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Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del primer concurso de cuentos policiales Sitio del suceso: cuando las letras son la evidencia. Se prohíbe su comercialización y/o reproducción total o parcial sin la debida autorización de los propietarios de Copyright. Todos los derechos reservados. Año 2014 Santiago de Chile. Director General pdi: marcos vásquez meza Dirección: General Mackenna 1314, Santiago. www.pdichile.cl @pdi_chile /policiadeinvestigaciones Diseño comunas unidas Impresión quad graphics chile s.a.


Índice

prólogo

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ariel

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extractos de un cuerpo

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infanticidio

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el martillo de medea

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en legítima defensa

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la novia y el ropero

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los testigos mudos

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los viajes del odio

52

osamentas del pasado

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santa maría 858

64

tiro de gracia

68

tríptico del vampiro

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una larga reunión

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Cuando vislumbrábamos las actividades con que celebraríamos los 80 años de la pdi y surgió esta iniciativa, de hacer un concurso de cuentos, abierto a la comunidad y que pusiera en valor los relatos policiales de ficción, tuvimos muchas aprensiones respecto a su éxito. Primero, porque nuestras fortalezas están en el ámbito de la seguridad pública, de la investigación criminal y no en las letras; y segundo, porque aunque sabemos que el mundo policial es muy atractivo, no teníamos certezas respecto de las ganas de participar que pudieran surgir. Pero la animada respuesta que tuvimos desde un comienzo, particularmente a través de las redes sociales, nos auguraron un buen resultado. Y así fue, los 323 relatos enviados a este inédito concurso –es el primero en su categoría organizado por una policía–, nos ratifican que estamos en sintonía con la comunidad a la cual servimos. Cada uno en su propio estilo, constituye un valor literario, los participantes entregaron tiempo y dedicación para contar casos policiales desde su óptica personal, con creatividad y empeño, es ahí, en este encuentro donde radica nuestro éxito como organizadores: el saber que, a través de esta iniciativa cultural, llegamos a un público que quizás sabía poco o nada de nuestra labor, pero que para armar su relato y pensarlo, debieron necesariamente conocer algo más de la pdi. La tarea no fue fácil. Entre todos quienes conformamos el jurado –cuya inclusión asumí desde la responsabilidad que me imprime este cargo y el representar a más de 11 mil integrantes de la institución– trabajamos con el desafío de encontrar a los mejores.


Prólogo

Aprovecho estas líneas para agradecer el tiempo y dedicación de quienes conformaron este grupo, los destacados escritores: Pía Barros, Ramón Díaz Etérovic y Roberto Ampuero, quien durante el periodo en que se desarrollo este concurso, asumió como Ministro Presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, y a María Eugenia Menéndez, consejera cultural del Centro Cultural de España, espacio que además nos abrió las puertas para la premiación de este concurso. En esta misma línea, expresamos nuestra gratitud a BancoEstado, que creyó en esta innovadora iniciativa y permitió el financiamiento de los importantes premios que recibieron los ganadores de los tres primeros lugares. La elección de los ganadores y diez menciones honrosas, cerraron en parte este primer concurso de cuentos policiales, “Sitio del Suceso: cuando las letras son la evidencia”, pero consideramos que esta iniciativa no podía terminar con la ceremonia de premiación. Por ello, se contempló la edición de este libro, el cual presenta a través de sus páginas los tres relatos ganadores y 10 menciones honrosas, ordenadas alfabéticamente de acuerdo a sus títulos. Cada una de estas historias, construye a través de sus personajes y aventuras, fragmentos de imaginarios particulares que se materializan en la edición de este libro, ejercicio con el que esperamos se contribuya a la cercanía entre la policía y la comunidad. Esperamos repetir esta invitación el próximo año, convocar a más personas y seguir acercando nuestra labor cotidiana a la ciudadanía mediante la inclusión en el proceso de construcción de nuestra historia, presente y futuro.

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Ariel AUTOR: MARITZA RAMÍREZ

La cosa parecía sencilla y sin riesgo alguno. Lo único que faltaba era capear las dificultades de los próximos días. (highsmith, patricia. el talento de mr. ripley)

Pago al contado el último best seller de novela negra y salgo orgulloso de la librería. Conozco al autor en persona, nos topamos dos años atrás en un cité de la calle Herrera. Entonces éramos unos novatos, él escribía historias de suspenso y yo entrevistaba a los testigos de un crimen. Ahora somos un trago perfecto: escritor famoso y detective experimentado, con hielo. Me regalé la novela. En una semana cumpliré los treinta, y ya es hora de celebrar. Instalado en mi departamento de soltero, doy unas rápidas vueltas a las páginas mientras me lleno la boca con maní y me zampo una cerveza nacional, de las buenas. Le chisto al gato, me enferma su maullido cuando leo. Sé lo que busco: un personaje femenino con los ojos grises y la boca húmeda. Me deslizo rápido por el texto, me salto la descripción de los grafitis y murales. El tercer capítulo inicia con un asesinato. Es el crimen del viejo. Lo ha plagiado con un lenguaje sorprendente. Me parece estar ahí. Escucho el rumor


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de los arrendatarios pidiendo explicaciones. El sollozo entrecortado de Blanca y sus rasgos borrosos por la pena. No sé por qué, saco del bolsillo de la chaqueta mi libreta de cuerina azul, necesito tomar unas notas. “Mucha tele”, dice siempre mi hermana. El crimen del Barrio Yungay fue mi primer caso publicado en la portada de los diarios. El mismo viejo, dueño del cité, ya se había perdido ocho meses antes. Demencia senil. Regresó a la semana entumido de frío, más flaco y con un solo zapato. Pero esta vez no hubo regreso. Apareció a las horas, en una bodega, degollado y acostado en su propio colchón de sangre. Bisturí de cirujano, dijeron los peritos de criminalística apenas vieron el corte en el cuello. El arma nunca se encontró. Primera teoría: ladronzuelo le rebana la carótida sin dejar rastros. Segunda: esposa cansada asesina a marido demente. ¿Poco creíble? Se sorprenderían al conocer el número de personas que mata por hartazgo. Después de hablar con la reciente viuda, interrogué a las dos nietas: Nicole, una adolescente de dieciséis, con piercing en una ceja, pelo fucsia, ojos bien delineados, mascando un chicle rosa con la mandíbula ejercitada; y Blanca, su bella hermana mayor: delgada, etérea, rostro perfecto de actriz tailandesa, los ojos grises y la boca húmeda. Bellísima. Solo ocho piezas componían el cité y algunos de sus habitantes andaban de paseo. Me ahorraron unas horas de trabajo, por lo menos ese fin de semana. Los más impresionados: una pareja de peruanos bajitos. Apenas entré, la mujer corrió una gruesa cortina color mostaza colgada de un alambre que separaba los ambientes, con la misma elegancia de quien cierra los aposentos de un palacio. Se apuraron en mostrarme sus documentos, los contratos de trabajo y acreditar que estaban legales, antes de que yo abriera la boca. Cuando comencé un rápido interrogatorio, mandaron a los niños a esa zona tras la cortina donde asomaban las camas. No habían visto ni escuchado nada, con excepción del grito de Blanca cuando entró a la bodega. A la colombiana que vivía sola la despaché al toque: una mujer de unos cuarenta infernales años, fea como bruja de cuento. Sufría crisis de ausencia y se quedaba mirando al vacío después de un par de palabras,


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como si alguien le desconectara los cables; luego retomaba la frase justo donde había quedado. Me puso nervioso. El otro arrendatario, un alfeñique asquerosamente ebrio. Ni porte ni pulso para clavar un alfiler. Mi último entrevistado fue el escritor. Tan joven como yo. Lo calé de entrada, un “Ricky Ricón” jugando a ser pobre. —¡¿Escritor?! —Soy periodista de profesión, pero hace unos años que estoy dedicado solo a la escritura. Y pronunció “solo a la escritura” como si nombrara a una novia de largas piernas y pechos generosos. —¿Y sobre qué escribe? –pregunté con envidia. —Cuentos de suspenso. —¡Pero esta muerte le viene como anillo al dedo! Me miró como a un gusano. Sí, sí, lo reconozco, fue un comentario de novato desatinado. —¿Y hace cuánto que vive aquí? –arranqué de nuevo, dejándole claro que no me engañaba. —Cinco meses. —¿Y de qué escribe ahora? —Suspenso, ya le dije. ¡Mierda! Escuché los abucheos. –Ricachón antipático –pensé. Sonreí para esa cámara invisible que me graba cuando interrogo, me despedí con un exceso de educación y continué con mi trabajo. Tomé unas notas y dibujé en mi libreta un plano con todas las habitaciones. Antes de regresar a la Brigada, recorrí un par de manzanas; no quería que el famoso Yungay quedara en mi memoria resumido en un cité. Lo de “Barrio Patrimonial” me llenaba de expectativas, pero pudo más la realidad. Me pasa siempre. Aluciné con las calles adoquinadas y las casonas antiguas del 1900, excelente locación para una película de gánsteres, pero lo que más llamó mi atención fue la mierda de perro en todas las veredas, los quiltros sarnosos pegados a mí como guardaespaldas, los dos hombres cojos con los que me crucé, y el medio

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tipo –no es un eufemismo– que se trasladaba apoyando el tórax sobre una especie de skate de manufactura casera. Capítulo cuatro. Mi amigo escritor es un verdadero talento. Me ha sorprendido. Bastaron unos párrafos y regresé a la estrecha bodega donde Blanca encontró a su abuelo, escuché los sollozos, olí la humedad, el polvo en mis narices y vi de nuevo el sofá destripado, la carcasa de una radio antigua y sobre el piso de cemento, caca de ratones flotando como negras semillas en un charco de sangre. El cité, de una sola línea de puertas, comenzaba con la casa principal y terminaba en la bodega. Para llegar hasta la escena del crimen, recorrí el ancho pasillo sorteando maceteros. Frente a las puertas de las piezas, un alto muro separaba al cité de la casona vecina. Era obvio que el asesino había caminado por el pasillo o entró a la bodega acompañando al viejo. “Un conocido”, aseveró la prensa. La investigación de mi primer crimen famoso se estancó. Como ese título de un relato de la Highsmith, tenían “la coartada perfecta”. Ese sábado, Blanca cumplía veinte años y, salvo la colombiana, todos los inquilinos celebraban en la casa principal mientras el viejo se desangraba a unos metros de los vasos con vino y los platos con ramitas saladas y queso en cubitos. —Mi abuelo siempre se escapaba, era muy porfiado –me dijo Blanca unos días después sentada en el living, con la cabeza gacha mirando las tablas carcomidas por termitas pero bien enceradas. —Ya no era el mismo desde que le dio la tontera –acotó su mujer. –Nos preguntaba por unas primas que nunca existieron. —¿Su esposo tenía enemigos? ¿Ustedes sospechan de alguien? —Imposible, mi abuelo era bueno como el pan –afirmó Nicole. Arrugué la boca, me quedé callado. Principio de detective: siempre sospecho de los “buenos como el pan”. En la Brigada de Homicidios barajábamos varias hipótesis; pero sin pistas ni sospechosos, el caso quedó en espera de nuevos antecedentes.


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El examen del médico forense dejó en claro tres cosas: que el asesino era diestro, lo que salvó a la colombiana porque además de tener los cables pelados, era zurda; que el corte del bisturí, de bordes muy definidos y nítidos, midió doce centímetros, y que el viejo murió ahogado en su propia sangre. A las siete de la tarde termino de leer el libro. Ya no me queda cerveza ni maní. Breve y extraña la novela. Imperdonable la ausencia de una heroína de ojos grises y boca húmeda. Excepcional la crueldad de los asesinatos, el jadeo de la súplica, la tibieza de los cuerpos, el insaciable vacío del psicópata, la intensa y última mirada de las víctimas. Genio. Leo por tercera vez la contraportada. Elogian al autor: “Abandonó su amplio departamento ubicado en un sector exclusivo de Santiago para vivir durante un año en algunos cités del Barrio Yungay y poder recorrer en persona los diferentes escenarios descritos en su novela”. Me hago un tazón de té y me mando dos marraquetas con jamón. Con la boca llena de pan, releo en voz alta la dedicatoria: “Para Ariel, por tu complicidad infinita”. ¿Su novia? ¿Su esposa? Garabateo unas notas en mi libreta. Más que intuición de buen detective, tengo una estocada en el estómago. Googleo a mi escritor. Leo una escueta biografía. Todo un “Ricky Ricón”. También leo rápido un microcuento. Reviso su facebook. En la web de la editorial, examino las fotos de la presentación del libro, fechadas hace apenas un mes. Elogios al por mayor, fotos de él junto a otros escritores, con algunos lectores, autografiando su novela y al final, las fotos con la familia. Al lado de mi escritor estrella, posa su hermano Ariel. Gemelos idénticos. Recuerdo el agradecimiento “por tu complicidad infinita”. Los veo en simultáneo, uno en la fiesta de Blanca, el otro entrando a la bodega con el viejo. Sacudo la cabeza. Y cuando estoy a punto de descolgarme de mi delirio, leo la frase final del pie de foto: “... su hermano Ariel es un destacado médico cirujano”. Escucho al gato maullar como desaforado, mientras busco en mi libreta de cuerina azul el teléfono del fiscal.

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Extractos de un cuerpo AUTOR: GALO GHIGLIOTTO

la cabeza A poco de que el sol subiera a tomar su puesto detrás de las nubes, los perros empezaron a desfilar hacia el peladero extendido junto al recién inaugurado hospital. En los años futuros ese espacio iba a ser ocupado por nuevas salas de atención o laboratorios, y los obreros que estaban trabajando ahí, probablemente los mismos que luego erigirían esos espacios, reparaban por ahora los cercos e instalaban un portón. Se dice que sobre ese suelo se peleó la Batalla de Tucapel, así que quizás esa era la tierra en la que Pedro de Valdivia perdió la vida, por una flecha anónima o un mazazo certero del viejo Leocato –como se cuenta en La Araucana–. Los obreros vieron pasar entre los árboles a un perro negro y grande, como si llegase de esa época remota después de atravesar un túnel de tiempo u otro portal de índole fantástica, llevando en las fauces la cabeza, el cabello negro y lacio de un hombre joven de rasgos indígenas. Tenía los ojos achinados, aunque no era muy claro si por gesto suyo o de la muerte estampada sobre la cara. El corte perfecto del cuello parecía más de una guillotina que de un espadón, cosa rara, porque no se sabía de ninguna revolución en las inmediaciones.


