femeninas que no oponían resistencia. Durante las fiestas liceístas era más notable la ausencia del afectado por el acné, mientras los otros que habían escapado a esa molestia bailaban, se divertían y hacían pullas a su costa. Mientras tanto, el del acné, encerrado en su cuarto, estudiaba y se acariciaba la verga en armonía con las páginas del libro. Ya no le importaba si los demás sacaban la conclusión de que entre su afección cutánea y la masturbación había una íntima relación. En los años violentos, de luchas de calle y guerrillas, la política le pasó por encima o por un costado, sin mojarlo. Ella iba por su lado y él por el suyo, sin tocarse. Apenas, uno que otro incidente reivindicativo o protesta contra profesores adocenados, lo tuvieron como protagonista. Lo que más le interesaba eran los estudios, los libros, los amplios conocimientos. No obstante, a veces sucumbió a las francachelas de carnaval y terminaba borracho en las aceras o sobre su cama, sin saber cómo había regresado indemne. También otros excesos con el alcohol acontecían en las fiestas patronales de su ciudad, sobre todo en el sitio donde se llevaban a cabo los toros coleados. En esas ocasiones, se unía a la pandilla que lo tenía por uno de los suyos y exponía la vida cada vez que un feroz toro, en su súbita aparición seguido por un tropel de jinetes, se llevaba por delante a los que no estaban precavidos y se descuidaban. De esta manera vio morir a algunos conocidos suyos, pero aun así continuó exponiéndose a un fatal percance que afortunadamente no se dio. A medida que iba conociendo mundo más le interesaba alejarse hasta zonas agrestes, especialmente aquellas pobladas por tupidos bosques o abruptas selvas, donde la neblina fuese la anfitriona de tales parajes y abundaran los pájaros y las corrientes de agua. Las frecuentes peleas con su padre lo condujeron en dos oportunidades a fugarse de su casa. Mas los temores de dejar el bachillerato inconcluso lo trajeron de vuelta con la consiguiente reprimenda y castigo. No pocas ollas, muebles de la cocina y hasta trajes de su progenitor sufrieron la ira de su venganza. Su ya de por sí carácter introvertido se agudizó todavía más, aunque no faltaron frecuentes discusiones con los vecinos por nimiedades o mutuos malentendidos. De madrugada se tomaba el desquite y arrojaba piedras sobre los tejados de las casas que consideraba habitadas por gentes hostiles. Su manera de ser oscilaba entre la iracundia irracional y la más bochornosa cobardía. Su fisonomía se configuraba al vaivén de los dos extremos. Era generoso con sus amigos, aunque algunos de éstos se aprovechaban abiertamente de su bondad y lo buscaban y utilizaban cuando les convenía. Siempre fue muy susceptible a tales situaciones y las enfrentaba ocultándose en su habitación con sus libros favoritos —novelas históricas y tratados de mitología— y cuando sus compinches lo llamaban desde la puerta de calle se tapaba los oídos Editorial Letralia
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Letras adolescentes