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PRÓLOGO

La idea surgió hace dos o tres años. Fue un arrebato. «¿Sabes?», le dije a Eduardo Arroyo un día que comíamos juntos, «tenemos que hacer una película en la que tú hables durante 24 horas ininterrumpidas». Grandes risas. «Lo digo en serio». «Por eso me río», contestó, «porque sé que lo dices en serio». «Sería muy interesante», apostillé, «hablar de todo, sin límites de tiempo. Ir contracorriente». Ahí quedó la cosa. Acabamos de comer y dejamos dormir el tema. A principios de 2011, el Círculo de Bellas Artes de Madrid empezó a preparar una exposición bastante singular: Bazar Arroyo. La muestra, que recogería un sinfín de objetos y actividades más informales del artista, incluiría un documental sobre el pintor. Era la ocasión. Hablé con Eduardo y estaba de acuerdo. Se lo comenté a Juan Barja, director del Círculo de Bellas Artes, y aceptó muy generosamente cambiar el proyecto inicial para producir una película, que yo dirigiría, con las características que aquella tarde le planteé al artista. Durante 24 horas se escucharía lo que tuviera que decir. La vida de Arroyo es un largo río que pasa bajo algunos de los puentes más importantes de la Europa moderna. Nacido el 26 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil española, su peripecia le ha llevado a algunas estaciones fundamentales: el antifranquismo, la revolución, el exilio, la lucha por imponer su pintura, su encuentro con algunos de los grandes intelectuales de la época, el regreso, el éxito artístico. Un magnífico itinerario para hacer una reflexión profunda de su vida, de la nuestra y de ese país que le obsesiona y que se llama España. Conozco a Eduardo Arroyo desde hace más de veinte años. Es un caso muy singular dentro de los intelectuales españoles. Por la vida vivida —larga, intensa, culta, internacional y política— y por los

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diferentes registros en los que se ha movido profesionalmente: pintor, escultor, cartelista, escritor, escenógrafo… Es capaz de afrontar una larga conversación, un intenso soliloquio. Nunca le he visto con el pincel en la mano; raras veces me ha enseñado algún cuadro en el que estuviera trabajando; tenía noticias de su alergia a ponerse ante las cámaras y mucho más a dejarlas entrar en su  estudio. Pronto nos entusiasmamos con el proyecto, que llevaría por nombre Arroyo. Exposición individual, y marcamos unas cuantas líneas rojas: sería un monólogo y lo rodaríamos muy rápidamente, en una semana. Blanco y negro. Dos cámaras. Un solo decorado durante toda la película: el propio estudio del pintor. Sobriedad al límite. El diálogo, que tuvo lugar a primeros de septiembre de 2011, ha dado origen a la película que se estrenó en el cine Bellas Artes de Madrid el 7  de febrero de 2012. La proyección comenzó a las diez de la noche y terminó a la misma hora del día siguiente. Y también ha dado lugar a este libro, que es un documento, casi un archivo. Recoge y ordena las ideas y las opiniones de uno de los artistas españoles más importante de nuestro tiempo. Un hombre del siglo xx, como él mismo se define. Sin el énfasis de las imágenes —Arroyo es un hombre teatral—, pero con la serenidad, el reposo y la fuerza que tiene la palabra escrita.

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EL ESCENARIO

El estudio de Eduardo Arroyo es una biblioteca. Las paredes están cubiertas por estanterías bajas repletas de libros cuidadosamente ordenados: muchos ejemplares lucen pequeñas señales de papel. Al fondo, a la izquierda, existen más estanterías, esta vez con libros de boxeo, una de las pasiones declaradas del pintor. Una multitud de objetos parecen el atrezzo de una puesta en escena. Se respira cierto aire teatral. En las paredes, tapizadas de cuadros de pintores amigos y de pintores admirados, no hay rastro alguno de sus propias obras. Mucha luz. A la derecha de la estancia, cuatro balcones se abren a la calle y al ruido de Madrid. En el lado opuesto, a la izquierda, una puerta doble de madera y cristal comunica con la entrada de la casa; y, más allá, la habitación se ensancha y se convierte en un cuarto de trabajo con libros de arte hasta el techo. A más de cuatro metros del suelo, dos ventiladores esperan su turno para empezar a volar. Este es el escenario de nuestra conversación. Cien metros cuadrados repletos de magia. A la entrada, un gran espacio vacío permite adivinar el ring donde el pintor trabaja sin testigos. Un sillón club de cuero rojo espera. Enfrente, al fondo de la habitación, tres sofás rodean una mesa gigantesca sobre la que hay un plato de cerámica con un deshollinador marca de la casa. También una escultura de bronce de Víctor Mira: una de las vanitas, que tanto gustan a Arroyo. Durante veinticuatro horas, el artista permanecerá sentado en un pequeño sofá art déco tapizado de ante de color tostado y con brazos de madera. Siempre en el mismo lado, siempre mirando al frente. Una mesa de la misma época con adornos de acero y una lámpara de los años cincuenta con aire de platillo volante compondrán el sobrio ambiente. El pintor vestirá siempre igual, con un elegante estilo que

