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SERIE GRANDES CUENTOS FANTÁSTICOS

HABíA UNA VEZ... RECOPILACIÓN DE CUENTOS INFANTILES


SERIE GRANDES CUENTOS FANTÁSTICOS

HABÍA UNA VEZ... RECOPILACIÓN DE CUENTOS INFANTILES


creditos derechos de autor


lo maravilloso de la infancia es que en ella todo es maravilla........ Chesteron


A

PREFACIO

quí encontrarás los cuentos clásicos que nos contaban nuestros mayores de niños. Relatados de generación en generación, nos llegan para que

podamos transmitírselos a nuestros hijos. Recuerda que cada cuento encierra en sí una lección a ser aprendida por los pequeños Los cuentos fantásticos, pertenecen al campo de la ficción. Tienen lugar en un mundo fantástico poblado por personajes extraños y mágicos y no se consideran verídicos ni por el narrador ni por su audiencia. Aunque lo sobrenatural abunda en este tipo de cuentos, pocos tienen que ver con los cuentos de hadas. Abarcan un gran número de argumentos (como los relatos de La Cenicienta, Blancanieves o Caperucita Roja). El tipo de cuento fantástico implica a una figura heroica desvalida que debe enfrentarse a diversas pruebas o llevar a cabo empresas casi imposibles, que consigue realizar gracias a la ayuda de la magia. Así logra su triunfo, que sue-


le consistir en descubrir su origen natal más ilustre del que creía tener, en alcanzar honores y riquezas muy por encima de su humilde origen o en realizar un matrimonio por amor y conveniente. Con frecuencia comienzan con “Érase una vez” para terminar con “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Los cuentos fantásticos se han convertido en relatos infantiles muy populares, aunque en un principio disfrutaron con ellos tanto los mayores como los niños. Los seres humanos siempre han sido contadores de cuentos, y allí donde no tuvieron una Biblia, libros de historia, novelas o relatos han formado a las generaciones más jóvenes con historias conservadas en su memoria, ya fueran personales, familiares, del clan o de la sociedad más amplia, y se han entretenido al amor de la lumbre con diversos tipos de cuentos tradicionales. Esta función social sigue viva: en la actualidad se practica tanto en la escuela, bien de manera oral bien a través de la literatura infantil —que ha recogido por escrito y en distintas versiones los cuentos tradicionales de todo el mundo—, bien en las familias o


comunidades siempre que una persona mayor cuente una historia relacionada con la familia o un hecho histórico vivido personalmente y matizado por su experiencia. Los cuentos infantiles tradicionales han servido a lo largo de la historia para que muchos niños se envuelvan en la fantasía de los sueños con la lectura. Tenemos muchos autores de cuentos cortos para niños de ciencia ficción entre otros. Yo todavía tengo gravado cuando nuestro abuelo solía leernos con amor las mejores historias con moraleja incluida y siempre nos preguntaba ¿qué es un cuento? es la ventana para pensar en la imaginación donde puedes abrirla y participar en primera persona como si fuese un concurso de aventura de todo tipos nos respondía, esto en época de navidad al calor del fuego de la chimenea en los clásicos fríos días navideños. En principio las leyendas y fabulas infantiles cortas sencillas de animales ayudará a aprender mejor al los bebé pequeño puedes elegir por ejemplo un autor y el cuento los tres cerditos en inglés y español, hansel y gretel, caperucita


roja con dibujos infantiles para colorear que no son muy largos y que llevan incorporados algún tipo de sonido o audio y ayuda a los niños pequeño a empezar a familiarizarse con los formas, sonidos y colores. Los cuentos cortos sobre hadas, duendes y princesas, puede ser también los perfectos personajes para empezar a ser los héroes de tus hijos, Es de mucha utilidad leer todos los días a los niños, comprar un libro a medida personalizados y con unas características completas. Ellos crecen y dejaran paso a los libros con relatos de fabulas y cuentos breves infantiles inventados de aventura con mas definición que tienen en sus páginas las historias con partes más completas. Uno de las mejores regalos que puedes hacer para un bebé, es una fabula con actividades para hacer reír y pensar. No son convenientes en la edad infantil los cuentos fantásticos para niños de terror, misterio y fantasmas interactivos ya que pueden producir sonidos que a los niños un sentido de confusión y miedo que puede repercutir en pesadillas pero también producirá un efecto de preocupación.


