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Capítulo 1. Mátalo Julián siempre culpó a Lubia de que su único hijo “varón”, fuera joto, decía él. “Tú lo hiciste así”, era la referencia repetida constantemente como manda religiosa en cada discusión marital en casa. Cada pleito esto venía a colación de una u otra forma, para terminar invariablemente culpando a mi mamá. Porque para Julián, ese señor que por desgracia es mi padre, el que su “hijo” no fuera un saco de masculinidad y gallardía, implicaba ignorantemente, por default, como sucede todavía en pleno 2020 para buena parte de la sociedad, una orientación sexual homosexual y no una configuración de género. Para una gran parte de las personas en el mundo, aún en estos tiempos de vuelos espaciales avanzados, género y orientación sexual parecen ser sinónimos, mera cosa de “preferencia”. Y el problema no es precisamente su ignorancia, sino que no se la callan y la arrojan de manera fundamentalista al resto. Pero decía que en cada pleito entre Lubia y Julián venía yo a colación. Tengo el recuerdo de que mi madre, con el paso de los años, en lo que duró su matrimonio, fue dándole el avión a mi papá, porque “más vale que haya un loco y no dos”, la escuché decir tantas veces. Nuestra casa fue construida sobre unos terrenos de invasión, en una colonia hostil y periférica de Mazatlán, muy alejada de la postal de playa, arena y palmeras. Mi familia, dado que mi papá no era un mujeriego ni borracho, fue de las primeras que logró levantar unos cuartitos de ladrillo y concreto, gracias a que “él sí ahorraba sus quincenas sin vicios”, y a que su trabajo de militar en el ejército era “un trabajo seguro”. También a que nosotros en comparación con los vecinos numerosos en hijos, sólo éramos tres plebes (mi mamá no tuvo más hijos porque “se puso buza”, y se hizo la salpingo falsificando la firma de mi papá que pedía el médico), por lo que nuestra familia gastaba menos. Así que teníamos casa de cemento, a diferencia de la mayoría que tenía

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casas de cartón o lámina negra, de esa que olía mucho a petróleo y no era fácil de romper. Además de tres grandes cuartos “de material” (es decir, de ladrillo), uno donde había literas para mis hermanas y una cama para mí, otro que era la recámara de mis papás, y otro que fungía como la sala (aunque no teníamos sillones ni sofá), también teníamos en la parte trasera del terreno un cuarto bastante amplio de lámina y madera, que era la cocina-comedor y la bodeguita de cachivaches. En esa cocina, un verano de vacaciones largas (pero largas de las que ya no existen en el calendario de la SEP), sucedió otra más de las discusiones entre Julián y Lubia. Peleaban y peleaban a gritos. Julián, típico en él, volvía a reclamar (refiriéndose a mí) que “ese niño” era joto porque “tú lo hiciste así”. Era la cena, aunque apenas era la tarde, como las seis y media, no comenzaban ni las telenovelas de la noche que solíamos sentarnos a ver juntas mi mamá, mis hermanas y yo, cuando, como decía Lubia, “no estaba de humor para tus chingaderas y me agarraste con la luna en la cabeza”, Julián soltó su cantaleta mientras ella picaba cebolla blanca para ponerle a los frijolitos negros en caldo. Picaba y picaba con un gran cuchillo, de esos duros como de carnicero, que le gustaban comprar, porque según sus palabras “no se doblaban”, y aunque pesaran en la mano para manejarlos, eran mejor porque “no se les acaba el filo pronto”. Picaba y picaba mientras Julián seguía repitiendo y repitiendo que ese chamaco era joto por su culpa. Yo estaba ahí, callada, observando, escuchando. Tendría entre cuatro y cinco años. Ya iba al kínder. Estaba presente y en medio de la discusión porque me la pasaba muy pegada a mi madre. La seguía hasta cuando ella salía a platicar o visitar a las vecinas, o cualquier mandado fuera de casa. “Parecía garrapata” solía decir ella. Estaba ahí y escuchaba, veía la escena. El pleito. Los gritos. El reclamo de Julián. Veía a Lubia que picaba y picaba la cebolla. Y algunos


