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Barranquilla, Enero del 2011


DIRECTORA

DIAGRAMACIÓN

EN ESTA EDICIÓN

ADRIANA CARRILLO

HÉCTOR SAAVEDRA

DIR. DE INVESTIGACIÓN

COLABORADORES

ANDREA QUINTERO

EMANUEL GAMARRA MARIA CECILIA REYES

SANDRO BOZZOLO ELISEO CARDONA KELLY NUÑES NINA CORTÉS MANUEL DUEÑAS ANGELA BOHÓRQUEZ RAMON PELOTAS

EDITOR GENERAL MANUEL DUEÑAS

PORTADA / S. BOZZOLO


EDITORIAL 06

El que escribe se pregunta alguna vez ¿Quién lo lee? a veces, debo decir, muchas veces, la respuesta es nadie, pero también a veces hay un alguien. Y como el que escribe por necesidad, enfermedad o defecto, no puede dejar de hacerlo, se aferra a ese alguien como razón insoslayable. También es cierto que hay una causa y una consecuencia. La causa: existen mentes inquietas que no paran de pensar. La consecuencia: pensar provoca millones de preguntas por contestar, que a su vez desembocan en nuevas preguntas. El grupo de personas que ha hecho posible esta revista está compuesto, fundamentalmente, por gente que se cuestiona. Compartimos el vicio del pensamiento y la palabra. Está presente, también, el deseo de estar inscritos en una ciudad capaz de mirarse y mirar fuera de ella. Abocada al crecimiento de su estructura y cultura.

Creemos, ante todo, que el arte habla de la gente, de su esencia, y que devela sus riquezas y carencias. Ambas, necesarias para permanecer. Es por eso que nos valemos del análisis crítico, la observación y la sensibilidad ante cada fenómeno cultural, para conocer y transformar nuestro entorno. Ojalá, pudiendo llegar a un despertar del pensamiento, que se encuentra sólo en lo social y colectivo. Creemos también que a partir de la claridad de las ideas y el buen uso del lenguaje la cultura se enriquece y se contagia. Sabemos que no es fácil tener una voz crítica en una ciudad acostumbrada a términos intangibles como la “bacanería” o la “cheveridad”, que son nobles, pero al mismo tiempo suelen ser caminos que desembocan en abismos de imprecisión y falta de criterio, o lo que es peor, en la imposibilidad de recibir una crítica con humildad y seguridad. Estamos seguros de que de las discusiones que a partir de este ejercicio conjunto podamos propiciar, se abrirá paso a una exigencia mayor en el oficio del arte y en el ejercicio, por convicción, de la tolerancia. Esto no es más que una invitación al equilibrio entre la frescura y el rigor, entre los argumentos y las opiniones, las preguntas y afirmaciones. Siempre estará dispuesto en la mesa el debate, el diálogo, el respeto, cierto riesgo y un expresso.


EDITORIAL


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La verdad es que la distancia que separa a cusi cusi de Buenos Aires justifica este sentido de desubicación que agrede al viajero perdido... ¿QUÉ ES UN TREN? SANDRO BOZZOLO


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El primer tractor. Todo el mundo salió a la calle, es decir, ochenta y dos personas incluyendo los niños, un desfile de silenciosa alegría a pesar del sol y del viento del norte. Chinos, mongoles, tailandeses y, al final, nada de todo esto. Las extrañas personas que tengo en frente y que me miran como una rareza dominical son nada más y nada menos que argentinos, argentinos como Borges y como Maradona y como Gardel, y tal vez un poquito más, si es verdad –como es verdad– que allí estaban desde mucho tiempo antes que los demás. Incluso a pesar de la rígida centralización del país, un fenómeno que tiende a considerar “Argentina” todo lo que se enmarca en los límites geográficos-políticos-económico-cultura-

les-sociales de Buenos Aires y sus suburbios, y “campo” (léase “desierto”, o “luna”) cualquier expresión de vida humana que se desarrolla fuera de estos vínculos. La verdad es que la distancia que separa a Cusi Cusi de Buenos Aires justifica este sentido de desubicación que agrede al viajero perdido. Si Ushuaia es comúnmente conocida como “el fin del mundo”, bien se podría definir la región de la puna jujeña, situada en la infinidad de los 4.200 metros sobre el nivel del mar, como “el techo de Argentina”. Las imponentes montañas que coronan la región –respetables reinas llamadas Andes– marcan el límite con Chile y Bolivia, aunque es correcto decir que los héroes que pueblan estos desiertos (entre los tantos, la etnia Aymara, que dio al mun-

do su primer Presidente indio, el boliviano Evo Morales) forman un único pueblo que no conoce otra frontera que la de su gente. La quinoa se cultiva en Cusi Cusi. Que es como decir el borojó o la granadilla: productos conocidos solamente allí donde se comen. Sin embargo, la quinoa resulta ser el ingrediente principal para la producción de las barras dietéticas a nivel mundial, y entonces alguna ONG consiguió un lindo tractor verde para los más o menos ochenta habitantes de la puna, tierra de minas y piedras sin otro recurso alimenticio que las papas andinas y la carne de llama, animal sagrado (y sabroso) para los pueblos autóctonos. Un tractor, y uno se pregunta de donde saldrá la gasolina para ponerlo en


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marcha, como quiera que el único recurso energético con el que cuenta la región parece ser el intenso sol, captado por paneles solares sobre casas de barro y paja, único rastro de Tercer Milenio en el silencio del altiplano. La ceremonia es puro impresionismo. Conforme a los ritmos del pueblo –básicamente lentos– me acerco a la plaza central, que además de ser central, es la única. A lo largo del camino, bajo el único arbolito de todo Cusi Cusi, encuentro al ingeniero porteño instruir a cuatro o cinco campesinos sobre el correcto uso de su prodigioso invento, una máquina que permitirá un rápido tratamiento de la quinoa, que materialmente se produce en forma de diminutas bolitas verdes.

En el centro de la plaza un par de ovejas descansan a la sombra de Martín Fierro. La estatua del héroe nacional es una presencia curiosa en el panorama local. Resuelvo que lo mismo deberán pensar los autóctonos sobre este simpático grupo de políticos porteños que lentamente se fritan bajo el sol de la puna, viviendo lo que ellos considerarían un domingo alternativo. Al lado de la iglesia, un letrero blanco dice “Atletic Club River Plate”, y pintado de rojo, el escudo del glorioso club bonaerense. Religión y fútbol: esto parece todo lo que el hombre blanco ha sabido ofrecer en los largos siglos de su colonización al pueblo americano, y sin embargo, a través de cruces y pelotas, el sueño de identidad se logró en pleno. Cusi Cusi dixit. Algunos metros mas allá, una tienda casera lleva un sello cono-

cido, un “Coca-Cola” visiblemente fuera de contexto. El primer sentimiento que una visión como esta provoca es una cálida ilusión de hogar, un abrazo familiar, una presencia mayor y sabia que te toma de la mano y te guía por el mundo. Después, queda solamente un amargo sabor en algún rincón del paladar, la sensación de estar completamente jodidos y despojados de cualquier techo, de estar constantemente vigilados por las mismas entidades supremas, sin defensa contra ciertos enemigos, enemigos indefinidos, por supuesto. Cuando por fin llega el tractor, el primer impulso del espectador lleva a girar el cuello 180 grados, buscando cámaras escondidas por allí. La atmósfera es demasiado surreal como para desperdiciar aquel


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momento: este tractorcito verde acercándose despacio bajo un silencio inmóvil, esta comunidad reunida en su plaza que se levanta de pie para darle la bienvenida a su nuevo integrante. Si la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas, hay razones suficientes para creer que estas pequeñas cosas sean verdes, y con cuatro llantas. Ahora el tractor está en el centro de la plaza –y de algún modo en el centro del mundo–, limpio y firme frente a San Martín, que parece mirarlo con satisfacción póstuma: ahora sí se puede decir que el país ha sido por fin unificado. La banda sonora del majestuoso momento es nada más y nada menos que el himno nacional. Al mirar la bandera que se levanta hacia el cielo, las treinta y seis horas de autobús y las cinco horas de camioneta que separan Cusi Cusi de Buenos Aires desaparecen por completo, dejando una condición de suspensión fuera del tiempo y fuera del espacio, bajo un intenso sol, este sí muy real.

