Motosierra

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MOTOSIERRA Claudio Díaz



MOTOSIERRA Claudio Díaz


Motosierra Claudio Díaz Tala Editorial Primera edición: enero de 2021 ISBN 978-956-09573-1-3 www.talaeditorial.cl Trabajaron en la edición de este libro: Eliana Hertstein Ismael Rivera L. Daniel Jesús Díaz Fotografías de portada, contraportada e interior de libro: Francisca Burgos Diseño y diagramación de libro: M.P. Libro editado en el contexto del proyecto La raíz del poema. Daniel Jesús Díaz, Eliana Hertstein, ambos de Las Pobres Esferas, y la comunidad de Batuco. Comuna de Pencahue, Región del Maule. Apoyo profesional externo: Francisca Burgos y Gabriela Hill. 2019 - 2020 Residencia de Arte Colaborativo Programa Red Cultura Subsecretaría de las Culturas y las Artes


ÍNDICE PRÓLOGO MOTOSIERRA

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PRÓLOGO Descubrir un nuevo oficio lejos de la tierra natal y lejos de las convenciones laborales puede ser un cambio radical e impensado en la vida de muchas personas. Claudio Díaz, a través de este librillo, nos lleva de viaje por las peripecias que ha tenido que realizar para parar la olla en su casa junto a su familia. Movimiento que parte en Chuquicamata, norte de Chile, pasa por Santiago y termina en el sur, específicamente en Batuco, localidad del Maule, la tierra de sus antepasados. El autor nos muestra cómo de casualidad, pero con mucho ingenio y creatividad, luego de muchas y variadas formas de trabajo, desde su experiencia como operario en la capital a la de temporero en el campo, termina haciendo de una motosierra su principal herramienta laboral, pero de un modo inesperado. La familiaridad con la que podemos leer este relato autobiográfico, se debe a su lenguaje cotidiano y a las marcas de la oralidad halladas como gesto espontáneo a lo largo de todo su recorrido. La fluidez del texto hace recordar las historias que contaban los abuelos a sus nietos alrededor del fuego o aquellas anécdotas contadas por un amigo o amiga 7


luego de alguna odisea personal. Experiencias que al quedar impresas, adoptan una nueva forma de vida, trascendiendo de un modo lúdico a través de la escritura. Eliana Hertstein & Daniel Jesús Díaz

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A todos quienes han confiado en mĂ­, en especial a mi familia.



MOTOSIERRA Claudio Díaz



Tengo ganas de escribir un libro, no sé por qué, si nunca he escrito nada. ¿Será la necesidad de dejar algo en este mundo? Se dice que antes de morir hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Ahí está lo que me falta, un libro. Suena fácil, pero ¿cómo se hace si nunca he leído nada completo? Con suerte escribo en las redes sociales. Contar mi historia sería entretenido, creo. De cómo llegué a ser Claudio Motosierra, ya que con el paso de los años me he dado cuenta que todo lo que he logrado ha sido a puro golpe, esfuerzo y un poco de suerte, o como dirían algunos que son más místicos, que el destino estaba escrito así para mí. Empezaré contando que mi trabajo como tallador de madera empezó un día cualquiera de pura suerte, pero antes tengo que contar la historia desde un poco más atrás. Trabajé en Santiago casi doce años, en una empresa donde mi tarea como operario era apretar unos botones todo el día (así de entretenido) en una máquina que compactaba basura domiciliaria. Así que yo apretaba los botones. Soy malo para las fechas, pero trabajé ahí más de doce años. Ganaba buen sueldo y compraba todo al contado, porque había pasado a Dicom por haber dejado una cuota impaga de cuarenta lucas en Michaely, una tienda que cerró sin aviso. No era para tanto la deuda y me daba lo mismo ese tema. 13


Un día llegó a la empresa un ejecutivo, de esos que hablan con la papa en la boca, ofreciendo borrar del sistema las deudas pendientes. Me quedó dando vueltas el asunto y pensé que sería bueno salir de los registros de morosos. Así es que le pasé, mejor dicho, casi todos mis compañeros le pasamos fotocopias de liquidaciones de sueldo, y un sin fin de papeles para que empezara dichos trámites. Me dije: “¡Por fin voy a salir de Dicom!”. En esta parte de la historia cambia toda mi rutina, porque literalmente nos cagaron a todos. Era el “cuento del tío”. Este sujeto muy refinado era un chanta estafador, pues reventó todos los bancos. Sacó créditos, hizo compras en tiendas comerciales e incluso en automotoras. A los meses después empezaron a llegar cobranzas y cartas de embargo a la casa. Me llamaban todo el día para cobrar. Era realmente un infierno, se los juro. Ya no daba más del acoso, porque incluso llegaban a cobrar al trabajo y no sólo a mí, sino a muchos colegas a los que les había pasado lo mismo. “Pucha qué lata pasar por esto si yo sólo debía cuarenta mil pesos y ahora, quizás, cuántos millones serán”. ¿Qué hacemos en estos casos? Hice la denuncia para que detuvieran a este sujeto, pero la justicia tarda y mientras tarda pueden pasar muchas cosas. “Soldado que arranca sirve para otra batalla”, pensé. Así de clarito lo tenía. Había que buscar dónde ir mientras se aclaraba todo este confuso incidente. Pensé en el sur porque es un lugar tranquilo, un lugar sano para mis hijos. Lo conversamos en familia y por 14


