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GORDON B. HINCKLEY PENSAMIENTOS Y MENSAJES INSPIRADORES

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GORDON B. HINCKLEY (1910 - 2008) EL LEGADO DE UN LIDER El Presidente Gordon B. Hinckley falleció cerca de las siete de la noche del domingo 27 de Enero en su departamento en Salt Lake mientras estaba acompañado de su familia. Tenía 97 años de edad y era el 15avo. presidente de la Iglesia. El presidente Gordon B. Hinckley nació en Salt Lake el 23 de Junio de 1910. Se graduó de la Universidad de Utah y sirvió una misión en Gran Bretaña. Después que regresó de su misión se dedicó al servicio en la Iglesia. Fue el pionero en la organización del Departamento de Relaciones Públicas de la Iglesia y fue empleado en la Iglesia como el secretario ejecutivo del Comité de la Iglesia de Radio, Publicidad y Literatura. En 1961 fue llamado como Apóstol. El 12 de marzo de 1995, fue nombrado como Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos días, despues de haber servido como consejero de la presidencia de la Iglesia para el Presidente Kimball, Benson y Hunter. El Presidente Hinclkey ha dirigido el programa más intenso de construcción de templos en la historia de la Iglesia en un esfuerzo de extender las bendiciones de los templos a más miembros de la Iglesia, durante doce años de expansión global.

El tiempo ha llegado de elevarnos un poco más. De elevar nuestros ojo y dirigir nuestras mentes hacia una mejor comprensión y entendimiento de la gran misión milenaria de esta, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Gordon B. Hinckley.

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INDICE 004 - PENSAMIENTOS INSPIRADORES. 015 - LOS PILARES DE LA VERDAD 019 - LA ESENCIA DE ESTA OBRA 023 - Y SE MULTIPLICARÁ LA PAZ DE TUS HIJOS 027 - CREO EN ESTOS TRES. 031 - SIGAMOS UN CURSO FIRME. 035 - MADRE, TU MÁS GRANDE DESAFÍO. 039 - A LOS JÓVENES Y A LOS HOMBRES. 043 - CAMINANDO A LA LUZ DEL SEÑOR. 047 - LOS JUEGOS DE AZAR. 051 - TENDER LA MANO PARA AYUDAR A LOS DEMÁS. 055 - EL SÍMBOLO DE NUESTRA FE. 058 - ¿CÓMO PUEDO CONVERTIRME EN LA MUJER EN QUIEN SUEÑO? 062 - A LOS HOMBRES DEL SACERDOCIO. 066 - VENZAMOS A LOS GOLIATS DE NUESTRA VIDA. 069 - UN MAL TRÁGICO ENTRE NOSOTROS. 072 - LA DIGNIDAD PERSONAL PARA EJERCER EL SACERDOCIO. 076 - ¿QUÉ PREGUNTA LA GENTE ACERCA DE NOSOTROS? 080 - POR QUÉ HACEMOS ALGUNAS DE LAS COSAS QUE HACEMOS. 083 - EN EL CENIT DE LOS TIEMPOS. 087 - "NO ESTÁ AQUÍ, SINO QUE HA RESUCITADO" 090 - MI TESTIMONIO. 094 - LOS PASTORES DEL REBAÑO. 097 - YA ROMPE EL ALBA. 101 - UN ESTANDARTE A LAS NACIONES Y UNA LUZ AL MUNDO. 104 - SEAN DIGNOS DE LA JOVEN CON LA CUAL SE VAN A CASAR ALGÚN DÍA. 108 - LA GUERRA Y LA PAZ. 111 - EL PRESIDENTE DE ESTACA. 115 - EL MARAVILLOSO FUNDAMENTO DE NUESTRA FE. 118 - LOS TIEMPOS EN LOS QUE VIVIMOS. 122 - LAS COSAS GRANDES QUE DIOS HA REVELADO. 125 - TUVE HAMBRE, Y ME DISTEIS DE COMER” 128 - LAS MUJERES EN NUESTRA VIDA. 132 - LA NECESIDAD DE MÁS BONDAD. 135 - ENTRE LOS BRAZOS DE SU AMOR. 138 - EL TESTIMONIO 141 - “SI ESTÁIS PREPARADOS, NO TEMERÉIS” 145 - PERMANEZCAN EN EL SENDERO DE LA RECTITUD. 148 - LEALTAD. 151 - A LAS MUJERES DE LA IGLESIA. 154 - LOS PASTORES DE ISRAEL. 157 - EN OPOSICIÓN A LA MALDAD. 160 - CUATRO PIEDRAS ANGULARES DE FE. 163 - BUSCAD EL REINO DE DIOS. 166 - “MIRAD A VUESTROS PEQUEÑITOS” 169 - SI QUISIEREIS Y OYEREIS. (Elder) 172 - “SI JEHOVÁ NO EDIFICARE LA CASA. . ." (Elder) 175 - JOSÉ SMITH: PROFETA DE DIOS, SIERVO PODEROSO. 178 - EL MATRIMONIO QUE PERDURA. 181 - LA PIEDRA CORTADA DEL MONTE. 184 - UN TESTIMONIO VIBRANTE Y VERDADERO. 2


186 189 192 194 197 201 203 206 208 211 213 215 218 219 221 224 227 229 231 233 234 236 238 239 241 242 244 246 247 247 248 249 250 254 257 -

POR FE ANDAMOS. LA IGLESIA AVANZA. LA FE QUE MUEVE MONTAÑAS. EL VIVIR DE ACUERDO CON NUESTRAS CONVICCIONES. EL PERDÓN. “¡LEVANTAOS, HOMBRES DE DIOS!” TARDOS PARA AIRARSE. “ESTOY LIMPIO” MI TESTIMONIO A TODO EL MUNDO. LAS COSAS DE LAS QUE TENGO CONVICCIÓN DEJA QUE LA VIRTUD ENGALANE TUS PENSAMIENTOS INCESANTEMENTE. "¡OH, SI FUERA YO UN ÁNGEL Y SE ME CONCEDIERA EL DESEO DE MI CORAZÓN. . .!" LA NOCHE DE HOGAR PARA LA FAMILIA. EL VIVIR DURANTE EL CUMPLIMIENTO DE LOS TIEMPOS DE UNA GENERACIÓN A OTRA CON AMOR. (Elder) EL MILAGRO DE LA FE UN FULGOR PERFECTO DE ESPERANZA LA OBRA SIGUE ADELANTE. "PARA SIEMPRE DIOS ESTÉ CON VOS" LA CONDICIÓN EN LA QUE SE ENCUENTRA LA IGLESIA. UNA ÉPOCA DE NUEVOS COMIENZOS. UN TABERNÁCULO EN EL DESIERTO. MIRAMOS A CRISTO. NUEVOS TEMPLOS PARA PROPORCIONAR "LAS BENDICIONES SUPREMAS" DEL EVANGELIO. GRACIAS AL SEÑOR POR SUS BENDICIONES. VIVAMOS EL EVANGELIO MÁS PLENAMENTE. "UN CORAZÓN HUMILDE Y CONTRITO" DAMOS TESTIMONIO DE ÉL. LA FE ILUMINA EL CAMINO. EL SEGUIR A LA MAYORÍA. CADA UNO. . . UNA PERSONA MEJOR. NO TEMAS. NO CONTIENDAS CON LOS DEMÁS PERO SIGUE UN CURSO FIJO. (Elder) DE UNA GENERACIÓN A OTRA CON AMOR. (Elder) EL MATRIMONIO QUE PERDURA. (Elder)

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PENSAMIENTOS INSPIRADORES. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY. EL SALVADOR, JESUCRISTO. “Pertenecemos a esta grande y maravillosa organización que se halla establecida sobre principios que el Señor mismo decretó cuando caminó por los polvorientos senderos de Palestina, el Hijo de Dios que accedió a venir a la tierra y que nació en un humilde pesebre en Belén… El milagro de Su vida resulta imposible de describir; entregó esa vida por cada uno de nosotros en el Calvario en un acto de expiación mayor de lo que jamás podremos comprender. Únicamente Él derramó Su sangre por los pecados de los que nosotros somos culpables para que pudiéramos tener la oportunidad de arrepentirnos y de esperar el perdón” (reunión en el Centro Jerusalén, 21 de marzo de 1999). FE EN EL SEÑOR. “Fe en el Señor Jesucristo. Espero que no haya nadie aquí que no esté cultivando constantemente esa fe mediante la lectura de las Escrituras: el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, edificando así la fe que lleva en su corazón relativa al Hijo de Dios, nuestro Redentor y Señor” (reunión, Columbus, Ohio, E.U.A., 25 de abril de 1998). VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE. “Sé sin duda alguna que un día moriré en cuanto a lo que la vida en este mundo se refiere; pero tengo la plena certeza en mi corazón de que seguiré vivo, haciendo el bien y disfrutando de la asociación con mi amada compañera y mis hijos” (reunión, Guayaquil, Ecuador, 31 de julio de 1999). INMORTALIDAD. “Esta vida forma parte de la eternidad; es una fase de nuestra vida eterna. Al morir, proseguiremos con una vida activa, una que presenta retos y que tiene un propósito. La vida al otro lado del velo será de cierto modo parecida a la vida aquí. Si hemos llevado una vida limpia, decente y buena aquí, seguiremos teniendo ese mismo espíritu. Si hemos sido bribones, seguiremos teniendo ese mismo espíritu. Así lo creo. Creo en la eternidad de la vida. Tanto como cualquier otra de mis convicciones, creo que éste no es el final, que habrá otra vida, que seremos responsables ante Dios, nuestro Padre, y ante nuestro Señor Jesucristo, que tendremos una obra por delante y que en un determinado momento todos participaremos de la resurrección. Ésta es mi esperanza, mi fe y mi testimonio” (véase la entrevista con Ignacio Carrión, diario El País, 7 de noviembre de 1997). EL BAUTISMO POR LOS MUERTOS. “Cuando cumplan 12 años de edad, podrán ir a la casa del Señor y allí actuar como representantes de personas que han fallecido. Qué cosa tan maravillosa el que ustedes, jóvenes y jovencitas comunes y corrientes, puedan representar a un gran hombre o a una gran mujer que en un tiempo vivió sobre la tierra, pero que ahora se halla incapaz de progresar sin la bendición que ustedes pueden darle… No existe bendición mayor que puedan tener que la de hacer la obra vicaria por aquellos que han fallecido, prestándoles así un gran servicio. Suyo será el privilegio, la oportunidad y la responsabilidad de vivir siendo dignos de ir al templo del Señor y bautizarse allí por otra persona” (reunión, Guayaquil, Ecuador, 31 de julio de 1999). VIVAN DIGNOS DE UNA RECOMENDACIÓN PARA EL TEMPLO. “Vivan dignos de tener una recomendación para el templo. No existe nada más preciado que una recomendación para el templo… Ya sea que puedan ir a menudo o no, háganse merecedores de una 4


recomendación para el templo y guarden esa recomendación en el bolsillo. Les servirá de recordatorio de lo que se espera de ustedes como Santos de los Últimos Días” (reunión, Guam, 31 de enero de 2000). LA IGLESIA DE JESUCRISTO. “Somos una iglesia, una iglesia que lleva el nombre del Señor Jesucristo. Damos testimonio de Él e intentamos seguir Su ejemplo y Sus enseñanzas. Damos amor; ofrecemos paz; no buscamos derribar iglesia alguna, pues reconocemos las cosas buenas que hacen y hemos trabajado con ellas en muchas circunstancias, y seguiremos haciéndolo. Somos siervos del Señor y reconocemos que no podríamos lograr nada de lo que hacemos sin la ayuda del Todopoderoso. Confiamos en Él y lo consideramos nuestro Padre, nuestro Dios y nuestra ayuda constante conforme buscamos mejorar el mundo al efectuar un cambio en el corazón de las personas” (comentarios realizados ante el National Press Club, 8 de marzo de 2000). UNA FE APACIBLE Y SOLEMNE. “A medida que avancen en sus carreras y asuman responsabilidades de liderazgo, les ruego que sigan llevando en el corazón… una fe apacible y solemne, una fe que les sostenga durante toda tormenta y dificultad, y que traiga paz al corazón. “Espero que las lecciones de la segunda milla, del hijo pródigo, del buen samaritano y del Hijo de Dios, que dio Su vida en la gran ofrenda de la Expiación, sigan motivándoles” (reunión espiritual, ex alumnos de la Universidad Brigham Young, 12 de septiembre de 2000). SEAN AÚN MÁS JUSTOS. “Sean aún más justos, trabajen un poco más y valoren un poco más la maravillosa bendición que tienen de ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta afiliación traerá consigo un testimonio fuerte y conmovedor de la divinidad del Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Señor Jesucristo. “Ustedes y yo somos hijos e hijas de Dios con algo de la divinidad en nuestro interior. Seamos más rectos, hermanos y hermanas. Vivamos el Evangelio, mantengámonos ocupados en la Iglesia, aprendamos su doctrina, alimentémonos con sus enseñanzas, crezcamos en fe y diligencia ante el mundo” (reunión, Cairns, Australia, 26 de enero de 2000). EL EVANGELIO VERDADERO DE JESUCRISTO. “El Evangelio verdadero de Jesucristo jamás condujo a la intolerancia, al fariseísmo ni a la arrogancia. El Evangelio verdadero de Jesucristo conduce a la hermandad, la amistad, el aprecio por los demás, el respeto, la amabilidad y el amor” (reunión espiritual, ex alumnos de la Universidad Brigham Young, 12 de septiembre de 2000). YO SÉ QUE USTEDES SABEN. “Yo sé que ustedes saben que este Evangelio es verdadero. Tengo un testimonio de esta obra, pero de más importancia aún es que ustedes tengan un testimonio de esta obra. Creo que, tan cierto como que sé que es verdad, ustedes también saben que lo es. Creo que ustedes saben como yo sé, que Dios, nuestro Padre Eterno, vive. Sé que ustedes saben, como yo lo sé, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que vino a la tierra y tomó sobre Sí un cuerpo mortal y, en un gran sacrificio por todos nosotros, murió en la cruz del Calvario y se levantó al tercer día. Tan cierto como Él se levantó, nosotros nos levantaremos” (reunión, Bangkok, Tailandia, 13 de junio de 2000).

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DIOS LES BENDIGA. “Ruego que la luz de la fe tiemple por siempre sus corazones; que crezcan en fortaleza y habilidad con el paso de los años; que se esfuercen por prestar servicio a los demás como lo hizo el buen samaritano; que el servicio que presten sea fructífero para la vida de otras personas; que la oración forme parte de su diario vivir; que la lectura amplíe su conocimiento y aumente su comprensión; que sean verídicos y fieles unos con otros; y que los años venideros les proporcionen esa paz que sobrepasa todo entendimiento, la paz que emana del seguir los preceptos del Maestro” (reunión espiritual, ex alumnos de la Universidad Brigham Young, 12 de septiembre de 2000). UNA OBRA MARAVILLOSA Y UN PRODIGIO. “Qué maravilla y qué prodigio es [esta] obra... cuando uno piensa en todo el esfuerzo que se realiza en ella y en lo mucho que se espera de nosotros... Ésta es la Iglesia y el reino de Dios; es la obra por la que el Salvador dio Su vida. Servimos con Él en la gran obra del Padre de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre [véase Moisés 1:39]. Cuán importante y cuán glorioso es ver lo que está ocurriendo y verlo extenderse por la tierra” (reunión, Worcester, Massachusetts, 23 de marzo de 2002). LA ÚNICA IGLESIA VERDADERA. El Señor dijo que ésta es la única Iglesia verdadera y viviente sobre la faz de la tierra con la que Él está bien complacido [véase D. y C. 1:30]. No lo he dicho yo, sino Él. Se dijo al profeta José Smith que las demás sectas estaban en error [véase José Smith— Historia 1:19]. Ésas no son mis palabras, sino las del Señor; no obstante, son palabras duras para los fieles de otras religiones. No debemos aprovecharnos de ellas; tan sólo seamos amables, buenos y gentiles para con los demás, mostrando, a través de nuestro buen ejemplo, la gran verdad de aquello en lo que creemos, guiándolos hacia donde deseamos verles avanzar” (conferencia regional, Ogden Norte, Utah, 3 de mayo de 1998). EL MILAGRO DEL MORMONISMO. “¡Qué cosa más maravillosa es el Evangelio de Jesucristo para reformar la vida de la gente, convertirlas en mejores personas, ayudarlas a alcanzar su potencial y mirar hacia el cielo y hacer algo positivo de sus vidas! Ocurren milagros cuando la gente acepta el Evangelio. Vemos a personas que se hunden en sus hábitos indolentes, mas cuando el Evangelio entra en sus vidas, se despierta en ellas el deseo de empezar una nueva vida. Sucede algo verdaderamente maravilloso; yo lo llamo el milagro del mormonismo, esa maravillosa transformación que tiene lugar en la vida de las personas” (reunión, Boston, Massachusetts, 16 de octubre de 1998). LA IGLESIA AVANZA. “La Iglesia avanza. No ha habido en la historia de esta Iglesia un día en el que ésta haya avanzado con tanta vitalidad como sucede actualmente. Qué afortunados somos al formar parte de este gran movimiento que se extiende por toda la tierra para cambiar la vida de las personas, para hacer surgir en ellas el deseo de vivir mejor y de esforzarse, para concederles el conocimiento del plan de salvación y para ayudarles a reconocer el significado de la gran expiación del Salvador y para bendecir su vida dondequiera que estén” (conferencia regional, Houston, Texas, 19 de septiembre de 1998). CONTRIBUYAN AL BUEN NOMBRE DE LA IGLESIA Y HÓNRENLA. “Asegúrense de que todos sus hechos contribuyan al buen nombre de la Iglesia a la que pertenecen y que la honren, y el Señor les bendecirá y magnificará. No permitan que haya enemistad entre ustedes, sino tan sólo amor, sin tener en cuenta ni la raza ni las circunstancias. Amémonos unos a otros como el Señor desea que lo hagamos” (reunión, Nadi, Fiji, 21 de mayo de 2001). 6


ÉSTOS SON LOS DÍAS DE LA RESTAURACIÓN. “Pedro dijo: ‘...arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo’ (Hechos 3:19–21). Éstos son los días de la restitución; éstos son los días de la restauración de la que Pedro el Apóstol y Pablo hablan tan clara y enfáticamente en la Santa Biblia. Repito que ustedes y yo somos parte del cumplimiento de esa profecía, parte del plan divino del Dios del cielo, respecto a que habría una apostasía y que, necesariamente, debería producirse una restauración” (reunión, Hamilton, Ontario, Canadá, 8 de agosto de 1998). UNA FAMILIA GRANDE Y MARAVILLOSA. “Ustedes forman parte de una familia grande y maravillosa —cuyo número asciende a 11 millones de miembros esparcidos entre casi 160 países— que en el corazón abrigan una convicción grande y fuerte de la realidad de Dios, nuestro Padre Eterno, de la realidad del Señor Jesucristo, de la realidad del Espíritu Santo y de Su poder para influir en ustedes, del hecho de que Dios se ha movilizado de nuevo en esta dispensación para restaurar Su obra y llevar a cabo Sus propósitos eternos en ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, este periodo glorioso y magnífico de la historia de la tierra en el que ha reunido todas las cosasmaravillosas de todas las dispensaciones anteriores en ésta, la dispensación grande, final y definitiva del cumplimiento de los tiempos” (reunión, Nueva York, Nueva York, 24 de marzo de 2002). LA INFLUENCIA DE UNA GENERACIÓN. “Me asombra la calidad de loslíderes que se están formando,hombres y mujeres de fortaleza yaptitud; aprenden rápido; sondevotos y fieles; han llegado aser mejores esposos y padres,esposas y madres gracias a losprogramas de la Iglesia destinadosa fortalecer a la familia. Son un beneficio para la sociedad de la que forman parte, como también lo serán las generaciones que les sucedan. Ahí reside la belleza de esta obra. Cuando influimos en la vida de un hombre de esta generación, esa influencia se percibe en las generaciones que aún están por venir” (declaraciones hechas al National Press Club, Washington, D.C., 8 de marzo de 2000). LLAMADOS A SERVIR. “Somos gente común y corriente a la que el Señor va tomando, uno aquí, otro allá, y los llama como obispo, presidente de estaca, de misión, de templo o de lo que sea. Lo maravilloso es que esa persona se eleva a la altura de esa responsabilidad bajo la inspiración y el poder del Señor” (reunión, Richmond, Virginia, 14 de noviembre de 1998). SEAMOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. “Mis hermanos y hermanas, vivamos el Evangelio. Como esposos, tratemos con respeto, honor y dignidad a nuestras esposas. Como esposas, demostremos amor, amabilidad e interés en el bienestar de nuestros esposos. Como padres y madres, tratemos con respeto, amor y amabilidad a nuestros hijos, que son hijos e hijas de Dios. Y, como hijos, seamos obedientes a nuestros padres, siguiendo su consejo y deseando caminar por los senderos que ellos nos señalen. “Seamos fieles en el pago de los diezmos y las ofrendas. El Señor ha prometido que aquellos que paguen sus diezmos no serán quemados [véase D. y C. 64:23]...“Seamos más abiertos con nuestros vecinos, más amables, más corteses con los que nos rodean y que no son de nuestra fe. Seamos más útiles, 7


generosos y buenos. Seamos Santos de los Últimos Días en el verdadero y pleno sentido de la palabra” (conferencia regional, Payson, Utah, 16 de septiembre de 2001). ¿QUÉ ESPERA EL SEÑOR? “¿Qué espera el Señor de los Santos de los Últimos Días? ¿Qué espera que hagamos? Él espera que seamos buenos, que seamos buenos padres que aman a sus esposas, a sus hijos, que honran el sacerdocio, que son aún más justos y que caminan un poco más rectos por la vida, hombres buenos, fieles y magníficos... “Ustedes, mujeres, madres, sean buenas esposas. Apoyen a sus maridos, trátenlos con amabilidad... Ayúdenles en todo lo que hagan; sean buenas madres para sus hijos... edúquenlos con amor. “Y ustedes, hijos, consideren a sus padres como sus mejores amigos. Escuchen lo que les digan; hagan lo que les pidan, pues eso es lo que el Señor ha pedido a Su pueblo, que los niños sean criados en la luz, la verdad y el amor” (reunión, Nouméa, Nueva Caledonia, 17 de junio de 2000). LA GRAN CAUSA DEL SEÑOR. “La gran causa del Señor crece en fuerza, poder y capacidad por toda la tierra. Ustedes y yo formamos parte de ella. Ustedes tienen una responsabilidad tan importante en la esfera de su asignación como yo la tengo en la mía. Ninguno de nosotros puede permitirse el lujo de ser negligente. Todos debemos ponernos de pie y declarar la verdad. Caminen con fe y fidelidad. Obren bien, ayuden a los demás y glorifiquen la gran causa del Señor Jesucristo en estos últimos días” (charla fogonera, Sidney, Australia, 14 de mayo de 1997). CREAN EN DIOS. “Crean en Dios. Crean en Dios, el Eterno Padre. Él es el gran Gobernante del universo, pero también es nuestro Padre y nuestro Dios a quien podemos acudir en oración. Somos Sus hijos e hijas. ¿Alguna vez se han puesto a pensar en que de verdad son hijos de Dios y que en su interior hay algo de la divinidad? “Crean en Dios y no le sean infieles. Adórenle en espíritu y en verdad. Crean en Él. Lean Su palabra y sigan Sus enseñanzas. “Crean en Jesucristo… Él es el hijo de Dios que vino a la tierra, que dejó las cortes reales celestiales para venir y morar entre los hombres y dar Su vida por cada uno de nosotros, por ustedes y por mí. Por medio de Él podemos acercarnos al Padre. No sean incrédulos sino creyentes en el Señor Jesucristo, el Salvador y Redentor del mundo” (reunión, Moscú, Rusia, 10 de septiembre de 2002). UNA FE INEXTINGUIBLE. “Lleven en el corazón una fe inextinguible, un conocimiento seguro de los grandes e importantísimos aspectos del Evangelio de Jesucristo, del que ustedes forman parte —esta Iglesia y el reino de Dios— de que el Dios de los cielos y Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo, rasgaron el velo en esta [época] y se mostraron al profeta José Smith. “¿Es su fe firme al respecto? ¿Creen que Juan el Bautista vino? ¿Creen que Pedro, Santiago y Juan; y que Moisés, Elías y Elías el profeta vinieron y restauraron el sacerdocio y sus llaves para dar comienzo a esta gran dispensación? ¿Creen, después de todo, que aquí es donde reside la verdad? “¿Albergan en el corazón esa fe firme? De ser así, la carga será ligera, se lo prometo. Si no fuera así… hay una manera de conseguirla, como señaló el Salvador cuando dijo: ‘El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta’ (Juan 7:17)” (conferencia regional, American Fork, Utah, 24 de agosto de 2002). CULTIVEN LAS RELACIONES FAMILIARES. “No llevemos la clase de vida… de la que nos tengamos que lamentar… Al final no va a importar mucho cuánto dinero hayan ganado, el tipo de casa que tengan, el automóvil que posean ni cuánto dinero 8


tengan en su cuenta bancaria. Nada de eso importa. Lo que sí va a importar es esa preciada mujer que ha caminado a su lado como compañera suya durante todos estos años, así como los hijos, los nietos y los bisnietos, la fidelidad de ellos y la guía que buscan de ustedes… con respeto, amor, deferencia y bondad… “Después de todo, las relaciones familiares serán lo único que ustedes se llevarán… Que Dios nos bendiga para que seamos buenos padres… y buenos esposos para nuestras buenas esposas” (reunión, Pleasant Grove, Utah, 18 de enero de 2003). SEAN BUENAS MUJERES Y BUENAS MADRES. “Mujeres: sean buenas mujeres y buenas madres. Sean amables, corteses y generosas. Fortalezcan a sus hijos mediante su fe y testimonio, y edifíquenlos. Ayúdenles a sortear los problemas del mundo a medida que crezcan en esta época tan difícil. Apoyen, sostengan, respeten y bendigan a sus esposos con amor y ánimo, y el Señor las bendecirá. Aun si no son miembros de la Iglesia, bendíganlos con bondad y busquen la forma de ayudarlos de la mejor manera posible. Es probable que lleguen a ser miembros antes de morir. Puede que pase mucho tiempo y que tengan que poner mucho de su parte, pero si sucede así, sabrán que habrá valido la pena” (reunión, Filadelfia, Pensilvania, 25 de octubre de 2002). HONREN A SUS ESPOSAS. “Ustedes, hombres que poseen el sacerdocio de Dios, honren a sus esposas. Respétenlas; ellas son las madres de sus hijos. Después de todo, cuando esta vida llegue a su fin y prosigan adelante hacia la eternidad, no se llevarán ni cinco centavos de la riqueza que hayan reunido, ni siquiera cinco centavos. Sólo hay una cosa que se podrán llevar, y eso es su alma eterna y el amor y la compañía de su cónyuge. Vivan de tal modo que sean dignos de ello” (reunión, Kingston, Jamaica, 15 de mayo de 2002). MÁS AMOR EN NUESTROS HOGARES. “Me gustaría ver más amor en nuestros hogares… Ustedes que son padres y madres, atesoren los hijos que tienen. Demuéstrenles amor. Guíenlos… con amor… Si lo hacen, ellos seguirán su ejemplo. Les prometo que si lo hacen, llegará el momento en el que se sentirán tan agradecidos por ello que se arrodillarán y darán gracias al Señor por los preciados hijos que han tenido y que han crecido bajo su guía” (reunión, Puerto España, Trinidad, 20 de mayo de 2002). UN REAL SACERDOCIO. “Éste es el día que Pedro previó, cuando en la tierra habría un real sacerdocio al alcance de todo hombre que aceptara el Evangelio. “Mis queridos hermanos, ¿se dan cuenta de lo que tienen al poseer el sacerdocio de Dios? Pueden servir en el gobierno de la Iglesia, tener un cargo en ella. Pueden administrar sus asuntos. Pero tal vez aún más importante que eso, es que lleva consigo el poder y la autoridad para imponer las manos en la cabeza de su familia y bendecirla. ¿Saben de otro grupo en el mundo en el que el padre tenga el derecho, el privilegio y la oportunidad de poner sus manos sobre la cabeza de su esposa e hijos y bendecirlos en el nombre del Señor? ¡Qué privilegio tan invalorable! Y agrego… vivan de tal modo que sean dignos de esta gran bendición” (reunión, Kiev, Ucrania, 9 de septiembre de 2002). SEAN LEALES A LA IGLESIA. “Sean leales a la Iglesia. Tengo un testimonio de la veracidad de esta Iglesia, al igual que ustedes… Casi cada uno de los presentes puede ponerse de pie y decir: ‘Sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ésta es Su obra’… Nunca hagan nada que suponga algún tipo de deslealtad. Sostengan [a la Iglesia], apóyenla, oren por ella, trabajen en pos de ella y háganla avanzar… El futuro de la obra… descansa sobre ustedes. Necesitamos Santos de los Últimos Días que sean leales y fieles… 9


“Sean leales a la fe, sean leales a Dios, sean leales a Jesucristo y sean leales a la Iglesia de Jesucristo. Al hacerlo, serán leales a ustedes mismos” (reunión, Kingston, Jamaica, 15 de mayo de 2002). “Sean leales a esta Iglesia, mis hermanos y hermanas… Quiero expresarles mi testimonio de que las Autoridades Generales de esta Iglesia nunca les conducirán por el mal camino, sino por un sendero que los elevará si lo siguen con fe y fidelidad” (conferencia regional, Salt Lake City, Utah, 5 de mayo de 2002). SEAN FIELES Y VERÍDICOS. “Deseo decir a todos los miembros de la Iglesia, dondequiera que se encuentren: sean buenos. Sean buenos ciudadanos de sus comunidades, sean fieles y verídicos. Sean fieles a la maravillosa Iglesia de la que son parte. Cada uno de ustedes es importante, cada uno es un miembro de la gran hermandad de los Santos de los Últimos Días, cada uno es hijo o hija de nuestro Padre Celestial. Depositen su confianza en el Señor” (Japón, conferencia de estaca, transmisión por satélite, 6 de noviembre de 2004). LOS MATRIMONIOS MISIONEROS. “Contamos con unos 5.300 [hoy día 5.800] hombres y mujeres jubilados que prestan servicio de forma significativa como misioneros de la Iglesia en todo el mundo, un número que va en aumento. Sirven donde se les manda; sirven donde se los necesita. Hacen amistades, comparten habilidades, surgen oportunidades para aquellas personas que nunca olvidarán a los hombres y a las mujeres que fueron entre ellos con un espíritu de total generosidad para instruirles y hacer el bien. No reciben dinero; antes bien, se costean sus propios gastos. Su devoción no tiene límites; los frutos de sus esfuerzos son incalculables… “La gran clave de esta Iglesia es el trabajo. Todos trabajamos. Uno no progresa a menos que trabaje. La fe, el testimonio de la verdad, es como los músculos de mi brazo. Si los uso, se fortalecen; pero si los pongo en un cabestrillo, se debilitan. Ponemos a la gente a trabajar; esperamos grandes cosas de ellos y lo maravilloso es que cumplen con lo que se les asigne. Consiguen buenos resultados” (World Affairs Council, Los Ángeles, California, 12 de junio de 2002). VAYAN A LA CASA DEL SEÑOR. “Vayan al templo; serán bendecidos por hacerlo. Todo hombre y toda mujer que vaya a la casa del Señor sale de ella siendo mejor de lo que era al entrar. La casa del Señor tendrá un efecto purificador en ustedes; hará que cultiven la generosidad y que aumenten en rectitud. Entenderán cabalmente la importancia de hacer lo que deban. Vayan a la casa del Señor” (conferencia de estaca, Provo, Utah, 22 de septiembre de 2002). UNA CASA DE DIOS DEDICADA. “Entre nosotros no hay edificio tan sagrado como una casa de Dios dedicada. Sólo en los templos de los Santos de los Últimos Días se preservan en una unión indisoluble y por toda la eternidad las preciadas relaciones que se establecen en esta vida terrenal. De entre las muchas cosas de índole doctrinal que diferencian a esta Iglesia de las demás se destaca la obra que se realiza en la casa del Señor bajo la divina autoridad del sacerdocio. “Cada templo que hay en el mundo es un monumento visible a la fe de este pueblo en la certeza de la inmortalidad y en la continuación de vínculos sagrados en el reino inmortal” (ceremonia de la palada inicial, Sacramento, California, 22 de agosto de 2004). LA GRAN FUERZA DE LA IGLESIA. “¿Cuál es la gran fuerza de [esta] Iglesia?... Es el hincapié que ponemos en la familia. Vivimos en un mundo en el que la familia se está desmoronando. Hacemos mucho hincapié en la familia. Mantengan a sus familias unidas, y amen y honren a sus hijos. Críenlos en la verdad y en la fe para que amen al Señor” (reunión, Reykiavik, Islandia, 11 de septiembre de 2002). 10


UN MILAGRO TOTAL. “Al observar el avance de esta gran obra, he presenciado lo que considero un milagro… Tal vez ustedes lo vean como algo común, pero para mí, mis hermanos y hermanas, es un milagro total, esta pequeña piedra que fue cortada del monte, no con mano, y que está destinada a rodar y llenar toda la tierra. Sólo hemos visto el comienzo… Estoy convencido de que esta obra seguirá adelante e influirá en millones y millones de personas en todo el mundo. El Dios del cielo, a quien pertenece esta Iglesia, abrirá el camino para que eso sea posible si es que tanto ustedes como yo, y los miembros de la Iglesia, dondequiera que se encuentren, aportamos nuestro granito de arena a este proceso” (conferencia regional, Salt Lake City, Utah, 5 de mayo de 2002). TESTIMONIO. “Deseo compartir mi testimonio con ustedes. Sé que Dios, nuestro Padre Eterno, vive y que es el Gran Gobernante del universo; que nosotros somos Sus hijos y que Él, de alguna manera, escucha y contesta las oraciones de Sus hijos. Quiero que sepan que yo sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, que dejó Su real hogar en lo alto para descender entre los hombres —quienes lo odiaron y lo maltrataron— y que anduvo haciendo bienes [véase Hechos 10:38]. Fue crucificado a causa del odio de la gente; al tercer día resucitó, ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Quiero que sepan que el Padre y el Hijo se aparecieron al joven José Smith y así dieron inicio a esta maravillosa dispensación, la mayor dispensación de toda la historia del mundo entero” (reunión para miembros, Seúl, Corea del Sur, 31 de julio de 2005). SU SACRIFICIO POR NOSOTROS. “Me siento profundamente agradecido por el Evangelio de Jesucristo, por mi testimonio de la expiación del Salvador. Creo en ella de todo corazón, vivo para ella y este día testifico de ella. De todos los acontecimientos acaecidos en la historia de la humanidad, ninguno iguala a la expiación del Salvador en importancia y en resultados. Demos gracias a Dios por la dádiva de Su preciado Hijo, a quien todos debemos gratitud por el sacrificioque hizo por nosotros” (reunión para miembros, Copenhague, Dinamarca, 22 de mayo de 2004). LA MISIÓN DIVINA DE JESUCRISTO. “Somos una gran familia ligada en unidad de amor y de fe. Gozamos de grandes bendiciones, tanto como pueblo así como de forma individual. Llevamos en el corazón una convicción firme e inquebrantable de la misión del Señor Jesucristo. “Él es el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, ‘y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho’(Juan 1:3); Él es el Mesías prometido, que ‘en sus alas [trae] salvación’ (Malaquías 4:2); es el obrador de milagros, el gran sanador, la resurrección y la vida. El Suyo es el único nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvos [véase Hechos 4:12]… “Él vino como una dádiva de Su Padre Eterno. ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna’ (Juan 3:16). “Accedió a abandonar Su trono en las alturas y venir a la tierra para nacer en un pesebre,en una nación vencida. RECORRIÓ LOS POLVORIENTOS CAMINOS. de Palestina sanando enfermos, enseñando la doctrina, bendiciendo a todo el que lo aceptara… “Dio Su vida en el Calvario por cada uno de nosotros. Ése es el mayor don que jamás podremos recibir: el don de la resurrección y de la vida eterna [véase D. y C. 14:7]. 11


“Honramos Su nacimiento, pero sin Su muerte éste habría sido sólo otro nacimiento más. Lo que hizo que Su don fuera inmortal, universal y eterno fue la redención que efectuó en el huerto de Getsemaní y sobre la cruz del Calvario. La Suya fue una expiacióngrandiosa por los pecados de toda la humanidad. Él es la resurrección y la vida, las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro. “Lo amamos. Lo honramos.Le estamos agradecidos. Lo adoramos. Él ha hecho por cada uno de nosotros y por toda la humanidad lo que ningún otro ser habría podido hacer. Damos gracias a Dios por el don de Su Hijo Amado, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el Cordero sin mancha que fue ofrecido en sacrificio por todo el género humano” (reunión espiritual para misioneros, Salt Lake City, Utah, E.U.A., 15 de diciembre de 2002).

http://Los-Atalayas.4shared.com SEAN TESTIGOS. “Esta noche pienso en el gran momento en que Pablo describe su experiencia en el camino a Damasco. Vio una luz del cielo y oyó una voz que le habló. Cayó a tierra y dijo: ‘…¿Quién eres, Señor?’. “Y el Señor dijo: ‘…levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo… “ ‘para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios’ (Hechos 26:15–16, 18). “Ahora bien, considero que el mismo mandato que Pablo recibió del Señor se aplica a cada uno de nosotros. Él dice: ‘…levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo’. “Cada uno de ustedes es responsable de ser un testigo de la verdad sempiterna del Evangelio de Jesucristo. Su responsabilidad consiste en abrir los ojos de los demás ‘para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios’ ” (reunión para miembros, Nairobi, Kenia, 4 de agosto de 2005). Nuestro refugio, nuestra paz “Vivimos en una época terriblemente compleja; encaramos problemas muy graves. Algunos de nosotros nos enfrentamos a enfermedades, a dificultades económicas, a preocupaciones e inquietudes de diversa índole. Nuestro refugio, nuestra paz y nuestro bienestar dependen de que vayamos por el camino del Señor” (conferencia de estaca por satélite para Australia, 12 de febrero de 2005). Dignos de asistir al templo “Exhorto a todo padre y esposo a asegurarse de que sea digno de llevar a su esposa y a sus hijos al templo. Nada hay en todo el mundo que pueda reemplazar algo así. Es la mayor bendición que un matrimonio puede recibir. No la pospongan. Si precisan arrepentirse, empiecen hoy y prepárense para ser merecedores de recibir una recomendación para el templo” (reunión para miembros, Santiago, Chile, 11 de marzo de 2006) EL EJEMPLO DE UNA VIDA RECTA. “Se nos empieza a reconocer como un pueblo bueno, bondadoso, amoroso y dispuesto a tender una mano para ayudar y bendecir a quienes nos rodean. El cielo nos sonríe y no estaría de más que cada uno de nosotros respondiera llevando una vida recta y haciendo la voluntad del Señor” (conferencia de estaca, St. George, Utah, E.U.A., 27 de febrero de 2005). Más fieles “Vivimos en un mundo sucio en el que abundan la inmoralidad y los problemas. Elévense por encima de todo eso, sean más fieles, dejen el mundo a sus espaldas y caminen como el Señor desea que lo hagan… “Tenemos mucho que ofrecer. 12


Piensen en lo que tenemos que ofrecer. Otras personas no comprenden la verdadera naturaleza de Dios y siguen limitadas por el viejo credo de Nicea del siglo IV, el cual ni comprendo. Pero nosotros poseemos un conocimiento perfecto de la naturaleza de Dios que hemos recibido a través de la primera visión del profeta José. Él vio a Dios y le oyó hablar. Vio a Su Hijo, le oyó hablar y pudo conversar con Ellos. No albergó duda alguna respecto a la verdadera naturaleza de Dios. Es algo magnífico. La Escritura dice: ‘Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado’ (Juan 17:3). “Qué don tan grande y maravilloso es el que tenemos que dar al mundo: el verdadero entendimiento de Dios. Somos Sus hijos; no importa nuestra nacionalidad, dónde hayamos nacido, si tenemos el cabello claro u oscuro; no importa la forma de nuestros ojos. Cada uno de nosotros es un hijo de Dios. Él es el gran Dios del universo, pero también es nuestro Padre, a quien podemos acudir en oración. Sabemos, yo sé, ustedes saben, que Él escucha y contesta nuestras oraciones… ¡Qué cosa tan maravillosa!” (reunión para miembros, Vladivostok, Rusia, 31 de julio de 2005). La proclamación del Evangelio “Salgan a predicar la obra. La primera obligación que se recibió en esta Iglesia, aun antes de su organización, fue la de salir y predicar el Evangelio; y esa obligación sigue en vigor; nos ha acompañado desde entonces” (reunión para misioneros, Columbia, Carolina del Sur, E.U.A., 20 de noviembre de 2004). LA ÚLTIMA DISPENSACIÓN. “Qué maravilloso es que [Dios] nos haya bendecido tanto en esta última dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, época en que ha restaurado Su obra con todo el poder, la gloria, la verdad y la autoridad de todas las dispensaciones anteriores en este gran periodo final… “Sé que Dios, nuestro Padre Eterno, vive y nos ama; que Jesús es Su Hijo amado, nuestro Redentor, Salvador, Señor y Amigo; que José Smith fue y es un profeta; que esta Iglesia es verdadera y que es Su obra restaurada a la tierra para nuestra bendición y felicidad” (conferencia regional, Salt Lake City, Utah, E.U.A., 4 de mayo de 2003). EL PROCESO MISIONAL. “El proceso misional consta de cuatro partes: (1) encontrar al investigador, (2) enseñar al investigador, (3) bautizar al converso digno, (4) hermanar al nuevo miembro... Es importante que dentro de 5, 10 ó 20 años, el hombre o la mujer a quien hayan bautizado sea un miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días activo, fiel, devoto y digno” (reunión misional, Houston, Texas, 20 de septiembre de 1998). COMPARTIR EL EVANGELIO. “En nombre de los misioneros... quiero suplicar a los santos que hagan todo lo que esté a su alcance por proporcionar referencias [de personas] que tengan interés en aprender más sobre el Evangelio. Serán felices si lo hacen. Todo aquel al que vean unirse a la Iglesia por causa de sus esfuerzos traerá felicidad a sus vidas. Se lo prometo a cada uno de ustedes” (charla fogonera, Pusán, Corea, 21 de mayo de 1996). JAMÁS SE PUEDEN PREDECIR LAS CONSECUENCIAS. “Jamás se pueden predecir las consecuencias de nuestros actos. El hombre, la mujer, el niño o la niña a quien visitan hoy, con quien hablan, a quien dan un Libro de Mormón, pero que tal vez rechace la oportunidad de aprender más sobre el Evangelio, puede más adelante llegar a tener interés en la Iglesia y unirse a ella... Las vías del Señor son inescrutables y no se sabe en que forma se llegará al corazón de la gente. Nunca se pueden prever las consecuencias de nuestros actos” (reunión misional, Boston, Massachussets, 22 de marzo de 2002). 13


LA CONVERSIÓN. “Es muy importante, mis hermanos y hermanas, estar seguros de que [los miembros recién bautizados] estén convertidos, de que tengan en el corazón una convicción de esta gran obra. No es sólo una cuestión de saberlo intelectualmente, sino de sentirlo en el corazón y de que el Espíritu Santo le conmueva hasta saber queesta obra es verdadera, que realmente José Smith fue un profeta de Dios, que Dios y Jesucristo viven y que se aparecieron al joven José Smith, que el Libro de Mormón es verdadero, que el sacerdocio está aquí con todos sus dones y bendiciones. No puedo hacer suficiente hincapié en esto” (reuniónmisional, Bogotá, Colombia, 8 de noviembrede 1996). LA IGLESIA ESPERA ALGO DE SUS MIEMBROS. “Esta Iglesia espera algo de sus miembros. Tiene normas elevadas, una doctrina bien asentada y espera que sus miembros presten gran servicio. No se trata de quedarnos cruzados de brazos, antes bien esperamos hechos. La gente reacciona favorablemente ante esto. Agradecen la oportunidad de ser útiles y, al hacerlo, aumentan su capacidad, su entendimiento y su preparación para obrar y obrar bien” (entrevista con la televisión austriaca, 6 de noviembre de 2001). EL SENTIRSE BIENVENIDOS. “Debemos procurar que todo aquel que se una a esta Iglesia se sienta bienvenido, se sienta como en casa, tenga amigos y tenga un llamamiento en la Iglesia para que pueda crecer en fe y fidelidad” (reunión, Aruba, 16 de marzo de 2001). UNA PALABRA DE ALIENTO. “Tenemos una grande obligación para con aquellos que se bautizan en la Iglesia; no podemos desatenderlos ni abandonarlos a su suerte. Necesitan ayuda para acostumbrarse a los modos y la cultura de esta Iglesia, y nosotros contamos con la gran bendición y la oportunidad de proporcionarles esa ayuda... Una cálida sonrisa, un amigable apretón de manos y una palabra de aliento obrarán maravillas” (conferencia regional, Ensign/Rose Park, Utah, 28 de febrero de 1999). PONIENDO NUESTROS BRAZOS A SU ALREDEDOR. “[Los misioneros] aún tienen la obligación de dar alimento espiritual y ayuda a los que hayan bautizado: de amistarles, escribirles y animarlos; pero ustedes, mis hermanos, como obispos, presidentes de estaca y presidentes de quórumes de élderes, tienen una responsabilidad aún mayor, la de hermanarlos y de hacerles sentirse cómodos, como en casa, felices. Es imperativo” (conferencia regional, Woods Cross, Utah, 10 de enero de 1998). NUTRICIÓN ESPIRITUAL CONSTANTE. “Todo converso necesita un amigo en la Iglesia, alguien allegado a él, que conteste sus preguntas, que cuide de él y que lo anime a seguir asistiendo. Necesita una responsabilidad, algo que hacer, pues sin responsabilidades no se progresa. Debe tener una responsabilidad. Debemos cuidar de aquellos que entran en la Iglesia siendo conversos, ya que precisan nutrición espiritual constante en el Evangelio” (conferencia regional, Woods Cross, Utah, 10 de enero de 1998). EDIFIQUEN LA ESPIRITUALIDAD DE LA GENTE. “Si yo fuera obispo o presidente de estaca, ¿qué haría? Creo que intentaría concentrar mis mayores esfuerzos en la edificación de la espiritualidad de la gente. Trabajaría tanto como pudiera para edificar su fe en el Señor Jesucristo, en Dios, nuestro Padre Eterno, en el profeta José Smith y en la restauración de 14


esta obra, en su significado y en su propósito. Animaría a mi gente a leer las Escrituras, a leer el Libro de Mormón y el Nuevo Testamento. Les instaría con todas mis fuerzas a hacerlo callada, detenida e introspectivamente. Les instaría a leer las enseñanzas del profeta José Smith” (conferencia regional, Eugene, Oregón, 14 de septiembre de 1996). ACUÉRDENSE DE LA PERSONA. “Debemos atender a la persona. Cristo siempre habló de las personas. Sanó individualmente al enfermo. En Sus parábolas habló de personas. Esta Iglesia tiene que ver con las personas, no con los números. Ya sea que seamos 6, 10, 12 ó 50 millones, jamás debemos perder de vista el hecho de que la persona es lo verdaderamente importante” (entrevista con Deseret News, 25 de febrero de 2000). TENGO UN TESTIMONIO. “Tengo un testimonio verdadero, vibrante y vital de la veracidad de esta obra. Sé que Dios, nuestro Padre Eterno, vive, y que Jesús es el Cristo, mi Salvador y mi Redentor. Él es el que está a la cabeza de esta Iglesia. Lo único que deseo es seguir adelante con esta obra tal y como Él desearía que siguiera adelante” (conferencia de estaca, Washington, Utah, 20 de enero de 2002).

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LOS PILARES DE LA VERDAD. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY.. En ocasiones ha sido sumamente interesante reflexionar en la enseñanza escolar que recibíamos en mi época, pues la instrucción de entonces ha resultado muy buena y me ha ayudado con el correr de los años. De aquellas experiencias proceden los hábitos, las normas y muchas cosas más que han bendecido mi vida. Aún así, a veces he sentido la necesidad de sopesar la enseñanza de esa época. Algunas cuestiones que se enseñaban, como si de dogmas se tratara, se han convertido casi en ficción. Algunos criterios han cambiado en los ámbitos de la medicina, la física y la química; las actitudes también han variado en las ciencias políticas y en el derecho; la literatura y las artes han experimentado un cambio en las normas. En todo el ámbito educativo se han producido cambios y modificaciones; en todo excepto en las verdades eternas de Dios. Hace muchos siglos, uno de los grandes profetas de lo que llamamos el Antiguo Testamento, el volumen de Escrituras que estudiamos este año, dio un inspirador consejo que bien se puede aplicar a la escena que acabo de describir: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8). Esta condición me ha llevado a pensar en los pilares de la verdad eterna que nos sostendrán durante toda la vida si les prestamos atención y vivimos en conformidad con sus valores. Seré breve al abordarlos, pues cada uno de ellos bien podría ser el tema de un sermón. DIOS VIVE Y LAS PUERTAS DE LOS CIELOS ESTÁN ABIERTAS. De todas las grandes, inspiradoras y magníficas promesas que he leído, la que más me reconforta contiene estas palabras del Salvador: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Recuerdo la historia de un joven Santo de los Últimos Días que se encontraba en el servicio militar y que era el único miembro de la Iglesia de su barraca, pero que al poco tiempo comenzó a perder su determinación debido a las provocaciones de sus compañeros. Un día particularmente difícil, accedió a ir a la ciudad con su compañía, pero al llegar a la localidad, una imagen apareció en su mente: vio la cocina de 15


su casa. Era la hora de la cena y su familia se hallaba arrodillada en la cocina, cado uno delante de su respectiva silla: su padre, su madre, sus dos hermanas y un hermano pequeño. El pequeño estaba orando y le estaba pidiendo a nuestro Padre Celestial que cuidara de su hermano que estaba en el servicio militar. La imagen sirvió su propósito: el joven se alejó de la muchedumbre. La oración de aquel hermanito, de aquella familia, proporcionó claridad mental y valor a ese joven Santo de los Últimos Días. Hermanos y hermanas, al seguir adelante en la vida, jamás olvidemos orar. Dios vive; Él está cerca; Él es real; Él es nuestro Padre y todos podemos acudir a Él. Es el Autor de la verdad eterna; es el Maestro del universo. El picaporte está listo y la puerta que conduce a Su abundancia se puede abrir. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Santiago 1:5). LA VIDA ES ETERNA. Hace casi setenta años, una noche de julio, mientras servía como misionero, contemplé el lago Windermere, en Inglaterra, el país de Wordsworth. Mientras mis ojos se dirigían del lago hacia el cielo en aquel lugar apacible y precioso, por mi mente pasaron las palabras allí acuñadas tiempo atrás: Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento: El alma nuestra, la estrella de la vida, En otra esfera ha sido constituida Y procede de un lejano firmamento. No viene el alma en completo olvido Ni de todas las cosas despojada, Pues al salir de Dios, que fue nuestra morada, Con destellos celestiales se ha vestido. (William Wordsworth, “Ode on Intimations of Mortality”.) No somos creaciones casuales en un universo de desorden. Vivíamos antes de nacer y nos hallábamos entre los hijos y las hijas de Dios que se regocijaron (véase Job 38:7). Conocíamos a nuestro Padre y Él planeó nuestro futuro. Nos graduamos de aquella existencia y nos matriculamos en ésta. La frase es sencilla; las implicaciones son profundas; la vida es una misión y no sólo el parpadeo de una vela que se ha encendido por casualidad y que queda apagada para siempre por una ráfaga de viento. Lean de nuevo los magníficos relatos de Génesis, Moisés y el libro de Abraham, y mediten en el gran orden y planeamiento que precedieron a nuestra venida a la tierra para ser probados en esta existencia terrenal. Mientras estamos aquí, tenemos conocimiento que obtener, trabajo que hacer, servicio que prestar. Estamos aquí con un legado maravilloso, una investidura divina. Cuán distinto sería este mundo si toda persona se diera cuenta de que todos sus actos tienen consecuencias eternas. Cuánto más satisfactoria sería nuestra existencia si al acumular conocimiento, al relacionarnos con los demás, al hacer negocios, al cortejar y casarnos, y al criar a nuestra familia, reconociéramos que nosotros somos el material del que está hecha la eternidad. Hermanos y hermanas, la vida es eterna. Vivamos cada día como si fuéramos a vivir eternamente, pues así sucederá. EL REINO DE DIOS ESTÁ AQUÍ. Somos ciudadanos del reino más grandioso de la tierra, un reino que no está dirigido por la sabiduría de los hombres, sino por el Señor Jesucristo. La presencia de ese reino es real; su destino es seguro. Éste es el reino del que habló el profeta Daniel: una piedra que sería cortada de la montaña, no con mano, y que rodaría hasta llenar toda la tierra (véase Daniel 2:34–35). Ningún hombre mortal creó este reino, sino que procedió de la revelación de su divina fuente, y desde sus comienzos en el siglo XIX, ha sido como una bola de nieve que aumenta de volumen a medida que rueda. Me encantan las palabras proféticas de la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, cuando el profeta José Smith (1805–1844) rogó al Señor “que tu iglesia salga del desierto de las tinieblas, y 16


resplandezca hermosa como la luna, esclarecida como el sol e imponente como un ejército con sus pendones… a fin de que tu gloria llene la tierra” (D. y C. 109:73–74). Hermanos, ustedes que poseen el sacerdocio en este gran reino, no conozco otro lugar mejor en el que podamos hallar hermanamiento y buenos amigos que entre los quórumes de la Iglesia. ¿En qué otro lugar de la tierra podrían relacionarse con la clase de personas que se encuentran en un quórum, cada uno de cuyos miembros es ordenado para actuar en el nombre del Señor, dedicados a ayudarse los unos a los otros, y cuyos oficiales son apartados para este propósito por medio de la autoridad divina? Hermanos, los quórumes de la Iglesia necesitan de sus talentos, su lealtad y su devoción; y cada hombre precisa de la hermandad y de las bendiciones que emanan de la actividad de los quórumes en el reino de Dios. Hermanas, ¿dónde encontrarán mejores amistades que en la Sociedad de Socorro, cuyo lema es “La caridad nunca deja de ser” y cuya misión es bendecir a los pobres y curar las heridas de los enfermosy los afligidos, llevar alegría al corazón de las mujeres de la Iglesia e incrementar sus aptitudes como amas de casa? El ser miembro activo de la Iglesia es como un ancla en las tormentas de la vida a las que todos hacemos frente. El reino está aquí; aferrémonos a esta verdad. LA FAMILIA ES DIVINA. Recuerdo oír a un hombre relatar cómo volvió a la actividad en la Iglesia tras años de ser uno de los menos activos. La semana anterior había ido al templo y ahora expresaba su gratitud diciendo: “La frase ‘hasta que la muerte os separe’ forma parte de la ceremonia del matrimonio, pero también equivale a una carta de divorcio”. Él no era la primera persona en expresar aquel concepto, pero impresionó fuertemente a los que lo oyeron y que conocían los detalles de su relato. Es verdad, una ceremonia de boda según la ley del mundo une en matrimonio, pero al mismo tiempo decreta su separación. No obstante, la familia es divina. Fue instituida por nuestro Padre Celestial y abarca las más sagradas de todas las relaciones. Únicamente mediante su organización se pueden cumplir los propósitos del Señor. Afortunadamente, el Señor ha facilitado a Sus hijos la oportunidad de ser sellados en matrimonio eterno, en “un nuevo y sempiterno convenio… una bendición… [instituida] desde antes de la fundación del mundo” (D. y C. 132:4–5). Una vez obtenida esa bendición, sigan adelante con la certeza de que la muerte no podrá quebrarla, y que sólo dos fuerzas en el mundo pueden debilitarla y destruirla: el pecado y la negligencia. La mayoría de los matrimonios tienen hijos y la mayoría de los padres desean criar una descendencia recta. Estoy convencido de que no hay nada que proporcione mayor éxito en la arriesgada tarea del ser padres que un programa de vida familiar que provenga de la maravillosa enseñanza del Evangelio: que el padre de la familia esté investido con el sacerdocio de Dios; que son suyos el privilegio y la obligación, como mayordomo de los hijos de nuestro Padre Celestial, de proveer para sus necesidades; que ha de gobernar su casa con el espíritu del sacerdocio “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41); que la madre en el hogar sea una hija de Dios, un alma de inteligencia, devoción y amor, investida con el Espíritu de Dios; que son suyos el privilegio y la obligación, como mayordoma de los hijos de nuestro Padre Celestial, de cuidarlos y velar por sus necesidades cotidianas; que ella, con el compañerismo de su esposo, debe también enseñar a sus hijos “a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos… [y] a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:25, 28). En un hogar así, se ama a los padres y no se les teme; se les aprecia y no se les tiene miedo. A los hijos se les considera como dones del Señor para recibir cuidado, sustento, ánimo y dirección. Puede que en ocasiones haya desacuerdos, pequeñas disputas; mas si hay oración, amor y consideración en la familia, habrá también un cimiento de afecto que los unirá para siempre, así como lealtad que siempre servirá de guía. 17


LA OBEDIENCIA ES MEJOR QUE EL SACRIFICIO. Tal vez reconozcan el origen de esa frase. Procede del consejo que el profeta Samuel, del Antiguo Testamento, dio a Saúl: “…Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Voy a aplicar sólo un aspecto de esta gran verdad y lo haré de acuerdo con el gran consejo y promesa del Señor en cuestiones de salud: la Palabra de Sabiduría (véase D. y C. 89). Recuerdo el informe de la Asociación Médica Americana respecto a que los fumadores empedernidos fallecen siete años antes que si no fumaran. Siete años de vida, casi el tiempo que mucha gente pasa en la escuela secundaria o en la universidad. Siete años, el tiempo suficiente para ser médico, arquitecto, ingeniero o abogado. Siete años en los cuales disfrutar de la salida y la puesta del sol, de las colinas y los valles, de los lagos y los mares, del amor de los hijos, de la amistad de personas maravillosas a las que conocemos. Qué gran promesa estadística que confirma la palabra del Señor respecto a que el ángel destructor pasará de aquellos que caminen en obediencia, y no los matará (véase el versículo 21). Hay otra promesa: que tendrán “grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (versículo 19). Recuerdo una experiencia que una vez me contó uno denuestros maestros de la Escuela Dominical. Un domingo, mientras se hallaban analizando la Palabra de Sabiduría, alguien preguntó qué quería decir eso de tesoros escondidos de conocimiento. El maestro tuvo algunas dificultades para explicarse y le salvó el hecho de que terminó la clase, pero les dijo a los presentes que tratarían el asunto al domingo siguiente. Durante la semana meditó en la pregunta pero se creía incapaz de encontrar una respuesta. Cerca ya del fin de semana, almorzó con un compañero, quien le dijo que en una ocasión, mientras estaba de viaje, pasó por enfrente de un centro de reuniones de la Iglesia y decidió entrar para ver cómo adoraban los Santos de los Últimos Días. El hombre le dijo que se trataba de un servicio muy peculiar, que una persona tras otra de la congregación se puso de pie, habló de sus experiencias, expresó su gratitud y, casi sin excepción, testificó que sabía que Dios vive, que Jesucristo es Su Hijo, nuestro Redentor viviente. Ese hombre siguió su camino esa tarde diciéndose: Ciertamente esa gente tiene un conocimiento escondido del mundo. Reflexionen en esa idea por un instante. El Señor nos ha dado una clave para disfrutar de salud y felicidad, y nos la ha dado con una promesa. Es un pilar de sabiduría eterna. Es mejor obedecer que racionalizar y sacrificarse. EL SEÑOR ESTÁ OBLIGADO. Según yo lo entiendo, hay tres deseos que gobiernan el pensamiento de la mayoría de las personas: (1) amar y ser amados; (2) tener buenos amigos que lo aprecien a uno; (3) tener éxito, asegurarse y disfrutar de cierta medida de prosperidad. El presidente Stephen L Richards (1879–1959), de la Primera Presidencia, me habló una vez de un discurso que pronunció el presidente Joseph F. Smith (1838–1918), quien había nacido en los lúgubres días de Far West, que había perdido a su padre en los trágicos días de Nauvoo y que conocía por experiencia propia el significado de la pobreza. El presidente Smith dijo, según lo entiendo, que el Señor no quería que Su pueblo viviera en la pobreza, la miseria y la inseguridad para siempre, sino que quería que disfrutara apropiadamente de las buenas cosas de la tierra. Permítanme sugerir que, a mi juicio, ninguna persona que sea miembro de la Iglesia y que haya tomado sobre sí los convenios relativos a su condición de miembro, puede esperar razonablemente recibir las bendiciones del Señor sobre sus esfuerzos a menos que esté dispuesta a llevar su parte de la carga de Su reino. Hermanos y hermanas, el Señor dijo por medio de Malaquías, un profeta del Antiguo Testamento: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que 18


sobreabunde. “Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:10–11). Paguen sus diezmos para que sean dignos de las bendiciones del Señor. No les prometeré que se vayan a hacer ricos, pero les testifico que el Señor recompensa con generosidad, de una forma u otra, a los que guardan Sus mandamientos, y les aseguro que ningún asesor financiero al que acudan podrá prometerles lo que el Señor ha prometido: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10). El Señor honra Sus convenios. AQUEL QUE PIERDA SU VIDA LA HALLARÁ. Cuando en 1933 partí para mi misión, viajé a través de Chicago. La Gran Depresión estaba en su apogeo. Al pasar por el edificio de la Cámara de Comercio de Chicago, una mujer preguntó al conductor del autobús: “¿Qué edificio es ése?”. Y él contestó: “El edificio de la Cámara de Comercio. Casi cada día algún hombre cuyas acciones han bajado se arroja por una de esas ventanas”. Puede que el conductor exagerara, pero en aquel entonces algunas personas sí llegaron a saltar desde aquellas ventanas al ver cómo se esfumaban sus fortunas. Eran personas que no pensaban en otra cosa que no fuera en sí mismos y en el dinero, y creían que no merecía la pena vivir una vez perdido éste. Wendell Phillips dijo: “¡Con cuánta prudencia la mayoría de los hombres se arrastra hacia tumbas sin nombre mientras que, de vez en cuando, uno o dos dejan de pensar en sí mismos y obtienen inmortalidad!” (citado por John Wesley Hill en Abraham Lincoln—Man of God, 1927, pág. 146). El Señor lo dijo de esta forma: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Mientras viajaba en avión, tomé una revista y leí un artículo que describía la bancarrota moral en la que está cayendo el mundo. El autor daba como razón principa para esta decadencia una actitud caracterizada por la pregunta: “¿Y yo qué gano?”. Hermanos y hermanas, nunca serán felices si viven pensando únicamente en ustedes mismos. Piérdanse en la mejor causa del mundo: la causa del Señor, la labor de los quórumes y de las organizaciones auxiliares, de la obra del templo, del servicio de bienestar, de la obra misional. Bendecirán su propia vida al bendecir la de otras personas. Pongo ante ustedes los pilares de la verdad, cada uno de los cuales es una verdad eterna, comprobado en las experiencias de generaciones y que cuenta con la aprobación de la palabra del Señor: 1. Dios vive y las puertas de los cielos están abiertas. 2. La vida es eterna. 3. El reino de Dios está aquí. 4. La familia es divina. 5. La obediencia es mejor que el sacrificio. 6. El Señor está obligado. 7. El que pierda su vida, la hallará. Testifico que en estas verdades reside la paz que sobrepasa todo entendimiento y gozo inefable. _

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LA ESENCIA DE ESTA OBRA. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Quisiera compartir con ustedes parte de una carta que llegó a mi oficina hace varios años. Me he tomado la libertad de cambiar los nombres a fin de preservar el anonimato, y también la he abreviado un poco, tomándome la libertad de parafrasear algunas partes. La carta dice así: “Estimado presidente Hinckley:

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“Cuando me encontré con usted en el ascensor del hospital, sentí la necesidad de escribirle y contarle algunas de las cosas que me han sucedido. “Cuando tenía dieciséis o diecisiete años de edad, carecía de interés alguno en la Iglesia y no quería tener nada que ver con ella. Pero tenía un obispo que se interesaba en mí y que en una ocasión fue a verme y me pidió que le ayudara a armar una escenografía para una presentación de un teatro ambulante; por supuesto, le dije que no. “Pues bien, después de unos diez días, el obispo fue a verme de nuevo para pedirme que hiciera la escenografía, y una vez más le dije que no. Entonces me explicó que se lo había pedido a otras personas pero que ellos le habían dicho que no sabían cómo hacerlo. Me dijo que me necesitaba y por fin accedí, así que me puse a armar la escenografía. “Cuando terminé mi trabajo, le dije: ‘Ahí tiene usted la escenografía’, llegando a la conclusión de que ya había hecho mi parte. Mas el obispo insistió en que me necesitarían en el escenario para armarla, para asegurarme de que todo estuviera en orden y para ocuparme de que la movieran con sumo cuidado a medida que la presentación del teatro ambulante se trasladaba de un barrio a otro. Así que volví a ceder. “Ese obispo me mantuvo ocupado por algún tiempo, y de pronto me encontré participando plenamente en todo y disfrutando de ello. Luego, él se mudó de nuestro barrio y fue llamado un nuevo obispo, el cual se aseguró de no perderme de vista. “El obispo Smith me había pedido servir en una misión, pero yo no estaba muy decidido en cuanto a ello. Cuando el obispo Sorensen fue llamado, volvió a hacerme la propuesta y, finalmente, decidí que saldría como misionero. “El obispo Sorensen me acompañó a hablar con mis padres en cuanto a mi decisión. Ellos le dijeron que no podrían pagar los gastos de una misión y mi padre comentó que si yo estaba realmente interesado en ir en una misión, debía trabajar y ahorrar dinero, y así costeármela yo mismo. “Solía padecer una afección a la vista, como usted lo sabe, y cuando tenía que ir a algún lado, alguien me tenía que llevar. Cuando cumplí los dieciséis años, ninguna otra cosa me interesaba más que poder conducir un automóvil, por lo que mi padre me llevó a varios especialistas, aunque los resultados siempre fueron los mismos: mi capacidad de visión en el ojo derecho era de 20º800 y en el ojo izquierdo de 20º50, además de lo cual padecía de astigmatismo. Así que el ahorrar suficiente dinero para ir a una misión no fue tarea fácil. Trabajé en el taller gráfico de una tienda durante seis u ocho meses para poder ahorrarlo. El obispo pensó entonces que era ya tiempo de que saliera a la misión y volvimos a hablar con mis padres. Contaba con la suma de mil dólares, y él le dijo a mi padre que el quórum de élderes me ayudaría con el resto. Papá, estando sentado allí, le respondió que si alguien habría de mantenerme, sería él. Llené todos los papeles y recibí mi llamamiento. “Fui a Japón, en donde me enamoré de su gente y viví grandes experiencias misionales. Mis compañeros y yo bautizamos a varias personas en la Iglesia. Tras mi regreso, volví a trabajar en el taller gráfico. Cada vez que salía a almorzar, veía pasar por la calle a una joven que, evidentemente, trabajaba en las proximidades. Sabía que la había visto antes en algún lado, pero no podía determinar dónde. “Al poco tiempo, uno de mis compañeros regresó de la misión y después de un tiempo comenzamos a pasar mucho tiempo juntos en una variedad de actividades. Claro está que él siempre manejaba cuando íbamos en auto, debido a mi afección de la vista. Una noche me llamó para sugerirme que invitáramos a dos chicas a salir con nosotros, así que me puse en marcha para buscar a alguien a quien invitar. De modo que fuimos a una fiesta, y para mi sorpresa, la muchacha que iba con él era la hermana Marilyn Jones, que también había sido misionera en Japón, y a quien recordé haber conocido brevemente allá en una ocasión; se trataba de la joven que yo había visto pasar por la calle durante varios meses y que no había podido reconocer. “Después de la fiesta, fui con mi familia a California por dos semanas, y cuando regresamos, me enteré de que mi amigo de la misión había estado saliendo con la joven a quien yo había llevado a la fiesta. Para enseñarle una lección, llamé a Marilyn y la invité a salir conmigo. Usted comprenderá que no es fácil hacer eso cuando uno no puede conducir un auto, así que condujo mi hermana menor, e invitamos a otros ocho jóvenes para asistir con nosotros a una actividad deportiva. Eso de por sí hubiera sido suficiente para 20


desanimar a cualquier señorita respecto a la idea de salir conmigo otra vez, pero ella volvió a aceptar cuando la invité a ir con mi familia a las montañas a recoger bayas. “Por fin pudimos salir solos; mi padre tuvo que llevarme en el auto a recogerla; volvimos a casa para dejar a mi padre y después salimos los dos solos, conduciendo ella; luego pasamos otra vez por mi casa y recogimos a mi padre, quien nos llevó hasta la casa de ella y luego regresamos a la nuestra. La siguiente ocasión que salimos juntos le propuse matrimonio y me respondió que no. Volví a salir con ella algunas otras veces y en dos de ellas le pedí otra vez que se casara conmigo, y por fin me dijo que tal vez. Pensé que ése era un gran adelanto y persistí. Seis meses después de haber comenzado a salir juntos, contrajimos matrimonio en el Templo de Salt Lake. “Presidente Hinckley, en aquel momento sentía que amaba a esa joven; pero después de diecisiete años, me doy cuenta de que la amo más de lo que jamás pude imaginar. En la actualidad somos padres de cinco hermosos hijos. “He tenido varios cargos en la Iglesia: director del coro, todas las posiciones dentro del quórum de élderes, ayudante del secretario del barrio, secretario ejecutivo y actualmente soy consejero del obispado. “Todavía trabajo en el taller gráfico de la tienda. Hace trece años compramos una pequeña casa, pero a medida que nuestra familia crecía, la casa se fue haciendo cada vez más pequeña. Tuve que hacer algo al respecto, así que la amplié casi al doble de su tamaño original. Comencé la obra hace poco más de tres años y desde entonces he estado trabajando en la ampliación. Creo que va a quedar muy bien. “Y ahora la novedad más extraordinaria de todas. Hace dos años, en junio, tuve una consulta con otro oculista que me examinó la vista y me preguntó qué restricciones tenía en mi licencia de conductor. Le respondí que no tenía licencia y me dijo que no creía que mi grado de visión fuera un obstáculo para sacarla. “Casi me caigo de espaldas y mi esposa preguntó: ‘¿Eso quiere decir que él puede conseguir una licencia?’. El doctor respondió que no había ninguna razón para no hacerlo. Al día siguiente mi esposa me inscribió en un curso de manejo, y tras completarlo, me presenté a la prueba y allí me hicieron un examen de visión. El doctor había escrito una nota en la que explicaba mi problema e indicaba que tal vez no debería manejar por la noche. El examinador me puso a cierta distancia de una planilla que tenía letras de diferentes tamaños y pude leerlas sin dificultad. Después fue a hablar con su supervisor; regresó para indicarme que me otorgaba la licencia imponiendo una sola restricción insignificante. “Presidente Hinckley, el Señor me ha bendecido más de lo que yo pueda merecer. La gente comenta cuán afortunado soy por haberme mejorado de mi condición, pero yo sé que eso es obra del Señor. Así lo siento porque he procurado servirle y siempre hago todo lo que está a mi alcance por edificar Su reino aquí en la tierra. Estoy seguro de que muchas veces Él se desilusiona conmigo y creo que tiene motivos. Pero trataré de dar lo mejor de mí y de ser digno de Sus bendiciones, que tanto yo como mi familia recibimos”. Ese joven termina su carta dando las gracias y su testimonio; luego la firma. He compartido esa carta un tanto extensa porque considero que expresa de manera sencilla, y al mismo tiempo de forma elocuente, la verdadera esencia de esta obra. NUESTRA RESPONSABILIDAD. Debido a la sagrada y grandiosa confianza que se ha depositado en nosotros como miembros de la Iglesia de Jesucristo, nuestra labor es de redención, de edificar y salvar a los que necesitan ayuda. La tarea que tenemos es la de elevar las aspiraciones de nuestros miembros que no comprenden el gran potencial que poseen. Tenemos la responsabilidad de edificar la autosuficiencia, de fomentar y cultivar hogares felices donde el padre y la madre se amen y se respeten mutuamente, y donde los hijos puedan crecer en un ambiente de paz, amor y aprecio.

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Si recuerdan lo que acabo de compartir con ustedes, ese hombre, cuando era un muchacho de dieciséis o diecisiete años, no tenía ninguna meta en la vida y estaba peligrosamente a la deriva, al igual que muchos jóvenes de esa edad; transitaba por el espacioso camino que lleva a la perdición. Advirtiendo el curso que llevaba, el obispo, un hombre devoto y dedicado, reconoció la capacidad creativa de ese hombre y encontró la forma de instarlo a que utilizara su talento al servicio de la Iglesia. Ese obispo era lo suficientemente sabio para saber que la mayoría de los jóvenes aceptan un cometido de esa naturaleza cuando saben que se les necesita. No había ninguna otra persona en el barrio que fuera igualmente capaz de armar la clase de escenografía que el obispo deseaba. Sin embargo, ese joven menos activo sí lo era, y el obispo lo elogió y le instó con la petición de que se necesitaba su servicio. He aquí una gran clave para la reactivación de muchos que se han quedado a la mitad del camino. Todos tienen algún talento que puede ser empleado, y los líderes tienen la responsabilidad de encontrar la necesidad que corresponda a cada talento, y luego extender el desafío. El joven de esa carta, a quien llamaré Jack, reaccionó favorablemente, y no tardó en encaminar sus pasos en dirección a la Iglesia, en vez de ir en sentido contrario. Luego se enfrentó con la responsabilidad de ir a una misión. Jack, que para ese entonces ya estaba acostumbrado a responder que sí en vez de que no, respondió de forma afirmativa. El padre no estaba completamente convertido y afirmó que su hijo tendría que ganar sus propios fondos. Eso no era algo demasiado terrible. Había algo positivo en que él tuviese que desarrollar la autosuficiencia. Consiguió trabajo, obtuvo gran parte de lo que necesitaría, ahorró su dinero y cuando tuvo la suma de mil dólares, el obispo, nuevamente bajo inspiración, sintió que había llegado el momento en que el joven debería salir en una misión. Los hermanos del quórum de élderes de Jack le ayudarían, lo cual es apropiado. Pero el padre, con un renovado sentido de orgullo y de responsabilidad para con su hijo, estuvo a la altura de las circunstancias, como suele ocurrir con los hombres cuando se les insta debidamente. LA ESENCIA DEL EVANGELIO. Conocí a Jack en Japón cuando él servía como misionero en ese país. Lo entrevisté en dos o tres ocasiones. Eso fue antes de que tuviésemos los Centros de Capacitación Misional. Los jóvenes y las jovencitas iban en ese entonces sin recibir ninguna capacitación en idiomas y simplemente se dedicaban de lleno a trabajar en la obra tan pronto como llegaban. Me maravilló el hecho de que ese joven, con serias deficiencias en la vista, fuese capaz de aprender el difícil idioma y hablarlo con convicción. Tras todo ello había gran esfuerzo y un gran sentido de devoción y, sobre todo, cierta humildad y confianza en el Señor, con súplicas fervientes para recibir ayuda. Les puedo asegurar, pues fui testigo de ello, que en este caso, como en muchos otros, se trató de un verdadero milagro. Fue también en Japón donde primeramente conocí y entrevisté en varias ocasiones a la joven con la que más tarde se casó. Ella poseía un hermoso espíritu, una fe profunda y un conmovedor sentido del deber. La relación que mantuvieron durante la misión no fue más que el verse en una ocasión, pues trabajaron en zonas que estaban sumamente distantes entre sí. Pero, por las experiencias que ambos tuvieron, contaban con un rasgo común: un nuevo idioma en el que cada uno había aprendido a compartir su testimonio con los demás mientras desempeñaban su labor desinteresadamente en la gran causa de servir a los hijos de nuestro Padre. Como él indicó en su carta, su boda se llevó a cabo en el Templo de Salt Lake. Ambos sabían que solamente en la casa del Señor, bajo la autoridad del santo sacerdocio, podían ser unidos en matrimonio, por esta vida y la eternidad, bajo un convenio que la muerte no podría romper, ni el tiempo podría destruir. Ambos aspiraban lo mejor y no se conformarían con ninguna otra cosa. Merecen que se les elogie porque se han mantenido fieles a los sagrados convenios que hicieron en la casa del Señor. Su matrimonio se ha visto engalanado con cinco hermosos hijos; constituyen una familia en la que reinan el amor, el aprecio y el respeto mutuos. Han vivido en un espíritu de autosuficiencia. Un hogar pequeño que se ha ampliado es un hogar en el que el padre, la madre y los hijos se reúnen, se aconsejan y 22


aprenden el uno del otro; es un hogar en donde se leen las Escrituras; es un hogar en donde se hacen oraciones, tanto familiares como personales; es un hogar en el cual se enseña y se da el ejemplo del servicio; es un hogar simple; no es una familia ostentosa. No hay muchos bienes materiales, mas existe mucha paz, bondad y amor. Los hijos que allí nacieron se criaron en la “disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). El padre es fiel en su servicio a la Iglesia. Durante todos esos años, siempre ha aceptado todos losllamamientos que se le han hecho; lo mismo sucede con la madre. Se trata de buenos ciudadanos de la comunidad y del país; están en paz con sus vecinos, aman al Señor, aman la vida y se aman mutuamente. Han presenciado el milagro de la mejoría de la vista del padre. El mérito se atribuye a un Dios misericordioso y bondadoso. Esto, también, emana de la esencia del Evangelio, el poder de Dios para sanar y restaurar, al cual le siguen el reconocimiento y la gratitud. NECESIDAD DE UN INCREMENTO EN LA RETENCIÓN. ¿No es ésa acaso la esencia misma de esta obra? El Salvador dijo: “…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Aun cuando carecen de la abundancia de las cosas del mundo, éstos, mis amigos, viven abundantemente. Personas como ellos constituyen la fortaleza de la Iglesia. En su corazón se anida una tranquila y firme convicción de que Dios vive y de que somos responsables ante Él; de que Jesús es el Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida (véase Juan 14:6); de que esta obra es Su obra; que es verdadera; y que la felicidad, la paz y la sanidad se reciben al andar en obediencia a los mandamientos de Dios (véase D. y C. 89:18), tal como se establece en las enseñanzas de la Iglesia. No sé si los dos hombres que sirvieron como obispos de Jack sepan lo que ha sido de él. Si saben qué ha hecho de su vida, deben sentir una dulce satisfacción en el corazón. Hay miles de obispos como ellos, que sirven día y noche en esta gran obra de activación. Y hay decenas de millares de personas como Jack en esta Iglesia cuyo corazón es conmovido y a quienes se les ha traído nuevamente a la actividad mediante el interés genuino, la callada expresión de amor y el desafío de servir de parte de obispos y de otras personas. Pero hay muchos, muchos más que necesitan atención similar. Nuestra obra es una gran obra de redención. Todos debemos hacer más, puesto que las consecuencias pueden ser extraordinarias y sempiternas. Ésta es la obra de nuestro Padre y Él ha depositado en nosotros el divino mandato de buscar y fortalecer a aquellos que estén necesitados y que sean débiles. Al hacerlo, los hogares de nuestros miembros se verán colmados de mayor amor; la nación, sea cual fuere, será fortalecida por causa de la virtud de esas personas; y la Iglesia y el reino de Dios avanzarán en majestuosidad y poder en su misión divinamente señalada. _

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"Y SE MULTIPLICARÁ LA PAZ DE TUS HIJOS" PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos". Los jóvenes han recibido aquí, esta noche, consejos excelentes. Confío en que hayan escuchado bien y que influyan en sus vidas para bien. He resuelto hablar a los padres de familia. Ustedes ya saben de qué voy a hablar. Sus esposas les habrán recordado que éste sería el tema que trataría en esta ocasión, puesto que se los dije en la 23


conferencia de la Sociedad de Socorro hace dos semanas. Les diré a ustedes algunas de las mismas cosas que les dije a ellas. Les recuerdo que la repetición es una de las leyes del aprendizaje. Éste es un asunto que tomo con gran seriedad. Es un asunto que me preocupa hondamente. Espero que no lo tomen con ligereza. Se relaciona con lo más valioso que tienen. En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos. O se alegrarán y se regocijarán por los logros de ellos o llorarán, con la cabeza entre las manos, desconsolados y deshechos de dolor si les llenan de desilusión y de vergüenza. Muchos de ustedes se encuentran en esta reunión con sus hijos, por lo que los felicito de corazón. También los felicito a ellos. Los unos y los otros están en la mejor compañía. Me siento muy orgulloso de muchísimos de nuestros jóvenes: muchachos y niñas. Son inteligentes. Tienen autodisciplina. Saben sopesar las consecuencias de los actos. Tienen la cabeza bien puesta. Esta noche se encuentran en el lugar en el que deben estar. Algunos forman parte de este coro; otros se encuentran entre congregaciones por todo el mundo; otros están en el campo misional; otros prosiguen estudios con gran esfuerzo, dejando a un lado placeres presentes con la mira de oportunidades futuras. Les admiro. Les amo. Y ustedes sienten lo mismo. Son nuestros hijos y nuestras hijas. Espero, ruego, suplico que ellos continúen en el camino por el que ahora van. Pero, es triste decirlo, sé que hay algunos jóvenes y algunas jóvenes que han caído y están cayendo en el pantano de la inmoralidad, de las drogas, de la pornografía y del fracaso. Espero que sean una minoría entre sus compañeros, pero la pérdida de tan sólo uno de ellos es demasiado. Padres, ustedes y las madres de esos jóvenes tienen una responsabilidad de la que no pueden librarse. Ustedes son los padres de sus hijos. La estructura genética de ustedes está grabada para siempre en los códigos genéticos de ellos. Podrán negar que son de ustedes; podrán abandonarlos; pero nunca podrán arrancarlos de su mente. Ustedes son sus padres y no pueden desprenderse de las consecuencias de ese hecho. Mientras estamos en esta reunión, algunos de ellos --soy consciente de ello-- andan dando vueltas por la ciudad en sus vehículos. Ellos o sus amigos tienen coche para conducir. En muchos casos, sus padres se los han comprado, les han entregado las llaves y les han dicho que se diviertan. Ellos quieren hacer algo emocionante y consideran que no satisfacen ese deseo con entretenimientos sanos. Andan dando tumbos, buscando hacer algo que les haga sentirse machos. Un amigo policía me contó hace poco de dos muchachos que llevó en el asiento de atrás del coche de policía, con esposas en las muñecas. Habían comenzado inocentemente la noche. Cuatro de ellos en un automóvil salieron a buscar camorra y la encontraron. Se metieron en una pelea, llegó la policía; los muchachos fueron detenidos y esposados. Esos eran jóvenes buenos; no eran del tipo de los que van periódicamente a la cárcel. La madre de uno de ellos le había dicho antes de que saliera él de casa: "Cosas malas ocurren después de las once de la noche". Él chico aprendió rápidamente el significado de esas palabras. Se sentía abochornado, avergonzado de enfrentar a su madre. Conté a la Sociedad de Socorro de las fiestas secretas y clandestinas de drogas a las que dan el nombre de "Rave". Allí, con luces relampagueantes y música estruendosa, si se la puede llamar así, jóvenes de ambos sexos bailan. Venden y compran drogas. A las drogas las llaman Éxtasis, las cuales son derivados de metanfetaminas. Los que bailan llevan chupetes (o chupones) de niño debido a que las drogas les hacen rechinar los dientes. La música febril y el baile voluptuoso siguen hasta las siete y treinta de la mañana del domingo. ¿Adónde lleva todo eso? A ninguna parte. Es un callejón sin salida. Ahora han adoptado otra práctica en la búsqueda de algo nuevo, diferente y más peligroso. Intentan estrangularse unos a otros. Los muchachos les oprimen el cuello a las chicas hasta que éstas pierden el conocimiento. El otro día, en una de las escuelas locales, a una chica que tiene un problema de salud le apretaron el cuello hasta que perdió el sentido. Sólo la pronta atención médica le salvó la vida. 24


¿Se dan cuenta los muchachos que toman parte en esas prácticas absurdas del hecho de que esa broma los puede llevar a una acusación de homicidio? De ocurrir eso, arruinarían su vida para siempre. Si quieren hurgar la pornografía, pueden hacerlo muy fácilmente. Levantan el teléfono y marcan un número que conocen. Encienden la computadora y se deleitan en la indecencia del ciberespacio. Me temo que esto esté ocurriendo en el hogar de algunos de ustedes. Es malsano. Es lujurioso e inmundo. Es tentador y crea hábito. Llevará a un joven o a una joven directo a la destrucción, no les quepa la menor duda. Es abyecta sordidez que enriquece a los que lo explotan y empobrece a sus víctimas. Lamento decir que muchos de los mismísimos padres de familia se dejan atraer por el señuelo de los que venden indecencias. Algunos de ellos también buscan en Internet lo que es lujurioso y lascivo. Si hay hombre alguno que me esté oyendo y que esté mezclado en esto, o que se esté dirigiendo en ese rumbo, le suplico que saque eso de su vida. Aléjense de eso y manténganse alejados. Si no se alejan se les convertirá en una obsesión; destruirá su vida de hogar; destruirá su matrimonio; quitará lo bueno y lo hermoso de su relación familiar y reemplazará éstos con fealdad y desconfianza. A ustedes, los hombres jóvenes y a las jovencitas que son sus compañeras, les imploro que no se ensucien la mente con esas cosas horribles y depravadas. Tienen por objeto estimularles la curiosidad, atraparlos en su trampa. Les quitarán la hermosura de su vida. Los conducirán a lo tenebroso y repugnante. Un artículo publicado hace poco en una revista contiene el relato de una niña de doce años que se envició con Internet. Por medio de ésta conoció a un admirador. Tratando de uno y otro tema, llegaron a hablar explícitamente de asuntos sexuales. Cuando conversaba con él, la chica pensaba que su interlocutor era un muchacho de la edad de ella. Cuando lo conoció personalmente, vio que era "un hombre alto, grueso y de cabello canoso". Era un perverso depredador, un maquinador pederasta. La madre de la jovencita, con la ayuda del FBI, la salvó de lo que hubiese podido ser una de las peores tragedias. (Readers' Digest, enero de 2000, págs. 101104.) Nuestros jóvenes hallan esas tentadoras cosas por todos lados, por lo que necesitan la ayuda de sus padres para oponerles resistencia. Necesitan tener un potente autodominio y contar con la fortaleza de amigos buenos. Necesitan que la oración los fortifique para hacer frente a esa marejada de indecencia. El problema de la guía de los padres a los hijos no es nuevo, pero es quizás más grave de lo que lo ha sido hasta ahora aunque cada generación se ha encarado con un aspecto de él. En 1833, el Señor mismo reprendió a José Smith y a sus consejeros y al Obispo Presidente. Al profeta José Smith, con palabras claras e inequívocas, dijo lo que había dicho a otros: "No has guardado los mandamientos, y debes ser reprendido ante el Señor; "es necesario que los de tu familia se arrepientan y abandonen algunas cosas, y que atiendan con mayor diligencia a tus palabras, o serán quitados de su lugar" (D. y C. 93:4748). A qué se debieron expresamente esas reprensiones, no lo sé. Pero sí sé que la situación era seria y que el futuro de ésta estaba cargado de suficiente peligro para que el Señor mismo hablara con claridad y amonestación. Pienso que del mismo modo Él nos habla a nosotros con claridad y amonestación. El corazón se me enternece por aquellos de nuestros jóvenes que en muchos casos deben recorrer un camino solitario por la vida. Ellos se encuentran en medio de esos males. Espero que puedan compartir sus problemas con ustedes, sus padres y sus madres. Confío en que ustedes los escuchen, que sean pacientes y comprensivos, que los acerquen a ustedes y los consuelen y los apoyen en su soledad. Oren para pedir orientación, para pedir paciencia. Oren y supliquen tener la fortaleza necesaria para querer[los] aunque la infracción haya sido grave. Oren para pedir entendimiento y bondad, y, sobre todo, sabiduría e inspiración. Creo que ésta es la época más maravillosa de toda la historia del mundo. Por alguna razón se nos ha permitido salir a escena en este tiempo del auge del conocimiento. ¡Qué tragedia, qué funesto y terrible es ver a un hijo o a una hija con quien tanto se ha contado recorrer el tortuoso camino que conduce al infierno. Por otro lado, qué magnífico y hermoso es ver al hijo o hija de sus sueños andar con la cabeza en alto, sin ningún temor y con confianza, aprovechando las excelentes oportunidades que se le presentan. Isaías dijo: "Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos" (Isaías 54:13). 25


Guíen a sus hijos e hijas, dirijan sus pasos desde que sean muy pequeños, enséñenles las vías del Señor de tal manera que la paz sea la compañera de ellos a lo largo de sus vidas. Mencioné a las hermanas de la Sociedad de Socorro varias cosas específicas que deben enseñar a sus hijos e hijas. Las repetiré brevemente, quizás con diferentes palabras. La primera es animarlos a cultivar buenas amistades. Todo joven y toda joven anhela tener amigos. Ninguno desea andar solo. La calidez, el consuelo y la camaradería de un amigo significa todo para un joven y para una joven. Esa persona amiga puede ser una influencia para bien o para mal. Las pandillas callejeras que son tan brutales son un ejemplo de amistades que se han vuelto malas. A la inversa, el trato mutuo de los jóvenes en la Iglesia y en la escuela con los de su propio medio les servirá de incentivo para que les vaya bien y sobresalgan en sus empeños. Abran las puertas de sus hogares a los amigos de sus hijos. Si resulta que tienen muy buen apetito, háganse los desentendidos y déjenlos comer. Hagan de los amigos de sus hijos los amigos de ustedes. Enséñenles la importancia de la instrucción académica. El Señor ha dado a los de este pueblo la responsabilidad de formar el intelecto a fin de que se preparen bien para desempeñar su función en la sociedad de la cual formarán parte. La Iglesia será bendecida por motivo de la distinción de ellos. Además serán recompensados con creces por el esfuerzo que hagan. El otro día leí lo siguiente en un artículo que recorté: "La información del último censo indicaba que el salario anual de una persona sin título y sin licenciatura de enseñanza secundaria había sido de poco más de US$16.000 a escala nacional en 1997. El de una persona con licencia secundaria no era mucho más alto: US$22.895 como ingreso promedio anual. Pero a medida que el nivel de instrucción aumentaba, también se incrementaba la diferencia del sueldo. Para la persona con licenciatura universitaria, el ingreso promedio fue de US$40.478 ese año. Por último, para las personas que tenían títulos universitarios más avanzados el ingreso anual subía más de US$20.000, llegando a un promedio de US$63.229 al año, según las cifras del censo" (Nicole A. Bonham, "Does an Advanced Degree Pay Off?", Utah Business, septiembre de 2000, pág. 37). Enseñen a sus hijos a respetar su cuerpo. Enséñenles que el cuerpo es la creación del Todopoderoso. ¡Qué cosa milagrosa, magnífica y hermosa es el cuerpo humano! Como se ha dicho aquí esta noche, Pablo, en su epístola a los corintios dijo: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? "Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:1617). Ahora impera la manía de hacerse tatuajes en el cuerpo. No me es posible comprender por qué un joven o una joven desearía someterse al doloroso procedimiento de desfigurarse la piel con diversas y multicolores representaciones de personas, animales y otros símbolos. Con los tatuajes el proceso es permanente, excepto que la persona se someta a otro procedimiento doloroso y costoso para quitárselo. Padres de familia, adviertan a sus hijos que no se hagan tatuajes en el cuerpo. Puede ser que ahora les opongan resistencia, pero llegará el tiempo en que les darán las gracias. Un tatuaje es graffiti en el templo del cuerpo. Por el estilo es el perforarse el cuerpo para colgarse múltiples aretes en las orejas, en la nariz e incluso en la lengua. ¿Es posible que consideren que eso es bonito? Es una fantasía pasajera, cuyos efectos son permanentes. Algunos han llegado a tales extremos que han tenido que quitarles los aretes quirúrgicamente. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce hemos declarado que nos oponemos a los tatuajes y también "a las perforaciones del cuerpo que no sean para fines médicos". No obstante, no hemos adoptado ninguna postura con respecto "a las perforaciones mínimas que se hacen las mujeres en las orejas para usar un par de aretes". . . un par. Enséñenles a evitar las drogas ilegales. De ello se ha hablado de manera elocuente. Ya he hablado de las drogas que llaman Éxtasis. ¿Desean que sus hijos tengan la paz de la que habló Isaías? Ellos no tendrán paz si se involucran con las drogas. Esas sustancias ilegales les quitarán el autodominio y se apoderarán de ellos de tal forma que llegarán al punto de hacer cualquier cosa, dentro o fuera de los márgenes de la ley, para conseguir otra dosis. 26


Enséñenles la virtud de la honradez. No hay sustituto debajo del cielo para el hombre o la mujer, el joven a la joven que son honrados. No hay palabras falsas que ensucien su reputación. Ningún acto de engaño contamina su conciencia. Él o ella pueden andar con la cabeza en alto, manteniéndose por encima de la multitud de personas inferiores que de continuo se complacen en mentir y engañar, y que se disculpan con la excusa de que el mentir un poco no le hace daño a nadie. Sí hace daño, porque las pequeñas mentiras llevan a mentiras más grandes, y las cárceles del país son la mejor prueba de ese hecho. Enséñenles a ser virtuosos. No se puede tener paz mediante la impureza sexual. Nuestro Padre Celestial puso en nosotros deseos que nos hacen atractivos los unos a los otros: los jóvenes y las jóvenes, los hombres y las mujeres. Pero aunada a ese impulso debe estar la autodisciplina, rígida, firme y férrea. Enséñenles a esperar con anhelo el día en que se casen en la Casa del Señor, como los que llegan al altar limpios de manchas o de maldades de cualquier clase. Se sentirán agradecidos todos los días de su vida de haberse casado en el templo, dignamente, bajo la autoridad del santo sacerdocio. Entre paréntesis, vaya una palabra a ustedes, los hombres. Vigilen los sentimientos que puedan experimentar a fin de que no se enreden en situaciones que conducirán al pesar, al remordimiento y, finalmente, al divorcio. El divorcio se ha vuelto común a todo nuestro alrededor. Hay tantos que violan los convenios solemnes que han hecho ante Dios en Su Santa Casa. Brigham Young dijo en una ocasión: "Una vez que se casen, en lugar de intentar librarse el uno del otro, reflexionen en que han tomado una decisión y esfuércense por honrarla y conservarla. No manifiesten que han actuado con imprudencia, ni digan que han tomado una mala decisión, ni permitan que nadie piense que lo han hecho. Ustedes han tomado una decisión: apéguense a ella y esfuércense por consolarse y ayudarse el uno al otro" (Deseret News, 29 de mayo de 1861, pág. 98). Un divorcio, después de que todo se ha dicho y hecho, representa el fracaso de un matrimonio. Tantísimos hombres se convierten en críticos crónicos. Si tan sólo buscaran las virtudes de su esposa en lugar de concentrarse tan sólo en sus defectos, el amor florecería y el hogar estaría seguro. Enseñen a sus hijos a orar. No hay ningún otro recurso que se compare a la oración. Pensar que cada uno de nosotros puede acudir a nuestro Padre Celestial, que es el gran Dios del universo, para pedirle ayuda, guía y fe es un milagro en sí. Venimos a Él porque Él nos ha invitado a hacerlo. No rechacemos la oportunidad que Él nos ha dado. Dios los bendiga, amados padres de familia. Que Él los bendiga con sabiduría y discernimiento, con comprensión, con autodisciplina y autodominio, con fe, con bondad y amor. Y ruego que Él bendiga a sus hijos e hijas que han llegado a sus hogares, para que su influencia sea robustecedora, fortalecedora y orientadora al andar ellos por los peligrosos caminos de la vida. Que al pasar los años, y pasarán muy rápidamente, ruego que ustedes conozcan "la paz que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7) al contemplar a sus hijos y a sus hijas, quienes, del mismo modo habrán conocido esa sagrada y maravillosa paz. Ésa es mi humilde oración, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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CREO EN ESTOS TRES. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Ciertamente, el primer Artículo de Fe es conocido por todos los miembros de la Iglesia y es el eje mismo de nuestra religión. Resulta significativo el hecho de que al poner por escrito los elementos principales de nuestra doctrina, el profeta José Smith haya colocado éste en el número uno: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Los Artículos de Fe 1:1). 27


La preeminencia que dio a esa declaración está de acuerdo con otra afirmación que hizo el Profeta cuando dijo: “El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 427). Esas declaraciones sumamente importantes y que todo lo abarcan están en armonía con las palabras que el Señor pronunció en Su grandiosa oración intercesora: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Hace algunos años, recuerdo haber leído un folleto escrito por un crítico, un enemigo de la Iglesia cuyo deseo era minar la fe de los débiles y de los indoctos. En dicho folleto se expresaban falsedades que se habían repetido durante más de un siglo y en él supuestamente se daba una explicación de lo que ustedes y yo creemos como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sin desear entrar en discusión con ninguno de nuestros amigos de otras religiones, a muchos de los cuales conozco y por quienes siento gran estimación, aprovecho esta oportunidad para dejar bien clara mi postura sobre la más importante de todas las cuestiones teológicas. Creo sin vacilación ni duda en Dios, el Eterno Padre. Él es mi Padre, el Padre de mi espíritu y el de los espíritus de todos los seres humanos. Es el gran Creador, el Gobernante del universo. Él dirigió la Creación de esta tierra en la que vivimos; el hombre fue creado a Su imagen. Es un Ser personal; es real; es individual y “tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre” (D. y C. 130:22). A SU IMAGEN. Según el relato de la creación de la tierra, “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). ¿Podrían haber sido más explícitas las palabras? ¿Acaso degrada en algo a Dios, como algunos quieren hacernos creer, el hecho de que el hombre haya sido creado en Su precisa imagen? Por el contrario, esta idea debería hacer surgir en el corazón de todo hombre y toda mujer un mayor aprecio por sí mismos, por ser hijo o hija de Dios. Las palabras de Pablo a los santos de Corinto se aplican tanto a nosotros hoy, como se aplicaban a aquellos a quienes él las escribió. Él dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17). Recuerdo una ocasión, hace más de setenta años, cuando era misionero, en que me hallaba hablando en una reunión al aire libre en Hyde Park, Londres. Mientras presentaba el mensaje, un provocador me interrumpió, diciendo: “¿Por qué no se limita a enseñar la doctrina de la Biblia, de lo que se dice en Juan: ‘Dios es Espíritu’?”. Abrí la Biblia en el versículo que él había citado y se lo leí por completo: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24). Después le dije: “Por supuesto que Dios es un espíritu, y también lo es usted, una combinación de espíritu y cuerpo que lo hace un ser viviente; y también lo soy yo”. Cada uno de nosotros es un ser que tiene tanto una entidad espiritual como una entidad física. Todos saben de la realidad de la muerte cuando el cuerpo muere; y cada uno de nosotros sabe también que el espíritu continúa viviendo como entidad individual y que, en un momento dado, gracias al plan divino hecho posible por el sacrificio del Hijo de Dios, habrá una reunión de espíritu y cuerpo. La declaración de Jesús de que Dios es espíritu no es una negación de que Él tiene un cuerpo, como tampoco lo es la declaración de que yo soy espíritu al mismo tiempo que tengo cuerpo. No comparo mi cuerpo con el de Él en refinamiento, capacidad, belleza y fulgor. El Suyo es eterno; el mío es mortal. Pero ese concepto hace que aumente la reverencia que siento por Él. Lo adoro “en espíritu y 28


en verdad”; acudo a Él, que es la fuente de mi fortaleza; oro a Él para pedirle una sabiduría muy superior a la mía; y procuro amarlo con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas. Su sabiduría es mucho más grande que la de todos los hombres; Su poder es mayor que el de la naturaleza, porque Él es el Creador Omnipotente; Su amor es más grandioso que cualquier otro amor, porque el Suyo abarca a todos Sus hijos, y porque Su obra y Su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos e hijas de todas las generaciones (véase Moisés 1:39). NUESTRO PADRE TODOPODEROSO. Él “de tal manera amó… al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Éste es el Todopoderoso ante quien me siento lleno de asombro y reverencia. Es a Él a quien contemplo con temor y con temblor. Es a Él a quien adoro y a quien rindo honor, alabanza y gloria. Es mi Padre Celestial, que me ha invitado a acercarme a Él en oración, a hablar con Él, ofreciéndome la promesa segura de que me escuchará y me responderá. Le doy gracias por la luz, el conocimiento y la comprensión que ha concedido a Sus hijos. Le agradezco Su voz, la cual ha hablado la verdad eterna con poder y con promesa. Le agradezco Su declaración en el momento del bautismo de Su Hijo Amado en las aguas del Jordán, cuando se oyó Su voz diciendo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Le doy gracias por Sus palabras similares en el Monte de la Transfiguración, al hablar otra vez a Jesús y a Sus Apóstoles, y también a ángeles, cuando “seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; “y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. “Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. “Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:1–5). Le doy gracias por esa voz que nuevamente se oyó cuando presentó al Señor resucitado a la gente del hemisferio occidental, y se oyó la voz de Dios que decía: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, el quien he glorificado mi nombre: a él oíd (3 Nefi 11:7). Me siento lleno de asombro y reverencia y gratitud por Su aparición en esta dispensación cuando, al presentar al Señor resucitado a aquel que lo había buscado por medio de la oración, el Padre declaró: “…Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith— Historia 1:17). SU PRIMOGÉNITO. Creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios eterno y viviente. Creo en Él como Primogénito del Padre y el Unigénito del Padre en la carne. Creo en Él como persona individual, separada y distinta de Su Padre. Creo en las palabras de Juan, que inicia su Evangelio con esta magnífica expresión: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. “Este era en el principio con Dios… “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1–2, 14). Creo que Él nació de María, por el linaje de David, como el Mesías prometido; que Él fue, ciertamente, engendrado por el Padre, y que Su nacimiento fue el cumplimiento de esta grandiosa declaración profética de Isaías: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Creo que en Su vida terrenal Él fue el único hombre perfecto que ha andado sobre la tierra. Creo que en Sus palabras se hallan esa luz y esa verdad que, si se siguieran, salvarían al mundo y traerían la exaltación a la humanidad. Creo que en Su sacerdocio radica la autoridad divina, el poder de bendecir, de 29


sanar, de gobernar los asuntos terrenales de Dios, el poder de atar en los cielos aquello que se ate en la tierra. Creo que por medio de Su sacrificio expiatorio, de la ofrenda de Su vida en el Calvario, Cristo expió los pecados de la humanidad aliviándonos de la carga del pecado si abandonamos el mal y lo seguimos a Él. Creo en la realidad y en la potestad de Su Resurrección. Creo en la gracia de Dios manifestada por medio de Su sacrificio y redención, y creo que, mediante Su expiación y sin que tengamos nosotros que pagar ningún precio, a cada uno se le ofrece el don de la resurrección de los muertos. Y más aún, creo que por ese sacrificio, a todo hombre y mujer, a todo hijo e hija de Dios, si escucha y obedece Sus mandamientos, se le ofrece la oportunidad de la vida eterna y de la exaltación en el reino de nuestro Padre. SALVADOR Y REDENTOR DIVINO. Ninguno tan grandioso ha caminado jamás por esta tierra. Ningún otro ha hecho un sacrificio comparable ni brindado una bendición similar. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Yo creo en Él. Declaro Su divinidad sin vacilación ni transigencia. Lo amo. Pronuncio Su nombre con reverencia y admiración. Lo adoro, como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le doy las gracias y me arrodillo frente a Sus pies, Sus manos y Su costado heridos, asombrado ante el amor que Él me ofrece. Gracias a Dios por Su Hijo Amado, que hace mucho tiempo extendió la mano y dijo a cada uno de nosotros: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30). Él vive; es las primicias de la Resurrección. Sé que vive hoy con la misma realidad, la misma autenticidad, la misma individualidad con que vivía cuando, siendo el Señor resucitado, invitó a Sus desanimados discípulos diciendo: “…Venid, comed… “y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado” (Juan 21:12–13). Las Escrituras nos hablan de otras personas a quienes Él se mostró y con quienes habló como el Hijo de Dios resucitado y viviente. De igual manera, apareció en esta dispensación y los que lo vieron declararon: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; “que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24). Éste es el Cristo en quien yo creo y de quien testifico. EL ESPÍRITU SANTO. Ese conocimiento proviene de la palabra de las Escrituras y ese testimonio se recibe por el poder del Espíritu Santo; es un don, sagrado y maravilloso, que recibimos por revelación del tercer miembro de la Trinidad. Creo en el Espíritu Santo como Personaje de espíritu que ocupa Su lugar con el Padre y el Hijo, siendo los tres los miembros que constituyen la divina Trinidad. La importancia del lugar que le corresponde es obvia en las palabras del Señor, cuando dijo: “…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu [Santo] no les será perdonada. “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31–32). En la conversación que tuvo lugar entre Pedro y Ananías cuando éste se guardó una parte del pago que había recibido por la venta de un terreno, es evidente que en tiempos antiguos se reconocía al Espíritu Santo como miembro de la Trinidad. “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…? …No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3–4). 30


El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad, el Consolador prometido por el Salvador que enseñaría a Sus seguidores todas las cosas y les haría recordar todas las cosas, todas las que Él les había dicho (véase Juan 14:26). El Espíritu Santo es el testigo de la verdad, el que puede enseñar a los seres humanos lo que ellos no pueden enseñarse unos a otros. En sus grandiosas palabras, que representan un desafío, Moroni promete un conocimiento de la verdad del Libro de Mormón “por el poder del Espíritu Santo”. Y luego afirma: “y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4–5). Yo creo que disponemos de ese poder, de ese don, en la actualidad. TRES SERES DISTINTOS. En consecuencia, yo creo en Dios el Eterno Padre y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo. Me bauticé en el nombre de cada uno de esos tres Personajes; me casé en el nombre de cada uno de Ellos. No tengo ninguna duda en cuanto a que son personas reales e individuales. Esa condición de seres individuales se hizo patente cuando Juan bautizó a Jesús en el Jordán. Allí, en el agua, se encontraba el Hijo de Dios; la voz de Su Padre se dejó oír proclamando Su divinidad filial, y el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma (véase Mateo 3:16–17). Sé que Jesús dijo que cualquiera que lo hubiera visto a Él había visto a Su Padre. ¿No podría decirse lo mismo de los muchos hijos que se parecen a su padre? Cuando Jesús oró al Padre, ¡ciertamente no se estaba orando a Sí mismo! Son Seres distintos y separados, pero son uno en propósito y esfuerzo, y están unidos y son uno para llevar a cabo el grandioso y divino plan para la salvación y la exaltación de los hijos de Dios. En la magnífica y conmovedora oración que ofreció en el huerto antes de la traición, Cristo rogó al Padre por los Apóstoles, a quienes amaba, diciendo: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20– 21). Esa perfecta unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es lo que liga a los tres en la unidad de la divina Trinidad. Milagro de milagros y maravilla de maravillas, Ellos tienen interés en nosotros y somos el centro de Su mayor atención; están disponibles para cada uno de nosotros. Nos acercamos al Padre por medio del Hijo, que es nuestro intercesor ante el trono de Dios. Y qué maravilloso es que podamos hablar al Padre en el nombre del Hijo. Expreso mi testimonio de estas grandes y trascendentales verdades. Y lo hago por el don y el poder del Espíritu Santo, en el sagrado nombre de Jesucristo.

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SIGAMOS UN CURSO FIRME. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Los días mencionados por nuestros antepasados ya han llegado para aquellos que vivimos en los albores del siglo XXI. Éstos son los días del cumplimiento de las profecías; y yo, junto con ustedes, agradezco el ser parte de esta obra vibrante y maravillosa que está cambiando para bien la vida de muchas personas de tantas partes del mundo. Ese progreso no se debe a los hombres, sino a la manifestación del poder de Dios, y espero que nunca nos jactemos ni nos vanagloriemos de ello. Ruego que siempre seamos humildes y agradecidos. LOS FRUTOS DE LA PRIMERA VISIÓN.

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Esta obra comenzó con una manifestación sumamente notable cuando el Padre y el Hijo se le aparecieron al joven José Smith una mañana de primavera de 1820. Todo lo bueno que encontramos en la Iglesia actualmente es fruto de aquella visión extraordinaria, un testimonio de la cual ha llegado al corazón de millones de personas de muchos países. Agrego mi propio testimonio, el cual se me ha concedido por medio del Espíritu, de que lo que el Profeta describió de ese acontecimiento maravilloso es verdad, que Dios, el Padre Eterno, y el Señor Jesucristo resucitado hablaron con él en aquella ocasión, y mantuvieron una conversación tan real, tan personal y tan íntima como la que él describió. Elevo mi voz para testificar que José Smith fue un profeta y que la obra que él sacó a luz es la obra de Dios. Con el tiempo he ido apreciando cada vez más un resumen que uno de los colaboradores del Profeta realizó sobre la obra de José Smith y una declaración de nuestra obligación de continuarla. Las palabras, de belleza poética, fueron redactadas por el élder Parley P. Pratt, del Quórum de los Doce Apóstoles, en 1845, apenas un año después de la muerte de José: “Él ha organizado el Reino de Dios, y nosotros extenderemos sus dominios. “Él ha restaurado la plenitud del Evangelio, y nosotros lo llevaremos a todas partes... “Él ha encendido el alba de un día de gloria, y nosotros lo llevaremos a su máximo esplendor. “Él era ‘apenas uno’ y ha pasado a ser mil, y nosotros somos pocos y pasaremos a ser una nación fuerte. “En resumen, él cortó la piedra... y nosotros la haremos un gran monte que llenará toda la tierra”1. Estamos presenciando el cumplimiento gradual de ese sueño, y espero que nos conservemos fieles a ese deber sagrado que tenemos de edificar este reino. Nuestros esfuerzos no se verán libres del pesar ni de las demoras; debemos esperar padecer una oposición enconada y hábil. NUESTRA MEJOR DEFENSA. Conforme la obra progrese, debemos esperar una intensificación de los esfuerzos del adversario en contra de nosotros. Nuestra mejor defensa es emprender, apaciblemente, una ofensiva siendo leales a las enseñanzas que hemos recibido de aquellos a quienes hemos sostenido como profetas de Dios. El profeta José Smith nos instruyó sobre la situación que actualmente vivimos, diciendo: “[Deben] salir con toda mansedumbre, con prudencia, a predicar a Jesucristo y a El crucificado; que no [contiendan] con otros por causa de su fe o sistemas de religión, sino que [sigan] un curso firme. Dije esto por vía de mandamiento; y cuantos no lo observaren, traerán persecuciones sobre su cabeza, mientras que aquellos que lo observaren, serán llenos del Espíritu Santo a todo tiempo. Pronuncié esto como profecía”2. Me gustaría utilizar algunas de las palabras de esa declaración como lema para nosotros, los miembros actuales de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ruego que el Señor nos inspire para entender la sabiduría de ese consejo del profeta: No contiendan con los demás, sino sigan un curso firme. SIGAMOS UN CURSO FIRME. Vivimos en una época en la que los valores y las normas cambian, una época de programas engañosos que florecen por la mañana pero que mueren al anochecer.Esto se aprecia en los gobiernos, lo vemos en la moral pública y privada, en los hogares de la gente, en las iglesias y hasta entre algunos de nuestros propios miembros, que son desviados por la sofistería de los hombres. En todas partes, parecería que los hombres están buscando algo pero están cegados por la oscuridad que les rodea, que dejan de lado las tradiciones que constituyeron la fortaleza de nuestra sociedad mas no son capaces de hallar una nueva tradición que les guíe. Recuerdo la fortaleza moral que demostró un funcionario del gobierno japonés que habló durante la dedicación del pabellón de la Iglesia en la Expo ‘70, o sea, la feria mundial celebrada en Japón. Congratuló calurosamente a la Iglesia por participar en la exposición y deploró la débil influencia de la religión en la vida de sus propios conciudadanos, con el consiguiente deterioro de las normas y los ideales.

