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INSTANTES DE MI VIDA EN BUSCA DE SUS PERSONAJES

EDUARDO PEÑA ABIZANDA Embajador de España


©Eduardo Peña Abizanda Permitida la difusión y copia de esta obra manteniendo los caracteres integros de la misma. Edita: Academia de la Diplomacia. Maquetado por: Carlos Pascual.


DEDICATORIA A mi familia dedico estos instantes de mi vida, tan importantes para mĂ­, simples anĂŠcdotas para mis personajes, carentes de valor alguno para la historia.


ÍNDICE A modo de prólogo España 1930 San Lorenzo de El Escorial 1930 Mi familia 1930 Ortega y Gasset 1930 14 de abril 1931 18 de julio 1936 Carlos Morla 1936 Los Viñaza 1937 Zarauz 1937 1 abril 1939 Liceo Francés 1939 Real Madrid 1940 Bibliomanía 1942 Lisboa 1943 La Luftwaffe 1943 Londres 1943 La Embajada de España en Londres 1943 Wimbledon College S.J. 1943 AMDG 1943 Stanley Gibbons 1943 Segismundo Casado 1943 6 de junio 1944 Shakespeare 1944 7

9 11 12 13 15 17 18 20 23 24 27 28 30 35 36 38 41 45 47 50 50 52 53 55


William 1945 56 Winston Churchill 1945 58 VJ Day 1945 59 Príncipe Yusupov 1946 60 Madrid 1946 63 Mis barrios 1946 66 13 de octubre 1946 70 16 de diciembre 1946 71 Celia Gámez 1947 71 Luis Molowny 1947 74 La Facultad de Ciencias Políticas y Económicas 1948 75 Librería Rubiños 1880 1948 78 Manuel Fraga Iribarne 1948 79 Chicote/ Agustín Lara 1948 82 Los Búhos y otros amigos 1950 84 EL Ateneo 1951 86 Las Milicias Universitarias 1951 87 Francisco Franco Bahamonde 1952 91 Regimiento de Zapadores n° 1 1953 93 Alfredo di Stefano 1953 95 Enrique Tierno Galván 1955 96 La Comunidad Valenciana 1957 98 La Escuela Diplomática 1957 99 El Teacher 1957 103 José María Velo de Antelo 1957 105 El Valle de los Caídos 1959 107 El Ministerio de Asuntos Exteriores 1959 108 8


El pasaporte 1959 El uniforme 1959 R.E.I. 1959 El Ministerio de Comercio 1959 Dwight D. Eisenhower 1959 Presidencia del Gobierno 1960 Oslo 1960 Hollywood 1960 Mr Ellis y Mr Leafe 1960 Fidel Castro 1960 Una cuna 1960 Gonzalo 1961 El Alcázar de Toledo 1961 Bruselas 1962/1986 La Embajada de España en Bruselas 1962 Montevideo 1964 La Embajada de España en Montevideo 1964 Un Chevrolet Impala 1964 Enrique Iglesias 1964 Paraguay 1965 Santiago Bernabeu 1966 José María Alfaro Polanco 1967 Buenos Aires 1967 Alejandro Gancedo 1967 La Embajada de España en Buenos Aires 1967 Claudio Sánchez Albornoz 1967 Francisco Pérez González / Jesús Polanco 19 Matesa 1969 9

111 112 114 117 121 122 123 125 128 131 131 132 134 136 138 141 145 146 147 150 152 155 156 158 160 161 163 167


Juan Carlos I 1970 Alejandro Agustín Lanusse 1971 Gregorio López Bravo 1971 El Monte Udala 1971 Home Sweet Home 1971 Asuntos Exteriores, una vez más 1971 El G.A.T.T. 1971 Fernando Vizcaíno Casas 1971 CESCE 1971 El Telón de Acero 1972 Cuba 1972 Tabaco 1972 Hugo Banzer 1973 Auschwitz 1973 Antonio Buero Vallejo 1973 Los 10 de Siempre 1975 20 de Noviembre 1975 Carlos Pérez Bricio 1975 Juan Miguel Villar Mir 1976 José Lladó 1976 Alfonso Osorio 1976 La Subsecretaría de Comercio 1976 Adolfo Suárez 1976 El Gobierno de los "Penenes" 1976 Titulares mercantiles 1977 Josep Tarradellas 1977 Santiago Carrillo 1977 FOCOEX 1977 10

168 170 172 174 179 181 184 185 188 194 200 201 203 205 206 208 209 213 214 217 219 220 223 226 227 230 232 238


Juan Manuel Herrero 1977 Manuel Prado y Colón de Carvajal 1978 6 de diciembre 1978 La Movida 1978 Marcelino Oreja 1979 Juan Antonio García Díez 1979 Luis Coronel de Palma 1979 Méjico D.F. 1979 La Embajada en Méjico: la Cancillería 1979 La Embajada en Méjico: la Residencia 1979 La Embajada en Méjico: la Misión 1979 José López Portillo 1979 El VITA 1979 José Luis 1979 E.T.A. 1979 Felipe González 1980 Jordi Pujol 1980 El clan Flores 1980 Jaime Campmany 1980 Rafael García Serrano 1980 Sarita Montiel 1980 Joan Miró 1980 Rocío Jurado 1980 La Prensa 1980 Placido Domingo 1981 Octavio Paz 1981 Soledad Becerril 1981 Selección nacional de futbol 1981 11

232 240 243 244 244 246 247 248 250 253 257 262 264 266 267 273 276 280 281 283 284 285 286 287 292 294 295 296


El 23 F 1981 John Gavin 1981 José Pedro Pérez Llorca 1981 Leopoldo Calvo Sotelo 1981 Mariano Moreno "Cantinflas" 1981 Alfonso Guerra 1981 B.E. Juan Sebastián Elcano 1982 Academia Mexicana de Derecho Internacional

298 303 305 310 313 314 318 1982 320 La Monumental de Méjico 1982 321 La Embajada en Méjico: Finis 1982 322 Torcuato Luca de Tena 1982 323 Luis G. Basurto 1982 326 Carlos Robles Piquer 1982 328 El Instituto de Cooperación Iberoamericana 1982 331 28 de octubre 1982 335 Mauricio Hatchwell 1983 336 El Partido Popular 1983 339 Augusto Pinochet 1983 341 Alfonso Ussía 1985 345 Rafael Alberti 1985 346 Atenas 1985 348 La Comisión Europea 1986 349 Manuel Marín 1986 356 Jaques Delors 1986 357 La DGVII 1986 360 The House of Commons 1987 370 José Barrionuevo 1988 372 12


9 de noviembre 1989 La Inspección General de Servicios 1991 Una periodista del El Mundo 1993 José María Aznar 1994 La Jubilación 1995 Mis Jefes 1995 Ramón Mendoza / Lorenzo Sanz 1995 Inocencio “Chencho” Arias 1995 Peña-Lobeto 1996 Baloncesto 1996 Pedro Ferrándiz 1996 Alfredo Landa 1998 Florentino Pérez 2000 Asociación para la Defensa del Socio 2000 DVDteca 2000 Academia de la Diplomacia 2002 Curriculum Vitae 2002 UNED 2004 11 M 2004 José Luis Rodríguez Zapatero 2011 A modo de epílogo

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375 376 383 386 388 393 395 403 404 407 411 412 413 416 418 419 421 424 426 427 429


A MODO DE PRÓLOGO Toda experiencia vital, por modesta que sea, está compuesta de una sucesión de instantes que marcan, para bien o para mal, su entramado final. "Todo hombre es autor y actor de algo", dice Galdós, pues en su vida, repito, por modesta que sea, siempre aparecerán personas, hechos, ciudades y acontecimientos que le obligarán a hacer algo, a sufrir o disfrutar otros algos, a protagonizar algunos algos, incluso involuntariamente. Cuando en mi plácida vejez y jubilación recreo los innumerables instantes de mi vida, los veo como simples anécdotas -una pequeña nota a pie de página- para tantos personajes con los que me he topado durante ella; pero no así para mí, por cuanto todos ellos para mí son categoría, han tenido un significado más o menos especial, y han ido conformando lo que he sido y aún soy, han ido llenando el baúl de la experiencia y del conocimiento que me han permitido quedar satisfecho con mi periplo vital, cuyo final está cerca. Por eso quiero recrear en estas páginas muchos de los instantes que he vivido, contando todo lo que recuerdo, esas anécdotas que están ligadas a tantos personajes en cuya existencia me ha colado la Providencia. Entiendo por personajes, no sólo los que así define el diccionario de la R.A.E.: "Persona de distinción, calidad o representación en la vida pública", sino también países, ciudades, fechas, 14


lugares, entidades, organismos, instituciones o acontecimientos que tienen o han tenido esa distinción, calidad o representación. Todos ellos son personajes que buscan, y han encontrado, los instantes de mi vida, categoría para mí, simples anécdotas para ellos. Los recuerdos son todavía nítidos, quizás las fechas y los datos no tanto, pero el lector juzgará lo que hay de vanidad, o de humildad, en mi relato. Y una advertencia final: salvo algunas excepciones, mis personajes, encontrados, son suficientemente conocidos por la pequeña o por la gran historia por lo que no necesitan presentación y ni siquiera que yo dé mi opinión sobre ellos; a veces se me escapará algún epíteto o juicio de valor, pero mi relato se centrará, siempre, en hechos concretos que han constituido los instantes que ahora rememoro; a veces, me dejaré llevar por mis sentimientos hacia mis personajes, de admiración, simpatía, simple empatía o incluso animadversión, pero no iré más allá en cuanto a la definición de los mismos. Por otra parte, en unos pocos casos aparecerán personajes de mi vida que son excesivamente míos, por lo que el lector podrá, si quiere, desinteresarse de ellos. En todo caso, confío que mi relato, siempre sincero y veraz, permita confirmar que, como todo el mundo, a veces he sido "autor y actor de algo".

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ESPAÑA 1930 Naturalmente, España es el personaje de mi vida con el que he vivido miles de instantes, casi todos ellos felices, algunos desagradables y muy pocos fácilmente olvidables. España, claro, entra en mi vida en el instante de mi nacimiento y ahí sigue, todavía, como mi gran personaje. Algún imbécil dijo una vez que “es español el que no puede ser otra cosa”; más que un imbécil, un miserable, posiblemente salido de las filas de aquellos que en la República gritaban “¡Viva Rusia!” o que hoy, en la Democracia, airean banderas rojas horriblemente decoradas con la hoz y el martillo. Yo, en cambio, tras una larga experiencia vital, el conocimiento de la historia del mundo y tantas vivencias vividas en decenas de lugares de la Tierra, proclamo mi orgullo por haber nacido en España y a voz en grito puedo afirmar que soy español porque no podría, y mucho menos querría, ser otra cosa. Por ello, sólo me arrepiento de desconocer tantos rincones de mi Patria, aunque sean muchos más los que, afortunadamente he degustado a lo largo de tantos años como he vivido. Por eso, también, un agradecimiento más a mi suerte de haber pertenecido a la Carrera diplomática estriba en el hecho de haber podido ir por esos mundos de Dios diciendo en voz alta “¡Soy español!” (En mis tiempos no existía la canción que tantos hemos cantado, tras el Mundial de Fútbol de 2010: “¡Soy español, español, español…!”; de haber existido, esa habría sido mi 16


exclamación permanente). SAN LORENZO DE EL ESCORIAL 1930 Nací, o me nacieron, un 23 de julio de 1930 en un verano muy conflictivo para España, preludio de grandísimos acontecimientos históricos, en una bella casa de San Lorenzo de El Escorial, "Villa Rosario", todavía hoy no derruida por el progreso. Estaba situada en la plaza de Juan de Herrera, esquina a la carretera de Guadarrama, cerca de Terreros. Mi familia pasaba allí los veranos desde que en 1927 mi padre, teniente del Ejército, se trasladó, casado y ya con tres hijos, de Zaragoza a Madrid para iniciar los largos cursos de la Escuela de Estado Mayor; así lo hizo hasta 1936, cuando ni siquiera pudo iniciarse el veraneo ante la inminencia de la guerra civil. La casa de El Escorial era, es, un edificio de dos plantas, con un pequeño patio trasero, donde -y es uno de mis primeros recuerdos- a veces dormía un vagabundo al que daban cobijo mis padres para alguna pernocta. Naturalmente, hasta años después no pude, como " gurriato" de pro, descubrir, primero y, luego, enamorarme de este bellísimo pueblo castellano: ya veinteañero y universitario, me integré esporádicamente en los deliciosos veranos de mi pueblo, respirando siempre su purísimo aire serrano, 17


las misas en el Monasterio, las excursiones al monte de Abantos, los chapuceos en las heladas aguas del Batán, los paseos por la coqueta calle Florida, los bailes más o menos "agarraos" en el Parque, las tertulias nocturnas con mi pandilla de amigos en Terreros: los Muniesa, los Escriña, los Arana, las Maganto, las Esteban...Ya casado, de la mano de mi esotérica esposa, descubrí las positivas vibraciones y energía que cada visita a mi pueblo proporcionaba a mi cuerpo y a mi espíritu (o quizás, era simplemente, el placer de contemplar tanta belleza y, tras ello, degustar un suculento chuletón de Ávila). En todo caso, este "personaje" entra de lleno en mi vida desde mi primer suspiro en Villa Rosario, donde nací, y en la iglesia castrense, donde fui bautizado, dos anécdotas para "él", para mí el origen de mi periplo vital y recorrido espiritual. MI FAMILIA 1930 Pertenezco a una familia burguesa con algún pequeño toque aristocrático. Mi padre, aragonés, Gonzalo Peña Muñoz, era nieto, por parte de su madre, Mª Teresa, de Cipriano Muñoz, primer Conde de la Viñaza; su padre, Francisco, un médico militar. Mi madre, Gloria Abizanda Zoppetti, pertenecía a una acomodada familia aragonesa (Zaragoza), rentista de bienes 18


inmuebles. Se casaron en 1920, tras el regreso de África del joven teniente de Infantería, y tuvieron cinco hijos: Francisco Javier, Mª Teresa, Mª Pilar, Mª José y el benjamín, quien esto escribe, nacido en 1930. Desde dos años antes, la familia Peña vivía en Madrid porque el pater familias había iniciado los cursos del Estado Mayor del Ejército. Por parte de madre, pocos Abizandas en mi vida. Hija única, sólo he conocido algún primo hermano suyo -Martín, gran periodista- y algún lejano Zoppetti. Tampoco ha habido otros Peñas en mi vida, pues los dos hermanos de mi padre, Francisco Javier y Ricardo, oficiales del Ejército, murieron en la Guerra de África; pero sí Geronas Peña, hijos de la única hermana de mi padre, Concepción, y del notario aragonés, Juan Gerona: Conchita, Juan, Gonzalo, Pilín y Ana María. Por el contrario, muchos Muñoz han llenado instantes de mi vida: Concepción Rocatallada, condesa viuda de la Viñaza y sus hijos, primos hermanos de mi padre: Carmen Muñoz, condesa de Yebes por su matrimonio con Eduardo Figueroa (ambos mis padrinos de bautizo), y su hija Carmen; Mª José Muñoz, tía Mey, duquesa de la Torre por su matrimonio con Carlos Martínez Campos, y su hijo Leopoldo; Alfonso Muñoz. Y la otra rama Muñoz, 19


emparentada con otros aragoneses, los Sancho: Fernando y Gonzalo Sancho Muñoz, aquel, soltero, éste, casado con Concepción Ibarra, y el hijo de éstos, Gonzalín. ORTEGA Y GASSET

1930

Cuenta la leyenda familiar que Don José escribió su célebre artículo en el diario El Sol, "El error Berenguer", que terminaba con la catoniana “delenda est monarchia” -que fue el duro golpe de gracia intelectual que contribuiría a derribar a Alfonso XIII- en la mazacota mesa de comedor del hogar de mi familia, calle Bárbara de Braganza, número 12, 5° izquierda, en Madrid. (Esa mesa, "histórica" por ese artículo, para mí fue más importante: allí aprendí, junto a mis hermanos mayores, en tantos almuerzos y cenas, a dialogar con nuestros padres y a reflexionar sobre muchas cuestiones planteadas. Allí empezó mi educación). El filósofo, amigo de mis padres, vivía entonces en el piso principal. Yo acababa de nacer y pasarían muchos años hasta que le pudiera conocer. Lo que no es leyenda es que iniciase mis lecturas de alguno de sus escritos, empezando naturalmente por “España invertebrada”, en unas primeras obras completas, publicadas en un solo tomo en 1932, que 20


el maestro regaló a mi madre con una preciosa dedicatoria: "a Gloria, flor y fruta de Aragón". (Eso era verdaderamente mi madre). Todavía lo guarda mi hija Victoria, licenciada en Filosofía. Años después, ya universitario, preparando las oposiciones a la Escuela Diplomática y profundo admirador de los escritos de nuestro gran filósofo, por fin le conocí, tras su regreso a España de su largo exilio. A veces le vi y pude conversar con él, aunque solo fueran limitados intercambios de cortesía, en su antiguo principal, entonces convertido en las oficinas de La Revista de Occidente, que yo leía religiosamente. Como también religiosamente seguí alguno de sus cursos y charlas de alto nivel intelectual que dio, creo recordar, en el cine Barceló (hoy, discoteca Pachá). Allí reunía Don José al "todo Madrid", especialmente a la burguesía snob y pseudo intelectual, junto a tantos universitarios deseosos de ver y oír a este genio del pensamiento y de la palabra, escrita o hablada. Aquel curso fue una gozada. No puedo dejar de mencionar cuánto las ideas de Ortega me ayudaron en mi formación intelectual y en los ejercicios de cultura en las oposiciones a diplomático. (Recuerdo aquello de "el pasado soy yo" o "yo soy yo y mi circunstancia", que tantas veces iniciaron los ensayos que escribí sobre diferentes temas en los exámenes de cultura que realicé antes de mi ingreso 21


en la Escuela Diplomática). 14 DE ABRIL 1931 Es un instante de mi vida que lo he vivido en la memoria de mis mayores, pues yo estaba en una cuna con escasos meses de vida cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la República. Mi padre la recibió con indiferencia, a pesar de un cierto republicanismo como hombre liberal que siempre fue, pero la acató como buen militar; mi madre, monárquica, lloró el exilio del Rey. Ambos, al parecer, no las tenían todas consigo. Paulatinamente, todo fueron decepciones: los primeros incendios de iglesias en Madrid (la nuestra, Santa Bárbara, se salvó de milagro), la persecución a los militares, el "España ha dejado de ser católica" del nefasto Azaña, la horrible bandera tricolor que sustituyó a la rojigualda, la sectaria Constitución y los posteriores caos y crímenes que culminaron en la Revolución de Asturias, todo ello convirtió la indiferencia de mi padre en puro escepticismo respecto al Régimen republicano y confirmó el monarquismo de mi madre. Mi padre estuvo a punto de dejar el Ejército cuando se promulgó la ley Azaña, pero Capitán de Infantería, diplomado de Estado Mayor, sin fortuna propia, decidió permanecer en la profesión que era su vida y su amor y permaneció leal 22


al Gobierno de la República, cualquiera que éste fuese, hasta el 18 de julio de 1936, cuando, sin haber participado en la conspiración, decidió que "no puedo ir con estos asesinos". (Hacía cinco días que Calvo Sotelo había sido asesinado). 18 DE JULIO 1936 Hasta muchos años más tarde no pude saber el significado de aquella imagen que, a los seis años de edad, se había grabado en mi mente: mi madre, de riguroso luto, llorando a la puerta de nuestro piso en Madrid ante un pequeño grupo de hombres, mal encarados y armados, que preguntaban dónde estaba mi padre. Agarrado al faldón de mi madre, yo contemplaba esta escena y también moqueaba. Era un 28 de julio de 1936 y la sublevación militar, iniciada días antes, había fracasado en Madrid. Mi padre, destinado en el Cuartel General del Ejército, decidió desde el primer momento, viendo la importancia del golpe de estado, que no iba a ser una repetición de la sanjurjada de 1932, no ir con esos asesinos -que, por cierto, como liberal y republicano, deberían haber sido "los suyos"- y se refugió en la embajada de Chile en Madrid, de la mano de su ministro consejero, Carlos Morla. Mi madre, para disimular su ausencia, se vistió de luto y propaló en el barrio la noticia que su marido 23


había desaparecido e incluso involucró a algunos de sus primos Abizanda, partidarios de la República, que le buscaran por cementerios, checas y sedes de partidos o sindicatos. (Nunca conocí a estos Abizanda que se exiliaron tras la guerra y jamás volvieron a España). Aquellos milicianos que aparecieron por mi casa venían a buscar al Capitán Peña, destinado al frente de Guadarrama; al parecer se retiraron sin más y no volvieron a molestar, dando a mi padre por desaparecido en el caos de aquellos primeros días. Pero el temor que pronto o tarde trascendiese que Peña estaba refugiado "en Chile" -había espías por todas partes- o que mi madre fuese denunciada y detenida por sus ideas conservadoras y conocidas prácticas religiosas, amén del agotamiento de los escasos recursos económicos de esta familia numerosa, ya sin ingresos, nos obligó a refugiarnos, algunas semanas después, en la embajada de Rumanía, sita en el mismo inmueble que la de Chile, también con el apoyo de Morla. En un carromato se trasladaron colchones y otros enseres; las personas, -mi madre, mis cuatro hermanos y yo, junto con el ama Antonia y su hija Mª Luisa- nos trasladamos a pié a la calle Hermanos Béquer, número 8. Allí nos recibió, alborozado, mi padre. Dicen que, usando el tópico del momento, que habría oído constantemente, 24


yo exclamé: "¡He controlado a papá, he controlado a papá!" Ignoraba, claro, la tragedia que estaba viviendo España y el drama y aventura que todavía teníamos, como tantos españoles, que vivir los Peña, instalados "en Rumanía", donde pasaríamos muchos meses allí encerrados. Había pocos niños, por lo que debió de ser muy aburrido todo aquel tiempo, salvo cuando podíamos asistir a algunos juegos musicales o teatrales organizado por el matrimonio Morla y los mayores allí asilados. Por supuesto no podíamos salir a la calle, ni siquiera asomarnos a las ventanas. De ello da detallada cuenta Carlos Morla en sus Memorias. Casi un año después, salíamos de Madrid, mi padre a escondidas, todos los demás legalmente, bajo pabellón chileno. Dejábamos atrás el Terror Rojo y unos meses claustrofóbicos y angustiosos. CARLOS MORLA 1936 El segundo de la Embajada de Chile en Madrid, Carlos Morla, era amigo de mis padres, como integrante de un grupo de intelectuales y adláteres entre los que se encontraban Ortega y Gasset, Marañón, Lorca, Luis Marquina y Edgar Neville. Fracasado el golpe militar de Mola y Franco en Madrid, mi padre llamó a Morla y le pidió refugiarse en aquella embajada a la espera de acontecimientos. 25


Morla le ubicó en un amplio piso que Chile había habilitado, junto con otros pisos de Madrid, para recoger a muchos refugiados "fascistas": militares, monárquicos, falangistas, sacerdotes y otros simplemente burgueses o católicos practicantes perseguidos por la chusma por el simple hecho de serlo. En total, dos o tres docenas de personas, entre ellas mi primo Leopoldo Martínez Campos y Eduardo de la Iglesia, ambos jóvenes y futuros diplomáticos. Pocas semanas después, nos tocó el turno a toda la familia de refugiarnos en Hermanos Béquer, pero como no cabíamos en "Chile" nos instalamos en "Rumanía", en otro piso del inmueble que ese país había puesto a disposición de los asilados. Allí íbamos a permanecer casi una año, acogidos a la caridad rumana y chilena, amontonados en una amplísima habitación (menos mi hermano Javier, que se alojó "en Chile" con mi padre), hasta que salimos de Madrid con pasaporte chileno, vía Valencia y Marsella, en autobús el primer tramo del viaje y en un apestoso buque mercante francés el segundo, de nombre Emeretie 2, para reunirnos con mi padre en la frontera de Irún, ya en Zona Nacional tras una breve, acogedora y reparadora estancia en casa de los Viñaza en Biarritz (Vid: "Los Viñaza, 1937"). Porque mi padre había salido de Madrid días antes de la mano de un heróico Pimpinela Escarlata, un tal Laureano, pasándose por la Sierra de Miraflores, con 26


documentación falsa de la CNT, vestido con un mugriento mono, a la zona que dominaba el ejército de Franco. (Durante los siguientes dos años de la guerra, mi padre, ya comandante, fue jefe del Estado Mayor de la División 15, comandada por el General García Escámez). No me he olvidado de Carlos Morla quien, aparte de salvarnos la vida, la de mi padre , seguro, la de mi madre y mi hermano mayor, posiblemente, fue, junto con su esposa, la bellísima Bebé, el sostén anímico e intelectual, así como vital, de tantos refugiados, entre ellos nosotros. Artista y compositor, escribía obras de entretenimiento para decenas de "enterrados" en la Embajada que, mientras permanecieran allí, estarían a salvo. (En una de ellas, una canción estaba dedicada a mis padres; en su estribillo decía: “Gonzalo Peña, Gonzalo Peña se desempeña con distinción, pero la bulla la mete Gloria con su constante agitación”. Cuando lo recuerdo, tal como me lo contaron, estoy “viendo” a mi padre siempre tranquilo y objetivo y a mi madre a sus jóvenes treinta y ocho años encerrada -ella tan activa- entre cuatro paredes durante casi un año). En sus Memorias de ese funesto tiempo define a mi padre como recto, justo y claro en la discusión y valiente, sincero y caballero como persona. Todo esto, junto con la enseñanza de un profundo amor por Chile, me lo contaron mis padres en años sucesivos, por lo que he 27


podido vivir y revivir algunos instantes de una imposible relación personal con Carlos y Bebé Morla durante aquel año "en Chile", en el Madrid rojo.

LOS VIÑAZA 1937 La rama aristocrática de la familia de mi padre es la de los Condes de la Viñaza, cuyo segundo Conde, mi tío abuelo Cipriano -político, diplomático, historiadorera el hermano mayor de mi abuela paterna, Teresa Muñoz y Manzano. En 1937, Cipriano había muerto y su viuda, doña Concepción Rocatallada, vivía en un precioso palacete, Trois Fontaines, en Biarritz, con varios de sus hijos huidos de la España roja, entre ellos mi madrina laCondesa de Yebes y su hermano Alfonso. Cuando, tras una dura travesía marítima Valencia-Marsella, en un repugnante mercante francés, (tripulado por senegaleses, sucios y amenazadores, que obligaron a mi madre y al ama Antonia a no perder ojo durante toda la travesía a las niñas a su cargo), llegamos a Marsella, sucios y casi sin enseres propios y, naturalmente, sin dinero. Mi madre, todo garra y empuje, sin dudarlo nos metió en un hotel donde al principio no querían recibirnos, por razones obvias, hasta que dimos la referencia de los 28


Viñaza, a los que inmediatamente se comunicó dónde estábamos. ¡Qué delicia poder bañarnos con agua caliente! Al día siguiente, el tío Alfonso nos vino a buscar y nos llevó a todos a Trois Fontaines. Fuimos recibidos como héroes, pues nos habían dado por muertos, y agasajados y mimados como hijos pródigos de regreso, ya no solo al hogar, sino a la vida misma. Tía Concha, especialmente, veló no sólo por nuestra recuperación física y moral sino también por la materialidad de reequiparnos con ropa y otras necesidades. ¡Maravillosa mujer! Los días pasados en Trois Fontaines llegaron a ser gloriosos cuando tuvimos noticias de que mi padre no sólo estaba vivo, tras una durísima caminata por la Sierra de 40 kilómetros para pasarse a la Zona nacional, sino también coleando, integrado en el ejército de Franco y presto a recibirnos en la frontera de Irún. Como así fue. Todo esto lo cuento tal como me lo contaron.

ZARAUZ 1937 Limpios y bien alimentados y vestidos tras los días pasados en Trois Fontaines, la familia Peña Abizanda, con escaso equipaje, fue conducida a Hendaya en dos automóviles alquilados. En el puente que marcaba la frontera, nos despidió el tío Alfonso. Iniciamos a pie el 29


recorrido del puente, adivinando, más que viendo al otro lado la figura inconfundible de mi padre, ya comandante, de uniforme, bajo la bandera rojigualda que ondeaba en territorio español y que yo veía por vez primera. ¡Qué hermosura de colores! ¡Qué alegría en los rostros de esos fugitivos del Terror Rojo, que regresaban a su Patria y se reunían con su padre y marido! A estas alturas, los recuerdos son escasos, salvo la llegada a un pequeño pueblo aragonés, Morés, en la cuenca del río Jalón, donde mi padre nos instaló en la casona de la tía Concha Ibarra, viuda de Sancho. Allí vivimos algunos meses, mientras ignorábamos la suerte de mi tía y de su hijo Gonzalín, felices por la soleada paz que nos rodeaba. Papá se incorporó a la División 15. Al pasarse a Zona nacional había sido "purgado" por su tardanza en incorporarse a la rebelión, pero fácilmente rehabilitado, llevándose como voluntario a mi hermano Javier, que pronto haría los cursos de alférez provisional. Mi madre, previsora, llevaba las cuentas al céntimo de los bienes de la finca que consumíamos, así como de los otros servicios que utilizábamos: luz, agua, que algún día habría que rendir a la tía Concha. Hizo bien, porque cuando ésta apareció con mi joven primo, al grito de "¡Estáis expoliando a Gonzalín!", nos expulsó de su casa. (Terminada la guerra, mis padres le pagaron lo que estimaron se le debía y rompieron toda relación con ella. Tardó años en hacerse perdonar). 30


Ignoro por qué razón, salvo quizás el menor coste de vida, al salir de Morés nos instalamos en el pequeño y coqueto pueblo de Zarauz, cerca de San Sebastián, donde permanecimos hasta el final de la guerra. Aprendí mis primeras letras en un modesto colegio de monjas y todo fue felicidad, disfrutando de la playa, de tantas sardinas asadas y, por lo que me han contado, de la permanente amabilidad de las gentes del pueblo hacia los exiliados madrileños (vamos, igual que ahora, que está lleno de etarras y abertzales). Mamá, cuando mi padre tenía algún permiso, se desplazaba a su amada Zaragoza para reunirse con él; a mi hermano sólo le vio, ya casi finalizada la guerra, cuando, herido, fue trasladado a un hospital, también en Zaragoza. (Años después, un ayudante de mi padre, nos contó que un día, estaba como jefe de Estado Mayor de la División redactando el parte diario, cuando tras terminarlo con la habitual enumeración de bajas, en ese caso "1 muerto y 5 heridos", recibió la noticia de que habían herido a su hijo, mi hermano; con su característica serenidad, tachó el número 5, lo sustituyó por un 6, y terminó el parte con un "sin novedad". Entonces se levantó y se fue a ver al herido, que estaba ya, afortunadamente no grave, en el hospital de campaña). El fin de la guerra nos cogió, ya sin sorpresa, en un Zarauz que estalló en fiestas. Todos lloramos de alegría porque 31


sabíamos que los guerreros habían sobrevivido y pronto nos reuniríamos todos en Madrid. Zarauz, en el eterno recuerdo de los Peña, aunque tantos años de aires eterras en Guipúzcoa lo hayan bastardeado.

1 DE ABRIL 1939 Cautivo y desarmado el Ejército Rojo, ¡la guerra ha terminado! Aquel 1 de abril de 1939 era, en el pequeño pueblo vasco, un día más, nublado y a veces algo lluvioso. Para mi madre, mis hermanas y yo, el sol brillaba en las alturas, pues sabíamos, con alegría llorosa, que los Peña de la retaguardia volveríamos a Madrid para reencontrarnos con el pater familias, y con el frater, Javier Peña, alférez Provisional en un Tabor de Regulares de la División 15; aquel salía ileso de la contienda, éste, con varias heridas de guerra (había sobrevivido a la maldición: "alferez provisional, cadáver efectivo"). Mi madre nos llevó aquel día a la iglesia más cercana y, llorando, rezamos un rosario en acción de gracias. Luego, a casa, a brindar con chacolí. Pocas semanas después, en un destartalado tren y con los pocos enseres que 32


teníamos, regresamos tras dos largos años a Madrid, para descubrir, como era de esperar, que nuestro piso estaba devastado, habiendo, además, desaparecido todo objeto de valor. (Los viejos porteros de la finca, Silverio y Cándida, nos dijeron que poco pudieron hacer contra las hordas de la CNT y de la FAI que allí se habían instalado). Arruinada la familia (las cajas fuertes de los Bancos donde se guardaban joyas y ahorros en metálico y papel de Estado habían sido saqueados por los socialistas y ¿en el buque Vita, camino de Méjico con Indalecio Prieto?), los Peña teníamos que empezar de cero, como tantos y tantos españoles de uno y otro lado. Pero estábamos vivos, alegres y unidos. LICEO FRANCÉS 1939 El Liceo Francés fue el primero de los dos únicos colegios de mi Bachillerato. Durante la guerra, algo de primaria estudié con las monjas en Zarauz. Finalizada la guerra, de vuelta en Madrid, ya cumplidos los nueve años, inicié el curso de ingreso de Bachillerato en el Liceo, calle Marqués de la Ensenada, nada más cruzar mi calle. Fui, pues, de los primeros estudiantes del Plan de 1938, quizás el mejor bachillerato de todos los tiempos, ideado ¡en plena guerra civil! por Pedro Sainz Rodríguez: consistía en un ingreso, siete años 33


de bachillerato y un Examen de Estado final en la Universidad (la Central, hoy Complutense, en mi caso). El Liceo era un colegio laico que aplicaba el avanzado sistema pedagógico francés, no bien visto en aquella época por su liberalismo; era mixto, pero chicos y chicas sólo nos mezclábamos en los recreos. Allí cursé el ingreso y los cursos 1° a 3°, más el 7° -tras tres años de interregno por mi estancia en Inglaterra-, durante los años 1939 a 1943 y, finalmente, en 1947, aunque los exámenes del último curso los realicé en el Instituto San Isidro. De mi primera etapa en el Liceo recuerdo mi primer enamoramiento, a mis tiernos once años, de la bellísima profesora Mademoiselle Beraldi, mis dificultades con el latín, que serían crónicas, mi amistad, que duraría toda la vida, con Pepe Muniesa -que se extendió luego a todos sus hermanos y hermanas-, Antonio Rubiños y Luis Lamana, el comienzo de mi primer amor por el baloncesto, que sin embargo nunca practiqué, de la mano de Ignacio Pinedo, monitor en el colegio y, por encima de todo, el primer aprendizaje de reflexión según el método de la lógica cartesiana. Lo agradecí toda mi vida, aunque mi carácter compulsivo y la contralógica del pragmatismo británico que iba a aprender más tarde con los jesuitas de Londres, hicieron de mí, en lo intelectual y en lo práctico, un extraño hibrido que a veces ha sido de extraña comprensión y definición. (Recuerdo también 34


mis temores cuando, algunas veces al salir del colegio, nos topábamos con algunos mozalbetes de camisa azul que insultaban a los "lacayos de la decadente Francia"). Mi segunda y corta etapa en el Liceo, a mi regreso de Londres, supuso mi reencuentro con los compañeros de mi niñez y en el recuerdo quedan mis primeros escarceos amorosos (Adela Rodríguez, Carmen Muniesa), mi amor platónico por las bellísimas Amalia Vías y Eloisa J´Hay (novias entonces y luego esposas de los deportistas, Saso, portero del Valladolid y Pinedo, jugador y entrenador de baloncesto) y, para siempre el agradecimiento al sistema pedagógico francés y, por supuesto, una magnífica base en el conocimiento de la bella lengua francesa. REAL MADRID 1940 El Real Madrid ha estado presente en mi vida desde que yo tenía uso de razón hasta el día de hoy. Con diez años, mi hermano me llevó por vez primera al viejo y coqueto Estadio de Chamartín, en la carretera de Maudes, hoy calle del Padre Damián. (Íbamos en un destartalado y renqueante tranvía, el n° 7, que hacía el trayecto Cibeles-pueblo de Chamartín 35


y tardaba casi una hora en llegar; años después, normalmente iba yo con mis amigos andando, ida y vuelta, desde el Paseo de Recoletos, pero cuando teníamos dinero -un duro costaba- cogíamos en Colón un deteriorado autobús hasta la puerta del Estadio: "¡al furbo! ¡al furbo!", publicitaba el autobusero a las puertas del vehículo). Y, en nuestros juegos infantiles, ante la escasez de juguetes y el sueño de tener algún dia un balón de fútbol, jugábamos a las chapas con un garbanzo como balón: mi equipo era "el Real" -así lo conocen los franceses desde la época gloriosa de los años Cincuenta- y en las chapas aparecían las cabecitas de aquellos mi primeros héroes: Bañón, Corona, Ipiña, Barinaga....En 1947, tras mi regreso de Inglaterra, me hice socio del Club, coincidiendo con la inauguración del nuevo Estadio, "locura" de don Santiago Bernabeu; desde entonces, siempre que me he encontrado en Madrid, no he faltado jamás a un sólo partido hasta alcanzar, al día de hoy, según mis cálculos, una cifra superior a los mil. He conocido, tratado y colaborado con todos los presidentes que ha tenido el Club desde Bernabeu, excepto el actual, Florentino Pérez, por razones que se verán más adelante. (Vid, "Florentino Pérez -2000"). En 1979, poco antes de incorporarme a la Embajada en Méjico, mi amigo, el gran periodista del diario deportivo As, Julián Reoyo, me invitó a cenar en 36


Madrid con Guillermo López Portillo, director del Instituto Nacional del Deporte de Méjico. Luego me hizo una entrevista, que se publicó el 30 de junio. En ella me declaré “diplomático de profesión y madridista de corazón” y reconocí que “me gusta gritar en el Estadio y meterme con los árbitros”. Reoyo terminó su artículo señalando que algún día “Eduardo podría sentarse en el sillón presidencial de la Casa Blanca”. No fue así pero, sí, un día me senté en un sillón cerca del presidencial. He conocido y tratado a muchos jugadores a lo largo de décadas, tanto de fútbol como de baloncesto, a los que he respetado y admirado, aunque sólo algunos me han devuelto admiración y respeto: Pepe "Pirri" Martínez -intimamos en su etapa de Méjico, sobre todo cuando estuvo lesionado-, Gregorio "Goyo" Benito, ¡cuántas copas tomamos juntos en su pub, cercano a la Plaza de Cuzco!, Miguel Muñoz -especialmente en su gran etapa de entrenador-, Vicente del Bosque, Luis Molowny, Alberto Herreros -estrella del baloncesto que "robamos " al Estudiantes-, Alfonso del Corral -traumatólogo de cabecera de toda mi familia-, Rafael Rullán, GarcíaColl y tantos y tantos más. He disfrutado durante muchos años de las instalaciones de la vieja Ciudad Deportiva al final de la Castellana, especialmente su piscina en verano y sus canchas de tenis todo el año. 37


Y, naturalmente, su coqueto pabellón de baloncesto, donde tanto he gozado y también sufrido. (Todavía no conozco las magníficas instalaciones de la nueva Ciudad Deportiva en Valdebebas, ni tampoco acudo al, para mí hoy lejano, Palacio de los Deportes, donde el Real, sin pabellón propio, juega hoy al baloncesto). Afición o pasión, hobby a veces, otras casi profesión, el Real Madrid forma una importante parte de mi trayectoria vital y he sido testigo, en tantas estancias y tantos viajes en el extranjero, de su grandiosa fama: "Spanish? Oh, Real Madrid!" Por eso siempre he llevado con orgullo en la solapa el escudo de oro y brillantes del Club (tengo dos: uno por mis sesenta años de socio y otro, impuesto por el Presidente Ramón Mendoza, "por los servicios prestados") y se ha podido decir, durante mis años de Bruselas, cuando periódicamente venía a Madrid algún fin de semana, que "vienes a ver al Real Madrid y, de paso, a la familia". ¡Cómo no voy a estar orgulloso de ser madridista! Un ejemplo: recién incorporado a la Comisión Europea en 1986, mi Comisario, Clinton Davis, me presentó en la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo; tras enumerar brevemente mi curriculum y mencionar expresamente que había sido Subsecretario de Comercio y Embajador en Méjico, concluyó: "But what is more importante in his C.V.: Mr. Peña has been 38


Vicepresident of Real Madrid!". Me llevé la ovación de mi vida. A pesar de ser poco aficionado a participar gregariamente en ciertos colectivos, clubs, asociaciones, etc. (pronto me di de baja en la prestigiosa Gran Peña donde me había inscrito mi padre), sí pertenezco desde hace treinta años a una Peña madridista, no institucionalizada, creada por los hermanos Enrique "Tite" y Javier Huidobro: la Peña Los 10 de Siempre, la única que tiene la insignia de oro y brillantes concedida por Bernabeu. El numerus clausus de diez es sagrado, pero naturalmente, a lo largo de los años ha habido una extensa rotación de personas. Y también, en el 2.000, un grupo de socios madridistas, tras la llegada al Club de Florentino Pérez, creamos la Asociación para la Defensa del socio del Real Madrid, que yo presidí durante seis años. Hoy, sólo me queda esperar vivir lo suficiente para llegar a estar entre los cien primeros socios del Real, el llamado Senado. En todo caso, "que me quiten lo bailado" en mi larga vinculación amorosa con "el mejor Club del siglo XX". Allá por los años Ochenta, el Real Madrid y sus vicisitudes me permitieron, amén de mis contactos con el diario ABC, periódico eterno de mi cabecera, escribir las escasas colaboraciones que he tenido en 39


la prensa a lo largo de mi vida. Fueron una serie de artículos publicados en la Tribuna Libre del diario madrileño, en el que manifestaba mi pasión por el Madrid, a veces incluso mi forofismo. El más famoso fue "Zapatero a tus zapatos o cuando los aficionados también saben" (26-4-89) en que reclamaba mi derecho, sin ser técnico ni jugador, a opinar sobre el fútbol y, también, "La Cacería del Buitre" (23-3-89), en que vilipendiaba la suplencia del jugador Emilio Butragueño, (a) "El Buitre", en un partido de Copa de Europa. Fueron artículos bien escritos y mejor acogidos por el forofismo madridista. Pero pronto me cansé de escribirlos. (Una vez que mi madridismo alcanzó cierta notoriedad, mi presencia en la prensa se limitó a periódicas entrevistas o declaraciones. Sólo en 2013, cuando el trío Mouriño-Florentino-Ancelotti intentaron destruir la carrera de Casillas, el mejor portero del mundo, publiqué en el diario As un artículo para denunciar el contubernio). BIBLIOMANÍA 1942 Mi padre era un hombre muy culto -¡y eso que era un militar “africanista”, tan despreciado por la intelligentsia progre- y tenía una extensa biblioteca de la que “bebí” desde muy joven. (Y eso que hasta muy avanzada mi adolescencia no me dejaron mis padres 40


leer Los Tres Mosqueteros, Madame Bovary o la Lolita de Nabokov; pero sí fomentaron mis lecturas de Salgari, Verne, Fenimore Cooper, Swift o Sir Walter Scott. Nadie, sin embargo, tuvo que fomentar la de “El Coyote” al que me aficioné desde su primera entrega, tan denostado entonces también por los pseudo intelectuales de turno). Pero siempre tuve acceso a los clásicos de la literatura, Cervantes, Galdós, Homero, Shakespeare, Dickens o Dostoiesvski, así como a novelistas más contemporáneos, Mann, Zweig o los americanos Dreiser, James, Faulkner o Hemmingway (siempre con la ventaja de poder degustarlos en inglés). Al final de la Universidad y durante los años en que me preparé para diplomático, llegó el momento de ahondar en mi formación cultural, leyendo todo lo que cayera en mis manos o acudiendo a la biblioteca del Ateneo. Así, pasaron por mis manos y mis ojos, entre otros, Santa Teresa, Platón, Ortega, Adam Smith e ¡incluso Clausewitz!, amén de tantos hispanistas que habían diseccionado España cual entomólogos: Blanco White, “Don Jorgito”… Adquirí así muchos conocimientos y sobre todo asimilé ciertas ideas pero, quizás por mi dispersión, no me considero, ni siquiera hoy tantos años después, un hombre verdaderamente culto. Aunque, viendo lo que soy y mi capacidad dialéctica, puedo pensar que mi cultura “es lo que 41


queda después de olvidarlo todo”, como me enseñó mi padre. También yo tengo, hoy, una bien dotada biblioteca, en la que han “bebido” mis hijos, tan ávidos lectores como yo o mi padre. (Los nietos, con sus libros electrónicos (¡qué horror!), smartphones, ipads, Internet y todos los demás “gadgets”, son ya de otra pasta de lectores). En todo caso, miles de instantes maravillosos pasados con un libro en el regazo, un whisky en la mano y algún que otro cigarrillo (con perdón de los nuevos inquisidores). LISBOA 1943 En 1942, mi padre, liberal y aliadófilo, ya Teniente Coronel, fue destinado a la Embajada de España en Londres en calidad de agregado militar. (A pesar de encontrarse Inglaterra y toda Europa en plena guerra, lo cual ciertamente no aconsejaba vivir en Londres, mi padre pensó que sus hijos podrían conseguir un buen valor añadido en su educación si la proseguían en ese país. Tenía razón: no sólo nuestra formación inglesa contribuyó a nuestra formación humana e intelectual, sino que años después, mis hermanas y yo pudimos ganarnos la vida precisamente por nuestro dominio de la lengua inglesa, aprendida mientras soportábamos los bombardeos alemanes). Meses después de su marcha, en junio de 1943 mi madre, mis tres 42


hermanas y yo, salimos de Madrid en tren hacia Lisboa, donde cogeríamos un avión para Londres. (Mi hermano Javier, recién ingresado en la Escuela de Caminos, se quedaba en Madrid, for the duration). Nos alojamos en un magnífico hotel de la Avenida de la Liberdade. Lisboa, en aquel mes de junio, lucía un sol espléndido, que reforzaba la espectacularidad de esta bella ciudad. Disfrutamos de sus paseos deliciosos, despreocupados del incierto viaje aéreo a Inglaterra que nos esperaba. Disfrutamos de esas gentes entrañables que habitan la capital de Portugal. Y el 13 de junio, al atardecer, nos dirigimos al aeropuerto. Hubo de pasar medio siglo hasta que volviese a pisar Lisboa, cuando en 1996, como directivo del Real Madrid, acudí, al frente de nuestro equipo de baloncesto, a disfrutar un partido de la Copa de Europa frente al Benfica. Mis entrañables lisboetas de 1943 se habían convertido en insoportables hooligans deportivos, defendiendo sus colores. (Como en todas partes, ¿eh?). Pero Lisboa lucía más bella y espléndida que nunca. Ciudad y gentes inolvidables. LA LUFTWAFFE 1943 43


A mis trece años ya conocía los estragos que la aviación militar alemana, la Luftwaffe, había causado y seguía causando en los frentes de la guerra y, sobre todo, la ferocidad de la Blitzkrieg en las ciudades británicas y su derrota en la Batalla de Inglaterra (1940). Sin embargo, aquella noche del 13 de junio de 1943, cuando nos embarcábamos en el aeropuerto de Lisboa mi madre, mis hermanas y yo para abordar el avión DC3 de la KLM que nos iba a llevar a Londres para iniciar una nueva vida, mi madre y yo teníamos preocupaciones diferentes: mientras que yo pensaba que habría pasado esa tarde en Madrid, en la semifinal de la Copa del Generalísimo entre el Real Madrid y el Barcelona, (días después, ya en Londres, supe con inmensa alegría, que mi Madrid había ganado ¡11-1!), mi madre, sin decirnos nada, subía la escalerilla del avión muy preocupada, pues sabía que nuestro vuelo iniciaba una nueva ruta Lisboa-Londres (Croydon), ya que el vuelo anterior había sido derribado por la Luftwaffe, sospechando que en él viajaba de incógnito el mismísimo Winston Churchill. (No fue así, como es bien sabido. Quien realmente viajaba era el famoso actor Leslie Howard -inolvidable Ashley de Lo que el viento se llevó-, que regresaba de Madrid donde, al parecer, se había ejercitado en supuestas labores de espionaje). Los temores de mi madre, de los que nos enteramos cuando pisamos tierra inglesa, eran pues fundados; nos contó también 44


cómo se pasó las horas del vuelo mirando por la ventanilla del avión y "viendo" Luftwaffe en cada reflejo de la luna en cualquier nube cercana. Como "all is well that ends well", pronto me olvidé de la aviación alemana aunque, naturalmente, la guerra, que ya empezaban a ganar los Aliados, estaba presente en el día a día de nuestra vida en Londres, instalados en el 29 de Putney Hill, London, S.W. 15, muy cerca de Wimbledon, a cuyo colegio de los jesuitas iba yo a asistir durante los próximos tres años. Sin embargo, aunque sin la intensidad de los años anteriores, la Luftwaffe no nos permitía a los londinenses vivir tranquilos: periódicamente llegaban a Londres algunos aviones alemanes que lanzaban sus bombas indiscriminadamente sobre la ciudad, especialmente sobre los barrios, como el nuestro, cercanos al Támesis, con sus muelles y talleres navales. A veces venían de día, otras, de noche. Todos en la ciudad seguíamos haciendo nuestra vida normal: en mi caso, colegio, casa, cine en la cercana High Street (allí vi por primera vez Casablanca y Gone with the wind) y algún paseo en bicicleta. Los londinenses (así nos considerábamos los Peña), aguantamos el tipo: bajábamos a algún refugio o al sótano de la casa hasta que sonaba el "all clear", señal que la maldita Luftwaffe se retiraba. Desde los refugios se oía el estruendo de las bombas y el 45


retumbar de los cañones antiaéreos y, al salir de los mismos, a veces te topabas con la destrucción causada en su cercanía. (Así me pasó a mí un día cuando, al salir de la famosa filatelia Stanley Gibbons, sonó la alarma y tuve que meterme en un refugio cercano; cuando salí, tras el "all clear", me topé con un caos de escombros, fuego, policías, bomberos, gente corriendo despavorida, otras muertas o cubiertas de sangre. Me alejé de allí como pude, con el corazón encogido, lágrimas en los ojos y un terror hasta entonces desconocido. Maldije a la Luftwaffe, a los nazis y a todos los alemanes por el daño que estaban causando. ¡Y todavía no habíamos descubierto el Holocausto y el general genocidio que Alemania llevó a cabo!) En uno de los ya cada vez más escasos bombardeos de la Luftwaffe bastante concentrada entonces en los frentes ruso, africano e italiano, cayó una bomba de cien kilos en el pequeño jardín de nuestra casa. La bomba, afortunadamente, no explotó. Quedó enterrada y fue descubierta por los hombres de la Home Guard que, tras los bombardeos, revisaban terrazas, tejados y jardines por si habían caído bombas sin explotar, bombas antipersonales o incendiarias retardadas. Los artificieros del ejército desactivaron la bomba del jardín, tras desalojarnos de la casa durante un par de horas. Cuando terminaron la tarea, presentaron sus excusas "por las molestias" (!) y se llevaron la bomba. Semanas después el War 46


Office regaló a mi padre la carcasa de la bomba, abierta en canal y vacía, que mi madre, como buena aragonesa, convirtió en un altar para una imagen preciosa de la Pilarica. En 1944, ausente ya la Luftwaffe de nuestras vidas -centrada en la defensa de Alemania y en el frente ruso-, Hitler nos obsequió a los londinenses, tras el desembarco en Normandía, con las V1, bombas volantes no pilotadas, y la V2, primeros misiles intercontinentales, que caían y explotaban indiscriminadamente sobre Londres. Duró poco este nuevo bombardeo e hizo algún daño, pero como "arma secreta para ganar la guerra" fracasó rotundamente. Los londinenses seguimos aguantando el tipo, pero cada vez más hartos de la guerra. LONDRES 1943 Londres ha sido siempre mi ciudad favorita entre las más de cien que he conocido en mi vida y, desde luego, entre las seis en las que me ha tocado vivir: Madrid, Bruselas, Montevideo, Buenos Aires, Méjico D.F. y el propio Londres. A pesar de los sinsabores de los dos primeros años -los dos últimos de la Guerra Mundial- fui enormemente feliz durante los tres años allí vividos. A ello contribuyó la mejor calidad de vida 47


material que Londres ofreció a mi familia, tras las estrecheces de los años de la posguerra civil española, y eso que la economía británica de guerra había, lógicamente, establecido muchas restricciones e incomodidades para la vida diaria; pero en 1943 la diferencia del nivel de vida británico y el español era tan grande que nosotros no notamos esas restricciones como sí lo hicieron los propios habitantes de la isla. Fui feliz en el colegio de los jesuitas y feliz en mi amplia casa, con mi propio dormitorio. Fui feliz recorriendo las calles de esa prodigiosa ciudad, a pesar de la huella de tantos bombardeos alemanes, y sus increíbles parques. Fui feliz con mis amigos y confraternizando con tantos británicos en algún refugio antiaéreo o en la cola de la carnicería. Fui feliz incluso con el feo clima londinense, porque la lluvia siempre me ha parecido purificadora, aunque a veces la falta de sol o el periódico terrible smog de la época me producía una cierta melancolía. Fui feliz porque allí descubrí el teatro -impresionantes las operetas de Gilbert y Sullivan-; la música en el majestuoso Albert Hall; la lectura de Dickens, que me enseño mucho sobre Londres, o de las aventuras de William, ese pérfido y maravilloso niño inglés, invento genial de una tal Richmal Crompton; el amor por la inmortal lengua inglesa, que sitúo a la par de la nuestra. Fui feliz en Londres porque lo fue mi familia, a pesar de la guerra y de la ausencia de mi hermano Javier, hasta que 48


cayó enferma mi hermana Pili, de la traidora tuberculosis que la mataría años después. Fui feliz porque viví de cerca el estremecimiento del desembarco en Normandía, el 6 de junio de 1944, y el fin de la guerra en Europa, VE day, que celebré como un inglés más en Trafalgar Square, aquel 8 de mayo de 1945, abrazando a todo el mundo y abrazado por todo el mundo. Fui feliz, porque recuerdo aquellas tardes en el Spanish Club, jugando al snooker con la bellísima actriz inglesa, Margaret Lockwood, una morenaza de mirada profunda y cautivadora sonrisa, habitual cliente del Club por su amor a todo lo español. Me tomó un cariño especial. Y me di cuenta de lo feliz que había sido en Londres, cuando mi padre, recién terminado mi School Certificate en junio de 1946, me dijo que tenía que regresar a España para terminar mi bachillerato e iniciar los estudios universitarios. Tenía dieciséis años, estaba muy "britanizado" y quería estudiar para el High School Certificate y luego ir a Cambridge “to read History and International Relations”; por eso lloré, pero mi padre no se conmovió. Y regresé a mi Patria, donde iba a encontrarme como español tras readaptarme a una juventud con la que, al parecer, tenía muy poco en común. No volví a Londres hasta 1960, ya diplomático. Aparte la situación de guerra, a la que pronto nos 49


acostumbramos, el único maldito recuerdo de mis años de Londres fue la inesperada enfermedad de mi hermana Pili. Allí, en un principio la trató un médico español, gallego, Eduardo Martínez Alonso, recién llegado con su esposa Moncha a la capital inglesa, que pronto se relacionó con nuestra Embajada. Poco sospechaba yo entonces que Lalo -así le llamaba todo el mundo- era un agente del Intelligence Service, que, amenazado por la Gestapo en España, había tenido que huir a Londres. Hoy ya es notorio y público que el Dr. Martínez Alonso fue un agente clave en enviar desde España a Inglaterra a muchos combatientes aliados que, capturados por los alemanes en Francia y huidos a España, aquí habían sido internados por las Autoridades españolas. Lalo era médico en el campo de internamiento de Medina del Campo, de donde sacaba con distintos subterfugios a algunos internados y vía el famoso salón de té madrileño, Embassy, -centro neurálgico del espionaje británico en Madrid- y una finca suya en Galicia, fronteriza con Portugal, los hacía salir de España camino de Inglaterra. El matrimonio M. Alonso fue un habitual de nuestra casa -estoy seguro que tanto el duque de Alba como mi padre conocían su status- donde recuerdo a Moncha cantando con mis hermanas As time goes by de la película Casablanca. (Por cierto; es 50


completamente apócrifa la frase “Play it again, Sam!” que supuestamente le pide reiteradamente Rick a su pianista y que tanto citan algunos falsos expertos cinematográficos). El doctor quiso enviar a mi hermana a curarse a algún sanatorio anti-tuberculoso de las Highlands escocesas, pero mis padres decidieron enviarla a España. El viaje aéreo a Madrid, desgraciadamente agravó su enfermedad. LA EMBAJADA DE ESPAÑA EN LONDRES 1943 Como era de esperar, mi vocación hacia la Diplomacia nació desde el momento en que pisé, por vez primera, en 1943, el edificio de 24 Belgrave Square, sede de la Cancillería y Residencia de la Embajada de España en Londres. Allí conocí a muchos de los que serían, años después, mis compañeros, Jefes, en la Carrera y en aquel Londres conocí también a algunos niños pequeños que, con el tiempo, serían también mis compañeros, subordinados, en mi profesión. Entre los primeros encontramos a José Fernández Villaverde, Ministro Consejero, casado con Casilda, Marquesa de Santa Cruz (una de las mujeres más encantadoras que he conocido en mi vida), y a Mariano Yturralde, Consejero Comercial (viudo de mi prima Conchita Martínez Campos, hija de los Duques de la Torre); a 51


Manuel Viturro, Consejero de Embajada, casado con una bellísima gallega, Marisol Latorre; al matrimonio Jaime Argüelles y Margarita Salaverría, ambos diplomáticos; a los Secretarios de Embajada, Juan Tornos, Emilio Beladíez, AurelioVals y Fernando Aguirre de Cárcer. Entre los segundos, los niños que correteaban por los pasillos de sus casas, recuerdo a Álvaro Fernández Villaverde, hijo de los Santa Cruz, al que llamaban "el almirante" y a Javier Urzáiz Azlor de Aragón, hijo del Duque de Luna, el Agregado Naval a la Embajada. (Quizás, también, a un recién nacido Manuel Viturro, aunque esto lo tengo más borroso). Cuando llegué a Londres, el Embajador era el Duque de Alba, de quien mi padre, gran fan suyo, decía que "éste es el auténtico Gran Duque, por su señorío, su inteligencia y alta cultura". Fue un extraordinario embajador, en plena guerra mundial, de una España mal vista por los Aliados. Caído en desgracia por su apoyo a Don Juan, Franco lo sustituyó, primero con don Domingo de la Bárcenas y luego con el propio Marqués de Santa Cruz. Agregado aéreo a la Embajada era el Coronel Carlos Sartorius, Marqués de Mariño, cuyo hijos, Antonio, Nina y Vicente fueron amigos míos y de mis hermanas. En mi casa, antes y después de Londres, escuché a mis padres hablar del Señorío de los Santa Cruz y la arrolladora simpatía de Casilda; el enorme bagage 52


intelectual del Duque de Alba; el sentido del humor de Yturralde; la sociabilidad de los Argüelles; el snobismo insoportable de algún otro, cuyo nombre me callo, y de los inevitables piques, envidias, "dimes y diretes" de unos y otros (que, años después, también he podido "vivir" yo mismo en las embajadas de mis sucesivos destinos). De todos aquellos diplomáticos en Londres y de los niños que algún día llegaron a serlo, sólo a Santa Cruz traté cuando ingresé en la Carrera. En 1957 era Subsecretario y me recibió en su despacho con un "Decíamos ayer...", pues en Londres, años antes, pronosticó que algún día yo sería "amigo y compañero". WIMBLEDON COLLEGE 1943 Nada más llegar a Londres mis padres me inscribieron en Wimbledon College, el colegio de los jesuitas en la capital británica. Sito en Edge Hill, Wimbledon S.W. 19, era un magnífico edificio, con un amplio campus donde practicamos los grandes deportes ingleses, el rugger (rugby a 15) en invierno y el cricket, en verano. (Me apasioné con el primero y llegué a ser con el tiempo un buen medio melée en el 2nd XV, el segundo equipo del colegio; en cambio, 53


odié el cricket, deporte que nunca entendí por lo lento y soporífero que era). Desde el primer día fui una especie de niño mimado de los jesuitas, como hijo de un militar franquista que había participado en la Cruzada española, frente a los asesinos de miles de religiosos y religiosas. Los mimos, sin embargo, no impidieron que se me exigiese la misma disciplina y rigor en el estudio que a los demás niños, prácticamente todos ingleses. Allí cursé el bachillerato elemental (School Certificate), que aprobé en 1946, y de allí, después de tres años, salí absolutamente bilingüe. (Al regresar a España, el Ministerio de Educación convalidó mis estudios ingleses por los cursos 4° al 6° del Bachillerato español). Fueron tres años escolares muy felices, por los espléndidos profesores y magníficos compañeros que compartieron conmigo los sinsabores de los dos últimos años de la Guerra Mundial y el primer año de la no menos dura posguerra. Nunca he olvidado a mi headmaster, Father John Sinnot, y a los auténticos maestros que fueron los Padres Walsh, Webb, McDermott, Watson...o mis condiscípulos John Smith, Dallas Dixon o el checo Jan Vejryck. Nunca he olvidado mi pertenencia a los Cadetes militares del colegio (mi compañero en la Carrera Diplomática, José Francisco de Castro, profesor de derecho internacional privado, al conocer este dato de mi 54


juventud londinense, exclamó irónicamente escandalizado: "Deberías perder la nacionalidad española por haber participado en un ejército extranjero"); los sucesivos quinces de rugby; las tazas de Bovril caliente que degustábamos para reponer fuerzas al finalizar los partidos, embarrados y empapados, gracias al infernal clima británico; los intercambios deportivos con otros colegios, especialmente duros con colegios protestantes (aunque parezca mentira, todavía entonces la minoría católica sufría cierta exclusión social); la compleja memorización de largos pasajes de Shakespeare (más fácil la de sus increíbles sonetos); las obras de teatro que representábamos y que siempre terminábamos cantando: "Rule Britannia, Britannia rules the waves, Britain never, never, never shall be slave"; la primera bicicleta de mi vida, comprada en los ya entonces famosos almacenes Harrod's, que, a pesar de las escaseces de tiempo de guerra, ofrecía, a los ojos de los españolitos que veníamos de la España hambrienta, un cúmulo de productos de consumo nunca vistos por nosotros (en esa bici acudí con frecuencia a mi colegio, atravesando el Wimbledon Common, que separaba los barrios de Putney y Wimbledon); mi paso a la pubertad, mis primeros besos, dados o recibidos como premio o castigo en los juegos típicos de los teenagers de la época en casa de los amigos del colegio. Hasta la 55


tumba me llevaré todos estos, y muchos más, instantes de mi paso por Wimbledon College S.J., aunque siempre me pesará no haber sido internado en alguno de los Public Schools de la S.J. en Inglaterra: Beaumont College o Stonyhurst, en cuyas maravillosas instalaciones jugué algún partido de rugger. Liceo Francés de Madrid y Wimbledon College S. J. de Londres me hicieron lo que he sido y sigo siendo: hombre, católico y liberal conservador. Merci beacoup! Many thanks! AMDG 1943 Estas siglas, AMDG (Ad Majorem Dei Gloriam) son las primeras que aprendemos al llegar a un colegio de jesuitas. Desde el primer momento son -o deben sernuestro santo y seña para nuestro actuar diario, ya que nos recuerdan por qué y para qué estamos aquí y deben regir nuestro código de conducta. Así me lo enseñaron en Wimbledon College y así he procurado comportarme a lo largo de mi vida, aunque ¡ay! con frecuencia, con mucha frecuencia, he fallado rotundamente. Yo pecador. Pero, en todo caso, como lema para un creyente, es muy hermoso; por eso, nada repugna más a un alumno de S.J. que enfrentarse con la repugnante visión que en su momento dio el eximio Pérez de Ayala en su obra 56


teatral “AMDG” (que nunca vi representada -en la República yo era un niño y en el Franquismo, naturalmente, nunca se representó- pero sí leí ya adolescente como prueba del eterno anti-jesuitismo de los hoy llamados “progres”, cuando me interesé por estudiar la inquina de unos y otros contra la Sociedad de Jesús a lo largo de la historia). STANLEY GIBBONS 1943 Como buen schoolboy inglés, nada más llegar a Londres inicié una colección de sellos de Gran Bretaña y sus múltiples colonias. A veces iba con mi padre, otras solo, a la tienda filatélica más famosa del mundo, Stanley Gibbons, sita en el 399 del Strand londinense, junto a Trafalgar Square, donde adquiriría algún sello. Sin embargo, pronto descubrimos en Notting Hill Gate a un filatélico que nutrió de manera importante mis primeros álbumes, mediante un curioso sistema de trueque: sellos del Imperio a cambio de botellas de whisky o jerez. (El marchante era buen bebedor y, en el Londres de tantas escaseces por la guerra, naturalmente las bebidas alcohólicas eran inencontrables salvo para los que disfrutaban franquicia diplomática, como mi padre, que traía el jerez de España y el whisky de Irlanda, por lo que estos alcoholes se convirtieron en un buen valor 57


de cambio). Terminada la guerra, volví a ser modesto cliente de Stanley Gibbons hasta conseguir una buena colección, mientras mi padre hacía otra con sellos de la URSS. De regreso a España, las dificultades económicas de mi familia debido a los altos gastos incurridos por la enfermedad de mi hermana Pili, obligaron a mis padres a vender, amén de joyas y plata, nuestras dos pequeñas colecciones filatélicas. Hasta 1964 no volví a interesarme por la filatelia y su coleccionismo, cuando por fin encontré en Montevideo horas de ocio suficientes para poder pensar en mi añorada y perdida colección de sellos del Imperio Británico, devenido ya en simple Commonwealth. Retomé el contacto con Stanley Gibbons, el proveedor de mi adolescencia y...hasta hoy, cuando dispongo, hojeo y gozo de una magnífica y bellísima colección que, como todas, no se culmina jamás, lo cual es al mismo tiempo una frustración y un acicate. SEGISMUNDO CASADO 1943 Mis hermanos y yo siempre le llamamos tÍo Segis, pues militar de Caballería era amigo de mi padre desde los tiempos del Estado Mayor. Era asiduo de nuestra casa, sobre todo en los meses de verano en 58


nuestro chalet de San Lorenzo de El Escorial. En algún cajón de fotografías antiguas, tengo una, de muy niño, cinco o seis años, jugando en las rodillas del tío Segis, sonriendo detrás de sus gafas de miope. La Guerra Civil separó a estos dos amigos en bandos separados. La guerra terminó consagrando al Coronel Casado como uno de sus protagonistas principales, cuando, en marzo de 1939, junto con Besteiro y los anarquistas, el tío Segis dió en Madrid el contragolpe contra los comunistas que intentaron hacerse con el poder en este final del desgobierno de la República y rindió Madrid, poniendo fin a la República, al ejército de Franco. Exiliado en Londres, mi familia se reencontró con él cuando llegó a esa capital. Se reanudó la amistad y volvimos a ver con frecuencia al tío Segis, que se ganaba el pan de cada día trabajando en la BBC. Venía a casa con su pareja, una fornida inglesa muy simpática y el hijo de ésta, Timothy, con el que iba a los cines de nuestro barrio, a ver sobre todo películas bélicas y juntos nos enamoramos de la dulce actriz Jeanne Crain que nos fascinó en el musical La Feria del Estado. Algún envidioso compañero de mi padre denunció en el Ministerio de la Guerra que "Peña está en Londres tratando con los rojos exiliados", anatema, entonces, para un vencedor de la guerra. Lo que el o los denunciantes no sabían es que el Teniente Coronel Peña tenía autorización del más alto nivel, creo que 59


del propio Franco, para verse con su amigo, el exiliado Coronel Segismundo Casado, una de las personas más honestas y decentes de la España republicana. En los años 50, el tío Segis regresó a Madrid, donde moriría en silencio poco después. No volví a verlo, pero siempre recordaré su simpatía y su cariño. 6 DE JUNIO 1944 D-day! Desde principios del año 1944, toda Inglaterra estaba expectante de cuándo se iba a producir la invasión del continente. Todo eran cábalas y se discutía abiertamente sobre la fecha y el lugar de los desembarcos, deseados universalmente, pues la gente estaba ya cansada de la guerra y convencida que el final se produciría en cuanto los ejércitos aliados pusieran pie en las costas de Francia. Los colegiales de Wimbledon College, naturalmente, no éramos ajenos a este estado de ánimo colectivo, máxime cuando cerca de nosotros, en algún Common de los alrededores, estaban acantonadas tropas a las que no nos dejaban acercarnos. Por todas partes se cruzaron apuestas sobre la fecha de la invasión y en la Embajada de España mi padre apostó por el 6 de junio. A media mañana de ese día, la BBC tronó repetidamente: Invasion! Invasion! (lėase en inglés) y los periódicos de la tarde, Evening News y Evening 60


Standard ya recogían los primeros detalles de la gigantesca operación. Londres estalló de júbilo y las iglesias se llenaron de fieles rezando por su éxito y por todos los que ya estaban cayendo en las playas de Normandía. En mi colegio, nuestro Headmaster nos reunió en la amplia capilla y allí rezamos un largo rosario, seguido de la habitual Bendición. Fecha, pues, inolvidable para los que la vivimos en la retaguardia de los ejércitos invasores. Hasta mucho tiempo después no se supo de la sangría de aquellas primeras horas del día 6, especialmente en la playa denominada Omaha. Para mí, el recuerdo de ese día, dentro del contexto de haber vivido en Londres los dos últimos años de la 2ª Guerra Mundial, me han llevado a estudiar ésta en profundidad y, especialmente, el DDay, el desembarco en Normandía, y años después a visitar lo que fueron las playas de Utah y Omaha y a rezar ante las miles de tumbas de los soldados aliados caídos entonces, primorosamente cuidadas en algunos lugares de la Bretaña francesa. (La película Salvar al soldado Ryan da fe de todo ello). SHAKESPEARE 1944 Un estudiante de secundaria de cualquier colegio inglés jamás llegará a nada sin conocer de memoria algún soneto de Shakespeare y varios monólogos de 61


sus obras inmortales. Por supuesto, el "to be or not to be", de Hamlet, pero también el "friends, Romans, countrymen, lend me your ears. I come to bury Caesar", de Julio César o el "we few, we happy few, we band of brothers....", de Enrique V. El amor y la admiración por Shakespeare impregnó mi vida escolar desde el primer día, ya que, recién llegado a Londres, el día de mi cumpleaños recibí, regalo de una amiga de mis padres (una extravagante pero fabulosa señora española, María Beltrán de Lys, casada con un inglés), un hermoso volumen de las Obras Completas del monstruo y una dedicatoria deliciosa: "Boredom is at the bottom of nearly all the mischief in the world. Remember this before you take up this book". Hasta que perfeccioné mi inglés, Shakespeare me aburrió bastante; después, cuando empecé a asistir a representaciones de algunas de sus obras en el Old Vic de Londres o en el propio Strafford-on-Avon, empecé a fascinarme con el maravilloso dominio shakesperiano de la bellísima lengua inglesa. Desde entonces, si no mi libro de cabecera, sí ha sido frecuente mi recurso a esas obras completas -tan desgastadas que he tenido que reencuadernarlas- y ya septuageniario, matriculado en la UNED para estudiar Filología inglesa -que, ¡ay! , no he terminadohe vuelto a "brush up my Shakespeare" (como dice la deliciosa y cómica canción de la película musical Kiss me Kate, interpretada por los estupendos secundarios 62


Keenan Wynn y James Whitemore) y a sacar un rotundo 10 de nota final al analizar el tremendo drama del Rey Lear en Literatura inglesa I. WILLIAM 1945 La literatura de humor ha sido siempre una de mis lecturas favoritas, por lo que disfruto tanto con el humor español, desgarrado y a veces desabrido -Jardiel, Tono, Mihura, Álvaro de Laiglesia y siempre La Codorniz, desde su primer número al último-, como el inglés, dotado de tal grado de inuendo e ironía que incluso me hacen pasar de la sonrisa a la carcajada. Hasta que dominé la lengua inglesa allá por el año 1945, tras dos años en Londres, no pude disfrutar de Chesterton y, sobre todo, de ese genial escritor, P.G. Wodehouse y, especialmente, de su fabulosa invención: la pareja Bertram Wooster, el bobo señorito londinense, y Jeeves, ese mayordomo inefable, el gentleman's gentleman por antonomasia. (Varios de sus volúmenes aparecen en mi biblioteca). Pero quien se lleva la palma de mi apreciación y permanente lectura, (llevo décadas haciéndolo), es el mítico William, genial creación de la escritora Richmal Crompton, allá por los años Veinte y que durante los Cuarenta estaba de moda. William es un niño de diez 63


años, perteneciente a una familia de clase media, los Brown, habitante de un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Es rebelde, destartalado, desaliñado, irreverente, imaginativo e idealista; hoy lo definiríamos como un "hooligan”, justo todo lo contrario de lo que una sociedad victoriana, como la inglesa de entonces, requería de sus hijos adolescentes. Como schoolboy todavía victoriano, en 1945 descubrí a William y aplaudí cordialmente su rebeldía e irreverencia que todos envidiábamos (amén de reirnos con sus aventuras). Poco después llegó Lord Beaverbrook y su Welfare State, el Laboralismo, el fin del imperio Británico, la definitiva desaparición de la era victoriana, etc y todos los adolescentes británicos se convirtieron en hooligans, como Williams redivivos. Hoy sigo leyendo a Crompton y rememoro mi adolescencia británica con nostalgia y algo de pena. Por todo ello, William es el gran personaje de ficción que merece ser recordado por tantos instantes de felicidad que me ha dado y que me sigue dando. WINSTON CHURCHILL 1945 En mayo de 1945 fui testigo de las casi simultáneas apoteosis personal y derrota política de Winston Churchill. Tras años de escuchar su potente voz y preciosa dicción en sus charlas de la radio, tras años de verle como paladín de la democracia y vencedor de 64


la Guerra Mundial, aquellos días de finales de mayo de 1945, poco días después de celebrar la victoria sobre Alemania, apoteosis churchilliana, escuché por la radio la voz, frustrada, de un Winston concediendo la victoria al Laborismo en las elecciones generales. Nadie entendió esta triste derrota del héroe de la Guerra, salvo el pueblo inglés, siempre sabio, que decidió acabar con la Inglaterra victoriana, ya obsoleta, y optó claramente por el cambio que el mediocre Clement Atlee y sus socialistas traían en cartera, marginando el Camino de Servidumbre de un tal Hayek. Es decir, lo que interpretamos muchos en aquel entonces como un miserable desagradecimiento al vencedor de la Guerra, con el tiempo se vería que el pueblo deseaba profundamente un profundo cambio en la sociedad británica. Llegó así el fin del Imperio Británico, el fin de la era victoriana y el establecimiento del Estado del Bienestar que se iba a extender por toda la Europa de la posguerra. Mi admiración y respeto por la gigantesca figura histórica de Churchill culminó con la lectura, años después, de su Historia de la Segunda Guerra Mundial, escrita con una prosa magnífica que le llevó a conseguir el Premio Nobel de Literatura. Y mi felicidad fue completa cuando en 1951 Churchill volvió a ser Primer Ministro del Reino Unido. 65


