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La mujer en la historia de la tuberculosis JesĂşs Sauret Valet


ISBN: 978-84-944106-5-9 Dep. Legal: B 25569-2015 © Copyright 2015. SEPAR

Editado y coordinado por RESPIRA-FUNDACIÓN ESPAÑOLA DEL PULMÓNSEPAR. Calle Provença 108, bajos 2ª 08029 Barcelona. Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni transmitida en ninguna forma o medio alguno, electrónico o mecánico, incluyendo las fotocopias, grabaciones o cualquier sistema de recuperación de almacenaje de información, sin el permiso escrito del titular del copyright.


La mujer en la historia de la tuberculosis

JesĂşs Sauret Valet


Índice

7 Prólogo 11  Nota preliminar 13  La abnegación femenina en el entorno familiar 21  La mujer como enferma tuberculosa 28  Tuberculosis y sexualidad 37  La integración de la mujer en la lucha contra la tuberculosis 62 Bibliografía

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Prólogo

En este libro, Jesús Sauret, como es costumbre en él, hace un profundo análisis histórico de lo que ha supuesto la tuberculosis como enfermedad social y, concretamente, como ha sido la relación que las mujeres han tenido como enfermas y como cuidadoras. La tuberculosis ha sido, y por desgracia aun sigue siendo, una enfermedad en que las condiciones sociales han tenido gran influencia. Esta situación era mucho más evidente en peores circunstancias sociales y en las clases más desfavorecidas. Probablemente, las mujeres han sido las que más han sufrido discriminación en años pasados, aunque no tan lejanos. En general, la relación de la tuberculosis y la mujer ha sido reflejo de lo que las condiciones sociales suponían para ella en todos los ámbitos sociales, desde los económicamente acomodados hasta los más desfavorecidos. Durante mucho tiempo se ha tratado a la mujer con una condición de minusvalía, relegándola a tareas secundarias y poco agradecidas e impidiéndole el acceso a la cultura y a la modificación de su 7


forma de vida en base a criterios sociales, religiosos e incluso recurriendo a argumentos biológicos. La mujer, en relación con la tuberculosis, ha sido la obligada cuidadora de su familia enferma, terminando en gran número enfermando también. Esta tarea de cuidadora se ha extendido a cualquier miembro de la familia, no solo a hijos, sino también a padres y hermanos y en muy raras excepciones ha sido compartida por el hombre, bien sea esposo o hijo. Esto la ha convertido en forzada y abnegada cuidadora de su familia y la ha relegado a los quehaceres domésticos y a la educación de los primeros años de sus hijos, dedicando su vida y su salud al resto de su familia. En cuanto a la mujer como enferma tuberculosa, la literatura escrita por hombres durante el romanticismo la encasilló en la denominada belleza tísica. Esta belleza, en la que se destacaba la delgadez, el brillo de los ojos por la fiebre y la languidez, era seguida en gran número de ocasiones por la caquexia y la muerte; y si bien los hombres encontraban un cierto atractivo en este tipo de belleza, este no era compartido por muchas mujeres enfermas, como relata Rosalía de Castro en algunos escritos en que exclama «¿Quién demonios habrá hecho de la tisis una enfermedad poética?». Evidentemente fueron los hombres en sus escritos los que atribuyeron a la tuberculosis y a las mujeres tuberculosas que morían en plena juventud una aura romántica y atractiva, que realmente distaba mucho de la realidad en que las fiebres, los escalofríos y la hemoptisis, a mi juicio, las hacía poco atractivas y mas dignas de compasión y ayuda que de versos y escritos. Por último, la incorporación de la mujer a la lucha antituberculosa ha sido pareja a la incorporación de la mujer a todas las actividades laborales y sociales. Se inició en tanto que cuidadoras, posteriormente enfermeras y por último médicos, reclamando siempre ellas para su mejor tarea un mayor acceso a la formación y mayor compro-


miso social que no estaba al alcance de casi ninguna de ellas. Aprendiendo por ellas mismas y dedicando su vida a una tarea ingrata en los sanatorios antituberculosos. Si bien nuestras condiciones sociales han cambiado y hoy en día las mujeres tienen acceso a la sanidad y a la cultura, como lo demuestra el hecho del gran número de mujeres médicos y neumólogas que son miembros de nuestra Sociedad, no hay que olvidar, como denunciaba la Unión Internacional Contra la Tuberculosis y las Enfermedades Respiratorias este año en el Día Internacional de la Mujer, que sigue habiendo en nuestros días más de tres millones de mujeres que sufren tuberculosis y más de medio millón de ellas que mueren cada año por esta enfermedad. Estas mujeres siguen estando estigmatizadas y son abandonadas por sus familias, despedidas de sus trabajos y sin acceso al diagnóstico y al tratamiento, lo que hace que la enfermedad avance hasta estadios mortales. Sirva por tanto este libro para conocer la historia y no repetirla, para distinguir las injusticias sociales que se fundamentan en falsos argumentos y para extender la lucha antituberculosa junto con la mejora de la sociedad a todos los países que siguen siendo desfavorecidos económica y culturalmente y a todas las minorías que viviendo en países desarrollados no gozan de las ventajas que estos ofrecen a la mayoría de sus ciudadanos. Dra. Inmaculada Alfageme Presidenta de SEPAR

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Nota preliminar

La tuberculosis es una enfermedad cuyo origen se remonta a los albores de la humanidad, y que ha afectado desde entonces por igual a hombres y mujeres, sin distinción de razas ni de clases sociales. Sin embargo, cuando se analiza su curso histórico a lo largo de los siglos hay un hecho que llama poderosamente la atención: hasta hace pocos años ha sido una historia de neto predominio masculino, en el sentido de que los grandes descubrimientos, los avances en la etiología, en el diagnóstico y en el tratamiento, incluso las narraciones literarias sobre el tema, casi siempre han sido realizados por hombres, ya sean médicos, científicos o escritores. Movido por la curiosidad sobre esta aparente paradoja y por mi interés —todo hay que decirlo— por la historia de la tuberculosis, comencé hace algún tiempo a indagar en el asunto; y a medida que lo iba estudiando y documentándome, cada vez tenía más claro que valía la pena realizar el esfuerzo de escribir un relato sobre cuáles han sido las causas de esta prolongada ausencia femenina, e intentar publicarlo con el único propósito de rendir un pequeño homenaje personal a mis compañeras de profesión por el largo y tortuoso camino que han tenido que recorrer hasta conseguir la total integración y reconocimiento en el ámbito de la medicina y, más concretamente, en el de la lucha contra la tuberculosis. 11


La abnegación femenina en el entorno familiar

Para indagar cuál ha sido, y cómo ha evolucionado, el papel de la mujer en el contexto de la lucha contra la tuberculosis a lo largo de los tiempos es preciso efectuar un análisis histórico, sociológico y antropológico del tema. Las dos primeras afirmaciones parecen indiscutibles, pero quizás no tanto lo del análisis antropológico. Sin embargo, conviene tener muy en cuenta este punto de vista, porque, pese al elevado concepto que tenemos de nosotros mismos situándonos en un plano superior al resto de los animales por el hecho de ser «racionales», una gran parte del comportamiento humano es esencialmente instintivo o genético; por tanto, en cierta manera «irracional», y la historia de la tuberculosis no escapa a este supuesto. Veamos un ejemplo: en algunos carteles y folletos publicitarios de campañas institucionales de lucha contra la tuberculosis de las primeras décadas del siglo xx, se representa a la enfermedad como un siniestro depredador y a los bacilos de Koch como flechas envenenadas que, en ambos casos, amenazan con introducirse en los 13


hogares y destruir la vida familiar. Ante un riesgo tan inmediato ¿cuál ha de ser la respuesta instintiva para cualquier especie animal? Pues el macho de la especie, en este caso el hombre, se ha de lanzar con todas sus fuerzas a combatir al cruel enemigo, mientras que a la hembra de la especie, en este caso la mujer, en su función de madre o de enfermera, le corresponde la tarea de cuidar de los hijos y de los más débiles apartándolos del peligro mientras se desarrolla la batalla. Así se simboliza la lucha en los anuncios mencionados y ese es el mensaje que querían transmitir a la ciudadanía los responsables de dicha propaganda; mensaje que, en cierta manera, explica la conducta de la humanidad durante miles de años ante los múltiples avatares de la vida: un reparto de funciones aprovechando al máximo las características o supuestas cualidades propias de cada sexo; en el caso de la mujer, sobre todo la proverbial abnegación femenina en el cuidado de los seres queridos. Es evidente que la dualidad en la adjudicación de papeles ha estado también determinada en gran parte por factores culturales, pero la diferenciación natural entre el principio masculino y el femenino se remonta al origen del hombre. El malogrado antropólogo Eike Winkler y el filósofo y arqueólogo Josef Schweikhardt lo explican con claridad en su libro El conocimiento del hombre. Expedición por la antropología: 14


El papel sexual no puede ser reducido a una impronta cultural, sino que es igualmente expresión de una diferenciación biológica. La sociedad ha tratado desde tiempos inmemoriales de impedir por medios drásticos las desviaciones en los papeles sexuales establecidos por la tradición, es decir, de fomentar la identificación con estos papeles. Nuestro pensamiento, influido por la existencia de dos sexos, tiende a ordenar las cosas y los conceptos en un principio masculino y en otro femenino. Esto se manifiesta muy claramente en la antiquísima polaridad sexual entre el luminoso y masculino yang y el oscuro y femenino yin de la mitología china. Yang y Yin son las dos fuerzas ancestrales naturales, mutuamente complementarias, cuya interrelación determina todo el acontecer del mundo. No pretendo con estas observaciones justificar el rol secundario que durante siglos asumió la mujer, sino buscar una explicación biológica al hecho irrefutable de que durante tanto tiempo su misión básica en la tuberculosis, como en cualquier otro padecimiento crónico, fuera atender abnegadamente a los enfermos del entorno familiar. De hecho, no hay mayor abnegación que la de una madre cuidando a un hijo, especialmente cuando está enfermo. Podemos apreciarlo en la serie de pinturas y litografías realizadas por el pintor noruego Edvard Munch entre 1885 y 1926 tituladas Det syke barn (‘El niño enfermo’). Munch sufrió en su infancia la tragedia de ver morir por tuberculosis primero a su madre y más tarde a su hermana mayor, y quiso representar a esta última, ya gravemente enferma, recostada en el lecho y, junto a ella, rendida por el cansancio de las muchas noches en vela, con la cabeza apoyada en la misma almohada de la niña intentando dormitar unos minutos, una mujer, cuyo rostro permanece oculto, posiblemente su tía Karen. En ausencia de la madre, lo habitual es que sea otra mujer de la familia quien asuma la responsabilidad de la atención y el cuidado del paciente. 15


Edvard Munch, La niña enferma. Galería Nacional de Oslo.