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chiles verdes. También cilantro por si alguien quería agregarle al caldo de frijoles. En un instante, muy rápido entre el reclamo de Julián y sin soltar ella una palabra, clavó de un golpe el cuchillo sobre la aguada mesa de aserrín, casi entre las manos recargadas de Julián, que mientras reclamaba y antes de cenar agarraba tortillas con sal. “¡Ten! Mátalo”, le dijo ella. No con un grito de lamentación o sufrimiento, sino con una voz fuerte, de hastío, que no vacilaba. Seca y directa. - Si tanto asco y tanto odio le tienes al chamaco, ¡mátalo! - Toma y mátalo. Los ojos pelones de Julián, a punto de saltársele, tragando a prisa lo que acababa de echarse a la boca, y la respiración de espanto, son lo que más recuerdo de la escena, quizás porque a mis pocos años me guiaba más por lo visual que por reflexionar que lo que estaban peleando eran mi vida y mi habitar en el mundo, de una forma cuya violencia se iba normalizando cada vez más entre ellos, y en el supuesto hogar. Los ojos pelones de Julián, a punto de reventar. La respiración de espanto. El aliento. El calor del verano en Mazatlán todavía a las seis y media de la tarde como si fuera mediodía. El abanico de pedestal que se zangoloteaba cada que giraba para espabilar la temperatura en ese cuarto-cocina, y al que le ponían piedras a los lados para que no caminara como las lavadoras viejas que se movían de lugar al tomar fuerza mientras sus motores trabajaban lavando la ropa. El humo que ya salía de la olla de frijoles que estaban recalentándose. Nada. Nada de lo que había y pasaba allí, era tan grato para mí como cuando mi mamá en alguna discusión, tomaba rabia y hacía o decía algo. Para mí era una heroína. Como alguna de esas mujeres de las telenovelas que veíamos. Y ¡uf! Tantas discusiones que le presencié , por ir y estar siempre pegada a ella “como garrapata”. Julián no se movió ante el cuchillo clavado. Ni se levantó siquiera. Tragó saliva y pegó uno o dos suspiros cortos y agudos. A saber. Cambió su tono de voz, hablando más suave y menos golpeado. Tengo la sensación

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de que hasta simuló que sonreía y soltó algo así como: “ya, hombre, estás loca”. Y entonces ella, que nunca gritó, pero desde luego mantenía una voz fuerte, sin titubear, repitió: “¿Ves? No lo vas a matar”, desclavando el cuchillo de la mesa para picar finalmente en cuadritos el queso fresco para los frijoles y poder cenar “en familia”. Mis hermanas no sé dónde estarían, quizás viendo caricaturas, haciendo una tarea, o jugando afuera de casa en la banqueta. Ellas no eran garrapatas. “¿Ves? No lo vas a matar... Entonces deja de estar chingando porque voy a ser yo la que te clave este cuchillo a ti en el buche, méndigo desgraciado, hocicón. Me tienes harta. Deja a mi hijo en paz. Tú eres el que debería morirse”. Fue lo último que Lubia dijo, mientras terminó de preparar la cena. Pero Julián no se murió, ni me mató. Acá seguimos todos en “sagrada familia”. Mi papá, mi mamá, mis hermanas Lizbeth, Judith y yo. Yo por supuesto, más viva y más trans que nunca.