Todo lo que sigue es afinado a la melodía del domingo. Las ancianas mascando –y ofreciendo– hojas de coca, el político porteño con sus charlas llenas de “cooperación” y “agradecimientos” , el alcalde en perfecta divisa de alcalde, incluyendo corbatín marrón sobre camisa azul y un lápiz juiciosamente colocado detrás del oído. Las fotos de grupo con el Dios verde en el medio. Y para terminar, almuerzo para todos. Carne de llama, papa andina, hierbas de Montana. Y obviamente, quinoa. Y CocaCola. Producto de la labor colectiva de la comunidad entera que se aliena entre cocina y mesas, hombres y mujeres. Lo sirven en un colegio, en el colegio de Cusi Cusi: ocho estudiantes y no alcanzo a imaginar qué clase de personaje podrá ser la maestra. En la pared, está un tablero: “El primer tren llegó a La Quiaca en el año 1837 y desapareció en el año 1961.

PREGUNTA: ¿QUÉ ES UN TREN? ¿ALGUIEN ALGUNA VEZ VIO UNO?


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ELISEO CARDONA

El peruano Julio Ramón Ribeyro escribió un cuento maravilloso que no consigo olvidar. «El polvo del saber» narra la historia de una extensa biblioteca que ha sido echada a perder por la estupidez humana. «La codiciada biblioteca no era más que un montón de basura. Cada incunable había sido roído, corroído por el abandono, el tiempo, la incuria, la ingratitud, el desuso. Los ojos que interpretaron esos signos hacía años además que estaban enterrados, nadie tomó el relevo y en consecuencia lo que fue en una época fuente de luz y de placer era ahora excremento, caducidad». El pasaje es posiblemente el más solemne de un relato cuya lucidez está intervenida por un humor corrosivo, como casi todo lo que escribió el autor peruano. Ese humor acaso permite como ningún otro recurso meditar en torno a una tragedia insólita: la de convertir en detritus las fuentes más ricas del conocimiento cultural. Nadie que no abrace la lectura a la vez como sacer-

docio y experiencia lúdica alcanza a entender cabalmente el valor de tener una biblioteca. «Mis libros son mi cuerpo», solía decir Giuseppe di Lampedusa, autor de la imprescindible novela «El gatopardo». Y en efecto, todo el que ha tenido una biblioteca personal sabe que los libros son organismos vivos, que al igual que sus dueños respiran con el estoico ritmo de los asmáticos. No exagero: siempre que tengo visitas en la casa y me preguntan si he leído los más de 400 volúmenes que tengo, sé de sobra que se trata de gente que jamás ha abierto un libro. Es gente que no conoce la vitalidad del saber. Puedo determinar además lo que algunas personas leen por la manera de sujetar los libros, que en manos torpes enmudecen antes de agonizar por el maltrato de la columna vertebral. Por lo demás, no han sido pocas las veces que he preferido perder un amigo (o una amante curiosa) antes que prestar un libro. En las paredes, amontonados en cualquier rincón, puestos en pequeñas montañas sobre la mesa de noche, mis libros ordenan mi universo interior, me salvan de la

dispersión y ofrecen un refugio de lucidez; que es la puerta hacia una locura creativa. La constelación de unas voces que han dado forma a mi voz. Pero las bibliotecas también nos convierten en esclavos, sobre todo del sedentarismo. Por una razón simple: cuando crecen, cuesta trabajo acarrearlas de un lado para otro. Yo he viajado mucho y en muchas en partes he vivido. Pero cada desplazamiento ha implicado dejar atrás una rica biblioteca que ha nacido y crecido porque sí, siempre a contracorriente de cualquier determinación de no comprar libros. Y yo sufro esa pérdida. Tanto más si se trata de libros a los que se puede volver una y mil veces. Porque hay una cultura de la lectura. Y hay una cultura de la reelectura. Dime cómo lees y te diré cómo piensas. Henri Michaux decía: «Los libros nos escogen y a esos se consagra la vida». Y tenía razón. Pero hasta Michaux, un hombre que gracias al impulso de su curiosidad voraz se desplazó a muchas partes del mundo, habría llegado a la conclusión de que las bibliotecas también pueden ser una pesadez.


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MI VOCACIÓN DE LECTOR ME HA INMUNIZADO CONTRA EL ROMANTICISMO. ES DECIR, ME HA HECHO MÁS PRÁCTICO. COMO TODO COLECCIONISTA QUE SE PRECIA, AMO EL OBJETO FÍSICO QUE ES EL LIBRO. PERO AMO LA POSIBILIDAD DE LEER CUALQUIER LIBRO SIN QUE OCUPE ESPACIO EN LA CASA.

ESO QUIERE DECIR QUE DE LA MISMA MANERA QUE DE UN TIEMPO HASTA HOY LEO TANTO DE INTERNET COMO LIBROS QUE VOY COMPRANDO Y ACUMULANDO EN MI HOGAR, NO PUEDO MENOS QUE DAR LA BIENVENIDA AL FUTURO DE LA LECTURA.


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El peruano Julio Ramón Ribeyro escribió un cuento maravilloso que no consigo olvidar. «El polvo del saber» narra la historia de una extensa biblioteca que sido echada a perder por la estupidez humana. «La codiciada biblioteca no era más que un montón de basura. Cada incunable había sido roído, corroído por el abandono, el tiempo, la incuria, la ingratitud, el desuso. Los ojos que interpretaron esos signos hacía años además que estaban enterrados, nadie tomó el relevo y en consecuencia lo que fue en una época fuente de luz y de placer era ahora excremento, caducidad». El pasaje es posiblemente el más solemne de un relato cuya lucidez está intervenida por un humor corrosivo, como casi todo lo que escribió el autor peruano. Ese humor acaso permite como ningún otro recurso meditar en torno a una tragedia insólita: la de convertir en detritus las fuentes más ricas del conocimiento cultural. Nadie que no abrace la lectura a la vez como sacerdocio y experiencia lúdica alcanza a entender cabalmente el valor de tener una biblioteca. «Mis libros son mi cuerpo», solía decir Giuseppe di Lampedusa, autor de la imprescindible novela «El gatopardo». Y en efecto, todo el que ha tenido una biblioteca personal sabe que los libros son organismos vivos, que al igual que sus dueños respiran con el estoico ritmo de los asmáticos. No exagero: siempre que tengo visitas en la casa y me preguntan si he leído

