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Abrumado y sin fuerzas

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tas. Cumplía a rajatabla la Ley que él mismo había creado, dando muerte a toda ninfa acuática que encontrase y así había logrado, con el correr de los años, que sólo sobrevivieran los especímenes masculinos de aquella estirpe tan especial de escoltas Sabía que algo no iba bien. Estar sobrenaturales. junto a los humanos, viviendo en tiePoseidón no aceptaba la existencia rra firme, le estaba jugando en conde las sirenas bajo ningún concepto tra. De pronto, luego de años reprimiendo nostalgias y tristezas varias, luego del ataque a su castillo. Alguse veía confrontado por el doloroso nas, por haber tramado la traición, pasado del que tantas veces había otras por ser cómplices, todas cayehuido cobrando venganza a diestra ron. La mayoría era ninfas inocentes, sin embargo sufrieron la misma y siniestra. suerte oscura sin poder evitarlo. Había aprendido a cobrarse con El Dios estaba ciego, ciego de fusangre sirénida las vidas de su mujer y su hijo. Bastaba con un débil ria y dolor. Sin importar el paso de relámpago de angustia para que el los años, él mantenía su ley, renegaDios de los mares saliera de caza ba de las oceánidas y escondía en lo con su guardia personal y regresara profundo de su ser la verdadera raal castillo con algún cadáver a cues- zón de su delirio exterminador: si no irara donde mirara, el agua lo rodeaba y, por primera vez en su vida, no le generaba esa sensación reconfortante que siempre percibía cuando se internaba en el corazón mismo del océano.

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Por: Erzengel

podía vivir junto a su amada reina, ninguna otra sirena merecía vivir. Hubo una época, una vez, cuando el mar danzaba al son de las canciones de las oceánidas. Ahora, solo quedaba el silencio aturdidor y lúgubre. Las aguas se movían por simple costumbre, guardando en el olvido a las ágiles y hermosas criaturas que alguna vez habían nadado por aquellos lares. Ahí estaba el Dios, sumergido en el agua cristalina que amaba, descubriendo que parte de la magia que siempre había admirado del mar radicaba en aquellos seres a los que había dado muerte clamando venganza por su difunta esposa. Comprendió, abrumado y sin fuerzas, que había sido más monstruosa su actitud que el accionar de las ninfas el día que le declararon la guerra.

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Huellas de tinta, enero 2014  

Revista on-line de literatura juvenil

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