Madinat al-Zahra en el urbanismo musulmán, Manuel Pedro Acién Almansa.

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cuA?F_Rlios DE

MADINAT AL-ZAHRA' I

a

coRPoBA,

t987


SUMARIO MANUEL OCAÑAJIMÉNEZ Pág. 7

Presentación

o

t.ar JOtrfNADAS SOBRE MADINAT AI-ZAHRA'. PONENCIAS

MANUEL ACIEN ALMANSA Mahnat al-Zahra'en el urbanísmo

musulmán

Pág.

11

CHRISTIAN EWERT Elemenfos decoratiuos en los tableros paríetales del salón ríco de

Maúnat

.

al-Zahra'

J. E. HERNÁNDEZ BERMEJO Aproximacilín al estudio de las especies botánicw originariamente existentes enlosjardinesde

Mattnatal-Zahra'

Pág. 27

Pág. 67

ALFONSO JIMÉNEZ MARTÍN Los jardines de

Maúnat al-Zahm'

Pág. 81

ANA LABARTA - CARMEN BARCELó Lwfuentes árabes sobre al-Zahra': estado de la

cuestíón

Pág. 93

MANUEL OCAÑA JIMÉNEZ Coniileraciones en tomo al próIogo de la obra oMattnat al-Zahra'. Arquitectura y decoraciónr, de don Félix Hemández

Ciménez

Pág. 107

GUILLERMO ROSSELLO-BORDOY Algunas obseruaciones sobre la decoración cerámica en uerde y

.

Pág. 125

ESTUDIOS

ANTONIO VALLEJO TRIANO El baño próximo al salón de 'Abd al-Ra\man

.

manganeso

III

Pág. 141

CRóNICA DEL CONJUNTO

ANTONIO VALLEJO TRIANO Crcinica años

1985-87 '

Pá9. 169


1.as

JORNADAS SOBRE MADINAT AL-ZAHRA' PONENCIAS


MADIN AT AL-ZAHRA' EN EL URBANISMO MUSULMAN MANUEL ACIEN ALMANSA

I tema de <Madinat el-Zahra' en el urbanismo musulmán> que me ha sido encargado por le organizaaón de estasJornadas indica claramente que no tengo que exponer sobre el urbanismo de Madinat al-Zahra', ya que, efectivamente, por una parte contamos aquí con excelentes especialistas que conocen las fuentes y el yacimiento mejor que yo, !, por otra parte, muchos de los interrogantes que nos podemos hacer ahorp sobre la ciudad de'Abd al-Ralrman III tan sólo podrán ser contestados cuando se continúe la investigación arqueológica.

Así pues, un vez disculpado de esa tarea por las razones antedichas, lo que pretendo exponer es, más

bien, el significado de Madinat al-Zehra'

desde el punto de vista de la historia del Islam en

general y de la de al-Andalus en particular; es decir, que no me limitaré a los postulados de la historia del Arte, como tampoco a un análisis exclusivamente arqueológico de la cuestión

Metodológicamente este enfoque se llevará partir de los conceptos teóricos del materialismo histórico, a pesar de que soy perfectaa cabo a

mente consciente de que en nuestros días ese contenido teórico es algo ya desusado o demoddé ante la avalancha de onuevas historias> o, sobre todo en arqueología, nuevas formulaciones teóricas. Sin embargo, creo que es demostrable que esas <novedades> lo son tan sólo en cuanto a la

formulación, no en cuanto a los contenidos, y

que en absoluto se pueden considerar como supletorios del materialismo histórico. Desde esta perspectiva metodológica es fundamental eclertr cuáles serían los elementos definitorios de la formación social islámica es de-

cir, las características propias que üstinguen

a

esta sociedad de las restantes formaciones socia-

un problema sobre el que se han vertido muchas opinioneg llegando a veces a soluciones puramente negativas, como la definición de uno feudalismon para la sociedad islámica tradicional vertida por los intelectuales egipcios en los años 60, además de otras claramente pintorescas, como la de <feudaüsmo oriental> (1). En nuestros medios culturales las versiones más conocidas son la expuesta por AA Rodinson, quien de una forma un tanto teleológica consideraba a la sociedad islámica como abocada al capitaüsmo (2), y de manera más rigurosa S. Amin, quien destacó lo que él llamaba modo de producción de pequeño mercado simple y la articulación del comercio lejano (3). Desde nuestro punto de vista el esquema se puede completar con dos ele'mentos la hegemonía de lo privado y el mundo les. Es éste

urbano. Recalcar la hegemonía de lo privado es primordial para distinguir la formación social islámica de otras formaciones sociales, como la capitalista, que se basa en la relación de las dos esferas, la de lo púbüco y lo privado, o del feudalis-

7l


mo, donde las nociones de público y privado

es

un postulado inexistente. La hegemonía de lo privado no se reduce a la legitimación y sacralización de la propiedad privada que encontramos ya en el propio Corán, sino que abarca a todos los aspectos del mundo musulmán, desde la üda

cotidiana como, por ejemplo, la particularidad interior en vez de abrirse hacia la fachada, llegando a identificarse con lo sagrado la parte más privada de la vivienü, el haram, es decir, el harén; en la vida política, donde la elección de un nuevo soberano depende de una bayra, de un contrato, el mismo término que se emplea para una transacción comercial; o que tiene sus repercusiones en términos urbanísticos, como explicó R Brunschvig mediante el concepto de finn' (4), y que ha llevado a algún autor a afirmar rotundade la construcción de la vivienda hacia el

mente que <sólo existe en islam la propiedad

pri-

vado (5). Con respecto al predominio del mundo urbano en la sociedad islámica, sólo diré que es uno de los pocos puntos donde se puede encontrar una total coincidencia entre los investigadores, independientemente de la diversidad de tenden-

y escuelas en que éstos se englobar¡ quizás con lá única objección de Ira M. Lapidus, que luego comentaremos. Pues bien, estos dos elementos definitorios, lo privado y el muro urbano se relacionan y enlazan entre sí precisamente en la ciudad, entendida como el lugar donde se cias

efecnian los contratos, es decir, las transacciones privadas, garantizzdas por todo el aparato jurídico a su servicio y, en caso de necesidad, por el aparato policial. Estos dos elementos se encuentran asimismo contemplados en el Corán, siendo perfectamente conocida la legitimación de la propiedad privada y de su consecuente la aaividad comercial, hasta el punto que ya a finales del siglo pasado Ch. C. Torrey pubücó su tesis, según la cual el1éxico empleado en el Corán para sus elaboraciones teológicas, en reaüdad, no era sino la terminología de la actividad comercial (6). El segundo elemento, sin embargo, ha pasado más desapercibido, divergiendo los autores segrín su propia visión del urbanismo, desde.los que no encuen-

tran ningurn elusión 72

o

sólo una, en la

sura

XXXIII

cuando se aconseja a las mujeres permanecer en su residencia (7), hasta los que pueden reunir un extensobpéndice sobre polftica ediücia (8). En realidad, unos y otros autores lo que buscan es posibles normativas jurídicas aplicables al urbanismo, cuando lo que creo es que el Corán aborda este tema desde una perspectiva mucho mís ideológica.

Lo podemos observar si anaüzamos la visión del pasado que nos ofrece el Libro Sagrado. Aunque, claro está, no se trata de un libro de historia, en el Corán encontramos una especial visión del pasado que se efecnía mediante dos técnicas distintas La primera de ellas, que no nos interesa aqu( es la que podemos denominar como técnica tradicional o propia de la antigua sociedad tribal, es decir, la elaboración de genealogías, pero, eso sú con una función distinta" la de aglutinar a la nueva sociedad; es así como surgen los epónimos 'Arab, para reunir a todas las ramas de Q"ys y Kalb, o el de lbráhim, cuando se pensó en la asimilación de los judíos de Yatrib. La otra técnica de tratamiento del pasado lógicamente también está orienada en función de la nueva sociedad, y se trata de la visión que se nos ofrece de la antigua sociedad sedentaria del Yemen, recordando sus ciudades, palacios y jardines, per-

mitiendo la identificación de ciudad y paraíso, aunque inevitablemente esa sociedad fue cestigada por Dios y devino la decadencia de la vida urbana- Esta temática, indudablement€ no la sacó Mahoma de la nada, sino que le vino dada por el contenido de los fastos, también tribales, pero la novedad reside en la integración superadora que antiguas sociedades sudarábigas o, si se.quiere, en la ucronía de poner en el pasado las aspiraciones de la sociedad del momento, con un se hace de las

mecanismo muy semejante al que utilizó, por ejemplo, la burguesía ilusrrada del XVIII, fabricándose la idea que ha llegado hasta nuestros días, de la Grecia clísica como el mundo de la razón, de la democraci4 etc. De igual manera la visión ideológica de la ciudad-paraíso se mantendrá en el mundo islámico a través de la literatura fantástica (9) y de las artes decorativas (10). Si abandonamos este nivel teórico y pasamos al de la práctica" es claro que el Corán se redacta para la sociedad urbana de la Meca, una sociedad