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los pies Como si hubiesen querido correr cada uno por su cuenta, peleados, demasiado conscientes de su libertad posterior al desmembramiento del cuerpo, el pie izquierdo y el pie derecho aparecieron en distintos puntos del potrero. El derecho había corrido peor suerte que el izquierdo, ya que fue interceptado en su huida –o posiblemente arrastrado– por un quiltro a más de 100 metros de donde fue encontrada la bolsa con los restos, en posición de las catorce del reloj, con el dedo gordo desaparecido, bien pulido el hueso y el dedo chico sacado de un mordisco. El izquierdo en cambio estaba a las ocho en punto, apenas a dos metros de la bolsa, semienterrado, como si en la pugna matutina uno de la jauría hubiese preferido aguantar el hambre y esconder su botín para volver después. Ya juntos, sobre la camilla forense, los pies parecían todavía fastidiados por lo que había sido de ellos, o aún en desacuerdo por los malos pasos con que llevaron al que fue su amo en vida. las manos Profesionales del hurto, del asalto, del golpe, del empaquetamiento de papelillos, de la molienda de gramos de coca, de la construcción de matacolas y pipas diversas usando zanahorias, papas, cañas de coligüe y materiales de toda clase, pero como buenas profesionales ante todo, las manos se resistieron a hablar por varios días a pesar de toda forma de presión ejercida, química, física y biológica, bien cubiertas detrás de una gruesa capa de ceniza y piel quemada. La izquierda, menos rebelde, conservaba todos sus dedos y se mostraba de mejor ánimo, con dermatoglifos más abundantes y enteros, aunque carcomida en las partes esponjosas por los filosos dientes de los perros. La derecha en cambio, malograda, no sólo guardaba tres dedos apenas, sino que estos además estaban mezquinos con la dactiloscopia, cosa que no impidió a la Brigada de Homicidios obtener un dato fundamental para el avance de la investigación. el nombre A la manera de los viejos egiptólogos que con apenas fragmentos de esculturas aprendieron a comprender qué rol jugaba un hombre en esa sociedad –donde los pies separados hablaban de importancia política


Extractos de un cuerpo

y los pies juntos de la mujer acompañante de su rol como esposa–, la policía recogió distintos fragmentos de huellas dactilares para completar un puzle a partir de lo ausente. Cada segmento era una letra, una M por acá, una G por aquí, dos L juntitas, una V invertida, la sombra de una T, las huellas de una E, hasta que apareció el nombre completo de Manuel Gonzalo Villalba Astete, de 24 años, al que nadie había dado por perdido ni esa semana, ni la anterior, ni el año en curso y ninguno de los diez años anteriores, por lo menos. el tronco Aunque antes había servido para alojar órganos y aire, ahora el tronco no se diferenciaba de un costillar de cerdo envasado al vacío más que por la ausencia de aliños y de vetas blancas. Esto último probablemente debido al hambre o la célebre combustión biológica de la grasa por la droga. Los policías recién pudieron tener una idea más o menos completa de su silueta, a partir de las fotos donde el asesino posaba junto al tronco recién cortado, todavía visibles algunas zonas como el ombligo y las tetillas, además de la galletera utilizada para semejante faena. A diferencia de un maniquí para camisas, de esos sin cabeza ni piernas pero de abdomen marcado y pectorales imponentes, éste se mostraba tímido junto a la expresión saltona en los ojos del psicópata improvisado –a punta de falopa y botellas de pisco– y no alcanzaba a percibirse el temblor en las manos de la fotógrafa, supuestamente intimidada. el corazón Todavía manchado de amor pueril, que es el más ciego de todos –amor de única opción como lo llaman en los botes de algunas caletas chinas–, el corazón de Manuel ya no latía por nadie, ni siquiera por Natalia. Ella lo recogió del suelo después de que el Caroni lo sacara de cuajo del pecho recién abierto con la galletera y se lo lanzara en la cara, con exagerados celos. Y aunque a ella se le pasó por un momento la idea de meterlo entre las páginas de un libro, como hacen los jóvenes enamorados con los botones de rosa, recordó que en esa casa no había libros, menos uno así de grande, y pensó que quizás ya nunca más serían jóvenes, ninguno de los tres, aunque sí se sentía enamorada. Pero no del Manuel, antiguo

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dueño del corazón extirpado, sino del Caroni, más tarde conocido como el descuartizador de Cañete, que no paraba de transmitir incoherencias mientras hacía su faena. Natalia no supo qué hacer con esa pelotita de carne entre los dedos, así que la metió a la bolsa donde irían a parar los pies y las manos del difunto, medio escondida, no vaya a ser que el loco de su enamorado quisiera dárselas de azteca y pegarle un mordisco. las falanges En la casa del trío, al interior de una cajita de madera verdosa, con la tapa tallada como una malla de flores y pegada a la base por dos pequeñas bisagras de bronce, los policías encontraron un set de tres pipas ya utilizadas para fumar marihuana prensada y pasta base. Exhibían de un extremo la blanquecina situación del marfil y del otro la porosidad incinerada de todo hueso mamífero. La cara invisible era una promesa tendida entre un amigo y otro, si uno muere, a mano de paco o cocodrilo, el que viva se tiene que hacer una pipa con un hueso del muerto, aunque en ese caso el amigo sobreviviente, en fatídica coincidencia con el personaje del asesino, se había tomado la libertad de no usar una, sino tres falanges, extirpadas de dos dedos diferentes de la mano derecha. el alma En su laboratorio del Instituto Salk de San Diego, cuyos grandes ventanales enfrentan la costa del Pacífico, el premio nobel Francis Crick pasó los últimos años de su vida investigando sobre lo que él llamaba la caja negra. Su aporte ya había sido suficiente en materia genética, después de explicar junto a Watson el funcionamiento del ADN, como para permitirse terminar sus días buscando algo tan controversial como el alma. Y la encontró, después de un tiempo, en los recovecos del cerebro, tendida como impulso eléctrico entre neurotransmisores, axones y neuronas. Podría graficarse como un viento que recorre un laberinto hermético plagado de puertas: abriéndolas, cerrándolas de golpe, de acuerdo a los cambios de presión atmosférica al interior de esa vacuola. Según Crick, esa energía que deja de fluir en el segundo posterior a la muerte y que algunos estimaron pesa 21 gramos, hace la diferencia entre un cerebro vivo y la materia inerte. Ahora, el destino


Extractos de un cuerpo

de ese flujo, por cuál de todas esas puertas se escapa finalmente, o bien, a qué conduce la puerta elegida después de traspasado ese umbral, es desconocido. En el caso de Manuel Villalba, sabemos que estaba durmiendo cuando su amigo entró a la pieza de esa casita que los tres compartían. El Caroni estaba enfermo de celos porque Natalia le había contado que el Manuel consideraba inmerecidos los malos tratos hacia ella y, aunque él y el Caroni fueran amigos de toda la vida, quería ofrecerle algo mejor. A partir de esto, podemos suponer que Manuel soñaba con una nueva vida junto a Natalia, en otra casa, en otra ciudad. O quizás, tenía una pesadilla en ese momento, y se soñaba como un mapuche a punto de perder la cabeza en la Batalla de Tucapel, a manos de un español furioso. O bien, no soñaba nada, nada al menos que podamos adivinar. Por eso, saber en qué vuelta del laberinto se hallaba el viento ese cuando la bala entró en su cráneo, y cuál fue la última puerta que atravesó, no podemos saberlo. Conocer el paradero final del alma de Manuel Villalba –en limbo, en paraíso de sueño o en infierno de pesadilla– es algo que ningún científico, ningún policía del mundo podría adivinar: ni con tres laboratorios sobre las colinas de San Diego, ni mucho menos con unos cuantos microscopios en una oficina forense de la región de Arauco, en Chile.

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Infanticidio AUTOR: MAURICIO LÓPEZ

—¿Qué edad tiene usted? El detective se detuvo a medio pasillo, giró hacia la señora que le había abierto la puerta y, cortésmente, se quitó el sombrero: —¿Disculpe? —No lo tome a mal, pero se ve muy joven para andar metido en estas cosas. En la cara de la señora vio algo de su hermana mayor. Un rictus severo con un extraño matiz de acogedora maternidad. Como una brisa repentina la vio: erguida a su lado, la mirada iluminada evitando llorar, rebosante de orgullo cuando él juramentó. —Joven, ¡joven! Antes de permitirse volver, obligó a su memoria a retratar el rostro de quien lo había criado sin exigir a cambio condición alguna, sacrificándose incluso para darle estudios en la escuela de policías: Beatriz, su hermana y madre.


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La mujer lo llevó hasta un patio que a esa hora de la tarde, cubierto de higueras, daba la apariencia de una cueva. Sabía que estaría preparado para ver el cuerpecillo de la criatura, sin embargo, detuvo sus pasos y se agachó a más de dos metros del cadáver. El olor a carne en descomposición le llegó de inmediato. La tierra estaba revuelta alrededor de un chal amarillo que envolvía el cuerpo. No había señales de haber sido arrastrado, por lo que dedujo que había sido depositado allí. Su mente le preguntó si había perro en la casa, si pudo haber caído de las ramas de las higueras, si la mujer que le abrió la puerta podía aún parir (¡ridículo!), si había una hija que abortó, si la señora era la comadrona criminal… Notó que el bulto no estaba apegado al tronco del árbol. Lentamente avanzó hacia su costado derecho para mejorar el ángulo. Había más de medio metro de distancia entre árbol y bulto. Tal vez no era importante, pero se preguntó por qué. ¿No hubiera sido mejor, si se trataba de ocultar el cadáver, haberlo pegado al tronco? —¿Usted movió algo? —No. Ni Dios me lo permita. Cuando llegué, lo encontré allí. Ni me acerqué. Supe altiro que era algo malo. La cabeza del detective funcionaba con cada palabra y pensó que la mujer se refería a la muerte, porque hubiese sido horrible que se refiriera al pequeño. Sus lecturas de Conan Doyle le recordaban que el mejor lugar para esconder un cadáver era, precisamente, el campo. (–Beatriz, ¿sabes que Sherlock Holmes dice que es mucho más fácil ocultar un crimen en el campo? No, no lo sabía, pero deberías leer menos fantasía y estudiar más). Pero era extraño que alguien se hubiese molestado (¡¿molestado?!) en no echarlo a una zanja. ¿Y por qué cubrirlo con un chal si ya estaba muerto? ¿Por qué tanta delicadeza si con un paño cualquiera hubiese bastado? Entonces, el asesino quería que encontraran el cadáver. Es más, quería que encontraran al recién nacido (¡muerto!). Y aún más, ¿por qué no aventurar que quería que vieran a su hijo? Sí, eso era. Se podía interpretar un dejo de arrepentimiento materno en el acto de mostrar el crimen. “No quise


Infanticidio

hacerlo. Me arrepiento. Yo no quería pero me obligaron. No puedo tenerte. Perdóname. Mi familia (Tal vez su padre la amenazó) me mata si te ve”. (¡Eso! La familia no vio el embarazo). Una faja, ropa abultada, quizás ya no iba a la escuela. Sacó la libreta y anotó: “Ir a la escuela del pueblo y revisar los registros de licencias médicas o ausencias recientes y prolongadas”. Pero podía no tratarse de una escolar. Archivó la idea. Pidió a la señora que lo dejara solo un rato. Sacó un block que traía en el bolso y empezó a dibujar. (Un trazo firme, eso. Importa el ángulo en esta profesión. Los detalles: marcarlos y enumerarlos). Su hermana tenía un talento innato para el dibujo. “Te haré un retrato. Quédate quieto. No, no te sueltes el corbatín. Quiero grabar este momento… Pronto tendrás que irte”. Los ojos inmensos de su hermana nunca los vio tan prontos a romper en llanto, pero sabía que fingiría no sentirse triste. “No llores, volveré a verte al año”. Pero no había cumplido su promesa. Se levantó e hizo otro dibujo: la pirca que lindaba con el canal. Otro: el techo de tejas de la casa con fondo de más higueras. Otro: el portón caído de un lado porque una bisagra estaba oxidada y rota. Otro: una ventana de barrotes imposibles de mover. Otro: un parrón con una mesa larga para casi doce comensales, pero en la que había una sola banca de un lado. —¿Quiere tomar un mate? La mujer había llegado sin que se diera cuenta. Llevaba en su mano un jarro o algo así. El anochecer brillaba de violeta–azul a sus espaldas. —¿Su casa fue pensión? —Sí. Después de que mi esposo se fue, tuve que rebuscármelas. Pero ahora cuido a la mamá de mi patrón. Ayer me vine temprano y cuando encontré al finaíto, casi me muero. Hasta el año pasado di pensión. Me daba mucho trabajo y no me gustó nadita que llegara tanto desconocido. —¿Tiene un registro? —No, pero tengo un cuaderno. Yo no sé escribir así que les pedía a mis pensionistas que escribieran su nombre. Guardó el block. La luz a gas y el aroma a pan amasado vinieron a recordarle que era tarde y debía comer. Sentado frente a la señora, quien sorbía un mate, empezó a pasar las hojas del cuaderno que estaba prolijamente cuidado. Leyó nombres de hombres y de mujeres, bien y mal escritos, se rio de encontrar varios chistes que jugaban con

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las palabras y con la inocencia de la analfabeta. Concluyó que daba lo mismo seguir leyendo la montonera de nombres. Cerró el cuaderno. —¿Recuerda a alguna mujer en especial? ¿Alguien que llamara su atención? —¿Una niña dice usted? No, ninguna que yo recuerde. Ah, ¿pero podría ser la Petty? La Petronila… pero ella no era tan cabra. Estaba media pasadita ya. Sí. Ella no se me le va a olvidar porque era muy re sufrida. ¿Sabe que se vino a vivir acá porque el marido la pegaba? ¡Y viviendo en el pueblo! Dicen que se fue para la capital. El hombre se buscó otra mujer y ahora, el desgraciado, se ríe de los peces de colores. Pobre Petty. La vida es tan injusta con algunos. El caballo bajaba con casco firme en medio de la noche. El recordar que la mujer se había “largado a hablar”, mientras él, a ratos, cabeceaba un sueño incipiente, le hacía sonreír. Las ventanas de las casas del pueblo eran ojos cansados que despedían una luz mortecina que a la distancia, parecían boquerones de fuego oxidado. La tal Petty no podía ser la posible culpable, se había ido de allí hace un año y, de seguro, para nunca volver. Pero algo le decía que quien había depositado el cadáver del recién nacido allí, debía conocer a la señora de la pensión. Ella le contó que no había tenido la bendición de tener hijos. (Tal vez por eso el marido se te fue.) Además, le había dicho que en casa de su patrón actual, no había muchacha que trabajara o fuera de visita. Al preguntarle si tenía a alguien conocido, hombre o mujer, que viviera cerca. Le había dicho que sólo la familia de los Lizama. El padre, la madre, la abuela, siete niñas, una “medio lenta”. La brisa de la noche le aguijoneó el cuello; levantó las solapas de su chaquetón y se encogió de hombros hasta respirar el calor de su propio aliento. Ya no quiso seguir pensando en el caso. Apenas había partido, llegaba el funcionario municipal con el servicio de la morgue. Debía descansar. Recostado, con la lámpara apagada, pensó que la vida era demasiado extraña, al menos lo había sido para él. Se daba cuenta, y debía admitir


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con vergüenza, que pudo concentrarse muy poco en el caso, pues su mente se desviaba, sin poder controlarla, a pensar en lo paradójico que resultaba que su primer caso oficial fuese un niño muerto. Se repetía una y otra vez que él habría podido correr la misma suerte: un niño abandonado si su hermana no lo hubiese rescatado… ¿del orfanato? Su hermana, esa era su madre, pero dónde estaba la otra. Pensaba que era horrible estar lleno de resentimiento y que cada vez que le abría la puerta a los tristes recuerdos, estos se venían en montonera. ¿Cómo alguien puede dejar a su merced a un infante? ¿Por qué lo hizo? Su hermana jamás le habló de la madre. Él jamás supo quién fue. Ahora la vida, como burlándose, lo ponía ante un asesinato, quizás involuntario, pero asesinato al fin de cuentas, en el que un niño no había tenido oportunidad ante su victimario. Justo antes de sucumbir al sueño, se ordenó investigar en casa de los Lizama. La niña lo miraba desde la ventana. Sus ojos estaban vacíos, pero él creyó que mientras conversaba con el padre, cada vez que éste se turbaba al responder, parecían recobrar la plenitud. Las niñas que esperaba ver, al menos dos que vinieron a saludarle, eran mozas cejijuntas; y otra, pequeña y raquítica, pero de hermosas facciones. ¿Incesto? ¿Por qué no? Era de todos sabido que la endogamia se daba de modo muy normal en los asentamientos rurales. Percibía nerviosismo y era momento de presionar. Dijo, casi en tono de orden, que iba a hablar con todos y por separado. Las muchachas de pies descalzos cubiertos de tierra pegada, barro seco, se quedaron serias. La madre antes de decir nada empezó a gimotear y ya no paró. El padre se había quedado en silencio, haciendo y deshaciendo un lazo de cordel de cuero de cabra. Las muchachas miraban a la madre, diciendo que nada sabían. (Presiona un poco más. ¿Dónde está la abuela?) –Permiso. Se metió en la casa con paso decidido, mostrando el revólver al cinto. En una especie de saco con paja, tirada junto a un cajón de ropa, enroscada, cubierta de sudor… otra hermana. La abuela llegaba al cuarto con un lavatorio de porcelana color verde agua y unos paños en el antebrazo. —¿Usted es doctor? Mire, por favor, la niña tiene mucha fiebre. Se acercó a la muchacha que lo miró desde una infinita lejanía. En

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esas pupilas ya no existía la realidad. (¡¿O sea, la otra no era la lenta?! ¿O sí?) Pudo comprender que carecía de voz. Preguntó si era muda y le respondieron que no sabían, que nunca había hablado, pero que no sabían si era muda o no. Pidió a la anciana que saliera. Descubrió los muslos de la muchacha y miró su entrepierna. Esperaba ver sangre, pero no la encontró. —¡Oiga, jutre! ¿Qué le está haciendo? ¡Degenerado! ¡Déjela! —¡Es mejor que me digan qué pasó aquí o tendré que venir con más gente a detenerlos a todos! Cuando volvía al pueblo se sintió ridículo por lo último que había dicho. –Una amenaza de cabro inexperto– le habría dicho su instructor. Además, ¿qué pretendía con mirar bajo la manta de la muchacha? En el recodo que daba al camino grande se encontró con la niña de ojos vacíos. —Mi hermanito se durmió. Él es chiquitito. Corrió hacia la casa. (¿Qué haría Holmes? ¡Por Dios, Holmes no es real! Esto es real. Esto es la cruda realidad. Esto se trata de la miseria humana. Infanticidio, tal vez incesto. No te nubles. Hay algo que no cuaja en todo este asunto). Al llegar a la pensión en que alojaba, de pie en una especie de postura macilenta, el funcionario municipal que estaba a cargo del asunto, quien le había recibido y se hacía cargo de los rigores post mortem, lo saludó. —El cabo Araya dice que el crimen del niñito está resuelto… que vaya para allá. El desconcierto le duró hasta que cruzó el umbral de la comisaría, porque luego vino el aturdimiento total. La señora de la pensión, sentada con una postura casi señorial, lo saludó fríamente. —Se vino a entregar. Dice que va a contarle a usted solamente. El rostro duro y envejecido de la mujer le pareció más que nunca el de orgullo imperturbable de su hermana. Cuando hubo de preguntarle qué


Infanticidio

había hecho, las voces se superpusieron en su cabeza. Algo empezaba, poco a poco, a volver del pasado. —Se lo pedí al vecino. ¿Esa pobre gente qué iba a hacer con otra cría más? Pensé que iba a poder criarlo, pero no pude. ¿Ve? Una que salió mula, na’ que le vengan con amamantamientos y arrullos. El chiquillo llora que llora. Le dije que se callara, pero no hizo caso. Así que lo tomé por el… No quiso escuchar más, se disculpó y salió a sorber la fría noche. Todo parecía un largo túnel de imágenes que se iban agarrando unas a otras en su imaginación. ¿Cómo pudo haber desechado a la mujer por el sólo hecho de no estar en edad para engendrar un hijo? ¿Qué había nublado su raciocinio al punto de hacerlo vagar entre conjeturas vacuas? De pronto, poco a poco, la imagen que venía desde su niñez se hizo patente. Su hermana forcejeando con una mujer, la mujer del padre muerto desde siempre, joven, bella, esquelética, vociferante… Pero su hermana, un ángel de tal vez catorce o quince años, incólume, serena, con una dureza de fuerza suave, reteniéndolo a su lado, sin jamás soltarlo… No me quiero ir con ella. No me sueltes, por favor, no. Y no lo hizo. Junto con las lágrimas que vinieron a desahogarle, un único pensamiento acudió a su mente. Escribió, casi garrapateó, efusivamente un informe de síntesis, lo pasó al funcionario y se echó a caminar por la huella que llevaba hacia la salida del pueblo, rumbo a la carretera.