VJ DAY 1945 El 6 de agosto de 1945 Japón firmaba su rendición ante el General MacArthur y así llegaba a su fin la Segunda Guerra Mundial. El VJ Day (Victory Upon Japan Day) se celebró en Londres con un entusiasmo muy descriptible, quizás porque los habitantes de Inglaterra habíamos gastado todos nuestros entusiasmos aquel maravilloso día 8 de mayo, el VE Day, que ponía fin a la Guerra en Europa, quizás porque desde entonces todos esperábamos el fin de la guerra en el Pacífico, quizás porque ese teatro de la guerra -a pesar de Birmania, China y los marines- nos pillaba tan lejos que sus muertos y cañonazos resonaban con menos fuerza en nuestros corazones que los de África, Italia, la URSS y, finalmente, Francia y Alemania. En cualquier caso, las celebraciones fueron menores, quizás también porque esos corazones habían quedado encogidos ante el terror, el horror y el desconocimiento sobre el futuro de la Humanidad que habían producido las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Con mis hermanas me fui a Trafalgar Square a participar en el jolgorio y compartir lágrimas de alegría con los miles de londinenses que allí encontramos. Pocos días después, reanudadas las clases en el colegio, Father Watson, nuestro profesor de Física y Química, nos 66


explicó, aterrorizándonos, a los quinceañeros de nuestra clase, Syntax I, en qué consistía la proeza técnica lograda por los americanos. Allí nació mi miedo a la energía nuclear y un creciente pacifismo que iba a amortiguar el orgullo que durante mis años londinenses había tenido por los Ejércitos aliados, ¡incluido el soviético! En la iglesia del colegio rezamos, una vez más, por la paz, esta vez en agradecimiento y por los millones de muertos que esta catástrofe había provocado. Hoy, la guerra en el Pacífico es uno de mis hobbies favoritos, disponiendo de una extensa biblioteca y DVDteca sobre esa feroz contienda. (Una gran reproducción de esa famosa fotografía de los marines izando la bandera norteamericana en Iwojima decora la pared de mi estudio). PRÍNCIPE YUSUPOV 1946 En agosto de 1946 regresé a España tras mi largo periplo familiar y estudiantil en Londres. Junto a mi hermano Javier, que por primera vez había pisado Londres tras tres años de separación, cogimos trenbarco-tren y nos plantamos en París, donde pasamos unos días, alojados en la casa de unas locas amigas de mis padres, ¿"amigas" ellas?, que bebían champán para desayunar. Como es natural, París me fascinó, 67


sobre todo la majestuosa Victoria de Samotracia, los Champs Elysées y, ¿por qué no?, los castos desnudos de las Follies Bérgères, los primeros que veía en mi vida a mis dieciséis años. (Escribí un relato, el primero de mi vida, "A schoolboy at the Follies Bérgères", que envié al Evening News, ¿o fue al Standard?, periódicos vespertinos de Londres, que nunca me publicaron). Javier y yo reanudamos nuestro viaje de regreso a Madrid; nuestra parada y fonda, ¡y qué fonda!, fue en Biarritz, para pasar unos días con nuestra tía Concha en "Trois Fontaines": a la llegada, rememoramos los dos hermanos cuán diferente era esta ocasión a la anterior que allí habíamos vivido en 1937, cuando hambrientos, casi harapientos, desde luego asustados, llegamos mi madre y los cinco hijos Peña a Biarritz, afortunadamente exiliados del Madrid rojo y asesino. Al igual que la vez anterior, pero ahora sin angustias, nos acogieron tía Concha y sus hijos, el fabuloso melómano Alfonso y Carmen Yebes, mi madrina, y su hija Carmencita. Pasamos unos días deliciosos con la familia, con tantos recuerdos -la playa, los placeres gastronómicos que nos proporcionaba el cocinero de Trois Fontaines, los bailes en el Casino a los acordes de la orquesta de Bernard Hilda, las conversaciones cultas con mi madrina, las largas veladas musicales clásicas con el 68


tocadiscos de mi tío Alfonso-, tantos recuerdos que casi se me olvida el personaje central de este capítulo: el Príncipe Felix Feliksovitch Yusupov, el exiliado aristócrata ruso, amigo de los Viñaza desde la época zarista de San Petesburgo -(mi tío Cipriano allí representó a España como embajador de S.M. el Rey)-, que acudía con frecuencia a Trois Fontaines, para almorzar y, sobre todo, a jugar alguna partida de bridge. (Mi padre, gran bridgista, me había enseñado a jugar desde muy niño, pero nunca lo había hecho con nadie, salvo mi familia). Un día, faltó un cuarto jugador y mi tía Concha me invitó a completar la mesa; acepté, algo temeroso, especialmente cuando me dijo que uno de los jugadores iba a ser el Príncipe Yusupov, el asesino de Rasputín, el misterioso y diabólico monje que tuvo embrujada a la zarina de Rusia, como me relató. Además, me advirtió que no me asustase el aspecto del Príncipe, afeminado, con los labios pintados. No me asusté, pues me encontré con un anciano caballero, de unos sesenta años, de modales aristocráticos y una amabilidad extrema. Jugaba mal al bridge, pero yo lo hice peor; ¡menos mal que no se jugaba por dinero!, del que yo, por otra parte, carecía. Dos o tres veces jugué con el Príncipe y dejó de asustarme. Nunca más volví a verle, pero siempre me quedó una incógnita: ¿cómo es posible que este anciano, tan suave y aparentemente débil, pudiese haber tenido la fuerza de espíritu de 69


encabezar y protagonizar el asesinato del monje? Pasados unos días, los tíos nos llevaron a Javier y a mí a Hendaya para pasar a Irún y coger el tren a Madrid. En la despedida, la tía Concha me obsequió con un billete de 1.000 pesetas, una fortuna entonces. En la frontera, a mi hermano no le dejaron pasar: portaba pasaporte ordinario y Francia había cerrado la frontera como castigo al Régimen de Franco. (Tuvo que volver sobre sus pasos para, vía París y Londres, regresar desde éste, por avión a Madrid). Yo sí pude pasar pues llevaba pasaporte diplomático. Crucé a pie el puente fronterizo, vi la hermosa bandera española recibiéndome con alegría en sus ondulaciones, welcome home, Teddy! parecía decirme, cogí una cama en un destartalado tren que debía conducirme a Madrid. Fue el primer viaje solo de mi vida. Sin trascendencia. En mi casa de Madrid estaba mi hermana Pili, (por su enfermedad la habían mis padres enviado a Madrid, lejos del húmedo clima londinense) y la venerable ama Antonia con su hija. Todos lloramos de alegría. Empezaba una nueva vida para mí. Cuando llegó mi hermano de Londres me reclamó 500 pesetas, "su parte" del regalo de tía Concha. Como un tonto se las di. MADRID 1946 70


Naturalmente, Madrid es mi ciudad por antonomasia, donde he vivido, en distintas etapas, más de sesenta años de los ochenta y cuatro que acabo de cumplir. Por eso me siento madrileño por los cuatro costados y, aun siendo crítico con tantos defectos que tiene la capital de España, creo firmemente que es una de las ciudades más bellas del mundo, desde luego la más acogedora y sobre todo una de las pocas en que es muy grato vivir. Como es lógico, sesenta años unido a esta ciudad dan mucho de sí en cuanto a vivencias de todo tipo, unas vinculadas a mi vida profesional -de lo que doy cuenta de sobra en estas páginas- y otras relacionadas con el diario vivir de un hombre a través de las diversas etapas de su periplo vital: juventud, madurez y vejez. Al recuerdo acuden en tropel decenas de momentos vividos con más o menos intensidad o pasión en las calles y edificios de Madrid, con su variopinta población o simplemente con mi familia y amigos. Dejando aparte lo que recuerdo de mis barrios, que relato en otra parte, he aquí unos flashes que describen ciertas imágenes que me son todavía muy familiares: los largos paseos por la Gran Vía, de vuelta a casa casi al amanecer, con amigos, charlando de todo lo divino y humano; un concierto del niño prodigio Pierino Gamba en el Monumental Cinema; las 71


continuas visitas al Museo del Prado; las sesiones dobles o triples de cine en el Chueca; los chocolates con churros en San Ginés; los años del Real Madrid de di Stefano y las célebres remontadas en la Copa de Europa ("noventa minuti en el Bernabeu son molto longo", Juanito dixit, o "el miedo escénico", Valdano dixit); las gentes de mi barrio: el zapatero, la frutera, el carbonero, el encuadernador, que me habían visto crecer, felicitándome como si fuera su hijo, por mi ingreso en la Escuela Diplomática; los desfiles de la Victoria, que veía desde el balcón de mi casa; los castos guateques chez tal o cual amigo/a y la persecución de las tatas en los bailes de las Palmeras; los Platters en Pasapoga; el luto madrileño por la muerte de Manolete en aquel aciago agosto de 1947; la visita a Madrid del General Eisenhower, Presidente de USA; la transformación de los descampados del Hipódromo en una señorial Avenida del Generalísimo; los cocidos de Lhardy o las mariscadas en Combarro (cuando había dinero) o los pinchos de tortilla de José Luis; el disfrute del aire libre en la Casa de Campo o en el Retiro cada vez más cuidado; el aburrimiento de tantas noches en el Corral de la Morería, donde siempre agasajaba a las delegaciones extranjeras con las que negociaba, para anestesiarlas, con el "typical Spanish"; las visitas a las librerías de segunda mano, en mi juventud para vender mis libros y poder ir a Valencia a ver a mi novia 72


y, después y siempre, para bucear en sus stocks con el ánimo de encontrar, si no un incunable, al menos alguna edición que valiera la pena; las sucesivas bodas de mis hijos y bautizos de mis nietos; las enfermedades y muertes de familiares y amigos , visitas a hospitales cada vez más modernos y a cementerios cada vez más hermosos y menos lúgubres; la feliz contemplación de cómo día a día la ciudad se desarrollaba, como todo el país, superando nuestra miseria secular hasta llegar a pertenecer al Primer Mundo; la ciudad alegre del "Habla, pueblo habla" de nuestras primeras elecciones de la Democracia; el redescubrimiento de ciertos rincones del Madrid de los Austria; las largas caminatas a la Universidad para ahorrar unas pesetas que se gastarían en un desayuno en la Facultad de Filosofía y Letras, donde predominaban las chicas; etcétera. Ignoro si es verdad eso de "de Madrid al cielo", pero he comprobado en mis carnes que de Madrid a Bruselas (o Montevideo, o Buenos Aires o Méjico o tantas ciudades, pueblos y poblados a los que he ido desde Madrid), han supuesto siempre una cierta discriminación de mi satisfacción o felicidad en esos nuevos habitats comparados con los de mi ciudad. MIS BARRIOS 1946 73


Durante treinta años, desde mi nacimiento hasta mi boda, viví en casa de mis padres, en el barrio madrileño de Buenavista, salvo los tres años de refugiados en "Chile" y “expatriados” en Zarauz durante la Guerra Civil y los tres del colegio en Londres. Buenavista, próximo al barrio de Salamanca separado de él por el bello Paseo de Recoletos, no tenía tan alto standing como aquel, pero era habitado por una clase media acomodada. En el hinterland de nuestra calle, doña Bárbara de Braganza, existían edificios y personas que me proporcionaron, entonces, muchos instantes inolvidables aún a veces siendo simplemente anécdotas. Así, mi propio colegio, el Liceo Francés, adonde llegaba cruzando la calle y adentrándome en Marqués de la Ensenada; la impresionante iglesia de Santa Bárbara, donde acompañaba a mi madre a misa los domingos y confesaba periódicamente mis pecados, junto a las tumbas de don Fernando VI y su esposa, doña Bárbara de Braganza; el teatro María Guerrero, donde descubrí el surrealismo de Dalí en aquel célebre Don Juan Tenorio, decorado y vestido por él y donde surgían, año tras año, grandes actores y actrices que frecuentemente subían a mi casa, tan próxima, a degustar unas tortillas de patata entre función y función: Guillermo Marín, Elvira Noriega, Ángel de Andrés, Mercedes Albert (a quien inicié en la lengua inglesa), Luis Prendes, José María Mompín; los cines 74


Príncipe Alfonso y Colón, donde disfruté de tantas matinées; el Circo Price, en la Plaza del Rey, con los payasos Pompoff y Teddy y la maravillosa Pinito del Oro. Así también, las visitas al Frontón Villanueva, donde presencié un partido de baloncesto España Francia, que siempre, entonces, nos ganaba; el hojeo de libros en la librería Bucholdt, en Recoletos, donde, en la trastienda, comprábamos libros prohibidos: Sartre, Camús, los publicados por el Ruedo Ibérico en París; las horas de estudio en las salas de la espléndida Biblioteca Nacional o del Ateneo; las visitas a mi padre en el Estado Mayor del Ejército, en las instalaciones de Cibeles; el envío personal de telegramas en el Palacio de Correos; los partidos (?) de fútbol en la Plaza de París, y "las manitas" con Amparito, en esa plaza, protegidos por la oportuna oscuridad debido a las restricciones eléctricas; las meriendas o primeros guateques en casa de mis amigos vecinos, los Muniesa, en Génova o los Álvarez Serrano, en la calle Recoletos. Así, por último, las películas en el Carlos III, de Goya, donde también tuve la suerte de escuchar una maravillosa jam session del xilofonista Lionel Hampton; los café con leche, a veces también churros (cuando había dinero), en el Café de Gijón, adonde acudíamos los jóvenes a admirar de lejos a los literatos que allí tenían sus tertulias y solicitarles algún autógrafo. Y los comercios cercanos: Calero, el gran encuadernador; Aberturas, 75


magnífica tienda de ultramarinos; la librería Bucholdt, ya mencionada; la pastelería Viena Capellanes, donde mi madre me compraba, todos los domingos, mis bocaditos de nata preferidos. Y un recuerdo muy especial a los entrañables porteros de mi casa, el matrimonio formado por Silverio y Cándida, que soportaron heroicamente mis gamberradas infantiles, y lloraron de alegría, junto a mis padres, cuando ingresé en la Carrera Diplomática. Este fue mi barrio por antonomasia porque en él disfruté de tantas vivencias y emociones que el conjunto de los instantes allí vividos, entre 1930 y 1960, jamás pudieron ser igualados en otros "mi barrio" que me iba a tocar vivir. Dejando aparte una efímera estancia en el barrio de Salamanca en los dos primeros años de mi matrimonio, de la que sólo me viene a la memoria algunos instantes en el Retiro o el bautizo de mi hijo Javier en la iglesia de la Concepción, amén de algún whisky en Bakanik, el otro gran barrio en los últimos cuarenta años de mi periplo vital, ha sido, es, el de Chamartín, otra zona noble del norte de Madrid. Aquí llevo viviendo más de treinta años (excluyo tres en Méjico y nueve en Bruselas) entre 1971 y el día en que esto escribo. Para mí, lo más notable de este barrio, que he visto nacer y expandirse, es que el Estadio Santiago Bernabeu está a tiro de piedra de mi casa, como también lo estuvo a tiro de dos piedras la antigua Ciudad Deportiva del 76


Real Madrid, donde tantos largos de piscina he hecho y tan pocos partidos de tenis he jugado, amén de tanto baloncesto que he contemplado en su coqueto pabellón. Todo lo demás es la banalidad del típico barrio de clase media acomodada en una ciudad moderna. Nada que ver con aquel barrio de Buenavista de mi niñez y juventud, con tantos rincones que pude siempre personalizar.

13 DE OCTUBRE 1946 Desde mi regreso de Londres, los 13 de octubre de años sucesivos almorzaba en casa de mis padrinos, los Yebes, con motivo del santo del día, San Eduardo. En esos almuerzos siempre me encontraba con Natalia Figueroa, ahijada también de los Yebes y con alguna figura de la cultura española, como, recuerdo, la eximia actriz y bellísima mujer, Conchita Montes, o el estupendo columnista y escritor César González Ruano. Y, cuando llegó el momento, muchos años después, el gran Raphael, ya novio de Natalia. Fueron almuerzos muy entretenidos, en los que aprendí mucho de arte y literatura, por la altura intelectual de mi madrina y sus invitados. (En 1947, pasé unas semanas alojado chez Yebes, y otras en casa de mi tía Mey, duquesa de la Torre y madre de mi 77


compañero Leopoldo Martínez-Campos, debido a que mis padres no querían que viviese en nuestra casa, donde mi hermana Pili estuvo un tiempo antes de su ingreso en un sanatorio, por miedo a que me contagiase. Mis dos tías fueron unas verdaderas madres para mí y también unas auténticas maestras intelectuales. Las recordaré hasta la tumba).

16 DE DICIEMBRE 1946 Las Naciones Unidas (la ONU), a instancias de la URSS, condenaron al ostracismo al Régimen de Franco por sus concomitancias con la Alemania nazi y la Italia fascista durante la Guerra Mundial. La indignación en Madrid fue apoteósica: un millón de madrileños nos reunimos en la Plaza de Oriente para aclamar a Franco, portando miles de banderas y cientos de pancartas al grito, genial, de “¡Si ellos tienen U.N.O., nosotros tenemos dos!” Recién llegado a España y lleno de fervor patriótico, me sumé a aquella marea humana y disfruté de lo lindo. Allí estaba el tout Madrid y casi el tout l’Espagne; cerca de mí, contemplé a un hombrecito con barbita que también gritaba ¡Franco, Franco, Franco!; alguien me 78


dijo que se trataba de nuestro Premio Nobel, don Jacinto Benavente. CELIA GÁMEZ 1947 Desde muy niño oí hablar de esta famosísima vedette argentina, Celia Gámez, pues recién terminada la Guerra Civil muchos de nosotros, hijos de los vencedores, cantábamos su célebre chotis “¡Ya hemos pasao...!”, respuesta sarcástica al ¡No pasarán! del Madrid rojo. Pero, sobre todo, porque mi madre y mis hermanas mayores habían ya conocido a Celia y la admiraban, especialmente mi hermana Pili que, además, la imitaba muy bien. A Londres se llevaron varios discos de la vedette, con canciones de sus conocidas revistas, La Cenicienta del Palace y Yola, que escuchaban a todas horas. Eran pegadizas y a mí también se me pegaron, pero no conocí a la gran vedette hasta 1947. El año anterior había regresado yo a España y, meses antes había llegado Pili, para tratar de curarse. Antes de su ingreso en un sanatorio antituberculoso, pero ya encamada en nuestra casa de Madrid, mi tío Martín Abizanda, el periodista, invitó a Celia a ir a ver a Pili, tan admiradora suya. La Gámez apareció una tarde en casa, acompañó un rato a mi hermana e incluso cantaron juntas alguna de sus canciones. A todos nos emocionó este gesto, del 79


que fui testigo. En 1948, ya toda la familia había regresado de Londres, Pili llevaba ya casi dos años en un sanatorio, sin esperanzas de curación; Javier, mi hermano, se casaba y mis padres decidieron que Pili saliese unos días del sanatorio, a pesar de su gravedad, para asistir a la boda. Pasó breves días con nosotros y, naturalmente, quiso ver a Celia. Allí fuimos todos, a ese palco proscenio al que habitualmente íbamos. (Debido a nuestra precariedad financiera, típica de una familia numerosa, agravada por los elevados gastos de la enfermedad de mi hermana, a pocos teatros podíamos ir, pero teníamos, sin embargo, la suerte de contar con mi tío Fernando Sancho que, como subdelegado de Hacienda, disponía a diario de entradas para todos los espectáculos de Madrid, entre ellos un proscenio en el Teatro Alcázar, sede permanente de la vedette). Reponía Celia su obra más célebre de la anteguerra, Las Leandras, con sus famosos chotis "Pichi" y pasodoble "Los nardos"; en plena ejecución de éste último, Celia se acercó al poscenio y entregó a Pili una vara de nardos. Fue uno de los pocos últimos momentos felices de mi hermana; pocos meses después, moriría. En 1950, de la mano de Celia, tras contemplar con mis amigos en "nuestro" proscenio su nueva obra, La 80


Estrella de Egipto, solicitado por mí me presentó a una bella y joven corista de su Compañía, Pepita Tudela, con quien salí algún domingo, si bien por lo general nos veíamos entre función y función y tomábamos un batido en la cafetería Dólar, cercana al Teatro. Fue un amor juvenil, de corta duración, típico de la época, puramente platónico. Nunca olvidaré a Pepita, cantando y bailando en el coro de Celia Gámez el pasacalles "la estudiantina portuguesa": “¡Ay Portugal por qué te quiero tanto, por qué, por qué se maravilla quien te ve..." Nunca olvidaré la belleza de Celia y su generosidad con mi hermana ni la belleza de Pepita y el beso que nunca nos dimos. (Así éramos de castos, e ingenuos, aquellos años del Nacional-Catolicismo).

LUIS MOLOWNY 1947 Claro que Alfredo di Stéfano ha sido, para mí, el mejor jugador de futbol de la historia. (Ni Maradona, Pelé o Cruyff ni mucho menos Messi o Cristiano), teniendo yo la suerte, como socio del Real Madrid, de haberle visto jugar durante casi diez años, disfrutando de su maestría. Y, sin embargo, de tantos jugadores con los que he gozado como espectador o hincha del Madrid durante más de setenta años, desde los Bañón, Ipiña, 81


Chus Alonso de los años Cuarenta a los Casillas o Cristiano actuales, pasando por los Benito, Pirri, Gento, Amancio, Juanito, Butragueño o Raúl, el que más me ha emocionado y hecho vibrar con su mágico fútbol fue el canario Luis Molowny, alias "el Mangas". (Jugaba siempre con una camiseta de mangas muy largas, cuyos bordes agarraba con sus manos cerradas: era un espectáculo verle correr así). Llegó al Real Madrid en la temporada 1946-47, cuando el equipo jugaba en el Estadio Metropolitano del Atlético Aviación por estar construyéndose el nuevo estadio de Chamartín y llegó a jugar con di Stéfano a mediados de los Cincuenta. Desde el primer día nos encandiló a todos: un auténtico artista del balón, aunque su fútbol era intermitente. (Recuerdo al gran periodista Eduardo Teus -¿o Matías Prats?- en la radio, comentando la previa del partido del día en Chamartín, cuando, tras la alabanzas debidas al equipo blanco, que incitaban a asistir al partido, terminaba con un: ¡"Y, además, Molowny!", parafraseando el maravilloso "¡Y Sevilla"!, de Antonio Machado). Luis llegó a ser una institución en el Real Madrid y, ya entrenador, acudió varias veces al rescate del equipo cuando las cosas no marchaban bien. Fue entonces cuando le conocí en persona y nos hicimos amigos. Pero mis destinos en el extranjero me 82


impidieron, como con tantas otras personas, disfrutar a fondo de su amistad, de su inteligencia y de su bondad. Y de los recuerdos futboleros compartidos de aquellos años de nuestra juventud. LA FACULTAD DE ECONÓMICAS 1948

CIENCIAS

POLÍTICAS

Y

Creada por Franco en 1944, desde mi regreso a España le había yo echado el ojo como el paso previo para mi decisión de opositar a la Carrera diplomática, pues la licenciatura obtenida en cualquiera de sus dos ramas se equiparaba a la de Derecho para poder opositar. La razón primera era que la Economía me atraía más que el Derecho pero, además, sus estudios duraban un año menos. (Tanto me atrajeron los estudios de Economía que, cuando terminé la Carrera, pensé seriamente en opositar al cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado o al de Economistas del Estado. No me arrepiento de haber elegido la Diplomacia porque, a fin de cuentas, en mi larga carrera profesional, he sido más un técnico comercial que diplomático y, sobre todo, porque la Carrera me ha dado muchas satisfacciones… y algunos sinsabores). En 1947, aprobé el 7° de Bachillerato en el Instituto San Isidro de Madrid, pero en septiembre no aprobé el difícil Examen de Estado en la 83


Universidad Central, pagando así los años que no cursé en España, los cursos 4° al 6°, y que habían sido convalidados por mi título inglés. Sin embargo, a la espera del año siguiente, comencé a frecuentar algunas clases de Económicas en el viejo caserón de San Bernardo, donde conocí a mi primer amor, Rosa María de Miguel y al que iba a ser mi amigo del alma, Ángel Calavia, amigo de por vida. En 1948 sí que pude iniciar la carrera, una vez aprobado el Examen de Estado. Fui un estudiante universitario mediocre, pero no tuve graves problemas para acabar la licenciatura. Y sí tuve la suerte de pertenecer a la quinta promoción de economistas de España, en la única Facultad de Económicas que entonces existía en nuestro país. Más suerte tuve de tener como maestros a un excepcional cuadro de catedráticos y profesores, algunos de ellos magistrales pedagogos: José Larraz, exministro de Hacienda en 1940, en Sociología; Manuel Fraga, en Teoría Política; Alberto Ullastres, en Historia Económica Mundial; José Luis Sampedro, en Estructura Económica; Manuel Torres, en Política Económica; José Castañeda, en Teoría Económica II, Sixto Ríos, en Matemáticas y Valentín Andrés Álvarez en Teoría Económica I. (Don Valentín, economista y escritor festivo de sus años mozos en Paris, recibía a los novatos del Primer curso con una fascinante 84


explicación: "Señores, cuando en un mercado vean a una verdulera y a un ama de casa discutir el precio de una coliflor, en realidad se está resolviendo entre ellas una ecuación de derivadas parciales"; ahí nació mi afición a la Economía). ¡Menudos maestros! Y eso en pleno “páramo intelectual franquista”, como ahora pregonan las izquierdas perdedoras de la guerra. Durante cuatro años y medio fui feliz en la Facultad, aunque a partir de 1951, al ponerme a trabajar como profesor de inglés en el Ateneo de Madrid, abandoné la matricula oficial y me pasé a la libre, yendo a clases nocturnas en la Academia San Vicente Ferrer, en la propia Universidad. En 1953 terminé la carrera de la mano de Enrique Fuentes Quintana, futuro Vicepresidente Económico con Suárez, entonces profesor ayudante en la cátedra de Hacienda Pública. En la Facultad coincidí con algunos futuros parientes políticos de Valencia, Vicente Garrigues y Luis Manglano, y con algunos hijos de famosos: un Pestaña, del sindicalista Ángel, y un Isbert, del entrañable actor, José. Completé los estudios de doctorado, pero no inicié la tesis, pues bastante tenía con preparar las oposiciones a la Escuela Diplomática. Como se verá, nunca pude redactarla. Pity! (Vid: “El Monte Udala” -1971).

85


LIBRERÍA RUBIÑOS 1880 1948 Mi compañero del Liceo Francés, Antonio Rubiños, se quedó huérfano a los dieciocho años y, renunciando a la Universidad, tuvo que hacerse cargo de la ya famosa librería, Alcalá esquina Goya. Desde ese momento fue mi permanente proveedor de libros, que compraba y devoraba sin solución de continuidad. Allí conocí, en alguna tertulias, a muchos autores, entre ellos, allá por los años Setenta, a Ricardo de la Cierva, historiador de la República, la Guerra civil y el Franquismo, al que he admirado siempre (amén, naturalmente, de compartir con él su visión e interpretación de aquellos desgraciados años Treinta de nuestra historia). Intimé poco con él pero siempre fue un placer cambiar impresiones sobre muchos temas sobre los que teníamos tantas coincidencias. (Años después, otro autor que me fascinó por esas mismas coincidencias fue Pío Moa, un gran converso, que, además, publicó una preciosa Historia de España que, quizás sin la altura intelectual de muchos historiadores, supo escribirla de manera altamente original. No he podido hasta ahora conocerle personalmente, lo que lamento). MANUEL FRAGA IRIBARNE 1948 Manuel Fraga fue un hombre decisivo en mi vida 86


profesional, especialmente en algún momento clave. Nunca llegamos a ser grandes amigos, quizás debido a un exagerado respeto por mi parte a su jerarquía intelectual y política, pero siempre mantuvimos una relación correcta y afectuosa. Le conocí en 1948, cuando cursaba el primer año de Económicas: un joven Fraga, de 24 años, era profesor encargado de la Cátedra de Teoría Política, que nos explicaba con su acostumbrada vehemencia y atropelladas palabras. Ya causaba expectación. Terminada la carrera universitaria, brevemente trabajé con él en el Instituto de Estudios Políticos, allá por los años Cincuenta, pero no volví a toparme con él hasta 1976. En mi breve paso por la Secretaría General Técnica del Ministerio de Industria formé parte de una delegación que, presidida por él, Ministro de la Gobernación, se desplazó a las Hurdes para estudiar sobre el terreno las necesidades perentorias de esa subdesarrollada zona de España. Con imágenes de Luis Buñuel en la retina, pude observar los graves problemas que todavía sufrían los habitantes de la región. Y observé, también, que la vehemencia de Fraga no se limitaba a la palabra, sino también a sus actos: recorríamos a pie la zona y con largas y apresuradas zancadas nos dejaba atrás a todos, su delegación y las asustadas autoridades de la zona. (Ignoro cuál fue el informe final aunque supongo que sería demoledor, pero dejé Industria antes de saber qué medidas se iban a tomar 87


con las Hurdes). Comencé a tratar más íntimamente a Don Manuel cuando en una visita a Méjico, en 1980, se alojó en mi residencia. Descubrí su lado humano y sentimental, a pesar de la sequedad de su carácter, y pude comprobar que "el Estado le cabe en la cabeza" (Felipe González dixit) y su gigantesca cultura. ¡Qué Presidente de Gobierno ha perdido España! A su paso por Méjico dio varias conferencias, ofreció diversas entrevistas, visitó al Presidente de la República y me trajo de cabeza yendo de un sitio a otro. En 1983, excedente en la Carrera, me afilié a Alianza Popular (no había querido hacerlo antes, mientras estuviese en servicio activo) y colaboré esporádicamente en alguna de sus comisiones de trabajo, Deportes y Comercio exterior; alguna vez me invitó a almorzar, interesándose por mi situación en la Carrera. Su interés por mí quedó demostrado cuando, ya finalizado el Acuerdo de adhesión de España a las Comunidades Europeas, me convocó a su despacho y me dijo: "¿Quieres irte a una alto cargo en Europa?" En mayo de 1986, tomaba posesión de la Dirección General de Transportes en la Comisión Europea. Don Manuel había conseguido que el gobierno socialista me levantara el castigo por mi "fascismo" y enfrentamiento en 1981 con Alfonso Guerra. (Vid: “Alfonso Guerra -1981”). 88


A finales de los Ochenta, en un Congreso de Alianza Popular, celebrado en el Palacio de Congresos del Paseo de la Castellana, Fraga me nombró a dedo delegado del mismo entre los llamados “los cuarenta Ayete”, es decir, compromisarios de su confianza; en ese Congreso salió elegido Secretario General, Herrero de Miñón. Fue el momento más intenso de mi participación en el Partido. (Casi no llegué al Congreso, pues me encontraba participando en Bombay en una Conferencia sobre Derecho Marítimo Internacional. Debía coger un vuelo de regreso a Madrid, que salía de Bombay la víspera; se trataba de un Iberia, TokyoMadrid, que hacía escala en la ciudad india. A pesar de haber reconfirmado mi reserva, al llegar al aeropuerto el delegado de Iberia me dijo que estaba en la lista de espera. Organicé un gran escándalo y por primera y única vez en mi vida tiré de galones con el consabido: “¡No sabe Ud. con quién está hablando! ¡Ya verá la que se le viene encima cuando sus Superiores se enteren que ha dejado en tierra al Director General de Transportes de Europa!” Me dieron la tarjeta de embarque sin rechistar. Resulta que me habían postergado para dar mi asiento a un piloto de la Compañía que venía en situación). Vi poco a Fraga en su etapa del Parlamento 89


europeo, pero muchas veces más a finales de los noventa, siendo él Presidente de la Xunta de Galicia y yo, ya jubilado, con bufete en Madrid, representando intereses empresariales en Galicia. Le visité varias veces en su despacho en Santiago y siempre me invitaba a almorzar en un pequeño restaurante vecino. Seguía en plena forma y nuevamente me honró con su afecto y amistad esta enorme personalidad histórica de la España del siglo XX. (Con su hija Carmen, eurodiputada, tuve una profunda y fructífera amistad durante mis años bruselenses. Carmen: bella, inteligente, cultivada, what a woman!). CHICOTE / AGUSTÍN LARA

1948

El elegante Bar de la madrileña Gran Vía, propiedad de aquel excepcional barman y empresario al que sólo conocí brevemente varios años después, entró por vez primera en mi vida en el año 1948. Mi hermana Pili vivía los últimos meses de su tuberculosis y necesitaba una dosis diaria de estreptomicina, que los médicos que la trataban pensaron podría ser eficaz en la lucha contra la T.B., lo que pronto se demostraría falso. La estreptomicina era una medicina recién descubierta que en la miserable España sólo podía obtenerse en el mercado negro. Alguien informó a mis padres que se podría 90


encontrar en Chicote y éstos me encargaron que acudiese allí a indagar y, eventualmente, a comprar unos gramos de esta deseada medicina. Una tardenoche acudí solo a Chicote. Tenía yo 18 años, muy tiernos y poco experimentados, como éramos los jóvenes de la época y, por ende, con muy poco savoirfaire. De entrada me quedé asombrado y sin habla ante la pléyade de bellísimas jóvenes, "mujeres de la noche", con las que allí me topé, y eso que, naturalmente, ninguna se fijó en mi pobre persona. Tras las tímidas indagaciones con algún camarero, descubrí que allí no se vendía nada, salvo ginfizz y whiskies con soda, o que nada querían venderme a mí. Salí de allí con el rabo entre las piernas. Años después, ya destinado en el Ministerio, acudí a veces a tomarme una copa con unos amigos, más dueño de mí mismo y capaz de coquetear con las sucesoras de aquellas beldades que en su momento me habían fascinado. Y tras mi periplo mejicano, en 1983 fui invitado a un homenaje -un "agasajo postinero"- que Chicote ofreció a Agustín Lara, el mejicano feliz autor del famoso chotis "Madrid". Con él paseé por la Gran Vía, bebimos tequila y algún cóctel favorito de la Casa y en el Museo de Bebidas del establecimiento recordé con él y con añoranza muchos instantes de mi estancia en Méjico y mi frustración por no haber conocido entonces a su 91


musa, su “María bonita”, María Félix, otro más bello del mundo”, como Ava Gardner. LOS BÚHOS Y OTROS AMIGOS

“animal

1950

Afortunadamente, he nacido con el don de hacer amigos fácilmente, por lo que tengo las suerte de disfrutar de la amistad de centenares de amigos....y amigas (en el buen sentido de la palabra), en una relación más o menos intensa que en algunos casos data de hace setenta años. Claro que es escaso el número de mis amistades que han alcanzado el grado de fraternales: entre las de los años escolares, los hermanos Muniesa Marín; entre los diplomáticos, la alcanzada desde el primer momento con Manolo Benavides y Roberto Bermúdez; entre los técnicos comerciales, la de Agustín Hidalgo y José María Jerez; entre los de origen vario, Juan Manuel Herrero, Manolo Quílez y Jaime Barra; y todos "los Búhos". ¡Los Búhos! Así denominamos a una pandilla que, allá por los años a caballo entre los Cuarenta y los Cincuenta, nació con nocturnidad y sin ninguna alevosía. Éramos todos universitarios -Económicas, Derecho, Físicas- de procedencia roja o azul, lo que nos importaba un pimiento (esa generación hizo su propia "transición") y algunos trabajábamos además 92


de estudiar, por lo que solamente nos podíamos ver de noche. Noctámbulos, pues, y con escasos recursos financieros, normalmente nos reuníamos en algún tugurio para beber alguna frasca de vino peleón, jugar al mus o al subastado y hablar de todo lo divino y lo humano (salvo, naturalmente, de temas estrictamente políticos, a pesar de lo cual fuimos, a veces, objeto de seguimiento de la Brigada Político Social, si bien, pronto descubrieron que no constituíamos ningún peligro para el Régimen). Algunos teníamos novieta, aunque a todos nos gustaba la posibilidad de ligar en los bailes de Las Palmeras, donde acudían modistillas de buen ver; cuando disponíamos de posibles, nos asomábamos a Pasapoga ("pasa y paga", en el argot de la época) para tomar una copa y poco más, pues las demi-mondaines allí presentes quedaban fuera de nuestro alcance financiero y, por supuesto, las mayores juergas las corríamos en las distintas verbenas del año, donde el ligue era más propicio que en otros lugares y momentos. Fueron años de auténtica hermandad, más que amistad, donde el lema de los Mosqueteros se aplicaba a rajatabla entre un pequeño grupo de jóvenes felices en la España todavía del hambre y del atraso: Ángel Calavia, Juan Font, José Aurelio Álvarez-Remón, Hilario de Miguel, Antonio y Joaquín Bru, Ángel Peñaranda, Santano Cicuendez y yo mismo, además de una única mujer, la catalana Pili Gaos, nuestra musa y mascota, cuando 93


visitaba Madrid. (Naturalmente todos enamoriscamos de ella). ¡Los Búhos!, hasta hoy. EL ATENEO 1951

nos

Este tradicional centro, club o asociación de la progresía intelectual, (incluso revolucionaria durante la República), no pasaba su mejor momento en la España franquista de finales de los años Cuarenta. Yo frecuentaba su magnífica biblioteca, en el vetusto edificio de la calle del Prado, desde que en 1948 inicié mis estudios en la Facultad, ya que mi pobre economía no me permitía costear los carísimos (y voluminosos) libros de texto, típicos de la época (salvo la Teoría Económica de José Castañeda, que se estaba publicando en fascículos y, por tanto, no existía como libro editado). En el Ateneo pasaba muchas tardes tras las tediosas clases matinales en el caserón de San Bernardo, en cuya planta baja estaba Económicas, y el almuerzo en familia; el paseo por la tarde hasta el Ateneo -Paseo de Recoletos, Paseo del Prado, Carrera de San Jerónimo, calle del Prado- era reconfortante, especialmente en las soleadas tardes del Madrid otoñal. Allí permanecía estudiando hasta que acudía a alguna de las conferencias o tertulias que se celebraban a diario. (Por supuesto, el tema político era tabú, pero el cine, el teatro o la última novela nos permitían debatir e intercambiar ideas). Un día de 1951, leí en el tablón de anuncios que se 94


necesitaba un profesor de lengua inglesa. A mis atrevidos veintiún años y consciente de mi dominio de esta lengua, me presenté ante un sacerdote -no recuerdo su nombre- que, como director de la biblioteca, estaba encargado de fichar a tal profesor. No sé cómo me "vendí", pero el caso es que fui designado profesor titular de lengua inglesa para impartir tres cursos de distinto nivel, por las tardes, cuatro días a la semana. (En la España de 1951, la realidad es que éramos muy pocos los que dominábamos la lengua inglesa, y socios del Ateneo, supongo que yo era el único). Lo debí de hacer bien pues dicté esos cursos a decenas de alumnos durante seis años, hasta 1957 cuando ingresé en la Escuela Diplomática. Creo que no fui mal profesor, utilizando los libros de texto de un tal Mr. Potter, bastante didácticos, por cierto. Así empecé a ganarme la vida mientras terminaba Económicas y, luego, opositaba. Incluso tomé alumnos particulares para algunas mañanas en mi propia casa. Resolví, pues, mi situación de pobreza, aunque ello me supuso un enorme esfuerzo complementario, sobre todo cuando empecé a opositar. LAS MILICIAS UNIVERSITARIAS 1951 Los universitarios españoles teníamos el privilegio 95


de prestar el servicio militar obligatorio en condiciones especiales. Con la experiencia de los Alféreces Provisionales de la Guerra, -es decir, la formación de jóvenes oficiales con una previa formación académica para completar los cuadros profesionales- el gobierno de Franco creó la Instrucción Premilitar Superior (IPS), más conocida como las “Milicias Universitarias". Se trataba de formar un amplio cuadro de Alféreces de Complemento con los alumnos de las Universidades y Escuelas Especiales, del que pudiese "tirar" el Ejército en caso de necesidad. Para ello, y para no interferir en los periodos de estudio, durante dos veranos los universitarios acudíamos a un Campamento ad-hoc, ganando las insignias de sargento al final del primero y la estrella de alférez eventual al culminar el segundo; al finalizar la carrera, el alférez realizaría en una unidad militar un periodo de seis meses de prácticas, de las que saldría ya como Alférez de Complemento. El Campamento de los universitarios madrileños estaba situado cerca de la Granja de San Ildefonso; allí acudí por vez primera, el verano de 1951, en calidad de "caballero aspirante", como se nos denominaba, vulgarmente conocido con el nombre de "maldito" (¡por algo será!). Aquel año, los de Económicas fuimos destinados a Ingenieros, en mi caso, a la 4ª Compañía del único Batallón, donde 96


coincidimos con muchos compañeros de las Escuelas Especiales, entonces muy numerus clausus, que nos miraban por encima del hombro. Allí tuve compañeros entrañables, como Manuel Márquez Balín, estudiante de Telecomunicación, futuro presidente de Standard Eléctrica Española; los vascos, estudiantes de Económicas, Eduardo Uribe y Koldo Viar y Bilbao (famoso por la frase de ánimo que pronunció desde el primer día: "¡esto se acaba y no hay quien lo pare!") y mi gran amigo Ramón Fernández Rubíes, también de Económicas, futuro Director General del Banco Exterior de España. Allí sudé tinta por el implacable sol diurno y por las clases técnicas de Transmisiones (nunca se me ha dado bien la Física). Allí, sobre todo, reforcé mi profundo espíritu militar y mi amor por la bandera (sí, esa mal llamada " del aguilucho") y por el Ejército, como buen hijo de militar; por eso, juré bandera con emoción. Allí aprendí orden y disciplina, compañerismo y solidaridad, humildad y sacrificio. Aquel verano allí me hice hombre. El General Jefe de la I.P.S. era amigo y compañero de mi padre, (el tío) Rafael Álvarez Serrano. En su habitual visita al Campamento me convocó a la gran tienda del Mando y me invitó a comer con él y los jefes allí presentes; el hecho trascendió y desde aquel momento fui "un enchufado" del Comandante del Batallón. Sin embargo, eso no fue óbice para que se 97


me siguiese tratando como un "maldito" más y que casi suspendiese los exámenes teóricos de Electricidad al finalizar el curso. Salí del Campamento con las insignias de sargento, en la gorra y hombreras. El segundo verano, ya acostumbrado a los rigores de la vida militar al aire libre -hacinados quince hombres en una estrecha tienda de campaña, siempre agotados por la pesada "instrucción" y las largas marchas por el bellísimo bosque de Valsaín, soportando a veces las incomodidades de una gastroenteritis que te obligaba varias veces en una misma noche a caminar 700 metros hasta las letrinas excavadas en el suelo, tragándote siempre el tedio de las clases teóricas y tantos inconvenientes más- fue mucho más llevadero. Terminé el curso entre los primeros de la 2° Compañía y recibí con orgullo el despacho de alférez -la estrella de seis puntas en el gorro y en las hombreras- de la mano de mi padre, a la sazón Jefe del Regimiento de Infantería WAD-RAS, tan emocionado como yo. (Y eso que mi padre me había quitado de la cabeza el ser militar, que algunas veces se me había ocurrido: en una ocasión me dijo: "A ti te irá mejor la vida cómoda del diplomático, como ese conde de la opereta, siempre bebiendo champán en el Maxim's de París.". Años después, pude contarle la realidad de esta dura Carrera, especialmente en los 98


"hardship posts" que tanto abundaban en el mundo que me ha tocado vivir, aunque personalmente he tenido suerte en mis propios destinos). Terminada la licenciatura de Económicas en 1953 realicé las prácticas reglamentarias en el Regimiento de Zapadores n°1, en Madrid. Sin embargo, mi amor a la Milicia -y también, la posibilidad de ganarme unas pesetas durante los veranos cuando se suspendían las clases en el Ateneo y me quedaba sin ingresos -me llevó en los dos años siguientes a volver al Campamento de la Granja, estas veces como alférezinstructor en una Compañía de Ingenieros. Los oficiales así reenganchados éramos rechazados por los niños de papá a nuestras órdenes, pero a mí no me fue del todo mal, pues supe saber mandar como había aprendido antes a saber obedecer. Jamás olvidaré aquellos, ¡ay!, hoy tan lejanos tiempos de mi relación con el Ejercito, por el que sigo teniendo un profundo amor y respeto. FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE 1952 La primera vez que saludé a Franco fue en La Granja de San Ildefonso, un 18 de julio de principios de los años Cincuenta, en la recepción oficial que ofrecía el Generalísimo todos los años en fecha tan señalada. Yo estaba cumpliendo con el servicio militar 99


en el campamento de la Milicia Universitaria en aquella localidad; no recuerdo si era "maldito" o ya sargento. Era costumbre que fuera invitado a la recepción del 18 de julio un pequeño grupo de caballeros cadetes del campamento, grupo selecto al que fui elegido aquel año. La recepción, en los maravillosos jardines del Palacio de la Granja, sencilla en comida y bebida, brillaba, sin embargo, en cuanto al lujo en la vestimenta y decoración (y condecoraciones) en hombres y mujeres. Los caballeros cadetes, mozalbetes de 20-22 años, en nuestros modestos uniformes de "sorchis", (eso sí, luciendo orgullosos la insignia placa del SEU y los cordones con los colores de nuestras respectivas Facultades o Escuelas Especiales), no pasábamos desapercibidos y, mucho menos, cuando alguien de la Casa Civil de Jefe del Estado nos condujo a la presencia de Franco, que nos saludó muy cariñosamente y se interesó brevemente por nuestros estudios y nuestra experiencia en el Campamento. Impresionado por la presencia de Franco, rodeado de Ministros y Generales, me escabullí tras, como corresponde, ponerme "a las órdenes de Vuecencia, mi general". Años después, ya Secretario de Embajada destinado en Santa Cruz, el Subsecretario me llamó un día para comunicarme que tal día debía desplazarme al Palacio de El Pardo -de chaqué, por supuesto, y en coche oficial- para actuar de intérprete 100


de inglés en alguna audiencia del Jefe del Estado. Así lo hice en aquella ocasión y dos o tres veces más hasta que salí destinado al extranjero en 1962. Los visitantes fueron periodistas de algún importante medio americano, congresistas americanos e incluso el Secretario de Comercio de los Estados Unidos. (En esta entrevista a la que asistió Alberto Ullastres, Ministro de Comercio, faltó una silla para el intérprete, y tuve que permanecer de pie; así lo reflejó una portada de ABC, el 18 de octubre de 1961). Franco fue siempre muy cortés conmigo, aunque a veces, cuando yo matizaba algún duro o crítico comentario del americano de turno, me corregía suavemente (entendía el inglés bastante bien). Destinado a Bruselas, en la última entrevista, me dio las gracias como siempre y me deseó "mucha suerte y sirva usted siempre a España con amor y lealtad". Hasta 1975 no volví a verle. Fue el 20 de noviembre y, tras hacer una larga cola, me despedí de Francisco Franco, que yacía, muerto, en su suntuoso ataúd. REGIMIENTO DE ZAPADORES Nº 1 1953 En febrero de 1953 terminé mi licenciatura en la Facultad, con un discreto curriculum. Ya podía opositar a la Carrera diplomática. Pero lo más 101


inmediato era cumplir con mi servicio militar. Tras los dos veranos consecutivos en la Milicia Universitaria, era un flamante alférez de complemento que debía ratificar con el reglamentario periodo de seis meses de prácticas en una unidad militar de mi Arma, Ingenieros. Como había sacado un buen número cuando conseguí la estrella de alférez, tuve prioridad en la elección de mi destino, que, por razones obvias, quería que fuera Madrid. Así, fui destinado al Regimiento de Zapadores nº 1, sito en el poblado y descampados de Campamento, en la capital de España. Allí estuve de mayo a noviembre, cuando, con lágrimas en los ojos, soñoliento tras salir de mi última guardia, me despedí de los jefes y oficiales y de mis soldados. Porque mi paso por el Ejército fue una experiencia inolvidable donde pude darme realmente cuenta que mi espíritu militar, heredado de mi padre, era algo consustancial con mi profundo amor a España. Y eso que no todo fue fácil, pues la instrucción de los reclutas -no sólo la militar, sino también la alfabetización de algunos soldados-, las permanentes guardias con las noches en vela, las maniobras, pero, sobre todo, el hecho de que los alféreces en prácticas fuéramos un poco "el chico para todo", (el oficial para todo), hicieron que el servicio fuera, a veces, desagradable o, al menos, incómodo. Así me pasó a mí, cuando por un mes tuve que realizar las funciones de juez instructor del 102


Regimiento, en sustitución del oficial encargado de ellas, de vacaciones, por lo que tuve que empaparme el Código de Justicia Militar. La desgracia se materializó en el atropello mortal de un soldado a las puertas del Regimiento, por lo que tuve que encargarme de la difícil instrucción del caso, incluida la desagradable asistencia a la autopsia del fallecido. Más festivos fueron los servicios de vigilancia, al frente de dos números en Madrid -con acceso gratis al cine y a otros lugares de esparcimiento- o en el Hospital Militar Gómez Ulla, al frente de una Sección, donde vigilábamos periódicamente, en alternancia con otras unidades militares de Madrid, a presos y enfermos psiquiátricos. En el único servicio que me tocó en suerte, para frenar un conato de revuelta en el pabellón "de locos", tuve que sentarme a jugar con ellos una partida de mus, ¡sin cartas!, que naturalmente perdí. Al regimiento acudía yo en un destartalado tranvía que trepaba quejumbrosamente a duras penas por las cuestas de la carretera de Andalucía, hasta Campamento; a veces acompañaba a mi padre, coronel al mando del Regimiento de Infantería WADRAS, vecino al mío, en su modesto coche oficial. (Naturalmente, me bajaba con él en WAD- RAS y recorría andando hasta Zapadores 1 el kilómetro que los separaba; el automóvil era para el uso exclusivo del coronel). (En mi uniforme, usaba casi siempre 103


pantalón largo pues las botas me incomodaban, especialmente en verano, lo que permitió que mi padre, siempre atento a los detalles, advirtiera un día que no llevaba calcetines negros de ordenanza sino azules, por lo que me ordenó 24 horas de arresto en el cuarto banderas de mi regimiento). En maniobras, sufrí mucho cuando tenía que montar a caballo, animal que no me gusta. Para el recuerdo jocoso: la llegada en tromba a un pueblo, -¿Colmenar?- donde los vecinos, aterrorizados, se encerraron en sus casas temiendo una nueva guerra civil. Mi paso por el Ejército, una experiencia inolvidable. ¡Qué pena que se haya suprimido el Servicio militar obligatorio! ALFREDO DI STEFANO 1953 Tengo la suerte de haber disfrutado del mayor jugador de fútbol de la historia durante sus años, 1953-1962, en el Real Madrid. (Mi amigo Tite Huidobro dice que su idea del Paraíso es ver sin descanso a di Stefano jugando al fútbol; yo no llego a tanto, o quizás sí, pero con otro protagonista: por ejemplo ver sin descanso a John Wayne cabalgando hacia el horizonte). Siempre fue un placer ver jugar a Alfredo, porque, que yo recuerde, jamás decepcionaba: su entrega era absoluta y muchas de sus jugadas eran incluso de una belleza inigualable. 104


En mi retina han quedado grabados momentos inolvidables, pero ninguno como la final de la Copa de Europa de 1960. Para la historia: 7-3 al Eintracht de Frankfurt, ante 100.000 espectadores. A di Stéfano le traté poco y pocas migas hice nunca con él; su personalidad no es nada fácil. Algunas veces vino a mi peña, Los 10 de Siempre, donde incluso ignoro si se sintió a gusto. En todo caso, como madridista, mi agradecimiento eterno a don Alfredo: si el Real Madrid ha sido nombrado por la FIFA el “mejor Club del siglo XX” se debe a él y, of course, a don Santiago Bernabeu. ENRIQUE TIERNO GALVÁN 1955 Fue uno de mis preparadores para las oposiciones a la Carrera diplomática. Daba sus clases a pequeños grupos de opositores, en su casa de la calle Ferraz. Había ya sido separado de su cátedra en Salamanca y se ganaba la vida con nosotros. Pausado en el hablar, incisivo en sus conceptos, fue mi gran maestro en el ejercicio de la reflexión y era fascinante cuando desarrollaba una idea o un tema concreto. Hombre de una gran cultura, nos trasladó brillantemente sus conocimientos. No hizo nunca proselitismo, pero sus ideas e ideales izquierdistas convencieron a muchos 105


de sus alumnos, entre ellos a mi primo Juan Gerona Peña, que también opositaba a diplomático y que, por pertenencia al FELIPE, purgó tres años de cárcel en Carabanchel (posteriormente hizo una gran carrera en la ONU como traductor intérprete). Sin embargo, a mí, paradójicamente, Tierno me ratificó en mi ideas e ideales conservadores, como así se lo comuniqué, años después, en Méjico, cuando, siendo alcalde de Madrid y acompañado por la concejal comunista Cristina Almeida -(¡qué gran personalidad humana e intelectual, con la que me entendí muy bien!)- viajó a Méjico para inaugurar una réplica de la Cibeles en el Distrito Federal. Como es natural di a mi "viejo profesor" el full treatment que su persona y su cargo merecían; su viaje fue un éxito personal de don Enrique, como él se merecía por su clara inteligencia y exquisita educación. Recordamos los viejos tiempos de la oposición, duros para mí por razones académicas, duros para él por razones políticas y personales (durante un año, algunos de sus alumnos estuvimos contribuyendo con aportaciones adicionales y voluntarias al sostén de su familia). Cuando murió, asistí a su entierro y, una vez más, reconocí lo mucho que en mi formación intelectual debía a los dos años que tuve el honor y el placer de asistir a su "cátedra". LA COMUNIDAD VALENCIANA 1957 106


Al Reino de Valencia, hoy Comunidad Valenciana gracias al Título Octavo de nuestra Constitución, le debo dos momentos, dos instantes, estelares en mi vida. El primero, porque Valencia fue testigo de cómo, a mis siete años, fue salvada, cuando en 1937 salimos exiliados de la Zona Roja, embarcando en un mercante francés camino de Marsella y, el segundo, en 1957, cuando Castellón de la Plana fue a su vez testigo de un hecho que le daría sentido hasta el día de hoy: el encuentro con la valenciana Mª Victoria, Mavi, mi esposa. Naturalmente, pocas son las vivencias que guarda mi memoria del fugaz paso por la Valencia republicana salvo los llantos y protestas de mi madre en el puerto en el que embarcábamos para huir, cuando, a pesar de estar documentados con pasaportes chilenos, los milicianos detuvieron a mi hermano Javier, de 16 años, y no le dejaban embarcar: los rojos sabían que éramos burgueses "fascistas" que se escapaban de sus garras y, al menos, no querían dejar pasar a un futuro combatiente franquista; sólo la violenta reacción del Cónsul de Chile pudo salvar el momento y Javier se embarcó con las mujeres de su familia y conmigo. Veinte años después, mi padre era Gobernador militar en Castellón de la Plana y allí llegué yo a pasar unas merecidas vacaciones de verano, tras ingresar en la Escuela Diplomática y despedirme para siempre del 107


Ateneo. El 18 de julio, en una fiesta (en casa de una bella andaluza, Federica Vallés, condesa de Albalat), conocí a una bella, esbelta e inteligente joven valenciana de 18 años, recién llegada a España, tras dos años de finishing school en las monjas del Sacred Heart de Londres, y que pasaba unos días en casa de unos amigos: Mª Victoria Puigmoltó Garrigues, hija del valenciano Conde de Torrefiel. Fue amor a primera vista, noviazgo formal e inmediato –al estilo de la época- y boda dos años después. Hoy, después de tres hijos y nueve nietos, hemos celebrado ya las bodas de oro. En años sucesivos, Valencia capital y Onteniente entraron reiteradamente en la rutina de mi familia, especialmente en otros instantes estelares: mi boda en 1960, el nacimiento de mi hijo primogénito, el "hereu", Gonzalo, y los sucesivos veranos en la maravillosa finca, Torrefiel, de mi suegro, cerca de Onteniente. LA ESCUELA DIPLOMÁTICA 1957 El 13 de junio de 1957, día de San Antonio, ingresé en la Escuela Diplomática tras aprobar los exámenes finales con el número tres de una promoción de quince. (Dos años después, terminé la Escuela ganando un puesto). Aquella noche, tras beber una copa de champán con mi familia -mi madre lloraba y 108


mi padre, muy emocionado, dijo: "ya me puedo morir tranquilo"- la pasé y la "bebí" junto a mis amigos, los Búhos, en la Pradera, una vez que hube visitado la ermita de San Antonio y agradecido a la Providencia por el maravilloso regalo de "haber resuelto mi porvenir". Estaba agotado y aquel día, ya 14, dormí veinte horas seguidas. No era para menos: llevaba persiguiendo mi sueño de ser diplomático cuatro años, años durísimos, pues tuve que compatibilizar la preparación de las oposiciones con la necesidad de ganarme el pan con el sudor de mi dominio de la lengua inglesa, ser profesor de muchos, en el Ateneo o en torno al brasero del saloncito de mi hogar, y alumno de algunos preparadores, con Tierno Galván en la cabeza. Fueron cuatro años en los que prácticamente no tuve muchos momentos de ocio y casi ni de descanso, en que aprovechaba festivos y periodos de vacaciones para intensificar los estudios del extenso temario del insoportable Tercer Ejercicio (Derecho, Historia y Economía). Desde el primer momento aprobé el de Idiomas, en base a mi buen inglés y a pesar de mi francés deficiente, (que llegaría a dominar después tras mis largos años en Bruselas), y desde un segundo momento, el de Cultura, una vez adquirida, de la mano del “Viejo Profesor”, Don Enrique, las técnicas depuradas para escribir una 109


buena Redacción sobre cualquier tema con un mínimo de información. El secreto definitivo estuvo, pues, en el Tercer Ejercicio, al que me dediqué en cuerpo y alma. Me presenté tres veces, las dos primeras en el salón de actos de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, calle de Marqués de Cubas, y la última, y definitiva, en el nuevo edificio de la Escuela, Avenida de Juan XIII, donde pasaría los dos años reglamentarios tras el ingreso. (Recuerdo el escepticismo de mi padre y hermano, cuando salimos un día de la Academia, tras escuchar la lectura pública de un examen de Cultura en que José García Bañón, leyó una magistral pieza. Caminando detrás de ellos por la estrecha acera de Marqués de Cubas oí a mi padre susurrar: "no veo a Eduardo capaz de hacer esto"). Evidentemente nunca pude igualar la maestría de Pepe Bañón, pero sí fui capaz de aprobar Cultura y todo lo demás e ingresar en la Escuela aquel delicioso día de San Antonio. La Escuela, añorada por todos los que aspirábamos a ella, resultó ser insoportable. Fue un simple compás de espera, un inútil marcar el paso durante dos largos años, tras la dura oposición que es la que decidía quién podía ser diplomático. (Sólo fue útil por las clases de idiomas, que a todos nos mejoraron y, secundariamente, porque nos pagaban un pequeño estipendio, un pequeño "pocket money", que nos 110


permitió iniciar la emancipación de nuestros hogares). Los quince intimamos desde el primer día, aunque algunos se conocían de antaño, si bien, lógicamente, intimamos más con unos que con otros. En mi caso, recuerdo los entrañables Paco Monforte y José Francisco de Castro, el "teacher", con quienes la amistad, amén del compañerismo, duró hasta su muerte. Casi todos hicimos una carrera más que digna, algunos incluso brillante, pero tuvimos la desgracia de perder muy pronto al estupendo santanderino Juan González-Camino, un ser excepcional por su señorío e inteligencia. Compañerismo aparte, siempre admiré el arrojo de Pedro Arístegui, la dedicación de Miguel Aldasoro, la solidez de Gil Armangué, la simpatía de Fernando Castillo, la inteligencia de Salvador Bermúdez de Castro, el señorío de Tomás Chávarri, la lucidez de Pepe Montero, la sensatez de Alfonso de Borbón, la seriedad de Tomás Lozano, el humor de Paco Cobo, la retranca de Abrisqueta. Pensándolo bien, cariño a mi promoción aparte, creo que todas las cualidades mencionadas serían intercambiables entre todos y cada uno de mis compañeros. Por eso, la convivencia en la Escuela fue muy fructífera y la amistad duró toda nuestra carrera. Nunca coincidí con ninguno de ellos en mis puestos en el exterior, pero sí, en mis dos etapas de R.E.I., con Aldasoro, Chávarri y Lozano. La Escuela, sin director, la dirigía con mano de hierro y 111


guante de seda, Pedro Rodríguez-Ponga, diplomático y agente de Cambio y Bolsa, hombre inteligente y afable, inefable personaje que procuraba "entretener" de la mejor manera posible nuestra larga espera para ser verdaderamente miembros de la Carrera Diplomática. Eso sucedería un glorioso día de primavera, el 1°de junio de 1959. EL TEACHER 1957 Como es lógico, he conocido, tratado e incluso convivido con decenas de diplomáticos de Carrera, tanto españoles como de muchos países extranjeros. En general, siempre he notado en todos ellos un cierto amor por nuestra profesión y, a veces, un orgullo cierto por pertenecer a ella. Pero, para mí, el caso paradigmático es el de mi compañero de promoción, José Francisco de Castro, alias el "Teacher" (era profesor de Derecho Internacional en la Universidad Central): Pepito Castro amaba su profesión hasta la exacerbación y su orgullo por pertenecer a la Carrera no tenía límites. Para él, la Carrera era un servicio permanente a la Patria; hoy diríamos que era el embajador ideal para representar a la Marca España. Un instante de mi vida iba a confirmar todo esto. Corría el año 1969 y Castro, desde Chile, donde 112


estaba destinado, me llamó a Buenos Aires para autoinvitarse unos días en mi casa. Acudí a buscarle al aeropuerto de Ezeiza y encontré las instalaciones controladas por la Marina argentina (El hecho no era extraño en un Buenos Aires sometido periódicamente a "golpecitos" de estado, pero sí lo era que el aeropuerto estuviese ocupado por la marinería y no el Ejército de Tierra o el del Aire). Por los altavoces fui convocado a la sala VIP del aeropuerto, tras larga espera sin que el Teacher saliese por la puerta de salida. En la sala VIP encontré a Pepito y... ¡al Ministro argentino de Marina!, que había ido a recibirle y a invitarle durante su estancia como huésped de honor de la Armada Argentina. Cuando pudo, mi compañero me explicó este tinglado: años antes, estando de Encargado de Negocios de nuestra embajada en Manila, llegó a aquel puerto el buque-escuela argentino al mando del hoy ministro; al parecer, en ausencia de embajada y/o consulado argentinos, Pepito consideró que su obligación como Madre Patria -era un ferviente creyente en lo hispano-americano-, como diplomático español, era acoger y agasajar a los marinos argentinos, y así lo hizo, a costa naturalmente de su bolsillo. De ahí el agradecimiento del ministro a ese modesto diplomático español, ejemplo de amor y orgullo por nuestra Carrera. (Ejemplo para algunos de sus/mis compañeros que criticaban los signos externos de ese amor y orgullo: por ejemplo, hacerse 113


un óleo de tamaño natural de condecoraciones). ¡Grande, teacher!

uniforme

y

JOSÉ MARÍA VELO DE ANTELO 1957 He disfrutado miles de instantes de mi vida profesional con casi un centenar de mis compañeros en la Carrera, todos ellos dignos personajes de esos instantes. Tendría que traerlos a todos a estas páginas, pero ello haría la historia interminable, por lo que traigo sólo a uno, en representación de todos. Porque Pepe Velo puede representar muy bien a aquellos pocos compañeros a los que he tenido un cariño casi fraternal (Manuel Benavides, Roberto Bermúdez), a algunos por los que siempre he sentido gran admiración (Carlos Robles Piquer, José Luis Cerón, Raimundo Bassols, Juan Ignacio Tena, Salvador Bermúdez de Castro), a otros a los que debo agradecimiento por lo que me ayudaron en mi carrera (Manuel Fraga, Marcelino Oreja, Carlos Robles una vez más, Máximo Cajal y, aunque no es de la Carrera, sí es Embajador de España, Manuel Prado y Colón de Carvajal), y a tantos que me honraron, además de con su compañerismo, con su grata amistad, cuya lista es demasiado larga para traerla aquí: Paco Monforte, Pepito Castro, Fernando Almansa, José Rodríguez Spiteri, Rafael Conde,… para muestra basta un botón. Con Pepe Velo he saboreado muchos instantes en 114


nuestra tardía relación. Efectivamente: aunque conocí a Pepe antes de su ingreso en la Escuela Diplomática -fui por breve tiempo su profesor de los temas económicos de la Oposición- y, luego, tuve permanentes noticias de su vida en mis años de Buenos Aires, cuando trabé amistad con su suegro, Nicky Antelo, gran empresario español allí afincado, la realidad es que sólo nos conocimos de verdad, esporádicos contactos aparte, ya jubilados los dos en el Madrid de nuestras entretelas. Entonces descubrimos tantas afinidades que cualquier conversación nos llevaba a la conciencia de que compartíamos plenamente una similar concepción del mundo, de las gentes y de las cosas. Nos hemos visto poco cara a cara, pero, sin embargo, nuestras largas conversaciones telefónicas de los últimos tiempos nos han llevado a hablar de lo divino y de lo humano, coincidiendo siempre en la esencia de cualquier tema, en lo político, en lo patrio, en lo económico o social, en lo religioso, en lo humano o deportivo. Tenemos en común edad, educación, profesión y gustos. Los dos procedemos del franquismo y no negamos nuestra trayectoria (somos miembros de la Fundación Nacional Francisco Franco), sin perjuicio de nuestra lealtad a la Constitución que se dieron los españoles, a pesar de haber, ambos, votado no a la misma en 1978 (¡el dichoso y perturbador Título VIII!). 115


Somos los dos aborrecedores del aborto (Pepe, incluso ha publicado una obra literaria sobre este horror de nuestro tiempo y yo colaboro activamente con la Asociación Hazte Oír y otras Provida), y católicos, aunque pecadores, practicantes. Orgullosos de ser españoles, no entendemos bien eso del "nacionalismo español". Algunos nos tachan de ser de derechas, e incluso de la ultra derecha, lo que rotundamente negamos, pues, aparte nuestro concepto de Patria, nuestras ideas políticas se basan en la doctrina social de la Iglesia (amén de cierto ramalazo falangista que tenemos, sin haber sido nunca miembros de la Falange: admiración por José Antonio). Rechazamos por falsa la autoproclamada superioridad moral de la izquierda. Y para rematar nuestra ortodoxia, o quizás heterodoxia, somos acérrimos madridistas (viejos socios, ambos fuimos directivos en el Real Madrid, Pepe nada menos que con don Santiago Bernabeu). Es decir, los dos somos unos "fascistas" típicos (para los sedicentes progres). Por todo ello, José María Velo de Antelo es mi personaje diplomático por antonomasia. EL VALLE DE LOS CAIDOS 1959 Viene el Valle de los Caídos a ser un "personaje" de mi vida porque desde la primera vez que lo contemplé, 116


recién inaugurado y abierto al público en 1959, he rememorado ese instante como uno de los más impactantes para mi retina, para mi mente y para mis emociones. Y ello debido a su intrínseca belleza, a su equilibrio, a su capacidad de transmitirme "algo". (Otros instantes en esta línea han sido enfrentarme por vez primera con la Victoria de Samotracia, en el Louvre, y con el Pórtico de la Gloria, en la catedral de Santiago de Compostela). He visitado varias veces el Valle sin que jamás disminuyera esa emoción estética y vital. Por eso, no comprendo cómo, entre las críticas que se le hacen, aparte de la de los revisionistas adanistas de la Historia, se enfatice también que es un reflejo de la monumentalidad propia de los Fascismos, carente de belleza. ¡Como si la monumentalidad estuviese reñida con la Belleza! (Y no entro en el tema de las intenciones, de moda hoy, de falsificar la historia de la construcción de este conjunto monumental con los fines espúreos de transformarlo, e incluso, de ¡destruirlo!, como pide ese inefable personaje separatista vasco, Anasagasti). MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES 1959 Tras la Escuela Diplomática, el 1 de junio de 1957 los quince compañeros de mi promoción cruzábamos el portón del Palacio de Santa Cruz y, de la mano de 117


aquel gran ministro que fue Fernando María Castiella, recibíamos nuestro nombramiento como secretarios de embajada de 3ª clase. Iniciábamos así nuestra Carrera diplomática, que iba a ser brillante para muchos de nosotros. (Una trágica excepción fue la temprana muerte, en Sao Paulo, del entrañable Juan González-Camino, adorado por todos nosotros desde el primer instante de conocerle). Pocos fueron los años que yo pasaría en los despachos de Santa Cruz, pero el Ministerio iba, naturalmente, a ser una referencia permanente en mi vida profesional. Como único economista de mi promoción, mi carrera estaba predestinada a las relaciones económicas internacionales, por lo que fui destinado a la Dirección General de ese nombre, (R.E.I.), a las órdenes del Consejero de embajada, Isaac García del Valle, que, en los tres años que estuve a sus órdenes me enseñó magistralmente las técnicas de la negociación internacional. Salvo algún otro servicio -alguna guardia en Cifra o la incorporación transitoria a la Oficina de Información Diplomática (O.I.D) para reforzarla con motivo del viaje oficial a España del Presidente de los Estados Unidos- fueron tres años de duro aprendizaje en R.E.I. El premio fue mi primer destino: en 1962 fui nombrado Agregado Comercial a la Embajada de España en Bruselas. Casi diez años tardé en volver al Ministerio, 118


porque, tras Bruselas, llegarían destinos en Montevideo y Buenos Aires. En julio de 1971 volvía a atravesar el portón de Santa Cruz, ahora como Consejero de embajada y Subdirector General de Relaciones Económicas Multilaterales. Nuevamente tuve la suerte de estar a las órdenes de un buen Ministro, Gregorio López Bravo, y un excepcional Director General, José Luis Cerón, y de convivir durante cinco años en R.E.I. con grandes e inteligentes compañeros: Raimundo Bassols, Tomás Chávarri, Miguel Aldasoro, Carlos Westendorp, Tomás Lozano, Erik Martel, Aurora Bernáldez, Gonzalo Ortiz... La experiencia de estos años, especialmente cuando pasé a la Subdirección General de Relaciones Bilaterales, fue formidable. Llegué a negociar, como miembro o presidente de delegación española, acuerdos comerciales, financieros o técnicos con más de veinte países, especialmente iberoamericanos y todos los del Telón de Acero, salvo la URSS. Viajes y más viajes. Y en el plano interior, aparte la gestión diaria, como consejero de CESCE completé mi ya extensa formación en el campo del comercio exterior. Cuando murió Franco, abandoné Exteriores por Industria, primero, y luego, Comercio, durante casi cuatro años. Y nuevamente atravesé el portón de Santa Cruz en 1979, pero esta vez no para instalarme en uno de sus 119


despachos, sino para prepararme en sus archivos, para mi inminente puesto de Embajador en Méjico. En 1983, por cuarta y última vez, crucé el portón del Ministerio de Asuntos Exteriores, para conocer de boca de mis compañeros, los nuevos mandamases socialistas, que no contaban conmigo, por lo que, tras solicitar la excedencia, salí de la que había sido mi Casa profesional durante veinticuatro años hacia lo desconocido. Tenía 52 años y ni un duro en el Banco. Sin embargo, salí sin rencor hacia mi Ministerio; por el contrario: las nobles piedras del bello Palacio de Santa Cruz siempre permanecerán en mi corazón. El rencor lo guardo para el PSOE. Siempre me llevé bien con mis "amigos y compañeros" -(esa es nuestra jerga; a veces, sin embargo, teníamos que decir, "amigo, aunque compañero)”- tanto con los del Ministerio como con los de las cuatro Embajadas en las que estuve destinado, pero, naturalmente, algunos llegaron a ser más que compañeros, más que amigos, casi como hermanos. Por lo demás, llevaré hasta la tumba el recuerdo de la amistad y compañerismo de Juan Ignacio "Juanchín" Tena, Manuel Barroso, Víctor Ibáñez Marín, Carlos Manzano, José Maeso, José Luis Aguilar, Manolo Benavides, Roberto Bermúdez y los ya mencionados compañeros de R.E.I., sin olvidar a mis subordinados en Méjico, José Rodríguez-Spiteri, Fernando Almansa y Rafael Conde. Inmensa suerte he tenido en toparme con todos ellos a lo largo de mi 120


Carrera, porque también todos me enseñaron a ser mejor diplomático e, incluso, mejor persona. EL PASAPORTE 1959 Desde que lo recibí por vez primera, he llevado con orgullo mi pasaporte diplomático, prueba externa de mi condición de pertenencia a una de las más hermosas profesiones que existen. Eso de que S.E el Jefe del Estado o S.M. el Rey, al concederme pasaporte diplomático "por tanto ordena a las Autoridades civiles y militares de España le dejen transitar libremente y espera que los países extranjeros adonde se dirija no le pongan impedimento alguno en su viaje, antes bien, le den todo el favor y ayuda que necesitase por convenir así al bien del servicio nacional", estas palabras, repito, para mí subrayaban la importancia de mi misión, cualquiera que está fuera. Pronto me bajé del guindo, para darme cuenta de que los privilegios e inmunidades diplomáticos tienen su límite. En mi primera salida de España con mi nuevo pasaporte, en el aeropuerto de París me topé con una inmensa cola ante la policía. Esgrimiendo mi rojo pasaporte e invocando mi condición intenté salvar la cola y ser atendido con preferencia. Un gendarme francés, negro, ¿senegalés?, me paró en seco y con una 121


irónica sonrisa me espetó: "Oh, la, la, monsieur l'ambassadeur! Gardez votre place. Chacun son tour". Humillado, así lo hice. Y aprendí la lección: el pasaporte diplomático no me exime de guardar las normas y esperar "el turno" del que no tiene la suerte de ser diplomático. EL UNIFORME 1959 Junto con el pasaporte especial, el otro signo externo de pertenencia a la Carrera es el tradicional uniforme, azul marino bordado en oro (y por ello, carísimo). Por supuesto, nada más ingresar en el Ministerio todos nos apresuramos a hacernos el uniforme en la sastrería especializada (mis padres me ayudaron a costearlo). Pocas veces iba yo a lucirlo durante mi carrera y ello sólo en sus inicios, concretamente el día de mi boda, en Valencia, el 18 de abril de 1960 y alguna vez, en aquella época, en el Monasterio de El Escorial, con motivo de los funerales por los reyes de España, donde los jóvenes secretarios de embajada actuábamos de acomodadores del Cuerpo Diplomático y otros VIP´s. Aunque cuando fui destinado al extranjero llevé el maletón del uniforme junto con otros enseres, ni en Bruselas ni en Montevideo o Buenos Aires tuve la oportunidad de ponérmelo, en éstos dos últimos 122


destinos porque es bien sabido que las jóvenes repúblicas americanas huyen de cualquier pompa y circunstancia, confundiendo progreso y democracia (cuando la ejercen) con el desprecio a las tradiciones europeas, es decir, confundiendo el culo con las témporas. Y como en 1971, el Monte Udala se hundió, mi uniforme duerme el sueño de los justos en el fondo del Atlántico (Vid: "El Monte Udala- 1971”). Naturalmente ya no quise volver a gastarme un pastón, reponiendo el bello uniforme, entre otras cosas porque uno ya estaba de vuelta de ciertas vanidades y el chaqué y el frac me permitían ir de gala al fin del mundo. (Eso sí, cuando se casó mi hijo Javier, pedí a mi compañero Chávarri que me prestase su uniforme. Tomás y yo éramos de parecida contextura en 1959 cuando nos hicimos el uniforme; pero en 1990, al menos yo, desplazaba 20 kilos más, por lo que me encajé como pude en el viejo uniforme de mi amigo y sólo lo soporté durante la ceremonia religiosa: para la cena de esponsales me fui a casa, respiré, y me puse el correspondiente chaqué). R.E.I. 1959 La Dirección General de Relaciones Económicas Internacionales (REI), del Ministerio de Asuntos Exteriores, fue mi casa por antonomasia durante los 123


años que estuve en activo en la Carrera: dos veces estuve allí destinado y de ella dependí durante mis años de servicio en los puestos comerciales de Bruselas, Montevideo y Buenos Aires (incluso mi misión en Méjico, como embajador, estuvo basada en mi formación y experiencia en las relaciones económicas internacionales). Al salir de la Escuela Diplomática, como único economista de mi promoción naturalmente se me destinó a REI; allí pasé casi tres años y allí regresé tras nueve años en el extranjero, en septiembre de 1971. Mi primer Director General fue el veterano y gran señor Faustino Armijo y, en mi segunda etapa, lo fueron nada más y nada menos que dos lumbreras de nuestra Carrera: José Luis Cerón y Raimundo Bassols. Siempre he tenido mucha suerte con mis jefes (Vid: "Jefes, 1995") y también con casi todos los compañeros con los que he coincidido, tanto en REI como en las embajadas donde estuve destinado. Todos ellos me ayudaron, como superiores, subordinados o iguales, para lograr los pocos o muchos éxitos que he tenido, hayan sido reconocidos o no. De REI, aparte de Armijo, Cerón y Bassols, jamás olvidaré, sobre todo a los dos Javier Elorza, a Carlos Robles Piquer, Javier Vallaure, Isaac García del Valle, y a mis compañeros de promoción, Aldasoro, Chávarri y Lozano. En mis dos etapas de REI, la primera como un 124


novato más, la segunda ya Subdirector General, el "adversario" o competidor en la Administración era la Dirección General del Política Comercial (POLCO) del todopoderoso Ministerio de Comercio, debido a la eterna lucha entre los dos Departamentos sobre a quién correspondía la dirección del Servicio Exterior en materia económica y comercial (lo que llevaba aparejado la ocupación de los puestos en las oficinas comerciales de nuestras Embajadas). Frente a Exteriores y a los pocos diplomáticos especializados en los temas económicos -se nos podía contar con los dedos de las manos- se encontraba el magnífico Cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado del Ministerio de Comercio (para más inri, unificado, años después, con el no menos magnífico Cuerpo de Economistas del Estado). Tuvimos que compensar nuestra inferioridad numérica con nuestra propia calidad y la permanente demostración de nuestra valía individual, ya que, además, en pleno desarrollo de nuestra economía y su creciente internacionalización, el peso político de nuestro Ministerio en estos temas era muy inferior al de Comercio. (Así lo hicieron, ya en mi época, los Aldasoro, Chávarri, Bassols, Bermúdez, Pablo Benavides, Bernáldez, Westendorp, Blasco y pocos más). Tuvo que llegar Gregorio López Bravo, en 1970, con un buen hacer como ministro y su peso personal en aquel Gobierno de Franco, para que REI ganase su pulso diario a POLCO, sin olvidar el peso 125


creciente que estábamos adquiriendo como eje nuclear de las relaciones con las Comunidades Europeas, ya en la época de Cerón. Mis relaciones personales con los técnicos comerciales fueron siempre muy buenas: siempre nos tuvimos un gran respeto mutuo, yo aceptando sus mayores conocimientos técnicos y ellos aceptando mi liderazgo, es decir, el de Exteriores, en decenas de negociaciones que, juntos, hicimos en más de veinte países. Este entendimiento me llevaría en su momento a la Subsecretaría del Ministerio de Comercio, (donde por mi cargo, tuve que defender sus competencias frente a un proyecto de ley del Servicio Exterior que estaba elaborando Exteriores a costa de Comercio; mi actuación no gustó mucho en Santa Cruz, ya que el proyecto murió). Tantos años relacionándome con Comercio dieron como resultado que los Técnicos llegaron a considerarme como "uno de ellos" y que yo considerase a muchos de ellos más compañeros míos que a tantos otros diplomáticos, amén de desarrollar una amistad imperecedera con algunos. EL MINISTERIO DE COMERCIO 1959 El Ministerio de Comercio ha sido mi segunda gran Casa profesional, aunque a veces fue la primera y 126


siempre estuvo presente y fue con frecuencia decisiva en mi Carrera. Marcada ésta, desde el primer momento, por la senda de las relaciones económicas internacionales era inevitable que Comercio, Ministerio dominante entonces en este sector, fuera también determinante para mí. Admiraba yo al Cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado por su enorme valía profesional, especialmente de la generación contemporánea de la mía, que hubo de someterse a durísimas oposiciones de ingreso; además conocía a algunas de sus jóvenes futuras estrellas del mundo comercial internacional, por haber sido compañeros en la Facultad o, incluso, alguno alumno mío, como Agustín Hidalgo de Quintana. (Durante los dos años en la Escuela Diplomática, habiendo dejado las clases en el Ateneo, complementaba yo la escasa beca que allí recibíamos con clases particulares de inglés o de economía, impartidas en mi domicilio. Agustín, que llegaría a ser más que un amigo, casi un hermano, se preparaba para diplomático y yo le preparé los temas económicos de nuestra oposición. En el famoso escándalo de las oposiciones de 1959, Agustín y algún otro -creo recordar que fue Pedro Schwartzfueron excluidos de una lista de aprobados por el Tribunal examinador, al parecer por desafectos al Régimen. El tiempo demostraría esta enorme injusticia. Y Agustín se hizo técnico comercial y llegaría a ser Secretario de Estado de Comercio; 127


