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La Máquina Hamlet No creo en una historia que tenga pies y cabeza. Heiner Müller

Sábado 26 de Octubre de 2013. Año IV. Suplemento sabatino de arte, literatura y sociedad

¿Por qué escribo?

A

medida que la vida ocurre y se gesta en nuestros cuerpos (mezclas de mortalidad y tiempo) uno va descifrando su propio destino. Se vive en el presente pero también en lo que fue o lo que será, es por eso que la necesidad de comprender hasta el mínimo detalle de un futuro por demás adverso, es sumamente asfixiante. Ciegos ante lo que nos espera, navegamos cual Ulises en busca del hogar, de la tierra que nos vio nacer, ilusión pagana que descubre el paraíso perdido, quimera de retorno al líquido amniótico. ¿Qué hacemos aquí, si tan sólo podemos ser testigos de nuestra infelicidad, esa que parece plegarse como una medusa en aguas extrañas? ¿Cómo habitamos nuestro presente?

Cuando a Mario Vargas Llosa obtuvo el premio Nobel de literatura, en la conferencia de prensa un reportero del New York Times, le preguntó lo siguiente: ¿Maestro, usted por qué escribe? Vargas Llosa se tomó su tiempo, respiró profundamente cerró los ojos un instante y dijo: escribo porque no soy feliz, escribir es una manera de combatir la infelicidad. De esta forma terminó la conferencia. Escribir es un acto de salvación, anhelo de inmortalidad, deseo de trascender la propia tragedia. Allá donde la acción alcanza lo sublime, la escritura se vuelve sueño, poesía, detonante de universos. Yo escribo porque no soy feliz, y leer es mi manera de combatir la infelicidad. ¿Qué hay detrás de esta acción, por qué es tan importante? Quizá la respuesta la encontramos en lo cotidiano, en las pequeñas certezas que poco

a poco van conformando el hábitat del individuo, colección de miserias que se encierran en el corazón y van filtrándose por la vida. El escritor disipa las sombras, la luz que antes estaba oculta entre nubarrones de inconsciencia se vuelve nítida, o quizá simplemente se pierde.

Mishima se dejo seducir por el ritual del Seppuku. Kawabata, un ser solitario, acabo con su vida en el año de 1972. Después de varios intentos, Silvia Plath logró suicidarse asfixiándose con gas.

Hemingway se disparó con una escopeta en el año de 1961. Nerval terminó ahorcándose en alguna oscura calle de París. Rimbaud pasó sus últimos días como traficante de armas y con una pierna amputada. A la edad de veinte años dejó de escribir. Edgard Allan Poe murió pobre y miserable ahogado en su propio vomito. Salinger odiaba a sus semejantes y vivió en el autoexilio. El alcohol, la depresión y los fármacos terminaron con Truman Capote.

La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver, decía Octavio Paz. La luminosidad es tanta que delata las cuarteaduras del paisaje. Tal vez escribir no nos lleva a ningún puerto seguro, tal vez nos aleja del centro, nos oculta de los otros, quizá sea el crimen por el cual perdimos el paraíso, probablemente esto sean sólo palabras.

Álvaro Mutis: celebraciones del hombre que yo conocí Por Ricardo Cuéllar Valencia


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DIRECTORIO Noé Farrera Morales DIRECTOR GENERAL

Noé Juan Farrera Garzón DIRECTOR EDITORIAL PÉNDULO

Ángel Yuing Sánchez COORDINADOR Y EDITOR

Á. Gabriel P. Ruiz DISEÑO

Javier Ríos Jonapá PRODUCCIÓN E IMPRESIÓN

Misael Palma, César Trujillo, Ornán Gómez, Marcelino Champo, Pascual Yuing, Chary Gumeta, Karen Berenice Beltrán Ozuna CONSEJO EDITORIAL LEGALES Rayuela, suplemento de arte, literatura y sociedad del periódico Péndulo de Chiapas, No. 236 (Edición) Año IV, Sábado 26 de Octubre de 2013. Impreso en 13 Poniente Norte Núm. 639, colonia Magueyito. Código Postal 29000, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Teléfono (961) 61 24529. Se prohíbe la reproducción total o parcial de los contenidos sin el consentimiento expreso de sus autores. La redacción no responde por originales no solicitados. Los contenidos, así como parte de los títulos y subtítulos son responsabilidad exclusiva de quien los firma y no representan necesariamente el punto de vista del periódico Péndulo de Chiapas.

“... y olvido así quien soy, de dónde vengo hasta cuando una noche comienza el golpeteo de la lluvia y corre el agua por las calles en silencio y un olor húmedo y cierto me regresa a las grandes noches del Tolima en donde un vasto desorden de aguas gira hasta el alba su vocerío vegetal su destronado poder, entre las ramas del sombrío chorrea aún en la mañana acallando el borboteo espeso de la miel en los pulidos calderos de cobre Es entonces cuando peso mi exilio y mido la irrescatable soledad de lo perdido”.

Correspondencia: angelyuing@hotmail.com

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Sábado 26 de Octubre de 2013. Año IV. Suplemento sabatino de arte, literatura y sociedad

¿Por qué escribo?

van conformando el hábitat del uo, colección de miserias que se an en el corazón y van filtrándoa vida. El escritor disipa las somluz que antes estaba oculta entre ones de inconsciencia se vuelve o quizá simplemente se pierde.