que ha roto con su antecedente beudína y que, por tanto, necesita una nueva legitimidad Pero, a

partir de aquí surgen las desavenencias, céntradas en el carácter de los amsar de la época de los Ra5idün y, sobre todo, en el urbanismo de la época omeya- No cabe duda de que la mayoría de los amsar se convertirán muy pronto en auténficas ciudades, aunque ello no aclara mucho sobre la intencionalidad de su creación y su primitiva función -simple campamento o asentamiento de nómadas-, y carecemos de evidencia arqueológica para resolverlo, ya que no contamos nada más que con las plantas de algurns mezquitas. Para la época omeya se constata el aumento urbano mediante la transformación de esos amsar en auténticas ciudades, y la creación de nuevos núcleos, si bien se suele olvidar que no es un proceso lineal, sino que en ese momento se van a abandonar también ciudades como füra, la antigua capital de lo lajmíes, o la propia Ctesifon En general, la cuestión se suele centrar en considerar este urbanismo omeya como continuidad o imitación del romano, para lo que se aducen los

ejemplos de Ramla o de .Anfar, o, por el contrario, defender una ruptura entre el mundo antiguo y el musulmán. Desde esa perspectiva creo que el problema insoluble y siempre habrá partidarios de urn y es otra teoría Pienso que el error procede de entender la época de los Ra3idün y de los omeyas como plenamente islámica a causa de una identificación mecánica entre religión y sociedad, Estado y sociedad, etc., y no entenderla como un período de transición hacia la f,ormación social isl'ámica, caracterizaü esa transición por las contradicciones resultantes del enfrentamiento de varias formaciones sociales, representada la islá-

mica por los árabes del $i!á2, la tribal por los contingentes beduinos que participan en las conquistas, la urbana heredera del esclavismo antiguo o la <feudalizante> de los dahaqin iranios Intentar ver, por tanto, formas plenamente islámicas o romanas en el urbanismo omeya no depende nada más que de la elección que haga el investigador entre las distintas formaciones sociales

que confluyen en la traruiciór¡ pero se hará siempre, en

esa perspectiv4 en detrimento de las restantes formaciones sociales y, en consecuencia, destruyendo la realidad histórica. Sin embar-

go, y funcionalmente hablando, ese carácter

for-

mal de transición no implica que el urbanismo de la época en general, tanto a partir de la evolución de los amsar, de las nuevas construcciones omeyas, o de la ocupación de urbes preexistentes, en realidad corutituya un importante elemento de islamización, como lo demostrará el triunfo de esta sociedad a partir de la revolución 'abbásí.

Efectivamente, el triunfo .abbásí no fue sino la victoria de los que Shaban llama los <asimiladores> (11), es decir, los partidarios, árabes y no árabes, del abandono del lihad

y

de la integra-

ción de conquistadores y conquistados en una única sociedad donde prime lo plenamente islámico. Como es sabido, el símbolo de la victoria será una ciudad nueva, la Madirnt al-Salám de al-Mansür, o sea, por fin la ciudad de la pez, en sentido üteral, aunque al mismo tiempo aluda al paraíso en exacta correspondencia coránice (12), paz imprescindible para el desarrollo del comercio y de la actividad privada en general Los especialistas estáh de acuerdo en que durante los primerost siglos 'abb?síes se va a dar un

importante crecimiento demográfico, cuyas pautas concretas desconocemos pero que, lógicamente, hay que poner en relación con la implantación de la sociedad islámica, y sin que haya que entender esto como una consect¡encia de la difusión de la poligamia (13);pero lo que ahora nos interesa es que, en palabrx de Eliyahu Ashtor, el fenómeno más característico de ese desarrollo demográfico es indudablemente el aumento de las ciudades (14). Este mismo autor establece una larga serie formada por esos nuevos núcleos que, lógicamente, no varnos a incluir aquí Pero lo que nos importa destacar es que un buen número de esas nuevas fundaciones surgirán a impulsos de los califas 'abtsasíes. Asi el propio alMansur, tras la fundación de Madinat al-Salám, construirá Raqqa y, en la misma Bagdad, lo que se denomina¡á al-Rusáfa para su hijo al-Madi; Hárun al-Raíid ampliará y tomará como sede la ciudad de Raqqa; al-Ma'mun edificará al-Rahba a orillas del Eúfrates; como es sabido, será en 836 cuando al-Mu"tasim se traslade a la primera Samarrá; en 865 al-Mustain fundará su ciudad al E. del Tigris en Bagdad (16) y poco después al-

13


Mutawakkil ampliará lo que ahora conocemos como Sámarrá con su creación de al-Ya'fariyya. Todavía a finales del siglo XI el califa alMustazhir edificará la segunda Bagdad E, pero, sin necesidad de saürnos del siglo IX, la lista se podría ampliar con las ciudades de frontera. De esta simple relación se deduce con claridad que la intencionalidad de estas creacioes no era huir de lo que algunos autores llaman ulos revoltosos medios urbanos>, explicación que ha sido dada incluso a la Madinat al-Salám de al-Mansür (77), ya que sería absurdo un dispendio de tal magnitud y con la seguridad de que no iba a cumplir su objetivo. En verdad, esa explicación no es sino una generahzactón a partir de la cita de alYa'qub1 en que expresa la creación de Sámarrá por al-Mu.tasim con el objeto de aislar a los pretorianos turcos de la población de Bagdad, pero curiosamente la nueva ciudad no poseía ningún tipo de murallas, ni siquiera simbólicas, con lo que esa opinión es dificil de aceptar. LJna segunda observación se refiere a que dichos centros, y frente a las tesis de diversos autores (18), no hay que entenderlos como simples residencias palaciegas o del gobierno, ya que, cuando tenemos fuentes para ello, se nos habla muy claramente de sus mercados, centros artesanales, grandes mezquitas, etc., previstos ya desde

el momento de su creación e independientemente de 1o que fuera su desarrollo posterior (19). Es posible que en esta fiebre urbanística tenga algo que ver el impuesto de le galla, quc recaía sobre las tiendas de los comerciantes y que pertenecía al tesoro persornl del califa (20), pero de lo que no cabe duda es de que existían las condiciones propicias para ese desarrollo y de 1ue los califas las impulsarán

medio de los gaznawíes, estos levantarán LaIkari-Bázzr, provista de un zoco de 5 km. de largo, ciudad ésta en los confines del mundo musulmán que posiblemente constituya el paralelo más semejante a Madinat al-Zahra'pese a la lejanía geográfica y a su cronología de un siglo posterior, por lo que detenemos aquí esta relación que vincula ciudades y soberanos, que se podría prolongar al menos hasta el siglo XVII.

Lo que sigue siendo problemático en estas nuevas fundaciones es la insistencia en ubicarlas en la proximidad de otras ciudades, dando lugar en algunos casos a ciudades múltiples, como

Bagdad, Sámarrá o El Cairo, y más frecuentemente, a ciudades dobles (21). Cabe la posibilidad de que en algunos casos se hiciera con la finaüdad de atraerse rápidamente pobladores y mercaderes, conociendo el ejemplo de la creación fitimí de Sabra-Mansuriyya junto a Qayrawán con el objetivo de asfixiar económicamente a la ciudad del málikismo (22), y sabemos también que la expansión de Bagdad se debió en algún momento a consecuencia de incendios en la parte vieja (23), si bien no sería correcto generaüzar estos ejemplos, por lo que la cuestión sigue pendiente.