los más de 400 volúmenes que tengo, sé de sobra que se trata de gente que jamás ha abierto un libro. Es gente que no conoce la vitalidad del saber. Puedo determinar además lo que algunas personas leen por la manera de sujetar los libros, que en manos torpes enmudecen antes de agonizar por el maltrato de la columna vertebral. Por lo demás, no han sido pocas las veces que he preferido perder un amigo (o una amante curiosa) antes que prestar un libro. En las paredes, amontonados en cualquier rincón, puestos en pequeñas montañas sobre la mesa de noche, mis libros ordenan mi universo interior, me salvan de la dispersión y ofrecen un refugio de lucidez; que es la puerta hacia una locura creativa. La constelación de unas voces que han dado forma a mi voz. Pero las bibliotecas también nos convierten en esclavos, sobre todo del sedentarismo. Por una razón simple: cuando crecen, cuesta trabajo acarrearlas de un lado para otro. Yo he viajado mucho y en muchas en partes he vivido. Pero cada desplazamiento ha implicado dejar atrás una rica biblioteca que ha nacido y crecido porque sí, siempre a contracorriente de cualquier determinación de no comprar libros. Y yo sufro esa pérdida. Tanto más si se trata de libros a los que se puede volver una y mil veces. Porque hay una cultura de la lectura. Y hay una cultura de la reelectura. Dime cómo

lees y te diré cómo piensas. Henri Michaux decía: «Los libros nos escogen y a esos se consagra la vida». Y tenía razón. Pero hasta Michaux, un hombre que gracias al impulso de su curiosidad voraz se desplazó a muchas partes del mundo, habría llegado a la conclusión de que las bibliotecas también pueden ser una pesadez. En este sentido, mi vocación de lector me ha inmunizado contra el romanticismo. Es decir, me ha hecho más práctico. Como todo coleccionista que se precia, amo el objeto físico que es el libro. Pero amo la posibilidad de leer cualquier libro sin que ocupe espacio en la casa. Eso quiere decir que de la misma manera que de un tiempo a esta parte leo tanto de internet como libros que voy comprando y acumulando en mi hogar, no puedo menos que dar la bienvenida al futuro de la lectura. Y ese futuro, nos guste o no, ha de convertir el libro en un objeto al que se acudirá cada vez menos. No hablo de su desaparición, nadie puede, puesto que el libro, contrario al disco vinilo o el compacto (para aludir a mi otra pasión de coleccionista) todavía retiene el espíritu de un registro sagrado. No son fortuitas las empresas iniciadas por la Universidad de Alejandría con la nueva biblioteca, el Proyecto Gutenberg, el Thesaurus Linguae Graecae, el Proyecto Perseus, el Instituto Cervantes y otros recogidos por la Wikipedia. Ninguno, desde


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luego, avanza en ambición, y posiblemente en claridad de proyección, como la empresa Google y su proyecto Google Books, que se ha propuesto colocar en formato digital la mayor cantidad de libros (en realidad, se trata de todos los libros del mundo... a medida que el gigante de la informática gana la confianza de escritores, académicos, herededores, asociaciones y editoriales europeas y americanas, y, por supuesto, se atiene a las exigencias de los tribunales en Estados Unidos en materia de derechos autorales y el cumplimiento de las leyes antimonopolio).

de imprenta, resulta inútil. Al menos por ahora. Son muchas las aristas legales que varios abogados quieren poner a prueba para restarle poder absoluto a Google. Y hacen bien, puesto que la empresa no está poniendo dinero por gusto en un proyecto que ha representado desde el principio los mil y un dolores de cabeza. Esto significa que la avalancha de información requiere de mucha reflexión, claridad legal (menuda tarea) y mucha paciencia. De momento, lo que debe interesar a los lectores profesionales es lo que Google ofrece a las futuras generaciones de lectores.

El proceso de escanear los libros que forman las bibliotecas más importantes en Estados Unidos (la Biblioteca Pública de Nueva York, la de la Universidad de Michigan, la de Harvard y la de Stanford, entre otras), un proceso por el que Google ha puesto dinero de sus arcas, ya sobrepasa a la propia Biblioteca de Alejandría, que según el ensayista Gabriel Zaid, ha reunido el 1 por ciento de los libros escritos. La empresa ha puesto para este fin su popular buscador, que, con todas las críticas que se le puedan tener (sobre todo en cuanto a mostrar resultados ligados a lo comercial), resulta imbatible en experiencia y precisión. Discutir los detalles legales de las diversas demandas judiciales, especialmente la demanda colectiva que permitiría a Google generar dinero al ofrecer las ediciones digitales de libros que han estado fuera

Los pensadores se toman su tiempo. Los que se han dedicado a estimular un debate en torno a las nuevas generaciones de lectores no se ponen de acuerdo sobre el impacto de la tecnología, pero todos hablan de tres aspectos recurrentes que realmente son parte de un mismo mantra: conveniencia, conveniencia, conveniencia. Nicholas Carr, uno de los más lúcidos de la generación que creció en esa frontera de la cultura de los libros y la cultura de internet, da la voz de alarma sobre la idiotización de Google.Yo no le quito la razón, porque la tiene; y de sobra. Pero Carr parece hablar de un lector homogéneo y no de categorías de lectores: desde el papagallero (el que todo lo repite sin procesar) hasta el más crítico (que el todo lo cuestiona). Digamos que el lector común no puede buscar en los libros ni en sus versiones digitales lo

que no está en él. El otro pensador importante es George Steiner, que todavía invoca aquello de que «el paperback no forma una biblioteca». Desde luego que no. Pero esa biblioteca, en verdad, la forman los lectores. Los libros, que sólo son depositarios de la palabra escrita, son organismos vivos porque nosotros les damos vida con nuestra lectura. A más crítica, mejor. ¿Cambia la palabra en su versión digital? Desde luego que no. Los e-readers, con el Kindle de Amazon a la cabeza, han estimulado la lectura de la misma manera que algunos libros (pienso en el espectacular fenómeno de J.K. Rowling y su Harry Potter) despertaron la pasión de una nueva generación de lectores. Pero ni el clásico Socratas ni los enciclopedistas clásicos de la Enciclopedia Británica (Mortimer Adler, Daniel J. Boorstin, Allan Bloom) pudieron garantizar futuras generaciones de lectores críticos. Lo que Google promete es una garantía de que los libros estarán al alcance de todos, no sólo de una élite hereditaria cada vez más en bancarrota intelectual. Esos lectores críticos son los que verdaderamente cuentan para que la palabra no se convierta en polvo del saber.


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DAMIÁN PONCE DE LEÓN

La década actual se impone como la era final de la distribución discográfica como alguna vez llegamos a conocerla. Un siglo después del inicio de la industria fonográfica, el CD, el último eslabón en el proceso de las plataformas de distribución musical, ha empezado una lenta agonía, desapareciendo paulatinamente de nuestras vidas. Nadie puede dudar que el disco compacto ha pasado a ser un objeto de colección.

Los alcances de esta nueva lógica de mercado y, sobre todo, de difusión cultural y de creación, han permitido a muchos artistas responder a sus más profundos deseos en todos los terrenos, lo cual incluye no solo su música, sino también (aunque suene aparentemente superfluo y poco importante) su aspecto físico o “pinta”, su arte visual y toda su proyección como artistas frente a la sociedad.

Este proceso ha sido más rápido en países industrializados, donde el acceso a internet ha sido mucho más generalizado. Pero la desaparición del disco se ha dado de manera diferente en cada género musical, siendo las músicas menos comerciales (jazz, músicas étnicas, músicas electroacústicas, música clásica contemporánea... por citar unos nombres) las que más se sostienen en la producción discográfica en el estilo tradicional, debido en parte al tipo de difusión “artesanal” a la que se ven obligados muchos artistas a recurrir. La diferencia es que ahora los recursos tecnológicos permiten a estos músicos autoproducir sus discos, lo que ha creado un movimiento importante de producciones y sellos independientes.

Esto entonces pone en tela de juicio todas las preconcepciones que de “la imagen” del artista había establecido el viejo mercado, en donde el compositor de música clásica es visto por su aspecto decimonónico intelectual (mancornas y corbata incluida), el jazzista como un individuo Descomplicado y formal o el rockero como un irreverente descarriado.