BLANCA BLANCA NIEVES NIEVES

LOS SIETE ENANITOS

Y

T

iempo atrás, en un país muy lejano vivía una bella princesita llamada Blancanieves, que tenía una madrastra, la reina,

muy vanidosa. La madrastra preguntaba a su espejo mágico y éste respondía: - Tú eres, oh reina, la más hermosa de todas las mujeres. Y fueron pasando los años. Un día la reina preguntó como siempre a su espejo mágico:


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- ¿Quién es la más bella? Pero esta vez el espejo contestó: - La más bella es Blancanieves. Entonces la reina, llena de ira y de envidia, ordenó a un cazador: - Llévate a Blancanieves al bosque, mátala y como prueba de haber realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón. Pero cuando llegaron al bosque el cazador sintió lástima de la inocente joven y dejó que huyera, sustituyendo su corazón por el de un jabalí. Blancanieves, al verse sola, sintió miedo


7 y lloró. Llorando y andando pasó la noche, hasta que, al amanecer llegó a un claro en el bosque y descubrió allí una preciosa casita. Entró sin dudarlo. Los muebles eran pequeñísimos y, - Sigue siendo Blancanieves, que ahora vive en el bosque en la casa de los enanitos... Furiosa y vengativa como era, la cruel madrastra se disfrazó de inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque. Blancanieves estaba sola, pulos enanitos estaban trabajando en la mina. La malvada reina ofreció a la niña una manzana envenenada


y cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayĂł desmayada. Al volver ya de noche, los enanitos a la casa, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, pĂĄlida

y quieta. Creyeron que habĂ­a muerto y le construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudieran despedirse

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9 de ella. En ese momento apareció un príncipe a lomos de un brioso corcel y nada más contemplar a Blancanieves quedó prendado de ella. Quiso despedirse besándola y de repente, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina. Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina y desde entonces todos vivieron felices.


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CAPERUCITA CAPERUCITA

ROJA ROJA

H

abía una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba

tan a menudo porque le gustaba tanto, que todo el mundo en el pueblo la llamaba Caperucita Roja. Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí un lobo malvado.


12 Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los ciervos... De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella. - ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca. - A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita. - No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta. Caperucita puso su cesta en la


hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles. Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

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14 El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta. La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada. Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! - Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela. - Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! - Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo. - Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! - Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se aba-


lanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita. Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba. El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!. Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estan-

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16 que de cabeza y se ahogó. En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.


EL EL GIGANTE GIGANTE

C

EGOISTA EGOISTA

ada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flo-

res y cubierto de césped verde y suave. Los pájaros se apoyaban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. Los niños eran felices allí. Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar su amigo el Ogro de Comish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo


18 ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. Furioso, el Gigante les dijo con voz retumbante: - ¿Qué hacen aquí? Los niños escaparon corriendo en desbandada. Y continuó el Gigante: - Este jardín es mío. Es mí jardín propio. Todo el mundo debe entender eso, y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Enseguida, puso un cartel que decía: “ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES” Era un Gigante egoísta. Los niños se quedaron sin tener donde jugar. Intentaron jugar en otros lugares, pero no les gustó.


Y al pasaren cerca del jardín del Gigante, pensaban en cómo habían sido felices allí. Cuando la primavera volvió, toda la ciudad se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta seguía el invierno. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles no florecían. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra. Los únicos que allí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha que, observando que la primavera se había olvidado de aquel jardín, estaban dispuestos a quedar allí todo el resto del año. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco, y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el invierno. Y el Viento del Norte invitó a su amigo granizo, que también se unió a ellos.

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20 Mientras tanto, el Gigante Egoísta, al asomarse a la ventana de su casa, vio que su jardín todavía estaba cubierto de gris y blanco. Y pensó: - No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí. Espero que pronto cambie el tiempo. Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. Los frutales decían: - Es un gigante demasiado egoísta. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el viento del Norte,


el Granizo, la Escarcha, y la Nieve bailoteaban lamentablemente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba todavía en la cama cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventada, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Vien-

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22 to del Norte dejó de rugir, y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. - ¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera - dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. Los niños habían entrado al jardín a través de una brecha del muro, y se habían trepado a los árboles, En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices que se habían cubierto de flores. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo era invierno en un rincón. Era el rincón más apartado del jardín, y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba


alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. - ¡Cómo he sido egoísta! - exclamó-Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. El Gigante estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños

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se aterrorizaron, salieron a escape, y en el jardín volvió a ser invierno otra vez. Sólo el niño pequeñín del rincón no escapó porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. El Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Los otros niños, cuando vieron que el Gigante no era malo, volvieron corriendo. Con ellos la primavera regresó al jardín. Y les dijo el Gigante: - De ahora en adelante, el jardín será vuestro. Y tomando un hacha, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños. Estuvieron jugando allí todo el día, y al

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26 llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. - Pero ¿dónde está el más pequeño? - Preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. - No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito. - Díganle que vuelva mañana - dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía, y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero no volvieron a ver el niño pequeñito. El Gigante lo echaba de menos.


Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar.

Pero, sentado en un enorme sillón, miraba

jugar a los niños y admiraba su jardín. -Tengo flores hermosas - se decía-, pero los niños son lo más hermoso de todo. Una mañana de invierno, miró por la ventada mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró….. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a

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28 quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante se acercó al niño y notó que él tenía heridas de claros en las manos y en los pies. Preocupado, y a gritos, el Gigante le preguntó quién se había atrevido a hacerle daño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: - ¡No! Estas son las heridas del Amor. - ¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? - preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: - Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.


GUILLERMO GUILLERMO TELL TELL

É

rase una vez, hace muchos, muchos años, en un pueblecito muy lejano de un país llamado Suiza , vivía un hombre llamado Guillermo

Tell. Éste era muy famoso por la buena puntería que tenía con la ballesta. Cierto día Guillermo paseaba con su hijo Gualteri por la plaza del pueblo y éste le preguntó: -papá ¿por qué toda la gente del pueblo hace una reverencia a ese


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sombrero? Guillermo le contó que Gessner era quién gobernaba el pueblo, era malvado y había ordenado que todo ciudadano suizo tenía que inclinarse ante su sombrero. Entonces volvió a preguntar - ¿tú también lo haces? ¿No dices que ese hombre es malo? Guillermo, no sabía qué contestar a su hijo, a él no le gustaba Gessner, se estaba quedando con el dinero de la gente del pueblo. Así que, muy valiente, sabiendo que los hombres de Gessner estaban vigilando, se opuso y no se inclinó. De repente, salieron hombres


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de Gessner por todos los lados y los rodearon, - ¡Tengo mucho miedo! – dijo Gualteri.

- Tranquilo no pasará nada –contestó Guillermo aunque sabía que no era cierto. Cuando Gessner llegó, detuvo a Tell y como había oído que era muy bueno con la ballesta, le dijo: - dispararás contra una manzana colocada sobre la cabeza de tu hijo, Gualteri. ¡Si aciertas serás perdonado, pero si fallas serás condenado!!!. Tell intentó que Gessner cambiara el castigo pero no lo consiguió. Rápidamente, los hombres de Gessner colocaran a Gualteri a 50 pasos de distancia en un árbol - ¡ha sido culpa mía! ¡no! – gritaba Gualteri inútilmente. Guillermo cogió dos flechas, colocó una en la ballesta, no podía disparar, porque no dejaba de


32 pensar si dañaba a su hijo. - ¡Vamos! –grito Gessner, - que vais a caer los dos ¡ja, ja, ja...! Guillermo se concentró, miró a su hijo, apuntó y ¡¡¡ plaff!!!, la manzana se partió en dos, sin rozar a Gualteri. Gessner se enfadó mucho por haber perdido, pero tuvo que soltar a Gualteri y perdonar a Guillermo. - ¡Bravo papá eres el mejor! – decía Gualteri mientras corría a abrazar a su padre. Y colorín, colorado....este cuento se ha acabado


RAPUNCEL

H

abía una vez una pareja que hacía mucho tiempo deseaba tener un bebé. Un día, la mujer sintió que su deseo ¡por

fin! se iba a realizar. Su casa tenía una pequeña ventana en la parte de atrás, desde donde se podía ver un jardín lleno de flores hermosas y de toda clase de plantas. Estaba rodeado por una muralla alta y nadie se atrevía a entrar porque allí vivía una bruja. Un día, mirando hacia el jardín, la mujer se fijó en un árbol cargadito de espléndidas manzanas que se veían tan frescas que ansiaba comerlas.