suerte a mi esposa le gusta el sur. —¡Vámonos! Así de rápido tomamos la decisión. A la empresa tuve que renunciar voluntariamente, así es que no recibí finiquito, cero pesos. Me di media vuelta diciendo: “¡Gracias por el apoyo! Doce años regalados”. “¿Y de qué trabajaré en el campo, si yo sólo sé apretar un botón? Allá en el campo se trabaja duro de sol a sol. Bueno, es la que me tocó y habrá que apechugar. Tengo esposa e hijos que cuidar, así es que nos vamos al sur”. Buscamos varias alternativas. Entre ellas estaba Batuco, en Talca, tierra de mis abuelos. ¿Qué mejor que seguir el legado familiar? Era un buen lugar para comenzar esta experiencia, así es que dijimos: “¡Chao Santiago, adiós! Nunca más tacos, nada más de smog”. Por fin dejaría esos botones de mierda que ya me tenían los dedos chatos de tanto apretar. Además, cualquier día iba a llegar alguien a mi casa para embargarme todo por culpa del maldito personaje. O quizás me tocaría pasar un tiempo tras las rejas por estafa. Así es que más valía prevenir que curar. Con el dinero del mes buscamos un camión pequeño que no cobrara tan caro y empezamos a echar las cosas que íbamos a traer. Ahí te das cuenta de la cantidad de cosas innecesarias que juntas con los años. Nadie sabe lo que tiene hasta que se muda. “Talca, qué lindo es Talca”. Yo que vengo del norte, ver 15


tanto verde me tenía feliz, lo bonito que era. Miraba los bosques y ni en mis sueños había visto tanto árbol junto. “Esto es precioso. ¿Será que Dios te pone estos obstáculos para que tomes el camino correcto y el que está escrito?”. Llegamos a Batuco y se me olvidaron las penas. “De aquí a disfrutar de las maravillas del sur, de las frutas en los árboles y del agüita de vertiente”. El agua acá es rica, nada que ver con la que tomamos en Santiasco. Nos acomodamos, disfrutamos y empezamos a aprender cosas nuevas, como sembrar y criar gallinas y pollitos. Compramos un chanchito para criarlo, y así pasamos un tiempo hasta que empezamos a echar de menos el sueldo. “¡Qué sueldo si no tengo trabajo! ¡Ah re flautas! Se me fue el pequeño detalle que para tener dinero hay que trabajar, un pequeño detalle. ¿Qué hay por acá para trabajar, y qué sé hacer yo? Apretar botones no me sirvió de nada todos estos años, pues ahora siento que enriquecí a otros que llenaron sus bolsillos con mi esfuerzo. Tanto tiempo perdido sin darme cuenta que eso no es vida. Pero en fin, así es el sistema y es sin llorar. ¿En qué trabaja la gente por acá? En el campo, de las siembras, de animales, de temporeros. Ahí está la mano. Vamos a probar cómo nos va como temporeros”. Mi señora es apañadora como ninguna, vamos a todas. Si hay que comer, comemos, y si hay que llorar, lloramos. Trabajamos un tiempo en la recolección de uvas. Pucha la pega inhumana. Hay que madrugar, 16


trabajar cortando uvas con tijeras y hielo en las parras, un frío que cala los huesos, las manitos no se sienten. Me saco el sombrero por esa gente de esfuerzo, mujeres con hijos, viejitos que bordeaban los sesenta años o más, que me sacaban el doble del ritmo. De verdad nos dieron veinte patás en la raja a nosotros que éramos afuerinos. Trabajamos en varias partes, en viñas, en recolección de callampas (una clase de hongos que se recoge en los bosques, y que una camioneta que pasa después te las compra). Era entretenido, pero si trabajas poco, ganas poco, así es que había que mover las patitas para ganar más. Sacábamos moras igual todo el día entre matas, todos pinchados, porque la mora se defiende y no se entrega así como así. Si quieres su fruto tienes que lucharla para conseguir un kilo, así de simple. Pasaban los días bien tranquilos mirando y aprendiendo. Ya de Santiasco ni nos acordábamos. Pasamos años a ese ritmo que ya parecían vacaciones. Necesitábamos un trabajo mejor, algo más estable. Bueno, a todos nos crían con esa mentalidad. ¡Qué más podía pensar! Me gustan los bosques, los miraba y pensaba: “Ahí hay dinero, en los bosques, en la madera”. Así es que hablando con personas de la zona me ayudaron a encontrar trabajo en los bosques. —Mañana a las 6 am te paso a buscar —me dijo el nuevo patrón—. Lleva algo para comer que el día es 17


largo. —Oka, nos vemos mañana. Trabajé harto, para qué les voy a mentir. —Entre más metros rumas hagamos, más vamos a ganar —me decía el mandamás—, así es que muévete nortino que faltan palos para llenar un camión. Y yo con el hacha cortando ramas de los árboles por cerros y riscos todo el día. No era fácil para quien está acostumbrado al piso planito. Acá la cosa era diferente, subir y bajar el cerro todo el día. Haciendo memoria, ahora que lo escribo, pucha que me corría la gota en esos días. Recuerdo que despertaba acalambrado por las noches, con dolores que mejor ni les cuento. Por fin llegó el tan esperado día de pago. “Por fin sacaremos cuentas de todo el esfuerzo del mes”. —¿Perdón, qué? —Cien lucas para el nortino —dice el patrón—. —¿Y por qué? —Porque el aserradero está cerrado y no van a comprar los palos, así de simple. No nos comprarán la madera. —Pucha viejo y la… (lo pensé, pero no lo dije). “Chuata, y ahora de partida no vuelvo más a esta pega, es dura y no pagan. Tanto esfuerzo para nada. Lo sumaré como una mala experiencia y buscaré otra pega. Puta que tengo mala cue’a, justo ahora que pensé que estaba todo bien, me salen con esta mala noticia”. 18


— Seguiré contando la travesía de mi adaptación en el sur, porque todo comienzo es difícil y eso lo tenía más que claro. Soy de ciudad y no estoy acostumbrado al trabajo duro. En 1972 nací en Chuquicamata. Fui criado en Antofagasta muy lejos de estos lados. Allá no se conocen los bosques ni las lluvias. “Es todo diferente, así que voy a seguir intentando adaptarme en el sur. Esto está muy lindo, por algo mi abuelo era de estos lados y no puedo ser menos”. Después de la mala experiencia de trabajar en el cerro cortando ramas, volví a trabajar en los bosques. “Esta vez a ser más inteligente, trabajaré donde paguen diariamente”. Así es que empecé a cargar camiones con troncos. “Ahora sí que ganaré dinero. Camión cargado, camión pagado”. No tenía nada que perder. No les miento que esa pega no era para cualquiera. Hay que tener mucho aguante, porque es un trabajo muy pesado. Los primeros palos no me los podía, realmente eran pesados. Yo miraba a mi compañero que llevaba toda su vida trabajando en eso. Él me contaba que su padre desde pequeño lo llevaba a los bosques y lo hacía cargar palos. Él no conocía ningún otro tipo de trabajo, sólo el de cargador de troncos. Era un poco mayor que yo, creo. Se veía flaquito, pero tenía más fuerza que un toro. A la gente de campo le ha tocado duro sin darse cuenta, están acostumbrados. 19


