arañazos. Zadórov fue quien decidió el asunto. Golpeó la mesa con la palma de la mano y pronunció el siguiente discurso: - Vamos a dejar de discutir. La tierra es nuestra, y os irá mejor sin meteros con nosotros. No os dejaremos trabajar en nuestro campo. Somos cincuenta muchachos de cuidado. Luká Semiónovich reflexionó largo tiempo. Por fin, se atusó la barba y carraspeó: - Bien... ¡Que el diablo os lleve! Pagadnos aunque no sea más que por la labranza. - No -repliqué yo fríamente-. Ya les previne que no pagaríamos nada. Volvió a hacerse el silencio. - En tal caso, devolvednos la sembradora. - Firme usted el acta de los agrimensores. - Bueno... Démela. En otoño, a pesar de todo, sembramos centeno en la segunda colonia. Todos hicimos de agrónomos. Kalina Ivánovich entendía poco de agricultura y los restantes entendían menos aún, pero todos tenían deseos de trabajar tras el arado y la sembradora, a excepción de Brátchenko, que sufría y se enrabiaba, maldiciendo la tierra, y el centeno, y nuestro entusiasmo. - Les parece poco el trigo. ¡Además, quieren centeno! En octubre ocho desiatinas verdeaban con sus brotes brillantes. Kalina Ivánovich señaló orgullosamente con su bastón de punta de goma algún lugar del horizonte, hacia el Este: - ¿Sabes? Tenemos que sembrar lentejas. La lenteja es una cosa buena. El Pelirrojo y la Banditka trabajaban en los sembrados de primavera, y Zadórov volvía por la noche rendido y polvoriento. - Que se vaya al diablo ese trajín de campesinos. Yo me vuelvo a la fragua. La nieve nos sorprendió a medio trabajo. Por ser la primera vez, se podía resistir.
Nota (1).- Baile popular ucraniano.
Capítulo 12 Brátchenko y el Comisario Regional de Abastos
El desarrollo de nuestra hacienda seguía un camino lleno de milagros y de sufrimientos. De milagro consiguió Kalina Ivánovich, a fuerza de súplicas, una vaca vieja, que, según las palabras del propio Kalina Ivánovich, era estéril por naturaleza; de milagro también obtuvo en una institución ultra bien organizada, distante de nosotros, una yegua negra, no más joven que la vaca, barriguda, epiléptica y perezosa; de milagro, aparecieron bajo nuestros cobertizos carros, carretas y hasta un faetón. El