Schwartz se convertiría en un notable catedrático de Economía). Desde mi primer destino en R.E.I., toda mi carrera estuvo ligada, con mayor o menor intensidad, al Ministerio de Comercio, pero fueron los puestos de Agregado Comercial en Bruselas y Consejero Comercial en Montevideo y Buenos Aires cuando mi relación con Comercio se intensificó, pues técnicamente pasé a depender de ese Departamento. Eran unos años, como ya he mencionado, de fuerte competencia entre Exteriores y Comercio para ver quien dominaba la Política Comercial Exterior y quién cubría los puestos comerciales en el exterior. Sospechoso al principio como diplomático que era, mi honestidad y lealtad a mis Jefes de Comercio me valieron un gran reconocimiento y valoración por su parte. Esto no lo perdí en mis años de Subdirector General en R.E.I, donde seguían las escaramuzas entre los dos Ministerios y, esta vez, yo defendía otras posiciones; la presencia de Agustín Hidalgo como Subdirector General de Política Comercial -algo así como mi opposite number en Comercio- así como mi mano izquierda al tratar con los técnicos comerciales, especialmente cuando presidí tantas delegaciones comerciales españolas, calmaron muchas aguas y la colaboración Exteriores-Comercio se normalizó. No es de extrañar, pues, que años más tarde, en 1976, 128


vacante la Subsecretaría de Comercio, el "soviet" de ese Ministerio -así se denominaba coloquialmente el grupo de Técnicos que representaban oficiosamente a todo el Cuerpo- sugiriese mi nombre para ocuparla, como así fue. Nuevamente me tocaba decantarme por Comercio en las escaramuzas con Exteriores, aunque esta vez fue casi una batalla: Exteriores preparaba, una vez más, un borrador de Ley del Servicio Exterior -hoy, 2013 todavía sigue preparando uno nuevo- que no gustaba en Comercio por considerar que invadía sus competencias; me tocó, como es natural, defender a "mi" Ministerio, que era Comercio en esta ocasión, y conseguimos parar el proyecto de ley. Esto ratificó la confianza que tenían los Técnicos y me "descolocó" algo en Exteriores, por lo que en 1977, al cesar en la Subsecretaría fui nombrado por el nuevo ministro de Comercio, García Díez, presidente de FOCOEX, la Trading Co. estatal. Dos años después, García Díez, es decir, Comercio, fue quien, al parecer, propuso mi nombre para la embajada en Méjico. Ya jubilado y asesor de varias empresas españolas, continué mi relación con Comercio y sus técnicos comerciales: habían pasado veinte años desde FOCOEX y, sin embargo, el Ministerio seguía acogiéndome con simpatía y recuerdos compartidos; incluso a los jóvenes funcionarios mi nombre significaba algo. Siembra y recogerás. Como es 129


lógico, sería muy larga la lista de técnicos comerciales con cuya amistad me honro, pero me limitaré a mencionar los más entrañables: Agustín Hidalgo de Quintana, José María Jerez, José Ramón "Jippy" Bustelo, Bartolomé Bonet, Apolonio "Poli" Ruiz-Ligero, sin olvidar a Luis Velasco y Guillermo de la Dehesa, que tanto me ayudaron en aquellos difíciles momentos en que el Gobierno "de los penenes" preparaba la Ley de la Reforma Política. (España era un hervidero clamando por las libertades, con las consiguientes revueltas en la Administración; como Subsecretario tuve que lidiar con huelgas y reivindicaciones políticas que, naturalmente, no estaban en mi mano dar y Luis y Guillermo ayudaron a calmar muchos ánimos. El harakiri de las Cortes Franquistas y las primeras elecciones democráticas los calmaron totalmente). La Subsecretaría me dio mucho trabajo, múltiples satisfacciones y algunos sinsabores, pero cuando cesé, en julio de 1977, me fui con la sensación del deber cumplido y con un agradecimiento eterno al estupendo Cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado. DWIGHT D. EISENHOWER 1959 La sonada visita a Madrid del General Dwight D. Eisenhower, Presidente de los Estados Unidos, en diciembre de 1959, me supuso la primera condecoración de mi vida, la Cruz de Caballero del 130


Mérito Civil. ¡Y sólo llevaba seis meses en el Ministerio! El hecho fue así: aunque el Régimen de Franco ya no era un apestado de la Comunidad internacional tras su ingreso en la ONU y su alineación con los EEUU en la Guerra Fría, su prestigio democrático seguía bajo mínimos, lo que sólo algún gesto internacional importante podría enderezar, siquiera en parte. Y la diplomacia española lo consiguió: el Presidente de los EEUU visitaría oficialmente España y permitiría que la foto de Franco, abrazando a Eisenhower, un general triunfador a otro general triunfador, diera la vuelta al mundo. Naturalmente, el Ministerio se volcó en la preparación y desarrollo de la visita, donde lo propagandístico, las fotos, películas y relatos de la misma fuera lo predominante y todo saliera bien. Para ello, había que cuidar con esmero, diplomacia y convencimiento a la pléyade de periodistas de todo el mundo, especialmente norteamericanos, que iban a cubrir el viaje del Presidente. Todos los diplomáticos en activo en Santa Cruz fuimos movilizados y adscritos a la Oficina de Información Diplomática que, con mano maestra, dirigía Adolfo Martín Gamero. Cada uno de nosotros fue adscrito como attaché a un periodista acreditado para el evento; a mí me tocó uno de un innominado periódico del Middle West americano, bastante escéptico sobre Franco: continuamente hacía referencia a las Brigadas Internacionales, 131


"luchadores por la libertad", y a los "héroes" del Maquis. Si me hubiera planteado la batalla en el terreno de las carencias democráticas de nuestro Régimen poco habría podido yo hacer en su defensa, pero el muchacho, al centrarse en la Guerra Civil y años posteriores, me permitió lucirme explicándole lo que aquellos habían representado, es decir, el Comunismo en acción, es decir, lo que su país venía años combatiendo en el mundo entero. Pero no gané mi medalla por ello, sino porque el viaje del General Eisenhower fue tal éxito y dejó tan satisfecho al General Franco que fuimos condecorados todos los que de mayor o menor manera habíamos participado en él. Naturalmente, los "últimos monos", los jóvenes Secretarios de Embajada, recibimos la condecoración más modesta y en su grado inferior. Pocos meses después, el día de mi boda, pude lucir por primera vez mi Cruz de Caballero. PRESIDENCIA DE GOBIERNO 1960 Dos veces tuve relación con la Presidencia del Gobierno. La primera en 1960, jovencísimo secretario de Embajada en R.E.I., cuando el Ministerio dispuso mi “incorporación, con carácter transitorio, a la Presidencia del Gobierno, para colaborar en el estudio de un plan de desarrollo económico de España a 132


realizar por dicho Departamento con una misión del Banco Mundial”. (Así reza la Orden que, firmada por Castiella, recibí el 22-11-1960). Como economista, pude aportar mi granito de arena en los balbuceos de una política que condujo a cuatro Planes de Desarrollo. La segunda, fue ya en 1974, cuando participé en el IV Plan de Desarrollo español. Después de la II Guerra Mundial, se puso de moda en la Europa capitalista -tras la recuperación que provocó el Plan Marshall- por la influencia de las teorías Keynesianas, establecer planes de desarrollo al estilo Soviético, aunque en nuestro caso como meramente indicativos e incentivadores. Tuve el honor y el placer de participar en el IV Plan en las Ponencias de Comercio y de Construcción de Maquinaria. Nuevamente trabajé en Presidencia del Gobierno, donde ya no estaba López Rodó, que había sido el gran impulsor de los Planes desde el primer momento. OSLO 1960 Tras los acuerdos con el FMI y el Banco Mundial, -en cuya negociación participé como jovencísimo secretario de la delegación española y que fue un rotundo éxito para el Gobierno de Franco, que con 133


este “rescate”, como diríamos hoy, abandonaba su obsoleta política autárquica- y el consiguiente Plan de Estabilización que en 1959 iniciaba la liberalización de la economía española, hubo que negociar con diversos países los hasta entonces Acuerdos bilaterales de Pagos que, vía un sistema de clearing, cubrían financieramente los acuerdos comerciales existentes, casi de trueque. Como secretario de la delegación española, que presidía mi jefe, García del Valle, viajé a Londres y a las cuatro capitales escandinavas, que integraban la zona de la libra esterlina. (Volver a Londres, después de catorce años fue un gratísimo placer, sobre todo comprobar que había desaparecido toda huella de la Guerra Mundial y que el país se había desarrollado bien. Naturalmente, visité mi antiguo Colegio: los padres Sinnot y Webb habían fallecido; los demás, algunos muy envejecidos, me acogieron con alborozo). Descubrí la belleza de Copenhague y Estocolmo, el provincianismo de Helsinki y un Oslo, pequeño y acogedor. Todo se desarrolló according to plan, y en todas las capitales nos alojamos dignamente, eso sí, sin lujos, como era nuestra costumbre y nos imponía el interventor del Ministerio. Cuando tocó el turno de Oslo, en pleno mes de junio de problemas hoteleros pues llegaba el día del sol de medianoche, la Oficina Comercial nos había reservado habitaciones, "lo único 134


que encontró", en un hotelucho cercano al puerto. Efectivamente, el hotel era un horror, las habitaciones muy descuidadas e iluminadas con bombillas de colores. Casi no pude dormir aquella primera noche, por un continuo trasiego de gentes, voces y ruidos. A la mañana siguiente ¡descubrimos que estábamos alojados en una casa de citas! La Embajada pudo sacarnos de allí y alojarnos adecuadamente. (La cama donde dormí era amplia y la ropa limpia, aunque con fuerte olor a lejía). Para compensar aquella noche, esos días en Oslo comimos el mejor salmón del mundo y conocimos el amigable carácter de los noruegos (qué diferencia con los suecos, que nos trataron con mucho desprecio, por aquello de que éramos "fascistas"!). Conocí a la familia Sandberg, a la que pertenecía la madre de Miguel Aldasoro. HOLLYWOOD 1960 Nunca he estado en Hollywood ni en ninguna parte de la costa oeste de los Estados Unidos, pero, a través del cine, esa ciudad americana ha sido siempre la de mis sueños. Allá por los años 60, aburrido del neorrealismo italiano y de la insoportable nouvelle vague francesa -y no digamos de los bodrios del cine sueco-, descubrí que no hay más cine que Hollywood y John Wayne es su profeta (me refiero, claro, al cine 135


de la época clásica, años 30, 40 y 50). Mi pasión por el cine nació cuando, de niño, en los primeros años de la posguerra civil, iba con mis amigos los Muniesa, Carlos Soler, Julio Iglesias (no el famoso), Gonzalo Silió, Max Carrizosa a los cines Príncipe Alfonso o Colón, vecinos a mi casa, a disfrutar de las películas de "cobois" (cowboys), todas serie B, protagonizadas por los míticos Tom Mix, Buck Jones o Tim McCoy, y de los sorteos de juguetes en los descansos, juguetes de la época, sencillos, de madera u hojalata. Pero, sobre todo, ya en Londres, en los años de mi adolescencia, cuando descubrí los géneros desarrollados por Hollywood; el thriller, el musical con el tecnicolor de Natalie Kalmus, la aventura (inolvidable Robin de los Bosques) y, sobre todo, el western, la apoteósis épica del nacimiento de la nación norteamericana (young man: go West!), que me hizo levitar con La Diligencia, de John Ford... y John Wayne. Y, naturalmente, con el descubrimiento del amor a distancia hacia las Rita Hayworth, Gene Tierney o Linda Darnell, que humedecían nuestros sueños. De ese amor al cine queda constancia en mi biblioteca y en una amplia videoteca, hoy sustituida por una DVDteca, que me permiten, aquella, bucear en la historia del cine y sus protagonistas, y ésta última, disfrutar una y otra vez con el visionado de casi un millar de películas clásicas, desde Casablanca hasta Centauros del Desierto, desde Lo que el Viento 136


se llevó hasta Cantando bajo la lluvia. Por eso no me aburro en mi vejez: familia, Real Madrid y Hollywood siguen llenando mi vida. Mr. ELLIS Y Mr. LEAFE 1960 La Copa de Europa de fútbol fue una genial creación del diario parisino L’Equipe, que otro genio, Santiago Bernabeu, eterno presidente del Real Madrid, apoyó sin descanso. En la temporada 19551956 se jugó la primera edición que ganó el equipo blanco. Y también ganó las cuatro siguientes, culminando en Glasgow, la Quinta en 1960, en lo que algunos consideran el mejor partido de la historia. Y llegó la sexta edición en 1961. El Madrid seguía siendo el favorito para ganarla. Tal superioridad continuada ponía en peligro por razones obvias la permanencia de la Copa. Alguien, ¿la UEFA?, ¿l’Equipe?, decidió que eso no podía ocurrir: se necesitaba un nuevo campeón, ¿el Barcelona? ¿el Benfica? ¿el Milan? Qué casualidad: una eliminatoria fue Madrid-Barça, como siempre a doble partido. Y aquí aparecen los dos inefables personajes, ingleses ambos, Mr. Ellis y Mr. Leafe, que arbitraron en Madrid y Barcelona, respectivamente. En los dos partidos, los misters masacraron al Madrid, (fui testigo personal del partido en Chamartín junto con mi compañero Tomás Chávarri, que descubrió mi faceta de Mr. Hyde, 137


cuando el Dr, Jeckyll diplomático va al fútbol), con varias decisiones injustas, sobre todo la anulación de varios goles nuestros en los dos campos. El Barcelona, tras un 2-2 en Madrid y un 2-1 en Barcelona, llegó eventualmente a la final, pero -justicia poética- el Benfica fue el campeón. (Cuarenta años tardaría el Barça en ganar su primera Copa de Europa. El Madrid jugaría en 1962 otra final, perdiéndola también frente al Benfica; fue el ocaso de una época). Mr. Ellis y Mr. Leafe han pasado a la historia del bestiario del Real Madrid. A mí me hicieron pasar algunos de los instantes más amargos de mi vida. Supongo que los dos estarán ahora purgando sus culpas en el infierno de los futbolistas. FIDEL CASTRO 1960 Como toda persona decente, en 1959 celebré el triunfo de la revolución castrista en Cuba, tras el derrocamiento del General Batista. Poco tardé, como tantos, en decepcionarme, cuando Fidel Castro empezó a mostrar la patita marxista y otros signos del Régimen que estaba montando y que, desgraciadamente, dura hasta hoy, más de medio siglo después. Y, encima, este hijo de gallegos mostró 138


enseguida cierto antiespañolismo, disfrazado de antifranquismo. Una noche del mes de enero de 1960, me encontraba yo de guardia en el servicio de Cifra del Ministerio cuando entró un telegrama cifrado procedente de nuestra embajada en La Habana. Junto con un auxiliar administrativo y armado de los libros de cifra, (así de obsoleto era nuestro servicio), empecé a descifrar el telegrama que comenzaba con un doble "Descifre V.E. personalmente". Este comienzo indicaba que algo grave venía a continuación y equivalía a un "for your eyes only", es decir, sólo lo podía descifrar y ver de inicio el propio Ministro. Pasé al Palacio de Viana, desperté a Castiella, que, en bata, pasó a Santa Cruz para hacerse cargo del asunto. Descifrado el telegrama, empezaba diciendo: "Me acaban de expulsar de Cuba..." y lo firmaba nuestro embajador, Juan Pablo de Logendio. Al parecer, en uno de sus legendarios larguísimos discursos ante las masas -Castro ha sido siempre el paradigma de la verborrea-, en presencia del embajador de España atacó furibundamente al General Franco; Logendio, indignado, subió al estrado del Comandante y le increpó duramente. Sin violencia física, fue expulsado del mítin y le dieron veinticuatro horas para salir del país. Se iniciaba así una grave crisis diplomática que, afortunadamente, sólo se manifestaría en que durante los quince años siguientes las relaciones diplomáticas no tuvieran 139


embajadores a su frente. En aquel momento Fidel no podía saber que el Gobierno de Franco, es decir, España, no seguiría el aislamiento del Régimen Cubano que pronto establecería Washington, ni que nuestro país iba a ayudarle tanto en el terreno económico y comercial. (Como me ocurre en otros muchos casos, a veces pienso que este instante en el Servicio de Cifra fue sólo un sueño y no una realidad como he descrito. Si fuera así, espero que alguien me lo haga notar. En todo caso, para mi vida, " si non e vero…"). En diciembre de 1974, como regalo colateral al muy favorable Acuerdo Comercial para Cuba que, negociado por mí, firmó el Ministro español de Comercio, Nemesio Fernández Cuesta, se restablecieron las relaciones a nivel de embajadores. Con motivo de la firma, esta fue la segunda vez que veía y platicaba, con el pleno de la delegación española, con Fidel Castro, distendido, afable, arrollador en su verborraica simpatía y en plena forma física. Previamente, había charlado con él, en un pequeño aparte en una restringida recepción, sobre las dificultades precisamente de la negociación de este Acuerdo Comercial, donde la delegación cubana, sabedora de su postura de fuerza, no cedía un solo milímetro en sus exageradas pretensiones. (Vid. "Cuba 1972"). ¡Qué pena que esta gran inteligencia y 140


esa fuerza de la naturaleza que ha sido el Comandante las haya despilfarrado en llevar a la práctica el funesto y criminal Socialismo real!

UNA CUNA 1960 Algunos historiadores dan por sentado que AlfonsoXII es hijo de un amante de su madre, Isabel II, el Capitán de su Guardia, Enrique Puigmoltó, Conde de Torrefiel y Vizconde de Miranda, título éste que precisamente le otorgó la reina. (Algunos historiadores recogen que aquel llegó a ser conocido como "el puigmoltejo"). Cuando en 1960 entré en la familia Puigmoltó al casarme con María Victoria, hija del entonces Conde, Vicente, me relataron esta historia o leyenda relacionada con aquella reina de fama promiscua. Los Puigmoltó la consideraban cierta y me mostraron, en casa de la tía Amparo Puigmoltó, hermana de mi suegro, una hermosa y barroca cuna, en forma de barca, presuntamente la del rey niño Alfonso XII, regalo de la reina a su amante, el bisabuelo de mi esposa. La cuna sigue hoy en posesión de la familia, en Valencia. ¿Leyenda o historia? 141


GONZALO 1961 Soy padre de tres hijos, dos varones y la tercera, una real hembra. Gonzalo, el hereu, nació en Valencia, en 1961; Francisco Javier, en Madrid 1962 y Victoria, en Bruselas 1963. Nos hubiera gustado a Mavi y mí a tener más hijos/as, pero la razón se impuso al corazón. Los tres se criaron bien, crecieron mejor y maduraron espléndidamente. Como típicos hijos de diplomático afortunadamente han sabido desarrollar una mentalidad abierta e internacional. Tras sus respectivos estudios universitarios ejercen dignamente sus profesiones. Jamás nos han dado instante amargo alguno sino muchos de plena satisfacción, entre ellos los nueve nietos que alegran nuestra vejez. EL ALCÁZAR DE TOLEDO 1961 Mi padre, hombre de pocas palabras, hablaba muy poco de la Guerra Civil, consciente siempre de su amarga experiencia de la terrible matanza entre hermanos. Sin embargo, como buen militar, admiraba el heroísmo desplegado por unos y otros en determinados momentos y así nos lo contaba; sobre todo, para él, cadete de Infantería en el Alcázar de 142


Toledo durante cuatro años, desde su ingreso en 1911, la gesta del Coronel Moscardó y su gente en el Alcázar, constituía el paradigma del heroísmo y el honor militar. Ya en 1941, mi padre me llevó a visitar las ruinas del Alcázar, contándome en el camino muchas anécdotas de su lejana vida en la Academia de Infantería. Por primera vez, mis ojos recorrieron la ruina de lo que había sido el despacho de Moscardó, donde celebró la famosa conversación con su hijo Luis, fusilado luego por las milicias. En 1961, volví al Alcázar para acompañar a mi padre que, con los supervivientes de su promoción, iban a celebrar, jurando nuevamente la bandera, los cincuenta años de su ingreso en la Academia. (Fue impresionante cantar junto a ellos el imperecedero himno de Infantería). Ese mismo año, mi compañero Jimmy Lugo -que hablaba un inglés perfecto- y yo fuimos encargados por nuestro Ministro de redactar en lengua inglesa la conversación telefónica entre Moscardó y su hijo; así lo hicimos, y desde entonces, los visitantes del Alcázar han podido leer nuestra versión, enmarcada adecuadamente, junto a la versión española en el despacho del Coronel. Como hace años que no voy por Toledo, ignoro si hoy todavía se sigue mostrando al público la gesta auténtica de la defensa del Alcázar de Toledo, incluido el famoso despacho, o si la Memoria histórica (?) ha enterrado bajo siete llaves lo que allí pasó en 1936. 143


Leo, sin embargo que la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar ha denunciado que "se ha aprovechado la polémica instalación del Museo del Ejército en el Alcázar para suprimir toda referencia al Asedio y lo poco que ha quedado es irreconocible e inidentificable con él". (Para terminar de banalizar definitivamente lo que el Alcázar de Toledo significa en la historia militar de España, al parecer hoy se celebran allí bodas, banquetes, ferias y exposiciones). Como mi padre no puede hacerlo, yo desprecio y llamo miserables a todos los que han permitido esto. BRUSELAS 1962-1986 Bruselas ha sido una capital decisiva tanto para mi vida profesional como personal. Dos veces fui allí destinado: la primera, en 1962, nombrado por mi Ministerio como agregado comercial a la Embajada en la capital belga y la segunda, en 1986, propuesto por mi Gobierno para ocupar una de las dos Direcciones generales en la Comisión Europea que correspondieron a España cuando nuestro país, por fin, se integró en la Comunidad Económica Europea. (Esta segunda vez supuso también mi reingreso en la Carrera y pasé a Servicios especiales, tras los años que estuve excedente). La primera vez fue corta -septiembre de 1962 a febrero de 1964-, pues debido a una enfermedad de mi esposa, hube de pedir 144


traslado a un puesto con mejor clima que el frío, húmedo y oscuro característico de Bruselas; la segunda fue muy larga -mayo de 1986 a julio de 1995y duró hasta mi jubilación, en la Comisión y en el Ministerio, al cumplir los sesenta y cinco años reglamentarios. (Quizás la categoría profesional de los dos puestos que tuve en la Comisión en esos años, la alta retribución y las expectativas de la pensión de jubilación, fueron decisivas en esta segunda larga permanencia en Bruselas, a pesar del horrible clima de esa ciudad y que mi familia permaneció en Madrid durante todo ese periodo). En el haber del Bruselas de 1962 está el hecho de que era mi primera salida en la Carrera, y además en "lo mío", es decir, lo económico, y en un puesto, aunque modesto, en una ciudad europea, lo que no era frecuente para un joven secretario de embajada; pero sobre todo, que mi hija Victoria fue concebida y nacida en esa capital. Fue también mi primer contacto con la incipiente unificación de la Europa tan malherida por las dos guerras mundiales del siglo XX. En el debe de aquella primera experiencia profesional apunto, claro, la grave depresión que sufrió mi esposa -pronto curada por el sol, las playas y las gentes de Uruguay, mi siguiente destino (donde fui trasladado a petición propia, precisamente debido a la enfermedad de Mª Victoria)y los malos momentos que pasamos los "fascistas" de la Embajada de España, en algunos momentos. 145


Muy fructífera fue la segunda vez que fui destinado a Bruselas. Allí permanecí nueve años, en dos altos puestos de la Comisión Europea, Director General de Transportes (y Turismo por breve tiempo) e Inspector General de Servicios. Allí conocí y traté a muchas personalidades europeas e internacionales y tuve ocasión de viajar con frecuencia a los, entonces, doce Estados miembros. Allí me "europeicé" completamente y descubrí el placer y los placeres de vivir en una hermosa ciudad europea, a pesar de su clima y de todavía algunos resquemores sobre los descendientes o herederos de las crueles tropas del duque de Alba. Allí fui feliz, sobre todo profesionalmente, aunque también en lo personal, a pesar de que mi familia, esta vez, no me siguió al destino bruselense, mis hijos por sus estudios y luego sus trabajos y sus matrimonios, mi esposa, por razones obvias: el recuerdo de la negativa experiencia de 1962. Bruselas -y tantos amigos, belgas y de otras once nacionalidades- siempre permanecerá en mi memoria y en mi corazón. LA EMBAJADA DE ESPAÑA EN BRUSELAS 1962 En septiembre de 1962, previa escala en París, llegué con mi esposa a Bruselas, para tomar posesión 146


de mi primer destino en el extranjero: agregado comercial a la Embajada de España. Mi puesto, lógico en un novato, era modesto, pero la Embajada era de suma importancia, pues cubría no sólo la relación bilateral con Bélgica sino también las relaciones con las Comunidades Europeas. El embajador era el Conde de Casa Miranda, un gran señor de la diplomacia, dotado de un buen sentido del humor. (Al presentarme formalmente ante él, me dijo: "Peña: en lo profesional sé que no tendré problemas con Ud., pues su valía se presupone por el hecho de que el Ministerio confíe en Ud.; y espero que no los tenga en lo personal si me confirma lo que me han dicho de Ud: que le gustan las señoras (!), juega bien al bridge y es hincha del Real Madrid". Le confirmé los tres extremos y el único problema que tuve en lo sucesivo con mi embajador fue los muchos francos belgas que me "sacó" jugando al bridge). Había dos ministros consejeros, Eduardo Laiglesia y José Manuel Abaroa, uno para asuntos de Bélgica, el otro para la CEE, ambos bastante sobrados con el joven diplomático verde que todavía era yo. (Laiglesia me había conocido como pequeño refugiado en la Embajada de Chile en 1936 y afirmaba recordarme con cariño, lo que no le impidió prohibirme (sic) alquilar un piso en el mismo edificio donde él vivía, “pues un joven secretario no debe poder codearse 147


socialmente con un ministro plenipotenciario (!)”. Mi jefe, Carmona, y Nieva, que me ayudaban a buscar piso, me disuadieron de enfrentarme con Laiglesia cuando me emperré, testarudo, en no echarme para atrás). En cambio, otros compañeros como José Luis Aguilar, José Luis Litago y Alberto Aníbal fueron mis auténticos maestros en el duro aprendizaje que es el primer destino en el extranjero para un novato y para su esposa. Párrafo aparte merece Fernando Castillo, un estupendo compañero de promoción que, junto con su esposa Queta, acogieron al matrimonio Peña en su casa y nos ayudaron en la también siempre difícil primera instalación. Párrafo aparte y también de honor, merece el Conde de Nieva, agregado a la embajada que, con su señorío y larga experiencia bruselense nos facilitó tantas cosas. Mi jefe directo fue el Consejero Comercial, Emilio Carmona, un técnico comercial del Estado, otro de mis primeros maestros en el mundo del comercio internacional; hombre sabio y tranquilo que, junto con su esposa Rosario, supieron darnos cariño y apoyo cuando lo precisamos, tanto en lo profesional como en lo personal. Y no me olvido de otro técnico comercial, Rodolfo Gijón, uno de los seres más entrañables que jamás he conocido. Creo que todos los aquí mencionados fuimos más o menos felices en esa Embajada y todos hicimos buenas amistades, tanto 148


diplomáticas como locales. Sin embargo, todavía en 1962 éramos considerados en las esferas oficiales como unos peligrosos fascistas dictatoriales y, a veces, también en la esfera popular, azuzada por los medios izquierdistas; así ocurrió cuando fue ejecutado en España el comunista Puig Antich por sus crímenes de guerra y tuvimos que soportar el acoso de nuestras oficinas y a veces de nuestras personas. Es el único instante desagradable que recuerdo de Bruselas, clima espantoso de esta ciudad aparte. MONTEVIDEO 1964 Montevideo fue una capital decisiva para mi vida personal. Allí curó mi esposa su grave depresión bruselense y allí iniciaron mis tres hijos su educación primaria, esa primera experiencia educativa que marcará toda su etapa escolar. La capital de la República Oriental del Uruguay era templada, moderada y agradable por su clima, su amplitud y, sobre todo, por sus gentes, esos "charrúas" que, garra y fiereza aparte, son amables y "muy entradores" (se le meten a uno en el corazón). A pesar de los escasos meses que llevaba destinado en Bruselas, el Ministerio, cosa rara, comprendió que necesitaba el traslado a un país de sol y alegría de vivir, y me nombró Consejero Comercial en la Embajada de 149


España en Montevideo, cargo del que tomé posesión en febrero de 1964. Poco después llegó mi familia, esposa e hijos, así como la "tata" María, de la vieja escuela, que ya nos había seguido a Bruselas (magnífica cocinera, ama de llaves y chica para todo, estuvo con nosotros hasta su muerte en 1983. Vaya aquí mi homenaje y cariño a esta mujer, perteneciente a una "especie" ya extinguida). En un hermoso chalet estilo vasco, rodeado de un extenso jardín, en el barrio de Carrasco, a dos "cuadras" de una magnífica playa, allí corretearon mis hijos y renació mi mujer. En Montevideo permanecimos tres años, que pasaron volando por el grupo de amigos que tuvimos la suerte de cultivar y que tan grata nos hicieron la vida: Víctor y Marisa Benavides, Wolfi y Vera Berengruen, Nicoletta Farace y tantos más. Profesionalmente poco me aportó el puesto, pues las relaciones económicas y comerciales con Uruguay eran muy limitadas, salvo nuestras importantes compras de carne de vacuno uruguaya. Sin embargo, allí tomé contacto por vez primera con el mundo multilateral, como observador de España en la ALALC y a veces en la CEPAL. (Con sede en Santiago de Chile, allí me envió el Ministerio para, supongo, ayudar a formarme). También en Montevideo, que exageradamente se consideraba el ombligo de la democracia, los funcionarios de la embajada éramos 150


"fascistas", principalmente para la prensa izquierdista allí predominante; pero nunca tuvimos ningún incidente de gravedad. Realmente, los Peña nos encontramos siempre muy a gusto. Tuve dos embajadores, Javier Conde y Rafael Ferrer, aquel por poco tiempo, y un gran compañero y amigo, Juan Ignacio “Juanchín” Tena. Todos grandes diplomáticos de los que aprendí mucho. En Montevideo pronuncié la primera conferencia pública de mi vida. Era el año 1964 y en España se celebraron con gran pompa y circunstancia los "25 años de paz", es decir, los años transcurridos desde el final de la guerra civil. La conferencia versó sobre el desarrollo de la economía española durante esos veinticinco años, desde la pobreza y hambre de la posguerra, pasando por la autarquía, la reconstrucción y principio de la liberalización tras el Plan de Estabilización de 1959, hasta los planes de desarrollo y la incipiente industrialización que nos hacía entrever el futuro "milagro económico español", que estaba a la vuelta de la esquina. Gran éxito de crítica y público. En 1967, mi traslado a Buenos Aires -claro ascenso en mi carrera- me pilló por sorpresa y me permitió abandonar, con lágrimas en los ojos, ese plácido Montevideo, donde habíamos sido tan felices.

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LA EMBAJADA DE ESPAÑA EN MONTEVIDEO 1964 Cuando se abrieron las puertas del DC10 de Iberia que me había llevado a Montevideo, lo primero que me encontré fue el abrazo cariñoso de oso de Juanchín que me daba la bienvenida. Juanchín era el Primer Secretario de la Embajada que en esta reducida Embajada de España hacía de chico para todo y lo hacía muy bien: cubría lo administrativo, lo político, lo cultural, las relaciones públicas, es decir, todo salvo lo consular, a cargo de un viejo compañero, y lo económico y comercial, a mi cargo. Su popularidad en Montevideo era asombrosa pero lógica por su inteligencia, cultura y extraordinaria simpatía. Cuando tomé posesión de mi nuevo puesto, el Embajador era Javier Conde, el filósofo, político y diplomático de carrera, autor de la célebre teoría del caudillaje en relación a Francisco Franco. (Conocí entonces a los dos jóvenes vástagos de mi embajador, Javier y Rafael, que regresarían enseguida a España para cursar sus estudios superiores y, convertidos los dos en diplomáticos, alcanzar con gran brillantez altos cargos en nuestra Carrera. Años después, Rafael sería uno de mis favoritos en Méjico). El embajador, en los asuntos económicos, me dejó plena libertad de actuación, si bien es verdad que nuestras relaciones comerciales con Uruguay estaban bajo mínimos, salvo por las masivas compras españolas de carne 152


uruguaya, que, sometidas a régimen de comercio de estado, adquiría periódicamente nuestra Comisaría de Abastecimientos. En los tres años que pasé en Montevideo, poco pude hacer para incrementar nuestra exportación a Uruguay, país que, superada su etapa de "Suiza de América", de la que gozó como centro financiero durante la 2ª Guerra Mundial, había caído nuevamente a ser un país, digamos, pobre pero honrado. Por eso mi actividad principal durante aquellos años fue la de representar a España como observador en la recién nacida Asociación Latinoamericana de Libre Comercio -ALALC-, con sede precisamente en la capital uruguaya. Fue mi primera experiencia en el campo multilateral, a la que se unió alguna participación en reuniones, en Santiago de Chile, de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina, CEPAL. Comenzaba así en serio mi especialización como diplomático económico que fijaría definitivamente todo mi futuro profesional. Presentado por mi Embajador en la Cancillería uruguaya, allí conocí al Subsecretario Hector Gross Espiel, con el que en el futuro me uniría una cierta amistad y a Enrique Iglesias: ambos alcanzarían fama internacional en años sucesivos. A Conde le sustituyó Rafael Ferrer, una especie de sportsman de maneras británicas, diplomático correcto en este difícil país 153


para la España franquista por su tradicional izquierdismo y típico ombliguismo al considerarse más "demócratas" que nadie. El gobierno siempre fue cortés con nosotros, pero los medios de comunicación eran muy adversos y la opinión pública también. Ferrer, antiguo alférez provisional seguía reviviendo sus batallas pasadas conmigo, sabedor de mi vinculación familiar con el Ejército. (Un 1° de abril, tras una misa privada en una Iglesia próxima a la Embajada, a la que asistíamos todos, Ferrer se puso a cantar, ya en la sacristía, el "Cara al Sol"; me recriminó al ver que yo no lo cantaba, a lo que le repliqué que yo nunca había sido falangista (a pesar de mi admiración personal por la figura de José Antonio Primo de Rivera), ni "flecha" ni "pelayo" y, aunque el himno me parecía precioso, yo no me identificaba con él y por eso no lo cantaba. Le dije también que mi presencia allí sí que avalaba mi solidaridad con la victoria de los míos en la funesta guerra civil y que ese día yo había rezado por los muertos en los dos bandos). Recuerdo con una sonrisa en los labios un pequeño incidente que refleja el espíritu guerrero del embajador Ferrer. Un día que me encontraba despachando con él en su despacho -en el ala de la Cancillería del magnífico palacete en la Avenida de Brasil que era la Residencia- oímos el griterío de una manifestación 154


que, como de costumbre, venía hacia nuestra Representación y, al mismo tiempo, el sonido de un disparo de arma de fuego. Ferrer se levantó, cogió un revólver de la mesa de su despacho y me gritó: “¡Vamos, vienen a por nosotros!” y me condujo a la entrada del edificio. Con gran sorpresa, nos encontramos con que los manifestantes coreaban, no la habitual consigna antifranquista, sino un ¡”España, sí; USA, no!” Explicación: en Palomares, un avión de la Fuerza Aérea americana había perdido una bomba atómica en el mar y los manifestantes aprovecharon el hecho para, una vez más, arremeter contra el enemigo del Norte. (El disparo lo había realizado al aire el policía de guardia de la Embajada, para, nos dijo, “intentar dispersar a la masa”. La única víctima fue él mismo, pues nos confesó, compungido, que era la única bala de que disponía y que tendría que reponerla de su bolsillo (!). El embajador, que fue aplaudido por los manifestantes, ya tranquilizado, sacó un billete de su bolsillo y se lo dio al policía: “Tome Ud., para reponer la bala gastada”. Doy fe de la anécdota). UN CHEVROLET IMPALA 1964 Nunca me han interesado los coches, quizás porque no me gusta conducir ni la velocidad me provoca adrenalina. Y he tenido con frecuencia la 155


suerte de poder disfrutar del placer de un coche oficial, chófer incluido, que tantas veces me ha evitado tener que coger un volante. Hasta Bruselas, mi primer puesto diplomático, no pude comprarme un automóvil debido a mi precariedad económica y, aún así, se trató de un viejo Buick de tercera mano que nos dejaba tirados cada dos por tres en las calles de la capital belga. En Montevideo y Buenos Aires ya fue cosa distinta: mercados cerrados a la importación, los diplomáticos adquiríamos los modelos que demandarían los nativos en el momento de poder venderlos (dos años después de su compra o al cesar en el puesto). Así, al llegar a Montevideo, en 1964, opté por un majestuoso Chevrolet-Impala, que "navegaba" imperialmente por la Costanera, bordeando el río de la Plata, cuando diariamente iba de mi barrio, Carrasco, al centro de la ciudad, a la Plaza Cagancha, donde se encontraba la Oficina Comercial. (Mi esposa decía que se mareaba en el Impala, como en un barco, al igual que le pasaría años después, en Méjico, con el no menos imperial Cadillac de la Embajada). Luego llegarían los tradicionales Mercedes - el 250, nada de otros lujos- y un modesto Opel Kadett, como segundo coche familiar. El Impala fue el único coche de mi vida que me haya proporcionado la sensación de ser un master of the world, si bien jamás tuve la necesidad de pisar a fondo el acelerador para intentar demostrarlo. (La 156


sensación, como Embajador, que me proporcionaba el fabuloso Cadillac con el banderín de España fue siempre de orgullo por representar a España en Méjico). ENRIQUE IGLESIAS 1964 Entre las personalidades que he tenido el honor, a veces el placer y otras el simple gusto de conocer y tratar con mayor o menor intimidad, Enrique Iglesias destaca por su enorme inteligencia y gran bonhomía. Fue uno de los primeros uruguayos con el que trabé amistad nada más llegar a Montevideo. Era un joven economista que por su origen asturiano se relacionó fácilmente con los diplomáticos de la Misión española, tolerados aunque no bien vistos por todas las Autoridades del gobierno colegiado de Washington Beltrán. Estaba fascinado con los Planes de Desarrollo que el gobierno de Franco, de la mano de Laureano López Rodó y siguiendo la moda de la época, había puesto en marcha; sobre ellos me atosigaba a preguntas. Alguna paella comió en mi casa. Pasado el tiempo, y la dictadura militar, llegó a ser Ministro de Relaciones Exteriores de su país, director general de la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL) y presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En esta 157


calidad volví a verle años después, en Bruselas, en alguna reunión de trabajo de la Comisión Europea. Y, ya jubilado, en Madrid, cuando ostentaba el cargo de Secretario General Iberoamericano. Desgraciadamente, nunca llegamos a desarrollar una verdadera amistad, lo que siempre he lamentado. (Siempre me ha dado pereza cultivar una relación, quizás por mi sentido de la independencia personal… o por un simple egoísmo). PARAGUAY 1965 Nunca conocí a fondo este hermoso país, pero sí lo suficiente para enamorarme de sus humildes gentes. Consejero Comercial en Montevideo, estaba también acreditado en Asunción, capital a la que viajé dos o tres veces para informarme sobre las posibilidades, escasas, de la exportación española al mercado paraguayo. En agosto de 1965 me incorporé a una delegación española que, presidida por Laureano López Rodó, ministro del Plan de Desarrollo, y vicepresidida por otro peso pesado de la Administración española, Vicente Mortes, los dos conocidos miembros del Opus Dei, iba a terminar por negociar un Acuerdo comercial con Paraguay, basado en la concesión de un crédito "blando" para favorecer la adquisición de bienes y servicios españoles. 158


Coincidió esta visita con las fiestas patronales de la capital paraguaya, por lo que el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen, la delegación fue invitada a un solemne Te Deum en la catedral de la ciudad. Previamente, la delegación española fue recibida, con toda solemnidad, por el Presidente de la República, el dictador, general Alfredo Stroessner, que me causó una pobre impresión; nos acompañó, naturalmente, el embajador de España, el genial, por tantos conceptos, Ernesto Giménez Caballero, (falangista, autor del maravilloso “Genio de España” que siempre he admirado, medio exiliado por Franco a la Embajada en Paraguay para quitarse de encima un personaje molesto), que fue protagonista de la gran anécdota del día de la Asunción. En el Te Deum en la catedral, la delegación española fue situada a un costado del altar mayor, mientras el gobierno paraguayo, con el General al frente, se situaba al otro costado. En el momento de la Comunión, un propio señaló a la delegación que podíamos ahora acudir a recibirla; el pleno de la delegación, salvo el joven secretario de la Embajada, José Luis Blanco Briones -que poco después moriría trágicamente en África- y yo mismo, se puso en pie como un sólo hombre, seguido por don Ernesto que, al pasar a mi lado, me susurró: "¡acto de servicio!"; conociendo su agnosticismo, tuve que hacer un gran esfuerzo para no soltar una carcajada ante esta irreverencia. 159


Las negociaciones con la delegación paraguaya, donde predominaban varios generales del Ejército, iban por buen camino, pues las grandes líneas del Acuerdo, denominado "Protocolo de Asunción", estaban ya decididas; sin embargo, una torpe actuación de López Rodó iba a torpedear el Protocolo, que, aunque fue finalmente firmado, nunca, que yo sepa, llegó a ejecutarse. Ocurrió que en una de la últimas sesiones de trabajo para la redacción del texto final, como todo estaba ya acordado, no participó López Rodó, presidiendo Mortes nuestra delegación; los paraguayos, aunque ya no era oportuno, pidieron alguna mejora en las condiciones del crédito, concretamente en lo referente al tipo de interés. (Los diplomáticos sabemos que un buen negociador intenta siempre, hasta el último momento, mejorar su posición y las concesiones del contrario). Nada nuevo bajo el sol, pero así no lo entendió nuestro ministro cuando le informamos de esta petición paraguaya at the eleventh hour: montó en cólera y ahí mostró su torpeza y, sobre todo, la ignorancia sobre un pueblo cuyos hombres históricamente habían demostrado su hombría; en la última reunión de trabajo, al mostrar su sorpresa por la postrer petición paraguaya, subrayó, eso sí, con voz baja pero pedagógica, algo así como: habíamos llegado ya a un acuerdo total, por lo que no entiendo abrir ninguna otra cuestión: en España, "desde el Ordenamiento de Alcalá, la palabra de un 160


hombre es ley". Al oír esta metedura de pata pensé: "Tierra, ¡trágame!", como el resto de la delegación española. (Además de Mortes, en la delegación, muy numerosa, participaba un estupendo funcionario, Manolo Azpilicueta, un joven inteligente que llegó a hacer una brillante carrera tanto en la Administración como en el sector privado españoles). El silencio sepulcral al oír estas palabras fue roto por el presidente de la delegación paraguaya que, sin más comentario, anunció que al día siguiente se firmaría el Protocolo tal y como había sido acordado previamente. Aún hoy sigo sin entender cómo López Rodó, hombre inteligente y gran ministro de Franco, pudo cometer esta impertinencia insultante. No regresé nunca a Paraguay pero jamás olvidaré el trato generoso que nos dio su Gobierno en aquel viaje, a pesar del desagraciado final; ni tampoco la permanente empatía que sentí hacia los paraguayos cuando participé con ellos en la procesión de la Virgen de la Asunción, recorriendo las calles de la capital al son de la música del "Puente sobre el rio Kwai", interpretada por una banda militar. SANTIAGO BERNABEU 1966 Conocí a este gigantesco presidente del Real 161


Madrid en Montevideo, en 1966. El Madrid llegó a la capital uruguaya para jugar con el Peñarol de Montevideo el primer partido de la Copa Intercontinental, en su calidad de Campeón de Europa. El partido se celebró en el Estadio Centenario y perdimos 2-0. (También perdimos el partido de vuelta en Chamartín por el mismo resultado; lo oí por la radio mientras regaba el jardín de mi casa). Acudí al Estadio con mi esposa a la que gasté una broma cuando oíamos el rugido de los hinchas, "arriba los Peñas", gesto de ánimo de los peñarolenses, diciéndole que era en nuestro honor. Como mi embajador no era muy aficionado al futbol -y tampoco Juanchín Tena-, me instruyó que me hiciese cargo de toda la visita del Real, lo que acepté muy complacido. Don Santiago presidía la expedición y constituyó un verdadero placer conocerle y hacernos amigos; con él, charlar, y no sólo de futbol, fue una singular experiencia por su retranca y sabiduría. La visita, salvo en el resultado del partido, fue todo un éxito, por lo que don Santiago, al despedirse en el aeropuerto, me invitó a visitarle cuando regresase a Madrid. Así lo hice, en 1971, destinado en el Ministerio tras nueve años expatriado, siendo a veces invitado al palco del Estadio que todavía no llevaba el nombre de Bernabeu. También le visité alguna vez en su casa, conociendo entonces a doña María, su encantadora esposa. 162


La muerte de Bernabeu en 1978 fue un mazazo para el madridismo y una enorme tristeza para mí, aunque abrió una nueva etapa en la historia de mi amor por el Club: la de relaciones estrechas con todos los siguientes presidentes, sucesores de don Santiago. Todo empezó con Luis de Carlos, el sucesor, elegido por cooptación, sin elecciones pues, entre los notables del Club: Raimundo Saporta, Antonio Calderón, Muñoz Lusarreta, Ramón Mendoza, Gregorio Paunero y algún otro. Conocía a don Luis porque asistía con frecuencia a los almuerzos de mi peña, Los Diez de Siempre y habíamos intimado por nuestro común amor al Real Madrid. Recién nombrado presidente, de Carlos me invitó a entrar en su directiva como Vicepresidente Tercero (con Muñoz Lusarreta y Mendoza en las otras dos Vicepresidencias), lo que acepté con alegría; sin embargo, unas absurdas discrepancias con él respecto a la designación del restaurador Félix Fernández, dueño del célebre "Valentín", como directivo, terminaron con mi dimisión. Poco después fui nombrado Embajador en Méjico, pero no perdí el contacto con mi Club y tampoco la amistad y respeto que siempre nos habíamos tenido, don Luis, un gran señor aunque gris presidente, y yo. Volveríamos a vernos y a relacionarnos en 1982, a mi regreso a Madrid. 163


JOSÉ MARÍA ALFARO POLANCO 1967 Para mí, José María Alfaro Polanco fue un gran diplomático, pues, sin serlo de carrera, fue un magnífico embajador y una honra para mi profesión. Antes de mi destino en Buenos Aires, en julio de 1967, había conocido al embajador cuando participaba yo en las negociaciones de España con Argentina por las compras masivas de carne que hacíamos en aquella época. (Aunque destinado en Montevideo, como Uruguay era el otro gran proveedor nuestro de este producto, mi presencia en la negociación con Argentina era algo así como para señalar a los interlocutores argentinos: "¡ojo! que podemos derivar nuestras compras hacia Uruguay"; lo mismo hacíamos con los uruguayos, ya que, como grandes compradores, nuestra posición negociadora era siempre fuerte. No sólo perseguimos buenas condiciones de compra de la carne, sino, sobre todo, buscábamos compromisos de compra de productos españoles, especialmente bienes de equipo, por parte de los países carniceros. En esto llevaba ventaja Argentina por su desarrollo industrial, comparado con la pequeña Uruguay). Alfaro, en una escala en Montevideo del avión de Iberia procedente de Madrid, se encontró conmigo, que había ido a recoger la valija 164


diplomática, y me sorprendió con la noticia: "Se viene Ud. a Buenos Aires, sustituyendo a Bassols, que va a Bonn; me alegro mucho". Pocos días después recibía el telegrama que me nombraba Consejero Económico y Comercial en la Embajada de España en Buenos Aires. Allí aterricé en julio de 1967 y allí trabajé durante cuatro años a las órdenes de ese gran embajador, finalmente defenestrado, injustamente, por López Bravo, ¿por su sempiterno y leal falangismo? ¿por llevar tantos años, catorce, entre Bogotá y Buenos Aires? Desde luego no por ineficacia. Pero, sic transit... Desde el primer momento, el embajador, partidario del "laissez faire" de sus subordinados si tenía confianza en ellos, y, en mi caso, por su falta de interés por los temas económicos -era un gran y culto intelectual, centrado en lo político y en lo cultural-, me dejó "hacer" con plena libertad, facilitando siempre mi interlocución con las difíciles Autoridades argentinas. Solamente se me quejaba amargamente cuando, en las anuales negociaciones sobre nuestras compras de carne argentina, nuestras amenazas de desviarlas hacia Uruguay o Brasil podían afectar a otros intereses españoles; un día, con su habitual retranca, me dijo: "no estoy dispuesto a que unos simples “traseros” pongan en peligro mi buena relación con este Gobierno" (se refería a los términos técnicos que definen las partes de la carne de vacuno en el mercado: cuartos traseros y cuartos delanteros). 165


Adorado por todos los miembros de su Embajada, sufrió, Alfaro, con gran dignidad, el desdén con el que le trató el ministro López Bravo en aquel viaje, en 1971, cuando, por el contrario, tuve yo la suerte de toparme con éste. Poco después, fue cesado. Le despedí con agradecimiento y emoción. Fue un gran jefe para mí. No le he olvidado jamás.

BUENOS AIRES 1967 Cuatro años permanecí en la bellísima capital argentina, cuatro años intensos de trabajo y de placer. De trabajo, pues Argentina se puso de moda por el desarrollo económico que le proporcionó la dictablanda de los generales Onganía y Lannusse, ese mínimo de ley y orden que permite también una seguridad jurídica en la industria y el comercio, lo que coincidió con la creciente salida al exterior de las empresas punteras españolas -construcción naval, bienes de equipo -surgidas del "milagro económico" español que ya despuntaba. De placer, porque la vida en Buenos Aires fue muy grata, por el marco incomparable de sus calles y jardines y la compañía inigualable de tantos argentinos que allí tratamos- con algunos insoportables porteños puros, que se creen el 166


ombligo del mundo. La Oficina Comercial de la Embajada, de la que yo era titular, con un pequeño equipo administrativo, trabajó sin descanso atendiendo a decenas de compatriotas que buscaban salida a sus productos en el creciente, aunque muy protegido, mercado argentino. Así, lo mismo recibía, atendía y ayudaba a un modesto exportador, que quería vender cajitas de buñuelos de bacalao precocinados, como al gran empresario o asociaciones tipo CONSTRUNAVES, INDUNARES, SERCOBE o TECNIBERIA, que se presentaban a licitaciones internacionales con proyectos valorados en muchos millones de dólares. En estos cuatro años, sí que me gané con creces mi sueldo y, gran beneficio colateral, mi agenda de nuevas amistades en el mundo empresarial español engordó exponencialmente su contenido (ayudado, eso sí, por las estupendas paellas que ofrecía mi esposa en nuestro domicilio a todo españolito que por ahí pasase). A las órdenes de un embajador formidable, y con compañeros de gran talla profesional y humana, confirmé que la Carrera podía ofrecerme momentos muy satisfactorios para mi realización personal. De aquellos años nació una imperecedera y fraternal amistad con Manolo y Conchita Benavides, dos seres excepcionales. Buenos Aires fue, pues, un hito muy importante en mi vida. Cuando de allí salimos, lo hicimos envueltos en los inolvidables olores de un 167


buen "asao" criollo y rodeados de los ecos de tantos tangos y milongas escuchados en la Boca. Mi Buenos Aires querido... ALEJANDRO GANCEDO 1967 Entre los innumerables argentinos que mi esposa y yo conocimos y tratamos en Argentina -entre otros, Emilia Bencich o Carlos Perdomo, que se asomarán en estas páginas- destaca sobremanera mi amistad personal con el “viejo” Alejandro Gancedo, representante de SERCOBE en ese país. Mucho mayor que yo, este hombre entrañable por su sabiduría y afecto, fue mi apoyo en momentos difíciles, siempre un amigo leal y claro transmisor de experiencias útiles para el diario vivir. ¡Cuántos ratos agradables pasé conversando con él o comiéndonos algún churrasco que otro! Desde que cesé en Buenos Aires, no volví a ver a Alejandro, aunque continuamos manteniendo contacto epistolar. Con motivo de mi nombramiento en 1979 como embajador en Méjico, Gancedo me escribió una cariñosísima carta de felicitación que, entre otras expresiones, decía: “Siempre fuiste una especie de puente no oficializado entre Iberia y esta parte del planeta donde el sol se ha encaprichado en no irse a 168


dormir. Luego, no cabría sorprenderme que haya en la actualidad Gobierno alguno que no sea capaz de reconocer una feliz realidad y llevarla a los papeles, legajos y pergaminos, designando oficialmente embajador a quien lo fue siempre por su señorío y cordial habilidad en la pedana”. Y añade: “Todavía las monarquías hacen cosas buenas a los ojos de los republicanos cabales -en el mejor sentido de la palabra-, quienes aún creemos en Dios y sentimos vergüenza de nuestros democráticos errores reiterados”. El estilo, barroco; el afecto, emocionante. Un año antes, había yo viajado con FOCOEX a Buenos Aires, y los hijos de Alejandro me llevaron al estadio del Boca Juniors y me “descubrieron” a Maradona, que ya maravillaba a los porteños. A mi regreso a Madrid, hice un informe por escrito al Real Madrid aconsejando su fichaje. No me hicieron caso, al parecer, y el monstruo terminó fichando por el Barcelona). LA EMBAJADA DE ESPAÑA EN BUENOS AIRES 1967 En julio de 1967, antes de salir para España de vacaciones, tomé posesión de mi cargo, al frente, pues, de una importantísima, entonces, Oficina 169


Comercial, que tanto trabajo, sinsabores y satisfacciones me iba a dar. Al frente de la Embajada, el gran José María Alfaro Polanco y a sus órdenes, una pléyade de diplomáticos que, afirmo rotundamente, constituía una representación de España de gran categoría: Manolo Barroso, ministroconsejero, Cleofé Liquiniano, cónsul general, Manolo Benavides, Carlos Manzano, Paco Palazón, José Maeso, Salvador Bermúdez de Castro y Víctor Ibáñez Martín. Argentina se merecía este gran equipo y, por ello, las relaciones con España alcanzaron un altísimo nivel. En este ambiente, mi propia labor, apoyada siempre por Alfaro, fue fácil en muchos sentidos, a pesar del carácter altivo, a veces insoportable, de los funcionarios argentinos, sobre todo los porteños. Ello me hizo amar la República Argentina y su extraordinaria capital, pero no tanto a sus habitantes, siempre pagados de sí mismos. Fueron cuatro años intensos y de profunda amistad con mis compañeros. (Un recuerdo especialísimo a Víctor Ibáñez Martín, que me cedió su casa cuando mi familia fue desahuciada de nuestro domicilio durante dos meses por el temor de derrumbe de un torre próxima en el barrio de Belgrano) (Vid: “Home sweet home- 1971”). Allí nació mi hermandad con los Benavides y mi admiración por el savoir faire de Barroso, la inteligencia y el humor de Manzano, la profesionalidad de Liquiniano, la imaginación de Palazón, la 170


generosidad de Ibáñez-Martín, la gran inteligencia y cultura de Bermúdez de Castro y la lógica de Maeso. Allí confirmé plenamente mi amor a la Carrera y el acierto de mi especialización en lo económico. Poco antes de mi traslado a España, tras despedir, toda la Embajada, a Alfaro con lágrimas de agradecimiento, conocí al nuevo Embajador, don José Sebastián de Erice, veterano de mil experiencias diplomáticas, pero no me dio casi tiempo de trabajar a sus órdenes. (Sin embargo, meses después, tuve la ocasión de conocer algo de su personalidad: en un tema comercial complejo, que tenía aristas políticas, envié desde mi Subdirección General instrucciones precisas al Embajador para que actuara en determinado sentido. Nunca lo hizo y nunca he sabido por qué. Al ver que no actuaba, preparé una carta personal del ministro López Bravo instándole a actuar, a la que también hizo caso omiso. Años después, Roberto Bermúdez, que me había sustituido en la Oficina Comercial, me contó que Erice le convocó a su despacho, le enseñó la carta del Ministro y tirándola a la papelera le señaló: "¿ves esta carta? Pues no es de López Bravo, es de Peña: está escrita en la misma máquina de escribir de todo lo que viene de su Subdirección General". Al parecer, se quedó tan ancho. Genio y figura...). CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ 1967 171


Durante la preparación del ejercicio de cultura de la oposición a diplomático, mi libro de cabecera de la Historia de España fue el popular "España en su Historia", de Américo Castro. Su tesis, centrada en la españolidad de judíos, moros y cristianos, rechazaba lo que habíamos estudiado en el Bachillerato: los reinos cristianos, herederos de los visigodos, reconquistando la Hispania perdida a manos de los moros. Castro convenía al franquismo, huérfano de apoyos internacionales y muy volcado hacia el mundo árabe; de ahí su popularidad. La publicación, años después, de "España, un enigma Histórico", de Claudio Sánchez Albornoz, inició una polémica entre los dos historiadores, pues, don Claudio recuperaba la ortodoxia tradicional del goticismo en los reinos medievales cristianos. El libro me fascinó, como me había fascinado el de don Américo. ¿Cambio de chaqueta? Aún tengo mis dudas. Pero, el caso es que, destinado en Buenos Aires, un día, de la mano de Salvador Bermúdez de Castro, a la sazón Consejero Cultural en nuestra embajada, y tras conseguir la autorización de mi Embajador -no hay que olvidar que entonces don Claudio era Presidente de la República en el exilio- fui a conocer al historiador en su modesto piso de la capital argentina. Llevé conmigo un ejemplar de su obra magna, para que me lo dedicase, cosa que hizo con gran simpatía. Desgraciadamente 172


no pude conversar mucho con él, pues la casa estaba llena de gente que iba y venía, pero salí de allí con mi libro dedicado, que sería joya en mi biblioteca. Lamentablemente, el libro, con todo mi menaje, yace en el fondo del mar, frente a las costas de Brasil. Y mi dedicación al mundo comercial, tan intenso en mis años de Buenos Aires, no me permitió volver a ver a Sánchez Albornoz. FRANCISCO PÉREZ POLANCO 1969

GONZALEZ

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JESÚS

Mi amistad con el tándem Jesús Polanco y "Pancho" Pérez González, superficial con el primero y mucho más profunda con el segundo, data de tiempos distintos. Creadores de un gran imperio empresarial, Jesús con su fabulosa intuición, Pancho con su capacidad de gestión y trabajo, ambos maestros en las relaciones públicas, conocí a éste en Buenos Aires, gran mercado para el libro español, allá por finales de los Sesenta, y a aquel, en Méjico, a principios de los Ochenta. Como Pancho era un gran cerebro exportador -fue presidente de la gran Trading Eductrade, especializada en educación y sanidad- y un experto en el complejo mundo del libro, fue muy lógica mi relación personal con él por mi puesto en Argentina, mis posteriores cargos económicos en 173


Santa Cruz y mi Subsecretaría de Comercio, que incluía la presidencia de la Comisión Interministerial del Libro. Luchamos entonces juntos para resolver los problemas de la exportación del libro español a Iberoamérica y conseguimos algunos éxitos, junto con mi amigo de la infancia y del Liceo Francés, Antonio Rubiños, propietario de la gran librería Rubiños 1880, que desapareció tras su muerte (en el Corte Inglés del Paseo de la Castellana de Madrid, quedan rastros de su nombre) y presidente entonces de los libreros españoles. Cuando en 1983 dejé el Ministerio, excedente, y pasé al sector privado, el tándem no pudo acogerme al no encontrar hueco para mí (Pancho me dijo: "tu categoría y experiencia sólo tiene cabida en mi propio puesto"). Pero cuando me jubilé, en 1995, me reclamó como asesor especial a su presidencia de Eductrade, que acepté con gusto, acompañándole en algunos de sus frecuentes viajes a Hispanoamérica: Buenos Aires, Lima, Santo Domingo, donde siempre era recibido por las más altas autoridades del país. Fue un auténtico maestro en vender lo que hoy llamamos "marca España". Permanecí con él varios años, muy satisfactorios en lo profesional y en lo personal. Pancho: todo un gran empresario y mejor persona. (Mi hijo Gonzalo trabajó con ese maestro durante dieciséis años; con él aprendió todo lo que sabe de 174


ese complejo mundo del comercio de exportación. Aunque también algo aprendió de mí). Durante mis nueve años en la Comisión Europea, siempre que venía a Madrid hacía una visita a Polanco en su despacho de la Fundación Santillana; luego, ya jubilado, seguí con esa costumbre por el placer de disfrutar de la compañía de este gran conversador, uno de los hombres mejor informados de España, que me fascinaba contándome historias de la política y economía patrias. Conocedor de mi animadversión hacia el PSOE, siempre me decía: "Si conocieras bien a Felipe, como yo, no dirías esas cosas". Tras la desaparición de estos dos grandes hombres y empresarios, pena me da ver lo que está sucediendo con su "imperio". MATESA 1969 El escándalo Matesa conmocionó a España en 1969; fue, rara avis en esta época donde se censuraban las malas noticias, ampliamente comentado en todos los medios de comunicación y, nada más y nada menos, tumbó a un Gobierno, los ministros de Comercio y de Hacienda fueron procesados con muchos altos funcionarios más, y otros fueron cesados, como Manuel Fraga, aún sin 175


tener culpa alguna en los hechos (pero intentaron sacar beneficio político frente a aquellos, casi todos miembros del Opus Dei). Maquinaria Textil del Norte de España S.A. era una importante empresa catalana, creada por un inteligente empresario, Juan Vilá Reyes, que había inventado un telar sin lanzadera, el telar IWER, gran novedad en esa industria. Creó una red de filiales en el exterior y, cada año, al parecer, exportaba más y más. En 1969 estalló el escándalo: MATESA fue intervenida por el Estado y acusada de una serie de fraudes financieros a diversas entidades y a la propia Administración del Estado. (El fraude, institucionalizado por el propio Vilá Reyes, consistía en, mediante la presentación de contratos de exportación que le enviaban sus empresas filiales en el extranjero, obtener de los Bancos créditos de prefinanciación y créditos al proveedor para poder fabricar y exportar, así como seguros de crédito a la exportación en las compañías aseguradoras, conforme a la legislación española para fomentar la exportación. El fraude se perfeccionaba, pues los contratos de compra eran falsos y las exportaciones de telares también eran falsas: salían de las fronteras españolas contenedores sin telares, con otros objetos de peso pero sin valor. El escándalo pudo descubrirse porque no siempre llegaban del exterior las divisas 176


que el supuesto comprador debía enviar como pago de sus "compras"). Como Consejero Comercial en Buenos Aires tuve que investigar las actividades de MATESA en la República Argentina, donde existía una filial, MATESA ARGENTINA; investigación solicitada por la Administración Judicial de MATESA. Mi actuación fue no solo técnica ante las autoridades comerciales y aduaneras argentinas, sino también detectivesca, porque no pude acceder, e interrogar, a los ejecutivos de la filial, que encontré cerrada cuando acudí a sus instalaciones. Incitado por Carlos Perdomo (Vid. "Alejandro Agustín Lanusse- 1971"), un inteligente playboy argentino, representante de importantes empresas españolas, una tarde-noche nos colamos (¿asaltamos?) esas instalaciones, hurgamos donde pudimos y nos llevamos algunos papeles, pocos lamentablemente. (Mi inconsciencia en este hecho fue inferior a la de Carlos: si nos hubieran pillado, yo habría sido expulsado del país pero Carlos habría ido a la cárcel). En todo caso, pude informar a Madrid, con bastante amplitud, sobre lo que se me había solicitado. Aunque creo que Madrid nunca se enteró de mi " escapada", sí fue consciente de los esfuerzos y el trabajo que desarrollé en mis pesquisas. Por eso no me extrañó, pero sí me produjo gran satisfacción, recibir de mi Ministerio copia de un largo escrito del 177


Administrador Judicial de MATESA, Manuel de Quintana y Fergusson, de fecha 27-1-1970, en que expresaba su agradecimiento por mi labor en este tema y decía textualmente: "Gracias al celo e intervención de D. Eduardo Peña en los asuntos y empresas de Matesa en la República Argentina, pudo controlarse adecuadamente desde un principio la situación por demás caótica de los mismos". Y añadía: “el desempeño de estas tareas se vio más de una vez ensombrecido por las dificultades y trabas nacidas de la misma complejidad del tema...Ello no sirvió de obstáculo para que el Sr. Peña supiese anteponer siempre el interés en la salvaguardia de este patrimonio a cualquier otra consideración”. (¿Había intuido don Manuel mi "asalto" a MATESA ARGENTINA?). Como es natural, el Ministerio se limitó a enviarme copia de la carta del Señor Quintana, "para su conocimiento y satisfacción". ¡Qué ocasión para haberme condecorado! a mí y a los otros Consejeros Comerciales en Lima y Centro América, Agustín Hidalgo y José María Jerez, y varios más, que lidiaron toros incluso más bravos que los míos. Para mí, en definitiva, una anécdota más dentro de mis intensos años en Buenos Aires.