Lo interesante es que, debido a esta nueva posibilidad de independencia, muchos músicos pueden llegar a cambiar mercados, presupuestos comerciales y viejos clichés establecidos durante el siglo pasado por los emporios de la industria musical.

Con el fin de estos clichés, se abren campo en el terreno de la producción musical nuevas posibilidades y aparece, entre muchas otras variantes, lo que podríamos denominar el “músico versátil”, sin espacio en las grandes cifras, desposeído de un único modo de expresión musical y abierto a innumerables influencias e intereses artísticos. Sería ingenuo pensar que la versatilidad ha sido entonces un don desconocido hasta ahora en la historia de la música, ya que las músicas populares y eruditas siempre han estado en continua e inevitable interrelación. Basta con citar casos como el de Claudio Monteverdi escribiendo óperas

profanas y misas en el contexto renacentista europeo, o el de Pedro Morales Pino y Emilio Murillo en la Colombia de fines del siglo XIX y principios del siglo XX moviéndose entre las estudiantinas “populares” y los salones elegantes bogotanos donde hacían sonar sus piezas nacionalistas. Sin embargo, ahora aparecen nuevas opciones para los músicos capaces de crear en diversos “géneros” musicales debido a las nuevas reglas del juego, en donde pueden difundir estas músicas, sin intermediarios, a través de la red. Artistas como Björk, el Kronos Quartet, Hermeto Pascoal, Leo Brouwer, Radiohead, o Bang On A Can, y en Colombia figuras como Juan Sebastián Monsalve, entre muchos otros, son claros ejemplos de este fenómeno en donde muchos de estos artistas mezclan con fluidez su formación clásica con la electrónica, el jazz, el pop o cualquier otro género que les permita expresar su sentir.


DAMIÁN PONCE ES BATERISTA Y COMPOSITOR COLOMBIANO. VIVIÓ 7 AÑOS EN CUBA, DONDE ESTUDIÓ TEORÍA MUSICAL, Y COMPOSICIÓN EN EL INSTITUTO SUPERIOR DE ARTES DE LA HABANA. LANZÓ SU DISCO DISÍMILES EN EL 2009.

En la escena actual colombiana, encontramos todo un grupo de jóvenes músicos capaces de tener esta versatilidad e ir de las más herméticas de las exploraciones acústicas y/o electroacústicas a músicas de públicos más grandes.

Dentro de esta onda versátil, encontramos también a Camilo Giraldo, quien no contento con ser ganador de un premio nacional de composición en 2006, ejerce como guitarrista clásico y codirige el proyecto multi-artes electrónicas Retro Visor.

Tal es el caso de músicos como Eblis Álvarez, cuya labor como creador y guitarrista va desde la música clásica-contemporánea hasta proyectos incatalogables como su banda Meridian Brothers. Dentro de esta misma lógica encontramos a Jorge Sepúlveda, quien partiendo de su destacada labor como baterista de jazz se ha ido acercando cada vez más a la composición escrita y a las músicas experimentales, como lo demostró su proyecto de improvisación libre conocido como Aleatorio y desarrollado durante todo el 2009.

Esta versatilidad también puede verse reflejada en interesantes intérpretes como Urián Sarmiento, quien realiza continuas investigaciones y grabaciones de fenómenos folclóricos en diferentes zonas del país, al mismo tiempo que se desempeña como percusionista de los Aterciopelados y participa en festivales de jazz y en grupos como Curupira. Grupos como Asdrúbal, con sus claras influencias del rock, el jazz y la música contemporánea, o el ensamble Sinsonte, cuyas bases se encuentran en el jazz, la música llanera y la música clásica

simultáneamente, ponen también en evidencia este fenómeno de romper barreras sin caer en el facilismo de las fusiones.Todo este panorama nos deja entonces con el interrogante de pensar si el fin de la era del disco en sus diferentes formatos será el inicio de nuevos caminos, más versátiles e incluyentes en donde el artista, armado de una tecnología cada vez más accesible se proyecta de forma libre sin responder a presupuestos culturales ni a las muy nombradas “necesidades del mercado musical”.


LA OTRA RESISTENCIA

HÉCTOR SAAVEDRA

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DESPUÉS DE UNA ESPERA DE CASI UN MES, EN LA QUE SUS MÚLTIPLES OCUPACIONES HABÍAN HECHO IMPOSIBLE ESTA ENTREVISTA, LOGRÉ SENTARME CON EL MAESTRO GUILLERMO CARBÓ, COSA QUE NO HUBIESE SIDO POSIBLE SIN SU AMABILIDAD Y DISPOSICIÓN. ADEMÁS DE SER EN LA ACTUALIDAD, DECANO DE LA FACULTAD DE BELLAS ARTES, CARBÓ ES COMPOSITOR CON DOCTORADO EN MUSICOLOGÍA EN LA UNIVERSIDAD DE LA SORBONA EN PARÍS. ES EL DIRECTOR DE LA ATLÁNTICO BIG BAND Y LIDERA, CON EL GRUPO DE INVESTIGACIÓN SAPIENCIA, ARTE Y MÚSICA (SAM), VARIOS PROYECTOS AVALADOS POR COLCIENCIAS, COMO “EN TINTA FRESCA”, UN SELLO QUE HA PERMITIDO MOSTRAR EL TRABAJO MUSICAL DE JÓVENES ESTUDIANTES Y “ATLANTIJAZZ”, UN ESPACIO ALTERNATIVO PARA EL ENCUENTRO DE GRANDES JAZZISTAS CON MÚSICOS EN FORMACIÓN, ABIERTO A TODA LA CIUDAD. EL MAESTRO SE DESEMPEÑA TAMBIÉN COMO DOCENTE, PERO AÚN SIN ESO, PRIVILEGIA LA CERCANÍA CON CADA UNO DE LOS JÓVENES MÚSICOS Y SUS CONDICIONES PARTICULARES. EL SER MÚSICO PARA ÉL ESTÁ ÍNTIMAMENTE LIGADO A SER HUMANO.


UN TINTÍCO PARA...

ENTREVISTA

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GUILLERMO CARBÓ ADRIANA CARRILLO

Adriana Carrillo: ¿Cómo ha conjugado sus múltiples ocupaciones con el ejercicio de la composición? ¿Cómo se está desarrollando la música en contraposición, o tal vez, como complemento de la academia? Guillermo Carbó: Yo me he desarrollado fundamentalmente en tres áreas: la composición, últimamente la administración y la investigación. Hace poco estuve en Bogotá en un encuentro de investigadores de música y de centros de documentación, y a cada uno nos preguntaban que cómo habíamos llegado a la investigación. Yo, particularmente no llegué a la investigación por naturalidad o por devoción, sino a través de la composición, es decir, antes que nada, a pesar de que esté en un gran stand by, porque ya hace un tiempito la composición la tengo un poco relegada, la composición es la que me ha conducido a la investigación e, incluso, a la docencia. Yo siempre sentí un gran arraigo hacia las músicas del Caribe, a pesar de que hacía y hago una composición de tipo contemporáneo, donde la abstracción es el elemento fundamental y donde el arraigo a la música tradicional no es pintoresco, ni evocador,