34 Su deseo crecía día a día y como pensaba que nunca podría comerlas, comenzó a debilitarse, a perder peso y se puso enferma. Su marido, preocupado, decidió realizar los deseos de la mujer. En la oscuridad de la noche el hombre cruzó la muralla y entró en el jardín de la bruja. Rápidamente cogió algunas de aquellas manzanas tan rojas y corrió a entregárselas a su esposa. Inmediatamente la mujer empezó a comerlas y a ponerse buena. Pero su deseo aumentó, y para mantenerla satisfecha, su marido decidió volver al huerto para recoger mas manzanas. Pero cuando saltó la pared, se encontró cara a cara con la bruja. “¿Eres tu el ladrón de mis manzanas?” dijo la bruja


furiosa. Temblando de miedo, el hombre explicó a la bruja que tubo que hacerlo para salvar la vida a su esposa. Entonces la bruja dijo, “Si es verdad lo que me has dicho, permitiré que recojas cuantas manzanas quieras, pero a cambio me tienes que dar el hijo que tu esposa va a tener. Yo seré su madre.” El hombre estaba tan aterrorizado que aceptó. Cuando su esposa dio a luz una pequeña niña, la bruja vino a su casa y se la llevó. Era hermosa y se llamaba Rapunzel. Cuando cumplió doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un cerrado bosque. La torre no tenía escaleras ni puertas, sólo una pequeña ventana en lo alto. Cada vez que la bruja quería subir a lo alto de la torre, se paraba bajo la ventana y gritaba: “¡Rapunzel, Rapunzel, lanza tu trenza! Rapunzel tenía un abundante cabello largo, dorado como el sol. Siempre que escuchaba el llamado de la bruja se soltaba el cabello, lo ataba en trenzas y lo dejaba caer al piso. Entonces la bruja tre-

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36 paba por la trenza y se subía hasta la ventana. Un día un príncipe, que cabalgaba por el bosque, pasó por la torre y escuchó una canción tan gloriosa que se acercó para escuchar. Quien cantaba era Rapunzel. Atraído por tan melodiosa voz, el príncipe buscó entrar en la torre pero todo fue en vano. Sin embargo, la canción le había llegado tan profundo al corazón, que lo hizo regresar al bosque todos los días para escucharla. Uno de esos días, vio a la bruja acercarse a los pies de la torre. El príncipe se escondió detrás de un árbol para observar y la escuchó decir: “!Rapunzel! ¡Rapunzel!, ¡lanza tu trenza!” Rapunzel dejó caer su larga trenza y la bruja trepó hasta la ventana. Así, el principe supo como podría subir a la torre. Al día siguiente al oscurecer, fue a la torre y llamó: “¡Rapunzel!, ¡Rapunzel!, “¡lanza tu trenza!” El cabello de Rapunzel cayó de inmediato y el príncipe subió. Al principio Rapunzel se asustó, pero


el príncipe le dijo gentilmente que la había escuchado cantar y que su dulce melodía le había robado el corazón. Entonces Rapunzel olvidó su temor. El príncipe le preguntó si le gustaría ser su esposa a lo cual accedió de inmediato y sin pensarlo mucho porque estaba enamorada del príncipe y porque estaba deseosa de salir del dominio de esa mala bruja que la tenía presa en aquel tenebroso castillo. El príncipe la venía a visitar todas las noches y la bruja, que venía sólo durante el día, no sabía nada. Hasta que un día, cuando la bruja bajaba por la trenza oyó a Rapunzel decir que ella pesaba mas que el príncipe. La bruja reaccionó gritando: “Así que ¿has estado engañándome?” Furiosa, la bruja decidió cortar todo el cabello de Rapunzel, abandonándola en un lugar lejano para que viviera en soledad. Al volver a la torre, la bruja se escondió detrás

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38 de un árbol hasta que vio llegar al príncipe y llamar a Rapunzel. Entonces enfurecida, la bruja salió del escondite y le dijo: “Has perdido a Rapunzel para siempre. Jamás volverás a verla”. Por lo que el príncipe se quedó desolado. Además, la bruja le aplicó un hechizo dejando ciego al príncipe. Incapacitado de volver a su castillo, el príncipe acabó viviendo durante muchos años en el bosque hasta que un día por casualidad llegó al solitario lugar donde vivía Rapunzel. Al escuchar la melodiosa voz, se dirigió hacia ella. Cuando estaba cerca, Rapunzel lo reconoció. Al verlo se volvió loca de alegría, pero se puso triste cuando se dio cuenta de su ceguera. Lo abrazó tiernamente y lloró. Sus lágrimas cayeron sobre los ojos del príncipe ciego y de inmediato los ojos de él se llenaron de luz y pudo volver a ver como antes. Entonces, felices por estar en reunido con su amor, los dos se casaron y vivieron muy felices.