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JUAN CARLOS I 1970 Me hice monárquico, mejor dicho, juancarlista (ahora soy felipista pero no del González, sino del Borbón), cuando el futuro Rey de España vino a educarse a Madrid y su tutor, mi tío, el duque de la Torre, con su seco estilo me contaba sus virtudes. Conocí años después al ya entonces Príncipe de España, en casa de Manuel Prado y Colón de Carvajal, amigo mío desde hacía años, allá por ¿1970? Fui a visitar a mi amigo, encamado por una gripe, y por allí apareció también de visita el joven príncipe. Intercambié pocas palabras con él y pronto, por cortesía, me marché, tras comprobar en ese breve tiempo la ya famosa simpatía y campechanía de don Juan Carlos. Años después, en 1979, antes de partir para mi nuevo destino como embajador de España en Méjico, fui recibido en la preceptiva audiencia por Su Majestad, quedando impresionado por su inteligencia y conocimiento de los temas hispano-mejicanos, amén de confirmar su enorme bonhomía cuando me dio un fuerte abrazo de despedida acompañado de "buena suerte embajador". La última vez que estuve con él fue en 1984, ya de regreso de Méjico, cuando invitado a Palacio en una cena en honor del Presidente de Méjico, Miguel de la Madrid, tomando café tras la cena, de pie en uno de los salones, pude departir unos minutos con ambos Jefes de Estado, pues era amigo del mejicano, 179


ministro del Gobierno de López Portillo durante mi embajada en Méjico. Hoy, recordando mi educación británica, me levanto todos los días diciendo: God save the King! Y reconociendo que España, que siempre ha tenido muchos y buenos embajadores, jamás volverá a tener otro como nuestro Rey. ALEJANDRO AGUSTÍN LANUSSE 1971 Mau-Mau era la discoteca de moda en el Buenos Aires de finales de los años Sesenta. Propiedad de los hermanos Lataliste -unos encantadores jóvenes gemelos-, el enorme y suntuoso local, decorado con cabezas de animales de caza mayor cedidos por su cazador y dueño, Carlos Perdomo, era también un lugar de encuentro y reunión de empresarios y alta sociedad porteña. Allí acudíamos a veces mi esposa y yo, y allí coincidíamos con Perdomo y su socio, Manolo Prado, representantes en Argentina de CONSTRUNAVES e INDUNARES, las asociaciones españolas de empresas de la importante construcción naval y de la industria auxiliar. A Manolo le conocía yo de antaño -amistad de sus padres y los míos- y Carlos tenía sus oficinas en el mismo edificio que la Oficina Comercial de la Embajada -calle Corrientes 330 (¡antiguo 348!, sí, como "el pisito que puso Maple", del famoso tango)-, por lo que se me presentó el mismo 180


día de mi llegada a Buenos Aires. Nos hicimos muy amigos desde el primer momento. Fue en Mau-Mau donde conocí al general del Ejército (de Caballería) Don Alejandro Agustín Lanusse, mucho antes de que, tras un pequeño e incruento golpe, se convirtiera en Presidente de la República (marzo de 1970), sucediendo a otro "dictablando", el general Juan Carlos Onganía. Lanusse era amigo de los Lataliste -una hija suya casó con uno de ellos- y de Perdomo. Fue una relación puramente social, aunque a veces pedí su consejo cuando tuve problemas con la empresa militar "Fabricaciones Militares"; afortunadamente para mí, Lanusse ya era Presidente cuando tuve un fuerte enfrentamiento con los militares con motivo de una licitación en que se maltrató a una importante oferta española. Intuyo, y algún rumor me llegó posteriormente sobre ello, que los militares debieron pedir mi cabeza (declarándome "persona non grata" por el Gobierno Argentino) y que Lanusse lo debió de parar. Si fue así, al General le debo mi posterior carrera, ya que mi expulsión de Argentina habría supuesto el fin de la misma (pasar el resto de mis años de servicio en un oscuro despacho de Santa Cruz y en perdidos consulados africanos). En julio de 1971 fui destinado a Madrid, adonde regresaba después de nueve años. Solicité audiencia 181


con el Presidente Lanusse para despedirme, más que del Presidente, de mi amigo, al que no había vuelto a ver desde su ascenso al poder. Alojado en el Hotel Plaza -mi familia y mi menaje habían salido ya para España- y llegado el día fijado para la audiencia, se produjo una pequeña sublevación militar en el pueblo de Azul; supuse que la audiencia sería anulada, pero recibí aviso de que un coche pasaría a buscarme a determinada hora. Así fue: un capitán del Ejército y tres soldados armados me recogieron en un jeep militar y me trasladaron al Ministerio de Defensa. Allí se encontraba Lanusse, de uniforme y con una pistola al cinto, rodeado de sus oficiales. En una breve audiencia, donde agradecí al Presidente su deferencia al recibirme, mi sorpresa fue mayúscula cuando Lanusse me condecoró con la Orden de Mayo al Mérito, en su grado de Gran Oficial, por "los servicios prestados a las buenas relaciones entre España y la República Argentina y mi amor a ésta". Tras el consabido agradecimiento me despedí de él, deseándole buena salud y suerte, y felicidad para su Patria. Salí, pues, así por la puerta grande de ese entrañable país, donde había permanecido cuatro años de felicidad personal y éxito profesional. GREGORIO LÓPEZ BRAVO 1971 182


De los tres famosos Lópeces de la época, los tres ministros de Franco, (López Bravo, López de Letona y López Rodó), Don Gregorio era el más brillante, con un don de gentes espectacular y una gran capacidad negociadora. Ya ministro de Asuntos Exteriores, en 1971 viajó a Buenos Aires en un momento en que Argentina se había convertido en un buen mercado para la industria española, tanto naval como de bienes de equipo. Llegó a la capital argentina junto con un equipo de empresarios españoles, entre ellos su amigo, y mío, Manolo Prado. Como tenía ya decidido el cese del Embajador, José María Alfaro, y su viaje obedecía a razones principalmente comerciales, tuve yo la responsabilidad de acompañarle en todo momento y, sobre todo, de informarle, creo que adecuadamente, sobre todos los asuntos de su agenda. Su viaje fue un éxito y el papel que yo jugué, debidamente potenciado por Prado al oído del ministro, debió gustarle, por lo que en la despedida que le hicimos en el aeropuerto de Ezeiza, al estrechar mi mano, me dijo, tajantemente: "Prepare usted sus maletas, que se viene conmigo al Ministerio". Balbucí un "a sus órdenes, señor ministro" sin atreverme a preguntar nada. Pocos días después, la Embajada recibió el consiguiente telegrama: "Consejero de Embajada, señor Peña Abizanda, nombrado Subdirector General de Relaciones Económicas Multilaterales". Mis compañeros en la 183


Embajada, al despedirme en el protocolario acto en el que se recibe la consabida caja de tabaco, de plata, con la firma de todos, exclamaban "¡Menudo carrerón! ¡Consejero de Embajada, sólo 40 años y ya subdirector general!" (Igualito que ahora, cuando una niña treintañera y con escasa preparación puede llegar a ser ministra).Otros compañeros, admirados o ¿envidiosos? por mi fulgurante ascenso, susurraban por los pasillos de Santa Cruz: "Claro, Peña es del Opus". (Nunca fui del Opus, como tampoco nunca fui falangista cuando ingresé en la Carrera diplomática, ni de UCD cuando fui designado Embajador en Méjico. Eso sí, por ser del Partido Popular pude optar a una Dirección General en la Comisión Europea cuando España se integró en Bruselas). Pero la realidad es que llegué a Santa Cruz, en agosto de 1971, "protegido" por el manto de ser "uno de los hombres de López Bravo". Pronto cesó como ministro y todos mis posteriores pequeños o grandes éxitos en mi carrera sólo tuvieron el manto protector de mi propio esfuerzo. En el Ministerio, lógicamente, tuve muy pocos contactos con López Bravo, pues el gran José Luis Cerón, Director General de Relaciones Económicas Internacionales, se bastaba por sí mismo. Sin embargo, lloré la muerte, en aquel aciago accidente de aviación, del hombre que me impulsó hacia arriba en mi carrera, de una gran persona, un gran político. Grave pérdida para España. 184


EL MONTE UDALA 1971 El Monte Udala era un hermoso carguero mercante de la Naviera Aznar, construido en 1948, que hacía las líneas Sudamérica-Europa. El 8 de septiembre de 1971, el Monte Udala naufragó frente a las costas de Bahía (Brasil), a 72 millas de la misma. El naufragio se produjo debido a una importante vía de agua que hizo escorar al buque con su cargamento de ¿maíz? y lo hundió rápidamente. Los treinta y tres tripulantes pudieron ponerse afortunadamente a salvo. No ocurrió así con todo el menaje de mi familia, cargado días antes en Buenos Aires. Efectivamente: trasladado a Madrid, mi familia primero, y yo, después, viajamos en avión, haciendo una escala en Canarias, donde pasamos unos días de vacaciones. Nuestro menaje, tras nueve años y tres destinos en el extranjero, era bastante consistente: muebles, aparatos electrónicos, ropa, libros, plata, objetos diversos, fotografías, películas, discos, incluso un automóvil Opel Kadet. Afortunadamente, como por una oculta premonición, llevé conmigo, en mi maleta, mi colección de sellos, que ya empezaba a ser importante y valiosa; no fue así con las más de diez mil fichas que había preparado durante los últimos años para mi tesis doctoral, "Diplomacia y desarrollo económico", que iba 185


yo a redactar una vez instalado en Madrid. (Ya nunca jamás iba a hacerlo). El 10 de septiembre, salía de Madrid con mi esposa, en el coche de mi suegro, camino de Torrefiel, su finca, donde se encontraban mis hijos veraneando desde nuestro regreso de Buenos Aires. (María Victoria y yo permanecimos en Madrid para encontrar casa -compramos el que todavía es nuestro piso, calle Juan Ramón Jiménez número 12, piso 2 B, propiedad de doña María Martínez de Alba, viuda del dictador dominicano Trujillo- y buscar colegio para nuestros hijos, encontrando el maravillosos colegio Base, recomendado por el colegio Estudio, nuestra primera elección, donde no tenían plaza). En el camino, hojeando el ABC, me topé con esta noticia: "naufraga el Monte Udala". Estupor y una incógnita, ¿cómo se lo va a tomar mi esposa? Cogí el toro por los cuernos y le espeté la noticia. Tras un breve silencio, por lo inesperado de la misma, su reacción, insólita por su frialdad y buen humor, fue decirme: "de paso por Onteniente, podríamos comprar las mantas que hay que reponer". Así lo hicimos días después y, de regreso a Madrid, mi esposa se encontró inmersa en ese paraíso de cualquier mujer: cobrar el seguro y lanzarse a un shopping spree, nada más y nada menos que para montar desde cero la casa de una familia de cinco miembros. 186


HOME SWEET HOME 1971 Como todos los diplomáticos y otros expatriados coyunturales he tenido tantos hogares, no siempre dulces, como destinos he disfrutado, aparte del paterno en Madrid, calle Bárbara de Braganza, donde residí hasta abandonar mi soltería en 1960, cuando todavía destinado en el Ministerio lo constituí en un coqueto piso amueblado en la calle Núñez de Balboa, cerca del Retiro. Allí paseábamos a los pequeños Gonzalo y Javier que llegaron al mundo uno tras otro. (¡Qué diferencia entre este ya venerable pater familias que vigilaba a sus hijos con aquel joven universitario! que con la novia de turno procuraba robar a ésta algún beso -quizás algo más- mientras avizoraba la llegada de aquellos guardas jurados que vigilaban que no trasgrediéramos la moral pública). Los sucesivos hogares en Bruselas, Montevideo y Buenos Aires tuvieron que irse amueblando poco a poco según las crecientes necesidades -familia e importancia del puesto en cuanto a representatividad- y las posibilidades financieras de un joven secretario de embajada. En Bruselas, el hogar estaba en la Place Guy d'Arezzo, en un barrio elegante y de alto standing, como requería la sociedad belga; amueblado con lo imprescindible para alojar a un 187


matrimonio con tres hijos -allí nació mi hija Victoria-, y dos personas de servicio, podíamos ofrecer nuestra casa para un té o un cóctel, pero en las escasas ocasiones en las que celebramos una cena teníamos que improvisar una mesa de comedor con una tabla sobre dos soportes que nos proporcionaba el conserje de la Oficina Comercial. Pero salimos del paso. Montevideo fue ya otra cosa. Alquilamos un magnífico chalet con jardín en la calle Costa Rica, en el exclusivo barrio de Carrasco. Cerca de la playa, ésta con el jardín supuso un gran respiro para los que cuidaban de los niños. Fue un delicioso hogar durante tres años, que añoraríamos en el doble domicilio que tendríamos en Buenos Aires, dos pisos amplios, cómodos y modernos, naturalmente sin playas ni jardines propios y, además, en plena megaurbe, húmeda y contaminada, como es la capital bonaerense. El primero, espléndido y señorial, se encontraba en plena Avenida del Libertador, frente al Parque Palermo, cerca del Monumento de los Españoles; era el piso 12 de un semirascacielos, que nos obligó a poner rejas en todas las ventanas y alzar una valla en su magnífica terraza. El piso, de gran lujo, pude alquilarlo a un precio asequible porque no tenía teléfono. (En aquella época, conseguir un teléfono era un imposible, salvo para un diplomático, por lo que el dueño del piso sabía que al final de los 188


dos años de contrato recobraría el piso con un gran valor añadido). Fue tan así que, efectivamente, dos años después yo ya no pude renovar el contrato por el excesivo alquiler que se me pidió. Nos mudamos, pues, a otro piso, más modesto pero asequible de precio, en la calle 11 de Septiembre, en el cercano barrio de Belgrano, también residencial pero sin el alto standing de Palermo. Pero era un piso bajo, con poca luz, por encontrarse rodeado de torres enormes; su gran ventaja era su poco tráfico, y por ende un silencio acogedor, y encontrarse cerca del Club Hípico, donde disfrutábamos de su espléndida piscina. (En el horrible verano porteño huimos, un año a Punta del Este, otro a la sierra de Córdoba y un tercero, a la casa con jardín y piscina que en el extrarradio, barrio de San Isidro, me alquiló mi colega el Consejero Comercial francés, de vacaciones en su país). (El peor recuerdo de mis hogares bonaerenses ocurrió en 1970. Residíamos en Belgrano, cuando una noche, mi esposa y yo regresábamos de una cena de gala -traje largo y smoking- en alguna embajada, y encontramos la calle cercada por la policía que nos impedía el paso a nuestro domicilio. Nos explicaron que todo el edificio había sido evacuado pues en la inmensa torre vecina habían aparecido unas grietas que amenazaban su derrumbe. Identificados, la policía nos indicó que mis hijos y el servicio habían ido a la 189


casa vecina de nuestra amiga Emilia Bencich, cuya hija, Nora, era la íntima de Victoria, la nuestra, lo que comprobamos al verles allí bien instalados. Tras el susto y la tranquilidad, Mª Victoria y yo nos fuimos a dormir al hotel Plaza, donde, al aparecer sin equipaje nos tomaron -eso sí, sin ninguna muestra exteriorpor una pareja adinerada que tras una fiesta decide algo más. Fue divertido. Tras unos días en esta situación y confirmarnos la policía que la misma podría durar aún más hasta que los arquitectos municipales decidieran qué hacer con la dichosa torre, nos autorizaron a sacar ropa y efectos personales de nuestro piso. Pensé en alquilar otro piso, cuando mi compañero Víctor Ibáñez-Martín, que se acababa de casar con Rosa, una bellísima argentina, e iniciaba un largo viaje de novios, me cedió su piso en el barrio en Palermo, donde íbamos a permanecer más de un mes. Al fin, pudimos regresar a nuestro dulce -esos días, amargo- hogar en 11 de Septiembre. Una peripecia más para contar a nuestros nietos). Naturalmente, el auténtico hogar de mi vida iba a ser el definitivo, en Madrid, a partir de 1971, cuando tras nueve años y tres puestos en el extranjero regresé destinado al Ministerio. Compramos un amplio piso, calle Juan Ramón Jiménez, n°12, frente a la plaza de San Fernando, entonces en proceso de urbanización. Su propietaria era la viuda del dictador 190


dominicano Trujillo, una anciana y dulce señora que en absoluto respondía a la dura descripción que de ella leería yo, años después, en el feroz alegato antiTrujillo de Mario Vargas Llosa en su novela "La Fiesta del Chivo". (Allí habitan, entre otros, los padres del gran Raphael y el fabuloso fotógrafo Juan Gyenes y su esposa con los que entablábamos una corta amistad, pues murió pronto). Y mi esposa, repito, tuvo el shopping spree de su vida al amueblar totalmente nuestro domicilio y reponer todo nuestro menaje que yacía en el fondo del Atlántico. (Yo también tuve mi jolgorio comprador: libros y discos). Juan Ramón Jiménez, mi auténtico Home, sweet home. Hasta la tumba. ASUNTOS EXTERIORES, UNA VEZ MÁS 1971 El regreso a Santa cruz, tras tantos años de ausencia, fue muy grato, pues llegaba para tomar posesión de un alto, aunque no muy alto, cargo: la Subdirección General de Relaciones Económicas Multilaterales. Para mí, estricto bilateralista, esto suponía un gran reto, sobre todo por el aburrimiento que suponía tener que digerir la infinidad de documentos de trabajo que la burocracia de tantos organismos e instituciones multilaterales, como existen en el mundo post Naciones Unidas, produce día tras día. Además, era imposible dar abasto a tantas reuniones permanentes, en distintas partes del 191


mundo, que dichos organismos celebran con exagerada asiduidad. Afortunadamente, el peso de España en la mayor parte de ellos no era muy grande, lo que me permitió centrarme en los de mayor importancia mundial -la OCDE en París, el GATT en Ginebra- o de especial interés para España -el Consejo Oleícola Internacional y la Organización Mundial del Turismo, ambos con sede en Madrid-. En todo caso, escasos meses dirigí esta Subdirección General pues la de Relaciones Económicas Bilaterales quedó vacante y pude hacerme cargo de ella. Ahora sí que podía ser feliz en lo mío: la negociación bilateral. Cuatro años permanecí en ella, cuatro años de intenso trabajo, múltiples viajes (hubo años en que permanecí fuera de casa 200 días), muchas satisfacciones y no pocos sinsabores. En esos cuatro años llegué a presidir un centenar de reuniones y negociaciones con más de veinte países. Especialmente interesantes fueron las negociaciones con Cuba, Japón y Argentina, cubriendo muchos temas de importancia para España. La muerte de Franco me abriría nuevas puertas políticas y profesionales que me harían abandonar los despachos de Santa Cruz ya para siempre, quedando mis años en REI Bilaterales como los más satisfactorios y fructíferos de toda mi carrera. 192


Negociaciones muy diferentes fueron las muchas que llevé a cabo con los países comunistas de Europa. Se trataba de Acuerdos Comerciales estrictamente bilaterales, donde los países compradores, por sus duras restricciones de divisas fuertes, se resistían siempre a adquirir compromisos de compra de cítricos, prioritario entonces en la exportación española. En una negociación con Polonia, en 1972, conseguí incluir en el Acuerdo un “cupo” de 25.000 toneladas de naranjas. El ministro español de Agricultura escribió al mío, López Bravo, para celebrar “la magnífica labor desarrollada por el Presidente de la delegación, Eduardo Peña Abizanda”, felicitándose por ello y poniendo el texto que logré “sacar” a los polacos “como modelo para futuras negociaciones con otros países”. Posteriormente, el Gobierno me concedió la Encomienda del Mérito Agrícola, que siempre he llevado con orgullo. (Nunca he podido olvidar la carcajada que solté cuando recibí el telegrama que me comunicaba la concesión de la Encomienda. Me vino inmediatamente a la cabeza la famosa escena de “Una muchachita de Valladolid”, la estupenda obra de Joaquín Calvo Sotelo (1957), en la que el “embajador” relata a su Secretario de embajada cómo ganó la Medalla del Mérito Agrícola por “colocar” las uvas de Almería a los alemanes con quien negociaba y que éstos se resistían a comprar. Al parecer, mi negociación con los polacos con las 193


naranjas había sido más fácil que la del embajador español con las uvas. Pero los dos fuimos condecorados. En todo caso, queda claro que, tanto en los Cincuenta como en los Setenta, la exportación agrícola española pesaba mucho en nuestra Balanza Comercial y eran muy apreciados los esfuerzos de los negociadores). EL GATT 1971 Durante el año escaso que fui subdirector general de Relaciones Económicas Multilaterales fueron varias las reuniones de organismos internacionales en que participé, como vocal o incluso como presidente de distintas delegaciones españolas, entre otros, el Consejo Oleícola Internacional, la OCDE, UNCTAD y el GATT. De los instantes y anécdotas que recuerdo de mi participación en ellos destaca sobremanera, por lo incómoda y casi humillante que fue para mí, una sesión del plenario del GATT (General Agreement on Tariffs and Trade), predecesor de la actual Organización Mundial del Comercio, cuya sede estaba en Ginebra. Presidía yo la delegación española, secundado por Huberto Villar, del Ministerio de Comercio, destinado en la Representación Española ante los Organismos Internacionales con sede en la bella capital suiza, a quien conocía bien desde que 194


cursé en la Facultad la terrorífica Teoría Económica II del profesor José Castañeda, de quien Huberto era ayudante. En la susodicha sesión plenaria iba a debatirse, y votarse, la expulsión de Taiwan y su sustitución por la China comunista, es decir, la auténtica China desde 1949, que ya lo había logrado en la propia ONU y estaba reemplazando a Taiwán en todos los organismos especializados de Naciones Unidas. Cuando llegó el momento de la votación, seguía yo sin recibir instrucciones sobre qué hacer. (Taiwán seguía con su embajada en Madrid y yo, personalmente, simpatizaba con el General ChangKai-chek, no sólo por razones ideológicas sino por las simpatías que su ambigua personalidad me había producido la traducción, para su edición en España, de su libro: "Soviet Russia in China", lo que hice junto con mi compañero Pepito Castro, a petición de la Embajada china en Madrid). Las delegaciones fueron votando, la mayoría a favor de la expulsión de Taiwán, y llegó el turno a la española. Me volví hacia Villar y le pregunté: "Huberto, ¿qué hacemos?" Éste, que no aceptó nunca ser mi segundo en las reuniones de "su" GATT, irónicamente respondió: "¿No eres tú el presidente? Tú sabrás". Decidí abstenerme en la votación, explicándolo de una manera diplomática y ambigua: "mi delegación no puede votar afirmativamente esta resolución, tal como está redactada". Parece que a nadie le extrañó esta 195


peculiar abstención "de la España franquista" y tampoco a mi Ministerio, ya que jamás nadie me comentó si había hecho bien, mal o medio pensionista. (Esta es casi siempre la manera de actuar nuestra Administración cuando, como es frecuente, no ha dado instrucciones, por acción u omisión, a sus funcionarios en algún caso concreto. Por lo que a mí respecta, más de una vez me ha ocurrido). De las tediosas reuniones del GATT recuerdo un instante en que un joven compañero mío, bastante pagado de sí mismo, al verme, esperando la apertura de la sesión, ojear un precioso ejemplar del "Alexandria Quartet" que acababa de adquirir en la librería del Palacio de Congresos de Ginebra, me señaló con gozo indisimulado, "¿Sabes, este libro es muy difícil de leer y mucho más en su idioma original". "Bueno le contesté, supongo que no será más difícil de entender que al Shakespeare que tuve que estudiar reiteradas veces cuando terminé el Bachillerato inglés en los Jesuitas de Londres". Se marchó con el rabo entre las piernas. FERNANDO VIZCAINO CASAS 1971 Siempre interesado en los difíciles años de la posguerra 196


española, especialmente los que no pude vivir por mi estancia en Londres, me sentí fascinado por la obra de Fernando Vizacaíno Casas, publicada en 1971, “Contando los Cuarenta”, que me reintrodujo en aquella España donde, a pesar de tantas miserias y dificultades, la vida había seguido palpitando. Tuve ocasión de iniciar una estupenda y divertida amistad con Fernando, pues nuestro común madridismo hizo inevitable nuestro encuentro en el palco del Estadio Bernabeu. (De él fue la famosa expresión -tan hiriente para muchos- “soy del Real Madrid, como toda persona decente”). Años después, tuve el placer de alojarle en mi residencia de Méjico, pasándolo en grande en su compañía. Sus novelas anti-democráticas, tan duras con la Transición política en nuestro país -“De camisa vieja a chaqueta nueva”, “Y al Tercer Año Resucitó” o “Las Autonosuyas”- fueron best sellers que nos hicieron reír a carcajadas, aunque su prosa no alcanzó una gran altura. (Para mí, que tanto odié el Título VIII de nuestra Constitución, esta última es mi favorita). En una cenaaniversario de Fernando en el Hotel Ritz de Madrid (en la que Lorenzo Sanz le impuso la medalla de oro y brillantes del Real Madrid), estuve sentado en una mesa con el insigne historiador Ricardo de la Cierva, que nos dio a los comensales una magistral lección sobre la Segunda República española (al hilo de las alabanzas a la novela “De camisa vieja…”) y lo funesta que fue para nuestra Patria. Noche inolvidable. 197


CESCE 1972 Pocos meses antes de mi regreso a España de mi puesto en Buenos Aires, había nacido la Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación (CESCE), junto con una nueva legislación crediticia para la financiación de la exportación española. Todo ello como consecuencia del escándalo MATESA, que llevó a una reestructuración de ese sistema de financiación. En 1972, ya subdirector general de Relaciones Económicas Bilaterales, el puesto llevaba aparejado el nombramiento de consejero en CESCE, en representación de mi Ministerio. La Compañía, una sociedad anónima con mayoría de capital público, aseguraba los riesgos comerciales de las operaciones de exportación por cuenta propia y los riesgos políticos por cuenta del Estado (de ahí la existencia de consejeros también de los ministerios de Comercio y de Hacienda, junto con los consejeros representantes de los Bancos y Aseguradoras, accionistas de la sociedad). Ostenté el cargo durante cuatro años, lo que me añadió una importante carga de trabajo, ya que una vez por semana se reunían las dos Comisiones de Riesgos y una vez al mes el Consejo. En cada sesión se analizaban decenas de dossiers de operaciones de exportación, algunas de gran volumen -como por ejemplo, plantas industriales "llave en mano"- la cobertura de cuyos riesgos era solicitada por los exportadores; como consejero, además de 198


estudiar tales dossiers, con frecuencia tenía que dedicar tiempo para recibir y escuchar a esos exportadores, a veces, empresas muy importantes que, naturalmente, hacían su legítimo lobby para aclarar nuestras dudas y defender sus contratros. El esfuerzo valió la pena y no sólo porque el cobro de las correspondientes dietas fuese bienvenido para mejorar la escasa retribución de este funcionario diplomático, que también, sino también por lo mucho que aprendí de esos mecanismos complejos del crédito y el seguro de crédito a la exportación y la ampliación de mi conocimiento de la economía española y de muchos de sus importantes empresarios. Los consejeros tuvimos la suerte de que nos presidiese una insigne personalidad, el técnico comercial y economista del Estado, Manuel Varela Parache. Este gran señor y magnífico profesional fue un claro ejemplo de seriedad, mesura y capacidad de diálogo; me honré, entonces, con su liderazgo y su amistad. Además, CESCE contaba con un espléndido cuadro de profesionales que, desde entonces, convirtieron a la Compañía en una de las punteras del mundo, ampliamente respetada por sus homónimos extranjeros y por los clientes españoles. Su prestigio sigue hoy intacto. Como Consejero en CESCE, y no como diplomático, participé en una difícil negociación 199


técnica del Banco Exterior de España y la propia Compañía con el Gobierno de Irak para resolver un problema grave: las empresas que estaban construyendo en ese país dos importantes plantas industriales, con créditos del Banco y el seguro de nuestra Compañía, habían quebrado, dejándolas a medio construir; el quebranto para Banco y Compañía podía ser gigantesco, por lo que se imponía una negociación para resolver problema. Nuestra delegación con el gran Javier Tornos, del Consorcio de Compensación de Seguros, el gran Rafael Martínez Cortiña, del Banco Exterior de España y Agustín Hidalgo y Bartolomé Bonet de Comercio, avanzó mucho en el difícil diálogo con las Autoridades iraquíes y pusimos las bases para la solución que, posteriormente, finalmente se impuso: otras empresas españolas finalizarían las obras interrumpidas, previa revisión de los contratos existentes. Fue mi primer viaje a Bagdad y quedé fascinado para siempre. Testigo del mismo son unas alfombras persas, compradas en el Zoco de esa ciudad, que hoy piso en mi casa de Madrid. (Y eso que la estancia en aquella capital fue muy incómoda, pues nos alojamos en un hotel tercermundista, con habitaciones colectivas donde, de noche, entraban viajeros y si no había camas disponibles intentaban ¡meterse en la tuya! Para evitarlo recurrí a Tolo Bonet, que con su metro noventa y cien kilos imponía respeto a todo el mundo. 200


Juro que esta anécdota es la pura verdad). EL TELÓN DE ACERO 1972 Descubrí físicamente el Telón de Acero y el Socialismo Real en funcionamiento cuando me hice cargo de la Subdirección General de REI para asuntos bilaterales. Excluidas de mi competencia las relaciones con los países de la OCDE, entre ellos los seis de la CEE, amén de la URSS, que llevaba personalmente mi Director General, Cerón, el resto del mundo quedaba en mis manos. Como era imposible lidiar con tantos toros, me reservé los países de Iberoamérica, Japón e India y los del Telón de Acero, encargándose Miguel Aldasoro, Director de Asuntos Generales en REI, de África, el Magreb y Oriente Medio. Fueron años especialmente activos con los países comunistas que conformaban el famoso "Telón", pues, tras largos años sin relaciones de ningún tipo, en esta época se iniciaron relaciones comerciales y técnicas y, pronto, incluso ya plenamente diplomáticas. Por eso fueron frecuentes mis viajes a Praga, Varsovia, Budapest, Sofía, Bucarest y Berlín Este -rara vez a Belgrado, pues las relaciones con la Yugoslavia de Tito eran muy precarias- así como la presencia en Madrid de la delegaciones de esos países, primero para negociar 201


los Acuerdos base, luego para las reuniones periódicas de las Comisiones Mixtas que ejecutaban los Acuerdos. No me pilló de sorpresa descubrir las "bondades" de la Dictadura del Proletariado: pobreza, vulgaridad, falsa igualdad, ineficacia, atraso, corrupción, escasez, desconfianza del mundo libre (y no digamos de los "fascistas" españoles) y siempre dureza en la negociación, quizás para no parecer los negociadores débiles ante los interlocutores "capitalistas". Sin embargo, he de decir que todos los representantes de la "nomenklatura" con los que me relacioné durante casi cinco años fueron siempre extraordinariamente cordiales y educados: con algunos llegué, si no a cierta amistad, al menos a un entendimiento personal que, naturalmente, contribuyó a que nunca se produjera incidente alguno, ni siquiera malentendidos. Estos países, algunos de los cuales ya tenían Representación oficial, al menos Comercial, en Madrid, llegaron a confiar en mí y en la seriedad y honestidad negociadoras de mi Gobierno. (Un recuerdo especial para un entrañable comunista: Andrej Onacik, representante polaco en Madrid, con cuya amistad me honré aquellos años, un gran señor y un gran diplomático. ¡Qué diferencia, sin embargo, con el representante rumano! un tal Petrescu, un ser sibilino, sinuoso, con el que me costaba trabajo 202


relacionarme; amigo, por supuesto, como descubrí en 1977, de Carrillo, el de Paracuellos). Especialmente gratos fueron los viajes a las bellísimas Praga y Budapest, con pocas heridas de la guerra, que contrastaban con la tristeza de Sofía y Bucarest y con la grisura de Varsovia, esa entrañable capital de Polonia, destruida por la guerra y reconstruida con el consabido pobre y gris Communist style. Y qué decir de la pobreza y miseria del Berlín Este, tan desgraciado por la vecindad con el esplendoroso, luminoso, alegre y rico Berlín Oeste. ¡Ay!, este capitalismo que explota al obrero! Tan miserable era el Berlín Este que, cuando negociábamos allí, nos alojábamos en el Berlín oeste, por lo que a diario atravesábamos el famoso Check Point Charlie, frontera entre las dos zonas, bajo la severa mirada de los Volpos comunistas y el largo escrutinio de nuestros pasaportes. (Muchos años después, en 1987, visité Moscú por vez primera, para representar a la Comisión Europea en una negociación sobre transporte marítimo con la URSS. Ya estábamos en la Perestroika y Glassnot de Gorbachov y cerca de la caída del Telón dos años después, pero Moscú me pareció igual de fea y pobretona que las capitales de los países satélites, con algunas excepciones, claro: el Kremlin, el Metro, el Bolshoi...y la amplitud de algunas de sus avenidas. 203


Por cierto que en ese viaje me agasajó, a cuerpo de rey, mi compañero y antiguo subordinado en Méjico, Fernando Almansa, allí destinado entonces. Poco después fue designado Jefe de la Casa Real). En Sofía negocié mi primer Acuerdo de transporte por carretera entre España y Bulgaria. Entonces no pude imaginar que pocos años después sería Director General de Transportes de Europa. De todas estas negociaciones guardo algunos recuerdos jocosos que tienen que ver con Rumanía, una de las dictaduras comunistas más férreas. En un viaje a Bucarest, Rafael Sterling, nuestro Consejero Comercial, nos llevó por misteriosas callejuelas a una oscura tienda en la que los miembros de la delegación pudimos comprar, a precio de ganga, algunos auténticos iconos ortodoxos; yo compré una preciosa Virgen sobre madera que preside hoy mi dormitorio. Naturalmente, era una compra en el mercado negro, por lo que escondimos los iconos comprados en nuestras maletas, aunque sabíamos que iban, lógicamente, a ser registradas en nuestras habitaciones del hotel y que las Autoridades locales harían la vista gorda. Embarcamos de regreso a Madrid en un avión de la Compañía rumana, Tarom, y entrando en pista para despegar, el avión frenó cuando se acercó un coche de la policía y de él bajaron dos hombres, con sus abrigos de cuero negro 204


(la Secreta comunista vestía igual que la Gestapo) y subieron al avión. A un compañero de la delegación le dije en broma: "Te van a detener por sacar clandestinamente del país una obra de arte. A mí no, por tener pasaporte diplomático". Le entró una gran cagalera, aunque los hombres de negro eran pasajeros rumanos importantes que no querían perder el avión a Madrid. Mi compañero, lógicamente, nunca perdonó mi estúpida broma: en aquella época ponerse a mal con un país comunista no era cosa baladí; bueno, en ninguna época lo es (cfr, hoy el caso Carromero en Cuba). (De vuelta a Madrid, un día invité al inefable Petrescu a cenar a casa con su esposa; malévolamente coloqué el icono en el salón para observar su reacción. Comprobé que estaba informado de mi compra y contrabando del icono porque se lo quedó mirando fijamente y sarcásticamente comentó: "qué hermoso y valioso es. ¿Cómo lo has conseguido?" "En el Rastro" -contesté, como si nada-, pero es una mala copia y me ha salido tirado". No hubo más, pero me la guardó, como se verá más adelante). Otro recuerdo de entonces fue dramático por las circunstancias, aunque jocoso por sus resultados. El 20 de diciembre de 1973 llevaba yo una semana negociando en Madrid un primer Convenio Comercial con la República Democrática Alemana, con las 205


dificultades y dudas que siempre planteaban los países comunistas. Al llegar al Ministerio la mañana de ese día, Cerón convocó a toda la plantilla de REI y nos espetó: "Acaban de asesinar al presidente del Gobierno"; ante nuestro anonadamiento, añadió fríamente: "Business usual". Con el corazón encogido, entré en la sala de reuniones donde me esperaban las dos delegaciones. Abrí la sesión y, solemnemente anuncié la terrible noticia; el presidente alemán se puso en pie y, muy correctamente, me dio el pésame y sugirió insistentemente que suspendiéramos las negociaciones para reanudarlas en enero, tras las fiestas de Navidad, vistas las circunstancias y que todavía quedaban muchos puntos por dilucidar. Se veía que tenía prisa por abandonar Madrid, quizás por temer que algo más grave aún podía pasar. Sobre la base del "Business as usual" de mi Jefe, rehusé interrumpir las negociaciones y propuse terminar cuanto antes; aquella misma mañana se cerró el Acuerdo, que se firmó por la noche, saliendo la delegación comunista de estampida al día siguiente. Con mi larga experiencia del Telón de Acero y con la persistente imagen en mi mente y corazón de lo que había significado en Europa el Marxismo en acción, la caída del Muro de Berlín en 1989 fue para mí una enorme alegría. ¡Bienvenidos al Mundo libre, queridos 206


europeos! Pronto podréis dejar de ser comunistas por obligación! CUBA 1972 Cuba siempre fue un atractivo para mí, pues mi abuela paterna había nacido en Santiago de Cuba y allí vivió hasta que regresó a Zaragoza, con su padre y sus hermanos, en los últimos años del siglo XIX. (Cuenta la leyenda que el negrito de los Cabezudos surgió porque mi bisabuelo se trajo de Cuba a un boy en su servicio doméstico). El destino me iba a deparar una larga relación con el país caribeño, donde siempre fui feliz, a pesar de las miserias de la dictadura castrista. Desde 1972, durante cuatro años, fui actor y testigo presencial de unas intensas, complejas y, sin embargo, fructíferas relaciones económicas y comerciales entre España y Cuba, presidiendo por parte de España todas las reuniones de la Comisión Mixta comercial hispano-cubana, dos al año, alternativamente en Madrid y La Habana. Esas relaciones tenían de antiguo un carácter preferencial en ambos sentidos, pues a pesar de encontrarse en las antípodas los respectivos Regímenes, Fidel Castro y Franco aceptaron una realpolityk en lo económico, comercial, cultural y de cooperación. (Para Franco, Cuba era un país hispanoamericano más y la Madre 207


Patria, bloqueo americano o no, nunca abandonaba a ninguno de sus "hijos", ni siquiera al más descarriado. Por eso Iberia seguía volando a Cuba y los mercantes españoles nunca interrumpieron el tráfico marítimo con la isla. Por eso, a pesar de las expropiaciones de los bienes españoles en Cuba y el exilio de muchos de estos, nunca se impidió que continuasen las inversiones españolas en Cuba y siempre se siguieron potenciando los intercambios comerciales, donde España daba un trato preferencial al tabaco, el café y azúcar cubanos y Cuba nos lo daba en su adquisición de bienes de equipo españoles). Las negociaciones comerciales hispano-cubanas, pues, constituían un claro ejemplo del diplomático do ut des, fáciles por un lado pero muy complejos por otro lado, debido a las características suspicacias comunistas sobre la doblez de los capitalistas -que siempre había que despejar con paciencia- y a la necesidad que mi opposite number en las negociaciones tenía de demostrar que su "do" era menos que mi "des”. En todo caso, tanto en las negociaciones en Madrid como en La Habana las relaciones personales entre comunistas y "fascistas" fueron enormemente cordiales; por ello, mis estancias en la capital cubana, que a veces se prolongaban semanas, equivalían casi a un periodo vacacional, sobre todo cuando algún fin de semana invitaban los 208


cubanos a la delegación española a una casa de protocolo en la deliciosa playa de Varadero (donde los cubanos me ganaban más de un dólar jugando al dominó, juego en el que son maestros). Algunas veces negocié con el Subsecretario de Comercio, Ricardo Cabrisas, un inteligente y simpático mulato, con el que hice buenas migas y que siempre me facilitaba las cosas. En mis viajes, me alojaba en la coqueta residencia de nuestro Encargado de Negocios (desde 1960 no teníamos embajador por el "incidente” Logendio), Javier Oyárzun que, junto a su esposa Mª Rosa, me hacían llevadera las largas horas, a veces días, entre reunión y reunión con los cubanos; en ello, también participaban nuestros Consejeros Comerciales, primero Alberto Recarte, luego Juan Arenas, en cuya residencia se alojaban los tres mosqueteros del Ministerio de Comercio que siempre me escoltaban: Agustín Hidalgo, José Ramón Bustelo y Bartolomé Bonet, los tres Subdirectores Generales de su Departamento. (En uno de aquellos viajes, el trío me informó que, como tenían tiempo libre, deseaban unirse, como voluntarios, al pueblo cubano para "ir a cortar caña", gesto que anualmente solicitaba el Gobierno "para apoyar la Revolución". Les dije que me parecía bien, siempre y cuando lo hicieran a título particular, es decir, previa dimisión como 209


Subdirectores Generales y abandono de la delegación española. Estos idealistas trasnochados -creo que el único realmente izquierdista era Bustelo- se dieron cuenta de su boutade y, naturalmente, no cortaron caña. Nunca me guardaron rencor). La joya de la corona de mis negociaciones fue el Acuerdo Comercial de 1974. En octubre de ese año, el mercado mundial del azúcar se había vuelto loco: su precio se había multiplicado por diez y no había oferta alguna en el mercado; España necesitaba urgentemente reponer sus stocks o corríamos el peligro de racionar el producto. Nemesio Fernández Cuesta, ministro de Comercio, me convocó a su despacho y me ordenó: "Vete a La Habana y tráete azúcar como sea. EL Caudillo dice que en España no se volverá nunca a racionar nada". Convocada de urgencia la Comisión Mixta, a La Habana me fui con mis mosqueteros y la conciencia de que tenía carta blanca para negociar y que pronto volvería triunfante con azúcar y a un precio razonable. Pero no contaba, al hacerme estas ilusiones, con los cubanos que, sabedores de nuestra debilidad negociadora, desde el inicio me plantearon exigencias muy exageradas: querían unas concesiones crediticias favorables de hasta 1.000 millones de dólares, frente a los 100 millones que nosotros llevábamos en cartera. La negociación nos llevó dos meses y culminó, como no podía ser de otra manera, con el triunfo cubano: nos 210


suministraban el azúcar que necesitábamos a un precio favorable, pero el acuerdo sería a tres años y el crédito que les abríamos para ese periodo sería casi el solicitado por ellos. Fernández Cuesta vino a La Habana, nos recibió Fidel Castro, se firmó el acuerdo...y Fidel, muy satisfecho por su éxito, anunció que "teníamos que intercambiar embajadores". España no racionó el azúcar y fue feliz, tras catorce años, por tener un embajador en La Habana. Tutti contenti! Pero... (Como siempre hay un pero, hélo aquí: ningún técnico, de Comercio o de Agricultura, había previsto que, más pronto o más tarde, el precio del azúcar se desplomaría y caería a su nivel de pre-crisis; dos años después del acuerdo así ocurrió, por lo que nos encontramos con que el precio preferencial del acuerdo constituía ahora una carga insoportable. En 1976, ahora como Subsecretario de Comercio, de nuevo viajé a La Habana para pedir árnica, como expliqué en unas declaraciones: -" de rodillas fui a Cuba para comprar azúcar a cualquier precio y de rodillas he vuelto para dejar de comprarlo al precio convenido". Afortunadamente, los cubanos fueron comprensivos -entre otras cosas porque seguíamos manteniendo nuestra línea de crédito- y se fijaron nuevos precios acordes con el mercado. Nunca he pasado tanta vergüenza como negociador como en 211


estas dos ocasiones). Debo reiterar que mi relación con los cubanos fue siempre muy grata, tanto en lo profesional como en lo personal, facilitado siempre por nuestras afinidades y mi amor por todo lo cubano. Aparte Ricardo Cabrisas y algún otro, aquellos años vieron nacer una amistad con Eusebio Leal, el cronista de la ciudad, el director de la renovación del barrio viejo de la ciudad, el hombre que ha creado, con escaso dinero y mucho esfuerzo, el gran Museo de La Habana, sito en el espectacular Palacio de los Capitanes Generales. (Eran tantas las escaseces en aquella Cuba que, a mi modesta manera, inicié mi participación individual en la cooperación al desarrollo con pequeños regalos que aportaba en mis sucesivos viajes: encajes, bombillas, telas, para el museo de Eusebio Leal, o volúmenes de clásicos españoles para la biblioteca de la Escuela Lenin, donde se educaban los bachilleres más dotados. Casi cuarenta años después, todavía sigo en contacto con Leal). (En una de mis charlas con Leal, me encargó que averiguara el estado en el que se encontraba, en el Museo del Ejército en Madrid, la silla de montar del héroe de la independencia de Cuba, el General Antonio Maceo, que venían reclamando a España desde hacía tiempo. De regreso a Madrid lo comenté en el Ministerio y con algún amigo militar: me dijeron que no estaba prevista esa devolución. 212


Informalmente inicié un lobby favorable a ello, pero no dio resultado. Años después, me enteré que, por fin, la silla de Maceo había vuelto a La Habana. Me imagino que estará en su museo). Cuba, gran personaje de mi vida. Fueron muchos los instantes que allí viví, incluidos, ¿por qué no?, las noches disfrutando del espectacular show de Tropicana o de tantos mojitos que me tomé en La Bodeguita del Medio, en cuya pared estampé mi firma, cerca de la de Hemmingway. TABACO 1972 El tabaco ha sido uno de mis personajes favoritos a lo largo de mi vida, al igual que fue, durante los años 30 y 40, protagonista principal, casi personaje central, en el cine de Hollywood, donde hay muy pocas escenas en que el cigarrillo no se encienda y se fume. (Humphrey Bogart sin un pitillo en la boca no sería Bogart y ¿quién puede olvidarse de Paul Henreid encendiendo dos cigarrillos a la vez para dar uno a Bette Davis en La Extraña Pasajera?). Fumador desde muy joven, recuerdo al salir de Wimbledon College, en el camino, en busca del autobús, la pequeña tienda de chuches, donde comprábamos un Woodvine o un Craven A y lo fumábamos a prisa, antes de llegar a 213


casa; y recuerdo también, el Madrid de la posguerra, finales de los 40 y principios de los 50, donde por la pobreza de todos, comprábamos, a la pobre mujeruca de turno que vendía tabaco en esta o en aquella esquina, uno o dos cigarrillos sueltos -Chesterfield, Camel o Lucky Strike, todos de contrabando- que nos “sabían” mejor que el tabaco, negro o rubio, de Tabacalera S.A. Pero el disfrute, o el vicio, del tabaco no fue perfecto hasta que empecé a viajar a Cuba en 1972. Aparte de conocer las plantaciones de tabaco y las fábricas de su elaboración, todas ya, por supuesto, confiscadas, el hito definitivo fue descubrir el “puro”, especialmente el Cohiba. Y de hacerlo a la cubana: cualquier reunión de la negociación en el MINCEX (Ministerio de Comercio Exterior), se iniciaba con el rito de degustar, las dos delegaciones juntas, un café, un vasito de ron y el encendido de un Cohiba. Aquello sabía a gloria y, medio embriagados, nos poníamos a trabajar. Hoy el tabaco es anatema en el Primer Mundo. Lo comprendo pero no lo comparto. Sigo disfrutando de mis cigarrillos, eso sí, a espaldas de mi mujer y asomado a la ventana. La ley es la ley.

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HUGO BANZER 1973 Una sola vez he estado en La Paz, capital de ese entrañable país, Bolivia, habitado por una población mayoritariamente indígena, dotados todos ellos de una exquisita educación y cortesía que llama la atención del visitante. Fue en 1973 cuando allí me desplacé para arreglar un asunto espinoso: una empresa española que según recuerdo estaba montando una nueva red de TV, tenía dificultades para la feliz ejecución del proyecto, algunas de ellas derivadas del propio Gobierno boliviano. A pesar de estar apercibido, nada más bajar del avión que me dejaba a los 4.000 metros de La Paz -lo hice a mi manera, rápida y atolondrada- naturalmente, me apuné, sufrí el consabido mal de montaña, el soroche, y caí redondo en la pista. Durante los tres días que pasé en aquella ciudad mis movimientos semejaron a los de un enfermo convaleciente: entre eso, el oxígeno de la habitación que ocupaba en la residencia de nuestro embajador y el whisky que éste me ofrecía generosamente y que tan bien sienta en las alturas, me permitieron olvidarme de la puna. El asunto que me llevó a La Paz, algo feo y complicado, me obligó incluso a entrevistarme, por dos veces, con el propio presidente de la República, el general Hugo Banzer. Me encontré con un hombre 215


pequeño de estatura, inteligente pero poco locuaz y muy preocupado por la pobreza y el subdesarrollo de su país. Hablaba un delicioso castellano y fue extraordinariamente cordial conmigo. Se interesó mucho por los planes de desarrollo del gobierno español e indagó las razones del "milagro español", como entonces se denominó al enorme salto desarrollista de España durante los años Sesenta. Mi problema quedó encauzado y regresé feliz a Madrid aunque con una curiosa pena. Resulta que en una pequeña caminata desde la residencia al Palacio Presidencial o al Ministerio de Industria, desde el primer día me abordó un pequeño limpiabotas de no más de ocho años: un bellísimo indiecito que más que limpiarme los zapatos los ensuciaba con un viejo cepillo. Siempre le daba un dólar que me agradecía con una sencilla sonrisa y un "Vaya con Dios". Al tercer día, una mujer que dijo ser su madre, me ofreció comprar su hijo por 100 dólares; le señalé que eso era un delito, y que en todo caso, ella debía de ofrecer el niño en adopción. Se agarró a esa idea y estuve tentado de hacerlo; naturalmente, no lo hice. Pero regresé a Madrid con algunas dudas. Así es uno de débil. ANTONIO BUERO VALLEJO 1973 216


Muy aficionado al teatro, siempre admiré el de Buero Vallejo al tiempo que compadecía su trayectoria vital: cárcel y condena de muerte, luego conmutada. Por eso, aunque no he sido nunca de los fans que buscan conocer, o al menos lograr un autógrafo suyo, a sus admirados autores o actores, siempre me picó la curiosidad de encontrarme cara a cara con don Antonio y cambiar algunas impresiones culturales y vitales con él. En 1973 creí llegada la ocasión. En uno de mis viajes a Bucarest para celebrar la Comisión Mixta Comercial anual con Rumanía, trabé amistad con la intérprete de español del Ministerio rumano de Comercio, Cristina X (he olvidado su apellido). Estudiante de español en la Universidad, conocía bien el teatro español contemporáneo y admiraba concretamente a Buero Vallejo; quería también venir a España para hacer un master en nuestra lengua y concretamente elaborar una tesis doctoral sobre el teatro de Buero Vallejo, pero su gobierno -la férrea dictadura stalinista de los infames Ceaucescu- no se lo autorizaba. Necesitaba apoyo español -por ejemplo, concesión de una beca universitaria- en cuyo caso creía que podría tener el permiso de salida y la concesión de un pasaporte (el sueño de tantos nacionales de los aherrojados países del Telón de Acero). Prometí ayudarla y a mi regreso a Madrid hablé del caso con Petrescu, el ministro rumano en Madrid, y solicité su apoyo; al mismo tiempo me dirigí 217


por carta a Buero Vallejo, explicándole el caso, sugiriéndole que él podría ayudar a Cristina (incluso le envié algunas de sus obras publicadas, rogándole las dedicase a la estudiante rumana, que yo le haría llegar). El dramaturgo jamás tuvo la cortesía ni siquiera de acusar recibo a mi carta o devolverme el libro enviado, a pesar de mi insistencia en ambas cosas, vía telefónica, ante alguien de su entorno. (Supongo que este comunista no quería relacionarse con un fascista, alto cargo del gobierno franquista). Y por lo que respecta a Petrescu, cortésmente me indicó que él no podía interferir en la concesión de pasaporte y visados de salida de su país. Ignoro si este asunto, tan nimio, se convirtió en uno de Estado en Bucarest: sólo sé que en mi siguiente viaje allí, Cristina ya no era mi intérprete y nadie me supo, quiso o pudo darme cuenta de su paradero. ¿Siberia? Y si así fue, ¿por qué? A Buero le mandé mentalmente a la m. AUSCHWITZ 1973 En mi primer viaje a Varsovia con motivo de la reunión anual de la Comisión Mixta comercial hispanopolaca, solicité a los polacos que me llevaran a visitar el infame campo de concentración nazi en Auschwitz (Oswiecin en polaco), donde los alemanes explotaron y asesinaron a millones de judíos y polacos durante la 218


Segunda Guerra Mundial. A pesar de -o quizás a causa de- la carga de conocimientos que yo tenía sobre el Holocausto (que había iniciado en Londres en 1945, cuando mi padre me llevó a ver un documental del Ejército británico sobre el infame campo de Belsen para demostrarme que el hombre es lobo para el hombre), la visita a las instalaciones al campo de Auschwitz, convertidas en el Museo del Recuerdo, me produjo tal shock emocional que tardé días en enjugar mis lágrimas y semanas en recuperar mi equilibrio vital. Porque en aquella escasa hora en que allí permanecí viví virtualmente en mi mente y en mi corazón instantes similares a las de tantas víctimas inocentes de aquel genocidio. Salí de allí temblando de odio y de rabia. Mi cicerone en aquel espantoso lugar fue el representante comercial polaco en Madrid, Andrej Onacik, el comunista más señor y civilizado que jamás he conocido, como ya he señalado. LOS 10 DE SIEMPRE 1975 En 1975 fui invitado a incorporarme como décimo peñista a la peña madridista Los 10 de Siempre, fundada en 1970 por, entre otros, los hermanos Javier y Enrique "Tite" Huidobro. Éste último, amigo mío 219


desde finales de los años 40, (jugábamos al poker en los pequeños salones del Frontón Fiesta Alegre, entonces modesta sede social de nuestro querido Real Madrid), me introdujo a sus compañeros peñistas para cubrir una vacante en esta exclusiva peña, donde por su numerus clausus era, y es, tan difícil entrar. Los 10 de Siempre es una peña elitista, pour ainsi dire, incluso no institucionalizada en el Real Madrid; aún así, ha sido siempre muy considerada por el Club, hasta el punto que es, creo, la única peña madridista que posee la insignia de oro y brillantes de la institución, concedida nada menos que por don Santiago Bernabeu. Hoy la preside mi amigo Tite y cuenta, desde hace años, como socios de honor con famosos jugadores: Gento, Amancio, Sanchís Sr, di Stéfano, Camacho, Pirri, habiéndolo sido también personajes como Miguel Muñoz, grandioso entrenador de aquella época. En la peña di a conocer mi profundo madridismo y allí conocí a Luis de Carlos, entonces Tesorero en la Junta de Bernabeu. Cuando llegó a la presidencia tras la muerte de don Santiago, don Luis me eligió para una de sus Vicepresidencias, que acepté encantado, aunque no llegué a tomar posesión. La peña sigue hoy viva aunque poco activa, salvo periódicos almuerzos, seguidos de partidas de mus, en Belarmino, calle Castelló, añorando los tiempos de 220


juventud en que acompañábamos a nuestro equipo por todos los campos de futbol europeos, cuando jugábamos la Copa de Europa, y muchos nacionales, en partidos de Liga o Copa. Y echamos en falta a peñistas que se han ido: Manolo y José Luis Quilez, Juan Manuel Osorio, Jaime Barra, Alfredo Landa... Pero seguimos compartiendo recuerdos, aventuras y vivencias, que son muchos los de los diez actuales septuagenarios, algunos octogenarios: Tite, yo mismo, Julio Bruned, José María Jerez, Paco Hernández Coronado, Alfonso Martínez Andina, los doctores Enrique Rubio y Manuel Fernández Laso. Pero las relaciones con el Real Madrid son frías, quizás por mi clara enemistad con Florentino Pérez, su Presidente.

20 DE NOVIEMBRE 1975 La muerte de Francisco Franco no pilló de sorpresa a nadie; llevaba meses agonizando. Otra cosa era la preocupación que se palpaba en cualquier ambiente de la vida diaria en nuestro país. ¿Qué iba a pasar? A nadie nos consolaba el "después de Franco, las instituciones", pues todos sabíamos que el Franquismo después de Franco era imposible y que, más pronto que tarde, el país y la comunidad internacional iban a exigir una rápida transición hacia 221


un Régimen democrático. Todas las miradas se volvieron hacia el Príncipe de España y los pensamientos hacia lo que harían las izquierdas. Mientras tanto, había que enterrar a Franco: unos lloraban y otros brindaban con champán. Yo ni lloré ni brindé. Como miles de españoles me acerqué a ver a Franco por última vez y estuve algunas horas en la cola de acceso al Palacio Real antes del breve y silencioso momento de pasar de largo ante su cadáver. Como no tenía uniforme, afortunadamente no tuve que acudir, como ujier, al entierro y funeral del Generalísimo en el Valle de los Caídos. No fue así, en cambio, en la coronación del Rey, dos días después, en la iglesia de los Jerónimos. Asistí como aide de camp del Secretario General de la OECD y escuché, de primera mano, los largos discursos de don Juan Carlos y del Cardenal Tarancón, que ya anunciaban tiempos de libertad y democracia. Y para mí, tiempos de rápida aceleración y cambio de rumbo en mi vida profesional. CARLOS PÉREZ BRICIO 1975 Es una de las personas más honestas y sensatas que he conocido en toda mi vida profesional. Carlos me conocía porque, siendo él Director General de Industrias Siderometalúrgicas y Navales, presidió 222


unas difíciles negociaciones con Argentina sobre construcción naval española, conmigo de segundo de abordo. La negociaciones fueron un éxito y Carlos se debió quedar con mi nombre. En diciembre de 1975, tras la muerte de Franco, Arias Navarro, que continuaba como Presidente del Gobierno, formó el primero del Rey, con Pérez Bricio como ministro de Industria. Poco antes de tomar posesión, Carlos me llamó a Exteriores, me invitó a reunirme con él y me propuso hacerme cargo de la Secretaría General Técnica de su Ministerio. Me dijo que necesitaba un diplomático para encargarse de las relaciones internacionales de su Ministerio y especialmente con el Mercado Común, cuyas negociaciones para la adhesión de España seguramente iban a acelerarse. Tras consultar el ofrecimiento en Exteriores por si tenían algún reparo serio -sólo hubo algunas reticencias por parte de José Manuel Abaroa, Director General de Personal, y pleno apoyo y ánimo de Raimundo Bassols, Director General de R.E.I.-, el 22 de diciembre de 1975 juraba mi cargo, "lealtad al Rey y cumplimiento de las Leyes Fundamentales del Reino", en presencia, entre otros, de Leopoldo Calvo Sotelo, ya ministro de Comercio. Entré, pues, en la sede del Ministerio, calle Serrano 25, y me hice cargo de la Secretaría General Técnica. Entraron conmigo a otras Direcciones Generales del Ministerio algunos brillantes amigos míos: Jaime Lamo de Espinosa, que 223


llegaría a Ministro de Agricultura, Enrique Kaibel, procedente de SERCOBE (la importante Asociación de Fabricantes de Bienes de Equipo) y José Sierra, un buen ingeniero de minas, años después también compañero mío en la Comisión Europea. El subsecretario era un joven y brillante abogado del Estado, Rafael Orbe, del que iba a aprender muchos de los entresijos de la Administración del Estado, entramado complejísimo de intereses con los que iba a enfrentarme en lo sucesivo. Pronto aprendí, también, que el S.G.T. del Ministerio tenía que ser, además de diplomático, un buen economista (creo que yo lo era) y un buen gestor de muchos y variados asuntos, en lo que yo estaba por ver. Primus inter pares de los Directores Generales, el Secretario General Técnico los coordinaba a todos y preparaba la participación del Ministerio en los semanales Consejos de Ministros. Y el cargo llevaba aparejado ser Consejero del Instituto Nacional de Industria (INI), Consejero de la Compañía Española de Seguros de Crédito y Caución, amén de miembro de la Comisión Central de Urbanismo y Miembro de la Comisión de Planeamiento y Coordinación del Área Metropolitana de Madrid. Afortunadamente tenía buenos colaboradores, casi todos ingenieros industriales al servicio del Estado, y tuve el acierto de conocer, y nombrar como 224


Vicesecretario General, a un joven y brillante economista del estado destinado en el Ministerio, Julián García Valverde, a pesar de las reticencias de mis Superiores por la conocida ideología socialista de Julián. Fue un estupendo y leal colaborador durante los pocos meses que estuve en Industria; años después, con el PSOE en el poder, García Valverde llegaría a ser, sucesivamente, Presidente del INI, Presidente de RENFE y Ministro de Industria. (Desde nuestra colaboración en Industria, Julián ha sido buen amigo, a quien traté mucho durante su etapa en RENFE, coincidiendo con la mía en Bruselas: el dichoso AVE. En el famoso juicio sobre los presuntos delitos en las adjudicaciones de los primeros AVE, uno de los imputados y juzgados fue García Valverde; intervine a petición suya como testigo a su favor. Fue absuelto). Durante los seis meses en la S.G.T. la actividad fue frenética, tanto en el frente interno como en el internacional. Una de las actividades más importantes que realizó aquel primer Gobierno del Rey fue empezar a "vender" en la Comunidad internacional que, con independencia del eventual cambio político, las empresas multinacionales instaladas en España tenían confirmada la seguridad jurídica de sus inversiones. Por ello, el Ministro, conmigo y otros colaboradores, viajamos a los Estados Unidos y a 225


Suiza para reunirnos con los altos ejecutivos de varias multinacionales. En el viaje a Estados Unidos nos ayudó mucho Antonio Garrigues Walker, tan vinculado a grandes empresas americanas, y en Suiza, Vicente Mortes, el antiguo Ministro de Franco, ya presidente de Nestlé España. Chrysler, U.S. Steel, Dow Chemical, Nestlé, Hero fueron las multinacionales que visitamos. En todas partes se nos recibió como VIP's y todos expresaron su confianza en la futura España democrática. Carlos estuvo siempre impresionante en la presentación de sus argumentos. Y yo sentí, por primera vez en muchos años, que ya no era considerado como un "fascista" o, al menos, un enviado de un Régimen Fascista, que tantas veces había observado en el pasado en la mirada de muchos interlocutores extranjeros. En el viaje a Suiza, en junio de 1976, Pérez Bricio, que algo sabía o intuía, con aires de misterio nos anunció que "algo iba a pasar" en España. Y efectivamente algo pasó: la mañana en la que nos embarcamos en Ginebra en un Mystère del Gobierno para regresar a Madrid, nos contó que acababa de recibir la noticia de que el Rey había defenestrado a Arias Navarro y designado a Adolfo Suárez, Secretario General del Movimiento, como nuevo Jefe del Gobierno. Sufrimos un fuerte shock porque, ahora sí, nos adentrábamos en lo desconocido. Poco 226


imaginábamos la auténtica revolución política, afortunadamente incruenta, que Suárez iba a llevar a cabo en escasos dos años. Todo lo más que pensamos, yo entre otros, es que en esos momentos éramos inminentes cesados o dimitidos. ¡Qué poco dura la alegría en la casa del pobre! pensé yo para mis adentros. Al menos podría regresar a mi Casa, Santa Cruz, pero, ¿a qué puesto? Lejos estaba yo de saber, ni siquiera pensar o desear, que en ese momento empezaba mi creciente aparición en la vida pública española, hasta completar una digna Carrera profesional. Días después del regreso de Suiza juré mi cargo como Subsecretario del Ministerio de Comercio. JUAN MIGUEL VILLAR MIR 1976 Conocí a Villar Mir como Ministro de Hacienda del primer Gobierno del Rey y tuve la oportunidad de tratarle a fondo cuando le acompañé a Washington a reunirnos con el Banco Mundial y con el Fondo Monetario Internacional. En aquellos indecisos momentos políticos viajábamos, como ya he mencionado, por el mundo para "vender" la España que iba a nacer. Descubrí en Juan Miguel una fina inteligencia y el pragmatismo de un típico ingeniero de caminos. Ambos descubrimos también nuestro madridismo, lazo de unión de tantas gentes a lo largo 227


de toda la geografía española. (Vid: “Ramón Mendoza. Lorenzo Sanz- 1995”). En 1995, Villar Mir me llamó a Bruselas para ofrecerme integrar su candidatura a la presidencia del Real Madrid; tuve que declinar, pues ya me había comprometido con Mendoza. (Juan Miguel finalmente se integró con éste y ganaron las elecciones, pero a los pocos meses, junto con todos sus acompañantes, dimitió de la Junta Directiva por incompatibilidad con Mendoza y sus "maneras". Conociendo a ambos, agua y aceite, la ruptura no me extrañó en absoluto. Una pena pues, a la larga, estoy seguro que Villar Mir hubiera alcanzado la presidencia del Club y habría sido tan gran presidente como empresario es). Como también es una pena que Suárez, en sus sucesivos gobiernos no siguiese contando con la fuerte personalidad, preparación política y técnica y categoría humana de este hombre. JOSÉ LLADÓ 1976 Había conocido y tratado a José Lladó, presidente de Técnicas Reunidas, S.A., importante empresa del sector petroquímico, en mi etapa como Consejero Económico y Comercial en Buenos Aires. (Técnicas Reunidas se presentó en 1968 a una licitación internacional para suministrar una planta "llave en 228


mano" en Luján de Cuyo, para Y.P.F. Argentina, por un importe millonario; la Embajada apoyó esta oferta, con el "lobby" acostumbrado, ante las Autoridades locales y se ganó la licitación). Años después, en 1976, Lladó fue nombrado Ministro de Comercio por Adolfo Suárez, con quien desarrollaría brillantemente una carrera política. En Comercio, debía nombrar un Subsecretario; al parecer, consultó varios nombres, entre ellos el mío, con "el Soviet" del Ministerio y éste le sugirió el mío, por lo que fui nombrado. Estuve un año con él y creo que fue una colaboración fructífera en esa época política tan convulsa en que estaba todo por hacer en el camino hacia la democratización de España. Disfrutamos los dos en el fomento de la exportación española, especialmente de bienes de equipo y construcción naval, donde nos apuntamos algunos éxitos. Viajamos juntos a varios países, Argentina, Perú y República Dominicana, donde el Ministro consiguió buenos acuerdos comerciales. Y creamos dos importantes instrumentos para fomentar la exportación española: FOCOEX, la Trading Co. pública, con mayoría de capital del Estado, y el Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD), el primer dinero presupuestado anualmente para la concesión de financiación "blanda" a países en vías de desarrollo para la adquisición de bienes y servicios españoles. 229


(En esta etapa el Director General de Política Comercial era Agustín Hidalgo, que contribuyó sobremanera al éxito de mi Subsecretaría). José y yo nos llevamos muy bien, siempre con el debido respeto y lealtad que yo debía a mi Superior. Lástima que esta colaboración sólo durase un año, pero la amistad continuó hasta hoy. Aparte la extraordinaria cortesía y afabilidad de Pepe con todo el mundo, también conmigo, nunca supe exactamente qué opinó sobre mi corta colaboración con él, hasta que, muchos años después, 1995, cuando me jubilé, y así se lo comuniqué, poniéndome a su disposición en mi "vejez", me contestó, con gran expresividad y belleza de forma y con exceso de generosidad, lo que sigue: "Qué suerte poder mirar con alegría y orgullo, como tú puedes, tantas y tantas cosas hechas, bien hechas. Para mí fue una suerte inmensa haberte conocido, haber recibido tu asesoramiento, tu apoyo, haber disfrutado con tu magnífico y generoso hacer. Tu colaboración fue una lección para mí de profesionalidad, de limpieza, de apasionamiento, de alegría. Al recordarte ahora, lo hago gozosamente, como gozosamente puedes tú recordar esos cuarenta años de servicios generosísimos y limpísimos a la Res Pública, a la de todos. Te queda aún mucha guerra por delante". De todas formas, ya en 1977, José había dado muestras de su agradecimiento a mi 230


colaboración cuando me propuso para la Gran Cruz del Mérito Civil, que el Gobierno tuvo a bien concederme. (Fue esta la primera Gran Cruz española que yo recibía. Tardé veinte años en recibir otra. Ni la UCD ni el PSOE jamás me condecoraron, a pesar de que durante ese largo periodo mi actividad profesional al servicio del Estado fue, al menos, digna). Por supuesto, soy muy feliz con las dos Grandes Cruces españolas que puedo ostentar con orgullo, pero siempre me ha quedado la insatisfacción de no haber sido condecorado con la Gran Cruz del Mérito Naval -que otros compañeros míos tienen- ya que creo que a lo largo de mi carrera he “vendido” (ayudado a vender) miles de toneladas de construcción naval española. ASTILLEROS ESPAÑOLES S.A. (hoy NAVANTIA) son testigos de ello). ALFONSO OSORIO 1976 Como simpatizante, aunque no miembro activo, de la Asociación Católica de Propagandistas (ACP), asistí en varias ocasiones a cursos y conferencias organizadas por el CEU. Allí conocí a Alfonso Osorio en los últimos años del franquismo. Cuando Suárez es nombrado Presidente del Gobierno, Alfonso es, junto con Pérez Bricio y Calvo Sotelo, protagonista en la formación del que iba a ser el "Gobierno de los 231


Penenes". (Estoy seguro de que también él apoyó mi nombre para la cartera de Comercio (Vid: “Adolfo Suárez1976”), sin éxito empero). Como Vicepresidente, Osorio organizó por vez primera la llamada Comisión de Subsecretarios (hoy también integrada por los Secretarios de Estado, función entonces inexistente), que iba a descargar mucho trabajo del Consejo de Ministros, especialmente en los asuntos más rutinarios y de carácter técnico, lo que facilitó enormemente que ese Consejo pudiese dedicar la mayor parte de su tiempo a lo más importante y decisivo para la historia de España: la Transición. Osorio presidió varias reuniones semanales con Subsecretarios con su característico buen hacer y mano maestra para dirigir ese nuevo “colectivo” (odio este concepto tan utilizado por el marxismo, pero ¡qué remedio! se ha impuesto en el lenguaje diario), entre los que me encontraba yo. Trabajamos intensamente y creo firmemente que liberamos a nuestros Ministros de una carga considerable de trabajo. En sus memorias, Osorio dedica unas palabras muy afectuosas a algunos de nosotros: Sabino Fernández Campo, Ignacio Bayón y yo mismo. Creo que España le debe mucho a Alfonso, por su espléndida actuación como mano derecha de Suarez en ese año decisivo que trajo la democracia a España. Gran persona, gran político, es una lástima que no continuase en la Política. 232


LA SUBSECRETARÍA DE COMERCIO 1976 Guardo un buen recuerdo del año que pasé en la Subsecretaría de Comercio, a pesar de lo complejo que fue por la situación de radical cambio político en España. Fue el año de la Transición, julio de 1976 a junio de 1977, en que murió el Régimen de Franco y nació la Democracia de Partidos, incluso antes de la nueva Constitución. La tarea de un Subsecretario, como Jefe administrativo de un ministerio, en tiempos políticos revueltos no es nada fácil, pues a la diaria gestión de los asuntos de tu competencia se une un estado de excitación de los funcionarios a tu cargo que exige mucha mano izquierda y diplomacia. Creo honestamente que no lo hice del todo mal, no sólo en lo técnico -lo que era lógico, dada mi larga experiencia en el campo económico internacional-, sino, especialmente, en lo político y humano, en mi manera de dirigir administrativamente el ministerio y en templar tantas gaitas como sonaban día a día: huelgas, manifestaciones, peticiones, exigencias, reclamaciones. Tuve la suerte de contar siempre con la ayuda del Soviet de los técnicos comerciales y la 233


comprensión de muchos administrativos, incluso los de izquierdas. Estimo que ello fue debido a mis muchos años de relaciones con Comercio, donde mi nombre iba unido a mi fama de honradez, seriedad en la palabra y dedicación profesional. ADOLFO SUÁREZ 1976 Sólo una vez vi a Adolfo Suárez durante todo su mandato; ni siquiera me recibió cuando fui destinado a la Embajada en Méjico en 1979. (Sí fui recibido por S.M el Rey, varios ministros del Gobierno e, incluso, el Lehendakari vasco, Carlos Garaicoechea, a quién visité, acompañado por Nemesio Fernández Cuesta, presidente entonces de Petronor, para asegurarle mi defensa de los intereses de esta empresa petrolera y otras empresas vascas en Méjico). Creo que a Suárez no le ocupaba mucho la política exterior de España, quizás porque la política interior no sólo le ocupaba sino que le preocupaba de forma creciente. ¡Y no era para menos, con el PSOE en la oposición y "oliendo" ya poder! En julio de 1976, a un escaso mes tras su designación como Jefe del Gobierno, ante un problema que estaba planteando la Comisión Europea a una España todavía lejos de incorporarse a las 234


Comunidades Europeas, convocó Suárez una reunión en el palacete de la Presidencia de Gobierno, entonces en el n° 1 del Paseo de la Castellana. A la reunión asistimos José Lladó y yo por Comercio, y Marcelino Oreja, Ministro de Exteriores, acompañado por Alberto Ullastres, embajador de España ante las Comunidades y Raimundo Bassols, Director General de REI, gran experto en los asuntos de lo que llamábamos, para abreviar, "el Mercado Común". Ullastres fue el ponente del tema de la reunión, pero su exposición fue tan lenta y pausada, como era su estilo, y también tan farragosa que impacientó al Presidente, que nunca disponía de mucho tiempo y además se perdía en los complejos entresijos técnicos del problema. Marcelino, dándose cuenta de la impaciencia del Presidente, señaló a Raimundo para que "tradujese" el exordio de Ullastres, lo que aquel hizo, con su maestría expositiva y dominadora de los asuntos comunitarios, el consiguiente alivio de los demás asistentes al acto y la satisfacción de Suárez. Se tomaron las decisiones correspondientes y Ullastres recibió las instrucciones precisas que había venido a buscar. Al salir de la reunión, consciente de la impresión que Bassols había producido en Suárez, y en todos nosotros, incluso los que conocíamos su valía, le susurré al oído: "Me huelo que te vas a Bruselas a sustituir a Ullastres". Así fue, poco tiempo después. 235


Que fuera esta la única vez que vi a Suárez, intercambiando sólo comentarios corteses a la entrada y salida de la reunión, no quiere decir que yo fuera alguien totalmente ajeno a él y que su sombra no haya estado presente en mi vida profesional. Tres son los momentos en los que, al menos, mi nombre debió ser tenido en cuenta por el Presidente. El primero sucedió la tarde-noche del 2 de julio de 1976, cuando Suárez, recién designado Presidente por el Rey, estaba formando su Gobierno, asesorado por sus entonces pocos íntimos colaboradores, entre otros, Leopoldo Calvo Sotelo, Alfonso Osorio y Carlos Pérez Bricio. En ese momento, cenando en mi casa con la familia, recibí una llamada de un periodista de ABC que, ante mi sorpresa, me dijo: "Enhorabuena, señor ministro, acaba de filtrarse la composición del nuevo Gobierno y en ella aparece Ud. en Comercio". No me lo creí, puesto que nadie me había llamado para consultarme, como es habitual en estos casos; efectivamente, poco después, el mismo periodista volvió a llamarme para decirme que había una lista definitiva y en ella yo ya no aparecía: el nuevo ministro de Comercio era José Lladó. Todo lógico. Sin embargo, a la mañana siguiente, Pérez Bricio, que continuaba como ministro de Industria, al volver de la Zarzuela tras jurar su cargo ante el Rey, me relató lo sucedido la noche anterior en la sede de Presidencia: que efectivamente 236


hubo un momento en que mi nombre, propuesto precisamente por él, aparecía en la lista como ministro de comercio pero que, finalmente, fue borrado en una última combinación de la lista definitiva. A mi pregunta de cómo un desconocido y recién llegado a las alturas administrativas como yo podía haber sido candidato a un ministerio, Carlos me explicó que el Presidente tenía pocos nombres que proponer él mismo -al parecer no se fiaba de nadie- y pidió sugerencias sobre "gentes leales". (Años después, la experiencia pudo demostrar cuánta razón tenía Suárez sobre el tema de la lealtad: Garrigues, Fernández Ordoñez, Alzaga, Herrero de Miñón, et allii). El segundo momento en que Suárez pensó en mí, ya más conocido por un año en la Subsecretaría de Comercio, fue cuando en julio de 1977, tras las primeras elecciones democráticas, por medio de Rodolfo Martín Villa, me hizo llegar su deseo de que aceptase hacerme cargo del Gobierno Civil de Barcelona, que rechacé, como cuento en otra parte. (Vid: “Josep Tarradellas- 1977”). La tercera y última vez tuvo que ser cuando dio su necesaria aprobación para mi nombramiento como embajador en Méjico; por eso me dolió bastante cuando me fui sin verle, ya en la Moncloa. En cualquier caso, siempre le he admirado, como español creo que bien nacido; por ello, su dramática dimisión en 1981 me produjo mucha pena, por lo que le envié un muy cariñoso mensaje de 237


agradecimiento y de dolor por su abandono de la Presidencia. Recibí una simple respuesta protocolaria y nunca más volví a verle. En todo caso, gran hombre y gran nombre para la Historia de España. EL GOBIERNO DE LOS "PENENES" 1976 Siento especial orgullo de haber pertenecido al primer Gobierno de Adolfo Suárez en mi calidad de Subsecretario de Comercio. Este Gobierno estaba formado por ilustres personalidades, pero fue despectivamente denominado "de los Penenes" (Profesores no numerarios) por unas Izquierdas que propugnaban la Ruptura que no la Reforma y que nunca perdonarían -hoy, más de treinta años después, se ve claro- el éxito que significó llegar a la Democracia vía la Ley de Reforma Política, es decir, "de la ley a la ley", cuando las Cortes franquistas se hicieron el harakiri. Me siento orgulloso, pues, de haber sido un Subsecretario "penene" y haber contribuido, de modesta manera, al cambio político en España, es decir, la Transición. Porque, además, esto no fue fácil y pasamos, todos, muchos sinsabores, muchas incomprensiones, incluso insultos. Pero el Rey, Suárez y su Gobierno se mantuvieron firmes y pasaron a la Historia. 238


Aparte la intensa gestión diaria en el Ministerio -a veces salía de allí, Castellana 14, a medianoche e, incluso, un 20 se septiembre, tras enterrar a mi padre, regresé a mi oficina para seguir trabajando- una labor adicional fue muy satisfactoria: formé parte de la Comisión de Subsecretarios, los números dos de cada Ministerio, que, bajo la Presidencia de Alfonso Osorio, Vicepresidente del Gobierno, nos reunía todas las semanas para preparar los Consejos de Ministros. Allí coincidí con Sabino Fernández Campo, futuro Jefe de la Casa Real, uno de los personajes más fascinantes que he conocido en mi vida y, entre otros, Ignacio Bayón, una mente muy sólida que pronto sería Ministro de Industria. Lógicamente, muchos son los instantes que recuerdo de ese Gobierno por lo que incidían en mi Subsecretaría. Destaca, sobre todo, el que viví cuando se reconoció al Partido Comunista. Fue el Sábado Santo de 1976, un 9 de abril, (no sé si ya había dejado de ser "de Gloria", como era tradicional) y cogió por sorpresa a todo el mundo, aunque había habido rumores. La víspera, mi Ministro, sin anticiparme nada, me ordenó que permaneciese de guardia en el Ministerio, lo que hice, acompañado de un conserje y un guardia civil; posteriormente, me enteré que era por si "pasaba algo", pues quizás se esperaba ruido de sables, ¿o incluso tanques en la 239


calle?, pues era bien sabido la oposición del Ejército al reconocimiento del P.C. Afortunadamente, no pasó nada (¡pobre de mí si "algo" hubiera pasado y hubiera tenido que enfrentarme a "alguien", con mi conserje y mi guardia civil!). (Por mi parte, lloré de pena, de rabia y, porqué no decirlo, de miedo, cuando supe la noticia: ¡el PC legalizado! Aquella tarde, salí en coche con mi familia para ver qué pasaba en la capital: en la calle Princesa, nos cruzamos con varios coches que exhibían banderas rojas con la hoz y el martillo y mostraban su alegría con cánticos y bocinazos. Ante mis increpaciones, mi hijo Gonzalo, de 15 años, conocedor de los desmanes de los milicianos comunistas en nuestra Guerra Civil, me susurró: "papá, tranquilo: ahora van en coche y calzan zapatos". Tenía razón, ya no asesinan...pero siguen siendo ferozmente sectarios, le respondo yo hoy). De aquel Gobierno recuerdo la pesadilla que era negociar el Presupuesto de mi Departamento con el más duro, tenaz y dominador del permanente "no" como negociador, el eximio profesor, economista y extraordinario ser humano don José Barea, entonces Director General de Presupuestos. Pagado de mi ego como Subsecretario, a pesar de mis esfuerzos y dotes negociadoras nunca conseguí sacarle alguna concesión: Aquí el "do ut des" no funcionaba, porque yo no tenía nada que darle. Aquel extraordinario 240


Gobierno y aquella extraordinaria Comisión de Subsecretarios se disolvieron tras las elecciones de junio de 1977. Para España fue un año excepcional. Para mí, también. TITULARES MERCANTILES 1977 Desde la creación de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en 1944, los titulados mercantiles tradicionales, procedentes de las Escuelas de Comercio (profesores e intendentes mercantiles) venían luchando por la equiparación de sus títulos con los de economista. Como Subsecretario de Comercio pude intervenir en el litigio, apoyando a aquellos (creo que a petición de los Ayudantes comerciales del Ministerio, muchos de ellos procedentes de las Escuelas de Comercio). El 16-111977, el Ilustre Colegio Central de Titulares Mercantiles de Madrid me nombró Miembro de Honor “por el esfuerzo y sacrificio realizados por V.I. para agilizar y resolver los problemas planteados a los Titulares Mercantiles”. Otro título del que me enorgullezco; otro instante de mi vida, menor si se quiere, pero muy satisfactorio. JOSEP TARRADELLAS 1977 241


Nunca conocí personalmente al Molt Honorable Josep Tarradellas que, tras treinta y ocho años de exilio en Francia después de la Guerra Civil, había regresado a España para presidir la Generalidad, restablecida, restaurada o instaurada por el Gobierno de Adolfo Suarez. Naturalmente, sí conocía su trayectoria política durante la República y su participación nacionalista (separatista) en la Cataluña republicana; por ello, cuando regresó y gritó "ya soc aquí", yo no me fiaba mucho de lo que Don Josep pudiera aportar a la causa de la Transición, en la que estábamos metidos los españoles, yo entre ellos. Sin embargo, todo parecía indicar que este anciano revolucionario de E.R.C. había sido moderado por tantos años de exilio y, seguramente, de reflexión vital y política. Como así fue. Pero sin llegar nunca a conocerlo personalmente, este personaje se iba a cruzar en mi vida hasta convertirse en el epicentro de una decisión que podía haber afectado aquella desde el punto de vista profesional. Efectivamente: celebradas en junio de 1977 las primeras elecciones democráticas, que ganó la U.C.D., Suárez continuó como Presidente del Gobierno y Rodolfo Martín Villa como Ministro de la Gobernación (hoy, Interior). Un día, éste me convocó a su despacho, en la calle Amador de los Ríos, frente al famoso restaurante Jockey -¡ay! hoy desaparecido242


y, sin más preámbulos, eficaz y al grano como siempre, me espetó: "Eduardo, qué te parece irte a Barcelona como Gobernador Civil? Te lo propongo en nombre del Presidente". Ante mi estupor, por lo inesperado, porque yo no era miembro de U.C.D. ( ni de ningún partido, hasta que me afilié a A.P. en 1983) y porque hasta ese momento yo me consideraba simplemente un alto funcionario, especializado en relaciones económicas internacionales, Martín Villa añadió: "acaba de regresar Tarradellas y necesitamos en Barcelona un diplomático como tú para que las relaciones Gobierno-Generalidad se manejen con delicadeza y diplomacia" (cito de memoria, pero creo que Rodolfo se expresó más o menos así). Me acuerdo que me limité a un "pero yo no hablo catalán", ("ya lo aprenderás", me refutó) y a pedirle un plazo de veinticuatro horas para meditar mi respuesta. Me sentí muy honrado por esta oferta, sobre todo porque ello suponía que me había ganado la confianza de mi Gobierno y, especialmente, de las personas que me conocían: Carlos Pérez Bricio, Alfonso Osorio y el propio Martín Villa, todos ellos sabedores de mi concepto de lealtad y afán de servicio a mi país. Pero, sin falsa modestia, entonces no me consideraba con categoría política para un puesto tan delicado y complejo como el Gobierno Civil de Barcelona, por lo que llegué a la conclusión de que 243


mi elección era consecuencia de que Suarez tenía poca gente en quien confiar. (No estaba equivocado: 1981 culminó con una serie de traiciones que terminaron con su carrera política). Pese a mi lealtad a Suarez y al atractivo de ese nuevo y gigantesco reto que se me ofrecía para culminar mi carrera profesional entrando en política por la puerta grande, tras consultar a mi esposa e hijos y reflexionar sobre mis escasas apetencias políticas y sí por seguir en la Carrera Diplomática, volví al Ministerio de la Gobernación y, ante su Ministro, decliné la oferta que se me había hecho. Nunca, después, me he arrepentido de ello, ni tampoco he pensado cual habría sido mi vida desde entonces en caso de haber aceptado la propuesta de Suárez-Martín Villa. Pero sí me pesa haber desaprovechado una ocasión única para relacionarme con ese personaje interesante para la Historia de España como fue Tarradellas, sobre todo cuando probó su altura intelectual y política al ayudar, en Cataluña, a consolidar nuestra Transición. (Esta fue una de las pocas ocasiones que he tenido de tratar y conversar con Martín Villa, otro de los grandes políticos del Franquismo que con su inteligencia y buen hacer forzaron la Transición española. Su nombre también ha pasado a la Historia de España).