Junto a este desarrollo urbano se dará también en época .abbásí el esplendor cultural de la civiüz¿ción islámica y, como fruto de ese esfuerzo intelectual, lo que era un simple hecho ideológico, la vinculación entre islam y mundo urbano, ahora se ve a teorizar por obra fundamentalmente de al-Fárábi, quien asociará de forma de-

Esta actividad de los .abbásíes será emulada por sus gobernantes, pero también por sus adversarios; asi Ibn Tülün construirá al-Qatá'i' en

finitiva la ciudad con la vida en sociedad (islámica, claro está), en su al-Siyasat al-mddaniya así como en al-Maúnat affi(ila, donde tras una excelente exposición de la división técnica del trabajo afrma la imposibilidad de corueguir la sociedad perfecta fuera de la ciudad, al mismo tiempo que nos ilustra sobre la relación ciudad-

el actual El Cairo, el buwayhí'Adud al-Dawla hará lo propio con FanaJusraw cerca de Shirá2, mientras que a los aglabíes se deben al'Abbásiyya y Raqqáda en Ifriqiyya en tento que

campo en el pensamiento islámico, cuestión bastante controvertida por los historiadores, diciendo que das aldeas son respecto de una ciudad, como una entidad puesta a su servicio> (24). Esta

el primer urbanismo en el Magrib al-Aqsi

teorización no impide que continúe la visión ideológica como se vio en el sentido simbólico y literal de la primera Bagdad, pero esa concepción ideológica debido a la insistencia de la prác-

será

obra de los disidentes idrisíes,la ciudad de Fez, y rustümíes, la de Tahart. Posteriormente, cuando los musulmanes ocupen el actual Afganistán por

74


tica, se va a completar con la vinculación no sólo de islam y ciudad sino más bien, de ciudad islá-

mica como creación califal, como podemos ad-

vertir en las palabras puestas en boca de alMutawakkil tras la construcción de al-

-'l

?a'fariyya, (ya soy un verdadero soberano>. Sin embargo, este segundo paso de la concepción ideológica no llegará a teoriza.rse, e inútilmente lo buscaríamos entre las doce cualidades requeridas para el iman por el propio al-Fárábi (25) o entre las siete que exige al-Máwardi en sus ¿/Ahkam al-sultaniyya (26), debido, sin duda, a la preocupación de esos teóricos por el deber-ser antes que por la explicación de la práctica coti-

dianarI

En

efecto,

la

concepción soberano-

fundador de ciudades no la he encontrado explicitada en ningún autor musulmán, aunque creo que no se debe dudar sobre su vigencia como hecho ideológico, ya que esa misma concepción la veremos aparecer en el feudalismo tardío;

To-

más de Aquino afirma en su Summa Theologica <la ciudad es la comunidad perfecta-.. y es obligación de los reyes construir ciudades> (27).Obviamente, el Doctor Angélico está heblando sobr'e el deber-ser, pues si bien ignoro los cauces a tra,t

vés de los cuales le llegó dicha aseveración -quizás a través de los averroistas de París-, la

práctica del siglo XIII estaba bastante alejada de esa.realidad, aunque existían poderosas razones para desearlo, como la vinculación de la Orden de Predicadores a los burgos y el momento de auge de las monarquías feudales frente a la nobleza lucha en la que, como es bien sabido, buscarán el apoyo de las ciudades. Si dejamos el islam oriental y nos venimos a al-Andalus, nos encontramos con que en el momento de la llegada de los musulmanes el antiguo mundo urbano de la Hispania romana era

algo totalmente periclitado, como sabemos por el antiguo trabajo de Lacarra y los estudios puntuales aparecidos con posterioridad (28). I¿ islarnizacl'ón de al-Andalus, en el sentido de formación social de que vengo hablando, hay que considerarla como un proceso, e incluso como un proceso más lento de lo que se creía si nos atenemos a los resultados que el estudio de la cultura

material nos está proporcionando en estos últimos años. Pero ello es lógico si tenemos en cuenta que la imposición del islam en al-Andalus

se va a conseguir a través de una dura lucha con formaciones sociales distintas, como las tribales y feudalizantes que, por otra parte, no se han de identificar mecánicamente con diversos grupos humanos, ya que se darán una serie de contaminaciones entre unas y otras que traerán como consecuencia que el proceso en absoluto sea üneal (29). Por otra parte, la implantación del sistema omeyA que antes hemos conceptuado

como de transición, quiás fuera el medio más adecuado paru reahzar la conquista, pero induda-

blemente no el más apropiado para conseguir urn rápida islamización. Como es conocido, es a'Abd al-Rahmán II a quien se debe fundamentalmente la introducción en al-Andalus del sistema de gobierno .abbásí y, con ello, la posibilidad de una islamización plena, aunque precisamente como consecuencia

lo que los cronistas denominan corno 7., ftna, es decir, la revuelta generahzada contra Córdoba de los defensores de esas otras formaciones sociales, con lo cual el proceso se alargará hasta los inicios del siglo X. Ahora bien, la especificidad de la islamización de al-Andalus no implica en absoluto que exista una discrepancia con los principios fundamentales de la sociedad islámica y, por tanto, con el desarrollo urbano. Leopoldo iorr., Balbás enumera seis ciudades fundadas por los monarcas con anterioridad a 'Abd al-Rahman III (30), si bien entre éstas encontramos una problemática bastante distinta, ya que al menos dos de ellas, Talamanca y Madrid, fueron creadas por neceside

esas

innovaciones se dé

dades fronterizas, mientras que el papel del sobe-

ranó en Ilbira y Tudela es bastante dudoso. El conocido caso de la fundación de Murcia por 'Abd al-Rahman II es un buen ejemplo en cuanto a su intencionalidad, pero desconocemos por completo el nivel urbanístico que alcanzó durante el emirato. El general, e independientemente del número y éxito de las fundaciones de los emires omeya$ creo que se puede resumir la cuestión en que existió un indudable aliento por parte de éstos, como lo podemos observar mediante la diÍusión del cadiazgo por el valle del Guadalquivir, o la construcción de mezquitas, pero que, sin embargo, ese aliento no fue suficiente como para alcanzar resultados espectaculares, siendo el mejor apoyo a esta aseveración el 15


ejemplo de Sevilla cuyo nivel de densidad y organización urbana debería dejar bastante que desear en la primera mitad del siglo IX, cuando sus pobladores optaron por abandonarla ante el ataque de los vikingos. En realidad, la única ciudad de que tenemos corutancia, a través de las fuentes, de que va a sufrir una rápida expansión es de la ciudad de Córdoba, con la formación del arrabal de Saqunda, los sucesivos engrandecimientos

de la mezquita y el tamaño con que encontramos la ¿iudad en tiempos de 'Abd al-Rahmán

III.

No obstante, un hecho sintomático de la realidad de ese momento es la aparición de ciudades <espontáneas> o, mejor, surgidas al margen de Córdoba, entre las que se pueden enumerar varias, como las impulsadas por los Bakríes en el

SW peninsular y, sobre todo, la ciudad

de

Baffarn, de la que ya poseemos la evidencia arqueológica (31). Pienso que estos ejemplos hay que interpretarlos como el resultado de la difusión de un islamismo en el que prácticamente no

ha intervenido el Estado cordobés, explicando asimismo la sorprendente pacificación de alAndalus por'Abd al-Rahman III. Según Lévi-Provengal y Garcíe Gómez, 'Abd al-Rahman III <cuando venció a Ibn Hafsün fue .rr"rrdo creyó poder arrogarse los supremos títulos de califa y de Píncipe de los Creyentes y cuando adoptó el sobrenombre honorífico de al-Násir li-din Alláhu (32). El enorme prestigio de ambos arabistas es, por tanto, el responsable de que se haya convertido en un axioma que la consecución de una <unidad nacional> la adopción del título caliÍal, y ello pese a que dicha explicación se contradice con la teoría de la unicidad del califato dentro del islam sunníy, sobre todo, con los avatares del occidente islámico en el s. X. En efecto, a comienzos del siglo X consigue instalarse en Ifriqiyya, tras suprimir a la dinastía pro"abbásí de los aglabíes, 'LJbayd Allah, el mahdi ismá"ili, fundador del Estado fitimú el primero de cierta entidad creado por la ü.a en toda la historia del islam. Y como lógica consecuencia de estos hechos el mahdi 'Ubayd All-ah adoptará el título de imam amir al-mu'minln y proclamerá la pretensión de ser considerado como el único califa de todo el orbe musulm.án. Dicha preten-

sui generis sea la causa de

76

sión comenzará a realizarse en el espacio más próximo, el resto del Magrib, precisamente donde los omeyas de Córdoba habían conseguido un gran ascendente y era el punto clave para la nueva orientación económica del Estado cordobés, puesta en marcha desde los días de 'Abd

al-Rabman II. El conflicto se prolongará prácticamente durante todo el siglo X, demostrando el interés de los contendientes, y siendo una de fundamentales el hecho de que ambos Estados no llevarán la lucha directamente, sino que lo harán a través de intermediarios, la población beréber norteafricana- En consecuensus características

cia, será para

influir sobre

las

tribus bereberes en

igualdad de circunstancias por

Rahman

III

lo que 'Abd

aladoptará el dtulo que ya llevaron

sus antepasados.

Esta opinión ya fue expuesta por I\4 Canard en los años 40, quien además lo juzgaba como un hecho más en el marco de la actitud defensiva de

al-Násir (33I

y un investigador español, Mlkel deEpalza tituló una comunicación suya como E/ esplendor de al-Andalus, reflejo del esplcndorfatimí en

el siglo XI/l/, aunque no llegó a desarrollarla p$. Pero lo que nos interesa ahora es le materielización de la nueva dignidad, que se va a llevar a

efecto fundamentalmente por dos medios, la reanudación de las acuñaciones en oro, estudiada por Miquel Barceló (35), y la creación de Ma-

dtnetel-Zahrá'. Como hemos podido ver, la fundación de una nueva ciudad por el nuevo califa era algo que exigía la ideología dominante;pero el hecho se hacía acuciante si pensamos que sus máximos rivales, los fitimíes, ya habían construido su ciu-

dad identificada con el mahdi, Mahdiyya hoy una pequeña población de Túnez Este ejemplo, en consecuenci4 se debe tener presente, pero no se tiene que inferir de ahí que Madrnat al-Zahrt' fuese una copia de Mahdilya puesto que existen razones suficientes para marcar la diFerenci4 como las necesidades defensivas en los primeros momentos de la dinastía ñtimí y el especial carácter del ismá"iüsmo, todo lo cual hizo de Mahdiyya una qasba arúes que una ciudad, como rotundamente afirma A.Léztne (36), y con singularidades ostensibles como su gran muralla que la separaba de Zawlla, sus amplios espacios abiertos y, sobre todo, lx originalidades de su mezquita,


con el arco triunfal de acceso, la ocupación de toda la nave central como maqsura o la ausencia de alminar, en clara ruptura con la tradición sunní(37).