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Aparentemente es así en todas partes. Tiempo atrás, leí un estimulante artículo escrito por Barbara W. Tuchman, historiadora que ganó el premio Pulitzer. Ella dijo: “Cuando de líderes se trata, contamos con un número excesivo de ellos —centenares de flautistas de Hamelín— ... listos y ansiosos por guiar al pueblo, que van apresuradamente de un lado a otro recabando seguidores y tratando de ganarse el mayor respaldo posible. Pero lo que no hacen, extrañamente, es detenerse y decir: ‘Esto es en lo que yo creo. Esto es lo que haré y esto es lo que no haré. Éste es mi código de conducta y esto otro no se incluye en él. Esto es excelente y esto otro es basura’. Vivimos en una época de abdicación de liderazgo moral en el sentido de que nadie está dispuesto a definir las normas por las que se guía”. Y prosiguió: “De todas las enfermedades que nuestra pobre... sociedad ha heredado, a mi modo de ver la principal y la que más incomodidad y confusión produce es la carencia de normas. Somos demasiado inseguros para reivindicarlas, para ceñirnos a ellas, o en el caso de personas con cargos de autoridad, de aplicarlas. Padecemos una indiferencia generalizada y corrosiva a adoptar cualquier decisión respecto a cualquier norma, sea moral, de comportamiento o estética”3. Si bien las normas en general parecen inestables, nosotros, los miembros de la Iglesia, no tenemos excusa alguna si nos comportamos de idéntica manera. Contamos con normas certeras, comprobadas y eficaces. Al grado en que las observemos, así avanzaremos. Al grado en que las descuidemos, se detendrá nuestro progreso y restaremos mérito a la obra del Señor. Estas normas proceden de Él. Tal vez en el mundo de hoy algunas parezcan un tanto anticuadas, pero ello no resta ni un ápice a su validez ni a la virtud de su aplicación. El sutil razonamiento de los hombres, a pesar de lo inteligente que parezca, ni lo convincente que pueda resultar, no puede disminuir la patente sabiduría de Dios. Una vez oí decir a Hans Kindt, el sabio patriarca de la Estaca Milwaukee Norte, Wisconsin: “Dios no es un político celestial que busca nuestro voto. Más bien, a Dios hay que buscarlo y obedecerlo”. Lo mejor de todo esto es que la obediencia trae felicidad, da paz y hace progresar a la persona, a través de cuyo buen ejemplo aporta respeto a la institución a la que pertenece. NO HAY NECESIDAD DE CONTENDER. Nuestra fidelidad a esas normas divinas no tiene porqué ofender a los que nos rodean; no hay necesidad de contender con ellos; al contrario, si seguimos un curso firme, nuestro ejemplo será el argumento más eficaz que pudiéramos ofrecer de las virtudes de la causa a la que estamos afiliados. El Señor nos ha dado consejos y mandamientos sobre tantas cosas que ningún miembro de esta Iglesia tiene por qué confundirse. Él ha establecido pautas para nosotros en lo que se refiere a la virtud personal, la amabilidad para con el prójimo, la obediencia a la ley, la lealtad al gobierno, la observancia del día de reposo, la sobriedad y la abstinencia de licores y tabaco, el pago de diezmos y ofrendas, el cuidado de los pobres, el desarrollo de la familia y del hogar, y el compartir el Evangelio, por mencionar tan sólo unas cuantas. No hay lugar para la discusión ni la contención en cuanto a ninguna de ellas. Si seguimos un curso firme en la implantación de la religión en nuestra vida, promoveremos la causa con mayor eficacia que por cualquier otro medio. Habrá quienes deseen inducirnos a descarriarnos, habrá quienes traten de engañarnos. Tal vez se nos degrade, se nos menosprecie o seamos motivo de queja o de ridículo ante el mundo. Hay quienes, tanto dentro como fuera de la Iglesia, que quisieran obligarnos a cambiar de postura en ciertos aspectos, como si nos correspondiera a nosotros usurpar la autoridad que sólo pertenece a Dios. No deseamos contender con los demás; nosotros enseñamos elEvangelio de paz, pero no podemos renunciar a la palabra del Señor que hemos recibido por conducto de hombres a los que hemos sostenido como profetas. Debemos permanecer firmes y declarar, citando las palabras de afirmación que recomendó Barbara Tuchman: “Esto es en lo que yo creo. Esto es lo que haré y esto es lo que no haré. Éste es mi código de conducta y esto otro no se incluye en él”. 33


Habrá momentos de desánimo y de profunda preocupación; ciertamente habrá días en los que tendremos que tomar decisiones cruciales. Pero siempre ha sido así. EJEMPLOS DE LOS PIONEROS. Todo hombre y toda mujer de esta Iglesia sabe algo del precio que tuvieron que pagar nuestros antepasados por su fe, algo que recuerdo cada vez que leo la narración de Mary Goble Pay, la abuela de mi esposa. Me gustaría compartir algunas palabras de ese relato de una niña de 13 años que nos habla de su infancia en Brighton, esa encantadora ciudad costera del sur de Inglaterra, donde las suaves y verdes colinas de Sussex van a dar al mar. Su familia se bautizó allí; su conversión se produjo de forma natural, pues el Espíritu les susurró al corazón que era verdad. Aunque también es verdad que hubo parientes y vecinos que los criticaban, y hasta populachos, todos dispuestos a ridiculizar y provocar a otros contra ellos. Hizo falta valor, esa rara cualidad descrita como valor moral, para mantenerse firme y dar la cara, bautizarse y ser reconocido como un mormón. La familia viajó a Liverpool, donde, con otras 900 personas, embarcaron en el navío Horizon. Mientras el viento sacudía las velas, ellos cantaban: “Adiós, patria mía, adiós”. Tras seis semanas embarcados — para cubrir la distancia que actualmente se realiza en seis horas en avión—, llegaron a Boston y luego viajaron en un tren a vapor hasta Iowa City para obtener las provisiones necesarias para el camino. Allí adquirieron dos yuntas de bueyes, una de vacas, un carromato y una tienda, y se les asignó viajar con una de las compañías de carros de mano para ayudarla. En Iowa City también ocurrió su primera tragedia. El hijo más pequeño de la familia, de menos de dos años de edad, tenía síntomas de congelación. Falleció y fue enterrado en una tumba que jamás volvió a visitar ningún miembro de la familia. Permítanme leerles las propias palabras de esa niña de 13 años al compartir unas pocas líneas de su relato: “Viajábamos entre 25 y 40 kilómetros diarios... hasta que llegamos al río Platte... Ese día alcanzamos a las compañías de carros de mano. Las vimos cruzar el río, donde flotaban enormes pedazos de hielo. Hacía muchísimo frío... regresamos al campamento, ofrecimos nuestras oraciones [y]... cantamos “Santos venid, sin miedo ni temor”. Me pregunté por qué mi madre lloró [aquella noche]... A la mañana siguiente, nació mi hermana menor. Era el 23 de septiembre. La llamamos Edith. Vivió seis semanas ymurió... La enterramos en el últimocruce [del] río Sweetwater. “[Nevó mucho y yo me perdí en la nieve.] Tenía los pies y las piernas congelados. [Los hombres] me restregaron con nieve y me pusieron los pies en un cubo de agua. El dolor era terrible... “Al llegar a ‘Devils Gate’ [Portón del diablo], hacía un frío horrible. Allí dejamos muchas de nuestras pertenencias... Mi hermano James... se encontraba tan bien como siempre cuando se acostó [esa noche]. A la mañana siguiente estaba muerto... “Yo tenía los pies congelados, al igual que mi hermano Edwin y mi hermana Caroline. Todo era nieve [nieve por todas partes y el frío viento del estado de Wyoming]. No pudimos enterrar en el suelo las estacas de las tiendas... No sabíamos qué iba a ser de nosotros. [Entonces], una noche llegó un hombre al campamento y nos dijo que... Brigham Young había enviado hombres y equipos para rescatarnos... Cantamos, algunos bailaron y otros lloraron... “Mi madre nunca se recuperó... Falleció entre las montañas Little y Big... Tenía 43 años... “Llegamos a Salt Lake City a las nueve de la noche del 11 de diciembre de 1856. Tres de cada cuatro personas vivas tenían síntomas de congelación. Mi madre estaba muerta en el carromato... “Muy temprano, a la mañana siguiente... Brigham Young... llegó... Cuando vio nuestro estado, los pies congelados, nuestra madre muerta, las lágrimas bañaron sus mejillas... 34


“El médico me amputó los dedos de los pies... [mientras] las hermanas vestían a mi madre para ser enterrada... Cuando terminaron con mis pies nos [llevaron en brazos]... para ver a nuestra madre por última vez. ¡Cómo soportamos el dolor! La enterraron aquella tarde... “[Muchas veces he pensado en las palabras que mi madre me dijo antes de partir de Inglaterra]: ‘Polly, quiero ir a Sión mientras mis hijos sean pequeños para que se críen en el Evangelio de Jesucristo, pues sé que ésta es la Iglesia verdadera”. Concluyo con esta pregunta: ¿Debe extrañarnos que se nos llame a soportar un poco de crítica, a realizar algún pequeño sacrificio por nuestra fe cuando nuestros antepasados pagaron un precio tan grande por la de ellos? Sin contención, sin discusión y sin ofensas, sigamos un curso firme, avanzando en la edificación del reino de Dios. Si surgen problemas, hagámosles frente con calma. Venzamos el mal con el bien. Ésta es la obra de Dios y seguirá fortaleciéndose en toda la tierra, cambiando para siempre la vida de miles de personas cuyo corazón sea receptivo al mensaje de la verdad. Ningún poder bajo el cielo podrá detenerlo. Ésta es mi fe y éste es mi testimonio.

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MADRE, TU MÁS GRANDE DESAFÍO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "No creo que exista mejor respuesta a. . . [las] repugnantes prácticas que acosan a nuestros jóvenes que las enseñanzas de una madre, impartidas con amor y con una advertencia inequívoca". Me sentiría satisfecho de terminar esta reunión ahora mismo. Esta noche se nos ha enseñado muy bien. Felicito a la presidencia por sus excelentes palabras. Como sabrán, ellas se han preocupado, han orado y suplicado al Señor que las ayudara en su preparación y presentación. Hermana Smoot, hermana Jensen y hermana Dew, les agradecemos todo lo que han hecho; han realizado un gran trabajo. Considero que es una grandiosa oportunidad el dirigirme a ustedes. Ninguna otra congregación es semejante a ésta. Nos dirigimos a ustedes desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, pero ustedes nos escuchan en casi todas partes al encontrarse reunidas a través de los Estados Unidos y Canadá, de las naciones de Europa, de México, de Centroamérica y de Sudamérica. Están todas unidas en esta gran congregación no importa si están en Asia, el Pacífico Sur o en otras tierras lejanas. Sus corazones albergan el mismo propósito. Se encuentran reunidas juntas porque aman al Señor; tienen un testimonio y una convicción de Su realidad viviente; oran al Padre en el nombre de Jesús; reconocen el poder de la oración; son esposas y madres; viudas y madres solteras que llevan cargas demasiado pesadas; mujeres recién casadas, y mujeres que no están casadas. Son una vasta concurrencia de mujeres de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; más de cuatro millones de ustedes pertenecen a esta gran organización; y nadie puede calcular la inmensa fuerza para bien que pueden llegar a ser. Ustedes son las guardianas del hogar; las administradoras del hogar. Al igual que la hermana Dew, les exhorto a que sean firmes y fuertes en defensa de esas grandes virtudes que han sido el fundamento de nuestro progreso social. Cuando están unidas, su poder no tiene límites; pueden lograr lo que quieran. Y cuánto, cuánto se les necesita en un mundo en el que los valores se están viniendo abajo, donde el adversario parece tener tanto control. Siento gran respeto y admiración por ustedes, las jovencitas que hace muy poco tiempo ingresaron a la Sociedad de Socorro; en gran parte han podido soportar la tormenta que las azotó durante la época de su juventud; se han conservado limpias del mundo; se han mantenido libres de las manchas de la iniquidad; ustedes son la flor y nata de la juventud buena y madura de la Iglesia. Han llegado hasta este punto de su vida, limpias, bellas y virtuosas. Les felicito de todo corazón. Rindo honor a las mujeres solteras; saben muy bien lo que es la soledad; saben lo que es la ansiedad, el temor y la añoranza vehemente; pero no se han dejado vencer. Ustedes han salido adelante en la vida, 35


haciendo importantes y maravillosas contribuciones a lo largo del camino. Dios las bendiga, mis queridas hermanas y amigas. Esta noche no puedo dirigirme a todas directamente. He elegido un segmento de esta vasta congregación: a ustedes, las madres. Y quiero además incluir a las que se convertirán en madres. ¡Qué cosa tan maravillosa han logrado como madres! Han dado vida y nutrido a sus hijos; han entrado en una sociedad con nuestro Padre Celestial a fin de dar experiencia terrenal a Sus hijos e hijas. Ellos son hijos de Él y son hijos de ustedes, carne de su carne, por quienes Él las hará responsables. Ustedes se han regocijado por causa de ellos, y, en muchos casos, también han sentido pesar; ellos les han traído la felicidad que nadie más podría traerles; les han traído dolor como nadie más podría hacerlo. En general, han llevado a cabo una tarea extraordinaria al criarlos. Muchas veces he dicho que creo que tenemos la mejor generación de jóvenes que la Iglesia jamás haya tenido: tienen una mejor educación, tienen más motivación, conocen las Escrituras, viven la Palabra de Sabiduría, pagan sus diezmos, oran, tratan de hacer lo correcto, son inteligentes y capaces, limpios y puros, atractivos y hábiles. La cantidad de estos jóvenes es considerable. Más que nunca salen de misión; contraen matrimonio en el templo; saben lo que es el Evangelio y se esfuerzan por vivirlo, al acudir al Señor para pedirle guía y ayuda. Pero me duele decir que estamos perdiendo a muchos de nuestros jóvenes. Ellos prueban insensatamente una cosa tras otra, sin quedar por lo visto satisfechos, hasta que son arrastrados a un abismo del que no pueden salir. Entre ellos se encuentran algunos de nuestros propios jóvenes, y son ustedes, las madres, las que llevan la carga de pesar que resulta de todo ello. Son sus hijos y sus hijas. De manera que esta noche, con la esperanza de ofrecer ayuda, les hago una súplica. En algunos casos tal vez sea demasiado tarde, pero en la mayoría, ustedes aún tienen la oportunidad de guiar y de persuadir, de enseñar con amor, de dirigir en senderos que son fructíferos y productivos y que están lejos de esas situaciones negativas que no traen nada bueno. Nada en este mundo tiene más valor para ustedes que sus hijos. Cuando sean ancianas, cuando el cabello se les ponga blanco y el cuerpo se debilite, cuando estén propensas a sentarse en una mecedora y meditar sobre su vida, nada será más importante que el interrogante de lo que llegaron a ser sus hijos. No tendrá importancia el dinero que hayan ganado, ni tampoco los automóviles que hayan tenido, ni las casas grandes en las que hayan vivido. La pregunta inquietante que acudirá a su mente una y otra vez será: "¿Cómo les ha ido a mis hijos?". Si la respuesta es que les ha ido bien, entonces la felicidad de ustedes será completa; si no ha sido así, entonces ninguna otra satisfacción podrá compensarles esa pérdida. De manera que esta noche les suplico, mis queridas hermanas, que se sienten y en silencio examinen los triunfos y los fracasos que hayan tenido en su función de madres. Nunca es demasiado tarde. Cuando nada dé resultado, acudan a la oración y a la ayuda prometida del Señor para ayudarlas en sus tribulaciones. Pero no se demoren. Empiecen ahora, no importa si su hijo tiene seis o dieciséis años de edad. Me contaron que recientemente se llevó a cabo en esta región una gran reunión que atrajo a diez mil jóvenes; estoy seguro de que algunos de ellos eran los nuestros. Se dice que los espectáculos de esa noche fueron lujuriosos y diabólicos; aborrecibles y degradantes, típicos de los aspectos más repugnantes de la vida. En ellos no había belleza, sólo fealdad y depravación; fue algo de lo más sórdido que se pueda imaginar. Esos jóvenes pagaron entre $35 y $50 dólares por entrada. En muchos casos, ese dinero provino de los padres. Cosas semejantes a ésta están ocurriendo por todo el mundo. Algunos de los hijos y de las hijas de ustedes hacen posible que los organizadores de este tipo de inmundicia prosperen en sus malévolas empresas. El domingo pasado, el diario local Deseret News publicó un artículo detallado sobre las fiestas clandestinas de drogas que se conocen como "Rave". Empiezan a las 3:00 de la madrugada y siguen hasta las 7:30 de la mañana del domingo. Allí, los jovencitos y las jovencitas, de edades que oscilan entre los últimos años de la adolescencia hasta los veinte y tantos, bailan al ritmo estruendoso de lo que algunos consideran música, que sale por numerosos amplificadores. "Algunos llevan puestas cuentas de colores brillantes; otros levantan al aire barritas iridiscentes; otros llevan chupetes (chupones) de niño en la boca, 36


mientras que hay quienes llevan puestas mascarillas de las que usan los pintores" (Deseret News, 17 de septiembre de 2000, B1). Las drogas pasan de mano en mano, de las que las venden a las que las usan, de $20 a $25 dólares por píldora. No creo que exista mejor respuesta a estas repugnantes prácticas que acosan a nuestros jóvenes que las enseñanzas de una madre, impartidas con amor y con una advertencia inequívoca. Habrá fracasos, sí; habrá desilusiones desgarradoras; habrá tragedias, tristes y sin esperanza; pero en muchos casos, si el proceso se comienza a temprana edad y se continúa, se alcanzará el éxito, la felicidad, el amor y una gran gratitud. El abrir la cartera y dar dinero al hijo o a la hija antes de que ustedes se vayan al trabajo no servirá de nada, sino tal vez sirva para llevarlos a más prácticas maléficas. Un antiguo proverbio dice: "Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él" (Proverbios 22:6). Otro sabio refrán reza: "Árbol que crece torcido nunca su tronco endereza" (Alexander Pope, Moral Essays, tomo II 2, The Works of Alexander Pope, Esq., "Epistle I: To Sir Richard Temple, Lord Cobham" [1776], pág. 119; line 150). Enseñen a sus hijos desde muy temprana edad, y nunca dejen de hacerlo. Mientras ellos se encuentren en el hogar con ustedes, considérenlos su responsabilidad primordial. Tomo la libertad de sugerir varias cosas que podrían hacer para enseñarles. La lista no está completa, pero ustedes pueden agregar otras cosas. Enséñenles a buscar buenos amigos. Ellos van a tener amigos, buenos o malos. Esas amistades ejercerán una gran influencia en la vida de ellos. Es importante que cultiven una actitud de tolerancia hacia todos los demás, pero es más importante que ellos se rodeen de personas de su misma clase quienes harán que aflore lo mejor que lleven dentro de sí. De lo contrario, ellos se contagiarán con la manera de ser de sus compañeros. No he olvidado la anécdota que el élder Robert Harbertson relató desde este púlpito. Él habló sobre un joven indio que subió una alta montaña. Hacía frío. A sus pies había una víbora de cascabel. La serpiente tenía frío y le suplicó al joven que la levantara y la bajara hasta un lugar más cálido. El joven indio escuchó las súplicas de la serpiente y por fin accedió. La levantó en sus brazos y la cubrió con la camisa; la llevó al pie de la montaña, donde estaba más cálido. Con mucho cuidado la colocó en el pasto. Cuando la serpiente se hubo calentado, levantó la cabeza y mordió al joven con sus venenosos colmillos. El joven maldijo a la serpiente por haberle mordido como pago por su bondad. La serpiente respondió: "Tú sabías lo que yo era cuando me levantaste" ("Restoration of the Aaronic Priesthood," Ensign, julio de 1989, pág. 77). Adviertan a sus hijos en contra de los colmillos ponzoñosos de aquellos que los tentarán, que los seducirán con palabras fáciles para luego herirlos y probablemente destruirlos. Enséñenles a valorar la educación. "La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad" (D. y C. 93:36). Sobre la gente de esta Iglesia yace el mandato del Señor de adquirir conocimiento; éste bendecirá la vida de ellos ahora y a través de los años venideros. Una noche, miré fascinado por televisión el relato de una familia de la parte central de los Estados Unidos, compuesta por el padre, la madre, tres hijos varones y una hija mujer. Al casarse, el padre y la madre decidieron que harían todo lo que estuviese de su parte para que sus hijos adquirieran la mejor educación que estuviera a su alcance. Vivían en una casa humilde y modesta, pero aún así brindaron conocimiento a sus hijos; y cada uno de ellos se destacó de una manera formidable. Todos habían recibido una buena educación. Uno llegó a ser rector de una universidad, los otros estuvieron al frente de grandes instituciones de negocios; personas de éxito indiscutible. 37


Enséñenles a respetar sus cuerpos. Entre los jóvenes se está extendiendo la práctica de hacerse tatuajes o perforaciones en el cuerpo. Llegará el día en que les pesará el haberlo hecho, pero para entonces será demasiado tarde. En las Escrituras se indica claramente: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? "Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:16-17). Es triste y lamentable que los jóvenes y algunas jovencitas se hagan tatuajes en el cuerpo. ¿Qué esperan ganar mediante este doloroso proceso? ¿Hay "algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza" (Artículo de Fe Nº 13) en tener el indecoroso y supuesto arte impregnado en la piel para llevarlo allí durante toda la vida, hasta llegar a la ancianidad y la muerte? Es necesario que les aconsejen a rechazar tal práctica, a evitarla a toda costa. Llegará el día en que lamentarán haberlo hecho, pero no podrán escapar del recordatorio constante de su insensatez excepto mediante otro procedimiento costoso y doloroso para quitárselos. Yo considero que no tiene ningún atractivo, y sin embargo es algo común, el ver a los hombres jóvenes con las orejas perforadas para llevar aretes, y no sólo un par, sino varios. ¿No tienen ningún respeto por su apariencia? ¿Lo consideran ingenioso y atractivo el adornarse de esa manera? Les aseguro que esto no es embellecimiento; es hacer feo lo que era atractivo. No sólo se perforan las orejas, sino también otras partes del cuerpo, incluso la lengua. ¡Es absurdo! Nosotros --la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce-- hemos adoptado la siguiente norma: "La Iglesia se opone a los tatuajes; también se opone a las perforaciones del cuerpo que no sean para propósitos médicos, aunque no ha tomado ninguna postura en cuanto a las perforaciones mínimas que se hacen las mujeres en las orejas para usar un par de aretes". Enseñen a sus hijos e hijas a evitar las drogas ilegales como si fueran una plaga. El uso de estos narcóticos les destruirán. Ellos no pueden abusar de tal manera sus cuerpos, no pueden desarrollar de esa manera apetitos despiadados y esclavizantes sin que se hagan un daño incalculable. Un hábito lleva a otro, hasta que en muchos de los casos, la víctima llega a una situación de total impotencia que pierde todo control sobre sí mismo o sí misma y se habitúa de tal forma que no puede prescindir de él. En un programa reciente de televisión se indicó que el 20 por ciento de los jóvenes que utilizan drogas lo hacen porque sus padres les enseñaron a hacerlo. ¿Qué le pasa a la gente? El uso de las drogas ilegales se convierte en un camino sin salida; no lleva a ningún lado excepto a la pérdida del autodominio, a la pérdida del autorrespeto y a la autodestrucción. Enseñen a sus hijos a evitarlas como lo harían con una terrible enfermedad. Incúlquenles una total aversión a ellas. Enséñeles a ser honrados. Las cárceles del mundo están llenas de personas que empezaron sus actividades ilícitas con pequeños actos de deshonestidad. Una mentirilla a menudo lleva a una mentira más grande; un robo pequeño a menudo lleva a un robo más grande y, cuando se quiere acordar, la persona ha tejido una maraña de la cual no se puede librar. El ancho camino que lleva a la prisión comienza con un sendero pequeño y atractivo. Enséñenles a ser virtuosos. Enseñen a los jóvenes a respetar a las jovencitas como hijas de Dios investidas con algo muy valioso y bello. Enseñen a sus hijas a tener respeto por los jóvenes, por los hombres que poseen el sacerdocio, los jóvenes que deben permanecer y permanecen por encima de las sórdidas maldades del mundo. Enséñenles a orar. Ninguno de nosotros es lo suficientemente inteligente como para lograr el éxito por sí mismo. Necesitamos la ayuda, la sabiduría, la dirección del Todopoderoso en tomar esas decisiones que son tan tremendamente importantes en nuestra vida. No hay sustituto para la oración; no hay recurso más grande. Mis queridas madres, las cosas que he mencionado por cierto no son nuevas; son tan antiguas como Adán y Eva, pero son tan certeras en su causa y efecto como el amanecer de la mañana, y la lista no está completa. 38


A pesar de todo lo que hay que evitar, puede haber mucho para divertirse y disfrutar. Con buenos amigos se puede tener mucha felicidad. No es necesario que sean arrogantes; ellos pueden divertirse mucho y lo hacen. Dios las bendiga, queridas amigas. No cambien su primogenitura de madre por una bagatela de valor transitorio. Que su interés primordial se centre en el hogar. El bebé que sostienen en los brazos crecerá tan rápidamente como del alba al crepúsculo transcurre el día cuando estamos apurados. Espero que cuando eso ocurra, no tengan que exclamar como lo hizo el rey Lear: "¡. . .cuánto más punzante que el diente de un reptil es tener un hijo ingrato! (William Shakespeare, El Rey Lear, Acto 1, Escena IV). En vez de eso, espero que tengan motivo para sentirse orgullosas de sus hijos, que los amen y que tengan fe en ellos; que los vean crecer en rectitud y virtud ante el Señor, y llegar a ser miembros útiles y provechosos para la sociedad. Si a pesar de todo lo que hayan hecho llegaran a fracasar, al menos podrán decir: hice todo lo posible; me esforcé por hacer lo mejor que pude; no permití que nada interfiriera en mi función de madre. Así, los fracasos no serían tantos. Para que no piensen que pongo toda esta responsabilidad sobre ustedes, quiero decirles que tengo la intención de hablarle a los padres sobre estos asuntos en la reunión general del sacerdocio dentro de dos semanas. Que las bendiciones del cielo descansen sobre ustedes, queridas hermanas. Que no cambien una cosa actual de valor transitorio por el grandioso bienestar de hijos e hijas, niños y niñas, jóvenes y jovencitas, de cuya crianza tienen una responsabilidad ineludible. Que la virtud de la vida de sus hijos las santifique y las consagre en su vejez. Que lleguen a exclamar con gratitud como lo hizo Juan: "No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad" (3 Juan 1:4). Ruego por ello, y lo ruego fervientemente, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén

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A LOS JÓVENES Y A LOS HOMBRES. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden". Hermanos, es una gran oportunidad y una formidable responsabilidad dirigirles la palabra. Quisiera dirigirme primeramente a los jóvenes que están aquí esta noche; gracias por su presencia, en dondequiera que estén congregados. Gracias por asistir a seminario y a las reuniones dominicales. Los respeto por su deseo de aprender el Evangelio, de profundizar sus conocimientos de la palabra del Señor. Les agradezco el deseo que llevan en el corazón de ir a la misión. Les doy las gracias por sus sueños de casarse en el templo y de criar una familia honorable. Ustedes no son jóvenes sin futuro; no desperdician la vida vagando sin rumbo, sino que tienen un propósito y un designio; tienen planes que sólo pueden llevar al progreso y a la fortaleza. Suceden cosas maravillosas cuando aprovechan sus energías y definen sus sueños. Hace poco recibí una proclamación de un grupo de jóvenes Santos de los Últimos Días del norte de California. Ellos provienen de diecinueve estacas, y, cuando se congregaron en las montañas, visitaron el sitio de una tragedia pionera. Al meditar los jóvenes en lo que vieron y en los recordatorios del legado que han recibido, se les invitó a firmar la Proclamación del Campamento Scout del Sendero Mormón. Me gustaría leerles ese juramento: "Declaramos a todos que somos Boy Scouts. . . y poseedores del Sacerdocio Aarónico de Dios. Afirmamos nuestra lealtad a los valores y a los principios que guiaron a los hombres del Batallón Mormón y a los hombres y a las mujeres pioneros Santos de los Últimos Días que ayudaron a fundar este estado de California. Como agradecidos hijos de ellos, nos regocijamos en el legado de servicio que hemos recibido.

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"Hoy, día 18 de julio de 1998, nos comprometemos a convertirnos al Evangelio de Jesucristo. Estudiaremos las Escrituras; oraremos para recibir fortaleza para obedecer; trabajaremos; nos esforzaremos con todo el corazón por seguir el ejemplo de Jesús. "Mediante el servicio a los demás magnificaremos el sacerdocio que se nos ha otorgado. Nos mantendremos dignos de administrar el sacramento de la Santa Cena del Señor. Dondequiera se necesite ayuda, la ofreceremos, tal como lo hicieron nuestros antepasados. "Demostraremos ser dignos de recibir el sacerdocio mayor: el Sacerdocio de Melquisedec. Nos comprometemos a formar parte del ejército del Señor y a salir como misioneros regulares para invitar a todos a venir a Cristo. "Somos jóvenes del convenio. Nos prepararemos para recibir el convenio del matrimonio eterno. En oración pedimos llegar a tener esposas e hijos rectos, a los que honraremos y protegeremos con nuestra propia vida. "Declaramos que sean cuales fueren los riesgos y las tentaciones, y el estado del mundo que nos rodea, así como nuestros antepasados fueron fieles, nosotros también lo seremos. Al igual que nuestros antecesores, evitaremos ensalzarnos a nosotros mismos y dejaremos a un lado la ganancia personal a fin de edificar una sociedad pacífica gobernada por Dios. "En todo momento y en todo lugar, seremos leales a nuestro juramento". Felicito a todos los jóvenes que firmaron ese juramento. Ruego que ninguno de ellos deje de cumplir las promesas que ha hecho consigo mismo, con la Iglesia y con el Señor. Qué mundo tan diferente sería éste si todo joven pudiera firmar y firmara una declaración de promesa similar a ésa. No habría vidas desperdiciadas por las drogas; no habría pandillas de niños que matan a niños ni jóvenes encaminados a la prisión o a la muerte. La instrucción sería un premio digno del esfuerzo por adquirirla. El servicio en la Iglesia sería una oportunidad que se valoraría. Habría más paz y amor en el hogar de las personas. Nadie miraría pornografía ni leería impresos inmorales. Ustedes honrarían y respetarían a las jovencitas con quienes se relacionaran, y ellas nunca temerían estar a solas en compañía de ustedes cualesquiera fueran las circunstancias. Sería como si los jóvenes guerreros de Helamán hubieran reclutado a los jóvenes del mundo para que adoptaran el modo de vida de ellos. Naturalmente, el plan de vida de ustedes incluiría una misión. Gustosamente irían a donde fueran enviados a fin de realizar la obra del Señor, entregándole todo su tiempo y atención, fortaleza, energías y amor. Permítanme leerles partes de una carta de un joven que ahora sirve en la misión. La escribió a su familia, y espero no ser indiscreto al leerla ante esta gran congregación. No revelaré el nombre del autor ni la misión en donde presta servicio. Él dice: "¡Este año pasado ha sido excelente! Después de haber trabajado en la oficina de la misión, me trasladaron a esta rama pequeña, y desde entonces mi vida ha cambiado en forma dramática. En estos últimos meses he aprendido lo que realmente es importante, lo que es de valor; he aprendido a olvidarme de mí mismo; he aprendido a trabajar eficazmente; he aprendido a amar a los demás; he aprendido que Dios me ama y que yo lo amo a Él. En una palabra, he aprendido a vivir según mis creencias. . . "He aprendido acerca de las personas y de las cosas; he visto a personas que nunca supieron que eran hijos de Dios derramar lágrimas de gozo; he visto que las oraciones de los penitentes han sido contestadas; he visto a personas absorber el Evangelio de Jesucristo y desear cambiar y ser personas nuevas, y todo por un sentimiento. . . "A menudo sueño en cuanto al plan de salvación; pienso en la obra maravillosa y el prodigio que han ocurrido; pienso en el poder y en la fuerza de los ángeles que están entre nosotros. A veces me pregunto cuántos de ellos están a mi alrededor para ayudarme a dar testimonio en un idioma que nunca creí alcanzar a comprender plenamente. "Medito en las cosas pacíficas de la gloria inmortal que Enoc vio en visión. . . Estoy agradecido a Dios por ser quien soy. Mi más grande bendición en la vida es estar vivo, vivo en el servicio de nuestro Dios. En ello encuentro gran paz y regocijo". 40


Ahora bien, mis queridos y jóvenes amigos, espero que todos ustedes estén encaminados hacia el servicio misional. No puedo prometerles diversión; no puedo prometerles una vida desahogada y comodidad; no puedo prometerles que no tendrán desánimo, temor y a veces hasta desdicha. Pero sí puedo prometerles que progresarán como no lo han hecho en toda la vida en un período similar. Puedo prometerles una felicidad que será singular, maravillosa y duradera. Puedo prometerles que reconsiderarán su vida, que establecerán nuevas prioridades, que vivirán más cerca del Señor, que la oración llegará a ser una experiencia real y maravillosa, que andarán con fe en el resultado de sus buenas obras. Dios los bendiga, jóvenes de ésta, Su gran Iglesia. Que cada uno de ustedes camine con un propósito más firme, con la determinación de ser Santos de los Últimos Días en todo el sentido de la palabra. Que los logros, la realización y el servicio sean su recompensa en la vida fascinante y maravillosa que tienen por delante. Ahora, hermanos, quisiera dirigirme a los hombres mayores, con la esperanza de que también aprendan algo los jóvenes. Quisiera hablarles de asuntos temporales. Como fundamento de lo que quisiera decir, voy a leerles unos versículos del capítulo 41 de Génesis. Faraón, el gobernante de Egipto, tuvo sueños que le turbaron en extremo y los sabios de la corte no pudieron interpretarlos. Entonces le llevaron a José. "Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río; "y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado. "Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto. . . "Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas. . . "Vi también soñando, que siete espigas crecían en una misma caña, llenas y hermosas. "Y que otras siete espigas menudas, marchitas, [y] abatidas del viento solano, crecían después de ellas; "y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas. . . "Entonces respondió José a Faraón. . . Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer. "Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo. . . "Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón. "He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto. "Y tras ellos seguirán siete años de hambre. . . "y. . . Dios se apresura a hacer[lo]" (Génesis 41:1720, 2226, 2830, 32). Ahora, hermanos, quisiera decir con toda claridad que no estoy profetizando; no estoy prediciendo que vendrán años de hambre en el futuro, pero sí digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden. Muchos de nuestros miembros viven al borde de sus ingresos; de hecho, algunos viven con dinero prestado. Hemos sido testigos en semanas recientes de cambios grandes y alarmantes en las bolsas de valores del mundo. La economía es algo frágil, y una baja en la economía de Yakarta o de Moscú puede afectar de inmediato a todo el mundo. Con el tiempo, puede llegar a afectarnos a nosotros, individualmente. Hay un presagio de tiempo tormentoso al cual debemos hacer caso. Espero, de todo corazón, que nunca tengamos una depresión económica. Yo viví durante la Gran Depresión Económica de la década de 1930 [de los Estados Unidos]. Terminé mis estudios universitarios en 1932, cuando el índice de desempleo de esta región excedía al treinta y tres por ciento. En ese entonces, mi padre era el presidente de la estaca más grande de la Iglesia en este valle. Eso fue antes de que contáramos con el actual programa de bienestar. Él se pasaba las noches preocupado por los miembros y, junto con sus colaboradores, estableció un gran proyecto para cortar leña con el fin de 41


abastecer las calderas y las estufas y mantener abrigadas a las personas durante el invierno porque no tenían dinero para comprar carbón. Entre los que cortaban leña había hombres que habían sido ricos. Repito, espero que nunca más volvamos a ver una depresión económica como ésa, pero me preocupa la enorme deuda a plazos que pesa sobre la gente de esta nación, incluida nuestra propia gente. En marzo de 1997, esa deuda sumaba 1.2 billones de dólares, lo cual representaba un aumento del siete por ciento, comparado con el año anterior. En diciembre de 1997, entre 55 y 60 millones de familias de los Estados Unidos debían un saldo en sus tarjetas de crédito. Esos saldos promediaban más de siete mil dólares a un costo de mil dólares anuales por concepto de intereses y cuotas. La deuda del consumidor, en comparación con el ingreso neto, aumentó del 16,3 por ciento en 1993 al 19,3 por ciento en 1996. Todos sabemos que un peso que se pide prestado lleva consigo la pena del pago de intereses. Cuando el dinero no se puede saldar, viene la bancarrota. El año pasado hubo 1.350.118 bancarrotas en los Estados Unidos, lo cual representó un aumento del 50 por ciento comparado con 1992. En el segundo trimestre de este año, casi 362.000 personas declararon bancarrota, un número récord para un solo trimestre. Somos engañados por la atractiva publicidad a la que estamos expuestos. Por televisión se nos comunica la tentadora invitación a pedir un préstamo de hasta el 125 por ciento del valor de nuestra casa, pero no se hace ninguna mención del interés que hay que pagar. El presidente J. Reuben Clark Jr., dijo desde este púlpito, en la reunión del sacerdocio de la conferencia de 1938: ". . .Una vez endeudados, el interés es su compañero cada minuto del día y de la noche; no pueden huir ni escapar de él; no pueden desecharlo; no cede a súplicas, demandas ni órdenes; y cada vez que se crucen en su camino, atraviesen su curso o no cumplan sus exigencias, los aplastará" ("Conference Report", abril de 1938, pág. 103; véase también de L. Tom Perry, "Si estáis preparados, no temeréis", Liahona, enero de 1996, pág. 41). Naturalmente, reconozco que quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio esté dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesarán sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años. Nadie sabe cuándo surgirá una emergencia. Estoy algo familiarizado con el caso de un hombre de gran éxito en su profesión que vivía con cierta holgura. Construyó una casa grande y, un día, fue víctima de un accidente grave. En un instante, sin previo aviso, casi perdió la vida y resultó lisiado. Su aptitud para ganarse el sustento quedó destruida; contrajo elevadas cuentas médicas además de otras que tenía que liquidar, lo cual lo dejó indefenso ante sus acreedores. En un momento pasó de la riqueza a la ruina. Desde los inicios de la Iglesia, el Señor ha hablado en cuanto a este tema de las deudas. Por medio de la revelación, dijo a Martin Harris: "Paga la deuda que has contraído con el impresor. Líbrate de la servidumbre" (D. y C. 19:35). El presidente Heber J. Grant habló del asunto en repetidas ocasiones desde este púlpito. Él dijo: "Si hay algo que puede traer paz y contentamiento, personales y familiares, es vivir dentro de los límites de nuestras entradas. Y si hay algo desalentador y que corroe el espíritu, es tener deudas y obligaciones que no podemos cumplir" (Gospel Standards, comp. por G. Homer Durham, 1941, pág. 111; véase también de N. Eldon Tanner, "Los cinco principios de la estabilidad económica", Liahona, mayo de 1982, pág. 42). Estamos llevando a toda la Iglesia el mensaje de la autosuficiencia, la cual no se puede lograr cuando las deudas gravosas pesan sobre el hogar. Las personas no son independientes ni están libres de la servidumbre cuando tienen compromisos financieros con otras personas. En la administración de los asuntos de la Iglesia, hemos tratado de dar el ejemplo. Como norma, hemos seguido estrictamente la práctica de ahorrar anualmente un porcentaje del ingreso de la Iglesia para estar preparados para un posible día de necesidad. Me siento agradecido de poder decir que la Iglesia, en todas sus operaciones y empresas, en todos sus departamentos, funciona sin pedir préstamos. Si no nos alcanzan los ingresos, acortaremos nuestros programas, reduciremos los gastos a fin de ajustarnos a los ingresos, y no pediremos prestado. Uno de los días más felices de la vida del presidente Joseph F. Smith fue cuando la Iglesia terminó de pagar las deudas contraídas desde hacía mucho tiempo. 42


Qué espléndido sentimiento es estar libre de deudas y tener ahorrado un poco de dinero en un lugar al que se pueda recurrir en caso de necesidad, para alguna emergencia. El presidente Faust no les contaría esto, pero quizás yo sí, y más tarde él podrá arreglárselas conmigo. Él préstamo para la compra de su casa tenía el cuatro por ciento de interés. Muchas personas le habrían dicho que sería insensato liquidar ese préstamo cuando la tasa de interés era tan baja. Pero en la primera oportunidad que tuvo de obtener los recursos necesarios, él y su esposa decidieron liquidar el préstamo, y desde ese día ha estado libre de deudas. Es por eso que siempre lleva una sonrisa y silba al trabajar. Hermanos, los insto a evaluar su situación económica. Los exhorto a gastar en forma moderada, a disciplinarse en las compras que hagan para evitar las deudas hasta donde sea posible. Liquiden sus deudas lo antes posible y líbrense de la servidumbre. Esto es parte del Evangelio temporal en el que creemos. Que el Señor los bendiga, mis amados hermanos, para que pongan sus casas en orden. Si han liquidado sus deudas y cuentan con una reserva, por pequeña que sea, entonces, aunque las tormentas azoten a su alrededor, tendrán refugio para su esposa e hijos y paz en el corazón. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto, pero quiero decirlo con todo el énfasis con el que me es posible expresarlo. Les dejo mi testimonio de la divinidad de esta obra y mi amor para cada uno de ustedes. En el nombre del Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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CAMINANDO A LA LUZ DEL SEÑOR. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "De modo que esta noche, mis queridas hermanas, el mensaje que tengo para ustedes, el reto que les doy y mi oración es que se dediquen una vez más al fortalecimiento de sus hogares". Mis queridas hermanas, deseo decirles, para comenzar, lo mucho que apreciamos a las mujeres de esta Iglesia. Ustedes son una parte esencial de ella, la parte más importante. No podríamos desempeñar debidamente nuestra función sin ustedes. Ustedes brindan inspiración, brindan equilibrio. Ustedes constituyen una gran reserva de fe y de buenas obras; ustedes son un áncora de devoción, de lealtad y de logros. Nadie puede negar la importante parte que desempeñan en el progreso de esta obra en toda la tierra. Ustedes enseñan en las organizaciones [auxiliares] y lo hacen tan bien. Su preparación es un ejemplo para todos nosotros. Cada una de ustedes es parte de esta enorme empresa, la Sociedad de Socorro, una gran familia de hermanas, de más de cuatro millones en número. En ese número de ustedes en todo el mundo yace el poder de realizar un bien incalculable. Ustedes son las guardas de los hogares; dan aliento a su marido, enseñan y crían con ternura a sus hijos en la fe. Para algunas de ustedes, la vida es difícil e incluso muy dura; pero apenas se quejan y hacen tanto. ¡Cuánto estamos en deuda con ustedes! Al hablar de la Sociedad de Socorro, el presidente Joseph F. Smith dijo en una ocasión: "Esta organización ha sido divinamente establecida, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios para ministrar en bien de la salvación del alma de mujeres y de hombres. Por consiguiente, no hay ninguna organización que pueda compararse con ella. . . que pueda ocupar el mismo lugar que ésta ocupa. . . "Hagan de la Sociedad de Socorro] la primera, la más importante, la más elevada, la mejor y la más profunda de todas las organizaciones que existen en el mundo. Ustedes son llamadas por la voz del Profeta de Dios para hacerlo, para ser la más eminente, para ser la más grandiosa y la mejor, la más pura y la más dedicada al bien. . ." (Teachings of Joseph F. Smith, págs. 164165). 43


Al casarse cada una de nuestras hijas y de nuestras nietas, mi esposa les ha hecho un regalo especial; no ha sido una aspiradora ni una vajilla, ni nada por el estilo, sino un cuadro de historia familiar de siete generaciones de su línea materna, hermosamente enmarcado; está compuesto de fotografías de su tatarabuela, de su bisabuela y de su abuela maternas, y de su madre, de ella misma, de su hija y de su recién casada nieta. Todas las mujeres de ese cuadro de siete generaciones han trabajado o trabajan en la Sociedad de Socorro. Ese bello cuadro de historia familiar ha llegado a ser un recordatorio constante para las más jóvenes de esta generación de la gran responsabilidad que tienen, de la gran obligación que tienen de continuar con la tradición de sus madres y de sus abuelas del servicio en la organización de la Sociedad de Socorro. Ustedes y las mujeres que las han antecedido han caminado en la luz del Señor. Desde el principio ha sido la responsabilidad más importante de ustedes velar por que nadie pase hambre, por que nadie carezca de la ropa adecuada, por que nadie quede sin albergue. Ha sido y sigue siendo responsabilidad de ustedes visitar a las hermanas dondequiera que ellas se encuentren, darles el aliento que necesiten, asegurarles que las quieren y que se interesan en ellas. Es y ha sido la oportunidad de ustedes descorrer la cortina de tinieblas que envuelve a quienes no han recibido alfabetización y llevar a sus vidas la luz del conocimiento al enseñarles a leer y a escribir. Es y ha sido oportunidad de ustedes relacionarse como hermanas que se aman, se honran y se respetan unas a otras, para llevar las bendiciones de la agradable sociabilidad a la vida de decenas de miles de mujeres que, sin ustedes, se encontrarían en circunstancias muy lóbregas y solitarias. Escogí un libro la otra noche y leí de nuevo la vida de Mary Fielding Smith, esposa de Hyrum Smith, cuñada de José Smith, madre y abuela de dos presidentes de la Iglesia. Habiéndose convertido a la Iglesia, oriunda de Inglaterra, se trasladó a Canadá y luego a Nauvoo, adonde llegó cuando tenía treinta y tantos años. Allí conoció a Hyrum Smith y se casó con él; él había quedado con seis hijos después de la muerte de su primera esposa. Mary lo amaba e hizo su vida más plena. De ese modo dio comienzo a una vida que le brindó felicidad sólo para convertirse después en una congoja inmensurable, puesto que yacía ante ella la espantosa y terrible responsabilidad que la llevó de Nauvoo a través de Iowa hasta Winter Quarters y, en 1848, en la larga caminata al Valle del Lago Salado. A los 51 años de edad, estaba agotada, cansada de luchar, y falleció el 21 de septiembre de 1852. Su vida es la personificación de la mujer de la Sociedad de Socorro de aquella época. En realidad, algunas de las experiencias de ella antecedieron a la fecha de la organización de la Sociedad en 1842. El hijo de Mary, Joseph, nació en los días en los que al marido de ella se lo llevó a la fuerza la milicia que en aquel entonces aterrorizaba Far West. Hyrum y el profeta José fueron llevados a Liberty, Misuri, donde fueron encarcelados. Bajo las estipulaciones de la orden exterminadora expedida por el gobernador Lilburn W. Boggs, Mary se fue de Misuri con sus hijastros, de los cuales se había responsabilizado, llevando también a su propio hijo. Mercy, su hermana menor, puso a Mary, que se encontraba gravemente enferma, en una cama hecha en la caja de un carromato, y a su bebé en los brazos. En febrero de 1839, cuando todavía se notaba el invierno sobre el terreno, viajaron hacia el este a través del estado y luego a través de Misisipí, hasta Quincy, estado de Illinois, dando tumbos en un carromato sin resortes que les castigaba en cada bache. Cuando su esposo y el Profeta escaparon de la Cárcel Liberty y llegaron a Quincy, mejoró la vida nuevamente. Los santos se mudaron a lo que llegó a ser Nauvoo y establecieron una hermosa ciudad junto al Misisipí. Pero su paz duró poco. Su hijo tenía menos de seis años cuando golpearon a la ventana una noche y un hombre le dijo: "Hermana Smith, han matado a su esposo". Joseph F. nunca olvidó el llanto de su madre aquella noche. El mundo de ella se destrozó. Se encontraba sola con una familia grande que cuidar. En el verano de 1846 se despidieron de su cómoda casa y cruzaron en balsa el Misisipí. Haciéndose cargo ella sola, pudo hacer trueques, obtener préstamos para lograr algunos tiros de bueyes y carromatos.

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Mientras vivían en Winter Quarters, ella y su hermano viajaron a lo largo del río Misuri para comprar provisiones y ropa. Tenían dos carromatos con dos tiros de bueyes cada uno. Una madrugada descubrieron que los bueyes se habían ido, y el pequeño Joseph con su tío pasaron toda la mañana buscando los animales perdidos, pero no encontraron nada. Desconsolado, volvió a contárselo a su madre. La situación era desesperada, terrible. Al acercarse la vio de rodillas en oración ferviente, conversando con el Señor sobre el problema. Al levantarse, tenía una sonrisa en su semblante. Le dijo a su hijo y a su hermano que prepararan su desayuno mientras ella los buscaba. Siguiendo un pequeño arroyo y haciendo caso omiso de lo que le dijo un hombre que andaba por los alrededores, se fue directamente a la orilla del río. Se detuvo, y les hizo señas a su hijo y a su hermano y apuntó hacia los bueyes amarrados a un matorral de sauces que crecían al fondo de un barranco. El ladrón, que había tratado de enviarla en otra dirección, había perdido su botín y los bueyes estaban a salvo. La fe de Mary se gravó en el joven corazón de su hijo; nunca lo olvidó; nunca dudó de lo cerca que ella se encontraba del Señor. Todos ustedes saben de la experiencia que ella tuvo cuando uno de sus bueyes, exhausto y desgastado, se dejó caer al suelo para morir cuando venían en viaje hacia estos valles en el oeste. En una mezcla de absoluta desesperación y simple fe, obtuvo aceite consagrado y le pidió a su hermano y a un amigo que administraran al animal. Lo hicieron y, con una fortaleza renovada, el animal se levantó y los llevó durante el resto de su larga jornada. Así fue la fe, dulce y simple y hermosa que caracterizó la vida de esa mujer. Caminó a la luz del Señor; vivió bajo esa luz; la guió en todas sus acciones. Se convirtió en la luz que guió sus vidas. Ella ejemplificó la tremenda fe de las mujeres de esta Iglesia: las mujeres de la Sociedad de Socorro, que hoy día llevan en mil fronteras la dedicada obra de esta organización extraordinaria. Hermanas, hoy día se les suma un nuevo desafío. Nunca antes, por lo menos no en nuestra generación, han sido las fuerzas de la maldad tan flagrantes, tan descaradas y tan agresivas como lo son hoy día. Temas de los que no nos atrevíamos a hablar en otros tiempos, ahora entran proyectados en forma constante a la sala de nuestros hogares. Los reporteros y los críticos dejan de lado toda delicadeza para hablar abiertamente de cosas que sólo van a aumentar la curiosidad y van a llevar a la maldad. Algunos a quienes hemos mirado como nuestros líderes nos han traicionado; nos sentimos defraudados y desilusionados, y sus actividades son sólo parte de un gran problema. En niveles sucesivos bajo esa basura existe una masa de sordidez e inmundicia, un comportamiento de libertinaje y de falta de honradez. Existe una razón para ello y considero que es simple de definir. Creo que nuestros problemas, casi cada uno de ellos, sale de los hogares de la gente. Si va a haber una reforma, si va a haber un cambio, si se va a hacer un regreso a los valores antiguos y sagrados, se debe comenzar en el hogar. Es allí donde se aprende la verdad, donde se cultiva la integridad, se inculca la autodisciplina y donde se nutre el amor. El hogar está siendo atacado; se han destruido tantas familias. ¿Dónde están los padres que deberían estar presidiendo con amor en esos hogares? Afortunada es la mujer que se casa con un hombre bueno, que recibe su amor y que a su vez lo ama a él; un hombre que ama a sus hijos, satisface sus necesidades, les enseña, los guía; los cría y los protege mientras caminan a través de la tormenta de la vida desde recién nacidos hasta la madurez. En el hogar es donde aprendemos los valores mediante los cuales guiamos nuestra vida. Ese hogar puede ser sumamente sencillo; puede estar en un vecindario pobre, pero con un buen padre y una buena madre, puede convertirse en un lugar de espléndida educación. A mi esposa le gusta citar a Sam Levenson, quien, en uno de sus libros, habla de cuando se crió en una atestada vecindad de Nueva York, en donde el ambiente era todo menos bueno. En esa barriada, su madre crió a sus ocho hijos precoces. Él dijo: "La norma moral de nuestro hogar tenía que ser más elevada que la de la calle. [Su madre solía decírselo cuando actuaban como si estuviesen en la calle], 'no están en la calle; están en su hogar. Ésta no es una bodega ni un billar. Aquí actuamos como seres humanos'" (Sam Levenson, Everything But Money, Nueva York: Pocket Books, 1966, pág. 123). Si alguien puede cambiar la deprimente situación en la que vamos cayendo, son ustedes. Levántense, hijas de Sión, acepten el gran reto que tienen ante ustedes. 45


Sobrepónganse a la sordidez y a la inmundicia, así como a las tentaciones que las rodean. Ustedes, jóvenes solteras, y algunas de las que están casadas, las que están en el mundo del trabajo, permítanme hacerles una advertencia. Ustedes trabajan junto a los hombres; cada vez más, hay invitaciones para salir a almorzar, aparentemente para hablar sobre negocios; viajan juntos; se hospedan en el mismo hotel; trabajan juntos. Quizás ustedes no puedan evitarlo, pero sí pueden evitar meterse en situaciones comprometedoras. Hagan su trabajo, pero mantengan su distancia. No sean ustedes la causa del quebrantamiento del hogar de otra mujer. Ustedes son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; ustedes saben lo que se espera de ustedes. Manténganse alejadas de aquello que sea una tentación. Eviten la maldad, incluso aquello que tenga apariencia de maldad. Ustedes, que son esposas y madres, son el fundamento de la familia. Ustedes dan a luz los hijos. Qué responsabilidad tan enorme y sagrada. Se me informó que entre 1972 y 1990, hubo 27 millones de abortos en los Estados Unidos solamente. ¿Qué le está sucediendo a nuestro aprecio por la santidad de la vida humana? El aborto es una maldad cruda, real y repugnante que está arrasando la tierra. Ruego a las mujeres de esta Iglesia que lo rechacen, que lo resistan y que se mantengan alejadas de aquellas situaciones comprometedoras que lo hacen parecer deseable. Quizás existan algunas circunstancias bajo las cuales pueda ocurrir, pero son sumamente limitadas y, en su mayor parte, improbables. Ustedes son las madres de los hijos y de las hijas de Dios, cuyas vidas son sagradas. El protegerlas es una responsabilidad divina que no se puede descartar a la ligera. Cuiden con amor y cultiven su matrimonio. Resguárdenlo y manténganlo firme y bello. El divorcio se está convirtiendo en algo tan común, tan desenfrenado, que, según los estudios, en algunos años, la mitad de los que ahora están casados, estarán divorciados. Eso está sucediendo incluso entre algunos de los que están sellados en la Casa del Señor. El matrimonio es un contrato, es un pacto, es una unión entre un hombre y una mujer, bajo el plan del Todopoderoso. Puede ser frágil; requiere que se le dé cuidado y mucho esfuerzo. Lamento reconocer que algunos esposos son abusivos, otros son crueles, algunos indiferentes y otros malos; se entregan a la pornografía, y acarrean sobre sí situaciones que los destruyen, que destruyen a sus familias y que destruyen la más sagrada de todas las relaciones. Compadezco al hombre que en una ocasión miró a una jovencita a los ojos y sostuvo su mano sobre el altar de la Casa del Señor cuando se hicieron promesas sagradas y eternas el uno al otro, pero que, al carecer de autodisciplina, no cultiva lo mejor de su naturaleza, se hunde en lo ordinario y lo vil, y destruye la relación que el Señor le ha proporcionado. Hermanas, protejan a sus hijos; ellos viven en un mundo de maldad. Esas fuerzas están a todo su alrededor. Me siento orgulloso de tantos de sus hijos e hijas que viven vidas limpias. Pero me siento sumamente preocupado por muchos de aquellos que gradualmente están siguiendo los caminos del mundo. Nada es de más valor para ustedes como madres, absolutamente nada. Sus hijos son la cosa más valiosa que ustedes tendrán en esta vida o en la eternidad. Ustedes en verdad serán afortunadas si, al envejecer y al ver a esos seres que trajeron a este mundo, encuentran rectitud en la vida de ellos, virtud en su vivir e integridad en su comportamiento. Considero que el cuidado con amor y la crianza de los hijos es más que una responsabilidad de tiempo parcial. Reconozco que a algunas mujeres les es preciso trabajar, pero me temo que hay muchas que lo hacen únicamente para obtener los recursos a fin de tener más lujos y algunos juguetes más costosos. Si les es preciso trabajar, tendrán que llevar una carga más pesada. No pueden darse el lujo de descuidar a sus hijos. Ellos necesitan la supervisión de ustedes en sus estudios, al trabajar tanto dentro como fuera del hogar, en el cuidado que únicamente ustedes pueden darles, el amor, la bendición, el aliento y la estrecha relación con una madre. Por todo el mundo las familias están siendo destruidas. Las relaciones familiares se vuelven tirantes a medida que las mujeres tratan de mantenerse al corriente con los rigores de dos trabajos de tiempo completo. Tengo muchas oportunidades de trabajar con líderes que censuran lo que está sucediendo: pandillas en las calles de nuestras ciudades, niños que matan niños, que pasan el tiempo haciendo cosas que sólo pueden llevar a la prisión o a la muerte. Hacemos frente a una ola abrumadora de niños que nacen de 46


madres sin marido. El futuro de esos niños queda casi inevitablemente arruinado desde el día en que nacen. Todo hogar necesita un buen padre. No se pueden construir prisiones en este país lo suficientemente rápido para hacer frente a la demanda. No vacilo en decir que ustedes, las que son madres, pueden hacer más que cualquier otro grupo para cambiar esta situación. Todos estos problemas están arraigados en los hogares de la gente. Los hogares destruidos es lo que conduce al quebrantamiento de la sociedad. De modo que esta noche, mis queridas hermanas, el mensaje que tengo para ustedes, el reto que les doy y mi oración es que se dediquen una vez más al fortalecimiento de sus hogares. Hace tres años, en esta misma reunión, leí por primera vez en público la Proclamación sobre la familia dada por la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles. Espero que cada una de ustedes tenga una copia y que de vez en cuando la lean con cuidado y en espíritu de oración. Expone nuestros grandes conceptos en cuanto al matrimonio y la familia, de un hombre y una mujer, en un vínculo sagrado, bajo el plan eterno del Todopoderoso. Ahora, para terminar, quisiera recalcar mi honda gratitud, mi profundo agradecimiento, por las mujeres de esta Iglesia y por los maravillosos hijos e hijas a los que enseñan, capacitan y ayudan a tomar su lugar en el mundo. Pero la tarea nunca se acabará, nunca estará completa. Que la luz del Señor brille sobre ustedes. Que el Señor las bendiga en su obra grandiosa y sagrada. Dejo mi bendición, mi testimonio y mi amor con ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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LOS JUEGOS DE AZAR. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Si ustedes nunca han tomado parte en juegos de póquer o en cualquier otra forma de juegos de azar, no empiecen. Si están participando, dejen de hacerlo ya, mientras pueden. Mis queridos hermanos, hemos tenido una excelente reunión. Deseo corroborar todo lo que se ha dicho y dejarles mi bendición Primero quisiera decir algo tocante a los hermanos a los que hemos sostenido esta tarde como miembros de los Quórumes de los Setenta. Estoy convencido de que hay literalmente cientos de hermanos dignos y capaces de servir como oficiales generales de la Iglesia. Los vemos por todas partes. Los que han sido sostenidos el día de hoy fueron escogidos para cumplir con responsabilidades precisas. En la mayoría de los casos, ello supondrá sacrificio, el cual se hará de buen agrado. Uno de los que fueron sostenidos, como lo habrán notado, es mi hijo de 63 años de edad. Les aclaro que yo no propuse su nombre. Eso lo hicieron otras personas que tienen el derecho de hacerlo. Me siento en extremo sensible en cuanto al asunto del nepotismo. Como suelen decir los abogados, rehusé participar en el asunto; no obstante, creo que él es digno y está plenamente capacitado en todo sentido. En primer lugar, tuvo una gran madre que fue maravillosa. Ojalá pudiera recomendar también a su padre. Menciono esto sólo por mi sensibilidad al asunto del nepotismo. Por favor no le tomen a mal su parentesco conmigo, ya que no tiene manera de zafarse de ello. Ahora, volvamos al tema que deseo tratar esta noche. Lo hago en respuesta a muchas peticiones de que diga algo sobre la posición de la Iglesia en cuanto a una práctica que se está haciendo cada vez más común entre nosotros, particularmente entre nuestros jóvenes. Me refiero al tema de los juegos de azar en sus varias formas. 47


Se cuenta la historia de que un domingo, Calvin Coolidge, quien fue Presidente de los Estados Unidos, un hombre de pocas palabras, regresó a su casa de la iglesia. Su esposa le preguntó de qué había hablado el predicador, a lo cual él simplemente respondió: “Del pecado”. “¿Pero qué dijo en cuanto al tema?”, inquirió la mujer. “Que se opone a él”, fue su respuesta. Creo que podría responder a la pregunta en cuanto a los juegos de azar de la misma escueta manera: Que nos oponemos a ellos. Podemos encontrar juegos de azar por todas partes y cada vez se ven más; la gente juega póquer, apuesta en carreras de caballos o de galgos, juega ruleta y en las máquinas tragamonedas. Se reúnen para jugar en bares, en tabernas y casinos y a menudo hasta en sus propias casas. A muchos les resulta muy difícil abandonarlos; se vuelven adictivos. En muchísimos casos conduce a otros malos hábitos y a prácticas destructivas. Vale decir que muchos de quienes juegan no disponen del dinero que el vicio demanda, privando así a esposas e hijos de su seguridad económica. El juego de póquer está llegando a ser una práctica popular en las universidades y aún en escuelas secundarias. Les leo de un artículo publicado en el servicio de noticias del New York Times: “Para Michael Sandberg, todo empezó hace algunos años con apuestas de cinco y diez centavos entre amigos. “Pero el pasado otoño, dice Michael, se convirtió en la fuente de un ingreso de más de cien mil dólares y una alternativa a ingresar en la Facultad de Leyes. “Sandberg, de 22 años de edad, básicamente divide su tiempo entre la Universidad de Princeton, donde cursa el último año de ciencias políticas, y los casinos de Atlantic City, donde juega póquer por grandes cantidades de dinero... “El ejemplo de Sandberg es una representación extrema de la revolución de los juegos de azar en las universidades de los Estados Unidos. Sandberg lo denomina una explosión incitada por los campeonatos de póquer que se muestran en la televisión y por la cantidad cada vez mayor de juegos de póquer ofrecidos en línea en sitios de Internet. “Los expertos dicen que es difícil no reconocer la evidencia de la popularidad de los juegos de azar en las universidades. En diciembre, por ejemplo, una hermandad femenina de la Universidad de Columbia auspició su primer torneo de póquer de ochenta participantes, en el cual se requería una suma mínima de diez dólares para entrar, mientras que la Universidad de Carolina del Norte llevó a cabo en octubre su primer campeonato, competencia en la cual participaron 175 jugadores. En ambos casos se llenó el cupo y hasta había listas de espera. En la Universidad de Pensilvania, todas las noches se promueven juegos privados en una lista de correo electrónico del campus” (Jonathan Cheng, “Poker Is Major College Craze”, en Deseret Morning News, 14 de marzo de 2005, pág. A2). Lo mismo está aconteciendo aquí en Utah. Una madre me escribió lo siguiente: “Mi hijo de 19 años de edad juega póquer en Internet, y a la gente en Internet no parece importarles el hecho de que no tenga aún 21 años. Todo cuanto se necesita es tener una cuenta corriente activa; ha estado jugando regularmente durante casi un año ya. Tenía un empleo pero lo dejó debido a que estaba tan adicto a Internet y a jugar póquer por dinero. Entra en torneos continuamente y, si gana, ése es el dinero que emplea para comprar las cosas que necesita. Todo lo que hace es sentarse a jugar en Internet”. Me han dicho que Utah y Hawai son ahora los dos únicos estados en los Estados Unidos que no han legalizado las loterías ni los juegos de azar de varios tipos. Por las cartas que he recibido de miembros de la Iglesia, parece ser que algunos de nuestros jóvenes empiezan por jugar póquer y así le toman el gusto a obtener algo a cambio de nada y viajan fuera del estado donde pueden hacer apuestas legalmente. Alguien me escribió lo siguiente: “Puedo ver cómo este mal ha estado metiéndose en tantas vidas últimamente. Está por todas partes en la televisión. La cadena de deportes ESPN ofrece algo llamado ‘Póquer de celebridades’ y ‘Campeonatos nacionales de póquer’”. 48


Después continúa: “Uno de nuestros amigos invitó a mi esposo a inscribirse en el campeonato local de póquer por una cierta cantidad de dinero y le dijo: ‘No es un juego de apuestas porque todo el dinero va a un fondo general, y el que gana se lo lleva todo’ ”. ¿Se le puede considerar a esto un juego de azar? Claro que sí. Los juegos de azar son simplemente un proceso por medio del cual se toma el dinero sin ofrecer una equitativa devolución de bienes o servicios a cambio. Hay ahora loterías estatales por todas partes. En un tiempo la ley las prohibía casi universalmente, pero ahora es una operación con fines de lucro. Hace unos veinte años, hablando en una conferencia general, dije lo siguiente: “La ‘fiebre’ por jugar a la lotería llegó hace poco al tope cuando el estado de Nueva York anunció que entre tres boletos se repartiría el premio mayor de cuarenta y un millones de dólares. La gente hizo cola para comprar boletos. Uno boleto ganador lo tenían veintiún trabajadores de una fábrica, setecientas setenta y ocho personas ganaron el segundo premio, y ciento trece mil ganaron premios menores. Eso quizás suene tentador. “Pero también hubo 35.998.956 perdedores que pagaron por una oportunidad de ganar [y no recibieron nada]” (“La causa del Señor”, Liahona, enero de 1986, pág. 42). Algunos estados de los Estados Unidos han aplicado pesados impuestos a casinos como una fuente de ingresos. La compañía administradora también debe tener su ganancia, después está el boleto ganador, pero todos los demás compradores quedan con las manos vacías. Estoy muy agradecido por que cuando el Señor estableció esta Iglesia, nos dio la ley del diezmo. En una ocasión hablé con un oficial de una iglesia que, según entiendo, depende del juego de lotería de cartones para una buena parte de su sostén económico. Le pregunté a ese hombre si alguna vez habían considerado el diezmo como forma de financiar su iglesia, a lo cual me respondió: “Sí, y cuánto quisiera que pudiéramos seguir esa práctica en vez de jugar a la lotería, pero no creo que eso suceda mientras yo viva”. Se han abierto casinos en reservas indígenas como una manera de obtener ingresos para sus propietarios. Algunos ganan, pero la mayoría pierden, y es necesario que así suceda para que unos ganen y para que el establecimiento genere ganancias. Un joven miembro de la Iglesia dijo recientemente: “Pagar cinco dólares para ver una película o pagar cinco dólares para jugar póquer es el mismo concepto”. Pero no es lo mismo; en uno de los casos uno recibe algo a cambio de lo que paga, mientras que en el otro, solamente una persona se lleva la ganancia y los demás salen perdiendo. La experiencia nos demuestra que el juego de póquer puede llevar a una obsesión con los juegos de azar. Desde los inicios de la Iglesia, los juegos de azar fueron censurados. Ya en 1842, José Smith describió de esta manera las condiciones de los santos que vivían en Misuri: “Hicimos grandes compras de tierras, nuestras fincas producían en abundancia y gozábamos de paz y felicidad en nuestros hogares y vecindario, pero al no participar con nuestros vecinos... en sus diversiones nocturnas, en sus actividades que profanaban el día de reposo, en las carreras de caballos y los juegos de azar, empezaron por burlarse de nosotros, después nos persiguieron y finalmente organizaron populachos para incendiar nuestras casas, para cubrir con alquitrán y plumas y azotar a muchos de nuestros hermanos y finalmente, actuando contra la ley, la justicia y lo humano, expulsarlos de sus propiedades” (en James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, 1965–1975, tomo I, pág. 139). En octubre de 1844, Brigham Young dijo concerniente a la ciudad de Nauvoo: “Deseamos erradicar de entre nosotros las tabernas, las casas de juegos de azar y todos los demás establecimientos y actividades de alteración del orden público y no permitir el consumo de alcohol ni ningún vicio” (en Messages of the First Presidency, tomo I, pág. 242). Los presidentes de la Iglesia y los consejeros de la Presidencia se han referido repetidamente a este mal. George Q. Cannon, consejero de tres presidentes de la Iglesia, dijo: “Existen muchos males en el mundo contra los cuales los jóvenes necesitan protegerse. Uno de ellos es el juego de azar. Este mal se 49


presenta de varias formas y todas ellas son indeseables y no se deben practicar” (Gospel Truth: Discourses and Writings of President George Q. Cannon, sel. por Jerreld L. Newquist, 2 tomos, 1974, tomo II, pág. 223). El presidente Joseph F. Smith declaró: “La Iglesia no sólo desaprueba los juegos de azar, sino que enérgicamente los condena como moralmente erróneos y clasifica como tales a todos los tipos de apuestas y loterías, rechazando toda participación que los miembros de la Iglesia puedan tener en dichas prácticas” (“Editor’s Table” Improvement Era, agosto de 1908, pág. 807), . El presidente Heber J. Grant aconsejó: “La Iglesia se ha opuesto y sigue oponiéndose inalterablemente a los juegos de azar de cualquier tipo. Se opone a cualquier juego de azar, ocupación o supuesto negocio que acepte dinero de una persona sin entregar a cambio el valor correspondiente. Se opone a toda práctica que tienda a... degradar o debilitar la elevada norma moral que los miembros de la Iglesia y nuestra comunidad en general han mantenido siempre” (en Messages of the First Presidency, tomo V, pág. 245). El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Desde el principio se nos ha aconsejado en contra de los juegos de azar de todo tipo. Ya sea que la persona gane o pierda, igual sufre deterioro y daño por obtener algo a cambio de nada, sin haber hecho esfuerzo alguno, recibiendo algo sin pagar su precio completo” (en Conference Report, abril de 1975, pág. 6; o Ensign, mayo de 1975, pág. 6). En 1987, el élder Dallin H. Oaks, que nos acompaña esta noche, dio un magnífico discurso sobre este tema en lo que era el Colegio Universitario Ricks, en Idaho. Lo tituló: “Los juegos de azar: Moralmente erróneos y políticamente imprudentes” (véase Ensign, junio de 1987, págs. 69–75). A esas declaraciones de la posición de la Iglesia, uno la mía. El participar en un juego de azar puede aparecer como un pasatiempo inocente, pero trae aparejado una intensidad que de hecho se trasluce en el rostro de quienes juegan. Y en demasiados casos, esta práctica que parece ser inofensiva, puede desembocar en la adicción. La Iglesia ha estado y continúa estando en contra de esta práctica. Si ustedes nunca han tomado parte en juegos de póquer o en cualquier otra forma de juegos de azar, no empiecen. Si están participando, dejen de hacerlo ya, mientras pueden. Hay mejores maneras de pasar el tiempo; hay mejores cosas en las cuales invertir esfuerzos y energía. Hay tantos libros maravillosos para disfrutar; nunca será demasiado lo que podamos leer. Hay música para oír y gozar y también hay actividades en las que podemos pasar momentos agradables juntos, bailando, en caminatas, andando en bicicleta, y en otras formas, muchachos y jovencitas disfrutando juntos, de manera sana, de la compañía mutua. He estado leyendo un nuevo libro publicado recientemente por la Editorial de la Universidad de Oxford, el que ha recibido considerable atención entre nosotros. Contiene un estudio llevado a cabo por miembros del cuerpo docente de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y tiene que ver con la vida religiosa y espiritual de los adolescentes en los Estados Unidos. Aquellos que efectuaron el estudio entrevistaron a jóvenes de varias denominaciones y tradiciones religiosas. (Véase Christian Smith y Melinda Lundquist Denton, Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers, [2005].) Llegaron a la conclusión de que nuestros jóvenes Santos de los Últimos Días saben más que otros jóvenes en cuanto a sus creencias, tienen un compromiso más profundo hacia ellas y se sujetan más a sus enseñanzas en cuanto a la conducta social. Una de las personas que llevó a cabo el estudio declaró: “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días espera mucho de sus adolescentes y en la mayoría de los casos, éstos responden favorablemente” (en Elaine Jarvik, “LDS Teens Rank Tops in Living Their Faith”, Deseret News, 15 de marzo de 2005, pág. A3). También se concluyó que nuestros jóvenes son más propensos a observar las mismas creencias religiosas que sus padres, a asistir a los servicios religiosos una vez a la semana para compartir su fe con otras personas, a ayunar o a hacer otros tipos de sacrificios personales y a tener menos dudas en cuanto a las cosas en las que creen. Los que comentaron en cuanto al estudio se refieren al hecho de que nuestros jóvenes se levantan temprano en las mañanas para asistir a clases de seminario. “Es difícil levantarse tan temprano”, dice un 50


joven, “pero son muchas las bendiciones que se reciben por hacerlo. Es una excelente manera de empezar el día”. Los autores del estudio señalan que nuestros jóvenes no son perfectos, pero que en general se destacan de una manera magnífica. Y yo agregaría que estos adolescentes no tienen tiempo para jugar póquer. Mis queridos jóvenes amigos, a quienes les hablo esta noche, ustedes significan mucho para nosotros; son muy importantes. Como miembros de esta Iglesia y como poseedores del sacerdocio, tienen una responsabilidad enorme. Por favor, por favor no malgasten el tiempo ni sus talentos en actividades vanas. Si lo hacen, se debilitará la capacidad que tienen de hacer cosas dignas y hasta creo que interferirá con sus estudios. Decepcionarán a sus padres y con el paso de los años, al mirar hacia atrás, ustedes mismos se sentirán decepcionados. El sacerdocio que ustedes poseen conlleva el privilegio del ministerio de ángeles y tal compañía es incompatible con cualquier participación en los juegos de azar. “Haz el bien; cuando tomes decisiones” (“Haz el bien”, Himnos, Nº 155). Ruego humildemente que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes y les dejo mi testimonio de esta obra y mi amor hacia todos los que están embarcados en ella, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén

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TENDER LA MANO PARA AYUDAR A LOS DEMÁS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Abramos nuestro corazón, tendamos la mano a los demás y levantémosles, abramos nuestra billetera, mostremos un amor mayor por nuestros semejantes". Mis queridos hermanos, al contemplar la gran asamblea de hombres en este salón y al reconocer que hay decenas de miles más diseminados en el mundo, todos de una mente y un corazón, y todos portando la autoridad del sacerdocio del Dios viviente, me siento calmo y humilde. Invoco la guía del Espíritu Santo. Este grupo es único en el mundo; no hay nada como él. Ustedes constituyen las legiones del Señor, hombres preparados para la batalla contra el adversario de la verdad, hombres con el deseo de participar y hacer su parte, hombres que llevan el testimonio de la verdad, hombres que se han sacrificado y dado mucho por esta gran causa. Ruego que el Señor les bendiga, les sostenga y les magnifique. "Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio" (1 Pedro 2:9). Hermanos, seamos dignos del sacerdocio que poseemos. Vivamos más cerca del Señor. Seamos buenos esposos y padres. Cualquier hombre que sea tirano en su hogar es indigno del sacerdocio; no puede ser instrumento apto en las manos del Señor cuando no muestra respeto, ni bondad, ni amor hacia la compañera de su elección. De la misma forma, cualquier hombre que sea un mal ejemplo para sus hijos, que no pueda controlar su temperamento, o que se involucre en prácticas deshonestas o inmorales, verá anulado el poder de su sacerdocio. Les recuerdo: "Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud. "Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre" (D. y C. 121:36–37). Hermanos, seamos buenos hombres, como esos favorecidos del Señor, con una concesión de Su divino poder sobre nosotros. 51


Ahora pasemos a un tema diferente, pero relacionado. En nuestra reunión del sacerdocio de abril pasado, anuncié un nuevo programa. Hablé de una gran cantidad de misioneros de Sudamérica, México y Filipinas, además de otras áreas; ellos responden al llamado y sirven con sus hermanos y hermanas de Norteamérica. Desarrollan fuertes testimonios; aprenden una nueva forma de vida. Son altamente eficaces porque hablan su idioma natal y conocen la cultura de sus propios países. Disfrutan de una temporada maravillosa de trabajo arduo y dedicado. Luego se les releva para regresar a su hogar. Sus familias viven en la pobreza y muchos de ellos caen en la misma situación de la que salieron, incapaces de progresar debido a la falta de destrezas y a la dificultad consecuente de encontrar buenos empleos. Les hablé del Fondo Perpetuo para la Emigración, que se estableció en la era pionera de la Iglesia para auxiliar a los pobres a venir desde Inglaterra y Europa. Se estableció un fondo rotatorio desde donde se efectuaban préstamos pequeños que hicieron posible que 30.000 emigraran de sus tierras natales y se reunieran en Sión. Les dije que aplicaríamos el mismo principio y crearíamos lo que se conocería como Fondo Perpetuo para la Educación. Con los fondos que donaría nuestra gente, y no de los fondos de diezmos, se crearía un capital, de cuyos ingresos se ayudaría a los jóvenes y a las señoritas a asistir a una escuela a fin de reunir los requisitos para un mejor empleo. Ellos lograrían desarrollar aptitudes que les ayudarían a ganar lo suficiente para cuidar de sus familias y salir del nivel de pobreza que ellos y sus generaciones anteriores conocieron. No teníamos nada en el fondo al momento de la planificación. Pero siguiendo adelante con fe, establecimos una organización, modesta en sus dimensiones, para implantar lo que considerábamos necesario. Me complace informar que el dinero ha llegado en decenas de miles de dólares, en cientos de miles de dólares, incluso en millones. Ese dinero ha provenido de miembros generosos de la Iglesia que aman al Señor y desean ayudar a los menos afortunados de Su pueblo a progresar en el mundo de la economía. Ahora tenemos una suma considerable; no es todo lo que necesitamos. Esperamos que esas contribuciones continúen. El tamaño del capital determinará el número de los que puedan recibir ayuda. Hoy, seis meses más tarde, deseo darles un informe de lo que se ha logrado. Primero, llamamos al élder John K. Carmack, que sirvió tan bien en el Primer Quórum de los Setenta y que entró al nivel de Setenta emérito en esta conferencia. Él es un abogado de mucho talento, un hombre de sano juicio en empresas, un hombre de grandes aptitudes. Ha sido nombrado como director ejecutivo y, aun cuando está jubilado de su trabajo como Setenta, dará su tiempo completo para la prosecución de esta empresa. El élder Richard E. Cook, de los Setenta, que también ha pasado a ser Autoridad General Emérita, trabajará con él en la administración de las finanzas. El élder Cook fue anteriormente Contralor Asistente de la compañía Ford Motor, un hombre con experiencia en finanzas mundiales, capacitado ejecutivo y un hombre que ama al Señor y a los hijos del Señor. Hemos gastado a estos dos hermanos por un lado, y ahora los hemos dado vuelta para gastarlos por el otro lado. Se han unido al hermano Rex Allen, experto en organización y capacitación, y al hermano Chad Evans, que tiene vasta experiencia en programas de educación avanzada. Todos contribuyen su tiempo y habilidades sin compensación. El programa está organizado y funcionando. Estos hermanos han tenido mucho cuidado para iniciarlo de manera apropiada, con principios gubernativos sólidos. Hemos restringido la zona en que operará inicialmente, pero se extenderá a medida que tengamos los medios para hacerlo. Esos hermanos se han puesto a trabajar de manera de utilizar las organizaciones existentes de la Iglesia. El programa está basado en el sacerdocio y por eso tendrá éxito. Comienza con los obispos y los presidentes de estaca; incluye al Sistema Educativo de la Iglesia, las oficinas de Servicios de Empleo y otros que trabajarán juntos en un maravilloso espíritu de cooperación. Se puso en práctica primeramente en Perú, Chile y México, que son áreas donde hay grandes números de ex misioneros y la necesidad es grande. Los líderes locales se han mostrado entusiastas y se han comprometido. Los beneficiarios están aprendiendo principios verdaderos de autosuficiencia. Se ha ensanchado enormemente su visión de lo que 52


pueden lograr. Están seleccionando buenas escuelas locales para capacitarse y utilizan, hasta donde sea posible, sus recursos personales, familiares y otros recursos locales. Sienten aprecio, tienen la voluntad y se sienten profundamente agradecidos por la oportunidad que se les ofrece. Permítanme darles dos o tres ejemplos. El primero es el de un joven que sirvió en la Misión Bolivia Cochabamba. Vive con su fiel madre y sobrinas en un vecindario pobre. Su pequeño hogar tiene piso de cemento, una sola bombilla de luz, gotea el techo y la ventana está rota. Él fue un misionero exitoso, y dice: "La misión fue lo mejor que he hecho en mi vida. Aprendí a ser obediente a los mandamientos y a ser paciente en mis aflicciones; además, aprendí algo de inglés y a administrar mejor el dinero, mi tiempo y mis habilidades. "Luego, al terminar la misión, fue difícil regresar a casa. Mis compañeros norteamericanos regresaron a la universidad, pero en mi país hay mucha pobreza. Es muy difícil obtener una educación. Mi madre hace lo que puede, pero no puede ayudarnos; ha sufrido tanto y yo soy su esperanza. "Me sentí tan feliz cuando supe del Fondo Perpetuo para la Educación. El profeta había reconocido nuestros esfuerzos. Me colmaba el gozo. . . había una posibilidad de que podría estudiar, ser autosuficiente, tener una familia y ayudar a mi madre. "Estudiaré contabilidad en una escuela local donde podré estudiar y trabajar. Es un curso corto, sólo tres años y debo seguir trabajando como conserje, pero no importa. Cuando me gradúe obtendré un trabajo de contabilidad y trataré de estudiar comercio internacional. "Ésta es nuestra oportunidad y no podemos fallar. El Señor confía en nosotros. He leído muchas veces en el Libro de Mormón las palabras que el Señor habló a los profetas, de que si guardamos los mandamientos, prosperaremos en la tierra. Eso se está cumpliendo. Estoy tan agradecido a Dios por esta gran oportunidad de recibir lo que mis hermanos y hermanas no tienen, por ayudar a mi familia y por lograr mis metas. Y me entusiasma saber que voy a pagar el préstamo para que otros sean abundantemente bendecidos. Sé que el Señor me bendecirá al hacerlo". ¿No es maravilloso eso? Otro ejemplo. Se aprobó la solicitud de un joven de la Ciudad de México para recibir un préstamo de aproximadamente mil dólares para asistir a una escuela y convertirse en un mecánico diesel. Él ha dicho: "Mi promesa es dar lo mejor para sentirme satisfecho con mis esfuerzos. Sé que este programa es valioso e importante. Por medio de él estoy tratando de lograr el máximo de beneficios para el futuro. Podré servir y ayudar a los pobres y ayudar y aconsejar a los miembros de mi familia. Agradezco a mi Padre Celestial este hermoso e inspirado programa". Hace poco se aprobó otro préstamo para un joven de la Ciudad de México que sirvió en la Misión Nevada Las Vegas. Desea ser técnico dentista. Su capacitación durará 15 meses de dedicada labor y él dice: "Prometo que al finalizar mis estudios en la escuela técnica, con la ayuda del Fondo Perpetuo para la Educación, pagaré el préstamo para que otros misioneros puedan disfrutar de estas bendiciones". Y así hemos empezado esta obra de hacer posible que nuestros fieles y capaces jóvenes y señoritas suban la escala que les asegurará el éxito económico. Con mayores oportunidades de mejorar, saldrán del círculo de la pobreza que han conocido por tanto tiempo, ellos y los que fueron antes que ellos. Han servido en misiones y continuarán sirviendo en la Iglesia y llegarán a ser líderes de esta gran obra en sus tierras natales. Pagarán sus diezmos y ofrendas, lo que permitirá a la Iglesia expandir su obra a través del mundo. Esperamos que para fin de año tengamos 1.200 en el programa y en tres años más calculamos que serán más de 3.000. Las oportunidades están allí; la necesidad es urgente. En algunos casos podemos fallar; pero la gran mayoría desempeñará la tarea como esperamos, tanto los jóvenes como las señoritas. Nuestro único límite será la cantidad que tengamos en el fondo. Nuevamente invitamos a todos los que deseen participar, a que hagan una contribución, grande o pequeña. Podremos entonces extender esta gran obra que hará posible para aquellos que tengan fe y una habilidad latente, elevarse sobre la independencia económica como fieles miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

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¿Pueden entender el significado de la tremenda obra de esta Iglesia? Permítanme describirles este panorama: Un par de misioneros golpea a la puerta de un pequeño hogar en alguna parte de Perú. Una mujer contesta, no entiende bien lo que desean los misioneros, pero los invita a pasar; entonces, se ponen de acuerdo para volver cuando el esposo y los otros miembros de la familia estén allí. Los misioneros enseñan a la familia y, al sentir el Espíritu, los miembros de la familia responden al mensaje de verdad eterna y se bautizan. La familia es activa en la Iglesia, paga un diezmo fiel pero pequeño y tiene un hijo o una hija de unos 18 años. Al debido tiempo, ese hijo o esa hija recibe el llamamiento para ir a una misión. La familia hace todo lo posible por mantenerlo o mantenerla en la misión y la diferencia se obtiene del fondo misional, que sale de las contribuciones de los Santos. El hijo o la hija trabaja con un compañero o compañera de los Estados Unidos o Canadá; aprende inglés mientras su compañero(a) mejora rápidamente su español. Trabajan juntos con amor y aprecio y respeto el uno por el otro, ambos representantes de dos grandes culturas diferentes. Al final de la misión, el (la) norteamericano(a) regresa a casa y asiste a la escuela. El (la) peruano(a) regresa a casa con la única esperanza de encontrar un trabajo de escasa importancia. El salario es tan pequeño. El futuro es sombrío y él o ella no tiene las habilidades necesarias para progresar y salir de ese trabajo. Entonces llega ese rayo brillante de esperanza. Bien, hermanos, ustedes entienden la situación, no tengo que entrar en más detalles. El camino por delante está claro, la necesidad es tremenda y el Señor ha mostrado el camino. El élder Carmack encontró hace poco un viejo libro de contabilidad, y me lo trajo. Descubrimos que en 1903 se estableció un pequeño fondo para ayudar a los que aspiraban ser maestros de escuela a fin de que reunieran los requisitos para tener mayores oportunidades por medio de pequeños préstamos a medida que asistían a la escuela. Eso continuó durante 30 años hasta que se canceló durante la Depresión. Me sorprendieron algunos de los nombres que estaban en ese viejo libro de contabilidad. Dos llegaron a ser rectores de universidades. Otros llegaron a ser bien conocidos y respetados educadores. El libro de contabilidad mostraba pagos de intereses de 10 dólares, de 25 dólares, de 3,10 dólares y cosas así. Uno de los beneficiarios de ese programa llegó a ser obispo, luego presidente de estaca, luego apóstol y finalmente consejero de la Primera Presidencia. Hermanos, tenemos que cuidarnos el uno al otro en forma más diligente. Tenemos que hacer un poco más de esfuerzo por ayudar a los que están en el fondo de la escala económica. Tenemos que dar aliento y extender una mano de ayuda a los hombres y las mujeres de fe, de integridad y de habilidad, que pueden subir esa escala con un poco de ayuda. Ese principio se aplica no sólo en referencia a nuestra presente empresa en este fondo, sino en una forma más general. Abramos nuestro corazón, tendamos la mano a los demás y levantémosles, abramos nuestra billetera, mostremos un amor mayor por nuestros semejantes. El Señor nos ha bendecido en forma tan abundante y las necesidades son tan grandes. Él ha dicho: ". . .en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25:40). Leo del libro de los Hechos: "Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. "Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. "Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. "Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. "Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. "Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos;

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"y saltando, se puso de pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios" (Hechos 3:2–8). Ahora bien, noten que Pedro lo tomó por la mano derecha y lo levantó. Pedro tuvo que tender su mano para levantar al hombre cojo. Nosotros también debemos tender la mano. Que Dios los bendiga mis queridos hermanos, jóvenes y mayores. Mantengan la fe. Ministren con amor. Críen a sus familias en el camino del Señor. "Acude a Dios para que vivas" (Alma 37:47). Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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EL SÍMBOLO DE NUESTRA FE. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Después de la renovación del Templo de Mesa, Arizona, hace algunos años, se invitó a clérigos de otras religiones a fin de que lo recorrieran el primer día en que se abrió para las visitas del público. Cientos se presentaron. Al dirigirles la palabra, les indiqué que nos complacería responder a las preguntas que tuvieran. Entre ellas se encontraba la de un ministro protestante. Él dijo: “He visitado todo este edificio, un templo que lleva en su fachada el nombre de Jesucristo, sin haber podido encontrar ninguna representación de la cruz, que es el símbolo del cristianismo. He observado también sus edificios en otras partes, y del mismo modo que en éste, encuentro una total ausencia del símbolo de la cruz. ¿Cómo puede ser, si ustedes profesan creer en Jesucristo?” A lo que respondí: “No quisiera ofender a ninguno de mis hermanos cristianos que utilizan la cruz en las agujas de sus catedrales y en los altares de sus capillas, que la llevan como parte de su vestimenta e imprimen su imagen en los libros, al igual que en otros materiales impresos. Sin embargo, para nosotros la cruz es el símbolo del Cristo agonizante, mientras que nuestro mensaje es una declaración del Cristo viviente”. Mi interlocutor volvió a preguntar: “Si ustedes no utilizan la cruz, ¿cuál es entonces el símbolo de su religión?”. Contesté que la vida de nuestros miembros debe llegar a ser la expresión más significativa de nuestra fe y, de hecho, el símbolo de nuestra adoración. Espero que por mi respuesta no haya pensado que yo era presumido ni que me las daba de perfecto. A primera vista, nuestra posición tal vez parezca contradecir nuestra creencia de que Jesucristo es la figura principal de nuestra fe. El nombre oficial de la Iglesia es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nosotros lo adoramos como nuestro Señor y Salvador; la Biblia es nuestra Escritura; creemos que los profetas del Antiguo Testamento que predijeron la venida del Mesías hablaron bajo inspiración divina; nos regocijamos con los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que narran los acontecimientos del nacimiento, el ministerio, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne y, al igual que el antiguo apóstol Pablo, nosotros no nos avergonzamos “del evangelio [de Jesucristo], porque es poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16). Del mismo modo, al igual que Pedro, afirmamos que Jesucristo es el único nombre “dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). El Libro de Mormón, al cual consideramos como el testamento del Nuevo Mundo, que declara las enseñanzas de los profetas que vivieron antiguamente en este hemisferio occidental, testifica de Aquel que nació en Belén de Judea y murió en el Monte del Calvario, y constituye otro poderoso testigo de la divinidad del Señor a un mundo de fe incierta.Su prefacio, escrito por un profeta que vivió en las Américas hace mil quinientos años, declara categóricamente que el libro se escribió para “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones”. 55


En nuestro libro de revelaciones modernas, Doctrina y Convenios, el Señor declara con estas firmes palabras: “Yo soy el Alfa y la Omega, Cristo el Señor; sí, soy él, el principio y el fin, el Redentor del mundo” (D. y C. 19:1). A la luz de estas declaraciones y en vista de tal testimonio, bien podrían muchos preguntar,como lo hizo aquel ministro en Arizona: “Si ustedes profesan creer en Jesucristo, ¿por qué no utilizan el símbolo de Su muerte, la cruz del Calvario?”. A lo cual debo contestar, primero, que ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio que pagó nuestro Redentor, quien dio Su vida para que el género humano pudiera vivir: la agonía de Getsemaní, la farsa amarga de Su juicio, la hiriente corona de espinas que desgarró Su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino del Calvario, el espantoso dolor que padeció cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies, la febril tortura de Su cuerpo al colgar de la cruz aquel trágico día, el Hijo de Dios, exclamando: “...Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Ésa fue la cruz, el instrumento de Su tortura, el terrible artefacto diseñado para destruir al Hombre de Paz, la inicua recompensa por Su obra milagrosa de curar a los enfermos, de hacer que los ciegos vieran, de levantar a los muertos. Ésa fue la cruz sobre la que colgó y murió en la solitaria cumbre del Gólgota. No podemos olvidar ese hecho. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se entregó en un sacrificio vicario por cada uno de nosotros. La lobreguez de aquella obscura tarde que precedió al día de reposo judío, cuando Su cuerpo inerte fue bajado y apresuradamente depositado en una tumba prestada, se llevó consigo hasta las esperanzas de Sus más devotos discípulos, aquellos que mejor le conocían. Éstos se encontraban desolados, sin comprender lo que Él les había dicho anteriormente. Muerto se encontraba el Mesías en quien ellos habían creído; el Maestro en quien habían depositado todo su anhelo, su fe y su esperanza se había ido. El que había hablado de vida eterna y había levantado a Lázaro del lecho de muerte, había dejado de existir del mismo modo que todos los hombres que vivieron antes que Él. Así había llegado el fin de Su pesarosa y breve existencia, una vida quehabía sido tal como Isaías lo predijera muchos siglos antes: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto... Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él...” (Isaías 53:3, 5). Había muerto. Sólo podemos especular sobre los sentimientos de quienes le habían amado, mientras meditaban sobre Su muerte durante las largas horas del día de reposo judío, que corresponde al día sábado de nuestro calendario. Luego, siguió el amanecer del primer día de la semana, el día de reposo del Señor, tal como lo conocemos en la actualidad. Y a los que llegaron hasta la tumba apesadumbrados de dolor, un ángel que se encontraba en la puerta les declaró: “...¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5). “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo” (Mateo 28:6). He aquí el más grande de los milagros de la historia de la humanidad. Previamente Él les había dicho: “...Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Pero ellos no habían entendido; sin embargo, ahora comprendían. Había muerto en medio del sufrimiento y del dolor y en completa soledad. Al tercer día, resucitó con poder, hermosura y vida, las primicias de todos aquellos que dormían, la seguridad dada a los hombres de todos los tiempos de que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). En el Calvario, había sido el Jesús agonizante. De la tumba emergió como el Cristo viviente. La cruz había sido el amargo fruto de la traición de Judas, el acto final luego de la negación de Pedro. En contraste, la tumba vacía se convirtió en el testimonio de Su divinidad, la seguridad de la vida eterna, la respuesta a la pregunta de Job, que hasta ese momento nunca había sido contestada: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14). Al haber muerto, Él podría haber sido olvidado, o, en el mejor de los casos, recordado como uno de los muchos grandes maestros cuya vida se resume en unas pocas líneas en los libros de historia. Sin embargo, al resucitar, llegó a ser el Maestro de la vida y Sus discípulos, junto con Isaías, podían afirmar con verdadera fe: “...y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). 56


Se cumplieron también las esperanzadas palabras de Job cuando dijo: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; “Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25–27). Con toda razón exclamó María: “...¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)” (Juan 20:16), al ver por primera vez al Señor resucitado, ya que era en verdad Maestro, no sólo de la vida, sino también de la muerte misma. Desapareció así el aguijón de la muerte, triunfante fue la victoria del sepulcro. El temeroso Pedro se transformó; aun el dubitativo Tomás declaró con solemnidad, reverencia y realismo: “...¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28); y las inolvidables palabras del Señor en aquella maravillosa oportunidad fueron: “...no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27). Después de eso, muchos fueron testigos de Sus apariciones, incluso, como Pablo lo registra: “...más de quinientos hermanos a la vez...” (1 Corintios 15:6). En el hemisferio occidental había otras ovejas de las cuales Él había hablado anteriormente. Y las personas de ese lugar “oyeron una voz como si viniera del cielo... y les dijo: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre, a él oíd. “...y he aquí, vieron a un Hombre que descendía del cielo; y estaba vestido con una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos... “Y aconteció que extendió la mano, y habló al pueblo, diciendo: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo... “Levantaos y venid a mí...” (3 Nefi 11:3, 6–10, 14). A continuación en ese hermoso registro siguen muchas palabras que se refieren al ministerio del Señor resucitado entre el pueblo de la antigua América. Por último, existen testigos contemporáneos, ya que el Señor vino de nuevo con el fin de abrir esta dispensación, la dispensación del profetizado cumplimiento de los tiempos. En una gloriosa visión, Él, el Señor resucitado y viviente, y Su Padre, el Dios de los cielos, se le aparecieron a un joven profeta para comenzar la restauración de las antiguas verdades. Le siguió una verdadera “nube de testigos” (Hebreos 12:1); y el que había recibido la Primera Visión —José Smith, el profeta moderno— declaró con palabras solemnes: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! “Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; “que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24). A ese testimonio se pueden agregar los de millones de personas, quienes, mediante el poder del Espíritu Santo, han testificado y ahora testifican solemnemente que Él en realidad vive, testimonio que ha sido para ellos su consuelo y fortaleza. Por ejemplo, pienso en un amigo al que llegué a conocer en Vietnam en una época turbulenta de ese país; era un hombre que tenía una fe apacible y firme en Dios, nuestro Padre Eterno, y en Su Hijo, el Cristo viviente. Tengo recuerdos vívidos de cuando lo oía cantar con profunda convicción: Y cuando torrentes tengáis que pasar, los ríos del mal no os pueden turbar, pues yo las tormentas podré aplacar, salvando mis santos de todo pesar. (“Qué firmes cimientos”, Himnos, Nº 40) Por lo tanto, por causa de que nuestro Salvador vive, nosotros no utilizamos el símbolo de Su muerte como característico de nuestra fe. Y ¿qué habremos de utilizar entonces? Ninguna señal, ninguna obra de arte ni representación alguna, es adecuada para expresar la gloria y la maravilla del Cristo viviente. Él nos indicó cuál habría de ser el símbolo cuando dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). 57


Siendo Sus discípulos, todo lo que hagamos que sea malo, vulgar o desagradable sólo conseguirá manchar Su imagen; al igual que cualquier acto bueno, altruista o digno de alabanza que efectuemos le dará más brillo y gloria al símbolo de Aquel cuyo nombre hemos tomado sobre nosotros. De modo que nuestra vida debe ser una expresión significativa, el símbolo del testimonio que tenemos del Cristo viviente, el Hijo Eterno del Dios viviente. Es así de sencillo, mis hermanos y hermanas, es así de profundo, y sería conveniente que jamás lo olvidáramos. Yo sé que vive mi Señor, el Hijo del eterno Dios; venció la muerte y el dolor, mi Rey, mi Luz, mi Salvador. Él vive, roca de mi fe, la luz de la humanidad. El faro del camino es, destello de la eternidad. Oh, dame siempre esa luz, la paz que sólo tú darás, la fe de andar en soledad, camino a la eternidad. (Gordon B. Hinckley, “Vive mi Señor”, Himnos, Nº 74)

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¿CÓMO PUEDO CONVERTIRME EN LA MUJER EN QUIEN SUEÑO? PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Son criaturas de divinidad; son hijas del Todopoderoso. Su potencial es ilimitado y su futuro es magnífico, si toman las riendas del mismo". Gracias por ese bello himno. Gracias por sus oraciones; gracias por su fe; gracias por lo que son. Mujeres jóvenes de la Iglesia, muchas gracias. Y gracias a ustedes, hermana Nadauld, hermana Thomas y hermana Larsen, por los maravillosos discursos que han dado a estas jovencitas esta noche. ¡Qué panorama tan maravilloso son ustedes en este gran recinto. Hay otros cientos de miles reunidas en todo el mundo; nos escucharán en más de una veintena de idiomas; nuestros discursos serán traducidos a sus idiomas nativos. Es una responsabilidad formidable el dirigirme a ustedes, pero al mismo tiempo es una tremenda oportunidad. Suplico la dirección del Espíritu, el Espíritu Santo, sobre el cual hemos escuchado tanto esta noche. Aunque provienen de diversas nacionalidades, todas forman parte de una gran familia. Son hijas de Dios; son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En su juventud hablan del futuro, el cual es brillante y lleno de promesa; hablan de esperanza, fe y logros; hablan de bondad, amor y paz; hablan de un mundo mejor que el que jamás hayamos conocido. Son criaturas de divinidad; son hijas del Todopoderoso. Su potencial es ilimitado y su futuro es magnífico, si toman las riendas del mismo. No permitan que su vida vaya sin rumbo de manera infructuosa e inútil. El otro día alguien me obsequió un ejemplar del anuario de mi escuela de enseñanza media. Parecería que cuando la gente se cansa de los libros viejos, me los mandan a mí. Pasé una hora hojeándolo y viendo las fotografías de mis amigos de hace 73 años que conformaban la clase de 1928. 58


La mayoría de los que aparecen en ese anuario ya han vivido sus vidas y han dejado de existir. Algunos de ellos parecen haber vivido sin ningún propósito, mientras que otros vivieron llevando a cabo grandes logros. He contemplado el rostro de los muchachos que eran mis amigos y compañeros; una vez estuvieron llenos de vigor; eran brillantes y llenos de energía. Ahora, los que quedan están arrugados y son lentos para caminar. Sus vidas aún tienen razón de ser, pero no tienen la vitalidad que una vez tuvieron. En ese antiguo anuario contemplé el rostro de las chicas que conocí; muchas de ellas ya han fallecido, y el resto vive en las sombras de la vida; pero aún siguen siendo hermosas y fascinantes. Mis pensamientos se remontan a esos jóvenes y jovencitas de mi juventud, a la época en que se encuentran ustedes ahora. En su mayor parte, éramos un grupo feliz; disfrutábamos de la vida. Creo que teníamos aspiraciones. La siniestra y terrible depresión económica que cubrió la tierra no ocurriría hasta dentro de otro año; 1928 fue una época de elevadas esperanzas y sueños de esplendor. En nuestros momentos de quietud todos éramos soñadores: los muchachos soñaban en montañas aún sin conquistar y carreras aún por vivir; las muchachas soñaban en convertirse en la clase de mujer que la mayoría de ellas veía en su madre. Al meditar en eso, he decidido titular mi discurso para esta noche: "¿Cómo puedo convertirme en la mujer en quien sueño?". Hace algunos meses me dirigí a ustedes y a los jóvenes de la Iglesia. Sugerí seis puntos importantes que debían llevar a la práctica. ¿Podríamos decirlos juntos? Intentémoslo: Sean agradecidos, sean inteligentes, sean limpios, sean verídicos, sean humildes, sean dedicados a la oración. No tengo ni la menor duda de que esos modelos de conducta resultarán en éxito, felicidad y paz. Se los vuelvo a recomendar, con la promesa de que si los ponen en práctica, sus vidas serán fructíferas y de mucho bien. Yo creo que tendrán éxito en sus empeños. Conforme vayan madurando, estoy seguro de que ustedes mirarán hacia atrás con agradecimiento por el modo en que eligieron vivir. Esta noche, al dirigirme a ustedes, jovencitas, quisiera mencionar algunas de esas mismas cosas, sin repetir las mismas palabras. Valen la pena repetirse, y otra vez se las recomiendo. En el anuario que he mencionado aparece la fotografía de una jovencita; era inteligente, optimista y bella. Era una persona encantadora. Para ella, la vida podía resumirse en una sola palabra: diversión. Ella salía con los muchachos y desperdiciaba los días y las noches bailando, estudiando poco, pero no demasiado, lo suficiente para sacar calificaciones que le permitieran graduarse. Se casó con un muchacho igual que ella. El alcohol se apoderó de su vida; no podía vivir sin él; era su esclava. Su cuerpo sucumbió a sus efectos nocivos. Tristemente, su vida se esfumó sin lograr nada. En ese anuario está la fotografía de otra jovencita. No era particularmente bella, pero tenía una imagen sana y saludable, una chispa en la mirada y una sonrisa en el rostro. Ella sabía por qué estaba en la escuela; estaba allí para aprender. Ella soñaba en la clase de mujer que deseaba ser y modeló su vida de acuerdo con ello. También sabía cómo divertirse, pero sabía cuándo dejar de hacerlo y concentrarse en otras cosas. En ese tiempo había un joven en la escuela que provenía de un pueblito rural; era de escasos recursos; llevaba el almuerzo en una bolsa de papel y daba la apariencia de ser un poco como la granja de la cual provenía. No tenía nada en especial que fuera apuesto o atractivo; era buen estudiante; se había fijado una meta; era una meta elevada y, a veces, parecía casi imposible de alcanzar. Esos dos jóvenes se enamoraron. La gente decía: "¿Qué ve él en ella?" o, "¿Qué ve ella en él?". Cada uno vio algo maravilloso que nadie más captó. Se casaron al graduarse de la universidad; economizaron y trabajaron; el dinero era muy escaso. Él continuó estudios de posgrado; ella continuó trabajando por un tiempo; luego llegaron los hijos y ella les dedicó su atención. Hace algunos años, regresaba yo en avión de un viaje al este del país. Era ya tarde; caminaba por el pasillo en la penumbra y advertí a una mujer que dormía con la cabeza recostada en el hombro de su esposo. Ella despertó cuando yo me acercaba. Inmediatamente reconocí a la muchacha que había conocido en la escuela secundaria hacía tanto tiempo. Reconocí al muchacho que también había conocido; ambos 59


entraban en sus años de vejez. Al conversar, ella mencionó que sus hijos ya eran mayores y que ya los habían hecho abuelos. Con orgullo me dijo que regresaban del Este donde él había ido a presentar una disertación académica. Allí, en una gran convención, había recibido los honores de sus compañeros de profesión de todo el país. Me enteré que habían sido activos en la Iglesia, prestando servicio en cualquier puesto al que fueran llamados. Según todas las indicaciones, eran personas de éxito; habían logrado las metas que se habían fijado. Habían recibido honores y respeto, y habían hecho una contribución formidable a la sociedad de la cual formaban parte. Ella se había convertido en la mujer que había soñado ser e incluso había excedido ese sueño. Al volver a mi asiento en el avión, pensé en las dos jóvenes de las que les he hablado esta noche. La vida de una de ellas había quedado comprendida en la palabra "diversión"; una vida sin ton ni son, sin estabilidad, sin una contribución a la sociedad, sin ambición. Había acabado en sufrimiento y dolor, y una muerte prematura. La vida de la otra había sido difícil; había significado economizar y ahorrar; había significado trabajar y luchar para seguir adelante; había significado comida sencilla y ropa simple y un apartamento muy modesto durante los años del esfuerzo inicial del esposo por empezar su profesión. Pero de ese terreno, al parecer estéril, había crecido una planta, sí, dos plantas, una al lado de la otra, que florecieron y dieron fruto en forma bella y maravillosa. Esa hermosa pareja en flor era una manifestación del servicio al prójimo, de la generosidad mutua, del amor, el respeto y la fe en el compañero propio, de la felicidad conforme satisfacían las necesidades de los demás en las diversas actividades en las que participaban. Al meditar en la conversación que había sostenido con ellos, tomé la determinación en mi interior de esforzarme un poco más, de ser un poco más dedicado, de fijarme metas un poco más elevadas, de amar a mi esposa con un poco más de intensidad, de ayudarla, atesorarla y cuidarla. De modo que, mis queridas y jóvenes amigas, siento el deseo ferviente, sincero y ansioso de decirles algo esta noche que les ayude a convertirse en la mujer que sueñan llegar a ser. Para empezar, deben ser puras, porque la inmoralidad arruinará sus vidas y les dejará una cicatriz que nunca podrán borrar. Sus vidas deben tener un propósito. Estamos aquí para lograr algo, para favorecer a la sociedad con nuestros talentos y nuestro conocimiento. Puede haber diversión, sí, pero se debe reconocer el hecho de que la vida es seria, de que los riesgos son grandes, pero que ustedes pueden superarlos si se disciplinan a sí mismas y buscan la infalible fortaleza del Señor. Permítanme asegurarles que si ustedes han cometido un error, si han sido partícipes de comportamiento inmoral, no significa que todo esté perdido. Es posible que el recuerdo de ese error persista en la memoria, pero el hecho puede ser perdonado y ustedes pueden sobreponerse al pasado para llevar vidas plenamente aceptables ante el Señor si se han arrepentido. Él ha prometido que les perdonará sus pecados y no los recordará más en su contra (véase D. y C. 58:42). Él ha establecido un mecanismo que consiste de padres y líderes de la Iglesia serviciales para que les ayuden en sus dificultades. Ustedes pueden dejar atrás cualquier maldad en la que hayan tomado parte; pueden seguir adelante con una renovación de esperanza y de aceptación hacia un estilo de vida mucho mejor. Pero aún quedarán cicatrices. La mejor manera, la única manera, es que eviten caer en la trampa de la maldad. El presidente George Albert Smith solía decir: "Permanezcan en la línea del lado del Señor" (Sharing the Gospel with Others, sel. Preston Nibley, 1948, pág. 42). Ustedes llevan en su interior instintos poderosos y terriblemente persuasivos que a veces las impulsan a ceder y a "irse de juerga". No deben hacerlo; no pueden hacerlo. Ustedes son hijas de Dios con tremendo potencial. Él espera grandes cosas de ustedes, al igual que otras personas. No deben ceder ni por un minuto; no sucumban al impulso. Debe haber disciplina, fuerte e inflexible. Huyan de la tentación, al igual que José huyó de las artimañas de la esposa de Potifar. No hay nada más maravilloso en este mundo que la virtud; ésta resplandece sin mancha; es preciosa y bella; es de valor incalculable; no se puede comprar ni vender; es el fruto del autodominio. 60


Jovencitas, ustedes pasan mucho tiempo pensando en los muchachos; pueden divertirse con ellos, pero nunca sobrepasen la línea de la virtud. Cualquier joven que las invite, las anime o les exija a participar en cualquier clase de comportamiento sexual no es digno de su compañía. Deséchenlo antes de que la vida de ustedes y la de él queden en la ruina. Si ustedes pueden disciplinarse de esa manera, se sentirán agradecidas por el resto de su vida. La mayoría de ustedes se casará y su matrimonio será mucho más feliz al haberse refrenado en su juventud. Serán dignas de ir a la Casa del Señor; no hay sustituto adecuado para esa formidable bendición. El Señor nos ha dado una maravillosa orden; Él dijo: ". . .deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente" (D. y C. 121:45). Esa orden se convierte en un mandamiento que se debe observar con diligencia y disciplina, y a ella la acompaña la promesa de bendiciones extraordinarias y admirables. Él les ha dicho a los que viven con virtud: ". . .entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios. . . "El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás" (D. y C. 121: 45–46). ¿Podría haber una promesa más sublime y hermosa que ésta? Encuentren propósito en su vida. Elijan las cosas que les gustaría hacer y edúquense a fin de ser eficaces en su empeño por lograrlas. Para la mayoría es muy difícil escoger una vocación. Ustedes tienen la esperanza de que se casarán y de que todo quedará arreglado. En estos tiempos, una jovencita necesita estudios formales; necesita los medios a través de los cuales pueda ganarse la vida en caso de encontrarse en una situación en donde tenga que hacerlo por necesidad. Estudien sus opciones; oren con fervor al Señor para que las guíe; luego, prosigan su curso con determinación. La gama entera de oportunidades está a la disposición de la mujer; no hay nada que ustedes no puedan hacer si se esfuerzan por lograrlo. En el sueño de la mujer que quisieran llegar a ser podrían incluir la imagen de una que esté preparada para servir a la sociedad y hacer una importante contribución al mundo del cual forma parte. El otro día estuve en el hospital unas cuantas horas. Me familiaricé con mi alegre y experta enfermera; era la clase de mujer que ustedes podrían soñar llegar a ser. Desde que era pequeña, decidió que quería ser enfermera. Recibió los estudios necesarios para encontrarse entre las mejores en ese ramo; se esforzó en su vocación y llegó a convertirse en experta en ella. Decidió que deseaba servir una misión y lo hizo; se casó, tiene tres hijos, ahora trabaja las horas que ella desea. Tan grande es la demanda por personas con esas aptitudes que ella casi puede hacer lo que le plazca. Trabaja en la Iglesia; tiene un matrimonio sólido; lleva una vida cómoda. Ella es la clase de mujer en la que ustedes podrían soñar convertirse a medida que ven hacia el futuro. Para ustedes, mis queridas jóvenes amigas, las oportunidades no tienen límite. Ustedes pueden sobresalir en todo respecto; pueden ser las mejores; no hay razón para que sean inferiores. Respétense a sí mismas; no se tengan autoconmiseración. No piensen en las cosas malas que otros puedan decir de ustedes, y sobre todo, no pongan atención a lo que algún muchacho pueda decir de ustedes para denigrarlas. Él no es mejor que ustedes. De hecho, él se ha rebajado a sí mismo con sus acciones. Perfeccionen y refinen los talentos que el Señor les ha dado. Sigan adelante en la vida con una mirada optimista y una sonrisa, pero con un grandioso y firme propósito en su corazón. Amen la vida y busquen sus oportunidades, y siempre sean fieles a la Iglesia. Nunca olviden que vinieron a la tierra como progenie del divino Padre, con una porción de divinidad en su estructura genética. El Señor no las envió a la tierra a fracasar; Él no les dio la vida para que la malgastaran; Él les concedió el don de la vida terrenal a fin de que obtuviesen experiencia --experiencia positiva, maravillosa y con propósito-- que conducirá a la vida eterna. Él les ha concedido esta gloriosa Iglesia, Su Iglesia, para guiarlas y dirigirlas, para darles la oportunidad de progresar y de pasar por experiencias, para enseñarles, guiarles y animarles, para bendecirlas con el matrimonio eterno, para sellar sobre ustedes un convenio entre ustedes y Él, convenio que hará de ustedes Sus hijas escogidas, a quienes Él mirará con amor y con un deseo de ayudar. Que Dios las bendiga rica y abundantemente, mis queridas y jóvenes amigas, Sus hijas maravillosas. 61