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Capítulo 2: De faldas y vestidos La primera vez que usé una falda tenía casi cinco años. Me la puso mi madre en aras de reposar una intervención quirúrgica que me hicieron en los genitales. Una vez leí unos papeles viejos, dentro de una carpeta amarillenta a punto de desmoronarse, que hallé limpiando la casa, hojas que decían algo sobre gónadas no descendidas (aunque no recomendaban cirugía), no sé, algo me hicieron. La primera de las que serían, años después, más intervenciones y permanentes visitas al médico. Un día le pregunté a mamá por qué me había puesto esa falda y dijo que no podía usar trusa ni nada que me apretara o lastimara. Esto supongo, mientras pasaban los días para volver a consulta con el doctor y tener otra revisión. Y “pues ni modo de que anduviera bichi”, dijo ella. Por lo que al no poder usar un pantalón, una falda “no me iba hacer daño”, la tela era delgada, no apretaba. Era una falda larga, la recuerdo bien, color beige con pequeñas flores rojas. Un estampado un poco parecido a las faldas de los bailables en las primarias el “día de la revolución”. Una falda de vuelo, y abajo un holán de la misma tela, que formaba una capa corrugada. Amé la falda. No me la quería quitar. Cuando me la puso no dejaba de mirarme en el espejo y modelar, dar vueltas, ponerme de perfil y de espaldas, contemplarme a mí misma lo hermosa que me veía, y admirarme por “el gran regalo” que mamá me había hecho. Con la falda corría por el patio de la casa, que era de tierra, y sentía cómo se movía y entraba el aire en mis piernas. Era mi falda. Súper cómoda. Delgadita. Tan delgada que parecía no traer ropa encima. Ligera. El viento acariciando mis piernas. Cuando pasaron los días y la falda estaba sucia, mamá me puso un vestido tejido que ella misma hizo años atrás para mi hermana Judith, la mayor, que me lleva cuatro años. Era uno de los vestidos que guardaba en la bodeguita de cachivaches, en el cesto de la ropa vieja que nadie usaba. Este vestido tenía una pechera como la de los jumpers, para

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usarse con una blusa o playera abajo. Tenía un cordón que podía jalarse para apretar y “dar forma a la cintura”. Todo color salmón, con flores blancas en el pecho, tejidas por ella misma. Cuando me lo puso se río mucho y dijo: “No te queda, se te ve la panza muy chistosa; pero ya no estás tan gordo como antes, mira, ya diste el estirón”. Le dije que no quería ponerme playera porque hacía mucho calor. Y entonces me puso el puro vestido. Sin calzones obviamente, no me fuera a lastimar lo de la operación. De este hecho había un par de fotos en las que salgo con vestido. Fotos que seguro mi padre tiró cuando se quedó a vivir solo muchos años después. Nunca las volví a ver, por más que busqué y pregunté dónde estaban. Desaparecieron. En esos días mamá me bañaba en una tina grande, echando un polvo que le dieron en el hospital, y que pintaba el agua de un color entre amarillo y anaranjado con un olor poco agradable. A medicina. Le he preguntado qué era y para qué servía, pero dice que no se acuerda. Y como a mí me gustaba bañarme varias veces, le preguntaba que si no iba a echar más polvo cuando volvía a poner la tina por mi cuenta, pero decía que no, que era una vez al día. Que si quería bañarme más veces lo hiciera sólo con agua limpia. Cuando pasó el tiempo de la recuperación, y pude volver a usar trusas y pantalones, le dije a mamá que no quería, que me dejara seguir usando la falda o algún vestido. Para entonces había esculcado el cesto de ropa vieja que nadie usaba, y había encontrado otros atuendos en desuso, que me parecieron lindos y deseaba ponérmelos. Ella dijo que no. Y me puse triste. Con cara de puchero. Por horas. Por días. Triste y triste. Hasta que ella dijo: “Ay anda póntelos, ¡eres un terco!”. Y entonces por algún tiempo, no sé cuánto, tal vez sólo se trató de unos días que en mi cabeza se sienten como meses, era muy divertido llegar del kínder y quitarme el uniforme para ponerme una falda o vestido fresco... y jugar. Verme una y otra vez en el espejo. Un vestidito que, por supuesto, no me iba a “hacer daño”.