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El martillo de Medea AUTOR: RODOLFO DE LA CUADRA

La noche del 17 de enero de 2008 era cálida y en el aire había una humedad empalagosa que nos obligaba a mantener las ventanillas a medio abrir para sentir en nuestras caras perladas de sudor, algo de viento fresco. Por el altavoz de la radio se oían, un poco ensordecidas por el ulular de nuestras sirenas, las voces de algunos oficiales que entre uno y otro chirrido iban deslizando, a medida que pasaban los minutos, frases sueltas, detalles del escenario en el que pronto nos encontraríamos: “dos menores de edad”, “golpes en la cabeza con objeto contundente”, “padres los encontraron al llegar de sus trabajos”, “asesinato”. Cambio y fuera. Nuestro automóvil se abrió paso entremedio de los curiosos que copaban los alrededores de aquella casa (consignar dirección exacta: Punta Arenosa 1675), cuyas paredes se teñían, de manera intermitente, con la luz azulina que chorreaban las balizas de las patrullas ya estacionadas. Luego de salir del vehículo, sentimos de pronto el murmullo algodonoso de la multitud y caminamos hacia la puerta de entrada, en donde estaban apostados dos detectives que vieron cómo yo sacaba del bolsillo de mi chaqueta, no sin alguna torpeza, mi placa de identificación junto con un montón de papeles en los que pretendía tomar apuntes. Una vez adentro, en el living de la casa, nos encontramos con el fiscal a cargo y algunos colegas de la Bicrim Puente Alto, a todos quienes saludamos con gestos graves en consideración a lo que ahí nos convocaba. El subcomisario Rojas y yo nos detuvimos ante un sofá beige aterciopelado desde el cual se habían llevado, minutos antes, al adolescente Pablo Rojo (15) aún con vida, no obstante sus gravísimas heridas. Le habían golpeado la cabeza tantas veces que una parte de su cráneo se había desprendido bajo la forma de un cuajarón violáceo plagado de astillas de huesos. Al


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ver los vastos manchones de sangre sobre la alfombra y, más aún, sobre los almohadones y cojines del sofá, no me pareció gratuito pensar en la relativa coincidencia entre el apellido de las víctimas y el de mi jefe: océanos de roja sangre. También había salpicaduras oscuras sobre el muro color ocre junto al cual se arrimaba el sofá, expuestas ante nosotros, ahora pienso, como la abyecta obra de un pintor mediocre de arte abstracto. Seguimos con la vista los cordones de sangre diseminados por la alfombra, cuyo trazo, oscilante y discontinuo, se perdía en el recodo de la escalera que conducía a la segunda planta de la casa. Adelantándome a Rojas, subí uno a uno los peldaños, acompañados mis pasos por ese ruido seco y rotundo que producen las suelas al golpear los tablones de madera desnuda. Resintiendo de pronto la sequedad de mis labios logré distinguir, tras los balaustres que remataban la escalera, la puerta entreabierta de una habitación iluminada. Avancé lentamente, acostumbrando de a poco mis ojos a la penumbra del pasillo y tragándome en silencio un sorbo espeso de saliva. Al llegar frente a la puerta, siglos después, la empujé con suavidad y entré. Sobre el cubrepiso gris, inconfundible entre juguetes plásticos que, como fúnebres coronas de flores, orlaban su pequeño cuerpo, Esteban Rojo (7), el hermano menor de Pablo, yacía muerto. Si el móvil –como tanto les gusta decir a ciertos colegas “polillas”– hubiera sido un robo, se entiende; los dueños de casa habrían advertido la ausencia de dinero, de joyas o de cualquier otro objeto de algún valor pecuniario. Pero nada de eso faltaba, según constataron esa misma noche Pablo Rojo (padre) y su esposa, Jeannette Hernández. Todo en ese tablado había enmudecido, ocultaba bajo un silencio de omertà siciliana al personaje central de la trama, una sombra que carecía hasta ese momento de rasgos definidos y cuyas motivaciones nos eran absolutamente desconocidas. Para colmo, las evidencias biológicas que enviáramos al laboratorio no apuntaban a nadie, fuera de los habituales ocupantes de la casa, y ni siquiera el arma homicida –un martillo, según las posteriores pericias tanatológicas– había sido encontrada. No tuvimos más remedio, entonces, que darnos a la fatigosa labor de entrevistar a todos quienes pudieran tener alguna relación con el


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crimen: parientes, amigos y conocidos de la familia; vecinos inmediatos y de calles aledañas; sujetos del sector con antecedentes penales; personas, incluso, con algún grado de trastorno mental que vivieran cerca del lugar. Los innumerables interrogatorios, sin embargo, no nos dejaban nada en limpio; la información que se nos entregaba era vaga y, la mayoría de las veces, irrelevante. Sólo pudimos saber con relativa seguridad que la casa de Punta Arenosa era dominada, la mañana de ese jueves, por un inusitado y perturbador silencio, tan extraño a los vecinos que les llamó particularmente la atención no oír, como en otras jornadas, las risas, gritos y, en general, la bullanga tan característica de aquellos lugares en donde viven niños. Un día de mayo, cuando casi todas nuestras líneas de investigación se habían convertido en caminos ciegos, sugerí a mis colegas de la brigada que centráramos las pesquisas en Jeannette, la madre de las víctimas. El detective Bravo y el subinspector Pereira, con quienes me encontraba en la oficina de Rojas, se quedaron extrañados mirándome por algunos segundos con los ojos muy abiertos y los labios despegados. Afuera, el sol brillaba en su cenit, aunque todavía se oían los gorjeos de algunas aves; más allá, el viento arremolinaba las hojas secas del otoño. ¿No habíamos advertido todos, poco después de los tristes sucesos de enero, los gestos glaciales de la señora Hernández durante el funeral de su hijo Esteban? ¿No les parecía sospechosa la inexpresividad de esos ojos bovinos que, a diferencia de los de su esposo, no habían soltado una sola lágrima? Pereira carraspeó quebrando de pronto el pesado silencio que volvía a caer sobre nosotros, y luego conjeturó que la mujer podría haberse encontrado en shock, que era perfectamente posible en tal estado no expresar de manera visible el profundo dolor que entrañaría, para cualquier madre, semejante pérdida. De esa forma lo dijo. Yo no lo creía así. Se lo dije. Acto seguido, solicité a Rojas autorización para entrevistar, junto con Bravo, a la mujer. Él me respondió con un gesto afectuosamente grosero que tomé, soltando una carcajada, por asentimiento. Resultó evidente, desde un principio, que Jeannette Hernández se había propuesto demostrarnos que el hecho de ser interrogada en su propia casa la ofendía sobremanera. Para ella, nuestras preguntas eran

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impertinentes y nuestras dudas, infundadas; no teníamos el más mínimo respeto por su dolor de madre despojada, ni la menor consideración por el luto que guardaba desde hacía meses. Sin embargo, cierta tensión en los músculos de su cuello y el temblor apenas perceptible de sus manos entrelazadas sobre la falda fueron, al menos para mí, indicios suficientes de que el telón de su impostura comenzaba a descorrerse. Sus palabras sonaban fatuas y deshilachadas, como el parlamento con el que se justificara un personaje innecesario. No fue capaz de sostener una coartada aceptable: la peluquera –pues ese era su oficio– estaba encargada ese día de abrir el local en donde trabajaba, frente a la Plaza de Armas de Puente Alto, a las 9 de la mañana; pero llegó, no obstante, más de cuatro horas después. Sus compañeros de trabajo afirmaron que nunca antes había sucedido algo así. Ella no pudo o no quiso dar una explicación satisfactoria sobre lo que había hecho durante toda esa ausencia, ni cuál era el motivo de su retraso, así como tampoco pudo ni quiso entregarnos los nombres de aquellas personas con las que, según su propia declaración, se había encontrado durante el trayecto hacia la peluquería. Como se ve, sus contradicciones eran evidentes. En vista de las conclusiones naturales, no necesité que Jeannette se decidiera de una vez por todas a revelarme que ella misma era la que había encarnado a aquella sombra que asesinara a uno e intentara asesinar al otro de sus hijos; nunca lo admitió ni nunca lo confesaría, aun cuando la Justicia la considerara, casi dos años después, culpable de ambos crímenes. Pero ahora yo sabía de sobra que esos dos niños no eran para la señora Hernández sino unos muñequitos de vudú, los instrumentos de un delirante mecanismo concebido para hacer que Pablo, su marido, padeciera el martirio insoportable de perder irremediablemente aquello que más amaba, y entendiera al fin, arrepentido por haber vuelto los ojos hacia una vulgar cantante de rancheras a la que rondaba desde hacía tiempo, que lo mejor era regresar al tibio abrazo que ella estaba dispuesta, siempre –en lo dulce y, ahora más que nunca, en lo más amargo de sus vidas–, a brindarle. Apenas terminamos con las preguntas, el detective Bravo salió a la calle para comprar unos cigarros. Jeannette y yo nos quedamos solos,


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sentados en sitiales enfrentados, aunque a breve distancia. Estábamos tan cerca el uno del otro, que podía sentir el vahillo almibarado que su piel desprendía, permitiéndome ahora estimar con detalle la belleza de sus facciones y saborear, furtivamente, la deliciosa sinuosidad de sus pechos y sus caderas anchas de mujerona. La casa estaba en silencio, como lo había estado durante todas esas mañanas sin juegos ni correteos, como ahora también lo estaban sus labios: mudos. Yo habría dado cualquier cosa por conocer el verdadero secreto que escondía su boca, pero esa fruta extraña se negaba a ser mordida. Comencé entonces a buscar en sus ojos algún rastro de humanidad que confiaba poder encontrar aún entre toda esa podredumbre, pero me vi de pronto perdido en su mirada espejeante que, lejos de dejarse interrogar, me devolvía mi propia figura, al principio nítida y tal como me parecía que era, pero luego de un tiempo –un tiempo que nadie hubiese podido medir–, mi reflejo se deformaba, o más bien se transformaba en otra cosa: fui distinguiendo, poco a poco, la imagen de un niño muerto, de tu hijo muerto, Jeannette, esa imagen que me había atormentado en la duermevela de tantas noches; veía cómo te acercabas, porque de pronto aparecías tú como una Parca con tus tijeras de peluquera, y yo estaba ahí, horrorizado, frente a ti, y nos mirábamos como ahora. Algún resabio de ternura había en ello, y hacíamos el amor hasta desvanecernos, empapados de un miedo viscoso, desde luego confundidos y maldecidos por los dioses como los personajes de no sé qué tragedias griegas –era la niebla de mi pesadilla, te lo recuerdo– y te ibas apoyando desnuda contra mi pecho, rodeándome el cuello en un abrazo calcinante; de un momento a otro me tomabas por sorpresa y sacabas, no sé de dónde, un martillo y cumplías con el rito inveterado de golpear con él mi cabeza hasta destrozarla, hasta hacer de ella una papilla sanguinolenta; no sólo eso, porque lo golpeabas todo, arrasabas con todo mejor dicho, y todo se derrumbaba ante el temblor repentino del éxtasis que nos consumía y luego, en medio de un creciente crepitar como de llamas desbocadas o de aplausos en la lejanía, se apagaba ese destello, ahogado para siempre por la oscuridad de la noche o del fin de una función o del fondo de aquellos ojos tuyos, a punto ya de cerrarse.

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En legítima defensa AUTOR: PABLO RUMEL

Caía la noche a la orilla del mar. El comisario Fernando Bruna se retiraba de su nuevo cuartel ubicado en un balneario muy popular y concurrido en verano, que durante los meses de invierno se transformaba en un pueblo fantasma, con sombras errantes y vientos que ululaban canciones invisibles. Aquel viernes, Fernando Bruna recorrió a pie la costanera. Los faros iluminaban las embarcaciones que atravesaban el negro océano. El comisario enfiló sus pasos hacia una estrecha subida de tierra, guiado por el sonido de un saxo que entremezclaba su melodía con las notas del incesante mar. Sobre un letrero de neón se leía con letras desgastadas: Bar Jota Cuervo. Adosado en una esquina del letrero se dibujaba la figura de un pájaro caricaturesco. La melodía serena del saxo salía de unos parlantes clavados firmemente en los muros grises del recinto. Fernando, con las manos metidas en su chaqueta, dio vueltas alrededor de la terraza mirando de reojo a un par de parroquianos ebrios que lo saludaron levantando tímidamente sus vasos de vino. Devolvió el gesto con una leve sonrisa. A continuación atravesó las puertas abiertas de par en par, fue directo al mesón y pidió de inmediato un whisky doble. El administrador del bar era un mulato gordo y de gruesos labios. Se llamaba Carlos Tirado. Le sonrió afablemente, mostrando una dentadura blanca que contrastaba con su morena tez. Fernando acudía al bar todos los viernes, no para ahogar las penas o ensalzar una dicha que no llegaba, sino por mera distracción.


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Como suele ocurrir en lugares no muy transitados en épocas de invierno, los delitos son reducidos, casi inexistentes; hurtos menores, agresiones pasajeras, pequeñas estafas, casos que son resueltos de forma mecánica, indagaciones menores, un par de testigos, huellas, muestras, audiencias y cierre de expedientes. Todo era normal, hasta hace un mes. La prensa austral había cubierto el inusual robo a una casa, que terminó con una persona muerta y otra herida. Era el caso de un empresario que viajaba todos los fines de semana a su gran casona de madera, construida frente al mar, sumado a tres personas que se vieron envueltas en una historia que presentía el olor de la venganza, pero en la que terminó primando la estupidez y el error. El relato no puede ser más breve y burdo: cierta noche, el empresario sorprende a unas personas en su hogar, y sin más, les dispara a sangre fría. Luego se abre un juicio donde el imputado alega legítima defensa. La sentencia no alcanza a dictarse, o mejor dicho, se dicta pero sin la presencia del principal inculpado: el empresario. —¿Qué pasó con el viejo? –Preguntó Carlos a Fernando, mirándolo con sus ojillos de carbón. —Se murió el condenado, le dio un ataque al corazón. —Bueno, pero quedó impune el viejo ese, después de lo que hizo. —Fue en legítima defensa, Carlos. De haber vivido un par de días más habría ido a juicio. —¿Habría quedado libre? —Con una buena defensa, quizás. —A ver, don Fernando, explíqueme: supongamos que yo estoy acá cerrando el negocio, cuando de pronto un par de tipos entran y se me abalanzan… —Ya, ¿y? —Pues me atacan y les disparo, en defensa propia. ¿Quedó así tantito libre de polvo y paja? No es tan simple. Existen una serie de figuras que tipifica la ley. Por ejemplo, ¿conocías a esos tipos o no? ¿Se acercaron con armas de fuego o cortopunzantes, o simplemente querían darte un susto? No puedo darte una respuesta, Carlos, cada caso es distinto.


