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Revista literaria del Instituto Sinaloense de Cultura AĂąo 4 | NĂşmero 13 | Mayo de 2014

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Contenido 3 Presentación 4

In memoriam | Jo sé E milio Pachec o

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José Emilio Pacheco: primeras letras | Miguel Á ngel Fl ores

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Alicia y el tiempo | Noel M art ínez

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Concluyendo / Winding up | Derek Walc o tt | ó scar paúl castro

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Afrodita en la minificción | Dina G rijalva

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Poema | A . E . Q uintero

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«De Tijuana» | A na C hig

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Mar sobre el mar | Rubé n R ivera

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Leonora Carrington: Cierto mal de ausencia | F elipe Vá zquez

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Instantánea de ensayo que se muerde la cola | R amón C astill o

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Cinco poetas chilangos | Yaxk in Melchy /A ntonio R iestra /

Inti G arc í a S antamar í a / R aciel Q uirino / A ntonio Puente

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Los encantos de la hechicera | R afael Toriz

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Una lectura de «Piedra de sol» | Víctor Luna

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Amparo Dávila (Una lectura) | L aura Medina

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La rapsodia de Jorge Humberto Chávez | Jorge Ortega

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El tiempo que regresa | Norma A . portill o

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Discurso de aceptación del Premio Cervantes | E lena Poniato ws k a

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La noche de Tlatelolco | Luc í a L eyva

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Galería de la memoria | Nadia C ontreras

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Elena y yo | Ro c ío R eynaga

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Querido Diego, te abraza Quiela | C armen L izárraga

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Tinísima | A leyda Rojo

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Leonora, la novia del viento | L ourdes A renas

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La tinta del calamar Hermosa manera de encontrar frescura | Juan E smerio

Margarita Torres. Tiene formación en artes visuales por la Universidad Politécnica de Valencia, España. Ha expuesto en México, España, Taiwán, Colombia, Japón, Polonia y Venezuela. Ganó el 13° Concurso de Pintura Antonio López Saenz y fue mención honorífica en la 12 Bienal del Noroeste; becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sinaloa, y de la Universidad Politécnica de Valencia. Fotógrafa, docente, curadora. Fundadora y presidenta del colectivo artístico «Nextilia», en México, y del Grupo Artístico Internacional «Meeta» (México, España, Ecuador, Taiwán), en Valencia, España.


presentación

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D

etenerse es permanecer y nos detenemos en este cabalístico trece número de Timonel para hacer un homenaje al poeta José Emilio Pacheco, quien a través de sus versos nos hace ver que la poesía es un ejercicio cotidiano que devela y revela las realidades que nos habitan y que habitamos. En su memoria celebramos la publicación del Nuevo álbum de zoología (realizada por el ISIC en coedición con era) y de sus páginas ofrecemos: «Discurso sobre el cangrejo», «El pulpo» y «La mosca juega a miss universo». Así también, en un puntual y lúcido ensayo, Miguel Ángel Flores nos acerca a la obra y la figura del autor de Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes como pasa el tiempo, Islas a la deriva, entre muchos otros títulos. De igual forma, Timonel hace un reconocimiento a Elena Poniatowska, la más celebre de las escritoras mexicanas, por lo que nos permitimos reproducir su texto del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013, en el que pone de manifiesto su relación con el periodismo, la literatura, la historia y las expresiones artísticas y culturales del México de los últimos sesenta años. (Poniatowska se inicia como periodista en los años cincuenta y desde entonces a la fecha ha sido testigo y, en algunos casos, partícipe, de los acontecimientos sociales y culturales que se han suscitado en este país.) Y como parte de nuestra celebración por Elena Poniatowska es que publicamos textos enviados por algunos de sus lectores, entre ellos: Nadia Contreras, quien escribe sobre Las siete cabritas, obra en la que Elena alude a las figuras de Frida Kahlo, Nahui Olin, Pita Amor, Rosario Castellanos, María Izquierdo, Elena Garro y Nellie Campobello. Por su parte, Aleyda Rojo escribe sobre Tinísima y Lourdes Arenas lo hace en torno a Leonora. Dos de las novelas más celebradas por la crítica. Lucía Leyva nos ofrece una lectura del ya emblemático libro La noche de Tlatelolco y Carmen Lizárraga nos acerca a Querido Diego, te abraza Quiela. En la presente edición de Timonel se puede leer también «Instantánea de ensayo que se muerde la cola», de Ramón Castillo, un ensayo sobre el ensayo. Asimismo, Rafael Toriz nos muestra «Los encantos de la hechicera», texto que nos acerca a la figura y la obra, tanto plástica como literaria, de Leonora Carrington; maga suprema, sacerdotisa del surrealismo, quien, exiliada por la guerra y huyendo de su familia llegó y se instaló en México a principios de la década de los cuarenta. Y como este número trece es el de los homenajes y los festejos, nos permitimos festejar también la publicación de La novela de las cuatro no se detendrá porque alguien logró matarse, del poeta A. E. Quintero. Así como El tiempo que regresa, de César Ibarra, del cual Norma A. Portillo nos ofrece una reseña. Y así como Dina Grijalva nos comparte su lectura y selección de una serie de minificciones a las que ya es adicta, Víctor Luna nos ofrece su lectura de «Piedra de sol», el gran poema de Octavio Paz. Ana Chig nos envía «De Tijuana», un poema que deriva de la analogía cuerpo-ciudad. Óscar Paúl Castro traduce a Derek Walcott, y Noel Martínez, joven poeta, se adentra en la noche y de la oscuridad extrae los poemas que en estas páginas nos ofrece. Cordialmente Lic. María Luisa Miranda Monrreal Directora General del Instituto Sinaloense de Cultura

M ario L ópe z Valde z

| Gobernador Constitucional del Estado de Sinaloa

F r ancis co F rí a s C a st ro

| Secretario de Educación Pública y Cultura

M arí a L uis a M ir anda M onrre al

| Directora General del isic

É lme r M end oza

| Director de Literatura y Publicaciones

E rne st ina Yépi z

| Jefa del Departamento Editorial

Consejo Editorial

J uan J o sé R odrígue z | A le y da R ojo | C l audi a B añuel o s | C arl o s M a ciel | D ina G rijalva Wendy F éli x | Coeditora J uan E sme rio Navarro | Corrección de textos Diseño Editorial

Timonel es una publicación trimestral del Instituto Sinaloense de Cultura y del Gobierno del estado de Sinaloa. Es de distribución gratuita y los contenidos que aquí se publican son responsabilidad de sus autores. Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación deberá reproducirse total o parcialmente sin citar la fuente. Culiacán, Sinaloa, mayo de 2014. Correspondencia y colaboraciones dirigirlas a timonel.isic@hotmail.com Versión electrónica de Timonel: www.culturasinaloa.gob.mx


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J o s é E mili o P achec o

In memoriam Discurso sobre los cangrejos En la costa se afirma que los cangrejos son animales hechizados y seres incapaces de volverse a contemplar sus pasos. De las tercas mareas aprendieron la virtud del repliegue, el ocultarse entre rocas y limo. Caminantes oblicuos, en la tenacidad de sus dos pinzas sujetan el vacío que penetran sus ojillos feroces como cuernos. Nómadas en el fango y habitantes en dos exilios: extranjeros ante los pobladores de las aguas y ante los animales de la tierra. Trepadores nocturnos, armaduras errantes, hoscos, eternamente fugitivos, siempre rehúyen la inmortalidad en imposibles círculos cuadrados. Su frágil caparazón incita al quebrantamiento, al pisoteo. (Hércules vengó así la mordedura, y Juno que lo envió en misión suicida, para retribuirlo situó a Cáncer entre los doce signos del Zodíaco, a fin de que sus patas y tenazas encaminen al sol por el verano, el tiempo en que germinan las semillas.) Se ignora en cuál momento dio su nombre a ese mal que es sinónimo de muerte. Aun al terminar el siglo veinte, permanece invencible —y basta su mención para que el miedo cruce el rostro de todos los presentes.


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La mosca juzga a Miss Universo Qué repugnantes los humanos. Qué maldición tener que compartir el aire nuestro con ellos. Y lo más repulsivo es su fealdad. Miren a esta. La consideran hermosísima. Para nosotras es horrible. Sus piernas no se curvan ni se erizan de vello. Su vientre no es inmenso no es abombado. Su boca es una raya: no posee nuestras protuberancias extensibles Parecen despreciables esos ojillos en vez de nuestros ojos que lo ven todo. Asco y dolor nos dan los indefensos. Si hubiera Dios no existirían los humanos. Viven tan sólo para hostilizarnos con su odio impotente. Pero los compadezco: no tienen alas y por eso se arrastran en el infierno. De Nuevo álbum de zoología. Era / ISIC, 2013.

El pulpo Oscuro dios de las profundidades, helecho, hongo, jacinto, entre rocas que nadie ha visto, allí en el abismo, donde al amanecer, contra la lumbre del sol, baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría. Qué belleza nocturna su esplendor si navega en lo más penumbrosamente salobre del agua madre, para él cristalina y dulce. Pero en la playa que infestó la basura plástica esa joya carnal del viscoso vértigo parece un monstruo. Y están matando /a garrotazos/ al indefenso encallado. Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte por la segunda asfixia que constituye su herida. De sus labios no mana sangre: brota la noche y enluta el mar y desvanece la tierra, muy lentamente mientras el pulpo se muere.

José Emilio Pacheco. Premio Cervantes, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y Premio Octavio Paz. Su obra poética está reunida en el volumen Tarde o temprano, edición del fce.


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José Emilio Pacheco: primeras letras M iguel Á ngel F l o res E n 1990 la editorial E ra public ó un delga d o volumen c on l o s primero s te x to s de ficción de Jo s é E milio Pachec o. Para sus devo to s lectores , el libro se anunciaba c omo un fest í n , pues permit í a as omarse a l o s c omienz o s de quien hab í a llegad o a ser rec on o cid o p or la maestr í a en el ma nej o de la pro sa y p or su rica capacidad de fabulación . Pero a mucho s se les olvid ó que una caracter í stica del reci é n falleci d o escritor era su c ompulsión p or c orre gir sin cesar cuanto escrib í a . E n alguna o casión se calific ó a s í mismo c omo rees critor . N o imp ortaba que el te x to estuvie ra ya impres o : en las sucesivas reediciones de sus libro s , ningun o de ell o s se libraba del afán de perfección del autor .

Para ser fiel a su iniciación en la Galaxia de Gutenberg, José Emilio puso al libro, que se suponía era la recopilación de la obra juvenil, el mismo título de su libro inicial: La sangre de Medusa. Según el autor, la obra dispersa que se agrupaba ahora en un libro —pues su destino original había sido las páginas de revistas y suplementos literarios o de plaquettes— eran los borradores de ejercicios literarios que en su madurez se consolidaban debido a la práctica persistente de la escritura. La modestia de José Emilio Pacheco era excesiva. Un regreso a las fuentes nos dirá que él no tuvo infancia ni adolescencia en su proceso de aprendizaje, o que si existieron ambas etapas transcurrieron con velocidad insólita. Como sus dioses tutelares, entre los más destacados, Alfonso Reyes y Octavio Paz, la precocidad fue una de sus señas de identidad. El cuento «La sangre de Medusa» así lo demuestra. Pocos escritores en nuestro

país han hecho su aparición ante el público lector tan dueños de su oficio y tan conscientes de la función estética de un texto. El primer libro que publicó José Emilio Pacheco lleva el título de La sangre de Medusa. El colofón nos informa: «La sangre de medusa de José Emilio Pacheco es el número 18 de los Cuadernos del Unicornio. Se acabó de imprimir el día 22 de noviembre de 1958 en los talleres del maestro tipográfico Manuel Casas (Lerma 303), de México 5, D.F. Se tiraron 400 ejemplares sobre papel Fiesta de 80 kgs. Con tipos Bodoni de 12/12 puntos. Juan José Arreola editor.» Cuando un tímido y torpe adolescente, en todos los sentidos, le pidió que le firmara el libro, Pacheco lo calificó como «un vestigio prehistórico»: sólo habían pasado diez años desde su publicación. Leído ahora el colofón, sólo podemos decir que era otra cosa la vida para los libros y los autores. Después de más de cincuenta años hemos regresado al punto de partida en cuanto al tiraje de los libros, pero ha habido una regresión: por ejemplo, ya son una verdadera rareza los maestros Casas que conservan el amor al oficio tipográfico, la computadora aniquiló el gusto por este arte, que no fue ajeno a José Emilio Pacheco, debido a una juventud pasada entre mesas de redacción e imprentas. Para el jovencísimo autor fue motivo de gran satisfacción publicar en la Colección Cuadernos del Unicornio, bajo cuyo sello habían aparecido autores de prestigio. Era la segunda aventura editorial de Juan José Arreola, a quien José Emilio veía con reverencia. Admiraba su prosa y su imaginación; el personaje lo deslumbraba por su carácter histriónico y desenvuelto, tan opuesto al del joven discreto y retraído que él era. Desde su infancia fue un voraz lector. En un texto autobiográfico escrito por uno de sus más entrañables amigos, Juan Vicente Melo —con quien compartía la genealogía familiar veracruzana—, lo recordó en una visita a su casa, acompañado de su mamá. Lo que más le llamó la atención de ese niño tímido fue la curiosidad que mostró por las páginas del periódico que se hallaba en la sala de casa y el recorrido que hizo por los libreros. Las líneas de ese colofón nos remiten a una ciudad que parece la de un país ya muy remoto y ajeno, en el que se dio el encuentro entre dos figuras que son hoy grandes nombres de la literatura mexicana. En unas notas de Pacheco a propósito de Arreola y su genio, al que acompañaba su incapacidad para someterse a cualquier disciplina, narra las circunstancias en que le entregó el manuscrito de sus cuentos. Carlos Monsiváis, después de haber leído algunos de ellos ya impresos en publicaciones estudiantiles, de las que parece no haber quedado huella, lo animó a que le llevara algo inédito a Juan José Arreola. En su rememoración repite lo que ya había señalado en múltiples ocasiones: la irresponsabilidad de los jóvenes aprendices de escritores que se apresuran a buscar quién publique sus balbuceos, sus primeros ejercicios, a diferencia de los aspirantes a pianistas, los cuales deben pasar años y largas horas de práctica antes de sentirse capaces de brindar un concierto para amigos y familiares como una