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Capítulo 22. ¡Ahí viene la chota! En mi colonia las diferencias entre hombres y mujeres eran muy claras, sin medias tintas. Las mujeres estaban principalmente en casa y ellos eran los proveedores; ellas eran las que difícilmente botaban los estudios y ellos los que apenas si terminaban la secundaria. Las mujeres se juntaban sobretodo con mujeres y se reunían o jugaban dentro de las casas, mientras que de ellos era la calle, fuera para jugar al futbol, las peleas, “las maquinitas”, o sólo juntarse en la esquina, “en bola”, a chiflarles a las plebes que pasaban a mandados o regresaban de la escuela, tirarles besos, “a ver si capeaban”, porque eso sí, todos, mujeres y hombres, eran heterosexuales. Te hablo del final de los ochenta, y hasta principio de los noventas. La mayoría de los adolescentes varones trabajaban para ayudar económicamente a sus familias, que no eran pequeñas sino numerosas. La planificación parece que no existía en el barrio. Muchos de esos adolescentes fueron los primeros en migrar al “gabacho” en cuanto dejaban de ser menores de edad o se convertían en veinteañeros. Algunos se fueron con sus padres, en alianzas masculinas como los proveedores del hogar que eran, y otros simplemente partieron a solas huyendo de la violencia familiar, la violencia social, y por supuesto la rivalidad de las pandillas propias y aledañas. Muchos venían cada cierto tiempo en navidad o fin de año, otros nunca volvieron, y algunos tristemente regresaron en féretros. Cuando yo terminé la secundaria, y me encontraba haciendo la preparatoria, todos los demás adolescentes de mi cuadra y de calles vecinas, hacían jornadas completas de trabajo (ayudantes de albañil la mayoría, pero también ayudantes de mecánicos, de carpinteros, ayudantes de choferes-repartidores, etc). Los sábados por la tarde, y domingos, eran los días de descanso, “de baile y fiesta”. Entre semana, luego de las jornadas llegaban a sus casas a cenar algo y bañarse, para salir a reunirse en la esquina de la avenida principal.

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Ese era su momento de esparcimiento. Fumaban un cigarro, oían música (algo recio, sí) en una grabadora que alguno de ellos prestaba, jugaban baraja, quemaban cuetes, le tiraban el rollo a las mujeres o se echaban una cascarita. Hacían cosas simples, tal vez machistas sí, pero nada delictivo ni que pusiera en riesgo la vida de nadie. Sin embargo, mientras padres, madres, hermanas, amigas, o posibles ligues, estaban en casa viendo tele, haciendo tareas, hablando entre amigas, y ellos ahí, en la esquina... la policía llegaba y sin preguntar los agarraban por parejo como gallinas fuera del corral, y los trepaban a las camionetas, “por vagancia” y “mariguanos”. La escena de madres y hermanas pelando contra “la chota”, jalándose de los brazos o la ropa, para evitar que sus hijos y hermanos fuesen llevados de forma arbitraria y abusiva, al ministerio público, era común, y pocas veces se evitaba. El ir y venir de los padres y demás familia yendo a pagar multas con el poco dinero que tenían, para traer a estos jóvenes de regreso, era recurrente. Esa era la criminalización de la masculinidad y no sólo eso, era además la criminalización de la masculinidad aunada en concreto a la satanización de la pobreza. Un espejo donde nunca estuve a pesar de que yo era del mismo barrio e igual de pobre. Mis roles eran otros. Yo estaba en casa sorteando otras batallas, ejerciendo otras funciones. Rezando, haciendo comida, limpiando la casa, viendo telenovelas, cumpliendo con las tareas escolares, pensando en ser monja al mismo tiempo que reina de belleza, pidiendo a dios no morir de sida, imaginando que un príncipe azul vendría por mí y me llevaría en matrimonio. Mis papeles sociales era otros, más apegados a un ser niña, o “actuar como las mujeres”, más allá de si había o no una apariencia o un nombre genérico. Nadie hablaba de las infancias, y menos aún de las infancias trans. Para 1994, tras la devaluación de la moneda y la terrible crisis económica que dejó la ficción salinista del primer mundo, las cosas se pusieron bien feas, muchos de los adolescentes y jóvenes comenzaron a desaparecer (hay quien cuenta que se los llevaban a trabajar para el