'Frente a esto al-Násir construirá una ciudad plenamente sunní. Este último adjetivo, en verdad, quiere decir muy poco, tan sólo que se trata de una ciudad, pero quizás sea suficiente frente a

poetas maldicientes contra el califa (46), muy diíicil de admitir si no es en un medio populoso y con escasos vínculos con el soberano. Y, para terminar por orden cronológico, sabemos que en 1009 el ejército de al-Mustacin tendrá que acampar en los alrededores por resultarle pequeña la ciudad (47), es decir, por seguir habitada, e indudablemente por gente distinta de la relacio-

las opiniones vertidas e incluso esquemas de dis-

nada con un palacio o un gobierno que ya no

tribución espacial (38) que la consideran como

existía.

una simple ciudad palatina. Esta afirmación la podemos comproLar por varias vías, optando en primer lugar por la infor-

Con respecto a los datos arqueológicos, lo primero que se ha de advertir en cuanto a la orgarización general de la ciudad es su total adecuación con lo que nos dicen los textos, al-Idrisi en concreto, euien señala su estructuración en tres niveles o terrazas, e ceü una de las cuales señala una función específica de palacio, jardines y resto de ciudad respectivamente. Esta visión tripartita de Idrisi que responde perfectamente al

mación que nos proporcionan las fuentes escripreferentemente del esfuer-

tas. Estas nos hablan

zo que supuso su construcción y de las recepciones diplomáticas, de acuerdo con las normas de la cronística, pero junto a ello nos dan otras noticias que incumben má directamente a nuestro objetivo, como cuando se desüzan datos sobre instituciones, y entre éstas, si bien el traslado de la ceca de Córdoba a Madinat el-Zehrá' de que

nos informa el Muqtabis (39) se debe de interpretar como un elemento más de ese <viraje en redondo de la dinastía> en palabras de García Gómez (40), es decir, como un puro elemento palatino, sin embargo, la existenciedeunsahib almattna (41), de baños en la medina distintos de los del palacio (42), o de una cárcel en la ciudad aparte de la del alcázzr (43), parece ser que requieren una población distinta de la simplemente palaciega- Pero más explícita aún es la información que nos refiere Ibn f{awqal, quien merece toda nuestra credibilidad en este punto por tratarse de un informador de los fátimíes, el cual, tras decir que al-Násir construyó allí mercados, baños, caravanserrallos, palacios y parques -por este orden sintomático en el texto- y que alentó a la gente de al-Andalus con 400 dirhám/s para el que se construyera la vivienda junto al soberano, añade <un río de gente se apresuró a edificar; los edificios se hicieron densos y la popularidad de esta ciudad adquirió proporciones, hasta el punto que las casas formaban una línea continua entre Córdobay Zahra'> (44), noticia que coincide con la delos Anales palatino-s que nos habla de arrabales y gentes de los contornos en al-Zahrá' (45). Esta misma fuente nos transmite la anécdota de la detención de Abü Cernza y el grupo de

aspecto físico de la ciudad, sin embargo ha de ser

corregida en cuanto ala organ;vación urbana en el sentido que lo hizo Félix Hernández, o sea, en que lo que él llamó parata superior e intermedia

constituyen eI alcázar, mientras que la inferior corresponde a la madina propiamente dicha (48). De ello se infiere la preeminencia de Ia topografia en la concepción de la ciudad, hecho que, como veremos más adelante, tiene importantes consecuencias.

La tercazz superior acoge residencias privadas

y edificios relacionados con el gobierno y, pese a la imposibilidad de identificación entre los nombres que nos proporcionan las fuentes y los restos descubiertos, como ya advirtió M. Ocaña (49), lo que es indudable es que se trata de una parte plenamente aúlica, de acuerdo con la concepción de ciudad del califato; en este lugar la cota más elevada se reserva para la residencia privada del califa, simbolizando de forma inmediata el dominio y la propiedad de la ciudad, resultansea en este lugar donde rlnicamente se encuentran influencias de la urbanística fitimí de Mahdiyya; asú el aspecto señalado de ubicar en el punto más elevado la residencia priv4da del califa (50) y, sobre todo, la innovación'de 'Ubayd All-ah de situar en edificios distintos y separados las funciones privadas y las oficiales, en una ruptura total con la tradición oriental de residencias omeyas y palacios .ab-

do inquietante que

l7


básíes que, a

inferior a la de sus congéneres fitimíes, donde

como se ha dicho, del alcázar, es decir, de1 sector aúlico de la ciudad, ocupada fundamentalmente por lo que Gómez Morcno llamó el Salón Rico y los jardines, albercas y pabellón fronteros, significando expresamente la división antedicha entre oficial y privado, pero además, tanto por su topografia: un espolón que adentra el tlcázar en la madina, como por su ubicación axial con respecto al conjunto de la ciudad y el simbolismo paradisíaco de sus elementos, se trata

predominaba lo axial de una forma imposible de concebir en al-Záhrá'. Siguiendo con la mezquita, es sabido que ésta tendrá la orientación debida, discordante plenamente con el resto de construcciones de la ciudad, lo cual se puede considerar como prueba de un avance técnico en alAndalus, pero también es lícito entenderlo como una supeditación de lo religioso ante lo palatino, ya que, a diferencia de otras ciudades en que la orientación de la qibla determina el trazedo urbanístico, como es el caso de Túnez, a partir de la Zaytona, estudiado por B. S. Hakim (57), o el más conocido de Isfahán, en Madinat al-

partir de ese momento, se difundirá en el occidente musulmán. La terraza intermedia forma parte también,

de una auténtica exposición constante del califato para con la ciudad o, si se quiere, la tangible

Zahrá'predomina lo topogrrífico, y ya sabemos

materialización de la gloria del nuevo régimen

que en su cumbre se sittia el califa.

(s1). Esta segunda tefiaza, como parte integrante del alcázzr, lógicamente, tiene una separación bastante neta del resto de la madina, pero, sin embargo, esa separación no es totalmente brusca,

Del resto de la ciudad, o sea, prácticamente del 907o no sabemos nada con certeze, salvo la existencia de un pequeño oratorio en la zona'W detectado por la fotografia aérea (58) y sus lfmites amurallados que encierran un rectángulo de unas 113 Ha. (59) Este último daro riene su importancia en arqueología, puesto que es sabido como L. Torres Balbás creó un método para el cálculo de la población de un recinto conocido a partir de una densidad establecida o de la superficie media de las vivienda (60)pero no deja de ser sintomático que el propio autor del método no lo aplicara a Madinat el-Zahra', sin duda a causa de la excepcionalidad de esta ciudad. Más recientemente Alexandr e Lénne ha reexaminado el método aplicándolo a las ciudades de Ifriqiyya con la consecuencia de una disminución notable de lsa cifras obtenidas por Torres Balbás, pasando de 348 habitantes/Fla a una media de 130 hab.ftIz. y concluyendo, por tanto, con lo que él denomina caráctet relativamente aireado del urbanismo musulmán del siglo X

sino que existen dos elementos encargados de efectuar una transición, como son la mezquita, de uso compartido por la gente del alcázar y de la madina, y en el lado opuesto y con la misma cota de 177 m., que ésta (52) el llamado Jardín Bajo, cuya utilización como vía de acceso de la ciudad el alcázer fue descubierta por F. Hernández (53). No cabe duda de que hay una intencionalidad en la ubicación paralela de estos dos ele-

mentos, pudiéndose interpretar en principio como una concesión del califa a la ciudad para que ésta participe de su gloria frente a la obligatoriedad de la oración en común.

