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© Sara M. Bernard, 2013 Diseño de portada: SMB Fotografía p. 57: Migue Fernández Todos los derechos reservados. ISBN: 1490590579 ISBN-13: 978-1490590578


A J., amor de mi vida A mi familia, por estar siempre ahĂ­ A F.K., por las horas compartidas de insomnio


ÍNDICE 1 La generación 30

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2 Guahupinga Marketing

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3 Indefinidos por 700

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4 La becaria vieja

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5 Hola, Administración

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6 Mileuristas

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7 Almacenes, polígonos y ETT 59 8 Emigrantes

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9 Guachupingas, al ataque

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10 Otra vez en la redacción

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11 Guachupinga, definitiva

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12 ¿Conclusiones?

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SOBRE LA AUTORA

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LA GENERACIÓN 30 Hola, qué tal. Nunca pensé que iniciaría un libro de esta manera tan estúpida, pero es lo primero que escribí en el procesador de textos. Hola, qué tal. Pues como el puto culo, oiga, ya estoy harta de disimular. Una manera poco ortodoxa de empezar esta narración, lo sé, pero no he podido evitarlo. Sufro de un desconocido instinto de supervivencia humana, que se ha llevado por delante toda cautela y todo mi sentido del ridículo literario. Hola, qué tal. Vivo en un ecosistema informativo donde las opiniones fluyen de un lado a otro y las mismas firmas se repiten en varios canales, sin dejar hueco a otras nuevas. Apenas he notado que la televisión, un viejo aparato analógico incluido en el alquiler, lleva rota varios meses. Vivo más hiperconectada que nunca gracias a Internet, hasta el punto de conocer en tiempo real varios sucesos destacados estos meses. A veces pienso que debería descansar, no leer más artículos, ni abrir más vídeos, ni entrar en las redes sociales. Pero dudo que esto funcione; a algunos periodistas nos pasa, es imposible desprenderse de nuestro oficio aunque estemos fregando platos sucios en una cafetería. Las noticias llegan, incluso sin buscarlas. O el discurso público, también llega. Un discurso vomitivo y manipulador, cada vez más desconectado del ciudadano. Y no me 7


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refiero a las arengas de los políticos españoles (que también) sino al tono general con el que se afronta la situación desde los medios. Si sólo ese fuera el problema, no existiría ningún drama porque es lo que debe suceder: consecuencia de la libertad de prensa, cada uno cuenta la película a su manera. El problema surge cuando el bombardeo conceptual impacta en el núcleo de la persona anónima y corriente que soy. Delirantes pensamientos positivos, consejos para emprender, autoayuda psicológica aplicada a los negocios para superar la crisis, ¡eh! ¡hazte empresario! ¡tu sueño vital de producir nubes con olor a cerveza puede hacerse realidad por arte de magia! Pero no me funciona. ¡Eso es que no piensas fuerte! ¡Aprieta, aprieta! Pero, oiga... ¡Más fuerte, perdedor! ¡la culpa es tuya por no pensar más fuerte! Sí. Por supuesto. La culpa es mía. Quizás es que no he hecho lo suficiente, quizás podría haberme esforzado en varias decenas de cursos más, tal vez aprender chino, ruso o hebreo, asistir a varios millares de conferencias, quizás habría sido entretenido y rentable estudiar un módulo de peluquería, o de chapa y pintura, o de electricidad. Quizás debería callarme porque, en teoría, lo he tenido todo regalado. Exacto, de qué te quejas. Se supone que pertenezco a ese grupo que se denomina “la generación más preparada de la historia”, lugar común de los nacidos en democracia (a partir de 1976) con acceso a igualdad de oportunidades. Mayor nivel de vida, mayor capacidad de terminar estudios superiores, más derechos, mayor conocimiento del mundo con viajes e idiomas. La España moderna, la de los niños Erasmus. Así que no tienes derecho a alzar la voz, qué sabrás tú, si tus abuelos pasaron hambre de verdad en la posguerra o no tenían ni cuarto de baño. Que sois una generación muy blanda. Pero esa no es la realidad. Nunca he esperado que las cosas

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aparezcan porque sí, e incluso he interiorizado la meritocracia como una filosofía de vida, sin saberlo. No por las películas de Hollywood sino por haberla visto aplicada. Capacidades, talento, esfuerzo, tesón, horas: así los abuelos, de condición humilde, trabajando toda una vida, sacaron adelante a sus hijos, que a su vez consiguieron estudiar, trabajaron y ahorraron toda su vida hasta llegar a una posición acomodada, para que los nietos (aquí) tuvieran una vida incluso mejor. La cadena se rompe cuando no encuentro manera alguna de trabajar. Hasta he olvidado conceptos como desarrollo humano, proyectos vitales o carrera profesional. No tengo capacidad para sobrevivir de manera autosuficiente, aunque haya arriesgado pellejo y salud en el intento. Vivo el día a día, el ahora. Que es muy bonito en los manuales baratos para gente con la moral por los suelos. Ahora mi cuenta bancaria tiene 21,35 euros. Pasado mañana, vaya mala suerte, cobrarán la factura trimestral del agua, 36 euros. Necesito averiguar de dónde saco lo que falta, llamo a la familia para que haga un adelanto, voy a una esquina a vender mi ropa y mis libros, qué hago. Llamo también aquí y allá, me presento hoy mismo en varias empresas con el currículo por delante (ya tenía fotocopias, no hay que tocar nada de los 21 euros) e intento no parecer desesperada. Así se expande una culpa dirigida a una misma, difusa, abstracta y a ratos mágica, porque no se ha hecho bien no se sabe qué. Porque no es sólo la crisis, ahora, es que en los años anteriores tampoco ha ido bien el acceso a esa utópica “vida adulta”. Tal vez es cuestión de azar, pienso, eso de las vibraciones positivas que atraen la suerte o tonterías similares. En la inútil búsqueda de explicaciones coherentes, mi impotencia se convierte en una espiral sin fondo, cuando recuerdo que otros compañeros sí han tenido esa suerte. Si te dijera quiénes son, reconocerías sus nombres por su trabajo en la televisión, el cine y la música. Pero nada tiene que ver con una envidia al famoso,

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es un tema práctico: esas personas de mi quinta han conseguido vivir de su trabajo. Al menos, llegaron a algún sitio antes de la crisis. Del silencio de mi generación, de la falta de artículos con testimonios personales en los medios, entiendo que soy la única pringada en estas circunstancias concretas. En el limbo de la tierra de nadie, por la emigración y por la edad en su sentido sociológico. El imaginario colectivo supone que a estas alturas ya tenía que haber encontrado algún modo de vida, un desarrollo personal o social de algún tipo. Sin embargo, la impotencia pasa de aguda a crónica. No soy joven estudiante ni estoy en la calle por impago de la hipoteca de una casa. ¿Cómo puedo quejarme, si hay ciudadanos que se están suicidando por las deudas? Quizás no debería decir nada, porque vivo. Tengo un techo de alquiler, tengo comida. Pequeños ingresos con empleos temporales y, sobre todo, el apoyo monetario de la familia, como si tuviera 15 años. Pero acabo de cumplir 34. ----El infierno total comenzó exactamente hace tres. Las cosas tampoco funcionaban antes, pero escuchaba por todas partes una frase legendaria: al menos, trabajas de lo tuyo. Te vas a vivir con el novio a los 25 años y hay que pagar las facturas. En ese momento ya acumulaba la carrera de Periodismo, un máster, experiencia laboral en trabajos variopintos de estudiante, experiencia como periodista en varios medios con múltiples prácticas gratuitas, e incluso un fallido intento previo de entrar al mercado laboral, en peores condiciones que las prácticas. Un cachondeo. Desde este punto de partida desempeño toda una serie de trabajos temporales de promotora (donde pagan medio bien) intercalados con lo que puedo conseguir en varias redacciones locales (donde pagan muy mal). Hay proyectos en segundo plano, como seguir ampliando la formación con cursos variados, otra carrera universitaria a distancia

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o quizás alguna idea empresarial. Lo que no hay es dinero, casi ni tiempo. ¡Mira mamá, ya soy adulta! ¡llego reventada todos los días con los pies hinchados, lo único que hago con mi vida es trabajar! El poco tiempo que queda es para escribir, refugio desde hace más de una década. Unos minutos robados al cansancio, cuando se puede, para recordar mi condición humana no-autómata. A veces es bueno acordarse de que no eres un florero que deba sonreír todo el día a los clientes. Puedo tomarlo con tranquilidad, porque de la literatura no se vive como me han repetido mil veces. Ya cuando sea mayor y tenga un trabajo estable me preocuparé de todas esas novelas y poemas del cajón. Mientras tanto, participo en concursos literarios aquí y allá. Vivo corriente, a la altura de mis posibilidades, con las facturas al día. Lehman Brothers quiebra en 2007, a mediados de 2008 el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero sigue diciendo que “la crisis es cuestionable”. De hecho, menuda suerte, consigo un contrato en una redacción provincial de gran tirada. Aunque en realidad figuro en la categoría “ayudante de redacción” y algunas semanas trabajo más de 40 horas. Es un fantástico contrato de becaria, a pocos meses de cumplir 30 años. Pero y qué. Es lo que hay, ¿no? En 2009 la crisis se echa encima. Ni las facturas ni la necesidad de comer se paran, así que aceptaré un puesto en otro medio local, con un maravilloso contrato de falsa autónoma. De autónoma, quiero decir. Los compañeros callan y aquí no pasa nada, qué van a protestar, si algunos tienen otros negocios y hasta prefieren la nómina en negro. Hay que aguantar el tirón como sea, mientras busco otra cosa. Pero no contaba con un ejemplar típico de empresaurio español. Avanza 2010 con meses de impagos por falta de liquidez y la necesidad de ayudas familiares extra para los períodos sin sueldo. El jefe decide aumentar el nivel de trabajo hasta el equivalente de

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dos o tres redactores, supongo que con la sana intención de que nos marchemos voluntariamente y no abonar los salarios debidos. Aguanto, busco cualquier salida con mayor ímpetu ante la inminente catástrofe. No sale. Son meses de sequía mental, en los que incluso abandono la escritura porque me he convertido en un robot. Y llega el cierre definitivo, con todas sus consecuencias: no tengo indemnización por despido ni subsidio alguno, por el tipo de contrato. No se quita ese tic nervioso de revisar el móvil cada cinco minutos. Peso 48 kilos por el estrés y el exceso de trabajo, pero no podré hacerme analíticas porque mi tarjeta sanitaria está desactivada. Y la capacidad de respuesta ha desaparecido por completo. Como lamentaré más tarde, ni se me pasa por la cabeza en ese momento afrontar demandas judiciales u otros procesos. Estoy agotada y no sé dónde acudir. La primera reacción absurda e instintiva, como resistencia a ese estado de shock (no puedo enfermar por depresión, que no tengo médico, hay que ser prácticos) es la literatura. Vuelvo a escribir y a hacer cosas raras, como abrir un blog personal en vez de diseñar webs para empresas. O envío, por primera vez en mi vida, dos originales (libros de poemas) a una editorial. También es la primera vez que me dicen que no, algo que ya daba por sentado al ser unos versos de mierda de una desconocida. Sin embargo, es la excusa perfecta para vomitar todo lo que no he escrito durante casi un año. En los meses siguientes concluyo dos libros nuevos. Vienen bien como entrenamiento, porque también debo inventar currículos simplificados en los que no he pasado del Bachillerato y apenas sé encender un ordenador, para diversificar las oportunidades. A pesar de todos los esfuerzos, la realidad es que hay un 30% de paro. Sí, he dicho 30. Sí, en 2010. En Andalucía, que no lo había dicho. En los siguientes doce meses sólo consigo trabajar dos y medio a duras penas, la mayor parte son días sueltos como

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promotora. Hay pocos trabajos, pero en los que encuentro empiezan a poner pegas porque tengo 31 años. Mi ficha retocada compite, incluso, con toneladas de otros aspirantes para nuevos locales del Burger King, en una zona muy turística de costa. Todavía sigo esperando una llamada. Con todas las opciones agotadas y ni una sola respuesta, la única vía es huir lo más lejos posible. Emigramos hacia el norte. Encuentro empleos temporales, mientras quiebran periódicos, aumenta el paro, Mariano Rajoy es elegido nuevo presidente, cada vez más recortes en sanidad y educación, pierdo el tiempo en entrevistas laborales que no ofrecen contrato y posiblemente, tampoco sueldo. La auténtica nueva definición de “trabajo” que la RAE debería contemplar. Cuando ya no lo esperaba, llega el último estertor antes de la muerte: una redacción, tres años después. Inicio 2013 con la tarea diaria de conocer lo que pasa en el mundo y tragarme cada semana las resoluciones del Consejo de Ministros. Un espejismo que se desvanece al primer mes, con retrasos de la nómina. Esta vez sí acudo a asesores laboralistas; consulto todos los estatutos y convenios, reales decretos y boletines oficiales que caen a mi alcance, para estar preparada en caso de impago. A los pocos meses, están contentos con mi desempeño pero la empresa no tiene liquidez para renovar. Con una carta de recomendación bajo el brazo, vuelvo a estar en la calle. Las consultas legales preventivas, además, destapan una horrorosa circunstancia: casi todos los contratos anteriores en mi vida (especialmente los que requerían formación especializada) han incumplido la ley de una u otra forma y podrían haberse reclamado. En realidad, todos. ----La teoría de la “indefensión aprendida” ha sido desarrollada por el psicólogo norteamericano Martin Seligman a partir de 1975,