Mishima se dejo seducir por el ritual del Seppuku. Kawabata, un ser solitario, acabo con su vida en el año de 1972. Después de varios intentos, Silvia Plath logró suicidarse asfixiándose con gas.

mingway se disparó con una esen el año de 1961. rval terminó ahorcándose en alscura calle de París. mbaud pasó sus últimos días traficante de armas y con una amputada. A la edad de veinte ejó de escribir. gard Allan Poe murió pobre y ble ahogado en su propio vomi-

La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver, decía Octavio Paz. La luminosidad es tanta que delata las cuarteaduras del paisaje.

nger odiaba a sus semejantes y n el autoexilio. lcohol, la depresión y los fármaminaron con Truman Capote.

Tal vez escribir no nos lleva a ningún puerto seguro, tal vez nos aleja del centro, nos oculta de los otros, quizá sea el crimen por el cual perdimos el paraíso, probablemente esto sean sólo palabras.

Álvaro Mutis: celebraciones del hombre que yo conocí Por Ricardo Cuéllar Valencia

Título: RAYUELA 236

Álvaro Mutis


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ÁLVARO MUTIS: Celebraciones del hombre que yo conocí* Ricardo Cuéllar Valencia

Mutis, Fabio Jurado Valencia, un costarricense y Ricardo Cuéllar Valencia.

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H

acía las ocho de la noche, el domingo 22 de septiembre, recibí la visita en casa, en la ciudad capital del estado, Tuxtla Gutiérrez, del joven poeta chiapaneco Pepe Nataren Aquino y su compañera Alejandra. Hablamos de Neruda, Vallejo…Me preguntó por mi relación con Luis Cardoza y Aragón. Les comenté de cuando lo conocí en La Habana, el día que me lo presentó el novelista colombiano Manuel Mejía Vallejo, en una feria del libro, un día de 1985, cuando asistíamos al Segundo Encuentro Internacional por las soberanía de los pueblos de nuestra América Latina. Fui invitado por Gabriel García Márquez para representar a Colombia. Les comenté de la estancia de Cardoza y Aragón en el Consulado de Guatemala en Bogotá en 1948, cuando asesinaron al líder disidente liberal Jorge Eliécer Gaitán y de las visitas a la embajada que le hacían varios jóvenes poetas, entre ellos Álvaro Mutis. Para testimoniar su aprecio por la obra de Cardoza y Aragón tomé el libro de Mutis, Poesía y Prosa, editado por el Instituto Colombiano de Cultura, y leí Tres imágenes, primeros poemas que aparecen en el libro, dedicados a su admirado maestro guatemalteco. Y les dije de inmediato: ¿Conocen Moirología? No, comentó Pepe. Permíteme se los leo. Mientras lo leía recibí un mensaje en el celular que no deseé leer en el momento. Continué con la lectura de dos poemas más. Tomé, intrigado, el celular y abrí el mensaje de Mario Nandayapa. Leí: Murió Álvaro Mutis. Me quedé paralizado por un instante. Sin saber nada estaba leyendo yo el poema de Mutis dedicado al hombre que se encuentra tendido en el ataúd. Así estaba él en ese momento. Leímos unos poemas más. No pude soportar ese encuentro doble con Mutis: la memoria viva del poeta y la muerte real del amigo. Los visitantes se fueron y me tendí en la cama. Toda la noche la pasé en vela recordándolo. No dormí un segundo. Al día siguiente al levantarme sentí en cuerpo desmadejado. No pude hacer nada. Apenas busque noticias en los periódicos y en la televisión. El dolor por la muerte del amigo fue avasallador. Me vestí de negro y fui a clase a la Facultad de Humanidades, en la carrera de Lengua y Literatura Hispanoamericanas de la Universidad Autónoma de Chiapas. Sólo pude hablar de la obra Álvaro Mutis. Volví a leer Moirología y tres poemas más. Pasaron dos horas en mi clase de Literatura Contemporánea hablando con un inmenso dejo de tristeza, sobre todo recordándolo como hombre, como amigo. Regresé a casa y pude apenas dormir a intervalos. He recibido llamadas de familiares míos y amigos. Apenas hoy miércoles (24 de septiembre) puedo tomar la pluma y escribir. Voy a contar mi amistad con el poeta. Ocho días después de mi arribo (9 de febrero de 1982) a la Ciudad de México lo llamé por teléfono. De inmediato me preguntó: ¿Quién le dio mi teléfono? Y le respondí: Rosita Jaramillo. Viene bien recomendado. Lo espero mañana en mi oficina a los dos de la tarde y salimos a comer, me dijo en un tono amable. Llegué a la hora en punto a las oficinas de la compañía de cine para América Latina de la cual era gerente el poeta. Con los pies tendidos sobre el escritorio estaba leyendo. Se levantó y nos saludamos con un caluroso abrazo. Vi un hombre alto, apuesto, simpático, vestido con pantalones de mezclilla y una camisa de cuadros rojos y blancos.

