Skip to main content

Señores del Olimpo

Page 174

Javier Negrete

Señores del Olimpo

—He venido a pediros una cosa, señoras. —Acércate más, hijo —dijo Enio, apretándose la joya contra la frente—. No puedo oírte. La mano de su hermana Dino le reptó por la cara, buscándole el ojo. Pero Enio le dio un bocado, aprovechando que también tenía en su poder la dentadura, y Dino se apartó con un chillido. —Estoy bien aquí, señora —dijo Alcides—. Lo que quiero es vuestro ojo. Lo necesito. —¡Nuestro ojo! Pero ya puedes ver que sólo tenemos uno. ¿Qué pretendes que hagamos sin él? —Sólo será un rato. —¡Mientes! ¡Sí, mientes, cochino mortal! —gritó Enio. La indignación la hizo aflojar la presión sobre el ojo, y Pefredo se apresuró a quitárselo entre risotadas. En ese momento, un lagarto pasó correteando junto a ella. En cuanto la Graya lo vio, un tentáculo grisáceo brotó de debajo de su manto, atrapó al reptil y lo echó al caldero. —¿Para qué quieres nuestro ojo? —dijo Pefredo, que ahora, aunque desdentada, llevaba la voz cantante—. Si quieres respuestas, té las daremos. No hace falta que nos robes el ojo, como hizo ese granuja de Perseo. —Perseo era mi bisabuelo. —¿Tu bisabuelo? ¿Tanto tiempo ha pasado? Cuéntanos cómo murió, anda. Porque habrá muerto, ¿verdad? —¡Y nosotras seguimos vivas! —saltó Dino, y las tres se rieron a carcajadas. Alcides se estaba aburriendo. Al ver que dialogando no llegaba a ninguna parte, recogió del suelo una peladilla y se la tiró a Pefredo. La piedra le dio en la cabeza y la vieja, con un chillido, abrió la mano y dejó caer al suelo la joya roja. Alcides se precipitó hacia el ojo de las Grayas. Cuando lo cogió, unos tentáculos se enrollaron en su brazo. Salió corriendo, llevándose detrás a una de las viejas. No debía ser Pefredo, porque ésta se revolcaba en el suelo, doliéndose de la pedrada. Alcides siguió tirando, aunque los tentáculos tenían minúsculos dientes que se le clavaban en el antebrazo y su dueña chillaba como un cochino en la matanza, jaleada por las otras, que manoteaban junto al caldero. Alcides se detuvo y pateó a la Graya. El manto se había enganchado en una rama, y al hacerlo descubrió que en vez de piernas tenía todo un manojo de tentáculos; ya le había advertido Próxeno de que en origen eran criaturas marinas, aunque luego se habían dedicado a recorrer las islas más pequeñas del Egeo para vampirizar a sus moradores.

~174~


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Señores del Olimpo by McDamon - Issuu