El mismo grado de abnegación suele observarse cuando el enfermo es el esposo, el amante, el padre o el hermano. Se conocen múltiples testimonios al respecto de famosos personajes de la literatura, la pintura o la música. Tal sería el caso, por ejemplo, de Aurore Dupin, más conocida como George Sand, acompañando y asistiendo en todo momento a Frédéric Chopin en la isla de Mallorca en 1838, adonde se desplazaron con la esperanza de una imposible curación de la avanzada tisis pulmonar que padecía el compositor. Similar comportamiento se suele producir en los estratos más humildes de la sociedad, como queda reflejado en un cuadro poco conocido del pintor José González Bande, atribuido erróneamente durante bastantes años a Eduardo Rosales, El pintor enfermo rodeado de su familia (1857). En una mísera habitación un infortunado artista semiincorporado en el camastro es asistido amorosamente por su esposa, mientras un par de chiquillos juguetean alrededor de la pareja inconscientes del infortunio que supone para ellos la enfermedad del padre. El reconocimiento absoluto de esta extraordinaria capacidad femenina nos lo ofrece Gregorio Marañón en el siguiente párrafo de su libro Vida e historia:

El pintor enfermo rodeado de su familia. José González Bande. Museo del Prado.

El que haya estado alguna vez gravemente enfermo o el que haya visto de cer16


ca a los que lo están, sabe muy bien el mágico poder de consuelo vital que con su sola presencia la mujer ejercita. Muchas veces, en el cuarto de alguno que iba a morir, he sentido notablemente humillada mi ciencia de curar y mi energía de hombre ante la magia prodigiosa del simple rumor de una falda que iba y venía. Ningún remedio de los nuestros, pobres médicos, tiene el poder maravilloso de una mano de mujer que se posa sobre la frente dolorida. En ese trance, la ciencia desaparece; y es en la mujer, llena de mundo, donde se apoya la angustia del que va internándose en la soledad sin orillas del más allá. Era la sagrada misión que tradicionalmente le correspondía a la mujer: el cuidado de la casa y de la familia. Esta dualidad de funciones y de conductas queda patente en una lámina, sobre los factores que disminuyen las defensas y predisponen a la tuberculosis en los adultos, del libro La tuberculosis. Cómo evitarla y cómo curarla, del naturópata Dr. Vander, publicado en el año 1949 (en realidad el tal Dr. Vander se llamaba Adrian Van Der Put Vermuden, no era médico y había ejercido como jefe de enfermeros en el sanatorio Kuhnne de Leipzig). En la ilustración 17

Factores que predisponen a la tuberculosis. Dr. Vander (1949).


sobre alcoholismo, libertinaje y excesos sexuales se ve a un hombre borracho «durmiendo la mona» con la cabeza apoyada en una mesa junto a un vaso y una botella de licor. Es decir, en una pose aceptada como típicamente masculina, mientras que en la ilustración de los factores que predisponen a la tuberculosis (falta de aire puro, sol, ejercicio y demás estímulos naturales) aparece una mujer joven sentada en una butaca, en su domicilio, leyendo un libro. O sea, en actitud recatada y hogareña, propia de la mujer.

La caridad Romana. Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro.

En el Museo del Prado se exhibe una escultura de Antonio Solá Llansas (1780-1861) titulada La caridad romana, que muestra a una mujer amamantando a un anciano con los pies encadenados (un grupo escultórico similar, de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, del año 1779, se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional). La escena reproduce un episodio de la antigua Roma, al parecer verídico, según el cual un hombre de edad avanzada, llamado Cimón, fue condenado por sus graves delitos a morir en la cárcel por inanición, es decir, de hambre y sed. Su hija, que estaba en periodo de lactancia y tenía permiso para visitarlo cada día, aprovechaba cualquier descuido de los guardianes para alimentarlo con la leche de sus senos, en un rasgo magnífico de amor filial. El relato viene a cuento porque en cierta manera se relaciona con un insólito procedimiento 18


terapéutico que durante siglos los médicos aconsejaron a los tísicos: la ingestión abundante de leche, no ya como reconstituyente, sino como un verdadero medicamento, y de todas las posibles variedades (vaca, cabra, burra…) la más recomendable era la de mujer, a ser posible succionada directamente de los senos. En consecuencia, un número indeterminado de sufridas mujeres se prestaron a hacer de «amas de cría» de enfermos tuberculosos, con resultados, como es de suponer, catastróficos. Primero, porque las necesidades lácteas de un adulto son muy superiores a las de un bebé y, segundo, porque al estar en contacto tan directo con pacientes bacilíferos sin ningún tipo de protección (en aquella época se ignoraba que la tisis fuera contagiosa) la mayoría de estas abnegadas mujeres se debilitaron, enfermaron de tuberculosis y murieron. El colmo de la abnegación femenina lo encontramos en un poema de Francisco Villaespesa (1877-1936) en el que una mujer brinca de alegría al constatar que ha sido contagiada por su compañero, pues así podrá compartir con él su trágico destino: Tosiste tanto aquel día, que enrojeció tu pañuelo, y, saltando de alegría, dijiste al dármelo: ¡Ven y mira!… ¡Gracias al cielo estoy tísica también! No es habitual que un hombre asuma con júbilo una decisión semejante, o al menos que lo exprese con tanta espontaneidad, pero desde luego también han existido casos notables, como por ejemplo el intento de contagio de Antonio Machado, quien, desesperado por el agravamiento de la tuberculosis pulmonar de su esposa, Leonor Izquierdo —que la mataría con tan solo dieciocho años de edad—, aspiraba ansio-

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samente su aliento y bebía en el mismo vaso que ella porque deseaba enfermar para poder morir juntos. De todas formas, si queremos ser sinceros, no todo el mundo está de acuerdo (en especial las mismas mujeres) en considerar la abnegación como una virtud o una excelsa cualidad femenina, sino que hay quien la ve más bien como un pesado lastre. Sólo por citar un caso significativo, para la conocida feminista estadounidense Betty Friedan (1921-2006) el peor enemigo de las mujeres es precisamente su abnegación.

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La mujer como enferma tuberculosa

Hemos visto como, a lo largo de la historia, la mujer ha tenido una función muy importante en el cuidado de los enfermos del ámbito familiar, pero ¿qué ocurre cuando es ella la afectada? ¿Se intercambian los papeles con el hombre, o sigue siendo una tarea predominantemente femenina…? Pues lo cierto es que en las representaciones pictóricas de mujeres enfermas (Edvard Munch, Félix Vallotton, Enrique Paternina García-Cid, etc.) siempre son mujeres las que están en contacto más directo con la paciente, aunque ello no quiera decir, por supuesto, que los hombres se desentiendan y descuiden sus obligaciones en tales circunstancias. Todo el mundo conoce casos de solícita atención para con una esposa, una compañera o una madre aquejadas de algún padecimiento grave, pero, posiblemente por influencia de factores culturales y educacionales, la mentalidad masculina reacciona ante la adversidad y el dolor de manera diferente a la femenina. De nuevo vale la pena evocar la imagen patética de Antonio Machado conduciendo en un carrito de ruedas por el Paseo del Mirón de Soria a su joven esposa, consumida por la tisis, en busca de un soplo de aire y un rayo de sol que le alivien en su padecimiento. Y luego, tras el deceso, se encierra en sí mismo y se aísla del mundo exterior sumido en la pena y la depresión. En unos versos 21


fechados en 1907, el poeta parece intuir la tragedia que le esperaba pocos años después:

La malade. Félix Vallotton (1892). Fundación Félix Vallotton.

Fading away. H.P.Robinson.

