Sólo mi andar raptado por aires forasteros, Mis zapatos mojados sobre los charcos De corteza blanca y tiesa como mis labios, Frágil ante el pisotón de figuras ambulantes; Sólo el sueño diurno del cual mi insomnio es rey, Del cual mis ojos, aros tórridos con gasolina de recuerdo, Duelen sumisión, sin misión sobre el horizonte, Sin el yugo de tus fantasmas, Solo, Sin tu jugo y mi sed masoquista; Sólo esta luz lívida, azotando mi sombra sobre el concreto Como si fueras el objeto de mi huida. * 19


Aporía Y al transcribir mis libros escuché la lectura en voz alta: “Dando un salto fuera de las aporías en que vegetaba su inteligencia, pasa del embotamiento a la exultación, se eleva hasta un entusiasmo alucinado que volvería lírico el mineral, si aún hubiera mineral. Ya no hay consistencia en parte alguna, todo se transfigura y se esfuma; sólo él permanece, frente a un vacío triunfal.”*

Después de escuchar, le pregunté por Dios. O todos los espejos de mi casa están muy llenos de polvo y de pasta de dientes petrificada tras el paso de los meses, o, por el contrario, mis expectativas son muy altas: Él no contestó. Sólo me dijo algo de ser nada, o no ser nada. Debatimos un poco sobre cómo se decía, sin llegar a un acuerdo. (¿Ya prendí el gas?) Después se despidió. Hoy es domingo y comeré con mis padres. Decido tomar un baño y cambiarme la playera pues lleva aferrada a mi dorso desde el viernes. Supongo que también tengo que ponerme pantalones. ¡Qué hacer!, y él se ha ido hablando de un vacío truinfal sin explicar nada sobre Él, ni cómo reemplazarlo. * (Emile Cioran, La Caída en el Tiempo, 69)

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Obituario Tendría poco menos de diez años de no haber muerto de un miedo anclado en nuestra juventud que hoy, de pensarlo profundo, parece haberse esfumado. Ella era algo mayor, yo la amaba desde lo más hondo de mis ideas, éramos felices; no obstante, después del acontecimiento, como cualquiera hubiera adivinado, ella me abandonó. Durante aquellas horas hice víctima a mi voluntad y hoy, tal vez, he normalizado a la mentira. Pero, ¡qué difícil verlo vivo en vientre ajeno! Un ultrasonido no aturdió mis ojos, ni siquiera la imagen mental del médico procediendo, de sus manos aspirando a quien había de nacer. Ella, sufriendo. Quizá de haberlo visto entre guantes y escalpelos, su casi-antropomorfia desgarrada dentro de una bolsa de moral plástica. . . Pero no, y fuimos a una fiesta después del asesinato. *

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Planes para un domingo Jamás abandonar el amanecer, párpados bien distantes y los ojos lagos e islotes de luz sobre su superficie. Gesto de hechizo. Susurra corriente a lo largo y alto del apartamento. Escucho a las aves de mar, han vuelto tras el invierno. Una gaviota sobrepasa las chimeneas, la sigo con la mirada. Ya no juego a imaginarle rutas de vuelo virtuales, a inventarle desenlaces a su libertad. La sigo con la mirada solamente, hasta que se hunde detrás de las trincheras de barro. Una ciudad junto al mar. Lectura de mensajes en la arena, a la espalda la sombra de la roca que algún día fuera fuerte. Un acorazado que coquetea con otro sobre los labios del océano en la frontera del estuario.

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De regreso al callejón y los mensajes de humo. Algunos granos en la bolsa. Más corriente para la computadora. Imaginación, y pereza para realizarla. Ya no sirve de nada. Me gustaría escuchar de ella no un grito, tan sólo mi nombre. Su mano detrás, en la base de mi cuello. Me retuerce la muñeca, mancha el cuaderno hasta quedar satisfecha. *

Segundos sujeto Hay días en lo cuales envuelta mi piel en pliegues de penumbra cerrar los ojos equivale a tomar una encefalografía de mi angustia y mi escrutinio de chinche a la pecuniaria curiosidad del médico. *

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Basta uno mismo “...el hombre prosigue negro sobre blanco” Stéphan Mallarmé.