La situación de la mezquita en la madina, se puede explicar por una influencia del modelo cordobés, pero, de todas formas, es un fenómeno coincidente con la tendencia impuesta por los 'abbásíes de separación entre palacio y mezquit4 a causa, según O. Grabar, de una afirmación de los prinunida al palacio tan sólo por el sabat

cipios laicos sobre los puremente religiosos (54). Con respecto al sabát, no sabemos si estaría cubierto como en Córdoba o, por el contrario, si era un eSpacio a cielo abierto (55) susceptible de acoger las procesiones del califa y su séquito, al igual que se daban en Bagdad y Sámarrá (56), pero lo que es indudable es que esas ostentaciones, si se daban, serían en una proporción muy 18

(61). Independientemente de que ambos autores

han recogido sus datos de épocas cronológicamente distantes -los de Lézine más próximos a nuestro caso-, sendas conclusiones se refieren a ciudades <normales> y, en consecuencia, no son aplicablés directamenre a la ciudad de al-Nasir; pero, por tener una referencia, diré que los datos de Torres Balbás dan unos 40.000 habitantes, mientras que con las cifras de Lézine se quedan en poco menos de 15.000 (62).

No obstante,

este

mismo autor ha confeccio-


nado otro método, que consiste en calcular el número de pobladores de una ciudad una vez obtenida la cifra de ocupantes de la mezquita (63), mediante 1o cual llega a unos resultados bastante aceptables, si bien el método necesita ser contrastado en otros lugares y con otros datos. Pese a la provisionalidad que esto origina creo que estamos obügados a ensayarlo, a falta de otro más preciso o convincente, pues por lo demás, el traslado de sus datos es una tarea sencilla, cuidando solo de exponerlo gráficamente (fig. 1). El resultado, como se puede observar, es de 564 plazas en la sala de oración exceptuando la maq-

nra,424 en las galerías del patio y 572 en el sahn mismo, todo lo cual suma la sorprendente cifra, por

su exactitud, de 1.500 plazas.

Si aceptamos el coeficiente 4 aplicado por Lézine, resultan por consiguiente 6.000 habitantes para la ciudad. Pero una cosa es el traslado mecánico de sus medidas y otre bastante distinta es identificar a prioi las circunstancias de la Ifnqiyya de los siglos IX y X con la ciudad de 'Abd al-Rahmán III. Es decir, tenemos que replantear el método de acuerdo con esas .i..t'rrrrtancias y en definitiva contestar a los interrogantes de qué espacio se ocupa, y por quién. Con respecto al espacio ocupable, tenemos claramente delimitada la maqsura, por 1o que la cuestión se reduce a saber si el sahn se utilizaba como sala de oración o no. No poseemos ningún dato concreto sobrq al-Zahrá', pero creo que la solución puede ser afirmativa, si establecemos un paralelismo con la aljama cordobesa, donde sabemos que el patio, ensanchado por 'Abd alRahman III, se utilizaba para la oración en común ya que este mismo califa ordenó que se pusiese un toldo para guardar a la gente del calor del sol (64),y más explícitamente aún con su sucesor al-Hakam, cuando el viernes 14 ralab de 363, es decir, recién ampliada la mezquita cordobesa, la lluvia hizo que la gente se agolpara en las puertas de las naves cuando efectuaban la oración del mediodía (65). Cabe, por tanto, trasladar esa práctica a al-Zahra' y conter esas plazas entre nuestros datos.

El segundo interrogante de quién asiste a la mezquita no cabe duda de que es más complejo y de que su solución depende de otra cuestión, cual es la función de la mezquita en una época

determinada. Oleg Grabar he ffezado las líneas maestras de esa evoluciór¡ destacando para los siglos anteriores al año 1000 su vinculación con el poder y su función de glorificación del soberano (66). Más preciso fue Sauvaget, quien hablando de la mezquita omeya resaltó su importancia por ser (no solo donde todos deben ir obügatoriamente a hacer la oración del vierne$ sino tam-

bién el centro de la vida pública, donde tienen lugar el reconocimiento solemne del califa, discursos políticos desde el minbar, recibe delegaciones de tribus, se hace justicia, se conserva el tesoro, etc.u (67). Manuel Ocaña resume esas funciones en un auténtico papel de control, de manera, creo, bastante acertada (68).

Sin embargo, por los años de 'Abd alIII sabemos que la mezquita ha perdido de esas funciones qrr. .rrr'r-.ra S-auvaget "[únas en beneficio del palacio, pero pervive totelmenRahmán

te su identificación con la dinastía y su unicidad; xi Ira M. Lapidus afirma, hablando sobre el islam en general, que hasta el siglo X se requerfa

el permiso del califa para la fundación de una mezquita, y ese permiso muy raramente se concedía (69), pero además, tenemos el ejemplo en la misma Córdoba de las sucesivas ampliaciones de la mezquita, hecho que en absoluto se debe de considerar gratuito, sino como esa identificación entre aljama y dinastía, cuando sabemos que al-Hakam II y el propio Almanzor tenían recursos más que suficientes para haber construído una nueva. Y sobre lo que podemos denominar

como utilización política de la mezquita poseemos perfecta constancia, por ejemplo, cuando en un viernes de 340 (= 952) se leyó a la gente en las dos mezquitas aljamas de Córdoba y al-Zahra'

el escrito del califa al-Násir condenando a Ibn Masarra y su escuela (70). Esta utiüzación política carece de sentido si no es con el mayor número posible de receptores, y coincide con ello la información antedicha del agolpamiento a causa de la lluvia. No obstante, las fuentes de que disponéinos también nos hablan de la utilización de musalla/s con motivo de las grandes fiestas del calendario musulmán, en concreto en la Fiesta de los Sacrificios del 361 (= 972), cuando otra üovizna hizo pensar a los predicadores en suspender la oración al aire libre y que ésta se hiciera en las mezquitas aljamas de

t9


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Fig.

20

{i.

CAPACIDAO

SALA DE ORACION

A 564 ---.=------:-B 424

GALERI AS

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5r2

Totol l.5OO

PATIO

1: Mezquita

/ PLAZAS

de

Mat

nat al-Zahrd'. Distribuci贸n de

los rect谩ngulos de oraci贸n

personal.


Córdoba y Madinat al-Zahrá'(71). Aunque desgraciadamente no contamos con una mayor pre: cisión, creo que esos datos se pueden interpretar dr: la forma siguiente: la musalla se utilizaría tan sólo con motivo de las grandes celebraciones anuales y acogería a los habitantes de al-Zahra' y a los de sus alrededores, mientras que la aljama se dedicaría fundamentalmente a la oración del viernes, a la que tenían obügación de asistir los pobladores de la madina. Pero queda aún por dilucidar qué sectores de

la población de la madina eran los que debían asistir, es decir, a partir de qué edad, y si las mujeres participaban de esa obligatoriedad. Para el primer interrogante los cálculos de Ifriqiyya se hacen sobre los 18 años aunque se acepta la pre-

eüd(72), disponiendo para al-Andalus de una respuesta muy concreta, sencia de menores de esa

los 16 años, si bien en un texto tardío, ya de época mudéjar (73), lo que se aviene mejor con un coeficiente reducido, tipo 4, antes que el elevado 6 que utiliza Torres Balbás. Con respecto a la presencia de mujeres, Lézine, basándose en la autoridad de W. Margais (74), concluye de forma negativa; pero en nuestro caso la solución no es tan simple, pues sabemos que en la aljama cordobesa las obras de Hi5ám

I y'Abd al-Rahmán II

preveían galerías para mujeres, la segunda en un plano más elevado con toda seguridad (75); sin embargo, de estas noticias se deduce claramente que la superficie reservada a las hembras era menor que la ocupada por los varones, con lo cual

la obligación no podía ser al mismo nivel; más bien se puede entender que no les aGctara dicha exigenci4 tratándose sin más de un lugar reservado para cuando acudieran a la mézquita en cualquier otra ocasión, pudiendo, por tanto, adoptar el coeficiente antedicho, referido exclusivamente

a

los varones.

Otro probleme que surge con respecto a la utilización de la capacidad de la mezquita para el cálculo de población es la función del pequeño oratorio descubierto por la fotografia aérea- En verdad, ni siquiera sabemos que dicho edificio sea contemporáneo de la época de construcción de la ciudad, peÍo, aceptándolo provisionalmente como tal, se infiere ciel plano deLópez Cuervo que sería aproximadamente 2,5 veces menor que la mezquita aljama- Trasladando entonces los

datos obtenidos en ésta resultaría con una capacidad para 600 personas, lo que no deja de ser ten-

tador de relacionarlo con las 400

casas

de nota-

Ibn'Idári (76),yaque el coeficiente que empleamos es menor que el que se

bles que nos dice

entiende como <vecino> en la demografía histórica. Esto es algo totalmente conjeturable, pero independientemente de la función de este segundo oratorio, lo que es indudable es que no se puede considerar como supletorio de la aljama en cuanto lugar de control, ya que sobre esto las fuentes no ofreceñ ningurn duda y el momento

lo permite, resultando, en coruecuencia, sin ninguna incidencia en el cálcuhistórico tampoco lo poblacional.