sino más bien subyacente, estructural y espiritual. Entonces, en esa necesidad de asociar en forma más directa esos elementos tradicionales a mi composición, empiezo a indagar qué hay por ahí para poder apoyarme en tema de ritmos, de la cosa Caribe, de las formas musicales… y la gran mayoría de trabajos, entre otras cosas de uno o dos días, se centran en los aspectos sociológicos, antropológicos, con una perspectiva aún poco folclorista, pero nada musical por lo que uno pudiera adentrar a fondo sobre el contenido de la música del Caribe colombiano. Debido a esa ausencia es que yo digo “Bueno, como no hay nada, vamos a investigar“. Trabajé con varios compositores, trabajé en varios conciertos… saqué el doctorado, me quise regresar a Colombia, porque dije: “Si no me regreso ahora no me regreso nunca”, pues ya eran 18 años viviendo fuera. Aparte del estudio, Francia no me interesaba en sí misma, no me interesaba emigrar, ni sentirme exiliado de mi país y decidí regresar sin saber qué hacer. Llegué a Colombia y me puse a buscar trabajo, porque ajá, preguntaba yo (sonriendo), “¿A quién le interesa un compositor de música contemporánea con doctorado

en musicología… quién me puede dar empleo?” hasta buscaba en los clasificados del periódico, pero rápidamente, una amiga me recomendó en la Academia Superior de Artes de Bogotá, en ese entonces estaba Clarissa Ruíz, y estaba necesitando a alguien para hacer un análisis estructural del programa de música de la ASAB, que tenía la particularidad de basarse en músicas populares y autóctonas. A.C: A raíz de eso me nace una pregunta: ¿Qué fue primero? ¿El interés por las raíces o es a partir de la música contemporánea que llega a interesarse en ellas? G.C: Uno nunca se desprende así lo desee, bueno, no sé quién lo deseara, ni de lo que es, ni de dónde viene. Yo siempre tuve en mí la música de acá, así como tuve el deseo de ser músico. Yo creo que un músico, cualquiera que sea su origen, va a tener una influencia ya sea en la parte interpretativa, creativa o en cualquier otro aspecto que desarrolle, con relación a sus vivencias de infancia.


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ENTREVISTA

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A.C: Y cuando usted llega fue que se hizo un concierto en Bogotá, en el que vinieron músicos extranjeros a interpretar sus obras en la Biblioteca Luis Ángel Arango… G.C: Sí, hubo un concierto en la Luis Ángel y hubo un concierto en el Teatro Colón, que fue cuando se lanzó el disco de “Curramba Carbó”. En ambos conciertos hubo músicos venidos de Francia. Recuerdo mucho que, como tengo una obra para quena, que tengo la fortuna o el desacierto de que hay un solo músico, un flautista/quenista chileno que vive en francia hace muchos años, Leonardo García, vino para ese concierto, junto a otros dos o tres. Entre otras cosas, ese concierto marcó un punto de partida importante, porque hasta ese momento no se habían hecho conciertos en reconocimiento a jóvenes compositores colombianos. Creo que fue el primero, y que a partir de ahí se empezaron a hacer conciertos monográficos de compositores nacionales. A.C: ¿De quién nace la iniciativa para organizar estos conciertos? G.C:Yo conocí a la directora de la Luis Ángel y hubo cierta empatía con relación a mi deseo de mostrar lo que venía haciendo con la música contemporánea. A.C: ¿Y fue mientras estaba viviendo en Bogotá? G.C: No, yo estaba viviendo en B/quilla.

A los seis meses de trabajar en la ASAB en Bogotá, me vine a trabajar en la U. del Atlántico e iba todos los fines de semana a la capital, hasta que me aburrí y dije: “En Barranquilla me quedo”. Pero me fue muy bien en mi trabajo como analista de la reforma curricular, que entre otras cosas se hizo y sirvió muchísimo para la ASAB, porque hoy en día está compitiendo con las demás universidades de bogotá. En la U. del Atlántico, primero ingresé como docente de tiempo completo, siempre en el área de la composición y en las áreas teóricas.Y ahí me quedé hasta cuando se me ocurrió ingresar en el campo administrativo, ya con la decanatura. Y a medida que he desarrollado la docencia, se ha venido disminuyendo mi producción como compositor. Digamos que es un paréntesis, en estos momentos. A.C: Maestro, tengo entendido que de niño tocaba el tambor, de joven usted tocó el piano en un grupo de rock… además de ser su instrumento, la orquesta, ¿Toca algún otro instrumento? G.C: Nunca tuve una formación instrumentista sólida, porque en mi casa no hay músicos. Yo me di cuenta de mi capacidad de músico en el colegio, cuando me pusieron a tocar el tambor mayor y como los tambores sirven para marcar el ritmo y todo lo demás, ahí fue cuando dijeron “Wow, este pela’o tiene talento, este pela’o tiene oído”. En Bogotá mi papá nos puso en clases de tiple y guitarra. Luego mi hermano mayor creó un grupo que se llamaba Compañía Ilimitada; un grupo de rock muy conocido

en su momento en Bogotá, de cuatro muchachos. Él era el bajista. A mi casa trajeron un piano. Yo vi eso tan grande y tan bonito que me puse a tocar piano. Mientras mi hermana recibía clases, yo le daba por puro oído. Yo aprendí música de oído. Empecé a juntarme con muchachos a hacer jazz experimental. Yo era el pianista del grupo. Fui bajista y toqué batería también. La música que hacíamos con mi hermano era jazz, o a eso le llamábamos jazz, realmente no era sino un salpicón bien simpático, porque hacíamos música con nada; con muy poco conocimiento, pero con muchas ganas. Y empecé a darme cuenta de que todo lo que el grupo hacía era yo quien se lo inventaba. Mejor dicho, yo era quien le decía al guitarrista tú haces esto, al bajista tú haces esto… y así fue como me di cuenta que yo en el fondo lo que estaba haciendo era componiendo. Estudié lo que más pude en forma tardía, porque esa es una de las debilidades de nuestro sistema, precisamente, la falta de formación sistemática a niveles básico y medio. Son pocos los músicos colombianos que tienen un nivel instrumental equiparable con el resto de músicos de otros países. Yo me daba cuenta de eso en Estados Unidos y en Europa. Pero a mí no me hizo mucha falta ese nivel instrumental, porque rápidamente me di cuenta de que lo mío era la composición, porque yo pienso música. Para mí es una cosa casi mental, en el sentido en que yo oigo música en mi cerebro y trato de materializarla. Difícilmente uno puede


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ENTREVISTA

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mantener buenos niveles de interpretación instrumental y buenos niveles de creación musical, porque ambos ejercicios requieren de mucha dedicación y tiempo, entonces, por lo general, los compositores no son instrumentistas, aunque, por supuesto hay excepciones. AC: ¿Y no ha querido hacer composiciones de jazz? GC: Sí, claro, mis primeras composiciones fueron de jazz. Para mí el jazz es un lenguaje que lo sentí muy adaptado a mi personalidad musical. Y yo hice jazz, pero como no tenía formación hice un jazz inventado. Un jazz experimental, fundamentalmente instrumental. Las limitaciones del jazz son difusas. Es muy difícil poner una frontera en los estilos del jazz y hay un jazz que salta al vacío. Cuando llegué a Berckley me sorprendió que allá estudiaban muchísimo la música clásica y en la carrera de composición, me encontré con el maestro John Bavicchi, que fue alumno de Walter Piston, quien fue uno de los compositores más importantes, por lo menos, de la costa este de los Estados Unidos en el siglo pasado. Él me abrió una frontera adicional a lo que ya venía haciendo, que para mí fue lo máximo. Clasificarme es difícil, porque yo nunca he sido una sola cosa. Cuando yo percibí ese universo a través de la música clásica contemporánea, me fui caminando por ahí. Me identifiqué con ese lenguaje hasta hoy. AC: Hablando de jazz, ya vamos para la cuarta celebración del festival Atlantijazz.