Lo primero que me dijo fue: ¿De dónde vienes? De Manizales. ¡¡¡Ahhh!!! Qué maravilla, vienes de la tierra de mi madre. ¿Y de dónde eres? De Calarcá. Calarcá, comentó, está cerca de Coello. Apenas se pasa una montaña y al otro lado se encuentra la finca cafetalera de mi madre. Me enseñó las dos fotografías que tenía en el escritorio: una de su abuelo materno y la de un tío. Mira: tenían la barba poblada, larga, negra, como la tuya. Hablamos de mi vida en Manizales y de mi afición por la poesía. Le entregue mi libro Fatiga de los cereales y de inmediato lo ojeó y leyó varios poemas en voz alta: Aquí está Manizales sin mencionarlo. Eso está bien. Me gustan. Me hizo varias preguntas sobre algunos nombres de las dedicatorias y me prometió leerlo con detenimiento. Fuimos a comer a un restaurante cercano. Antes de pedir la comida me dijo: qué va a tomar... Una limonada, sugerí. Hombre, me dijo con amable sonrisa: aquí en México se toma antes de comer una cerveza acompañada de una copa de tequila. Con dos basta. Lo demás ya es responsabilidad de cada cual. Hablamos de poesía colombiana: de José Asunción Silva, León de Greiff, Gaitán Durán, deteniéndonos especialmente en los nadaístas; le expuse mis ideas argumentando que ellos habían contribuido más con su rebeldía vital que con su poesía. Excepto el único poeta que llamándose nadaísta en el fondo no lo es: Jaime Jaramillo Escobar. Que eran unos nihilistas de segunda pues más que leer y asumir a Nietzsche se escudaron en J.P. Sartre, amparándose no en el profundo sentido del asco, la nostalgia y la angustia si no en la infantil blasfemia, rayando en lo bufonesco y el ridículo más que en la crítica filosófica, ética y literaria. Sin dejar de desconocer, por parte de Gonzalo Arango la puesta en cuestión de algunos asuntos de la moral conservadora. Estuvo de acuerdo con mis apreciaciones. Hablamos de su familia. Especialmente del sabio José Celestino Mutis, hombre gaditano que introdujo ideas de la Ilustración por medio de la Expedición Botánica, que él encabezaba, enviada por la corona española a fines del siglo XVIII en la otrora Nueva Granada, hoy Colombia. Ese día fue muy grato gracias a su exquisito sentido del humor, la manera elegante y satírica de referirse a ciertos personajes colombianos. Me pidió que lo llamara cuando deseara, sin pena. Con un fuerte abrazo nos despedimos. En otra ocasión, el poeta Álvaro Mutis me invito a una cantina con un amigo común, Eduardo García Aguilar. Eramos cómplices con Eduardo desde hacía años, por diversas razones, más allá de la literatura. Mutis me dijo que lo invitara. Allí estábamos los dos muchachos esperando al poeta. Tomábamos una humilde cerveza. Llegó el poeta a las seis de la tarde de ese viernes a una cantina tal. Pidió una botella de tequila. Se tomó tres tragos con nosotros mientras yo le comenté que habíamos, los dos, en plena fragancia, fundado las Brigadas Anarquistas Álvaro Mutis. Eso vale esta botella, tomándola del cuello y dejando que se asentara de nuevo en la mesa para reafirmar su invitación y otra, que ordenó trajera el mesero cuando terminaremos la ya comenzada. Se las van a tomar hasta el fondo. Pagó. Y agregó: tengo que ir al odontólogo. Pero regreso. Nosotros decidimos escribir el manifiesto. A las dos horas estaba de regreso. ¿Huelo a dentistería o no? dijo, mientras dejaba el aroma perceptible del vaho ante nosotros. Se tomó otros dos tequilas; le comentamos de nuestro propósito. Ustedes deben termi-

nar esas dos botellas y si no van ser más que unos cobardes. El poeta se despidió con la franca certeza de dejarnos bien puestos. A las seis de la mañana ya habíamos concluido de redactar el manifiesto y vaciar las dos botellas de tequila en una verdadera ceremonia brindis tras brindis. Fue una noche de pleno delirio, aunque no terminamos caídos. Salimos caminando tranquilamente; en un restaurante tomamos un café y cada uno tomó un taxi rumbo a su casa. Algún tiempo después Eduardo lo entrevisto y logró un libro maravilloso, de frecuente referencia para quien quiera saber las principales ideas literarias de Álvaro Mutis: Celebraciones y otros fantasmas. Varios detalles del desarrollo de las entrevistas me comentaba Eduardo en el curso de la serie de reuniones que sostuvo con el maestro. En cierto momento le propuse a Fabio Jurado Valencia y Oscar Castro García, estudiantes del doctorado en literatura española en la Universidad Nacional Autónoma de México, a principios de los años ochenta, que organizáramos unas Jornadas Literarias colombianas en este país. Decidimos llamarlas Porfirio Barba Jacob. Le pedí a Mutis el apoyo para que nos facilitaran alguna sala en Bellas Artes y dos o tres auditorios universitarios; de inmediato se puso de acuerdo con García Márquez y entre los dos nos hicieron los contactos. Fueron por lo menos cuatro o cinco años de intensa actividad. En una ocasión en el auditorio del Museo Nacional de México, Mutis disertó sobre la poesía colombiana con una amplitud y profundidad esclarecedora. Reveló sus afinidades con León de Greiff, Aurelio Arturo y el sentido de la aventura de Jorge Gaitán Durán con su memorable revista Mito, donde colaboraron J. L. Borges, Alfonso Reyes y Octavio Paz, entre otros. En plena conferencia magistral el maestro con toda su generosidad al referirse al movimiento nadaísta dijo: el que sabe de este tema es Ricardo Cuéllar, y señalando con el dedo índice indicó: allí está sentado. Fue un elogio inmerecido. El nadaísmo había surgido después de los narradores y poetas como García Márquez y Álvaro Mutis, Gaitán Durán y Cote Lemus, aparte de los filósofos e historiadores que ya habían iniciado una serie crítica en distintos niveles a la sociedad y la cultura colombiana. Eran un remedo tardío de Dada. Un día en su casa de San Jerónimo, al sur de la ciudad de México, hablábamos de la vida de Magroll el Gaviero. En un intervalo del diálogo, como si algo intuyera, mirándome a los ojos, dijo: ¿Cómo está tu corazón? Y le respondí: un poco triste, pues la mujer, Gloria Stella, que él había conocido meses antes en una de sus conferencias, se ha ido para Durango hastiada por la inestabilidad que vive la Universidad. Hombre, me dijo: a la mujer hay que garantizarle seguridad o si no sale corriendo. Son muy pocas las que se deciden soportar la intemperie de los días. Apenas pude entender y soportar el dolor de la ausencia, con las palabras del amigo.