El resultado obtenido de 6.000 habitantes partir de

las plazas de la

a

aljama nos daría una den-

sidad absoluta de 53 hab./Lfa., realmente baja. Pero quizás sea más correcto celcularla con respecto a las 68 Ha" que ocuparía la medina propiamente dicha (77), con lo cual tendríamos una densidad de 88 hab./Fla., más próxima a los datos

y de acuerdo con la excepcionaüdad que decíamos para la ciudad, ratificándose la vide Lénne

sión de calzadas y espacios abiertos que llegó a ver Ambrosio de Morales (78). Si convertimos los habitantes en <vecinos>, apücando un coeficiente 5, resultan 1.200 de éstos, que repartidos por la superficie de la madrna nos da 566,66 m2

de espacio urbano por vivienda familiar, de acuerdo con lo que venimos viendo, pero pudiendo extraer de ahí una última conclusión; lógicamente, a partir de esa superficie estas üviendas serían de una sola planta, lo que concuerda también con lo que sabemos delelcázar y con las grandes dimensiones de las viviendas de éste, contando la casa del NE de la Dár al-Vund 600 m.2,

y el conjunto denominado

Casa de

?afar

unos 2.000 m.z. También a imitación de lo palaciego esas casas se articularían en torno a un patio, teniendo la comprobación arqueológica de que ya se hacír así en Baljrána, üna ciudad con cronología muy próxima a Madinat al-Zahrá' (7e).

Antes decía que la obtención de unas cifras de población a paftir de los ocupantes de la mezquita es una técnica que necesita comprobaciones para demostrar su fiabilidad. Pues bien,

tenemos un ejemplo muy próximo en la propia 21


Cérdoba, donde conocemos perfectamente cuando se realizan las sucesivas ampliaciones de la mezquita, obras que siempre se ponen en relación con aumentos poblacionales. Sin embargo, no poseemos ninguna precisión sobre las diversas fases de crecimiento de la ciudad, tanto de recintos murados como de arrabales. Por ello me limitaré tan sólo a la fase más plausible, aceptando que la primera mezquita de.Abd al-Rahman I se proyecta para la medina originaria, que ocuparíaLa urbs quadrata romana y el ensanchamiento S de época bizantina (80), con una superficie

de aproximadamente 76 hs. Cupiendo en

la

mezquita de al-Dájil unas 5.000 plazas incluyendo el patio (ftg. 2) (8 1), el número de pobladores se nos pone en 20.000, y, en consecuencia, una densidad de 263,75 hab.,/ffa., datos que considero bastante fiables para la Córdoba de finales del

siglo VIII. Pero los datos de Córdoba también nos pueden ilustrar sobre otros aspectos que desconocemos de a|-Zahrá', pues ya hemos visto algún ele-

mento común

a las dos ciudades,

como las cárce-

les, ambas del mismo nombre: Duwayra; al igual

que también era común la prisión subterránea en ambos palacios (82). Continuando con este planteamiento, sabemos que en e\ alcázar de Córdoba había un terreno para la práctica del yukán, ese ancestro del polo (83), de donde podemos inferir su existencia en la nueva ciudad. Asimismo, el alfaquí Ibn al-Imám, que vivió en la Córdoba del siglo X, nos informa de la permisión de los saledizos en las casas y de que existía del derecho de fna', si bien con algunas limitaciones (8a), lo que creo que es perfectamente factible trasladarlo aLal-Zahrá', máxime si pensamos que ias viviendas se edificaron según la iniciativa privada. No obstante, extraer de ahí que ya hubiera adarves es algo más arriesgado, pese a que algún autor lo generalice para el Mediterráneo islámico del siglo X (85), ya que hoy se está de acuerdo en considerarlos como una consecuencia del proceso histórico antes que una característica intrínseca del urbanismo musulmán, y el lapsus de vida de Madinat al-Zahrá'posible-

mente fuera lo suficientemente breve comcl para generarlos (86). Esta confrontación con Córdoba me permite, asimismo, rebatir la opinión expuesta muy recientemente de que con la 22

creación de al-Zahrá' se quería suplantar a Córdoba (87), no solo porque las fuentes dicen todo

lo contrario, prevaleciendo incluso en la jerarquía palatina los oficiales de Córdoba sobre los de al-Zahrá' (88), sino, sobre todo, porque esa opinión niega el aspecto ideológico de la generación de urbanismo en el mundo musulmán. Finalmente, y dejando a un iado el análisis microespacial de la zona palatina, en lo que no voy a entrar, el estudio de la ciudad musulmana no se detiene en el límite jurídico de las murallas, sino que es imprescindible observar las segregaciones de ese urbanismo extramuros, así como su influencia en la nueva articulación del territorio. Este estudio resta aún por hacer, aunque ya se ha esbozado en algún elemento, como el del abastecimiento de agua a la ciudad, su captura y conducción desde la Sierra, investigado por S. López Cuervo (89). Sobre otros aspectos también nos informan las fuentes escritas, y ya hemos aludido a la existencia de musallá y a la cita de Ibn Hawqal que nos confirma la existencia de arrabales y aknAf (: cercanías). Otro texto transmitido por al-Maqqari nos dice que estaban al lado de el-Zahra' la dar al-sfia,a y la dar al-udda, es decir, los talleres artesanales y los de pertrechos para el ejército. De estas citas lo más problemático es el sentido que hay que darle a esos nucleos periféricos, o sea, si se traa de desplazamientos o desdoblamientos de centros rurales en un movimiento paralelo al de la capital, con lo cual tendríamos un medio rural muy ligado y casi dependiente del urbano, o, por el contrario, su fun* ción sería eminentemente urbana y artesanal, teniendo que considerarlos, por tanto, como simples apéndices de la ciudad. Aunque esto es algo que resolverán las fururas investigaciones, por ahora me inclino hacia la segunda solución, tanto por las noticias algo difusas que nos dan las fuentes sobre el sistema de abastecimientos, sacándose

la impresión de que aún no se ha generado una nueva articulación del espacio y que continúa la impuesta por Córdoba, como por la lógica del desarrollo histórico que nos hace pensar para el siglo X en unas comunidades campesinas más autónomas que lo que requiere el supuesto traslado o desdoblamiento. Por ello es más normal pensar en barrios periurbanos, lo que apoya tanto el conocimiento


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t.862 1.877

?.TtT

Torol ll .770

Fig. 2: Mezquita de Córdoba. Distribución de los reaángulos de oración personal.

23


general del urbanismo musulmán, con oficios que bien por elfqh o bien coruuetudinariamente se instalaban fuera de los muros, como la limitada evidencia arqueológica, para 1o que tenemos que volver al ejemplo de Pechina, donde se ha excavado un barrio eminentemente urbano,

pero fuera del núcleo principal de habitación. Así en los alrededores de al-Zahrá' se han de encontrar no sólo los talleres que nos indican las fuentes, sino también forjas y tenerías, ubicadas

a

extramuros por los tratados de hisba, así como, con toda probabilidad los alfares de los productos zahareños A nadie se le oculta la repercusión que dicho hallazgo supondría par a la arqueología peninsular, pero he de decir aquí que dicha búsqueda es, hoy en día, la cosa más simple que existe, pudiendo afirmarse que la prospección magnética alcanzz su grado óptimo de eficacia precisamente en la localización de alfares. Y algo semejante se puede decir en cuento a las conse-

cuencias arqueológicas que

el estudio del

ce-

menterio y rawdafs de al-Zahra'podría proporcionar, debido a sus claros límites cronológicos, convirtiéndose en un auténtico hito para este

trar apoyo para su dinastía. También este cronista nos ha dejado una versión, al parecer oficial, del escrito ya aludido de al-Nágir reprobando la actitud de Ibn Masaira y su círculo, donde textualmente se le acusa, entre otras ocsas, de <residir en puntos apartados> y que (propugnaron acérrimamente al aislamiento del común del puebloo (91), probando evidentemente la idea de que la vida urbana es la apropiada para el recto musulmán, al igual que la fundación de Ta$ayra frente a Bobastro se pone como espejo de la sociedad islámica ante los disidentes (92), o la cita de Ibn Jaldün que muestra cómo se consideraba la plenitud del islam andalusí cuando afirma: (como estas dos dinastía eran muy poderosas (aludiendo a los godos, mediante una interpretación ideológica del pasado, y a los omeyas) las costumbres de la civiüzación y de la vida urbana se mantuvieron alh ininterrumpidamente y echaron profundas raíceu (93). Pero esta versión ideológica tendrá en alAndalus también su tratamiento teórico, en un momento tardío, eso s( pero plenamente justificado; me refiero a la Exposición de la oREública,

tipo de investigaciones. Es decir, lo que posnrlo es que al igual que Madinat al-Zahrá'ha sido un jalón fundamental para la historia del arte hispanomusulmán, a partir de ahora cumpla esa misma función en lo que se refiere a la historia de la cultura material en general, para 1o cual conta-

de Platón, de Averroes, obra cuya clave de

mos con los medios adecuados de prospección, pero urge su utilizción, así como una consecuencia práctica de ello: el ampliar la zona de protección y declaración de Bien Cultural, ahora con una mentalidad más arqueológica que la

sorden ideológico creado por los almohades y cuyo principal exponente es Ibn Tufayl, para rebatir a los cuales escribió su obra la mayor cabeza del islam andalus( teoriz¿ndo lógicamente la vida urbana Por todo lo anteriormente dicho, creo que los postulados de Ira M. Lapidus restando importancia a la identidad islam-medios urbanos, lle-

precedente.