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mediante estudios experimentales (bastante crueles) con perros. Se utilizaron tres grupos de animales: el primero estaba sujeto con arneses mientras recibían descargas eléctricas en las patas traseras, que podían detener pulsando un botón con el hocico. El segundo grupo también recibía descargas eléctricas aleatorias, pero sin ningún método para evitarlas. El último grupo era el de control y no recibió ningún tipo de tratamiento. En una segunda fase del experimento, se colocó a los grupos en una caja con otro compartimento donde refugiarse para evitar las descargas. Los grupos uno y tres encontraron esta vía de escape, mientras que los animales del grupo dos permanecieron quietos, sin intentar ningún tipo de huida. En la fase anterior habían sido condicionados a una conducta pasiva, ante la reiterada imposibilidad de evitar las circunstancias adversas. En la nueva situación, fueron incapaces de reaccionar. Aplicada al comportamiento humano, la indefensión aprendida explica la condición psicológica por la que aprendemos cómo todos nuestros esfuerzos (por intensos que sean) no tienen influencia alguna sobre los resultados en nuestra vida. El individuo se paraliza, qué se puede hacer si no hay escapatoria. Lo que era una teoría sobre papel, de un tipo al otro lado del Atlántico, se convierte a lo largo de estos años en una constante diaria. ¿Cómo es posible que los ciudadanos no respondan con una contundencia mayor y más agresiva ante la situación social? Quizás por la anestesia a la que estamos sometidos. Cada día se destapan en la prensa nuevos datos sobre corrupción en las más altas instancias del gobierno. Los mismos que piden austeridad a la ciudadanía, para ajustarse a las directrices de Europa, mantienen sobresueldos en sus cargos políticos o han ido guardando millones en cuentas bancarias de Suiza. El discurso del poder no podría ser más disonante con la realidad cotidiana, a lo que se suma el peso del sometimiento en el cogote, la resignación ante una sociedad

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hipócrita, envidiosa e inculta. Y qué importancia puede tener, en el día a día, tanto análisis sesudo y tanto artículo de escritores/periodistas que nunca han experimentado lo que es verse despojados por completo de su labor intelectual, para convertirse en máquinas hacedoras de sudor. Así escriben las tonterías clasistas que escriben. A ese nivel cotidiano, soy una observadora privilegiada que puede subsistir con ayuda. Otras personas no tienen esa suerte, según me van contando. En mi labor de promotora temporal ha coincidido que muchas personas, totalmente desesperadas, no han tenido reparos en explicarle a una perfecta desconocida cómo mantienen a sus hijos de treinta y tantos (que tuvieron que regresar al hogar paterno) con una pensión mínima de 500 euros al mes; o cómo la abuela se ha suicidado cuando la jubilaron forzosamente en unas condiciones trampeadas; o la familia con pequeño negocio propio que ha ido a la quiebra y tienen que apañárselas para mantener a sus tres hijos. Hay gente que, sin saber por qué, ha roto en lágrimas contando detalles íntimos de su penosa situación vital. Debo de tener cara de simpática. Debe ser que me paraba a escucharles de verdad y se me olvidaba por completo lo que estaba intentando venderles. La situación de incertidumbre constante, esa vieja amiga, ha regresado estos meses tras la salida de la redacción. Nada nuevo que no haya vivido antes, sólo que ahora tiene ese exótico nombre de indefensión aprendida. A ratos prefiero llamarla angustiabilidad, mezcla de angustia y culpabilidad, porque me siento “culpable” de protestar por este no futuro, esta alienación mental inducida, cuando puedo arrastrarme por distintos trabajos a diferencia de todas esas personas que charlaron conmigo. Pero no es ninguna tontería esa indefensión teórica. Acciones colectivas como ejercer el derecho al voto, manifestarse o participar en iniciativas ciudadanas tampoco parecen funcionar. Los recursos

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utilizados no producen resultado alguno. Hay que seguir aguantando que te pongan los ojos en blanco cuando hablas de un 30% de paro hace tres años, como si estuvieras narrando tu encuentro con un unicornio en mitad del bosque: nadie lo cree. Hay que seguir aguantando un limbo impuesto por el que no tienes acceso a todos esos trabajos precarios, pero útiles para comer, por superar la barrera de los 30 años. Aunque ahora peses 51 kilos, no haya canas ni se noten todavía las arrugas. Y soportar las ideas bienintencionadas de negocio, cuando necesitas cubrir la diferencia de 14,65 euros en una factura. Perdone usted que no esté inventando un canal de humor en YouTube ya que he estudiado Arte Dramático y he sido realizadora de televisión, o una revista digital, o autoedite los libros antiguos o cualquier otra cosa. Es que el hambre me quita la inspiración, ¿sabe usted? Como no podía ser de otra manera, también la literatura ha aparecido en esta ocasión. Una novela en proceso, escrita de principio a fin con la intención de publicarse, que fue seleccionada dentro de las actividades de un festival literario en marzo. Unos editores que me dieron recomendaciones para otros editores, y así volví a casa con un montón de direcciones para probar, cuando el texto estuviera completo. ¿Y ya está? ¿Tantos años esperando para esto y parece tan fácil? En ese instante no sé si ponerme a llorar hasta quedar seca, así aprovecho para desahogarme también porque se ha cumplido el plazo para denunciar trabajos fraudulentos del pasado. Mientras tanto, hago otra entrevista de trabajo para comercial de una aplicación móvil. El entrevistador habla de manera incorrecta sobre un contrato mercantil, me hago la tonta y asegura que podemos hacerlo entre nosotros y guardarlo en un cajón. Ya, claro, “trabajo” con todas las garantías. La indefensión da paso a la furia, que da paso al instinto de supervivencia. Abro el editor de textos y empiezo a teclear una

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página tras otra, sin más objetivo primario que contar lo que está pasando y conseguir unos pocos céntimos. No tengo tiempo para esperar al año que viene, a una publicación decente y todas esas cosas de la élite cultural. Suena el teléfono. —Hola, te llamamos de la oferta donde te has inscrito de... —Hola, qué tal. Volvemos a jugar.

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{NO}

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GUACHUPINGA MARKETING 2006 1. —... de azafata promotora, para ¿...? Marketing. —Perdón, ¿cómo ha dicho? —De Guachupinga Marketing. ¿Podrías venir a una entrevista mañana, a las 11? Toma nota de nuestra dirección. Apunto la calle muy céntrica, número y piso. Parece interesante y confirmo que asistiré a la entrevista. Es una oferta a jornada completa, me inscribí esta misma mañana a través de una web de empleo. Qué diferencia, llevo una semana esperando a que contesten de la televisión local donde buscaban redactora. Se supone que iban a llamar para decir si me contrataban o no, aunque la respuesta fuera negativa. Aquí sigo esperando y esta gente responde el mismo día, en cuestión de horas. A ver si funciona esta vez. Con la agencia de azafatas estoy de suplente para días sueltos y no hay posibilidad de más. Pagan bien, es entretenido, cada día en un estanco diferente y encasquetar esa marca de tabaco, con un pantalón de colorines que recuerda a los 19


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payasos de Micolor. Pero ya tienen la plantilla titular. De la otra agencia no han llamado, tampoco, y hace más de dos semanas de la entrevista. Esa promoción sí era para sus 40 horas semanales, ¡y mil y pico euros de sueldo! más kilometraje aparte. Pero nada. Llega un mensaje al móvil, con la hora de la entrevista, dirección, teléfono y correo de Hotmail. Qué pesados, si acabamos de hablar. No le doy mayor importancia a que una empresa de marketing y publicidad tenga una dirección e-mail gratuita, ni tampoco se me ocurre mirar por Internet ninguna referencia sobre ellos.

2. Las paredes tienen un horroroso color amarillo. El tono exacto en el que es imposible distinguir si la pintura es de hace más de 50 años o en realidad está sucia por la nicotina. Color pollito muerto, concluyo. Es extraño que una oficina en plena zona céntrica tenga ese aspecto cochambroso, junto al cartel indicador que he encontrado por las escaleras, escrito a mano: Entrevistas Guachupinga Marketing, 1ª planta ↑ En la sala principal hay demasiada gente y debo esperar hasta acceder a la mesa de escritorio para identificarme. Una chica repeinada me pide el currículo impreso y me entrega a su vez un cuestionario, para rellenar mientras espero el turno de entrevista. —Siéntate donde puedas —dice alzando la voz. Es ella la que llamó por teléfono, aunque ahora usa un tono forzado para hacerse oír por encima de la música. Un par de altavoces sobre la mesa, apuntando hacia nosotros, escupen chunda-chunda discotequera. Justo al límite de resultar molesto. ¿Por qué no bajan un poco el volumen? Un grupo de tres chicos sale de un despacho lateral y entran

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otros tres aspirantes. Por lo visto, nos han citado a la misma hora y la entrevista es grupal. Me acomodo en una de las sillas que queda libre y completo el cuestionario: otra vez datos personales, estudios, últimos empleos. Adjetivos que te definen. Características que te hacen idóneo para un trabajo cara al público... Resulta difícil concentrarse con la música a toda pastilla y más gente que llega hasta la chica de la mesa. Pone cara de ser interrumpida, aunque no se sabe muy bien en qué, lo que sea que esté mirando en la pantalla del ordenador. La sala está repleta con más de diez personas, chicas y chicos, algunos con pinta de haber salido del instituto ayer mismo. De repente se oyen palmadas, gritos y risas desde un segundo despacho, al fondo. Vaya fiesta de curro, madre mía, cuánta diversión. Termino la ficha y cruzo algunas miradas con otros aspirantes; hemos escuchado perfectamente el escándalo. Salen los entrevistados anteriores y es mi turno, junto a otros dos más. En el despacho las paredes son blancas, con el único adorno de carteles de paisajes idílicos, mal puestos con chinchetas. Un escritorio, con tres sillas de nuestro lado, son los únicos muebles. El entrevistador es un tipo rubio de aspecto muy joven, que no parará de hablar desde el momento en que entremos. Entrevista, poca. Va vestido con un traje de chaqueta y una corbata, tremenda, de color celeste eléctrico. ¿Seda? ¿Cualquier tela barata y brillante? No entiendo de telas. Tampoco de relojes, lleva uno inmenso en la mano izquierda, que abulta tanto como su puño. Gesticula con movimientos amplios, también sin parar, como si quisiera enseñar ese reloj plateado (¿y caro?) en todo momento. Nos cuenta entusiasmado que acaban de abrir la delegación y por eso necesitan incorporar personal de manera inmediata, por eso la oficina descompuesta sin apenas decoración, por eso nos apiñamos en la entrevista para ahorrar tiempo. Una empresa con

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una red internacional, con oficinas por todo el mundo, que distribuyen productos de otras empresas importantes. Tienen un sistema infalible de ventas, que los convierte en una entidad muy exitosa. Tanto como para ofrecernos la oportunidad de nuestras vidas que-no-podemos-dejar-escapar, un interesante plan de negocio para ascender en la escala de distribuidores hasta conseguir nuestra propia oficina. O algo así. No me entero con tanto discurso acelerado y a punto de sufrir un ataque epiléptico por los destellos celestes. Se ha hablado de ser tu propio jefe y trabajar para ti, quizás se ha mencionado algo de jornada completa, que es necesario empezar desde la base, o que el éxito depende de la selección, a ver si hay suerte, para una siguiente entrevista y no sé qué más. —Por ejemplo, veo en tu curriculum que has trabajado como azafata en centros comerciales —mira en mi dirección—, lo cual es un aspecto bastante interesante… barajamos para un futuro próximo ampliar nuestro mercado, con distribución en stands — sonríe. Sus dientes son color pollito muerto y desentonan con el reloj de tres plantas, el traje y la corbata brillante. No me da tiempo a contestar nada, porque sigue hablando y hablando. Los otros dos, una chica con cara de susto y un chico con espinillas, tampoco tienen oportunidad de abrir la boca. ¿Qué os parece lo que os he contado? Sí, bueno, nos parece... interesante. Pues entonces, esperad nuestra llamada, a ver si sois seleccionados para una segunda entrevista. ¡Suerte! ¡chao! De camino a casa, intento recordar algún detalle concreto sobre las condiciones, pero todo ha sido verborrea. Desconozco qué hay que comercializar, ni dónde, ni cómo, ni por cuánto. Sólo debo esperar una llamada a partir de las siete de la tarde, si es que la hay. A las siete y media llega un mensaje de texto al móvil.

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¡Enhorabuena! Has sido seleccionada para la segunda entrevista con Guachupinga Marketing. Será mañana jueves, de 10-19 horas. Acude con libreta y zapato cómodo. Dirección ... Teléfono de contacto ...

3. La sala tiene paredes del mismo horroroso amarillo, acentuado por la intensa luz natural que entra por las ventanas y la inexistencia de cualquier mueble. Por todas partes hay carteles con frases motivadoras sobre el esfuerzo y listados de cinco pasos y cuatro actitudes. Sonrisa, puntualidad, buen aspecto. Lo típico del comercial. Esta es la sala del escándalo. Hay que permanecer de pie en el centro de la habitación, en un círculo formado por otros diez jóvenes. Reconozco alguna cara que vi ayer para las entrevistas. Parece que hoy tampoco habrá nada parecido: vamos a asistir a la dinámica de trabajo cotidiana. Entra el jefe, que es el mismo de las entrevistas de selección, con su rutilante corbata celeste, y se sitúa entre varios para presidir el círculo. ¡Buenos días, chicos! ¿Cómo estamos hoy? —¡DE PUTA MADRE PARA ARRIBA! ¡DE PUTA MADRE PARA ARRIBA! ¡¡DE PUTA MADRE PARA ARRIBA!! ¡¡... — aúllan todos. Y saltan, con los brazos en alto y moviendo las cabezas, como en un concierto de Metallica. Una muchacha a mi lado me pellizca en el antebrazo, sonriendo. ¡Salta tú también! Muevo el cuerpo, pero sin despegar los pies del suelo, disimulando los botes. —... DE PUTA MADRE PARA ARRIBA!! ¡¡YUUUUÚS!! — palmadas. ¿Yús? pregunto por lo bajo a la misma chica del pellizco, mientras aplaude con las mejillas encendidas. Sí, Yús, del inglés “juice”. Bien, “zumo”. No entiendo nada.

