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N I C O M E D E S

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E D I C I O N ES

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0 R B €


Del mismo autor:

I

LA CEN1Z.A Y EL SUERO, poemas, Imprenta Ferrario, 1938, agotado.

LOS HOMBRES OBSCUROS, novela, Ediciones Yunque, 1939, agotada; tercera edici6n. Editorial Cultura, 1943.

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->

NUEVOS CUENTISTAS CHILENOS, antologia. Editorial Cultura, 1941. LA

SANGRE Y novela.

LA

ESPERANZA,

Por publicar:

DONDE NACE EL ALBA, novela.

TRANQUILA ESTA LA TARDE, novela.

~

LA EMPRESA EDITORIAL ORBE SOCIEDAD COMERCIAL CHILENA NO SE HACE RESPONSABLE POR LAS OPINIONES, IDEAS 0 TEORIAS QUEMANIFIESTEN LOS AUTORES DE LOS LIBROS QUE EDITA.


G U Z M A N

L A SANGRE Y L A ESPERANZA M

E 3 A R R I C

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NOVELA

Vii5etas de Carlos Hermosilla Alvarea

E D I T O R I A L

O R B E ~

S A N T I A G O

D E

C H I L E


CAPITULQ PRIMJBQ

LA

YIRUTA

AJQ, DE UNA estatura que traicionaban apenas unos cuantos edificios de dos pisos, arrugado, polvoriento, el barrio era corn0 UIP perro viejo abandonado por el amo. Si las Iluvias y .las nieves de aquellos aiios tuvieron para 61 motes de inclemencia, el buen sol supo resarcirlo en su desamparo con las profundas caricias de sus manos afectuosamente d e n t e s . Y hasta busc6, a la llegada de 10s wepfiscdos, en 10s ojos turnios y legaiiosos de sus ventanas, e! reflejo de sus largas barbas, antes de despedirse del mundo y de 10s hombres.


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NICOMEDES GUZMAN

Y nosotros, 10s chiquillos de aquella &ma, &amos el tiempo en eterno juego, burlando esa vida que, de miserable, se hacia heroica. Allh, la calle San Pablo. Ac6, el depjsito de tranvfas y 10s grandes talleres de la Compaiiia EEctrica. Y entremedio, nuestro dolor inconsciente, nuestros aros de fierro que conduciamos con un garfio de duro alambre, nuestros carretones de torcidas ruedas en que haCiamos los Ben Hur, nuestros ficticios arrestos de Jorquera, Castillo o Plaza (I); nuestros trompos desastillados o nuestros revdveres y caballos de palo con que nos disputhbamos el derecho a ser un Eddie Polo (2). Acaso las calzadas y las aceras, con sus altos y bajos, con sus piedras Sueltas y sus pozas, se opusieran al libre curso de aqu6lla nuestra vida de animalillos libres. Pero, no importaba. Eramos nifios. Y no habia obstiiculos para nosotros, pues, 10s que hubiera, 10s salvsbamos a costa de empefios que, al cabo, nos resultaban una sucesi6n de esfuerzos. Koy pienso en lo que hubiera valido la vida para (1) El .iutor alude a tres grandes corredcres pedestres de Chile. Recuerdese que Juan Jorquera bat& en el aiio 1918 en Bucnor; Aires, el record mundial de la m a r a t h h estabkiendo e! tiempo de 2.23’ 4/5�, hesta &ora no superado. Desgraciadamente, dicha performance no fu6 homologada. Floridor Castillo actu6 en forma halagadora en pistas chilenas y extranjeras. En cuanto a Manuel Plaza, despuCs de brillantes triunfos en campeonatos nacionales e internacionales, remat6 segundo en la marathh de Amsterdam, en 1928. (2) Recuerdese a1 c6lebre cow-boy, idolo de 10s dies en b &oca en que se desarrolla la novela.


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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muchos de nosotros si, de mayores, hubi6ramos confiado a 10s brazos del esfueno la realizaci6n de nuestras aspiraciones. La vida nos zamarre6 a todos. Cual miis. Cual menus. Pero, si en la infancia salimos triunfantes, el juego de 10s aiios maduros se pudri6 en la apatia y en el desaliento. iFalta de fe? Y o meditarC algdn dia sobre esto. Mas, para ello es necesaria, primero, una abluci6n en el tibio recuerdo, en la Clara aiioranza y en la luminosa realidad de aquellos aiios, en 10s que, si cabian miserias, rudezas y dolores, casi no 10s sentiamos, porque ahi estaban 10s mayores para sufrir y luchar por nosotros. Era el tiempo, el recio tiempo del despertar de nuestros padres, del despertar de nuestros hennanos. Rodaban en ensordecedor bullicio 10s vigorosos dias del aiio veinte, 0 del veintiuno. 0 del veintidos. iPero quit sabiamos nosotros de esto! Alli, en 10s trompos desastillados, en vertiginoso baile, la vida nos era como u n arcoiris. al cual pudieran faltarle uno, dos o todos 10s colores. Mas, tarnpoco considergbarnos este detalle, porque, jmaldito lo que sabiamos de colores! A no ser * que se tratai-a de volantines, en 10s que &lo apreci6bamos tres: el azul, el blanco y el rojo, jsiempre que el grimero Hevara una estrella pegada a su fondd

2 lLos &os han borrado en mi cerebro 10s rasgos de casi todos 10s pequeiios camaradas de aquella &ma.


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NICOWEDES GUZMAN

Y si algunos prevalecen, entre ellos se cfestacan la fisonomia enirgica de Zorobabel y la de su hermana Angdlica, avivada por unos dukes y apacibles ojos. Demasiado crecido para sus diez afios y demasiado peqcleiio para la responsabilidad de hombre que ya tenia, ZorcbaSel 9era el compaiiero indislJensable de nuestras*correrias. Y cuando, por las tardes, el trabajo le daba oportunidad para incoqmrarse de nuevo a1 pais de la infancia, 10s "palomillas" lo acogiamos como dl se lo merecia. Sus pantalones largos, y las ampollas y cal!os que honraban sus manos, eren credenciales sufieierites para que lo respet5ramos como jefe. Pers, si el muchacho era necesario a nuestra pandilla, su hennana, la triste Ang&lica,era necesaria ya a1 mundo de m i s suefios y iqucl de cosas RO imaginb para el futuro 5ente a sus ojos, a sus &grimas y a su tibia , ternura! Koy no preciso de imaginaci6n. Me basta evocar. . Y he aqui cGmo la vida se me entrega enyeram fa realidad pasada. ReciCn, por entonces, habiase instalado en el dephito de tranvias la potente sirena que, si no me equivoco. hoy todavr'a existe. A las cuatro y media de la madhgada, lanzaba su primer alarido, destinado a anunciar que las actividades tranviarias comenzaban. En un principio, todo el barrio se despertaba a este grito. Luego, despuds de corto tiempo, el h6bito se cuid6 de guardar el suefio del vecindario en aquel momento.Pem, para aqudllos que pertenecian a1 personal 2e

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ces. Sin embargo, 10s “carros� no se oian salir. En cambio un rurnorio de enorme colmena que se rompia, de cuando en cuando, en gritos e imprecaciones, se agolpaba en Ia calle. Y o , sujet6ndorne 10s calzoncillos, sali a la ventana. Viviamos en una de las pocas casas de dos pisos. Y desde arriba me era posible apreciar bien el espect6culo. El personal se reunia abajo, llenando un buen trecho de la calle Mapocho. Y una fila de hombres se oponia en 10s portones del dep6sito a la entrada de 10s que se obstinaban en trabajar. Era la huelga. Empezaba a lloviznar. Clareaba. Los eucaliptus que se alzan frente a1 depbito -tras ios cierros de zinc y las barreras de hierro que resguardan el canal que por all; pasa- se inquietaban haciendo bailar sus alargadas hojas, bajo una brisa audaz que queria ser . viento. --iViva la Federaci6n Obrera de Chile!... -j Viva!. .. --iVivan 10s tranviarios federados!.. -i Vivan! ... Los gritos y 10s vivas ardian en el aire. Y un entusiasmo loco iba apoder6ndose del Animo de 10s trabajadores tranviarios. Las cobradoras, con sus blancos delantales y sus brillantes sombreritos de hule negro, se confundian entre la muchedumbre masculina, gesticulando con calor. Aquello cobraba alma. Y esta alma dominaba sobre esa humanidad, flameando como una bandera.


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yo no comprendia. No SC por qui. me imaginaba que sus brazos gesticulantes eran las mmas de un robusto Brbol, cargadas de frutos. Estaba entusiasmadisimo. -jPap$ pap&! -le gritaba, asomando la cabeza por un vidrio roto-. iPap6, pap&!... Mis ocho aiios se desencadenaban en gritos. El j6biIo se desbordaba en mi. -jC&llate, cAllate, hijo! iSeiiOr, Seiior, este hombre! ilibralo, Seiior! Mi madre se mordia y retorcia las manos. Mi hermana, p&lida, temblorosa, habia descolgado de una de las perillas de su catre un largo rosario. Y se paseaba por la pieza, pronunciando no SC quP palabras. La enorme muchedumbre vestida de gris aplaudia, frenetica. De pronto, todo se acall6. Persistit5 apenas rumor intenso de abejas en huida. Por Mapocho avanzaba, al r6pido galope de las cabalgaduras, uno o quiz5 dos piquetes de lanceros. Senti a mi padre pronunciar unas fxltimas y viriles palabras, y gritar: --;Viva la Federacibn Obrera! . . Y lo vi lanzarse desde arriba con una agilidad asombrosa. Abajo, unos cuantos brazos suavisaron su eafda. -jEste hombre, Seiior, este hombre! nili madre, a h d o n a n d o sus temores, o tal vez impulsada por 10s temores mismos, salic5 puerta &em. ~

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MCORIEDES G U Z W

tes todavia, me enterneci viendo a mi d g o Zorobabel llorar junto a1 cad6ver de su padre, poco antes de que el carro de La Morgue viniera en busca de 10s cine0 o seis caidos. El depcisito estaba resguardado por doble fila de sarabineros. Y muchos tranvias salian, dirigidos por rompebuelgas e inspectores, llevando en laas plataformas dos o tres soldados bien armados. A mi me parecia que todo aquello era la celebraci6n del dieciocho, por la profusi6n de banderas que se veia en las lamas. Coceaban ios caballos sujetos por las riendas a las barreras de fierro y el aire apestaba a guano fresco.

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Aquel2a misma noche, lo recuerdo, sostuve una pelea a pufio limpio con Marciso, un muchachuelo crespo, de duros puiios. Y para no mentir, dirC que me castig6 severamente. Yo, siempre que de nifio me tramC a golpes ‘con alguien, no pocas veces venci, con la fe puesta en mi padre, a quien atribuia todas las fuerzas del mundo. Pero, esta vez sali mal parado. No importaba. Lo que me llenaba de orgullo era el haberme sabido defender. Y esta era tambikn la satisfacci6n de mis camaradas. Tenia nada mAs que dos machucones en la cara. Las mejillas ardianme. Y aun la rabia hacia ronda en mi pecho. “El Sebote”, aquel “punga” de todos conocido, sz acerc6 a mi.

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-iTe pegaron, “cabro”? jNo se6i leso! iToma, toma, cabro, pkgale un tajo! Era medio tartamudo. Me pasaba un filudo col-taplumas. , -iUn tajo? -iSi, gos, cabro! jApriende a hombre! iMo te pe86, pos? Y o hui. atemorizado. ‘‘iPegar un tajo!” Subia a tropezones la crujiente escala, cuando unm sollozos, cazados distintamente por mi oido, detuvikronme. Bajk de nuevo. Ahi, en el amplio espacio libre entre la escala y una de las murallas --covacha de vagahundos en las nwhes-, una chica lloraba, echada en el suelo. -jAngdlica! iQu6 te pasa? -iNo sabes? iMo sabes?.... iMi papacito!.... Lo habia olviclado eomo un estfipido. Y habia olvidado, adernas, la p a n preocupaci6n de mi madre, preocupaei6n que tambikn me debia afectar: mi padre no habia vuelto abn. Acaricik el rostro de Angklica, tratando de consolada. Senti sus lagrimas calientes rnojar mis manos. Y una suave brisa de ternura se desliz6 sobre mi coraz6n. Besk sus dedos. Y,en la sombra, sus ojos mojados brillaron, eomo dos remotas estrellas. Alguien se detuvo junto a nosotros. -iQuk hacen ahi, palomillas? Me levant6 sobresaltado. DoEa Josefa, la mujer del panadero, nos miraba


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con agria severidad. Y su rostro seco, duro, golpeado por las luces del depbsito, se me ocurrici de prmto, el de una de las tantas brujas que poblabauz mi mente. -;Ah, no contestan! iFalomillas habian de sed -m,mentO-. jY0 le d i d a tu mamA lo que hacks!continub, sentenciosamente, encarAndose a mi. Y subi6 apenas la escala, el pecho roncador y guejurnbroso bajo las manos crueles del asma, tropezand6 en las latas gastadas y sueltas del bode de 10s peldafios. Angklica se pus0 de pie. §us ojos de,asombro eran como 10s de una ardilla temerosa. -iEnrique, yo ‘vi a mi pap&!-me h a b l b . El Zoro me llev6. No tenia ropa, lo habian abierto, y estaba lleno de sangre.... Y mmpib de nuevo el llanto. Hubiera besado una vez mhs sus mmos. Pero pens6 en las palabras de “La Panadera” ( asi le deciamos 10s chiquillos a doiia 30sefa). iQu6 hzhria de maldad en aqueUos b s o s ? Y o no comprendia. Sin embargo, cuando subi a nuestro cuarto en compafiia de Anghlica, que no dejaba de Ilorar, salia de 41 la asmhtica, ahoghdose en m a tos de mil demonios. Mi madre, dejando sus costuras, me l!am6 a un lado. -i&u& estahas haciendo con la Angela, Enrique? Sus ojds eran tan duros como sus palabras. El reflejo de la lhmpara bailaba en ellos, hacihdolos aguijoneantes.


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

-iNada, mami5, nada! Mi voz vacilaba. No podia olvidar 10s bcsos. -LC6mo, Enrique, c6mo nada? -iNada, mamA! . -iNo mientas! -iNo, ,mam5! AngQica, sec5ndose las Ggrimas, temblaba junto a la puerta. Mi nadre fu6 hacia ella. -~Qu6 te estaba Kaciendo Enrique, all5 en la escala? -Nada, nada Este Este Me bes6, me bes6 . --;Te be&? ... --Si, 10s dedos -LNada m6s? -NO .. Ang6lica baj6 10s p&rpados,con humildad. Las mechas rubias le brillaban en la â‚Źrente. Estaba muy hermosa, con sus ojeras, con su tristeza, con su vestidito descuidado, con su gesto natural de ingenuidad. La duda devoraba la paciencia de mi madre. Y la encolerizaba. Levant6 el raido vestido de la chica. Los entierrados calzones estaban fijos a 10s bofones del corpiiio. Antes de que bajara la falda, alcanc6 a ver 10s bordados deshilachados. No comprendia la raz6n de tan curiosa actitud. Pero record6, de sitbito, un peque50 detalle de mi pasado infante: un rostro de nifia, una mano audaz y un nombre: Leontina. -LNada m& te hizo Enrique? -No, no... (

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-iY por qu6 llorabas? -Por

mi papacito... Me llev6 a verlo el Zoro... Te-

nia mucha sangre

...

Y otra vez se pus0 a llorar. En este instante lleg6 Zorobabel en busca suya. Veda tambien lloroso. Su rostro estaba @do, casi transparente. Se fu6 en seguida, llevando de la mano a la nifia. En cuanto se fueron, mi madre me m a d 6 a la cama: -Es hora de que te acuestes... - d i j o . Me extraii6 mucho. Aun no habiamos comido. Cuando ya estuve en la cama, desvestido, y me disponia a meterme bajo las ropas, vi a mi madre descolgar de la percha la correa y venir hacia mi. Fueron en van0 mis gritos y clamores. Los azotes caian en mi cuerpo sin piedad. -jNo me mate, mamacita! -aullaba yo, ovill6ndome entre las sibanas. Intent6 huir. Pero mi madre me cogi6 de las pretinas de 10s calzoncillos. Y me sigui6 dando duro y parejo. Se le deshizo el moiio. La ira le mordia el rostro. Fu6 la llegada de Elena, que recidn salia de la f5brica, la que cort6 el entusiasmo de la correa. -iQud pasa, mamacita? iNo lo castigue tan fuerte! -iTodo se junta, Sefior! iParece que el demonio anda a la siga de una a veces!

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. L A SANGRE

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LA ESPICRANZA

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Sollozando y sob6ndome las ronchas me quede dormido. Los chiquillos siempre le tuvimos ojeriza a “La Panadera”. Pero desde que pcr ello me llevk aquella tremenda azotaina, el odio afirrr-6 sus raices en m i pecho. Y lo confieso sin escrfipulos, nadie sabe quk enorme alegria experiment6 el dia en que el asma me ven86, arrastrhdola a la muerte en un ahogo.

5 Mi padre regresci a la casa a1 atardecer del dia siguiente. Venia ronco, cansado, ojeroso y, no obstante, feliz. La huelga habia sido bien organizada. A pesar del perjuicio que significaba para el movimiento la actitud del personal que continuaba trabajando, 10s “federados” tenian fe en el triunfo. Por la noche, mi padre nos llev6 a Zorababel y a mi a una velada que se realizaba en el “Coliseo de 10s Tranviarios”, en memoria de 10s muertos en el encuentro de la madrugada del dia anterior. E? Consejo acordaria en una reunicin que, a1 final, sostendria, una cuota de ayuda para la familia de 10s caidos. El sal6n de espectciculos, construido a medias-pr entonces, estaba atestado. Las roncas voces se andaban tropezando en el aire espeso de humo de cigarrillos. Toses. Vivas. Gritos. El tel6n que ocultaba el escenario, presentaba un abigarrado cuadro: una mujer dando un pecho grande y moreno a su hijo; a su la-


LA SANC-RE Y LA ESPERANZA

n

-iAh, mi mamh, mi mamd -exclam6 con honda amargura-, ella no tenia a qud venir! iNo queria a mi papA! iSi no, no lo hubiera engafiado como lo e& gakba!. ..

La arnarga confidencia anud6 en silencio mis palabras por breves instantes. --<,Tenia “oLro”?...- indaZu~,Iuego, sorprendido. -iSi, tenia ,&YO, y yo lo sabia! iY nunca pude decirselo a mi pap6.... El la queria tanto... Y Zoro larg6 de nuevo a llorar. La gente que habia cerca de nosotros no se preocupaba de su llanto. Su atenci6n estaba concentrada en las vibrantes palabras d-. 10s oradores. Una sensaci6n extraiia me extremecia. “Si mi madre llegara a tener “otro” -pensaba. --,Par qu6 no le contaste a tu pap6? -iNunca. pude, Enrique, nunca pude, dl la queria tanto!... iV era un viejo tan regueno! iNo fui capaz de contarje nada!... Olas de aplausos, tras las postreras voces del iiltimo de 10s oradores, gelpearon calurosamente las deslucidas m u r a h s del recinto, enjalbeghdolas de humanidad. Los gritos se encontraron en el airq seco, olor a tabaco guemado, a orines, a sudor, a trabajo en ?eceso: --iPa-riba la Ei’ederacicin Obrera!... --j Arriba!. .. -iT h a n !os tranviarios federados!.. .. -i Vivan!. ...


LA SANGFE

Y LA JJSPERmZA

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la panaderia, solia divisarlo jugando a las cartas en un s6rdido boliche de licores que habia entre el mentado conventillo del ‘‘Guath San Juan”, antro de miseria y crimen, y la hedionda cocineria ‘‘El Pkto del Pobre”. La vida de Melania, la madre de Zorababel, degener6 completamente. Antes, para ayudar al marido, trabajaba lavando. Ahora, no hacia nada. Y muchas tardes, y no pocas noches; se la vi6 o se la oy6 subir la escala, borracha, y atravesar la galeria, abrazada a su hombre, tambiPn borracho, malcantando viejas tonadas AngPlica y su duke tristeza, eran como si trataran de zurcir la existencia rota de la familia, dando puntadas a1 tiempo, de la casa a la escuela, de la escuela a la casa. 7

Por lo menos dos veces p o p = m a , 10s chiquiUos tenfamos que abandonar nuestros juegos vespertinos para ir a la barraca m6s pr6xima en busca de aserrin, *uta y recortes y despuntes de madera. Los carretones en que haciamos .los Ben Hur, perdian entonces su espiritu de leyenda, y se convertian en vulgares vehiculos de carga -y acaso solamente en estos momentos cumplieran con su verdadera funcibn. Corriendo como endemoniados, se ensordecian las calles con nuestros gritos. Y la quejumbre de 10s cametones, que saltaban sobre las piedra y las hendidu-

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LA SANGRE P LA. ESPERlbNZA

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tos furiosos, enrojeciendo. Las tirillentas camisas de sacos harineros se desasian de las pretinas mugrientas de 10s pantalones. -iEchale, Beiza! (1). jEso es, Beiza! -iVoy veinte chilrros a Vicentini (2)! .... iVoy veinte chilrros! El chivates no ces6 hasta que uno de 10s contendores quedd coloreando de las narices. Se concert6 otra pelea entre dos pequeiios de cuatro afios, semejantes a chanchitos dentro de sus tiras piojosas, bravcs para el moquete y las obscaidades. Pero, intervinieron las madres. Y si 10s promotores de 10s â&#x20AC;&#x153;matchesâ&#x20AC;? no apuran las piernas en la huida, habrian salido peor que mal parados. A las seis justas son6 el pito de la barraca. Y el port6n fu6 abierto. La avalancha humana se desparram6 bajo 10s galpones. Algunas mAquinas EO cesaban de moverse todavia. El ruido era ensordecedor. Un espeso, hGmedo y resinoso olor de vegetales okaba en el aire, entre las miriadas de aserrin. Los sacos se soltaron de la cintura. Y cada c u d hurgaba en Ias rumbas de clesechos de rnadera, o huntiia ias manos en el aserrh y la viruta. Las mujeres se lamentaban de 10s chiquillos que les arrebataban de las manos 10s mejores trozos de leiia: -iChiquillos del diablo, condenados! -iHijâ&#x20AC;&#x2122;una gran puta, ladronazo! I


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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nadie pudiera intervenir, el grandote cogi6 a mi amigo por 10s hombros y lo lam6 contra una aserradora en movimiento. Y o vi a mi camarada -y esto ser6 imposible que lo olvide nunca- salir volando, arrastrado no se c6mo por la velocidad endemoniada de la polea, y caer de cabeza sobre la sier.-a en vertiginoso movimiento. Fu6 un segundo de horror, epilogado por la realidad de un cuerpo palpitante, con la cabeza partida, rojo pingajo colgando de 10s hombrm. El maquinista hizo accionar, las palancas rApidamente. Tero ya era demasiado tarde. Vi el rostro del hombre alterarse en shbito golpe de sangre y luego palidecer hasta ponerse Kvido. Antes de que estallaran nuestros gritos, las mujeres y 10s chiquillos estaban a nuestro alrededor, desorbitados 10s ojos de espanto, blancos 10s labios temblorosos. Angelica me miraba con sus ojillos de horrorizada ardilla. Y la sangre de su pena y su dolor, rompi6 violentamente en enormes 16grimas. Alguna-, mujeres lloraban tambidn, apretando 10s hijos a las faldas haraposas. El patr6n de la barraca no atinaba a nada. El muchacho causante de la desgracia, tiritaba, mordidndose. Sus manos no estaban quietas. Y o sufria enormemente en mi impotencia de hacerlo pagar su incansciente c r i men. -i Zorohabel!.... jZoro!.... iZoro!.... La sangre espesa del hermano era devorada p r la viruta. Y era como sangre tambien lo que el de=3.-b

sangk y 'ta -erama.


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N I C O D D E S GUZMAN

tho de madera succionaba en las calientes l5grimas que derramaban 10s ojos de la pequeiia. -i Zom!.... iZoro!.... Sollozos desamparados de caehorra herida. Y o la aprete contra mi pecho. Pero no habia forma de eonsolarla. Lleg6 la policia. Un cab0 chiquitito tom6 nota del hecho, con muchas dificultades, en una libreta, mojando el Epiz con la lengua. No sabia escribir casi. La ignorancia lo hundia, lo humillaba, dentro de su tosco uniforme azul con vivos rojos. Betuvieron a1 hombre que manejaba la m5quina y a1 chiquillo culpable, a pesar de las protestas y el llanto de la madre, que apareciri de repente de no sk donde. Cuando salimos, algunos ehiauillos estuvimos a punto de abandonar nuestros sacos. Sacando fuerzas de mi propio dolor, echk a mi vehi'eulo el bulto con viruta, y sali arrastr6ndol0, lo mismo que 10s otros, como arrastrando un peso de siglos. iYo tenia mi dolor, y era mio, adem&, el dolor de Anpklica, que caminaba a mi lado, como un pequefio espiritu en la orfandad! L

8 Los dias pasaban como carretas cargadas de pesadumbre, csujiendo: quejAndose sordamente por las calles del barrio. Angdlica se incorpor6, desde la rnuerte de su hermano, a nuestra vida familiar. A veces, hasta dor-


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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mia en mi casa. Su madre pasaba borracha con su hombre, y no se preocupaba de ella. Y,jclaro!, le era m6s grato a mi pequeiia amiga dormir con-mi hermana, que hacerlo con su madre. Tenia aversicin a su destruido hogar. Melania, en sus borracheras descontroladas, la castigaba. Y ademh, el “Cabeza de Tope” insfundfa miedo. Y o mismo huia, cusndo 61 avanzaba por la galleria con su pesado andar de oso. Pero, una noche, Melania golpeci a nuestra puerta. Sin enbar, fu6 al grano a1 momento. -;No quiero que l’Angela venga m6s p’c6! iMe la llevo al tko! ... -dijo a mi madre. Estaba, casualmente, en su sano juicio. Angblica 11oraba. Mi madre, para impedir que se la llevara, pudo haber aq&ido m6s de una buena raz6n. Mas, no lo hizo segmxmente para evitar disgustos. Por lo demhs, Melania estaba en todo su derecho. Ang6Uca. con la cabeza doblegada, sdlozando, siguiQ a su madre, sin despedirse de ninguno de nosotros. Mi madre y mi hermana, se quedaron hundidas en no s6 qui. pensamientos. Era s5bado. Y aplanchaban las ropas que habiamos de ponernos al dia sigmiente. Y o sentia chirriar a cortos intervalos la plancha que manejaba mi madre. Era el quejido de las Egrimas que derrarnaban sus ojos, muriendo sobre el hierro ealiente.


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ail

NICOMEDES GUZMAN

Aquella tarde, mi madre me habia mandado a prepararle el “choncho” porque tenia que lavar. Tom6 el tarro abierto en un lado, y me di a1 trabajo en medio de la galeria, frente a la puerta de nuestro cuarto. Tenia pr6ctica. Y no me costaba. Apisonaba la viruta alrededor de un palo colocado en el centro del tarro, cuando ante la vivienda de Angdlica comenzaron a a.golpr.,e :as coriadres. Dej6 mi trabajo. Y corri hacia all& Me escurri co rno pude entre las faldas de las mujeres agrupadas en la puerts, hats colame a1 cuarto. iPreferible hubiera sido sofccar mi bxpuk.o! Sobre unos jergones tendidos en un r i n c h , con las polleritsis reccgidas, sin calzones, Angklica sangraba abundantemente de entre las piernas. Cerca de ella, el “Cabeza de Tope”, crecida la barba, babeah, roncando, tirado sobre las arriscadas tablas, COD 10s pantalones a medio abrochar. Una hotella de vino yacia dada vuelta junto a una vieja’bacinica, saltada y sin oreja. Melania, por otro lado, roncaba su borrachera encima de unos sucios trapos y ~1109 restos de prendas de lana, como el hombre roncaba la suya, en sueiio 10s instintos salvajemente satisfechos. I.Jo recuerdo si fu6 mi madre quien me retir6 de alli. El cas0 es aue, cllando la Camilla de la Asistencia PGblica, condiacida por dos hombres de blanco, pas6 galeria afuera, y baj6 la escala, Ilevhdose a.Ang6-


CAPI!PULO SEGUNDO

.

EL

BAG0

1 L OTOmO ESTABA a las puertas de aquel dia con su rostro de mendigo enjuto y 1Bnguido. SUS harapos tenian el color indefinido de la bruma. Per0 en sus manos callosas brillaban las ciilidas monedas de un sol desbordado eh fuegos cordiales. La tierra, a sus pies, alzaba a ras de su propio cuerpo, un aliento blaneo, vagaroso que, a l fondo de la calle, destacaba la negra estampa de las beatas ancianas, que endilgaban el paso a1 encuentro de la hostia, en la sagmda casa de Dios. Era, entonces, que el campanario parroquial ya se desangraba el corazbn, en informes gotas de met& lica sangre, que bien podian ser tambikn palomas, o Bnimas de desencajados ojos, animando el hBbito de la fe. -jYa est5 batiendo sus sotanas el fraile, carajo!


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NICOMEDES GUZMAN

arrapada de rubias trenzas sucias, cantaba junto al cojo organillero, de cabeza perdida bajo el yoque: “ ~ s t e e5 el fado, fadiiio, fadefro m6s edosal y original, sus nntas traen canciones del a h a , fibras del Portugal. .”

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Arrastrando las chancletas rientes de vejez, un ciego se avecin6 a 10s rieles que resguardaban el canal, con un viejo acorde6n sebiento. Se sent6 en una cuneta. Y larg6se a “cuncunear”. Su aiieja voz, fdtida, harapienta, su voz con sarro de cariada dentadura, des@an6 en el aire decrdpitas articulaciones: “A4 veiiir por el atajo enconfr6 al p&n cartem y crei crK7e me traia Fa ansiada carta q-:e tanto espero *’

Nadie le oia. Na.die le escuchaba. Todos conversaban. Reian. Discutian. Gesticulaban. “Que la Federaci6n aqui”. “Que la Federaci6n ac6”. Pero nadie escuchaba. “Que la Federaci6n”. “Que el Consejo”. 0 el desconcierto ante las bajas cifras del sobre pago. ‘ ‘ i Q ~ k tormento es el sufrir por la anseneis de nn querer! que te viemn ir, cwhdo te vex& volver ! ”


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--Si, de veras -arguy6 un maquinista viejuco, reparando reci6n en el canto-, “iQ@ que te vieron ir, cuhndo te veriin volver!” Y le pasaba un billete nuevecito a “El Mama”, un compaiiero tranviario que prestaba dinero con inter&. Y o conocia a “El Mama” desde pequefio. Alguna vez este compafiero habia tenido un encuentro poco grato con mi padre. -iOjos que te vieron ir!.... iCarajo!.... -i&d diablos, pues, compaiiero, qu6 diablos!.... -rib ‘‘51 Mama”, pelando 10s dientes postizos-. i h prestado es prestado, camarada, y el inter&, el interks no rn&, pues!.... Un seiior muy lleno de maneras, ofrecia a 10s grupos un articulo para limpiar 10s botones del uniforme y el ntimero de la gorra: -iEl bronce es muy bello, seiiores, es muy bello el bronce! iPe1.o el 6xido, sefiores, per0 el 6xido, seiiores, el 6xido es como la traicibn, seiiores! iLa traic i h , seiiores, es como el 6xido del corazh, seiiores? jMi liquido, seiiores, mi liquido es milagroso, descubre el alma del bronce, sefiores! iTodo el brillo del bronce, sefiores, todo, se muestra bajo la milagrosa ‘acci6n del “Brillol”, mi liquido, el mhs cClebre pulidor de metales! . Batia un tarrito, de 10s muchos que llevaba en un c a j h colgado de uno de sus hombros, y se esmeraba por demostrar la eficacia de su product0 en 10s boto- . nes del primer descuidado.


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garradds p e l calas de sus vestimentas agujereadas. Sus ojillos, que pudieran ser lo nlismo de rat69 o de simiss, se le saltaban, agudos de lagrimosos destellos. En las pupilas de 10s monos habia un desparramiento de estrellas, un como derrumbamiento del cielo triste .L. JT nost6lgico de SLI coraz6n. kcaso fuera ridiculo todo: el llanto del violin, el baiie del oso, el taiier de la pandereta, la melodiosa voz dc la gitanilla, Pero era aquel ridiculo, animado por la intima tragedia, aquel ridiculo que divierte, que ineludiblemente despierta .en las almas humildes el braceo ~ O C Ode la rim; aquel ridiculo que termina siemp x por F e r bicn pagado. Los hombres y las mujeres, no exatimaban ni el “diez” ni la “chaucha”. Y la pande:-eta sueia, pringosa, que estlraba la gitana madse, tem%!dm de erxl,ocionados sonidos, eada vez que una mocef!a, golpeaba s u barriga resquebrajada. M A S todavia, despu6s que 10s monos satisficieron su inquietud poSlada cle chilliGos, bailando un paso doble salt6n y descontrolado. El os0 miraka ahora idiotarnente con sus ojillos plomizos. Pateaba y movia la cahezota, atontado. -iY es celoso el diablo! -ri6 csn la ronca campana de sit garganta, el tio. Fccalmente, el oso, parecia sentirse pospuesto. Y g:-~I?~a, mostrando 10s dientes amarillcr;. La envidia reg~llabael ajetreo de s~ corazCn, e= tento 13s E Q ~ O S chillaban a1 ritmo loco de m nucuo h$e, :-emola~do !as tiras.


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--Vbonos.. .. - i d n u 6 mi padre. --Chitas con 10s monitos bien reputamadres .... -habl6 todavia el tio BernabC antes de retirarnos.

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Este que yo Ilamo tio, no era precisamente lamiliar nuestro: era un compaiiero de infancia de mi padre. Se habian criado juntos en el sur, por Parral hacia la costa, entre cerros, cuidando ovejas y cabras, a puro â&#x20AC;&#x153;ulpoi9y vicnto agrario casi. Pasados 10s veinte afios, las endilga-on a la capital, sin mas fortuna que su ilusi6n y sus manos. Pihora eran compadres. La primera hija del tio, habialos cornprometido eomo tales. Tenia a su cargo el tio la galeria en qve habit& bamos. Hacia en ella el aseo, eobraba 10s a-riendos, blanqueaba 10s cuai tos que se desocupaban. Maoia iambi6n el gkfiter, el carpintem, el albafiii, cada vez que alguna reparacih lo obligaba a deserrp5arse en alguna de estas actividades. Esto lo reaâ&#x20AC;&#x2DC;iizaba en las ho-â&#x20AC;&#x2122; ras que le dejaba libre su trabajo de rnaquinista. Era un hombre de un dinamismo fanlgstico. Tocarale o no servicio en la maiiana, a las cuatm m d i a de la madrugada estahs en pie. Ya 2 esta how se le ofa traquetear por Ja galeria, barsiendo, Ifmpiando, mientras disparateaba sanamente, segiin su costurnbre, o cania-


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ba alguna alieja canci6n picaresca, que m& tarde repetian las chiquillas de la vecindack ‘‘En BQIPO de Beracrnz, un dia se enranor6 de una Binda eatnrrita y a1 punto se declarb....”

Tenia hernia el ti0 Bernab6. Pero, jmaldito lo que le importaba tal anolmalidad! Era un individuo estupendo, incansa5le. A l m a vez que me levant6 m6s temprano que de costumbre, le vi yo venir del dep6sito de tranvias, portando dos tarros llenos de creolina, liquid0 con que desinfectaban 10s carros, y que 61 uti, lizaha para regar el piso de la galeria y de 10s escusados antes de barrer. -iEste chocolatito las tiene todas!.... - e x l a m a ba-. ibTata piojos pulgas y todo bicho inservible que Dios eche al mundo! iAsi es que no te descuidis cuando yo riegue! -le reconvenia a “El Sebote”--. iCuidate de la creolina, oye, Sebote, mira que cualquier dia te voy a ahogar?.... iJa, ja, ja!.... “El Sebote”, siempre indiferente, le respondia pelando 10s dientes, por deck algo: -iEchale no m&, viejito! iPa mi no hay & creolina que 10s “tiras’’!. .. -i8@enGS mal que lo reconoces! iEn algo tenfas que ser hombre! -iY p r qu6 voy a negal yo mi oficio, iiiol! iCada uno se rasca con sus u k s y le “pega” a lo que puee! --tsrts:nudeabs, cinica y rabmxdmente “El Sebote”.


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-iP=te luego, roto sinverguenza., antes que tâ&#x20AC;&#x2122;eche una reg6 con este chocolatito! iYa te dig0 que es buenazo para 10s bichos, hasta para 10s de t u calafia!.... iJa, ja, ja! .... Gozaba el tio viendo huir a1 delincuente, que se iba carcajeando, a1 trote, sin mido, como una sombra. Sus alpargatas parecian milagrosas, y le daban propiedad de manos de gat0 a sus plantas.

3 -Oiga, compadre -dijo el tio Bernabd a mi papi, antes que subidramos la escala-, ipor qu6 no deja a1 Enrique que me acompafie a la barraca?,... Tengo que comprar unas tahlas para arreglar el suelo de la pieza diez.... Esas condenadas de â&#x20AC;&#x153;chuscasâ&#x20AC;? dieron vuelta el brasero y quemaron las tablas .... Ahora andan como peste encima de mi para que les haga el arreglo.... Yo me entusiasmd. Me agradaba salir con el tio. Fuera de todas sus cualidades, era muy alegre y dicharachero. Hablaba por cien. Andaba riendo con quien encontraba en la calle. Decia requiebros a las niiias. Su gracia contagiaba a todo el mundo. -iDCjeme ir, papg! -rogud. -Te iba a llevar a1 Economato.... -respond% mi padre. Y o bien sabia que ir a1 Economato con mi padre en dia de pago significaba atiborrarme de galletas e %os secos con harina. sangre y la espermm.


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-i$u& hay Pelado Garcia, hombre?! -rib hacia arriba el tio. h a carcajada calva del compaiiero que acomodaba el letrero se qued6 cascm-do en lo alto, mientras nuest r o paso proseguia calle abajo. -jOye, 410!.... Alguien llamaba a mi tio. Era una cobradora que corria tras de nosotros. hos tranviarios acostumbraban t a m b i h a llamarse por el ntimero. -iOye, mira, 410!.... Mi tfo se hacia el leso. -iMkt, Perro, hombre! . AI tio io apodaban â&#x20AC;&#x153;El Perroâ&#x20AC;?, cordialmente, por razones que nunca conoci. -jOye, pues, Perro! .... -repiti6 la cobradora trotando tras de nosotros. Ahora, el tio se detuvo. --iCO~o buen Perro, t6, 410, no entendis cuando se te llama como la gente, jno?!... -brome6 la mujer, riendo, acezando. Mi ti0 se, ech6 la gorra hacia atr6s. -in% cazaste no m6s, Pachacha, oh!. -ronc6, escupiendo por una comisura. -jSf, pos, como te me arrancaste denantes, ahopa te segui!.... Se trataba de una suscripcibn para un compaiiero kanviario enfermo. E3 ti0 le alarg6 unas chauchas.


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-iGracias, oh!.... -exclam6 la cobradora, carcajeando-. j Per0 firma aqui, “caguirria”!.... El hombre firm6 con mucha dificultad la lista que la mujer le presentaba. En realidad, sabia firmar apenas. Pero, de verdad, esto era curioso. Sabiendo e m samente garabatear su nombre no era raro, oirlo, a veces, por las noches, leer a gran voz, el folleth “El vengador” que, en cuadernillos, le iban a dejar a su mujer, semanalmente. Era un cas0 muy singular. -iYa, niiia!.... -exclam6, devolviendo la lista a la mujer-. iPalabra que eres una fiata muy viva!.... -iLa viveza, con 10s perros -arguyS la cobradora- no est6 nunca demAs! .. El tio, ante la broma de la hembra, qued6se mir6ndola fijamente. Ella era media patuleca. -j iSabis que estb-rebonita, Pachacha?!.... -rid el hombre. -iVaya, Perro, iqueris hacerte pagar las chauchas que diste?! -repuso, bromista, ella. -iSi es de veras, Pachacha, oh!.... iJa, ja, ja! -jJa, ja, ja!.... La mujer se retiraba ya, sin dejar de reir. Tenia un enorme traste movible. palabra -iCarajo -rib todavia el ti0 Bema&, que se parece a la Perla Giiite (l)!.,.. (1) Se alude a Perla ‘(P’hiie,heroina de algunas cintas en serie que se proyectaro_n por 10s aiios en que se desarrollls la novela.


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Seguimos andando. En la esquina de la Panaderia â&#x20AC;&#x153;Chileâ&#x20AC;?, un grupo de obreros jugaba a las chapitas. La calle, arrugada, tenia una cara de vieja dolorida, con amarillentas canas de sol estriadas por la frente. Un carret6n pas6 brincando a nuestro lado. El , agudo extremo de una huasca silb6 sobre la cabeza del ti0. --;Desgraciado!.... -rugi6 61, volviendo el rostro. Por supuesto que el carretonero era amigo suyo. Mientras el vehiculo se alejaba, el conductor volteaba la huasca en el aire, a1 mismo tiempo que cantaba burlonamente. -jYa te echar6 el carro encima, badulaque!.... -le voce6 el maquinista. M&s a116 encontrahos a1 doctor Rivas. -iQu6 hubo, doctorcito?.... -le habl6 cordial y cariiiosamente el tio. - i Q d hay, Perro, hombre, ;c6mo te va?! iiEn que andas por estos lados?!...: -jMis lados son, pues, doctor!.... iVoy a la barraca, voy a comprar unas tablitas para unos arreglos!.... -iBueno, pues, hombre, que no pierdas la costumbre de trabajar! iY tus chiquillos c6mo est&n?.... iY tu mujer? .... E1 docter Rivas era m6dico del Dispensario del barrio. Y,m6s que doctor, era un amigo, verdadero camarada de la gente de todo el sector que le correspondia atender. Alegre, abierio de sentimiento, amho de comprensi6n, eordialislmo, el doctor Rivas era ixn


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teres son como pelo de verija ante 61!.... jQu6 doctor!.... Cerca de IAbertad, encontramos a1 Padre Carmelo. Sus largos pasos, competian con su braceo descontrolado. Traia, corn0 el nGdico, el consabido maletin colgando de la diestra. -iBuena cosa, Curita Carmelo, tan temprano, por la ehita, y ya dbndole el candeal de Dios a1 pobre!.... El tio Bernab6 bromeaba con el cwa, como con uno de sus mAs viejos camaradas. El cl6rigo no hacia mAs que reir. Reia con una enorme risa de Angel. Era grandote, desarmado, pAlido, de grandes ojos azules, serenos, bondadosos. -iSi, pues, hijo; para algo es que estamos en la tierra! .... iQu6 quiere usted!.... Mi tio andaba gritando en todas partes su ateismo. Hablaba con negras palabras acerca de 10s frailes. inlas, que diferente su actitud para con el Padre Garmelo, el sota cura de la parroquia! Se desbordaba ante 61 en una avalancha de bromas cordiales, bromas de compafiero, bromas livianas y sanas, bromas de prole. tario, que hacian reir muy de veras a1 buen cura. -iOiga, padrecito, yo, con 10s eailes, ni a misa, oiga! iPero, a lo mejor, cuando me muera, lo mando buscar a usted para confesarme!.... iL0 raro que seria, padre!.... iPero ga le digo, con 10s frailes, ni a misa!.... Y carcajeaba el tio. -;No espero otra cosa, no espero otra cosa que poderle dar el â&#x20AC;&#x153;candeal de Diosâ&#x20AC;?, como usted dice!.... iA su lado estar6, hijo, si llega la oportunidad!


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-Oiga, curita, i y qu6 es de ‘%a Parem4”? iNo ha sabido de ella? Habia picardia, un humorismo saludable en la insinuacih del tio. La gracia parecia brotarle hasta por 10s poros del rostro. Todo el barrio tenia conocimiento de cierto cam ocurrido a1 cura Carmelo con la vieja “Phreme”. Y el tio gozaba como un chiquillo, recordhndoselo. El cldigo, si, estaba cierto de la sanidad contenida en las palabras del maquinista, y respondia a ella, riendo transparentemente, con liviano intento bromista tambidn: -LRa Paremd, hijo?.... iAhi sigue recolectando di. nero para la parroquia!.... -i Pobre veterana!.... -iNadie es pobre, hijo, cuando, despuds de todo, lleva a Dios en el corazh, y la fe le anima a uno de existencia!.... --;De veras, padre!.... El tio Bernabh, de pronto, se habia puesto serio. Se despidii apresuradamente del cldrigo: -; Hasta lueguito, padre!. ... -iQue Dios lo bendiga, hijo!.... iHasta luego!.... -+e despidi6 61 tambidn acaricihdome la cabeza, y pashdome una medalla de aluminio.


CAPITULO TERCER0

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UE SE ACABAN las hallullas, que se acaban las hallullas, apiruuu ....rense, apfiuu....rense!.... j Quk se acaban las hallullas, apGuu....rense!.... Era el viejo de !os perros el que voceaba. Como toc?as las mafianas, venh gritando su mercancia, seguido del regimiento de perros y perras que poseia. Los alientos tornjbanse blancas volutas en el * aire helado. El viejo traia la nariz roja de frfo. U temblaba. Trotando. Trotando, seguido de sus animales. Los habia grandes y chicos. Blancos y manchados. Sarnosos y sanos. --i&uk se acaban las hallullas! iVengan, viejas; vengan cabras!.... iQue se acaban las hallullas!.... i Apirâ&#x20AC;&#x2122; uu ....rense!.... j ApGuu ....rense!....


Algunos carros retrasados, salian todavfa del depbsito, con el estrgpito ensordecedor de su ferreteria. Un-aseador de la via, corrici tras uno de ellos, con el t a r o de alguitrh casi a la rastra. El olor sabroso de las hallullas, se aferr6 a1 aire helado, al pasar el viejo con su canasto y su sequito canino. El otofio roia el corazrjn del suburbio. Los eucaliptus, entumecidos, choneando niebla condensada de sus hojas, tiritaban como gigantones paraliticos. -iEnrique!.... â&#x20AC;&#x2122; -i Ah! .... Antmieta bajaba la escala. --iOye, mira, espdrate!.... Me acornpa66 por Garcia Reyes. -Tengo una chaucha.... -me dijo-. Podria dArtela.... Era una muchacha grandota, de unos quince aiios, de trenzas, piceda de viruela, de gruesas piernas y pechos abundosos ya. Y o me acomodg 10s libros bajo el brazo. No le di importancia a la proposicih. --iPodria darte una chaucha! -repiti6 ella-. Podrias compsar un IApk y dos membrillos.... -agreg6, empefiada en picar su ambicirjn. Y lo consiguirj: -iD&mela, entonces!.... -le dije. -jBah, pero no vas a la escuela! iVas conmigo a otra parte! I

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-No! .... iY0 no hago la “chancha”!.... --$onto, te ganas una chaucha!.... -iY adonde vamos? -Despu&s ie dig0.... Toma la chaucha.... Recibi la moneda. Me detuve. -;iV[ira!. .. -sigui6 convencikndome ella-. En. volvemos 10s libros en estos diarios para que nadie se dd cuemta.... -Bueno, vamos..... Me habia decidido de improviso. --jI32blemos por aqui! 4 i j o ella, sin poder ocultar su akgria. k ‘ e s de echar 10s pasos por calle Andes, observ6 el verdegueo vivo de las plantas, colgadas hacia la calk desde 10s baleones del edificio donde viviamos. En la calle Cueto, las tapias verdegueaban tambikn, enternwidas de musgo. Un grueso d o r a tierra mojada hacia zrato el frio de la rnfiana que se adentraba par las narices. No csminamos mucho. -jEs aqui!.... -exclam6 de pmnto Antoniets. Y golpe6 una puerta bajita, humilde, resquebrzjada. Salic5 un muchacho en calzoncillos, de ojos capotudos, pestafieando ante el golpe de la luz. -iBah, til?.... Palabra, no crei que ibas a venis .... -i Tonto!.... Los ojos de ambos brillaban de extraiia felicidad. --Entra, pues .... iEstoy solo!

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Era un cuarto obscuro, pobrisimo, f6tido a antigiiedad, a ratones, a cuerpos mucho tiempo encamados. El muehacho atranc6 la puerta, y abraz6 a Antonieta, beshdole el cuello y mordi6ndole las orejas y 10s hbim. Luego, se di6 a palparle 10s pechos. La chiquilla gemia. -iTonto, no tan fuerte! iAy!.... --Acost6monos!.... -exclam6 roncamente 61. Pero ella repar6 en mi. --;D6jame, d6jame, que nos ve &e! .... -habl6, mostrindome. --i;Para qud lo trajiste, lesa!.... --;Tonto, ;,Crees que me iba a atrever a venir sola?!.... El muchacho fu6 hacia un gran caj6n apegado a1 tabique de sacos empapelados que dividia el cuartucbo. Sus pies descalzos sonaban en las iablas del piso como martillos algodonados. Abri6 el badl. -iWira, son todos libros -habl6--, te regdo 10s qne quieras!.... iBusca aqui! Me pareci6 increible aquello. â&#x20AC;&#x153;Librm, Ebrosâ&#x20AC;?. iNo seria un sueiio? Estaba emocionado. Me agach&.Tom6 algunos. Tenian un olor pro1und.o a vejez, a tiempo apercancado. --;Acost&monos ahora!.... --dijo, anhelosa y tiernamente el muchacho a Antonieta. Ella no se him repetir la insinuacibn. U ambos, abrazados, se perdieson tras el tabique.


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Luego, mientras encarbaba entre 10s libros, hoje6ndolos, tras la novedad de alguna l h i n a , habria de ok, aunque sin darle importancia, 10s gemidos con que la muchacha expresaba el gozo de las nuevas caricias. De pronto, mis ojos dieron con un titulo y un Rombre que e-an como mi esperanza de esos dias: â&#x20AC;&#x153;Corazhn â&#x20AC;?, Edniundo de h i c i s . -jDdme &te! iDdme dste! Habiame levantado, gritando jubiloso. Mas, mis regocijadas voces de solicitaci6n, cortiironse bajo la guillotina brutal del espect6culo que se present6 ante mis pupilas abismadas. Tras el tabique, atravesada en la cama miskima: Antonieta apretaba entre las piernas desnudas el cuerpo del muchacho, gimiendo como una bestezuela. Mi presencia inesperada 10s hizo levantarse, prestos. Ella cubri6se Apidamente, bajAndose las polleras. Pese a la sombra, le alcancg a ver la negrura crespa del pubis. -iCarajo, pa que trajiste a esta porqueria! -sit6 el muchacho, cubrihndose tambidn, mientras se me encaraba. -iCuidado, Tulio, no le vayas a pegar! -grit6 Antonieta, angustiada. El muchacho se rehizo. Y o teda unas inmensoo deseos de llorar. -iMira, mira! --exclam6 Tulio, ya sereno, alishdose la desgreiiada cabellera-. El libm es tuyo, ~ X Q , i h d a t e a1 patio!....

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Tulio estaba inquieto, avispado. Junt6 aper,as la pobretona puerta sin chapa. El desconcierto me rendia. No s6 quk pasaba por m t ]?To aguantk el llanto. E 9nconscientemente daba vueltas las pjginas del libro, sin ver en ellas otra cosa que signos y rayas brillantemente quebrados a trav6s de mis pestafias pobladas de lagrimones. Adentro, se oia una como precipitada lucha de respiraciones, que fud decreciendo poco a poco. Mi atencibn, despierta haeia lo que adentro sucedia, suponikndolo todo a traves del m6s ligero ruido, me hizo olvidar pronto el llanto. Mi tranquilidad se afirm6, cuando 30s anuncios de vida venidos de adentro repleg6ronse definitivarr,ente al silencio. Atendi ahora al patio. Habia alli mucho pLsto y tarros viejos, herrumbrosos, rnojados enteros por el rocio de la neblina. A1 otro lado del cierro de latas que se levantaba a1 fondo dei sitio, comemaron-a sentirse voces de hombres y vigorosos golpes de martillos sobre bigornias, Rbandon&el libro y fui a curiosear. Por entre las latas r'ez~nldaspod.ian observarse 10s vastos terrenos del otro lado, cubiertos de rieles amohados. Trabajaban alli varios hombres vestidos con sucios mamelucos, provistos de grandes combos, que volteaban sobre 10s yunques. RI&slejos, se alzaban 10s altos galpones del depjsito de tranvias. No pensaba nada ahora. Tenia frio. Estaba tranquilo. Y el abismo abierto en mi coraz6n habiase borrado. Creo que todo habria seguido ig'ual, tan sereno, si


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alguien, detr6s de mi no me hubiera interrogado de pronto rudamente: -i&u6 hacis aqui, cabro? Era una voz ronca. Violenta. Ante mi, un hombrecillo canoso, de rostro perdido tras la pelambre de muchos dias, vestido con un haraposo y grasiento overol, me miraba con ojillos crueles, escrutadores. Elabia entrado por una pequefia puerta ubicada en uno de 10s costados del patio. El viejo la habia dejado semiabierta, y s6lo ahora podia advertirla. --iQu6 hacis aqui, te digo? Estaba borracho ya, a tan temprana hora. Crispaba las manos, de secos dedos, callosos 57 negros. Se sac6 la gorra y la pate6 en el suelo. Y o no me atrevia a hablar. Temblaba solamente. Y el llanto aeudi6 otra vez a mis pestaiias. -iMe vas a contestar, mierda, me vas a contestar! Me agarr6 de 10s brazos, firmemente. U me zamarre6. Sus ojos parecian hundirme ufias en el sentimiento. -iVine con la Antonieta! --soIloc6. - j Q d chiquillo jodido! iQu6 Antonieta? .... -La Antonieta, la hija de la seiiora Rita, pues.... -i&u6 chiquillo de porqueria! Me solt6. Y copri6, bambole6ndose a1 cuarts. Lloroso, atemorizado, lo vi perderse psr la puerta de la pieza. No tard6 en comer tambidn hacia d16. -;Ah, trayendo mujeres aqui, trayendo mujeres,

ah!....