Naturalmente, habrá problemas a lo largo del camino; habrá dificultades que superar, pero no durarán para siempre. Él no las abandonará. Cuando te abrumen penas y dolor, cuando tentaciones rujan con furor, ve tus bendiciones; cuenta y verás cuántas bendiciones de Jesús tendrás. . . No te desanimes do el mal está, y si no desmayas, Dios te guardará. Ve tus bendiciones y de El tendrás en tu vida gran consolación y paz. ("Cuenta tus bendiciones", Himnos, Nº 157.) Vean lo positivo. Sepan que Él las protege, que Él escucha sus oraciones y las contestará, que Él las ama y que les manifestará ese amor. Déjense guiar por el Espíritu en todo lo que hagan a medida que se esfuerzan por convertirse en la clase de mujer que sueñan llegar a ser. Pueden hacerlo. Tendrán amigas y seres queridos para ayudarlas, y Dios las bendecirá a medida que se esfuercen en su curso. Ésta, jovencitas, es mi humilde promesa y humilde oración en favor de ustedes, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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A LOS HOMBRES DEL SACERDOCIO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Ustedes, los hombres que poseen este preciado sacerdocio, líguenlo a sus propias almas. Sean dignos de él en todo momento y en toda circunstancia. Ahora, mis amados hermanos, les hablo con el deseo de brindar ayuda. Ruego que el Espíritu del Señor me guíe. No necesito decirles que nos hemos convertido en una Iglesia muy grande y compleja. Nuestro programa es tan amplio y nuestro alcance tan extenso que es difícil de comprender. Somos una Iglesia de liderazgo laico. ¡Qué extraordinario y maravilloso es eso! Y así debe permanecer; nunca debe moverse hacia la dirección de un extenso clérigo remunerado. Pero sabemos que la carga administrativa sobre nuestros obispos y presidentes de estaca, al igual que sobre algunos otros, es muy pesada. El estar al tanto de ello ha llevado a la Presidencia y a los Doce a realizar varias reuniones, algunas de ellas largas e interesantes, en las que, en efecto, hemos desarmado la Iglesia y la hemos vuelto a armar. Nuestro objetivo ha sido ver si había algunos programas de los que pudiéramos prescindir. Pero al analizarlos, no hemos visto mucho que se pudiera eliminar. El eliminar uno es como desprenderse de un hijo, y nadie tiene el corazón para hacerlo. Pero quiero asegurarles que estamos al tanto de la carga que llevan y del tiempo que dedican. En esta reunión del sacerdocio quiero mencionarles unos pocos puntos que hemos analizado. Creo que se darán cuenta de que hemos hecho algún progreso, aun cuando parezca pequeño. Les voy a hablar acerca de diversos puntos. Hemos tomado la decisión, primero, de que, a partir del 1 de noviembre, la recomendación del templo permanecerá en vigencia durante dos años en lugar de uno. Eso reducirá el tiempo en que los obispos y los presidentes de estaca y sus consejeros pasan en entrevistas para las recomendaciones del templo. Claro está que, si en algún momento, alguien que posea una recomendación llega a ser indigno de ir al templo, será entonces responsabilidad del obispo o del presidente de estaca retirársela. La experiencia, sin embargo, ha demostrado que hay muy pocos casos así; por lo que desde ahora ése será el programa, hermanos. A partir del 1 de noviembre, no importa cuál sea la fecha anotada en la recomendación, la fecha de vencimiento se extenderá por un año. Las recomendaciones se renovarán entonces cada dos años en lugar de un año como hasta ahora. Esperamos que eso sea beneficioso; estamos seguros de que lo será. 62


Otro punto. El élder Ballard les ha hablado con respecto a los misioneros. Quiero decirles que apruebo lo que él ha dicho. Espero que nuestros jóvenes y jovencitas acepten el desafío que él les ha hecho. Debemos aumentar la dignidad y los requisitos de quienes van al mundo como embajadores del Señor Jesucristo. Ahora bien, en la Iglesia tenemos una costumbre interesante. A los misioneros que salen se les brinda una despedida. En algunos barrios eso se ha convertido en un problema. Entre los misioneros que se van y los que regresan, la mayoría de las reuniones sacramentales están dedicadas a despedidas y bienvenidas. Nadie más en la Iglesia tiene una despedida cuando comienza un servicio en particular. Nunca tenemos una reunión especial de despedida para un obispo recién llamado, ni para un presidente de estaca, ni para una presidenta de la Sociedad de Socorro, ni para una Autoridad General, ni para nadie que yo recuerde. ¿Por qué entonces tenemos despedidas para los misioneros? La Primera Presidencia y los Doce, después de mucha oración y consideración minuciosa, han llegado a la decisión de que el programa actual de despedida misional debe modificarse. Al misionero que sale debe dársele la oportunidad de hablar en la reunión sacramental durante 15 o 20 minutos. Pero los padres y hermanos no serán invitados a hacerlo. Podrá haber dos o más misioneros que hablen en el mismo servicio. La reunión estará totalmente a cargo del obispo y no habrá arreglos por parte de la familia. No habrá números musicales especiales ni nada por el estilo. Sabemos que eso será una gran desilusión para muchas familias. Tanto madres como padres, hermanos y hermanas y amigos han participado en despedidas en el pasado; pero les pedimos que acepten esta decisión. Si ya se han hecho los arreglos para una despedida, deben seguirse adelante; pero en el futuro, no se debe planear ninguna en la forma tradicional en que se ha hecho hasta ahora. Estamos convencidos de que cuando se hayan tenido en cuenta todos los aspectos de esa situación, se verá que ésta es una decisión prudente. Por favor, acéptenla mis queridos hermanos. Hago llegar este ruego también a las hermanas, en particular a las madres. Esperamos que tampoco continúen las reuniones muy elaboradas en casa del misionero, después de la reunión sacramental en la que éste hable. La familia podría desear reunirse, y no ponemos objeción a eso; sin embargo, pedimos que no se lleve a cabo una recepción pública con gran cantidad de invitados. El servicio misional es una experiencia tan maravillosa que trae consigo su propio galardón. Y cuando el misionero regrese a su casa y al barrio, se le puede dar nuevamente la oportunidad de hablar en una reunión sacramental. El siguiente punto. Permítanme dar un breve informe acerca del Fondo Perpetuo para la Educación, que se estableció hace un año y medio en la conferencia de abril. El programa sigue adelante y progresa muy bien. Tenemos una considerable cantidad de dinero gracias a la contribución de fieles Santos de los Últimos Días. Esperamos que pronto tendremos más con el fin de ayudar a un número más grande de personas dignas de ayuda. En la actualidad, unos cinco mil hombres y mujeres, la mayoría de ellos jóvenes, están recibiendo educación académica que, de otra forma, quizás no hubieran tenido la oportunidad de recibir. Piensen en los resultados. A esos fieles Santos de los Últimos Días se les ha ofrecido una escalera para que puedan subir y salir de la condición de pobreza en la que ellos y sus antepasados han vivido. Su capacidad de ingreso se ha incrementado considerablemente. Su poder de liderazgo ha mejorado. Ellos se convertirán en hombres y mujeres de bien, en miembros de la Iglesia que sacarán adelante su programa de una manera que antes era imposible de imaginar. Les daré un ejemplo: la primera joven que recibió un préstamo ha terminado ya un año de capacitación y ha solicitado fondos para su último año de aprendizaje. Ella estudia para ser auxiliar de dentista. Con anterioridad, ella trabajaba en un restaurante y ganaba $130.00 al mes. Se prevé que, cuando ella termine sus estudios, en poco tiempo ganará $650.00 al mes para empezar: un aumento inmediato del 500 por ciento. Y eso aumentará con los años. 63


Qué maravillosa diferencia pueden lograr unos cuantos dólares cuando se utilizan apropiadamente. Multipliquen ahora la experiencia de esa joven por cinco mil. Es algo extraordinario de imaginar. Los estudiantes reciben capacitación para llegar a ser mecánicos, analistas de sistemas, asesores de empresas, técnicos de enfermería, técnicos de sistemas de información, enfermeras, trabajadores de hospitales, programadores de informática, ingenieros de informática, diseñadores de moda, contadores, electricistas, maestros de inglés, panaderos, administradores de hotel y diseñadores gráficos, por nombrar algunos. Las posibilidades son ilimitadas y lo que está sucediendo es en verdad algo maravilloso y milagroso. El próximo punto que deseo mencionar es la noche de hogar. Sentimos temor de que ese programa tan importante esté decayendo en muchos aspectos. Hermanos, no hay nada más importante que su familia. Ustedes saben eso. Este programa comenzó en 1915, hace 87 años, cuando el presidente Joseph F. Smith instó a Santos de los Últimos Días a apartar una noche a la semana para dedicarla específicamente a la familia. Sería un tiempo dedicado a la enseñanza, a la lectura de las Escrituras, a cultivar los talentos o hablar sobre asuntos familiares. No debía ser un tiempo para asistir a eventos deportivos ni a ninguna actividad por el estilo. Claro está que, si hay de vez en cuando una actividad familiar de ese tipo, estaría bien. Sin embargo, en virtud de la frenética rapidez de nuestra vida, cada vez en mayor aumento, es muy importante que padres y madres se sienten junto con sus hijos, oren juntos, los instruyan en las vías del Señor, consideren los problemas familiares y permitan que los hijos expresen sus talentos. Estoy convencido de que ese programa se recibió por revelación del Señor en respuesta a las necesidades de las familias de la Iglesia. Si existía la necesidad hace 87 años, esa necesidad es por cierto mucho más grande ahora. Se tomó la decisión de dedicar la noche del lunes a esta actividad familiar. En las áreas donde hay gran número de miembros de la Iglesia, los funcionarios de las escuelas y otros aceptaron el programa y no programaron eventos para esa noche. En la actualidad, parece haber una creciente tendencia a planear otros eventos para la noche del lunes. Respetuosamente, solicitamos a los funcionarios de nuestras escuelas públicas y a los demás que nos permitan tener esa noche a la semana para llevar a cabo ese importante y tradicional programa. Les pedimos que no proyecten eventos que requieran la participación de los niños el lunes por la noche. Estoy seguro de que ellos se van a dar cuenta de que es más importante que las familias tengan la oportunidad de estar juntas sin preocupaciones de otros compromisos, por lo menos una vez a la semana. Quedaremos sumamente agradecidos si ellos colaboran en ese sentido; e instamos con gran ahínco que los padres y las madres tomen más en serio esa oportunidad y ese desafío de hacer del lunes por la noche un tiempo sagrado para la familia. He recibido gran cantidad de invitaciones para participar los lunes en reuniones de la comunidad, sobre una cosa u otra, pero he rehusado a todas ellas con agradecimiento y explicado que tengo reservado el lunes para la noche de hogar. Espero fervientemente que cada uno de ustedes haga lo mismo. El próximo punto. Hermanos, los exhorto nuevamente sobre la importancia de la independencia económica de todo miembro y familia de la Iglesia. Ninguno de nosotros sabe cuándo puede ocurrir una catástrofe. Las enfermedades, los accidentes y el desempleo pueden afectar a cualquiera de nosotros. Tenemos un programa grandioso de bienestar, con instalaciones para esos casos, como silos de granos en varios lugares. Es importante que lo hagamos; pero el mejor lugar para tener algunos alimentos guardados es dentro de nuestra casa, junto con un poco de dinero ahorrado. El mejor programa de bienestar es el nuestro propio. Cinco o seis botes o latas de trigo en casa valen más que una gran cantidad de éste en el granero de bienestar. No estoy prediciendo ningún desastre eminente, y espero que no haya ninguno. Pero la prudencia debe gobernar nuestra vida. Todo aquel que es dueño de una casa reconoce la necesidad de contar con una póliza de seguro contra incendios. Esperamos y oramos que no haya nunca un incendio; sin embargo, pagamos igual la póliza para estar cubiertos en caso de que éste ocurra. Debemos hacer lo mismo en lo que se refiere al bienestar familiar. 64


Podemos comenzar modestamente. Empezar por almacenar alimentos para una semana e ir poco a poco aumentando a un mes y después a tres. Hablo de alimentos para cubrir las necesidades básicas. Como todos sabemos, ese consejo no es nuevo, pero temo que muchos piensen que el almacenamiento de alimentos para largo plazo esté tan fuera de su alcance, que no hagan ningún esfuerzo al respecto. Comiencen poco a poco, mis hermanos, y gradualmente diríjanse al logro de un objetivo razonable. Ahorren un poco de dinero en forma regular y se sorprenderán de cómo se acumula. Líbrense de las deudas y del terrible cautiverio que ellas traen consigo. Oímos mucho acerca de segundas hipotecas, y ahora me dicen que hay terceras hipotecas. Contrólense en lo referente a gastar, a pedir prestado, en conductas que llevan a la bancarrota y a la desesperación que ésta trae consigo. Finalmente, mis hermanos, deseo volver brevemente a un asunto del que he hablado yo antes y el que han tratado el élder Ballard y el presidente Monson en esta reunión. Espero que no les incomode el que intente recalcar de nuevo lo que ellos han dicho. Me refiero a la conducta moral de los miembros de la Iglesia. Demasiados han sido atrapados en la telaraña de la inmoralidad y de los amargos frutos que ésta supone. A los jóvenes que se encuentran aquí esta noche— a los hombres jóvenes— deseo decirles con el lenguaje más fuerte del que soy capaz que se mantengan alejados de la iniquidad moral. Ustedes saben lo que está bien y lo que está mal. No pueden valerse de la ignorancia como excusa de una conducta inaceptable. ¿Cómo es posible que piensen que pueden involucrarse en prácticas inmorales y después ir al campo misional como representantes del Señor Jesucristo? ¿Suponen que pueden ser dignos de ir a la casa del Señor y contraer matrimonio allí por el tiempo y por la eternidad si se han involucrado en esas prácticas? Les suplico, mis queridos y jóvenes amigos, que eviten tal comportamiento. No será fácil. Requerirá autodisciplina. Las fuerzas con las cuales se enfrentan son poderosas y tentadoras. Son las fuerzas de un adversario muy listo. Necesitan la fortaleza que proviene de la oración. Manténganse alejados de las cosas eróticas de Internet. Sólo los harán caer y podrán llevarlos a la destrucción. Nunca se olviden de que poseen el sacerdocio de Dios. Cuando Juan el Bautista les confirió el Sacerdocio Aarónico a José Smith y a Oliver Cowdery declaró que ese sacerdocio "tiene las llaves el ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados" (D. y C. 13). ¿Desean el ministerio de ángeles? Ese ministerio traerá consigo recompensas incomparables. Escojan recorrer la senda correcta y Dios los bendecirá y los nutrirá y los "llevará de la mano y dará respuesta a [sus] oraciones" (D. y C. 112:10). A ustedes, los hombres maduros, les extiendo la misma súplica y la misma amonestación. Pequeños comienzos llevan a grandes tragedias. Tratamos con ellas constantemente. Hay tanto dolor, resentimiento, desilusión y divorcio entre nosotros. Voy a mencionar un asunto que he tenido que tratar mucho en el pasado. Me refiero al malvado y despreciable pecado del abuso infantil. No podemos tolerarlo ni lo toleraremos. Cualquiera que abuse de un menor puede esperar que se le aplique la acción disciplinaria de la Iglesia y posiblemente la legal. El abuso infantil es una afrenta a Dios. Jesús habló de la belleza e inocencia de los niños. A todo el que tenga una inclinación que pueda llevar al abuso de niños, le digo en el lenguaje más severo de que soy capaz, que se domine a sí mismo. Busquen ayuda antes de lastimar a un niño y traer la ruina sobre ustedes. Ustedes, los hombres que poseen este preciado sacerdocio, líguenlo a sus propias almas. Sean dignos de él en todo momento y en toda circunstancia. Si lo hacen, disfrutarán de "la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7).

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Que el Señor los bendiga, mis queridos hermanos del sacerdocio, jóvenes y adultos. Padres, sean un ejemplo para sus hijos. Jóvenes, acudan a sus padres para recibir sabiduría, guía y entendimiento. Cuán grandes son las promesas del Señor para los que andan en la fe. Les dejo mis bendiciones, mi amor y mi testimonio. Qué gran y maravillosa fuerza del bien hay en el sacerdocio si estamos unidos y marchamos adelante como uno solo. Que el Señor nos bendiga para hacerlo, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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VENZAMOS A LOS GOLIATS DE NUESTRA VIDA. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY. Hace unos años hablé a los hombres jóvenes de la Iglesia sobre el vencer a los Goliats de sus vidas, y ahora me gustaría aplicar ese mismo tema a todos nosotros, pues muy pocos son los que sólo tienen un Goliat contra quien luchar. Al estudiar este año el Antiguo Testamento, nos daremos cuenta de que el relato de David y Goliat es un magnífico ejemplo de lo que se puede aprender de las páginas de ese gran libro de Escrituras. Contaré sólo parte de la historia ya que estoy seguro de que ya están familiarizados con ella. Se trata de la historia de David, hijo de Isaí. Como recordarán, el ejército de Israel, bajo la dirección del rey Saúl, se batía en guerra a muerte con el ejército de los filisteos. Un ejército estaba destacado en una colina; y el otro, en la colina opuesta, con un valle de por medio. Los filisteos tenían entre los suyos un gigante que se llamaba Goliat de Gat, que medía seis codos y un palmo. Si no me equivoco en mis cálculos, medía aproximadamente tres metros. Hubiera sido espléndido como jugador de básquetbol. Revestido con su armadura, bajó al valle y dio voces al ejército de Israel, diciendo: “…Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí. “Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis. “…Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo” (1 Samuel 17:8–10). Al ver Saúl y todo el ejército de Israel a aquel gigante y escuchar su escalofriante reto, se llenaron de temor porque ninguno de ellos se le igualaba en estatura. Mientras eso sucedía, Isaí, padre de David, pidió a éste, su hijo menor, que llevara alimentos a sus tres hermanos en el campamento. Cuando llegó al campo de batalla, Goliat los enfrentó otra vez, repitiendo el mismo reto, y David lo oyó. Los del ejército de Israel tuvieron gran temor. David, que no era más que un muchacho, dijo al rey (parafrasearé sus palabras): “¿Por qué temes a ese gigante? Yo iré a pelear con él”. Saúl replicó: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (1 Samuel 17:33). DAVID ARMADO CON LA FE. Pero David persuadió a Saúl a que le dejase ir. Contó al rey que había peleado con un león y un oso para salvar los corderos de su padre, y concluyó diciéndole que el Señor también lo libraría de la mano de aquel filisteo. Saúl, pensando tal vez que una vida más que se perdiera no sería tan grave tras las grandes pérdidas que ya habían sufrido, dijo a David: “…Ve, y Jehová esté contigo” (1 Samuel 17:37). Saúl entonces puso a David tanta armadura que éste apenas podía caminar y dijo al rey: “…Yo no puedo andar con esto”, y se la quitó. Entonces “tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril… y tomó su honda en su mano” (1 Samuel 17:40). El muchacho, armado sólo con honda y cinco piedras, y sin más armadura que la de su fe, bajó al valle a enfrentarse a Goliat. 66


GOLIAT ARMADO CON UNA ESPADA, UNA LANZA Y UN ESCUDO. “Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso parecer. “Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?”. Y maldijo a David y le dijo: “…Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo”. Entonces David pronunció estas elocuentes palabras: “…Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. “Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel” (1 Samuel 17:42–46). Temerario modo de hablar para un muchacho que se enfrentaba a un gigante de tres metros de estatura. Enfurecido, Goliat fue hacia él. David, corriendo hacia el gigante, metió “su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra” (1 Samuel 17:49). LOS GIGANTES MALVADOS DE NUESTRA VIDA. Quisiera que aplicáramos esta historia a nuestra vida. Hay Goliats a nuestro alrededor, gigantes enormes con la mala intención de destruirnos. No son hombres de tres metros de altura, sino que son las personas y las instituciones que controlan los atractivos pero malignos elementos que pueden acometernos, debilitarnos y destruirnos. Entre ellos se encuentran la cerveza, los licores y el tabaco. Aquellos que promueven su consumo quisieran esclavizarnos con el uso de sus productos. Hay drogas ilegales de diversas clases que, se me ha dicho, son relativamente fáciles de conseguir. Para los que las venden, es un negocio que les reporta millones de dólares, una red gigante de iniquidad. Está la pornografía, seductora, tentadora y provocativa, que ha llegado a ser una industria gigante que produce revistas, filmes y otros materiales. Está en Internet y, si se lo permitimos, penetrará nuestros hogares por medio de la televisión. Tiene como fin quitarnos el dinero y conducirnos a actividades que terminarán por destruirnos. Los gigantes que se esconden tras esas caretas son formidables y hábiles. Han obtenido una vasta experiencia en la guerra que sostienen. A ellos les gustaría tenerles como esclavos. Es casi imposible evitar sus productos por completo, pues se ven por todas partes. Mas no debemos temer si tenemos la honda de la verdad en nuestras manos. Hemos recibido enseñanzas y consejos. Tenemos en nuestro poder las piedras de la virtud, el honor y la integridad para usarlas en contra de esos enemigos que quisieran conquistarnos. Cuando nos desafíen, podemos “herirlos en la frente”, hablando en lenguaje figurado. Podemos triunfar sobre ellos disciplinándonos para evitarlos. Podemos decirles a todos ellos, como David dijo a Goliat: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”. La victoria será nuestra. No hay miembro alguno de la Iglesia que tenga necesidad de sucumbir ante ninguno de esos poderes. Ustedes son hijos de Dios y tienen Su poder en su interior para sostenerles. Tienen derecho a invocar a Dios para que les proteja. No permitan que Goliat alguno les atemorice. Manténganse firmes y no pierdan terreno, y saldrán triunfantes. Al pasar los años, mirarán hacia atrás y verán con satisfacción las batallas que han ganado en la vida. Cuando la tentación les salga al paso, nombren al jactancioso y engañoso gigante “¡Goliat!” y hagan con él lo que hizo David con el filisteo de Gat. Ruego humildemente que Dios les bendiga a cada uno. PROTEJAN SUS HOGARES. Permítanme contarles una parábola. Un hombre edificó una casa hermosa y la amuebló con las mejores alfombras, muebles, aparatos eléctricos y todo lo que el dinero puede comprar. Dentro de sus 67


paredes guardó sus regios automóviles y sus costosas joyas. Después, temeroso de que los ladrones pudieran entrar a robarle, hizo instalar carísimas cerraduras para las cuales tenía que usar una llave para salir así como para entrar. Puso rejas en las ventanas y en las puertas, y era como un prisionero que miraba al exterior desde su propia casa, como si estuviera en la cárcel. Instaló costosos dispositivos de vigilancia electrónica para encender las luces y poner en funcionamiento las sirenas en caso de que entrara un intruso. Dispuso sus jardines casi sin árboles y sin arbustos para evitar posibles escondites a los ladrones, y complacido, se dijo a sí mismo: “Ahora estoy seguro”. Pero lo que no tuvo en cuenta es que ni las rejas, ni las cerraduras, ni las luces, ni las sirenas ni nada por el estilo tendrían la más mínima eficacia para detener intrusos de otra clase que podrían destruir su vida y la de su familia. Se halló siendo su propio prisionero, encerrado en el calabozo de la desesperación y la desdicha. Permitió que le vencieran los Goliats de su vida. Sé que es un tema anticuado, del que se ha hablado mucho, pero lo repito otra vez: Protejan sus hogares. Parece una tontería instalar rejas, cerraduras y dispositivos electrónicos contra los ladrones mientras intrusos más insidiosos entran furtivamente en el hogar para saquearlo. Eviten la pornografía como lo harían con una plaga. Recuerdo una asignación que tuve hace unos años en la cual tuve que restaurar las bendiciones de un hombre que había sido excomulgado de la Iglesia debido a su pecado. Fue a mi despacho con su esposa. Hablé con ellos individualmente. A él le pregunté cómo había empezado todo. Él ocupaba un cargo de responsabilidad en la Iglesia y era también un hombre profesional con responsabilidades importantes en la comunidad. Sus dificultades comenzaron, me dijo, cuando una revista pornográfica que tomó para leer en el avión le despertó la curiosidad, le atrajo. Pronto se encontró comprando más de las mismas. Luego quiso ver películas que le excitaran. Sabiendo que su esposa no consentiría a hacer cosa semejante, iba solo. Buscó motivos para salir de la ciudad e ir a otras donde podía complacer más fácilmente sus deseos. Luego encontró excusas para quedarse hasta tarde en su despacho y pidió a su secretaria que le acompañara. Una cosa condujo a la otra, hasta que sucumbió. Con lágrimas que le corrían por las mejillas, se sentó ante mi escritorio y maldijo el día en que había leído aquella primera revista. Habló de su amor por su esposa, quien le había perdonado y seguía siéndole fiel. Habló de su amor por sus hijos, a quienes había avergonzado y humillado con sus acciones. Habló del infierno en el que había vivido desde el momento de su excomunión. Habló de su amor por la Iglesia y de su deseo de disfrutar nuevamente de todas sus bendiciones. En presencia de su esposa, coloqué mis manos sobre la cabeza de él y con la autoridad del santo sacerdocio le restauré su sacerdocio, su investidura del templo, su sellamiento del templo y todas las demás bendiciones que antes había tenido. Aquel hombre grande y fuerte sollozaba como una criatura bajo mis manos mientras su esposa, sosteniéndole de la mano, lloraba como una niña. Terminada la bendición, se abrazaron y él le pidió que lo perdonara. Ella le dijo que lo había perdonado, que lo amaba y siempre lo amaría. Eran felices cuando salieron, más felices de lo que habían sido en años. También yo me sentía feliz; pero pensé en el espantoso precio que él tuvo que pagar y en el precio que había impuesto a su familia por su necedad y transgresión. CUÍDENSE DE SUS GOLIATS. Lamentablemente, no siempre se presenta esa clase de final feliz. En muchos casos hay divorcio con amargura y rencor. Lo que una vez fue amor se convierte en odio. La vida de los hijos queda destruida. Las esperanzas se tornan en cenizas. En muchos casos quedan sólo la desdicha, la soledad y el pesar. Hermanos y hermanas, mantengan sus relaciones afectivas dentro del matrimonio. Consideren como su posesión más preciada en esta vida y en la eternidad al cónyuge cuyas manos tomaron sobre el altar en la casa del Señor y al cual prometieron su amor, lealtad y afecto por esta vida y por la eternidad. Y entonces, su cónyuge, sus hijos y ustedes mismos conocerán y sentirán una seguridad mucho mayor que la que pueden brindar las rejas de hierro y los dispositivos materiales. 68


Dios les bendiga; que el cuidado del Señor esté sobre ustedes, que puedan estar cerca de Él y que sean merecedores de Su mano que todo lo preserva, para que así puedan vencer a los Goliats de sus vidas. _

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UN MAL TRÁGICO ENTRE NOSOTROS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY [La pornografía] es como una furiosa tempestad que destruye a personas y a familias, y que aniquila totalmente lo que una vez fue sano y hermoso. Mis queridos hermanos, es espléndido estar con ustedes en esta muy concurrida reunión del sacerdocio. Creo que ésta es la congregación más grande del sacerdocio que haya habido. Qué contraste con la ocasión que describió Wilford Woodruff de cuando todos los poseedores del sacerdocio del mundo se reunieron en una habitación, en Kirtland, Ohio, para recibir instrucción del profeta José. Hemos oído excelentes consejos en esta ocasión y se los recomiendo. Al dirigirles este mensaje para terminar, más bien a regañadientes, hablaré de un asunto que he tratado anteriormente. Lo hago con el espíritu de las palabras de Alma, que dijo: “…ésta es mi gloria, que quizá sea un instrumento en las manos de Dios para conducir a algún alma al arrepentimiento…” (Alma 29:9). Con ese espíritu, les hablaré esta noche. Lo que tengo que decir no es nuevo, pues ya he hablado sobre ello. El número de septiembre de la revista Ensign y el de la revista Liahona contienen un discurso que di hace unos años sobre el mismo particular. El hermano Oaks ha mencionado eso en esta reunión. Si bien el asunto al que me refiero era un problema entonces, ahora es un problema mucho más grave y se va volviendo cada vez peor. Es como una furiosa tempestad que destruye a personas y a familias, y que aniquila totalmente lo que una vez fue sano y hermoso. Me refiero a la pornografía en todas sus manifestaciones. Lo hago por motivo de las cartas que recibo de esposas deshechas de dolor. Quisiera leer partes de una carta que recibí hace sólo unos días y lo hago con el consentimiento de quien la escribió. He quitado todo lo que podría revelar la identidad de las partes interesadas y he hecho unos pocos cambios editoriales con el fin de darle claridad y fluidez. Dice: “Estimado presidente Hinckley: “Hace poco ha fallecido mi esposo de treinta y cinco años… Él tuvo una conversación con nuestro buen obispo en cuanto le fue posible después de su última intervención quirúrgica. En seguida, esa misma noche, vino a decirme que había sido adicto a la pornografía. Necesitaba que lo perdonara [antes de que muriese]. Además, me dijo que se había cansado de llevar una doble vida. [Había tenido muchos llamamientos importantes] en la Iglesia, sabiendo que [al mismo tiempo] se hallaba en las garras de ese ‘otro amo’. “Me quedé atónita, lastimada, me sentí traicionada y agraviada. No me fue posible prometerle el perdón en aquel momento, pero le rogué me diese tiempo… Examiné mi vida matrimonial [y comprendí que] la pornografía había… producido un efecto devastador en nuestro matrimonio desde el principio. Habíamos estado casados desde hacía sólo un par de meses cuando él llevó a casa una revista [pornográfica]. Me encerré con llave en el auto porque me sentí tan agraviada y enojada… “Durante muchos años en nuestro matrimonio… él fue muy cruel en muchas de sus exigencias. Yo nunca podía estar a la altura de lo que él quería… Me sentí profundamente abatida en aquel tiempo hasta el punto de llegar a una intensa depresión… Ahora comprendo que él me comparaba con la ‘reina de la pornografía’ del momento…

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“Fuimos a consultar a un asesor una vez y… mi esposo continuó destrozándome con sus críticas y su desdén hacia mí… “Después de eso, yo ni siquiera podía sentarme a su lado en el coche y caminaba por la ciudad… durante horas, pensando en suicidarme. [Yo pensaba:] ‘¿Para qué seguir viviendo si eso es todo lo que mi “compañero eterno” siente por mí?’. “Seguí adelante, pero me rodeé de un caparazón de protección. Existía por otras razones que no eran mi esposo, y hallaba alegría en mis hijos, en proyectos y logros que podía realizar totalmente por mi cuenta… “Después de la confesión que me hizo poco antes de morir, y [tras haberme tomado tiempo] para examinar mi vida, le [dije]: ‘¿No te das cuenta de lo que has hecho?’… Y le dije también que yo había llevado un corazón puro a nuestro matrimonio, que lo había conservado puro durante nuestra vida matrimonial y que pensaba conservarlo puro para siempre jamás. ¿Por qué no pudo él haber hecho lo mismo por mí? Todo lo que yo deseaba era sentirme apreciada y que me tratase con la más mínima cortesía… en lugar de que me tratara como una especie de esclava… “Ahora me queda lamentar no sólo su partida, sino también una relación que pudo haber sido [hermosa, pero que no lo fue]… “Por favor, advierta a los hermanos (y a las hermanas). La pornografía no es un excitante festín para la vista que dé una momentánea ráfaga de frenesí, [sino que] llega a lastimar el corazón y el alma de las personas hasta lo más profundo y destruye la relación que debe ser sagrada, lastimando hasta la médula a los que más se debe amar”. Y la hermana firma la carta. ¡Qué patética y trágica historia! He omitido algunos de los detalles, pero he leído lo suficiente para que puedan percibir la profundidad del sentimiento de esa mujer. ¿Y qué fue del marido? Padeció una dolorosa muerte de cáncer y sus últimas palabras fueron una confesión de una vida llena de pecado. Y la pornografía sí es pecado, es diabólica; está en total contradicción con el espíritu del Evangelio, con el testimonio personal de las cosas de Dios y con la vida de quien ha sido ordenado al santo sacerdocio. Ésa no es la única carta de ese tenor que he recibido. Ha habido un número suficiente de ellas que me convencen de que ése es un problema muy serio aun entre nosotros; surge de muchas fuentes y se expresa en una diversidad de formas, que en la actualidad se ha incrementado por Internet, la cual es accesible no sólo a los adultos, sino también a la gente joven. Hace poco leí que la pornografía ha llegado a ser una industria de cincuenta y siete mil millones de dólares en todo el mundo. Doce mil millones de ésos los obtienen en Estados Unidos malvados “hombres conspiradores” (véase D. y C. 89:4) que buscan riquezas a costa de los crédulos y simples. Se dice que dicha industria produce más ingresos en Estados Unidos que “los ingresos combinados de todas las franquicias profesionales de fútbol, de béisbol y de básquetbol, y que los ingresos combinados de las tres empresas televisivas principales de este país (ABC, CBS y NBC)” (“Internet Pornography Statistics: 2003”. Internet, http://www.healthymind.com/5-port-stats.html). Quita al lugar de trabajo el tiempo y los talentos de los empleados. “El veinte por ciento de los varones admiten acceder a la pornografía en el trabajo. El trece por ciento de las mujeres [lo hacen también]… El diez por ciento de los adultos admiten tener adicción a lo sexual en Internet (“Internet Pornography Statistics: 2003”). Eso es los que lo reconocen, pero, en realidad, el número podría ser mucho más elevado. La “National Coalition for the Protection of Children and Families” (Coalición Nacional de Protección del Niño y de la Familia) indica que “aproximadamente cuarenta millones de personas en Estados Unidos tienen que ver con asuntos sexuales por Internet… “A uno de cada cinco niños de diez a diecisiete años se le [han] solicitado relaciones sexuales por Internet… “Tres millones de los que accedieron a los sitios web de Internet de contenido sexual para adultos en septiembre de 2000 eran menores de diecisiete años… 70


“Los asuntos sexuales son el tema número uno que se busca en Internet” (NCPCE Online, “Current Statistics”, Internet, http://www.nationalcoalition.org/stat.html). Podría continuar, pero también ustedes saben lo suficiente de la gravedad del problema. Baste con decir que todos los que experimentan con ello se convierten en víctimas. Se explota a niños y se les perjudica gravemente la vida. La mente de los jóvenes se distorsiona con conceptos falsos. El ver [pornografía] de continuo lleva a una adicción de la que es casi imposible desprenderse. Los hombres, muchísimos de ellos, descubren que no pueden dejarla a un lado, y consumen sus energías y sus intereses en su vana búsqueda de ese material vulgar y sórdido. Se da la excusa de que es difícil de evitar, de que está a la mano y de que no hay escapatoria posible. Imagínense que se hallan en medio de una furiosa tempestad, que aúlla el viento y que nieva copiosamente. Nada pueden hacer para detenerla; pero sí pueden vestirse como es debido y buscar refugio, y la tempestad no surtirá ningún efecto en ustedes. Del mismo modo, aun cuando Internet esté saturada de material sucio, no tienen que verlo; pueden retirarse al refugio del Evangelio y sus enseñanzas de limpieza, de virtud y de pureza de vida. Sé que hablo directa y claramente, y lo hago porque Internet ha hecho la pornografía mucho más accesible, añadiendo a lo que está a la venta en DVD (discos digitales de video o discos compactos) y en videos, en la televisión y en los quioscos de revistas. Conduce a fantasías que destruyen el respeto de la persona por sí misma, así como a relaciones ilícitas, a contraer enfermedades en muchos casos y a actividades delictivas y abusivas. Hermanos, podemos elevarnos por encima de eso. Cuando el Salvador enseñó a los de la multitud, les dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). ¿Se podría desear una bendición mayor que ésa? El noble camino de la decencia, de la autodisciplina y del sano vivir es el camino de los hombres —jóvenes y mayores— que poseen el sacerdocio de Dios. A los hombres jóvenes les pregunto: “¿Se pueden imaginar a Juan el Bautista, que restauró el sacerdocio que ustedes poseen, ocupándose en una práctica de esa índole?”. Ustedes, los hombres mayores: “¿Se pueden imaginar a Pedro, a Santiago y a Juan, los apóstoles de nuestro Señor, haciendo semejante cosa?”. No, desde luego que no. Ahora bien, hermanos, ha llegado la hora de que cualquiera de nosotros que se ocupe en tales prácticas se retire del fango y abandone esa iniquidad, y se asegure de “acudir a Dios para que [viva]” (Alma 37:47). No tenemos que ver revistas lascivas. No tenemos que leer libros llenos de obscenidades. No tenemos que ver programas televisivos que estén por debajo de las normas de la decencia. No tenemos que alquilar películas que describan lo inmundo. No tenemos que ir a la computadora (el ordenador) y entrar en juego con el material pornográfico de Internet. Repito, podemos elevarnos por encima de eso. Tenemos que hacerlo, pues somos hombres del sacerdocio. Éste es el don más sagrado y maravilloso, y más valioso que toda la basura del mundo. Y perderá la eficacia de ese sacerdocio el que se ocupe en la práctica de buscar material pornográfico. Si hay alguno que me esté oyendo y que esté haciendo tal cosa, entonces debe suplicar al Señor desde lo más profundo de su alma que Él le quite la adicción que le ha esclavizado. Y ruego que tenga la valentía de buscar la amorosa guía de su obispo y, de ser preciso, la asesoría de humanitarios profesionales. Que el que se encuentre en las garras de este vicio se ponga de rodillas en su habitación y, cerrada la puerta, le implore al Señor que le ayude a librarse de ese monstruo maligno. Si no lo hace, esa depravada mancha continuará existiendo a lo largo de la vida e incluso en la eternidad. Jacob, hermano de Nefi, enseñó: “Y acontecerá que cuando todos los hombres hayan pasado de esta primera muerte a vida, de modo que hayan llegado a ser inmortales… aquellos que son justos serán justos todavía, y los que son inmundos serán inmundos todavía…” (2 Nefi 9:15–16). El presidente Joseph F. Smith, en su visión de la visita que hizo el Salvador a los espíritus de los muertos, vio que “a los inicuos no fue, ni se oyó su voz entre los impíos y los impenitentes que se habían profanado mientras estuvieron en la carne” (D. y C. 138:20). Mis hermanos, no deseo ser negativo, pues soy optimista por naturaleza, pero en los asuntos como éste, soy realista. Si hemos incurrido en tal comportamiento, ésta es la hora de cambiar; que ésta sea la hora de la firme resolución. Cambiemos a un camino mejor. 71


Ha dicho el Señor: “Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. “El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás” (D. y C. 121:45–46). ¿Podría hombre alguno desear más? Esas celestiales bendiciones se prometen a los que andan por las sendas de la virtud delante del Señor y delante de todas las personas. Cuán maravillosos son los caminos de nuestro Señor. Cuán admirables Sus promesas. Cuando seamos tentamos, podremos reemplazar los pensamientos malignos con los pensamientos del Señor y Sus enseñanzas. Él ha dicho: “Y si vuestra mira está puesta únicamente en mi gloria, vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas. “Por tanto, santificaos para que vuestras mentes se enfoquen únicamente en Dios, y vendrán los días en que lo veréis, porque os descubrirá su faz…” (D. y C. 88:67–68). A ustedes, los diáconos, los maestros y los presbíteros que están con nosotros esta noche, a ustedes, magníficos jóvenes que tienen que ver con la Santa Cena, el Señor les ha dicho: “Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor” (D. y C. 133:5). Para todos los poseedores del sacerdocio, la declaración de la revelación es clara e inequívoca: “Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36). Sé, mis hermanos, que la mayoría de ustedes no adolece de este mal. Les pido que me perdonen por haber tomado su tiempo y haber hecho hincapié en ello, pero si ustedes son presidentes de estaca u obispos, presidentes de distrito o de rama, es muy probable que tengan que ayudar a los aquejados de esta dolencia. Ruego al Señor que les dé sabiduría, orientación, inspiración y amor para con aquellos que lo necesiten. Y a todos ustedes, jóvenes y mayores, que no tienen nada que ver con ese mal, los felicito y dejo mi bendición con ustedes. Cuán hermosa es la vida del varón que se ha modelado según las enseñanzas del Evangelio de Aquel que fue sin pecado. Tal hombre anda con la frente en alto, sin mancha, a la luz del sol de la virtud y de la fortaleza. Que las bendiciones del cielo los acompañen, mis queridos hermanos, que todos nosotros tendamos una mano de ayuda a cualquiera que la necesite, ruego, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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LA DIGNIDAD PERSONAL PARA EJERCER EL SACERDOCIO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor". Mis queridos hermanos, quisiera hablar de manera muy franca esta noche en cuanto a un asunto por el cual me siento sumamente preocupado. Qué gran placer y qué desafío tan grande es el dirigirme a ustedes. Qué formidable hermandad constituimos los que poseemos el precioso y maravilloso sacerdocio. Éste proviene de Dios nuestro Padre Eterno quien, en esta gloriosa dispensación y con Su Hijo Amado, ha hablado de nuevo desde los cielos. Ellos han enviado a Sus siervos autorizados a conferir esta autoridad divina sobre los hombres. 72


La norma para tener derecho a recibir y ejercer este poder sagrado es la dignidad personal. Es sobre eso de lo que quisiera hablar esta noche. Empiezo por leerles de Doctrina y Convenios, sección 121. ". . .los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y. . . éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud. "Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre" (D. y C. 121:36–37). Esa es la palabra inequívoca del Señor en cuanto a Su divina autoridad. ¡Qué enorme obligación impone esto en cada uno de nosotros! Los que poseemos el sacerdocio de Dios debemos seguir normas más elevadas que las del mundo. Debemos disciplinarnos; no debemos considerarnos mejores que los demás, pero podemos y debemos ser hombres decentes y honorables. Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor. No podemos ceder al pecado, y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados; no podemos satisfacer nuestro orgullo; no podemos ser partícipes de la vana ambición; no podemos ejercer mando, dominio ni compulsión sobre nuestras esposas e hijos, ni en otras personas, en cualquier grado de injusticia. Si hacemos cualquiera de esas cosas, los poderes del cielo se retiran; el espíritu del Señor es ofendido y el poder mismo de nuestro sacerdocio queda nulo; se pierde su autoridad. Nuestro modo de vivir, las palabras que enunciemos, y nuestra conducta cotidiana, afectan nuestra eficiencia como hombres y jóvenes que poseen el sacerdocio. Nuestro quinto Artículo de Fe dice: "Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas". Aunque aquellos que tienen la autoridad pongan las manos sobre nuestra cabeza y seamos ordenados, es posible que debido a nuestro comportamiento invalidemos y perdamos cualquier derecho a ejercer esa autoridad divina. En la Sección 121 dice también: "Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; "por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia" (D. y C. 121:41–42). Ahora bien, mis hermanos, esos son los límites dentro de los cuales se debe ejercer este sacerdocio; no es como un manto que nos ponemos y nos quitamos a nuestro antojo. Cuando se ejerce en rectitud, es como el tejido mismo de nuestro cuerpo, una parte de nosotros, en todo momento y en todas circunstancias. De modo que a ustedes, jovencitos que poseen el Sacerdocio Aarónico, se les ha conferido ese poder que posee las llaves de la ministración de ángeles. Piensen en ello por un momento. Ustedes no se pueden dar el lujo de hacer nada que se interponga entre ustedes y la ministración de ángeles en beneficio suyo. Ustedes no pueden ser inmorales en ningún sentido; no pueden ser deshonestos; no pueden engañar ni mentir; no pueden tomar el nombre de Dios en vano ni usar un lenguaje obsceno y aún así tener derecho a la ministración de ángeles. No quiero que se den aires de pureza; quiero que sean varoniles, que sean vigorosos, fuertes y felices. A los que tengan inclinaciones atléticas, quiero que sean buenos atletas y se esfuercen por salir vencedores; pero al hacerlo, no tienen que ceder a un comportamiento indecoroso ni a un lenguaje profano ni indecente. A ustedes, jóvenes que piensan salir en misiones, no empañen su vida con nada que pudiese poner en tela de juicio su dignidad para salir como siervos del Dios viviente. 73


Ustedes no pueden, bajo ninguna circunstancia, poner en peligro el poder divino que llevan en su interior como ministros ordenados del Evangelio. Por vía de amonestación y advertencia, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han emitido la siguiente declaración dirigida a ustedes: "Como misioneros, se espera que mantengan las más altas normas de conducta, entre ellas la observancia estricta de la ley de castidad,. . . "Nunca deben estar solos con ninguna otra persona, sea hombre o mujer, adulto o menor [a no ser su compañero asignado]. "Incluso las acusaciones falsas en contra de un misionero inocente pueden tomar muchos meses para investigarse y pueden resultar en la interrupción o en la terminación del servicio misional. Protéjanse de tales acusaciones no separándose nunca de su compañero(a), incluso en las casas que visiten" (Declaración de la Primera Presidencia en cuanto a la conducta de los misioneros, 22 de marzo de 2002). Ustedes no tienen por qué preocuparse de esas cosas si en todo momento observan las reglas del servicio misional. Si lo hacen , tendrán una maravillosa experiencia y volverán con honor a sus seres queridos sin mancha, sospecha ni remordimiento. Al volver a casa, nunca olviden que aún son élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se ocuparán en la búsqueda de una compañera eterna; desearán casarse en la casa del Señor. Para ustedes, no deberá haber otra manera de hacerlo. Tengan cuidado, no sea que destruyan el derecho que tienen a casarse de esa manera. Diviértanse, pero mantengan su cortejo dentro de los límites de una estricta disciplina. El Señor ha dado un mandato y una promesa; Él ha dicho: ". . .deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente". Entonces a eso sigue la promesa de que "tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y. . . El Espíritu Santo será tu compañero constante" (D. y C. 121:45–46). La esposa que elijan será su igual. Pablo declaró: ". . .en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón" (1 Corintios 11:11). En el compañerismo del matrimonio no hay inferioridad ni superioridad; la mujer no camina delante del marido, ni el marido camina delante de la esposa; ambos caminan lado a lado, como un hijo y una hija de Dios en una jornada eterna. Ella no es su sirviente, su propiedad, ni nada por el estilo. Qué fenómeno tan trágico y absolutamente repugnante es el abuso de la esposa. Cualquier hombre de esta Iglesia que abuse a su esposa, la degrade, la insulte, que ejerza injusto dominio sobre ella, es indigno de poseer el sacerdocio. A pesar de que haya sido ordenado, los cielos se retirarán, el Espíritu del Señor será ofendido y se acabará la autoridad del sacerdocio de ese hombre. Cualquier hombre que toma parte en esa práctica es indigno de poseer una recomendación para el templo. Lamento decir que veo demasiado de este horrible fenómeno; hay hombres que asaltan a su esposa, tanto verbal como físicamente. ¡Qué tragedia tan grande cuando un hombre degrada a la madre de sus hijos! Es cierto que hay algunas mujeres que abusan de sus maridos, pero esta noche no les estoy hablando a ellas; me dirijo a los hombres de esta Iglesia, hombres sobre quienes el Todopoderoso ha conferido Su santo sacerdocio. Mis hermanos, si entre los que me están escuchando hay aquellos que sean culpables de ese tipo de conducta, les pido que se arrepientan. Pónganse de rodillas y pidan al Señor que les perdone; suplíquenle que les dé el poder para controlar su lengua y su mano pesada; pidan el perdón de su esposa y de sus hijos. El presidente McKay solía decir. "Ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar" (citando a J. E. McCulloch,Home: The Savior of Civilization, pág. 42; enConference Report,abril de 1935, pág. 116). Y el presidente Lee dijo: "Lo más importante de la obra del Señor que ustedes y yo hagamos jamás será dentro de las paredes de nuestro propio hogar" (Harold B. Lee,Doing the Right Things for the Right Reasons,Brigham Young UniversitySpeeches of the Year,1961, pág. 5). 74


Tengo la plena confianza de que cuando estemos ante el tribunal de Dios no se dirá mucho sobre cuánta riqueza hayamos acumulado en la vida, ni de los honores que hayamos logrado, pero se harán preguntas específicas en cuanto a nuestras relaciones en el hogar. Y estoy seguro de que únicamente aquellos que a lo largo de la vida hayan tenido amor, respeto y aprecio por su compañera e hijos recibirán de nuestro juez eterno las palabras: "Bien, buen siervo y fiel. . . entra en el gozo de tu señor" (Mateo 25:21). Menciono otro tipo de abuso: es el de los ancianos. No creo que sea común entre nosotros, y espero que no lo sea; ruego que no lo sea. Creo que nuestra gente, casi la mayoría, observa el antiguo mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da" (Éxodo 20:12), Pero cuán trágico, cuán absolutamente repugnante es el abuso de los ancianos. Cada vez más, vivimos más tiempo, gracias al milagro de la ciencia moderna y la práctica médica; pero con el envejecimiento viene un deterioro de la capacidad física y a veces mental. Como he dicho antes, he descubierto que en los famosos "años de oro" hay grandes vetas de plomo. Estoy profundamente agradecido por el amor y el cuidado de nuestros hijos hacia su madre y su padre. Qué bella es la imagen de un hijo o de una hija que se esfuerza por ayudar con ternura, bondad y amor a sus padres envejecidos. Quisiera ahora mencionar otra forma de abuso que ha recibido mucha publicidad: es el abuso sórdido y malvado de los niños por parte de adultos, por lo general hombres. Ese tipo de abuso no es nuevo; hay evidencia que indica que se remonta a través de las edades. Es una de las cosas más infames, trágicas y terribles. Lamento decir que esa horripilante maldad se ha manifestado en niveles muy limitados entre nuestra gente; es algo que no se puede aceptar ni tolerar. El Señor mismo dijo: "Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar" (Mateo 18:6). Ésas son palabras sumamente fuertes del Príncipe de Paz, el Hijo de Dios. De nuestroManual de Instruccionescito lo siguiente: "La posición de la Iglesia es que el abuso no puede tolerarse en ninguna de sus formas. Los que abusan . . . quedan sujetos a la disciplina de la Iglesia. No se les debe dar llamamientos ni deben tener recomendación para el templo. Una persona que haya abusado de un menor sexual o físicamente y haya sido disciplinada por la Iglesia, aun cuando más tarde se le restauren todos los derechos o se le readmita por medio del bautismo, no debe ser llamada por los líderes a un cargo en el que trabaje con niños o jóvenes, a menos que la Primera Presidencia autorice que se quite de su cédula de miembro la anotación que se haya hecho al respecto. "En casos de abuso, la primera responsabilidad de la Iglesia es ayudar a los que lo hayan sufrido y proteger a los que puedan ser vulnerables a él en el futuro" (Libro 1: Presidencias de estaca y obispados,pág. 187.) Durante mucho tiempo hemos dado atención a este problema; hemos instado a los obispos, presidentes de estaca y otros que den una mano de ayuda a las víctimas, que los consuelen, los fortalezcan y les hagan saber que lo que ocurrió fue inapropiado, que no tuvieron la culpa de lo ocurrido y que no tiene por qué volver a suceder jamás. Hemos emitido publicaciones, establecido una línea telefónica donde los oficiales de la Iglesia pueden recibir consejo para atender esos casos, y hemos ofrecido ayuda profesional a través deLDS Family Services(Servicios Familiares Santos de los Últimos Días). Por su naturaleza, esos actos son a menudo delictivos, penados de acuerdo con la ley. Por medio de esa línea telefónica se dispone de consejeros profesionales, incluso de abogados y trabajadores sociales, quienes aconsejan a los obispos y a los presidentes de estaca en cuanto a las obligaciones que tienen en esas circunstancias. Las personas de otros países deberán llamar a sus presidentes de área respectivos. Ahora bien, la obra de la Iglesia es una obra de salvación; es un punto que quiero recalcar. Es una obra de salvar almas. Deseamos ayudar tanto a la víctima como al transgresor. Sentimos compasión por la víctima, y debemos actuar para ayudarla; sentimos compasión hacia el transgresor, pero no podemos tolerar el pecado del cual es culpable. Cuando se ha cometido una ofensa, hay un castigo. El proceso de la 75


ley civil tomará las medidas necesarias; lo mismo sucederá con el proceso eclesiástico, lo que a menudo resulta en la excomunión. Éste es un asunto muy delicado y grave. No obstante, reconocemos, y siempre debemos reconocer, que cuando se haya pagado el castigo y se hayan satisfecho las demandas de la justicia, habrá una mano bondadosa dispuesta a prestar ayuda. Es posible que las restricciones continúen, pero a la vez habrá bondad. Hermanos, supongo que he sonado negativo al dirigirme a ustedes esta noche; esa no es mi intención, pero sí quiero levantar una voz de amonestación al sacerdocio de esta Iglesia por todo el mundo. Dios ha conferido sobre nosotros uno de los dones más preciosos y maravillosos; lleva consigo la autoridad para gobernar la Iglesia, administrar sus asuntos, hablar con autoridad en el nombre del Señor Jesucristo, actuar en calidad de Sus siervos dedicados, bendecir a los enfermos, bendecir a nuestras familias y muchas otras personas; nos sirve de guía para nuestra vida; en su plenitud, su autoridad va más allá del velo de la muerte hacia las eternidades venideras. No hay nada que se le compare en todo el mundo; protéjanlo, atesórenlo, ámenlo y vivan de modo que sean dignos de él. "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mateo 5:16), es mi humilde oración, al dejar mi bendición sobre ustedes y extenderles mi amor, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿QUÉ PREGUNTA LA GENTE ACERCA DE NOSOTROS? PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY ". . .deseo exponer, de la forma más sencilla posible, mi respuesta a lo que la gente pregunta acerca de nosotros". Mis amados hermanos y hermanas, es un gran honor para mí dirigir la palabra en esta ocasión. Periodistas de los medios de difusión nos han entrevistado con frecuencia en estos días. Como muchos de ustedes sabrán, hace poco estuve en el programa televisivo Larry King Live. Accedí a hacerlo porque pensé que, aun cuando presentaba posibles riesgos, también era una gran oportunidad para hablar al mundo sobre temas de discusión con respecto a nosotros. Durante la entrevista, el Sr. King me preguntó sin rodeos: "¿Cuál es su función? Usted es el líder de una religión importante. ¿Cuál es su función? Le contesté: "Mi función es declarar la doctrina; ser un ejemplo ante la gente. Mi función es hablar en defensa de la verdad. Mi función es ser protector de aquellos valores que son importantes en nuestra civilización y en nuestra sociedad. Mi función es dirigir". Esa respuesta fue improvisada; nunca esperé que me hiciera esa pregunta, pero con el espíritu de esa respuesta, me gustaría hablar esta mañana de una media docena de preguntas que siempre nos hace la gente de los medios de comunicación y de otras iglesias. En esta ocasión, mis respuestas deben ser necesariamente breves. Cada uno de esos temas es digno de todo un discurso. He escogido las preguntas al azar, sin ponerlas en un orden especial con excepción de la primera. No deseo discutir con nadie. Respeto la religión de todo hombre y de toda mujer, y los honro por sus deseos de vivirla. Sólo deseo exponer, de la forma más sencilla posible, mi respuesta a lo que la gente pregunta acerca de nosotros. Pregunta Nº 1: ¿Cuál es la doctrina mormona con respecto a la Deidad, con respecto a Dios? Desde el momento de la Primera Visión las personas han hecho esta pregunta y continuarán haciéndola mientras sigan creyendo en el Dios en el que tradicionalmente han creído en tanto que nosotros damos testimonio del Dios que se nos ha dado a conocer por la revelación actual. 76


El profeta José Smith dijo: "El primer principio del Evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con Él como un hombre conversa con otro" (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 427). "Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo" (Artículo de Fe Nº 1). Este primer Artículo de Fe compendia nuestra doctrina. No aceptamos el Credo de Atanasio; no aceptamos el Credo de Nicea ni ningún otro credo basado en la tradición y en las conclusiones de los hombres. Sí aceptamos, como base de nuestra doctrina, la afirmación del profeta José Smith de que cuando oró para pedir sabiduría en la arboleda: ". . .Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!" (José Smith--Historia 1:17). Dos Seres corpóreos estuvieron ante él. Él los vio. Tenían forma de hombres, sólo que mucho más gloriosos en Su apariencia. Él les habló y Ellos le hablaron a él. No eran espíritus amorfos. Cada uno era un Personaje bien diferenciado. Eran Seres de carne y hueso cuya naturaleza fue reiterada en revelaciones posteriores que recibió el Profeta. Todo nuestro caso, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, descansa sobre la validez de esa maravillosa Primera Visión, que fue la cortina que se descorrió para abrir ésta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Nada sobre lo cual basamos nuestra doctrina, nada de lo que enseñamos, nada de aquello por lo cual regimos nuestra vida es de mayor importancia que esa primera afirmación. Sostengo que si José Smith habló con Dios el Padre y con Su Hijo Amado, entonces todo lo demás de lo cual hablamos es verdadero. Ésta es la bisagra sobre la cual gira la puerta que se abre al sendero que conduce a la salvación y a la vida eterna. ¿Somos cristianos? Desde luego que somos cristianos. Creemos en Cristo. Adoramos a Cristo. Tomamos sobre nosotros, en solemne convenio, Su santo nombre. La Iglesia a la cual pertenecemos lleva Su nombre. Él es nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestro Redentor por medio de quien vino la gran Expiación con salvación y vida eterna. Pregunta Nº 2: ¿Qué actitud tiene su Iglesia con respecto a la homosexualidad? En primer lugar, creemos que el matrimonio entre el hombre y la mujer fue decretado por Dios. Creemos que el matrimonio puede ser eterno mediante el ejercicio del poder del sacerdocio sempiterno en la Casa del Señor. La gente nos pregunta acerca de nuestra posición con respecto a aquellos que se consideran "gays" o lesbianas. Mi respuesta es que los amamos como hijos e hijas de Dios; pueden tener ciertas inclinaciones que son poderosas y que pueden ser difíciles de dominar. La mayoría de la gente tiene inclinaciones de una u otra clase en diferentes épocas. Si ellos no actúan de conformidad con esas inclinaciones, entonces pueden seguir adelante como todos los demás miembros de la Iglesia. Si violan la ley de castidad y las normas morales de la Iglesia, entonces están sujetos a la disciplina de la Iglesia, tal como los demás. Deseamos ayudar a esas personas, fortalecerlas, auxiliarlas en sus problemas y socorrerlas en sus dificultades; pero no podemos quedarnos sin hacer nada si se entregan a actividades inmorales, si intentan sustentar, defender y vivir lo que llaman el matrimonio de personas del mismo sexo. Permitir semejante cosa sería restarle importancia tanto a la sumamente seria y sagrada base del matrimonio autorizado por Dios como al propósito mismo de éste que es el de tener hijos. Pregunta Nº 3: "¿Cuál es su posición con respecto al aborto? Según los centros de control y prevención de enfermedades, se practicaron más de 1.200.000 abortos en 1995 tan sólo en los Estados Unidos. ¿Qué ha ocurrido con nuestro respeto por la vida humana? ¿Cómo pueden mujeres, y hombres, negar el gran y valiosísimo don de la vida que es divino en su origen y naturaleza? ¡Qué cosa asombrosa es un niño! ¡Qué hermoso es un niño recién nacido! No hay milagro más grande que la creación de la vida humana. El aborto es una práctica horrenda, envilecedora y que inevitablemente provoca remordimiento, pesar y lamentación. 77


Aun cuando lo condenamos, pensamos que debe permitirse en ciertas circunstancias, como cuando el embarazo ha sido provocado por incesto o violación, cuando la vida o la salud de la madre corren serio peligro según la opinión de autoridades médicas competentes, o cuando estas autoridades médicas saben que el feto padece de graves defectos que no permitirán a la criatura sobrevivir más allá del nacimiento. Pero esos casos son poco comunes y hay muy pocas probabilidades de que se presenten. En esas circunstancias, a los que se ven enfrentados al problema se les pide que consulten a sus líderes eclesiásticos locales y que oren con gran fervor, que reciban una confirmación por medio de la oración antes de proceder. Hay un camino mejor. Si la mujer no tiene posibilidades de casarse con el padre de la criatura y si ha sido abandonada, queda la muy bienvenida opción de poner al niño para adopción por padres que lo quieran y lo cuiden. Hay muchos matrimonios en buenos hogares que anhelan un hijo y que no pueden tenerlo. Pregunta Nº 4: ¿Cuál es la posición de la Iglesia referente a la poligamia? Por estos días, se publican muchos artículos en los periódicos sobre este asunto. Esto surgió del caso de un presunto maltrato a una menor de edad por parte de quienes practican el matrimonio plural. Deseo exponer categóricamente que esta Iglesia no tiene absolutamente nada que ver con la gente que practica la poligamia; ellos no son miembros de esta Iglesia. La mayoría de ellos nunca han sido miembros y están violando la ley civil; saben que infringen la ley. Están sujetos al castigo de la ley. La Iglesia, naturalmente, no tiene jurisdicción alguna en este asunto. Si a alguno de nuestros miembros se le sorprende practicando el matrimonio plural, se le excomulga, que es la pena más seria que la Iglesia puede imponer. Los que tal hacen no sólo contravienen directamente la ley civil, sino que quebrantan la ley de esta Iglesia. Uno de nuestros Artículos de Fe es irrevocable para nosotros y dice: "Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley" (Artículo de Fe Nº 12). No es posible obedecer la ley y desobedecerla al mismo tiempo. No hay tal cosa como un "mormón fundamentalista"; es una contradicción emplear esas dos palabras juntas. Hace más de un siglo, Dios reveló claramente a Su profeta Wilford Woodruff que la práctica del matrimonio plural debía suspenderse, lo cual significa que ahora está en contra de la ley de Dios. Incluso en los países en los que la ley civil o la ley religiosa permite la poligamia, la Iglesia enseña que el matrimonio debe ser monógamo y no acepta entre sus miembros a los que practican el matrimonio plural. Pregunta Nº 5: ¿A qué se atribuye el crecimiento de la Iglesia? Estamos creciendo; estamos creciendo de un modo prodigioso. Entre los que nacen en la Iglesia y los conversos que se bautizan en ella, añadimos 400.000 personas al año. Sobre la base de diez millones, eso es más o menos el 4%, lo cual es excepcionalmente bueno para una iglesia. Las personas buscan un apoyo sólido en un mundo en el que los valores cambian de continuo; desean algo a lo cual aferrarse ante un mundo que las rodea y que cada vez parece más confuso. Se les da la bienvenida como nuevos conversos y se les hace sentir en casa; sienten la calidez de la hermandad de los santos. Se les dan tareas que realizar; se les dan responsabilidades y se les hace sentir parte del gran movimiento de avanzada de ésta, la obra de Dios. Y, desde luego, tenemos misioneros que les ayudan en su búsqueda de la verdad. No tardan en descubrir que es mucho lo que se espera de ellos como Santos de los Últimos Días, y no lo toman a mal; son capaces de hacer lo que se les pide y les gusta hacerlo. Esperan que su religión les exija reformar su vida. Cumplen con los requisitos. Dan testimonio del gran bien que ha llegado a ellos. Son entusiastas y fieles. Pregunta Nº 6: ¿Qué tienen que decir acerca del maltrato de los niños y del cónyuge?

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Condenamos enérgicamente el maltrato de cualquier tipo. Reprobamos el maltrato físico, sexual, verbal o emocional a la esposa o a los hijos. Nuestra "Proclamación sobre la Familia" dice: "El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos. . . Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales. . . Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones" (La familia: Una proclamación para el mundo, Liahona, junio de 1996). Estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance por detener esta terrible maldad. Si se reconoce la igualdad entre marido y mujer, si se reconoce que cada niño o niña que nace en el mundo es hijo o hija de Dios, entonces se tendrá un mayor sentido de la responsabilidad de cuidar con cariño, de ayudar y de querer con un amor imperecedero a aquellos de los cuales se es responsable. Ningún hombre que maltrate a su esposa o a sus hijos es digno de poseer el sacerdocio de Dios. Ningún hombre que maltrate a su esposa o a sus hijos es digno de considerarse un miembro de buena conducta en esta Iglesia. El maltrato a la esposa y a los hijos de uno constituye una grave ofensa ante Dios y el que incurra en ello debe esperar ser sometido a la disciplina de la Iglesia. Pregunta Nº 7: ¿Cómo financia la Iglesia sus operaciones? El hermano Faust habló con mucha habilidad de este tema esta mañana. La gente de fuera se pregunta cómo podemos realizar tantas cosas; dicen y escriben que la Iglesia tiene una gran riqueza y muchísimos bienes. Sí tenemos bienes. Tenemos casas de adoración por toda la tierra. Construimos un gran número de edificios cada año. Administramos un gran programa de educación universitaria, de seminarios e institutos. Tenemos una instalación de historia familiar sin igual. Respaldamos una formidable organización misional, que supone el mantenimiento de las casas de misión y otras instalaciones además de los gastos de manutención de los misioneros que costean los mismos misioneros y sus familias. Administramos otros programas, para todos los cuales se utiliza dinero. Todo esto y más consume dinero, pero no produce dinero. Es muy costoso operar esta Iglesia. Sus operaciones en todo el mundo son financiadas gracias a los diezmos consagrados de los miembros fieles. ¡Qué magnífico y espléndido principio es la ley del diezmo! Es tan sencillo de entender y de obedecer. Es la ley de finanzas del Señor. Doy gracias al Señor desde el fondo de mi corazón por la fe de los que pagan su diezmo honrado. ¿Son más pobres porque lo hacen? Testificamos que de algún modo, bajo la divina providencia del Señor, Él nos compensa por ello y en abundancia. No es un impuesto, sino una ofrenda voluntaria que se da en forma confidencial. Es un principio que lleva consigo una promesa notable. Dios ha dicho ". . .os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde" (Malaquías 3:10). Ésa es Su promesa. Él tiene poder para cumplir esa promesa, y es mi testimonio que Él la cumple. Y bien, eso es todo lo que el tiempo me permite decir en esta ocasión. Habría muchos otros puntos que tratar. Éstas son tan sólo una muestra de las preguntas que hace un mundo curioso con respecto a nosotros. Tenemos que saber esto, ustedes y yo, que aceptamos y obedecemos las doctrinas de esta Iglesia, que ésta es la obra de Dios, dirigida por el Señor Jesucristo, que funciona de acuerdo con el plan de Ellos y con la norma de Ellos, y que trae consigo las bendiciones de Ellos. ¿Por qué somos gente tan feliz? Es por motivo de nuestra fe, de la serena certeza que mora en nuestro corazón de que nuestro Padre Celestial, que todo lo ve, cuidará de Sus hijos e hijas que andan ante Él con amor, con gratitud y con obediencia. Siempre seremos gente feliz si guiamos así nuestra vida. El pecado nunca fue felicidad. La transgresión nunca fue felicidad. La falsedad en la palabra o en la conducta nunca fue felicidad. La felicidad yace en la obediencia a las enseñanzas y los mandamientos de Dios nuestro Padre Eterno y de Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo. Como lo he dicho antes desde este púlpito, mis hermanos y hermanas, los queremos mucho. Los amamos por su fe y su bondad. Los amamos por su buena disposición para hacer cualquier cosa que se les pida hacer. Los amamos por su obediencia a la voluntad del Señor. 79


Con el conocimiento de que esta obra es verdadera, seguimos adelante, cada uno de nosotros. Ruego que hagamos un renovado esfuerzo por vestirnos de toda la armadura de Dios y de acudir a Él es mi humilde oración en el nombre de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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POR QUÉ HACEMOS ALGUNAS DE LAS COSAS QUE HACEMOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Ésta no es una causa fácil ni una obra sin esfuerzo, e incluso sacrificio. Seguiremos adelante siguiendo el sendero que el Señor nos ha señalado". Mis queridos hermanos, les felicito dondequiera que se encuentren. Como de costumbre, el Tabernáculo está completamente lleno. Para la próxima primavera nos será posible dar cabida a todos los que deseen sentarse juntos para participar de estas extraordinarias reuniones de sacerdocio del sábado por la noche, lo cual será una gran bendición. Para concluir esta reunión, deseo hablarles unos minutos sobre el tema: porqué hacemos algunas de las cosas que hacemos. Me doy cuenta de que es un título que suena un poco extraño; pero ésta es la única reunión en la que podemos tratar procedimientos y normas de la Iglesia. Ruego que el Espíritu Santo me guíe. La Iglesia es una organización eclesiástica. Es una sociedad caritativa cuyo principal interés es la adoración del Señor Jesucristo. Nuestra misión más grande es la de testificar de Su existencia real. No debemos participar en nada que no esté en armonía con ese objetivo principal; en cambio debemos participar en cualquier cosa que esté en armonía con ello. Hacemos muchas cosas que a primera vista no parecen estar relacionadas con ese objetivo primordial; hablaré en cuanto a dos o tres de ellas. Entre ellas se encuentra el funcionamiento de la Universidad Brigham Young. La gente nos pregunta por qué patrocinamos una institución tan grande y costosa que básicamente se concentra en la educación secular. La pregunta es apropiada. Ese patrocinio tiene una base doctrinal. El Señor ha decretado por medio de la revelación: "Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender; "de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero, las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos, "a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado" (D. y C. 88:7880). Resulta obvio entonces que estamos obligados a aprender no sólo lo relacionado con lo eclesiástico sino también con lo secular. En la Iglesia existe una tradición en cuanto a eso. En Kirtland había una Escuela de los Profetas; en Nauvoo la Sala de los Setenta que se utilizaba con fines educativos, y además se había proyectado edificar una universidad. Cuando los santos llegaron a los valles del Oeste, se establecieron academias para capacitar a la juventud, y en 1850 nuestros antepasados pioneros aprobaron los estatutos de la Universidad de Utah. La Universidad Brigham Young se fundó mucho más tarde, sobreviviendo a la mayoría de las academias de la Iglesia. Ha crecido hasta tener inscritos en la actualidad más de 27.000 alumnos. Es un grupo numeroso de estudiantes, pero es una fracción muy pequeña de los jóvenes de la Iglesia que son dignos de obtener 80


educación universitaria. Podemos dar cabida a relativamente unos pocos; pero si no podemos dar cupo a todos, ¿por qué se lo damos a algunos? La respuesta es que, si no podemos dar cabida a todos, démosla a todos los que podamos. El número de alumnos a los cuales se puede dar cupo dentro de la universidad es limitado, pero la influencia de ella es ilimitada. Se están realizando enormes esfuerzos por aumentar y expandir esa influencia. ¡Cuán afortunados son aquellos que tienen la oportunidad de asistir! Llego al borde del enojo cuando escucho protestas entre los alumnos o el personal docente. Estoy agradecido de poder decir que, con unas pocas excepciones, tanto los que llegan a aprender como los que enseñan agradecen esa gran bendición y son conscientes de ella. Además, la universidad ha contribuido al reconocimiento bastante favorable de la Iglesia. Su institución patrocinadora, o sea la Iglesia, es extensamente reconocida; se ha destacado por sus normas e ideales, de los cuales se ha escrito y hablado, y que le han hecho saber al mundo aquello en lo que creemos. Sus programas académicos y deportivos han brindado honor tanto a la universidad como a la Iglesia. Y, a medida que las generaciones de alumnos pasen por sus aulas, se gradúen y se vayan por el mundo, honrarán esa grandiosa institución y a su patrocinador: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Seguiremos apoyando a la Universidad Brigham Young, aquí y en Hawai; continuaremos dando nuestro apoyo al Colegio Universitario Ricks. No creo que vayamos a edificar otras universidades. Quisiéramos construir suficientes con el fin de que hubiese cupo para todos los que quisieran asistir, pero no nos es posible; son sumamente caras. Sin embargo, conservaremos éstas como insignias para que testifiquen del extraordinario y serio cometido que tiene esta Iglesia hacia la educación, tanto eclesiástica como secular y, al hacerlo, demostrar al mundo que se puede obtener un excelente aprendizaje secular en un ambiente de fe religiosa. Como respaldo a estas instituciones estarán nuestras otras escuelas, nuestros institutos de religión diseminados por todas partes y el magnífico sistema de seminarios de la Iglesia. Se espera que por medio de ellos, nuestra juventud, dondequiera que se encuentre, experimente algo de lo positivo que se puede tener en la Universidad Brigham Young. La próxima pregunta es: "¿Por qué tiene la Iglesia negocios?" Participamos en algunos negocios, pero no muchos. La mayoría de ellos comenzaron durante los primeros días en que la Iglesia era la única organización que podía proporcionar el capital necesario para crear ciertas empresas comerciales estructuradas para abastecer a la gente en esta remota zona. Desde entonces nos hemos despojado de algunas en tanto se consideró que ya no existía una necesidad. Entre estas inversiones obsoletas estaba por ejemplo la antigua "Consolidated Wagon and Machine Company" que era bastante próspera en la época de los carromatos y de la maquinaria agrícola tirada por caballos; la compañía dejó de tener razón de ser. La Iglesia vendió los bancos que una vez le pertenecieron. Al desarrollarse buenos servicios bancarios en la comunidad, ya no hubo necesidad de que la Iglesia fuera propietaria de bancos. Algunas de esas empresas acomodan directamente las necesidades de la Iglesia. Por ejemplo, la comunicación es un asunto que nos incumbe; debemos comunicarnos con gente de todas partes del mundo; debemos comunicarnos aquí para dar a conocer nuestra posición, y en el extranjero para familiarizar a otras personas con nuestra obra. Y por eso somos dueños de un periódico, el Deseret News, la institución empresarial más antigua de Utah. Igualmente, somos dueños de estaciones de radio y televisión, las cuales proporcionan una voz a las comunidades a las que prestan servicio. Quisiera hacer notar que en ocasiones nos avergonzamos de los programas que se trasmiten por televisión, por lo que nuestra gente hace todo lo posible por reducir el impacto que éstos puedan tener. Contamos con una sección de bienes raíces diseñada principalmente para asegurar la viabilidad comercial y el atractivo de las propiedades que rodean la Manzana del Templo. El centro de muchas ciudades se ha deteriorado terriblemente. Sin embargo, no se puede decir eso de Salt Lake City, aun cuando tal vez ustedes estén en desacuerdo cuando tratan de llegar hasta el Tabernáculo estos días. Nos hemos esforzado para asegurar que esta parte de la comunidad se conserve atractiva y viable. Con los 81


hermosos terrenos de la Manzana del Templo y la manzana adjunta hacia el este, mantenemos unos jardines comparables a los mejores de cualquier parte del mundo. Esta parte de la ciudad se verá aún más hermosa cuando se termine la construcción que se está llevando a cabo en la calle Main y se termine el enorme centro de conferencias que se está construyendo hacia el norte. ¿Funcionan esas empresas con fines de lucro? Claro que sí; funcionan en un mundo competitivo; pagan impuestos; son ciudadanos importantes de esta localidad. Y obtienen ganancias, y de esas ganancias proviene el dinero que utiliza la Fundación de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para ayudar a las causas buenas y de caridad de esta comunidad así como del exterior y, particularmente, para colaborar en la gran obra humanitaria de la Iglesia. Esas entidades empresariales contribuyen un diez por ciento de sus ganancias a la fundación, la cual no puede dar donaciones a sí misma ni a otras entidades de la Iglesia, pero puede utilizar sus recursos para ayudar a otras causas, lo que hace generosamente. Se han distribuido millones de dólares; se ha alimentado a miles de personas; se les han suministrado medicinas; se les han dado ropa y albergue en épocas de gran emergencia y terribles aflicciones. Cuán agradecido estoy por la beneficencia de esta maravillosa Fundación que obtiene sus recursos económicos de las empresas de la Iglesia. Tengo tiempo para una pregunta más: "¿Por qué se involucra la Iglesia en cuestiones relacionadas con la moral que son presentadas ante la legislatura y el electorado? Me apresuro a añadir que nos ocupamos únicamente de esos asuntos legislativos que son de naturaleza puramente moral o que afectan directamente el bienestar de la Iglesia. Nos hemos opuesto al juego de azar y a las bebidas alcohólicas y seguiremos haciéndolo. Lo consideramos no sólo nuestro derecho sino también nuestro deber el oponernos a esas fuerzas que, según nuestra opinión, socavan el carácter moral de la sociedad. Gran parte de nuestros esfuerzos, una porción considerable, está en conjunto con otros cuyos intereses son similares. Hemos trabajado con grupos de judíos, de católicos, de musulmanes, de protestantes y con aquellos que no profesan ninguna afiliación religiosa en particular. Actualmente tal es el caso en California, en donde los Santos de los Últimos Días están trabajando como parte de una coalición para salvaguardar el matrimonio tradicional de fuerzas en nuestra sociedad que tratan de definir nuevamente esa sagrada institución. El matrimonio aprobado por Dios entre un hombre y una mujer ha sido la base de la civilización por miles de años. No hay ninguna justificación para que se deba volver a definir lo que es el matrimonio. Ése no es nuestro derecho, y quienes intenten hacerlo tendrán que rendir cuenta ante Dios por ello. Algunos describen la legalización del presunto matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho civil. Pero eso no se trata de derechos civiles, sino de la moralidad. Otros cuestionan el derecho constitucional que tenemos como Iglesia de alzar nuestra voz sobre un tema que es de importancia fundamental para el futuro de la familia. Creemos que el defender esta sagrada institución mediante nuestros esfuerzos por preservar el matrimonio tradicional está, sin ninguna duda, dentro de nuestras prerrogativas religiosas y constitucionales. En efecto, es por nuestra doctrina que nos vemos obligados a exponer nuestra opinión. Sin embargo, y esto es algo que deseo recalcar, quiero decir que nuestra oposición a los intentos de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo jamás se debe interpretar como justificación para el odio, la intolerancia o el maltrato de aquellas personas que profesan tendencias homosexuales, ya sea en forma individual o como grupo. Como dije desde este púlpito hace un año, nuestro corazón se conmueve por aquellos que se dicen llamar "gays y lesbianas". Los amamos y honramos como hijos e hijas de Dios y se les da la bienvenida a la Iglesia. No obstante, se espera que ellos sigan las mismas reglas de conducta dadas por Dios que se aplican a todos los demás, ya sean solteros o casados. Elogio a aquellos de nuestros miembros que voluntariamente se han unido a otras personas de pareceres similares para defender la santidad del matrimonio tradicional. Como parte de una coalición que comprende a personas de otras religiones, ustedes brindan considerablemente de sus recursos. El dinero que se está recabando en California ha sido donado a la coalición por miembros de la Iglesia en forma individual. Ustedes, al igual que muchos de otras iglesias, contribuyen su tiempo y talentos para defender una causa que en algunos sectores quizás no refleje una ideología progresista pero que, sin embargo, es la parte central del plan eterno que el Señor tiene para Sus hijos. Éste es un esfuerzo unificado. 82


Creo que eso es todo lo que tengo para decir sobre éste y sobre los demás temas de los que he hablado. He tratado de explicar por qué hacemos algunas de las cosas que hacemos y espero haber sido de ayuda. Ahora, para terminar, quisiera decirles que amo al sacerdocio de esta Iglesia; es un elemento vital y viviente; es el corazón mismo y la fortaleza de esta obra. Es el poder y la autoridad mediante la cual Dios, nuestro Padre Eterno, lleva a cabo Su obra en la tierra; es la autoridad mediante la cual los hombres hablan en Su nombre; es la autoridad mediante la cual gobiernan Su Iglesia. Amo a los jovencitos que poseen el Sacerdocio Aarónico. Todo joven que lo posea y rinda obediencia a los mandamientos del Señor puede esperar tener la guía del Espíritu Santo en su vida. Ese Espíritu lo bendecirá en sus estudios y en sus demás actividades, y lo guiará en aquellos proyectos que serán una bendición para él así como para las personas que lo rodeen. Jóvenes, apoyo y repito lo que se ha dicho aquí esta noche; vivan dignos del sacerdocio que poseen. Nunca hagan nada que les haga perder esa dignidad. Observen la Palabra de Sabiduría; no es difícil, y les brindará las bendiciones prometidas. Eviten las drogas; éstas los destruirán por completo; les privarán del control y de la disciplina que ejerzan sobre su mente y su cuerpo; los esclavizarán y los aprisionarán de manera tan feroz y mortal que les será casi imposible liberarse. Manténganse alejados de la pornografía; ésta también los destruirá; llenará sus mentes de maldad y destruirá la capacidad que tienen de apreciar lo bueno y lo hermoso. Eviten las bebidas alcohólicas como si fueran una enfermedad repugnante. La cerveza les ocasionará el mismo daño que el licor; ambos contienen diferentes niveles de alcohol. Rechacen la inmoralidad; arruinará sus vidas si ceden a ella; acabará con su amor propio; les privará de agradables oportunidades y los hará indignos de la compañía de una linda jovencita. A medida que miren hacia adelante y planeen su vida, incluyan una misión. Tienen la obligación de hacerlo. Quizás sea una experiencia difícil pero enriquecerá y dará equilibrio a sus vidas, además de ser una bendición para los demás de una forma imposible de comprender. Mucho depende de ustedes, mis queridos amigos. Que el Señor los bendiga al avanzar en la vida, y al obedecer los mandamientos del Señor. Esta noche le recuerdo a todo hombre y jovencito que se encuentra en esta enorme congregación que ésta es la Iglesia y el reino del Dios Todopoderoso. Como nuestra historia lo ha demostrado ampliamente, ésta no es una causa fácil ni una obra sin esfuerzo, e incluso sacrificio. Seguiremos adelante siguiendo el sendero que el Señor nos ha señalado. Trataremos de ser fuertes y no desfallecer al seguir esos programas y prácticas que se han establecido y mantenido a través de las generaciones de los tiempos. Hermanos, formamos parte de una extraordinaria organización. Seguiremos adelante sin desmayar ni desistir en nuestra empresa de edificar este reino y establecer rectitud sobre la tierra. Que el Señor nos conceda sabiduría, fortaleza y determinación, lo ruego humildemente en el nombre de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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EN EL CENIT DE LOS TIEMPOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y. . . con el deseo de mantenernos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo". ¡Qué emocionante y maravillo es pasar por el umbral de los siglos! Dentro de poco, todos tendremos esa experiencia. Pero aún más fascinante es la oportunidad que tenemos de dejar atrás el milenio que está 83


por acabar y dar la bienvenida a mil años nuevos. Al contemplar este período, me acoge un grandioso y solemne sentimiento por las cosas de la historia. Hace tan sólo dos mil años que el Salvador estuvo sobre la tierra. Un maravilloso reconocimiento del lugar que Él ocupa en la historia es el hecho de que el calendario que actualmente está en uso en casi todas partes del mundo ubica el nacimiento del Señor como el meridiano de los tiempos. Todo lo que ocurrió anterior a esa fecha se cuenta desde esa fecha hacia atrás; y todo lo que ha ocurrido desde entonces se mide a partir de ella hacia adelante. Siempre que alguien usa una fecha, ya sea que se dé cuenta de ello o no, reconoce la venida a la tierra del Hijo de Dios. Su nacimiento, como se ha llegado comúnmente a determinar, marca el punto central de los tiempos, el meridiano de los tiempos reconocido a través de la tierra. Cuando utilizamos esas fechas no prestamos atención a ese hecho, pero si nos detenemos a pensar, debemos reconocer que Él es la figura sublime de toda la historia del mundo sobre la cual se basa nuestra medida del tiempo. En los siglos antes de que Él viniera a la tierra, hubo profecías acerca de Su venida. Isaías declaró: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz" (Isaías 9:6). El rey Benjamín declaró a su pueblo más de un siglo antes del nacimiento del Salvador: "Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfermedades. . . "Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María" (Mosíah 3:5, 8) . No es de sorprender que ángeles hayan cantado al tiempo de Su nacimiento y que magos hayan viajado desde lejos para rendirle homenaje. Fue el hombre perfecto que anduvo sobre la tierra; Él cumplió la ley de Moisés y trajo un nuevo precepto de amor al mundo. Su madre era mortal, y de ella recibió los atributos de la carne; Su Padre era inmortal, el Gran Dios del Universo, de quien recibió Su naturaleza divina. La sublime expresión de Su amor llegó con Su muerte, en que dio Su vida como sacrificio por todos los hombres. Esa Expiación, que se llevó a cabo en dolor inconcebible, se convirtió en el acontecimiento más grandioso de la historia, un acto de gracia para el cual el hombre no contribuyó nada, pero que trajo consigo la seguridad de la resurrección para todos aquellos que hayan vivido o que vivirán sobre la tierra. Ningún otro acto de toda la historia humana se le compara; ningún otro suceso jamás ocurrido se le puede igualar. Totalmente libre de egoísmo y con amor incondicional para toda la humanidad, se convirtió en un acto de misericordia sin igual para toda la raza humana. Luego, con la resurrección aquella primera mañana de Pascua vino la triunfal declaración de inmortalidad. Bien lo expresó Pablo: "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios15:22). El Señor no sólo concedió las bendiciones de la resurrección a todos, sino que abrió el camino a la vida eterna para todos aquellos que observen Sus enseñanzas y mandamientos. Él fue y es la grandiosa figura central de la historia humana, el cenit de los tiempos y las eras de todos los hombres. Antes de Su muerte, Él había llamado y ordenado a Sus apóstoles; ellos llevaron adelante la obra por un tiempo; Su Iglesia estaba establecida. Transcurrieron los siglos. Una nube de obscuridad se asentó sobre la tierra. Isaías lo describió de esta manera: "Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones" (Isaías 60:2). Era una época de pillaje y sufrimiento, caracterizada por largos y sangrientos conflictos. Carlomagno fue coronado emperador de los romanos en el año 800. 84


Eran tiempos de desesperanza, una época de amos y de siervos. Pasaron los primeros mil años y daba comienzo el segundo milenio. Sus primeros siglos eran una continuación de los anteriores; eran tiempos cargados de temor y sufrimiento. La terrible y mortífera peste se originó en Asia en el siglo catorce; se extendió hacia Europa y subió hacia Inglaterra. A dondequiera que iba causaba la muerte repentina. Boccaccio dijo de sus víctimas: "Al mediodía almorzaban con sus amigos y familiares y de noche cenaban con sus ancestros en el otro mundo"1. Llenaba de terror el corazón de la gente. En cinco años acabó con veinticinco millones de personas, un tercio de la población de Europa. Periódicamente reaparecía para asestar un golpe con su mano oscura y macabra. Pero ésa fue también una época de mayor iluminación. A medida que los años continuaban su marcha inexorable, la luz del sol de un nuevo día empezaba a vislumbrarse sobre la tierra. Era el Renacimiento, un espléndido florecimiento del arte, de la arquitectura y la literatura. Los reformadores se esforzaron para cambiar la iglesia, hombres destacados como Lutero, Melanchthon, Hus, Zwingli y Tyndale. Éstos fueron hombres de gran valor, algunos de los cuales padecieron muertes crueles por sus creencias. Nació el protestantismo con su petición de reforma. Cuando esa reforma no se logró, sus precursores organizaron iglesias propias, lo cual hicieron sin contar con la autoridad del sacerdocio. Lo único que ellos deseaban era encontrar una forma mediante la cual pudiesen adorar a Dios como ellos pensaban que se le debía adorar. Mientras esa causa se intensificaba por el mundo cristiano, las fuerzas políticas también se empezaban a movilizar. Vino entonces la Revolución Americana, lo cual resultó en el nacimiento de una nación, cuya constitución declaraba que el gobierno no debía interferir en asuntos de religión. Era la alborada de un nuevo día, un día glorioso. Aquí ya no hubo más una iglesia del estado. No se favorecía a una secta más que a otra. Después de siglos de tinieblas, dolor y luchas llegó el momento propicio para la restauración del Evangelio. Los antiguos profetas habían hablado de este día tan esperado. Toda la historia del pasado señalaba hacia esta época. Los siglos, con todos sus sufrimientos y esperanzas, habían llegado y se habían ido. El Juez Todopoderoso de las naciones, el Dios viviente, determinó que habían llegado los tiempos de los cuales habían hablado los profetas. Daniel había previsto una piedra cortada, no con mano, y que fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra. "Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; [sino que] desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre" (Daniel 2:44). Isaías y Miqueas habían hablado mucho antes cuando vieron nuestros días con visión profética: "Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. "Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová" (Isaías 2:23; véase también Miqueas 4:2). Pablo había escrito acerca de la procesión entera del tiempo, del desfile de los siglos, diciendo: "Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá [ese día] sin que antes venga la apostasía" (2 Tesalonicenses 2:3). Además, había dicho en cuanto a estos días: "[Habría] de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra" (Efesios 1:10). Pedro previó todo el panorama grandioso de los siglos cuando declaró con visión profética: "Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, "y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; "a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo" (Hechos 3:1921). 85


Éstas y otras visiones proféticas señalaban hacia esta gloriosa época, la época más maravillosa en todos los anales de la historia humana en que habría un día de restitución de la verdadera doctrina y verdadera práctica. El albor de ese día glorioso fue en el año 1820 en que un jovencito, con sinceridad y fe, se dirigió hacia una arboleda y elevó su voz en oración, en busca de esa sabiduría que pensaba que tanto necesitaba. Recibió como respuesta una gloriosa manifestación. Dios el Eterno Padre y el Señor Jesucristo resucitado se le aparecieron y hablaron con él. El velo que había estado cerrado la mayor parte de dos milenios se abrió para introducir la dispensación del cumplimiento de los tiempos. A ello siguió la restauración del santo sacerdocio, primero el Aarónico, y luego el de Melquisedec, bajo las manos de aquellos que lo habían poseído antiguamente. Otro testamento, que hablaba como una voz desde el polvo, salió a luz como un segundo testigo de la realidad y la divinidad del Hijo de Dios, el gran Redentor del mundo. Las llaves de la autoridad divina fueron restauradas, incluso aquellas llaves que eran necesarias para unir a las familias por esta vida y por la eternidad en un convenio que la muerte no podía destruir. La piedra fue pequeña al principio; algo en que uno no repararía, pero ha ido creciendo y está rodando hasta llenar toda la tierra. Hermanos y hermanas, ¿se dan cuenta de lo que poseemos? ¿Reconocen el lugar que ocupamos en el gran drama de la historia humana? Lo que ocurre ahora es el punto central de todo lo que ha ocurrido antes. Éste es el tiempo de restitución. Éstos son los días de restauración. Éste es el tiempo en el que los hombres de la tierra vienen a la montaña de la casa del Señor para buscar y aprender Sus vías y para andar en Sus senderos. Éste es el resumen de todos los siglos de tiempo desde el nacimiento de Cristo hasta este día actual y maravilloso. Ya rompe el alba de la verdad y en Sión se deja ver, tras noche de obscuridad, el día glorioso amanecer. ("Ya rompe el alba", Himnos, Nº 1). Han pasado los siglos. La obra de los últimos días del Todopoderoso, de la que hablaron los antiguos, de la que profetizaron apóstoles y profetas, ha llegado. Está aquí. Por alguna razón que desconocemos, pero en la sabiduría de Dios, hemos tenido el privilegio de venir a la tierra en esta gloriosa época. Ha habido un gran florecimiento de la ciencia; se ha abierto una gran oportunidad para el aprendizaje; ésta es la época más sobresaliente del campo del empeño y del logro humano, y, más importante aún, es la época en que Dios ha hablado de nuevo, en que Su Amado Hijo se apareció, en que el sacerdocio divino ha sido restaurado, en que tenemos en nuestras manos otro testamento más del Hijo de Dios. ¡Qué época tan gloriosa y maravillosa! Demos gracias a Dios por este generoso don. Le agradecemos este maravilloso Evangelio cuyo poder y autoridad se extienden incluso más allá del velo de la muerte. Tomando en consideración lo que tenemos y lo que sabemos, debemos ser mejores personas de lo que somos; debemos ser más semejantes a Cristo, perdonar más, y ser de más ayuda y consideración para aquellos que nos rodean. Nos encontramos en el cenit de los tiempos, sobrecogidos por un grandioso y solemne sentimiento del pasado. Ésta es la dispensación final y última hacia la cual han señalado todas las anteriores. Doy testimonio de la realidad y la veracidad de estas cosas. Ruego que cada uno de nosotros sienta la formidable maravilla de todo ello al esperar en breve la desaparición de un siglo y la muerte de un milenio. Dejemos que se acabe este año y que llegue el nuevo. Que pase otro siglo y uno nuevo lo reemplace. Digamos adiós a un milenio y demos la bienvenida al comienzo de mil años más. Y así avanzaremos en el continuo camino de crecimiento y progreso y aumento, influyendo positivamente en la vida de la gente de todas partes mientras la tierra dure.

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En algún momento de todo este avance, Jesucristo aparecerá para reinar con esplendor sobre la tierra. Nadie sabe cuándo acontecerá eso; ni siquiera los ángeles del cielo saben el tiempo de Su regreso. Pero será un día bienvenido. Oh Rey de reyes, ven en gloria a reinar, con paz y salvación, tu pueblo a libertar. Ven tú al mundo a morar, e Israel a congregar. ("Oh Rey de reyes, ven", Himnos, Nº 27). Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y que después que la hayamos recibido, nos bendiga con el deseo de mantenernos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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"NO ESTÁ AQUÍ, SINO QUE HA RESUCITADO" PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Esas sencillas palabras: 'No está aquí, sino que ha resucitado', se han convertido en las palabras más profundas de toda la literatura. . . son el cumplimiento de todo lo que Él había hablado concerniente a levantarse de nuevo". Mis hermanos y hermanas, estoy tan profundamente agradecido de estar ante ustedes. De entre todos los hombres, me siento muy bendecido. Soy bendecido por el amor que me brindan; a dondequiera que voy, todos son tan amables conmigo. Soy bendecido por la fe que demuestran. Su formidable servicio, devoción y lealtad se convierten en parte de mi propia fe. Son en verdad maravillosos. Es claramente obvio que el Evangelio, cuando se vive, hace que las personas sean mejores de lo que lo serían sin él. Cuán generosos son con su tiempo y recursos. A lo largo de este extenso mundo ustedes prestan servicio para edificar el reino de nuestro Padre y para llevar adelante Su obra. La semana pasada hice una llamada telefónica a un hermano jubilado. Él ha servido como presidente de misión y actualmente él y su esposa prestan servicio como misioneros. Le pregunté si estaría dispuesto a ir a presidir un templo nuevo. Le embargó la emoción; no pudo contener las lágrimas ni articular palabra. Él y su esposa dejarán a sus hijos y nietos por un largo período de tiempo para servir al Señor en otro llamamiento. ¿Extrañarán a sus nietos? Claro que sí, pero irán y servirán fielmente. Cuán agradecido estoy por la devoción y la lealtad de los miembros de la Iglesia de toda la tierra quienes responden a todo llamamiento, sin importar los inconvenientes ni las comodidades de las que se tengan que privar. Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido, lo que más agradezco esta mañana de Pascua es el don de mi Señor y mi Redentor. Es el día de Pascua, tiempo en que, junto con todo el mundo cristiano, conmemoramos la resurrección de Jesucristo. Esto no fue una cosa común y corriente; fue el acontecimiento más grandioso en la historia de la humanidad, y no vacilo en afirmarlo. "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?", preguntó Job (Job 14:14). Ninguna pregunta es más importante que esa. Aquellos de nosotros que vivimos rodeados de comodidades y seguridad raras veces nos ponemos a pensar en la muerte; nuestras mentes están absortas en otras cosas. Sin embargo, no hay nada que sea más seguro, nada que sea más universal, nada que sea más definitivo que el término de la vida terrenal. Nadie se puede escapar de ella, nadie. 87


He estado ante la tumba de Napoleón en París, ante la tumba de Lenin en Moscú, y ante los lugares donde están sepultados muchos otros líderes ilustres de la tierra. En una época estuvieron al mando de ejércitos, gobernaron con poder casi omnipotente, e incluso sus propias palabras provocaban terror en el corazón de la gente. Con reverencia he caminado por algunos de los famosos cementerios del mundo. He meditado tranquila y detenidamente al encontrarme en el cementerio militar de Manila, en las Filipinas, en donde están sepultados cerca de 17.000 norteamericanos que dieron sus vidas durante la Segunda Guerra Mundial, y donde se recuerda a otros 35.000 que murieron en las terribles batallas del Pacífico, y cuyos restos jamás se encontraron. He caminado con reverencia por el cementerio británico de las afueras de Rangún, Birmania, y he reparado en el nombre de cientos de jóvenes provenientes de aldeas, pueblos y grandes ciudades de las Islas Británicas y que dieron su vida en aquellos lugares calurosos y distantes. He caminado por los antiguos cementerios de Asia y de Europa y de otros lugares, y he reflexionado en la vida de aquellos que una vez fueron animados y felices, que fueron creativos y distinguidos, que contribuyeron mucho al mundo en el que vivieron. Todos ellos han pasado al olvido de la tumba. Todos los que han vivido sobre la tierra antes que nosotros ya se han ido; han dejado todo atrás al traspasar el umbral de la muerte silenciosa. Nadie se ha escapado. Todos se han ido a "esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno" (Hamlet, acto 3, escena 1). De ese modo lo describió Shakespeare. Pero Jesús el Cristo cambió todo eso. Sólo un Dios pudo hacer lo que Él hizo. Él quebrantó los vínculos de la muerte. Él también tuvo que morir, pero al tercer día después de haber sido sepultado, se levantó de la tumba, "primicias de los que durmieron" (1 Corintios 15:20), y al hacerlo, trajo la bendición de la Resurrección a cada uno de nosotros. Al contemplar esta cosa tan maravillosa, Pablo declaró: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55). Hace dos semanas estuve en Jerusalén, esa grandiosa y antigua ciudad en donde Jesús anduvo hace 2.000 años. Desde una elevación, miré hacia la Antigua Ciudad. Pensé en Belén, a unos kilómetros hacia el sur, en donde Él nació en un humilde pesebre. Él, que era el Hijo de Dios, el Hijo Unigénito, salió de las cortes celestiales de Su padre para convertirse en un ser mortal. Cuando Él nació, los ángeles cantaron y los magos fueron a llevarle presentes. Creció como otros niños de Nazaret de Galilea. Ahí "crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres" (Lucas 2:52). En compañía de María y de José, Él visitó Jerusalén cuando tenía doce años de edad. En el camino de regreso a casa se dieron cuenta de que Él no estaba con ellos; volvieron a Jerusalén y lo encontraron en el templo conversando con los doctores instruidos. Cuando María le reprendió por no estar con ellos, Él contestó: "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2:49). Sus palabras eran una premonición de Su ministerio futuro. Ese ministerio dio comienzo con Su bautismo en el río Jordán de manos de su primo Juan. Cuando salió del agua, el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma, y se oyó la voz de Su Padre que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3:17). Esa declaración se convirtió en la afirmación de Su divinidad. Él ayunó durante 40 días y fue tentado por el diablo, quien trató de alejarlo de Su misión divinamente señalada. A la invitación del adversario, Él respondió: "No tentarás al Señor tu Dios" (Mateo 4:7), para hacer constar de nuevo su condición de que era Hijo de Dios. Caminó por los senderos polvorientos de Palestina; no tenía un hogar al que pudiera reclamar como Suyo, ni lugar en donde descansar Su cabeza. Su mensaje era el Evangelio de paz; Sus enseñanzas tenían que ver con la generosidad y el amor. "Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa" (Mateo 5:40). Él enseñó con parábolas; efectuó milagros como los que nunca se habían efectuado y que no se han vuelto a efectuar desde ese entonces. Curó a aquellas personas que habían estado enfermas desde hacía mucho tiempo; hizo que el ciego viera, que el sordo oyera, que el cojo caminara. Levantó a los muertos y volvieron a vivir para rendirle alabanzas. Ciertamente ningún hombre había hecho antes cosas semejantes. Algunos le siguieron, pero la mayoría le odiaban. Él habló acerca de los escribas y fariseos llamándoles hipócritas, como sepulcros blanqueados. Ellos conspiraron en contra de Él; Él echó fuera de la 88


casa del Señor a los cambistas. Indudablemente, éstos se unieron a aquellos que conspiraban para destruirlo. Pero no le disuadieron; Él "anduvo haciendo bienes" (Hechos 10:38). ¿No fue todo esto suficiente para que Su memoria se inmortalizara? ¿No fue suficiente colocar Su nombre entre el de aquellos, o incluso encima del de aquellos hombres ilustres que han andado por la tierra y a quienes se les ha recordado por lo que dijeron o hicieron? Ciertamente, Él se habría ganado un lugar entre los grandes profetas de todos los tiempos. Pero todo eso no fue suficiente para el Hijo del Todopoderoso. Fue tan sólo una introducción de las cosas aún más grandes que habrían de venir. Éstas se llevaron a cabo en una manera extraña y terrible. Él fue traicionado, arrestado, condenado a muerte, a morir en la horrorosa agonía de la crucifixión. Su cuerpo vivo fue clavado a una cruz de madera. En un dolor inconcebible, Su vida lentamente se fue consumiendo. Cuando aún le quedaba aliento, exclamó: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). La tierra tembló cuando Su espíritu salió de Su cuerpo. El centurión, que lo había presenciado todo, declaró con solemnidad: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mateo 27:54). Los que le amaban bajaron Su cuerpo de la cruz; lo prepararon y lo colocaron en un sepulcro nuevo que ofreció José de Arimatea. La tumba fue sellada con una gran piedra en la entrada y se le puso guardia. Sus amigos debieron haber llorado. Los Apóstoles a quienes Él amó y a quienes había llamado como testigos de Su divinidad lloraron. Las mujeres que le amaban lloraron. Nadie había comprendido lo que Él había dicho en cuanto a levantarse al tercer día. ¿Cómo podían entender? Eso jamás había ocurrido. Era totalmente inaudito; era increíble, incluso para ellos. Debieron haber tenido un terrible sentimiento de desánimo, desesperanza y sufrimiento al pensar en que la muerte les había arrebatado a Su Señor. Pero ese no fue el fin. En la mañana del tercer día, María Magdalena y la otra María regresaron a la tumba. Para su gran sorpresa, encontraron que la piedra había sido quitada y el sepulcro estaba abierto. Se asomaron; dos personajes vestidos de blanco estaban sentados a un lado del sepulcro. Se les apareció un ángel y les dijo: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? "No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, "diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día" (Lucas 24:57). Esas sencillas palabras: "No está aquí, sino que ha resucitado", se han convertido en las palabras más profundas de toda la literatura; son la declaración del sepulcro vacío; son el cumplimiento de todo lo que Él había hablado concerniente a levantarse de nuevo; son la respuesta triunfal a la pregunta que afronta todo hombre, mujer y niño que ha nacido en esta tierra. El Señor resucitado le habló a María, y ella le contestó. Él no era una aparición; no era una imaginación; era real, tan real como lo había sido en la vida mortal. Él no permitió que ella lo tocara porque aún no había ascendido a Su Padre en los cielos. Eso estaba por llevarse a cabo. Qué reunión se ha de haber llevado a cabo al ser abrazado por el Padre que le amaba y que también debió haber llorado por Él durante Sus horas de agonía. Él aparecería más tarde a dos hombres en el camino a Emaús; conversaría y comería con ellos. Se reuniría con Sus Apóstoles a solas y les enseñaría. Tomás no se encontraba presente la primera vez. La segunda vez el Señor le invitó a que palpara Sus manos y Su costado. Totalmente maravillado exclamó: "¡Señor mío, y Dios mío!" (Juan 20:28). En una ocasión el Señor habló ante 500 personas. ¿Quién puede impugnar la autenticidad de estos hechos? No existe ningún registro acerca de ninguna renuncia del testimonio de aquellos que tuvieron esas experiencias. Existen numerosas evidencias de que ellos testificaron de esos acontecimientos durante toda su vida, incluso al dar sus propias vidas en afirmación de la realidad de las cosas que habían experimentado. Su palabra es clara y su testimonio es seguro. Millones de hombres y mujeres a través de los siglos han aceptado ese testimonio. Innumerables personas han vivido y han muerto en afirmación de esa verdad que ha venido a ellos por el poder del 89


Espíritu Santo y que simplemente no podían negar. Seguramente nunca se ha puesto tan extensamente a prueba la validez de ningún otro acontecimiento de la historia de la humanidad. Y existe otro testigo. Este compañero bíblico, el Libro de Mormón, testifica que Él se apareció no solamente a los habitantes del Viejo Mundo, sino también a los del Nuevo. Porque ¿no había Él declarado en una ocasión: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor"? (Juan 10:16.) Él se apareció a los habitantes de este hemisferio después de Su resurrección. Al descender por las nubes de los cielos, se oyó de nuevo la voz de Dios el Eterno Padre declarando solemnemente: "He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd" (3 Nefi 11:7). Aquí volvió a llamar a doce apóstoles que serían testigos de Su nombre y de Su divinidad. Enseñó a la gente, les bendijo y los sanó, tal como lo había hecho en Palestina, y reinó la paz en la tierra durante 200 años cuando la gente se esforzó por vivir de acuerdo con lo que Él les había enseñado. Y si todo esto no fuese suficiente, está el testimonio, seguro, certero e inequívoco del gran profeta de esta dispensación, José Smith. Cuando era joven se fue al bosque a orar para buscar luz y entendimiento. Ahí aparecieron ante él dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción, estando en el aire arriba de él. Uno de ellos le habló, llamándole por "nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!" (José SmithHistoria 1:17). Ese mismo José declaró en una ocasión subsiguiente: "Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud. . . "Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!" (D. y C. 76:20, 22). De modo que en esta hermosa mañana de Pascua, como siervos del Todopoderoso, como profetas y apóstoles en Su gran causa, elevamos nuestras voces en testimonio de nuestro Salvador inmortal. Él vino a la tierra como el Hijo del Padre Eterno; hizo lo que Isaías profetizó que haría. Él llevó "nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. . . "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:45). En inmortalidad sempiterna se levantó al tercer día del sepulcro cavado de la roca y habló con muchos. Repetidamente Su Padre afirmó que era Hijo de Él. Demos gracias al Todopoderoso; Su Hijo glorificado quebrantó los lazos de la muerte, la victoria más grandiosa de todas. Tal como Pablo declaró: "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22). Él es nuestro Señor triunfante; Él es nuestro Redentor que expió nuestros pecados. Por medio de Su sacrificio redentor todos los hombres se levantarán de la tumba. Él ha abierto el camino mediante el cual obtendremos no sólo la inmortalidad, sino también la vida eterna. Como Apóstol del Señor Jesucristo, testifico de estas cosas en este día de Pascua. Hablo con solemnidad, reverencia y gratitud, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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MI TESTIMONIO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "De todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo". Tengo ahora la oportunidad de decir unas palabras, hermanos y hermanas. Me siento rebosante de sentimientos de acción de gracias esta mañana. Me considero abundantemente bendecido por el Señor. Al contemplar los rostros de los miles de miles que se encuentran reunidos en este nuevo y hermoso salón y 90


pensar en los cientos de miles que están reunidos en todo el mundo escuchando esta conferencia, me quedo casi sin habla de la gratitud que siento por la gran unidad que existe entre nosotros. Si me permiten expresar mis íntimos sentimientos durante unos instantes, les diré que nadie ha sido tan abundantemente bendecido como lo he sido yo. No lo entiendo. Es profundo mi agradecimiento por las muchas expresiones de bondad y de amor de ustedes. Gracias a la gran bondad de otras personas, he viajado a lo largo y a lo ancho de la tierra, atendiendo a los asuntos de la Iglesia. He tenido extraordinarias oportunidades de hablar al mundo mediante la generosidad de los medios de difusión. He expresado mi testimonio en los grandes salones de actos de este país, desde el "Madison Square Garden", de Nueva York, hasta el "Astrodome", de Houston. Hombres y mujeres de elevado rango me han acogido y hablado con gran respeto acerca de nuestra obra. Por otro lado, durante estos años también he llegado a conocer los maliciosos y despectivos modos de actuar de nuestros detractores. Pienso que el Señor pensaba en ellos cuando dijo: "Malditos sean todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor, clamando que han pecado cuando no pecaron delante de mí, antes hicieron lo que era propio a mis ojos y lo que yo les mandé. . . ". . .los que claman transgresión lo hacen porque son siervos del pecado, y ellos mismos son hijos de la desobediencia. . . . "ay de ellos!. . . "Su cesta no se llenará, sus casas y graneros desaparecerán, y ellos mismos serán odiados de quienes los lisonjeaban" (D. y C. 121:1617, 1920). Dejamos en manos del Señor, que tiene el derecho de hacerlo, los juicios que hayan de sobrevenir a los que se oponen a Su obra. Vuelvo a mis expresiones de gratitud. Gracias, hermanos y hermanas, por sus oraciones. Gracias por su apoyo en la grandiosa obra que todos procuramos llevar a cabo. Gracias por su obediencia a los mandamientos de Dios. Él está complacido y les ama. Gracias por su fidelidad en el cumplimiento de las grandes responsabilidades que tienen. Gracias por su pronta respuesta a todo llamamiento que se les hace. Gracias por criar a sus hijos en la luz y la verdad. Gracias por el testimonio inquebrantable que llevan en el corazón acerca de Dios el Eterno Padre y de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Me siento profundamente agradecido por los jóvenes de la Iglesia. Hay muchísima maldad en todas partes. La tentación, con sus provocativas influencias, nos rodea por todos lados. Lamentablemente, perdemos a algunos de ellos ante esas fuerzas destructoras. Sentimos gran dolor por cada uno que se pierde. Les tendemos la mano para ayudarlos, para salvarlos, pero en demasiados casos hacen oídos sordos a nuestras súplicas. Trágico es el camino que han tomado, puesto que es el que conduce a la destrucción. Pero hay muchos, muchos cientos de miles de nuestros jóvenes que son leales y fieles, rectos como una flecha y fuertes como una gigantesca ola del océano al seguir el camino que se han trazado, el cual es el de la rectitud y la virtud, el de la realización y el éxito; esos jóvenes están sacando provecho de sus vidas y el mundo será muchísimo mejor gracias a ellos. Estoy infinitamente agradecido por esta admirable etapa de la historia en la que vivimos. Nunca ha habido otra como ella. Nosotros, de todas las personas que han vivido en la tierra, somos bendecidos en abundancia. Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo, el Hijo del Dios Todopoderoso, el Príncipe de Paz, el Santo [de Dios]. Una vez, en una reunión de misioneros que tuvo lugar en Europa, un élder levantó la mano y me dijo: "Dénos su testimonio y díganos como lo obtuvo". Creo que podría intentar decir algo en este punto sobre la evolución de mi testimonio. Naturalmente, eso es algo personal; espero me disculpen por ello. La ocasión más temprana en la que recuerdo haber experimentado sentimientos espirituales se remonta a cuando yo era muy pequeño, pues tenía unos cinco años de edad. Lloraba de dolor de los oídos. No había medicamentos milagrosos en aquella época, hace ya 85 años. Mi madre preparó una bolsa de sal de mesa y la puso en la estufa para calentarla. Mi padre puso suavemente las manos sobre mi cabeza y me dio una bendición en la que reprendió el dolor y la enfermedad por la autoridad del Santo Sacerdocio y en 91


el nombre de Jesucristo. Enseguida me tomó con ternura en sus brazos y me aplicó al oído la bolsa de sal calentita. El dolor disminuyó y desapareció. Me quedé dormido entre los protectores brazos de mi padre. Al ir quedándome dormido, recuerdo que las palabras de la bendición seguían resonando en mi mente. Ése es el recuerdo más remoto que tengo del ejercicio de la autoridad del sacerdocio en el nombre del Señor. Posteriormente en mi niñez, mi hermano y yo dormíamos en una habitación sin calefacción en el invierno. Se pensaba que eso era saludable. Antes de acostarnos, nos arrodillábamos a decir nuestras oraciones, en las que expresábamos una sencilla gratitud y las terminábamos en el nombre de Jesús. El distintivo título de Cristo no se empleaba mucho en las oraciones en aquel tiempo. Recuerdo que me acostaba de un salto después de haber dicho amén, me abrigaba con la ropa de cama alrededor del cuello y pensaba en lo que acababa de hacer al hablar a mi Padre Celestial en el nombre de Su Hijo. No tenía un gran conocimiento del Evangelio, pero experimentaba paz y seguridad tras haberme comunicado con los cielos con y mediante el Señor Jesús. Cuando fui a la misión a las Islas Británicas, ese testimonio se acrecentó. Todas las mañanas, mi compañero y yo leíamos juntos el Evangelio de Juan, analizando cada versículo. Era una experiencia maravillosa y esclarecedora. Ese extraordinario testamento comienza con la declaración de la divinidad del Hijo de Dios. Dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. "Este era en el principio con Dios. "Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:13, 14). Yo pensaba mucho en esa declaración en aquel tiempo y he pensado mucho en ella desde aquel entonces. No deja lugar a dudas con respecto a la individualidad del Padre y del Hijo. Al Hijo, el Padre dio la gran responsabilidad de crear la tierra, "y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho". He visto mucha fealdad en este mundo, la mayor parte de la cual es obra del hombre; pero estimo que he visto mucha más hermosura. Me asombro ante las obras majestuosas del Creador. ¡Qué magníficas son! Y todas ellas son la obra del Hijo de Dios. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros". Él, el Hijo del Padre, vino a la tierra. Él tuvo a bien descender de la corte real de las alturas donde estaba como el Príncipe, el Primogénito del Padre, para tomar sobre sí la vida terrenal, nacer en un pesebre, el más humilde de los lugares de la tierra, en un país vasallo gobernado por los centuriones de Roma. ¿Cómo pudo haber condescendido aún más? Fue bautizado por Juan en el río Jordán "para cumplir toda justicia" (véase Mateo 3:15). Su ministerio terrenal fue precedido por las hábiles tentaciones del adversario, las cuales Él resistió, diciéndole: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (Mateo 16:23). Él anduvo por Galilea, Samaria y Judea, predicando el Evangelio de salvación, haciendo a los ciegos ver, a los cojos andar y a los muertos levantarse de nuevo a la vida. Y, luego, para cumplir el plan de felicidad de Su Padre para Sus hijos, dio Su vida para pagar el precio de los pecados de cada uno de nosotros. Ese testimonio creció en mi alma cuando era misionero al leer el Nuevo Testamento y el Libro de Mormón, que dan más testimonio de Él. Ese conocimiento llegó a constituir el fundamento de mi vida, el cual comenzó a establecerse con la respuesta a las oraciones de mi infancia. Desde entonces, mi fe ha crecido mucho más. He llegado a ser Su apóstol, designado para hacer Su voluntad y enseñar Su palabra. He llegado a ser Su testigo ante el mundo. Repito ese testimonio de fe ante ustedes y ante todos los que oigan mi voz esta mañana del día de reposo. Jesús es mi amigo. Ninguna otra persona me ha dado tanto como Él. "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15:13). Él dio Su vida por mí. Él abrió el camino a la vida eterna. Sólo un Dios pudo hacer eso. Espero ser digno de ser llamado amigo de Él. 92


Él es un ejemplo para mí. Su modo de vida, Su proceder absolutamente desinteresado, Su ayuda a los necesitados, Su sacrificio final, todo eso es un ejemplo para mí. Aunque no puedo ser tan perfecto como Él es, puedo intentar. Marcó la senda y nos guió a esa gran ciudad do hemos de vivir con Dios por la eternidad. ("Jesús, en la corte celestial", Himnos, Nº 116) Él es mi maestro. Ninguna otra voz ha resonado con lenguaje tan asombroso como el de las Bienaventuranzas: "Viendo la multitud. . . él. . . abriendo su boca les enseñaba, diciendo: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. "Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación. "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:110). Ningún otro maestro ha impartido la instrucción incomparable que Él dio a la multitud en el monte. Él es el que me sana. Siento un respeto reverencial ante Sus asombrosos milagros y, no obstante, sé que los efectuó. Acepto la verdad de esas cosas porque sé que Él es el Maestro de la vida y de la muerte. Los milagros de Su ministerio denotan compasión, amor y un sentido de humanidad prodigiosos de contemplar. Él es mi líder. Me siento honrado de ser uno del largo desfile de los que le aman y de los que le han seguido durante los dos milenios que han transcurrido desde Su nacimiento. Con valor marchemos, huestes de Jesús, y tomad las armas de verdad y luz. Nuestro gran caudillo el Señor será. Su pendón en alto se despliega ya. ("Con valor marchemos", Himnos, Nº 159). Él es mi Salvador y mi Redentor. Al haber dado Su vida, con dolor y sufrimiento indescriptibles, Él me ha tendido la mano para sacarme a mí y a cada uno de nosotros, y a todos los hijos y las hijas de Dios, del abismo de oscuridad eterna que sigue a la muerte. Él ha proporcionado algo mejor, una esfera de luz y de entendimiento, de progreso y de belleza donde podremos seguir adelante por el camino que conduce a la vida eterna. Mi gratitud no tiene límites. Mi agradecimiento a mi Señor no tiene conclusión. Él es mi Dios y mi Rey. De eternidad en eternidad, Él reinará y gobernará como Rey de reyes y Señor de señores. Para Su dominio no habrá fin. Para Su gloria no habrá noche. Ningún otro puede ocupar Su lugar. Ningún otro lo hará jamás. Sin mancha y sin defecto de ninguna clase, Él es el Cordero de Dios ante Quien me inclino y por medio de Quien me acerco a mi Padre Eterno que está en el Cielo. Isaías predijo Su venida: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz" (Isaías 9:6). Los que anduvieron con Él en Palestina dieron testimonio de Su divinidad. El centurión que le vio morir, dijo con solemnidad: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mateo 27:54). Tomás, al ver Su cuerpo resucitado, clamó con asombro: "¡Señor mío, y Dios mío!" (Juan 20:28). Los de este hemisferio a los que Él apareció oyeron la voz del Padre que le presentaba: "He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre. . ." (3 Nefi 11:7). 93


Y el profeta José, hablando en esta dispensación, declaró: "Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! "Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre" (D. y C. 76:2223). A lo cual añado mi propio testimonio de que Él es "el camino, y la verdad, y la vida" y que "nadie viene al Padre" sino por Él (Juan 14:6). Con gratitud y con amor inquebrantable, doy testimonio de estas cosas en Su Santo nombre, sí, el nombre de Jesucristo. Amén.