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le es propio: traje negro, camisa blanca, corbata negra. Una cámara fija ejercerá como testigo de cargo, grabando la conversación; en realidad habría que decir el monólogo. Una segunda cámara se moverá, adelante y atrás, sobre un carril que recorre la escena a la izquierda del autor. La luz añadida llega desde unos focos situados junto a la primera ventana. Ningún alarde técnico, ni de medios; la mínima expresión. No habrá más personajes durante el largo interrogatorio, ningún entretenimiento que desvíe la conversación, que entorpezca la única voz que hablará en sesión continua. La película será en estricto blanco y negro, una pincelada más para evitar distracciones del tema central: lo que piensa, lo que dice, sus creencias. No hay preguntas pactadas. Tan solo una cuestión fundamental: la conversación será relajada, tenemos tiempo por delante. No hay temas prohibidos, salvo uno: Arroyo no quiere hablar de su familia más cercana: de su mujer, de los suyos. Durante veinticuatro horas —el pintor, el escritor, el hombre— desplegará sus argumentos, merodeará por su estudio sin traspasar sus límites. Las cámaras no se moverán de esta habitación. Por primera vez ha aceptado que ingresen en su sancta sanctórum. Encerrado entre estas cuatro paredes, Arroyo se dispone a hacer frente al experimento: una larga película que contenga las mismas horas que un día. Empieza la confesión. (A las ocho de la mañana, el artista llega al estudio. La habitación permanece a oscuras. Por los grandes ventanales se cuela la primera luz del día. Se oye la llave en la cerradura y el chirrido de la puerta. Arroyo desconecta la alarma a oscuras. Enciende la luz de la entrada, que se cuela en el estudio a través de los cristales de la puerta del salón. Se escuchan las pisadas. El pintor entra en la habitación y avanza hacia el fondo dejando una estela de luces encendidas. Regresa con los periódicos bajo el brazo, los deja caer pesadamente en la gran mesa central. Se sienta en silencio y mira al frente. Mientras espera, una música invade la sala. Es un pasodoble, Suspiros de España. La cámara está lista. Comienza la acción.)

Alberto Anaut: A primera hora, cuando lees la prensa, ¿te dan ganas de arreglar el mundo? Eduardo Arroyo: Yo creo que ya no tengo edad. Cuando eres joven, o lo quieres arreglar o lo quieres hacer saltar. Yo estaba más cerca de

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hacerlo saltar. Ahora, no creo que esa sea mi preocupación. Porque además me he dado cuenta de que mi vida política no ha servido absolutamente para nada. Todo se ha hecho al margen de mí. ¿Yo? ¿Arreglar el mundo? No. Lo que pasa es que seguir, digamos, esa especie de novela, esa especie de enorme libro de la Historia que se hace todos los días y que tiene su expresión más genuina y más interesante en el periódico, ese interés no me abandonará nunca. Una de las cosas que más miedo me da es cuando me dicen que no va a haber periódicos. ¿Qué va a ser de mí si no puedo leer cuatro o cinco periódicos por la mañana? ¿Los tengo que leer en Internet, que no sé utilizarlo? ¿Los tengo que leer en la cama con un aparato? O leer libros en Internet… Eso sí me preocupa, francamente. No quisiera que me quitaran el periódico, pero parece que así va a ser también. Creo que arreglar el mundo no es mi asunto, francamente. No tengo ni la capacidad ni el poder de hacerlo. AA: Como buen pintor al óleo, necesitas textura. EA: El olor a tinta, a imprenta, cuando te manchas las manos. Esas sensaciones me han acompañado toda mi vida, desde muy joven, de adolescente. El día que esto se termine, me resultará complicado vivir. AA: Tú has vivido otros periodos en los que sí has intentado arreglar o hacer saltar el mundo. EA: Más bien hacerlo saltar… Y eso ha condicionado mucho mi vida, y sobre todo ha condicionado mucho mi pintura. Al final, cuando yo me di cuenta de que la situación democrática de este país se estaba afirmando, empecé a pedir a la pintura que me restituyera todo el tiempo perdido durante la agitación política, que fue mucho. Poco a poco mi pintura fue abandonando esos temas de querer hacer saltar el mundo, de la crítica constante, de creer que la pintura es un arma, de creer en la fuerza política de la imagen. Se terminó, dicho de una forma un poco caricaturesca, «antes del pasaporte y después del pasaporte». Mi «obsesión de España» ha continuado hasta prácticamente finales de los setenta, cuando me di cuenta de que, en realidad, me sentía en un cierto sentido pagado, porque creo