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Desde el umbral vi la escena. Antonieta lloraba, a medio vestir, aferrada a1 respaldo del catre, mientras el borracho, con fuerzas increibles, golpeaba a1 muchacho. -iViejo desgraciado! iViejo de mierda!.... -rugia Tulio bajo sus golpes, imposibilitado para defenderse. --;Veni aqui con mujeres, veni aqui con mujeres, carajo! Antonieta comenz6 a gemir como una perra: -iNo le pegue m&s,no le pegue mas, por favor!.... -exc!amaba. Se lanz6 de la cama. Y pretendi6 ir en su defensa. Peso, casi cae, enredada en 10s calzones a medio poner. El viejo la vi6, y abandonando a1 muchacho, que se derrumb6 al suelo, sangrante, aturdido, fu6 hacia ella. Y o hubiera huido. Mas, una fuena de bestia me pegaba las plantas a1 umbral. â&#x20AC;&#x153;Mamacitaâ&#x20AC;?, pensaba, temblando. La muchacha se defendi6 muy poco del borracho, que, sosteni6ndola por 10s brazos, le bes6 el rostro, repetidas veces, mordidndola, babehdola. Luego, ella habia tambidn de abrirle los gmesos muslos, vencida, gimoteando trdmulamente. Yo, sin poder moverine de la puerta, con 10s ojos desorbitados, intentaba inhtilmente gritar. El recuerdo de mi madre mordiame el cerebro. Hacia a t r h , m6s all6 del fondo del sitio, se oia el rudo golpe de 10s martillos sobre 10s yunques, como golpes profundos de vida. Y cuando pude bajar la vis-


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ta fatigada, cansada de contener tanta brutalidad, mis 15grimas gotearon pesadamente sobre la portada del deseado libro:“Coraz6n”. Y pens& “mam5”. Y pen& tambih: “Ang6lica”. Mientras 10s martillos golpeaban, y gdpeaban, y golpeaban. Y el otoflo crispaba 10s pucos, aterido.

2 -iNo vayas a decir nada, no vayas a decir nada! -me rogaha Antonieta. Tenia 10s ojos llorosos, y se aferraba a mi brazo. En una f5brica cercana habian campaneado recidn las once del dia. -iNo vas a decir nada, Enriquito, jcierto? Tenia la palabra angustiada, roja de IAgrimas, como sus ojos. -iNo! 4 i j e secamente. ?&e M f a todo lo que habl’a visto. Tenila miedo. Apretaba contra mi pecho el ligero envoltorio de mis libros, entre 10s que “Coraz5n” confundia su anciano cuerpo agitado de humanas palabras. El viejo, despugs de haber poseido a la muchacha, se hiKa domido hermctica-nente, y Tulio, el muchacho no tard6 en volver en si. -jAndate a1 tiro! -grit6 a Antonieta-. iSi el viejo te ve aqui otra vez nos rnata! jPuCha, y este cabro jodido que no avis6! Nos dej6 en la puerta. 5-La

- ~ ? g ry~ 1a esperanza.


La niebla todavia no se evadia de la tierra, y lo moj.aba todo con sus frias manos de cadAver. -iNo vas a deck nad.a, Enriquito, jcierto? .... -iNo, no!.... -repeti, molesto. -Mira, lo que haciamos no era nada de malo.... -me explie&-. iâ&#x201A;Źe'ro es mejor que no lo sepa nadie!.... -iSi no voy a decir, no voy a decir!.... -le chill&. S u majaderia parecia aumentar m i s temores. Me pesaba tremendamente haber hecho la cimarra. --Mira, Enriquito, lo que haciamos -seguia explicando ella-, no era nada malo. No era nada malo. jL0 hacen todas las mujeres con 10s hombres!.... Que me importaba a mi aquello. Lo cierto era que habia faltado a la escuela y el miedo me devoraba las visceras. Tenia ganas de orinar. - -iSu&ltame! -grit6 a la chiquilla-. jSu&xne! Cuando me senti libre de su mano, me allegu6 a una tapia derruida. Humearon contra 10s adobes 10s orines calientes. --;Eso no es nada de raro, mira, Enriquito! iTir tambien lo har6s cuando seas grande!.... --continu6 diciendo Antonieta, una vez que volvi a su lado. Y a no hablaba. No pensaba tampoco. Tem'a mucho si. El temor ers en m'i pecho como una ola de agudos dientes que se agrandaba, rnordiendo implacablemente. En la escala de la galeria, Antonieta todavfa, m e rogaba, Iloriqueante: -iNo digas nada, Enriquito, no digas nda!


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I______

Y me alarg6 otra chaucha. Yo se la rechacd. Me cnrabiaba ahora su actitud, Entrd sombrio a nuestro cuarto, invadido por una somlcira armada de pufiales que no cesaban de fintear en n i C G ; . ~ Z ~,?E. madre, que barria en ese instante, se qued6 observ5ndome. Y o no fui capaz de darle el mstm. Me delataba sin quererlo. Tmnquilamente, mi madre dej6 la escoba afirmada a los pies de un catre. Y se me acerc6. -i?or que faltaste a la escuela? -inquiri6 duramente. --iSi no he faltado, no!.... -habl6, temblando. --&A d6nde fuiste, Enrique?.... -sigui6 ella. -A la escuela, mam&.... -iNo mientas, Enrique! Vas a decirme todo. &A d6nde fuiste? Me enfurruiid. --iA la escuela, a la escuela! -ad&. Mi madre fud por la correa. --iEstuviste en la escuela, ah? iC6mo mandaon de la escuela a preguntar por ti? iAh? icontesta, Enrigue! - Y olo vi todo perdido. Sin embargo, estaba dispuero-' to a ser leal eon Antonieta.

....

+Me fuf al do! 4 j e . -iAh, ah! iY a qu6 fuiste?

-A jug= con otros cabros.... -JY c6mo negabas, condenado?


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-;TU0 sP! -le grit&,ensoberbecido, despuCs de haber ~ogrzc~o engai=iarla en paxyte. -iNo sabes, jah? :Toma, entonces, toma! iAprende, tondenado, toma!.... iAprende, aprende!.... Y o gritaba lo mismo que un cerdo entre ia vida y la mv.er.te. Mi madre acezaba, azo't&&xne. "or fin, desesperadv, tir6 la correa, y se Lorn6 la cabeza a dos rnanos. --Sefior, Seiio?, que5 chiquillo condenado! - d e cia con 10s ojos rnojaeos de rabia. y confusih-. iSeikr, nu4 chiquillo d-ste, Seiior! Habianme dolido tremendamente 10s azotes. Las piernas se me enroncharon, sangrando hajo ellos. Y aunque me que& la satisfacci6n de haber sido lea1 con Antonieta, senti clue definitivamente algo que ya no pertenecia a3 rnundo de mi infancia, comenzaba a animarme fwiosos perros de bruma. Hechos y conversaclones de !os mayores q u ~ p a r ami habian sido como cuchillos de muchos filos, asociados a no pocos recuer6os inolviciables, parecieron organizarse en aquel dia de ~ t o i i en ~ , q u e 13 niebla era la amiga intima de bs cosas, para aventurarme en un paso hacia una verdad que mi prezocidad ya requeria.


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taba, encogido, el trope1 de las bur€as, rugiendo como un animal para adentro. -iEl cimarrero!.... iJa, ja, ja! .... -iEl cimarrero!.... iPuchas, “hacer la chancha” por la chita!.... De pronto, descubri un medio de defensa: am, entre 10s regocijados muchachos, estaba el enclenque Sergio Llanos, con sus labios reventados en purulencias amarillas, con sus turnios ojos sanguinolentos, de p6rpados sin pestafias. En medio de Iw compafieros, se sentia segurc, fuerte y capaz de burlarse. Pero yo conocia su debilidad, como todos, y me dispuse a tomar desquite en 61, en la imposibilidad de imponenne a todos. -iiQuQ te reis tG, hijo ’e puta?!.... -grit&le en el colmo de la exasperaci6n-. iEijo ’e puta, igu6 te reis tii?!.... Todos callaron. El tembl6. Se rasc6 la cabeza. Las miradas estaban fijas en su rostro demudado. Parpade6 mucho. Eos compaderos espesaban que contestara. No dijo nada. Encogi6 10s hornbros. Se sob6 las manos, confundido. Pretend% retirarse del grupo. lMas, Io retuvieron: -iY agiiantai que te digan hijo ’e puta? --le hzb16 el Negro Rojas, animhdolo, para armar la pelea. Y o esper6. Deseaba ardienterncnte que dijera algo, para repetirle el insulto. No dijo nada, sin embargo. Ni una palabra. Sus lqbios purulentos ternblaban. Baj6 la vista. Se abri6 paso. Y evitando 10s encontrones


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con 10s muchachos en juego, se fu6 a sollozar a un rinc6n del gimnasio. -jCobarde! -lo apedredi con su grit0 el Negro Rojas. Los muchachos arremetieron de nuevo contra d. -i El cimamero!.... iEl cimarrerooo!.... -iQu& ustedes -1es rug& no han hecho nunca la cimarra, mierdas? .... El Chueco Avilb se encar6 a mi. Me agarr6 por las solapas: -iA mi no me venis a palabrear! .... iA mi no me digai mierda!.... Me zamarreaba. Mi aparente timidez, se apart6 para dar paso a una insolente reacci6n. Mi rebeldia se despoj6 de vacilaciones. La sangre me ascencEa a tomentes a1 rostro. -iTe dig0 mierda a ti y a quien se me ocurra! iEres una mierda, ya est6!.... El Chueco me apret6 contra la pared. Y me propin6 un “palmetazo” que pareci6 arrancarme todos 10s vellos de una mejilla. Casi se me saltaron las 16grimas. Levant4 una pierna y di con mi rodilla entre 10s mu’s10s de Avilds. -i Cresta!. ... -chill6 61, dolorosamente. Palideci6. Y agarrhdose alli, entre las piernas, se ech6 a1 suelo retorcidndose. Algunos de 10s que nos rodeaban, hugeron. Y “El Sapo”, por supuesto que tenia que h- a dar el sop10 a la Oficina. Si hubiera huido, no habria obtenido nada. Por otra parte, mi padre me


LA SANGRE Y ZA ESPERANZA

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yo, pero estaban en mi mismo curso, el Tercero A. Con periniso del director, nos habiamos quedado 10s del Tercero A J‘ 10s del Tercero B, para disp.;tar unos libros en una cornpetencia de “fiitbol”. Arbitraba el seEior Camona. Y la de suelazos y la de narices sangrantes, mientras eorria-mos tras de la pe€ota, era fant6stica. Los del Tevero A. necwit5hamos consoUaci6n para asegurar el triunfo. El griterio era infernal. El ripio del patio crujia bajo nuestras pisadas y “chutes” frustrados. Ya era tarde. El sol galcpaba sobre el poniente con las rojas crines a1 viento, tifiend0 de cobre la eabellera verde de un naranjo plantado junto a un corredot-. -jYa est6 bueno, ya est6 bueno!.... --grit6 el maestro. Pero el entusiasmo nuestro era demasiado. $OF el rostro dterado, el sudor nos c o d a c o n 0 sabbre lluvia. Era iniitil que el seiior Calmona tocar2 el silbato, y gritara. ---jOye, mira, Q~ilodr5a -me insint.6 por fir-. ;6cale la carnpana a estos condenados! Corria a cimm1i-c el mandato, acezando, cuando e l Chueco Avilgs, adeiantihdoseme, co!g&e casi del cord6n de la campana, y se pus0 a balancearla, arranchndole vigorosos e hirientes sonidos. -iYa est6 bueno, ya est6 bueno, mira, mira, ChueCO! .... iYa est6 bueno, hombre! Los jugadores habian suspendido el partido, y e s taban atentos a 10s gestos de Avil&, que, hadendo mu-


saraiias, no cesaba 6e tironear el cord6n. La campana se desgaiiitaba sonando. -iCbrtala, &tala, .... te digo, Avilb! FuB preciso que el seiior Carmona se precipitara hacia el Chueco para que 6ste soltara el cord6n. El tozudo huy6, entonces, a saltos. -iChitas, ifiior -grit6, de Ljos, riendo-, no se le vaya a gastar la campana!.... Brincaba como un mono, burl6ndose del profesor. De verdad, este Avil6s era un condenado. SU chiste habia dado sudta a las riendas de nuestras risotadas. El seEior Csrmona movi6 la cabeza, pacientemente, y no pudo contener tmpoco fas carcaiadas que animaron en su gasganta las frescas palabras del Chueco. -iEste Chueco -coment6, riendo todavia-, este Ghueco!.... Y se fur5 con su paso corto, moviendo la cabeza. Los pantalones parchados se le abolsaban en el traste. Sus zapatos torcidos eran como las grotescas r6bricas de su pobreza. Fuimos a1 pilhn a lavarnos. Habiamos ganadcr a 10s del otro curso, pero eilos no estaban para disputas esta vez, y se divertian junto a1 b a r d lleno de agua, lo mismo que si hubieran sido 10s vencedores. El Chueco Avi16s se arreglaba 10s faldones de la camisa que, en el juego, se le habian escapado de la pretina de 10s pantalones. --iPU&~ con el chute -carcaje6-, palabra que crei que me iba a pegar?


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--jMira, Quilo --me dijo gravemente el T u d o Llanos-, vsimonos juntos, quiero hablar contigo! Despuks de lavados, fuimos por 10s libros. La gorda que cuidaba el colegio ya nos estaba despidiendo. Salimos entre risotadas. S61o Llanos estaba preocupado. --;RconipQEiame hasta San PabIo! -me rog6. Era tarde. Y o no habia tomado once. Pero me decidi a acompaiiarlo. Los otros muchachos se repartieron en diferentes direcciones. --;Chidado con el Turnio -me reconvino Aviles-, ic puede arnarrar con una iiata! --;&uB jodidos son, por la miechica! -me dijo amarg:.mente L~ZUIOS-.iQuP jodidos son! iQu6 culpa tengo go que mi mamsi tenga c a s de putas! Era de eso que te queria hablar .... Yo, exactamente no comprendia aGn la hnci6n de las prostitratas. Mas, de pronto, despu6s del aeonteeimiento del dia anterior, muchas cosas empezaban a aclar6rserne en el cerebro, sin entenderlas, propiamente. A prop6sito de lo ocurriclo, mi conocimiento estaba ya dotado de un punto de referencia a1 cual allegar todo lo difuso y que mi intuici6n sospechara ligado ab problema que, desde hacia poco, plante6baseme en el fondo de1 esplritu. Tenia la impresi6n de estar dominando un extra50 y revuelto mundo recikn creado por la vida en 10s estratos de mi destino. -iC6mo, case de putas? .... 4ndagu4, asombrado, a pesar de todo.


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--No te haga.; el leso, Qui10.... --me dijo Llanos, con vaz arnarga. --Cierto .... No si. .... -asegur& --;Casa donde 10s hombres se van a aeostar con 1% rnujeres, oooh!.... Y o record& ‘‘Tulio, Antonieta”. Me qued6 pensativo. Luego, hakl6 apenas: -iAhl --Yo no tengo la culpa que mi mar& sea asi.... --eontinu6 Sergio-. En algo tiene que ganar.... Ese es trabajo tamFGn, se jede harto .... Tiene que amanecere.... Est&barnosya en San Pab4o. Po.. Bulnes, hacia el sur, pululaban hombres, chiquillos, guardianes. Los perros andaban por todos lados, olisqueando. La curiosidad me lleu6 hasta 1-7 puerta de la casa de Sergio. Era una casa siirdida. De altos. Kedionda a jab6n barato y a ratones. La rnujer que habia en la puerta, ulia gordota pintarrajeada, me dijo unas cuan+rc, cosas. Y e acaricicj ia barbilla. Y le rnordicj el. cogote a Llanos, riendo. Ea la calle habia mu.chi?s Ditos. Llovfa mucha alegria. Pero yo me despedi de Llanos con el coraz6n m8s brumoso que el fonde rnismo de la calle, perdido en el atardecer violBceo. -jTe queria decir quc no m.e jodieras m6s per esto!.. ---habian sido las iiitirnas palabras de Sergio Mi silencio habia aprobado su ruego. De 10s salones de billares y restormtes ari-ancnlsan


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impreeaeiones, griifiidos de bomachos y voces chirriantes de fon6grafos. Mi madre habia salido cuando llegu6 a la casa. F,!ena no hahia trabajado sobretiempo esa tarde, de 1~10do que se enconhaba en el cuarto. Hacia eallar en ese instante a Mwtina, mi otra hermana, a quien habian traido recii-n de casa de mi abuela. Desde el departaimenlo vecino venia la VQZ potente del tio Wernah6, que llamaba a todo grito a una de sus chiquillas: --iMarita, Maritaaa!.... Sb10 czando bajaba, despugs de tornar once, haciendo sonar con los pies la; tablas sueltas de la escala, displicente y mascando todavia ’Ltn trozo de pan, vi subir a Mara, con 10s “chapes” amarrados debajo de la barhilla, entonando el “Fado 31” con la garganta, mientras chupaba unas pastillas. AI pasar, me di6 una manotada. En represalia, le propink un encontr6n qua la hizo trastabillar. Me mont6 en la baranda de la escala, y me lanc6 hasta abajo C Q ~ Opor un deslizador. Ella, desde arriba, se levant6 10s vestidos, mostrhdome el traste, despreciativa. Generalmente, andaba sin calzones. -iToma, tonto, Lorna!.... -w-e grit& Y me him una “tamafk”. La luz de la gaieria, colgada cerca de la escala, recort6, por Gltimo, su figura pequeiia, esmirriada. Ls. chiquillerfa, en la calle, apisonaba hacia el ciel o el aire, con la planla de sus gritos. Comiendo por


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TS

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Garcia Reyes, en competencias en que participaban magas de chiquillos, con las frentes y las manos envueltas en pafiuelos, imitando a. 10s campeones pedestres, olvi26 de veras mis brumas. La noche coce6 luego a la vera de nuestros juegos. Se encendieron 10s focos de San Pablo y del dep6sito tranviario. La calk Andes comenz6 a pestaiiear por 10s ojillos de pulga que, a su largo, semejaban 10s faroles de gas. Alli donde la obscuridad animaba sus perros, se alzaba la lumbre potente de nuestros gritos y chiIlidos. Desde el conventillo del “GuaMn San Juan” ven!an, brincando, las voces agudas de unas chiquillas: “;Que se abran !as puertas,

que se abran las puertas, a1 rey de 10s Borbones!”

Llegaban ya 10s carros del servicio de “ahorrado”

(1). De pronto, el cruce de calles, se alumbr6 con resdandores de fiesta. Rugian y rechinaban las ruedas las curvas sin alquitranar. Habia “tacos”. Blasfemias. Gruesas voces de maquinistas. Campanilleos. Los Pi;$adores, negros de tierra y aceite, se trepaban coma an

::)

E2 t&x-rninostranvbios, de acuerdo con 10s horarios de servicio, designribase (0 desf,gnase) de “corta” a !a jornad2 de trabsjo comprendids m6s o menos entre media maBana y el atardecer; y de “larga”. la aue, iniciada en la madrugada se interrumpia a media mafiana, para reiciciarse al atardecer g terminar de.9 a 10 de la noche o alrededor de la 1 de la madrugada. segtin el servicio fuera de a .vrado” o de “g~3ardia’’. CL”1.


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gatos a 10s uehiculos. Nosotros, tras ellos, nos colghbamos en raciwLosde las pisaderas. Otros, nos metiatnos a1 interior de 10s carros a recolectar boletos usados, que, despues jugAbamos, al “hachita y cuarta”. LOS aseadores no descansaban, en su tarea de limpieza, lesantando el piso de’ 10s pasillos y manipuleando can las escobillas aceitosas en 10s rnotores. Las cobradoras nos espantaban inljtilmente: -iZafen, mikhieas, palomillas del diablo!.... -iP’abajo, chiquillos jodidos!.... Lanzaban puntapids a grand. -iLArguense, “lavillas”, despub les cortan las patas!.... -chillaba una veterana con un lunar peludo en la n a r k -iSQquese la araiia de las iiatas, iiiora, s e d n i b mejor!.... --le grit6 uno de bs nuestros, entre el tumulto de risas y de burlas. Era esa hora en que la garganta infantil, se hace estrecha para soportar el impetuoso paso de las voces y 10s gritos. Se irenzaban apuestas a quien se iarmba cuando el tranvia se deslizaba a mayor velocidad. -iEa -gritaha Lisandio, un @ompzr?erode la escuela-, @a15 que 10s carros le echasan con el nueve, pa ganarlos!.... A la hora de guardarse, 10s carros estaban irnposibilitaclos para desarrollar su velocidad mhxima, debido a la demora de 10s cambios de vfa, en 10s portones de entrada.


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-i3ah, pero la gracia es tirarse p’atrAs! -iSlhitas, hasta quier, no se tira p’atr&s! -repliqug, provocativo. 2% largu8. Pero, a pes- de mi experiencia para descender so5r.e 13 n x x h a , n e ellred6 en las piernas. Mabiame soZtado desde una cl.e las pisaderas delanteras. -i@uidado, que te apiasta!.... iQu6 te aplasta!.... --gritaron a cor0 mis compafieros. Se lanzaron a un tiempo, y corrieron hacia mi. Estaba arrollado en el suelo. laor poco no m e eoje un brazo una de las ruedas. El coraz6n parecia escapiir- ’ seme. . --iPuchas, %alibradiia, Enrique, O O O ~.... ! iLa libradita!.. .. -;iFiay que ver, de otra asi no librai, oooh! “lo rei, Gvido, acnso con risa de calavere. Me levertaba, cuando vi a mi padre. Habia asistido a toda 3a escena. No SS c6mo no lo adverti en el momento de entrar a guardar su carro. Era Taro. Distinguia perfectamente, entre todos, su particular manera de campanear. -iTe tengo mandado que no te pesques de 10s carros, carajo! ‘Ile levant& HaSia expectaci6n entre 10s chiquillos. -iSi, pap&!.... -j;,Por gu6 no me obedeces, Enrique, caramba!..., Movici la cabcza, enr37oiado. Y me lanz6 un palmetwo.


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3 Y o estaba acost6ndome cuando lleg6 la seiiora Lucha, la mujer del tio. Era una hembra que hablaba sin cesar, muequeando y gesticulando exageradamente. Y o le tenia aversih, porque en una oportunidad me habia quitado una alcancia de yeso con unas cuantas monedas. Delante de mi madre, neg6 con todo cinismo: "C6mo se le ocurre, Laura, que yo le voy a quitar una cosa a un inocente". Esta vez, venia a contar un episodio de una de las peliculas en serie que rodaban por esos dias en e! Coliseo de 10s Tranviarios. Mi mam6, manifiestarnente molesta, se vi6 obligada a oirla, mintiendo inter&, misitras mi hermana, indiferente, aplan&ah-? unas caniisas en un extremo de la mesa. -;Ysi ust6 viera, Laura, si use6 viera a la Perla Giiite! iSi ust6 la viera, Laura, qu6 niiia trabajar mej or! EIara, una de las chiquillas, lleg6 chup6ndose un de6o. -iiMamacita -se ytlej5-, c! Pancho me tiraba las neehas! ??I lZanto parecia haber equivocado ruta, descolgindosele ahora por las nzices. --.;Que chiquillos jodidos! -exclam6 la sefiora T ,-:cha.-. j QuP chiquillos jodidos!.... ,"igaur6 violentamente de un brazo a la mocosa gims:cante, y la arrastr6, dAndole de coscorrones. Los ber_ldos de Ia chica se dieron por largo rato de cabe-


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zadas cortra las paredes hias y desconchadas de la galeria. - i&& felicidad! -suspir6 mi mam& En uno de 10s cuartos interiores alguien guitarreaba una tonada. Un trope1 de pasos comenz6 a hacer crujir dolorosamente la escala. Una voz ronca, voz no cultivada de bajo, exclamaba: - que s d o Cristo es nuestra salvaei6n. ;Oh, Seiior, bendicenos, SeEior: que tu s a n s e , Seiior, lave nuestros pecados, Iieiior! iAmkn!.... -jAleluya! j iAlehya!! i j iAleluya!!! --respondia el grupo a1 pasar frente a nuestra puerta. -;Gloria a Dios! ;iGloria a Dios!! iiGloria a Dios!!! Erm 10s evangblicos de la pieza siete. ‘6$nnb&jad,trnbajd, ~ ~ de ~o : ~ i segwiremos Fa smda qnc CY Mae.& e2z6....” s

.~

~ ~

S3eswticulad0, pero no exento de una trkmula emmon, e3 canto se paseaba por el aire ahumado de la galerh. . I

‘%emwando las Puerzas qne El mime EIQS da: el caehcs que lPGS t q u e CEImB?%h SC&

-jQd

....”’

el Se5or sea con nosotros! jHemmos, her-

manaa! -jAleluya!

i j Aleluya!!

j j iAlehya!!! --r;e

0y6 a-Cm,

~


. .

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Y o me imaginaba 10s rostros compmjidos de 10s “liermanos”, Suscando asiento en el euarto para oir por ?a garganta anciana del que hacia de Pastor, la “cAlida. palabra cJel Seiior”. Aquel grupo era como UTI ramaje estirado hacia nuest-ra galeria - de no sh qu6 secta evangdica. Ahora 10s hpmanos venian, seguramente, de alguna reuni6n pirblica. Una vez por semana, salian en misi6a evangelizadora. Este d.ia, las esquinas, desde el atardecer hasta !as diez 2~ ia rioche, se encendian con !a “palabra de Dios”, tmnsF.,itic’,a d suburbio a t r a v b de la voz apa. sionada 5 7 teriblorosa de al&n protestante: -;Que el fin del. mundo se acerca!.... i S a l I d vuestra ~hri2,hermanos, sdva2 vuestra a h a ! .... iVenld a jQue Cristo e5 Dios g pan d? Dios, venid a Cristo! salvaciin!.... T-132 v a g a b u n h , 10s yapaces tirillentos, las mujeres abizmadas, sentian latir su coraz6n a1 tremolo tibio de !as palabras. Pero, no €altaban los que rieran, despreciativos, irbnicos, o el hrracho que dijera a la hembra que tenia a su lado: -iNo vis, mihijita! ; Y o tambih soy cristiano, soy pan de salvaci6n! jVam0 ’acostalos, mi perrita! Besuqueaba a la muj& y la arrastraba hacia el interior cle un conventillo. -iSalvad vuestra alma, hermanos, ‘salvab vuestra alma! iCristo limpia de pecado! iCristo, Pastur Eterno, espera a sus corcieros!


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-iDice bien -podia exclamar un chasc6n revolucionaris--, dice bien! iCorderos, carajo, no somos n 6 s que corderas! iOjal6 que nos trasquilara Cristo, no m6s! iCuentos, caramba, cuentos, s610 el. capital trasquila a 10s trabajoclores! SI se iba, refunfufiando, masticando casi el pucho de cigarrillo pegado a sus labios amargos. -jOs esperamos, hermanos, os esperamos, venid a Cristo, hermanos!.... Las estrellas, arriba, las tibias estrellas otofiales, oteanclo a trav6s de la bruma liviana, abrian 10s ojillos, 10 misrno que liehres acorraladas. La noche hacia sonar sus C ~ S C O S de sombra. U 10s hemanos, cantando, estaban luego de regreso: ‘Tecador, verl al duke Jessits, y feliu para siempre ser&s, que s e g h le quisiems tener, a1 Xbifmo Pastor hallarss....”

-;Gloria a Dios! iiGloria a Dios!! iiiGloria a Dios!!! La fe era en sus corazones como una seda naci6a de 10s mAs tersos capullos o podia ser tamh:’yen como un pu50 firme desafiando a la maldad. -i Canutos, canutos malditos! -ru_rnoreaba almien a sus espaldas-. iCanutos farsantes! Per0 ellos no oian. La 16gica de una lucha en que tedan puesto todo su coraz6n y toda su conciencia, 10s

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hacia ecteros. Cumplian con una funcibn en h vida: iluchaban. Y en su lucha inctil, eran felices. â&#x20AC;&#x2DC;Ten a El, pecador, c,r;e te espera i z a bnen Salvadm,... Ven a El. pecador, que te espera tu bum Salvador....*

4 -iNo, no es posible, sacrflegos! iNo es posible! iUstedes mienten, bandidos, ustedes traicionan a Dios! Encogido bajo 10s cobertores de mi lecho, oia yo 10s gritos histericos de R t a , la rnadre de Antonieta: -Ustedes, canutos, mienten, mienten .... Cristo tiene su iglesia, y es la iglesia eat6lica.... iNo m&s, no mielltan mAs, por _Favor, salvajes!.... Ella era sola con su hija Antonieta. Ocupaba tambikn una de las piezas interiores. El marido la habia abandonado. Se decia que la beatitud enfermiza de la mufer, termin6 por abwrirlo, sblipAndob a huir del hogar. Era un buen hombre. Seg6.n 10s cornentarios, de lejos, consciente de su responsabilidad familiar, ayudaba siempre a la esposa. Rita se pasaba la mayor parte de sus horas en la iglesia. §e la veia sahir por las maiianas, a comulgar, pslida, ojerosa, l e n h y grave, bajo su gran w m t o necgo. En las paredes de su cuarto, colgaban consolas de todos tama5os. Y sobre ellas, 10s santos de yeso, extenuaban sus dias, condenados a1 ahogo con la esencia de las flores y el olor seco de Ias


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Los gritos de la beata, heron perdidndose a1 fondo de la galeria. Los evangdlicos como si nada hubieran oido, depositaban toda Zu fe, como en una alcancia musical, en 10s vyrsos del himno: â&#x20AC;&#x2DC;%mea 10s hombres cant&, mnca 1 1 Rngeles ~ ~ de luz, m6s duke nota entonanin cpc el nombre de Jeslis....â&#x20AC;?

En la calle, un borracho alzaba 10s dedos protuberantes de unas palabrotas obscuras, hediondas. La noche se llenaba de traqueteos tranviarios.


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N ESTA MADRUGADA no son6 la sirena del dep6sito tranviario. Eran ya las oeho. U el silencio parecia haberse constituido soberano del dia. Era la fiesta del trabajo. Y habia â&#x20AC;&#x2DC;Jparo generalâ&#x20AC;?. Apenas scnaron un rat0 :as campanas de Andacollo. En la galeria habia ya movimiento. Los t r a n v h rios salian y se iban a charlar alegremente junto a la puerta principal del dep6sito. Estaba nublado. Pero un viento de regocijo soplaba en las miradas de 10s hornb e s . Ea brurna transitaba por las calles con sus leves pies de rocio. Mas, 10s corazones parecian desgranarse en c6lidas espigas de felicidad. -iDame un cuello limpio! -pidi6 mi padre a mi mam5. I


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Y o tomaba mi “ulpo”, mientras leia en un t w o que habia sobre la mesa: “Avena machacada “Gavilla” M d o de m a . Sopa de avena. Porridge”. Era un tarro en que 10s colores chilenos jugabain un papel de vivo predominjo. Antes habia contenido quaker. Ahora se desempeiiaba como azucarero. -Tengo que hablar en el mitin.... --dijo mi padre, mientras se ajustaba el cuello. Tenia el rostro prolijamente rasurado. Y el vag0 azul del cutis, despuds de la afeitada, lo hacia evidentemente distinguido. -iSabe que est5 buen rnozo mi viejo? -brom& mi madre, pellizc6ndole la nariz a1 hombre. -iPara ti quisiera estarlo siempre, vieja! -exclam6 61, carifiosamente. iViejita estarh, pero atin mereces que se te conquiste! -agregb-. iY si alguien ha de conquistarte, que sea este pobre maquinista! Reia, bromeando, mi padre. Zamarre6 tiernamente a PU mujer, rogihdo!a por 10s hombros y la bes6 en la €rente. Poseia unos dientes blanquisimos, robustos, muy distintos a 10s de mi madre, cuyos reparos de or0 comenzaban ya a desprenderse. -Est5 humilde el joven....-repus0 ella, con un poco de sana ironia, sin dejar de reir. Me agradaba profunclarnente ver a mi padre entregando en simples y espont5neos gestos su mundo tierno a la mujer de su vida. Hubiera sido feliz contempl6ndole rest-egar su rostro curtido de hombre contra el sen0 de su compaiiera. icon qu6 deliciosa frui-


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ci6n yo realicd esto, como hijo, en m6.s de u ~ l abella oportunidad, mientras mi madre enredaba sus dedos filiales en mis cabellos, acaricibdome! E'ueron 6stas como pequefias libertades de hombre en existencia de nifio, libertades que me eran como rescoldos de felicidad, per0 que tuve que reprimir despuds de la brutal escena del cuarto de la calle Cueto. Gumplirlas despuhs de aqudilo, y despuds de tantas otras revelaciones, acaso hubiera sido infame. Replegado a una retracci6n en que el temor movia sus m& rojos nervios, se explica, entonces, la felicidad que hubiera asistido a mi espiritu, viendo a mi padre en desprend-imiento de ternura sobre 10s pechos de su mujer. Aparthdome la vida a tan temprana edad de la blandura del sen0 materno, mi ansia crisp6base intima y secretamente, oteando ya cualquiera ajeno nido en que la suavidad carnal de una hembra, dispusiera a mi impulso el misterio de sus calores. Era, acaso, simple ansia de espiritu. Pero, en todo caso, movida por la energia h i c a y sutil de un instinto con ojos avisores, con pies ligeros, y con alas prontas a 10s vuelos altos. -Es cierto, vieja, es dierto -habl6 seriamente mt padre- para la vista, cualquiera.... iOyes, Laura?, cualquiera.... Pero, para el corazh, y para todo lo que de sinceridad llevo adentro, tG, vieja, til y no otra.... Estaba emocionado el hombre. Su mirada era viva. Honda. Delalora de sus m& escondidas verdades. Mi padre era en aquel instante lo mismo que un 6r-


-:Si no es para tanto, viejo, si no es para tanid --clijo ella. La mujer pareci,; ramnar sobre su inconsciente torpeza. Mi padre s? alteraba por cualquier-a d u s i h m6s o menos brrr-kna que se hiciera a su actuaci6n POlitica. PejG ,ol can la mujer, y fu6 hacia 61. -iEeja! jDeja!.... -refunffuFi;-6 mi padre, manoteacdo. Mas, pecTiti6 cye la esposa temninara de anudarle la corht9. Zn el fondo, es rnsil.de que su dis,ssto, esta vez, sc debiera s6lo a! tono de sardonia con 'que mi madw repuso a sus declaraciones de sincero carifio. F! gesto d.e la inuje, Tie se dedicaba con m u c h atenritn a terminar de an&ar!e a]. cucllo l a einta- ncgra, Ilenaron, de pronto el vacio que en su amor prop : ~>.icieron , sus manifestaciones secientes. --iTJiejo dosto! .... --reia elhi, pal-riotecindole e?. rot+ tro du?ce~mnt-.-. i Armneci5 delicado el cahdh-o, jno ?!.. .. El no dijo nada. LimiMse a ocupar su lugar jim7 to a la mesa. U s: kundi6 en no s6 qu6 pmsamientos mientras nli madre le servla el caf.6. Tom6 a g;-andec, sorbos el liquido. No PP comi6 las tostadas. ยงe levant6 luego, y se di6 a pasearse p r el cuarto, concentrado, perdido en si mismo. Repasaba, seguramente, el discurso que tendria que pronunciar en la reuni6n de m5.s tai-de. Elena se lavaba ruidosamente. Mojaba e! m6mol del peinador. Y !mzaha el agua a t ~ d a sPP&E?E.

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NICOMEDES GUZMAN

--jC6rtalaJ pato! ---le grit6, alziindome de la mesa. Me gozaba, a veces, molesttindola. Ella levant6 la eabeza. -iYa va a empezar Dios!--exclam6 cogiendo una toalla-. iN0 puedies estar sin habhr, Enrique, pergenio del demonio! Estaba mug bella, luminosamente sugestiva, con el rostro rnojado, perlado de grandes gotas de agua que le reptaban por la bruna piel, aunhndose unas a otras, basta destilarle por la barbilla. El pel0 negrisimo le era corn0 un marc0 de estrellada noche, Iimitands el 6valo de su rostro tostado. Poseia unos islmensos ojos caEs, ahendradss, exbticos, ciilidos de extraiia y marmillosa IW.

Estuve a punto de decirle una impertinencia. Per0 me enmudeci6 la Clara belleza que s610 en aquel instante descubria en mi hennana. Tenia los labios brillantes de humedad. Y su enagua, cuidadosamente parehada sobre 10s pequefios y firrnes pechos, no amagaba en absoluto el encanto que secikn me sorprendia. Dig0 que la voz se me cort6 en la gargania, Ella me mir6 raramente, ruborizhndose. Volvi6 la espalda. Y SP dedic6 a secarse, anudhdose ligeramente el pelo en la nuca pare que no le molestara. Mi padre pronunciaba en tanto, palabras ininteligibles. Grispaba 10s pu50s. Gesticulaba. Me sued6 pestafieando. No si? qu6 pensaba. &.cia sonar la lengua, baticindola contra el paladar. Me sentia asOiYb1TdQmuy de veras, hasta de mi propia actitud.


si tosiera. Dejsron tras de si, un terrible olor a c x ~ c e o , a licor vinagre. -i PapB! iPaps!. .. -i$ud te pasa, hombre, qu6 te pasa? -Hay huelga, hay huelga otra vez... --;Qu4 huelga, hombre, si es el dia del trabajo! iNo te lo dijeron en la escuela? i,Por que Crees que tienes asueto hoy ? .. -iEl profesor habl6 de unos muertos!... -iEso es, de unos muertos en Chicago!..: jA1go que til debes conocer! iYa. te hablark despugs! -Mtiro, pap6.... Me entusiasm6 la idea de oir habIar al hombre. r u d e habev conseguido que me explicara algo acerea de 10s huelguistas de Chicago. Mas, asom6 la cabeza a1 cuarto el tio Eernab6. -iYa, cempadre, cs la hora! ~V~XTIOS saliendo! iNo se nos vaya a hacer tarde? Mi padre se pus0 la gorra. Nos b e d a todos. U salib. Afuera esperaban dos chiquillos, Rolando y Gorky, hijos del tio, acompafiados de Mars, su otra herrnana. Estaban muy acicalados. Con 10s viejos zapatos prolijamente lustrados. Uno de ellos sostenia una vara de coligiie en cuyo exirerno una banderola roja aecia:

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NICOMEDES G U Z W

-jC6mo la M a a va, y el Rola, y el Gorky!... -iNo vas, Enrique, no vas! Mi madre me tirme6 de ern brazo, mastrcindome a1 interior de la pieza, a pesar de mis resistencias y gritos. -iLl&veme, papacito, Ilkveme!--exigia. Patale6 un poco, ardido de impotencia. Per0 luego me resign& U con 10s ojos llenos de lcigrimas a h , sali a1 balch, para presenciar la columna tranviaria, que marchaba a1 mitin de la Alameda. Algunos hombres Uevaban banderas y banderolas rojas. Y cantaban a voz en cuello:

Sus pisadas, en las breves pausas de8 canto, danse crujientes, corn0 rnordeduras sobre el ripio. De 10s balcones y de todas las puertas asom6banse 10s curiosos a observar. El tejado de la casa de enfrente, estaba invadido de chiquillos, que aguaitaban, apoyahdo el pec5zo en la cornisa, gritando jubilosos. Masta dos de las â&#x20AC;&#x153;sei50irifasâ&#x20AC;? se asomaban a una de las ventanas, con el pel0 recogido, en Ez&+ de Icvantmse.


Y aunque todos volvian a1 interior de las riviendas, yo me qued6 en el baIc6n hasta que las ~ l t i m a smujeres se perc!ieron e n la calle Martinez de Rczas. A h podia oirse el cants de 10s hombres: “A1 niido del eaii6G obreros, contestad, unihn, unibn, hash obtener, cl tdwnfo de la pm-”

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El primer0 de Mayo era un gran acontecimiento. Y habia que ce!ebrado. Este, si mal no recuerdo, era imo de 10s dim del afio en que mi madre hacia empanadas fritas. Y ahora no iba a romper la tradici6n. Asi, mucho antes de la hora de almuerzo ya estaba d6ndole erabajo a Ias manos con el amasijo. m --1u mam6 est5 guatona ... Va a tener un chi+.$!lo . . . h abiame dicho hacia poco rat0 Engenio, el sobrino del almacenero. Esto IG habia pronunciado con una picardia que me exasperti. Era mAs grande que YO. Pero intent6 castigarlo. Compendia ligeramente lo que me quiso significar. Mas, me heria que lo dijera con el tono esthpido de chanza y burla con que lo hizo. -IXjate, leso, no peliemos, oaoh!... Es daro que si t u mamA hace “cosa” con tu pap& tiem que tener p a gua...


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Le mandC un golpe a1 pecho. Estaba rabioso. -iChiquillo de rnidchica!.... i&ud te importa mi mamh!... Eugenio, sin poder contener la risa, me sujetaba las manos. -Pero, claro, tiene que tener guagua ...- seguia burEndose. Y o trataba de desasiime de sus manos gue eran incomparablemente m6s fuertes que las mias. -iSubltame, mierda!... iTe voy a joder las gatas!... -10 amenacd sin lograr dar satisfaccih a mis deseos. Me solt6 de pronto, y huy6, refugiAndose tras el mostrador del negocio. Me vengud, cogiendo un pufiado de maiz de un saco, y lanziindoselo a plena cara. Su risa muri6 en un pestafieo Ioco que me hizo sentirme feliz. Sali del negocio corriendo, sin poder ocultar mi alegia. Tras de mi, cuando arrancaba gozoso a mi cuarto, quedaron aleteando ias voces enconadas de su tio: -iCondaado, condenado! iVenir a joder aqui, condenado! AguantC e! acezar de mi pecho, a1 acerearme n mi madre. Ella me not6 algo raro, sin duda, porque estuvo observdndome largo rato. Tenia, ademAs, una intuici6n extraordinaria, y era dificil lograr engafiarla. -Ago hiciste por ahf, mira, Enrique ... -No, nada ...- habld yo, relamibndome como un gato, para disimular.


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â&#x20AC;&#x2122;

NICONEDES GUZ!&W

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-Van a creerte a ti, si eres de ios santos...-hinu6, apenas, ella. Sin einloargo, la.cosa no pas6 de alK. Y mientras mi m a d amasaba, yo no cesaba de observarla. Efectivamente, su vientre estaba demasiado levantado. Pestafieando y pensando, me parecii sentir de irnproviso que toda la bruma del dia pesaba en mi coraz6h. Estuve largo rat0 meditativo. Me ensirnismaba, fijando 10s ojos en 10s movimientos de mi madre, sin verlos. Tuve deseos de ir a tocar y apretar el vientre de la mujer, tocar y apretar alli. donde un bemano rnfo se encontraba araiiando de la nada hacia la vida. Sentir a travgs de m i s manos su lento caminar sin pasos hacia esta estancia de luz y de grandiosa pelea. Pero no. Sali. Me encontsaba atontado. --Mira, toma ... Venia a dejarte est0...- me hab36 carii7osamente Antonieta a1 salir, y me pas6 un soldads de plomo. Creo que le tuve odio en aquel instaate a la mudacha. Mas, le recibi el obsequio. Tuve la impresi6n de que, mediante el regalo, pretendia conseguir afgo de mi. No fu6 asi, sin embargo. Me acarici6 la nuca. Y yo senti su 0 1 ~ rde muehacha madura. Era â&#x201A;Źea, es cierto. Pero yo no vi su fealdad en aquel instante, mi vi su mstro hollado por la peste. Me atrajo su olor. Y su mirada me pareci6 tierna. Me fur5 difieil admitir en ese instante que ella pudiera soportar encima el c u e r p de un hombre. Era inereible. Pero era la verdad.


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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-Te traerd otros soldados, despu6s...-m e habl6 levemente. Y Oera su cGmplice. Una especie de amante Indirecto en parte. Ella me trataba como seguramente, a veces, &ataria a su verdadero amante, con palabras &lidas, lentas, que nada decian de sus defectos. Lo que si que a su verdadero arnante, no eran soldados 10s que le daba. -No cuentes n-mca eso.,. No es nada malo...-me dijo antes de dejarme, rnuy despacio. Me aprct6 un brazo, y se fud. Bajaba la escala, cuando me alcanz6 Armando, un rnechico joven de la Compafiia, hijo de una tisica del fondo. Tenia una bicicleta. Y a veces, me sacaba a pasear por 10s alrededores, sent6ndome sobre el manubrio mientras manejaba. -iQud te decia la Antonieta?-indag6. -Nada--dije. Me asustd. Crei que iba a preguntamme algo relativo a lo â&#x20AC;&#x153;otroâ&#x20AC;?. --iC6mo, hombre, si te hablaba! -Me di6 este soldado... --iEres amigo de ella?...

-NO... Y o estaba hosco. Cortante. Hubiera deseado que Armando no me hablara. El coraz6n me saltaba. -&!%si es que no te dijo nada?

-NO... -Es minti6.

que qued6 de dejarme un recado contigo-


...

-Si no me dijo nada, oooh -Bueno, si te dice algo de d,cu6ntame. Ahora vamos a comprar una rifa. Me ne@& iPor que: Antonieta iba a dejarle un recado conmigo? A no ser que fuera a Tulio, aquel de la calle Cueto. iN0 conocia todavia a las mujeres! Y o las miraba a todas, por entonces, a travQ de mi mamfi y de mi hermana.

3 De a poco, comemaron a regresar 10s tranviarios. Venian alegres. Felices, con 10s rostros rojos de agitaci6n y de entusiasmo. El tio BernabC hahlaba hasta por 10s codos, con su voz ronca, jubilosa, incansable: -iQ& mitin, carajo! iNunca habia visto hlgo parecido! iC6mo se une la clase obrera, por la miechica! .iDa gusto, palakra! Batiendo su banderola roja, Rolando, cantaba, desga5itAndose a coro con Gorky y Mara: â&#x20AC;&#x2DC;%oy comllnista acdsrimq oigo la voz triunfal . qtie entonaa 10s obrems, ansicsos de luchltr, y de luchar...â&#x20AC;?

VoIvian ufanos. Su canto me era como una burIa. b f z a 1;a dejaba de arrkcar la nark, como una liebre.


zos chapes le saltcban locos, a1 ritn-o de la rnGsica, que

eguia con la cabeza. â&#x20AC;&#x153;Soy comunlste, %&a la nnibn,

la uni6n

I

Sin cesw de cantar, SI metferon a FJ departamento. El tio Berrmab6, antes de en%rar,,hzbl6a gritos a mi madre: --El compadre, cornadrita, el compadxe se port&.. Dijo quC tremendo discurso; comopara 1101-ar...Las mujeres moqueaban ... Ja, ja, ja ... iLe pega a la palabra el compadre, por la pucha!... Mi padre tir6 la gorra sobre un lecho. HEO como si bufara. Suspir6. Estaha inmensamente satisfecho. Por su frente, un sudor 1eve se adivinaba en liquidos reto50s brillantes. Se ech6 en la a m a . Pero al instante se levant5 precipitadamemte.â&#x20AC;&#x2122; -iLsma, vieja -&jo a mi madre-, si supieras que contento estoy!.... Y o no s6 definir la felicidad. AcaSO sea C O ~ O luz, o como caricia, o como mirada .... iPero, carajo, me siento feliz! 1.0s obreros nos estamos mostrando fuertes, de veras nos unimos, estamos cre6ndonos una conciencia.... Se paseaba por el cuarto. Y o lo veia m6s alto que de costumbre. Elena se mostraba maravillada. Mi madre tenla su prematuro mech6n de canas caido sobre la frente. Callaha, emocionada. No decia nada. No era de decir nada. Su silencio, era ese silencio ilumi-

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nado, ancho y proferndo, que, para emoci6n del hornbre, se traduce en frutos de teynura por 10s ojos de las mujeres integras. -iNo hablas, vieja? -pregunt6 mi padre-. i N o dices nada? -jNo te entiendo, mâ&#x20AC;&#x2122;hijo! jNO te entiendo! Prefiero callar, sintiendo tu propia felicidad. Me gusta oirte, hablando asi. Peso, te digs, entenderte, no podria .... Creo que s610 un trabajador como t6 puede entenderte .... Y o no sd mas sentir todo lo que t6 sientes El frunci6 10s hbios. Hizo como si silbara. FuB hacia la mujes. Le aEs6 el mech6n de canas. La bes6 con unci6n; -iEs que, mira -le hab16, tranquilarnente, con ancha convicci6n-, un hombre tiene que ser feliz cuand o ve que la lucba consciente por un hogar, por una mujw y por unos hijos, con un aliento como el que una mujer como t6 pi~zdedar, tarnbikn encuentra frutos, si se amplia al campo social, a lo colectivo --iTTiejo, --exclam6 ella con adrniraci6n-, viejo! Eabja estado l a v a d o unos trapos recidn. Tenia el delantal mojado aEli misrno en donde el hermano nuevo le patea52 el vientre buscando una ruta de vida. Reclin6 la cabeza en ea pecho del hombre. U repiti6 ah: -i Viej0, mâ&#x20AC;&#x2122;hijo! El hombre reaccion6, de pronto. --iCaram?x 4 i j o como disculpAnciose ante nosotros-. acaso yo intdectualic6 demasiado!


Y carcaje6 ruidosamente. Nosotros nos contzgiiamos. Y reiamos a morir. -iCarajo! -termin6 mi buen padre, hab!bdosn a si III~SI-RQ. Y lanz6 un jocundo puiietazo sobre la mesa. De! lado, ver&n fas dukes notas de un himno revolucionaris:

4 Las empanadas fritas estaban deliciosas. Ademgs, mi madre hzbia hecho a l g h otro plato e x t r a o d i n w h Y el almuerzo nos result6 magnifico. El tio Bema% habia venido a almorzar con nosotros. Y la lengua no se le detuvo ni un segundo. -iEste compadre -comentaba mi madre, a ratos, mientras servia-, no le para la lengua. Por aquellos dias, unos familiares le hablan enviado 2 mi padre una damajuana con vino de su timrsl, junto con otras cosas del campo.


-iFor ser el dia de 10s trabajadores 4 i j o mi padre cuando destap6 la damajuana- hay que darle el bajo, por ser el dia de 10s trabajadores! .. Era un buen vino. Espeso. Chispeante. Vino pur0 &e Chile. -iEst6 de sopearlo! -rib el tio, atuzzindwe el bigote colorin, canoso ya-. iParece “arrope”! Acabzibamos de almorzar, cuando llegaron 10s compaiieros Rogelio Montes y Lisandro Bustos. Estaban fekices como mi padre, y el tio BernabB Grandote, macizo, gordo, el compafiero Rustos, presidente del Consejo, reia por cada cosa, agarrjndose la perilla, y ba-‘ tiendo la lengua como si un chifl6n de viento se la golpzara. El camarada Rogelio, mzis moderado, no podia sin embargo sustraerse a las jocundas y picaras palabyas del tio BernabC. -iEste Perro, este Perro -carcaje6 Mantes-, las va a “emplumar” bromeando! -iPero claro -ronc6 el ti+, hay que tomar la vida por su cara de risa! iSi no, nos YXK-LQSa1 h o p mueho antes de tiempo! iHay que saber vivir! jHasta a la muerte, risa y broma! iLa vida no es mzis que una broma! iEso si que una brorna muy luchada! -iNo filosofe, compadre, no se ponga a filosofar! --intervino mi pap& .-iQU6 s4 yo de eso, compacire! iUst6 que es “leido”, y p e d e echar sus pamafadas, tiene derccho a largar filosofias de vez en cumdo! Pero, yo, compadre, ust6 sabe que he aprendido s610 a reir!.... iLa vida ne-


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cesita mbcho corazb, pero m u c h risa tambign! iSi no, estamos jcditlos! Ja, ja ja.... -i Que compadre!.... -Este Perro.... Este Perm -a%icul6 enbe carcajadas Bustos-. Podrias echarte unas versainas, Pemito -insinu6 luego-. -Est0 es --chill6 el ti-, vkganme ahom con versainas.... Y o que evito las filosofias porque me puede pasar la. del compadre L e k , voy a salir con versainas ahora -iPues, Ergate e& el cuento del cornpadre h 6 a , entonces! -iNada, si no es cuento! ---iLQrgalo, 110 miis! jL0 que sea! - -;Em es, com-padre, salte con el chasiscmo!,... -insinu6 mi pap&. --Si 30 es nada de nxevo ---empez6 el ti+-. Es que pas6 yue a1 compadre Lc6n se le ocurriG una ves pleitar con el c o ~ p a d r eElefsnte.... â&#x20AC;&#x2DC;cr para haredo, clamj fuC a pedirie unas filosolâ&#x20AC;&#x2122;iss a la cornniche Zon a . ... Ella se las escribici, muy condescendiente, y le cobr6 no m6s que cincuenta g a l b a s Pero aunque el C Q X ~ P ~ E h 6 n anciuvo piclidndole antiparras hasta al misnm cornpadx Burro, no pudo entender las filosofias de la comadre Z o n a.... El t;:o relataba con Una gracia chispeante. Nada hasta ahora era dircrtido en la versicin que hacia de la f6buh criolla. Per0 todos tenian b risa a flor de h-


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bios, a punto de abrir, de estallar en pCtalos estruendQSOS.