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LOS PASTORES DEL REBAÑO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona". Mis queridos hermanos, es un gran honor y una gran responsabilidad dirigirles la palabra. Ruego que el Señor me bendiga. ¡Qué excepcional hermandad es ésta, compuesta de cientos de miles de hombres y de muchachos que han sido ordenados al sacerdocio de Dios! ¡Qué imponente agrupación sería ésta si estuviésemos todos congregados en una sola y gran reunión! Asombraría al mundo. No hay nada que se le iguale que yo sepa. Ustedes constituyen el eje de la Iglesia, mis hermanos. De entre ustedes vienen los obispos y los presidentes de rama, los presidentes de distrito y de estaca, los Setenta Autoridades de Área y todas las Autoridades Generales. Ustedes, los hombres jóvenes, son lo esencial del gran programa misional cuya influencia se hace sentir en todo el mundo. En conjunto, ustedes son hombres y muchachos que se han vestido de toda la armadura de Dios para sacar adelante Su obra en la tierra. Cada vez que nos juntamos en una de estas reuniones, lamento que no podamos dar cabida a todos los que desean venir. Desde el momento en que se abrieron las puertas del Tabernáculo esta noche, entró una multitud de hombres jóvenes con sus padres. Es de esperar que el nuevo salón de asambleas se termine en un año a partir de ahora y entonces podremos dar cabida a todos los que deseen venir. Y deseo decir a ustedes, hermanos, a los que llegamos por transmisión de radio y vía satélite, que nos sentimos unidos con ustedes. Pienso, mis hermanos, que nuestro Padre Celestial está contento con nosotros. Creo que debe ser un gran consuelo para Él contemplar a los cientos de miles de hombres y de muchachos que le aman, que llevan un testimonio de Él y de Su hijo Amado en el corazón, que brindan dirección a Su Iglesia, que están a la cabeza de sus familias en las que hay rectitud y donde se enseña y se ejemplifica la verdad. Tenemos un numeroso grupo de hombres, jóvenes y mayores. No hay casi nada que no podamos realizar si trabajamos juntos y unidos con una sola voluntad, con un solo propósito y con un solo corazón. Confío en que cada uno de nosotros sea consciente del prodigio que hemos recibido con la ordenación al sacerdocio. Ésta es la autoridad de Dios en la tierra. Viene de Él como un don divino. Comprende el poder y la autoridad para regular los asuntos de la Iglesia. Comprende el poder y la autoridad para bendecir en el nombre del Señor, para poner las manos sobre los enfermos e invocar los poderes del cielo. Es sagrado y santo. Participa de lo divino. Su autoridad se manifiesta en la vida terrenal y llega más allá del velo de la muerte. Espero que seamos dignos del sacerdocio que poseemos. Ruego a cada uno de ustedes que lleve las riendas de su vida de tal manera que sea digno de él. 94


Tal como se nos ha recordado, ésta es una época de gran maldad en el mundo. No hace falta recordar eso a nadie. Estamos constantemente expuestos a la inmundicia y a la suciedad de la pornografía, al comportamiento lascivo y maligno, totalmente impropio del que posee el sacerdocio de Dios. Es un desafío trabajar en el mundo y vivir por encima de su inmundicia. La falta de honradez está muy extendida. Se manifiesta en el hacer trampa en las escuelas, en el manejo de hábiles confabulaciones, en negocios que roban y estafan. Las tentaciones están en todas partes a nuestro alrededor y, lamentablemente, algunos sucumben a ellas. Hermanos, sean fuertes. Elévense por encima de la maldad del mundo. No es necesario que seamos mojigatos. No hace falta que adoptemos una actitud santurrona. Sólo es preciso que nuestra integridad personal, nuestro sentido del bien y del mal y la sencilla honradez gobiernen nuestros actos. Vivamos el Evangelio en nuestro hogar. Que haya allí una sincera manifestación de amor entre marido y mujer, entre los hijos y sus padres. Dominen la voz del enojo. Sean absolutamente leales el uno con el otro. Simplemente "hagan lo justo y dejen que sobrevengan las consecuencias" (Hymns, Nº 237). Vivan de tal manera que todas las mañanas puedan arrodillarse para orar y buscar la orientación y la guía del Espíritu Santo, así como Su poder protector, al emprender su trabajo del día. Vivan de tal manera que cada noche, antes de acostarse, puedan ir ante el Señor en oración sin turbación ni vergüenza y sin la necesidad de suplicar el perdón. No dudo en decir que Dios los bendecirá si lo hacen. Un día llegarán a viejos y mirarán hacia atrás en el camino de su vida. Podrán decir: "He vivido con integridad. No he engañado a nadie, ni siquiera a mí mismo. Me he deleitado en compañía de mi esposa que es la madre de mis hijos. Estoy orgulloso de mis hijos. Estoy agradecido a Dios por Sus evidentes bendiciones". Si ése puede ser el resultado final de su vida, les prometo que cuando las señales de la vejez se manifiesten en ustedes, lágrimas de gratitud les inundarán los ojos y experimentarán la profunda emoción del agradecimiento. Hace años, más de diez años, hablé desde este púlpito con respecto a los obispos de la Iglesia. Deseo volver brevemente a ese tema en esta ocasión. Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona. Como todos ustedes saben, el otoño pasado una tempestad desastrosa azotó Centroamérica. Durante seis días y sus noches, el Huracán Mitch fustigó esa zona y, particularmente, Honduras. El viento soplaba con violencia y la lluvia caía a torrentes sin cesar. Crecieron los ríos y se llevaron las casas que se hallaban en sus riberas. Más de doscientos puentes fueron arrastrados por las aguas en Honduras, cortando así el paso para desplazarse. Las tierras altas se deslizaron hacia el mar en aluviones de lodo. Las casas quedaron sepultadas casi hasta la parte superior de las ventanas, y los patios y las calles estaban inundadas. Las personas huyeron horrorizadas abandonándolo todo. Uno de nuestros obispos consiguió un camión grande en el que fue recogiendo a los de su barrio para llevarlos a un terreno más alto. Cuando el camión ya no podía pasar, se consiguió una embarcación. Allí estuvo él cuidando su rebaño. Yo fui allí a ver lo que había pasado y a dar consuelo donde fuese posible, y presencié un milagro: vi en funcionamiento la sencilla y prodigiosamente eficaz organización de esta Iglesia. Todo miembro de esta Iglesia tiene un obispo o un presidente de rama. Elogio con creces la ayuda que se envió de todo el mundo, pero siento una admiración infinita por la forma magnífica en la que la Iglesia se movilizó. Los obispos recurrieron a sus presidentes de estaca, quienes recurrieron a la Presidencia de Área y ésta recurrió a las Oficinas Generales de la Iglesia en Salt Lake City. A las pocas horas, grandes cantidades de alimentos, medicamentos y ropa salían de nuestros almacenes. Se alquiló una bodega en San Pedro Sula en la región más damnificada. Fueron los obispos los que movilizaron a su gente para trabajar por turnos en la bodega llenando bolsas de plástico con alimentos suficientes para sustentar a una familia durante una semana, con ropa para cubrirlos y medicamentos para protegerlos de las enfermedades. Cada obispo conocía a su propia gente. Él, con su presidenta de la Sociedad de Socorro, conocían las necesidades de ellos. Éstas no eran personas extrañas que trabajaban 95


como empleados públicos: eran amigos, cada uno era miembro de la familia de un barrio lo suficientemente pequeña para que conociesen sus mutuas necesidades. No hubo discordias ni codicia por hacerse de alimentos y de ropa. El trabajo fue ordenado, sistemático y amistoso; fue motivado por el amor y el interés por los demás, y se realizó con rapidez para satisfacer una necesidad inmediata. Fue el Evangelio en acción de un modo silencioso y magnífico. Las aguas finalmente disminuyeron, pero quedó el lodo que lo cubría todo. Nada resultó más valioso que las palas y las carretillas. Y todos juntos, otra vez bajo la dirección de los obispos, sacaron el lodo de las casas. Visitamos un centro de reuniones un sábado. Allí había mucha gente, con un obispo, un amoroso padre de su rebaño, que dirigía el trabajo. Sacaron los bancos, que habían estado flotando en el agua, y los limpiaron meticulosamente. Rasparon el lodo para sacarlo de las paredes y del suelo. Luego los miembros utilizaron trapeadores y trapos, y antes de que cayera la noche, aquel sábado al atardecer, el edificio estaba listo para los servicios de adoración del día de reposo. Siento una humilde gratitud, respeto y admiración por los obispos de esta Iglesia. Los observé, en medio de las más desesperadas circunstancias, en La Lima, Honduras. Hablé con ellos, les estreché la mano, con profundo afecto. Cuán agradecido estoy por estos hombres que, olvidándose de su propia comodidad, dan de su tiempo, de su sabiduría, de su inspiración al presidir nuestros barrios en todo el mundo. Ellos no reciben más compensación que el amor de su gente. No hay descanso para ellos en el día de reposo, ni tampoco mucho descanso en las demás ocasiones. Son los que están más cerca de las personas y los que mejor conocen las necesidades y las circunstancias de ellas. Los requisitos del oficio de ellos son hoy día los mismos de la época de Pablo, que escribió a Timoteo: "Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; "no dado al vino, no pendenciero [o sea, una persona que no es violenta]. . . sino. . . apacible, no avaro. . ." (1Timoteo 3:23). En su epístola a Tito, Pablo añade que "es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios. . . "retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen" (Tito 1:7, 9). Durante todos los años de mi niñez y de mi juventud, incluso hasta la época en la que fui ordenado élder y regresé de la misión, tuve sólo un obispo. Era él un hombre notable. Fue obispo durante veinticinco años. Nosotros lo conocíamos y él nos conocía a nosotros. Siempre le llamábamos "Obispo Duncan", y él siempre nos llamaba por nuestro nombre de pila. Sentíamos un gran respeto por él, un respeto casi reverente; pero no le teníamos miedo, pues sabíamos que era nuestro amigo. Su barrio era muy grande, y cuán eficazmente sirvió a su gente. Hablé en su funeral. Después de mi propio padre, probablemente fue él quien ejerció la mayor influencia en mi joven vida. ¡Qué agradecido estoy por él! Desde entonces, he tenido varios obispos. Sin excepción, cada uno de ellos ha sido un dedicado e inspirado líder. Ahora quisiera decir unas pocas palabras directamente a los obispos que se encuentran con nosotros esta noche. Y gran parte de lo que les diga a ustedes puede aplicarse también a los presidentes de estaca y a otros hermanos que tienen llamamientos semejantes. Espero que sepan que llevo en el corazón un gran sentimiento de amor por ustedes. Sé que su gente los ama. La confianza que se ha depositado en ustedes es formidable. Al llamarlos, hemos puesto en ustedes nuestra confianza absoluta. Esperamos que sean el sumo sacerdote presidente del barrio, consejero de la gente, defendedor y auxiliador de los que tengan problemas, consolador de los que tengan pesares, abastecedor de los necesitados. Esperamos que sean el guardián y el protector de la doctrina que se enseñe en su barrio, de la calidad de la enseñanza que se imparta, de que se llenen los diversos oficios que sean necesarios. 96


Su conducta personal debe ser impecable. Deben ustedes ser hombres de integridad, irreprochables en todo sentido. El ejemplo de ustedes servirá de guía a su gente. Ustedes deben ser intrépidos al denunciar el mal, estar dispuestos a defender el bien, ser inflexibles al defender la verdad. Si bien todo eso requiere firmeza, debe hacerse con bondad y con amor. Ustedes son el padre del barrio y el guarda de los miembros de él. Deben tenderles la mano en los momentos de pesar, de enfermedad y de angustia. Ustedes son el presidente del Sacerdocio Aarónico y, con sus consejeros, deben dar dirección a los diáconos, a los maestros y a los presbíteros para asegurarse de que estén progresando en "disciplina y amonestación del Señor" (Efesios 6:4). Ustedes son marido de su esposa, su amada compañera, su protector y su proveedor. Ustedes son el padre de sus hijos y deben criarlos con amor y enseñarles con aprecio. Pueden esperar que el adversario se ocupe de ustedes. Ustedes, de todos los hombres, deben ejercer la autodisciplina, mantenerse muy lejos del pecado y de la maldad de cualquier tipo en su propia vida. Deben rehuir la pornografía, apagar el televisor cuando transmita espectáculos obscenos, ser puros de pensamiento y de hechos. No pueden ustedes valerse de su oficio para promover sus negocios entre su gente, no sea que alguien los acuse de aprovecharse de su calidad de obispo. Ustedes son un juez común en Israel. Ésta es una responsabilidad casi aterradora. En algunos casos, ustedes deben determinar la idoneidad de su gente para ser miembros de la Iglesia; deben determinar la dignidad de ellos para recibir el bautismo, su dignidad para ser ordenados al Sacerdocio Aarónico, su idoneidad para ir a la misión y, sobre todo, su idoneidad para entrar en la casa del Señor y participar de las bendiciones que allí se dan. Ustedes deben encargarse de que nadie pase hambre, de que nadie carezca de ropa o de techo. Deben estar al tanto de las circunstancias de todas las personas a las que presiden. Deben ser un consuelo y una guía para su gente. Su puerta debe estar siempre abierta para ayudar a los que pidan auxilio. Deben ser fuertes para ayudar a las personas a llevar sus cargas. Deben mostrar amor aun a los que hagan mal. Mis hermanos, suplico que las bendiciones del Todopoderoso estén con ustedes en la gran responsabilidad que tienen. Que Dios los bendiga con salud y con fortaleza. Que Él les agilice la mente con sabiduría y con entendimiento, con aprecio y con amor. Que los intereses de su gente sean la preocupación preponderante de su vida, sin sacrificar las exigencias de su empleo ni la debida atención que deben dar a su familia. Doy gracias al Señor por cada uno de ustedes. Los amo por lo que hacen. Ruego por ustedes, por cada uno de ustedes, dondequiera que estén. Les suplico que se protejan de los dardos del adversario. Les aconsejo que se vistan de toda la armadura de Dios. Que las bendiciones del cielo desciendan sobre sus esposas y sus hijos. Algún día serán relevados de su cargo y ése será un día de tristeza. Los recuerdos de su gente pervivirán a lo largo de toda su vida y santificarán sus días, y les brindarán paz, reposo y alegría. Dios los bendiga mis amados hermanos, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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YA ROMPE EL ALBA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY ¡Qué época tan gloriosa ha sido y sigue siéndolo! Ha nacido un nuevo día en la obra del Todopoderoso. ¿No fue absolutamente espectacular? Gracias a Liriel Domiciano y al coro. ¡Qué gran declaración de fe!: “Yo sé que vive mi Señor”. Gracias nuevamente por esa música conmovedora y maravillosa. 97


Quisiera decir, en primer lugar, a todos los miembros de la Iglesia y demás personas: gracias por la bondad que han extendido a mi esposa y a mí; han sido ustedes tan gentiles y generosos, y nos sentimos conmovidos por todo lo que hacen por nosotros. Si a todo el mundo se lo tratara como se nos trata a nosotros, sería un mundo muy diferente; nos trataríamos unos a otros en el Espíritu del Maestro, que tendió la mano para consolar y sanar. Hermanos y hermanas, ahora que el presidente Packer se ha dirigido a ustedes en calidad de abuelo, me gustaría explayar uno de los temas que él ha presentado. Yo, también, ya soy un hombre entrado en años, incluso mayor que él, si eso es posible. He vivido ya largo tiempo, he viajado a lugares lejanos y he visto gran parte de este mundo. En momentos de tranquila reflexión, me pregunto por qué hay tantas dificultades y tanto sufrimiento en casi todas partes. Nuestros días están llenos de peligro; a menudo se hace referencia a las palabras de Pablo a Timoteo: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). Procede luego a describir las condiciones que prevalecerán en esa época. Creo que es sumamente obvio que estos últimos días son en verdad tiempos peligrosos que encajan con las condiciones que Pablo describió (véase 2 Timoteo 3:2–7). Pero el peligro no es algo nuevo para la familia humana. En Apocalipsis se nos dice que “hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; “pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7– 9). Qué tiempo tan peligroso debió haber sido. El Todopoderoso mismo se enfrentaba con el Hijo de la Mañana y nosotros nos encontrábamos presentes. Debió haber sido una lucha desesperantemente difícil, con una gran victoria triunfal. En cuanto a esos tiempos de desesperación, el Señor le habló a Job desde el torbellino, y dijo: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra… “Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4, 7). ¿Por qué éramos felices entonces? Creo que era porque lo bueno había triunfado sobre lo malo y toda la familia humana estaba del lado del Señor; le dimos la espalda al adversario y nos unimos a las fuerzas de Dios, y esas fuerzas salieron triunfantes. Pero habiendo tomado esa decisión, ¿por qué debemos tomarla una y otra vez después de nuestro nacimiento en la tierra? No puedo comprender por qué tantas personas han traicionado en la vida la decisión que una vez tomaron cuando se lidiaba la gran guerra en los cielos. Pero es evidente que la lucha entre el bien y el mal, que dio comienzo con esa guerra, nunca ha terminado, sino que ha seguido ininterrumpida hasta el día de hoy. Creo que nuestro Padre debe llorar porque muchos de Sus hijos, a través de las edades, han hecho uso del albedrío que Él les dio y han elegido el camino del mal, en vez del bien. El mal se manifestó en los primeros días de este mundo cuando Caín mató a Abel, y fue aumentando hasta que en los días de Noé “vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. “Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” (Génesis 6:5–6). Le mandó a Noé que construyera un arca “en la cual pocas personas, es decir, ocho” serían salvas (1 Pedro 3:20). La tierra fue limpiada; las aguas se retiraron y se estableció de nuevo la rectitud, pero no pasó mucho tiempo hasta que la familia humana, muchos de ellos, volvieran a sus antiguas costumbres de desobediencia. Los habitantes de las ciudades de la llanura, Sodoma y Gomorra, son ejemplos de la depravación en la que cayó el hombre, y “destruyó Dios las ciudades de la llanura” con una asolación completa y total (Génesis 19:29). 98


Isaías exclamó: “…vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír; “Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Isaías 59:2–3). Así fue con otros profetas del Antiguo Testamento, cuyo mensaje principal era la censura de la maldad. El peligro de esos tiempos no era exclusivo del Viejo Mundo. En el Libro de Mormón se documenta que en el hemisferio occidental, los ejércitos de los jareditas lucharon hasta la muerte. Los nefitas y los lamanitas también lucharon hasta que miles murieron y Moroni tuvo que andar errante para proteger su vida (véase Moroni 1:3). Su súplica final, dirigida hacia los de nuestros días, fue un llamado a la rectitud: “Y otra vez quisiera exhortaros a que vinieseis a Cristo, y procuraseis toda buena dádiva; y que no tocaseis el don malo ni la cosa impura” (Moroni 10:30). Cuando el Salvador estuvo en la tierra, “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38), pero también censuró la hipocresía de los escribas y fariseos, refiriéndose a ellos como “sepulcros blanqueados” (véase Mateo 23:27). A latigazos echó del templo a los cambistas, diciendo: “Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Ese, también, fue un tiempo de grandes peligros. Palestina formaba parte del Imperio Romano que gobernaba con mano de hierro, era opresivo y lleno de maldad. Las epístolas de Pablo imploraban que hubiese fortaleza entre los seguidores de Cristo, no fuera que cayeran en los caminos del maligno; pero al final se impuso un espíritu de apostasía. El mundo se vio envuelto en la ignorancia y la maldad, lo que resultó en lo que se conoce como la edad de las tinieblas. Isaías había predicho: “…tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones” (Isaías 60:2). Durante siglos proliferaron las enfermedades y reinó la pobreza; durante el siglo catorce murieron cerca de 50 millones de personas a consecuencia de la peste bubónica. ¿No fue esa una época de peligros terribles? Me pregunto cómo sobrevivió la humanidad. No obstante, de algún modo se encendió una luz en ese largo período de oscuridad; la era del Renacimiento trajo consigo un florecimiento del conocimiento, las artes y la ciencia, y se suscitó un movimiento de hombres y mujeres valientes e intrépidos que levantaron la vista al cielo en reconocimiento de Dios y de Su Hijo divino; lo conocemos como la Reforma. Entonces, después de que muchas generaciones hubieron andado por la tierra —muchos de ellos en conflictos, odio, tinieblas y maldad— llegó el grandioso nuevo día de la Restauración. Aquel glorioso Evangelio se introdujo con la aparición del Padre y del Hijo al joven José. El alba de la dispensación del cumplimiento de los tiempos se alzó sobre el mundo. Todo lo bueno, lo bello, lo divino de todas las dispensaciones pasadas fue restaurado en esa época tan extraordinaria. Pero existía también la maldad; y una manifestación de esa maldad fue la persecución, ese odio que ocasionó expulsiones y marchas obligatorias en medio del invierno. Fue tal como Charles Dickens lo describió en las primeras líneas de su libro Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos;… la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. A pesar de la gran maldad de estos tiempos, ¡qué época tan gloriosa ha sido y sigue siéndolo! Ha nacido un nuevo día en la obra del Todopoderoso, obra que ha progresado, se ha fortalecido y se ha extendido por toda la tierra y que ha influido para bien en la vida de millones de personas; y eso es sólo el comienzo. Ese gran despertar ha resultado también en que sobre el mundo se derramase un enorme torrente de conocimiento secular. Piensen en el aumento en la longevidad; piensen en las maravillas de la medicina moderna; me lleno de asombro. Piensen en el florecimiento de la educación; piensen en los milagrosos adelantos en los medios de transporte y de comunicación. El ingenio del hombre no tiene fin cuando el Dios de los cielos inspira y derrama luz y conocimiento. 99


Hay aún mucho conflicto en el mundo; hay terrible pobreza, enfermedad y odio. La crueldad del hombre para con el hombre es aún atroz; no obstante, ha ocurrido un glorioso amanecer. El “Sol de justicia” ha venido “y en sus alas traerá salvación” (Malaquías 4:2). Dios y Su Amado Hijo se han revelado a Sí mismos; los conocemos; los adoramos “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Los amamos; los honramos y deseamos hacer Su voluntad. Las llaves del sacerdocio eterno han abierto las cerraduras de las prisiones del pasado. “Ya rompe el alba de la verdad “y en Sión se deja ver, “tras noche de obscuridad, “el día glorioso amanecer”. (“Ya rompe el alba”, Himnos, Nº 1) ¿Tiempos peligrosos? Sí; son tiempos peligrosos, pero la raza humana ha vivido en peligro desde antes de la creación de la tierra. De algún modo, en medio de la oscuridad, ha habido una luz leve pero hermosa que ahora, con brillo adicional, resplandece sobre el mundo; lleva consigo el plan de felicidad de Dios para Sus hijos; lleva consigo las grandiosas e incomprensibles maravillas de la expiación del Redentor. Cuán agradecidos estamos al Dios de los cielos por el bondadoso cuidado que brinda a Sus Hijos al proporcionarles, a lo largo de todos los peligros de la eternidad, la oportunidad de obtener la salvación y la bendición de la exaltación en Su reino, si tan sólo viven en rectitud. Y, hermanos y hermanas, esto deposita en nosotros una grandiosa y abrumadora responsabilidad. En 1894, el presidente Wilford Woodruff dijo: “El Todopoderoso está con Su pueblo. Nosotros tendremos todas las revelaciones que necesitaremos si cumplimos con nuestro deber y obedecemos los mandamientos de Dios… Mientras viva, deseo cumplir con mi deber; deseo que los Santos de los Últimos Días cumplan con su deber. Tenemos el Santo Sacerdocio… La responsabilidad de ellos es grande y poderosa. Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos observan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo. Nos encontramos reunidos… por el poder y el mandamiento de Dios. Estamos efectuando la obra de Dios… Llevemos a cabo nuestra misión” (de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, 1965–1975, 3:258). Éste es nuestro enorme y exigente desafío, mis hermanos y hermanas; ésta es la decisión que constantemente debemos tomar, al igual que las generaciones anteriores han tenido que elegir. Debemos preguntarnos: “¿Quién sigue al Señor? “Toma tu decisión. “Clamamos sin temor: “¿Quién sigue al Señor?” (“¿Quién sigue al Señor?”, Himnos, Nº 260) ¿Comprendemos y entendemos de verdad la tremenda importancia de lo que poseemos? Ésta es la culminación de las generaciones del hombre, el último capítulo del panorama entero de la experiencia humana. Pero esto no nos coloca en una posición de superioridad, sino que debería llenarnos de humildad. Esto deposita en nosotros una responsabilidad ineludible de tender nuestra mano por el bienestar de todos, en el Espíritu del Maestro, que enseñó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19). Debemos dejar de lado las pretensiones de superioridad moral y elevarnos por encima de nuestros mezquinos intereses personales. Debemos hacer todo lo que sea necesario por adelantar la obra del Señor al edificar Su reino en la tierra. No podemos transigir nunca sobre la doctrina que ha venido a través de la revelación, pero podemos vivir y trabajar con los demás, respetando sus creencias y admirando sus virtudes, uniendo nuestros esfuerzos para oponernos a las falsedades, los pleitos, el odio… esos peligros que desde el principio han estado con el hombre. 100


Sin renunciar a ningún elemento de nuestra doctrina, podemos ser buenos vecinos, podemos ser de ayuda, podemos ser amables y generosos. Nosotros, los de esta generación, somos la última cosecha de todo lo que nos ha antecedido. No es suficiente con sólo ser conocidos como miembros de esta Iglesia; sobre nosotros descansa una solemne obligación; aceptémosla y esforcémonos por llevarla a cabo. Debemos vivir como verdaderos discípulos del Cristo, con caridad hacia todos, haciendo un bien por el mal que recibamos, enseñando por medio del ejemplo los caminos del Señor, y llevando a cabo el extenso servicio que Él nos ha señalado. Que vivamos dignos del glorioso don de luz, entendimiento y verdad eterna que hemos recibido a través de los peligros del pasado. De alguna manera, de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles. Ésa es mi humilde oración, al testificarles de la veracidad de esta obra, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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UN ESTANDARTE A LAS NACIONES Y UNA LUZ AL MUNDO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Si vamos a [ser] un estandarte a las naciones y una luz al mundo, debemos adoptar más de las cualidades de la vida de Cristo. Mis amados hermanos y hermanas, deseo expresar mi gratitud por su sustentadora fe y oraciones. El Señor ha depositado sobre los líderes de esta Iglesia una grande y seria obligación, y ustedes nos han apoyado en esa responsabilidad. Sabemos que ustedes oran por nosotros, y deseamos que sepan que nosotros oramos por ustedes. No pasa un día sin que yo dé gracias al Señor por los fieles Santos de los Últimos Días. No pasa un día sin que yo le suplique que los bendiga a ustedes en cualquier parte que estén y cualesquiera sean sus necesidades. Deseo recordarles que todos estamos juntos en esta obra. No es cosa de que las Autoridades Generales estén en un lado y los miembros de la Iglesia en el otro. Todos estamos trabajando como uno en una gran causa. Todos somos miembros de la Iglesia de Jesucristo. Dentro de su esfera de responsabilidad, ustedes tienen una obligación tan seria como la que tengo yo en mi esfera de responsabilidad. Cada uno de nosotros debe tener la resolución de edificar el reino de Dios sobre la tierra y promover la obra de la rectitud. Creo poder decir sinceramente que no tenemos deseos egoístas con respecto a esta obra que no sean que el que ésta salga adelante con éxito. Los miembros de la Primera Presidencia tenemos que ocuparnos constantemente de una gran variedad de problemas, los cuales se nos presentan todos los días. Al fin de un día particularmente difícil, dirigí la mirada al retrato de Brigham Young que está en mi despacho, y le pregunté: "Hermano Brigham, ¿qué debemos hacer? Me pareció que me sonreía un poco y que me decía: "En mis tiempos tuve muchísimos problemas que resolver. No me preguntes qué hacer. Ahora tú estás de guardia. Pregúntale al Señor, cuya obra ésta es en verdad". Y eso, les aseguro, es lo que hacemos y lo que siempre debemos hacer. Mientras reflexionaba en esos asuntos ese reciente día difícil, abrí la Biblia en el primer capítulo de Josué y leí estas palabras: 101


"Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo..." (Josué 1:9). Me dije a mí mismo: "Nunca hay razón para desesperarse. Ésta es la obra de Dios. A pesar de los esfuerzos de todos los que se oponen a ella, saldrá adelante como el Dios del cielo lo ha proyectado". Volví las páginas del Antiguo Testamento hasta el segundo capítulo de Isaías y leí lo siguiente: "Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. "Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová" (Isaías 2:2-3). Desde que se dedicó el Templo de Salt Lake, hemos interpretado que esa Escritura de Isaías, que se repite en Miqueas (véase Miqueas 4:1-2), se aplica a esta sagrada casa del Señor. Y, de ese lugar, desde el día de su dedicación, un número cada vez mayor de personas de todo el mundo en efecto han dicho: "Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas". Creo y testifico que la misión de esta Iglesia es ser un estandarte a las naciones y una luz al mundo. Se nos ha dado un grandioso y global mandato que no podemos rehuir ni rechazar. Aceptamos ese mandato y estamos resueltos a cumplirlo, y, con la ayuda de Dios, lo cumpliremos. Hay fuerzas que nos rodean por todas partes y que desean impedirnos cumplir ese mandato. El mundo está de continuo ejerciendo presión sobre nosotros. De todos lados se nos apremia a debilitar nuestra postura, a ceder un poco aquí y un poco allí. Nunca jamás debemos perder la visión de nuestro objetivo. Siempre debemos tener presente la importancia de la meta que el Señor nos ha puesto. Para citar a Pablo: "Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. "Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:10-12). Debemos permanecer firmes, debemos oponer resistencia al mundo. Si lo hacemos, el Todopoderoso será nuestra fortaleza y nuestro protector, nuestro guía y nuestro revelador. Tendremos el consuelo de saber que estamos haciendo lo que Él desea que hagamos. A lo mejor otras personas no estén de acuerdo con nosotros, pero tengo la confianza de que nos respetarán. No se nos dejará solos; hay muchas personas que no son de nuestra fe, pero que opinan lo mismo que nosotros; nos apoyarán y nos sostendrán en nuestros esfuerzos. No podemos ser arrogantes. No podemos ser santurrones. La situación misma en la que el Señor nos ha puesto requiere que seamos humildes como los beneficiarios de Sus instrucciones. Aunque no podemos estar de acuerdo con otras personas en relación con algunos asuntos, nunca debemos ser ofensivos. Debemos ser amigables, hablar con voz suave, ser buenos vecinos y ser comprensivos. Ahora pondré de relieve un tema que ya se ha tratado en esta conferencia. A nuestros jóvenes, la magnífica juventud de esta generación, les digo: sean verídicos; permanezcan fieles; defiendan con firmeza lo que saben que es correcto. Ustedes se enfrentan con una tremenda tentación, la cual llega a ustedes en los salones de entretenimiento popular, en Internet, en las películas, en la televisión, en la literatura barata y en otras formas sutiles, que excitan y que son difíciles de resistir. La presión de los amigos puede ser casi abrumadora; pero, mis queridos y jóvenes amigos, no deben ceder; deben ser fuertes; tienen que mirar hacia lo que tiene más valor para ustedes en el futuro en vez de sucumbir a la actual tentación seductiva. 102


Burdos animadores atraen a grandes multitudes de nuestra juventud; se enriquecen con los precios elevados de las entradas; sus canciones, muchas de ellas, son de naturaleza provocativa. La pornografía está por doquier con su seductora invitación. Ustedes deben alejarse de ella; los puede esclavizar y destruir. Reconózcanla por lo que es: cosas sórdidas creadas y distribuidas por aquellos que se enriquecen a expensas de los que las ven. La santidad del sexo es completamente destruida por su lujuriosa representación en los medios de comunicación. Lo que por naturaleza es de por sí hermoso es corrompido en su representación popular. Me complació notar que la estación de televisión que es propiedad de la Iglesia, aquí en Salt Lake City, rehusó transmitir un programa de la cadena nacional, con un contenido obsceno. También fue interesante notar que la otra estación que pertenece a dicha cadena y que canceló la transmisión fue la de South Bend, Indiana, donde se encuentra la Universidad de Notre Dame. Es reconfortante saber que hay otras personas que tienen una opinión tan firme como la nuestra y que están dispuestas a hacer algo al respecto. La vida es mejor de lo que con frecuencia se representa; la naturaleza es mejor que eso; el amor es mejor que eso. Esta clase de entretenimiento es sólo una malvada caricatura de lo bueno y de lo hermoso. Jóvenes y jovencitas que me escuchan hoy, ustedes, los estudiantes universitarios de muchas universidades, dense cuenta de que uno de los grandes problemas que hay en las universidades es el elevado consumo de bebidas alcohólicas. Esto disminuye sus aptitudes, destruye su vida, desperdicia el dinero, el tiempo y el esfuerzo constructivo. Qué triste es ver a brillantes jóvenes que se dañan a sí mismos y arruinan sus oportunidades con la bebida excesiva. Fue un gran homenaje a los alumnos de la Universidad Brigham Young cuando el diario Princeton Review informó que son los alumnos que menos ingieren bebidas alcohólicas en Estados Unidos. Por supuesto, la mayoría de ustedes no pueden asistir a la Universidad Brigham Young, pero donde estén pueden vivir las mismas normas que se requieren en el recinto universitario de ésta. Hace poco leí en nuestra revista New Era un artículo acerca de los jóvenes Santos de los Últimos Días de Memphis, Tennessee. En algunos casos, son los únicos Santos de los Últimos Días que hay en la universidad. Se cita lo que dijo uno de ellos: "Soy el único miembro de la Iglesia de mi universidad, pero... aun cuando físicamente estoy solo, espiritualmente nunca lo estoy" (en Arianne B. Cope, "Smiling in Memphis", New Era, octubre de 2003, págs. 23-24). A otro se le cita así: "Conozco a muchos adolescentes que se preguntan si realmente saben si el Evangelio es verdadero. Pero... aquí tienes que saber si el Evangelio es verdadero o no porque la gente te lo pregunta todos los días. Cada vez que contestas una pregunta, compartes tu testimonio" (New Era, octubre de 2003, pág. 25). Esos jóvenes, esparcidos por toda esa gran ciudad, han aprendido a estar unidos, a fortalecerse el uno al otro. Que Dios los bendiga, mis queridos jóvenes amigos; ustedes son la mejor generación que hayamos tenido; conocen el Evangelio mejor; son más fieles en sus deberes; son más fuertes para enfrentarse a las tentaciones que aparecen en su camino. Vivan de acuerdo con sus normas; pidan en oración la guía y la protección del Señor. Él nunca los dejará solos; los consolará, los sostendrá, los bendecirá y los magnificará y hará que la recompensa para ustedes sea grata y hermosa; y descubrirán que su ejemplo atraerá a otros que sacarán valor de la fortaleza de ustedes. Tal como lo es para los jóvenes, así lo es para ustedes, los adultos. Si vamos a sostener en alto esta Iglesia como un estandarte a las naciones y una luz al mundo, debemos adoptar más de las cualidades de la vida de Cristo en forma individual y en nuestras circunstancias personales. Al defender lo que es correcto, no debemos temer las consecuencias. No debemos tener miedo. Pablo le dijo a Timoteo: "Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio". "Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor" (2 Timoteo 1:7-8). Esta Iglesia, sostengo, es mucho más que una organización social donde nos reunimos para disfrutar de nuestra mutua compañía; es más que la Escuela Dominical y la Sociedad de Socorro y la reunión del sacerdocio. Es más que la reunión sacramental, mucho más, incluso, que el servicio en el templo. Es el 103


reino de Dios en la tierra. Tenemos la responsabilidad de actuar de una manera que sea propia de los miembros de ese reino. Ustedes, los hombres que poseen el sacerdocio, tienen una enorme responsabilidad. Ustedes deben evitar las sensuales tentaciones del mundo, deben elevarse por encima de ello; deben mantenerse dignos del sacerdocio de Dios; deben rechazar la maldad en todas sus formas y tomar sobre ustedes lo que es virtuoso y decente, permitiendo que la luz, la luz divina, brille a través de sus acciones. No hay modo de que un hogar sea un lugar de refugio y paz si el hombre que vive en él no es un esposo y un padre comprensivo y amable. La fortaleza que logremos de nuestros hogares nos capacitará para enfrentarnos con mayor eficacia ante el mundo; nos hará más aceptables socialmente, más valiosos para nuestros empleadores, mejores hombres. Conozco a muchos hombres así. Es obvio que aman a su esposa e hijos; están orgullosos de ellos. Y lo más maravilloso es que tienen un éxito extraordinario en sus profesiones. Se los magnifica, se los honra y se los respeta. Y a ustedes, las mujeres: Hace una semana hablé largo y tendido a las mujeres de la Sociedad de Socorro, y en mi discurso vertí mis más sinceras opiniones sobre ustedes, que también pueden adoptar más de las cualidades de Cristo, ser firmes, alentadoras, hermosas y útiles. Nos recuerdo a todos nosotros que somos Santos de los Últimos Días, que hemos hecho convenios con nuestro Padre Celestial, los cuales son sagrados y obligatorios. Dichos convenios, si los guardamos, harán de nosotros mejores padres y madres, mejores hijos e hijas. Creo que recibiremos el apoyo de otras personas si actuamos así. Podemos defender la verdad y la virtud, y no estaremos solos. Es más, contaremos con la ayuda de las huestes invisibles del cielo. Volvamos al Antiguo Testamento: "Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? "El le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. "Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo" (2 Reyes 6:15-17). El Señor nos ha dicho: "Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer... "Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis" (D. y C. 6:34, 36). En el nombre de Jesucristo. Amén

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SEAN DIGNOS DE LA JOVEN CON LA CUAL SE VAN A CASAR ALGÚN DÍA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Esfuércense por ser dignos de la joven más encantadora del mundo. Manténganse dignos a lo largo de todos los días de su vida". Hace una semana, desde este Tabernáculo, el presidente Faust y la presidencia general de las Mujeres Jóvenes hablaron a las mujeres jóvenes de la Iglesia. Mientras contemplaba la congregación de hermosas jóvenes, me preguntaba: "¿Estamos preparando una generación de jóvenes varones dignos de ellas?". 104


Esas chicas son tan lozanas y llenas de vitalidad; son hermosas e inteligentes; son capaces, fieles, virtuosas, verídicas. Sencillamente, son jóvenes extraordinarias y encantadoras. Por lo tanto, esta noche, en esta grandiosa reunión del sacerdocio, quisiera hablarles a ustedes, los hombres jóvenes, que son el complemento de ellas. El título de mi discurso es: "Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día". La joven con la cual se casen se jugará la suerte con ustedes. Ella le entregará todo su ser al joven con quien contraiga matrimonio. En gran forma, él determinará el resto de su vida. En algunos países, incluso ella dejará de utilizar su apellido para emplear el de él. Como Adán lo declaró en el Jardín de Edén: ". . .Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne. . . Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" (Génesis 2:2324). Por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y por ser hombres jóvenes que poseen el sacerdocio de Dios, ustedes tienen una tremenda obligación hacia la joven con quien se casen. Quizás ahora no piensen mucho en eso, pero no está muy lejos el momento en que comenzarán a hacerlo, y ahora es el tiempo de prepararse para el día más importante de su vida, en el que tomen para sí una esposa y compañera igual con ustedes ante el Señor. Esa obligación empieza con una lealtad absoluta. Como dice la antigua ceremonia de la Iglesia Anglicana, se casan con ella "en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en lo bueno y lo malo". Ella será suya y nada más que suya, sean cuales sean las circunstancias. Ustedes serán de ella y sólo de ella. No deben tener ojos para nadie más. Deben ser totalmente leales, invariablemente leales el uno para el otro. Esperemos que contraigan matrimonio para siempre, en la casa del Señor, por la autoridad del sacerdocio sempiterno. A lo largo de todos los días de su vida deben ser tan constantes el uno con el otro, como la Estrella Polar. La joven con la que se casen espera que ustedes lleguen al altar del matrimonio absolutamente puros; espera que sean jóvenes virtuosos, tanto de hecho como de palabra. Jóvenes, esta noche les ruego que se mantengan incólumes de la suciedad del mundo. No se permitan participar en conversaciones vulgares ni digan chistes subidos de tono. No deben entretenerse con el Internet con el fin de encontrar materiales pornográficos. No deben hacer llamadas telefónicas para escuchar basura. No deben alquilar videocasetes que contengan pornografía de ninguna clase. Sencillamente, las cosas lascivas no son para ustedes. Manténganse alejados de la pornografía como evitarían el contagio de una enfermedad maligna, ya que es igualmente destructiva. Se puede convertir en un hábito, y quienes se permitan participar de ella llegan al punto de no poder abandonarla. Así se convierte en una adicción. Para quienes la producen es un negocio de cinco mil millones de dólares y tratan de hacerla lo más excitante y fascinante posible. La pornografía seduce y destruye a sus víctimas; está en todas partes y nos rodea por todos lados. Les ruego, jóvenes, que no participen en ella. No pueden darse ese lujo. La joven con la que se van a casar es digna de un esposo cuya vida no haya estado manchada por ese repulsivo y corrosivo material. No consideren la Palabra de Sabiduría como un asunto trivial. En mi opinión, es el documento más extraordinario que conozco acerca de la salud. El profeta José Smith la recibió en el año 1833, cuando se sabía relativamente muy poco de cuestiones dietéticas. Ahora, cuanto más avanza la investigación científica, más pruebas hay de los principios de la Palabra de Sabiduría. En la actualidad, la evidencia en contra del tabaco es abrumante; pero, a pesar de ello, contemplamos un aumento tremendo en el uso de esa sustancia por parte de los jóvenes y de las señoritas. La evidencia en contra de las bebidas alcohólicas es también enorme. Para mí, es irónico que las estaciones de servicio vendan cerveza. Una persona puede embriagarse y ser tan peligrosa en la calle con la cerveza como con cualquier otra bebida alcohólica; todo depende de la cantidad que beba. ¡Qué absolutamente contradictorio es el hecho de que en una estación de servicio, 105


donde se va a comprar gasolina para poder manejar, vendan también cerveza, que puede ser la causa de que una persona maneje bajo la influencia del alcohol y se convierta en un terrible peligro en la carretera! Manténganse alejados del alcohol, no les va a hacer ningún bien, pero en cambio podría causarles un daño irreparable. Imagínense que beben, que manejan un automóvil y causan la muerte de alguien. Nunca van a poder superar ese horror mientras vivan. El recuerdo los perseguirá día y noche. Lo más fácil es simplemente no participar de la bebida. Asimismo, manténganse alejados de las drogas ilícitas, que pueden destruirlos en forma absoluta; les quitarán el poder de razonamiento; los esclavizarán de una manera encarnizada y terrible; les destruirán la mente y el cuerpo. Desarrollarán en ustedes un ansia tan grande que harán cualquier cosa para satisfacerla. ¿Podría una joven en su sano juicio querer casarse con un muchacho que fuera adicto a las drogas, que fuera esclavo del alcohol o que tuviera adicción a la pornografía? Eviten la profanidad, que es de uso común en la escuela. Parecería que la gente joven se enorgulleciera en utilizar un lenguaje sucio y obsceno, y que también encontrara placer en la profanidad tomando el nombre de nuestro Señor en vano. Esto se convierte en un hábito vicioso que, si se dan el gusto de utilizarlo cuando son jóvenes, se manifestará durante toda la vida. ¿Quién querría casarse con un hombre cuyo lenguaje estuviera lleno de palabras obscenas y profanas? Existe también otro grave problema del cual los jóvenes se hacen adictos. Es la ira. Ante la provocación más pequeña, explotan en un berrinche de ira incontrolable. Es lamentable ver a alguien tan débil. Pero, lo que es peor, están propensos a perder todo sentido de razonamiento y hacen cosas que más adelante les causan remordimiento. Escuchamos mucho en estos días hablar del fenómeno del "furor en la calle". Los conductores se sienten provocados ante la más mínima exasperación; y montan en cólera, llegando incluso hasta el asesinato. Luego sigue toda una vida de lamentaciones. Como dijo el autor del libro de Proverbios: "Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad" (Proverbios 16:32). Si ustedes tienen mal carácter, ahora es el momento de controlarlo. Cuánto más lo intenten ahora que son jóvenes, más fácilmente lo lograrán. Que ningún miembro de esta Iglesia pierda jamás el control de esa forma tan innecesaria y encarnizada. Que aporte a su matrimonio palabras de paz y serenidad. Constantemente atiendo casos en que los miembros de la Iglesia, que han contraído matrimonio en el templo y que después se han divorciado, solicitan una cancelación del sellamiento del templo. Al principio, cuando se casaron, estaban llenos de grandes esperanzas y con un maravilloso espíritu de felicidad. Pero la flor del amor se marchitó en un ambiente de críticas y protestas, de palabras ruines e ira incontrolable. El amor desaparece a medida que la contención comienza a tomar forma. Vuelvo a repetir, si alguno de ustedes, los hombres jóvenes, tienen problemas en controlar su mal carácter, les ruego que comiencen desde ahora a corregirse. De otra forma, sólo aportarán lágrimas y dolor al hogar que algún día establezcan. Jacob, en el Libro de Mormón, condena a su pueblo por las iniquidades cometidas en el matrimonio. Y dice: "He aquí, habéis cometido mayores iniquidades que nuestros hermanos los lamanitas. Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros. Y a causa de lo estricto de la palabra de Dios que desciende contra vosotros, han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas" (Jacob 2:35). Esfuércense por conseguir una instrucción académica. Obtengan toda la capacitación que puedan. El mundo les pagará mayormente según lo que piense que valen. Pablo no se anduvo con rodeos cuando le escribió a Timoteo: ". . .porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo" (1 Timoteo 5:8). La obligación primordial que tienen es mantener a su familia. Su esposa será muy afortunada si no tiene que salir a competir en el campo laboral. Será doblemente bendecida si puede permanecer en casa mientras ustedes proporcionan el sustento diario de la familia. El tener estudios es la clave de la oportunidad económica. El Señor impuso a Su pueblo el mandato de buscar conocimiento, "tanto por el estudio como por la fe" (D. y C. 109:14). No hay duda de que podrán 106


mantener mejor a su familia si tienen la mente y las manos capacitadas para hacer algo que sea remunerativo en la sociedad de la que van a formar parte. Sean mesurados con lo que desean. Al comenzar la vida en común, no es necesario que tengan una casa grande, donde tengan que pagar mucho. Pueden y deben evitar el sentirse abrumados por las deudas. No hay nada que cause más tensión en el matrimonio que las deudas agobiantes que los hacen esclavos de sus acreedores. Es posible que tengan que pedir dinero para comprar una casa, pero no permitan que sea tan costosa que las preocupaciones ocupen sus pensamientos día y noche. Cuando yo me casé, mi prudente padre me dijo: "Cómprate una casa modesta y paga la hipoteca, para que de esa forma, en el caso de que surjan problemas económicos, tu esposa y tus hijos tengan un techo sobre la cabeza". La joven que se case con ustedes no deseará hacerlo con un tacaño; ni tampoco va a querer hacerlo con un derrochador. Ella tiene derecho a saber todo lo relacionado con la economía de la familia. Ella será su socia. Si no hay al respecto un entendimiento pleno y total entre ustedes y su esposa, surgirán los malos entendidos y las sospechas que causarán dificultades que pueden conducir a problemas más serios. Esa joven deseará contraer matrimonio con alguien que la ame, que confíe en ella, que ande a su lado, que sea su mejor amigo y compañero. Deseará casarse con alguien que la aliente en sus actividades de la Iglesia y en las de la comunidad que le ayudarán a desarrollar su talento y a hacer una contribución más grande a la sociedad. Deseará casarse con alguien que tenga un sentido de prestar servicio a los demás, que esté dispuesto a contribuir a la Iglesia y a otras buenas causas. Deseará casarse con alguien que ame al Señor y busque hacer Su voluntad. Por lo tanto, es conveniente que cada uno de ustedes, los jóvenes, haga planes de ir a una misión, para dar generosamente a su Padre Celestial una fracción de su vida, para ir, con un espíritu de total altruismo, a predicar el Evangelio de paz al mundo, dondequiera que se les mande. Si son buenos misioneros, regresarán con el deseo de continuar prestando servicio al Señor, de guardar Sus mandamientos y de hacer Su voluntad. Ese comportamiento aumentará considerablemente la felicidad del matrimonio. Como he dicho, ustedes desearán contraer matrimonio en un lugar, un solo lugar: la Casa del Señor. Es imposible que puedan ofrecer a su compañera un obsequio mayor que el matrimonio en la santa casa de Dios, bajo el ala protectora del convenio sellador del matrimonio eterno. No hay ningún sustituto adecuado para eso. No debe existir para ustedes ninguna otra forma. Escojan con cuidado y prudencia. La joven con la cual vayan a casarse será de ustedes para siempre. Ustedes van a amarla y ella, a su vez, los amará en las buenas y en las malas, en tiempos de abundancia y de escasez. Ella se convertirá en la madre de sus hijos. ¡Qué puede haber más grande en este mundo que ser padre de un preciado bebé, un hijo o una hija de Dios, nuestro Padre Celestial, sobre el cual se nos han dado los derechos y las responsabilidades de la mayordomía terrenal! ¡Qué tierno es un bebé! ¡Qué estupendo es un hijo! ¡Qué maravillosa es la familia! Vivan dignos de llegar a ser el padre de quien su esposa y sus hijos se sientan orgullosos. El Señor nos ha ordenado que debemos casarnos, que debemos vivir juntos en amor, paz y armonía, y que debemos criar nuestros hijos en Sus vías santas. Mis queridos jóvenes, es posible que no piensen seriamente en eso ahora, pero llegará el momento en que se enamorarán. Eso ocupará todos sus pensamientos y será el elemento principal de sus sueños. Esfuércense por ser dignos de la joven más encantadora del mundo. Manténganse dignos a lo largo de todos los días de su vida. Sean buenos, verídicos y bondadosos el uno con el otro. Hay mucha amargura en el mundo. Es mucho el dolor y el pesar que causan las palabras airadas. Son muchas las lágrimas que se derraman por culpa de la deslealtad; pero es mucha la felicidad que puede existir si nos esforzamos por ser complacientes y sentir el deseo irresistible de hacer sentir bien y feliz a nuestra compañera. A fin de cuentas, eso es lo que significa en verdad el Evangelio. La familia es una creación de Dios. Es la creación básica. La forma de fortalecer al país es fortalecer los hogares de la gente. Estoy convencido de que si buscáramos las virtudes, el uno del otro, y no los defectos, habría más felicidad en el hogar de nuestra gente. Habría muchos menos divorcios, mucha menos infidelidad, muchos menos enojos, rencores y peleas. Habría mucho más perdón, más amor, más paz y más felicidad. Así es como el Señor quiere que sea. 107


Jóvenes, ahora es el momento de prepararse para el futuro. Y, para la mayoría de ustedes, en ese futuro se encuentra una hermosa joven cuyo deseo más grande es el de unirse con ustedes en una relación eterna y duradera. No conocerán una felicidad más grande que la que encuentren en su hogar; ni tendrán ninguna otra obligación más importante que la que enfrenten allí. La calidad de su matrimonio será la verdadera señal del éxito que tengan en la vida. Que Dios les bendiga, mis queridos jóvenes. No podría desearles nada más maravilloso que el amor, el amor absoluto y total de una compañera de la cual sean merecedores y se sientan orgullosos en todos los aspectos. Esta decisión será la decisión más importante de todas las decisiones que hagan en su vida. Oro para que el cielo les sonría en las elecciones que hagan, para que sean guiados, para que vivan sin pesar, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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LA GUERRA Y LA PAZ. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Espero que los del pueblo del Señor estén en paz los unos con los otros durante los tiempos difíciles, sean cuales sean los casos de lealtades que tengan a los diversos gobiernos o partidos. Mis hermanos y hermanas, el domingo pasado, mientras me encontraba en mi estudio pensando en lo que podría decir en esta ocasión, recibí una llamada telefónica en la que se me dijo que el sargento James W. Cawley, de los marines estadounidenses, había resultado muerto en Irak. Tenía cuarenta y un años de edad, era casado y tenía dos niños pequeños. Hace veinte años, el élder Cawley fue misionero de la Iglesia en Japón. Al igual que muchos otros, creció en la Iglesia, de niño, jugaba en la escuela con sus compañeros; de diácono, servía la Santa Cena y fue hallado digno de cumplir una misión para enseñar el Evangelio de paz a la gente de Japón. Regresó a casa, sirvió en los marines, contrajo matrimonio, se hizo policía y entonces fue llamado de nuevo al servicio militar activo, a lo que respondió sin titubeos. Su vida, su misión, su servicio militar y su muerte representan las contradicciones que hay entre la paz del Evangelio y la violencia de la guerra. Por tanto, he resuelto hablar acerca de la guerra y del Evangelio que enseñamos. Hablé algo de esto en nuestra conferencia de octubre de 2001. Cuando llegué a este púlpito en esa fecha, la guerra contra el terrorismo acababa de empezar. La guerra actual es en realidad una consecuencia y una continuación de ese conflicto; y se espera que termine pronto. Al hablar de este asunto, busco la orientación del Espíritu Santo. He orado y meditado mucho con respecto a esto. Soy consciente de que es un tema muy delicado para tratar ante una congregación internacional, incluidos los que no son de nuestra fe religiosa. Las naciones de la tierra han tenido opiniones diferentes sobre la situación actual. Los sentimientos han sido intensos. Ha habido demostraciones en pro y en contra. Ahora somos una Iglesia mundial y tenemos miembros en la mayoría de las naciones que han discutido sobre ese asunto. Los de nuestro pueblo han tenido opiniones y preocupaciones. La guerra, desde luego, no es nueva. Las armas cambian. Los medios para matar y destruir se refinan de modo continuo. Pero ha habido conflictos a lo largo de la historia esencialmente por los mismos asuntos. El libro de El Apocalipsis habla en forma breve de lo que debe de haber sido un conflicto espantoso para la mente y la lealtad de los hijos de Dios. Vale la pena repetir el relato: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; 108


“pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7– 9). Isaías habla aún mas con respecto a esa gran conflicto (véase Isaías 14:12–20). La revelación moderna da luz adicional al respecto (véase D. y C. 76:25–29), lo mismo que el Libro de Moisés (véase 4:1–4), que nos habla del plan de Satanás para destruir el albedrío del hombre. A veces tendemos a glorificar los grandes imperios del pasado, como por ejemplo, el Imperio Otomano, los Imperios Romano y Bizantino, y, en tiempos más recientes, el vasto Imperio Británico. Pero hay un aspecto sombrío en cada uno de ellos. Hay un revestimiento funesto y trágico de conquista brutal, de subyugación, de represión y un precio astronómico que se ha pagado en vidas humanas y en dinero. El gran escritor inglés, Thomas Carlyle, hizo una vez el irónico comentario: “Dios debe estar riendo francamente de lo que el hombre que ha creado está haciendo aquí en la tierra” (citado en Sartor Resartus, 1836, pág. 182). Yo creo que nuestro Padre Celestial debe de haber llorado al contemplar a Sus hijos que, aquí en la tierra, a través de los siglos han desperdiciado sus divinos derechos de nacimiento destruyéndose despiadadamente unos a otros. A lo largo de la historia, han surgido tiranos de vez en cuando que han oprimido a su propia gente y amenazado al mundo. Eso es lo que se considera que ocurre en la actualidad y, por consiguiente, grandes y aterradoras fuerzas con complejos y temibles armamentos han entablado combate. Muchos miembros de nuestra propia Iglesia se han visto implicados en este conflicto. Hemos visto en la televisión y en la prensa a niños que, llorando, se aferraban a sus padres, quienes con uniforme militar, iban al frente de batalla. En una conmovedora carta que he recibido esta semana, una madre de familia me contaba de su hijo marine que sirve por segunda vez en una guerra del Oriente Medio. Me decía que la primera vez que fue a combate, “...[él] vino a casa con licencia y me pidió que saliéramos a caminar... Me rodeó con un brazo y me habló acerca del ir a la guerra. Me... dijo: ‘Mamá, tengo que ir para que tú y la familia sean libres, libres de adorar como les parezca... Y si eso me cuesta la vida... entonces, el haber dado mi vida habrá valido la pena’”. Ahora se encuentra de nuevo allá y hace poco ha escrito a la familia, diciendo: “Me siento orgulloso de estar aquí sirviendo a mi nación y nuestro modo de vida... Me siento mucho más seguro sabiendo que nuestro Padre Celestial está conmigo”. Hay otras madres, civiles inocentes, que abrazan a sus hijos con temor y miran al cielo, con desesperadas súplicas mientras la tierra que pisan se estremece con las bombas mortíferas que rugen a través del cielo nocturno. Ha habido desgracias personales en este terrible conflicto y parece que habrá más. Las protestas públicas probablemente continuarán. Líderes de otras naciones han condenado manifiestamente la estrategia de la coalición. Surge la pregunta: “¿Qué postura tiene la Iglesia con relación a este asunto?”. Primero, debe comprenderse que no tenemos nada en contra de la gente musulmana ni en contra de la de ninguna otra fe. Reconocemos y enseñamos que todas las personas de la tierra son de la familia de Dios. Y, puesto que Él es nuestro Padre, somos hermanos y hermanas que tenemos obligaciones familiares los unos para con los otros. Pero como ciudadanos, todos estamos bajo la dirección de nuestros respectivos líderes nacionales. Ellos tienen acceso a mayor información política y militar que el público general. Los militares están bajo obligación a sus respectivos gobiernos de cumplir con los mandatos de su soberano. Cuando las personas se alistaron en el servicio militar, hicieron un contrato mediante el cual están al presente comprometidos y el que han cumplido como es debido. Uno de nuestros Artículos de Fe, que representan una expresión de nuestra doctrina, dice: “Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley” (Los Artículos de Fe 12). Pero la revelación moderna nos indica que hemos de “renuncia[r] a la guerra y proclama[r] la paz” (D. y C. 98:16). 109


En una democracia podemos renunciar a la guerra y proclamar la paz. Hay oportunidad de expresar desacuerdo. Muchas personas han expresado su opinión y muy enfáticamente. Ése es su privilegio. Ése es su derecho siempre que lo hagan conforme a la ley. No obstante, todos también debemos tener presente otra responsabilidad fundamental, la cual, quisiera agregar, rige mis sentimientos personales y prescribe mi lealtad en la situación actual. Cuando la guerra era encarnizada entre los nefitas y los lamanitas, el registro dice que “inspiraba a los nefitas una causa mejor, pues no estaban luchando por... poder, sino que luchaban por sus hogares y sus libertades, sus esposas y sus hijos, y todo cuanto poseían; sí, por sus ritos de adoración y su iglesia. “Y estaban haciendo lo que sentían que era su deber para con su Dios...” (Alma 43:45–46). El Señor les aconsejó: “Defenderéis a vuestras familias aun hasta la efusión de sangre” (Alma 43:47). Y Moroni “rasgó su túnica; y tomó un trozo y escribió en él: En memoria de nuestro Dios, nuestra religión, y libertad, y nuestra paz, nuestras esposas y nuestros hijos; y lo colocó en el extremo de un asta. “Y se ajustó su casco y su peto y sus escudos, y se ciñó los lomos con su armadura; y tomó el asta, en cuyo extremo se hallaba su túnica rasgada (y la llamó el estandarte de la libertad), y se inclinó hasta el suelo y rogó fervorosamente a su Dios, que las bendiciones de libertad descansaran sobre sus hermanos...” (Alma 46:12–13). Está claro tanto en ésos como en otros escritos que hay ocasiones y circunstancias en las que las naciones tienen motivos justificados, en realidad, tienen la obligación de luchar por la familia, por la libertad y contra la tiranía, las amenazas y la opresión. Al fin de cuentas, nosotros, los de esta Iglesia, somos gente de paz. Somos seguidores de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, que fue el Príncipe de Paz. Pero aun Él dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34). Esto nos sitúa en la posición de los que anhelan la paz, de los que enseñan la paz, de los que trabajan por la paz, pero que también son ciudadanos de naciones, por lo que estamos sujetos a las leyes de nuestros gobiernos. Además, [los miembros de la Iglesia] somos amantes de la libertad y estamos obligados a defenderla cuando corramos peligro de perderla. Creo que Dios no hará responsables a los hombres ni a las mujeres militares que, como agentes de su gobierno, llevan a cabo lo que legalmente están obligados a hacer. Podrá ser, aun, que Él nos haga responsables a nosotros si intentamos impedir u obstruir el camino de los que están participando en la lucha contra fuerzas del mal y de represión. Ahora bien, hay mucho que podemos y que debemos hacer en estos tiempos peligrosos. Podemos dar nuestra opinión sobre los diversos aspectos de la situación, pero nunca digamos nada indebido ni participemos en actividades ilícitas con respecto a nuestros hermanos y a nuestras hermanas de las diversas naciones de un lado o del otro. Las diferencias políticas nunca justifican el odio ni la mala voluntad. Espero que los del pueblo del Señor estén en paz los unos con los otros durante los tiempos difíciles, sean cuales sean los casos de lealtades que tengan a los diversos gobiernos o partidos. Oremos por los que han sido llamados a portar armas para la lucha por sus respectivos gobiernos y supliquemos la protección del cielo sobre ellos para que regresen junto a sus seres queridos sanos y salvos. A nuestros hermanos y a nuestras hermanas que han puesto sus vidas en peligro, decimos que oramos por ustedes. Rogamos al Señor que vele por ustedes y que los proteja de todo daño, para que regresen a casa y vuelvan a reanudar su vida. Sabemos que no están en esa tierra desértica, cálida y de fuertes vientos porque disfrutan de la guerra. La fortaleza de su dedicación se mide con su buena disposición de dar sus propias vidas por aquello en lo que creen. Sabemos que algunos han muerto y que aún otros podrían morir en esta candente y mortífera batalla. Podemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance por consolar y bendecir a los que pierdan a seres queridos. Rogamos que los que lloran la muerte de alguien sean consolados con el consuelo que viene sólo de Cristo el Redentor. Él dijo a Sus amados discípulos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros... para que donde yo estoy, vosotros también estéis. 110


“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:1–3, 27). Suplicamos al Señor, cuya potestad es extraordinaria y cuyos poderes son infinitos, que haga llegar el fin del conflicto, un fin que resulte en una vida mejor para todos los interesados. El Señor ha dicho: “Porque yo, el Señor, reino en los cielos y entre las huestes de la tierra” (D. y C. 60:4). Podemos rogar que llegue y esperar ese maravilloso día que predijo el profeta Isaías en que los hombres “volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Isaías 2:4). Aunque vivimos en un mundo malvado, podemos vivir de modo que seamos dignos de merecer el solícito amparo de nuestro Padre Celestial. Podemos ser como los justos que vivían entre las maldades de Sodoma y Gomorra. Abraham suplicó que esas ciudades fuesen perdonadas por amor a los justos. (Véase Génesis 18:20–32). Y, sobre todo, podemos cultivar dentro de nosotros el entendimiento y el deseo de proclamar al mundo la salvación del Señor Jesucristo. Mediante Su sacrificio expiatorio, tenemos la certeza de que la vida continúa más allá del velo de la muerte. Podemos enseñar el Evangelio que llevará a la exaltación a los obedientes. Aun cuando se pelea una ruidosa guerra de muerte y las tinieblas y el odio reinan en el corazón de algunas personas, existe la inamovible, tranquilizadora, consoladora, de un amor de alcance infinito, la serena figura del Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Podemos proclamar con Pablo: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38–39). Esta vida no es más que un capítulo del plan eterno de nuestro Padre. Está llena de conflictos y de contradicciones. Algunas personas mueren jóvenes y otras viven hasta una edad avanzada. No podemos explicarlo. Pero lo aceptamos con el conocimiento seguro de que, por medio del sacrificio expiatorio de nuestro Señor, continuaremos existiendo, y lo hacemos con la consoladora seguridad de Su amor inconmensurable. Él ha dicho: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (D. y C. 19:23). Y en esas palabras, mis hermanos y hermanas, depositamos nuestra fe. Sean cuales sean las circunstancias, tenemos el consuelo y la paz de Cristo nuestro Salvador, nuestro Redentor, el Hijo viviente del Dios viviente. De ello testifico en Su santo nombre, sí, el nombre de Jesucristo. Amén.

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EL PRESIDENTE DE ESTACA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "[Los] presidentes de estaca han sido llamados bajo la misma inspiración con la que se ha llamado a las Autoridades Generales. Ruego por éstos, mis amados hermanos, para que el Espíritu del Señor descanse sobre ellos". Ahora me complace compartir unas palabras con ustedes. Primeramente, gracias por estar aquí. Nunca he visto algo semejante. Debí haber traído mis binoculares para ver a los que están sentados en la galería. En todo este recinto sólo he contado cinco asientos vacíos. Es un gran placer estar aquí. Mis hermanos, ¡qué maravilloso es el sacerdocio de Dios! No hay nada que se le compare. Se recibe únicamente por la imposición de manos de aquellos que tengan la autoridad para conferirlo. En esta dispensación, ese conferimiento se remonta a la época de Juan el Bautista y los apóstoles del Señor: Pedro, 111


Santiago y Juan. Ellos vinieron a la tierra y físicamente colocaron las manos sobre la cabeza de José Smith y Oliver Cowdery, y con voces audibles, pronunciaron las palabras del conferimiento de este maravilloso poder. Desde entonces, todo hombre que lo ha recibido lo ha hecho por medio de la imposición de manos de uno que a su vez lo recibió de la misma manera hasta llegar a su conferimiento original. No es para una clase específica. Todo hombre digno, sin tomar en cuenta nacionalidad, antecedentes étnicos o cualquier otro factor, puede recibir el sacerdocio. La obediencia a los mandamientos de Dios se convierte en el factor determinante. Su conferimiento se basa únicamente en la dignidad ante el Señor. Éste conlleva el derecho y la autoridad de gobernar en la Iglesia de Cristo. Recuerdo las experiencias que tuve hace mucho, cuando era miembro del Consejo de los Doce. Asistí a una conferencia de estaca, donde el presidente era un hombre de riqueza y afluencia. Era un hombre de mucho éxito, de acuerdo con las normas del mundo. Vivía en una casa sumamente espléndida. Me recogió en el aeropuerto en un automóvil hermoso; almorzamos en un restaurante de primera clase, y, sin embargo, demostró humildad en su oficina; estaba ansioso por aprender y siempre dispuesto a hacer lo correcto en la administración de los asuntos de su estaca. Después asistí a otra conferencia. El presidente me fue a recoger en un automóvil muy usado. Nos detuvimos en un lugar de comida rápida para comer un bocado. Su casa era sumamente modesta -arreglada, limpia y tranquila-- pero sin mobiliario opulento. Era carpintero de oficio; no poseía ninguna de las cosas extravagantes del mundo. Él, también, era un maravilloso presidente de estaca que efectuaba su deber de manera extraordinaria. Era una persona magnífica en todo respecto. Ésa es la maravilla del sacerdocio. La riqueza no es un factor; la educación no es un factor; los honores de los hombres no son un factor. El factor predominante es el ser aceptados ante el Señor. Todas las Autoridades aquí presentes podrían testificar que en la reorganización de estacas han tenido experiencias extraordinarias e inspiradoras. Recuerdo la asignación de reorganizar una estaca hace más o menos cuarenta años. El presidente había fallecido repentinamente. Las Autoridades me pidieron que fuera y hablara en el funeral y reorganizara la estaca. Nunca lo había hecho; era nuevo como Autoridad General; iba a estar totalmente solo. Al llegar, fui llevado a otra ciudad, donde participé en el servicio fúnebre. Pedí que todos los oficiales de la estaca y los obispos se quedaran después del servicio, y anuncié que a la noche siguiente se efectuaría la reorganización de la estaca. Le pedí al presidente de misión que me acompañara mientras entrevistaba a los hermanos, a los que no conocía. Entrevistamos hasta ya entrada la noche. No tardé en descubrir que había problemas en la estaca. Había sentimientos de división. Cuando terminamos, le dije al presidente de misión: "No me siento totalmente satisfecho; ¿hay más hermanos?". Respondió: "Sé únicamente de un hombre al que no hemos entrevistado; se mudó a este lugar recientemente debido a un traslado del trabajo. Es segundo consejero en el obispado. No lo conozco bien porque vive en otra ciudad". Le dije: "Vayamos a verlo". Fuimos en el auto hasta el hotel donde me hospedaría esa noche. Me encontraba ahí, después de haber entrevistado a todos esos hermanos y sin encontrar al que consideraba que fuera digno de presidir, y habiendo programado la reorganización para la noche siguiente. Ya era tarde cuando llegamos al hotel. Le llamé a ese hombre, y una voz soñolienta contestó el téléfono. Le dije que deseaba verlo esa misma noche. Me disculpé por llamarlo a tan altas horas. Me dijo: "Acababa de acostarme, pero me vestiré e iré de inmediato". Fue al hotel; la conversación que sostuvimos fue bastante interesante. Era graduado de la Universidad Brigham Young en geología petrolera; trabajaba para una gran compañía petrolera; en otras regiones había servido en puestos de responsabilidad en la Iglesia; conocía el programa de la Iglesia; había servido en una misión; conocía el Evangelio; tenía madurez en la Iglesia, y el territorio por el cual era responsable como empleado de la compañía petrolera era exactamente el mismo que el territorio de la estaca. Le dije que le llamaríamos por teléfono por la mañana y le disculpé. El presidente de misión se fue a casa y yo me acosté. Desperté aproximadamente a las tres de la mañana siguiente. Me empezaron a asaltar las dudas. Ese hombre era casi totalmente un extraño para la gente de la estaca. Salí de la cama y me arrodillé y le 112


supliqué al Señor que me guiara. No escuché una voz, pero tuve la clara impresión que me indicó: "Te dije quién debía ser el presidente de estaca. ¿Por qué sigues preguntando?". Avergonzado por importunar otra vez al Señor, me acosté y me quedé dormido. Temprano a la mañana siguiente llamé a ese hombre y le extendí el llamamiento de servir como presidente de la estaca. Le pedí que seleccionara consejeros. Esa noche, durante la reunión, había gran especulación sobre quién sería el presidente de estaca, pero nadie pensó en ese hombre. Cuando anuncié su nombre, las personas se miraban unas a otras para tratar de saber quién era. Le pedí que pasara al estrado; después anuncié a los consejeros y les pedí que pasaran también al estrado Aunque la gente no lo conocía, dieron su sostenimiento. Las cosas empezaron a cambiar en la estaca. Durante mucho tiempo, la gente había sabido que necesitaban un centro de estaca, pero por muchos años habían estado inseguros y tenían diferencias de opinión en cuanto a dónde debía construirse. Él puso manos a la obra y en menos de dieciocho meses tuvo un hermoso y nuevo centro de estaca listo para ser dedicado. Él unificó la estaca; la recorrió de arriba abajo para conocer a los miembros, y les extendió su amor. Esa estaca, que se había estancado, cobró vida y literalmente revivió con nuevo entusiasmo. Hoy día, se destaca como una estrella brillante en la gran constelación de estacas de esta Iglesia. Hermanos, les testifico que la revelación del Señor se manifiesta cuando se nombra a un presidente de estaca. Una vez hablé en esta reunión en cuanto a los obispos, y esta noche quisiera decir unas cuantas palabras acerca de los presidentes de estaca. El oficio se introdujo en la Iglesia en 1832. José Smith, el Presidente de la Iglesia era también presidente de estaca. Cuando se organizó una estaca nueva en Misuri en 1834, este modelo se cambió, llamando oficiales de entre las filas del sacerdocio. Este oficio provino de la revelación. La organización de una estaca representa la creación de una familia de barrios y ramas. El programa de la Iglesia se ha ido poniendo cada vez más complejo, por lo que han aumentado las responsabilidades de las presidencias de estaca. Se han creado estacas más pequeñas. Actualmente la Iglesia cuenta con 2.550 estacas y con la aprobación para la organización de varias más. El presidente de estaca es el oficial llamado por revelación para ocupar el lugar entre los obispos de los barrios y las Autoridades Generales de la Iglesia. Él desempeña una responsabilidad de suma importancia; recibe capacitación de las Autoridades Generales, y él, a su vez, capacita a los obispos. Un rasgo que me parece interesante es que en la Iglesia tenemos 17.789 barrios, con un obispo a la cabeza de cada uno. Están esparcidos por toda la tierra; los miembros hablan diversos idiomas y, sin embargo, son similares. Una persona puede asistir a las reuniones dominicales en Singapur o en Estocolmo, y los servicios serán iguales. Piensen en la confusión que resultaría si cada obispo siguiera su propia inclinación. La Iglesia literalmente se vendría abajo en muy corto tiempo. El presidente de estaca sirve como asesor a los obispos. Todo obispo sabe que cuando tenga que hacer frente a un problema difícil, hay alguien que está presto, a quien puede acudir, para desahogarse y recibir consejo. Él proporciona una segunda medida de seguridad al determinar quién es digno de ir a la Casa del Señor. Los obispos mantienen una estrecha relación con sus miembros; viven entre ellos como vecinos y a veces no son capaces de negarse a conceder una recomendación aunque la dignidad de la persona esté en duda. Pero el presidente de estaca también entrevista. Hasta la época de Wilford Woodruff, el Presidente de la Iglesia firmaba todas las recomendaciones para el templo, pero la tarea se hizo demasiado pesada, y a los presidentes de estaca se dio la responsabilidad de hacerlo. En este respecto han llevado a cabo una obra fenomenal. También, el presidente se convierte en un segundo filtro para determinar la dignidad de aquellos que salen a representar a la Iglesia en el campo misional. Él también entrevista al candidato, y únicamente cuando esté convencido de su dignidad firmará la recomendación. Asimismo, se le ha dado la autoridad para apartar a los que son llamados a misiones y extender relevos cuando hayan terminado su período de servicio.

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Pero lo que es más importante, él es el oficial disciplinario principal de la estaca. Los deberes de un maestro en el Sacerdocio Aarónico podrían aplicarse al presidente de estaca. Debe "velar por los miembros de toda la estaca, estar con ellos y fortalecerlos; "y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias; "y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes" (D. y C. 20:5355). Él lleva sobre sus hombros la responsabilidad sumamente pesada de ver que la doctrina que se enseñe en la estaca sea pura e incorrupta. Tiene el deber de asegurarse de que no se enseñe falsa doctrina ni de que ocurra práctica falsa. Si ese fuera el caso por parte de un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec o cualquier otra persona en algunas circunstancias, él debe aconsejarlos, y si la persona persiste en continuar esa práctica, el presidente se verá obligado a tomar las medidas necesarias. Él mandará llamar al infractor para que se presente ante un consejo disciplinario donde se tomarán las medidas para asignarle un período de probación, para suspenderle los derechos de miembro o excomulgarlo de la Iglesia. Ésta es una tarea sumamente difícil y desagradable, pero el presidente debe hacerle frente sin temor ni consideraciones. Todo esto se hace en armonía con la dirección del Espíritu y según se expone en la sección 102 de Doctrina y Convenios. Posteriormente, debe hacer todo lo posible por trabajar con la persona, y en el debido tiempo traer de nuevo a la actividad al que fue disciplinado. Todo esto y muchas cosas más forman parte de sus responsabilidades. Por lo tanto, se deduce que la propia vida de él debe ser un ejemplo ante sus miembros. Los presidentes de estaca de la Iglesia constituyen un maravilloso organismo. Habiendo sido escogidos por inspiración, son sumamente diligentes en el desempeño de sus deberes. Son hombres de talento; son hombres que tienen conocimiento en cuanto a las doctrinas y las prácticas de la Iglesia; son hombres de mucha fe; son hombres que son llamados del Señor para presidir en las áreas de su jurisdicción. Puedo decir que sé un poco en cuanto al oficio de un presidente de estaca. Mi abuelo era uno de ellos cuando sólo había 25 estacas en toda la Iglesia. Mi padre presidió durante muchos años la estaca más grande de la Iglesia. Yo fui presidente de estaca antes de ser llamado como Autoridad General. Y uno de mis hijos acaba de ser relevado después de nueve años de servicio como presidente de estaca. Todo esto representa cuatro generaciones que han servido en este puesto. Tengo una confianza total en los hombres que ocupan este puesto. Sus deberes son numerosos y grandes son sus responsabilidades. Ellos son conscientes de su insuficiencia, pero sé que oran para recibir guía y ayuda. Sé que estudian las Escrituras para recibir respuestas; sé que en la vida de ellos este trabajo ocupa un lugar primordial. Debido a la gran confianza que tenemos en ellos, suplicamos a los miembros locales que no soliciten que las Autoridades Generales les den consejo o les den bendiciones. Sus presidentes de estaca han sido llamados bajo la misma inspiración con la que se ha llamado a las Autoridades Generales. Ruego por éstos, mis amados hermanos, para que el Espíritu del Señor descanse sobre ellos. Ruego que sean inspirados en sus palabras, pensamientos y acciones. Ruego que sus hogares sean lugares de paz, amor y armonía de donde puedan extraer inspiración para su trabajo. Ruego que magnifiquen y bendigan a sus esposas e hijos, siendo la clase de esposos y padres que se destacarán como ejemplos para todos los miembros de su estaca. Ruego que cualesquiera sea su vocación, que la desempeñen con honor e integridad, que sean obreros dignos de su salario. Espero que vivan de tal manera que merezcan el respeto no sólo de las personas de nuestra fe, sino de otros con quienes se relacionen. Y cuando hayan servido durante varios años y hayan guiado a sus miembros en honor y amor, llegará el momento en que habrán de ser relevados. Su única recompensa será el amor de sus miembros y la confianza de las Autoridades Generales. No hay en la Iglesia ningún otro oficio como éste. El presidente de la estaca mantiene una relación lo suficientemente estrecha con los miembros como para conocerles y amarles, pero, sin embargo, junto con 114


sus consejeros, mantiene la distancia suficiente con el fin de tratar los asuntos con objetividad según la voluntad y el modelo del Señor. Ruego que las ricas y maravillosas bendiciones del Señor sean derramadas sobre estos hombres dedicados, para que sean hombres de rectitud, hombres de inspirado discernimiento, hombres de paciencia, hombres que amen al Señor y que amen a sus miembros. Que sean felices, y que encuentren su recompensa en la satisfacción de haber servido bien, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

EL MARAVILLOSO FUNDAMENTO DE NUESTRA FE. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Gracias sean dadas a Dios por Su maravilloso otorgamiento de testimonio, autoridad y doctrina relacionados con ésta, la Iglesia restaurada de Jesucristo. Mis queridos hermanos y hermanas, pido la inspiración del Señor al dirigirme a ustedes. No salgo de mi asombro ante la tremenda responsabilidad de dirigirme a los Santos de los Últimos Días. Estoy agradecido por su bondad y su paciencia. Ruego constantemente ser digno de la confianza de la gente. Acabo de regresar de un viaje muy largo; ha sido muy pesado, pero ha sido maravilloso estar entre los santos. Si fuese posible, dejaría a cargo de otras personas los asuntos administrativos y rutinarios de la Iglesia, y luego, me dedicaría a visitar a la gente de las ramas pequeñas así como a la de las estacas grandes. Me gustaría reunirme con los santos dondequiera que estén. Considero que todo miembro de esta Iglesia merece una visita. Lamento que debido a las limitaciones físicas ya no me sea posible saludar con un apretón de manos a todos, pero puedo mirarles a los ojos con gozo en mi corazón y expresar mi amor y dejarles una bendición. El motivo de este viaje reciente fue la rededicación del Templo de Freiberg, Alemania y la dedicación del Templo de La Haya, Holanda. Tuve la oportunidad de dedicar el Templo de Freiberg hace 17 años. Era un edificio un tanto modesto, construido en lo que antes era la República Democrática Alemana, la Zona Oriental de una Alemania dividida. Su construcción fue literalmente un milagro. El presidente Monson, Hans Ringger y otros se habían ganado la simpatía de los oficiales gubernamentales de Alemania Oriental, quienes dieron su aprobación. El templo ha sido maravillosamente útil a través de estos años. El abominable muro ya ha desaparecido, lo que facilita que nuestros miembros viajen a Freiberg. El edificio se había deteriorado después de esos años y ya era inadecuado. El templo se ha ampliado, al mismo tiempo que se ha hecho más hermoso y práctico. Efectuamos sólo una sesión dedicatoria, a la que concurrieron santos de una extensa región. En la espaciosa sala en la que nos encontrábamos sentados, podíamos ver las marcadas facciones en el rostro de muchos de esos firmes y maravillosos Santos de los Últimos Días quienes, a través de todos esos años, en los tiempos buenos como en los malos, bajo restricciones impuestas por el gobierno, y ahora en perfecta libertad, han guardado la fe, han servido al Señor y han sido grandes ejemplos. Lamento tanto no haber podido poner mis brazos alrededor de esos heroicos hermanos y hermanas y decirles lo mucho que los quiero. Si me están escuchando en estos momentos, espero que sepan de ese amor y que disculpen mi apresurada partida. De ahí viajamos hasta Francia para atender unos asuntos de la Iglesia. Luego volamos a Rotterdam y por auto fuimos hasta La Haya. El trabajar en tres naciones en un día es un horario un tanto pesado para un anciano. Al día siguiente dedicamos el Templo de La Haya, Holanda, donde se efectuaron cuatro sesiones. ¡Fue una experiencia conmovedora y maravillosa! El templo es un edificio hermoso ubicado en un buen lugar. Estoy muy agradecido por la Casa del Señor que satisfará las necesidades de los santos de Holanda, Bélgica y partes de Francia. En 1861 se enviaron misioneros a esa parte de Europa. Miles se han unido a la Iglesia, habiendo emigrado la mayoría 115


a los Estados Unidos. No obstante, ahora tenemos allí un maravilloso grupo de fieles y queridos Santos de los Últimos Días que son merecedores de una Casa del Señor en su país. Decidí que mientras nos encontrábamos en esa parte del mundo visitaríamos otras regiones. Es así que viajamos a Kiev, en Ucrania, lugar que visité hace 21 años. Allí se respira una nueva sensación de libertad. ¡Qué inspiración reunirnos con más de 3.000 santos ucranianos! Las personas se congregaron de todas partes del país a costa de grandes incomodidades y gastos para llegar allí. Una familia no podía pagar los pasajes para ir con todos sus integrantes, de modo que los padres se quedaron en casa y enviaron a sus hijos para que tuviesen la oportunidad de estar con nosotros. De ahí fuimos a Moscú, Rusia, lugar donde estuve también hace 21 años. Se ha realizado un cambio; es como la electricidad: no se puede ver pero se puede sentir. Allí también tuvimos una maravillosa reunión, con la oportunidad de conversar con importantes oficiales del gobierno, como lo habíamos hecho en Ucrania. ¡Qué valioso e inestimable privilegio el reunirnos con esos extraordinarios santos que se han congregado "uno de cada ciudad, y dos de cada familia" en el redil de Sión, en cumplimiento de la profecía de Jeremías (véase Jeremías 3:14). La vida no es fácil para ellos; sus cargas son pesadas, pero su fe es firme y sus testimonios son vibrantes. En esos lugares lejanos, desconocidos para la mayoría de los miembros de la Iglesia, la llama del Evangelio arde brillante y alumbra el camino para miles. Luego viajamos a Islandia, un bello lugar con gente bella. Allí sostuvimos una larga entrevista con el presidente de la nación, un hombre sumamente distinguido y capaz que ha estado en Utah y que se expresa muy favorablemente de nuestra gente. De nuevo nos reunimos con los santos. ¡Qué inspiración el mirar sus rostros que abarrotaban el centro de reuniones de la ciudad de Reykjavík! En todos esos lugares, y en todas las oportunidades de hablar ante tantas personas, había algo que ocupaba mi mente en todo momento: la maravilla de esta obra, su absoluta maravilla. Las palabras de nuestro gran himno que acaba de entonar el coro acudían a mi mente repetidas veces: "¡Qué firmes cimientos, oh santos de Dios, tenéis por la fe en Su palabra de amor!" ("Qué firmes cimientos" Himnos, Nº 40). Como Santos de los Últimos Días, ¿comprendemos y apreciamos de verdad la fortaleza de nuestra posición? Entre las religiones del mundo es singular y admirable. ¿Es esta Iglesia una institución educativa? Sí; constante e interminablemente nos encontramos enseñando en una gran variedad de circunstancias. ¿Es una organización social? Lo es. ¿Es una gran familia de amigos que pasan tiempo juntos y disfrutan de la compañía de unos y otros? ¿Es una sociedad de ayuda mutua? Sí. Posee un extraordinario programa para edificar la autosuficiencia y brindar ayuda a los necesitados. Es todas esas cosas y más. Pero más que eso, es la Iglesia y reino de Dios, establecidos y dirigidos por nuestro Padre Celestial y Su amado Hijo, el Señor Jesucristo resucitado, para bendecir a todos aquellos que entren en Su redil. Declaramos sin duda alguna que Dios el Padre y Su Hijo, el Señor Jesucristo, se aparecieron en persona al joven José Smith. Cuando Mike Wallace me entrevistó en el programa 60 Minutos, me preguntó si en efecto yo creía eso. Le respondí: "Sí, señor; ese es lo milagroso". Así me siento al respecto. Nuestra fortaleza entera se basa en la validez de esa visión. O sucedió o no sucedió; si no ocurrió, quiere decir que esta obra es un fraude; si ocurrió, quiere decir que es la obra más importante y maravillosa debajo de los cielos. Piensen en ello, hermanos y hermanas. Los cielos permanecieron sellados durante siglos. Varios hombres y mujeres buenos —personas realmente grandiosas y maravillosas— trataron de corregir, fortalecer y mejorar su sistema de adoración y el conjunto de su doctrina. A ellos rindo honor y respeto. El 116


mundo es un lugar mejor debido a sus acciones valientes. Aunque considero que su obra fue inspirada, no se vio favorecida con la abertura de los cielos ni con la aparición de la Deidad. Luego, en 1820, se recibió esa gloriosa manifestación en respuesta a la oración de un jovencito que en la Biblia familiar había leído las palabras de Santiago: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5). Sobre esa singular y extraordinaria experiencia se basa la validez de esta Iglesia. En todos los registros de la historia religiosa no hay nada que se le compare. En el Nuevo Testamento se encuentra el relato del bautismo de Jesús, en que se oyó la voz de Dios y el Espíritu Santo descendió como paloma. En el monte de la transfiguración, Pedro, Santiago y Juan vieron delante de ellos al Señor transfigurado; oyeron la voz del Padre, pero no le vieron. ¿Por qué tanto el Padre como el Hijo se aparecieron a un muchacho, un simple jovencito? Por una razón: Ellos vinieron para dar inicio a la más grandiosa de las dispensaciones del Evangelio de todos los tiempos, en que todas las generaciones anteriores se congregarían y se agruparían en una. ¿Duda alguien de que la época en la que vivimos sea la más maravillosa en la historia del mundo? En la ciencia, la medicina, los medios de comunicación y de transporte se ha llevado a cabo un asombroso florecimiento sin igual en todas las crónicas de la humanidad. ¿Sería razonable creer que también debería haber un florecimiento de conocimiento espiritual como parte de ese renacimiento incomparable de luz y entendimiento? El instrumento en esta obra de Dios fue un jovencito cuya mente no estaba atestada de las filosofías de los hombres. Esa mente estaba limpia y sin el adiestramiento en las tradiciones de esa época. Es fácil ver por qué la gente no acepta este relato. Es algo casi incomprensible, y sin embargo es sumamente razonable. Las personas que están familiarizadas con el Antiguo Testamento admiten la aparición de Jehová a los profetas que vivieron en esa época relativamente sencilla. ¿Pueden ellas con razón negar la necesidad de que el Dios de los cielos y Su Hijo resucitado aparecieran en este periodo sumamente complejo de la historia del mundo? Testificamos de estas cosas extraordinarias: de que Ambos vinieron, de que José les vio en Su gloria resplandeciente, de que Ellos le hablaron y que él oyó y registró Sus palabras. Conocí a alguien que decía ser intelectual, que dijo que la Iglesia era prisionera de su propia historia. Le respondí que sin esa historia no tenemos nada. La veracidad de ese acontecimiento singular, excepcional y extraordinario es el elemento fundamental de nuestra fe. Pero esa gloriosa visión era tan sólo el comienzo de una serie de manifestaciones que constituyen la historia de los primeros días de esta obra. Como si esa visión no fuese suficiente para corroborar la personalidad y la realidad del Redentor de la humanidad, a ello le siguió la aparición del Libro de Mormón; he aquí algo que el hombre podía tener en sus manos, que podía "sopesar", por así decirlo; podía leerlo, podía orar en cuanto a él, ya que contenía una promesa de que el Espíritu Santo declararía su veracidad si ese testimonio se buscaba por medio de la oración. Este libro extraordinario se yergue como un tributo a la realidad viviente del Hijo de Dios. La Biblia declara que "en boca de dos o tres testigos conste toda palabra" (Mateo 18:16). La Biblia, el testamento del Viejo Mundo, es un testigo; El Libro de Mormón, el testamento del Nuevo Mundo, es otro testigo. No puedo comprender por qué el mundo cristiano no acepta este libro. Pienso que estarían en busca de cualquier cosa y de todo lo que estableciese sin duda alguna la realidad y la divinidad del Salvador del mundo. A todo ello siguió la restauración del sacerdocio: primero, el Aarónico bajo las manos de Juan el Bautista, quien había bautizado a Jesús en el Jordán. Luego vinieron Pedro, Santiago y Juan, apóstoles del Señor, quienes confirieron en esta época aquello que habían recibido de las manos del Maestro con quien habían caminado, incluso "las llaves del reino de los cielos" con autoridad para atar en los cielos lo que ellos ataren en la tierra (véase Mateo 16:19). 117


Posteriormente se confirieron llaves adicionales del sacerdocio bajo las manos de Moisés, Elías y Elías el profeta. Piensen en ello, hermanos y hermanas. Piensen cuán maravilloso es. Ésta es la Iglesia restaurada de Jesucristo. Nosotros somos Santos de los Últimos Días. Testificamos que los cielos se han abierto, que se ha partido el velo, que Dios ha hablado y que Jesucristo se ha manifestado a Sí mismo, a lo que siguió el otorgamiento de la autoridad divina. Jesucristo es la piedra angular de esta obra, y está edificada sobre un "fundamento de. . . apóstoles y profetas" (Efesios 2:20). Esa maravillosa restauración debe hacer de nosotros personas de tolerancia, de amor al prójimo, de agradecimiento y bondad hacia los demás. No debemos ser jactanciosos; no debemos ser orgullosos. Podemos ser agradecidos, y debemos serlo; podemos ser humildes, y debemos serlo. Amamos a los miembros de otras iglesias; trabajamos juntos en buenas empresas. Les respetamos. Mas nunca debemos olvidar nuestras raíces; esas raíces que están en lo profundo del suelo del inicio de ésta, la última dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. ¡Qué inspiración ha sido el mirar el rostro de hombres y mujeres a través del mundo, quienes llevan en su corazón una convicción solemne de la veracidad de este fundamento! En lo que respecta a la autoridad divina, esto es lo más básico y fundamental de todo. Gracias sean dadas a Dios por Su maravilloso otorgamiento de testimonio, autoridad y doctrina relacionados con ésta, la Iglesia restaurada de Jesucristo. Éste debe ser nuestro grandioso y singular mensaje al mundo, el cual no ofrecemos con jactancia. Testificamos con humildad, pero con solemnidad y absoluta sinceridad. Invitamos a todos, a la tierra entera, a que escuchen este relato y evalúen su veracidad. Dios nos bendiga por creer en Sus manifestaciones divinas y nos ayude a extender el conocimiento de esos extraordinarios y gloriosos sucesos a todos los que estén dispuestos a escuchar. A éstos decimos, en un espíritu de amor: traigan todo lo bueno y toda la verdad que hayan recibido de cualquier fuente y veamos si podemos añadir a ellas. Extiendo esta invitación a los hombres y a las mujeres de todas partes con mi solemne testimonio de que esta obra es verdadera, y sé que es verdad por el poder del Espíritu Santo, en el nombre de Jesucristo. Amén.

LOS TIEMPOS EN LOS QUE VIVIMOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios". Mis queridos hermanos y hermanas, acepto esta oportunidad con humildad. Ruego tener la guía del Espíritu en lo que vaya a decir. Me acaban de entregar un recado que dice que se ha iniciado el ataque de misiles por parte de los Estados Unidos. No es necesario recordarles que vivimos en tiempos peligrosos. Quisiera hablar en cuanto a estos tiempos y nuestras circunstancias como miembros de la Iglesia. Tienen ustedes plena conciencia de los acontecimientos acaecidos el 11 de septiembre, hace menos de un mes. A raíz de ese despiadado y atroz ataque nos vemos precipitados a un estado de guerra. Es la primera guerra del siglo 21. El último siglo se ha descrito como el más arrasado por la guerra en la historia de la humanidad. Estamos a punto de entrar en otra peligrosa empresa, el desenlace y el final de la cual aún desconocemos. Por primera vez, desde que nos convertimos en una nación, Estados Unidos ha sido seriamente atacada en su masa territorial. Pero éste no fue un ataque tan sólo contra los Estados Unidos; fue un ataque sobre hombres y naciones de buena voluntad de todas partes. Estuvo bien planeado, se llevó a cabo con audacia, y los resultados fueron desastrosos. Se calcula que murieron más de 5.000 personas 118


inocentes. Entre ellas se contaban muchas de otras naciones; fue un acto cruel y astuto, de absoluta maldad. Recientemente, en compañía de varios líderes religiosos nacionales, fui invitado a la Casa Blanca para reunirnos con el presidente. Al hablarnos, fue franco y sincero. Esa misma noche, se dirigió al Congreso y a la nación con palabras inequívocas en cuanto a la determinación de Estados Unidos y de sus aliados de ir en busca de los terroristas que fueron responsables del planeamiento de esa terrible tragedia y de cualquiera que les extendiera albergue. Ahora nos preparamos para la guerra; se han movilizado grandes fuerzas y continuarán haciéndolo; se están forjando alianzas políticas. No sabemos cuánto tiempo durará ese conflicto; no sabemos lo que costará en vidas y en dinero; no sabemos la forma en que se llevará a cabo. Podría impactar la obra de la Iglesia de varias maneras. Nuestra economía nacional ha sufrido un golpe a causa de ello; ya estaba teniendo dificultades, y esto ha venido a empeorar la situación. Muchas personas están perdiendo sus trabajos; entre nuestros miembros, esto podría afectar las necesidades del programa de Bienestar, así como los diezmos de la Iglesia. Podría afectar nuestro programa misional. Somos ya una organización global; tenemos miembros en más de 150 naciones. Es posible que la administración de este vasto programa mundial se haga más difícil. Aquellos de nosotros que somos ciudadanos norteamericanos apoyamos firmemente al presidente de nuestra nación. Se debe hacer frente a las terribles fuerzas del mal y hacérseles responsables de sus acciones. Éste no es un asunto de cristianos contra musulmanes. Me complace ver que se estén donando alimentos para la gente hambrienta de una de esas naciones que es el blanco de operaciones militares. Valoramos a nuestros vecinos musulmanes a través del mundo y esperamos que aquellos que viven de acuerdo con los principios de su fe no vayan a sufrir. Suplico, de modo particular, que de ninguna manera nuestros miembros sean cómplices en la persecución de los inocentes. En vez de ello, seamos amigables y prestemos ayuda, protección y apoyo. Son las organizaciones terroristas las que se deben descubrir y derrotar. Nosotros, los de esta Iglesia, sabemos algo en cuanto a ese tipo de grupos. En el Libro de Mormón se habla de los ladrones de Gadiantón, una despiadada organización secreta, vinculada con juramentos, empeñada en la maldad y la destrucción. En aquella época, hicieron todo lo posible, mediante cualquier medio, de acabar con la Iglesia, de atraer a la gente con la sofistería y a tomar control de la sociedad. Vemos la misma cosa en la situación actual. Somos gente pacífica; somos seguidores del Cristo que fue y es el Príncipe de Paz. Pero hay ocasiones en las que tenemos que defender la rectitud y la decencia, la libertad y la civilización, tal como Moroni congregó a su pueblo en su época para defender a sus esposas y a sus hijos y la causa de la libertad (véase Alma 48:10). La otra noche, en el programa de televisión de Larry King se me preguntó qué pensaba de aquellas personas que, en el nombre de su religión, llevaban a cabo actividades tan abominables. Contesté: "La religión no ofrece protección para la iniquidad, la maldad ni ese tipo de cosas. El Dios en el que yo creo no fomenta esa clase de acciones. Él es un Dios de misericordia; Él es un Dios de amor; Él es un Dios de paz y consuelo, y acudo a Él en tiempos como éste como guía y una fuente de fortaleza". Los miembros de la Iglesia en ésta y otras naciones están participando actualmente con muchos otros en una gran empresa internacional. En la televisión vemos a los que están en el servicio militar despidiéndose de seres queridos, sin saber si volverán. Está afectando los hogares de nuestros miembros. Unidos, como Iglesia, debemos arrodillarnos e invocar los poderes del Todopoderoso en beneficio de aquellos que llevarán la carga de esta campaña. Nadie sabe cuánto tiempo durará; nadie sabe precisamente dónde se lidiará; nadie sabe lo que pueda implicar. El tamaño y la naturaleza de la tarea que hemos emprendido son imposibles de prever por el momento. Son ocasiones como éstas las que repentinamente nos hacen darnos cuenta que esta vida es frágil, que la paz es frágil, que la civilización misma es frágil. La economía en particular es vulnerable. Una y otra 119


vez se nos ha aconsejado en cuanto a la autosuficiencia, en cuanto a las deudas, en cuanto a la frugalidad. Muchos de nuestros miembros están sumamente endeudados por cosas que no son del todo necesarias. Cuando yo era joven, mi padre me aconsejó que construyera una casa modesta, que satisficiera las necesidades de mi familia, y que la hiciera hermosa, atractiva, cómoda y segura. Me aconsejó que pagara la hipoteca tan rápidamente como pudiera para que, no importara lo que sucediera, tuviera un techo para mi esposa y mis hijos. Me crié con ese modo de pensar. Insto a los miembros de la Iglesia que de lo posible salgan de sus deudas, y que tengan un poco de dinero en reserva para tiempos de necesidad. No podemos proveer para toda contingencia, pero sí podemos proveer para muchas contingencias. Que la actual situación nos sirva de recordatorio de que eso es lo que debemos hacer. Tal como se nos ha aconsejado continuamente durante más de 60 años, almacenemos alimentos que nos sostengan durante un tiempo en caso de necesidad, pero no nos llenemos de pánico ni nos vayamos a los extremos; seamos prudentes en todo respecto. Y sobre todo, mis hermanos y hermanas, sigamos adelante con fe en el Dios Viviente y en Su Hijo Amado. Grandiosas son las promesas en cuanto a esta tierra de América. Inequívocamente se nos dice que "es una tierra escogida, y cualquier nación que la posea se verá libre de la esclavitud, y del cautiverio, y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo" (Éter 2:12). Éste es el meollo del asunto: la obediencia a los mandamientos de Dios. La Constitución bajo la cual vivimos y la cual no sólo nos ha bendecido sino que se ha convertido en el modelo para otras constituciones, es nuestra seguridad nacional inspirada por Dios, que asegura libertad, justicia e igualdad ante la ley. No sé lo que nos deparará el futuro; no deseo sonar negativo, pero quisiera recordarles las advertencias de las Escrituras y las enseñanzas de los profetas que hemos tenido constantemente ante nosotros. No puedo olvidar la gran lección del sueño de Faraón sobre las vacas gordas y las flacas y sobre las espigas hermosas y las marchitas. No puedo quitar de mi mente las desalentadoras amonestaciones del Señor que se encuentran en el capítulo 24 de Mateo. Estoy familiarizado, al igual que ustedes, con las declaraciones de la revelación moderna de que vendrá el tiempo en que la tierra será limpiada y habrá aflicciones indescriptibles, con llanto, lloro y lamentación (véase D. y C. 112:24). Ahora bien, no quiero ser un alarmista; no quiero ser un profeta de calamidades. Soy optimista. No creo que haya llegado el tiempo en el que una total destrucción acabe con nosotros. Ruego fervientemente que no sea así. Hay tanto aún por hacer de la obra del Señor. Nosotros, y nuestros hijos después que nosotros, debemos llevarla a cabo. Les aseguro que nosotros, los que somos responsables de la administración de los asuntos de la Iglesia, seremos prudentes y cuidadosos como hemos tratado de serlo en el pasado. Los diezmos de la Iglesia son sagrados. Se distribuyen de la manera que el Señor mismo dispone. Nos hemos convertido en una organización sumamente grande y compleja; llevamos a cabo muchos programas extensos y costosos, pero les aseguro que no excederemos nuestros ingresos. No pondremos a la Iglesia en deuda; adaptaremos lo que hagamos a los recursos disponibles. Cuán agradecido estoy por la ley del diezmo; es la ley de finanzas del Señor. Se establece en breves palabras en la sección 119 de Doctrina y Convenios. Proviene de la sabiduría del Señor. A todo hombre y mujer, a todo niño y niña, a toda criatura de esta Iglesia que pague un diezmo justo, sea grande o pequeño, expreso mi gratitud por la fe de sus corazones. Les recuerdo a ustedes, y a aquellos que no pagan diezmos pero que deberían hacerlo, que el Señor ha prometido maravillosas bendiciones (véase Malaquías 3:10– 12). También ha prometido que "el que es diezmado no será quemado en su venida" (D. y C. 64:23). Expreso agradecimiento a los que pagan ofrendas de ayuno. El costo para el donante es nada más que dos comidas al mes. Esto es el fundamento de nuestro Programa de Bienestar, cuyo objetivo es ayudar a los necesitados. 120


Ahora bien, todos sabemos que la guerra, la contención, el odio, el sufrimiento de la peor clase no son cosas nuevas. El conflicto que vemos hoy día es tan sólo otra expresión del conflicto que empezó con la guerra en los cielos. Cito del libro de Apocalipsis: "Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; "pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. "Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. "Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo" (Apocalipsis 12:7–10). Eso debió haber sido un terrible conflicto. Las fuerzas del mal luchaban contra las fuerzas del bien. El gran impostor, el hijo de la mañana, fue derrotado y desterrado, llevando consigo un tercio de las huestes de los cielos. El libro de Moisés y el libro de Abraham proporcionan luz adicional en cuanto a esa lucha. Satanás habría despojado al hombre de su albedrío y hubiera tomado para sí todo el mérito, el honor y la gloria. En oposición a esto se encontraba el plan del Padre, el cual el Hijo afirmó que cumpliría, bajo el cual Él vino a la tierra y dio Su vida para expiar los pecados de la humanidad. Desde los días de Caín hasta la actualidad, el adversario ha sido el gran organizador de los terribles conflictos que han traído tanto sufrimiento. La traición y el terrorismo empezaron con él, y continuarán hasta que el Hijo de Dios regrese a gobernar y reinar con paz y rectitud entre los hijos y las hijas de Dios. A través de las eras del tiempo, hombres y mujeres, muchos, muchos de ellos, han vivido y han muerto. Es posible que algunos mueran en el conflicto que está por venir. Para nosotros, y testificamos solemnemente de ello, la muerte no será el fin. Hay vida en el más allá tan ciertamente como la hay aquí. A través del gran plan que se convirtió en la esencia misma de la batalla en el cielo, los hombres seguirán viviendo. Job preguntó: "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? (Job 14:14). Luego declaró: "Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; "Y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; "Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro" (Job 19:25–27). Ahora bien, hermanos y hermanas, debemos cumplir con nuestro deber cualquiera sea ese deber. Es posible que no tengamos paz por un tiempo; algunas de nuestras libertades se verán restringidas; quizás pasaremos inconvenientes; o tal vez incluso seamos llamados a sufrir de una manera u otra. Pero Dios nuestro Padre Eterno protegerá esta nación y a todo el mundo civilizado que acuda a Él. Él ha declarado: "Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová" (Salmos 33:12). Nuestra seguridad yace en el arrepentimiento. Nuestra fortaleza proviene de la obediencia a los mandamientos de Dios. Oremos siempre; oremos por la rectitud; oremos por las fuerzas del bien. Tendamos una mano para ayudar a hombres y mujeres de buena voluntad de cualquier religión y doquiera que vivan. Permanezcamos firmes en contra del mal, tanto aquí como en el extranjero. Vivamos dignos de las bendiciones del cielo, reformando nuestra vida en lo que sea necesario, y al acudir a Él, el Padre de todos nosotros. Él ha dicho: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Salmos 46:10). ¿Son éstos tiempos peligrosos? Lo son. Pero no hay necesidad de temer. Podemos tener paz en nuestros corazones y paz en nuestros hogares. Cada uno de nosotros puede ser una influencia para bien en este mundo. Que el Dios del cielo, el Todopoderoso, nos bendiga y nos ayude al andar por nuestros diferentes caminos en los días inciertos que se aproximan. Que acudamos a Él con fe inquebrantable. Que con dignidad confiemos en Su Amado Hijo quien es nuestro Redentor, ya sea en vida o en muerte, es mi oración en Su santo nombre, sí, el nombre de Jesucristo. Amén.