Yo los miraba y no podía levantar un sólo trozo. Me sentía fracasado en mi nuevo empleo. “Cómo puede ser que no tenga fuerza. ¡Vamos Claudio, tú puedes! —me decía el yo interno—. Esto no te la va a ganar, a ponerle empeño que necesitas el dinero, tienes hijos y familia”. Agachando la cabeza y transpirando, lo seguía intentando. La respiración era un jadeo constante casi como la de los bueyes al arar la tierra. “No, no y no, realmente no puedo”. Pedro, mi compañero (el que se crió cargando) me decía: “Tranquilo gancho, no es fuerza la que necesita, esto es sólo maña”. —Mira, búscale un lado, lo giras, lo acomodas, pon la rodilla y luego levanta. Imagínate, yo con diez o doce años, a punta de chuchás, mi taita me hacía cargar estos palos, y pobre que le reclamara, porque varillazo por la espalda que me llegaba. Si yo pude hacerlo siendo un niño, ¿por qué tú no puedes? —Gracias amigo por el ánimo, haré mi mayor esfuerzo. Y creo que esas palabras me hicieron darme cuenta lo mal acostumbrado que estaba. Somos todos iguales y si él puede ¿por qué yo no? “Si yo no le ayudo a cargar este camión con palos a mi nuevo colega, le tocará cargarlo solo, y eso no es justo”. Respiré hondo, me mentalicé y vamos tirando palos arriba de ese maldito camión. Una hora y media, creo, y listo. Me gané mis seis lucas. Estaba feliz porque no me la ganó. Llegué a 20


casa con el cuerpo a la rastra, le di el dinero a mi esposa y le dije: “Mi amor, por fin ya tengo trabajo”. Me acostumbré a cargar camiones, no ganaba mucho, no me gustaba, pero me sentía fuerte, aunque estaba quedando en los huesos. Del norte y Santiago ya sólo los recuerdos quedaron, y sin vuelta atrás pusimos la casa de Santiago a la venta. Pasó un tiempo y un día llamaron por teléfono y nos dijeron que se vendió la casa, que si bien se vendió barata, ¡se vendió! Casi un año demoró, pero ya estábamos. Nos abrazamos con mi negrita: “Se nos acabaron los días de pobreza. Nunca más cargo palos”, fue lo primero que dije y eso me salió del alma. Ya tenía tres años cargando camiones, era hora de descansar. Por esos días mi cuñado tenía una micro en Loncura, un pueblito en la costa de la Quinta Región, y me decía que era buen negocio, así que si yo quería meterme en el rubro micrero él me ayudaba. La verdad no quería cambiarme de pueblo, yo ya estaba acostumbrándome a estos bosques, pero el trabajo manda. Acá no hay fuentes laborales buenas. —¿Una micro mamá, será o no será? —Mmmm micro. Tenía la plata. —Ya, oka, vamos. Compremos una micro, ahora seré empresario.

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Cómo cambia la vida de un día para otro. Esto es increíble. Mi licencia no me alcanzaba para conducir ese tipo de vehículos, sólo tenía la licencia B. Así que ya empezamos con los primeros problemas. Tendríamos que contratar un chofer. Partimos ganando menos. Loncura es un pueblo de veraneo, sólo hay turistas en festivos y vacaciones. El resto del año es pueblo fantasma. Segundo problema, se gana sólo en verano, en invierno no alcanza para pagar un chofer. Nosotros vivíamos en Batuco y la micro en Loncura, tercer problema. “Creo que el destino no va por este lado”. No podíamos estar en dos lados. “¿Nos quedamos en el campo o nos vamos a la playa?”. Trabajamos ese verano, nos fue superbién, no me quejo para nada. Tenía buen chofer, era peleador como chofer de micro. El rubro es fuerte y hay que ser micrero para entender. Terminó el verano, los turistas se fueron y decayó el negocio. “Pucha qué lata, y ahora qué hacemos el resto del año si no hay gente en la playa”. Fueron tiempos de ganancia, pero también fueron tiempos en que había que tomar decisiones concretas, si dejar el campo para siempre y cambiarnos a la costa para dedicarnos al rubro micrero o no. No es fácil, no soy campesino, pero tampoco micrero. Ahí se ponen en la balanza muchas cosas, la familia, el bienestar, el futuro de los hijos y mucho más. Uno tiene su destino marcado. Yo creo que en alguna parte está escrito tu futuro, porque cuando vas por el camino que no es el tuyo, te salen obstáculos 22


que te hacen retomar el camino correcto. Algo así como un GPS invisible, que si te pasas te manda por otro lado, pero llegas a donde está trazado tu recorrido igual. “No hay que darle tantas vueltas al tema, nos gustan más los bosques que las micros, así es que se vende la micro y nos vamos al campo”. — Talca es lindo, es una de las ciudades más bonitas y baratas para vivir de todo Chile, y eso lo digo yo, jajajaja. “Ya estamos en casa nuevamente, rodeados de cerros con bosques de pino”. Mucha gente está en contra de las forestales, pero es lindo igual. A mí me gustan y esta es mi historia. Si el cuento de Caperucita Roja lo hubiese escrito el lobo sería otro el cuento. Aún me quedaba dinero de la venta de la casa y algo más que alcanzamos a juntar con la micro. Pensamos que algo teníamos que hacer sí o sí. Nosotros vivíamos en terrenos de mi abuelito, que en paz descansa. No era nuestro. De hecho, eran ya herencias de mis tíos y padre, por lo tanto teníamos que tener algo propio. Buscamos algunas opciones para comprar un terreno, algo que quedara para nosotros y nuestros hijos. Caminamos y caminamos recorriendo varios sectores en busca de algo, y a pocos metros de donde estábamos nos ofrecieron un pedacito de tierra que podríamos comprar. No era tan lindo, tenía espacio y 23