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-iSiga, pues, siga, pues, cornpadre! Mi pap6 se impacientaba. ’ El ti0 sac6 su cajetilla de “Joutard”. Extrajo un eigarriIlo. Y lo encendi6 tranquilamente. --iYa, pues, Perro! -Est0 es.... iChitas que les apma! -carrasp& el tb-. Bueno.... Fu6 a defenderse el coinpadre Le6n.... Per0 el Juez, que era un “rot0” .-rgy Ietrado, se impuso dz las filosofias.... Todos coinenzaron a refr, pendientes de! desen1a.ce del chascarro: Mas, &e no alcaA6 a conocerse: ?rente a nuestra puerta, sc habia Geteiiido ! e doctor Rivas. Parecia m6s pequeh J‘ barb6n que de costumbre. con su -i&uk bulla. hay aqui, cararnba! -hab!6 voz francota y cordial. -Adelante, doctor.... -le invit6 mi niadre. -jBah, lo que faltaba que no m e &jams entrar, nifiia! -rib a carcajadas e! m6dico. Estaba habituado a tutear a medio mundo,.no por faSta de respeto, desde hego, sin0 que i n i y h x h POT d jnnato y profundo seniido de camaraderia q-ue lo caracteriza1:a. Las gentes estaban z . c o s t u x % d a s a esia -.. ahiwta coniianza que !es ~rspecszbeel a i i c i ~ ~dcxtor, ~o y se hnmaban con su trato. E vez; no \7cnia solo: -&as QI, el padre Carmelo, trayuilp, hundido en el zgua sensa de su propi0 esp?ritu: P~TFCLIR e! a h 2 G e I

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Dies encarnada en im hombre ccli sotanas, esptgado, d e claros ojos. -;Cararnba! --chill6 el doctor con voz mda, de pueblo-. iFig&rense, vine a vcr a un enfermo, erei que se 1x2iba.... Entre este “gallo” y yo, Is libbramos de que “esiirara la pata” -prosiguiir, L?dica~llioa1 cl6rigo, que se habia sentado muy compungido en la silla Gue le ofreci6 mi hermana-. i$d tal, unos rezos, unos aceites y unas inyeccioneitas, y salvado e1 muerto!..,” Feia como un loco el doctor. EX pa&e Czrmelo no podia aguantar la risa ante las palabras y la degria sueltas del rn6dico. -;Este doctor, este doctor -comentaba e c ~ lvoz de I * Q ~ C~~ z G c ~ no ~ - se - le quita nunca Lo "rib"! --;Cierto es --agreg6 el doctor E ~ P s -wi? - le TObamos rrn a h a a Dim O 21 diablo!.... iQu6 VFZI?QS a hac e 4 c .... ;Es nuesfra misibn!.... Eabie Uegado la hora de once. TT li madre S ~ ~ V L O de ylue-m errmanadas. Fraile y doctor EO se Gmisieron a ocupzr un larga? entre 10s tranviarics. --jPuchas, ni;;ia, 6iue bc,is bueaas las r-.-~p~a?adas! -no a mi madre el m&dico,con su habikxa3 ;avia:ii!sd. . -iSi no sirviera ysra hpces Fkn d g o d e ccmcr, mejor a c e las “emp!v.rnara”, pues, doctor! --repus0 mi madre. carcajeando dulcemente. .---;Y O no tz dejaria que :as empluxal-as, niiia! --le asegur6 61, hacienda crujir entre sus dientes un horde tostado de ernpanada. . I

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NICOMEDES GUZMAN

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-iNi yo menos! -objet6 el c u a , poniendo en juego su sonrisa pura y l e d Los tranviarios estaban en silencio. Masticaban SOlamente. No hahia motivo, por lo demk, para que intervinieran. Apenas el tio Bernabd, que tenia mAs-confianza con el doctor y el clCrigo, largaba sus puyas, de vez en ve;. Todos reian a coro. Un humor de brillantes quilaies se afirmaba en 10s Iabios del hombre. La alegria, como yegua de carrousel, giraba entre las paredes del cuarto. --iEste cornpadre, este compadre! 4 i j o mi pap& -iEsie Perro se va a morir, y Dios libre a 10s santos de su presencia! -brcsme6, riendo como una viejz~campana el doctor, mientras se disaba !a crerlda barba. -iSi D h s no Zibra a 10s santos de este hombre -arguy6, entrando a1 terreno de las hromas el padre Carmelo-, yo iraiaria de ir en su defensa! iA este maquinista hay que conjmarlo! -carcaje6 con sana picardia. Hubo un largo alboroto de gargantas. -iMe jodi6, curita Carmelo, me jodi6, no m6s! chill6 el tic, raschndose una oreja. Pero la cosa no par6 en palabras solamente. El doctor sal& tocar la guitarra, y habl6 con mi madre para que se eonsiguiera una en el vecindario: -iSi, nGa, consiguete, una vihuela por ahi! iEs el prirnero de Mayo, por la pucha! -se disculp6-, jQus se jodm mis enfermos hoy dia!

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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Era un m6dico extraordinario. Seguramente, no tenia ya m6s enfermos que asistir. De tenerlos no habria asomado la nariz por nuestro cuarto. La medicina era su alma. Su humanidad desprendiase de todos ws poderes a travks de su actuaci6n profesional. Parecia vivir para su profesih. Su actividad no se limitaba a atender a quienes lo habian solicitado a1 Dispensario. Concjencia y sentimiento integros a1 servicio del universo s6rdido del barrio, el doctor Rivas, hermanaba a su capacidad cientifica, sus condiciones de hombre verdadero dispuesto siempre a1 cumplimiento de sus responsahilidades. Diariamente, 61 estaba junto a todos 10s que precisaban de su asistencia. Las viejas, 10s jbvenes, 10s chiquillos, lo esperaban. -Que mi marido est5 enfermo, doctor .. --Que mi pa@, doctor Rivas.... -Mi hermanita, doctorcito ... - + D e a116 soy, de all6 soy! -exclamaba 61, y endilgaba su paso cansado, sesenth, hacia 10s cuartos. A su espalda quedaban las pupilas h~medas,admirando su voluntaria po breza externa, manifiesta alli, en sus pantalones parchados. desflecados en las bastillas, y en su paletci, exponiendo su vejez en el brill0 verdoso de la tela. Era el doctor, como un gran coraz6n y un gran cerebro. A cambio, no obtenia la moneda material justamente, sino aIgo m6s consistente, de m6s humma significacibn: una moneda m6s autCntica, de alta ley espiritual: el agradecimiento trkmulo, el beso sincero so8.--La

sangre y la esperanza.

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NICOMEDES GUZMAN

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bre las manos, la limpia 1Agrima retoiiada de todos 10s humildes pero verdaderos corazones. -Si, nifia, consiguete una vihuela por ahi! -habia dicho esta vez a mi madre. Y la guitarra no tard6. La voz del viejo doctor llen6 el cuarto de notas chilenas, aleando en 10s versos de una tonada:

,

“Yo no canto por cantar, ni por tener buena voz, yo canto por quit= penas de este pobre coraz6n....”

La admiraci6n borboteaba en las pupilas. El mkdico tocaba maravillosamente. Sus dedos, sabiamente Agiles, pulsaban las cuerdas con destreza de artista. La emoci6n bullia en 10s corazones. “La niujer que quise YO se fu-5 para no volvcr, compadre, desde aquel dia no pienso en ni una mnjer....”

-iYo lo he dicho siempre! -exclam6 el tio Bernab&, por lo ha+--. iTodos 10s medicos son como un pelo de verija ante el doctor Rivas!.... El cura reia. Hablaba muy poco. Pero el hecho aqudl de estar con nosotros, expresaba ya todo lo que sus palabras callaban. En m&s de una ocasi6n se ech6 a1 gaznate unos sorbos de vino. El padre Carmelo era otro hombre, servidor consciente del hombre.


I A SANGRE Y LA ESPERANZA

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-iDios es grande -habia dicho una vez-, pero como ministro suyo, no me interesa tanto repetir lo que ha dicho tanta boca h i p h i t a , sino obrar como un hombre de bien en su divino nombre! Ahora, celebraba como todos, a su colega m6dico. En realidad, ambos se apreciaban mutuamente coin0 corresponde a 10s colegas y a 10s amigos. Doctor y cura andaban encontr6ndose en la casa de 10s enfermos. -iNi mellizos que fukramos! -objetaba a veces el doctor Rivas-. iA donde llego yo que no aparezca tambi6n la sombra del cura! -tenninaba, chanceando. â&#x20AC;&#x153;Ya me VOY pos ems campos y ;A&&!, a buscar yerba de olvido y dejarte a ver si vihndome ausente pndieras eon relacih a otSo tiempo, acordade....â&#x20AC;? *

El doctor estaba de veras entusiasmado. Los pequeiios tragos que habia bebido, lo achispaban. -iChile me joroba a mi! --exclam6, de repente- jL0 llevo en la sangre! jY cantando, me parece que lo abrazo! -iQu6 doctor 6ste! iPuchas lo raro que es eso? -alegaba el tio B e r n a b L . iC6mo si ~610ust6 fuera chilens! iNo sea egoista, pues! . . iY0 dig0 que tengo peg6 a mi tierra entre cuero y carne, como las lartijas! iJa. ja, ja!....


CAPITULO SEXTO

L A

&@i% &&@

H O N R A

OS DlAS CAIAN perezosos, con 16grimas de neblinas y de lluvias. El ~ z d otoiio se alzaba a b a la vera de la vida con el fatalism0 doloroso de todos 10s abandonados. Y era como si en la voz de las campanas, precisas para decir su palahra matutina, desperdigara, a veces, el otofio, sus desamparados cantos de ciego sin lazarillo. Ahora atardecia. El barrio pobre era como una flor caida en pktalos de bruma. Cuchillos de cobre atravesaban el aire, hiriendo 10s tejados. Las paredes desconchadas, y 10s vidrios de las ventanas smgraban al contact0 de sus certeros filos. -Espkrame, Enrique . -habiame pedido Sergio Llanos-. Quiero hablar contigo.


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Habiamos estado jugando a la “barra”. Y el tiemse habia pasado entre carreras y gritos: -iHay barra? -Si, hay barra.... Disparhhamos como unos endemoniados. -i Preso!.... -iMi&chica, se me torci6 una pierna! Desde hacia &as, Llanos retraido por naturaleza, se mostraba alejado de las entretenciones nuestras. Esta vez tampoco jugci, por supuesto. -iEspdrame, quiero conversar contigo! Voy a buscar 10s libros.... -habiame insinuado, mientras yo me mojaba la cara para limpiarla de sudor. Luego, caminAbamos por BuInes. -Yo no s6 en qud payasadas anda el Quilo con el Turnio.... -habia comentado el Chueco, a1 vernos partir juntos. -No le hagai cas0 a ese pendejo Es una porqueria .... -me habl6 Llanos. -Per0 es un compaiiero. -Eso no quita que sea una porqueria. Es el m6s jodido de todos. Por t d o se burla, todo lo echa a la TI?eres m6s chic0 que yo y que 10s otros, mira risa Quilo Pero tienes m6s d’esto -dijo, e indic6 la cakza-. A ellos no podria decide n a b porque lo echarian a la risa .... Resulta que me ha salido un chancro en la “pichula”.... -termin6 amargamente. -iEh? .. LUn chancro? PO

....


LA SANGRE ;U LA ESPERANZA

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Trat6 de recordar: “Silabario de la ram” ‘‘Gonorrea”. "Chancre". Era un folletito que habia encontrado sobre el velador. “iQu6 es gonorrea, mamb?” Se asombr6 mi madre ante mi curiosidad. “iQu6 chiqui110 intruso!” iEs una enfermedad de las ufias!”, repusq arrebathdome el folleto, y guardhdolo. -iNo sabes, hombre? .... El chancro es un grano que pegan las putas.... -me aclar6 el Turnio- .... Le jode a uno la sangre Y o estaba asombrado. -iPuchas!. -Me lo peg6 la Etelvina .... Una de la casa. -iTe lo peg6? .... -iClaro, pos, Quilo! Ella andaba detr6s de mi la mar de tiempo.... Y o me le arrancaba.... Pero una noche que me levant6 a miar a oscuras, ella me sinti6 y sali6 de su pieza .... Estaba desnudita.... Me agarr6.... “Cabro leso”, me decia Y me jodi6. No pude arranc b e l e . ... Habiamos llegado a Sari Pablo. La zarabanda de ruidos era ensordecedora. -jMira, mira, Quilodrh! .... La sombra espesaba el aire. OteC hacia donde me indicaba Sergio: agazapados, temerosos, el sefior Carmona, nuestro profesor, y la seiiorita Amanda, la grofesora de trabajos manuales, se escurrian por una puerta. No me pareci6 nada de extraordinario eso. -jV= a “tirar”! -exclam6 con toda convicci6n, Sergio-. iVan a tirar!

....


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-

Sobre la puerta que se habia tragado a 10s maestros, un aviso luminoso comenz6 a pestaiiear, como un ojo guiiiado en burla a todos 10s transehtes:

-i Qu6 joder! -hablC, incrddulo, recordanda la humildad del sefior Carmona, sus pantalones deshilachados, sus zapatos torcidos, rubricando su pobreza de . maestro proletario. -iSe quieren, y tienen que hacerlo! -explic6 como un hombre mayor, Sergio Llanos. iTodo el mundo tira, no debian haber m6s que camas! iAll6 en la casa, 10s hombres y las mujeres no hacen m6s que Cso! Bailan, toman y se acuestan .... iPuchas!....


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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2 Llegud a la casa medio aturdido. Me habia hecho el prop6sito de encontrar aquel â&#x20AC;&#x153;Silabario de la razaâ&#x20AC;?. Soportd con descaro, y hasta con insolencia, 10s retos de mi madre por la tardanza. -jEste chiquillo, Dios mio, me va hacer salir canas verdes! -grit6, desesperada. No me castig6, sin embargo. Per0 m6s tarde me acus6 a mi padre, quien se desafor6 tambidn en gritos de reprensih: -iTu madre es tu madre, carajete! iTienes que obedecerle! i A d6nde vamos, caramba? iNi hombre grande que fueras! iQu6 miis ir6 a ser despuds! iOtra queja que me dd tu madre, y te voy a sacar la mugre a azotes!.... Elena a h no llegaba. Varias noches hacia que se atrasaba tambi6n en sus regresos. Mi padre estaba francamente malhumorado. Se sent6 a la mesa a escribir. Tenia que entregar unas notas del Consejo para el peri6dico de la Federaci6n. Mi madre ya estaba sirviendo la comida cuando regres6 Elena. No sd qu6 tenia de extraiio mi hermana. Estaba como transfigurada. Sus grandes, ex6ticos y dukes ojos caf&, que en la noche parecian negros, dispensaban un tr6mulo resplandor de ternura. Martina chillaba golpeando la mesa, resistidndose a comer. Mi madre pus0 la correa sobre el hule, al lado del florero. Era el lenitivo a nuestras resistencias,


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cuando nos negribamos a cucharear el caldo. Elena se despoj6 del abrigo lentamente, y se sent6 a la mesa. Mi padre la miraba con ojos de b i s t d . Mi madre, silenciosa, estaba preocupada de Martina, que, refunfufiando, tomaba ahora la sopa. Era un caldo de avena bastante sabroso. Me senti satisfecho trag6ndolo todo, no tanto por lo agradable que estaba, sin0 porque, sabia que, con ello, resarcia en parte a mi madre de sus malestares. S610 despuds que mi mam6 sirvi6 el cafk empez a r m a dilucidarse ciertas cosas. --;La nifiita est6 pololeando, jno? .... -habl6 decididamente mi padre a Elena, con un poco de ironia. Mi madre atendi6. -i Guillermo! -exclam6, asombrada. La muchacha tenia la vista baja, pegada a la superficie temblorosa del obscuro liquid0 que llenaba su taza, Inconscientemente, hacia bolitas, amasando, nerviosa, sobre la mesa, las migas de una marraqueta. Mi padre no dijo ni una palabra m6s. Esperaba la respuesta hermktico, grave, reconcentrado, sufriendo acaso. Mi mam6, sorprendida, estaba atenta, por su parte, a lo que dijera Elena. Ella, por fin, pudo hablar. Habia palidecido. Sus ojos estaban h h e d o s . -jSi -replie6 con trCmula voz-, estoy pololeando! No podria neglrlo .... Sd que usted me divis6 con u * 7) el esta tarde, desde el cam....


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poeta! iNo seas romhtica! .... iUna mujer no puede vivir de versos, jme oyes?.... -Puede ser.... ---habl6 Elena-. Muchos hombres pueden honrarse de ser obreros.... Pero no s610 el trabajo del obrero es motivo de honra, pap&... -Realmente, Elena .... Mira, hija, no voy a restringir tus derechos, ;me oyes? Sigue, si lo quieres, con tu poeta.... Despu6s de todo creo que no es un mal muchacho ese Abel Justinian0 .... Debo reconocerlo.... Pero, me agradaria que evitaras encontrarte m6s con 61.... Se levant6 el hombre. Su serenidad era aparente. En el fondo, estaba rabioso. Se advertia su esfuerzo por dominar sus impulsos. Es posible que concediera raz6n a las palabras de Elena. Pero, en su espiritu, sin duda, el encono habia enraizado sus malas yerbas hondamente. Se pus0 la gorra. -Te pido una cosa, hija .... --dijo a Elena, antes de jrse a1 Consejo-. iNo des que hablar! Y antes que Elena le respondiera, ironiz6: -Llega m5s temprano .... No te atrases con tu poeta.... Y sax6 impetuosamente, haciendo un mohin de f astidio. -jElena -exclam6 mi madre-, creo que tu paPA tiene raz6n! iEres muy chiquilla, hija!.... Ella, mi hermana, se mordia un dedo. Estaba triste, preocupada. Mas, nada perdia su belleza bruna, al dejar traslucir sus sentimientos.


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Y LA ESPERANZA

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-iVirgen Santisima, Virgen del Carmen, ayGdame, Virgencita linda! A Armando no lo habian encontrado por ningtin lado. Pero cuando fui, como acostumbraba, a dar una vuelta por el departamento del tio Bernabc5, me encontr6 a1 muchacho, oculto alli, aguaitando por u n a rendijas hacia la galeria. La seiiora Lucha favorecia a1 muchzcho en esta oportunidad, sin pesar el compromiso que le significaba ocultarlo, atendiendo a que k l knia la pens& en su casa. %1 tio Bernabd, debe Iiaber advertido la imorrecci6n del procedimiento de su mujer, pues, en cuanto lleg6 del servicio, larg6 a Armando, poco menos que a puntapigs -i&d te est& figurando, yo no soy alcahuete de nadie! Si hiciste alguna payasada, pague las consecuencias, pues, el nifiazo.... El muchacho ~ 0 g 6infitilmente: -jDon Bernab6, me van a llevar ?reso, ddjene estar aqui, por la tarde! -iNo, jovencito, no, dig0 que no soy alcahuete de nadie! IAprenda a ser responsalde! El hombre tiene que hacerse responsable de cualquier cosa que haga en la vida.... IPâ&#x20AC;&#x2122;ajuera, pâ&#x20AC;&#x2122;ajuera!.... -i Don Bernabk!.... -iNo hay caso, Armando, m h d a t e cambiar hrego, que si no, te sac0 a patadas!.... Armando casi lloraba. Pero todos sus ruegos fueron infructuosos. Se vi6 obligado a salir.


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En la noche se sup0 que ya lo habian detenido. Y al &a siguiente, pese a la oposicicin de la tisica, el Juez decidici que Armando y Antonieta se casaran. La seiiora Rita no cabia en su arrugado cuero y en medio de su gozo. se deshacia en gestos y agradecimientos para con sus santos. Besaba 10s pies del Cristo que se alzaba sobre la cabecera de su cama y lloraba exclamando: -iSefior misericordioso!.... iGracias, mi Seiior, por haber salvado la honra de mâ&#x20AC;&#x2122;hija!.... iGracias, Sefior!....

4 Y o queria estar bien con mi madre. Y lleguk temprano aquella tarde. --Se est5 ordenando el viudito .... -me dijo con soma la sefiora, sob6ndose el vientre. Se quej6, luego. Pai.ecia estar enferma. No dije nada. Abri un cuaderno. Y me puse a hacer la tarea que me habian dado en la escuela. Ella siguici quejiindose. -i&uk le pasa, mamh? Me molestaba su dolencia. Sus quejidos parecian morderme la nuca. -Nada, hijo, no me pasa nada .... -No le pasa nada, y se est5 quejando --cornentk, y continuk la tarea. ,Los gemidos de mi madre bailaban sobre mis nervios.


LA SAMGRE Y LA ESPERANZA

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Desde la calle, venian 10s silbidos de mis compafieros. Me llamaban. Apresurb la tarea. Y pedi permiSO a mi madre para salir. Nunca creo que ella me permiti6 salir a la calle con tanta facilidad. Hasta me parece que le agradd mi solicitacih. Habia estado lavando. Y tenia empapada la pollera. Un liquido como de piedad o comprensidn comenzd a deslizhseme por el sentimiento. -Usted est6 enferma, m a d --dije a la mujer antes de salir. -iNo, hijo, no, no, anda a jugar, no m6s! A pesar de la facilidad con que en esta ocasi6n me dejaba salir, de buena gana no lo hubiera hecho. Ella estaba phlida, ojerosa, y la convicci6n de que un mal la aquejaba, me retuvo otro momento m& en la pieza. -Yo s6 que est6 enferma .... --le habl6 otra vez. -No, hijo, si no tengo nada.... Sali preocupado. Pero 10s juegos permitieron que me dvidara pronto de ella. Cuando volvi a comer, mi madre estaba en cama ya, y no dejaba de dolerse. -iMâ&#x20AC;&#x2122;hija querida! --exclamaba, agarrgndose de 10s brazos de Elena-. iMhija querida, por Dios! Me alarm& No quise comer. No logre, sin embargo, evitar la oMigaci6n que tenia de acostarme temprano. Me inquietaba encogido bajo las s6banas por 10s quejidos dolorosos de mi madre. Comenzaba a intuir 10 que ocurriria.

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9-h

sangre y la esperanza.


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agua caliente. Mi hermana, seguramente, ya habia hablado con la seiiora Lucha, pues ella y su regimiento de chiquillos estuvieron luego a buscarnos a Martina y a mi. A pesar de mis chillidos y de 10s gritos de mi hermana pequeiia, fuimos llevados a1 departamento de mi tio. -iCalladitos, calladitos! -nos hablaba la sefiora Lucha, tratando de calmarnm-. icalladitos, que la mam6 les va a comprar un hermano! A mi me acostaron con Mara. No me hizo esta vez ninguna morisqueta. Lejos de eso se atrac6 a mi, bajo las ropas. -iEst& calientito! -me dijo, quedamente, humedecidndome la oreja con su aliento. Y se pus0 a tocarmc. Tenia las manos muy suaves. Y o palp6 tambiCn susâ&#x20AC;&#x2122;muslos. Sus carnes eran tibias, apretadas. -iNo, a d !.... -me susurr6 ella, y se desabroch6 el calz6n. La felicidad de nuestras manos era felicidad, tambidn, de nuestros pequefios corazones. Cortando las silabas, el tio leia a su mujer, un cuadernillo de â&#x20AC;&#x153;El vengadorâ&#x20AC;?, con una voz potente que bien podria oirse desde la calle. Era un capitulo de folletin que al dia siguiente la seiiora Lucha iria a contar a todas las comadres, con sus naturales aspavientos. Los dem6s chiquillos roncaban. Como desde el fondo de un suefio, me tocaban 10s oidos, a momentos, 10s dolorosos quejidos de mi madre.


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-Le sali6 sangre de las narices a mi papB... -minti6 mi hermana, antes que yo dijera nada, advirtiendo mi curiosidad por aquel liquid0 medio enrojecido, y preserv&ndose ante cualquiera suspicacia de mi parte. &!le agri6 aquella mentisa. Le hubiera gritado a mi hermana en pleno rostro: -iMentira, mentira, yo lo sk todo!. Pero h i cobarde. Actu6 en mi esa consciente y deliberada cobardia necesaria frente a tantas cosas de la existencia. DespuQ de lavarme, tom6 apenas el desayuno que me sirvi6 Elena. El olor a medicinas, que llenaba todo el cuarto, y que saturaba hasta el pan, me asque6. Tuve que esforzarme para evitar las arcadas. El pequeiio hermano era un tremendo llor6n. Habfa empezado de nuevo su inconsciente llanto sin l&grimas. Su ingreso a nuestra familia no me producia ninguna alegria. A1 contrario, tenia rabia. Nunca, hasta aquel instante, me habia afectado tanto el descaro de una mentira. Me dolia acaso en el fond0 que mi hermana fuera capaz de mentir asi. Me repelieron sus falsas palabras tan intensamebte como me repelia el olor a medicinas. Ceiiudo, hundido en mi mismo, me encasquet6 el â&#x20AC;&#x153;yoqueâ&#x20AC;?, tom6 mis libros, y sali para el colegio.


PAN

CAMDEAL

1 OM0 LLEGO? tY de dbnde? Nadie lo sabia. Y acerca de su origen, las comadres de 10s alrededores desataban la lengua en sinntlmero de suposiciones. Era bajo. De un porte exagerado en su pequeiiez por la pronunciada curva de la espalda. Y rengueaba, arrastrando casi la pierna derecha, por donde, al parecer, el pobre ya empezaba a morirse. Tenia un ojo bizco. Y miraba extraiiamente, muy alzados 10s pzirpados, arrugado el cefio, como mollejas de paw, esforzfindose por mantener erguida la cabeza vencida por 10s rebeldes nervios del cogote. Vestia un pantalbn raido, un sac0 harinero negro de mugre, habilitado sencillamente como camiseta, y un viejo y haraposo capote de


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guardiAn, cuyo color primitivo debia sufrir much0 ba: jo la grasa, la tierra, 9 10s tantos ingredientes que lo ocultaban a la retina. Usaba una gorra de tranviario, gastada y deforme, que le cubria hasta las orejas. Amaneci6 una mafiana dormido entre 10s vagabundos y 10s perros que habian convertido en hogar el espacio que dejaba una muralla y la escala de acceso a la galeria. Covacha fgtida a humedad y a orines de gato aqu6lla, no era dificil en el dia distinguir a 10s bien nutridos piojos, que, inconformes del cuerpo natal, habian emigrado, abandon5ndos.e sobre las tablas carcomidas, en donde se les veia moverse lentamente, arrastrando el peso de su gordura, como pequefios y cansados bueyes, inctilmente empefiados en encontrar el c6lido refugio de un pliegue. Amaneci6 alli, digo, bajo el crujido seco de 10s peldafios, que no cesaban de protestar por la impiedad energica de 10s pasos proletarios que subian o bajaban. Era el invierno ya. Per0 hacia una azul y vibrante ma5ana. Un sol de espeso or0 pulia la escarcha blanquisima que la noche habia extendido sobre las calles. Los aleros lloraban gruesas lagrimas enmohecidas, como estremecidos por un scbito jdbilo de presos e n â&#x20AC;&#x2122; libertad. En 10s eucaliptus del dep6sito de tranvias 10s gorriones se peleaban en loca zarabanda de chillidos, desprendiendo con sus saltos y aleteos, las flores de vigoroso y saludable olor. Y o , por ~ S O Sdias, andaba con una tos que me lle-


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vaba el diablo. E inducido por mi madre, iba en busca de algunas flores caidas. Conocia la propiedad medicinal del eucaliptu. Y cuando mi madre me lo insinu6, yo no trepid6 en salir en busca del remedio para ponerlo en mi desayuno, y combatir la maldita tos que no dejaba de martillearme 10s pulmones. Casi siempre que yo bajaba a esa hora, echaba un vistazo al miserable y tiiioso hacinamiento de chiqui110s y perros, que tiritaba junto a la escala, en medio de quejas y rasquidos. Fu6 aqui en donde vi por primera vez a aquel curioso hombrecillo. Domâ&#x20AC;&#x2122;a profundamente un sueiio boquiabierto que le descubria unos dientes de animal, grandes, amarillos. El frio de la mafiana era brutal. en sus Fmpefios por alcanzar 10s huesos. Las m a n d h l a s se descontro7 laban a momentos, a1 impulso de 10s tiritones. Atraves6 la cane, corriendo, con la extrai5a presencia del desconocido en mi cerebro. De la cocineria vecina venia el alegre chirrido de las sopaipillas, fri6ndose. Grupos de haraposos proletarios se formaban en algunas puertas. Pasaba un tranvia con la bulla estridente de su ferreteria. Salt6 las barras de hierro que resguardan el canal. Mi tos fu6 como un saludo para 10s dos compaiieros, Tito y Alfredo, que, bajo 10s Brboles, se llenaban 10s bolsillos de fragantes flores. Temblaban sus carnes enrojecidas y erizadas por 10s azotes hclementes del aire de hielo.


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....

--jAmanecistes mejor de la tos, jno? Tito reia, sorbiitndose 10s mocos. -iY que hay?.... iAhi tienes!.... -&clam&, con una rabia reciitn nacida, berrehdome sobre el Animo. Su risa me molest6 enormemente. El volvi6 a reir. Su hennano lo acompaii6, insinuando: - b a n e & mejor de la tos, el cabro, y “bochero” tambiCn, jno? -TendrA ganas de calentar el cuerpo.... Ja, ja, ja.... Los cordiales lazos de amistad que nos =‘a a 10s chiquillos del barrio, no era impediment0 para que, de vez en cuando, algunos nos batihramos a moquete Hmpio. Nuestras peleas eran animadas por la chiquillada y celebradas por 10s hombres que nunca faltaban por alli, entregados a las labores del z6ngano. A veces, en 10s dias de pago de 10s tranviarios, vencedores y vencidos en tales pugilatos, recibian de maquinistas y cobradores, como recompensa, dieces y chauchas que se gastaban en c o m h en compra de turrones, churros, dukes chilenos o morocho. Los hermanos milla, con quienes acababa de encontrarme, tenian tanta fama de buenos camaradas como de animadores de reyertas. Cuando estaban de h i mo, no les costaba mucho concertar Unas mantas peleas. La sangre ‘abundaba en algunas oportunidades. No obstante, por lo general, 10s contendores quedaban tan amigos como antes. Esta maiiana, encontrAbame yo francamente arisco, y ellos, a1 parecer, en caluroso trance de molestar.

....


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Si no se hubiera avivado en mi cerebro el recuerdo de aquel hombre que dormia junto a la escala, seguramente nuestro encuentro habria terminado en puiietes. -Hace harto frio para calentar el cuerpo -dije, tratando de reir-, pero allA en'la escala, hay algo que ver .... Vamos para all5.... Vaciaba en mis bolsillos las blanquiwas y pegajosas flores que cogia. Y pensaba en lo divertido que seria lograr introducir algunas entre 10s dientes de aquel viejo. Blanqueaha la gruesa helada sobre 10s terrenos y el pasto, crujiendo ghlidamente bajo nuestras pisadas. -iQu6 hay en la escala? -inquiri6 Tito, rofdo por la curiosidad. 4 e g u r o que no ser5 un li6n -intervino Alfredo-, porque si lo juera, el cabro vendria miis que mojado.... Ja, ja, ja.... El chic0 continuaba en vena de sacar de quicio. -iD6jense de leseras, y vamos para aU6! Salt6 las barra's. Los hennanos me siguieron. El viejo roncaba afin. Y subiendo algunos escalones y afirm6ndonos en la baranda grasienta, nos dimos a la entretenci6n de lanzarle cocos de eucaliptu, qidiendo el pulso a fin de dar en el vacio de su boca abierta. Los menudos golpes, no tardaron en despertarlo. -iCaraju! -dijo. Se desperez6 lentamente. L m perros se sacudieron a su lado. No intentamos ocultarnos a su vista.


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de sus m6s hondos estratos humanos, estremecidos acaso por un sufrimiento de eternidad. Su ojo normal, salpicado de sangre, era ahora en su mirada como un pufial mellado. -iNo peguen m6, niiios, no peguen ma! .... Mis dos compaiieros, zamarreados por un espanto ' sfibito, saltaron como sirnios 10s pocos escalmes que habian trepado, y huyeron desaforadamente, dejando un reguero de verdes y blancas flmes. A1 salir a la cane estuvieron a punto de botar a una vieja que pasaba. Y o hubiera huido tambiCn. Pero una extraiia fuena parecia atornillarme a mi sitio. Aferrado a la baranda, mi vista se desprendi6 de mis compaiieros, que arrancaban con 10s harapos a1 aire. 'Y se apeg6 de nuevo a la curiosa figura del hombrecillo. Ogros y brujas, montaban estrellas y mangos de escoba en mi cerebro, vagando en un firmamento sin fin. -~$ub. mira til? iQu6 mira?.... LQuere pegar tambihn? LQuere pegar? iTfi, nifio giieno, no pega! iNo pega nifio giieno! La brillante hilacha de saliva le subia y le bajaba, colgando desde su labio caido, purulento. Se diria que una arafia invisible pendiera del delgado hilo, empe6ada en el tejido de una tela fant6stica. Su mirada era indefinible en este instante. No s4 si tierna. 0 amarga. 0 reprensiva. Arrastrando una pierna, rengueb lentamente hasta la baranda.


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-iDe vera! jT& niiio giieno, no pega, no pega! LCierto? No me alcanzaba el rostro. Quiso acariciarme la rodilla, ladeando la cabeza como un zorzal, para poder mirarme hacia arriba. Yo evitd la caricia. La piedad que me invadfa era incapaz de dominar la repulsi5n. Los chiquillos ovillados mAs alG, a 10s pies del extraiio, comenzaron a despertarse en medio de rasquidos y sonoros bostezos. Las legaiias y las mechas terrosas velaban sus miradas. Uno se levant6 y se pus0 a orinar ahi mismo, casi encima de 10s compaiieros. Los perros se sacudian, lamihndose las rojas grietas de la ti&. -iTC, ni6o gueno, no pega, no pega, jno?! -iEnrique! .... iiEnrique!!.... Mi madre llamaba desde arriba. Su voz me remeci6. FuB como si de pronto despertara de un suego que ya endilgaba hacia la pesadilla. -j Mam6aa ?.... De dos en dos peldaiios lleguk arriba. -iMandarte a ti es como mandar a la tortuga, Enrique, por Dios! No dije nada. Casi inconscientemente miraba venir desde el fondo de la galeria al â&#x20AC;&#x153;Cabeza de Topeâ&#x20AC;? con 6u pesado andar de oso. Ardian 10s fuegos en las cocinas. Elancos vahos de vapor se levantaban desde las teteras. Una mujer, en enagua, tiritona, se peinaba junto a la llave de agua, 10s rollizos brazos desnudos, a la vista la pelambre negra de 10s sobams. Contra el sol


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las patas en 10s tarros, luchando por la propiedad de algtin hueso. 0 ahoghdose poco menos con alguna papa rancia. Los chiquillos 10s an+aban a la camorra. -El Tirifilo tiene macanudos dientes.... A d6nde le pega a tu perro un tarasc6n que no le saca el cuero.... -iA very Tirifilo!.... iPch, pch, pch! Pero, lejos de hacer caso, Tirifilo se ech6 junto a la cuneta a triturar un hueso, sin descuidar a un â&#x20AC;&#x153;foxterrierâ&#x20AC;? que, con 10s ojos floridos de hambre, le hacia guardia gratuita. Eulogio, el basurero, arriba del carretbn, las piernas hundidas en la basura fhtida, vaciaba 10s tarros, goIpehdolos en el fondo endrgicamente. Despuds 10s lanzaba contra las piedras de la acera, sin ninguna piedad para las latas amohadas y carcomidas ni la m5s mera consideraci6n para las protestas y reclamos de sus duefios. Todos 10s negocios, cuartos y conventillos se vaciaban de chiquillos, mujeres desgrefiadas y t w o s repletos de desperdicios. Habia gritos. Insultos. Puyas. Un niuchach6n tiraba un agarr6n a las nalgas prietas de una niiia crecidita, con bellas protuberancias erguidas de &io en el pecho. El aire apestaba a podredumbre, a pobreza. La miseria parecia celebrar su dieciocho enarbolando en 10s cuerpos sus pabellones de harapos. El calret6n se habia ido, tirado por 10s machos obedientes a 10s insultos de Eulogio. Y nosotros mante-

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como si todo su ser se encontrara roido por una terrible hambre de tranquilidad. Nosotros no le oiamos. Y le enloqueciamos con nuestros golpes, saltos y aullidos. &atnos m a s verdaderas bestezuelas endemoniadas. +Paren la bulla, des, paren la bulla! .... &Que cosas pasarian por el coraz6n de ese hombre? ;Vaya alguien a saberlo! Nosotros s610 tuvimos real noticia de sus Egrimas, que, inmensas y continuadas, rodaron por su rostro, sorteando 10s tajos que el cuchillo de 10s &os habia abierto entre las cerdas que lo ensombrecian. Fud una pathtica noticia aqudlla, -una impresionante noticia que nos enmudeci6 de pronto, que ahog6 como por arte de magia el desenfreno de nuestros-gritos y movimientos. Los dedos c6lidos y tersos de una humanidad nunca sentida debieron allegarse a1 coraz6n de nuestra infancia. De otro modo, no hubidramos callado. En medio de un desconcierto inaudito, comenyamos a repartirnos hacia nuestras casas. Los gorriones cantaban. El frio persistia, duro, obstinado, implacable, haciendo brillar sus cortantes pufiales. En 10s eucaliptus el viento cosechaba espesos y saludables olores, renovando el h&lito malsano con que 10s desperdicios poblaron el ambiente. El cielo era un enorme trino azul. El sol firme, atldtico, musculoso, sobre sus blandas y firmes ojotas, era un noble y august0 roto paleando or0 sobre la calle.


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2 iC6mo lleg6? iY d6nde? Nadie lo sabia. Las COmadres, sin embargo, ponian en camp&a la imaginaci6n. La verdad era que el viejo se habia incorporado a la humanidad del barrio, compuesta de chiquillos, de obreros, de heroicas hembras, de rateros, de prostitutas. Nadie, repito, tenia noticias exactas suyas. Per0 un dia, estimalado por unos tragos que alguien le dispens6, desatando torpemente la lengua, habl6 de obscuras cosas del norte, de unas minas, de un apaleo legal en que le habian quebrado el espinazo. Fu6 una vaga historia que nadie quiso creer. Lo cierto y elemental era que estaba entre nosotros, que se nutria comiendo en este y aquel plato, ligand0 su necesidad a la piedad de 10s vecinos, y que dormia alli, junto a la escala de la galeria, entre 10s vagabundos y 103 penos, entre voraces piojos y sueiios sin esperanza, pasando s610 la vida, hundido er- la amarga atm6sfera de sus sentimientos. Todos le conocfan. Per0 el h6bito de su presencia, hacia que se le olvidara, a medida que el tiempo adelantaba sus trancos. Ocurri6, sin embargo, un hecho, que lo incorpor6 de nuevo al sen0 de 10s comentarios cotidianos: una mafiana amaneci6 durmiendo en compaiiia de una mujer. Las comadres llenaban la galeria con sus voces: -iGueno con el Pan Candial! iHabr6se visto! Lo imaginaban todo. Se hacian cruces, pensando


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en 10s &os y en la invalidez del viejo. Luego, se desplomaron todos 10s castillos en la imaginacidn: la mujer, apenas una nifia de trece aiios, era hija de Pan Candial, segitn 61 mismo d e c l d , con la torpeza de su lengua estropajosa. Era una bella chica, con una melenita graciosa, de una palidez armonizada por diminutas pecas, y estaba encinta. Pan Candial, rengueaba, feliz, pelando 10s dientes como un animal contento, llevando del brazo a su hija. Su ojo normal se abria en cordiales luces de ternura. -iMâ&#x20AC;&#x2122;hija tendr6 un niiio! iY0 agiielo! iQu6 tal? .... jY0 aguelo! Ja, ja, ja.... Accionaba, se echaba a t r b . Su labio acucharado temhlaba. Rdia ladeando much0 la cabeza para fijnr mejor su mirada en quienes le escuchaban. -jAh, mâ&#x20AC;&#x2122;hija tendr5 un nifio! Brillantes hilos de saliva pendian de su boca. Exhibia a la pequeiia como a un objeto maravilloso. El orgullo le hinchaba el pecho. Un desprejuicio admirable lo honraba en su idiotez. Acariciaba a la hija. Las mujeres se indignaban, mirando el vientre empinado de la chica. Se rascaban la cabeza. Se acomodaban las horquillas en el moiio. Se pasaban el dorso de la mano por la n a r k -iY el padre? iD6nde est6 el padre de la guagua? -inquirian, zahirientes. La chica se apretaba a1 viejo, doblegando 10s ojos


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confundidos. La inquietud del hijo en el vientrecillo, le acalambraba las visceras, hacihdola morderse. -iE3 padre, es milico! iSe juk!.... iY0, pap6 y agiielo!.... ;Si, pap6 y agiielo!.... iLind0, lindo niiio!.... -respondia el viejo con toda naturalidad. La felicidad del pobre era incomprensible. No alcanzaba a1 corazdn ni menos a l cerebro de las comadres, que se iban con un caos en la cabeza. El que el viejo admitiera tal situacih, lo justificaban con su idiotez. Sin embargo, algo d s las complicaba. iDe d6nde habria sacado Pan Candeal esa hija? La chica no vestia como las dem6s nii?as del barrio. Habia ademis, un aire de distinci6n en toda ella. La vida de Pan Candeal, despuks de todo, era un enigma. Y las vecinas, acaso hasta sufrieran tratando de descifrarlo. La pequefiia-futura madre, sigui6 viviendo con el viejo. Las venas de un heroism0 grandioso atravesaban la carne de su vida, dignific8ndola. Y o y mis ocho &os nos emocionamos muchas veces al encontrarla sentada en uno de 10s peldafios de la escala, llorando a lentas 16grimas sus dolores htimm. Las negras mechas de su chasquilla demasiado larga, se pegalsan a. su frente como en una actitud solidaria a su hondo y precoz sufrimiento. Sus pechos, pequefios y delicados, temblaban, abrihdose tal vez, como flores, por dentro, para recibir 10s tempranos golpes 14cteos. El barrio la olvid6 casi, hasta aquella madrugada en que sus gemidos despertaron a una vecina, y luego a otra, y a 10s hombres, y a casi todos.

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A la lumbre cobriza de una vela llorona, sobre las tablas carcomidas y piojosas, el hijo palp6 la primera dureza del mundo. Sangre. Quejidos. El doloroso milagro hurgaba en el sentimiento de los rapaces vagabundos, agrandcindoles 10s ojos legaiiosos, levant6ndoles 10s pArpados soiiolientos en el asombro y el horror. Los perros paraban las orejas, pelaban 10s dientes, se lengiieteaban el hocico. Pan Candeal, con las manos ensangrentadas, m6s rebeldes que nunca 10s nervios del cogote, las pupilas saltadas, temblaba como un roble nuevo, zamarreado por la tormenta. Se habia quitado el capote y, aterido, sufria en su impotencia para acallar 10s berridos del reci6n nacido, a quien apretaba contra su pecho, envuelto en la piojosa prenda. La chica, con el rostro desencajado, se retorcia en la agoda. Murid luego, en medio de desgarradoras qu6jas, en 10s momenta en que dos mujeres despeinadas, y apenas vestidas, la tomaban para llevarla a un cuarto. El frio crispaba las manos, se rnesaba 10s cabellos: se desesperaba, afuera, sobre la vereda. La claridad de la amanecida se afirmaba en la fragancia vigorosa de 10s eucaliptus. Sonaba la sirena del depbito de tranvias. L m carros salian con el traqueteo pesado y chirriante de su ferreteria. Por aUi, un gallo bati6 las alas, y cant6 virilmente, a cor0 con otros camaradas lejanos. Los maquinistas y cobradoras tranviarios, que salian escala abajo, precipitadamente, apenas tenian


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tiempo para imponerse del hecho, y endilgaban al trote, dep6sito adentro. Pan Candeal se habia portado como un padre, como un abuelo, o como un hombre, simplemente. Pur0 e integro en su idiotez, la sangre que manchaba sus manos, tenia amplia y autorizada voz para deck su comportamiento. Sereno en el trance, sup0 salvar la vida del pequeiio, ayudando a bien parir a la niiia. AI15 el destino maldito que se llev6 el Cltimo sop10 de su heroism0 de pequefia hembra, al cercenar su existencia recien frutecida sobre las arriscadas tablas. &a ya el dia claro cuando un guar& flaco y tartamudo vino en busca de Pan Candeal. Un dia traspasado de azules nervios. El sol, roto grandioso, se descubria mostrando la espesa y rubia pelambre de su pecho. El viejo debia sentir que sus brazos eran cada vez mPs blanda y tierna hamaca para la fragilidad del nieto. Pausadas y enormes 16grimas se le enredaban entre las cerdas del rostro. Y sollozaba con roncos sollozos de hombre, cuando hub0 de ceder el recien nacido a la piedad de una vecina caritativa. Estuvo largo rat0 con su ojo normal clavado en el rostro de la pequefia parturienta muerta.Cogi6 luego su gorra. Se la puso. Y sali6, rengueando, ladeada la cabeza, perdido el ojo turnio. El g u a r d i b no asegur6 a1 detenido. Y camin6 junto a 61, adaptando sus largos pasos al lent0 renguear del viejo.

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Con la piedad, y acaso tambihn con la admiraci6n temblando en las pupilas, todos contemplaron su alejamiento, hasta que autoridad y detenido, se perdieian en la esquina de Mapocho con Bulnes, hacia la Brigada. Alguien envolvi6 en hojas de diario el cadAver de la chica, mientras venia el carro de La Morgue. La guagua berreaba sin descanso. Los peldaiios chilIaban bajo el paso de las mujeres que se encaminaban a sus cuartos.

Y 10s chiquillos nos quedamos abajo para espantar 10s perros, que se obstinaban en lamer 10s coigulos de sangre esparcidos por el suelo.


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lo, como dedos de pluma, comellzaron a agitar en el air e sus trbmulas sonrisas blancas. Era un acontecimiento. Y de todos 10s hogares se asomaban 10s rostros curiosos a constatar el hallazgo del tiempo. -i&d tremendo frio!.... Afff .... Afff .... Sobibase las manos mi madre. Tiritaba. Per0 tin aleteo de alegria vivificaba sus facciones medio ajadas. Habiame mandado a arreglar 10s zapatos. Y con las rotas chancletas que me habia puesto, la seiiora no me permiti6 ir a la escuela. -Puedes repasar tus tareas de divisih -propus0 mi madre en la maiiana. Este mes te sacaste un dos en aritmbtica.... -me advirti6 en seguida. Consecuente con esto, habia estudiado gran parte de la maiiana. La nevaz6n de la tarde, me sirvib entonces como distraccihn. Mi madre, despubs de darme el.caf6 de las once, me exigi6 que siguiera el estudio. Y o ansiaba salir a la calle. Desde nuestro balc6n habia divisado a algunos de mis compafieros, haciendo un mono de nieve. Mas,no fub posible que realizara mis deseos. -Est& demasiado resfriado.... -army6 mi madre ante m i s insistencias. -iPor qu6 no me deja, mamA!.... -icon ems zapatos, no, caramba! .... --jMadaa!. ... -Dig0 que no, Enrique, dig0 que no.... Mis lloriqueos obligaron a mi madre a descolgar la correa.


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-iEsta pobre pasa siempre con hambre! -exclam6, aludiendo a la tira de cuero-. iNo cuesta nada darle de comer!.... ,3610 entonces dejd de majaderear. Estuve amurrado todo el resto del dia. Y s610 la llegada de mi padre regul6 mi Animo. Venia helado. Con la nariz roja de &do. Sobre sus hombros, la nieve parecia haMrsele posad0 a puiiados -iQuC tremenda nevada! iPera fortificante! Aijo alegremente, tosiendo un poco. Y o me precipitd a 61. Su capote rezumaba un olor a humedad. Saqud la nieve de sus hombros y la vacid en una taza. Mi madre me di6 un poco de az&xr y canela molida. Martina y yo dimos cuenta prontamente de ella, revuelta, como si fuera hebdo. -Eso le va a hacer mal a estos chiquillos -habia objetado el hombre, despojhdose del capote. -Dkjalos ... iQu6 mal les puede hacer! .... -repuso mi mam& --Ben Rim -habli mi padre, reticentemente. No le gustaba discutirle a su mujer. Si lo hacia; en todo caso, ella ganaba la partida. El determinaba siempre call=, riendo generalmente. -Esta mujer habrfa servido para tinterillo . . 40mentaba a veces mi padre, sin dar importancia a 10s pequecos cambios de palabras. Se sent6 junto a1 fuego el hombre. Me puse a jugar con su placa de bronce, que 61 mismo habia tirado mbre la mesa. ,


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+Deja ese niunero, hombre! .... -me reconvino. Per0 se despreocup6 a l momento de mi para preguntar por Elena. -No ha llegado a h.... --contest6 mi mamS. -A &a hay que hacerle una paradilla....Se est4 atrasando demasiado..., -Es cierto.. . -habl6 la mujer-. iEso queria pedirte yo!.... iLe he advertido muchas veces que llegue mBs temprano, y no me hace caso! .... -El compaiiero poeta la tiene con la cabeza mala.... 4 j o mi padre, preocupado. C e atrasa las mBs de las noches.... Sale a la seis de la fAbrica .... Y llega casi a las nueve .... -iCarajo, quC chiquilla! Se calentaba las manos junto a1 brasero. Su rostro se habia ensombrecido. Y las m g a s de su frente se ahondaron. +Si sigue asi, no sC que va a ser de esta mocosa! +asi llorique6 mi madre, revolviendo la comida que humeaba en la olla, sobre el fuego....- jN0 sB que va a ser de esta muchacha!. .. Afuera se sentfan llegar 10s carros a guardarse. Mi padre sac6 un libro del estante y se pus0 a hojearlo. Queda evadii sus obscuros pensamientos con la lectura. Per0 le era imposible. -Realmente.. .. -recalc6 mBs tarde, como consecuencia de todos sus pensamientos- iEs necesario hacerle una paradilla a Elena! Se atuzaba inconscientemente el bigote. Su mujer \


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ya habia servido la comida. Y 10s platos en la mesa, despedian un vapor de calle h b e d a , asoleada. EstAbamos cuchareando, cuando entr6 Elena. Ved a nevada tambih, a pesar de su paraguas. En sus mechas negras, algunas motas blancas parecian flores. Bes6 a mi padre. Se mostraba muy contenta. El frio se diria que no le afectaba. Se sent6 a la mesa. Mas, no quiso comer. Sac6 unos papeles y se pus0 a hojear10s. Eran versos, escritos a mAquina. advertia en el silencio el e o contrario a ella que alentaba en 10s padres. Observaba a ratos con 10s ojos bajos. Tentaba mantenerse indiferente. Pero, poco a poco, fud manif e s h d o s e su nerviosidad. Termin6 por declarar que se iba a acostw. -Bien, pues, seiiorita.... -le objet6 duramente mi padre-. Bien, pues. jPero, antes, me va a oir UMS paJabras! Ella, que se habia levantado para dirigirse SI la cama, se volvi6 con violencia. -0igo.. .. -bisbise6; temerosa, mordi6ndose 10s labios. -Te hemos encargado que llegues & temprano ... Mi padre quen'a mostrarse sereno. Sin embargo, su voz acusaba 10s sentimientos de encono que encabritaban su coraz6n. Elena call6. Se mordia un dedo. Era este un h6bito suyo cuando estaba distraida o nerviosa. Pestaiie6 unos segundos. Luego, fij6 sus preciosos ojos en mi padre. Habia much0 de sGplica, de

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ruego, algo como solicitacih piadosa de aveja maltratada, en la mirada de mi hermana. Un leve per0 doloroso clamor de comprensih irrumpia en sus pupilas brillantes. -i Si!.... -musit6, apemas. +Per0 no obedeces! -la increp6 ahora mi padre, sin dominar ya el impetu de la exasperacih. -No obedeces, caramba.... iQuC te est& figurando? ;.Somos monos nosotros, acaso?.... Mi inadre deseaba mantenerse a1 margen. Tal vez le doliera t a m b i h el reto del marido a la hija. Se retir6. E hizo mmo si atizara el brasero. -icontesta -seguia mi padre-, contesta! iQuC te figuras, Elena? ... iParece que ya no tuvieras casa! -Disculpe, pap5.... -habl6 muy quedo la muchacha-. Disculpe, pero.... +Per0 ... iqud?, caramba!.... iEse â&#x20AC;&#x153;tioâ&#x20AC;? te tiene loca! iSabes tii quien es?.... iSabes I5 qud intenciones tien? contigo?.... I -iPapQ! .... -iNada, nada, carajo! .... iVas a terminar todo con CI!.... iNo es posible que esto siga!.... -iPero, pap&!.... -iQuC pero, qu6 pero....!.... Retoiios de 1Agrimas apuntaban bajo las laxgas pestaiias de mi hennana. No dejaba de morderse el dedo. Sus pechos palpitaban como movidos por una secreta e intima angustia. No hablrj nada m5s. -iYa sabes, pues -recalc6 el hombre-, no m5s


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'

!legadas tarde! .... iY que &sose acabe, mamba! iLl-0 de cosas, uno, carajo, y que todavia tenga que ocupar . se de esto!.... Se acod6 en Ia mesa. Hun136 la cabeza entre las manos. Elena sollozaba. -j PapB!.... -le habl6 dulcemente. -iNada, nada, no quiero disculpas! --;grit6 el hombre, alzando la cabeza. iNi una palabra m6s! Habia palidecido. Di6 un pui5etazo en la mesa. Mi madre se acerc6 a 61. -iM 'hijo! ... -le habl6 con suavidad, tratando de calmarlo-. jSi no es para tanto! El se levant6. Se ca16 el capote y la gorra. -Voy a una conferencia del compafiero Recaba. men (1).... --explic6, y se fu6, mascando su c6lera. Mi madre sali6 a la galeria, tras 61. Me dolian en pleno coraz6n 10s sollozos de Elena. Me sobresalt6, de pronto, el golpe seco de sus zapatos contra el entablado del piso. Mi madre regred al cuarto. Se acerc6 a1 lecho en que mi hermana sollozaba. -Tu padre tiene raz6n, hija ... -le habl6 con dulm a , acaricihdola. -iUstedes no comprenden esto -1agrime6 mi hermana-, no pueden comprenderlo!..._ (1) Luis Emilio Recabamen, lider mPximo de la clase cbrers chilena. FalleciG el 19 de diniembre de 1924. El autor pre-'" para una biografia suya.


