20 de marzo de 2016 • Número 1098 • Jornada Semanal
eminente de
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Rodríguez Galván El teatro es el arte más próximo a la sociedad. A través del teatro yo quería, por un lado, una fama inmediata, y segundo (me permito una indiscreción), acercarme a la mujer que yo amaba. Para un joven como yo, de origen indígena, escasamente apuesto, el renombre es a lo único verdadero que uno puede aspirar. Por fortuna la Independencia cambió mucho el orden de cosas; en los siglos del virreinato, a gente como yo, se le trataba como esclavo o sirviente o cosa. La cultura era para clérigos y gente rica. Veinte años después todo eso ha cambiado. –Pero usted es aún muy joven. Acaba de cumplir los veintiséis años. –Sí, pero uno sabe dónde están sus límites. ¿Qué hacer cuando poetas como el cubano José María Heredia escriben un poema como “En el Teocalli de Cholula” a los diecisiete años y otro como “Niágara” a los veintiuno? Simplemente se trata de seguir haciendo lo mejor posible lo que a uno le gusta, y eso es todo. –Y qué ambiente prefería usted, ¿el de los escritores o el de los comediantes? R: Si me pone contra la pared, el de los escritores. Salvo gentes como el magnífico Manuel Eduardo Gorostiza o mi amigo Fernando Calderón, me resulta difícilmente soportable el ambiente artístico. No dudaría en calificarlo de falso y a su gente de zafia y necia. Pocas veces he visto tal número de farsantes que se ejercitan, con placer abyecto, con su canasta llena de víboras, en la intriga y se revuelcan en el lodo del vicio disfrazado de virtud. Jamás pude integrarme. Todo lo contemplaba, lo oía y lo vivía entre bastidores. Pero seguiré escribiendo teatro porque por unos envidiosos e insidiosos no puede apagarse la hoguera.
Fuente: circulodepoesia.com
de los miembros y podía darse que alguien desarrollara un tema científico, literario o gramatical. Pero los hechos rebasaron con creces lo que esperábamos. A la Academia se incorporaron las glorias mayores de la literatura, de las humanidades y la ciencia. Desde don Andrés Quintana Roo, uno de los hombres más puros de México, el ministro de la Guerra José María Tornel, mano amiga en los días difíciles, y el sabio antropólogo Isidro Gondra, hasta los jovencísimos Alcaraz, Prieto y Payno. Creo que nosotros, los más jóvenes, al oír las disertaciones de los mayores y considerar sus observaciones críticas a nuestros trabajos literarios, hemos aprendido más que en una universidad. –Muy muchacho se ligó usted al teatro. –Dos dramas míos han sido puestos en escena, Muñoz. Visitador de México, en 1938, y en abril de este año El privado del virrey. Busqué ante todo dos cosas: subrayar el tema mexicano y denunciar atrocidades cometidas por los españoles en los siglos oscuros de la Colonia.
–Hay un poema de usted que me gusta mucho pero que sus contemporáneos no han sabido aún apreciar: “La profecía de Guatimoc”. –Lo escribí hace tres años. Es un poema en el que estoy de muchas maneras. Para mí el gran héroe trágico del tiempo prehispánico es Guatimoc. En un momento triste y desolado, cuando sentía que no tenía verdaderos amigos y que jamás en la vida obtendría el amor de la mujer de la que le he hablado, quise sostener con él un diálogo imaginario a través de los siglos. Simbólicamente utilicé a un hombre ruinoso y en cadenas (lo contrario a la figura del joven fuerte y valeroso que nos ha dado la historia) porque así me parecía que estaba México, sobre todo, luego de padecer las sangrientas humillaciones de la separación de Texas en 1836 y de la Guerra de los Pasteles en 1838. También quise que ocurriera en Chapultepec, a orillas del lago, porque es uno de los escasísimos sitios que hace pensar aún en la época precortesiana, y feché el poema, con toda intención, entre el 15 y el 27 de septiembre, días en que se conmemoran el inicio y el fin de la guerra de Independencia. El poema quiere ser un sueño pero es una pesadilla que dura doce días. Procuré en él destacar que no sólo habíamos mal recordado nuestros orígenes sino que aun, gente como
yo, de origen indígena, ignoraba la lengua de nuestros ancestros. Busqué enfatizar que el peligro contra nuestra soberanía e integridad territorial, venía ya mucho menos de España que de los Estados Unidos, de Inglaterra y Francia. Sin embargo, ¿cómo defendernos si en los palacios de gobierno mandan traidores que ven el honor como una palabra artificial, bandidos que roban legalmente al pueblo, usureros que chupan la sangre del cuello de los desesperados y los pobres? –¿No le debe ese poema algo a “En el Teocalli de Cho lula” del gran Heredia? –Quizá lo inspiró en cierta medida, pero no influyó. –¿Y por qué deja México? Contra todo, usted, pese a sus pocos años, ha sido muy importante en el medio literario y artístico. Ha escrito poemas que lo hacen ver ya como un lírico eminente, ha dirigido dos de las me jores revistas literarias desde la Independencia y tuvo mucha resonancia en 1938 su primera obra teatral. –Mire. Rodríguez extendió el poema que escribía entonces. Lo leí. Era magníficamente amargo y resentido, pero estaba inconcluso. Aún más: me pareció que eran dos poemas: uno, la historia de su frustrado amor con invectivas severas contra el medio artístico, y el otro, un parangón inequitativo entre lo que fue su madre y lo que era la madre de la bella actriz. Relacioné este poema con un pasaje de “La profecía de Guatimoc” y comprendí que desde siempre Rodríguez sólo había encontrado una actitud árida y palabras desdeñosas de la joven actriz, pero él siguió construyéndose un castillo de luces donde sólo había un castillo de cartas.
* El medio literario, el medio académico de la Academia de Letrán y el medio artístico se conmocionaron dos meses y medio más tarde cuando llegó la noticia de la muerte de Ignacio Rodríguez el 25 de julio en la ciudad de La Habana a causa del vómito negro. Casi todos los amigos escribieron algo –poemas, artículos o testimonios– en revistas o en páginas del diario El Siglo xix. Tres años después Manuel Payno, en un viaje a La Habana, se albergó en el hotel donde enfermó Rodríguez, convivió con los poetas y escritores que lo trataron y visitó la cripta, propiedad de la familia Bachiller, donde yacía. El 16 de diciembre de 1847, Soledad Cordero, luego de una penosa enfermedad, murió a los treinta y un años en la ciudad de Zacatecas. En 1851 Antonio Rodríguez Galván, en el gabinete del café de La Gran Sociedad, donde había conversado por última vez con Ignacio, me regaló un libro que acababa de editar con los poemas de su hermano. Se había perdido en la verde edad el mejor poeta romántico surgido hasta entonces. En casa, al revisar el libro, encontré sólo hasta las páginas finales, el preciso y vehemente poema que escribió para la joven actriz y me había mostrado en 1842 en el café: quedó inconcluso
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