una casita de adobe que ya estaba casi en el suelo. Bien viejita la casa, pero no alcanzaba para más que eso. Miramos muchas opciones, pero sólo estaba esa propiedad. La miramos bien, con visión de futuro y sí, nos convencimos. Pusimos todo el dinero en esa ranchita, fue un gran paso. “De a poco la arreglaremos”, dijimos. Era casi el 2009, y paso a paso fuimos adornando la casa con arbolitos frutales y arreglándola. La pintamos, le cambiamos las puertas y ventanas. Ya se veía bien linda, le agarramos mucho cariño (claro, si era nuestro cuchitril). Yo calladito volví a cargar camiones. Teníamos casa y trabajo, los niños en el colegio, todo estaba fluyendo bien, tranquilo. A ratos uno hace memoria y se acuerda que todo empezó por estar en Dicom. “Si no fuera por ese estafador, quizás seguiría en Santiago apretando botones, llegando a mi casa solo a dormir, viendo a mis hijos casi una hora al día, con quince días de vacaciones al año. Creo que eso no era vida. Ahora vivo en un paraíso, veo todo el día a mis hijos, a mi esposa, sé lo que piensan, sé qué quieren con sólo mirarlos. Esto es impagable. ¡Esto sí que es vivir! Llego del trabajo cansado, pero estoy tranquilo, mi señora me espera con pancito amasado. Todo pasa por algo, ahora somos felices, a veces entre más pobres más felices”. Y así continúan nuestras vidas en el campo. — 24


Febrero, día de mucho calor. “Esperamos a unos parientes que vienen de visita, un asadito quizás, no sería malo algo para la sed”. Veía mi casa y estaba linda. Mi hijo mayor la había estucado y pintado blanca. Se veía hermosa. Era una casa que casi se caía sola por el paso de los años, pero con puro amor y esfuerzo ya relucía como nueva. Estábamos felices. Recuerdo que compartimos unas heladitas con las visitas y lo pasamos bien, pero llegó la hora de acostarse. “Ya casi es media noche, estoy cansado y mañana hay que trabajar. Buenas noches a todos, que descansen”. Casi las tres de la mañana. —¿Qué pasa, qué pasa? —Nada —me dicen—. Es un temblor, ya va a pasar. Pero seguía y cada vez más fuerte. Nuestra casa era de adobe antiguo. Creo que fue construida hace más de doscientos años, así es que empezó a caer tierra de entre las vigas del techo. “¡Afirma la tele! —me dice mi señora—, se puede caer”. “Se corta la luz, y esto no para, sigue y sigue”. Yo casi a medio despertar, sin saber mucho qué pasaba. “¡Salgan! —empecé a gritar —. ¡Salgan, esto ya es muy fuerte!” No sé por qué yo seguía afirmando la tele si ya estaba en el suelo. Se habían caído todos los muebles. Dejé tirado todo, abrí una ventana y empecé a sacar a los niños. Mi suegra salió por la puerta que estaba casi trancada con escombros. Fue un caos. En pocos segundos toda la 25


tranquilidad pasó a ser un infierno. Todos afuera. Salí a mirar y seguía temblando. Fue como si un gigante hubiese agarrado nuestra casa y la hubiera zamarreado con nosotros adentro. Todos en pijamas, ya lejos del peligro, nos mirábamos sin saber qué pasaba. Se sentían unos ladreríos de perros, estaba de noche, había niebla o tierra, una luna impresionantemente grande y rojiza. Terremoto, sin señal, sin luz a medio despertar, era toda una confusión de emociones. Seguían las réplicas, mi casita toda quebrada, las tejas en el suelo. “¡Cuidado! Se viene otro pencazo, otro y otro más!”. Todo al suelo, muebles, paredes, tejas. Por suerte estábamos todos afuera. Nuestro hogar en el suelo. Impresionante ver paredes de adobe de tantos años hechas polvo. “No lo puedo creer, me gasté todo el dinero que teníamos de la venta de la casa de Santiago, también la ganancia de la micro y todo para comprar esta casa y ahora está en el suelo”. Lloré y lloré y no me avergüenzo de eso. Me dio pena que todo el esfuerzo quedara en nada. Mi negrita me consolaba como si fuera mi propia madre: “¡Ya saldremos adelante! —me decía—. Somos fuertes y tenemos ganas. Esto no es nada, sólo otro paso, quizás es sólo otro capítulo y otra historia que contar”. Nos abrazamos bien fuerte. “Terremoto maldito no me la vas a ganar”. La vida te va poniendo pruebas en el camino. Todo 26


pasa por algo. Miraba los escombros de nuestra casita, mejor dicho, nuestra ex casita, porque no se podía recuperar, ya estaba en el suelo. De a poco fuimos recogiendo lo que servía, como algunas ollas, cucharas, algo. Cualquier cosa que nos sirviera para continuar con nuestras vidas. Recuerdo que teníamos carne en el refrigerador. Supuestamente era el asadito que estaba programado para las visitas. Sin luz quizás por cuanto tiempo no quedaba más que ocupar esa carne para que no se perdiera. Fue tragicómico ese día, porque después que pasó el terremoto y pasamos el susto más grande de nuestras vidas, hicimos el asado igual sin casa. Miraba de reojo a mis hijos y me preguntaba: “¿Y ahora qué hago? No tengo dinero, mi trabajo como cargador de camiones no da para reconstruir todo de nuevo”. Sin encontrar respuestas, mi cabeza estaba en shock. La mente te traiciona por momentos, no te manda ninguna señal, se cierra y te bloquea. Sólo ves a tu alrededor y no encuentras solución. Pero es verdad eso que dicen que detrás de un hombre hay una gran mujer. Sandra, mi mujer, fue más fuerte que yo. Ella me puso los pies en la tierra: “Mira —me dijo—, la casa se cayó y no hay nada que hacer y punto final al tema. Ahora hay que ir paso a paso, primero ver dónde dormiremos esta noche, así es que manos a la obra”. Recogimos frazadas, colchones e improvisamos unos dormitorios debajo de un ciruelo. Paramos unos palos, cubrimos con plásticos el techo y ya teníamos una suite de lujo. Y así fueron saliendo 27