La casa tan querida donde habitaba ella, sobre un montón de escombros arruinada o derruida, enseña el negro y carcomido maltratado esqueleto de madera. La luna está vertiendo su clara luz en sueños que platea en las ventanas. Mal vestido y triste voy caminando por la calle vieja. Estos dos diferentes patrones de comportamiento fueron reflejados, no sé si de manera voluntaria o inconsciente, por el fotógrafo británico Henry Peach Robinson (1830-1901) en un célebre fotomontaje del año 1858 que tiene fama de ser el primero de la historia de la fotografía. No era, por tanto, un suceso real sino una simulación. Utilizó al menos cinco negativos para realizarlo y le dio el título de Fading away, que viene a significar algo así como ‘Extinguiéndose’, aunque algunos prefieran denominarlo ‘Los últimos instantes’. La escena elegida, impregnada de un hondo dramatismo, muestra la agonía de una adolescente tuberculosa recostada en un diván; a su lado, acompañándola en el terrible trance, muy 22


próximas a ella, se encuentran dos mujeres, la madre y una hermana. Detrás, en un segundo plano, junto a un ventanal por el que se divisan negros nubarrones, hay un hombre de espaldas, seguramente el padre de la enferma. ¿Y qué hace mientras su hija se muere? ¿Contemplar el paisaje…? No, sin duda lo que ocurre es que se le escapaban las lágrimas y se ha dado la vuelta para que no le vean llorar, por esa absurda imposición masculina de no demostrar los sentimientos, de ser consecuente con el viejo eslogan de que los hombres no lloran porque ello supone una muestra de debilidad. Sin embargo, esa supuesta mayor fortaleza del varón, que no se discute en lo relativo a la fuerza física, es más cuestionable en cuanto a la capacidad de resistencia al dolor y a la enfermedad, aspectos en los que siempre se ha dicho que la mujer es más fuerte que el hombre, invocando factores hormonales, inmunológicos e incluso su preparación biológica para el embarazo y el parto. En la historia de la tuberculosis hay testimonios notables de mujeres que sobrellevaron con enorme entereza el hecho de padecer una enfermedad crónica e incurable, algunas incluso con sentido del humor. Tal fue el caso de la escritora norteamericana Betty MacDonald (1908-1958), autora en 1945 de un bestseller mundial: The Egg and I (‘El huevo y yo’), ingeniosa novela inspirada en un perio23

Portada de The plague and I. Betty Mac Donald.


do de su vida trabajando en una granja de pollos. Poco después enfermó de tuberculosis y, aprovechando una prolongada estancia en un sanatorio, escribió The Plague and I (‘La plaga —o la peste— y yo’), en la que expone con agudo sarcasmo su experiencia como enferma tuberculosa, como puede apreciarse en el siguiente párrafo: Enfermar de tuberculosis en medio de la vida es como ir de compras a la ciudad y ser atropellada por un autobús. Cuando se recobra el conocimiento, una no sabe ya a dónde iba. De cualquier forma, no era fácil ni para hombres ni para mujeres aceptar con resignación ser portador de una enfermedad cuyo diagnóstico casi equivalía a una sentencia de muerte. Pensemos que en las primeras décadas del siglo xx la mortalidad por tuberculosis en Europa y América era todavía altísima. Concretamente en España, en 1920, 142 defunciones por cada 100.000 habitantes. Además, las mujeres dedicadas a faenas domésticas parecían ser las más expuestas y con mayor mortandad, según se desprende del registro de casos en relación con la profesión de los pacientes elaborado por el tisiólogo José Verdes Montenegro, en el dispensario antituberculoso María Cristina de Madrid, en los años 1910 y 1912; se atribuía este dato a la insalubridad de las habitaciones, poco soleadas y con escasa ventilación, en las que pasaban gran parte del día las esposas de los obreros. La única posibilidad de salvación, en los casos iniciales sólo al alcance de las clases pudientes, consistía en largas estancias en sanatorios de alta montaña. Por tanto, la incertidumbre que generaba tal situación era una fuente inagotable de sufrimiento. La escritora neozelandesa Katherine Mansfield (1888-1923), que falleció de tuberculosis pulmonar a los 34 años de edad, lo relata en su Diario de forma conmovedora:

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No hay límite para el sufrimiento humano. Cuando una piensa: Ahora he tocado el fondo del mar… ya no puedo ir más abajo, una se hunde más. Y así es para siempre. Cuando por la noche me despierto, oigo a mi vecino de habitación darse vueltas. Y entonces tose. Sigue en silencio y entonces toso yo, y él vuelve a toser. Hasta que me da la sensación de que somos como dos gallos llamándose el uno al otro en un falso amanecer, desde alejadas granjas escondidas. Como vemos, es sobre todo a través de documentos autobiográficos de mujeres escritoras como podemos darnos cuenta de su manera de reaccionar ante la terrible enfermedad. Sin embargo, en la copiosa literatura sobre la tuberculosis de la era preantibiótica, la mujer, excepto en diarios y autobiografías, pocas veces aparece como autora. Da la impresión de que esta era una misión encomendada a los hombres: La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas; Escenas de la vida bohemia, de Henri Murger; La montaña mágica, de Thomas Mann; Pabellón de reposo, de Camilo José Cela; Los adioses, de Juan Carlos Onetti; La guarida iluminada, de Max Blecher; El mar y el 25

Katherine Mansfield.


veneno, de Shusaku Endo, etc., son algunos ejemplos. Una notable excepción a esta regla es El carretero de la muerte, de la escritora sueca Selma Lagerlöf (1858-1940), la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Literatura, en el año 1909. La mujer, por el contrario, fue la fuente de inspiración y la protagonista de obras inolvidables sobre el tema que nos ocupa, especialmente en el periodo artístico y cultural conocido como Romanticismo. De hecho, como señala Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas, «la tuberculosis era una enfermedad al servicio de la visión romántica del mundo». En 1990, en mi libro La tuberculosis a través de la historia, escribí lo siguiente al respecto: Sería un tremendo error otorgarle a la mujer un papel frívolo e intrascendente en esta historia, puesto que la Mujer, así con mayúscula, fue la gran protagonista y la causa esencial de que la tisis entrara por la puerta grande en el mundo de la Literatura y del Arte. Fueron las esposas, fueron las amantes, esos primeros e inolvidables amores de juventud de tantos y tantos escritores, esas apasionadas compañeras tratando inútilmente de ocultar, a los ojos desesperados de sus enamorados, bajo una capa de maquillaje, las huellas terribles de la consunción, o disimulando las lágrimas tras una sonrisa seductora en un supremo y magnífico gesto de coquetería, las que proporcionaron, sin duda, el gran tema argumental de imperecederas obras maestras. Es decir, de nuevo la abnegación femenina, esta vez como estrategia para no alarmar con la evolución implacable de la enfermedad a los seres queridos. Miguel de Unamuno (1864-1936) lo describió magistralmente en un poema:

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Cuando te dio la tos, con el pañuelo te tapaste la boca; y yo leí en tus ojos, en mi cielo, toda tu angustia loca. Me ocultaste las rosas de tu pecho, flor de tu sangre pura. Y es que, como opinaba Charles Darwin en La descendencia del hombre y la selección sexual (1871), «la mujer parece diferir del hombre en sus facultades mentales, sobre todo por una ternura mayor y un egoísmo menor».

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Tuberculosis y sexualidad

Pocas enfermedades han tenido a lo largo de la historia, como en el caso de la tuberculosis, unas connotaciones tan directas con la sexualidad, ya sea en el contexto de los factores predisponentes, de las recomendaciones terapéuticas o incluso de la atracción entre los sexos. De entrada, a los tísicos —más que a las tísicas— siempre se les atribuyó una hipersexualidad desaforada, sin que estuviera muy claro si este problema era la causa o la consecuencia de la enfermedad. Para el escritor y político Maurice Barrès (1862-1923) se trataba de una especie de efecto tóxico característico: La tuberculosis supone, entre otros venenos, una de las sustancias afrodisíacas más potentes que se conocen. Esta idea sobre la exacerbada sexualidad de los tuberculosos chocaba frontalmente con la moral cristiana y suponía un peligro espiritual (añadido a los estragos físicos ocasionados por la enfermedad) sobre el que era necesario actuar. Así lo explicaba Joaquín García Roca, presbítero y doctor en medicina, en su libro Tuberculosis pulmonar, publicado en 1957: 28


Según Henrich, la líbido sexual es casi proverbial en la mayor parte de los tísicos sin el temor católico de Dios. En todas las enfermedades crónicas consuntivas el apetito y la potencia sexual van disminuyendo gradualmente y hasta desaparecen así que adelanta la enfermedad, pero no sucede igual en la tuberculosis. En este caso se conservan y hasta se aumentan con el adelantamiento de la enfermedad en todas las edades de la vida. Estos impulsos sexuales del tuberculoso, no bien ordenados según la moral católica, les lleva a muchos de ellos a la comisión de delitos y pecados. Además, las profundas alteraciones que en el cuerpo de la mujer ocasionaba la enfermedad (palidez cérea, adelgazamiento, mirada febril, laxitud, largas pestañas, finas manos…), lejos de estigmatizarla, dieron origen en el siglo xix a un prototipo de belleza femenina conocido como la belleza tísica, de fuerte atractivo sexual. Las mujeres, con su proverbial intuición femenina, captaron de inmediato las posibilidades de dicha fascinación; por ello, no es casual que la condesa Teresa Guiccioli, última amante de Lord Byron, se fingiera tísica para intentar retenerle a su lado. Pero no se trataba tan sólo de crear un nuevo patrón de 29

La belleza tísica. Paciente intervenida de toracoplastia por el Dr. Puig Sureda (una de la primeras realizadas en España). Año 1914.