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prueba antes de su presentación ante el gran público. Él no podía ser excepción a la regla. Buscó a Juan José Arreola, arregló una cita, y en un desaparecido café de la avenida Melchor Ocampo, le entregó un folder con sus dos cuentos: «La sangre de Medusa» y «La noche del inmortal». El editor los leyó y sin más comentario aceptó publicarlos. Le parecieron correctos en contenido y en desarrollo. La prosa no necesitaba ajustes. Pacheco señala que era un secreto a voces que Arreola, con su gran habilidad de artesano de la prosa, corregía los originales dispuestos para la imprenta. No lo hizo con su caso; según Pacheco, le dijo: «No hay nada que corregir. Están perfectos.» Y Pacheco lamentó el gesto del maestro, pues ambos cuentos aparecieron sin ser sometidos al escalpelo del autor de Confabulario, y desde entonces no dejó de intentar hacer en sus textos los cambios que Arreola pudo haber hecho aquella tarde. Tarea imposible. Leídos a la distancia de cincuenta y seis años, los textos son perfectos. Arreola no se equivocaba. Él fue un genio de la prosa y sabía reconocer de inmediato el talento ajeno. Arreola fue, entre nosotros, uno de los primeros lectores de Jorge Luis Borges, y seguramente le debió haber parecido atractivo el hecho de que un joven adoptara como modelo al escritor argentino, que cince-

laba cada frase como lo había hecho Quevedo, y que buscaba armar sus relatos entreverándolos con referencias a la antigüedad griega, tejiendo una trama de simultaneidad del relato en dos ámbitos tan distintos, haciendo fluir la narración en una temporalidad común. Era toda una hazaña para un joven que debió haberlos escrito en el umbral de sus dieciocho años. José Emilio se apresuró a descalificar sus logros y vivió un periodo bajo la angustia de las influencias, a la que contribuyó el comentario público de Salvador Reyes Nevares: «textos demasiado uncidos a Borges, muestra de una literatura lujosa, inútil, retórica.» Leídas paralelamente, las dos versiones de los cuentos de Pacheco (la de 1958 y la de 1990) se advierte que a la última le agregó un contenido más anecdótico, los escenarios de la acción adquirieron mayor espacio y el ritmo de la narración se hizo más ágil. Era inevitable que en su primera etapa, el autor buscara la definición de su estilo. Tal vez lo que no satisfizo más tarde a Pacheco fue el predominio de elementos poéticos en su narración. Cinco años después publicaría su primer libro de poemas, Los elementos de la noche, en que daba muestras de su dominio de la técnica al escribir sonetos bien armados y se atrevía con el difícil género del poema en prosa. En «La noche del inmortal», en su primera versión, se habla de las acciones de un incendiario al que no se le menciona, así Pacheco permanece fiel a la condena que sufrió el gran destructor: que su nombre lo cubriera el olvido mediante la prohibición de decir su nombre. En el texto sólo se alude a él refiriendo sus acciones, lo que se describe dibuja al protagonista que pega fuego al edificio sagrado, y el tono adoptado para sus palabras es el del poema, que anuncia ya lo que Pacheco logrará en este género: «Una llama se eleva hasta donde se curva el firmamento y ese flexible río que entra a saco en la noche es una mano que, despiadada y voraz, ata mi dicha; desde el peñasco puedo ver sin peligro la confusión, el miedo, la sorpresa. Es en vano la lucha contra el fuego: terminará el festín un alba de cenizas.» En la segunda versión el incendiario aparece con su nombre. «La sangre de Medusa» es de suma importancia en el sentido de que esa breve narración contiene gran parte de los rasgos que caracterizarán su escritura. Están presentes en el texto los temas que una y otra vez vertebrarán su visión del mundo: el espejismo de la felicidad, la imposibilidad de hacer reales las utopías, el desastre en que el hombre se empeña ante su entorno, del que surge un enfoque pesimista de la condición humana, la inexorable humillación a que nos condena el peso de la edad. En el cuento el destino de Pegaso es el triste reflejo de nuestra existencia, la engañosa liberación que la violencia hace posible y que sólo es un desarreglo de los sentidos, envuelta en una nebulosa de ensoñación: «Y en su prisión de piedra, él espera que llegue, perforando las nubes, el caballo con alas y dé libres relinchos, que nació, como la llama, de la sangre maldita de Medusa.» Era el punto de partida para sus cuatro grandes libros: Morirás lejos y Las batallas en el desierto, en la ficción, y El reposo del fuego y No me preguntes cómo pasa el tiempo en la poesía. El presente texto fue publicado en el número cuatro (mayo 2014) de Casa del Tiempo.

Miguel Ángel Flores. Profesor de tiempo completo de la uam-Azcapotzalco. Ha publicado poesía, ensayo y traducciones de poesía, entre sus libros destacan Pasajero de sombras y Sentimiento de un accidental.


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N o el M art í ne z Alicia y el tiempo La primera nevada después de mucho tiempo. Ahí nunca se sabe cuando nieva. En la única casa que se extiende en los confines del bosque vive una niña sola; no se sabe por qué está sola, interminablemente sola, con su vestido blanco, interminablemente blanco, entre las sombras de los troncos de los árboles inmensos. La nieve y un frío superficial se desbordan a través de la ventana y evocan en la mente de la niña el frío original. No recuerda cómo llegó ahí, ni desde cuándo; solo está ahí en una cabaña en medio del bosque. Va y viene, no muy lejos, porque el bosque es sombrío y a la oscuridad le atrae la luz de su vestido. Nunca se aleja demasiado de casa, ronda en los alrededores, se sienta frente a la ventana a esperar el tiempo. Temerosa de rasgar su luz, se niega a internarse en el bosque. Un día juntando bayas (para un hambre que no existe) encontró entre las hojas una esfera de cristal; en la esfera había un paisaje de bosque, una cabaña y una niña en la ventana: se vio a sí misma y de horror estrelló la esfera contra las piedras y en ese instante despertó. Despertó en la casa de sus padres y fue al tocador donde su madre guardaba ese objeto de adorno de algún viaje, igual al que había encontrado en el bosque, y lo estrelló contra el piso; en ese momento volvió a despertar en la cabaña del bosque. Pensó que tendría que encontrar otra esfera, se adentró en el bosque y rasgó su luz; llegó a una caverna, entró y se vio en el umbral a una criatura antigua, dormida. Pensó que esa criatura era el tiempo que nunca llegaba.

Paseo por el bosque Fue de excursión al bosque. El bosque estaba maldito porque fue profanado por la masacre (antes, mucho antes, en otro tiempo remoto). Las huellas del mal persisten en el tiempo. En el futuro se podrá ignorar el pasado pero no queda libre de sus efectos. Así le ocurrió a esa persona cuyo nombre será mejor no mencionar. Se perdió en el bosque. Erró sobre la sangre convertida en tierra hasta que murió de sed o cansancio. Pero él ignoraba que estaba muerto y seguía vagando en el bosque. Luego se encontró con los muertos, pero los muertos no lo reconocieron; lo persiguieron. Huyendo llegó a una cabaña roída y en el interior encontró a un hombre devorando a una persona viva, su rostro era el de él mismo.

Regresar a casa

Noel Martínez. Es licenciado en Filosofía. Narrador y poeta.

Después del trabajo llego a casa; abro la puerta, en el interior observo una casa distinta, otra familia. Cada uno de sus miembros me son por completo extraños, aunque yo soy de lo más familiar para ellos; igualmente me dejo querer y ahí me quedo. Después de todo, ellos no me consideran ajeno. A los días salgo de la casa y al regresar encuentro, igualmente, otra familia. Sigo el mismo procedimiento: hacer como que soy.


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D ere k W alc o tt Traducción de Óscar Paúl Castro

Winding up (1930)

I live on the water, alone. Without wife and children. I have circled every possibility to come to this: a low house by gray water, with windows always open to the stale sea. We do not choose such things,

Concluyendo (1930)

Vivo en el mar, solo. Sin esposa y sin hijos. He recorrido todas las posibilidades hasta llegar a esto: una humilde casa junto al agua gris, las ventanas siempre abiertas hacia el fatigado mar. Uno no elige tales cosas, pero somos al fin lo que hemos hecho. Sufrimos, los años pasan, aligeramos nuestra carga pero no nuestra necesidad

but we are what we have made. We suffer, the years pass, we shed freight but not our need for encumbrances. Love is a stone that settled in the seabed under gray water. Now, I require nothing from poetry but true feeling, no pity, no fame, no healing. Silent wife, we can sit watching gray water, and in a life awash with mediocrity and trash live rock-like. I shall unlearn feeling, unlearn my gift. That is greater and harder than what passes there for life.

[From Sea Grapes] de obstáculos. El amor es una piedra asentada en el lecho marino bajo el agua gris. Ahora no necesito nada de la poesía, salvo el sentir puro, no busco en ella compasión, ni fama, ni alivio. Silenciosa esposa, podemos permanecer sentados contemplando el agua gris, y en mitad de una vida inundada de mediocridad y basura vivir como las rocas. Olvidaré cómo sentir, desaprenderé mi talento. Esto es más importante y difícil que lo que nos quieren hacer creer que es la vida. Derek Walcott. Poeta, escritor de obras de teatro y artista visual. Premio Nobel de Literatura en 1992.

[De Las uvas del mar] Óscar Paúl Castro. Poeta y traductor. Autor de Puzzle. Mantiene la página de Internet tradiuttore.wordpress.com.


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Afrodita en la minificción Nota y selección de

D ina G rijalva E n las miniaturas te x tuales que han recibid o decenas de nombres y que aqu í llamaremo s mini f icciones p odemo s enc ontrar todas las pasiones que no s inquietan: el amor , el odio, la muerte , la envidia , l o s cel o s , el deseo.

En esta forma escritural, como en otros géneros literarios, la variedad de temas es tan diversa como diversos son los sentimientos, emociones y vivencias humanas. Podríamos parafrasear la célebre frase de Terencio y decir que a la minificción nada de lo humano le es ajeno. Hay minicuentos en los que leemos historias de la cotidianidad, o de terror, en algunas leemos la recreación de sucesos históricos, o versiones de personajes emblemáticos y de héroes mitológicos. Asistimos también al resurgimiento y transformación de la fábula y el bestiario; lo fantástico está presente en otro buen número de estos textos breves. Lo mismo podríamos decir de la ficción científica. El amor, el desencuentro amoroso, la infidelidad, los viajes, la muerte, los recuerdos de infancia, los oficios, son temas centrales en algunos minicuentos. Y encontramos también minificciones en donde —con muy diversos matices, desde la leve alusión hasta una presencia más explícita— aparece el erotismo. Eros y Afrodita se pueden presentar en un amplísimo espectro de matices: desde la alusión velada al deseo del encuentro con el cuerpo amado hasta descripciones más o menos directas del placer que la experiencia erótica despierta, pasando por todos los tonos y gradaciones posibles. Si este nuevo género de la minificción —formado por «cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas», según el feliz acercamiento del teórico y escritor David Lagmanovich— recurre a diversas estrategias retóricas para lograr textos en donde lo omitido es tan importante como lo dicho, en los minitextos en donde se alude al deseo, al

placer y al encuentro de los cuerpos esto cobra una importancia esencial. Por ello, tal vez el más importante y frecuente de los recursos que está presente en las minificciones eróticas sea la figura de la elipsis. Aquí lo elusivo se engarza con lo alusivo, que es tan propio de la escritura erótica. Si en muchas minificciones lo silenciado es tan (o más) relevante como lo dicho, cuando lo que se busca expresar es el deseo o el placer, los silencios cobran enorme importancia; es decir, el lector dota a esos silencios de una intensidad que tal vez no se hubiera logrado de otra manera. Así, lo eludido será lo que permita el efecto buscado por la autora o el autor. Si una característica de la minifición es la necesidad de contar con un lector activo, en las minificciones eróticas este será un rasgo primordial: el lector deberá llenar los silencios, desarrollar las sugerencias e imaginar lo aludido o esbozado. Como veremos, también se recurre a imágenes sensoriales, que estarán presentes en varios de los textos seleccionados. Leeremos a continuación algunas minificciones de autoras latinoamericanas en donde la presencia de Afrodita se hace visible con toda la fuerza del deseo y del placer femenino.

Dina Grijalva. Ensayista y narradora. Doctora en Letras por la UNAM. Ha publicado Eldorado: evocación y mito en la narrativa de Inés Arredondo; Eros: juego, poder y muerte, el erotismo en la narrativa de Luisa Valenzuela; Goza la gula; y Las dos caras de la luna.

Entre los besos C armen M art í ne z M ar í n Los besos parecen peces que flotan entre los intervalos de las olas, fundiéndose entre labios de sabores marinos de milhojas dulces, escritos sobre la mar en su caleidoscopio, son besos de colores que navegan entre caricias de agua, fluyen y salen a nado en busca de bocas o vienen mezclados entre las redes de los pescadores cuando llegan a puerto. Sentada en la orilla, sobre la fina arena o asomada por la ventana de un cuadro conocido, está esa mujer de azul que contempla el mar y la magia de los besos. Entre los besos dados y los que le quedan por dar, se queda con los últimos.


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Kamasutra C armen de la R o sa Después de que la mujer elástica y el hombre forzudo hubieran practicado por primera vez acrobáticas posturas amorosas, en su roulotte, a la hora de la siesta, él, tierno y solícito, vuelve a encajarle a ella los húmeros en las escápulas, los fémures en los acetábulos, los radios en los escafoides. Ninguno de los dos ha disfrutado tanto nunca.

Juegos de seducción I ldi k o V aleria N assr Afuera los niños cantan: Antón, Antón, Antón pirulero. Adentro, la cama destendida. Vos en mí. Cada cual, cada cual atiende a su juego.

Salida I ldi k o N assr La mujer en mí se viste de loba y sale al mundo a mendigar un cazador.

Mas polvo enamorado L ilian E lphic k Soñé contigo, Pelá. Soñé que te hacía polvo y que tú me lo agradecías.

Pasiones P í a B arr o s Aunque enraizara los huesos en la tierra, toda mi carne se arrancaría en tu búsqueda.

Cama con espejos I sabel W agemann M o rales Reflejados infinitamente en los espejos de uno y otro lado de la cama, hicimos todas esas veces el amor.

A lejandra C ap o z z o li La cama —seda oscura— nos espera. Aroma de sexo y jazmín. Cruje la puerta. No somos nosotros. Pero ella —infiel— se abre igual.

Propiocepción amorosa G ui o mar C arrill o Ocurría con frecuencia que al acariciarte yo también me diluía.

Helados de limón y frambuesa Á ngela P radelli Gastón está de pie, frente a la mesa de las salsas y los licores, sirviéndose doble medida de limoncello sobre la copa helada de amarena. Las piernas largas de Carolina caminan apretadas pero ágiles dentro de la minifalda roja del uniforme de la heladería. El rojo de la pollera combina con el bronceado de las piernas. Carolina se ríe nerviosa cuando Gastón le dice que quiere probar la especialidad de la casa. Él tiene una bermuda naranja, un par de ojotas negras y una tobillera de mostacillas amarillas. El pelo largo le cae pesado y brilloso sobre los hombros. Gastón termina el cuarto helado de la noche, frambuesa bañado con abundante limoncello. Después la sigue por el pasillo que une la heladería con los locales del fondo. Lo hacen detrás de las heladeras donde se almacenan las cremas. A ella le gusta la forma descontrolada en que él la besa y el perfume que se desprende de su pelo brilloso. Él le embadurna los labios con crema helada y después la besa hasta dejárselos limpios y húmedos. La voz ronca del dueño de la heladería atraviesa el pasillo gritando Carolina. Ella siente el dulzor de los labios de Gastón y la acidez húmeda del limoncello atrapada en los bordes suaves de las encías. Las manos anchas de él acarician la espalda desnuda de Carolina. Con suavidad, ella aprieta entre sus labios un lunar oscuro que Gastón tiene en el hombro, parece una de esas almendras partidas del chocolate italiano. Ella no distingue ya la acidez del limón, el dulzor de la frambuesa o la sequedad de la almendra pero no le importa ni eso ni nada, ni siquiera la voz gruesa del dueño de la heladería, esa voz de caverna que recorre otra vez el pasillo gritando su nombre.