más ideas, un tarro con leña, unas ollas y ya teníamos una cocina. De a poco empezamos a seguir con nuestras vidas, todo de nuevo desde cero. Con el paso de los días fue llegando ayuda de los parientes y de las autoridades. Nunca me voy a olvidar que llegó un día, creo que a la semana del sismo, una monjita bien ya de edad. Con mucha humildad y respeto nos regaló seis bolsitas de té, un poco de azúcar y un par de tazas, unas tazas bien viejitas, se notaba por las salpicaduras. Recuerdo que eso me marcó. Yo soy agradecido de toda la ayuda que nos llegó de diferentes lados, pero esa humildad de aquella religiosa me dio algo más que material, no sé qué fue, pero sentí alegría y tranquilidad, y así fuimos avanzando día a día. No podría nombrar a toda la gente que nos ayudó, porque fue mucha. “¿Por qué pasan estas cosas, por qué de un día a otro te cambia el mundo, por qué un día estás en la cima y después al rato estás en la ruina? No lo sé, solo sé que tengo que ser fuerte y salir adelante como sea”. — Ya les había contado que tenía ganas de escribir. Bueno, entonces, aguanten. — Seguí trabajando como cargador de troncos. La verdad 28


es un trabajo pesado. Llegaba a mi casa hecho pebre, me dolía todo. Yo era feliz cuando de vez en cuando avisaban que al día siguiente no habría camión para cargar. Así de honesto. Casi odiaba levantarme para ir a trabajar. Igual apechugué, no flaqueé nunca, le ponía el hombro igual. Por algo duré tres años. En casa me tocaba también picar leña para la cocina. Uno es de pueblo y esas cosas son entretenidas. Lo malo es que sólo tenía un hacha, un hacha viejita que casi parecía un combo de construcción, pero yo cortaba leña igual. Soñaba con tener una motosierra, las miraba de lejos, les tenía algo de miedo, creo, o recelo. No sé, pero nunca quise agarrar una. Muchas veces los viejitos de los bosques donde íbamos a cargar los ya nombrados camiones me ofrecían cortar con moto y nunca me atreví. Les decía que después, otro día, pero nunca tomé una de esas motosierras. No sé, la gente te va contando historias de muchos accidentes, que son peligrosas y eso me daba cosa, pero algo tenían esas máquinas que me llamaban la atención. Será que en el norte no se conocen, será el sonido, será quizás ese poder, la potencia, la fuerza, no sé, pero siempre me quedaba pegado mirando cuando alguien cortaba palos. “Algún día tendré una”, pensaba. Eran caras, recuerdo, inalcanzables para mi realidad. Tendría que comprarla a crédito, pero ya recuerdan la historia. No tenía por dónde. Un día, ya ni recuerdo qué fecha (¿será importante 29


acordarse de todas las fechas para escribir un libro? yo creo que a nadie le interesa, así es que pondré solo un día x). Un día x me llamó mi cuñado de Loncura. Sí, el mismo de la micro. Me llamó y me ofreció trabajar unos días en unas construcciones en su casa. Bueno, la pega de los camiones no dejaba mucho, eran solo seis lucas por camión cargado. Había días en los que no se cargaba y así era relativo, pero era poco. Partí a Loncura a ganarme esos pesitos. Trabajé ya ni me acuerdo cuánto, un par de semanas creo, y antes de regresar le pedí a mi cuñado, bien humildemente, si él podría sacarme una motosierra a crédito y yo se la pagaría de a poco. No la pensó mucho y me dijo que sí. Por dentro, mi pecho saltaba, bum bum bum. Fuimos a una tienda, de esas supertiendas, y vimos varios modelos. Yo apegado a mi realidad sólo me atreví a llevarme una motito pequeña de marca china, la más barata del mercado. Era una Karson, una negrita con amarillo. Yo feliz, no hallaba la hora de regresar a mi Batuco a picar leña. Quería aprender, quería cortar árboles, quería cortar todo. Les recuerdo que nunca quise tomar una motosierra, así es que no sabía ni cómo echarla a andar. Me leí todo el manual, dos o tres veces, por si acaso. Se me aliviaría el trabajo con esa motito. Llegar cansado del supertrabajo y picar leña con el hacha punta roma que yo tenía no era fácil, así es que este juguetito me alivió mucho. “De a poco se aprende”, 30


decía y me ponía a cortar leña, despacito, sin apuro, sin cometer errores para no accidentarme. Me creía un Jason. Ahora sí, no encontraba la hora de que se consumiera la leña para ir a picar más. Después de tantas penurias, por fin una alegría. Era como niño con juguete nuevo, así me sentía. Esa fue mi primera moto, fue increíble. Me duró casi cuatro años, suficiente para ser marca desconocida. Aún la conservo como reliquia, colgada en la pared de mi taller. Así fueron sucediendo las cosas en esta etapa de mi vida. Ya tenía una motosierra y ya estábamos arreglando una nueva casita. Era de madera, una parte fue donada por mi cuñado (el de la micro con quien tiempo atrás nos habíamos enojado por el mismo tema del rubro). Son temas que uno los mira ahora y no eran para tanto, sólo cosas de micrero, que los pasajeros, que los horarios y cosas de esas. Nos distanciamos, pero cuando estuve terremoteado no la pensó y mandó una pieza completa desarmada en un camión. Cosas que no puedo dejar de agradecer. La otra parte de nuestra nueva casa fue donación de la alcaldesa de mi comuna, la señora Lucy. Con esas dos partes se estaba armando mi nuevo hogar. La casa de adobe estaba totalmente en el suelo, pero paso a paso nos estábamos reponiendo. Cada cosa que nos pasa en la vida es sólo para hacernos más fuertes y de eso estoy seguro. Ya a casi cuatro años desde que llegamos al sur, nos sentíamos parte de este paisaje, teníamos amigos y 31