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LAS COSAS GRANDES QUE DIOS HA REVELADO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Seguimos adelante en el firme cimiento del divino llamamiento del profeta José y de las revelaciones de Dios que se recibieron por medio de él. Mis hermanos y hermanas, como se nos ha recordado, el próximo diciembre conmemoraremos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. Entretanto, se realizarán muchas cosas para celebrar esta importante ocasión. Se publicarán libros, se efectuarán simposios en los que participarán diversos eruditos, habrá espectáculos, una nueva película y muchas otras actividades. Previendo todo esto, y por ocupar el décimo quinto lugar de sucesión desde que él lograra el punto culminante de su labor, he sentido la impresión de expresar mi testimonio de su llamamiento divino. Tengo en mi mano un pequeño libro valioso que fue publicado en Liverpool, Inglaterra, por Orson Pratt, en 1853, hace 152 años. Es la narración de Lucy Mack Smith sobre la vida de su hijo. Relata, con algunos detalles, las diversas conversaciones que José tuvo con el ángel Moroni y la salida a la luz del Libro de Mormón. En el libro dice que al enterarse del encuentro que José tuvo con el ángel, su hermano Alvin sugirió que la familia se reuniera y lo escuchara detallar “las grandes cosas que Dios te ha revelado” (Biographical Sketches of Joseph Smith the Prophet and His Progenitors of Many Generations, pág. 84). Utilizo esa afirmación como el tema de mi discurso: las grandes cosas que Dios ha revelado por conducto del profeta José. Permítanme mencionar algunas de las muchas doctrinas y prácticas que nos distinguen de todas las demás iglesias, todas las cuales han provenido de la revelación dada al joven Profeta. Ustedes las conocen, pero vale la pena su repetición y reflexión. La primera de ellas, por supuesto, es la manifestación de Dios mismo y de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo resucitado. Según mi opinión, esta grandiosa visión es el acontecimiento más sublime que ha acaecido desde el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor en el meridiano de los tiempos. No existe registro de ningún otro acontecimiento que se le iguale. Durante siglos, los hombres se han congregado y han argüido en cuanto a la naturaleza de la Deidad. En el año 325, Constantino convocó en Nicea a eruditos de varias facciones. Después de dos meses de enconado debate, llegaron a un acuerdo sobre la definición que por generaciones ha llegado a ser, entre los cristianos, la declaración doctrinal sobre la Deidad. Los invito a leer esa definición y a compararla con la declaración del joven José, que dice simplemente que Dios apareció ante él y le habló. José le vio y le oyó; tenía la forma de hombre, un ser tangible; a Su lado estaba el Señor resucitado, un ser distinto, a quien presentó como Su Amado Hijo, y con quien José también habló. Yo creo que en el breve período de esa extraordinaria visión José aprendió más en cuanto a la Deidad que todos los eruditos y los clérigos del pasado. En esa revelación divina se reafirmó, sin duda alguna, la realidad de la resurrección literal del Señor Jesucristo. Este conocimiento de la Deidad, que estuvo escondido del mundo durante siglos, fue la primera cosa grandiosa que Dios le reveló a Su siervo escogido. Y sobre la realidad y la veracidad de esta visión descansa la validez de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hablaré ahora de otra cosa muy importante que Dios ha revelado. 122


El mundo cristiano acepta la Biblia como la palabra de Dios, pero la mayoría no tiene idea de cómo fue que la obtuvimos. Acabo de terminar de leer un libro recién publicado por un famoso erudito. De la información que él presenta, se deduce que los diversos libros de la Biblia fueron organizados en lo que parece ser un orden poco sistemático. En algunos casos, los escritos no se produjeron sino hasta mucho después de ocurridos los hechos que describen. Uno se podría preguntar: “¿Es verdadera la Biblia? ¿Es en verdad la palabra de Dios?”. Nosotros respondemos que lo es, hasta donde esté traducida correctamente. La mano del Señor tuvo que ver con su creación; pero ya no está sola; hay otro testigo de las verdades poderosas e importantes que en ella se encuentran. La Escritura declara que “por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). El Libro de Mormón ha salido a la luz por el don y el poder de Dios; habla como una voz desde el polvo en testimonio del Hijo de Dios; habla de Su nacimiento, de Su ministerio, de Su crucifixión y resurrección, y de Su aparición a los justos en la tierra de Abundancia en el nuevo mundo. Es algo que se puede palpar, que se puede leer, que se puede poner a prueba. Dentro de sus cubiertas lleva la promesa de su origen divino. Millones de personas ya lo han puesto a prueba y han descubierto que es un registro verdadero y sagrado. Ha sido designado por las personas que no son de nuestra fe como uno de los veinte libros alguna vez publicados en los Estados Unidos que ha surtido la mayor influencia en las personas que lo han leído. Así como la Biblia es el testamento del viejo mundo, el Libro de Mormón es el testamento del nuevo mundo, y van de la mano al declarar a Jesucristo como el Hijo de Dios. Tan sólo en los últimos 10 años se han distribuido 51 millones de ejemplares, y está disponible en 106 idiomas. Este libro sagrado, que salió a la luz como una revelación del Todopoderoso, es en verdad otro testamento de la divinidad de nuestro Señor. Creo que todo el mundo cristiano debe procurarlo, darle la bienvenida y abrazarlo como un testimonio vibrante, ya que representa otro grandioso y básico aporte que llegó como una revelación al Profeta. Otra de ellas es el sacerdocio restaurado. El sacerdocio es la autoridad para actuar en el nombre de Dios; esa autoridad es la clave de cualquier religión. Recientemente leí otro libro, el cual trata de la apostasía de la Iglesia Primitiva. Si la autoridad de esa Iglesia se perdió, ¿cómo se habría de restaurar? La autoridad del sacerdocio provino del único lugar del que podía provenir, o sea, del cielo; se confirió bajo las manos de aquellos que lo poseyeron cuando el Salvador anduvo en la tierra. Primero, estaba Juan el Bautista, quien confirió el Sacerdocio Aarónico o menor; a esto le siguió una visita de Pedro, Santiago y Juan, Apóstoles del Señor Jesucristo, quienes confirieron sobre José y Oliver Cowdery el Sacerdocio de Melquisedec, el cual habían recibido estos Apóstoles de las manos del Señor mismo, cuando en vida dijo: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19). Cuán bello es el despliegue del modelo de la restauración, que llevó a la organización de la Iglesia en el año 1830, cumpliéndose esta semana 175 años. El nombre mismo de la Iglesia vino por revelación. ¿De quién era la Iglesia? ¿De José Smith? ¿Era de Oliver Cowdery? No, era la Iglesia de Jesucristo, restaurada en la tierra en estos últimos días. Otra grandiosa y singular revelación dada al Profeta fue el plan para la vida eterna de la familia. La familia es una creación del Todopoderoso; representa la más sagrada de todas las relaciones; representa la más importante de todas las empresas; es la organización fundamental de la sociedad. Mediante las revelaciones de Dios a Su Profeta provinieron la doctrina y la autoridad bajo las cuales las familias son selladas no sólo por esta vida, sino por toda la eternidad. 123


Creo que si tuviésemos la capacidad de enseñar eficazmente esta doctrina singular, atraería el interés de millones de esposos y de esposas que se aman el uno al otro y que aman a sus hijos, pero cuyo matrimonio es en efecto únicamente “hasta que la muerte los separe”. La inocencia de los niños es otra revelación que Dios ha dado por conducto del profeta José. La práctica general es el bautismo de los niños para quitar los efectos de lo que se describe como el pecado de Adán y de Eva. Bajo la doctrina de la Restauración, el bautismo es para la remisión de nuestros pecados individuales y personales; se convierte en un convenio entre Dios y el hombre, y se lleva a cabo al llegar a la edad de responsabilidad, cuando las personas tienen la edad suficiente para distinguir lo bueno de lo malo. Se lleva a cabo por inmersión como símbolo de la muerte y de la sepultura de Jesucristo y de Su salida en la resurrección. Mencionaré otra verdad revelada. Se nos dice que Dios no hace acepción de personas y, sin embargo, que yo sepa, en ninguna otra iglesia se han tomado medidas para que las personas que están más allá del velo de la muerte reciban toda bendición que se concede a los vivos. La gran doctrina de la salvación de los muertos atañe exclusivamente a esta Iglesia. Los hombres se jactan de que son “salvos”, y a la vez, reconocen que sus antepasados no han sido y no pueden ser salvos. La expiación de Jesucristo en favor de todos representa un gran sacrificio vicario. Él estableció el modelo bajo el cual llegó a ser el representante de toda la humanidad. Este modelo, mediante el cual un hombre puede actuar en favor de otro, se lleva a cabo en las ordenanzas de la casa del Señor, lugar donde servimos en favor de aquellos que han muerto sin el conocimiento del Evangelio. Esas personas tienen la opción de aceptar o de rechazar la ordenanza efectuada; se encuentran al mismo nivel de las personas que están en la tierra. A los muertos se les da la misma oportunidad que a los vivos. Repito, ¡qué glorioso y maravilloso es que el Todopoderoso haya tomado esas medidas por medio de Su revelación a Su Profeta! Se ha revelado la naturaleza eterna del hombre; somos hijos e hijas de Dios. Dios es el Padre de nuestro espíritu; vivimos antes de venir aquí; teníamos una personalidad. Nacimos en esta vida bajo un plan divino, y estamos aquí para probar nuestra dignidad, actuando con el albedrío que Dios nos ha dado. Al morir, seguiremos viviendo. Nuestra vida eterna se compone de tres fases: una, nuestra existencia preterrenal; dos, nuestra existencia terrenal; y tres, nuestra existencia posterrenal. Al morir, salimos de este mundo y traspasamos el velo hacia la esfera en la que somos dignos de entrar. Ésta, vuelvo a repetir, es una doctrina única, singular y preciosa de esta Iglesia, la cual se ha recibido por medio de la revelación. Les presento este breve resumen del enorme derramamiento de conocimiento y autoridad de Dios sobre la cabeza de Su Profeta. Si hubiese más tiempo hablaría de otras, y hay una más que debo mencionar. Es el principio de la revelación moderna. El artículo de fe que el Profeta escribió dice: “Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Los Artículos de Fe 9). Una Iglesia que crece, una Iglesia que se está extendiendo en la tierra en estos tiempos difíciles, necesita revelación constante de los cielos para guiarla y llevarla adelante. Con oración, y con el afán de buscar la voluntad del Señor, testificamos que se recibe dirección, que la revelación llega y que el Señor bendice Su Iglesia mientras avanza en su sendero señalado. Seguimos adelante en el firme cimiento del divino llamamiento del profeta José y de las revelaciones de Dios que se recibieron por medio de él. Mucho es lo que se ha logrado al llegar al día actual, pero es mucho lo que aún se tiene que hacer para llevar este Evangelio restaurado a “toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6). Me llena de alegría la oportunidad de relacionarme con ustedes a medida que avanzamos con fe. A veces la carga es pesada, como bien lo saben, pero no nos quejemos. Andemos con fe, y hagamos todos nuestra parte. En este año de celebración, por medio de nuestros propios hechos, honremos al Profeta por conducto de quien Dios ha revelado muchas cosas. 124


José Smith nació un día frío de 1805 en el estado de Vermont; su vida acabó una cálida tarde de 1844 en el estado de Illinois. Durante los breves 38 años y medio de su vida recibió un torrente incomparable de conocimiento, de dones y de doctrina. Desde un punto de vista objetivo, no hay nada que se le compare; desde uno subjetivo, es la sustancia del testimonio personal de millones de Santos de los Últimos Días de todo el mundo. Ustedes y yo tenemos el honor de encontrarnos entre éstos. Cuando era niño, me encantaba escuchar a un hombre cantar las palabras de John Taylor con su sonora voz de barítono: ¡El Vidente, el Vidente, José el Vidente!… Su amado recuerdo tengo siempre presente. Amigo del hombre y por Dios elegido, de nuevo a la tierra el sacerdocio ha traído. El pasado veía, el futuro observó… y el plan celestial a todos mostró. (“El Vidente, José, el Vidente”, edición de 1948 de Hymns, Nº 296). Él fue un vidente de verdad; fue un revelador; fue un profeta del Dios viviente que le ha hablado a su propia generación y a todas las generaciones futuras. A esto agrego mi solemne testimonio de la divinidad de su llamamiento, de la virtud de su vida y del sellamiento de su testimonio con su muerte, en el sagrado nombre de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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TUVE HAMBRE, Y ME DISTEIS DE COMER” PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia… Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios. En 1936, hace sesenta y ocho años, una de las secretarias del Quórum de los Doce me comentó lo que un miembro de ese quórum le había dicho, que en la siguiente conferencia general se iba a anunciar un nuevo programa que se llegaría a reconocer como algo aún más notable que la llegada de los pioneros a estos valles. Haciendo un paréntesis, nunca deben comentarle a su secretaria nada que se suponga que deba ser confidencial, y ella no debería compartir con nadie ninguna información confidencial que se le haya dado. Eso sucedió en aquel entonces, pero con toda seguridad que ya no sucede hoy. ¡Claro que no! Debo agregar que mis capaces secretarias nunca han sido culpables de semejante abuso de confianza. Como bien lo saben quienes estén familiarizados con la historia, en aquel momento se anunció el Plan de Seguridad de la Iglesia, al que más adelante se le dio el nombre de Programa de Bienestar de la Iglesia. Me preguntaba en aquellos días cómo lo que hiciera la Iglesia podría eclipsar en la mente de persona alguna la histórica congregación de nuestra gente en estos valles del oeste de los Estados Unidos. Aquel fue un acontecimiento de dimensiones tan extraordinarias que pensé que nada llegaría jamás a ser tan digno de mención, pero he descubierto algo interesante en los últimos tiempos. En la Oficina de la Primera Presidencia recibimos a muchos visitantes distinguidos, entre ellos, jefes de estado y embajadores de naciones. Hace pocas semanas nos visitó el alcalde de una de las ciudades más reconocidas del mundo y después el vicepresidente y el embajador de Ecuador, el embajador de Lituania, el embajador de Bielorrusia y otros. En nuestras conversaciones, ni uno solo de ellos hizo referencia al gran éxodo de nuestros pioneros, pero cada uno, en forma independiente, habló con gran admiración de nuestro programa de bienestar y de nuestros esfuerzos humanitarios. 125


Así que, al dirigirme a ustedes en esta gran reunión del sacerdocio, quisiera decir algunas cosas sobre nuestra labor a favor de los necesitados en varias partes del mundo, ya sea que fueren miembros de la Iglesia o no. Cuando el programa de bienestar como lo conocemos hoy fue puesto en marcha, tenía como fin atender las necesidades de nuestra propia gente. En años subsiguientes, decenas de miles de personas han recibido asistencia. Obispos y presidentas de Sociedad de Socorro han podido disponer de alimentos, ropa y otros artículos de primera necesidad para hacerlos llegar a los necesitados. Una cantidad incalculable de miembros de la Iglesia ha prestado servicio voluntario en la producción de lo que se requería. Ahora tenemos en funcionamiento 113 almacenes, 63 granjas, 105 plantas de enlatado y centros de almacenamiento doméstico, 18 plantas de procesado y distribución de alimentos y muchas otras instalaciones. No sólo se han satisfecho las necesidades de miembros de la Iglesia, sino que la ayuda se ha extendido a muchos más. Aquí mismo, en la comunidad de Salt Lake City, muchos desposeídos son alimentados a diario por instituciones no afiliadas a la Iglesia pero que emplean nuestras provisiones de bienestar. Aquí, en esta ciudad, así como en un buen número de otros lugares, operamos magníficos establecimientos donde no hay cajas registradoras ni se hacen transacciones monetarias al poner alimentos, ropa y otros artículos a disposición de los necesitados. No creo que se pueda encontrar mejor leche, carne ni harina en los estantes de ningún mercado que las que se distribuyen desde los almacenes del obispo. Los principios sobre los cuales operan estos establecimientos son básicamente los mismos que los del comienzo. Se espera que los necesitados hagan todo cuanto puedan para abastecerse a sí mismos. Después, sus respectivas familias tal vez puedan ayudarles y por último, entran en juego los recursos de la Iglesia. Creemos en las palabras de nuestro Señor y las tomamos muy en serio. Él dijo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; “estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:34–36). Es así como el Señor vela por los necesitados, a quienes, dijo Él, “siempre tendréis con vosotros” (véase Mateo 26:11). Los que están en condiciones, trabajan en forma voluntaria en bien de aquellos que no están en condiciones. El año pasado se donaron 563.000 días de trabajo en instalaciones de bienestar, el equivalente a un obrero que trabaja 8 horas diarias durante 1.542 años. En una reciente edición del Church News se publicó un artículo sobre un grupo de granjeros en una pequeña comunidad del estado de Idaho. Permítanme leerles parte del mismo: “Son las 6:00 de la mañana de un día de otoño y la helada se siente en el aire sobre las plantaciones de remolacha en Rupert, Idaho. “Los largos brazos de las máquinas remolacheras se extienden por encima de las doce hileras de plantas para cortar las hojas. Detrás de las remolacheras, las cosechadoras clavan sus dedos de metal en la tierra y extraen la remolacha, colocándola sobre una cinta que la transporta hasta un camión… “Estamos en la Granja de Bienestar de Rupert, Idaho y quienes están trabajando hoy aquí son voluntarios… Por momentos vemos más de sesenta máquinas trabajando al unísono… todas de propiedad de granjeros locales”. El trabajo prosigue a lo largo del día. “Son las 7:00 de la tarde… el sol ya se ha puesto, dejando la tierra nuevamente a oscuras y fría. Los granjeros se marchan a sus hogares, exhaustos y felices. “Otra jornada llega a su reconfortante fin.

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“Esos hombres han cosechado las remolachas del Señor” (Neil K. Newell, “A Harvest in Idaho”, Church News, 20 de marzo de 2004, pág. 16). Ese magnífico servicio voluntario se lleva a efecto constantemente para mantener abastecidos los almacenes del Señor. Desde sus mismos comienzos, el programa no se ha limitado a la ayuda a los necesitados sino que también ha instado a las familias de la Iglesia a estar preparadas. Nunca se sabe cuándo pueda sobrevenir una catástrofe; o enfermedades, desempleo o accidentes. El año pasado el programa ayudó a familias a almacenar 8.165 toneladas métricas de alimentos básicos para tiempos de necesidad. Es de esperar que esos tiempos nunca lleguen, pero el saber que tales alimentos están almacenados nos trae tranquilidad y nos proporcionan la satisfacción de haber obedecido el consejo que se nos dio. Ahora se ha añadido otro objetivo al programa de bienestar. Comenzó hace algunos años cuando la sequía en África causó hambre y muerte a una innumerable cantidad de personas. Se invitó a los miembros de la Iglesia a contribuir a un gran esfuerzo humanitario para satisfacer las necesidades de esa gente sumida en la pobreza. Las contribuciones de ustedes han sido numerosas y generosas. El trabajo ha continuado pues hay graves necesidades en muchos otros lugares. El alcance de esta ayuda se ha transformado en un milagro. Millones de kilogramos de comida, medicamentos, mantas, tiendas, ropa y otros artículos han servido para prevenir hambruna y desolación en varias partes del mundo. Se han cavado pozos, se han plantado cultivos y se han salvado vidas. Permítanme darles un ejemplo. Neil Darlington es un ingeniero químico que trabajó para una prestigiosa firma industrial de Ghana y con el tiempo se jubiló. Él y su esposa fueron entonces llamados a servir una misión y fueron enviados a ese país. El hermano Darlington dijo: “Estábamos como representantes de la Iglesia en zonas de hambruna, enfermedad y disturbios sociales, extendiendo una mano de ayuda a los indigentes, los hambrientos y los afligidos”. En pequeños poblados perforaron nuevos pozos y repararon algunos que ya estaban viejos. Quienes disfrutamos de agua fresca y potable en abundancia ni siquiera podemos imaginarnos las circunstancias de aquellos que no la tienen. ¿Pueden visualizar a este devoto matrimonio misionero Santo de los Últimos Días? Ellos perforan la tierra seca y el taladro llega a la capa de agua y el milagroso líquido brota en la superficie y humedece el suelo seco y sediento. Entonces hay regocijo y también lágrimas. Ahora hay agua para beber, agua con la cual lavar, agua para los cultivos. No hay nada más atesorado en una tierra seca que el agua. Qué cosa tan hermosa es el agua que brota de un nuevo pozo. En una ocasión, cuando los jefes de la tribu y los ancianos del poblado se reunieron para agradecerles, el hermano Darlington y su esposa preguntaron si estaría bien si les cantaran una canción. Miraron en los ojos de aquellos hombres y mujeres de tez oscura que tenían delante de sí y cantaron: Soy un hijo de Dios, como una expresión de hermandad entre ellos. Este matrimonio, a través de sus esfuerzos, ha llevado agua a cerca de 190.000 personas en remotos poblados y campamentos de refugiados. Piensen en el milagro de este logro. Y ahora, literalmente miles de matrimonios como ellos, matrimonios que pudiendo haberse entregado hasta el fin de sus vidas a actividades sin mayor valor, han servido y sirven de muchas formas en muchos lugares. Han trabajado y siguen trabajando en zonas empobrecidas del continente americano; han trabajado y siguen haciéndolo en la India y en Indonesia, en Tailandia y en Camboya, en Rusia y los países bálticos, y así la obra sigue creciendo. Uniéndonos al esfuerzo de otras instituciones, la Iglesia ha facilitado recientemente sillas de ruedas a unas 42.000 personas inválidas. Piensen en lo que esto significa para quienes hasta ahora habían tenido que arrastrarse para desplazarse de un lugar a otro. Con la colaboración de abnegados médicos y enfermeras, se brindó capacitación sobre resucitación de neonatos a cerca de 19.000 profesionales tan sólo en el año 2003. Como consecuencia de ello se salvará la vida de miles de recién nacidos.

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El año pasado se diagnosticó a unas 2.700 personas con problemas en la vista y se capacitó a 300 especialistas de diferentes lugares en cuanto a nuevos procedimientos. Literalmente, se les devolvió la vista a los ciegos. Donde hubo inundaciones, donde se verificaron desastrosos terremotos, donde el hambre sigue azotando la tierra, dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia. El año pasado se hicieron contribuciones por un valor aproximado a los 98 millones de dólares en efectivo y en especie, llevando la suma total de donativos a los 643 millones de dólares en sólo 18 años. Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios. Al viajar por el mundo, he estado con quienes se han beneficiado con nuestra generosidad. En 1998 visité las zonas de Centroamérica que fueron destruidas por el Huracán Mitch. Allí la distribución de alimentos y ropa fue rápidamente organizada y el proceso de limpieza y reconstrucción de hogares destrozados y de vidas despedazadas fue un milagro para nosotros. No hay tiempo para seguir haciendo un recuento del alcance de estos extraordinarios programas. Al dar nuestra ayuda no hemos preguntado si los damnificados eran o no miembros de la Iglesia pues sabemos que todos los seres humanos somos hijos de Dios, dignos de recibir ayuda en momentos de necesidad. En gran medida hemos hecho todo cuanto hicimos sin que la mano izquierda estuviera enterada de lo que hacía la derecha. No buscamos reconocimientos ni agradecimientos. Es compensación suficiente el saber que cuando ayudamos a uno de los más pequeños de los hijos de nuestro Padre Celestial, lo hemos hecho también a Él y a Su Hijo Amado (véase Mateo 25:40). Y seguiremos adelante con esta obra, pues siempre habrá necesidades. El hambre y las tragedias siempre estarán entre nosotros y siempre habrá personas a cuyo corazón haya entrado la luz del Evangelio y que estén dispuestas a servir y trabajar y alentar a los necesitados de la tierra. Como parte de una labor similar, establecimos el Fondo perpetuo para la educación, el cual se ha hecho realidad gracias a las generosas contribuciones de ustedes. Está ahora en funcionamiento en 23 países. Los préstamos se otorgan a jóvenes dignos de ambos sexos con miras a su educación. De no existir este fondo, ellos seguirían atrapados en la misma pobreza que conocieron sus antepasados por generaciones. Llega a más de 10.000 el número de personas que reciben esta ayuda y la experiencia hasta el presente nos indica que con esa educación ahora ganan tres o cuatro veces más de lo que antes les era posible ganar. El Espíritu del Señor guía esta obra. Esta actividad de bienestar es de naturaleza secular y se manifiesta a sí misma por medio de granos, cobijas, ropa y medicamentos, de empleo y de educación. Pero esta obra llamada secular no es más que una expresión exterior de un espíritu interior: el Espíritu del Señor de quien se dijo que “anduvo haciendo bienes” (véase Hechos 10:38). Que los cielos hagan prosperar este gran programa y que las bendiciones celestiales descansen sobre todos cuantos sirven en él, lo ruego humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

LAS MUJERES EN NUESTRA VIDA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Cuán agradecido estoy, cuán agradecidos debemos estar todos, por las mujeres en nuestra vida. Mis amados hermanos y hermanas, para dar comienzo a mis palabras, quisiera hacer uso de un privilegio personal. Hace seis meses, en mi discurso final de nuestra conferencia, mencioné que mi amada compañera de 67 años de casados se encontraba muy enferma. Ella falleció dos días después, el 6 de abril, una fecha significativa para todos los miembros de la Iglesia. Quiero agradecer públicamente a los dedicados médicos y a las maravillosas enfermeras que la atendieron durante su enfermedad final. Mis hijos y yo estuvimos a su lado cuando ella plácidamente entró en la eternidad. Confieso que al sostener su mano y ver cómo la vida mortal iba alejándose de ella, me sentí sobrecogido. Antes de 128


casarnos, ella era la mujercita de mis sueños, como decía la letra de una canción muy popular en aquellos años. Fue mi amada compañera por más de dos tercios de siglo, igual que yo ante el Señor, aunque en realidad superior a mí, y ahora, en mi ancianidad, vuelve a ser la mujercita de mis sueños. Inmediatamente después de su fallecimiento, recibimos enormes manifestaciones de amor de todas partes del mundo por medio de hermosas ofrendas florales, grandes contribuciones hechas en su nombre al Fondo Perpetuo para la Educación y a sectores académicos que ella promovía en la Universidad Brigham Young. Recibimos, literalmente, cientos de cartas; tenemos cajas llenas de ellas, procedentes de muchas personas conocidas y otras a quienes no conocemos. Todas expresan admiración por ella, así como pesar y amor por nosotros, a quienes ella dejó atrás. Lamentamos no haber podido responder en forma individual a esas muchas expresiones personales, así que ahora aprovecho esta oportunidad para agradecerles a todos y a cada uno su gran bondad hacia nosotros. Muchísimas gracias y por favor perdónennos por no haber podido contestar, pero nos habría resultado imposible hacerlo. Sepan, sin embargo, que tales manifestaciones han sido de gran consuelo en momentos de tanto dolor. Estoy agradecido por poder decir que, en nuestra larga vida juntos, no recuerdo ningún altercado grave. Algún que otro desacuerdo, sí, pero nada de magnitud. Considero que nuestro matrimonio fue tan placentero como puede serlo cualquier otro. Reconozco que muchos de ustedes son bendecidos de una manera similar y les felicito de corazón, porque al fin y al cabo no hay un vínculo más bello que el compañerismo entre marido y mujer, ni nada más relevante, ya sea para bien o para mal, que las interminables consecuencias de la unión matrimonial. Soy testigo de tales consecuencias constantemente; veo tanto hermosura como tragedia y es por eso que he decidido hablarles hoy en cuanto a la influencia de la mujer en nuestra vida. Empezaré por la creación del mundo. En el libro del Génesis y en el libro de Moisés leemos en cuanto a tan singular y magnífica tarea. El Todopoderoso fue el arquitecto de la creación. Bajo Su dirección ésta fue ejecutada por Su Amado Hijo, el Gran Jehová, a quien ayudó Miguel, el arcángel. Primero formaron el cielo y la tierra, lo cual fue seguido por la separación de la luz y la oscuridad. Las aguas fueron retiradas de la tierra seca, surgió la vegetación, seguida por los animales. Tras todo esto vino la creación del hombre. En Génesis leemos: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Pero el proceso no estaba completo, “… mas para Adán no se halló ayuda idónea para él”. “Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. “Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona” (Génesis 2:20–23). Y así Eva llegó a ser la creación final de Dios, la gran suma de todo lo que hasta el momento se había hecho. A pesar de esta preeminencia que se concede a la creación de la mujer, a lo largo de las épocas se la ha relegado a una posición secundaria. Se la ha menoscabado, se la ha denigrado, se la ha esclavizado y maltratado y aun así, algunos de los personajes más destacables de las Escrituras han sido mujeres de integridad, valor y fe. Sabemos de Ester, Noemí y Rut en el Antiguo Testamento; Saríah en el Libro de Mormón; María, la madre misma del Redentor del mundo, a quien Dios escogió y fue descrita por Nefi como: “Una virgen, más hermosa y pura que toda otra virgen” (1 Nefi 11:15). Fue ella quien llevó al niño Jesús a Egipto para salvarle la vida de la ira de Herodes. Fue ella quien le crió en Su infancia y le guió en Su adolescencia. Ella permaneció junto a Su torturado cuerpo que colgaba 129


de la cruz del Calvario. En medio de Su tormento Él le dijo a ella: “Mujer, he ahí tu hijo”. Y a Su discípulo, en una súplica para que cuidara de ella, Él le dijo: “¡He ahí tu madre!” (véase Juan 19:26–27). En la vida del Señor también vemos a María y a su hermana Marta, y a María Magdalena. Fue ella la que llegó al sepulcro aquella primera mañana de Pascua, y fue a ella, una mujer, a quien Él se le apareció primero como el Señor resucitado. ¿Por qué es que aun cuando Jesús puso a la mujer en un lugar de tanta importancia, hay tantos hombres que profesan Su nombre y al mismo tiempo degradan a la mujer? En Su gran plan, cuando Dios creó al hombre, Él creó la dualidad de los sexos. La sublime expresión de esa dualidad la encontramos en el matrimonio, donde una parte complementa a la otra. Como lo declaró Pablo: “En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11). No existe ningún otro acuerdo que cumpla con los divinos propósitos del Todopoderoso. El hombre y la mujer son Sus creaciones y esa dualidad es parte del plan de Dios. Su relación y funciones complementarias son fundamentales para Sus propósitos; y uno está incompleto sin el otro. Reconozco que tenemos muchas maravillosas mujeres entre nosotros que no han tenido la oportunidad de casarse, pero también ellas hacen un enorme aporte, sirviendo en la Iglesia fielmente y con gran capacidad; enseñando en las organizaciones y funcionando como líderes. Observé algo muy interesante hace algunos días. Las Autoridades Generales estábamos en una reunión junto con la Presidencia de la Sociedad de Socorro. Esas hermanas tan capaces compartieron con nosotros, en nuestra sala de consejos, principios de bienestar y se refirieron a la forma de ayudar a personas necesitadas. Nuestra posición como oficiales de esta Iglesia no se vio disminuida por ello, más bien, nuestra capacidad para servir creció. Hay algunos hombres que, en un espíritu de arrogancia, se creen superiores a la mujer. Parecen no darse cuenta de que ellos no existirían de no ser por la madre de la cual nacieron. Cuando ellos tratan de imponer su superioridad, rebajan a la mujer. Se ha dicho que “El hombre no puede degradar a la mujer sin caer él mismo en la degradación, y no puede elevarla a ella sin al mismo tiempo elevarse él” (Alexander Walter, en Elbert Hubbard´s Scrap Book, pág. 204). Cuán cierta es esa declaración. Vemos los frutos amargos de esa degradación a todo nuestro alrededor. El divorcio es uno de los resultados, es un mal social que nadie parece poder detener, es la consecuencia de la pérdida del respeto por el cónyuge. Se manifiesta a sí mismo en el desinterés, en la crítica, en el maltrato y en el abandono, y lamentablemente en la Iglesia no somos inmunes a ese mal. Jesús declaró: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). La palabra hombre es utilizada en un sentido genérico, pero la realidad nos muestra que, por lo general son los hombres quienes crean las condiciones que llevan al divorcio. Por haber tenido la triste experiencia de tratar cientos de situaciones de divorcio a lo largo de los años, estoy seguro de que la aplicación de una sencilla práctica contribuiría más que ninguna otra cosa a resolver este grave problema. Si todo marido y toda mujer se esforzaran al máximo para garantizar la comodidad y la felicidad de su compañera o compañero, habría muy pocos divorcios, si es que los habría. No se escucharían discusiones y cesarían las acusaciones. Los arranques de ira no existirían y el amor y el interés reemplazarían el maltrato y la maldad. Hace muchos años cantábamos una canción muy popular cuya letra decía: Quiero ser feliz, mas no puedo ser feliz mientras no te haga feliz a ti también. (Irving Caesar, “I Want to Be Happy”, 1924) Cuán cierto es. Toda mujer es una hija de Dios. Uno no puede ofenderla a ella sin ofenderlo también a Él. Suplico a los hombres de esta Iglesia que busquen y nutran la divinidad que hay en su compañera. En la medida que eso suceda, habrá armonía, paz, amor y la vida familiar se verá enriquecida. 130


Bien nos recordó el presidente McKay que: “Ningún éxito [en la vida] puede compensar el fracaso en el hogar” (L. Tom Perry, “El ser padre, un llamamiento eterno”, Liahona, mayo de 2004, págs. 69–72). Asimismo reconocemos la gran verdad que nos enseñó el presidente Lee, que: “La obra más importante del Señor que harán jamás será la que realicen dentro de las paredes de su propio hogar”, (Dallin H. Oaks, “La Sociedad de Socorro de la Iglesia”, Liahona , julio de 1992, págs. 39–42). La cura para la mayoría de los problemas matrimoniales no está en el divorcio, sino en el arrepentimiento y el perdón, en las manifestaciones de bondad e interés; se le encuentra en la aplicación de la regla de oro. Es una escena muy bella ver a un joven y una joven tomados de la mano ante el altar solemnizando ante Dios el convenio de honrarse y amarse el uno al otro. Pero cuán lúgubre es verlos unos meses o unos años más tarde, diciendo comentarios ofensivos, palabras crueles y ofensivas, con veces altisonantes y amargas acusaciones. No es necesario que sea así, mis queridos hermanos y hermanas. Podemos elevarnos por encima de “los débiles y pobres rudimentos” (véase Gálatas 4:9). Podemos buscar y reconocer la mutua naturaleza divina que heredamos por ser hijos de nuestro Padre Celestial. Podemos vivir juntos en el modelo de matrimonio que Dios nos dio y lograr aquello de lo que somos capaces, siempre que ejerzamos disciplina personal y nos abstengamos de tratar de disciplinar a nuestro cónyuge. Las mujeres de nuestra vida son criaturas engalanadas con cualidades divinas muy particulares, las que hacen que extiendan manos de bondad y de amor a quienes las rodean. Podemos alentar esa conducta natural si les concedemos la oportunidad de dar expresión a los talentos e impulsos con que han sido bendecidas. No hace mucho, mi amada compañera me dijo tiernamente una noche: “Tú siempre me has dado alas para volar, y ésa es una de las razones por las que te amo”. Conocí, una vez, a un hombre ya fallecido que insistía en tomar todas las decisiones por su esposa e hijos. Ni un par de zapatos podían comprar sin él. No podían tomar clases de piano ni servir en la Iglesia sin su consentimiento. Con el paso del tiempo pude ver el resultado de esa actitud, y les digo que ese resultado no es bueno. Mi padre nunca dudó en halagar a mi madre y nosotros sabíamos que él la amaba por la manera como la trataba. Él mostraba deferencia hacia ella, y por siempre estaré agradecido por su ejemplo. Muchos de ustedes han sido igualmente bendecidos. Ahora podría continuar, pero no es necesario. Solamente deseo recalcar la irrefutable verdad que todos somos descendencia de Dios, tanto hijos como hijas, hermanos y hermanas. ¿Amo yo, como padre, menos a mis hijas que a mis hijos? No. Si es que soy culpable de algún tipo de parcialidad, es a favor de mis niñas. Siempre he dicho que al llegar un hombre a la vejez, mejor que tenga hijas a su alrededor. Ellas son nobles, buenas y atentas. Creo que puedo decir que mis hijos varones son capaces y sensatos y que mis hijas son inteligentes y bondadosas, y “mi copa está rebosando” (Salmos 23:5), a causa de ello. Las mujeres son una parte esencial del “plan de felicidad” que nuestro Padre Celestial ha delineado para nosotros. Ese plan no puede operar sin ellas. Hermanos, es mucha la infelicidad que existe en el mundo; hay demasiado sufrimiento, dolor y desengaño. Son muchas las lágrimas que derraman esposas e hijas angustiadas y es demasiada la negligencia y enorme el maltrato. Dios nos ha dado el sacerdocio, y ese sacerdocio no se puede ejercer “sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41–42). Cuán agradecido estoy, cuán agradecidos debemos estar todos, por las mujeres en nuestra vida. Que Dios las bendiga; que Su gran amor descanse sobre ellas y las corone con brillo y belleza, gracia y fe. Y que Su Espíritu descanse también sobre nosotros, los varones, y nos guíe siempre para que las respetemos, estemos agradecidos por ellas, les demos ánimo, fuerzas y amor, lo cual es la esencia misma del Evangelio de nuestro Redentor y Señor. Esto ruego humildemente, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amé 131


LA NECESIDAD DE MÁS BONDAD. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY ¿Por qué razón habremos de ser tan crueles e hirientes con los demás? ¿Por qué no extendemos nuestra amistad a todos los que nos rodean? Es difícil hablar después del hermano Monson. Tiene un gran sentido del humor y a la vez una gran sinceridad. Gracias, mis hermanos, por su fe y por sus oraciones, las agradezco profundamente. Al envejecer, el hombre adquiere un modo de ser más suave y bondadoso. Últimamente he pensado mucho en eso. Me he puesto a pensar por qué hay tanto odio en el mundo; nos encontramos en medio de guerras terribles donde se pierden vidas y se infligen heridas atroces. En lo que respecta a nosotros, hay mucha envidia, orgullo, arrogancia y críticas continuas; padres que pierden los estribos por cosas pequeñas y triviales, y que hacen llorar a sus esposas y que sus hijos tengan miedo. El fantasma del racismo ha vuelto a aparecer. Me dicen que lo hay incluso entre los miembros de la Iglesia. No me explico cómo puede ser. Pensaba que todos sentíamos gozo por la revelación que se dio al presidente Kimball en 1978. Yo me encontraba en el templo en el momento en que eso sucedió. No hubo ninguna duda en mi mente o en la de mis colegas de que lo que se reveló fue la intención y la voluntad del Señor. Ahora me dicen que a veces se oyen entre nosotros comentarios racistas y denigrantes. Les recuerdo que nadie que haga comentarios ofensivos en cuanto a las personas de otra raza se puede considerar un verdadero discípulo de Cristo, ni tampoco puede considerar que esté en armonía con las enseñanzas de la Iglesia de Cristo. ¿Cómo puede un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec suponer con arrogancia que él tiene derecho al sacerdocio, mientras que otro que vive una vida recta, pero cuya piel es de diferente color, no tiene ese derecho? A lo largo de mi servicio como miembro de la Primera Presidencia he reconocido y hablado varias veces sobre la diversidad de nuestra sociedad; está a nuestro alrededor, y debemos esforzarnos por dar cabida a esa diversidad. Reconozcamos que cada uno de nosotros es un hijo o una hija de nuestro Padre Celestial que ama a todos Sus hijos. Hermanos, no hay cabida para el odio racial entre el sacerdocio de esta Iglesia. Si entre los que me estén escuchando hay alguien que esté predispuesto a esta práctica, vaya ante el Señor, pida perdón y deje de hacerlo. De vez en cuando recibo cartas en las que las personas que las escriben sugieren asuntos que piensan que se deberían tratar en la conferencia. Recibí una de ellas el otro día, de una mujer que dice que su primer matrimonio terminó en divorcio. Después conoció a un hombre que parecía ser una persona muy amable y considerada. Sin embargo, poco después de casarse, ella descubrió que las finanzas de él eran un desastre; tenía muy pocos recursos, pero aún así, renunció a su empleo y rehusó trabajar, lo que la obligó a ella a buscar trabajo para mantener a la familia. Han pasado los años y él sigue sin trabajo. Ella prosigue a hablar de otros dos hombres que están yendo por el mismo camino, negándose a trabajar, mientras que las esposas tienen que pasar largas horas haciéndolo para suministrar lo necesario para el hogar. Pablo le dijo a Timoteo: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8). Ésas son palabras muy fuertes. En la revelación moderna, el Señor ha dicho: “Las mujeres tienen el derecho de recibir sostén de sus maridos hasta que éstos mueran… 132


“Todos los niños tienen el derecho de recibir el sostén de sus padres hasta que sean mayores de edad” (D. y C. 83:2, 4). Desde los primeros días de esta Iglesia se ha considerado al marido como el sostén de la familia. No creo que a un hombre se le pueda considerar como un buen miembro de la Iglesia si se niega a trabajar para mantener a su familia cuando es físicamente capaz de hacerlo. Ahora bien, previamente mencioné que no sabía por qué había tanto conflicto, odio y amargura en el mundo. Naturalmente, sé que todo esto es la obra del adversario; él influye en nosotros por separado. Él destruye a los hombres fuertes, y lo ha hecho desde el momento en que se organizó esta Iglesia. El presidente Wilford Woodruff dijo lo siguiente: “He visto a Oliver Cowdery hablar con tal poder que parecía que hacía temblar la tierra bajo sus pies; nunca oí a un hombre dar un testimonio más fuerte que él cuando lo hacía con la influencia del Espíritu. Pero desde el momento en que abandonó el reino de Dios, su fuerza desapareció… La perdió, como Sansón en brazos de Dalila; perdió la fuerza y el testimonio que había tenido, y nunca los recuperó totalmente en la carne, a pesar de que murió siendo [miembro] de la Iglesia” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, pág. 108). Tengo permiso para contarles el relato de un jovencito que se crió en nuestra comunidad; no era miembro de la Iglesia; tanto él como sus padres eran miembros activos de otra religión. Recuerda que cuando era pequeño, algunos de sus amigos Santos de los Últimos Días lo ridiculizaban, lo hacían sentir incómodo y le tomaban el pelo. Literalmente, llegó a odiar a la Iglesia y a sus miembros, ya que no veía nada bueno en ninguno de ellos. Un día, su padre se quedó sin trabajo y tuvieron que mudarse. En ese nuevo lugar, el joven pudo inscribirse en la universidad a los diecisiete años. Allí, por primera vez en su vida, sintió la calidez de los amigos; uno de ellos era Richard, quien lo invitó a unirse al club del que él era presidente. El joven escribe: “Por primera vez en la vida alguien deseaba mi compañía; yo no sabía cómo comportarme, pero, por fortuna, me uní… Fue un sentimiento maravilloso, el sentimiento de tener un amigo. Toda mi vida había orado para tener uno, y ahora, después de diecisiete años, Dios había contestado esa oración”. A los diecinueve años, él y Richard fueron compañeros de tienda de campaña en su trabajo de verano. Él se fijó que Richard leía un libro todas las noches. Le preguntó qué era lo que leía, a lo que respondió que era el Libro de Mormón. Él añade: “Rápidamente cambié el tema de conversación y me fui a acostar. Después de todo, ese libro era el que me había arruinado la niñez. Intenté olvidarlo, pero durante una semana, no me fue posible conciliar el sueño. ¿Por qué lo leía todas las noches? No tardé en sentirme muy mal por todas las preguntas que acudían a mi mente, de modo que una noche le pregunté qué había en ese libro que fuera tan importante. ¿Qué había en él? Él me alcanzó el libro, y yo rápidamente le dije que no quería tocarlo, que sólo quería saber lo que había en él. Empezó a leer donde había quedado; leyó sobre Jesús y en cuanto a una aparición en las Américas. Me hallaba sumamente sorprendido, porque no pensaba que los mormones creyeran en Jesús”. Richard lo invitó a cantar con él en el coro de la conferencia de estaca. Llegó el día y se inició la conferencia. “El élder Gary J. Coleman, del Primer Quórum de los Setenta, era el orador invitado. Durante la conferencia me enteré de que él también [era converso]. Cuando se terminó, Richard me llevó del brazo para ir a hablar con él. Por fin accedí y, al acercarme, él se volvió y me sonrió; yo me presenté y le dije que no era miembro de la Iglesia y que sólo había ido a cantar en el coro. Él sonrió y dijo que le daba gusto que estuviera allí, y comentó que le había gustado la música. Le pregunté cómo sabía que la Iglesia era verdadera. Me dio una corta versión de su testimonio y me preguntó si había leído el Libro de Mormón. Le dije que no. Me prometió que la primera vez que lo leyera sentiría el Espíritu”. En otra ocasión, este joven y su amigo iban viajando; Richard le dio un Libro de Mormón y le pidió que lo leyera en voz alta, lo cual hizo, y de pronto se sintió conmovido por la inspiración del Espíritu Santo. Pasó el tiempo y su fe aumentó. Accedió a bautizarse, a lo cual sus padres se opusieron, pero él siguió adelante y se hizo miembro de esta Iglesia. 133


Su testimonio se sigue fortaleciendo. Hace sólo unas semanas se casó con una bella jovencita Santo de los Últimos Días por esta vida y por la eternidad en el Templo de Salt Lake. El élder Gary J. Coleman efectuó el sellamiento. Ése es el fin de ese relato, pero de él se aprenden grandes enseñanzas; una de ellas es la manera vergonzosa como lo trataron sus jóvenes compañeros mormones. Otra, es la forma en que lo trató su nuevo amigo Richard; fue una experiencia totalmente opuesta a la anterior, y la que lo llevó a su conversión y bautismo, pese a que parecía ser imposible. Esa clase de milagro puede ocurrir y ocurrirá cuando haya bondad, respeto y amor. ¿Por qué razón habremos de ser tan crueles e hirientes con los demás? ¿Por qué no extendemos nuestra amistad a todos los que nos rodean? ¿Por qué hay tanta amargura y hostilidad? Eso no es parte del Evangelio de Jesucristo. Todos tropezamos de vez en cuando; todos cometemos errores. Parafraseo las palabras de Jesús, en la oración del Señor: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (véase Mateo 6:12). William W. Phelps, un allegado del profeta José Smith, lo traicionó en 1838, lo que llevó al encarcelamiento del Profeta en Misuri. Al reconocer la maldad de lo que había hecho, le escribió al Profeta para pedirle perdón. El Profeta le contestó, en parte, de la siguiente manera: “Es cierto que hemos sufrido mucho por motivo de su conducta. El vaso de hiel, que ya era más de lo que podía beber un ser mortal, ciertamente rebosó cuando usted se volvió contra nosotros. “Sin embargo, la copa ha sido bebida, se ha hecho la voluntad de nuestro Padre y todos estamos con vida, por lo que damos gracias al Señor… “Creyendo que su confesión es sincera y su arrepentimiento genuino, me dará gusto una vez más estrechar su mano diestra en señal de nuestra confraternidad, y me regocijaré por el regreso del pródigo. “Fue leída su carta a los miembros de la Iglesia el domingo pasado, y después de pedir su parecer, unánimemente se aprobó que William W. Phelps fuese recibido dentro de la confraternidad. “ ‘Adelante, querido hermano, la guerra ya ha pasado, “ Amigos fuimos, y de nuevo lo seremos’ ” (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 197– 198). Hermanos, es ese espíritu, como expresó el Profeta, el que debemos cultivar en nuestra vida. No debemos sentirnos satisfechos; somos miembros de la Iglesia de nuestro Señor; tenemos una obligación para con Él, al igual que para con nosotros mismos y los demás. Este viejo y pecaminoso mundo necesita hombres de fortaleza, hombres de virtud, hombres de fe y rectitud, hombres que estén dispuestos a perdonar y a olvidar. Ahora bien, para terminar, me complace destacar que los ejemplos y los relatos que he mencionado no representan las acciones y la actitud de la gran mayoría de nuestros miembros. Veo a mi alrededor una maravillosa demostración de amor y de preocupación hacia los demás. Hace una semana, este recinto estaba lleno de bellas jovencitas que se esfuerzan por vivir el Evangelio; ellas son generosas las unas con las otras y tratan de fortalecerse mutuamente. Ellas son un honor para sus padres y para los hogares de donde proceden; ellas casi son mujeres hechas y derechas, y llevarán a lo largo de su vida los ideales que hoy les brindan ánimo. Piensen en todo el bien que llevan a cabo las mujeres de la Sociedad de Socorro. La influencia de sus actividades benevolentes se extiende por todo el mundo. Las mujeres procuran dar de su tiempo, de su cuidado amoroso y de sus recursos para ayudar a los enfermos y a los necesitados. Piensen en el programa de bienestar que tiene voluntarios que suministran alimento, ropa y otros artículos necesarios a los afligidos. Piensen en el largo alcance de las labores humanitarias que van más allá de los miembros de la Iglesia a las naciones más pobres de la tierra. El azote del sarampión se está eliminando de muchas regiones por medio de las contribuciones de esta Iglesia.

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Observen la labor del Fondo Perpetuo para la Educación al sacar a miles del fango de la pobreza hacia la luz del conocimiento y la prosperidad. Podría seguir recordándoles en cuanto a los enormes esfuerzos que hace la buena gente de esta Iglesia por bendecirse unos a otros, con una labor que se extiende por el mundo hacia los pobres y afligidos de la tierra. No hay límite para el bien que podemos hacer, para la influencia que podemos surtir en los demás. No hagamos hincapié en la crítica ni en lo negativo. Oremos para tener fuerza; oremos para tener la capacidad y el deseo de ayudar a los demás. En las palabras del Señor a Josué, hermanos: esfuércense y sean valientes; no teman ni desmayen, porque Jehová su Dios estará con ustedes dondequiera que vayan (véase Josué 1:9). En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

ENTRE LOS BRAZOS DE SU AMOR. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Ésta es la mejor organización de mujeres en todo el mundo. Es una creación divina. Mis queridas hermanas, qué gran oportunidad se me ha dado de dirigirme a ustedes en esta gran conferencia de la Sociedad de Socorro. Esta noche hemos escuchado discursos maravillosos impartidos por mujeres de gran fe y capacidad. Quiero que la presidencia de la Sociedad de Socorro sepa que tenemos plena confianza en ellas y que las apreciamos en todo respecto. Estamos agradecidos por el tema que han escogido del Libro de Mormón, de 2 Nefi: “Para siempre [envueltas] entre los brazos de su amor” (véase 2 Nefi 1:15). Las mujeres de la Sociedad de Socorro están literalmente envueltas para siempre entre los brazos de nuestro Señor. A mi juicio, ésta es la mejor organización de mujeres en todo el mundo. Es una creación divina. José Smith habló y actuó en calidad de profeta cuando la organizó en 1842. En aquella ocasión dijo: “La organización de la Iglesia de Cristo nunca fue perfecta hasta que se organizó a las mujeres” (Sarah M. Kimball, “Early Relief Society Reminiscences”, 17 de marzo de 1882, Relief Society Record, 1880–1992, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, pág. 30). Hoy en día, la Sociedad de Socorro cuenta con alrededor de cinco millones de miembros; está organizada en muchas naciones, enseña en muchos idiomas e incluye a todas las mujeres de la Iglesia de 18 años en adelante. Entre ellas hay mujeres jóvenes solteras, mujeres que nunca se han casado, mujeres viudas o divorciadas, mujeres con esposo y familia, mujeres de edad avanzada, muchas de las cuales han perdido a su compañero eterno. Una vez, un amigo de otra fe religiosa me dijo: “SUD significa Servicio, Unidad y Devoción”. ¿Qué representa realmente la Sociedad de Socorro? ¿Qué significa? Permítanme hacer algunos comentarios al respecto. La Sociedad de Socorro significa amor. Qué maravilloso es ser testigo del amor que existe entre buenas mujeres que se relacionan entre sí con lazos de amor, amistad y respeto mutuos. De hecho, esta organización es el único medio que muchas mujeres tienen para establecer vínculos de amistad. Las mujeres tienen el instinto natural de extender la mano con amor a los afligidos y los necesitados. El programa de bienestar de la Iglesia se caracteriza por estar basado en el sacerdocio, pero no podría funcionar sin la Sociedad de Socorro. La Sociedad de Socorro significa instrucción. Cada mujer de esta Iglesia tiene la obligación de obtener toda la instrucción posible, ya que ello enriquecerá su vida, incrementará sus oportunidades y le brindará aptitudes laborales por si llegara a necesitarlas. La semana pasada recibí una carta de una madre soltera, y quisiera leerles una parte. Ella dice lo siguiente: 135


“Han pasado diez años desde que usted mencionó a nuestra familia en la conferencia general de octubre de 1996… El consejo y el ánimo que nos dio a mí y a otras hermanas solas han sido un modelo que he seguido en mi vida diaria. La frase que se ha convertido en mi lema y consigna [es]: ‘Pongan su mejor esfuerzo’, y eso es lo que mis hijos y yo procuramos hacer. “Mis cuatro hijos terminaron los estudios preuniversitarios y se graduaron de seminario; dos de ellos sirvieron en una misión de tiempo completo. Todos trabajamos para nuestro sostén y seguimos leales y fieles al Evangelio. Nos sentimos muy bien al saber que hemos logrado salir adelante por nuestra cuenta en estos últimos años… Hay un cierto sentimiento de logro cuando podemos otra vez depender de nosotros mismos y proveer para las necesidades de la familia… “Me sentí motivada a regresar a la universidad. Es un gran desafío trabajar tiempo completo y asistir a clases nocturnas, pero ha ampliado mi perspectiva de la vida y me ha ayudado a ser una persona mejor. Mi familia, los miembros del barrio y mis compañeros de trabajo me han apoyado, y este diciembre me graduaré. “Al meditar en mi bendición patriarcal y al ayunar y orar al respecto, pude fijar unas metas realistas, las cuales me han servido de guía para mantenerme apegada a los principios del Evangelio. Asisto a mis reuniones, oro a diario y pago el diezmo. Tomo… muy en serio mi llamamiento como maestra visitante… “La Iglesia es verdadera, y es un honor y un privilegio encontrarme entre los miembros dignos y bendecidos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Recibimos guía mediante la inspiración de un amoroso Padre Celestial que nos conoce y que quiere que progresemos. Le doy las gracias por sus amables palabras de ánimo de hace diez años y por las muchas palabras de inspiración que mediante Sus siervos recibimos continuamente del Señor. Sé que soy una hija de Dios y soy bendecida por ser miembro de Su Iglesia”. La Sociedad de Socorro significa autosuficiencia. El mejor almacenamiento de alimentos no está en los graneros, sino en las latas y los frascos sellados que están en casa de nuestra gente. Qué maravilloso es ver latas de trigo, arroz y frijol debajo de las camas o en las despensas de mujeres que han asumido la responsabilidad del plan de bienestar. Esos alimentos tal vez no tengan buen sabor, pero les nutrirán si tienen que utilizarlos. La Sociedad de Socorro significa sacrificio. Siempre me conmueve este poema sencillo de Anne Campbell, donde al hablar de su hijo, ella dice: “Eres el viaje que nunca realicé
 las perlas que nunca compré.
 Eres mi bello lago italiano;
 mi pedacito de cielo lejano”
 (“To My Child,” citado en Charles L. Wallis, ed., The Treasure Chest, 1965, pág. 54).
 Muchas de ustedes son madres y son responsables de criar y educar a sus hijos. Cuando sean mayores y tengan el cabello blanco, no les importará la ropa elegante que se hayan puesto, ni los automóviles que hayan conducido, ni la casa grande en la que hayan vivido. Su pregunta más urgente será: “¿Cómo han sido mis hijos?”. Si han sido buenos, se sentirán agradecidas; pero si no, tendrán poco consuelo. Una vez escribí: “¡Que Dios les bendiga, madres! Una vez que se haga un recuento de todas las victorias y las derrotas de los hombres, cuando el polvo de las batallas de la vida comience a asentarse, cuando todo por lo que trabajamos con tanto esfuerzo en este mundo de conquista se desvanezca ante nuestros ojos, ustedes estarán allí, deberán estar allí como la fortaleza para una nueva generación, en la marcha siempre progresista de la raza humana” (One Bright Shining Hope, 2006, pág. 18). Hace algunos años, el élder Marion D. Hanks dirigió una mesa redonda en el Tabernáculo de Salt Lake, en la que participó una joven atractiva y capaz, divorciada, y madre de siete hijos, entre siete y dieciséis años de edad. Dijo que una noche cruzó la calle para llevarle algo a su vecina. Escuchen sus palabras, tal como las recuerdo. “Al volverme para regresar a casa, vi la casa toda alumbrada; podía aún escuchar el eco de las voces de mis hijos que me habían dicho al salir hacía unos minutos: ‘Mamá, ¿qué vamos a cenar?’ ‘¿Me puedes 136


llevar a la biblioteca?’ ‘Necesito ir a comprar una cartulina esta noche’. Cansada y agotada, miré la casa y vi la luz encendida en cada una de las habitaciones. Pensé en todos los niños que estaban en casa esperando a que yo llegara para atender sus necesidades. Mis cargas parecían más pesadas de lo que podía soportar. “Recuerdo haber mirado el cielo a través de mis lágrimas, y dije: ‘Querido Padre, hoy no lo puedo hacer; estoy demasiado cansada. No puedo ir a casa y atender sola a todos mis hijos. ¿No podría ir a quedarme contigo sólo una noche? Regresaré por la mañana’. “En verdad, no escuché la respuesta con los oídos, pero sí con la mente. Y la respuesta fue: ‘No, pequeña, no puedes venir ahora conmigo porque nunca querrías regresar. Pero yo puedo ir a ti’ ”. Hay muchas mujeres como esa madre joven que se encontraba sola y desesperada pero que afortunadamente tenía suficiente fe en el Señor, que podía amarla y ayudarla. La Sociedad de Socorro significa fe; significa darle prioridad a lo más importante; significa cosas como el pago del diezmo. El élder Lynn Robbins, de los Setenta, cuenta este relato de un presidente de estaca de Panamá. Siendo joven, y habiendo regresado hacía poco de la misión, encontró a la joven con la que quería casarse. Eran felices, pero pobres. Entonces llegó una época difícil en la que se les acabó la comida y el dinero. Era un sábado y literalmente no tenían nada para comer. René se angustió porque su esposa tenía hambre. Decidió que no quedaba otra alternativa más que usar el dinero del diezmo para comprar comida. Al salir de casa, su esposa lo detuvo y le preguntó a dónde iba. Él le dijo que iba a comprar comida. Ella le preguntó de dónde había conseguido el dinero. Él contestó que era el dinero del diezmo. Ella dijo: “Ese dinero es del Señor; no lo usarás para comprar comida”. La fe de ella era más fuerte que la de él. Él devolvió el dinero y esa noche se fueron a dormir sin comer. A la mañana siguiente no desayunaron, y fueron en ayunas a la Iglesia. René le entregó el diezmo al obispo, pero el orgullo le impidió decirle que estaban necesitados. Después de las reuniones, él y su esposa emprendieron el camino a casa. No habían avanzado mucho, cuando un miembro nuevo, que era pescador, los llamó desde su casa y les dijo que tenía más pescados de los que iba a utilizar. Envolvió cinco pescados pequeños en un periódico, y ellos se lo agradecieron. Al seguir su camino, otro miembro los detuvo y les dio tortillas; después alguien más los detuvo y les dio arroz; otro miembro los vio y les dio frijoles. Cuando llegaron a casa, tenían suficiente comida para dos semanas. Se sorprendieron aún más cuando abrieron el paquete y encontraron dos pescados sumamente grandes y no los cinco pequeños que pensaron que habían visto. Cortaron los pescados en porciones y los guardaron en el congelador de la vecina. Ellos siempre han testificado que a partir de ese momento nunca han pasado hambre. Mis queridas hermanas, todas esas maravillosas cualidades que distinguen a la Sociedad de Socorro representan el estar “envueltas para siempre entre los brazos de Su amor”. Esto es lo que todos deseamos; es lo que todos anhelamos; es por lo que todos oramos. Ahora, mis queridas hermanas, para concluir quiero recordarles que no son miembros de segunda clase en el reino de Dios, sino Su creación divina. Los hombres tienen el sacerdocio, y la función de ustedes es diferente pero también muy importante. Sin ustedes, se frustraría el plan de felicidad del Padre y no tendría significado. Ustedes conforman el 50% de los miembros de la Iglesia, y son madres del otro 50%. Nadie puede tomarlas a la ligera. El otro día recibí una carta de una estimada amiga; se llama Helen y su esposo se llama Charlie. Entre otras cosas, me escribió lo siguiente: “Hoy, Charlie y yo ofrecimos un discurso en la reunión sacramental. En mi discurso, mencioné el consejo que usted me dio cuando me gradué de la Escuela Secundaria Idaho Falls e hice planes para asistir al Ricks College. Usted me dijo que debía asistir a la Universidad de la Iglesia en Hawai, en donde tendría más oportunidades de conocer a un joven de ascendencia china y casarme con él. 137


“Seguí su consejo y fui a Hawai, donde conocí a Charlie y me casé con él. Hemos estado casados 37 años y tenemos cinco hijos. Todos ellos han servido en misiones. Tres de nuestros hijos se casaron en el Templo de Hawai. Tenemos dos hijos solteros, y esperamos que pronto encuentren una pareja digna para llevar al templo. Tenemos seis nietos adorables y vienen en camino dos más. “He sido bendecida con un esposo fiel que honra su sacerdocio y que ha sido digno de servir al Señor como obispo, presidente de estaca y presidente de misión. He tenido el privilegio de apoyarle en todas sus asignaciones de la Iglesia. Yo he sido presidenta de la Sociedad de Socorro durante casi cinco años. “Hoy, al contar mis muchas bendiciones, no pude evitar pensar en la gran influencia que usted ha sido en mi vida. Quiero que sepa que seguí su consejo y que, debido a ello, he sido abundantemente bendecida. Le agradezco que se haya tomado el tiempo para seguir mi progreso desde que salí de Hong Kong para venir a Estados Unidos”. Eso es lo que la Sociedad de Socorro hace por las mujeres; les da la oportunidad de progresar y cultivarse; les da categoría como reinas de su propio hogar; les da un lugar y una posición en los que progresan al poner en práctica sus talentos; les da guía y motivos de orgullo en la vida familiar; les da un mayor aprecio por compañeros e hijos buenos y eternos. ¡Qué organización tan gloriosa es la Sociedad de Socorro! No hay nada en el mundo que se le compare. Que el Señor les bendiga a cada una con las maravillosas cualidades que provienen del ser activas en la organización de la Sociedad de Socorro, lo ruego humildemente, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

EL TESTIMONIO PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir. . . y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra". Ahora, mis queridos amigos, ruego por la guía del Espíritu Santo. Ya han transcurrido tres años desde que ustedes me sostuvieron como Presidente de la Iglesia. ¿Me permiten decir algo de naturaleza personal? Desde lo más hondo de mi corazón les agradezco su amor, su apoyo, sus oraciones, su fe. Ya no soy un joven lleno de energía y vitalidad; ¡soy un viejo que está tratando de alcanzar al hermano Haight!, dado a la meditación y a la oración. Disfrutaría de sentarme en una mecedora, de tomar medicinas, de escuchar música suave y de contemplar los misterios del universo; pero esa conducta no ofrece incentivos ni efectúa contribuciones. Deseo estar activo y trabajar; quiero enfrentar cada día con resolución y propósito; quiero emplear todas mis horas activas en dar ánimo, en bendecir a los que soportan cargas pesadas, en aumentar la fe y fortalecer el testimonio. Gracias a la bondad de un amigo generoso, en los últimos tres años se me ha permitido recorrer la tierra y visitar a la gente de un sinfín de naciones. Ha habido miles y decenas de miles de personas congregadas; en un lugar había más de doscientos autobuses que habían transportado a los asistentes al estadio. He estado entre los ricos, pero más que nada entre los pobres: los pobres de la tierra y los pobres de la Iglesia. Algunos tienen los ojos de una forma diferente que los míos y la piel de distinto color, pero esas diferencias desaparecen y pierden todo significado cuando estoy entre ellos. Ante mis ojos, todos son hijos de nuestro Padre con un patrimonio divino; aunque hablemos idiomas diferentes, todos entendemos la lengua común de la hermandad. Es cansador viajar tan lejos para visitarlos; pero es difícil dejarlos después de haber estado con ellos. En todo lugar adonde vamos, la visita es breve y se organiza una reunión en medio de otras reuniones. Quisiera poder quedarme más tiempo. Al finalizar la reunión, espontáneamente cantamos "Para siempre 138


Dios esté con vos" (Himnos, Nº 89); aparecen los pañuelos blancos para secar las lágrimas, y luego se agitan en señal cariñosa de despedida. Hace poco, tuvimos once reuniones numerosas en diversas ciudades de México en un término de sólo siete días. La presencia de esa gente maravillosa es lo que me estimula la adrenalina; es la expresión de amor de sus ojos lo que me da energías. Podría pasar día tras día en mi oficina, año tras año, resolviendo montañas de problemas, muchos de ellos de escasa importancia; pero, aunque paso mucho tiempo en ella, siento que tengo una misión más grande, una responsabilidad aún mayor de salir para estar entre la gente. Esos miles de personas, cientos de miles, millones ahora, todos tienen algo en común: tienen un testimonio personal de que ésta es la obra del Todopoderoso, nuestro Padre Celestial; que Jesús, el Señor, que murió en el Calvario y resucitó, vive y es un Ser real y distinto, con personalidad individual; que ésta es la obra de Ellos, restaurada en esta última y maravillosa dispensación de los tiempos; que el antiguo sacerdocio ha sido restaurado con todas sus llaves y sus poderes; que el Libro de Mormón ha hablado desde el polvo como testimonio del Redentor del mundo. Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir; es algo indescriptible y misterioso, y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra. El Señor lo describió cuando le dijo a Nicodemo: "El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu" (Juan 3:8). Eso, que llamamos testimonio, es difícil de definir, pero sus frutos son claramente evidentes. Es el Santo Espíritu que testifica a través de nosotros. El testimonio personal es el factor que hace que la gente cambie su modo de vivir al integrarse a esta Iglesia; es el elemento que motiva a los miembros a abandonarlo todo para estar al servicio del Señor; es la voz apacible y alentadora que sostiene incesantemente a los que andan por la fe hasta el último día de su vida. Es algo misterioso y maravilloso, un don de Dios al hombre. Supera a la riqueza o la pobreza cuando se nos llama a servir. Este testimonio que nuestra gente lleva en el corazón es una fuerza motivadora para el cumplimiento del deber. Se encuentra tanto en los jóvenes como en los viejos; se encuentra en el estudiante de seminario, en el misionero, en el obispo y en el presidente de estaca, en el presidente de misión, en la hermana de la Sociedad de Socorro y en toda Autoridad General; se escucha también de labios de los que no tienen otra asignación que la de ser miembros. Está en los cimientos mismos de esta obra del Señor, y es lo que la impulsa a través del mundo. Nos motiva a la acción, nos exige que hagamos lo que se nos pida. Nos da la seguridad de que la vida tiene propósito, de que hay cosas que tienen mucho más importancia que otras, de que estamos en una jornada eterna, de que somos responsables ante Dios. Emily Dickinson [poetisa estadounidense] captó un elemento de esa naturaleza cuando escribió lo siguiente: La pampa nunca vi, jamás he visto el mar; mas sé lo que es un llano y una ola puedo imaginar. Con Dios no hablé jamás, el cielo nunca vi; mas sé por cierto que los hay cual si estuviera allí. ("Chartless", en A Treasury of the Familiar, ed. por Ralph L. Woods, 1942, pág. 179.) Ese elemento, débil y un tanto frágil al principio, es lo que mueve a todo investigador hacia la conversión y empuja a todo converso hacia la seguridad de la fe. Esto es lo que impulsó a nuestros antepasados a abandonar Inglaterra y otras tierras de Europa, a atravesar el océano con aterradoras experiencias, y a caminar lo que parecía una distancia interminable junto a los lentos bueyes o a los endebles carros de mano en dirección a estas montañas del Oeste. Miles de ellos lucharon, trabajaron y murieron en esa nefasta jornada. Ese espíritu de testimonio ha pasado a nosotros, que somos los herederos de su preciada fe. 139


Dondequiera que se organice la Iglesia, su fuerza se hace sentir. Nosotros nos ponemos de pie y decimos que sabemos; y lo decimos hasta que suena casi monótono; lo decimos porque no sabemos qué otra cosa decir. El simple hecho es que sabemos que Dios vive, que Jesús es el Cristo, y que ésta es Su causa y Su reino. Las palabras son sencillas, la expresión brota del corazón; se hace efectiva dondequiera que la Iglesia esté organizada, dondequiera que haya misioneros que enseñen el Evangelio, dondequiera que haya miembros que expresen su fe. Es algo que no puede refutarse. Los que se oponen pueden citar pasajes de Escritura y discutir incansablemente la doctrina; pueden ser astutos y persuasivos. Pero, cuando uno dice "Yo sé", no hay lugar para más discusiones. Quizás no lo acepten, pero, ¿quién podría refutar o negar la voz apacible de lo íntimo del alma que habla con convicción personal? Quiero contarles algo que escuché hace poco en México. Estando en Torreón, me llevaron a todas partes en un lindo auto que pertenece al hermano del cual voy a hablar, que se llama David Castañeda. Hace treinta años, él y su esposa Tomasa, así como sus hijos, vivían en un rancho ruinoso cerca de Torreón; tenían treinta pollos, dos cerdos y un caballo flaco; las gallinas les producían unos huevos para su sustento y algo para ganarse un peso de vez en cuando. Eran pobres. Un día, llegaron los misioneros. La hermana Castañeda dijo: "Los élderes nos quitaron las vendas de los ojos y nos trajeron la luz. No sabíamos nada de Jesucristo; no sabíamos nada de Dios hasta que ellos aparecieron". Ella apenas tenía dos años de escuela; el esposo, nada. Los élderes les enseñaron, y al final, los bautizaron. Después, se mudaron a un pueblecito llamado Bermejillo. Allí, tuvieron la fortuna de entrar en el negocio de chatarra, comprando autos destrozados; de ahí pasaron a relacionarse con compañías de seguros y otras empresas. Poco a poco fueron creando un negocio próspero en el cual trabajaban el padre y los cinco hijos varones. Con su fe sencilla pagaban fielmente el diezmo. Ponían su confianza en el Señor; vivían el Evangelio; prestaban servicio en donde los llamaran. De sus hijos, cuatro de los varones y tres de las mujeres cumplieron misiones; el menor es misionero ahora en Oaxaca. En la actualidad tienen un negocio de considerables proporciones y han prosperado en él, a pesar de las burlas de sus críticos. Su respuesta es un testimonio del poder que ha tenido el Señor en su vida. Alrededor de doscientas personas, entre familiares y amigos, se han convertido a la Iglesia gracias a la influencia de ellos. Más de treinta jóvenes hijos de parientes y amigos han cumplido misiones. La familia donó el terreno en el que se levanta la capilla. Los padres y los hijos, que ya son personas mayores, se turnan todos los meses para viajar a la ciudad de México con el fin de trabajar en el templo. Ellos son un testimonio vivo de la gran potestad que tiene la obra del Señor de elevar y de cambiar a la gente. Son representativos de los miles y miles de personas de todo el mundo que experimentan el milagro del mormonismo cuando reciben el testimonio de la divinidad de esta obra. Esa atestiguación, ese testimonio, puede ser el más precioso de todos los dones de Dios; es una concesión divina si se hace el esfuerzo debido por obtenerlo. Todo hombre y toda mujer de esta Iglesia tiene la oportunidad y la responsabilidad de obtener por sí solo esa convicción íntima de la verdad de esta grandiosa obra de los últimos días y de los que la dirigen, o sea, el Dios viviente y el Señor Jesucristo. Jesús indicó la manera de adquirir ese testimonio cuando dijo: "Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta" (Juan 7:1617). Al prestar servicio, al estudiar, al orar, avanzamos en fe y conocimiento. Cuando Jesús alimentó a las cinco mil personas, éstas lo reconocieron y se maravillaron ante el milagro realizado; algunos regresaron, y a éstos Él les enseñó la doctrina de Su divinidad, de Él mismo como el pan de vida; los acusó de no estar interesados en la doctrina sino solamente en satisfacer el hambre física. Algunos, al oírlo y escuchar Su doctrina, dijeron: "Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?" (Juan 6:60). ¿Quién puede creer lo que este hombre enseña? "Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 140


"Dijo entonces Jesús a los doce [pienso que con cierto sentimiento de desaliento]: ¿Queréis acaso iros también vosotros? "Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. "Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Juan 6:6669). Esa es la gran pregunta, y la respuesta de ella, que todos debemos enfrentar: "Si no es a Ti, Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Esta convicción, esta íntima y serena certeza de la realidad del Dios viviente, de la divinidad de Su Hijo Amado, de la restauración de Su obra en esta época y de las gloriosas manifestaciones posteriores es lo que se convierte en el fundamento de la fe de cada uno de nosotros. Eso es nuestro testimonio. Como lo mencioné anteriormente en esta conferencia, estuve hace poco en Palmyra, estado de Nueva York. Los acontecimientos que ocurrieron en ese lugar lo llevan a uno a pensar: "O sucedieron, o no sucedieron; no hay un término medio". Entonces, la voz de la fe susurra: "¡Sucedieron! Sucedieron tal como él lo expresó". Cerca de allí está el cerro de Cumorah, del cual salió el antiguo registro cuya traducción es el Libro de Mormón. Es preciso aceptar o rechazar su origen divino. El considerar la evidencia debe conducir a toda persona que lo lea con fe a decir: "Es la verdad". Y lo mismo ocurre con otros elementos de este hecho milagroso al que llamamos la Restauración del antiguo Evangelio, del antiguo sacerdocio, de la antigua Iglesia. Ese testimonio es ahora, como siempre lo ha sido, una declaración, una aseveración sincera de la verdad tal como la conocemos. La declaración de José Smith y de Sidney Rigdon concerniente al Señor que está a la cabeza de esta obra es sencilla pero potente: "Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! "Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; "que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios" (D. y C. 76:2224). Es en ese mismo espíritu que agrego mi propio testimonio. Nuestro Padre Eterno vive. Él es el gran Dios del universo y gobierna con majestad y poder. Pero es también mi Padre, a quien puedo acudir en oración con la seguridad de que Él me oirá, me atenderá y me contestará. Jesús es el Cristo, Su Hijo inmortal, que bajo la dirección de Su Padre fue el Creador de la tierra. Él era el gran Jehová del Antiguo Testamento, que condescendió a venir al mundo como el Mesías, que dio Su vida en la cruz del Calvario en su asombrosa Expiación, porque nos ama. La obra en la que nos hallamos embarcados es la obra de Ellos, y nosotros somos Sus siervos, responsables ante Ellos. De todo lo cual testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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“SI ESTÁIS PREPARADOS, NO TEMERÉIS” PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Podemos vivir de tal manera que podamos suplicar al Señor Su protección y guía... No podemos esperar recibir Su ayuda si no estamos dispuestos a guardar Sus mandamientos. Mis amados hermanos del sacerdocio, dondequiera que se encuentren en este amplio mundo, ¡qué grupo tan enorme han llegado a ser!, hombres y jovencitos de toda raza y pueblo, siendo todos parte de la familia de Dios. 141


¡Cuán sumamente valioso es el don que nos ha dado el Señor!; nos ha otorgado una parte de lo que es Su autoridad divina, el sacerdocio eterno, el poder mediante el cual Él lleva a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Se deduce que cuando mucho se nos ha dado, mucho se requiere de nosotros (véase Lucas 12:48; D. y C. 82:3). Sé que no somos hombres perfectos; conocemos el camino perfecto, pero no siempre actuamos de acuerdo con ese conocimiento. Pero creo que, en general, nos esforzamos; hacemos el esfuerzo por ser la clase de hombres que nuestro Padre desea que seamos. Ése es un objetivo sumamente elevado, y felicito a todos los que se estén esforzando por lograrlo. Ruego que el Señor los bendiga al buscar vivir de manera ejemplar en todo concepto. Ahora bien, como todos sabemos, la región de los estados del Golfo de México hace poco ha sufrido de manera terrible a causa de la furia del viento y de las aguas. Muchos han perdido todo lo que tenían. Los daños han sido astronómicos; literalmente millones de personas han sido afectadas. El temor y la preocupación se han apoderado del corazón de muchos; se han perdido vidas. A consecuencia de todo eso, se ha visto un enorme ofrecimiento de ayuda; los corazones se han enternecido y se han abierto las puertas de los hogares. A los críticos les encanta hablar en cuanto a las fallas del cristianismo. Esas personas deberían echar un vistazo a lo que las Iglesias han hecho en estas circunstancias. Los miembros de muchas religiones han logrado maravillas, y, sin quedarse atrás, entre ellas ha estado nuestra propia Iglesia. Grupos numerosos de nuestros hermanos han viajado distancias considerables, llevando consigo herramientas, tiendas de campaña y radiante esperanza. Los hermanos del sacerdocio han brindado miles y miles de horas de trabajo de rehabilitación; ha habido entre tres y cuatro mil trabajando a la vez. Algunos de ellos se encuentran con nosotros en esta ocasión. No nos cansamos de darles las gracias. Por favor, sepan de nuestra gratitud, de nuestro amor y de nuestras oraciones a favor de ustedes. Dos de nuestros Setenta de Área, el hermano John Anderson, que reside en Florida, y el hermano Stanley Ellis, que vive en Texas, han dirigido gran parte de esa labor; pero ellos serían los primeros en afirmar que el mérito lo merece el gran número de hombres y de jovencitos que han prestado ayuda. Muchos de ellos han llevado puestas camisas que tienen inscritas estas palabras: “Manos mormonas que ayudan”. Se han ganado el amor y el respeto de las personas a las que han ayudado. Su colaboración no sólo ha sido para los miembros de la Iglesia necesitados, sino para un gran número de personas cuya afiliación religiosa se desconoce. Ellos han seguido el modelo de los nefitas, tal como se encuentra registrado en el libro de Alma: “...no desatendían a ninguno que estuviese desnudo, o que estuviese hambriento, o sediento, o enfermo, o que no hubiese sido nutrido; y no ponían el corazón en las riquezas; por consiguiente, eran generosos con todos, ora ancianos, ora jóvenes, esclavos o libres, varones o mujeres, pertenecieran o no a la iglesia, sin hacer distinción de personas, si estaban necesitadas” (Alma 1:30). Las hermanas y las jovencitas de la Iglesia de muchas partes han llevado a cabo una labor de enormes proporciones al suministrar decenas de miles de estuches de higiene personal y de limpieza. La Iglesia ha proporcionado equipo, alimentos, agua y consuelo. Hemos aportado sumas considerables de dinero a la Cruz Roja y a otras agencias; hemos hecho aportaciones de millones de dólares de las ofrendas de ayuno y de los fondos de ayuda humanitaria. A todos y a cada uno de ustedes les expreso agradecimiento en nombre de sus beneficiarios, y gracias en nombre de la Iglesia. Ahora bien, no digo, y repito enfáticamente que no digo ni insinúo que lo que ha ocurrido es un castigo del Señor. Muchas buenas personas, entre ellas algunos de nuestros fieles Santos de los Últimos Días, se encuentran entre los que han sufrido. Habiendo aclarado esto, no dudo en decir que las calamidades y las catástrofes no le son desconocidas a este mundo nuestro. Los que leemos las Escrituras y creemos en ellas nos damos cuenta de las amonestaciones de los profetas en cuanto a las catástrofes que se han llevado a cabo y que aún están por suceder. Hubo el gran Diluvio, en el que las aguas cubrieron la tierra y cuando, como dice Pedro, pocas personas, es decir, “ocho, fueron salvadas” 1 Pedro 3:20). 142


Si alguien tiene alguna duda en cuanto a las cosas terribles que pueden afligir y que afligirán a la humanidad, lea el capítulo 24 de Mateo. Entre otras cosas, el Señor dice: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras... “Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. “Y todo esto será principio de dolores... “Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!... “porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. “Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (Mateo 24:6–8, 19, 21–22). En el Libro de Mormón leemos en cuanto a la inimaginable destrucción que ocurrió en el hemisferio occidental en el momento de la muerte del Salvador en Jerusalén. De nuevo, cito: “Y sucedió que en el año treinta y cuatro, en el cuarto día del primer mes, se desató una gran tormenta, como jamás se había conocido en toda la tierra. “Y hubo también una grande y horrenda tempestad; y hubo terribles truenos de tal modo que sacudían toda la tierra como si estuviera a punto de dividirse. “Y hubo relámpagos extremadamente resplandecientes, como nunca se habían visto en toda la tierra. “Y se incendió la ciudad de Zarahemla. “Y se hundió la ciudad de Moroni en las profundidades del mar, y sus habitantes se ahogaron. “Y se amontonó la tierra sobre la ciudad de Moroníah, de modo que en lugar de la ciudad, apareció una enorme montaña... “...toda la faz de la tierra fue alterada por causa de la tempestad, y los torbellinos, y los truenos, y los relámpagos, y los sumamente violentos temblores de toda la tierra; “y se rompieron las calzadas, y se desnivelaron los caminos, y muchos terrenos llanos se hicieron escabrosos. “Y se hundieron muchas grandes y notables ciudades, y muchas se incendiaron, y muchas fueron sacudidas hasta que sus edificios cayeron a tierra, y sus habitantes murieron, y los sitios quedaron desolados” (3 Nefi 8:5–10, 12–14). ¡Qué terrible catástrofe debió de haber sido! La Peste Negra del siglo XIV cobró millones de vidas. Otras enfermedades pandémicas, como la viruela, han sido la causa de incalculable sufrimiento y muerte a través de los siglos. En el año 79 de nuestra era, la gran ciudad de Pompeya fue destruida cuando el Vesubio entró en erupción. La ciudad de Chicago fue asolada por un incendio espantoso; los maremotos han azotado regiones de Hawai; el terremoto de San Francisco en 1906 arrasó la ciudad y cobró aproximadamente 3.000 vidas; el huracán que azotó Galveston, Texas, en 1900, mató a 8.000 personas; y más recientemente, como saben, ocurrió el gigantesco maremoto en el sureste de Asia, donde se perdieron miles de vidas y donde aún se necesitan labores de socorro. Cuán portentosas son las palabras de la revelación que se encuentra en la Sección 88 de Doctrina y Convenios en cuanto a las calamidades que sobrevendrían tras el testimonio de los élderes. El Señor dice: “Porque después de vuestro testimonio viene el testimonio de terremotos que causarán gemidos en el centro de la tierra, y los hombres caerán al suelo y no podrán permanecer en pie. “Y también viene el testimonio de la voz de truenos, y la voz de relámpagos, y la voz de tempestades, y la voz de las olas del mar que se precipitan allende sus límites. “Y todas las cosas estarán en conmoción; y de cierto, desfallecerá el corazón de los hombres, porque el temor vendrá sobre todo pueblo” (D. y C. 88:89–91). 143


Qué interesantes son las descripciones del maremoto y de los huracanes recientes en vista del lenguaje de esta revelación, que dice: “...la voz de las olas del mar que se precipitan allende sus límites”. La crueldad del hombre para con el hombre, manifestada en conflictos pasados y presentes, ha sido y sigue siendo la causa de sufrimiento indescriptible. En Darfur, una región de Sudán, han matado a decenas de millares de personas, y más de un millón se han quedado sin hogar. Todo lo que hemos experimentado en el pasado fue predicho, y aún no ha llegado el fin. Así como en el pasado han ocurrido calamidades, esperamos más en el futuro. ¿Qué haremos? Alguien ha dicho que no llovía cuando Noé construyó el arca; pero la construyó y empezó a llover. El Señor ha dicho: “...si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30). La preparación fundamental también se expone en Doctrina y Convenios, donde dice: “Por tanto, permaneced en lugares santos y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor...” (D. y C. 87:8). Entonamos el himno: Al sentir temblar la tierra, danos fuerzas y valor. Al venir tus grandes juicios, cuídanos con tu amor. (“Jehová, sé nuestro guía”, Himnos, Nº 39.) Podemos vivir de tal manera que podamos suplicar al Señor Su protección y guía; eso es algo primordial. No podemos esperar recibir Su ayuda si no estamos dispuestos a guardar Sus mandamientos. En esta Iglesia tenemos suficiente evidencia de los castigos de la desobediencia en los ejemplos tanto de la nación jaredita como de la nefita. Cada una de ellas pasó del esplendor a la destrucción total debido a la iniquidad. Sabemos, por supuesto, que la lluvia cae sobre justos e injustos (véase Mateo 5:45), pero aunque los justos mueran, no se pierden, sino que son salvos mediante la Expiación del Redentor. Pablo escribió a los romanos: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos” (Romanos 14:8). Debemos prestar oídos a las advertencias. Hemos sabido que se expresaron muchas de ellas en cuanto a la vulnerabilidad de Nueva Orleáns. Los sismólogos indican que el valle del Lago Salado es una zona de posibles terremotos. Ésa es la razón principal por la que estamos llevando a cabo la extensa renovación del Tabernáculo de la Manzana del Templo. Ese histórico y extraordinario edificio se debe adecuar para resistir el temblor de la tierra. Hemos edificado depósitos de grano y almacenes que hemos abastecido con lo indispensable para sostener la vida en caso de un desastre. Pero el mejor almacén es el almacén familiar. En palabras de revelación el Señor ha dicho: “...organizaos; preparad todo lo que fuere necesario” (D. y C. 109:8). A nuestra gente se le ha aconsejado y alentado durante tres cuartos de siglo a hacer los preparativos necesarios que les asegure la supervivencia en caso de que sobrevenga una calamidad. Podemos guardar en reserva agua, alimentos básicos, medicina y ropa que nos abrigue, y debemos guardar un poco de dinero para los tiempos de necesidad. Ahora bien, lo que he dicho no es para que salgan corriendo a la tienda de comestibles o supermercado ni nada por el estilo. Lo que digo no es nada que no se haya dicho desde hace mucho tiempo. Nunca perdamos de vista el sueño de Faraón en cuanto a las vacas gordas y las flacas, las espigas llenas y las espigas menudas, el significado de las cuales interpretó José para indicar años de abundancia y años de escasez (véase Génesis 41:1–36). Tengo fe, mis queridos hermanos, en que el Señor nos bendecirá, nos protegerá y nos ayudará si somos obedientes a Su luz, a Su Evangelio y a Sus mandamientos. Él es nuestro Padre y nuestro Dios, y nosotros somos Sus hijos, y debemos ser en todo concepto merecedores de Su amor y de Su interés. Ruego que lo hagamos así, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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PERMANEZCAN EN EL SENDERO DE LA RECTITUD. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Pidan la fortaleza para transitar por el sendero de la rectitud, el cual a veces puede parecer solitario, pero que llevará a la paz, a la felicidad y al gozo supremos. Mis queridas jóvenes amigas, hermosas jovencitas, hemos escuchado testimonios inspiradores y maravillosos discursos de esta Presidencia de las Mujeres Jóvenes. ¡Son líderes muy talentosas y capaces! Y respaldándolas, hay una mesa general de la misma calidad, y en conjunto, brindan liderazgo a este grandioso programa para las mujeres jóvenes que se extiende a lo largo del mundo. Es ahora mi turno de hablarles y casi no sé que decir. Me siento abrumado al ver a tantas de ustedes. En este grandioso Centro de Conferencias hay miles de personas; los edificios de los alrededores acomodarán el exceso de cupo. Estos servicios están llegando a centros de reuniones de muchos países de esta grande y vasta tierra. Hay tantas de ustedes, y de todo corazón les tiendo la mano. Las aprecio, las honro y las respeto. Qué tremenda fuerza para bien son ustedes. Ustedes son la fortaleza del presente; la esperanza del futuro. Ustedes son el producto de todas las generaciones que las han precedido, la promesa de todas las que vendrán después. Deben saber, como se les ha dicho, que no están solas en el mundo. Hay cientos de miles de ustedes, que viven en muchos países, que hablan diferentes idiomas, y cada una lleva algo divino en su interior. No hay nadie que las supere; ustedes son hijas de Dios. Han recibido como patrimonio algo bello, sagrado y divino. Nunca lo olviden. Su Padre eterno es el gran Maestro del universo. Él gobierna sobre todo, pero también escuchará sus oraciones como hijas Suyas, y las escuchará cuando le hablen. Él contestará sus oraciones y no las dejará solas. En mis momentos de quietud, pienso en el futuro con todas sus maravillosas posibilidades y con todas sus terribles tentaciones, me pregunto qué les pasará a ustedes en los próximos diez años. ¿Dónde estarán? ¿Qué estarán haciendo? Eso dependerá de las elecciones que hagan, algunas de las cuales parecerán sin importancia en el momento, pero que tendrán consecuencias tremendas. Alguien ha dicho: “Es posible que lo que hagamos hoy, sea bueno o malo, afecte toda la eternidad” (James Freeman Clarke, en Elbert Hubbard Scrap Book, 1923, pág. 95). Ustedes tienen el potencial de llegar a ser cualquier cosa que se propongan; tienen una mente, un cuerpo y un espíritu, y con esos elementos trabajando unidos, podrán recorrer el sendero de la rectitud que lleva al éxito y a la felicidad. Pero eso requerirá esfuerzo, sacrificio y fe. Entre otras cosas, debo recordarles que es preciso que obtengan toda la educación académica posible. La vida se ha vuelto tan compleja y competitiva. No deben asumir que se les deben privilegios. Se espera que hagan grandes esfuerzos y que utilicen sus mejores talentos para labrarse el futuro más maravilloso del que sean capaces. En ocasiones, lo más probable es que tengan serias decepciones, pero habrá manos que se les tenderán a lo largo del camino, muchas de ellas para darles aliento y fortaleza para seguir adelante. El otro día fui al hospital para visitar a un querido amigo. Observé a varias de las enfermeras que estaban de turno; eran sumamente capaces; me impresionaron porque parecían saber todo lo que estaba pasando y qué hacer al respecto. Habían recibido una buena enseñanza, lo cual era obvio. En la pared de cada habitación había un lema enmarcado que decía: “Nos esforzamos por la excelencia”. ¡Qué tremenda diferencia hace la capacitación! La capacitación es la clave de la oportunidad; trae consigo el desafío de ampliar el conocimiento, y la fortaleza y el poder de la disciplina. Quizás no tengan los medios económicos para obtener todos los estudios que desean; hagan que su dinero les rinda lo más posible y aprovechen las becas y los préstamos que tendrán la capacidad de devolver. 145


Por esa razón es que se estableció el Fondo Perpetuo para la Educación. Nos dimos cuenta de que unos pocos dólares podrían surtir una tremenda diferencia en las oportunidades que tuviesen los jóvenes y las jovencitas para obtener la capacitación necesaria. El beneficiario obtiene la capacitación y paga el préstamo para que alguien más tenga la misma oportunidad. Hasta ahora nuestra experiencia indica que los efectos de la capacitación dan como resultado una ganancia tres o cuatro veces mayor a la que se recibiría sin ella. ¡Piensen en ello! Aunque ese programa no está disponible en todas partes, está establecido donde viven algunas de ustedes y, si está disponible, podría llegar a ser una gran bendición en sus vidas. Al transitar por el sendero de la vida, cuídense de las amistades, ya que pueden ayudarlas o destruirlas. Sean generosas al ayudar a los menos afortunados y a los afligidos, pero mantengan amistades que sean de su misma clase, amistades que las alienten, que las apoyen, que vivan como ustedes desean vivir, que disfruten de la misma clase de diversiones y que se opongan a la maldad a la cual ustedes están resueltas a resistir. Para lograr Su plan de felicidad, el Gran Creador plantó en nuestro interior un instinto que hace que los muchachos se interesen en las jovencitas y éstas en los muchachos. Esa poderosa inclinación puede llevar a experiencias hermosas o a experiencias terriblemente desagradables. Al observar el mundo, parecería que la moral se ha dejado de lado. La violación de las viejas normas se ha convertido en algo común. Los estudios, uno tras otro, demuestran el abandono de principios aprobados por tanto tiempo. La autodisciplina se ha olvidado y la satisfacción promiscua ha llegado a generalizarse. Sin embargo, mis queridas amigas, no debemos aceptar lo que se ha hecho tan común en el mundo. Ustedes, como miembros de la Iglesia, tienen una norma más elevada y exigente, la que declara, como una voz desde el Sinaí, que no deben ceder, que deben controlar sus deseos. Para ustedes no existe futuro en ningún otro camino. Debo modificar eso para decir que el Señor ha provisto el arrepentimiento y el perdón. Sin embargo, el ceder a la tentación se puede convertir en una herida que nunca parece sanar y que siempre deja una fea cicatriz. El recato en el vestir y en los modales servirán de protección en contra de la tentación. Quizás sea difícil encontrar ropa modesta, pero se consigue con el debido esfuerzo. A veces desearía que cada jovencita tuviese acceso a una máquina de coser y aprendiera a utilizarla para confeccionarse ropa atractiva. Creo que ese es un deseo poco realista, pero no dudo en decir que pueden ser atractivas sin ser inmodestas; pueden ser alegres, optimistas y bellas tanto en su modo de vestir como en su comportamiento. Su atractivo dependerá de su personalidad, la cual es la suma de sus características individuales. Sean alegres; sonrían; diviértanse, pero tracen estrictos parámetros, una línea en la arena, por así decirlo, la cual no traspasarán. El Señor habla de los que rechazan consejo, de los que “tropiecen y caigan cuando desciendan las tempestades y soplen los vientos y vengan las lluvias, y den con ímpetu contra su casa” (D. y C. 90:5). Manténgase alejadas de la diversión vulgar; tal vez sea atractiva, pero en muchos de los casos es degradante. No quiero ser mojigato sobre esto; ni deseo que se me considere un aguafiestas; no quiero que se piense que soy un viejo que no sabe nada de la juventud ni de sus problemas. Creo que sé algo sobre esas cosas y es de todo corazón y con todo mi amor que les ruego que se mantengan en el sendero de la rectitud. Diviértanse con sus buenas amistades; canten y bailen, vayan a nadar y a caminar, participen juntos en proyectos y vivan la vida con fervor y entusiasmo. Respeten sus cuerpos. El Señor los ha descrito como templos. En estos días hay muchos que desfiguran sus cuerpos con tatuajes. ¡Qué poca visión! Esas marcas permanecen toda la vida; una vez que se hacen, no se pueden quitar, excepto mediante un proceso difícil y costoso. No puedo comprender por qué una jovencita se sometería a algo así. Les ruego que eviten desfigurarse de esa forma. Y mientras hablo sobre las cosas que se deben evitar, menciono nuevamente las drogas. Por favor, no experimenten con ellas; aléjense de ellas como si fueran una enfermedad inmunda, porque eso es lo que son. Nunca piensen que van a lograrlo solas; necesitan la ayuda del Señor. Nunca duden de arrodillarse en algún lugar a solas y hablar con Él. ¡Qué maravillosa y extraordinaria es la oración! Piensen en ello. En verdad podemos hablar con nuestro Padre Celestial; Él escuchará y contestará, pero debemos prestar 146


atención a esa respuesta. Nada es demasiado grave ni nada es de tan poca importancia para compartirlo con Él, quien ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Y continúa: “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (v. 30). Eso sencillamente significa que al final, Su camino es fácil de recorrer y Su sendero es fácil de seguir. Pablo escribió a los Romanos: “porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). La fe en el Señor Jesucristo debe ser un faro de luz delante de ustedes, una estrella polar en su firmamento. El presidente George Albert Smith solía hablar acerca de permanecer del lado de la línea del Señor. Qué importante es eso. Hace muchos años relaté una historia en una conferencia que creo que repetiré. Es sobre un jugador de béisbol. Reconozco que algunas de ustedes, en diversas partes del mundo, no saben mucho acerca del béisbol ni tienen interés en él, pero esta historia encierra una lección extraordinaria. El hecho ocurrió en 1912; se jugaban las Series Mundiales y era el último partido para determinar quién sería el ganador de las series. El partido iba 2 a 1 a favor de los Gigantes de Nueva York, que estaban en el campo, mientras que los Medias Rojas de Boston iban a batear. El bateador golpeó la pelota que salió disparada a gran altura en forma de arco. Dos de los jugadores del equipo de Nueva York corrieron para agarrarla. Fred Snodgrass, que estaba en el centro del campo, le hizo una señal a su compañero de que iba por ella. Él llegó directamente debajo de la pelota y ésta le cayó en el guante, pero no pudo sostenerla; se le resbaló de la mano y cayó al suelo. Desde las tribunas se oyó un clamor de desazón. Los espectadores no podían creer que Snodgrass hubiera dejado caer la pelota. Cientos de veces había atrapado pelotas en vuelo, pero en ese momento, el más crítico, no había podido retenerla y los Medias Rojas más tarde ganaron el campeonato. Snodgrass volvió la temporada siguiente y siguió jugando béisbol en forma brillante durante nueve años. Vivió hasta los ochenta y seis años y murió en 1974. Sin embargo, después de aquel error, durante sesenta y dos años, cada vez que lo presentaban a alguien, el comentario esperado era: “Ah, sí, usted es el que dejó caer la pelota”. Lamentablemente, vemos personas que dejan caer la pelota todo el tiempo. Tenemos a la alumna que piensa que le va bien en las clases y luego, bajo la tensión de los exámenes finales, reprueba. Tenemos al conductor que es sumamente cuidadoso, pero que en un momento de descuido, se ve envuelto en un trágico accidente. Tenemos al empleado bueno y de confianza, pero en un instante, enfrenta una tentación que no puede resistir; sobre él recae una marca que parece que nunca desaparecerá completamente. Tenemos la explosión de ira que destruye en un solo momento una amistad de mucho tiempo. Tenemos el pecadillo que de algún modo va creciendo y finalmente lleva al alejamiento de la Iglesia. Tenemos la vida que se vive con decencia, pero de pronto se produce la caída moral destructiva, siempre presente e inquietante, cuyo recuerdo parece que nunca se desvanecerá. En todos esos casos, alguien dejó caer la pelota; la persona tal vez haya tenido gran confianza en sí misma; quizás haya sido un tanto arrogante y haya pensado: “En realidad no tengo que esforzarme”. Pero cuando él o ella trató de alcanzar la pelota, pasó por el guante y cayó al suelo. Es cierto que existe el arrepentimiento y claro que existe el perdón, y también el deseo de olvidar; pero de alguna forma, el momento en que se dejó caer la pelota se recuerda por largo tiempo. Ahora, mis queridas y maravillosas jovencitas, les hablo con el amor de padre que siento por ustedes. Les agradezco que hayan andado tan bien hasta ahora. Les ruego que nunca bajen la guardia, que se establezcan un propósito, que se mantengan firmes y sigan adelante inmutables ante cualquier tentación o fuerza enemiga que pueda cruzarse en su camino. Ruego que no desperdicien su vida, sino que den fruto de un grandioso y eterno bien. Los años pasarán y yo no estaré aquí para ver lo que hayan hecho de su vida; pero habrá muchos, sí, muchos otros, que dependerán de ustedes, cuya paz y felicidad dependerá de lo que ustedes hagan. Y sobre todos ellos, estará nuestro Padre Celestial que siempre las querrá como hijas Suyas. 147


Deseo recalcar que si cometen un error, éste se puede perdonar, se puede superar, se puede seguir adelante. Podrán continuar hacia el éxito y la felicidad, pero espero que no tengan que pasar por esa experiencia, y tengo la plena confianza de que no sucederá si toman la determinación y oran para pedir la fortaleza para transitar por el sendero de la rectitud, el cual a veces puede parecer solitario, pero que llevará a la paz, a la felicidad y al gozo supremos en esta vida y por siempre en el más allá. Eso lo ruego en el sagrado nombre de Aquel que dio Su vida para que fuese posible que viviésemos eternamente, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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LEALTAD. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Sean leales a lo mejor que está dentro de ustedes; sean fieles y verídicos a los convenios que están relacionados con el sacerdocio de Dios. En todo el mundo, no hay otra reunión que se compare a ésta. Dondequiera que estemos, cualquiera sea el idioma que hablemos, todos somos hombres sobre cuya cabeza se han impuesto las manos para recibir el sacerdocio de Dios. Ya seamos jovencitos que hayan recibido el Sacerdocio Aarónico o menor, u hombres que hayan recibido el Sacerdocio de Melquisedec o mayor, sobre cada uno de nosotros se ha conferido algo maravilloso y magnífico, una porción de la esencia misma de la divinidad. Repito, en todo el mundo no hay una congregación como ésta. Nos encontramos reunidos en los lazos de hermandad, en una vasta congregación de hombres que han sido investidos con cierto poder o autoridad, que se sienten honrados con el privilegio de hablar y de actuar en el nombre del Todopoderoso. El Señor Dios de los cielos ha considerado apropiado conferir sobre nosotros algo que es exclusivamente Suyo. A veces me pregunto si somos dignos de él; me pregunto si en verdad lo valoramos. Me maravilla el carácter infinito de este poder y autoridad; tiene que ver con la vida y la muerte, con la familia y la Iglesia, con la grandiosa y trascendente naturaleza de Dios Mismo y Su obra eterna. Hermanos, les saludo como miembros de quórumes del santo sacerdocio; les saludo como siervos del Dios viviente quien ha depositado sobre cada uno de nosotros una responsabilidad que no debemos ni podemos eludir. En armonía con ese saludo, he elegido hablar sobre los diversos aspectos de una palabra; esa palabra es lealtad. Pienso en la lealtad desde el punto de vista de ser fieles a nosotros mismos; desde el punto de vista de ser absolutamente fieles a la compañera que hemos escogido; desde el punto de vista de ser absolutamente fieles a la Iglesia y a sus muchas facetas de actividad; desde el punto de vista de ser absolutamente fieles al Dios del cielo, nuestro Padre Celestial, y a Su Amado Hijo, nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Debemos ser fieles a lo mejor que llevamos en nuestro interior. Somos hijos de Dios que tienen el honor de poseer Su autoridad divina. Pero vivimos en un mundo de maldad; hay un poder constante que nos está tirando, que nos tienta a participar de aquello que es totalmente contradictorio al divino sacerdocio que poseemos. Es interesante observar la forma en que el padre de las mentiras, ese astuto hijo de la mañana, que fue expulsado de los cielos, siempre tiene los medios y la capacidad para tentar, persuadir y atraer a sus sendas a aquellos que no son fuertes y alertos. Recientemente, cierta película conmovedora fue aclamada como la mejor del año; no la he visto y no creo que vaya a hacerlo, pero me han dicho que está llena de escenas de sexo y de obscenidades. La pornografía es una de las características de nuestros días; los que la producen se enriquecen a expensas de la credulidad de aquellos que disfrutan de ella. En las primeras líneas de la revelación que conocemos como la Palabra de Sabiduría, el Señor declara: “Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os 148


prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación”(D. y C. 89:4). Luego prosigue a hablar acerca de los alimentos que llevamos a la boca. Esas mismas palabras se podrían aplicar en lo referente a lo que llevamos a nuestra mente cuando nos entregamos a la pornografía. Hermanos, todo hombre y jovencito que me esté escuchando sabe lo que es degradante; no necesitan un mapa para predecir a dónde les llevará ese hábito. Comparen eso con la belleza, la paz y el maravilloso sentimiento que provienen del vivir cerca del Señor y de alzarse por encima de las prácticas engañosas y entorpecedoras que nos rodean. Esto se aplica a ustedes, mis queridos jovencitos que están en esta reunión; ustedes son blancos específicos del adversario. Si él les puede dominar ahora, sabe que podrá controlarlos toda la vida. Ustedes llevan en su interior maravillosos poderes e instintos para un propósito divino. No obstante, si se utilizan indebidamente, se convierten en algo que destruye en vez de que edifique. Estoy profundamente agradecido por la fortaleza de nuestra juventud, pero también soy consciente de que algunos se nos escabullen. Toda pérdida es una tragedia. El reino de nuestro Señor les necesita; sean dignos de ello; sean leales a lo mejor de ustedes mismos; nunca se degraden haciendo lo que les robaría la fortaleza para abstenerse. A ustedes, hermanos, extiendo un desafío: aléjense de la oleada de vulgaridad que los destruiría; aléjense de las maldades del mundo; sean leales a lo mejor de ustedes mismos; sean leales a lo mejor que está dentro de ustedes; sean fieles y verídicos a los convenios que están relacionados con el sacerdocio de Dios. Ustedes no deben revolcarse en la lascivia, no deben mentir, no deben hacer trampas, no deben aprovecharse de los demás injustificadamente sin denegar esa chispa de divinidad con la que cada uno de nosotros vino a esta tierra. Ruego con todas mis fuerzas, hermanos, que nos elevemos por encima de eso y seamos leales a lo mejor de nosotros mismos. Sean leales en sus relaciones familiares. He sido testigo de mucho de lo mejor y de mucho de lo peor en el matrimonio. Todas las semanas tengo la responsabilidad de actuar tocante a las solicitudes de cancelación de sellamientos en el templo. El divorcio se ha convertido en algo muy común en todo el mundo. Aun en los lugares donde no es legal, hombres y mujeres simplemente pasan por alto la ley y viven juntos. Estoy agradecido por poder decir que el divorcio es mucho menos frecuente entre los que están casados en el templo; pero incluso entre éstos, hay más divorcios que los que debería haber. La novia y el novio van a la Casa del Señor profesándose amor el uno por el otro; entran en convenios solemnes y eternos el uno con el otro y con el Señor. Su relación queda sellada en un pacto eterno. Nadie espera que un matrimonio funcione a la perfección, pero uno esperaría que todo matrimonio que se efectúa en la Casa del Señor llevase consigo un convenio de lealtad mutua. Por mucho tiempo he pensado que el factor más importante en un matrimonio feliz es la preocupación solícita por la comodidad y el bienestar de nuestro cónyuge. En la mayoría de los casos, el egoísmo es el factor principal que ocasiona discusión, separación, divorcio y corazones destrozados. Hermanos, el Señor espera algo mejor de nosotros; Él espera algo mejor de lo que se encuentra en el mundo. Nunca olviden que fueron ustedes quienes seleccionaron a su compañera; fueron ustedes los que pensaron que no había nadie más en el mundo como ella; fueron ustedes los que desearon tenerla para siempre. Pero en demasiados casos, la imagen de la experiencia en el templo se desvanece. La causa de ello podría ser un deseo lujurioso. La crítica reemplaza el elogio. Si buscamos lo peor en alguna persona, lo encontraremos, pero si nos concentramos en lo mejor, ese elemento crecerá hasta que resplandezca. En ello no me encuentro sin experiencia personal. Mi esposa y yo pronto cumpliremos 66 años de casados. No sé cómo ha podido soportarme todo este tiempo. Ya hemos envejecido. Pero cuán agradecido estoy por ella. Cuán deseoso estoy de que se encuentre cómoda; cuánto deseo lo mejor para ella. ¡Qué gran compañera ha sido! ¡Qué esposa tan maravillosa y qué formidable madre, abuela y bisabuela! De seguro habrán oído del hombre que vivió hasta una edad avanzada y le preguntaron a qué atribuía su longevidad. Respondió que cuando él y su esposa se casaron, acordaron que cuando discutieran, uno tendría que salir de la casa. Él dijo: “Caballeros, atribuyo mi longevidad al hecho de que he aspirado mucho aire fresco durante todos estos años”. Hermanos, sean leales a su compañera. Que su matrimonio sea bendecido con una inquebrantable lealtad mutua. Busquen su felicidad el uno con el otro; den a su compañera la oportunidad de progresar en 149


las cosas que a ella le interesen, de desarrollar sus talentos, de desarrollarse a su propia manera, y de experimentar su propio sentido de realización. Permítanme ahora decir algo en cuanto a la lealtad a la Iglesia. Vemos tanta indiferencia; hay aquellos que dicen: “La Iglesia no me va a dar órdenes de cómo debo de pensar sobre esto ni aquello, ni cómo vivir mi vida”. No, contesté, la Iglesia no le va a dar órdenes a ningún hombre sobre cómo debe pensar ni lo que debe hacer. La Iglesia señalará el camino e invitará a todo miembro a vivir el Evangelio y disfrutar de las bendiciones que provienen del vivir de esa manera. La Iglesia no le dará órdenes a ningún hombre, sino que aconsejará, persuadirá, instará y esperará lealtad de aquellos que profesan ser miembros de ella. Cuando yo era estudiante universitario, le dije a mi padre en una ocasión que pensaba que las Autoridades Generales habían sobrepasado sus derechos al proponer cierta cosa. Él dijo: “El Presidente de la Iglesia nos lo ha pedido y yo lo sostengo como Profeta, Vidente y Revelador, y estoy resuelto a seguir su consejo”. He prestado servicio en los consejos generales de esta Iglesia durante 45 años. He sido Ayudante de los Doce, miembro de los Doce, consejero de la Primera Presidencia, y ahora, durante ocho años, Presidente. Quiero darles mi testimonio de que aunque he estado presente en literalmente miles de reuniones donde se ha hablado de las normas y los programas de la Iglesia, nunca he estado en una donde no se hubiese buscado la guía del Señor ni donde hubiese el deseo, por parte de cualquiera de los presentes, de proponer o hacer nada que fuese perjudicial u obligatorio para nadie. En el Libro de Apocalipsis dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15–16). Les hago una promesa, mis queridos hermanos, que mientras esté desempeñando mi actual responsabilidad, nunca daré mi consentimiento ni recomendaré ninguna norma, ningún programa, ninguna doctrina que no sea para otra cosa más que para el beneficio de los miembros de ésta, la Iglesia del Señor. Ésta es Su obra; Él la estableció; Él ha revelado su doctrina; Él ha señalado sus prácticas; Él ha creado su gobierno; es Su obra y Su reino, y Él ha dicho: “...porque aquellos que no son conmigo, contra mí son” (2 Nefi 10:16). En 1933, hubo un movimiento en los Estados Unidos para anular la ley que prohibía la producción y venta de bebidas alcohólicas. A la hora de votar, el voto del estado de Utah fue el decisivo. Yo me encontraba en una misión, en Londres, Inglaterra, cuando leí el titular del diario que proclamaba: “El estado de Utah pone fin a la prohibición”. El presidente Heber J. Grant, en aquel entonces Presidente de esta Iglesia, había suplicado a nuestros miembros que no votasen para anular la prohibición. Le descorazonó que tantos miembros de la Iglesia de este estado no hicieron caso a su consejo. En esta ocasión no voy a hablar acerca de lo bueno o lo malo de la prohibición, sino sobre la lealtad inquebrantable hacia la Iglesia. Mis hermanos, cuán agradecido me siento, cuán profundamente agradecido por la gran fe de tantos Santos de los Últimos Días que, al enfrentar una decisión importante sobre la cual la Iglesia ha expresado su postura, se ciñen a esa postura. Y estoy especialmente agradecido de expresar que entre los que son leales hay hombres y mujeres sobresalientes, de éxito, con educación, influencia, fortaleza... personas sumamente inteligentes y capaces. Cada uno tiene que hacer frente a la cuestión: o la Iglesia es verdadera, o es un fraude. No hay puntos intermedios. Es la Iglesia y el reino de Dios o no es nada. Gracias, mis queridos hermanos, hombres de gran fortaleza, gran fidelidad, gran fe y gran lealtad. Finalmente, lealtad a Dios nuestro Padre Eterno y Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo. En esta Iglesia, todo hombre tiene derecho al conocimiento de que Dios es nuestro Padre Eterno y Su Amado Hijo es nuestro Redentor. El Salvador dio la clave mediante la cual podemos obtener ese conocimiento. Él dijo: 150