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SANTIAGO CARRILLO 1977 Ningún historiador honesto, ningún español de bien, tiene ninguna duda sobre la responsabilidad de este estalinista, Santiago Carrillo, en las matanzas, verdadera masacre, de Paracuellos. No soy historiador pero sí un español bien informado sobre nuestra atroz Guerra Civil, por lo que siempre odié y desprecié a esta figura siniestra de nuestra trágica historia. (Como relato en otra parte, durante mi embajada en Méjico invité a mi residencia a todo aquel que quisiera compartir techo conmigo. Una vez, mi amigo, el gran escritor, conferenciante, humorista, Fernando Vizcaíno Casas, vino a Méjico para da unas conferencias sobre el cine español, y, naturalmente, se alojó en la Embajada; además tuve el placer de asistir a algunas de sus amenas charlas en una Universidad. Un imbécil, alto cargo de mi Ministerio, me telefoneó para afearme que hubiera invitado a Fernando, un “fascista”, a la residencia de un Embajador de la Democracia. Le respondí que yo era un Embajador del Rey y/o de España, y no de una abstracción, como él quisiera, y que la residencia estaría siempre abierta a cualquier español con la excepción de Carrillo, ser que no existía para mí). 245


Años antes había conocido a Carrillo y cambiado unas palabras con él en unas circunstancias en las que mi educación, diplomacia y, sobre todo, respeto a S.M el Rey, me obligaron a ello. Fue en 1977, en la recepción ofrecida por el Rey, en Palacio, el día de San Juan. Nos encontrábamos mi esposa y yo platicando con Petrescu, el Representante de la muy comunista Rumanía, cuando se nos acercó Carrillo. El rumano, maliciosamente dijo: "ustedes ya conocen al Secretario General del Partido Comunista, ¿no?" Tuvimos que sonreir y estrechar su mano. Íbamos a irnos de inmediato, cuando Petrescu continuó con su malicia, preguntándome: "qué va a ser de tí, Subsecretario, en esta España democrática?” (Suárez acababa de ganar las primeras elecciones democráticas con la UCD de su creación). Antes de poder replicar al rumano tuve que aguantar un comentario displicente de Carrillo: "No hay que preocuparse, en España hay sitio para todos" Estuve a punto de responderle "menos para los miles de enterrados en Paracuellos", pero mi mujer, conocedora de mi carácter, me tiró del brazo y tras un "nos vamos" me alejé de esta diabólica pareja y nos perdimos entre los invitados de aquella recepción. Afortunadamente, nunca más volví a toparme con este ¿personaje? de aquel instante de mi vida.

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FOCOEX 1977 Tras las primeras elecciones democráticas, se constituyó el tercer Gobierno de la Monarquía, segundo de Suárez. Mi Ministro, José Lladó, pasó a Vivienda y le sustituyó mi amigo, el técnico comercial del Estado, Juan Antonio García Díez, que quería llevar a su compañero Carlos Bustelo a la Subsecretaría. Al comunicarme mi cese y desearme lo mejor en mi regreso a Asuntos Exteriores, como suponía que iba yo a hacer, se sorprendió cuando le comuniqué que tenía muchas dudas sobre mi reincorporación a Santa Cruz. (Efectivamente: tenía yo muy presente la advertencia que me había hecho José Manuel Abaroa, Director General de Personal, en diciembre de 1975, cuando le comuniqué que había aceptado la Secretaría General Técnica en el Ministerio de Industria: "Eduardo, dejar el Ministerio es fácil, regresar es muy difícil". Además, en aquel momento, me parecía que no era yo una persona grata en Exteriores, dada la dura batalla que, como Subsecretario de Comercio, tuve que dar, frente a Exteriores, en un proyecto de ley del Servicio Exterior que Comercio no aceptaba). García Díez de inmediato me dijo: "Tú te quedas con nosotros" y me ofreció la Presidencia de una empresa pública dependiente de su Ministerio: MERCOSA, MERCASA o FOCOEX. El comercio interior no era lo mío, por lo que, 247


lógicamente, acepté la oferta de la presidencia de FOCOEX; se daba también la casualidad de que este FOCOEX (Fomento de Comercio Exterior) había sido "creado", pocos meses antes, siendo yo Subsecretario. (El Ministerio necesitaba un instrumento propio, una trading propia que, sin hacer competencia a las privadas, ayudase de forma activa a la exportación española. En lugar de crear una empresa ex novo, decidimos absorber un pequeño FOCOEX existente en el Banco Exterior de España (BEE): se amplió su capital y el nuevo FOCOEX tuvo tres accionistas: el Ministerio, a través de la Comisaría de Abastecimientos, con el 60% del capital, el BEE con el 24% y el Instituto Nacional de Industria (INI) con el 16%). Dos años estuve en FOCOEX, donde disfruté enormemente con la experiencia que tuve de dirigir una empresa, tan distinta de la que nos da la "función pública"; comprendí más que nunca los sinsabores del empresario para sacar adelante su empresa y tratar de conseguir beneficios. Porque cuando llegué a FOCOEX, que llevaba escasos meses de vida, su nueva estructura, algo ambiciosa, se había ya comido la mitad de su capital y todavía no había realizado ninguna operación rentable. Entré a saco en la empresa: reduje fulminantemente la plantilla y también los sueldos y salarios de todos los directivos, 248


empezando por el del Presidente. Fiché como director general al mejor experto en comercio exterior que he conocido en toda mi carrera, mi amigo Juan Manuel Herrero y a varios nuevos directores del área, entre ellos, Juan José Zaballa, un estupendo técnico comercial del estado. Tuve la suerte de encontrarme como Vicepresidente, heredado de la época del BEE, a Michel Santamaría, otro T.C.E. de solera (fue mi jefe, magnífico jefe, en mi época de Buenos Aires, como Director General de Política Comercial en Comercio). Otro fichaje que daría un gran resultado fue el de una joven becaria del Ministerio que "descubrí" en un viaje a la capital argentina: Pilar Zugaza, desde entonces muy buena amiga. (Casada con otro T.C.E., el gran Luis Alcaide, consolidamos nuestra amistad años después en Bruselas). Con el extravagante pero magnífico Paco Foncillas, que como director financiero manejó nuestras escasas finanzas haciendo juegos malabares, entre todos sacamos adelante esta incipiente empresa. Cuando la dejé, al cabo de dos años, empezaba a consolidarse en el campo de la exportación; en pocos años se convirtió en la principal trading Co. española, con un importantísimo volumen de negocios. (Muchos años después, hacia el 2000, recordando, con añoranza, mi dolorosa paternidad en los primeros balbuceos de FOCOEX, tuve que presentar en Comercio un informe demoledor sobre la competencia desleal que la 249


empresa estaba haciendo con otras empresas exportadoras; lo hice como Presidente de ASESALUD (Asociación de Empresas Exportadoras del Sector de la Salud), una de las actividades que emprendí a partir de mi jubilación. Sensu contrario, unos años antes, c.1994, desde Bruselas y con la autoridad moral que me daba mi antigua relación con FOCOEX, tuve que intervenir cerca de José María Aznar, todavía en la oposición, para defender el carácter público de esta empresa cuando se oían tambores en Génova 13 sobre una futura privatización de la misma). Para mí fueron dos años fascinantes que culminaron mi gran experiencia en el campo del comercio internacional. Hubo dos momentos estelares en mi presidencia. Una fue una misión a Buenos Aires en 1978 con Manolo Prado, presidente de Iberia, que relato en otra parte (Vid: “Manuel Prado y Colón de Carvajal- 1978”). El segundo fue un viaje a Bagdad acompañando al Ministro de Comercio, para concretar compras de petróleo y un acuerdo de suministro de bienes de consumo, especialmente alimentos, que había que negociar con la correspondiente Agencia iraquí. Fuimos recibidos cordialmente por el Vicepresidente del Gobierno, el futuro dictador Sadam Hussein, y a mí se me remitió al director de aquella Agencia ya que FOCOEX sería la encargada de los futuros suministros. A la Agencia me fui y, al parecer, 250


no me esperaban. Me introdujeron en una larga sala, donde a lo largo de sus dos paredes más largas se sentaban sendas filas de hombres, que deduje eran peticionarios y/o comerciantes, y al fondo, sentado en una tarima frente a una mesa, se sentaba el que debía ser mi interlocutor. Cansado de esperar pacientemente mi turno, me levanté y me dirigí al mandamás que, sorprendido al verme llegar a su altura y reconociendo obviamente que yo era extranjero, me espetó a voz en grito: "what's your problem, mister?" “You are the problem and I'll let Mr. Sadam Hussein know about this", le contesté; se puso lívido, me cogió del brazo, me llevó a una salita contigua y allí, mano a mano, negociamos la lista de eventuales suministros españoles. En mayo de 1979, me convocó Marcelino Oreja a su despacho y me ordenó: "Te vas de embajador a Méjico". Me pareció de perlas y acepté al instante. (Al parecer, García Díez, de regreso de un viaje a ese país, con el que acabábamos de restablecer relaciones diplomáticas tras cuarenta años de divorcio y que, tras sendos viajes de S.M. el Rey y del presidente de Gobierno, prometía ser un importante socio comercial de España, requería un cambio de embajador, pues Luis Coronel de Palma, enfermo, regresaba a España tras una fructífera misión. Se necesitaba un sustituto, también experto en temas 251


económicos, como lo era Luis, y García Díez se lo propuso a Oreja que, tras la aprobación de Suárez y del Rey, lo hizo efectivo. Supongo que Manolo Prado, entonces presidente del ICI, también daría su opinión positiva sobre mi persona). En FOCOEX mi marcha cayó como una bomba, pero me organizaron un espléndido cóctel de despedida en Mayte Commodore. A mi lado mi esposa e hijos, pensaba yo con satisfacción que mi recorrido profesional en los últimos cuatro años había sido brillante, habiendo salido de Exteriores como un modesto subdirector general para regresar como embajador, y entre medias, una dirección general, una subsecretaría, y la presidencia de una empresa pública de importancia. A Méjico me iba a desplazar con toda la familia. Al cesar en FOCOEX, García Díez me escribió: “Es un gratísimo deber felicitarte por tu excelente trabajo al frente de FOCOEX… Llegaste a una sociedad aún poco madura y la dejas convertida en mayor de edad”. Y José Miguel de la Rica, presidente del INI también me escribió: “Quiero que sepas la gran opinión que tanto a mí como a mis colaboradores ha merecido tu importante labor en FOCOEX durante los dos años que has presidido esta sociedad, habiendo conseguido situarla en una de las empresas líderes de su sector de actividad”. Respecto a mi nombramiento para Méjico, el 252


ministro de Comercio también me piropeó por escrito: “No es un puesto fácil el que vas a asumir, pero en tu trayectoria profesional te has convertido en un experto en papeletas difíciles, así que no tengo ninguna duda de que, una vez más, resolverás con éxito tu cometido”. JUAN MANUEL HERRERO 1977 Cuando fiché en 1977 a Juan Manuel Herrero como Director General de FOCOEX llevábamos ya muchos años de amistad, desde aquellos lejanos años de Montevideo en que conocí a un joven comercial de Barreiros que vendía tractores y camiones de esta marca española, con un extraordinario savoir faire y una arrolladora simpatía que cautivaba a todos, clientes eventuales y diplomáticos españoles. Para mí, Juan Manuel casi mi hermano en el afecto, fue siempre un exportador ideal, capaz de vender carbón polaco en Coventry y naranjas chinas en Valencia: imaginativo, convincente, técnicamente preparado. Sus cinco años como Director General de FOCOEX así lo demostraron; más aún, cuando llegado el PSOE en 1982, naturalmente defenestrado de su puesto, creó su propia Compañía trading, J.M. Herrero y Asociados, más tarde transformada en IBADESA, que llegó a ser puntera entre las empresas exportadoras a finales del siglo XX y principios del XXI. "Defenestrado" yo también por el PSOE, me uní, 253


como único asociado, a J.M. Herrero y Asociados, ayudando a mi amigo al feliz arranque de su pequeña sociedad, hasta mi marcha a la Comisión Europea. Ese mismo año, 1986, mis hijos, Gonzalo y Javier, estudiantes de Derecho y Económicas, respectivamente, entraron en IBADESA, donde, buenos discípulos de Herrero, aprendieron el duro oficio de exportador, con el cual todavía hoy, se ganan la vida. Mi amistad con Juan Manuel se cimentó todavía más en nuestro común madridismo –llegó a ser directivo del Real Madrid con Mendoza y Vicepresidente con Sanz- que tantas veces nos llevó a distintas capitales europeas en partidos de la Copa de Europa y a tantas españolas, a las que Juan Manuel se desplazaba con nuestro equipo. De él siempre recordaré su generosidad con todo el mundo, su fabuloso sentido del humor y su enorme capacidad para hallar solución a cualquier problema surgido en una operación de exportación. Un genio del comercio exterior y un gran amigo. (Y en el recuerdo, muchos instantes compartidos en su chalet de Sotogrande o en su cortijo de Córdoba y muchos otros saboreando las gambas de Combarro, aquellos junto a su bella esposa, Dominique y Juan Manuel Jr, mi ahijado, y éstos últimos con la pandilla de siempre: Manolo Quílez y Julio Bruned).

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MANUEL PRADO Y COLÓN DE CARVAJAL 1978 En 1978, Manolo Prado era presidente de Iberia y ya se le había concedido rango de embajador de España, tras prestar muchos servicios al Estado en defensa de intereses españoles. Yo llevaba un año como presidente de FOCOEX y en mi hoja de servicios brillaba especialmente mis conocimientos y experiencia con la República Argentina. Por eso, no me extrañó que el Ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, me convocase un día a su despacho para hablar de un asunto sobre ese país; lo que sí me extrañó al llegar a Santa Cruz fue encontrarme a Manolo en la antesala del ministro, también citado por él, y que éste nos recibiera juntos. Pronto salimos de dudas. Oreja nos encargó una misión confidencial para Buenos Aires: se trataba de preparar, en secreto, el terreno con el gobierno argentino para un eventual viaje de S.M. el Rey a ese país. No todo el mundo en España podría ver con agrado ese viaje a un país gobernado por una férrea e impopular dictadura militar, por lo que la visita tendría que justificarse con gestos políticos y económicos del Gobierno argentino para los intereses españoles. Así, Manolo negociaría los gestos políticos con el presidente argentino, 255


General Videla, y yo, los económicos y comerciales con su ministro de economía. El secreto o confidencialidad de nuestro viaje excluía a la Embajada de España en Buenos Aires, lo cual nos ponía en una situación muy incómoda, sobre todo a mí, amigo y compañero del embajador, Enrique Pérez Hernández. (Naturalmente, el secreto fue a voces, pues tanto Manolo como yo éramos bien conocidos en Argentina y no digamos ¡Manolo en Iberia! Pero lo que sí permaneció en secreto fueron el objeto de nuestro viaje y los contactos con las más altas autoridades argentinas). Nada más llegar al hotel ya me estaba llamando el embajador, mi querido y admirado Pérez Hernández: "Eduardito, ¿qué haces por aquí?”, me preguntó con un tono de fina ironía; disimulé como pude y me refugié en mi calidad de presidente de FOCOEX. Estaba claro que el embajador había sido advertido por el ministerio argentino de nuestra llegada y de los contactos previstos a alto nivel, aunque nadie sabía, ni siquiera sospechaba, de lo que íbamos a tratar. Peor fue lo del Consejero Comercial, un compañero mío, de cuyo nombre no quiero acordarme, que, al parecer, envió un despacho al Ministerio de Comercio diciendo que "un tal (sic) Eduardo Peña, ha estado por aquí...”. Esto me lo contaron en Comercio. Tanto Manolo como yo cumplimos con nuestra misión y sentamos las bases para futuros acuerdos. Destinado pocos meses 256


después a Méjico, ignoro si se pusieron en práctica cuando el Rey finalmente viajó a Buenos Aires en noviembre de 1978, alcanzando, como en todos sus viajes, un gran éxito. (La alusión al embajador Pérez Hernández me trae a la memoria el cariño y respeto que este gran diplomático siempre me mostró en las escasas oportunidades en que habíamos coincidido. La más importante fue, c.1974, con motivo de la negociación con Cuba sobre indemnización a ciudadanos españoles expropiados por el Castrismo. Enrique, como Director General de Iberoamérica, presidió la delegación española que viajó a La Habana y yo fui su segundo. Preparé bien toda la documentación técnica de la negociación (apoyado en el Banco de España y, concretamente, en Ignacio Peláez, gran persona, durante años vecino mío de abono en el Real Madrid), pero, ni si quiera en el largo vuelo a Cuba pude despachar el espinoso y complejo tema con mi Presidente. Gran inteligencia y larga experiencia diplomática le bastaban al embajador para lidiar cualquier toro, por lo que se permitía ser bastante vago para leer, y mucho más, estudiar papeles. En la primera reunión en el Ministerio cubano de Relaciones Exteriores, la presidenta de la delegación cubana, Jefa de los Servicios Jurídicos de ese Departamento, tras dar la bienvenida a nuestra delegación, hizo una magistral exposición técnica sobre el problema y la posición cubana. Pérez 257


Hernández agradeció la bienvenida y, sin inmutarse, añadió: “Y ahora, el Sr. Peña, Vicepresidente de mi delegación, que es muy trabajador, expondrá, en mi nombre, la posición española”. Otro genio y figura). 6 DE DICIEMBRE 1978 Este día los españoles votaron masivamente a favor de la nueva Constitución. Yo voté no. Como todos mis compatriotas yo deseaba una Constitución que consolidara la democracia y asegurara la futura convivencia entre españoles y el texto propuesto parecía el idóneo, como fruto de un amplio consenso entre las fuerzas políticas. Pero yo había leído cuidadosamente la nueva Constitución y no me gustó nada el Título VIII y, mucho menos, la introducción del término "nacionalidades". Me olía lo peor. Medité mucho lo que iba a votar y me decanté por el no. Naturalmente, una vez aprobada, acaté desde entonces esa Constitución que habían querido mis compatriotas. Pero, ¿cuántos la habían leído antes de votarla? El tiempo me ha dado la razón: el Estado de las autonomías es un fracaso de corrupción y despilfarro y algunas nacionalidades se han echado al monte. Hoy, votaría dos veces no. (José María Velo, en su libro “Constitución española” -Madrid, 2014, dice, en relación con el artículo 137 de la Carta Magna 258


-que bien podría aplicarse a todo el Título VIII- “en buena lógica el contenido de este artículo tenía que sonar muy mal. Hoy lo estamos pagando y con creces”).

LA MOVIDA 1978 La Movida, esencialmente madrileña aunque se extendió por toda España, nacida con la Transición, duró poco, hasta mediados de los Ochenta. Afortunadamente, a mí me pilló su apogeo en Méjico, por lo que no tuve que soportar mucho tiempo este cutre y banal movimiento contracultural, que tanto promovió y apoyó el “viejo profesor”, don Enrique Tierno Galván. ¡Qué dosis de falso progresismo tuvo que digerir la inteligencia privilegiada y la cultura enciclopédica de don Enrique para hacer suyo, en la Alcaldía, ese movimiento! Banalidad y cutrez; basta un ejemplo: uno de sus lemas fue "Madrid me mata"; confróntese con el tradicional e histórico "de Madrid al cielo". Me quedo con éste. Y descanse "la Movida" en paz. MARCELINO OREJA 1979 259


Marcelino Oreja es uno de los más brillantes diplomáticos de Carrera que he conocido. Sin llegar nunca a una gran amistad, creo que desde que coincidimos brevemente en la Escuela Diplomática hemos sentido verdadero afecto recíproco. Fue el Ministro que confió en mí para alguna delicada misión, como acabo de relatar y quien propuso al Gobierno mi nombramiento para la Embajada en Méjico, lo que me lanzó definitivamente a las alturas de mi carrera. El “te vas a Méjico” de Marcelino fue una orden muy gratificante. Recién ascendido a Ministro Plenipotenciario de 3ª clase y sabedor de las reticencias de algunos compañeros de la Carrera hacia mi persona, que se me ofreciera una Jefatura de Misión tan importante sólo podía explicarse por el pleno apoyo de Marcelino a quien quiera que inicialmente hubiera sugerido mi nombre, como ya he apuntado. Sin siquiera dejar que aceptase formalmente la "orden" recibida (el "te vas a Méjico" era tal, a pesar de las conocidas suaves maneras del Ministro), introdujo en su despacho a don Francisco "Pancho" Alcalá, nuevo embajador de Méjico en España, -hombre de una simpatía arrolladora, con el que desarrollaría yo una fraternal amistad- y, tras presentarme, le expresó su deseo de que mi nombramiento recibiese pronto el placet de su 260


Gobierno. Continué siempre recibiendo la confianza del ministro por lo que lamenté mucho su cese cuando llegó Calvo Sotelo … y Pérez Llorca. Volví a coincidir con Marcelino en Bruselas en su época de Comisario Europeo, donde realizó una gran labor, pero esta vez mi relación con él fue sólo por temas del PP o personales ya que nuestras responsabilidades pertenecían a distintas esferas. Brillantísima su trayectoria vital, para mí lo que más me importa de Marcelino Oreja es que ha sido siempre, y sigue siendo, "todo un hombre". JUAN ANTONIO GARCÍA DÍEZ 1979 Mi amistad con García Díez, "el Carpojo" (su célebre sobrenombre, según la leyenda, nace por su autopresentación como “Herr Karl Pochen”, español de origen alemán, ante las suecas que perseguía en su juventud), data, como la de tantos compañeros suyos en el Cuerpo de Técnicos Comerciales, desde mis primeros pasos en la Carrera Diplomática. Desde el inicio fui testigo de su inteligencia y saber hacer, que le llevaría a ser Ministro de Comercio con Suárez y Vicepresidente económico con Calvo Sotelo. Siempre me tuvo una especial consideración, me nombró presidente de FOCOEX y, creo firmemente, como ya he señalado, fue uno de los promotores de mi nombramiento para la Embajada en Méjico. 261


Cuando me despedí de él, camino de Méjico DF., me escribió: "Creo que ya nos conocemos lo suficiente y no necesito por tanto reiterarte que esta es tu casa, que siempre lo será y que (aquí) tienes muchos y buenos amigos". Él, lo sé, el primero. Acompañó a Calvo Sotelo en su viaje oficial a Méjico en 1981 y, junto con Pérez Llorca, fue testigo, creo que tan desconcertado como yo, cuando el presidente me propuso, yo diría ordenó, hacerme cargo de la RTVE (Vid: “Leopoldo Calvo Sotelo- 1981”). Juan Antonio murió joven y España perdió a un gran funcionario que hubiera llegado a ser un gran político. Claro que el PSOE, lamentablemente, acechaba ya por las esquinas. LUIS CORONEL DE PALMA 1979 Conocí a Luis Coronel de Palma cuando el gobierno me nombró embajador en Méjico y, siguiendo la costumbre, acudí, acompañado por mi esposa, a su domicilio para el habitual briefing que el recién nombrado debe obtener de su predecesor en el cargo. Efectivamente, Luis fue el primer embajador que España designó cuando en 1977 se restablecieron las relaciones diplomáticas con Méjico. La designación fue lógica, pues como Gobernador del Banco de España había mantenido estrechas relaciones con el 262


Banco de Méjico y era bien conocido y apreciado por las Autoridades económicas y financieras mejicanas. Su estancia en aquel país fue corta pero fructífera; corta, pues una repentina enfermedad impidió que continuara su misión; fructífera, porque en breve tiempo relanzó las plenas relaciones entre los dos países, separados durante cuarenta años, adquirió para el Estado una magnífica residencia, organizó una triunfal visita de los Reyes y otra del Presidente Suárez, resolvió muchos problemas pendientes y dejó, en lo social, un magnífico recuerdo. En mi briefing, fue cordial y exhaustivo y me proporcionó muchos útiles tuyaux, más que mi propio Ministerio. Un gran señor, un gran embajador que honró a nuestra Carrera. MÉJICO D.F. 1979 Méjico Distrito Federal era en 1979, cuando yo llegué, una fea y mastodóntica ciudad, sucia y contaminada, que prometía hacerme el puesto insoportable. Pero aparecieron sus habitantes, los entrañables mejicanos, -extraña mezcla de agresividad y humildad, de chulería y afabilidad, de amor y odio hacia España-, borraron ante mis ojos la fealdad, suciedad y contaminación de su capital y todos ellos –desde el chófer de la Embajada hasta el Presidente de la República- me ofrecieron tres años 263


de auténtica felicidad profesional y humana. Y eso que no es nada fácil profundizar en la amistad con los mejicanos, bastante susceptibles a cualquier desliz que puedas cometer, por inocente e involuntario que sea; pero una vez ganada su confianza, son ya "cuates" hasta la muerte. Por otra parte, poco a poco fui descubriendo rincones de esta capital: la plaza de las Tres Culturas, la espléndida catedral en la monumental plaza - el Zócalo-, también aconteceres y costumbres -un tequila en cualquier boliche, un mariachi que te surge al paso...- que me ayudaron a aceptarla tal cual era. Y como quiera que profesionalmente mi misión en la capital mejicana fue altamente satisfactoria, mi estancia de tres años fue uno de los grandes hitos de mi vida. A Méjico llegué, naturalmente, con las Cartas Credenciales en el bolsillo, las que firmadas por S.M. el Rey me “presentan” al Jefe del Estado ante el que voy a representar a mi país. El texto, puro formalismo, es realmente bello y de larga tradición entre los países civilizados. Vale la pena reproducirlo: Juan Carlos I, rey de España se dirige a S.E. Licenciado José López Portillo, Presidente Constitucional de los Estado Unidos Mejicanos y le dice así: “Grande y Buen Amigo: con el fin de mantener las buenas relaciones de amistad que felizmente existen entre Nuestros dos países, He tenido a bien elegir para que sustituya a D. 264


Luis Coronel de Palma, Marqués de Tejada, al SEÑOR DON EDUARDO PEÑA ABIZANDA, designándole como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de España cerca de Vuestra Excelencia. Las excelentes cualidades que adornan a este Diplomático, me hacen esperar que en el desempeño de su alta Misión logrará alcanzar Vuestra benevolencia, y en esta confianza, Le ruego se sirva dispensarle una favorable acogida, dando crédito a cuanto os manifieste en Mi nombre, y muy particularmente al expresaros los sinceros votos que formulo por Vuestra ventura personal y por la prosperidad y el engrandecimiento de Méjico. De Vuestra Excelencia Leal y Buen Amigo (Firmado y rubricado): Juan Carlos R. LA EMBAJADA EN MĖJICO: LA CANCILLERÍA 1979 La Cancillería de la Embajada de España en Méjico estaba ubicada en un coqueto chalet cerca de la residencia del Embajador. En ella trabajábamos los diplomáticos y los militares, incluyendo el hombre del CESID; el Consulado y las varias agregadurías, Cultural, Laboral, Comercial y de Agricultura no cabían en la Cancillería y disponían de oficinas propias. En general, tuve un equipo de alta categoría profesional, pero debo destacar a los más brillantes colaboradores, realmente mis "mano derecha" durante mi misión: José Rodríguez-Spiteri, Ministro Consejero; 265


Fernando Almansa, Consejero Cultural; Teniente Coronel de Artillería, Jaime Barra, Agregado de Defensa; y Santiago Mendióroz y Vicente Boceta, Consejero y Agregado Comercial, respectivamente. Spiteri, que después desarrollaría una brillante carrera diplomática y es, hoy, Director General del Patrimonio, era un joven Consejero de Embajada cuando llegué a Méjico. Mis desavenencias con el Ministro Consejero que tuve al principio, Fernando González-Camino, llevaron a éste a pedir el traslado a los pocos meses de mi llegada; propuse al Ministerio el nombramiento de Spiteri porque ya había probado su valía, consiguiéndolo tras muchos forcejeos pues Santa Cruz argüía que no tenía categoría profesional para tan alto puesto. Me creyeron, sobre todo Robles Piquer, Secretario de Estado, cuando les dije: "Dejadle que la pruebe". Y bien que la probó en los dos años siguientes, a mi lado. Almansa, que llegaría a ser jefe de la Casa Real, fue un espectacular Consejero Cultural, por su inteligencia y preparación; me liberó de ese mundo que, sin ser ajeno a mis propias aficiones, nunca me ha atraído mucho. (Tuve la suerte de que fuera testigo presencial de una entrevista de prensa que, malinterpretada por los periodistas, me pudo costar la Carrera; Fernando me apoyó en todo momento (Vid. "La Prensa, 1980”). Jaime Barra, gran señor y brillante militar -llegó a ser Jefe del Cuarto Militar del Rey y Capitán General de Canarias- fue, 266


más que un colaborador, un amigo personal y un fabuloso representante de nuestras Fuerzas Armadas en un país muy complejo; en momentos muy difíciles para mí, fue un buen consejero y un gran sostén, como sucedió cuando asesinaron a mi chófer, Carlos. (Vid. "Embajada en Méjico: la residencia. 1979”). (También lo sería su sucesor, José Luis Tamayo, Teniente Coronel de Ingenieros, en otro momento dramático -(Vid: "El 23F- 1981”)- que, junto a Spiteri, calmó mis nervios). A diferencia de estos cuatro subordinados que sólo conocí en Méjico, los Comerciales Mendióroz y Boceta no me eran desconocidos puesto que pertenecían a "mi" Ministerio de Comercio; los dos eran unos fuera de serie como funcionarios y realizaron una gran labor a favor de las inversiones y exportación españolas. No puedo tener queja alguna de todos los demás miembros de la Embajada, que colaboraron lealmente y con eficacia, pero debo destacar, especialmente, a dos jóvenes Secretarios de Embajada, José Manuel López-Barrón y Rafael Conde, ambos de nítida inteligencia y gran capacidad de análisis, dotados también de un sentido del humor excepcional que, en momentos difíciles, nos alegraron la vida a todos, y a Obdulio García Valdés, marino, mi hombre del CESID. (Y no puedo olvidar a las estupendas y sufridas esposas de todo mi equipo que 267


ejercieron de auténticos "reposos del guerrero" y nos acompañaron en la intensa actividad social que desplegamos día tras día sin una sola pausa: Silvia Spiteri, María Almansa, Margarita Barra, Flora Mendióroz, Carmen Boceta, Mercedes López-Barrón e Isabel Conde). Last but not least, merece un párrafo especial alguien que fue el alma de la Cancillería: Ramón Zabala, el Canciller. Ramón, asturiano, legionario durante nuestra guerra, emigró a Méjico, casóse con mejicana y, cuando yo llegué, era ya un veterano de este difícil país. Hombre de una honestidad intachable y de una lealtad a prueba de bomba, dispuesto siempre a hacer esto o aquello, listo, "manejador" de los mejicanos a quienes dominaba con su simpatía y pequeñas mordidas –una botella de Rioja que sacaba de mi bodega o unas latas de aceitunas rellenas que sacaba de mi despensa- solucionaba esos abundantes pequeños problemas que se plantean a cualquier Cancillería en cualquier país. Ramón, es decir, el Canciller perfecto, modesto en su comportamiento, sincero en sus consejos. En general todos los miembros de esta gran Embajada nos llevamos bastante bien en lo personal, sin que yo observase envidias o rencillas que son tan habituales entre estos grupos de expatriados que 268


conforman una Embajada. Con todos estos mimbres puedo decir claramente que cualquiera que hayan sido mis éxitos en la Embajada de Méjico se deben, principalmente, a ellos. Desde aquí, una vez más, mil gracias queridos José, Fernando, Jaime, José Luis, Obdulio, Rafael, José Manuel, Santiago, Vicente y también mi agradecimiento a todo el personal administrativo y subalterno, con Ramón al frente, que supieron ayudarnos a los profesionales en todo momento y, especialmente, en los más complicados de mi misión. LA EMBAJADA EN MÉJICO: LA RESIDENCIA 1979 Situada en el burgués barrio de Lomas de Chapultepec de la capital mejicana, la residencia del embajador, calle Sierra Candela 69, era un enorme y gallardo palacete, rodeado de un extenso jardín con poco arbolado. El interior -con sus amplios salones y gran comedor, varias habitaciones dobles y un pequeño apartamento para el Jefe- había sido decorado con gusto exquisito por mi compañero, y gran amigo desde nuestro lejano ingreso en el Liceo Francés, Carlos Manzano, que, con su sentido artístico, supo elegir bien muebles, tapices, alfombras, cuadros, etc. de que dispone nuestro rico Patrimonio nacional. El resultado fue espectacular: se entregaba 269


al embajador y Señora de Peña un marco lujoso donde recibir a propios y extraños para llevar a cabo esa ingrata labor del diplomático como es el ejercicio de constantes relaciones públicas para vender la imagen de su país, eso que ahora se denomina "Marca España". (Ingrata, porque nadie te la agradece y, además termina costando mucho de tu bolsillo si es que quieres hacerlo bien, porque los gastos de representación son siempre insuficientes. En tres años, las relaciones públicas me costaron tres millones de pesetas (¡de las del año 1980!) de mi propio peculio). Por la residencia, durante mi misión, pasaron personas de todo pelaje y condición, desde "la princesa altiva hasta la que pesca...", unas, alojándose como en un hotel de lujo –varios ministros, Fraga, Felipe González, Vizcaíno Casas, y muchos más compañeros diplomáticoslas más en recepciones, comidas y cócteles, más o menos masivos, algunas en petit comité. (Especialmente multitudinarias fueron las recepciones de los días de San Juan -santo de S.M. el Rey- y el 12 de octubre, día de la Hispanidad, donde se reunían en los jardines de la casa hasta casi un millar de personas). Mejicanos y españoles, ministros, altos funcionarios, pueblo llano, permanente presencia de los representantes de los varios centros regionales y otras 270


instituciones españolas, constantes misiones empresariales, continuas llegadas de artistas españoles, y, naturalmente, Cuerpo Diplomático acreditado en Méjico. Ramón Zabala, mi Canciller, llevó la cuenta del número de visitantes en nuestra residencia durante este tiempo y lo cifró, al final de mi misión, en ¡45.000! (No es extraño que mi esposa, preguntada por una periodista sobre su experiencia en Méjico, exclamase, acertadamente: "me he pasado tres años, de pie, a las puertas de la Embajada, recibiendo y despidiendo a gente"). Torcuato Luca de Tena dio fe en ABC de esa cifra: "asombra pensar que en esos tres años, entre españoles y mejicanos han desfilado (por la residencia) cuarenta y cinco mil personas". Y añadía, en el artículo que publicó con motivo de mi despedida, "ninguno de los españoles del mundo del arte, de la política, de las finanzas, de la industria o de la cultura ha dejado de percibir su pequeño o gran homenaje por parte del Embajador y de su esposa, la excelente pintora María Victoria Puigmoltó"; y también, "el Embajador ha fomentado la visita a este país de políticos, parlamentarios, jefes sindicales, funcionarios de todo nivel, empresarios, artistas, profesores, escritores, militares e investigadores, sin olvidar a turistas...". Siempre recibimos, entonces, y seguimos recibiendo ahora el agradecimiento de todos ellos. Pero todavía estoy esperando el agradecimiento de mi Gobierno. 271


(Confirmo la alusión que hace Torcuato a mi esposa: María Victoria fue, efectivamente, una buena pintora, especialmente de paisajes al oleo, y una excelente dibujante, concretamente de sanguinas -varias exposiciones en Madrid y en Méjico así lo atestiguaron)-. Todas y cada una de estas gentes que pasaron por la residencia, algunas reiteradamente, me proporcionaron instantes únicos, válidos para el recuerdo, aunque, por su notoriedad, algunas destacan sobre las demás. Especialmente grata para mí, por lo que significaba de reconciliación, fue la presencia en la Embajada de muchos exiliados republicanos, entre ellos, doña Dolores Rivas Cherif, viuda de Azaña, las hijas de Indalecio Prieto, un hijo de Largo Caballero o los futbolistas Lángara y los hermanos Regueiro (¡qué placer hablar con ellos de mi Real Madrid!). Muchas de esas gentes, notorias o no, dejaron alguna huella en mi memoria, por una u otra razón. Así, la altivez de Camilo José Cela, la inteligencia de Soledad Becerril, el humor de Vizcaíno Casas o de Cantinflas, la sutileza de Miguel Roca, la bonhomía de Cristina Almeida, la finura intelectual de Joaquín Calvo Sotelo, la exquisita educación de Miguel Bosė, la arrolladora simpatía de Lola Flores y Carmen Sevilla, la cultura de Nuria Espert, la facilidad conversadora de María Luisa Merlo y Gemma Cuervo, 272


la hiperactividad de Manuel Fraga, la sensibilidad de Joaquín Rodrigo, la espectacularidad de Rocío Jurado, la prudencia de Felipe González y Carmen Romero, la sencillez de José Tamayo, el hermetismo de Joan Miró, la finura intelectual de Octavio Paz, la prepotencia de Joao Havelange, la dialéctica de Jesús de Polanco, la ironía de Jaime Campmany, la amistad personal con Torcuato Luca de Tena, la sutileza de Jordi Pujol. Para muestra, bastan estos botones, aunque cuarenta y cinco mil visitantes dan para mucho más. LA EMBAJADA EN MÉJICO: LA MISIÓN 1979 Pocos embajadores -como cualquier alto ejecutivoacostumbran confesar que el desarrollo de su misión haya sido fácil. Yo soy uno de ellos, pues no me duelen prendas hacerlo. No es que no tuviera problemas con los que enfrentarme, que sí los tuve, pero fueron principalmente con mi Ministerio, a veces por mi propia culpa, otras, por malentendidos de uno u otro origen; pero, habiendo llegado a Méjico con las mil advertencias recibidas en Santa Cruz -"¡ojo! Es un país muy complejo para España. Es crónico el amorodio hacia nuestro país. Méjico es impredecible. Ha sido el santuario de la República española en el exilio y sospechan de nuestra joven democracia"- no las 273


tenía todas conmigo. Y, sin embargo, desde el primer momento pude darme cuenta que la travesía iba a ser placentera: cuando llegas a un país y te recibe un alegre mariachi y todo son sonrisas y plácemes, el sol brilla en las alturas y conoces el equipo con el que vas a trabajar, se disipan los temores y las reticencias. Y cuando presentas las cartas credenciales y, a pesar del ceño fruncido del Ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda (¡mal agüero!: el mismo apellido que mi duro catedrático, José Castañeda), te topas con un cariñosísimo Presidente de la República, que casi te guiña un ojo al decirte: "Señor embajador: no dude en llamarme, incluso ante cualquier nimio problema", desaparecen las dudas sobre las dificultades de tu misión y empiezas a vislumbrar el éxito. Y así fue, porque no sólo conté desde el principio con el magnífico equipo de la Cancillería (¡con lo que me gusta a mí, educado en los campos de rugby de mi colegio londinense, la labor en equipo!) y con el beneplácito expreso de López Portillo, sino que a ellos se sumó una pléyade de mejicanos y españoles que en la capital mejicana decidieron hacer brillar a la Embajada de España como cosa propia (algo que me había dicho ya mi antecesor, Coronel de Palma, en varios de los tuyaux que tuvo la amabilidad de darme). Entre los mejicanos que tanto me ayudaron debo 274


destacar al ex- embajador en Madrid, José GómezGordoa -que me llevaría a la Academia Mexicana de Derecho Internacional-; a Emilio Azcárraga, el gran capo del imperio Televisa y su equipo, con Jacobo Zabludosky a la cabeza -que junto a muchos otros medios de comunicación siempre estuvieron al lado de la Embajada-; a Guillermo Cañedo, Vicepresidente del C.O.I.; a Octavio Paz -que me "descubrió" a Sor Juana Inés de la Cruz-; a Mario Moreno "Cantinflas" -que casi me hizo olvidar a mis favoritos Marx Brothers-; a Miguel Alemán, gran empresario; a los hermanos Arango y, a varios altos cargos del gobierno mejicano, que siempre allanaron las dificultades que ocasionalmente surgieron: los ministros Miguel de la Madrid, Fernando Solana y Rosa Luz Alegría; el mítico Presidente de los Sindicatos, el octogenario Fidel Velázquez; el General "Negro" Durazo, Jefe de la Policía del D.F.; la bella e inteligente Directora General de Europa, Sandra Fuentes. A estos mejicanos se unieron casi todos los españoles residentes en Méjico de uno u otro signo: Eulalio Ferrer, Luis Gaos, Ramón Xirau, José Gárate, Antonio Ariza, Ángel Losada, Manuel Abascal, Antonio Casaús, Joaquín Collado y...Casi todos ellos lo hicieron no sólo a título individual sino llevando consigo a todos los miembros de las casas o centros regionales que presidían o a los que pertenecían. 275


No es de extrañar, pues, que con estos importantes mimbres, el cesto de mi misión se llenase de satisfacciones, alegrías y sensación de que todo iba bien. Tanto en lo político, como en lo económico y cultural -y no digamos, en lo social y en lo consulartodo iba viento en popa y las cosas, prácticamente siempre, se desarrollaron positivamente. Esto no quiere decir que el diario quehacer fuera placentero; todo lo contrario: fueron tres años de una actividad frenética para toda la Embajada, donde no paramos un solo momento. Un día cualquiera podría ser así: visita al ministro de turno para apoyar alguna importante oferta española en una licitación internacional; visita a Inmigración para apoyar a algún español con dificultad para obtener la residencia; discutir con Exteriores el apoyo de Méjico a España en este o aquel tema; recibir en el aeropuerto a una autoridad española; ofrecer un almuerzo en la residencia en honor de algún personaje español, rodeándolo de su contraparte mejicana y/o medios oportunos de prensa; inaugurar una exposición cultural española; recibir a uno o varios periodistas para comentar algún tema de actualidad de nuestro país; asistir al coctel correspondiente del día nacional de tal o cual país; y, naturalmente, a primeras horas de la mañana, despachar en la Cancillería con todo el equipo para faire le point de la situación y fijar prioridades y atender a los que solicitaban una reunión 276


con el Embajador. Y los fines de semana, visita obligada a los enfermos del Hospital Español y presencia en las celebraciones de este o aquel centro regional español el día de su Santo Patrono o Virgen tutelar: misa matinal, almuerzo típico -fabada, paella, según- seguido de baile, discursos y felicitaciones. Y, de vez en cuando, dictar una conferencia en tal Club, en los Leones o en cual Universidad, normalmente sobre el milagro político español de la Transición. Sí, actividad frenética que se veía compensada con resultados, que beneficiaban a los intereses españoles, individuales o colectivos, y que, en definitiva, expandían la "marca España". Quizás de lo que más puedo enorgullecerme de mi misión en Méjico fue lograr la definitiva unificación de las dos colonias antagónicas de españoles que me encontré a mi llegada: la tradicional de la emigración social, integrada en los centros regionales -Montañés, Leonés, Gallego, Asturiano, Cántabro, Vasco-Españoly el espléndido Hospital Español, cuyos integrantes habían apoyado mayoritariamente al Régimen de Franco, y la colonia moderna, producto de la emigración republicana tras la Guerra Civil, enquistada en el apoyo a un fantasmal Gobierno de la República en el Centro Republicano, el Ateneo cultural y los centros separatistas Vasco y Orfeó Catalá. A pesar de la espléndida labor que había realizado mi 277


compañero Amaro González de Mesa, -último representante oficioso de España antes de la reanudación de plenas relaciones diplomáticas- para atraerse a los republicanos y de la iniciada por mi antecesor, todavía había reticencias en esos centros. Desde mi llegada intenté atraer a la Embajada a estos republicanos, imponiendo una sola condición: la aceptación de la Constitución de 1978, es decir, la Monarquía parlamentaria (y, naturalmente, sus símbolos: la bandera rojigualda y el himno nacional). Los intelectuales del Ateneo lo aceptaron inmediatamente; algo más tardó el Orfeó Catalá (Vid: "Jordi Pujol, 1979"), pero el Centro Republicano y el separatista Centro Vasco, éste muy minoritario, no lo hicieron nunca. Con esta excepción, desde entonces, convivieron, si no fraternalmente al menos amistosamente, las dos Españas que todavía me había encontrado al llegar. JOSÉ LÓPEZ PORTILLO 1979 Desde el mismo momento en que presenté las Cartas Credenciales que me acreditaban como Embajador de España al Presidente de los Estados Unidos Mejicanos, José López Portillo me mostró su amistad personal hacia mí y hacia mi país y me aseguró su apoyo en todo lo que pudieses necesitar 278


de él. (No fue así con Jorge Castañeda, Ministro de Relaciones Exteriores, claro afrancesado mejicano, que estuvo muy poco cordial y muy reticente cuando le presenté mis Cartas de Estilo, quizás por su republicanismo de izquierdas, quizás porque no le caí bien; afortunadamente, su Subsecretario y, especialmente, su Directora General de Europa, Sandra Fuentes, una joven, bella e inteligente diplomática, iban a ser mis pañuelos de lágrimas en todos los planteamientos que durante tres años tuve que hacer. Prácticamente no volví a ver a Castañeda y ni siquiera me despedí de él cuando cesé en el puesto, pues me hizo la descortesía de no imponerme, él, personalmente, la Banda de la Orden del Águila Azteca con que me honró el Gobierno mejicano cuando terminé mi misión). En todo caso, en última instancia, ante cualquier problema grave, siempre tuve a López Portillo, este monarca absoluto en esa República fuertemente presidencialista gobernada omnímodamente por el PRI, el Partido Revolucionario Institucionalizado. Don José era un auténtico caballero mejicano, abogado de prestigio, poseedor de una gran cultura, enamorado de España, admirador del Rey y de nuestro proceso democrático, nada sectario y parcial con respecto a nuestro país, quizás por su cercana ascendencia española, su carácter de profesor 279


universitario y su clara inteligencia. Siempre que tuve dificultades con algún ministro mejicano o algún alto cargo no dudé en recurrir al Presidente que, incluso, tuvo siempre la amabilidad de discutir conmigo algún tema por teléfono, sin necesidad de solicitar la audiencia preceptiva para visitarle, cosa que, por otra parte, me concedía inmediatamente y para mí constituía el placer de charlar con él de muchos temas, dada su fina inteligencia y su magnífica información. Alguna vez desayuné con el Presidente en su bella residencia de los Pinos y también le acompañé en alguna visita por el país si había algún motivo en su viaje que justificase la presencia del embajador de España. En todo momento fuimos abiertos y sinceros cuando discutíamos un tema y la relación humana, si no de profunda amistad, fue, sin embargo, cordial, íntima a veces y basada en un respeto mutuo. Fue un gran personaje al que estaré siempre agradecido. A mi modo de ver fue un gran Presidente para su país, aunque así no lo han reconocido sus contemporáneos. Para España fue un grandísimo amigo y para mí un gran facilitador de mi misión, en cuanto a las relaciones con el gobierno mejicano: mis problemas en Méjico fueron de otra índole, casi siempre, paradójicamente, con mi propio Ministerio. También tuve que relacionarme a veces con la 280


esposa del Presidente, doña Carmen, una real dama que presidía distintas instituciones sociales que recibían ayuda española. Las malas lenguas decían que era un personaje altivo y conflictivo. Conmigo fue siempre cordial y colaboradora. EL VITA 1979 Durante los días que pasé en Santa Cruz estudiando papeles y escuchando los briefings de mis compañeros sobre el Méjico al que se me enviaba, varias veces me encontré con información sobre el famoso yate Vita, que al final de la Guerra Civil trasladó a ese país un riquísimo cargamento de bienes y objetos del Patrimonio nacional y de particulares, expoliados por el Gobierno de la República. El asunto me interesaba, tanto por razones profesionales como personales, pues mi familia había sido expoliada de sus ahorros -joyas de mi madre, acciones de empresas, bonos de algunos paísesdepositados en cajas fuertes de algún banco y, quizás habían navegado en el Vita camino de Méjico. A pesar del tiempo transcurrido, poco se sabía de lo que había pasado con ese inmenso tesoro, salvo que había desaparecido. Ingenuamente se me ocurrió preguntar si debía ocuparme en investigar el asunto; la respuesta fue tajante: "más vale no meneallo". Y, 281


claro, no "lo menée" en mi etapa mejicana. Pero mi curiosidad no me dejó en paz, por lo que, siempre discretamente, inquirí aquí y allá, pregunté a unos, sonsaqué a otros y, finalmente, pude sacar poco en limpio, aunque lo suficiente para confirmar muchas sospechas y algunas pequeñas informaciones, a saber: la corrupción y delincuencia del Gobierno de la República, la feroz y repugnante lucha entre Negrín y Prieto por hacerse con el tesoro, el triunfo de éste último, la colaboración en el expolio por parte del Gobierno de Méjico y el desconocimiento de quiénes, salvo Prieto y sus muchachos, se beneficiaron del mismo. En definitiva, un episodio más de la infausta y podrida Segunda República Española. Naturalmente, de estos "meneos" míos al asunto del Vita nada informé a Madrid. JOSÉ LUIS 1979 José Luis Ruiz Solaguren, ese célebre restaurador vasco afincado en Madrid, ya estaba establecido en Méjico cuando yo llegué. Le conocía bien desde años atrás, porque su local, en Rafael Salgado, próximo al Estadio Bernabeu, era sede de mi pandilla madridista antes y después de los partidos. A Méjico llegó José Luis con nuevos planes de expansión y, como todo español que por allí caía, fue un asiduo a la 282


Embajada. Naturalmente, al principio le encargué los caterings de recepciones masivas -San Juan y 12 de octubre- pero a la tercera ocasión le señalé que ya no le contrataría más pues me resultaba muy costoso. Se sorprendió cuando le dije que mis gastos de representación no cubrían toda mi intensa actividad social, pues pensaba que el Estado pagaba todo, y me ofreció una rebaja que tampoco pude aceptar. La amistad con este caballero vasco siguió hasta su reciente fallecimiento; siempre me he honrado con ella, y sigo yendo a José Luis antes o después de los partidos en el Bernabeu, donde los pinchos de tortilla y de merluza siguen siendo los mejores de Madrid. Los asiduos a “José Luis” siempre echaremos en falta su simpatía y su conversación. E. T. A. 1979 Cuando ETA comenzó a asesinar en 1968 me encontraba yo en Buenos Aires y lo consideré como un hecho aislado. El terror empezó a preocuparme cuando, ya de vuelta a Madrid, fui testigo casual -pasaba por allí- de la bomba en la cafetería Rolando, en la calle Correo, cercana al Ministerio de Asuntos Exteriores y, naturalmente, como un español indignado más ante el encadenamiento de actos terroristas de la banda durante los años Setenta, que culminaron con el asesinato del Almirante Carrero Blanco. Nunca me sentí personalmente amenazado, 283


dada la insignificancia política de mi persona, aunque en 1976, cuando viajaba en mi coche oficial -matrícula PMM y redondo banderín de España, de madera- algo de miedo sí pasaba, pues las calles de Madrid eran un hervidero de gentes pidiendo libertades, especialmente la sindical. (En septiembre de aquel año, un día que iba a visitar a mi padre, internado y ya moribundo en el Hospital Militar Generalísimo, en la calle Isaac Peral, mi coche se topó con una violenta manifestación en sus aledaños y no nos dejaron pasar; me bajé del coche y, pasando miedo, fui andando al hospital. No pasó nada). Destinado en Méjico, entre los largos briefings que recibí del Ministerio sobre mi nuevo destino, uno me aseguró que, aunque en Méjico residían algunos etarras protegidos por un Centro separatista vasco en la capital mejicana, se encontraban controlados por las autoridades locales; además, y esto era lo más tranquilizador, no se conocían casos de atentados de ETA contra intereses españoles en el extranjero, mucho menos contra nuestras embajadas y sus funcionarios. De todas formas se me aconsejó prudencia. (En Méjico, más que por ETA, por la propia inseguridad de México D.F., siempre llevé una pequeña Derringer en el bolsillo de la americana; nunca la utilicé y al cesar en mi puesto se la regalé a Rafa Conde. En la residencia, como sólo teníamos 284


vigilancia local policial en el portón de entrada, dormía teniendo en la mesilla de noche una magnífica Colt45, a lo John Wayne; tampoco tuve, afortunadamente, que utilizarla y a mi regreso a España se la regalé a mi ahijado, Rafael Ybarra, Sargento de Infantería. Nunca me han gustado las armas). Recién llegado a Méjico, un día de septiembre, Zabala, mi Canciller, me levantó muy temprano de la cama para comunicarme que nuestro Cadillac había aparecido abandonado en un barrio extremo y, cerca de él, el cadáver de mi entrañable chófer mejicano, Carlos, asesinado de un tiro en la nuca. Hubo rumores para todos los gustos, incluso que el asesinato era obra de ETA, que habría secuestrado a Carlos confundiéndolo conmigo, lo que era absurdo, pues Carlos era el típico mejicano con rasgos claramente mestizos. Tras ocuparme personalmente de su cadáver y de su familia -no pude evitar la autopsia que, por mi intervención, se hizo rápidamente, y el cadáver se veló en su propia casa- me fui, acompañado por Jaime Barra, a ver al "Negro" Durazo, Jefe de la Policía Federal, quien también me aseguró que no podía descartarse un acto terrorista contra mí pero que parecía, como así fue, que el hecho era obra de una banda de delincuentes. Sin embargo, como todo el mundo, me aconsejó prudencia y no salir de mi residencia hasta que se 285


aclarase el triste suceso. Aquella tarde -preocupado también por la seguridad del Ministro de Agricultura, Jaime Lamo de Espinosa, en visita oficial a Méjico y alojado en la residencia- ofrecía un cóctel a un importante grupo de empresarios catalanes, en viaje de negocios. Estuve largo rato encerrado en mi despacho con Barra, García Valdés y Rodríguez Spiteri, hablando con López Portillo y con Durazo, así como con Madrid. El CESID descartaba totalmente la tesis de un atentado contra mí y López Portillo también, "pues había pocos etarras en Méjico y estaban muy controlados". Poco antes de finalizar el cóctel, Durazo me anunció que el tema estaba resuelto: el secuestro y asesinato había sido obra de una banda organizada de delincuentes comunes. Me incorporé al cóctel para tomar al menos una copa con mis invitados que, atendidos por el personal de la Embajada, ignoraban el drama. Mi corazón estaba encogido por la dramática muerte de Carlos y mis nervios agotados por la larga jornada de incertidumbre pero, diplomático al fin y al cabo, esbocé mi mejor sonrisa, me bebí el enésimo whisky y me interesé por las gestiones de los empresarios. En esto, se me acercó uno de ellos que, encarándose conmigo, me espetó: "Eh, oiga: es Ud. el embajador? Pues ya era hora de que atendiese a sus invitados!"; despreciándole, llamé a Zabala y le ordené: "Este señor se va. Acompáñale a la puerta", y le di la 286


espalda. Una anécdota más de los pequeños y grandes sapos que tiene que tragarse un diplomático; pero esta vez no me lo tragué. Al día siguiente, enterramos a Carlos, le hicimos un magnífico funeral y coloqué a su hija en la Embajada, pues la muerte de su padre los había dejado indigentes. (Días después, visité a Durazo para agradecerle su permanente apoyo en este asunto. Me contó que los delincuentes, ya convictos y confesos, eran tres chicos y dos chicas que, drogados, había robado el coche y secuestrado a Carlos para cometer varios atracos; asustados por las amenazas de éste, que invocaba el státus diplomático del coche y de su "patrón", lo silenciaron, asesinándole. Ingenuamente le pregunté qué pasaría con los asesinos y enigmáticamente me afirmó, tranquila pero rotundamente: "Esto no puede volver a pasar. Tendremos que dar un escarmiento como mensaje al hampa”. Ya me imagino lo que ocurrió). Aunque ETA no constituyó un grave problema para mí durante mis años en Méjico, sin embargo, su sombra amenazadora siempre estaba presente, bien porque José Antonio Acebal, nuestro embajador en Caracas, a veces me informaba sobre etarras que viajaban de allí a México D.F., bien por las medidas de seguridad que continuamente teníamos que adoptar ante el aluvión constante de autoridades españolas que visitaban al Méjico tan de moda entonces en 287


España. (Especialmente antipática fue la visita de un grupo de diputados españoles, entre ellos Miguel Roca y Chiqui Benegas, por la constante insistencia de éste por tener bodyguards personales, lo que por otra parte era comprensible por lo que estaba pasando en España). Lo peor era la batalla informativa diaria con las terminales de ETA en Méjico, representantes de Herri Batasuna, que infiltraban con sus intoxicaciones algunos medios mejicanos. Una vez llegaron dos diputados de HB que dieron una conferencia de prensa sobre las "razones" de ETA, calificando a sus gudaris como pertenecientes a un ejército de liberación. Salí de inmediato al paso con una contra-conferencia de prensa y escribiendo algunos comunicados que fueron ampliamente difundidos en todo el país. (Unas extensas declaraciones al diario Excelsior y otros de la capital mejicana fueron ampliamente recogidas en España, por ejemplo en el diario Sur de Málaga que, bajo el título de “Contundentes declaraciones del embajador español en Méjico contra ETA”, reproduce algunas de mis palabras: “ETA será siempre lo que ha sido hasta ahora, asesinos emboscados, criminales en la sombra, reos de la condena de su propio país”; “un nuevo tipo de delincuencia que debe ser tipificado en una legislación internacional”. Hoy, ya lo está). Mi Ministro, Oreja, me envió un telegrama oficial que decía: "Felicito a V.E. valientes contundentes 288


declaraciones sobre presencia diputados Herri Batasuna en México". Y un vasco, Juan Antonio de Arrieta, a quien no conocía, me escribió una carta personal diciéndome: "Como vasco español residente en México, no pude menos que enorgullecerme y moverme a felicitarle por tan valientes declaraciones, pero sobre todo por la energía y decisión con la que Ud. ha definido a ETA". Aproveché esta visita de H.B. para reiterar al Presidente Portillo la necesidad de neutralizar a los etarras residentes en Méjico y me ratificó su compromiso con España. Algo hizo, pues los medios mejicanos cada vez se hicieron menos eco, si no de los atentados que seguían en nuestro país, sí de las aspiraciones independentistas de estas ratas asesinas. (Muchos años después, a finales de los Noventa, ya jubilado, presté voluntariamente mi nombre para poder completar alguna lista del PP en las elecciones de algún ayuntamiento del País Vasco. Aún con cierto recelo, lo hice para solidarizarme con los militantes y políticos del PP vasco. ETA seguía matando) FELIPE GONZÁLEZ 1980 En uno de sus frecuentes viajes a Iberoamérica, Felipe González, todavía en la oposición, recaló en Méjico procedente de Panamá. En viajes anteriores 289


nunca se había relacionado con la Embajada, a pesar de que el Gobierno siempre le ofrecía nuestros servicios en caso necesario. En 1980 fue diferente, pues esta vez llegó enfermo a la capital mejicana. Desde el hotel donde estaban alojados, su esposa, Carmen Romero, se comunicó conmigo para solicitar la visita de un médico del Hospital Español, especialista en alguna dolencia tropical. Al parecer, Felipe sufría una infección por la picadura, según nos dijo, de un insecto denominado "la coloradilla". (Mi esposa, que nunca se ha lucido por un sentido de humor irónico, exclamó al conocer este extremo: "¡claro, tenía que ser algo rojo!"). Me apresuré a convencer al matrimonio González que debían trasladarse a nuestra residencia donde estaría mejor tratado y mucho más confortable; se resistieron, no sé si por la cortesía de no molestar o por su deseo de no deber nada al Gobierno que con tanta ferocidad atacaba el PSOE, que veía muy cerca el poder. Ya en la residencia, donde permanecieron varios días, Felipe curó su infección y, tras mi ofrecimiento, aceptó utilizar aquella como "base de operaciones"; y así lo hizo, con plena independencia, recibiendo a amigos y correligionarios. (Una muestra sobre la sensibilidad para los detalles de doña Carmen es que al ver las sábanas de hilo que cubrían la cama de Felipe, embadurnado de los pies a la cabeza de un líquido curativo de fuerte color, solicitó a mi esposa 290


cambiarlas por unas de menor calidad; así se hizo). Fue esta la primera vez que conocí y traté al líder socialista, que me causó una gran impresión por su inteligencia y simpatía; más impresionados y emocionados quedaron mis jóvenes diplomáticos e incluso mi hijo Gonzalo, todavía con nosotros en Méjico: creo que todos ellos votarían dos años después al Felipe que arrasó en las urnas. (En un almuerzo que ofrecimos Mª Victoria y yo a los González, al que asistieron todos los miembros de mi Embajada, más los periodistas españoles acreditados en Méjico, uno de estos, saltándose el protocolo, brindó por "la futura Primera Dama de España"; le corté en seco, señalando, primero, que en la mesa del embajador de España sólo a él le correspondían los brindis; luego, que yo brindaba por doña Carmen González y su felicidad personal, pero no por el futuro político de su esposo, a quien yo no votaría; además, corregí al periodista, "en todo caso tendrías que haber brindado por la futura Segunda Dama, porque la Primera siempre será la Reina”). Los González siempre fueron correctísimos con los Peña y al abandonar Méjico agradecieron nuestra hospitalidad -en definitiva la del Estado español- con muestras de afecto, aunque mi esposa no recibió nunca ni siquiera un ramo de flores (quizás esto sea un gesto sólo burgués). Nunca volví a encontrarme con doña 291


Carmen, aunque sí muchos años después con Felipe, aunque jamás pareció acordarse de aquella etapa de Méjico; al menos, nunca lo mencionó. Efectivamente, a partir de 1996 coincidí, y en cierta manera "trabajé" reiteradas veces, con el que ya era jefe de la oposición. Ya jubilado, colaboré durante varios años con Flora Peña, -separada, tras Méjico, de su marido Santiago Mendióroz- periodista y empresaria, que, con su empresa Alcestis, organizaba importantes eventos y conferencias, entro otros, los que patrocinaba The Economist Conferences, tanto en Madrid anualmente sobre una especie de State of the Union de la economía española, en que participaban activamente varios ministros del Gobierno de turno y los líderes destacados de la oposición, como en una serie de importantísimos “Encuentros Unión Europea y tal país", idea de Flora, que nos llevó en años sucesivos a Montevideo, Brasilia, Santiago de Chile y Méjico D.F., con presencia de las altas autoridades de cada país y varias personalidades europeas del más alto nivel: además de Felipe, siempre algún ministro español, y Manuel Marín, Vicepresidente de la Comisión Europea, el francés Dominique Strauss Kahn, el expresidente de Portugal Mario Soares, y empresarios españoles o extranjeros de primera fila, patrocinadores de tales eventos. A veces actué como maestro de ceremonia en sesiones plenarias o 292


moderador en mesas redondas. En todo caso, mi relación con Felipe González quedó reforzada y, también, mi admiración por él. Pero jamás se refirió a mi dura relación pasada con el PSOE y el daño que en algunos momentos me causó (Vid: “El Instituto de Cooperación Iberoamericano- 1982”). Creo, sin embargo, que él fue inocente en el "castigo" que sufrí en 1983, cuando tuve que abandonar la Carrera. Más bien fue el sectarismo y revanchismo de Fernando Morán. JORDI PUJOL 1980 En las elecciones municipales de 1979, el PSOE se impuso a lo largo de la geografía española, preaviso de su arrasador triunfo en las elecciones generales de 1982. En 1980 iban a celebrarse elecciones en algunas Comunidades autónomas, entre ellas Cataluña, donde había que sustituir nada menos que a la gran figura de Josep Tarradellas, que tan gran papel había jugado desde su regreso a España en 1977. Se postulaba para Presidente el médico Jordi Pujol, con su partido C.D.C., entonces nacionalista catalán moderado, más bien conservador, que disputaría la Generalidad, principalmente a los socialistas. En Méjico, recibí instrucciones de mi Gobierno de acoger y apoyar al señor Pujol en el 293


inminente viaje que iba a hacer a este país, previsiblemente para publicitar su candidatura y recibir aportaciones por parte de la importante colonia catalana residente en Méjico. Se me insinuó que diera a Pujol "full treatment". Y, naturalmente, así lo hice: le recibí en el aeropuerto, le conseguí y acompañé a una entrevista con el Presidente de la República y alguna otra autoridad mejicana y puse a su disposición la Embajada para eventuales reuniones. (Rechazó mi invitación para residir en ella durante su estancia en la capital mejicana, quizás pensando en que perdería libertad de actuación o porque no querría verse demasiado involucrado con el Gobierno de la nación. En todo caso, sí aceptó que le organizase algún acto social en su honor, tipo almuerzo y/o cóctel, con las autoridades y personalidades locales). Tuve, pues, ocasión de tratar a este gran catalán y conocer sus primeros pasos como el gran político español en que se iba a convertir. Descubrí su seca simpatía, su hablar pausado y clara inteligencia. Enterado por mí de las dificultades que tenía la Embajada para integrar la institución del Orfeó Catalá de Méjico en la España moderna y constitucional, especialmente la aceptación de la monarquía parlamentaria y sus símbolos, Pujol me llevó a visitar la sede del Orfeó, donde me reuní con su cúpula directiva y, como consecuencia, ésta asistió después a 294


una cena en la Embajada, en su honor, presidida por mi esposa y yo mismo. En los brindis habituales, lo hicimos todos por Cataluña y por España, con abundantes gestos y palabras de reconciliación de todos los presentes, y algunas lágrimas en los ojos de algunos de los ancianos allí presentes, exiliados de la Guerra Civil, que "regresaban" al seno materno después de cuarenta años. En mis palabras pronuncié algunas palabras en catalán, lengua que desconozco, preparadas cuidadosamente por Gil Armangué, mi Cónsul General, entrañable compañero de promoción, estupendo catalán y mejor español. Mi éxito fue arrollador. Desde entonces, el Orfeó Catalá fue un asiduo a las celebraciones en la Embajada. Jordi Pujol ganó la Generalidad, donde gobernó durante muchos años, y dejé de verle hasta que en 1987, y años sucesivos, fui varias veces a Barcelona por razones de mi cargo, como Director General de Transportes y Turismo en la Comisión Europea, para dar alguna conferencia sobre los temas de mi competencia y, sobre todo, para tratar con la Generalidad temas de su interés, especialmente la posibilidad de la construcción de la primera línea del AVE en España. (Por razones obvias, Pujol patrocinaba en Madrid la línea Barcelona-frontera francesa, apoyado por Bruselas, que veía esa necesidad para una mejor conexión entre España y 295


Francia, cuyo TGV París-Lyon podría eventualmente prolongarse al sur y enlazar con España. El gobierno de Felipe González, sin embargo, optó por la línea Madrid-Sevilla para iniciar las infraestructuras del AVE en nuestro país). En estos viajes a Barcelona, visité varias veces al Presidente, en reuniones de trabajo, seguidas casi siempre por un almuerzo íntimo -con el Conseiller de Transportes, Joaquím Molins, y el Director General de los Ferrocarriles Catalanes, Albert Vilalta- en el maravilloso Palacio de la Generalidad. En su despacho, hablamos no sólo de los temas concretos que allí me llevaban sino también de la situación política y económica en Europa y en España. Allí llegué al atrevimiento -que acogió con una sonrisa ladina- de decirle que él debería de ser el Cambó de finales de siglo y entrar, e incluso presidir, el gobierno de España. En uno de mis viajes, en un acto público, recibí la Medalla al Mérito Turístico (versión catalana) por mi apoyo al desarrollo turístico de Cataluña. En la cena que se celebró a continuación -no recuerdo en qué lugar- en homenaje a los recipiendarios, me sentaron en la mesa presidencial junto a la señora Marta Ferrusola, esposa del Presidente, señora algo seca pero muy agradable y señorial. A partir de entonces, en otro puesto en la Comisión Europea y luego ya jubilado, no he vuelto a ver al señor Pujol. Sin 296


embargo, en diciembre de 2013 se inauguró, por fin, la línea del AVE Barcelona-París, con cuyo motivo escribí a don Jordi una carta recordando tiempos pasados. El President me contestó, enviándome su libro de memorias en que recoge las vicisitudes del asunto AVE y dedicándome algunos elogios -por cierto no recogidos en el libro-: “Ud. trabajó mucho y muy bien para superar las dificultades con que el proyecto tropezó. Muchas gracias”. Y en la dedicatoria de su libro me dice: “A don Eduardo Peña Abizanda, agradecido por su colaboración y buen trabajo como Embajador, en especial en el tema del AVE”. EL CLAN FLORES 1980 De tantos artistas españoles que tuve el placer de conocer y tratar en Méjico mi memoria me conduce siempre a un grupo que iluminó de alegría, música y simpatía algunos de los rincones de Méjico donde actuaron una temporada en 1980: el clan Flores. Así lo denomino porque la gran Carmen Sevilla se unió a las tres Flores, las Lolas, madre e hija, y Carmen la hermana de aquella (y madre de uno de mis jugadores de fútbol favoritos, Quique Flores, que jugó algunas temporadas en el Real Madrid). Asistí a la gala inaugural de ese espléndido cuarteto, invitado especialmente por doña Lola, y fui testigo de su 297


enorme éxito. Organicé un almuerzo en su honor, al que asistieron críticos y nada menos que Cantinflas, donde las cuatro artistas dominaron brillantemente la conversación. Entonces pude comprobar la exquisita belleza y dulzura de Carmen Flores, la pasión de Lola Sr, la garra de Lola Jr. y la exuberante vivacidad y simpatía de Carmen Sevilla. Mi esposa y yo caímos rendidos a los pies de estas cuatro mujeres. ¡Pura Marca España, diríamos hoy! JAIME CAMPMANY 1980 Antes siquiera de conocerle ya era yo un gran admirador de Jaime Campmany por su prodigiosa prosa y enorme honestidad intelectual. (Durante años seguí comprando el ABC solamente por él...y por Mingote). Vino Jaime a Méjico, junto con Jesús Aparicio Bernal, su socio en Ageuropa, pequeña empresa dedicada a las relaciones públicas internacionales: buscaban allí clientes eventuales y yo les apoyé y ayudé, como acostumbraba a hacer con todo español que llegaba a mis lares diplomáticos. Desde el primer instante intimé con mis dos visitantes, descubriendo mil afinidades en cuanto nuestra concepción del mundo y de las cosas; con Jaime se iniciaría una amistad que duraría años, aunque siempre estuvimos distanciados por la geografía. 298