gente conocida, y nos acostumbramos a los climas bien marcados que tiene Talca. Mi trabajo sólo dejaba para comer y bien poco, siempre buscando lo más barato, ni para lujos o desarreglos estaba la cosa. Pasado poco tiempo del terremoto (como ya les dije, las fechas las tengo sólo en aproximaciones, por lo que calculando, tiene que haber sido menos de un mes), me llamaron de Antofagasta comunicando otra mala noticia, una noticia que uno jamás se espera. Yo tengo varios hermanos, tres de padre y madre, cuatro de parte de madre y cuatro de parte de mi papá. Uno de mis hermanos de parte de padre se había quitado la vida. No lo podía creer. Estas cosas uno las ve de lejos o en teleseries, pero así no más fue la cosa. Mi hermanito no aguantó los problemas y tomó la peor decisión que alguien pudiera tomar, dejando a sus hijos pequeños a merced del destino. Nadie sabe qué pasa por la mente de las personas que llegan a tomar una decisión así, pero quién es uno para juzgar. Ahí uno se cuestiona la falta de comunicación que hay entre los mismos hermanos, preocupados cada uno de sus problemas, ninguno se detiene un momento a pensar en los demás. Esta noticia nos dejó totalmente shockeados, pero para ser franco, ya cualquier palabra o lamento era tarde. Con nuestro presupuesto que sólo alcanzaba para la harina del pan, no pudimos asistir a sus funerales, con una pena inmensa por no estar y una impotencia por no tener plata para viajar. Bueno, ya 32


tengo cuero de chancho, como dicen acá en el sur. Seguir luchando era sólo una frase de aliento. Semanas después nos llegó un rumor del norte. Mis sobrinos, una parejita, los hijos de mi hermano fallecido, no se encontraban muy bien. No tenían quién cuidara de ellos por el momento. De verdad, y esto se los voy a contar porque se han gastado parte importante de su tiempo leyendo las burradas que escribo, cuando escuché la noticia de mis sobrinos no la pensé ni medio segundo, y con mi señora que es un ángel, sin dudar nos miramos y fue de esas cosas mágicas que tienen las parejas, cuando la complicidad se une en una mirada, casi sin soltar palabras, tomamos una decisión: “Los niños se vienen a vivir con nosotros. Acá es tranquilo para ellos, tienen colegio cerca, estarán cómodos y no les faltará nada”. Esto me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo. Si esta historia fuera una película, le pondría música triste de fondo. Así es como se siente dentro del pecho. Dicen que las cosas pasan por algo. Nosotros no teníamos a veces ni para comer. Yo me ganaba seis mil pesos día por medio y a veces menos, con una media agua a medio terminar, con dos hijos y ahora dos sobrinos, se nos ponía complicada la cosa. Pero con cariño y amor, de alguna manera tendríamos que poder. Habíamos pasado muchas cosas que nos habían hecho fuertes, y como se dice en el campo: “De algún cuero saldrán correas”. Así de simple. 33


Se venía el Dieciocho. Acá en el sur es una fecha de muchas celebraciones, mucha comida y venían días feriados, pero tenía otra preocupación. Con cuatro niños estudiando, cada uno en cursos diferentes. —¡Papi, tío ,papi ,tío! —me dicen los niños un día—. Tenemos que ir de huaso para el desfile del colegio. —Qué bien —les decía—. Y yo sin un centavo en los bolsillos. “Cómo le hago para comprar ropa de huaso para los cuatro”. Mi mujer es de esas mujeres que no se achican ante nada. Puso la cara con algunas vecinas del sector y de a poco fue consiguiendo ropas y cosas para ellos. “Soy afortunado de tener a esta mujer a mi lado —pienso en silencio—, y saco pecho por ella”. — Cargaba camiones una o dos veces a la semana, porque cuando llueve pasan días sin cargar, así es que el dinero estaba escaso. Un día (ya saben, un día x) me puse a ver videos en el computador de mi hijo. Ahí salían figuras talladas con motosierra, y como ya les había contado, me gustaba eso de la moto. Ya venía con el bichito de hacer algo. Me animé y me puse a tallar un osito siguiendo las imágenes de Internet. Miraba el PC y salía al patio a cortar un tronco. Entraba nuevamente a mirar la siguiente parte del video y nuevamente salía a cortar el tronco. A veces miraba la imagen y cuando salía a cortar se me olvidaba cómo 34


tenía que hacerlo, y de vuelta al computador. Así me pasé toda la tarde, entre ir y venir ya me estaba quedando algo medio raro, pero de lejos parecía un osito. Fue entretenido, fue algo casi en familia, porque todos opinaban, y se reían del bicho raro que estaba quedando, pero se nos hizo corta la tarde. Ya se me había terminado la bencina y el aceite de la moto. El osito quedó casi terminado. Pasaron los días, faltaba poco para el desfile y aún faltaban cosas para los enanos. Me llamaron para cargar un camión. Por fin, después de varios días, seis lucas más. Qué bien, porque todo sirve. Un día mi hijo y mi sobrino que ya eran cómplices y amigos en todo, me dicen: “Papá, ¿si nos paramos en la carretera y vendemos el osito?”. Nunca voy a olvidar esas palabras, porque desde ese momento la vida nos cambió para mejor. Les voy a ser franco, yo encontraba que era una locura salir a vender algo que ni siquiera estaba terminado, y medio feíto además. No sé, pero son niños y andaban jugando, así es que les dije: “Oka, vayan y mucho cuidado con los vehículos”. Pescaron el osito entre los dos y se fueron a la carretera que queda como a cien metros de la casa. No pasaron más de diez minutos y los vi que venían corriendo felices. Yo pensé que algo se les había olvidado o que venían a buscar algo de comer. —¡Papáaaaa, tíoooo, papáaaa, tíooo! —¿Qué les pasa? —les pregunté—. —Vendimos el osito —me respondieron contentos y casi en coro—. Nos dieron quince mil pesos. La señora 35