feminidad; jugó también un rol importante en este fenómeno la morbosa atracción ejercida por la enfermedad en varias generaciones de escritores y artistas, que les llevó a plasmarlo de una manera u otra en sus obras. En opinión de Susan Sontag, «el personaje habitual de la cortesana tuberculosa [Se refiere a personajes de novelas célebres como Margarita Gautier, Mimí, Fantine, etc.] indica que, supuestamente, la tuberculosis daba al enfermo una fuerte atracción sexual». Esta interpretación literaria de la tuberculosis partía de la creencia de que la enfermedad cursaba de manera lenta y progresiva durante meses, incluso años, ocasionando poco a poco las modificaciones físicas descritas, pero no siempre era así. Las formas agudas de desenlace rápido, generalmente tuberculosis miliares o hematógenas, eran espantosas; la denominada tisis galopante, que curiosamente afectaba con mayor frecuencia a mujeres jóvenes que a hombres, no tenía nada de bella, ni de erótica, ni de poética. Para tomar plena conciencia de ello presentaré la descripción de un caso con este diagnóstico, tomado del Tratado de clínica médica del Hôtel-Dieu, del gran clínico francés Armand Trousseau: El 2 de febrero de 1861 fuimos llamados mi colega el Dr. Barth y yo al convento de los Pájaros para ver a una joven española, de diez y seis años de edad. Su médico de cabecera, Dr. Vosseur, nos dijo que hacía quince días que esta joven había empezado a experimentar algún malestar y calentura, sin más trastornos locales que una considerable opresión. Como continuara en esta situación, había sido llamado el Sr. Barth, hacía ocho días, y le había chocado lo amoratado de los labios y del rostro, cuya lividez se extendía a las manos. Había mucha opresión y fiebre alta. La más cuidadosa auscultación no dejó percibir nada anómalo; ni un estertor, ni un ruido espirador prolongado. Las funciones gástricas nada dejaban tampoco que desear. 30


A los ocho días de esto volvimos a tener consulta. La frecuencia del pulso y la respiración eran extremas, habiendo aumentado en espantosa proporción la lividez de la piel. Durante la noche había insomnio y algunos desvaríos. Percibimos en toda la extensión del pulmón izquierdo estertores subcrepitantes finísimos y gruesos, mezclados con estertores mucosos en el pulmón derecho, sin expectoración, y nos pareció poco probable que pudiera prolongarse la vida más allá de tres o cuatro días. La enferma murió a los diecisiete o dieciocho días de la enfermedad. Uno de los testimonios más dramáticos sobre los supuestos encantos femeninos atribuibles a la terrible dolencia se encuentra en el Diario de la pintora y escritora ucraniana Marie Bashkirtseff (1858-1884), fallecida de tuberculosis en la flor de la vida, a los veinticinco años de edad: Mi cara ha cambiado y estoy mucho más bonita; la piel estirada, fresca, aterciopelada, los ojos despiertos y brillantes. En fin: Es una cosa singular. Marie Bashkirsteff.

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[…] ¡Toso continuamente! Pero la maravilla es que en lugar de que ello me afee, me da un aire lánguido que me sienta muchísimo. De cualquier forma, no todas las mujeres estaban de acuerdo con esta interpretación poética e idealizada de la tisis. La famosa escritora gallega Rosalía de Castro (18371885) tuvo una salud frágil a lo largo de toda su vida. A los veinticuatro años de edad enfermó, o creyó enfermar, de tuberculosis, y en carta dirigida a su esposo, Manuel Murguía, en diciembre de 1861, dejaba muy claro que la enfermedad no tenía nada de atractivo, al menos para ella: Yo prosigo con mucha tos, mucha más que antes, aunque me cesaron los escalofríos. Sin embargo, se me figura que este golpe ha sido demasiado fuerte y que si llego a sanar, que no lo sé, me van a quedar restos y reliquias. Ya sabes que no soy aprensiva y que cuando estoy buena no me acuerdo de que he estado enferma, pero te aseguro que éste ha sido un golpe de lanza soberano y que no sé cómo quedaré. Te confieso que lo mismo me da, y que si en realidad llegase a ponerme tísica lo único que querría es acabar pronto, porque moriría medio desesperada al verme envuelta en gargajos, y cuanto más durase el negocio, peor. ¿Quién demonio habrá hecho de la tisis una enfermedad poética? La enfermedad más sublime de cuantas han existido (después de hallarse uno a bien con Dios) es una apoplejía fulminante, o un rayo, que hasta impide, si ha herido como buen rayo, que los gusanos se ceben en el cuerpo convertido en verdadera ceniza. Por otra parte, no olvidemos que la antigua denominación de la tuberculosis —tisis— significa ‘consunción’, debido a que los enfermos se iban debilitando y enflaqueciendo progresivamente hasta llegar a la caquexia, el marasmo y la muerte. Por 32


tanto, las tres reglas de oro del tratamiento, desde los tiempos de Hipócrates, consistían en reposo absoluto, buena alimentación y evitar cualquier tipo de exceso, para permitir que actúe a pleno rendimiento la Vix medicatrix naturae (‘la fuerza curativa de la naturaleza’). Y de estos excesos los más peligrosos eran, sin duda, los de índole sexual. Aurelio Cornelio Celso, famoso médico romano del siglo I d. C., lo tenía muy claro: «Los tísicos deberán abstenerse durante mucho tiempo del baño, del vino y de los placeres de Venus». Bien, de acuerdo, pero ¿y las tísicas? ¿Debían abstenerse de los placeres de Apolo…? Pues la verdad es que no hay recomendaciones específicas para ellas, quizás porque siempre se ha considerado que la excesiva fogosidad en el tálamo perjudica y debilita fundamentalmente al hombre, no tanto a la mujer. ¿O acaso no era indudable que no debió ser precisamente el corte de pelo que le practicó la pérfida Dalila al pobre Sansón el motivo de que quedase exhausto e inerme frente a sus enemigos? Lo curioso es que estas ideas sobre la supuesta correlación entre excesiva sexualidad y desarrollo de tisis en el varón se mantuvieron durante muchos siglos. En 1875 el higienista Federico Gutiérrez Jiménez, en una revisión de la profilaxis de la tuberculosis opinaba así: No es necesario invocar las relaciones de los pulmones con los órganos genitales para comprender el deterioro de los primeros por el estímulo abusivo de los segundos. Y sin citar los horribles estragos de la sífilis, basta conocer la notable pérdida en la nutrición que representan esas gotas de esperma que tan imprudentemente gasta el hombre para comprender el quebranto notable que ha de sufrir la constitución. Y no es sólo la pérdida seminal la que empobrece al organismo: añadidle la pérdida nerviosa y tendréis el total.

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Así pues, sutilmente se estableció una neta diferencia, en cierta manera tan sólo lingüística (pero ya se sabe el poder que tienen las palabras), en cuanto a la interpretación de la conducta sexual como factor predisponente para la tuberculosis. Mientras que para el hombre lo peligroso era «el exceso», para la mujer lo era «el vicio», o sea, la promiscuidad y, en su grado máximo, la prostitución. El tisiólogo y escritor vallisoletano Leopoldo Cortejoso lo exponía así en 1939: La tuberculosis abunda entre las prostitutas. Es casi la regla que ninguna de ellas se someta de buen grado al oportuno tratamiento, por la indisciplina y anarquía que preside los actos de su vida.

La prostituta tísica. Revista satírica Assiette au Beurre (1910).

Es cierto que la incidencia de la enfermedad en este colectivo era altísima (en el año 1900 aproximadamente el cuarenta y cinco por ciento de las prostitutas censadas en París padecían tuberculosis), pero no estoy de acuerdo en que fueran la indisciplina y la anarquía las causas fundamentales, sino más bien el elevado riesgo de contagio por clientes enfermos, junto con las pésimas condiciones higiénico-sanitarias, la deficiente alimentación y, en muchas ocasiones, la miseria y la denigrante explotación humana en la que se desarrollaba el quehacer diario de estas desgraciadas mujeres. En un artículo publicado en el 34


año 1918 en El Siglo Médico bajo el título de «Los explotadores de mujeres», el Dr. Sánchez Herrero ponía el dedo en la llaga: ¿Qué extraño es que la prostituta ignorante, al verse abandonada por la sociedad egoísta a su triste suerte, apele al alcohol para olvidar, preparándose la liberación del organismo por medio de la tuberculosis? Es el único medio que encuentra a su alcance para librarse de su tirano [Se refiere al explotador, al chulo]. Es un suicidio lento, del cual la sociedad entera es responsable, pues tiene la obligación, en virtud de la ley de la caridad, de acudir presurosa a quebrantar todos los yugos. Quiero decir, a ahogar el mal, con la abundancia del bien. Un nuevo capítulo de esta tragedia comenzó a escribirse en la década de los ochenta, coincidiendo con el impacto mundial del SIDA. La adicción a la heroína asociada a la prostitución incrementó de forma notable el porcentaje de seropositividades en ese colectivo y, secundariamente, el número de casos de tuberculosis, como primera manifestación del síndrome de inmunodeficiencia adquirida. La relación con el consumo de drogas por vía intravenosa ha sido bien establecida en estudios epidemiológicos realizados en España, que demuestran una prevalencia de infección por VIH del 1-4% en prostitutas no usuarias de drogas por vía intravenosa, mientras que en las usuarias alcanza casi el 50%. Otro aspecto a tener en cuenta para explicar la distinta valoración de la sexualidad como factor de riesgo para hombres y para mujeres es el tema de la maternidad. Por un lado, estaba el peligroso desgaste que suponen para una mujer afecta de una enfermedad crónica las gestaciones y partos continuados; y por otro lado, las consideraciones ético-religiosas sobre el sagrado deber de perpetuar la especie. Posiblemente por la trascendencia de este último argumento, hasta principios del siglo xix se ad35


mitía que, en general, el embarazo tenía una influencia positiva sobre la evolución de la tisis. Unos sesenta años más tarde cambiaron las ideas y se pasó a la hipótesis contraria, no sin una considerable polémica, que persistió largo tiempo, sin llegar a un acuerdo definitivo; tanto es así que todavía a principios del siglo xx la Sociedad Francesa de Obstetricia, tras prolongada discusión, opinaba que en los casos observados de tuberculosis y embarazo se producían resultados contradictorios: mientras que en algunas ocasiones parecía que la tuberculosis poco o nada influía, en otras el embarazo, y sobre todo el parto, precipitaban la agudización de la enfermedad.

