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> R E L A T O S

El despertar de Sol Naciente

E

l sol estaba en su cénit, y el cielo despejado prometía que el cálido día continuaría hasta el mismo crepúsculo. Un joven cruzó el camino que atravesaba el bosque, vadeando hogares humildes mientras saludaba a cada aldeano. Iba saltando cosechas de verduras y frutas, y esquivando ovejas y vacas que se hallaban pastando. La aldea había sido erigida en el centro de un bosque anciano de pinos altos y robles gruesos, y cada edificio estaba rodeado por ellos; entre sus ramas y raíces. Encontró rápido su hogar y entró.

V

olvía de pescar. El muchacho, de menuda constitución e incipiente barba, alzaba una gran trucha y se la enseñaba contento a su madre. Su hermano pequeño parecía recién despierto, ya que no se molestaba en disimular el largo bostezo que lo hacía lagrimear. Le dejó el pescado a la bella mujer de cabello rojizo, que en un instante se puso a asarlo. A la par, el joven se acercó al niño que tanto quería desde el día en que nació. —Siempre tan remolón, hermanito. ¡Ya casi es mediodía! —le dijo, mientras le removía el pelo con energía. El niño solo atinó a sacarse la mano de encima, diciendo: —¡Basta hermano! Odio que me... que hagas... eso... uoooohh —Y otro bostezo más le hizo olvidar lo que iba a decir. La madre, alegre, le profirió solo una advertencia: —¡Por favor, Musashi! Déjalo tranquilo —Aunque no pudo contener una sonrisa. El joven, pícaro, siguió molestando a su hermanito hasta que la

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mujer simuló tirarle con un utensilio de cocina, y él entró rápido a su habitación, riendo. La sonrisa la escondió al ver otra vez el lugar en donde guardan las armaduras y sus armas; se tomó unos segundos para calmar su alegría momentánea. Dejó en una estatua sin rostro ni piernas su peto y los cobertores de los brazos. Se sacó del cinto a Sol Naciente, su sable largo y curvo, para apoyarlo sobre las manos de mármol que parecían esperar a que le depositara en ellas. Al hacerlo, inclinó la cabeza con un sutil movimiento y cerró los ojos por un instante. Los volvió a abrir sobresaltado, cuando escuchó un lejano sonido, similar a unos tambores que seguían un ritmo monótono. «¡Tambores!¡Los tambores del Imperio!», dijo para sí, y salió presurosamente de la casa. Un hombre, montado en un garañón castaño de fuerte constitución, llegó galopando al encuentro del joven. La armadura del jinete era de mayor envergadura que la de Musashi; el peto, hombreras y el faldón estaban formados por placas de distintos tamaños, unidos con hilos de metal. El casco tenía unas astas como las de un ciervo que le salían de cada lado, y unas placas que caían de la base del casco formando una especie de falda para cubrir al cuello. La máscara que cubría su rostro poseía la apariencia de un monstruo, y solo se le veían los ojos; negros y profundos. —¡Padre! —El joven se inclinó en señal de saludo, de manera apurada y desprolija, y gritó—: ¿Qué está ocurriendo?

Por Nico Pinto

—¡Es Khundam, vuelve con un ejército enorme de onis y hombres salvajes! ¡Tenemos que avisar a todos! —El padre de Musashi no podía calmar a su exaltado caballo mientras hablaba—. ¡Prepárate! ¡Nos veremos en los lindes del bosque! Y se fue al galope. Musashi, así como entró a la casa, salió envestido en su armadura, y esta vez con un casco parecido al de su padre; solo que sin astas. Llevaba también consigo su wakizashi, que era un sable más corto que Sol Naciente. Cuando el joven salía de su casa con la armadura, su padre ya estaba agrupando a los campesinos, que dejaron sus labores para participar en la batalla. Solo algunos armados con las mismas herramientas de campo; la mayoría alcanzó a tomar sus propias armas. Ellos decían que cada sable tenía un alma propia. La serenidad de sus rostros se había ido, dando lugar a una honda determinación, y la formación se fue gestando con rapidez y disciplina. Su padre, el Shôidan, lideró con fervor y los arengó con bravura, y la armada estuvo lista para combatir. Todos los frentes de batalla se delimitaron, y avanzaron. Musashi avanzó primero, ya que por ser tan hábil trepando árboles y el guerrero más rápido, su primer labor era siempre alcanzar la entrada al bosque. Cuando apenas llegó fue que vio el ejército enemigo. Quedó atónito al ver los cientos de monstruos que venían a asediar su tranquila aldea. Trepó a uno de los árboles cercanos, como si fuera su hábitat natural, y aguardó.

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Huellas de tinta mayo 2014  

Revista mensual sobre literatura juvenil.

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