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narco), a consumir drogas, y las mujeres tuvieron que buscar trabajos además de seguir estudiando, o de plano botar la escuela. Los rondines de la policía se arreciaron y también se iban contra las mujeres. Nuestra colonia parecía el lugar más peligroso de la ciudad según “la autoridad”. Las cosas después no cambiaron mucho, familias y parejas jóvenes se fueron buscando quizás un mejor futuro o simplemente hartos de tanto hostigamiento. Pero también sucedió algo “inexistente”: comenzó a vislumbrarse que yo no era la única rara, bisexual o lesbiana, o gay, en la colonia, pues muchas de las mujeres y hombres, cuando consiguieron alguna independencia económica de los padres, pudieron crearse cierta seguridad para tomar agencia sobre su sexualidad y en concreto sobre su orientación sexual (sobre la expresión de género, y la identidad de género, nadie), fue entonces cuando además de la policía monitoreando cada día a la colonia por asaltos, escondites de asaltantes o casas de venta de drogas, según sus palabras, se hicieron presentes también las policías de las alcobas, la policía de la moral y la sexualidad. Y que jodida estaba mi existencia, que a pesar de la persecución conservadora, al menos no me sentí ya tan sola. Habían más personas “raras”. Y ahora todos huíamos de “la chota”.

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Cuando cumplí 15 años mi mamá adoptó una niña, le puso Fernanda. Ese fue mi regalo dijo, “ya que te gustan tanto los bebés”. La verdad la bebé sí estaba bien hermosa, parecía una bebé china (de ojitos rasgados). Mi hermana Judith y yo la tuvimos un par de años con nosotras en casa de mi papá. Mi madre ya no vivía con nosotras y trabajaba todo el día, se la cuidábamos. Había dejado al fin a nuestro papá, y tenía una nueva pareja. Mi hermana Liz se había ido a vivir sola. Dejó el primer año de prepa y jamás lo retomó. Yo estaba en el bachillerato cuando me llegaron “mis quince”. Judith me había hecho un pastel y una comida. Había invitado a una amigas suyas, y otras compañeras mías de la escuela. Mamá fue ese día con Fernanda, a la que sabíamos que había adoptado, sólo que todavía no la conocíamos. Fernanda tenía mes y medio de nacida. La separación de mi mamá me había dejado en el desamparo en muchos sentidos. No por el hecho de que yo fuera una niña y ocupase vigilancia y cuidado de una mamá para comer o asearme. Hablo de desamparo en el sentido de sentirme segura (la cercanía física con ella era algo que me hacía sentir fuerte, grande), tener a quien confiarle cosas, poder abrazarla, platicarle qué me pasaba, cómo me sentía. Judith pasó a convertirse en una sustituta, no sólo por ser la mayor, sino porque a diferencia de Lizbeth, era más paciente, callada y más hogareña. A mis quince le seguía pidiendo a Judith si podía dormir con ella, porque me seguía sabiendo miedosa. Una vez Judith menstruó tanto que mojó las sábanas, y mi ropa también se manchó, prendí la luz porque sentí humedad y grité dviendo sangre en la cama. Me dijo: “Cállate, no pasó nada, nomás me bajó mucho”. En otra de las noches se puso a hablar por teléfono con un pretendiente, y para que mi papá no se diera cuenta apagó las luces e hicimos como que estábamos dormidas. Yo en realidad sí me dormí; de repente me despertó toda llena de sangre, se

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Capítulo 23. Masturbación


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había caído de la cama al colgar el teléfono, y cayó sobre la punta de algún mueble que le abrió la boca. Volví a pasar otra noche con mucha sangre que no le paraba por más agua oxigenada y curitas que le puse. Otra noche más, llovía a cántaros y teníamos la ventana abierta, se nos metió un sapo y gritamos como aterradas porque ninguna quería sacar al animal del cuarto. Mi papá dormía “como tronco” en otro cuarto, no lo despertamos, porque no nos gustaba hablar con él. Si me quedé a vivir con Julián, a pesar de ser muy apegada a mi madre, fue porque ella misma me dijo: “Quédate, si te vienes a vivir conmigo no vas a poder ir a la escuela y estudiar, tendrás que trabajar como Lizbeth. Si te quedas con él, aunque no lo quieras, él te va a pagar lo que quieras estudiar”. Y yo sí quería ir a la escuela. En ese entonces ni Lizbeth ni Judith quisieron seguir estudiando. A mis quince evidentemente nunca había tenido un novio, o novia, aunque en la secundaria sí me había ilusionado una compañera. Pero había un vecino nuevo que me parecía el hombre más guapo del mundo. Era misterioso, joven, alto, rubio, delgado, atlético, de ojos verdes. No era de Sinaloa, venía de la frontera. Tenía pocos meses de estar rentando una casa, a dos casas de la mía. Tenía una esposa igual de joven, y dos bebés, una niña y un niño. Nunca salían ni a asomar las narices a la calle. Sólo los alcanzaba a ver cuando abrían la cochera para sacar la camioneta, y nomás. Un día la señora le pidió a Judith si le podía cuidar a los bebés, porque tenía una urgencia, y le sacó un par de billetes. Judith le dijo que ella no podía pero que yo sí. A ella le pareció muy extraño que “un adolescente”, cuidara bebés, pero grande ha de haber sido su apuro que me dio los billetes y me dio a los niños. Así comenzó a tenerme confianza y en unas semanas yo ya entraba a su casa y le hacía la comida, le trapeaba, y me pagaba. Me mandaba al centro a comprarle ropa, zapatos, bolsas, pañales, juguetes, como si ella no pudiera salir. En una ocasión me mandó, con dinero extra para los taxis, a dos casas en zonas residenciales de la ciudad, con unas amigas suyas dijo, a recoger un regalo que le tenían, y