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Mutis, Nicolas, su nieto y Carmen en Barcelona


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Cada vez que salía de la casa del maestro Mutis me iba cargado de libros y revistas con una frase invariable: usted que es buen lector, tome todas estas vainas y chúteselas. Salía con libros de poesía y ensayo y, claro, libros de su autoría. Una mañana de mayo de 1982 estaba yo en la Embajada de Colombia en México saludando a Umaña de Brigard, su titular, un aristócrata bogotano; después de conversar un rato con el funcionario me pidió que hablara con la agregada cultural para que acordáramos algunas actividades. La bella mujer, una egresada de la universidad de los Andes, de la capital del país, me recibió amable. La mujer no conocía a ningún escritor o artista, apenas acababa de llegar, llevaba ocho días en la Ciudad de México. Le propuse que organizáramos una exposición de pintura y un recital de poesía de jóvenes creadores y escritores colombianos residentes en México. Y como invitado de honor nos acompañara el maestro Álvaro Mutis. Ella dijo no conocerlo para hacerle la invitación. Me permitió el teléfono y me comunique a la casa del poeta. Se lo pasé. Al terminar la conversación con asombro comentó la funcionaria: Dice el maestro que asiste al encuentro porque lo invita Ricardo Cuéllar. ¡Así es de amigo usted de Álvaro Mutis!… Me dijo con admiración. Simplemente somos amigos. Lo que pasa es que él es muy deferente y aprecia mucho sus amigos. Abiertamente había desconocido al embajador. Le pasé los datos de los pintores y poetas a la agregada. Quince días después en la Casa Cultural Domecq, en un amplio espacio,

se colgaron obras de más de veinte artistas y llegamos ochos jóvenes poetas para ofrecer el recital. Obras de muy buena calidad. El recinto estaba colmado de colombianos de todo tipo: empresarios, comerciantes, abogados, profesores universitarios, estudiantes, artistas, escritores, familiares y amigos mexicanos y centro y suramericanos. Antes de iniciar mi intervención hice el siguiente comentario: dedico esta lectura a dos grandes hombres: a Simón Bolívar que nos liberó por medio de las armas y a Álvaro Mutis que nos liberó por medio de la palabra poética. Los aplausos retumbaron. El poeta, colorado, se levantó de la silla, y saludó a los presentes. Al finalizar el recital pasamos al coctail. Caminaba yo hacia el grupo de colombianos que rodeaban a Mutis y me dijo aún sin yo llegar, con el tono de su alta o sonora voz: Ricardo: ¡cómo te atreves a compararme con Bolívar, carajo¡ No maestro, no ha sido una ocurrencia. Es una idea que he madurado en silencio durante varios años y llegó el momento de decirla públicamente. Y comentó: voy a tenerme que poner choques eléctricos para poder soportar esto. Fue una noche inolvidable, entre vinos, amigos y admiradores del poeta. Quince días después del encuentro en la sala Cultural Domecq voy a ver el poeta en su casa, allá en San Jerónimo, en San Ángel, por el sur de la ciudad de México, para recibir una de sus recientes publicaciones: Poesía y prosa de Álvaro Mutis, editada por la Biblioteca Básica Colombiana. Y me estampa la siguiente dedicatoria: Ricardo amigo: recuerda que

la poesía, la verdadera, la de siempre, la sagrada nos va a salvar a todos de todo. Un abrazo de Álvaro Mutis, 23-8-82. Y agregó en voz viva: Tome este ladrillo, (un tomo de 737 páginas) para que atranque algo en su biblioteca.