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que la humillación que ha vivido mi generación en Europa ha sido muy grande. En general, me he dado cuenta de que las luchas que yo he mantenido han sido ininteresantes y, sobre todo, ineficaces. Yo quería ser como los demás. Yo he luchado únicamente por ser como un alemán, por no ser el refugiado español y no ser el que señalan con el dedo, el patito feo de Europa. Eso me molestaba mucho. Me molestaban mucho las invitaciones a comer los domingos en los barrios obreros periféricos de algunos militantes. Los comunistas franceses te invitaban porque cada uno quería tener su refugiado para liberarse de su mala conciencia. Querer ser como los demás me parece una cosa importante. No ser distinto, ser como un danés o como un italiano o como un inglés. Eso es lo que yo siempre he querido ser. AA: No ser distinto ni aun para que te protejan. EA: Sobre todo para que te protejan, lo que resulta verdaderamente humillante. Las épocas que he vivido con pasaporte de refugiado político han sido humillantes. Pasar las fronteras, la mirada del aduanero, del policía, tener que presentarte constantemente en despachos. La incertidumbre y, sobre todo, la mirada del otro, algo para mí absolutamente lamentable. Esto yo lo puedo contar, pero desgraciadamente mucha gente no puede, se ha quedado en la cuneta. Y sobre todo las humillaciones de un millón de trabajadores españoles dispersos por Europa, eso sí que era una crisis. En Suiza, en Bélgica, en Alemania… Esa melancolía constante cuando los veías sentados en los bancos con frío en París, con una barra de pan, abriendo una lata de sardinas. En la frontera con Francia, cuando para ir en tren desde Madrid a París había que bajarse en Irún, en Hendaya, y coger otro tren. Ver grupos grises; quince, veinte trabajadores con maletas al límite de lo rudimentario, de lo artesanal, yo me atrevería a decir incluso que algunas eran de madera. Ver cómo llegaban unos funcionarios franceses a las dos de la mañana, que es cuando se hacía ese cambio, con la gente medio dormida. Y ver cómo esa masa gris tirando a negro se convertía en una masa blanca, como clowns, porque los fumigaban con desinfectante blanco, era algo sorprendente. Lo primordial es ser como todos, yo creo que por eso valía la pena luchar.

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AA: Para no perder la costumbre, hoy los periódicos nos meten bastante miedo: pánico, hundimiento de las bolsas. Es la enésima vez que, de alguna manera, se transmite que el foco está ahí, en el dinero. ¿Cómo estás siguiendo estos años? ¿Qué opinas de la crisis que parece que ha cambiado radicalmente nuestra vida? EA: Para los lectores de prensa compulsivos como yo, afrontar los periódicos o las radios ya es una prueba matinal. Vivimos un estado permanente de crisis. Yo he conocido por lo menos cinco sonadas. Me acuerdo de una dramática: la crisis del petróleo en los años setenta. Luego una increíble, la de la Guerra del Golfo: después de una situación boyante, absolutamente impresionante de bonanza —en los meses de febrero y marzo—, en agosto de 1990 fue una catástrofe total. He vivido muchas y yo creo que a un pintor, como vive en un estado permanente de crisis por treinta y siete mil motivos, le sorprende quizá menos. Yo me considero una persona escéptica y bastante pesimista en general, aunque no lo parezca. Esta crisis, indudablemente, es de categoría. Llega en un momento de mi vida donde me doy más cuenta de que estoy contando el tiempo al revés. Estoy siempre con esa pregunta: «¿Cuándo pintaré el último cuadro?». Es decir, cuándo llegará el final. Por un lado, me doy cuenta de la excepcionalidad de la situación y, por otro, en cierto sentido, la ignoro. Creo que esta permanente crisis es también una cosa positiva. Puede parecer incluso antipático para la gente que la está sufriendo, pero vivir en momentos extraordinarios de bonanza y de felicidad económica me parece que no es sano. Esta crisis te hace reflexionar, te hace trabajar en un cierto sentido mejor, menos distraído de una serie de cosas exteriores. Te encuentras más apartado. Este es el aspecto positivo. Comprendo que decir esto para quienes tienen unas dificultades económicas tremendas y con cinco millones de personas en el paro en España puede resultar un poco extraño, pero pienso que se puede comprender muy bien por la naturaleza misma de mi quehacer diario. Lo que más fastidia de esta crisis es lo exterior, lo que ves, lo que barruntas, lo que percibes. Es decir, la crisis de los otros más que tu propia crisis. Esto sí que es verdaderamente angustioso y preocupante. Aunque no sepamos leer la extensión de la crisis, porque es una situación también muy técnica, que no se comprende.