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La integración de la mujer en la lucha contra la tuberculosis

El acceso de la mujer al mundo de la sanidad no fue fácil, porque durante muchos siglos no estuvo bien visto que las mujeres cuidaran a enfermos no pertenecientes al estricto ámbito familiar. De hecho, las primeras congregaciones religiosas de atención a pobres y enfermos (a partir del siglo vi d. C.) fueron masculinas, y habilitaron a tal efecto en los monasterios una hospedería y un jardín botánico donde cultivar plantas medicinales. Una notable excepción a esta regla fue la asociación de las beguinas, que tuvo su máximo esplendor en los Países Bajos y Alemania durante los siglos xi al xiii. Se trataba de una orden no religiosa constituida por mujeres piadosas y católicas, pero no monjas, pues aunque vivían en congregaciones femeninas cerca de hospicios y leproserías, no juraban el voto de castidad. Un hándicap añadido a los numerosos prejuicios y reticencias de la época en contra del trabajo extra domiciliario de la mujer, venía dado por la rígida separación de sexos exigible a cualquier tipo de actividad social. Este hecho posibilitó que se crearan algunos hospitales exclusivamente para mujeres (a principios del siglo xx había seis en funcionamiento en España). Luis de Goenechea ha recopilado una extensa 37


información sobre el que, al parecer, fue el primero de ellos: el Hospital de Nuestra Señora del Carmen o de Mujeres de Cádiz, fundado en el año 1634, cuya asistencia estuvo encomendada hasta 1860 a una hermandad no religiosa de mujeres piadosas. Como dato interesante, en el año 1733 se destinó en dicho hospital una sala exclusiva para enfermas tísicas, hecho quizás motivado por la convicción generalizada en los siglos xvii y xviii, tanto en España como en Italia (pero no compartida por los médicos de otros países europeos), de que la tisis era una enfermedad contagiosa. En 1633 Vicente de Paúl y Luisa de Marillac fundaron en París la Congregación de las Hijas —o Hermanas— de la Caridad, cuya misión fundamental consistía en el cuidado de los pobres y los enfermos sin recursos, ya fuera en hospicios, casas de acogida u hospitales. Se extendieron rápidamente por Francia y otros países de Centroeuropa. En España, en el año 1790, el Hospital de la Santa Creu de Barcelona fue el primero en incorporar, no sin ciertas dificultades, a seis hermanas de la Caridad para las labores asistenciales. A lo largo del siglo xix, y hasta la segunda mitad del xx, fueron expandiéndose por muchos otros hospitales, y también por sanatorios antituberculosos, asumiendo en ellos el cuidado de los pacientes hasta la instauración de la enfermería como carrera profesional. Los médicos de mi generación, en nuestra ya lejana época de estudiantes, todavía tuvimos ocasión de apreciar su abnegada labor en las salas y servicios generales de los hospitales clínicos de beneficencia adscritos a las facultades de Medicina; y aunque en ocasiones se les censuraba su escasa preparación técnica y el hecho de actuar más como gobernantas o amas de llaves que como verdaderas enfermeras, es justo reconocer que la mayoría de ellas adquirieron con el paso de los años una adecuada capacitación profesional, viviendo, trabajando y muriendo en aquellos deprimentes hospitales en los que realizaron una meritoria tarea humanitaria. En cierta manera, la creación de esta y de otras órdenes religiosas hospitalarias femeninas supuso el primer paso para conseguir el total reconocimiento de la mujer en el ámbito sanitario. 38


Es bien sabido que la implantación de las bases de la enfermería laica moderna fue mérito de la británica Florence Nightingale (1820-1910), la famosa dama de la lámpara de la guerra de Crimea, en donde al frente de un grupo de enfermeras voluntarias consiguió disminuir drásticamente la mortalidad de los hospitales de campaña. Posteriormente, en 1860, fundó en Londres la primera escuela de enfermería, en el Saint Thomas Hospital. Pero quizás no es tan conocido el dato de que su entrenamiento como enfermera lo efectuó en hospitales de diversos países asistidos por órdenes religiosas: el Instituto de San Vicente de Paúl en Alejandría, el Instituto para Diaconisas Protestantes de Düsseldorf y las hermanas de la Caridad del hospital Saint-Germain en París. En el año 1896 se creó en España la primera escuela de enfermeras, en el Instituto de Terapéutica Operatoria de Madrid, por iniciativa de su fundador, el Dr. Federico Rubio Galí. Las condiciones que debían reunir las candidatas (docilidad, moralidad, abnegación…) eran en realidad las mismas que ya hemos visto que históricamente se había exigido siempre a las mujeres para desempeñar funciones sociales y asistenciales: Tener de 24 a 40 años de edad; saber leer, escribir y contar; ser sanas, robustas 39

Galería de reposo del sanatorio de Terrassa. 1935.


y dóciles; proceder de familias honradas, con preferencia de la clase media, huérfanas y desvalidas; ser de una moralidad intachable y de arraigados sentimientos cristianos; guiándoles más que toda idea de lucro (aun siendo lícita), la bendita virtud de la Caridad y el amor al prójimo, llevado hasta la abnegación.

Enfermera de la Cruz Roja (1917).

Sin embargo, hasta 1915 no se reconoció oficialmente la enfermería como profesión sanitaria en España. En 1917 se creó, a instancias de la reina Victoria Eugenia, el cuerpo de Damas Enfermeras de la Cruz Roja, cuyas asociadas solían pertenecer a las clases pudientes, pero la misión más importante de las señoras de la aristocracia en la lucha contra la tuberculosis consistía en organizar y presidir mesas y eventos benéficos de recogida de fondos, tales como la Fiesta de la Flor y similares. Eventos en los que las señoras no tan aristocráticas se encargaban de postular en parejas por las calles, amables y sonrientes, colocando la consabida banderita a los ciudadanos y recogiendo los donativos. O sea, dicho en román paladino, unas eran las que dirigían y otras las que pencaban. Para tener una idea clara de hasta qué punto era así, valga el dato de que en el año 1912 la junta directiva del Real Patronato de Dispensarios e Instituciones Antituberculosas de Madrid, presidida por la reina María 40


Mesa presidencial de la Fiesta de la Flor (Madrid, 1916). Marcada con una cruz la presidenta, condesa de Romanones.

Damas postulantes. Fiesta de la Flor. Madrid.

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Cristina, estaba compuesta por 84 damas, todas ellas con tratamiento de excelentísima señora, de las cuales 62 ostentaban, además, títulos nobiliarios, según la siguiente distribución: 8 duquesas, 31 marquesas, 22 condesas y una vizcondesa.

La mujer como educadora social.

Al comienzo del siglo xx, la tuberculosis, junto con la sífilis y el alcoholismo, adquirieron la categoría de enfermedades sociales por su gran difusión y por sus graves repercusiones en el conjunto de la ciudadanía. De acuerdo con este planteamiento, en Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania a partir de 1905 se crearon plazas de enfermeras visitadoras de los dispensarios y preventorios antituberculosos, con la importante misión de colaborar en el control epidemiológico y de instruir a las familias de los pacientes, y a la población en general, sobre las reglas básicas para evitar el contagio, así como sobre las normas higiénicas a seguir en caso de enfermedad. En España, Luis Sayé organizó en 1921, en Barcelona, el Servei d’Assistència Social dels Tuberculosos, en el que, además del equipo médico, se incorporaron cuatro enfermeras para el dispensario y dos visitadoras a domicilio (las dos primeras del Estado Español). Vale la pena recordar los nombres de estas esforzadas pioneras: Carmen Badell, Carmen Marí, Ana Germá, Mercedes Ferret (enfermeras auxiliares), Valeria Seligmann y María Ferrán (enfermeras visitadoras). 42


Similar organización asistencial se adoptó en otros dispensarios del país, por ejemplo en el Dispensario Amparo Landa, de la madrileña barriada de Cuatro Caminos, fundado en 1927 por iniciativa personal del tisiólogo Tomás de Benito Landa, en el cual, con la ayuda de dos enfermeras visitadoras, realizó una meritoria campaña de vacunación infantil a domicilio con la vacuna BCG, mediante la cual se vacunó en cuatro años a más de 3.500 niños, cifra que pone de manifiesto la intensa labor realizada por esas dos enfermeras, y a la que hay que añadir 6.300 visitas domiciliarias para rellenar fichas de investigación social. No obstante, pese al indudable valor de estas iniciativas, no fue hasta el año 1933 cuando se convocaron por primera vez en el Estado Español, de manera oficial, cincuenta plazas de enfermeras visitadoras de dispensarios antituberculosos. Otra importante aportación de la mujer consistió en la labor desarrollada por las enfermeras de los sanatorios antituberculosos. Existe poca información sobre este colectivo, porque en las reseñas y estudios realizados sobre el personal asistencial de los sanatorios sólo se acostumbra a mencionar al cuadro médico. En cierta manera puede afirmarse que con ellas se inició la especialización de la enfermería en la patología respiratoria, asumiendo además con valor el riesgo que suponía estar en contacto continuo y directo 43

Enfermera visitadora (1906).