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—Bueno, chicos, antes de presentar a los nuevos, hoy empezamos con los resultados de ayer. Ven, Elisa. El círculo se convierte en semicírculo, y la tal Elisa se coloca a la derecha del jefe, levantado un poco la barbilla y mirándonos con asco. Tiene el pelo recogido en una coleta muy tirante, pelirroja auténtica y con la piel muy blanca, llena de pecas. —E-li-sa... ha conseguido... ¡¡CAMPANA!! —aullidos, vítores, palmadas, la fiesta de los babuinos del zoo de Madrid. La corbata celeste se mueve hacia atrás y empieza a tocar el badajo de una pequeña campana dorada puesta en la pared. Tiene un sonido bastante aceptable, a campana buena. En el frontal está grabada la leyenda: Titanic 1913. —Para los nuevos que no lo sepáis, no os asustéis. Campana es que ha conseguido dos contratos en el mismo día. Bien, ahora toca ¡presentaciones de los nuevos miembros de nuestro equipo! Dos personas más y yo tenemos que presentarnos, dando nuestro nombre, que estamos en el “día de observación” y a ver qué tal. Qué simpáticos somos todos. Palmadas, risas y un ¡yús! tras cada intervención. El resto de la hora nos dividimos en pequeños grupos, para “formarnos” con los pasos a seguir (cada uno con un nombre), memorizar y ensayar el discurso al cliente. Se resume en conseguir que la gente se cambie de compañía telefónica, con unas tarifas que se llevan en un folio impreso a color y plastificado. Que te abran la puerta de sus casas y provocarles la urgencia de no perder la oportunidad fantástica que sus vecinos ya están aprovechando. Señora, estamos informando a los vecinos de que ya tienen acceso a una velocidad de Internet superior, con capacidad para la fibra óptica. Pero si es tan amable de enseñarnos su factura, en el código de identificación aparece un número para que confirmemos que tiene disponibilidad para este aumento. Con tarifa plana y manteniendo su número de teléfono, por esta cantidad mensual. Para los ensayos, tienen una factura de teléfonos de la propia

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oficina. Ahí está el número, como en todas las demás facturas de toda España para esa misma compañía. Es el código de gestión que utilizan normalmente, con o sin fibra óptica. Antes de salir, unos minutos para más yús, palmadas y gritos de lo puta madre que nos va a ir el día vendiendo como locos y cuántas campanas vamos a conseguir. Cambiaremos de compañía a toda la ciudad y parte de la provincia. Me indican que iré con un chico enchaquetado, engominado y perfumado (pero sin reloj ni corbata) que va a ser mi coordinador ese día. A estas alturas, sólo tengo claro que vamos a “mirar” cómo se vende puerta a puerta durante la jornada. Nos montamos en su coche, con música discotequera a un volumen inaguantable, para ir al barrio periférico que será nuestra zona de trabajo.

4. Tengo un leve dolor de pies por andar de puerta en puerta sin descanso, además de una especie de agujetas en el brazo derecho. Todo el día de observación he estado obligada a saludar “chocando los cinco”, cada vez que alguien preguntaba ¿qué tal va la cosa? ¡Pues de puta madre! ¡Yús! choque de palmas, gente extraña que de repente es colega de toda la vida. Y sigo sin tener claras las condiciones, el tema se eludió con hábiles requiebros durante todo el día. Que si un sueldo fijo de 900€/mes pero un contrato mercantil, que si se cobra en realidad a comisión por contrato hecho y el pago es semanal, que si te lo explicará el Sr. Corbata Celeste al finalizar el día... Y nada de poder comentarlo con los otros dos aspirantes nuevos. Toda conversación inquisitiva entre nosotros era interrumpida, de manera casual, por el coordinador o cualquiera de los “trabajadores oficiales” que pasaba por allí. El almuerzo sobre todo, en el primer bar cutre con menú, ha sido una auténtica tortura a cuenta de nuestros bolsillos. El

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coordinador y los demás trabajadores engulleron los platos en tiempo récord, apenas veinte minutos (aunque se suponía que teníamos una hora) mientras no paraban de hablar, hablar, contar chistes, hablar de vacaciones, coches caros, fiestas, preguntar cosas personales y más hablar y más chistes y qué bien les iba en la empresa. Tampoco está claro el horario, porque como trabajas para ti mismo, para conseguir tu propia oficina, no se podía terminar a las siete de la tarde sin un solo contrato; el coordinador engominado aseguró que el Sr. Corbata Celeste, vía telefónica, nos animaba a un último esfuerzo. Otro repaso más a todas las puertas y pisos, el tiempo que fuera necesario, para conseguir al menos uno. Sobre las nueve de la noche regresamos a la oficina pero tampoco pude marcharme. El Sr. Corbata Celeste nos dio un cuestionario a los nuevos, con preguntas sobre el nombre de los “pasos” de venta, los “impulsos” a incitar en el cliente y hacer un resumen del día. Después, a esperar que tuviera una breve charla con el coordinador engominado. Por fin, en conversación directa conmigo, aseguró que era el cuestionario mejor completado que había visto nunca, que te parece si vienes mañana a un día de prueba y ya te explicamos las condiciones. Incapaz de pensar por el cansancio, le dije que sí. Y aquí estoy, en esta jornada maratoniana de viernes. El esquema es el mismo, sólo que por la mañana, aparte de saltar con el dolor de pies, el Sr. Corbata Celeste (traje de otro color, mismo trozo de tela en el cuello) nos ha puesto una cinta de cassette con música y una locución, contando vida y obra de nuestro genio empresarial. Un tipo americano que vendía cuchillos de puerta en puerta y, entre señora y señora, descubrió el método infalible que usamos. El almuerzo ha sido más agobiante todavía con la insistencia del coordinador en que contara chistes (no me sé ninguno). Hoy se ha prolongado media hora, con un café posterior por ser viernes.

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Durante la tarde he tenido que soltar el discurso metódico en un par de ocasiones, para probar. Después, la misma llamada “misteriosa” de última hora. La oficina la he visto a las diez de la noche. Otra charla privada entre el coordinador engominado y el Sr. Corbata Celeste. Y sin más, que puedo empezar el lunes si quiero. Salgo a las once y cuarto de la noche. En el portal, tengo que despedirme de los demás utilizando el mismo gesto repetido de chocar los cinco. ¿Y sobre las condiciones? Durante todo el día: el coordinador engominado dice que le pregunte al Sr. Corbata Celeste. El Sr. Corbata, que le pregunte a la secretaria. La secretaria, que le pregunte al Sr. Corbata o al coordinador engominado. El coordinador, que vaya donde el Sr. Corbata. Un bucle infinito y despistado.

5. No voy a dejarme vencer tan pronto, pienso. Ni a hacer un drama. Esto, en realidad, es lo normal que ya he visto repetido muchas veces: de contrato y papeles es de lo que último que se habla. Y sí, el cansancio con su dolor de pies. Y esa tensión inhumana por vender más y más. Pero no termino de encontrar la adecuación con ese tono que sólo puedo calificar de sectario. Que si el éxito, el éxito y ganar mucha pasta, dan igual los horarios, tú también puedes ser millonario igual que el fundador de los cuchillos. El método “exótico”, encima, es un conjunto de banalidades tontas sobre psicología de ventas. En la oferta ponía “formación a cargo de la empresa”. Y esa actitud de constante vigilancia y censura grupal ante el mínimo gesto. Hasta con un pestañeo (como el viernes por la

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tarde) aparece alguien a preguntarte qué tal a gritos. Todo es muy dudoso, con un leve parecido a estafa piramidal, que no llega a serlo porque nadie me ha pedido dinero para comprar productos que luego deba vender... ¿pero es legal esta forma de estirar libremente los horarios? ¿o de no comer si se le antojara al coordinador? ¿o de comer todos juntos a la fuerza y ni siquiera poder masticar, porque hay que estar contando chistes? No he tomado una decisión clara todavía. Pero la respuesta llega en forma de un despertador eléctrico que no suena justo el lunes, por un corte de luz durante la madrugada. Me visto lo más rápido posible para ir a la oficina pero ya voy tarde. A las diez y cinco de la mañana en punto suena el teléfono, es la secretaria. —¡Hola! No estás en la oficina. Ya son las diez de la mañana. —Sí, a ver, lo he estado pensando y no voy a ir... —¡Pero tienes que venir! —... y no voy a ir porque... —¡¡Pero tienes que venir!! ¡¡ESTÁS PERDIENDO UNA GRAN OPORTUNIDAD!! Separo el auricular de la oreja, me está dejando sorda. Tomo aire. —A ver, no me habéis explicado las condiciones con exactitud... —¡¡Pero eso ya te lo explicará el jefe más adelante!! ¿POR QUÉ NO ESTÁS AQUÍ YA? —berrea. —Mira, no estoy interesada. Gracias —cuelgo. Por la tarde recibo una segunda llamada de la secretaria. Hola buenasss tardesss, cómo estásss, que pretende convencerme de que estoy perdiendo una gran oportunidad para llegar a dirigir mi propia oficina de comerciales. Mis excusas de otro empleo temporal (ciertas) o las dudas sobre las condiciones (más ciertas todavía) no

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parecen interesarle demasiado. Insiste por el lado del éxito y el “hacerse a uno mismo”. Insisto en decir que no. Unos minutos más tarde encuentro en el último foro perdido de Internet un poco de información. La experiencia de alguien con la empresa del Sr. Corbata Celeste, su reloj, sus dientes de pollito y la ausencia de contrato. Asegura el anónimo que es una estafa de secta comercial y que no ha visto un euro tras el primer mes de prueba, a pesar de hacer clientes. Bien.

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{EXISTE}

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INDEFINIDOS POR 700 2007 1. Esta televisión ha visto tiempos mejores. Una plantilla de hasta diez personas. Ahora, somos cuatro. En una semana, seremos sólo dos. El compañero entró una semana antes y se encargará de la redacción. Es licenciado en Comunicación Audiovisual pero no sabe coger una cámara ni apenas encender el programa informático de edición de vídeo. Esa parte, en la que tengo experiencia, me ha tocado a mí. Editaré y grabaré los vídeos para informativos, programas y publicidad. Entro de rebote porque, además del cámara que se marcha a otra televisión local, el realizador se toma una baja indefinida pero echará una mano. Horario continuo, de 9 a 18 horas, con una hora libre para comer cuando queramos. O para distribuirla como nos apetezca, por ejemplo 15 minutos para un café por la mañana y 45 para el almuerzo. La cosa es más o menos relajada. Aparte del informativo, hay otro programa de “resumen semanal” con las noticias más 31


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importantes, y otro con noticias de la Diputación sobre temas de la comarca. Nuestro radio de acción es comarcal, unos 40 kilómetros a la redonda, y disponemos de la furgona televisiva con la que salimos a grabar. Y contrato y todo. La idea es un mes de prueba, una prórroga legal de tres meses y después pasar a un contrato indefinido, si estamos contentos por ambas partes. El sueldo es de 700 al mes. Las “horas extras” se cuentan como un bloque diario: si hay que cubrir un evento concreto, siempre que sea en fin de semana, se paga por todo 25 euros. El director no suele mandarnos a ningún acto de este tipo, aunque sea importante.

2. He saltado de la cama, como todos los días, y por el pasillo casi me caigo redonda al suelo. Con razón ayer estaba rara, bonita gripe que he incubado. El termómetro marca 38º C. Nunca he pedido una baja por enfermedad y no sé muy bien cómo va. Supongo que no habrá ningún problema, ya estoy en la prórroga de tres meses y camino de indefinida. Llamo al director para decirle que no voy a trabajar. —Bueno... es que es mucho lío, si puedes evitarlo... que el compañero no se va a quedar solo con todo el trabajo, es demasiado —responde. Pues nada. Desayuno despacio, tomo un Frenadol y compruebo que la fiebre ha bajado a 37º. A trabajar con normalidad. El día se presentaba tranquilo, en principio, hasta que a las 9.30 horas el compañero redactor se ha enterado de un acto a 34 kilómetros de distancia. Una asociación local muy importante inaugura a mediodía sus jornadas sobre discapacidad e integración. Y hay que ir, claro. Y no sólo para los informativos, también es necesario estirar lo máximo posible para un reportaje especial. 32


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Trípode, micrófono, baterías, cables, cinta, cámara. Hoy la cámara pesa más que nunca y lamento que sea un modelo antiguo, demasiado grande para mi hombro. Una vez finalizado el acto inaugural, toca hacer entrevistas a los responsables para sumar minutos. El simpático presidente de la asociación, con el que ya he hablado en otras ocasiones, es el primero al que acudo. A los dos minutos de la grabación estilo llanero solitario (el entrevistador tiene que sostener el micrófono él solo y le voy haciendo preguntas mientras le grabo) empiezo a ver chispas por todas partes. El suelo se mueve, y se mueve mucho. Corto en seco para soltar rápidamente la cámara en el suelo, con delicadeza. Las piernas no me responden y me caigo de boca, perdiendo la conciencia durante medio segundo. Me siento rápidamente, intentando fingir algo de compostura, al lado de la cámara que sí está a salvo. Desde ahí abajo, observo cómo el presidente se acerca, en su silla de ruedas, a ver qué me ha pasado. —Pero chiquilla, no te tires al suelo, que de ahí no puedo recogerte —dice ahogado por las carcajadas. Me echo a reír también por el ridículo. La fiebre me ha subido. Traen una silla y paso unos minutos de descanso charlando con el presidente, explicándole que tengo gripe y que normalmente no me voy tirando al suelo. Entonces se me ocurre que ese plano puede estar bien, con los dos juntos; lo compruebo en la cámara, ajusto el enfoque y pido a alguien que le de al botón de grabar a mi señal. Hago una entrevista en profundidad sobre la asociación y sus actividades. ¿Querías material de sobra? Pues toma material de sobra. Antes de cenar, ya en casa, el termómetro marca ese día 40º C. Un par de semanas después hay un festivo laboral que se junta con el fin de semana. El compañero redactor, sin decir nada, ha pedido unos días de vacaciones para encadenar el puente y el

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director se los ha dado. El lunes me encuentro con el papelón de hacer los informativos y el programa resumen, además de presentarlos. Pobrecita, yo sí puedo hacerlo todo sola, por lo visto.

