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Casapalabras 44

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aniversario Sensible y frágil Hijo de un próspero y estricto comerciante, y de una bioquímica de Buenos Aires que jamás se adaptó al lugar en el que formó su familia, Manuel Puig nació en General Villegas el 28 de diciembre de 1932. De naturaleza sensible y frágil, siempre se sintió parte del universo femenino que componían su madre, María Elena Delledonne, su niñera Kika y las amigas de ambas. Luego del cine, escuchar durante horas las conversaciones de aquellas mujeres era su pasatiempo favorito: «Toda esa afición por lo oral me viene de mi origen provinciano. Allá en la provincia, en los últimos años treinta y en los cuarenta no había televisión y se conversaba mucho», recordaría el futuro escritor. Perseguido por las burlas, el acoso y los rumores maliciosos —más todavía desde que asumió su homosexualidad, al inicio de la pubertad—, Puig heredó el desagrado materno por su pueblo natal. Lo veía como un sitio aburrido y cruel, en el que romper la monotonía dependería siempre de una fuga, real o simbólica: «El mar está a mil kilómetros, las montañas están a mil kilómetros, todo está lejos. De modo que la persona que nace y se muere allí, no ha visto nada. Salvo lo que dan en el cine», solía describir. Recién al final de la escuela primaria, y tras sufrir un intento de violación por parte de un muchacho varios años mayor, Puig pudo alejarse del viciado aire social de su pueblo: en Villegas no había bachillerato y sus padres decidieron enviarlo a Buenos Aires. Algún tiempo antes había comenzado a estudiar inglés, porque su intención era aprender «los idiomas del cine» por encima de cualquier otra carrera; luego continuaría con el francés y el italiano. «Más que simplemente amar las películas, deseaba vivir en

ellas», escribió su biógrafa estadounidense, Suzanne Jill Levine.

Buenos Aires esquina Roma Al llegar a la gran ciudad, Puig vivió como pensionista en casa de unos conocidos de sus padres. Horacio, uno de los hijos de aquella familia, estimuló su gusto por la lectura y fue su guía para conocer autores como Aldous Huxley, JeanPaul Sartre, Thomas Mann y Herman Hesse. Aunque los libros y escritores que más lo impactaron en aquel momento fueron La sinfonía pastoral, de André Gide, y los textos de Franz Kafka, porque «es el que mejor ilustra toda esa cuestión que a mí me interesa tanto: la opresión del medio ambiente sobre el individuo, la cuestión inconsciente, el mundo de cárceles internas que llevamos sin saberlo». Sin embargo, pese a que llegó a graduarse en Filosofía y Letras, nunca fue un lector metódico ni apasionado. «Se pierde demasiado tiempo leyendo», sostendría, para horror del mundillo literario. Sus preferencias culturales iban de las películas hollywoodenses a las historietas, pasando por géneros ‘menores’ tradicionalmente despreciados como el radioteatro, los folletines por entregas, el tango, el bolero y, más adelante, los dibujos animados y las telenovelas. Por aquellos días, gracias a la intervención de la actriz Fanny Navarro, ingresó como empleado en los Laboratorios Alex, donde se realizaba la postproducción de las películas argentinas. Corrían los años del primer peronismo, que se ganó su antipatía —entre otras razones— al reducir la importación de películas extranjeras para estimular la producción nacional: ese paraíso llamado Hollywood, quedaba cada

Perseguido por las burlas, el acoso y los rumores maliciosos —más todavía desde que asumió su homosexualidad, al inicio de la pubertad—, Puig heredó el desagrado materno por su pueblo natal. Lo veía como un sitio aburrido y cruel, en el que romper la monotonía dependería siempre de una fuga, real o simbólica.

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