con pacientes altamente contagiosos. El modelo asistencial de los sanatorios solía ser mixto, es decir, combinado entre órdenes religiosas y enfermeras laicas, aunque no queda claro en algunos casos si realmente actuaban como enfermeras, como auxiliares o como simples asistentas. Por ejemplo, según Sagaz Zubelzu, cuando en el año 1934 se inauguró el Sanatorio de El Neveral, de Jaén, con 110 camas, la plantilla técnica estaba compuesta por el director médico, un médico residente, un practicante, tres enfermeras y seis hermanas de la Caridad. También trabajaban enfermeros en los sanatorios, por supuesto, pero en menor número, y más que nada para atender a los pacientes en los pabellones y salas de hombres, porque como los escarceos sexuales entre los internos e internas eran un tema tabú, se procuraba un control estricto, aunque —la verdad sea dicha— no siempre con éxito. A este respecto, refiere Xavier Cateura Valls, en su trabajo Estances de febre. El Sanatori del Montseny, que cuando se inauguró este sanatorio, en 1931, se hicieron cargo de la asistencia, con autorización expresa del obispo de Vic, seis monjas de la congregación de religiosas de Nuestra Señora de la Consolación, pero especificando con toda claridad que no realizarían servicios que no fueran adecuados a su condición de monjas: No convengan a vírgenes consagradas al Señor y que visten hábito religioso, por cuyo motivo habrá uno o varios enfermeros a sus órdenes. Un personaje femenino muy interesante de las primeras décadas del siglo xx en el tema que nos ocupa fue Leonor Canalejas Fustegueras (1869-1945), fundadora y presidenta en 1910 de la Federación Femenina contra la Tuberculosis. Su dedicación a la lucha contra la tuberculosis estuvo motivada en gran parte por la temprana muerte, por esta enfermedad, de su único hermano. Leonor, mujer culta, licenciada en magisterio y profesora titular de geografía en la Escuela Normal de Barcelona, intentó establecer centros de educación y enseñanza de higiene doméstica, aplicada a la prevención de la tuberculosis, para mujeres pobres; pero por desgracia la federación tuvo que disolverse en 1916 por falta de recursos económicos. En el III Congreso 44


Internacional de la Tuberculosis, celebrado en San Sebastián en el año 1912, Leonor Canalejas pronunció una conferencia titulada «Misión de la mujer en la lucha antituberculosa», en la que expuso la idea de que debían ser mujeres instruidas de la clase media, como eslabón entre los estratos inferiores y superiores de la sociedad, las encargadas de las labores educativas de la federación, denunciando sutilmente, de paso, la escasa sensibilidad ante el problema de las clases pudientes y el reducido número de mujeres médicos: Nuestra actuación ha de ser activísima e inteligente, de sentimiento y de razón; precisa, pues, unir mujeres bondadosas e instruidas. Más ¿dónde están en España las mujeres instruidas? Relativamente instruidas, porque ya sabemos, aunque nos sea muy doloroso el confesarlo, que la instrucción en nuestro país tiene un nivel bajísimo, aun para la generalidad de los hombres, si se compara con otros países. Lo son las maestras, en su mayor parte, las mujeres médicos, contadísimas, aun en Barcelona, algunas escritoras, aunque son muy pocas las que se ocupan en cuestiones sociales. El núcleo de nuestra sociedad ha de formarse, pues, de mujeres de la clase media, no sólo por la razón apuntada, sino también porque la clase media femenina, por su posición en la sociedad, puede ser lazo de unión entre todas las mujeres españolas, pues comprende los apuros y agobios de la mujer pobre, apuros y agobios que a veces ha experimentado dentro de su esfera, y al propio tiempo puede comunicarse fácilmente con la mujer aristócrata, la cual, aun en presencia de las miserias del pobre no las comprende, porque están muy lejos de su ambiente y de su vida y necesita quien se encargue de traducirle aquellos dolores.

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Sin embargo, en sus conclusiones es fácil apreciar que en aquella época las mujeres, incluso las de ideas más progresistas, todavía aceptaban que su papel era secundario, y adscrito de preferencia al ámbito familiar: La mujer es el agente principal en la lucha antituberculosa para la aplicación de los preceptos higiénicos individuales y los que se refieren a la vida de familia. Un aspecto, muchas veces olvidado, en el que la mujer tuvo una actuación destacada fue la rehabilitación respiratoria aplicada a la tuberculosis. Entre 1920 y 1940 la tuberculosis pulmonar se convirtió en una enfermedad quirúrgica, debido a que la toracoplastia y otras técnicas de colapsoterapia se convirtieron en prácticas habituales, cuando fracasaba o era impracticable el neumotórax terapéutico. El problema era que las resecciones de cuatro o cinco costillas, o incluso más (toracoplastias demolitivas), ocasionaban grandes deformidades torácicas e insuficiencias respiratorias postoperatorias. Los cirujanos se dieron cuenta enseguida de los beneficios de la gimnasia precoz para reducir estas secuelas y evitar la anquilosis del hombro y las atrofias musculares. En consecuencia, algunas enfermeras se especializaron en kinesiterapia, y de hecho se convirtieron en las primeras fisioterapeutas reconocidas. En 1934, la enfermera supervisora Winifred Linton diseñó, en los hospitales St. Bartholomew y Brompton, de Londres, un programa de fisioterapia respiratoria para los enfermos operados del tórax que pronto fue incluido en los protocolos asistenciales de muchos otros servicios quirúrgicos. En Alemania, algunos años más tarde (1943), en el Tratado de Colapsoterapia de la Tuberculosis Pulmonar, de Hein, Kremer y Schmidt, se especifican las maniobras a realizar por «una enfermera instruida», consistentes, aparte de en las medidas postoperatorias, en el drenaje preoperatorio de las secreciones bronquiales y la toilette de las cavernas mediante percusión torácica 46


y posición declive, así como en la preparación psíquica con explicación detallada de los resultados, ventajas y molestias, dejando claro que «los tres primeros días después de la operación no son en modo alguno agradables». Estas competentes enfermeras instruidas fueron el germen de la fisioterapia respiratoria actual. Si, como hemos visto, complicado estuvo el establecimiento de la carrera profesional de enfermería, mucho más lo fue la aceptación de la mujer, a pleno derecho, en el ejercicio de la medicina. Cuenta la historia que en el siglo iv a. C. existió en la antigua Grecia una mujer llamada Agnódice, que destacó en la práctica de la medicina, especialmente en la ginecología, pero lo hacía disfrazada de hombre porque las leyes prohibían a las mujeres, bajo pena de muerte, el ejercicio de esta ciencia. Con tales antecedentes no es de extrañar que durante muchos siglos se mantuvieran al margen de cualquier reconocimiento oficial, pese a la importante función social que desempeñaban, contentándose con actuar en el anonimato como sanadoras, vetulas o comadres (de donde deriva el vocablo comadrona), generalmente ayudando a otras mujeres en el parto, o en el contexto de las enfermedades ginecológicas. Barbara Ehrenreich y Deirdre English lo exponen con nitidez en la introducción del libro Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de sanadoras: Las mujeres siempre han sido sanadoras. Ellas fueron las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental. Sabían procurar abortos y actuaban como enfermeras y consejeras. Las mujeres fueron las primeras farmacólogas con sus cultivos de hierbas medicinales, los secretos de cuyo uso se transmitían de unas a otras. Y fueron también parteras que iban de casa en casa y de pueblo en pueblo. Durante siglos las mujeres fueron médicas sin título; excluidas de los libros y la ciencia oficial, aprendían unas de otras y se transmitían sus experiencias entre vecinas o de madre a hija. La gente del pueblo las llamaba mujeres sabias, aunque 47


para las autoridades eran brujas o charlatanas. La medicina forma parte de nuestra herencia de mujeres, pertenece a nuestra historia, es nuestro legado ancestral. Un caso especial es el de Trótula de Salerno (siglo xi), autora de una trilogía de tratados de medicina (si bien hay investigadores que dudan de su existencia y opinan que los textos fueron escritos por médicos varones de la escuela de Salerno). En el más famoso de ellos, Passionibus Mulierum Curandorum (‘La curación de las dolencias de las mujeres’), opina que las mujeres son más débiles que los hombres y, por ende, más propensas a enfermar. Cuando se trata de una afección del área genital, el pudor les impide revelarlo, y por ello sería preferible que fueran asistidas por otras mujeres expertas: Siendo, pues, las mujeres más débiles que los hombres por naturaleza, las enfermedades serán en ellas lógicamente más frecuentes. Y cuando se producen en el lugar secreto, no se atreven por su pudor y por la fragilidad de su condición a manifestar por sí mismas al médico las angustias de su enfermedad. Los factores culturales y educacionales, una vez más, jugaron un papel importante durante siglos. Las mujeres, relegadas a la misión de madres y esposas, tenían muchas menos posibilidades que los hombres para acceder a la cultura y a la ciencia, especialmente en el sur de España, donde 800 años de dominación árabe dejaron una profunda huella en las costumbres populares. En 1912, Antonio Machado se instala en Baeza como profesor de Gramática Francesa y el rencuentro con la Andalucía de su infancia se refleja en la obra poética de esa época. Mira a su alrededor y relata lo que ve, lo que le gusta y lo que no le gusta. Las mujeres concretamente le recuerdan a pajarillos prisioneros en jaulas doradas: 48


¡Oh enjauladitas hembras hispanas, desde que os ponen el traje largo, cuán agria espera! ¡Qué tedio amargo para vosotras, entre las rejas de las ventanas de estas morunas ciudades viejas, de estas celosas urbes gitanas! Por si no fuera suficiente, algunos científicos, basándose en estudios anatómicos, fisiológicos y antropológicos, intentaron demostrar la inferioridad psíquica de la mujer y su menor capacidad para las tareas superiores, que serían propias del hombre. El médico alemán Franz Josep Gall (1758-1828), fundador de la frenología, después de concienzudos estudios de numerosos cráneos y cerebros humanos, opinaba así: El cerebro de la mujer está generalmente menos desarrollado en su parte antero-superior y por eso, por lo común, las mujeres tienen la frente más estrecha y menos elevada que los hombres. La consecuencia, por tanto, era evidente: «El menor desarrollo del cerebro femenino es causa de su inferioridad intelectual». Otros hicieron hincapié, para reforzar esta conclusión, en el dato objetivo del menor peso del cerebro femenino en comparación con el masculino, unos 200 g de diferencia, aunque alguien argumentó con cierta retranca que si tan importante era el peso y el tamaño del cerebro, los elefantes debían ser los seres más inteligentes de la naturaleza. También el gran naturalista Charles Darwin (1809-1882), apoyándose en su teoría de la evolución de las especies, expresaba opiniones similares:

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Lo que establece la distinción principal en el poder intelectual de ambos sexos es que el hombre alcanza, en todo lo que emprende, un nivel al que la mujer no puede llegar. Podemos deducir de la ley de desviación de las medias, tan bien explicada por Galton en su libro sobre El genio hereditario, que, si los hombres tienen una superioridad decidida sobre las mujeres en muchos aspectos, la media del poder mental en el hombre tiene que exceder a la de la mujer. El debate misógino continuó en las primeras décadas del siglo xx. El psiquiatra alemán Paul Julius Möebius (1833-1907) ha pasado a la historia no tanto por sus aportaciones a la neuropsiquiatría —que las hizo—, sino por la controversia que suscitó su libro La deficiencia mental fisiológica de la mujer, aunque no deja de ser paradójico que el prólogo a la edición en castellano de 1900 lo escribiera la escritora, periodista y acérrima feminista Carmen de Burgos (1867-1932). Con orientación similar, en nuestro país el prestigioso catedrático de patología general de Santiago de Compostela y más tarde de Madrid, Roberto Novoa Santos (1885-1933), publicó en 1908 el libro La indigencia espiritual del sexo femenino. Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza espiritual de la mujer. Su explicación biológica. Lo cual no fue óbice para que promocionara a varias doctoras dentro de su equipo de colaboradores médicos, quizás como compensación por las múltiples críticas recibidas a causa de sus teorías sobre la mujer. Algunos años más tarde, en 1929, intentó justificarse en un nuevo libro: La mujer, nuestro sexto sentido y otros esbozos, aunque no sé si con mucho convencimiento: Acúsome de haber publicado hace ya muchos años, en el albor de la mocedad, un pequeño libro sobre La indigencia espiritual del sexo femenino. Siguiendo la ruta abierta por otros pensadores, yo acentuaba, en aquel primer libro de mi juventud, la inferioridad nativa de la hembra 50


humana, sin negar, por supuesto, la capacidad excepcional de algunas mujeres que aparecen esporádicamente en todos los tiempos y en todos los pueblos. Cada sexo tiene sus características y, en tal sentido, no cabe hablar de un «sexo superior». Cuando afirmamos que el sexo femenino es inferior en fortaleza y en vigor mental al sexo varonil, no hacemos otra cosa que enunciar la realidad de un hecho biológico; pero también sabemos que la hembra supera al macho en el dominio de otras virtudes y actividades. Para acabar de arreglarlo, introduce el concepto de la superhembra, de marcado carácter sexista: La superhembra no ha de ser la mujer «intelectual», ni tampoco la hembra que sirva sólo para el placer y la procreación, únicas funciones que Friedrich Nietzsche atribuía a la hembra humana. Apurando las cosas, podría decirse que la «hembra pura» —la superhembra— habría de ser siempre virgen y eternamente fecunda en su virginidad, algo así como una prueba viviente del misterio de la encarnación. Como reacción a este antifeminismo de base científica y tintes machistas, en el siglo xix surge con fuerza en Estados Unidos, Inglaterra y otros países el movimiento feminista, que propugna la igualdad de derechos y obligaciones de ambos sexos. En España, la escritora y poetisa Carolina Coronado (1823-1910) lanza un grito desesperado de rebeldía en su poema Libertad (1846), que bien podría catalogarse como el preámbulo de la lucha que se avecinaba por la emancipación de la mujer: Pero os digo compañeras que la ley es solo de ellos, que las hembras no se cuentan ni hay Nación para ese sexo. 51


Con semejantes argumentos se explica que hasta la segunda mitad del siglo xix las mujeres tuvieran vetado el acceso a la enseñanza superior en las universidades en muchos países europeos. Los Estados Unidos de América fueron pioneros en permitirles el acceso a la profesión médica, pero no sin notables dificultades. Es significativo que Elizabeth Blackwell (1821-1910), la primera en licenciarse, en el año 1849, en el Geneva College of Medicine de Nueva York, pudiera acceder a los estudios gracias a un error de cálculo del decano, quien pensó que sometiendo a votación de los estudiantes la decisión de admitirla o no admitirla (el dictamen había de ser por unanimidad) se ahorraba el tener que negarle personalmente la entrada, encontrándose con la sorpresa de que el veredicto fue favorable a su ingreso, lo cual dice mucho de la categoría humana de los compañeros de Elizabeth. En 1870 ya había unas quinientas en todo el país, aunque solo 137 se matricularon en escuelas oficiales; el resto, en escuelas alternativas. Este notable avance fue debido en gran parte a la creación en 1850 de una escuela de medicina para mujeres en Filadelfia (Pensilvania): The Female Medical College. Pocos años después, en 1874, la iniciativa era reproducida en Londres con la inauguración de una facultad de medicina para mujeres. En España, María Elena Maseras Ribera (1853-1905) consta como la primera mujer en matricularse, en el año 1872, en la Facultad de Medicina de Barcelona. Dos años después lo hizo Dolores Aleu Riera (1857-1913) y posteriormente Martina Castells Ballespí (1852-1884), pero las tres tuvieron que esperar hasta el año 1882 para poder licenciarse, gracias a una autorización especial del Gobierno, porque la ley no contemplaba que las mujeres pudieran ejercer la medicina. No les fue fácil a estas pioneras ser aceptadas por sus compañeros de profesión. Como anécdota ilustrativa, parece ser que Dolores Aleu acudía a las primeras clases en la facultad acompañada por dos escoltas (así se denominaba en aquella época a los guardaespaldas) asignados por su padre, jefe de la policía y guardia municipal, quien por lo visto no estaba muy seguro de qué tipo de bienvenida le iban a dar a su hija. 52


Las reacciones a tamaño atrevimiento no se hicieron esperar, estableciéndose un apasionado debate entre opositores y defensores del acceso femenino a los estudios médicos, bien documentado por María del Carmen Álvarez Ricart en el libro La mujer como profesional de la Medicina en la España del siglo xix. En 1894 se publicó un artículo en El Siglo Médico, firmado por Celestino Rojo Prieto, médico de Gumiel de Izán (Burgos), con el título «¿Puede ejercer la mujer las diversas profesiones del hombre?», en el que, entre otras lindezas, opinaba lo siguiente: La mujer es una intrusa al pretender ejercer las diversas profesiones del hombre. Creo que todos mis ilustrados lectores han de estar conformes en tal principio; seguramente, si alguna compañera (que también aquí en España las tenemos) lee estas líneas se dará por ofendida, y quizás, llevada de su amor propio, coja la pluma y, en brillantes y poderosas razones, rebata los argumentos que yo expongo; muchísimo celebraría esta determinación. […] Donde rayan en el abuso los privilegios de la mujer es en los Estados Unidos: allí hay miles de médicas, abogadas, farmacéuticas y… —¡asómbrense ustedes!— hasta se les permite el derecho de presentarse a diputadas. […] Antes de concluir, he de manifestar que el propósito que me anima, al escribir estas mal pergeñadas líneas, no es el de zaherir a la mujer, sino, por el contrario, mi deseo es que se aparte de seguir falsos ideales que la arrastrarían hasta la degradación. Que sea instruida; que cultive, no con mucho afán, las bellas letras, y se distinga en las artes, son cualidades dignas de admiración; pero también que, a la vez, sea una 53


cristiana madre de familia, cuide de los quehaceres de la casa, dirija con acierto los primeros pasos de la educación de sus hijos y haga dulce la vida al compañero que Dios le deparó. He aquí el desideratum a que debe aspirar la mujer.

The lady doctor.

Ese mismo año, y en la misma revista, Luis Hernández Álvarez exponía sus impresiones sobre las mujeres médicas de Chicago, aprovechando una visita a la exposición internacional celebrada en esa ciudad. Ante todo, se mostraba sorprendido por el elevado número de doctoras que ejercían en Chicago (150), para, a continuación, intentar ridiculizarlas (aunque niegue que sea esta su intención) por el aspecto e indumentaria en comparación con los de sus colegas masculinos: En efecto: si tomáis al médico que acabo de pintaros, lo vestís con falda corta y de poco vuelo, chaquetilla de color apropiado, que favorezca al rostro, y bien entalladita para que haga esbeltez; si lo afeitáis y le dais polvos, le ponéis sombrero con plumas, o sin ellas, y cubrís el todo, cara y cabeza, con amplio y delicado velo; si, además, colocáis en sus manos un pulido maletín que contenga, 54


en armoniosa confusión, las medicinas de urgencia con el pomo de perfume, termómetro o la jeringuilla de Pravaz, con los polvos para la cara, los guantes, el pañuelo, etc., etc., y, por fin, le montáis en un buggy o en el velocípedo, y le veis salir por esas calles de Dios como alma que lleva el diablo, tendréis la completa figura de la doctora de este país tal y como es, o como yo puedo recordar. Por último, hacía una alusión directa al proverbial pudor femenino para manifestar el rechazo que le produjo ver participar a varias estudiantes en una clase de enseñanza práctica: Habréis notado que muchos de los asientos contiguos están ocupados por varias condiscípulas armadas de papel y lápiz para tomar nota de lo que el profesor diga. Como veis, unas son jóvenes, otras maduritas, pero agradables todas. Mas no perdamos de vista lo útil por lo agradable, y observemos que el profesor entra acompañado de dos enfermos que han de ser reconocidos; uno espera turno sentado en una silla, mientras que el otro se coloca de pie, dándonos la cara, y a la derecha del profesor. Es un irlandés que representa unos cuarenta años, y que a una señal del maestro se levanta la camisa y baja los calzones, dejando al descubierto completamente sus órganos péndulos. En esta actitud, el profesor abarca con la mano el miembro viril, con el dedo pulgar baja el prepucio, y con el índice estira la cabeza, descubriendo por este medio dos úlceras venéreas entre prepucio y glande, y una gota de pus hemorrágico que pugna por salir del meato. Enseguida, sin abandonar el miembro, pasa al paciente por delante de la primera fila con el fin de que la clase lo