Sábado 26 de Octubre 2013 Lo primero que me cuenta, después de servirme un trago de Whisky con exquisita agua francesa, es lo siguiente, que habla del respeto y reconocimiento por un escritor que él conoce muy bien, además de ser su íntimo amigo: Cómo te parece que el viernes pasado la Embajada de Brasil nos invitó a varios escritores a una cena. Se encontraban varios literatos brasileños y Octavio Paz, Carlos Monsiváis, entre otros. Y sin más con un énfasis de rotunda convicción me dijo Mutis: Paz, parecía que no sabía de mi presencia allí, y expresó sin ninguna reserva: García Márquez no sabe escribir. Inmediatamente tomé la palabra y dije con plena certidumbre: Octavio, Gabo escribe como Dios. Nadie dijo nada. Y para variar el tema conté la anécdota de la Casa Cultural Domecq. Al instante Octavio me preguntó: ¿quién es Ricardo Cuéllar? Y le respondí: es un joven poeta colombiano a quien yo le pago para que me elogie. Preséntamelo, dijo Octavio, para que me elogie a mí también. Todos, allá en la cena de la embajada brasileña, soltaron la carcajada. Nosotros, en su casa de San Jerónimo, también. Meses después en un recital donde participaban poetas de diferentes países Álvaro Mutis me presentó a Hans Magnus Ensenberger, reconocido y famoso poeta alemán, en Hispanoamérica, autor de un libro de singular título: Poesía para los que no leen poesía y de otro muy bello: El hundimiento del Titanic. Mientras iniciaba la jornada de lecturas, los tres hablamos de significación y presencia de la poesía provenzal. Al finalizar la maratón poética, exac-

Mutis y Santiago

Rayuela 236 tamente el día que había conocido físicamente, de lejos, y escuchado leer a Octavio Paz, terminada la lectura, pasaba el poeta cerca de nosotros -nos encontrábamos en el lobby del auditorio de Nezahualcóyotl- Mutis lo llamó y con una sonrisa que no podía controlar le dijo al estar entre nosotros: éste es el poeta colombiano del que te he hablado: Ricardo Cuéllar. El maestro Octavio Paz me extendió su delicada mano y después de intercambiar algunas palabras me ofreció su teléfono para que me comunicara con él y fuera a su casa a tomar un café. La tarde que llegué a su casa, un mes después, hablamos de la poesía de los colombianos y muy especialmente de la poesía francesa del movimiento surrealista. El maestro hizo hincapié en los aportes surrealistas desde las lecturas de Freud, entre otros asuntos. Muchas cosas logré precisar esa tarde sobre el surrealismo conversando con el gran Octavio Paz. El mismo día que Mutis me presentó a Paz y a Enserberger lo hizo también con Marco Antonio Montes de Oca, poeta y pintor mexicano fascinante y a Ludwin Zeller, poeta y pintor chileno, de altos vuelos surrealistas. Vive en Oaxaca. El encuentro con Gabriel García Márquez sucedió después. Lo menciono en parte por lo que dijo al conocerme con relación a Mutis. Yo ya vivía en Tuxtla Gutiérrez y me desempañaba y desempaño como catedrático en la carrera de lengua y Literatura Hispanoamericanas de la Universidad Autónoma de Chiapas. Mis amigos, Fabio Jurado Valencia y Óscar Castro García, habían hablado con García Márquez en torno a asuntos

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del próximo encuentro de las Jornadas Porfirio Barba Jacob de literatura colombiana en México. Obvio que mencionaron mi nombre. Poco después, al iniciarse el programa acordado, estando yo en la ciudad de México, Fabio me dijo: le manda decir Gabo que cuando llegues a esta ciudad lo llames por teléfono, quiere conocerte y para ello te invita a comer a su casa. La verdad me dio pena. Yo en el fondo soy muy tímido. Terminada la lectura del primer gran ensayo dedicado a Cien años de soledad, escrito y leído por Emmanuel Carballo, -el maestro Gabo se había disculpado de no poder acompañarnos-, salimos para la cantina La Ópera, bello recinto del siglo XIX, frecuentado por escritores y artistas. De pronto llegó Gabo con su esposa y la esposa de Nicolás Suescún, poeta y escritor colombiano, quien tradujo poemas míos al inglés. Poco después Fabio fue a saludar a los recién llegados. Le dijo, dirigiéndose a Gabo: allí está Ricardo Cuéllar. Se paró sin pensarlo y se vino hacia nuestra mesa. Me levanté y con alegría rebosante le expresé: me encanta conocerlo por azar y en una cantina. Nos dimos un abrazo fraternal. Con voz costeña y clara expresó: yo creía que Ricardo Cuéllar era un fantasma de Álvaro Mutis. Soy real, maestro, aquí estoy. Siéntese por favor, le dije, con plena deferencia. Fue a la mesa de sus invitadas a pedir permiso y regresó. Este encuentro es otra historia colmada de anécdotas inolvidables.