3. Ahí está, míralo qué bonito. Mi primer contrato indefinido. Por 700 euros al mes. Y a la empresa le dan un plus, por el incentivo oficial de contratación a menores de 30 años. A mí me mantienen el sueldo de estos meses de prueba. Pero míralo, es el primero. Con sus 40 horas semanales y sus prorrateos de vacaciones, todo correcto... Todo no. Al compañero redactor le dan altibajos que acabo pagando con mi tiempo, desde que también es indefinido. Hace semanas que se incorporó un tercer compañero, otro cámara que ha metido el director para intentar hacer algún programa más de producción propia. A pesar de tener nuevas manos, el compañero redactor se las apaña para entregar su trabajo al filo de la hora. Nunca nos dará tiempo a hacer otros programas nuevos. Ya lo hemos hablado con el director en varias ocasiones, esto del trabajo encadenado, y mira qué tarde salgo porque. El resultado es que hace meses que locuto la voz en off de la mitad de las noticias, para acelerar el trabajo y salir todos al mismo tiempo. Pero no hay manera. No entiendo cómo tarda tanto en redactar unas pocas noticias. En muchos casos, son las notas de prensa resumidas (CTRL+C, CTRL+V) y un poco retocadas para leerlas en voz alta. Otras, las que escribe directamente sobre algún acto diario, están plagadas de faltas de ortografía que me hacen sangrar los ojos. El compañero redactor acaba puntual a las seis de la tarde, a veces quince, veinte minutos o media hora después. A mí me toca 34


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entonces terminar el vídeo y exportar el archivo para emisión. Y sin contar con imprevistos típicos, como el ordenador que se bloquea en el minuto final después de todo el día encendido. A la salida una hora y pico más tarde, tengo que sumar el tráfico de vuelta en la carretera, porque atravieso el acceso principal a la ciudad, con su atasco de casi una hora. Durante semanas, se supone que salgo a las seis de la tarde y llego a casa a las diez de la noche. Lo más gracioso es que puede organizarse a la perfección los días en que le da la gana: cuando tiene una cita especial con su pareja, un concierto al que acudir, una fiesta de cumpleaños. Entonces sí, el trabajo está medio planteado el día anterior, aunque sean noticias de relleno. Y terminamos a la velocidad de la luz, mucho antes de la hora de salida. Se supone que con unos ingresos continuos ya puedo hacer planes con antelación. Preocuparme por esa muela destruida y su empaste roto; por el fisioterapeuta que va a revisar mi hombro, lo que parece una contractura en toda regla por el peso de la cámara y no una molestia simple por las horas de ordenador. También ese curso avanzado de edición profesional. Puedo hacer planes, o podría. Los vaivenes en el horario que provoca el compañero redactor hacen que pierda, aplace o anule todos esos planes. Ay, este chico, tendré que hablar con él, responde el director todas las veces.

4. Jerry Bruckheimer es el productor audiovisual de la serie policíaca CSI (Crime Scene Investigation) a la que estoy enganchada. Jerry Bruckheimer viene a dar un seminario intensivo de producción y guion (la RAE me ha ganado) en una escuela de Artes Visuales. Reservé plaza hace un mes. He avisado al compañero redactor hace una semana, hace cinco días, cuatro, tres, ayer mismo y esta mañana. Jerry Bruckheimer ve una silla vacía en su clase. 35


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El informativo es demasiado corto para emitirlo: el compañero redactor se ha olvidado de imprimir y locutar unas noticias. Hoy, que estaba avisado. Es la gota que colma el vaso de gilipolleces. Al día siguiente llego a las diez de la mañana a la oficina. Mientras busco una información en los ordenadores que tienen Internet, se sienta a mi lado la administrativa-barra-subjefa-barraesposa del director. —Esto... hoy has llegado a las diez de la mañana. —Así es. —Bueno... ¿y eso? Se entra a las nueve. Que no se repita, eh. —Seguiré llegando a las diez. —¿Cómo has dicho? —Ayer salí a las ocho de la tarde. Y como aquí no pagáis horas extras de trabajo porque no hay dinero, pues no voy a regalaros una hora. —¿Y por qué saliste tan tarde? —Porque mi trabajo depende del compañero. Si entrega tarde, no puedo terminar antes la parte del informativo por muy temprano que venga. —Pues eso no puede ser, hablaré seriamente con el jefe. —A ver si es verdad. Llevo meses diciéndolo y no se arregla. El director hace una breve visita a la oficina por la tarde. Si no tenemos inconveniente en quedarnos un rato más para solucionar el asunto. —Vamos a ver, ¿qué es lo que está pasando? —El compañero redactor sigue entregando tarde las noticias. Para él sólo es media hora o quince minutos sobre su horario. Pero significa que yo me quedo una hora más, o dos. No entiendo por qué tengo que trabajar una hora más, cada día, por el mismo sueldo. De todo el repertorio de explicaciones que podía imaginarme,

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oídas durante meses, esperaba cualquiera de cualquier tipo. Cualquiera, menos esta. —Bueno, bueno, si fueras tan buena profesional, estarías ahora en Madrid, en Antena 3 o en TVE, no te pongas así… Lejos de la ofensa y conseguir que me calle, reacciono de manera contundente hablando sobre horas extras y legalidad. Que entiendo que la televisión no tiene mucho dinero, pero no puedo irme sin más cuando se pasa de la hora siempre; el resto de trabajo lo llevo al día, pero si me marcho no se emite el informativo de esa jornada. El director cambia el tono a uno paternalista y suave. La propuesta final para arreglar el asunto es muy sencilla: que escriba la mitad de las noticias del informativo, además de locutarlas. Menos trabajo para el compañero redactor, más para mí, todos contentos. Me gustaría pensar que hay una relación de parentesco, algún tipo de enchufismo que lo explique, pero ya he comprobado que no. Al compañero redactor lo encontró en la calle y no le debe nada, ni a él ni a su familia. Si sumo todos los comentarios, actitudes paternalistas y excusas varias, sólo encuentro una conclusión posible: sencillamente, el compañero redactor es un hombre. Un hombre no puede estar haciendo mal su trabajo. No hay que llamarle la atención.

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{LA}

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LA BECARIA VIEJA 2008 1. El cambio de aires nunca viene mal para despejarse. Puede que sea la fugacidad de lo nuevo y acabe harta después, pero casi podría calificar como divertido este nuevo rol en el periódico. Estoy en la sede, un edificio de seis pisos con aire acondicionado y mesas individuales. Una redacción de verdad para el verano. En mi planta trabajan los de deportes, con un chico nuevo que todavía es estudiante de Periodismo, el becario, empleado en prácticas. Y yo, la becaria también, con el mismo contrato de ayudante de redacción. Debería ser un contrato de sustitución por las vacaciones del responsable, pero qué importa eso si he conseguido llegar después de años intentándolo. La casualidad ha querido que mi jefe directo sea el antiguo encargado de Documentación. Hace casi una década, para un trabajo de clase, estuve aquí entrevistándole sobre el funcionamiento de ese apartado. No lo recuerda bien (o no me recuerda) pero todavía conservo las fotos de ese reportaje, en las que sale con más pelo y se ven los antiguos ordenadores Mac. 39


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Aquí la edición digital del periódico estará en mis manos. Me encargaré de colocar las noticias en la página web, la moderación de comentarios, actualizar cualquier noticia nueva que salga por agencia, crear galerías de fotos (con abundancia de famosos que enseñen las carnes en la playa), comprobar que los banners publicitarios están en su sitio y otra serie de cosas para que la versión online esté impecable y crezca en visitas. Muy entretenido, sí. Y por otro lado, tengo una posición extraña y a veces me da la risa floja. Hacia dentro, claro, una risa irónica e interna. Las primeras semanas quería convencerme de que eran alucinaciones, tan sólo una actitud reservada ante un compañero nuevo, porque los redactores llevan aquí varios años juntos. Pero pronto tengo que afrontar que quizás no, que esas miradas condescendientes no son ninguna ilusión. Por ejemplo, el “informático” de la planta de abajo, encargado de la parte técnica de la web, vino el primer día a darnos la bienvenida. Para echar un ojo a la becaria de la cuarta planta, en realidad. Desde entonces, ha tomado la costumbre de pasarse todos los días a verme. En la planta también hay otras dos redactoras antiguas, que me miran, se ríen y cuchichean entre ellas cada vez que viene el informático. Y está uno de los fotógrafos, también, un tipo cuarentón con cara de salido, que se acercó por aquí a saludar. Cierto día, durante uno de los descansos, empieza a soltarme un rollo sobre la exposición de fotos artísticas que está preparando. Porque aparte de la fotografía de actualidad, también le va lo sensible, y el tema de la exposición serán las mujeres y las manos de las mujeres y las manos de las mujeres muy jóvenes. Que tienes unas manos muy bonitas. A ver si quedamos un día para una sesión de fotos y tal. En ese momento sufro un pequeño ataque de nostalgia. Añoro aquellos tiempos del primer curso en la universidad, como si hubieran ocurrido hace mil años, con las clases de fotografía y las

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sesiones artísticas con amigos íntimos fotógrafos. Dentro de lo que cabe, no está mal este papel que me han adjudicado de joven estudiante. Contesto que puede, ya veré, quizás. Se me ocurre que podría hacerme una camiseta que ponga en tipografía grande: Soy la becaria. Así ahorro tiempo en las presentaciones.

2. Todavía nadie se ha molestado en darme una copia del contrato ni he firmado nada. El tamaño no importa, da igual un medio local que un grupo mediático, lo de comportarse de manera seria debe ser una excepción. Lo tienen guardado en la planta baja, donde consigo por fin recoger una copia semanas después. Estoy dada de alta de manera correcta, no sé cómo lo han hecho y tampoco me importa. Así descubro lo que pone bien claro, ayudante de redacción a 36 horas semanales y sueldo la mitad exacta de cualquier otro redactor. Mi jefe da por sentado que debo tener su mismo horario, tal y como se fijó desde el primer día: las 40 semanales, más un domingo de guardia, como es normal en todos los medios. Que para algo voy a sustituirlo en su quincena de vacaciones. A veces siento una leve presión en el pecho, justo en el filo huesudo del esternón, como si se me torciera hacia abajo para clavarse en los pulmones. Así es como noto los primeros indicios de furia: el pico del esternón se clava de manera misteriosa. A veces salta esta nueva sensación, cuando el jefe utiliza la técnica del becario de soslayo, con disimulo, para estirar unos minutos de trabajo sobre mi horario ya de por sí estirado. En España se tiene el concepto erróneo de quedarse en la oficina, para que los jefes te vean trabajando más tiempo que nadie. Así demuestras que 41


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eres un buen empleado, con buena disposición. Y si encima tu categoría es ayudante de, ya no sólo se espera que hagas todas las horas y tareas imaginables que te encarguen, sino que las ejecutes con una sonrisa beatífica de agradecimiento mientras besas el suelo de los que te están dando una oportunidad, piltrafa humana. Sigo sin entender muy bien este concepto genérico hacia el trabajo. Por lo visto, en otros países de Europa se considera que esta actitud es exactamente lo que parece: que el trabajador es un auténtico patán inútil, incapaz de organizarse las tareas en el tiempo establecido. Algunos días me encantaría ser una maleducada histérica y mandar al jefe a la mierda, no sin antes restregarle bien fuerte en toda la cara las hojas del contrato. Aquí pone 36, ¿lo ves? ¿lo ves bien? Porque ya llevo 42, ¿lo ves? Pero no lo hago precisamente por educación. He racionalizado que las condiciones reales no son malas, es decir, compensa estar sentada y atenta a las noticias. El esfuerzo físico es bastante poco, si lo comparas con ocho horas de pie todo el día. Y la línea objetiva es difícil de marcar, porque una edición digital no entiende de horarios, no te desconectas y se acabó... Pero otros días el esternón me duele bastante. Como este primer domingo de guardia. Soy la única en todo el edificio, además del guarda de seguridad. Y hay que estar aquí a la fuerza, porque no me han dado todas las claves del sistema y sólo puedo acceder desde la oficina, donde están las contraseñas memorizadas. No tengo ni siquiera correo electrónico propio. Las gestiones debo hacerlas con la cuenta del jefe, especificando que soy la encargada durante su periodo de vacaciones. De hecho, soy completamente invisible. Hasta el becario de deportes firma con su nombre las noticias que empieza a publicar. Sugerí hace unos días, de manera tímida, si al menos podían incluirme temporalmente en la letra pequeña de la web, en una

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página estática donde figura todo el personal. Creo que hasta el guarda de seguridad y el servicio de limpieza están ahí. El informático es el encargado de cambiar eso, como viene todos los días se lo comenté de pasada. Le habrán dicho que no lo haga. Qué bien. La becaria de incógnito, para rizar el rizo. Por lo menos, estoy a salvo de los 41ºC de la calle veraniega, aquí dentro apenas llega a 21º. Se agradece, que en casa no tengo aire acondicionado.

3. El vuelo 5022 de Spanair, que cubría la ruta Madrid-Gran Canaria, se ha estrellado en Barajas durante el despegue. 154 muertos y 19 heridos. No he levantado el culo de la silla en todo el día. Ni he comido, ni he bebido un triste vaso de agua, ni he ido al cuarto de baño; se me ha olvidado todo lo superfluo. Diseño especial con fotos gigantescas, avisos que parpadean, la rápida inserción manual de los últimos datos, teléfonos, seguimiento constante. Hay un pico de visitas a la página: la gente está pendiente. Actualizamos incluso unos minutos antes que otros grandes periódicos digitales, a medida que se difunde nueva información. Por la noche, regreso con ese concepto tópico de “la satisfacción del deber cumplido”. Un deber inmaterial, abstracto, quizás completamente inútil. El misterio de los lectores y la información, amplificado por Internet: dirigirse a nadie en concreto y a todos en particular.