que nos compró dice si puedes hacerle otro, porque le encantó tu trabajo. Quedé medio descolocado, pensando. —¿Cómo? Si subieron recién y ¿ya se vendió? —¡Sí! —me dicen los niños—, pararon varios autos a ver tu trabajo. La señora que compró viene el próximo sábado a buscar el otro osito. Los niños se dieron media vuelta y siguieron jugando, yo quedé casi descolocado: “Tendré que hacer otro osito entonces”. Quince mil pesos del cielo, justo ahora que estábamos patos. Manos a la obra, tendré que buscar gasolina y aceite para cumplir con el pedido. Como pude me conseguí un tronco y me puse a ver el video de nuevo. Lo mismo, entraba y salía a ver el PC y salía a tallar. La verdad este osito no quedó igual al primero, pero me demoré un poquito menos. Al otro día seguí practicando. Al final no me llamaban para cargar el camión y había tiempo. Me gasté las quince lucas en bencina y aceite, dos días full motosierra. Harta pega me salió. Si ya casi tiraba la esponja. “Sólo porque los niños se comprometieron les voy a cumplir”. El sábado siguiente los peques entusiasmados por salir a la carretera a esperar a la señora del encargo, pescaron los dos osos y se fueron corriendo contentos y felices como siempre. No pasó mucho rato. No les miento, estaba incrédulo. Pensé que no vendría la señora a buscar el otro osito, pero los niños estaban contentos y entusiasmados y no les cortaría las ganas de divertirse. Así es que como les 36


decía, no pasó mucho rato y los vi bajar a la carrera. —Quien gana, quien gana —decían—. ¡Ya los vendimos! —gritaron—. —¿Cómo? ¿La señora vino y se llevó los dos ositos? —No, papá, si la señora se llevó el encargado y el otro lo vendimos a otro señor que paró también. A la gente le gustan tus ositos. Tienes que hacer más, te va a ir bien —me decían—. ¡Ya, vamos a jugar!”. Media vuelta y a la carrera desaparecieron de mi lado. Quince mil el sábado, treinta mil ahora. Esto es mucho más que lo que ganaba en el mes cargando camiones. "A la gente le gustan tus ositos, tienes que hacer más“. Esas palabras las recuerdo como si fuera hoy. Pensé, ¿me estará ayudando mi hermano desde los cielos o quizás será pura suerte? La cosa está clara, tendré que hacer más ositos. Estaba un día tratando de hacer un osito, ya mirando el PC cada vez menos, y en eso llegó una señora que vio a los niños vendiendo el fin de semana pasado y me dijo: “¿Podría hacer una gallina de tamaño real en madera?”. Me puse a pensar y le respondí que era nuevo en esto, pero que lo intentaría. Quedamos en eso, el sábado ya tenía dos ositos más y una gallina. Les juro que yo creo que fui bendecido, porque se vendió todo en un rato (no más de dos horas). Así es que no se pensó más. Tomamos el dinero y compramos zapatos nuevos de huaso para los cuatro pitufos más las cositas que les regalaron los vecinos. Los niños 37


tuvieron su mejor desfile dieciochero. ¿Se pueden imaginar la alegría? Sí, así fue todo, así empezó mi historia, de la nada, de casualidad, de los días libres que me dejaba el trabajo de cargador de troncos, de la pobreza económica y por sobre todo de la incidencia de los niños. Tengo una familia maravillosa, cómo no estar orgulloso de eso. Un día me acerqué a mi esposa y le dije, medio con temor por la respuesta que me iba a dar: “Mi amor, me gusta esto de la motosierra, tú crees que nos irá mejor con esto si me dedico un cien por ciento, ¿qué opinas?”. Pasaron unos segundos y respondió: “Ya tienes un trabajo, pero tienes que buscar otro mejor y me doy cuenta que esto te gusta. Si te sientes capaz de cumplir con los pedidos y te comprometes a ser cada día mejor, yo estoy contigo en todas y lo sabes, pero el día que no tengamos para comer, usted calladito va y regresa a cargar camiones”. Se sonrió y me dijo: “¡Te amo! Tienes que intentarlo. Mientras no nos falte para parar la olla, que sea lo que Dios quiera”. — Así empezó todo, la gente preguntaba por Claudio, el d e l a s m o t o s i e r ra s . D e a p o c o c o m p ra n d o herramientas, acomodando nuestras vidas y el nuevo sistema. Mucha gente me dijo que iba a morir de hambre tallando palos. Por suerte no les hice caso y 38


seguí con la porfía de meter bulla. Así también hubo gente que confió en mi trabajo y siempre me tiraba buenas vibras. Me sentía realmente feliz. Trabajo que terminaba era casi seguro que se vendía. Tengo muchos recuerdos lindos, incluso un día se me descompuso la barra de la motosierra (la parte que lleva la cadena) y como era una marca desconocida no encontré repuesto. Así que buscando entre los vecinos, me regalaron una espada vieja de otra marca que no tenía ningún parecido a la que yo necesitaba, pero como soy medio artista para mis cosas, la corté, le hice unas perforaciones y la acomodé como pude y la adapté en mi motito. No me duró mucho, pero terminé otras figuras. Ya en ese entonces estaba haciendo figuras diferentes, con la misma técnica de copiar por Internet. Tenía búhos, perros y también mis figuras regalonas que eran los osos. Un día, me recuerdo muy bien, porque son cosas que marcan, se me fundió la motosierra. Para los que no saben, arreglar una moto sale carísimo. La llevé a un servicio técnico en Talca, me atendió una señora muy amable. Mientras revisaban mi moto hablamos un buen rato y le conté que me estaba dedicando a tallar troncos, que era nuevo y que se me fundió la moto, sólo por falta de cuidado y poca experiencia. Le mostré algunas fotos de los ositos para ver qué opinaba ella. En eso desde un cuarto sale un técnico y dice que ya estaba lista la moto. Yo preocupado de la conversa ni 39


