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27/3/2012

CRISDRO S.A

PIENSO, LUEGO EXISTO

Sin preguntas no hay camino propio | Murga-Papalini


Sin preguntas no hay un camino propio

Pienso luego existo

Trabajamos en el área de literatura, con el estudio del hombre y sus formas de pensar hoy en la sociedad. Que ya no se hace preguntas, por lo tanto no tiene que responder, y vive en un mundo desorbitado y orientado por los demás. Se olvidó de pensar como individuo y piensa solo como sociedad. Somos “FLAMARTE”, un grupo de estudiantes de la Unidad Educativa Maryland dispuestos a criticar y analizar los sistemas sociales y sus consecuencias en los sujetos. Con el fin de plasmar diversidades de caminos que podemos tomar, haciendo una crítica a la sociedad en la que vivimos, y las consecuencias de no preguntarnos nada y vivir a la deriva, o hacernos la pregunta correcta que nos hace viajar. Buscamos nuevas ideas y otras alternativas, abriendo la puerta al debate.


Augusto -Fuego a las 12 en punto – dijo Juan -BumEntonces, desde la trinchera Augusto pensaba en su familia y qué debería estar haciendo. Recordó a sus hermanos, recordó su niñez, sus amigos, sus padres, su escuela, los bueno momentos que allí pasó; y muchas cosas más en tan sólo un minuto. Y de pronto se dio cuenta de lo real que era lo que lo rodeaba y se vio en la trinchera apretado; entonces agarró u arma y un par de granadas, empezó a caminar por la trinchera hacia la batalla. Pasó enfrente de todos, de José de Víctor, quien estaba viendo una foto de su hijo que había nacido una semana atrás. Luego pasó al frente de su mejor amigo Jorge, o así le decía él a quien más confianza le había otorgado a lo largo del mes de campamente. Luego de hablar un rato, Jorge le deseó suerte y Augusto se marchó. Luego de caminar un rato se frenó. Llevó su mano al pecho, agarró la cantimplora que le habían llenado una hora atrás. La abrió, la llevo a su boca y sintió aquella sensación de libertad, de recuperación. Sintió el agua llegar a su estómago y todas sus fuerzas se reactivaron. Separó la cantimplora de su boca, la cerro y la soltó. Sola se acomodo, golpeando en la panza dos veces a causa del traje que llevaba puesto. Siguió caminando, llego al final de la trinchera, miró al cielo y rezó, pidió protección para la batalla. Se paró decidido, salió corriendo hacia la batalla. Al salir sintió un dolor punzante en la cabeza, un golpe. Antes de desmayarse logró abrir los ojos y ver que se había golpeado con un tronco. Un ruido fuerte lo despertó, era un rayo y recordó que era sábado y que ese día no tenía que ir a la escuela entonces siguió durmiendo. Al despertarse bajó las escaleras y llegó a la cocina que estaba plagada de luz. Augusto era un chico de 14 años, un poco alto para su edad, de pelo corto marrón oscuro. Estaba ya cambiado y listo para el partido de