4. Tengo una charla con el subdirector del periódico sobre el desempeño de mi labor y cuestiones varias. Que si están muy contentos, bla, bla, bla. Todavía no se utilizan demasiado los términos 43


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community manager ni social media, pero es en lo que está interesado: reforzar el apartado digital del periódico y el tema de las redes sociales. Y no estaría mal contar contigo en un futuro para ampliar el departamento, ya que el responsable (mi jefe directo) también ha dado informes positivos. Sí, lo típico que se dice. Difícil lo veo, cuando el grupo editorial pasa por dificultades con la crisis ya desatada: van a congelar los sueldos e incluso hay despidos en otras delegaciones. Pero sí, claro que estoy interesada en un futuro, por supuesto. De forma paralela llega también la confirmación de mis oscuras imaginaciones. Era más divertido cuando se jugaba a, cuando parecía que. Constatarlo de esta manera es desagradable. Un día cualquiera coincidimos tres, mi jefe directo y una de las redactoras (la más habladora) en el bar de abajo, donde siempre pedimos un café para llevar. Hablan de sus cosas personales, de mudanzas y pisos de alquiler, de la situación del periódico, de esto y de lo de más allá. La redactora, de repente, se dirige a mí. —Pero tú, ¿cuántos años tienes? —Pues voy a cumplir 30 dentro de poco... —Pero, pero, pero, pero... ¿cuánto? No puede ser, es una broma. —Que no, que no es una broma. —No puede ser, estás de coña. —Que no estoy de coña, de verdad. —¡Pero si yo tengo 25! No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... si todos en la redacción pensamos que tenías veintipocos, que eras todavía una estudiante, más pequeña que nosotros... Hago un repaso breve de los sitios donde ya he estado. En este contexto, no es ningún piropo ni me alegro en absoluto de

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aparentar menos edad de la que tengo. Pues sí, era la BECARIA, con mayúsculas. Quiero mi camiseta. Como es la reportera más dicharachera de la redacción, seguro que mañana se ha enterado todo el mundo. Desde primera hora del día siguiente las miraditas parecen distintas, o sólo es sugestión a estas alturas y lo estoy imaginando. Ni rastro de ese trato condescendiente como si fuera una niña pequeña. La jornada transcurre completa sin que nadie venga a molestar. El fotógrafo salido y el moscón informático no vuelven a aparecer nunca más, ni aunque pasaran por allí. Del subdirector y la ampliación de la plantilla tampoco vuelvo a saber nunca nada.

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HOLA, ADMINISTRACIÓN 2009 El famoso paro, la famosa oficina de desempleo. Traigo un montón de papeles, entre certificados de empresa y certificados de estudios, para apuntarme desde el principio. Creo recordar que lo hice como estudiante y estuve unos seis meses, hasta que se me olvidó renovar la tarjeta e incluso la perdí. Fue más un gesto para demostrar cierto estatus de adultez que una gestión administrativa útil, porque no tenía derecho a ningún tipo de subsidio ni tampoco me llamaron en todo ese tiempo. Ahora toca apuntarse de nuevo, esta vez de manera completa. Como demandante oficial de empleo y como individuo que tiene una paguita al mes, porque ya ha cotizado el mínimo de 360 días de contrato reglamentado. En algún punto de la charla con el señor que consulta la pantalla noto ciertos espasmos en el esternón. Desaparecen pronto, porque la inquietud no tiene la sede en el esternón, sino un poco más abajo a la izquierda, donde el estómago. Un cálculo diagonal entre lo que dice esa pantalla y lo que he trabajado arroja una desviación de un año. Falta casi un año más de cotización, en el que la pantalla asegura que he estado ociosa. Estamparse con los fríos números del sistema. 47


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Sistema. El sistema. No me lo invento, ahí están las horas, las fotocopias de los artículos, los minutos grabados en formato mp3 y mpg4, alguna cicatriz de vasos rotos, material publicitario sobrante. Pero no están en el sistema. Hola, administración, no existo. El sistema dice que no existo. Dice que he nacido un día 25, cuando es un 28. Y dice que me niegan el subsidio porque no figuro como demandante de empleo, a pesar de tener la tarjeta nueva enfrente de mi cara. La estoy tocando, pero el sistema dice que no, que no la tengo. El sistema no funciona. O yo no funciono de acuerdo al sistema. El sistema se ha equivocado y lo entregan todo de golpe unos meses después. Y cuatro días después ya no sirve, ya no hace falta paguita: me convierto en un simpático duende de navidad para una marca de telefonía. Un simpático duende con trenzas y mofletes colorados, con sus zapatos de punta en espiral y gorrito en la cabeza. Y caramelos, muchos caramelos. Tengo que repartir caramelos e intentar que la gente entre en la tienda para hacer su carta a los Reyes Magos. Y si es posible, que pidan móviles, muchos móviles, centenares de teléfonos móviles de última generación. Y soy un buen duende. El duende más simpático de la pareja de duendes de esta tienda, dicen. Tan simpático que revoloteo con gran éxito por la calle, en la hora punta de compras, alegría y gente apretada. Tan simpático que los niños me prestan atención y arrastran a sus padres por culpa de más caramelos.

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Y tan simpático que convenzo a todo un señor subdirector de cierto periódico, paseante ocioso acompañado de su familia, para que entre en el establecimiento. Aunque sea para echar un vistazo. Aunque sea por pena.

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MILEURISTAS 2010 1. La sabiduría popular tiene una frase exacta para esto: una mierda pinchá en un palo. Pero es lo que hay. La crisis económica se reconoce ya sin tapujos, no sale otra cosa y hay que probar. Probar. Probar unos meses en los que el escueto desempleo se ha terminado y ya no sale absolutamente nada, ni siquiera un amago de entrevista laboral, algo que nunca había ocurrido antes. Probar a sentarse delante del televisor y ser informada de los nuevos proyectos de antiguos compañeros de clase, día sí y día también, mientras el teléfono no suena o no te cogen la llamada. Así que me he deslumbrado por un sueldo fijo de 1000 al mes, tampoco nunca visto antes en una redacción local. Cuento con los dedos de una mano (y me sobran) los meses concretos en los que mi sueldo se ha aproximado con las promociones de tabaco. Que me digan esa cantidad sin tener que vender nada absurdo, sólo contando, grabando y redactando noticias, me ha cegado. El que será mi jefe, si acepto, pone sobre la mesa un contrato de autónomo. En el formato de dependiente o TRADE, en el que 51


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un 75% de los ingresos dependen del mismo proveedor. Un fraude como una casa, más incluso de lo que puedo calcular en ese momento. No soy autónoma, estoy a las órdenes del jefe y sus horarios. La excusa para utilizar esta fórmula es que la gente no aguanta el ritmo de trabajo en la televisión, así la baja sale más barata. Ellos gestionarán el papeleo, que para eso hay una asesoría en el mismo complejo de oficinas donde se encuentra el estudio. Es fácil comprender este tipo de contrato y tanto coste que quiere ahorrarse en los despidos: el jefe es una persona humana inaguantable.

2. El ritmo de trabajo es bastante entretenido para ser un medio local. Ruedas de prensa de todos los partidos políticos, presentaciones, eventos, altos cargos de visita incluidos Rajoy y Zapatero, actos culturales de intensidad media, junto a todo tipo de festividades y circunstancias puramente locales. Estoy todo el día fuera de la oficina, con el cámara, de rueda de prensa en rueda de prensa. Y nos encontramos las mismas caras en los mismos sitios, una decena de periodistas todos jóvenes que nos llevamos bien. El jefe no puede entender esto: pretende que la “competencia” de los respectivos medios la llevemos al terreno personal y nos escupamos a la cara. Una competencia sin sentido, porque muchos son corresponsales de medios a nivel provincial, que van en otra onda. Se nota que no tiene ni idea de la profesión. O piensa que, por llevarnos mal, conseguirá más anunciantes que los otros. Tiene tres o cuatro años menos que yo y parece que ningún estudio relacionado con la Comunicación. Es el hijo del socio capitalista que aportó la mayoría del dinero para montar el estudio, perfectamente equipado con última tecnología, eso sí. Ni en las

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televisiones municipales grandes he visto todo este despliegue de ordenadores, cámaras, focos de estudio o mesas de mezclas. Su actitud prepotente es muy fácil de aguantar porque apenas estoy media hora en la oficina por las mañanas. El tiempo necesario para anotar un listado enorme de horas-sitios-encuestas por la calle que hacen falta, para después salir huyendo mientras otra compañera (la estrella de los informativos e imagen de la cadena) y él se quedan en el estudio. Por la tarde es el momento de editar a toda prisa los vídeos. Una concentración máxima con el ordenador, que facilita el no fijarme lo más mínimo en tonterías. Callar y trabajar. Es el que paga y el jefe, así que evito gastar un sólo segundo en rebatir nada. Sí a todo, buana. Alguna idea que se pierde por el camino sí se echa de menos, buana. Un día se le ocurre grabar un programa nuevo, un espacio de entrevistas en profundidad a personalidades de renombre en el municipio. Con un tono espontáneo, es la idea que se le ha ocurrido. La grabación sería en la calle, paseándose por sitios de interés afectivobiográfico-práctico de cada invitado, que den pie a una charla sobre su vida y curiosidades. El primer experimento sale aceptable. El cámara, el invitado, servidora, dos micrófonos de corbata y nada más. En realidad, ha habido horas de preparación: documentarme sobre la vida del entrevistado, acordar los lugares donde quiere grabar, hacer una planificación de sitios, tomas... Tengo el programa completo metido en la cabeza, hasta el punto de explicarle exactamente los planos que quiero al compañero cámara, por lo que el rodaje se hace bastante rápido. Unido a la capacidad de improvisación sobre el terreno, para convertir la entrevista con el invitado en una conversación de verdad. El resultado no está mal para unos medios tan cutres, venga,

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seguimos, un segundo, un tercero, un decimosegundo. Una hora de programa, que el jefe pretende rentabilizar con las autoridades como patrocinadoras, para eso sale la ciudad en todo su esplendor. Pero las autoridades no están muy interesadas en ello, y sugiero que, como en todas las televisiones locales, se busquen patrocinadores más modestos. Hay un filón en grandes tiendas de ropa, maquillaje y peluquería, que para eso se ve mi culo por aquí y por allá en elegantes tomas de paseo, más algunos establecimientos de ocio y restauración. Pero no, eso no, eso es una tontería. Por supuesto, hacerlo así (como es la costumbre) significaría un plus por mi trabajo extra, que no está dispuesto a reconocer porque no es importante y lo puede hacer cualquiera. Y frente a la popularidad que toma el programa entre las filas locales, el jefe adoptará la costumbre de porfiar (del verbo jurar en arameo) sobre el tiempo excesivo que tardamos: que una hora de imágenes para emitir, moviéndose por distintos sitios a veces muy alejados, hay que grabarla en una hora de tiempo real, como si fuera un programa en directo. Que somos unos lentos y unos inútiles. Esternón.

3. Tengo sobredosis de la poesía de Muñoz Rojas y de la Generación del 36. Por todas partes, a todas horas. Muñoz Rojas va a cumplir 100 años y eso, por sí solo, ya es un auténtico mérito vital. Y después están todos los festejos conmemorativos oficiales, lecturas públicas, exposiciones, ejemplares gratuitos reeditados y ruedas de prensa. Desconocía su trayectoria, todo hay que decirlo, pero ya estoy al día con tanto material. Lo único que falta es conocerlo en persona, vive aquí al lado, pero no sale porque está muy mayor y ya lo veremos en su cumpleaños. Este nuevo entorno de poesía, literatura, libros y generaciones

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me está sentando muy mal. Un sudor frío recorre mi espalda a cada momento, junto a una sensación de huida, como de animal acorralado, que se localiza a cuatro dedos por encima del filo del esternón. En alguna rueda de prensa sobre el enésimo acto conmemorativo he fantaseado con la posibilidad de salir corriendo al grito de ¡no! ¡no! ¡basta, por favor! No lo he hecho, faltaría más, nadie lo iba a entender. Que me pongan un panel de 4x4 metros con una poesía gigante no es agradable en absoluto, porque me recuerda esa decisión voluntaria, hace meses, de no escribir ni una sola línea más. Quiero convencerme de que es una anestesia por el ajetreo cotidiano, o de que todas esas frases narrativas y poéticas están bien donde están (al fondo de un cajón) porque no valen nada. Era inútil seguir añadiendo más papel. Quiero convencerme, pero no puedo. Mi cuerpo, sin permiso, reacciona como en un shock postraumático cada vez que toca algo relacionado. Un temblor imperceptible sacude mis dos manos durante la rueda de prensa, cuando anoto fechas, horas y las personalidades que acudirán a la proyección de un documental biográfico-literario sobre Muñoz Rojas. Y el sudor frío. Creo que me estoy volviendo loca, o sólo es una reacción atípica al estrés de este maldito trabajo mal pagado, por el gasto energético de la burbuja que intento mantener a mi alrededor mientras la burbuja inmobiliaria ha estallado ahí fuera. Esta podría haber sido una temporada temática; un asunto que se exprime hasta la saciedad, luego pasa a otro y se olvida, y luego a otro y a otro. Pero Rojas tenía otros planes. Una semana antes de su cumpleaños decide morirse. La familia dice que ya estaba un poco cansado de todo. “No sigo escribiendo, estoy harto de lo que he escrito hasta ahora“ declaraba

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públicamente. Y también: “La fama es muy pesada”. Seguro que lo hizo para no asistir a ese congreso internacional sobre su aportación a la literatura española, a todas luces una cosa académica muy aburrida. Hay que estar al pie de la noticia y de todos esos actos reconvertidos en exequias, con el primero a la cabeza que es precisamente el funeral. Una ceremonia en la iglesia a la que asisten familia, vecinos, responsables políticos de diversos departamentos de cultura y también escritores. Y sobre todo, ella, la mujer mayor. La poeta conocida. Resulta inquietante (poned aquí cualquier otro sinónimo apocalíptico) conocerla después de tanto tiempo, en el momento menos indicado. A los 12 años me decían que me acercara a ver algunas lecturas poéticas y recitales que se hacían por aquel entonces. Que intentara conocerla, contactar con ella y, sobre todo, dejarme ver. La verdad es que nunca fui; la leí en la distancia y tampoco me interesé por las caras de nadie autóctono que se dedicara a juntar letras. Es muy extraño conocerla en persona, ahora que no escribo. Con esas cavilaciones paso el rato esperando fuera de la iglesia a que acabe la ceremonia. Y desde esta posición soy testigo de un detalle curioso que ocurre al finalizar. El día está soleado, a excepción de una nube grisácea y deshilachada, que se desplaza lentamente hacia la vertical de la iglesia durante la ceremonia; es en el preciso momento en que las campanas empiezan a tocar, mientras el ataúd sale en dirección al coche fúnebre, que la nube se arranca a llover con unos goterones enormes y pesados. Sólo llueve en ese lugar, la entrada de la iglesia, sobre el ataúd de Muñoz Rojas. En el otro lado de la calle, pega fuerte el sol y el cielo resplandece azul. De algún modo extraño, es como si la tierra de la que tanto ha escrito le llorara a su poeta como último gesto de reconocimiento. Y hasta ahí llegaba nuestra labor, tenemos que correr para la

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siguiente cita. De camino el jefe llama como un energúmeno, que vayamos corriendo al cementerio también y olvidemos lo demás. Que para algo estará el alcalde, y aunque sea una ceremonia íntima a la que no van todos los compañeros de prensa, tenemos que seguir el protocolo de ser vistos en todas partes, a todas horas, cubriendo todas las noticias. La verdad es que nunca había contemplado ese momento ultimísimo de introducir la caja en la tierra. En un nicho de pared sí, pero nunca en la tierra. Ni el acto de poner las cuerdas, bajar el ataúd, retirar las cuerdas y echar tierra del montón de al lado con paladas milimétricas. Hay tres operarios, uno que ordena sin hablar y otros dos que ejecutan. Tenía que haber dormido un poco más, hoy no he descansado nada. No tengo fuerzas psíquicas para aguantar esto. Un compañero fotógrafo se sitúa frente a la escena para una foto general. Mientras enfoca, aprovecho para escabullirme de las filas traseras y encuentro un banco donde sentarme a contemplarlo todo desde lejos. Los minutos que quedan del entierro los paso entre lágrimas mal disimuladas, rellenando dos páginas de mi libreta con una especie de elegías: una a Muñoz Rojas y otra preguntándome cómo he podido ser tan idiota para intentar sobrevivir los últimos meses sin una sola línea escrita.