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Poema

A . E . Q uinter o Sé que todo está bien. Pero qué ansiedad el que tus manos no estén en el lugar donde solías ponerlas. ¡Qué manera de irnos olvidando tiene esta casa cerrada! Ya le da igual si la puerta está o no fingiendo sueños o creando insomnios cada vez más largos. Pero este sigue siendo un poema de amor aunque siempre mires hacia la ventana. Tal vez mañana los pájaros traigan las primeras lluvias de esta primavera sin nombre; y tal vez mañana se llene de pensamientos jóvenes el nomeolvides. ¡Qué nombre tan terrible tiene el no-me-olvides cuando dos se han amado tanto y viven juntos! Tiene nombre de otra calle, suena a otras llaves golpeándose nerviosas en otro domicilio. Y se oye como unos pasos en puntillas no queriendo despertar a nadie. Pero así es esto del deseo, dos lámparas de noche mirando hacia esquinas diferentes. Este poema pertenece al nuevo poemario de A. E. Quintero, La telenovela de las cuatro no se detendrá porque alguien logró matarse, de reciente publicación por Ediciones Simiente.

A.E. Quintero. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2011, Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa.


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De Tijuana

Ana Chig Es posible que me desplomara con el rostro vuelto hacia la ciudad. W islawa Szymb orsk a

Me voy de la ciudad A una esquina cualquiera de este Norte He subido al sueño, bajado el puente Recorrido tu desnudez —oh, estos dedos que hoy palpan tu ausencia— Hice brotar nódulos entre mis manos Una y otra vez tu sexo, los gestos, la sábana, el borde La herida en una ciudad —pienso— Calles y avenidas, arterias y cicatrices Nubes, sombras insoportables depositadas entre los días   Llegué a ti, nómada, provincial en cada sitio de tu cuerpo encontré un fruto en cada noche un espasmo, abandono, despertar   Recorrí un puente que asomaba interminable Hablé con hombres que dormían en las aceras La ciudad a veces fría, misteriosa, a veces puta, impasible Otra como la de aquel abril que nos dio luna roja en negro follaje…   Ser mujer en la ciudad, ser poeta en la ciudad, ser alma, pena, límite, juego, árbol, polvo, oquedad ser mirada extraviada, humo sostenido color unificándose lentamente en el atardecer

Ana Chig. Poeta. Reside en Tijuana desde 1994. Ha colaborado en recitales y talleres de creación literaria.

Mar sobre el mar

R ub é n R ivera

El cielo nublado, crece la marea difundiendo la tristeza. Ella se ha marchado y la casa está vacía. El llanto me hace otro corazón.

Se disipa el aroma de las almejas. La cama sola y fría huele a su piel constelada de estrellas. Cierro la ventana y me recuesto, la luna se enreda en la cortina. Su luz me ayuda a soportar la soledad.

Suspiro cuando la veo llegar desde los mangles, cabellera suelta al viento. Suspiro como si agonizara por el encuentro después de la ruptura. Se me escapa el aliento, desesperado por escuchar que me ama. La miro sin cansarme de verla y me olvido hasta de que tengo hambre.

Rubén Rivera. Poeta y fotógrafo. Recientemente coordinó el libro Juguetero de versos.


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Leonora Carrington: 1 Cierto mal de ausencia F elipe V á z que z Y así el hombre, como trascendencia existente ascendiendo en posibilidades, es un ser de lejanía. Sólo por la lejanía originaria, que él configura en su trascendencia hacia todo ente, crece en él la verdadera proximidad de las cosas.

M artin Heidegger La mirada tiene tres formas primordiales de expresarse. Ver es el registro de las imágenes inmediatas que capta nuestro campo visual. Observar es sinónimo de disección, describe y enjuicia; casi siempre es una toma de partido, una actitud ante lo que se mira. Contemplar, en cambio, es hacer de lo mirado una imagen de nuestra experiencia interior; nos revela cierta unidad original: mirar hacia afuera significa mirar hacia adentro, y viceversa. Es concebir lo otro y al otro dentro de la semejanza: soy lo que miro, o bien, soy en lo que miro. Esta forma de mirar —diferente en cada época— es propia del místico y del artista. Para el primero, la contemplación lo lleva a comulgar con lo Otro, a ser en el Ser, a unificarse con el Todo, a colmarse en el Vacío. Para el artista, hoy, es un reconocimiento de lo sagrado tanto en el mundo como en sí mismo; una forma de reconciliarse —por vía negativa casi siempre, al menos para los artistas modernos— con el ser. Lo sagrado aquí no implica dios o religión alguna sino «la percepción —diría Octavio Paz— del otro lado de la realidad». Es un éxtasis terrenal, un salirse de sí para ir al encuentro de uno mismo. Expresa la invención de otro mundo, pero no aquel fuera de la realidad sino ese otro que es este. El trabajo del artista radica entonces en hacer que, mediante imágenes sonoras, verbales o plásticas, encarne su visión extática o su experiencia de lo sagrado. (No olvidemos que, en el arte, el medio es ya fin; y la estructura, contenido.) La obra, así, puede considerarse como un espejo epifánico. Un espejo que, para quien sepa mirarlo, recrea la experiencia espiritual del artista y nos hace participar en ella. Puede verse también como el deseo, no siempre ingenuo, de querer eternizar un momento límite de nuestra vida. Y si aventuramos que los diversos lenguajes del arte pueden ser inmediatos o discursivos, desde el punto de vista temporal, nadie más privilegiado que el pintor, pues nos da una imagen instantánea y total de su experiencia contemplativa, sin importar que su cuadro sea narrativo. En efecto, al mirar un cuadro asistimos a la aparición súbita de lo sagrado. Aparición que dentro de la pintura surrealista adquiere la virtud de lo insólito. Dirán que dicha virtud es una característica de todas las vanguardias y que viene incluso de los poetas barrocos. Cierto, pero si para los escritores del Siglo de Oro la sorpresa era ingeniosa y agresiva casi siempre, producto del regodeo intelectual, para los surrealistas es pasional y mágica, subversiva. Basta contemplar los cuadros de Leonora

Carrington: el asombro, el desasosiego y la sensación de ser arrebatados hacia lo otro, son las características fundamentales de su estilo. Sin renunciar, no obstante, a la inteligencia y al humor, lo insólito nace de una especie de encantamiento que alguien ejerciera desde la región de los sueños, en las oscuridades del deseo, y que poseyera cierta inocencia demoniaca. Sus cuadros escenifican ciertos ritos de abandono, de rapto hacia ¿qué? Son una ceremonia de extrañeza. Y no porque la presencia de lo otro sea extraña de por sí, ni porque surja de lo más incomprensible de nosotros, sino porque la mirada de Leonora Carrington es esencialmente extraña, y tiene conciencia de ello. No quisiera hablar de los pliegues míticos de su erotismo ni del diálogo que mantiene con la tradición hermética. Tampoco de aquellos seres que tienen la consistencia del aire o de la sombra, ni de los muros que se diluyen en el cielo. No hablaré de las metamorfosis de los personajes ni de que las fronteras entre lo humano y lo bestial no existen. Tampoco de sus afinidades iconográficas con los bestiarios de la Edad Media y del Renacimiento, ni de la alquimia pictórica del sueño. No abundaré sobre cuestiones académicas en torno a la vanguardia, ni sobre su belleza legendaria de sacerdotiza tempestuosa. Quisiera hablar de esa vaga indiferencia que no dudo en llamar metafísica, y que no está reñida con una contemplación lúdica y ardiente. La aparición de la lejanía, en los cuadros de la Carrington, está poblada con los signos de la presencia. En un soneto, Garcilaso de la Vega habla del desamparo amoroso como un «mal de ausencia». Sin referencias petrarquistas y lejos de cualquier tópico, podemos decir que tanto los personajes como la composición de los cuadros de Leonora Carrington están poseídos por cierto mal de ausencia. Todos, incluso los muros y los paisajes y las esculturas, celebran rituales que no podemos llamar absurdos, irónicos, secretos o terribles porque no sabemos en qué consisten ni cuál es su fin, excepto que dan lugar a los misterios de lo ausente y que nos producen ese desasosiego que nace cuando nos sentimos tocados por lo desconocido. Sabemos además que se desarrollan en lugares donde campea una fantasmagórica melancolía y que fueron pintados con la fascinación de quien ve con inocencia los enigmas que oculta el otro lado de la realidad, sin importarle si dicha visión —ahora sí— es para nosotros absurda, terrible o irónica. Esto, sin embargo, no nos impide percibir que los personajes —sean hieráticos o


15 carnavalescos— adolecen de una implacable soledad. Pero no lo saben. E incluso: «Los personajes imaginarios no son conscientes de sus características —dice Juan García Ponce—; como todos, demasiado ocupados con ser, no se ven a sí mismos, ni ven el mundo». Obstinados en ser, no se saben ser. Cada personaje está preso en el invisible laberinto de sí mismo; y lejos de sí, no extraña que la presencia de los otros le sea indiferente: como él mismo, están en otra parte. Igual que ellos, existe; dicha existencia, sin embargo, cobra sentido si la miramos desde la región de lo imposible. La conciencia de la soledad, dice Octavio Paz, es saberse otro y no estar con ese otro que somos. Agnósticos de sí, los personajes evidencian una distancia insalvable consigo mismos. Son su otro, y ese otro cobra cuerpo en el cuerpo de su propia ausencia. Pero esta grieta impalpable que los separa de sí, los separa también de su mundo. No están donde están. De modo paradójico, están a nuestro lado y su materialidad nos abruma (tampoco importa si poseen una solidez volátil). Seres imaginarios, su presencia adquiere a veces una realidad inusitada, acaso más real que la nuestra. Y aún: nos miran como si no existiéramos. Si el otro no existe, como ironiza E. M. Cioran, es natural que nos miren sin mirarnos; pues ellos son el testimonio de nuestra otredad, es decir, somos la encarnación de su lejanía ontológica. Así, entre espectador y cuadro aparece también una grieta que adquiere la forma de un espejo imposible. Instalados en este último plano, no es difícil advertir que uno de los nombres de esa grieta se llama ironía —esa forma de mirar que abre una distancia desapacible entre la mirada y lo mirado—. Y sin embargo, he aquí otra paradoja, cada cuadro nos revela una visión de la unidad adánica. La mirada (la pintura) de la también escritora inglesa conjuga lo sagrado con cierta irónica desolación —experiencia que debieron tener las antiguas profetisas, para quienes abrir a voluntad las puertas del tiempo, las puertas de lo otro, debió ser una fatalidad mezcla de humor y tragedia—. Pero no solo transfigura los diversos planos del tiempo en el plano panóptico del instante, hace lo mismo con los del espacio. La obra pictórica de Leonora Carrington puede verse en su conjunto como un laberinto circular donde cada cuadro es una puerta secreta que contiene a su vez otras puertas que de pronto dan a un paisaje penetrado por una luz telúrica, a la penumbra de un animal abismado en su propio ser, al muro cuyos signos son llaves que nos permiten ver a través del muro, o bien, a la sala donde, junto con otros personajes (y aquí ya somos parte del cuadro), vemos de súbito a la hija del Minotauro. Salir de un cuadro significa entrar en otro y así sucesivamente. Aunque algunos cuadros se abren hacia espacios metafísicos —como en Are you really Syrious?—, su concepción de espacio difiere tanto de la de Giorgio de Chirico como de la de René Magritte. En efecto, aunque algunos cuadros coinciden con las propuestas de los pintores que he mencionado, incluso por el hecho de que la «pintura metafísica» puede ser establecida como la cristalización de una ausencia, las composiciones de Leonora Carrington poseen una vivacidad que las singulariza. Si los espacios del pintor italiano, por ejemplo, están habitados por una soledad mineral, por un silencio sin salida, por enigmas inanimados cuyo desvelo inminente limita con el horror, si una sombra junto a un muro nos da la visión de la vastedad, si la memoria se manifiesta como una glacial ironía, si la atmósfera nos insinúa los misterios del vacío y si todo se halla poseído por una «nostalgia del infinito»; en los espacios de la pintora inglesa, en cambio, se palpa una «soledad sonora» —tomo el verso de san Juan de

la Cruz—, una indiferencia cósmica no exenta de cierto erótico delirio y un drama sonámbulo cuyo protagonista es el humor corporal. Sus pinturas escenifican las metamorfosis de la fijeza, son superficies que —desgarradas entre la oscuridad y la luz— dan lugar a las apariciones de lo insólito. No son espacios cuya desierta irrealidad se vuelve impenetrable, como en De Chirico, sino espacios cuya pluralidad intrínseca da como resultante un espacio inmaterial, ausente de sí. Luego, si en un cuadro todo es concebible, su espacio interno es entonces inconcebible. ¿No es esto otra apuesta irónica? Por otro lado, es cierto que a veces somos un protagonista más en el cuadro, pero a diferencia de los personajes, que miran con naturalidad, nosotros lo hacemos con fascinación. Esto es explicable: excepto en el instante privilegiado del acto contemplativo, somos, entre ellos, los únicos intrusos, los que han olvidado el rito, los que cruzaron la puerta pero se quedaron afuera, los que a fin de cuentas no han salido de las cárceles de su conciencia. Al hablar del hastío, de la sensación de extrañeza existencial que en nosotros se posesiona de modo subrepticio, del enrarecimiento interior, Cioran acuña el término «mal de lejanía». Si lo descontextualizamos levemente, podemos decir que así se llama ese sentimiento de exclusión que sucede a la experiencia contemplativa. Somos entonces los personajes no invitados al festín de la otredad, o mejor: somos, al cabo, los convidados de piedra en el banquete de lo sagrado. El acto contemplativo de Leonora Carrington evidencia un tejido muy complejo de miradas. Ante sus cuadros uno asiste a la presencia de la lejanía y, cual si fuese un espejo, nos reconocemos en ella. Esto debido a que la mirada de la pintora está poseída por cierto mal de ausencia; mal que su pintura escenifica, que los personajes celebran como un rito y que lo padecen como una condición de ser. 1 De Cazadores de invisible. Antología personal, Fondo Editorial Estado de México, colección Summa de días.

Felipe Vázquez. Es autor de Tokonoma y Signo a-signo; Archipiélago de signos. Ensayos de literatura mexicana, Juan José Arreola: la tragedia de lo imposible y Rulfo y Arreola: desde los márgenes del texto; De apocrypha ratio y Vitrina del anticuario. Ha obtenido el premio nacional de poesía Gilberto Owen y el premio nacional de ensayo literario José Revueltas.