Recelo ante la imagen que el espejo ofrece de nosotros mismos. Decadencia. No hace falta percibir brotes de putrefacción sobre la piel de un tercero, al borracho golpeando a su compañero de aliento por el acento en el que resuenan sus borborigmos, tampoco a las adolescentes convertir a las jóvenes en abuelas; no precisamos nada sino la capacidad de contemplar nuestra desnudez, las manos expuestas a la intemperie; ahorcar en el vacío a un miembro del parlamento, ver los pies corroídos sobre el lodo, el sexo germinando entre cortinas de remordimiento, seduciendo a Rosario; la capota de nuestros más íntimos deseos perforada por la lluvia ácida de los distintos rezos motorizados a los cuales recurrimos diariamente. Basta uno mismo y un instrumento de reflexión, como un espejo o la palabra, para saber, sin cuestión ni contraataque, que el proceso evolutivo, en última instancia, más allá de las pretensiones intermedias, tiende a la destrucción. *

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No sabía leer “Cuando haya desaparecido el último iletrado, podemos guardar luto por el hombre” Emile Ciorán

Era el último iletrado del mundo. El único afortunado. Llegó el ejército todo-poderoso a su morada, la tornó roja, y lo educó. Ahora, por culpa de un gobierno extranjero, todos habremos de montar un funeral a nuestra honra. *

Fue el mar Fue el mar un sueño de Dios Para ahogar las pretensiones del hombre; Fue el mar un sueño de Amor Para naufragar en las costas de una isla desierta; Fue el mar un sueño, señor, Y no hay quien despierte de él sin dolor en el cuerpo. *

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Limena “Despierta, Limena. Abre tus ojos al cielo.” Fue entonces cuando lo vi detrás de las nubes, partiendo como cada mañana. Extremé mi cuerpo sobre el océano, rocé mi vientre con mis dedos, esperando éste se llene, algún día, con sueños de vida; jugué a cosecharlo con su semilla, mudarnos con todo e hijos a una casita colgante sobre la arena, cerca de este muelle. Pensé en sus manos, en cómo recorrían mi cuerpo antes de que partiera a las alturas, en cómo se enterraban entre mis piernas, ahora sujetas por el agua. Floto de medio día y prolongaré mis pretensiones hasta entrada otra vez la noche. Cerraré los ojos con su llegada, mis manos ya no estarán sobre mi vientre: una la ubicaré inconscientemente en su espalda, ordenando a su pecho estrellarse contra mis senos; la otra culminará el tallo de mi brazo estirado sobre la superficie, con mis dedos contraídos sobre la sábana de sal al sentirlo moverse dentro mío. Sacudiré mi cabeza, abriré mis ojos, apretaré mis piernas alrededor de su cadera. Diré su nombre tres veces, produciré los gemidos que sólo él identifica y morderé su oreja justo antes de terminar.

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Después nos abrazaremos mirándonos a los ojos sobre este mar, y ahí lo ataré como mi barco a mi regazo y le prohibiré zarpar de nuevo y lo escucharé cantarme y. . . moriremos, sí, moriremos esta noche tal vez, pero con una sonrisa en los labios y los cuerpos anclados con piernas y brazos. “Duerme, Limena, todo ha terminado.” *

Imagen Descalzos, encontramos un rincón de silencio. La cama, redoblada y más angosta sin tu piel, es el mar, metrónomo mudo, y nos arrulla. *

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Preludio de Cosecha

Me han recomendado preparar el terreno para la próxima cosecha. Vienen mis padres, vienen mis abuelos, vienes sus padres, también, A reparar sobre su pequeño Mientras surco seis hectáreas, mancho mis manos, entierro mis pies Hasta llenar de negros húmedos mis uñas Y comprobar, así, si años de esfuerzo conmigo valieron las penas Y los sacrificios concluidos en festival.

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La temporada ya llega, repiten una y otra vez, Recomiendan apresurarme a arar mi parcela, Sacar mi ahorradito y, antes de que el mejor producto se agote, Comprar los costales atiborrados De semillas De donde saldrán nuevos rostros, nuevas caricias, Otras frutas, otros poros, nuevas llagas, La misma rutina, el sudor que baja por la columna, Las mismas grietas sobre la misma piel, El sol inmutable y los ciclos del agua, La hoz arrastrada generación tras generación y La misma receta. Me han recomendado preparar el terreno para la próxima cosecha Pero yo ya no quiero ser agricultor de memorias Yo ya estoy satisfecho con aquello sembrado hasta el momento Yo ya estoy satisfecho, y me engaño sin tractor ni saco, Y me engaño como si remeras salieran bajo mis axilas, Como si en verdad fuera importarle a alguien E hiciera alguna diferencia Que yo ya no quiera cultivar justo cuando La temporada comienza. *

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Las tardes de Ludus Cada tarde, como lo indicaba el instructivo, trataba de sonreir. Tanto más lo hiciera, mejor (claro, siempre y cuando la tarea estuviera terminada). Su madre a estas alturas no debía recordarle lo importante de aquella labor – años de almuerzo frente al televisor habían rendido frutos en el pequeño. Por tanto, diariamente a la hora en la que el día sale del tostador, imprimía todo su aliento sobre el arco de sus labios hasta chasquear una ilusión. Un día, soleado como todos, justo después de concluir sus quehaceres, Ludus tropezó con una pelota. Una escena vista tantas veces durante la comida, pero la audiencia no estaba ahí para reproducir las risas y él ya no quería montar su secuencia cotidiana frente al espejo. Lloró del dolor, pero entretuvo su espíritu de tal manera que cambió la dinámica, y desde entonces, cada tarde, intenta lastimarse de nuevo. Cuando no le sale, personifica desde lo más sincero de su ser al público, y desternilla por horas, más de las indicadas en el instructivo, con los ojos cerrados y revolcándose sobre la alfombra, chorreando lágrimas como si su caída hubiera sido en verdad dolosa. *