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Yo no tengo la más mínima idea de economía, pero me interesa. La leo y cada vez me quedo más perplejo, porque me doy cuenta de que no solo no comprendo nada, sino que lo que sorprende verdaderamente es que no comprende nada nadie que vive de explicar la situación que estamos viviendo. Todo esto te produce un cierto desasosiego. Pero, desde el punto de vista personal, lo tomo con una cierta distancia. AA: Y no es que no te haya afectado, porque el mundo del arte ha sufrido enormemente el impacto de la crisis… EA: Es lógico. A los que les interesa este mundo del arte están distraídos, porque están preocupados. Están con otros líos, en otra situación. Pero la pregunta es una pregunta que me diriges a mí y tengo que responderte de una manera, lógicamente, muy personal. La época de bonanza no ha sido para mí una bonanza excepcional. Eso también te da una dimensión de la situación. No ha sido esa cosa fulgurante, extraordinaria, donde te llega una serie de prebendas y fuerzas económicas muy grandes. Yo no he vendido nunca exposiciones enteras; no me ha ocurrido nunca; no ha habido nunca listas de espera en mis galerías mientras terminaba un cuadro para poder venderlo inmediatamente. Esas cosas no las conozco ni las conoceré jamás. Esto también te da una dimensión un poco más tranquila. Y luego no voy a sufrir (voy a ser muy franco) con esta crisis, porque como no recibo prebendas del Estado, «no se me va a acabar la subvención». No he tenido una beca en mi vida, no voy a heredar nunca de nadie… Contra esas cosas estoy bastante armado, no es una preocupación. Yo vivo de los privados, son los que me sostienen. Por contarte un ejemplo: después de seis exposiciones personales mías en Barcelona, en una galería como Carles Taché —que es seguramente la galería más importante que existe en la ciudad—, que una persona como él, tan integrada en el mundo catalán, tan conocida y tan importante, no haya conseguido vender nada a ninguna institución oficial en Cataluña, te da una idea de la circunstancia. Además, yo tengo la desgracia de haber nacido en Madrid, no he tenido la suerte de haber nacido en Palafrugell o en cualquier pueblo de la provincia de Lugo. Ser de Madrid no te da ninguna prebenda, porque de Madrid es todo