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Instantánea de ensayo que se muerde la cola R am ó n C astill o

Perteneciente a la variedad de l o s reptiles , este tip o de escritura es una serpiente de anill o s multic ol o res cuyo brill o tornas ol enga ñ a a la vista . E l ensayo es un animal que muda de vestimenta , se transmuta , se recrea y a veces emerge c on una pin ta p or c ompleto distinta . E n muchas o casiones , se muerde la c ola para definirse , para relatar la f orma c omo están c onstituid o s sus adentro s o e xplicar al lector algunas de sus peculiaridades . S in embarg o, c omo buen saurio, este tip o de literatura es sa ga z , desc onfiada , sigil o sa y se niega a mo strarse de manera abierta y de una s ola vez . Observados en cualquier tipo de situaciones, los ensayos tienen movimientos inesperados, salidas ocultas, entradas diversas que los hacen sumamente deseables para cazadores que admiran la agilidad de su especie. Son muchos los observadores de probada seriedad que aseguran haber constatado que la serpiente-ensayo se escapa siempre de la pedregosa superficie académica, un terreno que por lo regular no le sienta bien. De acuerdo con varios manuales de zoología, para emerger fluido y disparatado, este reptil demanda espacios donde se respire con mayor holgura y no se encuentre ninguna restricción, léase aparato crítico, para su movilidad. Es digno de notar que, idéntico al camaleón, posee la habilidad de camuflarse con el ambiente y uno se pre-

gunta a cada página si eso que está leyendo es o no un ensayo, y de ser así, de qué tipo. No hay necesidad de inquietarse al llegar a esta encrucijada, ya que estos bellos lagartos son escurridizos por naturaleza. Así que lo mejor es evitar apresarlos en la rigidez de las clasificaciones y en su lugar permitir que desplieguen el atractivo multicolor de su epidermis literaria. Linneo observó que el ensayo transmuta su figura de maneras increíblemente variadas, su aspecto, longitud, movimientos son por demás inagotables. En su Inventario de serpientes-ensayo y otros animales escriturales, publicado en 1775, el erudito sueco enumera al menos trescientas clases. Los hay breves, sustanciosos, ligeros, pesados, arrogantes, ciegos, torpes, mostrencos,


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procaces, ingeniosos, maledicientes, superfluos, holgados, pertinaces, en fin, las palabras dictan el caudal de su número. Estudios más recientes señalan algunas otras características. Una forma que al lego le puede resultar de gran ayuda para identificarlos es que el ensayo cuenta, entre la tercera y cuarta vértebra de su fisonomía, un vestigio de alas, el remanente de su condición heterogénea, mutante, reptil pero también ave prehistórica. Un ensayo es, al conjuntar ambas naturalezas, el dragón mitológico de oriente, el monstruo marino de los navegantes europeos, el eslabón perdido entre regocijo y sapiencia. Se sabe que muchos ensayos, sobre todo los mejores, vuelan entre la imaginación, la gracejada, los datos curiosos, las posturas indefendibles, las arrebatadas exclamaciones de principios así como la ligereza de las teorías inusitadas. Si bien lo cierto es que no todos los ejemplares de este grupo realizan dichas acciones, los que son de raza pura tienen, al menos, alguno de estos indicativos para su mejor calificación. Otra manera de saber si un ejemplar es de la clase ensayos literatus consiste en contemplarlo directamente a las pupilas, bajo una buena luz, por supuesto, para distinguir el rastro de la inteligencia, la malicia y la diversión de sus autores. Sin duda, hay polémica en este último punto. Observemos las posturas más encarnizadas al respecto. Los taxónomos sugieren dos ramificaciones básicas en las que estos especímenes se distinguen debido a si tienen o no la marca del divertimento al realizar la prueba ocular. Una variante evolutiva clásica es la francesa. A ella pertenecen los ensayos-serpiente que creen que deben ser prueba de todo cuanto saben, que son el vehículo perfecto para exponer sus grandes ideas, sus profundas intuiciones y sus desgarradoras verdades. Por desgracia estos ensayos casi nunca salen a la luz solar y no presumen en absoluto un dejo de humor. De tal manera que encontrarlos implica cierta densidad de espíritu. Por otro lado, tenemos la clase de ensayo de tipo inglés. Los reptiles sajones, de manera irónica, pese a desarrollarse en clima húmedo, frío y lluvioso son de naturaleza solar. Es fácil encontrarlos al aire libre, desplazándose elegantemente por los jardines, bosques y ciudades. Las sierpes ensayísticas de esta clase suelen tener una complexión más sutil, movediza, sinuosa, además de contener todo su poder en un solo sitio. La concentrada esencia de su naturaleza radica en el órgano que expulsa su veneno, es decir, aquel folículo que lo recorre de orilla a orilla y se ha bautizado de manera asaz afortunada como la glándula humorística. Entre los muchos registros que se tienen al respecto, otro dato que hay que tener en consideración es que el ensayo es un animal que en las noches engaña con sus sonidos, hipnotiza con su baile, seduce con sus movimientos a otros géneros literarios con el fin de comérselos. La imagen de un ensayo que está digiriendo alguna novela, poema, entrevista o cuento es frecuente en los campos donde estos seres deambulan. Desde voluminosas obras completas hasta diminutos y filosos apotegmas, el ensayo los engulle con alegre impasibilidad. No tienen una dieta específica pero se sabe que depende de su alimentación si desarrollan humor, profun-

didad, soltura, erudición, etcétera. Se ha verificado que las citas, especialmente las procedentes de textos literarios, les caen muy bien. No son por completo necesarias para su crecimiento, mas se observa que aumentan la producción de membranas elocuentes a lo largo de sus párrafos. Una referencia asumida con oportunidad les resulta útil para agilizar sus traslados creativos. No obstante, hay que tener cuidado en el proceso de alimentarlos con alusiones excesivas, pues como lo indican los registros, las demasiadas citas o mala digestión de ellas es la primera causa de mortalidad de los ensayos en su hábitat natural. La forma de evitar esto es darle al ensayo lo que pida, no forzar las cosas, permitir que determinen su velocidad, intenciones y alcancen la cantidad de información que le sea necesaria. Cuando estos ofidios se desplazan por las bibliotecas su instinto merodeador es el que guía el derrotero de su caza. Siempre están al acecho de datos nuevos, ideas originales que se mueven sin preocupación, que no se percatan de la mirada incisiva, predadora de un ensayo hambriento que espera el instante oportuno para hincarles el diente. A partir de observar libros masacrados, subrayados, deshojados, con las páginas dobladas e infinidad de anotaciones se sabe que los ensayos poseen un complejo procedimiento para extraer los jugos esenciales de sus víctimas. Por lo regular, tras un periodo digestivo que va de los tres días a varios meses, los cascarones masticados, inservibles, secos de textos, libretas y demás apuntes aparecen en los escondites de estos fascinantes seres literarios. Contar con un ensayo en cada casa implica muchas cosas. Por principio de cuentas, los ensayos perciben el aroma de la pedantería gratuita y siempre habrán de preferir la fisgonería desbordada. Son proclives a enredarse en la pluma de los coleccionistas de datos, seducen al disparatado amante de lo peculiar, son fieles acompañantes del ocioso irredento. Protegen a los niños y jóvenes de los peligros del acartonamiento escolar y a los adultos los liberan del aburrimiento causado por la rutina. Es imprescindible alimentarlos de noticias, datos y curiosidades para mantener su piel reluciente. Si posee un ensayo no olvide que a pesar de su belleza son peligrosos pues fomentan el desacato, la inconformidad, generan espasmos imaginativos y, además, se pueden reproducir fácilmente si se les ofrecen rarezas en abundancia. A cambio de esto, tendrá el placer de arrullarse con el inteligente seseo de sus conversaciones así como el espectáculo de observar la policromía de sus escamas al regodearse en su luminosidad. El presente texto fue publicado en el número tres (abril 2014) de Casa del Tiempo.

Ramón Castillo. Egresado de la licenciatura en filosofía de la UdeG. Becario en el área de ensayo de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2009 a 2011.


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Cinco poetas chilangos Sobre los archipiélagos del baile vuelo como un parapente como un cóndor

Solo el olor, la promesa. Uno las ve perderse, al doblar la calle, girando el cuello para prolongar la despedida.

La polinesia americana desenrolla un textil un tentáculo de flores Polisensia: continente a la deriva ríos bosques espirógrafos cities safari turquesa

Ellas contienen en su aroma todo el jardín.

A nt o ni o P uente

Naturalmente este era un viaje muy antiguo hacia el futuro.

Y a x k in M elchy Destellos filiformes las muchísimas hojas, follaje entregándose a lo líquido. Ahora árbol el viejo corazón, que parecía una moneda.

Guitarra Un llorar, un llorar que se toca con una mano suave. En mi cuerpo las cuerdas se tensan, vibran en la superficie curva de mi voz.

R aciel Q uirin o

Hasta el fondo sus raíces, trémulas también de agua.

A nt o ni o R iestra En serio Inti García Santamaría. Es autor de Nunca cambies. Poemas 2000-2010. En 2010 obtuvo una residencia artística en Estación Pringles, Argentina. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA (2005-2006).

soñé que te extrañaba

Yaxkin Melchy. Ha publicado El nuevo mundo, El sol verde y Los poemas que vi por un telescopio, entre otros.

así que salí desde temprano a ver a quién veía para dar una vuelta

Antonio Puente. Estudió Filosofía en la UAM-I y Letras Hispánicas en la UNAM.

y las avenidas estaban solas.

Antonio Riestra. Poeta y promotor cultural. Textos suyos aparecen en revistas y periódicos de circulación nacional. Raciel Quirino. Poeta. Autor de Western (FETA, 2012). Becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA 2013-2014.

I nti G arc í a S antamar í a


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Los encantos de la hechicera

R afael T o ri z

A nte la circunstancia irremediable de la n o che — esa presencia ante la que tan po c o p odemo s — el mej or c obij o han sid o siempre las historias , que desde hace much í si mas lunas han servid o c omo alimento de la ho guera . Esas historias, cuentos que se tocan con las manos, cobran una dimensión inusitada si quien los cuenta es una bruja, mujer abocada a inventar sus propias criaturas, encantamientos tornasolados, espectros de mundos ambiguos: animales aparentes. La obra fantástica de Leonora Carrington (1917-2011), tanto plástica como literaria, encarna el maravilloso ejemplo de que un mundo extrañísimo es posible, y vive en este. Solo que para mirarlo con la mente es preciso colocarse los ojos en las manos. Célebre y reconocida por ser una de las principales pintoras surrealistas afincadas en México —las otras fueron Frida Kahlo y Remedios Varo—, la vida de Carrington estará marcada por el exilio y por la guerra, ya que luego de emparejarse con Max Ernst en 1937, habrán de separarse debido a que él sería considerado enemigo del gobierno de Vichy —junto con Carrington y otros artistas fueron colaboradores asiduos de diversos movimientos antifascistas— y por tanto encarcelado. Tras su detención, ella será internada en el Hospital Psiquiátrico de Santander, de donde escapará rumbo a Lisboa, ciudad en la que conocerá al poeta y diplomático mexicano Renato Leduc —bohemio de pura cepa y autor de hermosos versos libertinos— con quien se casará ipso facto, visitará Nueva York y finalmente llegará a México para divorciarse para siempre (pergeñaron, empero, un hermoso libro juntos: XV fabulillas de animales, niños y espantos). Para cuando llega a México, Carrington ya es la autora de la memoria autobiográfica En bas —que relata su experiencia en el manicomio en España—, del relato La casa del miedo y de las historias surrealistas contenidas en La dama oval. En el primer texto, ilustrado por Ernst, él la describe de esta manera en el prefacio: «se calienta con su vida intensa, su misterio, su poesía. No ha leído nada, sino que se lo ha bebido todo. No sabe leer. Y sin embargo, la vio el ruiseñor sentada en la piedra del manantial, leyendo. Y aunque estaba leyendo para sí, los animales y los caballos la escuchaban admirados». Su trabajo pictórico y escultórico es uno de los instantes más originales del surrealismo, nutrido en su caso por el imaginario celta y también el mexicano. Toda su obra está llena de seres fantásticos e inverosímiles, bestias semihumanizadas que remiten al Bosco: camaleones, dragonesas, cocodrilos y caballos. Híbridos entre el gallo y el gato, se trata de metamorfosis delirantes que incendian la materia sensible sobre la que posa su mirada. De ella Octavio Paz sostuvo: «no era una poeta, sino un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa que se convierte en pájaro, después en pescado y desaparece». La publicación del tomo Leche del sueño —en la hermosa edición artesanal del Fondo de Cultura Económica— es un suceso extraordinario digno de todo encomio, a la vez que un hermoso libro objeto. Durante años, Alejandro Jodorowsky tuvo en su poder una carpeta con nueve cuentos crueles y surreales, ilustrados

por Carrington. Se trata de lugares desde y para la imaginación, ese manantial permanente de la creación más auténtica, por ello son creaciones que no admiten etiquetas: es en realidad una compuerta al mundo de los sueños y las pesadillas donde hay niños que se comen las paredes y otros pierden la cabeza; un lugar en donde chicos hermosos depositan ratas inmundas en las camas de sus hermanas y donde aparecen cocodrilos que coquetean y son amables con muchachitos antipáticos. Hay también hombres con dos caras y niñas que comen arañas; y una especie de antifábula con zopilotes atrapados en gelatinas que habrán de ser devorados sin misericordia. Existen flores mortales de carne de chivo y mujeres blancas vestidas de negro que lloran lágrimas azules y verdes del color de los periquitos. Todo con ilustraciones que invitan a delirar. La libreta, según en el prefacio preparado por su hijo Gabriel Weisz, recoge las historias que su madre les contaba a él y a su hermano al amparo de la noche, el lugar de los miedos y la imaginación que alimentan toda infancia. Por ello, la publicación de esta bitácora surrealista nos ubica una vez más ante esa hoguera en las tinieblas, de la que no podemos escapar y en la que nunca estamos solos ni completamente a oscuras. Y es que acaso también nosotros, sin saberlo a ciencia cierta, somos el sueño y la pesadilla de los otros, los espectros y las criaturas: esa danza permanente con que sueña la tortuga. El presente texto fue publicado en el número tres (abril 2014) de Casa del Tiempo.

Rafael Toriz. Egresado de Facultad de Lengua y Literatura Hispánica (UV). Entre sus publicaciones destacan Animalia y Metaficciones.