“El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17). Judas Iscariote ha pasado a la historia como el gran traidor, el que vendió su lealtad por 30 piezas de plata (véase 26:15). Cuántos en nuestros días, para citar las palabras de Pablo, “[crucifican...] de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y [lo exponen] a vituperio” (véase Hebreos 6:6). Ustedes saben de las obscenidades que se dicen en la escuela y en la calle; evítenlas; nunca las dejen salir de sus labios. Para demostrar su lealtad al Dios del cielo y al Redentor del mundo mantengan sagrados los nombres de Ellos. Oren a su Padre Celestial en el nombre del Señor Jesucristo, y siempre, bajo toda circunstancia, mediante la naturaleza misma de sus vidas, demuestren su lealtad y su amor. ¿Quién sigue al Señor? Toma tu decisión. Clamamos sin temor; ¿Quién sigue al Señor? (Himnos, Nº 170.) Que las bendiciones del cielo estén con ustedes y sus familias, mis queridos hermanos. Que a cada uno de nosotros siempre se le encuentre como una persona veraz y fiel, hombres y jovencitos de integridad y absoluta lealtad, ruego en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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A LAS MUJERES DE LA IGLESIA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes. Alguien ha dicho: "Sean bondadosos con las mujeres. Ellas constituyen la mitad de la población y son las madres de la otra mitad". Mis queridas hermanas, mujeres maravillosas que han escogido la bue todo lo que ustedes hacen; veo sus lana parte, siento gran admiración por bores en todo. Muchas de ustedes son madres, lo cual es suficiente para ocupar todo su tiempo. Ustedes son compañeras, las mejores amigas que sus maridos tienen o que tendrán. Son amas de casa. Eso no parece ser mucho, ¿verdad? Pero ¡qué trabajo es mantener una casa limpia y ordenada! Son las que hacen las compras. Nunca me imaginé, hasta que llegué a ser adulto, lo difícil que es la responsabilidad de tener lo suficiente para alimentar a la familia, de mantener la ropa limpia y presentable, y de comprar todo lo necesario para que funcione el hogar. Son enfermeras; son las primeras en enterarse de toda enfermedad que aparece y las primeras en prestar ayuda. En casos de enfermedades graves, permanecen al lado del enfermo día y noche, brindando consuelo, ánimo, ministrando y orando. Además, son el chofer de la familia; llevan a sus hijos a repartir periódicos, los llevan a eventos deportivos, a las actividades del barrio y los llevan de un lado a otro mientras ellos continúan con sus vidas ocupadas. Y podría seguir. Todos mis hijos ya son mayores; algunos de ellos tienen más de sesenta años, y cuando llaman por teléfono y yo contesto, preguntan: "¿Cómo estás?", pero antes de que pueda responder, preguntan: "¿Está mamá por ahí?". Ella ha sido la fortaleza durante toda la vida de ellos. Desde que fueron bebés, han acudido a ella, y ella siempre ha respondido con afecto, guía y enseñanza, bendiciendo sus vidas en todo aspecto. 151


Ahora tenemos nietas que son madres. Ellas nos visitan y me maravillo al ver su paciencia, su capacidad de calmar a sus hijos, de hacer que dejen de llorar y, creo yo, de hacer miles de cosas más. Conducen autos, usan computadoras, asisten a las actividades de sus hijos, cocinan y cosen, enseñan clases y dan discursos en la Iglesia. Veo a sus esposos y quisiera decirles: "Despierten y lleven su parte de la carga. ¿En verdad valoran a su esposa? ¿Saben cuánto hace ella? ¿Alguna vez la felicitan? ¿Alguna vez le dan las gracias?" Bien, queridas hermanas, yo les digo gracias. Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes; que sus oraciones sean contestadas y que sus esperanzas y sus sueños se hagan realidad. Ustedes sirven tan bien en la Iglesia y piensan que es sumamente agotador; lo es, pero con cada responsabilidad que se cumple viene una gran recompensa. Muchas de ustedes piensan que son un fracaso; consideran que no son eficaces, que todo su esfuerzo no es suficiente. Todos nos sentimos así; yo me siento así al dirigirles la palabra esta noche. Ruego contar con el poder y la capacidad que anhelo tener para elevarlas, inspirarlas, agradecerles, alabarlas y traer un poco de gozo a sus corazones. Todos nos preocupamos por nuestro desempeño y tenemos el deseo de ser mejores. Pero, lamentablemente, no nos damos cuenta, a menudo no vemos los resultados de lo que llevamos a cabo. Recuerdo que hace muchos años asistí a una conferencia de estaca en el este de Estados Unidos; de regreso a casa en el avión sentí que había sido un fracaso total; pensaba que no había influido en nadie para bien. Me sentía abatido con una sensación de ineptitud. Después de algunos años, asistí a otra conferencia en California. Al finalizar la reunión, un hombre se dirigió hacia mí y me dijo: "Usted asistió a una conferencia hace muchos años en tal lugar". "Sí", le contesté, "estuve ahí y recuerdo aquella ocasión". El hermano me dijo: "Usted me llegó al corazón; asistí a la reunión por curiosidad porque en verdad no tenía interés. Estaba a punto de dejar la Iglesia, pero cuando anunciaron que uno de los Doce Apóstoles iba a estar presente, decidí asistir. "Usted dijo algo que me hizo pensar, me impresionó, influyó en mí y me conmovió. Decidí cambiar mi rumbo y cambié mi vida. Ahora vivo aquí en California, tengo un buen trabajo, por lo cual estoy agradecido. Espero ser un buen esposo y padre. Ahora sirvo como consejero en el obispado de mi barrio; me siento más feliz de lo que he sido en cualquier otro momento de mi vida". Le agradecí y, una vez que nos despedimos, me dije a mí mismo, moviendo la cabeza: "Nunca se sabe; nunca se sabe si se ha hecho un bien; uno nunca sabe el bien que hace". Ahora bien, mis queridas hermanas, así pasa con ustedes. Ustedes hacen lo mejor que pueden, lo cual redunda en algo bueno para ustedes y los demás. No se mortifiquen con un sentimiento de fracaso; arrodíllense y rueguen que el Señor las bendiga; en seguida, levántense y hagan lo que se les pida, y luego dejen el asunto en manos del Señor y descubrirán que habrán logrado algo que vale más que nada. Ahora bien, estoy dirigiendo la palabra a un grupo muy diverso, el cual incluye a mujeres jóvenes que todavía estudian o que trabajan, son solteras y esperan conseguir al hombre perfecto. Yo todavía no he visto a ninguno que lo sea. Pónganse metas altas, pero no tan altas que no las puedan alcanzar. Lo que en verdad importa es que él las ame, las respete, las honre y les sea absolutamente fiel, que les dé la libertad para expresarse y les permita desarrollar sus propios talentos. Él no va a ser perfecto, pero si es bondadoso y considerado, si sabe trabajar y ganarse la vida, si es honrado y lleno de fe, la posibilidad es que no se equivoquen y que sean inmensamente felices. Algunas de ustedes, lamentablemente, no se casarán en esta vida. Así sucede a veces. Si eso ocurre, no vivan lamentándose; el mundo todavía necesita sus talentos, necesita su contribución. La Iglesia necesita su fe, necesita sus manos fuertes que brinden ayuda. La vida nunca es un fracaso en tanto no la llamemos así. Hay tantas personas que necesitan su ayuda, su amorosa sonrisa, su tierna bondad. Veo a tantas mujeres capaces, atractivas y maravillosas a quienes el romance ha dejado de lado. No lo entiendo, 152


pero sé que, en el plan del Todopoderoso, el eterno plan que llamamos el plan de felicidad de Dios, habrá oportunidad y recompensa para todos los que las busquen. A ustedes, las madres jóvenes que tienen niños pequeños, su desafío es enorme. Muy a menudo no hay suficiente dinero; deben ser moderadas en gastar y ahorrar, deben ser prudentes y cuidadosas con sus gastos; deben ser fuertes, decididas y valientes y seguir adelante con gozo en la mirada y amor en el corazón. Cuán bendecidas son, mis queridas y jóvenes madres. Sus hijos serán suyos para siempre. Espero que hayan sido selladas en la casa del Señor y que su familia sea una familia eterna en el reino de nuestro Padre. Ruego que reciban fortaleza para llevar su pesada carga, para cumplir con toda obligación, para caminar al lado de un hombre bueno, fiel y bondadoso y que juntos críen, nutran y eduquen a sus hijos en rectitud y verdad. Ninguna otra cosa que posean, ninguna cosa que adquieran en el mundo valdrá más que el amor de sus hijos. Que Dios las bendiga, mis queridísimas jóvenes madres. También las tenemos a ustedes, las mujeres que no son ni jóvenes ni ancianas. Ustedes se encuentran en la mejor etapa de sus vidas; sus hijos son adolescentes; tal vez uno o dos se hayan casado; algunos están en la misión y ustedes se sacrifican para mantenerlos en el campo misional. Ustedes anhelan su éxito y su felicidad, y oran por ello. A ustedes, queridas mujeres, les ofrezco un consejo especial. Cuenten sus bendiciones, una por una. No necesitan una mansión con una agobiante e interminable hipoteca. Lo que sí necesitan es un hogar cómodo y placentero donde haya amor. Alguien ha dicho que no hay escena más hermosa que la de una buena mujer que prepara los alimentos para sus seres queridos. Sopesen con cuidado lo que hagan; ustedes no necesitan algunas de las extravagancias que el trabajo fuera de casa les pueda brindar; sopesen con cuidado la importancia de estar en casa cuando sus hijos lleguen de la escuela. Madres, cuiden bien a sus hijas; estén cerca de ellas; préstenles atención; hablen con ellas; guíenlas para que no hagan cosas insensatas; guíenlas para que hagan lo correcto. Asegúrense de que vistan de manera atractiva y modesta; protéjanlas de la terrible maldad que las rodea. Críen a sus hijos con amor y consejo; enséñenles la importancia del aseo personal, del vestir correctamente. El vestir de forma desaliñada lleva a vidas desaliñadas. Inculquen en ellos un sentido de disciplina; manténganlos dignos de servir a la Iglesia como misioneros. Denles cosas para hacer a fin de que aprendan a trabajar; enséñenles a ser ahorrativos. El trabajo y el ser moderados en gastar llevan a la prosperidad. Enséñenles que nada bueno ocurre después de las 11 de la noche; no los malcríen. Si se van de misión, tal vez se vean obligados a vivir en circunstancias que ustedes no desearían para ellos. No se preocupen por ellos; anímenlos. Aviven en sus hijos el deseo de educarse, lo cual constituye la clave para el éxito en la vida. Al mismo tiempo, enséñenles lo que el presidente David O. McKay acostumbraba recordarnos: "Ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar"1. Y ahora me dirijo a ustedes, las madres solas, cuyas cargas son tan pesadas porque han sido abandonadas o han enviudado. Su carga es terrible; llévenla bien. Busquen las bendiciones del Señor; sean agradecidas de cualquier ayuda que provenga de los quórumes del sacerdocio para ayudarles en su hogar o en otros asuntos. Oren en silencio en sus aposentos y dejen que las lágrimas fluyan si tienen que hacerlo. Tengan una sonrisa en el rostro cada vez que estén delante de sus hijos y de los demás. Ahora, a ustedes, queridas abuelas, viudas mayores y mujeres mayores que vivan solas; cuán hermosas son. Contemplo a mi querida esposa, que pronto cumplirá 92 años de edad; su cabello es blanco y su cuerpo está encorvado. Tomo una de sus manos entre las mías y la miro; una vez fue tan hermosa; la piel firme y clara. Ahora está arrugada y se le notan los huesos; no es muy fuerte, pero denota amor, constancia, fe y trabajo arduo a lo largo de los años. Su memoria no es lo que solía ser; se acuerda de cosas que sucedieron hace medio siglo, pero quizás no recuerde lo que acaeció hace media hora. Yo también soy como ella. Pero estoy tan agradecido por ella. Durante sesenta y seis años hemos caminado juntos, tomados de la mano, con amor y ánimo, con aprecio y respeto. No será dentro de mucho tiempo que uno de nosotros cruce el velo; espero que el que quede lo haga poco después. No sabría vivir sin ella ni siquiera al otro lado del velo, y espero que ella no sepa vivir sin mí. 153


Mis queridas amigas de la Sociedad de Socorro, cualesquiera sean sus circunstancias, dondequiera que vivan, que las ventanas de los cielos se abran y que las bendiciones desciendan sobre ustedes; que vivan con amor la una hacia la otra; que eleven a aquellos cuyas cargas son pesadas; que lleven luz y belleza al mundo, en especial a sus hogares y a las vidas de sus hijos. Ustedes saben, como lo sé yo, que Dios nuestro Padre Eterno vive. Él las ama. Ustedes saben, como lo sé yo, que Jesús es el Cristo, Su Hijo Inmortal, nuestro Redentor. Ustedes saben que el Evangelio es verdadero y que el cielo está cerca si lo cultivamos en nuestra vida. Ustedes son la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No hay ninguna organización que se le parezca. Caminen con confianza; mantengan erguida la cabeza; trabajen con diligencia; hagan todo lo que la Iglesia les pida hacer; oren con fe. Nunca sabrán todo el bien que logren. La vida de alguien será bendecida por el esfuerzo de ustedes. Que lleguen a sentir el abrazo consolador y gratificante del Santo Espíritu, ruego, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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LOS PASTORES DE ISRAEL. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Le doy gracias al Señor por los buenos obispos de esta Iglesia... Que encuentren la paz que proviene sólo de Dios a aquellos que le sirven. Hermanos, en esta ocasión haré algo poco común: repetiré algunas partes de un discurso que pronuncié hace 15 años en una reunión general del Sacerdocio. Hablaré sobre los obispos de la Iglesia y también les hablaré a ellos, ese maravilloso grupo de hombres que en un sentido muy real son los pastores de Israel. Todos los que participamos en esta conferencia rendimos cuenta a un obispo o a un presidente de rama. Enorme es el peso que ellos llevan sobre sus hombros, e invito a todo miembro de la Iglesia a hacer todo lo posible para que resulten más livianas las cargas que tienen nuestros obispos y presidentes de rama en su labor. Debemos orar por ellos; ellos necesitan ayuda al llevar esa pesada carga. Podemos apoyarles más y ser menos dependientes de ellos; podemos ayudarles de muchas maneras y agradecerles todo lo que hacen por nosotros. Los estamos agotando en poco tiempo debido a las cargas que imponemos sobre ellos. Tenemos más de 18.000 obispos en la Iglesia y cada uno de ellos ha sido llamado por el espíritu de profecía y revelación, y ha sido apartado y ordenado por medio de la imposición de manos. Cada uno de ellos tiene las llaves de la presidencia de su barrio; cada uno es sumo sacerdote, el sumo sacerdote presidente de su barrio; cada uno tiene sobre sus hombros tremendas responsabilidades de mayordomía; cada uno se erige como el padre de su gente. Ninguno recibe sueldo por el servicio que presta; ningún obispo de barrio recibe compensación de la Iglesia por su trabajo como obispo. Los requisitos de un obispo en la actualidad son los mismos que en los días de Pablo, que escribió a Timoteo: "...es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; "no dado al vino, no pendenciero [esto es, que no tiene que ser matón ni violento], no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; "que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad "(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); "no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo" (1 Timoteo 3:2-6). 154


En su carta a Tito, Pablo agrega que "es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios... "retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen" (Tito 1:7, 9). Estas palabras describen bien a un obispo de la actualidad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ahora quisiera hablar directamente a los miles de obispos que están escuchándome esta noche. Primero, quiero que sepan que les amo por su integridad y su bondad. Ustedes deben ser hombres íntegros y ser ejemplos a las congregaciones que presiden; deben tener principios elevados para poder elevar a otras personas; deben ser completamente honrados porque manejan los fondos del Señor, los diezmos de la gente, las ofrendas que provienen de esos ayunos y las contribuciones que hacen de sus limitados recursos. ¡Cuán grande es la confianza que se ha depositado en ustedes como guardianes del dinero del Señor! Su bondad debe ser como un estandarte a su gente. Deben ser impecables en lo que respecta a lo moral. Las artimañas del adversario les embestirán porque él sabe que si puede destruirlos, herirá a todo un barrio; deben ser prudentes en todos sus tratos para que nadie vea nada que indique un pecado moral en el reflejo de sus actos. No deben sucumbir a la tentación de leer literatura pornográfica, ni ver videos pornográficos en la intimidad de su propio hogar. Su fortaleza moral debe ser tal que si alguna vez se les llamara a juzgar la conducta dudosa de otras personas, puedan hacerlo sin poner en tela de juicio su propia conducta y sin avergonzarse. No deben valerse de su cargo de obispo para promover sus propios intereses comerciales, no sea que, de ocurrir algún percance financiero, surja alguna acusación en contra de ustedes de parte de aquellos a los que hubiesen persuadido a invertir dinero en algún negocio. No pueden tener cualidades dudosas si van a ser jueces comunes en Israel. Es una responsabilidad muy grande y muy difícil actuar como juez de las personas. Algunas veces se les pedirá que juzguen si alguien es digno de ser miembro de la Iglesia; otras, si una persona es digna de entrar en la casa del Señor, si es digna de bautizarse, si es digna de recibir el sacerdocio, si es digna de servir una misión o si es digna de enseñar o de ser oficial de una de las organizaciones. Deben juzgar si en momentos de necesidad la gente es digna de recibir ayuda del fondo de ofrendas de ayuno o de recibir comestibles del almacén del Señor. Ninguna persona bajo su jurisdicción debe pasar hambre ni tener falta de ropa o techo, aunque ellas mismas no se animen a pedirlo. Deben conocer la situación de todo el rebaño que presiden. Deben ser su consejero, su consolador, su ancla y fortaleza en momentos de tristeza y dificultades. Deben ser fuertes con esa fortaleza que proviene del Señor. Deben ser sabios con esa sabiduría que proviene del Señor. Su puerta debe estar siempre abierta para escuchar el llanto de los miembros y su espalda debe ser fuerte para llevar las cargas de ellos; su corazón debe ser sensible para discernir sus necesidades, su amor piadoso debe ser amplio y fuerte de manera de recibir incluso al pecador y al crítico; deben ser hombres pacientes, dispuestos a escuchar y a esforzarse por entender. Ustedes son el único a los que algunos pueden acudir, y deben estar allí cuando todo otro recurso les haya fallado. Permítanme leerles una carta que recibió un obispo: "Estimado obispo: "Han pasado casi dos años desde que, desesperado, lo llamé para pedirle ayuda. En aquel momento estaba listo para quitarme la vida. No tenía a nadie a quien recurrir; no tenía dinero, ni trabajo, ni amigos. Me habían quitado la casa y no tenía dónde vivir. La Iglesia era mi última esperanza. "Como bien sabe, me había apartado de la Iglesia a los 17 años y había desobedecido casi todas las reglas y mandamientos en búsqueda de felicidad y de satisfacción. En lugar de felicidad, mi vida estaba llena de sufrimiento, angustia y desesperación; no tenía esperanzas ni futuro. Incluso le rogaba a Dios que me dejara morir para librarme de mi aflicción. Sentía que ni siquiera Él me quería, y que Él también me había rechazado. "Entonces me dirigí a usted y a la Iglesia... "Usted me escuchó, me comprendió, me aconsejó, me guió y me ayudó. 155


"Empecé a progresar y comencé a entender y a conocer mejor el Evangelio. Me di cuenta de que tenía que hacer cambios básicos en mi vida que serían muy difíciles de hacer, pero que, en el fondo, sabía que yo tenía el valor y la fortaleza para llevarlos a cabo. "Entonces descubrí que a medida que vivía el Evangelio y me arrepentía, me deshacía del temor y me llenaba de paz interior. Las nubes de la desesperación se esfumaban. Merced a la Expiación, mis debilidades y pecados fueron perdonados por Jesucristo y por el amor que Él siente por mí. "Él me ha bendecido y fortalecido; ha abierto puertas para mí, me ha guiado y me ha mantenido a salvo. He descubierto que, al superar cada obstáculo, mi negocio comenzó a crecer, lo que benefició a mi familia y me hizo sentir que había logrado algo de valor. "Obispo, usted me ha dado apoyo y comprensión en estos dos años. Nunca hubiera llegado a donde estoy si no hubiera sido por su amor y su paciencia. Gracias por ser un buen siervo del Señor y por ayudarme a mí, un hijo descarriado". Obispos: ustedes son "el atalaya de la torre" del barrio que presiden. En el barrio, hay muchos maestros, pero ustedes deben ser el maestro principal de entre ellos. Deben asegurarse de que no se difundan doctrinas falsas entre la gente; deben asegurarse de que la gente progrese en la fe y el testimonio, en integridad y en rectitud, y en el sentido del servicio. Deben asegurarse de que el amor que ellos sientan por el Señor se fortalezca y se manifieste en demostraciones de amor crecido del uno para con el otro. Deben ser sus confesores y partícipes de sus más íntimos secretos, y guardar en la más absoluta confidencia lo que les digan. Esa clase de comunicación es un privilegio que debe respetarse y cuidarse a toda costa. Pueden presentarse tentaciones de contar, pero no deben sucumbir a ellas. A menos que sea específicamente requerido por la ley en casos de maltrato o abuso sexual, todo aquello que les sea dicho en forma confidencial, debe permanecer en ustedes. La Iglesia cuenta con una línea telefónica a la que pueden llamar cuando les sea reportado un caso de maltrato o abuso sexual. Ustedes presiden el Sacerdocio Aarónico del barrio. Son su líder, su maestro, su ejemplo, ya sea que quieran serlo o no. Son el sumo sacerdote presidente, el padre de la familia del barrio, que puede ser llamado a arbitrar en disputas como defensor del acusado. Ustedes presiden reuniones en las que se enseña doctrina y son responsables de la espiritualidad de esas reuniones; además de la administración de la Santa Cena a los miembros para que ellos recuerden los sagrados convenios y obligaciones que tienen los que han tomado sobre sí el nombre del Señor. Deben ser el amigo fiel de la viuda y del huérfano, del débil y del desventurado, del ofendido y del desvalido. El sonido de su trompeta debe ser certero e inequívoco. En su barrio, ustedes están a la cabeza del ejército del Señor, y lo llevan a la victoria en la conquista del pecado, de la indiferencia y la apostasía. Sé que el trabajo a veces es muy difícil, que nunca alcanzan las horas del día para hacerlo. Las llamadas son numerosas y frecuentes y es cierto que tienen otras cosas que hacer. No deben robarle tiempo ni energía al empleo, porque al empleador le corresponden; ni deben robarle a la familia el tiempo que le pertenece, pero, como muchos de ustedes ya saben, si procuran la guía divina, recibirán bendiciones adicionales de sabiduría, y con fortaleza y capacidad que no sabían que tenían. Es posible organizar su tiempo de forma de no dejar de lado al empleador, ni a la familia ni a su rebaño. ¡Que Dios bendiga a los buenos obispos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días! Quizás, de vez en cuando, tengan la inclinación a quejarse de lo abrumador de ese oficio, pero también conocen el gozo de ese servicio. Por más pesada que sea la carga, saben que éste es el llamamiento más dulce y remunerador que existe, y lo más importante que hayan hecho fuera de los muros de su propio hogar. Doy gracias a Dios por ustedes. Le doy gracias al Señor por los buenos obispos de esta Iglesia en todo el mundo. Oro por ustedes, por todos los 18.000 obispos que tenemos. Ruego que sean fuertes; ruego que sean leales; ruego que sean firmes en sus propias vidas y firmes en las metas que fijen para los demás. A pesar de tener días largos y tediosos, ruego que descansan plácidamente y que, en sus corazones, encuentren la paz que proviene sólo de Dios a aquellos que le sirven. 156


Les doy mi testimonio de la fortaleza y de la bondad de los obispos de esta Iglesia. Rindo honor a los consejeros que los ayudan y a todos los que sirven bajo su dirección en los llamamientos que ellos les hayan hecho. No esperamos lo imposible de ustedes, sólo les pedimos que cumplan de la mejor manera. Deleguen a otras personas todo aspecto de sus responsabilidades que puedan legítimamente delegar y después dejen las cosas en las manos del Señor. Algún día serán relevados y se sentirán tristes, pero sentirán consuelo al recibir el agradecimiento de la gente. Ellos nunca les olvidarán, sino que les recordarán y hablarán de ustedes con aprecio por muchos años, porque ustedes están más cerca de ellos que cualquier otro oficial de la Iglesia. Se les ha llamado, ordenado y apartado como pastores del rebaño. Se les ha otorgado discernimiento, capacidad de juzgar y amor para bendecir la vida de los miembros y, en el proceso, ustedes mismos serán bendecidos. Les doy testimonio de la naturaleza divina de su llamamiento y de la manera magnífica en la que cumplen con él. Ruego que sus consejeros, sus esposas y sus hijos sean bendecidos a medida que ustedes sirvan a los hijos del Señor, y lo hago humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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EN OPOSICIÓN A LA MALDAD. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Una noche tomé el periódico del día, que aún no había leído, y hojeé sus páginas hasta que me detuve en la publicidad de las películas, mucha de la cual insta abiertamente a que el lector vea aquello que es degradante y que lleva a la violencia y al sexo ilícito. Me puse a leer el correo y hallé una pequeña revista con la programación televisiva de la semana siguiente y vi los títulos de muchos programas que contenían el mismo tipo de material. Sobre mi escritorio se hallaba una revista deactualidades, cuyo ejemplar trataba el asunto del índice delictivo cada vez más alto. Los artículos de dicha revista hablaban de los millones de dólares adicionales destinados a equipar a las fuerzas del orden y a la construcción de prisiones más grandes. El torrente de inmundicia pornográfica, el desmesurado hincapié en el sexo y la violencia no son propios de Norteamérica; la situación es tan grave en Europa como en muchas otras regiones. La triste realidad es que se está produciendo la desintegración del núcleo de nuestra sociedad. Las restricciones legales en contra de la conducta inmoral están desapareciendo bajo nuevas leyes y decisiones judiciales; todo ello en nombre de la libertad de expresión, de la libertad de prensa y de la libertad de elección en, por así decirlo, cuestiones privadas; pero el fruto amargo de esas supuestas libertades siempre ha sido la esclavitud a hábitos perversos y un comportamiento que sólo conduce a la autodestrucción. Hace mucho tiempo, un profeta describió este proceso con gran precisión cuando dijo: “…así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno” (2 Nefi 28:21). Por otro lado, estoy convencido de que hay millones y millones de personas buenas en éste y en otros países. En su gran mayoría, los maridos son fieles a sus esposas, y éstas a sus maridos; se cría a los hijos con sensatez, laboriosidad y fe en Dios. Gracias a la fortaleza de esas personas, creo que la situación no es irremediable. Tengo la firme convicción de que noes necesario permanecer impasibles ni dejar que la suciedad ni la violencia nos abrumen ni nos hagan huir despavoridos. Esa oleada, a pesar de su altura y su aspecto amenazador, se la puede hacer volver atrás, si un número suficiente de personas con las características que he mencionado unen sus fuerzas a la de aquellos que actualmente realizan su labor con eficacia. Considero que el reto de oponerse a la maldad es uno que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, como ciudadanos, no pueden eludir.

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Deseo sugerir cuatro puntos que se pueden emplear para dar comienzo a nuestros esfuerzos por oponernos a esa oleada de maldad. PRIMERO: Empiecen por ustedes mismos. La reforma del mundo comienza con la reforma del individuo. Como dice uno de nuestros Artículos de Fe: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, [y] virtuosos” (Artículos de Fe 1:13). No podemos esperar influir en los demás para que siganla senda de la virtud a menos que llevemos nosotros una vida virtuosa. El ejemplo de nuestro modo de vivir tendrá mucho más peso que toda la prédica de la que seamos capaces. No podemos elevar a los demás a menos que nosotros mismos estemos en un plano más elevado. El respeto de sí mismo marca el inicio de la virtud en el hombre. Aquel que sabe que es un hijo de Dios, creado a imagen de un Padre divino y bendecido con el potencial de ejercer virtudes grandes y divinas, se disciplinará contra la sordidez y la lascivia a la que todos nos vemos expuestos. Alma dijo a su hijo Helamán: “...asegúrate de acudir a Diospara que vivas” (Alma 37:47). El Señor tiene algo más que un interés pasajero al respecto, como denota esta maravillosa declaración que dirigió a la multitud congregada en el monte: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Un hombre sabio dijo en cierta ocasión: “Haz de ti mismo un hombre honrado y habrá un granuja menos en el mundo”. Fue Shakespeare quien puso esta persuasiva orden en boca de uno de sus personajes: “Sé fiel a ti mismo, y así como el día precede a la noche, a ningún hombre habrás de mentir”1. A todo hombre y a toda mujer que lean estas palabras deseo extenderles el reto de elevar sus pensamientos por encima da la suciedad, de disciplinar sus actos y convertirlos en ejemplos de virtud, de controlar sus palabras para que sólo pronuncien aquello que eleva y edifica. EL SEGUNDO PUNTO: Un futuro mejor comienza con la preparación de una generación mejor. Esto deposita en los padres la responsabilidad de ser más eficaces en la educación de sus hijos. El hogar es la cuna de la virtud, donde el carácter adquiere su forma y se establecen los hábitos. La noche de hogar es una ocasión que se nos presenta parainstruir acerca de las vías del Señor.Ustedes saben que sus hijos van a leer; leerán libros, revistas y periódicos. Cultiven en ellos el deseo de leer lo mejor. Mientras sean pequeños, léanles los grandes relatos que se han hecho inmortales por las virtudes que enseñan; ayúdenles a conocer los buenos libros; que haya un rincón en su hogar, por pequeño que sea, donde vean por lo menos algunos de los libros que han servido para nutrir a las grandes mentes. Que haya buenas revistas en el hogar, tanto las que publica la Iglesia como otras instituciones, que orienten sus pensamientos hacia conceptos ennoblecedores. Permítanles leer buenos periódicos para que sepan lo que acontece en el mundo sin necesidad de estar expuestos a la publicidad y a los escritos degradantes que tanto abundan. Cuando se proyecte una buena película, consideren la posibilidad de ir al cine en familia, ya que su patrocinio motivará a las personas que tengan deseos de producir ese tipo de entretenimiento; empleen el más extraordinario de todos los instrumentos de comunicación, la televisión, para enriquecer la vida de sus hijos. Hay mucho que es bueno, pero es necesario tener criterio. Hagan saber a los responsables del buen entretenimiento familiar que aparece en televisión cuánto aprecian lo que es bueno y cómo les desagrada lo que es malo. En gran medida, recibimos lo que pedimos. El problema es que muchos de nosotros no pedimos y, habitualmente, no damos las gracias por lo que es bueno. Que haya música en el hogar. Si ustedes tienen hijos adolescentes que escuchan su propia música, la tendencia de ustedes será la de describir esos sonidos como cualquier cosa excepto música. Permítanles escuchar algo mejor de vez en cuando; expónganlos a la buena música; ellos se darán cuenta de que es buena. Recibirán más muestras de gratitud de las que se imaginan. Tal vez no se exprese con palabras, pero se percibirá, y la influencia de esa música se hará cada vez más patente con el paso de los años. EL TERCER PUNTO: La opinión pública es el fruto de unas cuantas voces fervientes. No abogo por el griterío amenazador, ni por los puños enhiestos, ni por que se amenace a los legisladores; pero sí 158


creo que debemos manifestar nuestras convicciones con fervor, sinceridad y de forma positiva a las personas que tienen la pesada responsabilidad de elaborar nuestras leyes y de hacerlas respetar. La triste realidad es que la minoría que exige una mayor liberalización, que vende y consume pornografía, que estimula las imágenes licenciosas y se ceba en ellas, eleva su voz a tal grado que nuestros representantes políticos llegan a suponer que sus demandas representan el deseo de la mayoría. Es poco probable que recibamos aquello por lo que no luchemos. Que se oigan nuestras voces; espero que no sean voces estridentes, pero sí que se manifiesten con una convicción tal que aquellos con quienes hablemos sepan en cuanto a la fortaleza de nuestras convicciones y la sinceridad de nuestro esfuerzo. Con frecuencia, las consecuencias de enviar una carta bien redactada son admirables, al igual que lo son los resultados que provienen de una conversación tranquila con las personas que llevan responsabilidades de gran peso. El Señor declaró a este pueblo: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes. “He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:33–34). He aquí lo imprescindible: “el corazón y una mente bien dispuesta”. Hablen con los responsables de las normativas, los estatutos y las leyes en el gobierno municipal, regional, estatal o nacional y con aquellos que ocupan cargos de responsabilidad como administradores de los centros educativos. Por supuesto, habrá quienes les den con la puerta en las narices, quienes se burlen; tal vez les llegue el desánimo, ya que siempre ha sido así. Edmund Burke, al tomar la palabra en la sala de la Cámara de los Comunes en 1783, declaró acerca de la persona que abogaba por una causa impopular: “Bien sabe él las trampas que esconde ese camino… Padecerá el vituperio y el abuso por defender sus supuestas razones. Recordará que el oprobio es un elemento indispensablede toda verdadera gloria; recordará que… la calumnia y el abuso forman parte esencial del triunfo”2. El apóstol Pablo, en su defensa ante Agripa, relató su milagrosa conversión mientras iba de camino a Damasco, y declaró que la voz del Señor le había mandado levantarse y ponerse sobre sus pies (véase Hechos 26:16). Me imagino al Señor diciéndonos: “Levantaos y poneos sobre vuestros pies; defended la verdad, la bondad, la decencia y la virtud”. POR ÚLTIMO, MI CUARTO PUNTO: La fuerza para la batalla se inicia al solicitar la fuerza de Dios. Él es la fuente de todo poder. Pablo declaró a los efesios: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:10–13). La oleada de la maldad está creciendo y en la actualidad se ha convertido en una verdadera inundación. La mayoría de nosotros, que llevamos una vida bastante resguardada, no tenemos idea de sus enormes proporciones. Hay en juego millones de dólares para aquellos que nos inundan con la pornografía, los traficantes de la lascivia, los que negocian con la perversión, el sexo y la violencia. Ruego que Dios nos conceda la fortaleza, la prudencia, la fe y el valor que precisamos como ciudadanos para oponernos a todo eso y que se alce nuestra voz en defensa de esas virtudes que, cuando se pusieron en práctica en el pasado, hicieron fuertes a los hombres y a las naciones, mas cuando se desatendieron, los llevaron a la decadencia. Dios vive. Él es nuestra fortaleza y nuestro auxilio. Al grado que nos esforcemos, descubriremos que se unirán a nosotroslegiones de hombres y mujeres. Empecemos ya. ■ http://Los-Atalayas.4shared.com

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CUATRO PIEDRAS ANGULARES DE FE. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Durante los últimos veinte años he tenido el privilegio de oficiar en la dedicación o rededicación de más de 80 templos. Estos edificios han estado abiertos al público antes de la dedicación, con lo que decenas y decenas de miles de personas han podido visitarlos. Al sentir el espíritu de esas estructuras sagradas y aprender los propósitos por los que se han construido, aquellos que han sido nuestros invitados han entendido la razón por la que, después de la dedicación, consideramos esos edificios como lugares santos, reservados para fines sagrados y cerrados al público. Al tomar parte en esos servicios dedicatorios, se percibe la verdadera fortaleza de la Iglesia, una fortaleza que reside en el corazón de sus miembros, los cuales se hallan unidos por el vínculo de haber reconocido a Dios como nuestro Padre Eterno y a Jesucristo como nuestro Salvador. Sus testimonios individuales están firmemente establecidos en un cimiento de fe en cuanto a lo que es divino.

LA ANTIGUA CEREMONIA DE LA PIEDRA ANGULAR. En cada nuevo templo hemos realizado una ceremonia de colocación de la piedra angular, siguiendo una tradición que se remonta a tiempos antiguos. Antes de que se utilizara extensamente el hormigón, los muros de los cimientos se construían con piedras grandes. Se cavaba una zanja en la que se depositaban piedras para formar una base. Tomando de referencia un punto de inicio, se levantaba la pared en dirección hacia una piedra angular, donde se cambiaba el sentido y se continuaba la pared hasta la siguiente esquina, donde procedía a colocarse otra piedra angular para continuar con otra pared hasta la esquina siguiente y desde ésta hacia el punto de partida. En muchos casos, entre ellos la construcción de los primeros templos de la Iglesia, las piedras angulares se empleaban en cada punto de unión de las paredes y se procedía a su colocación con una ceremonia. A la piedra final se la denominaba la “piedra angular principal”, y su colocación se convirtió en motivo de celebración. Con esa piedra angular en su sitio, el cimiento estaba preparado para recibir la estructura superior. De ahí la analogía que Pablo empleó para describir la Iglesia verdadera: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, “en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:19–21). LAS PIEDRAS ANGULARES DE NUESTRA FE. Existen piedras angulares básicas sobre las que se sostiene esta gran Iglesia de los últimos días establecida por el Señor y edificada de una manera bien coordinada. Éstas son absolutamente necesarias para esta obra: son su cimiento, los anclajes que la mantienen. Me referiré brevemente a cada una de estas cuatro piedras angulares básicas que sostienen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Menciono la primera piedra angular, a quien reconocemos y honramos como el Señor Jesucristo. La segunda es la visión concedida al profeta José Smith cuando se le aparecieron el Padre y el Hijo. La tercera es el Libro de Mormón, que habla como una voz desde el polvo con las palabras de antiguos profetas que declaran la divinidad y la realidad del Salvador de la humanidad. La cuarta es el sacerdocio con todos sus poderes y autoridad, por medio del cual el hombre puede obrar en el nombre de Dios y administrar los asuntos de Su reino. Quisiera comentar brevemente sobre cada una de éstas. LA PRINCIPAL PIEDRA DEL ÁNGULO. Un elemento absolutamente básico de nuestra fe es el testimonio de Jesucristo como el Hijo de Dios, que según el plan divino nació en Belén de Judea. Creció en Nazaret como hijo del carpintero, recibiendo 160


los elementos de la mortalidad y la inmortalidad, respectivamente, de Su madre terrenal y de Su Padre Celestial. En el curso de Su breve ministerio terrenal, caminó por los polvorientos senderos de la Tierra Santa, sanando al enfermo, haciendo que los ciegos vieran, levantando a los muertos y enseñando doctrinas trascendentales y hermosas. Fue, como profetizó Isaías, “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Tendió Su mano a aquellos cuyas cargas eran pesadas y les invitó a descargarlas sobre Él, declarando: “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:30). “...anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38) y lo odiaron por ello. Sus enemigos lo acosaron, lo apresaron, lo juzgaron con falsos cargos, lo declararon culpable para satisfacer los gritos de la turba y lo condenaron a morir en la cruz del Calvario. Los clavos atravesaron Sus manos y pies mientras colgaba agonizante y adolorido, entregándose como rescate por los pecados de todos los hombres. Y murió exclamando: “...Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Fue sepultado en una tumba prestada y al tercer día se levantó del sepulcro; salió triunfante, en una victoria sobre la muerte, primicias de los que durmieron. Con Su resurrección vino la promesa a todos los hombres de que la vida es eterna, que así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados (véase 1 Corintios 15:20–22). No hay nada en toda la historia de la humanidad que iguale la maravilla, el esplendor, la magnitud y los frutos de la incomparable vida del Hijo de Dios, que murió por cada uno de nosotros. Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor. Como predijo Isaías: “...se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Él es la principal piedra del ángulo de la Iglesia que lleva Su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No hay otro nombre dado a los hombres por el que puedan ser salvos (véase Hechos 4:12). Él es el autor de nuestra salvación, el dador de la vida eterna (véase Hebreos 5:9). No hay nadie como Él. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Demos gracias a Dios por la dádiva de Su Hijo Amado que dio Su vida para que pudiéramos vivir y que es la piedra angular principal e inamovible de nuestra fe y de Su Iglesia. LA PRIMERA VISIÓN DE JOSÉ SMITH. La segunda piedra angular es la Primera Visión del profeta José Smith. Fue en el año1820, en primavera. Un joven que tenía preguntas entró en una arboleda en la granja de su padre y allí, estando a solas, suplicó en oración por la sabiduría que Santiago promete que se dará liberalmente a todo el que pida a Dios con fe (véase Santiago 1:5). Allí, en circunstancias que él ha descrito con gran detalle, contempló al Padre y al Hijo, al gran Dios del universo y al Señor resucitado, y ambos le hablaron. Esa experiencia trascendental introdujo la maravillosa obra de la restauración e inició la largamente esperada dispensación del cumplimiento de los tiempos. Durante más de siglo y medio, enemigos, críticos y algunos que se consideran eruditos han malgastado su vida intentando desacreditar la validez de aquella visión. Claro que no pueden entenderla. Las cosas de Dios se entienden por el Espíritu de Dios. No había habido nada de semejante magnitud desde que el Hijo de Dios había caminado sobre la tierra durante Su vida terrenal. Sin ello como piedra angular de nuestra fe y de nuestra organización, no tenemos nada. Con ello, lo tenemos todo. Se ha escrito mucho y aún mucho se escribirá en un esfuerzo por desmentir esa visión. La mente finita no puede entenderla, mas el testimonio del Espíritu Santo, que han experimentado gran cantidad de personas desde que ocurrió, testifica que es verdad, que sucedió tal como José Smith dijo que sucedió, que fue tan real como el amanecer sobre Palmyra, que es una piedra fundamental esencial, una piedra angular, sin la cual la Iglesia no podría estar bien cimentada. EL LIBRO DE MORMÓN. La tercera piedra angular es el Libro de Mormón. Es real; tiene peso y sustancia que pueden medirse físicamente. Abro sus páginas y leo, y tiene un idioma hermoso y edificante. El antiguo registro del que se tradujo salió de la tierra como una voz que habla desde el polvo. 161


Llegó como testimonio de generaciones de hombres y mujeres que vivieron sobre la tierra, que lucharon contra la adversidad, que discutieron y pelearon, que en varias ocasiones vivieron la ley divina y prosperaron, y en otras ocasiones olvidaron a su Dios y descendieron al abismo de la destrucción. Contiene lo que se ha descrito como el quinto Evangelio, un conmovedor testamento del Nuevo Mundo acerca de la visita del Redentor resucitado en este hemisferio. La evidencia de su veracidad y validez en un mundo que tiende a exigir evidencias, no yace en la arqueología ni en la antropología, aunque el conocimiento de estas ciencias podría ser de ayuda para algunos, ni en la investigación lingüística ni el análisis histórico, aunque éstos podrían servir para confirmarla. La evidencia de su veracidad y validez yace dentro del libro mismo. La prueba de su veracidad yace en la lectura del libro mismo. Es un libro de Dios. Los hombres razonables pueden sentir dudas sinceras con respecto a su origen, pero aquellos que lo han leído con oración han llegado a saber, por un poder que sobrepasa sus sentidos naturales, que es verdadero, que contiene la palabra de Dios, que traza las verdades salvadoras del Evangelio sempiterno, que apareció “por el don y el poder de Dios... para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo” (Portada del Libro de Mormón). Aquí está, y es imposible negar su existencia. La única explicación posible de su origen es la que relató su traductor. Es un tomo compañero de la Biblia, y se yergue como otro testimonio a una generación incrédula de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Es una piedra angular irrefutable de nuestra fe. LA RESTAURACIÓN DEL SACERDOCIO. La piedra angular número cuatro es la restauración en la tierra del poder y la autoridad del sacerdocio. Esa autoridad se concedió a los hombres en la antigüedad. La autoridad menor fue dada a los hijos de Aarón para ministrar en las cosas temporales así como en algunas ordenanzas eclesiásticas sagradas. El sacerdocio mayor lo dio el Señor mismo a Sus apóstoles, en consonancia con la declaración de Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19). La restauración total del sacerdocio incluyó la venida de Juan el Bautista —precursor del Cristo, quien fue decapitado para satisfacer los caprichos de una mujer malvada— y de Pedro, Santiago y Juan — quienes anduvieron fielmente con el Maestro antes de Su muerte y proclamaron Su resurrección y divinidad tras la misma. Incluyó a Moisés, Elías y Elías el profeta, cada uno de los cuales restauró ciertas llaves del sacerdocio para completar la restauración de todos los hechos y ordenanzas de las dispensaciones anteriores a ésta, la gran y última dispensación del cumplimiento de los tiempos. El sacerdocio está aquí; se nos ha conferido y actuamos bajo esa autoridad. Hablamos como hijos de Dios en el nombre de Jesucristo y como poseedores de este don divino. Conocemos el poder de este sacerdocio, pues hemos sido sus testigos, al ver sanar a los enfermos y caminar a los cojos, y al ver la luz, el conocimiento y la comprensión que invaden a los que antes vivían en la oscuridad. Pablo escribió respecto del sacerdocio: “...nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón” (Hebreos 5:4). No lo hemos adquirido por compra ni por regateo; el Señor se lo ha otorgado a hombres que se han probado dignos de recibirlo, sin importar su posición social, el color de su piel o la nación en la que vivan. Es el poder y la autoridad para gobernar los asuntos del reino de Dios. Se confiere solamente por ordenación, por la imposición de manos por aquellos que tienen la autoridad para hacerlo. El requisito para ser digno de él es la obediencia a los mandamientos de Dios. No hay poder en la tierra semejante a él. Su autoridad se extiende más allá de esta vida, atraviesa el velo de la muerte y perdura en las eternidades. Sus consecuencias son sempiternas.

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REFUGIO DE LAS TORMENTAS. Estos cuatro dones de Dios constituyen las inamovibles piedras angulares que afianzan La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, así como los testimonios y convicciones personales de sus miembros: 1) la realidad y la divinidad del Señor Jesucristo como el Hijo de Dios; 2) la sublime visión en la que el profeta José Smith vio al Padre y al Hijo, la cual introdujo la dispensación del cumplimiento de los tiempos; 3) el Libro de Mormón como la palabra de Dios, el cual declara la divinidad del Salvador; y 4) el sacerdocio de Dios divinamente conferido, el cual se ejerce en rectitud para la bendición de los hijos de nuestro Padre. Cada una de estas piedras angulares se relaciona con las otras, conectada mediante el fundamento de apóstoles y profetas, todas unidas a la principal piedra angular, que es Jesucristo. Sobre estas bases se ha establecido Su Iglesia, “bien coordinada” para la bendición de todos los que participen de Su ofrenda (véase Efesios 2:20–21). Esta fundación está ceñida por debajo y bien coordinada por arriba, y es la creación del Todopoderoso. Es un refugio contra las tormentas de la vida, un santuario de paz para los que sufren, una casa de auxilio para los afligidos, una casa de socorro para los necesitados, la conservadora de la vida eterna, el maestro de la voluntad divina. Es la Iglesia verdadera y viviente del Maestro. De estas cosas doy solemne testimonio, afirmando a todos los que estén dentro del alcance de mi voz que Dios ha hablado de nuevo para iniciar esta gloriosa dispensación final, que Su Iglesia está aquí, la iglesia que lleva el nombre de Su Hijo Amado, que de la tierra ha salido el registro de un pueblo antiguo que da testimonio a esta generación de la obra del Todopoderoso, que el sacerdocio sempiterno se encuentra entre los hombres para bendecirlos y para gobernar Su obra, que somos miembros de la Iglesia verdadera y viviente de Jesucristo, la cual ha salido a la luz para bendición de todo el que reciba su mensaje, que está inamoviblemente establecida sobre el fundamento de apóstoles y profetas, con piedras angulares firmes, colocadas en su lugar por el Señor mismo para lograr Sus propósitos eternos, siendo Jesucristo su principal piedra angular. ■

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BUSCAD EL REINO DE DIOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Espero que todos ustedes recuerden que en este día de reposo me oyeron dar mi testimonio de que ésta es la santa obra de Dios. Mis amados hermanos y hermanas, les doy las gracias por las oraciones que han ofrecido a mi favor y ahora ruego que su fe me sostenga. Cuando un hombre llega a tener mi edad, se detiene de vez en cuando para reflexionar en lo que lo ha llevado a su situación actual. Si me lo permiten, quisiera hablarles de un asunto que podría considerarse egoísta. Lo hago porque la vida del Presidente de la Iglesia en realidad pertenece a la Iglesia entera. Tiene muy poca privacidad y nada de secretos. Esta mañana creo que mi discurso será diferente de los que habrán escuchado en otras conferencias generales de la Iglesia. Estoy en el ocaso de mi vida. Todos nosotros estamos totalmente en las manos del Señor. Como muchos de ustedes ya saben, recientemente fui sometido a una intervención quirúrgica seria y es la primera vez en mis 95 años que he sido paciente en un hospital. No se lo recomiendo a nadie. Los médicos dicen que aún tengo algunos problemas de salud. Estoy por cumplir mi cumpleaños número 96 y aprovecho esta oportunidad para expresar mi aprecio y gratitud por las maravillosas bendiciones que el Señor ha derramado sobre mí. 163


Todos tenemos que tomar decisiones en el curso de la vida, algunas con el seductor atractivo de la riqueza y la prosperidad; otras parecen menos prometedoras. De alguna forma el Señor ha velado por mí y ha guiado mis decisiones, aunque en el momento no siempre fue evidente. Acuden a mi mente las palabras del poema de Robert Frost, “The Road Not Taken” [El camino que nadie tomó], que concluye con estas líneas: “Dos caminos había en un bosque, y yo… yo tomé el menos transitado. Y ésa fue la acción decisiva de mi vida”. (Robert Frost, The Road Not Taken, poeta estadounidense [1874–1963].) Pienso en las palabras del Señor: “…buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lucas 12:31). En esta conferencia de abril, hace 48 años, fui sostenido por primera vez como Autoridad General. A partir de entonces he hablado en todas las conferencias generales. He dado más de 200 discursos y he tratado una gran variedad de temas, pero el más común, el que ha predominado en todos ellos ha sido mi testimonio de esta gran obra de los Últimos Días. Pero las cosas han cambiado y están cambiando. Hace dos años falleció la que fue mi amada compañera durante 67 años. La extraño más de lo que puedo expresar. Era de verdad una mujer maravillosa y caminamos lado a lado en perfecto compañerismo durante más de dos terceras partes de un siglo. Al contemplar mi vida en retrospectiva, lo hago con cierta medida de asombro. Todo lo bueno que me ha ocurrido, incluso mi matrimonio, lo debo a mi actividad en la Iglesia. La otra tarde tuve la oportunidad de repasar una lista incompleta de sociedades y organizaciones que me han honrado, y todo por mi actividad en la Iglesia. Presidentes de los Estados Unidos, un gran número de ellos, han ido a la Oficina de la Presidencia de la Iglesia. En la pared de mi oficina tengo una fotografía en la que le presento un Libro de Mormón al presidente Ronald Reagan. En mi librero está la Medalla Presidencial de la Libertad que me otorgó el presidente Bush. He visitado la Casa Blanca en varias ocasiones. He recibido a primeros ministros y embajadores de muchas naciones, entre ellos a Margaret Thatcher y Harold McMillan, del Reino Unido, y me he relacionado con ellos. He conocido y trabajado con todos los Presidentes de la Iglesia, desde Heber J. Grant hasta Howard W. Hunter. He conocido y amado a todas las Autoridades Generales durante todos estos muchos, muchos años. Ahora trato de ocuparme de los muchos libros y artefactos que he acumulado con el correr de los años. Al estarlo haciendo, encontré un viejo diario con anotaciones esporádicas desde el año 1951 hasta 1954. En esa época, era consejero de la presidencia de mi estaca y aún no me habían llamado a ser Autoridad General. Al leer ese viejo diario, recordé con aprecio cómo, mediante la bondad del Señor, llegué a conocer muy íntimamente y bien a todos los integrantes de la Primera Presidencia y a los miembros del Quórum de los Doce. Ahora no sería posible tener una oportunidad así porque la Iglesia es mucho más grande. El diario contiene anotaciones como las que siguen a continuación: “11 de marzo de 1953: El presidente McKay habló conmigo acerca del programa de la conferencia de abril para los presidentes de misión. “Jueves 19 de marzo: Joseph Fielding Smith me pidió que asignara a una de las Autoridades Generales que demostrara cómo dirigir las conferencias misionales del sábado por la noche… Creo que Spencer W. Kimball o Mark E. Petersen debe encargarse de ello”. “Jueves 26 de marzo: El presidente McKay contó una historia interesante. Él dijo: ‘Un granjero tenía un terreno muy grande y cuando ya era anciano no lo podía atender. Tenía varios hijos y los llamó a su alrededor y les dijo que tendrían que ocuparse de la granja. El padre descansó, pero un día salió a caminar por el terreno. Los hijos le dijeron que regresara a casa, que no necesitaban su ayuda, pero él dijo: “Hasta mi sombra en esta granja vale más que el trabajo de todos ustedes”’. El presidente McKay dijo que el padre del relato representaba al presidente Stephen L Richards, que estaba enfermo, pero cuya contribución y ayuda el presidente McKay tenía en muy alta estima”. 164


“Viernes 3 de abril de 1953: Asistí a una reunión en el templo con las Autoridades Generales y los presidentes de misión, desde las 9 de la mañana hasta las 3:30 de la tarde. Hablaron más de 30 presidentes de misión. Han hecho grandes progresos, pero todos ellos quieren más misioneros”. “Martes 14 de abril: El presidente Richards fue a la oficina; tuve una charla agradable con él. Parece estar cansado y débil. Pienso que el Señor lo ha preservado para un gran propósito”. “Lunes 20 de abril de 1953: Tuve una conversación interesante con Henry D. Moyle, del Consejo de los Doce Apóstoles”. “15 de julio de 1953: Albert E. Bowen, miembro del Consejo de los Doce, murió después de haber estado gravemente enfermo más de un año. Se ha ido otro de mis amigos… Llegué a conocerle bien. Era un hombre sabio y constante. Nunca se le podía apresurar; nunca llevaba prisa. Era sumamente reflexivo, un hombre de prudencia inusual y de una gran fe sencilla. Los ancianos sabios fallecen. Eran mis amigos. En mi corto tiempo he visto ir y venir a muchos de los grandes hombres de la Iglesia; a la mayoría he conocido íntimamente y he trabajado estrechamente con ellos. El tiempo tiende a borrar el recuerdo. En cinco años más sólo se recordarán unos cuantos de los nombres como Merrill, Widtsoe, Bowen, todos ellos personajes de renombre. Día tras día el hombre debe sentir satisfacción con su trabajo, debe reconocer que su familia tal vez lo recuerde, que puede contar para el Señor, pero más allá de eso, su monumento será muy pequeño para las generaciones venideras”. Y así sigue el diario. Lo leo sólo para ilustrar la relación tan asombrosa que tuve de joven con miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce. En el transcurso de mi vida, también he caminado entre los pobres de la tierra, y he compartido con ellos mi amor, mi preocupación por ellos y mi fe. Me he relacionado con hombres y mujeres de privilegio y renombre de muchas partes de la tierra. Espero que esas oportunidades me hayan permitido ejercer una influencia positiva. Cuando yo era un niño de apenas once años de edad, recibí una bendición patriarcal de un hombre al que jamás había visto y al que nunca volví a ver. Es un documento asombroso y profético. Es muy personal y no leeré mucho; sin embargo, contiene esta afirmación: “Las naciones de la tierra escucharán tu voz y recibirán el conocimiento de la verdad por el maravilloso testimonio que expresarás”. Cuando fui relevado de mi misión en Inglaterra, viajé un poco por Europa. Había dado mi testimonio en Londres, y lo hice también en Berlín y de nuevo en París, y más tarde en Washington, D.C. En mi mente, había expresado mi testimonio en esas grandes capitales del mundo y ya había cumplido esa parte de mi bendición. Pero eso resultó ser sólo el principio. A partir de entonces mi voz ha resonado en todos los continentes, en ciudades grandes y pequeñas, desde el norte hasta el sur y desde el este hasta el oeste, a lo ancho de todo este mundo, desde la Ciudad del Cabo hasta Estocolmo, desde Moscú hasta Tokio y Montreal, en cada una de las capitales del mundo. Todo ello es un milagro. El año pasado pedí a los miembros de la Iglesia de todo el mundo que leyeran de nuevo el Libro de Mormón. Miles, incluso cientos de miles de personas respondieron a ese desafío. El profeta José dijo en 1841: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón [es] el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (History of the Church, tomo IV, pág. 461; citado en la Introducción del Libro de Mormón, pág. V). Acepto la verdad de esa declaración y pienso que debe de haber ocurrido algo maravilloso al pueblo de esta Iglesia. Se les ha observado leyendo el Libro de Mormón mientras viajan en autobús, al tomar el almuerzo, en la sala de espera del médico y en muchas situaciones más. Confío en que nos hayamos acercado más a Dios como consecuencia de haber leído este libro; espero que así sea. En diciembre del año pasado, tuve el privilegio, junto con muchos de ustedes, de honrar al profeta José Smith en el bicentenario de su nacimiento. El élder Ballard y yo estuvimos en el lugar de su nacimiento en Vermont, y este gran Centro de Conferencias estaba lleno de Santos de los Últimos Días; y la palabra fue transmitida vía satélite a todo el mundo en homenaje al amado Profeta de esta gran obra de los Últimos Días. 165


Y así podría continuar. De nuevo pido disculpas por hablar de cosas personales; no obstante, lo hago sólo para expresar mi aprecio y gratitud por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todo esto ha ocurrido debido al lugar en que el Señor me ha colocado. Mi corazón rebosa de gratitud y de amor. Y repito: “Dos caminos había en un bosque, y yo… yo tomé el menos transitado. Y ésa fue la acción decisiva de mi vida”. Confío en que no considerarán lo que he dicho un obituario; más bien, espero tener la oportunidad de dirigirles la palabra otra vez en octubre. Ahora, para concluir, espero que todos ustedes recuerden que en este día de reposo me oyeron dar mi testimonio de que ésta es la santa obra de Dios. La visión que recibió el profeta José Smith en la arboleda de Palmyra no fue imaginaria; fue algo muy real. Ocurrió a la plena luz del día. Tanto el Padre como el Hijo le hablaron al joven. Él los vio de pie en el aire arriba de su cabeza. Escuchó Sus voces y obedeció Su instrucción. El Padre, el gran Dios del universo, fue quien presentó al Señor resucitado. Por primera vez en la historia escrita, tanto el Padre como el Hijo se aparecieron juntos para abrir las cortinas e iniciar ésta, la dispensación última y final, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. El Libro de Mormón es todo lo que afirma ser: una obra escrita por profetas que vivieron en tiempos antiguos y cuyas palabras han salido a la luz para “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón). El sacerdocio se restauró bajo las manos de Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan. En esta Iglesia se ejercen todas las llaves y la autoridad pertenecientes a la vida eterna. José Smith fue y es un profeta, el gran Profeta de esta dispensación. Esta Iglesia, que lleva el nombre del Redentor, es verdadera. Les dejo mi testimonio y mi amor por cada uno de ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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“MIRAD A VUESTROS PEQUEÑITOS” POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY. Mi esposa y yo llevamos una vez a algunos de nuestros nietos al circo. Me interesé más en observarlos a ellos y a otros niños de su edad, que al artista que estaba en el trapecio. Observé maravillado cómo, alternativamente, se reían y miraban asombrados los actos emocionantes que se representaban, y reflexioné sobre ese milagro que son los niños, ya que son ellos los que llegan a ser para el mundo una renovación constante de vida y propósito. Observando la intensidad de su interés en el ambiente de un circo, mis pensamientos se tornaron a esa escena tan bella y tierna registrada en el libro de Tercer Nefi, cuando el Señor resucitado tomó a los niños pequeñitos en Sus brazos y lloró mientras los bendecía, y dijo a la multitud: “Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:23). Es sumamente obvio que tanto el gran bien como el terrible mal del mundo actual son los frutos dulces y amargos de la crianza de los niños de ayer. Según enseñamos a una nueva generación, así será el mundo unos pocos años después. Si se preocupan por el futuro, velen hoy por la crianza de sus hijos. El autor del libro de Proverbios sabiamente declaró: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Cuando yo era niño, durante el verano vivíamos en una granja que tenía árboles frutales; cosechábamos enormes cantidades de duraznos (melocotones). Nuestro padre nos llevó a ver las demostraciones presentadas por el Instituto de Agricultura sobre la poda de los árboles, y cada sábado 166


durante los meses de enero y febrero íbamos a la huerta a podar. Aprendimos que si acertábamos en el lugar exacto donde se debían cortar las ramas, aun cuando hubiera nieve en el suelo y aunque el árbol pareciera seco, podíamos darle forma, de tal manera que toda la fruta que naciera y creciera en la primavera y el verano quedara expuesta al sol. También aprendimos que ya en febrero podíamos determinar la calidad de la fruta que cosecharíamos en septiembre. E. T. Sullivan escribió estas interesantes palabras: “Cuando Dios quiere hacer una obra grande o remediar un gran mal en el mundo, lo hace de una manera muy curiosa; no provoca grandes terremotos, ni envía rayos. En lugar de ello, hace que nazca un niño indefenso, quizás en un hogar humilde, de una madre desconocida. Y luego Dios pone una idea en el corazón de la madre, y ella lo hace en la mente del niño; entonces Dios espera. Los terremotos y los rayos no son las fuerzas mayores en el mundo. Las fuerzas más poderosas del mundo son los niños” (citado en The Treasure Chest, editado por Charles L. Wallis, 1965, pág. 53). Quisiera agregar que esos niños llegarán a ser fuerzas o del bien o del mal, dependiendo, en gran parte, de la forma en que se hayan criado. Sin vacilar, el Señor ha declarado: “Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). Discúlpenme si sugiero lo obvio, pero lo hago solamente porque en muchas ocasiones lo obvio no se pone en práctica. Lo obvio incluye cuatro verbos en imperativo en cuanto a los niños: ámenles, enséñenles, respétenles, oren con ellos y por ellos. ÁMENLES ¡Qué afortunado, qué bendecido es el niño que siente el cariño de sus padres! Esa ternura, ese amor, darán un dulce fruto en los años venideros. En gran medida, la crueldad que tanto caracteriza a gran parte de nuestra sociedad proviene de la crueldad con que se trató a los niños de muchos años atrás. En una ocasión me encontré con uno de mis compañeros de la infancia, y me vino a la memoria una serie de recuerdos del barrio donde crecimos. Era un microcosmos del mundo, con muchas clases de gente; formábamos un grupo íntimo y creo que nos conocíamos todos; también creo recordar que nos queríamos todos, es decir, todos con excepción de un hombre. Debo confesar algo; hubo momentos, durante mi niñez, en que yo odiaba a aquel hombre. Hace muchos años ya que me libré de ese sentimiento, pero al recordarlo puedo sentir otra vez la intensidad de aquella emoción. Sus hijos eran nuestros amigos, pero yo pensé que él era mi enemigo. ¿Por qué esa antipatía tan fuerte? Porque él les pegaba a sus hijos con una correa, un palo, o lo que tuviera a mano cuando estallaba en sus ataques de furia ante la más mínima provocación. Tal vez me sentía así por el hogar en el que yo vivía, donde había un padre que, casi por magia, podía disciplinar a sus hijos sin usar una vara ni un palo, ni cualquier otro medio de castigo físico, aunque en ocasiones bien lo merecíamos. He visto cómo los frutos de la cólera de aquel vecino cobraban vida en la existencia llena de problemas de sus hijos. Todo trabajador social, todo empleado de las salas de emergencias de los grandes hospitales, todo policía y juez pueden contarles historias similares. Es una trágica escena en la que hay palizas, puntapiés, golpes y hasta abuso sexual de niños pequeños; dentro de la misma categoría están aquellos hombres y mujeres viciosos que explotan a los niños con fines pornográficos. Ninguna persona que profese ser discípula de Cristo, ninguna que profese ser miembro de esta Iglesia puedeocuparse en tales prácticas, pues éstas ofenden a Dios y repudian las enseñanzas de Su Hijo. Fue Jesús mismoquien, al poner delante de nosotros el ejemplo de la pureza e inocencia de los niños, declaró: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños... mejor le fuera que se le colocase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). ¿Podría haber una denuncia más fuerte de los que maltratan niños que estas palabras dichas por el Salvador del mundo? ¿Quieren que se extienda por el mundo un espíritu de amor? Entonces, empiecen dentro de las paredes de su hogar. Miren a sus hijos y descubran en ellos las maravillas de Dios, de cuya presencia hace tan poco que han venido. El presidente Brigham Young (1801–1877) dijo una vez: “Todo niño ama las sonrisas de su madre, pero odia sus entrecejos. Recomiendo a las madres que no permitan que sus hijos se entreguen a cosas 167


malas, pero que al mismo tiempo los traten con ternura” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young,1997, pág. 357). Y añadió: “Críen a sus hijos en el amor y el temor del Señor; evalúen su disposición y su temperamento y procedan de acuerdo con éstos, y nunca se inclinen a reprenderles en medio del enojo; enséñenles a que les amen y no a que les teman” (Enseñanzas, pág. 182). Claro que dentro de la familia existe la necesidad de disciplinar a los niños. Pero la disciplina severa, la disciplina cruel, lleva inevitablemente, no a la corrección, sino al resentimiento y a la amargura; no cura nada, sino que sólo agrava el problema y destruye en vez de edificar. El Señor, al dar a conocer el espíritu con que se debe gobernar Su Iglesia, también ha dado a conocer el espíritu con que se debe gobernar el hogar, con estas maravillosas palabras de revelación: “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener... sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; “...reprendiendo en el momento oportuno con severidad,cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo; “para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte” (D. y C. 121: 41, 43–44). ENSÉÑENLES. Miren a sus pequeñitos y enséñenles. El ejemplo de ustedes será más eficaz que cualquier otra cosa para imprimir en ellos un modelo de vida. Es muy interesante conocer a los hijos de viejos amigos y descubrir que en ellos se refleja la manera de ser de sus padres y madres. Se cuenta que en la Roma antigua había un grupo de mujeres que, con vanidad, estaban mostrándose las joyas unas a las otras. Entre ellas estaba Cornelia, madre de dos hijos. Una de las mujeres le preguntó: “Y ¿dónde están tus joyas?”. A lo cual respondió Cornelia, señalando a sus hijos: “Éstas son mis joyas”. Bajo la dirección de ella, e imitando las virtudes de su vida, Gayo y Tiberio llegaron a ser conocidos como los Gracos, dos de los oradores más persuasivos y los reformadores más eficaces de la historia romana. Mientras se les recuerde y se hable de ellos, también se recordará y se hablará con alabanzas de la madre que les dio existencia y que los crió según el ejemplo de su propia vida. Regreso ahora a las palabras de Brigham Young: “Ocúpense de que a esos hijos, que con tanta bondad les ha confiado Dios, se les enseñe durante su temprana edad, en cuanto a la importancia de los oráculos de Dios y los hermosos principios de nuestra santa religión para que cuando crezcan hasta ser hombres y mujeres de madurez siempre lo aprecien y nunca se aparten de la verdad” (Enseñanzas, pág. 182). Reconozco que hay padres que, a pesar de haberles dado un amor incondicional y de haber hecho un esfuerzo diligente y fiel por enseñarles, ven a sus hijos crecer de manera contraria a sus deseos y lloran al verlos descarriados, en un curso que les ha traído consecuencias trágicas. Siento gran compasión hacia esas personas y deseo citarles las palabras de Ezequiel: “...el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo” (Ezequiel 18:20). Pero tal situación es más la excepción que la regla; y esa excepción no nos libra de hacer todos los esfuerzos posibles por demostrar amor y por dar el ejemplo y enseñar los preceptos correctos al criar a nuestros niños, por quienes, por mandato de Dios, tenemos una responsabilidad sagrada. RESPÉTENLOS. No olvidemos nunca la necesidad de respetar a éstos, nuestros pequeñitos. Bajo la revelada palabra del Señor, sabemos que son hijos de Dios, al igual que nosotros, y merecen el respeto que emana del conocimiento de ese principio eterno. De hecho, el Señor nos ha dicho claramente que si no desarrollamos en nuestra vida esa pureza, esa ausencia total de falsedad, esa inocencia frente al mal, no podremos entrar en Su presencia. Él declaró: “...si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Channing Pollock escribió en una ocasión estas interesantes y profundas palabras: “Contemplando la adolescencia en la cual menospreciábamos el mal, algunos de nosotros desearíamos... nacer ya viejos y, al 168


crecer, volvernos más jóvenes y más limpios, y cada vez más sencillos e inocentes hasta que, al fin, con las almas blancas de niños pequeños, nos entregamos al descanso eterno” (“The World’s Slow Stain”, Reader’s Digest, junio de 1960, pág. 77). OREN CON ELLOS Y POR ELLOS. Miren a sus pequeñitos. Oren con ellos y por ellos, y bendíganlos. El mundo en el cual ellos viven es muy complejo y difícil; navegarán en grandes mares de adversidad y necesitarán toda la fuerza y toda la fe que puedan darles mientras todavía estén con ustedes, así como una fuerza mayor que viene de un poder más alto. Ellos tienen que hacer algo más que conformarse con las circunstancias que les rodean; tienen que elevar el mundo y la única palanca que tendrán para hacerlo será el ejemplo que les den ustedes, además de los poderes de persuasión que emanen del testimonio y del conocimiento que ellos obtengan de las cosas de Dios. Ellos necesitarán la ayuda del Señor. Mientras son pequeños, oren con ellos para que lleguen a conocer esa fuente de fortaleza que estará entonces siempre a su alcance, en toda hora de necesidad. Me gusta oír orar a los niños y me complace oír a los padres orar por sus hijos. Me siento conmovido ante el padre que, con la autoridad del sagrado sacerdocio, pone las manos sobre la cabeza de un hijo en momentos de decisiones serias, y en el nombre del Señor y bajo la guía del Espíritu Santo, le da una bendición de padre. Cuánto más hermoso sería este mundo y la sociedad en que vivimos si todo padre y toda madre consideraran a sus hijos como la más preciosa de sus posesiones; si los guiaran bajo el poder de su ejemplo con bondad y amor, y si en momentos difíciles los bendijeran con la autoridad del santo sacerdocio; y consideraran a sus hijos como las joyas de su vida, como dádivas de nuestro Padre Celestial que es su Padre Eterno, y los criaran con verdadero afecto en la sabiduría y enseñanzas del Señor.Isaías, el profeta de la antigüedad dijo: “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de sus hijos” (Isaías 54:13). A lo cual agrego yo: “Y se multiplicará la paz y la alegría de sus padres y madres”. Ruego humildemente que todos los hijos, los padres y las madres reciban esa paz. _

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SI QUISIEREIS Y OYEREIS. POR EL ÉLDER GORDON B. HINCKLEY DEL CONSEJO DE LOS DOCE . Recientemente visité la Plaza de Trafalgar en Londres, donde admiré la estatua de Lord Nelson (1). Al pie de la columna se encuentran las palabras que pronunció en la mañana de la Batalla de Trafalgar: "Inglaterra espera que todo hombre cumpla con su deber." Lord Nelson murió en esa histórica batalla en 1805, así como muchos otros; pero Inglaterra fue salvada como nación, y Bretaña se convirtió en un imperio. Desde aquel entonces la imagen del deber y la obediencia ha disminuido notablemente. Esto no es exactamente nuevo; es tan antiguo como la historia humana. Isaías le declaró al antiguo Israel: "Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; "Si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho" (Isaías 1:19-20). Recuerdo haberme sentado en este Tabernáculo cuando tenía 14 0 15 años de edad —en el balcón detrás del reloj— y oír al presidente Heber J. Grant cantar su experiencia al leer El Libro de Mormón durante su niñez. Habló acerca de Nefi y de la gran influencia que éste había sido en su vida; luego, con una voz que vibraba llena de convicción, la cual nunca olvidaré, citó estas ilustres palabras de Nefi: "Iré y haré lo que el Señor ha mandado porque sé que él nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado" (1 Nefi 3:7).

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En aquella ocasión nació en mi tierno corazón la firme decisión de tratar de hacer lo que el Señor ha mandado. Ruego que a través del Espíritu del Señor pueda tener el poder de impresionar en forma similar el corazón de alguien que se encuentre en esta congregación. ¡Qué cosas tan maravillosas suceden cuando los hombres caminan con fe y obediencia a lo que se requiere de ellos! Recientemente leí la interesante historia del comandante William Robert Anderson, el oficial naval que llevó el submarino Nautilus (2) debajo del hielo polar, desde el Océano Pacífico al Océano Atlántico, una hazaña intrépida y peligrosa. Relató otras hazañas de riesgos similares. Concluyó con una declaración que llevaba en su billetera, escrita sobre una maltratada tarjeta y que tenía estas palabras, las cuales os recomiendo: "Creo que siempre soy divinamente guiado. "Creo que siempre tomaré el camino correcto. "Creo que Dios siempre abre el camino allí donde parece que ya no hay otra alternativa." Yo también creo que Dios siempre abre el camino donde parece que ya no existe otra alternativa. Creo que si rendimos obediencia a los mandamientos de Dios, si seguimos el consejo del sacerdocio, El abrirá el camino a pesar de que parezca que es imposible. Ubicada frente a la Plaza de Trafalgar en Londres está la Galería de Arte Nacional de Gran Bretaña, en donde se encuentra una pintura de Sir Joshua Reynolds (3) del niño Samuel, quien, en su niñez, escuchó una voz y contestó: "Habla, porque tu siervo oye" (Samuel 3:10). Desde ese día, Samuel rindió obediencia a los mandamientos de Dios y llegó a ser el gran Profeta de Israel; él fue quien seleccionó y ordenó al rey Saúl y al rey David. Y fue a Saúl a quien le declaró una amonestación que ha pasado a través de las edades: “obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros" (1 Samuel 15:22). Adquiero fortaleza de una sencilla expresión hecha concerniente al profeta Elías, que amonestó al rey Acab con respecto a la sequía y el hambre que asolaría la tierra. Pero éste se burló; y el Señor le dijo a Elías que se escondiera en el arroyo de Querit, que habría de beber del arroyo y que sería alimentado por los cuervos. Y la Escritura registra una declaración sencilla y maravillosa; "Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová" (1 Reyes 17:5). No hubo disputas, no hubo excusas, no hubo equivocaciones. Elías simplemente "fue e hizo conforme a la palabra de Jehová". Y fue salvado de las terribles calamidades que cayeron sobre aquellos que se burlaron, que tuvieron disputas y dudas. No siempre es fácil ser obediente a la voz del Señor. Quizás nos sintamos insuficientes. Frecuentemente me siento alentado por la conversación que Moisés tuvo con Jehová, quien lo llamó para sacar a Israel de Egipto. Moisés era fugitivo y pastor de ovejas; ¡cuán totalmente insuficiente se ha de haber sentido! "Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra . . . porque soy tardo en el habla y torpe de lengua.' (Y casi puedo escucharlo decir: "Por favor no me lo pidas.") "Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? . . "Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar" (Éxodo 4:10-12). En 1837, cuando la Iglesia estaba teniendo dificultades en Kirtland, Ohio, el profeta José Smith llamó a Heber C. Kimball a que fuera a Inglaterra a inaugurar la obra en ese lugar. El hermano Kimball exclamó con humildad: "Oh, Señor, soy tartamudo e incapaz de llevar a cabo tal obra; cómo puedo ir a predicar a esta tierra, que es tan famosa por el mundo cristiano por su sabiduría, conocimiento y religiosidad . . . y a un pueblo cuya inteligencia es proverbial." Pero luego, meditándolo, agregó: "Sin embargo, todas estas consideraciones no me desviaron del sendero del deber; en el momento que comprendí la voluntad de mi Padre Celestial, sentí la determinación de vencer todos los obstáculos, teniendo la confianza de que El me apoyaría con su poder omnipotente y me investirla con la capacidad necesaria; y a pesar de que apreciaba mucho a mi familia, y que tendría que dejarlos casi desamparados, pensé que la causa de la verdad, el evangelio de Cristo, vencía cualquier otra consideración." (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, página 104). Cruzó los mares y comenzó la obra en Preston, Lancashire, interponiéndose entre él y su compañero las fuerzas diabólicas del infierno. Y de esa manera comenzó una obra en aquella parte del mundo que ha bendecido la vida de miles de personas. La gran conferencia efectuada recientemente en Manchester, fue tan sólo la sombra prolongada de ese comienzo temeroso, pero fiel. 170


Las asignaciones que recibamos quizás no sean de nuestro agrado. Naamán, el leproso, fue con sus caballos y su carro, con sus presentes y su oro, hacia el profeta Eliseo para ser curado. Y éste, sin verlo, envió un mensajero diciendo: "Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio." . Pero Naamán, el orgulloso y soberbio capitán del ejército sirio se sintió insultado y se fue. Únicamente cuando sus criados le hablaron se humilló lo suficiente para volver. Y el registro dice: "El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.” (2 Reyes 5:1-14). En este recinto se encuentra un hombre que muchos de vosotros conocéis. Hace algunos años, recibió un llamamiento misional para la Misión de los Estados del Oeste con sede en Denver, Colorado. En varias ocasiones había visitado esta ciudad como miembro del equipo de debate de la universidad; era una ciudad que se encontraba ubicada al otro lado de la montaña. El y sus padres habían soñado con un campo más exótico en una de esas regiones alejadas de nombres extraños. Sus amigos sonrieron. Algunos de sus seres queridos dudaron de la sabiduría o la inspiración de su llamamiento. ¿Por qué había sido un joven escogido como él, llamado a una misión desde Salt Lake City hasta Denver? Pero fué; llegó a ser un misionero poderoso. Hoy en día hay gente que le agradece al Señor por su llegada; fue nombrado consejero del presidente de misión y experimentó oportunidades maravillosas en el entrenamiento y la dirección. Allí conoció a una bella señorita con quien más tarde contrajo matrimonio. De las oportunidades extraordinarias y peculiares de esa misión, surgieron dentro de él cualidades que lo han hecho prominente en su vocación. Hoy en día forma parte del grupo de Representantes Regionales de los Doce. Creo que debo agregar que el hombre que está sentado detrás de mi, el presidente Harold B. Lee, fue a la misma misión bajo circunstancias similares y de esa obediencia se originaron algunas de esas cualidades grandes y maravillosas que hemos presenciado en su vida, y por las cuales lo apreciamos sinceramente. Permitidme compartir con vosotros una porción de un sagrado testimonio personal. Hace casi 40 años me encontraba en una misión en Inglaterra. Había sido llamado a trabajar en la oficina de la Misión Europea, en Londres, bajo la dirección del presidente Joseph F. Merrill (1868-1952) del Consejo de los Doce, y en aquel entonces presidente de la mencionada misión. Un día, tres o cuatro de los periódicos de Londres publicaron algunas criticas de la reimpresión de un libro antiguo, fraudulento y repugnante, indicando que el libro era una historia de los mormones. El presidente Merrill me dijo: "Quiero que vaya a ver al editor y proteste por esto." Lo miré y estuve por decirle: "Ciertamente no habla en serio." Pero humildemente contesté: "Sí, señor." No vacilo en decir que tenía miedo. Me dirigí a mi habitación y sentí algo como lo que creo que Moisés debe haber sentido cuando el Señor le pidió que fuera a ver al faraón. Ofrecí una oración; mi estómago era un nudo de nervios mientras me dirigía a la estación para tomar el subterráneo que me llevaría a la Calle Fleet. Encontré la oficina del editor y le presenté mi tarjeta a la recepcionista, quien la miró y entró en la oficina adjunta y volvió para decirme que el señor Skeffington estaba demasiado ocupado para verme. Le respondí que había viajado 5 mil millas y que esperaría. Durante la hora que transcurrió hizo dos o tres viajes a su oficina y por fin me invitó a pasar, Nunca olvidaré el panorama que presencié. El estaba fumando un gran puro, con una mirada que parecía decirme: "No me molestes." Tenia yo en las manos las críticas, después de eso no sé lo que dije, ya que otro poder pareció hablar a través de mi. Al principio el editor adoptó una actitud defensiva y aun beligerante. Luego empezó a amansarse y terminó por prometer hacer algo al respecto. En menos de una hora se corrió la voz a todos los vendedores de libros en Inglaterra para que devolvieran los libros de referencia al editor. A un costo considerable, éste imprimió y añadió enfrente de cada volumen, una declaración como advertencia de que el libro no se debía considerar como historia, sino únicamente como ficción, y que con ello no se intentaba ofender a la respetada gente mormona. Años más tarde le concedió a la Iglesia otro favor de mucho valor, y cada año, hasta el tiempo de su muerte, recibí de él una tarjeta durante la Navidad. Llegué a saber que cuando tratamos de rendir obediencia a loa requisitos del sacerdocio, el Señor abre el camino, aun cuando parece ser imposible. Hace diez años fui sostenido en este gran Tabernáculo como miembro del Consejo de los Doce. Estos han sido años maravillosos, llenos de miles de experiencias de fe en muchas partes de la tierra. Pero de todas las experiencias que he tenido, las más compensadoras han sido aquellas en las que he participado en las reuniones semanales de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce, en el Templo que yace al este 171


de nosotros. Allí tenemos una oración, una súplica ferviente por la voluntad del Señor. Y en ese lugar sagrado se pone de manifiesto el espíritu de revelación a medida que se proponen y presentan decisiones y programas que afectan a la Iglesia. De las experiencias de estos diez años, os testifico que Dios está constantemente revelando, en su propia manera, su voluntad concerniente a su pueblo. Os testifico que los líderes de esta Iglesia nunca nos pedirán hacer nada que no podamos efectuar sin la ayuda del Señor. Quizás nos sintamos incapaces; aquello que se nos pida hacer quizás no sea de nuestro agrado o encaje con nuestras ideas; pero si lo intentamos con fe, oración y resolución, podremos lograrlo. Os testifico que la felicidad, la paz, el progreso, la prosperidad y la eterna salvación y exaltación de los Santos de los Últimos Días, radica en rendir obediencia a los consejos. "Te damos, Señor, nuestras gracias . . . Profetas con tu evangelio, guiándonos como vivir." (Himnos de Sión, número 196). Ayúdanos, oh Dios, para estar dispuestos y obedientes a fin de poder comer de la abundancia de la tierra. Ayúdanos, Padre, a confiar en ti, a salir adelante con corazones dispuestos y sumisos, a fin de que podamos ser dignos de tus bendiciones, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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“SI JEHOVÁ NO EDIFICARE LA CASA. . ." POR EL ÉLDER GORDON B. HINCKLEY DEL CONSEJO DE LOS DOCE . Mis queridos hermanos, humildemente imploro la ayuda del Espíritu Santo. Estamos en el mes de abril, esta época gloriosa del año en que la naturaleza vuelve a cobrar vida; una estación de promesa, un tiempo de belleza; es la época para enamorarse. Esta mañana noté a un apuesto joven y a una hermosa señorita que caminaban tomados de la mano hacia este edificio, ella llevaba un anillo de compromiso, y me supuse que pronto contraerían matrimonio, como miles de otras parejas que cruzan por la tierra, algo así como pasar de abril a mayo de mayo a junio. Entonces recordé a una de estas parejas que hace algunos años me pidió que oficiara en su ceremonia matrimonial. Me referiré a ellos como Tomás y Susana. Formaban una pareja con grandes promesas; ambos provenían de buenos hogares, habían recibido una buena educación y se profesaban un profundo afecto mutuo. La ceremonia fue tan hermosa que debió haber sido inolvidable, con bendiciones eternas pronunciadas bajo la autoridad del Sacerdocio de Dios. Con el transcurso de los años han llegado tres hijos a ese hogar. A simple vista, han sido una familia feliz; pero recientemente, Tomás y Susana volvieron a visitarme, aunque esta vez por separado. No había sonrisas, únicamente llanto; vinieron para hablar de divorcio. Las palabras de amor, que una vez habían sido pronunciadas con gran ternura, se habían convertido ahora en palabras de acusación; era increíble. Fue como una violenta tormenta de marzo, que de pronto sigue al calor del primer día de primavera. “¿Y qué será de los niños?" pregunté. Susana respondió que era preferible la separación antes que exponer a los niños a sus constantes peleas. Estos, dijo ella, eran lo suficiente grandes como para sentir la crueldad de esas discusiones; y lo suficiente sensibles para experimentar heridas profundas que dejarían feas cicatrices. ¿Qué les había pasado a Tomás y a Susana? ¿Qué les está sucediendo a miles de personas como ellos? ¿Qué está sucediendo en este país donde aproximadamente uno de cada tres o cuatro matrimonios terminan en el divorcio? En los Estados Unidos se divorcian anualmente casi 400,000 parejas, que son padres de más de medio millón de niños. Más de seis millones de los adultos de esta nación están actualmente divorciados o separados. Aun en aquellos países donde el divorcio es una cosa difícil o casi imposible de obtener, queda en evidencia esta 172


misma enfermedad, los mismos daños importunos y corrosivos de la desdicha, la separación, el abandono y las relaciones inmorales e ilegales. He aquí una de las razones trágicas para el aumento exhorbitante de la delincuencia juvenil: literalmente millones de niños provienen de hogares donde no existe amor paternal y como consecuencia una deficiente seguridad para el hijo. He aquí una negación de la clase de familia ordenada por Dios desde el principio; he aquí la angustia y el fracaso. No deseo continuar hablando sobre este problema; es demasiado obvio. En vez de ello, deseo decir unas cuantas palabras acerca del modo de evitar esta tragedia. A aquellos de vosotros, que con corazones rebosantes soñáis con el matrimonio y el establecimiento de un hogar, deseo repetir lo que se dijo antiguamente: "Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican. . ." (Salmos 127:1). Permitidme sugerir cuatro ayudas fundamentales sobre las cuales podréis edificar esa casa. Hay muchas otras, pero quisiera recalcar estas. Provienen del evangelio de Jesucristo; no son difíciles de comprender, ni de seguir y se encuentran ,i vuestro alcance con un poco de esfuerzo; y no vacilo en haceros la promesa de que si establecéis el hogar que soñáis sobre estos cimientos, los peligros disminuirán, vuestro amor mutuo se fortalecerá a través de los años, bendeciréis las vidas de vuestros hijos y nietos, y conoceréis la felicidad y el gozo eterno en esta vida. A la primera de éstas la llamo respeto del uno por el otro, la clase de respeto que considera a nuestro compañero como el amigo más valioso sobre la tierra y no como una posesión o un bien inmueble que puede ser forzado u obligado a satisfacer nuestros deseos egoístas. Pearl Buck (1) ha observado: "El amor no puede ser forzado... proviene de los cielos, sin pedirlo ni buscarlo" (The treasure chest, pág. 165). Este respeto se adquiere al reconocer que cada uno de nosotros es un hijo de Dios, investido con una parte de su naturaleza divina, que cada persona tiene derecho a expresar y cultivar sus talentos individuales y de merecer clemencia, paciencia, comprensión, cortesía o consideración. El amor verdadero no es precisamente un romance sino una preocupación sincera por el bienestar de nuestro compañero. El compañerismo en un matrimonio está propenso a convertirse en algo común y hasta tedioso. No sé de ninguna manera más eficaz de mantenerlo en un plano elevado e inspirativo que reflexionando ocasionalmente en el hecho de que la compañera que está a su lado es una hija de Dios, copartícipe en la obra de la creación con el fin de llevar a cabo sus propósitos eternos. No sé de ninguna manera más eficaz por medio de la cual una mujer pueda mantener siempre radiante el amor de su esposo, que buscando y recalcando las cualidades que forman parte de cada hijo de nuestro Padre, las cuales pueden recordarse cuando existe respeto, admiración y aliento. El solo procedimiento de tales acciones cultivará un aprecio constantemente recompensador del uno por el otro. La segunda cosa que menciono es muy sencilla, pero la considero algo muy básico. Por falta de una mejor frase, la llamo la blanda respuesta. En la antigüedad se dijo que "la blanda respuesta quita la ira" (Proverbios 15:1), Muy raras veces nos metemos en dificultades cuando hablamos suavemente; es únicamente cuando alzamos nuestras voces que las chispas vuelan y esas pequeñas partículas se convierten en grandes montañas de contención. A mi parecer siempre ha habido algo significativo en la descripción de la disputa del Profeta Elías con los sacerdotes de Baal. Las Escrituras registran que "un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas... pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto. "Y tras el terremoto un fuego' pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible delicado" (1 Reyes 19:11-12). La voz de los cielos es un silbo apacible y delicado; del mismo modo, la voz de la paz familiar es una voz suave. P,'1 matrimonio necesita una gran cantidad de disciplina, no de nuestro compañero, sino de nosotros mismos.

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No sé de ninguna declaración más significativa para los padres y los futuros padres, que este consejo dado por el presidente David 0. McKay, que dijo: "Un padre no puede hacer nada más grandioso para sus hijos que el hacerles saber que ama a su madre." Cuán grande sería la paz en los hogares, cuánta seguridad en la vida de los hijos; que gran disminución en el número de divorcios, separaciones y miserias. Aumentaría la alegría, el gozo y el amor si tan sólo los esposos desarrollaran la disciplina de hablarse suavemente, tanto el uno al otro como a cada uno de sus hijos. Pablo declaró: ". . . vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos. (Efesios 6:4). Os repito, la voz de la paz en el hogar es una voz suave. Ahora vuelvo a la tercera ayuda fundamental sobre la cual se puede establecer un hogar estable y feliz. A esta le doy el titulo de honradez con Dios y del uno con el otro. Un hombre sabio con gran experiencia como abogado, consejero y, como líder en la Iglesia, me dijo en una ocasión que él estaba convencido de que el dinero es quizás el factor principal que contribuye a las dificultades en las relaciones maritales, y las trágicas consecuencias que de ahí se derivan. Mi joven amigo, de quien os hablé al principio, acusaba a su esposa de ser extravagante y derrochadora con el dinero. En amargura me dijo ella que él era avaro y un proveedor miserable. Sus amargas disputas por unos centavos los habían llevado a la erosión de su amor. Estoy convencido de que no existe mejor disciplina ni bendiciones más fructíferas para aquellos que establecen hogares y familias, que seguir el mandamiento dado al antiguo Israel por medio del profeta Malaquías: "Traed todos los diezmos al alfolí... y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré la ventana de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde" (Malaquías 3:10). Generalmente el matrimonio acarrea consigo muchas obligaciones; a vosotros mismos, jóvenes amigos, quisiera sugerimos que considerarais como vuestra primera obligación el vivir honradamente con Dios en el pago de vuestros diezmos y ofrendas. Necesitaréis sus bendiciones; oh, ¡Cuanto las necesitaréis! 0s testifico solemnemente que El hace aquello que ha prometido. Entre esas bendiciones se encontrará paz en el hogar y amor en el corazón. A medida que os disciplinéis en el gasto de vuestros ingresos, empezando con vuestras obligaciones hacia vuestro Padre Celestial, el egoísmo corrompido que causa tanta tensión en los asuntos familiares, desaparecerá de vuestras vidas, porque si compartís con el Señor a quien no veis, seréis más dadivosos, más honrados y más generosos con aquellos a quienes veis. Al vivir honradamente con Dios, os sentiréis inclinados a vivir honradamente el uno con el otro. Ahora, para concluir, la cuarta ayuda fundamental que quisiera sugerir es la oración familiar. No sé de una sola práctica que pueda tener un efecto más saludable sobre vuestras vidas que, la práctica de arrodillarnos juntos al empezar y al terminar cada día. De alguna manera, las pequeñas tormentas que parecen afligir cada matrimonio se disipan cuando, al estar arrodillados ante el Señor, le dais las gracias por vuestro compañero, en su presencia, y entonces juntos invocáis sus bendiciones sobre vuestras vidas, vuestro hogar, vuestros seres queridos y vuestros sueños. Entonces Dios será vuestro socio, y vuestras conversaciones diarias con El traerán paz a vuestros Corazones y un gozo a vuestras vidas que no puede lograrse de ninguna otra manera durante los años vuestro compañerismo se volverá más dulce, vuestro amor será fortalecido; vuestro aprecio mutuo crecerá. Vuestros hijos conocerán la seguridad de un hogar donde mora el Espíritu del Señor. Los congregaréis en ese hogar, como la Iglesia lo ha aconsejado, y les enseñaréis con amor. Conocerán padres que se respetan mutuamente, y en sus corazones se desarrollará un espíritu de respeto; experimentarán la seguridad de la palabra expresada tiernamente, y las tempestades de sus propias vidas serán aplacadas. Conocerán a un padre y a una madre quienes, viviendo honradamente con Dios, viven también honradamente el uno con el otro y con su prójimo. Crecerán con un sentimiento de aprecio, habiendo escuchado a sus padres en oración expresar gratitud por las bendiciones grandes y pequeñas, madurarán en su fe en el Dios viviente. 174


El ángel destructor pasará de vosotros, podréis conocer la paz y el amor durante vuestras vidas, las cuales pueden extenderse hacia la eternidad. Mayor bendición no podría desearos, y esto lo ruego humildemente en vuestro beneficio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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JOSÉ SMITH: PROFETA DE DIOS, SIERVO PODEROSO. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Un conocido me dijo en cierta ocasión: “Admiro mucho su iglesia y creo que podría aceptarlo todo de ella excepto a José Smith”, a lo cual yo le respondí: “Sus palabras encierran una contradicción. Si usted acepta la revelación, debe aceptar al revelador”. Para mí es un misterio constante ver a determinadas personas hablar con admiración de la Iglesia y de su labor a la vez que desdeñan a aquel que, actuando como siervo del Señor, recibió la estructura de todo lo que la Iglesia es, de todas sus enseñanzas y de todo lo que representa. Esas personas desean recoger la fruta del árbol y al mismo tiempo cortar la raíz que lo ha hecho crecer. El código de salud que obedecen los Santos de los Últimos Días, tan elogiado en esta época de estudios sobre el cáncer y de investigación del corazón, es en realidad una revelación dada a José Smith en 1833 y conocida como la “Palabra de Sabiduría” del Señor (véase D. y C. 89:1). De ningún modo pudo haber procedido de las publicaciones sobre la alimentación conveniente de la época ni del intelecto del hombre que la comunicó. Hoy en día, en el aspecto médico, la observancia de la Palabra de Sabiduría es un milagro que ha evitado incalculables sufrimientos y la muerte prematura de decenas de millares de personas. La investigación de historia familiar ha llegado a ser un pasatiempo muy extendido en los últimos años. Miles de ojos de todo el mundo se han vuelto a lo que se describe como el tesoro de datos de historia familiar de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, este extraordinario programa de la Iglesia no es el fruto de la búsqueda de un pasatiempo, sino una prolongación de las enseñanzas de José Smith, el profeta, quien declaró que no podemos salvarnos sin nuestros antepasados, aquellos que no tuvieron conocimiento alguno del Evangelio y que, por tanto, no pudieron cumplir con sus requisitos ni participar de sus oportunidades (véase D. y C. 128:9, 15). La notable organización de la Iglesia fue constituida por él según las instrucciones que recibió por revelación, y ninguna modificación o adaptación de esa organización puede llevarse a cabo sin antes escudriñar las revelaciones recibidas por el Profeta. Hasta el programa de bienestar, que algunos consideran de origen reciente, se fundamenta y opera estrictamente de acuerdo con los principios enunciados por José Smith en los primeros años de la Iglesia. Lo mismo podría decirse del programa de la noche de hogar, que no es más que una continuación de la revelación sobre la responsabilidad de los padres de “criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). PROCLAMEMOS AL PROFETA. Una vez, mientras viajaba en avión, entablé conversación con un joven que iba sentado a mi lado. Charlamos de esto y de aquello hasta que llegamos al asunto de la religión. Él me dijo que había leído mucho sobre los Santos de los Últimos Días y que había llegado a admirar las prácticas religiosas de ellos, pero que tenía ciertos prejuicios sobre el relato del origen de la Iglesia, y más concretamente sobre José Smith. Él era miembro activo de otra organización religiosa, y, cuando le pregunté dónde había encontrado esa información, me dijo que en las publicaciones de su iglesia. Le pregunté para qué empresa trabajaba, a lo que él me contestó orgulloso que era representante de ventas de una multinacional de computadoras.

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Entonces le pregunté sile parecería justo que susclientes conocieran las cualidades de sus productos a través de un representante de alguna otra empresa internacional de computadoras. Con una sonrisa, me dijo: “Ya veo a dónde quiere llegar”. Saqué de mi maletín un ejemplar de Doctrina y Convenios y le leí las palabras que el Señor expresó a través de José Smith, las cuales constituyen la fuente de las prácticas que mi amigo había llegado a admirar mientras desdeñaba al hombre por cuyo conducto se habían recibido. Antes de despedirnos, accedió a leer cierta información que yo iba a enviarle. Le prometí que, si lo hacía bajo el espíritu de oración, conocería la verdad no sólo de las doctrinas y de las prácticas que le habían interesado, sino del hombre por medio del que éstas se habían recibido. Entonces le testifiqué mi convicción con respecto al llamamiento profético de José Smith. Aquel varón que nació hace 200 años este mes en humildes circunstancias en el entorno rural de Vermont fue preordenado para ser un gran líder en el cumplimiento del plan que nuestro Padre tiene para Sus hijos en la tierra. Nosotros no adoramos al Profeta, sino que adoramos a Dios, nuestro Padre Eterno, y al Señor Jesucristo resucitado; pero sí reconocemos al Profeta, lo proclamamos, lo respetamos y lo reverenciamos como un instrumento en las manos del Todopoderoso para restaurar en la tierra las antiguas verdades del Evangelio divino, junto con el sacerdocio, mediante el cual se ejerce la autoridad de Dios en los asuntos de Su Iglesia y para la bendición de Su pueblo. El relato de la vida de José es el relato de un milagro. Nació en la pobreza, se crió en la adversidad, fue expulsado de un lugar a otro, acusado falsamente y encarcelado de manera ilegal. Fue asesinado a la edad de 38 años, pero en el corto espacio de los veinte años anteriores a su muerte, logró lo que nadie ha logrado en toda una vida. Tradujo y publicó el Libro de Mormón, un libro que desde entonces ha sido traducido a muchas otras lenguas y que millones de personas de todo el mundo aceptan como la palabra de Dios. Las revelaciones que recibió, así como otros escritos, son considerados igualmente como Escrituras por esas personas. El total de páginas de esos escritos equivale casi al doble de las que hay en el Nuevo Testamento, todas ellas recibidas por conducto de un hombre en el espacio de unos pocos años. En ese mismo periodo, estableció una organización que durante 175 años ha resistido toda adversidad y todo desafío, y que en la actualidad es tan eficaz para gobernar a casi 12 millones de miembros como lo fue en 1830 para gobernar a 300. Hay escépticos que han intentado explicar que esta notable organización fue producto de la época en la cual él vivió. Pero yo les repito que esta organización fue tan peculiar, tan única en su género y tan notable entonces como lo es hoy día. No fue producto de su tiempo, sino de la revelación que provino de Dios. LA INMORTALIDAD Y LA ETERNIDAD. La visión que José Smith tenía de la naturaleza inmortal del hombre comprendía la existencia desde antes de nacer hasta las eternidades posteriores a la tumba. Él enseñó que la salvación es universal en el sentido de que todos los hombres se beneficiarán de la Resurrección por medio de la expiación que llevó a cabo el Salvador. Pero aparte de este don se encuentra el requisito de la obediencia a los principios del Evangelio y la promesa de la consiguiente felicidad en esta vida y la exaltación en la vida venidera. Además, el Evangelio que él impartió no se circunscribió a su propia generación ni a las generaciones futuras; la mente de José Smith, instruida por el Dios del cielo, abarcaba a todos los seres humanos de todas las generaciones. Tanto los vivos como los muertos deben contar con la oportunidad de participar de las ordenanzas del Evangelio. El apóstol Pedro declaró: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6). En el caso de los muertos es necesario que se realice una obra vicaria para que sean juzgados según los hombres en la carne, y, para ello, es preciso averiguar su nombre y sus datos; de ahí nace el gran programa de historia familiar de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No se estableció para satisfacer los intereses de un pasatiempo, sino para cumplir con los propósitos eternos de Dios. En los veinte años previos a su muerte, José Smith puso en marcha un programa para llevar el Evangelio a las naciones de la tierra. Me maravilla la audacia con que lo hizo. Aún en la tierna infancia de 176


la Iglesia, en momentos de oscura adversidad, se llamó a hombres para que dejaran sus hogares y sus familias a fin de cruzar el mar y proclamar la restauración del Evangelio de Jesucristo. La mente del Profeta, su visión, abarcaba toda la tierra. En las conferencias generales de la Iglesia que se celebran dos veces al año se congregan miembros de Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica; de las islas Británicas y de África; de las naciones de Europa; de las islas y de los continentes del Pacífico; y de las antiguas tierras de Asia. Esto constituye el florecimiento de la visión de José Smith, el profeta de Dios. Ciertamente él fue un poderoso vidente que vio este día y días trascendentales que habrían de venir a medida que la obra del Señor avanzara sobre la tierra. Este magnífico florecimiento asombraría a aquellos hombres que, con el rostro pintado y en un ataque cobarde, dispararon y mataron al indefenso Profeta aquel sofocante día de junio de 1844. Asombraría al gobernador Thomas Ford, del estado de Illinois, que había prometido proteger al Profeta y que luego lo dejó a merced del inmisericorde populacho. Fue ese mismo Thomas Ford el que concluyó en su biografía que José Smith “jamás lograría establecer un sistema que lograra éxito alguno en el futuro” (citado por B. H. Roberts en A Comprehensive History of the Church, tomo II, pág. 347). Es ese mismo Thomas Ford que en la actualidad yace enterrado en un cementerio en Peoria, Illinois, casi olvidado, mientras que el hombre al que tildó de fracaso es recordado con gratitud en toda la tierra. LOOR AL PROFETA. Cuando tenía 12 años, mi padre me llevó a una reunión del sacerdocio de nuestra estaca. Me senté en la última fila mientras él, que era el presidente de la estaca, se sentó en el estrado. Al comienzo de la reunión, la primera de esa clase a la que yo asistía, 300 ó 400 hombres se pusieron de pie. Eran de diversos ambientes culturales y desempeñaban diferentes oficios, pero cada uno tenía en su corazón la misma convicción al cantar al unísono las palabras siguientes: Al gran Profeta rindamos honores. Fue ordenado por Cristo Jesús a restaurar la verdad a los hombres y entregar a los pueblos la luz. (“Loor al Profeta”, Himnos, Nº 15) Al oír cantar a aquellos hombres de fe ocurrió algo en mi interior. Llegó a mi corazón de niño, por medio del Santo Espíritu, el conocimiento de que José Smith fue realmente un profeta del Todopoderoso. En los muchos años que han transcurrido desde entonces, años en los que he leído muchas de sus palabras y sus obras, ese conocimiento se ha fortalecido y afianzado. He tenido el privilegio de testificar en los continentes del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, que él fue y es un profeta de Dios, un siervo poderoso y un testigo del Señor Jesucristo. Grande es su gloria; su nombre es eterno. Siempre jamás él las llaves tendrá. Justo y fiel entrará en su reino y entre profetas se le premiará. (Himnos, Nº 27) Reitero ese testimonio ahora, en el nombre de Aquél de quien José Smith fue testigo y de quien también yo soy testigo: el Señor Jesucristo. ■

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EL MATRIMONIO QUE PERDURA. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Amodo de presentación, quisiera contarles dos experiencias. La primera tuvo lugar hace muchos años, cuando me encontraba en el nuevo Templo de Washington D. C. En esa oportunidad había varios periodistas que tenían curiosidad con respecto al hermoso edificio, tan diferente de otros edificios de la Iglesia en concepto y en propósito; diferente también con respecto a quiénes se permite entrar en sus sagrados recintos. Les expliqué que, después de que el edificio es dedicado como Casa del Señor, sólo los miembros de la Iglesia que sean dignos estarán autorizados a entrar; pero que antes de ser dedicado, durante un período de cuatro a seis semanas, los visitantes serían bienvenidos a recorrer todo el interior. Les dije que nuestra intención no es esconder el edificio de la vista del mundo, pero que después de la dedicación lo consideramos tan sagrado, que una vida pura y una estricta lealtad a las normas y principios de la Iglesia son condiciones indispensables de admisión al templo. Hablamos de los propósitos por los quese edifican los templos; les expliqué esospropósitos, haciendo especial hincapié en aquél que tan profundamente llega a todo hombre y mujer reflexivos: el matrimonio por la eternidad. Al hacerlo, medité en una experiencia ocurrida durante el periodo previo a la dedicación del Templo de Londres en 1958. UNA JOVEN PAREJA EN INGLATERRA. En aquella ocasión, miles de personas, curiosas pero sinceras, hicieron largas filas en paciente espera para entrar en el edificio. Un agente de policía que dirigía el tránsito observó que aquella era la primera vez que veía a los ingleses ansiosos por entrar en una iglesia. Se pidió a los visitantes que hicieran sus preguntas después de haber terminado el recorrido del edificio. Por las tardes me unía a los misioneros para charlar con las personas que tenían preguntas. Vi a una joven pareja que bajaba por la escalinata de la entrada principal del templo y les pregunté si podía serles de alguna ayuda. La joven dijo: “Sí. ¿Qué significa ese ‘matrimonio por la eternidad’ al que se aludió en una de las salas?”. Nos sentamos en un banco, debajo de un gran roble cercano a la entrada del edificio. El anillo en el dedo de la joven me dio a entender que estaban casados, y la forma en que se tomaban de la mano manifestaba el amor que sentían el uno por el otro. “Y ahora a su pregunta”, dije. “Supongo que a ustedes les casó un vicario”. “Sí”, respondió ella, “hace apenas tres meses”. “¿Se dio cuenta usted de que cuando el vicario pronunció su unión, también decretó su separación?” “¿Qué quiere decir?”, se apresuró a replicar. “Ustedes creen que la vida es eterna, ¿no es así?” “Claro”, respondió ella. “¿Pueden imaginarse la vida eterna sin amor eterno?”, continué. “¿Pueden concebir una felicidad eterna sin la compañía el uno del otro?”“Por supuesto que no”, respondieron rápidamente. “Pero, ¿qué les dijo el vicario al efectuar la ceremonia? Si no me falla la memoria, les dijo entre otras cosas: ‘en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte os separe’. Los unió hasta donde su autoridad se lo permitía, o sea, hasta que les llegue la muerte. En realidad, pienso que si se lo hubieran preguntado, habría negado la existencia del matrimonio y la familia más allá de la tumba. “Pero”, proseguí, “nuestro Padre, que nos ama y desea lo mejor para Sus hijos, ha determinado que, bajo las circunstancias apropiadas, haya una continuación de esta unión, la más sagrada y noble de todas las relaciones humanas: la relación del matrimonio y la familia. “En aquella grandiosa y emotiva conversación entre el Salvador y Sus Apóstoles, Pedro declaró: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente’, y el Señor respondió: ‘Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, 178


porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos’. El Maestro prosiguió diciendo a Pedro y a sus compañeros: ‘Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos’ (Mateo 16:13–19). “En aquella maravillosa adjudicación de autoridad, el Señor entregó a Sus Apóstoles las llaves del santo sacerdocio, cuyo poder va más allá de la vida y la muerte, hasta la eternidad. Esta misma autoridad ha sido restaurada a la tierra por los mismos apóstoles que la poseyeron en la antigüedad, o sea, Pedro, Santiago y Juan”. Continué diciéndoles que después de la dedicación del templo el domingo siguiente, aquellas mismas llaves del santo sacerdocio se ejercerían a favor de los hombres y las mujeres que acudieran a ese sagrado edificio a solemnizar su matrimonio, uniéndolos en lazos que la muerte no puede desatar ni el tiempo destruir. Tal fue mi testimonio a aquella joven pareja en Inglaterra, y es el que les doy a ustedes y al mundo entero. Nuestro Padre Celestial, que ama a Sus hijos, desea para ellos todo lo que pueda brindarles felicidad en esta vida y en la eternidad, y no puede haber felicidad mayor que la que se encuentra en la más significativa de todas las relaciones humanas: el compañerismo del esposo y de la esposa, de los padres y los hijos.