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examine bien y pueda dar a continuación, uno a uno y una a una, diagnóstico, pronóstico y tratamiento. Con las pruebas que acabáis de recoger, y que pudierais multiplicar hasta el infinito, creo que tendréis bastante para convenir conmigo en lo que dije arriba: que las mujeres que en nuestros días se han dedicado a la carrera de Medicina han rasgado el velo de su inocencia al pasar los umbrales del templo de Esculapio. Pese a la contundencia de estos, y otros muchos, comentarios masculinos en contra de la irrupción de la mujer en el mundo de la medicina, no sería justo atribuirles a ellos toda la responsabilidad de los juicios adversos, porque las mismas mujeres también manifestaban opiniones contradictorias. A Florence Nightingale, por ejemplo, las mujeres que ejercían la Medicina le parecían poco femeninas: «Sólo han intentado ser hombres, y únicamente han conseguido llegar a ser hombres de tercera categoría». Concepción Arenal (1820-1893) tiene fama de ser una de las primeras activistas de nuestro país en defender los derechos de las mujeres oprimidas, derechos por los que luchó enconadamente toda su vida. Ella misma sufrió en sus carnes el oprobio de ser mujer en su época, puesto que para poder asistir a las clases en la Facultad de Derecho, en Madrid, tuvo que disfrazarse de hombre. Pues bien, veamos lo que opinaba la ilustre escritora en La mujer del porvenir sobre el papel de la mujer en la medicina: En la práctica de la medicina las mujeres podrían hacer mucho bien, sobre todo a las personas de su sexo, cuyo pudor no ofenderían, a los pobres y a los niños, a quienes adivinan. Como operadoras tal vez no 56


se distinguirían; la mujer tiene un santo horror a la sangre. ¿Para qué vencerle? Dejemos a los hombres las operaciones cruentas, útiles sólo cuando están hechas por manos muy hábiles. Es decir, mujeres médicas sí, pero en un plano inferior al hombre y en especialidades no comprometidas con el recato y la decencia propias del género femenino. Así se explica que durante décadas la mayoría de las licenciadas se inclinaran por especialidades que no implicaban asistencia o trato directo con pacientes varones, tales como obstetricia, ginecología, pediatría y laboratorios. Pero estamos escribiendo sobre la tuberculosis y, como es sabido, hasta prácticamente la mitad del siglo pasado la especialidad que se ocupaba de su diagnóstico y tratamiento era la tisiología. La pregunta crucial, por tanto, es: ¿hubo en ese periodo histórico mujeres tisiólogas? La verdad es que, si las hubo, es difícil encontrar su rastro. En nuestro país no aparecen nombres femeninos ni en los registros de la Sociedad Española de Tisiología (fundada en 1931), ni en las juntas directivas y publicaciones de la Revista Española de Tisiología (fundada en 1930), ni tampoco en los cuadros médicos de sanatorios y dispensarios antituberculosos a los que yo he podido acceder. Hay vagas referencias en algún otro país; por ejemplo, la Dra. Isolina Quintana ejercía como tisióloga en el año 1946, y junto con la Dra. María Elena Victoria publicó el primer trabajo tisiológico femenino en Uruguay. En donde sí que hubo mujeres destacadas en la lucha contra la tuberculosis, a nivel internacional, fue en el ámbito de la investigación. Especial mención merece la norteamericana Florence Rena Sabin (1871-1953), profesora de Histología en la Johns Hopkins University (la primera mujer en acceder al profesorado en una universidad americana). En 1925 se hizo cargo de la dirección del Departamento de Inmunología de la Fundación Rockefeller de Nueva York, y puso en marcha un avanzado 57


Florence Rena Sabin.

programa de investigación sobre la inmunología celular de la tuberculosis. Entre sus muchos méritos y distinciones destacan la Medalla Trudeau de la National Tuberculosis Association, haber sido miembro del Comité de Investigación de esa misma asociación y haber sido consejera de Salud del estado de Colorado en 1944, impulsando desde ese puesto un programa de control de las enfermedades infecciosas (Sabin Program), una de cuyas propuestas era la creación de un hospital estatal para pacientes tuberculosos. En aquellos años, la expansión imparable de la tuberculosis por todo el planeta exigía estrategias globales. En octubre de 1920, los delegados de 31 países reunidos en el gran anfiteatro de la Sorbona de París se comprometieron en la creación de un organismo internacional que centralizara toda la experiencia en la lucha contra la tuberculosis. Así fue el nacimiento de la Unión Internacional contra la Tuberculosis (UICT). En el discurso pronunciado en la asamblea constituyente por Léon Bernard, secretario general de la asociación francesa, quedaban explícitos los principios básicos de actuación: Todos los países que deseen erradicar la tuberculosis deben decidir entre ellos los métodos que hay que utilizar, deben ponerse de acuerdo sobre las armas más 58


efectivas contra el enemigo común, forjándolas y mejorándolas conjuntamente. Pero primero es necesario que los investigadores estudien a fondo el problema para transmitir a los gobiernos la información necesaria. Es con esta intención y para estos fines que deseamos crear una Unión Internacional contra la Tuberculosis.

A lo largo de los noventa y cinco años transcurridos desde entonces, la UICT ha ido incrementando paulatinamente sus actividades y zonas de influencia, de tal manera que en la actualidad forman parte de ella 150 países y unos 15.000 miembros. Se trata, por tanto, de la más importante organización mundial de lucha contra una enfermedad infecciosa. En 1989 pasó a denominarse Unión Internacional contra la Tuberculosis y Enfermedades Respiratorias (UICTER), ampliando sus competencias en otras áreas de la patología pulmonar. La UICTER está dirigida por un Comité Ejecutivo, con sede en París, bajo la presidencia de un director ejecutivo a tiempo completo. Pues bien, en el año 1979 por primera vez una mujer, la Dra. Annik Rouillon, fue nombrada directora ejecutiva, cargo que desempeñó hasta 1991. Este hito histórico significó la consagración de la mujer como máxima protagonista de la lucha contra la tuberculosis. Desde entonces, otras mujeres han accedido a ese mismo puesto; la última de ellas, la Dra. E. Jane Carter, especialista en neumología, terminó su mandato en 2014. En los últimos cincuenta años el número de mujeres que estudian y ejercen la medicina no ha cesado de crecer, dando lugar a un fenómeno espectacular que bien puede catalogarse como verdadera revolución social. Las cifras hablan por sí solas. Hemos visto las penurias que tuvieron que soportar, hace poco más de un siglo, las primeras licenciadas para conseguir su objetivo, mientras que, en la actualidad, en España el porcentaje femenino sobre el total de médicos colegiados es, aproximadamente, el 59


46%; pero en el tramo de edad inferior a los cuarenta años, son ya mayoría. Hace también poco más de cincuenta años se produjo otro acontecimiento histórico, al conseguirse por primera vez un tratamiento curativo de la tuberculosis mediante la asociación de tres fármacos (estreptomicina, INH y PAS). A partir de ese momento la tisiología dejó de tener sentido y dio paso a otra nueva y pujante especialidad, la neumología, en la que la tuberculosis pulmonar es una más de las diversas enfermedades del aparato respiratorio a las que debe dar cobertura diagnóstica y terapéutica.

La danza de la vida. Edvard Munch. 1889. National Gallery (Oslo).

Por otra parte, a partir de la década de los setenta, coincidiendo con la apertura de servicios de neumología en los hospitales y con la instauración del programa M.I.R. de acceso a la especialización, muchas jóvenes licenciadas eligieron la neumología. Se hicieron especialistas y en los años siguientes fueron ocupando paulatinamente plazas y cargos en hospitales y ambulatorios, asumiendo cada vez mayores responsabilidades. En la actualidad, muchas de ellas participan activamente en comités, áreas y sociedades, nacionales e internacionales, implicadas en la investigación, la epidemiología, el diagnóstico y el tratamiento de la tuberculosis. Algunas, además, han conseguido algo que parecía impensable en nuestro 60


país hace no demasiado tiempo: acceder a la jefatura de servicios de neumología y a la presidencia de sociedades autonómicas de patología respiratoria y de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Ha sido la culminación de un largo proceso cuya evolución he intentado reconstruir en estas páginas. Un proceso desde luego complejo, obstaculizado por múltiples dudas, trabas, suspicacias, desencuentros e incomprensiones, pero, por fortuna, con un desenlace feliz, porque, en definitiva, se quiera o no se quiera, hombres y mujeres, mujeres y hombres, estamos destinados a entendernos y, al igual que en un célebre cuadro de Edvard Munch, a bailar juntos la danza de la vida.

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La mujer en la historia de la tuberculosis