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-Acaso te comprendamos de mgs, hija ... Trata de obedecer, es newsario. Hay que evitarle rabias a tu padre, hija.... Anda con tantas preocupaciones siemPI-â&#x201A;Ź%... Yo empezaba a cabecear a la orilla de la mesa. A medio filo del suefio, oia 10s sollozos de mi hermana, como afanosos duendes de pena, horadando las frias piedras del aire. c

2 Las calles y 10s tejados amanecieron Virgenes de nieve, bajo un sol'fuerte, carnoso, que arrancaba a1 dia fustazos de enceguecedora resolana. El frio se sentia como escofina sollamando el cuerpo. Los ancianos eucaliptus parecian haber encanecido de pronto, y chorreaban, como 10s aleros, gruesos hilos de nieve derretida. Crujian las capas blancas al paso lento de unas cmretas chillonas, tiradas por bueyes babosos y sufrientes. El tio Bernab6, a pesar del frio, andaba en mangas de camisa, barriendo la escala. -$arajo la gente cochina! iC6mo si no hubiera esrmsado! iSe mean y se hacen todo aqui, por la chita! .... -alegaba, arrastrando con la escoba, de peldaiio en peldaiio, unos restos de v6mito y unos excrementos *midi0 secos. -iEstos carajos son 10s cochinos! -rug% cuando


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]leg6 abajo, posando 10s ojos sobre el hacinamiento de chiquillos dormidos junto a la escala. -iLevAntense, porquerias! jLevAntense, cochinos' Los chiquillos comenzaron a desperezarse entre gemidos. Daban dientes con diente. El ti0 10s mir6 compasivamente. Uno de 10s chicos se alz6 rascAndose las greiias. Tom6 su caj6n lustrador, que tenja a un lado, y sali6, hundiendo, a tiritones, 10s pies en la nieve de la vereda. -iPuchas! --chill&-. iEsta porqueria quema! ... Su aliento blanqueaba ea el aire de hielo. Los otros escalofrientos fijaban las pupilas en el hombre, asustados, humillados, doloridos. La piedad del tio se expres6 &ora no ya por 10s ojos sin0 en sus palabras: -iNo se levanten na, moh!. .. iPem, puchas, no me jodan la escala, hombres! .... Pan Candeal habia salido en libertad hacia dias. Pero no estaba am. Lo que le habia ocurride despertci un sentimiento serio de caridad en miis de alguien. Asi, la seiiora JesGs, mayordma del conventillo vecino, le permiti6 que, por las noches, se cobijara en una expesebrera que existia a1 fondo del amplio sitio. junto a unas matas de membrillo. El, no se kizo de rogar. t6 alli, atardeciendo, iba a matar su amargura con el sue50. Al salir hacia la escuela, encontr6 a Pafi Candeaf en la puerta del almac6n. Estaba muy raro. Deciah que estaba enloaueciendo. Habia tomado ahora el h6bito de I

1l.-La

sangre y la esperanza.


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seguir a 10s chiquillos. Andaba armado de un palo. Y lo blandia, gritando, como quien m e a un pi50 de bestias: --;Ah, cabro, ah, cabro maikso! Su voz era m6s ronca, guardaba ecos tenebrosos de caverna. Ekta vez me sigui6 a mi. -iAh, cabro, ah, cabro! -me gruiiia. Hui, atemorizado. -iNo me joda, no me joda! . -le grit& A m6s de alguien le habia alcanzado en alguna oportunidad un golpe suyo. Y era de temerle. Daba, la impresi6n de odiar de veras a 10s muchachos. De su nieto, no se acordaba. El pequefio seguia en poder de una vecina de buena voluntad. A su crianza contribuian todas las mujeres de la galeria que estaban lactando, mientras el padre Carmelo consegda un lugar para el chico en la Casa de kuQfanos. Cor14 desaforadamente por Garcia Reyes. -iQu6 te pasa? -me detuvo el Chueco Avilh. +Pan Candeal, oooh, que no deja tranquil0 a nadie! Yo acezaba. De tras de un poste, Pam Candeal cateaba, con el ojo normal dilatado. -iVoy a fregarlo! -4ispuso el Chueco. Se acerc6 a 61 y empez6 a burlarse, toreAndolo: -Viejo bruto .._.Viejo bruto .... El, cateaba y cateaba, pendiente del instante propicio para descargar el palo. Rengueando, se precipi-


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t6, de improviso, sobre mi compafiero. Este le escabu116 el cuerpo, y le sujet6 el arma en el aire. Fh seguida le hizo 'una zancadilla, que ech6 a1 viejo a1 suelo nevado, donde qued6 revolc6ndose. -iCaruju! iCaruju! --chillaba, tratando de levantarse-. jCaruju, cabro mafioso, caruju! A1 Chueco se le desarticulaban de risa 10shuesos. -iAd hay que hacerlo! .. iViejo jodido, no m&! . Y o no podia reir. Sentia mucha 16stima por el hombre. Me desagrad6 la actitud de mi compaiiero. Ahora se sentia llorar a1 viejo. Reci6n lograba levantarse, chorreando nieve derretida por 10s bordes del capote. -jA6san a k a n , cabro mafioso, no m6s! -jDe veras, de veras --dije a mi camarada-, abusan mucho con este viejo! .. -iPero 61 embroma tambidn pos! -Hay que dejarlo . Dicen que est6 loco .. -La laya de loquito.... -habl6 el Chueco-. Es un viejo zorro .. Se hace el enfermo.... -No, hombre, qu6 se va a hacer! jSi est6 enfermo! En Andes, nos alcanz6 Rojitas: -LSaben? iSaben? -iNo, oooh! iQu6? .. -iDesayGnense! j iDesayfinense!! ... Nos pas6 una hoja de diario:


-iEl Turnio, por la pucha! iPobm cabro! -exclamC, incrgdulo. -iPuchas la payas6! - o b j e t 6 el Chueco Avilbs- . iY yo que jodia tanto a este pobre cabro! iQuC payak! -iQuC va a ser payas6 esto! -aleg6 Rojitas-. iQuiCn iba a pensarlo, tan callado que era el Turnio! En la escuela, la sorpresa f u C mayor. Se formaban @-UPS.

-iQuC es enfennedad social? -inquiri6 el Sapo. +Chitas, â&#x20AC;&#x153;cartuchoâ&#x20AC;?, oooh!.... -le grit6 el Chueco-. iCuando tengai mujeres vai a saber!.... Intervinieron 10s profesores. Nos quitaron la hoja de peri6dico. A causa de ella, el colegio se estaba re-


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volucionando. Venian 10s muchachos de 10s cursos superiores. -iTienen un h6roe 10s del tercero, por la chita! iUn hkroe putoi Ja, ja, ja ... -gritaba, en son de burla, uno del sexto. -jQd hablai vos, F'raile, qu6 hablai! iEl Turnio no le besaba las p&tasa 10s frailes como vos! -le au116 el Chueco, dhdole un empell6n al muchacho del. gaducho que se burlaba. Le decian Fraile porque solia ayudar misa 10s domingos en Andacollo. La campana de clases apag6 la zalagarda. Eh la revisi6n del aseo, el Chueeo pag6 su mal trato a Pan Candeal: el seiior Cannona lo mand6 a casa a lavarse el cuello. -iPem, seiior!. -jNa'da de seiior aqui! ... iA la casa, jovencito, y ligerito de vuelta! -jChute de mierda! -le oi por lo bajo a1 Chueco, en tanto salia, Y o estaba medio oprimido. En verdad, se echaha de menos la apagada presencia del Turnio Llanos Mientras entrhbamos a la sala, me lo imaginaba pPlido graniento, timido, y no sd por qu6 me parecia que el rumor de la nieve derretida al escurrirse por el caiio vecino a la puerta de nuestra sala, era su propia risa Asi mismo deberia estar riendo ahora, apufialeado, en la muerte, con una risa helada, risa blanca, risa de nieve, escalofriante.


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El seiior Carmona habl6 largamente del Turnio. Dijo cosas que, pese a m i s empefios, no pude entender. Algunos reian. El seiior Carmona termin6 diciendo: --Son &as, cosas de las cuales no se puede ha blar a ustedes con claridad.... A trav6s de 10s aiios conocerh ustedes &stasy tantas cmas m5s que ya deberfan saber.... En fin .... -call6, y abri6 un texto de zoologia para empezar la clase. ‘ Pas6 un largo rato antes que yo atendiera. Me acordaba del Turnio y sus palabras de aquella tarde. Y veia tambidn a1 sefior Carmona, encogido, del brazo de la sefiorita Amanda, entrando a l hotelucho Me parecia increl’ble todo. -....y ahora nos corresponde hablar de las Columbinas.... Avecillas.... -oia como en sueiios. “Avecillas, avecillas”. iNo eran una especie de avecillas el seiior Carmona y la seiiorita Amanda, introducihdose a1 “Hotel Chileno”? i Ah, la obscurd miseria del seiior Carmona, sus pantalones parchados abolsonados en el fxaste y sus zapatos, ritbricas de PO. breza!

3 La noche se avecinaba con 10s demonios del frio batiendo sus agudos pufiales. La tarde, desbordante de sol, habia estado tibia, estimulante, grata. &ora que las sombras empezaban a mewdear por 10s ramaies de 10s eucaliptus, y las primeras estrellas agitaban a1

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viento celestial sus cabellos de aluminio, el aire era como un Anima reci6n suelta arrancando todos 10s pelos ia de ias pantorrillas. \ Habia logrado burlar &vvigilancia de mi madre. Y me obstinaba en la puerta de calle, tratando de avistar a a l g h compaiiero. No veia a hinguno. En cambio, si, vi venir a Elena en compaiiia de alguien. Caminaban lentamente. Y 10s distingui muy bien, a pesar de las sombras y de la gente que se agrupaba frente a una cocineria, y que casi 10s ocultaban a la vista. LPor que me escurri? No sd. En verdad no podria precisar si fud por curiosidad o por miedo a que Elena me delatara de que estaba en la calle. El cas0 es que me arrincond en un peaueiio hueco, telarafioso, hediondo a orines y a excremento, apegAndome a las tablas, casi debajo de la escala. -;Te dejo aqui!....-exclam6 el hombre, cuando hubieron llegado. -Podrias quedarte otro ratito -le insinu6 mi / hermana, tiernamente. -Si lo deseas, preciosa .... -musit6 61 con un pequeiio temblor en la voz. -$onto! Se sinti6 un largo beso. -iNo me beses asi, por favor, por favor, no! Y o tenia un miedo tremendo. Mas no el suficiente como para que vencieFa a mi curiosidad. Me asomC. Ellos estaban apegados a la puerta. No podian verme. Todavia tenian juntas las bocas. Tuve la impresi6nâ&#x20AC;&#x2122;de 1


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que se bebian o de que se devoraban. Me di6 rabia. Hubiera saltado y 10s hubiera apartado. Tenia ganas de araiiar. Se me ocurria que El& era mi &&e. No s6 por qu6, y que otro que no era mi pa&, la besaba. -iElena, ipor qu6 vine a conocerte ahora? 41jo 61 corno para si mismo, como con rabia. Volvi6 a besarla. La boca del muchacho se arrastraba por todo el rostro de ella. Buscaba el cuello. Y el seno. +NO, Abel, por Dios, no vaya a venir almien? -iNo importa, Elena, aunque viniera alguien, no importa! Le habia desabrochado la blusa. Y besaba alli, como acezando. Tocaba todo su cuerpo por sobre las ropas, con pasi&, casi desesperado. -iElAib! +No, no, no me toques ahi, me duele todavia! -iElena!, ._. Tenian las bocas juntas otra vez. Algo como fuego contenido parecia querer estallarme en el pecho. Gotas de vinagre se me escurrian a1 coraz6n. La rabia, no era sin embargo, superior a mis temores. No podia salir. De hacerlo, habria saltado sobre el hombre. Y le hubiera despedazado el rostro. -iAbel, si supieras ccimo sufro! -iElenita, :,y (yo?!.... iEres adorable, no lo crei nunca! iSeguir conmigo, a pesar de todo!


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palabras. Tocaba el rostro de Abel, levemente. Y fud. ella quien lo be& ahora. Los labios de mi hermana desprendianse de toda su ternura, sin ruido, oprimiCndose contra- el rostro varonil. -iElenita! i iElenita!! Ella se apoy6 en el hombro de su amante. Y la senti otra vez sollozar. El le oprimia el rostro contra si, beshdole 10s cabellos. Luego, le ah6 la cabeza, y la bed lazgamente en 10s ojos. -iEres maravillosa, Elenita! iTendremos que saber ser enteros! iTe lo adverti, Elena, antes! iTendrAs que sufrir much0 por mi! -i i i Abel!!!. ... -iOjalA me haga digno de tu sufrimiento, Elena! iVenir a conocerte ahora, Elenita! ;Venir a conocerte ahora! Su voz era baja, pero ronca, amarga. -;Tonto, no te preocupes! Ella lo besaba de nuevo. Le tocaba el rostro como a un ser extraordinaria -iMe maravillas, Elena! -habl6 61 con voz bri llante, esplendmosa de emoci6n. -;OjalA que siempre sea ad! -iRealmente, Elenita, eres maravillosa! iY0 quc crei encontrar en ti, apenas una aventura, mira c6mo estoy junto a ti! iNo sabes lo extraordinaria que ereq Elena! iSi supieras d m o se me descubre la vida en

ti!,

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-iTengo que subir yay Abel! .... i iMira, puede ve nir mi pap5!! jLe tocaba “corta” hoy! .. +Qu6 importaria que vihiera! ... iPodria explicarle! i Acaso 61 comprendiera! -iNo Abel, no lo conoces tfi! iNo sabes c6mo me decia anoche que debia terminar contigo! jY sin saber la verdad! ... iN0, Abel, serfa imposible! . . iAndate luego, ahora te lo pido!... -iBien, preciosa, adicis!... -j Tonto, hasta luego! -iNo olvides, Elena, tienes que escribirme! -jBlvidarlo, Abel, ohidado! ... SP besaron por Gltima vez, profundamente, apretadamente. Yo no tenia ya rabia ahora. No s& que efecto me habian producido las palabras suyas. Me sentia abrumado, transformado. Tenia la impresi6n de ser yo el hombre que se iba. Mi hermana, afirmada en la baranda, 10 sigui6 con la vista, hasta que atraves6 la caIle y desapareci6 a1 alcance de sus pupilas. -i Abel!.... ;-&bel!!....-m usit6 como una pequeiia abandonada, y senti un sollozo. La escala solloz6 tambiCn levemente bajo la rApida ascensi6n de su paso. Se habian separado a tiempo. V a rios tranviarios entraron de improviso, discutiendo. Y mi mamB grit6, descle arriba: -;Enrique! .... i ;Enrique!! .... EsperE! que me llamara una vez m5s para s’ubir. -iAqui estoy, mamacita!.... Pretendia evitar 10s retos. Pero, antes de presen-

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tarme a ella, kstos se hicieronâ&#x20AC;&#x2122;presentes en sus labios: -;Este chiquillo condenado, Seiior, este chiquillo!.... -se doli6 mi madre-. iD6nde estabas, pergenio! ;Por Dios!.... --En el â&#x20AC;&#x153;despachoâ&#x20AC;? -menti tranquilamente, friamente. Mi madre e n t d conmigo al cuarto. Mir6 a Elena que se despojaba del abrigo en ese instante. -iOtra vez tarde, Elena!.... -le habl6. No habia intento de reprensi6n en sus palabras. Habia s610 un atisbo de reconvenci6n, de recuerdo a una cosa necesaria. -i Trabajh sobretiempo, mamA!.. .. Sorprendia a Elen otra mentira. Ahora la justificaba. Se me ocurria que e d b a m o s compitiendo. -iNo eras t6 la que estaba all6 abajo, Elena? --la interrog6 mi madre, observhdola fijamente. -iNo, mam$ sttbi altiro, no me detuve abajo!.... -iAh!, - d i j o mi madre, siempre incrhdula. Y sali6 a la galeria a soplar el brasero. A Elena debe haberle dolido mentir. Se qued6 pensativa un instante. Y se mordi6, como de costumbre, el indice. Sus labios temblaron. Martina se peg& a sus polleras, gimoteando. La muchacha no la habia besado como era su h6bito. Apenas le toc6 10s bucles, y f u C a atender a la guagua, que habia empezado a Ilorar en su cama. No la tom6. Se pus0 a mecerla solamente. Le cantaba; pero, todo parecia hacerlo inconscientemente. Estaba abstraida, lejos de nuestro cuarto.


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Como la guagua no callara la alz6 de la cuna, y mecidndola en sus brazos, ahora, fud a sentarse cerca de la mesa. Fij6 10s ojos en la l h p a r a . Una polilla revoloteaba alrededor del tubo. La luz se quebrb en dos liigrimas que se libertaron de sus phrpados y que ella enjug6 r5pidamente.. Y o salf. Me sentia otra vez abrumado. Ella, mi hermana, cantaba en ese instante: “No se me olvida cuando en tus brazos al darte un beso, mi a h a te di....”

Era una vieja canci6n que estaba habituada a entonar mi madre. Elena la cantaba con una voz suave, liviana, tibia. Me agradaba oirla. ‘‘iPor quk se fuemn aqueUas horn c6mo soii6?”

De pie en el vano de la puerta, me sdntfa feliz, con 10s ojos fijos en el chisperio del brasero que soplaba mi madre. Mi oido estaba alerta a la canci6n de mi hermana: “LPor qu6 se fueron y acaso nunca podrh volver?”....

....

-Andate para adentro, Enriquito De suponer mi madre la felicidad que romperfa con sus palabras, seguramente se habria abstenido de hablarme. Entr6.


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E1 bruto de la tristeza me olisque6 el corazbn, cuando vi a mi hermana, enjugbdose 10s ojos. La obscuridad rumiaba en 10s rincones, tras 10s muebles.

4 Pasaron varios &as antes de que nos avisaran que se realizarian 10s Iunerales del Turnio Llanos. El director habia dispuesto que 10s alumnos de su curso acompafi6ramos 10s restos a1 cementerio. Se le vel6 en L a Mor-me. De alli tamhikn parti6 el cortejo. El atacid lo llevaron cuatro compaheros. A1 mismo tiempo se verificaron 10s funerales de la prostituta acuchillada por 61. Tras su atacid, iban muchas mujeres haraposas y pintarrajeadas. No hablaban. Iban hundidas en negros pensamientos. Algunas junto a1 carrito que conducia el ata6d, se enjugahan 10s ojos. -ison todas putas!.... -me habl6 a1 oido, Rojitas, codeindome. Adentro, casi a1 fondo del cementerio, se separaron 10s cortejos. Los cadAveres quedarian en distintos patios. Me sentia trsgicamente impresionado. Algunos de mis compafieros charlaban. Mas, aunque lo deseaba, me era imposible enrolarme a sus conversaciones. Era la primera vez que entraba a1 cementerio. Y la extraiia mansedumbre del ambiente, y su silencio pulido por la voz tranquila de 10s Qrboles, el olor vegetal, resino-

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so, que llenaba el aire, me embotaban. Hubiera querido conversar, hablar algo. Pero una mano fria 9 cruel me apretaba el coraz6n. De vuelta, traia en mis ofdos, el doloroso quejido del atatld, un quejido hueco, de tambor suelto, que exhal6 la madera a1 ser golpeada por 10s terrones y peI

hscos.

El seiior director habia preparado un discurso para ser leido por uno de 10s compafieros, en la tumba del condiscipulo. Le correspondi6 leerlo al Chueco Avilk. El no tenia el menor deseo de hacerlo. Las palabras que ley6, fueron de pura f6rmula. No hub0 emoci6n en su voz. Ley6 friamente, como 10s niiios leen un trozo de historia, por ejemplo. Los maestros t a m b i b enseiian a ser higcritas. La estupidez humana vestia sus mejores galas en 10s renglones del discurso. jLa necesaria estupidez humana! En mis ojos a6n palpitaba la vis& de un cuerpo de mujer, un cuerpo gordo, fofo, babeando en la tierra recidn echada sobre el atafid. Y de un-cuerpo de perro, araiiando 10s pedruscos No habia en ellos m5s que la miserable diferencia del porte. La madre de Sergio y el animalillo, se identificaban trAgicamente, y en aquel instante de despedida, eran a1 igxal dos animales giiniendo su desesperaci6n por un ser querido. Todo esto me heria. Afuera, de nuevo encontramos a las prostitutas. Subieron en el mismo tranvia que nosotros. Y reian. Con risas estruendosas, risas que querian ser lenitivo

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a la clesgracia, y que resultaban algo asi como 8ijeras triturando el sentimiento. Alas de paradoja. Toscas plumas de angustia, intentando remedos de olvido. Brumas heladas ocultando la arboleda interna de las Egrimas. Es cierto que yo era un niiio. Per0 algo incomprensible y terriblernente cruel, me aguijoneaba el pecho. Nos dieron asueto por la tarde, en prueba de duelo y en memoria del compafiero ido. Me pas6 vagahdo por el barrio. Molestando a 10s perms. Metidndome a 10s conventillos, 2 camorrear con 10s demis muchachos No sB si era rabia lo que me aquejaba. 0 si pena. Queria si, desasirme, por instint% de todos m i s sentimientos. LleguC tarde a la casa. No sd qu6 cara Ilevarfa. El hecho es que mi rnadre no me reprendi6. -iEst6s tan phlido, iquB te pasa?!.... -inquiri6, inquieta, intrigada. -Nada, nada .... --chill& Y me plxse a reir a carcajadas. -iHijo, hijo!.... -grit6 acerchdoseme y a g a r r h dome por 10s hombros. iQud tienes t6, qud tienes? .... Quiso darme agua. Se la rechacd. -;No quiero! -aulld, y sali puerta afuera. Ya era de noche. En ia calle no habia ninguno de mis compaiieros. Parpadeaban las luces del dep6sito. Habia un olor hiunedo a sombra. Olor a invierno apercancado. Olor a charca sin estrellas.


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Los hombres pasaban mudos, bovinos, ciegos, an6nimos. Pan Cadeal se allegci a mi. No le hui. En la sombra, me mir6 fijamente. Su ojo normal era como un alfiler amargo. -iT6 solo, niiio gueno! iTii solo gueno! -me hab16 como tal v e ~pudo haberme hablado mi madre. No percibi su fetidez. Su miseria no valia en aquel instante. No podia valer. Su voz y sus manos Asperas, tocAndome la barbilla. me fueron como la vida, como un t6nico para dar 10s primeros pasos de regreso a mi mismo. El anciano se fud. Estuve aiin largo rato en la . puerta, junto a la escala. Comenzaban a llegar 10s va. gabundos a dormir. Obreros, maquinistas y cobradoras entraban, indiferentes. No sentia 10s tranvias que regresaban al descanso, ni veia las luces que decuraban la calle en caravanas de gigantes 1uciCrnagas bulliciosas. Treph la escala a1 fin. Elem. ya venia en mi busca. -iEstaba abajo!.... -respondi apenas a una prea n t a suya. En el departamento del t i 0 Bernabd, 10s chiqui110s entonaban un h i m o : â&#x20AC;&#x153;Viva la u n i h h uni6n social....â&#x20AC;? ....

Antes de entrar a nuestro cuarto, en el que mi madre me esperaba rnujr preompada, vi en el aire li12.-La

sangre y la esperanza.


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bre m6s all6 de la galeria, UXB vislumbre rojiza. Se oia &ora un ruido estruendoso de metales sin temple. Y unos gritos ininteligibles. La locura de Pan Candeal se intensificaba. No era Qsta la primera noche en que se le oia golpear desesperadamente en las latas mohosas que hacian de puerta en su vivienda, y cantar engorrosas canciones que semejaban aullidos de bestias heridas. A su zarabanda respondian ahora 10s perros del barrio. Bajo la obscuridad de la noche, 10s llantos c k i nos eran como un desenfreno de pasiones reprimidas. Arrollado luego en la cama, mudo, seco de palabras, tiritando ante las saetas del frio, todavia sentia yo, m6s all&de 10shimnos vibrantes y marciales de 10s hijos de mi tio, el cor0 doloroso de 10s perros, ululaindo a la noche, llorosa de presagios, a1 rabo de la locura del viejo Pan Candeal, desencadenada en voces sin luz y golpeteo inarm6nico de latas. Aquello era trhgico. Si. Pero era t a m b i h como una expresi6n profunda de vida sin hipocresias, librando una cruenta batalla con las sombras. iEl cor0 de 10s perros! iEl cor0 de 10s perros!


â&#x20AC;&#x153;ICs smazgo y es ddce en las noches invernales, escuehar cerca del fuego que palpita y del humo, a1 son de las campanas que cantan en la bruma. 10s Iejanos recuerdos lentamente detrarse

La campana Mzada

%CARLOSBAUDELAIRE


RUTAS

DE

AGUA

“iQuk cordura y quk conocimiento, oh ’ [mujer, en la palma de tus manos! iQu6 no pueda yo contemplarlas sin que se [escape de ellas una paloma!

. ,........................ .................................,................,....,....... ;Oh, bella, grave y pura columna del hogar!” Nihumin LUBICZ MILOSZ

1 0 PIENSO EN el musgo que mis manos de niiio arrancaron a puiiados de muchas cunetas eternamente hfimedas y sombrias, y de tantas murallas antiguas, de cara a1 sur, condenadas a1 dolor de una profunda y fria soledad sin ruda ternura de sol. Pienso en ese musgo, y tengo la sensaci6n de una verde y llorosa suavidad, que es lo mismo que mfisica oida antafio por


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un sentido de inocencia. Acaso yo exagere. Pero es que 10s ojos de mi madre. como 10s de todas las verdaderas madres, afinearon en mis dias de infancia tantas finas raices de luz, que no puedo; por menos que exaltar su recuerdo, asocihlolo a todo detalle o realidad del pasado que, aunque pequefio e intrascendente, resulta hoy sangre vital en las corrientes de mis v e n a evocativas. Si m6s de una vez el rescoldo ancho y puro, SUStentador de emociones que debieron tener su origen en las plumas m6s cttlidas del sentimiento, Ilame6 en Ias pupilas de mi madre, soplado por algtin viento de ira, mientras 10s azotes escaldaban mis pantorrillas tembleques y mi llanto desorbitado reclamaba una porci6n de piedad, es precis0 entonces que yo piense en el musgo, como en todo grato tiempo fenecido, porque, i c d n t a historia de angustia y de luz hay en su existencia vegetal, que me ha parecido la misma historia de humanos nudos que inform6 la C l a r a realidad espiritual de mi madre, plasmada en amargura, en llagosa vida que la incomprensih de 10s hijos exasper6 en tanto lapso inocente? Y s610 asi es posible alcanzar el descubrimiento de 10sperennes retofios apuntados en su coraz6n, como dedos de callosa y ajada epidermis que, de tanto ejercicio en experiencias de vida, bubidranse tersificado para la entrega de sus poderes de ternura. Un hombre puede cualquier dia mirarse las manos. Aqui encontrar6 acaso el reflejo de su lucha a travds de tanta muchedumbre de horas transcurridas


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en medio del aroma profundo de hierro fundido que es.la vida. Puede tambikn mirarse al coraz6h. Y he aqui que el azogue de su sinceridad, estar5 pronto a la exposicih de sus canallerias. Yo no me atrevo a ello, porque, iquk hay de m6s g r a d e , a veces, que sentirse bueno a fuerza de vivir en conciencia de estar ligado a semejantes y familiares de vertical gesto humano? Esta conciencia, que, naturalmente, infunde cuerpo a1 orgullo, puede ser una raz6n euf6rica de existencia, Pero es tambikn una de nuestras mas grandes bellaquerias. Asi, y todo, deliberadamente, quiero ser un canalla, a costa de enorgullecerme del clima de bondad que, en esencia, atemper6 mi infancia, emanado del transparente predio materna

2 Aquella tarde, llovfa a mares. Lluvia gruesa, vital, lluvia como yegua encabritada, coceando, piafando. El viento afilaba sus cuchillos contra las calaminas de las casas miserables y contra 10s otros pequeiios cuchillos que eran las hojas de 10s pinos, viejos trillizos aposentados frente a las desconchadas murallas del Patronato. Graznaban las campanas de Andacollo ante el afiin endernoniado del viento. Era uno de esos dias en que 10s lacerantes gritos de 10s trenes se oyen a trav& del aire chorreante como sordos clamores de viudas sin herencia. Yo, por entonces, no iba abn a la escuela. Y mi

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hermana no trabajaba todavia. El Gnico cuarto que era nuestra casa, no conocia el silencio, que parecia andar huyendo de nuestra humildad, de tanto sortear 10s vagidos del nuevo vhtago, ingresado a nuestra familia meses antes de este tiernpo de crudas alternativas. Vidamos en la calle Paz, que extendia su existencia de baches y de barro, abierto entero el rostro proletario a las bofetadas del invierno. El canal vecino fundfa su bullente fogosidad de agua, en haraposos ruidos, a1 torrente celeste de incesantes chorros. Elena ensayaba ya sus aiios en funcimes de pequefia nodriza, meciendo junto al brasero a Adriana, que se adormia a1 gutural canto de mi hermana mayor, a la â&#x20AC;&#x2122;leve cancicin de la tetera casi himiente y a1 rumor cortante de la lluvia y del viento. Martina dormitaba en su silleta de brazos cerca de ella. Y o , en el suelo, juhto al fuego tambien, recortaba â&#x20AC;&#x153;monosâ&#x20AC;? de una revista, mientras mi madre, en el pasadizo, tiritando, se contraia, gibada sobre la artesa, lavando nuestra ropa para el domingo. El frio helaba nuestra profunda soledad circuida de himnos de agua. La tetera larg6 el hervor. Y era el instante de preparar el cafC de las once. Elena se levant6, avanzci hasta la cuna, y, depositci, cuidadosamente, en ella, el pequefio merpo de la guagua, cubrihdolo en seguida, sin dejar de. arrullar. Las tijeras se me desprendieron en ese momento de las manos, sonando contra el borde del brasero.


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-iSchittt! -me susurr6 E ~ C X abriendo EL, tamafios ojos. Un grato y frutal olor se sum6 a1 rancio y h h e do h5lito del cuarto cuando mi hermana dej6 caer el agua hirviendo en el tiesto en que el caf6 de higo y trig0 esperaba remojarse. Mi madre, castafieteando 10s dientes, empapados 10s viejos zapatos del tragin, entr6 sechdose las encarrujadas manos. Sus brazos delgados y enrojecidos, desp& un vago vapor blanquecino. -iHRvAntate, Enriquito! -me dijo con temblorosa voz-. iEsti tan h b e d o el suelo! Alii est5 tu siIleta. En efecto, la humedad del tiempo traspasaba hasta las taglas arriscadas del piso. Pero mis cortos aiios de entonces sabian gozarse ya en entrenamientos de soberbia y rebeldia. +No quiero! -grit& -iQu(l es eso, Enrique?.... NLi madre me levant6 a la fuerza, zamarrebdome. Tenia 10s brazos frios y dsperos de poros erizados. Y o chillaba como un rat6n. Me sent6 violentamente en la silleta de paja. Mi soberbia se mordi6 alli, sobre el asiento, Ilameando a trav6s de mis ojillos sus fuegos precoces. -Camina a1 pan, Elena.... -habl6, en seguida, la seiiora. Mi hermana recibi6 las monedas que le alargaba mi madre, y sali6 por la puerta del pasadizo, 6cogi6n-

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dose, en un infitil intento de precaverse del frio. Mi madre se qued6 junto a1 fuego, pensativa. Tenia el moiio caido. U 10s ojos dulcemente tristes. Yo, Enrique, cerca de ella, senti c6mo la soberbia se me evadia ante su presencia pura de mujer. Un instinto de comprehsivo cachorro se imponia en mi corazh. Y pestafieaba, pestaiieaba frente a ella, sintiendo latir su tristeza junto a mi exiguo universo infante. Era ella una mujer. Una extraordinaria mujer con 10s zapatos empapados, con el delantal tambibn empapado sobre el vientre y 10s pechos tibios, con las manos encarrujadas, reblandecidas por el desmanche, con 10s brazos enrojecidos de frio, con el moiio un poco caido, con 10s ojos tristes.:.. Era mi madre. Yo pestaiieaba, reclinada la cabeza. Podia, indudablemente, ser lo mismo un 60 o un pequefi0 perro. Ella sorprendi6 mi atenci6n. En la sombra del cuarto, acrecentada por el dia de plomo, su tristeza brill6 en sus ojos alumbrados por el latido rojo del rescoldo. Se alz6. Se ace& a mi. -iHijo!.. .. --exclamb. Y me bes6 el rostro entero. Me hundi6 la diestra en la cabellera. -i Hijo!.. .. Sentia en sus labios y en su mirada esa tibieza tierna y maravillosa, esa tibieza Gnica de pluma inconcebible que dulcemente condena al niiio o a1 hombre a la sal temblorosa de la 16grima. iQuC podia deck yo en ese instante? Nada. Absolutamente. Mas. llora~

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tretenia tirdndole 10s pelos a1 Mimi, nuestro gato, que habia regresado hacia poco rato, quiz6 de qu6 ins6lita correria en medio del agua cortante. El animal estaba como esponja. Y el frio lo hacia indiferente a la indolencia de mis manos. Tiritaba, roncando levemente, como un chiquillo dormido.

3 ‘*maParemd” era popularisima en la calle Mapocho y sus ramajes, por lo menos en una extensi6n de diez madras. Beata de apretados quilates, sus labores se reducian a visitar al cura a primera hora, a echar un suefiecito en la sacristia de la parroquia y a recorrer calles, a la caza de cincos y dieces para el hogar de Dios. Era, ademb de pequeiia y seca y espectralmente pslida, prestamista de dinem a1 veinte por ciento. Tocaba tambiPn el arpa. Y en m6s de una fiesta proletaria, sus manos se hicieron Qgilmente nEas para arrancarle cuecas a las cuerdas de tal instrumento. --jSi en su juventud hizo su gloria en una casa de “chimbirocas”.... -exclam6 alguien una vez, aludiendo a ella. Pero, la caracterizaba aGn otra condici6n. Es el cas0 que, debido a quiz6 qud falla fisiol6gica, en lo mejor de sus caminatas las piernas se le irresponsabilizaban, y se precipitaba a1 suelo. A veces, lograba apoyarse en alguna muralla, cogerse del brazo de quien pasara en ese precis0 instante. En todo caso, si no en-


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contraba apoyo, para eso estaba la experiencia. El h k bito la habia ejercitado de tal manera, que llegado el caso, se derrumbaba a1 suelo, con una suavidad de violets. Alli, sobre las piedras se quedaba hasta que pasaba algtin transehte. -iPbreme! --ordenaba, con voz de acero, imperiosa. Nadie podia negarse, porque la maldici6n se convertia en vibora en su espinazo. Casi t d o s la conocian, de manera que, a travCs del tiempo, el barrio se habia acostumbrado ‘ a sus violentos modos. De tal suerte, muchas veces, antes de recibir la orden, ya estaban‘a su lado para levantarla. Pesaba como oro. Y mgis de a l d n rotito “niiio”, le alargb, a1 alzarla, 10s dedos rudos hasta 10s pechos secos. :--iMira, mano larga, no m6s! A e c i a ella, ronca y sentenciosamente.

4 El oiento gemia. El agua, sobre 10s techos, parecia hacerse cada vez m6s espesa. Mi madre habia wtruiado ya la ropa y La amontonaba, siempre en el pasadizo, en un Dan tiesto de lat6n. La guagua dom’a. El tiempo ere0 que se ocultaba bajo 10s catres como un ladr6n arrepentido. Elena zurcia unos calcetines de mi padre. Mi otra hermanita se balanceaba amarrada a su pequefia silla de brazos, siguiendo el ritmo de un


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canto gutural, descolorido, que se convertia en una “eme” infinita, a trav& de sus labiecitos paliduchos. Las mechitas rizadas le danzaban en la frente, oculthdole casi el azul-vagabundo de sus pupilas inocentes. Ahera, bajo la pesada lluvia, hosca de sombras, algixn carretcin pasaba, quej6ndose como un hombre herido. Su conductor espantaba el hielo, con una canci6n voceada como a pujos, roncamente: “Agua que no has de beber

dejali correr, dejali, dejali....

La, la, la, la, de beber, la: la, L, la, la, dejali, deja16....”

En las puertas de las casas vecinas, se oian a menudo, golpes severos. Silbidos profundos horadaban el cuerpo del aire chorreante. Eran 10s maridos, que regresaban de las labores. Uno de 10s golpes, toc6 nuestra puerta. -Tu padre .... --dijo cilidamente mi m a d a Elena. -Si, mi papL... -recalc6 mi hermana, dejando el trabajo, y alzhdose. El viento, armado de filosos cuchillos, se preripit6 a1 cuarto cuando la puerta fu6 abierta. Y o desatendi mis recortes, botando las tijeras. FijC mis ojos de perrillo en la puerta, pronto a ir al encuentro de mi padre. Pero, no era 61. Era don Recaredo, nuestro sub-


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mendador, que Veda borracho y se habia equivocado de puerta. Dijo unos cuantos disparates contra 61 mismo, y se fu6. No tardamos en sentir las vociferaciones de don Recaredo, el crujido de 10s muebles y 10s alaridos de su mujer, a quien, en su inconsciencia, golpeaba y pateaba. Nuestro cuarto ternblaba. Nosotros estAbamos imperttirritos. Acostumbrados a este fenbmeno, que se producia las mss de las noches, ya no nos importaba. El h&bito era como el padrino de nuestra serenidad. Luego, cuando la harcadas y 10s v6mitos desannaran a nuestro vecino, habla de aparecer por el pasadizo dofia Eufemia, su mujer, toda descompuesta, llorosa, con el pelo en desorden, 10s vestidos sueltos, a hablar con mi madre. .. -iSefiora Laurita, por favorcito, convideme con un poquito de bicarbonato! Esto era la de siempre. Y siempre mi madre estaba pronta a1 servicio. Ahora, se sec6 las manos con el delantal, y fud a la cocina en busca del calmante. -- j Aqui tiene! -iTantas gracias, seiiora Laurita, tantas gracias, qu6 Dios la bendiga!.... iSiempre tan guena ustd!.... Atravesando el pasadizo, se meti6 a SIX.cuarto. El marido refunfufiaba, hipando. MGs tarde, repuesto con el remedio que le di6 la esposa, habia de estar de nueVO, pateando 10s trastos y a la mujer, que clamaba a t d o s 10s santos por su salvaci6n: 13-h

sangre y ka esperanza.


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-iSefiorcito, por Dios, virgen santisima, no s6ai salvaje, Requito lindo! iPor Dios, Sefiorcitof.... ;No se& malo, Requito!.... Cuando el cansancio agot6 a1 matrimonio -a1 hombre de golpear,~patear y a la mujer de damar y dolerse-, un silencio de 6nimas en meditaci6n se aposent6 en 10s dominios de nuestros vecinos. De afuera, entre el intenso y profundo $etreo de la lluvia y el viento, y entre el parloteo doliente de 10s pinos trillizos, vinieron fuertes y apretados retazos de voces. Lejos, ad16 un perro. De rato eh rato, las voces y las exclamaciones de afuera, comemaron a hacerse m6s nitidas y perceptibles. Y en un deseo momenthneo del agun bulliciosa, un tragaluz de nuestra pieza, di6 salvo conduct0 a varios dihlogos inquietantes: +Hay que sacarla, hay que sacarla!.... iSujete este palo, compaiierito, sujete este palo!.... iCuidado, no vaya a soltarloL. iLa corriente tira como demonio! La voz era nerviosa, precipitada. -iA ver, a ver, otro “gallo” que agarre este garfio! iEh, hermanito, eh, que se nos va el bulto! .... -iCarajo, cuidado! -iNo hay cuidado ya! ;El garfio est4 pescao de las pretinas!.... -jCorriente’l diablo!.... iHij’una gran puta! .... iTira mhs rejuerte! Mi madre estaba atenta. Elena se pus0 de pie. ---iAlguien se ha caido a1 canal, mamacita! -exclam4 y sal% precipitadamente. I


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-iEsta chiquilla! 3%madre sali6 tras ella. Y por supuesto, la curiosidad de mis estrechos aiios, no iba a quedarse am, junto al fuego, en suspenso. El viento y el agua, que volvian a desenfrenar su furia, me rnoquetearon el rostro con una frialdad de manos difuntas. Eajo la lluvia, la curiosidad y la inquietud, cubrian de indiferencia a 10s vecinos frente a 10s mil demonios del invierno, que andaban sueltos en 10s baches y empapaban las vestiduras raidas. Agrupados ante 10s alambres combados, apuntalados con fierros y latas mohosos, que resguardaban el. correntoso canal, hombres, mujeres y chiquillos hacian suyo el peligro que corria a q r d cuerpo, que algunos luchaban PO,* arrebatar a la muerte. Palm e improvisados garfios, sostenian ya en el aire el bulto chorreante. -iYa, hermanito, ya hermanito, h5gale empefio a bajar! La gente se hizo a un lado. Y un hombre salt6 la alarnbrada. A p y a n d ~un pie en el borde de una de las tablas de1 puente carcomido, que en ese espacio reemplazaba a la vereda, se agarr6 con una mano de un alambre, y con la otra di6 caza a1 cuerpo que vacilaba encima del agua.â&#x20AC;&#x2122; -iCarajo, carajo!.... -rugici-. iSe va a rajar el vestido! Dos hombres de 10s de arriba, lo sujetaban de un brazo.


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-iPCsquela

nay hermanito!.

de la pretina, compaiiero! iLa preti-

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-;Por la midchica, no aguanta, tampoco! iSe desabroch6! ;Nosuelten 10s garfios! ;Si no, la vieja se va al diablo!.... .;Cuidado, cuidado, que la corriente se la come! -;Y'estb firme otra vez, a g h e l a del cogote, herXlXlXlO!

-iY'estd, que baje otro! Se descolg6 otro hombre. Vacilando sobre la negra y retorcida corriente, tiraron el cuerpo hacia arriba. Varias firmes manos 10 aseguraron en el aire. -iQu&n sera, por Diosito! .... icaerse al agua con @st43frio! --;Qu6n serfi! El cuerpo ya estaha sobre las tablas raquiticas del puente. La obscuridad mord& 10s rostros. Per0 9as vecinas, sin reconocerse unas a otras, identificaron en seguida, a la semi ahogada. -;Si es ma ParemB, Seiior! +ma Parem&!.... No salâ&#x201A;Źan de su estupor. -!Si era Ra Paremd! -iLlBvenla a mi cuarto! -ofreci6 mi madre. Xadie se hizo rogar. Dos hombres dzaron el cuerpo destilante. -!Era que hubiera si0 sal siauiera!.... iasf habrfa bajao algo de peso! .... -rib U ~ Qde ellos. Se conocfa que ya en otra ocasi6n le habfa cornspondido tomarla.

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Rieron algunos, con esas risas comunes, opacas y cortantes que n u c a faltan en medio de un instante de tragedia. .All& junto a nuestro brasero, en el cual la tetera runruneaba, compitiendo con el Mimi, que huy6 espantado parando 10s pelos y la cola, qued6 el cuerpo inanimado de Na Parem6. La vieja tenia el rostro verdoso, y las mechas albas se le pegaban a las orejas y a1 cogote. Residuos de excrement0 humano y cieno se adherian a sus ropas empapadas. En las tablas arriscadas, el agua terrosa, corria desprendiendose de las ropas como de una esponja. Una mujer comenz6 a sobajear el vientre de la victirna. Borbotones de espeso Zfquido afloraron a sus labios amoratados. Mi madre habia hecho salir a casi todos 10s curiosos Los pocos que quedaban tuvieron que refugiarse en e! pasadizo. Y o tambign, con mi hermana mayor, fuirnos obligados a abandonar el cuarto. El rniedo comemaba a rasgu6arme el pecho. Tenia la cabeza poblada de nemas im6genes. Y me puse a llorar. Mi hermana me consolaba infitilmente, acarici6ndome y besAndome. Los cuerpos de 10s hombres, en las somhrm del pasadizo, trashumaban un olor caliente a humedad y a sudor. Hacia el patio, entre la obscuridad empapada de Iluvia, yo esperaba de un momento a otro, ver aparecer rojas y peludas pupilas, con patas, como las mafias, que debian venb a devorarme. Cosas que no v i nunca. Pero que rebotaban en mi cerebro redueido, corno pelotas de goma ardiente.


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Me tranquilict5 s610 cuando pudirnos volver a h pieza. A .ma Parem6 la habian vestido con unas ropas de mi madre. Sobre uno de 10s lechos, articulaba, vuelta m6s o menos en si, palabras que nadie entendia. Se esperaba que, de un instante a otro, viniera la ambulancia de la Asistencia PGblica. -iQuC querrh decir? -se preguntaban las vecinas. -iC6mo se habrA qu6ido a1 agua!.... Las dudas que vagaban por 10s cerebros y el aire del cuarto como polillas atontadas, se alumbraron, de pronto, de trdmula estupefacci6n. ma Parem6 acababa de pronunciar un nombre: --iPadre Carmelo! Habia agregado algo que no se entendi6. Per0 que, repetida la frase, dej6 en suspenso toda exclamaci6n de las mujeres, e hizo cambiar miradas reticentes de ironfa a 10s hombres. -;Yo lo quero tanto a ust6! Las hembras se apretaron en torno del iecho. Sus ojos brillaban de expectaci6n. Los pechos les vibraban. -iSer,i posible?.... -iY por qu6 no va a ser?.... ma Paremd se agit6 en la cama. Levant6 una pierna. Luego, una mano. Pierna y mano volvieron en seguida, precjpitadamente a su sitio anterior. El cuerpo qued6 de nuew imwhil, muerto. SElo una especie de nudo en la garganta, le subia y le bajaba.


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--iQud cosas ocurren! -iC6mo puede ser? .... -iVaya, por qud no!.... -argument6 roncamente un hombre, y lanz6 una carcajada redonda, brillante. +MGs respeto!.... -hinu6 otro, masticando la risa.

-iSi! -afirm6 rigurobmente mi mamA-. iM& respeto! El momento no es para reir. Acaso sea mejor que se vaym. Los dos chistosos salieron. m a Parem6 se movi6 otra vez. Se alz6. Qued6 sentada, afirm6ndose en 10s brazos, echados hacia atrh. Temblabn. Tenia el rostro crispado. Tras las bolsitas de came que 10s afios habian colgado bajo sus ojos, parecia tener dos sapos inquietos que no dejaban de patalear. Las pupilas se le saltaban. --iSi, si, padre, padrecito Carmelo, perdbneme, padre Carmelo, per0 yo lo adoro! iPerdbname, perd6name, Dios mio! Cay6 de nuevo en letargo. Per0 su inmovilidad no obst6 ahora para que siguiera pronunciando, como desde el fondo de un suefio lejano, quedamente, silenciosamente, entrecortadamente: -iSi, Dios mio, si el padre Carmelo no me quere, YO voy a morirme! iUst6 debe quererme, pndrecito Carmelo! Las mujeres se mostraban desoladas. Pero habia en sus ojos una luz de rnalicia. -iPobre vieja!


La lluvia seguia cayendo, cada vez con mayor impetu. El viento ululaba como un arriero loco, perdido en una noche montai5esa. Las campanas de Andacollo, a1 golpe del viento, bien podian estar-riendo lagrimosamente como novias en el goce de la primera posesi6n o bien podian estar llorando por quiz5 que ausencia de tiempos pecadores. Y aqui, dentro de nuestro cuarto, mientras en el coraz6n de las mujeres la piedad se cubria 10s ojos y 10s ofdos alejhdose de su dominio, que ya pertenecfa a la picara planta de la maldad, la inconsciente palabra de ma Parem6, era como un rio de agua triste, cllamando por un mar imposible: -iDe veras, padre Carmelo, yo lo quero! iPor Dios. quâ&#x20AC;&#x2122;erame un poco uste! Cualquiera imaginaci6n viva, pudo haber presenciado en su predio interno convertido en sacristia, entre un hurno de incienso y una lluvia de agua bendita, la mistica y espigada figura del buen padre Carmelo, tr6mulamente indiferente a las sfiplicas de una vieja que se aferraba a sus piernas, regando de 16grimas 10s pliegues de su raida sotana, en tanto las decrkpktas palabras, viudas de mocedad, goteahan en el aire oloroso a imposible, la dolencia de una pasi6n sin destino. +Padre Carmelo, tiene que a-marme ust&, tiene que Nnarme ust6!.... -iPapbuuu!. .. jPapliuuu! .... -se anunci6 la ambulancia. Y el eco en la distancia, rompiendo la lejana ur-


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&embre de agua, remed6 con sus flautines empapados: -i Papduuu! .... iPaphUu! El cabo Cifuentes, un guardih vecino que la habia hecho llamar, venia sobre una de las pisaderas. Recikn ahora tom6 nota del hecho. --iIntcnto de suicldio!.... -pronunci6, mientras garrapateaba el parte. --i....por amor!.... -termin6 la frase una vecina, entre compungida y burlesca ajusthdose la pretina de la pollera. -$'or lo que sea, seiiora! 4 i j o severamente el guardih- iNo se meta ust6 en lo que no le Liporta! .... -iNo se enoje, pues, mi cabito! Movia las caderas la mujer y 10s ojos del c a b tuvieron un brill0 extraiio.

5 S610 cuando la ambulancia se hub0 ido. Y no habiendo nada que curiosear, los circunstantes tambi6n se fueron, mi madre vino a caer en alga extraordinario y fatal. iNos han robado ell -iElenita, Elenita! -grit&. tiesto con la ropa! .... -; Mamacita!.... Mi madre, Iloriqueando, sali6 con la I h p a r a d pasadizo. No habia ni sefias de la ropa reci6n lavada. Alli, en una de las orejas de la artcsa, como muestra de la labor que habia ocupado a mi madre toda aque-

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j6 del abrigo mojado, y como de costumbre, a h cumdo sus zapatos y sus pantalones se encontraban pasados de lluvia, me columpi6, senthndome sobre el empeine de uno de sus pies, y tomhndome ambas manos por detr6s de la pierna. Cuando uno puebla esa regi6n azul y rosa de la nifiez, en' que las amarguras casi no c u e n t q pese a que ya est6n como ratas hambrientas roydndonos obstinadamente el corazhn, no se es m6s que un simple cachorro, un cachorrillo de hombre, o de perro, o de Ip6n acaso. Nunca vivimos m6s en funci6n de animales que entonces, y es quidn sabe s 6 o en el llanto o en la risa. que nos definimos como niiios. Pues, mientras mi padre, afirmado con una mano a la perilla de uno ae 10s catres, y con la otra aseguraba mis brazos aferrados a su pierna, sostenidndome en el aire en delicioso vaivdn, mi risa, que por esos aiios; bien podia ser tambien gorjeo, definia mi existencia de niiio, de autdntico niiio, de verdadero nEo. Desde el momento en que mi padre se habia anunciado, mi madre aparent6 tranquilidad. Su conciencia de esposa era lo bastante C l a r a como para evitarle, por lo menos en 10s misrnos momentos de su llegada, el conocimiento de aquellas cosas que despuds del duro trabajo cotidiano fueran aumentar sus naturales preocupaciones de esposo y padre. Despuds de atenderme, columpiiindome y acaricikdome, el hombre fu6 hacia su mujer. Era mucho


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mis alto que ella. Parecfa un fornido espino junto a una patagua nueva. +&ut5 dice mi vieja? La b e d en la frente; Mi hermana, evitando ser vista, a h se enjugaba algunas 15grhas majaderas. La ternura de mi padre, siempre que salia o llegaba, buscaba la comprensi6n de EU esposa, en la misma forma. No era una mera fbrmula estfipida la actitud suya. Era como una manifestacibn de human0 y profundo afecto, luminoso saldo de amor que la pasi6n de 10s primeros afios de matrimonio estableci6 para 10s dias del futuro. Habria bastado mirw 10s ojos de aquel hombre en ese instante, para intimar con su sinceridad anchamente proletaria. Mi madre recibia estos gestos con simple apostura de mujer ya ejercitada en la maternidad, y que habiendo encontrado en 10s hijos un destino para amarrar sus mejores sentimientos, admira y &ere en el compai5ero de sus dias, al padre de ellos. Era un a n o r singular el suyo. Un amor que, acaso, ganhdole tiernpo al propio tiempo, encontr6 el molde preciso donde plegar sus alas para precaverse de tormentas inGtiles. Un amor sencillo, humilde como trig0 o como pan. Y como trigo o domo pan entibecido por dones de azules reflejos estelares. -zQud dice mi vieja? -habia indagado 61, acompafiando una caricia. E ' ella, conteniendo la amargura, e intentando una sonrisa:

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-iLo de todae las noches, pues, hijo! iQuC de novedad habia de decir? Debe haberle dolido mentir. Per0 la raz6n de la mentira, y el tono dulce con que la pronunci6, la salvaban. Pellizc6 tiernamente la nariz de mi padre. Le golpe6 un brazo. Y f u 4 a cubrir a Martha, la otra hijay que se habia quedado dormida junto a1 profundo suefio de la guagua. El hombre se qued6 mirhdola. Alguna duda debi6 inspirarle su intuici6n. F’uC hacia Elena, y la acarici6, hariCndole bailar la melena graciosa, confirmando seguramente sus dudas frente a 10s ojos llorosos de mi hermana. No dijo nada, sin embargo. §e sentb, meditabundo, acodtindose en la mesa. Tiritaba a6n. -iCorre hacia a d el brasero, Chinita!.... -pidi6 a E3ena. -i Papacito!.... Me acerquk a 61. Me sentf feliz cuando me sent6 en sus rodillas. El silencio hizo guardia por largo rato en el cuarto. El hervor de la tetera, que nunca estaba ausente de encima del brasero, era como la respiracih del propio silencio. Mi madre, para llenar el tram0 de tiempo que restaba para comer, despert6 a la guagua, y le di6 el pecho. Seguia lloviendo sin descanso. El viento, Si, habiase inmovikado. Y un tren que pasaba cuadras m h all& hizo sentir s u “chiquichaca” asordinado a travks de la lluvia, hermanhdolo a instantes, a varios luenOS alaridos, de esos que, en la infancia, ejercitaron mi

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corazcjn en la experiencia de no s6 que penas incompreusibles. De hombre, y a1 ritmo de alguna arrugada mtisica oida otrora, uno puede sentirse asaltado por tants cuchillo de recuerdos que hay que despedazar para evitar la l&gima inconsciente. Pero cuAnto m6s acero se tiene que-quebrar en el sentimiento, toda vez que la noche tiende a llevarnos, a desgarrones, un trozo de vida, en la sinfonia tormentosa que es el ululante sollozo de 10s trenes. No tardamos en estar todos en torno a1 comedw9 tragando las â&#x20AC;&#x153;pantrucasâ&#x20AC;?, guiso que mi madre preparaba admirablemente. Humeaban 10s platos sobre el hule cacaraiiado, de dibujos diluidos ya por el roce del estropajo. El gat0 iiauqueaba, rasguiiando las patas de la. si1L;ts. Mi padre cuchareaba, herrnktico de palabras. Tenia tal vez, la seguridad de a l g h suceso molesto. Rero callaba. Su paciente domini0 lo hacia morderse acaso, interiormente; mas, no seria 61 quien indagara. S610 en el instante de beber el 4 6 , mi madre se decidi6 a informarlo: --iGuillermo! 4 i j o . Guillermo, mi padre, alz6 la vista. Trataba de mostrarse trariquilo, per0 una lija de exasperaci6n pulia sus pupilas. Mi madre vacil6 otro instante atin. -jHabla luego, vieja! En las palabras, la impaciencia del hombre salic5 a medir definitivamente sus pasos por el cuarto.