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Una lectura de «Piedra de sol»

V í ct o r L una de lo emblemático. Lo que pide Diderot, para sentir el poema, es que cada lector se convierta en poeta, y en el fondo cada lector de poesía termina convirtiéndose en poeta, debe recrear el poema en su pensamiento y tratar de acceder a sus claves; crítica primordial, regreso al sentido étimo de toda crítica: la reconstrucción del poema, pero en «Piedra de sol» es más difícil aún, porque el poema encierra al lector en un círculo, plantea la infinitud de la lectura, el regreso eterno al comienzo, «Piedra de sol» es en este sentido una trampe le oeil del tiempo, una perfecta ilusión en la que cae el lector, funciona en un nivel parecido en el que funciona el famoso verso de Boileau: «Le momento où parle estdéjàloin de moi»; es en el presente en que «Piedra de sol» nos atrapa, ese presente del que Bradley creía que «es aquel en el que el porvenir, que fluye hacia nosotros, se desintegra en el pasado, es decir que el ser es un dejar de ser», por eso es que en el poema de Paz el poeta está en la búsqueda de un «instante», una hora, un día, un fragmento de tiempo definitorio en su destino y que le dé centro al poema, que sea el punto de partida de otro tiempo que rompa la circularidad:

Víctor Luna. Narrador y poeta. Su libro más reciente es Canción de juventud. Antología poética de Gilberto Owen.

busco sin encontrar, busco un instante, […] caigo en el instante, caigo al fondo, […] piso días, instantes caminados, […] piso mi sombra en busca de un instante, busco una fecha viva como un pájaro,2

Es el hoy lo que se lee en poesía, el hoy es el que lee, siempre, también por eso no hay más que relectura.

Henry Meschonnic

Pero cuál es esa fecha que pueda convertirse en el instante definitorio, considero que es la fecha de creación del poema, la fecha en que el poema fue concebido,3 no esa fecha en la que se articula una linealidad en el poema, cito:

El presente es perpetuo.

Octavio Paz Comprobar la reversibilidad de «Piedra de sol» nos sirve, no para escribir, desde un punto de vista original un artículo o ensayo sobre el poema de Octavio Paz. No. La originalidad es una utopía. La reversibilidad, el carácter eminentemente reversible de «Piedra de sol», solo sirve para comprobar su condición de emblema a la manera en que Diderot entiende lo emblemático de la poesía, cito: «Podría decir en este sentido que toda poesía es emblemática. Pero la inteligencia del emblema poético no le es dada a todo mundo. Hay que estar casi en el estado de crearlo para sentirlo fuertemente».1 Es en el adverbio en el que se mantiene la crítica respecto a «Piedra de sol», porque si el sujeto es su escritura no se le puede suplantar, en este sentido toda crítica es un intento de suplantación. Es por el adverbio que toda crítica es una relectura, por eso es que toda lectura de poesía es en el fondo una operación de relectura si se quiere participar

busco el sol de las cinco de la tarde templado por los muros de tezontle: la hora maduraba sus racimos y al abrirse salían las muchachas de su entraña rosada y se esparcían por los patios de piedra del colegio, alta como el otoño caminaba envuelta por la luz bajo la arcada y el espacio al ceñirla la vestía de un piel más dorada y transparente, tigre color de luz, pardo venado por los alrededores de la noche, entrevista muchacha reclinada en los balcones verdes de la lluvia,

La aparición de esa muchacha, esa visión de la mujer grabada en la memoria del poeta es un fragmento del instante primordial, del instante absoluto como origen del poema sobre el que «Piedra de sol» gira, regido por su sig-


21 no prehispánico: Olín 4, es necesario tener en cuenta que el Quinto Sol, tiempo en el que vivíamos de acuerdo con los aztecas, es llamado también «Sol de movimiento», así el poema articula su condición de emblema de la era del Quinto Sol. Reversibilidad del tiempo, mito del eterno retorno, es lo que propone «Piedra de sol», el infierno es circular, la historia tiende a repetirse, el hombre está encerrado en esos círculos concéntricos que son su historia y que dan la ilusión de transcurrir, cuando solo giran sobre sí mismos condenándolo a la cárcel del presente. Pero hay una escapatoria de este infierno circular del tiempo presente, sí: la experiencia erótica, el amor como la abolición del tiempo y el regreso a la unidad perdida. Esa es la propuesta de «Piedra de sol», para salir del infierno circular del tiempo: si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan las alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan vuelve a saber, el agua es agua, amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasma con un número a perpetua cadena condenado por un amo sin rostro;                    el mundo cambia.

Y cambia para ser ese paraíso que perdimos con la muerte de Dios.

1. H. Meschonnic, La poética como crítica del sentido, Mano Izquierda Editores, Buenos aires, Argentina, 2007, p. 154. 2. Octavio Paz, Obra poética, tomo I, fce, México, 1997, p. 219. 3. Sobre la concepción de «Piedra de sol», el mismo Paz nos declaraba lo siguiente: «Por ejemplo, los primeros treinta o cincuenta versos (no sé cuántos serían ahora en este momento), de «Piedra de sol», que me fueron absolutamente dictados. Me salieron endecasílabos, perfectamente medidos, y como si yo estuviese repitiendo o transcribiendo algo que estaba oyendo dentro de mí. Estaba yo muy complacido porque eran puras ideas, imágenes que yo podía ver u oír. Las oía con gran placer. Me gustaban y no sabía adónde iban, y entonces tenía deseos de saber cómo iba a continuar esta corriente. Y por eso la imagen del río, y de los árboles. Después me di cuenta de que, aunque lo había escrito en México, en realidad estaba recordando, sin darme cuenta, ciertos momentos de contemplación al caminar al lado del Sena, no el Sena de París sino el de los alrededores de París. 4. Recordemos que en la primera edición del poema, Paz incluyó una nota que decía al principio: «En la portada de este libro aparece la cifra 584 escrita en el sistema maya de numeración; asimismo, los signos mexicanos correspondientes al día 4 Olín (Movimiento) y al día 4 Ehécatl (Viento) figuran al principio y al fin del poema».

Amparo Dávila

(Una lectura)

Laura Medina Mi primer acercamiento a la obra de Amparo Dávila fue a través del escritor Mario González Suárez, quien hace algunos años coordinó un taller sobre escritores mexicanos y la particularidad de este taller fue, precisamente, que nos acercó a los autores de la llamada «generación del medio siglo», entre ellos: Guadalupe Dueñas, Francisco Tario, Salvador Elizondo y, por supuesto, Amparo Dávila. Creadores de una literatura contextualizada en el ámbito de lo fantástico y lo sobrenatural, donde prevalece la noche, el horror, la fantasía, lo inexplicable. En 1977 Amparo Dávila gana el premio Xavier Villaurrutia de Literatura, lo que la vuelve una escritora menos anónima. Sin embargo, el número de sus lectores sigue siendo escaso. E incluso, actualmente, no son muchos los que se acercan a su obra, aunque esta haya sido avalada por escritores de la talla de Julio Cortázar, a quien dedicó, por cierto, el cuento «El entierro», uno de los textos que integran la antología publicada recientemente por el Instituto Sinaloense de Cultura. De igual forma fue reconocida por Juan José Arreola, quien alguna vez comentó que cuando iba a visitarla (era su vecino) siempre veía a uno de sus muchos gatos pegado a la máquina de escribir, por lo que suponía que era el animal y no Amparo, quien escribía los relatos. Cuando alguien le ha preguntado sobre los personajes que crea, Amparo se refiere a ellos como seres que corresponden no a este mundo sino a «otro». Uno más allá, mucho más allá. Ese mundo corresponde a la noche y habitado por criaturas nocturnas está hecho de un follaje de sombras, al que pocos, muy pocos, pueden ver y más pocos, todavía, tener acceso. En Entre sombras (relatos de suspenso y tiniebla), la antología publicada por el ISIC, encontramos «El huésped», una criatura que nos aterroriza con su sola presencia. Luego viene «El espejo», en el que nadie podría verse sin ser tocado por la locura. En lo personal tampoco me gustaría estar en el lugar de «La señorita Julia», quien, recatada, pulcra y con un novio que admira sus buenas maneras, termina perdiendo el equilibrio después de algunas noches de escuchar todo tipo de ruidos en la casa que habita. Por supuesto, tampoco querría yo ser (creo que nadie) el hombre de «El entierro» y verme dentro de un ataúd. Menos aún desearía tener un jardín invadido por la maleza y ser la mujer que en lugar de ojos tiene un par de cuencas vacías y permanece sentada, por siempre, en una banca, contemplando la nada Y la lista continúa con «Hotel Chelsea», un relato que pareciera autobiográfico, pues el personaje es una escritora que viaja a Nueva York y permanece hospedada, por una larga noche, en un lugar que le causa angustia y del que desea escapar. La antología cierra con «Estocolmo 3», en donde la autora hace gala de su habilidad narrativa y nos muestra, e incluso nos hace ver, un personaje que no existe y tocados por el horror no queremos hacer otra cosa que seguir con el libro en las manos; leyendo, leyéndola; dando vuelta a las páginas y volviendo a ellas.

Laura Medina. Promotora cultural.


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La rapsodia de Jorge Humberto Chávez J o rge Ortega

Tan pronto acabé de leer el nuevo libro de Jorge Humberto Chávez (1959) supe que estaba ante un libro singular e irrepetible, un capítulo que hacía falta en la hora actual de la poesía mexicana y que no permitiría imitaciones o secuelas, o sea, que no debe volver a escribirse. Solo un poeta del norte podía narrar en clave lírica la monstruosa violencia del calderonato y el hecho de que ese autor sea de Ciudad Juárez —quizá la urbe septentrional más castigada por la perversión— no puede verse como una obviedad sino como un acto de justicia poética, sí, pero también como un gesto de audacia y autenticidad. Sin ceder un ápice a la ambigüedad o la difuminación, Jorge Humberto Chávez refiere de manera explícita las coordenadas y la impronta de un imaginario personal alimentado necesariamente de una realidad regional en el sentido de que toda obra poética responde, para decirlo con Paul Éluard, a una circunstancia, un momento histórico. Lo sabía bien Homero, que hizo de un rincón del mundo, de un pedazo de tierra, de las vicisitudes y la mitología de una comarca, el semillero de arquetipos que son ahora la Ilíada y la Odisea. Con esta su más reciente entrega que mereció el Premio de Poesía Aguascalientes, Jorge Humberto Chávez dignifica la temática territorial y el color local como garantes de lo genuino, resignificando desde lo particular la naturaleza universal del lenguaje poético. A primera vista, a juzgar por varios poemas del conjunto, pareciera que el asunto central de Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que no hay río ni llanto (Fondo de Cultura Económica/ Conaculta, 2013) es la brutalidad de la cruzada presidencial contra el narco, tal como lo ha ponderado el jurado del mencionado certamen, aduciendo que el autor «nos da una crónica precisa de la atmósfera

trágica que vive una zona de México». Lo cierto es que hay una materia no menos oportuna que sirve de escenario a las estremecedoras cápsulas poéticas que nos comparte Jorge Humberto Chávez, verdaderos partes de guerra de una población secuestrada por la muerte, y aludo a la frontera y su otro lado: El Paso, Fort Bliss, Austin, Dallas, y en un más allá ficticio o vivencial: el Amherst de Emily Dickinson, la Provenza de Van Gogh, y el París de Apollinaire. Para asumir plenamente el itinerario que nos ofrece Jorge Humberto Chávez, hay que establecer contacto con el insoslayable trasfondo que constituye la vida de frontera, ámbito en el cual ha crecido el autor y del cual procede el cúmulo de experiencias y evocaciones que alternan con el relato puntual de la gradual caída de Ciudad Juárez. La memoria representa así un contrapunto del clima de amenaza, tensión y estado de sitio que padece la gente, donde la conciencia de los amigos, del amor y de los lazos fraternos y filiales se vuelve el último reducto para salvaguardar la integridad como un remanso para mantener la cordura y seguir cultivando la esperanza. Así las cosas, no deja de parecer curioso que un cuarto de siglo después de la irrupción oficial del discurso de frontera esta área geográfica haya tenido que esperar hasta ahora la aparición de un volumen de poesía que al margen de los estereotipos sociológicos, la caricatura y el folclor verbal y cultural amasara con naturalidad la dimensión híbrida y sinérgica, pasajera y convulsa del extremo norte de México, condicionado tanto por la vecindad inmediata con los Estados Unidos —que más que una proximidad es una coexistencia— como por el ecosistema del desierto, un modo de aislamiento y soledad. La dureza y la ternura del trabajo de Jorge Humberto Chávez radica en el potencial

El tiempo que regresa N o rma A . p o rtill o Es un libro que consta de siete cuentos. En ellos César Ibarra nos adentra a un mundo de ciencia ficción en el que juega con el espacio, el tiempo y nuestras creencias. Bien se posa en el presente como en el pasado o en el fin de la humanidad. Salta de un escenario a otro, ya sea México, Egipto, la Casa Oval o el Kremlin, y da pie a que la mitología griega, las creencias judeocristianas y esotéricas se intercalen y jueguen para adentrarnos a relatos con descripciones concretas y específicas. En sus narraciones existe un común denominador, y es que el autor hace una crítica de la humanidad deshumanizada, a esa pérdida de la esencia que hace al hombre ser lo que es. Pérdida de capacidad de asombro, de creatividad, de sentimientos, de espiritualidad y, por qué no decirlo, del alma. En su lu-

gar se encuentra la oscuridad, la desolación y sobre todo la violencia en todas sus formas. La creación de Dios, la creación del artista y la destrucción del hombre por el hombre danzan en cada uno de los relatos; descritos por medio de analogías, comparaciones, simbolismos, humor negro, sarcasmos e ironías.

rupestres hasta nuestros días, aun con la intervención de la tecnología. Con pinceladas de humor negro, el autor ubica la historia en México para iniciar con un experimento que le dará la respuesta a su pregunta cuyo resultado a la vez que resulta fastuoso e increíble, también es inimaginable.