“¿ES EL AMOR COMO UNA ROSA?” Hace varios años fui llamado a la cabecera de una madre que se encontraba en el hospital en las últimas etapas de una enfermedad muy grave. Murió poco después, dejando a su esposo y cuatro hijos, el más pequeño de seis años, sumidos en profundo y trágico dolor. Pero a través de sus lágrimas, brillaba la fe inconmovible y hermosa de que, tan cierto como en ese momento se llevaba a cabo una dolorosa separación, algún día habría una feliz reunión, porque aquel matrimonio había comenzado con un sellamiento por el tiempo y la eternidad en la casa del Señor, bajo la autoridad del santo sacerdocio. Todo hombre que en verdad ama a una mujer y toda mujer que en verdad ama a un hombre sueña y espera que su unión perdure para siempre. Pero el matrimonio es un convenio sellado por la autoridad, y si ésta procede solamente del Estado, perdurará únicamente mientras el estado tenga jurisdicción, la cual termina con la muerte. Mas si a esa autoridad del Estado agregamos el poder del don recibido de Aquel que venció a la muerte, la unión perdurará más allá de esta vida si los contrayentes viven dignos de la promesa. Cuando era mucho más joven y menos frágil, bailábamos una cancioncilla que decía más o menos así: ¿Es el amor como una rosa, que florece y perfuma, para marchitarse y morir al fin del verano? Se trataba sólo de una balada a cuyo son bailábamos, pero era una pregunta que se han hecho a través de los siglos hombres y mujeres que se amaban mutuamente y contemplaban más allá del presente, hacia un futuro eterno. La respuesta que damos es no y repetimos que, en el plan revelado del Señor, el amor y el matrimonio no son como la rosa que se marchita al acabar el verano; al contrario, son eternos, como el Dios de los cielos es eterno. Pero este don, más valioso que todos los demás, se consigue sólo por un precio: con autodisciplina, virtud y obediencia a los mandamientos de Dios. Éstos tal vez sean difíciles, pero se puede lograr con el estímulo que deriva del comprender la verdad. “TESTIMONIOS DE SUS LABIOS” El presidente Brigham Young (1801–1877) declaró en una ocasión: “No hay un solo jovencito en nuestra comunidad que, si comprendiera las cosas tal cual son, no estaría dispuesto a viajar desde aquí 179


hasta Inglaterra a fin de poder casarse bien; no hay en nuestra comunidad una sola jovencita, que ame el Evangelio y anhele sus bendiciones, que aceptaría casarse de alguna otra manera”. Muchos han viajado distancias similares, y aún mayores, para recibir las bendiciones del matrimonio en el templo. He visto a un grupo de Santos de los Últimos Días japoneses que, antes de que se construyera un templo en su país, se habían privado hasta de comer a fin de hacer posible el largo viaje hasta el Templo de Laie, Hawai. Antes de tener un templo en Johannesburgo, conocimos a otros que también se habían privado de las necesidades básicas para poder costearse el vuelo de más de once mil kilómetros desde Sudáfrica hasta el Templo de Surrey, Inglaterra. El brillo de sus ojos, sus sonrisas y el testimonio de sus labios manifestaban que aquello valía infinitamente más que todo lo que les había costado. También recuerdo haber oído en Nueva Zelanda hace muchos años el testimonio de un hombre que vivía en una región remota de Australia que, habiéndose casado previamente por la autoridad civil y luego de unirse a la Iglesia con su esposa e hijos, habíanatravesado aquel vasto continente, habían proseguido por el mar de Tasmania hasta Auckland, y de allí hasta el templo que se encuentra en el hermoso valle de Waikato. Recuerdo que dijo: “No teníamos dinero para el viaje. Nuestras posesiones consistían en un auto viejo, algunos muebles y la vajilla. Dije a mi familia: ‘No podemos permitimos el lujo de ir’. Luego miré el rostro de mi bella esposa y el de nuestros hermosos hijos, y dije: ‘No podemos permitimos el lujo de no ir. Si el Señor me da fuerzas, puedo trabajar y ganar lo suficiente para comprar otro auto, muebles y demás cosas que necesitemos; pero si perdiese a esos seres amados, sería verdaderamente pobre, tanto en esta vida como en la eternidad’ ”. CÁSENSE CORRECTAMENTE Y VIVAN CON RECTITUD. Cuán cortos de vista somos muchos de nosotros,cuán inclinados a contemplar sólo el presente sin un pensamiento para el futuro. Pero el futuro ha de llegar, como llegarán también la muerte y la separación. Cuán dulce es la seguridad, cuán reconfortante es la paz que proviene del conocimiento de que si nos casamos correctamente y vivimos una vida recta, nuestra relación familiar perdurará a pesar de la certeza de la muerte y del paso del tiempo. El hombre puede escribir canciones de amor y cantarlas; puede tener anhelos, esperanzas y sueños. Pero todo eso no será más que un romántico deseo a menos que se ejerza la autoridad que trasciende los poderes del tiempo y de la muerte. Hace muchos años, el presidente Joseph F. Smith (1838–1918) dijo: “La casa del Señor es una casa de orden y no de confusión; y esto significa que... no hay unión por el tiempo y la eternidad que se pueda perfeccionar fuera de la ley de Dios y el orden de Su casa. Los hombres podrán desearlo; podrán imitar sus aspectos en esta vida, pero carecerá de vigencia a menos que se haga y se sancione por la autoridad divina, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Para concluir, quisiera contarles un relato que, aunque imaginario, básicamente es verdadero. Imagínense a una joven pareja en un ambiente muy romántico, en la que haya nacido un amor sagrado. El joven le dice a su novia: “Te amo; quiero que seas mi esposa y la madre de nuestros hijos. Pero no los quiero ni a ti ni a ellos para siempre. Sólo estaremos juntos por un tiempo y después nos diremos adiós”. Ella, mirándole a través de las lágrimas, bajo la luz de la luna, le responde: “Eres maravilloso. No hay nadie en el mundo como tú y quiero que seas mi esposo y el padre de nuestros hijos, pero sólo por un tiempo, y luego nos despediremos”. ¡Qué absurdo! Y sin embargo, en esencia eso es lo que un hombre le dice a una mujer, y una mujer a un hombre, en una proposición de matrimonio, cuando se les concede la oportunidad de celebrar una unión eterna bajo “el nuevo y sempiterno convenio” (D. y C. 132:19), pero optan por hacerlo a un lado y sustituirlo con una unión que sólo durará hasta que la muerte los separe. LA VIDA ETERNA. La vida es eterna y el Dios de los cielos también ha hecho posibles el amor eterno y las relaciones familiares eternas. Que Dios les bendiga; que al contemplar la posibilidad del matrimonio, busquen no sólo el maravilloso compañerismo y las ricas y fructíferas relaciones familiares en sus días terrenales, sino que 180


también busquen una mejor existencia, en la que se puedan sentir y conocer el amor y las uniones más preciosas bajo la promesa que Dios nos ha hecho. Testifico de la realidad viviente del Señor Jesucristo, por medio de quien hemos recibido esta autoridad. Testifico que Su poder, Su Sacerdocio, está entre nosotros y se ejerce en Sus santas casas. No menosprecien lo que les ha ofrecido. Vivan dignamente y participen de ese don, y permitan que el poder santificador de Su santo sacerdocio selle su unión. ■

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LA PIEDRA CORTADA DEL MONTE. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY El Señor está cumpliendo Su promesa de que Su evangelio sería como la piedra cortada del monte, no con mano. Ahora bien, mis hermanos y hermanas, vivimos un fenómeno interesante; un solista canta la misma canción una y otra vez; una orquesta repite la misma música; sin embargo, se espera que un orador diga algo nuevo cada vez que habla. Esta mañana, voy a romper esa tradición y voy a repetir, hasta cierto punto, lo que he dicho en otra ocasión. La Iglesia se ha convertido en una gran familia diseminada por toda la tierra. Ahora hay más de 13 millones de nosotros en 176 naciones y territorios. Está sucediendo algo maravilloso y extraordinario; el Señor está cumpliendo Su promesa de que Su evangelio sería como la piedra cortada del monte, no con mano, que rodaría hasta llenar toda la tierra, como se le manifestó a Daniel en una visión (véase Daniel 2:31–45; D. y C. 65:2). Está ocurriendo un gran milagro ante nuestros ojos. Retrocedamos 184 años, al año 1823. El mes era septiembre, la noche del 21 al 22, para ser exactos. El joven José Smith había orado esa noche antes de acostarse; le pidió al Señor que lo perdonara por su frivolidad. Entonces sucedió algo milagroso; él dice: “Encontrándome así, en el acto de suplicar a Dios, vi que se aparecía una luz en mi cuarto, y que siguió aumentando hasta que la habitación quedó más iluminada que al mediodía; cuando repentinamente se apareció un personaje al lado de mi cama… “Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo pueblo” (José Smith—Historia 1:30, 33). El muchacho debe haberse quedado atónito por lo que oyó. Para quienes lo conocían, él era simplemente un pobre joven granjero, sin instrucción. No tenía riquezas; sus vecinos estaban en las mismas condiciones; sus padres eran granjeros que luchaban para ganarse la vida. Vivían en una zona rural casi desconocida; eran simplemente personas comunes y corrientes que trataban de sobrevivir por medio del trabajo arduo. Y sin embargo, un ángel de Dios dijo que “entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría… [el nombre de José] para bien y para mal”. ¿Cómo sería posible? Esa descripción se refería a todo el mundo. Ahora, cuando miramos 177 años atrás, hasta la organización de la Iglesia, nos maravillamos ante lo que ya se ha llevado a cabo. Cuando se organizó la Iglesia en 1830, sólo había seis miembros, unos cuantos creyentes, y todos vivían en un pueblo prácticamente desconocido. Hoy hemos llegado a ser la cuarta o quinta iglesia más grande de Norteamérica, con congregaciones en todas las ciudades importantes. Hoy en día las estacas de Sión florecen en todos los estados de los Estados Unidos, en todas las provincias de Canadá, en todos los estados de México, en todas las naciones de Centroamérica y en toda Sudamérica. Hay congregaciones en todas las Islas Británicas y Europa donde miles de personas se han unido a la Iglesia con el pasar de los años. Esta obra ha llegado a las naciones Bálticas hasta Bulgaria y Albania, y otros sectores de esa parte del mundo. Se extiende hasta la vasta región de Rusia, llega hasta Mongolia y 181


hasta las naciones de Asia y las islas del Pacífico, Australia, Nueva Zelanda, India e Indonesia; y florece en muchas naciones de África. Nuestras conferencias generales se transmiten vía satélite y por otros medios en 92 idiomas diferentes. Y esto es sólo el comienzo. Esta obra continuará creciendo y prosperando y se extenderá por toda la tierra. Así debe ser si se va a cumplir la promesa que Moroni le hizo a José. Esta obra es única y maravillosa; es fundamentalmente diferente a toda otra organización de doctrina religiosa que yo conozca. Cuando Jesús estuvo sobre la tierra dijo: “… esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). A los catorce años, José tuvo una experiencia en esa gloriosa Primera Visión que fue distinta a cualquier otra que hombre alguno haya registrado. En ninguna otra ocasión, de la cual se tenga constancia, han aparecido juntos en la tierra Dios nuestro Padre Eterno y Su Amado Hijo Jesucristo, el Señor resucitado. Cuando Juan bautizó a Jesús en el río Jordán, se oyó la voz de Dios, pero nadie lo vio. En el Monte de la Transfiguración, una vez más se oyó la voz de Dios, pero no existe registro alguno de que haya aparecido. Esteban vio al Señor a la diestra del Padre, pero ellos no se dirigieron a él ni le enseñaron. Después de Su resurrección, Jesús apareció a los nefitas en el hemisferio occidental. La voz del Todopoderoso se oyó tres veces al presentar al Cristo resucitado, pero el Padre no se apareció. ¡Qué verdaderamente extraordinaria fue la visión en el año 1820, cuando José oró en el bosque y allí, ante él, aparecieron el Padre y el Hijo! Uno de ellos le habló, llamándolo por su nombre, y dijo, señalando al otro: “Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17). Nunca antes había sucedido algo así. Uno tiende a preguntarse por qué era tan importante que ambos, el Padre y el Hijo, aparecieran. Creo que fue porque estaban iniciando la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la final y última dispensación del Evangelio, cuando se unirían en uno los elementos de todas las dispensaciones anteriores. Ése sería el último capítulo en la larga historia de los tratos de Dios con los hombres y las mujeres de la tierra. Después de la muerte del Salvador, la Iglesia que Él había establecido cayó en la apostasía. Se cumplieron las palabras de Isaías que dijo: “Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno” (Isaías 24:5). Al darse cuenta de la importancia de conocer la verdadera naturaleza de Dios, los hombres se habían esforzado por encontrar un modo de definirlo. Los clérigos eruditos discutían unos con otros. Cuando Constantino se convirtió al cristianismo en el siglo cuarto, convocó a un grupo numeroso de hombres doctos con la esperanza de que pudieran llegar a un acuerdo común en cuanto a la naturaleza de Dios. Lo único que lograron fue un compromiso de varios puntos de vista. El resultado fue el Credo de Nicea del año 325 d. de C. Desde entonces, ése y otros credos posteriores, se han convertido en la declaración de la doctrina en cuanto a la naturaleza de Dios para la mayoría de los cristianos. Los he leído todos varias veces; no los puedo entender. Creo que otras personas no los pueden entender y estoy seguro de que el Señor también sabía que muchos no los entenderían. Por ello, en 1820, en esa incomparable visión, el Padre y el Hijo aparecieron al joven José. Le hablaron con palabras que se pudieron oír, y él les habló a Ellos. Ellos veían, hablaban y oían; eran personas, eran materia, no eran seres imaginarios, eran seres con tabernáculos de carne; y de esa experiencia ha venido nuestro conocimiento único y verdadero de la naturaleza de Dios. No es de extrañar que cuando José escribió los Artículos de Fe en 1842 declaró como el número uno: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1). Como todos ustedes bien saben, a lo largo de los años siguió una verdadera “nube de testigos”, como lo describió Pablo en forma profética (véase Hebreos 12:1). Primero vino Moroni con las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón. ¡Qué hecho tan singular y extraordinario! La historia de José sobre las planchas de oro era fantástica. Era difícil de creer y 182


fácil de poner en duda. ¿Podría haberla escrito él mismo? Aquí está, mis hermanos y hermanas, para que todos la vean, la palpen y la lean. Todo intento de explicar su origen que no sea el que él dio, ha caído por su propio peso. Él tenía escasa instrucción, y sin embargo, en muy poco tiempo, realizó la traducción, que en forma publicada contiene más de 500 páginas. Pablo declara que “Por boca de dos o tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios13:1). La Biblia había perdurado por siglos; es un libro valioso y maravilloso. Y ahora había un segundo testigo que declaraba la divinidad de Cristo. El Libro de Mormón es el único libro que se haya publicado, a mi entender, que lleva la promesa de que quien lo lea con espíritu de oración y pregunte a Dios en oración en cuanto a él, le será revelado, por el poder del Espíritu Santo, el conocimiento de que es verdadero (véase Moroni 10:4). Desde que se publicó por primera vez en una imprenta rural de Palmyra, Nueva York, se han producido más de 133 millones de ejemplares. Se ha traducido a 105 idiomas y no hace mucho se lo nombró como uno de los 20 libros de mayor influencia que se hayan publicado en Norteamérica. Recientemente se vendió una primera edición por $105.000 dólares; pero la edición rústica más barata tiene el mismo valor para el lector que ama su lenguaje y su mensaje. A lo largo de todos estos años, los críticos han tratado de descifrarlo; han hablado en contra de él y lo han ridiculizado, pero los ha sobrevivido a todos, y su influencia hoy en día es mucho más grande que en cualquier época de su historia. En esta serie de acontecimientos después vino la restauración del sacerdocio, conferido por seres resucitados que lo poseían cuando el Salvador estuvo sobre la tierra. Eso ocurrió en 1829, cuando José tenía sólo 23 años. Después de que se recibió el sacerdocio, se organizó la Iglesia el 6 de abril de 1830, cuando José era un joven que todavía no cumplía 25 años. Repito, la organización es única y distinta a la de la cristiandad tradicional. Funciona mayormente por parte de un ministerio laico; su rasgo distintivo es el servicio voluntario. A medida que ha crecido y se ha extendido en otros países, miles y miles de hombres hábiles y fieles han dirigido su obra. Hoy me maravillo ante las extraordinarias cosas que Dios le reveló a Su Profeta escogido cuando éste todavía era joven y completamente desconocido. El lenguaje propio de esas revelaciones es superior aún a la capacidad de un hombre de gran conocimiento. Los estudiosos que no son de nuestra religión y que no aceptan nuestras singulares doctrinas, se sorprenden ante el gran progreso de esta obra que está llegando al corazón de las personas de toda la tierra. Se lo debemos todo a José el Profeta, el vidente y el revelador, el Apóstol del Señor Jesucristo, que fue preordenado para venir en esta generación como un instrumento en las manos del Todopoderoso para restaurar a la tierra lo que el Salvador enseñó cuando caminó por las calles de Palestina. A ustedes, hoy, les declaro mi testimonio del llamamiento del profeta José, de su obra, del sellamiento de su testimonio con su sangre como mártir de la verdad eterna. Cada uno de ustedes puede testificar de lo mismo. Ustedes y yo nos enfrentamos al simple hecho de aceptar la veracidad de la Primera Visión y de lo que ocurrió después. La validez misma de esta Iglesia se basa en la realidad de esa visión. Si es real, y yo testifico que lo es, entonces la obra en la que estamos embarcados es la obra más importante sobre la tierra. Les dejo mi testimonio de la veracidad de estas cosas, e invoco las bendiciones del cielo sobre ustedes. Que las ventanas de los cielos se abran y se derramen bendiciones sobre ustedes como lo ha prometido el Señor. Nunca olviden que esa fue Su promesa y que Él tiene el poder y la capacidad de ver que se cumpla, es mi ruego, al dejar mis bendiciones y mi amor con ustedes, en el sagrado nombre de nuestro Redentor, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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UN TESTIMONIO VIBRANTE Y VERDADERO. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY En nuestras congregaciones muchas veces cantamos uno de nuestros himnos favoritos, “Un ángel del Señor”, cuya letra fue escrita por Parley P. Pratt hace más de un siglo y medio y que representa su declaración de la aparición milagrosa de un libro extraordinario. En septiembre de este año hará exactamente ciento setenta y seis años que se hizo por primera vez la composición tipográfica del libro y se imprimió en Palmyra, estado de Nueva York. Es inspirador enterarse de la forma en que Parley P. Pratt llegó a saber del libro sobre el cual escribió la letra de ese himno. En agosto de 1830, siendo predicador, se encontraba viajando desde Ohio con destino a la parte este del estado de Nueva York. En Newark [estado de Nueva Jersey], junto al canal de Erie, desembarcó y caminó dieciséis kilómetros por el campo hasta que se encontró con un diácono bautista, apellidado Hamlin, que le habló “de un libro, un libro extraño, ¡UN LIBRO MUY EXTRAÑO!... El tal libro, dijo, supuestamente había sido escrito originalmente en planchas de oro o de bronce por una rama de las tribus de Israel, y descubierto y traducido por un joven cerca de Palmyra, en el estado de Nueva York, con la ayuda de visiones o del ministerio de ángeles. Le pregunté cómo o dónde podía conseguirse el libro y me prometió dejarme hojearlo en su casa al otro día... A la mañana siguiente, fui a su casa, donde mis ojos contemplaron por primera vez el ‘LIBRO DE MORMÓN’, ese libro de libros... que, en las manos de Dios, fue el medio principal que dirigió todo el curso de mi vida futura. “Lo abrí ansiosamente y leí la portada. Después leí el testimonio de varios testigos de la manera en que fue hallado y traducido. A continuación, comencé a leer el contenido desde la primera página. Leí todo el día; me parecía una molestia comer, pues no sentía deseos de alimentarme; y cuando llegó la noche, me resultaba una molestia acostarme, pues prefería seguir leyendo en lugar de dormir. “A medida que leía, el Espíritu del Señor vino sobre mí, y supe y comprendí que el libro era la verdad con la misma claridad con que un hombre comprende y sabe que existe”. Parley Pratt tenía entonces veintitrés años. La lectura del Libro de Mormón tuvo un efecto tan profundo en él que al poco tiempo se bautizó en la Iglesia y llegó a ser uno de sus defensores más eficaces y vigorosos. Durante su ministerio viajó de costa a costa a través de lo que es ahora Estados Unidos, así como también a Canadá y a Inglaterra; trabajó en las islas del Pacífico y fue el primer misionero Santo de los Últimos Días que puso pie en América del Sur. En 1857, mientras cumplía una misión en el estado de Arkansas, un asaltante lo mató de un tiro en la espalda. Fue enterrado en una zona rural, cerca de una población llamada Alma, y en ese tranquilo sitio se levanta actualmente un gran bloque de granito pulido que marca el lugar de su tumba. Grabada en él está la letra de otro de sus himnos grandes y proféticos, la que indica su visión de la obra en la cual se hallaba embarcado: Ya rompe el alba de la verdad y en Sión se deja ver, tras noche de oscuridad, el día glorioso amanecer. De ante la divina luz huyen las sombras del error. La gloria del gran Rey Jesús ya resplandece con su fulgor. La experiencia de Parley P. Pratt con el Libro de Mormón no fue un caso único. Al ponerse en circulación los ejemplares de la primera edición, los cientos de hombres y mujeres fuertes que los leyeron se sintieron tan profundamente impresionados que renunciaron a todas sus posesiones, y en años subsecuentes no pocos de ellos dieron incluso su vida por el testimonio que llevaban en el corazón de la verdad de este extraordinario libro. Hoy, un siglo y tres cuartos después de su primera publicación, el Libro de Mormón se lee más que en cualquier otra época de su historia. Mientras que en aquella primera edición hubo cinco mil ejemplares, 184


ahora se distribuyen cinco millones por año, y el libro o selecciones de éste están disponibles en ciento seis idiomas. Su atractivo es tan imperecedero como la verdad, tan universal como la humanidad. Es el único libro que contiene en sus páginas la promesa de que el lector puede saber con certeza, por poder divino, que es la verdad. Su origen es milagroso; y cuando se relata por primera vez ese origen a alguien que no lo conozca, es casi increíble. Pero el libro está aquí y es posible palparlo, tenerlo en la mano y leerlo. Nadie puede negar su existencia. Todo esfuerzo por explicar su origen, aparte del relato de José Smith, ha demostrado no tener base. Es un registro de la antigua América. Es una Escritura del Nuevo Mundo tan ciertamente como la Biblia lo es del Viejo. Cada uno de estos ejemplares de Escritura habla del otro; cada uno lleva en sí el espíritu de inspiración, el poder de convencer y de convertir. Unidos, son dos testigos, uno junto al otro, de que Jesús es el Cristo, el Hijo resucitado y viviente del Dios viviente. La narrativa del Libro de Mormón es una crónica de naciones desaparecidas hace largo tiempo. Pero en sus descripciones de los problemas de la sociedad actual, está tan al día como el periódico matutino y es mucho más concluyente, inspirado e inspirador con respecto a la solución de esos problemas. No conozco ningún otro escrito que establezca con tanta claridad las trágicas consecuencias que sufren las sociedades que siguen cursos contrarios a los mandamientos de Dios. Sus páginas cuentan la historia de dos civilizaciones distintas que florecieron en el hemisferio occidental; cada una tuvo sus comienzos como una nación pequeña cuyo pueblo andaba con amor y respeto hacia el Señor. Pero junto con la prosperidad aparecieron males que se fueron acrecentando; la gente sucumbió a las artimañas de líderes ambiciosos y astutos que oprimieron al pueblo con pesados impuestos, que lo adormecieron con promesas vacías, y que aprobaron y hasta alentaron una vida ligera y licenciosa. Esos malvados conspiradores condujeron a la gente a guerras terribles que dieron como resultado la muerte de millones de personas y la extinción final y total de dos grandes civilizaciones en dos épocas diferentes. Ningún otro testamento escrito ilustra tan claramente el hecho de que cuando el hombre y la nación andan con amor y respeto a Dios y obedecen Sus mandamientos, prosperan y progresan; pero que cuando no le prestan atención ni escuchan Su palabra, sobreviene una corrupción que, a menos que se detenga con la rectitud, conduce a la decadencia y a la muerte. El Libro de Mormón es una afirmación de este proverbio del Antiguo Testamento: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34). El Dios del cielo habló a esos pueblos de las Américas por boca de los profetas diciéndoles dónde se hallaba la verdadera seguridad: “He aquí, ésta es una tierra escogida, y cualquier nación que la posea se verá libre de la esclavitud, y del cautiverio, y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo...” (Éter 2:12). Aunque el Libro de Mormón habla potentemente sobre los temas que afectan a nuestra sociedad moderna, el peso grandioso y conmovedor de su mensaje consiste en un testimonio vibrante y verdadero de que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido, el que recorrió los polvorientos caminos de Palestina sanando enfermos y enseñando las doctrinas de salvación; el que murió en la cruz del Calvario; el que salió del sepulcro al tercer día, apareciendo a muchas personas. Antes de Su ascensión final, Él visitó al pueblo de este hemisferio occidental, del cual había dicho previamente: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:16). Durante siglos la Biblia estuvo sola como testimonio escrito de la divinidad de Jesús de Nazaret. Ahora, a su lado hay un segundo testigo potente que ha salido a luz “para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (Portada del Libro de Mormón). Como lo mencioné anteriormente, a esta misma altura del año, hace exactamente ciento setenta y seis años, se preparaba la composición tipográfica para el Libro de Mormón, que había sido traducido “por el don y el poder de Dios” (Portada del Libro de Mormón), y se imprimía éste en una pequeña imprenta de 185


Palmyra, estado de Nueva York. Su publicación precedió a la organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que tuvo lugar el 6 de abril de 1830 y fue precursora de ésta. El año pasado estudiamos el Libro de Mormón en la Escuela Dominical; no obstante, exhorto a los miembros de la Iglesia en todo el mundo y a nuestros amigos de todas partes a leerlo o releerlo. Si leen poco más de un capítulo y medio por día, terminarán de leerlo antes de fin de año. Casi al fin de sus 239 capítulos, encontrarán un desafío escrito por el profeta Moroni antes de dar por terminado su registro hace cerca de dieciséis siglos. Él dice: “Y os exhorto a que recordéis estas cosas; pues se acerca rápidamente el día en que sabréis que no miento, porque me veréis ante el tribunal de Dios; y el Señor Dios os dirá: ¿No os declaré mis palabras, que fueron escritas por este hombre, como uno que clamaba de entre los muertos, sí, como uno que hablaba desde el polvo?... “Y Dios os mostrará que lo que he escrito es verdadero” (Moroni 10:27, 29). Sin reservas les prometo que, si cada uno de ustedes sigue ese sencillo programa, sin tener en cuenta cuántas veces hayan leído antes el Libro de Mormón, recibirán personalmente y en su hogar una porción mayor del Espíritu del Señor, se fortalecerá su resolución de obedecer los mandamientos de Dios y tendrán un testimonio más fuerte de la realidad viviente del Hijo de Dios. ■

POR FE ANDAMOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Avanzamos hacia lo desconocido, pero la fe nos ilumina el camino. Si cultivamos esa fe, nunca andaremos en las tinieblas". Aquí, desde donde les hablamos, es hermosa la mañana de este abrileño día de reposo. Los tulipanes ya se asoman bastante sobre el terreno y pronto florecerán en toda su belleza. Tras un largo invierno, ha llegado por fin la primavera. Sabíamos que vendría. Ésa era nuestra fe, basada en la experiencia de los años anteriores. Y así es con los asuntos del espíritu y del alma. Al recorrer cada hombre y cada mujer el camino de la vida, llegan temporadas tenebrosas de duda, de desaliento y de desilusión. En esas circunstancias, unos pocos ven el porvenir con la luz de la fe, pero muchos tropiezan en la oscuridad y aun pierden la esperanza. La llamada que les hago esta mañana es una llamada a la fe, esa fe que es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1), como la describió Pablo. En el proceso de la conversión, el investigador de la Iglesia aprende un poco de ésta y puede que lea un poco acerca de ella; pero no comprende, no puede comprender, la prodigiosa plenitud del Evangelio. Sin embargo, si investiga de verdad, si está dispuesto a arrodillarse y a orar en cuanto a ello, el Espíritu le conmueve el corazón aunque sea tan sólo un poco, le señala la dirección correcta, y él ve un poco de lo que nunca había visto. Y con fe, ya sea que la reconozca o no, da unos pocos pasos con cuidado. Entonces se despliega ante él un panorama mucho más radiante. Hace muchos años, trabajé para una compañía ferroviaria cuyos trenes corrían por todo el oeste de este país. Yo viajaba en tren con frecuencia. Era la época de las locomotoras de vapor. Aquellos trenes gigantes eran enormes, rápidos y peligrosos. A menudo me preguntaba cómo tenía valor el maquinista para hacer el largo viaje de noche. Entonces llegué a darme cuenta de que no era un solo viaje largo, sino una serie constante de viajes cortos. La locomotora tenía un foco potente que iluminaba el camino a una distancia de 350 a 450 metros. El maquinista veía sólo esa distancia, lo cual era suficiente, debido a que la tenía constantemente delante de él durante toda la noche hasta que rayaba el nuevo día. El Señor ha hablado de ese proceso. Él ha dicho: "Y lo que no edifica no es de Dios, y es tinieblas.

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"Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto" (D. y C. 50:23–24). Y así es con nuestra jornada eterna. Damos un paso a la vez. Al hacerlo, avanzamos hacia lo desconocido, pero la fe nos ilumina el camino. Si cultivamos esa fe, nunca andaremos en las tinieblas. Permítanme hablarles de un hombre que conozco. No mencionaré su nombre para que no se sienta incómodo. A su esposa le parecía que faltaba algo en sus vidas y un día habló con un pariente que era miembro de la Iglesia, quien le sugirió que llamase a los misioneros. Ella así lo hizo, pero su marido fue descortés con ellos y les dijo que no volvieran. Pasaron los meses y un buen día otro misionero, que halló el registro de esa visita, decidió que él y su compañero harían otro intento. Era un élder alto de estatura, de California, y muy sonriente. Llamaron a la puerta y el caballero les abrió. Le preguntaron si podían pasar unos minutos, y él consintió. El misionero de hecho le dijo: "Quisiera saber si sabe usted orar". Él le contestó que sabía el Padrenuestro. El misionero especificó: "Eso está bien, pero permítame explicarle cómo hacer una oración personal". Prosiguió indicándole que nos arrodillamos en actitud de humildad ante el Dios del cielo. El hombre hizo eso. El misionero siguió diciéndole: "Nos dirigimos a Dios como nuestro Padre Celestial. Entonces le damos gracias por Sus bendiciones, como por ejemplo, la salud, los amigos y los alimentos que tenemos. A continuación, pedimos Sus bendiciones. Le expresamos nuestras esperanzas y deseos más íntimos. Le pedimos que bendiga a los necesitados. Lo hacemos todo en el nombre de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo, y para terminar, decimos 'amén' ". Aquélla fue una experiencia agradable para ese hombre. Había recibido un poco de luz y entendimiento, un toque de fe. Estaba listo para intentar dar otro paso. Línea sobre línea, los misioneros le enseñaron con paciencia. Él iba respondiendo a medida que su fe se iba convirtiendo en una tenue luz de entendimiento. Amigos de su rama se acercaron a él para asegurarle que todo estaba bien y contestar a sus preguntas. Los varones le llevaron a jugar al tenis, y él y su familia fueron invitados a sus casas a cenar. Se bautizó y eso fue un paso gigante de fe. El presidente de la rama le pidió que fuese el maestro Scout de cuatro muchachos. Eso le llevó a otras responsabilidades, y la luz de la fe se fortaleció en él con cada nueva oportunidad y experiencia. El progreso ha continuado. Hoy día él es un competente y amado presidente de estaca, un líder de gran sabiduría y comprensión y, sobre todo, un hombre de gran fe. El desafío con que se enfrenta cada miembro de esta Iglesia es dar el siguiente paso, aceptar la responsabilidad que se le llame a cumplir aunque no se sienta capaz de ello y hacerlo con fe, con la esperanza absoluta de que el Señor iluminará el camino delante de él. Quisiera contarles una historia de una hermana de São Paulo, Brasil. Ella trabajaba y cursaba estudios universitarios al mismo tiempo, a fin de proveer para su familia. Emplearé las palabras de ella al contar esta historia. Dice: "La universidad en la que estudiaba tenía un reglamento que prohibía a los alumnos dar examen si debían los derechos o cuotas. Por esa razón, cada vez que cobraba mi sueldo, separaba primero el dinero del diezmo y las ofrendas y repartía el resto para los pagos de la universidad y otros gastos. "Recuerdo la ocasión en que. . . me encontré en serios aprietos económicos. Era jueves cuando cobré mi sueldo. Al calcular el presupuesto del mes, me di cuenta de que no tendría dinero suficiente para pagar mi diezmo y la universidad. Tendría que escoger uno de los dos. Los exámenes bimestrales comenzarían la semana siguiente y, si no los daba, me iba a arriesgar a perder todo el año escolar. Sentí una angustia terrible. . . Me dolía el corazón. Tenía que tomar una decisión dolorosa y no sabía qué decidir. Sopesé las dos posibilidades: pagar el diezmo y arriesgar la probabilidad de no obtener los créditos necesarios para ser aprobada en la universidad. "Ese sentimiento me consumía el alma y seguí experimentándolo hasta el sábado. Entonces recordé que, cuando me bauticé, acepté cumplir la ley del diezmo. Había asumido una obligación, no con los 187


misioneros, sino con mi Padre Celestial. En aquel momento, la angustia comenzó a desaparecer y empezó a ocupar su lugar una agradable sensación de tranquilidad y determinación. . . "Aquella noche, al orar, le pedí al Señor que me perdonase por mi indecisión. El domingo, antes de que comenzara la reunión sacramental, me puse en contacto con el obispo y con gran placer pagué mi diezmo y ofrendas. Aquél fue un día especial. Me sentía feliz y en paz dentro de mí misma y con mi Padre Celestial. "Al día siguiente, en la oficina, intenté buscar la forma de poder dar los exámenes que comenzarían el miércoles. Cuanto más pensaba tanto más lejos me sentía de hallar una solución. En aquel tiempo, yo trabajaba en la oficina de un abogado, y mi empleador era la persona más estricta y más austera que había conocido. "La jornada de trabajo iba llegando a su fin cuando mi jefe fue a darme las últimas órdenes del día. Una vez que lo hubo hecho, con su maletín en la mano, se despidió de mí. . . De pronto, se detuvo y volviéndose a mirarme, me preguntó: '¿Cómo le va en la universidad?'. Eso me sorprendió y me costó dar crédito a mis oídos. Lo único que pude contestar con voz temblorosa fue: '¡Todo marcha bien!'. Él me miró pensativamente y se despidió de nuevo. . . "Inesperadamente, la secretaria entró en la habitación y me dijo que era yo una persona muy afortunada. Cuando le pregunté por qué me decía eso, me respondió sencillamente: 'El jefe acaba de decir que a partir de hoy la empresa le pagará todos los gastos de la universidad y los textos de estudio. Antes de que se vaya, pase por mi escritorio a decirme a cuánto asciende la cantidad y mañana le daré el cheque'. "Después que ella se hubo ido, llorando y sintiendo una gran humildad, me arrodillé en el mismo lugar en el que me encontraba y le di gracias al Señor por Su generosidad. . . Le dije a nuestro Padre Celestial que no tenía que bendecirme tanto, que yo sólo tenía que hacer el pago de un mes, ¡y el diezmo que yo había pagado el domingo era muy pequeño comparado con la cantidad que iba a recibir! Durante esa oración, acudieron a mi mente las palabras registradas en Malaquías: "Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde" (Malaquías 3:10). Hasta aquel momento, yo nunca había comprendido la magnitud de la promesa de esa Escritura, ni que ese mandamiento es en efecto una atestiguación del amor que Dios, nuestro Padre Celestial, da a Sus hijos aquí en la tierra". La fe es el elemento básico que da fortaleza a esta obra. Dondequiera que está establecida esta Iglesia, por todo este ancho mundo, es evidente. No está limitada a un país, ni a una nación, ni a un idioma ni a un pueblo. Se encuentra en todas partes. Somos un pueblo de fe. Por fe andamos. Seguimos adelante en nuestra jornada eterna, dando un paso a la vez. Grande es la promesa del Señor a los fieles de todas partes. Él ha dicho: "Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin. "Grande será su galardón y eterna será su gloria. "Y a ellos les revelaré todos los misterios, sí, todos los misterios ocultos de mi reino desde los días antiguos, y por siglos futuros. . . "Sí, aun las maravillas de la eternidad sabrán ellos. . . "Y su sabiduría será grande, y su conocimiento llegará hasta el cielo; y ante ellos perecerá la sabiduría de los sabios y se desvanecerá el entendimiento del prudente. "Porque por mi Espíritu los iluminaré, y por mi poder les revelaré los secretos de mi voluntad; sí, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han llegado siquiera al corazón del hombre" (D. y C. 76:5–10). ¿Cómo podría persona alguna pedir más? Cuán magnífica es esta obra a la que estamos consagrados. Cuán maravillosas son las vías del Todopoderoso cuando andamos con fe ante Él. La fe de un investigador es como un trozo de leña verde que se lanza a un fuego abrasador. Con el calor de las llamas, se seca y comienza a arder. Pero si se lo retira, no puede seguir ardiendo solo, pues sus parpadeantes llamitas se apagan. En cambio, si se lo deja en el fuego, gradualmente va ardiendo cada vez 188


con mayor fulgor. Dentro de poco, ya forma parte del llameante fuego y comienza a encender a otros leños más verdes. Y así avanza, mis hermanos y hermanas, esta gran obra de fe, elevando a las personas por toda la vasta tierra a un mayor entendimiento de las vías del Señor y a una mayor felicidad al seguir Su ejemplo. Que Dios, nuestro Padre Eterno, continúe aprobando éste, Su Reino, y lo haga prosperar al andar por fe nosotros, Sus hijos, es mi humilde oración en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

LA IGLESIA AVANZA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa. . . Es un fenómeno sin precedentes". Mis amados hermanos y hermanas, es maravilloso reunirme con ustedes nuevamente en una gran conferencia mundial de la Iglesia. Se cumplen hoy 172 años desde que José Smith y sus compañeros se reunieron en la modesta cabaña de troncos en la granja de Peter Whitmer, en el tranquilo pueblecito de Fayette, Nueva York, y organizaron la Iglesia de Cristo. Desde sus humildes comienzos, ha sucedido algo sumamente excepcional. Grande ha sido la historia de esta obra. Nuestro pueblo ha perseverado toda clase de sufrimientos; sus sacrificios han sido indescriptibles; sus obras han sido increíblemente inmensas. Pero de ese ardiente crisol ha emanado algo glorioso. Hoy estamos sobre la cima de los tiempos y observamos lo que hemos logrado. De los seis miembros originales, ha brotado una vasta familia de fieles, cuyo número asciende a más de 11 millones de personas. De ese tranquilo pueblecito ha nacido un movimiento que hoy día se esparce por unas 160 naciones de la tierra. Ésta ha llegado a ser la quinta iglesia más grande de los Estados Unidos, lo que representa un desarrollo espectacular. Más miembros de la Iglesia viven fuera de los Estados Unidos que dentro, y esto es también algo sorprendente. Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa. Dentro de esta amplia Iglesia hay miembros de muchas naciones que hablan muchos idiomas. Es un fenómeno sin precedentes. Al extenderse el tapiz de su pasado, ha quedado al descubierto un hermoso diseño que encuentra su expresión en las vidas de un pueblo feliz y maravilloso y que presagia cosas maravillosas todavía por suceder. Cuando nuestra gente recién llegó a este valle hace 155 años, vieron con visión profética un gran futuro. Pero a veces me pregunto si verdaderamente se dieron cuenta de la magnitud de ese sueño que se haría realidad. La sede de la Iglesia está en esta ciudad que recientemente recibió a las Olimpiadas de Invierno número XIX. Tomamos deliberadamente la decisión de no usar la ocasión ni el lugar para hacer proselitismo, pero teníamos confianza en que algo maravilloso resultaría para la Iglesia de este acontecimiento. Los grandes edificios que tenemos: el Templo, el Tabernáculo, este magnífico Centro de Conferencias, el Edificio Conmemorativo José Smith, las instalaciones de historia familiar, el Edificio Administrativo de la Iglesia, el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia, nuestras instalaciones de bienestar, junto con cantidad de capillas en este valle, no pudieron pasar inadvertidos por aquellos que caminaron por las calles de ésta y otras ciudades vecinas. Como me lo dijo en una oportunidad el presentador de televisión Mike Wallace, "Estas estructuras denotan algo sólidamente establecido". Y además de todo lo mencionado, teníamos total confianza en nuestra gente, muchos miles de ellos que sirvieron como voluntarios en esta gran competencia. Eran de confianza; eran agradables; eran entendidos; eran serviciales. La capacidad especial y distintiva de nuestra gente que habla los idiomas del mundo demostró ser una gran ventaja, mayor que cualquiera en alguna otra parte. 189


Todo funcionó muy bien. Los visitantes llegaron por cientos de miles. Algunos llegaron con sospechas e indecisiones, con imágenes antiguas y falsas que persistían en sus mentes. Venían con el sentimiento de que podían ser atrapados en alguna situación indeseada por fanáticos religiosos. Pero encontraron algo que no esperaban. Descubrieron no sólo el paisaje maravilloso de esta región, con sus magníficas montañas y valles, no sólo encontraron el espíritu maravilloso de los juegos internacionales en su mejor momento, sino que encontraron belleza en esta ciudad. Encontraron anfitriones amables y complacientes y ansiosos de ayudarles. No deseo insinuar que tal hospitalidad se limitó a nuestra gente. La comunidad entera se unió en una expresión de hospitalidad. Pero de todo ello resultó algo maravilloso para esta Iglesia. Los representantes de los medios de comunicación, muchas veces un grupo frío e insensible, hablaron y escribieron con muy pocas excepciones en un idioma de felicitaciones y en forma descriptiva y exacta sobre la cultura especial que encontraron aquí, sobre la gente que conocieron y con quien trataron, y del espíritu de hospitalidad que sintieron. La televisión llevó el panorama a miles de millones a través de la tierra. Los periódicos y las revistas lanzaron artículo tras artículo. Miles y decenas de millares de personas caminaron a través de la Manzana del Templo, admiraron la majestuosa Casa del Señor y se sentaron en el Tabernáculo a escuchar la inigualable música del coro. Otros miles más llenaron este gran Centro de Conferencias para presenciar una producción maravillosa que tenía que ver con la Iglesia y su misión a través del mundo. Otros miles visitaron el Centro de Historia Familiar. Los medios de comunicación fueron recibidos en el Edificio Conmemorativo José Smith. Se nos entrevistó por televisión, radio y la prensa por corresponsales de muchas partes de este país y del mundo. Me han dicho que se escribieron casi 4.000 artículos sobre la Iglesia tan sólo en Alemania. Georgie Anne Geyer, prominente periodista de los Estados Unidos, cuya columna aparece en muchos periódicos, escribió lo siguiente: "¿Cómo se atreve un gran estado mormón a hacer algo tan osado como ser anfitrión de una reunión de celebridades internacionales? ¿Va a venir el mundo tranquilamente a un estado cuya religión predominante pide a sus miembros que se abstengan del alcohol, del tabaco e incluso de la cafeína, tres de las necesidades básicas de toda reunión internacional?" Y luego citó a Raymond T. Grant, director del Festival Artístico de las Olimpiadas. Él habló de la ceremonia de apertura y dijo: " 'Como sabe, el 98 por ciento del elenco eran voluntarios, y eso es extraordinario. De hecho, a la mayoría no se le pagó nada. Ésta es una historia extraordinaria y la relaciono directamente con la cultura mormona. Yo soy un católico de Nueva York, y encontré interesante que Brigham Young, el fundador de la colonización de los mormones de Utah, haya construido un teatro antes que otra cosa'. "Empezó a hacer un recuento: El estado tiene seis compañías de ballet; se venden más pianos y arpas en Utah que en cualquier otra parte de los Estados Unidos; el Coro del Tabernáculo Mormón tiene 360 miembros; y la compañía representante de los pianos Steinway más antigua de Utah. . . empezó en 1862. El gasto per cápita por estudiante en Utah es uno de los más bajos; sin embargo, se enorgullecen de sus altas calificaciones. 'Ha sido fascinante para mí aprender de esta cultura' ". La señorita Geyer concluyó su historia al escribir: "Es simplemente una mezcla de una religión seria y recta, de familias que fomentan e insisten en proporcionar el nivel más alto de cultura unida a la más avanzada tecnología, y de una organización y una forma de gobierno sensibles. En suma, es una mezcla moderna de la antigua nación de Estados Unidos de América" ("Salt Lake City y el estado de Utah se revelan al mundo",Salt Lake Tribune, viernes, 15 de febrero de 2002, A15). Si tuviera tiempo, les daría muchas citas de periodistas veteranos del mundo que escribieron en forma muy elogiosa. ¿Hubo algo negativo? Por supuesto; pero fue mínimo. Tuvimos entrevistas privadas con presidentes de naciones, con embajadores, con líderes empresariales y con gente de otros campos. En 1849, dos años después de que nuestra gente llegara aquí y se supiera del descubrimiento de oro en California, muchos se sintieron desalentados. Habían luchado por ganarse la vida en la árida tierra. Los grillos habían devorado sus cosechas. Los inviernos eran fríos. Muchos pensaron en irse a California y hacerse ricos. El presidente Young se puso ante ellos y los alentó a quedarse, y les prometió: "Dios atenuará el clima y construiremos una ciudad y un templo para el Dios Altísimo. Extenderemos nuestras 190


colonias hacia el este y el oeste, hacia el norte y el sur, y edificaremos cientos de pueblos y ciudades y miles de santos se congregarán desde las naciones de la tierra. Ésta llegará a ser la gran supercarretera de las naciones. Los reyes y emperadores, los nobles y sabios de la tierra nos visitarán aquí" (en Preston Nibley,Brigham Young: The Man and His Work,1936, pág. 128. Véase tambiénEnseñanzas de los presidentes de la Iglesia: BrighamYoung, pág. 109). En estos recientes días hemos visto el cumplimiento de esa profecía. Está de más que lo diga, pero yo estoy feliz con lo que se ha llevado a cabo. Esos visitantes probaron la cultura particular de esta comunidad. Consideramos que la cultura es algo que vale la pena preservar. Felicito y agradezco a tantos de nuestros miembros que participaron en forma tan generosa, y felicito y agradezco a todos los demás que se esforzaron para hacer de éste un maravilloso e importante acontecimiento. Ahora deseo hablar en forma breve de uno o dos asuntos. El mencionar a Brigham Young me hizo recordar el Fondo Perpetuo para la Educación que hemos establecido. Hace sólo un año que hablé por primera vez de esto en una conferencia general. Las contribuciones que han hecho generosos Santos de los Últimos Días han logrado asegurar que esta empresa esté ahora sobre un cimiento sólido. Necesitaremos más aún, pero ya se ha demostrado que de esta empresa se logrará un inmenso beneficio. Jóvenes y señoritas en lugares menos privilegiados del mundo, jóvenes y señoritas que en su mayoría cumplieron misiones, tendrán la oportunidad de lograr una buena educación que los sacará de la desesperación de la pobreza en la cual han estado sumidos sus antepasados por generaciones. Se casarán y progresarán con destrezas que los calificarán para ganar bien, y ocuparán su lugar en la sociedad donde harán una contribución substancial. También crecerán en la Iglesia ocupando cargos de responsabilidad y criando familias que seguirán en la fe. Tengo tiempo para leer sólo un testimonio. Viene de un joven que ha sido bendecido por este programa. Él dice: "Es tan maravilloso que ya no tenga que soñar solamente de mi educación y mi futuro. ¡El Señor ha despejado el camino, y ya lo estoy haciendo! "En la actualidad asisto a un gran instituto técnico en nuestro país, donde estudio para ser técnico en computación. . . Al ir a la escuela estoy descubriendo mis habilidades. La disciplina que cultivé en la misión me ayuda a tener éxito. . . Nunca antes un joven se ha sentido más bendecido que yo. El Fondo Perpetuo para la Educación ha fortalecido mi fe en el Señor Jesucristo. Ahora, más que nunca, siento la responsabilidad que el Evangelio pone en mí de prepararme para ser un miembro mejor, un mejor líder y un mejor padre. . . "Mi querida madre, que ha sacrificado tanto, se emociona tanto que llora cuando ora en las noches por su gratitud al Señor. . . "Ahora imagino a mi pueblo siendo bendecido debido a mí. Imagino a la Iglesia con líderes con estabilidad financiera y que puedan apoyar la obra del Señor con todo su poder, mente y fuerza. Veo prosperar a la Iglesia. Me entusiasma empezar mi propia familia y enseñarle que podemos ser autosuficientes, por lo que tengo que terminar mi educación. Entonces, pagaré mi préstamo rápidamente para ayudar a otras personas. . . Estoy agradecido por la misericordia del Salvador. Realmente Él nos apoya con Su amor". Y así avanzamos, mis hermanos y hermanas. Al extenderse esta gran obra a través de la tierra, estamos bendiciendo ahora a unos 2.400 jóvenes, y otros también serán bendecidos. Que el Señor nos bendiga a cada uno al regocijarnos por la oportunidad de formar parte de esta gran causa en esta extraordinaria época de la obra del Señor, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén

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LA FE QUE MUEVE MONTAÑAS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Lo que más necesitamos es una mayor fe. Sin ella, la obra podría quedar estancada; pero con ella, nadie puede detener su progreso. Mis hermanos y hermanas, permítanme hablarles primero de un asunto personal. El Presidente de la Iglesia pertenece a toda la Iglesia y su vida no es suya. Su misión es la de prestar servicio. Como todos ustedes ya saben, estoy un tanto entrado en años. Cumplí los 96 el pasado junio. Me he enterado por varias fuentes de que se especula bastante acerca de mi salud y me gustaría aclararles cómo está en realidad. Si llego a durar unos meses más, habré servido a una edad más avanzada que cualquier otro presidente de la Iglesia. No lo digo con jactancia sino lleno de agradecimiento. El pasado enero se me sometió a una seria intervención quirúrgica. Fue una experiencia difícil para alguien como yo, que nunca antes había estado hospitalizado; después, surgió la pregunta de si debía o no recibir más tratamiento médico; y opté por hacerlo. Los médicos dijeron que los resultados habían sido milagrosos; pero yo sé que éstos se debieron a las muchas oraciones que ustedes ofrecieron por mí, por lo que me siento profundamente agradecido. El Señor me ha permitido vivir, aunque no sé por cuánto tiempo. Pero sea cual sea, seguiré dando lo mejor de mí para realizar la obra que se me ha encomendado. No es fácil presidir una Iglesia tan grande y compleja, donde la Primera Presidencia debe estar al tanto de todo. Sin su aprobación, no se toma ninguna decisión importante ni se realizan gastos de los fondos. La responsabilidad y el estrés son grandes. Pero seguiremos adelante hasta que el Señor lo desee. Como dije en la conferencia de abril, estamos en Sus manos. Me siento bien, tengo una salud considerablemente buena; pero, cuando llegue el momento de que deba haber un sucesor, el cambio se hará sin dificultades y de acuerdo con la voluntad de Él, porque ésta es Su Iglesia. Por tanto, seguimos adelante con fe; y la fe es el tema del cual deseo hablarles esta mañana. Desde sus comienzos, esta Iglesia ha avanzado por medio de la fe. La fe era la fortaleza del profeta José. Me siento agradecido por la fe que le hizo ir a la arboleda para orar. Me siento agradecido por su fe al traducir y publicar el Libro de Mormón. Agradezco que él haya acudido al Señor en oración, en respuesta a la cual se otorgó el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec. Agradezco que por medio de la fe, él organizara la Iglesia y la guiara por el curso correcto. Le doy las gracias por el don de su vida como testimonio de la verdad de esta obra. La fe también fue el poder que impulsó a Brigham Young. Muchas veces pienso en la fe extraordinaria que él tuvo para traer a un numeroso grupo de personas para que se radicara en éste, el Valle del Lago Salado. Él conocía muy poco de la zona; nunca la había visto, salvo en visión. Me imagino que se había informado un poco, pero no sabía casi nada sobre la clase de suelo que tenía ni del agua ni del clima, pero aun así, cuando lo vio por primera vez desde lo alto, dijo sin dudar: “Éste es el lugar, sigamos adelante” (B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church, Tomo III, pág. 224). Y así ha sido con cada uno de los presidentes de la Iglesia. Al afrontar una terrible oposición, seguían adelante con fe; ya fueran los grillos que arruinaban la cosecha; la sequía o una helada tardía; la persecución del gobierno federal; o algo más reciente, como la necesidad urgente de extender ayuda humanitaria a las víctimas del maremoto, de terremotos o de inundaciones en diversas partes; siempre ha sido lo mismo. Los depósitos de Bienestar se vaciaron, se enviaron millones de dólares en efectivo para socorrer a los necesitados, sin importar si eran miembros de la Iglesia o no; todo se hizo con fe. Éste es un año conmemorativo importante en la historia de la Iglesia, como todos saben. Es el ciento cincuenta aniversario de la llegada de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin, y de las compañías de carromatos de Hunt y de Hodgett que las acompañaban. 192


Mucho se ha escrito sobre ello, y no es necesario que entre en detalles. Ustedes conocen muy bien la historia. Es suficiente decir que quienes emprendieron el largo viaje desde las Islas Británicas hasta el Valle del Gran Lago Salado, lo hicieron con fe. Tenían muy poco o nada de conocimiento de con qué se iban a encontrar; pero siguieron adelante. Empezaron el viaje con gran esperanza, pero ésta comenzó a apagarse gradualmente a medida que se dirigían hacia el Oeste. Al comenzar el tedioso viaje siguiendo el curso del río Platte y después por el valle Sweetwater, la fría mano de la muerte cobró muchas víctimas. Se racionaban los alimentos, los bueyes morían, los carros se rompían, y el abrigo y la ropa que poseían eran inadecuados. Las tormentas rugían y ellos buscaban refugio, pero no hallaban ninguno. Las tormentas bramaban a su alrededor; literalmente se morían de hambre. Muchos fallecieron y fueron enterrados en la tierra congelada. Por fortuna, Franklin D. Richards, que venía de Inglaterra, pasó junto a ellos. Él tenía un carruaje ligero tirado por caballos y le era posible viajar mucho más rápido. Llegó al valle por esta misma época. La conferencia general estaba en sesión. Cuando Brigham Young recibió la noticia, inmediatamente se puso de pie ante la congregación y dijo: “Ahora daré a este pueblo el tema y la idea al que se referirán los élderes cuando hablen hoy y durante la conferencia, y es éste: el 5 de octubre de 1856, muchos de nuestros hermanos y hermanas están en las planicies con carros de mano, muchos a más de mil kilómetros de este lugar, y es preciso traerlos aquí; tenemos que enviarles socorro. El tema será: ‘¡Hay que traerlos aquí!’. Deseo que los hermanos que vayan a hablar comprendan que el tema es la gente que se encuentra en las planicies y la idea que le debe importar a la gente de esta comunidad es la de enviar por ellos y traerlos aquí antes de que llegue el invierno… “En este día, les pido a los obispos, y no voy a esperar hasta mañana ni hasta el día siguiente, que consigan sesenta yuntas de buenas mulas y doce o quince carromatos. No quiero mandar bueyes, sino buenos caballos y mulas; se pueden encontrar en este territorio y es imprescindible conseguirlos. Además, doce toneladas de harina y cuarenta carreteros… sesenta o sesenta y cinco yuntas buenas de mulas o de caballos con arreos… “Les diré a todos” dijo, “que su fe, su religión y las declaraciones religiosas que hagan no salvarán ni una sola de sus almas en el Reino Celestial de nuestro Dios, a menos que pongan en práctica estos principios que les enseño. Vayan y traigan a esa gente que se encuentra en las planicies y ocúpense estrictamente de aquellas cosas que llamamos temporales o deberes temporales; si no, la fe de ustedes habrá sido en vano; las predicaciones que hayan oído serán vanas para ustedes, y se hundirán en el infierno si no hacen lo que les he dicho” (Deseret News, 15 de octubre de 1856, pág. 252; véase también Doctrina y Convenios y la Historia de la Iglesia, Doctrina del Evangelio: Manual para el maestro, págs. 235–236). De inmediato se ofrecieron caballos, mulas y fuertes carromatos. Se consiguió harina en abundancia; y se juntó ropa abrigada y de cama. En un día o dos, los carromatos cargados se dirigían hacia el Este a través de la espesa nieve. Cuando el grupo de rescate encontró a los atribulados santos, era como si fueran ángeles del cielo. La gente derramaba lágrimas de gratitud. A los que viajaban en carros de mano, los pusieron en los carromatos para poderlos traer más rápido a la comunidad de Salt Lake. Unas doscientas personas murieron, pero se salvaron mil. Entre las que se encontraban en las planicies en situación desesperada estaba la bisabuela de mi esposa que era parte de la compañía de carromatos Hunt. Hoy, desde la tumba de mi esposa en el cementerio de Salt Lake City, se ve la tumba de su bisabuela, Mary Penfold Goble, quien murió en brazos de su hija al entrar al valle, el 11 de diciembre de 1856. La enterraron al día siguiente. Ella había perdido a tres de sus hijos durante el largo viaje y la hija que sobrevivió tenía los pies seriamente congelados. ¡Qué historia! Está llena de sufrimiento, de hambre, de frío y de muerte. Está repleta de relatos de ríos congelados que tuvieron que vadear, de huracanadas tormentas de nieve, de la larga y lenta subida por entre la cadena montañosa. Al pasar este año conmemorativo, puede que mucho de eso se olvide, pero tenemos la esperanza de que se relate una y otra vez, para que las futuras generaciones recuerden el 193


sufrimiento y la fe de quienes vivieron antes. La fe de ellos es nuestra herencia. Su fe es un recordatorio para todos nosotros del precio que pagaron por la comodidad que hoy disfrutamos. Sin embargo, la fe no sólo se manifiesta por medio de grandes hechos heroicos, como la llegada de los pioneros en carros de mano. También se demuestra en hechos pequeños pero significativos. Permítanme relatarles uno. Durante la construcción del Templo de Manti, Utah, hace unos 120 años, George Paxman trabajaba como ebanista. Él y su joven esposa Martha tenían un hijo y otro venía en camino. Cuando George fue a poner una de las pesadas puertas del lado este del templo, se le estranguló una hernia causándole un dolor terrible. Martha lo acostó en un carromato y lo llevó hasta el pueblo de Nephi, donde lo subió al tren y lo llevó a Provo. Allí él murió; y rehusando a casarse de nuevo, ella quedó viuda por 62 años, y ganó su sustento tejiendo. Voy ahora a desviarme de esta narración para contarles que cuando yo me comprometí con mi esposa, le di un anillo; y cuando nos casamos, una alianza de oro, los que usó por años. Un día, me di cuenta de que ella se los había quitado y que en su lugar tenía esta pequeña alianza de oro que había pertenecido a su abuela. El anillo se lo había dado su esposo George, y éste era el único recuerdo que le había dejado. Un día de primavera, mientras Martha limpiaba la casa, sacó los muebles afuera con el fin de hacer una limpieza a fondo. Después de airear la paja del colchón, se dio cuenta de que el anillo había desaparecido. Buscó minuciosamente por todos lados, ya que era el único recuerdo físico que tenía de su amado esposo, y rastrilló con los dedos la paja, pero no lo pudo encontrar. Entonces, con lágrimas en los ojos, se hincó y oró para que el Señor la ayudara a encontrar el anillo. Cuando abrió los ojos, miró hacia abajo y allí estaba. Ahora lo tengo en mi mano. Es demasiado pequeño para que lo vean todos. Es de oro de 18 quilates, viejo, gastado y deforme; pero representa la fe, la fe de una viuda que rogó al Señor en un momento de aflicción. Tal fe es la fuente de la actividad; es la raíz de la esperanza y de la confianza. Es esa fe sencilla la que tanto necesitamos todos. En la obra de la gran causa que llevamos a cabo, lo que más necesitamos es una mayor fe. Sin ella, la obra podría quedar estancada; pero con ella, nadie puede detener su progreso. El Salvador dijo: “Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20). A su hijo Helamán, Alma le manifestó: “Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo; enséñales a humillarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo” (Alma 37:33). Que el Señor nos bendiga con fe en esta gran causa de la que somos parte. Que la fe sea como una vela que nos guíe con su luz durante la noche; y que vaya delante de nosotros como una nube durante el día. Por ello ruego humildemente en el sagrado y santo nombre de Él, que es la fortaleza de nuestra fe, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

EL VIVIR DE ACUERDO CON NUESTRAS CONVICCIONES. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Como miembros de la Iglesia, hemos llegado a ser como una ciudad que se asienta sobre una colina y que no se puede ocultar (véase 3 Nefi 12:14) Nos guste o no, cada uno de nosotros es apartado del mundo. Somos partícipes de la verdad, lo cual conlleva una responsabilidad. Nuestras responsabilidades son personales porque el testimonio es una cuestión personal. En esta dispensación, cuando el Señor declaró que ésta es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30), de inmediato se nos situó en una posición ante la que no podemos retroceder y la cual debemos enfrentar todos con humildad y valor. 194


Todo verdadero miembro de la Iglesia del Señor que vive y respira el espíritu del Evangelio del Maestroconoce algo de ese sentimiento al relacionarse con otras personas. Pero una vez que hemos obtenido un testimonio, debemos vivir de conformidad con él; debemos vivir con nuestra conciencia; debemos vivir con nuestro Dios. No son sólo los conversos los que a veces pasan por momentos de dificultad o los que conocen el desánimo y el pesar cuando explican a sus familiares y a sus amigos que son miembros de la Iglesia. En un sentido general, ésa es la experiencia de todos los que buscan aferrarse ala barra de hierro a medida que caminan por los vapores de tinieblas del mundo; siempre ha sido así. El precio del discipulado es la valentía personal; el precio de aferrarse a la conciencia es la valentía personal. LA VALENTÍA EN TODAS LAS DISPENSACIONES. No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní, en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación. Recuerdo haber estado con el presidente Harold B. Lee (1899–1973) en el Jardín de Getsemaní, en Jerusalén. Podíamos percibir, aunque a un grado mucho menor, la terrible lucha que tuvo lugar allí, una lucha tan intensa mientras Jesús sufría solo en el espíritu, que la sangre le brotó de cada poro (véase Lucas 22:44; D. y C. 19:18). Recordamos la entrega por parte de uno que había sido llamado a una posición de confianza. Recordamos que hombres malvados pusieron sus crueles manos sobre el Hijo de Dios. Recordamos esa figura solitaria en la cruz, suplicando angustiada: “…Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aún así, y de forma valerosa, el Salvador del mundo siguió adelante a fin de efectuar la Expiación en favor nuestro. La valentía interior es una virtud necesaria para los que siguen al Señor. Cuando la tiranía de la opresión religiosa sofocaba Europa en el siglo XVI, surgieron hombres aquí y allí que reaccionaron valerosamente. Creo que los Reformadores fueron inspirados por Dios para poner los cimientos para cuando llegara el momento en que “otro ángel” volara con “el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14:6). Fue en Alemania donde Martín Lutero, con la valentía personal para actuar solo, proclamó sus 95 tesis, lo que él y sus seguidores soportaron es algo ya histórico. Al señalar el camino hacia una era de mayor luz, caminaron casi a solas en medio del escarnio de los demás. El gran Profeta de esta dispensación fue igualmente un hombre de convicciones valerosas. El joven de 14 años que salió de la arboleda sufrió pronto la persecución de algunos y fue odiado a través de su vida. Hay pocas imágenes más conmovedoras que la del profeta José Smith caminando valerosamente con sólo un puñado de fieles seguidores. Él dio la vida por el testimonio que tenía de la verdad. En toda dispensación, los seguidores del Señor han conocido la valentía necesaria para escoger servir a Dios antes que servir a la opinión de la muchedumbre. LA VALENTÍA DE UN CONVERSO. Pienso en un amigo al que conocí siendo misionero en Londres, hace muchos años. Una noche lluviosa llegó a nuestra puerta; le abrí y lo invité a pasar. Según recuerdo, nos dijo: “Tengo que hablar con alguien. Me encuentro solo”. Le pregunté cuál era el problema. Él dijo: “Cuando me uní a la Iglesia, mi padre me dijo que me fuera de casa y que no volviera jamás. A los pocos meses fui expulsado del club de atletismo. El mes pasado mi jefe me despidió por ser miembro de esta Iglesia. Y anoche, la chica a la que amo dijo que nunca se casaría conmigo porque soy mormón”. 195


Yo le dije: “Si tanto le ha costado, ¿por qué no deja la Iglesia y vuelve a la casa de su padre, a su club, al trabajo que tan importante fue para usted y se casa con la chica a la que cree amar?”. No dijo nada por lo que pareció largo tiempo, y luego, poniendo la cabeza entre las manos, lloró como si se le fuera a partir el corazón. Finalmente, levantó la vista y dijo en medio de las lágrimas: “No podría. Sé que esto es verdad y aunque me costara la vida, no lo abandonaría”. Tomó su mojado sombrero, caminó hacia la puerta y salió hacia la lluvia. Mientras lo observaba, pensé en el poder de la conciencia, en la soledad de la fe y en la fortaleza y el poder del testimonio personal. VALOR Y DETERMINACIÓN. Me gustaría decir a los miembros de la Iglesia, en especial a los jóvenes y a las jovencitas, que espero que como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, lleguen a experimentar la valentía personal interior, dado que esto es lo que el Señor requiere de nosotros al caminar por nuestra probación terrenal, al mostrarle a Él y a nosotros mismos que en verdad “[amamos] al Señor [nuestro] Dios con todo [nuestro] corazón, y con toda [nuestra] alma, y con toda [nuestra] mente”, y que “[amamos] a [nuestro] prójimo como a [nosotros mismos]” (Mateo 22:37, 39). Se necesita determinación para ser virtuoso cuando los que están a nuestro alrededor se mofan de la virtud. Se requiere dedicación para abstenerse de las sustancias nocivas cuando a nuestro alrededor se burlan de la abstinencia y del estar libres de las drogas. Se necesita valentía para ser un hombre o una mujer de integridad cuando los que están a nuestro alrededor renuncian a los principios del Evangelio por interés o conveniencia. Se necesita amor en nuestro corazón para hablar mediante un pacífico testimonio de la divinidad del Señor Jesucristo con los que se burlan de Él, lo menosprecian o lo denigran. Habrá ocasiones que exigirán valentía de nuestra parte porque los discípulos del Señor deben vivir con su conciencia; los discípulos del Señor deben vivir de acuerdo con sus principios; los discípulos del Señor deben vivir según sus convicciones. Cada uno de nosotros debe vivir de conformidad con su testimonio; y si no lo hacemos, seremos desdichados y nos encontraremos terriblemente solos. NO ESTAMOS SOLOS. Y aun cuando haya espinas y decepciones, aun cuando haya penas y congojas, podemos encontrar paz, consuelo y fortaleza del Señor para quienes lo sigan. Pues el Señor mismo ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28–29). El Señor ha dicho que si guardamos Sus mandamientos,el “Espíritu Santo será [nuestro] compañero constante” (D. y C. 121:46) para animarnos, enseñarnos, guiarnos, consolarnos y sostenernos. Para obtener esa compañía, debemos solicitarla, llevar una vida digna para tenerla y ser leales al Señor. Creo que Mormón conocía muy bien por experiencia propia la verdad de sus palabras: “…el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios” (Moroni 8:26). Aunque a veces nos hallemos solos aun estando rodeados de los del mundo, no tenemos por qué sentirnos solos, pues el Señor nos ha dado el Espíritu Santo para que sea nuestro compañero y camine con nosotros. Además, el Señor nos ha dado otras personas con las cuales relacionarnos y de esa manera edificar nuestro ánimo y fortalecer nuestro valor; discípulos con idéntica voluntad, corazón y espíritu. Tal como dijo el apóstol Pablo, no tenemos que seguir sintiéndonos “extranjeros… sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Y a los tesalonicenses escribió que debían apoyarse unos a otros: 196


“Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros… “Os rogamos que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros … “y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra” (1 Tesalonicenses 5:11–13). Aunque el discipulado con el Señor requiera en ocasiones que nos mantengamos humilde y valerosamente al margen, el Señor no nos abandonará. También nos permite relacionarnos con otras personas que nos edifican y nos fortalecen en nuestra labor de bendecir a las demás personas del mundo. Y si le ofrecemos nuestras oraciones y somos leales a Él y a Sus mandamientos, la promesa del Señor se puede aplicar a nosotros: “…iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88). Ésta es la promesa del Señor y yo creo en ella. Les testifico de su veracidad. Ruego que el Señor bendiga a todos los que salgan de la oscuridad del mundo hacia la luz del Evangelio sempiterno. Ruego que nos bendiga a todos nosotros para que caminemos humilde y valerosamente, y que conozcamos en nuestro corazón la paz que emana de una vida de principios, la “paz que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). Regocijémonos en el conocimiento de que aunque debemos ser valerosos al viajar por la vida terrenal y aun al enfrentar nuestras pruebas, Dios no nos dejará sin Su guía ni Su poder vigorizante. Avancemos firmes en nuestras justas convicciones; caminemos con la verdad, con fe y amor, pues si lo hacemos, el Señor nos sostendrá y fortalecerá: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). _

EL PERDÓN. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma. Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a mi Padre Celestial el haberme prolongado la vida a fin de ser parte de estos tiempos tan desafiantes. Le agradezco la oportunidad de prestar servicio; no tengo ninguna otra intención que no sea la de hacer todo cuanto esté de mi parte para contribuir al progreso de la obra del Señor, para servir a Sus fieles hijos y para vivir en paz con mis semejantes. Recientemente hice un viaje de más de 40.000 kilómetros alrededor del mundo. Visité Alaska, Rusia, Corea, Taiwan, Hong Kong, India, Kenia y Nigeria, lugar, este último, en el cual dedicamos un nuevo templo. Después, dedicamos el Templo de Newport Beach, California. Hace poco he regresado de Samoa, tras la dedicación de otro templo, para lo cual recorrimos 16.000 kilómetros más. Si bien no me gusta viajar, tengo el deseo de visitar a los de nuestro pueblo, expresarles nuestro agradecimiento, darles ánimo y darles mi testimonio de la divinidad de la obra del Señor. A menudo pienso en un poema que leí hace mucho tiempo y que dice: Quiero vivir en una casa al costado del camino por donde los hombres corren su maratón; los hombres que son buenos y aquellos que son malos, tan buenos y tan malos como lo soy yo. No me sentaré en la silla del burlón ni con cinismo los veré pasar. Quiero vivir en una casa al costado del camino y a esos hombres mi amistad brindar. (Sam Walter Foss, “The House by the Side of the Road”, en James Dalton Morrison, editor, Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 422.) Así es como yo me siento. 197


La edad produce cambios en el hombre, le hace sentir una mayor necesidad de ser tierno, bondadoso y tolerante. El anciano anhela y ruega que los hombres puedan vivir juntos en paz, sin guerras, ni contención, ni querellas ni conflictos. Cada vez se percata más del significado de la gran expiación del Redentor, de la magnitud de Su sacrificio y se incrementa más su gratitud hacia el Hijo de Dios, quien dio Su vida para que nosotros pudiéramos vivir. Quisiera hablar hoy sobre el perdón. Creo que ésta tal vez sea la mayor virtud que haya sobre la tierra y, por cierto, la más necesaria. Nos rodea tanta maldad y maltrato, tanta intolerancia y odio; es enorme la necesidad que hay de arrepentimiento y de perdón. Es el gran principio que se recalca en las Escrituras, tanto antiguas como modernas. No hay en todas nuestras sagradas Escrituras relato más hermoso sobre el perdón que el del hijo pródigo, el cual se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Todos debiéramos leerlo de vez en cuando y meditar sobre él. “Y cuando [el hijo pródigo] todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. “Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. “Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. “Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:14–21). Y el padre pidió que se hiciera una gran fiesta y cuando su otro hijo se quejó, él le dijo: “...era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (vers. 32). Cuando se ha actuado mal y después viene el arrepentimiento, seguido por el perdón, literalmente el ofensor que estaba perdido es hallado y el que estaba muerto revive. ¡Cuán maravillosas son las bendiciones de la misericordia y del perdón! Gracias a la donación de millones de dólares como parte del Plan Marshall, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa volvió a levantarse. En Japón, tras esa misma guerra, presencié grandes plantas de laminación del acero, las cuales, según se me dijo, habían sido construidas con dinero procedente de los Estados Unidos, antiguo enemigo de Japón. Cuánto mejor es este mundo gracias al perdón de una nación generosa en favor de sus enemigos del pasado. En el Sermón del monte, el Señor enseñó: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; “y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; “y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos. “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, hacen bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:38–44). Ésas son peticiones difíciles. 198


¿Creen, realmente, que pueden cumplir con ese mandato? Son las palabras del Señor mismo y considero que se aplican a cada uno de nosotros. Los escribas y los fariseos llevaron ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio para confundirlo. “...Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo [como si no les hubiera oído]. “Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. “E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. “Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. “Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? “Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:6–11). El Salvador enseñó en cuanto a dejar atrás a las noventa y nueve ovejas e ir tras la oveja perdida, para lograr el perdón y la restitución. Isaías dijo: “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; “aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16–18). El gran amor del Salvador se vio coronado en las palabras que expresó mientras agonizaba en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). En nuestra época, el Señor ha dicho en revelación: “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado. “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:9–10). El Señor nos ha hecho una maravillosa promesa al decir: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42). Son muchísimas las personas en estos días que no están dispuestas a perdonar y olvidar. Hay padres y maridos que hacen llorar a sus hijos y esposas al seguir sacando a colación pequeños defectos que en realidad carecen de importancia, y también hay muchas mujeres que de pequeñas palabras o acciones sin mayor importancia hacen una tormenta en un vaso de agua. Hace algún tiempo recorté un artículo publicado en el diario matutino Deseret News, escrito por Jay Evensen. Con su permiso, quisiera citar parte de lo que escribió: “¿Qué sentiría el lector con respecto a un adolescente que decidió arrojar un pavo congelado de 9 kilos desde un automóvil a alta velocidad contra el parabrisas del vehículo que usted conducía? ¿Qué sentiría tras haberse sometido a seis horas de cirugía para implantarle placas de metal a fin de sujetarle los huesos faciales y después de enterarse de que aún tendría que hacer frente a años de terapia antes de volver a la normalidad, y de que debía considerarse afortunado por no haber perdido la vida o sufrido lesiones permanentes en el cerebro? “¿Y qué sentiría al enterarse de que el agresor y sus amigos habían comprado el pavo y muchas otras mercancías con una tarjeta de crédito robada, simplemente como diversión?... “Ése es el tipo de horrendos delitos que hace que ciertos políticos sean elegidos para cargos públicos, basándose en promesas de ejercer mano dura contra la delincuencia. Eso es lo que hace que los legisladores pugnen unos contra otros para ser los primeros en proponer un decreto de ley que haga más rígidas las sanciones por emplear un ave congelada en la comisión de un delito. 199


“El periódico the New York Times citó al fiscal de distrito cuando dijo que ése es el tipo de delito para el cual las víctimas no hallan un castigo lo suficientemente severo. ‘Ni siquiera la pena de muerte les satisface’, añadió el fiscal. “Lo que hace de este incidente algo tan fuera de lo común es que la víctima, Victoria Ruvolo, de 44 años de edad y ex gerente de una agencia de cobros, estaba más interesada en salvarle la vida a su agresor, Ryan Cushing, de 19 años, que en exigir cualquier tipo castigo. Ella insistió en que los fiscales consiguiesen más información en cuanto al joven, a sus antecedentes, a cómo había sido criado, etc. Después insistió en que se le diera la oportunidad de declararse culpable de delito en segundo grado a fin de ser sentenciado sólo a seis meses de cárcel y a libertad condicional por cinco años. “De habérsele hallado culpable de delito en primer grado —la acusación más pertinente al delito— habría podido ser condenado a 25 años de cárcel, para ser después devuelto a la sociedad casi a los cincuenta años de edad, sin mayor futuro. “Pero eso es apenas parte de la historia. El resto de ella, lo que sucedió el día del juicio, es lo más extraordinario. “Según lo que se publicó en el periódico New York Post, Ryan Cushing se acercó cautelosamente hasta donde estaba sentada la señora Ruvolo en la sala del tribunal y con lágrimas en los ojos le susurró: ‘Siento mucho el mal que le causé’. “La señora Ruvolo se puso de pie y también entre lágrimas abrazó al muchacho. Le acarició la cabeza y le palmoteó la espalda, y quienes estaban cerca de ellos, incluido el reportero del Times, le oyeron decir: ‘Está bien; lo único que quiero es que hagas de tu vida lo mejor que pueda ser’. Conforme a los testigos, tanto los rígidos fiscales como los reporteros trataron de contener las lágrimas” (“Forgiveness Has Power to Change Future”, Deseret Morning News, 21 de agosto de 2005, pág. AA3). ¡Qué historia tan magnífica! Más aún porque es un hecho de la vida real y porque aconteció en una ciudad tan dura como lo es Nueva York. ¿Puede alguien sentir menos que admiración por esa mujer que perdonó al joven que pudo haberle quitado la vida? Yo sé que este tema del que hablo es muy delicado. Hay criminales feroces que deberían ser echados en prisión. Hay delitos incalificables, tales como las violaciones y los asesinatos, que justifican la aplicación de severos castigos, pero hay quienes podrían ser salvados de largas y embrutecedoras condenas debido a un acto insensato. De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma. La gran Expiación fue el acto supremo del perdón. La magnitud de esa Expiación trasciende nuestra capacidad de entender completamente. Lo único que sé es que en verdad aconteció y que fue tanto para mi provecho como para el de ustedes. El sufrimiento fue tan profundo y la agonía tan intensa que nadie puede llegar a comprender que el Salvador se hubiera ofrecido como rescate por los pecados de toda la humanidad. Por medio de Él obtenemos el perdón. Mediante Él recibimos la promesa cierta de que a todos se nos concederán las bendiciones de la salvación y de la resurrección de los muertos. Por medio de Él y de Su extraordinario y supremo sacrificio, se nos brinda la oportunidad, si es que somos obedientes, de la exaltación y la vida eterna. Ruego que Dios nos ayude a ser un poco más bondadosos, a poner de manifiesto más tolerancia, a perdonar más, a estar más dispuestos a caminar la segunda milla, a mostrar más compasión hacia quienes hayan pecado, pero que hayan mostrado los frutos del arrepentimiento, a hacer a un lado viejas querellas y dejar de alimentarlas. Estas cosas ruego humildemente en el sagrado nombre nuestro Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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“¡LEVANTAOS, HOMBRES DE DIOS!” PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY . Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él. Hermanos, se ven como un sacerdocio de mangas remangadas; todos vestidos de blanco y listos para trabajar. ¡Y ha llegado el momento de ponerse a trabajar! ¡Qué vista tan maravillosa! El maravilloso Centro de Conferencias está totalmente lleno y nuestras palabras se transmiten a todo el mundo. Ésta probablemente sea la congregación más grande de poseedores del sacerdocio que haya tenido lugar. Los felicito por su presencia esta tarde. Recientemente vi en la televisión un concierto del coro de hombres de BYU; entonaron un emotivo número, intitulado “¡Levantaos, hombres de Dios!”; escrito en 1911 por William P. Merrill, y he descubierto que una versión se encuentra en nuestro himnario en inglés, aunque no recuerdo haberlo cantado antes. La letra lleva el espíritu de los antiguos himnos ingleses escritos por Charles Wesley y algunos otros. El texto dice: ¡Levantaos, hombres de Dios! Despojaos de vilezas.
 Dad corazón, alma, mente y fuerza
 y al Rey de Reyes servid. 
 ¡Levantaos, hombres de Dios!
 en unido batallón.
 Llegue el día de hermandad
 y acabe la noche del error.
 ¡Levantaos, hombres de Dios!
 la Iglesia os espera;
 de fuerza carece para la tarea,
 ¡dadle fuerza en su labor!
 ¡Levantaos, hombres de Dios!
 Andad por Sus caminos
 como hermanos del Señor.
 ¡Levantaos, hombres de Dios!
 (Véase “Rise Up, O Men of God”, Hymns, Nº 324; véase la tercera estrofa en The Oxford American Hymnal, ed. Carl F. Pfatteicher, 1930, Nº. 256.)
 Las Escrituras son muy claras en la forma en que se aplican a cada uno de nosotros, mis hermanos. Por ejemplo, Nefi cita a Isaías, diciendo: “Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos: habría sido entonces tu paz como un río, y tu rectitud cual las ondas del mar” (1 Nefi 20:18; véase también Isaías 48:18). Las palabras de Lehi son un claro llamado para todos los hombres y jovencitos del sacerdocio. Con gran convicción, él dijo: “Despertad, hijos míos; ceñíos con la armadura de la rectitud. Sacudíos de las cadenas con las cuales estáis sujetos, y salid de la obscuridad, y levantaos del polvo” (2 Nefi 1:23). Esta tarde, en esta vasta congregación, no hay ningún hombre ni ningún jovencito que no pueda mejorar su vida; y eso tiene que suceder. Después de todo, poseemos el sacerdocio de Dios. Si somos jovencitos que hemos recibido el Sacerdocio Aarónico, tenemos derecho a la ministración de ángeles para guiarnos, dirigirnos, bendecirnos y protegernos. ¡Qué cosa tan extraordinaria y maravillosa! Si se nos ha conferido el Sacerdocio de Melquisedec, se nos han dado las llaves del reino que conllevan poderes eternos, de los que habló el Señor cuando colocó las manos sobre la cabeza de Sus discípulos. 201


Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él. No podemos permitirnos tener pensamientos impuros; no debemos ver pornografía; nunca debemos ser culpables de abuso de ninguna clase. Debemos estar por encima de esas cosas. “¡Levantaos, hombres de Dios!” y dejen atrás esas cosas y el Señor será su guía y apoyo. El profeta Isaías dijo: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10). A algunos de ustedes, jovencitos, parece que les encanta vestirse de manera desaliñada; sé que es un tema delicado, pero creo que no es propio de los que han sido ordenados al santo sacerdocio de Dios el vestirse así. A veces la manera de expresarnos va de acuerdo con la forma en que vestimos. Al hablar, usamos malas palabras y tomamos el nombre del Señor en vano; Dios ha hablado claramente en contra de eso. Estoy seguro de que han oído este relato del presidente Spencer W. Kimball, pero me tomo la libertad de repetirlo. Él estaba en el hospital, donde le habían operado. Un enfermero lo había colocado en una camilla y lo estaba transportando, cuando al entrar en uno de los ascensores, chocó con la camilla y profirió una maldición en la que usó el nombre del Señor. El presidente Kimball, sólo semiconsciente, dijo: “¡Por favor, por favor! Los nombres que usted ultraja son los de mi Señor”. Hubo un silencio sepulcral, y después el joven susurró en tono sumiso: “Lo siento”. (Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, pág. 174.) Quisiera informarles en cuanto a otro asunto que me tiene sumamente preocupado. Mediante la revelación, el Señor ha mandado que Sus hijos adquieran toda la instrucción que les sea posible. Él ha sido claro acerca de eso. Sin embargo, se está generalizando una tendencia inquietante. El hermano Rolfe Kerr, Comisionado de Educación de la Iglesia, me informa que en los Estados Unidos aproximadamente el 73% de las jóvenes se gradúan de la secundaria y en comparación, sólo lo hacen el 65% de los jóvenes. Es más probable que sean los jóvenes en lugar de las jóvenes los que abandonen sus estudios. Aproximadamente el 61% de los jóvenes se inscriben en una universidad tan pronto como se gradúan de la secundaria, comparado con el 72% de las jovencitas. En 1950, el 70% de los que estaban inscritos en universidades eran hombres y el 30% eran mujeres; para el año 2010 se calcula que el 40% serán hombres y el 60% serán mujeres. Desde 1982, cada año las mujeres han adquirido más licenciaturas que los hombres, y más títulos de maestría desde 1986. Es claramente obvio, por estas estadísticas, que las jóvenes están superando a los jóvenes en la búsqueda de programas educativos. De manera que les digo a ustedes, jovencitos, levántense y disciplínense para aprovechar las oportunidades educacionales. ¿Desean casarse con una joven cuya instrucción haya sido muy superior que la ustedes? Hablamos de “estar unidos en yugo igual”; pienso que eso se aplica al asunto de los estudios. Además, la instrucción que reciban fortalecerá su servicio en la Iglesia. Hace algunos años se realizó un estudio que indicaba que cuanto más elevada es la instrucción, tanto mayor es la fe y la participación en las actividades religiosas. Anteriormente mencioné la pornografía, que fácilmente se convierte en una de las peores adicciones. Permítanme leerles una carta que recibí de una de sus víctimas: “Quisiera contarle algo que no he podido contarle a nadie. Soy un hombre de treinta y cinco años. La mayor parte de mi vida adulta he sido adicto a la pornografía. Me da mucha vergüenza admitirlo… pero en la mayor parte, este vicio es tan fuerte como el alcoholismo o la adicción a las drogas… “La razón principal por la que le escribo es para decirle que la Iglesia siempre puede hacer más para aconsejar a los miembros a evitar la pornografía. Cuando vi por primera vez esa clase de material, yo era un niño. Un primo mayor abusó de mí sexualmente y se valió de la pornografía para atraer mi interés. Estoy convencido de que el haber estado expuesto a esa edad al sexo y a la pornografía es la raíz de mi vicio. 202


“Pienso que es una ironía que los que apoyan el negocio de la pornografía digan que es un asunto de libertad de expresión. Yo no tengo libertad. He perdido mi libre albedrío porque no he podido superar esto. Para mí es una trampa y no veo la forma de liberarme de ella. Le ruego con todas mis fuerzas que exhorte a los hermanos de la Iglesia, no sólo a evitar la pornografía, sino también a eliminar de su vida todo lo que dé origen a esos materiales pornográficos. Además de las cosas obvias, como los libros y las revistas, es necesario que cancelen los canales de películas de la televisión por cable. Sé que muchas personas que tienen esos servicios afirman que a ellos les es posible eliminar las cosas malas, pero eso no es cierto… “La pornografía y la perversión han llegado a ser algo tan común en nuestra vida que las fuentes de ese material están por todas partes. Me he encontrado revistas pornográficas al lado del camino y en los basureros. Debemos hablar con nuestros hijos y explicarles lo malas que son esas cosas y alentarlos a evitarlas si algún día llegan a tenerlas frente a ellos… “Por último, presidente Hinckley, le ruego que ore por mí y otras personas de la Iglesia que tengan este problema para que tengamos el valor y la fuerza para superar esta horrible aflicción. “No me es posible firmar mi nombre; espero que usted lo comprenda”. La computadora es un instrumento maravilloso cuando se usa como es debido; sin embargo, cuando se usa para dedicarse a la pornografía, o entrar en salas de chat, o para cualquier otro propósito que conduzca a prácticas o pensamientos inicuos, se debe tener la suficiente autodisciplina para apagarla. El Señor ha declarado: “Depuraos de la iniquidad que hay entre vosotros; santificaos delante de mí” (D. y C. 43:11). Nadie puede malentender el significado de esas palabras. Además, dice: “Los elementos son el tabernáculo de Dios; sí, el hombre es el tabernáculo de Dios, a saber, templos; y el templo que fuere profanado, Dios lo destruirá” (D. y C. 93:35). En esto no hay nada impreciso. El Señor ha dicho en términos claros que debemos cuidar nuestro cuerpo y evitar lo que pueda dañarlos. Él nos ha hecho a todos una gran promesa; Él dijo: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10). Y agregó: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora” (D. y C. 121:26). Todos haríamos bien en estudiar la vida del Maestro y tratar de seguir Sus palabras y Su ejemplo. Del mismo modo, haríamos bien en estudiar la vida del profeta José Smith; por medio de su ejemplo, todos aprenderíamos mucho en cuanto a nuestra propia conducta. Mis hermanos, testifico de la veracidad de estas cualidades eternas. Testifico que si nos esforzamos por mejorar nuestra vida, el resultado será evidente. Dios los bendiga a cada uno de ustedes, mis amados hermanos. Testifico de estas cosas, en forma humilde y agradecida, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

TARDOS PARA AIRARSE. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Que el Señor los bendiga y los inspire a andar sin ira. Mis amados hermanos, dondequiera que se encuentren, ya sea aquí en el Centro de Conferencias o en la sala de una capilla allende de la mar, qué maravilloso es que podemos hablarles desde este Centro de Conferencias y que ustedes puedan oír lo que decimos en lugares remotos como en la Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Esta noche he decidido hablar del tema de la ira. Reconozco que esto es un poco fuera de lo común, pero pienso que es muy oportuno. 203


Un proverbio del Antiguo Testamento dice: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32). Cuando no enojamos, nos metemos en problemas. La intensa ira al conducir que se manifiesta en nuestras carreteras es una detestable expresión de ira. Me atrevo a decir que la mayoría de los presos de nuestras cárceles están allí por haber hecho algo en un arrebato de ira. En su cólera, profirieron insultos, perdieron el control de sí mismos y siguieron cosas terribles, incluso el asesinato. Hubo momentos de agresión seguidos de años de remordimiento. Se cuenta lo siguiente de Charles W. Penrose, que fue converso a la Iglesia y fue misionero en Inglaterra durante unos once años. Cuando fue relevado, vendió algunas de sus pertenencias para pagar los gastos del viaje a Sión. Algunos de los santos que lo observaban dijeron que él estaba robando propiedad de la Iglesia. Eso le molestó tanto, que subió a la planta de arriba de su residencia, se sentó y escribió las siguientes estrofas que son tan conocidas para ustedes (véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, pág. 323.) Sé prudente, oh hermano, 
 a tu alma gobernad,
 no matando sus anhelos, 
 mas con juicio gobernad.
 Sé prudente, hay gran fuerza 
 en la mente con pasión,
 la pasión razón destruye,
 hace ciega la visión.
 Ten confianza en el hecho
 que el tiempo probará
 las calumnias todas falsas,
 la verdad se mostrará.
 Con intento no ofendas
 a ninguno con rencor;
 deja que tus pasos anden
 en las sendas del amor.
 Sé prudente, oh hermano,
 a tu alma gobernad,
 no matando sus anhelos,
 mas con juicio gobernad.
 (Sé prudente, oh hermano, Himnos de Sión, Nº 115.)
 Hace muchos años, trabajé para una empresa ferroviaria. Un día, un guardagujas caminaba despreocupadamente por el andén y le pedí que moviera un vagón a otra vía. Él perdió los estribos, tiró su gorra al pavimento y la pisoteó mientras injuriaba como un marinero ebrio. Yo me quedé allí y me reí al ver su comportamiento infantil. Al oír mi risa, se empezó a reír de su insensatez y después, tranquilamente, subió a la locomotora de cambio, la condujo hasta el vagón vacío y lo movió a otra vía disponible. Pensé en el versículo de Eclesiastés: “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios” (Eclesiastés 7:9). La ira es la causa de gran número de maldades. Del periódico matutino recorté un artículo que empezaba con esta declaración: “Más de la mitad de los ciudadanos de los Estados Unidos que hubiesen celebrado su vigésimo quinto aniversario de matrimonio desde el año 2000 se divorciaron, se separaron o enviudaron antes de alcanzar ese hito significativo” (Sam Roberts, “Most U.S. Marriages Don’t Get to Silver”, Deseret Morning News, 20 de septiembre de 2007, pág. A1). 204


De hecho, la viudez está fuera del control de los interesados, pero el divorcio y la separación no lo están. Muchas veces el divorcio es el amargo fruto de la ira. Un hombre y una mujer se enamoran, como se suele decir; cada uno es maravilloso a la vista del otro; no sienten un afecto romántico hacia nadie más; ajustan su situación económica para comprar una sortija de compromiso; se casan y, por una temporada reina una felicidad absoluta. Después, pequeños hechos sin importancia conducen a la crítica. Las pequeñas fallas se exageran, convirtiéndose en grandes torrentes de críticas mutuas; la relación se rompe, se separan, y luego, con rencor y amargura, se divorcian. Ese es el ciclo que se repite una y otra vez en miles de casos. Es trágico y, como he dicho, en la mayoría de los casos es el amargo fruto de la ira. Pienso en mi propio matrimonio; mi compañera eterna falleció hace tres años y medio, pero estuvimos casados 67 años. No recuerdo haber tenido una riña con ella; ella viajó conmigo y dirigió la palabra en cada continente, suplicando que las personas actuaran con autodominio, bondad y amor. En una pequeña publicación que llegó a mis manos hace algunos años, se mencionó lo siguiente: En una ocasión, un hombre al que un periódico había difamado acudió a Edward Everett para preguntarle que debía hacer al respecto. Everett le dijo: “¡No haga nada! La mitad de la gente que compró el periódico ni siquiera vio el artículo; la mitad de los que lo vieron, no lo leyeron; la mitad de los que lo leyeron, no lo entendieron; la mitad de los que lo entendieron, no lo creyeron, y la mitad de los que lo creyeron no son de ninguna importancia de todos modos” (“Sunny Side of the Street”, noviembre de 1989; véase también Zig Ziglar, Staying Up, Up, Up in a Down, Down, World, 2000, pág. 174). Muchos de nosotros hacemos un gran escándalo por pequeñeces; ¡nos ofendemos tan fácilmente! Feliz es el hombre que puede pasar por alto los comentarios ofensivos de otra persona y sigue adelante. Si permitimos que las rencillas se agraven, pueden convertirse en serios malestares. Al igual que una dolorosa enfermedad, éstas pueden consumir toda nuestra atención y nuestro tiempo. Guy de Maupassant ha escrito una crónica interesante que ilustra ese punto. En ésta se habla del señor Hauchecome que en un día de mercado fue al pueblo. Él padecía de reumatismo y mientras caminaba a tropezones, se fijó en un trozo de cordel que estaba tirado en el suelo; lo recogió y con cuidado se lo puso en el bolsillo. El que lo vio hacerlo era su enemigo, el fabricante de arneses. Al mismo tiempo, se hizo la denuncia al alcalde que se había perdido un billetero con dinero. Se supuso que lo que Hauchecome había recogido era el billetero y se lo acusó de tomarlo; él, con vehemencia negó la acusación y, al buscar entre su ropa sólo se encontró el trozo de cordel. Para esto, la calumnia contra él le había preocupado tanto que lo llegó a obsesionar: a dondequiera que iba se tomaba la molestia de contar lo sucedido. Eso llegó a fastidiar tanto a la gente del pueblo que llegaron a quejarse de él. Eso lo enfermó. “La mente se le fue debilitando y, para fines de diciembre, cayó en cama. “Falleció a principios de enero, y en el delirio de su agonía declaraba su inocencia, repitiendo: ‘Un trocito de cordel, un trocito de cordel. Véalo, aquí está, señor alcalde’” (Véase “The Piece of String”, http://www.online -literature.com/Maspassant/270/. Traducción libre.) Se cuenta que unos reporteros entrevistaban a un hombre el día de su cumpleaños; había llegado a una edad avanzada y le preguntaron cómo lo había logrado. Contestó: “Cuando mi esposa y yo nos casamos, tomamos la determinación de que, si alguna vez reñíamos, uno de nosotros saldría de la casa, por lo que atribuyo mi longevidad al hecho de haber respirado buen aire fresco a lo largo de mis años de matrimonio”. La ira se podría justificar en algunas circunstancias. Las Escrituras nos dicen que Jesús echó fuera del templo a los cambistas, diciendo: “Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13). Aún así, eso lo dijo más como una reprimenda que como un arrebato de ira incontrolada.

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Ahora bien, mis queridos hermanos, para finalizar, les suplico que dominen su carácter; que sonrían, lo cual borrará el enojo; hablen con palabras de amor y paz, aprecio y respeto. Si lo hacen, tendrán una vida sin remordimiento; preservarán su matrimonio y las relaciones familiares; serán mucho más felices; lograrán hacer un mayor bien; tendrán un sentimiento de paz que será maravilloso. Que el Señor los bendiga y los inspire a andar sin ira, sin amarguras de ninguna clase, sino a extender la mano a otras personas con expresiones de amistad, aprecio y amor. Esa es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

“ESTOY LIMPIO” PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Sean puros en la forma de hablar, de pensar, de vestir y de tratar su cuerpo. Mis queridos hermanos del sacerdocio, qué gran inspiración es mirar los 21.000 rostros de los que se encuentran aquí en el Centro de Conferencias, y saber que también millones se reúnen en los centros de reuniones y en otros lugares alrededor del mundo. Lamento ser tan mayor en esta época en que la vida es cada vez más emocionante. Como todos ustedes saben, hace 12 años se me ordenó y se me apartó como Presidente de la Iglesia, específicamente el 12 de marzo de 1995. El élder Ballard ha recopilado algunos datos relacionados con estos 12 años. Cito de su informe: • 387.750 misioneros ingresaron al campo misional, lo cual representa casi un 40 por ciento de los misioneros que prestaron servicio en esta dispensación, eso significa el 40 por ciento de los últimos 12 años, de los 177 años desde que se organizó la Iglesia. • Se han bautizado 3.400.000 conversos, lo que equivale a más de una cuarta parte del total actual de miembros de la Iglesia. • El número total de misiones de la Iglesia ha aumentado de 303 a 344, y muy pronto se van a agregar tres más. • La retención, de acuerdo con la asistencia a las reuniones sacramentales, las ordenaciones al sacerdocio y la fidelidad en el pago del diezmo, ha aumentado de modo significativo. Ahora bien, a pesar de que todo eso tiene un significado extraordinario, estoy convencido de que con un poquito más de dedicación, ese maravilloso pasado tan reciente podría ser el prólogo de un futuro grandioso. Pongamos todo nuestro hombro a la lid con fervor, hagamos nuestra obra con afán y amor. Hay que luchar y trabajar. Pongan su hombro a la lid con fervor. (Véase, “Pon tu hombro a la lid”, Himnos, Nº 164.) Quisiera ahora tocar un tema diferente. He hablado de esto hace muchos años, pero lo vuelvo a repetir porque quienes lo oyeron aquella vez ya se han olvidado y quienes nunca lo oyeron necesitan oírlo. Se trata del presidente Joseph F. Smith, que prestó servicio como Presidente de la Iglesia durante 17 años, desde 1901 hasta 1918. El padre de Joseph F. Smith era Hyrum Smith, hermano del profeta José Smith, que fue asesinado con él en Carthage. Joseph F. nació en Far West, Misuri, el 13 de noviembre de 1838 y fue llevado de allí siendo aun muy pequeñito. Siendo todavía un niño, ya que no había cumplido los seis años, durante la noche oyó que alguien llamaba a la ventana de la casa de su madre, en Nauvoo. Era un hombre que había ido cabalgado a toda prisa desde Carthage para notificar a la hermana Smith que esa tarde habían asesinado a su esposo. A la edad de nueve años, condujo con su madre una yunta de bueyes a través de las llanuras hasta este valle. Cuando tenía quince años, se le llamó para servir una misión en Hawai. Se las arregló para viajar a San Francisco, donde trabajó en una fábrica a fin de ganar el dinero que necesitaba para viajar a las islas. 206


En ese entonces, Hawai no era un centro turístico. En su mayoría, los habitantes eran hawaianos; la mayoría eran pobres pero muy generosos con lo que tenían. Él aprendió a hablar su idioma y a amarlos. Mientras prestaba servicio, tuvo un sueño excepcional. Cito de su propia narración, él dijo: “Una vez [en la] misión, me sentía muy agobiado. Estaba casi sin ropa y completamente sin amigos, con excepción de la amistad de un pueblo pobre, sin instrucción… Me sentía tan rebajado en mi condición de pobreza, falta de inteligencia y de conocimiento, ya que era tan jovencito, que difícilmente me atrevía a mirar a un hombre a la cara… “Mientras me hallaba en esa condición, [una noche] soñé que me iba de viaje, y tuve la impresión de que debía darme prisa, apurarme con todas mis fuerzas por temor a llegar demasiado tarde. Corría por el camino con toda la rapidez posible, y estaba consciente de llevar sólo un pequeño atado, un pañuelo dentro del cual iba un pequeño bulto. No me di cuenta precisa de lo que era, ya que llevaba mucha prisa; pero por último llegue a una maravillosa mansión… y pensé que sabía que ese era mi destino. Al dirigirme allí, con la prisa que llevaba, vi un letrero que decía ‘Baño’. Rápidamente me desvié y entré en el baño, y me lave. Abrí el pequeño bulto que llevaba, y en él había un juego de ropa blanca y limpia, cosa que no había visto por mucho tiempo, porque aquellos entre quienes vivía no se preocupaban mucho por dejar las cosas demasiado limpias. Sin embargo, esa ropa estaba limpia y me la puse. Luego corrí hacia lo que parecía ser una gran entrada o puerta. Toqué, se abrió la puerta, y el hombre que se presentó ante mí era el profeta José Smith. Me dirigió una mirada un poco recriminatoria, y las primeras palabras que dijo fueron: ‘¡Joseph, llegas tarde!’ No obstante, sentí confianza y le contesté: “‘¡Sí, pero estoy limpio; me encuentro limpio!’ “Me tomó de la mano y me condujo adentro, luego cerró la gran puerta. Sentí su mano tan palpable como la mano de cualquier otro hombre. Lo reconocí, y al entrar vi a mi padre y a Brigham Young y a Heber C. Kimball y a Willard Richards y a otros buenos hombres que yo había conocido, que estaban de pie en fila. Miré como si fuera a través de este valle, y parecía estar lleno de una gran multitud de personas, pero en la plataforma se encontraban todos los que yo había conocido. Mi madre estaba sentada con un niño en su regazo, y pude nombrar a todos cuyos nombres yo conocía, que estaban sentados allí, los cuales parecían hallarse entre los escogidos, entre los exaltados… “[Cuando tuve ese sueño], me encontraba solo, acostado en una estera, en lo alto de las montañas de Hawai; nadie estaba conmigo. Pero en esta visión, toqué con mi mano al Profeta y vi que una sonrisa aparecía en su rostro… “Esa mañana, al despertar, yo era un hombre, aunque por la edad, sólo era un joven. [Después de eso], no temía a nada en el mundo. Podía enfrentarme a cualquier hombre, mujer o niño, y mirarlos a los ojos, y sentir en mi alma que yo era un hombre hecho y derecho. Esa visión, esa manifestación y ese testimonio que disfruté en esa ocasión me han hecho lo que soy, si es que soy algo bueno o limpio o recto ante el Señor, si es que hay algo bueno dentro de mí. Esto me ha ayudado en toda prueba y en toda dificultad” (véase Doctrina del Evangelio, págs. 535–536). Lo más significativo de ese sueño se encuentra en el reproche del profeta José Smith al joven Joseph F. Smith. El Profeta le dijo: “¡Joseph, llegas tarde!” Y el joven Joseph F. le respondió: “¡Sí, pero estoy limpio; me encuentro limpio!” La consecuencia de aquel sueño fue que un muchacho se transformó en un hombre. Su declaración, “¡Estoy limpio!”, le dio la confianza y el valor para afrontar a cualquier persona y cualquier circunstancia. Recibió la fortaleza que proviene de una conciencia tranquila, fortalecida mediante la aprobación del profeta José Smith. Ese sueño profético tiene algo que atañe a todo hombre y a todo joven que están reunidos en esta vasta congregación esta noche. Es un antiguo dicho entre nosotros que “la limpieza es tan importante como la santidad”. El profeta Isaías dijo: “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; “aprended a hacer el bien… 207


“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16–18). En la revelación moderna, el Señor ha dicho: “Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor” (D. y C. 133:5). En un mundo que se deleita en la inmundicia, sean puros en la forma de hablar, de pensar, de vestir y de tratar su cuerpo. A cada uno de ustedes les digo: sean limpios en su forma de hablar. Hay tantas malas palabras y sordidez al hablar en estos días. El no expresarse en un lenguaje puro, los señala como personas que tienen un vocabulario muy limitado. Cuando Jehová escribió en las tablas de piedra, dijo a los hijos de Israel: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7). El Señor ha reafirmado ese mandamiento, mediante la revelación moderna, con estas palabras: “Recordad que lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por constreñimiento del Espíritu” (D. y C. 63:64). Sean limpios en sus pensamientos. Dijo el Señor: “y háganse todas las cosas con pureza ante mí” (D. y C. 42:41). Una mente sucia se expresa en un lenguaje profano y sucio. Una mente limpia se expresa en un lenguaje positivo, elevado, y en hechos que brindan felicidad al corazón. Sean puros en la forma que tratan a su cuerpo, en la manera de vestir y de actuar. No se hagan tatuajes. Si lo hacen, algún día se arrepentirán de ello. Sólo por medio de un procedimiento doloroso y costoso se puede quitar un tatuaje. Sean limpios, pulcros y ordenados. Una vestimenta desaliñada lleva a tener malos modales. No me preocupa tanto lo que vistan, siempre y cuando estén arreglados y limpios. Recuerden el sueño de Joseph F. Smith. Mientras se dirigía de prisa hacia la mansión, llevaba un pequeño bulto atado con un pañuelo. Después que se bañó y lo abrió, encontró que tenía ropa limpia. Ya sea que bendigan o repartan la Santa Cena, luzcan lo mejor que puedan. Asegúrense de su aseo personal. Y así, mis queridos hermanos, podría seguir. Podría hablarles de lo que sucede en internet y del uso de la computadora que lleva a pensamientos y acciones degradantes. Es suficiente decir que es totalmente inapropiado para ustedes que poseen el sacerdocio de Dios. Ustedes son Sus siervos escogidos, y han sido ordenados a algo santo y maravilloso. Ustedes no pueden vivir en el mundo y participar de las cosas del mundo, sino que tienen que estar por encima de todo eso. Mis queridos hermanos, que el Señor los bendiga. A ustedes, jóvenes, les digo que sigan estudiando. Cuando se casen tendrán la obligación de mantener a su familia. Tienen por delante un mundo de oportunidades, y la educación es la llave que abrirá esa puerta. Será la puerta de la mansión de la cual soñó Joseph F. Smith cuando era un muchacho que dormía en las montañas de Hawai. Que Dios los bendiga, mis amados hermanos. Hablen con el Señor en oración. Cultiven una relación con Él. Él es el Todopoderoso, y tiene poder para levantarnos y ayudarnos. Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

MI TESTIMONIO A TODO EL MUNDO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "En este gran salón. . . saldrán las voces de los profetas a todo el mundo para dar testimonio del Redentor del género humano". Mis amados hermanos y hermanas, qué extraordinaria vista presentan ustedes, esta vasta congregación de Santos de los Últimos Días reunidos en esta nueva y magnífica sala. 208


El órgano no está terminado y todavía hay varios detalles de construcción que acabar; pero felizmente la obra se ha adelantado lo suficiente para permitirnos utilizarlo para esta conferencia. Hará un año, al hablar con respecto a este edificio, expresé la opinión de que quizás, para empezar, no podríamos llenarlo, puesto que tiene tres veces y media la capacidad del Tabernáculo. Pero ocurre que ya tenemos dificultades. Todos los asientos ya están llenos. Durante las cuatro sesiones generales y la sesión del sacerdocio podremos dar cabida a unas 100.000 personas. Se nos han solicitado 370.000 pases. El Tabernáculo y el Salón de Asambleas darán cabida al excedente de asistentes. Pero con todo eso, muchos, muchísimos quedarán fuera. Pedimos disculpas. Les pedimos que nos perdonen. Nada podemos hacer al respecto. Son muchos los que deseaban asistir a esta primera conferencia en este nuevo auditorio, pero lamentablemente, eso es imposible. Me conmovió un tanto enterarme de que las personas de mi propio barrio, que está cerca, y a las que quiero mucho, no recibieron pases. Estamos agradecidos por el entusiasmo de los Santos de los Últimos Días con respecto a este nuevo centro de reuniones. Confío en que el entusiasmo continúe y en que tengamos el recinto lleno en todas las conferencias futuras. Éste es el más nuevo de una serie de lugares de reuniones construidos por los de nuestro pueblo. Cuando llegaron por primera vez a este valle hicieron una enramada, que si bien los protegía del sol, no les daba abrigo y casi ninguna comodidad. Entonces edificaron el antiguo Tabernáculo, al cual siguió el nuevo Tabernáculo que tan bien nos ha servido durante más de 130 años. Ahora, en esta histórica época en la que demarcamos el nacimiento de un nuevo siglo y el comienzo de un nuevo milenio, hemos construido este nuevo y espléndido Centro de Conferencias. Cada una de las obras de construcción del pasado fue una empresa audaz y sobre todo la del Tabernáculo. Su diseño fue exclusivo, ya que nunca nadie había construido un edificio así; todavía sigue siendo único en su género. Ha sido y seguirá siendo una sala admirable. Seguirá existiendo, pues creo que los edificios tienen su vida propia. Continuará sirviendo largo tiempo en el imprevisible futuro. La construcción de esta estructura ha sido una obra temeraria. Nos hemos preocupado por ella. Hemos orado por ella. Hemos escuchado los susurros del Espíritu con respecto a ella. Y sólo cuando percibimos la voz confirmante del Señor resolvimos dar el paso adelante. En la conferencia general de abril de 1996, dije: "Lamento mucho que haya muchas personas que quisieron reunirse aquí esta mañana con nosotros, en este Tabernáculo, y que no pudieron entrar por falta de lugar. Muchas de esas personas se encuentran fuera de este edificio. En este único y extraordinario salón, edificado por los pioneros, nuestros antepasados, y dedicado para la adoración de Dios, caben cómodamente unas 6.000 personas. Algunos de ustedes que han estado más de dos horas sentados en esas bancas duras quizás duden de la palabra cómodamente. "Me duele el alma pensar en aquellas personas que [deseaban] entrar pero, por falta de espacio, no pudieron. Hace aproximadamente un año, les sugerí a las demás Autoridades Generales que tal vez haya llegado el momento de investigar la viabilidad de construir otra casa dedicada de adoración, una mucho más grande que ésta, en donde cabrían de tres a cuatro veces más el número de personas que caben en este edificio" (Liahona, julio de 1996, pág. 70). La idea de un nuevo auditorio se estableció con claridad. Se estudiaron diversos diseños arquitectónicos hasta que se escogió el modelo de un edificio grande con cabida para 21.000 personas con un teatro para otras mil. No tenía columnas en el interior que obstruyesen el ver al orador; tenía árboles y agua corriente en la azotea. La palada inicial tuvo lugar el 24 de julio de 1997, el aniversario número 150 de la llegada de los pioneros a este valle. Aquél fue un acontecimiento histórico. No lo sabíamos en ese entonces, pero, en 1853, Brigham Young, al referirse a los templos, dijo: "Llegará el momento en que. . . edificaremos. . . en la terraza arboledas y estanques de peces" (Deseret News Weekly, 30 de abril de 1853, pág. 46). En 1924, el élder James E. Talmage, del Consejo de los Doce, escribió: "Desde hace largo tiempo he vislumbrado la posible construcción de un gran pabellón al lado norte del Tabernáculo, que tenga cabida 209


para unas 20.000 personas o quizás para dos veces ese número, con amplificadores que permitan a todos los concurrentes oír los discursos que se pronuncien desde el estrado del Tabernáculo y que, además, tenga conexión con un sistema de transmisión con receptores en las diversas capillas y otros centros de reuniones de toda la región de las Montañas [Rocosas]" (diario de James E. Talmage, 29 de agosto de 1924, Special Collections and Manuscripts, Biblioteca Harold B. Lee, Universidad Brigham Young, Provo, Utah). En 1940, la Primera Presidencia y los Doce solicitaron a su arquitecto que hiciera los planos de un edificio que tuviera cabida para 19.000 personas, el cual se levantaría donde se encuentra este edificio. Eso ocurrió hace 60 años. Pensaron en ello, hablaron de ello, pero, por último, abandonaron la idea del todo. Esas observaciones y esas acciones fueron asombrosamente proféticas. Nosotros nada sabíamos de ellas, pues todas ellas se nos han hecho presentes desde que comenzamos esta construcción. No hemos construido ningún templo con árboles y estanques de peces en la terraza, pero en este edificio hay muchos árboles y agua corriente. Puede ser que Brigham Young haya previsto este edificio muy cerca del templo. Tenemos lo que el hermano Talmage vislumbró y mucho, mucho más. Estos servicios no los oirán tan sólo los que se encuentran en el Centro de Conferencias, puesto que se transmitirán por radio, televisión y cablevisión, y se transmitirán por satélite a Europa, a México, a Sudamérica. Llegamos mucho más allá de la región de las montañas de la que habló el hermano Talmage. Llegamos más allá de los confines de los Estados Unidos y de Canadá. Esencialmente, llegamos a todo el mundo. Éste es en verdad un edificio formidable. No sé de ninguna otra construcción comparable que se haya edificado principalmente como salón de adoración que sea tan grande ni que tenga cabida para tantas personas. Es hermoso en su diseño, en su mobiliario y decoración y es magnífica la utilidad que presta. Se ha construido con hormigón reforzado para llenar los requisitos más exigentes de protección de terremotos de esta región. El hormigón está recubierto de granito, el cual se extrajo de la misma cantera del granito del templo. En los dos edificios se pueden ver las mismas impurezas de esa piedra. El interior es bellísimo y maravillosamente extraordinario. Es enorme y está construido de manera que nada obstruye el ver al orador. Las alfombras, los suelos de mármol, las paredes decoradas, las bonitas cerraduras, la estupenda madera, todo ello es indicativo de su utilidad con un toque de elegancia. Su presencia será muy valiosa para esta ciudad. Aquí no se realizarán sólo las conferencias generales y algunas otras reuniones religiosas, sino que este edificio también servirá de centro cultural para las mejores presentaciones artísticas. Esperamos que los que no sean de nuestra fe vengan a este lugar a disfrutar de este bello entorno y se sientan agradecidos por su presencia. Agradecemos a todos los que han trabajado tan arduamente en esta obra para adelantarla hasta esta etapa: a los arquitectos con los que hemos tenido muchas reuniones; a los contratistas generales, tres de los cuales han trabajado juntos; a los subcontratistas; y a los cientos de artesanos que han trabajado aquí; al supervisor de construcción y a todos los que han tenido parte en este trabajo. Todos ellos han colaborado en esta faena extraordinariamente difícil a fin de que pudiésemos reunirnos en esta ocasión. Ahora quisiera hablarles de otro detalle de este grandioso edificio. Si me pongo un tanto personal e incluso un tanto sentimental, espero que sabrán perdonarme. Me encantan los árboles. Cuando yo era niño, en el verano vivíamos en una granja en la que cultivábamos fruta. Todos los años en esta época plantábamos árboles. Creo que nunca ha pasado una primavera desde que me casé, excepto durante los dos o tres años en los que estuvimos lejos de la ciudad, en la que no haya plantado árboles, por lo menos uno o dos: árboles frutales, de sombra, ornamentales y abetos y pinos entre los coníferos. ¡Cuánto me gustan los árboles! Y bien, hará unos 36 años, planté un nogal en un lugar denso donde creció derecho y alto para captar la luz del sol. Hace un año, por alguna razón, el nogal murió. Como la madera de nogal es valiosísima para hacer muebles, llamé al hermano Ben Banks, de los Setenta, que, antes de dedicar todo su tiempo a la Iglesia, administraba un negocio de madera dura. Fue con sus dos hijos, que ahora están encargados del negocio, a ver el árbol. Dijeron que la madera era sólida, buena y hermosa, y uno de ellos sugirió que con ella podría hacerse un púlpito para este salón. La idea me entusiasmó. El árbol se taló y su tronco se cortó en tres partes gruesas. Después siguió el largo procedimiento de secar la madera, primero en forma natural y luego en un horno especial. Los troncos se cortaron en tablas en el aserradero de Salem, Utah. Las tablas 210


se transportaron a la planta de ebanistería Fetzer donde expertos ebanistas diseñaron e hicieron este magnífico púlpito con esa madera. El producto final es precioso. Ojalá todos ustedes pudiesen examinarlo de cerca. Es de espléndida hechura, y aquí estoy dirigiéndoles la palabra desde lo que era el árbol que cultivé en el patio de mi casa donde jugaron y también crecieron mis hijos. Esto es conmovedor para mí. He plantado uno o dos nogales más. Me habré ido de esta vida mucho antes de que maduren. Cuando llegue ese día y este bonito púlpito haya envejecido, quizá uno de ellos sirva para reemplazarlo. Al élder Banks y a sus hijos, Ben y Bradley, así como a los diestros ebanistas que diseñaron e hicieron este púlpito, expreso mi profundo agradecimiento por haber hecho posible que quede una pequeña parte de mí en este gran salón desde donde saldrán las voces de los profetas a todo el mundo para dar testimonio del Redentor del género humano. Y también a todos los que han hecho realidad este sagrado edificio, y a todos ustedes, los que están aquí congregados en esta ocasión histórica, expreso mi gratitud y reconocimiento, mi amor y las gracias por este día y por esta sagrada y hermosa casa de adoración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