¿Qué se quiere, qué intenciones se tienen con el festival? GC: Atlantijazz, yo no sé si es un festival o no.Yo nunca lo he pensado así. Lo veo más como un espacio de encuentro, porque no tenemos ningún tipo de interés… Lo más importante es la huella que va dejando en nuestros corazones. Por ejemplo, esta tercera versión pudimos tener el apoyo de la gobernación y pudimos traer a Asdrúbal.Yo fui jurado en un concurso y vi a esa gente y dije: “Esos manes estás solladísimos”. Después quise saber más sobre ellos y me enteré que seguían trabajando y me gustó mucho la idea de hacerlos traer. Aquí en la región, a mi juicio, hay una gran deficiencia y es que los muchachos no están proponiendo cosas experimentales basadas en sus propias raíces. A mí me aterra la ausencia de entusiasmo y de entrega hacia nuevas propuestas teniendo tanto material. ¿Por qué nadie experimenta con la caña de millo, por ejemplo? ¿Por qué nadie está haciendo cosas vanguardistas? ¿Por qué no se está haciendo Gaita electroacústica? ¿Por qué no hay un sentir que provenga de las entrañas donde los muchachos se liberen del subyugo del comercio? Uno cierra los ojos y lo que oye es bárbaro, y no para. Precisamente, el arte y la música te permite que varíes y aquí parece que no sucediera; parece. En Bogotá, es increíble lo que está sucediendo allá. Yo pienso que hay una conexión directa con la formación, porque las escuelas de formación allá son

quince veces mayores de las que hay acá. Yo creo que esa formación hace que los estudiantes de música que ya han decidido optar por la música como su oficio en la misma juventud hace que quieran explorar no sólo con el bambuco, con el pasillo, sino también con los ritmos del pacífico y con música del caribe, y hacen cosas como las que trajo Asdrúbal. AC:Y parece ahora que esas cosas las hacen quienes no tienen esas raíces. GC: Exactamente. Tienen suficiente sentido de pertenencia a la nación, no sé si es la colombianidad, qué sé yo. De alguna manera se sienten ligados… AC: Tienen una patria más grande. GC: Exacto. Y son más receptivos, porque realmente lo que tenemos aquí es un tesoro, sin disfrutar, sin descubrir, sin utilizar, en el buen sentido del término. Entonces dije, bueno, vamos a traer a Asdrúbal, precisamente, para que haya un referente. En el fondo Atlántico Big Band hace parte de eso: aquí no hay con quién tú te puedas comparar. Las orquestas del Checo Acosta, Juan Carlos Coronel, Shekeré… ese tipo de orquestas sí se comparan entre sí y tienen un referente a nivel profesional, pero si tú haces otro tipo de música, no tienes a quién ver o escuchar. Aquí cuál grupo lleva diez años tocando, como puede ver uno a tantos grupos en Colombia, que llevan una trayectoria, que


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llevan una idea. ¿Asdrúbal cuánto lleva? Por lo menos seis o sietes años. Y eso es uno de quince o veinte. Grupos en diferentes géneros, pero allá ese referente es como una competencia sana que se crea entre esos músicos y siempre está a la espera de propuestas novedosas. Aquí hay mucha ausencia de eso. Entonces, volviendo al festival, la idea con Asdrúbal era mostrarle a estos pela’os: “Miren, cachacos y todo, pero están en la jugada”. Y lo están haciendo de una forma muy seria, muy disciplinada. Que, entre otras cosas, un músico que no tenga una actitud disciplinada y honesta, ante todo, con el arte que está desarrollando, está en nada. Nosotros no tendríamos inconveniente en traer a Asdrúbal dos o tres veces más, o repetir con Pacho Dávila, Kent Biswell ha venido tres veces, Atlántico Big Band ha tocado un montón de veces, porque más bien el deseo es generar un encuentro, más que un festival. No sé cuál será la diferencia definitoria entre uno y otro término, pero me da la sensación de que el festival tiene otra idea, no sé cuál será, porque casi no repiten. AC: ¿Cómo se ubica Atlantijazz ante un festival consolidado como Barranquijazz? GC: Creo que hay una asociación inevitable entre uno y otro, pero lo hay que decir es que Atlantijazz es a pesar de. Casi que no tiene relación alguna en cuanto a su intención. Nosotros existimos porque creemos que ese espacio es necesario, sobre todo dándole una connotación abierta, sin

delimitación alguna de género, de estilo, de origen. Porque el jazz es así. Si Barranquijazz no hubiera existido, Atlantijazz hubiera sido más o menos lo mismo. Entonces Atlantijazz no existe ni como abrebocas del Barranquijazz, ni como su referente, sino que sucede cuando sucede porque en el país entero hay un auge del jazz, casi que septiembre se convirtió en el mes del jazz y quisimos proponer un espacio donde se permita un poco de todo. Asdrúbal es algo osado… es lo que es. Pacho Dávila no estaba comentando de un disco de free jazz que estaba grabando. A mí me encantaría mostrar eso con el único ánimo de que la juventud de aquí realmente lo sienta y diga: “Mira estos pela’os lo que están haciendo, mira este musicazo, lo que está proponiendo”. A veces nos hace falta tener relación con personas que viven la música de otra forma. AC: Por último me gustaría que me contara un poco de la experiencia de investigación en la depresión momposina. ¿Qué le enseñaron las cantaoras, qué le enseñó esa investigación? GC: Esa fue una investigación muy enriquecedora, porque me enamoré de algunas

de ellas. Ahí es cuando uno siente que la música es como un flujo espiritual que no tiene barreras, que no tiene fronteras, es indescriptible, porque personas tan necesitadas, viviendo en situaciones tan adversas, tan difíciles, hagan ese tipo de música con tanto fervor, tanto ahínco, devoción y entrega, es muestra de que la música es un legado que va más allá de nosotros mismos. Llegar hasta las puertas de sus casas, que me abrieran sus hogares, que, inclusive, me invitaran a comer, a dormir con ellas, que me atendieran como si yo fuese el llegado de la estratosfera, porque alguien prestaba atención a lo que hacían cómo se entregaban, cómo ofertaban su talento, ¡cómo se la gozaban! Si la música hace eso ratifico eso de que la música es un regalo de Dios.


31 I NEGRO Y SIN AZÚCAR EVENTO


NEGRO Y SIN AZÚCAR

EVENTOS

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KELLY NUÑEZ

Cada vez que llegan esos días de celebración carnavalera, Barranquilla se transforma, resplandece engalanada de su mágico folclor y tradiciones, y se prepara para una fiesta incomparable, donde el despliegue de talento, alegría y sabrosura se lleva a su máxima expresión. Sin embargo, con el tiempo, el Carnaval se ha convertido más en una excusa para enloquecer que en cualquier otra cosa, y es precisamente en esas circunstancias en las que aparece otra opción, una que va más allá del bullicio, el ron y la parranda indiscriminada, y que ofrece deliciosas posibilidades de ver el Carnaval a través de otro lente: La Carnavalada. La Carnavalada, organizada por la asociación cultural ¡Ay Macondo! en el barrio Santa Ana de la ciudad de Barranquilla, con entrada libre, viene a ser una alternativa de goce estético y sano entretenimiento para barranquilleros y foráneos durante el Carnaval, pues nos muestra un menú diferente al visto durante esos días en el resto de la

ciudad, con opciones más interesantes que abarcan obras de teatro, grupos musicales, danzas y una original puesta en escena en un espacio abierto para todos, pero, “donde no va todo el mundo” (como mencionó en el pasado carnaval una de sus organizadoras) haciendo referencia a la Carnavalada como espacio fraterno en donde la fiesta se lleva en paz, lejos de prototipos repetitivos, violencia o esquizofrenia colectiva (muy común en esta época). Al mando de Darío Moreu y Mabel Pizarro, la Asociación Cultural ¡Ay Macondo! es un equipo de trabajo artístico, enfocado en la formación e investigación de las Artes Escénicas, a través de la creación y difusión de espectáculos para sala y para espacios no convencionales. Prueba de ello ha sido La Carnavalada, que siempre ha evidenciado su objetivo de propiciar un espacio artístico, dentro de las festividades, que conjugue el teatro con otras manifestaciones populares nuestras, manteniendo el ambiente festivo reinante en la ciudad. Durante 12 años, ¡Ay Macondo! ha participado activamente en el Carnaval siendo merecedor de