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08 Rayuela 236 Desde mediados de1982 Mutis me presentó a su amigo, el poeta queretano Francisco Cervantes. El día que le dije a Mutis en su oficina que necesitaba conseguir trabajo pues los dólares ya se estaban acabando, de inmediato tomó el teléfono y le dijo a Cervantes: Te pido un favor Francisco: atiende a mi amigo y paisano, Ricardo Cuéllar Valencia. Va para tu oficina. Hablamos lo mínimo de mi persona y de mi procedencia. Sacó el libro Pueblo en vilo, del historiador Luis González y me pidió que escribiera un guión para una película. Me dio dos meses de tiempo. Lo escribí en quince días. Con Eduardo García Aguilar y Cervantes salíamos con frecuencia a distintas cantinas de la ciudad de México y en especial por Coyoacán. Francisco fue un hombre amable, buen conversador, inteligente y gran conocedor de la poesía portuguesa. Eran clases sobre todo de Pessoa las charlas con él. Varias veces coincidimos los tres con Álvaro Mutis en distintas lecturas y conferencias. Dos veces invité a Álvaro Mutis a visitar el Estado de Chiapas, por medio de la Universidad Autónoma de Chiapas y en las dos ocasiones vino. En la primera le propuse que disertara sobre La poesía mística en lengua española. Al llegar al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez lo vi cargando dos pesadas bolsas de libros. Le pedí ayudarle y sin ningún recato comentó: mire Ricardo la encartada en la que me ha metido. Pero lo peor de todo no es traer todos estos libros. Y levantando las manos y la voz exclamó: ¡Cómo se le ocurre invitarme a hablar de poesía mística en pleno trópico…! Está usted loco, dijo con ese énfasis tan propio de sus frases concluyentes. Y le respondí: mi querido maestro: está más loco usted que aceptó venir y ha llegado. La conferencia fue un éxito total. La presentación del poeta la hizo Laco Zepeda. La publiqué en la revista, Boca de Polen (Núm. 1, 1994), de la Universidad Autónoma de Chiapas (hoy suspendida inexplicablemente). Aprovechando esa visita le propuse hacer un disco con su poesía y en voz viva. Fuimos a SONOSUR y don Paco Chanona grabó la magistral lectura. Después de la conferencia sobre Orígenes de la poesía mística en lengua española nos fuimos con Mutis y Laco a la casa de Luis Marín con varios jóvenes poetas y artistas; allí estuvimos Manuel Suasnávar, Gabriel Gallegos, Mario Nandayapa, Adolfo y Manuel Ruiseñor, Jorge Mandujano, Rodrigo Núñez, Gloria Zenteno, Alejandro Riestra, Sergio Emilio Espinosa y tanto otros más. Los dos escritores hablaron de sus viajes por Europa, de las diferentes maneras de pronunciar la lengua polaca y francesa, en el sur y norte de cada país. Fue una noche plagada de anécdotas y ricas referencias culturales de los dos escritores. Al día siguiente fuimos a San Cristóbal de las Casas. Nos llevó en un carro oficial Andrés Fábregas Puig. Hablemos de poesía por el viejo trayecto hasta llegar a la antigua capital del estado. Al encontrarse con esta ciudad colonial, iba con su esposa Carmen, comentó: esta ciudad se parece a Córdoba, algunos detalles de las casas y calles comentaron entre ellos. Fuimos al hotel asignado, uno que tiene cabañas, separadas, en los

Sábado 26 de Octubre 2013 lomas de la montaña. El dueño al enterase de quien había llegado con una inconfundible amabilidad nos ofreció un trago de auténtico comiteco, un clásico trago de la región que ya no se produce industrialmente. Mutis lo saboreó y le pareció un verdadero coñac. Fuimos agasajados con una botella. Al reconocer, ya en la mañana, el hotel distribuido en diversas cabañas incrustadas en la montaña, que permiten observar un inmenso paisaje y una grata intimidad, sin más le dijo a Carmen: Yo me quiero venir a vivir aquí para terminar de escribir mis novelas. Aquí encuentro la paz perfecta. Estás loco Álvaro. Desordenas todo. No importa. Lo vamos a hablar allá en la ciudad de México, le dijo para tranquilizarla. Un año después con el presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez realizamos un homenaje al general José María Melo y Ortiz, ex-presidente colombiano, sepultado en Chiapas. Hice coincidir la presentación del disco con la voz de Mutis leyendo su poesía y el homenaje al único ex-residente colombiano enterrado fuera de su país, precisamente en Juncaná, cerca de Comitán. Allí fuimos, acompañados del historiador Gustavo

Vargas Martínez, varios poetas chiapanecos, el embajador de Colombia en México, el doctor Enoch Cansino Casahonda, presidente municipal de entonces y otras personalidades políticas y literarias. El lugar estuvo pleno de campesinos e indígenas del lugar. Hubo discursos, fotografías al lado del pequeño monumento que se había erigido al general Melo y Ortiz. La idea que tenía García Márquez, quien no pudo llegar por encontrarse fuera del país, era la de repatriar los restos de Melo a su tierra natal, Chaparral, Departamento (Estado) de Tolima. Mutis, después de observar la presencia popular y de haber escuchado la simpatía, respeto y amor de los habitantes del ejido por el militar colombiano, allí sacrificado, concluyente dijo: La Colombia de hoy no se merece los restos del general Melo. Yo prefiero que el general Melo siga soñando el sueño de los mayas. Allí permanece protegido por ese pueblo de Juncaná que lo considera un héroe que le pertenece. Cada vez que me es posible voy a visitar la tumba y duermo al frente de la casa donde vivió los últimos días el general Melo, expresidente colombiano, sacrificado el 1 de junio de 1860, en tierra chiapaneca. Tengo una historia nueva, de ciertos sucesos allí en Juncaná, que en poco voy a contar en un libro que preparo.