ese día. Desayunó lo que su madre le había preparado y luego salió con su padre en el auto a la ciudad. Durante el viaje escuchó música, vio el paisaje y se imaginó, se imaginó como iba a ser de grande. Se imaginó siendo un empresario de aquellos que manejan gran cantidad de dinero, se imaginó ayudando a los pobres, se imaginó saludando a sus hijos al dejarlos en la escuela. Al llegar a la ciudad lo primero que hicieron fue ir a buscar a su amigo Franco para ir al partido a la tarde. Al pasar, los padres se pusieron a hablar un rato mientras Franco y Augusto preparaban las cosas. Se despidieron de los padres de Franco y se fueron. En el camino pasaron por un montón de calles y veredas. Allí se encontraron a varios amigos que saludaron con el sonido bocina. Pasaron 7 años y Augusto creció, conoció muchas personas pero un problema surgió. La empresa de su padre quebró y Augusto no tuvo otra opción que concurrir a un colegio militar. Así que allí viviría por varios años. Lo hicieron trabajar, estudiar y ejercitar como nunca antes había hecho Hasta había días en los que no lograba conciliar el sueño debido a sus estudios. Aprendió lo que era el esfuerzo, sacrificio y el trabajo en grupo, algo que en su anterior escuela no tenía sentido ni significado. Y así llego el segundo año en el colegio militar, y con él llegaron las arduas horas de entrenamiento, por claramente se avecinaba una guerra. Fueron entrenando de las más diversas formas posibles. A la mitad de año los dejaron un mes en la jungla donde tuvieron que sobrevivir con muy poca comida y asi fueron dividiendo tareas y creando instrumentos para facilitar la caza y la recolección de alimentos. Al año siguiente surgió un problema aun mayor, la guerra había llegada. Viajaron hasta un campamento para proteger el país. Alli estuvieron parados durante un mes. Durante el transcurso de ese largo mes continuaron con el arduo entrenamiento y Augusto empezaba a extrañar a su familia. La guerra había comenzado y junto con ella el miedo de Augusto. Caminaron por mas de una hora para poder llegar a la trinchera que habían cavado un par de días atrás.


Al llegar se organizaron en 3 grupos. Un grupo fue al norte, otro al sur y el tercero, en el que estaba Augusto, se quedo en la trinchera. Esperaron por 3 horas hasta que escucharon ruidos de explosiones y disparos, esa fue la señal de que la batalla había comenzado. Estuviese donde estuviese Augusto escuchaba tiros y explosiones por todos lados. Hubo muchas órdenes ese día, a diferentes soldados para que hagan las tareas. Los médicos se dividieron dos por cada pelotón y se los identificaba por la cruz roja que tenían en l casco. Augusto no supo cuánto tiempo estuvo allí pero sí supo que ese día iba a terminar sano y salvo, pero todavía faltaba la peor parte, la batalla. Llegó el medio día y todavía no paraban d escucharse disparos. Llegó el momento en el que Augusto iba a tener que decidirse entre la vida y la muerte. De pronto escuchó a Juan gritar. -Fuego a las 12 en punto – dijo Juan -BumEntonces, desde la trinchera Augusto pensaba en su familia y qué debería estar haciendo. Recordó a sus hermanos, recordó su niñez, sus amigos, sus padres, su escuela, los bueno momentos que allí pasó; y muchas cosas más en tan sólo un minuto. Y de pronto se dio cuenta de lo real que era lo que lo rodeaba y se vio en la trinchera apretado; entonces agarró u arma y un par de granadas, empezó a caminar por la trinchera hacia la batalla. Pasó enfrente de todos, de José de Víctor, quien estaba viendo una foto de su hijo que había nacido una semana atrás. Luego pasó al frente de su mejor amigo Jorge, o así le decía él a quien más confianza le había otorgado a lo largo del mes de campamente. Luego de hablar un rato, Jorge le deseó suerte y Augusto se marchó. Luego de caminar un rato se frenó. Llevó su mano al pecho, agarró la cantimplora que le habían llenado una hora atrás. La abrió, la llevo a su boca y sintió aquella sensación de libertad, de recuperación. Sintió el agua llegar a su estómago y todas sus fuerzas se


reactivaron. Separó la cantimplora de su boca, la cerro y la soltó. Sola se acomodo, golpeando en la panza dos veces a causa del traje que llevaba puesto. Siguió caminando, llego al final de la trinchera, miró al cielo y rezó, pidió protección para la batalla. Se paró decidido, salió corriendo hacia la batalla. Al salir sintió un dolor punzante en la cabeza, un golpe. Antes de desmayarse logró abrir los ojos y ver que se había golpeado con un tronco. Al despertarse pensó que la batalla seguiría pero se encontró con todos los soldados de su grupo festejando

entonces se dio cuenta de que la batalla había

terminado. Luego sus amigos le contaron que habían ganado la batalla y que en cualquier momento el enemigo se rendiría y por fin iba a ser el fin de la guerra. Se unió al festejo y pensó en volver a casa y nunca más vestirse de solado. Con el objetivo de cumplir su sueño de su niñez y crear su propia empresa como había hecho su padre. Pensó en casarse, tener hijos y poder continuar su vida de manera pacífica. De esta manera volvía al campamento, con estas ideas fue que armó su bolso y volvió a su hogar.