Seguí sus pasos literarios y empresariales, como la creación del semanario Época, que durante años sería una referencia periodística en España (y en donde mi admirada actriz y amiga, Conchita Montes, retaba semanalmente mis meninges con su diabólico Damero Maldito). Jaime, que continuaba escribiendo como los dioses, llevaba años mereciendo entrar en la Academia de la Lengua; nunca lo consiguió -¿por qué? (¿vetado por su ideología liberalconservadora?)-. Otros, claramente mediocres, ahí están. Pero la bonhomía de Campmany lo tomaba con su profundo sentido irónico del humor. En mi etapa en Bruselas nos vimos alguna vez, pues tenía una hija stagiaire en la Comisión Europea. Una noche invité a cenar al matrimonio Campmany al famoso restaurante La Maison du Cygne, famoso por su buena mesa y también porque, sito en la célebre Grand Place de la capital belga, allí, antaño, se fundó el Partido Obrero de Bruselas y, sobre todo, porque también allí Marx y Engels escribieron nada menos que su Manifiesto Comunista. Incitado por mí -Jaime cuidaba mucho su alimentación por su diabetes- probó como postre la mousse de tres chocolates, característica del restaurante. Poco después, escribió en su semanario Época que tras su viaje a Bruselas, "a Europa", alguien le inquirió: "¿Qué es Europa?” y él contestó rotundamente: "Europa es la mousse de chocolate de La Maison du Cygne". (Y tenía razón, porque sólo una 299


civilización como la europea, tras largos siglos de maduración, puede hacer tales maravillas con unos trozos de cacao). Desgraciadamente, nunca llegué a jugar al mus con Jaime, donde, como maestro, podría haber mejorado mucho mi vulgar juego. Y, desgraciadamente, ya no puedo leerlo hoy en el ABC. (En ese artículo del semanario, Jaime mencionó, sin dar mi nombre, que “un embajador de España le había invitado”. Más tarde me explicó que no quiso dar mi nombre para que el gobierno socialista no me vinculase con él, un “fascista de tomo y lomo”. Así éramos de sospechosos algunos durante el Régimen socialista). RAFAEL GARCÍA SERRANO 1980 Una de las grandes frustraciones de mi vida es no haber conocido a Rafael García Serrano, otro “fascista”, personaje al que he admirado por su trayectoria vital y, especialmente, por su prosa, una de las más hermosas de nuestros escritores del siglo XX. Por ello, más que él, son sus escritos, sus criaturas literarias los auténticos personajes de tantos instantes placenteros de mis días. En primer lugar, sus artículos de “El Alcázar”, diario que seguí comprando muchos años después de dejar de interesarme, precisamente por aquellos. Su magistral “La fiel Infantería” es 300


quizás, junto con “La soledad de Alcuneza” de mi compañero Salvador García Pruneda, la gran novela militar de la Guerra Civil, por su exquisita prosa y el reflejo de un gran amor al Ejército, que siempre he compartido. (Barea y Foxá, otro compañero de Carrera, comparten con aquellos dos el privilegiado lugar que en mi biblioteca tienen las novelas sobre nuestra malhadada guerra). Y su no menos magistral “Diccionario para un macuto” nos entrega, en pequeñas píldoras, su verosímil capacidad para hacernos entrañables pequeñas cosas, objetos y personas relacionados con la vida militar y con la guerra civil. Muy recomendable, al igual que todos sus libros, sobre todo “Plaza del Castillo”. Naturalmente, la sectaria progresía ha intentado sepultar en el olvido a don Rafael, inútilmente, pues su prosa es imperecedera. (Don Rafael aparece tan tardíamente en estas páginas porque cuando Campmany vino a Méjico discutimos mucho sobre su figura y la literatura (buena) sobre nuestra guerra). SARITA MONTIEL 1980 Por lo general, todo español que llegaba a Méjico se ponía de inmediato en contacto con la Embajada, 301


nos necesitase o no, por lo que automáticamente era objeto de mi atención, que, en el caso de los muchos artistas que nos visitaban y que actuaban en el DF, implicaba mi presencia, junto con mi esposa, en su primera representación y la puesta a disposición de la residencia para lo que pudieran necesitar. Este protocolo se cumplió con todos, pero Sarita Montiel fue la excepción. Por la prensa me enteré de su presencia en la capital, pero como ella no dio señales de vida, decidí ignorarla (por otra parte nunca me había gustado ni como actriz ni como cantante; nunca me había interesado). Un día, almorzando con Ignacio Bayón, Ministro de Industria, en el célebre y hermoso restaurante, en el siglo XIX antigua residencia de verano del embajador de España, San Ángel Inn, nos topamos con ella en una mesa cercana a la nuestra. Nos ignoramos mutuamente. Pocas semanas después, en un artículo que Sarita publicó en un semanario, "Gentes", de corta vida, me dedicó algunos epítetos del estilo muy suyo, como: "¡Jó, macho! ¿No te han enseñado en la Escuela Diplomática a tratar a las señoras?" No la contesté, como puede suponerse que podría haberlo hecho visto su retórica pregunta, quizás porque, tras el no incidente de San Ángel Inn, me había quedado cierta mala conciencia sobre mi vanidoso comportamiento. (Mi única excusa: siempre he odiado cualquier gesto de aproximación a las luminarias). Instante sin 302


importancia, salvo lo mucho que me molestó salir en "Gentes", con una imagen de diplomático engreído que no saluda al pueblo por notorio que sea. Todo lo contrario de lo que siempre he sido. JOAN MIRÓ 1980 De entre tantos artistas españoles de primer nivel que tuve el honor de conocer y apoyar en mi etapa mejicana, guardo un entrañable recuerdo del maestro Joan Miró, cuya exposición en el DF tuve el placer de inaugurar junto con Almansa, y cuya presencia en algún acto de la Embajada fue inolvidable. Como lo fue también recibir de sus manos y con dedicatoria personal una litografía deliciosa, como todo lo suyo, que hoy decora las paredes de la casa de mi hijo Javier. ROCÍO JURADO 1980 Por Méjico, naturalmente, también apareció la troupe de Rocío Jurado, entonces en su apogeo profesional. Acompañada por su marido, -el púgil campeón y estupenda persona, Pedro Carrasco, y por su hija Rociito, insoportable como todos los niños de 10 años-, tuvo un gran éxito. A petición mía, aceptó 303


participar en un almuerzo a beneficio del Hospital Español, donde nos cantaría alguna de sus coplas; ante esta noticia, se agotaron las entradas, por cierto, a un alto precio. Llegado el día, la diva no apareció, aunque sí marido e hija: éste adujo una enfermedad pasajera, pero la niña mencionó una pelea familiar y algo así como "un ojo morado". Envié a Zabala a buscar a la diva para que cumpliese su compromiso, pues, fuerza mayor o no, el Hospital sufriría por su ausencia. Ignoro cómo lo hizo, pero Zabala apareció con la Jurado, que, sin ninguna excusa, se sentó en la mesa presidencial, a mi derecha. (Rociito no nos dejó en paz en toda la comida y Carrasco, gran señor, sí se excusó ante mi esposa). Terminada la comida, doña Rocío me dijo que de todas maneras "no le apetecía cantar". Ante mi insistencia que no podía defraudar a los comensales que habían pagado por oírla, con maliciosa sonrisa me retó: "Si sales conmigo, me presentas y cantas algo conmigo, actuaré para esta gente". ¡Acto de servicio! Allí salí, a una especie de escenario, donde una pequeña orquesta había amenizado el almuerzo e iba a acompañarla. Hice lo imposible como presentador y propuse cantar el bolero "Noche de ronda", recuerdo lejano de las tardes juveniles en Florida Park del Retiro. La cantamos a capella y creo que no salió mal. Mi esposa no ha dejado nunca de recriminarme por "el ridículo que hice" en aquella ocasión; yo creo que no fue así y, 304


en todo caso, I saved the day para el Hospital Español, pues la Jurado cantó, y muy bien, varias coplas de las suyas. Y el público quedó encantado con ella y… con su embajador. (Yo solo canto en la ducha con una voz de barítono que, a veces, como decía mi madre, se parecía al crooner Bing Crosby, al que en mi juventud procuraba imitar. Sin éxito, claro. Por eso, mi acto de servicio habría merecido una felicitación del Ministerio) LA PRENSA 1980 Odio la prensa, a pesar de ser adicto a ella. En general, siempre he tenido buena prensa, a mi modesta manera. Los que me conocen saben que soy muy abierto, a veces demasiado locuaz y "confianzudo", lo cual es peligrosísimo cuando el interlocutor periodista no es honesto o tiene pocas luces. Pero, tanto en mi vida profesional, diplomático o alto cargo en Europa, como en mi faceta pública relacionada con el Real Madrid, siempre he sido abierto y sincero con la Prensa y, casi siempre, la Prensa me ha tratado objetivamente, a veces favorablemente. A lo largo de estas páginas he recogido algunos testimonios en este sentido, que siempre me dieron satisfacción, pero, naturalmente, también he tenido que pechar con algunos tropezones 305


mediáticos, a veces por mi culpa, otras por la ignorancia, incompetencia y hasta deshonestidad del periodista de turno. En el recuerdo de esos tropezones, destacan tres que tuvieron consecuencias desagradables para mí. Uno de ellos, lo protagonizó una periodista de El Mundo que, sin venir a cuento y desde luego sin contrastar sus fuentes, cuestionó mi profesionalidad en mi etapa de Bruselas (Vid: ”Una periodista de El Mundo- 1993”). En este caso, la única consecuencia de este faux pas de la andoba fue mi disgusto de no poder llevarla a los tribunales por calumnia, ya que no quise involucrar a la Comisión en este asunto y porque no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Eso sí, dejé de leer El Mundo para los restos. Otro tropezón que traigo a estas páginas sucedió en Méjico, en 1980, y fue consecuencia de mi manera de explicar las cosas de forma detallada, o si se quiere, de mi locuacidad. Me encontraba en Guanajuato para acompañar a varias Compañías y artistas españoles que participaban en el famoso festival de Música y Teatro de esta maravillosa ciudad mejicana (entre ellos, la famosa Antología de la Zarzuela, con su eximio creador José Tamayo al frente y las deliciosas actrices Gemma Cuervo y María Luisa Merlo -a cuyos pies caí inmediatamente rendido cuando las conocí- que ofrecieron una excelente 306


versión de "El Sombrero de Tres Picos"). Una pequeña y casi desconocida Agencia de Noticias mejicana me solicitó una entrevista para que les explicara la Transición política de nuestro país. Me entrevistaron dos jóvenes periodistas, que tomaron algunas notas sobre papel (es decir, no me grabaron). Expliqué detalladamente el origen de la Transición, lo que significaba la famosa frase "de la ley a la ley" y cómo, desde las propias instituciones franquistas (el harakiri de las Cortes) y desde el protagonismo de "todos los que veníamos del franquismo" (entre ellos, yo, como Subsecretario del Gobierno de la Reforma Política), se llevó a cabo este nuevo "milagro español", ahora político e institucional. Los jóvenes periodistas titularon su crónica: "El embajador de España se declara franquista". Sólo me enteré de ello cuando, naturalmente, me llamó mi Subsecretario, para, sarcásticamente, pedirme explicaciones. (Mis "amigos" del Ministerio, que me tachaban excesivamente de derechas, encontraron apoyatura para criticarme. El asunto pudo salirme caro, pero afortunadamente, en la entrevista había estado presente Fernando Almansa que como consejero cultural me acompañó a Guanajuato. Apoyándome en su testimonio pude justificar por escrito mis declaraciones y quedar libre de toda sospecha. ¿Toda? Fue cuando aprendí a recelar de la Prensa y comprender que a veces es conveniente matar al 307


mensajero, aunque en este caso no hubo mala fe sino sólo incompetencia e ignorancia por parte de unos pobres cachorros de Periodismo. Lo que no es el caso de mi tercer tropezón, en que unos desaprensivos periodistas españoles traicionaron la supuesta ética de respetar los "off the record" de quien además presumían ser amigos. Corría el año 1997 y yo era directivo del Real Madrid, encargado de la Sección de Baloncesto.(Vid, "Baloncesto-1996"). Como tal, había hecho amistad con un redactor deportivo de El Mundo (¡siempre El Mundo! ¿Mi némesis?), Tomás Roncero, que a su vez me presentó a dos de sus colegas de ese diario, Carlos Carbajosa y Jesús Alcaide. Los tres eran furibundos madridistas como yo, por lo que periódicamente nos reuníamos para almorzar y chismorrear sobre nuestro querido Club, llegando ellos a definir estas reuniones como "la peña Abizanda". El off the record fue tanto implícito como, a veces, muy explícito. En uno de esos almuerzos, les comenté mi indignación porque en la Junta Directiva del Club del día anterior, ante la grave situación financiera del Madrid, que era vox pópuli, se alzaron voces que sugerían la supresión de la cantera y de la Sección de baloncesto, ambas fuertemente deficitarias. Al finalizar el almuerzo, cuando me marchaba, Carbajosa me hizo una pregunta que, aunque me pareció inocua, iba sin 308


embargo a resultar mortal: "Oye, por curiosidad, ¿cómo os sentáis la Junta Directiva en esa larga mesa que ocupáis?" Ingenuamente le describí cómo nos sentábamos todos y cada uno de los trece directivos alrededor de nuestro Presidente, Lorenzo Sanz. Al día siguiente, antes de salir de casa para ir a mi oficina, me llamó un compañero en la Directiva y me dijo: "alguien ha filtrado a El Mundo nuestra última reunión". Compré el periódico y me quedé atónito: firmado por mis tres supuestos amigos aparecía, a doble página, un largo artículo sobre la crisis financiera del Real Madrid; encabezado por el dibujo de una mesa rectangular donde se "sentaban" los catorce miembros de la Junta del Real Madrid, siete a cada lado, aparecían nuestros nombres de la forma descrita por mí a Carbajosa. Naturalmente, el artículo, sin citarme expresamente, recogía todo lo que, en mi indignación por la sugerencia de supresión de la histórica Sección de baloncesto del Real Madrid, les había contado off the record. Como el artículo hacía mucho daño a mi Club, me identifiqué ante Lorenzo Sanz como el "filtrador" de la información y presenté mi dimisión irrevocable, como ha sido siempre que lo he hecho (por ejemplo, en 1983 cuando pedí la excedencia en la Carrera; en mi caso, la excedencia equivalía a una dimisión). Yo me quedé fuera de mi Real Madrid, pero estos tres mediocres periodistas, con el tiempo cumplieron el principio de Peter, 309


alcanzando la cima de sus incompetencias: Roncero, redactor-favorito madridista en el diario As, mimado en todas las peñas madridistas y en las tertulias de TV, y Carlos Carbajosa, nada menos que Jefe de Prensa del Madrid (¡así nos va!). Ha salido muy larga esta triste, para mí, historia, pero creo que era necesaria para explicar urbi et orbe (si es que estas líneas son publicadas) mi actual animadversión hacia la Prensa. PLÁCIDO DOMINGO 1981 Plácido Domingo (Senior) y Pepita Embil, padres del fabuloso tenor, eran asiduos a nuestra embajada en Méjico. Muchos años antes habían llegado a ese país en la gira de una compañía de zarzuela por Centroamérica; allí se quedaron y allí nació e inició su formación musical su hijo Plácido. Para mí, educado por mis propios padres en el amor a la zarzuela, constituía un grato placer charlar con los Domingo sobre el Género Chico...o el Grande. Cuando llegué a Méjico, Domingo Junior era ya famoso. Sus padres me lo presentaron al finalizar una magistral interpretación suya del verdiano Otelo en el Teatro de la Ópera local, en una discreta versión escénica. Su natural simpatía y afabilidad nos conquistó de 310


inmediato lo que, unido a la emoción que siempre me producía su prodigiosa voz, me convirtió en un fan suyo imperecedero. No le he vuelto a ver y escuchar "en directo", pero en todos los rincones de mi hogar suenan constantemente los innumerables CD's suyos que he coleccionado. (A veces entablo “batallas” entre Domingo y Pavarotti, contraponiendo sus respectivas versiones de tal o cual aria. Es un ejercicio fascinante que recomiendo a todos los melómanos). Transcurrieron muchos años hasta que volví a ver, y charlar brevemente, ahora de futbol que no de música, con Plácido Domingo, en el palco de honor del Real Madrid, que ambos frecuentábamos durante la presidencia de Ramón Calderón (2006-2009), periodo de tiempo en que, dimitido Florentino Pérez, yo volví a ser persona grata en mi querido club. (Plácido, naturalmente, "como toda persona decente" que diría el gran Vizcaíno Casas, es hincha del Real Madrid, como Nadal, como Fernando Alonso, como Rajoy, como Rubalcaba, como Magnus Carlsson, como...). Y sigo escuchando sus arias todos los días, religiosamente.

OCTAVIO PAZ 1981 311


Es uno de los personajes más fascinantes que he conocido. Cuando llegué a Méjico, algo había leído de Octavio Paz -sobre todo ensayo, pues es conocida mi poca afición a la poesía- y tenía mucho interés en trabar conocimiento con él. Pronto lo conseguí, pues su amor a España le acercó a nuestra Embajada. Con su deliciosa esposa Mª José fue bastante asiduo a nuestros actos sociales. Sin embargo, pocas veces pude entablar conversación tête-à-tête con él, lo que era un gran placer, pues Paz era un gran conversador. Sí recuerdo una memorable tertulia, una tarde en un saloncito de la residencia, con Torcuato Luca de Tena y Joaquín Calvo Sotelo, de visita en Méjico. Los tres, a cada cual más, rivalizaron en ingenio platicando sobre arte y literatura, mientras este pobre economista escuchaba y aprendía, atreviéndome, a veces, a meter baza, menos ingeniosa, pero al menos presentable (quizás mi conocimiento de Joseph Conrad, me permitió lucirme algo: les gustó mucho mi análisis del fabuloso The Heart of Darkness). La insistencia de don Octavio me llevó a leer, y disfrutar, de Sor Juana Inés de la Cruz, descubriendo la belleza de sus trabajos. Y el precioso libro de Margarita López Portillo, hermana del Presidente, Estampas de Juana Inés de la Cruz, dedicado a mi esposa y a mí, terminó de convencerme sobre la gigantesca figura de ésta.

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SOLEDAD BECERRIL 1981 Soledad Becerril es una gran señora y una gran política. Como Ministra de Cultura vino a Méjico para participar en una asamblea general de la UNESCO. Acompañada de un grupo de colaboradores, casi todo mujeres, (fue mi primera experiencia del feminismo en acción), se alojaron en mi residencia. Al tratarla, pude descubrir la tremenda maldad e injusticia de aquella invectiva que le había lanzado Alfonso Guerra: ni era boba como el último de los Austria ni vestía como Mariquita Pérez; por el contrario, vi una bella y delicada mujer, inteligente en el habla y en los gestos, vestida de manera modesta pero elegante. Siempre me he alegrado de su carrera política posterior, hasta culminar hoy, 2013, como Defensora del Pueblo. En Méjico hizo una gran labor, a pesar de que desde el punto de vista mediático tuvimos los españoles, no sólo ella, la desgracia de que Grecia nos enviase, como era lógico, su propia Ministra de Cultura, nada menos que la fascinante y apabullante actriz Melina Mercuri. Ésta atrajo todos los focos mediáticos mejicanos, pero, aún así, Soledad no pasó desapercibida. En la residencia fueron atendidas ella y su sequito por mi esposa como es debido y hacíamos con todos los invitados, pero nunca hemos percibido un agradecimiento especial por parte de esta política, (lo que nos ocurre con frecuencia a los diplomáticos 313


que, con nuestro esfuerzo, dedicación y, a veces, dinero de nuestros bolsillos, nos vemos en la obligación de poner a disposición de todo el mundo la infraestructura y otros medios, siempre insuficientes -gastos de representación, etc.- que el Estado nos proporciona para el desempeño de nuestra misión. En último término, nuestros invitados se van con la clara idea que nos hemos limitado a cumplir con nuestro deber y, a veces, ni siquiera envían un ramo de flores a la esposa del embajador). SELECCIÓN NACIONAL DE FUTBOL 1981 Como buen aficionado al futbol y como español de bien siempre he sido un hincha furibundo de la Selección nacional, esa que ahora se llama "la Roja", cosa que me repele, ya que toda la vida ha sido España. Hasta época reciente he sufrido mucho con ella, especialmente durante nuestra desastrosa actuación en el Mundial de 1982, celebrado en España, pero siempre he disfrutado apoyándola y, cuando la veía en directo, enarbolando nuestra bandera como un hincha más. Por eso, cuando llegó la Selección a Méjico en una tournée por América en 1981, me integré plenamente en su delegación y me deleité atendiendo a toda la expedición, recibiéndola en mi casa. Allí pude conocer al Presidente de la FIFA, 314


el brasileño Joao Havelange, que despreciaba todo futbol que no fuera el de su país, entonces en plena gloria. Me divirtió, pues, muchísimo tener en Méjico a la Selección y asistir a sus partidos. Jugó dos: en Méjico D.F. y en Puebla, en cuyo equipo jugaba el mítico Pirri, que se estaba doctorando en Medicina. Me divirtió especialmente agasajar a los periodistas deportivos, algunos viejos amigos míos, que acompañaban a la Selección. Uno de ellos, Miguel Ors, de ABC y TVE, tiempo después, cuando yo ya había cesado en Méjico, criticó duramente a mi sucesor en la Embajada por no recibir a un grupo de pelotaris españoles y no asistir a ninguno de sus partidos en un, creo, Campeonato del Mundo: "Igualito que su antecesor, excelentísimo e ilustrísimo Don Eduardo Peña Abizanda, encantador, amabilísimo y señorial con los jugadores de la Selección de España de futbol con motivo de su excursión de 1981 por América. Estuvo con nosotros a todas horas y nos agasajó en la Embajada y en un restaurante. Sólo deberían existir embajadores como Eduardo Peña Abizanda". Comparaciones aparte, que siempre son odiosas, la verdad es que en todos mis puestos siempre he considerado imprescindible atender a mis compatriotas que, por mi cargo, se relacionaban conmigo. (Famosas llegaron a ser con los 315


empresarios exportadores españoles las paellas que nuestra vieja tata valenciana, María, cocinaba con esmero y que se degustaban en mis domicilios de Montevideo y Buenos Aires). Ello fue especialmente cierto durante mis tres años en Méjico, donde llegué a agasajar, como ya he escrito, a miles de personas. (También por esta época llegaron a Méjico, a participar en un cuadrangular de fútbol, los equipos del Barcelona y Atlético de Madrid. Al frente de éste vino su Presidente, Alfonso Cabezas, inefable personaje que con su vehemencia durante los partidos escandalizó a los mejicanos –fui testigo de ellos pues, naturalmente asistí a casi todo el torneo, amén de agasajar a los contendientes en la embajada- y con su incomparable simpatía y buen humor también nos hizo pasar ratos muy agradables. ¡Qué contraste con Nicolás Casaús, Vicepresidente del Barça, que encabezó la delegación catalana: seco de carácter y muy callado en todo momento! Dos personalidades muy diferentes que representaron muy bien la marca futbolística española). EL 23 F 1981 A media mañana de aquel 23 de febrero me encontraba trabajando en mi despacho de la 316


Cancillería en Méjico cuando mi secretaría, muy excitada, me anunció que me llamaba el señor Presidente de la República. Esa llamada -fue la única vez que lo hizo personalmente- presagiaba alguna ominosa noticia. Así fue: con voz nerviosa y preocupada, López Portillo me informó que el Congreso español había sido asaltado y que podría tratarse de un golpe de estado; añadió que me seguiría transmitiendo la información que su embajada en Madrid le estaba proporcionando y que se ponía a mi disposición para todo lo que pudiera necesitar. Intenté comunicar de inmediato con el Ministerio, lo que fue imposible, al principio, por teléfono; sí pude hacerlo con mis hijos, los tres en Madrid, para recomendarles que no saliesen de casa (naturalmente, no me hicieron caso). Convoqué a todo el personal de la Embajada a mi despacho, les conté la mala nueva y di dos órdenes: prohibido hacer declaraciones o comentarios públicos a nadie (el único portavoz de la Embajada sería yo) y business as usual. La primera se cumplió a rajatabla, pero no la segunda: al salir de mi despacho hubo un conato de enfrentamiento, al menos verbal, entre mis jóvenes colaboradores diplomáticos y los militares de la Embajada, al parecer por un comentario despectivo sobre éstos. Inmediatamente mandé a su casa a todo el mundo, quedándome " de servicio" con el Ministro Consejero, el Agregado de Defensa y el representante 317


del CESID, que podía comunicarse con Madrid por radio. Hube de atender a decenas de medios de comunicación, autoridades mejicanas y colegas extranjeros, todos ávidos de noticias y constantes gestos de solidaridad. Noticias y comentarios que poco a poco pude hacer, pues la presidencia de la República me mantenía constantemente informado de lo que le trasladaba su Embajada en Madrid y, por fin, pude contactar con Carlos Robles Piquer, a pesar de lo muy ocupado que estaba con motivo del golpe (reunido con sus colegas, Secretarios de Estado y Subsecretarios, en el Ministerio del Interior en una especie de Gobierno de Facto que presidió Francisco Laína, el Director General de Seguridad). Poco a poco, también, se fueron aclarando las cosas y a media tarde pudimos escuchar las palabras de S.M. el Rey. Aún así, aquella noche no pudimos dormir mucho, hasta que, ya de madrugada, mis militares, de guardia, me informaron que el tema estaba liquidado. All is well that ends well!, pero pasamos mal ese momento difícil, como tantos españoles. (Aquella noche recordé una larga conversación que, el año anterior, había mantenido en la Capitanía General de Valencia con el General Milans del Bosch, a quien conocía de nuestra época en la Embajada de Buenos Aires, y a quien había ido a ver para resolver un 318


problema de mi hijo Gonzalo, nacido en Valencia, que había sido declarado prófugo por un error del Consulado de Méjico, donde se encontraba cuando su quinta fue llamada a filas. Encontré entonces a Milans muy pesimista y muy dolorido con la situación de España, pero, a pesar de la confianza que tenía conmigo por tantas ideas que siempre compartimos, nada expresó ni yo pude deducir que algún día iba a sacar los tanques a la calle). Durante las horas del golpe -y en días sucesivos con carácter exhaustivo- tuve que condenar reiteradamente el asalto al Congreso y el secuestro del Gobierno y Parlamento legítimos de nuestro país y reiteradamente declarar que la democracia triunfaría. No sólo era mi obligación como embajador, sino también mi convicción personal a pesar de que siempre se me ha acusado de "poco demócrata" (quizás con razón). Pero buen conocedor de lo que había pasado en muchas embajadas de España el 18 de julio de 1936 -cuando algunas también se sublevaron contra la República y otros embajadores que permanecieron leales perdieron su carrera cuando triunfó el Movimiento- comenté con mi esposa que habría sido paradójico y un sarcasmo para mi persona si, triunfante el golpe del 23 F, hubiera sido expulsado de la carrera. Creo que aquel día demostré que no era un "fascista", por muy conservador y 319


militarista que siempre he sido y seré. La paz, tras este triste episodio, volvió a reinar entre mis huestes y, nuevamente, comprobamos el valor de nuestra Monarquía parlamentaria. Finalizado el gran susto, el día 24 tenía yo programado un almuerzo-conferencia sobre España en el Club de los Leones de Méjico. Acudí ojeroso, agotado y medio dormido y, a la luz de los acontecimientos, guardé en el bolsillo el discurso preparado e improvisé, emocionado, un speech sobre el Rey y la democracia en España, recibiendo la ovación de mi vida. Poco después, en la Universidad de las Américas, pronuncié una conferencia, esta vez leída, con el título: "España, la democracia sobrevivirá", repitiendo similares conceptos. ¡El futuro “fascista” de Alfonso Guerra predicando democracia! (Vid: “Alfonso Guerra- 1981”). Mi masiva presencia en los medios mejicanos durante el 23F y días sucesivos culminó en una larga entrevista con varios periodistas en la TV mejicana, que fue dura y difícil por los morlacos que me lanzaron al ruedo y de la que salí lo más airoso que pude. A raíz de esto, un conocido comentarista del periódico Novedades, Emilio Uranga, escribió (12.3.81) lo siguiente: "No he alternado personalmente, platicado diríamos los mejicanos, con el embajador de España en Méjico, Don Eduardo Peña Abizanda, pero lo que he visto y oído de él por la televisión me deja la 320


impresión de un hombre cabal en sus ideas y en sus funciones, que desempeña su misión con una admirable mesura, aunque a la vez no es evasivo frente a los preguntones, satisface todas sus curiosidades de interrogación y hace gala de una inteligencia, claridad y precisión en sus expresiones dignas de envidia. Y sí la tengo y lo confieso con regocijo: ¡qué señor de la diplomacia de la entereza! Estas cualidades suben de punto y ejercen su alta eficacia en momentos críticos como los que han abundado estas últimas semanas por lo que se refiere a España y su vida. Podemos felicitarnos de que tenga un representante en Méjico de la calidad, buena clase, de Don Eduardo Peña Abizanda. El personaje me entusiasma, no voy a disimularlo. Y suelo ser parco en elogios, no los prodigo. Felicitaciones, Embajador". Entonces, y todavía ahora, eché en falta alguna palabra con este mismo afecto por parte de mi Gobierno. Todo lo más que recibí del Ministerio fue, al cesar en la Embajada un año después, la escueta y formularia "gracias por los servicios prestados" (sin ni siquiera unos hermosos signos de exclamación). JOHN GAVIN 1981 Actor de no gran renombre en Hollywood –Psicosis, de Hitchcock e Imitación a la vida, de Sirk son dos de 321


sus actuaciones estelares, John Gavin, amigo de Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos, fue enviado a Méjico como embajador de su país. Hijo de mejicana, joven, alto, guapo, actor de cine y licenciado en Stanford, sólo le faltaba ser embajador de USA en México para tener a este país a sus pies (socialmente hablando, of course). A mí, por eso, casi me aniquila. Porque hasta su llegada yo era, en el mundo diplomático y social mejicano, una especie de niño mimado, no por mi edad, estatura, atractivo y licenciatura en la Central de Madrid, (aunque, pensándolo bien, también), sino esencialmente, por ser el embajador de España, casi el primero después de cuarenta años de no relaciones y, además, por el amor a nuestro país y por admiración a nuestro Rey por parte del todopoderoso Presidente de la República, José López Portillo. Por esta última razón, como ya he señalado, mi embajada en Méjico fue más fácil de lo previsto en un país tan complejo como Méjico, y ni siquiera la llegada de Gavin me quitó el status privilegiado que siempre tuve con las autoridades mejicanas. No así en el mundo social, de gentes, o en los medios de comunicación, donde Gavin me usurpó la plaza de pseudovirrey. Hice, sin embargo, sin envidias ni rencores, buenas migas con él -a sus cualidades anteriores mencionadas añadía el de un perfecto dominio del idioma español- y pude conseguir buenas informaciones en muchos temas 322


complejos, por ejemplo cuando la Guerra de las Malvinas, en base a nuestra amistad y a nuestro habitual compadreo entre Jefes de Misión. (Cualquier embajador USA tiene más y mejor información sobre el país de su acreditación que los demás embajadores juntos, sencillamente por los ingentes medios materiales y personales que tiene a su disposición). Como persona, Gavin era encantador y, como embajador, al parecer, lo hizo muy bien, desde luego mejor que en sus películas. JOSÉ PEDRO PÉREZ LLORCA 1981 Nunca he sabido por qué José Pedro Pérez Llorca en ningún momento me tuvo gran simpatía. Ni siquiera me conocía personalmente cuando llegó al Ministerio, aunque cuando nos conocimos -acompañó al Presidente Calvo Sotelo en su viaje oficial a mí feudoya sabía algo de mí y, posiblemente su opinión sobre mi persona ya estaba formada, prejuiciada, y no debía ser muy favorable; pensé entonces, que, al conocerme y verme "en acción", junto al hecho de comprobar el afecto y confianza que Calvo Sotelo tenía en mí, podría hacerle cambiar de opinión. Sin embargo, no recuerdo que Pérez Llorca hiciera ningún esfuerzo para compenetrarse, más allá de la normal relación profesional, con este compañero que conocía 323


por primera vez. Estaba claro que nunca llegaríamos a ser amigos, lo que comprobé cuando le volví a ver, por segunda y última vez en mi vida. Efectivamente, algunos meses después, el ministro, acompañado por su esposa, Carmen, realizó una segunda visita oficial a Méjico. Esta vez se alojaron en nuestra residencia y pudimos confraternizar algo más que en la anterior ocasión. Aunque por su exquisita educación, tras el éxito de su visita, me envió un cariñoso telegrama de agradecimiento -"Deseo felicitarte, junto con tus colaboradores, por excelente actuación esa Embajada con ocasión mi visita ese país. Aprovecho ocasión para reiteraros a Mavi y a ti nuestro vivo reconocimiento por todas las atenciones personales que habéis tenido con Carmen y conmigo"-, pronto pude comprobar que no sólo el ministro jamás sentiría un mínimo de simpatía hacia mí, sino que, de alguna manera, jamás perdonaría mis agravios, errores o simples impertinencias hacia él o nuestro Ministerio. Hasta aquí, nada que objetar: cada uno es muy libre de ofrecer su amistad o simpatía a quien le pete, pero lo que no es de recibo es el desprecio y el rencor hacia el compañero, subordinado, con el que en algún momento has tenido discrepancias. Este fue mi caso con Pérez Llorca: cuando pocos meses después de su visita cesé en Méjico, no sólo no recibí felicitación alguna por la intensa y, creo yo, exitosa misión llevada a cabo durante tres años -y mucho menos 324


condecoración de mi Gobierno- sino que ni siquiera tuvo el ministro la mínima cortesía de recibirme a mi regreso a Madrid. Más aún, mi nombramiento para la Vicepresidencia del ICI fue algo irregular, naturalmente, en mi detrimento: ¡Mil gracias, don José Pedro! (Sucedió así: como la Vicepresidencia del ICI equivalía a una Dirección General, el nombramiento debió haberse hecho por Real Decreto, lo que significa que era un cargo político, es decir, de confianza del Gobierno; sin embargo, mi nombramiento fue hecho en un simple oficio ministerial, es decir, puramente administrativo. ¿Razón? Caben dos interpretaciones: bien se hizo así para mostrar claramente que no había confianza especial en mi persona o bien, como me apuntó Robles Piquer, siempre incapaz de pensar mal de nadie, así se hizo para “despolitizar” mi nombramiento, apuntar que solo era un destino puramente técnico y así “protegerme” frente a un inminente Gobierno socialista al que se le quitaba el argumento de “confianza” cuando quisiera defenestrarme. Cualquiera de las dos puede ser válida, pero me inclino más por la primera). Para que el suspense no dure más, ha llegado el momento de relatar cuáles fueron mis horribles crímenes, mejor dicho, mi único crimen (aparte de mi fama de "facha" que, lógicamente, debía erizar los 325


cabellos del Ministro y del Subsecretario, tan liberales ellos); es una larga historia pero hay que contarla. Corría el mes de abril de 1981. España acababa de sufrir el trauma de la dimisión de Suárez y el fallido golpe de Estado del 23F y Calvo Sotelo, viejo amigo de la familia Peña, era el nuevo Presidente de nuestro Gobierno. Todos estábamos muy nerviosos, y yo el primero. El Centro Republicano de Méjico, adversario desde mi llegada (y que me tenía harto con sus actuaciones, siendo mi único gran “pain in the ass” en mis años de misión en Méjico), aprovechó el 14 de abril para desatar una campaña feroz contra el Rey, acusándole en un acto público de ser el inspirador del Golpe; lo grave del asunto es que a ese acto asistieron varios ministros del Gobierno mejicano, lo que a mi modo de ver hacía cómplice a éste de los exabruptos contra el Jefe del Estado de un país amigo. Aunque es muy típico mejicano poner una vela a Dios y otra al diablo, presenté, sin conocimiento de Madrid, una durísima Nota Verbal al Ministerio de Relaciones Exteriores, protestando por esa presencia de los ministros en el acto republicano. Informé a Madrid y di el asunto por zanjado a la espera de las excusas del Ministerio mejicano que, naturalmente, serían las reglamentarias: "los ministros estaban allí a título personal y bla, bla, bla". Mi Subsecretario, Joaquín Ortega, me recriminó duramente por escrito la nota que yo había enviado "sin autorización del 326


Gobierno", me dijo, al Gobierno mejicano; mi respuesta fue fulminante: envié un largo despacho defendiendo la autonomía e independencia de un embajador para tomar iniciativas en virtud de circunstancias concretas y pasé seguidamente a explicar la permanente actividad, no sólo antimonárquica sino claramente antiespañola, del obsoleto Centro Republicano, de lo que había informado profusamente al Ministerio sin que nunca se dieran por aludidos. A pesar de ello y de mi amistad con Ortega -su primer destino fue el Consulado de Mendoza cuando yo estaba en Buenos Aires, desde donde le mandaba whisky y tabaco ya que él no tenía franquicia diplomática-, el Subsecretario siguió enviándome telegramas sobre el tema, desautorizándome, lo que provocó mi indignación pues todos mis compañeros del Ministerio se enteraron y, por supuesto, todos los de la Embajada. En este punto, empecé a pasarme de la raya, ya que envié una serie de telegramas, en claro, y cartas, todas bastante impertinentes, en las que incluso llegué a insinuar que al Subsecretario "se le veía el plumero" de su republicanismo. (Me habían dicho que era hijo de un diplomático republicano que perdió la Carrera al final de la Guerra Civil). Siempre fui consciente de lo que hacía en defensa de lo que consideraba era mi dignidad herida y 327


convencido de tener razón en mi "lucha" con el Centro Republicano, pero reconozco que mis "formas" fueron impresentables. Naturalmente, recibí una durísima carta de Pérez Llorca, la más dura que he recibido en toda mi vida profesional, e incluso personal, y reconocí que me la tenía merecida. Escribí al Ministro poniendo mi cargo a su disposición, pero ya ni me contestó. (Supongo, aunque nunca lo he podido comprobar, que quizás intentaría cesarme o sustituirme, pero no lo consiguió; ignoro quién pudo parar el golpe, ¿Calvo Sotelo? ¿Manolo Prado?) (Mi ruptura personal con el Subsecretario fue total; solamente, años después, con motivo de una terrible desgracia familiar de los Ortega, que me permitió dirigirme a Joaquín en forma cariñosa y solidaria, generoso me contestó y reanudamos nuestra vieja relación, al menos de compañerismo. En mi última etapa de Bruselas, 1994, Joaquín, embajador en Bélgica, me invitó permanentemente a su casa. Nunca hablamos de nuestro incidente. Nunca volví a ver a Pérez Llorca. Y el Centro Republicano de Méjico, ahí sigue, supongo, hoy más que nunca, visto como están las cosas en España, haciendo de las suyas). Cuando tomé posesión en octubre de 1982 de la Vicepresidencia del Instituto de Cooperación Iberoamericana, Carlos Robles Piquer solicitó formalmente al Ministerio, en carta a Pérez Llorca, que 328


se me concediese la Gran Cruz de Isabel la Católica. El ministro ni siquiera acusó recibo. (Vid.”Carlos Robles Piquer- 1982”). LEOPOLDO CALVO SOTELO 1981 Me conocía desde niño pues era compañero, aunque más joven, de mi hermano Javier en la Escuela de Caminos. (Ya ministro de Obras Públicas en el primer gobierno de Adolfo Suárez, Javier, gran portuario, fue su Director General de Puertos. Ambos asistieron a mi toma de posesión, como Subsecretario de Comercio, en ese mismo gobierno, el "de los Penenes", en julio de 1976). Nos habíamos tratado poco, cuando Leopoldo, ya presidente del Gobierno, visitó Méjico en viaje oficial, en julio de 1981, acompañado por Pėrez Llorca y García Díez, Vicepresidente económico. El viaje al Méjico de López Portillo fue un gran éxito para nuestro Presidente, que estuvo en todo momento cariñosísimo conmigo. Un día, un poco antes de su regreso a España, estábamos los cuatro en uno de los grandes salones de la residencia, comentando los últimos telegramas y resúmenes de prensa llegados de Madrid, cuando el presidente me preguntó, de repente y bastante airado: "Eduardo, ¿hay escobas en Méjico?” Y, ante mi 329


sorpresa, que me había dejado sin habla, continuó: "pues compra varias, ya que te vas a ir a Madrid a dirigir RTVE, donde tendrás que barrer toda la porquería marxista que allí está instalada". (Supe, por comentarios posteriores, que Fernando Castedo, a la sazón director del Ente Público, estaba marcado por su abierta colaboración con el PSOE). Ante mis protestas por mi ignorancia del mundo de la telecomunicación, el presidente añadió: "lo único que necesito es alguien con lealtad y sentido común". Naturalmente le dije lo necesario: "estoy a las órdenes de mi Gobierno". En la salita superior del Jumbo de Iberia donde me despedí de la alta delegación española cuando regresaba a Madrid, el Presidente ratificó su decisión: "ya te llamaré, pero vete haciendo las maletas". Sin embargo, esta decisión quedó pronto reducida a una simple intención pues, tras la publicación en El País de mi "inminente nombramiento", no pasó nada, mejor dicho, sí pasó: Carlos Robles Piquer fue nombrado director general de RTVE (Vid: “Alfonso Guerra- 1981”). Nunca supe por qué fui descartado (oí rumores: que si yo no era de la UCD, que si el PSOE me había puesto el veto, que si...), y ni siquiera el propio Leopoldo me dio nunca una explicación (que no tenía, claro, por qué dármela) cuando me llamó para preguntarme, ya que yo le había expresado mis deseos de terminar mi misión en Méjico y volver a 330


Madrid donde estaban mis hijos en plenos estudios universitarios, si aceptaría la presidencia de la empresa estatal Hispanoil. Aunque le di el sí, tampoco este nombramiento salió adelante, también ignoro el por qué, aunque sí intuyo quien pudo influir negativamente en el Presidente. Sin embargo, mi deseo de regresar a Madrid no se cumpliría hasta julio de 1982, cuando Robles Piquer me reclamó para la Vicepresidencia del Instituto de Cooperación Iberoamericano. En años sucesivos, mis contactos con Leopoldo fueron esporádicos, pero siempre muy fructíferos por su gran personalidad y cultura: en casa de su cuñado, mi compañero Víctor Ibáñez Martín, o tomando algún pincho en el José Luis de Serrano, donde coincidíamos a veces. ¡Qué gran Presidente hubiera terminado siendo este Calvo Sotelo si la UCD no se autodestruye y da paso al PSOE!

MARIO MORENO “CANTINFLAS” 1981 Como buen español, siempre he sentido un enorme atractivo y cariño por todo lo mejicano, incluido su cine (y no digamos, su música y sus canciones), enamorado de María Félix y cantando desde niño "allá en el Rancho Grande". Pero fue Cantinflas el que 331


fascinó a tantos españoles, hasta el punto, como fue mi caso después de ver tantas de sus películas -por vulgares y elementales que fueran-, de sustituir en mi admiración y afecto al propio Charles Chaplin o a los hermanos Marx, mis ídolos de siempre, sobre todo desde que pude entender la anarquía de su lenguaje. Por eso, desde que llegué a Méjico quise conocer a Cantinflas; tardé un poco en lograrlo, pues el genio se dejaba ver muy poco. Le invité algunas veces a actos en la Embajada -coincidiendo con recepciones a gentes de nuestro cine, teatro o toros- pero tardó en aceptar alguna. Creo que la primera fue con motivo de la venida a Méjico de la Antología de la Zarzuela, a cuyos componentes ofrecimos una recepción en nuestra residencia mi esposa y yo. (Recuerdo a Pedro Terol, el gran tenor, cantando el pasodoble "Valencia" en la majestuosa escalera sobre el inmenso hall, en honor a mi esposa). Dos o tres veces, en meses sucesivos, nos invitó Cantinflas a su casa, en cuyo bello jardín nos obsequiaba con una especie de paella, bastante regular, por cierto. No intimamos con Mario, pero sí nos ha dejado un poso de placer y simpatía por los ratos tan gratos que nos hizo pasar. Un ser humano descomunal. En mi DVDteca tengo muchas de sus películas (y todas las de Groucho y su troupe).

332


ALFONSO GUERRA 1981 Nunca he conocido ni tratado personalmente a Alfonso Guerra; ni siquiera me he topado con él. Sólo le conozco por sus hechos (y dichos), con los que, naturalmente, jamás he estado de acuerdo y más de una vez me han indignado. Y, sin embargo, al parecer él sí que me conocía, hasta el punto de llamarme "fascista", ese epíteto que no se cae de la boca de todo progresista que se precie cuando se topa con toda persona decente que no comparte su ideología. Sucedió en 1981, cuando Calvo Sotelo quiso que me hiciese cargo de RTVE. La intención trascendió -quizás como globo sonda desde la Moncloa- y El País publicó la noticia en primera página: Eduardo Peña, Embajador en Méjico, será el próximo director de RTVE. La noticia iba a ser acompañada, como así fue, de una semblanza sobre mi persona. Para ello, Jesús Ceberio, entonces corresponsal de El País en Méjico, me entrevistó en mi despacho, espetándome: "Mañana publicaremos la noticia de tu inminente nombramiento para RTVE y me piden que haga una semblanza tuya. ¿Quién eres?" Obviamente negué tener conocimiento del tema pero accedí a explicarle cómo me veía yo a mí mismo. Creo que subrayé en exceso mi conservadurismo -siempre he presumido de ser de derechas (y español, y heterosexual y católico 333


practicante y todo, como se sabe y se palpa, muy poco políticamente correcto, sobre todo en épocas en las que nos gobierna el santo socialismo)- y también mi educación inglesa que me había ayudado a trabajar en equipo: eso se aprende en los campos de rugby o fútbol de los colegios ingleses, como es público y notorio. (Además de mi educación británica, siempre que he podido hacerlo, he seguido la máxima del filántropo americano Andrew Carnegie, en su epitafio: Here lies a man who knew how to get around him men who were cleverer than himself). Ceberio tituló esa semblanza mía "Eduardo Peña, un conservador a la inglesa" y contaba algunas cosas sobre mi vida privada y mi trayectoria profesional hasta el momento. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, días después, me llamó Iñigo Cavero, ministro de Educación, para interesarse por un tema personal -un desgraciado accidente en las carreteras de Méjico de los hijos de dos de sus amigos, de lo que la Embajada se estaba ocupando- y terminó con una pregunta: "¿Has visto cómo te pone Alfonso Guerra en unas declaraciones?" Contesté que no, puesto que eran las seis de la mañana en Méjico y su llamada me había despertado. "Ya verás", concluyó, tras excusarse por lo intespestivo de la hora. Cuando llegué a mi despacho, sobre la mesa tenía, como de costumbre, los resúmenes de prensa diaria que me enviaba el Ministerio. Allí estaba Guerra: 334


"Eduardo Peña, ¿un conservador a la inglesa? ¡Ese es un fascista a la española!" Me quedé anonadado, más bien cabreado. ¿Qué le había hecho yo al señor Guerra para aplicarme el epíteto favorito de la progresía? Reviví mi vida personal y profesional, mis comportamientos y declaraciones públicas y no vi nada reprobable que me aproximara al fascismo. Pero sí había algo: desde 1976 era miembro cotizante de la Fundación Francisco Franco (sigo hoy siéndolo y pago 24 € bimestrales), es decir, estaba ya en la lista negra de los "fascistas" que algún día purgarían sus maldades: el PSOE se encargaría de ello. En mi caso, así lo hizo en 1983. Reaccioné con mi carácter impulsivo: convoqué a mi despacho al delegado en Méjico de la agencia EFE, mi buen amigo Miguel Ángel Nieto, y le espeté: " Si me preguntas si conozco las afirmaciones de Alfonso Guerra sobre mi persona, toma nota: no conozco quién es ese señor; me suena a torero o payaso, pero en todo caso el PSOE es un partido serio y no se merece tenerlo en sus filas". (Reproduzco de memoria todos estos entrecomillados, pero doy fe de su fondo). El télex de la agencia EFE dio, por supuesto, la vuelta a España, y yo, ya marcado como "fascista" por don Alfonso, pasaba entonces al lugar prioritario de las listas de futuras purgas. Afortunadamente, ya no existían checas socialistas en mi Patria, pero mi carrera profesional estaba ya muy marcada para cuando el PSOE llegara 335


al poder, lo que parecía ya muy próximo. Torcuato Luca de Tena, corresponsal de ABC en Méjico, al hilo de lo que antecede escribió en el periódico Novedades de la capital mejicana: "Somos muchos los que no podríamos menos que lamentarnos de que llegase a confirmarse la noticia (mi supuesto nombramiento para RTVE). Porque Eduardo Peña ha sido -y sigue siendo- un gran embajador. Un embajador "de" y "en". Hay en él una perfecta adecuación de cualidades en los dos extremos de ese hilo sutilísimo de la Diplomacia: los intereses del país representado y de eficacia de gestión y el buen pulso del país en que se representa. Se ha dicho que Eduardo Peña es un conservador a la inglesa y...un fascista a la española. Ignoro si será lo primero. Niego que sea lo segundo. Afirmo que es un incansable trabajador: minucioso y puntilloso en sus planteamientos y eficaz en sus resoluciones. La ingente labor realizada por él en los frentes económicos, culturales y políticos no merecen sino admiración, gratitud y respeto". El 28 de octubre de 1982, ya destinado en Madrid, a las diez de la noche, tuve que tragarme un sapo muy gordo: Guerra apareció en TVE anunciando que el PSOE había ganado las elecciones. Sería, además, el nuevo Vicepresidente del Gobierno. No digerí el sapo hasta 1996. Y en cuanto a Guerra, quede aquí 336


constancia de mi desprecio hacia su persona y su ideología. B. E. JUAN SEBASTIÁN DE ELCANO 1982 Siendo embajador en Méjico, por dos veces tuve el honor de subir a este hermoso buque-escuela de la gloriosa armada española .La primera en 1980, cuando en su viaje anual recaló en el puerto de Veracruz, celebrándose allí una emotiva jura de bandera, en la cubierta del buque, engalanada y poblada de tripulantes y caballeros alumnos en blanco impoluto, por aquellos jóvenes españoles residentes en Méjico, amén de algunos "mayores", yo entre ellos, que reiteraron su amor a España y a su increíblemente hermosa bandera rojigualda. (Recordé, con los ojos llenos de lágrimas, mi primera jura de bandera en aquel lejano verano de 1951, en el campamento de la Milicia Universitaria de la Granja de San Ildefonso). La jura fue seguida de un modesto vino de honor y de la confraternización entre civiles y militares, españoles todos. La segunda vez fue en el puerto de Acapulco, en 1982, cuando el Presidente de Méjico, visitó el buque, acompañado de su ministro de Marina y el consiguiente séquito protocolario. Comandaba el Juan Sebastián de Elcano el capitán de navío Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto, descendiente del 337


Descubridor, años después vilmente asesinado por ETA. López Portillo fue recibido con los honores debidos a un Jefe de Estado, con la tripulación desplegada por todo el buque y sus mástiles ofreciendo un espectáculo digno de verse. Tras una detallada visita a las instalaciones del buque y un almuerzo bien servido donde se brindó por Méjico y España, el buque, a toda vela, inició su salida del puerto y recorrió una breve singladura en la bahía de Acapulco hasta detenerse para que descendiésemos los invitados, puesto que iba a continuar su viaje hacia Manila. La maniobra fue espectacular y nos emocionó a todos, especialmente a los marinos mejicanos. Bajar del buque a la lancha presidencial en la que regresaríamos al puerto fue una tarea compleja que exigía buen estado físico: López Portillo y yo salvamos el trámite, saltando ágilmente de la escalerilla a la lancha, pero el corpulento ministro mejicano tropezó y casi cae al agua, con la consabida sorna de los marineros mejicanos. Tengo el honor de poseer un certificado del Juan Sebastián de Elcano que atestigua que he “salido a la mar a bordo de este buque en la singladura del día 6 de febrero del presente año (1982), en aguas de la bahía de Acapulco, navegando a vela amarrados por estribor con aparejo de juanete, estays y escandalosas". Desde entonces, tras mi trato con los marinos españoles, mi amor por la Armada ha 338


igualado al que desde niño he tenido por el Ejército español. Y he guardado un gran recuerdo de aquel caballero español, el capitán de navío don Cristóbal Colón de Carvajal. ACADEMIA MEXICANA INTERNACIONAL 1982

DE

DERECHO

Mi ingreso como Académico Honoris Causa en la Academia Mexicana de Derecho Internacional fue uno de los acontecimientos más preclaros de mi vida profesional e intelectual, ya que, al no ser yo jurista, el honor que se me concedía por mis méritos diplomáticos fue totalmente inesperado y gratamente aceptado. El proponente fue mi viejo amigo Héctor Gross Espiel, aquel Subsecretario de Exteriores amigo de España que conocí cuando llegué a Montevideo, eminente jurista y diplomático, con el que me toparía varias veces en años sucesivos, cimentando nuestra amistad. Su propuesta leía así: "Teniendo en cuenta el saber, prestigio internacional y demás méritos que concurren en la persona del Excelentísimo señor Embajador de España, don Eduardo Peña Abizanda....". El acto de recepción en la Academia se celebró el 24 de marzo de 1982, en una ceremonia togada, portando yo la Venera del Derecho, la Cultura y la Paz, propia de la Academia. El embajador 339


mejicano -lo había sido en Madrid- José Gómez Gordoa, abogado de prestigio y gran amigo de España y mío propio, pronunció el discurso de recepción de la Academia. El mío de ingreso versó sobre el milagroso proceso español que ha pasado a nuestra historia con el nombre de la Transición y su título fue: "Instauración de una democracia: el caso español como aporte a la comunidad internacional". Para redactarlo me inspiré en varios escritos del eximio Julián Marías y de mi propia experiencia. Fue muy bien acogido por los académicos y el numeroso público asistente, que descubrieron los entresijos de lo que el Rey, Suárez y los “Penenes” hicieron aquel año mágico 1976-1977. LA MONUMENTAL DE MÉJICO 1982 Terminé mi misión en Méjico sin ni siquiera haber pisado la Monumental Plaza de Toros de la capital mejicana. Nunca he sido taurino y como jamás fui invitado a esa Plaza y los toreros españoles que allí lidiaron sus corridas jamás contactaron con la Embajada, nunca tuve que asistir a alguna, ni siquiera por obligación ya que no devoción. Pero me ha quedado siempre una cierta mala conciencia, sobre todo desde que cierta vez mi compañero Ignacio Aguirre, gran experto y aficionado taurino, con cariño y 340


cierta ironía, me espetase: "¡Menudo embajador de España y nada menos que en Méjico: mira que despreciar a los Toros!". Creo que tenía razón, aunque mi desinterés no puede ser motejado de desprecio.

LA EMBAJADA EN MÉJICO: FINIS 1982 En julio de 1982 terminó mi misión en Méjico y fui trasladado, a petición propia, al Ministerio. Pocas semanas antes, con ocasión de un breve viaje vacacional a Madrid, vía Paris, para asistir en ésta a la final de la Copa de Europa que el Real Madrid perdió frente al Liverpool, Calvo Sotelo me recibió en la Moncloa. Sin explicaciones -ni yo las pedí ni él me las ofreció- sobre los fracasados nombramientos para RTVE e Hispanoil, le rogué que me trasladara a Madrid, a cualquier destino, que los dos sabíamos sería breve, pues los socialistas estaban llamando a la puerta y no ignorábamos que llegarían, como así fue, sectarios y revanchistas. De regreso a Méjico, me dispuse a despedirme. La despedida se convirtió en una apoteosis de amistad, cariño y regalos por parte tanto de mejicanos como de españoles. Me despedí de López Portillo y los Ministros amigos con lágrimas 341


en los ojos; dije adiós, uno por uno, a todos los Centros españoles, también con lágrimas en los ojos, míos y los de sus componentes; asistimos Mavi y yo a homenajes continuos de amigos y conocidos, de colegas diplomáticos, de los medios de comunicación, de los compañeros de la Embajada. Especialmente emotiva fue la multitudinaria despedida en el Casino Español, en presencia de todas las Directivas de los Centros españoles, así como los discursos pronunciados y aún más regalos recibidos. Una vez más, mi esposa y yo fuimos al doble santuario de la Virgen de Guadalupe a postrarnos a sus pies y a pedir por la familia Peña; una vez más, la última, di un largo paseo por la espectacular Plaza Mayor, meditando sobre lo felices que habíamos sido en lo personal y el éxito que había acompañado a mi misión. Y cuando cruzábamos, a pie, por la pista del aeropuerto de Méjico, rodeados por decenas de amigos y al son de un mariachi que interpretaba por última vez para nosotros las nostálgicas "Golondrinas", di gracias a Dios por haberme permitido conocer y gozar de ese bendito país en el ejercicio de mi Carrera, que ya intuía podía tocar pronto a su fin. Luca de Tena me despidió, en ABC con un largo y emotivo artículo titulado “Adiós señor embajador”, que cito en otra parte. A finales de julio, los Peña, aterrizábamos en Madrid y, pocos días después, tomaba posesión de la Vicepresidencia del ICI. Terminaba así la década más 342


fructífera de mi vida profesional. TORCUATO LUCA DE TENA 1982 Había conocido a Torcuato Luca de Tena en 1945, siendo yo un adolescente estudiante en Londres cuando él inició su corresponsalía de ABC en la capital británica; pero realmente nos conocimos e intimamos muchos años después, en Méjico, cuando llegó, medio exiliado de su periódico, en la cumbre de su carrera periodística y literaria, como un modesto corresponsal más, a la capital mejicana. Torcuato, en sus dos libros de memorias, "Papeles para la pequeña y la gran historia" y "Franco sí, pero...", cuenta su relación con mi familia a través de tres periodos de su vida: niñez, juventud y madurez. Cuenta que "allá por los años treinta, su institutriz francesa tenía como amiga a Mlle. Margarite, que ejercía de institutriz en casa de un militar, Gonzalo Peña, que tenía hijos de las mismas edades que nosotros, los mayores Luca de Tena. Les íbamos a visitar con frecuencia. El niño de mi edad de esa familia se llamaba Javier y nos hicimos grandes amigos...Volví a tratar a la familia de don Gonzalo Peña (cuya esposa, algo desgarrada al hablar, era de las personas más simpáticas y gratas de tratar que he conocido) en sitios tan distantes como Londres, donde ejercí mi primera corresponsalía 343


periodística en 1945 y el Coronel Peña era Agregado Militar, y Méjico, donde ejercí mi última corresponsalía profesional, y Eduardo Peña, hermano de Javier, que aún no había nacido cuando yo frecuentaba su casa, era embajador en 1980, y excelente embajador". (La alusión a mi madre refleja perfectamente lo que ésta fue toda su vida). Fueron frecuentes los contactos con Torcuato durante los dos años que coincidimos en Méjico y especialmente interesantes cuando aparecía por allí el académico y dramaturgo, Joaquín Calvo Sotelo y se unía a nuestra pequeña tertulia bilateral. Torcuato, siempre amigo, fue especialmente generoso cuando cesé en Méjico: publicó en ABC un largo artículo con el título de "Adiós, señor Embajador" del que entresaco algunos párrafos: "se nos va uno de los más brillantes, eficaces y activos Embajadores de España. ...Eduardo Peña Abizanda, el Embajador ideal para representar a España en esta nación". "La casa del Embajador era la Casa de España". "El Embajador ha sembrado amistad y ha cosechado amistades. Cortesía engendra cortesía, escribió Cervantes. Por todo ello no es sino con pena y añoranza que nos toca decir ahora: "Adiós, señor Embajador". (También explica Luca de Tena que este título de su artículo había encabezado un artículo suyo de despedida de Londres de un Embajador español 344


allá por los años 40 -creo que se refiere al Duque de Alba- que fue censurado y no publicado. Y añade: "como el título de este artículo quedó inédito, lo utilicé cuarenta años más tarde, cuando Eduardo Peña cesó como Embajador en Méjico, después de varios años de una brillantísima labor pletórica de éxitos"). Fue esta despedida otra compensación al silencio de mi propio Gobierno sobre mi labor en Méjico, al silencio de mi propio Ministerio, al silencio de mi propio Ministro, Pérez Llorca. ¡Qué contraste con el hermoso ruido de las despedidas de tantos amigos y conocidos en Méjico D.F.! LUIS G. BASURTO 1982 De los intelecutales que conocí y traté en mis años de Méjico, guardo un especial recuerdo de las escasas pláticas que tuve con Octavio Paz y de la lúcida inteligencia de Luis G. Basurto, sin olvidar a los exiliados españoles, ya mejicanizados, el filósofo Ramón Xirau, el poeta Luis Gaos o el publicista Eulalio Ferrer, todos ellos fascinantes en algunas largas veladas de intercambio de ideas. Y, por supuesto, los contactos ocasionales con insignes visitantes a nuestra Embajada: Camilo José Cela, Joaquín Calvo Sotelo, Jaime Campmany, Joan Miró, Joaquín Rodrigo...Desde el punto de vista intelectual todos me daban sopas con onda, aunque mi propia formación cultural me permitía al menos codearme 345


con ellos. Siempre me he definido como un universitario, de vocación diplomático y experto sólo en economía internacional; por eso, me fue muy grato el artículo que escribió Basurto, con motivo de mi despedida de Méjico, en que me calificó de "humanista". Tras una larga introducción en la que glosaba la necesidad de que los diplomáticos no sólo hablaran varias lenguas sino supieran manejar diversos lenguajes para comunicarse con personas de los más variados signos, ideológicos, culturales y sociales, señalaba que el diplomático debe poseer "el humanismo necesario, indispensable para lograr sinceridad, veracidad, solidaridad en dicha comunicación. Y la verdad es que no todos los diplomáticos saben hablar esa variedad de idiomas. Aunque muchas veces sean políglotas, aunque sean distinguidos, cultos, inteligentes. Pero el atributo de que sean humanistas, no siempre lo poseen. Es necesario un carisma especial, una vocación de servicio, una sencillez y transparencia espiritual que no todos, aún siendo de carrera, tienen. Hoy decimos hasta luego (porque entre España y Méjico no puede haber ya largas despedidas) a un diplomático que ha sabido hablar esos idiomas que lo han acercado a los más diferentes estratos sociales de nuestro país, identificándose con ellos y dejando una huella de 346


amistad fraterna que es la más necesaria entre los hombres y entre los pueblos. Eduardo Peña Abizanda tiene, además de títulos académicos y un brillante curriculum como economista....el mejor título a que puede aspirar un hombre: humanista de corazón. Por ello es políglota de espíritu. Embajador en Méjico durante tres, años supo despertar en su torno confianza, simpatía, verdadera amistad. Y no solo para él, sino reviviendo y revitalizando los tradicionales sentimientos de dos pueblos que, separados en sus relaciones oficiales durante 40 años, jamás dejaron de amarse y comunicarse". ¡Gracias, don Luis! por haber sabido apreciar desde el lado mejicano lo que durante tres años procuré hacer. Dicho esto, la amistad con Basurto es uno de los tesoros que me traje en su momento de Méjico. CARLOS ROBLES PIQUER 1982 Una de las grandes inteligencias con que he tenido la suerte de toparme en mi vida ha sido Carlos Robles Piquer. Dotado de una gigantesca capacidad de trabajo, es un personaje clave en momentos decisivos de mi vida. Siempre me ha unido a él, más allá de ser los dos producto de la nueva Facultad de Ciencias Políticas y Económicas y de pertenecer ambos a la Carrera, las muchas ideas que compartimos en lo político, en lo religioso y en lo cultural. Antes de 1982, cuando Carlos me llamó al Instituto de Cooperación 347


Iberoamericano (ICI) como su vicepresidente, nos habíamos tratado poco, aunque, en mi época de subdirector general de Relaciones Económicas Bilaterales, fui su segundo en sendas negociaciones con Argentina, que él presidió como Director General de Cultura Popular y Espectáculos, para un Convenio cinematográfico de intercambio de películas y como Director General del instituto Nacional del Libro sobre la libre circulación y comercio del libro español; se firmaron dos buenos acuerdos para las industrias españolas editorial y del cine con una Argentina muy proteccionista de sus respectivas industrias. Ambas negociaciones me permitieron volver a Buenos Aires y rememorar, con añoranza, los cuatro felices años allí pasados. Afortunadamente, volvería varias veces más en años sucesivos. Argentina, que no los argentinos, siempre en mi corazón. (En estos viajes con Carlos a Buenos Aires y en otros varios que hice en esa época, siempre me acogí a la espléndida hospitalidad de Roberto Bermúdez -quien me había sustituido en la Oficina Comercial de la capital argentina- y su esposa Chipi, una de las mujeres más bellas amén de inteligentes con las que me he topado). Carlos fue mi cordón umbilical con Madrid el malhadado 23F y mi defensor frente a una dura queja de Camilo José Cela al Ministerio por una inexistente falta de respeto que creyó le había cometido en un 348


masivo cóctel en la embajada en Méjico: al parecer, no le presté la debida atención. Pocos meses trabajé con Carlos en el ICI, pues otro malhadado día, el 28 de octubre de 1982, el PSOE arrasó en las elecciones generales y los dos salimos de allí. Carlos dimitió, a mi me dimitieron, por ser "fascista", of course. En 1986, miembro ya España de la C.E.E., la AP de Fraga propuso al gobierno socialista la candidatura de Carlos para una de las dos Comisarías que correspondían a España; Carlos me llamó y me propuso irme con él a Bruselas, como su jefe de gabinete, lo que acepté encantado. Pero el PSOE vetó su nombramiento -todavía le escocía la actuación de Carlos como Director General de RTVE- y fue Abel Matutes el designado. Más éxito tuvo Carlos cuando, a sugerencia suya, Fraga presentó mi candidatura a un alto cargo en la Comisión Europea, lo que sí aceptó el gobierno -parece que yo ya no les escocía-. Por mis cargos en Bruselas y por mi afiliación al PP, seguí en frecuente contacto con él, ya eurodiputado, al igual que en años sucesivos, jubilados los dos, le apoyé en sus intentos, fallidos hasta hoy, ¿por qué?, de crear una Academia Española de la Diplomacia. En nuestra vejez, a la espera de la Parca, mantenemos nuestra amistad y tantas cosas que nos unen, casi siempre en largas conversaciones telefónicas. Cuando me incorporé al ICI en 1982, Carlos escribió 349


al Ministro Pérez Llorca una larga carta, en la que solicitó para mí la Gran Cruz de Isabel La Católica “por el espléndido trabajo que ha llevado a cabo durante tres años como Embajador en Méjico”. (Por cierto que, abiertamente y con cierto retintín, dice que esa propuesta “podría haber nacido de la Dirección General de Asuntos Políticos de Iberoamérica”). Y continúa: “De este trabajo existe suficiente constancia en ese Ministerio y en otros muchos y no necesito extenderme sobre él. Peña dedicó la totalidad de su tiempo a cubrir un campo complicado y extensísimo, tanto que yo alguna vez he dicho que la Embajada en Méjico es una de las dos o tres más complicadas y arriesgadas de las que nuestro país mantiene. Tal vez incluso sea exactamente la más arriesgada”. La fecha de la carta es de octubre de 1982 (cuando arrasa el PSOE en las generales) por lo que el Gobierno Calvo Sotelo estaba ya en funciones cuando Pérez Llorca la recibe. Pero eso no es excusa para no otorgarme esta alta condecoración, puesto que un gobierno saliente sigue gestionando “los asuntos ordinarios” como lo es el otorgamiento de una condecoración. Lisa y llanamente, Pérez Llorca no quiso hacerlo. Allá él con su inquina hacia mí. Pero, en todo caso, creo que todavía hoy -treinta y dos años después- nos debe una explicación a Carlos y a mí. ¿O no?, como diría Rajoy. 350


EL INSTITUTO DE IBEROAMERICANO 1982

COOPERACIÓN

En septiembre de 1982 tomé posesión de la Vicepresidencia del Instituto Iberoamericano de Cooperación, (hoy, lamentablemente, difuminado en la Agencia española de Cooperación Internacional), que presidía Carlos Robles Piquer, como siempre con mano maestra. A los dos nos unía esa vocación especial que tenemos algunos diplomáticos para Iberoamérica: los que creemos de corazón y cerebro en los valores de la "Madre Patria", hoy tan denostada por las izquierdas españolas y los resentidos, que los hay, iberoamericanos; los que sentimos con orgullo nuestra historia, el Descubrimiento, la Conquista y la Colonización de este fabuloso Continente; los que hemos conocido, incluso vivido, algunos de esos países. Nada, pues, hay tan hermoso como trabajar en lo que nos gusta, por lo que Carlos y yo disfrutamos mucho de esa, ¡ay! , breve etapa en el ICI. Porque, desgraciadamente, el 28 de octubre de 1982, el PSOE arrasó en las elecciones generales: ¡202 diputados! anunció en TVE Alfonso Guerra, mientras mi hijo Gonzalo, que había votado a Felipe, enjugaba las lágrimas de su padre, que sabía que esto significaba el final de su carrera en la Carrera, 351


como así fue. Como pórtico a mi entrada en el ICI -y compartiendo anhelos comunes- mi amigo Luis Basurto escribió en el diario Excelsior: “de Eduardo Peña Abizanda y de su impar pareja Mª Victoria Puigmoltó, sabemos que en España siguen cultivando la amistad y la fraternidad hacia México. Especialmente en estos próximos diez años en que celebraremos todos los pueblos de raíz hispánica el quinto centenario del descubrimiento de América. Junta a Carlos Robles Piquer nuestro embajador realizará una importante y fecunda labor. Dios le acompañe”. Confróntese esta mención al Descubrimiento con la sectaria, humillante y vergonzante denominación de ese gigantesco hecho histórico que hacen los Luis Yáñez y sus correligionarios socialistas, tan españoles ellos: el Reencuentro (!!). Fueron, pues, escasos meses en que trabajé en el ICI, y muchos menos con Carlos. Manejaba yo, como Vicepresidente, un importante presupuesto, cuya administración era compleja, pero mi preparación económica me permitió salir airoso. Por primera vez tuve que meterme de lleno en el terreno cultural que, hasta ese momento, me había sido algo ajeno (salvo los años de la embajada en Méjico) y descubrí el inmenso y hermoso campo que se abría en mi profesión. Recuerdo con especial complacencia el 352


éxito que tuvimos -aunque yo participé muy tardíamente- en conseguir que la Oficina Internacional de Exposiciones (el BIE, por sus siglas en francés) eligiera, meses después, a Sevilla como sede de la Exposición Universal de 1992, fruto de intensas gestiones con muchos países Iberoamericanos. (Carlos Robles lo relata detalladamente en sus memorias). Y también recuerdo el honor de haber conocido y tratado al magnífico historiador Mario Hernández Sánchez-Barba y al gran Luis Rosales, colaboradores del Instituto; al releer alguno de los bellos poemas de Don Luis abandoné la fobia que, como d'Artagnan, creía tener a la Poesía. Pocos días después del 28 de octubre y ya constituido el nuevo Gobierno, Carlos presentó su dimisión al nuevo ministro, nuestro compañero Fernando Morán, evitando así la ignominia de su seguro cese; yo quise hacer lo mismo, pero el nuevo presidente, Luis Yañez, me pidió permanecer en mi puesto durante algún tiempo para que la transición de un equipo directivo a otro fuera lo más fluida posible. Como profesional que soy, así lo hice hasta mi cese a principios de febrero de 1983, tras contemplar la invasión del Instituto por parte del rojerío iberoamericano y aguantar la sectaria politización de sus fines. De regreso al Ministerio me temía lo peor, pues el ministro había declarado públicamente, (ABC, 353


11.03.83): "en los nombramientos, lo primero que me he propuesto es eliminar de los puestos de confianza a aquellas personas que, aún siendo buenos funcionarios, no están psicológicamente muy adaptados al cambio". (Morán, buen funcionario y socialista, ostentó altos cargos en el Franquismo sin que nadie pretendiese “eliminarle”). Me anticipé, pues, a mi anunciada "eliminación" dentro de esa caza de brujas que desató el PSOE a su llegada al poder. Efectivamente, tras algunas semanas en el "pasillo", (en nuestra terminología, simplemente estar en el Ministerio sin plaza alguna), y tras serme incluso denegado un puesto en el Consejo Superior de Asuntos Exteriores, organismo inútil pero al menos con una categoría personal adecuada, tras esperar inútilmente que me recibiera el ministro, el nuevo subsecretario, Gonzalo Puente, que tampoco tuvo a bien recibirme, me ofreció por carta una modesta Sección en no sé qué Dirección General. Indignado por ello, solicité una excedencia, tras 24 años de una carrera profesional que incluía dos direcciones generales, una subsecretaría y una embajada. Tenía 52 años, tres hijos en la Universidad y ni un duro en el Banco (siempre había vivido de mi sueldo y el poco dinero ahorrado -tres millones de pesetas procedentes de los naranjales de mi esposa- se esfumó en la embajada de Méjico). Es decir, tenía que empezar de nuevo. Siempre recordaré la misiva que me mandó 354


Carlos Robles: "Es doloroso, y es sintomático a la vez, que un brillante embajador, con largos años anteriores de servicio a España, sea separado del cargo por motivos indudables de política interior. Estamos viendo otros muchos casos análogos y eso constituye una mala práctica y un mal presagio". Y Sabino Fernández Campo, Jefe de la Casa de S.M. el Rey, a quien rogué que informase al Rey de los motivos de abandonar la Carrera, me contestó: "He informado a S.M. el Rey de este extremo, quien siente que hayas tenido que tomar esta determinación. Lamento igualmente que esto haya sucedido y ya sabes que, como siempre, me tienes a tu disposición". También escribí a Felipe González; ni me contestó. En todo caso, mi breve experiencia en el ICI fue totalmente satisfactoria. Y, además, ni Guerra, ni Morán, ni Yañez, ni Puente pudieron despojarme de un título que había ganado años antes: Miembro Titular del Instituto de Cultura Hispánica. ¿Lo tienen ellos? 28 DE OCTUBRE DE 1982 Cuando el 28 de octubre de 1982 apareció Alfonso Guerra en TVE y anunció que el PSOE había ganado las elecciones, me eché a llorar. ¡España en manos de unos socialistas, que decían haber renunciado al marxismo pero que seguían cantando la Internacional 355


con el amenazador puño en alto! Y con mayoría tan absoluta como para hacer y deshacer. Me eché a llorar por España, ¡pobre España! y por mí mismo, ¡pobre Eduardo! Cuya carrera, intuía, iba a quedar abruptamente interrumpida. Esposa e hijos intentaron consolarme. Fue éste uno de los momentos más amargos de mi vida. Con el tiempo, naturalmente, me fui calmando, aunque siempre he despreciado la famosa e indigna frase de Guerra: "A España no la va a reconocer ni la madre que la parió". Of course: ruina económica, los Gal, la corrupción institucionalizada... Así la encontró el Partido Popular en 1996 y así volvería a encontrarla en 2011. MAURICIO HATCHWELL 1983 Tras mi excedencia en la Carrera, ofrecí mis servicios a varios empresarios, presentando mi amplia experiencia en comercio exterior y relaciones internacionales. El primero que respondió inmediatamente fue Mauricio Hatchwell, presidente de la importante empresa trading, Excem S.A., que me fichó como asesor personal. (A él se unieron, en el mismo sentido, Manuel Márquez Balín, presidente de Standard Eléctrica Española; Antonio Sánchez Quiñones, presidente de SANQUI, una importante empresa de construcción de prefabricados; Gregorio 356


de Haro, presidente de la Asociación de Industrias Gráficas; y mi pariente, Francisco Calatayud, presidente en Valencia de la empresa de publicidad Interalas S.A., para sus lobbies en Madrid. A todos ellos, mi agradecimiento eterno, pues con ellos pude ganarme la vida durante los tres años siguientes). Hatchwell, un experto exportador de bienes y servicios españoles, era un miembro destacado de la comunidad judía en España. Le había conocido en Méjico y habíamos intimado. Dotado de gran inteligencia para los negocios, sus relaciones internacionales eran amplias. Era un empresario de éxito y un negociador formidable, sobre una base solida de imaginación, simpatía y clara capacidad dialéctica. Si para casi todos los personajes de mi vida yo fui una simple anécdota, puedo asegurar que no fue así en el caso de todos estos empresarios que me acogieron con verdadero afecto, considerándome un buen valor añadido para sus actividades internacionales y, sobre todo, un buen y leal amigo. Y, sobre todos ellos, Mauricio Hatchwell, hombre generoso con mi precaria situación económica. (En 1985, cuando intenté optar a la presidencia en las elecciones del Real Madrid, Mauricio aportó un millón de pesetas para apoyar mi candidatura, sin siquiera pedirme un recibo; aquello fracasó y él se limitó a compartir mis penas como "un fan de Eduardo"; así lo 357


expresó). Con Hatchwell viví tres años trepidantes dada su hiperactividad empresarial. En su despacho, discutimos horas seguidas sobre tantos proyectos de negocios, especialmente de exportación, que su febril imaginación quería materializar de inmediato. Hicimos viajes a muchos países, tuvimos algunos éxitos y muchos fracasos, es decir, lo normal en ese oficio tan duro como es el de exportador. Y, sobre todo, pasamos muy buenos ratos y afianzamos una gran amistad. Quizás, de todos los viajes realizados, guardo un imperecedero recuerdo de dos que hicimos a Israel, donde Mauricio tenía una bella casa en Jerusalén, afuera de las murallas, con una vista grandiosa de la ciudad santa. (Como cristiano, el descubrimiento y recorrido por las tierras de la Biblia me causó una tremenda emoción). Estos viajes respondían a una "visión" de Mauricio Hatchwell sobre las posibilidades que, desde España, se ofertara el suministro a Israel de una central nuclear " llave en mano", con tecnología americana, creo que de Westinghouse, ya que por razones políticas no era posible hacerlo desde USA. Ello nos llevó a Washington varias veces, donde movilizamos los importantísimos lobbies judíos y, claro, los propios industriales, para apoyarnos ante la Administración y el Congreso americanos. A pesar del apoyo del Gobierno Español no conseguimos el éxito, pero esta 358


experiencia fue fascinante para mí profesionalmente -las negociaciones tripartitas Madrid-Tel AvivWashington fueron un gran reto- y también políticamente, puesto que el entramado del mundo lobbista en América es un mundo increible. Como increible fue este personaje de algunos instantes de mi vida, Mauricio, entrañable amigo. (En uno de los viajes a Israel para negociar con su gobierno la financiación de nuestro proyecto, nos acompañó Soledad Abad, alto cargo del Ministerio de Comercio. Soledad, buena amiga desde los tiempos de mi subsecretaría, era una magnífica T.C.E., muy profesional. Gran persona, hizo una brillante carrera; lamentablemente murió joven). EL PARTIDO POPULAR 1983 En febrero de 1983 me afilié al Partido Popular (entonces, Alianza Popular) partido con el que simpaticé desde su creación, por su ideología y por su fundador, Manuel Fraga. No lo había hecho antes porque, diplomático en activo, no me parecía ético militar en ningún partido político; en esa fecha, al pedir la excedencia en la Carrera, quedaba en libertad para actuar en Política, siquiera sólo en las bases del Partido. Ya destinado en la Comisión Europea en 359


1986, recién incorporada España a las Comunidades Europeas, un grupo de funcionarios españoles en Bruselas organizamos una sección del PP para el Benelux, cuya Vicepresidencia ejercí durante mis largos años en la capital belga. Aparte las reuniones con los colegas peperos y la defensa y promoción diaria de los ideales de nuestro Partido, la actividad más frenética se producía durante los periodos electorales en España, cuando recorríamos los tres países del Benelux, visitando los Centros españoles para exponer los programas del PP y solicitar el voto para el mismo. Poco éxito tuvimos, ya que en aquellos finales de los Ochenta y principios de los Noventa el PSOE estaba de moda; los españoles no aprendieron la lección de lo que es el Socialismo en el Poder hasta 1996 (y, como somos los únicos animales que tropezamos dos veces en la misma piedra, nuevamente tuvimos que aprender la lección en 2011); además, en algunos Centros ni siquiera se nos permitía hablar o incluso ni podíamos entrar. (¡toma Democracia, muchachada socialista!). De todas maneras fue una buena experiencia y la confirmación que la Política nunca se me daría bien. Como ya era yo conocido y apreciado en el Partido, en 1994, a un año de jubilarme por partida doble, en la Comisión Europea y en el Ministerio, encontrándome en buena forma física e intelectual, 360


pensé que podría seguir en activo y al servicio de España y del P.P. si perteneciese al Parlamento Europeo, cuyas elecciones estaban a la vuelta de la esquina. Más adelante (Vid. "José María Aznar1994") relato como fracasé en mi intento. Frustrado, pensé incluso en darme de baja en el Partido, pero decidí que la "ofensa" no era para tanto; había sido una simple humillación personal y una lección de cómo funcionan los Partidos donde es tan difícil contentar a todos. Sencillamente, Eduardo Peña no era un militante prioritario. (Años después, en 2013, también estuve a punto de darme de baja, cuando el Ayuntamiento de Madrid, presidido por Ana Botella, decidió poner el nombre de Santiago Carrillo a una calle de la Capital de España. Esperanza Aguirre, Presidenta del PP Madrid, consiguió disuadirme). (Creo que soy de los pocos españoles que dimiten: hasta ahora, lo he hecho una vez en mi Carrera -así considero la excedencia de 1983- y dos veces como directivo del Real Madrid, como se verá en otra parte. ¿Orgullo? ¿Vanidad? ¿O simple berrinche?). Ya jubilado y de regreso definitivo a Madrid, intenté, sin mucho éxito, seguir colaborando con el PP; pronto me di cuenta que ya no era útil. Y lo dejé. Eso sí, he seguido votando siempre al PP y soy suscriptor de la revista de la Fundación FAES.