LAS COSAS DE LAS QUE TENGO CONVICCIÓN PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Deseo expresarles mi testimonio de las verdades básicas de esta obra. Mis queridos hermanos y hermanas: Estoy complacido por la oportunidad de dirigirles la palabra. Agradezco a cada uno de ustedes las oraciones que han ofrecido por mí; me siento sumamente agradecido a ustedes. Durante los 49 años que he sido Autoridad General, he pronunciado más de doscientos discursos en las conferencias generales. Me encuentro ya en el año 97 de mi vida; el viento sopla y me siento como la última hoja del árbol. En realidad, mi salud es bastante buena, a pesar de todos los rumores que afirman lo contrario; médicos y enfermeras competentes me mantienen en buen estado; tal vez algunos de ustedes se vayan antes que yo. Sin embargo, considerando mi edad, deseo expresarles mi testimonio de las verdades básicas de esta obra. Confieso que no sé todo, pero de algunas cosas estoy seguro; esta mañana quiero hablarles de las cosas de las que tengo convicción. Cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo, se dio cuenta de la división que existía entre el clero en cuanto a la naturaleza de Dios. Con el propósito de poner fin a eso, en el año 325 convocó en Nicea a los teólogos ilustres de esa época. A cada uno de los participantes se le dio la oportunidad de exponer sus puntos de vista, lo cual sólo intensificó la polémica. Al no lograrse una definición unánime, se llegó a un acuerdo mutuo, que llegó a conocerse como el Credo de Nicea, cuyos elementos básicos aceptaron la mayoría de los fieles cristianos. Personalmente, yo no lo entiendo; para mí, el credo es confuso. Cuán profundamente agradecido estoy porque nosotros, los de esta Iglesia, no nos basamos en ninguna declaración hecha por el hombre en cuanto a la naturaleza de Dios. Nuestro conocimiento proviene directamente de la experiencia personal que tuvo José Smith, quien, siendo jovencito, habló con Dios el Eterno Padre y Su Amado Hijo, el Señor Resucitado. Él se arrodilló en presencia de Ellos, oyó Sus voces y respondió. Cada uno era un personaje distinto. No es de extrañar que le dijera a su madre que había sabido que la iglesia de ella no era verdadera. De modo que una de las grandes y fundamentales doctrinas de esta Iglesia es nuestra creencia en Dios el Eterno Padre; Él es un ser real y personal; Él es el gran Gobernador del universo, y no obstante, Él es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos. Nosotros le oramos a Él, y esas oraciones son una conversación entre Dios y el hombre. Estoy seguro de que Él oye nuestras oraciones y las contesta; yo no podría negarlo, ya que he tenido demasiadas experiencias con oraciones que han sido contestadas. 211


Alma instruyó a su hijo Helamán diciendo: “Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien; sí, cuando te acuestes por la noche, acuéstate en el Señor, para que él te cuide en tu sueño; y cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios; y si haces estas cosas, serás enaltecido en el postrer día” (Alma 37:37). La segunda gran certeza de la que estoy convencido también se basa en la visión del profeta José Smith: que Jesús vive; Él es el Cristo Viviente; Él es el Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra. El Evangelio según Juan empieza con estas extraordinarias palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. “Este era en el principio con Dios. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1–3). Fíjense particularmente en ese último versículo: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Él fue el gran Creador; fue Su dedo el que escribió los mandamientos en el monte; fue Él quien dejó Sus cortes celestiales y vino a la tierra para nacer en las circunstancias más humildes. Durante Su corto ministerio, sanó a los enfermos, hizo que el ciego viera, levantó a los muertos y reprendió a los escribas y a los fariseos. Él fue el único hombre perfecto que ha caminado sobre la tierra. Todo esto fue parte del plan de Su Padre. En el Jardín de Getsemaní Su sufrimiento fue tan intenso, que sudó gotas de sangre mientras le suplicaba a Su Padre; pero todo eso fue parte de Su gran sacrificio expiatorio. La turba lo prendió y se presentó ante Pilato, mientras ésta clamaba por Su muerte. Él llevó la cruz, el instrumento de Su muerte, y en el Gólgota dio Su vida, exclamando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Con sumo cuidado colocaron su cuerpo en la tumba de José de Arimatea, pero tres días después, la primera mañana de Pascua, la tumba quedó vacía. María Magdalena le habló, y Él le habló a ella; se apareció a Sus apóstoles; caminó con dos discípulos en el camino a Emaús, y se nos dice que lo vieron otras quinientas personas (véase 1 Corintios 15:6). Él había dicho: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:16). Por consiguiente, se apareció a los que estaban reunidos en la tierra de Abundancia en el hemisferio occidental, donde enseñó a la gente tal como lo había hecho en el Viejo Mundo. Todo esto se encuentra registrado detalladamente en el Libro de Mormón, que es un segundo testigo de la divinidad de nuestro Señor. Reitero que Él y Su Padre se aparecieron al joven José, y que el Padre presentó al Hijo, diciendo: “Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith–Historia 1:17). Ahora bien, lo otro de lo que estoy seguro, y de lo que doy testimonio, es la expiación del Señor Jesucristo. Sin ella, la vida no tendría sentido; es la piedra angular del arco de nuestra existencia; afirma que vivíamos antes de que naciéramos en la tierra. La vida terrenal es tan sólo un peldaño hacia una existencia más gloriosa en el futuro. El dolor de la muerte lo atenúa la promesa de la Resurrección; sin la Pascua no habría Navidad. A continuación hablaré de las grandes certezas que se han recibido con la restauración del evangelio de Jesucristo. Tenemos la restauración del sacerdocio, o la autoridad dada al hombre para hablar en el nombre de Dios. Este sacerdocio consiste en dos órdenes: el menor, conocido también como el Aarónico, se restauró mediante las manos de Juan el Bautista. El orden mayor del sacerdocio, el de Melquisedec, se restauró por medio de Pedro, Santiago y Juan. Al restaurar el Sacerdocio Aarónico, el resucitado Juan el Bautista impuso las manos sobre la cabeza de José Smith y de Oliver Cowdery y dijo: “Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados” (D. y C. 13:1). El presidente Wilford Woodruff, ya de edad avanzada, se dirigió a los jovencitos de la Iglesia y dijo: “Quisiera recalcar el hecho de que no importa que un hombre sea presbítero o apóstol, siempre que magnifique su llamamiento. Un presbítero tiene las llaves del ministerio de ángeles. Nunca en mi vida, 212


como apóstol, setenta o élder, tuve más protección del Señor que la que tuve cuando era presbítero” (véase “Preparación para el servicio en la Iglesia”, Liahona, agosto de 1979, pág. 66). El Sacerdocio Mayor o de Melquisedec otorga a los hombres el poder para poner las manos sobre la cabeza de otras personas y darles bendiciones; ellos bendicen a los enfermos. Tal como Santiago declaró en el Nuevo Testamento: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor” (Santiago 5:14). Por último, menciono las bendiciones de la Casa del Señor, que se reciben como resultado de la restauración del antiguo Evangelio. Estos templos, que hemos multiplicado enormemente en años recientes, brindan bendiciones que no se pueden obtener en ningún otro lugar. Todo lo que se lleva a cabo en estas casas sagradas tiene que ver con la naturaleza eterna del hombre. Allí se sellan, juntos como familias por la eternidad, esposos, esposas e hijos. El matrimonio no es “hasta que la muerte los separe”; es para siempre, si los contrayentes viven dignos de esa bendición. Lo más extraordinario de todo es la autoridad para efectuar la obra vicaria en la casa del Señor; en ese lugar se llevan a cabo ordenanzas por los muertos, quienes no tuvieron la oportunidad de recibirlas en vida. Hace poco me contaron de una mujer viuda de Idaho Falls. Durante un periodo de quince años actuó como representante para otorgar la investidura del templo a veinte mil personas en el Templo de Idaho Falls. Un viernes completó la investidura número veinte mil y el sábado regresó a efectuar cinco más. Ella murió a la semana siguiente. Reflexionen en lo que hizo esa sencilla mujer; efectuó investiduras vicarias para el mismo número de personas que se encuentran reunidas esta mañana en este Centro de Conferencias. Piensen en el recibimiento que habrá tenido del otro lado. Ahora bien, mis hermanos y hermanas, éste es mi testimonio, el que expreso con solemnidad ante ustedes. Dios los bendiga a todos y a cada uno de ustedes, fieles Santos de los Últimos Días. Que en su hogar haya paz y amor, y fe y oración para guiarlos en todo aquello que emprendan, es mi humilde oración, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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DEJA QUE LA VIRTUD ENGALANE TUS PENSAMIENTOS INCESANTEMENTE. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Su potencial no tiene límites. Si asumen el control de su vida, el futuro estará repleto de oportunidades y alegría. Mis queridas jovencitas, ¡qué maravilloso panorama es verlas en esta gran sala acompañadas de sus madres, abuelas y maestras! Más allá de este Centro de Conferencias, centenares y millares de jovencitas se reúnen por todo el mundo; nos oirán en más de una veintena de idiomas y nuestros mensajes se traducirán a su lengua natal. La oportunidad de dirigirles la palabra es una gran responsabilidad, pero también es una maravillosa oportunidad. Ruego la guía del Espíritu Santo en lo que voy a decirles. Otras personas han hablado de manera elocuente sobre el tema de esta reunión; yo sólo lo mencionaré. Es la palabra revelada del Señor que se encuentra en la sección 121 de Doctrina y Convenios, y dice así: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

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“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás” (versículos 45–46). ¿Se le puede hacer a alguien una promesa más grande que estas magníficas palabras reveladas del Señor? Éstas son las palabras del Señor, dadas en una revelación al profeta José; éstas conllevan una extraordinaria promesa para todos los que dejen que la virtud engalane sus pensamientos incesantemente. Y bien, jovencitas, ustedes están en el umbral de la vida; son lo suficientemente mayores para haber sido bautizadas, y son lo suficientemente jóvenes para tener el mundo con el que sueñan todavía por delante. Cada una de ustedes es una hija de Dios; cada una es un ser divino; literalmente, son hijas del Todopoderoso. Su potencial no tiene límites. Si asumen el control de su vida, el futuro estará repleto de oportunidades y alegría. Ustedes no pueden darse el lujo de desperdiciar sus talentos o su tiempo, ya que les esperan grandes oportunidades. Ahora les ofrezco una fórmula muy sencilla que, si se aplica, les asegurará la felicidad. Se trata de un sencillo programa de cuatro puntos; es el siguiente: (1) oren, (2) estudien, (3) paguen el diezmo y (4) asistan a las reuniones. En cuanto al primer punto, la oración personal: Ustedes son hijas de nuestro Padre Celestial; Él es su Padre Celestial; háblenle. Arrodíllense cada mañana y cada noche y exprésenle la gratitud de su corazón; háblenle de las bendiciones que anhelan y necesitan. Nunca olviden que esta Iglesia comenzó con la humilde oración del joven José Smith en la arboleda de la granja de su padre. De esa experiencia extraordinaria, a la que llamamos la Primera Visión, ha crecido esta obra hasta que hoy está establecida en 160 naciones, con más de 12 millones de miembros. Es el cumplimiento de la visión de Daniel en la que una piedra cortada del monte, no con mano, rueda para llenar toda la tierra (véase Daniel 2:44–45). No sólo pueden ofrecer sus oraciones personales, sino que pueden instar a sus padres a llevar a cabo la oración familiar, si es que no lo están haciendo. La oración es el puente mediante el cual nos acercamos a nuestro Padre Celestial; no cuesta nada; sólo requiere fe y esfuerzo. No hay nada más gratificante que arrodillarse en humilde oración; eso demuestra amor por Dios, el dador de todo lo que es bueno; demuestra respeto por nosotros mismos. No hay nada que reemplace la oración, ya que es la comunicación personal con Dios. El segundo punto de mi lista es el estudio. ¿Qué se incluye en esta simple palabra de siete letras? En primer lugar, el estudio de las Escrituras. Aunque lean sólo algunas partes del Antiguo Testamento, encierra grandes enseñanzas. El Nuevo Testamento es una mina de oro; contiene los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, además de los Hechos de los Apóstoles y otros escritos. Intenten leer aunque sea uno de los Evangelios, tal vez el libro de Juan. Cuando lo terminen, sigan con el Libro de Mormón. Hace dos años insté a toda la Iglesia a leer el Libro de Mormón antes de que terminara el año. Es asombroso cuántas personas lograron el cometido. Todos los que lo hicieron fueron bendecidos por su esfuerzo. El enfrascarse en este testigo adicional de nuestro Redentor dio vida a su corazón y conmovió su espíritu. Algunas de ustedes eran muy pequeñas para haberlo leído en aquel entonces, pero ya no son tan pequeñas que no puedan comenzar a leerlo ahora. Además del estudio religioso, existe el desafío de la educación secular. Tomen la determinación ahora, mientras son jóvenes, de adquirir toda la educación que puedan. Vivimos en una época sumamente competitiva, y eso seguirá empeorando. La educación es la llave que abrirá la puerta de las oportunidades. Tal vez tengan planes de casarse, y esperen hacerlo; no obstante, no tienen la certeza de que ocurrirá. Y aun cuando se casen, la educación secular les será de gran beneficio. No anden sin rumbo, dejando pasar el tiempo sin progresar en su vida. El Señor las bendecirá según se esfuercen; su vida será más rica y se ampliará su perspectiva conforme su mente sea receptiva a nuevas experiencias y conocimiento. El siguiente punto es el pago del diezmo. La promesa del Señor en cuanto a aquellos que pagan su diezmo es gloriosa. En la revelación moderna, Él dice que quien lo haga “no será quemado” (véase D. y C. 64:23). Su gran promesa se halla en las palabras de Malaquías. Él dice: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. . . 214


“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:8, 10). Y luego procede a decir algo muy interesante. Escuchen esto: “Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos. “Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable” (véase Malaquías 3:11– 12). Aunque el diezmo se paga con dinero, es más importante que se pague con fe. Jamás he conocido a una persona que pagara un diezmo íntegro y que se quejara de ello. Por el contrario, depositó su confianza en el Señor y Él nunca le falló. Cuando era pequeño, mi padre nos llevaba a todos cada diciembre al otro lado de la calle a la casa del obispo Duncan para el ajuste de diezmos. El obispo no contaba con una oficina en el centro de reuniones, de modo que trataba los asuntos del barrio en su hogar. Nos sentábamos todos en la sala y, uno por uno, nos invitaba a pasar al comedor. Nuestro diezmo era quizás de veinticinco o de cincuenta centavos, pero era un diezmo íntegro. Nos extendía un recibo y anotaba la suma en los registros del barrio. La cantidad tal vez haya sido tan insignificante que costó más registrarla que su valor en sí. Sin embargo, estableció un hábito que continuó a través de todos estos años. Con el pago del diezmo se han recibido innumerables bendiciones, tal como el Señor ha prometido. Contraje matrimonio durante la Gran Depresión, cuando el dinero era escaso, no obstante, pagamos el diezmo y de algún modo nunca pasamos hambre ni nos faltó algo que necesitáramos. El cuarto punto: asistan a las reuniones, a las reuniones sacramentales. No hay nada que reemplace el participar del sacramento de la Santa Cena del Señor; es una tarea solemne, sagrada y maravillosa el participar del pan y del agua en memoria del cuerpo y de la sangre del Salvador de la humanidad. Ningún otro acontecimiento en la historia de la humanidad es tan significativo como el sacrificio expiatorio de nuestro divino Redentor. No hay nada que se le compare; sin él, la vida no tendría sentido; sería un viaje sin destino. Con él se nos asegura la vida eterna. La muerte no es el final, sino más bien la transición a una existencia más gloriosa. Todo ello se simboliza al tomar la Santa Cena. Todos los demás elementos de nuestras reuniones son de menor importancia comparados con el participar de los emblemas del sacrificio de nuestro Señor. Si llevan a cabo estas cuatro cosas les prometo que su vida será fructífera, su felicidad será enorme, y que sus logros serán formidables y satisfactorios en todo sentido. Que el Señor las bendiga, mis queridas hermanitas; que Sus bendiciones las acompañen en todo momento y en cualquier circunstancia. Les amamos. Oramos por ustedes. Ruego que tengan la gracia del cielo, lo pido humildemente, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

"¡OH, SI FUERA YO UN ÁNGEL Y SE ME CONCEDIERA EL DESEO DE MI CORAZÓN. . .!" PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Los insto. . . a utilizar los templos de la Iglesia. Vayan a ellos y realicen la grande y maravillosa obra que el Dios del cielo ha trazado para nosotros. Mis amados hermanos y hermanas, de nuevo los saludamos en una gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. 215


Alma dijo: "¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!" (Alma 29:1). Hemos llegado a un punto en el que casi podemos hacer eso. Esta conferencia se transmitirá por todo el mundo, y a los oradores los oirán y los verán Santos de los Últimos Días de todos los continentes. Hemos avanzado mucho en la realización del cumplimiento de la visión que se expone en el Apocalipsis: "Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo" (Apocalipsis 14:6). ¡Qué excepcional ocasión es ésta, mis hermanos y hermanas! Es difícil de comprender. Hablamos desde este extraordinario Centro de Conferencias. No sé de ningún otro edificio que se compare con él. Somos como una gran familia, representantes de la familia humana en este vasto y hermoso mundo. Muchos de ustedes participaron en la dedicación del Templo de Nauvoo en junio recién pasado. Fue una ocasión grandiosa y espléndida que se recordará durante largo tiempo. No sólo dedicamos un magnífico edificio, una casa del Señor, sino que ésta también se dedicó a la memoria del profeta José Smith. En 1841, dos años después de que él llegó a Nauvoo, dio la palada inicial para una casa del Señor que debía erigirse como un símbolo del coronamiento de la obra de Dios. Es difícil creer que en aquellas difíciles circunstancias se hubiera proyectado construir un edificio de tal magnificencia en lo que en aquel entonces era la frontera del Oeste del territorio colonizado de los Estados Unidos. Dudo, y dudo seriamente de que haya habido otro edificio de semejante estilo y magnificencia en todo el estado de Illinois. Había de ser dedicado a la obra del Todopoderoso, para llevar a cabo Sus propósitos eternos. No se escatimaron esfuerzos. Ningún sacrificio fue demasiado grande. Durante los siguientes cinco años, los hombres cincelaron la piedra y pusieron la base y los cimientos, las paredes y la ornamentación. Cientos de personas fueron al norte del lugar, a vivir allí un tiempo para cortar la madera en grandes cantidades, la cual amarraban a modo de balsas que hacían flotar río abajo hasta Nauvoo. Se hicieron hermosas molduras con esa madera. Se recaudaron centavos para comprar clavos. Se hicieron sacrificios inimaginables para adquirir vidrios y cristales. Edificaban un templo a Dios, por lo que tenían que utilizar lo mejor que pudiesen conseguir. En medio de la obra de la construcción, el Profeta y su hermano Hyrum fueron asesinados en Carthage el 27 de junio de 1844. Ninguno de nosotros en la actualidad puede comprender el golpe catastrófico que eso significó para los santos. Su líder había muerto, él, el hombre que recibía las visiones y las revelaciones. No sólo había sido su líder, sino su profeta. Muy grande fue su pesar y espantosa su angustia. Pero Brigham Young, el Presidente del Quórum de los Doce, tomó las riendas. José había depositado su autoridad sobre los hombros de los Apóstoles. Brigham resolvió terminar el templo y la obra continuó. Prosiguieron en pos de su objetivo de día y de noche, a pesar de las amenazas que les lanzaban las turbas anárquicas. En 1845, comprendieron que no podrían permanecer en la ciudad que habían construido en las pantanosas riberas del río. Tenían que marcharse de allí. Sobrevino una etapa de actividad febril: primero, para terminar el templo y, segundo, para construir carromatos y reunir víveres a fin de trasladarse a las tierras desoladas del Oeste. La obra de las ordenanzas comenzó antes de que se terminara el templo y continuó intensamente hasta que, en el frío del invierno de 1846, los del pueblo comenzaron a abandonar sus casas y los carromatos empezaron a desplazarse lentamente por la Calle Parley hasta la orilla del río y, desde allí, hasta la otra ribera en el lado de Iowa. El desplazamiento prosiguió. El río se congeló con el frío glacial que hacía, pero eso les permitió atravesarlo sobre el hielo.

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Desde el otro lado del río, mirando hacia el Este, contemplaron por última vez la ciudad de sus sueños y el templo de su Dios. Después, dirigieron la mirada hacia el Oeste a un destino desconocido. El templo fue posteriormente dedicado, y los que lo dedicaron dijeron "amén" y se pusieron en camino. Después, el edificio fue incendiado por un pirómano que casi perdió la vida en su obra maligna. Por último, un tornado derribó la mayor parte de lo que había quedado. La casa del Señor, el gran objetivo de sus labores, había desaparecido. Nauvoo se convirtió en una ciudad abandonada que se fue desvaneciendo casi hasta desaparecer. El terreno del templo lo convirtieron en campo de cultivo. Pasaron los años y poco a poco comenzó a surgir un despertar. Nuestra gente, los descendientes de los que una vez vivieron allá sintieron agitarse en su interior los recuerdos de sus antepasados junto con el anhelo de honrar a los que pagaron tan terrible precio. Paulatinamente la ciudad comenzó a cobrar vida de nuevo y se llevó a cabo una restauración de partes de Nauvoo. Bajo la inspiración del Espíritu y motivado por los deseos de mi padre, que fue presidente de misión en esa región y anheló reedificar el templo para el centenario de Nauvoo, aunque nunca pudo hacerlo, anunciamos en la conferencia de abril de 1999 que reconstruiríamos ese histórico edificio. La gente se llenó de entusiasmo. Hombres y mujeres manifestaron su disposición a ayudar. Se hicieron grandes aportaciones de dinero y de conocimientos técnicos. De nuevo, no se reparó en gastos. Habíamos de reconstruir la casa del Señor en memoria al profeta José Smith y como una ofrenda a nuestro Dios. El pasado 27 de junio, por la tarde, casi a la misma hora en la que José y Hyrum fueron asesinados a tiros en Carthage 158 años atrás, realizamos la dedicación del magnífico nuevo edificio. Es un lugar de gran belleza. Se encuentra exactamente en el mismo terreno donde estuvo el templo original. Sus dimensiones exteriores son las del original. Constituye una conmemoración adecuada y apropiada del gran Profeta de esta dispensación, José el Vidente. Cuán agradecido, cuán profundamente agradecido me siento por lo que ha ocurrido. Hoy día, mirando hacia el Oeste, en la elevación desde la que se domina la ciudad de Nauvoo, y desde allí al otro lado del Río Mississippi, y más allá de las llanuras de Iowa, se eleva el templo de José, una suntuosa casa de Dios. Aquí, en el Valle del Lago Salado, mirando hacia el Este, hacia ese hermoso Templo de Nauvoo, se eleva el templo de Brigham, el Templo de Salt Lake. Se miran el uno al otro como sujetalibros entre los cuales hay tomos que hablan del sufrimiento, del pesar, del sacrificio e incluso de la muerte de miles de personas que hicieron el largo viaje desde el Río Mississippi hasta el Valle del Gran Lago Salado. Nauvoo llegó a ser el templo número 113 en funcionamiento. Desde entonces hemos dedicado otro templo en La Haya, Países Bajos, sumando 114 en total. Estos espléndidos edificios de diversos tamaños y estilos arquitectónicos se encuentran ya en diversas naciones de la tierra. Se han construido para dar cabida a nuestra gente a fin de que efectúen la obra del Todopoderoso, cuyo designio es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39). Esos templos se han edificado para que se utilicen. Honramos a nuestro Padre cuando hacemos uso de ellos. Al iniciarse esta conferencia, los insto, mis hermanos y hermanas, a utilizar los templos de la Iglesia. Vayan a ellos y realicen la grande y maravillosa obra que el Dios del cielo ha trazado para nosotros. Aprendamos en ellos de Sus vías y de Sus planes. Allí hagamos convenios que nos guiarán por los caminos de la rectitud, de la generosidad y de la verdad. Unámonos allí como familias bajo el convenio eterno administrado bajo la autoridad del sacerdocio de Dios. Y hagamos llegar allí esas mismas bendiciones a los de las generaciones anteriores, vale decir, a nuestros propios antepasados que están a la espera del servicio que ahora podemos prestar. Ruego que las bendiciones del cielo descansen sobre ustedes, mis amados hermanos y hermanas. Suplico que el espíritu de Elías les conmueva el corazón y los induzca a efectuar esa obra por las personas que no pueden avanzar a no ser que ustedes lo hagan. Ruego que nos regocijemos en el glorioso privilegio que es nuestro, y lo hago humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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LA NOCHE DE HOGAR PARA LA FAMILIA. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY UNA NOCHE A LA SEMANA: EL LUNES POR LA NOCHE. “En toda la Iglesia se celebra el programa de la noche de hogar para la familia una vez a la semana [los lunes por la noche], en la cual los padres se sientan con sus hijos y estudian las Escrituras, hablan de los problemas familiares, planean actividades juntos y otras cosas por el estilo. No vacilo en decir que si cada familia la llevara a la práctica, veríamos una gran diferencia en la solidaridad de las familias del mundo” (entrevista, Boston Globe, 14 de agosto de 2000). “[El Señor] espera que tengamos la noche de hogar para la familia, una noche a la semana para reunirnos con nuestros hijos y enseñarles el Evangelio. Isaías dijo: ‘Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová’. Ése es el mandamiento: ‘Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová’. Y la bendición es: ‘Y se multiplicará la paz de tus hijos’ [Isaías 54:13]” (reunión, Nouméa, Nueva Caledonia, 17 de junio de 2000). RECUERDOS DE LA INFANCIA. “En 1915, el presidente Joseph F. Smith pidió a los miembros de la Iglesia que efectuaran la noche de hogar para la familia. Mi padre dijo que lo haríamos, que calentaríamos la sala donde estaba el piano de mi madre y haríamos lo que nos pedía el Presidente de la Iglesia. “Cuando éramos niños, a mis hermanos y a mí no nos gustaba hacer nada enfrente de los demás. Una cosa era hacer algo mientras jugábamos, pero pedirnos que cantáramos solos enfrente de los demás era como pedirle al helado que no se derritiera con el calor dela cocina. Al principio nos reíamos y hacíamos comentarios tontos, pero mis padres insistieron y aprendimos a cantar y orar juntos, a escuchar con atención cuando mamá nos leía cuentos de la Biblia y del Libro de Mormón. Papá nos contaba cuentos de memoria... “De esas humilde reuniones en la sala de nuestra vieja casa surgió algo indescriptible: se fortaleció el amor que sentíamos por nuestros padres y nuestros hermanos; aumentó el amor que sentíamos por el Señor y creció en nuestro corazón el agradecimiento que sentíamos por las cosas simples y buenas. Esas cosas maravillosas sucedieron porque nuestros padres obedecieron el consejo del Presidente de la Iglesia” (véase “Lecciones que aprendí en la niñez”, Liahona, mayo de 1993, págs. 65–66). UN ORDEN DE PRIORIDAD. “Deben establecer en su vida cierto orden de prioridad de las cosas, de hacer hincapié en lo importante y poner a un lado lo que no lo sea y que no conducirá a nada. Establezcan un sentido de justicia, de lo que es bueno y de lo que no lo es, de lo que es importante y de lo que no lo es, lo cual puede llegar a ser una magnífica y maravillosa bendición en la vida” (reunión espiritual, Misión Utah Salt Lake City, 15 de diciembre de 2001). UN TIEMPO SAGRADO PARA LA FAMILIA. “Deseo hablar... [de] la noche de hogar. Sentimos temor de que ese programa tan importante esté decayendo en muchos aspectos. Hermanos, no hay nada más importante que su familia. Ustedes lo saben. Este programa comenzó en 1915, hace 88 años, cuando el presidente Joseph F. Smith instó a los Santos de los Últimos Días a apartar una noche a la semana para dedicarla específicamente a la familia. Sería un tiempo dedicado a la enseñanza, a la lectura de las Escrituras, a cultivar los talentos o a hablar sobre asuntos familiares. No debía ser un tiempo para asistir a eventos deportivos ni a ninguna actividad por el estilo. Claro está que, si de vez en cuando hay una actividad familiar de ese tipo, estaría bien. Sin embargo, en virtud de la frenética rapidez de nuestra vida, cada vez en mayor aumento, es muy importante que los padres y las madres se sienten con sus hijos, oren juntos, los instruyan en las vías del Señor, consideren los 218


problemas familiares y permitan que los hijos expresen sus talentos. Estoy convencido de que ese programa se recibió por revelación del Señor en respuesta a las necesidades de las familias de la Iglesia. “Si existía la necesidad hace 88 años, esa necesidad es por cierto mucho más grande ahora. “Se tomó la decisión de dedicar la noche del lunes a esta actividad familiar. En las áreas donde hay gran número de miembros de la Iglesia, los funcionarios de las escuelas y otros aceptaron el programa y no programaron eventos para esa noche. “En la actualidad, parece haber una creciente tendencia a planear otros eventos para la noche del lunes. Respetuosamente, solicitamos a los funcionarios de nuestras escuelas públicas y a los demás que nos permitan tener esa noche a la semana para llevar a cabo ese importante y tradicional programa. Les pedimos que no proyecten actividades que requieran la participación de los niños el lunes por la noche. Estoy seguro de que se van a dar cuenta de que es más importante que las familias tengan la oportunidad de estar juntas sin preocupaciones de otros compromisos, por lo menos una vez a la semana. Quedaremos sumamente agradecidos si colaboran en ese sentido; e instamos con gran ahínco a los padres y a las madres a que tomen más en serio esa oportunidad y ese desafío de hacer de la noche del lunes un tiempo sagrado para la familia. “He recibido gran cantidad de invitaciones para participar los lunes en reuniones de la comunidad, sobre una cosa u otra, pero las he rehusado todas con agradecimiento, explicando que tengo reservado el lunes para la noche de hogar. Espero fervientemente que cada uno de ustedes haga lo mismo” (“A los hombres del sacerdocio”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 58). UNA VIDA FAMILIAR SANA. “Si vivimos el Evangelio, la gente vendrá a la Iglesia. Verán lo virtuoso de nuestra vida, les atraerá el mensaje que tenemos para enseñar y que hace gran hincapié en la familia. La familia se convierte en una parte muy importante de nuestra enseñanza y de nuestra existencia, pues creemos que es la unidad básica de la sociedad. Es imposible tener una comunidad fuerte sin tener familias fuertes. No se puede tener un país fuerte sin familias fuertes, sin un padre, una madre e hijos que formen una unidad que trabaja en unión. Vemos que las familias se están desmoronando en los Estados Unidos, en todo el mundo, pero si tan sólo cultivamos una vida familiar buena y sana entre nuestros miembros, no me preocupo demasiado por el futuro de esta Iglesia” (entrevista con Ignacio Carrión, El País, México, 7 de noviembre de 1997). ■

EL VIVIR DURANTE EL CUMPLIMIENTO DE LOS TIEMPOS PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores". Mis amados hermanos y hermanas dondequiera que se encuentren, bienvenidos a esta gran conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Estamos reunidos en nuestro maravilloso y nuevo Centro de Conferencias en Salt Lake City. El edificio está lleno o pronto lo estará. Estoy muy contento de que lo tengamos. Estoy tan agradecido por la inspiración de construirlo. ¡Qué estructura tan admirable! Desearía que todos pudiésemos estar reunidos bajo un mismo techo, pero eso no es posible. Estoy tan profundamente agradecido porque tenemos las maravillas de la televisión, la radio, el cable, la transmisión vía satélite y el Internet. Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe en estas reuniones como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo. Esta mañana apenas puedo contener mis emociones al pensar en lo que el Señor ha hecho por nosotros. 219


No sé qué hicimos en la preexistencia para merecer las maravillosas bendiciones que disfrutamos. Hemos venido a la tierra en esta gran época de la larga historia de la humanidad. Es una época maravillosa, la mejor de todas. Al reflexionar en el lento pero pesado curso del género humano, desde el tiempo de nuestros primeros padres, no podemos más que sentirnos agradecidos. La era en la que vivimos es el cumplimiento de los tiempos del que se habla en las Escrituras, en que Dios ha juntado todos los elementos de dispensaciones pasadas. Desde el día en que Él y Su Hijo Amado se manifestaron al joven José, ha venido sobre el mundo un torrente de conocimiento. El corazón de los hombres se ha tornado a sus padres como cumplimiento de las palabras de Malaquías. La visión de Joel se ha cumplido, en la que declaró: "Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. "Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. "Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. "El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. "Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado" (Joel 2:28–32). Ha habido más descubrimientos científicos durante estos años que durante toda la historia pasada de la humanidad. El transporte, las comunicaciones, la medicina, la higiene pública, el descifre del átomo, el milagro de la computadora, con todas sus ramificaciones, han florecido en particular en nuestra propia era. Durante mi propia vida, he sido testigo de la sucesión de milagros tras maravillosos milagros. A veces no los valoramos. Y, además de todo eso, el Señor ha restaurado Su antiguo sacerdocio; ha organizado Su Iglesia y reino durante el siglo y medio pasado; ha dirigido a Su pueblo y éste ha sido templado en el crisol de la terrible persecución. Él ha llevado a cabo la maravillosa época en la que ahora vivimos. Hemos visto tan sólo el principio de la imponente fuerza para bien en que esta Iglesia se convertirá y, sin embargo, me maravillo ante lo que se ha logrado. El número de miembros ha aumentado. Considero que ha aumentado en fidelidad. Perdemos a muchos, pero los que son fieles son muy fuertes. Los que nos observan dicen que vamos en dirección de la corriente religiosa, pero no estamos cambiando. La percepción que tiene el mundo de nosotros es lo que cambia. Nosotros enseñamos la misma doctrina; tenemos la misma organización; trabajamos para efectuar las mismas obras buenas, pero el antiguo odio está desapareciendo, la antigua persecución está desfalleciendo; la gente está mejor informada; está llegando a entender qué es lo que defendemos y qué hacemos. Pero por más maravillosa que sea esta época, está llena de peligros. La maldad está a nuestro alrededor; es atractiva y tentadora y en muchísimos casos logra éxito. Pablo declaró: "También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. "Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, "sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, "traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, "que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita" (2 Timoteo 3:1–5). Hoy día vemos todas estas maldades en forma más común y general que lo que nunca antes se habían visto, como se nos ha recordado tan recientemente por lo ocurrido en Nueva York, Washington y Pensilvania, de lo cual hablaré mañana por la mañana. Vivimos en una época en la que los hombres violentos hacen cosas terribles e infames; vivimos en una época de guerra; vivimos en una época de arrogancia; vivimos en una época de maldad, pornografía e inmoralidad. Todos los pecados de Sodoma y 220


Gomorra afligen a nuestra sociedad. Jamás nuestra gente joven ha enfrentado más grandes desafíos; jamás hemos visto en forma más clara la lasciva cara de la maldad. Y por eso, mis hermanos y hermanas, estamos reunidos en esta gran conferencia para fortificarnos y fortalecernos el uno al otro, para edificarnos el uno al otro, para dar aliento y edificar la fe, para reflexionar en las cosas maravillosas que el Señor ha puesto a nuestra disposición y para fortalecer nuestra determinación de oponernos al mal en cualquier forma que se presente. Hemos llegado a ser como un gran ejército; ahora somos un pueblo que hace sentir su influencia. Se escucha nuestra voz cuando hablamos. Hemos demostrado nuestra fortaleza al enfrentar la adversidad. Nuestra fortaleza yace en nuestra fe en el Todopoderoso. Ninguna causa bajo los cielos puede detener la obra de Dios. La adversidad podrá asomar su infame rostro; el mundo podrá ser afligido con guerras y rumores de guerra, pero esta causa seguirá adelante. Ustedes están familiarizados con estas elocuentes palabras escritas por el profeta José: ". . .ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida" (Nuestro Legado: Una breve historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 245). El Señor nos ha dado la meta hacia la cual aspiramos. Esa meta es edificar Su reino, lo que constituye una poderosa causa de grandes cantidades de hombres y mujeres de fe, de integridad, de amor e interés por la humanidad, que avanzan para crear una sociedad mejor, trayendo bendiciones sobre sí mismos y sobre los demás. Al reconocer nuestro lugar y nuestra meta, no podemos ser arrogantes; no podemos sentirnos superiores; no podemos ser petulantes ni egoístas. Debemos tender una mano a todo el género humano; son hijos e hijas de Dios, nuestro Padre Eterno y Él nos hará responsables por lo que hagamos en cuanto a ellos. Que el Señor nos bendiga. Ruego que nos haga fuertes y poderosos en obras buenas; ruego que nuestra fe brille como la luz de la mañana. Que caminemos en obediencia a Sus mandamientos divinos. Ruego que Él nos dé Su aprobación, que al avanzar bendigamos a la humanidad influyendo en todos, elevando a los perseguidos y oprimidos, alimentando y vistiendo al hambriento y al necesitado, extendiendo amor y hermandad hacia aquellos que nos rodean que quizás no sean parte de esta Iglesia. El Señor nos ha mostrado el camino; nos ha dado Su palabra, Su consejo, Su guía, sí, Sus mandamientos. Hemos progresado; tenemos mucho que agradecer y mucho de que sentirnos orgullosos, pero podemos ser mejores, mucho mejores. ¡Cómo les amo, mis hermanos y hermanas de esta gran causa! Les amo por lo que han llegado a ser y por lo que pueden llegar a ser. A pesar de las aflicciones que nos rodean, a pesar de las sórdidas cosas que vemos en casi todas partes, a pesar de los conflictos que cunden por el mundo, podemos ser mejores. Invoco las bendiciones del cielo sobre ustedes al expresar mi amor por ustedes y les recomiendo los grandes mensajes que escucharán desde este púlpito durante los dos próximos días, y lo hago en el sagrado nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén

DE UNA GENERACIÓN A OTRA CON AMOR POR EL ÉLDER GORDON B. HINCKLEY Quisiera dirigirme a la juventud de la tierra que es el futuro de la Iglesia y la esperanza de las naciones. El tema que he escogido proviene de una conversación que tuve con un joven en un aeropuerto de Sudamérica, mientras ambos esperábamos nuestros vuelos. Este tenía cabello largo y barba; sus gafas eran grandes y redondas; calzaba sandalias y su vestuario daba la apariencia de una indiferencia total a cualquier norma de estilo generalmente aceptada. 221


No me importaba esto; era atento y evidentemente sincero; educado y considerado. No tenía empleo, y su padre lo estaba sosteniendo mientras viajaba por Sudamérica. ¿Qué es lo que buscaba en la vida? le pregunté. "Paz y libertad" fue su respuesta inmediata. ¿Usaba drogas? Sí; era uno de los medios por los cuales obtenía la paz y libertad que buscaba. La discusión tocante a las drogas nos llevó a la discusión de los principios morales. Habló despreocupadamente acerca de la nueva moralidad que brindaba más libertad que cualquier otra generación que haya existido. Al comienzo de nuestra conversación se enteró que yo era un hombre religioso; y me hizo saber, en una manera un tanto condescendiente, que la moralidad de mi generación era una burla. Luego, con seriedad, me preguntó cómo podía yo defender honradamente la virtud personal y la castidad. Se quedó un poco sorprendido cuando le dije que su libertad era una desilusión, que su paz era un fraude, y que le diría la razón. Poco después, se anunciaron nuestros vuelos y tuvimos que separarnos. Desde aquel día he pensado mucho en nuestra conversación. Espero que él esté escuchándonos en algún lugar hoy día. Ese joven forma parte de una temerosa generación que asciende a millones, la cual en su búsqueda por la libertad de las restricciones morales y paz de una conciencia sumergida, ha abierto la puerta a una serie de prácticas que esclavizan y corrompen, y las cuales, si no se restringen, no sólo destruirán a los individuos sino también a las naciones de las que forman parte. Pensé en esta clase de libertad y esta paz cuando recientemente vino a mi oficina una joven pareja, él era apuesto y varonil y ella era una joven hermosa, una alumna excelente, sensitiva y perceptiva. La muchacha sollozaba y lágrimas caían de los ojos de él. Ambos cursaban el primer año en la universidad; su boda se efectuaría la semana entrante pero no la clase de ceremonia que ellos habían soñado. Ellos habían planeado hacerlo tres años más tarde, después de la graduación. Ahora se encontraban en una situación que ambos lamentaban y para la cual ninguno estaba preparado. Destrozados habían quedado sus sueños de continuar estudiando, los años de preparación que sabían que necesitarían para el mundo de competencia que yacía en lo futuro. Ahora, tendrían que establecer un hogar, siendo él, el que ganaría el sustento lo mejor que sus limitadas habilidades le permitirán. El joven levantó la mirada a través de las lágrimas. —Fuimos engañados —dijo. —Nos hemos engañado mutuamente —contestó ella— Nos hemos engañado el uno al otro y a los padres que nos aman, y a nosotros mismos. Fuimos traicionados. Caímos por la creencia de que la virtud es una hipocresía; y hemos descubierto que la nueva moralidad, la idea de que el pecado sólo existe en la mente de la persona, es una trampa que nos destruyó. Hablaron tocante a las miles de ideas que habían acudido a sus mentes durante los terribles días y noches de las últimas semanas. ¿Debía ella hacerse un aborto? La tentación estaba presente al contemplar la rigurosa prueba que les aguardaba. No, nunca, decidió ella; la vida es sagrada bajo cualquier circunstancia. ¿Cómo podría soportarse a sí misma si decidiera tomar las medidas necesarias para destruir el don de la vida aun bajo esas condiciones? Quizás podría irse a un lugar donde fuera desconocida, y él podría continuar con sus estudios. La criatura podría ponerse en una agencia para adopción; había organizaciones excelentes que podían ayudar en tal programa, y había buenas familias que estaban ansiosas de adoptar hijos. Pero habían descartado la idea. El nunca la abandonaría para que sola le hiciera frente a la gran prueba; él era culpable y afrontaría esa responsabilidad a pesar de que destruyera el futuro que había soñado. Admiré su valor, su determinación de hacer lo mejor de una situación difícil; pero mi corazón se compungía al verlos desconsolados y sollozantes. Aquí había una tragedia, congoja, un engaño y esclavitud. Alguien les había hablado de la libertad, que el pecado era sólo un estado mental, pero se dieron cuenta que habían perdido su libertad. Ni tampoco gozaban de paz —habían perdido ambas— la libertad de casarse cuando decidieran, de asegurar la educación que habían soñado y, más importante, la paz del autorrespeto. Mi joven amigo del aeropuerto habría refutado mi historia diciendo que no habían sido listos, que si hubieran estado enterados de las cosas de que podían disponer, no se habrían encontrado en esa lamentable situación. 222


Yo le habría respondido que su situación está lejos de ser única ya que diariamente está empeorándose (Reader's Digest, septiembre 1970). ¿Puede haber paz en el corazón de cualquier hombre?, ¿puede haber libertad en la vida de aquel que ha sembrado solamente sufrimiento como el amargo fruto de su indulgencia? ¿Puede existir algo más falso o deshonesto que el deleite de las pasiones sin aceptar la responsabilidad? Los hombres tienen la tendencia de vanagloriarse de sus conquistas inmorales. ¡Qué victoria tan baja y degradante! Con tal acción no se logra ninguna conquista; sólo es autodecepción y un fraude miserable. La única conquista que brinda satisfacción es la de sí mismo. Se ha dicho que "aquel que se gobierna a sí mismo es superior a aquel que se apodera de una ciudad". Las palabras de Tennyson todavía son apropiadas: "Mi fuerza es como la fuerza de diez, porque mi corazón es puro" (Alfred, Lord Tennyson, "Sir Galahad"). Esperáis que os hable en este estilo, pero escuchad la conclusión de los renombrados historiadores Will y Ariel Durrant. Su lenguaje podrá sonar un poco brusco para una ocasión como ésta, pero mis jóvenes amigos lo entenderán. De su vasta experiencia al escribir mil años de historia, el doctor y la señora Durrant dicen: "Ningún hombre, pese a lo inteligente o bien informado que esté, puede lograr en su vida una plenitud de conocimiento como para juzgar y disolver las costumbres o instituciones de su sociedad, porque éstas son la sabiduría de generaciones después de siglos de experimento en el laboratorio de la historia. Un joven rebosante de hormonas se preguntará por qué no debe dar rienda suelta a sus deseos sexuales; y si no se reprime por costumbres, principios morales o leyes, podrá arruinar su vida antes de que alcance la madurez suficiente para comprender que el sexo es un río de fuego que debe ser cercado y enfriado mediante cientos de restricciones a fin de que no llegue a consumir en caos tanto al individuo como al grupo" (The Lessons of History, págs. 35-36). La autodisciplina nunca fue fácil y estoy seguro de que hoy es aún más difícil. Vivimos en un mundo saturado con el sexo. Estoy convencido de que muchos de nuestros jóvenes, así como un buen número de adultos, son víctimas de los elementos persuasivos que los rodean: la literatura pornográfica, las películas seductivas que excitan y contribuyen a la promiscuidad, las normas (le vestir que invitan a la inmoralidad, decisiones judiciales que destruyen la prohibición legal, padres que sin darse cuenta, frecuentemente empujan a los hijos que aman hacia situaciones que más tarde deploran. Un sabio escritor ha observado que "por todo el mundo está emergiendo una nueva religión, una en la que el cuerpo es el objeto supremo de adoración, con la exclusión de todos los otros aspectos de la existencia. "La búsqueda de sus placeres ha llegado a ser un culto... para su ritual no se escatima ningún esfuerzo. "Hemos vendido la santidad por la conveniencia ... la sabiduría por la información, el gozo por el placer, la tradición por las modas" (Abraham Heschel, The Insecurity of' Freedom, pág. 200). La desnudez ha llegado a ser el marco de la diversión pública, pasa de este punto al reino de la perversión sadista. Como dijo un crítico neoyorquino: "No es sólo la desnudez; es la crudeza." ¿Puede haber alguna duda de que al estar sembrando el viento de la pornografía estemos cosechando el torbellino de la decadencia' Necesitamos leer más historia. Naciones y civilizaciones han florecido y han muerto, envenenadas por su propia enfermedad moral, Como declaró un comentarista, Roma pereció cuando los godos la invadieron infiltrándose por las murallas, pero "no fue que éstas estuvieran bajas, sino que Roma misma era baja" (Jenkin Lloyd Jones, U S. News and World Report, mayo de 1962). Ninguna nación o civilización puede perdurar sin la fortaleza en los hogares de su pueblo. Esa fortaleza se deriva de la integridad de aquellos que establecieron esos hogares. Ninguna familia puede gozar de paz, ningún hogar puede verse libre de las tormentas de la adversidad a menos que esa familia y hogar estén edificados en los cimientos de la moralidad, fidelidad y respeto mutuo. Donde no hay confianza, no puede haber paz; donde no hay lealtad, no puede haber libertad. El cálido rayo de sol del amor no emanará de un pantano de inmoralidad. Así como con el pimpollo, así también con la flor. La juventud es el tiempo de sembrar para el futuro florecimiento de la vida familiar. El esperar la paz, amor y alegría en un ambiente de promiscuidad, es esperar algo que nunca ocurrirá. El Salvador dijo: "Aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34). 223


¿Existe un caso válido para la virtud? Es el único camino para estar libres del pesar. La tranquilidad de conciencia que emana de ella es la única paz personal que no es falsa. Y después de todo esto, tenemos la promesa infalible de Dios a aquellos que andan en caminos de virtud. Hablando en la montaña, Jesús de Nazaret declaró: "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios" (Mateo 5:8). Este es un convenio, hecho por El, que tiene el poder de cumplirlo. Y nuevamente, la voz de revelación moderna declara una promesa, una promesa sin par que sigue un sencillo mandamiento que dice: ". . que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente." Y he aquí la promesa: ". . entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios... "El Espíritu Santo será tu compañero constante... tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás" (D. y C. 121:45-46). Quisiera decir unas breves palabras concernientes a esta maravillosa promesa. En varias ocasiones, he tenido el privilegio de conversar con varios Presidentes de los Estados Unidos y hombres de prominencia de otros gobiernos. A la conclusión de cada una de estas oportunidades, he reflexionado tocante a la compensadora experiencia de estar con confianza en presencia de un personaje renombrado, y luego he pensado qué maravilloso, cuán hermoso sería poder permanecer con confianza —sin miedo o vergüenza— en la presencia de Dios. Esta es la promesa que se ha brindado a todo hombre y mujer virtuosos. No sé de ninguna promesa más sublime que Dios haya hecho a los hombres que ésta hecha a aquellos que permiten que la virtud engalane sus pensamientos incesantemente. En una ocasión, Channing Pollock declaró: "Un mundo donde todos creyeran en la pureza de la mujer y la nobleza del hombre, y actuaran de acuerdo con ello, sería un inundo muy diferente, pero un lugar ideal donde vivir" (Reader's Digest, junio de 1960). Os aseguro, mis jóvenes amigos que sería un mundo de libertad en donde el espíritu del hombre podría progresar a una gloria nunca soñada, un mundo de paz, la paz de la conciencia tranquila de un amor inmaculado, de fidelidad y confianza y lealtad inquebrantables. Esto podrá parecer un sueño imposible para el mundo, pero puede ser una realidad para cada uno de vosotros, y el mundo se enriquecerá y fortalecerá más mediante la virtud de vuestras vidas individuales. Dios os bendiga a realizar esta libertad, a conocer esta paz, a obtener esta bendición, lo ruego humildemente, al dejar con vosotros mi testimonio de la verdad de estas cosas; y como siervo del Señor, os prometo que si sembráis en virtud, cosecharéis con alegría ahora y en los años venideros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

EL MILAGRO DE LA FE PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "La fe es la base del testimonio; la fe es esencial para la lealtad a la Iglesia; la fe se representa por el sacrificio que se da gustosamente para impulsar la obra del Señor". Doy gracias al coro por ese excelente número musical. Aun cuando se ha ido parte del tiempo que me correspondía, estoy dispuesto a acceder en virtud de esa música tan exquisitamente bella. Gracias, hermano Ballard, por dar de nuevo mi discurso. Mis queridos hermanos y hermanas, siento gran amor por ustedes dondequiera que se encuentren esta mañana del día de reposo. Siento hermandad con todos ustedes que son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Amo esta obra y me maravillo por su fortaleza y su crecimiento, por la forma en que influye en la vida de la gente de todo el mundo. Me siento sumamente humilde al dirigirme a ustedes. Le he suplicado al Señor que dirija mis pensamientos y mis palabras. Acabamos de regresar de un largo viaje desde Salt Lake City hasta Montevideo, Uruguay, para dedicar el templo número 103 en operación de la Iglesia. Fue un tiempo de gran regocijo para los 224


miembros de ese país. Miles de personas se congregaron en ese edificio hermoso y sagrado y en otras capillas adyacentes. Uno de los oradores, una mujer, relató una historia similar a las que ustedes han escuchado muchas veces. Según recuerdo, relató del momento de su vida en que los misioneros llamaron a la puerta. Ella no tenía ni la más remota idea de lo que ellos enseñaban; sin embargo, los invitó a pasar, y ella y su esposo escucharon el mensaje. Fue para ellos una historia increíble. Les hablaron de un joven que vivía en el estado de Nueva York. Tenía catorce años de edad cuando leyó en el libro de Santiago: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5). Deseoso de tener sabiduría, porque varios credos afirmaban tener la verdad, el joven José decidió ir a un bosque y orar al Señor. Lo hizo, y en respuesta a su oración recibió una visión. Dios el Eterno Padre y Su Hijo, Jesucristo, el Señor resucitado, se aparecieron ante él y le hablaron. Siguieron otras manifestaciones, entre ellas el obtener en un cerro cercano a su hogar las planchas de oro que tradujo por el don y el poder de Dios. Se le aparecieron mensajeros celestiales que le otorgaron las llaves del sacerdocio y la autoridad para hablar en el nombre de Dios. ¿Cómo podría alguien creer tal historia? Parecía absurdo. Y sin embargo, esas personas creyeron a medida que se les enseñaba. A sus corazones llegó la fe para aceptar lo que se les había enseñado. Era un milagro, un don de Dios; no lo podían creer, y sin embargo lo hicieron. Después de su bautismo, aumentó su conocimiento de la Iglesia. Aprendieron más acerca del matrimonio en el templo, de las familias unidas por la eternidad bajo la autoridad del santo sacerdocio. Estaban decididos a poseer esa bendición, pero no había ningún templo cercano. Economizaron y ahorraron; cuando tuvieron suficiente, viajaron desde Uruguay hasta Utah con sus hijos para ser sellados aquí como familia dentro de los lazos del matrimonio eterno. Ella es actualmente una de las ayudantes de la directora de obreras del nuevo Templo de Montevideo, Uruguay. Su esposo es consejero de la presidencia del templo. No me sorprende el que, de entre las muchas personas a las que visitan los misioneros, relativamente pocas se unen a la Iglesia; no hay fe. Por otra parte, me asombra que tantos sí lo hagan. Es algo maravilloso el que miles de personas sientan el milagro de la influencia del Espíritu Santo, que crean y acepten y se hagan miembros. Se bautizan; sus vidas cambian para siempre en forma positiva; ocurren milagros; brota en su corazón una semilla de fe que crece conforme van aprendiendo. Y aceptan principio sobre principio, hasta que obtienen cada una de las maravillosas bendiciones que reciben los que caminan con fe en ésta, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Lo que convierte es la fe. El maestro es la fe. Y así ha sido desde el principio. Estoy maravillado ante la calidad de hombres y mujeres que aceptaron el testimonio de José Smith e ingresaron en la Iglesia. Entre ellos había hombres como Brigham Young, los hermanos Pratt, Willard Richards, John Taylor, Wilford Woodruff, Lorenzo Snow, las esposas de estos hombres y muchísimas personas más. Eran gente sólida, muchos de ellos con una buena educación. Fueron bendecidos del Señor con fe para aceptar el relato que escucharon. Cuando recibieron el mensaje, cuando el don de la fe influyó en su vida, se bautizaron. Los hermanos gustosamente dejaron a un lado sus ocupaciones, con el apoyo de su familia, y respondieron a llamados para ir allende el mar para enseñar lo que habían aceptado de acuerdo con la fe. El otro día leí de nuevo el relato de Parley P. Pratt en cuanto a su lectura del Libro de Mormón y su ingreso en la Iglesia. Él dijo: "Lo abrí con ansiosa expectación y leí la portada. Después leí el testimonio de varios testigos relacionado con la forma en que el libro se encontró y se tradujo. Luego comencé a leer el contenido. Leía todo el día; el comer era oneroso, ya que no sentía deseos de tomar alimentos; al llegar la noche, no quería dormir, porque prefería leer que dormir. 225


"Al leer, el espíritu del Señor descendió sobre mí, y supe y comprendí que el libro era verdadero, en forma tan clara y evidente como un hombre comprende y sabe que él mismo existe" (Autobiography of Parley P. Pratt, ed. Parley P. Pratt Jr., 1938, pág. 37). El don de la fe influyó en su vida. Cualquier cosa que pudiera hacer le parecía poco para pagar al Señor lo que había recibido. Dedicó el resto de sus días al servicio misional. Murió como mártir de esta gran obra y reino. Ahora se están construyendo hermosos templos nuevos en Nauvoo, Illinois, y en Winter Quarters, Nebraska. Se erguirán como testimonios de la fe y la fidelidad de los miles de Santos de los Últimos Días que construyeron y después abandonaron Nauvoo para trasladarse con grandes pesares a través de lo que ahora es el estado de Iowa, hasta llegar a su morada temporaria en Council Bluffs y en Winter Quarters, un poco al norte de Omaha. La propiedad del Templo de Winter Quarters colinda con el lugar donde se sepultó a muchos de los que dieron su vida por esta causa que consideraban más valiosa que la vida misma. Su trayecto al Valle del Gran Lago Salado es una epopeya sin paralelo. El sufrimiento que padecieron y los sacrificios que hicieron fueron el precio que pagaron por sus creencias. En mi oficina tengo una estatuilla de mi propio abuelo pionero sepultando junto al sendero a su esposa y al hermano de ella que murieron el mismo día. Después él levantó a su bebé en sus brazos y la trajo hasta este valle. ¿Fe? No cabe la menor duda. Cuando surgieron dudas, cuando azotaron las tragedias, la quieta voz de la fe se escuchó en la quietud de la noche, tan cierta y reconfortante como lo era el lugar de la estrella polar en los cielos. Esa misteriosa y maravillosa manifestación de fe fue lo que les reconfortó, lo que les habló con certeza, que provino como un don de Dios con respecto a esta gran obra de los últimos días. Son literalmente incontables los relatos de la expresión de esa fe durante el periodo pionero de la Iglesia; pero no termina allí. Como lo fue en ese entonces, así ocurre en la actualidad. Ese precioso y maravilloso don de la fe, ese don de Dios nuestro Padre Eterno, sigue siendo la fortaleza de esta obra y el callado dinamismo de su mensaje. La fe es el fundamento; es la substancia de todo. Ya sea el salir al campo de la misión, el vivir la Palabra de Sabiduría, el pagar el diezmo, todo es lo mismo. La fe que llevamos en nuestro interior se manifiesta en todo lo que hacemos. Nuestros detractores no lo pueden entender; y porque no comprenden, nos atacan. La callada indagación, el ansioso deseo de captar el principio que produce el resultado, podrían brindar mayor comprensión y aprecio. En una ocasión se me preguntó en una conferencia de prensa cómo hacemos para que los varones dejen su empleo y su hogar y sirvan a la Iglesia. Respondí que simplemente se lo pedimos, y que sabemos cuál será su respuesta. Qué cosa tan maravillosa es esa poderosa convicción que afirma que la Iglesia es verdadera. Es la obra santa de Dios. Él rige en lo relacionado con Su reino y con la vida de Sus hijos e hijas; ésa es la razón del crecimiento de la Iglesia. La fortaleza de esta causa y de este reino no se basa en sus bienes temporales, por más impresionantes que éstos sean. Se basa en el corazón de su gente y es por eso que tiene éxito. Por eso es fuerte y está creciendo; por eso puede lograr las cosas tan maravillosas que logra. Todo ello procede del don de la fe que el Todopoderoso otorga a Sus hijos que no dudan ni temen, sino que siguen adelante. La otra noche estaba sentado en una reunión en Aruba. Me imagino que la mayoría de los que me escuchan no sabe dónde está Aruba, o que ni siquiera sabe que existe semejante lugar. Es una isla cerca de la costa de Venezuela. Es protectorado de los Países Bajos y un lugar no muy notorio en este mundo tan grande. Había unas 180 personas en la reunión. En la primera fila había ocho misioneros: seis élderes y dos hermanas. En la congregación había hombres y mujeres, niños y niñas de diversas razas. Se escuchaba un poco de inglés, bastante español y algunas expresiones en otros idiomas. Al mirar los rostros de esa congregación, pensé en la fe que allí se representaba. Aman esta Iglesia; aprecian todo lo que hace; testifican de la realidad de Dios el Eterno Padre y de Su Amado Hijo resucitado, el Señor Jesucristo; 226


testifican del profeta José Smith y del Libro de Mormón; sirven donde se les llame a servir; son hombres y mujeres de fe que han abrazado el Evangelio verdadero y viviente del Maestro, y en medio de ellos están esos ocho misioneros. Estoy seguro de que es un lugar solitario para ellos, pero están haciendo lo que se les ha pedido hacer debido a su fe. Las dos jovencitas son hermosas y felices. Al observarlas, me dije a mí mismo: Dieciocho meses es mucho tiempo para estar en este lugar tan apartado. Pero no se quejan. Hablan de la gran experiencia que están viviendo y de la gente maravillosa a la que conocen. En todo el servicio que prestan se destaca la fe reconfortante de que la obra en la que participan es verdadera y que el servicio que están dando se lo dan a Dios. Y así es con nuestros misioneros, doquiera estén sirviendo, ya sea aquí mismo en Salt Lake City o en Mongolia. Salen y sirven con fe en el corazón. Es un fenómeno de gran poder que suavemente susurra: "Esta causa es verdadera, y tienes la obligación de servir en ella sea cual sea el costo". Repito, las personas no lo comprenden; estos miles de jóvenes y mujeres inteligentes y capaces dejan a un lado su vida social y los estudios y con abnegación van dondequiera que se les envíe a predicar el Evangelio. Van por el poder de la fe y enseñan por el poder de la fe, sembrando una semilla de fe aquí y otra allá, las cuales crecen, maduran y llegan a ser conversos fuertes y capaces. La fe es la base del testimonio; la fe es esencial para la lealtad a la Iglesia; la fe se representa por el sacrificio que se da gustosamente para impulsar la obra del Señor. El Señor nos ha mandado tomar ". . .el escudo de la fe con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos de los malvados" (D. y C. 27:17). Con el espíritu de fe del que he hablado, testifico que ésta es la obra del Señor, que éste es Su reino, restaurado a la tierra en nuestra época para bendecir a los hijos y a las hijas de Dios de todas las generaciones. Oh Padre, ayúdanos a ser más fieles a Ti y a nuestro glorioso Redentor, a servirte en verdad, a hacer que ese servicio sea una expresión de nuestro amor, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

UN FULGOR PERFECTO DE ESPERANZA PARA LOS MIEMBROS NUEVOS DE LA IGLESIA. POR EL PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Los felicitamos por su reciente bautismo y les damos una cálida bienvenida. ¡Qué paso tan maravilloso han dado al unirse a la Iglesia! Estamos listos para ayudarles en todo lo que nos sea posible. En este momento tan importante, tal vez se sientan como la mujer que escribió esta carta: “Mi camino hacia la Iglesia fue muy especial y bastante difícil. Este año ha resultado ser el más duro de toda mi vida, pero también ha sido el de mayor satisfacción. Como miembro nuevo, sigo enfrentando desafíos todos los días”. Y prosigue: “Cuando de investigadores pasamos a ser miembros de la Iglesia, nos sorprende descubrir que hemos entrado en un mundo completamente foráneo, un mundo que tiene sus propias tradiciones, cultura y lenguaje. Descubrimos que no hay una sola persona o punto de referencia adonde acudir en busca de orientación en nuestro viaje por este mundo nuevo”1. Su experiencia como miembros nuevos de esta Iglesia debiera llenarlos de júbilo, ya que ustedes tienen una fe fuerte en el Salvador y su deseo de aprender más y más sobre el Evangelio restaurado es sincero. Pero también es fácil sentirse abrumados por palabras nuevas, reuniones, enseñanzas y retos nuevos; puede que hasta les cueste el tener que tratar con personas nuevas. Es posible que se pregunten si alguna vez estarán a la altura de lo que significa ser un verdadero Santo de los Últimos Días. Tengo un sencillo mensaje para ustedes: ¡Por supuesto que sí! ¡No se den por vencidos!

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EN EL SENDERO. Recuerden lo que dijo Nefi: “...habéis entrado por la puerta; habéis obrado de acuerdo con los mandamientos del Padre y del Hijo; y habéis recibido el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo... “Y ahora bien... después de haber entrado en esta estrecha y angosta senda, quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no; porque no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar. “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:18–20). Unirse a la Iglesia es algo serio, puesto que todo converso toma sobre sí el nombre de Cristo con la promesa implícita de guardar Sus mandamientos, pero el entrar a formar parte de la Iglesia puede ser una experiencia difícil, y a menos que haya manos amorosas y firmes que les reciban, a menos que les ofrezcamos amor e interés, puede que comiencen a dudar del paso que acaban de dar. A menos que existan manos amigas y corazones que les acojan y les conduzcan por el camino, tal vez se alejen de la Iglesia. Se nos presenta el reto de ayudarles a fortalecer su testimonio de la veracidad de esta obra. ¡No podemos dejar que entren por la puerta principal y se nos marchen por la de atrás! Cada uno de ustedes es valiosísimo; cada uno de ustedes es un hijo de Dios. Ya he dicho antes, y vuelvo a repetirlo, que cada uno de ustedes, como conversos, necesita tres cosas: 1. Un amigo en la Iglesia al que puedan acudir constantemente, alguien que camine a su lado, que responda a sus preguntas y que comprenda sus problemas. Además, cuentan con maestros orientadores, maestras visitantes y otros miembros que les ayudarán en su maravillosa trayectoria de fe. 2. Una asignación. La actividad es una característica distintiva de esta Iglesia; es el proceso mediante el cual progresamos. La fe y el amor por el Señor son como los músculos del brazo; si los empleo, se van fortaleciendo; si los pongo en un cabestrillo, se debilitan. Cada uno de ustedes merece tener una responsabilidad. Es posible que en el ejercicio de dicha responsabilidad cometan algunos errores. ¿Y qué? Todos cometemos errores. Lo que importa es el progreso que genere esa actividad. Sus líderes pueden ayudarles a encontrar maneras de mantenerse activos. Estén dispuestos a aceptar nuevos retos y confíen en que el Señor les ayudará a estar a la altura de ellos. Si se desaniman, pidan ayuda, pero no se den por vencidos. Al esforzarse una y otra vez, verán cómo aumenta su capacidad. 3. Ustedes precisan ser constantemente “nutridos por la buena palabra de Dios” (Moroni 6:4). Formarán parte de un quórum del sacerdocio, de la Sociedad de Socorro, las Mujeres Jóvenes, los Hombres Jóvenes, la Escuela Dominical o la Primaria. Acudan a la reunión sacramental para participar de la Santa Cena y renovar los convenios que hicieron al momento de su bautismo. Lean las Escrituras todos los días y oren cada mañana y cada noche a fin de mantenerse cerca del Señor. Tanto ustedes como nosotros sabemos que hay muchas personas buenas en otras iglesias. Hay mucho de valor en ellas. Puede que su familia y sus tradiciones religiosas anteriores les hayan enseñado muchas cosas buenas y hayan contribuido a desarrollar buenos hábitos en ustedes. El apóstol Pablo dijo. “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Traigan esas cosas buenas con ustedes, consérvenlas y utilícenlas para servir al Señor. REGOCIJÉMONOS JUNTOS. Nos regocijamos con ustedes en el Evangelio de Jesucristo. Hay muchas bendiciones reservadas para ustedes. Sabemos que a veces uno puede sentirse terriblemente solo, cosa que puede resultar decepcionante y hasta aterradora. Los miembros de esta Iglesia somos mucho más diferentes del resto del mundo de lo que solemos pensar, pero el Evangelio no es algo de lo que debamos avergonzarnos, sino que debemos 228


sentirnos orgullosos de él. “Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”, le escribió Pablo a Timoteo (2 Timoteo 1:8). A ustedes que son nuevos, les suplico que continúen con nosotros. Los necesitamos. Les rodearemos con nuestros brazos y seremos sus amigos. Haremos lo que esté de nuestra parte para darles consuelo y para que se sientan bienvenidos y aceptados. Les amamos y sabemos que el Señor les ama. Disculpen nuestras faltas y debilidades. Vengan y trabajen con nosotros, hombro a hombro, mientras crecemos y aprendemos juntos. Ésta es la santa obra de Dios; es Su Iglesia y Su reino. La visión que tuvo lugar en la Arboleda Sagrada sucedió tal y como dijo José. Hay en mi corazón una comprensión verdadera de la importancia de lo que allí sucedió. El Libro de Mormón es verdadero y testifica del Señor Jesucristo, cuyo sacerdocio ha sido restaurado y se halla entre nosotros. Las llaves del sacerdocio, entregadas por seres celestiales, se ejercen para nuestra bendición eterna. Tal es nuestro testimonio —el suyo y el mío—, y debemos vivir en armonía con ese testimonio y compartirlo con nuestro prójimo. Les dejo este testimonio, mi bendición y mi amor a cada uno de ustedes, así como mi invitación para que sigan formando parte de este gran milagro de los últimos días que es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ■

LA OBRA SIGUE ADELANTE. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Seamos buenas personas; seamos gente amigable; seamos buenos vecinos; seamos lo que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días deben ser". Mis hermanos y hermanas: mi corazón rebosa de agradecimiento esta mañana al reunirnos en esta gran conferencia. Estoy agradecido de que el Señor me haya conservado la vida para ver este día. Como recordé a las jóvenes a quienes hablé la semana pasada, alguien me dio recientemente un ejemplar de mi antiguo anuario escolar. Fue del año de mi graduación, hace 73 años. Formaba yo parte de la clase de 1928. Fue interesante hojear sus páginas. Muchos de los que se ven allí muy jóvenes y llenos de vigor ya han fallecido. Quedan algunos, pero están arrugados y algo lentos en sus movimientos. De vez en cuando, cuando me quejo por alguna pequeña dolencia, mi esposa me dice: "Es la edad, muchacho". Repito, estoy sumamente agradecido por estar vivo. Me entusiasma esta maravillosa época en la que vivimos. Agradezco al Señor los hombres y las mujeres de gran dedicación y capacidad que están haciendo tanto por extender la vida humana y hacerla más cómoda y agradable. Estoy agradecido por buenos doctores que nos ayudan en nuestras debilidades. Doy gracias por los maravillosos amigos, entre los que cuento a los estupendos y fieles santos de todo el mundo a quienes he llegado a conocer. Gracias por todo lo que hacen por mí, por sus cartas, por las flores, libros y diversas expresiones de su generosidad y amor. Estoy agradecido por amigos considerados mediante cuya bondad me ha sido posible andar entre los santos de las naciones de la tierra, reunirme con ellos, darles mi testimonio y mi amor. Estoy agradecido por mi querida esposa con quien he compartido casi 64 años de compañerismo. Me siento agradecido por una posteridad fiel. El Señor me ha bendecido de forma maravillosa. Estoy agradecido por mis hermanos, las Autoridades Generales, que son tan amables y corteses conmigo. Estoy agradecido por cada uno de ustedes en esta gran familia de más de 11 millones de miembros que constituyen La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para iniciar la conferencia simplemente deseo dar un informe muy breve de la Iglesia. Es más fuerte que nunca. No sólo ha aumentado en número, sino que considero que en general hay mayor fidelidad entre los santos. Durante los últimos seis meses hemos tenido la oportunidad de dedicar templos diseminados a lo largo y ancho de la tierra; hemos escuchado el testimonio de la veracidad de esta obra expresado en diferentes idiomas; hemos visto la asombrosa fe de nuestra gente que ha viajado largas distancias para llegar a esas dedicaciones; hemos sido testigos del maravillosos aumento en el crecimiento 229


de la actividad en los templos. Estamos logrando un progreso lento pero constante en la mayoría de nuestros campos de actividad. Estoy muy agradecido porque vivimos en una época de relativa paz; no rugen guerras atroces en el mundo; hay problemas aquí y allá, pero no un conflicto mundial. Estamos en condiciones de llevar el Evangelio a muchas naciones de la tierra y bendecir las vidas de la gente donde éste llega. Estamos ya en vías de expandir las oportunidades educativas de nuestros jóvenes. Hemos anunciado que la institución Ricks College se convertirá en universidad de cuatro años conocida como BYU–Idaho. Estamos agradecidos por saber que esa escuela ya ha recibido el respaldo del cuerpo que la acredita. Es increíble que esto se haya logrado en tan corto tiempo. Estamos construyendo nuevos edificios a una escala nunca soñada; debemos hacerlo si esperamos acomodar el crecimiento de la Iglesia. El programa de bienestar sigue adelante. Estamos particularmente agradecidos por haber podido hacer llegar ayuda humanitaria en un volumen substancial a muchas partes de la tierra. Hemos distribuido alimentos, medicina, ropa, ropa de cama y otras cosas necesarias para ayudar a aquellos que repentinamente se han convertido en víctimas de una catástrofe. Esta tarde hablaré a los hermanos del sacerdocio con respecto a otro programa que considero será de gran interés para todos ustedes. Uno de los indicadores del crecimiento y de la vitalidad de la Iglesia es la construcción de templos. He hablado de esto antes, pero estoy agradecido profundamente porque desde que nos reunimos la última vez en la conferencia general pudimos alcanzar nuestra meta de 100 templos en funcionamiento al final del año 2000; de hecho, la sobrepasamos. Acabamos de regresar tras dedicar un templo en Uruguay, el templo en funcionamiento número 103 de la Iglesia. La grandiosa obra de la edificación de templos avanza por el mundo. El otro día miré una lista de todos los templos que actualmente están en funciones o que se han anunciado: 121 en total. Me maravillé ante el tamaño de la lista y la diversidad de regiones en las que están ubicados. Es maravilloso, pero no estamos satisfechos. Seguiremos trabajando para llevar los templos a la gente, para que sea más fácil para los Santos de los Últimos Días de todas partes recibir las bendiciones que sólo se pueden obtener en esas casas sagradas. He dicho antes que las bendiciones del templo representan la plenitud del sacerdocio, del cual el Señor habló cuando reveló Su voluntad al profeta José Smith. Al ubicar los templos más cerca de los hogares de la gente, se ponen más al alcance de todos ellos todas las ordenanzas que se pueden obtener en la Casa del Señor, tanto para los vivos como para los muertos. Pronto se dedicarán templos en Winter Quarters, Nebraska; Guada-lajara, México y Perth, Australia. Están en construcción en Asunción, Paraguay; Campiñas, Brasil; la región de Tri- Cities, Washington; Copenhague, Dinamarca; Lubbock, Texas; Monterrey, México; Nauvoo, Illinois; Snowflake, Arizona y La Haya, Holanda. Se han anunciado otros seis templos para los cuales pronto se celebrarán los servicios de la palada inicial. Además, hemos visitado y autorizado un número considerable de lugares para edificar futuros templos en los Estados Unidos, América Central y América del Sur, Europa y las islas del mar. No mencionaré cómo se llamarán porque eso sólo crearía alboroto, ya que todavía no tenemos los predios para construirlos. La construcción de cada templo representa la madurez de la Iglesia. Continuaremos construyendo esas casas sagradas del Señor tan rápidamente como la energía y los recursos lo permitan. Estamos agradecidos por los fieles Santos de los Últimos Días que pagan sus diezmos y hacen posible este importante programa. No carecemos de los que nos critican, algunos de los cuales son crueles y malintencionados. Siempre los hemos tenido y supongo que los tendremos durante el futuro. Pero seguiremos adelante, devolviendo bien por mal, siendo serviciales, bondadosos y generosos. Les recuerdo las enseñanzas de nuestro Señor en cuanto a esas cosas; todos ustedes las conocen. Seamos buenas personas; seamos gente amigable; seamos buenos vecinos; seamos lo que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días deben ser.

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Mis amados hermanos y hermanas, ¡cuánto agradezco sus oraciones y su amor! Hago llegar mi amor a cada uno de ustedes. Ruego que se abran los cielos y destilen sobre ustedes abundantes bendiciones a medida que andan con fe ante el Señor. Ahora tendremos el placer de continuar con el programa de esta grandiosa reunión. Dios les bendiga, mis amados colegas, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

"PARA SIEMPRE DIOS ESTÉ CON VOS" PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Nuestra seguridad yace en la virtud de nuestras vidas. Nuestra fortaleza yace en nuestra rectitud. Dios ha indicado claramente que si no le abandonamos a Él, Él no nos abandonará a nosotros". Mis queridos hermanos y hermanas, ha sido un placer tener con nosotros ayer y hoy a la hermana Inis Hunter, viuda del presidente Howard W. Hunter. Agradecemos muchísimo su presencia. Hemos llegado al término de esta gran conferencia. El coro cantará "Para siempre Dios esté con vos" (Himnos, Nº 89). Me siento agradecido por ese himno, que dice: Para siempre Dios esté con vos; con Su voz Él os sostenga; con Su pueblo os mantenga. Cuando el temor os venga, en Sus brazos Él os tenga. Que os guíe Su bandera; Que la muerte no os hiera. Para siempre Dios esté con vos. He cantado ese himno en inglés mientras los demás lo cantaban en varios otros idiomas. He cantado en voz alta esa bella y sencilla letra en ocasiones memorables en todos los continentes de la tierra. La he cantado en la despedida de misioneros con lágrimas en los ojos. La he cantado con hombres vestidos para la batalla durante la guerra de Vietnam. En miles de lugares y en diversas circunstancias a lo largo de casi innumerables años, he cantado en voz alta esa letra de despedida con muchas otras personas que se aman unas a otras. No nos conocíamos cuando nos reunimos. Éramos hermanos y hermanas cuando nos despedimos. La sencilla letra de ese himno ha sido una oración elevada al trono del cielo de labios de los unos por los otros. Y con ese espíritu, nos despedimos al terminar lo que ha sido una conferencia de lo más notable e histórica. Espero que, al haber oído hablar a los hermanos y a las hermanas, nuestros corazones se hayan conmovido y nuestras resoluciones se hayan intensificado. Confío en que todo hombre casado se haya dicho: "Seré más bondadoso y generoso con mi compañera y con mis hijos. Controlaré mi mal genio". Espero que la bondad reemplace a la dureza en nuestras conversaciones. Espero que toda esposa piense en su marido como en su querido compañero, la estrella de su vida, su apoyo, su protector, su compañero con quien anda de la mano "en yugo igual". Espero que considere a sus hijos como hijos e hijas de Dios y como la aportación más importante que ella ha hecho al mundo, que su mayor interés se cifre en los logros de sus hijos y que los considere a ellos más valiosos que cualquier otra cosa que tenga o que podría desear tener.

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Espero que los niños y las niñas salgan de esta conferencia con un mayor aprecio por sus padres, con un amor más ferviente en sus corazones por los que los han traído al mundo, por los que más los quieren y se preocupan más por ellos. Espero que el ruido de nuestros hogares disminuya unos cuantos decibelios, que nuestras voces sean más tenues y que nos hablemos el uno al otro con mayor aprecio y respeto. Espero que todos los que somos miembros de esta Iglesia seamos absolutamente leales a la Iglesia. La Iglesia necesita su apoyo leal y ustedes necesitan el apoyo leal de la Iglesia. Confío en que la oración cobre renovado brillo en nuestras vidas. Ninguno de nosotros sabe lo que nos traerá el mañana. Podemos especular, pero no sabemos. La enfermedad podría sobrevenirnos. La desgracia podría salirnos al paso. Los temores podrían afligirnos. La muerte podría poner su fría y solemne mano sobre nosotros o sobre un ser querido. Sea lo que fuere que nos suceda, ruego que la fe, inmutable y firme, brille sobre nosotros como la estrella polar. Ahora, en el día de hoy, nos vemos ante problemas particulares, graves, arrolladores, difíciles y que nos producen honda preocupación. Sin duda, tenemos necesidad del Señor. Cuando fui a casa a almorzar, encendí el televisor, vi las noticias durante un momento y parafraseé en mi mente las palabras del salmo: "¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones?" (véase Salmos 2:1). He vivido durante todas las guerras del siglo XX. Mi hermano mayor está sepultado en la tierra de Francia, víctima de la Primera Guerra Mundial. He vivido durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo y conflictos bélicos menores. Hemos sido gentes muy pendencieras y difíciles en nuestros conflictos de los unos con los otros. Por tanto, debemos volvernos al Señor y acudir a Él. Pienso en las magnas palabras de Kipling: Allá, muy lejos, nuestras armadas se van a desvanecer. En dunas y cabos cae el fuego de los disparos. ¡Ah, toda nuestra pompa de ayer como Nínive y Tiro se ha tornado! Juez de las naciones, ¡líbranos del mal, para que nunca jamás lleguemos a olvidar! (Rudyard Kipling, "Recessional", enMasterpieces of Religious Verse, editado por James Dalton Morrison, 1948, pág. 512. Traducción). Nuestra seguridad yace en la virtud de nuestras vidas. Nuestra fortaleza yace en nuestra rectitud. Dios ha indicado claramente que si no le abandonamos a Él, Él no nos abandonará a nosotros. Él, que guarda a Israel, no se adormece ni duerme (véase Salmos 121:4). Ahora, al terminar esta conferencia, aunque se ofrecerá una última oración, quisiera elevar una breve plegaria en medio de las circunstancias en que nos hallamos: Oh Dios, nuestro Padre Eterno, Tú, gran Juez de las naciones, Tú, que eres el gobernador del universo, Tú, que eres nuestro Padre y nuestro Dios, cuyos hijos somos, acudimos a Ti con fe en esta aciaga y solemne ocasión. Por favor, amado Padre, bendícenos con fe, bendícenos con amor, bendícenos con caridad en nuestros corazones. Bendícenos con el espíritu de perseverancia a fin de arrancar de raíz las maldades atroces que hay en este mundo. Brinda protección y guía a los que participan activamente en la batalla. Bendícelos; protégeles la vida; guárdalos del mal y de la maldad. Oye las oraciones de sus seres queridos por su seguridad. Rogamos por las grandes democracias de la tierra, las cuales Tú has amparado en la creación de sus gobiernos, donde imperan la paz, la libertad y los procedimientos democráticos. Oh, Padre, considera con misericordia ésta, nuestra propia nación, y sus amigos, en estos momentos de necesidad. Compadécete de nosotros y ayúdanos a andar siempre con fe en Ti y siempre con fe en Tu Hijo Amado, con cuya misericordia contamos y a quien consideramos nuestro Salvador y nuestro Señor. Bendice la causa de la paz y devuélvenosla pronto, Te suplicamos humildemente, implorándote que perdones nuestra arrogancia, que pases por alto nuestros pecados, que seas bondadoso y misericordioso con nosotros, y que hagas que nuestros corazones se vuelvan con amor hacia Ti. Te rogamos todo esto con 232


humildad en el nombre de Él, que nos ama a todos, sí, el Señor Jesucristo, nuestro Redentor y nuestro Salvador. Amén.

LA CONDICIÓN EN LA QUE SE ENCUENTRA LA IGLESIA. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Creo que la Iglesia está en mejores condiciones, como nunca antes lo había estado en toda su historia. Al dar inicio a esta gran conferencia, notamos la ausencia del élder David B. Haight y del élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles. Cada uno de ellos prestó servicio durante largo tiempo y muy eficazmente. Lamentamos el fallecimiento de ellos; los echamos mucho de menos y hacemos extensivo nuestro amor a sus seres queridos. Tenemos la seguridad de que ellos siguen adelante en esta gran obra al otro lado del velo. Nos damos cuenta de que en el curso natural de los acontecimientos se producen algunas vacantes por lo que se hace necesario llenarlas a medida que se crean. Después de ayunar y orar, hemos llamado al élder Dieter Friedrich Uchtdorf y al élder David Allan Bednar para llenar esas vacantes en el Quórum de los Doce Apóstoles. Ahora, les presentamos sus nombres a ustedes. Es posible que no los conozcan, pero pronto los conocerán mejor. Quienes estén de acuerdo en sostenerlos en este sagrado llamamiento, tengan a bien manifestarlo levantando la mano. ¿Hay alguien que se oponga? Sus nombres se incluirán en el sostenimiento de las demás autoridades durante el correr de la conferencia. Ahora les pedimos a estos hermanos que ocupen sus lugares en el estrado junto a los miembros de los Doce. Ellos nos dirigirán la palabra el domingo por la mañana, y los conocerán un poco mejor. Ahora bien, al comenzar esta conferencia, deseo hablar brevemente de la condición en la que se encuentra la Iglesia. Ésta continúa creciendo. Cada año llega a la vida de más y más personas y se despliega a lo ancho y a lo largo de la tierra. Con el fin de dar cabida a ese crecimiento, debemos, en aras de la necesidad, seguir edificando lugares de adoración. Por el momento, tenemos 451 centros de reuniones de varios tamaños en diferentes etapas de construcción. Este programa de edificación es extraordinario. No sé de nada que se le iguale. Nuestros edificios son hermosos y embellecen el entorno de la comunidad en la que se erigen. Se los mantiene en buenas condiciones. Tenemos gran experiencia en la construcción de centros de adoración y, por motivo de esa gran experiencia, estamos construyendo mejores edificios comparados con los que se habían construido en la Iglesia en el pasado. Ellos armonizan la belleza con lo funcional. Si todos se parecen, es porque ésa es la intención. Al repetir los modelos que ya han sido probados, ahorramos millones de dólares y satisfacemos las necesidades de nuestra gente. Seguimos edificando templos. Hace poco, dimos la palada inicial para un nuevo templo en Sacramento, California, el séptimo en ese estado, donde se encuentra el segundo grupo más numeroso de miembros de la Iglesia en los Estados Unidos. Los templos en la ciudad de Salt Lake están siempre muy concurridos y, en ocasiones, sobrepasan su capacidad. Por esa razón hemos determinado edificar un nuevo templo en el Valle de Salt Lake. El emplazamiento del terreno será anunciado pronto. Podría parecer que favorecemos demasiado esta zona, pero la asistencia al templo es tal, que debemos dar cabida a los que desean asistir. Y si el crecimiento actual continúa, es probable que necesitemos otro más. Nos sentimos complacidos en anunciar que se construirá otro templo en Idaho, donde reside el tercer grupo más numeroso de miembros de la Iglesia en los Estados Unidos. Los planes de un templo en Rexburg siguen adelante, pero ahora estamos haciendo planes de edificar otro en la ciudad de Twin Falls. Este templo prestará servicio a miles de miembros que viven entre Idaho Falls y Boise. 233


Por el momento, hay templos en construcción en Aba, Nigeria; Helsinki, Finlandia; Newport Beach y Sacramento en California; y en San Antonio, Texas. Estamos volviendo a construir el templo que un incendio destruyó en Samoa. Cuando aquellos que hasta aquí hemos anunciado se dediquen, tendremos 130 templos en funcionamiento. Otros se construirán a medida que la Iglesia siga creciendo. En la actualidad, estamos embarcados en una importante empresa en Salt Lake City. Es imprescindible que conservemos el entorno alrededor de la Manzana del Templo. Para eso, es necesario que se realice un proyecto de construcción muy grande. El fondo de diezmos no se utilizará para esa construcción, sino que se hará posible mediante el ingreso que se recibe de los negocios de la Iglesia, los alquileres de propiedades, las contribuciones privadas y otras fuentes de recursos semejantes. Debemos efectuar una gran obra en el Tabernáculo de Salt Lake con el fin de hacerlo sísmicamente seguro. Ese maravilloso edificio se ha utilizado desde hace 137 años, este mismo mes, y ha llegado el momento de hacer algo para preservarlo. Es una obra maestra arquitectónica, única en el mundo, y un edificio de incalculable interés histórico. Sus características históricas se preservarán cuidadosamente, pero se ampliarán su utilidad, su comodidad y su seguridad. Estamos agradecidos por tener este Centro de Conferencias en el cual nos reunimos con una concurrencia como ésta. Hoy me pregunto: “¿Qué haríamos sin él?”. Me siento complacido de informar que el Fondo Perpetuo para la Educación sigue en aumento al igual que el número de quienes se benefician con esta maravillosa empresa. Estamos fortaleciendo el programa misional. Nos estamos esforzando por llevar mucha más espiritualidad a la obra de nuestro inmenso grupo de misioneros. Nuestro programa educativo sigue creciendo y su influencia se extiende dondequiera que la Iglesia se ha establecido. El Libro de Mormón se ha incluido recientemente entre los veinte libros más influyentes publicados en Estados Unidos. Estamos trabajando conjuntamente con una editorial comercial con el fin de ampliar la distribución de esta sagrada obra, este segundo testamento del Señor Jesucristo. Y así, hermanos y hermanas, podría continuar, pero es suficiente que diga que creo que la Iglesia está en mejores condiciones, como nunca antes lo había estado en toda su historia. Yo he vivido casi 95 años de esa historia y he presenciado personalmente mucho de esa historia. Me consta que hay una fe más grande, que se presta un mayor servicio y que hay una integridad mayor entre la juventud. Existe una vitalidad mayor en todos los aspectos de la obra, que no habíamos presenciado antes. Regocijémonos en esta era maravillosa de la obra del Señor. No seamos orgullosos ni arrogantes; seamos humildes y agradecidos. Y que, cada uno de nosotros, tome la resolución de contribuir a acrecentar el brillo de esta obra magnífica del Todopoderoso, para que resplandezca por toda la tierra como un faro de fortaleza y bondad al que todo el mundo dirija su mirada, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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UNA ÉPOCA DE NUEVOS COMIENZOS. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Dediquemos un poco de tiempo a meditar, a pensar en lo que podamos hacer para mejorar nuestra vida y ser mejores ejemplos de lo que debe ser un Santo de los Últimos Días". Sin duda ya se sienten más bien cansados de escucharme, pero haré lo mejor que pueda. ¡Ésta ha sido una magnífica conferencia, mis hermanos y hermanas! Nos hemos regocijado con todo lo que ha tenido lugar. Los oradores han sido inspirados, cada uno de ellos. La música ha sido espléndida y las oraciones hermosas y conmovedoras. Hemos sido edificados en todos los aspectos al haber participado juntos. 234


Había una popular pieza musical cuando yo era joven, que comenzaba diciendo: "La canción ha terminado, pero la melodía sigue vibrando"1. Ruego que así sea en lo que respecta a esta conferencia. Confío en que cuando nos vayamos tengamos agradables recuerdos y gratas remembranzas de esta gran ocasión. Al regresar a nuestros hogares, vayamos con acción de gracias en el corazón. Hemos tomado parte en ésta la conferencia general número 170 de la Iglesia y, para ello, nos hemos reunido por primera vez en este impresionante nuevo edificio. Hemos estado aquí el 1 y el 2 de abril del año 2000, el comienzo de un nuevo siglo y de un gran nuevo milenio. Hay algo extraordinariamente importante acerca de todo esto. Es una época de nuevos comienzos. Espero que cada uno de nosotros recuerde durante largo tiempo lo que ha oído, pero lo que es más importante, los sentimientos que ha experimentado. Ruego que esto constituya un áncora en nuestras vidas, una guía por la cual vivir, unos días de instrucción en los que hayamos aprendido a dar forma a nuestras acciones para con los demás y a nuestras actitudes para con nosotros mismos. Suplico que las sensaciones experimentadas en esta conferencia se hagan sentir en nuestros hogares. Confío en que cada uno de nosotros sea un mejor marido o una mejor esposa, más bondadosos el uno con el otro, más considerados, más moderados a la hora de criticar y más generosos al hacer cumplidos. Deseo que como padres y madres nos esforcemos con mayor ahínco por criar a nuestros hijos "en disciplina y amonestación del Señor" (Efesios 6:4), tratándolos con respeto y con cariño, infundiéndoles aliento en toda oportunidad y dominando nuestras observaciones de crítica. Espero que como hijos e hijas seamos más respetuosos de lo que hayamos sido, que consideremos a nuestros padres con el conocimiento de que ellos nos quieren y que intentemos ser más obedientes al seguir sus consejos. Como Santos de los Últimos Días, tendamos una mano de amistad a los que no sean de nuestra fe. No actuemos nunca jamás con espíritu de arrogancia ni con una actitud de superioridad moral, sino que exterioricemos afecto, respeto y amabilidad hacia ellos. Somos sumamente incomprendidos, y me temo que gran parte de ello se deba a nuestra propia culpa. Podemos ser más tolerantes, más afables, más amistosos, mejores ejemplos de lo que hemos sido en el pasado. Enseñemos a nuestros hijos a tratar a los demás con amistad, con respeto, con afecto y con admiración. Eso surtirá un resultado mucho más satisfactorio que el de una actitud egotista y arrogante. Estudiemos las vías del Señor, leyendo Su vida y Sus enseñanzas en las sagradas Escrituras que Él nos ha dado. Dediquemos un poco de tiempo a meditar, a pensar en lo que podamos hacer para mejorar nuestra vida y ser mejores ejemplos de lo que debe ser un Santo de los Últimos Días. Extendamos la mano al mundo en nuestro servicio misional, enseñando a todos los que deseen escuchar acerca de la restauración del Evangelio, hablando sin temor, pero también sin pretensiones de superioridad mística, de la Primera Visión, testificando del Libro de Mormón y de la restauración del sacerdocio. Pongámonos, hermanos y hermanas, de rodillas y supliquemos hallar la oportunidad de llevar a otras personas al regocijo del Evangelio. Ahora, para terminar, quisiera informarles muy brevemente de los templos. A partir de hoy, tenemos 76 de ellos en funcionamiento, lo cual es un número mucho mayor del que teníamos hace unos pocos años. Dedicaremos el templo de Palmyra el jueves que viene. Ésa será una ocasión memorable. El templo está localizado con vista a la Arboleda Sagrada. A continuación, el domingo --el domingo que viene-dedicaremos el Templo de Fresno, California. Tenemos proyectado dedicar 36 templos nuevos en el año 2000. Pienso que lograremos lo que nos propusimos realizar. Un buen número de otros templos que están en construcción o cuya construcción se ha anunciado no se terminarán sino hasta el 2001 o el 2002. Además, anunciamos en esta conferencia que esperamos construir una casa del Señor en Aba, Nigeria. Hermano Pace, podremos tener una tardanza en Ghana, pero confiamos en que no sea así en Nigeria. Otros templos se construirán en Asunción, Paraguay; en Helsinki, Finlandia; Lubbock, Texas; Snowflake, Arizona, y en algún lugar de la región de las tres ciudades del estado de Washington. Y así seguiremos adelante con el procedimiento de poner templos al alcance de las personas.

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Hemos pasado por un portentoso vuelo de prueba, por decirlo de alguna manera. Este edificio se ha llenado por completo. No veo un solo asiento desocupado. ¡Es un milagro! Es un prodigio y una maravilla, por lo cual damos gracias al Señor de todo corazón. Dejo con ustedes mi amor y mi bendición, y mi testimonio de esta divina obra. Dios, nuestro Padre Eterno, vive. Ustedes lo saben y yo lo sé. Su Hijo Amado, el resucitado Redentor del mundo, está al lado del Padre. Ustedes también saben eso al igual que yo. Ellos aparecieron al profeta José Smith para dar comienzo a esta obra maravillosa. ¡Qué afortunados somos de formar parte de ella! Seamos un poco mejores y dejemos que la nobleza del buen proceder irradie de nosotros, ruego, humildemente, en el nombre de Él, que es nuestro gran Redentor, sí, el Señor Jesucristo. Amén. Que Dios les bendiga, mis amados amigos, mis hermanos, mis hermanas, mis colaboradores, en esta extraordinaria y santa obra. Gracias.

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UN TABERNÁCULO EN EL DESIERTO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY Estas instalaciones han constituido un fantástico y único lugar de asamblea. Esta tarde, mis hermanos y hermanas, nos encontramos reunidos una vez más en este histórico tabernáculo, donde nos hemos reunido tantas veces en conferencias del pasado. Ahora bien, este edificio ha pasado por una amplia renovación y remodelación para ajustarlo a los nuevos códigos sísmicos. Con esta tarea, esperamos y rogamos que no se hayan destruido sus elementos históricos. Algunos de los antiguos bancos se han conservado y continuarán utilizándose, pero ya se habrán dado cuenta de que los nuevos bancos son igual de duros que lo eran los antiguos. Se han agregado nuevas salidas para cumplir con los requisitos actuales. Los grandes pilares de piedra que constituyen sus muros exteriores se han reforzado y fortalecido considerablemente. El tejado o techo exterior se ha reforzado aplicando nuevos materiales e incorporando planchas de acero en la armadura. Les recuerdo que no es la primera vez que se hacen cambios en este edificio; se modificó incluso poco después de su creación, ya que en un principio no contaba con platea y se tuvo que añadir una. A lo largo de todos estos años, estas instalaciones han constituido un fantástico y único lugar de asamblea. Muchos hombres y mujeres han tomado aquí la palabra para testificar de la restauración del evangelio de Jesucristo. Desde los tiempos de Brigham Young hasta el presente, todos los profetas han discursado desde este púlpito, así como lo han hecho otros hombres y mujeres prominentes, entre ellos varios presidentes de los Estados Unidos. Estas instalaciones han sido el centro de las artes y de la cultura de esta comunidad e incluso la orquesta sinfónica de Utah, en sus comienzos, hizo uso de este lugar para sus interpretaciones. Se han albergado grandes producciones artísticas, como El Mesías y el programa Tanner de Talentos de Música, y desde aquí se han efectuado funerales de personas prominentes. Ciertamente, el tabernáculo ha representado un punto central para esta comunidad a lo largo de todos estos años. Se trata de un edificio peculiar, el único en su género en todo el mundo. Se construyó hace casi un siglo y medio en tiempos de necesidad para nuestro pueblo y se convirtió literalmente en un tabernáculo edificado en el desierto. En aquella época, todavía faltaba mucho tiempo para terminar la construcción del templo. Los que construyeron el tabernáculo lo hicieron con fe y valiéndose de sus rudimentarias aptitudes arquitectónicas. Los escépticos, que nunca faltan, predijeron que el techo se desmoronaría una vez que se retirara el andamio; esto no sucedió, y ha permanecido en su sitio bajo la luz del sol y bajo las tormentas durante todos estos años.

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En todo el mundo se le conoce como el hogar del Coro del Tabernáculo Mormón, cuya transmisión radiofónica semanal se ha emitido de manera ininterrumpida durante más tiempo que ningún otro programa radiotelevisivo: más de 75 años, desde 1929. Ahora, el programa Música y palabras de inspiración volverá a transmitirse al mundo todos los días de reposo desde este tabernáculo situado en “el cruce de caminos del Oeste”. Volverá a ser el hogar del Coro del Tabernáculo y de la Orquesta de la Manzana del Templo, y también dará cabida a muchas otras producciones y acontecimientos. Se utilizará para conferencias regionales y de estaca, ponencias públicas, conciertos musicales y otros programas de entretenimiento. El Millennial Star, publicación periódica de Inglaterra, registró el sábado 9 de octubre de 1875 que John Taylor ofreció una oración extensa y detallada para dedicar este edificio sagrado algunos años después que se utilizara por primera vez. Y ahora, mis hermanos y hermanas, al concluir esta reunión les invito a todos a unirse a mí inclinando la cabeza y cerrando los ojos mientras ofrecemos la oración de rededicación. ORACIÓN DEDICATORIA Oh Dios, nuestro Padre Eterno, inclinamos la cabeza y venimos ante Ti con reverencia en esta ocasión histórica. Nos encontramos reunidos en este gran Tabernáculo, ahora renovado y restaurado después de más de un siglo de uso. En virtud de la autoridad del santo sacerdocio, y en el nombre de Jesucristo, dedicamos, rededicamos y consagramos éste, el Tabernáculo de Salt Lake, a Ti y a Tu Hijo Amado, para que a lo largo de los muchos años por venir le sirva a Tu pueblo como lugar de reunión para diversos propósitos. Al reflexionar en esta ocasión, nuestros pensamientos se remontan al profeta José, quien fue un instrumento en Tus manos para restaurar el eterno evangelio del Señor Jesucristo con todos los dones, la autoridad y las bendiciones que lo acompañan. Te damos las gracias por la gran fe de nuestro pueblo que fue expulsado de Nauvoo, y que con gran sufrimiento que incluyó la muerte de muchos, atravesó el estado de Iowa para establecerse en Winter Quarters, tras lo cual emprendió la larga marcha que le conduciría desde Winter Quarters hasta este valle del Gran Lago Salado. Te damos gracias por el liderazgo inspirado del presidente Brigham Young, que a pesar de nunca antes haber visto este valle, sino en visión, condujo a nuestro pueblo aquí. Él sabía muy poco de esta región; no estaba familiarizado con el tipo de terreno, el clima, el agua, ni otros factores. En este lugar desértico, aquellos pioneros araron y sembraron, regaron, cultivaron y cosecharon el fruto de sus labores. Dispusieron una ciudad que alberga ahora a muchos cientos de miles de habitantes. En cierta época, la mayoría de los Santos de los Últimos Días vivían aquí en este valle y en otras regiones circunvecinas donde se establecieron poblados. Ahora, esta obra ha crecido y se ha extendido por toda la tierra, hasta el punto de que hay más miembros en el exterior de esta nación que dentro de ella. Amado Padre, por favor continúa haciendo prosperar Tu obra; haz que aumente y progrese. Bendice a las personas que contribuyen con los diezmos y las ofrendas que permiten el crecimiento y expansión de ella, para que ruede y llene toda la tierra como la piedra cortada del monte, no con mano, destinada a rodar y llenar toda la tierra. Rogamos que levantes líderes fuertes a lo largo de las generaciones venideras, y que Tu pueblo se regocije y halle una felicidad abundante al servir en Tu obra. Por consiguiente, dedicamos, rededicamos y consagramos este edificio sagrado, y todo esto lo hacemos y rogamos en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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MIRAMOS A CRISTO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Al igual que la estrella polar de los cielos. . . allí está el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal". Mis queridos hermanos y hermanas, yo también quisiera expresar mi profundo agradecimiento por el gran servicio que han prestado la hermana Smoot, la hermana Jensen, la hermana Dew y su mesa directiva, quienes han servido de manera tan fiel y eficiente en esta grandiosa y enorme organización de mujeres. Es una maravillosa sociedad, cuyo número asciende a 4.900.000 miembros. Creo que no hay nada semejante en todo el mundo, y afecta de manera sumamente benéfica la vida de las mujeres de toda la tierra. Gracias, queridas hermanas, por lo que han hecho. Bienvenida, hermana Parkin, sus consejeras y la mesa directiva que seleccionen. Damos ahora por terminada esta conferencia. Hemos disfrutado de un maravilloso festín a la mesa del Señor. Hemos sido instruidos en Sus caminos, a Su manera. Cada uno de nosotros deberá ser un poco mejor debido a esta rica experiencia. De lo contrario, el habernos reunido habrá sido mayormente en vano. Cuando dé fin a mis palabras, el coro entonará: "Conmigo quédate, Señor; el día cesado ya. El manto de la noche cae y todo cubrirá. Sé huésped de mi corazón; posada te dará. Oh permanece, Salvador; la noche viene ya" ("Conmigo quédate, Señor",HimnosNo. 98). Eso resume bien los sentimientos de nuestros corazones al volver a nuestros hogares. Que el Espíritu del Señor nos acompañe y permanezca con nosotros. No sabemos lo que yace más adelante; no sabemos lo que nos depararán los días futuros. Vivimos en un mundo de incertidumbre. Para algunos habrá grandes logros; para otros, decepción. Para algunos, mucho regocijo y alegría, buena salud y un buen vivir; para otros, tal vez enfermedad y una porción de pesar. No lo sabemos; pero una cosa sí es segura: Al igual que la estrella polar de los cielos, pese a lo que depare el futuro, allí está el Redentor del mundo, el Hijo de Dios, firme y seguro como el ancla de nuestra vida inmortal. Él es la roca de nuestra salvación, nuestra fortaleza, nuestro consuelo, el núcleo mismo de nuestra fe. A la luz del sol, así como en las sombras, acudimos a Él, y Él está allí para darnos seguridad y sonreírnos. Él es el punto central de nuestra adoración; Él es el Hijo del Dios viviente, el Primogénito del Padre, el Unigénito en la carne, que salió de las cortes reales de los cielos para nacer como mortal en las más humildes condiciones. En cuanto a la soledad de Su vida, Él dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza" (Mateo 8:20). Él "anduvo haciendo bienes" (Hechos 10:38). Él era un hombre de milagros; tendió una mano de ayuda a los afligidos; sanó a los enfermos y levantó a los muertos. Sin embargo, por todo el amor que Él trajo al mundo, fue despreciado y desechado por los hombres; varón de dolores, experimentado en quebranto: . . .fue menospreciado y no lo estimamos (véase Isaías 53:3). Al contemplar Su vida inigualable, decimos, al igual que el profeta Isaías: ". . .llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. . . "Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:4–5). 238


Cuando se libró la gran guerra en los cielos, Lucifer, el Hijo de la Mañana, se presentó con un plan que fue rechazado. El Padre de todos nosotros, con amor por Sus hijos, ofreció un mejor plan bajo el cual tendríamos la libertad de elegir el curso de nuestra vida. El hombre tendría su albedrío, y a ese albedrío le acompañaría la responsabilidad. El hombre andaría por los caminos del mundo y pecaría y tropezaría; pero el Hijo de Dios tomaría sobre Sí la carne y se ofrecería como sacrificio para expiar los pecados de todos los hombres. A través de un sufrimiento indescriptible, Él llegaría a ser el gran Redentor, el Salvador de toda la humanidad. Con cierta comprensión de ese don incomparable, ese maravilloso don de redención, nos inclinamos en amor reverente ante Él. Como Iglesia, tenemos a quienes nos critican, muchos de ellos; afirman que no creemos en el Cristo tradicional del cristianismo. Hay algo de verdad en lo que dicen. Nuestra fe, nuestro conocimiento, no está basado en las tradiciones antiguas, los credos que provienen de un conocimiento limitado y de las innumerables deliberaciones de los hombres que tratan de llegar a una definición del Cristo resucitado. Nuestra fe, nuestro conocimiento, provienen del testimonio de un profeta de esta dispensación que vio ante él al gran Dios del universo y a Su Amado Hijo, el Señor Jesucristo resucitado. Ellos hablaron con él; él habló con Ellos. Él testificó abiertamente, sin lugar a dudas, y de modo seguro de esa gran visión. Era una visión del Todopoderoso y del Redentor del mundo, más gloriosa de lo que podamos comprender, pero cierta e inequívoca en el conocimiento que trajo. Es debido a ese conocimiento, arraigado en el profundo suelo de la revelación moderna que, en las palabras de Nefi, "hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados" (2 Nefi 25:26). Así, mis hermanos y hermanas, al despedirnos hasta otra ocasión, repetimos nuestro firme y perdurable testimonio. Lo hacemos como personas individuales que tienen un conocimiento seguro y cierto. Como lo he dicho anteriormente en muchas ocasiones, y como lo digo ahora, sé que Dios nuestro Padre Eterno vive; Él es el gran Dios del universo; Él es el Padre de nuestros espíritus con Quien podemos hablar en oración. Sé que Jesucristo es Su Hijo Unigénito, el Redentor del mundo, que dio Su vida a fin de que pudiésemos tener vida eterna y Quien gobierna y reina con Su Padre. Sé que son seres individuales, separados y distintos el uno del otro, y al mismo tiempo semejantes en forma, sustancia y propósito. Sé que la obra del Todopoderoso es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39). Sé que José Smith fue un profeta, el gran profeta de esta dispensación, mediante quien han venido estas verdades. Sé que esta Iglesia es la obra de Dios, presidida y dirigida por Jesucristo, cuyo nombre lleva. Testifico de estas cosas, con solemnidad, al dejar con ustedes, mis amados compañeros, mi amor y bendiciones, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén. Para siempre Dios esté con ustedes.

NUEVOS TEMPLOS PARA PROPORCIONAR "LAS BENDICIONES SUPREMAS" DEL EVANGELIO. PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY "Que las ventanas de los cielos se abran y las bendiciones se derramen sobre nosotros como pueblo a medida que andemos delante del Señor con valentía y con fe a fin de llevar a cabo Su eterna obra". Desde mi asiento, he visto sentados en la primera fila de bancas del Tabernáculo a un grupo de indios otavaleños, de las sierras de Ecuador, y deseo expresar mi reconocimiento hacia esa gente maravillosa, a estos fieles Santos de los Últimos Días que han venido desde tan, tan lejos a participar junto con nosotros de esta conferencia. Hermanos y hermanas, les estoy muy agradecido. 239


En caso de que no sepan dónde se encuentra Otavalo, desde Quito deben cruzar el ecuador hasta llegar a las aldeas que se encuentran sobre los cerros de las altas montañas de Ecuador; allí es donde reside esta gente pacífica y maravillosa. Al terminar esta reunión grandiosa, la cual ha llegado a todas partes del país y allende los mares, con humildad y acción de gracias expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que han participado en ella, incluso a quienes la han escuchado. La música ha sido maravillosa; las oraciones han sido inspiradoras; los discursos han sido preparados y dados bajo la inspiración del Espíritu Santo. Con corazones agradecidos, hemos disfrutado juntos. Ahora, al volver a casa, es nuestro deber y nuestra responsabilidad poner en práctica en nuestra vida diaria las verdades que hemos escuchado. Para terminar, deseo hacer un anuncio. Como lo dije anteriormente, en estos últimos meses hemos estado viajando por muchos lugares donde residen miembros de la Iglesia. He estado con muchos que poseen muy poco en lo que respecta a bienes materiales, pero que tienen en el corazón una ardiente fe acerca de esta obra de los últimos días; aman a la Iglesia, aman el Evangelio y aman al Señor, y desean hacer Su voluntad. Ellos pagan su diezmo, por modesto que éste sea; hacen tremendos sacrificios para poder ir al templo, viajando días enteros en autobuses incómodos y en botes viejos, además de ahorrar dinero y privarse de muchas cosas para lograrlo. Ellos necesitan templos más cerca: templos pequeños, hermosos y prácticos. Por lo tanto, aprovecho la oportunidad para anunciar a toda la Iglesia un programa para construir de inmediato treinta templos más pequeños. Ellos estarán situados en Europa, en Asia, en Australia, en Fiji, en México, en América Central, en América del Sur y en África, así como también en los Estados Unidos y en Canadá, y poseerán todas las comodidades necesarias para efectuar las ordenanzas de la Casa del Señor. Éste será un proyecto extraordinario. Nada, ni siquiera parecido, se había intentado antes. Esos templos se agregarán a los diecisiete edificios que se encuentran en vías de construcción en Inglaterra; España; Ecuador; Bolivia; la República Dominicana; Brasil; Colombia; Billings, Montana; Houston, Texas; Boston, Massachusetts; White Plains, Nueva York; Albuquerque, Nuevo México y los templos pequeños de Anchorage, Alaska; Monticello, Utah y Colonia Juárez, México. Con eso se alcanzará un total de cuarenta y siente templos nuevos además de los cincuenta y uno que se encuentran en funcionamiento. Pienso que sería una buena idea que