En legítima defensa

Un jazz esquizofrénico y sincopado llenaba los vacíos que dejaban los parroquianos del bar. De fondo se escuchaba la espumosa cortina del océano que rugía incesantemente su larga letanía. El comisario apuró su whisky. De su chaqueta extrajo una cajetilla de cigarros, sacó uno, se lo llevó a la boca y lo encendió. Un hombretón calvo salió tambaleándose del baño. Tenía los ojos rojizos desorbitados y los bigotes púrpuras por el vino. Tropezó con una mesa vacía y siguió hacia afuera, donde lo esperaban sus amigos. Las tenues luces del local se dispersaban por medio del salón, repleto de fotografías chic y recortes de prensa sobre crímenes y delitos. El mulato Carlos, desde detrás de la barra limpiaba los cristales, sabiendo que en unas horas más la clientela aumentaría. La historia del empresario no es que haya impresionado a Fernando Bruna, acostumbrado a episodios más sangrientos y brutales, pero existía un detalle que envolvía la historia en un halo de sordidez y patetismo. El empresario había construido hacía dos años una casa de lujo en el balneario. Siempre viajaba solo desde el interior, preocupándose de mantenerla en buen estado. Durante los fines de semana que se quedaba, veía la televisión o escuchaba la radio al calor de la hoguera. A veces, desde la vista privilegiada que tenía, contemplaba la luna reflejada sobre el mar. Un año atrás, el empresario se dio cuenta de que la puerta trasera había sido forzada. Constató el robo de finos cubiertos de plata, un par de candelabros antiquísimos, tres óleos de mal gusto, un hervidor de agua y variada loza de porcelana. Avisó inmediatamente a la pdi, quienes se comprometieron a aclarar los sucesos y redoblar la vigilancia nocturna en la zona. La casa, pintada de blanco y verde con un marcado estilo canadiense, se ubicaba en una loma que se inclinaba perpendicularmente hacia una ancha playa gris circundada por pelicanos y gaviotas. Para llegar hasta la casona había que subir por una empinadísima cuesta de tierra cubierta de resecos matorrales. Cerca de la cuesta crecían unas matas andrajosas, lugar que tendría una importancia capital para el relato. —¿Qué pasó con esos matorrales, don Fernando? —Espera un poco, eso es para el final. Este empresario, que viajaba de cuando en cuando a su casa playera, comenzó a notar que luego del primer robo, pequeños cambios iban ocurriendo alrededor y dentro de

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su casa. Primero extrañó un cenicero, luego un juego de candados, luego un candelabro viejo, luego unas cortinas. La desesperación lo llevó a comprar un arma. —Los ladrones entraban pero se llevaban pequeños recuerditos, para que no se notasen los robos. —Todo indicaba que sí. Como el empresario viajaba a lo lejos, dos veces por mes, los ladrones comprendieron que debían saquear ciertos días de la semana. Lamentablemente, el empresario dejó de denunciar estos robos, y empujado por la rabia decidió tomar la justicia por sus propias manos. —¿Qué hizo? La historia, que a estas alturas puede parecer circunstancial, tiene un par de detalles que la hace más patética. El empresario compró un revólver de forma ilegal. Dejó sus negocios de lado, y preso de una obsesión por descubrir a los perpetradores, ideó un plan. Viajó a la casona a mitad de semana, pero sin su camioneta, para no advertir su presencia. Ya dentro de la casa, se recostó en unos colchones viejos y sin más iluminación que la luz natural de la luna, se entregó al silencio y a la espera. Podemos imaginar lo sucio y hediondo que se encontraba, con las ventanas y las cortinas cerradas, en una profunda oscuridad, como un topo atrapado en su guarida. Todas las noches acariciaba el revólver, mirando el techo, escuchando en silencio para capturar a los fantasmales agresores de la casa. Esperando. El truco tenía que ser completo: si se dejaba ver de día o de noche, o daba cualquier indicio mínimo que alertase a los saqueadores, haría retroceder los hechos hasta anularlos y perderlos en la niebla. Se imaginó que los ladrones entrarían en silencio, dándole tiempo para disparar y repelerlos y ojalá detener por sus propios medios a uno de ellos. La realidad presentida, ocurrió tal cómo soñaba despierto, pero con ligeras variaciones. Porque no hubo silencio. Primero, la puerta saltó estruendosamente de los goznes. Luego, los pasos iban acompañados por voces burlescas, seguidas de griterío. Parecía una pequeña fiesta ambulante que de pronto se alojaba en esa casa. Entonces el empresario salió de las sombras y desde el segundo piso tiró a matar. Una mujer cayó de espaldas contra la mesa de centro, astillando el suelo con los vidrios rotos. El empresario le descerrajó dos tiros en la cabeza,


En legítima defensa

abriéndosela en múltiples puntos, dejando algo así como una masa de cuero abierta y sanguinolenta. Atrás quedó lo que antes fue una mujer: ahora era un cuerpo sin cara, con los huesos fracturados y expuestos. Dos sombras en la puerta fueron testigos del hecho. El empresario, aún con su imponente gordura, tomó una agilidad impensada, y en pocos segundos acortó los metros que lo separaban de las figuras. Salieron todos de la casa, presos de una fuerza demoniaca. Varios tiros se escucharon en la noche. El empresario disparaba a mansalva a las sombras humanas que corrían pendiente abajo, buscando instintivamente cobijo. Una sombra, la más alta, se desprendió por un borde de la bajada, herida mortalmente en una pierna. Era un hombre joven, quien quedaría para siempre cojo, pero que salvaría con vida. La tercera y última figura se escondió en los matorrales, temblando de miedo porque consideraba que pronto la muerte llegaría. El robusto hombre de negocios se detuvo un instante, agitado, pero empuñando firmemente el arma de fuego. Se tomó unos segundos, antes de descorrer el manojo de arbustos. Lo que ahí vio lo dejó sin aliento. —¿Qué era? —Era una niña, Carlos, una niña de nueve años. Acompañaba a sus padres, dos alcohólicos y drogadictos de la zona, porque sólo querían refugiarse. El invierno, más crudo que nunca, había destruido la mediagua donde vivían. —Una tristeza, don Fernando. Se expusieron de esa forma, junto a la niña, sólo para tener abrigo y robarse un par de cosas. —Ese es el punto Carlos. Los padres de la niña no eran los ladrones. Sólo buscaban refugio para cobijarse de aquella fría noche. ¿Y sabes cuál es el chiste? A los verdaderos ladrones los atrapamos a la semana después, robando en otra casa. —Maldita la suerte de ellos y también la del empresario. ¿Cómo fue que murió? —Semanas después del incidente, subió a pie la pendiente de su casa, pues su camioneta estaba averiada. Por el esfuerzo exagerado para su sobrepeso, murió de un fulminante ataque al corazón. —¿Y qué pasó con la niña? —Eso es lo que me pregunto hasta el día de hoy, todas las noches.

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La novia y el ropero AUTOR: ÓSCAR BARRIENTOS

Además era un viernes. El sol otoñal de mediodía en Punta Arenas caía sobre los amplios ventanales del Cuartel de Investigaciones llevando en su luz la promesa de la calidez. En la radio sonaba una pegajosa canción de Cuco Sánchez cuyo estribillo decía: “Anillo de compromiso, cadena de nuestro amor/ anillo de compromiso, que la suerte quiso unirnos a los dos”. El detective Samuel Rivadavia sonreía escuchando la letra, ya que presupuestaba casarse en dos meses más y los colegas habían preparado la despedida de soltero para la noche. La jornada se anunciaba bien regada. Recordó, a propósito de la canción, que había quedado en retirar los anillos de compromiso por la tarde en una joyería de calle Roca. Sonó el teléfono de su escritorio. —Aló –dijo Rivadavia. —Habla el señor Fernández –dijo una voz imitando circunspección– El padre de Diana Fernández, su futura mujer. Lo llamo para decirle que me opongo a la boda porque los anillos de matrimonio son de oro peruano.


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—Y es la cuarta vez en dos meses que llamas para sorprenderme con el mismo chiste –respondió Rivadavia–. Inventa algo más ingenioso, Ropert. —Todavía ni te casas y ya tienes humor de recién divorciado –dijo su colega, el detective Damián Ropert, relajando la voz–. Después de la despedida que te preparamos, desistirás de casarte. Tras un silencio algo incómodo, Ropert volvió a la carga: —Nos tocó el premiado, Rivadavia. Tenemos un homicidio en la población Carlos Ibáñez. Al poco rato, los dos amigos viajaban en la camioneta de la pdi cruzando la Avenida Independencia, con sus árboles centenarios y sus sobrios monumentos de otra época. Contra su acostumbrado sentido del humor, Ropert parecía más bien melancólico, tras su denso bigote y su fisonomía resuelta podía advertirse cierta pesadumbre. —Parece que el que tiene depresión matrimonial eres tú –dijo Rivadavia. —No hinches con eso –respondió Ropert sin dejar de observar el cielo degradado cuyas nubes parecían coliflores–. El otro año cumplo cuarenta y sigo soltero. —Ya encontrarás a alguien. —Ahora el poco ingenioso eres tú –agregó el detective Ropert. Cuando la camioneta comenzó a ingresar en la Avenida Salvador Allende, Ropert le informó que solo tenían el antecedente del hallazgo de un cadáver y que la pdi enviaría un grupo de expertos para indagar sobre el cuerpo. A ellos –concluyó en su reporte– se les había encomendado hacer los peritajes iniciales y si fuese necesario, un empadronamiento del sector. Cuando llegaron a un sector de viviendas de madera seca y techos de latón rojo observaron de inmediato la aglomeración de vecinos y la casa rodeada por las gruesas cintas de nailon. El matrimonio que habitaba el inmueble era un hombre moreno y huesudo de edad indeterminada que trabajaba como soldador, una mujer pálida de intensos ojos calipso que era dueña de casa, y su hija de no más de cinco años. La esposa


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estaba en estado de shock. Ropert y Rivadavia caminaron a lo largo del pasillo hasta llegar al dormitorio de la niña, una pequeña habitación pintada con colores más vivaces que el resto de las piezas. En el suelo, al lado de la cama habían extraído las tablas del piso, topándose con un cadáver en estado de osamenta. Llevaba un vestido de novia y tenía entre sus manos un ramillete de flores hechas con panty y alambres. El crimen y posterior ocultamiento de esta mujer databa de años, por el grado de descomposición. —Nos mudamos hace siete meses desde Puerto Montt a Punta Arenas y arrendamos esta casa –dijo la señora con la mirada afiebrada mientras el marido se llevaba a la niña afuera– Todo comenzó cuando tuvimos que enfrentar una plaga de guarenes como nunca en mi vida habíamos visto. A pesar de las trampas y el veneno siempre volvían a aparecer. Después nuestra hija se enfermaba de un extraño sarpullido que jamás pudieron explicar bien en el consultorio. Un olor fétido nunca abandonaba la casa, hasta que mi marido decidió reparar la pieza de la Ceci y encontró esto tan horrible. —¿Algún otro acontecimiento extraño?– preguntó el detective Rivadavia. —Sí, –respondió la señora con los ojos al borde del llanto– nuestra hija Cecilia todas las noches soñaba una pesadilla… decía que entraba por su pieza un hombre de abrigo negro y sombrero que se ocultaba en el ropero. Ropert tomó nota de algunos aspectos centrales del relato y ordenó por celular ubicar de forma perentoria a los propietarios de la casa. Mientras tanto, Rivadavia se abrió paso en medio de la muchedumbre y comenzó a indagar alrededor de la manzana. Alguien le informó que uno de los vecinos más antiguos vivía en la esquina, en una casa de ladrillos de dos pisos. El anciano de mirada acuosa y avanzada calvicie se identificó con el nombre de Alcibíades Sepúlveda. Se apresuró a decirle que muchas personas habían sido arrendatarios de ese lugar. —Arrendaban y luego se iban por el mal olor y los ratones –dijo. —¿Desde cuándo comenzó esa plaga?– preguntó Rivadavia. —Después de que allí vivió una pareja que estuvo a punto de casarse. Natalia hasta se había comprado el vestido de novia. Eso lo sé porque mi

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difunta esposa fue quien lo confeccionó. El hombre se llamaba Esteban y no se veía mal tipo, era un excelente gásfiter. Hizo varios trabajos aquí en la casa. —¿Dónde puedo encontrarlo? –preguntó el detective. —Se fue a Concepción hace años –concluyó el anciano tras beber té en su tazón con la insignia del club deportivo Magallanes– Poco antes del matrimonio vino un primo del norte que alojaba en su casa y le ayudaba en la pega. El casorio se fue a las pailas. Según me dijo, la Natalia se había escapado con el primo a la Región de Aysén. Para qué le voy a mentir, Esteban se cayó al frasco y lo último que me dijo es que se iba a Concepción para olvidarse de todo. Nunca más lo vi. Usted sabe cómo son las cosas. Yo tuve suerte de tener un matrimonio feliz, no todos la tienen. —¿Recuerda el nombre del primo? –volvió Rivadavia. —No –sentenció el viejo como un chasquido. De vuelta en la casa, los detectives Ropert y Rivadavia observaban cómo los expertos revoloteaban alrededor del esqueleto de la novia. El rostro ceñudo del primero parecía absorto en un intrincado laberinto mental y por sus ojos aparecía un océano de dudas. Le informó a su amigo que el propietario del inmueble ya había entregado una larga lista de ex arrendatarios. —Así que soñaba con un hombre que ingresaba al ropero… –balbuceó Rivadavia. De pronto, Rivadavia aspiró el aire seco y pútrido del lugar y entendió que un crimen es una vorágine, un resumidero urgente de pasiones humanas, un ciempiés colmado de talones de Aquiles. Casi reconstituyendo la escena del asesinato como en una representación teatral, dio rienda suelta a las imágenes que gravitaban en su mente como una moviola dislocada: —El asesino quiso castigar la infidelidad. No soportó que su propio primo, a quien había recibido en su casa, se enredara con su mujer. Probablemente dio muerte a su novia en esta misma habitación y luego de ello, decidió sepultarla en el hogar que albergaría su unión, como emblema del equívoco. No le interesó tanto la perfección del crimen sino


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más bien su simbología –dijo, quitando el anillo del dedo de la novia–. Los anillos de compromiso llevan al reverso el nombre del cónyuge. La joya, que aún llevaba la rutilancia del oro, tenía el nombre de Esteban. —Entonces ella se llamaba Natalia –sentenció Rivadavia– ¿Hay algún Esteban en la lista? —Esteban Alejandro Ruiz Macías –contestó Ropert tras revisar durante un minuto el papel. ¿Cómo llegaste a esa conclusión? El detective Rivadavia adquirió de pronto un aspecto sombrío y terrible mientras se acercaba al enorme ropero café. Entre ambos corrieron de lugar el pesado y añejo mueble. —¿Qué buscas? –preguntó Ropert indicando la pared de cholguán que conservaba la silueta del ropero. —No creo en fantasmas, Ropert –respondió Rivadavia– pero si existieran, estoy seguro de que colaborarían con el esclarecimiento de sus asesinatos. —No sé de qué hablas. —El ropero es el refugio natural del amante furtivo –siguió Rivadavia, No sería raro que cuando se produjo la discusión y posterior crimen con la novia, ya enterado Esteban del adulterio, el primo se hallaba oculto aquí. Quizás observó aterrado la brutalidad desde una rendija del mueble. Intentó intervenir y también encontró la muerte. Con despecho, con frialdad, puso a la novia bajo el suelo y al amante tras la pared como unidos por siempre a la traición. Los agentes con martillos y palancas destruyeron la frágil pared color verde agua. De pie, apoyado en el fondo oscuro apareció emparedado un hombre de camisa blanca, abrigo negro y sombrero de ala ancha, mezcla de hueso y materia viscosa, todavía descomponiéndose, con las cuencas vacías y una expresión de espanto que el tiempo no había logrado mermar. Rivadavia pensó durante ese instante en toda la sordidez que acompaña el viaje de la condición humana, la búsqueda de una plenitud que de pronto se cristaliza como un insecto congelado en el ámbar.