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Tarde de Catedral El desterrado lleva a la conquistada a pasear por la plaza central, pues la chamaca no conoce la Catedral. Le da una lección de santos y vírgenes que jamás podrá olvidar. La nena, por supuesto, encantada tan sólo los primeros minutos, está más interesada en el algodón de azúcar; el tutor, en las manos sucias del vendedor. A ambos les fascina la idea de tomarse la foto de postal, con la fachada de la Iglesia guardando sus espaldas. Quien se convirtió en fotógrafo dejó el palo de golosinas sobre la reja, y ahora opera la nostalgia de plata, diseñada en Japón, sin mayor problema. La pareja regresa de la mano. Andan sobre vías, no de acero sino de piedra de templo, trenzadas sobre el gran lago que perdió el reflejo de sus astros, y pisan varios gusanos en el camino. De vuelta en el orfanato, la pequeña abre la puertecilla del jardín frontal y se despide del señor. De la hiedra a su dedo pasa un azotador, quemando su tierna mano. Ella besa la herida y, justo antes de entrar al edificio, voltea para regalarnos la última sonrisa del día. *

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Reloj y Templo Al comprimir el universo en rueditas dentadas o lucecitas floreadas manitas de plástico o diamante de matemáticas nos hicimos de dioses portátiles y cambiamos quizá para siempre las notas de un amanecer por pájaros mecánicos, eléctricos, digitales veneramos los puntos fijos, las preciosas e inmaculadas relaciones de la hora sin percibir que detrás de esos cristales el mundo caía fuerte, y la vida ella que sí es tiempo y no reloj ella que sí pasa y brinca como la bolsa ella que es ella y no él que lo es todo por el momento monda de quien mide sus pasos con vestigios de arena que no son arena y los engaña diciéndoles es la lluvia quien los moja. *

32


Si tan sólo Si tan sólo su filo olvidara que alguien a él quedó finado y sus hojas coquetearan chatas con los confines de mi cuerpo, entonces ni en su nombre ni en sus labios o sus senos, ni en su inabarcable recuerdo hundiría mi lengua, como cánula en el desierto de mi sangre – ni roja ni agua, ni arena de nadie. *

Expiación La brisa trae el olor a infinito. Las olas, como días, galopan hacia mi vista. Una detrás de otra detrás. Me imagino ligero; sin pasado, sin futuro. Entre las aves de mar estiro mis ropas como si fueran alas. Ahora el viento entrometido recorre mi piel: El mundo me hace suyo. Casi lo escucho murmurar – “No temas”. No temo. Extiendo mis brazos y cierro los ojos en reverencia, eterna reverencia a todas aquellas fuerzas superándome. Les concedo poder absoluto sobre mi existencia y nunca antes me había sentido tan libre. *

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Domingo de Sermón A la intemperie, mi piel color de sol después de una nevada, veo detrás de las ramas aún desnudas las cúpulas de un palacio que no conozco. De mis poros emerge la extrañeza y me reconozco en mi condición de extranjero. Hoy he visto a las palabras en las piedras y en el río. Petrificadas, ajenas sobre frisos, gabletes y carteles, en movimiento, descendiendo desde el cielo, las he visto en el humo detrás de la nieve, trepando a tinta fachadas, en las raíces y en los troncos, en las bolsas y botellas acumuladas a orillas del afluente. (Los patos hablan bajo los puentes, mi andar sobre las tablas los interrumpe.) En mis pesadillas las llevé tatuadas por todo el cuerpo. En la sien leía “nada”. La última palabra de la serie comenzando en mis tobillos. Mi piel era también agua,

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corriente, mi lengua enlodaba vocablos a un costado del canal. Me levanté con la pregunta partiendo mis labios: ¿qué será de ellas cuando mi piel se desintegre? ¿Qué será del amor, del deseo? ¿Regresará el espíritu a la rutina? *

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μenuμα

Mexico City - London

escrito por Pablo M. Z. [Ciudad de México, Lisboa, Edimburgo, Londres, Frankfurt, Salzburgo] diseño e impresión μenuμα Londres Octubre 2009


© Pablo M. Z., 2009

Libretas y Dispositivos (mayo 2008 - octubre 2009)  

Colección de poesía y narrativa breve.

Libretas y Dispositivos (mayo 2008 - octubre 2009)  

Colección de poesía y narrativa breve.

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