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--iNos han robado, hijo! -continu6 ella, con voz trCmula. --in?.... iHabla claro, mujer, habla claro! --iQue nos han robado, te digo, Guillermo! iNos han robado toda la ropa reci6n lavada! El hombre se mordij. Retir6 la taza vacia. Hundi6 la cabeza en sus manos grandotas, morenas, de venas hinchadas, que yo tantas veces me entretuve en aplastar con mis dedillos inquietos. -iCarajo! --dijo al fin-. iAsi cs que nos han dejado desnudos? --Ad es, hijo.... Mi madre lloraba de nuevo, sorbi6ndose a instantes las narices. Mi pap6 se mes6 10s cabellos. Mundi6 otra vez la cabeza entre las manos. Y despuds: +Per0 es posible, Laura? .... 4 i j o con voz ronca, arrastrada, COMO un ofidio herido, golpeada por una leire lvz de extralia esperanza--. iPero es posible, Laura?. i.C6mo fud, vieja?.... iHabla!.... Ella se enjug6 10s ojos. -A Na Parem6 la sacarm casi ahogada del canal.. . La atendimos aqui, hijo. En la confusi6n se habr6n llevado el tiesto con la ropa.... -2.Has averiguado algo? -No, nada. Los que se la llevaron, no iban a hacerlo para ponerla a la vista.... -jPero no es posible, Laura! iNo tienen ojos ustedes, entonces?.... iT6, Elena, c6mo te descuidaste si tu mami estaba ocupada?....

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-iC6mo SaflO!

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iba a pensarlo, papacito, c6mo iba a pen-

Mi hermana lloraba tambidn. Yo me entretenia en pelar el hule, activando pnis dedos bellacos. Mi padre me alargci un manottin. -iQuB es eso, Enrique? Trat6 de esquivar ' el golpe. Per0 me precipitd al melo. Cai sabre el M i d que arranc6 como alma endiablada, no sin antes rasguiiarme una pierna. -iMaEioso! Me levant6 mi padre. Pero el llanto no habia de acabkseme sin0 con el sueiio. El hombre estaba enrabiado. Mientras mi madre me desvestia, sin consolarme, puesto que comprendia la justa raz6n del castigo, yo vi a mi pap& ponerse la gorra, y calarse el capote mojado. -iHijo, no salgas, andas estilando, la lluvia te p e d e hacer mal! Mi mamb trat6 de contenerlo. Mas, fu6 infitil. El era testarudo, persistente en sus decisiones. -iEs necesario, Laura, es necesario, i n 0 lo ves? .... iVoy 8 dar cuenta a la Brigada, siquiera? iHabia de pillar a estos desgraciados! -iHijo, acu&tate, mejsr! -iRobar a 10s pobres, carajo, robarle a uno! Las sGplicas de mi madre fueron inctiles. Mi padre se envolvi6 el cuello con una chalina, se subih el embozo del capote sobre ella para sujetarla, y s a l i d

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--i Vuelvo altiro! -exclam6, la lluvia, ya en la calle.

hacihdole frente a

En el cuarto de nuestros vecinos, habia movimiento de nuevo. Desde la ramaz6n de mi llanto, senti de pronto golpear nuestra puerta del pesadizo. Abri6 Elena: que ya se preparaba para echarse a la cama. Era doiia Eufeinia. -iPermiso, permiso, vecinita! Enty6 a pie descalzo, con el pel0 caido, tiritando como una quiltra, bajo el abrigo del marido, que habia colocado encima de la camisa: -jPerd6neme doiia Laurita, perdbneme! i Per0 este Reca eslri tan mal de la “guata”! iUn “pistiiiito” de bicarbonato. vecinita, por favor! Mi madre, generalmente tranquila y serena, no pudo esta‘vez suprimir un tic de molestia. Se enjug6 10s ojos. SalM c? la cocina. Ya de vuelta, dofia Euieniia recibi6 de sus manos un pequezo envoltorio. ---i Gracias, vecinita! -pronunci6 la mujer, sacudida por 10s tiritones. Mi madre esperaba que se fuera ya. Pero ella se queds; como una idiota, mirthdola fijameote. Por fin habl6: -i ’stg 110rando ustd, dofia Laurita! i ~ U 16; pasa, por Diosito, dofia Laurita?..,. Se entrometi6 Elena: -iNOS robaron la ropa, sefiora, nos robaron la ropa! +Por Diosito, Seiior, iles robaron la Fopa?!....


-;Si, sefiora, nos robaron la ropa! -recalc6, sed camente, mi madre. --iâ&#x201A;ŹIabr&se visto condenados igual! iVenir a robarle a un pobre! -Asi son las cosas, pues, seiiora. iPero, de polilla les ha de servirl --sentenci6 mi pobre mam6, a quien, por entre 10s lagrimones deshechos en mis pestaiks. yo veia circuida de rayos de plata. La lluvia azotaba s6dicamente las calaminas de l a techuriibre. La vecina no dejaba de tiiitar. -iDe veras, vecinita, que les sirva de polilla! --iY remendar tanto rnis tiras, Sefior, ,para esto! - s e doli6, por decir algo mi madre. Se notaba a ]as claras que la presencia de la vecina le pesaba. Felizmente, ella decidi6 h e . -iEstoy entumia, VOY a h e ! .... iGracias. vecinita! i Y perdone!.... ;Que Dios permita que le aparezcan sus ropitas' iAfff!.... iAfff!.... iHasta maiiana, dofia Laurita!. ... ;41 verla desaparecer, ausentes de ruido sus p i s a das, me la imagine en el fond0 informe de mi espiritu, un Qnima, de ksas que ya el decir de las comadres, comenzaba a incorporar al mundo de mis supersticiones. Sus mechas sueltas fueron como un fatidico residuo humano que qued6 siendo objeto de mis pupilas cerradas antes de dormirme. Y entre esas mechas, antes de entrar a la estancia borrosa del suefio, recuerdo haber vkto aparecer una nark ganchuda, roja, que se arrisc a b como upla serpiente, oteando quiz5 que invisibles press.

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CAPITULO SEGUNDO

L A

C O R R E A

1

MANECIO UN BELLO dia. El glorioso sol, como un chivato alado, triscaba por 10s techos, agitando su suave pelaje de choclo en saz6n. La helada mordia las aceras con sus frios dientecillos de bestezuela pertinaz. Pesados carretones pasaban, a crujidos, a saltos, sobre las ondulaciones de la calle, quebrando el crista1 de las pozas, y aplastando el barro endurecido por la noche de hielo. Acezaban 10s caballejos, golpeando el suelo con la energia propia de la labor reci4n empezada. El,aire, tr6mulo de metal solar, condenshba el aliento de 10s animales, eircuyendo sus cabema atontadas, de aureolas blanquecinas. Alguna to-

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nada escapaba de una bow sin dientes, intentando un vuelo desalado: “Cuando s a l i de mi casa dos cosas no r n h sentia: la “callana” en que tostaba y la pieira en que moEa....”

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De por all6, otro conductor, huasqueando cruelmente a su. bestla, de pie, equilibrhdose como por milagro en el pescante del vehiculo destartalado, en mangas de camisa, rojo de frio, voceaba como un condena-

do: “Yo que te @stay queriendn hace un giien tiempo ga y por quererte tanto me estoy murieudo, lirh....”

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-+Pa ust6 es la cand6n, caddto ’e cielo! La muchacha que pasaba, jmaldito el cas0 que hi zo a1 requiebro! \ Las eampanas disciplinadas de Andacollo ya estaban cump!iendo la labor matutina. Y alguna beata, de riguroso luto, CQRIO un sarmentoso dedo que la noche heredara a la maiiana, pasaba anuncihdose con la sonajera hueca de sus zuecos. Como yo para nada dtil servia en la casa, era natural que me levantara uno de 10s primeros. El frio no me acobardaba. Menos, cuando las polainas y el palet6 de gruesa lana que me hahia confeccionado Elena, e r m una defensa casi infranqueable contra las ufias acera-


la corteza de uno de 10s troncos. Alli habia un corazbn atrevesado por un cuchillo. No acertaba a comprender nada. Y s610 cuando muchos aiios despuCs, junto a la tibieza de un cuerpo amado, deberia estar yo grabando en la arena de una playa kjana el nombre de una mujer inolvidable, habria de caer en la claridad de un enigma sentimental, como el que guard6 aquel de'los pinos trillizos, que alzaron hasta hace POCO su heroism0 vegetal frente a las derruidas murallas del Patronato, como frente a las barbas mismas de 10s &as ancianos. Los alumnos del Patronato, herian el aire, en el ancho patio del colegio, con la algazara de sus chillidos. Mi madre me sorprendi6 cuando me disponia a atisbar por las rendijas que, sobre el cahal mismo, que atrevesaba todo el patio, dejaba el tablaje que en ese trecha recmplazaba a 10s murallones. Adentro habia columpios, escaleras y argollas colgantes para ejercicios gimx8stico;, en 10s que la chiquillada desencadenaba, al ritmo del loco vaiven, sus gritos y risotadas. Uegar alli, era una de mis pequeiias esperanzas. --i Enrique!.... Sabia que mi madre me habia visto. Per0 no atendia a su Ilamada. -i i E m i q d ! Emique no queria tener oidos para la voz de su madre. .-i i $?nrique!!! .... ilUira, mocosillo condenado!.... E3 susto me mor&6 ahora la nuca. Mi madre a t r a


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vesaba la calle. Entonces me prepark para evitar la pillada. Cuando estuvo cerca de mi, cornenck a moveme de un lado a otro. -iQu6 es eso, Enrique, por Dios?.... El juego, en el que se me saltaba el coraz6n, presintiendo la azotaina o 10s palmetazos, d u r 6 p y &cos seguEdos. -iQu6 nifio &e, Sefior! jYa amaneci6 Dios! Un niero descuido de mi madre, y apreti. nalgas, saltando sobre las pozas, hcmdikndome en el barro, salpichdcme entero. Ne col6 en la pieaa coma un eonejo asustado. Corri hasta mi padre, que aim estaba en cama. Este dia le toeaba â&#x20AC;&#x153;cortaâ&#x20AC;?. El no hizo el menor gesto que me fuera una promesa de defensa. Con las esperanzai rsostradas, le grit6, sin embargo: --jPapacito, papacito! Mi mam5 fuB por la correa, que siempre mantenia sujeta de un clavo, detrss de una de las puertas. Y o me aferraba a la colcha, clamando defensa a mi paps. Pero cuando lo v! todo perdido, le hui a mi madre, corriendo alrededor de la mesa. La poca agilidad suya, le impedia alcariiiame. Mas, mi padre, tosiendo, se Lvanth en calzoncillos, me agarr6 de 10s pantalones.â&#x20AC;&#x2122;U me pus0 a disposiei6n de 10s ~ o t e s . --il\/Pamaeita linda, marnacita linda!. I. -jChas! idhas! iChas! --!a comea caia en m i tr% te y en mis canillas eomo un pajarraea inacensabk, obstinaclc en picoteanne. --:Toma, asi, eondenado, para que aprendas! .i


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NSCOMEDES GuznmFi

-iMamacita, mamacita, si no lo voy a hacer nunquita &! ,. jNunquita!.... --iEa. ya est5 bueno!.... iYa est6 bueno, mujer!.... A pesar de la insinuaci6n de mi padre la ley fisiea de 10s cuerpos en movimiento, no iba a prostituirse en la mano de mi madre. Y la correa estuvo pbr unos cuantos se.gundos m h , aperrada con el desayuno que le era mi cuerpo. -iAsi, para que aprendas! -rubric6 el 6ltimo azote, mi madre. RefregQndome 10s ojos, me arrinconk por ahi, a masticar el odio sordo que en ese instdnte se me engrifaha desde el pecho, contra mis padres. No sabia que pensar de ellos. Pero 10s odiaba. Es decir, no 10s odiaba verdaderamente. En realidad aquello no era odio, sin0 simple amor de hijo, inocente amor resentido; m6s elaro, ammr propio dolido por la amargura de un instante. Ai rat0 despues, Enrique, el pequeiio animalucho que Chillerrno y Laura tenian por hijo, no se acoydaria de 10s azotes. Sin embargo, la madre, todavia derramaria silenciosas 1iigrima.s de pesadumbre. De veras, todo castigo que mi madre inflingi6 justamente a 10s hijos, hoy pienso que fuk como un desgarr6n que Bizo a su propio coraz6n. Viitndome tranquilo, mi padre me llam6, luego, desde su lecho. --E nrique..... Fui hnsta 61 enrollando un delgado aIambre en una cmetilla. Nzis manos no podian estar quiets.


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NICOMEDES GUZMAN

2 El robo de la noche anterior, habia imposibiiitado a mi mam6 para mudarnos de ropa como ella acostumbraba. Aquel mismo dia, como yo estuviera salpicado de barro, se tuvo que conformar con esperar que Pste se secara, para sacudirlo con una escobilla. Mi papi, a1 levantarse para salir a cumplir con &I servicio, re sinti6 mal. Tosia ferozmente. Y un agudo dolor a la espaldq casi le impeciia erguirse. La rnojada de: dia y la noche precedentes, hacia su efecto. DesPUGS de trabajar horas y horas en la plataforma de uno y otro tranvia, vehiculos que, por entonces no tenian parabrisas, frente a la lluvia y a1 viento, de 10s que infitilmente se guarecian oponikndoles un gran paaguas ycle ajmtaban de modo propicio peso siempre ineficaz; despuPs de trabajar horas de horas, pisando sobre el agua que se apozaba inclemente bajo sus pies, empaprindolos. cal6ndolos de frio hasta 10s huesos, 110 era extra50 que 10s esforzados trabajadores tranviarios de aquel entonces se sintieran agarrados de pronto por alcgGn mal que, de ran solo remezh, les despachara el alma a la otra vida. El cumplimiento del deber era una de las divisas de mi buen padre. Y era estricto hasta la exageraci6n en 10 relacionado sobre todo con el trabajo. - - j h d a a pedir permiso, hijo! -le insinu6 m i madre-. iNo trabajes hoy dia, es mejor que te quedes en ccama!


LA SANGRB Y LA ESPEXANZA

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---jVaya, Laura, parece que no te dieras cuenta de lo que nos significa la phpdida de un dia de trabajo! jY ahora, especialmente, que tenemos que rehacer las mudas!.... jNo, mâ&#x20AC;&#x2122;hijita, cualquier cosa, menos perder de trabajar! Se envolvi6 10s pies con papeles, antes de ponerse 10s calcetines. Mi madre le pas6 10s zapatos. El calor del %rasero 10s habia medio arriscado. El hombre 10s e s tuvo flexibilizando antes de coloc6rselos. Hizo que su mujer le prendiera algunas hojas de diario en la espalda, entre la camiseta y la camisa. Se acomod6 el uniforme. Y rnuy peinado. Y bien atuzado el bigote una vez calado el abrigo, estuvo listo para salir. Mi madre lo miraba con ojos extrafios. El estaba p6lido. Ahogaba la tos, para no alarmar a la esposa. Y mordia, estoy seguvo de ello, 10s ayes, cada vez que el dolor le punzaba las espaldas. Es posible que 61 mismo se diera cuenta de la necesidad de quedarse en cama. Pero habia alli cuatro chiquillos, uno en la cama, otro en la silleta. otro -yo--, tramando maldades, otro en la escuela y una paciente y tierna hembra: cinco organismos pendientes de su esfuerzo y de su lucha. Se encasquet6 la gorra. Se despidi6 carifiosqente. Y se fuC. A1 caminar, se irgui6 bien para disimular sus malestares. Y o me qued6 llorando. Era un llor6n sempiterm. Las 16grimas me asaltaban por cualquiera fut i h a . Esta vez, mi padye no pudo eolumpiarme en su piema. La causa era suficiente para que se me anima*a la pena en el coraz6n.


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NICOMEDES G U Z W

iY de grandes, que de cogas no se tienen que s a portar, haciendo un guiiiapo de risa de cada hgrimci8 que pretenda arranchsenos!

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CAPITULO TEncERo

G A R R A S

1

ARIOS DIAS CAYERON como pesadas piedras, trizando las turbias pozas del tiempo. Cartas de obscu.ra significaci6n saltaron al rect&&o humilde de nuestra pobre vida. La lluvia se habia ensa6ado de nuevo sobre la ciudad. Y nuestro barrio parecia hundirse, tiritando como un viejo decrhpito, bajo el peso de 10s lfquidos rebencazos celestiales. El viento ululaba, a veces, rehansndose las alas en las calaminas mohosas de las casas gihadas y de los ranchos. Y de pasada mor&a el corazh de las- campanas y laceraba el cuerpo de 10s hermanos pinos, que clamaban por una estrella para sus confidencias vegetales. Mi padre, en el lecho, se esforzaba por olvidar sus dolencias, fijando su voluntad en las pAginas de dgh


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NICOMEDES GUZMAN

libro, de 10s tantos que poblaban 10s anaqueles de un pequeiio estante ubicado en un rinc6n. Sobre el velador, se apilaban 10s frascos con “tomas” y una taza de tilo que reciCn le habia preparado mi madre, humeaba, semejando la blanca y floreada chimenea de quiz& que fAbrica extraordinaria. +Deja la lectura, m’hijo, por favor! -pedfa mi madre-. iLa fiebre te est6 comiendo y te hace mal! El hombre la mir6 desde el lecho, con una pura mirada de comprension. Estaba pAlido, ojeroso, t r h u lo. Abatido fisicamente. Per0 tenia el espfritu integro. Y sus pupilas eran lo bastante expresivas como para contener y demostrar la verdad de su realidad intema. -iCalla, Laura, m’hija! iSi t6 supieras lo bien que me hace todo est0 que leo! iNunca se comprende mejor que en rnomentos como estos la importancia de 10s libros! ;Yo no sd que seria de 10s pobses hombres si no existieran 10s libros ni quienes 10s hicieran! Su voz era tranquila, luminosa, entera. -iTe alteras, Guillenno! iMejor es que dejes de leer! ;Newsitas estar tranquilo, viejo! +Deja, deja, mujer, no seas majadera! iMira lo que es esto: belleza de pensamiento desde el titulo mismo: “La conquista del pan”! -iPeFo, hijo, ese libro lo has leido no SC cuAntas veces! --iY cada vez parece m6s grande!. is610 10s grmdes libros, Laura pueden leerse m u c h veces! iDQjame tranquilo, mujer! ....


LA SANGRE Y LA ESPERANZA _ I

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En mi cabeza qued6 rondando el titulo: "La condel pan". Pasado un rato, POTasociaci6n de ideas, sin tener h m b r e siquiera, dije a mi madre: -Pan, mamA..... -iA esta hora no hay pan, mafioso, no mAs! . 4 j o secamente la seiiora. -+Yo quero pan! Ohid6 la entretenci6n que en aquellos momentos me distraia y concentre todas mis energias en la solicitaci6n: -iUn pedacito de pan, mamacita! --iDale "un pedazo de pan a ese chiquillo! iQuC mocoso fregado! Mi padre habia desatendido el libro. U esper6 que mi mamA me diera el pan. Martina, atada a su silleta de brazos, empez6 tambih a clamar: ---iTero tan! iTero tan, mamA!.... -jPero, hombre, no malenseiies a 10s chiquillos! -reaccionb mi madre. -iUn pedacito de pan! -gritaba yo. .-iTan, tero tan! iTan, mamatita!.... Los clamores de Martina se apoyaban en el cayado debilucho de un llanto mon6tono y sin IAgrimas. Pero, las 16grimas que no lloraba Martina, habia de Uorarlas mi madre. Llanto silencioso, sangrante, que le arranc6 sollozos cortantes, despubs que nos re-io a ambos chiqujUos un pequeiio y 6nico trozo q&ta


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de pan que encontr6 en el tarro donde acostumbrah a guardarlo. ---iPor la mierda! --grit6, revolvihdose en el lecho el hombre-. iQu6 mierda es estar enfermo! '41 guard6 el libro debajo de la almohada. KO hacia mucho rat0 que habiamos tomado desa yuno. Yo, la verdad, no tenia hambre. Y mientras Martha masticaba su trocito de marraqueta, yo escurri el mio, porque lo hall6 duro, por una rendija de uno de 10s guardapolvos, en un descuido de mi mam6. En el lecho. alrxn mi padre ruia, mordiPndose, revolviCndose: -iTener que estar en la c m a sin ganar un diez! La esposa lloraba todavia, sin decir nada, pelando papas en una palangana.

2

I

-LTiene, que irse a1 hospital, hombre. Su cas0 necesita atenci6n especial. -LPero qu6 puedo tener de tan grave, doctor? -iNo se haga el ingenuo, hombre! -exclam6 el medico, medio ironizando-. iTiene declarada una pulmonia quc no si? por qu4 no se lo ha llevado ya! Las manss de mi madre y las carnes de sus me@Das, temblabsn a espaldas del doctor. Su garganta, desde hacia rato ya, estrujaba un sollozo. -Voy a pedirle una ambulancia.... -advirti6 et doctor, despidihdose.


LA SANGRE Y LA E S ” W

2%

Ido ya, el enfermo se irguici en la cama. --jEh, qu6 tal? .... iEnfermarme ahora por h.. !.... . Se mordi6, miriindome. Habia reprimido una palabra gruesa por mi sola presencia. Se mesh 10s cabellos. Estaba verdaderamente exasperado. No lo habia visto nunca asi. Tuve la impresi6n de que nunca m6s en la vida. su rostro, desde aquel instante, habria de animiir. una sonrisa. -iTener que enfermarse uno, caramba! Lanzaba puhetazos a1 colch6n. Estaba fuera de si. La serenidad habia huido hasta de sus uiias. -iCarajo, venir a enfermarme ahora, carajo! 3’116 preeiso que interviniera mi madre: -iPero, m’hijito, qu6 sacas con alterarte! iTe puede haeer miis mal! iC.blmate, Guillermo! -iPero, Laura, caramba, parece que se te hubiera cerrado la mollera y no comprendieras!.... +Qui& no comprende eres th! iT6,si, tienes cerrada la mollera, m’hijito! iEstiis detestable, jsabes?! iN0 reflexionas! jTe e s t b rebajando, Guillenno! ;TI& tan tranquilo, tan sereno, siempre!.... Mi madre habia descubierto un arms para vencer BUS resistencias y exasperaciones: el amor propio de!

hombre. --iPero, jno ves, Laura, que estoy como un p e m acorralado? iLos leones de 10s circos no se sentiriin como yo, mujer! -iPero, m’hijo querido, eso es lo que tienes quo mmprender! iNecesitas ir a1 hospital, y te vas! 1 5 - ~ a sangre y

la esperaaza.

I


--iY ustedes se mueren de hambre mientras Ianto, claro! -iQl;e hombre, quk hombre! jSi no es para tanto, m’hijof iNo hagas mAs trAgica la situacihn, hombre! -iPero, vieja! iCarajo que son cortas las mujeres! P&i madre se desesperaba. Estaba a punto de largar f.1 Ilanto. -:Est& enfermo, hijo, y grave! iLa soluci6n es el hospital! i’JX siempre has‘sido valiente, y ahora acobardas’ iBonito viejot iEs una situaci6n a la que tienes que saberle hacer frente, no hay mi%! ?or lzrgo rato, mi p d r e estuvo hundido, el &50 feamente fruncido, cavilando. El momento no era para llantos. Sin embargo, mi pobre mam6 no aguant6 miis, y se apret6 a1 pecho de su marido, sin fuerzas ya para contener la lluvia trkmula de sus sentirnientos. E! hombre la oprimi6, tembloroso, contra sf. Le beg6 10s cabellos. Los ojos. La frente. La volvi6-a apegar a su pwho. Y dijo como para 61 mismca: --iEstaba siendo un esttipido! jNo tengo m6s que isme! La nuez, en el cogote, se le inquietaba. Parecia tragar saliva. Pero era que reprimia el dolor de su espiritu que ya habia perdido integridad, contaminzdo p r el mal disico Ea fiebre le habia puesto rojo el rostro. Y la tupida barba de tres dias ce6ia a su aspecto, el cslendario de una edad increible. Mi madre se levant6. Ya no lloraba. Parecia habesse fortificado despuks de aquel breve ar-ranque de f


trataba de encontrar. relaci6n entre el zumbido de la tetera casi M e n t e y el rumor que 10s trenes hacian por Ias noches, al pasar por la via no lejana. Adriana, en su CUM, anhima, distante, dormfa su celeste ~ q e i i ode &gel. De pronto, record6 que mi papb no me habfa columpiado antes de irse. Tuve gande echar mis lagrimones. Mas,me olvide de ellos, gracias a la llegada del W,que posefa buena cola, b u e pa9 orejas y buen pelaje para entretencih d a. El cuarto estaba lleno de sombras.. La lluvia insistfa con sus pisadas de p6talos sin vida. Y nuestros corazones, se M a que tenian acentos de leves guitamas afinando sus cuerdas, para un aria inmediata de angllstia


Elena se paseaba como una m a & , meciendo n la peque%a, mientras le cantaba inWlmente: ‘%%+a quapca h d a no quiere dormir, porque no le h e n flores del jardin,...”

3 c h s s s.... Schsss.... Schsss.... -continuaba-. $alle, mi linda, si ya viene la mamita! Schsss.... Schsss.... jYa viene la mamita, jno?!.... Y o me sentia habitante de un mundo extrafh. La obscuridad Is envolvia -todo. S610 el rescoldo, en medio de 13 pieza, era corn0 un rojo pQrpado soiioliento, nutriendo la sombra de un leve resplandor. Los ojos del Mimi, que m5s de una vez clavaron en 10s mios 10s verdes pLliiales de sus miradas, arreabap mi coraz6n hack hoscos potreros de miedo. El hedor del cuarto cerrado, habiase dob1egid.o a la fragancia saluda5le del caf6 que recikn E’lena habiame dado. ME!quedaba un trocitc de pan a h . V saborejbalo como pudiera haberlc, becho e1 gat0 mismo. -j Calladita, guaguita linda! iYa, pues, m’hijita querida! Schsss.... Schsss(.... Schsss.... ;!hitito, tutito, preciosa! EXena tenia una maravil1.osa condici6n de madre. Mi instinto de hijo advertiamelo. Muchas veces me god. zdurrni6ndome en su falda y apegando mi rostro goloso de tiernos calores a su pecho en que una nueva vida comenzaba ya a defhirse en dos brotes duros y promisores.


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LA SANGRE Y L A ESPERPLNZA

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p r pura f6rmula. Se sentia chorrear el agua de 10s paraguas. LTiw luz de _cobrizos destellos bati6 su abanico desde la Empara. El Mimf fiauqueaba, enarcando la cola. -Asiento.... --ofreci6 mi madre a 10s hombres-. Van a perdonar ustedes, pero 10s chiquillos quedaron solos.... iEsta Elenita es tan miedosa!.... iNi pensarlo que les iba a abrir!.... En el fondo, seguramente, estaba feliz de la actitud de la hija. -iNo importa, sefiora, comprendo! iQuiz4s quienes puedan venir en su ausencia a golpear la puerta, e 6 tando 10s niiios solos!.... iEs mejor que no abran!.... iY d m o dej6 a1 compaiiero? Mi madre se qued6 pensativa, ensimismada. -i Guillermo estA mal!.... -pronunci6, luego, amarga y lac6nicamente, sacando el paiiuelo de su bolsillo. --iVaya, seiiora, y tan buen compafiero que es QuildrGn!..,. jEnfermarse, caramba!.... jNo sabe lo que pierde la organizad6n con su enfermedad!.... - i Q d vamos a hacerle, Rogelio! -exclam6 mi madre, con falsa resignaci6n-. ;Primera vez que Guinenno se enferma! -Bueno, seiiora, nosotros venfamos de parte del Consejo a hablar con 61. E3 llamado Rogelio, era un hombre maduro, alto, cordial. El otro, parecia ser hijo suyo. Ambos vestian el uniforme tranviario. -Podrfan ir a1 hospital, mafiana, pues, Rogelio.

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NICONIEDES GUZMAN

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-En redidad .... En realidad .... Pero podemos decirle a usted tambi@n,desde luego, la r a z h de esta Vi sita .... La cosa es cuesti6n econ6mica.... Y creo que le interesa mhs a usted que a 61.... -Elable, no mas, Rogelio. -Usted sabra que en el Consejo tenemos algunos Eondos para soeorros de 10s socios cuando se enferman. Pues, a eso venia yo. Anoche, en reunibn, se acordi, entregar dos pesos diarios para el compaiiero Quilodr5n. Poca cosa es, pero usted sabe, el Consejo acaba d e fundarse, y no alcanza para m h . . Mi madre se quedd meditabunda. Vacilaba tal vez en aceptar el ofrecimiento. Orgullosa y rebelde, dentro de toda su humildad, acaso se sintiera humillada. El compaiiero comprendi6. --Si esto es cosa de acuerdo, sefiora. Para eso el compafiero paga sus cuotas todas las quincenas. Es una cosa de obligaci6n que a1 que se enferme, el Conseja time que ayudarlo. Nosoiros venimos a avisarle y a entregarle el dinero por 10s dias que el compaiiero ha estado sin trabajar. A b vacil6 mi madre. Pestaiieaba. Mas, acept6, por fin. -Traten en todo cas0 de hablar con Guillenno, maiiana, en el hospital.... Y o en todo caso, le hare saber &to. Qued6 en San Vicente. Pero qued6 en la Sala de emergencia, nada m6s.... Mafiana le d a r h cama definitiva....

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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-IrA una comisi6n a visitarlo mafiana, compaiie ra .... Bueno, nos vamos.... Se levantayon. Habia una andha satisfacci6n en el mstro de 10s hombres, a1 retirarse. El m6.s joven sac6 una moneda de su bolsillo, y me la did. --iNo lo acostumhre a mal, joven! 4 i j o m i madre. Se dieron la mano. Y o estaba radiante con mi chaucha. --;Hasta luego, seiiora! -;Haski luego! --Hasta luego, muchas gracias.... Ekna, recih, habia logrado hacer callar a la pequeguela. Mi madre se acostcj junto a ella, para darle el'pecho. Y o , jugando con la brillante moneda, haci4ndola rodar por el piso, sentia rezongar a la mamonciPla, mientras se hartaba en 10s pechos gr5vidos de mi buena madre. Antes de acostarnos, Elena y yo bebimos una taza de cafd, que nos sirvi6 la seiiwa. Esa noche no habia comida. MBs tarde, a obscuras, entre el repiqueteo de la I!uvia incesante y el golpe de viento rabioso, habria de sentir yo hurgar en el cuarto, las manos profundas de 10s sollozos y suspiros, movidas como invisibles pero humanas luces en la obscuridad doliente del aire.

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LEONTINA 1 ESPERTl3 AQUELLA MAmANA a1 golpe de 10s brances parroquiales. Las campanas echaban al aire desbordante de sol su repicar cascado, como risa de hembras histhricas. Por el tragaluz ahado sobre la puerta de calle de nuestro cuarto, las manos de un cie10 profundo inundaron de azul mis pupilas. En un hgulo, uno de 10s buenos amigos pinos, alardeaba,-mos &ando un puiio verde. Me qued6 atento a1 son de las campanas. E insensiblemente, me evadi hacia un trecho de nuestra vida pasada. A un trecho de mafiana como tantas en que Martina y yo, disputamos el derecho a disfrutar de la compaiiia paterna. Mi madre terminaba siempre por trasladarnos a ambos al lecho de su â&#x20AC;&#x153;viejoâ&#x20AC;?. Y allf, junto a su calor, como dos perros nuevos dispensando


LA SANGRE P LA ESPERANZA

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4

Eran esos instantes que bien podian tener la significaci6n de las lucibrnagas. Pero, ~7ahabian ocurrido. Ya eran propiedad exclusiva del pasado. Ahora, en aquel otro instante, nada mhs que las claras manos extendidas del cielo. Y un verde pufio vegetal. .

2

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Me levant& En la calle, el aire, entumecido, despercudia en caliente or0 sils manos. El sol golpeaba con sus pezuiias todo el pecho dcscanchado de casas y ranchos de cara a1 oriente. Mas, mi padre estaba en el hospital. -iConvidame pan! Frente a mi estaba Leontina, la Tina, como le decian, ulia chica de unos diez afios, hija de quidn sabe qui& peio que paraba, a veces, en la casa de nuestra vecina, doiia Eufemia. -jConvidame un pedacito de pan! -repiti& Yo, sentado a nuestra puerta, hacia bailar un pie. La mird de reojo, apretando mi pedazo de pan en 3a diestra. Lo estaba comiendo de a miguitas. -j R'laaa!.... - d i j e . Y segui echhdome migas a la boca. Ella estaba descalza. Tenia unos pies casposos, rojos. Unas manos hinchadas de sabaiiones. Era legaiiosa, de crenchas tiezas. Y vestia unas tiras que en algtin tiempo deben haber sido delantal o vestido. Tiritaba, castaiieteando los dientes. I


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NICOMEDES GUZMAP?

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-;Dame pan!.... -pidi6 a h . iUn pedacito, no miis, pa probarlo! ,Yo le alargu6 una pequefia corteza tostada. P cuando iba a recibirmela, la retir6. Repeti esto varias veces. La veia desesperarse. Y gozaba. Acaso 6sta fu6 mi primera canalleria consciente. Sabia que ella sufria. Por fin, ridndome, tir6 el trocito de pan a una poza. Tal vez crei que ella iba a rescatarlo del agua. Per0 no fu6 asi. -iNo sehi mezquino! iDame un pedazo!.... Las pupilas, perdidas entre 10s p h a d o s supurantes, se le alumbraban de anhelos. La enga66 un rat0 a b . Y termind dhdole la mitad de mi pedazo de pan. Se lo comi6 rhpidamente. Se sent6 a mi lado. Asomd la cabeza hacia adentro del cuarto., -iMira -me dijo-, dame el otro pedazo, y te ha. go una cosita! Se atrac6 a mi y me tom6 uqa pierna. Y o temblaba, pestaiieando, pestaiieando. iLe daria o no mi pan? Estuve un rat0 dudando. Debo haberme decidido a no dhselo, porque, en un descuido, ella me lo arrebatb. Y huyci, corriendo como una gallina, y se ocult6 en uno de 10s pasajes cercanos. FuC raro que yo no llorara. Mi madre estaba en la cocina y no se impuso de nada. El sol se acurrucaba junto a mis pies, lo mismo que un gato, ronroneando. Las charcas se emocionaban de cielo y oro. Y pasaban silbando 10s carretoner&, huasqueando, de pie en sus vehiculos saltones, 10s caballos famClicos, esmirriados.


LA SANGRE Y LA E s p m Z A

2$a

Guard6 por un rat0 el secreto ‘deseo de avistar otra vez a Leontina. En un descuido de mi madre, fui a dar una vuelta a 10s pasajes que quedaban hacia atrh de huestra casa. Volvi rApidamente. No la habia visto por ninguna parte. Cuando regres6 Elena del colegio, se dedic6, a escondidas de mi madre, que estaba en la cocina, a lavarme y a limpiarme 10s zapatos, pues, habiame encontrado, ‘feliz. confeccionando adobes sin molde en una poza. En la cocina estaba mi madre muy pensativa. Esto no era extrafio: pasaba asi desde que mi padre cay6 enfermo. Sus ojos estaban rojos. Seguramente habia 10rado mucho. - i Q d le pasa, mamA?,... Elena la besrj. -iNada, m’hijita! Eas papas estaban sin pelar a h . Apenas la tetera hervia en el fuego. Elena so pus0 a mondar las papas. Y o salt Por frente a la casa, pasaban dos guardianes de a caballn. Y o !es temia a esta especie de uniformados. Pero en la puerta de nuestra casa me sentia seN O .

-iPaa “soliiio”, paco soliiio! -1es grit&, hacibn-’ doles u n a morisquetas. Ellos reian a carcajadas. Sus trajes eran como profundas carcajadas azules, en medio de la calle llena & Sol. Martha, que jugaba inadvertida en el patio, >6.-La

sangre y la esperanza.


arra.stra:zdo sas patitas de polla, y comenz6 a corretear, hurgando en todas las cosas a su alcance. Asf, se acerc6 la hora de almuerzo. Elena pus0 10s platos. Y mi madre, toda compungida, entr6 con la olla humeante. Y o golpeaba la mesa con mi cuchara. -;Estate tranquilo, hijo! iQu6 bulla es esa?.... ;,Par qu6 se mordfa mi madre? A momentos, su boca se fruncia, tambi6n y daba la impresi6n de una ehiquilla que fuera a llorar. Mi hermana mayor esta5a silenciosa, inm6vil en su silla. Mi mam6 vaciaba el cuchar6n en 10splatos. Sentia un olor de comida que no conocia. Elena seguia silenciosa. Y asi, en silentio, comenz6 a comer. Yo tambiCn quise hacerlo. Per0 no pude. -iEstA mala! -grit& Mire a mi madre, ensoberbecido. -iCome esa comida, Enrique! -~NQ quero! -chill6 ahora. -~Qu6 es eso, Enrique?.... iCaramba, no m&! .... Mi mamA fu& a descolgar la correa. Estaba condenado ya a comer las papas con chicharrones. Hice un esfuerzo. Mas, el caldo se me devolvia. Era imposible qui lo comiera. Nnnca se habia hecho esta extrafia comida en casa. A Elena, despu& de haberse comido casi todo el contenido del plato, las harcadas comenzarcn a virarle el estrjmago. Tuvo que salir a1 patio. Mi madre, tras de mi, tir6 la correa en la mesa, y se apoy6 en mis d&iles hombros. La morriiia me mantenia en un hermetismo a g i o y seco. Gacha la cabeza

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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243 -

._I_

no hacia sino pestaiiear y morderme. Senti de sfibito algo como un crujido de gozne sin aceite. 6) como un hip0 seco. Era un sollozo ahogado. E2 fruto del sollozo no tard6: gotas lentas, pesaclas, como arvejas de azogue, se hundieron en la reducida laguna de mi plato, donde las papas cocidas eran como la superficie pelada de nuestras vidas, y 10s chicharrones, la crispaci6n de nuestros grises dfas desolados.

3 de esos dim. -iEsta tarde no vas a ir a la escuela!.... - d i j o mi madre a Elena, llorando a h . Mi hermana se sinti6 muy molesta. Le dolia fdtar a sus estudios. Estaba en sexto aiio. Mi madre se quit6 del anuiar el anillo de matrimonio y se lo entreg6 envuelto en un trocito de peri6dico. -iAnda a San Pablo, -le dijo-, pide diez pesos! -Bueno, mam5.... -iVamos, Elena?.... --.propuse yo. -Si, 116valo.... ---aprob6 mi madre. Salimos. El sol, cantaba en el aire, corm un zorzal exhtico, ladeando la rubia cabeza de oro. MAS all&de Mapocho, la calle reia a tredhos, contrayendo el espejo de las pozas, que, de czra a1 cielo, descubrian el sarro verde del ICgamo que 10s dias sin agua habian acumulado como continentes vegetales en la superficie liyuida. co. Allf culmin6 la angustia

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244,

*

NICOMEDES GUZMAN

rrfa ese tramo de tiempo inundado de luz y de tibieza, con que el invierno se tafxla el pecho: el “veranito de S m Juan”. Vagabundos y hojalateros tomaban el sol en las veredas, raschdose o comiendo sus “ b g u c h e s ” de “picante”, remojados con vino de a treinta el litro. El cuei-po de Elena --c6lido fruto en agraz- llamaba poderosamente la atenci6n. Y las groserias resbalaban por 61 desde las bocas desdentadas, como lenguas secas. San Pablo ardia de humanidad y de ferreteria en movimiento: percalas, tiras, golpe azul de tranvias en galope. Alli, en la esquina de Cumming, las agencias se anunciaban: ”El C6ndor”. ‘%a Victoria”. Apretujamiento de gritos, de reclamoa. Mujeres, hombres, chiquillos y perros, en que la miseria asomaba, pelando sus dientes de chacal. Continuamos hasta Baquedano. AUi estaba la Casa de Pdstamos y Niontepio “La EstreUa Lacre”. Habia menos gentes. Per0 tanta o m b miseria que gente. Y perros tambien, que olian todas las piernas y que paraban la pata donde mejor les placia. El olor espeso de la naftalina se confundia con el de la creolina con que reci6n habian regado el pis0 y con el hedor de 10s cuerpos sebosos. Los paquetes se alineaban en el mesh. -iA ver --de& un espafiol-, ezta pollera, 4cdmto?!


-Ocho....

-pronunci6 la voz humilde de una mu-

jer .

....

--~Ezth loca, sefiora?.... iNo ze vaya tan alto! iCuatro, ya, cuatro! -Este .... Gueno.... -iA ver, jezta colcha can eztos zapatos?.... -Q uince.... -jNo, diez le damos!... . -Deme doce.... -No Diez.... -Gueno.... Un hombre gibado, sin afeitarse, hediondo a vino y a causeo, enh-6 sadndose el paletci. Se abri6 paso entre la gente, se acerc6 al m e s h y fir6 la prenda. -LE&, iior, p5seme cine0 pesos por esto!.... -iC6mo ze conoze que eztiis con el cuerpo rnalo! -rib el espaiiol. -Apdrele, iior.... -iTe vaz a aguantar un poco!.... i.Zi no, te vaz?.... El hombre no hablb d s . El cuerpo alcoholizado le temblaba. Otro espaiiol, que sacudh dillgentemente unog eseaparates, cant6:

....

....

â&#x20AC;&#x153;Zi la reina de Ezpaiia rnuriera Carlos Quinto volviera a rebar, eorreria la zangre ezpclriola eomo eorren 1% olaa del mar..-â&#x20AC;?

La timidez de mi hemana alarg6 la espem.


-iEa, tb, zagala, ;qu6 tram?,... -habl6,

de repen-

te, el espaiiol del medn, advirtiendo recihn a Elena.

-iDiez pesos!.... 4 i j o Elena, alarghdole el anillo. El hombre tom6 de un caj6n una lima y la pas6 por el interior de la alhaja. Luego, la prob6, a p l i c h dole un pincelito untado en hido. +Nueve pezos! .... Elena vacil6. --jNo, 4 j o , por fin-, diez! El hombre carcajd. Y dirigihndose al que llenaba llos boletos: +Una asgolla de dieziocho diez pezos! -le grit& Elena estaba radiante. Ya afuera, respir6 con inmensas ganas el aire pum. Tenia grandes deseos de masticar algo y poder tragarlo. Las tripas me sonaban. Mi saliva era espesa, ligosa, dulce. Cortando calles en dg-zag, volvimos a la casa. Los charcos verdosos se calentaban como lagartos a1 sol soslayado. Ya era tarde para que mi m a 6 pudiera ir a ver a1 esposo. Comimos con ansia las huevos fritos que nos dib nuestra buena madre. En el rostro de la seiiora, aleteaban plumas luminosas y transparentes de tranquiWad.

....

4 ' Cumdo sali de nuevo a callejear, aguait4ndole el ojo a mi madre y a n6 hermana, el &a se estaba yendo


en lentas marafias de nubes vioEceas. Sonaban las campanas levemente. Y hacia el campo. m . 5 ~all6 de la li nea f6rrea y del rfo, las manos de la niebla envolvian 10s pastos, las zarzamoras y 10s 5lan-10~sin hojas. A lo lejos, punteaba una guitarra. Y un ternero, en a l g h establo del alrededor, clamaba por su madre. lastimeramente, con voz de nifio extraviado: -Maaa .... maaa!.... -se oh, claramente. Leontina Ueg6 ahora con tardos pasos. Veda r n h entiimida que nunca. +,Tenis pan? .... +Sf, si tengo! -iCu61 es?,... -iVoy a buscarlo! Fui a la pieza. Elena sa& al pasadizo. Y mi mamh estaba en la cocina. Sobre la.mesa h b i a varios panes. Tom6, o mejor, rob6 una marraqueta. Me sent4 con ella entre las manos, esperando que Leontina la reclamara. No tard6 en hacerlo. --iDQmela! -me grit6, 6vida. Yo'reia. Pensaba repetir la escena de la m h . Per0 esta vez no permitiria que me la ambatam. -KO te la voy a d y , -dije. --iSi, dAmela, iqueris? .... -iNO!.... Se impacientaba. SP desesperaba. La noche habitaba ya el aire. Y las estrellas se prendian como tocadas por una varilla mhgica. Xombres y mujeres p a ban, de vuelta de las labores.


-;Dame la marraqueta! -suplic6 Leontina. Y o me habia sentado sobre el pan. -jlVIira, dgmelo! -seguia suplieando ella. Se sent6 a mi lado. Y como en la m&ana, me tom6 la pierna. Cor& la mano hacia arriba. --;Dame el pan! -rog6, todavia-. Y te hago 10 que te dije â&#x20AC;&#x153;entaâ&#x20AC;? maiiana. Y o no recordaba nada. Esperk. Mi instinto acaso oteara alguna novedad necesaria a su precocidad. Ella aventurci m6s aim la diestra por mi muslo. Apret6. SUS dedos hurgaron luego. Y o reia. La calle estaba solitaria. Invadida de sombras lechosas. La neblina del fondo se habia encaminado hacia ac6. Hacia 10 alto, las estrellas, sin embargo, se mostraban intactas. El paso de urn tren hizo crujir el esqueleto del caserio. -2Te gusta?.... -me habl6 a1 oido. Yo no dije nada. Reia solamente. -iT6came tG la pierna! -+ne su.wrr6 despacito, con mucha ternura. -iTrae la mano! Su muslo era suave, caliente, duro. Su came nueva debia ser blanca. Mis &os no hablaban. Pero trataron de imponerse abiertamente, de algo que pudiera ser goce, vitalizando de tremula audacja mi mano en trance de aventura. Ella no tenia calzones. Adentro, en el cuarto, se oyeron pasos. -i Wjame! .... --chill6, alarmada, Leontina, levanSndose. Yo refa.


-Much0 gusto, compaiiera.... 4 i j o el camarada Bustos, aprethdole la mano a mi madre y alzhdose w poco la visera de la gorra, per0 sin descubrirse. Tenia una voz francamente ronca, madura de afecto y cordialidad. -Asiento, asiento.... --ofreci6 mi madre. -Hoy estuvimos a ver a l compaiiero Quilodrh.... 4 i j o Rogelio, mientras ambos se sentaban-. iESi% bastante repuesto ya! La susceptibilidad de mi madre di6 paso a UM afectaci6n que ella no pudo disimular. Acaso dedujera un reproche en las palabras del compaiiero Rogelio. Y dobleg6 la cabeza. -iSi, 4 i j o con lentitud-, a mi me fu6 imposible ir a verlo hoy! -Nosotros necesit6bamos ir a hablar con 61. Como director de la Mesa del.Consejo tenia que imponerse de algunas irregularidades ocurridas en estos dIas. -+Ah, jsi?!.... -Lo peor es que una de esas anormalidades 10s afecta a ustedes directamente, -pronunci6 el llamado Bustos, con su voz recia. -No me explico.... - d i j o mi madre. -Como no tuvimos oportunidad de verla a usted en el hospital -continu6 el presidente del Consejo-, bemos venido a su casa.... Usted necesita saberlo tambi6n.... -No veo para qu6 tenga que saber yo cosa9 del Consejo....


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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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I _ -

-iVaya! -exclam6 Bustos-. Pasa que el compaSera tesorero, un hombre de gran confianza que teniamos, ha desaparecido con todos 10s fondos. -iPero, por Dios! -pronunci6 mi madre, con tono de lamento. , --Y la ayuda del Consejo a1 compaiiero Quilodrh ya no se podr6 seguir efectuando. -jNo importa! 4 i j o mi madre, esfonhdose por ocultar tras sus palabras, la trascendencia que tenia para ella la supresi6n de esa ayuda-. iQu6 se le va a hacer! -iY qui& iba a pensarlo, seiiora, -prosigui6 Bustos-, tantos &os que conocia yo a Rivera, el tesorero! Era un buen hombre, muy entusiasta por las cosas de orden colectivo. FUC: uno de 10s organizadoses y fundadores del Consejo. -iPerO, Bustos, hombre -10 interrumpi6 Rogelio-, hay tantos factores que en un momento determinan 10s gestos de un hombre! -iYo poelria justificar a Rivera, oiga, compaiiero Rogelio, porque estaba a1 tanto de todos sus problemas econ6micos! jPero no justifico su falta de sinceridad para dar una explicacidn, m 5 s a h cuando era bastante amigo mio!.... iLa falta de sinceridad mata tantos valores, compafiero! El compaiiero Rivera era un hombre necesario en nuestro trabajo del Consejo, y si se hubiera sincerado con nosotros, acaso le hubieramos buscado una soluci6n al asunto. - i Q d vamos a hacerle! 4 j o el compaiiero Ro-


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gelio-. iDespuds de todo, realmente, f u C c o h d e para explicarse, y se mostrci, de veras, irresponsable!.... i l k fin!.... --iFrancamente, da pena perder por una estupidez como esta a un buen compaiiero! --objet6 Busb--.El trabajo que realizaba, vale mil veces m&s que la porqueria de pesos que se llev6. Ni con esa porquerâ&#x20AC;&#x2DC;a de dinero, pagar& tampoco el desmoralizamiea f o que causar5 el hecho en muchos compafieros.... En fin, iqud diablos, seiiora! -prosigui6, dirigibndose a mi madre-. iHemos cumplido con comunicarle estu! Hablaron otras cosas lijeras. Y se despidieron. -Por voluntad 4 i j o Rogelio antes de que mi mamA cerrara la puerta-, 10s del gremio no nos quedamos, seiiora....

2 M buena madre estuvo pensativa por largo rato. Por la calle, como el filo de un relhpago, pas6 el au%do de un tren. En el cuarto de nuestros vecinos, no hacia mucho rato habia habido una pelea m6s voluminosa que las habituales. Ahora, ei silencio reinaba en sus dominios. Pero lo raro era que doiia Eufemia no hubiera venido por el â&#x20AC;&#x153;pistiiiitoâ&#x20AC;? de bicarbonato. Sin embargo, no tard6 en anunciarla una de las puertas del pasadizo. --iSe puede, secora Laurita? Mi madre tenia ya la costura entre sus manos-Pase no m6s, 4 j o .


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LA SANGRE Y LA ESPERANWI.

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Era realmente dofia Eufemia. No venia, si, a pedir bicarbonato. Ante la puerta, se me figur6 ua espec tro: tan desfigurada estaba. Tenia 10s ojos hundidos, cas1 tapados por las mechas revueltas. Y entre ellos, la nariz aparecia m6s aguileiia. Sus labios entreabiertos dejaban escapar un hilillo brillante de saliva. Camind lentamente hasta mi madre. Tenia las manos crispadas. Estaba en camisa. Y un pecho casi seco, con un pez6n como ombligo le colgaba por 10s bordes clel escote. -,$abe? 4 i j o con voz desatentada, ronca-, Reca se me juC, vii~ocurao con la otra, me peg6 como a una perra, y se juC.... Mi madre la mir6 con 16stima. Se levant6 y le ofreci6 su pafiuelo de rebozo. -iSiCntese, seiiora, y abriguese! Se me imagin6 mucho m6s un Qnima, cuando, s e n tada, inconscientemente, comenz6 a calentarse las manos sobre el rescoldo, frothdoselas con gozo. -iSi, se juC -sigui6 diciendo, tr6gicamente-. La otra es bonita, ee pinta, y se reia de mi, se reia mucho, como una loca. Estaba cur6 tarnish, y se levantaba las polleras, me lo mostraba todo. iEs muy bonita, y blanca! La agar& del cogote, quise matarla. Reca me la quit6, me pati6 y se juk.... Gesticulaba como una enagenada. Se larg6 a llorar con sollozos que semejaban graznidos, con 16grimas irreprimi bles. 0

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256

NICOMEDFS GUZMAN

--iCAlmQse, cAlm@se,seiiora!.... -le

decia m i ma-

&e.