Alvaro Mutis conversa con un amigo y lo acompañan Efraín Bartolomé y Ricardo Cuéllar Valencia

Mutis y Gabo

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Álvaro Mutis en Juncaná, en el momento que la Presidencia Municipal de Tuxtla Gutiérrez le rindió homaje el general colombiano, ex-presidente de

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Mutis antes de pronunciar su conferencia sobre la poesía mística en lengua española en el Congreso del estado. Lo acompañan, Eraclio Zepeda, Manue

Con ocasión de la presentación del disco con la voz y la poesía de Álvaro Mutis, el maestro ofreció una lectura en el Congreso del Estado. En la mañana habíamos ido a pasear por el Cañón del Sumidero. Antes de iniciar el recital afirmó: Esta mañana con Ricardo Cuéllar fui a recorrer el Cañón del Sumidero. Una cosa debo advertir. Hace años escribí el poema al Cañón del Sumidero sin conocerlo. Leyó el Cañón de Aracuriare. Todos quedamos vilo, suspendidos ante la gracia narrativa del poema. Al terminar la lectura la respiración del público asistente regresó a la normalidad. Logró transmitir la celebración poética a la naturaleza. Fue jubiloso ese momento. Al día siguiente se inauguraba, casualmente, una exposición de pintores colombianos en el Museo de Antropología. Allí estuvimos con el maestro Mutis, el embajador de entonces, el presidente Municipal, Enoch Cansino Casahonda, Manuel Suasnávar y varios amigos viendo trabajo de Leonel Góngora, Omar Rayo, Grau, Alcántara, entre otros. Un día, Mutis y yo, nos encontramos en Villahermosa, Tabasco, donde el maestro había llegado a dar una conferencia invitado por el poeta y ensayista, muy apreciado por los dos, Ciprián Cabreara Jasso. Allí lo entrevisté sobre la poesía colombiana, publicada luego en Tras las rutas de Maqroll El Gaviero (1988-1993), en 1993, por el Instituto Colombiano de Cultura. Antes de la conferencia Pano, como llamábamos cariñosamente a Cabrera Jasso, quien hace dos años se suicidó, nos llevó a un restaurante a la orilla del río Grijalva. Un hombre de porte humilde, amanerado, cantaba con una cierta confusa alegría. Todos lo mirábamos con un dejo de tristeza. De pronto comentó Mutis: ese pobre hombre cuando se encuentra sólo debe ser un ser absolutamente miserable, tiene el semblante de un

perfecto derrotado. Así es, comentó Pano, que lo conocía, confirmando la apreciación del poeta. Algo observé en torno a que el río Grijalva une a Chiapas y Tabasco, estados que tienen una intrincada y rica historia común. Y comentó Mutis: por aquí pasaron los conquistadores y seguramente durmieron en estas orillas. Y afirmó Pano: no lo dudo. En la conferencia, en un saloncito muy concurrido del centro, con librería y todo, Mutis hizo un elogio del café, refiriendo la ceremonia que demanda el cultivo, la preparación, hasta ingerir la exquisita bebida. Habló de su Maqroll El Gaviero: lo que lo llevó a destacar los viajes, el sentido del viaje y sus experiencias de niño que lo llevaron a concebir el personaje al lado del río de Coello. Visitamos la librería y allí se encontraba el Diccionario General de Americanismos de Francisco J. Santamaría, en tres tomos, editado por el Gobierno de Tabasco, su estado natal. Cómpralos le dijo a Carmen, su esposa, de origen catalán, que lo acompañaba, a ti que te gusta saber de todos estos asuntos. Como ya habíamos hablado de José Celestino Mutis, en una ocasión anterior, le comenté que también era poeta. No inventes Ricardo, me quieres alagar. No maestro, le dije, aquí traigo una fotocopia del poema. Se los entregué y me dijo: eres terrible. Obvio que habían sido publicados en Colombia. Jorge Pacheco Quintero edito Antología de la poesía en Colombia, tomo II, el neoclasicismo, los romances tradicionales, editados por el Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1973. Álvaro Mutis para mí fue un hombre definitivo. No sólo por la sabia poesía que leía, leo y leeré siempre con entusiasmo. Cuando publicó los inolvidables Un homenaje y siete nocturnos, en Ediciones El Equilibrista, me estampó la siguiente dedicatoria: Para Ricardo Cuéllar, poeta, amigo y dos veces paisano, con el afecto de Ál-

varo Mutis, 11-4-88, México. Para terminar este apretado, desordenado y fragmentario recuento de mi relación con el poeta Álvaro Mutis debo contar que cuando cursaba los seminarios del doctorado Cervantes y la novela moderna, varios de los profesores nos preguntaron qué tema habíamos escogido para la tesis. Yo respondí con la propuesta que ya había definido desde antes de empezar los estudios. Miguel de Cervantes y Álvaro Mutis: el sentido del fracaso y la idea de la desesperanza. Ninguno mostró el más mínimo interés por mi propuesta. Poco después supe por un profesor de literatura hispanoamericana, un joven español muy amable, José Luis de la Fuente, lo siguiente: Mira Ricardo, ese tema es muy importante, pero los cervantistas españoles andan embarcados en la risa del Quijote, en el humor y ese tipo de festejos. Ahí llevas en la mano el estudio sobre el humor de Cervantes de Anthony Close. Acepté con desgano su comentario y cambié de tema: La poesía de Miguel de Cervantes visitada por siete biógrafos. Al regresar a México en 1996 visité a Álvaro Mutis en su casa de San Jerónimo y lo entrevisté sobre Cervantes. Con una frase me dijo todo al indicarle mi tema para la tesis: Miguel de Cervantes y Álvaro Mutis: el sentido del fracaso y la idea de la desesperanza. Hay una diferencia esencial, Ricardo, me dijo: yo radicalizo a Cervantes. Lo cual es absolutamente cierto. Una sola cita de un poema me sirve para atestiguar lo que afirma el maestro y cerrar esta crónica: Ninguno de nuestros sueños, ni la más tenebrosa de nuestras pesadillas es superior a la suma total de fracasos que componen nuestro destino. El poeta Álvaro Mutis seguirá vivo, no lo dudamos, per secula seculoron, entre sus amigos y fieles lectores. *(Texto leído el miércoles 10 de octubre en el Homenaje a Maqroll El Gaviero en el Auditorio de la Facultad

