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Casapalabras 15

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sesenta, había escrito otra novela titulada El triángulo azul, cuyos originales le fueron arrebatados por la soldadesca. El resto de su obra está dedicada al relato breve, tal vez porque coincidió en algo con Jorge Luis Borges, quien nunca noveló nada puesto que pensaba que ese género narrativo estaba lleno de ‘ripios’. Y hay en esta colección completa que nos entrega la Matriz de la Casa de la Cultura Ecuatoriana esa obra insuperable que es Relatos de Emanuel, a la que no sabemos si ubicarla entre la novela corta o el cuento largo. Algo así como una ‘noveleta’, novela ‘cortesana’, como la llamaron los españoles, en la que, además, el escritor de cierta manera se nos vuelve distinto porque se ubica para centrar la realidad de lo que trata —esos viejos problemas familiares, esa identidad a veces dudosa en el apellido—, surge para el lector entre su vocación mágica y su responsabilidad testimonial, elementos que, por ejemplo, se complementan de modo tan certero precisamente en las dos partes de

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Raúl Pérez Torres, Presidente CCE; Beatriz Gil Parra; Rosa Amelia Alvarado Roca, Presidenta CCE Núcleo del Guayas; y, Patricio Herrera Crespo, en la presentación del libro en Guayaquil.

Nuestro pan. Esto es un inicio lírico, mágico, casi natural entre ese mundo verde que somete al cultivador de ese producto cotidiano que nos hace exclamar lo de ‘teniendo arroz aunque no haya Dios’, frase incluida en la primera página de la novela, y una parte más mental y política con la que concluye la obra. El primer libro no colectivo de Enrique es Yunga, que data del año 1933, es decir tres años después de haber aparecido Los que se van. Luego de Nuestro pan y Relatos de Emanuel, escritos entre los años 39 y 40 del siglo pasado, viene un largo silencio que se rompería al salir de la cárcel en 1964. Y es entonces que nos da a conocer otro libro también de cuentos La cabeza de un niño en un tacho de basura. Y una sorpresa, una pequeña obra de teatro que titularía La sangre, las velas y el asfalto. El poder de descripción tan certero a la vez que sencillo de Gil Gilbert viene dado sobre todo a través de la acción misma del cuento, en esos diálogos cortos y acertados, casi cortantes a veces, en que los personajes se van desnudando. Es decir que no enumera o describe tediosamente, en el periplo cuentístico que incluye el inicio, el clímax y el desenlace, sino que se introduce desde los inicios de la narración en el alma de los personajes y en el desarrollo mismo de la temática, siempre por exacta breve, con una suerte de sensualidad narrativa. Allí está, para no prolongarnos demasiado, ese cuento antológico que es El malo, en el que se evitan los párrafos largos y la mayor parte de la narración viene dada en la conversación, en la exclamación, en el pensar de cada personaje. Recibimos con beneplácito esta obra antológica de Gil Gilbert, o ‘la Mona’, como lo llamaban cariñosamente sus amigos, con la que se vuelve a hacer un llamado al público lector para que no caiga en el grave

pecado del olvido y se reencuentre con ese maravilloso mundo de un realismo mágico que si bien tomó tal nombre a raíz de la aparición del boom latinoamericano de Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Alejo Carpentier y Julio Cortázar, fue ya anunciado (aunque desgraciadamente no tan promocionado en el continente y el mundo) con las obras que sobre el cholo y el montubio, con esa idiosincrasia tan tropical aunque no exuberante sino, por el contrario, medida con gran exactitud estética, escribieron los narradores guayaquileños. Entre los que destaca, indudablemente, Enrique Gil Gilbert, que, vuelvo y repito, parece haber nacido con la pluma en la mano.

Fernando Cazón Vera (Quito, 1935). Poeta, periodista, editor, profesor universitario. Ha publicado casi una veintena de libros, entre ellos: Las canciones salvadas (1956); La guitarra rota (1966); El extraño (1968); Poemas comprometidos (1972); El libro de las paradojas (Premio Nacional de Poesía de la Universidad Central del Ecuador, 1977); Rompecabezas (1986); Este pequeño mundo (1996) y A fuego lento (1998). Fue Presidente del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.


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