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el mundo. Yo no puedo salir a la calle y decir a alguien: «Yo soy de Madrid», para que me respondan: «Y yo, y acabo de llegar». No puedo decirles a estos, a Ruiz Gallardón: «Soy de Madrid»; se ríe. Es lo peor que te puede ocurrir. No participo del pastel y del pasteleo económico-autonómico. En absoluto. Así que cuando se me habla de crisis… Yo estaría muy inquieto si fuera alguien que ha vivido del Estado, como la gente del mundo del cine. Estaría preocupadísimo. Pero como no he participado en todo este tipo de situaciones y prebendas, pues no estoy preocupado en absoluto. AA: Hoy, en Le Monde, la única noticia que sale sobre España habla de recortes en los gastos de lo que ellos llaman «las regiones españolas», que es una expresión que aquí ha sido sustituida por autonomías. EA: No, es que está prohibida. Está prohibida. AA: ¿Cómo vives, como ciudadano, como intelectual, como artista, el panorama de pánico y de pánico autonómico que también hay? EA: Bueno, lo que pasa es que esta crisis ha destapado una serie de conflictos y de situaciones que la cortina del dinero, que es una cortina siempre espesa, una cretona, a veces oculta. ¡Que en Castilla-La Mancha hayan quitado doscientos cincuenta liberados de los sindicatos!… Me parece increíble que existan, no que los hayan quitado. Eso es lo que es extraordinario. Tú te das cuenta ahora de que en este momento terrible que estamos viviendo aflora una serie de cosas, de conflictos, de ilegalidades, de pasteleo, de subvenciones, de compra de votos… Parece mentira que hayamos estado viviendo de esta manera. A mí lo que me sorprende no es lo que está ocurriendo ahora, sino lo que ha ocurrido, que nadie ha querido intervenir, que nadie ha querido decir nada y que todo se ha convertido en una caricatura de la política y en tanta gente totalmente aterrorizada por perder el sillón y, como consecuencia, el dinero. Y el poder de obtenerlo. Eso es lo que me parece increíble: lo que está aflorando, lo que se ve, lo que va a pasar, lo que se va a descubrir. En qué mundo hemos vivido. Y en un cierto sentido me angustia, mientras que en otro pienso que de aquí puede nacer una situación nueva para este país.

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AA: Se lleva unos meses hablando del impuesto de los ricos. En esta situación dramática, en la que se ha pinchado el globo donde estábamos en un sueño, de repente aparecen otra vez los malos. La palabra «ricos» resurge cuando no hay dinero. EA: Si esto tuviera un sentido económico trascendental para el país, pues seguramente tendría interés. Yo no soy un economista y no sé contabilizar lo que esto puede aportar. Lo que sí sé es que los ricos tienen unas características muy particulares, y es que no les gusta nada que les metas la mano en el bolsillo y les quites el dinero. Y tienen unas reacciones un poco extrañas: cogen el dinero y se van. Que es lo que puede ocurrir. Creo que es mucho más importante ocuparse de crear empleo y de que todo el mundo cotice.

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LA INFANCIA

Era una España salvaje. La huella de la Guerra Civil domina el paisaje de la época. Siete meses después del levantamiento del general Franco, Madrid es una ciudad sitiada por los nacionales. La vida diaria se mantiene a duras penas. El gobierno de la República aguanta las convulsiones internas y los bombardeos que llegan de las líneas enemigas. Eduardo González Rodríguez Arroyo nace el día 26 de febrero de 1937, un día antes de que terminara la batalla del Jarama, en la que las fuerzas leales logran a duras penas detener a las tropas sublevadas. (Eduardo Arroyo está sentado en el sofá. En la mesa, a su izquierda, una taza de café. Junto a él, a su derecha en el sofá, cuatro periódicos vueltos del revés.)

Alberto Anaut: Antes de todo está Madrid, Madrid en 1937. Vamos a hablar de tu infancia, de tus primeros años. Eduardo Arroyo: Nazco en una familia de la burguesía media, normal, de padre farmacéutico y mi madre, como se decía en aquella época, sus labores. Mi padre, originario de Murcia, farmacéutico en la calle General Castaños, en Madrid; todavía existe la farmacia. Mi madre, de familia montañesa, de las montañas de León cerca de la frontera con Asturias, de talante republicano y bastante templada en cuanto a religión se refiere. Ella republicana y mi padre creyente serio, con un rosario en el bolsillo y hombre de derechas, falangista. Una mezcla un poco extraña. Esta es la situación que vi cuando empecé a tener uso de razón. De mi padre hay un acontecimiento que me lo ha hecho idealizar. Y es que me resulta incomprensible todavía que un hombre victorioso —después de haber estado condenado a muerte por la República,