siquiera pregunté cuánto saldría el arreglo. Sale caro y no había muchas lucas. Le pregunté: “Señora Carmen ¿cuánto le debo?”. Ella me respondió: “Don Claudio, no le voy a cobrar el arreglo. Usted siga tallando. Siga aprendiendo que su trabajo es muy lindo y tiene que seguir metiendo ruido”. Todas estas cosas me hacen no renunciar nunca a este arte. Sumergido en el tema del arte con motosierra, se me hacía complicado el buscar madera, porque tenía que pagar flete y eso se llevaba una parte importante de las ganancias. Me hacía falta un vehículo, cualquier cacharrito me servía. Así es que empezamos a buscar algún dato o aviso de ventas que estuviese dentro de nuestro presupuesto. Juntamos y juntamos, pero sólo nos alcanzaba para comprar algo super extra económico. Me acuerdo perfecto, mi padre me acompañó. Fuimos a Talca a comprar una camioneta, una Datsun ochentera, que estaba casi para el desarme. Estaba fea, pero barata. Tenía todo malo, se los digo en serio, pero me servía perfecto para ir a buscar palos a los cerros. No quería más que eso. La miramos y dije: “Oka, me la llevo”. Camino a casa tenía que comprarle neumáticos, porque los que tenía estaban con los alambres afuera y no llegaría a Batuco, eso era seguro. Se nos pasó un rato en la vulca. Se estaba haciendo tarde y teníamos que partir rápido, ya que la joya no tenía luces, pero eso era un detalle. Más importante era pasar a soldar unos fierros en el piso, 40


porque se estaban hundiendo los asientos. Mi padre me miraba mientras afirmaba la puerta para que no se cayera en el camino. Ya casi de noche emprendimos el viaje a casa. Eso fue como en las películas, cuando vas por la carretera y sientes el viento en tu pelo. Nos miramos con mi viejo y me dijo: “¿Te has dado cuenta de algo?” Lo miro, me río y le digo: “Sí, si me di cuenta, este wáter no tiene vidrios en las puertas”. Y nos largamos a reír. Sin luces, con el viento, la humareda que salía del escape, con el ruido y una tembladera de latas que casi se desarmaba, llegamos a casa. Por fin ahora podía buscar mis propios troncos. Así llegó la nueva integrante de la familia. La bauticé La Hammer. — Con los años mis sobrinos regresaron al norte junto a su madre. Por mi parte nunca más cargué camiones y espero no volver a hacerlo. El señor que me estafó de seguro le tocó peor que a mí. Por otro lado, mi hijo, ya ahora más grande, partió a trabajar a Santiago junto a sus dos hermanos mayores. Estamos con un solo hijo, que es el conchito de la familia. Él me ayuda con la tecnología y con las publicaciones, porque ya publicito mis trabajos por Internet. Yo le pego poco a eso. No me quejo de nada, porque ha sido entretenido. Lo hemos pasado bien, tengo a mi lado a una gran mujer 41


que, sin flores ni anillo de oro, me ha sabido soportar por más de veinte años pese a todas mis locuras. Hemos viajado mucho, incluso fuera del país, mostrando mi trabajo. Conocemos mucha gente nueva y he tenido la suerte de encontrar grandes amigos. Soy humilde porque la vida me ha enseñado que nada dura para siempre. Me gusta ayudar, no porque tenga tanto, sino porque sé lo que es no tener. Las cosas no han sido fáciles, por si no lo han notado. Nos cambió la vida desde que tuvimos que partir de Santiago. Hemos ido aprendiendo cosas en el camino, paso a paso y por etapas, como si estuviera escrito en un orden perfecto, pienso yo. Quería escribir un libro, quizás no para que se venda, si no para tener escrito lo que he vivido estos últimos tiempos. La verdad es que encuentro mágico todo esto. Las cosas pasan por algo, sean malas o buenas, pero por algo te pasan. Me salté algunas partes para no ser tan latoso. Faltó mi padre en este cuento. Después que me vine de Santiago lo convencí que se viniera al campo con su gente. Él no sale en la historia, porque creo que se merece un libro aparte, sólo para él. De hecho, creo que serían varios libros. Hoy tengo cuarenta y ocho años. Los cumplo en octubre. Tengo toda una vida por delante para seguir 42


aprendiendo de este maravilloso arte. No sé lo que me depara el destino, pero seguiré luchando cada día por ser el mejor en lo que me toque. Por ahora, a disfrutar de la vida que yo seguiré picando palos mientras el cuerpo me acompañe. Los primeros años como tallador fueron increíbles. Me sentía el rey del mundo. Quería ser famoso, quería salir en televisión, quería también un reportaje. Mi sueño era ser patrocinado por alguna marca de prestigio y recorrer el mundo, participar en simposios y eventos. Con los años me he dado cuenta que eso no me llena el alma, sólo me aumentaba el falso ego. Me gusta tallar maderas con mis motosierras y es todo lo que busco. Trabajar en este arte es una pasión y me siento bendecido, porque puedo hacer cualquier cosa que me pidan. Dice la gente que esto es un don. Yo, en lo personal, creo que tiene que ver más con las ganas de aprender y las horas de práctica. Cualquier persona que le pone cariño y dedicación a lo que hace puede llegar donde quiera. Sólo llevo ocho años trabajando como artesano escultor y he sido muy feliz. Sé que me falta mucho por aprender, mi nivel es básico en comparación a los grandes maestros. Quizás algún día llegue a ser realmente bueno, pero por ahora me siento más que satisfecho con lo aprendido. Algún día buscaré la manera de agradecer cada palabra de apoyo, y me faltará vida para agradecer a todos los que algún día me compraron alguna cosita. Seguiré 43


sacando aserrín mientras pueda, siempre y cuando el destino no me tenga preparada otra pågina para otra historia‌

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Motosierra es parte de la colección “Veta”, serie “Arte Común”, de Tala Editorial, dedicada a libros que indagan en la memoria individual y/o colectiva a través del relato autobiográfico.



Para la presente ediciรณn se usรณ la letra Optima. (Versiรณn PDF)


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