Y, para terminar, quiero volver a los planteamientos teóricos de que parti señalando que la práctice de creación de urbanismo que supone Madinat al-Zahra' también estuvo acompañada en al-Andalus de una ideología que lo amparaba y justificaba, para lo cual se pueden rastrear muchos ejemplos, pero me voy a limitar a unos pocos pero bastante explícitos; así la acusación que hace un personaje tan poco dudoso de infideüdad a los omeyas como Ibn Hayyán al emir alflakam I por el suceso del arrabal, llamándolo <el tirano del arrabab (90) a causa del insólito ataque a un medio urbano donde tan solo podía encon-

24

lectu-

ra es el ataque a las sociedades feudales y tribales, precisamente sobre las que se impuso el islam andalusí, pero cuya causa inmediata es la lucha contre los llamados <solitarios, teóricos defensores de la huída personal a consecuencia del de-

gando últimamente a identificar este proceso con el de las comunidades de aldea campesinas en la Mesopotamía preislámica (95), si bien puede encontrar sujustificación en el hecho de que todavía hay autores que plantean la cuestión en términos metafísicos, como en la reciente obra de Fusaro donde se defiende la madina como el mundo del orden frente al caos del exterior (96), entiendo que esas opiniones de Lapidus son incorrectas, ya que no se trata de la oposición urbano/rural en el mundo islámico, sino de forma-


ción social tslámica/otras formaciones sociales, 1o que, en la historia concreta de al-Andalus, se materieliza en sociedades tribales y sociedades feudales o feudalizantes, en la lucha contras las cuales las ciudades ésempeñarán un papel funda-

classic Period,f-zhorc,reimpr.7979, p.98; y en cuanto a su origen en Bagdad, Ivt A. Shaban, Hktoria del islam (750-1055 d.

the

I C) Barcelona,

1980, p. 31.

21. I. NL Iapidus , Mudim Cities, p. 67. 22. Discrepa de esta opinión A. IéÁne,

Notes d'archéologie lfrQiyenne, <Revue des Etudes Islamiques> XXXV (1967), p. 100. 23. G. Makdisi, The Topryraphy, (ll), p. 285-6.

mental.

24. Abu Nas¡ al-Fárábi, I-a

NOTAS

25. Ibídem,pp.92-3. 26. Se pueden ver en E. I. J. Rosenthal, El pensamiento político en el kIam mediewl, Medrid, 1967, p. 46-7.

ciudad ideal, Presentación ¡vL Cruz Hernández, trad IVL Alonso Alonso, Madrid, 1985, pp. 82 y 83.

1. El desarrollo de la polémica

puede ver en A. Abdel Malek, Egypte, société militaire,París, 1962, pp.15-19, y del mismo auto¡ l-a pensée poütíque arabe contemporaine, Parls, 2.^ ed 1980, pp. se

27. Ciado por S. Molohy-Nagy, Urbanismo y nciedail, Barcelona, 1970, p.69. 28. J. M. Lacarrl Panorama de Ia hisaria uúana en ln Península lbéica ilesde el siglo V al { en <Settimane- Spoletoo VI (1958), pp. 319-358; reeditado enJ.IvL" Lacarra, Btudios ile Altaüad Media Valencia, 1971,pp.25-89;las monografias se deben a A. Blanco Freijeiro, La ciudad antigua (De la prehísnria a los uiigo' dos) Historía de Satilla: I (1)Sevtllu 7979;L.Garcíalgleies, Zaragoza, ciudad visigoda, Zarago4 7979; une puesta al día en J. J. Sayas Abengochea y L. A. Ga¡cía Moreno, Romanismo y getmanismo. El despertar ile las pueblos híspánicos (siglos M-X) t. II de la Histoia de Eyaña,dir. por IVt Tuñón de I¿ra, Barcelona, 1981.

180-5.

2. 3.

4. 5.

6. 7.

Rodinson, Islamy capitalismo, Buenos Aires, 1973. S. Amin, El desanolla deigual. Ensayo nbrc lasfotmaciones sociales del upitalinn peijéico, Barcelona, 797 4, ca;p. l, ola formaciones precapialistaso; y &bre el desanollo deigual de lasformadones sociales, con vrt Ensayo introductorio de M Ba¡celó, Barcelonu 7974. Uúanisme médiéval et droit musulma4 <Revue des Etudes Islamiqueu XV (1947), p. 131. D. Sourdel, Lbrgankatian de lbspace dans les villes du monde klamique, enJ. Heers, ed, Foúlfcatbns, pottes ile uilles, places publQues, ilans le monde Mediterraneen,Parts, G.), p.4. Ch. C. Toney, The Commercíal-theologbal terms in the Kora4 Leider¡ 1892; citado por M Rodinson; Isldm y cqitalkmo, p.98. A.I.énne, Deux uilles d'IJrQiya. Etuila d'archéologie, il'urbanisme, de lVL

démographie. Sousse, Tunis,París, 197 1, p. 131.

8. Como B.

S.

Españ.ola,

la Jormación y destncción de alAndalus, en Historia de los pueblos de F-spaña. Tienasfronteizas I, Andalucu. Canarias, dir. por I\tL Barceló, Barcelona, 1984, pp. 21-45; y un caso concreto en De la conqubta musulmana a la época nazari, en Málag4 voL II, ITiloia, Granada 1984, pp.

29. He esboz¿do el problema en

467-510.

30. L Torres Balbás,

Ciudailes hispanamusulman¿s, t. I, Madrid G. a), p. 50. Serían Ilbrra, Tudela, Murcia, (Jbeda, Talamanca y Ma-

Hakim, Arabit-Islamic Cnia. Building aná Planning

Principlcs, Londres, 1986, Apéndice 7, pp. 142-745.

dri¿

9. Urn recopilación de textos de este tipo se puede ver en IVL"J. kubiera, I-a arquitectura en la literatura árabe, lvbdnd, 1981. 10. Principalmente en la pintura, ya que en el resto de las a¡tes decorativas se suele hacer de forma simbóüca 1 1. M A. Shaban, The cAbbaid Reuolutioq C.ambridge,7970. 12. A. A. DurÁ, tughdnd, E. I.2, voL 1, p. 921 G. v). Q" X-29: Dios llama hacia la casa de la prz y conduce a quien quiere al camino recto; y Q., Yl-27: A ellas pertenece la casa de la paz, el Paralso, a su Señor. 13. Véase E. Ashtor, A social and economic History of the Near fust in the Middle Ages,Lnndres, 1976, p.86, quien cita los trabajos de H V. Mühsam, Fe rtility and tErcduction of the Bedouins, y Fertility oJpol:lgamous maniages, en uPopulation Studies> IV (1951) y X (1956), respectivamente. 74. Asocial,p.89.

junto

75. Ibíden,p.88. 16. I¿ existencia de una o dos ciudades en Bagdad E es algo discutido por los historiadores. Véase G. Makdisi, The Topograplry oJ eleventh C-entury Bagdád: Materi.als afld Notes

(I)

<Arabica>

VI

(lese),p.17e. 17. D. y J. Sourdel, l-a ciuilisation de l'islan clnsique, Prrís, 1976, p. 329.

18. D. yJ. Sourdel, Ihidem,p.329,E.Paury,l4lles Eontanées etvilles crées en Islam, <Annales de l'lnstitut d'Etudes Orientales> IX (7957),p.74, etc. 19. Sobre los cuatro mercados del interior de Madrnat al-Salám, véase A. A. Duri, Baghdád, p. 923, y ahí tembién sobre los célebres saq/s de Báb al-Táq en Rus-afa; sobre el centro artesano de FanaJusraw, L Iv[ hpidus, Mr.rslim Cities and Islamic Societies, en I. Ivt" Lapidus, e&, Middle Ea*em Cities, Berkeley-Los Angeles,

1979,p.63. 20. Con respecto r

la galla, véase F.

Lokkegaard. Islami Taxation in

31. Informes de

las campañas de excavaciones de 1985

y 1986 por

R

Martínez Madrid (en prensa), y la comunicación que firmo con ellos, presentada al II CAIvtE. (Madri{ 1987) Urbanismo e industria en Bffina (Pechina, AlmeF.

Castillo Galdeano y

ná) (en prensa).

32. E. Iévi-P¡ovengal y E. García Gómea Una cxiniu anónima cAbd al-Rahman

III

de

al-I{asir, Madrid-Granada, 1950, p. 16 de la

Introducción. 33. L'inperialísne

iles Fatimiiles et leur propaganib, <Annales de l'Institut d Etudes Orientales> VI (1942-47), p. 163. 34. En Acta del M Coloquio Hiryano-Tunecino, Palma de Malbrca 1 9 7 9,

35.