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haberse tirado un año y medio en la prisión de Ocaña y, en los últimos meses, antes de que llegaran los nacionales a Madrid, con dos policías en casa de mi abuela— mandara a su hijo al Liceo Francés, un sitio al que ningún victorioso mandaría a su hijo. Porque en aquella época el Liceo Francés era el colegio de los laicos, de los perdedores, de los vencidos, de los refugiados… Era un colegio tremendamente particular, hasta el punto de que no se sabía nunca si se iba a cerrar o no. Un milagro extravagante que ese colegio continuara funcionando, con una sola hora de religión a la semana. Ese es el espectro de mi infancia. Luego ya la fractura se produce con la muerte de mi padre, cuando yo tengo seis años, el día de Reyes de 1943. Yo había entrado en el Liceo Francés en octubre del 42, y mi padre se muere en enero del 43. A partir de ese momento empiezan las convulsiones familiares fuertes. La viudez de mi madre, la soledad, el problema económico. Una situación bastante complicada, porque a mi abuelo lo arruina la República. Él era un industrial, tenía una fábrica de curtidos en Madrid, al lado de La Almudena, con la que se había enriquecido bastante durante la neutralidad española, sobre todo en la guerra del 14 al 18, como muchos industriales españoles de aquella época y otros que venían de ese valle de San Miguel de Laciana de grandes empresarios. La guerra en Madrid lo arruinó, lo liquidó económicamente. Sus dieciocho obreros se jugaron a votos si lo fusilaban o no, y le salvó el voto de un aprendiz que acababa de entrar, que tenía dieciséis años, y que dijo: «No, a mí este señor no me ha hecho nada y yo voto porque se le conceda la vida». Y no lo mataron por eso. Pero, claro, tuvo que ocuparse de seguir pagando los salarios… Se arruinó totalmente. Eso produjo una convulsión importante. A partir de ese momento desaparece la familia de mi padre de mi horizonte y ya queda solo una familia, la de mis abuelos, y son ellos los que se ocupan mucho de mí, de ese chico de seis años. Era una familia austera porque todos venían de la educación de la Institución Libre de Enseñanza y, sobre todo, del Instituto Escuela, por lo que había ese laicismo y austeridad innatos de ese tipo de educación. Entonces, ¿cómo era la vida? Pues había comida consistente, con mucha fécula, y un buen colegio, un colegio privado que había que afrontar. Y luego, el vestirse. En aquella época, cuando tenías usadas

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las chaquetas, había unos sastres que les daban la vuelta. El problema era que el corte del bolsillo, que se veía, dejaba la cicatriz en la tela. Había unas monjas, al lado del palacio de Liria, que con mucha minuciosidad trataban de reconstruir el dibujo del príncipe de Gales, por ejemplo. Lo que pasa es que la reconstrucción no era perfecta, siempre se veía que te habían dado la vuelta a la chaqueta. Hablando de la ropa, la cosa dejaba un poco que desear. Los veranos los pasaba en Robles de Laciana, en las montañas de León, donde estaba la casa de mi bisabuela, que ahora es mía porque mi madre la había perdido y yo la recompré. Ahí estaba el paraíso, claro. Cuatro meses para comer y correr y jugar y estar al aire libre. Pero eso era una constante de las familias españolas, porque el colegio terminaba el 22 de junio y hasta el 10 o el 12 de octubre no volvía a empezar. Puedes imaginarte lo que era aquello. Y esa era mi vida. Yo era muy mal estudiante, terriblemente malo, pero malo de verdad. Con pocos intereses. Y tremendamente insoportable. Hasta el punto de que me echaron del Liceo porque no me aguantaban. Una vez, la única vez que tuve razón, convencí a mi madre para que fuera a protestar, porque me parecía una injusticia el castigo. Mi madre, cuando volvió a casa, me dijo: «A lo mejor se han equivocado. Les he dicho que quería ver la ficha de mi hijo y me han enseñado una ficha tuya en la que había muy poco espacio para escribir, porque estaba todo lleno de cruces rojas, verdes, negras, azules… ¿Y me puede enseñar dos o tres de sus compañeros?», insistió. Y claro, las otras estaban vacías, o tenían dos o tres cruces, mientras que la mía estaba completamente ocupada. A partir de ese momento, cuando tengo catorce años, me echan definitivamente. Estaba en un sitio fantástico, en Marqués de la Ensenada, antes de esas aberraciones que han hecho de cargarse el palacio del Duque de Medinaceli y esas horripilaciones del franquismo que han transformado ese barrio mío de Alonso Martínez. Era una bellísima calle, la plaza de París, la calle Argensola donde he vivido… El Liceo era un magnífico colegio. Mixto, las chichas por un lado y los chicos por otro, pero nos unían en los castigos de las tardes de los jueves, sábados y domingos…, que se dice pronto. Te castigaban y ahí el único premio a ese castigo es que tenías chicas al lado.