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Ya de vuelta en la camioneta de la pdi rumbo al Cuartel de Investigaciones, los dos detectives estuvieron taciturnos la mayor parte del trayecto. El silencio fue roto por una llamada al celular de Ropert. En Penco se había localizado a Esteban Ruiz, asesino confeso de su novia Natalia Cruz y su primo Daniel Ampuero Ruiz. El sujeto convivía con una mujer hace más de diecisiete años y tenía dos hijos. —Buen trabajo, Rivadavia –remató Ropert apagando el celular. Confieso que me sorprendiste. Pero Rivadavia iba cautivo de abismos interiores y su mirada parecía perdida en el cadencioso oleaje del estrecho de Magallanes, que en su danza parecía llevarse las imágenes horrorosas de hace un rato hacia los distantes cementerios del olvido. –En la búsqueda del amor, a veces se encuentra la locura– pensó ya en la oficina bebiendo un café– Cuando soplan los vientos del rencor, hasta los fantasmas claman por dormir en paz. De esta manera llegó la noche. Las copas, los regalos con bromas alusivas al sexo, las bromas de las colegas y sobre todo los bailes que inundaban el adornado pub Coral de calle José Menéndez constituían el escenario cardinal de ese viernes. De pronto, el espíritu del jolgorio parecía haberse tragado el hálito pavoroso de la jornada y dar paso a guirnaldas, risas y jubilosos alcoholes. En medio de las palabras, Ropert manifestó su interés por agarrar la liga de la novia. Alguien dijo burlonamente que el matrimonio es un sistema donde todos los que están dentro quieren estar fuera y todos los que están afuera quieren estar dentro. Luego la voz de Cuco Sánchez resonaba como un gigantesco parlante: “Anillo de compromiso, cadena de nuestro amor/ anillo de compromiso, que la suerte quiso unirnos a los dos”. De amanecida, Samuel Rivadavia ingresaba con unos tragos en el departamento de su novia. Le costó encontrar la llave. Ella dormía plácidamente. Se desnudó y se metió en la cama. —¿Retiraste los anillos en la tarde? –preguntó somnolienta. —Mañana lo haré. Hoy fue mi despedida de soltero. Ella pareció reír ante el aspecto trasnochado de Samuel.


La novia y el ropero

—Te amo, Diana –dijo abrazando su cuerpo en la oscuridad– No sabes cuánto te amo. —Yo también. Ahora duérmete, beodo todavía soltero. Y la noche ingresó al océano de cipreses del encuentro, donde quienes se aman saben que no están en el mejor de los mundos y que la promesa del futuro yace oculta en el regazo de los días, como dos seres que se abrazan en un castillo de arena.

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Los testigos mudos AUTOR: DORIS RETAMAL

Abril de 1958 —Parece ser que la niña se defendió. Hay señales de lucha –dijo el detective encuclillado junto a un cuerpo tirado en medio de una polvorienta calle–. Se arrastró un poco –continuó diciendo sin apartar la mirada del suelo–. Se volteó para defenderse de su atacante y quedó en decúbito supino. Ahí le propinó golpes que la dejaron inconsciente. El detective se puso de pie y se quedó mirando el rostro de la víctima. —La niña, aún así, en ese estado, debió seguir siendo un fastidio; entonces su agresor le dio con esa piedra. Pero… mmm… no veo más piedras en este sector… —¡Jefe!, hay huellas de pisadas. Están poco claras, eso sí. Son irregulares –dijo el detective en jefe de la cuadrilla acercándose hasta donde su colega le indicaba que podrían haber más evidencias. —Pisada débil, pisada fuerte –reflexionó–. A cada tanto, un arrastre y mucho zigzagueo. –Fotografíen todo el sitio y estas huellas incluidas. Toma nota para el informe: a la niña no la encontramos como aparece en la foto. Lugareños le bajaron la falda. Empadronen el sector para saber si hay personas que hayan visto algo. ¿Encontraron a sus padres? —Sí, los llevaron hasta su casa para que se calmen e interrogarlos. Son dos ancianos. —Que el Laboratorio de Policía Técnica revise el cuerpo en busca de indicios de abuso o violación y cualquier rastro biológico: semen, sangre o pelos de raíz nudosa, etc. Que estimen la hora del deceso. A ojo desnudo, el cuerpo contaba con livideces en el plano dorsal, vestiduras rasgadas señalando el uso de la fuerza física, causa probab… —¡Jefe! –lo interrumpió un tercer detective que corría hacía ellos–, los padres indican que cerca de las 18:00 la mandaron a comprar leña. No la volvieron a ver sino hasta que vecinos los alertaron. Dijeron que estaban acostumbrados.


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El detective jefe de la cuadrilla observó las pisadas inseguras que luchaban por desaparecer ante su mirada escrutadora. Era una serpiente rasgada y sucia que se acusaba con cada largura insegura que se condenaba ante el olfato de la experiencia. —Vamos a seguir ese rastro –dijo apuntando las pisadas. —Saquen a los periodistas –ordenó a un cuarto detective que les prestaba atención. —No quiero fotos de la niña en la primera plana de mañana. Dando la primera zancada, tres de los cuatro detectives iniciaron la cacería. Un hombre tiene sus apetitos. Los deseos normales que todos tienen. Él merecía saciarlos, pero su señora quedaba preñada con solo mirarla. No la quería ni tocar. De pie frente a la artesa, refregando sábanas, lo corroían por dentro esos deseos carnales. Después de rastrillar la tierra, le bajó la sed. Estaba cansado y necesitaba un tintito. Le preguntó a su amigo el Luchín, si quería acompañarlo a la botica. Le dijo que no. Al llegar al restaurante le hizo la seña de “un cortito” al dueño y se sentó en una silla de paja y madera. El pedido fue servido en un vaso chico y grueso. Se lo bebió al seco, degustando a medio camino el néctar que le daba cariñitos a su garganta. Encendió un cigarrillo y lanzó una fumada al techo. Por una ventana que daba directo al callejón, veía a cabros chicos correr y a cabritas jugar al luche. Veía el modesto tránsito de la gente. Se miraba las manos y pensaba que a sus treinta y tres años no debería tener tanto mocoso dando vueltas por la casa. Se sirvió otro vaso para endulzar la imagen. Levantó los ojos y vio pasar a una cabra con una blusa de cotelé verde, falda negra y calcetas blancas. Llamó su atención. Sonreía. Mecía una bolsa de malla vacía. Fueron escasos segundos, pero no la pudo sacar de su mente. La niña desapareció y él seguía viéndola juguetear con la bolsa. “Linda la cabrita”, pensó. Acabó con una botella y comenzó a sentirse alegre. Todo tenía sentido. Si la cabrita volvía a pasar, la acompañaría a su casa, le daría una platita y se quedarían conversando.


Los testigos mudos

En eso pensaba cuando la figura con la blusa de cotelé verde y calcetas blancas, apareció. Era un designio. Se puso de pie y salió del restaurant. Lo detuvieron, pero siguió su camino. Cargaba una malla con leña. A poco andar la niña descansó. Él se acercó con disimulo y le preguntó si la ayudaba. La niña, recelosa, le dijo que no. Tomó la bolsa y apresuró el paso. “¿Creerá que le voy a robar?”, pensó. El simple hecho de ser pasado por ladrón lo enfureció. Agarró una piedra chica y se la tiró, pero la niña huyó. Se sentía ofendido. La cabrita era linda. Con esa faldita y toda ella jovencita. Se acercó a un montón de piedras. Calculó una que pesara un kilo y la tomó. Desde lejos aún se veía a niña, que había bajado la guardia y seguía su paso con normalidad. El hombre espero hasta que notó que el silencio y la soledad se hacían uno, entonces dejó la piedra en el suelo. Agarró un tronco y se abalanzó sobre ella dándole un fuerte golpe en la cabeza. La niña perdió el equilibrio, sin saber si era por el golpe o por la impresión. El borracho de antes la había seguido. Intentó defenderse, pero el hombre volvió cargado con una enorme piedra. Intentó protegerse con las manos, pero la roca cayó sobre su cabeza. Su instinto de sobrevivencia se despertó, pero la roca, esa roca asesina era muy fuerte, muy pesada. Lo último que sintió fueron miles de golpes en su cabeza aunque su pecho luchaba por mantener con vida su cuerpo. No supo cuántas veces la golpeó, pero se sentía muy agotado. La cabrita dejó de pelear. Le subió la falda y le bajó el calzón. La tocó y se sació. Cuando sus apetitos se vieron al fin acabados, dirigió sus ojos hasta lo que debía ser un rostro y se asustó. La cabrita no respiraba. La cabrita no se movía. La cabrita era un charco de sangre. —Hasta aquí llega el rastro –dijo el Jefe de la cuadrilla –. El Callejón Santa Julia. —¡Jefe! –gritó el detective que habían dejado a cargo de controlar a los periodistas–, el subprefecto me mandó para que le ayude.

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—Devuélvete y dile al fotógrafo que saque fotos de los escombros y piedras que hay de camino. Y tú –dijo apuntando a uno de los colegas de cuadrilla– sigue buscando el lugar donde compró la leña. Pregunta hora, cómo iba vestida y si vio algo raro. Sigamos caminando. Se metieron por el Callejón y a poco andar dieron con el Restaurant “Villa Alegre”. Caminar zigzagueante de borracho, quizás –pensó en voz alta el que tomaba nota. Ingresaron al tugurio. Al mostrarle sus placas, el dueño se irguió. A pesar de ser las tres de la madrugada de un martes, algunos clientes fieles seguían en el cuchitril. —Buenas. Quisiera saber si entre las 18:00 y las 19:00 horas de ayer vio algo inusual en la conducta de alguno de sus clientes. Más violentos de lo habitual, altercados, una riña… —¿A esa hora? Uno de nuestros clientes se fue sin pagar. Era el Luis Madariaga. —¿Sabe dónde vive?, ¿lo que hace? —Es amigo del Luis Cáceres. Viven en el paradero 37 de Santa Rosa. Son agricultores. —Ya que lo conoce, –dijo el jefe de la cuadrilla levantando una ceja– ¿podría describirle la cara de Luis Madariaga a un dibujante? Eran las 11:30 de la mañana. El Luchín le había dado ropa limpia y cobijo para que pasara la caña. De una carrerita había ido a dejarle las ropas a su señora. Cuando vio las vestimentas, la mujer le dijo que si seguía agarrándose a cuchilladas con los curados del “Villa Alegre”, un día lo matarían y ella quedaría desamparada. Antes de irse, la vio frente a la artesa restregando las manchas de sangre apergaminadas en sus ropas. Vio el agua roja y recordó la cabeza de la cabrita. Sintió escalofríos y salió a buscar refugio donde su amigo el Luchín. Frente a su casa, dos hombres bien vestidos lo observaban. Buscó los cigarrillos, pero recordó que se los había fumado todos la noche anterior. Cruzó a la acera de enfrente con paso veloz. Los dos hombres miraron un papel e iniciaron la caminata tras él. —Luis Madariaga –le preguntó con firmeza un hombre alto que se le cruzó de pronto.


Los testigos mudos

—Sí, sí, señor. Soy yo… —¿Usted conoce a la colegiala Paulina Paz Olivares? —No, señor –respondió con timidez. —¿Qué hizo ayer entre las 18:00 y las 19:00 horas? —Yo, yo… –tartamudeó – a esa hora estaba en el “Villa Alegre”, que está en… —¿Por qué salió corriendo sin pagarle al dueño? —No, yo no, sí yo pagué, señor… —¿Usted atacó a Paulina Paz Olivares después de salir sin pagar en el “Villa Alegre”? —No, no… es que yo… –siguió tartamudeando. —¿Usted la atacó y abusó de ella cuando agonizaba? —¡Jefe, tiene que venir! ¡La señora está lavando la ropa del sospechoso! —Señora –dijo el jefe mirando a la mujer con curiosidad inquisidora–, ¿qué está haciendo? —Lavándole la ropa al Lucho. Se pone a pelear y llega lleno de sangre. —Tengo que batallar con cinco cabros chicos, más otro que viene en camino y el Lucho me da tanto trabajo, caballero. —Cuéntale la verdad a tu mujer –dijo el jefe de cuadrilla haciendo que un compungido Luis Madariaga se adelantara con timidez. —Naaa… –respondió con la barbilla hundida en el pecho– anoche tuve un enredo. Se me pasó la mano con una cabra y… la maté. La mujer miró a todos los hombres que rodeaban a su marido. Se llevó las manos al rostro y rompió en llanto. Luis Madariaga Pérez era esposado, y la mujer observaba como su vida se hundía más y más en el infierno. La labor de los cuatro profesionales había concluido. Ahora sería la justicia la que hablara. A ellos les hablaban los testigos. Esos que nadie veía, olía o escuchaba. Esos testigos que no mentían, que no podían romper su lazo con los hechos. Para eso se preparaban, para escuchar a esos testigos: los testigos mudos.

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Los viajes del odio AUTOR: JULIO PALMA

Siempre supe que en mi vida ya era tarde. A los 2 años ya era tarde, a los 15 y a los 25 ya era tarde, y a los 32 años sentí que ya había envejecido en forma brutal. Lo vi desplazarse de a poco por mis facciones y por toda mi piel, y me pasaba horas mirándome envejecer en el espejo. Aunque mantuve los mismos contornos de la cara, sabía que mi piel estaba destruyéndose. Claro, yo sé que empecé a hacerme viejo desde el momento mismo en que fui concebido en el vientre de mi madre, mi maldita madre, la que me dejó abandonado donde una vecina; esa madre que jamás volvió por mí, la madre que nunca más volví a ver, la madre que me parió con este odio dentro, con esta vejez que me va acabando a cada instante. La madre que, como una broma cruel, me puso el nombre que llevo: me llamó Ángel. Hubo una vez, solo una vez en que dejé de envejecer: casi sin darme cuenta fui dejando de viajar y de odiarla. Fue simple, sin planearlo siquiera, tan sutil como el sonido de su voz preguntándome si por ahí pasaba el bus que la llevaría de vuelta a su casa. Ella me miró con una sonrisa eléctrica, azul. Vi que era su rostro y sentí que mi piel dejaba de ajarse.


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No sólo le dije qué bus la sacaría de ese barrio hacia su casa, sino que me subí con ella. Natalia era su nombre, y en los meses en que me amó sin saber del viejo que llevo dentro, me regaló algo cercano a la paz. Tanto me afectó dejar de envejecer que durante esos meses no viajé y hasta llegué a pensar en buscar un trabajo, aunque no lo necesito. La vecina se había muerto sin más familiares ni conocidos que yo, y antes de morir me dijo: “Ángel, mi ángel, vende mi casa, mi auto y mis cosas”, así que yo tenía dinero para no trabajar por mucho tiempo, pero Natalia me decía que no sólo se trabaja para tener dinero, sino que también para estar ocupado, “para envejecer más rápido”, pensaba yo, y aunque nunca busqué un trabajo ni estudié después del colegio, le decía a ella que sí, que trabajaría o que estudiaría, porque su sonrisa azul me calmaba y ya no tenía ganas de viajar. No fui más a La Serena ni a Temuco ni a otras ciudades, no tuve más ganas de llegar de madrugada a los terminales de buses, buscar con la mirada a una a quien odiar, a una que pareciese perdida, sola, triste, y seguirla, hablarle, invitarla a desayunar, hacerla reír y casi sin que se diera cuenta, llevarla a algún motel y odiarla con todo el odio de mi vejez prematura y penetrarla y golpearla hasta decirle llorando, en el último hilito de vida, “¡Mamá!”, y terminar su dolor con una muerte suave y lenta. Con Natalia dejé de hacerlo porque no me daban ganas de alejarme de ella, y cuando a veces el odio se me venía encima me encerraba en el baño a mirarme envejecer en el espejo. Pero claro, Natalia no era vieja ni era tonta y a veces la sorprendía mirándome con dudas, como si quisiera preguntarme cosas. Otras veces, cuando me acordaba del odio, ella me miraba con miedo y se callaba y no me sonreía en azul. Por cosas como esas, creo, sorpresivamente y del mismo modo en que empezó a amarme, también dejó de hacerlo. Era bióloga, Natalia, y un día se fue: quería ser policía, “ayudar a descubrir a los criminales con la ayuda de la ciencia”, me dijo, y se fue. Ese día estuve a punto de odiarla como a las otras, pero no soy tonto. No haría nada así en la ciudad: las pistas, los trazos, la gente que nos


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conocía… sería idiota odiar a Natalia como he odiado a las demás, y yo soy muchas cosas, pero no tonto. Además, yo sabía que un día Natalia volvería más azul, más sutil, cuando se diera cuenta de que ser policía no era algo fácil. Las violencias, las urgencias, lo sucio de la delincuencia no eran para ella. Yo le escribía largos correos electrónicos tratando de convencerla de que regresara. También la llamaba por teléfono para decirle que volviera, que solo con ella podía estarme quieto, en paz. Incluso una vez, tras haber viajado a Concepción y muy triste y borracho, le escribí contándole de mis viajes aunque, claro, no le conté todo. Apenas le dije que viajaba por el solo placer de viajar. Y tuve razón: Natalia me llamó una tarde, muchos meses después. Quería verme, pero no me había encontrado en el departamento que ella conocía. Por supuesto: yo no soy tonto y cuando vuelvo a la ciudad me cambio de casa. Yo recién regresaba de otro viaje. Había vuelto a odiar y a envejecer, así que cuando la vi sentada en la plaza cerca del edificio donde ahora vivía, ya no recordé cómo sonreír. Ella tampoco sonreía. Pero ahí estaba. Había vuelto para mí. Se detendrían los odios y la vejez, pensé. “Me voy a casar”, me dijo casi sin saludarme, y venía a desearme lo mejor para mi vida y que por favor dejase de llamarla y de escribirle. López o Pérez o algo así me dijo que se llamaba el inspector de la pdi con el que se casaría. Yo sabía quién era. Lo había leído en los diarios o en internet o lo había escuchado en la televisión. Era el tira que dirigía las pesquisas para atrapar al “asesino viajero”, que era como me llamaban los imbéciles de la prensa. Natalia no quiso subir a mi departamento. Estaba apurada, me dijo. Insistí, pero no me dejó odiarla como a las otras, ahora que ya nada me importaba, ahora que supe de golpe que había llegado a mi vejez absoluta, ahora que me incrustaba las uñas en las palmas de las manos de tanto odio. Pero Natalia quería que fuésemos amigos, me dijo, y para comenzar esta nueva relación entre nosotros me invitó a su

