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Señores del Olimpo

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Javier Negrete

Señores del Olimpo

—Mi señor Hermes —dijo la más morena de las dos—. Nos han contado que, en tu inmensa sabiduría, comprendes todos los signos que escriben los hombres. —¿Acudís a mí por mi sabiduría y no por mi belleza ? Qué decepción. Las dos muchachas se miraron entre risitas. Después, con un extraño desparpajo, lo llevaron cada una de un brazo hasta una mesita redonda montada sobre un trípode de bronce. En ella había un papiro que se mantenía abierto merced a unas pequeñas pesas de plomo. —Ayer lo trajo un barco de Menfis —dijo la sacerdotisa del pelo cobrizo—. El capitán nos dijo que era un oráculo, compuesto por unos sacerdotes egipcios que te adoran bajo el nombre de Thot. Al parecer, es una predicción sobre el destino de la criatura conocida como Tifón. Interesado, Hermes se inclinó sobre la mesa y deslizó el dedo por las líneas plagadas de hermosos caracteres jeroglíficos. Para entenderlos mejor, los fue leyendo en voz alta. —A Thot...dios de los mensajeros...escolta de las almas...señor de los mercaderes... patrono de los ladrones... protector de los embusteros. Vaya, no sé si tomarme esto como un halago o... Veamos, ahora dice: Cómo es posible... que el dios más marrullero... caiga en una celada. .. tan burda... Mira en tu bolsa... señor de los... Hermes se negó a leer en voz alta el último signo, pues aquel epíteto era ultrajante. Levantó la mirada para exigir explicaciones y descubrió que las dos sacerdotisas se habían esfumado. Los demás comensales seguían celebrando el banquete, entre algarabía de voces, liras, flautas, crótalos y címbalos. Hurgó en el morral con los dedos y suspiró de alivio al comprobar que la hoz estaba dentro. Pero entonces se dio cuenta de que el tacto del mango era distinto. Se apresuró a sacarla y descubrió que aquella segur no era la misma que le había entregado Tetis, pues estaba tallada en una sola pieza de marfil y, obviamente, era ornamental. Hermes volvió la mirada hacia su padre, que estaba a unos veinte pasos de él. En una fracción de segundo, se dio cuenta de que habían caído en una trampa. Zeus aún sostenía en la mano izquierda el espetón de carne y con la derecha levantaba el ritón que le había entregado Jenódice, para derramar unas gotas de vino sobre las brasas del hogar. La reina se había levantado el delantal y de debajo estaba sacando una hoz. La auténtica hoz adamantina. Esa zorra me la ha robado mientras nos bañábamos. —¡Padre! ¡Cuidado! Hermes aceleró los latidos de su corazón inmortal y arrancó a correr a la velocidad que sólo él podía desplegar. Los comensales se apartaron a su paso, aunque dos funcionarios no fueron lo bastante rápidos y volaron como embestidos por una manada de toros. Jenódice ya había levantado en alto la hoz para golpear a Zeus. A ojos de Hermes, su brazo se movía tan despacio como una gota de resina resbalando

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Señores del Olimpo by McDamon - Issuu