El

Medrid,

19 83, pp.

7 9

-82.

hiata en las aatñacbnes de orc en al-Andalus, 127-316/

744(51936(7tr [ns ilaasfunilamentales de un probkma), sMoneda y Crédito> 132 (197 5), pp. 33-7 1. 36. A. Lezine, Mahdiya. Quelques précisions sur la <tille" des premiers Faümiáes, en Notes d'archéologie lfriqiyeme, <Revue des Etudes Islamiques>

XXXV

(19 67), p.

9

6.

37. Sobre Mahdiya véase A. I-/enne, Mahdiya. Recherches il'archéologie islamQue, París, 1965, pp. 1 15-6 sobre las originaüdades de la mezquita; y las <Précisionsr citadas en la nota anterior. 38. Como el plano esquemático publicado por R Castejón y Martínez de Ari"al4 Medina Azahara. I-a ciuilad palatina de los caüfa de C<írdobq lrón, 797 6, en contracubierta. 39. Ibn Hayyan, de Córdoba, Cxínica del caüfa cAbdanahmán III anI{dsir entrc los años 912 y 942 (al-Muqtabis I/, Trad, notas e índices por IVI-"J. Viguera y F. Corriente,Z,arago41981, p. 186. 40. E. García Gómez, Notas sobrc la topografn ordobesa en los "Anales de al-Hakam II,porclsá Razt, <Al-Andalus> XXX (1965),p.321. 41. Aparece varias veces en los oAnales palatinoso, véase EI uüfato de Córdoba en el oMuqtabis" ile lhn Hayyan. Anales palnünos del allfa de Córdoba al-Hakam II, porclsd

b.

Ahmad al-RÁÁ (360-364

H 25


=

97 1 -97 5

J.

C.),

Trad

E. García

Gómez Madrid, 1967, p. 45 y

65.

42. S.IÁpez Cuervo, Medina az-Zahra. Ingenieia

y

foma, Mzdttd

1985, p.76,1os identifica con los excavados en la oC¿sa de

farr, creo que erróneamente.

Notas sobrc la

topogrffi, p.

35 1.

69. Muslim Cities, p. 7 7. 0. Al- Muqnbís I p. 30-31.

7

7. Analcs palaünos, p. 777. uilles d'IJrQia, p. 23. 73. Suma de los pinciples mandamientos 7

45. Anaks Palalnos, p. 147. 46. Ihídem,p.96-7. 47. Recoge la cia L. Torres Balbás, Atle hiyanomusulmán hastn la caída del callfato de Córdoba, en Hisnia de España dir, por R Menéndez Pidal, t. V, Madri4 3." ed 1973,p.427. 48. F. Hemández Gtlrr'éne1 Maúnat al-Zahrá'. Arquitectura y decoración, Granzda,7985.

49. M. Ocaña Jiménez, Maúnat al-Zahrá', en E. G."). 50. A. IjÁnq Mahdia, p. 121.

12

t. V, p.

7

2. A. I*nne, Deux

gunna, <MemoÁal Histórico Español,r

y

deueilamientos de la ley y V (Madrid, 1853), p. 304.

74. Deux villcs d'IJrQiya,p.27,n 3. 75. L. Torres Balbás, Arte hiryanomusulmán,p.369 y 388. 76. R Crstejón, Madinat al-Zahra en los autores árabes, <Al-Mulkn 2 (1961-62),p. 148. 77. M Ocaña Jim éne1 Maftnat al-Zahrá', p. 1.005, calcula la superficie del alcázer en 45 Ha" 78. L. Torres Balbás, Afte hispanomusulmán,p.430. 79. F. C-astillo; R Martínez y lvt- Aciér¡ Urbanismo e industia, (en

1.005

51. Féüx Hemández no pudo dejar de advertir ese significado, y su opinión se nos ha transmitido con la siguiente frase: <explanada casi horizontal, que, al contemplar a caballo el emplazamiento de esta malaventurada residencia en términos obsesivos se impone a los ojoso, Maúnat al-Zahra',p.23. 52. S. Iópez Cuewo, Medina az-Zahra, p.39,Plano de la estructura

prerxa). F. Seybold - (M. OcañaJiménez), Kuttuba, E. 12, vol. V, p. 513 (s v.). 8 1. En el grá6co no se tiene en cuenta el espacio de la maqslra, que desconocemos, por lo que da un resultado algo superior 5.314

80. C.

plazas.

de las paratas

82. E. C'trcía, G6me1 Notas sobre la topografn, p. 333. 83. Ibídem, p. 333, n- 23. 84. Cuando el avance es t¿n débil que nadie se puede considerar incomodado, R Brunschvig, Urbanisme et drcit, p. 732. 85. D. Sourdel, Lbtganisation de I'apace, p. 2. 86. Torres Balbás pensaba que era originario de l¡ ciuded islámica, habiendo llegado a al-Andalus a través de Siria, y a ésta a partir " del Yemen, Les uilles mustlmanes d'Eyagne et leur urbanisation, <Annales de I'Institut d'Etudes Orientaleu VI (1942-47),p.12. 87. D. Sou¡del, Lbganisatbfl,p.71. 88. Anales palaünos, p. 45, sobre el sahib al-madrna 89. Medina az-Zahra, principalmente el cap. IV <Ingeniería y formmr. 90. Al-Muqtabislp.40. 91. Ihúlen,p.31 y 34. 92. Como yo mismo señalé en De la conquista muslmana a la fuca

53. Maúnat al-Zahrai p. 22. 54. O. Graba¡, The Architeaure of the Middle Fnsem Cityfom Past to Present: the Ca* of Mosque, en I. iVL Iapidus erl, Middle fusem Cities, p.36. 5 5. F. Hemánde z Ginénez Maúnat al- Zahrá', p. 7 7. 56. D. yJ. Sourde\ La civilisation, p.386. 57. En Arahic-klamic Cities, p. 703. 58. S: Iópez Cuerto, Medina az-Zahra, pp. 42-43. 59. L. Torres Balbás, Arte hiEanomuwlmán,p.443. 60. L Torres Balbás, futensión y demografa de las ciudades hiyanomusulmanas, oStudia Islamicau III (1955), pp.35-59. 67. Deux vill¿s d'Ifnqrya, p. 40. 62. De acuerdo con Torres Balbás serían39.324hab.,y lr,gúnIÁzine 14.690. 63. Deux uilles d'Ifriqiya, especialmente el capítulo uSur la population des villes Ifriqiyennes>, pp.17-40. En reaüdad este método ya 1o intuyó L. Torres Balbás, quien escribió: <Como el islam impone la asistencia de los creyentes a Ia o¡ación de los viemes en la mezquita mayor, la superficie de éstas es función del nrlmero de fieles que habiten en ia ciudad Y al ser susceptible de ampliación la sala de rezo, sus aumentos señalarán los demográficoso, en Ampliación y tamaño de uaria mezquitas, ultTAndaluso XXI (1956), p. 341. Ivlás adelante Ilgga a señalar un cálculo elobal de 2.15 nenonas oor m1,or *2áe sala de oración, qu? él mismo .oárid.t" eicesivo al no tener cuenta de soportes, etc., p.352. 64. I¿ cita ü recoge al-Maqqan de lbnJaldüa segrín iV["J. Rubie-

nazan',

p.487.

93. Muqaildima,IV, cap. XVII, tradJ. Feres, México,7977,p.654. 94. Ibn Ruí4 Averroes, kpsíción de la *Rryública, de Plann.Eswdio preliminar, trad y notas de M Cruz Hemández, Madrid, 1986, véase pp. 6 y 78 contra los <soütarios>; pp.72, 14, 106 y ss., alusión e feudaüsmo; p. 44, contra el sistema tribaL 95. En el P¡efacio ala2." ed" de w Muslim Cities in the I¡ter Miüle ,4ges, Cambridge, 1984, p. IX, 1o que conecta peligrosamente con la serie de autores que pretenden asimilar la expansión islímica con las antiguas migraciones semitas. 96. F. Fusaro, La cittá blamica, Roma-Bari, 1984, en toda la obra" pero véase especialmente, p.52.

.

I 26

mez

67. J. Sauvaget, Es4 uisse d'une hisnire de la ville de Damas, uRevue des Etudes Islamiqueu VIII (1934), p.445. 68. En conversación mantenida con éL

iac-

43. E. García Gó me1 Notas sobre la topografa, p. 3 62, n 68. 44. Ibn F{awkal, Conjguración del mundo (Fragmentos alusiuos al Magreb y EEaña), tr rd IvL. J. Romani Suay, Valencia, 197 1, p. 64.

ra, La arquitectura en Ia literabra árabe, p. 727

E. García Gó

66. The Architecture, p. 36.

96-7.


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