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no había podido ir por él. Las señoras me dieron cajas pequeñas, cerradas, que no venían precisamente envueltas como regalos pero que igual traje a su casa sin preguntar o averiguar. Y el marido siempre estaba encerrado en una habitación, “viendo tele”, decía ella. Un día quizás se pelearon o ella tuvo otra urgencia y se fue. No lo supe porque tenía un par de días que no iba a su casa. Me enteré porque sonó el teléfono de mi casa y era su marido, que me dijo: “Dice María que si puedes ir a la casa, tuvo un problema con los niños. Te dejó el cancel abierto porque ella está en el patio”. Y eran mentiras. Fui y entré por la cochera que estaba entreabierta, pero el único que estaba dentro era él. Me quedé sorprendida cuando lo vi solo, “como pendeja”, pero me gustaba mucho que no salí corriendo. Me preguntó: “¿Tienes miedo?” “No”, le contesté. “¿Quieres ver la tele?” “No sé”, le dije. “Siéntate si quieres”. Y me senté. Me dio un refresco, pero le dije que mejor quería agua. Él se tomó un whisky. Cuando se lo acabó se paró delante de mí y me levantó del sillón con sus brazos. “Estás bien bonita”, me dijo. Sí, así, me dijo bonita en femenino. Y me besó. Fue el primer beso recibido que sí me gustó, porque para mí ese hombre se parecía actor de telenovelas, aunque se llamase Arnulfo. No me tocó nada, sólo me besó, y me besó, y me besó. Para lo cual tenía que encorvarse porque era alto, ¿o yo era chaparra? Me llevó a su cama y me acostó a su lado. No me sentía con miedo, pero tampoco con una calentura que digamos querer arrancarle desesperadamente la ropa. Fue él quien se quitó el pantalón, y al hacerlo sacó una pistola que guardó en un cajón a lado de la cama, donde había otra pistola y muchos juegos de llaves. “¿Tienes miedo?”, me preguntó por segunda vez. Y entonces respondí: “¿Por qué tienes pistolas?” Y sonrió. “Nomás,” me dijo. “¿No te ha contado nada María?” “No”, le dije. En efecto, ella no me había contado nada. Primero pensé que a lo mejor era policía pero inmediatamente pensé que los policías usan uniforme, y él siempre andaba en jeans y camisas de ranchero. No podía ser policía.