«Ars evolutio» El primer cuento del libro de César Ibarra nos recuerda, por un lado, la búsqueda de la partícula de Dios (bosón de Higgs) y, por otro, El perfume (Patrick Süskind). Nos introduce a un universo diegético de ciencia ficción, donde la búsqueda de la esencia del concepto de arte prevalece a lo largo de la narración que a decir del protagonista no ha cambiado a lo largo de los años desde las pinturas

«El horario» El segundo de los cuentos está dividido en horas. Desde la primera hora de la noche hasta le décima. Aquí existe un tiempo lúdico esencial para la vida en el que predomina el interés de lo mágico sobre lo teológico. A una hora determinada de la noche, no antes ni después, dos hermanos se encuentran en el mundo onírico para engañar al dios Cronos y regresar el tiempo real. Se apoya en textos apócrifos


23 dramático de este destino. Para que la frontera aportara un poemario que la reflejara sin poses, con llaneza y concisión para traducir en un estilo sobrio, coloquial y «golpeado» —como se dice— la complejidad psíquica que implica experimentarla y comprenderla, era preciso darle vuelta al tópico de lo fronterizo como sinónimo de una profusión, una exuberancia, una heterogeneidad y un frenesí más cercanos del artificio que de la realidad. Jorge Humberto Chávez contribuye a desmitificar la frontera como un espacio abocado a reproducir únicamente dichos atributos y, en su defecto, brinda al lector una sintaxis telegráfica que a la par de resultar eficiente en lo literario y comunicativo logra proyectar finalmente la inquietante normalidad de la región con su cauda de ferocidad y resignación, lo que redunda en una poesía más humana y a la altura de la circunstancia. De otra manera, cómo explicar la coyuntura de algunos poemas en los que la cotidianidad y los instantes de iluminación vital fluyen como burbujas de una hermosa intemporalidad que la crueldad o la estridencia de la civilización no consiguen ahumar o profanar. Una cena de fin de año, Borges entrevisto en las pupilas de la mesera de un bar, el paraíso en una taza de café, la mano de Dios en una camisa planchada, la bienvenida al cielo para Antonio Cisneros por cuenta de don Francisco de Quevedo, la silueta de la hija como un candil en la noche de la incertidumbre y el desánimo, el sol de la presencia de una mujer que es una muchacha que dormita mientras el poeta se desvela intentando trazar unos signos, los fastos del balcón de un hotel de Acapulco, las revelaciones del camino al conducir y conducir por la autopista, escapando hacia un futuro que prefigura la luz del horizonte. Porque si hay algo que el intrépido Jorge Humberto Chávez opone a la amenaza del tedio y la monotonía es el antídoto del desplazamiento, un way of life fundado en la pertinencia de la salida, el viaje, la escapada que termina conformando una poética del trayecto. Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que no hay río ni llanto —título barroco igual que un prolongado verso que es una larga carretera— entraña de entrada el germen de la movilidad, solo que sobre aviso. Asolada por

en donde la mitología griega y las creencias judeocristianas conspiran a través de una ceremonia esotérica para retornar la vida de un ser querido. Pero en estos juegos de la fe hay que tener cuidado, no vaya a liberarse lo que no se quiere. «El tiempo que regresa» Cuento que le da nombre al libro. Nos habla de un tiempo humano que regresa una y otra vez; para esto nos ubica en la «época actual», la cuarta era. La historia inicia en el tiempo de la Rusia de 1985. Ahí, el científico Mikhail Petrov trabaja a marchas forzadas en una máquina que dará la hora, día y año del fin de la humanidad, pero el experimento no da frutos. Diecisiete años después en la máquina que se creía desconectada aparece la fecha. Mientras tanto, en Egipto, un arqueólogo sueco es obligado a suspender el trabajo de restauración de las ruinas arqueológicas en el templo de Osiris porque sus hallazgos despiertan el interés de Seguridad Nacional y, por ende, el de los países más ricos del mundo. La guerra por encontrar unas má-

el crimen y la impunidad, Ciudad Juárez no es lo que solía. El libro de Jorge Humberto Chávez constituye un testimonio de ese parteguas y, al mismo tiempo, un recordatorio del poder exorcizador de la palabra poética. En suma, la propuesta de Jorge Humberto Chávez abre una avenida inédita en la noción de la poesía de frontera, inaugura un estadio donde el predominio de la razón migratoria o el problema de lo identitario ha cedido inevitablemente a la procacidad de la violencia, de acuerdo, pero sin renunciar al lirismo esencial del género. Bajo esta óptica, la causa de Jorge Humberto Chávez no sería ya ni la de los avatares de la polis ni la de la patente de los límites geográficos, sino aquello que le sucede al sujeto con la transparencia y la simplicidad de los días. No en vano lo acompañan en su recorrido tres maestros del realismo sublime y el apunte biográfico: Edgar Lee Masters, e.e. cummings y William Carlos Williams, quienes lograron fijar los vértigos de la existencia ordinaria. Jorge Humberto Chávez también nos conduce a descifrar las ausencias y los sortilegios de un paisaje doméstico que comienza no en la casa sino en la calle, para culminar en todo caso en la celebración de una intimidad familiar que compensa con creces la crudeza de lo que pasa afuera. El autor dialoga entonces muy de cerca con la vertiente conversacional de la tradición norteamericana, aunque habría que tomárselo con cautela, pues Jorge Humberto Chávez se ha permitido orear su relación de los hechos con una enunciación que abreva en la elipsis y prescinde de la puntuación, formas de horadación, formas de erosión de la escritura por las que se asoman los difuntos o respiran las ánimas que el poeta convoca en esta suerte de Pedro Páramo de la poesía del norte mexicano.

Jorge Ortega es doctor en Filología Hispánica y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su más reciente libro es Devoción por la piedra, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010.

quinas enterradas hace miles de años deja de importarles ante la información encontrada, la cual explica una serie de sucesos que le dan un vuelco a la historia. «HR5» Nos habla de un Dios máquina que por ser creado por el hombre, al igual que él también tiene errores. Es el cuarto relato que integra el libro. Ubicado en un futuro bastante lejano, muchos años después de que el hombre deja de existir en la faz de la tierra. A cientos de metros bajo el nivel del mar se encuentra una máquina preparada para dar vida a los nuevos habitantes terrestres, todos perfectos, seleccionados miles de años atrás y preservados criogénicamente. Sin embargo, existe un elemento que los científicos olvidaron porque después de todo son humanos. Es un relato corto y ameno que nos describe un posible futuro humano. «Génesis» Micro relato de apenas dos cuartillas. En él, nuestro autor hace una analogía entre la

creación divina con la creación del artista. De cómo Dios hizo la tierra y cómo esta sucumbió por primera vez. «Perro» Un cuento todavía más corto que el anterior, plagado de alegorías, en el que el autor simboliza a una humanidad espectadora de su propia destrucción y, que además, la aplaude. Pero esta destrucción no es física, sino de emociones, de sentimientos y de su propia sensibilidad, pérdida que se da a través de la violencia que inunda el escenario terrestre. Para finalizar, solo me resta decir que en todos y cada uno de los relatos el autor muestra su preocupación por el hombre (hablando genéricamente), el cual desde su perspectiva ha perdido su capacidad de asombro, de sentimientos y emociones que lo hacen único y diferente. Norma Portillo. Es egresada de la Escuela de Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa.


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Discurso de aceptación del Premio Cervantes E lena P o niat o ws k a

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M ajestades , S eñ or Presidente del G obiern o, Señ or Ministro de E ducación , Cultura y Dep orte , S eñ or R ector de la U niversidad de A lcalá de Henares , S eñor Presidente de la C omunidad de M adrid, Señ or A lcalde de esta ciudad, autoridades estatales , autonómicas , l o cales y académicas , amigas ,

Antes de empezar solo quería recordar a Gabriel García Márquez. Antes de Gabriel García Márquez, nuestro querido Gabo, como lo llamó ayer el Rey de España en el almuerzo, antes éramos los «condenados de la tierra», término que acuñó Franz Fanon (Les Damnés de la Terre) al referirse a los países llamados del tercer mundo, pero con sus Cien años de soledad, García Márquez le dio alas a América Latina, y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve, nos levanta y hace que nos crezcan flores en la cabeza. Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán. Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura. La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segun-

amigo s , señ ores y señoras .

da en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria, respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia. A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz. María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse. Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha


25 razón José Emilio Pacheco la definió: «Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato». Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema «Primero sueño». Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores. Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela-testimonio Hasta no verte Jesús mío, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

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Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el Marqués de Comillas, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos «a la inmensa vida de México» —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas. Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: «¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?» Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. «Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/ y se la llevó». O esta que es aún más aterradora: «Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!» Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero. Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra «gracias» y pensé que su sonido era más profundo que el «merci» francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: «Zona por descubrir». En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se

extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: «Descúbranme». El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

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¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados. Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: «Mira, mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren».

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Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. «Vivos los llevaron, vivos los queremos.» La última pintora surrealista, Leonora Carrington, pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto. Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por un garrafón de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.


26 «¿Quién anda ahí?» «Nadie», consignó Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Muchos mexicanos se ningunean. «No hay nadie» —contesta la sirvienta. «¿Y tú quien eres?» «No, pues nadie». No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: «Pues póngame nomás Juan», no solo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

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Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi nueve millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado «La Bestia» con el solo fin de cruzar la frontera a Estados Unidos. En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una Homérica Latina en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en «angelitos santos», la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: «Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más». Habría sido mejor que dijera «un limpiabotas venido a menos». Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

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Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz. Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos, quisiera contarles que tuve un gran amor «platónico» por

Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la Ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados «conejos», nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes. Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan. Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, «ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas». Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

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El poder financiero manda no solo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza, son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos. A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó: —Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes? Paula le dijo su edad y Luna insistió: —¿Antes o después de Cristo? Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el Excélsior, que entonces dirigía Julio Scherer García, y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano, quien dijo alguna vez: «Espero alegre la salida y espero no volver jamás.» A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares. En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar «cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte tan callando». Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección. Muchas gracias por escuchar.

Elena Poniatowska. Escritora, activista y periodista mexicana cuya obra literaria ha sido distinguida con numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes 2013.


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La noche de Tlatelolco

L uc í a L eyva

Escucho con los ojos. Las voces que narran lo que aconteció hace medio siglo. El pasado se hace presente mediante la lectura. Un presente revelador, donde la pregunta ¿Por qué?, ¿por qué?, una y otra vez. Cuando una lee La noche de Tlatelolco le surgen muchas preguntas: ¿Encontraron a Carlitos? ¿Por qué los franciscanos de la iglesia Santiago Tlatelolco nunca abrieron sus puertas a niños, ancianos, mujeres embarazadas, estudiantes, maestros, obreros? ¿Por qué dijeron que no tenían tiempo para oficiar una misa cuando la solicitaron las madres de los desaparecidos, de los muertos? ¿Por qué no les permitieron poner coronas en su honor? Los testimonios son voces de mujeres y hombres que ya se retiraban cuando de pronto empezó la balacera, la señal previa era una luz de bengala que algunos creyeron el anticipo de una fiesta. Un olor a pólvora siguió al estruendo, las manos tocaron la piedra volcánica de la Plaza de las Tres Culturas, «Plaza de los sacrificios» le llamó Octavio Paz. La noche de Tlatelolco es un micrófono donde los que hablan son los dirigentes del movimiento, los perseguidos, los sobrevivientes, las madres de los desaparecidos, los churreros y cacahuateros que solamente andaban vendiendo su mercancía, los habitantes de la unidad habitacional Tlatelolco. Del policía indignado que se arrancó el uniforme y tomó rumbo para su tierra. De los granaderos y generales, del presidente y del secretario de gobernación. No hay ninguno de los curas que cerraron la iglesia ante la represión. El silencio habla. La noche de Tlatelolco presenta una serie de testimonios orales de la masacre que realizó el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz en la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México el 2 de octubre de 1968. Ese día asistieron aproximadamente diez mil personas al mitin y fueron acorralados en pinza por cinco mil soldados e innumerables policías que llevaban un guante blanco como contraseña. Sesenta y dos minutos de fuego constante, quince mil balas.1 Según un oficial había niños, jóvenes, adultos, embarazadas. No hubo piedad. No se supo de manera exacta el número de muertos. Fueron arrestadas quinientas personas. El libro incluye dos tipos de narraciones: la visual y la oral. Las imágenes detonan un estupor que gravita de una a otra generando un vértigo que antecede a las preguntas: ¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Dónde están? Empieza un tipo de lectura a partir de los elementos que la componen, uno de ellos es tanta juventud en ambos contendientes.

Veintitrés fotografías anticipan al lector el inicio del conflicto, su desarrollo y desenlace: enfrentamiento entre estudiantes, la presencia de la policía que fue agredida con piedras, primeros choques en el Centro Histórico y detenidos en el mismo, la puerta del Colegio de San Ildefonso del siglo xvii, que había sobrevivido a las guerras de Independencia, Reforma y Revolución, aparece destruida por un bazukazo, justo en una etapa que alardeaba paz y estabilidad, sin rubor, diez días después inauguraría las olimpiadas, una manta que dice: «El silencio no significa ceder», el boteo, los techos de los camiones como tribuna, el abrazo del presidente y secretario de gobernación Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, quien años más tarde sería arrestado en su domicilio como responsable de la matanza, tanques en el zócalo, los jóvenes encarcelados, cuatro soldados jalando de los cabellos a un joven, agachándolo mientras otros tres al fondo, tienen las manos en la nuca y están parados ante un muro. Vista aérea de los asistentes al mitin del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, diecinueve soldados distribuidos en dos hileras (nueve arrodillados) con sus respectivos rifles apuntando hacia arriba, camilleros transportando a un herido o muerto, un joven como de trece años, labios apretados, ojos abiertos, muy serio, con gotas negras —¿Sangre?, ¿qué más puede ser?— en su pelo, brazo, muslo derecho, su ropa está llena de polvo, como si se hubiera arrastrado. En Lecumberri aparecen tras las rejas líderes del Consejo Nacional de Huelga: Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla y Eduardo Valle, otra donde aparece el escritor José Revueltas con Antonio Pérez Sánchez, el Che, Ana Ignacia Rodríguez, Nacha, Roberta Avendaño, Tita, y Eduardo Valle, el Búho. La última foto muestra a treinta y dos personas, la mitad arrodilladas, ante ofrendas florales en La Plaza de Las Tres Culturas, el mismo 2 de octubre. Esa noche llovió no solamente lluvia sino balas que dibujaban líneas grises, rayando el cielo. 1. Poniatowska, Elena. La noche de Tlatelolco. México, ERA, 1971, primera edición de bolsillo, 2014, pp. 317. Lucía Leyva. Fotógrafa y promotora cultural. Coautora del libro En el andén de los sueños.