-iY ella era tan bonita -seguia hablando d& Eufemia-, ella era tan bonita! iAh,si una pudiera pintarse y ser bonita! De pronto, la vecina se me imagin6 una chiquilla Sus palabras parecian provenir de un mundo adolescente. Era como si sus anhelos y dolores de la pubertad estuvieran aflorando ahora por cada poro de su organismo aniquilado. +Per0 no era a esto que yo venia! -grit6 de improviso la vecina, renovando sus &rima+. iNo era a esto que yo venia! Yo queria pedirle perdbn, vecinita, pedirle perd6n Ust6 es tan regiiena, y yo tan mala .... Yo quero que nie perdone -supUc6. Se levant& Evit6 el obstAculo del brasero. Y se ech6 a 10s pies de mi madre. El rebozo se precipit6 d suelo. La mujer que& en camsa, otra vez, con la seca y fea- teta al aire. Se abraz6 a sus piernas. -iYO quero que ustC me perdone! -exclamaba. Mi madre intentaba levantarla infitilmente. Ella, pegada a sus piernas, seguia pidiendo perdh. -+Per0 de quC la voy a perdonar yo, seiiora? Mi madre no salia de su extraiieza, de su estupor. +Si es que ust6 no sabe, vecinita, ust6 no sabe!â&#x20AC;&#x2122; Mi madre se impacientaba. Trataba de levantarla &ora violentamente. +No s6 quC quiere decirme! 4 j o secamente,


EA SANGRE Y LA ESPERANZA

257

aganrhdola por 10s sobacos. iNo sd qud quiere deckme, sefiora! ;LevSntese y tranquilicese! -iPerd6n, perdbn, dofia Laurita! jY0 soy tan mala, yo quero que me perdone! -jLev6ntese, no sea niiia! -is$, me levantark! jPero perd6nome ustd, seiiora! --;Si no tengo de quC perdonarIa, no tengo de qud!.... -iEs que ustd no sabe, vecinita! iVa a perdonarme, cierto? Era verdaderamente una chiquilla en su actitud. Una chiquilla histdrica, en camisa, huesuda, con una teta descubierta, con las mechas sueltas. -j§i 4 i j o mi madre-, la voy a perdonar! iQu6 de tan malo ha hecho usted? Dofia Eufemia se sent6 de nuevo. Mi madre la arrebozci. Despuds de un interval0 en que 10s sollozos ahogaban el silencio, y en el que mi madre se sentia roida por la impaciencia, la vecina habl6: -jEs que yo...., es que yo 4 i j o con mucho PS-. fuerzo, y entre suspiros-, y o le rob6 su ropa, vecinita! iPerd6neme ustd, perd6neme ust6, soy muy remala! El estupor alargaba las facciones de mi madre. iSeria posible? §e encar6 a doiia Eufemia, agarrhdola de 10s hombros huesudos. -kAsf es que fud usted? .... iAsi es que habia sido Itted?. ... 2

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2!23

MZCOMEDES GUZMAN

--jhTo tengo perdcjn de Dios, vecinita, no tengo

'

lperd6n de Dios! Recuperada mi madre de la sorpresa. se dej6 vencer por 10s brazos de la alegria. Habia enflaquecido mucho en esos &as. Y sus rasgos angulosos parecieron iluminarse. LSeria posible? -iY quk hizo la ropa? ~ Q u khizo de mis tiras, vecina? -indag6 anhelante. -EstBn ahi todavia . Doiia Eufemia se levant6. El pafiuelo se desprendi6 de sus hombros y qued6 colgando del respaldo de la silla. Entre las mechas, 10s ojos le saltaban como queriendo huirle de las 6rbitas. Crisp6 las manos. Temblaba como una brizna aventada. Las ligrimas cornenzaron a reptarle por las mejillas marchitas, lo mismo que lluvia garahateando 10s vidrios sucios de una ventana. Los sollozos hacian oscilar su teta exangiie, sola y triste, que acaso llorara tambikn, desde el ojo negro, seco y estbril del pezcjn, invisibles ligrimas por 10s infantes nunca amamantados. -iSi -repiti6 doiia Eufefia, con voz ronca, subterrBnea-, si, la ropa est5 ahi, estA ahi, y tiene gusanos, y arafias, y telas, debajo del catre! iPero, ella era honita, y se pintaba! &a ropa tiene gusanos! iY la otra es linda y va a tener un hijo de Reca! iTenia lindas piernas!.... -iCilmase, seiiora, cilmase!' A e c i a mi mama, remccikndola. ' -iLa ropa!.... iY es linda, tendri un hijo, y ge


NICONIEDES GUZMAN

bfa ser en ese instante una inagotable y curiosa pandereta de madera. --iPero, seiiora, cPlmase, drnase! iQu4 es esto, se5ora, quk es esto! El llanto de las pequeiias no se daba tregua. Elena tambibn lloraba ahora, y yo, respirando dificultosamente, con la cabeza bajo todos 10s cobertores, sintiendome m4s r a t h que nunca bajo la pata de un gato, iquc? iba a destaparme! No s4 cuPntas brujas galopaban en el firmamento infimo de mi cerebro, montando sus escobas legendarias. Fuk la llegada de don Recareda, la que nos libr6 de la trjgica presencia de doiia Eufemia. S610 r e c i h me atrcvi a destaparme. El hombre sinti6 10s gritos de su mujer, y se precipit6 a nuestra pieza. Estaba borracho. Se bamboleaba. Per0 a h el alcohol no vencia SUL sentidos. --iQuk hace aqui esta porquerfa? -rugi6 haciendo crujir 10s raigones de US dientes. &Quehace %qui esta mierda? La agarr6 ferozmente de 10s brazos. a mi ma-iPerdone, sefiora, perdone! -habl6 &e-. iPerdone a esta loca! La comenz6 a arrastrar. La mujer pataleaba y auIlaba. Sus dos tetas a1 aire sobre el escote de su camisa pulgueada parecian hacer girar dos negras y doloridas pupilas, desde 10s fruncidos y esteriles pezones. Se los corni6 la sombra del pasadizo. M[i madre cerr6 la puerta. Y mientras tranquilizaba a las pequefias, aca-


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

261

riciando a la una y d6ndole el pecho a la otra, tendida de costado sobre su lecho, no cesaban en el cuarto de nuestros vecinos, 10s aullidos humanos: -iToma, toma, mierda, toma, mierda, jodida! -jRequito lindo, Requito lindo, no me peguis &, Seiiorcito, virgencita! -iToma, toma, de pura caliente te jodis 10s ’‘iiervos”.... ;Toma, mierda! Cuando todo hub0 quedado‘ en silencio - e n el cuarto vecino, 10s gritos y clamores; y en el nuestro, el gimoteo y el refunfurio de 10s hermanos chicos, y Elena sepult6 su curidsidad en el sue%, mi madre, aunque quiso continuar su costura, no pudo hacerlo. §us nervios, exaltados con el suceso reciente, la obligaron a buscar la calma en la blandura tibia del lecho. Bajo la noche, un tren pasaba con su murmullo de tiempo en fuga. Son6 su larga voz filosa. Y ya la nostalgia por eosas incomprensibles, abri6 en mi corazh, bajo la sombra densa, llena de rojas y verdes pupilas, un cauce para un lento fluir de horas desoladas. Y a m antes de hilvanarme a un mundo subconsciente, poblado de 16grimas sin p6rpados, de sollozos sin pecho, de sangre sin venas, de estrellas sin firmamento, de mujeres sin hijos y de hombres sin testiculos, hube de pesar sobre mi sentimiento de nfio la gravitaci6n vibrante de un grito con que la calle hizo la cruz a sus fantasmas: --;Tortilla calinteee! iiLa t o m a calinteee!!. .


SAL-4 DE

HOSPITAL

1

ABIA U O V I D O C O P I O S m TE. Y el viento, vuelto a las andadas, apretando las met5licas carnes de las campanas, y cabeceando contra el pecho de 10s hernianos pines, taconeaba por 10s tejados, con las melenas al desgaire. Aquel dia, no obstante, se abri6 el ojo caliente de un brillante sol, riendo por 10s hbitos, corn0 en actitild c6mplice de la pequefia felicidad que nos esperaba. Almorzamos muy temprano. Y apenas estiivo mudada la guagua, y Elena nos hub0 baiiado, puesto mpa limpia, y lustrado 10s zapatos a Martina y a mf, y haber hecho otro tanto con ella &ma, mi madre se puso su verdoso traje saste, y' salimos. -iPweces un espejo, Enriquito! iA ver cuBnto b


va a ciurar la limpieza! -habiame dicho Elena, a1 tiemgo de colocarme el sombrerito de paja que me guarda-

ban para las salidas extraordinarias. Alguien me habia regalado im globo de goma con pito. Y yo iba muy ufano, sin preocuparme d6nde pisaba. El hospital estaba~Zejos. Pero nos iriamos a pie. Era una maravillosa tarde dorninical. El sol estaba m h Agil que nunca. Era el invierno todavia. Mas, la primavera ya estaba asomada a algunas tapias suburbanas,, y d fondo de la calle, m5s all5 de la linea y del rio, sobre las zarzamoras, estallando en las ramas tiernamente rosas de 10s durazneros. Junto a la via fhrrea, 10s basurales y 10s solares, inquietaban su cuerpo de tierra y desperdicios, a travhs de las venas correntosas de 10s pastos. Las adolecentes ortigas levantaban sus vegetales cuerpos velludos, en fresca intimidad con 10s yuyos, restellantes de amarillas voces. Tnmediatas a 10s rieies, las velas encendidas dentro de casuchas construidas con latas mohosas, y las humildes cruces de madera carcomida noticiaban el sentimiento pasajero, de 10s â&#x20AC;&#x153;finadosâ&#x20AC;? que encontraron la frontera de sus dias bajo el acero ensordecedor de 10s trenes. El hwnilde Parque Centenario estaba invadido por burros de llagosos pelajes, que pastaban, rebuznando a ratos, de zaparrastrosos vagabundos, hojalateros y recolectores de trapos y papeles. Hombres y mujeres, tendidos en las yerbas nuevas, baja 10s rirboles corpu57


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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

265

lentos, apenas hojecidos, junto a sus sacos vacios, borrachos los m6s, masticaban sus cebollas, o sus mortadelas, o sus candeales de quemadas cortezas. Oculthdose tras 10s troncos miis gruesos, algunas parejas se besaban tochdose ansiosament:! 10s cuerpos. Parvadas de chiquillos andaban a1 aguaite de 10s besos y caricias. Botellas y tarros, mostraban la carcajada morada del vino, entre la chepica y la manzanilla verdegueantes. El rio, alli eerca, azotaba las piedras con el viscoso chicote de sus aguas. Su rumor se estiraba en-el aire como la lengua de un ahorcado. Mi paso de cortos afios era escaso para seguir a mi madre y a mi hermana. funbas iban cargadas. La una con Martina. La otra con la guagua. Fuera del paquete de comistrajos que mi madre llevaba a mi pap& Tenian que andar despacio para evitar mi cansancio. Yo, inconscientemente, abusaba de su paciencia y me detenia a observar cualquiera futileza: una mujer que & orinaba con todas las nalgas a1 aire, j u n t q u n tronco; un .burro que corria rebumando tras su hembra; una chica que se rascaba el sex0 pelado tirada cerca de una acequia, o acaso una florcita que me pareciera extraiia, G una mariposa prematura posada encima de una briula. -iEste chiquillo de moledera! -protestaba mi madre. jllpbrate, Enrique! Y o iba ya con 10s zapatos y las piernas salpicados de barro. Por gusto, pisaba en las pozas pequefias. --jEste chiquillo, Se5or!

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Era como el desenfreno con que la propia angustia, en un intento de piedad hacia 10s ~ombres,quisiera libertarlos hacia un cielo terrestre donde siquiera la animalidad en contrara satisfaccibn. Y lo conseguia. Ea desheredad estaba alli con sus raidas sotanas y su skquito de fantasmas desdentados, apadrinando el impulso hacia el falso y iinico goce abierto a un mundo de sombras y sin cauces: su propio tormento, revestido de un derecho a divertirse, a emborracharse, a jugar, que equivddria, acaso, como a1 derecho a matarse.

2 Comedores. Jardines. Patios friolentos de &boles. Uno. Dos. Tres pabellones. R y i , Sala “San Juan”. Camas. Enfermos. Visitas. Monjas. Y por sobre todo, el espeso, obstinado y fastidioso olor a medicinas, a clinica. Quejidos. Palahras acezantes. LBgrimas. cama 11. Y o vi la cabeza de mi pa&e, ladeada, atenta a la entrada nuestra, como un zonal escuchando el rumor de las lombrices bajo la tierra. C o d a su cama -iPapacito!.. .. iPapacito!.... -iNegro querido!.... jMi “giieiii”, mi giieiii!.... Ya estaba junto a nosotros mi mam6 y hermanos. Hub0 salludos. Besos. Caricias. Por el largo silencio que


e

sigui6 a todas nuestras manifestaciones, la aregria fntima de 10s corazones dej6 correr lentamente la tibieza de las m6s puras IAgrimas. El rostro de mi padre se contraia en barbudas muecaS, que no podria decirse si eran atisbos de risa o gestos frustrados de dolor. Lo que fuera; alli estaba el agua de sus ojos, buscando la maraiia de 10s pelos faciales para refugiar su ternura. Elena miraba a nuestro padre como alucinada. Sus labios delgdos tenian temblores de emoci6n. Si Dios todavia existia por ese tiempo, debo haberlo visto yo por las pupilas mojadas de mi padre, que no dejaba de acariciarmqla nuca con su diestra gigantona, callosa y calentuja. Mi madre habia sentado a Martina al borde del lecho. Elena sotenia a h en sus brazos a la guagua que corn5nzaba a ehillar. Mi mam6 se la pidi6 para d a r k el pecho. Viviamos ese momento pequefio per0 profundo de felicidad que es la compensaci6n de las ausencias amargas. Creo que estAbamos luminosos. -iMe siento nuevo!.... -exclamaba mi padre. Y cu misma voz revelaba c6mo la vida estaba de nuevo invadiendole las arterias de salud. Eiena miraba al hombre que era su padre, con anchas pupilas, con profundas pupilas, sin secretos de amor, con las misnas pupilas tibiamente penetrantes con que la pupila de la violeta debe atender a1 rocio. No hablaba. Restregaba ahora su rostro contra una mano del hombre que ella misrna sostenia, y se dejaba acariciar con tr6mula sa-


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NICOMEDES GUz1\6AN

lasmadres. FormAbamos una humanidad apalrte entre toda esa humanidad de visitas y enferinos que alentaba en la Sala â&#x20AC;&#x153;San Juanâ&#x20AC;?. Una palpitaci6n de vida en lucha gravitaba en el aire, animada por 10s ayes lastimeros de dos enfermos, al extremo del recinto. El silencio buscaba el refugio de 10s hiancos veladores. Palabras apuradas por la emoci6n y risas contenidas surgian adelanthdose a1 encuentro de su propio eco en l a esmdtadas paredes hospitdarias. -iEsth m6s flacos ustedes! -observ6 mi padre, frunciendo el cefio. -Realmente, --confirm6 mi madre-, creo que estamos m6s flacos.... Tu ausencia es demasiado dura .... -justifie6 en seguida. El hombre se mordiri. Sus ojeras parecieron proFimrlizaxe m6s a h . --jCaramba --casi rugby moviendo la cabeza-, caramba! -jViera, papacito, crimo corrian 10s burros en el Parque! -tercik yo entusiasmado de improvise, pendiente de mantener ligada la atenci6n a mi exigua persona. -&En el Parque? .... -dijo mi padre extraiiado--. iCuAndo? 1Qu6 Parque? -&dag6 sobre la misma. --;El Centenario, pues! --zcSar6, E2ena. a nr:estro corazrin ljnicamente las miradas de


LA SANGRE .YLA ESPERANZA

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-iPero, jes que se vinieron a pie?!.... iEs que no hay carros? Se agit6 sentado en la cama. -iSi no es para tanto, hombre! -pronunci6 riendo confusamente en intenci6n tranquilizadora, mi madre. -iPero, de tan lejos, carajo, tener que venirse a pie! iCarajo, cui5ndo estard bien!.... Su catre crujia, como compenetrado de sus propios impetus. -iNo te desesperes, viejo! iNo veo qud de particular tenga el venirse a pie! Enriquito aprovech6 el sol.... La tarde est6 linda.... -iQud sol ni que tarde linda! iEl hecho es que se vinieron a pie! iTremenda caminata, por la pucha!.... jUno no debia enfcrmarse nunca! Los enfermos del extreino no dejaban de quejarse. Uno estaba atendido por varios familiares y amigos. El otro se encontraba solo, rumiando sus dolores como un toro, ahoghdose en prolongados ayes. Mi padre se hahia tranquilizado. -Ese que se queja es un estucador -dijo-. Se cay6 de un andaniio, est6 machucado entero, por dentro, y no ha dejado de chillar desde que lleg6 ayer. -jY no le han hecho nada? -pregunt6 mi mamil. --No hub0 visita del doctor ayer.... Ahi tend& que estar jodido hasta ma5ana .... -&e convido huesillos, oiga once?


272

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NICOMEDES GUZMAN

Era un viejecito seco, de brillante calva, sin dimtes, el que hablaba. Sus familiares acababan de irse. Sobre su velador se apilaban las frutas. -iM& ratc, compafierito -le dijo riendo mi pap&-, m6s rato! -Como quiera, once.... Ri6 el anciano. Me pel6 las encias. Y se pus0 a cantar, despacito, con lengua estropajosa: “Dame tu mana, paloma m’a,

w, para subir a1 tranvia que est5 ’ cayendo la Neve fria, ay

....”

. -El hospital tiene un p d e r -comenth mi pa&e-: establece la comprensi6n entre 10s hombres .... Todos parecen unirse como por instinto contra la muerte.... Mira, Laura, aquel enfermo de la cama ocho, Ileg6 poco antes que yo. Estuvo peleando a cuchilla, mat6 a1 otro y kl qued6 con las tripas afuera.... Lo ziircieron. Y asi como tli lo ves, es un gran compaiiero, todo lo que le traen 10s amigos Bo comparte con 10s enfermos.... Cuando salga, tiene que ir a parar a.1a ‘“apacha”.... El mismo‘ se vanagloria de sus macanudeces, en el trabajo, en la casa y era la calle.... Dice que no le aguanta pelo en el lomo a nadie.... Es m bolinero que, por poco, no anda con la cuchilla en la ore@.... Y ahi lo tienes t6,tranquilo, buen camarada.... jEs increl’ble!.... Como un hermano de todos....


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

278

Mi madre miraba hacia su lecho. El hombre conversaba a grandes voces con 10s amigos que lo rodeaban. Algunos vestian deshilachados palet&. Llevaban un sac0 harinero a modo de bufanda. Calzaban alpargatas. El vecino de mi padre, el viejo calvo y desdentado, seguia a6.R su mon6tono pero gracioso canto: â&#x20AC;&#x153;Yo me cash con ust6, ag .

pa dormir en &ens. c w , ay,

ahora me sale con que, aY, el cdch6n no ti&e h a , dame tu mano, paloma mia, ay ?â&#x20AC;&#x2122; J

...

Por el medio de la sala pasaba una mujer p i e sa, arrebozada con un gran pafiuelo agujereado y descolorido. Llevaba en brazos a una guagua gimoteante. El moiio casi deshecho le colgaba por encima de la nuca. Entre las crenchas, una horquilla se le balanceaba a punto de caer. Los zapatones de hombre, ajados y embarrados, demasiado grandes para sus pies, le arrastraban, sonando como zuecos a cada paso. Tras ella, aferrada a la percala de su pollera, sorbibndose las narices rojas de frio, una chica con el c r h e o rasurado, marcaba en el piso sus pasos diminutos, entumidos, corn0 bailando, a punto de soltar el llanto. La mujer JR.-La sangre y la esperanza.

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miraba e incpuiria en todos 10s rostros. Chocheando, se volvi6. No habia encontrado a su enfermo. Golpeae do, desatentado, las paredes, lleg6 a la sala el llanto amargo de la chica, cuando hubieron salido. Mi padre Erunci6 10s labios. Se quedci pensativo, gacha la cabeza. -Es la mujer de un enfermo que estaba en la cama cinco 4 i j o al fin-. Tenia una pierna gangrenada. Se â&#x20AC;&#x2DC;ta cortaon. Se fu6 pocos dias despuCs que yo Heguct, sin avisarle a la mujer .... Queria dejarla.... Era un b x a c h i n medio loco.... -iSf, si 4 i j o mi madre- aquel pelado picado de w e ! $3, si!....

-El mismo. --Buena cosa.... --coment6 apenas, mi madre, enrollando en el indice de su diestra un fteco de la cob &a-. iTantas cosas que ocurren!.... Su rostro se iluminci de pronto. Habia recordado &0:

+Fighate, viejo, apakeci6 nuestra ropa! iLa tenia doEa Eufemia, fidrate, viejo! La alegria se mostr6 en desnudo cuerpo en 10s ojos de mi padre. -iNo sabes &mo me alegro, mâ&#x20AC;&#x2122;hija! iEso de la toera algo que me tenia m b que preocupado! iY demo iu6? iC6mo supiste?,... Mi madre terminaba de contarle a1 marido 10 5usedido en la otra noche, cuando una comisi6n de tranviarios biz0 su entrada a h sala. Venian a ver a W Ip a


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pa. Eran cinco. Entre ellos, estaba el compaiiero Bustos, es decir, el presidente, y Rogelio. Dos de 10s otros, deben haber sido muy amigos de mi padre, pues 10 abrazaron con mucha efusibn, y se mostraron felices de estrechar su mano. Tenian 10s rasgos duros, curtidos. Uno se apellidaba Ampuero y el otro Elgueta. E l quinto, hid presentado a mi pap& Le decian el “Mama”. Y era grandote, arqueado de giernas, y presentaba las huellas de una quemadura en todo un lado de la cara. En este lado no posefa pelos, y el cutis aqui aparecia fruncido y hollado. Conversaron mucho del Consejo. Pero, de repente, el compaiiero Ampuero desenvolvib un paquete. Traia una toalla y Gtiles de afeitar. -iEsta es “Toledo” purita! --dijo a mi padre, mostrhdole la navaja-. ;Te voy a hacer una afeitada G O ~ Q Dios manda! Precisamente cuando terminaba de afeitarlo, enhi, a la sala una muchacha de blanco, batiendo una camsadla. -;La hora, ]la hora!.... -grit& El “Mama” antes de que nos retir6ramos, hizo una propasicirjn a mi padre, en tono muy explicit0 y camercial. -iComo YO SOY S d O , compafiero, he podido j u tar alguna platita!.... jEstan’a en condiciones de €ad& tarle algo con un pequei5o inter& .... jCreo que le convendria!


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NICORdEDES GUZMAN

Todos 10s compafieros se molestaron ante el gesto del hombre. Mi madre se mordi6. El rostra de mi padre, azuhdo en su palidez por la reciente afeitada, se contrajo. Tembl6 su boca en las comisuras. Call6. Per0 no tard6 en adelantar sus palabras: -iNO, mi amigo, gracias 4 j o lentamente, pen> con energla--, prefiero no aceptar pr6stamos. E! "Mama" se confundi6. Su rostro se torn6 rojo. Comprendi6 muy a las claras que aquel habfa ddo un instante muy impropio para plantear su negocio. Y o me habfa acostumbrado a la presencia de mi padre. Y me fuC duro despedirme de 61. Sin embargo, haIda que retirarse. Trat6 de s o p d a r las 16grimas, mientras lo besaba y me dejaba besar el rostro por 61. Mas, me fu6 imposible. -iGiieiii, Giiefii, p6rtate bien! .... Mi madre, Elena y el hombre mismo, heron, si, bastante crueles con su sal interna. Los ojos le b&ban, mas habia en sus rmtros un heroism0 de pArpados librando una cruenta ofensiva contra el cuchillo de 10s sentimientos. -j Hasta luego! -Ha& muy pronto, cttrnarada.... iQue ojd6 est6 luego con nosotros! -iHasta luego, viejo! +Que siga mejorando, compaEiero! Las manos rudas se chocaban con la palma tosca, callosa y franca de mi-padre. Salimos todos, confun-

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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dihdonos con la caravana de visitas que se retiraba.

En este instante entr6 un hombre de hlanco, arrasbndo un carrito esmaltado. Iba en busca del estucador, que acababa de dejar de dolerse y quejarse para siempre, solo, abandonado, sin afectos. A1 volver la vista por una dtima vez hacia la cama once, entre lagrimones mis pupilas captaron junto con el rostro querido de mi padre, la tristeza sombrfa de tanta facci6n suspensa ya de'la ausencia hosca y forzada sobre 10s lechos p&lidos. Desde el fondo de la sala, la imagen de San Juan Bautista, presidia la tristeza de aquellos hombres, perdida tras las flores y las v e l a encendidas.


CAP3"LO OCTAVO

IAS DE SUAVE pelaje solar gdoparon a la vera de nuestra humilde existencia. Verdes lagartijas nuevaq garmpateaban ]as desconchadas murallas del Patronato, en las que la humedad habia alimentado Ieves de13110s de pasto. Adentro, en el ancho patio, las malvas, las ortigas y 30s yuyos, se adherian en fiesta de juqw vegetales a 10s gritos de bestezuelas sueitas de 10s chiquill03 en recreo. Los pinos tenfan la c a z u m actitud de 10s ancianos, sabios en lances de vida: una reverencia a1 viento, una palabra tierna a la brisa, una mirada cordial d cornpa6ero sol, pen, iquk vitalidad en reserva para el abrazo profundo de h primavera, para la PO-


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XICOMEDES GUZMAN

sesi6n gozosa de ~ U Sblancos y apretados muslos, para el desenfreno del heso a1 pie de las estrellas. Nada de extraordinario creo que habria ocumdo aquella tarde, si mi madre no se hubiera puesto a amasar despubs de almuerzo 37, luego, ayudada- por Elena, a hacer sopaipillas, aderezadas can amarillo zapallo. De por si este hecho, sobre todo en la bpoca de estricta economfa por que atravesibamos, era extraordinario. Pero, realmente, f u 4 como la antesala del verdadero acontecimiento que el tiempo nos reservaba para m8s tarde,

La "vieja" de mi padre, estaba extremadamente mntenta. Su a'legria inusitada, acaso en el fondo, me alarmara. Y o la veia, entregada por entero a su tarea, mover tas manos en maestros movimientos de amasijo, y la oia cantar anfigpas canciones de su pasado adolesx n t e y que, desde mucho tiempo ha, no animaban el gesto de sus labios: "Yo sabes del a h a las horns de luto, na - a h que sufro so cruel por tu amer...."

Tenia una bella voz. Poblada de dulces inflexioR e s . La felicidad estaba alli, a pesar de la tristeza del canto, acodada en su corazhn, mostrando sus vestiduras azules a1 sentimiento, a travCs de 10s versos que su garganta hilaba: . "aumenta mi &do. f ' ~m a - g e

nlinuto a minute, rilescio, mi acerb0 dolor..


2 ~

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NICONLEDES GUZMAN

Elena trataba de calmarme. SaU a la puerta de calle. Leontina, comiendose su pedazo de marraqueta, me hizo burla. Luego, me lanz6 la carretilla, y me dijo: -Te la doy. Te sirve pa un carretmcito. Ahora, yo hubiera abrazado a la chiquilla. Tuve deseos de que se sentara junto a mi, en el umbral. De haber ocurrido esto, seguramente le habria tocado 10s muslos con todo agrado. - i T h , Tinita, ven! -iNo, me voy!.... Y se fu6, realmente, arrastrando sus pies casposos en la vereda dispareja. No dejaba de masticar. A ratos saltaba. Las mechas plomizas y piajosas, intentaban vokirsele.

3 hochecia ya cuando se detuvo a nuestra puerta un victoria desvencijado. En 61 venia mi mami acompaiiada del esposo. Parecia increible aqu6llo. He aquf la raz6n del. acontecimiento extraordinario de las sopaipillas. Mi padre era muy aficionado a ellas, y su esposa habia querido sorprenderlo con tal golosina El hombre venia muy flaco y pfido. Y sin embargo, animoso. Nosotros le rodeamos. &tab feliz. Sus manos dispensaban ternura a cada rostro de sus hijos. No hub0 saludos de palabras. Un silencio hermCtico estableci6 entre nosotros apretadm tramas de


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

2s

acercamiento y comprensi6n, mientras lentas liigrixna~ de jfibilo nos rebalsaban 10s phrpados. Mi padre reia, sin poner tampoco barrera a 1% Ihgrimas, en tanto nosotros nos disput5bamos sus manos y su atenci6n. El hombre era en aquel instante como un ser extraordinario, lleno de luz. NOSmiraba profundamente, como si nos viera por la primera vez en la vida. Observaba el cuarto. Parecia alucimdo. Acaso considerara extraiio encontrarse de nuevo en su hogar. No hablaba. Pero decia lo suficiente y mucho m5s por 10s ojos, con el gesto. Mi madre le pus0 en 10s brazos a Adriana. El no se cansaba de admirar a la pequeiia. Suspir6. Y habl6 a1 fin: LCuando la llevaste al hospital, la pergenia parece que no estaba tan gordita.... Est& linda, jsabes? .... --coment6. La pequeiia reia, gorgeando. Manoteaba. Los hoyuelos que la risa formaba en sus mejillas, acentuaban su encanto. -i A&! .... Y o me abrazaba a una de las piernas de mi padre. El comprendi6 mis anhelos. Devolvi6 la wag-' a mi mami. Se levant6 del borde del lecho en que estaba sentado. Y se di6 a columpiarme, se& su BQbito. -A mitam& A mi tam& .... -chillaba Marti-

....


na, con su cilida vocecilla mellada por la lima del

Ilanto. Mi padre h columpi6, a su vez. Pero, estaba demasiado dbbil, y se cans6 al momento. Al terminar la entretenei6n , acezaba mucho. Y tosi6 largamente. Mi madre lo hizo acostarse. Miis tarde, desde la mesa, lo vi masticar las sopaipillas pasadas en almibar de chancaca, con una satisfacci6n que hacia retozar la felicidad en el rostro de mi madre. -iQu& buena idea, Laura, esta de hacer sopaipijE&h como se Ilas! -exclam6 con la boca llena-. pide! Y se relamia el bigote, gozoso. Nuestro cuarto estaba lleno de c a l o ~ahma. En reslidad, poco hada en esta noche reci&n entrada el rescoldo del brasero contra el frio, que asentaba sus navajas en el aire, porque un calor interno, un calor intima, . dispensaba sus brazos musculosm a lnuestro sentimiento. Alli estaba nuestro padre, de welta, y la klicidad determinaba en nuestros corazones florecmientos de cordiales lumbres. En medio de la mesa, la IAmpara agitaba sus dedos cobrizos. Y o c o d a las sopaipillas con una fruicibn mimal, que obligaba a mi madre a llamarnie la atencitin:

---iPero, Enriquito, no seas puerco! F A a t d b a r ponia pegajosas mis manus y Hli rostra.

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NICOMEDES GUZMAN

inminencia de un viaje sin vuelta, justamente cuando las campanas de Andacollo, arrodillaban sus palabras en un lento llamado evocador de incienso y de cirios encendidos. El tiempo, en 10s terrenos de mi corhzbn, colmaba de ternores mis sentimientos, ejecutando raras musarGas con sus dedos deformes, 'sannentosos. Sentiame perdido, acorralado, en medio de brumas inmisericordes. La angustia de mojados ojos, aferrada al xostro de mi madre y de mi hermana, la tr6gica contensi6n de sus sollozos, la crispacibn de su margum, acercaban negros fantasmas a m i s dominios infantes, donde el hombre ya arafiaba, buscando g6rmenes para el tormenta de sus soledades futuras. S610 una esperanza parecia alumbrar la bruma de mi coraz6n, y esta esperanza est5 a U de pie, en el sufrimiento de mi padre, sufrikiento sin palabras, sin &rimas, sufrimiento heroic0 de var6n, que circuia sus ojos de violsceas profundidades y le fruncia la frente, en arrugas de cien afios. Debiendo estar en cama para terminar su convalescencia, mi padre hakiase levantado. Alli, en su silla de totora, la lucha de todos sus dias debe haberse detenido para conquistar la moneda m6s dura. Porque si generalmente el medio se hace d6cil a la larga vara 10s verdaderos luchadores, yo pregunto c u h t a potcncia de energia necesitamos para hacerle frente a n u s tra propia angustia, a nuestro tormento, para peleade un trecho de dominio a nuestra Kgrima, y qu6 mor-


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dedura de gerros ciegos tenemos que infligirle a nuestro coraz6n para cercenar muchas veces el brote porfiado del sollozo. No. Decir que mi madre lloraba, y que mi hermana lloraba, es casi infitil. Pero no est5 de mAs decir que clamaban a Dios, a1 indigno Dios que siempre nos habia ahadonado. -iQuP he lzecho yo, Seiior, para que me lleves a m’hijita? iQu6, Dios mio, qu6, que? iMhijita querida !.... Se abrazaba a1 cadciver mi pobre mam6. Y su cuerpo entero se retorcia, estremecihdose en un sibito desconcierto nervioso. -iDios mio, m’hijita querida! Atardecia. Un sol esplendoroso condecoraka de cobre ardiente el pecho de 10s ’hermanos pinos, despidihdose. Y en el campanario de Andacollo, trbmulas alas de kronce buscaban el socaire ici5tiI de1 viento. Martina gemia, tironeando las polleras de mi madre. --iNlamatita, mamatita! --;Mi preciosa querida, por quP tuviste que irte! -Tan, tan, tan!.... Visagras mohosas, amargamente mohosas, irremediablemente mohosas, parecian rechinar en la garganta de mi madre. -iSefior! 19.-La

sangre y la esperanza.

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Mi padre se levant6. El dolor reprimido, su impotencia para reparar un hecho sin remedio, lo exasperaron: -iYa, pues, mujer, -grit6 violentamente-, ya, pues, qu6 sacas con desesperarte asi! A M e la mujer del lecho. El moiio se le habia desliecho a ella. Y 10s haces de cabellos rodaron por su espalda. Se abraz6 al marido. -jHijo querido, c6mo es posible esto! El la apret6 contra su pecho. Estaba livido. Y se mordia. -iCarajo! -rug%iCarajo! Pero, ni una 16grima. Ni una sola I&rirna. Era un animal grandote y entero, un animal admirable vencihdose a si mismo. . -jYa, p e s , mujer! -grit6 de nuevo, renreciendo a su compaiiera-. iQu6 es esto! --iMarnatita, mamatita! -gemia Martha. Lejos, bajo la sombra suburbana, que aleaba vacillando sobre el caserio, oy6se la mkiea clueca de un organilh. Era como un agua turbia de manos mordidas por agudos guijarros. -iDios mio, Dies mâ&#x20AC;&#x2122;o!.... -iYa est6 bueno, pues, mujer! --clam6 otra vez mi padre, sin dejar de remecer a la esposa. iYa est5 bueno, p e s ? Afuera, en fa calle, cerca de nuestra puerta, una VQZ de flarrta, canthi:


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madre, el llanto y la angustia cobrarian su raci6n de amargo pan en medio del coraz6n de la familia. El vacio tormentoso que la muerta dej6 en nutro humilde hogar, se hacia profundo hasta en la voz de las eampanas o hasta en la canci6n de 10s pinos que heron como 10s compaiieros de tanto latido de nuestra vida. La primavera, entonces, habia llegado intitilmente para nosotros. Per0 estaba, pero existia en las arterias de 1% horas, en la premura de 10s segundos, y era una briosa heinbra para el galope gomso del tiempo.


%M herramientas a Is espalda y el pan bajo el brazo: i& Cl? ;Esel hombre! iSe ha Iwantado! Y el eterno deber. Hrabi6ndealeengidn y r Ia mano d o s a , sale a1encuentro de su Ctia


LA RISA

1 NA!.... iDOS!.... iTFtES!.... -iPuchas, se mO pas6 una!... iCgzaia tfi!... -jSe me pas6, se me pad! ... --i Pafff!... iPafff! . Chascaba el agua a 10s golpes de 10s garfiao. -iPafff!.... iPafff!.... -iQd payasi!.... iQu6 payasl!.... EstGbamos a la orilla del canal. El liquid0 barroso, mastrando desperdicios, entre ramas, papeles y trozos de excremento, nos traia la verde y amarilla cara riente de las dscaras de sandias y melones. A pie pelado, desgreiiados, en mangas de camisa, manejiibamos nuestros garf ios.

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NICORfJ3DES GUZMAN

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--iPafff!....

-iAl pelo, oooh, dos dtiro! .... A veces fallhbamos. &y pocas. Casi hvariablemente, 10s golpes eran certeros. Y las chscaras salian ensartadas en 10s alambres, sucias y chorreantes. Era un juego muy entretenido. Ganaba quien, despuCs de cierto tiempo, lograba cazar mayor ncmero de dscaras. El agua sdtona nos mojaba casi enter-. Per0 nos sentiamos felices. -iEh, Rufo, anda a tirar las dscaras a la otra esquina!. ... -j Aphate, Rufito! Rufo era un pequefio vagabundo de piemas torcidas. Agarraba las c6scaras recolectadas, despuCs de amontonarlas, y apoyando la rumba en su pecho, sorstenibndola por debajo, zafaba hacia la esquina de Bulnes, y comenzaba a devolverlas al canal, de una en una. Los brazos no se daban descanso. Por 10s rostm, el agua barrosa corria como en hilazas de Iluvia, conSundida con la transpiracih. El verano a nuestro alrededor llenaba el aire de c b Gentes rumores. Las horas tostadas y terrosas piafaban a nuestro lado, como yeguas en celo. Nin& Santo lograba librarme de la azotaina si m i madre me sorprendia en este juego. No e r a pocos loa muchachos que se habian precipitado a1 agua por su causa, ahoghcbse sin remedio. El canal abierto a1 cielo en todo un trecho frente al defisito, se enceguecfa msS d& metihdose bajo las casas, y s 6 0 calles mAs abajo,

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de rato en rato, honraba sus aguas con reflejos de eielo. El chiquillo que cayera por una abertura, no teda esperanzas de salir con vida. Sin embargo, el peligro no arredraba a nadie. Y La aventura de este juego, en el que cualquier envi6n exagerado significaba la despedida de la existencia, nos ocupaba tardes de tardes, incansablemente. No pocas veces mi madre me hizo probar el sabor picante de la correa en las piernas per esta podia mia. Pero, la entretencibn era demasiado tentadora. Estando en vacaciones, m i s horas y las de todos 10s palomillas, abrian !os brazos en un gesto de liberacih para el cual no valian las reprimendas ni 10s azotes. Si no el canal, el rio. Menguado de aguas, repartido en venas azules de tanto contener eielo, el Mapocho y su ancho lecho de piedras y de arena, nos acogia tambien en muchas tardes en que el calor, como un mosco gigante de rumnes, agitAbase en el aire plornizo de sol estival y polvo dado. Corrian nuestros gritos en el viento, en pugna de velocidad con 10s certeros pefiascazos. Las lagmijw, coleando, nos huian. Y las langostas zumbaban como aviones en miniatura, rebanando la luz con sus finos serruchos.

2 Aquelh tarde, 10s pies hasta 10s tubillos en la tierra caliente, llegamos al puente de Bulnes: A lo lejos, enbe


ias maracas de zarzas, --el cerro de Renca como fendo- 10s murallones chatos y demuidos del Cementerio Col6rieo y e! Puente de la MBquina, azotaban la vista tras las vibraciones del aire caldeado. Mugia el rio famklico, como un toro ciego estremeciendo las costillzs de sus aguas. Se oia cantar a 10s areneros, paleando ripio dentro de 10s hoyos que el propio tes6n abrici a sus plantas. Cantos retorcidos. Cantos sudados. I-Xumeantes de cansancio. Viejos cantos olor a vino y a esGabeche. Los vilanos se peleaban 10s dom-inios del aire seco, en que las energias estivales bullian, en apretados e intensos rurnores de siesta. Algunos chiquillos se desnudaron, Se aIssi6 el lfqaido cuerpo del rio para dar cabida a 10s humanos cuerpos morenos. Un griterio infernal colm6 10s vientos. Las p u p s y las grose?-ias se dahan de cabezadss. El qgua se ccinvcrtia ahora en proyectil en Ias manos ahuecadas de !os bGistac. Brjilahan !cs escurridiaos et crpos, s e m ~ .-i o - ~30 .,,ovi%iesobjetos de gseda vidriada. For arriba del guerite pasaban carretones areneros. Silbaban 10s conductores huasqueanda a clPbi!es, pujantes. Dos muchachas se quedaron extasiadzs, conteinplando el espectficulo d.e la chicr.iiillada desnuda. Vno de 10s muchachos se pus0 a convidarlas: -iBajen, no m h ! jHay donde escrsger! ii'-<;oi tie nen! cJc *<.v ,ag>aLa e l chiquillo, sgarrhndos ~7 &tien& ej

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prq::efiio

miembro.


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I

LA SANGRE U LA ESPERANZA

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Ellas reian. Risas frescas. Anchas. Campesinas. La baranda del puente era rala de tabla. Y desde abajo podia apreciarse la potencia de 10s apretados muslos j6venes y tostados. --iAqui tambien hayi-grit6 una, taphdose la boca fresca para acaUar las carcajadas-. iAqd tambih, 'y bueno!.... Y se golpeaba las nalgas duras. Sus pasos fugitivos sonaron en el entablado del puente con ecos de pandereta. Nuestras groserias hs persiguieron hasta que la ribera sur del rio las mordi6, oculthndolas. Todavia, antes de desaparecer, ellas; frescas, sanas, vitales, golpehnse las nalgas, despidihdose. Entre 10s chiquillos, las palabras procaces urdieron las m6s audaces aventuras. Cada uno tuvo en aquel momento su historia, en la que una mujer maraviliosamerrte condescendiente, desprendiase de sus mejoses trigos de hembra. Primas ircreiblemente sabias en la entrega, primas con carnes de flotranca, surgian de entre las voces infantiles, ostentando la belleza Bspera y madura de sus cuerpos expertos. Se reian. Brillaban 10s ojos precoces. La imaginaci6n competia, creando gratos lances de amor, tras las puertas, bajo 10s catres, en 10s excusados, en la obscuridad telarai5osr; de 10s rimones. La fiebre de las sabrosas historias, no t a d 6 en sazonar sus frutos: 10s mayores ,:e 10s muchachos cmvinieron en realizar una competea,ja Y ante la expectacih de 10s m6s pequefios, dieron sueitta a la masturbacibn, haciendo apuestas inverosimiles. go-


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NICOMEDES GUZMAN

land0 venci6, rechinando 10s dientes. Apenas pudo ponene 10s harapos. Yo lo veia tambalear. -: Puchas-reia-, me siento jodido!. ... Se sent6 en una piedra y se agarr6 la cabeza a &lor, manos. -iPuchas, pa qud lo harfa!-se doli6, pelando loa dientes, riendo nerviosamente-. iMe da vuehas abeza! Estaba muy phlido, El otro experimentaba lo mismo. Pero se a-gantaba. §e anim6 a deeir, sin embargo: --;Chitas que jode esto! Todos vestidos ya, echamos a caminar ria arriba. Por entre unas zanamoras terrosas, apareci6 el ajado rostrcr del rancho del Viejo de 10s Perros. Cerca de una de las murallas a punto de derrumbarse, el homo se alzaba eon un penacho de humo. Los perros, ladrando, saliei*on a olisquearnos. SaltAbamos sobre las piedras, entre risas y ehillidos destemplados. Zumbaban las ?angostas, cwtando el aire a ras de nuestras orejas. La i - ~ â&#x20AC;&#x2122; boleda del Parque Centenario, parecia doblegarse a la bruma de la tarde caldeada, en que la tierra se &ria que aeezaba como las lagartijas, batiendo sobre su cuerpo Finw len,guas de nerviosos vapores. A lo lejos, perdidas en la atm6sfera gris, las chirneneas de las fhbricas opacaba mbs a h la luz con las miasmas de las entrafias indwtriales, desflechdose en revueltas humaredas, contra la mole pdtrea del cerro San GristShal. -iQuEt calor, por la puta!--exclam6 alguien.


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LA SANGRE -Y LA ESPEXANZA

365

-iEl baiio parece que m'hizo pior!--chill6 otro chiquillo. Era la opini6n de todos. El calor era tremendo. Sin embargo, nos djvidimos en dos bandos para realizar una guerra de pedradas. Unos nos quedamos a1 lado stir del rio. Y 10s otros, rnetidndose hasta la rodilla en el agua, se ubicaron a1 Iado norte. Era una pelea encarnjzada. Luego, dos de nuestros compaiieros estaban con la cabeza rota. No cejiibamos. Las piedras silbaban en eI aire como pequefios obuses. Se trataba de cansarnos mutuamente hasta que uno de 10s dos bandos desertara de la lucha, o huyera. El cansancio empez6 luego a estrujarnos 10s euerpos. Retrocediamos. A nuestro lado, cerca de 10s basurales, medio perdidas entre la maleza, la tierra y las piedras, habia abandonadas varias ealderas de locomotoi-a. Obsi.uras, costrosgs de moho, semejaban monstruos petrifieados. Metibndonos a ellas, o parapethndonos tras su mole, quedcibamos fuera del alcance de las pedradas enemigas. Aseguramos ayui nv.estras posiciones. El aire apestaba a excremznto humano, a orines, a basuras podridas. Batallones de moscas per_'orabcn la espesura de 10s olores. Nuestro chivateo era infernal. . Los gritos y 10s aleridos groseros, roda5an, sin ecos, aplastados, tostados por el fuego de la tarde. El sudor nos pegaha las ropas a1 cuexpo. Teniamos el rostro rojo, mojado, destilando Jluvia salada. De pronto, en lo mejor de nuestra lucha, el Rufo nos distrajo: 20 -La

sai-4E y la csperama.


---jVengm a ver, vengan a ver, un muerto, un muerto!-esclasnaba, asomando la mbeza por UI oriâ&#x201A;Źicio de la caldera mAs lejana. C r e h o s cpe habri-ia cafdo dguno de nuestros camaraclas. Corrimos hacia Rufo. Tendido en el interior de la caldera, habia un horn.. h e muerto, en calzoncillos apenas, lleno de tajos. Tenia las tripas caidas a un lado del vientre y sus labios abiertos descsabrian unos torcidos dientes cariados. N o hedia 261-1. Debieron haberlo matado esa misrna tarde. - -- i Qu4n s d t ? i Chitas! Rodedbamos la mole de hierro, asomando la cabeza por el portillo. Los del otro bando corrian ya chapoteando POTuna de las angostas venas del rio. Pronto estuvieron junto a nosotros. Los recolectores de desperdicios que escarbaban en 10s basurales, corrieron tanbign a constalar el hsllazgo. Zumbaban como abejorros las moscas en el aire. Voldbanse 10s harapos de las esmirriadas mujeres e n la camera. Los chiquillos casi desnudos, trotaban, perdidos casi en 10s desperdicios sueltos. Ruiw 10s eerdos negros y gordinflones, grufiendo. La algazara era general. ---iQ&a lo habr-5 matado! --is@cns85aron con 61! iA deinde le ibsn a meter mAs Ipufml&s!.... -iSi es Aniceto, el hojalatero!-adIC, de repente una mujer-. jSi es Rniceto!.... jSi es tu hermano!.... concluyi., bablhdole a m a muchachita enclenque que gemia por asomaxse a1 orificio.

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LA SANGRE Y L A E S P E M Z A

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La chica palideci6 intensamente. Le &eron pasada y pudo mirar a1 interior. Aquel debia ser realmente su

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hermano, p e s , se pus0 a gemir como una perra, con 10s ojos desorbitados. Se rasgufiaba las manos, tiritando como si tuviera frio. Una vieja â&#x20AC;&#x153;cachureraâ&#x20AC;? mand6 a uno de sus chiquillos a buscar guardianes a la Erigada. El chic0 sali6 disparado, seguido por varios de sus compaiieros. A ratos, corriendo, daban la impresi6n de desaparecer en medio de 3as basuras podridas, entre 10s cerdos que arrancaban grufiendo -iLo mat&yo, lo mat6 yo! Todos 10s ojos volviQonse hacia el sitio en que im~mpianaquellas voces. -iYo tenia que matarlo, yo, yo, nadie m6s? Un largukucho cincuenton, cubierto de tiras y restos de saeos, sin afeitar, de erizada cabellera blanca, saE6 de un matorral. Atrompcmdo 10s labios, movia 10s Erazos y seguia gritando: --jUo tenia que matarlo, yo, no m&? Se a c e d . Parecia loco. Las tiras se le eatreabrfan, dejando a la vista el colgajo costroso de un sex0 siBUtico. Todos retrocedieronâ&#x20AC;&#x2122;ante su avance. El reia. Sus carcajadas caian, rodando en el aire, como bolas de hierro candente en un tiesto con agua. -iJa, ja, ja! iTen.k aue matarlo yo! iJa, ja, ja! iyQ no m&! .... Sus risas ckamuscaban el sentimiento de 10s pre-


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sentes. Todos se habian retirado a prudente distancia. Los hombres pestaiieaban, en actitud defensiva, terniendo que el desconocido 10s atacara. Le qiledb el campo libre. El no hizo sin0 meterse a la caldera en que se encontraba la victima. Desapareci6 en el orificio un instante. Sus carcajadas rebotaban en las paredes del hueeo methlico, como en el vientre de una campana sin temple. Reapareci6 en se.guida, sin abandonax la risa. Levant6 algo sanguinolent0 y verdoso en su diestra negra. Era un trozo de intestino. Realmente, el hombre debia estar loco. -iYo tenia que matarlo! iJa, ja, ja! iY0, yo! iSe pes& a mi hija! iLa tehgo all&! iY0 tenia que matarlo, yo, yo, no mAs! ;Carajo, se pesc6 a mi hija! iVengan, vengan! Abandon6 â&#x201A;Źa tripa y salt6 fuera del hueco. -iVengaan, vengan!.... iJa, ja, ja! -siguici-. PObre rnâ&#x20AC;&#x2122;hija!.... iVengan, vengan!.... Se ale$ No dejaba ahora de pedir: -i Vengan, vengan!. ... Se hundi6 en el matorral. Algunos hombres se encaminaron hacia all&,cautelosamente. Fui tambih con algunos cornpai5eros. Era cierto. Perdida entre el matorral de zarzamoras, habia una pocilga pequefia, construida con latas y pedazos sueltos de ladrillo. Las lagartijas huian asustadas sobre 10s pobres materiales de la viviencla. El hombre, agachado bajo la teehumbre, cuya dtwa no pasaria m5s arriba de su pecho, mobtraba el cuerpo de la hija, tendido en el suelo pelado,

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tieso, muei-to, apenas cubierto por tm t r a o grasiento y deshilachado de frazada. Su rostro niveo, con 10s dientes a1 aire, mostrfibase a Ie luz de una vela chorreante, pegada encima de una piedra. Sus labios estaban negros d e golosas moscas. -iVean, vean! iNo ven, no ven! iSe la pesc6 y me la mat6! jCarajo! Ya no rib el hombre. Gruesas gotas de sudor le com'an por la frente, rodindole hasta la bazba, donde iucian, en hennandad con las 14grimas, como rocfo enredado en extraiio musgo de azabache. Aquello parecia un suefio. Mas,era cierto. El sol quemaba, sollamando el cuerpo bajo las xopas. Por 10s rostros, la transpiracih c o d a , como vertidndose de invisibles caiios. Lejos, cantaban y silbaban 10s carretoneros, animando a las bestias, alegremente. Me retird. Me siguieron varios compaiieros. Las lagartijas hacian genir las briznas a su huiciizo paso. Una manada de burros, corrfa'por un flanco del rio. Atravesamos 10s basurales, en'los que la labor de 10s recolectores habfase reanudado en parte, escarba que te escarba, tras el hallazgo del hueso, de la tira, del vidrio, o del fierro mohoso. Las moscas se cruzaban como en racimos por la modorra del aire. Los desperdicios podridos exhalaban sus hedores espesos, embotmtes. Salt4bamos la linea d d ferrocarril, bajo el reverbero hiriente del sof, cuando nos cruzamos con bs

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guaxrhanes que, junto con 10s chiquillos que heron cn s u busca. corrian hacia el lugar del suceso. Volviamos impresionados. Pasaba m hojalate-10 tojo, arrastrando un s a r t a l de enlosados rotos, abollados -iFarece que a 1st gente le S s t a andarse matando! -dijo uno de 10s muchachos, esbozando tzna sonrisa Ya de vuelta a nuestra calle, nos fuimos a las verdulerias en bwca de “cascareo”. L l d b a m o s asi a 10s desperdicios de sandias y melones y, a eshs mismas frutas deweltas por falta de saz6n o sabor a 10s vendedores. Los verduleros nos las daban. Algunos muchachos se comian Za pulpa extray& dola con la mano. Les confa el jugo por h barbrL. R,eian 10s roskos sudados. . Pero la verdadera razitn de que fuQamos en btisca del cascareo era nuestro juego del canal. El Rufo, nuestro ayudante, se pasaba el dorso de la diestra por las narices, sorbia, y salia con 10s montones de rfiscaras hasta la esquina de Bulnes con Mapocho. Ac6, jimto a1 Gltimo portjn del depbsito, sentados a1 borde del canal, nosotros esper6barnos ]as c6scaras con 10s garfios alex-ta. El cequi6n bufaba, rnordiendnnos 1% piernas. -iPafff !.... iPdff !.... -i Pafff!.... iPafff!.... +Agarre dos altiro! iEstoy “pine”!.... iChitas!.... +Pal%!. .. iPa-fff!....


-iPuchas, este jodido del Rufa las est6 e&aazdo muy Xigero!.... -i Pafff!.... -iR!kjor, oooh, asi se pmeban 10s pehes!....

-i Pafff!.... iPafff!..,. El jfibilo alivianaba el aire. Las gotas saltonas de agm, nos helaban el sudor. A nues-tra espalda el vera.. no se golpeaba el pecho con su dura pata tostada. El crep&seulo asomaba su rosiro viol6ceo b a s Zos tejados, como un pirata a la borda de un barco, apretando entre 10s dientes un Gltimo y h e m b r o w c~tchillo de SOL

3 -iSalvaje, salvaje, queris matarme, d v a j e ! Eas angustiosas vows a r ~ a b a nlas paredes de la galeria. -iJa, ja, ja! Y a la gente se agrupaba ante la puerta cemada del. cuarto de Rufino. Relojero, grabador y rnaquinista tranviario, Rufino era pequeiio, flaco, encogido. Cambiaba de compaiiera cada uno o dos meses. Todas se le iban despu6s de sopwtar sus borsaeheras y malos tratos. Pero en seguida, reponialas. La anterioy, habiarre envenenado, bebiendo un frasco de Acid0 de 10s que 61 usaba en sus trabajos de grabado. La que tenia ahora, era firme para 10s golpes y no muy fAcllmente se dejaba dominar por G?. Ciesto que


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MICOMEDES GUZM.AN I

10s mAs de 10s dias, de madrugada cas& llegaba a golpear nuestra puerta. -jSefiora Laura, unas hojitas, unas hojitas pa 10s ojosr Mi madre poseia, colgada a nuestro balc6n. entre yedras, cardenales y otras diversas especies de planCas, una mata de â&#x20AC;&#x153;espuela de galbnâ&#x20AC;?. Eran hojas de esta planta las que solicitaba. Y mi madre no se las iha a negar. Mi, tarde se la *ia salir de compras con las hojas pegadas bajo 10s pbrpados o en las sienes. Pero antes que el poder c u r a t h del vegetal hiciera su efecto sobre 10s machucones, ya 10s puiios de Rufino se los revivian en el rostro. -iEste hombre, Seiiorcito, me va a matar! -iD6jelo, vecinita, es un salvaje! iHay tantos hombres giienos por ahi que pueden quererla! iUst6 no es naita â&#x20AC;&#x2122;e pior! .... --iI\Jo, no puedo dejarlo, no puedo, vecina! Aquella noche, la pelea era mis dura. Chillidos, golpes, vociferaciones, groserias, se atropellaban en el tragaluz, buscando salida a la galeria, Cristina, aunque pitaba como si la mataran, parecia no estar dispuesta a ceder. El hombre se enfurecia m i s ante sus resistencias. -iMe vai a matar, salvaje, me vai a matar! --iDe veras, la va a matar, debian ir a buscar guardianes! -hablaba una hembra fofa, de carries abundosas y colgantes.


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--.fie veras, hay que traer guardianes! --opin6

otra .