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Ya con más confianza, me animé a quitarle la camisa. Fue hermoso abrir cada botón, y quitársela. Creo que si eso me volviera a ocurrir, con eso tengo para mojarme. Le quité la camisa y se quedó en calzones. Tenía puesto unos boxers Calvin Klein de color violeta. Lo recuerdo perfectamente porque “los hombres no usaban esos colores de mujeres” y esa marca era “de ricos”. Algo que se oía muy seguido en mis contextos. Se veía tan guapo. ¡Qué ganas de volver a encontrarlo! Era un señor joven. Nada que ver con los panzones de mi colonia. Luego él me quitó la ropa. No me penetró. Sólo me acarició. Me olió. Algunas veces me lamió la espalda, el cuello, y las nalgas. Tenía un pene enorme. O bueno, a mí me pareció enorme, era el primer pene que le veía a un hombre en un acto sexual consensuado, sin prisas, y en un espacio de dos. Comenzó a tocarse ese pene con sus manos y hacer jalones. Yo me saqué de onda y le pregunté que qué hacía. Me pareció que se lastimaba. Se rió y me dijo: “¿A poco nunca te has masturbado?”. “¿Mast-qué?” Y presentí que se burlaba de mí. Me sonrojé y se acercó. Empezó a tocarme, pero no como lo hizo antes consigo, sino en forma de caricias. Y comencé a sentir cosas que me espantaban, pero que también me provocaban sensaciones que nunca había experimentado. Algo me pasaba por dentro. Y también por fuera. Sentí que me iba a orinar o algo parecido, entonces traté de quitarle las manos, y me dijo: “No, no pasa nada, no tengas miedo, no te va a pasar nada malo”. Y le creí. Supongo que era el enamoramiento de unos minutos creerle a un hombre que me había quitado la ropa y que con dos pistolas me seguía provocando cosas hermosas pero ninguna de ellas era salir corriendo de ahí por seguridad. Entonces arrojé “algo”, una “cosa” que no era pipí, que me hizo sentir “rico”, pero también ardor y un leve dolor, por lo que me puse casi a llorar inmediatamente, pues sentí en ese instante que él me había hecho algo malo. Que se me había roto algo por dentro. O que a mi cuerpo le había pasado algo que tal vez lo enfermaría o lo había enfermado ya con ese sólo hecho. Fue una inmediata sensación de impureza. Pero él me abrazó, me limpió con un kleenex, y se quedó

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acostado conmigo, mucho rato, acariciando mi cabello, mi cuerpo. Sentí su sudor pegado en mi espalda, y un olor a perfume que no había percibido previamente hasta entonces, mezclado con su propio olor corporal (ahora sé que era un excitante olor corporal). En sus brazos tomé conciencia de que seguro me estarían buscando. No sé cuánto tiempo pasó. Le dije que me quería ir cuando noté que había oscurecido, entonces dijo que me iba a sacar en la camioneta, y me iba a dejar a unas cuadras de ahí, que si podía regresar caminando para que no se fueran a dar cuenta que estuve en su casa todo ese tiempo. Le dije que sí. En la camioneta, cuando me subí, tenía una pistola más, algo extraña, en el piso. Después supe, por fotos en un periódico, que era un cuerno de chivo. Un jodido y sanguinario cuerno de chivo, ¡hazme el favor! Un par de semanas repetí lo mismo que él me hizo: acariciarme allí. Pero sola, en mi casa, durante un baño que me di, y pasó lo mismo, fue “rico” pero muy instantáneo, casi después me ardió y me dolió. Y al otro día tuve, no sé, ¿una severa inflamación? A “aquello” no se le veía forma de nada. Nunca más lo volví hacer. Pero sí quería volver a besarlo. Y esperaba ese momento con ansias. Que nunca llegó porque un día en la madrugada, escuchamos disparos bastante fuertes, y cuando dejaron de escucharse, oímos patrullas. Nadie durmió esa noche después de semejante ruido. Al día siguiente supimos por dichos de otros vecinos más madrugadores, y el periódico, que en esa casa tenían escondido a un señor que habían secuestrado, y al que no fue la policía, sino otro grupo de delincuentes quienes intentaron sacarlo, por lo que se armó la balacera entre sicarios. La casa permaneció con la puerta abierta unos días, con vidrios rotos y semi agujereada con tanto impacto de bala. Una postal de narco-tour. Vivimos unos meses, con una pareja que trabajaba para criminales (y a los que seguramente serví de camello yendo a traer “regalos” a casa de ricos) y no lo supimos, pero yo creí tener a un actor de la tele, hermoso, que me besó como nadie, y me enseñó la masturbación.

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Libro escrito por Frida Cartas. Una serie de remembranzas autobiográficas sobre su infancia y adolescencia trans. Una novela corta por acumu...

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