Huellas de Tinta Nº118 Agosto de 2021

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RELATO

I

Reencuentros

Reencuentros, El chico sentado en la silla del rincón del lado derecho de la puerta de entrada no tiene corazón. Parece ayer cuando tuvimos nuestro último baile, las treinta y ocho personas ahora acá presentes incluyéndome. Pero no. Han pasado diez años pero todo parece seguir igual. Hasta el salón se ve igual al que tuvimos en nuestra última fiesta del secundario. Recuerdo esa fiesta. Recuerdo al mismo chico que ahora está sentado en la silla del rincón, no sé de qué colegio era pero sentí su mirada sobre la mía y fingí sorpresa cuando me lo encontré a la salida del baile. Fue una charla breve, seguida por un papel con su número cayendo en mis manos. Mientras me subía al taxi esa noche, lo vi hablando con otra chica en la acera. No lo llamé hasta varias semanas después. Hablamos por teléfono y decidimos encontrarnos en una cafetería. Llegué quince minutos más tarde de lo que habíamos acordado y lo vi acariciando el cuello de la moza. Me di la vuelta y le envíe un mensaje diciendo que no iba a llegar. Para cuando lo volví a encontrar, habían pasado un par de años. Se había dejado crecer la barba y sus ojos verdes no se veían tan inocentes. A pesar del humo y las luces ultravioletas que había en aquel salón de club de quinta, supe enseguida 42

que era él. Me sorprendió que lo primero que haya hecho sea abrazarme. Luego se separó un poco de mí y con una mano me apretó el hombro. Tenía los ojos entrecerrados de la concentración y usó su otra mano para acariciar mi cabello y luego dejarla descansar sobre mi mejilla. Sentí la humedad de su pulgar mientras él susurraba “Tan hermosa” seguido de un nombre que no era el mío. Lo repitió cinco veces hasta que al fin quité su mano de mi rostro y me alejé. No lo volví a ver hasta horas después. Aquel club quedaba cerca de mi residencia así que me volví caminando y no había llegado a la primera esquina cuando sentí la misma paranoia a la que me había acostumbrado cada vez que caminaba sola. Miré de reojo y era él. Tambaleaba y se veía soñoliento pero parecía saber a dónde iba. Detrás de mí. Apreté el paso y crucé de calle varias veces y él seguía caminando firme, mirando hacia mi lado de vez en cuando. Me metí en un callejón para quitarme de su vista y ver que hacía. Siguió de largo y esperé a perderlo yo de vista antes de volver a caminar a casa. Fue en mi casa que lo encontré por tercera vez esa noche. Estaba teniendo sexo con mi compañera de cuarto en la cama a pocos metros de la mía. Pasaron otro par de años y volvió a aparecer en mi cami-

no en otra fiesta, ésta sin humo ni luces psicodélicas, pero con mucho champán y sándwiches miniatura. Iba caminando con la cintura de mi jefa alrededor de su brazo. Cuando ella nos presentó, él me dijo su nombre como si fuera la primera vez que nos veíamos y yo le seguí la corriente. Ésa vez sí estaba genuinamente sorprendida cuando se apareció en la salida del edificio, mientras me acomodaba mi saco, esperando mi taxi. Con una sonrisa presumida—nada diferente a las miles que había visto en los últimos años y las cuales supe borrar de un hondazo sutil pero igualmente doloroso—me volvió a repetir su nombre y yo sentí un desagradable dèjá vú cuando me extendió un papel con su número. Pensé en estrujarlo frente a sus ojos pero en su lugar lo guardé en mi bolsillo y me despedí. Él volvió a entrar al edificio y pude ver a través de las puertas de cristal que la posición de su espalda estaba en alto y, a pesar de que mi taxi ya había llegado, con un gesto de la mano le pedí al conductor que esperara y me acerqué a la entrada a esperar a verlo acercarse a la otra chica que estaba apoyada en uno de los escritorios. No tuve que esperar mucho hasta que lo vi hablarle por unos minutos y extenderle un papel exactamente igual al que me acababa de extender a mí. Ella sonrió—y por razones diferentes, yo también.