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Por Isaia El agua caía con tanta violencia, arrastrando cualquier desecho que se cruzara en su camino. Lagos de agua oscura se formaban en algunas esquinas.

alrededor del borde cuando vio algo extraño en el agua. No era una ola ni una hoja flotando. Era algo que se movía.

Él supo que ése sería su momento para ir al puente. Era el único puente de la ciudad, y sabía que a esa hora se llenaba de autos, pero estaba seguro que con la lluvia, muchos habrían decidido no sacar su auto de la comodidad de sus cocheras, y que incluso, los pocos autos que circularan por ahí, iban a estar tan apurados por llegar a sus casas, con sus amores, con sus mascotas, con sus televisiones, que nadie prestaría atención.

La lluvia hacía que se le dificultara la vista, pero sabía que lo que estaba ahí, se movía. Cada vez más con más rapidez.

Nadie miraría hacia el costado del puente, dónde él estaba parado. Solo, con una soga en su mano. Ya el nudo estaba hecho, y probó que su cabeza cupiera perfecto en el agujero. Lo hacía. Ahora solo le quedaba amarrar el resto de la soga en el puente. El borde era amplio, asique le tomó mucho tiempo, pero el agua hacía que la superficie rasposa del concreto no le molestara. En un momento, se asomó a mirar y vio que el agua se veía muy violenta, incentivada por la tormenta, que ya debía llevar una hora azotando. Los truenos le confirmaban que todavía no iba a parar. Perfecto. Le quedaba tiempo. Pero igual quería hacerlo con la soga. Quería que fuera rápido. El agua podía ser una aliada muy impredecible. Cuando creías que iba a destruir, curaba. Cuando creías que iba a limpiar, arruinaba. Prefería la soga. Además, la distancia no parecía tan alta como creía. Serían unos diez metros. Se aseguró que la soga tuviera solo nueve metros de longitud. Pensó que sentir el roce del agua helada bajo sus pies en el momento de su última respiración, sería bastante placentero. A final de cuentas, amaba el agua. La amaba tanto que quería que lo viera morir. Estaba a punto de volver a trabajar en los nudos

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El siguiente sonido que le llegó no fue un trueno. Fue algo más, algo más débil pero más cercano. Un chillido. Volvió a enfocar la vista, y se dio cuenta que se trataba de un perro. Desde allí, no podía ver si era un cachorro o un perro viejo. Pero le llegó otro chillido, y eso fue suficiente. Volvió a sus nudos, y se aseguró que la soga estuviera bien adosada al borde del puente, se arrastró como pudo entre las pequeñas columnas que había bajo el borde, e hizo lo que había ido a hacer, pero de una manera diferente. En lugar de acercar el agujero de la soga a su cuello, tomó el largo de la soga, y comenzó a utilizar sus pies con delicadeza para bajar. A cada paso, el agua se escuchaba más fuerte, y cuando finalmente llegó al final de la soga, el agua lo tapó de repente hasta el pecho, y sintió como su cuerpo se congelaba.

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Huellas de Tinta  

Revista online de liteartura juvenil.

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