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AUGUSTO PINOCHET 1983 Mi amor por Chile siempre me llevó a seguir de cerca los avatares de este hermoso país y determinados momentos de mi vida profesional me permitieron involucrarme directamente en su historia. Así, fui protagonista de un gesto excepcional que el gobierno de Franco hizo con el país hermano. Gobernaba Chile el presidente socialista Salvador Allende y en 1972 se encontraba con su popularidad por los suelos debido a la corrupción y escaseces de todo tipo, así como por sus claras inclinaciones marxistas. (Las amas de casa en Santiago se paseaban delante de los cuarteles del ejército, incitando a los militares a la rebelión). Chile necesitaba cereales pero no tenía divisas para pagarlos y España, dispuesta a ayudar, carecía de estos productos para exportar. Solución: España, por vez primera, otorgaría un préstamo blando, que podría utilizar el beneficiario para comprar en un tercer país (creo que se adquirió trigo en Bulgaria). Formé parte de la delegación española que negoció ese crédito, por lo que el Gobierno de Allende me condecoró, junto a otros altos cargos del Ministerio, con la Orden de Bernardo de O'Higgins, en su grado de Gran Oficial. La ceremonia de imposición estaba prevista en la propia Embajada de Chile en Madrid, pero pocos días antes se produjo el golpe de estado del Ejército 362


chileno, que depuso y dio muerte al Presidente Allende y colocó al general Augusto Pinochet en la Presidencia de la República. Era la primera vez que oía hablar de este general; no tardaría en conocerle, e incluso, tratarle. (La ceremonia en la Embajada se suspendió y el embajador de Allende, Oscar Agüero, ya cesante, me entregó mi condecoración, con lágrimas en sus ojos -que, naturalmente, compartí de corazón- en mi modesto despacho en Santa Cruz. Aprecio esta condecoración más que ninguna otra de las varias que poseo). Vi de cerca al general Pinochet cuando vino a Madrid a los funerales de Franco, en noviembre de 1975, y pude saludarle brevemente. Los diplomáticos en el Ministerio fuimos movilizados para acompañar como aides-de camp a las personalidades internacionales que vinieron a Madrid en esta ocasión; a mí me "tocó" el secretario general de la OCDE, al que atendí y seguí a todas partes. En algún acto conjunto nos topamos con Pinochet y mi afecto por Chile me impulsó a saludarle, sobre todo porque el general sabía que era un huésped incómodo para el Gobierno español; me impresionó el uniforme del general y su espectacular capa. Pasaron años y la dictadura chilena se fue endureciendo mientras que España se democratizaba a marchas forzadas: ley de Reforma política, pacto de la Transición, primeras 363


elecciones democráticas, constitución de 1978, segundas elecciones en 1979 y, finalmente, el PSOE en el gobierno. Excedente en la carrera y trabajando como freelance en el sector privado español, uno de los varios "puestos" que desempeñé en estos menesteres fue el de asesor al presidente de Standard Eléctrica Española, Manuel Márquez Balín, amigo mío desde los años de la Milicia Universitaria. En tal calidad, en 1983 y 1984 fui varias veces al Chile de Pinochet para negociar con su Gobierno y con su Compañía de Telecomunicaciones la modernización de su sistema telefónico, todavía electromecánico pero muy obsoleto. Desde el primer momento tuve la suerte de poder discutir el importante tema con el propio Pinochet, pues fui presentado a él por Antonio Sánchez Quiñones, presidente de SANQUI S.A., sociedad de la que yo era consejero, que había construido varias instalaciones para el Ejército chileno y mantenía una amistad personal con el general. Hice buenas migas con éste, siempre manteniendo las distancias protocolarias, pero sentí que empatizaba conmigo, quizás por mi abierto amor al Ejército y la sinceridad y objetividad con la que hablaba del Régimen de Franco, al que Pinochet tanto admiraba. La realidad es que, en mis sucesivos viajes a Chile, el Presidente me invitó a almorzar con él en el Palacio de la Moneda, previo el pago de un peaje: debía 364


llevarle el último libro de Fernando Vizcaíno Casas, al que admiraba casi tanto como yo (especialmente le hacía reír a carcajadas "Y al tercer año resucitó”). El simple apoyo moral de Pinochet me abrió todas las puertas en aquel Chile que ya empezaba a cansarse de la dictadura. Poco después, destinado a Bruselas, abandoné el sector privado español y pasé nuevamente el servicio del Estado, esta vez en un organismo internacional. Nunca más volví a ver al general Pinochet, pero nunca olvidaré su simpatía y amabilidad con este viajante comercial que intentaba exportar sistemas telefónicos a Chile y que conoció el lado personal y humano del dictador (que, por cierto, abrió el paso personalmente a la redemocratización de su país). ALFONSO USSÍA 1985 Con Alfonso Ussía me unen tres claras afinidades: la afición por el desayuno de huevos fritos con bacon, nuestra admiración por el humorista británico P.G. Wodehouse y un madridismo militante que incluso nos llevó, en distintos momentos, a aspirar a la presidencia del Real Madrid: los dos nos enfrentamos a Ramón Mendoza y a los dos nos ganó en buena lid. (Era la época en la que cualquier pobre madridista podía aspirar a presidir el club de sus amores, cuando 365


los florentinos de turno no habían blindado los Estatutos a su favor para perpetuarse en el cargo). Años después de conocer a Alfonso, tardíamente para consolidar una incipiente amistad, intenté integrarle en mi peña madridista, Los 10 de Siempre, pero el tema no cuajó; ignoro el por qué. Soy lector apasionado de sus libros y artículos periodísticos, especialmente por su humor tan inglés, tan wodehousiano. Su gran personaje, el marqués de Sotoancho, es digno del gigante Wodehouse; claro que, a su vez, estimo que los grandes personajes de éste, Psmith o Jeeves, son dignos del gran Ussía, otro gigante del humor. (Y además, como columnista, cuando comenta temas serios de actualidad, especialmente políticos, muestra una bonita prosa y un sentido común poco habitual en otros sesudos comentaristas). A estas alturas de mi vida, pocos instantes de felicidad son comparables a la lectura diaria de Ussía en La Razón. RAFAEL ALBERTI 1985 El eximio poeta y deleznable espécimen humano, Rafael Alberti -(Memoria histórica: su papel en la asesina y torturadora checa de Bellas Artes, Madrid, 1936)-, al que afortunadamente nunca conocí, escribió 366


un artículo en El País (6-1-1985), "Comienzo por el final", que me indignó por sus ataques al Ministro Consejero de Chile en Madrid, Carlos Morla Lynch, por su actuación durante la Guerra Civil. Escribí una larga carta que el diario publicó en día 22, si bien censuró un párrafo significativo (¡Bravo por el periódico "independiente" de la mañana!). Mi carta decía así: "Poco después de terminada nuestra Guerra Civil, parece que fue frase de moda "¡no me cuente Ud. su caso!" para evitar la reiteración en los relatos de las peripecias que unos y otros habían sufrido durante la misma. Viene esto a cuento porque he leído el pintoresco artículo "Comienzo por el final" de Rafael Alberti, publicado en El País el 6 de enero. ¡No me cuente Ud. su caso don Rafael! Creo que a muy poca gente le interesan, a estas alturas, estos pequeños testimonios, puramente anecdóticos, que nada aportan ya. Pero ocurre que incluso la pequeña anécdota puede llevar una carga de infamia que, en el artículo de marras, es la acusación que el autor le hace al diplomático chileno Carlos Morla -cuando éste, ante el inminente final de la contienda, le propone refugiar a algunos intelectuales republicanos- de que "vuestra embajada ha tenido durante la guerra tres o cuatro grandes edificios abarrotados de quinta columnistas que pueden salir en cualquier momento para asesinarnos". Ignoro las razones por las que Alberti quiere hoy deshonrar la memoria de un hombre como 367


Carlos Morla, pero el marinero en cuestión no sólo está en tierra, sino también sin brújula para orientarse incluso en sus pequeños recuerdos, ya que los temibles quinta columnistas y asesinos en potencia que durante la Guerra se refugiaron en la Embajada de Chile en Madrid, fueron especialmente civiles y religiosos, entre ellos muchas mujeres y niños -por ejemplo, mi madre, mis cuatro hermanos y yo, el mayor de catorce años-, aunque inicialmente entraron algunos militares que enseguida se pasaron a la Zona nacional, entre ellos mi propio padre, de cuya veta asesina dudo mucho, aunque hubiéramos permanecido en la Embajada hasta el final. (Aquí, párrafo censurado por El País, que omitió íntegro). Los quinta columnistas que quedaban salieron, por fin, de la Embajada de Chile y de muchas otras y, al menos eso sí me consta, no asesinaron al señor Alberti. Sin embargo, muchos de ellos sí descubrieron entonces que sus familiares y amigos habían sido asesinados o torturados o encarcelados en Madrid durante la Guerra Civil, quizás, don Rafael, porque Chile no pudo multiplicar por diez o por cien el número de edificios que dedicó a salvar vidas". El párrafo omitido por El País rezaba así: "Todos nosotros, posiblemente, salvamos nuestras vidas, o al menos nuestra integridad física o psíquica, por la labor humanitaria desinteresada del Gobierno de Chile y su 368


representante Carlos Morla que, quizás, ejerció más intensamente el derecho de asilo aleccionado por el funcionamiento de las chekas y de los "paseos" en el Madrid republicano, que culminaron, como es sabido, en Paracuellos". (A Jesús Polanco le pregunté porque a El País le daba pudor hablar de chekas y “paseos”. No me supo contestar). ATENAS 1985 En abril de 1985 se cumplían las bodas de plata de mi matrimonio. Mª Victoria quería ir a Italia pero la convencí que fuéramos a Grecia para ver el Partenón “en directo”, ocultándole mi secreta razón; el Real Madrid de baloncesto jugaba en Atenas la final de la Copa de Europa de baloncesto contra el campeón yugoslavo, Cibona, con su fabuloso base Petrovic (que nos humillaría en la cancha y nos obligaría a ficharle). Ramón Mendoza también estuvo allí, pues nos encontrábamos en vísperas de proclamarnos candidatos a la presidencia del Real Madrid. (La prensa deportiva española que le adoraba, estuvo siempre con él; a mí, ni caso). Pero como mi esposa sí me hacía caso, disfruté mucho de aquellos días, donde nos empapamos de uno de los orígenes de nuestra cultura. Años después visitaría Atenas varias veces, pero nunca me pareció tan hermosa como en 1985. 369


LA COMISIÓN EUROPEA 1986 Por mi vinculación con Alianza Popular ya estaba predestinado para acabar en algún puesto europeo. Tengo una Nota que Robles Piquer pasó a Fraga, en mayo de 1985, tras almorzar conmigo en relación con mi pertenencia a varias Comisiones de Trabajo en Génova 13. Carlos escribe sobre mí: “Le va bien como asesor de diversas empresas. Gana más dinero que nunca. Sin embargo, se siente a disgusto por estar excedente en la carrera Diplomática donde va perdiendo antigüedad. Le pregunté si se animaría a entrar en el “juego europeo” aunque perdería dinero. Me dijo sin vacilar que sí. Eso vale para ser candidato al Parlamento Europeo o para ser alto funcionario apoyado por nosotros en las Comunidades. Creo que no es fácil tener un hombre de sus condiciones, en la edad más apropiada, con magnífico conocimiento de idiomas”. En mayo de 1986 me incorporé a la Comisión Europea como Director General de Transportes. (En realidad, el cargo que el Gobierno había ofrecido a Fraga para el nombre que propusiera fue el de una Vicepresidencia en el Banco Europeo de Inversiones (BEI), con sede en Luxemburgo. (Ese mismo que 370


ostenta hoy “dignamente” (?) la ex-ministra de Zapatero, Magdalena Álvarez). Aceptada la oferta por mí y propuesto mi nombre, Guerra comunicó a mi mentor que ello no se había podido concretar, pero sí la D.G. de Transportes. Al parecer, a última hora, Carlos Solchaga, ministro de Industria, tenía otro candidato para el B.E.I., y éste, socialista, predominó sobre mi pepera persona. Lo sentí, pues estimaba que mi C.V. y experiencia se adaptarían mejor a un cargo financiero que no técnico). Previamente, me había entrevistado, en Madrid con el ministro de Transportes, Abel Caballero, que no me dijo nada especial y con mi viejo amigo el técnico comercial, Pedro Solbes, entonces Secretario de Estado para relaciones con las Comunidades Europeas, (y futuro ministro de Economía tanto con Felipe como con Zapatero, encargado por ellos de ejecutar una desastrosa Política económica, la socialista, que llevó a España a la ruina por dos veces, en 1996 y en 2011). Solbes me invitó a comer en la Secretaría de Estado y, buen conocedor de las instituciones europeas, amablemente me hizo varias sugerencias y me dio muchos tuyaux. Antes de mí nombramiento formal por la Comisión tuve que someterme a un exigente examen en forma de entrevistas formales con mi futuro Comisario, Stanley Clinton Davis y su seco Jefe de Gabinete, 371


Graham Meadows; con el Secretario General de la Comisión, el legendario Emil Noël y, todavía no sé por qué, con el Jefe de los Servicios Jurídicos, un impertinente alemán de nombre Elherman que, nada más recibirme, me espetó: "¿Qué hace un diplomático como tú en un puesto técnico?" Le abrumé con mi C.V. económico, financiero y técnico que había acumulado en mis 56 años de vida y 27 de actividades profesionales y se calló como un muerto; no volví a tener ninguna relación con él. Al parecer aprobé este "examen de ingreso" que, como luego me enteré, era una pura fórmula para cubrir las apariencias de que la Comisión "elegía" entre una terna propuesta por el Gobierno español. (Efectivamente: en aquellas visitas me encontré con mi compañero, y contrapariente, Pablo Benavides, entonces Consejero Comercial en París, que hacía el mismo recorrido que yo. Nunca supe quien fue el tercero de la terna. Pablo también se quedó en la Comisión con categoría de Subdirector General (allí, Director) y pasó a Director General cuando yo me jubilé. También él permaneció en Bruselas hasta su jubilación, realizando siempre una magnífica labor). Una vez aprobado el "examen", pasé otro, exhaustivo, en manos de los médicos, que me dieron apto para convertirme en funcionario europeo. Ya, entonces, pude tomar posesión de mi brillante nueva 372


responsabilidad, ahora en Europa. Transcurridos varios años dejé la D.G.VII, como se conocía en la Comisión a la Dirección General de Transportes, y fui nombrado Inspector General de Servicios, IGS, un nuevo Servicio largamente demandado tanto por el Consejo de Ministros como por el Parlamento Europeo: se trataba de llevar a cabo, por vez primera, una auditoría de Eficacia y Eficiencia en los diversos servicios y Direcciones Generales y otros, de la Comisión, que unido a la ya existente y permanente Auditoría Financiera, que realizaba la Dirección General de Finanzas, diera seguridad a los Estados miembros sobre el buen funcionamiento de la todopoderosa Comisión. Pasé a depender directamente del presidente Delors y allí permanecí hasta mi jubilación en 1995. Fue un nuevo e importante reto de un mundo desconocido para mí. Creo que cumplí. Nueve años permanecí en Bruselas. Nueve años de trabajo y esfuerzo, de satisfacciones y sinsabores. La Comunidad contaba con doce Estados miembros, incluidos los recién incorporados: España, Portugal y Grecia. Llegábamos pues los españolitos a un mundo nuevo y complejo, donde nos tuvimos que enfrentar, durante mucho tiempo, a un examen permanente sobre nuestras capacidades y a la existencia de auténticos lobbies -el francés y el alemán, 373


predominantes, el judío, el socialista, el liberal...- sin que hubiera todavía un establecido lobby español, salvo la "protección" personal de los dos Comisarios españoles, Manuel Marín y Abel Matutes. Pronto me di cuenta que estaba "sólo ante el peligro" para entender, primero, y luego integrarme en ese complejo mundo, con el entramado de intereses nacionales y comunitarios -a veces, contradictorios- y unas reglas no escritas sobre las dificultades de la Policy Making de la Comisión. Ser Director General no suponía sólo dominar los asuntos de tu competencia -durante las primeras semanas, la habitación de mi hotel parecía la de un opositor, llena de papeles y expedientes, objeto de mi "puesta al día"- sino, sobre todo, negociar permanentemente cualquier tema con tu Comisario y su Jefe de Gabinete, con otros Comisarios, con los Países miembros y sus empresarios y sindicatos, con el Parlamento Europeo, con el Consejo Económico y Social, con... Lo más difícil eran tus relaciones con tu propio país, al que querías ayudar en lo posible -sobre todo para que no le "metieran algún gol"- pero que no quería entender que eras un funcionario europeo y no español, que había líneas rojas que no podías atravesar. (Dificultad que también existía cuando tenía que dilucidar si el consejo que me daba uno de mis funcionarios sobre un tema que afectase a su país era válido y objetivo). No me quejo, porque mi trabajo fue fascinante en le DGVII. Estos problemas, 374


afortunadamente, no se me plantearon en la IGS: mi independencia allí fue absoluta, aunque también sufrí, naturalmente, la incomprensión de las Direcciones Generales auditadas por mis Servicios. Nueve años permanecí en Bruselas, lejos de mi familia, que se quedó en Madrid, viviendo una vida de soltero -aunque, ¡ay!, a mi edad ya no era "the most elegible bachelor"-, rodeado de viejos y nuevos amigos de nuestras Embajadas en Bruselas (había tres: la bilateral ante Bélgica, la embajada ante la OTAN y la Representación Permanente ante la CEE)y de muchos españoles de las instituciones europeas, entre las que recuerdo con mucho afecto y agradecimiento a los embajadores en Bélgica, mi casi hermano Manolo Benavides y Joaquín Ortega, a los Representantes Permanentes, Javier Elorza y Carlos Westendorp, a Pepe y Amaya Sierra, Pachi y Carmen Vallejo, Carmen Fraga, Rafael García Palencia y Lully, y tantos y tantos más que hicieron más llevadera mi soledad en el duro clima bruselense. Sólo dos recuerdos desagradables: la decisión de mi cese en la DGVII, instigada por intereses personales del Gabinete del Comisario Marín, que relato más adelante, y el comportamiento de algunos colegas españoles socialistas para conmigo. Conocida era, por supuesto, mi pertenencia al PP y mis actividades como Vicepresidente del PP en el Benelux, 375


especialmente en épocas electorales en España; pero eso no tuvo nada que ver con la iniciativa que tomé al crear una Asociación de funcionarios españoles en las Comunidades, AEFICE, cosa que hice, deviniendo su primer Presidente; algunos socialistas me hicieron la vida imposible hasta que dimití: los ladrones creen que todos somos de su condición, en este caso, sospechosos de ser ejecutores de su característico agitprop para conseguir sus fines. ¡Asco me dieron y me siguen dando! (Como siempre hay excepciones, cito aquí la carta que, años después, con motivo de mi jubilación, me escribió el eurodiputado comunista Alonso Puerta -que abandonó el PSOE cuando empezó la habitual corrupción de este partido-: "Mi agradecimiento por tu constante disposición para ayudar y escuchar a tus compatriotas, por las muchas ocasiones en las que nos has dado tu generosa colaboración, más allá de las diferentes adscripciones políticas y, sobre todo, por tu permanente ejercicio de amistad en el plano privado y en el público"). Por lo demás, todos mis recuerdos de mis nueve años en Bruselas son positivos, pues fueron miles de "instantes" que disfruté con orgullo y satisfacción. Fue una experiencia única que me hizo más hombre y mejor profesional. MANUEL MARÍN 1986 376


Este socialista, -cuya mediocridad no le ha impedido, quizás por el principio de Peter, alcanzar altas cotas políticas importantes, entre otras, nada menos que una Vicepresidencia en la Comisión Europea y la Presidencia del Congreso de los Diputados en nuestro país-, me trató siempre con una condescendencia que me producía una notable irritación. Tanto en mis nueve años en la Comisión como posteriormente cuando, ya jubilado, acudía a Bruselas para hacer lobby a favor de las empresas a las que asesoraba, Manuel Marín y su insoportable Jefe de Gabinete, Santiago Gómez-Reino, me contemplaban, -eso sí, siempre con exquisita educación- como a un pobre "fascista" al que había que conmiserar y tolerar. Supongo que todo esto era consecuencia de mi pertenencia al Partido Popular, ya que ninguno de estos dos personajes me conocían de nada cuando llegué a Bruselas. Y mi profesionalidad durante los años que allí trabajé e incluso mi lealtad al gobierno del PSOE debería haberles aproximado a mí. No fue así. En todo caso, ¡ahí me las den todas!

JACQUES DELORS 1986 377


El número de Julio-Agosto de 2006 de la prestigiosa Revista Información Comercial Española (ICE), de la Secretaría de Estado de Comercio, estuvo íntegramente dedicado a la colaboración de ex altos cargos españoles en la Comisión Europea sobre la base común que contásemos nuestras experiencias sobre la gestación interna de las diferentes políticas comunitarias. Escribí mi colaboración para relatar las mías en relación con la Política de Transportes y, como estudiante entonces de Filología Inglesa en la UNED y de siempre lector ávido de la literatura norteamericana, la titulé, parafraseando a Mark Twain, "Un español en la Corte del Rey Delors". Lo hice con absoluta seriedad pero el editor de la revista lo consideró de poca altura intelectual, por lo que tuve que aceptar la degradación del título a un simple "Un español en la Comisión Delors". El verdadero sentido de mi aparentemente poco intelectual título aparece claro en el siguiente párrafo de mi colaboración que reproduzco íntegramente: "Pronto me di cuenta del amplio poder de la Comisión. Y ello no sólo por las propias competencias que le otorgaba el Tratado fundacional, sino por el peso específico de muchas de las personalidades que la componían, entre las que brillaba, por encima de todas, su presidente, Jacques Delors. Su personalidad y carisma le convertían en algo más allá de un primus inter pares. Era el auténtico "rey" de una "Corte" de muy alto nivel, que 378


facilitaba el trabajo diario y cuyas tácticas y estrategias, por lo general, conducían, con mano de hierro -y claro guante de terciopelo, por su talante, buen hacer y preciosa dicción francesa- a buen puerto nuestro quehacer. Las semanales reuniones de los directores generales bajo su presidencia, en las que se fijaban directrices y se intercambiaban puntos de vista, eran una verdadera delicia intelectual y tenían un gran interés profesional. Y, además, el Secretario General, Noël, de amplísima experiencia comunitaria y una altura intelectual similar a la de Delors, contribuía con su diaria presencia y ayuda a los servicios a que aquella Comisión de 1986 alcanzase la cima de su poder y prestigio". ¿Está claro? No sé qué hubieran dicho los del ICE si hubiera extendido el símil, llamando Camelot a la Comisión, Caballeros de la Mesa Redonda a los Directores Generales y Sir Lancelot al Secretario General. ¿Excomunión? En todo caso, esta fue mi impresión de Jacques Delors desde que me presenté a él al llegar a Bruselas. Siempre fue muy cordial conmigo, aunque creo que no simpatizaba mucho con los españoles en general y sospecho que, a veces, nos despreciaba; en esta primera época la excepción para Delors era Eneko Landáburu, el otro Director General español, que se incorporó al tiempo que yo, quizás porque esta 379


estupenda persona, además de un buen funcionario, era socialista y, como hijo de un exiliado vasco, había nacido en Francia y creo que era licenciado por la Sorbona. Naturalmente, cuando más traté personalmente a Delors fue a partir de mi nombramiento como Inspector General de Servicios en 1991, desde que se ocupó de "venderme" el puesto ante mi escepticismo inicial -cosa que, como era habitual en él, lo hizo magistralmente- hasta algunas, pocas, veces que pude despachar con él. Lo normal es que lo hiciese con su Jefe de Gabinete, Pascal Lamy, otro "enarca" francés de buena talla intelectual y con una gigantesca capacidad de trabajo. (Hoy, es Director General de la todopoderosa Organización Mundial del Comercio, por fin el GATT institucionalizado). Si Delors fue cordial conmigo sin simpatizar mucho, Lamy mostró siempre un cierto desdén hacia mi persona (y supongo que hacia todo el mundo). ¡Con qué sonrisa irónica acogió mi comunicación entusiasta de mi ascenso a Embajador! Y eso que en Francia el título de Ambassadeur de France equivale a un "enarca", pero, claro, ¿Embajador de España? Delors marcó una época definitiva para la construcción de Europa y puso todas las piedras para la creación de la Unión Europea. En mi opinión, su talla es gigantesca, comparable a la de los Founding Fathers de nuestra Europa actual. Como presidente fue un auténtico rey, con su 380


correspondiente Corte. Tuve el placer y el honor de trabajar en esa Corte. LA DG VII 1986 De la mano del Comisario de Transportes y Energía, Stanley Clinton Davis, el 20 de mayo de 1986 tomaba posesión de la Dirección General de Transportes de la Comisión Europea, la DGVII, en su sede de la Rue de la Loi. Tomé inmediatamente las riendas de la DG con casi doscientos funcionarios y aprendí, con tiempo y no sin esfuerzo intelectual, los entresijos de la Política común de Transportes, ayudado por el Comisario que me tocó en suerte: inglés, judío, socialista y una magnífica persona, algo vago pero muy enterado en las materias de su competencia; yo, español, católico y conservador no parecía la persona más idónea para entenderme con él, pero su personalidad y, quizás, mi educación británica y mi dominio del inglés facilitaron las cosas. Y eso que me encontré, de entrada, con una situación incómoda: un profundo divorcio entre la DG y el Gabinete de Clinton Davis, cuyo jefe, Graham Meadows, había tenido graves enfrentamientos, técnicos y personales, con mi predecesor, el inglés John Steele, por otra parte un buen funcionario técnico. (Quizás, por eso, Inglaterra dejó vacante esta DG para que la ocupase España). Fue el primer toro 381


que tuve que lidiar, pues mis tres Subdirectores Generales, el alemán Jurgen Erdmenger, el francés Daniel Vincent y el griego Rodolfos Papaioanou, todos de gran categoría técnica y personal, ab initio sospecharon que yo iba a ser un Caballo de Troya del Comisario en el corazón de la DGVII. Poco tiempo tardé en demostrarles que, mi lealtad y respeto a nuestro Comisario no iba a estar reñido con mi respeto y lealtad a mi Dirección General y a mis funcionarios. Y a la independencia subordinada que debíamos tener en nuestro trabajo. (Creo que ese recelo de mis Subdirectores nació de mi nombramiento como Jefa de mi Gabinete -“assistant” en la jerga comunitaria- de Ruth Frommer, belga, pareja de Meadows y hasta ese momento en el Gabinete del Comisario. Ruth fue una magnífica funcionaria, absolutamente leal a mi persona y a la DGVII. Estuvo dos años a mi lado y cuando pasó a otro destino me escribió una emotiva carta -¡ella, tan fría!- de despedida en la que me manifestaba lo mucho que había agradecido trabajar conmigo y todo lo que había aprendido, añadiendo: “en retrospectiva, parece largo el camino que hemos recorrido juntos, habida cuenta de lo mucho que has conseguido. Dicen que el camino al infierno está hecho de buenas intenciones; el nuestro, a menudo, pareció estar hecho de obstáculos, que afortunadamente supiste 382


sobrepasar sin demasiada dificultad”. Y termina: “De ti aprendí mucho, a veces con dureza, más frecuentemente con gentileza, por tu habilidosa guía y tus formas diplomáticas”). Nunca más hubo tensiones entre la DG y el Gabinete del Comisario (todopoderoso, como todos los Gabinetes de la Comisión, ¡y no digamos el del Presidente Delors!), quizás por mi diplomacia. (Así me lo apuntó el propio Meadows, cuando Clinton Davis cesó como Comisario dos años después, escribiéndome, al cesar él también -se quedó en la Comisión y llegó a Director General- una larga carta de su puño y letra que me decía: "Valoro mucho haber trabajado contigo. Atravesamos momentos calientes y siempre mantuviste muy fría calma. Manejamos problemas complicados y siempre encontraste la manera de simplificarlos. Nos enfrentamos con obstáculos y siempre tuviste la serenidad y el valor para vencerlos. Quiero rendir homenaje a tus cualidades personales y decirte lo mucho que admiro tu honradez, tu intuición, tu pasión, la claridad con que ves tus objetivos y la inteligencia y astucia con que los logras. Hasta que te conocí nunca imaginé que fuese posible ser honesto y astuto al mismo tiempo: ahora me doy cuenta de que eso es lo que significa la diplomacia. Eres un líder de hombres"). Mi amistad con Stanley y Graham continuó hasta muchos años 383


después. Cuando cesó aquel, tuve de Comisario a Karel Van Miert, belga,Vicepresidente de la Internacional socialista. También me llevé muy bien con él y con su pareja, Carla, y terminé mi mandato en Transportes al cabo de cinco años sin problemas con su Gabinete, encabezado por un gris funcionario belga. A pesar de que participó pasivamente en mi cese en la DG, fuimos amigos hasta su prematura muerte accidental. (Cuando la ETA asesinó cruelmente a Miguel Ángel Blanco, compartí con Karel la indignación y el horror mientras pasábamos unos días en el cortijo cordobés de Juan Manuel Herrero, también amigo suyo). La DGVII me dio mucho trabajo, pero también grandes satisfacciones. Ayudado por mis tres Subdirectores Generales, muy preparados técnicamente y, creo, siempre leales a mi persona, desarrollamos durante cinco años una frenética actividad para poner en marcha una auténtica Política Común de Transportes que, por diversos motivos -entre otros, el escaso interés en el propio Tratado de Roma por este importante Servicio del Sector Terciario y el nulo interés de muchos Estados claramente proteccionistas del Sector- llevaba un retraso de veinte años. En definitiva, se trataba de liberalizar este servicio fundamental para conseguir una auténtico Mercado Común, poniendo de acuerdo intereses 384


contrapuestos de los Estados miembros, empresarios, sindicatos y usuarios. Fue un reto fascinante, sobre todo en las largas y permanentes negociaciones en el Consejo de Ministros y en la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo: en aquel, presidida la delegación de la Comisión por el Comisario, Meadows y yo llevamos la voz cantante, pero en ésta, era yo el único interlocutor de la Comisión parlamentaria. Al principio, me fue extremadamente difícil actuar, sobre todo en los Consejos de Ministros (en el Parlamento, mi función era informar sobre el desarrollo de los trabajos en aquel), porque había que argumentar técnicamente las propuestas de la Comisión (que en la U.E. es quien tiene la iniciativa legislativa) frente a las críticas y contrapropuestas, tanto técnicas como políticas, de los Países miembros, y yo no estaba todavía preparado para ello. Recuerdo lo mal que lo pasé en mi primer Consejo de ministros. Se celebraba en Luxemburgo y mi Comisario no podía asistir porque, junto con Meadows, estaba en plenas discusiones con el Comisario de la Competencia, el irlandés Peter Sutherland y su Jefe de Gabinete, un tal Vestrynge -con el colmillo tan retorcido como su homónimo español- en torno al proyecto de Reglamento conjunto de las dos Comisarías sobre normas de competencia en el transporte aéreo. Así, pues, tuve que 385


desplazarme a Luxemburgo para representar a la Comisión en un largo y complicado orden del día. Aunque me acompañaban Erdmenger y Vincent, no podía, por novato que fuera, mostrar mi ignorancia dejándoles intervenir sólo a ellos. Me pasé la noche anterior devorando papeles y comentarios de mi gente, pero me sirvió de poco: mis conocimientos de los temas eran tan escasos todavía que no conseguí aclararme mucho. Antes de abrirse la sesión del Consejo, me acerqué a la presidencia para presentarme como nuevo Director General: me topé con una bella señora, Nellie Smitt Kroes, ministra de Transportes de los Países Bajos, que me acogió con una sonrisa encantadora y se limitó a decirme "welcome!"; pero debió de adivinar mi embarazo porque, tras presentarme al Consejo y abrir la sesión, en ningún momento dejó que un ministro u otro interpelase a la Comisión sobre aspectos técnicos, por lo que en cada punto en discusión mis intervenciones se limitaron a afirmar que "la Comisión mantiene su propuesta". ¡Gracias Nellie! (Varias veces coincidí después con ella, incluso cuando participó como experta en una Comisión de Trabajo sobre el futuro del Transporte en Europa, que presidió un exComisario europeo, el francés Edgar Pisani, vanidoso y soberbio como tantos franceses. Pisani se encargó de redactar el informe final, que Smitt Kroes, que ya no era Ministra en su país, discutió, con apoyo mío en 386


varias ocasiones, aunque yo sólo era el modesto Secretario de esta Comisión, compuesta por muchas personalidades. El informe fue modificado conforme a los deseos de la holandesa. Por eso no me extraño recibir, cuando cesé en la DGVII, una misiva suya que decía: "Quiero decirle que siento mucho que Europa pierda un excelente Director General de Transportes. Añado una observación personal: creo que Ud. es una de las pocas personas que tienen valor y valentía. En el pasado siempre había notado su actitud positiva y constructiva, pero esta experiencia (se refiere al affaire Pisani) me demostró que tenía razón en mi juicio sobre Ud. durante nuestra colaboración cuando era Ministra"). Hoy, 2013, Nellie Kroes, es Vicepresidenta de la Comisión Europea, encargada de la Competencia). Mi cargo en la Comisión me permitió conocer y trabajar con los Ministros de Transportes de los doce países miembros y de los entonces aspirantes, Suecia, Finlandia y Austria, que entrarían en la CE en 1995, así como con algunos Ministros de Exteriores, y por supuesto reunirme, negociar o debatir en el seno de instituciones como la Comisión Económica para Europa de la ONU, la International Maritime Organization (IMO), la International Air Transport Association (IATA), las Asociaciones Europeas de Líneas Aéreas o de Armadores, Asociaciones 387


empresariales y Sindicatos europeos, etc. Mi trabajo en Transportes me llevó a negociar en Moscú, en pleno Glassnot y Perestroika, un Convenio sobre transporte marítimo y a iniciar, en Washington, con un Secretario de Transportes de apellido Peña, un futuro convenio sobre transporte aéreo. Mucho más trabajo que todo esto me dio una negociación con Suiza, Austria y Yugoslavia, sobre el tránsito de los camiones pesados comunitarios por sus carreteras, lo que me llevó a viajar varias veces a Berna, Viena y la comunista Belgrado, donde me di cuenta del poder negociador que tenía la Comisión, es decir, la Comunidad Europea. (Fueron negociaciones, sin embargo, muy complejas y difíciles, que sólo pude culminar con Suiza y Austria, por lo que fui felicitado por la Comisión "por todo el esfuerzo realizado y por el éxito de las complejas negociaciones"). Por supuesto, los viajes más frecuentes fueron a las capitales de los Países miembros, por lo que llegué a disfrutar reiteradas veces de la hermosura de Roma, la delicia de Lisboa, el esplendor de Paris, la sobriedad de Bonn, la belleza de Atenas, el exotismo de Copenhague, el pintorequismo de Dublín, la seriedad de la Haya, el provincianismo de Luxemburgo y los permanentes recuerdos personales del Londres de mi adolescencia. Y, naturalmente, Madrid, donde aparte de mis fines de semana de 388


descanso familiar, me desplacé con frecuencia por razones de mi trabajo, y Barcelona, por idénticas razones (Vid. "Jordi Pujol-1980"). (Dos anécdotas de mis viajes a Madrid. Acompañé a Clinton Davis y a Meadows durante la presidencia española y les hice descubrir el jamón serrano y los percebes, a los que se aficionaron como locos. En otro viaje visité al Ministro de Obras Públicas, Cosculluela, por indicación de Barrionuevo, el ministro español de Transportes, que, en un Consejo, me señaló: "No sé lo que le has hecho a Cosculluela, pero está enfadado contigo. Vete a verle". Resulta que yo había dado sendas conferencias en Madrid y Barcelona sobre la superioridad de las autopistas sobre las autovías, donde estaba concentrada la política española de infraestructuras, ya que, aunque más costosas, tenían más ventajas que éstas. Cosculluela, ante mi asombro, me señaló que estaba criticando demasiado al Gobierno español y, ante mis explicaciones técnicas, me ofreció un argumento supremo a favor de las autovías: "¡Las autopistas son fascistas!". Le dije, como a los locos, "Yes, Sir!", y me marché). Pronuncié conferencias sobre la liberalización de los transportes en otras capitales europeas (en Canarias tuve que hacer el doblete en Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, por aquello de la competencia local), pero recuerdo con especial felicidad las que pronunciamos mi Comisario Van Miert y yo mismo invitados por la 389


FIAT, coincidiendo con el partido España-Bélgica, en Verona, en el Campeonato Mundial de Futbol, año 1988. Fuimos, conferenciamos, vimos cómo España ganaba a Bélgica -Karel y yo no nos peleamos- y pudimos también hacer turismo en Venecia. Todo ello, inolvidable. Cinco años después de mi llegada a Transportes, sorpresivamente cesé como Director General y la Comisión me nombró Inspector General de Servicios, un servicio creado ex-novo; una periodista española afirmó años después que lo había sido para mí (Vid: "Una periodista de El Mundo-1993"), pero la historia tiene mucha más miga, como se verá más adelante (Vid: "La Inspección General de Servicios- 1991"). Con motivo de mi cese, aparte de la despedida masiva que me hizo toda la DGVII, recibí mil muestras de apoyo, agradecimiento y solidaridad. Reproduzco algunas para conocimiento general y especial satisfacción de mis nietos. En lo personal, entre las muestras de afecto de "mis" funcionarios de la DG, destaco la de la francesa Nicole Kleman: "Su salida de la DGVII me emociona y me entristece. Vamos a echar en falta su irradiación, su dinamismo, su talento negociador"; el holandés Doef: "Espero que su impacto personal y profesional sea tan alto cuando Ud. inspeccione como cuando ha dirigido"; y el español Joaquín Díaz Pardo: "Con mi agradecimiento 390


al mejor Director General que he tenido en mi carrera profesional y mi afecto hacia tu persona, cuya caballerosidad es rara avis en la Comisión". En el plano oficial, ya me he referido a la misiva de Nellie Smitt Kroes, que tanto me emocionó, al igual que una carta que recibí de Barrionuevo o la de Jean Luc Dehaene, Viceprimer Ministro y Ministro de Transportes de Bélgica: "todos estos años he constatado su competencia y su dinamismo en los delicados temas que Ud. ha tenido que tratar, así como el espíritu de colaboración que siempre le ha animado en su trabajo". Y de tantos testimonios de organismos internacionales, empresariales y sindicales, me gratificó especialmente el de Gerald Hunteregger, Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para Europa de la ONU: "Lamento mucho su salida de la DG de Transportes, donde Ud. ha sido auténtico pilar de la CEE en un sector prioritario". De Manuel Marín, ni siquiera una llamada de agradecimiento y, mucho menos, de afecto. ¡Claro que como nunca le caí simpático! Al fin y al cabo, un “fascista”. THE HOUSE OF COMMONS c. 1987 El Tratado de Roma tenía muchas lagunas en el sector de los transportes que limitaban la capacidad 391


de iniciativa legislativa que, como es sabido, corresponde a la Comisión Europea. Una de ellas, aunque no la más importante, se refería a la seguridad en el transporte, por lo que cada vez que la Comisión mostraba su deseo o decisión de proponer algún proyecto legislativo concreto se producían interminables discusiones en el Consejo, que defendía el principio de subsidiariedad a favor de los Estados miembros y rechazaba la capacidad de iniciativa de aquella. Así sucedió con la seguridad del transporte en carretera donde tanto costó a la Comisión sacar adelante temas tan razonables como la limitación de velocidad, el uso del cinturón de seguridad o la tasa de alcoholemia en el conductor, que mi Dirección General introdujo en el Consejo. (Hubo que esperar hasta 1992, cuando el Tratado de Maastricht incorporó la seguridad en el transporte entre las competencias comunitarias). Este asunto fue el que me llevó a defender en 1987 la postura de la Comisión ante la Cámara de los Comunes, en un "hearing" convocado al efecto por su Comité de Transportes, por ser el Gobierno británico el más reticente a dejar el tema en manos de la burocracia bruselense. Creo que pude convencer al Comité, en el largo "hearing" que mantuvo conmigo y con Peter Bottomley, subsecretario (minister) británico de transportes -que, por cierto, me hizo la descortesía 392


de no quedarse a mi intervención tras la suya-, de que la seguridad en el transporte era cuestión de todos: de ahí, la necesidad de normas comunes. Mi intervención se inició con mis palabras de satisfacción y honor por ser el primer Director General de Transportes de la Comisión Europea que intervenía en la Cámara y ser también un admirador del sistema parlamentario británico, cuya historia conocía tan bien por mis años de joven estudiante en Londres. Estas palabras y mi buen inglés me ayudaron a que los miembros del Comité prestaran más atención a mis argumentos sobre el fondo del asunto. Al final, tras algunas preguntas de rigor, el chairman del Comité me dio las gracias por mi presencia y mi clara exposición "and in such a beautiful english"! Y el happy end: mucho antes de Maastricht, a finales de los años 80, el Consejo de Ministros de la todavía C.E.E (hoy U.E.) aprobaba los Reglamentos sobre seguridad en el transporte por carretera: cinturón de seguridad, tasa de alcoholemia, limitación de velocidad (y uso del tacómetro en camiones y autobuses). En todo caso, mis antecedentes y mi admiración por el sistema parlamentario británico me permitió disfrutar de modo especial de mi primer y único paso formal por la Cámara de los Comunes. JOSÉ BARRIONUEVO 1988 393


Cuando cesé como Director General de Transportes de la Comisión Europea, recibí una carta de José Barrionuevo que me emocionó especialmente: "Deseo que tengas constancia de mi sincero agradecimiento por tu colaboración dentro de la Comisión, que me ha servido de una gran ayuda para afrontar las cuestiones de la competencia de este Ministerio". Y acto seguido, con el franco entusiasmo de su Director General de Marina Mercante, Rafael Lobeto, pidió al Ministerio de Asuntos Exteriores una condecoración para mí. Aunque Fernández Ordóñez, el Ministro, no me la concedió, la carta y la petición de Barrionuevo, socialista, contrastaba en mi memoria con la "no carta" y la "no condecoración" que jamás me escribió y nunca me concedió Pérez Llorca cuando cesé en mí puesto de Méjico. ¡Cosas veredes! (Que los socialistas estaban cambiando su opinión sobre mí se confirmaría en 1993, cuando con Javier Solana de Ministro, Máximo Cajal, mi Subsecretario, me llamó a Bruselas para anunciarme que ascendía a la categoría de Embajador. Creo que Máximo fue mi máximo valedor, por lo que siempre le estaré agradecido). Nunca supe quien frenó la condecoración propuesta por Barrionuevo, quizás el sectario Fernández Ordóñez, ¿para no ofender a Guerra? Con Barrionuevo siempre me llevé bien, desde que 394


llegó a Transportes. Mis relaciones con él fueron siempre agradables y sinceras e incluso iniciamos una cierta amable y respetuosa amistad. Nos compenetramos mucho hasta el punto de que un día me dijo: "Pareces uno de los nuestros"; le contesté, "¡es que lo soy, porque independientemente de mi ideología, nunca permitiría que nadie perjudicara a mi país, cualquiera que fuera su Gobierno". (Esto es lo que nunca pude perdonar a Fernando Morán: dudas sobre mi capacidad y lealtad al Gobierno socialista por mis ideas conservadoras en un eventual alto cargo diplomático, porque "antes tenía que reciclarme"). Mis contactos con el Ministerio de Transportes, al igual que con los de los restantes países miembros de la CE, eran frecuentes, tanto en mis visitas a las capitales respectivas para "vender" las ideas y proyectos de la Comisión, como en los dos o tres Consejos de Ministros de cada año. Con especial placer recuerdo el Consejo informal de ministros de Turismo (tanto el Ministerio en Madrid como mi Dirección General se ocupaban de las competencias de Turismo en esa ocasión) celebrado bajo la Presidencia de Grecia, teniendo como sede un crucero en barco por las islas griegas. Barrionuevo acudió acompañado de su amigable esposa, Esperanza, y yo le pedí a la mía que acudiese a Atenas para embarcarnos en el Pireo, (naturalmente, pagado su viaje de mi bolsillo). Durante cuatro días, 395


navegando de noche y trabajando las tardes, por las mañanas pudimos recorrer algunas bellísimas islas: Patmos, Mikonos…y Rodas. Esta fue una experiencia inolvidable, que, en el plano personal, nos permitió a Barrionuevo y a mí conocernos a fondo y consolidar nuestras relaciones más allá de una respetuosa subordinación, tanto más cuanto regresamos a Madrid con el matrimonio Barrionuevo y otros miembros de su delegación en el Mystère del Gobierno español. Barrionuevo se quedó de piedra cuando le llamé desde Bruselas para comunicarle que, por iniciativa del Gobierno español, vía negociaciones de Manuel Marín en la Comisión, cesaba yo en Transportes; se indignó y trató de corregir el golpe, pero llegó tarde: la combinación de Directores Generales en la Comisión era de interés para muchos países y España, a cambio de Transportes, conseguía otra Dirección General de mayor interés. (Vid: "La Inspección General de Servicios- 1991"). Años después, lamenté mucho la condena de Barrionuevo por lo del Gal y su entrada en la cárcel: creo que debieron ser otros, más altos, los que allí debieron entrar. En todo caso, de mi relación con el Ministerio de Transportes de aquella época, el regalo colateral fue mí amistad con Lobeto, con quien, tras mi jubilación, monté una empresita consultora en el sector de los transportes, trabajando juntos casi diez años (Vid: "Peña-Lobeto, S.L.-1996"). 396


9 DE NOVIEMBRE 1989 Ese día cayó el Muro de Berlín. Aunque tras la Perestroika y la Glasnot de Gorbachov se vislumbraba el final de ese espantoso Socialismo real que había esclavizado media Europa durante más de cuarenta años, en Bruselas nadie esperaba la explosión de libertad que desde Hungría y Polonia llegó hasta la RDA y que ese 9 de noviembre estallaría ante el infamante Muro. Nos llegaron las imágenes de la gente rompiéndolo a martillazos y todos nos emocionamos. Los alemanes de mi Dirección General, con Jurgen Erdmenger a la cabeza, irrumpieron en mi despacho, donde, tras abrazarnos, abrimos una botella de champán que alguien trajo. Ya avistábamos la tan soñada reunificación de las dos Alemanias y el no menos soñado fin del Comunismo en el poder en cualquier rincón de Europa. ¡Que Dios perdone el inmenso daño que el Comunismo ha hecho en nuestro Continente... y todavía sigue haciendo en otras partes del mundo! No pude resistir la tentación y el fin de semana siguiente, con Erdmenger, me fui a Berlín a comprobar in situ la caída del Muro. Estaba ya medio en ruinas y me volví a Bruselas con un pedacito del mismo. 397


LA INSPECCIÓN GENERAL DE SERVICIOS 1991 Con los bolsillos repletos de decenas de testimonios de afecto y consideración, en 1991 llegué a la Inspección General de Servicios (IGS) de la Comisión Europea. Nunca antes, ni nunca después, he podido sentirme en mi vida personal o profesional tan arropado como en este momento en que, por la manera en que se produjo mi cese en Transportes, me sentía de alguna manera humillado. "Nothing personal, this is strictly business" (The Godfather, part I). Efectivamente, no hubo nada personal, sino una compleja combinación administrativa que interesaba a varios gobiernos, un baile de Directores Generales a la mayor gloria de la "ingeniería de Personal", característica de las instituciones europeas, donde juegan los intereses nacionales de los Países miembros para mejor colocar sus peones; pues, aunque teóricamente, los funcionarios europeos somos, eso, europeos, todo país que se precie, necesita disponer de un nacional en puestos clave para sus intereses. Lo que ocurre es que siempre hay un perjudicado (the fall guy, como dicen en USA) y esta vez fui yo. (Fui perjudicado porque abandonaba Transportes en el momento en que era la política de moda en Europa y sus autores, Comisario y Dirección General, estaban a punto de llevarse todos los 398


honores). Ocurrió así. Se jubiló el Director General, inglés, que representaba la DGIX (Personal) e Inglaterra no deseaba renovar este cargo sino recuperar la DGVII (Transportes) -que había perdido por el ingreso de España- un sector vital para los intereses ingleses. Bélgica aspiraba a ocupar la DGIX, por el poder que implicaba dominar la política de Personal y estaba dispuesta a abandonar la DGV (Asuntos Sociales). Y España quería esta DGV para colocar a un correligionario socialista venido de Madrid, al tiempo que conseguía más poder (la DGV manejaba el Fondo Social, es decir, dinero, es decir, poder), pero tenía que renunciar a una de las dos Direcciones Generales que ostentaba desde su ingreso en la C.E.: la mía, la DGVII o la DGXVI (Política Regional, que manejaba el Fondo de Desarrollo Regional, es decir, dinero, es decir, poder). Resultado: se cede Transportes a Inglaterra y se gana poder, a la par que me traigo a Bruselas a Segismundo Crespo, socialista, ¡qué casualidad!, magistrado de lo social, que por razones personales quería vivir en la capital belga. Un martes, a punto de coger un avión para Berna, donde estaba negociando con Suiza, me telefoneó Manuel Marín para espetarme: "El viernes, la Comisión te nombrará para un importante cargo 399


nuevo: Inspector General de Servicios. Ya te explicaré cuando vuelvas de Berna". Me quedé pasmado: era la primera noticia que tenía y por mis prisas en coger el avión me limité a decirle: "Me niego rotundamente a dejar la DGVII". Y añadí: "¿Lo sabe Barrionuevo? ¿Lo saben Karel y Abel?" (Van Miert, mi Comisario y Matutes, el otro Comisario español, pepero). Sólo me dijo: "Hablaremos, pero está decidido". En el avión reflexioné sobre el tema y deduje que tanto Karel como Abel debían estar al tanto, quizás también Barrionuevo puesto que si este asunto iba a la Comisión dos días después es que ya estaba decidido por todos los implicados. Desde Berna pude hablar con Matutes, quien me aseguró que se aplazaría la decisión hasta hablar conmigo, y con Barrionuevo en el Ministerio, que se mostró sorprendido, me dijo que nadie le había consultado y que, naturalmente, me defendería a capa y espada. No conseguí hablar con mi Comisario. De regreso a Bruselas, descubrí la jugada, tras hablar largamente con los tres Comisarios y ser recibido por el Presidente Delors, que me doró la píldora: la IGS es un puesto importante, le necesitamos a Ud. porque es el más idóneo para el puesto, será Ud. un primus inter pares, dependerá directamente de mí, etc. Comprobé que no podía dar ninguna batalla ya que no encontraría apoyo del 400


Gobierno español ni de mi Comisario belga. Alea jacta est. Puse mi mejor cara y, cínicamente, agradecí a Delors por haber pensado en mí para ese "importante puesto". Que era importante lo confirmé por doble vía: la satisfacción que mostraron todas las instituciones europeas -Parlamento Europeo, Consejo de Ministros (en su Comité de Representantes Permanentes) y Consejo Económico y Social, cuando presenté ante ellos mi nuevo Servicio (todos llevaban años solicitando a la Comisión que lo crease) y el breve tarjetón que me envió desde Italia, donde, jubilado, era Rector de una Universidad, el antiguo y legendario Secretario General de la Comisión, Emile Noël, diciéndome: "Es un reto gigantesco que solamente tu experiencia y tu talento de negociador te permitirá dominar- es una tarea confiada a una fuerte personalidad como la tuya". Y la propia Comisión hizo constar en Acta lo siguiente: "La Comisión expresa su agradecimiento al Señor Eduardo Peña Abizanda por los eminentes servicios prestados a la institución en el ejercicio de sus funciones como Director General de Transportes desde 1986, a lo largo de una etapa especialmente importante de este sector al nivel comunitario. La Comisión, por otra parte, subraya la importancia que da a las nuevas tareas encomendadas al Sr. Peña Abizanda como Inspector General". (Curiosa fue la manera con que el diario progresista francés Libération acogió mi 401


nombramiento. Con mi fotografía y el titular “Él va a perseguir el despilfarro de los eurócratas”, señaló mi nombramiento como “un brillante fin de carrera” y me definió de manera cariñosa y algo original: “Imaginen Ustedes un cóctel en una embajada en un país de América Latina hacia finales de los años 40. Femmes fatales, espías, hombres de negocio, periodistas, consejeros, militares, se arremolinan alrededor de copas de champán. Entra en escena un agregado de embajada, elegante y educado. He ahí a nuestro hombre: el señor (en español) Eduardo Peña Abizanda. Sólo se excita cuando se habla de cine y confiesa que “no hay más cine que el Hollywood de 1930 a 1955”, como si reconociese su propia imagen en ese universo en blanco y negro”). Durante los cuatro años siguientes, primero creé de la nada la IGS (viajé a París, Londres y Otawa, capitales de los países que ya tenían una gran experiencia en la auditoría de gestión), luego la desarrollé (elaboré un largo y detallado vademecum de operación, que sirvió de base a nuestras inspecciones) y, por último, la consolidé con un creciente prestigio y credibilidad ante todos. La tarea no fue fácil, habida cuenta de que mi labor consistía en auditar de manera permanente a las restantes Direcciones Generales de la Comisión, no como gendarme de ellas sino como un auténtico consultor 402


para mejorar la eficiencia y eficacia de los Servicios. Creo que lo conseguí, ayudado por un pequeño y selecto grupo de inspectores (y siempre con mi fiel Aurelia Fonseca a mi lado, una de las mejores y más leales secretarias que he tenido en mi vida. Aurelia estuvo conmigo ocho años. Alta, delgada, simpática y eficiente, fue de una lealtad exquisita y un pañuelo de lágrimas en muchas ocasiones. Ella, y mi chófer, el belga Daniel Tollemans, me ayudaron en todas las necesidades personales que un hombre, solo y con mucho trabajo, no puede satisfacer sólo). A pesar de la tan cacareada importancia de la IGS, Delors y la Comisión fueron perdiendo interés en ella. A pesar también de nuestra seriedad, honestidad y técnica de auditoría impecable, que se reflejaba claramente en nuestros informes finales de cualquier inspección concreta, la realidad es que nos convertimos en el Pepito Grillo de las DG's inspeccionadas, lo que molestaba a los Directores Generales y a los Comisarios y terminó molestando también al Parlamento y al Consejo de Ministros, porque nuestras conclusiones casi siempre establecían carencias de medios personales y materiales como razón de una cierta ineficiencia e ineficacia en los Servicios, lo que ¡anatema! conduciría a solicitar de estos organismos más dinero y, además, acallaba las críticas que les encantaba hacer de continuo sobre los servicios de la Comisión. 403


Yo también fui perdiendo la ilusión por mi trabajo, pero, obligación aparte, la jubilación estaba cerca y, para qué complicarme la vida. Me limité a cumplir con mi deber hasta el 23 de julio de 1995. Curiosamente, la primera inspección que llevó a cabo la IGS fue la de la DGV, de la que ya había tomado posesión Crespo. Finalizada la Inspección, el Informe provisional de los inspectores era revisado y discutido con la DG auditada, antes de convertirlo en definitivo. Las reuniones sobre la DGV las presidimos Segismundo y yo y pude observar cierto desinterés por su parte; vi que no estaba contento en su posición y supuse, con razón, que duraría poco en Bruselas: Así fue: meses después dimitió y regresó a Madrid. Ya jubilado, me lo encontré varias veces en el Palco del Real Madrid. Nunca le interesó hablar, al menos conmigo, de su fracasada experiencia comunitaria. Hicimos en la IGS varios informe más, cuyos informes finales yo entregaba a Delors y al Comisario concernido. Ignoro si todos pasaron a la Comisión y, en su caso, qué medidas se tomaron o no respondiendo a nuestras propuestas. Llegué así, sin pena ni gloria, al día que, a pesar de mis jóvenes sesenta y cinco años, me jubilaba en Europa (y también en España, pues los socialistas ya nos habían arrebatado cinco años de servicio activo, al rebajar la tradicional edad de jubilación de los setenta años: así se quitaban antes 404


de encima varias generaciones de "fascistas", incluso los "reciclados". La justicia no nos apoyó en nuestras reclamaciones). A diferencia de cuando cesé en la DGVII, mi cese automático en la IGS con motivo de mi jubilación no provocó iguales lágrimas de tristeza, agradecimiento o afecto, ni en cantidad ni en calidad, pero sí recibí uno concreto que me emocionó por su alabanza y fina ironía; me lo envió Christian Dewalyne, francés, uno de mis jóvenes inspectores. Orgulloso de pertenecer a la Carrera Diplomática, especialmente tras mi ascenso a la cabeza del Escalafón como Embajador de España, siempre que veía la oportunidad repetía el chiste favorito de los diplomáticos: un diplomático pregunta a un señor, "¿Es Ud. de la Carrera?", el señor le contesta, "¿De qué Carrera?", y el diplomático, rotundo, concluye el diálogo, "No, no es Ud. de la Carrera". Pues bien, Dewalyne me escribió: "Gracias por habernos embarcado en esta aventura apasionante y haber manejado el timón con firmeza y amabilidad. Podemos decir, sin avergonzarnos, "he sido miembro de la Carrera" (¡en la IGS!)". Todos los demás testimonios que recibí, entonces, fueron debidos a mi jubilación, como se verá más adelante. UNA PERIODISTA DE EL MUNDO 1993 405


A lo largo de mi dilatada vida profesional he tenido muchos contactos con los medios de comunicación, especialmente en momentos en que he estado sometido, por una u otra razón, a la luz pública. Por lo general me han tratado bien, o al menos con objetividad, pero a veces he sido víctima inocente de algún periodista, mal informado, ignorante o de mala fe, que ha interpretado torticeramente alguna declaración o algún comportamiento míos (Vid: “La Prensa-1980”). El caso más sangrante, desinformado e injusto, fue el de una periodista de El Mundo -cuyo nombre, por desprecio, ni siquiera deseo mencionar-, corresponsal en Bruselas, que el 12 de mayo de 1993, publicó una crónica que me injuriaba gravemente. Al hilo de la dimisión de Segismundo Crespo, el español Director General de Asuntos Sociales, esta periodista, sin siquiera conocerme ni mucho menos contrastar conmigo sus elucubraciones, se permitió calumniarme diciendo, ¡dos años! después de mi cese como Director General de Transportes: "Crespo sustituyó (sic) a Eduardo Peña, quién ocupó el cargo de Director General de Transportes hasta que la Comisión decidió aplicarle el artículo 50 (expulsión) por absentismo laboral. Para maquillar el escándalo se creó un puesto especial de nuevo cuño dedicado a él: Inspector General de Servicios. Con este cargo, Eduardo Peña mantiene de hecho todas las 406


prerrogativas de rango y sueldo de las que disfrutaba como Director y, por añadidura, goza de una libertad de la que antes carecía". Errores, falsedades y mala leche. ¿Por qué? ¿Quién metió estas ideas en manos de esta pobre periodista? (Malas lenguas me insinuaron que el tema pudo haber salido del Gabinete Marín. En ningún momento nadie pensó en "expulsarme" de la Comisión vía artículo 50 e ignoro de dónde pudo argumentarse que, de haberse producido esa decisión, habría estado basada en " mi absentismo laboral" (quizás por el mes que permanecí en Madrid para operarme, y convalecer, de una hernia discal) y, además, la Inspección fue creada ad hoc tras la reiterada petición tanto del Parlamento Europeo como del Consejo de Ministros. En cuanto a la mala leche, ¿a cuento de qué viene la coletilla, si no es para hacerme daño, de hacerme pasar por privilegiado vividor a costa de la Comisión?, que también sale mal parada por todas partes. Aún hoy sigo ignorando porqué estas injurias a mi persona, hechas, repito, dos años después de mi cese. A esta ignorante y mentirosa periodista le lanzo a la cara dos testimonios de mi cese: el Acta de la Comisión, naturalmente pública, de 6 de febrero de 1991, que cito en otro lugar, sobre mi labor como Director General de Transportes y la nota que me envió el gran Emile 407


Noël, que ya he mencionado. Hoy, llevaría a la calumniadora a los tribunales, por injuria a mi honor; ayer, entonces, ni siquiera quise involucrar a la Comisión en una querella y me limité a enviar una carta a "El Mundo" que éste se limitó a publicar, sin comentario o réplica. Desde entonces no he vuelto a leerlo. Por supuesto, la periodista nunca se retractó, que yo sepa. Y nunca he querido, tras mi jubilación, enfrentarme cara a cara con la calumniadora. ¿Para qué? JOSÉ MARÍA AZNAR 1994 En alguno de mis viajes a Madrid, tanto personales como profesionales, que hice desde Bruselas durante los nueve años que permanecí en la Comisión Europea, visité varias veces a José María Aznar, ya Presidente del PP, para informarle sobre los asuntos de mi competencia y, sobre todo, en calidad de Vicepresidente del PP en el Benelux. (El Presidente era el inteligente y caballeroso Rafael "Gordo" García Palencia, entonces Director de la Competencia en la Comisión). Conocí también en aquellas ocasiones a nuestro Secretario General, Francisco Álvarez Cascos que siempre me produjo una gran impresión; afortunadamente, toda España pronto comprobaría lo que era ser gobernada por políticos de raza como estos dos. 408


Aznar siempre me mostró su afecto y apreciación por mi labor en Bruselas, pero me iba a fallar en un momento clave en mi vida. A un año vista de mi inminente jubilación a los 65 años, tanto en la Comisión como en mi Ministerio, a principios de 1994 le visité y, con mi curriculum en la mano, le solicité ser incluido en un puesto de salida en la lista del PP para las inmediatas elecciones al Parlamento Europeo. Consideraba yo estar en plena forma física e intelectual para seguir trabajando y la ocasión parecía propicia, dada mi larga experiencia internacional y, especialmente, comunitaria. Así lo vio el Presidente y prácticamente me lo prometió, diciéndome al despedirme: "Dalo por hecho". Y tanto lo di que se lo comuniqué a mi jefe, Jaques Delors, y al Comisario español del PP, Abel Matutes, ese exitoso empresario ibicenco y estupendo miembro de la Comisión. Algunas semanas después, el propio Matutes me confirmó que yo iría en la lista; sin embargo, cuando ésta se publicó, el nombre de Eduardo Peña no estaba en ella y mi sorpresa dio paso a la indignación cuando vi en la lista algunos nombres impresentables; me di cuenta que la política no perdona y que en ella predominan intereses distintos a la "meritocracia", de la que yo, al menos en este caso, creía estar sobrado. Escribí una dura carta a Aznar, con copia a Matutes, que terminaba así: "Siempre me va a quedar la amargura de este incidente, marginal para el Partido, 409


pero muy doloroso para mí". Poco después, Aznar me contestó con un tarjetón de su puño y letra, que rezaba así: "Lamento mucho que al final tu presencia en la lista europea no fuera posible. Espero verte al final de las elecciones y que esta Casa pueda seguir contando con tu colaboración y apoyo". Matutes también me escribió: "como sé de tu caballerosidad, de tu pundonor, de tu limpia trayectoria, en lo que siempre has dado prueba de tu desinterés y de tu lealtad a España y al Partido, me permito seguir contando con tu colaboración y con tu apoyo en la esperanzadora etapa que ahora iniciamos". (Ya veíamos todos que el “Váyase Señor González” de Aznar en el Congreso pronto iba a ser, afortunadamente para España, una realidad) Ya jubilado, seguí colaborando con Génova 13 -con Aznar ya Presidente de Gobierno- aunque por poco tiempo: al parecer, los "viejos" como yo, como Bassols, como García Palencia, que lo intentamos, ya no servíamos cara a los jóvenes peperos del Partido que, of course, lo sabían todo sobre Europa. No volví a ver a Aznar durante los ocho años de su exitosa presidencia, pero sí, después, esporádicamente, en su despacho de FAES. Jamás hablamos del incidente que para mí hubiera significado seguir en activo al menos ocho años más al servicio de España y en un campo en el que me había convertido en un experto. 410


Así son las cosas. En 1997, Matutes, Ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de Aznar, me impuso, en su despacho de Santa Cruz, la Gran Cruz de Isabel la Católica, " por los servicios prestados a España" en Méjico y en Europa, catorce años después de que no lo hiciera Pérez Llorca. ¿Compensación por lo del Parlamento Europeo? LA JUBILACIÓN 1995 Cuando uno se jubila, echa la vista atrás y tiene la tendencia de intentar resumir en un breve epitafio lo que fue su vida profesional, ya fenecida ¡ay! A mí no me dio tiempo de intentarlo, pues Pepe Lladó, mi antiguo jefe en el Ministerio de Comercio en aquel bendito Gobierno de los Penenes, se me adelantó, escribiéndome estas preciosas palabras que me sirven de epitafio para mi larga carrera profesional: "Gozosamente puedes tú recordar esos cuarenta años de servicios generosísimos y limpísimos a la Res Publica". ¿Generosidad y limpieza en mi trayectoria? Modestia aparte, creo que sí. A finales de julio de 1995, al cumplir los sesenta y cinco años reglamentarios, la Comisión Europea me jubiló y el Estado español también. (El PSOE, nada más llegado al poder, nos robó, a mí y a muchos 411


españoles, cinco años de carrera cuando rebajó la edad de jubilación a 65 años. Estaba claro que fue una purga encubierta porque, de golpe, sacaba de la Administración del Estado a centenares de funcionarios de Cuerpos especiales que evidentemente éramos de mayoría conservadora. Los tribunales, ante nuestra reclamación, no nos ampararon. Lamentablemente, el Partido Popular, que revertiría la medida socialista, tardó en llegar al poder y cuando lo hizo, en 1996, yo ya llevaba jubilado un año y me había limitado a escribir mis memorias impublicables. Por su contenido, me limité a editar unos pocos ejemplares que bajo el nombre de “Cartas a mis nietos” distribuí a hermanos, hijos y nietos. (Pocos días antes de jubilarme, la Comisión -por iniciativa del Vicepresidente Marín- me propuso nombrarme Jefe Adjunto de la Unidad Electoral de la U.E. para las futuras elecciones en Palestina. El destino era para un año y la residencia sería en dicho conflictivo lugar. A pesar de que ello significaba continuar por un tiempo en el servicio activo en Europa, la propuesta no me atrajo en demasía por el peligro personal que el puesto implicaba. Por ello no acepté, aunque así renunciaba a una categoría personal que este alto puesto diplomático me hubiera dado para culminar “en beauté” mi carrera. Pero, ¡ya no tenía edad para una nueva aventura! (amén de lo poco aventurero que siempre he sido, frente a esos 412


compañeros, que tanto he envidiado, Perico Arístegui o José Antonio Varela). La Comisión se despidió de mi de palabra y de palabra me dio las gracias por los servicios prestados, todo ello por medio de los altos cargos que asistieron a los diversos actos de homenaje y despedida que se me hicieron. El Estado español lo hizo por escrito, pero en forma fríamente protocolaria, más aún, rutinaria. Hombre, nadie espera besos y rosas en nuestra despedida, pero poco reconforta el sonsonete habitual de los decretos de cese, "gracias por los servicios prestados", o las rituales frases que me escribió el Subsecretario, Jesús Ezquerra: "Me es grato dejar constancia con estas líneas del reconocimiento del Ministerio y de la Carrera Diplomática por la labor que has realizado a lo largo de tantos años de servicio". Y las también corteses y rituales del entonces Ministro, Javier Solana: "Deseo hacerte llegar mi profundo agradecimiento y sincero reconocimiento por los muy valiosos servicios que has prestado a nuestro país y su Servicio Exterior". Hombre, sí habría agradecido una Gran Cruz, por ejemplo, la de Isabel la Católica (la anterior, del Mérito Civil, databa de 1977) o, simplemente, algo más de calor personal, pero claro, ni Solana ni Ezquerra me conocían personalmente y, posiblemente, ignoraban todo sobre mi extenso y prolífico C.V. y tantos 413


esfuerzos, trabajos, sacrificios y, a veces, sudor y lágrimas, de mi larga trayectoria vital. No les reprocho nada personalmente, pero sí a la dichosa Burocracia. Para compensar todo esto, recibí muchos testimonios personales, escritos con el calor del corazón; de ellos el más sencillo y hermoso fue el de Daniel Tollemans, mi chófer, que traduzco del francés: "Quiero que sepa que esta ruptura (sic) me deja una profunda amargura. En veinte años de funcionario, estos últimos nueve años a su servicio han sido los mejores por la felicidad de trabajar con un patrón como Ud. Esta experiencia me ha demostrado que un patrón también puede ser un amigo". Y, entre mis compañeros de Carrera, el más efusivo fue el de José Manuel López Barrón, antiguo Secretario de Embajada conmigo en Méjico: "Quisiera decirte que siempre te he admirado como persona y como diplomático por tu gran capacidad de trabajo, claridad de ideas, entusiasmo y honestidad (¡todavía quedan!); tu ejemplo me ha ayudado enormemente cuando he llegado a Embajador". (Por el contrario, mucho me dolió no tener noticias de algunos de mis muchos otros subordinados en tantos años de carrera). Todas estas satisfacciones no pudieron, sin embargo, ocultar mi preocupación por el futuro; me sentía todavía joven (!) y fuerte, con ganas de seguir 414


trabajando, entre otras razones, para complementar financieramente mi pensión de jubilación. (Cuando con mi esposa hice números sobre los ingresos que íbamos a contar a partir de este momento y llegamos a la conclusión de que tendríamos que apretarnos algo el cinturón, Mavi, que sin embargo ha sido siempre austera, me lanzó una pregunta retórica, "¿Y tú, por qué no has robado nunca, aunque fuera un poquito?"). La Comisión me autorizó por escrito para poder ejercer actividades remuneradas como consultor en relaciones económicas internacionales, pero como yo me mostraba escéptico ante las posibilidades de encontrar trabajo a los sesenta y cinco años, pensé emular a mi actriz favorita, Bette Davis, que a los 50 años, al encontrarse sin trabajo, publicó un anuncio en el New York Times ofreciendo sus servicios en base a su experiencia. El mío podría haber sido más o menos así: "Embajador de España, ex-Subsecretario de Comercio, ex-Presidente de FOCOEX S.A., ex-Consejero de CESCE, INI, etc., jubilado por imperativo legal a los 65 años, en plenitud de sus facultades físicas, mentales e intelectuales, se ofrece para trabajar a tiempo parcial o total como asesor-consultor en relaciones económicas internacionales y/o comercio exterior". No fue necesario. Antes de abandonar Bruselas me habían fichado Pancho Pérez González para su Eductrade y el Banco Exterior de España. 415


MIS JEFES 1995 A lo largo de mi vida he tenido la gran suerte de toparme con Jefes que, con las consabidas excepciones, no sólo supieron "mandarme" sino que, por su personalidad, categoría o inteligencia permitieron que mi "obediencia" fuese gratamente satisfactoria. Los hubo de todas clases en las tres etapas de mi vida profesional: la diplomática, la comunitaria y la empresarial privada, pero todos fueron grandes señores y profesionales. De todos y cada uno aprendí más de una lección, a veces técnica, las más, humanas. A todos, a casi todos mejor dicho, les estaré eternamente agradecido. En mi etapa diplomática, de Pedro Rodríguez-Ponga aprendí lo que es el estilo en un diplomático; de Isaac García del Valle, la serenidad en la negociación; del Conde de Casa Miranda, el señorío social; de Francisco Javier Conde, la importancia de las relaciones culturales; de Rafael Ferrer, el compañerismo; de José María Alfaro, que se puede ser un gran diplomático sin haber pasado por la Escuela Diplomática; de José Sebastián de Erice, la sabiduría que nos llega con años de carrera; de José Luis Cerón, la constancia en la persecución de un fin; de Raimundo Bassols, la seriedad en el trabajo; de Carlos Robles Piquer, la 416


intensidad en el trabajo. En mi etapa comunitaria, de Stanley Clinton Davis, aprendí paciencia; de Karel Van Miert, la necesidad de compromiso; y de Jaques Delors, que no sólo basta con tener razón para poder imponerla. Y en mi etapa empresarial, de Mauricio Hatchwell aprendí que la imaginación es madre de la creatividad; de Manuel Márquez Balín, el valor del liderazgo; de Antonio Sánchez Quiñones, el de la amistad; de Francisco Pérez González, el de las relaciones públicas; de Gregorio de Haro, el valor de la honestidad en la actividad profesional. En esta larga lista de los que han sido mis jefes he obviado a los cuatro ministros de quienes he dependido directamente, Carlos Pérez Bricio, José Lladó, Marcelino Oreja y José Pedro Pérez Llorca, porque han merecido su correspondiente capitulillo por tantos instantes que he querido rememorar de mi relación con ellos y de aquellos se puede deducir lo mucho, o lo poco, que aprendí de cada cual y el mucho o poco afecto que todos ellos me provocaron. RAMÓN MENDOZA – LORENZO SANZ 1995 Este tandem de presidentes del Real Madrid estuvo unido durante diez años, desde 1985 cuando Ramón ganó su primera elección a la Presidencia, con Lorenzo de segundo, hasta 1995 en que Lorenzo accedió a ella tras defenestrar la Junta Directiva a Ramón. Con ellos sería yo directivo del Real. A 417