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departamento al día siguiente. Una cena de amigos, me dijo, solos los dos como un pacto de amistad por el futuro. Claro que iría, le dije. “Una última cena”, pensé. Total, Natalia se me iba para siempre y ya nada importaba. Sería mi regalo de matrimonio para el tal inspector López o Pérez o como se llamara. Natalia sería la última mujer a quien odiaría, la última a la que llamaría “mamá” como había hecho con las otras. Se lo diría suavecito, mirándola, mientras sus ojos se irían poniendo grandes y vidriosos y se le fuera para siempre la sonrisa azul. Tanta era la vejez que lo inundaba que Ángel había decidido que ese día de otoño sería el último. Había pasado toda la noche pensando en Natalia y también en las decenas de veces que había asesinado a su madre hasta que el odio se le agotaba y luego ella revivía y tenía entonces que volver a odiar y volver a viajar. Ángel no era tonto y siempre supo que llegaría el día de hoy, cuando sus viajes terminarían y su vejez lo alcanzaría para llevárselo tal como lo había traído: solo, desesperado, odiando. Se levantó sin haber dormido en toda la noche. Pasó la mañana revisando sus recortes de prensa y sus archivos en el computador. El inspector López o Pérez o como se llame era un buen tipo, se le notaba cuando hablaba en la tele sobre el “asesino viajero”. Decía pocas cosas, solo generalidades, y siempre estaba sonriendo amablemente, discretamente. Sí, era un buen tipo este inspector que se casaría con Natalia. Luego de almorzar una ensalada pasó varias horas lavando su viejo Vitara y limpiando la Sig Sauer P228, que era igual a la que seguramente estaba usando Natalia, y que le había comprado a un tipo en un pub de Pucón. Hasta en eso había tenido cuidado: jamás había usado la pistola. Siempre había “hecho dormir a sus mamás”, como él lo llamaba, con sus propias manos, poniéndolas alrededor de sus cuellos y sintiendo el calor que se les iba escapando, las pupilas agrandadas, el horror. Pero esta vez sería distinto: luego de acabar con Natalia se dispararía un tiro.


Los viajes del odio

Estacionado cerca del edificio donde ella vivía, vio por primera vez al inspector López o Pérez o como se llame besándola al despedirse dentro del Ford Fiesta. Cuando el policía se fue, Ángel entró al edificio. Un sonriente y canoso conserje le indicó qué ascensor tomar hasta el piso 8. Tocó el timbre en el departamento de Natalia. Ella se puso a un lado para dejarlo pasar y Ángel no se dio cuenta de que ella no cerró completamente la puerta. Él se giró, y antes de que terminara de saludarla con un beso en la mejilla, Ángel sintió que estaba cayendo, bocabajo. Confundido primero, Ángel no alcanzó a pensar. Luego lo intuyó e intentó moverse un poco para ponerse de pie, pero no pudo. La certeza le llegó cuando el sonriente conserje ya no sonreía mientras lo esposaba y mientras le ponía una rodilla encima. Natalia le daba la espalda y el inspector López o Pérez o como se llame le decía que si quería podía no decir nada hasta que tuviera un abogado. Hoy, varios años después, Ángel continúa envejeciendo en su celda, en la que no le permiten tener cordones ni cinturón ni nada que lo ayude a viajar para dejar de odiar. Ni siquiera espejos.

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Osamentas del pasado AUTOR: RODRIGO TORRES

Por muchos años Cristián Aliaga había pertenecido al Lacrim (Laboratorio de Criminalística de la pdi). Sin embargo, cierto suceso en su vida le llevó a pedir un cambio que aunque no radical, sí era bastante llamativo para sus compañeros de trabajo: solicitó ser parte de la Brigada Investigadora de delitos del Medio Ambiente (Bidema). Esta división de la pdi no sólo investigaba lo relacionado con lo medioambiental sino que también lo referente al patrimonio cultural. Siempre había sido un hombre reservado, un poco tímido pero con carácter fuerte a la hora de tomar decisiones relativas a los casos investigados. De su vida, muy pocos conocían detalles profundos, salvo Sebastián Gutiérrez, miembro del Lacrim de Puerto Montt con quien había conversado varias veces en reuniones de amigos o de trabajo. Con el tiempo, todos los compañeros de Cristián conocieron su caso. Él siempre quiso mantenerlo en secreto. Un día, en el cual se juntaron la Bidema de Valdivia y el Lacrim, en Puerto Montt, específicamente en Monte Verde, Sebastián volvió a recordar el tema. Los ex compañeros se saludaron de forma sobria. El caso que les tocaba investigar dañaba al patrimonio del país: era un 9 de diciembre de 2011


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y se debía averiguar la forma en que había sido sustraída la osamenta de un gonfoterio, un animal prehistórico de la familia del mastodonte. El sitio del suceso correspondía a un asentamiento de hacía 12.500 años que se venía estudiando desde el año 1976. En el lugar estaba la fiscal Pamela Salgado, el concejal Leopoldo Pineda quien acompañaba a una mujer vecina del sector, y el geólogo Mario Pino quien daba vueltas de un lado a otro explicándoles a la Bidema y al Lacrim que aún faltaban muchas piezas por recuperar. —Así que usted se llevó la osamenta –dijo Aliaga a la mujer. Un antiguo informante, a quien cariñosamente llamaban “don Alfonso”, dueño de un pequeño museo en Valdivia, había entregado información sobre la mujer y su participación en la extracción de piezas óseas. —Pero ya devolvió todo a la fiscal –se apresuró en contestar el concejal. Cristián Aliaga le dirigió al hombre una sonrisa. Miró alrededor con ansiedad. —¿Sabe si alguien más extrajo huesos de este sitio? —No lo sé… Yo no sabía que eran tan importantes esas cosas. Las llevé de adorno a mi casa. En serio –respondió la mujer. Alrededor de un árbol en donde había huellas de posibles traficantes de osamentas y fósiles, Sebastián Gutiérrez y Cecilia Benítez extraían muestras. —Así que él es el famoso Cristián Aliaga –dijo ella– Tú sabes lo que le pasó. Cuéntame, ¿por qué se cambió tan repentinamente del Lacrim? Dicen que era uno de los mejores científicos del laboratorio. Sebastián observaba a su amigo. Conocía sus gestos y su forma de acercarse a las personas. Un viento helado recorrió la hierba y subió hasta el rostro de Sebastián. Arriba, el cielo estaba despejado pero unas nubes avanzaban con seguridad. —Hace un tiempo secuestraron a su hija Mónica. La niña tenía cinco años. Eso gatilló que su vida se fuera abajo –contó con tristeza Sebastián– Se divorció de su mujer, entró en un cuadro depresivo muy


Osamentas del pasado

fuerte y ya ni siquiera se presentaba al trabajo. Yo diría que el cambio le hizo bien. Al menos lo veo más dinámico. A veces es bueno cambiar de ambiente. Te da un nuevo aire. Cecilia quedó con un rostro dubitativo. —Pero su hija… ¿Jamás la hallaron? ¿El secuestrador pidió recompensa? —Ese es el punto –respondió el hombre del Lacrim– Jamás hubo un llamado. Sin embargo, un día en Bahía Inglesa se dio la alarma de que un hombre estaba sacando fósiles y los apilaba en una camioneta para venderlos a coleccionistas europeos. Quienes le vieron decían que llevaba a una niña que a lo lejos ya se notaba no era hija de él. Aunque no le correspondía ese sector, cuando Cristián supo esto, fue como loco detrás del hombre. Llegó a un museo en donde la Bidema del norte averiguó que el traficante había ido a vender unas piezas. El dueño del museo al principio no quería hablar, pero luego aceptó que había comprado unos huesos y que había visto una niña. Cristián le mostró la foto de su hija. El dueño contestó que sí, que era ella. Sin embargo, esto de nada sirvió: no los hallaron, ni al traficante ni a la niña. Cecilia hizo un gesto que denotaba compasión. —¿Por qué la secuestraron a ella? –preguntó. —Es lo mismo que se preguntan todos los padres de los niños que día a día son secuestrados –respondió Sebastián– Y bueno, es por ello que ahora Cristián pertenece a la Bidema. Aún tiene esperanzas de encontrar a Mónica. En tanto, Cristián encendió un cigarro y fumó. Le mostró una foto de su hija a la mujer interrogada. —¿Ha visto a un hombre con una niña parecida a esta? La mujer negó con la cabeza. —Ya, señora, váyase. Y recuerde la Ley número 17.288 que en su artículo 22 dice que nadie puede extraer fósiles ni osamentas sin la autorización del Consejo de Monumentos Nacionales –dijo con un tono afable. Pasaron tres meses. Ni el Lacrim de Puerto Montt ni la Bidema de Valdivia pudieron dar con el paradero de quien se había llevado los demás

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restos del gonfoterio. No obstante, un día la Bidema recibió un llamado: se trataba de don Alfonso, el hombre dueño de un pequeño museo en Valdivia, que desde hacía años había colaborado con la pdi brindando información acerca de traficantes de fósiles. A Cristián siempre le daba uno que otro dato. Esta vez decía haber visto a una persona sospechosa. Aliaga fue enviado a entrevistarse con él. Don Alfonso era un viejecito rechoncho, de mejillas blancas y sonrojadas, con un rostro sonriente. Usaba un bastón que estaba chueco. En su oficina de recepción había decenas de fotos de sitios paleontológicos. Sólo una difería del resto: estaba frente a una carnicería rodeado de hombres con delantal. —Así es, detective –contestó el hombre– Era un tipo feo, horrible, lleno de espinillas. Quería venderme unos huesos y no se los acepté –el hombre dio un suspiro. Se pasó una mano por la frente. –Señor detective, sospecho lo peor: ese hombre me quería vender huesos humanos haciéndolos pasar por restos de indígenas del período prehispánico y por animales de la paleofauna. Aliaga tragó saliva. Pensó en su hija. Sintió que su estómago estaba a punto de reventar. —Mis informantes me dicen que vive aquí –dijo don Alfonso. Le entregó un papel con una dirección. Era en el sector de Niebla. Aliaga tomó su vehículo y fue de inmediato. Detuvo el automóvil y entró a una casa que parecía abandonada. Tuvo que contener el aire: un hombre lleno de espinillas en el rostro, yacía muerto. Colgaba de una cuerda amarrada al techo. A sus pies, una hoja decía: Yo maté a todos esos niños para poder tener material, modificarlo y venderlo a los coleccionistas. Mis conocimientos en ciencia, los cuales ustedes mismos enriquecieron con datos interesantes en nuestras conversaciones, me ayudaron a ello. Por cierto, su hija se convirtió en una delicada pieza de gonfoterio que vendí al extranjero, señor Aliaga. Cristián se tiró al suelo. Gritó y lloró. Examinó el cuerpo. De pronto, notó algo en la cabeza del occiso: era una especie de hendidura, como si le hubiesen golpeado con un palo. Aliaga tragó saliva. Pensó un buen rato. Unió todas las piezas.


Los viajes del odio

Se repuso y de inmediato subió a su vehículo. Llamó al departamento de la Bidema y enseguida se contactó con Sebastián Gutiérrez. —Que los del Lacrim vengan. Encontré al maldito asesino de mi hija –y dio la dirección. Volvió al museo. El hombre del bastón le recibió sonriente. —Encontré al asesino –dijo Aliaga provocando un sentimiento de paz en el hombre– ¿Sabe usted cómo se extrae un fósil? –la voz de Aliaga sonaba suspicaz. El hombre pensó unos instantes. No supo qué contestar. Aliaga arrebató el bastón chueco de las manos del hombre. Lo examinó. Entonces, unas lágrimas recorrieron su rostro. —Ese tipo trabajaba para usted, ¿no es cierto? –gritó Cristián apuntándole con su revólver– ¡Estás detenido, asesino desgraciado! Dime, ¿por qué Mónica? ¡Dímelo! El viejo sonrió. Se hincó de rodillas. —Por fin lo descubre. Felicitaciones. Por cierto, detrás de esa puerta puede que haya algo de su interés. Aliaga dio una patada a la puerta. Ahí, apilados en contenedores de basura, había decenas de cráneos y huesos envueltos en bolsas. El detective no pudo contener las lágrimas. Entonces, llegaron la Bidema y el Lacrim.

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Santa María 858 AUTOR: YURI SORIA–GALVARRO

Está sentado en el banco con los brazos caídos y meneándose nervioso, incómodo. Tiene el bigote afilado, pulcro, trabajado y una gota lánguida le recorre la frente aunque no hace calor. Si fuera más viejo lo confundirían con un jubilado por el cuerpo encogido, sobrando en el traje. Pero bajo las gafas desmedidas acechan ojillos inquietos, los dientes apretados, la camisa blanca abotonada hasta el cuello y manos como animales macilentos que emergen desde los puños del impermeable. La guía telefónica yace a su lado en el banco, abierta y ajada. Más abajo, varias colillas y un paquete arrugado dan cuenta de la espera. El autobús se detiene histérico como el sonido de una ballena acorralada que resopla. Ella desciende contoneándose; más de alguien diría que a propósito, y como en una danzante de tango, aflora su muslo bronceado a través del corte en la falda. Se detiene para retocar los labios y por el espejillo, los ojos verdes, etéreos, alcanzan a divisar al chofer saboreándose. En el quiosco compra chicles mentolados, repasa fugaz las revistas de moda y resucita al vendedor con su espléndido escote. Los obreros la distinguen desde lejos, le silban y le disparan frases que revientan desde los andamios. Ella parece menear sus caderas con más ganas y hasta se le dibuja una tenue sonrisa. Alguien corre tras ella. Sobresaltada, gira bruscamente esbozando un golpe con su cartera. Es el del quiosco, que ha olvidado el cambio, que tenga buen día, señorita. Continúa su viaje como por un sendero en la selva: cimbreante, altanera, levemente desganada, con el andar de una pantera. Desde la plaza, el hombre de gafas la observa. Ella está atenta a lo que pasa a su alrededor y es buena fisonomista pero no lo reconoce a pesar de que la ha acechado por una semana valiéndose de disfraces y caracterizaciones. Mientras ella indaga sobre la llave en su cartera, el hombre de gafas se levanta avanzando decidido y un niño se aproxima con su bicicleta por la vereda. La llave se revela de entre el caos; el hombre arremete la calle sin mirar, el niño frena, simultáneamente frena un camión y toca bocina; el conductor lanza un gesto obsceno al hombre de gafas. Entonces lo ve, pero se distrae con el niño que le jala el brazo y le ha


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traído un kojak. Ella le agradece con un beso en la frente. El niño pregunta si tiene novio. No. ¿Y bicicleta? Sí. ¿Un día de estos pueden salir a pasear? El hombre pasa resuelto, la respiración entrecortada y ella siente un débil temblor, un aroma conocido que no atina a precisar. Media hora más tarde, después de un martini sour, flota en la tina. Sobre el océano tibio y humeante mueve sosegadas las manos y pequeñas olas le acarician los pezones mientras los suspiros se diluyen en el vapor. Cierra los ojos, sumerge casi completamente la cabeza, sólo la nariz y la boca la conectan a este mundo, del cual su mente intenta escapar. La mano acaricia con familiaridad, con desparpajo, luego con saña estira el pezón que se endurece. La mano, la misma, pues la otra se agarra desde el borde de la bañera, se zambulle en busca de la selva, del placer. Las rodillas se abren hasta tocar los costados de la tina. Ahora un leve vaivén acompaña a los vahos que surgen desde su boca. Ella recuerda, ¿Cuántos años han pasado desde aquel verano? Caprichosamente la imagen de su melena desordenada se le aparece vívida, encima de ella, mientras la penetra sin pausa por horas ¿por horas? Nadie puede hacer el amor por horas pero es lo que recuerda; ahora sus rodillas golpean la tina y salpican agua. Ella rememora cuando se restregaban en la arena, él arrancándole el calzón con sus dedos ágiles, lacerantes; la voz dando órdenes, anunciando. La lengua intrusa en su oreja, la mano que aprieta sus senos y luego jala su pelo, firme, decidida. Sus piernas se abren oponiendo débil resistencia. Él adentro de su cuerpo se mueve acompasado como un metrónomo diabólico, el agua inunda los pies y avanza como los gemidos. Las olas los lamen apenas entibiando sus cuerpos ardientes hasta que se desata estertóreo, asfixiante, el orgasmo con sabor a agua de mar. En el último instante sumerge la cabeza en la tina y aguanta la respiración hasta que el goce se extingue. El hombre ha guardado las gafas y torpemente se pone un overol azul dentro del furgón. También siente ganas de un trago; la empalagosa excitación que lo aborda es suficiente por ahora. Piensa en ese cuerpo, en cómo se zarandea por la calle, los pechos duros que estallan, las nalgas perfectas, el deseo y la rabia le queman la garganta. Ella es mala, la ha visto coquetear desvergonzada, ni los niños escapan a su descaro. Se baja, coge las herramientas y una caja de cartón.


