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y 26 de abril D, E, F, G y H
from jalisco190422
Hacia el pasado o hacia el futuro
Golpe de realidad
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Gilberto Guevara Niebla nacional@cronica.com.mx
El presidente de la república dice estar muy orgulloso de que las personas analfabetas lo apoyen, pero debería avergonzarse de la negligencia que ha mostrado para que esas personas dejen de ser analfabetas.
El presidente no ama la educación, la detesta; a su juicio la educación sólo ha servido para formar a las élites que saquearon al país en el pasado y que hoy conspiran contra él. De ahí la postración que sufre el sector educativo.
El poco dinero que el gobierno federal gasta en educación de adultos hace pensar que el ejecutivo quiere, más bien, que los analfabetas sigan siendo analfabetas.
Tenemos un total de 31.8 millones de personas adultas que no saben leer y escribir o tienen primaria y secundaria incompleta. Hablamos del 35.7 % de la población total de México. De ese total el gobierno federal y los gobiernos estatales sólo atienden al 7% (CIEP, 2022) ¿Cuánto dinero invierten esos gobiernos en la atención educativa de esa masa gigantesca de mexicanos? Desde el año 2006 ese gasto no ha superado el 1.7% del presupuesto educativo.
El actual gobierno que dice defender al pueblo no ha hecho nada para combatir en serio el rezago educativo y fortalecer los niveles inferiores de la pirámide educativa (inicial, preescolar y primaria) que son a los que tiene acceso la población con menos recursos. ¿Es que el pueblo no quiere ser educado? ¿Es que el pueblo no necesita educación? Estas preguntas no son inocentes. Un estudio de 2016 informa que todas las familias entrevistadas coincidían en reconocer que la educación es valiosa per se, aunque las familias más pobres ven a veces la escolaridad de sus hijos como una carga. ¿El pueblo no necesita ser educado? Es innegable que la educación ha desempeñado un papel decisivo para impulsar el desarrollo económico y construir nuestra convivencia social y democrática. Entendemos, claro, que los servicios educativos sufren abandono, son todavía insuficientes, son desiguales en cobertura y en calidad y no atienden satisfactoriamente a la diversidad cultural.
Pero dice el presidente que la falta de educación, no es falta de cultura (“Ser analfabeta, dijo, no es ser inculto”). Todo es cultura, desde luego. Pero, ¿qué entiende el presidente al usar ese término? Aparte de la cultura que la escuela imparte, ¿qué otras culturas existen? El presidente puede referirse a las culturas indígenas o puede referirse a las “culturas populares”, es decir, a las culturas —valores, creencias, costumbres y conductas— que existen en las comunidades rurales pobres no indígenas o en las periferias urbanas donde priva la pobreza, la precariedad y la violencia.
Esas culturas, que —por el momento—llamamos “populares”, a juicio del ejecutivo son equivalentes en valor a la cultura que la escuela trasmite. ¿Es esto verdad? ¿Acaso la educación no ha sido un poderoso medio civilizatorio que ha hecho posible la convivencia humana moderna (con sus virtudes y defectos)? ¿No es la educación escolar necesaria, insubstituible, para que los mexicanos logremos construir racional, inteligentemente, el futuro que deseamos para nuestra comunidad nacional?
El presidente valora las tradiciones religiosas y populares, pero no las concilia, sino que las opone a la cultura universal moderna. Si tiene esas ideas, cabe preguntarnos: ¿A dónde quiere llevar a este país? ¿Hacia adelante o hacia atrás? ¿Hacia el futuro o hacia el pasado? O bien apoya vigorosamente a la educación para edificar una nación prospera, rica y justa, que funde la convivencia de sus diferentes culturas en el diálogo y la razón, o bien mantiene en el abandono a la escuela, deja que ésta continúe arruinándose y sigue fascinado por los valores comunitarios del mundo indígena, pre-moderno, mundo que piensa España destruyó a partir de 1521. ¿O es que el Señor Presidente tiene una tercera vía todavía inconfesa?.
Ricardo Becerra ricbec65@gmail.com
¿Recuerdan que en los últimos años, a partir de 2018, muchos cronistas y autores -algunos muy respetables- habían declarado difunta a la oposición y destruido, al sistema de partidos mexicanos?
Pues el domingo pasado resucitó, se levantó y anduvo; todo ese mecanismo político se activó y detuvo, con solvencia y firmeza, una reforma constitucional sobre energía eléctrica que el presidente López Obrador había declarado decisiva. De un modo plástico, el Congreso de la Unión, vía la Cámara de Diputados, se erigió como el principal contrapeso en la República, y como el primer poder de control a la desmesura despótica del ejecutivo.
Creo que el domingo pasado se pudo ver con claridad, que la mecánica democrática persiste y resiste, y que legisladores y sus partidos siguen siendo protagonistas insustituibles para la vida pública. El discurso populista, el de los imperativos de un solo hombre y los muchos ecos que ha conquistado en estos tres años se desvanece ante la buena política del pluralismo en el Congreso.
Este límite rotundo a las pretensiones de López Obrador tiene su origen en las elecciones de 2021, cuyo resultado legislativo se expresó -claramente- a través de los 223 votos opositores en la Cámara de los Diputados.
Las alucinaciones autoritarias se enfrentaron así y por fin, con un golpe de realidad y el presidente que quería ser Juárez, protagoniza un fracaso que no había padecido ningún otro mandatario mexicano en nuestra historia constitucional moderna: que una propuesta de una reforma presentada por un Presidente, es desechada por el Congreso. ¿Por qué el ejecutivo se negó a ver la simple inviabilidad aritmética de su iniciativa? ¿Por qué insistió en “no cambiar ni una sola coma” cerrándose el mismo, a la posibilidad de cualquier negociación o pacto con alguna otra fuerza del legislativo? ¿Qué ocurrió en esa coalición empeñada en escenificar de modo tan obstinado su propio fracaso?
Es difícil creer que el presidente haya intercambiado un voto por una embajada al mismo tiempo que recibía todas las señales de una oposición organizada, disciplinada y con un nivel argumental muy superior al morenismo. Cuesta creer, en fin, la persistencia de esa idea según la cúal, en el México moderno, la constitución puede ser modificada por la sola voluntad del señor presidente, sin el concurso de los partidos políticos y la concomitante y estrafalaria pretensión de acudir al Congreso sin talento discursivo y sin voluntad de negociación
Es posible que este episodio, junto con la sucesión precipitada, ya marquen una inflexión política. Por lo pronto no solo se detiene la regresión energética, sino que también se demuestra el destino de la reforma electoral acariciada por el autoritarismo en la que se anunció: 1. El debilitamiento de los partidos (menos financiamiento); 2. La reducción del pluralismo (eliminar plurinominales); 3. Centralizar el control electoral (eliminar a los órganos en los estados) y, 4) Someter al árbitro electoral (haciéndolo depender de campañas electorales). Pues bien: todo esto es hoy, menos posible que antier.
Se trata de detener la destrucción, no de avanzar. La votación del domingo no dotó a nuestro país de una mejor regulación eléctrica-energética. Lo que hizo fue mantener la competencia en el sector y proteger el relativo avance de nuestra transición energética. El triunfo, consistió en evitar lo peor. En esas estamos.
Pero vale la pena registrarlo: elecciones que ratificaron la existencia de un pluralismo vivo. Partidos disciplinados, legisladores responsables, demanda de diálogo e ineludible negociación. Una prensa alerta y una sociedad civil exigente. La mecánica democrática dando un golpe de realidad a un país que lo necesitaba.