JACK JACK Y LOS LOS FRIJOLES FRIJOLES MAGICOS MAGICOS Y

P

eriquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación

familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas. -Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de


40 la vaca. Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar. Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido. Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que


ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de

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42 cuero. En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiendo el talego de oro, echo a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío. Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de


oro. Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco Apenas le vio así Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar: -Eh, señor amo, despierte

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44 usted, que me roban! Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores: -Señor amo, que me roban! Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Periquín. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él. No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa preparando la comida: -Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante! Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de


LA LA CENICIENTA CENICIENTA

H

ubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas, una más fea

que la otra. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta. Un día el Rey de aquel país anunció que iba a


46 dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino. - Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos. Así, llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos. - ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada Madrina. - No te preocupes -exclamó el Hada-.


Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven. La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven. En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de

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48 Palacio las doce. - ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-. Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado. Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito. Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le entraba perfecto. Y así sucedió que el Rey se casó con la joven y vivieron muy felices.


PULGARCITO PULGARCITO

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H

abía una vez un pobre campesino. Una noche se encontraba sentado, atizando el fuego, y su esposa hilaba

sentada junto a él, a la vez que lamentaban el hallarse en un hogar sin niños. —¡Qué triste es que no tengamos hijos! —dijo él—. En esta casa siempre hay silencio, mientras que en los demás hogares todo es alegría y bullicio de criaturas.


—¡Es verdad! —contestó la mujer suspirando—.Si por lo menos tuviéramos uno, aunque fuera muy pequeño y no mayor que el pulgar, seríamos felices y lo amaríamos con todo el corazón. Y ocurrió que el deseo se cumplió. Resultó que al poco tiempo la mujer se sintió enferma y, después de siete meses, trajo al mundo un niño bien proporcionado en todo, pero no más grande que un dedo pulgar. —Es tal como lo habíamos deseado —dijo—. Va a ser nuestro querido hijo, nuestro pequeño. Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le escatimaban la comida, pero el niño no crecía y se quedó tal como era cuando nació. Sin embargo, tenía ojos muy vivos y pronto dio muestras de ser muy inteligente, logrando todo lo que se proponía. Un día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar leña.

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52 —Ojalá tuviera a alguien para conducir la carreta —dijo en voz baja. —¡Oh, padre! —exclamó Pulgarcito— ¡yo me haré cargo! ¡Cuenta conmigo! La carreta llegará a tiempo al bosque. El hombre se echó a reír y dijo: —¿Cómo podría ser eso? Eres muy pequeño para conducir el caballo con las riendas. —¡Eso no importa, padre! Tan pronto como mi madre lo enganche, yo me pondré en la oreja del caballo y le gritaré por dónde debe ir. —¡Está bien! —contestó el padre, probaremos una vez. Cuando llegó la hora, la madre enganchó la carreta y colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo, donde el pequeño se puso a gritarle por dónde debía ir, tan


pronto con “¡Hejjj!”, como un “¡Arre!”. Todo fue tan bien como con un conductor y la carreta fue derecho hasta el bosque. Sucedió que, justo en el momento que rodeaba un matorral y que el pequeño iba gritando “¡Arre! ¡Arre!” , dos extraños pasaban por ahí. —¡Cómo es eso! —dijo uno— ¿Qué es lo que pasa? La carreta rueda, alguien conduce el caballo y sin embargo no se ve a nadie. —Todo es muy extraño —asintió el otro—. Seguiremos la carreta para ver en dónde se para.

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54 La carreta se internó en pleno bosque y llegó justo al sitio sonde estaba la leña cortada. Cuando Pulgarcito divisó a su padre, le gritó: —Ya ves, padre, ya llegué con la carreta. Ahora, bájame del caballo. El padre tomó las riendas con la mano izquierda y con la derecha sacó a su hijo de la oreja del caballo, quien feliz se sentó sobre una brizna de hierba. Cuando los dos extraños divisaron a Pulgarcito quedaron tan sorprendidos que no supieron qué decir. Uno y otro se escondieron y se dijeron entre ellos: —Oye, ese pequeño valiente bien podría hacer nuestra fortuna si lo exhibimos en la ciudad a cambio de dinero. Debemos comprarlo.