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Galería de la memoria

Apuntes en torno al libro Las siete cabritas de Elena Poniatowska

N adia C o ntreras Elena Poniatowska (París, Francia, 19 de mayo de 1932) cree en la memoria como capacidad cognitiva y paraíso documental. Las siete cabritas (Era, 2000) es un libro que recurre a esta última. La autora echa mano de entrevistas, cartas, obras, comentarios críticos, anécdotas y recuerdos personales, para configurar las biografías de Frida Kahlo, pintora; Nahui Olin, símbolo de la liberación femenina; Pita Amor, poeta; Rosario Castellanos, poeta y novelista; María Izquierdo, pintora; Elena Garro, novelista y cuentista; y Nellie Campobello, autora de textos extraordinarios sobre la Revolución mexicana. Escribir un libro así, si pensamos en la construcción del personaje, lleva sus riesgos: a. Un dato mal acomodado o referenciado cambia el curso de la historia, deriva en una proyección errónea. b. Los datos reunidos, una vez interpretados y llevados a la hoja, deben hacerlo palpable, único, irrepetible. c. Hacer de su contexto una casa en la que pueda ir y venir sin tropiezos. d. La dirección de la objetividad aun se enfatice una y otra vez el desacuerdo. e. El manejo de cada una de las historias, detalles, aventuras, registros de su cosmovisión. Poniatowska escribe un libro de mujeres intrépidas. Son cabras, no gatitas, no yeguas. Son bravas, bravísimas, aventadas, locas, centelleantes como las «Siete hermanas de la bóveda celeste». Es a la vez un libro que pone en evidencia, por un lado, la historia de México, y por el otro, la lucha de las mujeres en una sociedad machista. El tema de este libro es la ambición colérica de cada una, independientemente de la enfermedad, el desamor, el olvido. Aquí algunos ejemplos: a. «Todo lo pinté, mis labios, mis uñas rojo-sangre, mis párpados, mis orejas, mis pestañas, mis corsés, uno tras otro, mi nacimiento, mi sueño, mis dedos de los pies, mi desnudez, mi sangre, mi sangre, mi sangre, la sangre que salió de mi cuerpo y volvieron a meterme.» (Frida Kahlo) b. Nahui no solo era un relámpago verde sino una mujer culta que amaba el arte, hablaba de la teoría de la relatividad, habría discutido con Einstein de ser posible, tocaba el piano y componía, sabía juzgar una obra de arte y creía en Dios. «Eres Dios, ámame como a Dios, ámame como todos los dioses juntos.» c. Antonin Artaud vio el rojo predominante de los cuadros de María Izquierdo como «oscuro color del fuego. Sus pinturas no evocan un mundo en ruinas, sino un mundo que se está rehaciendo […] Toda su pintura se desarrolla en ese color de lava

fría, con esa penumbra de volcán. Y esto es lo que le da carácter inquietante, único entre las pinturas de México: lleva el destello de un mundo en formación.» d. Para Beatriz Espejo, Elena Garro «era una especie de hechicera o alquimista de las palabras. Tenía el don de la creación: todo lo que pasaba por su mente se convertía en literatura.» e. Marta Portal escribe en su libro Proceso narrativo de la Revolución mexicana que Nellie Campobello «presenta una visión virgen de la Revolución». La propia Nellie lo dice claramente: «Yo tenía los ojos abiertos, mi espíritu volaba para encontrar imágenes de muertos, de fusilados; me gustaba oír aquellas narraciones de tragedia, me parecía verlo y oírlo todo.» El libro también destaca el aspecto frágil, la vida llevada al límite, el desorden. En este sentido, la autora, que ha sido distinguida con numerosos premios, entre ellos el Premio Cervantes 2013, busca comprender los momentos que precipitan y desencadenan la creación. Los ejemplos son claros: Kahlo, por ejemplo, envuelta en un cuerpo que la traiciona y unida a Diego Rivera, su sapo-rana le pone los cuernos. Ella dice: «Yo soy la desintegración». Para Elena Garro la muerte es vivir para siempre. El enfrentamiento es contra ella misma: «A mí la vida me ha pegado mucho muy duro. Hay días difíciles y amargos. Los felices se van rápido y las desdichas te duran y duran y dices: “¿cuándo saldré de esto?”; “¿Con qué voy a pagar la cuenta?”; “Me roban, me atacan, no reconocen mis méritos, me odian, me quieren eliminar, me atosigan». Rosario Castellanos es ejemplo aparte, su situación depresiva no la privó de trabajar y escribir. El desamor lo llevó a sus últimas consecuencias. Ricardo determinó en ella el efecto de susceptibilidad: «Nunca pensé que se pudiera necesitar tanto a nadie, como yo te necesito a ti.» «Hoy para entretenernos organizamos una diversión que nos tuvo ocupados toda la mañana: Raúl (su hermano) me rapó. Primero con unas tijeras; zas, afuera los mechones de pelo: luego, con otras tijeras más finas, cortarlo hasta dejarlo pequeñito. Por último con la máquina de afeitar. Me dejó la cabeza reluciente, pulida, lisa.» Rosario Castellanos se revalora y finalmente «en un acto de autoestima, se separa y pide el divorcio.» Poniatowska escribe para denunciar, para agitar conciencias y recuperar la memoria por la que apuesta. Su literatura es un discurso que viene del pueblo y se dirige a él. Sin cometer errores retribuye lo que este le brinda. En el discurso que pronunció al recibir el Premio Cervantes, entregado el 23 de abril del 2014 en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid, España) dice: «desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos


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personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras [...]. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila»; «el poder financiero manda no solo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza, son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.» La autora de Tinísima (Era, 1993) y Leonora (Seix Barral, 2011), entre otros libros, reconstruye hechos, recuerdos precisos, conversaciones en diferentes entornos. Tomo varios ejemplos: «Pita Amor, pudo participar de la vida artística de México gracias a su hermana Carito, colaboradora de Carlos Chávez y fundadora de la Galería de Arte Mexicano […] A esta galería, acondicionada en el sótano de la casa de los Amor, llegaron Orozco, Rivera, Siqueiros, Julio Castellanos y la joven Pita se hizo amiga de Juan Soriano, Roberto Montenegro, Antonio Peláez.» «México es un cohete al aire, irradia luz. Nadie en Europa permanece indiferente a las nuevas culturas escondidas dentro de la jungla americana. Los arqueólogos no pueden creer que, bajo los árboles, las pirámides se multipliquen. Mesoamérica podría ser la Grecia del Nuevo Continente.» «En las dependencias oficiales los indígenas venidos desde su tierra esperaban horas, días, semanas, durmiendo en la calle […] Elena Garro se indignó y se convirtió en su defensora y les exigió a gobernadores, banqueros, a terratenientes la devolución de las hectáreas de tierra que les habían expropiado para construir sus casas de campo con alberca en Cuernavaca»; «Nellie Campobello vivió la Revolución, fue parte de ella, conoció la indignación, tuvo arranques de cólera frente a la injusticia, dividió el mundo entre buenos y malos.» México ha cambiado, en cierta forma. No hace falta mirar con atención para descubrir la inconformidad en rostros y manos. El término «inconformidad» queda corto. A diferencia de la literatura (retomo aquí una frase de Antonio Muñoz Molina) que nace de lo no visto y se cuenta como si se tuviera delante de los ojos, Poniatowska mira y vive lo escrito. Por ello, su memoria es tan fiel a los acontecimientos. Queda claro, cuando se concluye la lectura del libro, que el futuro no tiene sentido si el pasado está fuera de nuestro conocimiento. El presente, por esta misma circunstancia, es irrelevante. Elena Poniatowska, Las siete cabritas, editorial Era, México, 2000, p. 177.

Nadia Contreras. Escritora. Autora de poesía: Retratos de mujeres, Mar de cañaverales, Lo que queda de mí, Figuraciones, Poemas con sol, Cuando el cielo se derrumbe, Presencias, Caleidoscopio, Visiones de la patria muerta; de ensayo literario: Pulso de la memoria; y de relatos: El andar sin ventanas.

Elena y yo

Rocío R eynaga Era el año en que Carlos Fuentes cumplía ochenta años de edad y La región más transparente cincuenta de ser publicada, por lo que en la Ciudad de México sus amigos letrados se reunieron a diario durante ese 2008, ya sea en tertulias particulares o en recintos de la unam, en Bellas Artes o en el Auditorio Nacional para escuchar de ellos y del propio Fuentes su experiencia de vida entre pública y privada, pero sobre todo su quehacer crítico y literario. Con tantos talleres, conferencias, mesas redondas o exposiciones programadas, uno ya no sabía ni a dónde ir, solo se guiaba por los escritores que dictarían su comentario, y así, uno acudía a la cita para escuchar el jucio o la anécdota que lo unía con Fuentes. Casi al final del año, Elena Poniatowska se reunió junto con otros comentaristas, una tarde en una pequeña sala de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, donde estábamos unas cien personas. La mujer de cabello corto y blanco, de ojos chiquitos pero enjundiosos, habló muy poco de su amigo, tan solo unos minutos, pues en ese entonces sufría estragos por la tos y el catarro, lo que ocasionó que su participación fuera muy breve. Únicamente conocía a Elena a través de lecturas, pero ese día conocí a una pequeña mujer vivaracha, que se expresaba casi siempre con una sonrisa, tal como sale en televisión. Con oído alerta presté atención, mucha atención pues apenas se escuchaba lo que ella decía de su amigo Carlos Fuentes, al que conoció bailando en tiempos mozos; quien cuatro años después de ese festejo nacional se le «petateó», expresión que alguna vez refirió para decir que sus amigos se le han estado adelantando en el camino, y por eso lamentó que «ya todos se están petateando». En ese entonces yo cursaba el último año de la carrera de Letras y con una amiga acudí al recinto para conocer a Elena. No le hablé como me lo había propuesto, ni siquiera la saludé, pero tiempo después, sin querer compartiría, y aún comparto, muchas actividades que ella realizó en su juventud: corretear a personajes para conseguir una entrevista, una declaración, un desplante, o una cara de fuchi; ser esclava de una agenda atiborrada de eventos por cubrir, también pasar horas tratando de armar una crónica, sin dejar de mencionar los desencuentros con los superiores. Aunque muy lejos esté de Poniatowska, sí creo que el placer de platicar horas y horas con un bicicletero, un músico, un fotógrafo, o un escritor, es igual de satisfactorio.

Rocío Reynaga. Licenciada en Letras y periodista cultural.


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Querido Diego, te abraza Quiela

C armen L i z árraga

«¡Diego! ¡Diego!», es el grito de Angelina Beloff desde que va ascendiendo las escaleras al entrar a su estudio en París. Imagina a su amado al ver el saco de tela rugosa que pende de un clavo y que ha conservado, aún con una ausencia de cuatro años, la silueta de sus brazos y uno de sus costados. «No he podido doblarlo ni quitarle el polvo por miedo a que no recupere su forma inicial y me quede yo con un hilacho entre las manos.»1 Con ese tono melancólico, de una voz interna marcada por la desolación y la tristeza, escribe Quiela a Diego Rivera en una de las doce cartas que conforman la novela Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska, publicado en 1978. Es la experiencia de dolor que vive Quiela ante el abandono de su pareja, lo que detona en Elena Poniatowska una fuerte identificación. Al leer una biografía sobre Diego Rivera, encontró una de las cartas que Angelina le escribió a Diego, y al respecto comenta nuestra autora: «De repente me detuve en el capítulo de Angelina Beloff y me identifiqué totalmente con ella y ya no seguí leyendo el libro. A partir de ese momento escribí todas las cartas que yo pensé que Angelina Beloff le hubiera escrito a Diego Rivera, basándome en los datos que daba Bertram Wolfe».2 ¿Cómo no identificarse con el dolor ajeno si ya había demostrado en sus textos anteriores una gran sensibilidad y apego a experiencias extremas de dolor como las que describe en su obra testimonial La noche de Tlatelolco?

Al acercarse a la esfera más íntima y personal de la pintora rusa, exiliada en Francia en tiempos posteriores a la primera guerra mundial, Elena necesita compadecerse de Angelina y sufrir con ella la experiencia de dolor producida no solo por la ausencia de su amado, sino de las condiciones de escasez que vive una Europa atrapada entre las dos guerras, lo que vibra en sus recuerdos infantiles. Incluso, ponerse en el lugar de Quiela frente a ese desgarro amoroso: «yo compuse un libro muy emotivo —nos dice Elena— porque al escribirlo sentí que me convertía en ella, en realidad soy yo la que le digo a un hombre todas estas cosas».3 Este lazo emocional que establece la autora con el sufrimiento de Quiela, la impulsa a redimirlo y transformarlo en un ejercicio estético de escritura, donde la recreación que hace de los datos tomados del libro de Wolfe trascienden la figura que se había dibujado de Angelina, para colocarla como la principal protagonista de esta historia. Un trozo de vida delineado en un itinerario que va del 19 de octubre de 1921, al 22 de julio de 1922, justamente nueve meses y tres días en los que Quiela escribe doce cartas a Diego sin recibir nunca respuesta.Un trayecto simbólico que algunos estudiosos de esta obra señalan como no casual sino premeditado, en el sentido de que funciona como un momento en la reconstrucción del yo en la lucha de Quiela por superar su propio dolor. Elena elige la carta como un recurso discursivo para organizar su propio relato precisamente porque en este género se puede dar

Tinísima

A leyda R o j o

Aleyda Rojo. Narradora. Premio de narrativa Enrique Peña Gutiérrez, 2014. Su libro más reciente es Caballero dinosaurio.

Tinísima le regaló a su autora el Premio Mazatlán de Literatura en 1993. Es una novela de largo aliento, donde Elena Poniatowska luce sus mejores armas de periodista: una mirada de investigadora nata, contagiada de una profunda admiración por su personaje Tina Modotti, la fotógrafa de origen italiano que fuera alumna y pareja de Edward Weston, modelo de artistas plásticos, militante comunista, mujer hermosa, intensa; un verdadero personaje que vivió el México posrevolucionario: una época fascinante, por la cantidad de hechos que se suscitaron en el ambiente artístico y político internacional: el Muralismo, la Guerra Civil Española, el asesinato de Trotsky. El trabajo de Poniatowska fue armar un enorme rompecabezas y lograr que su heroína no se perdiera en la marea de acontecimientos citados. Otros autores se han quedado en el intento de equilibrar los elementos de historia y figura. Cuando el primero está muy cargado de información, el segundo


31 el grado máximo de intimidad con el yo. Quiela toma la pluma y el papel, busca un lugar donde refugiarse y el tiempo parece detenerse. «En el estudio, todo ha quedado igual, querido Diego, tus pinceles se yerguen en el vaso, muy limpios como a ti te gusta. Atesoro hasta el más mínimo papel en que has trazado una línea. En la mañana, como si estuvieras presente, me siento a preparar las ilustraciones para Floreal. He abandonado las formas geométricas».4 Así es como inicia su primera carta, en la que su voz, surgida del silencio que la envuelve, se transforma en diálogo con el ausente: «yo me voy metida de nuevo en mi esfera de silencio que eres tú, tú y el silencio, yo adentro del silencio, yo dentro de ti que eres la ausencia, camino por las calles dentro del caparazón de tu silencio». Siempre sosteniendo la ilusión de que el destinatario responderá o justificando su carencia de respuesta. Y en esta situación en que Diego está ausente, pero siempre está presente, el tiempo funciona de una manera muy particular en la novela. El tiempo se mueve dinámicamente, lo mismo se va al pasado que al presente en un juego de imágenes que dancontinuidad y coherencia a la trama; en donde se siente un presente constante porque el ausente siempre está ahí, aun en ese pasado en que Diego no existía para Quiela: «Comía pensando cómo lograr las sombras del rostro que acababa de dejar, cenaba a toda velocidad recordando el cuadro en el caballete. Entonces estaba poseída, Diego, y tenía solo veinte años.» En este viaje de desdoblamiento que realiza sobre su propio yo, sobre su subjetividad, la memoria de Quiela se transforma en ojo que escudriña reiteradamente el centro del cual irradia el dolor, en un duelo angustiante de sus distintas pérdidas. La ausencia de Diego en primera instancia; luego la muerte de su hijo pequeño «en estos días me he removido en mi cama torturada por el recuerdo de la muerte de mi hijo. Lo busco, chatito, físicamente me hace falta»; la caída de su potencial creador. «No solo he perdido a mi hijo, he perdido también mi posibilidad creadora; ya no sé pintar, ya no quiero pintar»; y la nostalgia por su tierra. «Extraño la comida rusa, el solo hecho de morder un huevo duro me devuelve a la infancia».

corre el riesgo de diluirse. La novelista traza el viaje natural de cualquier ser humano que se deja envolver por su medio sin oponer resistencia. En Tinísima vemos la transformación de Modotti. Su consagración como artista, sus pasiones con hombres de índole diversa y su obcecada obediencia al comunismo, motivo y causa de su desplome. Fue una de las mujeres más bellas de su época, poseedora de una mirada sensible que captó imágenes conmovedoras, que todavía se citan en los libros de historia de la fotografía; más tarde, metida hasta el cuello en la causa de Rusia, se convierte en una dama opaca, gris, cuya personalidad poco a poco fue en caída libre. Toda la energía que reunió en su momento de mayor gloria, cuando artistas como Rivera deliraban por ella, se consumió en llevar y traer correos y misiones por todo el mundo, como un soldado. Su genio creativo fue relegado para servir al camarada Stalin. Llegó a tener tantas identidades falsas que en las aduanas europeas ya le preguntaban: Esta semana, ¿qué nombre y nacionalidad tiene, señora? Aunque mantienen diferencias abismales, no puedo dejar de establecer ciertos puntos de encuentro entre Tinísima y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, tal vez porque ambas obras se ocuparon de estudiar los efectos logrados por el fanatismo en mentes como la de la fotógrafa y el asesino

Sin embargo, este descenso hacia su mundo interior, va ir constituyendo paradójicamente una Quiela capaz de domesticar el dolor, aligerándolo por medio de diferentes armas. Su ironía para enfrentarse a las estructuras patriarcales dominantes: «sonreí para mí misma al pensar que ojalá y hubiera una Angelina que cuidara de mí y me rogara interrumpir tan solo un momento para comer un poco»; su ira contra ellas: «hoy no quiero ser dulce, tranquila, decente, sumisa, comprensiva, resignada, las cualidades que siempre ponderan los amigos»; la desmitificación de Diego al transfigurarse en él, y ocupar su propio cuerpo para impulsar su propia creación, o bien rompiendo con él en la línea del arte. Y ya muy consciente de su pérdida pero manteniendo la ternura con que siempre se refirió a su Chatito, cierra en su última carta con un tono que deja la súplica para convertirlo en un requerimiento: «Es inútil pedirte que me escribas, sin embargo deberías hacerlo. Sobre todo, contéstame esta carta que será la última con la que te importune».

