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Como árbol muerto

Se cierne sobre Ecuador un escenario deprimente: el de un presidente intrascendente e inoperante que se mantiene en pie, como un árbol muerto, solo porque nadie termina de derribarlo. Mientras, el correísmo se dedica a tiempo completo a sembrar miedo, turbación y tumulto, para conseguir, como sea, en los próximos comicios esos veinte puntos que le hacen falta para reconquistar el poder total. Encima, funcionarios, gremios y políticos buscan ya, patéticamente, con la prisa de esbirros asustados, congraciarse con los nuevos mandamases: ninguno sabe a dónde, pero nadie quiere quedarse de último.

Más allá de lo que diga el expresidente Rafael Correa movido por su conocida impaciencia, resulta improbable a estas alturas que el gobierno del presidente Guillermo Lasso enfrente un fin prematuro. Las dificultades logísticas, el costo político para el país e incluso el convulsionado escenario internacional en el que las grandes potencias quieren a toda costa mantener el orden en sus órbitas, dificultan ese escenario. Les resulta más conveniente al correísmo o a los radicales de Pachakutik preparar el terreno para la próxima campaña, que ya está a la vuelta de la esquina, mientras un régimen anquilosado termina de hundirse en la incompetencia y de enterrar el prestigio de su ideología y la fe pública en esta por, al menos, una generación.

Esto se puede revertir si el Gobierno abandona ya su política económica de “tal vez estás mal, pero piensa que podrías estar peor” y busca —con obra pública, educación, salud, deporte, cultura— impactar verdaderamente en la vida de la gente. Pero eso ya lo saben.

Violencia en auge

Dosasesinatos, llevados a cabo en plena campaña electoral, de candidatos a las alcaldías de Salinas y Puerto López, en las provincias de Santa Elena y Manabí, respectivamente, fueron divulgados de manera amplia por agencias internacionales de noticias. Igual cobertura tuvieron otros hechos sucedidos especialmente en la Costa ecuatoriana, algunos de los cuales menciono a manera de muestreo: ex vocal del Consejo Nacional Electoral en El Oro, falleció en Machala; en Quevedo, un político, cuando salía de una entrevista en un medio de comunicación digital, recibió disparos que acabaron con su vida; en concentración efectuada poco antes de la reciente campaña electoral, en Santo Domingo de los Tsáchilas, hubo disparos que dispersaron a los aterrorizados asistentes; en Esmeraldas, un decano y un profesor de la Universidad Luis Vargas Torres, perecieron baleados.

Ante el último homicidio, el del candidato a burgomaestre de Puerto López, la Misión (2023) de Observadores de la OEA a las elecciones de Ecuador, luego de condenar enérgicamente el asesinato y de exigir una pronta investigación para esclarecer el crimen, advirtió lo que no es desconocido en nuestro medio y que causa alarma social, debido a manifestaciones de violencia por motivaciones políticas, con lo cual se advierte que este fenómeno va escalando en peligrosidad.

Puede analizarse los altos índices de criminalidad tan solo con la referencia a enero del año en curso, en donde, en la Zona 8 (Guayaquil, Daule y Samborondón) se produjeron 166 asesinatos intencionales, lo que revela marcado ascenso en relación con los años precedentes. Se ha denunciado que ya hay escuelas para sicarios. Los mencionados observadores expresaron, además, que la violencia no es compatible con la democracia, por tanto se la debe neutralizar con medidas prontas, reales, efectivas.

tales en el Ecuador. Dos herencias nefastas del correísmo: la Constitución de 2008 que no es una ley suprema, cuya consecuencia es el caos legal de las tres funciones o cinco que imperan en el Ecuador. Jueces inferiores que dictan resoluciones constitucionales. Ausencia definitiva de amparo del ciudadano para ejercer sus derechos. Falta de una Corte Suprema de última instancia. Corte Constitucional que se convierte en juez supremo de todos los actos públicos y privados; la otra herencia: la eliminación de un propósito ético en el arte de gobernar, el resultado es que frente al saqueo la impunidad se impone, pues el mal ejemplo es contagioso, es el cinismo populista . Se dice que la política es el arte de lo posible. Esta afirmación ha servido, lo dice Borges y es cierto, para justificar y ocultar toda clase de tropelías. El fascismo y el comunismo, luego de que entusiasmaron por una forma de fraternidad universal, terminaron en el despotismo soviético y un trágico final con Mussolini.

Hoy el populismo, con rezagos de marxismo, triunfa a pesar de su rotundo fracaso que tiene en la miseria y opresión a muchas naciones.

Nuestros políticos deben afrontar la realidad, el país es ingobernable por su esquema casi ilegal: La autoridad máxima puede ser cuestionada por cualquiera y destituida por la Asamblea con 92 votos, la cual puede ser destituida con la novelera “muerte cruzada”; las autoridades de control no funcionan; el narcotráfico tiene en su mira captar la justicia. La inseguridad es resultado de los éxitos del crimen organizado, con la circunstancia que la conciencia ética quiere desaparecer, pues se propugna la violencia, el crimen y poseer muertos a su favor.

El peligro es que marchamos hacia un estado totalitario, de no ser razonables, cuando se quiere cambiar la historia, la tradición, los derechos fundamentales, a pretexto de revoluciones inicialmente democráticas.

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