Se dirigieron al campesino y le dijeron: —Véndenos ese hombrecito; estará muy bien con nosotros. —No —respondió el padre— es mi hijo querido y no lo vendería por todo el oro del mundo. Pero al oír esta propuesta, Pulgarcito se trepó por los pliegues de las ropas de su padre, se colocó sobre su hombro y le dijo al oído: —Padre, véndeme; sabré cómo regresar a casa. Entonces, el padre lo entregó a los dos hombres a cambio de una buena cantidad de dinero. —¿En dónde quieres sentarte? —le preguntaron.

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—¡Ah!, pónganme sobre el ala de su sombrero; ahí podré pasearme a lo largo y a lo ancho, disfrutando del paisaje y no me caeré. Cumplieron su deseo, y cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre se pusieron todos en camino. Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo entonces: —Bájenme al suelo, tengo necesidad. —No, quédate ahí arriba —le contestó el que lo llevaba en su cabeza—. No me importa. Las aves también me dejan caer a menudo algo encima. —No —respondió Pulgarcito—, sé lo que les conviene. Bájenme rápido. El hombre tomó de su sombrero a Pulgarcito y lo posó en un campo al borde del camino. Por un momento dio saltitos entre los terrones de tierra y, de

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58 repente, enfiló hacia un agujero de ratón que había localizado. —¡Buenas noches, señores, sigan sin mí! —les gritó en tono burlón. Acudieron prontamente y rebuscaron con sus bastones en la madriguera del ratón, pero su esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se introducía cada vez más profundo y como la oscuridad no tardó en hacerse total, se vieron obligados a regresar, burlados y con la bolsa vacía. Cuando Pulgarcito se dio cuenta de que se habían marchado, salió de su escondite. “Es peligroso atravesar estos campos de noche, cuando más peligros acechan”, pensó, “se puede uno fácilmente caer o lastimar”. Felizmente, encontró una concha vacía de caracol. —¡Gracias a Dios! —exclamó—, ahí dentro podré


pasar la noche con tranquilidad; y ahí se introdujo. Un momento después, cuando estaba a punto de dormirse, oyó pasar a dos hombres, uno de ellos decía: —¿Cómo haremos para robarle al cura adinerado todo su oro y su dinero? —¡Yo bien podría decírtelo! —se puso a gritar Pulgarcito. —¿Qué es esto? —dijo uno de los espantados ladrones, he oído hablar a alguien. Pararon para escuchar y Pulgarcito insistió: —Llévenme con ustedes, yo los ayudaré. —¿En dónde estás? —Busquen aquí, en el piso; fíjense de dónde viene la voz —contestó. Por fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron. —A ver, pequeño valiente, ¿cómo pretendes ayudarnos?

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60 —¡Eh!, yo me deslizaré entre los barrotes de la ventana de la habitación del cura y les iré pasando todo cuanto quieran. —¡Está bien! Veremos qué sabes hacer. Cuando llegaron a la casa, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas. —¿Quieren todo lo que hay aquí? Los ladrones se estremecieron y le dijeron: —Baja la voz para no despertar a nadie. Pero Pulgarcito hizo como si no entendiera y continuó gritando: —¿Qué quieren? ¿Les hace falta todo lo que aquí? La cocinera, quien dormía en la habitación de al lado, oyó estos gritos, se irguió en su cama y escuchó, pero los ladrones asustados se habían alejado


un poco. Por fin recobraron el valor diciéndose: —Ese hombrecito quiere burlarse de nosotros. Regresaron y le cuchichearon: —Vamos, nada de bromas y pásanos alguna cosa. Entonces, Pulgarcito se puso a gritar con todas sus fuerzas: —Sí, quiero darles todo: introduzcan sus manos. La cocinera, que ahora sí oyó perfectamente, saltó de su cama y se acercó ruidosamente a la puerta. Los ladrones, atemorizados, huyeron como si llevasen el diablo tras de sí, y la criada, que no distinguía nada, fue a encender una vela. Cuando volvió, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había escondido en el granero. La sirvienta, después de haber inspeccionado en todos los rincones y no

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62 encontrar nada, acabó por volver a su cama y supuso que había soñado con ojos y orejas abiertos. Pulgarcito había trepado por la paja y en ella encontró un buen lugarcito para dormir. Quería descansar ahí hasta que amaneciera y después volver con sus padres, pero aún le faltaba ver otras cosas, antes de poder estar feliz en su hogar. Como de costumbre, la criada se levantó al despuntar el día para darles de comer a los animales. Fue primero al granero, y de ahí tomó una brazada de paja, justamente de la pila en donde Pulgarcito estaba dormido. Dormía tan profundamente que no se dio cuenta de nada y no despertó hasta que estuvo en la boca de la vaca que ha-


bía tragado la paja. —¡Dios mío! —exclamó—. ¿Cómo pude caer en este molino triturador? Pronto comprendió en dónde se encontraba. Tuvo buen cuidado de no aventurarse entre los dientes, que lo hubieran aplastado; mas no pudo evitar resbalar hasta el estómago. —He aquí una pequeña habitación a la que se omitió ponerle ventanas —se dijo—Y no entra el sol y tampoco es fácil procurarse una luz.