1 Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela, México, p. 15, Biblioteca Era, 2007. Citaré en el texto esta edición. 2 Ratkowski Carmona, Krista, Entrevista a Elena Ponia towska, Mester 15(2), 1986, pp. 37-38. 3 Ratkowski Carmona, Krista, Ibid, p. 38. 4 Este y el resto de los entrecomillados pertenecen a Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela.

Carmen Lizárraga. Maestra en Investigación Curricular y candidata al doctorado en Educación. Ha publicado ensayo y otros textos en revistas de distintas instituciones educativas de la entidad (UAS, UPN y ENS). Es coautora de En el andén de los sueños.

de Trotsky, Ramón Mercader. Tanto Poniatowska como Padura tuvieron que observar casi los mismos escenarios históricos y mover a sus protagonistas sobre esas pistas de patinaje, sin que los derrotara el maremágnum de detalles a considerar. José Revueltas ya se les había anticipado en describir ese comunismo de catacumbas, religioso, provocador de efectos enfermizos en sus correligionarios: Rivera no podía ver ni en pintura a Siqueiros, Siqueiros odiaba a Trotsky, Trotsky se enfrentaba a Stalin y Stalin asesinaba a cualquiera que sospechara traidor. Una excitación constante parecía invadirlos. Cada uno padecía delirio de persecución. Ya veremos cómo se las apañan el resto de los escritores que pretendan conquistar esa primera mitad del siglo xx, tan compleja como apasionante. Quedan muchos nombres históricos del arte y la política que esperan ser llamados a la escena literaria. La misma autora de Tinísima, Poniatowska, es ya un personaje. Querida y vista como ícono de causas sociales, mucho más respetada por apoyar movimientos humanitarios que por su labor literaria. Creo que con Tinísima se justificó y vistió como narradora de altos vuelos. Es una rareza que hasta el día de hoy no se hable de llevar la novela al cine: ambas mujeres, autora y personaje, merecen el homenaje.


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Leonora, la novia del viento

Lourdes Arenas

Es Leonora, en palabras de su autora, Elena Poniatowska, «una aproximación libre a la vida de una artista fuera de serie»: Leonora Carrington, pintora y escritora del siglo xx, considerada por críticos de arte como la figura más destacada dentro de los principales exponentes del movimiento surrealista y, en homenaje a ella, con un estilo claro y fluido, Elena revela lo que considera algunos de los más conmovedores episodios de la vida y obra de esta singular artista, de su entorno familiar, su trayectoria artística y su vida sentimental. Lo hace desde el juego de su propia voz con la de su principal protagonista, respetando los puntos de vista de aquellos que jugaron un papel determinante en los diferentes ámbitos de su vida. La elección de la imagen que nos ofrece la portada de esta novela constituye un gran acierto pues contribuye a despertar en el lector expectativas en torno a su contenido. Se trata de una fotografía perteneciente a los archivos de la fotógrafa Lee Miller, que congela en el tiempo la belleza de Leonora, su mirada seductora, así como la imagen de Paul Éluard y Max Ernst, dos de las personas que mayor influencia ejercieron en su vida. Poniatowska desarrolla la historia en forma cronológica y en tiempo presente a lo largo de cincuenta y seis capítulos en los que imprime veracidad a los acontecimientos narrados con la autoridad que le confiere la revisión de 175 obras pertenecientes a reconocidos representantes de las diferentes manifestaciones del arte: pintores, poetas, escultores, y escritores, incluidas, en menor proporción, obras de la ciencia psicológica. En cada capítulo se despliegan ante el lector acontecimientos de las diversas etapas de vida de la pintora. El punto de partida es la infancia en el contexto de una familia que goza de alta posición económica en Lancashire, Inglaterra, ganada gracias a la invención de una máquina de fibras textiles por parte de su abuelo y explotada por su padre, Harold Wilde Carrington, quien logra colocarse y destacar en el imperio de la industria textil. En algún momento Leonora recibe de su madre, Maurie, los primeros óleos y pinceles y un ejemplar del libro Surrealismo de

Herbert Read, en cuya tapa descubre Dos niños amenazados por un ruiseñor, pintura de Max Ernst que la impresiona y anida en ella el deseo de ver el mundo de la misma manera que este pintor, con quien, más tarde, mantiene una relación amorosa. Ernst llama a Leonora «su novia del viento, su yegua de la noche» y la incorpora a su círculo de amigos en donde los encuentros, escándalos y excesos no tienen límites, y ella, con su talento y belleza, los conquista a todos. Juntos huyen de la esposa de Ernst, Marie Berthe, quien los persigue a donde quiera que van. Europa se cimbra con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ernst es apresado en Francia por ser alemán y llevado a un campo de concentración. Leonora se sumerge en un sufrimiento que la trastorna y es recluida en un manicomio de Santander, lugar que dejará huella honda en su vida al conocer los colores del abismo. Más tarde, en Madrid, se encuentra con Renato Leduc (lo había conocido en París) y se casa con él. Apoyada por Peggy Guggenheim, se traslada a Nueva York y posteriormente a México. Durante su estancia en México, la experiencia de vida de Leonora al lado de Renato Leduc la cimbra nuevamente, descubre que el mundo de Renato no es el suyo. La soledad se apodera de ella y alcanza en su paleta de colores nuevamente su máxima negrura al grado de que «escucha caer el tiempo». Su encuentro con Remedios Varo la salva. Con Remedios conoce otros rostros de México, los folclóricos, los místicos, los mágicos que la conmueven y con ella se integra a un nuevo círculo de amigos recuperando de nuevo su esperanza y su brújula interior: su arte. Con Remedios comparte, lecturas, creencias, su gusto por la alquimia y muchas otras cosas más. Leonora refleja en sus óleos no solo el fuego que lleva en sus entrañas, lo que la desgarra, el eterno desarraigo de su lugar de origen, el encierro en Santander, las cárceles interiores, los exilios, amores y decepciones, tristezas, deseos de libertad; una libertad que finalmente le permitió convertirse en la gran artista que ahora conocemos. Lourdes Arenas. Psicoterapeuta con doctorado en Educación Internacional. Promotora y facilitadora de cursos y talleres en el campo del Desarrollo Humano. Coautora de En el andén de los sueños.


LA TINTA DEL CALAMAR

Hermosa manera de encontrar frescura J uan E smeri o

¿Qué es lo que más te gusta de salir a la playa? La mujer extendió una estera, hizo equilibrio en un solo pie, largó el otro hacia atrás, luego lanzó unos manotazos al vacío, se arrojó, cayó con suavidad, dio media vuelta y se acostó de frente al mar. Tenderme a mis anchas, correr olas, ver planear las tijeretas. El hombre apuntó hacia arriba donde tres pájaros, sin mover las alas, se acoplaban a la fuerza del viento. Descargó un bolso de lona junto a ella. Luego la volteó a ver. El bikini de dos piezas, la piel sin bello, la mariposa nocturna tatuada en la ingle. Su cuerpo a lo largo de los años le había ahorrado una etapa biológica: de adolescente seguía siendo niña, de joven parecía adolescente, de mujer apenas era una chica. Al detenerse en su rostro se preguntó de cuántas generaciones atrás vendrían sus genes asiáticos. Y estar contigo, añadió. Era la hora del rito, donde importaba menos la forma del mar que los colores del cielo. Incluso el siseo del oleaje podía pasar desapercibido si se miraba más allá. ¿Y hacer esculturas? No tengo esas habilidades. A esta hora lo que a mí me agrada es la sensación de privacidad. Estaban acostumbrados a ver a un pescador afanándose con una carnada viva (de pronto la figura daba unos pasos hacia atrás para no dejarse mojar por la ola en turno). Pero esta vez no había nadie en el roquerío del Sábalo. ¿Te vas a quedar de pie? Me gusta verte desde esta altura. Así, a la deriva. ¿Recuerdas que empezamos a venir aquí en busca de intimidad? Sí. No había dinero para ir a otro sitio. Además fueron tus escenarios de infancia. El lugar donde brotó el deseo. Una alfombra dorada capaz de hacer volar a quien se afinque descalzo en sus bordes. Admito que es hermoso, con la isla de Pájaros allá enfrente y ese cerro al que solo le falta una cueva para semejar una colina sagrada. La mujer se quitó los lentes y con ellos apuntó hacia la izquierda. ¿Aún quieres que tu última voluntad sea esparcir tus cenizas allá? Porque yo no quiero cumplirla. Creí que habíamos venido por terapia. No es riña. Eso se quedó en casa. O no sé dónde. Disculpa. El hombre se quitó un chor de mezclilla y se quedó con otro, más corto, de algodón. Se tendió a su lado.

Recuerdo tus historias de niño en este lugar. Son muy divertidas. Nunca pudiste quitarte el gusto por las mujeres blancas. Imposible: crecí viéndolas sonreírme. Con los años ya pocas personas creen mis aventuras cuando se las cuento. Las tuyas, en cambio, estremecen. La mujer fingió no oír. Eres un señor que se mudó de bando. Tendrías que haberte casado con una gringa. Quizá fueras feliz. Pero ya en la universidad no te eran simpáticas. Curioso. ¿Quieres que te ponga bronceador? El sol se va. Lo decía por el contacto. Dios, para qué más terapias. Hasta a dar masajes hemos tenido que aprender. No entiendo por qué te gusta tanto la playa si odias a los seres del mar. La playa no tiene ese olor a mariscos que me provoca vértigo. Además, aquí me siento terriblemente libre. Ruedo, me paro de cabeza. Soy dueña de mí, de mis ocurrencias. Bañémonos juntos. Como antes. No. El agua aún se tolera. No es por la temperatura, simplemente no quiero más postales. Costará trabajo desalojarlas de la memoria. Debimos venir temprano, cuando había más luz. Puntualidad y lentitud no siempre van de la mano. La mujer hizo un surco con el talón. Se incorporó de súbito, se sentó en posición de rana y empezó a cavar con las dos manos. Lo hacía con frenesí, como si sacara agua de un pozo. De niña me gustaba amasar pastelillos con tierra, dijo para sí. Ajá. Y hacer canastas. Con guayabas y unas tijeras sin filo. Luego no permitías que nadie las comiera. Manos de artista. El hombre la miró hacer un minuto, y añadió: O de soldado de trincheras. ¿Has visto un crepúsculo donde el sol haya sido tapado por completo por la isla de los Ciervos? No. Disfrútalo. No tarda en aparecer tu color favorito. Voy a nadar. El hombre se incorporó y corrió con los brazos en cruz como un actor que busca romper el papel del decorado. Cuando volvió, la mujer yacía acostada. Esta parte del mar como un fino sudario. Solo le salía la cabeza. Tenía los ojos cerrados. Una grieta vertical en el pecho se abría al ritmo de su respiración.

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34 Hermosa manera de encontrar frescura. Y de friccionar mi piel. ¿Gustas? Ayúdame a salir. La mujer abrió los ojos y le tendió una mano. El hombre la incorporó de un tirón. Eres una pluma. Caída del cielo. Mira cómo dejaste el fondo. Lo tuyo es único. Nunca subiste de peso, nunca cambiaste de talla. No hubo partos tampoco. Ella aún se sacudía el pelo. El hombre se puso de rodillas y empezó a dar de arañazos. Cavemos más hondo. Yo no quepo ahí. Ayúdame. Tú haz la cabecera. ¿Y si nos vamos? Ya no veo el bolso. ¿Reconciliados? Puede ser, aunque no sé si al llegar a casa me arrepienta. Espera. Hace mucho que no hacemos esto. ¿Conoces el cuento del hombre del campo al que orinó un zorrillo y lo trajeron aquí para intentar quitarle la peste? No. Cuéntamelo.

El hombre se acostó. El molde era perfecto para su cuerpo. La mujer se sentó de lado. Le dio un beso. Buenas noches. Relájate. Para eso estamos aquí. Siento que estoy en el vientre de mi madre, pero petrificado. Aunque el hombre hablaba, la mujer no oyó la historia: después de tantos años le seguía repugnando, como desde la primera vez que la escuchó, la fetidez del personaje. Se concentró en arroparlo. Sentía las yemas estropeadas, el polvo bajo las uñas empezaba a incomodarla. Arrojaba puñados de arena y luego aplanaba, como si diera forma a una escultura. Había cierta ternura en la labor de sus manos. Primero las piernas, luego subió al torso y se esmeró en amurallar los brazos. Reservó el rostro para el final. Juan Esmerio. Narrador y poeta. Su libro más reciente es Islas de mar y río.


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Jo sé E milio Pachec o Miguel Á ngel Fl ores Noel M art ínez Derek Walc o tt Dina G rijalva A . E . Q uintero A na C hig F elipe Vá zquez R amón C astill o Yaxk in Melchy A ntonio R iestra Inti G arc í a S antamar í a R aciel Q uirino A ntonio Puente R afael Toriz Víctor Luna L aura Medina Rubé n R ivera Jorge Ortega Norma a . portill o E lena Poniato wsk a Luc í a L eyva Nadia C ontreras Ro c ío R eynaga C armen L izárraga A leyda Rojo L ourdes A renas Juan E smerio

Timonel 13  

Revista literaria del Instituto Sinaloense de Cultura.