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4. Sufro disociación paradójica desde hace unos meses. No sé lo que es, acabo de inventarme el nombre para definir esta situación de estrés máximo. Por un lado, el salario va con dos meses de retraso porque, dice el jefe, los anunciantes no pagan. Empiezo a necesitar la ayuda de la familia para terminar cada mes. Por otro, el trabajo cotidiano no me deja respirar: tengo que acudir a todos los actos posibles, que son muchos y a la misma hora, aunque no haya encontrado todavía la fórmula de la bilocación. Lo hago sin protestar, como un robot. Es una carrera absurda con una posible explicación en la pelea por la licencia local de televisión digital terrestre, o algo por el estilo. Pero no pagan, qué simpáticos. Algún asesor laboral casi se ha reído en mi cara por el tipo de contrato, pero sin darme soluciones viables. Y sin dinero para que lleve el caso tampoco puedo hacer mucho legalmente. Hay que aguantar hasta que paguen o pueden alegar que no has ido al trabajo, ha venido a decirme. Los responsables de varios sitios ya me tienen muy vista y se comportan de manera bastante amable, incluso nos repiten las declaraciones más importantes al cámara y a mí, para que los grabemos, cuando se superponen actividades a la misma hora. Parece que fue hace mil años esa otra vía de carácter autónomo que no he podido desarrollar. Facturas de pequeñas locuciones, horas de grabación y edición, algún diseño. Pero no tengo cartera de clientes y menos desde hace meses, con el estrés duplicado de correr a todos los eventos. Me he ido apuntando a ofertas a través de webs de empleo, poco a poco, pero no llaman de ninguna. No soy aún consciente de lo destruido que está ya el mercado laboral. La situación llega a un punto insostenible y, sin más preámbulos, un viernes nos dicen que no volvamos el lunes, que la televisión cierra.

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ALMACENES, POLÍGONOS Y ETT 2010 1. Termino una cuarta versión digital del currículo cuando suena el teléfono. Llaman de la empresa de trabajo temporal para que recoja los papeles de la nómina y para hablarme de otro puesto que puede interesarme. Ya me lo veo venir, de odiosa teleoperadora mal pagada. Un trabajo como otro cualquiera, pero sometido a bonitas condiciones estresantes y deshumanizadoras, según me han contado. Da igual, estoy dispuesta a aceptarlo porque sigo buscando una cotización normal. Gracias al tipo de contrato en la televisión y sus circunstancias, no sólo tengo la tarjeta sanitaria desactivada y ningún ingreso por desempleo, sino que cualquier tipo de ahorro ha desaparecido. Esta ETT no es una agencia de azafatas y promotoras, pero me contrató por unos días como azafata oficial de las fiestas locales. La empresa es una picadora de carne de otras mujeres, en una situación parecida (30-licenciadas-en paro) a las que nos dieron una vergüenza de nómina. Por el mismo trabajo, encontramos a otras 59


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coleguis esos días con el sueldo estándar para estos casos (10€/hora). A nosotras se nos queda en 3€ la hora, céntimo arriba, céntimo abajo. Eh, pero no pasa nada ¡es una ETT con buenos contactos en el Ayuntamiento y siempre ofrece algo! ¡ya estamos en su base de datos! Es todo lo que he podido encontrar a pesar de las medidas adaptativas de urgencia que estoy tomando. Esas medidas incluyen un retoque feroz del currículo, en el que ha ido fuera todo estudio superior o conocimiento de ordenadores más allá del Word, así como poner sólo un listado de trabajos variopintos como camarera, comercial, azafata o dependienta, aunque se queden grandes lagunas de los años como periodista. He tomado esta decisión después de perder un empleo para el que estaba seleccionada, en una tienda donde daba el perfil. Unas condiciones muy interesantes, mejores incluso que en cualquier otro empleo con el requisito de una cualificación. En el último momento, la responsable de selección aseguró: ay, bueno, pero es que queremos a alguien por un tiempo largo, no que se vaya enseguida porque le ofrezcan otra cosa de lo suyo. No importaron los debates, ni la racionalización, ni la necesidad. Porque aparece ese tópico clasista de abuelos, que con una formación no te vas a rebajar ahí. Y no lo entiendo. Por supuesto que como toda persona idealista está la idea romántica de dedicarse a aquello para lo que te has preparado. Por una cuestión práctica en el desperdicio vital, más que nada. Pero en este tipo de vida occidental, hace falta dinero para vivir. Y pertenezco a ese porcentaje humano que debe trabajar para conseguirlo (ni lo robo ni lo tengo almacenado). ¡Hay que vivir! Ni siquiera hablo de una vida acomodada, con lujos como vacaciones, ir al cine, comprar libros, estudiar algo por placer de conocimiento o tener ropa nueva para ir a la moda. Hablo de comprar ropa que realmente hace falta, porque sólo tienes un par de zapatos y se han roto. Hablo de comprar comida que se pueda cocinar, más allá de

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unos bocatas de chope-pork. Lo más básico. Pero no, es importante guardar las apariencias: no te contrato porque tienes una carrera. Tranquila, que no volverá a pasar. Así que he fusilado cualquier estudio que pase de Bachillerato y controlo que no se me cuele en ningún proceso de selección para este tipo de cosas. ¿Y qué cosa tendrán en la ETT esta vez? La oferta es de azafata por un mes, para el aniversario de una empresa. Informar a los clientes, que compren más para llevarse regalos y repartirlos (desde batamantas hasta palos de golf, microondas o consolas de videojuegos). Por todo el mes, a 40 horas semanales, pagarán un total de 1080 euros. Lo mismo que en las facturas de la tele, después del IVA. Me da la risa. Acepto encantada.

2. Trabajo en una nave de suministros, situada en una zona de polígono industrial donde se concentran varios almacenes chinos. Pasillos interminables en los que perderse, rodeada con andamios metálicos llenos de material que se elevan hasta una decena de metros. Nunca había imaginado todo junto al mismo tiempo: envases para comida, bandejas de poliestireno de todos los tamaños, máquinas envasadoras, bolsas de plástico y papel, manteles, vasos, productos industriales de limpieza o cajas de pizzas. Lo necesario para negocios de alimentación en general, desde restaurantes hasta carnicerías o pescaderías. Hay un total de seis trabajadores, incluyendo al encargado. Todos nos comportamos como hormigas mecánicas sin parar un segundo. Pasar por caja los carros de la compra con toneladas de productos o usar el vehículo para añadir palés de material que se vende. Ellos trabajan nueve horas, entran y salen con media hora

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de diferencia respecto a mi horario. Estoy en la puerta, al lado de los carros de la compra y de la salida de caja. Hay reservado un espacio, con todos los regalos expuestos y grandes carteles de aviso. Tengo que reponerlos a medida que los van pidiendo. En la oficina, también en la entrada, están guardados los más pequeños (batamantas, cepillos de dientes eléctricos, secadores profesionales). Para los demás, tengo que atravesar media nave hasta un cuarto de puerta hermética tipo nevera, que hace las veces de almacén extra, y transportar como una mula los microondas, aspiradoras, juegos de palos de golf o la piscina desmontable portátil. Es lo que más pesa y lo más horrible, porque viene en una caja bastante inútil para hacer un transporte cómodo. Otros regalos enormes (como televisiones de plasma) son responsabilidad del encargado, que los transporta directamente a las furgonetas de los clientes. Tengo poco o ningún espacio para el aburrimiento, con un incesante goteo de compras y regalos. Hay clientes asiduos que se llevan 5000 euros de una tacada, cada semana. Ellos mismos distribuyen las visitas y las compras para conseguir los regalos que quieren. También hay muchos clientes nuevos y despistados que vienen por primera vez. Y claro, dónde están los manteles, chica. Y el papel higiénico. Y los secadores de mano. Y los carteles de tirarempujar. Con poco esfuerzo, en unos días he memorizado la configuración del almacén como si trabajara allí desde hace mucho.

3. Nadie está en su puesto esta mañana y pronto veo los destrozos en la oficina. También un agujero en el techo, cámaras desconectadas,

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la puerta de la oficina rota y la caja fuerte hecha pedazos. Con explosivos y todo, cómo está el panorama. Un plan de robo milimétrico que ha fallado en lo principal: el dinero no se guarda ahí, creo que el encargado se lo lleva a casa. Me acojono pensando que soy la extraña, que sé la ubicación de las cámaras de seguridad, los puntos ciegos y deambulo tranquilamente por los pasillos. Pueden inventarse cualquier cosa y no abonar el salario. Pero no soy sospechosa porque no es nada nuevo, llevan una oleada de robos en las naves adyacentes. Todo vuelve a la normalidad tras limpiar los escombros de la oficina y recolocar los regalos pequeños. El resto del mes, a excepción de unos días para soportar las pruebas del nuevo sistema de alarma, transcurre como si nada hubiera sucedido. Uno de esos últimos días el dueño de la empresa se dirige a mí. Es un tipo trajeado que aparece algunos días a revisar papeles y pone la cadena COPE a todo volumen por el hilo musical de la nave, el tiempo que permanece en la oficina. Pregunta, con sus modales agresivos, si entiendo de ordenadores y hojas de cálculo. Se está pensando la posibilidad de que trabaje ahí, por aquello de la variedad en la imagen y demás. Pensará que va a vender más cosas por tenerme en la caja, supongo, aunque le contesto que sí, vale, de acuerdo, si lo necesita ahí estaré. Imagino la perspectiva de trabajar como un robot esas nueve horas diarias. Tendría que aprender las características de una tonelada de material diferente, para calcular a ojo lo que va en los carros llenos y meterlo en la factura del ordenador. Además de otra cosa más divertida, manejar el vehículo de los palés. Creo que es necesario un carné de conducir para la carretilla eléctrica, ya me lo sacaré. Guarda mi teléfono por si acaso, aunque no lo utilizará nunca. En los meses siguientes, la ETT me manda a una promoción navideña de un restaurante, encajado en un centro comercial.

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Alucino con la entrevista previa del encargado, en la que me hacen una especie de examen de técnicas de marketing, publicidad y redes sociales. Porque el trabajo consiste en vender papeletas para el sorteo de un coche. Hay que adivinar cuántos globos tiene dentro el vehículo, que está en medio del pasillo para examinarlo desde todos los ángulos. Compras la papeleta y si aciertas, entras al sorteo que se hará en enero. Y aunque no aciertes, el boleto incluye un desayuno gratis en el establecimiento. Una promoción como otra cualquiera, con sus horas de pie y sus horas de gastar saliva intentado convencer a todo el mundo que pasa cerca. Nada fuera de lo común, excepto por un día en el que el dinero obtenido y el número de papeletas sobrantes (selladas y firmadas) no cuadra. Tengo que abonar la diferencia de mi bolsillo al ser mi responsabilidad: alguien se ha llevado una, en un momento de descuido. El único segundo de toda la campaña en el que he soltado el fajo de papeletas sobre la mesa ha sido cuando el ex jefe de la televisión, de compras navideñas, rellenaba la suya mientras se reía por la casualidad del encuentro. Las solté sin darme cuenta para atender a la gente que se congregó alrededor, interesadas en averiguar la mecánica del asunto.