Santa María 858

En el 858 de Santa María, toca el timbre. Ella no quiere abrir pero la insistencia la obliga a salir desde su sopor. Se seca apurada y calza una bata blanca que acaricia su figura. —Vengo de la compañía telefónica. —Yo no he llamado a nadie. —Es para cambiarle el teléfono y le traigo la guía nueva. Duda pero este hombrecillo flácido y exiguo se le antoja inofensivo; ahí está el teléfono –le dice. El hombre exhibe destreza: desde una caja coge el teléfono reluciente, cambia el cable y la cajita distribuidora, verifica el tono y deja la guía nueva debajo. —Estamos listos dulzura. Guarda sus herramientas y se encamina curioso, indeciso, hacia la puerta. Ella lo ha estado observando atenta y lo detiene con su voz ronca; que espere un segundo, que va por una propina. —No es necesario, encanto. —Te quiero dar esa propina; hoy día, encontrar a alguien que haga su trabajo rápido y bien, es muy raro. Se dirige a su habitación y abre la cartera. Apresurado deja caer la caja de herramientas y siente la erección. Se imagina arrancándole la bata, tirándole el pelo mientras ella suplica. Cuando vuelve al living la está esperando y se abalanza, los ojillos vivaces, el cuchillo en ristre. Pero ella lo derriba de dos certeros balazos en el pecho. Más tarde el cadáver está cubierto con una lona verde, los detectives toman huellas y fotografías. Ella sentada en la cama fumando, acaricia su placa. —¿Cómo supo que era él, Silva? —Lo reconocí por el olor, estuvo acechándome por varios días, tenía aroma a libro nuevo, a la tinta de una guía de teléfonos. —Pues efectivamente trabajaba en la Compañía de Teléfonos. Allanamos su casa, queda sólo a tres cuadras, encontramos pruebas y fotos de todas las víctimas. —Voy a extrañar este barrio, es apacible y tiene buenos vecinos, con la excepción del occiso, por supuesto. —¿Oiga, detective Silva, y por qué no se queda a vivir en este departamento? —Muy caro para mí. Además quiero volver al centro a mi trabajo habitual, estoy aburrida de esta operación encubierta y de andar haciendo de mina.

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Tiro de gracia AUTOR: MAURICIO GONZÁLEZ

Necesito contarle a alguien lo que está pasando. Y bueno, aparentemente, solo cuento contigo ahora… Le estoy apuntando. Respiro muy lentamente, procurando que nada vaya a romper el silencio imperante. Él está sentado sobre el borde de la cama, abriendo una pequeña cartera de cuero. Piensa que está solo, libre de peligro en aquella habitación enorme y con las luces apagadas, inundada por la oscuridad de la noche. No es así. Le estoy apuntando. Puedo deducir que ha empezado a llover, pues con los sentidos tan agudizados, logro oír de forma casi estruendosa las gotas que progresivamente comienzan a golpear la ventana escondida tras un elegante visillo.


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Veo que saca una cuchara doblada de la cartera y comienza a hacer hervir el polvo en ella, con un encendedor. Al rato, extrae el contenido con una jeringa. Sigo apuntando desde las sombras. Ambos observamos cómo una gota recorre rápida pero sutilmente el filo de la aguja. En situaciones tan tensas, cada fracción de segundo parece en realidad un par de horas. Y en mi situación actual, a metros de uno de los hombres más buscados por la pdi, en esas aparentes horas no puedo hacer más ni menos que pensar mucho, pues debo evitar que un impulso me lleve a tomar la determinación equivocada. Es estresante, al extremo de que mi propio cuerpo me induce a respirar agitadamente, a permitirle un leve temblor a mis manos… pero debo esforzarme por contenerlo. No es momento para errores. Hay veces en que el estrés parece tener el propósito de volar tu cabeza en mil pedazos, a toda costa. Al final de una semana para el olvido, por ejemplo. No me digas que no entiendes de lo que hablo; estoy seguro de que todos hemos tenido una semana de aquellas. En lo que nos diferenciamos, quizás, es en la forma de lidiar con el estrés, la manera en que obtenemos cierto grado de relajación que nos permita seguir en lo nuestro. Algunos se ‘liberan’ por medio del arte. Ya sabes, dibujan, pintan, hacen música. Otros, como mi padre, cocinan. Hay quienes expulsan las tensiones en actividades tan variadas como trotar, ir al gimnasio, aprender algún arte marcial, hacer yoga, salir a bailar o tener sexo. Otros disfrutan de una buena copa de vino y un libro. Están también los que dejan de lado el libro, y rellenan ese espacio con más vino. No hay que olvidar a los que necesitan dosis de nicotina abriéndose paso por sus pulmones, y los que están dispuestos a sentir cierto ardor en la garganta a cambio de lo que yo llamo “la sensación verde”. Y están los que, como el hombre sentado en el borde de la cama, deciden ir más allá e inyectarse el relajo directo a la sangre. Sigo apuntándole, oculto en la misma habitación que él. A momentos dudo. ¿En realidad he pasado inadvertido, o está jugando conmigo? Tal vez solo esté actuando, haciéndome sentir que no es consciente de


Tiro de gracia

mi presencia allí, para luego sorprenderme y acribillarme como suelen hacer los de su tipo con los policías. La imagen de mi familia pasa fugaz por mi mente. Con tipos de esta calaña nunca se sabe. El sujeto en cuestión es alguien dispuesto a vender drogas a menores para asegurar su negocio ilícito, una persona capaz de disparar sin piedad ni remordimiento a las personas. Como el disparo a quemarropa que le descargó a mi compañero hace una semana. Más que un compañero, un amigo, que fue hecho mártir ante mis ojos por el acto infame y cobarde del hombre que ahora está en la mira de mi arma. Mi amigo no quería honores, solo quería vivir más tiempo para estar con sus seres queridos. Al recordar el llanto de su esposa y la confusión de sus hijos cuando debí darles la mala noticia, al evocar el caos interno que provoca la frialdad de la muerte cual terremoto y sus no pocas réplicas, como la que estoy sintiendo ahora… es entonces cuando lo apunto con más determinación. Yo soy de aquellos que para relajarse, disparan. Visito en forma frecuente los campos de tiro que quedan en las afueras de la ciudad. Es sencillo y rápido. Tan fácil como tomar bien el arma, apuntar y apretar el gatillo. Listo, adiós estrés. Mi amigo solía decir que no había visto en la pdi a otro con mayor dominio del arma que yo, en cuanto de balazos certeros se trate. Y aquí sigo, apuntando al responsable de su muerte, directo a la cabeza. “…Sostengamos flamante la sublime bandera de justicia y de verdad…” Justicia… ¡Dios! Es tan simple como ejercer un poco más de presión con el índice y listo, fin de la historia para el narcotraficante más buscado de la zona. Justicia para aquellos que, por el egoísmo de este hombre, vieron destruidas sus familias y proyectos, o incluso perdieron la vida en forma trágica. Cuando estoy a punto de apretar el gatillo, otra parte de mi se niega, y me insta a apuntar una zona no letal. “Eso no es justicia”, me dice. “Es venganza, y no estás aquí por eso.”

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Desde pequeño quise ser como esos superhéroes de las historietas, un paladín incansable que combatiera el crimen y la injusticia y mantuviese a salvo a los inocentes. Al crecer, me di cuenta de que no iba a adquirir superpoderes ni nada por el estilo y debo admitir que me desanimé bastante. Pero tiempo después, el crimen tocó la puerta de mi casa. Me sentí vulnerable, impotente y angustiado. Cuando llegó la pdi, un oficial se me acercó, y gentilmente me dijo, entre mi desconsolado llanto, que no tuviera miedo, que todo estaría bien. Y al cabo de un mes, el oficial volvió a mi casa, y comunicó que habían atrapado al miserable. Mi familia lloraba de emoción, y pude darme cuenta de que, si bien todos sabían que no se podía revertir lo ocurrido, al menos se sentían más seguros ahora. Gente inocente, feliz porque se haría justicia. Fue ahí cuando comprendí que aún podía proteger a los inocentes. Ese oficial lo hacía, todos los días. Y como todo héroe, hacía grandes sacrificios personales y se enfrentaba a un enemigo tras otro para mantener a la gente a salvo. “No querías ser el criminal. Recuérdalo.” Héroe. Criminal. ¿Polos opuestos, o conceptos subjetivos? En estos momentos, estoy a un movimiento de ser lo uno o lo otro. Sé que debo decidir, y pronto. Llueve con fuerza y el viento se impone aterrando a todos los que escuchan el temporal. Cualquiera podría prever que en un par de minutos comenzarán los truenos y los relámpagos, lo que genera la perfecta oportunidad para dispararle a alguien y escapar, pasando inadvertido. Sin embargo, soy detective de la pdi y sé cómo son las cosas en esta institución. Por eso sé que si le vuelo los sesos, mis compañeros serán capaces de encontrar todas las pistas que los lleven hacia mí y me pondrán bajo arresto, porque un asesinato es un asesinato, sea quien sea la víctima. Suena el primer trueno. ¿Qué hago? ¿Me preguntas si soy capaz de distinguir lo sensato de lo insensato? Sí, lo soy. Pero no eres tú quien


Tiro de gracia

tiene el arma en este momento ideal para un disparo imperceptible al responsable de incontables actos verdaderamente perversos y que no tiene intención de dejar de hacerlos. ¿Qué si quise convertirme en criminal desde pequeño? No, quería ser un superhéroe. Insisto, no eres tú quien se encuentra sometido a esta tormentosa circunstancia, no sabes cómo se siente la colisión de tantos pensamientos fugaces y opuestos en tu interior. Tanta presión podría confundir los valores y deseos de cualquiera. Podría hacerte cometer una locura… Los minutos que parecen horas siguen pasando, y yo continúo apuntándolo. Sé que no lograré mantener esto por más tiempo, así es que tomo mi decisión. Pienso en la gente que quiero, y también en ti, aún sin conocerte. Empuño con fuerza el arma en mis manos… —¡POLICÍA! ¡AL SUELO! Todo pasa muy rápido. El villano hace lo que le ordeno y, una vez que le pongo las esposas, respiro profundamente. Me reconforto pensando que decidí bien. Esto es un ‘tiro de gracia’ al crimen y la injusticia, aún sin jalar el gatillo. Porque disparar un arma es sencillo, pero está lejos de ser algo simple. O al menos, no para los héroes.

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Tríptico del Vampiro AUTOR: FELIPE ORELLANA

Necesitábamos una hebra por donde partir. Desenredar la madeja de esos casos que, al menos yo, no lograba entender. La primera víctima fue un obrero haitiano. Lo encontraron entre los escombros de una construcción en la comuna de Recoleta. La segunda, una prostituta colombiana; la hallaron en las calles de Renca. Ambos eran inmigrantes ilegales; tenían, cada uno, una herida en el empeine que atravesaba el pie, y unos extraños agujeros en el cuello. Estaban secos. Algo les había quitado toda la sangre. Una semana y dos muertos. Mónica y yo íbamos por el tercero: la hebra. Ella manejaba la camioneta con la insignia de la pdi grabada en el capó. Se parecen un poco el vehículo y ella: las dos gigantes, las dos blancas, toscas y gordas. Quizás un poco brutas. En cambio yo parezco un Sedán. Soy un ciudadano promedio: bajo, entrado en carnes y de piel morena. Mónica seguía fijo por la calle Independencia. El verano se negaba a terminar en la zona norte de Santiago. Los restoranes de comida china aparecían en secuencia, al igual que los quioscos a punto del derrumbe. En las paredes había grafitis ilegibles, algunas esvásticas y mensajes del tipo “La raza prevalece” o “Por la pureza de la sangre”, firmados por Los 88. Miré a Mónica. Llevaba un brazo fuera de la ventanilla e iba con la vista fija en el camino como si la ciudad fuese un río y se estuviese ahogando en él. —¿Te acuerdas cuando agarramos al Flaco Miranda? –dije para romper el hielo. —Flaco Miranda, Flaco Miranda, Flaco Miranda… ¿Cómo era? –dijo Mónica– Flaco, ¿no? —Da igual. Al allanarle la casa lo encontramos durmiendo con una gitana. Mientras los subíamos al furgón, ella me miró, me escupió en la cara y gritó algo que no pude entender.


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—¿Y? —¿Cómo que “Y”? ¡Me echó una maldición! Al otro día amanecí vomitando hasta el alma. —No entiendo para dónde vas. —Es que, según mi punto de vista, hay cosas que no podemos explicar, como el mal que me echó esa gitana, los ovnis, el horóscopo, este caso, un vampiro. —Ya empezaste con lo mismo; los vampiros no existen. Aparte, esa vez te deben haber caído mal esas cochinadas que compras en los carros. —¿Qué tiene que ver el pollo frito? Tú que comes esas porquerías que preparan los peruanos… —¿Por qué siempre sacas a los peruanos? ¿No te gustan? —¿Los peruanos? No es que no me gusten: no me gustan los extranjeros en general –Es diferente, dijo, y estacionó la camioneta. Al lado del Hipódromo Chile, esa imponente construcción blanco mármol con olor a orina en cada rincón, se hallaba la escena del crimen, cercada por cintas de advertencia y rodeada de carabineros y peritos. El cuerpo estaba tapado por una lona azul afirmada con una roca en cada esquina. Un auto pasó veloz tirando algo de viento. La lona se levantó y dejó ver un pie desnudo. La víctima tenía las mismas características que las anteriores. Nos explicaron que era de nacionalidad peruana. Atendía, con su esposa y hermano, un carro de papas fritas en esa misma calle. Tenía un hijo de once años. Ellos nos dijeron, llorando, que no sabían nada, que no tenía ningún enemigo. La esposa y el hermano hablaban con acento. El hijo no. —¿Qué tienen en común todas las víctimas? –dijo Mónica al despachar a los familiares. —¿Es una pregunta? Porque sabes que nunca te sigo, le respondí. —Son todos extranjeros. —Sí, si lo noté. ¿Eso te complica? Por lo que comentaste antes, digo. —Una cosa es lo que yo piense y otra es nuestro trabajo. —Entonces, ¿es un vampiro racista, o algo así? —¡No hay ningún vampiro! Debe ser alguien o un grupo. Recordé los mensajes que leí en las paredes y se lo comenté. Hicimos algunas averiguaciones. Los 88 era una banda neonazi de la zona norte.


Tríptico del vampiro

No tenían antecedentes de violencia. El nombre, según mi compañera, era un cifrado. La octava letra del alfabeto repetida, HH: Heil Hitler. Cuando le pregunté qué significaban esas palabras en francés, me volteó la cara con desaprobación. La guarida del grupo era una casa de madera que se llenaba con un sillón viejo, una par de sillas y una biblioteca con cinco libros. A pesar de llamarse Los 88, los integrantes eran menos de diez. Al vernos, se asustaron e intentaron huir. Mónica agarró del cuello a uno que casi lo logra. –¡No tenemos ninguna planta, tía! –gritaba, nervioso. Lo dejó suelto, hizo que todos se sentarán en un círculo y les explicó la situación. Había un par de cabezas rapadas. El resto eran adolescentes llenos de espinillas calzando botas militares. Ninguno parecía capaz de matar. —En realidad, nosotros no validamos la violencia física; esperamos algún día conformarnos como partido político y lograr medidas antiinmigración para nuestro país –lanzó uno de los cabeza rapada. El resto lo miró sin entender. —Pero de seguro saben algo –dijo Mónica. Uno habló: —No sé si sirva, pero hace un año, cuando empezamos este grupo, pusimos avisos en la calle y en Internet. Pedíamos que si querían inscribirse nos mandaran un correo electrónico con su nombre, edad, dirección, etc. No tuvo mucha convocatoria y llegaron bastantes amenazas. Pero un tipo vino a vernos una noche y llamó mi atención. Era alto, pálido y usaba el pelo hacia atrás con exceso de gel. Parecía alemán de película muda. Bueno, nos contó su idea; salir por las noches a matar “ganado”, según sus palabras. Dijo que los cuerpos se los dejáramos a él, que sabía como sacarles un beneficio. Nunca nos comunicamos de vuelta. Parecía muy radical. —¿Tienen cómo contactarlo? –preguntó Mónica. —Podríamos revisar los correos electrónicos. —¿Se demorarán mucho? —La verdad, no; llegaron unos diez solamente –dijo el muchacho, algo avergonzado. Mientras buscaban la información, miré el crucifijo de unos veinte centímetros de largo clavado en una pared. —¿Por qué tienen esto si Jesús era judío? –pregunté.