cinco Congos de Oro de manera consecutiva con creaciones artísticas, investigaciones en el ámbito teatral y presencia en las fiestas con disfraces colectivos y comparsas teatrales, llevando además a las calles y barrios, espectáculos teatrales de carácter festivo de manera gratuita durante las fiestas; asegurando que todos puedan participar y disfrutar de las fiestas, desde sus espacios cotidianos.También es importante resaltar que, desde hace 3 años, la Carnavalada acogió dentro de esta celebración el “Encuentro de Comedias”, en asocio con la Fundación Carnaval de Barranquilla, pues consideran fundamental la creación y el fortalecimiento de espacios que fomenten el enriquecimiento del Carnaval y su desarrollo a través de las Artes Escénicas; brindándole un espacio apropiado a esta manifestación, que no es más que el sentir popular de la fiesta y de la peculiar expresión barranquillera.


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EVENTOS

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Lo que gusta tanto (por lo menos a mí) de La Carnavalada, es que es un espacio genuino, una explosión de colores, sensaciones y arte en su máxima expresión; una exploración constante de todo tipo de manifestaciones culturales, en la que participan grupos de teatro locales, nacionales e internacionales, grupos folclóricos de Danzas de Relación y Danzas Especiales y agrupaciones musicales con un fuerte arraigo cultural; luchando constantemente por fomentar el uso y apropiación del espacio público en una celebración con una óptica diferente, más enriquecedora, más cercana a la gente, siempre motivando el disfrute de la cotidianidad de la vida diaria a través de la mirada mágica del teatro y muchas otras artes que convergen allí durante esos 4 días festivos. Una de las versiones que más recuerdo con cariño fue aquella en que nos deleitamos con la pre-

sencia del mejor tresero del mundo: Pancho Amat y Su Orquesta, Cabildo del Son, de Cuba, en el 2007. La ocasión fue memorable: bailé hasta el cansancio, y quizás un poco más, y fue delicioso porque tenía algún tiempo fuera del país, y regresar a mi tierra a disfrutar de tal manifestación cultural y artística, con tamaña celebración, personajes y ambiente, fue sublime; mirar a tu alrededor y ver que en la calle todos bailan frenéticamente, cantan con pasión y se ponen sus mejores y muy originales galas carnavaleras, te hace querer más a la ciudad, y sentirte sencillamente feliz. Los espectáculos ofrecidos por la Carnavalada son fascinantes, envueltos en un velo de misticismo, alegría, creatividad y mucho talento, con una impecable y original puesta en escena, de calidad excepcional; reuniendo a grandes pilares del folclor

e importantísimas figuras de talla nacional e internacional en el área musical, como el Sexteto Tabalá, Los Gaiteros de San Jacinto, La Gran Orquesta del Carnaval, Pernett, Palo Santo, entre otros, que convergen con otros artistas, en un espacio de todos, donde reina la armonía y todos sucumben a los encantos de esta maravilla carnavalera; y sin intolerancias, o inhibiciones se dedican a ser felices en este precioso espacio cultural, Este festival, joya de la ciudad, propone no sólo una nueva alternativa de celebración sino que permite “La reflexión positiva sobre la celebración colectiva y de los aportes que entrega sin duda al mejor vivir de la humanidad”; una atmósfera mágica y única que ningún barranquillero debe perderse.


34 I NO ES CUENTO IRREALIDAD


NO ES CUENTO

EVENTOS

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NINA CORTÉS

No es más literario un hecho ficticio que uno real. Las narraciones, ciertas o no, pueden estar dotadas de una magia, que está más allá de ambos escenarios. Me refiero a que el encanto de una historia es independiente de si sucedió o no. Eso como primera observación (o aclaración, si se quiere). También habría que decir que los cuentos no son menos verdaderos que las noticias, o para hacer mejor la analogía, que las crónicas. La verdad revelada por los cuentos es universal y, sobre todo, tan o más humana. Como alguna vez quiso mostrarnos Julio Cortázar, la ficción puede llegar hasta el sillón verde en donde estamos leyendo la historia del asesinato de quien lee sentado allí. Así como Continuidad de los parques nos explica el encuentro de la ficción y la realidad, otros cuentos nos hablan de realidades cotidianas, colectivas o particulares, estados, ideas y cosmogonías. La idea de este espacio la entiendo como la posibilidad de ilustrar esos encuentros, esos reflejos de la historia que son los relatos. Bien se puede hablar de la historia real que da origen a un texto ficticio o de sucesos reales, aparentemente distantes de una historia de ficción, pero íntimamente relacionados con ésta por compartir una misma idea, un mismo significado. Hemos elegido este género por su capacidad de contener un gran peso simbólico.

Datos del cuento “Continuidad de los parques” En Final del Juego (1956) Ed. Los Presentes (1° edición)

Ya antes, grandes íconos de la literatura que se dedicaron exclusivamente o en mayor medida al relato corto (Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Antón Chéjov, etc.) nos dieron muestra, con gran maestría, de sus infinitas posibilidades. Estos cuentos que elegiremos, nos servirán como analogías de lo vivido, acercándonos tanto a las realidades, como a las ficciones. No es cuento asume la arquitectura del autor que esté invitado a hacer el ejercicio de imaginar e interpretar. Sin fórmulas. Estoy segura de que un mismo cuento podría estar ligado a mil y un hecho real. En fin, asistamos al encuentro verdadero entre estos dos parques continuos.


36 I CREMA Y NATA

RESEÑA MÚSICAL

BORIS RÍOS

JORGE SEPÚLVEDA

JUAN MANUEL TORO


CREMA Y NATA

RESEÑA

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> SUBÁNIMAL < MANUEL DUEÑAS

Tocar abierto es, sobre todo, un ejercicio de incertidumbre. Hay una narración espontánea, que se ramifica hacia varios lugares, y que parece tener sentido en el caos. Porque tocar abierto es también tocar afuera (hacia los lados, hacia los bordes, hacia direcciones que no tengan que ver con el centro) y escribir una partitura paralela. El procedimiento se acentúa con el cruce de tradiciones y registros, con estructuras que pueden reinventarse, y tiene su reflejo más próximo en Parsec Trío, la notable formación que lidera el contrabajista colombiano Juan Manuel Toro. Hace algunos meses, Parsec publicó Subánimal, un disco que funciona como declaración de principios. Toro escribe casi la totalidad de la música del trío, aunque no se trate exactamente de escribir, al menos no en su sentido más convencional. La primera ruptura es justamente ésa: llevar al límite las imágenes, los fragmentos, las melodías inconexas que aparecen y reaparecen. Componer es, al menos de cierta

manera (y en este trío), crear un espacio necesariamente modificable, un terreno común para deformar. Las composiciones son señales mínimas, gestos incipientes, indicios que pueden (o no, y ése es tal vez el mejor riesgo) llevar a otro lugar. Ya al comienzo del disco, con la pieza homónima al grupo, ese intercambio parece establecido: una búsqueda sonora explayada en el tiempo (“Parsec” equivale a decir 3.2616 años luz), una idea melódica construida y deconstruida hasta el cansancio (o hasta algo parecido al infinito). Es un trío, en todo caso. Lo conforman, aparte de Toro, el baterista Jorge Sepúlveda y el saxofonista Boris Ríos. Ese trío explora (con hondura, con formidable convicción) su sentido más pianoless. Hay un sonido denso y opaco, que se genera en función de Ríos: es —al margen de su noción más obvia— la voz cantante. Cada composición se termina de escribir a partir de su interpretación. Y, desde luego, a partir de su estilo: esos encadenamientos fragmentados,

conectados a través de pequeñas sutilezas, a través de ese fraseo-puntillismo con el que apuntala la sorna de una estética. Porque no se trata de músicos que brillen. Toro está siempre más allá de la improvisación: sus movimientos tienen que ver más con liderar desde las sombras, como una segunda piel, a través del tándem que construye (abierta, impredeciblemente) junto a Sepúlveda, un baterista de artesanías y conceptos. Además de los vuelos de Ríos, esa asociación es el otro lado de Parsec, lo que mejor explica que el trío se aboque a la creación colectiva en su forma más amplia. Pero es igualmente la historia de construir un sonido con la fuerza de varias texturas, de varias voces ancestrales. Cada procedencia es un universo de relatos vitales, de influencias que de a poco van apareciendo, y que no parecen reñir unas con otras.