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EMIGRANTES 2011 Estoy deshumanizada por primera vez. Soy espectadora de una tragedia griega, en la que los designios del destino golpean como rayos de tormenta y no se puede escapar de ellos. Ah, sólo que esa tragedia es mi propia vida, sobre la que no tengo control ninguno. Con lo fácil que hubiera sido utilizar el término indefensión aprendida. El desierto en el empleo es evidente, ningún tipo de ofertas nuevas. Cero absoluto. Todo el peso de un 30% de paro empieza a arrastrarme, ante lo que ya no sirve ningún procedimiento habitual de los que te aconsejan. No hay crédito bancario para intentar un negocio propio. Tampoco hay subsidio por desempleo que sea posible agrupar para emprender. Los cursos gratuitos para desempleados son de poca utilidad, o hay vaivenes entre días sueltos de alta y paro, o al solicitarlos se han terminado las plazas disponibles en apenas 24 horas. Formarse mientras estás en paro y otras utopías. La ETT hace meses que no tiene ofertas nuevas, no dan señales de vida. ¿Haces todo lo posible? Quizás es que no haces lo suficiente. ¿Seguro que buscas bien? 65


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He agotado, de hecho, todas las posibilidades. Y cuando digo todas, es todas. Seguro que lo que falla es que no sigo los usos sociales y no le echo cara, pienso. Así que he desarrollado un intenso trabajo con mi agenda periodística. He llevado en mano mi currículo a centenares de personas, personalidades, personajes. Políticos de todos los lugares, que me han visto trabajar. Antiguos profesores. Antiguos conocidos. Responsables de productoras que no conozco de nada, pero intento concertar entrevistas con ellos, sin respuesta. Por supuesto que no ha funcionado, no soy de esa clase de personas. No me deben favores de ningún tipo, no soy una firma importante, no tengo marca personal, etcétera. No puedo ser el típico enchufado español. Me han visto trabajar, sí, mucho y bien, sí, estar en muchos actos, hacerles muchas entrevistas, contrastar la información; pero como tantas otras decenas de jóvenes periodistas, cuyas caras les suenan. Abro el círculo: busco oportunidades en toda la provincia, en toda la comunidad autónoma, en toda España. Relacionadas con la Comunicación, lo primero. Respuestas: cero. Y de otros ámbitos, voy en persona a centenares de establecimientos de todo tipo, desde tiendas de ropa a librerías, pasando por Burger Kings recién abiertos en zonas turísticas. Respuestas: cero. Abro más el círculo, con el ofrecimiento de trabajos freelance que nadie quiere encargar, o la elaboración de proyectos personalizados para empresas, en todo el país. Tampoco. Una millonada gastada en impresiones a color del currículo, en teléfono y en visitas. Cuanto más esfuerzo, menos resultado. Tenía que intentarlo, de todas formas, para saldar los requerimientos de quizás no haces lo suficiente. Las concentraciones espontáneas del 15M, multitudinarias allá

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en Sol, bastante escuetas en mi ciudad, ¿cómo pueden sorprender a nadie? ¿en qué realidad paralela y cómoda están viviendo los comentaristas que no lo entienden? Pero hay que seguir. Nuestras familias nos están manteniendo. Y por motivos que no vienen al caso, no puedo regresar a casa de los papis, porque si lo hago, sé que nunca saldré de allí. La única posibilidad es matemática: si nos pueden ayudar con alquiler y comida, pueden hacer lo mismo en otra ciudad donde la tasa de paro sea menor y sí encontremos oportunidades. Aparece un cierto tono de resquemor ancestral, el del andaluz emigrante que debe huir de la pobreza, y un poco de sentimiento derrotista, por todos esos esfuerzos propios que han realizado para darnos herramientas con las que poder salir adelante. Pero he hecho todo lo que ha estado en mi mano y la conclusión es que hay que largarse. Ni emigrante triste ni nada. Apenas queda nadie, he perdido el contacto con todas las amistades, y descubro gracias las redes sociales que casi nadie vive ya en Andalucía. De entrada, la decisión parece un acierto porque en el norte el coste de la vida es exactamente igual. Hasta más barato en ciertas cosas. En apenas un mes de búsqueda, realizo hasta siete entrevistas de trabajo para puestos diversos. A través de la Asociación de Prensa, y sin conocerme de nada, algún redactor jefe se digna a recibirme para que le presente mi currículo. No faltan las palmadas mutuas en la espalda de qué mal va la situación del Periodismo y otras quejas, pero el detalle es abrumador: unos completos desconocidos me abren las puertas. Más de diez meses después, sigo esperando una señal de vida de esos otros redactores jefes que sí me conocían.

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GUACHUPINGAS, AL ATAQUE 2012 Regresa la sucesión de empleos temporales, lo suficiente como para sobrevivir de manera decente y olvidar el desastre anterior. Ante mis ojos se despliega, por fin, un paradigma distinto ante el trabajo. En esta actitud norteña, da igual que seas camarera, repartidora de publicidad, azafata de congresos o vendedora de helados: el trabajador merece respeto y se presupone que intentarás hacer tu labor lo mejor posible. Los jefes no se consideran por defecto seres superiores en la escala humana. Admiten sugerencias inteligentes cuyo fin sea mejorar la labor de la empresa, antes que desecharlas por considerarlas una ataque directo a su autoridad semidivina. Quiero imaginar que sólo he tenido la suerte de toparme con un número mayor de cutres que de buenos profesionales (que también los ha habido, pero menos). Todo no es color de rosa, por supuesto, y encuentro por el camino una nueva modalidad de ofrecer trabajo en pruebas sin contrato, con la excusa del contrato de tipo mercantil y siempre ocultando la información más sustancial: que es necesario darse de alta como autónomo para que el contrato pueda registrarse. La mayoría son puestos de tipo comercial: venta de anuncios para una revista, venta de una aplicación informática o utilizar un añejo 69


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sistema de venta por catálogo para enganchar, en cómodas cuotas mensuales, la pensión de vejetes que no necesitan nada de todo eso que compran. Entre todas estas ofertas basura, sin embargo, aparecen los primos del sistema Guachupinga. La primera vez, hay que vender puerta a puerta un contrato de electricidad. Gritos, palmadas y risas retumban desde otra habitación, en una oficina moderna y bien decorada. Al cabo de unos meses, venden telefonía. Otros meses después, tienen otro nombre y llama otra persona, para hacer socios de una ONG. La oficina es la misma, el despacho es el mismo, y en una de las mesas sigue trabajando la persona que me hizo las dos entrevistas anteriores. Al cuarto requerimiento no me molesto en acudir. Consigo acordarme a tiempo de por qué me suena esa dirección, aunque el nombre de la oficina haya cambiado otra vez. El paro aumenta, cierran más empresas y la crisis sigue cuesta abajo. Por eso disfruto de estos momentos que podrían ser los últimos, los primeros pasos en la reconquista de mi libertad intelectual perdida. Aunque no duren mucho, aunque sean pocas horas, entre los empleos temporales llego a profesora en talleres de teatro, de radio y televisión, para niños y adultos. Y como acto revolucionario, el típico acto personal invisible que no le importa a nadie, me desprendo de todas las copias de los libros que traje con la mudanza. Elimino esa pesada carga de unas páginas que ya han visitado medio mundo, de un concurso literario a otro. Hasta han llegado a un libro de 2006, un poema que bien podría ser uno mío de 2003, que participó en un certamen donde el autor era jurado. Quién sabe, todos los poemas se parecen. Puedo volver a reescribirlos desde el principio.

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OTRA VEZ EN LA REDACCIÓN 2013 La destrucción del Periodismo no es ningún secreto: han cerrado periódicos por quiebra y otros hacen ajuste de plantilla. En el panorama de una profesión que estaba ya olvidando, recibo una sorprendente llamada desde un medio al que entregué mis datos el año pasado. Vuelvo a la radio, delante de un micrófono con los informativos de mediodía y delante de un ordenador, encargada del periódico digital que se hace también en la cadena. Y cómo cambian las noticias desde esta nueva posición, es inevitable. Un seguimiento de cada decisión ministerial, de manifestaciones ciudadanas, de nuevos suicidios por amenazas de desahucio, todo eso no es igual verlo desde tu ordenador, donde te pagan por hacerlo y reflexionar, a verlo desde tu casa, donde la reflexión no te va a dar de comer. No es igual pensar qué cabrón es el cargo político que ha acumulado millones de euros en paraísos fiscales, obtenidos de manera oscura, a pensar pero qué hijo de la gran puta cuando estás en paro, sin ningún ingreso, y encima cada “extra” supera a cualquier sueldo que nunca hayas podido percibir. Sí, la diferencia de grado moral (de agresividad) es distinta. El abismo entre el discurso político y ciertas realidades es una píldora 71


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mágica, capaz de conseguir que admiradores de Gandhi (ciudadanos modélicos y pacíficos) sientan de repente la necesidad de quemar contenedores, y sin que constituya un brote psicótico. A pesar del estado de gloria, al poco tiempo toca acordarme de esa iniciativa de #gratisnotrabajo de la Asociación de Prensa. Ay, qué gracia. Tanta conciencia y llega el segundo mes sin haber cobrado ni el primero. Y la prima de riesgo sube que sube, todos los días es noticia, como si fuera a estallar. Y los mercados especulan en los paneles de la bolsa. En un alarde de madurez, también subida, voy en persona a una consultoría laboral para informarme de cómo se hace una reclamación de cantidades. Quienes también amenazan con abogados son otros nuevos guachupingos. Han leído un reportaje que lleva récord de visitas en mi blog personal, en el que detallaba su forma de actuar en toda la geografía española (como la de 2006), un enlace al reportaje de cámara oculta que emitieron en televisión y un listado de nombres de estas oficinas. Me entero después, cuando empiezan a llegar correos electrónicos preguntando por qué he quitado el reportaje. ¿Quitado? ¿cuándo? ¿cómo? Pues no está, no, aparece bloqueado. Al día siguiente llega un correo en nombre de la empresa, amenazando con líos judiciales si no borro el reportaje donde los mencionan (¿cómo borro algo borrado?) y que están en contacto con un círculo mercantil (donde no los conocen) y con una Asociación de Prensa. Asociación inglesa de prensa que se encarga del tema Internet en Inglaterra, especialmente de los asuntos relacionados con difamaciones y mensajes ofensivos de lectores ingleses. A los otros abogados, los de la consultaría, no los necesito a la hora de la verdad. Con retraso y millones de excusas, pero pagan la nómina en redacción. Y un día, expira el contrato. La redacción está aguantando el tirón y no pueden renovarme. O no quieren. No pueden, creo, porque me dan una carta de recomendación y todo. El tiempo se acelera.

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GUACHUPINGA, DEFINITIVA 2013 1. —A Fulano (escritor mayor y muy famoso) le va a encantar ese concepto —sonríe la editora. —¿Que le va a encantar? ¿Cómo que le va a encantar? ¿Significa que se dignará a poner su nombre en una posible faja del libro? ¿Y qué carajo me importa que le encante a ese tipo una cosa que, encima, no es ficción? Sonrío también cuando me doy cuenta de que lo he pensado tan alto como para que me haya oído. Me he permitido estos segundos placenteros de ofuscamiento, antes de regresar a lo cotidiano con los folios impresos de la novela manchados con e-mails y nombres de otros editores. Estos primeros capítulos son el resultado del perro negro de febrero. Febrero es un mes grisáceo y pegajoso para mí, un invierno propio en el que las funciones descienden al mínimo. Todo detenido, pero alerta. Como un perro negro infernal, que estuviera merodeando al acecho desde una esquina. Hasta el último día, con mi cumpleaños, al día siguiente es marzo y aquí no ha pasado nada. 73


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Quizás sea una depresión estacional y nunca me haya dado cuenta. Muchos años ha pasado completamente desapercibido. Otros, es un período especialmente nefasto si coincide con paro laboral. Este año ha sido terrible. Las circunstancias no se parecen a ninguna de las anteriores, porque ahora tengo un viaje de 1000 kilómetros a las espaldas y la tarea, resignada, de asumir que puede ser la última vez que haya pisado una redacción en estas condiciones. Tendré que buscar otra profesión para el resto de mis días. El tiempo se acelera tanto que, en un pestañeo, ha pasado todo el mes completo sin apenas salir de casa. He estado digiriendo las noticias al minuto, en un estado hipnótico de esternón pinchante. Cómo han cambiado otra vez todas esas declaraciones del gobierno, qué ridículos se ven esos análisis económicos cuando se vuelve a tener ingresos propios iguales a cero. Tampoco he parado de leer esa parafernalia rellena-columnas de los medios, oh, pobrecitos jóvenes estudiantes, futuros intelectuales, que deben irse del país. “Joven” es un lugar indeterminado entre 20 y 25 años, a partir de los 25 eres (vacío). También he leído muchos convenios y muchos BOEs y decretos ley. ¿Dónde tengo que colocar exactamente la culpa? ¿soy una idiota por no haber denunciado antes? ¿tengo mala suerte por tanta empresa dispuesta a bordear esas leyes o así es la mayoría del tejido empresarial? ¿no es suerte sino mi culpa, por no haber llevado la contraria en vez de callarme como el resto de excompañeros? Una digestión lenta y pesada. Ha surgido, además, una nueva fobia a los portales de empleo, a ver la marca “candidatura rechazada”. Sólo reviso la mitad, sólo busco ofertas pero soy incapaz de comprobar los resultados. Ya me enteraré, si llaman. No quiero enterarme de cómo anulan las posibilidades para trabajos con cualificación necesaria, aptitudes de

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dirección o planificación, mientras soy preseleccionada para todo tipo de cosas cara al público en las que sólo debo tener buena presencia. Y literatura. Leo literatura de las nuevas patrañas, esa ola de emprendimiento en tiempos de crisis, de cambios en el paradigma en el trabajo, leo por curiosidad esa psicología de todo a 100 para que te sientas estupendo y no intentes suicidarte mañana. Y también, sin quererlo, leo esa noticia de famosos televisivos que han escrito un fantástico libro, donde explican por qué son adictos al pan. Demasiada información, esto no era necesario, gracias. Si se puede editar semejante gilipollez, ¿por qué no voy a seguir con el texto que está esperando? Ese texto que inicié después de romper todo lo anterior, un proyecto con la intención explícita de convertirse en el primero publicado de todos mis libros. Febrero le hace el cambio a unas líneas que no me gustaban y así llega a la selección en este festival literario, donde editores en activo (interesados con la idea) me dan pistas, perfilan o comentan el mundillo. Pero a Fulano le va a encantar. Cruzo los dedos para que no se le escape la idea y acabe por verla impresa antes de tiempo. El perro negro se desvanece sin más. Pero, esta vez, no se ha evaporado del todo. Lo he absorbido y vive en mi esternón. Ese lunes llaman para una entrevista en una dirección que ya conozco de antes.