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—No sé –me respondió uno de lentes–, esta casa es de mi tía. Nos la presta para que hagamos nuestras reuniones. (No sé por qué, pero mientras todos estaban distraídos lo saqué y guardé en el bolsillo de mi chaqueta). A los diez minutos íbamos en busca del vampiro. Su nombre era Tobías Silva. Vivía en un block de departamentos en Conchalí. Llegamos de noche. En el lugar había unos siete edificios de cuatro pisos, rodeados por un terreno baldío del porte de una cancha de fútbol. De hecho, había un arco sin red en cada extremo. Unas personas se calentaban en una fogata improvisada. De un auto abierto salían cumbias argentinas. Se quedaron mirándonos y al vernos subir las escaleras, volvieron a lo suyo. Golpeamos la puerta. Nada. Después de una discusión, forzamos la chapa y entramos. El lugar estaba oscuro y olía a sudor. Busqué a tientas un interruptor y lo accioné. Se encendió una ampolleta pintada de rojo que le dio al lugar una atmósfera somnolienta, como la de un estudio de revelado. Las ventanas estaban tapiadas. En el centro de la pequeña habitación había un ataúd abierto. Al verlo se me erizaron los pelos del brazo. Alrededor se mezclaban muebles de segunda mano, artículos de cocina, un refrigerador y algunas herramientas. No veía a Mónica, estaba fuera de mi vista. Abrí el refrigerador. Estaba lleno de botellas plásticas con un líquido color vino: sangre. —No vas a creer lo que acabo de encontrar –dije en voz alta. —Tú no me vas a creer –escuché la voz de mi compañera desde atrás de una puerta que no había notado. Era un baño. La taza estaba rota, el lavamanos goteaba y el piso estaba manchado con todo tipo de fluidos. Pero eso no era lo sorprendente: dos ganchos carniceros pendían clavados al techo y la tina estaba llena hasta la mitad con sangre. No fue difícil suponer el método; el vampiro colgaba a sus víctimas de los pies en esos ganchos, les perforaba el cuello y dejaba que se desangraran hasta llenar la tina. Luego llenaba las botellas y las acumulaba en su congelador. Mónica llamó refuerzos desde su teléfono móvil. —Tenemos al vamp… al asesino –dijo. Cortó antes de que la puerta de entrada se abriera. Alcancé a entrecerrar la del baño y acomodarme en una posición cómoda para observar. Un tipo, tal cual el de la descripción de los


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neonazis, caminaba raudamente en dirección al refrigerador. No reparó en la luz encendida. Sacó una botella y se la acabó en menos de un minuto. Antes de que abriera la segunda, Mónica me empujó, abrió la puerta y se quedó apuntándolo con su arma. El tipo no habló. Miró nuestras insignias y nos lanzó la botella. Luego se arrojó contra el cuello de mi compañera y la botó. Lo alcancé a frenar de un golpe en el rostro. Me quedó doliendo la mano, su cara era puro hueso. Al escuchar las sirenas aproximándose, el tipo se levantó y salió hecho un relámpago. Ayudé a mi compañera a levantarse y partimos. Desde la escalera vimos los furgones de la pdi estacionarse en el peladero. Las personas de la fogata nos miraron y apuntaron hacia arriba. Seguimos ese camino. Encontramos al vampiro en la azotea. Miraba el baldío, de espaldas a nosotros, como si contemplara su reino. Se volteó. —¿Por qué me siguen? No le he hecho daño a nadie, dijo. Tenía los dientes afilados y blanquísimos. —¿Y las tres personas que mataste? –dijo Mónica, apuntándolo con su arma. —Esos tres no eran personas, eran ganado, dijo el vampiro. —Este tipo está más loco de lo que creía. —No sacan nada con apuntarme. Podría salir volando desde este techo en cualquier momento, si quisiera –dijo y caminó hasta el borde. Seguimos sus pasos en una rítmica danza. Busqué mi arma en la pechera, pero mi mano rozó un bulto en mis bolsillos; era la cruz que había robado. Sin pensarlo, la saqué y la expuse ante el vampiro. Él retrocedió un par de pasos con una expresión de horror en el rostro y sentimos su grito al caer, el choque con el suelo y los gemidos posteriores. —¿Qué hiciste, idiota? –me gritó Mónica. —Solo quería atraparlo –respondí. Mi compañera se apresuró a bajar por las escaleras. Yo seguí en el techo un tiempo más. Escuchaba el rumor del resto de los efectivos y la luz azul de las sirenas llegaba desde abajo como una estroboscópica. Me acerqué al borde del techo. Necesitaba saber si el vampiro seguía ahí o se había echado a volar.

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Una larga reunión AUTOR: CÉSAR VALDEBENITO

Hace tres años nos habían exonerado de la institución. En un operativo antidrogas habíamos tenido que defendernos de una turba de pobladores. La situación se nos había escapado de las manos y en el frenesí, las cuatro nos habíamos abalanzado contra la turba y terminamos reduciendo a un muchacho. Habíamos sido preparadas para aquellos operativos. Habíamos sido preparadas de verdad. Las cuatro forcejeamos con el muchacho, lo empujamos, lo arrastramos y una de nosotras, no sabíamos quién, en una acto fortuito carente de mala intención, le había reventado el ojo de un golpe. Teníamos claro que ninguna le había querido hacer verdadero daño, pero la realidad es que así había sido. Todo se fue complicando. La institución fue demandada por la familia y nosotras, dadas de baja. No entendíamos como las cosas habían llegado hasta ese punto. Desde entonces nos juntábamos a beber en un local de la calle Maipú. En nuestras primeras reuniones, hablábamos con esmero del asunto, pero después de unas copas intentábamos conversar de otras cosas. Katy (franca y robusta), decía que debería haberse alistado en el ejército, habría estado en mejor posición para enfrentar estas situaciones. Marcela (cándida


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y encantadora) argumentaba, sin mucho entusiasmo, que en vez de postular a la pdi debería haberse instalado con un almacén que su padre le había ofrecido por entonces, y explicaba: “No sé si es un problema, pero tenía miedo de arriesgarme en los negocios”. Entonces, decía: “Mi hermano vio nuestras fotos en el noticiero de la noche”. E inmediatamente: “No, no: olviden lo que he dicho, por favor olvídenlo”. Sus ojos brincaban de un lado a otro de las mesas del bar. Alicia (dientes de conejo, vivaz, habladora) añadía que no entendía cómo había perdido la oportunidad de haberse ido con su primer novio a Coquimbo, esa ciudad tranquila y pujante, y concluía: “Una vida malgastada, ¿cierto? Vaya, vaya, vaya…”, pero se estaba burlando de sí misma al decir aquello, porque era algo muy dramático. También cuando tarareaba una canción, tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer del instante. Por mi parte (pecosa, pechos planos y enorme boca), les contaba que mi departamento parecía un basurero y, por lo mismo, no lograba encontrar un hombre que me tomara un poco en serio. Si una mujer dice que no la toman en serio, ya está perdida, es fatal (ya es intrascendente si la toman o no la toman en serio). Entonces, me largaba a conversarles sobre mis amores adolescentes, problemas económicos, proyectos y rencor acumulado. Cuando yo ahondaba en eso, una de ellas me ponía su mano sobre el hombro para consolarme de manera amable, casi seductora. O, a veces, Marcela (su voz me resultaba tan agradable y familiar) abría la boca para preguntarme qué significaba ese disparate. Sin embargo, nos dábamos cuenta de que detrás de todas aquellas reuniones, rondaba el fantasma del muchacho. Pasados los meses, esas conversaciones fueron disminuyendo y terminábamos hablando de muy pocas cosas. Nos quedábamos mirándonos a los ojos o bostezábamos, o alguien hacía alguna mueca de cansancio, o hacía algún comentario sobre una nueva serie televisiva. Incluso en esos casos, existía entre nosotras una especie de silencio pesado y palpable. Torpes piedras y rocas de silencio. Como criaturas submarinas desprovistas de visión nos movíamos en una íntima proximidad y éramos muy conscientes, cada una, de la presencia de las otras y a veces parecía que nos comunicábamos mediante gestos. Quizás, entre todas había empezado a germinar una inexorable cuota de desidia hacia el mundo que nos rodeaba.


Una larga reunión

Continuamente nos preguntábamos quién comenzó todo aquello y quién lo terminó; quién podría haber dado el golpe y cada vez que nos poníamos de acuerdo en alguna cosa, surgía otra que la contradecía. En ocasiones, una de nosotras cambiaba de enfoque contradiciendo su primera versión, lo que hacía cambiar la versión a otra y así sucesivamente. Al final, estábamos tan agotadas que sencillamente oíamos la música, sin decir nada. Si entraba alguien al local, mirábamos hacia la puerta. De vez en cuando pasaba un automóvil por la calle y alguna levantaba la vista, y se quedaba esperando. Después de un año de reuniones, yo parecía una mujer rota y cobarde. Alicia decía que se sentía casi castrada. Marcela, aunque no manifestaba nada, parecía que las ratas le habían devorado la conciencia, y cuando una de nosotras se lo decía, no lo negaba. Katy había tenido que luchar para salvarse y salvar a su familia, estaba cansada y afirmaba que poco a poco había tenido que traicionar todos sus valores para seguir bregando. Pero cada fin de semana nos juntábamos en aquel local como si fuera nuestro nuevo cuartel. Supongo que aquellas reuniones nos daban algo de esperanza y de aliento para seguir adelante. Hablábamos sobre el muchacho y de las noticias que aparecían sobre él en la prensa: “Violencia innecesaria” o “Querella por 200 millones de pesos” o “Diputado acompaña a víctima e inicia nuevas acciones legales”. Y, de vez en cuando, alguna de nosotras aseveraba: “Aún podríamos haber hecho cosas peores si la oportunidad se hubiese presentado”. A lo que nadie respondía y, aunque hubiéramos querido responder, supongo, nadie lo habría sabido hacer. Quizás no estaba en nuestra conciencia responder. No lográbamos entender cómo las cosas se habían escapado de nuestras manos y cambiado definitivamente el rumbo de nuestras vidas. Sin embargo, así era. Alicia estaba cesante, Marcela se ganaba la vida de vendedora puerta a puerta, Katy realizaba las labores de su casa. Y yo (después de un año y medio) me había visto obligada a dejar el departamento y había vuelto a vivir con mis padres, pero todos los fines de semana seguíamos juntándonos. Bebíamos, nos desahogábamos y hacíamos algunas bromas. Durante los primeros meses nos costaba conciliar el sueño. Sin embargo, Marcela lo había logrado a punta de pastillas conseguidas

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en el mercado informal (el valor de la consulta con un siquiatra para obtener la receta superaba ampliamente su presupuesto, no podía permitírselo), y Katy hacía ejercicios diarios dos horas en el patio y luego continuaba con las labores de la casa. Al final estaba tan agotada que el cansancio no la dejaba pensar y eso lograba despejarla un poco. Yo me había acostumbrado a un leve insomnio y Alicia recobró el sueño después de unos meses. Aseguraba que no era un sueño profundo, pero al menos era un sueño. A veces entraba en una especie de somnolienta vigilia, la cual se mezclaba con una que otra pesadilla que rápidamente desaparecía. También explicaba que había logrado encontrar la posición perfecta para dormir con los brazos extendidos a ambos lados. Una noche en que volvíamos en el auto de Alicia, les confesé que no podía recordar lo sucedido las dos semanas siguientes a nuestra exoneración. Aunque no estaba inconsciente, hubiera deseado estarlo. Parecía lúcida pero decía un montón de tonterías (así me habían contado). Y les expliqué cómo había terminado todo aquello: “Una mañana me sentí despertar, ¿y saben lo primero que recordé?: El rostro del muchacho”. ¿Y lo primero que vi?: ¡La cara de un siquiatra!”. “¿Qué?”, dijo Marcela. “No, no puedo creerlo”, acotó Katy. Pues, es verdad, lo llevó un amigo para saber si estaba loca. Al abrir los ojos me encontré recostada en mi cama, con una camisa de fuerza, pero no sentía la camisa de fuerza, solo más tarde me di cuenta de ella. Yo no sabía lo que sucedía, no recordaba nada y aquel hombre me preguntó: “¿Quién es el director de Carabineros?” “¿Y a quién le importa?”, le respondí. Le di la espalda y desde ese momento, como por arte de magia, lo recordé todo. Fue algo terrorífico. El siquiatra se largó diciéndole a mi amigo que estaba más sana que un peral. Aquella noche fui incapaz de decirle una palabra a mi amigo. Tal sentimiento de pena, de emoción, de impotencia, surgió en mi corazón. Las semanas siguientes, en las comidas, me sentía tan avergonzada. Lloraba delante de él sin saber por qué. Creo que se cansó de verme así, quizás no pudo soportar mi comportamiento, no estoy segura. Un día dejó de venir a mi departamento y nunca lo volví a ver; ya no lloro tan a menudo. Cuando terminé de contarles esto, ya habíamos llegado a mi edificio y todas decidieron quedarse a dormir en mi living. Marcela se tiró en


Una larga reunión

un sofá cama; Katy, en un sofá normal y Alicia, la más parlanchina, sobre la alfombra. A medianoche, una de ellas entró a mi habitación y se metió en mi cama. No sabía cuál de las tres, ella no me lo dijo y yo no se lo pregunté. En la oscuridad hicimos el amor durante tres o cuatro horas, luego salió de mi habitación y yo me quedé dormida. Al otro día, ninguna de las cuatro comentó el hecho o dio indicios de que había pasado algo extraño. Sencillamente, nos despedimos como cualquier otro día. La última reunión terminó cuando dije algo que al parecer, a ellas les llamó la atención: ¿Saben? Lo que más me gusta es volar en avión. Hay un momento, cuando despegas, en que sientes que da igual lo que suceda. Fue algo muy simple, pero por alguna razón se quedaron mirándome. Como si no entendieran lo que había dicho o había querido decir. O quizás lo interpretaron de una forma de la que ni siquiera me he dado cuenta. La muerte abrupta e inesperada de Marcela nos unió como nada nos había unido hasta entonces. Falleció de una leucemia fulminante. Sabíamos que esa enfermedad suele venir por una pena a la cual uno no es capaz de sobreponerse y Marcela había confirmado esa regla. Esa muerte fue una fuente de dolor y de unión. Claro, la peor parte, las peores consecuencias las vivió la pobre Katy: a los meses se suicidó y dejó una carta en la que exponía sus razones. Nunca había logrado superar lo del muchacho, y el fallecimiento de Marcela había sido el detonante que había terminado por hundirla completamente. Entonces, Alicia y yo decidimos dejar de mencionar aquel lugar en nuestras largas conversaciones. Nuestras reuniones en otros lugares, ya fuera otros locales, parques, plazas, se volvieron más esporádicas, pero seguíamos comunicándonos asiduamente por email. Un día supimos de la sentencia de última instancia de los tribunales de justicia. Nosotras y nuestra antigua institución habíamos sido absueltas de todo cargo. Claro que eso ya no significaba nada para nosotras. Creo que si nos hubieran metido en la cárcel hubiéramos reído, pues hubiera sido casi un alivio para las dos. Después de todo lo que habíamos pasado, la cárcel o la total absolución significaban prácticamente lo mismo. En otras

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palabras, nos evitaba continuar con la incertidumbre y nos daba, por lo menos, una certeza ante la vida que nos habían quitado, un piso en el cual sustentarnos y, de algún modo, poder consolarnos. La misma noche en que nos enteramos de la noticia por la televisión, me junté con Alicia en el local en que habíamos visto por última vez a Marcela y a Katy, en aquellas reuniones ceremoniosas. Era un día de viento; el sol salía detrás de las nubes y luego llegaba un chaparrón y lo ocultaba. Entramos al local con un aire muy misterioso y confiado. Pedimos la mejor botella de vino para brindar por ellas dos, como si estuviéramos iniciando un ritual purificador. Fue nuestra última reunión allí. Quizás aquello marcaba el final de algo y el principio de otra cosa. Desde entonces, nunca más hemos vuelto a disfrutar de la nostalgia de aquel sitio. Ni siquiera sé si seguirá abriendo sus puertas cada noche y tampoco me interesa averiguarlo. Traer a la memoria el mismo lugar donde recapitulamos el ciclo del desastre sería tan escalofriante como ver una ejecución en la silla eléctrica. Al final de la velada el futuro debería haber estado pintado de esperanza, sin embargo, en un instante, tuve frío y me sentí desgraciada y vacía.


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