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Esta morada no le gustaba nada, y lo peor era que continuamente entraba más paja por la puerta y que el espacio iba reduciéndose más y más. Entonces, angustiado, decidió gritar con todas sus


64 fuerzas: —¡Ya no me envíen más paja! ¡Ya no me envíen más paja! La criada estaba ordeñando a la vaca y cuando oyó hablar sin ver a nadie, reconoció que era la misma voz que había escuchado por la noche, y se sobresaltó tanto que resbaló de su taburete y derramó toda la leche. Corrió a toda prisa donde se encontraba el amo y él gritó: —¡Ay, Dios mío! ¡Señor cura, la vaca ha hablado! —¡Está loca! —respondió el cura, quien se dirigió al establo a ver de qué se trataba. Apenas cruzó el umbral cuando Pulgarci-


to se puso a gritar de nuevo: —¡Ya no me enviéis más paja! ¡Ya no me enviéis más paja! Ante esto, el mismo cura tuvo miedo, suponiendo que era obra del diablo y ordenó que se matara a la vaca. Entonces se sacrificó a la vaca; solamente el estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Pulgarcito intentó por todos los medios salir de ahí, pero en el instante en que empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva desgracia. Un lobo hambriento, que acertó a pasar por ahí, se tragó el estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió ánimo. “Quizá encuentre un medio de ponerme de acuerdo con el lobo”,

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66 pensaba. Y, desde el fondo de su panza, su puso a gritarle: —¡Querido lobo, yo sé de un festín que te vendría mucho mejor! —¿Dónde hay que ir a buscarlo? —contestó el lobo. —En tal y tal casa. No tienes más que entrar por la trampilla de la cocina y ahí encontrarás pastel, tocino, salchichas, tanto como tú desees comer. Y le describió minuciosamente la casa de sus padres. El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la noche entró por la trampilla de la


cocina y, en la despensa, disfrutó todo con enorme placer. Cuando estuvo harto, quiso salir, pero había engordado tanto que ya no podía usar el mismo camino. Pulgarcito, que ya contaba con que eso pasaría, comenzó a hacer un enorme escándalo dentro del vientre del lobo. —¡Te quieres estar quieto! —le dijo el lobo— . Vas a despertar a todo el mundo. —¡Tanto peor para ti! —contestó el pequeño—. ¿No has disfrutado ya? Yo también quiero divertirme. Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. A fuerza de gritar, despertó a su padre y a su madre, quienes corrieron hacia

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68 la habitación y miraron por las rendijas de la puerta. Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha y la mujer la hoz. —Quédate detrás de mí —dijo el hombre cuando entraron en el cuarto—. Cuando le haya dado un golpe, si acaso no ha muerto, le pegarás con la hoz y le desgarrarás el cuerpo. Cuando Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó: —¡Querido padre, estoy aquí; aquí, en la barriga del lobo! —¡Al fin! —dijo el padre—.¡Ya ha aparecido nuestro querido hijo!


Le indicó a su mujer que soltara la hoz, por temor a lastimar a Pulgarcito. Entonces, se adelantó y le dio al lobo un golpe tan violento en la cabeza que éste cayó muerto. Después fueron a buscar un cuchillo y unas tijeras, le abrieron el vientre y sacaron al pequeño. —¡Qué suerte! —dijo el padre—. ¡Qué preocupados estábamos por ti! —¡Si, padre, he vivido mil desventuras. ¡Por fin, puedo respirar el aire libre! —Pues, ¿dónde te metiste? —¡Ay, padre!, he estado en la madriguera de un ratón, en el vientre de una vaca y dentro de la panza de un lobo. Ahora, me quedaré a vuestro lado.

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70 —Y nosotros no te volveríamos a vender, aunque nos diesen todos los tesoros del mundo. Abrazaron y besaron con mucha ternura a su querido Pulgarcito, le sirvieron de comer y de beber, y lo baùaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba mostraban los rastros de las peripecias de su accidentado viaje.