de Humanidades, de la Universidad Autónoma de Chiapas, organizado por profesores y estudiantes de la licenciatura de Lengua y Literatura Hispanoamericanas).


Sábado 26 de Octubre 2013

Rayuela 236

Semblanza Álvaro Mutis Jaramillo. (Bogotá, 25 de agosto de 1923- Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013). Poeta, novelista y periodista colombiano

Á

lvaro Mutis Jaramillo. (Bogotá, 25 de agosto de 1923- Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013). Poeta, novelista y periodista colombiano. Cursa sus primeros estudios en Bruselas. Posteriormente se traslada a Bogotá y vive desde 1956 en México, donde alterna la escritura con trabajos en diversas empresas. Los recuerdos de su infancia en Bélgica marcan uno de los principales temas de su obra, el contraste entre Europa y América. A principios de los 40 comienza a trabajar en la radio, donde dirige un programa dedicado a la literatura y ejerce como locutor de noticias. Inicia su carrera literaria, influenciado por los escritores surrealistas, publicando sus primeros poemas y críticas en la revista Vida y en los suplemento literarios de los diarios El Espectador y La Razón. En 1947 publica su primer libro de poemas en colaboración con Carlos Patino, La Balanza. Mutis se vincula con los jóvenes poetas que giran en torno a la revista Mito, fundada en 1955 y dirigida por Jorge Gaitán Durán, y continúa publicando libros de poemas como Los elementos del desastre (1953) - donde

aparece por primera vez Maqroll el gaviero, el personaje que nunca abandonó a Mutis - o Memoria de los hospitales de ultramar (1959). Hacia 1960 comienza a operarse en él un viraje desde la poesía hacia la prosa. Publica el Diario de Lecumberri (1960) y Los trabajos perdidos (1961). En 1973 publica su novela La mansión de Araucaíma y presenta en España su poesía Summa de Maqroll el gaviero. Al año siguiente obtiene el Premio Nacional de Letras de Colombia, que supone el primer reconocimiento importante a su obra. En años posteriores continúa compaginando la literatura y el periodismo, iniciando Bitácora del reaccionario, su columna semanal, y colaborando en revistas dirigidas por Octavio Paz. En televisión presenta el programa Encuentros, dedicado a entrevistas con escritores. Sus siguientes libros son de poesía: Caravansary (1982), Los emisarios(1984), Crónica y alabanza del reino (1985), y Un homenaje y siete nocturnos(1987). En 1983 se le concede el Premio Nacional de Poesía de Colombia, y tres años después el Premio Médicis a la mejor novela extranjera en Francia por La nieve del almirante. La Universidad del Valle le nombra Doctor Honoris Causa en

Letras en 1988, y posteriormente lo hace la Universidad de Antioquia. En estos años ven la luz sus novelas Ilona llega con la lluvia(1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1990) - obra con la que recibió el Premio Javier Villa Urrutia -, Amirbar (1990) y Abdul Bashur, soñador de navíos (1991). Entre otros, recibe el Premio Roger Caillois, otorgado por la ciudad de Reims por el conjunto de su obra, la Orden de las Artes de Francia y el Águila Azteca de México. Posteriormente publica obras como Tríptico de mar y tierra o Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que recopila las distintas obras dedicadas a Maqroll. En 1997 recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras y gana la VI edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En el año 2001 es galardonado con el Premio Cervantes por su aportación a la literatura en lengua española, y dos años después recibe la Legión de Honor en grado de oficial, la mayor distinción que otorga el gobierno francés.

Premios y distinciones

Premio Nacional de Letras de Colombia, 1974 Premio Nacional de Poesía de Colombia, 1983 Premio de la Crítica Los Abriles, 1985 Comendador de la Orden del Águila Azteca México, 1988 Premio Xavier Villaurrutia México, 1988 por Ilona llega con la lluvia. Doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle en Colombia, 1988 Premio Juchimán de Plata en México, 1988 Orden de las Artes y las Letras, del Gobierno de Francia, en el grado de Caballero, 1989 Premio Médicis Étranger de Francia, 1989 Premio Nonino de Italia, 1990 X Premio del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma, 1992 Orden al Mérito de Francia, 1993 Premio Roger Caillois de Francia, 1993 Gran Cruz de la Orden de Boyacá de Colombia, 1993 Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio de España, 1996 Premio Grinzane-Cavour de Italia, 1997 Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España, 1997.8 Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de España, 1997 Premio Rossone d'Oro de Italia, 1997 Premio Ciudad de Trieste de Poesía de Italia, 2000 Premio Cervantes de España, 2001. Desde 2005 la biblioteca del Instituto Cervantes de Estambul lleva su nombre.

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