2. He dicho que sí. He dicho que sí, en plan kamikaze, en plan no quiero estar encerrada en casa, en plan si se pasan puedo denunciar y, además, hacer una cámara oculta. He dicho que sí porque existe un contrato en una categoría retorcida, con su alta. De representante de comercio a comisión, un híbrido entre autónomo sin horas fijas pero por 75


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cuenta ajena. Es la misma oficina y el entrevistador guachupingo ya habló conmigo el año pasado, pero no lo recuerda. A esta oferta me apunté hace varios meses porque especifica unas condiciones normales, un sueldo no muy exagerado y un contrato laboral, aunque no ponían nombre de la empresa. Consiste en hacer socios puerta a puerta para una ONG, y soy la candidata perfecta porque ya he sido captadora con otras organizaciones. No hay gritos ni aplausos durante la entrevista. El primer día, antes de hacer nada, firmo el contrato. La sala donde iniciamos la jornada tiene muebles, carteles con pasos de venta y paisajes idílicos, e incluso una fantástica máquina de café a 50 céntimos el vaso de plástico. Otro grupo de jóvenes atiende a una mujer que les explica detalles sobre otra ONG. Compartimos oficina pero son dos empresas de marketing distintas, al parecer. No hay saltos, ni gritos, ni nada raro, simplemente hay que aprenderse la presentación, no muy alejada de la realidad. El jefe es un enchaquetado veinteañero muy simpático y sonriente. El segundo de a bordo es una mezcla perfecta entre Jean-Claude Van Damme y un marine norteamericano con un ataque de histeria. Como no vengo con tantas energías por el madrugón, corro a la máquina a por cafeína, y así atiendo a varias repeticiones del discurso que debo exponer a la gente. Cuando es mi turno para decirlo en voz alta, tengo que soltar el vaso en un mueble que está a mi espalda. Mis dedos se estrellan con una pequeña campaña dorada, puesta ahí encima después de quitarla de la pared. En el frontal está grabada la leyenda: Titanic 1913. Visualizo de repente un nuevo uniforme para la oficina, una camiseta que ponga en grande aquella frase del libro Ejército Enemigo,

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de A. Olmos: “La solidaridad ha fracasado”. En tamaño 72 de letra. No, mejor no, esta gente no lo entendería. Y tengo que mirarme esto de ir diseñando camisetas para cualquier cosa, quizás es una idea de negocio que debería pensar con más seriedad. Si todo el mundo vende camisetas de diseño por Internet, quizás no puede ser tan malo.

3. Es irónico que todo el día haya que soltar un discurso que apele a la compasión y la pena por tantas personas (niños) que se mueren de hambre en el mundo, y nosotros pasamos un hambre del demonio. Cuando empieza la segunda semana de trabajo ya se me están cayendo los pantalones al suelo y tengo que usar un cinturón. Aquí no hay descanso, andar todo el día de puerta en puerta y aprovechar las horas en que la gente está en casa. Así que se para a comer sobre las 16.30–17 horas de la tarde. Es un decir, claro, como el asunto va a pura comisión hay que gastar lo menos posible, un trozo de pan y unos gramos de embutido en cualquier supermercado, un escalón en algún sitio y a seguir tocando timbres toda la tarde. He visto pasar hasta cinco personas durante esta semana, sólo aguantaron el primer día y después ya no regresaron más. No sé por qué sigo aquí. Es triste, además, que a ninguno de los compañeros le importe lo más mínimo quiénes son, qué proyectos tienen o qué hacen exactamente en la organización para la que estamos haciendo socios. Incluso se inventan cosas, como vi que hacía el Jean-Claude Van Damme en una ocasión con la dueña de una tienda. Como la buena señora no tenía la excusa de la falta de trabajo para ser socia, el compañero estuvo presionando hasta el acoso, en un espectáculo lamentable. Y no se hizo socia al final, por supuesto. Por si fuera poco, hay una extensa red de estos guachupingas en concreto, trabajando en toda España. Al principio de semana 77


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tenemos una conferencia telefónica donde nos cuentan el ranking de mejores vendedores, según las ganancias obtenidas. Un cálculo superficial arroja una cifra de entre 150-200 nuevos socios a la semana por todo el país. Dudo que haya quejas desde la organización.

4. Un día de la segunda semana toco en la puerta de Rosa. Voy a llamarla así. Tiene 37 años, una hija de 5 años y el pequeño, de 10 meses, que se desplaza arrastrando el culo por el suelo mientras canta gorgoritos. Le explico algunos proyectos de la organización y parece interesada. —Sí, hay que ayudar a la vida de otras personas, esa vida que otros ya no podrán disfrutar, como la abuela. ¿Verdad, peque? —se dirige al bebé que sigue arrastrándose por el suelo con energía. Le pregunto si ha fallecido. Me devuelve una mirada opaca. —Con 52 años. Se suicidó por la crisis. ¿Te acuerdas de la abuela? —le dice a la mayor. Le pido que me cuente cómo es eso. Habla de empresas concretas, de trabajadores abnegados de toda la vida, entre ellos la abuela. De reajustes y despidos por la crisis económica. Por edad, una jubilación forzosa para ella. Pero lleva demasiado tiempo allí y la empresa quiere ahorrarse unas indemnizaciones tan elevadas. Ponen una reclamación y van a juicio. El empresario, con nombre y apellidos, es amigo del juez, un secreto a voces. Contraatacan con pruebas falsas, en las que la abuela roba material, no cumple los horarios y es un desastre de trabajadora. Pierden el juicio y no hay indemnización justa, ni jubilación adecuada ni nadie que ayude. Una hermana de Rosa, también con niños, acaba en el paro. Y

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Rosa está embarazada del pequeño. La abuela está convencida de que no va a poder reincorporarse al mercado laboral nunca más. Y no quiere ser una carga para sus hijas, con nietos en camino y maridos en el paro. Utiliza el método de Foster Wallace para liberar a su familia de esa responsabilidad.

5. He ido a la Tesorería General y a otra serie de sitios a pedir información, dame mi expediente, por favor, joder he conseguido que el DNI electrónico funcione. Hoy soy un perro furioso, sin necesidad de cafeína en las venas. Me he hartado en el momento en que me bajaba de la cama, al amanecer. Aparezco en la oficina a solicitar la baja, cosa que no parece sorprender al tipo. Debe haber visto decenas, centenares, miles de renuncias. En los documentos que firmo especifico, igual que se lo repito al encargado, que el último día de trabajo y trabajado ha sido el 1 de mayo, festivo laboral. En dos semanas de trabajo intensivo he ganado 60 euros. Unas horas después, mientras borro correos publicitarios de posgrados en comunicación digital, locutor de radio, consigue la profesión del futuro, haz nuestro curso de community manager, recibo una llamada para una oferta en la que me apunté cuatro meses atrás. De comercial para unos cursillos de empresa y sobre ley de protección de datos. La oferta parece absolutamente normal, de las pocas en las que no hay nada sospechoso. Pero la intuición me dice que no, el perro negro me dice busca en Google, busca, busca. Encuentro nombre de la empresa y del jefe, la misma historia (de hace dos años) en la que ni hay contrato ni hay sueldo por el trabajo. Sin muchas ganas, acabo por ir a la entrevista. Otra propuesta de contrato mercantil en pruebas y muchas preguntas. Sobre todo, muchas preguntas.

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¿Por qué has tenido tantos trabajos? Bueno, es que eran promociones temporales como azafata o las empresas han ido cerrando. Así desde fuera, encima la culpa será mía que me echan de los trabajos, debo ser una empleada horrible. ¿Estás casada o soltera? ¿Tienes hijos? ¿Vas a tenerlos? Uf. Pensaba que esta información personal no interesa lo más mínimo en una entrevista. Pero sólo pasa en Estados Unidos, aquí por lo visto en los manuales para entrevistas de trabajo aseguran que es preceptivo ese tipo de cosas. Es la segunda vez que me lo preguntan, la primera fue en una entrevista con test psicotécnico incluido, a los 22 años. Me negué a contestar. Ahora sí las contesto. El tipo me ha dado una tarjeta de visita así que reviso otra vez la información y sí, están hablando del mismo jefe y la misma empresa estafadora. Leo también una entrevista a una profesora universitaria que viene a decir “los títulos universitarios ya no sirven para encontrar empleo”. ¿En serio? ¿Era necesario publicar esta obviedad? Pestañeo incrédula, ante la pantalla. Vuelvo a pestañear. Respiro hondo.

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¿CONCLUSIONES? No hay final de la historia, así que no puedo dar conclusiones. Después de tirar la mesa, volví a ponerla en su sitio y empecé a teclear, aunque esté de “moda” hablar sobre las experiencias personales de la crisis. Pero necesito unos céntimos. Necesito tener la mente ocupada. La furia no es mala, al contrario, es divina: ha conseguido que surja la idea de este experimento de autoedición. Imaginen, la amante de la ficción (e incluso, de la ciencia ficción) escribiendo no ficción. Así está la cosa. En la sociedad occidental hace falta dinero para vivir, y sólo tres vías para conseguirlo: tenerlo ya (los ricos y sus herencias), trabajar o robárselo a otros. Que te toque la lotería no es una opción. El drama no es que sea una profesional licenciada que debe fregar vasos en una cafetería; el drama es que otros consideren terrible esta circunstancia y no entiendan que el dinero no crece de los árboles. He omitido, sin embargo, muchos episodios. Trabajos antes y durante estos años, en los que no hay mucho que contar: aburridos, mal pagados a veces, demasiadas horas, pero sobre todo precarios, por ser efímeros. He omitido también capítulos sórdidos, realmente sórdidos. Es una vergüenza que este texto no llegue ni a las 100 81


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páginas, pero qué quieren, he tenido que recortar, no os lo voy a contar todo, qué pesadilla. También he omitido de manera intencional cualquier exceso de datos que todos conocemos. Estamos saturados de datos, de análisis, de explicaciones. Hay hasta cómics que, desde la ironía y la acidez, pueden enseñarte cómo, cuándo y por qué se ha llegado a esta situación económica. Que si los mercados, que si los bancos, que si las decisiones políticas. Pero lo más sorprendente es la masa social, la falta de reacción. Decenas de personas tienen miedo, centenares de personas están pasando hambre. Y hambre de verdad, no la mía, en la que la nevera se queda pelada y puedo llamar de urgencia a la familia para que me presten unos euros. En un futuro se harán tesis muy interesantes de psicología social, para desentrañar este misterio de la inactividad aprendida española. Las raíces son más profundas y casi habría que mentar al inconsciente colectivo jungiano. Todo es blanco o negro, derecha o izquierda, para ti o para mí. Si no robo yo, robarán otros, así que por qué tendría que hacer las cosas bien para que se lo lleven otros, hago una chapuza. Vivimos con la losa encima de este catetismo, como un poder superior e insoslayable al que sólo queda rendirse. Quizás aquí tienen que ver los valores culturales y la dictadura pasada. Pero ya está bien. Aceptemos de una vez que sí, que hay gente bruta, ciudadanos que colapsarán plazas porque su equipo de fútbol ha ascendido a primera, pero serán 20 personas si hay que manifestarse por una huelga. Es el otro lado el que tiene que empezar a ser visible, en vez de protestar indefensos porque los otros no hacen nada. Hacer visible, por ejemplo, tendencias tan falsas como el mileurismo. Hubo un tiempo en que la prensa hablaba de los pobres “mileuristas”, trabajadores con “ridículos” sueldos de apenas 1000 euros al mes. Bien, por ejemplo digo que esa cantidad no la vi hasta

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tres años después de esa moda. ¿Los que bautizaron el mileurismo, dónde vivían exactamente? Hacer visible que las reformas laborales, por ejemplo, con el objetivo de abaratar el despido y que los empresarios empiecen a contratar como churros, no tiene mucha utilidad. Si se abusa hace años de los contratos temporales, o de los contratos sin contrato, o de los trabajos sin sueldo ni contrato pero con trabajo, ¿es necesario abaratar lo que ya sale barato? Hacer visible, por ejemplo, esa opinión generalizada de la porquería que es el intento de mini jobs (a 400 euros mensuales, unas pocas horas a la semana). Pues en esos momentos, tenía un trabajo por 120 euros mensuales (unas pocas horas a la semana). ¿A eso cómo lo llamamos? ¿De verdad que soy la única? ¿De verdad que es todo cuestión de mala suerte, que es mi culpa por no haber conseguido enchufes? ¿Que no he hecho lo suficiente? Al principio, pensaba que sí. Pero la respuesta es que no. Por eso se me ha ocurrido contarlo. Para tener la mente ocupada, como ya dije antes. Entiéndanme, es que soy muy básica: los gatos maúllan, los perros ladran, los homo sapiens piensan. Esa es su tarea característica. Y lo último. Lo he dejado para el final, pero es lo más importante. También he tenido que pelearme con esa vocecita (influencia social) que me dice: nooo, no será para tanto. La realidad, constatada una y otra vez en varios sitios, es el difícil papel que me han asignado y que no me interesa en absoluto. De mujer-niña (ay, qué jovencita tan mona, mira qué graciosa, cómo trabaja) he pasado a la posición de mujer-madre: ay, claro, el drama tuyo con la crisis es que vas a cumplir los 35, los 36 o los 40 y no podrás tener hijos porque no puedes mantenerlos. Ejem. Claro que sí, la independencia económica, el desarrollo de mi carrera profesional y todo eso, tonterías. Y pregúntame también, todas las veces, si al menos mi novio tiene trabajo.

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Es curioso porque a él nunca le cuestionan si yo tengo o no empleo. Es curioso también que, durante años, en cualquier tipo de oferta que significara algo remotamente parecido a dirección, organización o gestión, nunca haya sido seleccionada. Sólo en cuestiones de servicio, sin titulación, donde hay que estar mona. Y callada. Y no pensar. De esas tres cosas, no sé hacer ninguna.

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SOBRE LA AUTORA Sara M. Bernard (Málaga, 1979) Licenciada en Periodismo y Máster en Comunicación Televisiva Su vida laboral es un desastre, como has visto Su vida personal también, porque escribe demasiado

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Los versos del hambre. Generación 30  

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