RISITOS RISITOS DE DE ORO ORO

E

n una preciosa casita, en el medio de un bosque florido, vivían 3 ositos. El papá, la mamá, y el pequeño

osito. Un día, tras hacer todas las camas, limpiar la casa, y hacer la sopa para la cena, los tres ositos fueron a pasear por el bosque. Mientras los ositos estaban caminando por el bosque, apareció una niña llamada Ricitos de Oro que, al ver tan linda casita, se acercó


72 y se asomó a la ventana. Todo parecía muy ordenado y coqueto dentro de la casa. Entonces, olvidándose de la buena educación que su madre le había dado, la niña decidió entrar en la casa de los tres ositos. Al ver la casita tan bien recogida y limpia, Ricitos de Oro curiseó todo lo pudo. Pero al cabo de un rato sintió hambre gracias al olor muy sabroso que venía de la sopa puesta en la mesa. Se acercó a la mesa y vio que había 3 tazones. Un pequeño, otro más grande, y otro más y más grande todavía. Y otra vez, sin hacer caso a la educación que le había dado sus padres, la niña se lan-


zó a probar la sopa. Comenzó por el tazón más grande, pero al probarlo, la sopa estaba demasiado

caliente.

Entonces pasó al mediano y le pareció que la sopa estaba demasiado fría. Pasó a probar el tazón más pequeño y la sopa estaba como a ella le gustaba. Y la tomó toda, todita. Cuando acabó la sopa, Ricitos de Oro se subió a la silla más grande pero estaba demasiado dura para ella. Pasó a la silla mediana y le pareció demasiado blanda. Y se decidió por sentarse en la silla más pequeña que le resultó comodísima. Pero la sillita no estaba acostumbrada a llevar tanto peso y poco a poco el asiento fue cediendo y se rompió. Ricitos de Oro decidió entonces subir a la habitación y a probar las camas. Probó la cama grande pero era muy

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74 alta. La cama mediana estaba muy baja y por fin probó la cama pequeña que era tan mullidita y cómoda que se quedó totalmente dormida. Mientras Ricitos de Oro dormía profundamente, llegaron los 3 ositos a la casa y nada más entrar el oso grande vio cómo su cuchara estaba dentro del tazón y dijo con su gran voz: -¡Alguien ha probado mi sopa! Y mamá oso también vio su cuchara dentro del tazón y dijo: -¡Alguien ha probado también mi sopa! Y el osito pequeño dijo con voz apesadum-


brada: -¡Alguien se ha tomado mi sopa y se la ha comido toda entera! Después pasaron al salón y dijo papá oso: -¡Alguien se ha sentado en mi silla! Y mamá oso dijo: -¡Alguien se ha sentado también en mi silla! Y el pequeño osito dijo con su voz aflautada: -¡Alguien se ha sentado en mi sillita y además me la ha roto! Al ver que allí no había nadie, subieron a la habitación para ver si el la-

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76 drón de su comida se encontraba todavía en el interior de la casa. Al entrar en la habitación, papá oso dijo: -¡Alguien se ha acostado en mi cama! Y mamá oso exclamó: -¡Alguien se ha acostado en mi cama también! Y el osito pequeño dijo: -¡Alguien se ha acostado en mí camita...y todavía sigue durmiendo! Ricitos de Oro, mientras dormía creía que la voz fuerte que había escuchado y que era papá oso, había sido un trueno, y que la voz de mamá oso había sido una voz que la hablaba en sueños pero la voz aflautada del osito la despertó. De un salto se sentó en la cama mientras los osos la observaban, y saltó hacia el otro lado saliendo


por la ventana corriendo sin parar un solo instante, tanto, tanto que no daban los pies en el suelo. Desde ese momento, Ricitos de Oro nunca volvi贸 a entrar en casa de nadie ajeno sin pedir permiso primero. Y colorin colorado, este cuento se ha acabado, y colorin colorete, por la chimenea sale un cohete.

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INDICE

B L A N C A N I E V E S

5

C A P E R U C I T A R O J

E L G I G A N T E E G O I S T A

G U I L L E R M O T E L L

11 17 29


R A P U N Z E L

33

J A C K Y L O S F R I J O L E S M A G I C O S

C E N I C I E N T A

45

P U L G A R C I T O

39 49

R I C I T O S D E O R O

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CUADRO DE ILUSTRACIONES


GLOSARIO


COLOFON



Habia una vez