Ramón le conocía desde siempre por su intensa actividad en el comercio exterior, y éramos buenos amigos, aunque su vida social, por su personalidad y status económico, no era precisamente la mía. Pero nos entendíamos muy bien y nuestro amor por el Club era un lazo más de unión. Mendoza había sido vicepresidente con Luis de Carlos en 1978, pero, al igual que yo, pronto dimitió. (El motivo fue aquella demoledora portada de la revista Cambio 16 que, al pie de su foto, proclamaba: "El hombre de la KGB en España" -Ramón tenía fuertes lazos comerciales con la URSS). Todavía en Méjico, en 1982 Ramón me telefoneó para ser su Vice en las inminentes elecciones al Real Madrid que convocaba Luis de Carlos; acepté encantado, pues las mismas casi coincidirían con mi ya anunciado regreso al Ministerio. Por poco margen, perdimos esas elecciones y Ramón, frustrado, anunció a la prensa presentándome: "aquí está el próximo presidente del Real Madrid, pues yo ya no me presentaré más". No fue así, pues en 1985 Ramón se volvió a presentar cuando don Luis, cansado de la difícil dirección de este tan complejo club, convocó nuevamente a las urnas. Seducido por algún canto de sirena, que ahora no recuerdo, decidí yo también presentar mi candidatura bajo el lema "Volver a ser, una obra de todos"; en ella integré a mis grandes amigos, madridistas de pro, Juan Manuel Herrero y Manolo Quílez y de la mano de ex-directivos 418


de de Carlos, me encontré con Gregorio Peces Barba del Brio, el padre del Gregorio co-autor de nuestra Constitución. (Su presencia provocó algunos anónimos insultantes por parte de algunos ultras pues, al parecer, don Gregorio Senior había sido fiscal en Tribunales de Orden Público durante la Guerra Civil). Nuestra candidatura tuvo pocos medios financieros, lo que, unido a la buena y conocida imagen pública de Mendoza, hicieron inviable cualquier posibilidad de victoria. (Mendoza tuvo casi toda la prensa a su favor y José María García me trituró). Ni siquiera se celebraron elecciones, ya que los otros candidatos, yo y el conocido actor Juanito Navarro, nos retiramos de la carrera y Ramón fue elegido como presidente como único candidato final (En aquella época, los candidatos no tenían que presentar más aval que un determinado número de firmas de socios, creo que 2000; Ramón presentó a la Junta Electoral más de 14.000 y yo, 2.500; no recuerdo si Navarro presentó algunas. ¡Igual que ahora, que sólo pueden presentarse lo millonarios por el elevado aval financiero que exigen los Estatutos del Club y la propia Ley de Sociedades Anónimas Deportivas!). (Otro inciso que el recuerdo me impone. En plena campaña electoral, critiqué el planteamiento que, en un partido de la Copa de Europa, hizo el entrenador del Madrid, Amaro Amancio, fabuloso jugador muestro 419


y mediocre entrenador -así lo demostró, fracasando en esa función-; Amancio reaccionó con un "zapatero a tus zapatos", lo que provocó cierto malestar en mi candidatura, sobre todo por parte de Peces Barba, que nunca simpatizó conmigo. La reacción del entrenador fue recogida en el diario AS por un conocido periodista, al que yo conocía bien, Sarmiento Birba, que se hizo eco de la frase. Contesté a ambos en un breve artículo que me publicó el ABC, el 26 de abril de 1989, bajo el título de: "Zapatero a tus zapatos o cuando los aficionados también saben", que se explica por sí mismo. Ambos agraviados (?) callaron aunque creo que Amancio nunca me lo perdonó). Ramón y yo hicimos las paces, tras la "batalla verbal" de la campaña electoral, de la mano de Peces Barba Junior en un almuerzo de confraternización de las dos candidaturas. Allí conocí a Lorenzo Sanz, ya Vicepresidente con Ramón, cuya bohomía enseguida me cautivó: fue el principio de una larga y duradera amistad. Destinado en Bruselas, cuando venía a Madrid era invitado frecuentemente al palco presidencial y fui testigo, vía TV o radio, de los éxitos del tandem Mendoza-Sanz, sobre todo con la "Quinta del Buitre": cinco ligas consecutivas, pero, ¡ay! ninguna Copa de Europa, aunque más de un año la merecimos-. Y llegó el año 1990, cuando Ramón debía revalidar 420


la presidencia en las correspondientes elecciones. Ramón no las tenía todas consigo y temía la candidatura del genial Alfonso Ussía, figura pública y tan popular como él; me llamó a Bruselas y me pidió que le acompañase en la campaña electoral; no pude hacerlo y sólo fui a Madrid el fin de semana de la votación. El domingo, tras votar, Ramón estaba de los nervios. Le saqué de las oficinas de su candidatura y le llevé a comer al Hotel Ritz. En torno a una paella me confesó su temor a perder "por la valía de Ussía, aunque creo que he hecho muy pocas cosas mal". (En el curso de la comida surgió el tema sobre la necesidad de que el Club contase con un Director General. Estuve de acuerdo con él e hicimos un retrato-robot de un posible candidato y llegamos a la conclusión de que podría ser un diplomático. Entonces me espetó: "¡Hombre, tú!" Me reí y le dije que yo le resultaría muy caro -por aquello del lucro cesante y daño emergente-. Después hablamos de ello alguna vez más, como comenté en algunas entrevistas de prensa, aunque sin ánimo de concretar nada. (El diario AS publicó una larga entrevista conmigo el 13-91991, de Luis Miguel González, en la que yo declaré “Mendoza y yo formaríamos un excelente matrimonio”. Y el pie de una foto de los dos juntos decía: “Mendoza y Peña Abizanda han hablado largo y tendido. Don Ramón, al parecer le quiere nombrar su “segundo “ de abordo en el cargo de director comercial”). Pero 421


Ramón se quedó con la idea y, poco después, de nuestras conversaciones nombró Director General a mi compañero Chencho Arias. No sé lo que pasó, pero éste no aguantó mucho: creo que lidiar simultáneamente con Ramón y el todopoderoso Gerente del Club, Manuel Fernández Trigo, era demasiado para cualquiera. En todo caso, creo que tanto Ramón como yo nos equivocamos en la definición del cargo: un diplomático, más que para Director General, es idóneo para Director Institucional, cargo que ostenta hoy Emilio Butragueño, el célebre "Buitre"). Ramón ganó bien las elecciones de 1990 y siguió con algunos éxitos deportivos más y con Sanz como vice. (Todavía no había llegado el Barcelona del siglo XXl y el Real Madrid seguía creciendo en su dominio futbolístico, y también baloncetístico, para alcanzar el título, otorgado por la FIFA, del "mejor Club del siglo XX"). Y finalmente, llegó 1995, otra vez elecciones. Ramón me llamó a Bruselas, sabedor que en julio me jubilaba, y me pidió que, por fin, me incorporase a su candidatura. Acepté, feliz, pero puse una condición: sin medios propios, yo no podría contribuir a los gastos de campaña y mucho menos prestar ningún aval a la candidatura. Ramón me dijo: "No te preocupes, Lorenzo se ocupará de ello, pero yo te quiero conmigo". La realidad es que Lorenzo aportó la 422


parte que me correspondía de los gastos de la candidatura. Sin embargo, respecto al aval de la Junta Directiva para presentarse a las elecciones, me llevé un susto morrocotudo. El 20 de octubre recibí en mi casa un requerimiento notarial que casi me produjo un infarto. Resulta que el aval, prestado por el Banco Popular el 21 de junio, a favor de la Junta y ante la Liga de Futbol Profesional (LFP), ascendía a la hermosa cifra de 1.045 millones de pesetas y era un aval solidario; el requerimiento me exigía, pues, el pago de dicha cantidad al Banco. Pero resulta que yo nunca había firmado la póliza por encontrarme ausente (estuve en Bruselas hasta el 31 de julio después de jubilarme), por lo que me personé ante el notario y manifesté que no había firmado la póliza a la que se refería el requerimiento y que no tenía noticias de su existencia hasta que me fue notificada. Era verdad, porque de esta manera me había protegido Lorenzo, conforme a su promesa. En todo caso el asunto se resolvió, la LFP dejó sin efecto sus requerimientos de pago del aval prestado por el Banco y así me lo comunicó éste por carta el 20 de noviembre. Respiré tranquilo y me dije: "los pobres no podemos meternos en estos líos. Una y no más". (Afortunadamente, mi esposa nunca se enteró de este lío). Otro candidato, Juan Miguel Villar Mir, también me llamó para integrarme en la suya: me habría 423


encantado hacerlo, pero ya estaba comprometido con Mendoza; pero mi vanidad quedó a salvo: seguía siendo "alguien" en mi querido Real Madrid, a pesar de tantos años de ausencia. Ramón y Juan Miguel pactaron una única candidatura y ganaron por poco las elecciones. Y se las ganaron nada menos que a Florentino Pérez que llegaba con fuerza y mucho dinero para hacerse con el poder del Real Madrid. Me tomé unas cortas vacaciones y fui a Madrid para participar en la campaña. Ganadas las elecciones, regresé a Bruselas para terminar mi misión en la Comisión Europea y jubilarme el día de mi 65 cumpleaños, el 23 de julio de 1995. El 31 llegaba a Madrid y me enteré que Villar Mir y su equipo habían abandonado la Junta Directiva, por desavenencias sobre la situación financiera de la entidad. Pocas semanas después, la Junta votó la destitución de Ramón Mendoza como Presidente, al parecer porque, a espaldas nuestras, estaba acordando con Florentino Pérez una estrategia para el futuro. Elegimos a Lorenzo como Presidente y se incorporaron nuevos directivos. Ramón nos llamó "okupas" -término que empezaba a ponerse de moda- y yo le respondí con un artículo en ABC, "Carta de un okupa a Ramón Mendoza". Naturalmente, se rompió definitivamente la amistad de ese tandem, quedando también maltrecha la mía con Ramón. Tras tres años en la Directiva, dos de ellos al frente 424


de la histórica Sección de Baloncesto, donde lo pasé en grande, presenté mi dimisión por una triste historia con periodistas del diario "El Mundo" (Vid: "La Prensa1980"). De esta experiencia guardo especial recuerdo de la amistad desarrollada con Fernández Trigo, el Gerente; Juan Antonio Samper, Asesor Jurídico; Rafael Rullán, Jefe Administrativo de la Sección de Baloncesto y los Doctores Herrador y del Corral. A pesar de mi dimisión, seguí siendo bienvenido en el Palco Presidencial, aunque casi siempre preferí ocupar mi magnífico abono, junto a mis amigos, Alfonso Martínez Andina, Pepe Jerez y Manolo Quílez, en el cada vez más moderno Estadio Santiago Bernabeu. Lorenzo, que tras la defenestración de Mendoza había sido ratificado como Presidente en elecciones convocadas al efecto en 1996, convocó las reglamentarias en el año 2.000, convencido que las iba a ganar, tras la conquista de las 7ª y 8ª Copas de Europa, ya denominadas Champions, después de treinta y dos años de sequía europea. Sin embargo, las perdió frente a la pujanza de Florentino Pérez y muchos rumores, en mi opinión falsos, sobre determinados comportamientos financieros irregulares. Y yo me quedé sin devenir Defensor del Socio, cargo no retribuido, que Lorenzo deseaba crear. Le escribí escuetamente: "Siempre nos quedará París", escenario de la Séptima (3-0 al Valencia en la final de París). La llegada de Florentino Pérez a la 425


Presidencia y el inicio de mi abierta oposición a él, rompió todo vínculo mío con el Madrid oficial, lo que, salvo el corto interregno de Ramón Calderón, 20062009, duraría hasta hoy mismo. Pero esto, como diría Kipling, is another story. INOCENCIO "CHENCHO" ARIAS 1995 Cuando me jubilé en 1995 y eché la vista atrás sobre mi carrera profesional, si no brillante ni excepcional sí bastante interesante, también pasé revista a tantos compañeros míos diplomáticos y sus respectivas trayectorias, muchas brillantes, algunas espectaculares; descubrí, sin embargo, que no sentía envidia de ninguno de ellos, salvo la pequeña frustración de no haber llegado a ser embajador, o al menos ministro-consejero, en la Corte de St. James. (A pesar de mi dominio de la lengua inglesa, como pocos diplomáticos, tampoco jamás se me dio la oportunidad de un destino en Inglaterra o Canadá o Australia). Sin embargo, hoy sí que debo confesar mi envidia (sana, ¡eh!) de mi compañero Chencho Arias y concretamente de algunos de sus hitos y logros en su larga trayectoria: Director General de la OID (Oficina de Información Diplomática), embajador ante la ONU (llegó a estar sentado en el Consejo de Seguridad), ¡director general del Real Madrid! y, por encima de 426


todo, su popularidad entre la canallesca, hoy refrendada por el público que contempla las tertulias en televisión. Poca relación he tenido con Chencho, lo que lamento, pues conversar con él debe ser una gozada. PEÑA-LOBETO 1996 Recién llegado a Madrid, sin ningún júbilo por mi jubilación forzosa, me puse a buscar algo que hacer. Pronto lo encontré, pues, primero, Pancho Pérez González me fichó como asesor internacional de su empresa, Eductrade y, luego, José Ignacio del Rivero, Vicepresidente del Banco Exterior de España (BEE), me fichó como asesor suyo para asuntos europeos. Iba, pues, a tener cosas que hacer e incluso viajes que realizar, ya que los mercados de estas dos empresas se encontraban fundamentalmente en Iberoamérica; así, viajé a Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima y, por supuesto, Bruselas. Mi colaboración con el BEE duró poco pues en 1996 el PP de Aznar ganó las elecciones y cambió toda la cúpula directiva del Banco. (Recordé aquello de ¿Pío Cabanillas?: "¡todos al suelo, que vienen los nuestros!", porque, efectivamente llegaron "los míos" y, claro, cesé en el BEE). En cambio, mi relación con Eductrade duró hasta mi definitiva jubilación, en 2002, cuando decidí 427


que ¡ya estaba bien! y que debía dejarlo todo y disfrutar sólo de la familia y del ocio. Estas asesorías me bastaban para entretenerme y, por supuesto, para ganar unos dineritos que complementasen mi pensión, pero un día recibí la llamada de un viejo amigo, el socialista, ugetista, exDirector General de la Marina Mercante, mi viejo amigo Rafael Lobeto Lobo. Era ya entrado 1996 y, como a mí, también a él le había cesado el PP en su cargo de Presidente de la Sociedad Estatal de Salvamento Marítimo, que él mismo había creado en su etapa del Ministerio de Transportes. Rafael me propuso montar juntos una oficina consultora y asesora en materia de transportes, ofreciendo nuestra larga experiencia en este Sector. Creamos, pues, una pequeña empresa, Peña-Lobeto S.L. y nos instalamos en un modesto piso en la calle Serrano; años después, cuando las cosas nos iban yendo medianamente bien -es decir, empezábamos a tener números negros en nuestras cuentas- nos trasladamos a uno más grande en la calle General Oraá. Al principio, sin casi clientes, salvo los buenos contactos de Lobeto en el mundo marítimo, pasamos dificultades para pagar los mínimos gastos, pero enseguida se corrió la voz que estábamos en el mercado y comenzamos a trabajar en serio y a ganar algo de dinero. Creamos dos nuevas Asociaciones de empresarios, con sede social en nuestras 428


instalaciones: la Asociación de Empresas Exportadoras del Sector Salud (ASESALUD), que agrupó a las cinco más importantes de España, entre ellas Eductrade, y la Asociación de Navieros de Líneas Regulares (ANAVIR) con algunos disidentes de la tradicional ANAVE, entre ellos Balearia y Grupo Pereda. Presidí ambas Asociaciones, representando sus intereses ante las Autoridades y organismos competentes en las dos materias: exportación de bienes y servicios del sector Salud y desarrollo del tráfico marítimo. Ambas presidencias fueron muy satisfactorias, especialmente la primera, que me rejuveneció veinte años al retomar contacto con la Secretaria de Estado de Comercio, mi propio Ministerio y CESCE, donde incluso los jóvenes funcionarios y ejecutivos que no me conocían me trataron, más que como "vieja gloria" -que es lo que yo me esperaba-, casi como un joven meritorio en el duro camino de la exportación. (También me encontré con algunos viejos colaboradores, subordinados o iguales de mi época activa en el comercio exterior, con los que pude revivir los viejos tiempos). La relación con Lobeto, -abogado y Capitán de la Marina Mercante, voraz trabajador, permanente creador de ideas y proyectos y con una carácter mezcla de genio endiablado y simpatía arrolladorafue, ante todo, de amistad y afecto, de respeto mutuo 429


y, profesionalmente, muy satisfactoria. Esta relación, jamás enturbiada por nuestras contradictorias ideologías, me permitió también conocer a un personaje al que he llegado a considerar buen amigo. Se trata de Constantino Méndez, alto cargo en el Gobierno de Felipe González, que se unió a nosotros en Peña-Lobeto. (Tras el triunfo de Zapatero, en el 2004, fue nombrado Delegado del Gobierno en Madrid. Duró poco, porque por su honestidad y generosidad se convirtió en el chivo emisario de aquel ridículo incidente de una manifestación en la que José Bono, llorica él, acusó a dos peperos de agredirle con el palo de una bandera e hizo intervenir a la policía). Cansado de trabajar, decidí jubilarme de verdad. El año 2002, Rafael compró mi parte de nuestra pequeña sociedad y siguió, brillantemente, por su cuenta y yo me retiré a mis definitivos cuarteles de invierno, donde ya me esperaban los gruesos tomos de En busca del tiempo perdido, la colección completa del Coyote, el hojeo diario de mi colección de sellos y, por supuesto, la revisión permanente de mis seiscientos DVD´s del cine clásico de Hollywood. Es decir, la vejez. BALONCESTO 1996 Directivo del Real Madrid, Lorenzo Sanz me pidió 430


que me hiciera cargo de la Sección de baloncesto, tan famosa internacionalmente como la de fútbol. Era un tremendo reto, pues sustituí nada menos que al legendario Pedro Ferrándiz, el mejor entrenador de la historia del baloncesto español y mítico miembro del Hall of Fame norteamericano. Mi afición al baloncesto venía de lejos, desde que en 1940 entré en el Liceo Francés y empecé a ver partidos, en la cancha de cemento al aire libre del propio colegio, del Campeonato de Castilla en el que participaba el Liceo. En 1947, recién regresado de Inglaterra y ya socio del Real Madrid, fue este equipo el que me atrajo, con sus partidos en el Frontón Fiesta Alegre, sede social entonces de este Club. (Durante años, la cancha de baloncesto del Real en un frontón fue una curiosidad en toda Europa; menos mal que, entonces, este deporte era mucho menos físico que hoy en día, pues, de haberlo sido, los golpes contra la dura pared de la cancha podrían haber roto más de un hueso!). Fui testigo en años sucesivos de la evolución de este deporte en nuestro país y del apabullante dominio del Real Madrid durante casi tres décadas. Fui testigo de las gradas figuras extranjeras del baloncesto que se afincaron en la capital de España, desde los míticos portorriqueños Gámez y Galíndez, hasta los Luyk, Brabender y el gigante Sabonis, amén, naturalmente, de los genios españoles: Lolo Sainz, 431


Corbalán, Emiliano y tantos más. Fui testigo, pues, de las grandes gestas logradas por mi equipo, especialmente, con equipos de la URSS, la gran potencia baloncetística europea de los años Sesenta y Setenta. (La primera apertura de alguna relación de la España de Franco con la "Rusia culpable" fue precisamente establecida por medio del Real Madrid de Baloncesto). Por todo eso, cuando me hice cargo de la dirección de la Sección de baloncesto de mi Club, este deporte no me era ajeno, aunque, naturalmente, yo no había sido jugador ni mucho menos un técnico del mismo, lo que, a mi modo de ver, no es necesario, cuando lo que se trata es de gestionar administrativamente una organización. (Me extrañó, pues, que Vicente Salaner, (Victor de la Serna?) del diario "El Mundo", criticase mi nombramiento por no ser un técnico del baloncesto: "nunca le he visto en un clinic", escribió en su periódico; le envié una carta bastante irónica en la que le señalaba que "los aficionados también saben"; no la publicó, aunque sí hizo referencia a ella y, amablemente, señaló mi capacidad para la fina ironía). Un año estuve al frente de la Sección, viajando con el equipo por toda España y muchos países extranjeros para jugar la copa de Europa. Recuerdo con especial cariño dos viajes a Israel, uno de ellos para jugar en un Kibutz, junto a los Altos del Golán: fue una experiencia única vivir en el Kibutz y convivir 432


con sus gentes...y estar tan cerca del peligro. (Desde que en 1945, en Londres, mi padre me llevó a un cine para ver los documentales sobre las atrocidades nazis y el genocidio de los judíos, y tres años después seguí con emoción el nacimiento del Estado de Israel, mi admiración y respeto por la diáspora habían ido creciendo, se consolidaban con mis primeros viajes a Israel con Mauricio Hatchwell y culminaron con la estancia en el Kibutz). El baloncesto me proporcionó, pues, muchos gratos momentos, pero también muchos desagradables. Los más era cuando jugábamos en Barcelona, con su Palau Blaugrana ocupado por diez mil energúmenos que no paraban de eructar: ¡"Puta Madrid, puta España"! ante la sonrisa irónica de Núñez, presidente del Barça, y la vergüenza de Salvador Alemany, un gran señor, empresario destacado y, entonces, mi opposite number en el Barça. Y yo con cara de palo. Ninguno de los catalanes presentes en el palco de honor jamás insinuaron una excusa. Con Alemany defendimos en Ginebra, sede de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA), los intereses de nuestros equipos en la competición europea (todavía no se había independizado ésta de la Federación Internacional). Presidía la FIBA-Europa, con mano de hierro, el legendario yugoslavo, Stankovic, que respetaba mucho al Real Madrid y me trataba con gran ceremonia: Monsieur l'Ambassadeur... invitándome a 433


almorzar mano a mano con él. Volviendo a España tuve que tenérmelas tiesas alguna vez con el catalán Eduardo Portela, presidente de la Asociación de Clubs de Baloncesto (ACB), con sede en Barcelona. Presidente y sede parecían influir psicológicamente el desarrollo del Campeonato español, por lo que en alguna visita a Barcelona, acompañado por el entrenador de mi equipo, Miguel Ángel Martín, señalé, eso sí, muy diplomáticamente, a Portela, que el Madrid no aguantaría mucho tiempo más arbitrajes lesivos para nuestro club. No sirvió para mucho, pues poco cambiaron las cosas. Cataluña, es decir, el Barça, siguió dominando el cotarro casi hasta hoy. Como ya he relatado, en 1998 dimití, por segunda vez, como directivo del Real Madrid, debido a un artículo publicado en el diario "El Mundo" por tres de sus redactores deportivos. ¿Por qué me tenía El Mundo esa manía? PEDRO FERRÁNDIZ 1996 Como gran aficionado al baloncesto siempre había admirado a Pedro Ferrándiz, el mítico y más laureado entrenador español que llevó al Real Madrid a la gloria: 12 títulos de Liga, 11 de Copa y 4 Copas de Europa. En 1996, ya directivo del Club, conocí por primera vez a Ferrándiz, que dirigía la Sección de 434


Baloncesto y acababa de ganar una nueva Copa de Europa. Como directivo más afín a la Sección, me convertí en el paño de lágrimas de las quejas de todos sus componentes, Ramón González, Rafael Rullán y José Luis García Coll en la parte administrativa y Zelko Obradovic, el entrenador serbio, e incluso de algunos jugadores profesionales (éstos, siempre sotto voce). Llovieron las quejas sobre cierta inacción de Ferrándiz o sobre sus decisiones. Les di credibilidad y conseguí que el presidente Sanz cesase a éste en sus funciones, lo que, lógicamente, nunca me perdonó puesto que fui designado su sucesor, haciéndome cargo de una sección abandonada por todos. De la mano de Raimundo Saporta, Pedro y yo hicimos las paces, al menos diplomáticamente, para mi satisfacción porque yo, tan madridista y una simple nota a pie de página de la historia del Real Madrid, no podía estar alejado de otro madridista, al que corresponde un importante capítulo en esa historia. Pero nunca llegamos a ser amigos. ALFREDO LANDA 1998 Aunque el madridismo nos unió cuando nos conocimos en casa de Manolo Quílez viendo partidos de fútbol por televisión -más tarde Alfredo Landa se integró en nuestra peña Los 10 de Siempre- la 435


realidad es que yo platicaba con él mucho más de cine que de fútbol. Este genial actor y mejor persona convertía cualquier instante a su lado en algo mágico, por la exuberante alegría de vivir que emanaba de sus expresivos gestos corporales y de sus palabras. Nunca llegamos a intimar, lo que me privó de comprobar, en su casa, si sus dry martinis eran tan antológicos como él presumía, o de conocer, por su mediación, a José Luis Garci, que siempre ha sido mi director de cine favorito y el que me ha hecho respetar el cine español (Calle Mayor de Bardem o todo Berlanga habían sido, hasta Garci, los únicos que yo podía admirar y comparar con el único cine, el de Hollywood). En todo caso, Alfredo Landa ha sido una de las escasas personas que a lo largo de mi vida me han demostrado el placer que supone relacionarse con ellas. Alfredo, un crack. El Crack. FLORENTINO PÉREZ 2000 Tras la inexplicable derrota de Lorenzo Sanz en las elecciones a la presidencia del Real Madrid en el 2000 (inexplicable porque, tras 32 años, el Real acababa de ganar dos Champions en 1998 y 2000 y el socio estaba exultante), por fin Florentino Pérez consigue su ambición: tomar las riendas del Club deportivo más prestigioso del mundo. Hoy, 2013, ahí sigue, después 436


de diez años (tras una interrupción de tres años, cuando tiró la toalla cobardemente en 2006), con muy escasos éxitos deportivos, quemando entrenadores y jugadores -entre ellos, del Bosque, Hierro, Raúl, Casillas...es decir, las esencias puras del madridismo-, habiendo generado una deuda doble de la que heredó y dado el pelotazo de la venta de la antigua Ciudad Deportiva. Sin embargo no se puede negar la modernización del Estadio y la creación de una nueva y espléndida ciudad madridista en Valdebebas, eso sí, sin pabellón de baloncesto. Y tampoco se puede negar el fuerte crecimiento de ingresos, debido a una agresiva política de marketing. Nunca he conocido personalmente a Florentino, aunque a veces nos hemos topado, sin reconocernos, en algún evento social. Pero sí estuvimos muy relacionados en sus primeros años, hasta el 2006. Efectivamente: a muchos socios, especialmente "lorencistas", se nos abrieron las carnes cuando llegó Pérez a la presidencia, ante el temor, sobre todo, de que tuviese la intención de convertir el Club en una Sociedad Anónima. (Aunque él lo ha negado siempre, incluso hoy día, muchos opinan que el elevado endeudamiento del Club conducirá inevitablemente hacia su conversión en una S.A.). En consecuencia, un grupo de socios, con "las carnes abiertas", en el 2000 constituimos la Asociación para la Defensa del Socio del Real Madrid. Nos unimos, así, a otras 437


Asociaciones madridistas, como la más importante, Asociación para la Defensa del Patrimonio del Real Madrid, fuertemente crítica con el tándem MendozaSanz, dirigida por mis amigos Paco Cariñena y Paz Casañé, que apoyaban a Pérez. Mi Asociación y yo personalmente fuimos un antipático Pepito Grillo para Florentino, especialmente en mis comunicaciones directas a él, pero con escasísimo eco en la opinión pública. No pudimos derrocarle, pero se derrocó él mismo en 2006, cuando en pleno hundimiento del barco deportivo madridista, su capitán lo abandonó y se fue a su casa. Dejó el caos detrás y nadie pudo resolverlo. Ramón Calderón lo intentó, tras hacerse con la presidencia en unas elecciones con el voto dividido entre muchos aspirantes, pero aquel capitán abandonista y sus huestes no le dieron ningún respiro: Florentino quería volver y lo consiguió, forzando elecciones en 2009; los socios, bajo el síndrome de Estocolmo -es la única explicación- entregaron nuevamente la presidencia a Florentino, que se ha blindado de tal manera (una modificación ad-hoc de los Estatutos del Club), que ya ni siquiera se celebran elecciones (2013) por falta de candidatos. En todo caso, tras su abandono en 2006, la asociación que yo presidía quedó sin actividad pues sus componentes, y yo el primero, tiramos la toalla. Sin Florentino, dejé de ser "mala palabra" para el Real Madrid y pude retornar 438


a su palco presidencial de la mano de Ramón Calderón y de Cariñena, que entró como directivo, y participar como miembro de una Comisión encargada de redactar unos nuevos estatutos. (Con varios catedráticos de Derecho Administrativo y Financiero, entre ellos Luis Cazorla, con el actual Fiscal General del Estado, Eduardo Torres Dulce, con ex-jugadores como Manolo Velázquez y Amaro Amancio, elaboramos un buen proyecto de estatutos que nos echó abajo la Asamblea de Compromisarios, dominada por los florentinistas). Asediado por todas partes, incluso por los medios de comunicación, lamentablemente Calderón dimitió y, en nuevas elecciones, volvió Florentino, en loor de santidad. Y yo volví al ostracismo, a mi buen abono del Bernabeu. Hoy, me he afiliado a la Asociación Valores del Madridismo, que preside Carlos Mendoza, un joven empresario madrileño. Quizás ahora podamos defender mejor al Madrid frente al florentinato, pues parece que los medios ya están cambiando. On verra. ASOCIACIÓN PARA LA DEFENSA DEL SOCIO 2000 Creada la Asociación por un grupo de treinta socios veteranos, la inscribimos en el Registro correspondiente del Ministerio del Interior y se constituyó una Junta Directiva de diez miembros que 439


me eligieron Presidente. En la Junta, recuerdo, entre otros, a Jacinto Santos, Juan Chamizo, Margarita García, Ángel Iglesias, Agustín Nevado, Ángel Zamorano y Miguel Ángel González. Chamizo fue el auténtico alma de la Asociación. Pronto llegamos a tener más de mil afiliados, todos socios del Real Madrid, y durante seis años intentamos desplegar una gran actividad antiflorentinista, aunque con escasos resultados. Florentino Pérez se puso de moda y supo armarse defensivamente, hasta el punto que sólo su autoinmolación en 2006 abrió una pequeña veda para sus críticos, como éramos nosotros en la Asociación. Un ejemplo paradigmático de ese blindaje: con frecuencia, ni siquiera pagando como publicidad o remitidos, podíamos publicar algo en los medios de comunicación (por su parte, las televisiones y las radios, salvo las catalanas, jamás nos dieron cancha para expresarnos) ni siquiera cuando los temas tenían alguna importancia, como fue el caso de nuestra querella por las cuentas del Real Madrid de los años 2001 y 2002. Sin embargo, a pesar del escaso eco de nuestras actuaciones, Florentino no es que nos temiera pero sí le gustaba muy poco que apareciese la menor crítica a su persona o a su gestión, e incluso llegaba a intervenir personalmente para paliar algún posible disgusto. Así ocurrió cuando mi Asociación 440


organizó en 2005, en el Hotel Castellana, una conferencia sobre "la realidad económica y deportiva del Real Madrid". El ponente de la misma iba a ser el profesor José María Gay, de la Universidad de Barcelona, que empezaba a ponerse de moda por sus estudios sobre las finanzas de los Clubs europeos de futbol más famosos, entre ellos el mío. Gay había aceptado con gusto mi invitación, junto con algún periodista, como el gran Joaquín Maroto, que no tenía miedo de posibles "represalias" por parte del club. (Varios periodistas, incluso amigos míos, sí declinaron amablemente mi invitación). Justo el día anterior a la celebración de la conferencia, me llamó Gay por teléfono desde Barcelona: se mostraba desolado, pero renunciaba a participar en ella. Me explicó que él era asesor o directivo, no recuerdo exactamente, del Real Club Deportivo Español (hoy, Espanyol, por aquello del nacionalismo), y que su Presidente había recibido una llamada del Real Madrid, supongo que de Pérez, para solicitarle que él, Gay, no participase en el acto de la Asociación “en aras de las buenas relaciones entre los dos Clubs". Se nos privó, así, de escuchar un análisis objetivo de la fea situación financiera del Real Madrid, como habría sido la del profesor Gay. Cuando Florentino Pérez huyó del Club en 2006, en la Asociación creímos que nuestra misión estaba terminada y la dimos por finiquitada. ¡Poco podíamos 441


suponer que poco tiempo después volvería, nuevamente, en loor de multitud! Para la Asociación, un simple epitafio: Sic transit. DVDteca 2000 Cuando me jubilé en 1995, regresé a Madrid con una videoteca de casi 800 películas que había coleccionado durante mis largos años en Bruselas. Era una magnífica colección de cine clásico de Hollywood -años Treinta, Cuarenta y Cincuenta- único válido para mí, y todo en versión original. (Siempre he odiado el cine doblado que me priva no sólo de la esencia literaria de los diálogos originales, sino también de la voz de los intérpretes, tan consustancial al actor/actriz). Tardé algún tiempo en pasarme al DVD, pero hoy mi DVDteca ha sustituido plenamente a la antigua videoteca, con gran satisfacción de mi esposa por el espacio que hemos ganado en las paredes de nuestro piso. Y dado el gran avance tecnológico de las cintas DVD, proyectar mis películas favoritas en la pantalla grande de un televisor LED equivale a casi verlas por vez primera y seguir descubriendo en sus recovecos detalles nuevos que refuerzan mi amor por el cine... de Hollywood, claro.

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ACADEMIA DE LA DIPLOMACIA 2002 Pepe Velo me invitó en el 2002 a unirme a un grupo de diplomáticos que estaban trabajando para crear una Academia de la Diplomacia (a ser posible, una “Real” Academia, que se uniría a las otras siete existentes entonces). La idea e impulso original fue de Pepe y de Miguel Ángel Ochoa, ambos Embajadores de España, ya jubilados, el último, además, miembro de la Academia de la Historia. Allí me encontré -en reuniones que celebrábamos en el Casino de Madrid por cortesía de su Presidente- con otros embajadores: Robles Piquer, Alonso Álvarez de Toledo, Eloy Ibáñez, José Luis Cerón, Ramón Armengod y Raimundo Bassols, todos también jubilados y todos con una brillante carrera profesional a sus espaldas. Las reuniones me permitieron afianzar mi amistad y compañerismo con algunos, como Alonso, Eloy, Miguel Ángel, Ramón y el propio Antelo con los que antes no pude hacerlo. El grupo permaneció muy unido hasta que en 2012, fracasado nuestro intento, tiramos la toalla (Ochoa se retiró mucho antes por su incompatibilidad con su pertenencia a la Academia de la Historia y algún otro, como Bassols, al final mostró un insólito escepticismo sobre lo que estábamos haciendo). Nuestro objetivo, para el que nos preparamos muy 443


bien, elaborando unos magníficos Estatutos, era bastante lógico pero, al parecer, inoportuno. Nuestro permanente lobby en los Ministerios de Educación y Exteriores -en este caso, cerca de los sucesivos ministros, Abel Matutes, Josep Piqué, Miguel Ángel Moratinos y García Margallo- consiguió siempre muchos gestos afectivos de palabra y casi ningún apoyo efectivo, como lo demostraba el simple transcurso del tiempo. Razón: la enemiga absoluta del Instituto de España -que consideraba como numerus clausus las Academias existentes, agrupadas en él (y tampoco veía con simpatía que ni siquiera nos constituyéramos en Academia “asociada” al Instituto)y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas -que consideraba que le íbamos a “quitar clientela”- a pesar, o quizás por ello, de estar presidida por Marcelino Oreja. Durante años batallamos y perdimos no sólo muchas batallas sino, finalmente, la propia guerra. El magnífico liderazgo de Robles Piquer -con su carismática capacidad de trabajo y buen hacer- y la persistencia de Pepe Velo no sirvieron de nada. Tiramos, pues, la toalla en medio del ring de tantos intereses que nos ponían la zancadilla -eso sí, con sonrisas, buenas palabras y medias promesas-, pero Pepe, tenaz en su idea original, acaba de crear, ya en 2014, una Asociación de la Diplomacia y las Relaciones Internacionales, remedo de nuestra 444


soñada Academia, que ha quedado inscrita en el Ministerio del Interior. A ella me he unido, con la esperanza de que, algún día, podamos convertirla en una Academia, una Real Academia de la Diplomacia, que la importancia de nuestra profesión viene exigiendo de antiguo. Amén. CURRICULUM VITAE 2002 El año 2002 cerré definitivamente, mi extenso C.V. profesional, cuyo inicio fijo en el año 1940, cuando hago el examen de ingreso de Bachillerato en el Liceo Francés de Madrid. La mayor parte del mismo corresponde a mi largos años en la Administración del Estado como miembro de la Carrera Diplomática o ejerciendo otros cargos de confianza, en España o en la Comunidad Económica Europea, si bien, una parte, menor, pero no despreciable, se refiere a mis actividades en el sector privado, primero, durante los tres años que estuve excedente en la Carrera y, después, durante los siete años que siguieron a mi jubilación en 1995. Mi C.V., si no brillante es, al menos, intenso y, desde luego, muy interesante para mí y para los míos; no pasaré, pues, a la Historia de España y ni siquiera a la de la Carrera Diplomática -quizás una breve nota a pie de página de ésta- pero ese C.V. sí constituye un orgullo para mí y una fuente 445


de información para que mis nietos sepan qué hizo su abuelo con su vida. Como nos ocurre a todos, a veces he tenido la suerte de ser the right man in the right place y mi C.V. ha engordado sin méritos específicos. Así ocurrió, especialmente, cuando ejercí los cargos de Secretario General Técnico del Ministerio de Industria y Subsecretario del Ministerio de Comercio. De estos nombramientos derivaban una serie de responsabilidades anexas que plasmaban en titularizar otros cargos. La lista es tan larga que cansaría al lector leerla y a mí escribirla. Para muestra bastan algunos botones. Como S.G.T. de Industria, fui consejero del I.N.I. (Instituto Nacional de Industria), de la Compañía Española de Crédito y Caución, de la Junta de Energía Nuclear y de FEVE Ferrocarriles de Vía Estrecha), así como Vocal de diversas Comisiones Interministeriales, etc. Como Subsecretario de Comercio, fui Presidente de las Juntas de Inversiones Exteriores, Superior Arancelaria y Coordinadora de Comercio Exterior y de las Comisiones Interministeriales del Libro y sobre la Moda y preparatorias de reuniones del GATT y de la UNCTAD. (Para tranquilidad de los tertulianos de la TV actual, debo señalar que en la época de marras esa acumulación de cargos no implicaba una sobrecarga imposible de trabajo ni mucho menos una gran cuantía de sobresueldos, pues la participación en ellos 446


era esporádica y, salvo en el INI y Crédito y Caución, no se cobraban dietas en ninguno de ellos). Mi C.V. pudo ampliarse en algunos momentos durante el Gobierno de la UCD, pues mi nombre salió con frecuencia en los mentideros de la Villa y Corte de Madrid, vinculándome con nuevos y más importantes cargos públicos o técnicos. Así, en diciembre de 1979, Europa Press publicó: "En determinadas esferas del Estado se dispone de una serie de nombres que, en un momento determinado, podrían ser llamados a desempeñar altos cargos. Son personalidades que pueden aportar criterios para la configuración de un futuro Gobierno o formar parte de él u otras instituciones del Estado", y publicaba una lista de cuarenta y nueve nombres, entre ellos el mío. En setiembre de 1981, el semanario Interviú, bajo el título de "las ministrables", daba sesenta nombres, el mío entre ellos, con esta acotación: "Son los VIPS cuyos nombres se multiplican en las listas y se repiten en los pasillos de los Ministerios y los cenáculos políticos”. Y, al hilo de mi posible nombramiento para RTVE, añadía: "El PSOE ha hecho cuestión de principio que Eduardo Peña no sea DG de RTVE. Calvo Sotelo podría nombrarle Secretario de Estado de Información". El periodista Rafael Gómez Parra, escribía en Cambio 16, introduciendo unas declaraciones mías, "Eduardo Peña no se considera 447


un político sino un diplomático especializado en temas económicos. Y, sin embargo, su nombre está prácticamente en todas las listas-rumores del país: desde su posible nombramiento como DG de RTVE hasta su posible candidatura para presidir el Real Madrid C. de F, pasando por algún Ministerio Económico". (Pilar Urbano en su controvertido libro sobre el 23F, La Gran Desmemoria, cita mi nombre entre los ministrables de los primeros años de Suárez). Los rumores nunca llegaron a convertirse en realidad y mi C.V. transcurrió por otros derroteros, quizás menores de lo que señalaban los augures, pero siempre satisfactorios para mí. UNED 2004 A los 74 años me pasaba las horas leyendo y releyendo todo lo que había en mi biblioteca o lo que cayera en mis manos. De repente, me di cuenta que todavía podía estudiar en serio, por lo que decidí intentar realizar un viejo sueño: licenciarme en Filología inglesa. En consecuencia, me matriculé en la Universidad a Distancia, en el curso 2004-2005, para optar a los primeros "créditos", como ahora se llaman las antiguas asignaturas. Aguanté sólo dos años: al principio, todo bien -todos los créditos elegidos tenían que ver con la lengua inglesa, fueron muy 448


entretenidos y no me costó grandes esfuerzos sacar muy buenas notas- aunque ya de entrada me topé con el mundo moderno de la informática -había que entrar continuamente en internet- al que es bien sabido soy completamente ajeno. Fue igualmente satisfactorio verme, en los exámenes, rodeado de decenas de jóvenes, que miraban con admiración y respeto a este vejestorio, compañero de estudios. Anímicamente esto fue muy grato sobre todo cuando empezaron a llegar las notas. Al cabo de dos años de estudio placentero y exitoso, dos hechos me hicieron desistir de continuar los estudios: el primero fue un largo episodio –ocho meses de ataques dolorosísimos de migraña en racimo, que me inutilizó para cualquier esfuerzo intelectual-, y el segundo, terminado aquel, fue darme cuenta que para culminar el Primer Ciclo de mis estudios debía enfrentarme con los créditos más complejos, ajenos a los de mi inglés que ya había agotado: lengua española, lingüística, etc. Es decir, hasta ahora me había divertido, ahora tocaba estudiar en serio. Y me entró una pereza terrible. Abandoné. For the record, he aquí mis notas: Lengua inglesa I, 9,9; Lengua inglesa II, 9; Corrientes y Autores literarios norteamericanos hasta el siglo XX, 9; Literatura inglesa I, 9; Análisis contrastivo de textos inglés-español, 9; Segunda lengua y su literatura (Francés), 9; Comentario lingüístico de textos, 9,3; 449


Lengua inglesa: usos específicos (Economía), 7,9; El camino para llegar a un Suma cum laude estaba iniciado, pero me rajé. Pity! Hoy, estudio, mejor dicho, leo, algunos textos de Macroeconomía, redescubriendo los problemas del Estado de Bienestar y las falacias filosóficas de lord Keynes y cada vez más convencido en las bondades del liberalismo económico magistralmente definido por Von Hayek. ¡Y pensar que en la Facultad, a finales de los Cuarenta, todos éramos keynesianos! Claro que eso se terminó en cuanto leí Camino de Servidumbre de Hayeck, si bien mi liberalismo quedó siempre muy matizado, no por lord Beaverbrook y su Welfare State, sino por las Encíclicas, ¡decimonónicas!, Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. 11M 2004 Como todo español decente compartí con todo Madrid y con toda España la tragedia del 11M; me indigné y lloré de rabia e impotencia, aunque mi edad me impidió echar una mano a unos y otros. Y como todo militante del PP, compartí con todos los españoles decentes la indignación y rabia ante el comportamiento infame del PSOE y sus voceros mediáticos, con Alfredo Pérez Rubalcaba a la cabeza, durante los dos días siguientes a la cruel tragedia. El 450


día 13, así lo veo yo, fue el día de la mayor infamia cometida por los socialistas y eso que la historia de ese partido, lejos del famoso y falso lema de "Cien años de honradez", nos muestra muchos ejemplos de esas infamias (cfr. Pablo Iglesias en el Congreso, el asesinato de Calvo Sotelo, la Revolución de 1934, las checas socialistas y ugetistas en el Madrid de 1936, Filesa, los Gal, etc.). Por eso, los días 12 y 13 M de 2004 también me indigné y lloré de rabia e impotencia. (Pérez Rubalcaba: uno de los políticos más sectarios y repugnantes que he podido, desgraciadamente, sufrir como ciudadano español). JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO 2011 Rodríguez Zapatero entra realmente en mi vida el 20 de noviembre de 2011, cuando el PSOE se derrumba en las elecciones generales y ese chico de León entra en la Historia como el más funesto, inepto y sectario Presidente de Gobierno que haya tenido jamás nuestro desgraciado país, que estuvo ocho años en sus manos. Hasta esa fecha le sufrí como tantos de mis compatriotas, pero sólo entonces, cuando miramos bajo las alfombras, llenas de porquería, y vimos la caja vacía, es cuando me di cuenta de la calaña del que nos había desgobernado. Por eso, Zapatero merece ser uno de mis personajes, 451


a pesar de que ni un solo instante de relación personal he tenido, afortunadamente, jamás con él; pero han sido millones de instantes de la vida de mi país, compartidos día a día con mis millones de compatriotas, los que he vivido y sufrido teniendo a este adanista en la Moncloa. Jamás olvidaré, ni perdonaré, el daño que este personaje ha hecho a España, del que tardaremos años en recuperarnos: quiebra económica, división de los españoles, dudas de España como nación, adoctrinamiento de los escolares, cesiones a ETA, fomento del separatismo en Cataluña, etc. ¿Hay quien dé más?

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A MODO DE EPÍLOGO “El pasado soy yo”, dijo Ortega con una contundencia a lo Rey Sol. Pues bien, escribiendo sobre algunos instantes de mi vida, que han buscado, y encontrado, a sus personajes, constato que efectivamente yo soy mi pasado. Al recrearlo -veo ahora que solo parcialmente- tengo, al igual que Neruda, que confesar que he vivido. Doy gracias a Dios por ello y por haberme dotado de una memoria que me ha permitido, sin soñar ni inventar, revivir tantas vivencias y circunstancias y reencontrarme con tantos “personajes” –tal como los he contado- con los que me topé a lo largo de mi vida. Respecto a los humanos, he sido sincero en todo momento: con la mayoría he mostrado cariño, admiración, respeto y agradecimiento por haber entrado en mi vida (muchos de ellos ya han “pasado” de este mundo -me encanta el “pass away” del idioma inglés para expresar el inevitable hecho de la muerte- por lo que no leerán mi homenaje); con muy pocos, he reflejado, a veces sin nombrarles, mi desprecio, quizás rencor, por su comportamiento, directo o no, con mi persona o con mi país. Reconozco que, en estos casos, me ha fallado la generosidad y la capacidad de perdón que como cristiano se me exige tener. He sido sincero y mantengo lo escrito, pues mis epítetos y juicios de valor sobre algunos me han salido de lo profundo de 453


mis entrañas. Si he pecado, pediré la absolución a quien corresponda, pero no a mis personajes aludidos, porque los que pecaron contra mí fueron ellos y no yo. En todo caso, el pasado soy yo y, quiérase o no, nada puedo hacer para modificarlo. Sólo, contarlo para, quizás, como catarsis, no volver a pensar más sobre todo ello y quedarme sin fantasmas, blancos o negros, a la espera de la Parca.

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455


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ÍNDICE ONOMÁSTICO

A Abad, Soledad Abaroa, José Manuel Abascal, Manuel Aberturas Abizanda, Martín Abizanda Zoppetti, Gloria 38, 324. Abrisqueta, Jaime Acebal, José Antonio Agüero, Oscar Aguilar, José Luis Aguirre, Esperanza Aguirre, Ignacio Aguirre de Cárcer, Fernando Alba, duque de Albalat, condesa de Albert, Mercedes Alberti, Rafael Alcaide, Luis Alcaide, Jesús Alcalá, Francisco "Pancho" Aldasoro, Miguel 125, 188. 457

339. 137, 209, 232. 259. 68. 14, 72. 13, 15, 18, 23, 37, 102. 271. 342. 111, 137. 341. 321. 45. 44, 46, 325. 99. 67. 346-348. 234. 290. 245. 102, 110, 115, 116,


Alegría, Rosa Luz Alemán, Miguel Alemany, Salvador Alfaro, José María 394. Alfonso XII Alfonso XIII Allende, Salvador Almansa, Fernando 251, 286, 290. Almansa, María Almeida, Cristina Alonso, Fernando Alonso, Jesús Álvarez, Magdalena Álvarez Cascos, Francisco Álvarez Remón, José Aurelio Álvarez Serrano, familia Álvarez Serrano, Rafael Álvarez de Toledo, Alonso Alzaga, Oscar Amancio, Amaro Anasagasti, Iñaqui Ancelotti, Carlos Andrés, Ángel de Andrés Álvarez, Valentín Aníbal, Alberto Antelo, Nicolás 458

259. 259. 410. 152-154, 158, 171, 131. 115, 117. 342. 105, 111, 191, 250, 252. 97, 256. 293. 74. 350. 386. 84. 68. 89. 419. 74, 206, 397, 415. 108. 34. 67. 77. 137. 105.


Aparicio Bernal, Jesús Arana, Hermanos Arango, Hermanos Arenas, Juan Argüelles, Jaime Arias, Inocencio "Chencho" Arias Navarro, Carlos Arístegui, Pedro Ariza, Antonio Armangué, Gil Armengod, Ramón Armijo, Faustino Arrieta, Juan Antonio Atlee, Clement Azaña, Manuel Azcárraga, Emilio Aznar, José María Azpilicueta, Manuel

281. 13. 259. 196. 45, 46. 399, 4003-404. 209, 212. 102, 390. 259. 102, 278. 419. 114. 272. 58. 17, 256. 258. 235, 386-388, 404. 150.

B Banzer, Hugo Bañon, José Bárcenas, Domingo de las Bardem, Juan Antonio Barea, Arturo Barea, José Barinaga, Sabino 459

201-203. 30, 74. 46. 412. 283. 226. 30.


Barra, Jaime 84, 207, 250, 251, 269. Barra, Margarita 252. Barrionuevo, Esperanza 374. Barrionuevo, José 367, 369, 373-375, 378. Barroso, Manuel 111, 158, 159. Bassols, Raimundo 105, 109, 115, 116, 153, 210, 220, 221, 388, 394, 419. Basurto, Luis 326-327, 332. Batista, Fulgencio 128. Bayón, Ignacio 218, 225, 285. Beaverbrook, Lord 57, 426. Becerril, Soledad 256, 295-296. Beladíez, Emilio 45. Belarmino 207. Belmar, Antonia 19, 23, 63. Belmar, Mª Luisa 19, 63. Beltrán, Washington 146. Beltrán de Lys, María 55. Benavente, Jacinto 71. Benavides, Concepción 156, 159. Benavides, Manuel 84, 105, 111, 156, 158, 159, 354. Benavides, Marisa 139. Benavides Salas, Pablo 116, 351. Benavides, Victor 139. Bencich, Emilia 156, 177. 460


Bencich, Nora 177. Benegas, Chiqui 271. Benito, Gregorio “Goyo” 31, 74. Beraldi, Mlle 29. Bergengruen, Vera 139. Bergengruen, Wolfi 139. Berlanga, Luis 412. Bermúdez Ruiz, Roberto 84, 105, 111, 126 159, 329. Bermúdez de Castro, Salvador 102, 105, 158, 159, 160. Bernabeu, Santiago 31, 33, 96, 107, 127, 150-152, 206, 207. Bernáldez, Aurora 116. Besteiro, Julián 52. Blanco, Miguel Ángel 363. Blanco Briones, José Luis 148. Blanco White Crespo, José María 35. Blasco, Carlos 116. Boceta, Carmen 252. Boceta, Vicente 250, 251. Bogart, Humphrey 200. Bonet, Bartolomé "Tolo" 120, 188, 196. Bono, José 407. Borbón, Alfonso de 102. Borbón, Juan de 46. Bosé, Miguel 256. Bosque, Vicente del 32, 413. 461


Botella, Ana Bottomley, Peter Brabender, Wayne Bragaanza, Bárbara de Brown “Don Jorgito” Brú, Antonio Brú, Joaquín Bruned, Julio Buero Vallejo, Antonio Buñuel. Luis Bustelo, Carlos Bustelo, José Ramón "Jippi" Butragueño, Emilio

341. 371. 408. 67. 36. 84. 84. 207, 239. 203-205. 79. 232. 120, 196. 34, 74, 399.

C Caballero, Abel Cabanillas, Pío Cabezas, Alfonso Cabrisas, Ricardo Cajal, Máximo Calatayud, Francisco Calavia, Ángel Calderón, Antonio Calderón, Ramón Calero Calvo Sotelo, Joaquín 326.

350. 404. 298. 196, 198. 105, 372 337. 76, 84. 152. 293, 403, 415. 68. 181, 256, 294, 325,

462


Calvo Sotelo, José 18, 427. Calvo Sotelo, Leopoldo 210, 217, 222, 245, 246, 305, 307, 309, 310-312, 314, 322, 330. Camacho, José Antonio 206. Cambó, Francisco 279. Campmany, Jaime 257, 281-283, 284, 326. Camús, Albert 671. Cándida 27, 68. Cañedo, Guillermo 259. Carbajosa, Carlos 290, 291, 292. Cariñena, Francisco 414, 415. Carlos 250, 268, 270. Carlos, Luis de 152, 207, 395. Carlsson, Magnus 293. Carmona, Emilio 137, 138. Carmona, Rosario 138. Carnegie, Andrew 315. Carrasco, Pedro 286. Carrero Blanco, Luis 193. Carrillo, Santiago 190, 230-232, 341. Carrizosa, Max 126. Carromero, Ángel 192. Casa Miranda, conde de 136, 394. Casado, Segismundo 52-53. Casaús, Antonio 259. Casaús, Nicolás 298. Casillas, Iker 34, 74, 413. 463


Castañeda, José Castañeda, Jorge Castedo, Fernando Castiella, Fernando Castillo, Fernando Castillo, Queta Castro, Américo Castro, Fidel Castro, José Francisco de 105, 182. Cavero, Íñigo Cazorla, Luis Ceaucescu, Nicolai Ceberio, Jesús Cela, Camilo José Cerón, José Luis 188, 193, 394, 419. Cervantes, Miguel de Chamizo, Juan Chang-Kai-chek Chaplin, Charles Chávarri, Tomás 116, 127. Chesterton, G.K. Chicote, Pedro Churchill, Winston Cicuendez, Santano Cierva, Ricardo de la 464

77, 86, 182, 258. 258, 262. 311. 108, 123, 129. 102, 137. 137. 160. 128, 130, 194, 197. 48, 102, 103-104, 315. 415. 204. 314. 256, 326, 329. 105, 109, 115, 172, 35. 416. 182. 313. 102, 110, 113, 115, 56. 82-83. 38, 45-46. 84. 78, 185.


Clause Witz, Karl von Clinton Davis, Stanley 363, 394. Cobo, Francisco Collado, Joaquín Colón de Carvajal, Cristóbal Conde García, Fco. Javier Conde, Isabel Conde de Saro, Fco. Javier Conde de Saro, Rafael 268. Conrad, Joseph Corbalán, Juan Antonio Corona, José Llopis Coronel de Palma, Luis 258. Corral, Alfonso del Crespo, Segismundo Cristina X Crompton, Richmal Crosby, Bing Cruyff, Johan Cruz, Sor Juana Inés de la Cuervo, Gemma

35. 33, 35, 360, 362, 102. 259. 318, 319. 139, 140, 394. 252. 140. 105, 111, 140, 252, 294. 408. 30. 236, 247-248, 249, 32. 377, 382, 384. 304. 42, 57. 287. 74. 259. 256, 289.

D D’Artagnan

333. 465


Dalí, Salvador Darnell, Linda Davis, Bette Dehaene, Jean Luc Dehesa, Guillermo de la Delors, Jacques 378, 382, 387. Dewaleyne, Christian Díaz Pardo, Joaquín Dickens, Charles Dixon, Dallas Doef Domingo, Plácido Domingo Embil, Plácido Dostoievski, Feodor Dreiser, Theodore Durazo, General "Negro"

67. 126. 200, 392. 369. 120. 352, 357-359, 362, 383. 35, 42. 35, 42. 48. 369. 292. 292-293. 35. 35. 259, 269.

E Eisenhower, Dwight D. Elherman Elorza Cavengt, Fco. Javier Elorza Echániz, Fco. Javier Embil, Pepita Engels, Friedrich Erdmenger, Jurgen Escriña, Javier 466

65, 109, 121-122. 351. 115, 354. 115. 292. 282. 360, 364, 375. 13.


Espert, Nuria Esteban, Hermanas Ezquerra, Jesús

256. 13. 390.

F Faulkner, William Farace, Nicoletta Félix, María Fenimore Cooper, James Fernández, Félix Fernández Campo, Sabino Fernández Cuesta, Nemesio Fernández Laso, Manuel Fernández Ordoñez, Francisco Fernández Rubíes, Ramón Fernández Trigo, Manuel Fernández Villaverde, Álvaro Fernández Villaverde, José Fernando VI Ferrándiz, Pedro Ferrer, Eulalio Ferrer Sagrera, Rafael Ferrusola, Marta Figueroa, Eduardo Figueroa, Natalia Figueroa Muñoz, Carmen Flores, Carmen 467

35. 139. 84, 313. 35. 152. 218, 224, 335. 130, 197, 220. 207. 223, 372, 373. 89. 399. 45. 46. 67. 407, 411-412. 259, 326. 139, 143, 144, 394. 279. 14, 70. 70. 14, 61. 280, 281.


Flores, Lola 280. Flores, Loliya 280, 281. Flores, Quique 280. Foncillas, Francisco 234. Fonseca, Aurelia 371. Font, Juan 84. Ford, John 126. Foxá, Agustín de 283. Fraga, Carmen 82, 354. Fraga, Manuel 76, 79-88, 105, 164, 254, 256, 329, 339, 349. Franco, Francisco 20, 21, 24, 46, 53, 71, 75, 87, 91-93, 110, 116, 121, 129, 146, 150, 160, 194, 197, 208, 209, 261, 342, 343, 344,408. Frommer, Ruth 361. Fuentes, Sandra 259, 262. Fuentes Quintana, Enrique 77.

G Galíndez, Wilo Gamba, Pierino Gámez, Celia Gámez, Julio Gancedo, Alejandro Gárate, José Gardner, Ava Gaos, Luis

408. 64. 71-73. 408. 156-158. 259. 84. 220. 468


Gaos, Pilar Garaicoechea, Carlos Garci, José Luis García, José María García, Margarita García Bañon, José García Coll, Fco. Javier García Díez, Juan Antonio 246-247, 310. García Escámez, Francisco García Lorca, Federico García-Margallo, José Manuel García Palencia, Lully García Palencia, Rafael García de Pruneda, Salvador García Serrano, Rafael García Valdés, Obdulio García del Valle, Isaac García Valverde, Julián Garrigues, Joaquín Garrigues, Vicente Garrigues Walker, Antonio Gavin, John Gay, José María Gento, Francisco Gerona, Juan Gerona Peña, Ana María Gerona Peña, Concepción 469

84. 220. 412. 396. 416. 101. 32, 411. 119, 232, 236, 237, 21. 20. 420. 354. 354, 385, 388. 283. 283-284. 252, 269. 109, 115, 124, 393. 211. 223. 77. 212. 303-304. 417. 74, 206. 14. 14. 14.


Gerona Peña, Gonzalo Gerona Peña, Juan Gerona Peña, Pilar Gijón, Rodolfo Gilbert and Sullivan Giménez Caballero, Ernesto Gómez, Juan "Juanito" Gómez Gordoa, José Gómez Parra, Rafael Gómez Reino, Santiago González, Felipe 257, 273-276, 278, 335,350, 406. González, Luis Miguel González, Miguel Ángel González, Ramón González, Raúl González-Camino, Fernando González-Camino, Juan González de Mesa, Amaro González Ruano, César Gorbachov, Mijail Gross Espiel, Héctor Guerra, Alfonso 332, 335, 336, 350, 373. Gyenes, Juan

470

14. 14, 97. 14. 138. 42. 148. 65, 74. 258, 320. 424. 356. 80, 163, 167, 254, 398. 416. 411. 74, 413. 250. 102, 108. 261. 70. 191, 375. 143, 320. 295, 302, 314-317, 178.


H Hampton, Lionel 68. Haro, Gregorio de 337, 394. Hachtwell, Mauricio 336-339, 394, 409. Havelange, Joao 257, 297. Hayek, Friedrich von 58, 426. Hayworth, Rita 126. Hemmingway, Ernest 35, 200. Henreid, Paul 200. Hernández Coronado, Francisco 207. Hernández Sánchez-Barba, Mario333. Herrero, Juan Manuel 84, 234, 238-239, 363, 396. Herrero, Dominique 363. Herrero de Miñon, Miguel 81, 223. Herreros, Alberto 32. Hidalgo de Quintana, Agustín 84, 117, 118, 120, 166, 187, 196, 216. Hierro, Fernando 411. Hilda, Bernard 61. Hitchcock, Alfred 303. Hitler, Adolf 38. Homero 35. Howard, Leslie 38. Huidobro, Enrique 33, 96, 206, 207. Huidobro, Fco. Javier 33, 206. Hunteregger, Gerald 369. 471


Hussein, Sadam

235.

I Ibáñez Bueno, Eloy Ibáñez Martín, Víctor 312. Ibáñez-Martín, Rosa Ibarra, Concepción Iglesia, Álvaro de la Iglesia, Eduardo de la Iglesias, Ángel Iglesias, Enrique Iglesias, Julio Iglesias, Pablo Ipiña, Juan Antonio Isabel II Isbert, José

419. 111, 158, 159, 178, 158, 178. 15, 25. 56. 21, 137. 416. 143, 146-147. 126. 427. 30, 74. 131. 77.

J James, Henry Jardiel Poncela, Enrique Jeeves Jerez Rojas, José María 207. Jesús, Santa Teresa de J´Hay, Eloisa Jones, Buck

35. 56. 56, 345. 84, 120, 166, 187, 35. 29. 126. 472


Juan Carlos I 167-168, 208, 209, 220, 224, 231, 237, 240, 247, 249, 254, 300, 307, 321, 335. Jurado, Rocío 257, 286-287.

K Kaibel, Enrique Kalmus, Natalie Keynes, John M. Kipling, Rudyard Kléman, Nicole

210. 126. 426. 403. 369.

L Laiglesia, Álvaro Laiglesia, Concepción de Laína, Francisco Lamana, Luis Lamo de Espinosa, Jaime Lamy, Pascal Landa, Alfredo Landáburu, Eneko Lángara, Isidro Lanusse, Alejandro Agustín Lara, Agustín Largo Caballero, Francisco Larraz, José Lataliste, Hermanos 473

56. 329. 300. 29. 210, 269. 359. 207, 412-413. 358. 256. 155, 168-170. 82-83. 256. 76. 168, 169.


Latorre, Marisol 45. Laureano 21. Leal, Eusebio 198, 199. Liquiniano, Cleofé 158, 159. Litago, José Luis 137. Lladó, José 214-217, 220, 222, 232, 389, 394. Lobeto, Rafael 372, 375, 405, 406, 407. Logendio, Juan Pablo 129, 196. López Barrón, José Manuel 252, 391. López Barrón, Mercedes 252. López Bravo, Gregorio 109, 116, 153, 154, 159, 170-172, 180. López de Letona, José María 170. López Portillo, Carmen 264. López Portillo, Guillermo 31. López Portillo, José 167, 249, 258, 262264, 269, 272, 299, 304, 310, 318, 319, 322. López Portillo, Margarita 294. López Rodó, Laureano 123, 146, 147, 149, 150, 170. Losada, Ángel 259. Lozano, Tomás 102, 110, 115. Luca de Tena, Torcuato 255, 257, 294, 317, 323-325. Lugo, Jaime "Jimmy" 133. Luna, duque de 45. 474


Luyk, Clifford

408.

M Maceo, Antonio Machado, Antonio Madrid, Miguel de la Maeso, José Maganto, Hermanas Manglano, Luis Mann, Thomas Manzano, Carlos Maradona, Diego Armando Marañón, Gregorio Margarite, Mlle Marías, Julián Marín, Guillermo Marín, Manuel 369, 374, 377, 385, 390. Mariño, marqués de Maroto, Joaquín Márquez Balín, Manuel Marquina, Luis Martel, Erik Martín, Miguel Ángel Martín Gamero, Adolfo Martín Villa, Rodolfo Martínez, José "Pirri" 475

199. 75. 167, 259. 111, 158, 159. 13. 77. 35. 111, 158, 159, 254 74, 157. 20. 324. 321. 67. 275, 353, 354, 356, 46. 417. 88, 336, 343, 394. 20. 110. 410. 121. 223, 228, 229, 230. 31, 74, 206, 297.


Martínez Alonso, Eduardo Martínez Alonso, Moncha Martínez Andina, Alfonso Martínez Campos, Carlos Martínez Campos, Concepción Martínez Campos, Leopoldo Martínez Cortiña, Rafael Martínez de Alba, María Marx, Carlos Marx, Groucho Marx, Hermanos Matutes, Abel 388, 420. McArthur, Douglas McCoy, Tim Mc Dermott, S.J. John Meadows, Graham 363. Méndez, Constantino Mendióroz, Flora Mendióroz, Santiago Mendoza, Carlos Mendoza, Ramón 345, 349, 395-403. Mercouri, Melina Merlo, Mª Luisa Messi, Leonel Miguel, Hilario de 476

44. 44. 207. 14. 45. 14, 21, 70. 187. 174, 178. 282. 314. 259, 313. 329, 353, 378, 387, 59. 126. 48. 351, 360, 361, 362, 406. 252. 250, 251, 275. 416. 32, 152, 234, 239, 295. 256, 289. 74. 84.


Miguel, Rosa Mª de Mihura Milans del Bosch, Jaime Mingote Miranda, Vizconde de Miró, Joan Mix, Tom Moa, Pío Mola, Emilio Molins, Joachim Molowny, Luis Mompín, José María Monforte, Francisco Montero de Pedro, José Montes, Concepción Montiel, Sarita Morán, Fernando Moratinos, Miguel Ángel Moreno, Mario “Cantinflas” 314. Morla, Bebé Morla, Carlos Mortes, Vicente Moscardó, José Moscardó, Luis Mourinho, José Mr. Ellis Mr. Leafe 477

76. 56. 300. 281. 131. 257, 285-286, 326. 126. 78. 20. 279. 32, 74-75. 67. 102, 105. 102. 70, 281. 284-285. 276, 333, 334, 335, 256, 259, 280, 31321. 18, 19, 20-21, 346. 147, 212. 132, 133. 132, 133. 34. 127-128 127-128


Muniesa, Carmen Muniesa, Hermanos Muniesa, José Muñoz, Miguel Muñoz Lusarreta, Francisco Muñoz y Manzano, Cipriano Muñoz y Manzano, Mª Teresa Muñoz Rocatallada, Alfonso Muñoz Rocatallada, Carmen Muñoz Rocatallada, Mª José

29. 13, 29, 68, 84, 126. 29. 32, 207. 152. 23, 62. 13, 23, 194. 14, 23, 24, 61. 13, 23, 61, 70. 14, 70.

N Nabokov, Vladimir Nadal, Rafael Navarro, Juanito Negrín, Juan Nevado, Agustín Neville, Edgar Nieto, Miguel Ángel Nieva, conde de Noël, Emil Noriega, Elvira Núñez, José Luis

35. 293. 396. 265. 416. 20. 316. 137. 351, 358, 379. 67. 410.

O Obradovic, Zelko Ochoa, Miguel Ángel

411. 419. 478


Onacik, Andrej Onganía, Juan Carlos Orbe, Rafael Oreja, Marcelino 240, 244-245, 272, 394, 420. Ors, Miguel Ortega, Joaquín Ortega y Gasset, José Ortiz, Gonzalo Osorio, Alfonso 224, 229. Osorio, Juan Manuel Oyárzun, Javier Oyarzun, Mª Rosa

190, 206. 155, 169. 210. 105, 220, 221, 236, 297. 308, 309, 354. 15-16, 20, 35. 110. 207, 217-218, 222, 207. 196. 196.

P Palazón, Francisco Papaioanou, Rodolfos Paunero, Gregorio Pavarotti, Luciano Paz, Mª José Paz, Octavio 326. Paz Casañe, José María Peces Barba del Brío, Gregorio Peláez, Ignacio Pelé 479

158, 159. 360. 152. 293. 294. 257, 259, 294-295, 414. 396, 397. 242. 74.


Peña, Flora 275. Peña, Francisco 13. Peña Abizanda, Fco. 310, 324. Javier 14, 21, 25, 27, 37, 43, 60, 63, 72, 98. Peña Abizanda, Mª José 14, 37. Peña Abizanda, Mª Pilar 14, 37, 43, 44, 51, 63, 72, 82. Peña Abizanda, Mª Teresa 14, 37. Peña Muñoz, Concepción 14. Peña Muñoz, Gonzalo 13, 17, 24, 27. Peña Muñoz, Fco. Javier 14. Peña Muñoz, Ricardo 14. Peña Puigmoltó, Gonzalo 99, 131-132, 138, 163, 175, 225, 239, 274, 300, 332, 374. Peña Puigmoltó, Fco. Javier 69, 113, 131, 138, 175, 239, 286. Peña Puigmoltó, Victoria 16, 131, 138, 175, 177. Peñaranda, Ángel 84. Perdomo, Carlos 156, 165, 168, 169. Pérez, Florentino 31, 33, 34, 207, 293, 401, 413-416, 418. Pérez Bricio, Carlos 209-213, 217, 222, 229, 394. Pérez de Ayala, Ramón 50. Pérez González, Francisco "Pancho" 480


161-162, 393, 394, 404. Pérez Hernández, Enrique 241, 242. Pérez Llorca, Carmen 305. Pérez Llorca, José Pedro 245, 246, 305-310, 330, 331, 372, 388, 394. Pérez Galdós, Benito 32. Pérez Rubalcaba, Alfredo 293, 427. Pestaña, Ángel 77. Petrescu 190, 192, 204, 231. Pinedo, Ignacio 29. Pinito del Oro 67. Pinochet, Augusto 341-345. Piqué, Josep 420. Pisani, Edgar 365. Platón 35. Platters, The 65. Polanco, Jesús 161-162, 257, 348. Pompoff 67. Portela, Eduardo 410. Potter 87. Prado y Colón de Carvajal, Manuel 105, 167, 168, 171, 235, 237, 240-242, 309. Prats, Matías 74. Prendes, Luis 67. Prieto, Indalecio 27, 256, 265. Primo de Rivera, José Antonio 107. 481


Psmith 345. Puente Ojea, Gonzalo 334, 335. Puerta, Alonso 355. Puig Antich, Salvador Puigmoltó, Amparo 131. Puigmoltó, Enrique 131. Puigmoltó, Rafael 131. Puigmoltó, Vicente 49. Puigmoltó Garrigues, Mª Victoria 98, 99, 131, 134, 135, 138, 145, 151, 168, 173, 174, 177, 178, 254, 255, 256, 274, 287, 313, 322, 348, 392, 400. Pujol, Jordi 257, 276-280.

Q Quílez, José Luis Quílez, Manuel 412. Quintana Fergusson, Manuel

207. 84, 207, 239, 296, 166.

R Rajoy, Mariano Raphael Rasputín Reagan, Ronald Recarte, Alberto Regueiro, Luis

293, 331. 70, 178. 62. 303. 196. 256. 482


Reoyo, Julián 31. Revert, María 139, 297. Rica, José Miguel de la 237. Ríos, Sixto 77. Rivas Cherif, Dolores 256. Rivero, José Ignacio del 404. Robles Piquer, Carlos 105, 115, 250, 300, 307, 310, 311, 312, 328-331, 332, 333, 335, 349, 394, 419, 421. Roca, Miguel 256, 271. Rocatallada, Concepción 14, 23, 61. Rociito 286. Rodrigo, Joaquín 256, 326. Rodríguez, Adela 29. Rodríguez, Emiliano 408. Rodríguez, Manuel “Manolete” 65. Rodríguez Ponga, Pedro 103, 393. Rodríguez Spiteri, José 105, 111, 250, 251, 269. Rodríguez Spiteri, Silvia 252. Rodríguez Zapatero, José Luis 105, 111, 250, 251, 269. Romero, Carmen 257, 273, 274. Roncero, Tomás 290, 292. Ronaldo, Cristiano 74. Rosales, Luis 333. Rubio, Enrique 207. Rubiños, Antonio 29, 78, 162. 483


Ruiz Ligero, Apolonio Ruiz Solaguren, José Luis Rullán, Rafael

120. 266. 32, 411.

S Sabonis, Arvidas 408. Sáenz de Cosculluela, Fco. Javier 367. Sainz, Lolo 408. Sáinz Rodríguez, Pedro 28. Salaner, Vicente 409. Salaverría, Margarita 45. Salgari, Emilio 35. Sampedro, José Luis 76. Samper, Juan Antonio 402. Sánchez Albornoz, Claudio 160-161. Sánchez Quiñones, Antonio 336, 344, 394. Sanchís, Manuel 206. Sancho Ibarra, Gonzalo 15, 25. Sancho Muñoz, Fernando 15, 72. Sancho Muñoz, Gonzalo 15. Sandberg, familia 125. Santa Cruz, marquesa de 45, 46. Santamaría, Miguel Ángel 234. Santos, Jacinto 416. Sanz, Lorenzo 184, 239, 291, 395403, 411, 413. 484


Saporta, Raimundo Sarmiento Birba, Manuel Sartorius, Antonio Sartorius, Carlos Sartorius, Nina Sartorius, Vicente Sartre, Jean Paul Saso, José Luis Schwartz, Pedro Scott, Sir Walter Sebastián de Erice, José Serna, Víctor de la Sevilla, Carmen Shakespeare, William Sierra, José Sierra, Amaya Silió, Gonzalo Silverio Sinnot S.J., Padre John Sirk, Douglas Smith, Adam Smith, John Smitt Kroes, Nellie Soares, Mario Solana, Fernando Solana, Javier Solbes, Pedro Solchaga, Carlos

152, 412. 397. 46. 46. 46. 46. 67. 29. 118. 35. 159. 409. 256, 280, 281. 35, 55-56. 210, 354. 354. 126. 27, 68. 48, 124. 303. 35. 48. 365, 366, 369. 275. 259. 372, 390. 350. 350. 485


Soler, Carlos 126. Sotoancho, marqués de 345. Stankovic 410. Steele, John 360. Stefano, Alfredo dí 64, 74, 95-96, 206. Sterling, Rafael 191. Strauss Kahn, Dominique 275. Stroessner, Alfredo 148. Suárez, Adolfo 77, 212, 214, 215, 217, 220-223, 224, 227, 228, 232, 237, 246, 247, 310, 321, 424. Sutherland, Peter 364. Swift, Jonathan 35.

T Tamayo, José Tamayo, José Luis Tarancón, Enrique Tarradellas, Josep Teddy Tena, Juan Ignacio "Juanchín" 151. Terol, Pedro Teus, Eduardo Tierney, Gene Tierno Galván, Enrique 486

257, 289. 250. 208. 227-230, 276. 67. 105, 111, 139, 141, 313. 74. 126. 96-98, 101, 244.


Tollemans, Daniel Tono Tornos, Javier Tornos, Juan Torre, duque de la Torrefiel, conde de Torres, Manuel Torres Dulce, Eduardo Trujillo, Leónidas Tudela, Pepita Twain, Mark

371, 391. 56. 187. 45. 45, 167. 99, 131, 173. 76. 415. 174, 178. 73. 357.

U Ullastres, Alberto Uranga, Emilio Urbano, Pilar Uribe, Eduardo Urzáiz, Fco. Javier Ussía, Alfonso

76, 220, 221. 302. 424. 88. 45. 345-346, 398.

V Valdano, Jorge Vallaurre, Fco. Javier Vallés, Federica Vallejo, Carmen Vallejo, Francisco "Pachi" Vals, Aurelio

65. 115. 99. 354. 354. 45. 487


Van Miert, Carla Van Miert, Karel 394. Varela Dafonte, José Antonio Varela Parache, Manuel Vargas Llosa, Mario Velasco, Luis Velázquez, Fidel Velázquez, Manuel Velo de Antelo, José María 421. Vejrych, Jan Verne, Julio Verstrynge, Jorge Viar y Bilbao, Koldo Vías, Amalia Videla, Jorge Rafael Vila Reyes, Juan Vilalta, Albert Villar, Huberto Villar Mir, Juan Miguel Vincent, Daniel Viñaza, condes de la Viturro, Manuel Vizcaíno Casas, Fernand 256, 293, 344.

488

362. 362, 363, 368, 378, 390. 186. 178. 120. 259. 415. 105-107, 243, 419, 48. 35. 364. 88. 29. 240. 164. 279. 182. 213-214, 401. 360, 364. 21, 23-24, 61. 45. 184-185, 230, 254,


W Walsh S.J., Padre Watson S.J., Padre Wayne, John Webb S.J., Padre Westendorp, Carlos Whitmore, James William Wodehouse, P.G. Wooster, Bertran Wynn, Keenan

48. 48, 60. 96, 125, 126, 268. 48, 124. 110, 116, 354. 56. 42, 56. 56, 345. 56. 56.

X Xirau, Ramón

259, 326.

Y Yáñez, Luis Ybarra, Rafael Yebes, condesa de Yturralde, Mariano Yusupov, Príncipe

332, 333, 335. 268. 14, 70. 45, 46. 60-62

Z Zabala, Ramón 286.

252, 255, 268, 270,

489


Zaballa, Juan Josテゥ Zabludovsky, Jacobo Zamorano, テ]gel Zugaza, Pilar Zweig, Stefan

234. 258. 416. 234. 35.

490


491


Instantes de mi vida