El ciego Un sordo miraba sin ver lo que ya otros habían visto, pensaba y no preguntaba, avanzaba por un camino andado. Un día de una semana de un mes, de un año cualquiera, miró hacia atrás y vió, y comprendió. El vacío se apodero de él, amenazando con evidenciar su existencia, en su miedo, ignoró y dejó a los pensamientos sin preguntas fluir, aturdiéndolo y encerrándolo dentro de lo que no importa. Y, huella por huella, paso por paso, siguió el camino de muchos otros.


Carta en Blanco Se cuenta que en el colegio estatal Nº 128, durante la primera década del 2000, había una peculiar historia de amor. Una historia de amor entre dos chicos que cursaban el 5to año, y que tenían muy poco en común. Esta es la historia de Cándido y Mariana. Cándido era el alumno expiatorio del curso, tenía pocos amigos y no era muy social. Medía 1,79 metros, pesaba 55 kilos, y se peinaba con gel para el costado. Cuando hablaba con las mujeres los nervios le ganaban y no podía expresar lo que quería. Cándido estaba enamorado de Mariana, pero no se animaba a hablarle, y no era una chica fácil de conquistar. Mariana era la chica deseada por todos en el colegio, pero siempre dejaba a todos con la ilusión de que podían llegar a conquistarla. Cándido buscaba consejos en sus familiares más adultos, pensaba que ellos podrían ayudarlo a relacionarse con su enamorada. Su abuelo Mario, al que le decían Tito, por Marito (de Mario), que termina en Rito, pero sonaba mejor Tito, le recomendó que le escribiera una carta demostrándole su amor. Cándido, confiado en que su abuelo tenía razón, decidió ponerse a escribir. Al cabo de 2 horas de estar sentado, no había escrito nada, ya que no sabía por dónde empezar para expresar sus sentimientos. Al otro día, Cándido le contó a uno de sus pocos amigos lo que estaba haciendo para conquistar a Mariana. En uno de los próximos recreos todo el colegio estaba hablando sobre el tema. Román, el bravucón del colegio, también estaba enamorado de Mariana, y cuando se enteró de esto quería matar a Cándido, y organizó todo para una pelea a la salida. Mariana sabía que iba a haber una pelea, no sabía el por qué todavía pero quería verla. Llegaron las 12 del mediodía y sonó el timbre, todos se reunieron en la puerta haciendo una ronda con Cándido y Román en el medio. Román levantó a Cándido de la camisa y lo tiró al piso con fuerza, avisándole que no se meta con Mariana, que estaba viendo todo. Desde el piso, Cándido respondió que no le había hecho nada a Mariana, que


solamente pensaba escribirle una carta diciéndole lo que se sentía. Todos los chicos que estaban viendo la pelea empezaron a reírse y algunos le gritaban que eso era para viejos. Mariana se sorprendió al escuchar lo que dijo Cándido pero no respondió nada. Cuando estaba por levantarse del piso, Cándido recordó que su padre siempre le decía que para conquistar una chica no había que pelear por ella, sino hablar con ella. Fue entonces cuando se levantó con la cabeza gacha y se fue a su casa, dejando a Román con ganas de pelear y a todos con ganas de ver la pelea. Después de unos días Mariana se acercó a hablarle a Cándido porque se había enamorado. Él estaba muy nervioso cuando vio que se acercó y no sabía qué hacer ni qué decir, asique la única que habló fue ella. Le dijo que le había parecido muy tierna su idea de escribirle una carta, y que le gustó que no peleara por ella. Después de unos minutos de silencio Cándido le dijo un tímido “te amo” y ella respondió con un “yo también”. Desde ese día Cándido y Mariana viven felices juntos.


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