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AA: Ahora es el aniversario del Liceo… EA: ¡Ah, sí! Es divertido porque pasa como con los militares: siempre terminas teniente coronel antes de que te jubilen, y eso ocurre también conmigo. Resulta que pertenezco a un grupo español notable. Incluso creo que oficialmente soy «Excelentísimo Señor», cosa que me ha sorprendido mucho. Me han dicho que cuando te dan la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes ya eres «excelentísimo», algo que me interesa mucho, incluso me enfado cuando no ponen «excelentísimo» en el correo… Pero bueno, como me he convertido en un notable, en la asociación de antiguos alumnos están bastante contentos de que yo haya sido su condiscípulo. Incluso querían que yo escribiera y participara… Y no lo he hecho no por nada, sino porque me parecía totalmente ridículo. Qué voy a contar cuando yo era una especie de paria al que echaron. Qué títulos de nobleza puedo avanzar yo en estas celebraciones de gente bien, tipos serios, correctos, que terminaron sus carreras, brillantísimos la mayor parte de ellos, conocidos… ¿Qué hago yo allí? Y no he ido. AA: Volvamos a la guerra. Tenías muy pocos años. ¿Te ha quedado algún recuerdo directo, o es lo que te han contado? EA: Creo que de la guerra no tengo recuerdos. Tengo de la inmediata posguerra. Recuerdo que la familia de mi padre alquilaba un pequeño apartamento en San Sebastián, y que ese «año de la victoria» hice un viaje muy largo en autobús con mi padre desde Madrid. Y me acuerdo de que también mi padre vino a buscarme a Robles para llevarme a San Sebastián. Creo que son los primeros recuerdos. Tenía tres años. Pero no me acuerdo de la guerra. De cómo no pude ser bautizado y vino un cura a mi casa vestido de paisano; un bautizo clandestino… AA: Tu padre era farmacéutico, pero fundamentalmente era un apasionado del teatro. EA: Sí, es curioso. Él quería haber hecho Medicina, según he sabido después por los relatos de mi madre, pero creo que cuando empezó a ver las operaciones y todas esas manipulaciones con macabeos se le quitaron las ganas y optó por hacer Farmacia. La farmacia en aquella

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época era una cosa fundamental en la sociedad, no es como hoy. Se preparaban todos esos específicos en el laboratorio, se vivía allí. Y luego también era donde se ponían inyecciones, se ayudaba a la gente del barrio, gente que no iba al médico. Ser farmacéutico tenía un papel social que hoy no tiene. Él se lo tomaba muy en serio, era muy responsable, pero solamente durante los horarios de farmacia. Tenía una presencia muy fuerte en el barrio, era muy querido. Ahora, en el momento en que echaba el cierre, eso se había terminado y empezaba a vivir su pasión por el teatro, a mi modo de ver, excepcional. Tenía una biblioteca teatral muy importante, que se ha ido perdiendo con los avatares de la vida, y una intensa relación con el mundo teatral. Iba todas las noches al teatro y, cuando no había representación, acudía a los ensayos generales, a las lecturas, frecuentaba el mundo teatral… Y todo el mundo teatral iba a su farmacia para recibir asistencia de él. Tenía una pasión y un conocimiento del teatro completamente fanático. Y con una particularidad que hoy resulta incomprensible: él mismo era escritor de teatro. Seguramente no muy brillante, porque no estrenó nunca. Yo tengo algunas piezas escritas por él en conjunto con otra persona. En aquella época era bastante normal que las comedias y demás obras las escribieran dos personas. Vivía el teatro de una manera apasionada. Ese mundo era su mundo, un mundo importante. Hasta el punto de que, en realidad, murió en un teatro, a consecuencia de una caída allí. Fue al teatro de La Zarzuela a socorrer a una actriz que se había puesto enferma. Le llamaron, fue corriendo, resbaló, se rompió la cadera y a partir de ese momento empezaron las complicaciones. En dos o tres semanas se murió. No había penicilina, le vino una septicemia galopante y se murió. Yo creo que fue una consecuencia de las privaciones que había soportado durante la guerra. Ese año y medio de Ocaña debió ser para su organismo terrible. Era un hombre alto y muy delgado. AA: Muchísimos años después tú también tuviste una septicemia que estuvo a punto de acabar contigo. EA: Sí, lo he pensado. Ese destino extraño que en castellano se llama con un nombre que te atemoriza pero que, algunas veces, te hace reír:

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Exposición Individual.  

24 horas con Eduardo Arroyo

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