Alguien abri6 la puerta. El hombre y la mujer luehaban en el lecho furiosamente. Las ropas desordenadas estaban caidas en el piso. La mujer, bajo el horn bre, manoteaba, lo rasguhaba, gritando y petaleando, deseosa de desasirse. -jTe tengo que joder. te tengo que joder, miCcEica! -roncaba el borracho y le buscaba el rostro con 10s puiios. De pronto, un alarido filoso de Cristina rasg6 el reducido espacio del cuarto. Se levant6 el hombre. Estaba descompuesto, desgrefiado. Parecia un demonio. De su labio inferior se escurria un hilillo de sangre. La mujer se alz6 tras 61. -jBmto, salvaje, -chillaba con la mano en un oido-, me comiste una oreja: me la comiste, animal, me la comiste, chancho!.... La sangre corria por entre sus dedos. En la refrie.. ga Rufino le hahia alcanzado la oreja con 10s dientes. El hombre se paseaba por el cuarto como un simio, acerando, bufando. De repente, envuelto & saliva sanguinolenta, escupi6 el trozo de 16bulo. -jSalvaje, salvaje -seguia chillando Cristina. Y como una fiera se precipit6 contra el borracho de nuevo, y comenz6 a golpearle el pecho. El parecia no sentir. Sus costillas sonaban a 10s golpes, como tabIas trizadas.


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-iMe comiste la oreja, bruto! -no cesaba de dolerse Cristina. El borracho se habia detenido. Dejaba a su muier que lo castigara. Pero, de improviso se abraz6 a ella. --iCristina, Cristinita mâ&#x20AC;&#x2122;a, perdhname! --exchm6-. jPer&n, mi perrita! Y la besaba, gimiendo, en todo el rostro. JJa s ~ n gre no dejaba de manar de la oreja chdena de la hembra. Una saibita emoci6n la conmovi6. Y ya no hizo sino responder a1 abrazo. Xi 61 ni ella se daban cuenta de la presencia de 10s vecinos. Y cuando lleg6 la policia, 10s encontrci alli, en medio del cuarto enmohecido por la luz debilucha de la I h p a r a , qucrihdose con apretados besos y abandonadas Irigrimas, sin preocuparse de la sangre que denunciaba a 10s ojos de t d o s !a audacia de unos dientes canibaâ&#x20AC;&#x2122;les. - ~ Q u 6 es lo que pasa aqui? iQud es lo que pasa ?El cabo,policial se meti6 al cuarto s i n magores prelimbulos. Sus palabras parecieron despertar del mhs romjntico sueGo a 10s extrafios enamorados. Rufino se sobresalt& Se pas6 precipitadamente el dorso de u:ia mano por 10s ojos. --jAqui no pasa nada, no pasa nada, carajo! --vGcifer6-. iAqui no pasa nada! --iSi,aqui no pasa nada! --confirm6 la mujer, goC peando el suelo con un pie, para hacer mjs energicas sus palabras-. iVriyanse, v5y;mse!


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NICOMXDES GTJZMAN

penso. Habia allf hombres, ruidos de botellas, palabras gruesas, palmoteos, halagos, besos, caricias. Y eritre todo, una luz, es decir, dos luces que hacian una sola: la risa de las hermanas: Ana y Graciela. Yo apenas las habia visto alguna vez lejana, a distancia. Sabia que eran rubias. Vi entonces competir a1 sol con sus cabelleras. Sabia que eran altas, de cimbreante paso, de potentes caderas. Pero, las of reir. Desde entonces, siempre que pude, me land a la cam del fruto de sus gargantas. iPor que? jQu6 sd yo! Mas, es cierto. . Allf, apegado a la muralla, como un pequefio delincuente, c u k t a s veces me estuve soportando el peso de tanta voz promiscua por la posesicin de una, de una sola moneda desprendida de su alegria. Creo que, de mayor, Ang6lica habria reido asi. Esta noche aprovech6 el descuido de mi madre, que estaba preocupada de lo que acababa de ocurrir en la pieza de Rufino,y abandon6 10spasos hacia donde el tiempo reservaba un resquicio de extraordinaria luz a mi espiritu. Me a p e s 6 a la pared. La puerta del cuarto diez estaha semi abierta. Habia m C voces que de costumbre, mis miisica. Y sin duda, d s caricias. Se oia m canto: ~

"Margaritina rnia, no digas nada a nadie, que nuestro amnr es c m que sdlo debe saberla el aim...."

Y a1 final, la risa, la querida risa de una de eIlas,


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I

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envolviendo el aire como en una red 'melodiosa. M e sentia feliz en medio de aquello. De pronto, una mujer que sale. No me vi6. Estaba borracha. Se tambaleaba un poco. Se ah6 las polleras. Su calzcin rod6 casi hasta sus tobillos. La vi encucliIlarse. Sus muslos gruesos, firmes, albeaban en la sombra. Sonaron 10s orines sobre el entablado. Y algo m6s...., diderente a su risa, desde luego. Pens4 que aguello no podia ser. Pero, era, realmente.... iSi, la muerte de una pequefia ilusibn! No podia moverrne. Me di6 miedo. Acaso le pareciera mal mi presencia. Sus muslos albeaban en la sombra. Deberia tener un bello cuerpo, blanco, suave. Y dos tibios pechos vibrantes. iMe importaba s6lo una c o s en ese momento! iSu risa habia fallecido! No corn- ' prendia ccirno una mujer que riera asi como ella y su hermana, pudiera hacer todo lo que las d e m k Ella se alzaba. Se ajust6 10s calzones. Se acomod6 las poIleras. Seguia tambalecindose. Deseaba fervientemente que se entrara. Cuando lo hizo, hui a saltos hacia UPStro cuarto. La galeria temblequeaba. N o repar6 en las mujeres que, como brujas lamidas por'las Llamas, segnifan 6us postreros rnenesteres. Ya no me interesaria por el metal de las gargantas de Ana y Graciela. Lo h i c o que para mi habia de puro en ellas, habia fenecido. Sus risas fueron prostitutas tambidn desde aquel instante. Es cierto. Un nEo p e d e perfectamente no ser un . mtbpido. Per0 s e d siempre inhumane.

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LA ABUELA

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OR ESTQS DIAS lleg6 a nuestra casa mi abuela. Era la madre de mi madre. Mi abuelo, su marido, un viejo fornido, trabajadorazo, recio acn para el c h z o y la pala, de firme planta para la conquista de 10s caminos, es decir un chileno, habia fallecido hacia poco de una enfermedad indefinible. Los mCdicos dijeron que era tilus, otros que una fiebre recientemente descubierta. Es posible que haya sido tifus o viruela, pues, por estos &as estas enfermedades andaban haciendo la de las suyas en 10s barrios pobres. Mi abuela, despuPs de casi toda una vida dedicaaa a la labor de la. artesa, comenzaba a sentir ya 10s


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remezones de la muerte, a travCs de una maldita par&lisis que le mordia cada hora s u organismo. -iCuAndo me llevar6 Dios! -suspiraba la pobre-. iCuhdo me llevar6 el Seiior! Alli, en su silla, sentada, per0 siempre apoyada en un mango de escoba que le servia de bastdn, al c u d ella habia pedido que le colocara una punta de clavo para que n o resbalara en las tahlas, se pasaba 10s dias, tiritando, suelta la mandibula, batiendo la lengua, como rezando o cantando sin entonaci6n ni palabras. -iCuAndo me llevar6 el Seiior! a e c i a . Por las noches, mi abuela rezaba el rosario. Y, generalmente, Elena, si no mi madre, debia acompaiiarla De io contrario, el Ilanto, en su perenne anhelo de re. galias, irrumpfa como si un cielo vasto y lluvioso hubiera tomado posesi6n de sus ojos; lentos lagrimones, garrapateaban sus Gccidas mejillas, efi que las finas venas eran como rojos cabelilos, aplastados caprichosamente entre cuero y came. Toda vez que asistia a1 esfuerzo desplegado por mi madre, para sostenerla y encaminarla cuando lo hacia inenester una necesidad imperiosa, era de imaginarse a la pobre anciana en sus tiempos mbs o menos mozos, protagonizando las Bgiles historias de vida que yo conoci de propios labios y de 10s de quien me ech6 a1 mundo. Era realmente increible su estado de hoy, puesto que mi abuela habia sido una de esas tantas hembras


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]El hornbye rib, nerviosamente. -+Me jodi6, seiiora, me jodi6 no miis!.... +%io, y enfund6 el arma. En medio del silencio de tados, la vieja -no scrfa rcdmente vieja pos entonces-, sali6 apyando af marido. Nadk se atrevi6 a levantarle rn6s la voz. Esta historia corri6 por todo el pueblo de Codema,por Machali, y esos alrededores. -iQUB hembra se gasta ust6, no Jos6 Maria! -16 decian 10s amigos y conocidos a mi abuelo-. iCUidad0 con dejarla viuda, mire que se la pelean, no!.... Mi abueIo reia, mientras otros exclamaban: Ra Lucinda no hay quien pegue! -$on Ni aquel mismo brujo, ub tal Bustamante, uno ylte dommia sobre una de las tapias del cementerio, y que hacia salir chicha de 10s Arboles y de las varas de topeadura, y que cuando le daba la gana, desnudaba por encantamiento a las niiias en 10s bailes, pudo nada nunca con mi abueIa, aunque la amenaz6, porque ella no le quiso vender una oveja muy regalona que poseia. Esto es algo de la vida de Lucinda, mi abuela, esta misma paralitica de que he habladq y a @en habia que ayudar en dodos sus menesteres

2 A la vera de 10s dias, mi abuela era realmente como una G i a malcriada. Yo y Martha, debo confesarlo, abus6bamos de su in.i.alidez. MuC3has veces le


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LA SANGFLE Y

LA ESPERANZA

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amebati5 el palo de sostbn, y me lanc6, burlbdome de ella, a jinetearlo, dando vueltas a la mesa. Me gozaba. No se me quitaba lo bestia. Mi madre, por supuesto, era ajena a todo esto. Yo estaba tan acostumbrado a hs IAgrimas'de mi abuela, que no me conmovian. Cuando sabiamos que poseia a l g h dinero, Martha y yo nos apresurAbamos a atenderla. -LQuiere que le lave 10s pies, agiielita? -me ofrecia. -iNo, yo, agiielita!.... -ofreciase Martha,tratando de imponbeme. -iLAvamelos tu! -me decfa-. M e est& ardiendo mucho. ... --iCuAnto me va a pagar? -Un diez, pues, hijito.... --KO se 10s lavo por un cinco, agiielita...Por um cinco --gritaba Martina. --;Para otra vez! Ahora me 10s lava Enriquito decia fentamente la abuela. Si mi madre entraba y nos sorprendia en negocies eon ella, 10s azotes eran seguros. Cada vez que nos veia encuclillados ante el lavatorio, listos a senrir a la abuela, mi madre, le encargaba, y le insistfa: -iCuidadito, madre, con darle plata a estos moco-

....

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m! Ella no decia nada. No nos acusaba, pues, temia que tomhamos represalias en contra suya y no la sirvi6ramos, Eramos una fuerza. EXa sabia muy bien que BU invalidez precisaba de nosotros.


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NICOMEDES G U Z W

Cuando no tenia dinero, pasaban muchos dias, sin que nos ofreciQamos a lo que ella necesitaba. Tenia que quejarse: -jTanto que me duelen 10s pies! iL4venmdos, chiquillos!. ,.. Despuks de mucho rah se decidia alguno de POSotros. Significaba que ya habiamos transado. MAS de alguna pequeiia cosa de su propiedad, p a d a m i s manos a cambio de cualquiera ayuda. S u s anteojog, que no tenia para qu6 usar, me interesaron mucho. Y como nunca quisiera tratarlos, ,se 10s rob6 un dia y les saquk un cristal. MAS tarde ella 10s vi6. Y sucedi6 lo que me esperaba: que vidndobs inservibles, me 10s ofreci6 la primera vez que necesit6 de mi. La mAquina proyectora de peliculas que esperaba fabricar con 10s vidrios de aumento, aprovechando unos engranajes de reloj que ella misma me habia regalado, no me result6 nunca. Y 10s vidrios se me quebrarcm tratando de ajustarlos a 10s huecos rectangulares del caioncito que esperaba convertir ea aparato cinematogrsfico. Los dias de mi abuela eran de verdad sin esperanza. Es decir, si, tenfan una esperanza: Dios o d ciello. En todo caso, aqui en la tierra, en nuestro cuarto, e n tre la familia, las prostitutas, 10s rateros, 10s evang6licos, 10s trabajadores todos, en medio de la lucha de 1 0 s hombres, el tiempo ya no tendria Ihparas para abmbrarle la negrs ruta. Y acaso fuera mefor, muchas ve-


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1% madre, moviendo kt cabeza, y riendo casi, la mircj hacer durante largo rato. Despub, gravemente, un poco severa: -jMadre, por Dios, si alguien la viera en &so, iquk cxee usted que diria?! -le hablb. Ella, la vieja, se ruboriz6 como una nifia. Su mstro, de color subido corrientemente, alcanz6 casi a1 tinte del granate. Disirnul6. DTo queria creer que mi madre la hubiera sorprendido. -iSi no hago nada, niiia! -negci. --iPero ;,&mot madre?!.... iSi acabo de verla! iCbm o es posible que haga eso? Mi abuela se compungi6 toda. Su rosttro di6 la impresi6n de aprefarse y fruneime luego, como una cicakiz. Y le estdlarnn de golpe las Egrirnas. Sollmos i g u d que graznidos le arrancaban del pecho seco. -jPor Djositr: --clijo entrecortamente, vacilando -, por Diosito, bbtame, niiia, bbtame, anda a echarme a1 hospicio! --iPeW, madre, no diga eso! $To ve que tengo raz6n en lo que le &go? -iPor que no me llevarh Dios? -exclam6 mi abuela ahora, llorando casi a gritos-. iSeiior, Sefiorcito! Mi rnadxe se desespraba por esto. Movi6 la cabieza, amargada. Quiso acercarse a ella para consolarla. Mas, se arrepintib. Su rostro habia emblanquecido. Su gesto era indefinible. No poclr;a decirse si era encono o pens la que la asistia &ora. No ha-


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blb nada mhs. En silencio y lentamente, se dirigi6 s cum del pequeiio, que habia despertado y empezaba a. Ilorar. Tras su paso, siguieron rodando 10s solloz~sde la abuela. El mango de escoba que usaba a guisa de bsst6n, golpeaba Ias tablas, a1 ritmo de su brazo loco, con ese mismo eneyante sonido de dura coyuntura que producen 10s perros a1 ahuyentarse las pulgas.

4 El otoiio estaba ya a las puertas de la ciudad. Pero el calor no se espantaba. U estaba aqui, en el rostro de mi abuela precipitbdose en continuas perlas de transpiraci6n. Sin poder aquietar 10s saltos de su brazo, ella apegaba sus ojil!os a 12 nada, soportando silenciosa, apenas acezando, los impetus calientes de los 6ltimos dias estivales. Y o labraba un palo, mellando el cuchillo cocinero de mi madre. Quer$a hacer un casco de barco, -iLe traen una guagua para que la "santigue"! --entr6 diciendo mi mamA a mi abuelita.

-iAh? -iUna sefiora, rnadre, que tiene a la guagua enferma! jQuiere aue se la santigiie! -jA ver! jQue la entre, pues! - h i n u 6 con vot cascada mi abuela. Entr6 una mujer pequeiia, humilde. Vestia un deh t a t de vichi, raido, tras cuyas roturas veianse 10s


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parches de fa pollera do lana. Las grandes manchas que la prefiiez hahia dejado en su rostpo, acentuaban su edad. Una pasividad melanc6lica emanaba de sus pupilas chlidas. En sus brazos morenos, ajados, desnu610s hasta el codo, traia a1 hijo, enduelto eh un rebozo apolillado, verdoso. -iAqui e&! -exclam6 con voz lloriqueante la mujer, descubriendo a1 nifio ante mi abuela. Roncaba la guagua haciendo girar las pupilas medio enteladas. El ojito izquierdo le lagrimeaba. Daba la impresi6n de que iba a ahogarse. Mi abuela pidi6 que le colocaran a1 nifio en la falda y se lo afirmaran. Sac6 un crucifijo de bronce que colgaba desde el cuello en su seno. Y comenz6 a rezar cosas que no se le entendiao. Apenas podia oirseIe la ligera pronunciaci6n de las eses y algunas vocales. Con la imagen en la diestra, hacia, a1 mismo tiempo, cruces en el &e, sobre el rostro del enfermo. La operaci6n dur6 apenas unos pocos minutos.. +Era “mal”! -exclam6 mi abuela, temblorosamente. Cuando “santigilaba”‘1e era f k i l determinar si habian “ojeado” a la guagua o si la aquejaba alguna otra enfermedad cosriente. Si era lo- primer0 le dolia a mi abuela el lado del corazbn, y el ojol izquierdo le lloraba abundantemente, mientras el phrpado. palpit6bale como un sapo aghico. El mal parecia trasmutarse a su organismo, y transpiraba copiosamente. Debido a esto, mi pobre abuela temia santiguar-

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Pero, cuando el cas0 llegaba no era capaz de oponerse. -iSi una sabe hacer esto, no tiene por qu6 negarse! -exclam6 en alguna oportunidad en que mi madre. le observ6 la inconveniencia que para ella era realizar el conjuro. La guagua que reci6n le habian traido, despu6s del rezo, dej6 de roncar. El ojo ya no le lagrime6. Y se quedS profundamente dormida. -iParece un milagro! -habl6 emocionada, casi llorando, su madre-. iParece un milagro, abuelita! iQue Dios la bendiga! ;Gracias! Envolvi6, ayudada por mi madre al nEo, y salid, triste, hundida, pero llena de esperanza. Mi abuela, m6s loco que nunca su brazo paralitico, limpihhase el 050, del que no dejaban de manarle las 16grimas. Reclam6 el bast6n que habia tomado yo para limpiarb de grasa alli donde lo apretaba su mano y pidi6 a mi madre que le &era la â&#x20AC;&#x153;esenciaâ&#x20AC;?. -iParece que tuviera alfileres en el corazbn! -se quej6. El verano habia lanzado a la pieza, por el balchn, una abeja que espiraleabaen el aire con zumbidos de runriul. En la calle se oian gritos estridentes de c h i quillos. Habian abierto el grifo de la esquina y se empapaban, haciendo saltar el agua, presionando en la boca de bronce. El calor sofocante arrancaba serpientes de pesadilla de la tierra. Rumores de hierros castigados, anchos rumores de trabajb, venian desde 10s


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talleres de la Compafiia. Un gilguero, en la galerfa, cantaba alegremente a la vida, desde su prisih colgante. A la distancia sonaba el cuerno de un heladem.


E L E N A â&#x20AC;&#x153;...un~ Q C Omenos que un &gel, un

....â&#x20AC;?

po@o

mais que una nor

LUBICZ MEQS2.

Lalta

1

OS CHIQUILLOS B A N ya a la escuela, mordiendo con avidez k pulpa amarilla de 10s membrillos. Las moscas cardumeaban atontadas por el aire. Era el otofio una vez m&. Nuestra vida rielaba lentamente. Sin embargo, habia como un profundo olor de hie.. rro en fiisibn en la intimidad de nuestra casa. MQs &I, en la galeria. M5s all&,en el vecindario. Y m L 1ejos sen, atravesando las fronteras del barrio, Ioe dias eran como frutos secos, como viejos y amargos


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descarozados, imposibles hasta para el domini0 de 10s mls poderosos colmillos. Golpe a golpe, haciendo eco a1 campanario de Andacollo, la existencia marcaba su ritmo de reconcentrada, de acendrada hcha, estrujandv el c0razi.n de los hombres, exprimiendo, a gotas, un zumo de kgrimas y sangre. La frente alta y limpia. La frente obscura y canaDa. La fi-ente sombria y fatalista. Todas las frentes, y su sudor, tenian una base firme de pupilas mostraido una humanidad y una verdad a la lumbre del mundo. Era el otoiio una vez mAs. Y era la vida.

2 -iElena! -habl6 mi padre. Ella, mi hermana, pAlida, dulcemente enaienada, alz6 10s ojos puros, que pudieran ser lo mismo de oveja o de mujer. El libro que tenia sobre la mesa, se cem6 de golpe. Pestaiie6. No habl6 nada. Esper6 anhelante. La voz del padre, no tard6 en buscar su entendimiento: -No es primera vez que hablamos de &to .... j N o ? .... 4 i j o con calma el hombre, esforzbdose por mentir serenidad-. jTant0 que te hemos pedido que termines todo lo que hay entre t~ y ese muchachc!.... iNo es cierto? -Si, papd!.... -repuso ella, fpunciendo 10s ojos, preocupada.

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I -

-jb has prometido, Elena, y no lo has hecho, ipor quc?? Elena ca.116. Bajb la vista. Se mordia el indice. Este gesto suyo le daba un dire de ingenuidad, de nifia regalona. Pero, a pesar de ello, de veras, sentia latir su corazbn atorrnentado junto a mi corazbn. Me doli= las garras de su sentimiento en medio del pecho. El silencio era duro. De piedra inhoradable. Fâ&#x20AC;&#x2122;rio. Pero, lleno de luz. -4lzado de escalas para la comprensi6n. Mi padre se mordia. Miraba de reojo a la hija. Se pasaba la mano por la aspereza de la b.arba crecida. Sobre el hule, al borde de,la mesa, de stibito, dos goterones golpearon, como apagando en un chirrido el rescoldo de a h a que gonducian desde 10s ojos de mi hermana. --iNo hablas, Elena, no hablas! -grit6 mi padre. Es posible que su grito-fuera una reacci6n a1 dolor que le produjeron 10s golpes de las IGgrimas sobre el h u h Mi madre, a un lado, obsevaba, encogida, su-

frlente.

-iQui. sacmâ&#x20AC;&#x2122;a con hablar, pap&! A j o , despacio, con lentitud, Elena, acariciando el rostro duro de mi padre con la tersa blandura de sus pupilas mojadas. . -; Elena!.... -De veras pap4....iQ u6 sacmâ&#x20AC;&#x2122;a con hablar? .... Es cierto, no he terminado con 61.... Quisiera agradarlo, pero no puedo.... El hombre se mordi6, sus dientes crujieron. Palid d 6 , y golpe6 cruelrnente la cubierta de la mesa.


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-iNo puedes, dices? -aull&. !Per0 vas a hacerlo! jN0 quiero que haya Dada m&sentre t15 y Justiniano! ;Ya est4 bueno, caramba! LO quieres que me encare yo con &I? -iPapi, Lpor que no quiere comprender?!.... -j Mira, Elena, te comprendo demasiado? Deseo evitarte males.,.. â&#x20AC;&#x2DC;CTn individuo podr6 ser todo lo grande que tfi quieras, per0 hay procederes que pueden hacer desconfiar de 61 $ demustrarnos su incorrecci6n.... -jPero, papA!.... Un viento de sGplica movi6se en las pupilas mojndae de mi hermana. -/.Qu6 clirias tit, EIena. si ese hombre hiera caMado *

kin temblor casi imperceptible se anunci6 en 1% rnejillas y en 10s labios de Elena. Su hlanto se derram6

copioso, ahora. Se apoy6 en la mesa, moviendo la cabeza entre las manos, mientras gemia: --jNo, no? no!.... -iVas a terminax con Justiniano, Elena! iVas a ter!-iinPr, joyes?!.... ;No quiero nada con 61, carajo!.... Los ojos de mi padre ardian. Mi madre, hemstiea. tenia el rostro livido. Parecia llorar mucho, amarga-mente, de OJOS adentro. La luz de la 16mpwa. refa. A h e r a , 10s carros traqueteaban, campaneando. Los gritos de 10s chiquillos y de 10s maquinistas, reptaban como anguilas afadas por el aire. Los sollozos desesperados de Elem. fundianse en su propia wledad de alma.


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3 iC6mo olvid6 Elena aqu&llo?No sd. El hecho es que, f e h e n t e , fui yo quien lo encontr6 una maiiana. Era un envoltorio de cartas o borradores de cartas, y un poema algo ajados. Hub0 un instante en que deter&& entregiirselos. Y no SC por qu6 m6s tarde decidi lo mntrario. Ahora me alegro, a pesar de la enome preocupaci6n que, por entonces, debo haber wasionado a mi buena y querida hermana.

4

“Mi Abel adorado: “Anoche, afirmada en la baranda de la escala, te v i atravesar la calle. Te detuviste unos ins“tantes y despuhs de un breve momento de deliberaci6n. te deeidiste, y seguiste hacia abajo. Amado mfo, te llam6, pero tan bajo, que hi no me okte. Subi die ‘ I pidamente la escala y me asom6 al balcbn. Esperaba verte una vez m6s. Per0 ya habias pasado. ImaginAn“dote te segui con la mirada y con toda mi &a. Mi u mam6 me hizo una prepunta, y tuve que mentirle. No I‘ sk. DespuQ de todo l o que ocurri6, me sentia extra“Ea, como en el aire. “En varias ocasiones me has dicho que la vida es dura y que debemos esperarlo t d o de elh “

‘I

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estuve un rato, tratando de o h miisica en la sala en que se hace este curso, pero no oi nada. He traiado “ leer y no me puedo conccntrar en la lectura. Ni afin “ a ti te habia escrito antes, aunque hubiera podido ‘‘ hacerlo con tranquilidad, pues, cuando Ilegu6 a la ca46 sa, mi mam& no estaba y Enrique se encontraba ju“gando en la calle. Mi hermano es un condenado ca$1 Ilejero. Pero es tan bueno en el fondo. No SC por quC << creo que, despues de todo, con toda su incomprenEL si6n de nifio, es e! Gnico que me comprende. Cum. 4c do en casa me reprenden, el mocoso me mira jno sd 66 con que ojos! Parece que quiero m1As a mi hermano <c ahora, por est0 que te dig0 y porque no SC que de << semejante hay en 10s ojos de 61 y 10s tuyos. El re<< cuesdo tuyo me enihota. Estoy contigo en todas par “ tes. Escucho tu voz y repito todo lo que dijiste. Estoy “llena de ti, mi amor. Me pregunto ipor qub no esta<< r6 con 61 como ayer? y he llorado un poquito. T o m 0 ves, mi amado, toda mi activi“dad se ha fundido en tu persona. “Ahel quesido, cont6stame pronto, y reLL cibe todo mi amor, mi carifio y muchos besos. “

sr

“Elenc”.

6 “Abel adorado: <<

“iQu6 no daria por no decirte lo que te voy a decir para evitarte es& nueva preocupacidn

=.-La

sangre y la esperanza.


que te voy ;Id z ? Pero, no puede ser de otro modo. “Tengo que cont6rklo, si PO, i q u S n me ayudark y ‘‘me dal-ia vabr en lo que debo hacer? ‘%ace mos mornentos, atardeciendo, I‘ cuande venfa de estar contigo, y volvia a la fAbrica M am’ie:-ar mi hwa, despuks del permiso que me di6 41 ia jefa, d i v i d una sombra familiar. Era mi madre que me esperaba. Eabia senido a dejanne un paque“te. Necesitaba que yo, cuando saliera, lo llevara a cierta parte. Pregunt6 por mi, y .como le contestaran ‘‘ que yo no estaba, vohi6, per0 de nuevo recibi6 1z “ misrna respuesta. En vista de est0 decidi6 esperar*me “ has& C U X I ~ G Ilegara. Cuando la reconoci, no me ate “moric6, por el contrario senti que me invadia una I‘ gran tranquilidad, serenidad m6s bien dicho (siem“pre que debo pasar por situa.ciones dificiles, me pasa 14 EO mismo), y me acerquC hash donde estaba ella. En 10s primems moy.entos me Ea% enojada. Desl;u& “ emocionada, con pena, j7 por Gltimo se ea116 y perma“ nrciaos como diez minutos, mudas, aisladas comple“ tamente del itledio que nos rodeaba, -pensando y pen‘‘ sando §6 que sufre horriblemente porque ella y mi “ p d i - t ? lo e&n suponiendo todo, y no sB guC voy a “ hacer para evitar esto. Entre otras cosas dijo que iba a pedir a mi jefa que no n e dejara sdir y que le iba “ a eontar 3 mi padre lo ocurrido. No lo dijo si, con un tono que indicara decisi6n. Ademb, le preocupa tan“ to mi padre que no creo que le vaya a dar este mal # rato. .1

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I‘

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i

“Como ves, amado mio, todo est5 sucede Io que imagidbamos -y creo “que Io h i c o que queda por hacer es decirselo todo “lo mAs pronto que pueda. iC6mo? No s6. Pero no .‘voy a perder ocasi6n. iOjalA comprendan! “Abora te escribo, presintiendo que “ s e r h muchos 10s dias que no te vea. ContCstame, &I iquieres? “Recibe muchos besos de tu Elena que “ te adora.”

’‘ diendo mSs rhpido

7 \

“Ah1 adorado:

“iC6mo no recordar, querido, todas

‘‘ aqu6llas dukes horas pasadas contigo, y

toda aquolla grandiosa naturaleza que nos rodeaba? Pero, creo. te U olvidaste de un lugar, jrecuerdas? el Parque viejo, ‘ I el Centenario, donde estwimos, atardeciendo, ya de “ vuelta. jSerfa la falta de lw. y de sol que te hizo ol“ vidwlo? “Los dias que pedi permiso en la f5bri“ c z me han hecho mucho bien. R e veras te dig0 que “ m e sentfa cansada, con un cmsancio en el cual s61a tc ti4 eras mi alegrfa. Es duro el trabajo, p r o , crbeine, l< desde que te ccmoz~oqu6 diferente es para mi esa ‘‘ dureza. “Amorcito mio, en tu carta me pides que te rliga c u b d o quiero que me veas. Abel adoraCf

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do, bien sabes tii que siempre quiero que est& con“migo, y que mi mayor felicidad seria estar siempre (‘contigo. jPero t4 mejor que mdie sabes cu5ndo pueu des verme! Yo s6 bien que no deberia distraerte Pe<L PO todo el tiempo estoy esperando a mi amado, como #I a sus,besos, cariiios y palabras. “Abel, mi papB, que tuvo que ir coin0 “ delegado a un Congreso Federal que se realizabs en “ una ciudad del sur (tfi debes saber esto, sin duda), ‘(debe estar de vuelta en unos dos o tres d i a s ’ d s . It Creo que podriamos encontrarnos antes. “Me dices que has puesto toda una fe ‘‘ en mi. Y yo te digo que hark todo lo que pueda por “no defraudarte. Si tii me necesitas, yo tambidn debo decirte que no sd qu6 haria sin tu amor. “ Recibe muchos besos de tu Elena que (1 en todo mQmento piensa en ti.” ((

8 “Abel d o : “En este momenta llueve fuerte, muy fuerte (Lqud dirA la primavera?), y a pesar de que 66 estaba un POCO triste, la lluvia asi tan firme, me de“ gra. Siempre que llueve, me siento feliz y me dan de#( seos de salir a mojarme. Este mismo efecto, me pro“ducen 10s truenos y rel6mpagos (a estos fendmenos IL no les temo, pero, en cambio, no puedo ver un gusal< no. Cuando eri estos dias lluviosos me encuentro con

tL


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aw

'' aheddores. Por esto, no quiero asegurarte nada pa.

'' ra el s6bado. "Estoy, sin embargo, m i amado, pensando en e1 dia en que te ver6, a pesar de que todo me " dice que no debo verte mhs, que no tengo derecho a " tu amor, que te debes a otros seres, y muchas otras "cosas que es mejor que no te diga. "Abel mio, dale rni's besos a 10s peque" 50s (tengo la sensaci6n de que he visto a Rebequita, <# que la conozco, io habrd soiiado con ella? No s6 qu6 '' serh), y t6, mi vida, recibe mi gran amor, y muchos (g cariiios ae tu 6'nes;lt7. "

10 "RANQWIILA LEYENIDA DE !I'ER,NUBA :>qIJ6 virtud te di? SZb rnis Ifigrimas J' el p5lido silencio de nni restro." La oraci6n tuya ANGEL CRUCHAGA SANTA MARIA Yo me mir6 las manos tantas veces eon la ccmriench puesta en mi pasado. En ellas vi ardei- siempre la llama de la vi&, intima y l~inzinosti.Acierto apasionado este mio a1 decirte que ha caido en ellas ma estrella: tu ternma, Iiana de luz que, en sa desteuo, ham hoy de voz y sangre recia am-


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Tti lo bus dieho. Y es cierto, mmpaiiera. Callosa es mi palabra ilusionada. h misma estrella que naci6 en tu origem no Iogmria nunca suavizarla. Porque, de cierto explieo, ella es la hija de un curaz6n nudoso. iMi palabra eurti6 su pie1 en lingue de sileneio y en duro hierro de invernales albas! ;&Ut5

terquedad! Perdona, cornpailera

-Mi historia es de sudor y de trabajo. Y en mi triste ciudad de sol herido es,.de vcrdad, tu vida mi descanso. Hablute de laureles y palomas nunra nuble mi voz. Sean 10s altos elemextoa humanos, en presente y futuro, cal y ouaci6n terrestres cuando te hablo

No sabria expliearte de qu6 eterno pais vino mi esyiritu a encontrarte ni qu6 materia, untaiio, hogar seria

de esb ruda rudeza que, a! amarte, me haee llamar estre1la.a tu ternura, y fe, liana de luz. Sobre la tarde anuncirui 10s martillos en el yunque del tiempo. el mi!agro armoniosa de tu sangre y mi sangre. Abel 3 U S T E " O

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:

"DespuCs de muchos dias de ausencia, me acerco o h vez a ti. Tengo una Erie de cosas que


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34!4

‘(coritarte, pero s610 quiero hablarte de lo m6s importante, y es que he vuelto a mi decisi6n de temiinar. “Mis causas son las mismas que te expuse, agregadas “al hecho de que mi pap6 est6 muy tranquil0 y no “ quiero, POT n i n d n motivo, d a l e un disgusto, espe“cialmente ahora que lo noto tan cansado y agotado, “ E l trabajo y las preocupaciones del Consejo y del “Partido, que le quitan mucho tiempo de sueiio, le “ han creado un estado tan deprimente, que me inquie“ ta me asusta. No s6 por quC se me ocurre que si supiera la realidad de todo, morirfa. “Th siempre me has dicho que a l g h ‘(&a lo sabria, y no quiero que esto suceda. “Antes de terminar te pido que me per“dcmes todo el mal y la pena que te habrd causado. Pero t6 sabes que &a no habria sido mi actitud en otras circunstancias. Adem6s creo que cuando pasen “algunos aiios y 10s pequefios est& grandes, tal vez agradezcas esta determinacih m’a. “Cuando cress oportuno, mis bien dicho, cuando se te presente la ocasih, pidele perdirn a eella, en mi nombre, por todo el sufrimiento que le “habr6 causado. T~ bien sabes que si no te hubiera querido tanto, no lo habyla hecho. “Nada m b , y a&&, antes que me ven“za la idea de arrepentirme, I’

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“Elena”.


F A N T A S IM A S

' 1 A CESANTiA EN la zona del salitre era pavorosa. La capital parecia estremecerse bajo el paso de la humanidad misera y hambrienta que 10s trenes arrojaban sobre su cuerpo duro y frio. Los harapos hacian muecas en las calles, muecas con sebo y piojos, con Lzantos de nii;,os y tetas exangiies de hembras aniquiladas. Los suburbios, bajo el otoiio, frente a la mirida turbia del tiempo, arrugaban el cefio, estiraban su osamenta crujiente, abierto el pecho franc0 a las cabezadas locas de io5 &as. A1 rescoldo rebelde de sp Cora& los albergues mostraban su cuerpo horrible de falso

hogar.

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Fuera. del Coliseo de 10s Tranviarios, en nuestro


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N I C O A ~ D E SGUZMfXN

barrio, otro albergue, por Libertad adentro, abria su vientre obscuro y llagoso a la humillaci6n de 10s tra, bajadores. Dias de dias y noches de noches, la angustia quebr6 alli sus estrellas calcinadas. Hombres, mujeres, madres, esposos, hermanos, hijos, en un solo haz de tiras y de mugre, de asquerosos parrisitos y 2e OTganismos esmirriados, buscaban alli, parad6gicamente, el lucero lurninoso de un destino.

2 El guardia pase6base como un p a t r h omnipotente. Sus bigotes ralos, de punta, clavaban el aire. Y sus ojos oblicuos, de caliente y filosa mirada, hzcian ver en su semblante el rostro agrio de un gat0 en celo. Sua pasos golpeaban en la vereda como 10s de un caballo desatentado. En la cuneta frente a1 g a l p h de cara agrietada y de rota techumbre enmohecida, algunos asilados calentahan su miseria, entreghdola a la mano piadosa de un cobrizo sol otoiial. Corrian 10s chiquillos aventando sus harapos y sus voces desorbitadas. Los m6.s peque50s se arrastraban, gateando, alrededor de sus madres, embarrhdose, con 10s cueros a1 aire, ,sucios de excr'emento seco IC& trastes anioratados, recogidos como gusanos rnedrosos, 10s pequegos sexos entumecidos. Un viejo, de llagosas piernas, se despiojaba la camisa. No mataba a 10s overos y crudes parbitos Con un cariiio anciano, con un cariiio lento, casi con ternura, a*-


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galeria. Se dolian. Hablaban hasta por 10s codos. El crimen hakitaba todas las palabras. Chillaban 10s diarios, arrughdose en las manos tosca; y sebosas. Ha. bian matado a un hombre. Lo habian descuartizado. Abandonada, sola, arrodillada, Ilorando por 10s miembros compaiieros, sangrante, se encontr6 una de sus pierms en un kiosko municipal. Luego, se descubri6 el tronco, tras una tapia, en camiseta, sin cabeza, sin ojos, sin brazos, sin piernas, y solo tambiCn y peludo, con las i&grimas encadenadas a 10s sollozos frios, muertcw en medio del pecho. La tinta de las imprentas, tenia color de sangre. Olor de podrida carne humana. Con gusanos de infernales ojos. Ye apercancada ternura. El otoi5o rodaba. Los dias rodabm. Y rodaba mi infamia, acumulando fantasmas, y uEas, y coamillos en la Eruma del coraz6n. --iQu4 lo iba a matar la rnujer!.... iNo puede sex-!.... -iAsf dicen 10s diarios!.... iPple, la rnujer no poCFS i:ia:?rlo, comadrita, jc6mo se Ie ocurre? un doctor! i L O S c ~ r t e sno son de --iDictm que cuchillo!.... iTiene que haberlos herho un mhdico, un hombre que sepa cortar carne de hombre! iUn mi.dico, uno que sepa operar!.... Los diarios hablaban, hablaban, gritaban mediante el alquitr6n de sus tintas. Engaiiaban, C O ~ Qsiempre, B chiilidos negros, a chillidos sucios de himcresia, de convendonalismos. La mentira chomada de dinero in-


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mundo asomaba su pupila idame por las pupilas de cada palabra impresa. iEl crimen! iEl crimen! Si. existia el crimen cometido con una soga en el cogo”,e de up, hombre. Y con bisturi. Y con talent0 profesimal. Sobre 61 existia tambi6n la mentira. El dinero con !os huesos a1 aire. La mentira y el dinero, con sus pobres esqueletos hediondos. Pero a la intuicirin popu!a7 nc se 13 engaiiaba. No podia engaii&rsela.Y el nomh e de! cridnn! e m rnalclecido en plena cara miserablemente arist6crata, en pleno coraz6n cobarde, laticndo junto a la inmunda cobarclia de 10s peri6dicos y de toda una casta. Y es que a1 pueblo no se le engaiia. No puede engaiihsele. Porque el pueblo es agua, y sal, y harjna de verdad. Rodaba el otoiio. Y rodabdn 10s Ctias, al borde de mi infancia. El clima trAgico, rojo, sangriento, el clima con visceras colgmdo, y con ulcerosos ojos muertos que ere6 aquel tan bullado hecho de policia, como fu4 el del ‘‘suplexentero’’ descuartizado, pes6 dura y negramente en 10s estadios breves de mi corazh. Las noches cafan. Y yo me estaba al borde de ellas, cthuyentando emas, objetos y motivos de sobresalto. Caminaba sintiendo manos heladas que se aferraban a mis brazos. Voces de Bnimas llenando de podridos aceites verbales rnis oidos. Ojos sin p._zp;las, repletos de 15grimas petrificadas, clavando su dolor en la corteza, k&-mla de mi .;enti-miento.


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NICOMEDES G U Z U

iVivia atormentado! En trance de l5grimas que no podia, que me era infitil llorar.

4 -LVive aqui una sefiorita que se llama Elena? La voz partia de entre unos labios secos, aposentados en gesto de cansancio bajo una graciosa nark respingada, y bajo unas azules pupilas llorosas y expresivas de sentimientos amargos. -Si, -replic6 mi madre-, per0 ella no est&. -No importa -habl6 lentamente, con dolor, la desconocida-, me interesa mAs hablar con su madre. -Soy yo.... -indic6 inquieta, anhelante, mi mam5. -Lusted?.... iVaya!.... iNo me lo hubiera imaginado!.... -exclam6 sorprendida la recien llegada. Mi madre la habia hecho entrar y le habia ofrecido asiento. Y ella, toda confusa y dolorida, trataba de encontrar las palabras indispensables para allegarse a su compxnsi6n. Era jcven, de belleza sombreada por el sufrimiento. -Seiiora -empez6 dicieado, pellizdndose nerviasamente las manos-, perd6neme usted, per0 no he POdido evitar esta visita. Acaso se extrafie usted, pero tenia que' venir.... -iNo la comprendo!.... -la interrumpi6 mi ma&e, cada vez m6s alarmada. -jSOy la mujer de Abel Justiniano! .... -continu6


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ella, con voz vacilante, midiendo ya el dolor que sus palabras allegarian a1 coraz6n materno. -iEs posible?.... iPero es casado el? -indag6 mi madre, palideciendo. El crep6sculo habiase ido hacia rato. '6' la luz de la Empara guiiiaba sus ojos rojos a las polillas. La voz de mi m a b e pareci6 arrodillarse a 10s pies metQicas de la lsmpara, extraiia, desolada, triste. -iLo siento tanto, seiiosa!.... iPero, si, 61 es mi marido, tenemos dos hijos!.... Hubo en seguida un silencio negro, apretado. agrio. La Empera estiraba 10s labios pintarrajeados, inovia 10s ojos, sarciistica. Carcajeaba, retorcia, bath la lengua caliente, cobriza. Manoseaba 10s rostros hundidos en el agua del dolor. -iQui6n iba a pensarlo? iSer casado! iQu6 malo ha sido! iEngaiiar a Elena! --iParece que ella lo sabe, sefiora! jPerdhome, yo no debia haber venido! --iEst& en su derecho, sefiora!.... -habl6 con toda el a h a mi mam& iEst6 en su derecho! iC6mo iba yo a pensar esto? iPero, me parece que han terminado todo!.... -iNo, seiiora, no han terminado! iYo' no debia * haber venido! iPeYQ,si usted supiera lo que sufro! iSi usted supiera. seGora! -continu6, sacando un p ~ u e lo para secar el llanto, que ya se le derramaba incontenible. -;Pop D~os!-exclam6, deselsperada, mi madre-. 23.-La

sangre y la esperanza.


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iPor Dios! iY tanto que le hemos pedido a Elena que rompa eon todo eso! iPor Dios, Seiior, por Dios, que chiqiilla!. ... nlii madre tam-poco pudo resistir las 16grimas, que le corrieron copiosamente por el rostro, mientras movia desolada la cabeza. Se hizo de nuevo el silencio. La 15mpara fruricia su ceiio luminoso. Aleteaban, locas, las polillas a su alrededor. Una arafia que trepaba, como volando, por la muralla, se refugi6 tras el calendario. --iNo s f , seiiora, perdhnerne!... -exclam6 por fin, desconsolada, la esposa de Justinian-. iyerdbneme, pero era imposibk que le evitara este dolor!.... iPerdbnerne, pcro yo no puedo sufrir asi, queria pedirle .... que hiciera algo!....j Si supiera c6mo lo quiero a &l! jY0 y a no puedo soportar esto, no puedo ya, no praedo ya, seiiora! jEe sufrido tanto, tanto! .... iY0 le ruego que haga algo!.... iEl es mio, lo quiero tanto, tanto!.... jYo no puedo mAs!.... Las lbgrimas, en su rostro, rodaban como anciancs goterones, con herrurnbre de sufrido coraz6n. La luz de la 16rnpara se arradill6 ante 10s rostros mojados de las mujeres. tendiendo las manos angustiosas, pordiosera de quiz5 qu6 brillos humanos para su Rho.

5 En la comida, un silencio de hierro apretaba 10s sentimientos. Nli padre, sombrio, duro, hosco, apenas


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consumi6 la mitad de la sopa. Y a lo sabfa, y Elena sospechosa de todo, tragabs 10s fideos como en la luna, como perdida a trav6s de calles celestiales. Sus ojos bajos, apenas, se alzaban para tratar de confirmar 10 SUcedido, en el llanto obscuro de mi madre, que no cesaba de sollozar, mientras daba la comida a Martina. Guillerrno, el padre, tamborile6 como de costumbre sobre el hule. Se mordia. Las pupilas le llamearon. - j Elena!.... -rompi6 par fin, con voz de acero mordido de moho-. iNo lo hubiera creido nunca!.... -iQuC, papti? Mi hermana presentia lo sucedido. Per0 prefirid mostrarse extraiiada, +No seas cinica, no seas chica, nunca lo hubiera cceido, hija, Elena! jSeguiste con ese Justiniano, sabiendo que cza casado! Ella palideci6 de sizbita -iTe das cuenta del mal que has hecho? ii.Te das cuenta?! jNo lo pens6 nunca!.... Ella se a h 6 Estzba demudada. Temblaba Los labios vibrPbanle. -i Pap&!.... -gimi&. Intent6 irse a1 lecho. Per0 mi padre, ah5nUose tamlikn, la retuvo violentamente. -i iTe das cuenta?!.... iiTe das cuenta, mierda?' .... Y a no podia hablarle con serenidad. En tumulto, su rabia E e volc6 en el aire y en e l coraz6n de mi hermana. FuC todo un trope1 de voces descontroladas, fi l m a , hirientes Remeci6 a EIena


-iBestia, salvaje!.... iEacer eso!.... jTant0 que te pedimos que evitaras Qso!.... Sujeta por las manos recias del hombre, mi hermana era como una pobre brizna temblequeante. -i Sinvergiienza!.... iEres una chancha, Elena!.... El pahcdazo chasque6 como un azote en pleno rostro adolescente. -i Cinica!.... Las crudas palabras parecieron hundir a h m6s a mi herrnana en el suelo. Caida alli junto a la gruesa pata de uz1 catre, sus sollozos eran como gemidos de perra pariendo. No podria describir el sufrimiento que me corroia las venas. iTan grande cosa y tan pobre cosa que me parecia Elena, sobre las tablas, solloaando, caidas por la frente sus mechas negras, temblando, irremediablernente humillada, insultada, al aire 10s duros muslos morenos! Y o no tenia 16grimas en aquel instante. Pero un fuego corn0 lija me gote6 desde 10s-ojos hacia adentro. Mi madre lloraba a1 borde de la mesa su pena inevitable. -~Qu6 habrd hecho yo, Seiior!.... iQ& habr6 hecho, para sufrir asi!.... Mi abuela, hembtica, mordiendo a dura encia el sufrimiento, se alz6 como a saltos. Su bast6n sonajeaba fuerternente en el piso, a1 ritmo de su brazo loco. No pidi6 ayuda a nadie. Afirm6 el paso. Y lentamente, lentamente, como arrastrbdose, se acerc6 a1 sitio en


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Garrudas manos se estiraban desde el silencio nocturno, para aprisionar mi destino. Y tenia anhelos de arrant=, de huir lejos, donde las ancianas estrellas decapitadas que me rondaban la vida, no tocaran mi inquietud. Camin6 hasta el escusado. El temor me hincaba sus colmillos cada vez con mAs crudeza. Abri la puerta de la caseta. Dos manos 3irmes me atraparon 10s brazos. Quise gritar. Mas, el terror me enmudeci6. El Anima o el fantasma que me agarraba, no pasaba de ser una mujer. -i Enriqml .... ---=e habl6, dulcemente. Era Antonieta. 'Irate de huh. Per0 ella me retenia demasiado fuerte.

-iD&jame! -gemi. -jEnrique, no te vayas!.... -me rog6-. iTonto!.... -agreg6 con h ~ m e d aternura. . Su aliento tibio pareci6 deslizhseme por todo el cuerpo. Me tom6 con ambas manos la cabeza. Y peg6 sus labios carnosos a 10s mios. La carne pulposa de su boca me quem6. Su lengua era dulce. Sabia. Me &err& a su cuerpo abundoso, como quien se aferra a una 61tima y h i c a esperanza. ~ iTe me quen'as -iTontito! -me S U S U ~ella-. ir!.... Se habia desnudado 10s pechos y me apret6 la cabeza ccntm ellox Le ardian t r . 6 m h e n t e . Y sintien-

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NICOMEDES GUZMAN

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do contra m i rostro su palpitar de palomas, yo no st5 si fU6 pena a gozo lo que me invadi6. La sombra me ocultaba el rostro, el cuerpo todo de la mujer. Pero me bastaba su calor, su temblor ardiente, enervante. De pronto crei sentir de nuevo el regreso de todos mis temores recientes. Mas, el hAlito de p s i 6 n que advenia a mi organismo, en el contact0 de la boca, de las manos, de las tibias t e s de la hembra, me ahuyentaron todo sentimiento deprimente, y ya no hi sino un pequeiio hombre torpe, inexperto, tocando, apretando, rasguiiando acaso, la carne de fuego, estremecida. iPor qud lo bacia? No s6. Una fuerza de instinto infundfame audacia. Y hasta el olor de la came experimentada, el olor leve y tibio de mujer t r a a a 7e-:e axila mojada, cerraba en ese instante el paso de mi vida, hacia todo lo qye no h e m aquella tremolaci6n, aquella tibieza, aquella ternura desencadeaadas en tacto y besos. Ella gemia casi imperceptiblemente. Y o no comprendia. -iT6came m4s, t6came d s , Emique!.... iAQuf, aqui!. Me encamin6 la diestra temblorosa. El miedo regres6 a mi. Me desconcertd. Tent6 huir. Mas, ella, me apret6 de nuevo contra si. ยงus blandos pechos eran como un rescoldo. Antonieta parecia estar loca. -LPor que no serk mhs grande, Enrique? .... POP quB no ser6s mAs grande? -gimi6 tristemente. Yo no la comprendia.

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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Per0 sus 16grimas golpearon m i frente. Y comen26 ahora a acariciarme como si fuera su hijo, como s6lo mi madre me habia acariciado. iQud tendria Antonieta? De pronto, sintiendo sus lGgrimas, todos 10s fantasnias se reintegraron a mi coraz6n. Y la sangre. y 10s desorbitados ojos, y 10s miembros doloridos y crispados del "suplementero" muerto, estuvieron de nuevo dl6, volteando en mi cerebro. Ella lloraba. Y o hubiera huido. Mas, no, no podia. Y no hice m6s que descansar de mis temores en un silencioso llanto sin sollozos sobre la caliente ternura de aquellas tetas, perdidas en una cruenta soledad sin labios de hijo, en una viscosa soledad que acaso s610 yo espantara en aquel momento de a l e p e angustis. iEl macho habia estado recidn golpeando a laa puertas de mi infancia con duros pufios, con peludas manos nerviosas de hinchadas venas! Llorando sohre los latidos de un coraz6n esperanzoso de maternidad, fiai otra vez el niiio, el mismo niiio extraviado de la ternura de la mujer que lo pariera y que descubria de s3bito un seno abierto para desasirse de sus amarguras infnntes! --- 1Antonieta, Antonieta!.... Dej6 ella mi cuerpo. Dejd yo su cuerpo. Senti frio. -iEs h n a n d o ! .... -me susurr6, atemorizada. como acezando. --i Antonieta, Antmieta, qu6 mujer de mierda!..... jhtonieee ....ta!

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-iNo digas nada de esto!.... -me habl6 pcr blti.. ma vez ella, besindome con pasi6n-. jNo vayas a decir nada!.... U yo, silencioso, sin podcr hablar, solo, m6s ~ o l o que numa, crei experimentar por leves segundos el dolor trernendo d e la eternidad rondar sobre mi corazbn. Viejas, musgosas campanas, roncas, arrugadas campanas volteaban alrededor de mi dma. Y sali como un diminuto bruto, olisqseando en las sombras, lo mismo que un perro ciego. Me senti tan pohrc cosa, tan minima brima, tan pisoteado escarabajo, que hubiera arrancado a1 limite del infinito a golpearme el desgraciado coraz6n contra el semblante de im lucero calcinado. Y a mi espalda, arrastrhdose, como una oruga de hielo 10s gritos del marido exasperado: -jMujer jodida!.... iAntonieee....ta!.... iEn quC te demoras tanto!.... jHasta al escusado hay que mandar. t e a trato a ti ahora!.... ;Antonieee....ta!.... La muchacHa tenia raz6n iPor q u i no seria yo m6s grande? Sus palabras eran abejorros borrachos de enormes cuerpos mutzados, volando a topetones en mi cerebra Las,velas de las Animas, desde sus refugios de hojalata, alzaban a lo alto luces espectrales. Se oian &gar 10s fdtimos carros de â&#x20AC;&#x153;ahorradoâ&#x20AC;?. Y de improviso, 10s tarros de Pan Canded. y sus destemplados chillidos, surgieron, despertando en la noche el C O ~ Qtr5gico de 10s perros.


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Los fantasmas, arrastrando en el aire sus m6s obscuras galas, emergieron a1 horde del tiempo, moviendo ius sigilosas patas de extraiias serpientes.

7 LA la luz de c u h t o s dias uno termina por encontrarse a ;sf mismo? A la luz de ning6n dia. Porque egJa luz difusa de nuestros propios temores la que nos defineiLuz llena de tent5culos horrendos. Pero luz alentando el paso de nuestro destino. iY0 no sd. por qu6 me siento m b 90 mismo, c u a n h apego m i atenci6n a1 doloroso recuerdo de aquel doliente cor0 de perros proletarios, con arestin p pulgas, con tifia y palos sobre el espinazo, llorando a la ~ M A y I ~a sus himas, a las estrellas y a1 Dios de labios despectivos, la cotidiana y solapada angurtia de la bestia, que es como la angusitia de 10s mAs ainohados cuchillos, o como la angustia de las alondras sin ojos, sin alas y sin garganta! --------+_1_-

8 -,&%de estabas? ... ).labia golpeado a nuestra puerta. Y era mi madre, con 10s pArpados hinchados, con la vcn todavia llena de sollozos, quisn me interrogaba. -i A d !....