CREMA Y NATA

RESEÑA

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La belleza de un paisaje (unitario, indisoluble) es también el detalle de sus partes: el currulao apenas perceptible de “Nadia”, el aura indígena de “Nuna Wakli” (que en español quiere decir “espíritu relámpago”), la fortaleza lírica de “Balada Helada”. Al final, alimentándose de todos esos orígenes, hay una tradición que no deja de reescribirse. Ése es tal vez el otro gran mérito: partir de un lenguaje universal (el jazz o lo que pueda entenderse como jazz) hasta llegar a unos códigos propios, que pueden reflejar la anarquía de una ciudad y su mestizaje atropellado y complejo.Y pintar un retrato urbano, la postal de una época, el tiempo del tiempo, y marcar nuevos caminos, y aspirar al oficio de trascender. En el corazón de la música, sobre todo de aquella que funciona con nuevas ideas, el horizonte (que es perpetuo y a veces imperturbable) se enriquece con esos atrevimientos.

SUBÁNIMAL PÁRSEC TRÍO FESTINA LENTE DISCOS

2010


RISTRETTO

REFLEXIONES BREVES

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P1CO Y PL4CA HUMANO EL APOCALÍPSIS DE LA SEGREGACIÓN HUMANA ANGELA BOHORQUEZ

LUEGO DE INNUMERABLES MEDIDAS PARA REDUCIR EL TRÁFICO, SANCIONES Y MULTAS PARA LOS PROPIETARIOS DE CUALQUIER TIPO DE VEHÍCULO, UNA INCONTROLABLE MASA DE TRANSEÚNTES OBLIGÓ A LA ADMINISTRACIÓN DE LA CIUDAD DE BOGOTÁ A TOMAR UNA MEDIDA CONTROVERSIAL: PICO Y PLACA HUMANO.

Era un día hermoso y soleado pero, muy a su pesar, Alejandra Martínez* no podría salir de su casa por segunda vez en esta semana. Su cédula, terminada en 9, la condenaba a permanecer confinada en su apartamento al igual que casi dos millones de personas que debido a esta medida, debían cuadrar sus agendas según las restricciones que tuvieran de lunes a viernes. El pico y placa humano nació en el 2015, cuando el Alcalde de la ciudad de Bogotá determinó que no sólo las calles estaban repletas sino también los andenes. La medida, que en un principio fue tomada como una broma de mal gusto, fue cogiendo fuerza a finales de ese año, cuando las sanciones se hicieron más serias y perjudiciales para los ciudadanos. Se instalaron retenes en los puntos de más afluencia, como paraderos de Transmilenio, centros comerciales, universidades y parques, con agentes que se encargaban de verificar que cada persona que estuviera fuera de su hogar tuviera autorización para salir.

Fueron muchas las protestas contra la medida pero de nada sirvieron: ésta siguió adelante como si nada y las personas, luego de dos años de refunfuñar para derrocarla, se vieron en la penosa obligación de aceptarla como parte de sus vidas y adaptarse a ella. Las universidades, colegios y demás instituciones educativas, tuvieron que cambiar sus carreras y cursos a semipresenciales, sin contar como falla las ausencias de los niños o jóvenes que no pudieran asistir a clase, ya que inclusive los menores de edad estaban cobijados bajo esta restricción. Otros sufrieron la reducción significativa de sus sueldos, ya que no pudieron llegar a acuerdos con sus empleadores para trabajar desde sus casas los días de la restricción, debido a que su ocupación no se lo permitía. Heriberto Hernández*, vigilante de un edificio al norte de Bogotá, comenta al respecto: “¿Cómo se le ocurre a esa gente bruta que yo puedo hacer mi trabajo desde mi casa? Obvio que el patrón le tocaba reducirme el sueldito, antes no

me botó a la calle”. Las interacciones sociales se vieron también afectadas de una manera significativa. El caso de Alejandra, mencionada al principio de este texto, es bastante curioso: “Yo tenía un novio con el que llevaba ya un año. Terminamos, no podíamos vernos sino una vez a la semana. Ahora sé que ningún hombre cuya cédula termine en 9 puede ser mi pareja”. En cuanto al pico y placa vehicular, éste no fue abolido y en vista de la medida para humanos, los carros se desvalorizaron y se volvió más rentable comprar una bicicleta, una moto o incluso un triciclo. Con esta medida, el negocio de las cédulas falsas se volvió más rentable que nunca e incluso eficiente, ya que se calcula que entre 100.000 y 200.000 bogotanos diariamente infringen la medida en complicidad de familiares, colegas, empleadores y hasta autoridades.


RISTRETTO

REFLEXIONES BREVES

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LOS SOVIÉTICOS RAMÓN PELOTAS

¿Qué es lo que une a la secretaria de Continental Airlines, el celador de mi universidad y a la mesera de una repostería en Mocoa?

Que no permite – y juro que pasó – pedir un jugo de mango y maracuyá revueltos porque “en el menú están por separados, y usualmente la gente no los pide revueltos”.

El sovietismo. Y ojo, nada que ver con ideologías políticas fracasadas sobre la piel de los demás, o exóticas simpatías hacia decadentes Siberias. No, por “sovietismo” se puede definir, por evidente analogía a hechos y personas realmente existidas, esta difundida actitud de desconectar el cerebro y razonar por términos corporativos, sistemáticos, binarios. Rígidos. Sin maldad ni prejuicios. Apáticamente. Como si tuvieran plena conciencia de perfectos inconscientes, los soviéticos no te dejarán cambiar la fecha de un avión medio vacío para volver donde tu madre enferma, porque “su tiquete es categoría B2, y no se puede cambiar la fecha a los tiquetes B2. El sistema no lo permite” – y un guiño respetuoso, casi sumiso, hacia la pantalla del computador (el sistema). Así como no te dejarán entrar en la universidad si no tienes carnet, y no importa si te ven entrar todos los días, el reglamento dice que...

Cuenta un amigo este-europeo que cuando en un restaurante polaco goteaba agua del cielorraso, el mesero no movía un dedo para arreglar el problema, porque la tubería era responsabilidad del plomero. Era domingo, y el plomero no trabaja los domingos. Los soviéticos hacen lo que dice el sacro papel, son simples ejecutores no pensantes. Es por esto, y por nada más que esto, que el imperio soviético cayó. A lo largo uno se cansa, se rebela al “sistema”, al menú. Porque al final de todo, es cierto que al pueblo no le interesa el hombre en la Luna, todo lo que el pueblo quiere es poder juntar, si así le da la gana, mangos con maracuyá.



Expresso