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-iTarde, tarde, muy tarde, camaradas!.... -1es l.lam6 Ba atenci6n el compafiero Bustos. -iLa pensibn, camarada!.... iNo nos daban nunca de comer! -iAqui no hay disculpas que valgan, no hay disculpas que valgan!.... -ronc6 seriamente mi padre Los recidn llegados echaron las palabras de Quilodr6.n a !a broma y salud5ronlo riendq como a todas. -iBueno, camaradas, abrimos la sesihn!.... -hab16 con su voz ancha Eustos, golpeando sobre la mesa. ' -Puedes acostarte .... -me habl6 mi madre. -M&s rata.. --le respondi yo con indiferencia. El recuerdo de la tibia abundancia carnal de .Intonieta me llenaba ahora el sentimiento de un pausado flujo de ternezas leves. -jTodos, sabemus -exclam6 Bustos---, todos sabemos a1 mofivo que nos trae aqui! Sabemos que la huelga de 10s panaderos es inminente.... Ellos est69 en sus derechos.... Sabemos tambidn que el par0 de adhesi6n de 10s ferroviarios, de 10s carpinteros, de 10s ehoferes y de muchos gremios trabajadores, es una aetitud justa y de eriorme trascendencia por lo que significa en cuanto a eonciencia de clase y en lo que el gesto tiene corn0 lealtad y comprensi6n hacia 10s camaradas del pan. E'rente a esto, nuestro Consejo no puede, se me ocurre? rnantenerse indiferente .... Nuestro espiritu de federados nos exige participar en este movi.. miento .... Bfrezco la palabra sobre esto.... -La palabra, camarada,...

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-Tiene la palabra el camarada QuilodrAn.... Se oyeron unos suspiros. Eran de Elena Mi padre debi6 oirlos tambikn, porque antes de hablar, lo vi ensombrecerse, arugado el ceiio. Se rehizo no obstmte; instantheamente. -iDebemos ir a la huelga, camaradas!.... -&jo con reciedumbre-. No deben caber a q d vacilaciones.... Debemos ir a la huelga .... Recordernos c6mo en nuestra huelga del aiio pasado contamos sin condiciones con el apoyo de tanta organizaci6n proletaria, inclusc; de gremios alejados de la Federacih. .. Federal mente, si asi podemos decir, estamos obligados a adher h o s a1 mommiento que proyectan 10s panaderos.. . --Ofrezco la palabra, compafieros.... --dijo Bustos cuando mi padre hubo terrninado. -La palabra, compaiiero.... -Diga no m6s, camarada Briceiio.... -Compaiieros, creo que no se trata aqui de pmcipitaciones -hahl6 el llamado Briceiiq uno de 10s que acababan de Llegar, alzAndose las piernas de 10s pantalones, desde las rodilleras-. La presi5n ablerta que el gobierno est4 ejerciendo sobre 10s trabajadores, nos obliga a estudiar nuestra posici6n en el movimiento que se acerca, con calma. No significa esto que vayamos a posponer nuestros principios revolucionarios. Lo que hay es que una actitud precipitada podria atraer la atenci6n hacia nuestras actividades, y eso no nos m v i e n e.... Y o estoy con la huelga, compaiieros, uem


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acuerde la huelga para estar junto a 10s panaderos desde el primer moniento, si ellos se levantan..,. -iPida la palabra, pues, compaiiero!.... -rib Bustos- iLa disciplina, la dis-iplina!.... -iYo estoy con el camarada EernabC!. .. --wguy6 otro con nerviosas palabras. '-La palabra, compaiiero Bustos.... -Habla el compaiiero Quilodrh.... -Pues, compaiieros, realmente es necesario considerar las opiniones del compai5ero Briceiio ... Tiene 61 toda la raz6n.... El gobierno nos est5 traicionando.... flo reconocerlo, serfa estiipido.... ยงin embargo, ocurre, como ha dicho mi compadre Bernab6, que nuestro aremio, por su importancia y pur su f u e a a misma, est6 obligado a htervsnir en el movimiento, en cuanto 10s compakieros panaderos rompan fuego.... Somos uno de 10s mAs fuertes eonglomerados de trabajadores. Bien podrianos obrar como indica el compafiero Bdceiiio.. Y gremi:b1mente, como entidad imica, dariamos una nota de mediida y prudencia muy de aeuel-do eon nw-stros intereses.... Pero existen tambih 10s intereses de otron zcabajadores, m&sall6 de nosotros mismos.... Ellos hecesitadn de nuestro apoyo, si se levantan en huelga.... Como nosotros necesitaremos del suyo en cualquier ir,stante.... La verdad es que nuestra moral y nuestros mismos intereses gremiales, a pesar de todo, rtcs e:;gerz q.ie cstei,:~.; con 10s ca-m.redas de pana:derias en cumto su movimier"lia se inicie.... .-De acuerdo, compaiiero....De acuerdo....


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--iEso es, otra forma de adhesi6n nos haria apareeer ddbiles!.... -iSilencio, silencio!.... -grit6 el camarada Bustos. Martina se despert6, asustada, Ilorando. Mi madre fud hacia ella. Y o comenzaba a dormitar en mi silla. Las pslabras de la discusi6n se convertian en discos rojos en mi cerebra Discos como ojos, que se precipitaban contra mi conciencia lo mismo que pAjaros hambrientos sobre un sapo indefenso.... Blancos pechos de mukr, con rosados y erectos pezones, giraban luego en mi imaginaci6n mordida de suefio, en un vertiginoso volteo de pesadilla. “Compa5cros....”. “icamaradas!”. “;La huelga, la huelga, la huelga!”....

No recuerdo si fu6 mi madre, la que me encamin6 hacia el lecho y si me fui a 61 por si solo. Tampoco recucrdo si me desvesti personalmente. El hecho es que, cuando despert6 en la cama y cuidadosamente tapado, afuera, en la calk, habia-campaneos de carros, y gntos, y silbidos. No pude precisar si eran 10s carros de guardja 10s que se estaban guardando. 0 si era ya -la madrugada y se estaba verificando la sdida de 10s servicios. En cualquier cas0 10s hombres, reunidos alrededor de 1%mesa antes de dom-imx, todavia 110 SP iban. 24.-La

sangre Y la esperanza.


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Charlando despacio, bebian el caf6 que les habia serrido mi madre En el leciio de Elena, aun persistia el dolor, y 10s suspiros rondaban alrededor de las cosas y de IRS despaciosas palabras. cornu vagabundos con hanibre ante UII escaparate de comistrajos. Sonaban las tazas. Reian las cucharas. Insensiblemente, volvi a echar 10s pasos del espiritu por 10s firmamentos del sueiio. Despert6 en seguida. Todo estaba obscuro. Lleno de una obscuridad pee sada de calabozo. TratC de verme las manos. No pude. Era como la sombra misma. Tuve miedo. Y me parecia no existir. Me sentia terriblemente solo Dolormamente solo. Por est0 me extra56 de pronto la compaS a de mi madre, que estaba junto a mi lecho, vestida con un sayal, toda blanca. Blanca la risa misma. Blanco el pelo. Blancos 10s colmillosde lobo que en aque1 instante poseia. Estaba extzitica, inconocible. Pero tenia Ja certeza de que era ella. Si, mi madre. 0 la angkistia d e mi madre. 0 el dnima ti.6gica de mi p o k e madfe, que en esta noche la libertaba piadosamente para darle tranquilidad siquiera en e1 sueiio Digo, estaba extraiia, &aha extAtica, sin movirnientos, sin palabras. Llena de risa, si, de una r k a de madera apolillada. c de hierro, fsia, gdida, espectral. iPobre madre mia! Fero yo era un perro. U n perro que, de pronto, reiase a Ieclridos. Un ~ P I T Qque, quericndo reir, no pod h hacerlo. Xi siquiera gemis. Un perro que lloraba

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rosa, se paraban 10s atornasolados insectos en 10s pezones negros de tanta mordedilra de hijos. 'd volaban. '6/ +&an las iilariposas. Y se burlaban de mi, sacando una lengua de culebra, viscosa. Transpiraba copiosa.mente, y el sudor me corria a chorros por el cuerpo grasoso. Miraba las mariposas. Pero cuando volvi 10s ojos a1 rostro de mi madre, alli, donde estuvo su risa &Eda, de espectro, faltaban las carnes, y una calavera roja me pelaba 10s dientes cariados riendo con risa sonora y bestial. Mechas desordenadas le tapaban casi las 6r. bitas vacias, y reia, reia, con risa arrnada de agujas, y bayoretas, para herirme en plena angustia. Un nudo comenz6 a subirme desde el est6mago. Y sentia que mi cabeza era un cohete inmenso, inmediato al estallido No podia m5s..El terror me hind sus dientes de cocodrilo fam6lico. El nudo me habia Zlegado ;i la garganta, y se me apretaba. Queria gritar. Pexo el g i t o no lograba superar las amarras del pensamieiit 0. Deseaba reventar. Aspas de inrnensos molinos, castigaban en rapidisimo volteo la atm6sfera de mi cercb-o. U hahria estallado. si no logro, al fin, aullar, como un presidfario a quien flagelaran: -i Mamh!.... i Mamaaaa.... mamacitaaa!.... Despert6 de verdad. Estaba destapado en la cama. Mi madre, alarmada, encendi6 la vela. Y --iIIijo, hijo!.... iQu6 te pasa, m'hijo? .... SUSplw-las peladas sonaron en las tablas. Las ropas de lecho estaban desordenadas. Parecia hahelm ~


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wsirnido una lucha con el sueiio. 3Il cerebro me saltaba camo un sapo. Y el ccraz6n querfa arranc5rseme. Transpiraba. El terror adn se desbordaba de mis ~ 5 r paLos. Sin embargo, ahora, junto a mi, estaba ella, mi madre, duke, tierna, querida, por sobre todos mis temores. -iQui. te pasaba, mâ&#x20AC;&#x2122;hijito?.... Me liberti, del miedo bajo sus besos y sus manos tibias. ,Casi no lo creia. Pensaba que acaso en ese inst a t e precisamente soiiara. iEr= tan dukes las manos de I.;.,:( madre, tan c6lida su mirada, tan tibios sus beSQS suaves, de polen, levisimos! Me apret6 contra su coraz6n. Y llori. alli, llord mucho, no si. cuAnto, hasta alcanzar otra vez una vecindad de inconsciencia. -iMâ&#x20AC;&#x2122;hijito querido!.... --jQuiz& qui. pesadilla tenia ese niiio hija!.... !Pa. rece que se orin6 en el sueiio!.... -habl6, entrecortadamente mi abuela. -iEs cierto -dijo mi ma&aquf est4 la poza! .,. --;Dbjalo aue se duenna, mujer, no lo inquietes m6s! Felizmente, mi madre no atendi6 a la insinuacih de mi paps. Elena tambien estaha junto a mi, ahora. Y sentfa su respiracidn c&lida, hermanada af aliento de mi madre, dolida de suspiros. -;Si quiere me acuesto con 61, m d ! . . --pmpuso mi hemana.


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NICOMEDES GUZMAN ,

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-,KO, --grit6 desde su sueiio vatcilante mi pap&--, no, "esd' no tjene derecho a nada! .... Elena no respondi6. Larg6 un llanto i n d i d o , rengo, amargo. Mi mamB debe haber asentido a lo que ella propuso, porque senti, en seguida, su cuerpo terso 9 cor'dial meti6ndose bajo las s6banas y ropas uue me cubrian. Ya en la carna, Elena me alis6 el pelo. Y me npegS a su seno. Una felicidad am1 me habit6 las venas, y record6 con fruici6n mi mi% temprana infancia, cuando m e adormia apegado a aquel mismo seno, reciCn creado por el brotecer de 10s primeros atisbos maternales. Hacia rnucha tiempo 'que no experimentaba la transparente felicidad de aquel instante. iU pensar que era feliz, allegado a1 sufrirniento de mi hermana, sintiendo a1 voraz sufrimiento morderle el corazbn, lentamente, como a un ritmo quedo y lenl to de misticos bronccs! Y fu6 corn0 si me dunniera mecido entre dos amas sentimentales: mi profunda y tibia soledad y el amargo sufrimiento de Elena, cuyos suspiros oia yo en su pecho, en su misma acongojada raiz, en su mismo desamparado origen, mucho antes de que el tacto del aire y la sombra 10s estrujara entre la crispaci6n frfa de sus dedos descarnados. R'QJh)TECb2 ? J t n C K m k

",5c%:o&! CHlLUVh


El depbsito, como en la huelga pasada, estaba r e s guardado por la policia. La calle Mapocho, en toda aquella cuadra, apestaba a guano. Eas rnujeres se inquietaron. Ellas no estaban con estas cosas. El aire revolucionario las atemorizaba. Las llenaba de mieda -iEste hombre, Sefior -se quejaba mi madre-, yo no s6 que i r i a ser de 611.... -mientras dividia llna pelota de masa en trozos que m6s tarde se convertirfan en -panes. Est0 ocurria en todas las casas. No habia pan. Y era preciso suplir su falta con sopaipillas, o con desabridos bolIos cocidos en las cocinas, sobre latas, o bien, con duras tortillas doradas a1 rescoldo de 10s braseros. E! tifzs y Ia viruela, por esos dias, recrudecian. Los camiones de 12 Direcci6n de Sanidad, saltaban por his calles, arrancando de 10s hogares a 10s enfermos. Los eonveofilios se vaciaban de habitantes, en desesgerada huida. La inquietud y las 16grimas conquistaban dominios en mitad del pecho humano. Pero encima de todo, por sobre todo, la inquietud, el dolor, la angustia, 10s brillosos carbones de la fe, la d s t i c a de la esperanza, derrambbanse en gritos llenos de luz: -;Viva la Federacih Obrera de Chile!.... -; Viva!.... Las calles temblaban. Un humo azul de rebeldia se desflocaba en 10s &s. Rechinaban 10s dientes. Se agitaban como rojas


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bancleras 10s corazones, desnudando todas sus fibras de ilusionadas. Un tiempo de l h p a r a s , de soles que se disputaban el derecho a dispensar sus mejores tibiecas, barria con la bruma de l a s inquietudes femeninas, amasaba con el ahogo de 10s enfermos, calcinaba 10s huesos de la cobardia.

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-~Lospolvos olorosos!.... jLos polvos olorosos!.... Ofreciendo a gritos sus mercancias y tocando su cornetin, atravesaba por la galeria el hombre vestido de fakir. -iLos polvos olorosos!.... El turco, tras 61, chillaba por su cuenta: -iLa feiiierta fa la â&#x20AC;&#x2DC;yascona! .... ;Lo feine fa lo fiojo!.... Reian 10s rostros adolescentes de las muchachas, -iLas bolsas olorosas!.... iLas boIsas olorosas!.... iA chaucha 10s ricos polvos!.... iLas bolsas fragantes!.... Habia huelga. Habia tifus. Y habia viruela. Pero, las nifias siempre se empolvaban. Y las bolsas, de manos del fakir, pasaban como por encanto, a manos de las muchachas. Era sAbado. Dia de pago de-10s obreros. La galeria, en la tarde de este dia, se invadia de charlatanes, de comerciantes. Los â&#x20AC;&#x153;semanalesâ&#x20AC;? con sus lonjas de percalas y tocuyos, no descuidaban sus ventas. Y 10s agentes de novelas por entrega, iban de pieza en pieza, repartiendo sus impresas mercancias.


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-iNo s610 de pan vive el hombre, pues, secora!.... A e c i a un agente espinillento a mi mam5-. iVea mted; sefiora, esta es la novela m6s leida de este siglo! A toda costa queria convencer a mi madre de que se suscribiera a1 folletin: “Abandonada en la noche de su boda”. Le habia dejado, dias antes, el cuadernillo de muestra, con 16minss de colores, por debajo de la puerta, y ahora ponia toda su capacidad persuasiva en el negocio. -;Si es una linda novela, una linda novela, Laura!.... -1leg6 alardeando la seiiora Lucha con el hijo m6s pequeiio en brazos, sucio, de bucles tiesos de co. mida seca-. iPor esta porqueria de giielga es que Bernab6 no me ha podido seguir leyendo!. . -iLos polvos olorosos!.... iLas bolsas olorosas!.... El fakir volvia con sus gritos y 10s sonidos destemplados de su cometin. Los chiquillos, desarrapados, mugrientos, andaban a su siga, riendo, tironehdole 10s pantalones verdes, de abolsadas piernas. Un ‘kernanal” voI& tamhien, tras el turco de 10s peines. Afuera, la huelga ardia. Los gritos braceaban en la calle. Las ventas no rendian esta vez como otros stibados. Habia un poco de desconsolaci6n en 10s gritos meclnicos del turco: -iLo feine fado fiojo’ iLa feineta fa la yascona!.... Lejos, se escuchaba la mhica de un organillo, golpeteos de bombo y tintinear de cascabeles. La seiiora Lucha intent6 evadirsele al semanal Hacia esto siempre, para evitar el pago de la cuota.

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-iNo

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se esconda, seiiora, no se esconda, si ya la

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vi!... iPor c u h t o le hago el recibo? iPor cuhnto, se-

fiora? --iHay guelga, casero, hay giielga!.... -rib, c h i camente, la mujer. -iPei.o, seiiora!.... jC6mo es posible!... -is{, iior, si no hay plata! i N o sabe que hay giielga?..... Y se meti6 a1 dephrtamento. El hombre guard6, desolado, el talonario. Y baj6 la escala con sus floreadas lonjas de trapos. Era sAbado. Los hombres discutian y gritaban en las calles, frente a las armas mismas de la policia.

3 La noche lleg6 hosca, sin estrellas, llena de aristas, semejante a caprichoso desecho de cantera. El frio ejercitaba sus puiiales. Mas, 10s hombres no 10s sentian. Ardian 10s Animos. ReciGn se habia disuelto un mitin organizado por 10s panaderos y 10s tranviarios ante las rejas del dep6sito. Los alaridos y las protestas ampulaban el viento de la calle. Remecian 10s harapos de 10s eucaliptus. Los carabineros y lanceros, prontos a cualquier ataque, afirmaban 10s pies en 10s estribos. Los caballus coceaban, tascando el freno. L o s jinetes, odiosos, pare-


cian tambih tascar sus instintos despiertos e insoletes al horde de su don de autoridad. Los agentes se repartian por las calles del barrio, provocando. La traici6n del gobierno a sus propios electores, era evidente. Se pretendia alterar 10s Animos, romper con la- serenidad de 10s trabajadores, alentar desmanes, para dar lugar a la represibn sin tapujos. Fu6 uno de esos agentes el que lleg6 detrAs del “Sebote”. El muchacho delincuente tenia la obsesi6n de 10s “tiras”. ‘u’ m8s de alguna vez me top6 con 64 mientras subia a saltos la escala, huyendo: -iLos tiras, cabro, 10s tiras!.... Esta vez, no alcanz6 a gritar. El primer0 de 10s cinco balazos por la espalda, le decapit6 la voz en un ahogo de sangre. Fu6 la semilla. Los tiros descontrolaron a 10s hombres. -+Mataron a un compGero, mataron a,un compa- . Cero!.... -grit6 un civil. -i Carajo!.... -iCompafieros, camaradas, nos provocan!.... -i Queren boche estos mierdas!.... No habia ya manera de contener la lucha. Los fogonazos acuchillaban la negrura de la noche. Resbalaban 10s c a b a k s en la humedad de su propio excremento. Saltaban aullidos. Vociferaciones. Un grupo de maquinistas salia de la galeria armado de machetes y palos.


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Fur5 algo &pido. Fulminante. La batahola era infernal. Hui C Q ~ Oun gat0 huye de un perro a esconderme. Ahajo quedahn 10s tiros, las imprecaciorres, la acci6n de las lanzas, de las carabinas, de 10s machetes, de 10s palos, de 10s puiios. Desde el cuarto se oia un tumulto ensordecedor, un rio de gargantas humanas se precipitaba por la caIle, potente, arrollador, brutal. Mi madre se paseaba por el cuarto, gimoteante, mordiBndose. Martina lloraba. Elena no atenia a nada, aferrada a 10s barrotes de uno de 10s catres Cuando ya el tumulto de voces hubo pasado, y por la calle se oia solo el paso de 10shombres, y sus i n s u l tos aislados, mientras, huian, seguidos por la autoridad, Ileg6 iili padre a golpes con la puerta. --;Laura, Laura, abre mujer! .... Entraron 41 y Rustos. Un trope1 de zapatos r d a ba For la galeria, en precipitada huida. -iPero. Grxillermo, por Dios!.... -chill6 mi madre, soltando el llanto. ---;Paps, papacito!.... -exclam& Elena. Los dos hombres acezaban. La sangre c o d a de las narices y de una mano de mi padre. Bustos tenia el crAneo roto. Traia la gorra en la diestra. , -iSi no es nada, mujer, si no es nada!.... iEsk3 carajos, mierda, estos carajos! jQu6 pensarh! .... Y o m:! afemaba a las piernas de mi pap& Tenia la convicci6n de que se iba a morir. Ya Elena le lavaba

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38s

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nudos de las bestias. De pronto, alguna voz suelta, salk b a tambih la raya de la aparente tranquilidad. Luego, se oyeron pasos por la galeria. Algunos hombres volvian a1 campo de la refriega. ---iNo se la llevaron muy pelada 10s carajos! ~JUIIf~ a 10s compaiieros quedaron botados varios milicos! -habl6 con tono de satisfacci6n Bustos. --iEmbromarnos asi, por la pucha!.... iNo hay derecho!.... jEs increible!.... "I padre se desat6 la venda que le habia colocado Elena. Se lav6 de nuevo la mano. --;Hay que irse con cuidado, camarada! iQue no nos vayan a ver!.... Tiene todo chorreado de sangre el palet ci.... -dijo mi padre a su compaiiero. -iEs cuesti6n de que vamos con suerte!.... iL0 que es yo, no cejo!.... Hay que encontrarse con 10s dirigentes de 10s panaderos ..., -iNo salgan, por favor, no salgan, por Dios! -rod gaba mi mahe. -iDkjate de tonterias, mujer! iTenemos que salir y lo vamos a hacer! .... - i N ~ salga, pap6, no salga!.... -rog6 tiernarnente Elena a SII padre. El hombre la mir6 profundamente. Se le hab:la evadido 3;a el encono en contra de la hija. Le acarici6 la barbilla. -iNo hay miis rernedio!.... -le habl6-. iDejar a 10s compaiieros, ahora, no, vc, ni pensarlo!.... iTenemos que s a h !....


.LA SANGRE Y LA ESPEZ3ANZA

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110 la bufanda. Los dos maquinistas se mostraban â&#x201A;Źrancamente serenos, a pesar de la gravedad de 10s hechos. Asi salieron. Desde el balcbn, entre nuestras IAgrimas, 10s vimos alejarse por Garcia Reyes hacia San Pablo, conversando, como si nada hubiera ocurrido. -jEstos hombres, Sefior, estos hombres, cualquier &a 10s matan! -exclam6, enjughdose las lAgrimas mi mamA antes de cerrar el balc6n. La noche alargaba sus aristas tdtricas. Pan Candeal tocaba sus latas al fondo del sitio vecino. Afuera, escala abajo, se oian comentarios: -jPohre â&#x20AC;&#x153;Seboteâ&#x20AC;?!.... - d i j o alguien con voz dolorida--. jL0 matarorl como a un perro! .... Pan Candeal llenaba la noche de sonajera. Y !os perros comenzaban su doliente concierto.

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4 *

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Dos dias despuds, tras las angustias de mi madre, lleg6 mi pap& Venia feliz, acompaiiado del compadre Bernab6. -jMaiiana salimos al trabajo! -dijo abrazando a mi madre. Todos nos haciamos solidarios de su j6biIo. El movimiento habia sido ganado por 10s panaderos. -iUn triunfo de la unidad, caramba, de h unidad


@mente! A e c i a mi pap6 palmoteAndole la espaldg al ti0 BernabQ. Se tom6 el caldo que le sirvi6 mi madre, con an. sia de aiios. -AI fin voy a descansar un poco de preocupacio, nes, -coment6 ella, sinceramente contenta. Elena, meditabunda y triste como de costumbre, tenia '10s ojos brillantes de IAgrimas, Miraba a su padre como si nunca lo hubiera visto, como si recihn lo conociera. El reia, con un fideo colgtindole del bigote. -iUsted ve, compadre, usted ve, cbmo, pese a 10s gobiernos traidores. y pese a todo, se triunfa! iLa verdad es que el pueblo parece no necesitar sin0 de buenos dirigentes que pongan su esfuerzo a1 servicio de la unidad! jLos lideres, una vez que se levantan a costiUas nuestras, dvidan a1 pueblo!.... -iEs cierto, compadre, el pueblo triunfar6 solo!.... -reealc6 el tio. ---;No tenemos m b que defender nuestras or@nizaciones y afirmar bien 10s estribos!.... iCaraj0, que buen caldo!.... iLa tortilla, no m&, estA un poco desaBrida! -iMa&na habrd pan ya, pues, compadre. no se aflija! --carcaje6 el tio con su garganta de cascabel destemplado. La tarde estaba llena de luz. El sol rompia la bru& y asomaba hacia la tierra uniw cobrks griedejas de pelm chamuscados.


LA SANGRE Y LA ESlâ&#x20AC;&#x2122;ERANw

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Las albergues, como bedias grises, e ~ m oenormes asnos de pie1 sangrante, mgs all6 de 10s conventillos, parecian lamerse las llagas a las plantas callosas del

otofio. En sus visceras podridas, 10s hombres mataban las horas, a la caza del piojo y del mendrugo limosneado. Los â&#x20AC;&#x153;rotosâ&#x20AC;? pampinos, esmirriados por la espera de dias, que ya se alargaban en &os, humillaban SI existencia en el v6rtice macabro de una cesantia farzada, en que el harapo era como si pretendiera cobrar territorios para toda la eternidad, y en el que la bestia recluia lo humano a1 triste reinado de su pezuiia torva. Las mznos trabajadoras podian estirarse inlitilmente esperanzadas tras una herramienta de trabajo. El derecho m6s inalienable se perdia ya para la honra del hombre. Pero, se estimulaba el derecho al piojo. Se animaba el hrioito a la humillacih. Las calles se dolian, lloraban por 10s ojos Enguidos de 10s chiquillos hambrientos, expertos en estirar 10s dedos pedigiieiios, en alzar la voz en una conquista de piedad y nrisepieor-

dia. Mas, no habia surco para h iuminosa SerniIla del sudor. Era el otorio. Pero, era t a m b i h k vida.


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La huelga habia triunfado. El Animo colectivo era propicio. Se prestaba el instante para que 10s albergados salieyan a la calle, en exigencia de trabajo a 10s poderes gubernativos. La situaci6n se hacia ya insostenible y 10s gremios organizados estaban dispuestos a coadyuvar la acci6n de 10s cesantes. Aquella tarde, 10s albergues se vaciaron. Elementos de diversas entidades populares, acompaf5arian en su empresa a 10s trabajadores en receso. Por Rulnes, sali6 a la Alameda la caravana de dbergados de nuestro barrio. La arteria principal metropolitana parecici ensancharse para soportar la avalancha de haraposos. Hombres arrastrando el cansancio de sus largos dias inactivos. Mujeres de rostros doloridos, de algodonosos pechos pesadamente saltones, de dob!. egados mo. iios, conâ&#x20AC;&#x2122; 10s pequeiios a la rastra, en brazos u ovillados germinando en el agrio crjintaro del vientre. Chiquillos de terrosas cabelleras, de rostros ennegrecidos por aiiejas mugres. Todos, en fila de parias, marchaban a1 encuentro de una palabra para encender su e s peranza. Alli, marchando, hablando, gesticulando, eran como extraiios animales desnutridos, buscando una raz6n de vida. Volaban sus tiras azotando el rostro seco del otoiio, bajo 10s &boles en orfandad de hojas. De 10s tranvias asornaban 10s rostros asombrados ante el /


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LA SANGRE Y L A ESPEIZANZA

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macalsro especthculo de aquellos chilenos de la pampa en paso. de desarnparo. Adelante, las mujeres se dieron de pronto, al santo:

Era un canto triste, obscuro, desolado. Las u6as de una angttstia autgntica de corazhn, se asomaban en cada verso, en Enguida y triste meloda:

Las voces dispares, mutilaban la mmisica. Mas, el dolor y la amargulra del verso se hincaban en 30s sentimientos como lancetas de abejas furibundas. Los perros, flacuchos, pringosos, de pelajes roidos por la tiiia, trotaban a 10s flancos de la caravafna. OBsqueando aqui y all&,a1 pie de 10s postes y 10s &boles, paraban la pata con desgano. A1 final, ilgunos tranviarios, charlaban. Yo no me explicaba por quQ mi padre me habia traido a1 mitin. nlri rnadre se habfa opuesto. No obs.. +ante, cedi6 luego, a â&#x201A;Źa determinaci6n del hombre.


destal de la estatua, un hombre joven clamaba lpor que se le oyera:V -i Compaiieros, camaradas!.... Compafieras, vengo, vengo aqui, h a s h ustedes, camaradas, a nombre de la Liga Pro-Ayuda a 10s Trabajadores del Salitre! .... No soy yo, camaradas, un hombre extraiio a vuestros padecimientos, camaradas.... Albergado como ustedes en otro tiempo, supe de la humillaci6n tremenda que en cuerpo y coraz6n vosotros tambiCn hoy, queridos camaradas, estbis sufriendo.... Habl6 de muchas cosas amargas. Las mujeres lloraban. Las Egrimas iundian su sal a la sal del sudor. Fuertes aplausos rubricaron las dolorosas palabras del hombre. Fu6 entonces, despuCs de 10s aplausos, cuando se anunci6 el discurso de Abel Justiniano. Mird a mi padre. Le costaba a 61 superarla fuerza de sus nervios Palideci6 cuando el muchacho alz6 su 'figura sobre la tribuna. Se mordia. Se mostraba rabioso entre toda e& multitud de hombres y mujeres de ojos y ofdos expectantes. -iCamaradas, compaiieros....!.... Las palabras de Justiniano, a medida que Iler,aban 10s segundos, h e r o n serenando a mi padre. Fu6 vencido por ellas. Y termin6 por ir asintikndolas con leves movimientos de cabeza. Sin embargo, un destino de fatalidad se estiraba eonio una boa, desperezhdose, sobre las vidas alli conglomeradas. Empezaban a llegar gmesos piquetes de


r LA SANGRE Y LA ESPEIRANZA

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A1aridos. Imprecaciones. Nadie se explicaba la acf5tud de las autoridades. Algunos hombres desprendidos del tumulto trataron d e hufr. Pero, cayeron ahi mismo con las cabezas despe dazadas. La indignaci6n alter6 a 10s hombres. La intentona de masacre estaba e2 evidencia. -iBmtos, chanchos!.... --;llâ&#x20AC;&#x2122;laricones! ... i Traidores!..... El odio deformaba las facciones esmirriadas. Los guardianes seguian en su labor de brutales taladros espoleando a las cabalgaduras. -iDispersarse, desgraciados!.... ciDispersmse!.... -gritaban ahora, corriendo culatazos a granel. Piafaban las bestias, a 10s requerimientos salvajes de las riendas y las espuelas, pateando, atropellando. disgersarse, &pido, mierdas!.... -iDispersarse, iRApido, desgraciados! , Las mujeres aullaban, rodando con 10s hijos, es. tallando en llanto. El griterio, las vociferaciones. invadian 10s aires ensordeciendo. Por otro lado se oian nuevos disparos. -iAqui, camarada!.... iAqd!.... -grit6 Rogelio a mi padre---. iEstos maricones nos quieren matar! ... Habia un trecho descuidado por la policia. Mi padre me arrastr6. Pero era imposible salir. No cesaban de chillar las rnujeres, alzando a sus hijos, clamando piedad. Los culatazos llowâ&#x20AC;&#x2122;an. Se doblegaban las cabe-

....


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zas de 10s chiquillos, convertidas en bdsas de sangre, a 10s golpes. -i Seiior!..., iPiedad!.... - -iSalvajes, chanchos!.... jTraido~S!.... -i Desgraciados!.... -iQ& me matan, Seiior!.... -j Por Dios, estos salvajes!.... Una avalancha de hombres l o a 6 abrirse paso. Y huy6 en masa, maldiciendo. Ahora si, mi padre gudo comer. Y me arrastr6 casi en el Temia caer. Una bestia galopaba tras de nosotros. Se oian sus duros cascos contra el pavimento. Se alzaba una carabina enci. ma de nuestras -cabezas. Son6 un golpe seco, horrible, en la espalda de mi padre. Se quejci el hombre, con una queja que fui? como un rechimamiento. Pero no se detuvo. Lejos, junto a un poste, interrumpimos nuestra ca.. rrera. Alli estaba Rogelio. -i Compaiiero!.... Sostuvo a mi padre. PAlido, tdmulo, el hombre se quejaba como im animal. Un borbotcjn de qangre le aflorci en 10s labios. -jDesgraciados, maricones!.... -aullcj Rogelio. La muchedumbre se clispersaba ahora. Se ens&ban 10s salvajes golpeando a las mujeres y a 10s chiquillos. No habia piedad. En el suelo, sobre 10s duros adoquines, 10s cuerpos inocentes, se desangraban con 10s crrineos abiertos, pisoteados. Al.gunos albergados sacaban a relucir sus cuchillos.

re.


LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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Un caballo se derrumb6 con las t r i p s colgando. Alli mismo cay6 el nortino, reventada la cabeza a golpes de culata. Un grupo de mujeres huia por el lado sur de la Alarneda, desesperadamente. LOSguardianes parecian gozarse en su persecuci6n, enarbolando las carabi nas. Dos o tres mujeres cayeron. Las patas de 10s caballos dieron trAgica cuenta de ellas. Los disparos, todavia atronaban el espacio: -iPum, pum!.... En ligeros minutos, el comicio f u C disuelto d e f i t i vaniente. De 10s albergados, y de 10s trabajadores que les acompaiiaban, no restaban m b que una porci6n de cadhveres: entre guaguas, chiquillos mayores, hombres y mujeres con 10s crAneos despedazados, con los harapos empapados de sangre, pr6ximo material de carga para el carro de La Morgue. Los heridos fueron trasgortados rhpidarnente, en ambulancias de la Asistencia Pfiblica. La autoridad y la traici6n habian triunfado. Y sus personeros estaban alli, sudorosos, 1impiAndose las Irentes, satisfechos del deber cumplido, altos en sus cabalgaduras estornudantes. Un nuevo borbot6n de sangre, tras tosidos v quejidos ahogados, habiase precipitado desde 10s labios de mi padre. -iMe jodieron estos mierdas!.... -habl6 apetaphdose la boca con el paiiuelo. Pero se negb a ir a la Asistencia.


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En un victoria, partimos hacia la m a . Grupos de albergados, merodeaban cerca del siti0 del suceso. Su amargura y sus tiras, eran como el simbolo de su esperanza desvalida. 30 me sentia extrafio, como en el aire. No lloraba. Estaba seco de liigrimas. Mas, las pupilas se me desbordaban en im6genes de sangre, de infantes, de mujeres y de hombres miserable y cobardemente ma2 sacrados. La autoridad habia triunfado. Era un bello triunfo. Podian reir ahora. Los guardianes podian alzar el pecho arrogante, orgullosos de su gloria. -iY pensar -habl6 sombria y roncamente Rogelio-. y penque fuimos nosotros mismos 10s que dimos poder a 10s que nos atropellan! iTraidores, malditos!. ... Mi padre tosia. Los czscos de 10s caballejos,que tiraban el victoria, marcaban sobre 10s adoquines de la calle una mtisica hueca de matraca. -;Si, traidores -habl6 mi padre, sostenihdose el paiiuelo en la boca-, traidores!.... i Y creamos m la democracia, y apoyemos con nuestra fuerza a 10s ma. ricones de la politica!.... iSe especula con nuestra honradez!.... iY nosotros siempre con la fe puesta en 10s que saben engaiiarnos con miis bellas palabras!.... iTraidores!.... Tosi6 m a vez m& mi padre. -iS, de veras -corrobar6 RogeliG, se abusa de nuestra homadez, de nuestra sinceridad!.... Gastamos


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nuestra fe creyendo en promesas y programas-... iPerdemos el tiempo, cuando lo h i c o que merece nuestra fe es la Revolucibn!....

7 Al dia siguiente, el barrio se atron6 de alaridos: -iAbajo 10s â&#x20AC;&#x153;comeguaguasâ&#x20AC;?! -iAbajo 10s comeguaguas!.... Las mujeres se desparramaban por las calles, con sus tiras y sus 16grimas a la rastra, gritando a todos 10s vientos, para el oido de 10s asesinos y del mundo: -iRbajo 10s comeguaguas!.... -iAba jo 10s comeguaguas!.... Y 10s vientos respondian a la aspiraci6n de las hembras miserables, alistando sus m6s sonoros darines. -j Abajo 10s comeguaguas!.... -jAbajo 10s comeguaguas!.... Por muchos dias, 10s guxdianes no se atrevieron a andar solos por el barrio. Las mujeres albergadas h a bianse convertido en fieras. Dispuestas a1 crimen para vengar el tremendo crimen. Y m6s de una madrugada se sup0 de al&n polida, encontrado con las tripas al aire, tirado a la orilla de m a ameta.

....


LA

ESBERANZA

1 LOS DIAS rodaron con 10s ojoa cerrados, fam6licos, trAgicos. La viruela y el tifus azotaban sin piedad -

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las horas de 10s h"obres. El sol andaba como un potro ciego, cabeceando contra 10s &-boles y las murallas, perseguido obstinadamente por 10s Gbanos de la bruMa.

-jTe jodieron, no mb, Guillermo, hombre! -le dijo el doctor Rivas a mi padre-. iSuavecito el culatazo que te di6 ese carajo! -ironiz6 en seguida. --iPero qu&es lo que tengo, doctor? I-i Hable, no d s !.... 4 i j o mi padre, anhiindose a si dsmo. -iuM lesi6n pralraonar, hombre! iUm lesi6n pui=on=!.. ..


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-kEs grave, doctor? -interrog6, anhelante mi madre. -jNo tan grave, niiia, si tu marido se cuida!.... iSe necesita un descanso largo!.... -jPero, doctor, puchas, carajo, no me embrome!..., -iMira, Guillermo, hombre te voy a decir, est0 . n o es cosa de ahora! TG, de a poco, te has venido jodiendo.,.. Tus trabajos gremiales, tus trasnochadas, te nstaban haciendo mal.... -iNo embrome, doctor!.... -jLo que oyes, hombre!.... iEl culatam ese no hizo m& que apresurar algo que tenia que suceder!.... -iNo pQede ser, doctor, no puede ser! -ronc6 mi padre-. i Necesito trabajar, doctor!.... -iMira, Guillermo, viejo, no sacas nada con chillar! iQu6date tranquilito en cama hasta que yo te di. ga! -jQuC jodienda, doctor! -iMira, viejo, si en unos quince di'as no empiezas a notar mejoria con 10s remedios de esta receta, te voy a conseguir cama en el hospital! -iPero, jes para tanto, doctor, es para tanto?!.... -habl6, lloriqueante, mi madre-. jEs para tanto?.. . -No, niiia, no te inquietes. En el hospital se le po&A atehder mejor que aqui. Vamos a probar primer0 aqui en la casa. El silencio zurci6 10s labios maternos. Mi padre tenia la vista baja. Se sentia oprimido. --Nada de arnarguras, viejo.... Con un empeiiito,


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te vas a quedar nuevo.... --carcaje6 el doctor-. jHasta luego!.... -se despidi6, tomando su maletin. Estuvinos largo rat0 pensativos, junto al lecho de mi pap& La voz desolada del hombre, c o d el silencio: -iBtra vez embromado, carajo, otra vez embromado! iNo hace tres aiios que me jodi, y ahom, de nuevo, a la cama! Mi madre lloraba. -iSerA de Dios que asi sea! A j o , dolorosamente resignada. -iQU6 Dios, carajo, venganme con Dios, encima de todo!.... El bast6n de la abuela, como siempre, golpeaba el piso lo mismo que un perro-raschdose. Miraba hacia nuestro lado con sus ojos medio entelados: Parecia no pensar ni pronunciar nada. Per0 yo sabia que cstaba rezando. Volvia para nosotros otro tiempo de niebla y de I5grimas.

2 ' Ante sus padres,. Elena se mostr6 indiferente, cuando ley6 en prirnera piigina de un diario aquella maiiana:

%IBtfoTECA. R'ACIOMA$. mECcfw4C H f E W 26.-La

s a p

y

la esperanza.


Xi una Ugrima. S o l h e n t e UR leve temblor de labios. Sin embargo. a escondidas, no fud sola m a la vez que yo la sorprendi enjug6ndose 10s ojos. Se torn6 taciturna, rn% que de costumbre, y parecia llena de temores. Cada vez que se la hablaba sobresaltAbase. Ella, nena siempre de una simple y triste temura, mostr6base ahora poseida de una angustia que se revelaba en cada uno de sus gestos. Ayuella noche, si, mi rnaare la mrprendi6 sollozando. La seiiora aprovech6 aquella uportunidad para hablarla: --i{E!ena, -le dijo-, no has sacado nada con ocultar lo que te pasa?


LA SANGRE Y LA ESâ&#x201A;Ź"ZA

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Mi hermana se le encar6 violentamente. Los ojos parecian salthrsele. -No & qu6 quiere deck, ma&... -iNo ganas nada con negar, Elena!.... ijm v a ~ a tener un hijo!!.... Mi padre, se esperaba esa escena. Seguramente, estaba de acuerdo con mi mami para provocarla. Se modraba sereno, atento a la respuesta de la hiia. Sufria tal vez, per0 nada se suponia en su semblante, fuera del mal que lo aquejaba. Elena se qued6 con h s palabras en suspenso. Se mordfa el indice, ingenuamente, tristemente, temblando. El instante se hacia embarai-oso ya, cuando se decidi6 a1 alzar la vista. De s&bit0 sinti6 menoscabado su derecho a ser madre, y aitrj con las entrafias, con 10s pechos, con todo el coramjn, dignamente: -;Si, si, voy a tener uh hijo!.... i i Y lo tendrS?.... Y aferr6 sus manos a la cabeza, llorando con una amargura espinosa, doliente. Fu6 como un orgulloso desafio de hembra. Frente a 61 espere ver reaccionar tercamente a mi padre, mmo tantas veces lo habia hecho. Hub0 otro silencio largo. Y s610 cuando Elena ah6 10s ojos llorosos, sollozante, extrafiada de que no se la condenara, el hombre se desprendi6 de sus palabras: -iSi, Elena, vas a tener ese hijo!.... --exclam6 con voz profunda, sufriente, de hombre sollamado en pleno gecho.


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-iGuillermo -grit6 mi madre-, no puede ser, joyes?, no puecie ser!.... Y se precipit6 hacia 61. Mi padre no la atendi6. %cas0 fuera la primera vez en la vida que mi padre no tomara en cuenta a m compafiera. -iElena, Elenita -habl6 tiernamente a mi hermana, con esa ternura tan suya, cglida y ronca. &Ti hermana no lograba salir de su estupor. Fu6 hacia el, no obstante. Quedaron frente a frente, mirhdose 10s rostros tristes: $1, sentado en el lecho; ella, de pie a su orilla. -iSi, Elena, aunque te parezca extraiio, soy yo el que quiero que tengas ese hijo!.... -confirm6 el hombre rotundamente, pero con metales tiernos sicmpre en la voz. La atrajo hacia si. La bes6 largamente en la frente. +He sufrido mucho por todo lo que te ha pasado, Elena!.... iHiciste mal, muy mal! iPero, te has portad0 como mujer, ahora sobre todo! iNo te creia tan mujer, hija!.... i iA4ereces ese hijo!! .... No habia risa en el rostro de mi padre. Pero m a secreta satisfaccibn, una profunda alegria parecia inundarlo, en el instante de pronunciar aquellas palabras. -iPapA!. ... Ella, Ia hija, no bes6 a1 padre. Lo mir6 solamente con una hondura alumbrada de emoci6n. -iSi, -repiti6 todavia &I---, vas a tener ese hijo!.... -iNo puede ser, Guillermo! -insisti6 mi maclrc.


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-iNo? ~ P o rqud no puede ser? --exclam6 mi padre. -iNo comprendes, %uillermo?.... tNo compyendes?.... jLa gente!.... iParece que no supieras c6mo es!.... -i&ui! me importa a mi la gente! iEsa gente que dices, m5a, Laura....! j Pero, Guillermo!.... -iEs que le debo algo?.... iEs que le debemos algo a esa gente? .... -interrog6 con sarcasm0 mi padre-. ;,Es le ~ ~ r c -estoy - e en la cama esa gente trabaja para mi? .... iSi no fuera por el Consejo....! iCarajo! iNo, Laura, qubdate con esa gente, sigue intereshndote por sus lenguas!.... iElena va a tener ese hijo! .... Si ella no lo quisiera, Laura, las cosas cambiarian.... -iNo comprendes, Guillermo!.. .. -iSi, si comprendo, Laura, tus e s d p u l o s No tienen razbn de ser.... -iMe confundes, mâ&#x20AC;&#x2122;hijo!.... iN0 si! qui! te pasa!.... Mi padre sonrib. Cerca de la mesa, el bast6n de mi abuela castigaha el suelo, incesantemente, como un perro contumaz dando batida a Ias pulgas. Elena lloraba en el hombro del padre. El se mostraba feliz. Y algo como 16grimas tambibn se escurrian por 10s pelos de su rostro. ~

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-j Enrique

Quilodriin! Me senti desconcertado.


-Te est& namando, cabro.... LO no queris pkta?.... -me habl6 un obrero grandote, peludo, batiendo 10s Iabios abultados. Los demtis reian. +Si es que tiene miedo p i q u e va a tener que (4 pagar el pisoâ&#x20AC;?!.... -i iEnrique Quilodrh!! .... El pagador asomaba la cabeza fuera del m e s h . Y o me acercaba ahora timidamente. +Chitas, cabro, oooh, ni rico que fueras! jT0revisa el sobre! Son cinco pesos.... Mi mano temblaba. Temblaban mis labios. Temblaba todo. Me emocion6 profundamente percibir aquel dinero. No & qu6 de extraiio le encontraba a todo aquello. A las cosas mismas. A mis camaradas de trabajo. --;Chitas que soy sentimental! LPuchas, cabrito! -me habl6 el obrero peludo, manosehdome la nuca, despuds de encender un pitillo. La verdad es que yo estaba a punto de llorar. --jAhora, a pagar el piso, pues, hermanito!.... No me daba cuenta exacta d e lo que significaba aquello. Suponia que tenia que invitarlos a beber algo, para celebrar aquel primer sueldo. Pero, tenia la seguridad tambikn, de que mi edad, me dejaba fuera del compromiso. Fu6 asi, en efecto. Despuks de embromarme durante un rato, mientras camin5bamos por Mapocho, 10s compaiieros m e golpearon la espalda.

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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4w

-iNo te asustfs, cabrito! jN0 tenis pa quP pagar piso, vos! iQu6 hacimos nosotros con cinco pesos de chicha, omh!.... iY con este frio!.... Reian a ctircajadas gigantonas, francas, camaradas. Me separt5 de ellos en Cueto. Habia trabajado cinco dias en aquella fundici6n. --Me gustaria trabajar .... Mi pap& est5 jodido, de veras.... -le habia dicho al Chueco AvilPs, no sP por qu6, acaso sin darme cuenta de la significacibn de mis pretenciones. -Oye, mira, Quib, jsabis que mi ti0 te podria ocupar en su taller? .... Me interest5 verdaderamente. -iH&blale, Chueco!.... El tio de AvilPs era un hombronazo de anchas espaldas, gibado, de voz ronca, simp&tico. -Ven mafiana, si quieres.... Te voy a pagar un peso al dia.... Me sentia musculoso, ancho, recio, como un hombre grande. Estaba feliz. No dije nada en mi casa. Las reprensiones, por esta Ppoca, comenzaban a dolerme muy de veras, y decidi atrasar lo m6s posible 10s retos que podia despertar la actitud que habia arrostrado. Ahora, trepaba la escala de la galeria. Mi intranquilidad torniibase temblor. El corazbn se me agitaba como un pabellh azotado por un viento ipacundo. La escala se quejaba. EntrP encogido, temeroso, sin saber qud decir.


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En nuestro cuarto estaba el doctor Rivas. Habia examinado recidn a mi padre. -iNo hay caso, viejo, no hay caso, vas a tener que hospitalizarte! -iNo me embrome, doctor, por la pucha!.... -:Lo siento, hombre! iPero, tiene que ser asi! -i&u6 joder!.... -rugi6 el hombre. -Mala pita, viejo.... Pero son cosas naturales, hombre. No creas que ser6 largo el tratamiento. -En todo caso, doctor. Usted sabe, mi gente.... Y o necesito trabajar .... No voy a estar toda la vida a costillas del Consejo.... No, doctor, esto es muy embromado para mi .... -iMira, viejo, serhate, no te desesperes!.... Es una coea irremediable, no sacas nada con alteracte.... --Si, lo comprendo, doctor.... Pero es que cuando uno se sabe responsable, esto es jodido.... -Esa misma responsabilidad te obliga a ponerte en tratamiento .... iY no sigamos en esto, viejo, que no sacamos nada!.... iTe vas a1 hospital, y listo!.... -termin6 el doctor, palmote6ndole un hombro a mi padre. Mi mar& lloraba en silencio, a 10s pies del catre. Elena estaha peinando a mi abuela. -j Chita que est& quedando â&#x20AC;&#x153;encach5â&#x20AC;? viejita! --exclam6 ahora el doctor, cordialmente, yendo has& mi abuela, aparentando alegria. Ella, la vieja, ri6 con su risa afiosa de matraca. --;Este doctor, este doctor! --dijo, despacio. Mi padre estaba hundido en el lecho. Y m b que


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MCOMEDES G U Z W

Saludaba a1 padre Carmelo, que no tard6 en pasar hacia el interior de la galeria. Iba, sin duda, a ver a la tisica, la madre de'Armando, que se habia agravado por esos dias. Los sollozos de mi madre, me dolian en pleno pecho. Mas aquel dolor cruel que me golpeaba, huy6 azotado por la reprensi6n paterna. --i'cTno jodido, todo jodido, y el jovencito faltando a la escuela! jVen acS, Enrique!.... -me grit6 el horn bre. En la voz ruda se le vaciaba toda la rabia, despertada por su transitoria impotencia para trabajar. Me acerqu6. Mis temores recrudecieron. Temblaba, pestaiieando. -i Enrique!.... -sigui6 perorando mi padre, lleno de ira, con las pupilas convertidas en cuchillsc. iD6nde has estado yendo? iD6nde? iEres un indolente! iPor qu6 no has ido al colegio? Mi madre se me habia acercado. Y o no decia nada. Hermktico con la cabeza baja, no sabia realmente qu6 replicar. Mi padre esperaba una respuesta mascando la c6lera. Mir6 por fin a mi madre. No dije nada. No podia deck una sola palabra. Un nudo tembloroso se me apretaba cruelmente en la garganta como una garra Ech6 :a mano al bolsillo. Y alarm6 el dinero a m i madre. Un largo silencio nos corroy6 el sentimiento a toaos

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LA SANGRE Y LA ESPERANZA

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Las palabras, de existir, se habrian ahogado a1 instante. Tampoco me atrevi a mirar. Habia, si, un rechinamiento de hierros sentimentales en ese universo peque50 de vida encuadrado en las paredes de nuestro cuarto; un rechinamiento de hierro viejo, un bullir silendoso de sangre, una lenta trasmutacidn de emociociones. Debia ser mi abuela la que hablara. S 6 o ella. Su voz se alz6, pisando las aristas de cada uno de, sus afios, frondosa, florida de humanidad. +Tenis que persignarte con esa plata, Laura! iEs la primera plata garb por t u hijo!.... Y mi madre se persign6. Y o no podia soportar el peso de mis sentimientos. Eas Egrimas se me aferraban ya a las pestai5as. Sali. Tras de mi, el pecho de un hombre, pareci6 liberarse de un moho tormentoso en un sollozo grueso, crujiente, sollozo de acero desvalido que tap% la mentira azul de mi infancia. Afuera, xn5s a114 de la escala, la calle parecia mAs ancha. El sol pateaba 10s Ambitos, desencadenando su instinto de espeso 01-0. No habia otofio en aquel momento. El aire estaba lleno de rumores. Como agua. Como 130. Oloroso a sangre confortante de eucaliptu. El mediodia lucia el pecho robustamente azul de un cielo puro, sin nubes, sin brumas. Debia haber hombres en la calle. Chiquillos. Mujeres. Pero mi vida la senti de pronto, sujeta solamente a m i s manos g a mi coraz6n. No ya 10s temores. No ya

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NICOMEDES GUZMAN

nada que no fuera esa fuerza grandiosa de hierro chorreando fuego, vida y estrellas en 10s moldes del trabajo. MirC m i s manos. Manos de palmas con ampollas secas, donde el callo cobraba ya sus dominios. .Yno vi nada, nada, sino el reflejo del sol, concentrando su no+le existencia en 10s espejos calientes que me rodaron de 10s ojos, cobardes ya para lucharle al sentimiento.

F I N

Santiago (CHILE), invierno 1940

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irivierno 1941.


Capitulo Tercero. Garras

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Capitulo Cuarto. Los compaiieros ..........

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229

Capitulo Quinto. Leontina ........................................................

237

Capitulo Sexto. Los pechos estdriles

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251

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263

Capitulo Sbptimo. Sala de, Hospital

Capitulo Octavo. iHAcele, Pancho Panul! TERCERA Suceden dias rojos

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279

PARTE

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Capitulo Primero. La risa ....................................

...: . . . . . . . . . . . . .

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Capitulo Segundo. La abuela ..........................................................

319

Capitulo Tercero. Elena ......................................................

331

Capitulo Cuarto. Fantasmas . . . . . . . . . . . .

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347

Capitulo Quint& La sangre . . . . . . . . . . . . . . .:........................................

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Capitulo Sexto. La esperanza ...............................................

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bprenta Santo Doming0 1645, Santiago I


La sangre y la esperanza